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RUGBY MENTAL

RADIOGRAFÍA PSICOLÓGICA

DEL JUEGO Y SU ENTORNO

Herramientas para entrenadores,

miembros del staff,

jugadores, referees y directivos

FERNANDO F. SACCONE


Saccone, Fernando F.

Rugby mental / Fernando F. Saccone. - 6a ed mejorada. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Club House Publishers, 2020.

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-47332-7-6

1. Rugby. 2. Psicología del Deporte. 3. Liderazgo. I. Título.

CDD 796.333

CLUB HOUSE Coach

Un sello de Ediciones Deldragón

Emilio Mitre 71 – 7º B (1424 ) Buenos Aires

República Argentina

RUGBY MENTAL. RADIOGRAFÍA PSICOLÓGICA DEL JUEGO Y SU ENTORNO

© 2016 , Lic. Fernanco F. Saccone

Dirección editorial: Ricardo J. Sabanes

Diseño de interior: Laura Restelli

Diseño de cubierta: Rodrigo Broner

Derechos de edición en castellano reservados para todo el mundo:

© 2017, Ediciones Deldragón

Primera edición: enero 2016

clubhousepublishers@gmail.com

www.edicionesdeldragon.com.ar

ISBN: 978-987-47332-3-8

ISBN: 978-987-47332-7-6 (e-book)

Queda hecho el depósito que prevé la ley 11.723

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o trasmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

ÍNDICE

1  Dedicatoria y agradecimientos

2  Prólogo

3  Introducción

4 CAPÍTULO 1 LA FORTALEZA MENTALLa batalla primitiva por el territorioEl “bombero” versus el “techista/plomero/peluquero”Haciéndonos el bochoEl Síndrome de PopeyeTodo tiempo pasado fue mejor…Subiendo la escalera… ¿Y si comenzáramos por el primer escalón?

5 CAPÍTULO 2 EL PODER DE LA PALABRALa comunicación eficaz como garantía del éxito deportivoLa clave está en el feedbackEl entrenador como moderadorEl test del periodista deportivoLa supuesta falta de tiempoEs imposible no comunicarJamás peguemos un palazo sin antes dar un carameloQué fácil que es ponerle buena ondaCuidado con meter la gambaEl pez por la boca muereLos profetas del desconciertoLa culpa es de Adán y EvaEl ladrón de tesorosPreparados, apunten…, ¡fuego!Entrenando lo que pedimos…¿Y si nos concentráramos en que aprendan a concentrarse?Camino al altarComprando la humildad en el kioscoLa humildad no es la clave de los All BlacksCruzando cables con los Pumas SevenHablándoles sin hablarRumbo al reencuentro con nuestros jugadoresEl reflejo del espejo

6 CAPÍTULO 3 LA IMPORTANCIA DEL TRABAJO EN EQUIPOSalgamos todos a la canchaEl entrenador como artistaEl perfil básico del conductor eficazUna semana mentalConociendo a nuestros jugadoresSocorriendo al capitán“El problema es que en nuestro club no tenemos lideres...”Los “minicapitanes”El capitán del futuroEl gran capitán7 Pumas, 7 líderesSubiendo la escalera 2…Sacándole el jugo a la experienciaImitando a los antiguos egipcios

7 CAPÍTULO 4 LOS RIVALES DE LA CONCENTRACIÓNOvaladamenteRadiografía de un PumitaRival N.° 1: la falta de confianzaRival N.º 2: el exceso de ansiedadRival N.° 3: la falta de tolerancia a la frustración o de reversibilidadRival N.° 4: el relojRival N.° 5: el resultadoRival N.° 6: la falta de motivaciónRival N.° 7: el pensamiento mágicoRival N.° 8: la falta de comunicación entre los miembros del equipo

8 CAPÍTULO 5 HERRAMIENTAS DE CONCENTRACIÓNMi aliado, el entrenamientoQuebrando la rutinaDebajo de las HManejando los tiempos del partidoArrimando el bochínHaciéndonos el bocho 2El GPS mentalLa sacralización del vestuarioEl banco de “titulares” y la charla de entretiempoLa necesidad de un traje hecho a medidaPensando a convenienciaEjemplos de identificación de pensamientosPensando a convenienciaEl ancla mentalLa programaciónLa visualizaciónLa respiración y la relajación¿Y si las utilizáramos durante el partido?

9 CAPÍTULO 6 EL REFEREEAspectos psicológicos de la práctica del referatoEl arte de referearLas razones del jugador N° 31Factores psicológicos intervinientes en la práctica del referatoEl proceso de toma de decisionesEstoy frustrado… ¿Y ahora?La cabeza del referee y sus bemoles¿Qué hacer ante la frustración?Confianza versus pesimismoMotivación versus pesimismoEl ejemplo de Federico AnselmiConcentración versus pesimismoTécnicas y ejerciciosCaracterísticas del referee exitosoHabilidades a trabajar para lograr el estado mental ideal

10 CAPÍTULO 7 EL TRABAJO MENTAL PARA EL SISTEMA DE ALTO RENDIMIENTOEl trabajo mental en el sistema de alto rendimientoEl programa psicodeportológicoLa rehabilitación mental del lesionadoCuando el club se lesionaSignificado emocional de la lesión deportivaLos dolores emocionales del proceso de rehabilitaciónEl retorno. Alta médica y psicológicaUniendo cables (la rehabilitación psicológica)¿Y si lo repensáramos desde la prevención?Los trastornos de la alimentaciónLa importancia de la alimentación emocionalLas emociones afectan a nuestra dietaLa importancia de trabajar a nivel sistemaLa adquisición mental de la forma deportivaEl componente psicopatológico del alto rendimientoIdentidad e integraciónEl proceso mental del ordenObjetividad y subjetividadLos trabajos con los seleccionadosConcentración con Los PumitasEl trabajo mental con los Jaguares

11  Anexo / Comentarios

12  Bibliografía

Dedicatoria y agradecimientos

Dedico primero este libro a los que ya no están aunque siempre estén: mi vieja, Mireya; el Dr. Enrique Paunero, mi maestro, y al Dr. Eduardo Negro Poggi; y a mis abuelos todos.

A mi querido viejo, Jorge Yoyo Saccone, maestro de la vida, y a mi querida hermana, Georgina, y a su marido, Joshua; a mi sobrina, Juana.

A mis hijos, Lucila y Julián, mis tesoros, y a mi mujer, Sue, mi otro tesoro y compañera incondicional.

A la madre de mis hijos, Laura, por haberme dado esas preciosuras que tengo.

Y a todos ellos, por haber respetado los tiempos que necesité para este libro.

A mis maestros y amigos del deporte y de la vida, los profesores Enrique Kike Abad, Osvaldo Riós, Rubén Sansón Storani.

A Francisco Pancho Rubio, por haber confiado en mí para trabajar junto a él en mi etapa en la UAR.

A Luis Martín y Herrera, a Jorge Panelo padre, y a todos mis entrenadores de infancia y juventud del Club Champagnat; y al Club Champagnat entero. Sin ellos, no hubiera conocido este apasionante deporte, dentro del cual ocupé varios roles y que ahora puedo seguir disfrutando desde un lugar diferente y, a la vez, apasionante.

A los entrenadores del plantel superior de Champa, Jorge Panelo (h), a Federico Aschero y a todos sus entrenadores y staff, en especial a Matías Perez Bazán; y a todos los jugadores del plantel superior, y a todos los entrenadores y jugadores de las divisiones juveniles del Club, y a sus directivos, en especial a Marcelo Yuyo Brescia, Diego de Corral, Esteban Lo Valvo y a todos aquellos con los que tuve la oportunidad de trabajar en mi etapa anterior en el Club.

Al entrenador del plantel superior de Olivos, Giorgio Gauwelose; a Pablo Candia y a todos sus entrenadores y staff, y a todos los jugadores del plantel superior, y los entrenadores y los jugadores de las divisiones juveniles. A Miguel Servera y Hernán El mono Grosse; y a todos los directivos del Club. A Osvaldo Venchu Venturini, ex combatiente de Malvinas y ex jugador de Olivos (un verdadero honor es haberte conocido y que nos hayas enriquecido con tu persona y tu experiencia).

A los entrenadores del plantel superior de Albatros, Eduardo Mole Ramos Alvelo y Daniel Dano Maglio (con los que tuve el gusto de trabajar también con anterioridad en Universitario de La Plata), y a todo su staff, y a todos los jugadores del plantel superior.

A la gente del plantel superior del Club Universitario de La Plata y a todos sus jugadores, y muy en especial a Leandro “Pipo” Andrada… fuerza Pipo!!

A la gente de Lomas Athletic, Los Tilos, y a todos los clubes de Rosario, Córdoba, Tucumán, y de todo el país, que abrieron la puerta de su casa a mi persona y a mi trabajo; en especial, a Nicolás Wargon, de Puerto Madryn Rugby Club, y a todos los entrenadores, staff y los jugadores del plantel superior y las divisiones juveniles; y a su presidente, Alberto Barleta, y demás directivos.

A los mánagers Tomás “El Ojo” Fornieles, de Champa; Eduardo Galdi, de Olivos; Rodrigo Balatti, de Albatros, por la pasión y el cariño que ponen en su trabajo para con los jugadores y los clubes.

A todos los amigos que me brindó el colegio Champagnat, y en especial a Sebastián Viñals, Alejandro Galarce, Cristián “Demonio” Le Monnier, a Hugo Imbrosciano, a Alfredo Marín, a Alberto Bunge, y a mi amigo y hermano incondicional Juan Martín Rulo Crespo, que me incentivaron a escribir el presente libro; y en especial a todos los muchachos y los compañeros del “C”; y al hermano José María, ya que gracias a él seguimos siendo como hermanos.

A todos los ex entrenadores de Champa y a los actuales de San Patricio de mi hijo Julián: todos lo han cuidado como a un hijo propio, y lo continúan haciendo. A todos sus ex compañeros de Champa y compañeros actuales de “San Pa”; todos lo han recibido con los brazos abiertos.

A mis colegas Nicolás Delfino, Agustín Harlouchet, Pablo Pérez Toranzos, y a mi amigo Martín Batata Capurro, colega y compañero de trabajo, de colegio y de juego en Champa.

A Juan Gastaldi, jugador del CASI, junto con quien estuve en el Pladar de Buenos Aires: quiero que sepa que siempre me acuerdo y pido por él, deseándole una pronta recuperación.

A todos mis pacientes.

Agradezco a todos y a cada uno de los que recordé en cada línea de este libro y que no nombré por razones lógicas, ya que son innumerables, por lo que me han enriquecido y me han ayudado, tal vez sin saberlo, en esta tarea pacificadora para el alma que es el escribir.

Y muy en especial a Bernardo Urdaneta y a todos los que me hicieron el honor de escribir y participar en el presente libro, lo que agradeceré en las partes respectivas y en el Anexo.

Prólogo

Transcurría el año 2013, en el Anexo del San Isidro Club, mientras yo era entrenador del seleccionado argentino de menores de 20 años (Los Pumitas). Allí me presentaron al que sería el psicólogo, que ayudaría a los equipos y jugadores de la UAR.

Recuerdo ese momento como un hito importante en el desarrollo integral de nuestro deporte. Más allá de las diferentes creencias y educación deportiva, la aceptación de incluir a un profesional para el desarrollo de esta área de fundamental importancia para incorporar las destrezas mentales a las físicas, las tácticas y las estratégicas, tuvo dispares opiniones.

Pero la gran mayoría, al igual que yo, encontró en este profesional la ayuda necesaria para nuestro aprendizaje y crecimiento en una de las habilidades definitivamente determinantes para conseguir ser competentes en la aplicación de todos los conocimientos que hacen a la mejora y la optimización de nuestro querido rugby.

En mis convicciones de crecimiento como entrenador, existen los “primero lo primero”. Primero uno, luego el staff, recién los jugadores, y al final el Equipo. Son estos los pasos que debemos ir progresivamente tomando en cuenta para nuestra formación. La psicología deportiva nos ayuda en cada uno de ellos y, a su vez, en el desarrollo de nuestras habilidades personales, más allá de lo que al rugby específicamente incumbe.

Todavía recuerdo esos trabajos, a través de los cuales solíamos plantearnos varios “porqués”, para luego aplicar las diferentes respuestas en la creación de sueños, metas y acciones dirigidas al logro de estos.

En mi intercambio habitual con muchos entrenadores, frecuentemente oigo que la mente es lo más importante en el juego del rugby; pero son pocos los que lo asumen con toda la responsabilidad que ello implica; y, por sobre todo, con un convencimiento traducido en acciones, implementando un entrenamiento metodológico de la mano de un profesional de la psicología deportiva que forme parte de nuestro equipo de trabajo como un integrante más.

Para mí, este libro es algo muy mío, en cuanto a sus contenidos, ya que tuve el orgullo de compartir, disfrutar y crecer con muchas de la vivencias y los conceptos descriptos por el autor en las enriquecedoras páginas de este texto.

BERNARDO URDANETA

Entrenador Pumitas 2010-2013 y Jaguares 2014. Head coach en Lomas Athletic Rugby Club.

