Читать книгу: «Invierno ártico»

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Título original: Vetrarborgin

© Arnaldur Indriðason.

© de la traducción, Enrique Bernárdez Sanchís, 2012.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO540

ISBN: 978-84-905-6083-9

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Nota sobre los nombres propios islandeses

Cita

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Notas

NOTA SOBRE LOS NOMBRES PROPIOS ISLANDESES

Los islandeses siempre se tratan por el nombre de pila, puesto que la mayoría de ellos tienen un patronímico que termina en —son en el en el caso de los hijos, y en —dóttir en el caso de las hijas. Los nombres de las personas no se ordenan por el apellido, sino por el nombre, incluso en la guía telefónica. Aunque pueda parecer extraño, los policías, a pesar de las jerarquías, se llaman por el nombre de pila, y también entre policías y criminales.

El nombre completo de Erlendur es Erlendur Sveinsson, y el de su hija, Eva Lind Erlendsdóttir. Los matronímicos son menos frecuentes, aunque también se usan, cada vez más. En tal caso, una niña llamada Audur, cuya madre se llama Kolbrún, sería Audur Kolbrúnardóttir (la hija de Kolbrún).

Sin embargo, algunas familias tienen apellidos tradicionales que pueden ser nombre de lugar, adaptaciones de nombres islandeses al estilo danés o derivados directamente del danés como resultado del gobierno colonial que duró hasta principios del siglo XX. Briem es uno de esos apellidos y por ello no revela el género de su propietario. En el caso de Marion Briem, el ambiguo nombre de pila hace incrementar la intriga.

Por otra parte, los nombres islandeses son, en su gran mayoría, significativos, y los autores juegan frecuentemente con sus significados. Por ejemplo, Erlendur quiere decir «forastero»

¿... quién seré yo, el que sigue vivo o el que murió?

STEINN STEINARR, En el cementerio

1

Se podía deducir su edad, pero era más difícil hacerse una idea sobre su lugar de origen.

Pensaban que tendría unos diez años. Llevaba un anorak gris, desabrochado, con capucha, y pantalones de camuflaje, de colores verde y marrón, como los militares. En la espalda llevaba una mochila escolar. Una de las botas se le había caído y vieron que el calcetín tenía un agujero. Por él asomaba un dedo. El muchacho no llevaba guantes ni gorro. El pelo negro se le había congelado. Estaba tumbado sobre el vientre, con una mejilla vuelta hacia ellos, y sus ojos muertos los miraban desde la tierra helada. Debajo de él había un charco de sangre que había empezado a helarse.

Elínborg se puso en cuclillas al lado del cuerpo.

—Dios mío —suspiró—. ¿Cómo es posible?

Acercó la mano como si quisiera tocar el cuerpo. Parecía como si el niño se hubiera tumbado a descansar. Estaba muy afectada. Como si se negara a creer lo que veía.

—No lo toques —dijo Erlendur con calma. Estaba junto al cuerpo, acompañado por Sigurður Óli.

—Debió de pasar mucho frío —dijo Elínborg en voz baja, y retiró la mano.

Estaban a mediados de enero. El invierno había sido aceptable hasta Nochevieja, cuando empezó a hacer bastante frío. Una coraza de hielo duro cubría el suelo y el viento del Norte silbaba y aullaba junto al bloque de apartamentos. Grandes ráfagas de nieve barrían la tierra. Los copos se acumulaban en pequeños montones aquí y allá, y la fina nieve de la superficie formaba remolinos con el aire. El viento polar les mordía el rostro, se les colaba en la ropa y les llegaba hasta los huesos. Erlendur hundió aún más las manos en los bolsillos del grueso abrigo y tiritó. El cielo estaba encapotado y casi reinaba la oscuridad, aunque apenas eran las cinco.

—¿Por qué fabricarán esos pantalones militares para niños? —preguntó.

Estaban los tres apiñados sobre el cuerpo del muchacho. Las luces azules de los coches patrulla se reflejaban en el bloque de apartamentos y las casas unifamiliares cercanas. Unos cuantos transeúntes se habían ido juntando alrededor de los coches. Los primeros periodistas ya habían llegado. Los de la Científica hacían fotos como locos y sus flashes competían con las luces parpadeantes. Tomaban muestras del lugar en el que yacía el muchacho, y de todo lo que había alrededor. Estaban en la primera fase de la investigación del escenario del crimen.

—Esos pantalones están de moda —dijo Elínborg.

—¿Te parece mal que los niños lleven estos pantalones? —preguntó Sigurður Óli.

—No lo sé —dijo Erlendur—. Sí, me parece raro —concluyó.

Recorrió con la mirada el bloque de apartamentos. En algunos lugares había gente en los balcones, a pesar del frío, mirando. Otros se mantenían en el interior y se contentaban con mirar por las ventanas. Pero la mayor parte de los inquilinos aún estaba trabajando, y las ventanas de sus apartamentos estaban cerradas. Habría que ir por todos los pisos a hablar con la gente del bloque. El testigo que encontró al muchacho dijo que vivía allí. A lo mejor estaba solo y se cayó por el balcón, y entonces todo se podría explicar como un absurdo accidente. Erlendur prefería esa opción a que alguien hubiera matado al niño, cosa que le parecía imposible.

Miró a su alrededor. El patio del bloque no parecía estar demasiado cuidado. En el centro del patio había un pequeño parque de juegos infantiles con gravilla en el suelo. Había dos columpios, uno roto, con el asiento colgando, meciéndose con la brisa; un tobogán de hierro que alguna vez estuvo pintado de rojo pero que ahora estaba desconchado y oxidado; y un sencillo balancín con dos diminutos sillines: un extremo se había quedado congelado en el suelo, el otro apuntaba al aire como un gigantesco cañón de escopeta.

—Tenemos que encontrar la bota —dijo Sigurður Óli.

Todos miraron el calcetín agujereado.

—No me lo puedo creer —dijo Elínborg con un suspiro.

Los miembros de la sección de investigación buscaban huellas en el patio, pero había comenzado a oscurecer y no parecía haber huella alguna en el hielo endurecido. El patio estaba cubierto por una capa de hielo muy resbaladiza, con pequeños claros de hierba aquí y allá. El médico jefe del distrito de Reikiavik ya había certificado la defunción y permanecía en un lugar en el que creía que podía resguardarse del viento del Norte e intentaba encender un cigarrillo. No estaba seguro de la hora de la muerte. Seguramente no hacía ni una hora, pensaba. Dijo que un especialista en medicina forense necesitaba comparar la temperatura exterior y la corporal para calcular la hora del deceso. En la primera inspección de urgencia no había podido descubrir la causa del fallecimiento. Probablemente una caída, dijo, y alzó los ojos hacia el siniestro edificio.

No habían movido el cuerpo. Un forense venía de camino. A ser posible, quería ver el escenario e inspeccionar las circunstancias de la muerte con la policía. Erlendur estaba preocupado porque cada vez había más gente a la entrada del bloque de apartamentos que podía ver el cadáver iluminado por los flashes. Los coches pasaban despacio porque los ocupantes también querían ver la escena. Estaban montando unos pequeños focos para explorar mejor el entorno. Erlendur sugirió a un policía que protegiera el perímetro de los mirones.

Desde el patio se podía ver que las puertas de todos los balcones desde los que se podía haber caído el niño parecían cerradas. Las ventanas también lo estaban. El bloque de apartamentos era todo menos pequeño, formado por seis pisos y cuatro escaleras. No estaba bien conservado. Las barandillas metálicas de los balcones estaban oxidadas. La pintura estaba descolorida y en algunos lugares se veían desconchones en la fachada. Desde donde se encontraba, Erlendur vio dos ventanales con grandes grietas, cada una de un apartamento distinto. Nadie los había cambiado por otros nuevos.

—¿Podría tratarse de un crimen racial? —dijo Sigurður Óli, mirando el cadáver del niño.

—Creo que será mejor no hacer suposiciones —dijo Erlendur.

—¿Es posible que estuviera trepando por la fachada del edificio? —preguntó Elínborg, volviendo a mirar el bloque.

—Los chavales se dedican a las cosas más insospechadas —dijo Sigurður Óli.

—Tenemos que saber si podía estar trepando por los balcones —dijo Erlendur.

—¿De dónde puede ser? —se preguntó Sigurður Óli.

—Me parece que es asiático —dijo Elínborg.

—Puede ser tailandés, filipino, vietnamita, coreano, japonés, chino... —enumeró Sigurður Óli.

—¿Y si nos limitamos a decir que es islandés, hasta que sepamos más? —dijo Erlendur.

Se mantuvieron en silencio en medio del frío, mirando el montón de nieve que iba acumulándose junto al muchacho. Erlendur observó a los transeúntes curiosos que había en la entrada del edificio, donde estaban los coches patrulla. Luego se quitó el abrigo y lo puso encima del cadáver.

—¿Eso no puede afectar a la investigación? —dijo Elínborg mirando a los científicos. Según la ley, ellos no podían tocar el cuerpo hasta que les autorizaran a hacerlo.

—No lo sé —dijo Erlendur.

—No es demasiado profesional —dijo Sigurður Óli.

—¿Nadie ha echado en falta al niño? —dijo Erlendur, sin escuchar lo que había dicho Sigurður Óli—. ¿Nadie ha preguntado por un niño de esta edad que ande perdido?

—Lo comprobé por el camino —dijo Elínborg—. A la policía no le ha llegado ninguna denuncia.

Erlendur bajó la vista y miró su abrigo. Sentía frío.

—¿Quién lo encontró?

—Está en uno de los portales —dijo Sigurður Óli—. Nos esperó. Llamó desde su móvil. Hoy día, todos los niños tienen móvil. Dijo que había tomado un atajo por el patio del bloque al volver del colegio y se encontró el cuerpo.

—Voy a hablar con él —dijo Erlendur—. Vosotros mirad si hay huellas del niño en el patio. Si sangró, quizás haya un rastro. Puede que no sea una caída.

—¿Eso no es trabajo de la Científica? —dijo Sigurður Óli entre dientes, pero los otros dos no le oyeron.

—Parece que no le atacaron en el patio —dijo Elínborg.

—Y por lo que más queráis, encontradme la otra bota —dijo Erlendur, antes de ponerse en marcha.

—El que lo encontró —dijo Sigurður Óli.

—Sí —dijo Erlendur, dándose la vuelta.

—También es de co... —Sigurður Óli vaciló.

—¿Cómo?

—Hijo de inmigrantes —dijo Sigurður Óli.

El muchacho estaba sentado en la escalera de uno de los portales del bloque, acompañado por una mujer policía. Llevaba el equipo de deporte hecho una bola en una bolsa de plástico amarilla. Miró a Erlendur con desconfianza. No habían querido que se sentara en un coche patrulla. Eso hubiera despertado sospechas sobre su participación en la muerte del niño, y alguien pensó que sería mejor que esperara en el portal.

El pasillo estaba sucio y olía a porquería mezclada con humo de tabaco y olor de comida procedente de los apartamentos. El gres del suelo estaba rajado y en la pared se veía un graffiti que Erlendur apenas pudo descifrar. Los padres del joven aún estaban trabajando. El muchacho tenía la piel morena, el pelo liso y muy negro, todavía húmedo de la ducha, y unos grandes dientes blancos. Llevaba un plumón grueso, pantalones vaqueros y una gorra en la mano.

—Hace un frío horrible —dijo Erlendur, frotándose las manos.

El chico no dijo nada.

Erlendur se sentó a su lado. El muchacho dijo que se llamaba Stefán y que tenía trece años. Siempre había vivido en el bloque de más abajo. Dijo que su madre era filipina.

—Supongo que te llevarías un buen susto al encontrártelo —dijo Erlendur tras un momento de silencio.

—Sí.

—¿Sabes quién es? ¿Le conocías?

Stefán le había dado a la policía el nombre del niño y el número del apartamento en el que vivía. Era en aquel mismo bloque, pero en otra escalera, y la policía estaba intentando localizar a sus padres. En el piso no respondía nadie. Lo único que Stefán sabía de la familia era que la madre del muchacho fabricaba dulces, y que él tenía un hermano. Dijo que no conocía demasiado al chico, ni tampoco a su hermano. No hacía mucho que vivían allí.

—Le llamaban Elli —dijo el muchacho—. En realidad, se llamaba Elías.

—¿Estaba muerto cuando lo encontraste?

—Sí, creo que sí. Le toqué pero no se movió.

—¿Y nos llamaste? —dijo Erlendur como si le pareciese conveniente animar al muchacho—. Hiciste muy bien. Has hecho lo que debías. ¿A qué te refieres con eso de que «la madre fabrica dulces»?

—Trabaja en un taller o algo así, donde fabrican dulces.

—¿Sabes qué le ha pasado a Elli?

—No.

—¿Conocías a sus amigos?

—No mucho.

—¿Qué hiciste después de moverlo?

—Nada —dijo el muchacho—. Llamé a la poli y ya está.

—¿Sabes el número de la poli?

—Sí. Cuando vengo del colegio me quedo solo en casa, y mamá quiere estar segura. Dice...

—¿Qué dice?

—Mamá dice que tengo que llamar a la policía enseguida si...

—¿Si qué?

—Si pasa algo.

—¿Qué crees que puede haberle pasado a Elli?

—No lo sé.

—¿Has nacido en Islandia?

—Sí.

—¿Y Elli también? ¿Lo sabes?

El muchacho, que había estado con la cabeza baja, mirando el gres del portal, centró su mirada en Erlendur.

—Sí —respondió.

Elínborg irrumpió en el vestíbulo por la puerta de la calle. Un delgado cristal separaba el vestíbulo y la escalera, y Erlendur vio que llevaba en la mano el abrigo que se había dejado. Sonrió al niño y le dijo que a lo mejor volvía a hablar con él después, y se levantó para acercarse a Elínborg.

—Sabes que no puedes interrogar a un niño si no es en presencia de sus padres o tutores, o del personal de la Agencia de Protección de Menores, y todo eso —dijo la mujer bruscamente, entregándole el abrigo.

—No estaba interrogándole —dijo Erlendur—. Solo le pregunté cosas muy generales sobre el caso. —Miró el abrigo—. ¿Ya se han llevado al niño?

—Va camino del depósito. No es una caída. Encontraron huellas.

Erlendur hizo una mueca.

—El muchacho entró en el patio por el lado oeste —dijo Elínborg—. Allí hay un camino peatonal. Se supone que estaba iluminado, pero uno de los inquilinos nos dijo que la bombilla de una de las farolas siempre estaba rota. El chico entró en el patio trepando por la verja. Encontramos sangre. Allí perdió la bota, probablemente al saltar por encima.

Elínborg respiró hondo.

—Alguien lo apuñaló —dijo—. Murió tras haber recibido una cuchillada en el vientre. Había un charco de sangre debajo, y probablemente se congeló al instante.

Elínborg se quedó callada.

—Iba hacia su casa —dijo entonces.

—¿Es posible saber dónde le apuñalaron?

—Estamos en ello.

—¿Ya han localizado a los padres?

—Su madre está de camino. Se llama Sunee. Es tailandesa. No le hemos dicho lo que ha pasado. Será espantoso.

—Quédate tú con ella —dijo Erlendur—. ¿Y qué hay del padre?

