Читать книгу: «COVID-19»

Шрифт:

Título original: COVID-19

© Debora MacKenzie, 2020.

© de la traducción: Joandomènec Ros, 2020.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO757

ISBN: 9788491877080

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Portada

Créditos

Dedicatoria

Prefacio

Una nota sobre el virus

1. ¿Podríamos haber detenido todo este asunto desde el principio?

2. ¿Qué son estas enfermedades emergentes, y por qué emergen?

3. SARS, MERS… No podemos decir que no estuviéramos avisados

4. No culpemos a los murciélagos

5. ¿No se suponía que la pandemia era la gripe?

6. Así pues, ¿qué hacemos con las enfermedades?

7. Todo se viene abajo

8. La pandemia que no debería haber sucedido jamás, y cómo detener la siguiente

Agradecimientos

Lista de acrónimos

Notas

PARA JAMES, JESSICA Y REBECCA, QUE LO HICIERON TODO POSIBLE.

Y EN AGRADECIDO RECONOCIMIENTO A LOS CIENTÍFICOS Y PERIO-

DISTAS QUE DAN LO MEJOR DE SÍ MISMOS PARA DESCUBRIR QUÉ ES

LO QUE OCURRE, Y QUE INTENTAN LIBRARNOS DE ELLO.

PREFACIO

En noviembre de 2019, un coronavirus de un pequeño murciélago común pasó, de alguna manera, a un ser humano, o quizás a unos pocos. Y ello se tradujo o bien en que el virus ya podía difundirse fácilmente entre los humanos, o bien en que evolucionó con rapidez, como estos virus pueden hacerlo. En diciembre, ya había un grupo de personas con neumonía grave en hospitales de Wuhan (China), y no se trataba de la gripe.

No se hizo lo suficiente para contener este nuevo virus hasta el 20 de enero, cuando China le dijo al mundo que era contagioso. Para entonces, había ya tantos casos en la ciudad de Wuhan que hubo que confinarla tres días después para con­ tener el virus; pero para entonces ya se había extendido por toda China, y por otros países. El virus recibió el nombre de SARS-CoV-2,* porque se parecía mucho a otro al que habíamos vencido a duras penas en 2003. Como el lector ya sabe, la enfermedad que causa se denominó COVID-19: CO, por corona; VI, por virus; D, por enfermedad,** y 19, por el año en el que apareció. Mucha gente la llama simplemente coronavirus.

Tres meses después del confinamiento de Wuhan, unos dos mil millones de personas de todo el planeta se hallaban asimismo sujetos a alguna forma de contención, y todo el mundo, en todas partes, se enfrentaba a la infección por parte del virus, con pocos tratamientos efectivos y ninguna perspectiva de obtener una vacuna a corto plazo.

La COVID-19 ha infectado a todo el mundo humano. Esta pandemia ha sido como un perro enorme que haya agarrado con sus dientes a nuestra frágil y compleja sociedad y la haya sacudido. Ha muerto muchísima gente. Mucha más seguirá muriendo, ya sea por el virus o por la pobreza a largo plazo, por la disrupción política y económica y por los sistemas sanitarios sobrecargados que serán la herencia de la pandemia. Algunos aspectos de nuestra sociedad cambiarán a peor, y algunos quizás a mejor; en todo caso, estos cambios serán permanentes.

Y, durante todo este período, hemos estado sometidos a un aluvión de noticias y reportajes de interés, de análisis instantáneos, de desgarradores informes de primera línea, de instrucciones gubernamentales revisadas y de nuevos consejos médicos, y, probablemente, del mayor y más abrumador flujo global de investigaciones científicas de la historia, todas las cuales intentan predecir qué es lo que vendrá después y descubrir la manera de mitigar el destrozo producido por esta enfermedad.

Pero todo esto ya lo sabe el lector.

Y, aun así, la pregunta sigue vigente: ¿Cómo pudo ocurrir esto? Estamos en el siglo XXI. En gran parte del mundo disponemos de medicamentos milagrosos y retretes de cisterna, ordenadores y cooperación internacional. Ya no morimos de peste.

Por desgracia, como ahora todos sabemos, sí, nos morimos de peste. Pero lo que resulta especialmente triste para una periodista científica como yo, que escribe sobre enfermedades para ganarse la vida, es que esta pandemia no ha sido lo que se dice una sorpresa. Los científicos llevaban décadas advirtiendo, con una urgencia creciente, de que esto iba a ocurrir. Y los periodistas como yo transmitíamos sus advertencias de que se acercaba una pandemia y no estábamos preparados para afrontarla.

¿Qué nos puso en esta situación? De manera muy resumida, en el mundo hay cada vez más habitantes, muchos de los cuales han ejercido cada vez más presión sobre los recursos naturales para obtener el alimento, el trabajo y el espacio vital que necesitan. Esto significa introducirse en la naturaleza que alberga nuevas infecciones, e intensificar los sistemas de producción de alimentos de maneras que pueden generar enfermedades. La COVID-19, el Ébola y otras enfermedades peores provienen de la destrucción de bosques. Algunas cepas preocupantes de gripes y bacterias resistentes a los antibióticos provienen del ganado doméstico. Pero hemos desatendido la inversión en todo aquello que frustra la aparición de las enfermedades infecciosas: salud pública, puestos de trabajo y viviendas decentes, educación y saneamiento.

Después, el impacto de los nuevos patógenos que sacamos a la luz se ve magnificado por nuestra conexión global cada vez mayor, pues nos hacinamos en ciudades y comerciamos y viajamos en una red global de contactos cada vez más densa, de modo que cuando la sanidad pública fracasa y aparece el contagio en algún lugar, este se desplaza a todas partes. Sabemos mucho acerca de cómo vencer a las enfermedades, pero nuestras estructuras de gobierno fragmentadas, la falta de responsabilidad global y la pobreza persistente en muchas regiones son la garantía de que estos fallos van a producirse... y propagarse.

A pesar de dichos fallos, sabemos qué es lo que necesitamos: comprender mucho mejor las infecciones potencialmente pandémicas, una detección rápida de nuevos brotes y maneras de responder rápidamente a estos. En este libro analizaré todos estos aspectos. Hasta ahora, hemos sido incapaces de aunar todos estos elementos de manera efectiva, allí donde más se los necesita.

En 2013, dos laboratorios, uno chino y otro estadounidense, investigaron una tribu de virus de murciélagos que casi con toda seguridad son el origen de la COVID-19. Reconocieron la amenaza de inmediato. Un laboratorio los calificó de «prepandémicos» y una «amenaza para su emergencia futura en poblaciones humanas». El otro escribió que «todavía suponen una amenaza global considerable para la salud pública».

No se hizo nada. Podríamos haber descubierto más facetas de estos virus, diseñado algunas vacunas, buscado test y tratamientos, estudiado cómo estos virus podrían introducirse en poblaciones humanas, y haber confinado a dichas poblaciones. No ocurrió nada de esto. Nadie tenía encomendado llevar a la práctica todos los asuntos relacionados con una amenaza de este tipo, incluso cuando esta se materializó.

Pero era absolutamente necesario que estuviéramos preparados ante la posibilidad de que uno de estos virus se hiciera global, que fue lo que uno de ellos hizo. No hace falta que se lo recuerde al lector. Test. Respiradores. Medicamentos. Vacunas. Equipos de protección para médicos y enfermeras. Un plan para declarar cuarentenas y aislamientos anticuados que impidiesen que este tipo de virus se extendiera. Un plan para tratar el impacto económico. Medidas para contener la amenaza del virus y que ni siquiera necesitáramos estas cosas. Los expertos y los gobiernos se han pasado casi dos décadas hablando y hablando acerca de cómo debíamos prepararnos para afrontar la pandemia, y aun así no estábamos preparados.

Y este tipo de virus no era (ni es) siquiera la única amenaza vírica que nos acecha, pero estamos igual de mal preparados para las demás. Escribí el siguiente texto para la revista New Scientist en 2013, el año en que se descubrieron los virus del tipo COVID. Hablaba de una visita a la sala de estrategia de la Organización Mundial de la Salud (OMS), entonces nueva y flamante, y de lo que podría ocurrir si la gripe aviar, H7N9, el virus que por aquel entonces preocupaba, se hiciera pandémica:

Tal como están las cosas, los mandamases de la Organización Mundial de la Salud observarán la aparición de cualquier pandemia de la H7N9 desde su centro de operaciones estratégicas. La información llegará de forma masiva; el número de bajas aumentará. A los gobiernos se les dirá que es imposible atender sus demandas de vacunas y medicamentos. Emitirán declaraciones, celebrarán reuniones, organizarán la investigación, le dirán a la gente que se lave las manos y que se quede en casa. Pero, sobre todo, no harán más que observar sin poder hacer nada.1

¿Les suena familiar, sobre todo la parte en que se le pide a la gente que se lave las manos y se quede en casa?

No me considero una profeta: no lo soy. Otros periodistas y científicos han dicho lo mismo que yo o incluso han ido más lejos. Ya en 1992, los principales científicos especialistas en enfermedades infecciosas de los Estados Unidos advirtieron acerca de «infecciones emergentes» y declararon que la amenaza procedente de «microbios causantes de enfermedades [...] continuará e incluso puede intensificarse en los próximos años».2

Si este lenguaje parece insólitamente cauto, incluso para venir de unos científicos, ello se debe a que temían que un lenguaje más contundente provocaría incredulidad. Esto es casi todo lo que ha cambiado.

No es que no los escucharan. En los años transcurridos desde entonces, se puede decir que todos esperábamos una pandemia. Las pandemias se convirtieron en parte del ruido de fondo cultural, que se reflejó, con equilibrios diversos entre ciencia y entretenimiento (y zombis), en filmes tales como Estallido, Contagio o Soy leyenda. Se puso en marcha cierta vigilancia sobre las enfermedades, se aprobaron nuevas normas internacionales y se llevaron a cabo muchas investigaciones sobre virus. Algunos países prepararon planes para actuar frente a pandemias... sobre el papel. Pero cuando empezaron los confinamientos, en muchos lugares hubo mucha más demanda de otro papel: el higiénico.

La única sorpresa auténtica cuando al final se produjo el ataque de la COVID-19 fue hasta qué punto la mayoría de gobiernos simplemente no habían escuchado los avisos. Fuimos incapaces, a nivel planetario, de reunir a tiempo nuestros considerables conocimientos científicos sobre las enfermedades para mitigar el golpe, y no digamos evitarlo, para empezar. Y, como explicaré en las páginas que siguen, podríamos haberlo hecho; al menos, muchísimo más de lo que hicimos. En realidad, lo que nos falló no fue la ciencia, sino la incapacidad de los gobiernos para actuar con arreglo a sus pautas y todos juntos.

Los expertos habían advertido tanto sobre la falta de preparación como sobre el riesgo de que se declarase una pandemia. Los pocos estados que habían trazado planes en caso de pandemia los habían preparado en función de un virus muy diferente, el de la gripe, y aun así muchos no lograron almacenar o adquirir los artículos esenciales más básicos para asegurarse de que dichos planes funcionaran. No sabría decir si habrían respondido de una manera mucho más efectiva si esta hubiera sido una pandemia de gripe. Que tendremos en un momento u otro.

La Organización Mundial de la Salud dejó bien claro cómo contener el virus..., pero pocos países siguieron sus consejos por entero. Unos pocos hicieron lo que tendrían que haber hecho todos. Los demás se decantaron por algunas variantes del consejo de la OMS o el de sus asesores científicos o políticos. Casi todos los países llegaron un poco o muy tarde para limitar el daño en lo relativo a cómo deberían haber actuado, y el dolor de los confinamientos y el cierre de la actividad económica resultaron casi peores que la enfermedad.

Pero el lector ya sabe todo esto.

De modo que, además de «¿Cómo pudo haber ocurrido esto?», las otras grandes preguntas son: «¿Puede ocurrir de nue­ vo?» y «Podremos hacerlo mejor la próxima vez?». La respuesta a ambas preguntas es afirmativa. Ahora hay que preparar alguna planificación real para las pandemias, porque la COVID-19 quizá ni siquiera sea la peor que podamos padecer. Cabe incluso la posibilidad de que la COVID-19 guarde todavía algunos ases escondidos bajo su minúscula manga.

Pero en primer lugar, estudiemos el futuro inmediato desde el punto de vista del virus.

Para finalizar, después de tantas muertes y tantos trastornos, la mayoría de los habitantes del planeta se habrán expuesto a la COVID-19 o habrán sido vacunados contra ella y como resultado serán, así lo esperamos, inmunes ante infecciones ulteriores por el mismo virus, al menos de manera temporal. De modo que, al haber cada vez menos personas sin infectar, los nuevos casos deberían aparecer con cuentagotas. Incluso es posible que la enfermedad desaparezca de una manera discreta, como hizo su virus hermano, el SARS, cuando en 2003 limitamos al máximo sus posibilidades de propagación.

También cabe la posibilidad de que se adapte a su nueva situación. Los virus de ARN como este pueden evolucionar rápidamente, aunque el virus de la COVID-19 no es tan volátil como otros. Al igual que la gripe, podría mutar para evitar las defensas inmunes que nuestro cuerpo acabará por aprender a organizar, y empezar otra devastación global, esta vez quizás un poco menos letal.

O quizás un poco más. El mito tranquilizador de que los virus se vuelven necesariamente más benignos cuando se adaptan a nosotros no es cierto. Analicémoslo desde este punto de vista: todo depende de lo que funciona para el virus, y puede ocurrir una cosa o la otra. Consideraremos este aspecto más avanzado el libro.

O bien podría circular y aumentar de manera esporádica, y tal vez afectar a humanos nuevos y susceptibles, y convertirse en otra enfermedad infantil.

Esta pandemia se ha desplazado rápidamente desde que empezó. El lector quizá sepa ya algo acerca de cuál de estos escenarios se está produciendo. Por lo general, una enfermedad no admite muchos más posibles comportamientos, sometida como está a las leyes implacablemente cuantitativas de la epidemiología, la ciencia que estudia las epidemias.

Hasta entonces, y por horrenda que haya sido a veces, podemos estar muy agradecidos de que no haya sido peor. La COVID-19 no tiene una tasa de mortalidad enorme; en el momento en que escribo esto, los cálculos más optimistas nos dicen que es menos letal de lo que nos temíamos en un principio, pero que aun así puede ser diez veces más letal que la gripe común. El SARS era diez veces más letal que esta. Por suerte, no aprendió a extenderse como la COVID-19 y, con suerte, la COVID-19 no aprenderá a matar como el SARS. Piénsese en lo que esta pandemia habría sido con una tasa de mortalidad diez veces mayor.

Y como muchos de nosotros hemos descubierto de manera dolorosa, mata sobre todo a personas de edad avanzada. Al serlo también yo, no querría ser displicente sobre esta cuestión, pero la cruda realidad es que perder a personas ancianas no causa tanto trastorno económico o social como perder a personas en edad laboral o reproductiva. E incluso esto sucederá: en uno, dos o tres años, con suerte, quizá tengamos medicinas y vacunas para protegernos a todos, incluso a los ancianos.

Así pues, ¿por qué escribir un libro acerca de todo esto cuando todavía hay muchas cosas que no sabemos? Porque ya sabemos lo suficiente como para decir algunas cosas importantes, y necesitamos hacerlo mientras los recuerdos de estos duros tiempos son lo bastante recientes como para que la gente las escuche.

Lo primero que hay que decir es que esto se predijo y que, en gran medida, podría haberse evitado.

En cuanto a la predicción, solo soy una de los muchos periodistas que han advertido acerca de la amenaza de una pandemia desde los años noventa, y algunos lo habían hecho antes. Desde al menos 2008, el director de la Inteligencia Nacional de los Estados Unidos ha advertido al presidente del país de que una pandemia ocasionada por un virus respiratorio nuevo y virulento sería la amenaza más seria a la que había de enfrentarse el país. En 2014, el Banco Mundial y la OCDE, el club de países ricos, consideraron que una pandemia suponía el máximo riesgo catastrófico, superior incluso al terrorismo. Bill Gates lleva años advirtiendo de que no estamos preparados para una pandemia.

Lo segundo es que esta pandemia no será la última. Lo cierto es que existen ahí fuera demasiados gérmenes potencialmente pandémicos como para predecir cuál será el próximo que emerja. Pero antes de que sucediera la COVID-19, ya sabíamos que los coronavirus se contaban entre las principales posibilidades: figuraban en una lista de virus que la OMS recomendaba vigilar. Ni siquiera con estas advertencias trabajamos lo suficiente para preparar medicamentos y vacunas para coronavirus como la COVID, lo suficiente para permitirnos adaptarnos fácilmente y producirlos ahora... y todavía no los tenemos para otros muchos virus que suponen una amenaza, entre ellos el H7N9 y los de su familia. Necesitamos hacerlo ahora.

También necesitamos planificar con rigor la respuesta a una pandemia para cuando se presente la próxima. El Centro para la Seguridad Sanitaria, de la Facultad Johns Hopkins Bloomberg de Salud Pública, era una de las instituciones que ya intentaron hacerlo. Entre otros proyectos, realizaban simulaciones informáticas de pandemias hipotéticas como ejercicio de formación para funcionarios públicos. Un mes antes de la aparición de los primeros casos en Wuhan, estaban llevando a cabo uno, denominado Event 201, cuyo virus ficticio era casi el vivo retrato del causante de la COVID-19. No se me ocurre ningún ejemplo más ilustrativo de hasta qué punto sabíamos que esto estaba al caer.

