Читать книгу: «La musa oscura»

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Créditos

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Título original: Die Dunkle Muse

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Primera edición en Impedimenta: abril de 2016

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© Gmeiner-Verlag GmbH, Meßkirch, 2012

Copyright de la traducción © Paula Aguiriano Aizpurua, 2016

Copyright de la presente edición © Editorial Impedimenta, 2016

Juan Álvarez Mendizábal, 34. 28008 Madrid

http://www.impedimenta.es

[no image in epub file]La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por

ACE Traductores.

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Diseño de colección y dirección editorial: Enrique Redel

Maquetación: Cristina Martínez

Corrección: Susana Rodríguez

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ISBN epub: 978-84-17115-33-3

IBIC: FA

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

A Wilkie

Venid, venid, ya nace el día,

el día del temor y del miedo,

el día que todo lo encauzará

y lo descubrirá.

El día de la furia, el día de la ira,

el día de la rigurosa venganza,

el día de la espina y de la púa,

de la causa injusta.

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Angelus Silesius: Das jüngste Gericht

Capítulo uno

El día de su asesinato empezó para Lene Kulm de la forma habitual. Aquel 12 de julio de 1865 durmió hasta las once y después se encaminó hacia el matadero, donde hasta bien entrada la tarde se encargaba de recoger los huesos y los tendones inservibles de los cerdos y las vacas sacrificados y los tiraba a enormes cubas de hierro. El trabajo era desagradable y estaba mal pagado, pero nadie le disputaba el puesto y necesitaba el dinero para pagar el alquiler. Lene era joven, no hacía mucho que había cumplido los veinte años. Su físico no estaba tan estropeado como cabría esperar por su modo de vida, y gracias a su rostro ovalado y a sus ojos verdes oscuros casi se la podía considerar guapa.

Recogió mecánicamente los restos que los matarifes habían dejado tirados y limpió la rejilla metálica del suelo con agua. Alrededor de los desagües se formaron charcos rojos. Algunos de sus compañeros le dirigieron un par de palabras, pero Lene se limitó a asentir, ausente. La sangre animal que se escurría por la alcantarilla hizo que le vinieran a la cabeza las peleas de las dos últimas noches. Como siempre que tenía la regla, su novio la insultaba, le pegaba y la humillaba. Pensó con tristeza en la noche que le esperaba: una vez se pusiera el sol intentaría conseguir un par de clientes.

Era natural que durante la menstruación su segunda fuente de ingresos mermara. Sin embargo, siempre encontraba clientes poco escrupulosos. Ese día tomó una cena fría en un tugurio atestado de humo. Después de pagar, buscó el retrete para refrescarse. La antesala era estrecha y ni siquiera había un espejo sobre el lavabo. Lene se llevó la mano al bolsillo izquierdo de la falda y sacó un espejito, una borla y una polvera barata. Se maquilló profusamente y se abrió los botones superiores de la blusa. Con movimientos torpes, tironeó de su camisa interior hasta que el canalillo entre sus pechos fue claramente visible. También movió los hombros, primero hacia la derecha y después hacia la izquierda, y se aseguró de que se le vieran las aureolas pero que los propios pezones solo se intuyeran.

Se inclinó hacia delante para convencerse de que la zona del vientre seguiría cubierta en caso de que la camisa interior se le moviera. Nadie debía ver los hematomas, que no harían más que ahuyentar a los clientes. Gregor, su novio, normalmente le pegaba de manera que las marcas no se notaran. El carácter ingenuo e insustancial de ella le hacía amarlo incluso por esa deferencia.

Lene Kulm se miró en el espejo. Asintió de forma imperceptible al considerar que su aspecto cumpliría su objetivo aquella noche.

Una vez fuera de la taberna, emprendió el camino hacia el Spree. Paseó lentamente junto al río hasta llegar a Friedrichswerder. Antiguamente, junto al edificio cúbico de la Academia de Arquitectura se encontraban los almacenes centrales de la ciudad y varias casas particulares, pero Karl Friedrich Schinkel, el famoso arquitecto, había hecho que lo demolieran todo. Lene se detuvo bajo el haz de luz de un farol. Le dolían las piernas y se frotó las pantorrillas. A su izquierda se encontraba el río con sus gabarras amarradas, a su derecha se alzaban las fachadas de varios bloques de viviendas, y si miraba al frente podía verse la Academia. No le gustaba demasiado ese estilo moderno. La construcción, de cuatro plantas y ventanas dispuestas de forma geométrica, le recordaba a los planos cuadriculados de las calles de América. Nunca había salido de Berlín, pero así de frío e inaccesible se imaginaba el progreso del Nuevo Mundo. El único motivo por el que visitaba aquella plaza era el parque, cuyos arbustos y árboles ofrecían suficiente protección para que Lene pudiera hacer su trabajo con tranquilidad.

Había empezado a anochecer y Lene paseaba arriba y abajo por la orilla. De tanto en tanto echaba un vistazo al agua, que fluía tranquila. Pocas veces permitía que los sentimientos la afectaran, pero esa tarde esperaba con impaciencia la llegada de la noche. Aún había demasiados transeúntes, demasiadas ventanas iluminadas en los edificios de ladrillo.

Un grupo de jóvenes se dirigía hacia ella; seguramente eran estudiantes. Actuaban con atrevimiento e incluso le silbaron. Varias damas elegantemente vestidas con gorgueras y bordados que deambulaban por allí los miraron con desprecio. Lene bajó la mirada hacia sí misma con indiferencia. Sus pechos se balanceaban alentadores bajo la camisa interior. Media hora después, cuando los caminos ya se iban vaciando, dio media vuelta y regresó paseando al parque. La chusma no tardaría en llegar.

La noche era templada. Una brisa cálida y agradable rizaba el Spree. Un hombre achaparrado y corpulento se le acercó por la acera. Ella, juguetona, se levantó la falda hasta descubrirse las rodillas, y la dejó caer de nuevo. El extraño pareció mostrar cierto interés ya que ralentizó el paso. Lene se apartó del haz de luz y se retiró a una tupida mata de aligustre.

El hombre la siguió.

—¿Cuánto? —susurró. El aliento a alcohol inundó la nariz de Lene.

—Cinco groschen de plata.

—Es barato —comentó sorprendido.

—Es que no hay completo.

—Limpieza general, ¿eh? —Refunfuñó desalentado. Aun así, observó su rostro más atentamente mientras le deslizaba una mano por el escote—. ¡Vaya delantera de campeonato! —opinó estrujándole la carne caliente—. Bueno, no vamos a andarnos ahora con remilgos. Aquí tienes.

Ella se guardó las monedas, cogió al cliente de la mano y lo condujo a través de los arbustos hacia la fachada delantera de la Academia. Los gemidos contenidos que se oían cerca indicaban que había más parejas entretenidas por allí. Lene se dirigió hacia una de las ventanas, que por la noche se cerraba con persianas metálicas, y se sentó en el alféizar. Hábilmente, dejó que los tirantes de su vestido le resbalaran de los hombros para que las torpes manos de obrero del cliente pudieran sobarle los pechos.

Le toqueteó los pantalones, una prenda de trabajo de tela gastada, y le abrió la bragueta. Sus movimientos eran firmes, seguros y mecánicos, no había en ellos cariño alguno. El hombre gimió en voz baja cuando se derramó entre sus dedos pocos instantes después. Apartó bruscamente a la ramera de sí y se abotonó la ropa. Lene se limpió la mano en el césped y salió detrás del cliente, que ya había llegado a la acera y había emprendido el camino a casa sin despedirse.

Se propuso firmemente conseguir al menos otros dos clientes esa noche, y lo cierto es que no tardó mucho en cumplir su objetivo. Al dirigir sus pasos hacia la Marienburger Straße, constató satisfecha el peso de las monedas que llevaba encima. Finalmente se detuvo delante de la entrada de una casa de vecindad de varias plantas. Abrió la puerta y avanzó hacia la oscura escalera. Solo a través del tragaluz del último piso entraba un débil resplandor. Además, los escasos faroles de gas no funcionaban nunca.

La muchacha estaba contenta por haber sido capaz de encontrar un alojamiento en aquel edificio, cuya fachada estaba tan profusamente decorada con estuco. Su novio y ella no vivían en la parte delantera, sino que ocupaban una buhardilla del ala lateral, pero para Lene era la apariencia lo que contaba. Pensando en ello, dobló la esquina del pasillo hacia el vestíbulo que conducía a las estancias comunes de su lado del edificio. Desde allí cruzó un patio interior, pasó junto a la cochera, en la que se oía relinchar a los caballos, y entró en la parte trasera.

Lene se preguntó cuántos inquilinos estarían acostándose unos con otros en ese momento. Podían ser bastantes, ya que el edificio era grande y estaba bastante compartimentado: las viviendas eran minúsculas y estaban abarrotadas. Sin embargo, allí la situación por lo menos era aún soportable. Una compañera del matadero vivía a tan solo un par de calles de distancia y en su casa la gente se hacinaba incluso en los pasillos. La necesidad estimulaba el ingenio. Había también quien alquilaba colchones. Los lechos se compartían casi por turnos.