—No lo sé. En el timbre de la puerta hay tres nombres. Uno me parece que es algo así como Niran.

—Tengo entendido que tiene un hermano —dijo Erlendur.

Abrió la puerta para dejar pasar a Elínborg, y los dos salieron hacia el vendaval del norte. Elínborg se quedó a esperar a la madre. La acompañaría al tanatorio. Un policía acompañó a Stefán a su casa, donde le tomarían declaración. Erlendur volvió al patio del bloque. Se puso el abrigo. El trozo de tierra en el que había yacido el muchacho estaba negro.

Caído estoy en tierra.

Erlendur recordó ese fragmento de un viejo poema mientras estaba allí en silencio, sumido en sus pensamientos, mirando el lugar donde había yacido el muchacho. Levantó los ojos para mirar el tétrico bloque de apartamentos y finalmente se puso en marcha con mucho cuidado, saltando la espesa capa de hielo que lo separaba de la zona de juego y sujetándose en el gélido metal del tobogán. Sintió como el frío penetraba por su mano.

Caído estoy en tierra,

helado, no puedo librarme...

2

Elínborg acompañó a la madre del niño al depósito de la calle Barónsstígur. Era una mujer pequeña y delicada, de unos treinta y cinco años, fatigada tras un largo día de trabajo. Su cabello espeso y oscuro estaba recogido en una coleta, y su rostro era redondo y afable. La policía había averiguado dónde trabajaba y enviaron a dos hombres a buscarla. Los agentes necesitaron cierto tiempo para explicarle lo que había sucedido, y que debía acompañarlos. Ante el bloque recogieron a Elínborg quien, al sentarse en el coche, se dio cuenta de que necesitarían un intérprete. Se pusieron en contacto con la Casa Internacional, que envió a una mujer que se reuniría con ellos en el depósito.

La intérprete aún no había llegado cuando Elínborg se presentó con la madre. Condujo a la mujer al depósito, donde las recibió el forense. Cuando la madre vio a su hijo, dejó escapar un gemido desgarrador y se hundió en los brazos de Elínborg. Gritó algo en su lengua. En esos momentos llegó la intérprete, una mujer islandesa, de la misma edad que la madre, y Elínborg y ella intentaron calmarla. Elínborg tuvo la sensación de que las dos se conocían. La intérprete intentó hablar a la madre en tono tranquilizante, pero la pobre mujer estaba abrumada por el dolor y la desesperación, se deshizo de ella y se echó sobre el muchacho, llorando con violencia.

Finalmente lograron llevársela del depósito y meterla en un coche patrulla, que las condujo directamente a casa de la madre. Elínborg le dijo a la intérprete que la madre de la víctima tendría que llamar a familiares o amigos para que la acompañaran en aquella dolorosa prueba, alguien cercano y en quien confiara. Inmediatamente, la intérprete tradujo sus palabras, pero la madre no respondió ni mostró reacción alguna.

Elínborg le explicó a la intérprete que habían encontrado a Elías en el patio del bloque de apartamentos. Le describió la investigación de la policía y le pidió que transmitiese aquella información a la madre.

—Sunee tiene un hermano en el país —dijo la intérprete—. Me pondré en contacto con él.

—¿Conoces a esta mujer? —preguntó Elínborg.

La intérprete asintió con la cabeza.

—¿Has vivido en Tailandia?

—Sí, varios años —dijo la intérprete—. La primera vez fui como estudiante en un intercambio.

La intérprete le dijo que se llamaba Guðný. Era morena y llevaba unas gafas muy grandes. Delgada y más bien baja, vestía un grueso jersey debajo de un abrigo negro, y pantalones vaqueros. Sobre los hombros llevaba un chal de lana blanco.

Cuando llegaron al bloque, la mujer pidió que le enseñaran dónde habían encontrado a su hijo, y la acompañaron al patio trasero. Reinaba la oscuridad, pero la Científica había instalado reflectores y tenía el lugar acordonado. La noticia del crimen se había extendido con rapidez. Elínborg observó la presencia de dos ramos de flores junto a la entrada del bloque, donde cada vez se iba congregando más gente que guardaba silencio junto a los coches de policía y se limitaba a observar lo que sucedía.

La madre entró en el perímetro acordonado. Los técnicos, vestidos con un mono blanco, dejaron de trabajar y la miraron. Enseguida estuvo sola con la intérprete en el lugar donde habían encontrado a su hijo; lloraba. Se agachó y puso la palma de la mano sobre la tierra.

Erlendur apareció de pronto, saliendo de la oscuridad, y se quedó observándola.

—Deberíamos subir a su casa —le dijo a Elínborg, quien asintió.

Estuvieron un buen rato pasando frío, esperando a que las dos mujeres abandonaran el lugar. Finalmente salieron del patio y entraron en el portal donde vivía la madre. Elínborg le presentó a Erlendur y dijo que era el comisario a cargo de la investigación de la muerte de su hijo.

—Quizá prefieras hablar con nosotros más tarde —dijo Erlendur—. Pero cuanto antes tengamos información, mejor, y cuanto más tiempo pase desde que se cometió el crimen, más difícil será encontrar a quien lo hizo.

Erlendur se calló para que la intérprete pudiera traducir sus palabras. Estaba a punto de seguir, cuando la madre le miró y dijo algo en tailandés.

—¿Quién lo ha hecho? —dijo al momento la intérprete.

—No lo sabemos —respondió Erlendur—. Lo averiguaremos.

La madre se volvió hacia la intérprete y dijo algo con gesto de gran preocupación.

—Tiene otro hijo y le preocupa dónde pueda estar —dijo la intérprete.

—¿Ella no lo sabe? —preguntó Erlendur.

—No —dijo la intérprete—. Terminaba el colegio a la misma hora que su hermano pequeño.

—¿Él es el mayor?

—Le lleva cinco años.

—¿De modo que tiene...?

—Quince años.

La madre subió deprisa la escalera delante de ellos hasta que llegaron al quinto piso, el penúltimo. A Erlendur le extrañó que no hubiese ascensor en un edificio tan alto.

Sunee abrió la puerta del apartamento con la llave y empezó a gritar algo antes de abrirla del todo. Erlendur pensó que debía de gritar el nombre de su otro hijo. La mujer corrió por el apartamento y se quedó sin saber qué hacer, como abandonada, hasta que la intérprete la abrazó, la llevó al salón y se sentó con ella en el sofá. Erlendur y Elínborg las siguieron, y tras ellos entró un hombre bastante delgado, que subió las escaleras corriendo y dijo que era el párroco del barrio, especializado en situaciones de crisis. Se presentó a Erlendur y se ofreció a colaborar.

—Tenemos que encontrar al hermano —dijo Elínborg—. Espero que no le haya sucedido nada.

—Esperemos que no fuera quien lo hizo —dijo Erlendur.

Elínborg le miró con asombro.

—¡Qué ideas se te ocurren!

Miró a su alrededor. Sunee vivía en un pequeño piso de tres habitaciones. Desde la entrada se pasaba directamente al salón, y a la derecha había un pasillito que llevaba al baño y a dos dormitorios. La cocina estaba junto al salón. El apartamento olía a especias orientales y a manjares exóticos, y estaba muy ordenado, decorado con objetos tailandeses. Por todas partes había fotos, en las paredes y en las mesas, y Erlendur pensó que serían de familiares de la madre, que se habían quedado en las antípodas.

Erlendur se sentó bajo una sombrilla roja de cartón con un dragón amarillo dibujado. La sombrilla era una gran pantalla de lámpara sujeta al techo. La intérprete dijo que iba a preparar té y Elínborg la acompañó a la cocina. Sunee se sentó en el sofá. Erlendur calló, esperando que la intérprete volviera de la cocina. El cura se sentó al lado de Sunee. Guðný sabía algo de la vida de Sunee y, mientras estaban en la cocina, se lo contó a Elínborg en voz baja. Era de un pueblo a doscientos kilómetros de Bangkok. Había crecido en una casa diminuta en la que se apiñaban tres generaciones. Tenía muchos hermanos y hermanas. A los quince años Sunee se trasladó a la capital con dos de sus hermanos. Se ganaba la vida en trabajos penosos, sobre todo en lavanderías, y vivió en sitios diminutos y desagradables con sus hermanos hasta que cumplió los veinte. Después se las apañó sola y trabajó en una gran empresa textil en la que se fabricaba ropa barata para el mercado occidental. Allí solo trabajaban mujeres, y los salarios eran muy bajos. Por aquella época conoció a un hombre de tierras lejanas, un islandés, en una discoteca muy popular de Bangkok. Era unos años mayor que ella. Jamás había oído mencionar ese país, Islandia.

Mientras la intérprete le contaba la historia a Elínborg y el párroco consolaba a Sunee, Erlendur paseaba por el salón. La casa tenía una atmósfera oriental. Había un altarcito en mitad de una pared, con flores cortadas, barritas de sándalo, un cuenco con agua y una preciosa foto de alguna zona rural de Tailandia. Observó los baratos objetos decorativos, recuerdos y fotos enmarcadas, algunas de ellas con dos muchachos de diferentes edades. Erlendur imaginó que se trataría del difunto y su hermano. Cogió de una mesa la foto del que suponía debía de ser el hermano mayor, y le preguntó a Sunee si lo era. Ella asintió. Erlendur le pidió que se la prestara y fue con ella hasta la puerta, se la dio al agente que estaba de guardia y le dijo que llevase la foto a la jefatura de policía para comenzar la búsqueda del muchacho; que preguntaran a sus compañeros de colegio, a sus profesores y a los vecinos.

Erlendur tenía el móvil en la mano cuando empezó a sonar. Era Sigurður Óli.

Había seguido las huellas del muchacho en el exterior del patio y llegó a un estrecho sendero. Tras este, por un camino poco transitado, entre casas y jardines, llegó a la pared de la caseta de un transformador eléctrico o una pequeña estación eléctrica, repleta de graffitis. La caseta del transformador estaba a unos quinientos metros del bloque donde vivía el muchacho, y no muy lejos de la escuela del barrio. A primera vista, Sigurður Óli no observó huellas de agresión. Varios agentes se pusieron a buscar el arma homicida con las linternas; miraron en las casas cercanas, en los senderos, en las calles y el terreno que rodeaba la escuela.

—Quiero que me mantengas informado —dijo Erlendur—. Ese lugar está cerca de la escuela, ¿no es así?

—En realidad, es la manzana siguiente. Pero no hay motivo para pensar que el niño fuera apuñalado allí, aunque sea donde termina el rastro.

—Lo sé —dijo Erlendur—. Habla con el personal del colegio, con el director, los profesores. Debemos hablar con el tutor del niño y con sus compañeros de clase. También con sus amigos del barrio. Hay que interrogar a todos los que le conocían o que puedan decirnos algo sobre él.

—Es mi antiguo colegio —dijo Sigurður Óli con voz apagada.

—¿Ah, sí? —dijo Erlendur. Sigurður Óli rara vez contaba algo de sí mismo—. ¿Eres de este barrio?

—Hace mucho que no piso este lugar —dijo Sigurður Óli—. Vivimos aquí dos años. Luego nos mudamos.

—¿Y?

—Y nada.

—¿Crees que tus antiguos profesores se acordarán de ti?

—Espero que no —dijo Sigurður Óli—. ¿En qué clase estaba el chico?

Erlendur entró en la cocina.

—Necesitamos saber en qué clase estaba el chico —le dijo a la intérprete.

Guðný pasó al salón, habló con Sunee y regresó con la información.

—¿Ha habido agresiones racistas en este barrio? —preguntó Erlendur.

—Ninguna que hayamos sabido en la Casa Internacional —dijo Guðný.

—¿Y actitudes xenófobas? ¿Prejuicios raciales?

—No creo, no más de lo habitual.

—Debemos comprobar si ha habido posibles agresiones xenófobas en el vecindario para saber si hay conflictos —le dijo Erlendur por teléfono a Sigurður Óli, y le informó de cuál era la clase de Elías—. También de las que puedan haberse producido en otros barrios. Recuerdo una muerte hace poco. Alguien sacó un cuchillo... Tenemos que comprobar eso.

El té estaba listo, y Elínborg y la intérprete entraron en el salón con Erlendur. El pastor se retiró y Guðný tomó asiento al lado de Sunee. Elínborg se trajo una silla de la cocina. Guðný habló con Sunee, que asintió con la cabeza. Erlendur confiaba en que le estuviera diciendo a la madre que cuanto antes les contara qué hacía el niño al salir de clase, más se avanzaría en la investigación policial.

Erlendur aún tenía el teléfono en la mano, y estaba a punto de metérselo en el bolsillo cuando titubeó y se quedó mirándolo largo rato. Su memoria le hizo recordar las palabras de aquel jovencito, que dijo que llevaba móvil porque su madre tenía miedo de que estuviera solo en casa al volver del colegio.

—¿Su hijo tenía móvil? —preguntó a la intérprete.

Esta tradujo sus palabras.

—No —dijo enseguida.

—¿Y su hermano?

—No —respondió Guðný—. No tienen móvil. Ella carece de medios para comprarlo. No todo el mundo tiene dinero para móviles —añadió, y Erlendur pensó que aquello lo decía por iniciativa propia.

—¿Iba al colegio del barrio? —preguntó.

—Sí. Los dos chicos están en ese colegio.

—¿Elías cuándo acababa la jornada?

—Su horario está colgado en la puerta de la nevera —dijo la intérprete—. Los martes acaba a las dos —dijo, y miró su reloj—; hace tres horas que salió para casa.

—¿Qué acostumbraba a hacer después del colegio? ¿Venía directamente a casa?

—No lo sabe —dijo la intérprete después de preguntárselo a Sunee—. No lo sabe con exactitud. A veces se quedaba a jugar al fútbol en el patio del colegio. Después volvía directamente a casa él solo.

—¿Y el padre del chico?

—Es carpintero. Vive aquí, en Reikiavik. Se divorciaron el año pasado.

—Sí, se llama Óðinn, ¿verdad? —dijo Erlendur. Sabía que la policía estaba intentando localizar al padre de Elías, que aún no tenía noticia de la muerte del niño.

—Ya no tiene mucha relación con Sunee. A veces Elías pasa los fines de semana en casa de su padre.

—¿Tiene padrastro?

—No —dijo la intérprete—. Sunee vive sola con sus dos hijos.

—¿El hijo mayor vuelve a casa a estas horas normalmente? —preguntó Erlendur.

—Su horario de regreso varía —la intérprete tradujo las palabras de Sunee.

—¿No tienen normas? —preguntó Elínborg.

Guðný se volvió hacia Sunee y las dos estuvieron hablando durante un buen rato. Erlendur se dio cuenta de que Sunee encontraba un gran apoyo en la intérprete. Guðný les había dicho que Sunee comprendía la mayor parte de lo que le decían en islandés, y que se podía hacer entender, pero era muy detallista y, cuando pensaba que era necesario, llamaba a Guðný para que la ayudara.

—No sabe adónde van durante el día —dijo finalmente la intérprete, volviéndose hacia Erlendur y Elínborg—. Los dos tienen llave de casa. Ella no termina de trabajar hasta las seis, si hace horas extras, y aún hay que añadir el rato que tarda en hacer la compra antes de volver a casa. A veces le piden que haga más horas extras y entonces aún llega más tarde. Tiene que trabajar todo lo que pueda. Es la única que trae dinero a casa.