Me gustaría insistir en que se trataba de una auténtica casualidad: era una situación hipotética de «qué ocurriría si...», que funcionaba en un modelo informático de la sociedad estadounidense, con un virus inventado. Eligieron un coronavirus para la simulación en parte porque querían mostrar lo perturbador que puede llegar ser un virus relativamente inocuo.

Y lo consiguieron. El resultado de la simulación fue lo que ahora estamos viviendo: sistema sanitario colapsado, cadenas de suministros globales rotas, muertes innecesarias y trastornos económicos. Y una mesa llena de funcionarios del gobierno y de la industria sentados a ella y sentenciando: «Si sucediera algo así, mi sector/departamento/ministerio no podría hacer gran cosa al respecto».

Y las personas que habían escrito esta simulación fueron pacientes con los funcionarios, y quizá por ello estuvieron sentados allí toda la tarde y no se asustaron cuando estos salieron discretamente a tomar un café, tratando de olvidar lo que habían visto hasta entonces. Existen virus mucho peores que podrían desencadenar una pandemia y matarían a más gente, y más joven.

Esto no será de mucho alivio para los que han perdido a seres queridos debido a la COVID-19, y los siguen perdiendo, mientras escribo esto. Pero hasta ahora, lo crea el lector o no, hemos tenido suerte.

Además, antes de que llegara la COVID-19 casi nadie se dio cuenta (y no sé cuánta gente se percata de ello ahora) de lo que una pandemia puede hacer a una sociedad compleja como la nuestra, que vive al día, y que el efecto dominó de sus consecuencias económicas puede transmitirse a través de unas redes de apoyo tan fuertemente conectadas como las nuestras.

Pero lo que debemos recordar es que habrá otra pandemia. Y que podría ser peor.

De modo que tenemos que hacerlo mucho mejor; y podemos hacerlo. La buena noticia, que hemos aprendido a un coste enorme, es que la COVID-19 nos ha enseñado lo que es necesario que hagamos. No podemos dejar que un virus coja de nuevo por sorpresa y de una manera tan estúpida a nuestra comunidad interconectada global. Tampoco debemos permitir que quiebre dichas interconexiones, o al menos no todas ellas. Si esta pandemia nos ha enseñado algo es que, frente a una enfermedad contagiosa, todos estamos juntos. Una lección grande que aprendimos muy pronto fue que ya no hay ningún país que pueda cerrar de verdad sus fronteras, o actuar solo. Nuestra sociedad es global; nuestro riesgo es global; nuestra respuesta, y nuestra cooperación, deben ser globales.

No puedo pensar en un momento en el que esta pandemia esté lo bastante «terminada» como para que tengamos una mejor perspectiva privilegiada con la que valorar todas estas cuestiones. Cuando el virus se detenga por fin, o lo domestiquemos con vacunas, parece muy probable que regresemos a un statu quo consistente en gastar nuestros presupuestos en guerras y armas (y, ciertamente, a recuperarnos de los daños económicos que la COVID-19 está provocando), pero no en prepararnos para el próximo virus. Necesitaremos olvidar esta pesadilla y, a juzgar por las pandemias anteriores, lo haremos.

Pero en estos momentos el asunto capta nuestra completa atención. Ya podemos decir algo acerca de cómo ocurrió esto, y por qué, y cuáles son nuestras opciones para empezar a hacer mejor las cosas. Muchos científicos lo saben, y los gobiernos, así lo esperamos, lo aprenderán. Pero hay muchísimas personas que también tienen que pensar en ello, se dediquen a lo que se dediquen, en el tipo de detalles que nos permitirán ayudar a llevar a cabo los cambios que necesitamos.

En cualquier emergencia sanitaria, y ciertamente en una pandemia, es de vital importancia decirle a todo el mundo toda la verdad, lo que sabemos y lo que no sabemos, y no callar por miedo a asustar a la gente. Este es un error que los gobiernos y otras autoridades suelen cometer con las malas noticias, como las relacionadas con enfermedades.

Lo que está ocurriendo podría ser alarmante, pero decirlo podría estimular a la gente a emprender acciones más efectivas. A veces el miedo es necesario. Por eso lo tenemos.

Pero no hay por qué llegar a estos extremos. Aquí es donde el lector desempeña su papel. Aprender de esta pandemia y evitar la siguiente exigirá una acción política de todo tipo, por parte de todos.

Cuanta más gente comprenda qué necesitamos hacer, más probable es que se haga. La gente vota. La gente se manifiesta. La gente presiona. La gente decide estudiar virología, o salud pública, o enfermería, o producción de vacunas, o comunicación. El activismo público impulsó el desarrollo de medicamentos para el VIH, y los hizo asequibles. Impulsó la introducción de instalaciones sanitarias, el enorme éxito de la vacunación, el principio del fin del hábito de fumar.

Podemos hacerlo de nuevo. Debemos hacerlo.

Para saber lo que está ocurriendo ahora mismo con la COVID-19, el lector debe leer las noticias. Para las denuncias y análisis de lo que este o aquel gobierno o político hicieron mal en relación con la enfermedad, debe leer asimismo las noticias, y los reportajes que irán saliendo a la luz a lo largo de los próximos años. Yo sé que lo haré.

El libro ofrecerá al lector un panorama general. Observaremos en detalle lo que ocurrió y si podríamos haberlo detenido, antes de analizar el pasado reciente para conocer la historia natural de algunos de los fenómenos naturales más sorprendentes que nos hacen contraer enfermedades mortales. Veremos cómo las pandemias previas y las amenazas de pandemias nos tuvieron que haber preparado, y habernos hecho aprender las lecciones que no conseguimos aplicar después de la aparición de la COVID-19. Después podremos hablar acerca de lo que debemos hacer mejor antes de que la próxima pandemia nos golpee.

Espero que, al final, hagamos algo más que hablar.

UNA NOTA SOBRE EL VIRUS

La OMS, en su sabiduría, decretó que esta enfermedad sería conocida por el poco atractivo nombre de COVID-19, por COrona VIrus Disease 2019. Muchas personas y muchos idiomas la han llamado simplemente coronavirus. Este nombre es mucho más bonito, pero para hablar con propiedad, los coronavirus son toda una familia de virus, a la que pertenece el que causa la COVID-19. Emplearé el nombre de coronavirus para referirme a la familia.

El virus tiene el nombre oficial de SARS­CoV­2, denominación escogida expresamente por un comité de virólogos para subrayar que no tiene nada de nuevo y que es muy similar al virus que causó la enfermedad SARS en 2003. A este virus se lo rebautizó como SARS­CoV­1. Esto hace que el nombre oficial se preste a confusión, de modo que espero que a los virólogos no les importe si yo lo identifico como el virus que causa la COVID-19, o incluso el virus de la COVID-19, siempre que sea posible. Porque lo es, y el término no confunde de inmediato al ojo no especializado como perteneciente a otra enfermedad.

1
¿PODRÍAMOS HABER DETENIDO
TODO ESTE ASUNTO DESDE EL PRINCIPIO?

Toda película de desastres empieza con alguien que ignora lo que le dice un científico.

Pancarta popular en la Marcha por la Ciencia de abril de 2017

Así pues, ¿cómo terminamos padeciendo la pandemia de la COVID-19? ¿Podríamos haberla detenido una vez se hubo iniciado? ¿Podríamos haber evitado que se iniciara?

Si nuestra casa se incendia, nos preguntamos dos cosas. La primera, y para empezar, ¿cómo pudo originarse un incendio en nuestra casa? La segunda, y más urgente, puesto que se incendió (y vimos que ello ocurría), ¿por qué no lo apagamos antes de que se propagara? Más adelante examinaremos la primera pregunta. Tratemos ahora de la segunda. ¿Qué ocurrió para que se desatara en el mundo una pandemia de COVID-19?

El primer indicio que yo, como muchos otros, tuve de la preparación de la tormenta que se convirtió en la COVID-19 fue un correo en el fórum en línea ProMED. El informe, traducido automáticamente, de Finance Sina, una web china de noticias en línea, rezaba:

En la tarde [del 30 de diciembre de 2019], se emitió una «noticia urgente sobre el tratamiento de una neumonía de causa desconocida», que se distribuyó ampliamente en Internet por el documento con encabezado rojo del Comité Sanitario Municipal de la Administración Médica de Wuhan.1

Era el 31 de diciembre, y en nuestra casa de campo francesa, justo al otro lado de la frontera de Ginebra, se levantaba el sol. Yo tenía en casa unos familiares con los que pasaba las vacaciones, y había prometido solemnemente que no trabajaría.

Pero me dije que ello no significaba que no pudiera echarle un vistazo a ProMED, solo para asegurarme de que no me perdía algo importante.

ProMED (el PROgrama para Monitorizar Enfermedades Emergentes, de la Sociedad Internacional de Enfermedades Infecciosas, una organización de científicos cuyo nombre formal es ProMED-Mail) es el principal sistema de información mundial para enfermedades nuevas, o «emergentes». A pesar de su importancia, es una organización sin ánimo de lucro, funciona sobre todo gracias a voluntarios, y se financia, con un presupuesto muy ajustado, mediante subvenciones y donativos. Se estableció en 1994, cuando algunos especialistas en enfermedades infecciosas, conmocionados por la aparición del sida en los años ochenta, se inquietaron al comprender que podía haber otras enfermedades nuevas al acecho, y que necesitábamos un sistema de alerta temprana.

ProMED consiste en informes diarios sujetos a moderación en los que se refieren acontecimientos médicos preocupantes que le remiten colaboradores de todo el mundo: médicos, veterinarios, granjeros, investigadores, ciudadanos de a pie e incluso laboratorios agrícolas (pues las plantas cultivadas también enferman). Todo ello con un texto sencillo a palo seco y simple: la anticuada Helvética, directa y al grano como los científicos que en su mayor parte lo escriben y lo leen así. Todo está clasificado por enfermedad, lugar y fecha, mientras que los moderadores, en su mayoría veteranos en sus campos, dicen qué es lo que piensan de los informes. A menudo salto directamente a sus comentarios. ProMED es una de las cosas que la humanidad hizo bien para prepararse de cara a emergencias relacionadas con enfermedades como la COVID-19.

Y para los investigadores de enfermedades, las personas relacionadas con la sanidad pública y los periodistas científicos como yo, así como para quienquiera que se sienta fascinado por los programas cotidianos de telerrealidad, es de lectura obligatoria. Cuando aquel día me encerré en mi despacho, esperando que al ser relativamente temprano mi familia no se enterase, el boletín del gigante financiero Sina informaba de la existencia de personas con neumonía grave y no diagnosticada en la ciudad de Wuhan, en la provincia de Hubei, en el centro de China.

Muchas de estas personas estaban relacionadas con un mercado de pescado y marisco. Ya había 27 afectados.

Un boletín oficial (que la traducción automática había dejado como «documento destacado con una bandera roja») debía de ser una alerta de emergencia, supuse. El periodista de Finance Sina lo había verificado llamando a la mañana siguiente a la línea directa oficial del Comité Sanitario Municipal de la Administración Médica de Wuhan. Era cierto. El informe se difundió.

Y era lo bastante preocupante como para que alguien lo enviara a ProMED. No era difícil ver por qué.

La neumonía o pulmonía no es una enfermedad causada por un germen específico, como el sarampión o la gripe. Tan solo corresponde a cualquier infección que inflame la región profunda de los pulmones, donde se ubican los sacos de aire, denominados alvéolos. Estos sacos son la parte fundamental de nuestros pulmones: introducimos aire en ellos y el oxígeno atraviesa las membranas de los alvéolos y pasa a la sangre ávida de oxígeno que hay al otro lado. Mientras tanto, el dióxido de carbono que hay en dicha sangre atraviesa los alvéolos y lo exhalamos al respirar.

Si una infección daña estas membranas delicadas, se corre el riesgo de que empiecen a perder líquido, y los sacos se llenen. Esto impide que el oxígeno llegue a las membranas y entre en nuestra sangre. Si la situación empeora de manera notable, acabamos ahogados efectivamente en nuestros propios fluidos.

Una infección respiratoria (ya sea por virus, bacterias u hongos) puede invadir nuestra nariz, nuestra garganta o los conductos aéreos de los bronquios, más profundos, y esto nos producirá un resfriado o una tos fastidiosa. Pero si llega a los alvéolos, esto es una neumonía, y puede matarnos.

El hecho de que esta neumonía no estuviera diagnosticada fue la bandera roja que llamó la atención de ProMED. Por lo general, los glóbulos blancos de la sangre defienden nuestros alvéolos de las bacterias que siempre están ahí, absorbidas por miles de millones en cada inspiración. Los virus de la gripe invernal eliminan esta parte clave de nuestro sistema inmune, y entonces las poblaciones de bacterias pueden crecer, lo que causa una neumonía. Por lo tanto, la mayor parte de neumonías invernales se tratan primero con antibióticos, que matan a las bacterias. Y, al parecer, eso no funcionaba en Wuhan. Y cabe suponer que tampoco hubo test diagnósticos para la gripe o los demás sospechosos habituales.

El Comité Sanitario Municipal de Wuhan tenía una reunión especial, rezaba el informe. Pero se apresuraron a decir que pensaban que no se trataba del virus SARS. El SARS apareció en China en 2002 y se extendió por 29 países en 2003, causó neumonías graves y mató a 774 personas.

«Buena cosa», recuerdo que pensé. Ahora ya nadie habla mucho del SARS fuera de los países que se vieron afectados, excepto algunos de nosotros, los aficionados a las enfermedades. Pero fue muy agresivo, con una tasa de mortalidad del 10 por ciento. Se eliminó gracias a un enorme esfuerzo internacional (y suerte), solo con las técnicas clásicas de aislamiento y cuarentena, más que nada porque era torpe a la hora de extenderse entre la gente. Pero si esa nueva cosa no era el SARS, entonces ¿qué era?

La relación con el mercado era preocupante. Un mercado de pescado y marisco en China es también un mercado que vende animales vivos, y muchos de esos mercados denominados «húmedos» venden animales salvajes y exóticos. El virus del SARS procedía de murciélagos, y se cree que pasó a los humanos en un mercado de animales vivos.

Desde luego, ha habido otros informes como este de ProMED. En 2013, hubo una neumonía vírica no diagnosticada entre el personal sanitario de la provincia china de Anhui.2 En 2006, algunos habitantes de Hong Kong sufrieron una neumonía no diagnosticada después de visitar varias regiones de la China continental.3 El moderador de ProMED pidió más información en ambos casos, pero no hubo mensajes posteriores, por lo que cabe suponer que no hubo ninguna enfermedad notable como resultado.

Pero esta vez había un comentario preocupante al final del correo. Marjorie Pollack es médico y epidemióloga, una veterana con treinta años de experiencia en los Centros para la Prevención y el Control de las Enfermedades (CDC) de los Estados Unidos, y es la decana del equipo internacional de moderadores de ProMED. Estuvo implicada en uno de los acontecimientos de los que se siente más orgullosa: ella dio el grito de alerta al mundo, el 10 de febrero de 2003, acerca de la misteriosa neumonía de Guangdong, que posteriormente se llamó SARS, casi dos meses antes de que China se sincerara sobre esta enfermedad.

Lo que Pollack escribió aquella mañana de vacaciones navideñas me produjo la náusea que uno siente cuanto se esfuerza por librarse de la sensación de que tiene un presentimiento. Además de la noticia, observaba, había muchos comentarios en línea acerca de ella.

Twitter y su equivalente chino, Weibo, no estaban allí cuando se desató el SARS, pero sí había salas de chats en línea. «El tipo de actividad de las redes sociales relativo a este acontecimiento recuerda mucho a los rumores originales que acompañaron el brote del SARS —escribió Pollack—. Sería muy de agradecer que se proporcionase más información sobre este brote. Y —añadió esperanzada— si se dan a conocer los resultados de los test».

Pollack señalaba una diferencia con respecto al SARS: la transparencia de las autoridades chinas. En febrero de 2003, los funcionarios chinos evitaron difundir comunicados de prensa sobre la neumonía sin diagnosticar, y no informaron de inmediato de ella a la Organización Mundial de la Salud (OMS).4 No empezaron a informar completamente de casos hasta el mes de abril, cuando el SARS ya se había extendido por China y Asia Oriental hasta llegar a Canadá.

En los diecisiete años transcurridos desde entonces, se ha producido una sorprendente revolución en la política y en la prosperidad de China, de modo que este brote se dio en circunstancias muy diferentes. Las autoridades chinas informaron del brote a la OMS el 31 de diciembre.5 Posteriormente se supo que el primer caso había aparecido en noviembre, pero una infección respiratoria durante la estación de la gripe no había parecido nada infrecuente, hasta que los hospitales empezaron a acumular una cantidad insólita de casos graves. Al día siguiente, el día de Año Nuevo, el mercado de pescado y marisco (que resultó que también vendía animales salvajes) fue clausurado.