Una vez en el ático, Lene abrió la puerta que daba paso

a uno de los pisos. En el suelo había un felpudo gastado. Una pata de corzo colgaba de un cordel que recorría la pared hasta una campana. En línea recta, el pequeño pasillo desembocaba en un patio de luces. Del techo pendían bolsas de papel atadas con cuerdas en las que guardaba hierbas secas. Las puertas a ambos lados conducían a los cuartos. El de la derecha lo ocupaba ella con su novio, Gregor; al inquilino del otro, un hombre obeso de barba pelirroja que vestía con demasiada elegancia para ese ambiente, solo lo veía de vez en cuando.

—¿Qué se le habrá perdido aquí? —le había preguntado su compañero un par de días atrás.

—Es rico, no hay más que ver la ropa que lleva. Puede que esta buhardilla sea su pequeño secreto.

—¿Quieres decir que trae aquí a sus mujeres?

—O a sus hombres.

—Ya, o a sus hombres —había repetido Gregor con una sonrisa maliciosa.

Sonrió al recordar la conversación y se detuvo ante el alféizar del patio de luces. El cristal estaba roto y dejaba entrar un vientecillo de lo más agradable. Abrió la ventana y se asomó al agujero, que imaginó como las profundas fauces de una bestia. Por una vez no se percibía ninguno de los olores que solía desprender la basura en descomposición de los vecinos. Los ocupantes de los pisos inferiores se quejaban constantemente de que los desperdicios de las plantas superiores desaparecían sin más por el patio.

Lene dudó un momento, y después se encogió de hombros. Se levantó varias capas de enaguas con decisión y soltó las cintas del cinturón menstrual que llevaba atado al vientre y a las piernas. Tras varias maniobras, sacó un paño de algodón con bolas de musgo empapadas de sangre. Dejó caer la compresa por el patio y oyó como esta rozaba la pared antes de ser engullida por la negrura del abismo.

Su madre había intentado inculcarle a golpes la anticuada costumbre de no lavarse durante el período. Sin embargo, a Lene le horrorizaba el olor de la sangre descompuesta. Después de acercarse la mano a la nariz para comprobarlo, se la limpió en el alféizar y dio un paso atrás para cerrar la ventana. El marco chirrió un poco y en los pedazos de cristal se reflejó la silueta de un hombre iluminado desde atrás. A la manera de un caleidoscopio, los fragmentos dibujaron una caricatura de pelo rojo y barba encendida.

Lene se dio la vuelta, asustada.

En el umbral de la buhardilla vecina había un hombre corpulento, vestido con un distinguido traje masculino. Llevaba un pantalón gris de tirantes abotonados, y una larga levita del mismo color. La elegante imagen se completaba con un chaleco de seda estampada. Lo único que no invitaba precisamente a la confianza era el rostro hinchado de tono bilioso del hombre. Incluso sus ojos expresaban más lascivia que vida. Sin embargo, al empezar a hablar, su voz resultó ser suave y lisonjera, de manera que las reservas de Lene se desvanecieron.

—Disculpe que me haya inmiscuido en sus asuntos personales, estimada señorita Kulm —comenzó diciendo—. Debería haberme hecho notar. Un error imperdonable. ¿La he asustado?

Lene negó con la cabeza sin decir palabra. Se sentía mal, como pillada in fraganti, y por algún motivo también avergonzada ante aquel hombre de mundo, tan bien vestido.

—Usted debe de ser la señorita Kulm, ¿estoy en lo cierto? —Sus mejillas carnosas se arrugaron cuando se acercó a ella, sonriendo. En la mano portaba un bulto marrón oscuro, posiblemente una vieja prenda de ropa que había anudado por las mangas. Le guiñó el ojo en un gesto cómplice mientras volvía a abrir la ventana y dejaba el fardo de ropa sobre el alféizar—. Todos tenemos secretos, ¿verdad, señorita Kulm? Así que si no me delata, yo tampoco la delataré a usted. ¿De acuerdo?

La muchacha asintió. Observó la chaqueta arrugada. Su novio tenía una igual, pensó mientras el hombre empujaba el bulto y lo lanzaba por el hueco del patio.

Cuando su vecino cerró la ventana, su mirada recayó sobre la repisa alargada de madera, y tuvo la impresión de que estaba bañada en color rojo. Levantó la mano instintivamente para comprobar si había algo de sangre.

Pero el lenguaje rebuscado del hombre, que volvía a disculparse, la trajo de vuelta a la realidad.

—Estimada señorita, le pido perdón una vez más. No es conveniente incomodar a nadie, lo sé. Soy incorregible… Y, sin embargo, a pesar de ser tan tarde, tengo que pedirle dos favores. Verá, señorita Kulm, esta tarde he sido convidado por su apreciado prometido.

—¿Gregor?

—Exacto, por Gregor Haldern. Sepa usted que me encontraba en el apuro de no contar con un cuchillo.

—¿Un cuchillo? —La situación cada vez le resultaba más grotesca.

El hombre se acarició la barba. Su aspecto imponente recordaba al del viejo emperador Barbarroja.

—Comencemos por el principio, señorita Lene —dijo con amabilidad y algo más de confianza mientras le tendía la mano—. Permítame: me llamo Botho Goltz, profesor de Filosofía. Como ya le he dicho, esta tarde me encontraba en un apuro. Debe usted saber que he adquirido una magnífica y jugosa riñonada en la carnicería a la vuelta de la esquina. Dado que acabo de instalarme, mi buhardilla aún no está del todo equipada. Ya dispongo de platos, vasos, e incluso de una bandeja para asar sobre la estufa de hierro fundido. Únicamente me falta la cubertería. Por eso me he permitido llamar a la puerta del señor Haldern para pedir prestado un cuchillo con el que trinchar el filete. Espere un momento, por favor…

Se dio la vuelta y desapareció en su buhardilla. Fuera, desde el pasillo, la mujer oyó un crujido y el ruido de sillas al ser arrastradas. Cuando regresó, el profesor sostenía un paquetito alargado envuelto en papel de periódico. Lene reconoció las páginas del Allgemeine Zeitung.

—No me quedaba agua para limpiar el filo —se disculpó Goltz.

—No se preocupe, no importa.

Le entregó el cuchillo envuelto y así permanecieron largo rato el uno frente al otro. La prostituta tuvo la sensación de que el hombre la examinaba.

Finalmente, cuando le resultó demasiado incómodo, Lene rompió el silencio.

—Antes ha mencionado usted dos favores.

—Sí, es cierto. Bien, ¿cómo explicárselo, señorita Kulm? El segundo favor es sin duda mucho más delicado. Resulta difícil dar con las palabras adecuadas.

—Hable sin rodeos, señor profesor.

—Seguro que ya se ha preguntado por qué un hombre como yo se ha instalado en un entorno como este, que es evidente que no parece corresponderse con su nivel. Naturalmente, con esto no quiero ofenderlos a usted ni a su prometido de ningún modo…

—Por supuesto que no —confirmó Lene, ingenua.

—Mi motivación es investigar la naturaleza de aquellos que por desgracia no siempre han gozado de buena fortuna. Los humanos estamos sometidos antes que nada a nuestros instintos. Una de mis características más destacadas es el apetito, lo confieso. Mi constitución ya le revela mi gusto por la comida, y que no desprecio tampoco el buen vino. Y no solo eso, también sé apreciar a las mujeres hermosas. Y precisamente usted, señorita Lene, es una mujer de una belleza excepcional.

Ella se sonrojó. Ni siquiera pareció darse cuenta de que se había dirigido a ella con un tratamiento más personal.

—¿Yo? En absoluto, señor profesor.

—Desde luego que sí, Lene. Lo único que buscaba era su cercanía. Ha llamado mi atención. Y no se avergüence, pequeña, ya conozco su fuente de ingresos secreta.

La prostituta comenzaba a vislumbrar adónde quería ir a parar aquel gordo. Todos los hombres son iguales, pensó cruzándose de brazos. En cuanto ven a una mujer bonita dejan de actuar con la cabeza. Pero antes le arrearía cien golpes en esa napia gorda y roja que tiene que aceptar cien groschen de plata por irme a la cama con él. Preferiría que esa fuera toda mi relación con el vecino.

Botho Goltz prosiguió sin dejarse desconcertar por la aparente postura de rechazo:

—Lene, me encantaría practicar el rito de Eros con usted, tenderla en el altar y adorar religiosamente su cuerpo inmaculado en una celebración del misterio. Por desgracia, esos días pasaron a la historia… Pero de todos modos deseo poseerla, Lene. Hoy mismo, esta misma noche…

—Estoy comprometida —acertó a decir ella en voz baja.

—Ni que decir tiene que ya he comentado mis pretensiones con el señor Haldern.

—¿Que ha hecho qué?

—Vaya dentro, Lene, y eche un vistazo a la cómoda de su buhardilla. Allí encontrará el primer pago que le he hecho por nuestra noche de amor. Su novio ha tenido la generosidad de dar el visto bueno a mi petición.

