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Araca corazón callate un poco

Enrique Butti

Índice

PORTADILLA

PRIMERA PARTE: El sofá cama de Marzolini

I Mi muñeco

II El loco por la Flaçon

III Marzolini festeja la Pascua

IV Se abre una nueva flor en el valle del Señor

V Nace una señora hecha y derecha

VI ¿Eres tú Nadie también?, pregunta mi Ulises

VII Corta el cordón con la neonata

VIII Hagiografía

IX El hábitat de las mosquitas

X El Palacio Encantado

XI Las chinitas espían detrás del biombo

XII Salta una rata del teléfono

XIII Aparece la cereza del postre

XIV ¿Por qué resulta sensual pellizcar?

XV No hay como un tango; ni siquiera una masita sopada en el té

XVI La comadreja sobre el techo de cinc caliente

XVII Una razón para vivir en ansias

XVIII Los ojos de la diosa blanca

XIX Prohibido contar sueños

SEGUNDA PARTE: Mis papeles

Mis papeles, 1

Mis papeles, 2

Mis papeles, 3

Mis papeles, 4

Mis papeles, 5

APÉNDICE

Los recuperados: “Mis papeles, 4”


Butti, Enrique M.Araca corazón callate un poco / Enrique M. Butti. - 1a ed . - Santa Fe : Palabrava, 2020.Libro digital, EPUB - (Rosa de los vientos / 6)Archivo Digital: onlineISBN 978-987-4156-17-41. Narrativa Argentina. 2. Relaciones de Pareja. 3. Novelas de Aventuras. I. Rosenzwit, Viviana, colab. II. Severin, Patricia, dir. III. Título.CDD A863

Araca corazón callate un poco

Enrique Butti

Editorial Palabrava

Diagonal Maturo 786

Santa Fe

editorialpalabrava@yahoo.com.ar

www.editorialpalabrava.blogspot.com

Colección Rosa de los vientos

Directora de colección: Patricia Severín

Coeditora: Viviana Rosenzwit

Diagramación: Álvaro Dorigo y Noelia Mellit

Diseño de Colección y Tapa: Álvaro Dorigo y Noelia Mellit

Santa Fe – www.sugoilab.com

Primera edición en formato digital: enero de 2021

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

ISBN edición digital (ePub): 978-987-4156-17-4

Si sabés que su amor es todo tuyo

y no hay motivos para hacerse el loco,

¡araca, corazón, callate un poco!

Alberto Vaccarezza


PRIMERA PARTE

I
Mi muñeco

Mi amigo del alma se llama Marzolini y es muy especial, podría suspender boquiabierta y babeante a toda una multitudinaria audiencia si condescendiera a contarle con lujo de detalles las ocasiones en que lo abdujeron distintos tipos de extraterrestres, incluida aquélla en que colisionaron venusinos y terceavos de Épsilon por la disputa de la preciada presa. Yo no creo ni dejo de creer, pero me digo que por algo excepcional debo haberlo elegido como motivo de mis desvelos. Además, si a alguien se le ocurriera estudiarme un poco podría detectar algún latido marciano en mi corazón, un mundo deshabitado hasta que él llegó con sus pasos de pato para construir a los picotazos un nido en mi pecho, graznando y saltando todo el tiempo hasta ponerme nerviosa.

Marzolini es especialmente adorable, pero a veces lo encuentro por la calle y no me saluda o al contrario me acosa con una audacia que le desconozco, busca toquetearme y dice guarangadas. Me deja alelada, sin capacidad de reacción, catatónica, demoro días en despertar del todo y otros tantos en perdonarlo. Entonces monto en la bicicleta y voy a tocar el timbre de su casa decidida a tragarme todos los reproches, pero allí me espera una inmaculada sonrisa falsa que me obliga a armarle un escándalo. No se cansa de excusarse con la misma historia apasionante: no era él a quien encontré en la calle; los extraterrestres lo han replicado y están llenando la ciudad y quizás el mundo con sus clones. No le creo, pero a la vez no puedo resistirme a su arrebatado testimonio y termino olvidando todo rencor; en el fondo me enloquece de entusiasmo la sola idea de que el mundo de los hombres estuviese compuesto solo de Marzolinis.

Yo soy menuda y ágil, terrenal y sanguínea; él vive en las nubes, en alfombra voladora, en medio de truenos y granizo. Yo soy encendida, enamoradiza; él es un panal de miel lleno de avispas africanas. Así y todo, la cosa va bien porque mantenemos la debida distancia; un poco la mantiene él y un poco la mantengo yo, siempre cultivándome la esperanza de que un día al mismo tiempo dejemos de mantenerla los dos.

Lo conocí en la calle. Había un grupo de gente reunida y me acerqué a mirar. El que sería Marzolini estaba tendido junto al cordón de la vereda, pero ya quería levantarse y decía que no pasaba nada, que ya se encontraba bien. Se puso de pie y dio unos pasos, colorado de vergüenza, disculpándose, agradeciendo. El grupo de curiosos se desperdigó y yo con ellos. Me acerqué al quiosco para comprar mi ración diaria de maní con chocolate. Estaba pagando cuando el quiosquero dice:

—Pero mire que lo podrían haber matado, ¿seguro que está bien?

Me doy vuelta y el que sería Marzolini me sonríe y farfulla algo con la cabeza gacha. Cuando estoy por irme me pregunta si le puedo hacer un favor. Medio le gesticulé que sí y medio que no, pero le pregunté qué quería.

—¿Me puede convidar con un café porque acaban de arrebatarme el portafolios?

Saqué un billete y se lo quise dar. Dijo que no, que juraba que me devolvería el dinero pero lo que quería era que yo pagara dos cafés. Y como le hice un gesto feo:

—Si no tiene tiempo ahora, dígame y ya no va a tener que prestarme para que la convide.