Pero el 3 de enero Pollack aún no tenía resultados de los test. Circulaban informaciones preocupantes con arreglo a las cuales se había detenido a gente por discutir en línea acerca de si la neumonía misteriosa podía ser un rebrote del SARS. Se citaba que las autoridades de Hubei habían afirmado que aquello no era cierto, pues «hasta ahora no se ha hallado una transmisión de persona a persona».6

Esta última parte se convirtió en un asunto recurrente. El 8 de enero, ProMED informaba de que el Centro para la Prevención y el Control de las Enfermedades de China (CDC de China) había identificado la infección como un coronavirus, la misma familia de virus que el SARS, pero repetía que no había transmisión de persona a persona.7

Yo no había planeado volver todavía al trabajo, pero me preguntaba si debería empezar a investigar esta historia. Parecía improbable que fuera importante si no existía transmisión de persona a persona. Los virus animales consiguen a veces pasar a los humanos, e incluso matarlos, pero no logran transmitirse entre humanos, como el tristemente célebre H5N1 de la gripe aviar. Sin esta condición, el brote estaba condenado a desaparecer, pensaba yo con optimismo.

Pero en ProMED, Pollack se mostraba cada vez más desconfiada. Y lo mismo le ocurría a Jeremy Farrar, el jefe de la fundación de investigación médica The Welcome Trust, y antes de ello, jefe del laboratorio de investigación médica de la Universidad de Oxford en Vietnam, donde hubo de enfrentarse al SARS y al H5N1 importados de China. El 10 de enero tuiteó que, «si China no comparte de inmediato con la @OMS ninguna información crítica de salud pública, eso significa que algo está muy mal».8

Y lo estaba. Según comunicados de prensa posteriores, médicos de Wuhan enviaron al laboratorio de salud pública de la Universidad de Fudan de Shanghái una muestra del virus procedente de un hombre de cuarenta y un años a quien se había hospitalizado con neumonía el 26 de diciembre. Era un vendedor del Mercado al por Mayor de Pescado y Marisco de Huanan, ahora cerrado, y enfermó de gravedad.

El laboratorio de Shanghái había secuenciado el virus el 5 de enero. Sin que en el laboratorio lo supieran, el CDC de China ya tenía una secuencia, pero no la había hecho pública. Posteriormente, el laboratorio de Shanghái informó a los periodistas de Hong Kong de que su descubrimiento los hizo hablar de inmediato con las autoridades sanitarias de Wuhan y les advirtiera de que pasaran a la acción. El virus era de la misma familia de virus de murciélagos que habían producido el SARS.9

El 7 de enero, China anunció que un coronavirus causaba la neumonía. Pero cuando no se hizo nada más, el laboratorio de Shanghái publicó su secuencia en una base de datos pública, la primera secuencia del virus que se publicó.10 Entonces el CDC de China publicó su secuencia. Al día siguiente, las autoridades cerraron el laboratorio de Shanghái.11

La secuencia permitió que otros laboratorios diseñaran test específicos para el virus. Otros países empezaron a efectuar el cribado a los viajeros procedentes de Wuhan... y a encontrar personas infectadas.

Neil Ferguson y su equipo del Imperial College de Londres se cuentan entre los epidemiólogos matemáticos más respetados del mundo: construyen complejos modelos matemáticos informáticos que describen el comportamiento observado de las enfermedades, y después los emplean para predecir cómo se extenderán nuevas enfermedades. En enero, utilizaron una amplia base de datos de estadísticas de pasajeros de líneas aéreas para calcular cuántas personas de los alrededores de Wuhan suelen realizar viajes internacionales.

Era razonable suponer que el porcentaje de viajeros que resultaron estar infectados fuera el mismo, o menor, que el porcentaje de la población que estaba infectada en la región de Wuhan, pues no había razón para pensar que las personas que hubieran contraído el virus tuvieran más probabilidades de viajar al extranjero que las personas que no lo tenían. Pero, de hecho, el porcentaje de viajeros que estaban infectados era muy superior.

Por lo tanto, dedujeron que tenía que haber más personas infectadas en la región de Wuhan de lo que se informaba. El Imperial College hizo las cuentas (es algo más complicado que efectuar un sencillo porcentaje) y el 17 de enero informó de que probablemente hubiera en Wuhan 1.723 casos, más o menos. Wuhan informaba oficialmente de 41 casos.

No había motivos para sospechar que se ocultara a propósito la información sobre el número de casos. La explicación más probable era más sencilla: las estadísticas oficiales solo contaban aquellas personas que habían dado positivo en el test para detectar el virus, y en los primeros días de la epidemia solo se les hicieron test a las personas que estaban lo bastante enfermas como para ir a un hospital. Sin embargo, otros países sometían a tests a cualquier viajero con fiebre que acabara de volver de Wuhan, incluso si solo manifestaban síntomas leves.

La explicación de los casos que faltaban podría ser sencilla: no se encontraban lo bastante graves como para ir al hospital.12 Después de todo, no habrían despertado sospechas: los casos leves se parecen a la gripe, y todo aquello sucedía durante la estación de la gripe.

Aun así, si se analizaban las cifras facilitadas por Ferguson, eran muchísimos casos para tratarse de un virus que no se transmitía de persona a persona. O, como el equipo del Imperial College planteó con frialdad: «La experiencia anterior con los brotes de SARS y de MERS-CoV de escala similar sugiere que a fecha de hoy no cabe descartar la transmisión autosostenible de humano a humano». El MERS,* un virus con una tasa de mortalidad superior incluso a la del SARS (alrededor del 40 por ciento), pasó a los humanos en 2012 y es, como el SARS, un pariente próximo de la COVID-19.

Pero la versión oficial aún sostenía que la transmisión de humano a humano, en el mejor de los casos, era limitada. El 10 de enero, unos investigadores de la Universidad de Hong Kong dieron con una familia al otro lado de la frontera, en Shenzhen, que se infectó al viajar a Wuhan. Tal como el equipo publicó con posteridad, un miembro de la familia no viajó a Wuhan, pero se infectó cuando los demás regresaron a casa.13 Y unos médicos de Wuhan habían comprobado también que la enfermedad se propagaba fundamentalmente en el seno de las familias.

Los investigadores debieron haber compartido esta infor-mación. El 15 de enero, Japón informó de un caso en Kanazawa que acababa de llegar de China, pero que no había visitado ningún mercado de animales vivos. El informe señalaba que, según la OMS, «existen en la actualidad casos en los que no cabe descartar la posibilidad de transmisión de esta enfermedad de humano a humano, incluso entre familias. Sin embargo, no existen pruebas claras de transmisión sostenida de humano a humano».14 A veces, algunos virus que son nuevos para los seres humanos pueden pasar a una o dos personas más, pero no van más allá. Es lo que hace el MERS.

El 18 de enero, en el barrio de Baibuting de Wuhan se celebró una cena a la canasta con cuarenta mil participantes en honor del dios de la cocina, y con la intención de aparecer en el Libro Guinness de los récords debido al número de platos servidos.15 El alcalde de Wuhan le dijo posteriormente a un entrevistador de la televisión, después de que se hubiera prohibido todo tipo de concentraciones en Wuhan, que la fiesta se permitió porque aún creían que la transmisión de humano a humano era limitada.16

Entonces apareció un caso local en Tailandia. «Me juego el cuello a que a estas alturas podría haber ya una transmisión significativa en marcha de este nuevo coronavirus», escribía Pollack en ProMED; pero no se informaba de la mayoría de los casos, porque eran leves y no se reconocían como tales. Al hilo de lo ya expuesto, escribió: «Ni que decir tiene que espero estar en lo cierto al respecto».17

El 20 de enero se informaba de casos en toda China, Japón, Tailandia y Corea del Sur. Pollack echó el resto y escribió con irritación: «Se está haciendo más difícil llegar a la conclusión de que ha habido una transmisión limitada de persona a persona, pues el número de casos va en aumento».18

A los científicos chinos también se les estaba agotando la paciencia. El mismo 20 de enero, Yi Guan, un virólogo de la Universidad de Hong Kong que había participado en el descubrimiento del virus del SARS, le decía a la revista china Caixin que el brote de Wuhan se comportaba como el SARS: se extendía entre las personas.19

Y también ese día, el presidente chino Xi Jinping hizo por fin una declaración pública, y le dijo a la gente que tomara medidas para detener la expansión del virus durante las inminentes vacaciones del año nuevo lunar. Zhong Nanshan, un epidemiólogo a quien se conocía como el «héroe del SARS» por haber colaborado en el descubrimiento del virus del SARS en 2003 (y por haber dicho públicamente que estaba fuera de control, cuando Beijing sostenía lo contrario), dirigía la investigación gubernamental. Después del discurso de Xi, Zhong le dijo a la Televisión Central de China que el virus se transmitía de persona a persona.

Hubo más sorpresas: en fechas posteriores, el South China Morning Post de Hong Kong informó de que, según algunos documentos clasificados que habían visto, el caso más temprano había manifestado síntomas el 17 de noviembre, no el 1 de diciembre como se informó más tarde.20 China había tardado un mes y medio en detectar un problema e informar a la OMS. Los médicos implicados sabían que era contagioso: a los primeros pacientes se los aisló, y Zhang Jixian, jefa de cuidados respiratorios y críticos del Hospital Provincial de Hubei, les contó a periodistas en febrero que el 26 de diciembre ya lo sabía, cuando tres miembros de una familia padecieron neumonía. Obligó al personal a llevar mascarillas N95.21

Lo que sucedió a continuación muestra lo mal que iban las cosas en Wuhan a finales de enero. Para entenderlo en su justa medida, debemos referirnos a las principales maneras de luchar contra una epidemia cuando no se dispone de medicamentos ni de vacunas: la contención y la mitigación.

La contención es, con mucho, la manera más efectiva de limitar una epidemia, si se practica antes de que haya gran cantidad de casos. El método clásico de control epidémico empleado durante siglos consiste en aislar a las personas con síntomas, y después poner en cuarentena a sus contactos durante el tiempo que se tarde en incubar la infección y empezar a manifestar síntomas. ¿Que no están infectados? Pues muy bien. Pero si lo están, la cuarentena asegura que no puedan transmitir la infección.

En la actualidad, se pueden hacer test a la población en busca de patógenos, y poner en cuarentena únicamente a los que den positivo... siempre y cuando confiemos en que nuestro test no produzca falsos negativos como resultado. En cualquier caso, se rompe la cadena de transmisión. Si hacemos esto las veces que sean necesarias, podremos acabar con un virus: así fue como el mundo derrotó al SARS.

Sin embargo, esto no funcionará del todo si el virus puede propagarse antes de que las personas muestren síntomas, pues, en tal caso, ni la persona infectada ni la gente con la que esta haya entrado en contacto sospecharán de la existencia de ningún problema. Y es difícil hacerlo si han enfermado bastantes personas. Hay que efectuar el seguimiento de todas las personas que cada caso pueda haber infectado y ponerlas en cuarentena, lo que puede aumentar rápidamente el número de confinados con un virus que se transmite con tanta facilidad como el de la COVID­19. Y no conseguiremos confinarlos a todos, de modo que aún aparecerán algunos casos, lo que significa que habrá más personas a las que efectuar el seguimiento.

Es un trabajo duro. Mientras bregaba para detener la epidemia de la COVID-19 en la primavera de 2020, China recurrió a equipos de seis personas para efectuar el seguimiento de los contactos de cada caso. El Centro Europeo de Prevención y Control de Enfermedades estima que se necesitan cien horaspersona para hacer el seguimiento de los contactos de un caso. Si se pueden romper todas las cadenas de infección de todos los casos, la enfermedad puede contenerse.

Pero hay que empezar pronto, antes de que haya demasiados casos cuyo seguimiento efectuar. Si una enfermedad se extiende de forma generalizada («en la comunidad»), esto resulta imposible: no solo es probable que existan demasiados casos, sino que además la gente podría no tener ni idea sobre quién le transmitió el virus. La persona de marras puede hallarse todavía por ahí, propagando el virus, sin importar a cuántos contactos conocidos de dicho caso pongamos en cuarentena.

Llegados a este punto, la estrategia clásica es pasar a la mitigación. Muchos de nosotros ya sabemos ahora de qué se trata, porque, con unas pocas y notables excepciones, la mayoría de países fuera de China no actuaron a tiempo para contener el virus, y terminaron mitigando: se prohíben las reuniones numerosas, se cierran las escuelas y los centros de trabajo, y en general se reducen las interacciones entre personas para reducir la velocidad de propagación de la enfermedad, un conjunto de medidas conocidas como distanciamiento social.

En el extremo, como tantos de nosotros sabemos ahora, se encierra a las personas. No se detiene la expansión del virus, pero al menos esta no se produce con tanta rapidez como para que los enfermos colapsen nuestros hospitales. Esto significa que el número de casos diarios o semanales no aumenta tanto o tan deprisa (el ahora famoso «aplanamiento de la curva»). Y aunque en teoría solo estamos reduciendo la expansión, también salvamos vidas, pues más personas que necesitan cuidados intensivos pueden obtenerlos.

Durante la epidemia de COVID-19, China descubrió que lo que mejor funcionaba fuera de Wuhan y de la provincia de Hubei era una mezcla de mitigación y de contención: primero se efectuaba el seguimiento de los contactos y la cuarentena para romper las cadenas de infección y después, si era necesario, se planteaban varios niveles de mitigación para desacelerar la expansión del virus; lo cual, puesto que cada vez menos personas portadoras del virus infectaban a otras, también hizo posible la contención.

Pero el 22 de enero, Wuhan se encontraba ya en el punto en el que se consideró necesario el confinamiento. Para llegar a este punto, tuvo que haberse producido una considerable propagación de persona a persona. Pero como el relato oficial insistía en que el virus no se transmitía de persona a persona, los funcionarios no podían hacer ningún esfuerzo visible para aislar casos y efectuar el seguimiento de sus contactos, cuando habría sido posible contener el virus. En ese momento ya no lo era.

Como resultado, China impuso un cordon sanitaire alrededor de Wuhan, un término de la época anterior a las vacunas y que significa «barrera sanitaria» o «cordón sanitario». Se inven­ tó para ciudades con la peste, de manera que nadie pudiera entrar (o escapar) portando la enfermedad. En inglés se usa todavía el término francés porque en 1821 Francia revivió el concepto al enviar a treinta mil soldados para cerrar la frontera española y mantener aislada la fiebre amarilla que asolaba Barcelona.

Nadie podía entrar ni salir de Wuhan, una ciudad de 11 millones de habitantes, sin un permiso especial, desde las 10 de la mañana, hora local, del día 23 de enero. Un día después, ello se extendió a toda la provincia de Hubei. Se canceló el transporte en el interior de la ciudad.

Pero había un problema enorme: solo faltaban tres días para el año nuevo lunar. Esta es la celebración más importante en China, en la que cuatrocientos millones de personas viajan por todo el país para asistir a celebraciones familiares: la mayor migración humana de la Tierra. Además, Wuhan es un nodo de comunicaciones muy importante para viajar por el interior de China. Los viajes en masa ya se habían iniciado, y ante la noticia del confinamiento inminente, la gente acudió en masa a las estaciones de trenes y a los aeropuertos.

En fechas posteriores, las autoridades anunciaron que cinco millones de personas se habían ido de la ciudad antes de que se estableciera el cordón sanitario.22 Chris Dye, de la Universidad de Oxford, y sus colegas confirmaron, mediante el empleo de datos de viajes codificados geográficamente, que 4,3 millones de personas salieron de Wuhan entre el día 11 de enero y el inicio de la prohibición de viajar el día 23.23

Muchos eran portadores del virus. No había manera de hacerlo volver.

En Europa, mis visitantes habían regresado a sus casas. En ese momento yo estaba visitando a mis familiares de Londres, y tenía intención de aprovechar las rebajas de Año Nuevo e ir de tiendas por la ciudad. Abandoné dichos planes al escuchar la confirmación de que el virus se transmitía: pedí prestada una mesa y envié correos electrónicos a mi editor y a todos los científicos que pude. Mi primer informe para New Scientist, enviado el 28 de enero, empezaba con esta frase: «El nuevo coronavirus puede estar a punto de hacerse global».24

Así de lejos habían ido ya las cosas, y ya no cabía especular. Gabriel Leung, de la Universidad de Hong Kong, es un reconocido experto en salud pública y un veterano del SARS. Leung y su equipo habían empleado también datos de desplazamientos para calcular que docenas de personas infectadas habían viajado tiempo atrás desde Wuhan a las bulliciosas metrópolis de China: Beijing, Shanghái, Chongqing, Guangzhou y Shenzhen.

El 27 de enero, Leung declaró en una conferencia de prensa que, según sus modelos matemáticos, sin «medidas sustanciales y draconianas que limiten la movilidad de la población», más restrictivas incluso que las que China había impuesto, resultaba inevitable que la epidemia saliera de China. Su modelo pronosticaba 200.000 casos para la semana siguiente.25

Tres días antes, unos científicos chinos habían publicado los detalles clínicos de los primeros 41 pacientes en The Lancet, la revista médica de referencia.26 Unos médicos chinos se quejaron de que tendrían que haber compartido esa información con ellos antes, cuando se conocieron los primeros casos. Pero es evidente que eran impublicables mientras la historia oficial se empeñara en que la enfermedad no se parecía en nada al SARS.