INTRODUCCIÓN

El objetivo del presente libro es que el lector pueda encontrar en el una visión complementaria, desde la dimensión psicológica y las diversas herramientas que la componen, a su tarea en cuanto a “hombre de rugby” se refiere.

Digo “hombre de rugby” porque sus páginas están destinadas a todo aquel que, desde su rol, forma o formó parte de esta disciplina única que nos apasiona: entrenadores, miembros del staff, directivos, jugadores, referees, socios, aficionados, periodistas, y todo aquel que tiene o tuvo la suerte de poder disfrutarlo en al menos alguna oportunidad.

Consideré de alguna manera que el título Rugby mental hace alusión no solo a los aspectos psicológicos relacionados con la ejecución misma del juego, sino también a todo lo que lo rodea, que tiene un carácter decisivo y determinante, de fundamental importancia para aquél.

No se trata este libro, entonces, de “psicología deportiva aplicada al rugby”, aunque a su vez la abarque, sino de un libro de rugby como juego específico, que también incluye al mundo que habitualmente lo rodea, alcanzado por una visión psicológica.

Por lo tanto, las páginas de este escrito se sostienen en la experiencia de la práctica misma de mi función como psicólogo deportivo en clubes, uniones y seleccionados, en los que tuve la dicha de intervenir e intentar aportar mi grano de arena.

Podrán apreciar que priorizaré la experiencia acumulada (vivencia), como columna vertebral del libro, para poder, en función de ella, ir integrando diversos conocimientos y herramientas psicológicas que la enriquezcan. Por ello, también, a diferencia de otras obras, no agradeceré a las personas que fueron fundamentales para su elaboración solo a priori o a posteriori, sino también a lo largo del desarrollo de sus páginas.

Intentaré que no tenga un tinte académico, tal como corresponde a la lógica de cualquier profesión, ya que la idea es que todo lo escrito pueda ser comprensible y bajado a tierra con facilidad en lo cotidiano, por parte de todos aquellos miembros de la gran familia del rugby que puedan tener acceso a esta lectura.

Confío en que encontrarán en este libro soluciones varias para situaciones con las que nos enfrentamos a diario, independientemente del rol específico que cada lector ocupe. Soluciones que solemos tener frente a nuestras narices y que son de sentido común, aunque a veces el árbol nos impida ver el bosque para poder aplicarlas.

Si bien podrán observar que desarrollaré temas que hacen al rol específico de cada uno de los hombres de rugby, recomiendo al lector leer los capítulos según el orden establecido, ya que están de alguna manera en íntima interrelación y, por lo tanto, todos les serán sumamente enriquecedores.

Probablemente, algunos puedan estar de acuerdo con o diferenciarse de este escrito o con parte de su contenido, al realizar una “comparativa” con su labor cotidiana dentro del rugby, a pesar de que mis fundamentaciones correspondan a una práctica profesional que tiene como base el conocimiento científico.

Más allá de ello, esa “comparativa”, y la probable diferenciación, son justamente las que harán que podamos reflexionar y sacar jugosas conclusiones acerca de cómo nos conducimos diariamente desde la función que cada uno ocupa, lo que nos será útil para repensar y poder así ratificar o rectificar algunas cuestiones relacionadas con nuestro modo habitual de manejarnos.

Esto seguramente nos ayude a dejar de funcionar en piloto automático, guiándonos solo por la intuición o por nuestra experiencia subjetiva, y poder tomar conciencia de la real dimensión de la necesidad de realizar una introspección permanente de nuestro modo de actuar y de la importancia que tiene este último, sea cual fuera el lugar que ocupemos dentro de nuestro querido deporte.

CAPÍTULO 1 LA FORTALEZA MENTAL

“No tengo fuerzas para rendirme”.

ANÓNIMO

La batalla primitiva por el territorio

Desde una visión profunda, y describiéndolo metafóricamente, podemos decir que el rugby remite a una batalla primitiva y ancestral por el territorio pero con la incorporación de reglas de juego.

El juego representa un intento de invasión y conquista del territorio rival en el que cada metro ganado, cada try y cada conversión hacen a la confirmación de que estoy apropiándome del mismo y a la posibilidad de terminar siendo el vencedor.

Es una batalla física que se define desde lo mental grupal e individual. Un ejemplo típico de ello es la situación permanente de impedir a puro tackle que el rival avance para a partir de allí poder encauzar la propia conquista. La impotencia que genera el no poder pasar o atravesar este obstáculo (del “por acá no pasan” de la defensa) tiene en el rival un efecto de impotencia que hace al quiebre y definición mental del partido.

Otro ejemplo claro de esto es la “batalla del scrum”, que hace también al mencionado quiebre desde lo mental. La batalla psicológica que se libra en el scrum desencadena consecuencias, a partir de la cuales salen un equipo motivado y otro desmotivado. El que gana el scrum traslada esas emociones de victoria a los mauls, los rucks, los lineouts y los tackles, y el que pierde el scrum traslada esas emociones de frustración al resto de las funciones que se esperan del jugador y de sus propios compañeros.

Por ende, podemos pensar que el scrum en forma directa e indirecta es la formación que nos dará mayores posibilidades de posesión de la pelota durante el partido, por el impacto que tiene a nivel mental en el equipo, más allá de que el line, como forma de obtención, pueda superar ampliamente, en situaciones de juego, al primero.

Los primeras líneas son los jugadores más involucrados en el scrum y en esa situación psicológica, ya que tienen un duelo personal con el jugador de enfrente, y el ganar o perder esa lucha es esencial para ganar o perder el scrum.

A los primeras líneas los podemos equiparar con un boxeador, ya que el desafío implica una lucha cuerpo a cuerpo, donde el duelo se gana con técnica, concentración en la técnica, agresividad, fuerza, confianza y motivación para ganar esa formación. Cuando el duelo se está perdiendo, los primeras líneas necesitan de mucha capacidad para sobreponerse a esta frustración y no quedarse enganchados en ella, para continuar trabajando de la mejor forma en las diferentes situaciones de juego que se presenten y postergar la sed de revancha de la situación de scrum para la próxima oportunidad. Todo lo mencionado es lo que diferencia a un buen primera línea de un gran primera línea.

Todos estos ejemplos (entre muchos otros) nos hablan a las claras de la importancia de la fortaleza mental que está en juego en este deporte. Regresando a la metáfora inicial de la batalla primitiva (cuyo reflejo por excelencia encontramos en las danzas guerreras maoríes o hakas, que tienen varios siglos de antigüedad), podemos decir que son treinta los soldados, en este caso, que se baten a duelo sin otras armas más que su poderío físico (y sus destrezas mentales) por el control de la pelota y el control territorial, que no representan otra cosa que el hambre de autosuperación y la posibilidad de darle satisfacción a esta necesidad.

Algo ancestralmente equivalente a nuestros hermanos primitivos que luchaban por otras necesidades, pero más básicas, como la comida y las mujeres, mediante la misma lucha territorial. Instintos puramente primitivos representados en un noble juego… Muestra clara de la intervención de la cultura y la ley en la transformación y control de lo instintivo. Somos animales en esencia, como nuestros ancestros, pero lo que nos diferencia de ellos es la intromisión de la cultura y la civilización en las cuales la ley es la protagonista principal.

Equivalencia esta que, sin lugar a dudas, está en relación con el delicado límite entre agresividad y agresión que está en juego en forma permanente en nuestro deporte. Instinto guerrero reprimido por las reglas y leyes del juego. La agresividad, desde lo mental, implica jugar al límite de nuestras capacidades físicas, técnicas y táctico-estratégicas. Es una condición necesaria e indispensable para este juego.

Se diferencia de la agresión justamente por ese límite mencionado. El hecho de cruzar el límite implica pasar del lado de la agresión, y es allí cuando hace su aparición la sanción. El límite tiene su representación en las reglas, y el referee por excelencia es aquel que las pone de manifiesto en forma permanente. Por ello, parte de la tarea del referee, en cuanto representante de la ley, es en este juego sumamente engorrosa, ya que el juego en sí implica jugar al límite del reglamento en lo que respecta a la agresividad, por su inherente condición de batalla ancestral.

(La importancia fundamental que tiene el referee en cuanto a garante del cumplimiento de la ley para este particular juego merecerá, por lo tanto, un capítulo aparte, del cual nos ocuparemos más adelante).

El “bombero” versus el “techista/plomero/peluquero”

Hicimos alusión indirectamente, en el apartado reciente, a la indudable importancia que tienen los factores mentales en el desarrollo del juego. Observamos de modo permanente que son estos los más mencionados por el mundo deportivo en general antes y después de una competencia, y paradójicamente los que menos se entrenan (al menos, hasta el momento).

Frases habituales que solemos escuchar o utilizar, tales como “el try del rival al principio del partido fue como un baldazo de agua fría”, “tuvimos algunos minutos de desconcentración y lo pagamos caro”, “perdimos la concentración en el segundo tiempo”, “no pudimos recuperarnos de la expulsión de tal jugador”, “el equipo tuvo algunas lagunas de desconcentración” o “siempre nos pasa lo mismo en el primer tiempo” (o en el segundo), “nuestra confianza fue la clave del partido”, entre muchas otras, manifiestan a las claras la búsqueda de respuestas en razones de índole psicológica a las diferentes performances deportivas que se suelen obtener.

A pesar de ello, no buscamos trabajar estas situaciones por otra vía que no sea a través de seguir entrenando y entrenando insistentemente los aspectos físicos, técnicos y táctico-estratégicos (nada más errado es pensar que “solamente” la repetición garantiza el éxito deportivo).

La pregunta inevitable es: Si las razones a las que hacemos alusión están en relación con factores mentales…, ¿no habrá llegado el momento de darles la verdadera importancia que merecen? La mayoría de los deportistas de elite del mundo trabaja los aspectos mentales con profesionales especializados en la disciplina deportiva, tanto en forma individual como grupal.

Los ejemplos son innumerables (tenistas, golfistas, polistas y futbolistas, entre varios otros), y para gran parte de los equipos y los seleccionados de elite (de los que no son obviamente la excepción las principales potencias rugbísticas a nivel mundial) el trabajo mental es moneda corriente, y es implementado a través del programa de entrenamiento psicológico correspondiente.

Sin embargo, en la Argentina, aún somos contados los profesionales a los que se nos incorpora para trabajar con el rugby como deporte en forma específica. Tal vez el prejuicio o tabú al respecto pase por asociar la intervención del psicólogo con un posible problema o padecimiento mental (tal como supuestamente ocurre con el psicólogo clínico y los pacientes de consultorio), ya que la pregunta que muchas veces suelo escuchar al respecto es: ¿Para qué tengo que hablar con un psicólogo si no tengo problemas?

Esto es porque, de alguna manera, la palabra psicólogo se asocia a solución de conflictos o problemas, y no a la prevención y la optimización de conductas. No se asocia a la actuación del psicólogo con un rol preventivo u optimizador del resto de las variables del juego, sino con la función del bombero que apaga incendios, al que se recurre cuando ya no queda más nada por intentar.

¿Cuantos problemas se evitarían si se comprendiese la importancia de nuestra labor desde lo preventivo? ¿Cuántos beneficios se obtendrían fácilmente en relación con la optimización de los aspectos físicos, técnicos y táctico-estratégicos si tan solo tomáramos en cuenta que no existe actividad motriz posible sin pensamiento?

El proceso conductual de comportamiento humano se basa en la por demás reconocida premisa “pienso/siento/actúo”. Por lo tanto, en función de cómo piense, sentiré y, en consecuencia, actuaré. La base de todo pasa por cómo nos conviene pensar para lograr encontrarnos en el estado emocional óptimo que nos permitirá desarrollar así nuestra mejor actuación deportiva. Si trabajásemos en técnicas y herramientas específicas para manejar nuestros pensamientos a voluntad y, por lo tanto, sentir en función de ello, podríamos rendir, como consecuencia, al máximo de nuestras capacidades.

En la práctica habitual de nuestra profesión, sucede esto de llamar al psicólogo cuando ya se está incendiando todo o como ley de último recurso (para decirlo de alguna manera); y, más allá de que uno como profesional opte por ponerse el casco y utilizar la manguera, comprometiéndose a intentar apagarlo, se impone a priori la explicación de que lo que está sucediendo se podría haber evitado actuando preventivamente en el momento oportuno, sin dar lugar a secuelas o residual alguno.

¿Por qué esperar a que distintas situaciones lleguen al límite de la dificultad para llamar a un profesional idóneo? Lamentablemente, parecería ser que nuestra idiosincrasia nos llevara a llegar al límite de las situaciones, y recién a partir de allí buscar la ayuda necesaria, cuando la realidad se nos impone, de tal manera que ya es innegable el hecho de que no sabemos cómo buscarles la vuelta a cuestiones que se nos escapan tan solo por la lógica de la falta de conocimiento.

El hecho de contar con un simple asesoramiento puede prevenir distintas situaciones, lo que, a su vez, permite obtener grandes beneficios, en lugar de llegar al punto de tener inevitablemente que reconstruir a partir de las cenizas del incendio apagado, tal vez la tarea más difícil, por las frustraciones, las decepciones y las faltas de credibilidad acarreadas como consecuencia de esta inútil espera.

