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La niña del barrio rojo

Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.

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© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora

© Davinia Váfer 2020

© Editorial LxL 2020

www.editoriallxl.com

04240, Almería (España)

Primera edición: marzo 2020

Composición: Editorial LxL

ISBN: 978-84-17763-44-2

La niña del barrio rojo

Davinia Váfer

Bilogía Kalighat vol.1

Aprendí que el coraje no es la ausencia del miedo,

sino el triunfo sobre él.

El valiente no es el que no siente miedo,

sino el que vence el temor.

Nelson Mandela

El amor es la fuerza más humilde, pero la

más poderosa de la que dispone el ser humano.

Mahatma Gandhi

Esta novela está dedicada a los que ya no están y tanto añoro.

ÍNDICE

Nota de la autora 10

Agradecimientos 12

CAPÍTULO 1 15

CAPÍTULO 2 39

CAPÍTULO 3 76

CAPÍTULO 4 110

CAPÍTULO 5 148

CAPÍTULO 6 173

CAPÍTULO 7 212

CAPÍTULO 8 245

CAPÍTULO 9 282

CAPÍTULO 10 312

CAPÍTULO 11 343

CAPÍTULO 12 383

CAPÍTULO 13 418

CAPÍTULO 14 435

CAPÍTULO 15 467

CAPÍTULO 16 495

CAPÍTULO 17 531

CAPÍTULO 18 553

CAPÍTULO 19 582

CAPÍTULO 20 615

CAPÍTULO 21 637

CAPÍTULO 22 678

CAPÍTULO 23 703

CAPÍTULO 24 730

CAPÍTULO 25 753

CAPÍTULO 26 775

CAPÍTULO 27 798

CAPÍTULO 28 820

CAPÍTULO 29 863

CAPÍTULO 30 888

CAPÍTULO 31 928

CAPÍTULO 32 967

Continuará… 981

Biografía 982

Nota de la autora

Hay personas que llegan a tu vida para complementar lo que a uno le falta. Esas que ven en ti lo que uno no es capaz de ver. Si no fuera por ti, David Suazo, este proyecto jamás habría existido, tu intuición y visión fueron clave. Gracias a que me invitaste a que escribiera, me animaste a que confiase y me empujaste a que probara suerte, puedo decir que uno de mis sueños se ha cumplido. Sabes que siempre estarás ligado a mis novelas.

Gracias a toda mi familia por creer en mí. A mi padre, por dejarme crear en horas de trabajo. A mi pequeño, por permitirme escribir cuando lo único que quiere es jugar con su madre. A mis lectoras cero: Lucia y Olga, vuestra opinión fue decisiva. A mis amigos, por confiar e ilusionaros con este proyecto. A Carol RZ, por guiarme cuando estaba perdida y me faltaba seguridad. A Raquel Antúnez, por el maravilloso trabajo que hizo antes de decidirme a enviarlo a una editorial. A Angie, mi editora, por apostar por mí y darme la oportunidad de publicar con Editorial Lxl. A ti, lector, por elegirme entre un millón de libros. A la vida por inspirarme y darme tiempo. A los personajes por surgir sin esfuerzo. Y a quien corresponda por hacer que esta historia se escribiese sola y a su debido momento.

Bahut shukriya, o lo que es lo mismo, muchas gracias.

Agradecimientos

Si hace unos años me hubiesen dicho que escribiría una novela y que me haría sentir la mujer más orgullosa y capaz de este mundo, les habría respondido que estaban locos. Pero, ahora que está hecho y que he tenido la gran suerte de ir encontrándome en el camino a unos angelitos que han guiado mis pasos y que me han aportado el valor suficiente para que perdiese el miedo a enfrentarme a los lectores, puedo decir que paso página y comienzo un nuevo capítulo.

La historia aún no está cerrada. La carrera de fondo que emprendí hace cinco años con este proyecto no ha llegado a su fin, pues las musas no me han permitido acabar en un solo libro esta novela.

No puedo deciros que vais a leer la mejor novela que hayáis leído nunca, pero puedo aseguraros que estáis a punto de disfrutar de un proyecto único hecho con mucho amor y cariño. Uno tan maravilloso y especial que, con que sintáis una mínima parte de lo que yo experimenté cuando lo escribí y lo leí terminado, me sentiré la mujer más agradecida y feliz de este planeta.