—¿El visto bueno? —repitió ella incrédula. Se dio la vuelta, empujó el picaporte y entró en el cuarto. Sobre la superficie de la cómoda distinguió un fajo de billetes. Desde la habitación contigua llegaban los ronquidos de Gregor.

—¡Cuánto dinero! —se le escapó.

—Y aún hay más —susurró una voz tras ella. El pelirrojo se había acercado. Rechinó los dientes y se pasó la lengua por los labios—. Ven, Lene, ven conmigo.

—Déjeme. Primero quiero refrescarme.

El rostro del hombre se ensombreció y un asomo de cólera le arrugó la frente.

—¡No, no hace falta! —le contestó bruscamente. Pero se corrigió enseguida, pensándolo mejor—. No, Lene, no te preocupes, ven conmigo.

Volvió a colocar los billetes donde estaban sin pensar en ello y dejó el cuchillo al lado. Su vecino esbozó una sonrisa fugaz mientras conducía a la mujer de la mano hacia su cuarto. La buhardilla era casi idéntica a la de Lene, solo que con la distribución invertida. La pared estaba revestida con paneles y unas cortinas de cotón cubrían el ventanuco, que seguramente tampoco dejaba pasar mucha luz durante el día. Apenas había muebles. Después de que Goltz encendiera una lámpara, la mirada escrutadora de Lene se detuvo sobre una mesa, una silla y un colchón que hacía las veces de cama. Junto a la estufa de hierro había una palangana llena hasta un tercio de un líquido oscuro. Al parecer era allí donde Goltz había cortado los filetes.

—Sabe que estoy menstruando… —comentó.

—Ya me he dado cuenta.

—¿Y no le molesta?

—Hay otras muchas maneras de obtener placer.

Lene asintió. Conocía a la perfección las perversiones de sus clientes. Naturalmente, todo tenía su precio, y estaba claro que el profesor había averiguado el suyo. Mientras se quitaba la ropa, Goltz contó tantos billetes como los del anticipo que había sobre su cómoda, los envolvió en un paño encerado y los dejó sobre la mesa. Se acercó a ella sonriendo y pronunció una cita misteriosa:

—Animula vagula blandula.

Ella sonrió con timidez sin entender una sola palabra. Sí sabía que era latín, porque ya había oído esos sonidos extraños una vez en una misa católica.

Él le agarró los pechos con sus garras y sus dedos juguetearon con sus pezones. El pelo rojo le crecía hasta en las manos. Ella intentó pensar en otra cosa con todas sus fuerzas, reprimiendo el asco que le revolvía las tripas. Evocó flores, una excursión que había hecho de niña con unos conocidos, la sensación de sentir bajo los pies la amplia calzada de gravilla apisonada de la avenida Unter den Linden…

Lene Kulm se arrodilló y levantó el trasero. Recostó la cabeza apoyando la mejilla en un cojín, de manera que pudiera observar a su cliente por el rabillo del ojo. Este se desvistió. No pudo evitar sonreír para sí al ver su pene, que apuntaba hacia arriba como la manecilla deforme de un reloj de pie. Trató de relajarse cuando Botho Goltz se puso manos a la obra. Fue un suplicio aguantar que perdiera el control, que se moviera hacia delante y hacia atrás, que le agarrara las caderas y que finalmente dejara caer todo su peso sobre ella jadeando. Su cuerpo resbaladizo, el pecho e incluso su barriga de tonel estaban cubiertos de pelo mojado y sudoroso.

—No te muevas. —El hombre ya no le hablaba en susurros, sino con un tono duro e imperativo. Lene constató sorprendida que el profesor se secaba el miembro directamente con la sábana, y que después la utilizaba para limpiarle el ano. Parecía hacerlo con sumo cuidado, poniendo toda su atención en frotarle el trasero, dejando la sábana cada vez más sucia. Lene no se atrevió a darse la vuelta y levantarse hasta que él no dio la impresión de haber terminado su trabajo.

El pelirrojo estaba ocupado poniéndose la levita sobre el chaleco. No quedaba ni rastro de la cariñosa amabilidad con la que la había agasajado pocos minutos antes. Le lanzó el paquete de tela encerada con brusquedad. Ella se vistió apresuradamente, se despidió con un par de palabras vacías y salió de la buhardilla.

Cuando ya tenía la mano en el picaporte de su cuarto, el profesor volvió a dirigirse a ella. Lene giró sobre sí misma con un ligero y brioso movimiento que hizo que el pelo le ondeara. Fue un gesto gracioso que Botho Goltz, profesor de Filosofía, seguramente advirtió mientras sacaba el cuchillo y le rajaba el vientre desde abajo.

A Lene se le salieron los ojos de las órbitas. Quiso gritar, pero no pudo hacerlo porque una mano le tapó la boca. Un dolor espantoso como nunca había sentido antes la atravesó cuando Goltz giró la hoja en su interior antes de sacarla. Sus ojos miraban en dirección al rostro perfilado en rojo de su asesino, que recordaba más que nunca a una máscara demoniaca. La cabeza se le llenó de imágenes del matadero: músculos, tendones e intestinos desgarrados. El hombre hundió el cuchillo una vez más, rápido y con decisión. Esta vez fue en el cuello. Lene jadeó, trató de respirar, pero todo lo que le llegó a la tráquea fue un torrente de sangre caliente que la ahogó.

Botho Goltz sostuvo el cadáver en pie dejándolo reposar sobre sus fuertes brazos. Sacó hábilmente de su escote el paño encerado con los billetes. Acto seguido, arrastró a Lene hasta el centro del pasillo, donde la dejó sobre el suelo, y buscó con cuidado otros diez puntos en los que clavarle el cuchillo. Lo hizo con toda tranquilidad. Por último, rebuscó entre sus faldas hasta dar con la llave de su casa.

Después se puso de pie y contempló su obra. Se secó las manos en los pantalones y abrió la puerta de la casa de Lene. Desenvolvió los billetes y dejó caer la tela ensangrentada por el patio de luces. Con exactitud metódica, repasó una vez más los elementos que debía tener en cuenta. Asintió como para cerciorarse de que todo marchaba según el plan y solo entonces entró en su buhardilla…

Poco después volvió a salir al pasillo. Esta vez llevaba consigo un cuchillo limpio. Se arrodilló y sumergió la hoja en el charco de sangre que se había formado en el suelo. Se levantó silbando, de buen humor, abrió la puerta que conducía a las escaleras y agarró la pata de corzo para hacer sonar la campana. De pronto recordó la cita en la que Marcial afirmaba que un hombre bueno siempre es un principiante. Había estado a punto de cometer un error. La sonrisa de satisfacción de su rostro casi se había esfumado cuando empezó a aporrear con el puño la puerta de la buhardilla vecina.

Botho Goltz oyó el paso arrastrado de una persona con pantuflas seguido del ruido de un pestillo descorriéndose. En el umbral apareció una mujer de unos setenta años. De la parte superior de la nariz le nacían dos arrugas verticales que le atravesaban la frente. Unas gafas le colgaban de un cordón sobre el pecho. A pesar de ser mayor y de no ver bien, su saludo sonó grosero:

—Borracho, ¿no es así?

El profesor la miró con franqueza, casi como pidiendo perdón, le mostró el cuchillo y dijo:

—Perdone la molestia, señora, pero ¿tendría la bondad de avisar a la policía? Acabo de asesinar a su vecina.

Capítulo dos

El comisario de la brigada criminal Gideon Horlitz recibió la noticia del asesinato de Lene Kulm de madrugada. Cuando el mofletudo aspirante a policía al que habían enviado con el mensaje urgente lo encontró por fin, estaba registrando el escenario de una tragedia humana. Varias personas, la mayoría de uniforme, se arremolinaban a su alrededor discutiendo agitadamente y recorriendo la habitación con cintas métricas y tendeles. Solo uno había dejado de moverse: colgaba de una cuerda del techo y bajo él había una silla volcada.

El grupo de agentes había acudido a una de aquellas bocacalles algo alejadas, que, a diferencia de las del centro de la ciudad, no estaban abarrotadas de carros de caballos, obreros y holgazanes. La habitación en la que investigaban el suicidio formaba parte de un cobertizo situado en la parte trasera de un extenso terreno probablemente utilizado por su dueño como lugar de retiro, para descansar de la vorágine de la vida.

El comisario Horlitz se inclinó para observar con más atención el trabajo del dibujante de escenas del crimen.

—Buen trabajo, Bentheim. Su talento queda demostrado una vez más.

Julius Bentheim levantó la mirada un instante y sonrió agradecido. Tenía diecinueve años y, gracias a su habilidad, se ganaba un dinero extra para costearse sus estudios de Derecho. Pasó el pulgar por un punto del papel que no consideraba muy logrado y borró una pequeña mancha de carboncillo. A continuación, cogió una pintura blanca, después un lápiz de cera, y mejoró los detalles de la imagen. Los policías le gritaban medidas de longitud y altura sin cesar. Había trazado la planta del lugar del crimen a escala 1:25, y ya solo faltaban unos pocos retoques para que el dibujo estuviese acabado.