Ejemplos de esto sobran en nuestra sociedad y cultura, por ejemplo: esperar a que se corte la luz o a inundarse para hacer obras; llegar al último día para estudiar para el examen; esperar a trabajar sobre determinadas destrezas u otras cuestiones en el entrenamiento recién cuando comprobamos que nos fue mal en el partido anterior, etc. Estamos acostumbrados a correr detrás de las cosas en lugar de prevenir y anticiparnos.

Otro de los tabúes habituales es el prejuicio de que los aspectos mentales se trabajan “haciendo grupo” y que el psicólogo pretende encargarse de esto, lo que constituye una especie de amenaza, ya que el manejo del grupo lo tengo yo como entrenador.

Esto implica, sin duda alguna, otra interpretación equivocada de nuestra profesión, ya que hacer grupo ni siquiera alcanza para comenzar a trabajar todo el abanico de aspectos mentales individuales y grupales que intervienen en la práctica de nuestro juego. Por otra parte, el manejo del grupo siempre estará a cargo del entrenador, y desde nuestro rol solo desarrollamos determinados trabajos con los jugadores y/o staff, que estarán en relación con que ambos puedan volcar en el juego el máximo de sus capacidades (tal como hace el preparador físico con la parte física del entrenamiento). Es por demás obvio que gran parte de estos trabajos son de carácter grupal, por la inherente condición del juego mismo.

Más allá de todo esto, en conclusión, es fundamental comprender la tarea del psicólogo deportivo como optimizador del resto de las variables y desde su rol preventivo. Es de lógica tan sencilla como pensar que, así como las cuestiones técnicas y táctico-estratégicas deben estar en manos de los entrenadores; la preparación física, a cargo del preparador físico; las lesiones, a cargo del médico y kinesiólogo; los planes de alimentación, del nutricionista; la preparación mental debería estar a cargo del psicólogo especialista.

El célebre refrán de origen griego Ne sutor ultra crepidam (algo como “zapatero a sus zapatos”) se hace indudablemente presente en este caso en particular. Tal vez la lógica resistencia que a veces puede conllevar la falta de conocimiento de algo fuera de lo habitual en relación con que sea vivido, según la personalidad de cada actor, como una amenaza a sus hábitos y costumbres, hace que la función del psicólogo deportivo no sea aún tomada en cuenta como una prioridad, y no cuente con la predisposición necesaria para trabajar con los profesionales del área como un miembro más del equipo de trabajo.

Sin duda alguna, algo de lo generacional también está en juego, ya que, por lo general, la predisposición, la aceptación y la demanda por parte de los jugadores son significativamente mayores que las de sus entrenadores. Los jugadores demandan frecuentemente nuestra ayuda, con una especial y cálida confianza, apodándonos “techistas” (porque nos ocupamos de la azotea), “plomeros” (porque manifiestan necesitar de nuestra ayuda cuando sienten que están fatigados mentalmente o que “no les sube el agua al tanque”) o “peluqueros” (cuando creen necesitar de un cambio en la cabeza).

Simpáticas metáforas todas, que denotan indirectamente, en forma inconsciente, la importancia de las habilidades mentales, que deberían entrenarse como cualquier aspecto de índole físico, técnico y/o táctico-estratégico; y esto requiere un profesional especializado a cargo (psicólogo, especializado a su vez en deporte, y luego específicamente en rugby, condiciones las tres que hoy en nuestro país, lamentablemente, tampoco abundan) que esté apto para realizar un diagnóstico a nivel individual, y grupal, tomando en cuenta el sistema en general y cultura donde está inmerso.

Retomando la metáfora comparativa de nuestra labor con la del profesional estilista, podemos decir que es descabellado pensar el rugby u otros deportes de alto rendimiento de hoy en día pretendiendo dejar los aspectos mentales librados al azar (cuestión inimaginable para los seleccionados de potencias del rugby y otros deportes de alto rendimiento).

Tampoco sería algo serio, responsable ni sustentable en el tiempo intentar hacer este trabajo vía coaching o por medio de algunas otras alternativas relacionadas con este (hoy populares y en boga), ya que cada jugador tiene su particularidad según su perfil psicodeportológico y el puesto que ocupa en cancha (puesto que, a su vez, tiene su especificidad desde lo mental, de acuerdo con cada deporte en particular).

La concentración y otras habilidades mentales dependen, entre otras cosas, de estas dos variables, y no pueden trabajarse para todos por igual, como muchos pretenden querer dar a entender. No hay fórmulas mágicas al respecto, más que la investigación, el conocimiento, la experiencia, el trabajo y la pasión por lo que uno hace.

Haciéndonos el bocho

Antes de introducirnos en el presente tema, considero imprescindible que podamos romper previamente con el facilismo de pensar que todo depende de la mente. Suelen escucharse expresiones al respecto, tales como “todo está en el bocho” (entre varias otras), o a diferentes autores que escriben y detallan porcentajes tales como “el 80% es mental, el 10% es físico, el 5% es técnico, y el resto es táctico-estratégico” (entre muchos otros porcentajes designados).

Más allá de que cada interlocutor posee claramente el derecho de asignar porcentajes según lo que considera de mayor o menor importancia, debemos aclarar la obviedad de que el ser humano es una totalidad y, en consecuencia, todos los aspectos son de fundamental importancia para la práctica deportiva. No tiene mayor sentido esta asignación de porcentajes, ya que todas estas variables interactúan y se necesitan mutuamente, en forma permanente, para alcanzar el óptimo rendimiento deportivo.

Por lo tanto, y en última instancia, si quisiésemos traducir estas variables en porcentajes, inevitablemente tendríamos que asignarles a todas proporciones equivalentes. A propósito, intentaré transcribir una breve conversación con el miembro del staff (M) de un seleccionado nacional que acudió a consultarme (P):

M: ¿Para vos lo que pasó en el partido fue un tema mental?

P: ¿Qué les preguntaron al respecto a los jugadores?

M: Nada, sólo les fuimos preguntando a algunos referentes lo mismo que te pregunto a vos…

P: ¿Y?

M: Es que para algunos fue una cosa y para otros fue otra.

P: Tal vez la pregunta no esté del todo bien formulada y tendrían que reunir a todos los jugadores del equipo y al staff, y pedirles que describan por escrito, a modo de análisis, los aspectos favorables y desfavorables del partido (en forma individual, pero en grupo), desde todos los aspectos (físicos, técnicos, táctico-estratégicos y mentales), para poder analizar así los denominadores comunes y a posteriori poner el foco del trabajo en ellos en forma conjunta.

Como vemos, tendemos a pensar en términos de “fue una cosa o fue la otra” y, más allá de que el disparador fuese o no mental, debemos trabajar, además de ello, en todos los aspectos implicados. No estamos conformados por compartimentos estancos, ya que somos una totalidad, y todas las variables están en permanente interrelación. Por otro lado, no solo los referentes juegan los partidos y, si no buscamos las explicaciones y las soluciones en forma conjunta, será muy difícil llegar a las conclusiones adecuadas que nos permitirán modificar el rumbo en tiempo y forma.

Retomando algo dicho en el apartado anterior, los factores mentales son aquellos que habitualmente más menciona el mundo deportivo en general antes, durante y después de una competencia, aunque paradójicamente los que menos se entrenan hasta el momento.

Es común observar con cierta frecuencia que la mente dé vuelta situaciones físicas adversas, aunque es muy improbable que ocurra lo contrario. Muchas veces, recurrimos a las frases “nos ganaron con la cabeza” o “la diferencia estuvo en lo mental”.

Un ejemplo al extremo esclarecedor al respecto, al que suelo habitualmente recurrir en las clínicas, fue el combate que se llevó a cabo el 10 de diciembre de 1994 en Monterrey, México, donde se enfrentaron golpe a golpe, en una contienda salvaje, Jorge Locomotora Castro y John David Jackson.

La hazaña inigualable que logró nuestro boxeador en el noveno round es un ejemplo claro de la fortaleza mental en el deporte, ya que combatió frente a un atleta que lo superaba física y técnicamente en todos los aspectos y el cual le propinó una paliza terrible a lo largo de toda la pelea. Probablemente cualquier otro hubiera abandonado la contienda mucho tiempo antes frente esta situación. Sin embargo, Castro era el único convencido de que iba a salir victorioso, cuestión que no se cansó de repetir durante los día previos a la contienda.

Es menester comprender que esta fortaleza mental puede trabajarse y desarrollarse, y que, así como cada músculo puede ser llevado al límite de sus capacidades, también podemos lograr lo mismo con cada aspecto mental. La clave inicial pasará por insistir en adquirir el hábito de trabajar la mente.

Así como podemos lograr el desarrollo muscular apropiado para cada deportista, según lo requiere cada deporte en particular, por medio de un programa de entrenamiento físico adecuado, podemos también lograr el desarrollo mental apropiado para cada deportista y/o grupo con el programa de entrenamiento psicológico correspondiente.

Podemos definir sencillamente la psicología deportiva como la psicología del hombre que interviene en la práctica deportiva. Por lo tanto, se ocupa de los procesos mentales y emocionales individuales y grupales de todos los participantes de esa práctica, incluyendo también a entrenadores y miembros del staff, directivos, árbitros, referees, etcétera.

El objetivo primario de la psicología deportiva es optimizar el rendimiento del resto de las variables (físicas, técnicas y táctico-estratégicas) para llevarlas al máximo de sus posibilidades, actuando como un “facilitador” o “fluidificador” de éstas (a modo del aceite lubricante del motor que hace al perfecto trabajo de todas sus piezas). Por lo tanto, es una herramienta más de la que disponen entrenadores y deportistas para optimizar el rendimiento del equipo, pero de la que no podemos darnos el lujo de prescindir.

En rigor de verdad, no existen deportes individuales o grupales (salvo en el instante mismo de la ejecución de la práctica competitiva correspondiente a cada uno), ya que detrás de cada atleta hay un grupo de personas que lo respalda y trabaja en función de él. Esto significa que, de alguna manera, todos los deportes son grupales (hay un grupo de trabajo por detrás, y hasta una familia que contiene a cada uno, o no); cuestiones ambas que son de importancia fundamental para tener en cuenta a la hora de trabajar con los deportistas.

Algunos autores ejemplifican al rendimiento deportivo utilizando metafóricamente un automóvil con sus cuatro ruedas. Si bien el automóvil puede circular de alguna manera sólo con tres ruedas en perfecto estado, y la última pinchada o desinflada, nunca lo hará de la mejor forma como en el caso de que lo hiciese con sus cuatro ruedas en perfecto estado.

La psicología deportiva se ocupa de esta última cuarta rueda (la variable mental), que es fundamentalmente importante para lograr una óptima performance deportiva.

El Síndrome de Popeye

Si no conocemos en profundidad con quiénes trabajamos…, ¿cómo pretendemos trabajar de la mejor manera? Para toda disciplina, es fundamental conocer las generalidades del contexto, las circunstancias, la idiosincrasia y la cultura del campo (en este caso, de los jugadores) al que va a ser aplicada. Es decir, los factores situacionales y circunstanciales que determinan las mejores formas de aplicación.

Es por esta razón por la que creí indispensable, hace ya tiempo, poder contar con un perfil psicodeportológico generacional de nuestros jugadores en general, que hará a conclusiones diagnósticas que nos permitirán utilizar las herramientas adecuadas para alcanzar nuestros objetivos. Vale aclarar que decimos “en general” porque no son condiciones absolutas de toda la población de nuestros jugadores y clubes, aunque son generalidades fácilmente observables con las que podemos encontrarnos con cierta habitualidad.

Es común que los jugadores de nuestros clubes cuenten con cinco factores determinantes que hacen a su motivación para la práctica del rugby, relacionados con el perfil mencionado:

1 Una importante presencia de factores motivacionales centrados en beneficios externos o extrínsecos (jugar por fines socializadores, por estatus, por reconocimiento, etc.), tal como podemos observar lógicamente en las primeras etapas de iniciación deportiva, aunque también en menor proporción, a veces, en etapas posteriores. Sin embargo, observamos a su vez, como contrapartida, una…

2 Ausencia o carencia de factores motivacionales centrados en beneficios internos o intrínsecos, que serían los valores deficitarios o en déficit (relacionados con dar lo mejor de uno mismo, el desafío personal, las ansias de superación y los sentimientos de pertenencia e identidad, entre otros). Se suman a estos dos factores las…

3 Características generacionales generales (que están en relación con la cultura del “si lo querés, lo tenés”, el “llame ya”, “lo más rápido”, “lo de más fácil acceso”, “las compras por delivery, vía internet o celular”, la “comida rápida”, etc.) que hacen a la rápida satisfacción, lo velozmente conseguible, lo reemplazable, descartable y pasajero, que muchas veces está en relación y vemos reflejado, a su vez, en la falta de compromiso con lo afectivo (las relaciones de noviazgo o de pareja poco duraderas o pasajeras de hoy en día, que nos hablan de la falta de compromiso necesario y suficiente para mantener una relación afectiva permanente, cuestiones que podemos traducir en forma equivalente en la falta de amor y compromiso necesario para con la propia camiseta). Nos encontramos, con cierta frecuencia, también con…

4 Un nivel socioeconómico medio-alto (no es hoy condición general, aunque aún es frecuente) que puede favorecer a una predisposición o tendencia a distorsionar el equilibrio del esfuerzo. El intentar conseguir objetivos con ansiedad, buscando saltear los pasos necesarios para su obtención es una constante de esta generación; cuestión que, sin duda, puede verse facilitada muchas veces por la holgadez económica de muchos de nuestros jugadores.Un ejemplo claro de esto es fácilmente observable en la insistente búsqueda, por parte de algunos de nuestros rugbiers, de la ingesta de suplementación sin respetar a priori los momentos recetados para ello o una adecuada alimentación previa, con la finalidad de obtener rápidamente los objetivos deportivos deseados (y, lo que es aun peor, en algunos casos, recurriendo a sustancias prohibidas).Denominamos a este último concepto “Síndrome de Popeye” (ver Eduardo Kalina, Adolescencia y drogadicción), el cual implica el pensamiento mágico de suponer que, al ingerir la suplementación, como la espinaca de este superhéroe, se logrará en el acto la fuerza necesaria para afrontar la batalla (actuando bajo el formato indiscutible de la sugestión, ya que esta acción no cuenta con sostén científico alguno); sin comprender demasiado el hecho de que la obtención de logros es el resultado de un trabajo previo serio y responsable, y que la suplementación, tal como su nombre lo indica, sirve para completar este proceso previo e indispensable.Marca este hecho, sin duda, el debilitamiento de valores fundamentales para con nuestro deporte (relacionados con el esfuerzo, la dedicación, el trabajo, la paciencia, etc.).