Me lo dijo tan bien que no pude darle vuelta la cara. Le contesté que no, gracias y le tendí el billete otra vez, que si necesitaba tomar un café en ese momento con gusto le daba el dinero. Con una condición, me dijo. Y bueno, empezó a hablar y desde entonces me contento con estar pendiente de esos labios que algunas noches me sorben como él dice que lo chupan los alienígenos, me succionan, me levitan y me dejan caer sobre los copos de algodón de su sofá cama, y allí tendida cómodamente lo escucho y lo escucho hasta dormirme arrullada por sus historias sin fin.

Marzolini cumple con todos mis ideales amorosos. Físicamente es un muñeco. A veces es tan buenito, tan sumiso y desprotegido, que se reduce, se achica, se achica y cuando se deja la barba parece un enanito de jardín, y a veces es tan masculino, tan severo, tan pavoroso, que se agranda y agranda hasta ser un ogro que podría devorarme de un bocado. Pero antes o después comienza a hablar y con esa lengua que tenemos todos empieza a decir lo que nadie sabe decir de esa manera, con esa voz, con los brazos aleteando.

II
El loco por la Flaçon

He escrito las anteriores líneas queriendo, como era de presumir, remedar los inicios de las historias de Marzolini. Él empieza así, hablando en primera persona y resumiendo la situación, exagerándola si es necesario como yo estoy exagerando mi arrobamiento, y una situación que a menudo es banal, banalísima, qué sé yo, a ver si me acuerdo, por ejemplo, voy a su casa, me atiende agitándose en una bata oriental, me hace pasar ofuscado, contesta sí y no, termina de cocinar los hinojos en milanesa saltados con ajo, y de golpe cuando acabamos de cenar y enciende su único cigarrillo diario cuenta que en el trabajo se le apareció un desconocido y le dijo con vocecita plañidera que lo disculpara, que necesitaba pedirle un favor muy importante y que no dudase de que lo movían las mejores intenciones.

Y el desconocido larga:

—Quisiera que me diga adónde puedo encontrar a Margarita Flaçon.

Marzolini le dice que lo siente pero que él no conoce a ninguna persona con ese nombre. El tipo insiste, se le quiebra la vocecita de flauta, se desploma en una silla. Marzolini autoritariamente le dice que haga el favor de retirarse si no quiere que llame a los guardias. El tipo se levanta, se arrastra hasta la puerta, y ahí se vuelve y le pide por última vez que le diga la verdad, que por lo menos reconozca que suele encontrarse con Margarita. Lo suplica con tanta deferencia, con tanto pesar, que Marzolini condesciende a repetirle que realmente no conoce a esa persona. El tipo da media vuelta y desaparece.

A Marzolini le asombra saber con certeza que Flaçon es un apellido portugués que lleva esa c con cedilla que se pronuncia como ese. Quizás sea un apellido que circula en la ciudad y él lo ha visto escrito, y quizás me lo puntualiza porque intuye que alguna vez voy a andar escribiendo ese nombre. Vuelve a su casa y a la espera de mi llegada se agita con la limpieza, con calzar su atuendo de ocasión y con la cocina, lavando y cortando los hinojos en dos, pasándolos por huevo y rebozador (avena y harina de maíz con albahaca seca en polvo y sal), y largándolos a dorar sin fritanga en la sartén.

Está ahí en la cocina y suena el teléfono. Masculla una injuria porque supone que sea yo avisando que no puedo ir y que inútilmente se acicaló y preparó comida especial y abundante; se lo hice una sola vez y no me perdona. Va y atiende. Silencio. Y después una voz de cotorrita atragantada se desborda sin respirar:

—Qué le cuesta decirme algo de Margarita, dígame cómo está, al menos dígame si está bien, si necesita algo.

Bueno, así empiezan las historias de Marzolini. A esa altura nos hemos alzado de la mesa y sin dejar de hablar me lleva flotando a su cuarto y me deja caer suavemente en su sofá cama. Las historias sin embargo no continúan así, concretas y ordenadas; de a poco empieza a perderse con algún particular, con algún recuerdo que rompe la cronología y me lleva a su pasado, a veces hasta su infancia. Y entonces no sé si adoro más al Marzolini infante, al Marzolini artista adolescente o a este hombre maduro pero apasionado que me habla y me transporta a paraísos de ensueños pero bien cargados de congojas, ya que más de una vez estoy obligada a morderme las manos para no plantármele delante, gritar y con los oídos tapados escapar corriendo, dejándolo que hable solo, revolcándose en sus pringosas aventurillas amorosas.

III
Marzolini festeja la Pascua

Además, puede que la historia haya tenido un desenlace inesperado recién ahora y el inicio sea de tiempo atrás. Por ejemplo, la historia del loco por la Flaçon, esa historia en realidad empezó así: quedamos por teléfono en que esa noche iba a visitarlo, llego a su casa en bicicleta, le toco el timbre, me atiende vestido con una bata oriental bordada con cigüeñas volando entre árboles cargados de orquídeas. Está ofuscado y recién después de un buen rato empieza a relatar que unos meses atrás apareció un tipo en su oficina y sigue lo que ya conté. Y dice que enseguida se olvidó de esa visita y de ese nombre femenino que en el momento le había dado vueltas por la cabeza. Pasan muchas semanas y esa noche (la noche del presente, la noche en que mi tesoro en bata con cigüeñas me cuenta la historia) se había puesto a cocinar porque sabía que yo iría a visitarlo y de improviso suena el teléfono y maldice pensando que seguro llama otra vez a última hora la falluta aduciendo que de golpe le empezó a doler la cabeza. Atiende. Un berrido y una larga frase ahogada le pide que por lo menos le diga si Margarita está bien.

—¿Qué? —grita con ferocidad Marzolini recomponiendo en su memoria aquel visitante con voz de cotorrita.

El otro ya no puede hablar. Solloza. Marzolini corta.