«Las presentaciones clínicas se parecen mucho al SARS­ CoV. El número de muertes aumenta rápidamente —escribieron—. Nos preocupa que el nuevo coronavirus de 2019 pueda haber adquirido la capacidad de una transmisión humana eficiente» o, dicho en otras palabras, mejor que la del torpe virus SARS. A los científicos se les da bien quedarse cortos, pero esta infravaloración es digna de premio: el día en el que apareció el artículo, había 835 casos testados y confirmados en toda China (y, ahora podemos calcularlo, posiblemente más de 60.000 casos más leves).

Los científicos chinos dejaron claro lo que se necesitaba para gestionar la epidemia: test fiables y rápidos para el virus. También señalaron el descubrimiento, que el Instituto de Virología de Wuhan realizó en 2013, de virus muy parecidos en murciélagos que ya eran capaces de infectar células de las vías respiratorias humanas.

«Debido al potencial pandémico del 2019­nCoV», advirtieron, tendría que vigilarse detenidamente el virus para ver de qué manera su transmisión y su impacto cambiaban a medida que se adaptaba a los humanos.27

Todo estaba allí. Expansión eficiente. Necesidad de test. Potencial pandémico. Llegados a este punto, los países de todo el mundo tendrían que haber empezado a prepararse de manera intensiva para golpear al virus. Algunos lo hicieron. La mayoría, no.

De modo que, a pesar de la aparente apertura, parece que China demoró la información acerca de la enfermedad, del virus y especialmente de la importantísima transmisión de persona a persona. Cabe la posibilidad de que, al estar los recuerdos del SARS todavía frescos en la memoria, las autoridades temieran asustar a la gente con la noticia de que aquel virus podía haber vuelto. Han aparecido relatos más oscuros que apoyan esta opinión.

El 11 de marzo, la doctora Ai Fen, jefa del Departamento de Emergencias del Hospital Central de Wuhan, le contó a la revista china Renwu (Gente) que el 30 de diciembre de 2019, el laboratorio del hospital le había enviado el resultado de un test de uno de los misteriosos casos de neumonía. Rezaba: CORONAVIRUS SARS.28

Un test diagnóstico de PCR* compara los genes de una infección con secuencias genéticas de gérmenes de enfermedades conocidas. Es muy posible que un test de este tipo hubiera identificado el entonces desconocido virus de la COVID­19 como SARS, pues muchas de sus secuencias génicas son parecidas. De hecho, el comité oficial de virólogos encargados de darle nombre al nuevo virus decretó el 2 de marzo que los dos virus son la misma especie.

Al virus del SARS lo rebautizaron SARS-CoV-1, CoV por coronavirus. El virus que causa la COVID­19 se convirtió oficial­ mente en SARS-CoV-2, como si del segundo episodio de una franquicia cinematográfica se tratara: SARS 2: Esta vez está en todas partes.

Pero la doctora Ai no sabía nada de esto en diciembre. Le contó a Renwu que le vinieron sudores fríos al leer el informe del diagnóstico. El SARS había sido una pesadilla para China: infectó oficialmente a 5.327 personas y mató a 349, muchas de ellas médicos y enfermeras que se infectaron mientras cuidaban a los pacientes. El hospital envió parte de la muestra que dio positivo para el SARS a Shanghái, para que se pudiera secuenciar el virus como es debido.

Ai sacó una fotografía del informe con su teléfono, escribió en ella «Coronavirus SARS», dibujó un círculo alrededor del nombre y se la envió a otros médicos de Wuhan, entre ellos un oftalmólogo, Li Wenliang. Este emitió un aviso a sus colegas acerca de los pacientes que tenían neumonía y se hallaban en cuarentena en el departamento de emergencias.29 La noticia se difundió rápidamente: la etiqueta «Wuhan SARS» empezó a difundirse en Weibo, el sustituto chino del prohibido Twitter. La censuraron.30

Aquella noche, el hospital le dijo a Ai que no difundiera información acerca de los casos de neumonía, para no provocar el pánico y no «poner en peligro la estabilidad». El comité de disciplina del hospital la reprendió.

Además, Ai le dijo a Renwu que se le había ordenado al personal que no intercambiara mensajes sobre la enfermedad y, cosa sorprendente, que tampoco llevara mascarillas ni vestidos protectores por miedo a generar alarma.31 A fin de cuentas, dichas medidas de protección son irrelevantes al tratarse de un virus que se supone que no se transmite entre la gente.

El periódico japonés Mainichi confirmó su historia. A finales de enero, informó de que a la 1:30 de la madrugada del 31 de diciembre (la noche del resultado del test de Ai), las autoridades convocaron a un grupo de chat de ocho médicos que comentaban la amenaza de una epidemia que el resultado pudiera producir y les dijeron que escribieran ensayos autocríticos sobre la difusión de rumores.32

Así lo hicieron. Este tipo de medidas enérgicas silenció a los médicos. Y aquel mismo día, según descubrieron investigadores de la Universidad de Toronto, en los mensajes populares y las plataformas de transmisiones en directo YY y WeChat comenzaron a censurar determinadas palabras relacionadas con Wuhan y la neumonía.33 «De haber sabido lo que iba a ocurrir, no me habría importado una mierda ninguna posible reprimenda. Habría hablado de ello con quien hubiera podido y donde hubiera podido», declaró Ai a Renwu, tal como consta en la traducción que realizó The Guardian.

A medida que la epidemia empeoraba, se aclamó a Li Wenliang como la persona que había tirado de la manta. El 7 de febrero, Wenliang murió de COVID­19. «No soy quien tiró de la manta —le dijo modestamente Ai a Renwu—. Soy la que proporcionó la manta».34

Al final, el alcalde de Wuhan tuvo que dimitir y aceptar su responsabilidad por sus errores, aunque antes de hacerlo culpó a Beijing por controlar lo que él podía decir en público acerca del virus. No parece que estos controles hayan desaparecido del todo. Según se informa, la entrevista que Ai concedió a Renwu en marzo sigue desapareciendo misteriosamente de las páginas web chinas. La han mantenido viva la cobertura occidental y los internautas chinos.

Mientras tanto, el virus acerca del que se le pidió que no dijera nada se ha extendido por todas partes. El 11 de marzo, Tedros Ghebreyesus, director general de la OMS, declaró que era una pandemia.

Así pues, hasta donde llega la información que he podido reunir a fecha de hoy a partir de todo tipo de informes, esto fue lo que ocurrió. Sin duda cabe la posibilidad de que más adelante salgan a la luz más cosas y los informes puedan cambiar. Pero ahora llega el momento de plantear la pregunta crucial: ¿Se podría haber evitado todo esto? ¿Se podía haber detenido el brote de Wuhan antes de que generara una pandemia?

Este es uno de los primeros grandes brotes que se han analizado mientras tenían lugar, utilizando tecnología moderna para secuenciar rápidamente virus de diferentes pacientes, y deduciendo qué virus desciende de cuál, sobre la base de pequeñas mutaciones compartidas. Y lo que destaca es que las primeras secuencias procedentes de pacientes de China, según me dice Andrew Rambaut, de la Universidad de Edimburgo (que se ha especializado en la evolución de virus de ARN emergentes como este), eran notablemente similares desde el punto de vista genético.

Cuanto más tiempo circula un virus en una especie, más tendencia tendrá a adquirir pequeños cambios aleatorios en la secuencia génica. Si este virus se hubiera transferido en varias ocasiones desde diferentes animales, incluso de la misma especie, habría habido más variación genética en las primeras infecciones. Asimismo, si hubiera circulado entre más de unas pocas docenas de personas, habría habido más variación en las primeras infecciones.

Así, dice Rambaut: «Yo diría que, sin lugar a dudas, fue una sola transferencia, y probablemente esta no se dio antes de primeros de noviembre», lo que encaja con la aparición de los primeros casos conocidos. Pudo haber sido una transferencia de un animal a un humano, o pudo haber sido de unos pocos animales, todos ellos de la misma especie y con la misma infección, a unos pocos humanos; no tenemos los detalles de los primeros casos, dice, de modo que no podemos saberlo.

Pero esto sí que nos dice que no hubo una epidemia oculta que se produjera en una región más extensa o a lo largo de un período más amplio, en cuyo caso se habría registrado más variación. Ello significa que aquellos primeros casos de Wuhan fueron todos lo que hubo. En teoría, si Wuhan se hubiera sometido a un confinamiento más estricto en el momento en el que advirtieron aquel grupo de virus (al parecer, a finales de diciembre), y después hubieran buscado de manera activa otras infecciones y las hubieran contenido mientras no eran muchas, podrían haber detenido la infección e impedido que esta se extendiera mucho. Habría sido mejor todavía si la hubieran detectado antes.

Para responder a la pregunta de si podrían haber evitado que el virus se extendiera por todas partes, necesitaríamos saber cuántas acciones habrían sido necesarias y si las autoridades habrían consentido los trastornos que estas habrían causado, sabiendo lo que sabían en aquel momento.

Andy Tatem y Shengjie Lai, y un equipo de la Universidad de Southampton (Inglaterra) han medido cómo lo podrían haber hecho las autoridades. Los casos de China aumentaron de manera exponencial, como hacen las enfermedades cuando no hay nada que las detenga, hasta que alrededor de Wuhan se tendió el cordón sanitario. Después de esto, y una vez se hubieron impuesto en toda China las prohibiciones de viajar y las órdenes de distanciamiento social, el número de casos dejó de aumentar.

El impacto fue impresionante: la epidemia de China alcanzó su auténtico máximo a mediados de febrero, un punto de inflexión que habían predicho epidemiólogos de fuera de China sobre la base de los cambios en el número de casos de los que se informaba a finales de febrero, una vez se impusieron controles y una delegación de la OMS en China los confirmó. A finales de marzo, China no informó de nuevos casos. El problema estaba ahora en el resto del mundo.

En un análisis vertiginoso que usaba un modelo matemático de epidemias y siete mil millones de registros anónimos de localidades por día, anotados por la red china de móviles de Baidu, el equipo de Tatem cuantificó cómo se desplazaba la gente entre las 340 ciudades más importantes de China cuando las restricciones a los viajes entraron en vigor después del 23 de enero. Midieron la manera en que estos desplazamientos estaban relacionados con los datos sobre la expansión del virus. A partir de ahí, dedujeron cómo se habría propagado el virus si los viajes fueran los mismos que Baidu había registrado durante las mismas semanas en años previos, normales, en los que no estaba vigente la prohibición de viajar.

Calcularon que, de no haberse impedido los desplazamientos, las provincias de fuera de Hubei habrían tenido 125 veces más casos a finales de febrero. «Es probable que la respuesta vigorosa de China, con muchas facetas, evitara una situación mucho peor, que habría acelerado la expansión a la escala global», escribieron.35 Habría habido muchos más virus en el mundo (lo que los epidemiólogos denominan amplificación) si China no hubiera obligado a su epidemia a frenarse. Esto habría hecho que las cosas fueran peores para todos.

Pero si Wuhan hubiera impuesto la prohibición de viajar antes de que aquellos cinco millones de personas se marcharan de vacaciones por el año nuevo lunar, ¿se podría haber detenido el virus por completo? El equipo de Tatem llegó a la conclusión de que, si China hubiera impuesto las mismas medidas de control una semana antes del 23 de enero, habría evitado el 67 por ciento de su epidemia.

Y poner en marcha las medidas de control desde primeros de enero, cuando Wuhan ya sabía lo suficiente sobre la infección como para cerrar el mercado de pescado y marisco, habría reducido la epidemia de China hasta solo un 5 por ciento de las infecciones que hubo después. Una epidemia tan pequeña se podría haber contenido, en especial si se hubiera alertado a otros países para que vigilaran, realizasen test y contuvieran a toda persona infectada que cruzara sus fronteras.

«Desde el punto de vista técnico, ciertamente la habríamos podido atacar de forma efectiva en este punto y quizá contenerla —dice Tatem—. Claro, es fácil decir esto a toro pasado. En aquel momento sabíamos muy pocas cosas del virus. Esto habría dificultado actuar con rapidez».

Rambaut opina que se podría haber hecho más. «Las autoridades de Wuhan que detectaron el brote lo consideraron una neumonía atípica, pero después se pasaron semanas diciendo que no había pruebas de una transmisión de humano a humano, cuando de hecho era justo eso lo que la enfermedad estaba haciendo». Sabían lo suficiente para actuar, y dejaron pasar la oportunidad de hacerlo.

Todo lo que se habría necesitado, dice, habría sido vigilancia para detectar antes el brote, después contención intensiva y seguimiento de los contactos, para romper todas las cadenas de transmisión antes de que el número de casos se disparara.

De hecho, China ya poseía estos instrumentos. En 2003, los comienzos del coronavirus del SARS se les fueron de las manos a las autoridades, primero de China y luego de otros países, puesto que se silenciaron las primeras advertencias de los médicos acerca del brote, al principio por una mera inercia burocrática local. Para impedir que esta situación se repitiera, en 2004 China instaló en cada hospital un Sistema Nacional de Información Directa de Enfermedades Infecciosas.

Los médicos estaban obligados a introducir el diagnóstico dentro del sistema siempre que encontraran determinadas enfermedades infecciosas clave entre ellas cualquier neumonía de origen desconocido, según informó The New York Times el 29 de marzo. Cualquier acumulación sospechosa de casos aparecería en una pantalla del CDC de China en Beijing, sin que nadie tuviera que pasar antes por el control de ningún burócrata reticente.36

Si aparecía algún dato preocupante, los funcionarios centrales podían poner en marcha acciones intensivas de búsqueda de casos y de contención. En un simulacro en línea realizado en julio de 2019, 8.200 funcionarios del campo de la salud siguieron la pista y contuvieron una infección simulada aportada por un viajero que había sido registrado en el sistema.

Había una razón convincente para hacer esto, además de evitar que el SARS se repitiera. A lo largo de los últimos años han aparecido en China varias cepas de gripe aviar que pueden infectar a seres humanos y matarlos (más adelante nos ocuparemos de ellas). Lo único que salva hasta ahora a estos virus de la gripe aviar es que no pueden transmitirse entre personas, aunque las investigaciones han demostrado que pueden desarrollar esta capacidad. Si uno se hiciera transmisible, la situación podría ser catastrófica. Sería prioritario contener con urgencia máxima cualquier posible acumulación de casos que sugiriera la aparición de una cepa transmisible.

Teniendo todo esto en cuenta, se instruyó a los médicos para que introdujeran cualquier caso de gripe aviar que encontraran en el sistema nacional de información directa en un plazo inferior a las dos horas posteriores al diagnóstico. La frecuencia con la que se han diagnosticado los casos individuales de gripe aviar en toda China durante la última década (a juzgar por lo que aparece en ProMED) sugiere que el sistema ha funcionado. Por suerte, no ha aparecido hasta la fecha ninguna acumulación de casos preocupante.

Quizá cuando los test mostraron que los casos de neumonía atípica en Wuhan en noviembre y diciembre de 2019 no eran un nuevo tipo de gripe, los funcionarios de sanidad se relajaron. Según los informes internos que se filtraron, en diciembre de 2019 se les dijo a los médicos que no informaran de tales casos al sistema de alerta automático, sino solo a los funcionarios de sanidad locales, que eran reacios a transmitir malas noticias. También fueron reacios más tarde, cuando el congreso del partido local se celebró en Wuhan aquel mes de enero: el número de casos no aumentó mientras duraron las sesiones.

Fue como si alguien hubiera sacado las baterías del detector de humo que emitía demasiadas alarmas falsas, y de ese modo no se detectó un incendio real. Parece que a Beijing no llegó la información de la neumonía misteriosa hasta el 30 de diciembre, cuando los médicos filtraron informes en línea, el mismo día en que la doctora Ai vio el diagnóstico de SARS. Esta podría ser la razón por la que China alertó a la OMS el 31 de diciembre.

Después de esto, según las informaciones aparecidas en la prensa china que citaba The New York Times, los funcionarios de Wuhan le restaron importancia a la gravedad de la enfermedad. Establecieron una definición que permitía que los médicos informaran de casos de neumonía al sistema automatizado solo si el paciente había tenido alguna relación con el mercado de pescado y marisco, que ahora estaba cerrado, o con algún paciente conocido: extraña definición para un virus que en teoría no se transmitía de persona a persona. En Wuhan, el virus se propagaba con total libertad, de modo que, cada vez más, quienes lo adquirían no cumplían el requisito de guardar relación alguna con el mercado o con casos conocidos.

Así pues, el número de casos en Wuhan dejó de aumentar. Vale la pena señalar que esto también ocurrió en otros lugares: posteriormente, algunos estados de Estados Unidos y países europeos solo realizaban test a personas con síntomas de COVID-19 si habían tenido contacto con China o con algún caso conocido, aunque el virus ya estaba circulando por otros lugares, incluso de manera local. Como resultado, después tuvieron muchos más casos de los que habían pensado.

Por último, Zhong Nanshan investigó la situación real e informó de ella a las autoridades el 19 de enero. Al día siguiente, después de haber afirmado durante semanas que no tenía nuevos casos, Wuhan informó de repente de 157, y la ciudad se enfrentaba a un cordón sanitario.

De haber usado Wuhan su sistema automatizado y haber alertado al CDC de China, ¿podría haber hecho lo suficiente, y lo bastante temprano, para contener la enfermedad? El sistema estaba diseñado para desencadenar una respuesta de contención en toda regla. Los casos de diciembre tendrían que haber bastado para lograrlo.