5 El último factor determinante con el que nos encontramos con la misma habitualidad es la presencia de prejuicios inconscientes que se presentan a modo de “palabras frase” en las que, muchas veces, nuestros jugadores, u otros miembros de la familia rugbística, nos amparamos para justificar el bajo rendimiento o performance deportiva. Prejuicios que hacen a generalizaciones que podemos escuchar a menudo en frases tales como “es tan sólo un juego y no hay por qué tomarlo tan en serio”, “es amateur y no me pagan por esto”, “al final el entrenador va poner siempre a los mismos, y no vale la pena el esfuerzo”, “históricamente nos pasó lo mismo”, etc.

Estas generalizaciones denotan una construcción mental de la realidad que se les impone y que no toleran; por eso, utilizan estos mecanismos como defensa para justificar y deslindar responsabilidades personales relacionadas con el esfuerzo y el empeño requeridos para conseguir las tan ansiadas performances deportivas.

Como psicólogo deportivo, acostumbro a dar vueltas alrededor de la cancha y del club, en la previa y durante el partido mismo, para recolectar esta enriquecedora información que nos permite aproximarnos con mayor exactitud a la famosa mentalidad de cada club en particular en donde nuestros jugadores interactúan. Hablamos de mentalidad ya que son frases que se repiten a modo de denominador común en directivos, entrenadores y jugadores de todas las divisiones, como así también en los socios y el público en general.

Todo tiempo pasado fue mejor…

Debemos tomar especialmente en cuenta que, al perfil psicodeportológico así descripto, por medio de los cinco factores mencionados, se suma:

A. El constante avance tecnológico comunicacional, que implica nuevos usos y costumbres de expresión, comunicación y enseñanza para con el logro del óptimo aprendizaje de nuestros jugadores.

La lógica nos indica que somos nosotros, en cuanto conductores-formadores, quienes debemos conocer y adaptarnos a esta generación y su particularidad, y no ellos a la nuestra, ya que nosotros somos los que vivenciamos la actualidad y sus cambios permanentes como consecuencia de los avances comunicacionales, y presenciamos, vivimos y conocemos la historia de ésta, y no a la inversa.

Nuestros hijos y jugadores escuchan asombrados cuando contamos que nuestro primer mundial de fútbol lo vimos por televisión blanco y negro; o que no nos permitían usar una calculadora en el colegio (cuando ahora los proveen de calculadoras científicas o computadoras para facilitar su aprendizaje); o cuando esperábamos durante meses para poder acceder a un teléfono de línea; o escribíamos una carta a una novia y debíamos ponerle una estampilla y llevarla hasta el correo o al buzón de la esquina para que llegara a destino…

No se trata de hacer un juicio de valor que determine que lo actual es nocivo o negativo y que “todo tiempo pasado fue mejor”, y actuar en función de ello, pretendiendo anular, reemplazar o bloquear la actual forma de comunicación, o querer imponer la histórica nuestra u otra.

He presenciado hechos inéditos al respecto, como el de un entrenador que quería prohibir el uso del facebook porque se le complicaba usarlo y era uno de los medios a través de los cuales más se comunicaban sus jugadores y su staff.

Muy por el contrario, se trata de intentar adaptarse y lograr, por medio de la creatividad, la llegada a estos nuevos y diferentes (ni mejores ni peores) receptores, utilizando estas nuevas herramientas de comunicación a favor de nuestra misión. Si bien es lógico que pretendamos establecer una comunicación de tipo directiva, ya que es la que internalizamos en nuestra infancia, y por medio de ella fuimos educados, debemos al menos comprender que hoy es obsoleta y que no nos conducirá fácilmente a la obtención de la formación humana y el rendimiento deportivo que pretendemos en nuestros jugadores.

La comunicación interactiva (de la que nos ocuparemos en el desarrollo de este libro) es, sin lugar a dudas, la más apropiada y, por lo tanto, el estilo de comunicación que deberemos esforzarnos en integrar y adaptarnos a utilizar para conseguir nuestros objetivos en cuanto conductores-formadores.

Por último, y para finalizar con el presente tema, se agrega al constante avance tecnológico comunicacional mencionado:

B. El importante y también constante desarrollo y crecimiento del rugby argentino, que implica un mayor compromiso en tiempo y forma del mundo rugbístico en general.

La sumatoria de los cinco factores a los que hicimos referencia (que hacen el perfil psicodeportológico generacional) y los puntos A y B mencionados derivan en la consecuente conclusión diagnóstica de un progresivo ensanchamiento de la brecha intergeneracional por falta de empatía (producto de dicha carencia de comprensión).

El noble objetivo de desarrollar personas a través del deporte (ayudarlas a crecer y superarse deportiva y humanamente) nos obliga hoy a tener en cuenta el diagnóstico mencionado y a utilizar en consecuencia, y en forma inevitable, tres “herramientas” fundamentales, a saber:

1 Tener muy presentes todos los aspectos mencionados hasta el momento, lo que derivará en una toma de conciencia que nos llevará a las dos siguientes.

2 Capacitarnos y actualizarnos en nuestros conocimientos rugbísticos y las áreas que lo auxilian (preparación física, nutricional, psicológica, etc.).

3 Capacitarnos y actualizarnos en el uso de las herramientas comunicacionales indicadas para poder transmitirlos (esto implica comprender y aprender a interactuar con esta nueva generación a través de una adecuada comunicación). Esta última herramienta es el pilar fundamental donde se asienta la aplicación de cualquier área de conocimiento, y es un aspecto prioritario, ya que el conocimiento en sí mismo no implica necesariamente la sabiduría suficiente para su transmisión.

Por eso, es de fundamental importancia conocer primero la realidad y la necesidad del receptor (perfil psicodeportológico mencionado), para que podamos intentar hacernos comprender y nuestros jugadores puedan tener un real acceso a nuestro mensaje. Se trata de una cuestión de formas, y no solo de contenido. Recordemos que la capacidad de expresar una idea es tan importante como la idea en sí misma.

Por lo tanto, la mayoría de las veces, resultará más eficaz el conductor que no cuenta con demasiados conocimientos rugbísticos pero conoce la mejor forma de transmitirlos según las necesidades del receptor, que aquel que está capacitado en cuanto a conocimientos rugbísticos, pero no está lo suficientemente preparado en el arte de la transmisión.

De estas cuestiones, entre otras varias, es que se ocupa la práctica de la psicología aplicada al deporte, que tiene como uno de sus objetivos prioritarios el auxiliar al resto de las disciplinas que le dan apoyo.

Subiendo la escalera… ¿Y si comenzáramos por el primer escalón?

Es por demás sabida la prioridad que tienen los objetivos para la planificación de cualquier tipo de actividad. Sin embargo, la mayoría de las veces, cuando preguntamos a nuestros jugadores o entrenadores sobre el tema, observamos una importante tendencia a establecer objetivos de resultado, y a poner el foco en ellos, sin reparar en que, para alcanzarlos, previamente es menester poner el foco en las metas de desempeño, que son las que nos permitirán contar con mayores probabilidades de conseguirlos.

Definiré las metas como “los objetivos de transición hacia un objetivo mayor”. (Si bien no todos los autores coinciden en esto, considero que esta definición es la más apropiada a los fines de una fácil comprensión). Por lo tanto, y sin lugar a dudas, tienen una importancia mayor que cualquier objetivo final, ya que son los escalones indispensables de la escalera que inevitablemente debemos progresivamente subir para aspirar a alcanzar la cima.

Objetivos tales como “clasificar al Top 12”, “mantener la categoría”, “salir campeones”, “ganar el próximo partido”, etc., no son sino el resultado de un proceso previo (metas), sobre el cual es menester poner el foco, para tener mayores posibilidades de alcanzar dichos objetivos. En otras palabras, el establecimiento de metas de desempeño es prioridad absoluta para alcanzar estos “objetivos de resultado”.

Si nos preguntáramos, sencillamente, ¿es que acaso podemos controlar los resultados?, la respuesta nos haría ver el sinsentido de un objetivo de estas características. El caer en la tentación casi inevitable de enfocarse mayormente en estos últimos (ya que representan nuestro sueño final) hace que probablemente perdamos nuestro rumbo (o, al menos, que perdamos momentáneamente el foco de lo prioritario), ya que los resultados no dependen solo de nosotros y, por lo tanto, no son manejables.

Lo verdaderamente manejable, y que está dentro de nuestro control, son las metas de desempeño, que se relacionan con trabajar en cada escalón que nos permitirá alcanzar dicha cima, resultado final o sueño. Es por esa razón por la que, muchas veces, los equipos sufren una especie de caída libre que parece no tener fin –a pesar de que previamente había parecido que tenían equipo suficiente–, al no conseguir los resultados esperados sobre los cuales pusieron el objetivo como foco prioritario.

Podemos afirmar sin temor que las metas son las que verdaderamente orientan nuestro esfuerzo y mantienen nuestra motivación, ya que tienen la connotación de ser más reales y tangibles por su cercanía, por ser el o los próximos pasos concretos a seguir, que son mayormente alcanzables y están más a mano, los primeros escalones para llegar a la cima aún lejana, aunque necesaria en cuanto a sueño último.

Las metas son los kilómetros indispensables a recorrer de una larga ruta para llegar al destino final. Esto hace a que sean mayormente cumplibles, en comparación con el objetivo final o sueño que, si bien es noble, es aún muy lejano, abstracto, y sobre el cual no tiene mayor sentido poner el foco de antemano, ya que depende en forma absoluta de cómo recorramos este camino previo.

Cada meta así establecida hace a lo motivacional de querer alcanzarla y a orientar el esfuerzo en cada acción que nos acercará a ella; y por eso es fundamental el establecimiento de metas en forma conjunta (jugadores, entrenadores y club en general), para poder apropiarse e identificarse con ellas. Dialogarlas, discutirlas y consensuarlas, lo que hará sentirlas como propias y desearlas en conjunto, es la condición indispensable para poder alcanzarlas.

La importancia fundamental de este consenso puede verse reflejada en una pregunta sencilla: ¿Cómo hacer para que todos tiren para el mismo lado si no se está de acuerdo sobre el lado para el que hay que tirar? En este sentido, no tiene razón de ser alguna que el entrenador sea el que le imponga las metas al equipo, sin que los jugadores que lo integran tengan la posibilidad de sentirlas como propias. La discusión, la elaboración, el intercambio y la exposición conjunta de metas hace a la base del grupo humano y el equipo deportivo, y al compromiso posterior para con ellas. Es por esa razón por la que hablamos de que las metas deben ser “consensuadas”.

Siguiendo con el ejemplo del camino, sería impensado que un piloto de Fórmula 1 ponga el foco en el resultado (salir primero en la carrera o clasificar), sin ocuparse previamente de tomar cada curva o recta de la mejor manera para optimizar el tiempo y así lograr la mayor velocidad posible, a fin de superar a sus rivales para, luego de realizar esto durante toda la carrera, tener entonces, recién allí, mayores probabilidades de ganarla, ya que también están en juego otros factores que no maneja como, por ejemplo, la potencia de los motores de los autos rivales, algún accidente sorpresivo, etc.

El enfocarse en cada acción suya hará que pueda cumplir con cada una de las vueltas de la mejor manera posible, lo que se desencadenará en mayores probabilidades de alcanzar ese sueño final, que es ser primero en esa carrera o en las siguientes. El enfocarse en establecer a priori metas que se refieran a entrenar entonces cada tackle, cada ruck, cada scrum o line, o cada una de las opciones de las acciones del juego, es lo que conllevará a tener mayores probabilidades de alcanzar el resultado final.