Pero en ese intervalo habían sucedido algunas cosas y entonces ahí empieza la verdadera historia. Me cuenta que un domingo, cosa de un año atrás, había decidido de repente visitar una iglesia y cuando salía lo abordó una mujer que lo esperaba en el atrio. La desconocida le dice que por lo menos en el día de Pascua olvide los rencores y la salude. Marzolini se ríe como un bobo; piensa que quizás se trate de una nueva fórmula, porque desde su infancia que no participaba de una misa, desde antes de que inventaran ese rito de saludar a los circunvecinos de banco deseándoles un buen augurio, de manera que un rato antes atinó apenas a mascullar “Igualmente” como respuesta al “Que la paz sea contigo” que susurró una hermosa joven que le tendió su cara para un beso, fórmula que enseguida le repitió otra, evidentemente la hermana de la joven hermosa, pero ésta más hermosa todavía, que suavemente había desplazado a su hermana para, inclinándose como una bailarina, acercarle su mejilla, al mismo tiempo que alguien le tocaba el hombro y, al darse vuelta, se encontró con una anciana radiante que avanzaba hacia él para ofrecerle su boca como frutilla, y ya al lado de la anciana una señora lo miraba esperando que él se estirara casi genuflexo hacia ella porque se trataba de una verdadera emperatriz, y todas le dijeron “Que la paz sea contigo” y él respondió a cada una con un “Igualmente”, de manera que cuatro mujeres y él mismo salieron de esa iglesia con paz, aunque sin paz del espíritu.

Ahora Marzolini sonríe ante la musculosa y enérgica mujer del atrio creyendo que le ha enunciado alguna otra fórmula decidida por el Concilio Vaticano II (pero yo en momentos como estos no puedo contenerme y lo interrumpo: “¿Enérgica? ¿Por qué era enérgica la mujer del atrio?”, y dado que Marzolini es como esos narradores con neuronas balzacianas que no se pierden detalle y saben de todo, las telas de los vestidos, el nombre de los perfumes, los cortes de pelo y peinados, franja etaria y condición social, podría estar toda la noche describiéndola, pero a mí me basta entender si está o estuvo enamorado de ella para devolverlo a los carriles y regresarlo al atrio de la iglesia: “Y entonces, ¿qué pasó con la mujer que te pidió el jubileo de la Pascua?”).

Dice que mientras él amablemente condesciende a besarle la mejilla, se anticipa con la fórmula:

—Que la paz sea contigo.

Y ella recibe el beso y le contesta:

—Difícil que encuentre mi paz si no es contigo.

IV
Se abre una nueva flor en el valle del Señor

Marzolini me cuenta que se puso colorado como un tomate, y yo le creo porque cuando se me da la gana lo hago ruborizar con cualquier palabrota. Aprovecha que en ese momento sale del templo un grupo de fieles rezagados y se deja arrear a la calle. Camina rápido media cuadra y escucha unos fuertes taconeos que lo persiguen.

Le agarran un brazo y lo frenan con violencia, con un apretón que le deja moretones que tardarán semanas en desvanecerse. La mujer del atrio, con la cara transformada, dura y feroz, le dice:

—Aunque sea decí si estás satisfecho. Contento, ¿no? ¿La estás pasando lindo?

Marzolini –y le creo porque es un caballero respetuoso pero galante– le dice que no tiene el gusto de conocerla, pero es más feliz que antes porque ahora ha descubierto una nueva flor en el valle del Señor.

Ella se rió pero no como me río yo cuando me permito alguna osadía y él me reprime con un gracejo digno de un rajá. Alguna vez le conté a una amiga el tipo de respuestas que él me propina cuando me paso de la raya y ella me preguntó si yo era ingenua o idiota, porque según ella lo que él se proponía con sus frases galantes era seguir avanzando, y yo con mi risa neurótica y echándome atrás despavorida había terminado aplastada contra la puerta que podría habérseme abierto al paraíso terrenal. Pero después de conocer esta historia con la mujer del atrio confirmo que hago muy bien en refrenarme de inmediato, porque esta mujer se rió y retrucó con un nuevo avance y Marzolini se le fue de las manos. La mujer le dijo una cochinada tipo que esa flor estaba disponible para que él la cortase y la llevara en la solapa junto al corazón, o para que se la encajara en la cremallera junto a algún otro lindo órgano vital.

Marzolini se puso paranoico por el recuerdo de una vieja aventura siniestra que le hizo padecer una malvada devoradora de hombres (se me cayó el alma a los pies cuando supe que había estado con una mujer así, pero bueno, hay que escuchar cómo se desencadenó la historia; muchas veces yo me lo imaginé con ella, con desprecio y rencor, puede ser incluso que con un regodeo enfermizo, pero nunca realmente como una cosa erótica, sino siempre triste, un desencanto, para él y para ella, y para mí también), decía que Marzolini pensó que esta mujer del atrio podía ser otra diabla similar a la malvada devoradora, y seca y seriamente le dijo que le agradecía pero que las flores eran hermosas luciéndose en el jardín y que él no tenía la costumbre de cercenarlas. La saludó sin más y empezó a caminar firme, con la plena intención de hacer cualquier cosa para escapar si volvía a oír el retumbar de los pesados botines con plataformas que la del atrio calzaba sobre zoquetes deportivos. En último caso podía salir corriendo sin importarle si despertaba un escándalo entre los fieles que se estaban desperdigando por el barrio. O le gritaba que dejara de molestar, o enfilaba para la casa de su hermana que vive ahí a la vuelta, aunque mejor que esa mujer no localizara ningún sitio que tuviera que ver con él. Llegó a la esquina, giró, y en la otra esquina se volvió y comprobó que nadie lo seguía.