Una vez concluyó, se puso a escuchar con atención la conversación entre Gideon Horlitz y el mensajero del antiguo Palacio Grumbkow, sede de la jefatura de policía.

—¿El profesor Goltz, dice usted?

El joven asintió y los ojos de su superior se encendieron.

—¡Caramba! Una presa importante.

—Por eso se requiere urgentemente su presencia, señor comisario. Es un auténtico caramelo para la prensa. Si se lo huelen, adiós tranquilidad.

—¿Quién más hay allí?

—Cuatro o cinco gendarmes, un juez de instrucción, un fiscal y el comisario Bissing.

Horlitz levantó una ceja.

—Y, dígame, si ya tienen un comisario, ¿para qué me necesitan a mí?

—Al parecer Bissing conoce personalmente al profesor —explicó el mensajero.

—Ajá, entiendo… —La mirada del comisario vagó por la sala hasta recaer en su dibujante. Más adelante, Julius Bentheim recordaría ese momento con martirizante claridad. Fue el instante decisivo en el que su vida tomó un rumbo que la marcaría para siempre. Y la diosa Fortuna, implacable, había decidido abrirle los ojos a los abismos del alma humana—. Señor artista —se dirigió a él Horlitz—: lo siento, pero su jornada acaba de prolongarse.

La vida despertaba poco a poco en la Marienburger Straße. Los primeros coches traqueteaban sobre los adoquines y las campesinas traían sus productos de las afueras a los mercados de la ciudad. Sin embargo, los inquilinos de la casa de vecindad aún no sabían nada del crimen que se había cometido en el ático. Julius Bentheim estaba sentado frente al comisario en un landó, un coche de cuatro plazas y cuatro ruedas cuya capota podía abrirse y cerrarse. Aquella noche de julio había sido bochornosa, así que llevaban el coche descubierto. Habían recorrido en silencio algo menos de media milla prusiana cuando el chófer llegó a su destino y detuvo los caballos.

—Bajemos —dijo Horlitz entre dientes.

Salieron tras abrir la portezuela. El joven Bentheim estaba impaciente. Aunque sus estudios apenas le dejaban tiempo libre, le encantaban aquellos encargos, puesto que le posibilitaban conocer los rincones más singulares de Berlín. Además, no le pagaban mal. La labor que desempeñaba era mayormente nocturna, de manera que, además de la remuneración habitual, solía recibir un suplemento. Gran parte de las veces lo llamaban para reproducir las huellas de algún robo con allanamiento. De vez en cuando entraba en contacto con criminales de poca monta, putas y proxenetas. El trabajo era variado y estaba lleno de sorpresas; y eso era precisamente lo que le gustaba a Julius.

Un gendarme los aguardaba ya en la entrada. Saludó a los recién llegados con un gesto de la cabeza y les abrió la puerta. En la mano sostenía un farol, cuya sola luz bastaba para iluminar el portal.

—Resulta difícil orientarse aquí dentro. Esto es un auténtico laberinto. El fiscal ha creído que debía esperarlos aquí abajo. Y no le falta razón.

Subieron por la escalera que Lene Kulm había ascendido pocas horas atrás. Gideon Horlitz preguntó entre jadeos:

—Este fiscal que está de servicio, ¿es alto y delgado y lleva el pelo peinado de un lado a otro sobre la calva?

—Sí, señor comisario.

A Bentheim le pareció distinguir una sonrisa al débil resplandor del farol.

—Entonces es Theodor Görne.

—Efectivamente, así se llama.

—Hum… —El comisario murmuró algo incomprensible. Era un hombre de cincuenta y tres años y estaba echando barriga. Llevaba el pelo entrecano impecablemente peinado. Había servido durante quince años como comandante en un regimiento de dragones y de allí pasó al cuerpo de policía. En noviembre de 1848, había participado en la disolución de la Asamblea Nacional Prusiana por parte del ejército; una circunstancia harto embarazosa que se guardaba muy mucho de mencionar siempre que podía.

La escena que se les presentó al alcanzar el último piso tenía cierto aire caprichoso. Varias personas se apretaban en un espacio reducido, estorbándose unas a otras. A la derecha, un gendarme interrogaba a una vecina de rostro pálido; a la izquierda, en el pasillo, se veía el cadáver salpicado de sangre de una joven. A su alrededor había hombres uniformados pertenecientes al cuerpo de policía de Berlín.

Julius se sacó del bolsillo del chaleco el Mercier que le había legado un tío suyo y miró la esfera.

—¿Qué hora es? —preguntó Horlitz.

—Las cuatro y cuarto.

—Entonces los vecinos más madrugadores estarán a punto de levantarse ya. Esto puede convertirse en un circo cuando se den cuenta de que hay policía en el edificio. Sígame, Bentheim.

El exsoldado prusiano se abrió paso hacia los gendarmes situados en el lugar del crimen. Junto a la puerta de la buhardilla de la derecha había un hombre en cuclillas.

—Lene —murmuraba sin cesar—, Lene mía… —Su rostro parecía inexpresivo y tenía los ojos vidriosos. Su gesto torturado reflejaba un sufrimiento atroz. A Gideon Horlitz le resultaban ajenos los instintos propios de la gente común, como la lástima por un completo desconocido. Sin embargo, el joven Bentheim no pudo evitar sentir compasión por aquella criatura.

Uno de los gendarmes hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta de la segunda buhardilla, y Horlitz y Bentheim se volvieron hacia ella. Entraron juntos en la vivienda del profesor. En la estufa de hierro que había en el centro de la habitación crepitaba un fuego que irradiaba un calor de lo más agradable. En una silla junto a la pared panelada del fondo estaba sentado un hombre achaparrado de cabello rojo intenso. El fiscal Görne estaba inclinado sobre él y le hablaba con insistencia. A cierta distancia, delante del ventanuco, dos hombres conversaban; uno de ellos era Moritz Bissing, el comisario comprometido. Cuando vio a Horlitz, le hizo una señal para que se acercara.

—¡Gideon! Qué bien que hayas podido venir. ¿Me permites que os presente? Este hombre que está a mi lado es el juez de instrucción Karl Otto von Leps.

Se dieron la mano. La del juez, un hombre decrépito de cara descarnada, estaba congelada.

—Encantado —dijo Horlitz respetuosamente.

Bissing prosiguió:

—He informado al señor juez de que el asesino confeso, al igual que yo, es miembro de la Sociedad Antropológica Renan y Feuerbach, así como académico correspondiente de la Academia de las Ciencias. El profesor Goltz y yo nos hemos visto ya en diversas ocasiones y nos conocemos mutuamente. Por eso me he permitido enviar un mensajero a buscarte, Gideon. Sabía que hoy tenías turno de noche.

—¿Puedes contarme qué medidas se han tomado hasta el momento?

—Señor comisario, disculpe que intervenga —dijo el juez—, pero, ahora que ha llegado, la presencia del colega Bissing ya no se antoja necesaria. Su relación con el autor del crimen es delicada, de manera que lo relevo de su tarea.

Moritz Bissing se inclinó sin decir palabra, le dio una palmadita amistosa en el hombro a Horlitz y se retiró. Karl Otto von Leps escudriñó con la mirada al joven dibujante, que estaba situado dos pasos por detrás del comisario y lo había oído todo.

—¿Y usted es…?

—Es mi protegido —respondió Gideon anticipándose a Bentheim.

—Bien, bien. Veamos, comencemos pues por el principio: la vecina, la viuda Bettine Lützow, ha dado la voz de alarma. Según su testimonio, el profesor Goltz ha aporreado su puerta con toda tranquilidad y le ha hecho saber que acababa de cometer un asesinato. Como es natural, la viuda Lützow se ha asustado, ¿quién podría reprochárselo? No recuerda las palabras exactas, pero Goltz ha pronunciado más o menos esta confesión: «Acabo de asesinar a su vecina».

—¿Ha dicho «asesinar» o «matar»?

—Podemos descartar un homicidio involuntario, si es ahí adonde quiere ir a parar. Ha tenido que actuar metódicamente. Por cierto, hemos identificado a la víctima como la ayudante del matadero Magdalene Kulm, de veintiún años, conocida por todos como Lene. Ya teníamos su expediente, debido a que ejercía la prostitución de forma ocasional y había sido detenida anteriormente.

—Magdalene… —repitió el comisario, meditabundo—. Nomen est omen. ¿Y qué pasó después?

—El profesor regresó sin inmutarse a su cuarto, donde esperó a que llegaran los agentes. —El anciano señaló al pelirrojo con un movimiento rápido del brazo—. Desde entonces está sentado en esa silla y permanece en un obstinado silencio.

—¿Quién es el pobre diablo del pasillo?