El establecimiento de metas cuenta con múltiples beneficios, ya que nos posibilitará preguntarnos: ¿Alcanzamos la meta? ¿Por qué? ¿Cómo hicimos para alcanzarla? ¿Qué nos faltó? ¿Sobre qué tendremos que trabajar para alcanzarla la próxima vez? Preguntas de esta clase y similares hacen a la consecuente toma de conciencia de nuestros actos en forma permanente, y al desarrollo de la capacidad de análisis y autocrítica, que son las que nos permitirán luego integrar las destrezas mentales a las físicas y continuar creciendo en forma conjunta como grupo humano y equipo deportivo a corto, mediano y largo plazo.

Es importante que las metas sean difíciles, para que nos auxilien en el proceso de motivación y autosuperación permanente; pero, a su vez, también medibles, reales y alcanzables, ya que, de lo contrario, posiblemente acarrearán frustración y obtendremos lo contrario de lo buscado.

Es fundamental tener en cuenta tanto las metas individuales como las grupales, ya que las primeras hacen a la autoestima, la autoconfianza y el crecimiento individual de cada uno de los miembros que conforman el grupo humano/equipo deportivo, y las segundas, al espíritu del grupo en sí mismo.

Las tareas extradeportivas de índole grupal, como metas que tienen que ver con lo informal (actividades solidarias, dar una charla para algún otro plantel del club, o juntarse a cenar o alguna otra actividad habitual, entre otras), son fundamentales, ya que el proceso mental de puesta de metas es el mismo, y estas hacen a la conformación del grupo humano y el equipo deportivo en su totalidad.

Es clave generar el hábito de establecer metas en forma permanente para cada entrenamiento, ya que debemos tener en cuenta que el juego es una recreación del entrenamiento; es decir, se juega como se entrena y, por lo tanto, si queremos cumplir con determinados objetivos de desempeño en el partido, debemos generar inevitablemente el hábito de establecerlos y cumplirlos previamente en cada entrenamiento.

Continuando con esta lógica, si queremos contar con un equipo analítico, que desarrolle la capacidad de autocrítica, que se adapte y sea flexible para tomar las mejores decisiones ante la estrategia rival y sus posibles cambios en determinados momentos del partido, es clave que se pueda prever esto en los entrenamientos, ya que se verá reflejado en la disputa. Por ello decimos que los partidos no se juegan el día sábado, sino en cada uno de los entrenamientos de la semana, y que el día del partido en sí está casi todo dicho.

La frase “jugarás como entrenaste” representa el real valor y la importancia de la puntualidad, el compromiso, la concentración, la actitud, la predisposición y el esfuerzo en los días de entrenamiento. La conocida conclusión conformista en la que a veces nos amparamos para justificar algún desdibujado entrenamiento, que dice “total es un entrenamiento, y la hora de la verdad será el día del partido”, tendría que estar prohibida en nuestro imaginario, si es que pretendemos realmente alcanzar objetivos sustentables y nuestro máximo rendimiento a través del tiempo; ya que, si pretendemos dar algo más en cada partido, inevitablemente tendremos que generar el hábito de dar ese algo más en cada entrenamiento.

El lector podrá comprender la importancia clave que tendrá generar el hábito de establecer metas a diario (para trabajar en el análisis posterior y determinar si fueron alcanzadas o no, y poder continuar trabajando en consecuencia), como primer escalón indispensable para trabajar la fortaleza mental.

“Un viaje de mil millas comienza con un solo paso”.

LAO-TSE (604-531 A.C.)

CAPÍTULO 2 EL PODER DE LA PALABRA

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas”.

JUAN 1: 1-3

La comunicación eficaz como garantía del éxito deportivo

Aprendemos a hablar a partir de los mensajes comunicacionales de los otros. Esto significa que, para aprender a hablar, debimos previamente oír para aprender a escuchar, tal como nos determinó nuestra madre naturaleza, ya que nadie nació hablando, pero sí oyendo (en este sentido, recomiendo al lector la película Greystoke, la leyenda de Tarzán, con Christopher Lambert).

De hecho, no solo nacemos oyendo para luego poder aprender a escuchar y a hablar, sino que… ¡hasta somos nombrados antes de nacer! Es decir, nuestros padres nos ponen nombre aun antes de que tengamos existencia física en este mundo. Lo que nos diferencia de los animales es el pensamiento (al menos, en sus formas). Pensamiento que nace a partir del lenguaje mismo, como producto de los mensajes de nuestros antecesores.

Ya desde el origen inmemorial de los tiempos, se ha hecho referencia al poder de la palabra. El reconocido pasaje bíblico de Juan 1: 1-3 que usé como epígrafe de este capítulo y que vale la pena repetir “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas” hace alusión de alguna manera (más allá de las diferentes interpretaciones del mismo) a la importancia del lenguaje en cuanto esencia de la existencia del ser.

Podemos comprender que el Verbo es el principio de todo, ya que el mundo no es posible sin un lenguaje que lo explique. De hecho, la existencia de Dios tampoco es posible sin un lenguaje que le permita crear al mundo a través del mito del Génesis.

Habiendo realizado la debida alusión a la indudable importancia de la comunicación en cuanto a esencia de nuestra existencia, continuaré refiriéndome a la misma pero haciendo uso de algunos conceptos clave que harán al óptimo desarrollo de nuestros deportistas.

La clave está en el feedback

Es por demás sabida la importancia que los clubes de rugby (así también como de cualquier otro deporte y, por sobre todos, los de equipo) tienen como fenómenos socializadores en niños, jóvenes y adultos. Podemos decir que, junto con las escuelas, las iglesias y los emprendimientos comerciales, son los fenómenos socializadores por excelencia, ya que, entre otros beneficios, fomentan la autoconfianza, el cambio de actitudes, la adopción de objetivos y el aumento de la autoestima (ver Carron y Haunseblas, Dinámicas de grupo en el deporte).

Buena parte de la tarea del entrenador pasa por la comunicación (“se puede comunicar sin motivar, pero no se puede motivar sin comunicar”, como dice Carlos Giesenow en Psicología de los equipos deportivos). Por ello, el éxito de la comunicación va a depender de su habilidad para comunicarse con jugadores, staff, familiares, etc., más allá de sus conocimientos deportivos.

Si bien comunicarnos es algo que hacemos a diario, no solemos cuestionarnos el cómo lo hacemos, y mucho menos aun el proceso mismo; y, por lo general, lo ponemos a funcionar en automático. Muchas veces, cuando no obtenemos por parte de nuestros jugadores los resultados deportivos esperados, tiramos la pelota afuera (sin intención alguna de por medio) y acostumbramos emitir frases tales como: “los jugadores no hablan y no preguntan”, “nos faltan líderes”, “no tienen compromiso”, “les falta humildad” (entre otras conclusiones varias).

¿No será el momento de preguntarnos qué aspectos nuestros, desde lo comunicacional, hacen que los cambios que pretendemos a veces no se produzcan?

La comunicación es un proceso de 2 vías (ida y vuelta) que involucra el envío, la recepción y la interpretación del mensaje (feedback o devolución), tal como lo representa el siguiente gráfico.

EMISOR ⇒ MENSAJE ⇒ RECEPTOR

RECEPTOR ⇒ FEEDBACK ⇒ EMISOR

Debemos comprender que la comunicación está dada por lo que el jugador/equipo entiende, y no por lo que el entrenador dice; y por esa sencilla razón decimos que en el feedback está la clave. De allí la importancia fundamental que tiene promover la comunicación interactiva (y no la directiva).

El entrenador como moderador

Como dijimos, es fundamental promover la comunicación interactiva; esto significa el predisponer a un necesario ida y vuelta en cada charla en la que tengamos oportunidad de intervenir. Recordemos que la elaboración interna es la vía optima del aprendizaje; por lo tanto, es fundamental la capacidad de orientar actuando como moderadores, para predisponer a que sean ellos lo que se acerquen a las soluciones pertinentes (aunque uno crea saberlas a priori).

Definitivamente, debemos intentar favorecer el desarrollo de la capacidad de análisis y autocrítica (plano psicológico) para que aparezca así mágicamente la humildad que acostumbramos solicitarles (plano moral valorativo). Por lo tanto, tenemos que generar el hábito de que analicen los entrenamientos físicos, técnicos y táctico-estratégicos, y el juego, tanto individual como grupalmente.

Pasaré a describir algunas consideraciones de fácil aplicación que harán que podamos mejorar notablemente la comunicación y obtener así los resultados que pretendemos:

 Aprendamos a dar la palabra. Actuemos como moderadores, dándoles previamente la palabra. Esto los hará partícipes y protagonistas, y ayudará a que eleven la autoestima, ya que, con el correr del tiempo, perderán el temor a exponer en público, con la seguridad personal que ello implica (esto también favorece la comunicación y el intercambio grupal).

 Aprendamos a escuchar. Es condición prioritaria que aprendamos a ejercitar la escucha, ya que, si escucho a los demás, los demás me escucharán (cuidado: no es lo mismo escuchar que estar esperando para hablar). Escuchar implica la intención de querer comprender lo que me están comunicando, más allá de lo que yo piense y quiera exponer al respecto. Acotemos solo en el caso de ser necesario o para cerrar o resumir una idea o un concepto.

 Aprendamos a preguntar. Aprendamos a preguntarles para ayudarlos a pensar: ¿creés que hiciste bien el movimiento?, ¿por qué?, ¿cómo estaban parados tus compañeros?, ¿por qué tomaste esa decisión?, ¿había otras opciones?, ¿me podés mostrar?

 Asegurémonos de que se entendió. Cuando expongamos, asegurémonos de que se entendió. Acostumbrémonos a preguntarles, dentro de las rondas de grupo, en forma individual, a dos o tres jugadores por entrenamiento, en forma alternada (recordemos que lo importante no es lo que uno dice, sino lo que los otros escuchan).

 Rescatemos la persona. No nos acostumbremos a hablar dirigiéndonos siempre al grupo; utilicemos con frecuencia los nombres de cada uno, en forma alternada, para preguntarles y captar la atención, mirándolos a los ojos al hablar, con el mismo objetivo. Tengamos en cuenta que, en ocasiones, el grupo equivale a que nadie se haga cargo. No es lo mismo expresar “me gustaría que alguien hable” que dirigirse a alguien diciéndole “me gustaría que hoy hablés vos” (con nombre y apellido). Esto es útil para moderar y no dar lugar a que siempre hablen los mismos.

 Utilicemos disparadores. Es importante que utilicemos metas y objetivos como disparadores. Recordemos que (tal como vimos en “Subiendo la escalera… ¿Y si comenzáramos por el primer escalón?”) la metas orientan el esfuerzo y mantienen la motivación. El establecer metas previas a cada entrenamiento o partido los despierta, concentra e integra, y es imprescindible incorporarlo como hábito en toda oportunidad posible. De esta manera, al final el entrenamiento, podremos preguntarles: ¿alcanzamos el objetivo?, ¿por qué si o por qué no?, ¿qué hicimos bien y qué no?

Esto servirá para desarrollar la capacidad de análisis y autocrítica ya mencionada, y para desarrollar también jugadores flexibles que puedan tomar las mejores decisiones, utilizando diferentes recursos ante los diversos desafíos que pudieran presentárseles en los partidos a jugar (situaciones adversas, cambios de estrategia del rival, etc.).

El test del periodista deportivo

Una técnica sencilla que solemos utilizar los psicólogos deportivos es el “test del periodista deportivo” (ver Marcelo Roffé, Evaluación psicodeportológica), cuyo objetivo es trabajar en el desarrollo de la autocrítica. Dicho test consiste en colocarse imaginariamente en el rol de un periodista deportivo para intentar realizar un análisis más objetivo describiendo cómo fue nuestro desempeño en el último partido, destacando las cuestiones favorables y desfavorables.

Con la consigna “Imaginá que sos un periodista deportivo y escribí un comentario sobre tu actuación y la de tu equipo en el último partido”, podemos ayudar fácilmente a trabajar este aspecto fundamental, ya que, si desconocemos qué es lo que tenemos por mejorar, difícilmente podamos hacerlo.

Este trabajo, junto con la filmación de su última actuación, suele ayudarlos mucho, ya que no es lo mismo que su entrenador les diga qué tienen por mejorar, que si ellos consiguen verlo, analizarlo y elaborarlo.

Recuerdo haber implementado este ejercicio con el equipo de Pumas Seven en 2013, en etapas previas a la participación del Mundial de Rusia, con resultados muy positivos. Cada jugador aplicaba este trabajo a cada uno de los partidos jugados, aprovechando la mayor frecuencia que tienen en este reducido y, por lo tanto, pudiendo, a su vez, hacer una comparativa de las diferentes performances y encontrar más fácilmente denominadores comunes de aspectos de sus actuaciones individuales, de sus pares y del equipo en cuanto tal.

(Aprovecho para agradecerle al entrenador Andrés “Pájaro” Romagnoli –y a todos los muchachos del plantel–, por la gran predisposición y entusiasmo con los que tomaron y trabajaron todos los trabajos que compartimos).

La supuesta falta de tiempo

La experiencia me indica que muchos son los entrenadores que presentan cierta dificultad para comunicarse en forma interactiva, por la lógica resistencia que implica el cambio de hábito. Hábito incorporado que es el resultado de lo que recibimos cuando fuimos jugadores y que repetimos inevitablemente con nuestros dirigidos.