Y la noche en que me cuenta que acaba de llamar el loco por la Flaçon, a Marzolini se le ocurre que esta mujer del atrio pueda ser la Margarita en cuestión. El loco puede haberlo visto aquel domingo de Pascua, vio cómo se besaron y cómo después ella corría como una loca, trastabillando sobre sus plataformas de plomo, para llegar junto a él y casi romperle un brazo. Después el tipo pudo haberlo rastreado y ahora no le pierde pisada, eso dice Marzolini, que tiene la firme impresión de que hace semanas que lo vienen siguiendo. (Y ahí la historia empieza a inquietarme; me parece que podemos caer en algo feo, en algún percance con gente que no tiene nada que ver con él, con gente y con situaciones que una vez definió muy bien un amigo filósofo de bar a quien le conté unas aventuras en las que mi muñeco tuvo que vérselas con unos agentes de la KGB que supieron que de Venus lo acababan de devolver a la Tierra, y otra peor, cuando sin comerla ni beberla se encontró en medio de políticos corruptos y sicarios, historias así que me dejaban tres días con taquicardia, y que para descargar mi alma referí a ese amigo que llamo filósofo de bar, que es un tipo interesante, buen tipo pero con toda la lacra del machismo feo y de quien se siente fracasado en la vida, sarcástico y cínico sobre todo con las historias de amor, por eso nunca le cuento nada de Marzolini, pero ese día le largué lo que parecía una novela policial negra en las que no había ningún personaje con mínima conciencia ética, y el tanguero amigo filósofo de bar después de escuchar la historia y mis lamentos acerca de que una persona tierna y cariñosa tuviera que sufrir el ataque de todos esos canallas, dijo, aprovechando la ocasión para pegarme con un palo: “La historia arrastra a todos, no solo a quienes la dirigen y empujan, o la quieren dirigir y empujar, sino también a quienes se apartan o se quieren apartar de su curso, y perderse lejos de la corriente humana, como una que yo conozco, metiéndose en los prados para acariciar los pistilos de las flores y correr hasta la cumbre de una colina para largarse a cantar como la novicia rebelde”. El asunto es que cuando Marzolini me cuenta que lo han estado siguiendo yo no me puedo retener y lo distraigo de cualquier manera hasta devolverlo a su sospecha de que la mujer del atrio sea la Flaçon del loco).

Puede ser, sí, dice, el tipo la vio besarme, vio que me perseguía por la calle, que yo la abandonaba. Capaz que él se le acercó y ella supongo que lo habrá mandado a pasear, y de un día para el otro, así como yo dejé de verla aunque tomé la costumbre de ir a esa iglesia todos los domingos, él dejó de verla y se volvió loco. Y capaz que un día me descubrió por la calle y ahí me siguió, rastreó dónde trabajo y el número de teléfono de mi casa. (Me dice, mientras yo no puedo dejar de mirarlo con resquemor y se me atraganta una pregunta que recién me acordaré –si me animo– a desembuchar dentro de unas diez páginas. Porque a veces me obliga a apuntarle incongruencias: que si el loco por la Flaçon lo vio en la iglesia con la enérgica del atrio es o porque ya lo venía siguiendo de antes a él, a Marzolini digo, o es porque la seguía a ella, a la Flaçon, y de cualquier manera, ¿por qué el tipo la dejó escapar? Y él zafa siempre bien:)

—Porque ella se le escapa siempre, porque él no se anima a acercársele, o porque, celoso, habrá preferido seguirme a mí, qué sé yo; la próxima vez que se comunique conmigo le doy tu dirección y así le podrás preguntar a él personalmente... Siempre tengo que terminar contestando preguntas estúpidas, nunca puedo decir lo que quiero, nunca me dejaste contar la historia de la Niña Santa y me obligaste a... mejor no hablo.

—¿Qué te picó, ahora? Hablá nomás, si el único que habla siempre es el señor...

—No, querida, yo hablo pero para decir lo que usted quiere... La historia de la Niña Santa no pude...

—Y dale con eso.

—Sí, nunca te la pude contar y me quedó el trauma.

—Trauma, mirá vos, si la que estoy tirada en el diván soy yo.

—Pero el que habla siempre soy yo, y si no me dejás contar algo que quiero no te vas a curar nunca.

—Dejá de decir macanas y seguí con la Flaçon. O mejor, por hoy terminamos y me voy a mi casa, porque para problemas, para problemas estoy yo.

Se traga la bilis, frunce la boca como culito de gallina y se levanta de sopetón.

—Sí, mejor, por hoy terminemos; yo también estoy cansado.

Y se ajetrea hacia el garaje para que saque la bicicleta y me vaya. Visto desde atrás parece una geisha, correteando con pasitos cortos mientras le revolotea el kimono de seda artificial.

V
Nace una señora hecha y derecha

Dos días después llama para decirme que consiguió lindos tomates para hacer unos huevos estrellados. Voy y me recibe vestido con pantaloncitos cortos y la camiseta de fútbol del equipo argentino en el Mundial 2006. Comemos, me tiro en el diván y recomienza con las especulaciones sobre la identidad de Margarita Flaçon.

Dice que el otro día, cuando recibió el llamado telefónico del loco, se le ocurrió que Margarita Flaçon también podría muy bien ser una estrategia de la malvada devoradora de hombres que no se da por vencida, que se inventó ese nombre y con ese nombre engatusó al pobre tipo de la voz de cotorra, y antes de enloquecerlo, largarlo y desaparecer, con saña vengativa le habló de él, de Marzolini, y ahora el tipo solo cuenta con Marzolini como referencia para saber algo de ella. (Finjo que tengo necesidad de ir al baño, me levanto, y cuando regreso busco encarrilarlo hacia otra encrucijada: “Y entonces, la malvada puede que lo haya largado a este pobre tipo. ¿A vos también te largó?”. Inútil, Marzolini va para cualquier lado, pero solamente para el lado que le conviene. Me ataja:)

—¿Te conté alguna vez de la venusina que quedó prendada, la emperatriz, que prometía operarme, injertarme las antenas para que me aceptaran en el reino y me nombrasen emperador? No, esperá, ¿te conté aquella historia, cuando yo era joven y anduve con aquella mujer a la que nadie tomaba en consideración? Capaz que es ella quien se llama Margarita Flaçon, nunca supe su nombre. A propósito, hay algo que nunca me dejaste decir… ¿sabés de qué estoy hablando, no? ¿Te acordás?