—Según Lützow, el prometido de la señorita Kulm. Sin embargo, yo creo que se trata más bien de su amante y proxeneta. Aunque hay que reconocer que está destrozado. Y ahora le toca a usted, Horlitz: ocúpese del caso. Y ayude a ese fiscal antes de que vuelva a meter la pata. —Y, bajando la voz, añadió—: Entre nosotros, todo el mundo sabe que ese hombre es una vergüenza para el gremio.

Julius Bentheim bajó la mirada. Que incluso un juez pusiera en entredicho a sus propios fiscales no hacía más que corroborar la mala fama que tenía la justicia entre la población. La jefatura superior de policía y el calabozo municipal ocupaban el antiguo palacio del mariscal de campo Von Grumbkow en Molkenmarkt. El tribunal penal se había instalado en 1771 justo al lado, en lo que había sido el palacio del conde de Schwerin. Debido a la violencia policial que a menudo se ejercía indiscriminadamente, el complejo se consideraba un auténtico epicentro del horror.

El comisario dirigió una mirada triste a Theodor Görne, que se las veía y se las deseaba con el sospechoso, y se encogió de hombros con resignación.

—Mi querido Julius, mire y aprenda. Y levante acta. Sabe hacerlo, ¿verdad? Papel y lápiz no le faltarán. —Rodeó la estufa y se ofreció al fiscal para hacerse cargo del interrogatorio. Görne se pasó la mano izquierda por la cabeza para alisar un par de cabellos y, aliviado, aceptó la oferta.

—Todo suyo —dijo escueto.

Gideon Horlitz se acuclilló delante del tipo obeso de barba roja y lo miró fijamente. Su barriga y su expresión salvaje y canalla le hacían parecer un personaje malvado sacado de un cuento. Para su sorpresa, en el rostro del profesor se dibujó una sonrisa, e incluso le dirigió la palabra:

—Ah, el nuevo comisario… Por fin podemos ponernos manos a la obra. Lo último que queremos es un escándalo judicial. Es muy loable que el bueno de Moritz se haya apartado voluntariamente del caso. Y bien, ¿en qué puedo ayudarlo?

Horlitz miró desconcertado a Bentheim, que entre tanto había afilado un lápiz de grafito y ya estaba poniendo por escrito con taquigrafía alemana en cursiva todo aquello que se decía. Utilizaba el sistema de Franz Xaver Gabelsberger, un bávaro, funcionario de la administración central, fallecido dieciséis años atrás. Su código era práctico y fácil de descifrar, y Julius también lo usaba en sus clases de la universidad.

—Bueno, eh… —balbuceó Horlitz—, ¿tiene algo que decirnos, señor profesor?

—Nada en absoluto. En lo que respecta a este complicado caso, apelo a mi derecho a guardar silencio. En cuanto me hayan trasladado al Palacio Grumbkow, quiero que me asignen un abogado de oficio. Él se ocupará de todo. Eso me permitirá dedicarme de nuevo a mis estudios. Todo este embrollo policial resulta agotador. ¿No le parece, señor…?

—Gideon Horlitz.

—¡Ah, Gideon! Uno de los seis jueces de las tribus de Israel. Es un nombre bonito. Traducido significa «el aniquilador, el destructor». Esperemos que no destruya este caso, Gideon. O que el caso no lo destruya a usted.

Una sonrisa diabólica y fugaz se deslizó por sus mejillas antes de que recuperara su aspecto manso y afable.

—¿Renuncia pues a declarar?

—Correcto.

—Bien, si no quiere hablar, esto carece de sentido. Ordenaré su traslado a Molkenmarkt.

—Muy amable. Pero no es mi intención envolverme en un velo de completo silencio, comisario. Estoy a su disposición para entablar una pequeña charla… Elija usted el tema: literatura, filosofía, música… ¿Qué le apetece más?

—¿Y qué le parece la medicina? ¿Patología de la locura? —le espetó Horlitz.

—¡Bueno, bueno, señor comisario! ¿A qué viene semejante arrebato? Para demostrarle que comprendo la difícil situación en que se encuentra, voy a permitirme darle un consejo.

—¿Un consejo?

—Sí, un consejo. Una especie de recomendación más bien, una indicación, si así lo prefiere: pida que se elabore un inventario.

Gideon Horlitz se irguió por completo y recuperó el semblante impenetrable. El lápiz de Julius Bentheim descansaba sobre el papel. El dibujante observó con interés a su mentor, que movía la mandíbula y rechinaba los dientes. Finalmente, ordenó al profesor con un gesto desabrido que se levantara. Un gendarme que había seguido la escena desde el pasillo se acercó.

—Lléveselo.

Botho Goltz se dejó conducir hacia la puerta sin oponer resistencia. El joven Bentheim lo siguió con la mirada. Antes de que el pelirrojo desapareciera por el pasillo, lo oyó decir:

—Empieza a refrescar, ¿no cree? Deberían echar algo más de leña en la estufa…

Capítulo tres

Julius Bentheim no pudo realizar los primeros dibujos del escenario del crimen hasta mucho más tarde, con ayuda de las medidas recogidas. El lugar en el que se encontraba el cadáver era tan estrecho que se preguntó cómo demonios habrían evitado todas aquellas personas que investigaban allí dejar su propio rastro. Aunque seguramente no lo habían hecho: aquí veía una huella de zapato en un charco de sangre, allí descubrió un pedacito de papel. Con la precisión insobornable de un artista adscrito al realismo, dibujó todo lo que veía. Incluso aquellas impurezas que contaminaban el escenario. Dejó fuera eso que se conoce como elementos atenuantes —que como artista habría podido incorporar sin remordimiento alguno—, para conseguir que las imágenes reprodujeran fielmente la cruda realidad.

El escenario del crimen se fue vaciando poco a poco de gente. Después de que se marchara el viejo juez de instrucción, los gendarmes también abandonaron el ático. Hubo que sujetar a Gregor Haldern, el trastornado amante de la víctima, que necesitaba atención médica.

—Pobre hombre —murmuró Theodor Görne, y se despidió también.

Solamente quedaron Bentheim, el comisario y un agente apostado como vigilante. El lugar parecía solitario y abandonado cuando Gideon Horlitz echó la llave de la puerta que conducía a la escalera. Ahora estaban aislados del mundo exterior, solos con el cadáver. Julius pulió un par de detalles, repasó una vez más las líneas de la red de coordenadas que había trazado sobre los dibujos, y entregó su trabajo al comisario.

—Esto es mucho más útil que esas carísimas fotografías que tan de moda están —comentó Gideon—. En estas láminas el componente espacial está claramente resaltado. Algo que puede resultar decisivo ante un tribunal.

Julius, que se llevaba bien con uno de los fotógrafos de la policía, aprovechó la ocasión para informarse:

—¿Llamarán a Albrecht Krosick?

—Su compañero, ¿verdad?

—Sí, estudiamos juntos.

—He pedido que vayan a buscarlo. —Señaló a Lene Kulm con un gesto despectivo—. Espero que llegue antes de que esa de ahí empiece a oler. Pero dudo que pueda hacer nada con esta luz. Esto es un agujero.

Contempló los dibujos de Julius y suspiró.

—Vaya un desperdicio de talento, tener que dibujar estas cosas.

—¡Y que lo diga!

—Gracias, Bentheim, puede marcharse. Acuéstese. La noche ha sido dura, tiene que descansar.

—Ha sido un honor, señor comisario. Llevaré el acta de su conversación con Goltz al palacio mañana a más tardar.

—¿Utiliza el sistema Gabelsberger?

Julius respondió afirmativamente.

—Bien, deme los folios a mí. Yo mismo puedo pasarlos a limpio. Y, ahora, márchese —añadió con amabilidad, y abrió la puerta lo justo para que el muchacho pudiera deslizarse fuera.

De camino a casa, la imagen del cuerpo maltratado de la mujer no se le iba a Bentheim de la cabeza. Tenía el traje arrugado, la camisa sudada. Llegó a su habitación sin saber qué ruta había tomado. Lo único en lo que pensaba era en la horrible visión del cadáver. No conseguía que desapareciera de su mente. Cerró distraído las contraventanas para que no entrara luz en la habitación y se dejó caer vestido sobre la cama.

Le costó mucho dormirse.

Reflexionó con la mirada fija en el techo. ¿Cómo era posible que un académico de mundo como Goltz hubiera cometido un asesinato como aquel, tan carente de motivo? Botho Goltz le habría causado la impresión de ser un hombre educado, a ratos incluso todo un caballero, de no haber sido por sus manos ensangrentadas, las mismas que, en un arranque violento e iracundo, habían convertido a una mujer joven en un repugnante cadáver. Se sentía mareado, así que cerró los ojos y, sin darse cuenta, cayó en un profundo sueño vacío.

Se despertó bien entrada la tarde. Se afeitó y se refrescó en una tina con agua fría. Ese día se había perdido dos clases y tendría bastante que recuperar, pero en aquel momento eso apenas le preocupaba. Los pensamientos desagradables que lo atormentaron antes de dormir habían desaparecido, y salió de su cuarto silbando alegremente.

Julius Bentheim vivía bastante cerca de la Universidad Friedrich Wilhelm. Había crecido en el bosque del Spree con sus padres, una pareja de vendedores ambulantes que cada

temporada volvían a probar suerte en las ferias de calabazas y rábanos de Lübbenau; pero ambos fallecieron cuando él tenía cinco años. Un caballo desbocado atropelló primero a su madre en la plaza de abastecimiento y después coceó a su padre. La mujer murió en el acto, mientras que el hombre sobrevivió al golpe y se debatió entre la vida y la muerte durante cuatro días y tres noches. Cuando sucedió lo inevitable, un tío del pequeño lo acogió, para después enviarlo a estudiar a la capital. Julius se enteró por casualidad de que la viuda de un oficial alquilaba cuartos por un módico precio. Visitó la casa y le gustó. Enseguida firmaron el contrato y en menos de una semana el estudiante se había mudado con la enérgica anciana. En la casa vivían otros tres muchachos, pero a dos de ellos Julius apenas los veía. Solo Albrecht Krosick, fotógrafo policial en ciernes y estudiante de Derecho, compartía de vez en cuando mesa con él.

Esta vez lo encontró en el salón, con la cabeza enterrada bajo una montaña de libros. Krosick, dos años mayor que él, era alto y delgado, y en épocas de exámenes se paseaba por el piso con las mejillas hundidas y unos profundos surcos bajo los ojos. El resto del tiempo era un tunante encantador que encontraba diversión en el vino, las mujeres y los cánticos. Era más habitual verlo en las tabernas que en la propia facultad, y el único deporte que practicaba era el levantamiento de jarras de cerveza. El venerable Jahn, padre de la Educación Física, seguramente lo habría presentado a su movimiento estudiantil como un ejemplo despreciable de ser humano.

—Dios te bendiga, querido Julius —le espetó el fotógrafo, haciendo gala de un envidiable buen humor. Apartó una pila de libros y le hizo sitio a su amigo.

—Hola, Albrecht.

—Muchacho, te veo los labios secos. Ya va siendo hora de un tinto, ¿no crees?

—Mejor cerveza.

—¡Cerveza! ¡Reconstituyente zumo de cebada! ¡El regalo de Dios a la humanidad! También me vale. Al menos no deja manchas. Venga, vayamos a cualquier taberna en la que podamos hablar.

Pasearon hacia la universidad. Se detuvieron delante del complejo de edificios formado por las dos alas laterales y el edificio principal de seis columnas situado más atrás. Albrecht miró a su alrededor. No tardó en aparecer uno de los numerosos vendedores de bebida que circulaban constantemente por delante de las aulas con sus carritos cargados. Albrecht dio un empujoncito a Julius y dijo:

—¿Qué opinas? El sol brilla, hace calor. ¿Taberna o parque?

—Parque.

—Buen chico.

Llamó al hombre del carrito y rebuscó algo de dinero en su cartera. Como el carro solo tenía dos ruedas, el vendedor llevaba una correa al cuello y bajo las axilas. Este yugo improvisado evitaba que el invento volcara. En su interior había un barril lleno de agua fresca.

—Servíos —les invitó el hombre después de recibir un par de monedas, y señaló el barril. Krosick se remangó un brazo con decisión, lo sumergió en el agua y pescó un par de botellas. Los dos amigos abrieron el precinto de cera y brindaron. Después se dedicaron a pasear por la plaza. Los adoquines combados que se extendían delante del edificio principal discurrían alrededor de un pequeño parque. Detrás del seto que rodeaba el jardín, que llegaba a media pierna, había arbustos y árboles, y se habían colocado farolas a intervalos regulares. El fotógrafo señaló un bolardo sin decir palabra. Bentheim entendió lo que quería decir, y ambos se sentaron en el suelo y apoyaron la espalda en la piedra redondeada.

—Dime, Albrecht, ¿al final te han llamado para que fotografiaras a Kulm?

Krosick estaba concentrado en observar a los transeúntes, así que se limitó a asentir.

—¿Y qué opinas?

—No sabría decirte, Julius. Ha tenido que ser un maldito chiflado. El torso estaba cosido a cuchilladas, profundas y violentas. Suena a pasional.

—¿Pasional?

—Desde luego, había emociones en juego. Una puñalada certera es asesinato, pero una docena huelen a pura saña. No tienes más que ver el antro en el que vivía Lene Kulm. Aunque no soy comunista, no puedo por menos que darle la razón a Engels en sus ideas sobre el proletariado. Cuando se vive y se crece en un entorno así, tarde o temprano resulta inevitable emprender el mal camino.

—Y si te digo que el presunto culpable es profesor de Filosofía en la universidad, ¿cambia eso tu opinión?

El fotógrafo giró la cabeza. Había conseguido despertar su curiosidad.

—¡Cuenta!

Bentheim bebió un trago de cerveza y lo informó de lo que había sucedido la noche anterior. Una vez finalizado el relato, Albrecht se rascó pensativo la sien. Observaron en silencio lo que ocurría a su alrededor y dejaron que su mirada vagase siguiendo a los peatones y los coches de punto.

—Mañana documentaré la autopsia —intervino Krosick un rato después—. Horlitz ha insistido en ello. ¿Quieres presenciarla? Podría organizarlo.

Julius estuvo a punto de rehusar, pero cambió de opinión.

—¿Cuándo será?

—A las diez.

—Estoy libre hasta la tarde. Después tengo otra cita. Con una mujer mucho más llena de vida.

—¿Con la estimada señorita Sternberg?

—Sí, con Filine.

Albrecht esbozó una sonrisa burlona.

—Por lo que tengo entendido, la casta hija del pastor es aún más fría e inflexible que lo que queda de la pobre Lene.

—Todo a su debido tiempo, Albrecht. Y déjame decirte que eres un ordinario. Un ordinario incorregible.

—Lo sé.

Los dos amigos se miraron, y como si hubieran ensayado, soltaron a la vez una risita entre dientes.

Capítulo cuatro

Al día siguiente, poco antes de las diez, Julius Bentheim y Albrecht Krosick dejaron atrás la gran clínica universitaria de Zieglerstraße, situada justo al lado del hospital Charité de Berlín. Caminaban animadamente y llegaron puntuales a la entrada de la antigua escuela de medicina militar. Llevaban consigo una cámara fotográfica de daguerrotipos, así como varias placas de colodión húmedo para revelar las imágenes allí mismo. Julius se sentía como un mulo cargado de fardos y baratijas. A la espalda llevaba varios paños negros que utilizarían para montar una carpa oscura.

—¿Sabes que esto era antiguamente un lazareto? —comentó Albrecht de pasada cuando cruzaron el umbral.

—Sí, algo había oído.

Recorrieron un pasillo repleto de médicos y enfermeras y giraron hacia la escalera, por la que bajaron hacia el sótano. Allí las lámparas de gas estaban abiertas casi al máximo, de manera que la luz del corredor deslumbraba. Vieron una sombra que salió de repente de una de las salas y que resultó ser Gideon Horlitz a contraluz. El comisario se acercó a los estudiantes con semblante serio y les estrechó la mano.

—Me alegro de que hayan venido los dos. Síganme.

Horlitz los acompañó hasta el final del pasillo, donde abrió una pesada puerta de roble que conducía a la sala de autopsias. El suelo, revestido con azulejos de color marrón claro que también cubrían las paredes hasta la altura de las caderas, estaba ligeramente inclinado hacia un desagüe. El olor a jabón y a productos químicos que llenaba el aire se entremezclaba con el aroma a resina y a musgo de los conos de incienso. En la mitad izquierda de la habitación había diez mesas alineadas en dos hileras. Allí abajo la sensación era completamente distinta a la de los pisos superiores, donde en pocas horas el calor del verano se haría insoportable. A Julius el frescor que reinaba en aquel sótano le resultó tremendamente agradable.

Las mesas medían setenta por doscientos veinte centímetros. Las patas de madera tallada estaban barnizadas con una gruesa capa de esmalte repelente al agua, y las superficies, biseladas en diagonal para que los líquidos cayeran hacia el sumidero, eran de algún tipo de piedra pulida. Más o menos la mitad estaban ocupadas. Bajo las sábanas blancas se dibujaban cuerpos humanos. El cadáver de la primera mesa era el único desnudo y destapado: eran los restos mortales de Lene Kulm. En la otra mitad de la habitación, junto a un lavamanos, había un médico muy alto que rondaba los cuarenta y un jovencito, su asistente. Ambos se habían puesto batas sobre la ropa y estaban desinfectándose las manos con una solución de cloro cuando los tres recién llegados entraron en la sala de autopsias.

—¡Ah, inspector! —saludó el médico con amabilidad—. Puntual, como siempre. En eso se parece usted a Immanuel Kant. También nosotros podríamos poner en hora los relojes siguiendo sus movimientos.

Horlitz asintió satisfecho y se acercó a la mesa de disección.

—¿Dónde quieren que coloque el aparato? —preguntó Krosick mientras extendía sus utensilios sobre una mesa vacía—. ¿Prefieren que las tomas se realicen desde un lateral o desde los pies?

El doctor se aproximó a él secándose las manos con un trapo y sonrió sabiendo lo que se decía.

—Desde un lateral, joven; siempre desde un lateral. Sus zapatos le agradecerán que no se sitúe usted en el recorrido de las excreciones.

El fotógrafo lo miró desconcertado. Bajó la mirada al suelo, volvió a levantarla y, cuando entendió lo que le había querido decir, asintió. Levantó el trípode de la cámara junto a la mesa de disección y colocó el aparato sobre la base por medio de unas hebillas. En la parte delantera de la caja enroscó un objetivo. El que utilizaba había sido desarrollado por Petzval y Voigtländer y se consideraba especialmente sensible a la luz, ya que el tiempo de exposición que necesitaba era algo inferior a un minuto.

Mientras tanto, Julius Bentheim observó atentamente al médico, que se había dirigido al comisario y estaba enfrascado en una conversación con él. Tenía una complexión física robusta y una barba cuidada. Sus largos mechones de pelo estaban peinados con esmero hacia atrás y cubrían las zonas ralas del cogote. Bentheim ya había visto retratos de este hombre en los periódicos: se llamaba Rudolf Virchow y había sido elegido diputado al Parlamento prusiano por el Partido Progresista Alemán. Como patólogo, recientemente había causado sensación con la publicación de tres libros en los que resumía treinta lecciones en torno al tema de los tumores patológicos.

Virchow se inclinó sobre el cadáver de Lene Kulm y señaló con el dedo unas manchas amarillentas y azuladas en su vientre.

—¿Ven eso, señores?

La muerta ya había sido lavada, y, sin embargo, despedía un olor de lo más desagradable. Un único y enorme corte permitía atisbar sus vísceras. Otras diez largas y delgadas estrías eran todo lo que quedaba de las cuchilladas. Y después estaba la profunda herida del cuello. Horlitz y Bentheim observaron la zona que señalaba Virchow: parecía el parche estropeado de un tambor. Entre los colgajos y los jirones de piel se entreveían unas manchas sucias.

—Se trata de lesiones anteriores.

—¿Qué significa eso exactamente?

—Con eso quiero decir que estos hematomas no se originaron en la noche del crimen. Cuando se produce el exitus, las funciones corporales son lo primero que se apaga. Los coágulos de sangre causados por los golpes normalmente se desintegran en un lapso de tiempo concreto. Todos lo habrán visto alguna vez: se dan un golpe en alguna parte y entonces aparece un cardenal, cuyo color va cambiando. Recorre todo el espectro: amarillo, verdoso, marrón… Y estos hematomas han alcanzado un estadio ligeramente avanzado.

—¿Así que alguien la golpeó?

El médico levantó la mirada y asintió apenado.

—Es de suponer que no solo una vez, sino de forma regular. Pero esto no es nada nuevo. No me canso de advertir

sobre la miseria. Algunas de estas pobres personas viven como animales, hacinadas en casas de vecindad, rodeadas por la inmundicia y en pleno foco de innumerables enfermedades y epidemias. En semejante entorno, los gérmenes se reproducen a toda velocidad. Llevo mucho tiempo protestando ante el ayuntamiento al respecto. Un ambiente negativo moldea el carácter de una persona. Ustedes, señores míos, también se tornarían agresivos y finalmente violentos en un entorno como ese. Uno se embrutece en esas condiciones. —Virchow se detuvo, se secó el sudor de la frente con la palma de la mano y resopló con energía. Se dirigió a los jóvenes estudiantes en tono imperativo—: Levanten el cuarto oscuro y tomen las fotografías mientras yo preparo el instrumental.

Albrecht le hizo una señal a Julius, que desenrolló el fardo de tela negra. En el centro de uno de los rollos había un sencillo agujero redondo. Bentheim deslizó el objetivo a través de él y después cubrió la cámara fotográfica con la tela. Krosick comprobó la carpa provisional que habían montado y, una vez se aseguró de que no quedaba ningún punto permeable a la luz, se deslizó dentro. Le pidió a su amigo que le pasara la maleta con las placas de colodión y la abrió en completa oscuridad. Bajo la sábana negra se asemejaba a una aparición fantasmal, y sus movimientos y los golpeteos recordaban a los suspiros de las almas atormentadas. Una sala de autopsias era además un lugar horripilante. No era extraño que favoreciera asociaciones como aquella.

Unos pocos ajustes después se produjo el primer clic. Albrecht apretó el disparador. El olor a yoduro de plata inundó la habitación. Después de cada exposición, el fotógrafo esperaba al menos un minuto para sacar la placa de debajo de la tela. Julius recogió cuidadosamente una fotografía tras otra y las llevó a las mesas de disección, donde las apoyó en las patas de madera para que pudieran secarse un rato más. Para el joven dibujante, las imágenes tenían un encanto peculiar. En ningún caso era la fascinación por la muerte la que confería su atractivo a aquellas fotografías. El motivo era secundario; su brillo claro y sus contornos delicados resultaban cautivadores. No era de extrañar que el poeta francés Baudelaire se hubiera burlado apuntando que la fotografía se convertiría en el refugio de los pintores fallidos que hubieran fracasado en su arte o que sencillamente fueran demasiado vagos: ¡nadie podía pintar con tanto realismo!

Poco después, Albrecht salió de la carpa y se irguió. La espalda le crujió, y se masajeó las vértebras.

—¡Hecho! —afirmó.

—Y la modelo ha sido de lo más obediente —murmuró Rudolf Virchow.

El comisario Horlitz, que conocía el humor macabro del médico desde hacía años, no reaccionó. Sin embargo, los estudiantes intercambiaron miradas de asombro y el rostro de Krosick esbozó una amplia sonrisa. El patólogo era de los suyos.

Virchow pasó una lata entre los asistentes y los invitó a servirse.

—Una emulsión de grasa animal y sustancias aromáticas —explicó—. Extiéndanselo debajo de la nariz para mitigar el olor a cadáver. Y ahora apártense, caballeros. —Hizo una señal a su asistente, que colocó una bandeja plateada con sondas, sierras y escalpelos sobre una mesita móvil—. Metro —pidió sin rodeos.

El joven médico le entregó una regla metálica extremadamente fina con números a intervalos regulares. Al mismo tiempo, cogió una tablilla con una pinza y el lápiz que estaba atado a ella con un cordón. Rudolf Virchow midió la longitud de las lesiones y le fue dictando los resultados. A continuación posó los dedos en los bordes de las heridas y las abrió con tiento. Introdujo cuidadosamente la regla en las aberturas hasta sentir una ligera resistencia.

—¿Los intestinos de la muerta no se han movido? —preguntó Bentheim—. Al fin y al cabo ha sido transportada y seguramente sacudida.

—Buena apreciación —comentó Virchow, y se dirigió a Horlitz—: Ha pescado usted un mozuelo muy avispado.

El comisario explicó:

—Así se mide la longitud mínima del arma homicida. Una vez abierto el cadáver obtendremos más información.

Los dos médicos se dispusieron a rapar la cabeza de Lene Kulm, cortando primero los largos mechones y afeitando después los restos. Inspeccionaron el cuero cabelludo y anotaron en el informe que no existían indicios de lesiones en el cráneo.

—Escalpelo —pidió Virchow—. Atención, caballeros, ¡ahora empieza el espectáculo!

Practicó dos largos cortes semicirculares que nacían un poco por encima del ombligo y atravesaban el vientre en direcciones opuestas hasta reencontrarse en el nacimiento del pubis. A Julius le sorprendió la consistencia de la carne humana. Era como cortar un filete de cerdo. El doctor hundió las yemas de los dedos en los surcos del vientre y recorrió lentamente los bordes hasta que la piel se desprendió como el glaseado frío de una tarta. El hedor les inundó la nariz a pesar de la emulsión. Se oyó un chasquido cuando tres o cuatro asas intestinales resbalaron y cayeron sobre la superficie de la mesa. El asistente las recogió y las deslizó entre sus dedos examinándolas.

Al mismo tiempo, Rudolf Virchow levantó el jirón de piel que había separado sosteniéndolo como un lienzo para una obra de sombras chinescas. A contraluz se distinguía claramente el rastro que había dejado el cuchillo de Botho Goltz.

—Haga una foto de esto, por favor. Es un efecto teatral de lo más melodramático, pero si ayuda a que el culpable reciba su merecido castigo, por mí, perfecto.

Albrecht volvió a ajustar el objetivo y se deslizó bajo la carpa oscura.

Cuando el daguerrotipo estuvo listo, los médicos retomaron su labor. Localizaron los puntos en que las puñaladas habían dañado el tubo liso del intestino delgado y la superficie abultada del intestino grueso. La capa externa del músculo detrusor estaba parcialmente arañada, y en varios puntos estaba cortada del todo. A medida que extraían las tripas de la muerta, también fueron apareciendo los músculos del vientre rajados.