Si consideramos el perfil psicodeportológico generacional general del jugador expuesto en el “síndrome de Popeye”, tomaremos real conciencia de las grandes falencias que tiene la forma de comunicación directiva para pretender llegar a los corazones y las mentes de nuestros actuales jugadores. Se trata de generar deseo y convencer, y no de pretender imponer.

Al respecto, quisiera intentar derribar el prejuicio (que en ocasiones resulta en excusa) de algunos entrenadores que, ante estas propuestas de cambio de estilo comunicacional, se escudan (sin mediar intención alguna) en una supuesta falta de tiempo, con una simple anécdota de la que fui partícipe observando un entrenamiento de tantos de los que acostumbro observar.

El entrenador protagonista del caso frenó cuatro veces el entrenamiento (de una hora de duración) para juntar a sus jugadores en ronda, explicándoles en todas las ocasiones, en forma directiva, lo que pretendía de ellos, exigiéndoles concentración y compromiso, entre otros tantos pedidos varios. Cada una de las cuatro ocasiones tuvo una duración aproximada de cinco minutos, lo que equivale a utilizar veinte minutos del entrenamiento para pretender explicar algunas cuestiones que evidentemente nunca fueron comprendidas (tampoco preguntó si las comprendían, en ningún momento).

A posteriori, y ante su consulta relacionada con lo que yo opinaba sobre esto, porque los veía desconcentrados y desmotivados, le propuse que, en el inicio del próximo entrenamiento, fijara metas utilizando la comunicación interactiva, para poder preguntarles, al finalizar, sobre lo entrenado, y le brindé algunas pautas de comunicación en las que pudiese respaldarse.

El resultado fue que, en la siguiente práctica, utilizó finalmente solo 10 minutos (la mitad del tiempo) y logró un entrenamiento mucho más dinámico (sin que haya aparecido la falta de concentración y compromiso a las que había hecho alusión). Utilizó 10 minutos (que con el correr de la internalización del hábito fueron, en las prácticas subsiguientes, tan solo cinco) que le sirvieron para optimizar el rendimiento deportivo de los entrenamientos.

Es evidente que se trata de calidad y no de cantidad. Se trata de que los jugadores comprendan y elaboren, y no de una insistente petición o exigencia… ¿Faltaba realmente tiempo para comunicarse mejor?

Es imposible no comunicar

El primer axioma de la comunicación descripto por Paul Watzlawick (uno de los principales autores de la teoría de la comunicación humana) destaca el indiscutible hecho de que “es imposible no comunicar”, ya que “la ausencia de comunicación en sí misma nos está comunicando algo” (tal vez indiferencia, ausencia de realidad exterior, ensimismamiento, etc.). Por lo tanto, cada acción del ser humano implica en sí misma una comunicación.

Básico y de fundamental importancia es intentar tener muy presente este axioma, para jugar con él a modo de estrategia comunicativa, ya que, a partir de ello, podremos profundizar en el sistema de premios y castigos, y en los bemoles y las consecuencias de cada uno de ellos.

Pasaré a describir algunos conceptos básicos de fácil aplicación, que son prioritarios para tener en cuenta a la hora de comunicarnos.

Jamás peguemos un palazo sin antes dar un caramelo

Este conocido refrán hace alusión al objetivo de obtener la permeabilidad mental necesaria por parte del receptor (jugador), para que pueda abrirse luego a asimilar la crítica, elaborarla y buscar las estrategias necesarias para generar el cambio. Si nos basamos en la premisa del proceso conductual del comportamiento humano, “pienso-siento-actúo” (mencionada en “El ‘bombero’ versus el ‘techista/plomero/peluquero’”), obtendremos que por medio de mi comunicación puedo predisponer a que el jugador:

 Piense: “El entrenador solo nos/me marca el error, y no lo que hacemos/hago bien”.

 Sienta: frustración, amenaza.

 Actúe: con falta de motivación para generar un cambio o jugando “atado” para no arriesgarme a ser criticado.

O puedo predisponer a la inversa a que el jugador:

 Piense: “El entrenador destaca lo que hice/hicimos bien”.

 Sienta: reconocimiento, confianza.

 Actúe: con la motivación necesaria para aceptar críticas, y generar y aceptar estrategias para provocar el cambio, y juego con desinhibición, confiando en mis capacidades.

Es por esta razón que habitualmente sugiero –hasta en forma exagerada– a entrenadores, capitanes y referentes de los equipos que, a pesar de concluir, determinar o considerar que determinado jugador o equipo no haya hecho nada bien, intenten ser creativos y, de ser necesario, lleguen al límite de inventar algo favorable.

Entiendo que, por lo general, el hecho de no hacer nada bien corresponde a una vivencia subjetiva de una situación frustrante, ya que, si nos esforzamos en buscarlo, sin lugar a dudas, y por lo común, encontraremos algo favorable para destacar.

Recomendamos, para estos fines, utilizar en cuanta oportunidad tengamos la “comunicación sándwich” (ver Carlos Giesenow), que está en relación con utilizar a priori un mensaje positivo para provocar dicha permeabilidad, que nos permitirá dar paso luego a la crítica/error, y finalizar con un mensaje de aliento o motivador.

Para ello, es fundamental poner el foco en cómo están jugando, y no en el ganar o perder. Debemos poner el foco en el esfuerzo (y en el resultado solo cuando se da con esfuerzo), ya que, como ya dijimos, el esfuerzo está bajo la órbita de nuestro control, pero el resultado no.

Subrayar el desempeño por sobre el resultado será de importancia fundamental si buscamos continuar ratificando determinadas conductas y que sean sustentables a través del tiempo; ya que, como mencionamos con anterioridad, los resultados no son manejables, pero sí los objetivos de desempeño, que son los que nos permitirán alcanzar los primeros a futuro. Por otro lado, remarcar el desempeño hace a lo motivacional, independientemente del resultado obtenido. Al respecto, Francisco Arnut Echave propone un claro ejemplo:

Comunicación correcta

Pan “Estamos entrenando con mucha intensidad, los felicito por el esfuerzo”.

Fiambre “Cuando se nos cae la pelota, es porque estamos algo alejados del compañero”.

Pan “¡Vamos que estamos cada vez más cerca de conseguirlo!”.

Comunicación incorrecta

Fiambre “¿Qué están haciendo? ¿Hasta cuándo se les caerá la pelota?”.

Pan “¡Concentrémonos de una buena vez!”.

Fiambre “¡Si están lejos, nunca saldrá!”.

Qué fácil que es ponerle buena onda

Aconsejamos utilizar reforzamientos positivos (elogios, sonrisas, palmadas, aplausos, etc.), ya que están estrictamente vinculados con la motivación. Tengamos en cuenta que el elogio tiene un mágico efecto, y el asociarlo a su vez a las destrezas (por ejemplo: “¡Muy bien! ¡Así se tacklea!”) hace a la integración mental de los aspectos físicos, técnicos y táctico-estratégicos.

Aconsejamos también utilizar reforzamientos negativos en forma indirecta. Tomemos en cuenta que la ausencia de reforzamiento positivo (recordemos que “es imposible no comunicar”) implica en sí misma indirectamente una forma de castigo (por ejemplo: indiferencia).

En otras palabras, podemos decir que la falta de reforzamiento positivo (premio) implica un castigo en sí y, por lo tanto, cuando un jugador nota que se está premiando a un compañero que realiza algo positivo, y que a su vez se es indiferente para con él (por no obtener logros o por no preocuparse en obtenerlos), automáticamente pondrá también toda su energía para obtener un elogio similar al que obtuvo su par (provocaremos así, indirectamente, en él también la búsqueda del resultado deportivo esperado).

Por esta razón, estos castigos por remoción de un estímulo valorado son los más aconsejables de utilizar, por sus indudables beneficios y su facilidad de implementación, en contraposición a los reforzamientos negativos de forma directa, denominados “castigos por aplicación de un estímulo aversivo”. Sobre estos últimos, nos explayaremos a continuación, para explicar las dificultades de su implementación y algunos ejemplos de mal uso corriente.

Cuidado con meter la gamba

Aconsejamos utilizar reforzamientos negativos en forma directa (sanción, castigo) únicamente para cuestiones de indisciplina (impuntualidad, inconducta, orden) que hacen perjudicial el trabajo grupal. Es común ver que algunos conductores utilizan el reforzamiento negativo directo del castigo con el noble objetivo de modificar algunas conductas, pero incurriendo en un grave error.

Un ejemplo de ello es el entrenador que castiga al jugador con determinada cantidad de flexiones de brazos cuando se le cae la pelota o, lo que es aun peor, castiga a todo el equipo señalando al jugador al que se le cayó como responsable de dicho castigo, por su supuesta falta de concentración o predisposición.

Si lo analizamos en detalle, se está utilizando un reforzamiento negativo a modo de castigo (cuando el jugador sabe que no se le tiene que caer la pelota y no quiere que ello ocurra), en lugar de analizar las razones de por qué se le cae y, en consecuencia, intentar ayudarlo a mejorar sus destrezas con herramientas claras relacionadas con la mejor forma de recibir la pelota, tanto desde lo técnico como desde lo mental (herramientas para saber cómo concentrarse y/o donde debería poner el foco).

A su vez, se genera aun mayor confusión al castigarlo con un ejercicio que implica algo positivo (ejercitar sus brazos) y se lo desmotiva delante de sus pares, con la condena social que esta implica, cuestión que hará a que posiblemente no quiera ser protagonista del juego y que, en lugar de buscar recibir la pelota, lo evite, “escondiéndose” para no prestarse a esta situación predisponiéndolo así a jugar “atado” por temor a equivocarse (además de lo contradictorio que puede llegar a ser también la posibilidad de provocar fatiga en sus brazos, lo que tampoco lo predispondrá físicamente a realizar mejor los pases).

Lo paradójico es que, muchas veces, después de implementar estos reforzamientos en forma errónea, nos preguntamos: ¿Por qué juegan “atados”? ¿Por qué no son protagonistas? ¿Porqué se “esconden” detrás de sus compañeros?…

Un estilo de conducta similar solemos utilizar cuando sancionamos a un jugador ante una indisciplina, castigándolo con ir a referear a otra división del club, cuando, por el contrario, el ir a referear a una división del propio club debería ser parte del entrenamiento y el desarrollo de todo jugador, por todos los beneficios que implica para el que lo realiza (conocimiento del reglamento, toma de decisiones, exposición social que hace a elevar su autoestima y su seguridad personal, solidaridad con otros equipos del propio club, etc.) y para el club mismo.

Es habitual que muchos padres también castiguen a sus hijos impidiéndoles ir a entrenar o jugar cuando no sacan buenas notas en el colegio, o por cualquier otra razón similar, impidiéndoles así realizar algo sano que hace al ejercicio físico y la socialización.

Todas estas conductas constituyen mensajes contradictorios (nos referiremos a ellos en breve), y sólo hacen a la confusión o la parálisis de nuestros jugadores. No hay mejor correctivo que predisponer a generar el dialogo (requiere mucha paciencia) para fomentar la capacidad de análisis y autocrítica que conllevará la toma de conciencia que, a su vez, desencadenará en el cambio de conducta. Como ya dijimos, se trata de generar el deseo de algo, en lugar de pretender imponer (tarea desgastante para todo formador, que no tiene mayor sentido, ya que no es útil para alcanzar el objetivo en forma sustentable a lo largo del tiempo).

El pez por la boca muere

Mencionamos con anterioridad las dificultades que presenta la implementación de esta clase de reforzamientos. Pasaremos a detallar algunos aspectos relacionados con su implementación, para facilitar su uso en el caso extremo de que así sea necesario. Para la aplicación adecuada de reforzamientos negativos en forma directa o castigos por aplicación de un estímulo aversivo (retomando a Carlos Giesenow), se deberán tener en cuenta varios factores:

 La explicación del sistema en la pretemporada. Nos referimos a reglas claras de parámetros esperables. Podemos optar por volcarlas por escrito y que todos cuenten con ellas, para no dar lugar a ninguna clase de malos entendidos.

 La advertencia previa a la aplicación del castigo. Hablamos de advertencia y no de amenaza, ya que el objetivo que persigue la primera es el de orientar y marcar el rumbo de lo esperable, brindando una oportunidad de cambio, y no el de infundir temor o miedo. Por ello, es fundamental que la advertencia esté acompañada de una oferta de conductas esperables en esa situación que hagan a esa orientación y oportunidad de cambio.

 La coherencia, lo que implica que, una vez explicado y advertido el castigo, y en el caso de continuar persistiendo en las conductas sancionables, no habrá otra opción que la decisión de su aplicación. Decisión que deberá ser coherente. Esto significa que no hay marcha atrás, una vez decidida su aplicación.

 La equidad, que significa que, ante la aparición de la conducta sancionable, deberá aplicarse la sanción independientemente de quién sea protagonista del hecho sancionado. En otras palabras, se deberá, en estas instancias, tratar a todos por igual.

 El cumplimiento y la reintegración tienen un carácter de fundamental importancia, ya que, una vez cumplida la sanción, se deberá poner el foco en hacer sentir al jugador nuevamente parte, para que no quede con la sensación de que cayó en desgracia de su entrenador, quien no deberá dejar que transcurra demasiado tiempo para buscar en su jugador una conducta positiva para ser reconocida.