Me empiezo a rascar la repentina urticaria:

—¿Aquella historia que traicionaste? Porque con esa señora habían jurado no revelar nunca nada a nadie...

Se lo digo porque de golpe me vienen ganas de estar en otro lado, tirada en la cama para otra cosa, no para escuchar la historia de madame Bovary.

Me retruca que si me reveló ese secreto fue porque había pasado mucho tiempo y porque yo le había jurado previamente que jamás diría una palabra. Como me parece que se enojó de veras empiezo a contemporizar y en ese tire y afloje se nos va la noche del trajecito del Mundial 2006.

La por mí tildada “traición” se produjo a poco de conocernos, hará unos dos años atrás. Me acuerdo de que Marzolini me había recibido con un traje de marinerito, de marinero pero con pantalones cortos. Comemos y lo noto reconcentrado y sin ganas de hablar. Le empiezo a tirar la lengua y al final me dice que un sueño le recordó algo de su juventud. Le pido que me lo cuente y me dice que no puede porque se lo impide un pacto secreto acordado con la mujer en cuestión. Me puse loca de curiosidad. ¿Hace cuántos años sucedió eso? ¿Tenés alguna posibilidad de volver a encontrarla? ¿Fue tu primer amor? Te juro, que me caiga muerta si algo sale de mi boca, ni bajo tortura ni hipnotizada... Deberé arrepentirme toda la vida, porque desde entonces empezó a jorobar con esa historia sin fin.

Y si ahora le sobreviene la sospecha de que la señora en cuestión pueda ser la tal Margarita Flaçon es porque realmente nunca había sabido su nombre, como ella nunca había sabido el de él. Pero se desdice, no puede ser que esta señora fuera la Flaçon, porque esa mujer, la innominada de las citas, no era mujer capaz de enloquecer a nadie, aunque quién dice que no haya cambiado tanto como él, que de linyera se metamorfoseó en empleado modelo.

Recuerdo que el marinerito me dio un poco de animadversión cuando se dedicó a describir a la innominada inexistente; nadie la veía, ni el marido, ni los dos hijos, ni la suegra que también vivía en su casa. Con mi muñeco erotómano se encontraban en algún motel, acordando cada vez la próxima cita, citas que no eran regulares ni frecuentes porque ella además cargaba con un trabajo mediante el cual mantenía a toda la familia, incluyendo a la suegra. En el trabajo tampoco la veía nadie; apenas registraban unas telas flotantes, unos zapatos, un flequillo, y se acordaban de ella solo cuando la necesitaban. Hará más de dos años, pero se me grabó cómo lo contó Marzolini. Textual:

—Solo yo, que era tan joven y estaba tan perdido, buscando alguien a quien pudiera ver y tocar, solo yo supe encarnarla. Y ella, a su vez, me decía que recién al encontrarse conmigo había nacido.

A mí me asalta a veces esa maldad de mi amigo filósofo de bar, y por suerte Marzolini se ríe porque tiene humor:

—Con karma feo se reencarnó la señora. Nació con vos, pero de la vida anterior se traía en el changuito un marido, dos hijos y una suegra.

Yo sabía que en aquel tiempo, cuando él era un jovencito, había estado un poco chiflado. No hablaba con nadie, de noche escribía poemas y al día siguiente buscaba a quién dárselos. O los abandonaba al azar, en un banco de plaza, en el ómnibus, en un bar. Y fue en medio de ese vacío que descubrió a quien llamaré la neonata que carga en un hatillo con un marido, dos hijos y una suegra.

VI
¿Eres tú Nadie también?, pregunta mi Ulises

Más de una vez, más de cien veces me había hablado acerca de su triste adolescencia tardía. Y el marinerito completó ese episodio clave en su vida: cómo se había rescatado de su etapa de vagabundo. Me lo terminé aprendiendo de memoria:

—Apareció en la ciudad desierta y solo yo, que naufragaba en el vacío, que no encontraba a nadie, supe verla. Yo había empezado a vivir en la calle, cerca de los linyeras pero sin compartir nada con ellos en las vías del tren casi abandonadas; los edificios y las casas habían empezado a presentárseme como moles de cemento compacto, impenetrables, sin vacío interior. Y apareció ella. Cuando entendió que yo la veía se detuvo. Quedamos paralizados, mirándonos a doscientos o trescientos metros de distancia. Supongo que las personas en la calle debieron atropellarnos, o se habrán percatado de nuestra locura y se harían a un lado; yo no veía ni autos ni a nadie interponiéndose. Éramos como dos seres de carne y hueso en un mundo de fantasmas casi transparentes. Lentamente nos fuimos acercando, un pasito ella, un pasito yo. Habremos demorado horas. Fueron horas; ella me contaría después que contra su costumbre ese día había regresado muy tarde a su casa.

“Era exactamente como el acercamiento de los dos duelistas en la escena final de una buena película de vaqueros; nos acercábamos pero los dos aterrorizados al mismo tiempo, queriendo escaparnos. Cuando estuvimos frente a frente, casi tocándonos, volvimos a paralizarnos. Muchas veces tratamos de recordar quién habló primero y nunca lo supimos. Pero sí sabíamos lo primero que dijo ella y lo primero que dije yo. Ella me preguntó si necesitaba algo y tuvo el impulso de abrir su bolso para darme dinero, y yo le detuve el gesto tocándole la mano, un roce que fue para ambos como una descarga eléctrica. Yo, por mi parte, le recité un poema, con una sonrisa, como queriendo no ser tomado en serio, un poema de Emily Dickinson que en su precisión me indica ahora cómo era lúcida mi locura de entonces, una precisión que muchas veces me hace recordar con nostalgia aquel tiempo en que yo era un artista cuyo destino no supe continuar”.