No soy escritora ni me consideraré como tal cuando termine de escribir esta bilogía porque estaría faltando a esos autores que tanto amo, pero sí puedo aseguraros que soy una lectora exigente, alguien que necesita que algo le sacuda el corazón cuando lee a un autor para poder catalogarlo de bueno.

No tenía ni idea de lo que quería contaros cuando tuve ante mí aquella primera hoja en blanco, pero sí tenía claro que debía narrar algo que a la primera que sorprendiera y enamorase fuera a mí. Porque hay historias que embellecen una vida y otras que destruyen el alma. Esta, en la que estáis a punto de embarcaros, surgió de una realidad desoladora y apabullante que removió mis entrañas al descubrir lo que viven niñas y mujeres en Calcuta.

Visionando el documental de ochenta y tres insignificantes minutos Born into Brothels: Calcutta’s Red Light Kids, pude hacerme a la idea del perfil de mujer que quería crear como personaje principal. Una mujer fuerte, perseverante y luchadora que sacase de quicio en momentos al lector, al cargar con unos traumas y unos miedos tan terroríficos que marcasen su presente y no la dejaran avanzar en la vida. Que, aunque todo pareciera perdido y las esperanzas se agotasen al intentar salir de ese pozo oscuro y profundo en el que se vio superada cuando solo era una niña, viera renacer en ella las esperanzas al reencontrarse con su esencia, dejando a un lado el ego y el victimismo al que se aferrará para poder sobrevivir.

Porque, al fin y al cabo, cuando te desprendes del temor y dejas de lamentarte por lo que sufriste en el pasado y por lo que te deparará el destino, empiezas a vivir y a disfrutar de lo que es entregarse en cuerpo y alma al amor verdadero. La batalla estará ganada de antemano, aunque la oscuridad sea tu próximo destino.

Os presento la primera parte de la bilogía Kalighat: La niña del barrio rojo I. Espero que lo disfrutéis y que abra conciencias. Porque ante la crueldad y la ignorancia de una nación, hay que revolverse y encararse. Es imprescindible poner granitos de arena sobre una montaña que debe derrumbarse y desaparecer para siempre. Porque muchos pocos acaban sumando.

Davinia Váfer

CAPÍTULO 1

Se despertó aterrorizada. El pecho le subía y bajaba como si en realidad hubiese corrido de la manera que había visionado en su agónica pesadilla. Las gotas de sudor provocaban que su pijama de algodón rosa se le pegara a la espalda como si fuera un traje de neopreno y su lisa melena negra se viera ondulada por el sudor.

¿Cómo acabar con los sueños? ¿Había llegado la hora de contarle a su madre adoptiva y a su terapeuta lo que le ocurría cada noche? Una pregunta que siempre se contestaba con un «no» rotundo, aunque la asiduidad fuera en aumento y las escenas de sus sueños fuesen tan reales como un gélido viento de invierno que se convierte en escalofrío.

Había llegado a un punto en que sentía pánico cuando llegaba el momento de cerrar los ojos en la noche, detalle que sí conocían tanto su madre como su terapeuta, porque los sufría desde niña, aunque antes eran diferentes. Los ojos de la inocencia todo lo cambiaban. Sin embargo, había conseguido aprender de esas insufribles visiones, forjándose un carácter fuerte en el que la determinación y el arrojo eran imprescindibles para caminar por la vida.

La agonía no acababa con unos sudores sofocantes o un inesperado grito en la noche para terminar incorporándose de un salto en la cama, sino que el maldito ritual continuaba con unos sollozos que amenazaban con ahogarla y la dejaban con un estremecimiento en el cuerpo que la hacían sentir la mujer más triste del planeta.

En sus sueños, una hermosa mujer la observaba con adoración, como si ella fuera una nueva estrella descubierta por un astrónomo, a la cual contemplara antes de que el resto del mundo supiera de su existencia. Los ojos de aquella mujer transmitían el amor y la protección que promete una madre a su hijo cuando lo acuna por primera vez entre sus brazos. E, incluso, aunque no entendiera correctamente los susurros de la dama, ella sabía que eran palabras de cariño y de consuelo. No obstante, esa placidez le duraba poco porque siempre el quebrantador sonido de una especie de crujido se encargaba de que su expresión se tiñera angustiosa, dejara huérfanos sus ojos y con ganas de preguntar qué sucedía. Sus delicadas manos desatendían sus mejillas y se ocupaban de sellarle la boca posándole el dedo índice sobre los labios.