 La impersonalidad: continuando con la lógica del factor anterior, es importante tener en cuenta que, al aplicar la sanción, es menester que nos enfoquemos en el error y en sus formas de solución, y no en quien lo cometió; es decir, en el hecho objetivo, y no en el subjetivo del acto.

 La asociación, que está relacionada con no utilizar la actividad física como castigo (entrenar más o referear), ya mencionado con anterioridad. Podemos agregar al respecto que no es aconsejable sacar a un jugador del partido y/o entrenamiento inmediatamente después de haber cometido un error en el juego, y menos aun ridiculizarlo por sus acciones.

Para finalizar, debemos tener en cuenta también la inmediatez y la reflexión, que implican que, ante la posibilidad de dudar de la aplicación de la sanción por cualquier motivo, se le podrá comunicar al deportista que se reflexionará al respecto y que lo hablaran luego. Esto hace a la posibilidad de postergar la sanción para ganar tiempo y poder reflexionar sobre el tema, sin haber dejado de señalar en forma inmediata una acción irregular.

Interpreto que, a esta altura, el lector habrá tomado fácilmente conciencia de las dificultades de la implementación de este tipo de reforzamientos, con tan solo imaginar las consecuencias que puede acarrear el no tener lo suficientemente presente cualquiera de los aspectos recientemente detallados. Debemos tener un especial cuidado, ya que, tal como dice el refrán, “El hombre es esclavo de sus palabras”.

Los profetas del desconcierto

A continuación haré referencia a algunos otros aspectos comunicacionales fundamentales que deberíamos tener especialmente en cuenta en nuestro discurso cotidiano:

– Debemos tener especial cuidado con los dobles mensajes o mensajes contradictorios (“haz lo que yo digo pero no lo que yo hago” o reclamar a algunos que cumplan algo y a otros no, ante circunstancias similares). Mensajes todos que provocan solo desconcierto, confusión y frustración en nuestros jugadores. De allí la importancia de que el staff cuente con un discurso unificado (y comportamientos consecuentemente coherentes), ya que los mensajes contradictorios pueden emitirse desde un interlocutor o desde varios.

Un ejemplo del primer caso ocurre cuando el entrenador pide a su equipo disciplina o que tenga tranquilidad, y pasa gran parte del partido quejándose del referee o de los jugadores que cometen errores, a los gritos o gestualmente, desde el banco de suplentes (con el perjuicio que, a su vez, implica observar estas conductas y críticas en un posible reemplazante, quien con toda lógica podrá preguntarse: “Si llego a entrar, ¿me va a criticar también así?”).

El segundo caso se da cuando un entrenador emite un mensaje determinado, y su colaborador, otro diametralmente opuesto. Es decir, el entrenador actúa en función de lo que pide de manera coherente, pero no así los miembros de su staff y sus colaboradores, lo cual constituye un mensaje contradictorio que parte del seno de su equipo de trabajo.

– A su vez debemos tener especial cuidado con las profecías autocumplidas (las cuales tienen un poderoso efecto psicológico sugestivo de futurismo determinante). A la hora de exponer y ejemplificar sobre el tema en alguna clínica, recurro con frecuencia al ejemplo del mensaje de un reconocido entrenador junto a quien tuve la oportunidad de trabajar, quien en la charla de entretiempo (y luego de que su equipo había jugado un excelente primer tiempo, después de varios partidos de no haberlo hecho) les dijo a sus jugadores (lejos de felicitarlos): “Si continúan haciendo penales, les van a dar vuelta el partido”.

Es evidente que primero hubiera correspondido, al menos, una felicitación (“Jamás pegar un palazo sin antes dar un caramelo”) por la performance del equipo para dar luego lugar a la pregunta “¿Qué les parece que tenemos por mejorar?”. Y, ante la inminente respuesta por parte de alguno de sus dirigidos, que hubiera sido sin duda “Estamos cometiendo demasiados penales”, recién preguntarles: “¿Por qué? ¿Qué proponen cómo solución?”.

Sin duda alguna, hubiera orientado así a que sus jugadores identificaran el problema y elaboraran una solución (la elaboración interna es una de las claves para el cambio y, por lo tanto, recordemos que no debemos dar las soluciones digeridas), actuando como “moderador” y aportando solo en el caso de ser necesario, para cerrar la idea o concepto.

Los rostros de los jugadores (quienes esperaban un refuerzo positivo por parte de su entrenador, por la gran actuación) ya lo decían todo, y sus palabras fueron la “crónica de una muerte anunciada”, ya que obviamente el cambio actitudinal del equipo luego de este mensaje (que actuó a modo de “profecía autocumplidora”) hizo que les dieran vuelta el partido y lo perdieran de manera categórica, luego de seguir cometiendo penales, ya que el conductor solo mencionó lo que ellos ya sabían, pero no tuvieron la oportunidad de ponerlo en palabras para encontrar en conjunto la solución apropiada.

– Es fundamental que hablemos por la necesidad del que escucha, y no por la nuestra de exponer. El ejemplo anterior marca a las claras las consecuencias que tiene el hecho de hablar por la necesidad de catarsis y/o por temores o ansiedades personales, y no por la necesidad que tiene el receptor, lo cual activó el fantasma del temor inconsciente lógico de cualquier equipo que viene siendo derrotado hace ya varias fechas (temor a que les den vuelta el partido).

En conclusión, debemos preguntarnos: ¿Qué es lo que necesitan oír para cambiar? Sin duda, son ellos los que nos orientarán en el mensaje adecuado que debemos utilizar, si aprendemos a darles la palabra y a escucharlos. No debemos prejuzgar ni hacer diagnósticos tajantes previos a lo que está sucediendo, sin antes escucharlos.

Adentrándonos en mayores detalles, es conveniente también que evitemos el uso del “no”, dentro de lo posible (como, por ejemplo, “No cometamos más errores”, “No cometamos más penales”, etc.).

Recuerdo el famoso juego de nuestra infancia llamado “ni sí ni no, ni blanco ni negro”. Intentemos jugar con la posibilidad de utilizarlo solamente para hablar sin el no, buscando otras opciones más positivas. El uso del “no” ocasiona inconscientemente temor e inhibe y ata en el juego. Sería algo así como “para no equivocarme, no me arriesgo a entregar mis destrezas al límite de mis capacidades”; por lo tanto, “hago solo lo que me ocasiona cierta seguridad”.

Hay otras formas de comunicarse que activan en lugar de paralizar o limitar, como por ejemplo: “Defendamos limpio/con inteligencia” o “Cometamos penales solo en caso de extrema necesidad”.

Utilicemos el “timing de la comunicación”. No solo es el “qué” sino el “cómo” y el “cuándo”. Demos mayor importancia a la forma que al contenido en sí. Decirles que “se tranquilicen o relajen o que jueguen seguros” no tiene mayor sentido, si no demostramos en nuestro mensaje tranquilidad, relajación o seguridad.

Es importante también encontrar o generar el momento propicio para hablar. Si vamos a marcar un aspecto desfavorable de algún jugador, es aconsejable no hacerlo en público, ya que se suma a la crítica la mirada social que paraliza en lugar de activar (recordemos también utilizar la comunicación sándwich). Por el contrario, si vamos a reconocer algo beneficioso, hacerlo en público, ya que será una herramienta muy eficaz para que se repita la conducta, y el resto busque también imitarla.

La culpa es de Adán y Eva

Hay algunas palabras que deberíamos borrar de nuestro diccionario, ya que carecen de connotación positiva, y reemplazarlas por otras que son más motivantes, o menos desmotivantes, aunque de uso necesario.

Por ejemplo: resultado “adverso o desfavorable” en reemplazo de resultado “negativo”, ya que este último tiene la connotación más cercana a lo irremontable; “temor” en lugar de “miedo”, ya que la segunda no da lugar a la aceptación por la falsa connotación de falta de virilidad; “responsabilidad” en lugar de “culpa”, ya que la primera denota posibilidad de cambio futuro y, por lo tanto, “activa”, en contraposición a la segunda, que tiene connotación de condena y, por lo tanto, paraliza; entre muchas otras.

Con respecto al último ejemplo, considero importante hacer una mención especial respecto del tema de la culpa y la responsabilidad, ya que pertenecemos a una cultura culpógena, producto de las raíces de nuestra religión judeocristiana (basta tan solo con mencionar la parábola de Adán y Eva, que dio lugar al origen del ser humano y al pecado original) y de la influencia de diferentes culturas europeas que contienen características similares.

Si bien el sentimiento de culpa de la humanidad, según Freud, tiene psicológicamente sus raíces en el complejo de Edipo, podemos inferir que, en culturas como la nuestra, la culpa tiene un rol determinante aun mayor que en muchas otras. Tendemos a confundir la culpa con la responsabilidad y declaramos culpables a modo de condena en lugar de responsables, con la oportunidad de cambio que esta palabra implica.

Por el contrario, nos cuesta también asumir responsabilidades ante críticas determinadas, porque tendemos a sentirnos culpables y paralizarnos, y hasta preferimos evitar no escuchar algo que marque que pudimos habernos equivocado. Si bien para el ser humano de cualquier cultura la crítica puede sentirse, en mayor o menor medida, como una herida narcisista (al propio ego), es una característica muy particular nuestra el no querer admitir errores, por el consecuente dolor emocional que ello implica.

En conclusión, utilicemos la palabra “responsabilidad”, que hace a la posibilidad de cambio y activación (y actuemos como conductores en función de su significado), e intentemos borrar de nuestro diccionario la palabra “culpa”, por su condición de condena paralizante.

El ladrón de tesoros

Es importante que, como entrenadores/conductores, utilicemos un discurso que apunte a generar el deseo en reemplazo de la voluntad. Esto significa hacer especial énfasis en lo que queremos, en lugar de lo que debemos hacer. El jugador o equipo que entrena tres veces por semana en su club, o se concentra con su seleccionado, cumple con la nutrición y el descanso adecuado, concurre al gimnasio, etc., para jugar el partido del fin de semana con su equipo o su selección, no debe poner garra y corazón (o “huevos”) en la cancha, sino que quiere hacerlo, y para ello se ha entrenado de esta manera, sin necesidad de imposición alguna sino por su deseo personal de querer hacerlo. Nada ni nadie lo obligan. Lo hace porque quiere. Es un compromiso con su deseo, con lo que quiere y le gusta hacer.

El deber hacer algo (imposición) no apunta a la motivación pura o propiamente dicha. La motivación es “la causa que promueve a una persona a actuar o realizar algo”; por lo tanto, difícil es que corresponda a una imposición o una obligación. Ahora bien, si bien a nivel consciente el jugador sabe lo que desea, debemos tener en cuenta que el nivel inconsciente tiene un papel determinante en relación con el deseo de las personas. Y hacia allí es a donde debemos apuntar con nuestro mensaje.

Habitualmente recurro, para contribuir a la comprensión de este tema, a una leyenda de origen irlandés, “El tesoro al final del arco iris”, narrada por José Gregorio Villalobos.

Esta leyenda cuenta que, al final del arco iris, se encuentra un cofre lleno de monedas de oro, y que cada uno de los siete colores del arco iris representa un obstáculo que debemos sortear para alcanzarlo. Muy pocas fueron las personas que pudieron atravesar cada uno de los obstáculos (colores), y tan solo una llego a encontrarse frente al tan codiciado tesoro.

Cuando, luego de un gran esfuerzo, esta persona consiguió abrirlo e intentó tomar las brillantes monedas, el cofre comenzó a alejarse, impidiéndole la tarea. Probó varias veces con el mismo resultado, hasta que decidió intentar levantarlo. Al hacerlo, apareció debajo del mismo un pequeño y horrible duende, que lo asustó riendo sarcásticamente, motivo por el cual decidió alejarse corriendo y abandonar su tarea.

Ahora bien, imaginemos por un instante que los colores del arco iris son todos los obstáculos que conscientemente conoces y que debes atravesar para alcanzar tu anhelado sueño, y el duende… es tu inconsciente, ¡que no te permite alcanzar tu deseo! Y así tu duende interior (inconsciente) te convence de que es mejor no seguir intentándolo. No es fácil cambiar los paradigmas y reconocer que solo uno es el responsable de no poder alcanzar el tesoro al final del arco iris.

A diario contemplamos en nuestro espejo al culpable de nuestras derrotas y miedos, sin atrevernos a reconocerlo y enfrentarlo, y así evitar que el tesoro se siga moviendo de lugar cada vez que nos acercamos al deseo anhelado; y, en lugar de ello, conseguimos la excusa siempre perfecta para justificar pequeños avances. Es cuestión de cambiar de actitud y pasar de estar interesado a estar realmente comprometido, involucrándonos con pasión en nuestra metas y reemplazando nuestros “debo” (imposición) por nuestros “quiero” y “puedo” (deseo).

El deseo es la energía clave con la que cuenta nuestra voluntad para conseguir nuestras metas. Hay personas que piensan que todo es cuestión de voluntad, pero esta no es suficiente para seguir escalando y obtener el tesoro.