¿Acaso los funcionarios locales habrían seguido hasta el final con algo que no era un simulacro? Esto plantea un eterno dilema de salud pública, tal como me lo expuso Sylvie Briand, responsable de la gestión de riesgos infecciosos de la OMS, cuando comentábamos problemas como estos unos meses antes de que ella se sumergiera en la crisis de la COVID-19.

Contener una nueva enfermedad infecciosa antes de que se haya extendido significa casi siempre reaccionar antes de que parezca algo importante, dice Briand. Quizá solo haya unos pocos casos clínicos, pero sabes que estos ya están infectados e incubando la enfermedad, sobre todo si es muy contagiosa y se extiende en los primeros compases de la infección. La COVID-19 cumple ambos requisitos. Tienes que contener estas cosas pronto, antes de que vayan a más.

Esto puede ser difícil, porque en este punto los funcionarios suelen considerar la amenaza demasiado trivial como para justificar una perturbación de este calibre, y se burlan con el argumento que muere más gente al caer por las escaleras,37 al tiempo que olvidan que, a diferencia de las infecciones, los accidentes relacionados con escaleras no se multiplican de manera exponencial. Pero la gente manifestó este tipo de objeciones durante los primeros días de la COVID-19. Y si consigues contener la enfermedad, entonces no ocurre nada. Los funcionarios pueden preguntarse por qué se gastaron todo ese dinero luchando contra una amenaza que desapareció, aunque precisamente esa era la cuestión. Cuando escribo acerca de enfermedades nuevas, todavía recibo cartas con comentarios del tipo: «¡Oh, bien! Se suponía que el SARS nos iba a matar a todos, y aquí estamos, de modo que ¿por qué deberíamos creernos esto?». Bien, porque con el SARS escuchamos las advertencias y conseguimos contenerlo. También tuvimos suerte.

Pero si esperamos hasta que la amenaza sea evidente, por lo general llegaremos demasiado tarde. «Primero te acusan de reac­ cionar exageradamente —dijo Briand, haciéndose eco de las palabras de muchos expertos en salud pública frustrados a quienes oigo desde hace años—. Después la epidemia explota de repente, y te dicen que no actuaste con suficiente rapidez».

Este suele ser en especial el caso cuando no basta con aislar de una manera discreta a las pocas personas que tienen el virus y las pocas docenas de personas con las que estas tuvieron un contacto lo bastante íntimo como para transmitírselo. Los funcionarios podrían estar de acuerdo con un modelo así de sencillo. Pero podría no ser tan fácil.

Mediante el uso de un enorme conjunto de datos relativos a las interacciones sociales reales en el Reino Unido, Matt Kealing, de la Universidad de Warwick, y sus colegas descubrieron que, si se valían de la definición oficial de contacto vigente en el Reino Unido (hallarse a menos de dos metros de distancia de alguien durante al menos 15 minutos), habría que hacer el seguimiento y poner en cuarentena a 36 personas por cada caso detectado de COVID-19, solo para descubrir a cuatro de cada cinco personas que fueron infectadas por el caso.38 Esto es mucho.

Y podría no bastar con hacerle un seguimiento a los contactos. Tal como hemos visto, los chinos descubrieron más tarde que la clave para detener la COVID-19 es recurrir tanto al distanciamiento social como a la contención. La variable que importa (y casi el único ejemplo de la jerga epidemiológica que el lector necesita realmente conocer para comprender todo esto) es R0, el número reproductivo básico.

Este es el número de personas a las que cada persona infectada le transmite el virus, de promedio, al principio, cuando todos son susceptibles de contagio. Y, para empezar, todos somos susceptibles, pues este era un virus con el que nadie se había topado antes.

Para la COVID-19, el valor que se calculó originalmente oscilaba entre 2 y 3, lo que lo hacía más transmisible que la mayoría de gripes estacionales, aunque cálculos posteriores encontraron que el R0 podía ser a veces mayor, para personas ocasionales que parecen difundirlo de manera masiva; son los llamados superpropagadores. Rosalind Eggo, de la Facultad de Higiene y Medicina Tropical de Londres, y su equipo calcularon que con un virus con una R0 básica como esta, hacer únicamente el seguimiento de los contactos y el aislamiento solo funciona si hay poca o ninguna transmisión antes de que el virus cause síntomas.39

De otro modo, una persona infectada tendrá demasiados contactos ilocalizables, porque el contacto tuvo lugar antes de que supieran que estaban enfermos. E incluso si se encontraran dichos contactos, habrían dispuesto de más tiempo para que sus infecciones se incubaran y ya las podrían haber extendido antes de que los pusieran en cuarentena. La COVID-19 se propaga hasta un día o dos antes de sentirse enfermo. Los innumerables casos con síntomas muy leves, o directamente sin síntoma alguno, plantean asimismo problemas para la contención.

Es como si un virus con un R0 lo suficientemente elevado fuera demasiado escurridizo como para que resultara fácil localizarlo. Así pues, la respuesta estriba en reducir el número de personas infectadas por cada persona que tenga el virus. Y en esto consiste la mitigación: con menos contactos de persona a persona, menos personas contraen el virus a partir de un caso dado, por lo que es necesario poner en cuarentena a menos personas para romper la cadena de transmisión. Si un virus tiene un R0 de alrededor de 2,5, Eggo y su equipo estiman que hay que reducir los contactos alrededor de un 60 por ciento para conseguir que el valor de R0 descienda hasta 1, que es el nivel al que la epidemia deja de propagarse.

De modo que, aunque Wuhan se hubiera confinado desde el principio, esto no habría detenido la epidemia si al mismo tiempo no hubiera existido distanciamiento social. Llegados a este punto, es muy posible que los epidemiólogos supieran demasiado poco acerca del virus como para defender la adopción de medidas tan drásticas. Incluso mucho más tarde, y de manera más inexcusable, algunos estados occidentales pecaron de lentos a la hora de admitir la necesidad de ocasionar trastornos de este tipo.

«El distanciamiento social es el ingrediente mágico del control —dice el epidemiólogo David Fisman, de la Universidad de Toronto, otro veterano del SARS—. No tengo razones para pensar que disponían de elementos razonables para saber que era necesario adoptar el distanciamiento social masivo como respuesta a lo que al principio solo parecía un cúmulo de enfermedad localizado en Wuhan».

Este es el problema de toda enfermedad nueva, añade Fisman. «Todos aprendemos mucho de una semana a la siguiente, y todos cometemos errores. Creo que en esto consiste la naturaleza de la bestia».

Tatem está de acuerdo: «Basta con echar una mirada retrospectiva a ProMED para ver gran cantidad de pequeños brotes inexplicados que luego se quedaron en nada», como aquellos primeros informes relativos a una neumonía no diagnosticada procedentes de China. No podemos confinar a toda una ciudad cada vez que se produce uno de dichos brotes. ¿Cómo podemos distinguir cosas como estas de las amenazas reales, de modo que solo (o al menos sobre todo) nos arriesguemos a causar perturbaciones masivas por asuntos que luego se vayan a quedar en nada?

«Necesitamos mejorar la detección e identificación tempranas de los casos atípicos que poseen el potencial de causar brotes importantes», sentencia Tatem. Pero, desde luego, ni siquiera estamos en situación de intentar decidir qué brotes tendrán realmente consecuencias si, para empezar, no sabemos que tienen lugar brotes. Aquí es donde el detector de humo de China tendría que haber funcionado.

Se ha citado a Zeng Guang, el epidemiólogo jefe del CDC de China, que declaró al periódico del Partido Comunista Global Times que los gobiernos locales basaron sus decisiones «solo parcialmente» en lo que les dijeron los científicos, y que en cambio favorecieron «la estabilidad social, la economía y si la gente podía disfrutar del año nuevo lunar».40 No se puede causar mucho trastorno si este es nuestro objetivo.

La preferencia por el secretismo y la estabilidad triunfó sobre los modelos epidémicos de los científicos en el punto típico de la crisis de salud pública: cuando se necesita una acción decidida aun cuando a los observadores (o a los políticos que se enfrentan a la festividad más importante del año) les parezca que el problema tampoco es para tanto.

Así pues, esta es la gran pregunta: ¿Pudo China haber detenido la epidemia antes de que se convirtiera en una pandemia? La epidemiología sugiere que bien podrían haberla frenado, aunque habría sido difícil detenerla por completo, incluso si se hubiera permitido que el sistema automatizado cumpliese con su función en diciembre. Pero el mero esfuerzo para llevarlo a cabo habría tenido un impacto incalculable.

Habría supuesto decirle al mundo que en Wuhan había aparecido una neumonía peligrosa y contagiosa. Si, en ProMED, Marjorie Pollack hubiera podido indicarlo así en diciembre, o el día 1 de enero, y la OMS lo hubiera anunciado, los virólogos y epidemiólogos de todo el mundo se habrían dirigido rápidamente a sus laboratorios y a sus modelos y habrían empezado a emitir informes sin descanso, como hicieron unas semanas después, cuando la noticia ya se había difundido.

Los fabricantes de vacunas, medicamentos y test diagnósticos de todo el mundo se habrían puesto a trabajar. Otros países podrían haber empezado antes a efectuar test a personas que habían viajado a Wuhan. A medida que aparecían más casos, China habría podido imponer el distanciamiento social capaz de marcar la diferencia, quizás antes que cinco millones de personas transportaran el virus fuera de Wuhan.

Estas cosas ocurrieron de todas formas, pero un aviso más temprano le habría concedido a todo el mundo unas pocas semanas de ventaja. Ahora todos hemos visto qué aspecto tiene una curva exponencial. Un breve espacio de tiempo, en el momento oportuno, importa.

No hay duda de que, cuando China se decidió a actuar por fin, fue tremendamente efectiva, aunque las consecuencias fueron dolorosas desde los puntos de vista social y económico. El equipo de Dye encontró que, por lo general, 6,7 millones de personas se desplazan fuera de Wuhan en el mes posterior al Año Nuevo. Este año, prácticamente no hubo movimiento. Esto les dio a otras ciudades, y al mundo entero, tiempo para prepararse.

Para finalizar, 136 ciudades chinas cerraron también su transporte público, y 220 prohibieron las reuniones numerosas. El equipo de Dye descubrió que las ciudades que llevaron a cabo este tipo de medidas tuvieron, más pronto o más tarde, un tercio menos de casos durante la primera semana de su brote: las curvas se aplanaron, y se redujo el número de infecciones que transmitía cada persona. Sus modelos demostraban que, por sí solos, la prohibición de viajar de Wuhan o los bloqueos en otras ciudades no habrían invertido la curva creciente de la epidemia, pero la adopción simultánea de ambas medidas sí que lo hizo, y redujo en un 96 por ciento el número de casos que, de otro modo, China habría tenido.

Wuhan exigió que las personas informaran a diario de su temperatura, y en algunas ciudades que no estaban confina­ das las tiendas les tomaban la temperatura a los clientes antes de dejarlos entrar. Quien tuviera fiebre podía ir a una «clínica de fiebre» para que le hicieran pruebas. Las personas con casos demasiado leves como para requerir hospitalización fueron aisladas en estadios y centros de convenciones acondicionados a tal efecto. Se hizo el seguimiento de los contactos de las personas infectadas, y se las puso en cuarentena.

A finales de febrero, un equipo internacional dirigido por la OMS se dedicó a estudiar la respuesta de China a la epidemia. Su informe indicaba que China había logrado reducir de manera abrupta una curva epidémica que aumentaba sin freno. Detuvo la expansión del virus en la comunidad en todas las provincias fuera de Hubei; la mayoría de las transmisiones se producían en el seno de familias. Fuera cual fuese el criterio con arreglo al que se analizase el asunto, se trataba de un logro sorprendente.

Bruce Aylward, el epidemiólogo canadiense que dirigió el equipo de la OMS, estaba lo bastante afectado por el desfase horario como para que su acento de Terranova fuera mucho más neutro que de costumbre cuando informó a los medios el día en que regresaba de Beijing. Pero aseguró estar convencido de que la reducción del número de casos era real. Los médicos habían planteado volver a programar las visitas de los pacientes ordinarios. Las colas fuera de las clínicas de fiebre habían desaparecido. Un gran ensayo que probaba un medicamento antivírico ya existente contra la COVID-19 tenía problemas a la hora de encontrar voluntarios.

La demora inicial de China permitió la propagación del virus, concluyó Aylward, pero las medidas enérgicas que se tomaron después le dieron tiempo al mundo. Si la expansión de la COVID-19 fuera de China había sido terriblemente rápida, huelga decir lo que habría sucedido sin los dispositivos de seguridad que China aplicó a su propia epidemia.

«Ahora sabemos qué es lo que funciona contra el virus. Sabemos qué hay que hacer», dijo Aylward. Rechazó las afirmaciones de que solo China pudo haber impuesto la contención y el distanciamiento social necesarios: el resto del mundo podía seguir su modelo, y adoptar este tipo de medidas a sus idiosincrasias particulares. Aylward no estaba seguro de que el resto del mundo «comprenda la necesidad de actuar con presteza».

En su mayor parte, no lo comprendió. El virus ya había obtenido ventaja en Italia, el Reino Unido, los Estados Unidos y en otros países para cuando se puso en marcha una respuesta seria. A finales de marzo, ninguna provincia china fuera de Hubei había informado oficialmente de más de 1.500 casos confirmados, pero sí lo habían hecho 15 estados de los Estados Unidos, y la mayoría de las provincias chinas tienen más habitantes.

Sin embargo, en algunos lugares se contuvo al virus sin necesidad de recurrir a los confinamientos perturbadores que se necesitaron en China y Occidente. Hong Kong, Corea del Sur, Singapur y Taiwán le dieron probablemente al mundo el mejor modelo posible acerca de cómo reaccionar, al imponer confinamientos lo bastante pronto y acompañarlos con una campaña generalizada de test de detección del virus. Su éxito sugiere lo que podría haber sucedido en China si hubiera dejado que su Sistema Nacional de Información Directa de Enfermedades Infecciosas desencadenara una campaña de contención generalizada en respuesta al primer grupo de casos.

Esta segunda oleada de países también se sinceró con la gente. En una declaración pública sorprendente, el primer ministro Lee Hsien Loong les dijo a los singapurenses a través de Facebook, ya el 8 de febrero, que, a pesar de las estrictas medidas de contención, lo más probable sería que el virus se extendiera entre toda la comunidad, y subrayó las medidas de autoaislamiento que serían necesarias, «de modo que podamos ir mentalizándonos».

«El miedo nos puede conducir [...] a actos que empeoren la situación, como acaparar mascarillas o alimentos, o bien a que acusemos de este brote a grupos concretos», añadió Loong. Por otro lado, informó de que, cuando Singapur impuso cuarentenas a las personas expuestas, algunos estudiantes ya repartían comida a los confinados, y algunas federaciones de empresarios, sindicatos y transporte público se esforzaban «a tope» para hacer que las cosas funcionaran. «Nosotros somos así», declaró.41 En un momento en el que algunos países parecían negar la presencia del virus, fue una interpretación emotiva. La confianza pública, dicen los veteranos de la OMS, es fundamental para dar respuesta a una crisis.

Estos países partían también de la experiencia de una enfermedad parecida. En 2015, Corea del Sur tuvo un brote de MERS, que lograron controlar recurriendo al control hospitalario de las infecciones y a la cuarentena. Y el SARS afectó con fuerza a Hong Kong, Corea del Sur, Singapur y Taiwán. Eran conscientes de la necesidad de reaccionar con rapidez.

Hong Kong realizó el seguimiento de contactos y los puso en cuarentena, cerró escuelas, canceló acontecimientos multitudinarios, puso en cuarentena a los viajeros llegados de países afectados y animó a la gente a trabajar desde sus casas. A finales de marzo, tenía solo 715 casos confirmados (94 de ellos asintomáticos) y 4 muertes. Al mismo tiempo, las medidas redujeron realmente la transmisión de la gripe alrededor de la mitad.42 Como en otras epidemias, el comportamiento de la gente de a pie (con las mascarillas y el distanciamiento social) marcó la diferencia.

En marzo, en Singapur solo se permitía la asistencia de un máximo de cincuenta estudiantes a las clases de la universidad; se sentaban a dos metros de distancia unos de otros, y se tomaba una fotografía de los que asistían a las clases, para el caso de que más adelante se hubiera de efectuar el seguimiento de sus contactos. Los espacios públicos no se cerraron, pero a todos los que accedían a ellos se les tomaba la temperatura, lo que aumentó la confianza del público al tiempo que se identificaban casos.

En Corea del Sur había empresas que fabricaban test de COVID-19 a principios de febrero. Los laboratorios nacionales revisaban los resultados de los efectuados y proporcionaban al momento las pruebas de validación usuales de un nuevo test para ahorrar tiempo. La Agencia de Medicamentos y Alimentos de los Estados Unidos (FDA) insistió en que se hicieran las pruebas mediante test fabricados en los Estados Unidos antes de usarlos en el público, lo que aumentó lo que ya era un retraso desastroso en la aplicación de los tests.

Además de esto, Corea del Sur había inventado a finales de marzo los test que se podían hacer desde el automóvil. Se aislaba a quienes daban positivo y se ponía en cuarentena a sus contactos. En abril, el número de casos se estaba reduciendo, sin la necesidad de establecer medidas de distanciamiento social severas. La situación era similar en Singapur y Taiwán. La diferencia era el inicio temprano que China había pasado por alto. Podemos considerar legítima la preocupación por parte de los expertos en privacidad digital acerca de la vigilancia electrónica ampliada que todo esto implica. Pero el virus pudo contenerse.