Algo le decía que conocía a esa mujer, que compartieron caminos en un pasado, aunque no quería ni imaginar que ella pudiera codearse con hombres ebrios y drogados con ansias de sexo barato. Esa imagen era de las pocas cosas que recordaba al rememorar su dura infancia, aunque también se acordaba de ese edificio mugriento de angostos pasillos mientras ratas se cruzaban con personas sin alma. En sus recuerdos, todo estaba muy confuso y oscuro.

En su sueño, esa señora lucía elegante y distinguida, cubierta con una indumentaria típica de su tierra natal, la India. Era un largo lienzo de ligera seda que se enrollaba alrededor del cuerpo formando un vestido fino llamado sari. El que surgía en su sueño era de color fucsia con bordados en hilo dorado que dibujaban hojas refinadas y estilosas.

No podía ser su madre, aunque, con los años, la imagen que había creado de su madre biológica prácticamente había desaparecido. Ya no recordaba sus ojos, su rostro ni siquiera su perfume… En ese momento de su vida, solo era una silueta borrosa que intentaba que se grabase a fuego en su mente para no olvidar lo poco que quedaba de ella.

Después de mandarla callar y que el miedo desfigurase sus facciones volviéndolas tan marcadas como las de una anciana, la señora cogía sus manos con fuerza y escuchaba su voz por primera vez. Le decía que corriera, que no se dejara atrapar por él, pero, si la mala fortuna la traía de vuelta, debía quitarse la vida.

Aún sentía cómo acariciaba las verdeazuladas venas de sus muñecas, acto que le encrespaba el vello y agitaba su cuerpo de miedo.

La miraba desesperada, como si el fin del mundo estuviera cerca. Aquel gesto la llenó de una confusión, que rápidamente se esfumó al ser zarandeada por la señora, mientras le pedía en un grito ahogado que corriera.

Sin sopesar nada, obedecía. No sabía por qué actuaba así, por qué le hacía caso, ni siquiera sabía el motivo por el cual de su boca no salió un «¿por qué?». Solo percibía el peso de sus palabras, que se volvían incuestionables.

De un brinco, se incorporó de una vieja colchoneta que estaba tirada en el suelo y en la que estaban sentadas. En ese momento, fue capaz de contemplar las instalaciones por primera vez. Era como si el aura que desprendía esa mujer dejara de protegerla, de ocultarla de todo lo que las rodeaba.

Las paredes pintadas en un azul suave estaban sucias y ennegrecidas por el paso de los años y por el uso indiferente que se le daba a ese cuarto. Había una cama con un colchón raído a un lado, enfrente, una destartalada silla calzada con un trozo de cartón, unas cacerolas sucias y andrajosas, demasiado renegridas por el desgaste, y un armario verde con las puertas abiertas, donde ropa y otros enseres se amontonaban sin ningún tipo de cuidado.

De un fuerte empujón, aquella mujer la impulsaba hacia una tela corroída y mugrosa que, a su vez, hacía de puerta y ella, temerosa, salía de la habitación, topándose con un pasillo largo y estrecho e igual de sucio y descuidado que el del cuarto que había ocupado hacía unos instantes. Su corazón comenzaba a latir con fuerza, aunque todavía no lo sentía en su garganta. Eso vendría después, cuando corriera como un guepardo tras su presa en dirección hacia esa luz cegadora que aseguraba su salvación. Por más empeño que ponía en alcanzar su objetivo, jamás conseguía llegar a esa luminiscencia que, como si fuera inalcanzable, se alejaba cada vez más. «¡Corre, corre!», se escuchaba gritar a la señora con voz temblorosa por la angustia al final del pasillo. «¡Corre!».

Solo podía gritar de impotencia y llorar desesperada mientras intentaba que sus piernas no se rindieran jamás, y así ocurría, porque lo último que recordaba antes de despertarse sobresaltada y llorando era correr y correr, como si su supervivencia dependiera de ello.