—¿Y los chicos no tienen que contarle dónde van después de la escuela, por dónde andan? —preguntó Elínborg—. ¿No les pide que la llamen al trabajo?

—En el trabajo no la dejan usar el teléfono —dijo la intérprete después de preguntar a Sunee.

—¿De manera que no tiene ni idea de su paradero después del colegio? —preguntó Erlendur.

—No, no, pero sabe lo que hacen. Se lo cuentan cuando están todos juntos por la tarde.

—¿Juegan al fútbol o hacen algún otro deporte? ¿Tienen entrenamiento? ¿Tienen algún tipo de actividades extraescolares?

—El pequeño jugaba al fútbol, pero hoy no tenía entreno —dijo la intérprete—. Tenéis que entender lo difícil que es todo esto para ella, una madre sola con dos niños —añadió con sus propias palabras—. No es una vida fácil. No hay dinero para clases extra. Ni para móviles.

Erlendur movió la cabeza, asintiendo.

—Dijiste que la mujer tiene un hermano que vive en el país, ¿no?

—Sí, ya me he puesto en contacto con él, y viene de camino.

—¿Hay más parientes o personas cercanas con las que Sunee pueda hablar? ¿Alguien de la familia del padre? ¿Es posible que el hermano mayor esté con ellos? ¿Tienen abuelos?

—Elías va a veces a ver a su abuela. Su abuelo islandés ha muerto. Sunee mantiene el contacto con la abuela, que vive en la ciudad. Deberíais informarla. Se llama Sigríður.

La intérprete anotó su número de teléfono mientras Sunee se lo dictaba y se lo dio a Elínborg, quien cogió el móvil.

—¿Sería buena idea que esa mujer viniera a quedarse con ella? —preguntó a la intérprete.

Sunee escuchó a la intérprete y asintió.

—Le pediremos que venga —dijo la intérprete.

En ese momento apareció en la puerta un hombre joven, y Sunee se puso en pie de un salto y corrió hacia él. Era su hermano. Se abrazaron y el hermano intentó tranquilizar a Sunee, que lloraba entre sus brazos. Se llamaba Virote y tenía unos años menos que ella. Erlendur y Elínborg se miraron al ver el dolor reflejado en la cara de los dos hermanos. Un periodista subía la escalera resoplando, pero Elínborg le hizo dar media vuelta y lo acompañó abajo. Solo Erlendur y Guðný se quedaron en el piso con los hermanos. La intérprete y el hermano ayudaron a Sunee a entrar de nuevo en el salón y se sentaron junto a ella en el sofá.

Erlendur entró en el pequeño pasillo que conducía a los dormitorios. Uno era más grande, y seguramente era el que utilizaba la madre. El otro tenía literas. Allí dormían los chicos. En él se veía, pegado a la pared, un gran póster de un equipo inglés de fútbol. Un póster algo más pequeño mostraba a una bella cantante islandesa. Sobre el pequeño escritorio había un viejo ordenador Apple. Libros escolares, juegos de ordenador y juguetes desperdigados por el suelo, escopetas, dinosaurios y espadas. Las camas estaban sin hacer. Sobre una silla había ropa sucia.

Una típica habitación de chicos, pensó Erlendur, apartando un calcetín con el pie. La intérprete apareció en la puerta de la habitación.

—¿Qué clase de personas son? —preguntó Erlendur.

Guðný se encogió de hombros.

—Gente de lo más normal —respondió—. Gente como tú y como yo. Gente pobre.

—¿Puedes decirme si tenían problemas en el barrio?

—Creo que no. En realidad, no sé Niran, pero Sunee se siente a gusto en el barrio, con sus hijos. Los prejuicios siempre asoman la cabeza y, naturalmente, los han notado. La experiencia demuestra que esos prejuicios existen sobre todo en quienes tienen escasa autoestima y carecen de educación; en quienes han sentido la inseguridad y la indiferencia en su propia piel.

—¿Y qué hay del hermano? ¿Lleva mucho tiempo viviendo aquí?

—Sí, varios años. Es obrero. Trabajaba en el norte, en Akureyri, pero hace poco se vino a Reikiavik.

—¿Se llevan bien?

—Sí. Muy bien. Se llevan estupendamente.

—¿Y qué puedes decirme de Sunee?

—Llegó a Islandia hace diez años, más o menos —respondió Guðný—, y se encuentra a gusto.

Sunee le dijo una vez que era increíble lo desolado y frío que le pareció el país la primera vez que fue en autobús desde el aeropuerto de Keflavík hasta Reikiavik. Llovía, el cielo estaba encapotado, y lo único que veía a lo lejos por la ventanilla del autobús era lava y montañas azuladas. No se veía vegetación, ni árboles, ni siquiera un cielo azul. Cuando bajó del avión por la escalerilla, el aire polar la golpeó y sintió como si la rodeara una gran pared helada. Se le puso la carne de gallina. Estaban a tres grados. Fue a mediados de octubre. Al salir de Tailandia estaban a treinta grados.

Se había casado con el islandés al que conoció en Bangkok. Él se desvivía por ella, la llevaba a todas partes, era amable y le contaba cosas de Islandia en un inglés que ella apenas hablaba y que no comprendía bien. El hombre parecía tener bastante dinero y le compraba toda clase de cosas, ropa y bisutería.

Él regresó a Islandia después de conocerse, pero decidieron mantener el contacto. Una amiga de ella, que sabía más inglés, le escribía unas líneas. Él volvió por allí seis meses después y se quedó tres semanas. Pasaron todo el tiempo juntos. A ella le gustaba ese hombre y todo lo que le contaba sobre Islandia. Aunque era un país muy pequeño, apartado, frío y poco habitado, allí vivía una de las naciones más ricas del mundo. Le habló de salarios de vértigo en comparación con los de Bangkok. Si se iba a vivir allí y era trabajadora, no le sería difícil ayudar a su familia en Tailandia.

La tomó en sus brazos para cruzar el umbral de su hogar, un apartamento de dos habitaciones que tenía en el bulevar Snorrabraut. Habían ido a pie desde el hotel Loftleiðir, donde paraba el autobús del aeropuerto. Habían cruzado una gran avenida de circunvalación, que más tarde supo que se llamaba Miklabraut, y bajaron por Snorrabraut, luchando contra el gélido viento del Norte. Ella vestía ropas tailandesas de verano, unos finos pantalones de seda que le había comprado él, una bonita blusa y una chaqueta de verano de color claro. En los pies llevaba sandalias de plástico. Su esposo no se había tomado la molestia de proporcionarle ropa adecuada para su llegada a Islandia.

El piso quedó estupendamente en cuanto ella puso un poco de orden. Encontró trabajo en un obrador de pastelería. Al principio, la convivencia fue bien hasta que descubrieron que los dos habían mentido.

—¿Y eso? —preguntó Erlendur a la intérprete—. ¿En qué mintieron?

—Él había hecho lo mismo anteriormente —dijo Guðný—. Una vez.

—¿Qué había hecho anteriormente?

—Ir a Tailandia a buscar una mujer.

—¿Cómo que ya lo había hecho?

—Hay hombres que lo hacen varias veces.

—Y eso... ¿es legal?

—No hay nada que lo prohíba.

—¿Y Sunee? ¿En qué mintió ella?

—Llevaban unos años viviendo juntos cuando hizo venir a su hijo.

Erlendur se quedó con los ojos clavados en la intérprete.

—Ella tenía un hijo en Tailandia, del que nunca le había hablado al marido.

—¿Niran?

—Sí, Niran. Tiene también un nombre islandés, pero él usa el de Niran, y así lo llaman todos.

—De modo que es...

—Hermanastro de Elías. Es tailandés de pura cepa y no le ha resultado fácil adaptarse a Islandia, como les pasa a otros chicos en circunstancias similares.

—¿Y el marido de Sunee?

—Acabaron separándose —dijo Guðný.

—Niran —dijo Erlendur para sí, como si quisiera oír el sonido del nombre—. ¿Tiene algún significado?

—Significa «eterno» —dijo la intérprete.

—¿Eterno?

—Los nombres tailandeses tienen significado, igual que los islandeses.

—¿Y Sunee? ¿Qué significa?

—Algo bueno —respondió Guðný—. Una cosa buena.

—¿Elías también tenía un nombre tailandés?

—Sí. Aran. No estoy segura de lo que significa. Tendré que preguntárselo a Sunee.

—¿Hay alguna tradición que explique la costumbre de poner ese género de nombres?

—Los tailandeses emplean apelativos cariñosos para engañar a los malos espíritus. Es una de sus supersticiones. A los niños les ponen nombres y luego utilizan los apelativos cariñosos para confundir a todos los espíritus que pueden hacerles daño. Los espíritus nunca deben conocer el verdadero nombre.

Se oía música en el salón, y Erlendur y la intérprete abandonaron el dormitorio. El hermano de Sunee había puesto en el lector de CD una relajante música tailandesa. Sunee estaba abrumada sobre el sofá y empezó a hablar consigo misma a media voz.

Erlendur miró a la intérprete.

—Está hablando de su hijo Niran.

—Lo estamos buscando —dijo Erlendur—. Lo encontraremos. Díselo. Lo encontraremos.

Sunee sacudió la cabeza y se quedó con la mirada perdida.

—Cree que también está muerto —dijo la intérprete.

3

Sigurður Óli corrió hacia la escuela. Le siguieron otros tres policías, que se dedicaron a peinar los terrenos del colegio y las zonas cercanas en busca del arma asesina. Habían terminado las clases. El edificio era tétrico y carecía de todo asomo de vida en la oscuridad de los días más cortos del invierno.[1] Había luz en algunas ventanas pero el vestíbulo de la entrada estaba cerrado con llave. Sigurður llamó a la puerta. La escuela era un monstruo gris de tres pisos de altura, unido a un pequeño edificio con piscina y a unos talleres. En la mente de Sigurður se agolparon recuerdos de frías mañanas de invierno: chicos formando doble fila en el patio; peleas, a veces auténticas luchas que los maestros tenían que interrumpir. Había lluvia, nieve y oscuridad al terminar el otoño y durante el invierno entero, hasta que llegaba la primavera, empezaba a clarear, el tiempo mejoraba y lucía el sol. Sigurður Óli paseó la mirada por el patio de cemento, la cancha de baloncesto y el campo de fútbol, y casi podía oír los gritos de los muchachos.

Se puso a dar patadas a la puerta y por fin apareció la conserje, una mujer de unos cincuenta años, que abrió y preguntó qué modos eran esos. Sigurður se identificó y preguntó si el profesor de quinto D aún estaba en el edificio.

—¿Pasa algo? —preguntó la conserje.

—Nada —respondió Sigurður Óli—. ¿Y el maestro? ¿Sabes si todavía está aquí?

—¿Quinto D? Es el aula trescientos cuatro. Está en la tercera planta. No sé si Agnes se habrá ido; voy a comprobarlo.

Sigurður Óli ya se había puesto en marcha. Sabía dónde estaba la escalera y subió los escalones de dos en dos. Su clase de quinto también estaba en la tercera planta, si no se equivocaba. A lo mejor, todo seguía como cuando él estudiaba allí, a finales de los años setenta. Envejeció diez años cuando aquella maldita frase atravesó su mente. Los años setenta.

Todas las aulas de la planta estaban cerradas con llave y volvió a bajar. Mientras, la conserje había ido a la sala de profesores y estaba esperándole en el pasillo para decirle que la profesora ya se había ido a casa.

—¿Agnes? ¿Ese es su nombre?

—Sí —dijo la conserje.

—¿Está aquí el director?

—Sí. Está en su despacho.

Sigurður Óli casi saltó por encima de la mujer cuando la rebasó para dirigirse hacia la sala de profesores. De niño, en su interior estaba el despacho del director del colegio, por lo que recordaba. La puerta estaba abierta y entró sin más. Tenía prisa. Vio que el antiguo director seguía en el colegio. Se preparaba para irse a casa. Se estaba atando la bufanda al cuello cuando Sigurður lo interrumpió.

—¿Qué pasa? —preguntó el director de la escuela, extrañado por aquella visita. Sigurður Óli vaciló un instante, porque no sabía si el director le reconocería.

—¿Hay algo que pueda hacer por ti? —preguntó el director del colegio.

—Es algo relacionado con quinto D —dijo Sigurður Óli.

—¿Y?

—Ha pasado algo.

—¿Tienes un hijo en esa clase?

—No. Soy de la policía. Un alumno de quinto D ha sido hallado muerto delante de su casa. Lo han acuchillado y murió a causa de la herida. Tenemos que hablar con todos los profesores de la escuela, especialmente con los que puedan decirnos algo sobre ese chico, tenemos que...

—¿Qué quieres de...? —dijo el director, y Sigurður Óli le vio palidecer.

—... hablar con sus compañeros de clase, los empleados del colegio, los chicos de su curso y con todo el que pudiera conocerle. Partimos de la idea de que ha sido un homicidio. Tenía una puñalada en el estómago.

La conserje había seguido a Sigurður Óli y estaba en la puerta, jadeante, sin darse cuenta de que se había tapado la boca con la mano y miraba fijamente al policía, como si no pudiera creer lo que oía.

—El chico era medio tailandés —prosiguió Sigurður Óli—. ¿Hay muchos así en el colegio?

—¿Muchos así...? —exclamó el director, totalmente abrumado, dejándose caer en su silla. Tenía casi setenta años, había sido director de escuela toda la vida y esperaba el momento de la jubilación con cierta impaciencia. No comprendía lo que había sucedido, y no ocultaba su expresión de escepticismo.

—¿Quién ha muerto? —preguntó la conserje desde detrás de Sigurður Óli.

Sigurður se dio la vuelta.

—Perdona, probablemente hablaremos contigo más tarde —fue su respuesta; y cerró la puerta—. Necesito un listado de los alumnos de su clase, con domicilios y nombre de los padres —dijo, volviéndose de nuevo hacia el director en el momento en que la puerta se cerró—. Necesito una lista de todos los profesores del chico. Deberás proporcionarme información sobre agresiones en el colegio, si existen pandillas, relaciones entre grupos étnicos, cualquier cosa que pueda explicar lo sucedido. ¿Se te ocurre algo?

—No... no se me ocurre nada, ¡no puedo creer lo que estás diciendo! ¿Es cierto? ¿Puede suceder algo así?

—Por desgracia, sí. Debemos darnos prisa. Cuanto más tiempo pase desde el momento en que...

—¿Quién es el niño? —le interrumpió el director.

Sigurður Óli le dijo que se llamaba Elías. El director se volvió hacia su ordenador, abrió la web de la escuela, buscó la clase y las fotos de los alumnos.

—Hasta ahora, siempre conocía hasta el último de los alumnos por su nombre. Ahora son ya demasiados. ¿No es este?

—Sí, ese es —dijo Sigurður Óli mirando la foto. Habló del hermano de Elías al director y encontraron su curso y una foto de Niran. Los dos hermanos se parecían: ambos tenían el pelo negro, la tez oscura y los ojos castaños. Enviaron la foto de Niran al correo de la policía. Sigurður telefoneó a la jefatura y les explicó quién era, a fin de que la difundieran junto con la que Erlendur había enviado antes.