Pero no hacía falta pretextar la experiencia histórica con las epidemias de coronavirus para actuar de una manera correcta. El pueblecito italiano de Vò, en Lombardía, mantuvo controlado el virus al efectuar test a todos sus habitantes, y después imponer aislamiento y cuarentena a quien lo precisara.43 Esto debería haber sido posible en muchos más países durante aquel primer asalto del contagio, pero muchos cosecharon un fracaso estrepitoso.

Por lo menos, estas respuestas exitosas demostraron que la contención, si se iniciaba lo bastante temprano, funcionaba en el caso de la COVID­19. Confirmaron que una actuación más temprana en China podría haber limitado la epidemia. Pero los errores no se limitaron en absoluto a China.

Wuhan consiguió su récord Guinness de comida a la canasta. Pero el 7 de marzo, cuando la pandemia se adueñó de Francia (y cuando todos sabíamos que el virus era contagioso), más de 35.000 personas vestidas de pitufos se reunieron en Landerneau.

Al día siguiente, Francia prohibió las reuniones de más de mil personas. A finales de marzo, 70 estudiantes de la Universidad de Texas se arremolinaron en las playas para celebrar las tradicionales fiestas de la primavera, a pesar de las advertencias; 44 de los 70 dieron posteriormente positivo en los test para detectar la COVID-19, y no cabe duda de que se la contagiaron a los demás. Todas estas reacciones parecen deberse a una negación psicológica muy sencilla: el rechazo por parte de personas que rara vez se han visto afectadas por enfermedades infecciosas a creer que necesitan tomarse en serio una amenaza que hasta ahora ha sido en buena parte invisible.

Cinco millones de personas se fueron de Wuhan antes del bloqueo. Pero ni siquiera esta dolorosa lección sirvió para evitar que estas conductas se repitieran en otros lugares. Más de seis semanas después, las autoridades italianas confinaron las provincias septentrionales que habían sido los focos iniciales del virus. La información se supo la tarde anterior, y hubo una desbandada generalizada, que propagó el virus por toda Italia. Al día siguiente, todo el país fue confinado.

En muchos países, el distanciamiento social fue parcial o se demoró, hasta el punto de que las curvas apenas se aplanaron. La aplicación de test se retrasó o se restringió, lo que puso en peligro al personal sanitario y a los pacientes y evitó la contención. Aunque la OMS insistió en que la contención funcionaba con este virus, algunos países la abandonaron casi de inmediato, entre ellos Suiza, donde se halla la sede de la OMS.

Y en muchos lugares la ideología venció a la salud pública. La administración de los Estados Unidos, centrada en combatir la amenaza extranjera, se apresuró a cerrar las fronteras... una vez que el virus ya había llegado a los Estados Unidos y a pesar que tanto la ciencia como la experiencia demuestran que esto es muy poco efectivo para detener a los virus.

Todo esto sigue ocurriendo mientras escribo, de modo que este no será un análisis de lo que los países hicieron, más allá de los primerísimos días, para dar respuesta a la COVID-19. Estos análisis serán necesarios. Por ahora, baste decir que pocos países tuvieron éxito, y ahora ni siquiera sabemos cuál será el resultado a largo o incluso a medio plazo, ni siquiera el de aquellos países que consiguieron demorar la primera oleada de la enfermedad, puesto que el virus todavía circula y la gente aún es susceptible de contraerlo. Las acusaciones y los efectos políticos colaterales seguirán coleando durante generaciones.

Por ahora, podemos preguntarnos si una mayor apertura y una contención más temprana en China podría haber evitado la pandemia. Con esto no pretendo señalar con el dedo ni lanzar la primera piedra (en este sentido, la mayoría de nosotros vivimos en casas de cristal), sino contribuir a que la próxima vez que ocurra, y dondequiera que ocurra, podamos hacerlo mejor.

Al parecer, la respuesta apropiada es que, para detener la COVID-19 por completo, se tendría que haber llevado a cabo una actuación más rápida que la que estaba al alcance de cualquier gobierno. Pero sí era posible realizar actuaciones más tempranas, y esto podría haber frenado la epidemia lo suficiente como para hacer que la COVID-19 fuera mucho menos lesiva, y quizá, solo quizá, impedir que alcanzara proporciones de pandemia.

Según el diario oficial del Partido Comunista Chino, la Corte Suprema de China admitió este extremo el 29 de enero, al dictaminar que las autoridades de Wuhan se habían equivocado al censurar a los ocho médicos por su charla en línea de diciembre acerca de un virus parecido al SARS. «La información habría impelido al público a adoptar con mayor rapidez medidas preventivas, lo cual habría sido una decisión afortunada, dados los esfuerzos actuales necesarios para contener el virus».44 El gobierno de Xi incluso ha convertido a Li Wenliang en un héroe póstumo.

El primer caso oficial en Italia se detectó el 20 de febrero. Los funcionarios de salud pública italianos hicieron lo correcto: aislamiento, seguimiento de contactos y confinamiento de las localidades con el mayor número de casos. Pero era demasiado tarde: el virus ya estaba muy extendido, y los hospitales terminaron por sobresaturarse. De hecho, los epidemiólogos italianos descubrieron más tarde que el primer caso registrado en el país contrajo la enfermedad el día 1 de enero.45 En aquella fecha, nadie sospechaba nada.

Si todos los países hubieran sabido lo que China sabía a primeros de enero, si hubieran hecho sonar antes la alarma y ello le hubiera proporcionado a la OMS indicios de que teníamos un problema, ¿qué podríamos haber hecho todos para detener el virus?

Analizaremos las maneras gracias a las que todos podríamos intentar hacerlo mejor la próxima vez. Mediante la planificación de la pandemia. Mediante la vigilancia global de los virus y la respuesta global cuando encontremos algún indicio preocupante. Mediante un acuerdo internacional de obligado cumplimiento para supervisar y controlar patógenos, esta vez dotado con recursos. Llevándonos un susto de muerte al mostrarnos qué podría hacer que la pandemia hubiera sido peor.

En primer lugar, permítame el lector explicar por qué estoy tan segura de que esto volverá a suceder. Veamos de dónde provienen estos virus.

2
¿QUÉ SON ESTAS ENFERMEDADES EMERGENTES,
Y POR QUÉ EMERGEN?

Una enfermedad nueva cada día, y las antiguas vuelven.

LOUDON WAINWRIGHT III, «Hard Day on the Planet»

Desde que se produjo la pandemia del VIH, diferentes personas, desde los expertos en sanidad hasta los guionistas cinematográficos, han predicho cuál sería la próxima. ¿Diferentes tipos de gripe? ¿Un Ébola supertransmisible con alas? ¿Una versión tuneada del resfriado común? ¿Un arma biológica o un virus terapéutico que salieron mal?

Hubo sustos y casi accidentes con la gripe aviar, la enfermedad de las vacas locas, el Ébola, el SARS y el MERS, después la pandemia de la gripe porcina en 2009 que al final resultó ser relativamente leve, aunque también mataba. Ahora tenemos la COVID-19.

¿Por qué está ocurriendo esto, y por qué continuará? Y, yendo al grano, ¿qué nos golpeará la próxima vez? Hay más virus allí de donde provino la COVID-19.

Para empezar, explicaremos a qué nos referimos con pandemia y eventos de enfermedades en general. Un brote es un caso, o unos pocos, de una enfermedad infecciosa que es infrecuente, de modo que es un acontecimiento noticiable. Una epidemia es una versión a mayor escala: más casos de lo normal relacionados de una enfermedad, que se extienden por un grupo de personas. Una epidemia puede producirse con regularidad; por ejemplo, la expansión de la gripe en una ciudad en invierno. Una endemia supone una enfermedad que está presente durante todo el tiempo, como son la tuberculosis o la gonorrea.

Una pandemia es lo que tenemos cuando una epidemia se hace global. Algunas autoridades sanitarias imponen otros criterios, como que tiene que ser grave, o incontrolable, o nueva, pero dichos criterios no son consistentes ni universales. En realidad, no existen criterios fijos para indicar cuándo una epidemia es lo bastante grande como para que se la considere una pandemia, excepto por la gripe, e incluso dichos criterios se han cambiado en fechas recientes.

Estamos seguros de que habrá más pandemias, y probablemente más pronto que tarde, pues nuestra población aumenta y cada vez estamos más hacinados en las ciudades, sin haber establecido mecanismos rutinarios de vigilancia de los virus más temibles del mundo ni disponer de medios globales consensuados para tratar juntos de contenerlos, y con un comercio y unos viajes globales intensivos, que todavía transportan por todo el mundo estas enfermedades emergentes. La caótica respuesta global a la COVID-19 (para empezar, el hecho mismo de que se expandiera) tendría que hacer que esta situación fuera evidente.

No podemos predecir de manera precisa cuál será la próxima enfermedad, ni cuándo, aunque quienquiera que estudie las enfermedades infecciosas podría habernos dicho hace años (y, de hecho, lo hizo) que los coronavirus son los principales sospechosos. Incluso existe una lista oficial de las enfermedades que nos preocupan, pero para las que no estamos preparados. Pero para comprender este dilema necesitamos refrescar nuestros conocimientos de historia reciente.

En 1972, uno de los principales expertos de la época en infecciones humanas, Macfarlane Burnet, fue el coautor de la cuarta edición de un manual médico, Historia natural de la enfermedad infecciosa.* Y en él escribió algo realmente asombroso: «El pronóstico más probable acerca del futuro de las enfermedades infecciosas es que será muy aburrido», opinaba.1

Seguramente Burnet disfrutó de hasta qué punto dicha afirmación levantó ampollas. Los científicos siempre ensalzan su área de estudio, especialmente cuando intentan atraer a ella a estudiantes. Burnet acababa de ganar el Premio Nobel por ayudar a descubrir cómo nuestro sistema inmune ataca a los gérmenes, pero no a nosotros. Valoraba en su justa medida el estudio de las enfermedades infecciosas.

Pero la finalidad de estudiar las enfermedades infecciosas es disponer de los medios para vencerlas. Y Burnet estaba convencido de que habían sido vencidas. El comentario era un chiste privado, un grito de victoria algo petulante. Y también un consejo a un médico joven: «Especialízate en alguna otra cosa. Esto ya lo hemos superado».

A fin de cuentas, en 1972 la viruela estaba prácticamente erradicada. La mayoría de las enfermedades infantiles, incluso el superinfeccioso sarampión y la temida poliomielitis, podían prevenirse por completo mediante vacunas, y en los países más ricos ya lo habían sido. Los enemigos bacterianos que antes eran letales (causantes de la difteria, el carbunco o ántrax, la tuberculosis, el tifus, la sífilis o la gonorrea) podían eliminarse con antibióticos. Unos medicamentos baratos y fáciles de obtener impedían que la malaria nos afectara. Las infecciones todavía asolaban los países pobres, pero seguro que el desarrollo resolvería el problema. En los años setenta, las facultades de medicina de Yale y Harvard hicieron recortes en sus departamentos de enfermedades infecciosas.

Desde luego, Burnet reconocía (porque sabía que sus colegas le pondrían reparos si no lo hacía) que siempre existía un riesgo de «alguna aparición totalmente inesperada de una enfermedad infecciosa nueva y peligrosa». Pero esto le parecía improbable. «Nada de eso ha marcado los últimos cincuenta años», le decía al lector.

¿Y qué ocurrió durante los casi cincuenta años siguientes? Pensemos un poco. La bacteria letal de la enfermedad del legionario, también conocida como legionelosis, apareció cuatro años después de que Burnet escribiera aquello. Los Estados Unidos reconocieron la pandemia del sida otros cuatro años después.

Después llegaron otras. La enfermedad de Lyme. El SARS. El MERS. El Ébola. La enfermedad de Marburg. La gripe aviar. La gripe porcina, otra pandemia. El dengue. El chikungunya. El Zika. El hantavirus sin nombre. El Nipah. El Hendra. Versiones letales de la bacteria Escherichia coli, que normalmente es inocua. La gonorrea resistente a todos los antibióticos. Infecciones ordinarias del tracto urinario que superan cualquier tipo de antibióticos. La tuberculosis que en gran parte vence a los medicamentos. El Nilo Occidental. La enfermedad de las vacas locas, en vacas y personas. ¡Oh, sí!, y una pandemia de la COVID-19.

Me pregunto qué habría pensado Burnet del año 2020. La COVID-19 puede ser muchas cosas, pero, desde luego, no es aburrida.

Lo que un científico eminente pensaba en 1972 puede parecer historia antigua, pero es importante para la saga de la COVID-19. Después de que las enfermedades infecciosas dejaran de ser la principal causa de muerte, y la gente comenzase por doquier a vivir hasta edad avanzada, los que antaño habían sido los casos raros, los grandes exterminadores (en los países ricos, y cada vez más en los pobres) pasaron a ser las enfermedades relacionadas no con los patógenos, sino con los genes, con el ambiente y con el estilo de vida: cáncer, ataques cardíacos, apoplejías, enfermedad de Alzheimer, accidentes de tráfico y complicaciones derivadas del tabaco y de la obesidad. (Hay evidencia muy reciente de que puede haber bacterias implicadas en grandes exterminadores como el alzhéimer y los ataques cardíacos, pero esto ya no tiene nada que ver con el asunto que nos ocupa).

Habérselas con estos retos no requería una salud pública pensada para comunidades que se había diseñado históricamente con el fin de combatir las enfermedades contagiosas, lo que implicaba establecer cuarentenas y campañas de vacunación, y no consejos sobre cómo incrementar la cantidad de verduras en la ingesta. Los nuevos exterminadores no necesitaban que se llevase a cabo inversión en nuevas vacunas ni en medicamentos antimicrobianos, ni vigilancia de patógenos ni agencias locales que pudieran hacer el seguimiento de pandemias y contenerlas. Casi todas estas capacidades se atrofiaron, incluso en los países más ricos.

A pesar de la alarma creciente que cundía entre los investigadores y los expertos en salud global acerca de las enfermedades infecciosas emergentes, desde hace casi tres décadas la actitud dominante, sobre todo en los países ricos, ha sido de complacencia, quizá debido, como suele suceder en todo lo relacionado con la salud pública, a que los problemas tienden a ser invisibles hasta que es demasiado tarde. Las infecciones antiguas parecían haber desaparecido, o eran problemas privativos de los pobres o marginados. Las nuevas infecciones parecían mera teoría.

En respuesta, la industria médica cambió. Las vacunas las acostumbraban a producir las agencias gubernamentales como un bien público, no para obtener beneficios. Por ejemplo, la vacuna que erradicó la viruela la produjeron en gran parte la Unión Soviética y el estado de Nueva York. En los años ochenta, las vacunas se privatizaron, y en muchos casos los beneficios han sido demasiado reducidos como para atraer nuevas inversiones. La mayoría de vacunas contra la gripe todavía se hacen empleando huevos de gallina, un proceso lento y a veces problemático que se remonta a los años cuarenta.

La inversión en salud pública se redujo en muchos países. En los Estados Unidos, hubo una breve inyección de recursos económicos para prepararse frente a las posibles amenazas bioterroristas que se temían después del envío postal de carbunco en 2001. Pero la financiación del Acuerdo sobre Preparación para Emergencias de Salud Pública entre agencias estatales y federales se redujo desde los cerca de mil millones de dólares en 2002 hasta los 675 millones en 2019.2

La escasísima importancia que se le concedía a la salud pública se refleja en los recortes generalizados que sufrió después de la crisis financiera de 2008. Ha habido un repunte de la hepatitis, de la legionelosis y de las enfermedades de transmisión sexual o transmitidas por el agua potable en todos los Estados Unidos, cosa que los expertos en salud pública atribuyen a que los departamentos de salud han perdido la quinta parte de sus empleados durante este período.3 Ahora esto está dificultando los esfuerzos para contener la COVID­19.

También en Europa, la inversión en salud pública cayó en picado después de 2008. En 2019, un comité de expertos británico calculó que el gasto en salud pública en Inglaterra se había reducido en 870 millones de libras desde 2014, y que esto pudo haber causado 130.000 muertes y un aumento de las enfermedades crónicas, como la diabetes, que, incidentalmente, también nos hacen más propensos a morir de la COVID-19.4

Lo mismo ocurrió con el seguimiento y la investigación de las enfermedades infecciosas en los países en vías de desarrollo, donde desapareció una red de laboratorios que en gran parte procedían de la era colonial, puesto que las antiguas potencias coloniales los consideraron como anacronismos caros de mantener en los años setenta. Entre los laboratorios desmantelados se contaba el laboratorio británico en Uganda que identificó el Zika y otros treinta nuevos virus entre 1930 y 1970. ¿Qué habría ocurrido si este laboratorio hubiera sobrevivido, cada vez con más científicos ugandeses a su cargo, para reconocer el VIH en los años setenta? Como ahora sabemos todos, las actuaciones tempranas a veces marcan enormes diferencias en lo relativo a las pandemias.