(Resentida, porque en el fondo lo que mi muñeco estaba diciendo era que esa mujer había sido real, mientras yo no pasaba de ser un ectoplasma, muchas veces le pedí que me repitiera ese poema, con la ilusión de que esta nueva vez lo diría para mí. Lo busqué en internet; yo lo recuerdo ligeramente distinto, así:)

¡Soy Nadie! ¿Quién eres tú?

¿Eres tú Nadie también?

¡Somos dos, entonces!

No lo cuentes, nos descubrirían.

¡Qué feo ser alguien!

¡Qué insolencia, como una rana,

repetir el propio nombre todo el verano

al eco de un pantano adulador!

Empiezan a encontrarse en piezas de moteles, nunca en el mismo. Acuerdan no saber nada uno del otro. Y ahí, en esos feos e insalubres pesebres va naciendo la neonata. (Una vez le rogué a Marzolini que me llevara a uno de esos lugares, que llamo insalubres porque el turno que pasamos, él hablando y yo sentada en la punta de la cama, fue sumamente tenso para mí. Para no ver en el televisor los ajetreos entre gemidos de émbolos y pistones, me la pasé mirando la colcha, la pileta, el picaporte con una aprensión insoportable. Había también una especie de burrito mecánico para montarse y sacudirse, recubierto de una felpa que llegué a ver hirviente de gonococos).

Los encuentros con la neonata que arrastra trenzados en su propia placenta a un marido, dos hijos y una suegra (y al monedero con el que pagaba en la recepción del motel cada cuota del parto, porque él seguía su destino de indigente) se repiten y de alguna manera también él renace porque esos niditos infectos lo curan de la claustrofobia. Abandona su vagabundeo y se va a vivir a la casa de la hermana. Primero duerme en la pieza de su sobrino chiquito; después él mismo limpia y se organiza un galponcito atrás del patio y se va a vivir ahí, con calentador y bañito. Se cura de espanto; al año empieza a trabajar en changas y al año o año y medio ya está sentadito en una oficina tecleando en una computadora. Se alquila un departamento y después muere la madre y él se muda a la casa natal (y es allí donde voy y toco el timbre, un oasis de paz, un palacio de pulcritud dado que Marzolini es maniático del orden y le gusta el vacío zen, un hogar que sueño con el único mueble del sofá cama, una casa que sueño preparada para una fiesta cuya única invitada es la susodicha).

VII
Corta el cordón con la neonata

Como todavía estaba loquito no sabe precisar cuánto tiempo duró el romance con la neonata. (“¿Pero más o menos cuántas veces se encontraron: dos, diez, cien, mil veces?”, lo interrumpo yo, sin entrar en otros particulares que me arrojarían al insomnio). Calcula que se habrán encontrado unas veinte veces (si dijo veinte habrán sido doscientas; no habrá querido perturbarme aún más, habiendo registrado cómo me roía las uñas), una vez cada quince días, raramente una vez por semana. No queríamos, dice, hacer daño a nadie; ella no podía ni quería dejar a su familia (y como entonces yo no pude retenerme de largar alguna vulgaridad que ahora me avergüenza repetir, Marzolini se explayó sobre el sentimiento de culpa de ella, del acuerdo al que llegaron para aliviar la infidelidad a su familia que la torturaba; un acuerdo que en primer lugar consistía en mantener un anonimato que ella apenas traicionó para hablar precisamente de su situación de casada con dos hijos, una suegra y un trabajo para mantener a todos, y que él, Marzolini, conjeturaba, a su vez habrá traicionado con su mera apariencia, con la distinta presencia que cita a cita iba presentando, de linyera roñoso a pulcro jovencito (y elegante, es necesario precisar, porque lo conozco, con esa elegancia un poco excéntrica, no por su rareza sino por la constante variación de su vestuario, que en un mismo día puede pasar de un trajecito de comunión a un colorinche hawaiano –tiene baúles llenos de ropa; se gasta todo el sueldo en trapos–, siempre demostrando buen gusto, aunque hay que admitir que lo que vale en estas cosas es la percha).

Así que acordaron que sus encuentros fuesen algo que les sucediera fuera de la vida (o mejor dicho, lo único real que les sucedería en medio de un sueño eterno, ya que para Marzolini sobre todo se trataba de la realización de un sueño soñado en los poemas y cartas que iba repartiendo por ahí a los desconocidos, esperando encontrar finalmente alguien de carne y hueso). (Y yo me muerdo las manos para retenerme de pellizcarlo y comprobar que ninguno de los dos es de gomaespuma). De manera que para que la pesadilla no acertara a filtrarse en esa única, breve y periódica realidad se vedaron intercambiar precisiones biográficas, así como se cuidaban de citarse cada vez en niditos y barrios distintos.

Pasa el tiempo, un año y medio calcula Marzolini (suponiendo lo menos una cita cada quince días, en año y medio son como cuarenta encuentros, no veinte, y según mis deducciones el picoteo acaecía bastante más seguido que una vez por quincena), y la neonata empieza a ponerse pesada (eso lo interpreto yo; él nunca lo diría en esos términos). Mientras ella se enamora cada día más, él sienta cabeza y lo atraen otros fenómenos, lee, estudia, trabaja en lo que puede, empieza a conocer gente. Ella debe haber entendido que el jovencito se le iba de entre las manos (y de entre las entrepiernas, perdón, pero tampoco la pavada) y debe haber empezado a sentir lo que habían jurado no sentir, las ansias de posesión, las ansias de saber qué pensaba él en cada momento, qué hacía en cada momento, de ser toda él; rencor y celos.

Y en la reunión siguiente a la de la camiseta del Mundial 2006, cuando Marzolini me recibe vestido de Gauchito Gil, llego y le digo:

—Aquella mujer, la neonata con marido, hijos y suegra, debe haber visto cómo cambiabas día a día, encuentro a encuentro. Pensé en eso porque hoy escuché un vals de Canaro y Manzi que ella te podría haber cantado.

Y se lo canté. Al final me aplaudió, pero no le gustó para nada:

Yo soy como siempre, yo nunca cambié,

mi ropa es la de antes, mi vida también.

La luna es la misma que vimos los dos

colgada en la punta de aquel callejón.

Si todo es como antes, si nada ha cambiado, si todo es igual,

parece mentira que solo tu vida pudiera cambiar.

Te miro y no sé, me cuesta creer,

que seas el mismo que quise una vez.

Porque un día resulta que el muchachito falta a la cita. Y bastó que un día él faltase a una cita para que no se encontraran nunca más.

Un mes después el jovencito Marzolini se arrepiente, dice que sintió nostalgia (nostalgia, sí, llámala nostalgia), busca como loco en los lugares donde ella también podría estar buscándolo. Todas las noches, en las horas que solían tener lugar las citas, corre de un barrio a otro, de un nidito infecto a otro. Nada, nunca más. Rastrea la calle donde la conoció, el callejón al fondo del cual miraban la luna antes de despedirse, nada, nunca más.

Y ahora, Marzolini, con trapos rojos colgándole como jirones (más que Gauchito Gil parece Mick Jagger joven, cuando cantaba bailando y reboleando una larga echarpe rojo punzó), vuelve a insistir en que Margarita Flaçon pueda ser la neonata. Y el loco con voz de cotorrita capaz que es otro señor con quien a la neonata le sobrevino otra reencarnación (esto lo malicio yo; Marzolini imagina que el tipo pueda ser el marido, que recién ahora, cuando la señora se le estaba desvaneciendo, descubría su portentosa carnalidad. Yo trato de encarrilarlo y disparo la pregunta que traigo atragantada de, por lo menos, diez páginas atrás:)

—¿Así que después volviste todos los domingos a la iglesia para ver si la encontrabas a la del atrio que te zamarreó y te dejó lleno de moretones? Se te fue rápido, el susto. ¿O será que te gusta que te moretoneen?

Me acuerdo, textual:

—Volví a la iglesia porque me gustó decir cosas en coro, estar en buena onda espiritual con gente tranquila, que tiene la mente puesta en una esfera superior y no se entromete siempre interrumpiendo lo que uno busca expresar. Y porque si no se tiene fe hay que ir y pedirla.

(Cuando Marzolini se hace el gurú empiezan a chiflarme las tripas y me revuelvo en el sofá cama con ganas de irme. Él sigue como si nada:)

—Aunque siempre me ponía nervioso el momento de “La paz sea contigo”, iba para ver a las dos hermanas con quienes nos besamos aquel domingo de Pascuas. Nos sonreíamos, caíamos siempre en el mismo banco. Yo llegaba temprano para ocupar el lugar, y ellas también; al final llegábamos cuando todavía no había nadie en el templo y nos saludábamos y cruzábamos algunas palabras ahí sentados. A veces se ubicaba a mi lado la hermosa, a veces la más hermosa. Son muy graciosas, entre ellas se ríen, no en la iglesia sino cuando salimos.

De manera que ahí caigo: el verdadero asunto no es con la Flaçon, ni con el loco que la busca, ni con la neonata, sino con los piquitos que intercambiaba con las dos hermanas mosquitas muertas.

VIII
Hagiografía

En la cita siguiente –de riguroso sport Gran Gatsby– logro que se despache: ninguna de las dos hermanas practicantes católicas apostólicas romanas puede ser Margarita Flaçon, a menos que hubieran mentido el nombre. Se llaman Florencia y Rita; Flor la hermosa, Rita la más hermosa. Cada domingo charlan un rato en el atrio y junto a las verjas de la iglesia. Él tuvo el mal tino, por timidez, de decirles la primera vez que iba para el otro lado, así que se separaban enseguida, hasta el domingo en que él les pregunta si quieren que las acompañe porque tiene ganas de pasear, y ellas dicen que de acuerdo, pero astutamente enfilan para la costanera.

—¿Cómo es la hermosa y cómo la otra? —pregunto, apenas puedo deshacer y tragarme el terrón de barro seco atascado en la glotis.

Contesta que la hermosa es hermosa y la otra es hermosa y feliz. (Apenas dice esto adivino que la cosa me desvelará varias noches seguidas. Yo siempre busco presentarme feliz y aprendí a fingir, pero no sé si logro ser convincente. Mi amigo filósofo de bar dice que finjo bien, que soy la exacta réplica de la santa mártir que sonríe extasiada encima de la hoguera. Como creo que, a su manera, también él es un santo, le digo que sus demostraciones de felicidad, es decir sus bromas pesadas y su cinismo, son como el chiste de su tocayo Lorenzo, quien en su martirio pidió que lo dieran vuelta en la parrilla porque de ese lado ya estaba cocinado –y él, que no pierde ocasión para jorobarme con su erudición, corrige la sentencia citándola en latín y en una más precisa traducción: Assum est, inqüit, versa et manduca: denme vuelta, que de este lado ya estoy a punto–. Y después me retruca que sí, que yo soy esa santa sonriendo en la pira, pero mirando de soslayo a las multitudes que asisten a la quema, y guiñándoles un ojo. Le retruco que si él pide que lo den vuelta en la parrilla a viva voz es para que lo oigan en las tribunas y lo registren los historiadores. Él me dice que si se mira bien yo aprovecho que las llamas ya han quemado mis túnicas, pollerines y bombachudos para retorcer mis carnes doradas en un cadereo que también simula alborozo. Yo le digo que si pidió que lo dieran vuelta es porque ahora que lo ponen de espalda a las brasas puede mostrar el espectáculo de sus poderes, aunque estén achicharrados y disminuidos de tamaño, o precisamente por eso ahora puede por fin ostentarlos suponiendo que los espectadores darán por descontado que se debe al fuego la reducción de los mismos a un porotito. Él me dice que finjo bien, pero que el fuego quema y se me empieza a notar una cierta sensibilidad nerviosa. Yo le digo que él da vuelta la cara para que no se note que ya se arrepintió de la bravuconada, porque ahora quema del otro lado, le quema por todas partes. Él me dice que sin embargo de golpe resplandezco, que en el tramo final soy –o todos me ven– realmente feliz; ya estoy en el Paraíso y si estoy fingiendo no se nota para nada. Y con esa salida benevolente me desarma y me gana la partida).

Domingo a domingo se repiten los encuentros y los paseos después de la misa matutina. Las hermanas mosquitas muertas enseguida entran en confianza y se enlazan cada una a un flanco de Marzolini. Ellas son más petizas que él y de lejos me los figuro como un panadero con dos canastos colgándoles de los brazos.

Siempre sucede que en un cierto momento de la caminata ellas se sorprenden de lo tarde que se ha hecho y se apresuran a llamar a un taxi. Corren y trepan al auto rápidamente, apenas despidiéndose de Marzolini, de manera que él empieza a sospechar que las mosquitas oculten algún misterio que se descubriría si lo dejaran acompañarlas hasta su casa. Incluso cuando los sorprende una repentina lluvia durante el paseo buscan y suben atropelladamente a un taxi sin querer compartirlo. Algo esconden. Visten bien, son chicas que tienen esmerada educación, pero quizás vivan en un rancho, o en un cabaret, o quizás haya alguien esperándolas en la puerta con un látigo en la mano, algo hay.

Durante los paseos charlan de cosas nada íntimas, de las noticias que trajo el diario local donde Marzolini les ha dicho que trabaja como empleado administrativo, de sociopolítica menuda, de la degradación de la moral pública, la inseguridad, la inflación, cosas así, las cosas que sufrimos la gente común que no subsiste chupando la teta del Estado. Marzolini les cuenta que vive solo, que se ocupa de su casa, que no tiene televisión y le gusta leer y escuchar discos en viejos combinados. La hermosa refiere que está estudiando gerencia de empresas, y la más hermosa que se recibió de escribana pero todavía no ejerce porque se tiene que ocupar de la casa y de la mamá, que es un poco mayor y tiene sus berrinches.

En verdad (me cuenta, poniendo cara de Gatsby enamorado) son paseos que parecen una extensión mística de la iglesia en la naturaleza del cielo y de la laguna y los árboles y pájaros de la costanera. A él se le ocurre una imagen que a ellas les encantó y sobre la que volverán cada domingo. Él les dijo que había soñado (mentira, seguro que lo estuvo pergeñando meticulosamente) que vivían en el campo, que los domingos él iba a la iglesia, y ahí se encontraba con ellas, y que después regresaban juntos a sus chacras. Salían de la iglesia y caminando dejaban atrás el pueblo, entraban en la campiña y atravesaban un bosque, una playa, una selva... A ellas les gusta siempre volver a esa fantasía. Señalan una nube grandota en el horizonte:

—Tenemos que subir al Everest.

Pasa una barquita por la laguna:

—Ahí llega la nave a bordo de la cual tenemos que cruzar el océano.

Hace frío y garúa:

—Estamos en la estepa rusa.

Y yo no me aguanto:

—Hasta que te dicen: Ahí viene un taxi. Chau chau, y quien te ha visto no se acuerda.

Me mira con cara de no apreciar mis ironías y sigue, que el domingo pasado estaban paseando por la costanera y una de las mosquitas larga:

—Ahí va una procesión de barcas llevando a la Virgen de Caacupé.

Y fue entonces, me dice Marzolini, cuando se acordó de la historia de la Niña Santa del cementerio.

—¿Sabés de qué hablo, no? ¿Conocés la historia de la Niña Santa?

Me dejé sacudir por los espasmos:

—Me estaba durmiendo... ¿La santa de qué?

—La santa del panteón, la que hace milagros. En la época en que escribía cartas para nadie, antes de que apareciera esa mujer que me salvó la vida...

—Que a vos también te debe la vida, porque estaba cianótica, azul, con el cordón umbilical anudado en el cogote, el cordón del que le colgaban un marido, dos hijos y una suegra. (El chiste no le gusta, larga una risita distraída y sigue:)

—En esa época en que yo andaba desesperado, invisible para todos, fui una vez al cementerio y vi ese panteón enrejado para que la gente no se meta, pero por los barrotes los promesantes echan de todo, exvotos, vestidos de novia, muletas, y miles de papelitos pidiendo gracias. La cosa me deslumbró. Empecé a escribir a los muertos. Y la primera cartita fue la que eché ahí dentro de ese mausoleo. ¿Conocés la historia de la Niña Santa?

—No es santa. No está reconocida por la Santa Madre Iglesia y por lo tanto es solo un motivo de superstición. Dios quiera que yo sepa resistir a esa credulidad de ignorantes. Ya te dije más de una vez que no vayas para ese lado que no me gusta. Hasta prefiero la historia de Dido, la emperatriz venusina que se arrancó las antenas cuando decidiste volver a la Tierra. No me hagas enojar.

—Te pregunté si conocías su historia. Nunca pude contártela y tuve que recurrir a viejas prácticas para que alguien pudiera escucharme. Mejor que ni hablemos.

—Sí, mejor no hablemos, porque la verdad es que mucho no me interesa.

El Gran Gatsby se enoja. Se levanta y sin el mínimo charme escupe:

—Ya es tarde. Mañana madrugo. Te abro el garaje.

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Дата выхода на Литрес:
23 октября 2025
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164 стр. 8 иллюстраций
ISBN:
9789874156174
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