Si cada vez que equivocamos el camino, tomando decisiones erróneas, recomenzamos nuestra búsqueda dándole lugar a nuestro deseo, recordando y tomando conciencia de lo que queremos, más temprano que tarde llegaremos al final del arco iris, venciendo al duende y obteniendo el tesoro. Por ello es fundamental que nuestro mensaje apunte en forma permanente al deseo. Este último es el motor de la voluntad. Sin él, y solo con voluntad, podremos ir a algún lugar, pero no tan lejos ni tan rápido como con el deseo. En conclusión, la voluntad es una herramienta del deseo.

Preparados, apunten…, ¡fuego!

Hay algunas frases que apuntan directamente a la voluntad, pero no al corazón del deseo, tales como “tenemos que ganar como sea” u otras arengas de capitanes y entrenadores que no toman en cuenta el deseo. En realidad, el deseo prácticamente no debería necesitar de arengas. Poner el deseo por sobre la voluntad es fundamental para tener siempre presente el convencimiento. Esto es “atar” cada acción deportiva a nuestro sueño. En este sentido el deseo es la “motivación por excelencia”.

Cuántas veces vemos equipos que hacen una emotiva y aguerrida arenga, la cual provoca pensar “Estos se los van a comer crudos”; y, sin embargo, luego salen a la cancha y la nafta sólo dura diez minutos, no pasa nada, sino todo lo contrario: el rival los pasa por arriba. Es que debemos comprender que la arenga es el disparador de la motivación. Metafóricamente, podríamos ejemplificar a esta última como a las balas de un revólver. La arenga sería algo así como el gatillo que hace al disparo de las balas del arma (motivación). Pero, si el revólver no está cargado con balas, no dispararemos nada o no dispararemos lo suficiente.

Al respecto, debemos pensar en términos de grados de motivación, y no en términos de si tenemos motivación o no. Existen matices y grises, es decir, se puede estar motivado en mayor o menor medida. La motivación debe trabajarse en forma permanente, apuntando nuestro mensaje al deseo, fundamentalmente en la semana, para que el gatillo de la arenga previa pueda luego tan solo ejecutar el disparo.

Lo ideal es lograr que nuestros jugadores piensen en términos de “querer” y no de “deber”. Reemplazar la exigencia por la motivación, para dar lugar al compromiso personal y grupal en pos del objetivo. Si reemplazamos, en el diálogo interno, “el yo debo o tengo que” por el “yo quiero y puedo”, reforzaremos la presión positiva del deseo y quitaremos la presión negativa de la exigencia del mensaje.

Decía que la voluntad es una herramienta del deseo. Esto significa que, una vez generado el deseo de obtener algo, sea un bien material o un bien espiritual, este deseo es el que pone en funcionamiento nuestra voluntad de actuación, nuestra voluntad de realización de un acto, o los actos que sea necesario realizar, para llegar a obtener lo que se desea. Por ello, es fundamental que nuestro mensaje apunte a tenerlo siempre presente.

Entrenando lo que pedimos…

Continuando con el tema de la arenga y con el del significado de las palabras, como conductores (entrenadores o capitanes), muchas veces actuamos como si los momentos previos a los partidos de rugby fueran los únicos válidos para el desarrollo psicológico de estos, pretendiendo preparar a los jugadores mentalmente solo en esta instancia, pidiéndoles concentración, humildad y compromiso, entre otras cosas, y recordándole a cada uno qué es lo que se pretende de él, para intentar así motivarlos.

Esto es porque consideramos que todos estos aspectos son algunas de las causas del alto rendimiento. Sin embargo, resultará poco útil, ya que todos estos atributos que pretendemos de ellos no son causas sino consecuencias de nuestra forma de comunicarnos.

Generalmente, reforzamos algunos pocos conceptos y, en todo caso, reforzamos los temas psicológicos, algunas veces por medio de largas charlas en el vestuario (con contenidos motivantes y alentadores), para terminar en una tradicional arenga. Lo mismo ocurre con las charlas de entretiempo. Olvidamos que, para aspirar a lograr todo esto, es condición indispensable estar muy bien preparados psicológicamente en la semana, ya que se juega como se entrena.

Por lo tanto, con el fin de estar mentalmente preparados para jugar, es menester haberse preparado psicológicamente en los entrenamientos. Al respecto, considero importante acotar que el jugador ya sabe que tiene que jugar concentrado, ser humilde y comprometido, pero la pregunta que se impone en forma inevitable es: ¿Fue esto entrenado en la semana previa alguna vez?

Desglosaré a continuación, a modo de ejemplo, por el momento, solo estas tres palabras (concentración, compromiso y humildad) de uso habitual en nuestro discurso.

¿Y si nos concentráramos en que aprendan a concentrarse?

El decirles a nuestros jugadores “juguemos concentrados” es al menos algo inútil, ya que el jugador sabe que tiene que hacerlo, pero el problema pasa por otro lado, ya que no sabe cómo y por qué se desconcentra; y, por lo tanto, no le estamos facilitando las herramientas para que lo entrenen. Estas palabras resultan, así, vacías o carentes de contenido, ya que la concentración es una habilidad mental que no están habituados a entrenar.

Una de las tantas definiciones de la palabra concentración dice que “es la capacidad que hace al proceso voluntario de atención sostenida en un foco por un período de tiempo determinado”. Tan solo tomando en cuenta esta breve definición, nos daremos cuenta de que, muchas veces, hasta facilitamos que existan factores distractores con nuestro accionar (periodismo, miembros del staff que utilizan el celular o hablan aparte con otra gente en voz alta o hacen chistes en entrenamientos y partidos, etc.).

Decíamos que, para pedirles concentración, previamente tienen que saber concentrarse o aprender a hacerlo. De lo contrario, el pedírselos carece de lógica alguna. (Complementaré el tema de la concentración en la semana, la previa al partido y el entretiempo en las próximas páginas, cuando me refiera a los “rivales de la concentración” y las herramientas con las que contamos para vencerlos).

Camino al altar

Algo similar ocurre con el compromiso. La definición dice que es “una obligación contraída o palabra dada, acuerdo o pacto formal al que llegan dos o más partes tras hacer ciertas concesiones cada una de ellas”.

De hecho, todos conocemos lo que el compromiso previo al matrimonio implica en cuanto a pacto explícito (más allá de que luego se cumpla o no). Mi experiencia en clubes y seleccionados me indica que muy pocas son las veces en que este pacto se hace explícito, ya que se les dice a los jugadores lo que se espera de ellos, pero no se escucha lo que ellos esperan de nosotros.

Muchas veces, los acusamos de no estar comprometidos, sin percatarnos de que este compromiso implica el saber darles la contención afectiva (incluyendo límites) y la confianza necesaria que requieren para poder pedirles a cambio los resultados deportivos esperados. No olvidemos que el jugador dedica gran parte de su tiempo a este deporte y a su club, y que este último tiene el especial y noble objetivo de socializarlo y contenerlo.

Por lo tanto, el rol paterno que sus entrenadores y los miembros del staff representan (están más tiempo, a veces, con nosotros que con sus propios padres) es fundamental para el desarrollo de todo jugador y para poder, así, generar el compromiso mencionado (contención a cambio de resultados deportivos), el cual deberá “objetivarse” (ser bajado a tierra) en forma conjunta con el grupo en conductas que puedan ser medibles (asistencia, puntualidad, actitud y concentración en entrenamientos, entre otras).

Esto es clave, ya que los entrenadores y su staff son los responsables de la motivación y el compromiso, que los jugadores sentirán únicamente si se los hace formar parte del proceso desde la pretemporada. La motivación y el compromiso, así entendidos, se trabajan a partir de allí y en cada entrenamiento (y no solo en los instantes previos a los partidos).

Es por esta razón que, como conductores, debemos poner nuestro foco y nuestra energía en la dinámica de los entrenamientos, la forma de comunicarnos, y la puesta de metas y objetivos compartidos en cada uno de ellos. Parafraseando a Francisco Arnut Echave, “motivación y compromiso son como una pareja que va de la mano: si bien no son iguales, es muy difícil que existan el uno sin el otro”.

Comprando la humildad en el kiosco

Para finalizar, hablaremos de la humildad (palabra a la que los hombres de rugby recurrimos en cuanta oportunidad se nos imponga, ya que, sin duda alguna, representa uno de nuestros valores fundamentales). Les pedimos a nuestros jugadores que… ¡sean humildes! Y, a su vez, ¡ellos también se lo piden entre ellos…! ¡Seamos humildes! O con frecuencia explicamos alguna performance deportiva desfavorable acudiendo a la frase “nos faltó humildad”… ¿Y qué hacemos al respecto?, ¿la compramos en un kiosco?

Debemos comprender que tampoco la humildad aparecerá por sí sola, porque la invoquemos o la pidamos. La definición de humildad dice que “es una virtud humana atribuida a quien ha desarrollado conciencia de sus propias limitaciones y debilidades, y obra en consecuencia”.

Para enseñar a nuestros jugadores a ser humildes, debemos previamente entrenarlos para ello, a fin de que no sea otra palabra vacía o carente de contenido. La humildad no pasa por otro lado que por el de predisponerlos a lograr el desarrollo de la capacidad de análisis y la autocrítica.

Por lo tanto, las preguntas obligadas son: ¿Enseñamos a desarrollar el análisis y la autocrítica en la semana? ¿Establecemos en cada entrenamiento físico, técnico y táctico-estratégico objetivos individuales y grupales junto con nuestros jugadores y, cuando finaliza cada entrenamiento, les preguntamos si los alcanzaron o no? ¿Qué hicimos bien? ¿Y qué no? ¿Qué proponen para mejorarlo? ¿Les facilitamos un breve espacio de análisis conjunto y los hacemos formar parte de él para que integren las destrezas mentales a las físicas?

Los beneficios serán innumerables, ya que esto les servirá para saber dónde deberán poner el foco y podrán mantenerse concentrados en los entrenamientos. A su vez sabrán que luego deberán exponer sobre sus actuaciones y desarrollarán así la concentración, la motivación, y la capacidad de análisis y la autocrítica… y es así como mágicamente irá haciendo su aparición la humildad solicitada.

Una herramienta de fácil implementación consiste en realizar trabajos grupales semanales que consisten en darles a cuatro o cinco jugadores, en forma alternada, una tarea para el hogar, que consiste en realizar un análisis de la semana de entrenamiento con el partido del fin de semana incluido, para que realicen luego una breve exposición al staff y al equipo, a posteriori, los días lunes.

Trabajos similares podemos implementar utilizando el video del último partido a modo de evaluación post competitiva, para lograr estar en conjunto en la misma sintonía de análisis. La pregunta que deberíamos hacernos es: si los jugadores y la totalidad del staff no tienen la misma visión de los aspectos favorables y desfavorables de lo realizado deportivamente cada semana, ¿cómo podrá encarar el equipo/grupo el próximo partido?

Ocasiona al menos una incertidumbre importante el solo hecho de imaginar que dos o tres jugadores (de un deporte donde quince jugadores serán protagonistas de un partido) tengan interpretaciones diferentes sobre determinadas cuestiones que hacen al rendimiento deportivo del equipo.

En definitiva, si pretendemos humildad (consecuencia de un adecuado desarrollo de la capacidad de análisis y autocrítica) debemos generar circunstancias propicias para que nuestros jugadores puedan generarla.

A propósito de la humildad, quisiera hacer referencia a diferentes artículos de circulación masiva que hacen alusión a la humildad (virtud/valor) como una habilidad clave de los jugadores del seleccionado neocelandés.

La humildad no es la clave de los All Blacks

¿Lo que distingue a los hombres de negro es la humildad? ¿La humildad es una habilidad? El lector podrá inferir a esta altura que la humildad corresponde a una dimensión valorativa que podrá desarrollarse a partir de la incorporación del desarrollo de la capacidad de análisis y autocrítica, que corresponden a una dimensión psicológica.

Por lo tanto, no es en sí misma una habilidad, sino un concepto que hace referencia a un valor que se alcanza por medio de tener la habilidad de utilizar dicha capacidad (de análisis y autocrítica) y únicamente si es que esta fue previamente desarrollada. Por otra parte, lo que han incorporado los hombres de negro es el hábito de ir a más. Decimos hábito porque es algo que realizan en forma automática y cotidiana, sin siquiera tener que proponérselo.

Por esta razón es que el acto mismo, por ejemplo, de tomar una escoba y barrer el vestuario no representa en sí mismo humildad alguna, sino la internalización de un hábito que representa la búsqueda permanente de autosuperación. Dicha búsqueda que hace al siempre hay algo más por hacer y, por lo tanto, una oportunidad para perfeccionarse, es ejercitada por ellos en todos los aspectos de su vida (independientemente de que sea en los entrenamientos, en el juego, luego del partido o en su vida personal). De allí la frase “mejores personas, mejores All Blacks”. Este hábito incorporado mencionado es la clave principal que los diferencia del resto de los seleccionados.

Fundamento esta afirmación de orden psicológico analizando tres de los puntos del escrito de James Kerr (escritor británico que tuvo acceso al campamento All Black durante cinco semanas en el 2010), titulado Legado. 15 lecciones sobre liderazgo. Luego de haber convivido con ellos, expuso a su criterio las siguientes y por demás interesantes lecciones de liderazgo, que transcribiré a continuación, para poder realizar el análisis pertinente a posteriori.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
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311 стр. 19 иллюстраций
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9789874733276
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