Para apreciar la miopía de esta infravaloración de las enfermedades infecciosas, veamos alguna historia antigua real. En los diez milenios que han transcurrido desde que inventamos la agricultura, las infecciones han sido, con mucho, las mayores asesinas de la humanidad, a pesar de la feroz competencia que les han presentado la guerra y el hambre.

Según el virólogo Ab Osterhaus, del Centro de Investigación para las Infecciones Emergentes y Zoonosis, de Hannover, en 1900 las enfermedades infecciosas causaban la mitad de todas las muertes humanas.5 Se cree que la malaria, por sí sola, ha eliminado a la mitad de los humanos que han vivido en el mundo. (Estas estadísticas no son contradictorias: las muertes afectaron a diferentes poblaciones humanas a lo largo de épocas diferentes).

En el siglo XIX, la tuberculosis infectó entre el 70 y el 90 por ciento de los habitantes de las zonas urbanas de Europa y causó más de un tercio de las muertes, lo que generó una extensa serie de personajes «tísicos» en las novelas victorianas.6 La fiebre amarilla mató a la mayor parte del ejército napoleónico en el Caribe, hasta el punto de que Napoleón le vendió Luisiana a los Estados Unidos y abandonó aquel Nuevo Mundo tan insalubre.7 Muchos niños, por no decir la mayoría, morían hasta hace muy poco antes de los cinco años de edad, casi siempre debido a infecciones. En algunos lugares, esto sigue sucediendo.

Tanto las enfermedades como las muertes debidas a enfermedades infecciosas en el mundo industrializado cayeron en picado después de los años cincuenta, y también se redujeron en muchos países en vías de desarrollo. En 2004, las enfermedades infecciosas causaron menos de la cuarta parte de las muertes mundiales, y la mayoría en los países pobres y de las regiones tropicales. En los países ricos y de las regiones templadas, apenas suponían un porcentaje mínimo.8

Fueron muchos los factores que contribuyeron a esta reducción asombrosa. Además de los medicamentos y las vacunas, se incrementaron el saneamiento y la higiene. También se mejoró de manera notable la alimentación, pues los abonos químicos y la mejora de los cultivos aumentó el rendimiento de las cosechas, y la refrigeración y los ferrocarriles distribuyeron alimentos frescos, con el aliciente de prohibir la presencia de ganado afectado por enfermedades, como las vacas lecheras con tuberculosis, en las ciudades.

Este es el panorama general. Hay muchísimos panoramas más reducidos. Soy lo bastante mayor como para haber padecido el sarampión a los tres años, y siempre me han contado que estuve a punto de morir debido a las complicaciones bacterianas comunes, y que me salvé gracias a una inyección grande (y, según recuerdo, dolorosa) que me pusieron a medianoche y mi madre me dijo que era penicilina. Unos pocos años después, a mi hermano pequeño se le administró la nueva vacuna del sarampión.

Las madres que en la actualidad prestan oídos a todas las mentiras de los que hacen campaña contra las vacunas nunca vieron cómo el sarampión, la fiebre tifoidea y la polio pueden llevarse a los niños. Las madres afganas sí lo han visto: en 2006, cuando las agencias de ayuda intentaron poner remedio a muchos años de atención sanitaria atroz padecida bajo el gobierno dirigido por los talibanes, madres e hijos esperaron durante días a las puertas de las clínicas que ofrecían vacunas infantiles. Ya habían visto cuál era la alternativa.

De modo que, en los años setenta, las enfermedades infecciosas parecían haberse dado a la fuga. Cuando yo asistía a cursos de medicina como estudiante de investigación en los años setenta, a mis colegas médicos se les transmitió el mensaje de Burnet de no que no perdieran el tiempo con los gérmenes. Curar el cáncer era el futuro: Richard Nixon, el presidente de los Estados Unidos, le declaró la guerra al cáncer en 1971.

Cuando Peter Piot, que ahora es el director de la Facultad de Higiene y Medicina Tropical de Londres, estudiaba en Bélgica, sus profesores le aconsejaron que no se especializara en enfermedades infecciosas. Por suerte, no les hizo caso, ayudó a descubrir el virus del Ébola en el Congo y posteriormente dirigió la lucha global contra el VIH.

Porque los gérmenes no se han ido. Tal como Jeff Goldblum tartamudea en Parque Jurásico, «la vida se abre camino». Allí donde haya miles de millones de humanos a los que parasitar, algunos parásitos nos encontrarán. (Técnicamente, los patógenos son parásitos que viven del trabajo que nuestro cuerpo hace para poner en orden la energía y los tejidos que nos mantienen).

Y los más insidiosos son los minúsculos virus, la mayoría de los cuales son poco más que una cáscara de proteína, quizá con una película de grasa, que engloba un grupo de genes, constituidos por ADN, como nuestros genes, o por ARN, la imagen especular del ADN que empleamos para traducir los genes en proteínas. Los virus no poseen equipos de captación o de procesamiento de energía propios, sino que usan sus pocas proteínas para invadir nuestras células y secuestrarlas, de modo que puedan usarlas para replicarse y extenderse.

Durante el siglo XX, eliminamos a la mayoría de virus que conocíamos mediante vacunas. Sin embargo, no nos dimos cuenta de que había muchísimos virus de los que no sabíamos nada, que podían pasar a nosotros desde otros huéspedes animales —también llamados «patrones»— y causar el caos. Aquí la expresión de moda es «desbordamiento».

Burnet no se percató de un aspecto relativo a la «aparición totalmente inesperada de una enfermedad infecciosa nueva y peligrosa»: los últimos cincuenta años, durante los cuales él pensaba que no habían aparecido nuevas enfermedades, no eran una guía para los siguientes cincuenta años.

La primera gran conmoción fue el sida, que se reconoció en los Estados Unidos cuando hombres homosexuales empezaron a desarrollar cánceres raros y neumonías porque su sistema inmune había sido eliminado. En 1983, esto se pudo atribuir al virus de la inmunodeficiencia humana, el VIH, que invade los glóbulos sanguíneos blancos del sistema inmune. En 1984 se descubrió que el virus también se había extendido en personas heterosexuales en África Central y Oriental.

Para un virus que actúa con lentitud y es relativamente difícil de contraer (como ahora todos sabemos, requiere la mezcla de fluidos corporales), el VIH se hizo pandémico de manera sorprendentemente rápida. En la actualidad, hay unos 40 millones de personas que viven con él en todo el mundo, y desde que fue reconocido ha matado a 32 millones de humanos.

El VIH es la muestra más evidente de por qué Burnet había cantado victoria demasiado pronto. El VIH es un virus de chimpancés que pasó a los humanos hacia 1920, en el sudeste de Camerún, probablemente cuando algunas personas comieron carne de chimpancé o se infectaron con sangre de chimpancé al cortarse. Los investigadores creen que este tipo de transferencia vírica es frecuente en personas que mantienen una estrecha interacción con animales.

La mayoría de estos virus se hallan demasiado mal adaptados a las personas como para instalarse en ellas y causar una infección, y nuestro sistema inmune los elimina con rapidez. Unos pocos podrían habernos infectado con éxito; pero cuando los humanos eran casi todos agricultores de subsistencia, eran pocos y vivían en aldeas muy pequeñas y alejadas unas de otras, y apenas viajaban, aquellos virus habrían matado a unas pocas personas, habrían inmunizado a los supervivientes, se habrían quedado sin víctimas y se habrían extinguido en los seres humanos.

Es probable que el VIH hubiera estado pasando al humano de manera ocasional y no hubiera ido mucho más allá desde que sus predecesores pasaron de monos a chimpancés hace mucho tiempo. Pero hacia 1920, la cepa del grupo M del virus cantó el premio gordo cuando alguien que lo portaba viajó en barca río abajo, desde Camerún hasta la ciudad más próspera de la región, Leopoldville, en el Congo Belga, ahora llamada Kinsasa, capital de la República Democrática del Congo.

¿Cómo sabemos todo esto? En 2014, unos virólogos dirigidos por Oliver Pybus en Oxford (Reino Unido) y Philippe Lemey en Lovaina (Bélgica) estudiaron unos ochocientos virus de VIH procedentes de muestras de sangre de antiguos registros médicos en el Congo. El más antiguo provenía de Leopoldville, y se había obtenido en 1959. Sus secuencias genéticas diferían levemente, lo que demostraba que por aquel entonces ya circulaban y habían adoptado pequeñas mutaciones. Dichas mutaciones permitieron al equipo resolver qué virus descendía de qué otro, y cuánto tiempo había tomado cada paso, y después construir un árbol filogenético. Todos descendían de un antepasado común que infectó a alguien alrededor de 1920.

En la actualidad, Kinsasa es la segunda mayor ciudad de habla francesa del mundo después de París, y ya en 1920 Leopoldville no era un pueblo. Era la capital de la brutal colonización belga de África Central, y tenía 15.000 habitantes. Con hombres y mujeres venidos de toda la región para encontrar trabajo, el comercio sexual era activo. También lo era a lo largo de la línea de ferrocarril que se dirigía a las minas de cobre, cobalto y uranio de la región meridional de Katanga. Decenas de miles de hombres migraron desde los alrededores de Kinsasa para trabajar en Katanga, y el comercio sexual los siguió. El equipo de investigadores encontró la mayor diversidad genética en muestras de VIH de Katanga y Kinsasa, lo que indicaba que la mayoría de infecciones se produjeron allí.9

Se produjo otro repunte en la diversidad del virus después de que el Congo obtuviera la independencia en 1960. En un primer momento, ello se debió en gran parte a la reutilización de agujas hipodérmicas, una buena manera de extender el VIH. Pero con posterioridad, las guerras y las revueltas posteriores a la independencia condujeron a un aumento apreciable de la pobreza. Jacques Pépin, de la Universidad de Sherbrooke, en Quebec, ha calculado que el número de clientes habituales por trabajadora sexual en Kinsasa se disparó desde unos poco habituales de larga duración hasta más de mil hombres diferentes al año, lo que condujo a un incremento enorme de la infección. Los trabajadores haitianos y de otros países que trabajaban en el Congo se marcharon, algunos de ellos con el VIH.10

Así pues, el VIH del grupo M se hizo global. Simplemente, se encontraba en el lugar adecuado en el momento adecuado...; adecuado, al menos, para el virus.

El sida generó algunas constataciones perturbadoras, y en 1992, el Instituto de Medicina de los Estados Unidos (IOM) publicó un informe sobre estas, que tuvo una amplia difusión. La población humana había alcanzado su máximo histórico, y también el comercio y los viajes globales: la globalización del mundo había llegado para quedarse. La vigilancia internacional de las enfermedades estaba disminuyendo, precisamente cuando las enfermedades infecciosas tenían más facilidades que nunca para viajar adonde se propusieran. Las «preocupaciones por los beneficios y las responsabilidades» habían desincentivado la fabricación de medicamentos y vacunas para los países pobres por parte de las compañías, escribía el IOM.

Todo ello se traducía en un «peligro de enfermedades infecciosas emergentes y un potencial para que se produzcan epidemias devastadoras», concluían... como la que acababa de emerger. Es cierto que la discriminación contra los varones gais que constituían la mayoría de los primeros casos enlenteció de forma injustificada la respuesta al sida. Pero incluso de no haber sido este el caso, lo cierto era que un virus horrendo, desconocido hasta entonces, llegó y se expandió de repente, y cogió completamente desprevenido al mundo médico. ¿Cuántos virus de este tipo había por ahí?

Pero las comunidades científica y médica, el público y los políticos, todos parecían indiferentes no solo en lo relativo a las enfermedades infecciosas en los Estados Unidos, sino también en términos globales. «La indiferencia —advertía el informe— puede constituir también una amenaza importante para la salud».

Solo porque hayamos eliminado algunas enfermedades infecciosas, escribía el IOM, la gente parece pensar que podemos eliminar fácilmente cualquiera de ellas; pero las enfermedades antiguas pueden reaparecer, y además pueden aparecer otras nuevas. La buena noticia era que podíamos hacer algo al respecto. «La anticipación y la prevención de enfermedades infecciosas son posibles, necesarias y, en último término, rentables».11

¡Cuánta razón tenían! El coste de esta pandemia del COVID-19 se ha elevado a billones de cualquiera de las divisas existentes, y en realidad el coste va mucho más allá de lo que se puede contar en términos monetarios. En 2016, la Academia Nacional de Medicina de los Estados Unidos, en un informe que llevaba el mordaz título de La dimensión descuidada de la seguridad global: Un marco para contrarrestar las crisis de las enfermedades infecciosas, calculaba que si se dividía el coste esperado de las futuras pandemias en costes anuales se obtenía una cifra de 60.000 millones de dólares anuales (que ahora podemos considerar una valoración a la baja). Creían que se podrían evitar con un presupuesto de 4.500 millones de dólares al año.12

En 1992, los redactores del informe sobre las enfermedades emergentes se dieron cuenta de que, aunque todas las enfermedades son únicas, algunas características del relato del sida son típicas. Más que otra cosa, es la ecología humana lo que impulsa nuestras enfermedades. Y la globalización económica, los cambios en la producción de alimentos y el crecimiento demográfico están cambiando profundamente nuestra ecología.

La otra constatación importante fue que nuestras enfermedades infecciosas empiezan sobre todo en animales. El virus de la peste bovina (una enfermedad importante del ganado que se erradicó, después de una prolongada campaña, en 2011) evolucionó en nosotros en forma de virus del sarampión en los siglos XI o XII.13 La gripe proviene de patos; la viruela, de los roedores; la malaria, de las aves, y las paperas (según creemos), de los cerdos. 14

No es ningún accidente que dichos animales sean sobre todo domésticos o plagas agrícolas. Comenzamos a vivir en grupos numerosos y muy cerca de los animales cuando empezamos a depender de la agricultura, hacia el año 10.000 AEC (Antes de la Era Común). Con unos cultivos que proporcionaban alimento abundante y seguro, se produjo una explosión demográfica y la mayoría de los humanos nos instalamos cerca de los campos, en lugar de seguir vagando como cazadores-recolectores.

Los virus necesitan patrones. Para mantenerse entre la población humana, un virus necesita un suministro constante de humanos frescos, no inmunes, de modo que pueda desplazarse a una nueva víctima antes de que su huésped actual muera o desarrolle una respuesta inmunitaria que acabe con el virus. Esto requiere una población humana concentrada y en un proceso de renovación constante. Para persistir, el sarampión necesita varios cientos de miles de personas, el tamaño de algunas comunidades medievales.

Cuando empezamos a vivir en grupos tan grandes, los patógenos que habían explotado los rebaños de ganado y otros parásitos comenzaron a explotar a nuestras poblaciones. Ahora estas han adquirido unas dimensiones sin precedentes, y estamos encontrando una nueva fuente de virus: la naturaleza salvaje. El VIH fue un buen ejemplo, pero hay muchos, y la COVID-19 no es el menor de ellos.

Peter Daszak dirige la EcoHealth Alliance, una entidad sin ánimo de lucro que realiza investigaciones destinadas tanto a prevenir pandemias como a promover la conservación de la vida salvaje. Daszak es inglés y vive en Nueva York, y le cautivaron las enfermedades de los animales salvajes en 1995, después de descubrir un patógeno previamente desconocido que causaba diarrea en una colección del zoológico de cucarachas gigantes siseantes de Madagascar. Comediante nato, una vez llevó unas cuantas cucarachas gigantes en el bolsillo a una conferencia TED.*

Hasta entonces, a los biólogos naturalistas apenas les habían interesado las enfermedades. No las consideraban relevantes para la supervivencia de las especies. Razonaban que, cuando una enfermedad elimina una especie, las nuevas víctimas escasean, de modo que la enfermedad no encuentra nuevos huéspedes y desaparece mucho antes de que lo haga la especie. Después de que el plaguicida DDT diezmara las aves en todo el mundo, se prestó más atención a los contaminantes químicos.

En fechas posteriores, en 1997, un laboratorio británico descubrió que un parásito puede, en efecto, provocar la extinción de una especie, pero con dos condiciones: la primera, que parasite a más de una especie, y la segunda, que una de ellas tolere al parásito y permita que este siga viviendo, aunque la otra especie desaparezca. Las ardillas grises norteamericanas han desplazado a las ardillas rojas nativas en grandes regiones de Europa, en parte porque las grises toleran el virus de la viruela de las ardillas. Las rojas no lo toleran.15 En 2002, el virus del Nilo Occidental euroasiático explotó en toda Norteamérica, causando infecciones humanas que en ocasiones fueron fatales, pero matando también a las aves nativas, sobre todo de la familia de los córvidos, porque no tenían resistencia. Pero los gorriones, que en origen eran euroasiáticos, mantuvieron el virus activo porque pueden portarlo sin efectos perjudiciales.16

En 1998, Daszak formaba parte de un equipo que descubrió que un efecto de este tipo permitía que una familia de hongos previamente desconocida, los quítridos, causara una extinción mundial y generalizada de anfibios, y que había llevado a la extinción de algunas especies.17

Así pues, los biólogos naturalistas empezaron a aprender ciertas cosas acerca de las enfermedades de los animales salvajes. Al final, resultó evidente que estas enfermedades afectaban asimismo a los humanos. En 2008, Daszak y sus colegas calcularon que de los 335 patógenos nuevos que habían surgido en humanos desde 1940, el 60 por ciento pasaron a nosotros desde animales, y que el 72 por ciento, como por ejemplo el Ébola y el Nilo Occidental, procedían de animales salvajes.18

El término oficial es «zoonosis», que viene de las palabras griegas que significan animal y enfermedad. El equipo descubrió también que la tasa a la que aparecían las zoonosis iba en aumento, como sucedía con el porcentaje de estas procedente de animales salvajes, en oposición a las procedentes de animales domésticos.