Después, y ya en su habitación, se despertaba incorporándose en la cama y en un estado de shock en el que lo único que podía hacer era tomar aire para auxiliar a sus pulmones, limpiarse las lágrimas y controlar esos temblores que le hacían parecer un animalillo desvalido. Cuando su mente volvía a la normalidad y reconocía el amarillento tono de las paredes de su cuarto, los músculos se le destensaban, dejando un incómodo dolor en todo su cuerpo que, a las pocas horas y no siempre, desaparecía del mismo modo que tan abruptamente la pesadilla tocaba a su fin. Con la angustia en el cuerpo, se recostaba hecha un ovillo y se tapaba por completo con el edredón nórdico, cubriendo hasta la última hebra de su cabello. Los temblores poco a poco cesaban, pero aún sentía las manos y los pies entumecidos como si la sangre que corría por sus venas no fuera suficiente para calentarlos.

Envuelta en esa oscuridad, comenzaba una nueva batalla interna donde su lado experto llevaba la voz cantante. Era licenciada en Psicología, y esa parte de su cerebro, repleta de conocimientos y entrenada para el estudio, se encargaba de hacer lo que tantas veces su terapeuta le pedía que no hiciese, psicoanalizarse.

Si al menos todo se quedara en intentar comprender por qué esas situaciones traumáticas, vividas cuando fue una niña, aún seguían almacenadas en su inconsciente, no sería tan grave hacerlo. Pero eso no quedaba ahí, ella se convertía en el peor e implacable verdugo que juzgaba y recriminaba su comportamiento y capacidades. Psicoanalizándose se hacía daño y nadie podría lastimarla tanto como ella misma.

Con seis años —y todavía en su ciudad natal, Calcuta—, Daniela, su madre adoptiva y psiquiatra de profesión, empezó a tratar su trastorno de estrés postraumático con amplias dosis de amor y paciencia. Cuando la llevó a Madrid, con toda la documentación en orden y siendo oficialmente su hija, contaba ya con siete años.

Durante aquel tiempo, su madre hizo grandes avances en su recuperación, consiguiendo que dentro de los barómetros de la normalidad se relacionara con niños de su edad, mantuviera interés en las actividades que elaboraba para su recuperación e, incluso, que hablara de lo que vivió en su más tierna infancia, causante de esas pesadillas que su mente inocente no comprendía.

Ya en la adolescencia, siguió superando secuelas, enfrentándose a sus miedos y luchando contra sus fantasmas a golpe de perseverancia y cabezonería. Usaba sus logros como un aliciente para aumentar su autoestima y seguridad, por lo que, con esa determinación y ese aplomo, consiguió forjar lazos de amistad duraderos con amigos del colegio.

Cuando llegó el momento de abandonar la escuela y pasar al instituto, tuvo una fuerte recaída que casi la lleva a sumergirse en una depresión espantosa, pero su carácter tan definido y fuerte pudo sacarla a flote.

Con cierta dificultad, logró hacer nuevos amigos. Con ellos, vinieron sus primeros flirteos con el sexo masculino y sus primeras relaciones sexuales, las cuales, la gran mayoría de las veces, nunca llegaban a ser completas o satisfactorias.

Como psicóloga que era —aunque no ejerciera como tal—, reconocía cuáles eran los traumas de los que no conseguía zafarse e incluso podría decirse que dominaban su vida.

La primera gran secuela de esa infancia traumática eran los repentinos ataques de ira, a los que ella llamaba el Monstruo, que seguía apareciendo con demasiada asiduidad, nublando su cordura y transformándola en un ser despreciable al que detestaba y del que se avergonzaba cuando volvía todo a la calma.

La segunda gran secuela que guardaba en lo más profundo de su alma era su frigidez. La combatía en soledad y con cierto apoyo de su amigo Toni, que era el único que sabía todos los detalles de su infancia y lo complicado que se estaba volviendo convivir con ellos. Jamás reconoció a su terapeuta y a su madre la inapetencia sexual o la insatisfacción que sentía al mantener relaciones sexuales. No entendía por qué se negaba a exponer el problema a su médico, ¿no se suponía que para ese tipo de dificultades estaban los expertos en la mente humana, psicólogos, psiquiatras y demás especialistas? E, incluso siendo ella psicóloga, ¿por qué no abordar el tema con naturalidad? «Los toros dan menos miedo desde la barrera», recordó la frase de su madre que durante años le escuchó repetir cuando vivían juntas.

En sus primeros escarceos con el sexo masculino, entendió que todo llevaba un proceso de adaptación y conocimiento, así que se armó de paciencia para asimilar que las cosas no llegaban de la noche a la mañana. Pero, cuando los meses pasaron y vio que sus sensaciones eran muy diferentes a las de sus amigas, empezó a preocuparse. Ella sentía todo lo opuesto a ellas. En lugar de placer, le repugnaba que la tocasen, aunque se tragaba el asco que le daban esas manos ajenas e intentaba clausurar el acto como cualquier mujer normal. Sin embargo, las cosas no salían como quería, el orgasmo se mutaba en la insatisfacción y en la aversión más horrorosa jamás vivida. La apetencia se convertía en desgana, y el amor, en una palabra que no hallaba en su vocabulario.

Fingió durante años que los orgasmos eran tan reales como los que sus amigas sentían para no ser diferente, de ahí que se acostase con todo hombre con el que se enrollara una noche con la esperanza de que uno de los elegidos llegara a ser el que, de una vez por todas, rompiera esa coraza que la privaba de estímulo alguno. ¿No dice el refrán que siempre hay un roto para un descosido? ¿O carne a carne, amor se hace? ¿Y si de alguno de ellos se enamoraba y conseguía avivar el fuego que ni siquiera humeaba? Llegó hasta tal punto la obsesión en sanar esa parte que la hacía tan diferente al resto que su amigo Toni tuvo que pararle los pies contándole los bulos que empezaban a correr de boca en boca por las discotecas que frecuentaban.

Así que, por el bien de su reputación y, sobre todo, por su bienestar, decidió dejar a un lado esa obsesiva y destructiva «terapia» dando por zanjado el tema del sexo masculino.

Una vez controló su respiración, que empezaba a tornarse tranquila, se destapó de esa burbuja hecha de mantas que comenzaba a ser claustrofóbica. El aire limpio y fresco enfrió el sudor de su frente. La necesidad de olvidar todo y dejar de pensar la impulsó a levantarse de la cama de un salto e ir hacia el baño para refrescarse la cara. Le sentaba bien entrar en movimiento, era lo mejor que podía hacer para dejar de pensar.

Observó en el espejo su imagen ojerosa y la tristeza que se dibujaba en sus ojos. El brillo que producían las gotas de agua al acariciar su rostro era lo único que percibía con vida, su piel estaba apagada.

—Todo está bien —susurró al reflejo.

Al escuchar cómo se daba ánimos, algo que se había vuelto parte de su rutina, sonrió, aunque sus ojos verdes aún lucían entristecidos y opacos.

—Dani, ¿estás despierta? —la llamaba su amigo y compañero de piso.

—Sí, Toni, ya voy.

Salió del baño corriendo para evitar que el frío de las baldosas le congelara los pies desnudos y se dirigió al salón pensando que la voz de su amigo venía de allí. Para su sorpresa, el salón estaba vacío y helado. Se tiró en el sofá verde botella y corrió a refugiarse con una de las mantas color café que usaban para taparse mientras disfrutaban de sus tan habituales sesiones de cine.

La puerta del cuarto de su amigo —que daba al salón— se abrió de improvisto y una pierna enfundada en unos leggins negros y una bota de caña alta hasta la rodilla asomó haciendo círculos en su dirección, dando comienzo a un espectáculo que solo a Toni se le ocurriría dar.

La canción de Madonna, Vogue, surgió a máximo volumen dentro de la habitación, inundando el silencio de la sala donde se encontraba Chandani, la cual estalló en carcajadas, recolocándose en el sillón para no perderse ni un solo instante de esa actuación improvisada.

When all else fails and you long to beSomething better than you are todayI know a place where you can get awayIt’s called a dance floorand here’s what it’s for, so 1 .

Toni accedió al salón interpretando los movimientos que hacía la rubia artista en el videoclip, aunque algo más exagerados y estrambóticos. Era como si una drag queen de los carnavales de Gran Canaria se hubiese colado en su salón.

El maquillaje no estaba terminado, solo llevaba los labios maquillados en un tono rojo cereza y las pestañas teñidas con capas y capas de rímel negro. El efecto en sus ojos era como el de un gato montés, parecían más grandes de lo que ya eran.

Chandani analizó sus labios, que no paraban de gesticular con un falso playback, y pensó en la mano que tenía el jodío de su amigo para maquillarse. Ni ella misma era capaz de lograr aquella perfección, y eso que llevaba años haciéndolo. Había conseguido que sus finos labios lucieran tan gruesos y perfectos como los que anunciaban las empresas de cosmética en televisión.

Toni era un hombre muy atractivo. El cabello castaño y desordenado, además de una nariz fina y simétrica con su rostro, lo convertía en un adonis para las mujeres. No obstante, el género femenino no tenía nada que hacer, ya que su amigo sentía fascinación por los hombres.

—Toni, ¡eres único! —exclamó entre risas sin que su amigo detuviese su humorística función.

Los carnavales eran el sábado de la siguiente semana. Toni estaba eufórico con la fiesta que se organizaba en el centro de Madrid. Las carrozas, los fuegos artificiales y los conciertos auguraban una noche única y esas eran las salidas preferidas de su amigo. Además, aprovechaba para alardear de sus aptitudes como diseñador. Él disfrutaba disfrazándolos a todos.

Chandani se secó las lágrimas con la manga del pijama y siguió el movimiento de sus brazos, que jugueteaban sensualmente con el disfraz. Era extravagancia pura se mirara por donde se mirase. Los leggins eran tan ajustados que marcaban la delgadez de sus piernas, a la vez que bien definidas, ya que Toni pasaba horas en el gimnasio todas las semanas para estar siempre en forma. Aunque dijera que no, era tan coqueto como una mujer. Le gustaba verse guapo.

Toni sabía que su amiga no comprendía sus extravagantes gustos, pero él disfrutaba tanto disfrazándose y fingiendo ser alguien que no era que, cuando tenía ocasión, se daba el capricho de buscar al personaje más peculiar. Y Madonna, en sus comienzos, fue la diosa de las diosas.

Su amiga no le quitaba ojo, detalle que supo aprovechar haciendo un movimiento sexi con las caderas, obligándola a centrar la atención en su entrepierna. Chandani abrió los ojos como si fuera un búho, aunque con la expresión de sorpresa de un gato que escucha un desconocido ruido, y los tapó rápidamente, no pudiendo ocultar el color sonrosado de sus mejillas, que confirmaban el éxito de la broma.

Toni no pudo resistirse y comenzó a reírse con unas ganas irrefrenables, así que volvió a repetir la guasa, pero esta vez con su trasero. Ella, ni corta ni perezosa, lo escrutó descaradamente como si fuera una de esas mujeres que estaban loquitas por sus huesos.

—No puedo creerme que vayas a salir a la calle con eso puesto. ¿Dónde has dejado la vergüenza?

—¿Eso qué es? —preguntó él con una sonrisa pícara.

En la parte superior, un corpiño de color marfil estilizaba su figura, resaltando la anchura de su espalda y la estrechez de la cintura. Se veía tan prieto y ajustado que dudaba que pudiera sentarse sin caer desmayado por falta de oxígeno. Para cubrirse el pecho, el corpiño disponía de dos conos protuberantes por los que podían entreverse zonas oscurecidas por el vello del torso. Además, se había puesto una peluca rubia platino agarrada en una coleta alta. «Menudas pintas», pensó.

Toni se aproximó a Chandani y extendió su mano para que se uniera a esa danza alocada mientras, a escasos centímetros de ella, exageraba los gestos de su boca.

Come on Vogue.Let your body move to the music.Hey, hey, hey.Come on Vogue.Let your body go with the flow.You know you can do it 2 .

Chandani aceptó la invitación y se unió al alocado baile entre risas y gestos divertidos que duraron pocos minutos porque sus pulmones empezaron a reclamar oxígeno de forma urgente. Levantó las manos a modo de rendición y se dejó caer extenuada en el cómodo sofá que presidía el salón.

—¿Qué te parece el modelito? —preguntó su amigo tirándose a su lado con la respiración desacompasada.

—No quieras saberlo.

—¡Venga, no te cortes! —la animó burlón. Ella jamás se reprimía en decirle nada. Uno de los principales pilares fundamentales de su amistad era la sinceridad.

—Es excesivo para unos carnavales. ¡Hala! ¡Ya lo he dicho!

—¡Venga ya! Es perfecto, Dani. Los carnavales son para reírse de todo, desinhibirse, soltar amarras y dejarse llevar por el descaro.

—A eso le llamo yo el Día del Orgullo Gay y, para ese día, todavía faltan meses —rebatió con una sonrisa.

—¿Tú no has visto los carnavales de las islas Canarias?

—Sí, pero estamos en Madrid. Allí no destacarías porque estarías rodeado de locas como tú —bromeó, imitando los movimientos de brazos que había hecho hacía unos momentos.

—Tú sí que estás loca. —Se lanzó hacia ella para que dejara de hacerle burla.

Esa frescura innata de su amigo era como un bálsamo sanador en la vida de Chandani. Era su ancla, su salvavidas…, esa última esperanza que te queda cuando todo está perdido. Eso era Toni para ella. Además, lo quería con locura.

Después de dos meses compartiendo techo con la soledad, la tristeza y la acechante depresión que poco a poco iba apoderándose de ella, apareció él, que solo con su presencia diaria la rescató del abismo en el que se hundió solita al independizarse.

Sí, reconocía su tozudez. La misma que usó con su madre y su terapeuta cuando les planteó en la consulta que había decidido emanciparse.

Su madre se llevó las manos a la cabeza y puso el grito en el cielo porque su pequeña y amada niña quería escapar de su protección. El terapeuta, en cambio, dejó que se explicara y diera su versión de cómo veía las cosas y por qué necesitaba demostrarse que era capaz de ser independiente. No obstante, la conversación pausada y lógica no pudo evitar el conflicto familiar. Chandani, como otras tantas veces, tampoco pudo controlar que la rabia apareciera en forma de ese monstruo huraño y malvado que atacaba a su madre con palabras hirientes que, más que para defenderse, salían de su boca para despedazar a su oponente sin compasión ni humanidad.

Sin embargo, después de la tormenta vino la calma y, en este caso, tenía nombre y apellidos. Toni le propuso compartir piso. Ella aceptó encantada y más esperanzada si era posible, ya que era una gran oportunidad —por no decir la única— que le permitiría no regresar a casa de su madre con el «rabo entre las piernas», pues, por más que le pesara, era consciente de que la depresión le estaba ganando terreno.

Recordaba con especial cariño la primera noche que Toni pasó en su casa. Vieron películas y hablaron y hablaron hasta bien entrada la madrugada. Para ella, fue como si hubiera disfrutado de una terapia intensiva, con la única salvedad de que quien tenía delante no contaba con títulos, másteres ni ningún certificado que acreditara que era un experto en el comportamiento humano. Simplemente, un amigo que, en silencio, la escuchaba sin juzgar y le daba ánimos frente a los relatos más duros.

Se conocían desde hacía seis años. Los dos trabajaban para una multinacional de telecomunicaciones y, desde el primer momento que entablaron conversación, conectaron a la perfección. La convivencia afianzó su amistad, transformándola en una más sincera y fuerte, llegando a tal punto que sabían lo que le ocurría al otro con solo mirarse.

—¿Y tú de qué te vas a disfrazar? —preguntó Toni.

—Todavía no lo tengo claro, pero no te preocupes, que algo encontraré.

—No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy —dijo, al tiempo que se quitaba la peluca y zarandeaba la cabeza para colocar su cabello encaracolado.

—Hay tiempo, todavía queda una semana. No te agobies.

—La que vas a agobiarte vas a ser tú como tenga que elegirte yo el disfraz. Ya sabes cómo me gustan las extravagancias. —Le guiñó un ojo para chincharla. Él sabía que, como siempre, sería el encargado de elegir su atuendo, a lo que ella respondió poniendo los ojos en blanco.

—Tú eres capaz de disfrazarme de putón verbenero.

—Te doy dos días para que me enseñes el disfraz. En caso contrario, lo dejas en mis manos.

Chandani arrugó los labios, girándolos ligeramente a un lado.

—Está bien, pero nada de fulanas ni locas gais —contestó.

602,41 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
13 ноября 2024
Объем:
780 стр.
ISBN:
9788417763442
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

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