—¿Ha habido enfrentamientos entre grupos en el colegio? —preguntó Sigurður Óli, una vez concluida su conversación telefónica.

—¿Pensáis que el crimen puede estar relacionado con la escuela? —preguntó el director, sin apartar los ojos del monitor. Allí estaba la cara de Elías, sonriéndoles. La sonrisa era tímida y no miraba directamente a la cámara, sino más bien por encima de la misma, como si el fotógrafo le hubiera dicho que levantase la vista o como si algo le hubiera llamado la atención. Tenía una cara finamente dibujada, la frente alta y los ojos inocentes e inquisitivos.

—Estamos estudiando todas las posibilidades —dijo Sigurður Óli—. No puedo decir más.

—¿Tiene que ver con problemas raciales? ¿Es a lo que te refieres?

—No, simplemente digo que la madre del niño es de Tailandia —respondió Sigurður Óli—. No hay más. No sabemos lo que ha sucedido.

Sigurður Óli estaba muy contento de que el director del colegio no recordara que él también había sido alumno de la escuela. Decidió no decir nada sobre los viejos tiempos, preguntar por sus antiguos profesores o por lo que había sido de sus compañeros de clase, ni ninguna de esas estupideces.

—No sé nada de eso —dijo el director—, o al menos nada serio, y me parece absurdo que pueda ser el origen de un suceso tan horroroso. ¡No puedo creer lo que ha pasado!

—Desde luego, tienes toda la razón —dijo Sigurður Óli.

El director imprimió el documento que incluía la lista de compañeros de clase de Elías. Figuraban en ella domicilios y teléfonos, así como los nombres de padres o tutores. Entregó la lista a Sigurður Óli.

—Ambos empezaron aquí este otoño. ¿También tengo que enviar esto a la dirección electrónica que me has dado? —preguntó—. Es horrible —suspiró, y se quedó con la mirada fija, incapaz de moverse de su mesa.

—Desde luego —dijo Sigurður Óli—. Necesito también las direcciones y números de teléfono de los profesores de su clase. ¿Qué pasó?

El director del colegio le miró.

—¿A qué te refieres?

—Has dicho que no había sido nada serio —respondió Sigurður Óli—, y que era absurdo que eso fuera el origen de este suceso tan horroroso. ¿De qué se trataba?

El director titubeó.

—¿De qué se trataba? —repitió Sigurður Óli.

—En el colegio tenemos un profesor que se declara completamente contrario a la llegada de inmigrantes al país.

—¿De mujeres de Tailandia?

—También. De gente de países asiáticos. Filipinas, Vietnam. De esos sitios. Tiene unas ideas muy claras al respecto. Pero son solo ideas. Nunca llegaría a hacer algo así. Nunca.

—Pero has pensado en él. ¿Cómo se llama?

—¡Sería absurdo!

—Tendremos que hablar con él —dijo Sigurður Óli.

—Tiene muy buena mano con los chicos —dijo el director—. Él es así. Brusco y antipático de buenas a primeras, pero muy cercano a los chicos.

—¿Le dio clase a Elías?

—Claro, alguna vez. Es profesor de islandés y también se ocupa de las clases de repaso. Ha dado clase a todos los alumnos del colegio.

El director le dio el nombre de aquel profesor y Sigurður Óli lo apuntó en su cuaderno.

—Le amonesté en una ocasión. No toleramos prejuicios racistas en el colegio —dijo el director con determinación—. No lo permitimos. No nos gusta. La gente habla de cuestiones raciales aquí como en cualquier otro sitio, y también escuchamos el punto de vista de los inmigrantes. Aquí existe igualdad, ni profesores ni alumnos toleran otra cosa.

Sigurður Óli notó un cierto titubeo en el director.

—¿Qué sucedió? —preguntó.

—Casi se pegaron —dijo el director—. Él y Finnur, otro profesor. Aquí mismo, en la sala de profesores. Hubo que separarlos a la fuerza. Había hecho unos comentarios que enfurecieron a Finnur. El resultado fue una pelea de gallos.

—¿Qué se dijeron?

—Finnur se negó a repetírmelo.

—¿Hay otras personas con quien creas que deberíamos hablar? —preguntó Sigurður Óli.

—No puedo denunciar a nadie por tener ideas.

—No te pido que delates a nadie, faltaría más —dijo Sigurður Óli—. La agresión a ese niño no tiene por qué guardar relación alguna con las ideas de nadie. Ni mucho menos. Pero hemos iniciado una investigación policial y necesitamos información. Tenemos que hablar con gente. Debemos hacernos una idea de la situación. Eso no tiene nada que ver con las ideas que pueda tener cada cual.

—Egill, el profesor de carpintería, el otro día tuvo un altercado aquí mismo. Estaban discutiendo sobre el multiculturalismo, o algo por el estilo, no lo sé. Es un hombre un poco irascible. Está bastante enterado de todo. Quizá deberíais hablar con él.

—¿Cuántos niños inmigrantes hay en el colegio? —preguntó Sigurður Óli mientras anotaba el nombre del profesor de carpintería.

—Deben de ser unos treinta en total. El colegio es bastante grande.

—¿Y eso no ha causado problemas significativos?

—Naturalmente conocemos algunos casos, pero nada serio.

—¿De qué estamos hablando, entonces?

—Apodos insultantes, peleas de poca monta. Nada que haya llegado hasta mi mesa, pero los profesores hablan sobre el tema. Naturalmente, controlan lo que sucede y saben tomar las riendas. No queremos discriminación en este colegio, y los chicos lo saben. Son muy conscientes de ello. Enseguida informan e intervenimos nosotros.

—Supongo que en todos los colegios hay problemas —dijo Sigurður Óli—. Alborotadores. Chicos y chicas que nunca están tranquilos.

—Ese tipo de alumno existe en todos los colegios.

El director de la escuela miró pensativo a Sigurður.

—Tengo la sensación de que te conozco —dijo de repente—. ¿Cómo has dicho que te llamabas?

Sigurður suspiró en su interior. Un país tan pequeño. Tan poca gente.

—Sigurður Óli —dijo.

—Sigurður Óli —repitió el director, pensativo—. ¿Sigurður Óli? ¿Estuviste en este colegio?

—Hace mucho. Antes de los ochenta. Estuve muy poco tiempo.

—¿Sigurður Óli? —balbuceó el director entre dientes.

Sigurður se dio cuenta de que el director estaba empezando a recordarle, y tuvo la sensación de que no tendría que esperar mucho antes de que se encendiese la bombillita en la cabeza de aquel hombre. Se despidió a toda prisa. La policía tendría que volver a la escuela a hablar con alumnos, profesores y demás empleados. Estaba saliendo por la puerta cuando el director le recordó, por fin.

—¿No estuviste mezclado en aquel altercado a finales de los setenta y...?

Sigurður Óli no oyó el final de la frase. Salió de la sala de profesores con pasos rápidos. La conserje había desaparecido. El edificio estaba desierto a esa hora tan tardía. Iba a salir otra vez al frío gélido pero vaciló, se detuvo y miró hacia el techo. Aguardó un instante y volvió a subir las escaleras, y antes de darse cuenta estaba en el tercer piso. En las paredes colgaban fotos de los cursos antiguos, con el nombre de cada clase y los años. Encontró la foto que buscaba, se detuvo delante de ella y se miró a sí mismo, cuando era alumno del colegio, a los doce años. Los chicos estaban ordenados en tres filas, y él estaba en la de más arriba mirando fijamente a la cámara, serio. Llevaba una camisa clara con cuello grande y un estampado un tanto extraño, e iba peinado a la última moda disco.

Sigurður Óli miró la foto un buen rato.

—¡Qué ridiculez! —dijo con un suspiro.

4

El móvil de Erlendur sonaba sin parar. Sigurður Óli le informó de la reunión con el director de la escuela y dijo que en esos momentos iba a ver a la maestra del niño y a otro profesor que no quería que entraran extranjeros en el país. Elínborg le comentó que un testigo que vivía en el mismo portal que Sunee creía haber visto al hermano mayor un rato antes. El comisario jefe de la Científica había dicho que, según el forense, el niño había sido apuñalado una sola vez y seguramente con un objeto muy afilado, probablemente un cuchillo.

—¿Qué clase de cuchillo? —preguntó Erlendur.

—La hoja tendría que ser bastante ancha y relativamente gruesa, pero con mucho filo —dijo el jefe de la Científica—. Realmente, no hay motivo para pensar que al agresor le costara mucho esfuerzo apuñalar al muchacho. El chico podría haber estado tumbado en el suelo cuando fue apuñalado. El anorak está sucio por detrás, y tiene un desgarrón reciente, de modo que tal vez se vio envuelto en una pelea a golpes. Intentó defenderse, como es lógico, pero la única lesión fue la puñalada, que el doctor afirma que le atravesó el hígado. Murió por la pérdida de sangre.

—Pero, según dices, no hay que hacer mucha fuerza para que la navaja llegue hasta allí.

—Es posible.

—¿Un niño o un adolescente, por ejemplo, podría haberlo hecho? ¿Alguien de su edad?

—Es difícil afirmarlo. Pero todo parece indicar que se usó un objeto afiladísimo.

—¿Y la hora de la muerte?

—A juzgar por la temperatura, murió una hora antes de que lo encontraran. Puedes hablarlo con el forense.

—Así que parece que volvía directamente del colegio.

—Eso parece.

Erlendur volvió a sentarse delante de los dos tailandeses. Guðný, la intérprete, estaba con ellos en el sofá. Resumió a la intérprete la información que acababa de recibir. Sunee escuchó en silencio. Había dejado de llorar. Su hermano dijo algo y los dos estuvieron un buen rato hablando en voz baja.

—¿Qué dicen? —preguntó Erlendur.

—El anorak no estaba roto cuando salió por la mañana —dijo la intérprete—. No era nuevo, pero estaba en perfecto estado.

—Probablemente hubo una pelea —dijo Erlendur—. No puedo afirmar que la agresión a Elías tiene que ver con la xenofobia. Tengo entendido que en el colegio hay unos treinta niños inmigrantes. Debemos hablar con los amigos de Elías y con quienes estuvieran relacionados con él. También buscaremos a los amigos de su hermano. Sé que es difícil, pero sería muy útil que Sunee pudiera escribirnos una lista de nombres. Si no los recuerda, puede decirnos algo sobre los amigos, la edad o algo por el estilo, dónde viven... El tiempo es fundamental. Espero que lo entienda.

—¿Sabes, aunque sea vagamente, cómo se siente ella ahora? —dijo la intérprete con frialdad.

—Por desgracia, solo puedo imaginármelo —dijo Erlendur.

Elínborg llamó a la puerta. Estaba en el segundo piso de la misma escalera. La puerta se abrió y la recibió un policía de uniforme. La testigo había acudido a él, y ahora estaba sentada en el salón, esperando a Elínborg. Era una mujer de sesenta y cinco años llamada Fanney, una viuda con tres hijos adultos. Había preparado café para el agente, que desapareció al llegar Elínborg. Las dos se sentaron, cada una con su taza.

—Es realmente terrible —dijo la mujer, con un suspiro—. ¡Que pase algo así en el bloque! No sé adónde vamos a llegar.

El apartamento estaba a oscuras, a excepción de una lámpara encendida en la cocina y una lamparita en el salón. Tenía la misma estructura que el apartamento de Sunee, con una gruesa alfombra en el suelo y papel pintado de color verde en el vestíbulo y el salón.

—¿Conocías a los hermanos? —preguntó Elínborg.

Tenía que darse prisa, sacar lo que tuviera alguna importancia y continuar. Apresurarse sin dejar pasar nada.

—Sí, un poco —dijo Fanney—. Elías era un niño estupendo. Su hermano es un poco reservado, pero también es un chico magnífico.

—Dijiste que le habías visto hoy mismo, hace un rato —dijo Elínborg, que intentaba no parecer demasiado cansada. Tenía a su hija en casa, con vómitos y fiebre, y apenas había dormido la noche anterior. Solo pretendía pasarse un momento por el despacho, pero todo se torció al llegar la información de que habían encontrado al niño.

—A veces charlo un poco con Sunee en el pasillo —dijo Fanney como si no hubiera oído a Elínborg—. No llevan mucho tiempo viviendo aquí. Sin duda, estar tan sola tiene que ser difícil para ella. Sunee no tiene más remedio que trabajar muchísimo en esos trabajos sin cualificación que no tienen sueldos muy altos.

—¿Dónde estaba el chico cuando le viste? —preguntó Elínborg.

—Estaba detrás de la farmacia —dijo Fanney.

—¿A qué hora fue? —preguntó Elínborg—. ¿Estaba solo? ¿Entró en la farmacia?

—Me bajé del autobús del centro hacia las dos —dijo Fanney—. Siempre paso por delante de la farmacia y entonces le vi. Ni estaba solo ni entró en la farmacia. Estaba allí con algunos de sus compañeros, probablemente chicos del colegio.

—¿Y qué estaban haciendo?

—Nada. Pasaban el rato detrás de la farmacia.

—¿Detrás de la farmacia?

—Sí, el callejón se ve perfectamente al cruzar la esquina.

—¿Cuántos eran?

—Cinco o seis. No sé quiénes eran. No les había visto antes.

—¿Estás segura?

—En todo caso, no les presté atención —dijo Fanney, vaciando su taza.

—¿Eran de la misma edad que Niran?

—Sí, todos debían de tener una edad parecida. Eran morenos de cara.

—Pero ¿no los conocías?

—No.

—¿Dices que a veces charlas un rato con Sunee?

—Sí.

—¿Has hablado con ella recientemente?

—Sí, hace unos días. Me la encontré ahí fuera. Llegaba a casa después del trabajo y estaba muy cansada. Me contó un par de cosas sobre Tailandia en su islandés un tanto primario. Habla de una manera muy simple. Pero eso no me molesta.

—¿Y qué te contó?

—Una vez le pregunté qué era lo que le parecía más difícil de vivir en Islandia, de trasladarse a Islandia desde Tailandia, y me dijo que la sociedad islandesa era un poco cerrada comparada con la tailandesa. Las relaciones personales eran allí más abiertas. Todos hablan con todos, personas que no se conocen de nada pueden charlar de cualquier cosa sin problemas. Si te sientas en la acera a comer, no te da vergüenza invitar a los que pasan.

—Y el clima no se parece en nada —dijo Elínborg.

—No. Como es natural, la gente está mucho en la calle en cualquier estación. Aquí nos pasamos la mayor parte del año metidos en casa, y cada uno vive en la suya. Uno siempre se encuentra puertas cerradas por todas partes. Fíjate en esta escalera, por ejemplo. No estoy diciendo que sea mejor ni peor, pero es distinto. Son dos mundos diferentes. Cuando conoces a Sunee, te da la sensación de que la vida en Tailandia es mucho más tranquila y relajada. ¿Y si subo a su casa a verla?

—Será mejor que esperes uno o dos días; está muy afectada y cansada.

—Pobre mujer —dijo Fanney—. Ya no hay sanuk, sanuk.

—¿Qué dices?