De nuevo, el problema básico es el incremento de nuestra población. En el momento en el que Burnet escribía, la Tierra tenía casi 4.000 millones de habitantes. Ahora somos el doble. Hay más gente que demanda más tierra y más madera, y más puestos de trabajo. En algunos casos, esto significa capturar animales salvajes para los cada vez más numerosos habitantes de las ciudades, para usos que abarcan desde mascotas hasta medicamentos. Y, sobre todo, cada vez más personas demandan cada vez más alimento, de modo que los agricultores establecen nuevas tierras de cultivo en zonas de bosque y convierten algunos animales salvajes en nuevas exquisiteces. Los demás humanos nos hacinamos en las ciudades junto con insectos transmisores de enfermedades... y con otros humanos.

Daszak y sus colegas cartografiaron dónde se habían observado la mayoría de nuevas enfermedades, y encontraron «puntos calientes» o focos en países en vías de desarrollo tropicales y subtropicales en los que el desarrollo económico creaba concentraciones humanas cerca de muchas especies de animales salvajes.

Esto tiene sentido. La cantidad de especies de todo tipo aumenta de manera uniforme a medida que nos acercamos al ecuador. Ello se debe a que en último término hay mucha más energía solar que fluye a través del sistema. La existencia de más especies implica la existencia de más patógenos.

A medida que las especies desaparecen bajo las acometidas de la deforestación o de otras formas de destrucción del ecosistema, al menos se llevan con ellas a sus patógenos. Pero en los ecosistemas degradados, los animales que quedan pueden también ser portadores de más patógenos de los que portarían en un entorno más saludable, porque están estresados y hambrientos, y los gérmenes se aprovechan de ello.

Algunos biólogos sospechan que existe un efecto más insidioso. Cuando los patógenos se hospedan en diferentes especies patrón, algunas de ellas pueden limitar el número de patógenos pero otras no lo hacen. Cuando un ambiente se degrada, a menudo solo queda un tipo de huésped, y estos supervivientes tienden a ser una especie de «malas hierbas» que viven rápido, mueren jóvenes y no invierten mucha energía en luchar contra los patógenos. Como resultado, puede haber una mayor carga de patógenos en los huéspedes que quedan en un ecosistema empobrecido que en el original y más diverso.

Se ha producido un aumento en los brotes del Ébola desde 1994, y los investigadores sospechan que están asociados con la deforestación, que desplaza y estresa a los murciélagos que albergan el Ébola y atrae a más humanos a los dominios de los murciélagos. El mayor de los brotes del Ébola tuvo lugar durante 2014 en Guinea, Liberia y Sierra Leona y mató al menos a 11.000 personas. Se inició en la aldea de Meliandou, en Guinea, donde la densa selva original había sido sustituida en gran parte por plantaciones de cacao, café y otras.

Esto hizo que los murciélagos de la selva buscaran un nuevo hogar. Fabian Leendertz, del Instituto Robert Koch, de Berlín, y un equipo de investigadores visitaron Meliandou después de la epidemia, y descubrieron que los niños de la aldea jugaban en el tocón enorme y vacío de un árbol de la pluviselva, lo único que quedaba del bosque antiguo. En el tocón vivía una colonia de murciélagos insectívoros, de una especie que puede transmitir el Ébola. Según cuenta Leendertz, Émile Ouamono, un niño de dos años, contrajo el Ébola, aunque no se sabe si el niño jugaba con un murciélago muerto, como se ha dicho: los miembros su familia bien podrían haberlo sabido, pero, al igual que Émile, murieron.19

Pero la mayor parte de la vigilancia de enfermedades no tiene lugar en estos ambientes de riesgo elevado. Se da allí donde hay dinero y científicos, en los países templados ricos, aunque es mucho más probable que las nuevas enfermedades, como la COVID-19, emerjan en estos puntos calientes. Existen muchos focos de este tipo en China, y también en la India e Indonesia, en parte debido a la abundante población.

La EcoHealth Alliance sostiene que la respuesta es la vigilancia estricta de los puntos calientes para detectar grupos tempranos de enfermedades; investigación para identificar nuevos patógenos potencialmente zoonóticos en los animales salvajes; y esfuerzos para conservar dicha fauna salvaje, de modo que permanezca saludable y en lo profundo de las regiones naturales, alejada de la gente.

En el capítulo siguiente veremos cómo esto falló con la COVID-19. Pero, de momento, veamos cómo puede producirse una nueva pandemia del calibre de la COVID-19 si no conseguimos contener otros de los virus que los expertos consideran especialmente amenazadores. Algunos de ellos son peores que el que combatimos en estos momentos.

De hecho, los expertos en enfermedades parecen estar de acuerdo en dos cosas: hay otra pandemia en marcha, y nadie puede predecir qué patógeno la causará. Sin embargo, en 2016, la OMS y un comité de científicos decidió que algunos patógenos merecen más vigilancia que otros. Elaboraron un plan de acción de I+D (investigación y desarrollo) para equipar a la humanidad con vacunas, medicinas y test diagnósticos para los más preocupantes de dichos patógenos antes de que se descontrolen, y crearon una lista de nueve virus prioritarios para los que consideraron que estos equipos deberían desarrollarse más rápidamente.

La lista ya se ha puesto al día varias veces, entre otras cosas para incorporar la COVID-19, que era desconocida cuando la OMS y un comité de científicos efectuaron la selección original. Pero, para ser justos, estos no fallaron del todo a la hora de predecir esta pandemia: la primera lista incluía «varios coronavirus». Conocíamos el riesgo.

Sin embargo, la mayoría de patógenos prioritarios no son virus previamente desconocidos que acechan en un punto caliente de la naturaleza. Todos, menos uno, se eligieron porque ya causan enfermedades humanas, y han estado desplazándose y adaptándose, lo que es preocupante, en especial porque no tenemos remedios.

Sus nombres, al menos, son más antiguos y más bonitos que COVID­19: fiebre hemorrágica de Crimea­Congo, fiebre del Valle del Rift, fiebre de Lassa, Zika, Nipah y Ébola.

La única excepción recibió el nombre de Enfermedad X, que fue un éxito instantáneo para los redactores de titulares de prensa.20 Se refiere a un patógeno previamente desconocido que en la actualidad ni siquiera podemos imaginar, como los existentes en los animales salvajes sobre los que nos advierten Daszak y sus colegas. Se encuentra en la lista de modo que se puedan realizar investigaciones sobre maneras de responder a las sorpresas, como las «plataformas» de vacunas que pueden adaptarse a toda prisa para combatir un virus totalmente inesperado. Más adelante analizaremos estos aspectos. De momento, he aquí la lista de los Virus Más Indeseados.

Los coronavirus tienen dos entradas en la última lista: una para la COVID-19 y otra para los dos virus que ya conocíamos, los causantes del SARS y del MERS. La Coalición para las Innovaciones en Preparación de Epidemias (CEPI), que se estableció en 2017 en Oslo para financiar la I+D de vacunas para pandemias potenciales, tenía en curso cinco vacunas para el MERS, el único coronavirus grave que circulaba en humanos antes de la aparición de la COVID-19. En el momento en que escribo esto, tiene nueve vacunas para la COVID-19, todas ellas en fases muy preliminares.

Otros dos virus de la lista de la OMS pertenecen a una familia denominada bunyavirus. El virus de la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo vive en garrapatas de Asia, África y el sur de Europa. Por lo general solo causa una fiebre leve en seres humanos, pero también puede provocar una enfermedad grave, que mata hasta a un 30 por ciento de los casos, con, según el Centro Europeo de Prevención y Control de Enfermedades (ECDC), fiebre, mareo, sensibilidad a la luz y «fuertes cambios de humor», en los que «el paciente puede sentirse confuso y manifestar comportamientos agresivos».21

Existe una antigua vacuna soviética de eficacia desconocida que se usó en Bulgaria, pero no está aprobada de manera general, en parte porque para su elaboración se emplea cerebro de ratones, lo que puede causar problemas. Un proyecto de investigación europeo pretende encontrar una vacuna mejor; la CEPI tiene dos en ensayos muy preliminares. Mientras tanto, el virus invade nuevos territorios a medida que el calentamiento global desplaza a las garrapatas hacia el norte: apareció en Europa Occidental en 2010 y ha fijado la residencia en España.22

La fiebre del Valle del Rift es causada por un bunyavirus que los mosquitos transmiten principalmente al ganado, pero que los seres humanos pueden contraer por los mosquitos o por comer carne infectada. Se encuentra en toda África, pero se extendió a la península Arábiga en 2000. Suele ser leve, pero en ocasiones causa inflamación y hemorragias hepáticas, encefalitis (inflamación del cerebro) y ceguera. La mitad de los casos graves mueren. Se puede vacunar al ganado contra la enfermedad, lo que resulta prometedor.

La fiebre de Lassa, producida por un virus de otra familia, infecta a 500.000 personas cada año en toda África Occidental, y aquí también la mayoría tienen síntomas leves o carecen de ellos. Sin embargo, algunos enferman de gravedad, y todos los años mueren 5.000 personas. La transmite la rata común multimamada (sí, esto significa que posee más pezones que otras ratas), de modo que cabría pensar que sería improbable que se extendiera más allá del hábitat de la rata. Pero resulta alarmante que en ocasiones haya demostrado ser capaz de propagarse de humano a humano.

Además, una mejor gestión del Lassa podría ayudar a gestionar otros patógenos peligrosos de la misma región. En el brote de Ébola en África Occidental en 2014, los primeros casos se confundieron inicialmente con Lassa, lo que ayudó a la expansión del Ébola, que es mucho más contagioso. La OMS quiere tests diagnósticos para resolver esto. La CEPI tiene seis vacunas para el Lassa en ensayos animales.

Además, existe una preocupación adicional con el Lassa: tiene parientes. En 2008, uno que hasta entonces era un desconocido total mató a una mujer de treinta y seis años en Zambia.23 En aquel momento, los virólogos advirtieron de lo poquísimo que sabemos acerca de los virus de África (donde los humanos han vivido durante más tiempo y que, por lo tanto, en teoría, debería haber más patógenos adaptados a nosotros que en cualquier otro lugar). Cinco de las ocho entradas que figuran en la lista de prioridades de la OMS son, en origen, virus africanos.

Uno es el Zika, un flavivirus, una familia que ya cuenta con dos enfermedades notables, el dengue y la fiebre amarilla. Las tres las transmiten los mosquitos Aedes, cuyo nombre proviene del griego y significa «odioso» o «desagradable». Un Aedes de mala fama, el agresivo mosquito tigre, ha migrado desde los trópicos con el calentamiento global y el comercio global de neumáticos usados, en los que se acumula agua en la que el mosquito se reproduce.

Esta migración de los mosquitos ya ha extendido una enfermedad emergente. El Chikungunya, un virus procedente de África Oriental, transmitido por Aedes que es doloroso, pero generalmente no letal, experimentó una mutación que lo adaptó a los mosquitos tigre en 2005 e inició una serie de brotes explosivos alrededor del océano Índico. Llegó a Italia en 2007 y a las Américas en 2013.

El Zika se descubrió en monos en Uganda en 1947, y después se extendió a monos del Sudeste Asiático. Hasta 2006, solo se habían registrado 14 casos humanos conocidos. Lo que hizo a continuación no se lo esperaba nadie en absoluto.

En 2007 el Zika causó un gran brote en la isla de Yap, en Micronesia, al que siguió otro en 2013 en la Polinesia Francesa y otras islas del Pacífico. Los genes del virus mostraban que procedía del Sudeste Asiático, ya fuera de un humano infectado o de mosquitos infectados. Los insectos suelen viajar en aviones, y provocan casos de «malaria aeroportuaria» en países que no tienen casos locales de malaria. Las pocas veces que se vio el Zika en personas había sido muy leve. Pero en Yap, algunos casos desarrollaron un trastorno nervioso potencialmente paralizante, el síndrome de Guillain-Barré, una complicación ocasional de varias infecciones diferentes.

Después, en 2015, apareció en Brasil y se extendió rápidamente por Sudamérica y hasta Norteamérica. Esta vez lo acompañaban graves defectos de nacimiento en bebés de madres infectadas, sobre todo la microcefalia, que consiste en que la cabeza es anormalmente pequeña. Al volver a examinar los historiales médicos se vio que lo mismo había ocurrido en el Pacífico, pero nadie había establecido la relación.

Al igual que habían hecho con el VIH, Oliver Pybus y su equipo de la Universidad de Oxford secuenciaron los virus brasileños y descubrieron que procedían de Polinesia. De hecho, todos eran tan parecidos que, al igual que con la COVID-19, Pybus llegó a la conclusión de que probablemente descendían de una sola introducción, quizá de una única persona infectada.24 La infección de este portador pudo haber sido el resultado de una única picadura de mosquito. Una picadura. A fina­ les de noviembre de 2016, el Zika había dejado a 3.700 bebés en las Américas con defectos de nacimiento.

Pybus descubrió también que el Zika llegó a las Américas en 2013, dos años antes de que se advirtiera su presencia, pero al igual que ocurre con cualquier epidemia exponencial, al principio hubo poquísimos casos. Pudo haber ocurrido cuando aficionados al fútbol de Polinesia viajaron a Brasil para ver los partidos de la Copa FIFA Confederaciones en junio de 2013.

Nadie sabe en realidad por qué el Zika empezó de repente a causar grandes brotes. No experimentó ninguna mutación evidente que pudiera explicarlo, según descubrió Pybus. Podría ser que en todos los demás lugares en los que haya estado viviera sobre todo en monos, pero que infectara de manera ocasional a los humanos, y los niños lo tuvieron pronto, pasaran una enfermedad muy leve como les suele ocurrir a los niños, y desarrollaran inmunidad. Después de una generación así, no habría ningún adulto que no fuera inmune. En Yap, donde no hay monos, y nadie era inmune, afectó a toda la población, y los adultos padecieron una enfermedad peor, en especial las mujeres embarazadas.

Y en cuanto a la razón por la que de repente el Zika se desplazó hacia el oeste, Pybus sospecha que simplemente tuvo más oportunidades: los vuelos de la Polinesia a Brasil aumentaron un 50 por ciento entre 2012 y 2014. Para extender el virus a través del océano Pacífico, o bien los mosquitos infectados han de efectuar el viaje aéreo, o bien lo hace un humano infectado. Para que lo transporten humanos, tienen que haberles picado mosquitos en los dos extremos del viaje: una picadura para inocular el virus a los humanos, y la segunda para captarlo y transmitírselo a otro humano.

Ambos tipos de sucesos resultan más probables por el hecho de que ahora vuela mucha más gente que antes entre países del hemisferio sur, y esto incluye la estación en que se da el máximo de mosquitos en ambos lugares. La Organización Internacional del Trabajo de las Naciones Unidas (OIT) informa de que, desde 2000, el número de personas que migran por razones laborales dentro del sur global, en comparación con las que migran hacia el norte, ha aumentado de 60 a 82 millones al año.

Al final, y como predijeron los epidemiólogos, los casos de Zika en las Américas se redujeron, al haberse infectado un número suficiente de personas como para crear inmunidad de grupo. Esto ocurre cuando la gente que no ha tenido una infección, y por lo tanto carece de inmunidad, escasea hasta tal punto que a un virus le resulta difícil infectar a una persona nueva y susceptible antes de que muera en el huésped en el que se halla.

La inmunidad de grupo desaparece cuando nacen y se acumulan personas nuevas, y por lo tanto carentes de inmunidad, de modo que los epidemiólogos esperan que el Zika vuelva. No saben cuándo; podrían pasar años. También podría migrar a otras partes. Hay dos mil millones de personas en el planeta que viven con mosquitos tigre.

Las vacunas experimentales para el Zika habían llegado en 2016 hasta la fase de ensayos seguros en humanos. Pero es necesario administrárselas a personas con riesgo de contraer Zika para comprobar si funcionan, y ahora hay demasiado poco Zika circulando como para ponerlas a prueba. Resulta irónico, pero hasta que el Zika vuelva no tendremos una vacuna. Este es un problema típico de las enfermedades emergentes.

Mientras tanto, gestionar el Zika (y otras enfermedades transmitidas por mosquitos, como la malaria, el chikungunya y el dengue) requiere la vigilancia y el control de los mosquitos, y la epidemia de 2015 reveló la escasa capacidad que muchas agencias sanitarias tienen ahora para hacerlo. Países ricos, que no tienen malaria, pero que promovían grandes programas antimaláricos, los abandonaron en los años ochenta y con ellos desaparecieron las personas y su experiencia. En 2015, el CDC de los Estados Unidos descubrió que solo tenía 12 entomólogos médicos (científicos que pueden identificar y gestionar los mosquitos que transmiten enfermedades) para enfrentarse a la invasión del Zika. Se dice que sacaron a un entomólogo retirado de un barco de vela en el Caribe para que volviera al trabajo.

Бесплатный фрагмент закончился.

721,04 ₽

Жанры и теги

Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
Объем:
370 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788491877080
Издатель:
Переводчик:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги