Читать книгу: «Bettý»
Título original: Bettý
© Arnaldur Indridason, 2003.
© de la traducción: Fabio Teixidó, 2017.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO030
ISBN: 9788490568125
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
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... UN TIEMPO DESPUÉS
NOVELAS DE ARNALDUR INDRIDASON
Aquel iba a ser un crimen tan miserable que ni siquiera podía llamarse así. Tan solo iba a ser un vulgar accidente de tráfico, con tipos borrachos, bebidas en el coche y demás.
JAMES M. CAIN,
El cartero siempre llama dos veces
1
Todavía no he llegado a entender del todo lo que ocurrió, pero por fin sé cuál fue mi función en esta historia.
Llevo tiempo tratando de ensamblar las piezas, pero no es sencillo. Por ejemplo, no sé cuándo comenzó todo. Sé en qué momento entré en juego, recuerdo cuándo la vi por primera vez, pero quizá mi papel en aquella extraña maquinación estaba adjudicado desde hacía mucho tiempo. Mucho antes de que ella se acercara a hablar conmigo.
¿Podría haberlo visto venir? ¿Podría haberme percatado de lo que pasaba y haber escapado? ¿Haberle puesto fin y desaparecer? Ahora, tras haberse esclarecido lo que realmente sucedió, me doy cuenta de que podría haber adivinado hacia dónde se encaminaba todo. Debería haber detectado las señales de peligro. Debería haber entendido mucho antes lo que pasaba. Debería... debería... debería...
Qué fácil es cometer errores cuando se vive en la ignorancia. Ni siquiera son errores hasta que no nos damos cuenta, mucho tiempo después, de lo que ha ocurrido; hasta que no echamos la vista atrás y vemos cómo se han producido los acontecimientos y por qué. Cometí un error. Caí en una trampa tras otra. En ocasiones queriéndolo. En mi fuero interno sabía que era peligroso, pero había cosas que no sabía.
A veces pienso que seguramente volvería a caer otra vez en algunas de ellas, si tan solo tuviera la ocasión de hacerlo.
Aquí todo el mundo me trata bien. No recibo ningún periódico, ni tengo radio ni televisión, así que no me llegan noticias. Tampoco recibo ninguna visita. Mi abogado viene a verme de vez en cuando, más que nada para comunicarme que no parece haber esperanza. No lo conozco muy bien. A pesar de su amplia experiencia en casos criminales, admite que este podría irle demasiado grande. Ha hablado con todas las mujeres que localicé y que pensé que quizá me podrían ayudar, pero, según él, será difícil que lo puedan hacer. Prácticamente nada de lo que ellas puedan declarar guarda relación directa con el caso.
He pedido un bolígrafo y unas hojas de papel. Lo peor de este lugar es la calma. Aquí impera un silencio que me envuelve como una gruesa manta. Todo funciona como un reloj. Me traen la comida a horas fijas. Me ducho todos los días. Luego vienen los interrogatorios. De noche apagan las luces. Es entonces cuando me siento peor. En plena oscuridad, a solas con todos esos pensamientos. Me torturo sin cesar por haberme dejado utilizar. Debería haberlo visto venir.
Debería haberlo visto venir.
Y de noche, en la oscuridad, me invade ese profundo deseo por ella. Ojalá pudiera verla una vez más. Ojalá pudiera estar con ella una vez más.
A pesar de todo.
Ya no recuerdo sobre qué trataba el congreso que se celebraba en el cine de la universidad. Ni siquiera recuerdo el título de mi charla. Al fin y al cabo, ya no importa. Era algo acerca de negociaciones del sector pesquero islandés en Bruselas, algo relacionado con la Unión Europea y nuestras pesquerías. Proyecté unos gráficos. Lo sé, yo también me habría dormido.
Ella estaba allí. Llegó tarde y me fijé en ella inmediatamente porque era... maravillosa. Maravillosa desde el momento en que la vi entrar en la penumbra de la sala. La luz del pasillo a sus espaldas la iluminaba como a una estrella de cine. No tenía miedo de ser femenina, a diferencia de tantas otras mujeres; por ejemplo, en la sala había una con anorak que apoyaba las piernas sobre el respaldo de la butaca de delante. En cambio, la mujer que acababa de entrar llevaba un vestido ajustado de tirantes finos que dejaban a la vista sus preciosos omoplatos; su abundante cabello moreno le caía hasta los hombros y en sus ojos hundidos y marrones relucía un ligero destello blanco. Y cuando sonreía...
Me fijé en los detalles cuando se acercó hasta el estrado para hablar conmigo nada más terminar la charla. Traté de mostrar indiferencia o, mejor dicho, evité quedarme mirándola fijamente. Sus pechos eran pequeños y sus pezones se apretaban contra el vestido. Era delgada, de muslos robustos y tobillos finos, casi frágiles, como los pies de una copa de champán. En uno de ellos llevaba una cadenilla de oro. Mi madre habría encontrado una palabra para describir su caminar. «Majestuosa», habría dicho.
Me presenté y nos dimos la mano.
—Sí, conozco tu nombre —dijo—. Me llamo Bettý —añadió—. He oído hablar bien de ti.
Cerré mi maletín y la miré. ¿Cómo es que había oído hablar de mí? Tan solo hacía un año que había regresado del extranjero y que había abierto mi bufete. Pocos de mis clientes, me parece que solo dos, guardaban relación con mi especialidad: la industria pesquera. El resto del trabajo era realmente tedioso: disputas en bloques de pisos, conflictos entre aseguradoras tras accidentes automovilísticos, herencias. No me iba particularmente bien. Hasta que la conocí. Dijo que había oído hablar bien de mí. Tal vez fuera mentira. Había cuidado hasta el último detalle antes de hacer su entrada estelar en la sala. Un vestido en el que asomaban sus pequeños senos. El bonito surco entre ellos. El oro en su tobillo de copa de champán. Quizá la escena estuviera planificada para mí. Una función privada.
El baile privado de Bettý.
Él llegaría después.
—Has oído hablar bien de mí —dije—. No se me ocurre por qué...
—Por tu especialidad —me interrumpió.
—¿Cómo es que conoces mi trayectoria académica? —pregunté. Traté de sonreír fingiendo que me hacía gracia en vez de parecerme extraño o fuera de lo normal.
—Mi marido está buscando a alguien que le asesore legalmente —dijo—. Hemos estado buscando... —titubeó antes de concluir la frase— ... a la persona adecuada.
Tenía marido. Un conocido armador del norte del país. Recordé de pronto haberlos visto a los dos en una revista de cotilleos.
—¿Cómo te fue estudiando en Estados Unidos? —preguntó.
Las pocas personas que habían ido a escuchar mi charla salían de la sala mientras hablábamos. Un hombre se detuvo frente al estrado y nos miró fijamente, como esperando a que Bettý terminara, pero, al ver que nuestra conversación se alargaba, decidió marcharse.
—¿De dónde has sacado toda esa información? —pregunté dejando de sonreír.
—Me leí tu trabajo final de carrera. Me pareció muy interesante. Además, algo había salido en las noticias, si no recuerdo mal.
No recordaba mal. Todo lo que hacía estaba bien. Caí en la cuenta de que probablemente me conociera porque el tema mi tesis había suscitado cierto debate. Su publicación había despertado interés porque ponía de manifiesto la influencia del sistema de cuotas en el desarrollo económico de las poblaciones islandesas y argumentaba por qué la industria pesquera debía pagar un impuesto especial. Había olvidado lo pequeña que era Islandia. Los medios publicaban a diario noticias sobre las conclusiones de mi investigación mientras las partes interesadas del sector pesquero se tiraban los trastos a la cabeza. Durante un tiempo breve fue una de las cuestiones más candentes. Hasta que a alguien se le ocurrió subir el precio de los pepinos.
—¿Te lo leíste? —dije.
—Sí —respondió Bettý.
—No es que pueda considerarse una joya literaria precisamente.
—¿Y a quién le gusta la literatura?
Nos echamos a reír. Miré disimuladamente sus pezones y ella se dio cuenta.
2
Lo peor es el silencio.
La soledad y el silencio y todo este tiempo sin fin en el que no ocurre nada. No tengo ni idea de cuánto llevo en prisión preventiva. Se lo pregunté a mi abogado cuando vino hace dos días —o lo que a mí me parece que han sido dos días— y me dijo que íbamos por la segunda semana. Como si estuviéramos detenidos los dos. Yo habría preferido defenderme sin su ayuda, pero no sé prácticamente nada de asuntos criminales.
Solo de este.
El tiempo, que transcurre en ese profundo silencio, lo paso agudizando el oído en busca de algún sonido. De alguien que recorra el pasillo. En busca de los pasos de algún carcelero. Cada uno de ellos tiene su forma de caminar. El gordo lo hace con un andar más pesado y a veces se le oye resollar cuando llega a la puerta. Nunca dice nada. Abre, me da la bandeja de la comida y vuelve a cerrar. No sé ni cómo se llama.
Sé que hay uno que se llama Finnur. Prácticamente no deja de hablar mientras me conduce a los interrogatorios. Luego está Guðlaug. Nunca había pensado que podía haber carceleras. Al fin y al cabo, ¿quién piensa en los carceleros? Me ha hablado de sus dos hijos. Una vez también me explicó que los carceleros tienen prohibido hablar conmigo o con cualquiera que esté en prisión preventiva. No es que Guðlaug se atenga mucho a esa norma. Cuando se acerca a la puerta resuenan sus zapatos, clic-clac, clic-clac. Cuento los clic-clac. Desde el momento en que comienzan a escucharse hasta que desaparecen oigo sesenta y ocho pasos.
Un día, Guðlaug me habló de un hombre que había estado en prisión preventiva sin ninguna razón. Lo tuvieron retenido siete semanas. Cuando lo soltaron era capaz de separar sus manos un metro exacto. Ni un milímetro más ni un milímetro menos. Podía estar callado sesenta segundos justos. No fallaba ni por una fracción de segundo.
Yo pensaba que la prisión preventiva se cumplía en Reikiavik, pero se cumple fuera, en la cárcel de Litla Hraun. Estoy en Litla Hraun. ¿Acaso hay algo más desolador?
Pienso en los míos. En lo que mi madre piensa de mí. En todos los quebraderos de cabeza que le he causado. No solo ya por este caso. Sino por todo. Y en la reacción de mi hermano. No nos llevamos bien. ¿Habrá vuelto de Gran Bretaña? Según mi abogado, mi hermano tenía la intención de coger un avión a Islandia, pero, si realmente la hubiera tenido, ya habría venido. ¿Qué habría dicho mi padre? También pienso en lo que estarán diciendo los medios, aunque tampoco tiene mucha importancia. Hacía tiempo que no se encontraban con algo así. Hacía tiempo que no tenían entre manos una noticia semejante. Dicen que se trata de un caso sin precedentes. Con toda esa premeditación. Casi nunca ha ocurrido algo así en Islandia.
No sé. Como ya he dicho, no sé nada de asuntos criminales.
Y paso el tiempo pensando en el pasado.
Pensando en Bettý.
Mi charla era la última del día y ella me invitó a tomar un café. Miré el reloj fingiendo que tenía otras cosas mejores que hacer, pero ella parecía saber que no había nada esperándome en mi despacho. Traté de buscar una excusa, pero no se me ocurrió ninguna, así que asentí. Por el modo en que me sonrió, pensé que debía de haberse percatado de mi indecisión. No se rendía. Era insistente, pero sin dejar de ser la amabilidad personificada. Mantuvo su sonrisa ante mí, esperando a que dijera: «De acuerdo».
—De acuerdo —dije—. Un café rápido, quizá.
Estaba acostumbrada a que la gente le dijera «De acuerdo».
Nos trasladamos al hotel Saga. Allí la conocían. Me dijo que todos los armadores de renombre que no vivían en Reikiavik se alojaban en el hotel Saga. Daba el mejor servicio. Y no mentía. Los camareros se desvivían en atenciones. La tarde llegaba a su fin y Bettý pidió dos cafés acompañados de un buen licor y un pequeño trozo de tarta de chocolate. Lo dejaron todo encima de la mesa sin que nos diéramos cuenta.
—¿Lo anotamos en la cuenta de su habitación? —preguntó el maître. Se frotaba las manos, pero reparé en que era un gesto involuntario.
—Sí, muchas gracias —respondió ella—. Tenemos una casa aquí en Reikiavik —me explicó—, pero la están renovando. Está en el barrio de Þingholt. Mi marido la compró hace dos años, pero nunca la hemos usado. Su idea era derribarla y construir una nueva en la misma parcela, pero luego se replanteó las sugerencias del arquitecto de interiores y...
Se encogió de hombros, como si le diera igual que la casa de Þingholt siguiera en pie o se viniera abajo.
—Mmm... —mascullé mientras saboreaba un delicioso trozo de tarta.
Empecé a pensar en mi pequeño apartamento. Mis compañeros de la Facultad de Derecho se habían mudado enseguida a una casa unifamiliar. Tenían cochazos, iban a esquiar a Austria, a tomar el sol a Italia o a comprar a Londres. Quizá a mí también me apeteciera seguir sus pasos y hacer fortuna. Quizá fuera esa la razón por la que estoy aquí. Nunca he sabido manejar bien el dinero. Cargaba a mis espaldas con enormes préstamos universitarios. También pagaba mi diminuto apartamento a base de préstamos. Mi coche no siempre arrancaba cuando yo quería.
La situación tenía que cambiar.
—Pasamos mucho por Reikiavik —dijo Bettý. Abrió una pitillera y sacó un cigarrillo sin filtro. Más tarde me comentó que eran unos cigarrillos griegos que importaban especialmente para ella. Los fabricantes se negaban a colocar una advertencia en las cajetillas aunque sus cigarrillos contuvieran una mayor cantidad de sustancias tóxicas que los estadounidenses. Lo encendió con un mechero de oro. Al retirárselo de la boca se quedó marcado en la boquilla el rojo de sus labios.
—¿Dónde vivís, por cierto?
—En el norte, en Akureyri. Mi marido es dueño de una naviera. Es del este. Yo soy de Reikiavik. Llevamos viviendo juntos siete años.
—¿Y es él quien busca asesoramiento jurídico?
—Sí. Ahora está reunido con los de la asociación de armadores islandeses. Vendrá en cualquier momento.
—Y, para hacer tiempo, te vas a un congreso sobre gestión pesquera y la Unión Europea.
Se echó a reír.
—Mi marido sabía que ibas a estar en ese congreso y me pidió que hablara contigo. A veces hago algo de utilidad para su empresa. Sobre todo cuando a él le toca entretener a otros armadores o a los copropietarios de todas esas sociedades anónimas. O a los extranjeros con los que negocia, casi todos alemanes.
—¿Y te pidió que te pusieras en contacto conmigo?
—¿Lo podrías ver hoy? Mañana nos vamos al norte, pero esta noche se celebra un baile de la asociación. Aquí en el hotel. Si te interesa, puedo... Aunque a lo mejor no tienes tiempo. O quizá no te apetezca...
—¿Por qué le hace falta asesoramiento jurídico?
—Por los extranjeros. Necesita tener clara su posición ante la Unión Europea. Ya conoces todo ese rollo burocrático. Además, no comprende los acuerdos. Están redactados en ese lenguaje jurídico que solo saben descifrar los expertos en el tema. Tú ya me entiendes. Apenas sabe inglés.
Apagó el cigarrillo.
—Paga bien —comentó. El cigarrillo debía de ser fuerte. Su voz se había vuelto más ronca. Tenía esa clase de voz áspera, grave y sexi—. No tienes que preocuparte por eso —continuó—. Perdona, ¿fumas? Debería haberte ofrecido.
—No, gracias, no fumo.
—¿Más café?
—No puedo —dije—. Tengo que irme.
—¿Te veré esta noche?
La misma insistencia educada. Quería decirle que lo dejara correr, levantarme y marcharme; había algo en ella que me irritaba. Me daba la impresión de que yo no tenía nada que ver con ella. Y de que tampoco tenía nada que ver con su marido ni con su enorme naviera en el norte de Islandia; ni con su riqueza ni con su casa en el barrio pudiente de Þingholt, esa que podrían derribar tranquilamente. De que no pintaba nada en aquel mundo donde los camareros se desvivían por servir platitos de tarta.
—Sé que mi marido tiene muchas ganas de conocerte —dijo.
Seguía insistiendo.
—Es que... —dije tratando de buscar las palabras adecuadas—. Agradezco todo esto, pero no entiendo a qué viene. No sé quién eres, nunca te he visto antes. Tengo una ligera idea de quién es tu marido y conozco por encima su empresa, probablemente como todo el mundo en Islandia. Si tiene interés en que trabaje para él o en darme algún proyecto, puede contactar conmigo en mi despacho, como los demás. Gracias por el café.
Me levanté y ella me dio la mano mientras también se levantaba.
—¿Entonces no vas a ir al baile esta noche? —preguntó. Me miró con sus ojos marrones como si le hubiera pasado desapercibida mi tentativa de hacerle ver que no necesitaba nada ni de su marido ni de su dinero.
—No conozco a nadie.
—Me conoces a mí —dijo sonriéndome con los ojos, como si ya compartiéramos un pequeño secreto.
He declarado una y otra vez mi inocencia en los interrogatorios. Mi abogado me había recomendado hacerlo desde el principio.
No sé qué piensa él del caso. He dejado mi vida y mi honor en sus manos, así que debo confiar en él. Sé que ha llevado importantes casos criminales. Una vez fue a la Facultad de Derecho para hablarnos de algunos de ellos en las clases de Derecho Penal. Ha defendido a traficantes de drogas, ladrones, agresores y asesinos. La policía lo conoce muy bien. Es casi como un viejo amigo de los carceleros. Es delgado y calvo, tiene unos sesenta años y su bigote caído le da un innecesario aire de tristeza.
—¿Qué dice la gente? —le pregunté un día—. ¿Qué piensa la gente?
—No te preocupes por eso —dijo mientras abría su gran maletín.
—¿Cómo va el recurso?
—El Tribunal Supremo lo ha denegado. Estarás aquí todo el tiempo que quiera la policía.
—Supongo que no colaboro lo suficiente —admití.
—Ni siquiera has querido hablar conmigo —dijo acariciándose el bigote.
Era verdad. Me costaba hablar de lo sucedido. Me costaba reconocerlo. Mi abogado afirmaba ser una persona paciente. Decía que al fin y al cabo era mi vida. Pero también insistía en que mi actitud no mejoraba mi situación. Que debía cooperar más con él y con la policía. Sé muy bien a qué se refería. La prisión preventiva te hace reflexionar y poner las cosas en su contexto.
—De todas maneras —dijo—, te he traído algunos libros para que tengas algo para leer.
Me dio una novela, la biografía de un político y la historia de un hombre inocente que había pasado semanas y meses en prisión preventiva.
—He pensado que podrían ayudarte un poco —me explicó.
—Todavía tendré que pasar mucho tiempo aquí dentro, ¿no? —dije.
Se encogió de hombros.
—No tiene buena pinta —reconoció—. Ojalá quisieras contar exactamente lo que ocurrió.
—¿Qué dice la gente? —pregunté de nuevo.
—No te preocupes por eso —insistió—. Hay otras cosas que me preocupan más que el qué dirán.
Los agentes que llevan la investigación son al menos cuatro. Aunque doy por hecho que les estará asistiendo todo un ejército de policías. Son ellos cuatro los que me interrogan, de dos en dos. Como en las películas. Siempre se piensa que la vida no es como en las películas, pero luego sí lo es. En la sala de interrogatorios hay un espejo enorme y sé que en ocasiones hay gente detrás, aunque no pueda verla. Seguramente altos cargos. Pero no siempre hay alguien observando. Según el comportamiento de los agentes, puedo deducir cuándo hay alguien al otro lado. Se les ve más inquietos y están más alerta. Cuidan su lenguaje. Muestran algún tipo de síntoma. También están mucho más preocupados que yo. Cuando sus superiores no están al otro lado del cristal, bajan la guardia. Los cuatro pertenecen a la policía judicial y me interrogan siempre en pareja, como por turnos.
Entre ellos hay una mujer. Me causa algo de recelo. Guarda cierta distancia. Los otros tres hacen bromas, aunque se esté hablando en serio. Ella, en cambio, no sonríe nunca. Quizá sea solo su manera de ser. Quizá me tenga miedo. Me mira con dureza y me hace preguntas que lleva escritas en una hoja, lo que le da a la escena un aire teatral. El interrogatorio en sí no es más que una gran función teatral. El escenario está delimitado, hay pocos actores, mucho drama y, como siempre, la paga el que peor lo hace.
Cuando les pregunté acerca del espejo me dijeron que lo acababan de poner, igual que la grabadora. Se había celebrado un juicio contra la policía y a partir de entonces grababan todos los interrogatorios.
—¿Quién hay detrás del espejo? —pregunté.
—Nadie —me respondieron.
—Entonces ¿por qué tenéis aquí un espejo tan grande?
—Somos nosotros los que hacemos las preguntas —cortaron.
—¿Y no os parece raro? ¿Un espejo de esas dimensiones en una sala tan pequeña?
—Eso no es asunto nuestro.
Una vez trataron de montar el numerito que sale en todas las películas de policías. Su investigación no avanzaba y volvieron a llamarme para interrogarme. Cuando llegué, saltaba a la vista que no había nadie detrás del espejo porque no cuidaban especialmente su lenguaje y se les veía relajados; entonces uno de ellos comenzó a exaltarse haciendo como que me iba a atacar mientras el otro trataba de tranquilizarlo.
Al verme sonreír parecieron perder fuelle y lo dejaron.
Es la única vez que me he reído aquí.
3
Bettý me llamó al final de la tarde.
Yo acababa de llegar a casa después de haberle dedicado unas cuantas horas a un contrato de división de propiedad relativo a un inmueble en el barrio de Breiðholt. Uno de mis compañeros de la universidad era el presidente de la comunidad de propietarios y me había encargado el proyecto porque sabía que tenía poco trabajo. A menudo pensaba en buscar alguna cosa en condiciones. Especializarme en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Trabajar en otros gabinetes. Solo me hacía falta la energía para hacerlo. En realidad, disfrutaba de la soledad. De algún modo, nunca he podido imaginarme trabajando para otros o con otros. Yo soy así, y así he sido toda mi vida.
Lo más sorprendente era que no podía quitarme a Bettý de la cabeza desde que nos despedimos ese mismo día en el hotel Saga. Tenía algo, pero solo ahora creo saber lo que era. La envolvía un halo de confianza y seguridad en sí misma del que no me había percatado en ese momento. Para ella todo era un juego al que ya había jugado antes. Era muy consciente de su belleza y probablemente siempre la había utilizado para obtener lo que quería. Conozco pocas mujeres tan conscientes de la fuerza que les concede su belleza y atractivo sexual. Llevaba toda la vida manipulando a la gente a su antojo y era tan hábil que nadie se daba cuenta de ello hasta que no había caído ya en sus redes.
—Me ha regañado —dijo al teléfono con la voz ronca, como si se hubiera fumado uno de sus cigarrillos griegos.
—¿Quién? ¿Tu marido?
—Por no haberte mencionado los honorarios —dijo—. No hemos hablado de lo que cobrarías.
—Tampoco hemos quedado en que fuera a hacer algo para vosotros.
—Él quería que te dijera lo que cobrarías. ¿Podrías venir esta noche? Está ansioso por conocerte y contratarte.
Ahora, echando la vista atrás, pienso que quizá fue en ese momento cuando ocurrió. Si me hubiera negado, me habría dejado en paz y se habría marchado. Tal vez lo habría vuelto a intentar al día siguiente. O tal vez no. Pero fue en ese momento cuando cometí mi primer error.
Probablemente lo que pasaba es que me aburría. No ocurría nada emocionante en mi vida. En realidad, no es que buscara emoción, pero sí quería un cambio. Quizá aquel trabajo que me ofrecían pudiera servirme de trampolín. Podría haber otras navieras que se interesaran en contratarme. Podría dedicarme a lo que realmente dominaba y a mi especialidad. Ya no más contratos de división de propiedad en Breiðholt.
Y, además, estaba el dinero. Puede que fuera mera curiosidad. Puede que simplemente quisiera saber cuánto estaba dispuesto a ofrecerme ese tipo de gente y dónde estaban los límites de su mundo de multimillonarios. Era verdad que me hacía falta el dinero y, a poder ser, en grandes cantidades. No es que me encontrara rozando el umbral de la pobreza, pero no tenía ni un céntimo.
—¿Cómo funciona lo del baile? ¿Tengo que pagar para entrar?
—Nos alojamos en la suite más grande del hotel —dijo, y visualicé su sonrisa—. Acude allí.
Tenía algo de ropa elegante de cuando me gradué en la Facultad de Derecho, aquí en Islandia. Llevaba tres años colgada en mi armario. No tenía nada más que ponerme. Me miré al espejo y pensé que bastaría para salir del paso. No había ganado peso en esos tres años. Más bien al contrario. Ya digo que no podía permitirme muchos lujos.
No sabía que el hotel Saga tuviera una suite especial de lujo y menos tan ostentosa. Bettý me explicó que la acababan de renovar. Seguramente se había fijado en que me había quedado con la boca abierta, como los niños pequeños. La chica de la recepción me había dedicado una extraña sonrisa al decirle que me dirigía a la suite para ver a Bettý y a su marido. No tendría más de treinta años, era rubia y un poco regordeta, con pechos grandes y unas caderas anchas muy bonitas. Me señaló el ascensor y me dijo que me divirtiera.
«Que se divierta».
Pensé que se refería al baile. Pero ahora creo saber lo que quería decir realmente. Era ese tipo de sonrisa, como si ella ya hubiera estado alguna vez allá arriba. En la suite.
Bettý me recibió en la puerta. La suite tenía tres estancias. El salón era gigantesco y una espesa moqueta blanca tapizaba todo el suelo, incluso el de los dos cuartos de baño. En las paredes colgaban obras recientes de pintores islandeses. Niños desnudos con alas de ángel e inquietantes caras de adulto. La mesa del comedor era de roble argentino, o eso creo que me dijo Bettý. Le encantaba hablarme de todos aquellos objetos. Me ofreció una copa de champán que cogió de una bandeja de plata. La suite estaba en penumbra, con todas las cortinas cerradas y las luces atenuadas. Había hecho su suite-apartamento lo más acogedora posible. Bebí un sorbo de champán y me pareció oír cómo tintineaba su cadenilla de oro.
—Está reunido —señaló—, pero vendrá enseguida. Cuánto me alegro de que hayas podido venir.
Sonrió. Y su sonrisa... Por fin entendí por qué había ido. La razón principal era ella. Bettý. En el fondo, deseaba verla otra vez. Verla sonreír. Dios mío, qué guapa era.
Dios mío, qué ganas tenía de ella.
—No tenía nada decente que ponerme —comenté mirando su elegante vestido de fina seda, que realzaba cada curva de su cuerpo. No llevaba sujetador, como cuando la vi por la tarde ese mismo día.
Di otro sorbo de champán y traté de mirar a otra parte. Traté de mirar los cuadros.
—No te preocupes —dijo—. Casi todos los armadores llevan chaleco de lana y botas de goma. Además, seguro que ya van todos como cubas por ahí abajo.
—Esta suite no es una bagatela —dije—. ¿La costean los beneficios de las cuotas?
No quería sonar mordaz, pero tampoco tenía nada que perder y quizá no fuera más que envidia. No sé. Me indignaba toda aquella opulencia. Gastaban más en una escapada a Reikiavik para asistir a un baile de lo que gana un asalariado normal y corriente en medio año.
—Todavía tienes que conocer a mi marido —dijo soltando una carcajada. Al echarse a reír me di cuenta de que se tocaba una ceja con prudencia, como si le doliera. La miré sonriendo y me fijé en que tenía un ojo morado, aunque cuidadosamente disimulado por los cosméticos más caros del mundo. No lo tenía así cuando nos habíamos visto por la tarde. Algo había ocurrido entre nuestros dos encuentros. Algo entre ella y su marido, supuse. No los conocía de nada y tampoco tenía claro que tuviera ganas de conocerlos. Salvo a ella. Le pregunté directamente:
—¿Llevas un ojo morado?
—¿Se nota mucho? —preguntó preocupada.
—¿Por qué llevas un ojo morado? Esta tarde no lo llevabas.
—Torpe de mí —dijo—. Estaba en el baño con la puerta abierta cuando ha sonado el teléfono. Al salir a cogerlo, me he dado de bruces contra la puerta. No la he visto. No me había pasado nunca una cosa así. ¿Se nota?
—No —respondí.
—Pero tú sí que lo has visto.
—Nadie más se va a fijar —dije.
Dudó por un instante.
—¿Seguro?
—Van todos como cubas con sus botas de goma —le recordé.
En ese momento se abrió la puerta de la suite y entró su marido.
Lo reconocí enseguida porque era uno de los peces más gordos y los medios recurrían a él cuando sucedía algo digno de mención en el sector pesquero. Era alto, corpulento y se le veía siempre bronceado. Tenía las facciones marcadas y una incipiente calvicie. Pensé que me saludaría al verme. Bettý había dado a entender que para él era crucial contratarme y, sin embargo, allí en la suite hizo como si no existiera.
—¿Todo bien? —le preguntó a Bettý dándole un beso en el ojo morado.
Ella me sonrió misteriosamente con la mirada.
—¿Es que no vas a saludar a tu especialista en temas jurídicos? —preguntó modulando de repente su voz griega.
—Ah, ¿eres tú? —dijo en tono seco girándose hacia mí.
Nos dimos la mano. Brevemente. Traté de mirarle a los ojos, pero su mirada ya estaba posada en el bar.
—¿Quieres tomar algo? —le preguntó a Bettý caminando hacia el bar y haciendo como si yo no estuviera. Me parecía una extraña forma de comportarse para lo mucho que le interesaba contratarme.
—Ginebra —respondió—. ¿Y tú? —me preguntó.
—Yo creo que ya me voy —dije—. No puedo quedarme.
—¿Tanto tienes que hacer? —dijo el armador sirviéndose una copa de ginebra.
—Hasta luego —le dije a Bettý.
—¿Cuánto ganas al año? —me preguntó él.
Di media vuelta y, cuando estaba a punto de salir de la suite, se echó a reír. Me detuve y lo miré sin entender qué le hacía tanta gracia.
—Estos picapleitos... —dijo.
—¿Qué pasa con ellos? —dije.
—Se creen superiores.
Miré a Bettý y vi que estaba abochornada.
—¿Siempre eres así de grosero? —le reproché.
Caminó hacia mí.
—No sabía que los picapleitos pudieran ser tan susceptibles.
—Tozzi —dijo Bettý—, ¿es que siempre te tienes que comportar así?
Recuerdo haber pensado que el dinero había creado a aquel hombre. Podría haberle dado mi opinión sobre toda aquella panda de necios a los que no les había apetecido estudiar y a los que la educación les parecía una estúpida pérdida de tiempo. Tenían complejo de inferioridad porque sabían que la gente que contrataban era mucho mejor que ellos. Seguro que aquel hombre no sabía ni leer en otro idioma. Pero tenía seguridad en sí mismo, como todos los que no necesitan preocuparse de ganarse la vida. Pensaba que podía permitirse el lujo de comportarse como le diera la gana porque era rico. Su confianza en sí mismo apestaba a dinero.
Ella lo llamaba Tozzi.
No sé por qué me fijé en eso. Quizá por la manera en que ella lo miraba. Había algo entre ellos que no entendía bien y que todavía no entiendo. De alguna forma no pude evitar una pregunta:
—¿Podría ir al baño un momento? —dije mirando a Bettý.
—Faltaría más —dijo aliviada al ver que se distendía ligeramente el ambiente. Miré en dirección a Tozzi esbozando una sonrisa.
Me miré en el espejo del cuarto de baño. Mientras tanto, ellos discutían acaloradamente en la suite. Discutían sobre mí. Yo no llegaba a comprender lo que sucedía: ella había dado a entender que su marido estaba deseoso por contratarme, pero luego él no me había recibido precisamente de una forma muy amigable. Miré a mi alrededor. Mis sospechas resultaron fundadas. Había un teléfono en el cuarto de baño. Siendo una suite de lujo, seguro que en el otro cuarto de baño también había otro.
Me había dicho que se había golpeado contra la puerta al salir del baño para coger el teléfono. ¿Por qué no había respondido desde el propio baño? ¿Por qué había mentido sobre su ojo morado? ¿Sería Tozzi el responsable? ¿Era Tozzi tan rico como para pensar que podía pegar a su mujer?
Tiré de la cadena y dejé que corriera el agua del grifo del lavabo. Esperé medio minuto y salí. Habían estado discutiendo todo el tiempo que pasé en el baño.
—Ya está todo arreglado —dijo Bettý mirando a Tozzi—. Solo queda saber cuánto cobras por hora.
Me lo pensé un poco. Después dije una cifra disparatada.
—De acuerdo —convino él.
—Pero no me interesa trabajar para ti —dije caminando hacia la puerta.
Escuché su carcajada detrás de mí. Abrí la puerta, me giré y la miré.
Sus pequeños pechos se dibujaban bajo el vestido. La luz incidió sobre ella de tal manera que pude ver que no llevaba ropa interior.
4
¿Cómo he llegado hasta aquí?
¿Qué tiene que ocurrir para que alguien como yo termine en un sitio como este?
No arrastro un pasado delictivo. Nunca he tenido problemas con la justicia, como suele decirse. Supongo que soy como el resto de la gente: respeto la ley, pago los parquímetros y nunca me salto los semáforos. Como mucho, cuelo en la aduana una botella de alcohol más de lo permitido. Casi todos somos así.
¿Qué es lo que se ha torcido? ¿Cómo he pasado de llevar una vida tranquila y monótona a vivir este infierno?
Tal vez llevara una vida más solitaria de lo que creía. Tenía muy pocos amigos y seguramente ahora no me quede ninguno después de lo ocurrido. Nunca he necesitado tener amigos. Mi familia es pequeña y tiene muchos defectos de los que prefiero no hablar. Quizá no presto mucha atención a la gente. Quizá...
Bettý rompió mi aislamiento. Quizá fuera esa otra razón por la que me parecía una mujer interesante. Apareció en el momento adecuado, detectaba enseguida el punto débil de la gente y era peculiarmente resuelta y atrevida. Bettý no tenía escrúpulos.
Puede que yo fuera una presa fácil y seguramente no opusiera demasiada resistencia al principio. No tengo ninguna excusa, salvo el hecho de que no sabía ni de dónde soplaba el viento. Bettý me pilló por sorpresa. No me esperaba en absoluto que fuera tan atrevida. Sin apenas conocernos. Y eso la hacía irresistible. Aquella desinhibición.
Sé que era todo por deseo.
El deseo que habitaba en ella y el deseo que habitaba en mí.
No dejó de llamarme durante las semanas siguientes.
Le costó conseguir que volviéramos a vernos. Su voz griega podía aparecer al otro lado del teléfono en cualquier momento. A veces pasaba varios días sin llamarme y a veces recibía dos llamadas suyas la misma tarde. Quizá me irritaba menos de lo que yo creía. Su insistencia y su tenacidad no me molestaban. Bettý nunca podía molestar. Es más, a veces, cuando me aburría por las tardes, deseaba que me llamara. Y entonces pensaba en cómo se le marcaban sus pequeños pezones bajo el vestido.
Una tarde me rendí finalmente tras una conversación telefónica un tanto arisca.
Acababa de entrar por la puerta de casa cuando comenzó a sonar el teléfono. El trabajo en el bufete me había quitado todas las ganas de cogerlo. Los dueños del bloque de Breiðholt llevaban todo el día quejándose porque todos veían algún tipo de pega en el contrato. Reconocí su número en la pantalla. Dejé que sonara. Entré en el cuarto de baño y abrí el grifo de la bañera. Busqué un disco de Bob Dylan, lo puse en el tocadiscos, me metí en el agua caliente y dejé que el cansancio se disipara. El teléfono volvió a sonar en el salón. Sabía que era ella.
Nunca debí haberlo cogido. Si hubiera sabido todo lo que sé ahora, jamás habría respondido. Pero ¿qué sabemos del futuro? Eran las nueve pasadas y ya había llamado dos veces más. Pensé que no me dejaría dormir, así que lo cogí. Quería colgar pronto.
—¿Quieres dejar de llamarme? —pregunté sin darle tiempo a que dijera quién era.
—¿Sabías que era yo? —dijo.
—Déjame en paz.
—¿Has dejado que te llamara toda la tarde sin cogérmelo?
—Deja de llamarme. No te conozco de nada. No sé qué quieres de mí. Tu marido es un mamarracho que, a la vista está, no tiene ninguna intención de contratarme, así que no entiendo cuáles son tus propósitos y ¡quiero que me dejes en paz!
No se inmutó.
—¿Podemos vernos? —preguntó—. Tozzi quiere que trabajes para él. En el hotel solo se estaba haciendo el chulo. Siempre tiene que andarse con chulerías. Solo quería ver cómo reaccionabas. No lo decía en serio.
Decidí preguntarle por su ojo morado. Todavía no lo había hecho y, de pronto, me pareció que era un buen momento.
—¿Por qué no cogiste el teléfono del baño? —le pregunté.
Tardó un poco en responder. Cuando por fin entendió la pregunta, trató de eludir el tema.
—No sé de qué estás hablando. ¿Podemos vernos?
—De cuando te diste contra la puerta —expliqué—. Dijiste que estabas saliendo del baño para coger el teléfono del salón, pero había otro teléfono en el mismo baño que también había sonado y podrías haber cogido.
Silencio de nuevo.
—Te lo contaré si quedas conmigo.
Me estaba empezando a irritar.
—Déjalo —dije—. No tengo ningún interés en saberlo. No tengo ningún interés en tus secretitos con «Tozzi». Déjame en paz. No vuelvas a llamarme.
Acto seguido colgué el teléfono. Pasó una media hora hasta que volvió a sonar. Lo miré fijamente. Era el mismo número que había estado llamando toda la tarde. Sonreí. Y respondí.
—No piensas darte por vencida —dije.
—No hasta que me prometas que vas a quedar conmigo —insistió. Pude oír su bocanada de humo griego; me imaginé el rojo de sus labios y la marca del carmín sobre el papel del cigarrillo.
—¿Dónde? —pregunté.
Su casa de Þingholt era inmensa. Había salido en las noticias el día en que la había comprado su marido porque había competido con un vendedor de coches por su adquisición. Al finalizar la puja, había pagado por la propiedad veinte millones de coronas más de lo que costaba inicialmente. Por dentro solo quedaba lo que creo que se llama la obra bruta. Hasta habían arrancado las puertas. Habían demolido una pared para ampliar la cocina y habían tirado todos los equipamientos. En el resto de las estancias y habitaciones solo se veía un suelo de piedra desnudo. Habían abierto vanos para colocar puertas nuevas y habían agujereado el suelo para construir una escalera de caracol que llegaría hasta el sótano, todavía por hacer. Las ventanas estaban cubiertas con trapos para protegerlas de la pintura.
Cuando llegué, Bettý estaba fumando en uno de los tres salones de la casa. La puerta de la entrada estaba abierta. Llamé y la oí decir que pasara. Lucía un elegante conjunto beis. Llevaba una falda corta que apenas le cubría la mitad de los muslos y unos zapatos claros de tacón alto. Nos dimos la mano y se ofreció a enseñarme la casa. Recorrimos las habitaciones y me pareció una casa fría y desolada. Recuerdo haber pensado que, por mucho que el rey de las cuotas invirtiera otros cien millones en ella, seguiría siendo una casa fría y desolada.
—¿Tenéis hijos? —le pregunté.
Negó con la cabeza.
—Aquí vais a tener mucho sitio para los dos —comenté.
Estábamos en la cocina y me enseñó dónde iban a instalar la cocina de gas. Mostraba un especial interés en describirme la casa y me explicaba detalladamente cómo eran las baldosas y el parqué. Me dijo que, aun así, la casa era sobre todo cosa de Tozzi. Toda aquella construcción monstruosa.
—Dice que los hijos ya llegarán. Ahora no está para otras cosas que no sean ganar dinero —explicó.
Daba la impresión de que su marido no tenía tiempo para ella. Hablaba en un tono desganado y triste. No me sentía a gusto en aquella cocina y no tenía claro si quería conocer a aquel matrimonio. Tenían algo de despiadado, una especie de falta de escrúpulos, algo de descarado, como si no conocieran límites. Los dos tenían algo de repulsivo y burdo, pero al mismo tiempo poseían un extraño encanto.
—¿Te gustaría tener hijos? —pregunté.
—Lo hemos intentado —dijo—. Quizá ocurra algún día.
Siguió mostrándome la casa hasta que llegamos a la estancia más grande del piso de arriba. Dijo que iba a ser el dormitorio de matrimonio y me describió cómo lo amueblaría ella si estuviera en su mano decidirlo.
Asentí sin mostrar más interés del necesario.
—¿Vas a trabajar para nosotros? —preguntó.
—Creo que no tengo ningún...
—Ya lo creo que sí —interrumpió. La palabra volvió a venirme a la cabeza: «majestuosa». No sabía qué perfume usaba, pero nos había seguido por toda la casa como si fuera la advertencia de algo peligroso y a la vez excitante.
—Hazlo por mí —pidió acercándose a mí.
—En cualquier caso, necesito el dinero —dije por decir algo.
Se me acercó todavía más con sus tacones de aguja y su falda ajustada, que hacía sus muslos tan seductores que me costaba apartar la vista de ellos. La miré sin moverme del sitio. Miré el brillo de sus ojos castaños, sus labios gruesos y su bello rostro, casi sureño.
Llegó hasta mí.
—Te prometo que no te arrepentirás —dijo bajando la voz.
No había nadie en la casa salvo ella y yo. Me había contado que las obras comenzarían al día siguiente y que esperaban la llegada de una horda de obreros para decorar el palacio del rey de las cuotas. Me invadía la confusión. No sabía si debía quedarme allí, si debía disculparme y despedirme amablemente o salir corriendo para no volver jamás a aquel lugar.
Tuve la impresión de que me estaba leyendo el pensamiento.
—No te preocupes —dijo en un tono casi imperceptible.
Entonces hizo algo que no podré olvidar en mi vida.
Me recorrió con la mirada de arriba abajo, me cogió la mano y la dirigió hacia su muslo. Yo no le quitaba los ojos de encima. Guio mi mano hacia arriba hasta alcanzar el dobladillo de su falda, la introdujo por debajo y continuó deslizándola. No llevaba pantis sino unas medias altas de nailon con liguero. Mis dedos acariciaron el elástico. No sabía qué hacer. Nunca me había ocurrido nada semejante. Su boca se abrió y dirigió mi mano por el interior de su muslo hasta que pude sentir su dulce calor. Entonces me di cuenta de que no llevaba ropa interior.
Iba a retirar mi mano, pero ella lo notó y me agarró con fuerza de la muñeca.
—No te preocupes —repitió con suavidad.
Su rostro se acercó al mío y me besó. Casi instintivamente abrí la boca y sentí su lengua penetrar en mí, ligera, prudente y temblorosa.
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