—Ha intentado enseñarme alguna palabra en tailandés. Como sanuk, sanuk. Dijo que era una cosa típica de los tailandeses. Significa disfrutar de la vida, hacer algo agradable y divertido. ¡Disfrutar de la vida! También me enseñó otra cosa: painai. Ese es el saludo cotidiano en Tailandia, igual que nosotros decimos «buenos días». Pero el significado es completamente distinto. Painai no significa «buenos días», sino «adónde vas», y es una pregunta muy amable que también sirve como saludo, un saludo muy respetuoso. Los tailandeses sienten mucho respeto por el individuo.

—De manera que sois muy buenas amigas.

—Quizá pueda decirse eso. Pero la buena mujer nunca lo explica todo.

—¿Y eso?

—Claro que yo no debería cotillear, pero...

—¿Pero?

—Ha estado recibiendo visitas con regularidad.

—Todos recibimos visitas —dijo Elínborg.

—Claro, bueno, no; se me pasó por la cabeza que a lo mejor era un novio o algo así. Esa es mi sensación.

—¿Le has visto?

—No. Empecé a sospecharlo el verano pasado, y luego otra vez este invierno. No era más que un ir y venir. Un tanto tarde, de noche.

—¿Y nada más?

—No, eso era todo. Nunca le he preguntado.

—Pero no estás hablando de su exmarido, ¿no?

—No —dijo Fanney—. Ese viene a otras horas.

Elínborg le dio las gracias por su ayuda y se despidió. Sacó el móvil, marcó un número y al llegar a la escalera consiguió hablar con Sigurður Óli. Le contó lo del grupo de chicos al lado de la farmacia.

—Podrían ser compañeros del colegio —dijo Elínborg, bajando la escalera apresuradamente—. Él podría estar en casa de cualquiera de ellos. Parecían tener su edad.

—Creo que Erlendur ha preparado una lista de amigos de los chicos —dijo Sigurður Óli—. Voy a ver a una de las maestras del pequeño. Se llama Agnes. Le preguntaré por eso de la farmacia. Me pregunto si deberíamos pedir que llamen a la farmacia para saber si han visto a esos chicos rondando por allí.

—A lo mejor todavía está abierta —dijo Elínborg—. Iré a comprobarlo.

Sigurður Óli se despidió de Elínborg y subió corriendo las escaleras de un edificio de tres viviendas cercano a la escuela. Agnes vivía en el segundo piso de la casa, y fue ella quien abrió la puerta. Sigurður la reconoció por una foto que había visto en el colegio. Ella miró a Sigurður Óli, el pelo bien cortado y cuidado, el elegante nudo de corbata, la camisa blanca y el impermeable negro sobre un traje de chaqueta oscuro, y no le dejó ni hablar cuando él estaba a punto de presentarse.

—No, gracias —dijo ella con una sonrisa—. Ni siquiera creo en Dios.

Y le dio con la puerta en las narices.

Sigurður Óli se quedó un momento pensativo, y volvió a llamar al timbre.

—No te has enterado de la noticia, ¿verdad? —dijo con total seriedad cuando la mujer volvió a abrir.

—¿De qué?

—Soy de la policía. Han encontrado a uno de tus alumnos muerto cerca de su casa. Todo parece indicar que le apuñalaron con un cuchillo.

El rostro de la mujer se convirtió en un signo de interrogación.

—¿Qué dices? —suspiró—. ¿Muerto? ¿Quién?

—Elías —dijo Sigurður Óli.

—¡¿Elías?!

Sigurður Óli asintió con la cabeza.

—¡No te creo! Pero ¿qué dices? ¿Por qué? ¿Qué... qué estás diciendo?

—Quizá si me dejaras entrar... —dijo Sigurður Óli—. Necesitamos información sobre su clase, sus amigos, con quiénes iba, si tenía problemas en el colegio, si tenía enemigos. Si pudieras ayudarnos, sería fantástico. El tiempo es esencial. Cuanto antes reunamos información, tanto mejor. Es un fastidio presentarse de este modo en casa de la gente, pero...

—Yo... yo pensé que eras de alguna secta religiosa —dijo Agnes con un suspiro—. Vas tan...

—¿Podría sentarme un momento a hablar contigo?

—Perdona —dijo Agnes—; entra, por favor.

Le invitó a entrar. Sigurður Óli se encontró en un pequeño vestíbulo con un espejo y vio que en la cocina estaba la familia de la maestra, cenando. Dos niños y una niña le miraban con curiosidad, y el padre de los tres se levantó para estrecharle la mano. Agnes llevó a su esposo a un lado y le explicó en voz baja la inesperada visita, y luego hizo pasar a Sigurður Óli al despacho que compartía con su esposo.

—¿Qué le sucedió al niño? —preguntó la maestra tras cerrar la puerta—. ¿Le agredieron?

—Eso parece.

—Dios mío, esto es... Pobre muchacho. ¿Quién ha podido hacer algo así?

—¿Puedes recordar si en el colegio o en su clase hay alguno que quisiera hacerle daño?

—En absoluto —dijo Agnes—. Elías era un chico de lo más agradable y creo que se llevaba bien con todos. Y era un buen alumno. ¿Por qué quieres relacionar esto con el colegio? ¿Tenéis algo que apunte en esa dirección?

—No, nada —dijo Sigurður Óli sin vacilar—. Debemos empezar por algún sitio. ¿No sabrás si alguien le estaba acosando? ¿No ha sucedido nada que pudiera estar relacionado con la agresión? ¿No hay nada que te preocupe?

—Nada —dijo Agnes—. Que yo sepa, en el colegio no ha sucedido nada que pudiera acabar de esta forma. Nada.

Dejó escapar un profundo suspiro.

—¿Sabes algo de un grupo de chicos que se reúnen a holgazanear detrás de la farmacia del barrio? Amigos de Elías y de su hermano. Posiblemente hijos de inmigrantes.

—No, no tengo ni idea. ¿Cómo se encuentra la madre, pobre mujer? Tendré que ir a visitarla. No sé qué voy a decirle.

—Creo que aguanta, dadas las circunstancias —dijo Sigurður Óli—. ¿La conoces?

—No, en realidad no —respondió Agnes—. Tiene algunos problemillas con el islandés, de modo que pusimos una persona de apoyo para los dos chicos, una especie de enlace entre ella y el personal del colegio, una mujer estupenda que se llama Guðný. Colabora con nosotros cuando queremos mejorar el contacto con los alumnos y sus padres. Hay algunos de Croacia, otros de Vietnam, Filipinas o Polonia. Hay católicos, budistas, musulmanes... He hablado varias veces con la madre de Elías y parece muy agradable. Tiene que resultarle muy difícil estar tan sola.

—¿Cómo se acoge a los estudiantes inmigrantes? —preguntó Sigurður Óli—. ¿Cómo se les integra en el grupo?

—Últimamente intentamos hablar de niños o de personas «de origen extranjero», en vez de «inmigrantes» —dijo Agnes—. Algunos tardan más que otros en adaptarse. Es mucho más fácil para los que hablan y entienden el islandés, así como para los que han nacido aquí y que, naturalmente, son tan islandeses como cualquier otro, como en el caso de Elías. El caso de Niran es distinto. ¿Sabes que son hermanastros?

—Sí —respondió Sigurður Óli. Erlendur le había hablado de su conversación con la intérprete—. ¿Y qué pasa con Niran?

—Si quieres saber algo sobre ese tema tendrás que hablar con su tutora —dijo Agnes—. Los chicos que llegan aquí ya mayores y no tienen ni idea de la lengua, a veces lo tienen realmente difícil.

—De modo que Niran es uno de esos —dijo Sigurður Óli.

—Sí. No puedo decir estas cosas sobre ningún alumno en particular, pero es una situación muy especial. Él no parece interesado por aprender el idioma. Apenas lee islandés. No lo comprende. Es verdad que, como ambas lenguas son tan diferentes, a esos chicos les resulta difícil aprender islandés. Ellos hablan una lengua tonal, en la que el significado de las palabras varía según la altura del tono. Naturalmente, el islandés es completamente distinto.

—Dices que Elías era un buen alumno —dijo Sigurður Óli.

—Lo era —respondió Agnes—. Su madre, Sunee, sabe muy bien lo que quiere. Quiere que sus hijos estudien, y son listos, aunque en todo lo demás sean muy distintos.

—¿En qué sentido?

—Conozco mucho mejor a Elías —dijo Agnes—, pero también he tenido ocasión de conocer un poco a su hermano. Elías es el favorito de la clase, se lleva bien con todo el mundo, siempre sonríe y es muy amable, aunque creo que no le sobran los amigos, al pobre.

—Se han mudado al barrio hace poco —dijo Sigurður Óli.

—Su hermano es distinto —siguió Agnes.

—¿Por qué?

—No le conozco mucho, ya lo he dicho, pero tengo la sensación de que es mucho más duro. No tiene miedo a nada y está orgulloso de su origen, de ser tailandés. No es habitual encontrar algo así en los chavales; parecen saber poquísimo de su origen y de su historia. Lo noté una vez que le di clase como sustituta. Se puso a hablar de su bisabuelo y mostraba respeto por él. Y por sus parientes de Tailandia.

El vecino de enfrente de Sunee era un hombre de unos setenta años que vivía solo. No se había enterado de la noticia y dijo que se llevó un buen susto al volver a casa y darse de bruces con los coches patrulla y el revuelo que había en el bloque. Tuvo un cierto rifirrafe con los agentes de la entrada, que querían saber quién era y dónde vivía, y él no estaba dispuesto a facilitar semejante interrogatorio. La policía no quería decirle lo que había pasado. Estaba enfadado cuando Erlendur lo recibió en el penúltimo rellano, se presentó y dijo que era investigador de la policía.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó el hombre, jadeante tras subir la escalera. Llevaba una bolsa de plástico en la mano; era un hombre de estatura media que vestía un traje raído, una corbata que no pegaba lo más mínimo, y un chaquetón verde. Erlendur pensó que tenía mala pinta, como les pasaba a muchos solterones que conocía. El hombre lucía un rostro delgado, entradas profundas, ojos grandes y salientes, cejas finas y una frente alta y despejada.

Erlendur le explicó la situación y vio que el hombre se alteraba un poco al oír la noticia.

—¡Elías! —suspiró, mirando a la puerta de casa de Sunee—. ¿Qué dices? ¡Pobre niño! ¿Quién lo hizo? ¿Habéis encontrado ya a quien lo hizo?

Erlendur negó con la cabeza.

—¿Conoces a esta gente? —preguntó.

—No me lo puedo creer, todos esos coches de policía... por Elías... ¿Qué dice su madre, pobre mujer? Debe de estar destrozada.

—Han sido tus vecinos más cercanos durante... —dijo Erlendur.

—¿Quién es capaz de hacer algo así?

—Tienes que conocerlos —dijo Erlendur.

—Eh, sí, sí, claro, claro que los conozco. Elías me ha hecho algún recado alguna vez, es un chico adorable. No tarda ni un momento en subir y bajar todas estas escaleras... No me lo puedo creer...

—Necesito hacerte algunas preguntas, si no te importa —dijo Erlendur—. Como vecino suyo que eres.

—¿A mí?

—Solo será un momento.

—Entra, entonces —dijo el hombre, sacando el llavero. Encendió la luz del apartamento. Erlendur vio una gran librería, un viejo tresillo y una moqueta rota. Dos paredes del salón estaban empapeladas con papel blanco medio despegado que estaba levantado en algunos lugares y que ya había empezado a amarillear. El hombre, que se llamaba Gestur a juzgar por una plaquita de cobre que había en la puerta, le pidió a Erlendur que se sentase en el sofá. Él se acomodó en un sillón que había enfrente. Se había quitado el grueso chaquetón verde y llevó la bolsa de plástico a la cocina, donde encendió la cafetera.

—¿Qué puedes decirme de Sunee y sus hijos? —preguntó Erlendur.

—Solo puedo decirte cosas buenas. La madre es muy trabajadora, no tiene más remedio, pobre, estando sola. Los chicos siempre han sido amables conmigo. Elías siempre se me ofrecía para hacerme recados y Niran... ¿Dónde está Niran? ¿Cómo lo lleva? —preguntó Gestur, con gesto de gran preocupación.

Erlendur titubeó.

—¿No le habrán atacado también a él? —dijo Gestur con un fuerte suspiro.

—No —dijo Erlendur—, pero no sabemos dónde está. ¿Se te ocurre alguna posibilidad?

—¿De dónde pueda estar? No tengo ni la menor idea.

Erlendur estaba muy preocupado por el hermano, pero lo único que podía hacer era confiar en que volviera a casa o que lo encontraran lo antes posible. Le parecía demasiado pronto para mostrar su foto por televisión.

—Espero que esté por cualquier sitio pasando el rato —dijo—. ¿Cómo era la relación entre los dos hermanos?

—Admiraba mucho a su hermano; Elías, me refiero. Creo que idolatraba a Niran. Hablaba mucho de él. De lo que hacía y decía. De cómo le ganaba cuando jugaban al ordenador, de lo bueno que era jugando al fútbol y de que le llevaba al cine con sus amigos aunque fueran mayores. Niran lo sabía todo y podía hacerlo todo, según su hermano. Son muy distintos, tanto como pueden serlo dos hermanos. Elías es rápido y amable, y Niran es más reservado y le cuesta confiar en la gente. Listo como el hambre. Lo capta todo y se entera de todo. No se cree lo que ve y oye, y siempre es prudente.

—Parece que les conoces muy bien.

—Elías está un tanto solo, el pobre chaval... Le gustaba más el sitio donde vivían antes. A menudo, su madre llega tarde a casa del trabajo y esos días Elías pasea solo por el corredor o por el sótano, donde no hay más que trasteros y recovecos.

—¿Y Sunee?

—Ojalá hubiera más personas tan trabajadoras como ella. Sunee saca adelante a la família, ella y sus chicos, a base de esfuerzo. La admiro.

—¿No recibe ayuda de nadie?

—No, que yo sepa. Tengo entendido que su exmarido se ocupa poco de ella.

—¿Elías tenía relación con otras personas del edificio?

—Creo que no. No hay mucha relación entre unos apartamentos y otros. Todos son pisos de alquiler y ya sabes qué clase de gente puede haber en el mercado de alquiler. La gente va y viene a horas y a deshoras, solteros y parejas y algunas madres solas como Sunee, incluso padres solos, estudiantes... A algunos los echan. Otros pagan la renta regularmente.

—¿Todo el bloque es de un único propietario?

—Esta escalera, por lo menos, creo que es de un solo tío. Nunca le he visto. Cuando alquilé el piso vino una mujer de la inmobiliaria que se encargó de todo y me dio un número de cuenta. Si hay algún problema, contacto con la inmobiliaria.

—¿Y el precio es alto?

—Imagino que para Sunee debe de serlo. A menos que su contrato sea diferente al mío.

Erlendur se puso en pie. El café estaba aún sin tocar en la cafetera de la cocina. El aroma invadía todo el apartamento. Gestur también se levantó. No le había invitado a café. Erlendur miró al oscuro vestíbulo. En la puerta había una mirilla justo encima de la plaquita del nombre. Si se miraba por ella se veía la entrada del piso de Sunee y los niños. Erlendur miró a Gestur a los ojos y le dio las gracias.

5

A Erlendur volvió a sonarle el móvil. No conocía el número que apareció en la pantalla, pero en cuanto oyó la voz supo quién era.

—¿Te interrumpo? —preguntó Eva Lind.

—No —dijo Erlendur, que llevaba mucho tiempo sin oír la voz de su hija.

—He visto lo del chico ese en la tele —dijo Eva Lind—. ¿Llevas tú el caso?

—Sí, yo y otros. Todos, creo.

—¿Sabes lo que pasó?

—No. No sabemos mucho.

—Es... es espantoso.

—Sí.

Eva calló.

—¿Algo va mal? —preguntó Erlendur al cabo de un momento.

—Me apetece verte.

—Pues entonces ven a casa.

Eva volvió a callarse.

—¿Siempre está ahí? —preguntó al poco rato.

—¿Quién?

—Esa mujer con la que estás.

—¿Valgerður? No. Solo a veces.

—No quiero interrumpir.

—No interrumpes.

—¿Estáis juntos?

—Somos buenos amigos.

—¿Es simpática?

—Valgerður es muy...

Erlendur titubeó.

—¿Qué quieres decir con «simpática»?

—¿Mejor que mamá?

—Creo...

—Tiene que ser mejor que mamá, porque te gusta estar con ella. Y seguramente mejor que yo.

—No es mejor que nadie —dijo Erlendur—. No os estoy comparando. Tú tampoco deberías hacerlo.

—¿No es ella la primera mujer con la que estás desde que nos dejaste? Debe de tener algo especial.

—Deberías hablar con ella.

—Me apetece hablar contigo.

—Pues hazlo.

—Chao.

Eva colgó.

Erlendur se metió el móvil en el bolsillo.

Había estado con Valgerður dos días antes. Fue a casa de Erlendur una noche, al acabar la guardia, y él le ofreció Chartreuse. Brindaron. Ella le contó que había pedido formalmente el divorcio de su marido, médico, y ya había contratado un abogado.

Valgerður era técnica de laboratorio en el Hospital Nacional. Erlendur la había conocido durante la investigación de un crimen, y supo que tenía problemas en su vida privada. Estaba casada, pero su marido la había engañado muchas veces y ella había acabado por romper la relación. Ella y Erlendur decidieron no acelerar las cosas. No vivían juntos. Valgerður quería vivir sola un tiempo después de un largo matrimonio, y él no había vivido con una mujer desde hacía muchos años. Pero tampoco le importaba demasiado. Erlendur estaba acostumbrado a la soledad. De vez en cuando, ella le llamaba porque le apetecía ir a verle a casa. A veces iban juntos a un restaurante. En una ocasión, ella consiguió llevarle a rastras al teatro, a ver algo de Ibsen. Al cuarto de hora de representación, empezó a quedarse dormido. Ella intentó mantenerlo despierto dándole unos golpecitos, pero no sirvió de nada y Erlendur durmió la mayor parte de la función hasta el entreacto, cuando decidieron volver a casa. Ese drama artificial, dijo como excusa, no me aporta nada. El teatro es también realidad, repuso ella. No como esta, dijo él, al tiempo que le daba el segundo volumen de las Historias de carteros rurales. Erlendur le había prestado algunos de sus libros, que trataban de cómo la gente se perdía en Islandia en el pasado y acababan por morir en la intemperie, y otros sobre muerte y desolación por avalanchas de nieve. Al principio, a ella no le atraían, pero tras leer varios relatos su interés fue creciendo y descubrió el porqué del inagotable interés de Erlendur por ese tema.

—El abogado cree que podemos dividírnoslo todo entre los dos de forma equitativa —dijo, y tomó un sorbo de licor.

—Estupendo —dijo Erlendur. Sabía que vivían en una gran casa unifamiliar en la elegante zona de Landakot, y pensó en quién se quedaría con la casa. Preguntó si le importaba.

—No —respondió ella—. La casa siempre significó mucho más para él. Tengo entendido que ya anda con otra.

—Ah, ¿sí?

—Una del hospital. Una enfermera jovencita.

—¿Crees que se puede tener una buena convivencia después de un adulterio por ambas partes? —preguntó él, pensando en una desaparición que estaba investigando—. ¿Crees que es posible crear una buena convivencia leal, cuando los dos han cometido adulterio antes?

—Yo no hice nada —dijo Valgerður—. Él me engañó una vez tras otra con todas las mujeres que tenía al alcance.

—No hablo de ti, sino de un caso que estoy investigando.

—¿La desaparición de esa mujer?

—Sí.

—¿Los dos engañaban a sus parejas respectivas antes de empezar a vivir juntos?

Erlendur asintió. Rara vez hablaba con nadie de fuera del trabajo sobre los casos que investigaba. Valgerður era una excepción. Eva, otra.

—No lo sé —continuó Valgerður—. Desde luego, puede ser difícil si los dos han abandonado a sus parejas en esas circunstancias. Alguna consecuencia tiene que tener.

—¿Por qué no iba a suceder otra vez? —preguntó Erlendur.

—No debes olvidar el amor.

—¿El amor?

—No puedes dejar el amor de lado. A veces, las dos partes están dispuestas a sacrificarlo todo por una nueva relación. A lo mejor, eso es amor verdadero.

—Sí, pero, ¿qué pasa si una de las partes encuentra el verdadero amor a intervalos regulares? —dijo Erlendur.

—¿Ella le abandonó porque la engañaba? ¿Él había vuelto a empezar otra vez?

—No lo sé —dijo Erlendur.

—¿Engañabas a tu ex cuando te divorciaste?

La pregunta le pilló por sorpresa y sonrió.

—No —respondió.

—¿Estás pensando si el hombre no fue fiel a esa mujer?

Erlendur se encogió de hombros.

—¿Por qué desapareció ella?

—Esa es la cuestión.

—¿No sabéis nada más?

—En realidad, no.

Valgerður se quedó callada.

—¿Cómo puedes beber Chartreuse? —preguntó con una mueca.

—Extravagancias —respondió él con una sonrisa.

Cuando Erlendur volvió al piso de Sunee, la exsuegra de esta ya había llegado; era una mujer ágil y bastante delgada, de unos sesenta años. Subió a toda prisa por las escaleras y abrazó a Sunee, que la esperaba en el descansillo. Sunee parecía contenta de tener allí a la abuela de Elías. Erlendur pensó que parecían llevarse bien. Aún no habían localizado al padre de Elías. No estaba en casa y tenía el móvil apagado. Sunee creía que había cambiado de trabajo hacía poco y no sabía cómo se llamaba la empresa en la que estaba en ese momento.

La mujer hablaba a media voz con Sunee. El hermano y la intérprete se mantenían a cierta distancia. Erlendur miró la pantalla roja con el dragón amarillo. Tenía la sensación de que se enroscaba sobre un perrito, pero no era capaz de decidir si era para defender al perro o para aplastarlo.

—¡Es terrible! —exclamó la mujer, y miró a la intérprete, a la que parecía conocer—. ¿Quién ha podido hacer algo así?

Sunee le dijo algo a su hermano y entraron en la cocina, en compañía de Guðný.

La suegra lanzó una mirada a Erlendur.

—¿Y tú quién eres?

Erlendur se presentó. La mujer hizo lo mismo, diciendo que se llamaba Sigríður. Le pidió a Erlendur que le contara lo que había sucedido, lo que estaba haciendo la policía, qué hipótesis tenían y si habían encontrado pistas. Erlendur le respondió lo mejor que pudo pero tenía muy poco que contar. Eso pareció ponerla de mal humor, como si pensara que le estaba ocultando información. Así se lo dijo. Erlendur le aseguró que no era así, que la investigación acababa de empezar y que aún no tenían nada importante.

—¡Que no tenéis nada importante! ¿Apuñalan a un niño de diez años y no tenéis nada importante?

—Le doy el pésame por el niño —dijo Erlendur—. Como es lógico, estamos haciendo todo lo posible para descubrir lo sucedido y encontrar al culpable.

Ya se había encontrado en una situación similar en una familia paralizada por el dolor a causa de algo incomprensible e insoportable. Conocía el rechazo y la ira. El caso era tan abrumador que resultaba demasiado monstruoso para enfrentarse directamente a él, y la mente buscaba cualquier medio para aliviar el sufrimiento. Como si aún fuera posible salvar algo.

Erlendur conocía aquel sentimiento desde que tenía diez años, cuando, acompañado por Bergur, su hermano pequeño, se perdió en medio de una gran ventisca. Durante un tiempo tuvieron la esperanza de encontrar a su hermano enterrado en la nieve, como le había sucedido a él mismo, y esa esperanza empujó a la gente a seguir buscando mucho después de que el destino del niño estuviera ya sellado. Nunca encontraron el cuerpo. Cuando la esperanza fue disminuyendo con el paso de los días hasta desaparecer con las semanas, los meses y los años, comenzó una especie de apatía vital que fue la herencia de aquel suceso. Algunos consiguieron librarse de ella. Otros, como Erlendur, la cultivaron y convirtieron el sufrimiento en compañero de sus vidas.

Sabía que, en aquel momento, lo más importante era encontrar al hermanastro, a Niran. Confiaba en que el muchacho volviera a casa lo antes posible y pudiera aclarar lo que había sucedido. Cuanto más tiempo pasara sin que apareciera el muchacho, tanto más probable era, pensaba Erlendur, que su desaparición tuviera que ver con el asesinato del niño. En el peor de los casos, también le podía haber sucedido algo malo a Niran, pero prefería no plantearse esa posibilidad.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudaros? —preguntó Sigríður.

—¿Has sabido algo del hermano mayor?

—¿De Niran? No, Sunee esta preocupadísima por él.

—Estamos haciendo todo lo que podemos —dijo Erlendur.

—¿Pensáis que quizá también le haya pasado algo malo? —preguntó Sigríður, aterrada.

—Lo dudo —dijo Erlendur.

—Tiene que volver a casa —dijo Sigríður—. Sunee le necesita a su lado.

—Aparecerá —dijo Erlendur con tranquilidad—. ¿Tienes idea de dónde podría estar? Hace rato que debería haber vuelto a casa del colegio. Su madre dice que no tiene actividades extraescolares, ni entrenamiento de fútbol ni nada parecido.

—No tengo ni la más remota idea de dónde podría estar —respondió Sigríður—. No tengo demasiada relación con él.

—¿Y con los antiguos amigos de Snorrabraut? —preguntó Erlendur—. ¿Puede estar en casa de alguno de ellos?

—No lo sé.

—¿Niran y Elías se llevaban bien? —preguntó Erlendur.

—Sí, muy bien.

—No llevan mucho tiempo viviendo aquí, ¿verdad?

—No. Se mudaron aquí desde Snorrabraut la primavera pasada. Los chicos tuvieron que cambiar de colegio en otoño. Creo que fue dificilísimo para ellos; el divorcio, tener que mudarse a un barrio nuevo, empezar en otro colegio...

—Tengo que hablar con tu hijo —dijo Erlendur.

—Yo también —dijo Sigríður—. Está en una empresa nueva que no sé cómo se llama.

—Tengo entendido que Sunee no fue la primera mujer extranjera con la que se casó.

—No entiendo a mi chico —dijo Sigríður—. Nunca he llegado a comprenderle. Y tienes razón. Sunee fue la segunda mujer que se trajo de Tailandia.

—¿Elías y su hermano tenían una buena relación? —preguntó Erlendur con cautela. La mujer notó su titubeo.

—¿Buena relación? Naturalmente. Pero bueno, ¿adónde quieres llegar? Claro que se llevaban bien.

Dio un paso hacia Erlendur.

—¿Pensáis que lo hizo él? —dijo en un susurro—. ¿Pensáis que pudo hacerle algo a su hermano? ¿Estáis locos?

—En absoluto —dijo Erlendur—. Yo...

—Sería una solución sencillísima, ¿verdad? —dijo Sigríður con aspereza.

—No malinterpretes mis palabras —dijo Erlendur.

—¡Que las malinterpreto! No malinterpreto nada —le soltó Sigríður con los dientes apretados—. ¿Tú crees que esto es cosa de unos tailandeses que se matan unos a otros? ¿No sería eso lo más cómodo para ti y para todos nosotros? ¡No son más que cosas de tailandeses! A nosotros no nos afecta. ¿Es eso lo que estás insinuando?

Erlendur titubeó. Quizá se había apresurado al interrogar a los parientes más próximos sobre la relación entre los hermanos. No tenía que sembrar sospechas con insinuaciones. Así solo causaba más furia y desesperación.

—Te pido perdón si he dado a entender esto —dijo Erlendur con calma—. Pero tenemos que buscar información, por muy desagradable que resulte. No nos hemos planteado que el mayor tenga algo que ver con el crimen, pero sigo pensando que cuanto antes le encontremos, mejor para todos.

—Niran volverá a casa enseguida —dijo Sigríður.

—¿Podría haber ido a casa de Óðinn, su padrastro?

—No creo. No se llevan bien. Mi hijo...

Sigríður vaciló. Erlendur esperó impaciente.

—Ay, no sé —dijo la mujer con un suspiro.

Sigríður le contó que ella había estado viviendo en el campo hasta hacía un tiempo, y que solo venía a Reikiavik algunas veces al año durante algunos días. Siempre iba a visitar a la familia de su hijo y, a veces, se quedaba en su casa, aunque el piso de Snorrabraut era pequeño. Sabía que su hijo no se encontraba bien, y aunque Sunee no se quejó de nada, vio que había algún problema serio en el matrimonio. Fue en la época en que Sunee dijo que tenía otro hijo en Tailandia y que quería que viniese.

Cuando conoció a Sunee, Óðinn no le dijo nada a su madre. Había estado con otra tailandesa antes de aparecer Sunee. Lo había abandonado después de tres años de convivencia. Óðinn no la había visto en persona cuando la hizo venir a Islandia, solo la conocía por fotos. A esa mujer le dieron un visado de un mes para estar en el país. Se casaron dos semanas después de que ella llegara a Islandia. Había traído todos los papeles necesarios para que el matrimonio fuera legal.

—Luego se fue a vivir a Dinamarca —dijo Sigríður—. Probablemente solo vino para conseguir el pasaporte islandés.

Lo siguiente que supo Sigríður fue que Óðinn había conocido a Sunee y se había casado con ella. Sunee y ella simpatizaron desde el principio. La primera vez que vio a su nuera tenía cierta aprensión, después de lo que había pasado, y estaba muy preocupada por la nueva relación. Intentó evitar los prejuicios y respiró aliviada al darle la mano a Sunee. Enseguida comprendió que aquella mujer tenía mucho que ofrecer. Lo primero que vio fue que Sunee había transformado el desastroso apartamento de Snorrabraut en un hogar bonito y limpio con una fuerte atmósfera oriental. Había traído, o había hecho que le enviaran, cosas de Tailandia para decorar el piso, una estatuita de Buda, fotos y diversos objetos preciosos.

A pesar de lo irregular de sus viajes a Reikiavik en esa época, Sigríður intentó facilitarle la vida a Sunee. Su nuera no comprendía la lengua y le resultaba muy difícil aprenderla. Hablaba poco inglés; además, Sigríður sabía que su hijo nunca había sido muy sociable y que tenía pocos amigos que pudieran ayudar a Sunee a adaptarse al cambio de forma de vida y a una sociedad totalmente distinta a la suya. Sunee fue conociendo poco a poco a otras mujeres tailandesas que la ayudaron a adaptarse, pero no tenía amigas islandesas, quizás a excepción de su suegra.

Sigríður admiraba el modo como Sunee se acostumbraba a la oscuridad y al frío y a aquellas costumbres tan extrañas. Lo único que pasa es que la gente se pone más ropa, decía ella, sonriente y positiva. El hijo no estaba siempre tan contento con la intromisión de su madre. Discutieron cuando Sigríður se dio cuenta de que su hijo se irritaba cuando Sunee hablaba tailandés con el niño. Y eso que, para entonces, ya había empezado a hablar un poquito de islandés. «No sé lo que le está diciendo al niño —se quejó Óðinn a su madre—. El niño tiene que hablar islandés. ¡Ese niño es islandés! Es lo mejor para él. Hay que pensar en su futuro».

Sigríður contó que más tarde se dio cuenta de que no era solo su hijo quien pensaba así. En algunos casos, los maridos islandeses prohibían a sus mujeres asiáticas hablar con los niños en su lengua materna porque ellos no la comprendían. Cuando la madre hablaba poco islandés, o nada, la madurez lingüística de los hijos llegaba a ser tan mala que podía afectar a toda su vida escolar. Eso podía afirmarse en el caso de Elías, que destacaba en matemáticas pero iba peor en asignaturas como ortografía y lengua islandesa.

Óðinn se negaba a hablar del divorcio y no escuchaba a su madre cuando le hablaba de sus obligaciones.

—Fue un error —decía—. ¡Nunca debí haberme casado!

Sigríður se mudó entonces a la capital y siguió manteniendo una buena relación con Sunee y Elías, a los que consideraba de su familia. Incluso a Niran, que no estaba contento con su destino, se le veía encantado con ella pese a lo poco que podían decirse. Intentó que su hijo le pagara a Sunee lo que tenía que darle por el divorcio, entre otras cosas una parte del piso, pero él se negó y dijo que aquel piso era suyo antes de que apareciera Sunee. A veces, Elías iba a casa de su abuela y se quedaba a dormir; era un chico alegre y majísimo que siempre estaba dispuesto a hacer lo que fuese por ella.

Niran jamás se llevó bien con su padrastro y no conseguía adaptarse a la sociedad islandesa. Tenía nueve años cuando llegó a Islandia con Virote, el hermano menor de Sunee. Virote se aclimató, encontró trabajo en la pesca y soñaba con abrir un restaurante tailandés.

—Niran nunca consideró a Óðinn su padre, lo que es comprensible —dijo Sigríður—. No tenían nada en común.

—¿Quién es el padre de Niran? —la interrumpió Erlendur.

Sigríður se encogió de hombros.

—Nunca se lo he preguntado —respondió.

—Tiene que ser difícil para un chico como él venir a este país a esa edad y en esas circunstancias.

—Naturalmente, fue muy difícil —dijo Sigríður—. Y lo sigue siendo. No va bien en el colegio y, en cierto modo, está marginado de la sociedad islandesa.

—Hay más chicos como él —dijo Erlendur—. Encuentran amparo unos con otros, porque tienen una historia parecida. Ha habido enfrentamientos entre ellos y chicos islandeses, aunque no muchos ni demasiado graves. Quizá vemos más armas que antes. Puños americanos. Navajas.

—Niran no es mal chico —dijo Sigríður—, pero sé que Sunee está preocupada por él. Siempre se portó bien con su hermano. Entre los dos existía una relación muy especial. Se llevaban estupendamente, eso creo, pese a las circunstancias. Sunee se esforzaba mucho para que fuera así.

Guðný salió de la cocina.

—Sunee quiere salir a buscar a Niran —dijo—. La acompaño.

—Claro —dijo Erlendur—. Pero creo que sería mejor esperarle un poco más, por si aparece.

—Me quedaré yo, por si acaso viene —dijo Sigríður.

—Sunee no puede seguir sentada esperando —dijo la intérprete—. Tiene que salir. Tiene que hacer algo.

—Lo comprendo perfectamente —dijo Erlendur.

Sunee se dirigió a la puerta del piso y se puso el abrigo. La puerta del cuarto de los chicos estaba abierta y lo miró. Fue hacia allí y empezó a decir algo. La intérprete y Erlendur se acercaron.

—Soñó algo —dijo la intérprete—. Cuando Elías despertó por la mañana, le contó el sueño que había tenido. Llegaba un pájaro y él le construía una jaula y los dos eran amigos, el pájaro y Elías.

Sunee estaba en la puerta del cuarto de los chicos y habló con la intérprete.

—Estaba un poco enfadado con su madre —dijo la intérprete.

Sunee miró a Erlendur y continuó su relato.

—En el sueño se sentía feliz porque por fin tenía un amigo —dijo la intérprete—. Estaba disgustado con su madre porque le había despertado. Elías habría querido seguir soñando.

Sunee recordó el sueño de Elías de aquella mañana. El niño estaba en la cama intentando que no se le escapara el sueño; acurrucado debajo de su edredón, demasiado pequeño, con su pijama demasiado corto. Sus delgadas piernas se salían de las perneras. Estaba acostado de lado con los ojos fijos en la pared, en la oscuridad. Su madre encendió la luz de la habitación pero él alargó la mano y la volvió a apagar. Su hermano ya estaba levantado. Se había hecho demasiado tarde para Sunee y no encontraba el bolso. Le llamó a gritos para que saliera de la cama. Sabía que le encantaba remolonear bajo el cálido edredón, sobre todo en las mañanas frías y oscuras, y tenía por delante un largo día de colegio.

—Tenemos que hablar de sus amigos —dijo Erlendur cuando la intérprete acabó de traducir las palabras de Sunee.

Sunee volvió a mirar la habitación de los chicos.

—¿Tiene muchos amigos? —preguntó Erlendur, y la intérprete tradujo sus palabras al tailandés.

—Creo que no tenía muchos en este sitio nuevo —dijo Sunee.

—Soñaba con eso —dijo Erlendur.

—Soñaba con tener un buen amigo —la intérprete tradujo las palabras de Sunee—. Le desperté y se quedó un buen rato en la cama antes de venir a la cocina. Yo estaba saliendo a todo correr cuando apareció, por fin. Le grité que se diera prisa. Niran ya había desayunado y estaba esperándole. Solían ir juntos al colegio. Y Niran decidió que no quería seguir esperando y yo tuve que marcharme.

Sunee se forzó a seguir.

—Ni siquiera pude despedirme de él. Eso fue lo último que le oí decir.

—¿El qué? —preguntó Erlendur, mirando fijamente a la intérprete.

Sunee dijo algo. Habló tan bajo que la intérprete tuvo que inclinarse para oírla. Cuando se incorporó, tradujo al islandés lo último que le dijo Elías a su madre antes de que se fuera a trabajar.

—Ojalá no me hubiera despertado.

6

Comunicaron a Erlendur que habían localizado al padre de Elías. Este pidió que le dejaran ver el cuerpo de su hijo en el depósito de Barónsstígur. Después lo llevaron al despacho de Erlendur en la comisaría de Hverfisgata, donde le esperaba en ese momento. Erlendur se despidió de Sunee, de su hermano y de la intérprete a la entrada del bloque. Dos agentes les acompañarían por el barrio a buscar a Niran. Sigríður se quedó en el piso. Erlendur pensaba que ya tenía toda la información que la madre de Elías podría proporcionarle en esos momentos. Estaba claro que no sabía por qué habían agredido a su hijo, ni por qué Niran todavía no había vuelto a casa. Ni siquiera se imaginaba por dónde podía andar. Hacía relativamente poco que se habían mudado al barrio y ella no conocía a los amigos de su hijo, solo sabía aproximadamente dónde vivían. Erlendur comprendía que no pudiera seguir en casa de brazos cruzados, esperando a que llegara alguna noticia. Toda la policía de la ciudad estaba buscando a Niran. Se habían repartido fotos suyas por las comisarías. Podía estar en peligro. O escondido. Lo principal era encontrarlo lo antes posible.

Elínborg se puso en contacto con Erlendur y le contó que había estado hablando con los empleados de la farmacia por donde le habían dicho que solían andar Niran y sus amigos. A los empleados no les sonaba que un grupo de chicos anduviera habitualmente por la farmacia. No se habían dado cuenta de la presencia de una pandilla detrás del edificio y se quedaron parados cuando Elínborg empezó a pedirles detalles sobre el tema; de todas formas, los chicos del colegio pasaban el rato por la zona. Había una pared llena de pintadas y colillas en la acera, junto a una puertecita que había en la parte de atrás. Elínborg dijo que hablaría con los compañeros de clase de Elías.

—Una vecina de Sunee, Fanney, dijo que Sunee recibía visitas.

—¿Qué clase de visitas?

—No estaba claro. Ella pensaba que podía ser alguien que fuera a visitarla, ya sabes, un hombre.

—¿Un novio?

—Quizá. No lo sabe. Nunca le ha visto. Pero tiene esa sensación. Sabe de estas visitas desde el verano pasado.

—Tendremos que preguntarle a Sunee —dijo Erlendur—. Habrá que comprobar sus llamadas de teléfono. Quiénes la han llamado y a quiénes ha llamado.

—Muy bien.

El móvil volvió a sonar cuando Erlendur estaba llegando a la comisaría. Era Valgerður. Se había enterado del crimen y estaba asombrada y horrorizada. Habían acordado verse esa tarde pero Erlendur dijo que quizá tuvieran que anular la cita. Ella dijo que no importaba.

—¿Sabéis ya lo que pasó? —preguntó Valgerður preocupada.

—Todavía no —respondió Erlendur.

—No quiero interrumpirte, ya hablaremos —dijo ella, y se despidieron.

Erlendur se envolvió mejor en el abrigo mientras entraba a toda prisa en la comisaría, y en aquel momento se dio cuenta de que Niran no podría estar al aire libre con un viento del Norte como aquel. El viento gélido y seco le mordía el rostro. Cuando levantó la vista, vio una pálida luna de hielo.

En la recepción había un hombre de mediana edad muy nervioso que le explicaba al policía de guardia que su coche había sufrido daños. El hombre estaba escandalizado de que la policía eludiera el problema con tanta soltura, como si no fuera delito causar daños que ascendían a miles de coronas. Erlendur no llegó a saber de qué delito hablaban, pues iba con prisa, pero creyó oír que alguien había rayado el coche de aquel hombre.

El padre de Elías estaba sentado en el despacho de Erlendur, con la cabeza gacha; era un hombre delgado, de unos cincuenta años, con la parte de arriba de la cabeza calva, unos mechones de pelo oscuro en la frente y barba de varios días. Tenía la boca muy pequeña y dientes grandes y salientes, que daban a su rostro un aspecto un tanto repulsivo. Se puso en pie al entrar Erlendur, y se dieron la mano.

—Óðinn —se presentó el hombre, a media voz. Tenía los ojos rojos de haber llorado.

Erlendur colgó su abrigo en la percha y se sentó a su mesa.

—Te acompaño en el sentimiento por la muerte del niño —dijo—. Es tan espantoso que no puede expresarse con palabras.

Hizo una pequeña pausa y observó al hombre. Óðinn vivía solo en el apartamento de Snorrabraut, según había declarado a la policía. Mientras iba camino de comisaría, informaron a Erlendur de que el hombre se asustó cuando la policía le informó de lo ocurrido a Elías. Iba vestido con unos vaqueros muy desgastados, un impermeable fino de color claro, y llevaba una vieja bufanda roja con el escudo de un equipo de fútbol extranjero.

—¿Tienes idea de dónde puede estar tu hijastro? —preguntó Erlendur.

—¿Niran? ¿Qué le pasa?

—No le encontramos. Aún no ha vuelto a casa.

—No tengo ni idea —dijo el hombre—. Tengo... —Se quedó callado.

—¿Sí? —dijo Erlendur.

—Nada —dijo el hombre.

—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con tu familia?

—Siempre es de forma esporádica. Nos divorciamos. Quizá ya lo sepas.

—¿No puedes imaginarte qué puede haberle pasado al chico?

—Yo... esto es horrible, espantoso... jamás habría pensado que pudiera suceder algo semejante en este país. ¡Atacar así a un niño!

—¿Qué crees que ha pasado?

—¿No es evidente? ¿No es racismo? ¿Puede haber otro motivo para agredir a un niño de esa forma? ¿Qué puede hacerle un niño a alguien?

—Todavía no sabemos lo que pasó —dijo Erlendur—. ¿Les has telefoneado o visitado últimamente?

—No. El otro día fui al cine con Elías. Nunca he tenido demasiada relación con Niran.

—¿Y no tienes idea de lo que puede haber pasado?

Óðinn sacudió la cabeza.

—¿Pensáis que a Niran también le ha pasado algo?

—No lo sabemos. Lo están buscando. ¿Se te ocurre algo?

—¿De dónde puede estar? No, nada. No se me ocurre nada.

—Sunee se mudó cuando os divorciasteis —dijo Erlendur—. Parece que los chicos no se han adaptado demasiado bien al nuevo barrio. ¿Lo sabías?

Óðinn tardó en responder.

—¿No te enteraste de que tenían problemas?

—No tenía mucha relación con Sunee —dijo Óðinn, finalmente—. Se había acabado.

—Te pregunto por los chicos —dijo Erlendur—. Sobre todo, por tu hijo.

Óðinn se quedó callado.

—Elías siempre quiso más a su madre —dijo al poco rato—. Muchas veces discutíamos sobre su educación. Ella siempre hacía su santa voluntad en todo lo que tenía que ver con la educación. Incluso le llamaba por su nombre tailandés. Rarísima vez le llamaba Elías.

—Sunee está muy lejos de su casa. Quiere aferrarse a algo que la relacione con su pasado, ya que está en otro país —dijo Erlendur.

Óðinn le miró en silencio.

—Tu madre se lleva bien con ella —dijo Erlendur—. Por lo que he oído, son muy amigas. Fue a casa de Sunee en cuanto se enteró.

—Siempre se han llevado bien.

—Tengo entendido que Sunee es tu segunda mujer tailandesa... ¿Es así?

—Sí —respondió Óðinn.

—Sé que no te hizo mucha gracia que Sunee te dijera que tenía un hijo más mayor y que quería que viniese a Islandia —dijo Erlendur.

—Lo sospechaba —dijo Óðinn—. No fue una sorpresa. Pero me había dicho que era soltera. Y luego resulta que quería traerse a Niran.

—¿Qué te pareció?

—No me hizo gracia que ese chico viniera. Pero me aguanté. No me metí en el asunto. La dejé que hiciera lo que le diese la gana.

—¿No te quisiste divorciar en ese momento?

—Sunee estaba bien —dijo Óðinn.

—No ha aprendido mucho islandés en los años que lleva viviendo aquí —dijo Erlendur.

—No —dijo Óðinn.

—¿Intentabas enseñárselo?

—¿Por qué me preguntas eso? ¿Qué tiene que ver con el caso? ¿No sería mejor que intentaras cazar a quienes lo hicieron, en vez de hacerme estas absurdas preguntas que no tienen nada que ver con el caso? ¿A qué vienen estas preguntas?

—Probablemente agredieron a tu hijo a primera hora de la tarde —dijo Erlendur—. ¿Dónde estabas a esa hora?

—Trabajando —respondió Óðinn—. Estaba en el trabajo cuando llegasteis. ¿Piensas que yo he matado a mi hijo? ¿Estás loco?

Dijo estas palabras sin alzar la voz ni excitarse, como si la idea fuera demasiado estúpida para enfadarse.

—La experiencia demuestra que este tipo de casos suelen estar relacionados con la familia —dijo Erlendur sin inmutarse—. No es raro que quiera saber dónde pasaste el día.

Óðinn se quedó callado.

—¿Hay alguien en el trabajo que pueda confirmar que estuviste allí?

—Sí, dos personas. ¡No puedo creer que penséis que tengo algo que ver con esto!

—Así es nuestro trabajo —dijo Erlendur—. Muchas de las cosas con las que me encuentro parecen incluso más absurdas.

—¿Intentas decirme que he atacado a mi hijo para vengarme de Sunee?

Erlendur se encogió de hombros.

—¿Estás loco?

—Siéntate y estate quieto —dijo Erlendur al ver que Óðinn se ponía en pie—. Debemos considerar todas las posibilidades. ¿Por qué ibas a querer vengarte de Sunee?

—¿Qué quieres decir? ¡Yo no quiero vengarme de ella!

—No he dicho que tuvieras motivo alguno —dijo Erlendur—. Lo has dicho tú.

—Yo no he dicho nada.

Erlendur se calló.

—Intentas liarme —dijo Óðinn, bastante furioso—. Pretendes que diga algo que no quiero decir. ¡Estás jugando conmigo!

—Eso fue lo que dijiste.

—¡Maldita sea! —gritó Óðinn, dando una patada al escritorio. Erlendur estaba sentado en su butaca, inmóvil, mirándole, con las manos cruzadas sobre el pecho, reclinado hacia atrás. Parecía que aquel hombre fuese a lanzarse encima de él en cualquier momento.

—¡Yo jamás le haría nada a mi hijo! —vociferó—. ¡Nunca!

Erlendur no movió un músculo.

—¿Has hablado con su novio? —dijo Óðinn.

—¿Su novio?

—¿No te ha hablado de él?

—¿Quién es? ¿Quién es el novio de Sunee?

Óðinn se mantuvo en silencio. Clavó los ojos en Erlendur, quien se inclinó hacia delante.

—¿Fue el motivo de vuestro divorcio? —preguntó Erlendur con cautela.

—No. Me enteré hace poco.

—¿De qué?

—De que salía con alguien.

7

Elínborg había ido a visitar a un compañero de clase de Elías. Se quedó de pie en la cocina, ya que nadie le ofreció un asiento. El padre estaba sentado a la mesa al lado del muchacho, junto a su hermana y su hermano pequeño. Era una pequeña casa adosada a escasa distancia del bloque donde vivían Niran y Elías. Elínborg había interrumpido su cena. Otros agentes de policía estaban haciendo lo mismo en otras casas donde vivían niños que iban al colegio de Elías.

Elínborg se excusó varias veces. La madre dijo que había visto el telediario y que la noticia la había conmocionado. Ni el padre ni los niños parecieron reaccionar.

Elínborg echó un vistazo a la comida: espaguetis con carne picada. El olor a carne inundaba la casa, mezclado con aroma a albahaca y salsa de tomate. Sin proponérselo, pensó en su casa. Hacía días que no tenía tiempo para hacer la compra y la nevera estaba vacía.

—Vino al cumpleaños de Biggi —dijo la madre, que estaba de pie junto a la mesa—. Invitamos a toda la clase. Me pareció un chico realmente adorable. No puedo entender lo que ha pasado. Dijeron que le habían apuñalado. Como si alguien hubiese querido hacerle mucho daño. Insinuaron que le habían agredido, como si fuera algo premeditado. ¿Es verdad?

—Aún no estamos seguros —dijo Elínborg—. La investigación está empezando. No he visto las noticias, pero dudo de que la información con la que cuentan provenga de la policía. Por ahora sabemos muy poco. Por eso me gustaría charlar contigo, Biggi —dijo dirigiéndose al niño.

Biggi la miró con los ojos muy abiertos.

—Tú eras su amigo, ¿verdad? —dijo Elínborg.

—En realidad, no —dijo Biggi—. Estaba en mi clase, pero...

—Biggi no le conoce mucho —intervino la madre con una sonrisa comprometida.

—Ya, comprendo —dijo Elínborg.

El padre estaba en silencio, sentado junto a la mesa de la cocina. Su plato estaba lleno de comida pero no estaba dispuesto a comer delante de la agente de policía. Los niños habían empezado a devorar los espaguetis. La madre fue a abrir cuando Elínborg tocó el timbre y la invitó a entrar con cierta vacilación. Elínborg se dio cuenta de que alteraba la paz del hogar.

—¿Juegas con él, a veces?

—Creo que Birgir no juega mucho con él —dijo el padre.

El hombre era delgado y de rostro demacrado, con grandes ojeras y barba de varios días. Llevaba un mono azul que se había desabrochado hasta la cintura para sentarse a la mesa. Las manos estaban encallecidas por el trabajo. Algo grisáceo, que Elínborg pensó que sería cemento, le cubría la cara y el pelo. Concluyó que debía de ser albañil.

—Yo quería... —dijo Elínborg.

—Yo lo que querría es un poco de tranquilidad para cenar con mi familia —dijo el hombre—. Si no te importa.

—Lo sé —dijo Elínborg—, y os vuelvo a pedir perdón por la molestia. Solo quería hacerle un par de preguntas a Biggi, porque necesitamos esa información lo antes posible. Será un momento.

—Puedes hacerlo más tarde —dijo el hombre.

Clavó los ojos en Elínborg. La madre estaba de pie junto a la mesa, en silencio. Los niños solo se centraban en sus platos de espaguetis. Biggi miró a Elínborg y aspiró para meterse un larguísimo espagueti en la boca. La tenía llena de salsa de tomate.

—¿Sabes si Elías iba solo cuando hoy se ha ido a casa? —preguntó Elínborg.

Biggi sacudió la cabeza al momento, con la boca llena de espaguetis.

El hombre miró a su mujer y dijo:

—No creo que esto tenga relación con Biggi.

—Ese chico era adorable, educado y muy amable —dijo la mujer—. Y fue el único que dio las gracias en el cumpleaños, y no alborotó como los demás.

Miró a su marido mientras pronunciaba estas palabras, como si estuviera justificándose por haber invitado a Elías al cumpleaños de su hijo. Elínborg miró a uno y otra y luego a los chicos, que habían dejado de comer y miraban temerosos a sus padres. Se daban cuenta de que se avecinaba una buena discusión.

—¿Cuándo fue la fiesta? —preguntó Elínborg, mirando a la madre.

—Hace tres semanas.

—¿Durante las fiestas navideñas? ¿Y no fue bien?

—Sí, fue muy bien. ¿Verdad que sí, Biggi? —dijo la mujer mirando a su hijo. Evitó mirar a su marido.

Biggi asintió en silencio. Miró a su padre, sin saber si debía decir lo que le apetecía.

—¿Serás tan amable de dejarnos en paz? —dijo el hombre mientras se ponía en pie—. Nos gustaría cenar.

—¿Viste a Elías cuando vino al cumpleaños?

—Yo trabajo dieciocho horas diarias —dijo el hombre.

—Nunca está en casa —dijo la mujer—. No tienes por qué ser tan mal educado con ella —añadió, mirando de reojo a su marido.

—¿Te ponen nervioso los inmigrantes? —preguntó Elínborg.

—No tengo nada contra esa gente —dijo el hombre—. Es que Birgir no conoce a ese chico. No eran amigos. No podemos ayudarte. ¡Y ahora déjanos en paz!

—Naturalmente —dijo Elínborg mirando los platos de espaguetis.

Titubeó un momento, pero luego se rindió y se marchó.

—Ha sido un día como otro cualquiera —dijo Agnes, la tutora de Elías, respondiendo a las preguntas de Sigurður Óli—. Creo que ha sido así. Lo único que hice fue cambiarlo de sitio en clase. Lo había decidido hacía tiempo y por fin lo he hecho esta mañana.

Seguían sentados en el despacho de casa de Agnes, quien acababa de sacar un cigarrillo de un cajón. Sigurður Óli la observó cuando miró furtivamente a la puerta y se sentó junto a la ventana para encender el cigarrillo y echar el humo hacia afuera. No comprendía a los que seguían decididos a acabar con sus vidas fumando. Estaba convencido de que el tabaco era lo más perjudicial del mundo, y en el trabajo solía dar lecciones magistrales al respecto. A Erlendur, fumador, le entraban por un oído y le salían por el otro. En una ocasión le respondió que lo que dañaba más al mundo eran los ascetas fundamentalistas como Sigurður Óli.

—Elías llegó un poco tarde —continuó Agnes—. No solía llegar tarde, aunque a veces remoloneaba un poco. Solía ser el último en salir de la clase, el último en recoger los libros, y cosas así. Siempre tenía la cabeza en otra parte. Era un poco como una «azafata». —Agnes marcó las comillas con los dedos.

—¿Una azafata?

—Así los llama Vilhjálmur, el profesor de educación física. Es de las islas Vestmann.

Sigurður Óli se quedó mirándola sin entenderla.

—Son los chicos que siempre salen los últimos del gimnasio.

—¿Por qué lo cambiaste de sitio en el aula? —dijo Sigurður Óli, sin llegar a captar la relación entre azafatas y nativos de las islas Vestmann.

—No es raro —dijo Agnes—; además, lo hacemos por diversos motivos. No lo hice por él. Elías era un genio de las matemáticas. Iba muy por delante de sus compañeros, incluso de todo su curso, pero el niño que se sentaba a su lado, el pobre Birgir, Biggi, tiene problemas para entender cómo dos más dos pueden llegar a ser cuatro.

Agnes miró a Sigurður Óli.

—Sé que esto no debería decirlo, pero... —se apresuró a añadir, algo avergonzada—. Pero bueno, la madre de Biggi habló conmigo y me dijo que el niño se quejaba de que no servía para nada y de que no era capaz de aprender. Cuando ella empezó a sonsacarle lo que le pasaba, le contó que Elías era mucho mejor que él en todo. La madre se quedó confundida. Pasa con frecuencia, y por regla general suele solucionarse fácilmente. Cambié a Elías de sitio. Lo puse con una preciosa chica que también es una magnífica alumna.

Agnes dio una larga calada y dejó escapar el humo por la ventana.

—¿Y Elías? ¿Tenía dificultades en otras materias?

—Sí —respondió Agnes—. Tenía bastantes problemas con la lengua islandesa. Con su hermano siempre hablaba en tailandés. Era la lengua que utilizaban en casa. Eso puede provocar ciertas complicaciones a los niños.

Apagó el cigarrillo.

—¿De modo que Elías llegó tarde esta mañana? —dijo Sigurður Óli.

Agnes mantuvo la colilla entre los dedos y asintió con la cabeza.

—Había empezado a leer los nombres de la lista cuando Elías apareció. Toda la clase le miró mientras se sentaba. Iba despeinado y tenía pinta de haberse quedado dormido, como si aún no estuviera despierto del todo. Le pregunté si todo iba bien y se limitó a asentir con la cabeza. Se sentó con la cartera en la mesa y miró por la ventana hacia el patio; parecía estar en las nubes. No me oyó cuando empecé la clase. Estaba allí sentado, mirando por la ventana. Fui hasta él y le pregunté en qué estaba pensando. «En el pájaro», me respondió. «¿Qué pájaro?». «El pájaro con el que he soñado. El pájaro que se murió».

Agnes se metió la colilla en el bolsillo y cerró la ventana. Hacía frío en la habitación, y tiritó al ponerse de pie. Habían anunciado temporal para las últimas horas de la tarde y para aquella noche.

—No le pregunté nada más —dijo—. A veces los niños dicen ese tipo de cosas. No volví a verle hasta el mediodía. Durante el recreo y el almuerzo. Entonces no le presté atención. Tenían clase de arte por la mañana; quizá deberías hablar con Brynhildur. Luego tenían dos horas conmigo, después del almuerzo. La última clase era educación física, con Vilhjálmur. Él fue el último profesor con quien estuvo Elías.

—Es el siguiente en la lista —dijo Sigurður Óli—. ¿Puedes contarme algo sobre... —pasó unas páginas de su cuaderno en busca del nombre que le había proporcionado el director del colegio—... sobre Kjartan, que da clases de islandés?

—Kjartan no es la alegría de la huerta —dijo Agnes—. Lo verás enseguida. No sabe callarse. Es un tanto pelma, el pobre. Una figura del deporte. Jugaba al balonmano pero luego le pasó algo, no sé muy bien qué. No es tonto. Enseña sobre todo a los cursos superiores.

Sigurður Óli asintió, se metió el cuaderno de notas en el bolsillo y se despidió de Agnes. De camino al coche sonó su móvil. Era Bergþóra, su mujer. Había visto las noticias en televisión y sabía que volvería tarde a casa.

—Es espantoso —dijo—. ¿De verdad le apuñalaron?

—Sí —dijo Sigurður Óli—. Tengo un montón de cosas que hacer, no sabemos por dónde empezar... No me esperes despierta.

—¿Tenéis alguna idea de quién pudo hacerlo?

—No. Su hermano ha desaparecido. Su hermano mayor. Es posible que él sepa algo. Al menos, eso es lo que cree Erlendur.

—¿Que lo hizo él?

—No, pero...

—¿No es más probable que también le hayan agredido a él? ¿Erlendur se ha planteado esa posibilidad?

—Se lo diré —dijo Sigurður Óli con cierta brusquedad. A veces, sin pretenderlo, Bergþóra daba a entender que confiaba más en Erlendur que en su propio marido respecto a las investigaciones policiales. Sigurður Óli sabía que no lo hacía con mala intención, pero de todos modos le ponía enfermo.

Hizo una mueca. Podía provocar la ira de Bergþóra con ese gesto, pero estaba cansado e irritable, y sabía que su mujer quería que llegase a casa lo antes posible. Tenían que hablar. Una propuesta de Bergþóra. Días atrás le propuso adoptar a un niño en el extranjero. No podían tener hijos. A Sigurður Óli no le entusiasmó la idea. Con cierta vacilación, propuso dejar las cosas como estaban. Los intentos de tener hijos habían provocado varios problemas en su relación. Sigurður Óli prefería dejar pasar unos años sin preocuparse por tener o adoptar niños. Bergþóra era más impaciente. Se moría de ganas de tener un hijo.

—Bueno, yo no tengo por qué meterme en eso, claro —dijo por teléfono.

—Contamos con la posibilidad de que también hayan agredido a su hermano —dijo Sigurður Óli—. Estamos estudiando todas las posibilidades.

Se produjo un silencio.

—¿Y Erlendur ya ha encontrado a esa mujer? —preguntó Bergþóra al final.

—No. Aún no ha aparecido.

—¿Sabéis algo más?

—En realidad, no.

—Si me duermo, ¿me despertarás cuando vuelvas?

—Claro que sí —dijo Sigurður Óli, y se despidieron.

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14 ноября 2024
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330 стр. 1 иллюстрация
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9788490560839
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