—Estómago desgarrado —dictó el patólogo—. Su contenido se ha derramado. La capacidad media máxima es de algo más de dos litros. Dado que se ve poco bolo alimenticio y las demás excreciones olorosas habituales son relativamente escasas, cabe suponer que la víctima comió y bebió poco en las horas anteriores al asesinato. —Empleó el escalpelo en el esófago y el intestino delgado para recortar el estómago, y después lo levantó—. Ahí está —dijo sacando del cadáver unos restos de comida aún sin digerir—. Como decía, no era mucho. Probablemente una rebanada de pan con jamón. Pasemos ahora al hígado…

Albrecht Krosick dio un empujón a Julius en el costado con gesto pícaro.

—Hígado, ¿has oído, Julius? Esto pide a gritos una rima hepática,1 ¿no crees?

Virchow, el gran científico, levantó la cabeza y taladró con la mirada a los dos muchachos. Bentheim ya veía venir el rapapolvo. Pero, en lugar de obsequiarles con un sermón austero sobre moralidad, el médico lo sorprendió con su desenfadada naturalidad. Arrugó la frente como si estuviera pensando intensamente e improvisó una rima siguiendo la antigua tradición:

—El hígado es de una muerta y no de una ciega. Enseguida la haremos pedacitos para averiguar qué acabó con ella.

—¡Bravo! ¡Fantástico! —exclamaron los jóvenes, y Gideon Horlitz también aplaudió.

—¡Qué gran verdad es esa de que no hay nada más alemán que una rima hepática!

El patólogo hizo una reverencia con afectación teatral y, tras esta breve interrupción, continuó con su trabajo. Los espectadores siguieron con gran atención la inspección del cadáver durante más de tres horas. Julius Bentheim incluso olvidó por un momento la alegría que sentía ante su próxima cita. De tanto en tanto, se detenían para sacar un daguerrotipo. Fotografiaron cada uno de los órganos extraídos, colocados en platillos, y para terminar tomaron una imagen del cuerpo sin vida de Lene Kulm cosido de nuevo.

—Al fin es viernes por la tarde —comentó Virchow rendido—. Ya es hora de una pausa para fumar. Vengan,

acompáñenme a mi despacho. Pueden venir a recoger la cámara y las placas de colodión después, cuando las imágenes se hayan secado.

Dejaron solo al asistente, encargado de recoger, y siguieron al patólogo por el pasillo. Los condujo a una habitación de la planta baja que sería del mismo tamaño que la sala de disección, pero que, abarrotada como estaba de objetos etnológicos y antropológicos, parecía considerablemente más pequeña. Julius enmudeció al ver la colección de Virchow. Había esqueletos humanos colgados de bastidores, y decenas de calaveras descansaban sobre el suelo y sobre pilas de libros en completo desorden. El investigador apartó con la mano una mandíbula de dientes torcidos de una caja de puros y se la tendió a sus invitados.

—Sírvanse. Auténticos Partagás. Un placer incomparable, se lo garantizo.

Se encendieron sus respectivos puros y dieron un par de caladas con deleite. Los aros de humo flotaron hasta el techo, donde se extendieron como un velo de neblina que desprendía un aroma intenso y terroso. Los cuatro hombres, unos frente a otros entre lustrosos esqueletos, se abandonaron al placer.

—¿Cuándo recibiremos el informe? —Horlitz rompió el silencio finalmente.

—¿Acaso tiene prisa, comisario?

—Tengo encima a Karl Otto von Leps, el juez de instrucción. Todo este asunto me da mala espina. Ayer, durante la entrega del cadáver, ya le informé sobre el estado de la investigación, doctor. ¿Qué opina usted? ¿Por qué asesinaría un respetado profesor de Filosofía a una ramera?

—¿Un crimen pasional?

—No hay señales de acto carnal no consentido. Además, acaba de determinar que la víctima estaba menstruando.

Virchow negó con la cabeza.

—No me ha entendido, Horlitz. Un crimen pasional no siempre está relacionado con el acto sexual. A algunas almas atormentadas les produce placer ver sufrir a otras personas. Si entramos en el campo de las perversiones, el deseo absoluto puede consistir en presenciar la muerte muy de cerca. Mirar a unos ojos que poco a poco se van congelando se convierte en una sensación sublime.

—En tal caso, ¿no sería más lógico asfixiar a la víctima que apuñalarla? —intervino Julius.

—Sí, así es.

—Ve usted, Virchow, ahí está el problema. Lo mire por donde lo mire, no acabo de tenerlo claro. Además, Goltz ha encargado a su abogado de oficio que solicite el acceso al lugar del crimen. Tengo un mal presentimiento, un presentimiento muy malo.

Dio una calada al Partagás hasta que la ceniza blanca del puro casi ardió, y a continuación expulsó el humo por la nariz. Los cuatro hombres se quedaron en silencio, absortos en sus oscuros pensamientos.

Capítulo cinco

Julius Bentheim se había ofrecido a su amigo para llevarse la cámara a casa. Albrecht, que quería ir con el comisario Horlitz a entregar las placas fotográficas en la jefatura de policía, aceptó la oferta agradecido. El joven dibujante se encaminó de bastante buen talante hacia la vivienda de la enérgica viuda y una vez allí dejó las cosas de su amigo delante de su puerta. Ya en su cuarto, se lavó, se cambió y lanzó la ropa que se había quitado a un cesto que la casera ponía amablemente a disposición de sus inquilinos en el pasillo. Aún sentía en la nariz el olor de las salas del instituto de patología, esa horrible mezcla de química y muerte.

Cuando bajaba por la escalera vestido con un elegante uniforme de estudiante con los antiguos colores prusianos, negro y blanco, una anciana le cortó el paso. Llevaba ropa de diario sencilla pero con estilo, un pantalón de talle alto, y se había cubierto el pelo con un sombrero de seda que recordaba al de la reina Luisa, fallecida hacía más de medio siglo pero aún venerada por la gente. Al igual que la monarca, que mostraba gran interés por la moda, la viuda Amalia Losch también tenía un aspecto deslumbrante.

—Quieto ahí, jovencito —le ordenó categórica—. ¿Hacia dónde dirige sus pasos?

—¿Hacia una reunión estudiantil? —murmuró Julius sin convicción.

La dama desdeñó el comentario con un gesto decidido de la mano.

—¡Tonterías! Acude usted a una cita, señor Bentheim. ¿No es cierto?

Asintió cabizbajo.

—¿Lo recibirá el padre de la dama?

—Creo que sí.

—Creer es de chismosos y pusilánimes. ¿Y bien? ¿Qué dice usted?

—Su señor padre debería estar presente, sí.

—¿Se quedarán en su casa?

—Lo más probable es que no —respondió Julius—. Filine querrá dar un paseo. El día es agradable.

—¿Con carabina?

—Con carabina —repitió Julius.

—Una pena. —Amalia se rodeó la barbilla con dos dedos de aspecto arácnido—. ¡De todos modos, cruzo los dedos, Bentheim! Lleve unos dulces, así se ganará la simpatía de la institutriz. ¡Mi viejo Theobald, Dios lo tenga en su gloria, siempre lo hacía y al final terminamos casándonos!

Bentheim le aseguró que seguiría su consejo. La viuda se perdió en los recuerdos del pasado y una chispa de alegría le iluminó el rostro. El dibujante se despidió y ella le estrechó la mano con fuerza.

El destino de Julius Bentheim estaba situado en la linde sur del parque Großer Tiergarten. La zona había sido enteramente ocupada por artistas, científicos y altos cargos de la administración, por lo que el nombre con el que era conocida entre el resto de la población era el de «Barrio del Consejo». Las villas de la alta burguesía se alineaban una tras otra y, al fondo, las tres naves de la iglesia de San Mateo se alzaban sobre las casas con sus pináculos y sus tejados a dos aguas.

Los pasos del muchacho lo condujeron a un edificio de dos plantas detrás de cuyos muros vivía la joven Filine Sternberg con su padre. En el lado opuesto a la calle, la casa disponía de un jardín que se extendía hacia su parte trasera. Desde allí, la propiedad parecía descansar plácidamente, rodeada por una tapia de por lo menos dos metros y medio de alto. En medio del césped, justo al lado de un quiosco, había un estanque ornamental circundado por suaves pendientes en las que crecían rododendros. Un enorme tilo, que dominaba todo el conjunto, arrojaba sombra gracias a sus extensas ramas.

La belleza de aquel lugar apartado, en el que uno podía refugiarse del mundo, recordaba en cierto modo al estilo Biedermeier, y no encajaba en absoluto con la imagen que Julius se había hecho del dueño de la casa. El pastor Gottfried Sternberg era un hombre de cuarenta años, enjuto y pálido, que pasaba la mayor parte del tiempo recluido en su despacho, donde leía tratados religiosos y se dedicaba al estudio de las Sagradas Escrituras y a la redacción de una biografía de santo Tomás en latín. Era un hombre apartado de la sociedad que únicamente revivía ante su parroquia, aunque sin abandonar nunca su tono comedido. Que fuera sumamente apreciado por su diócesis se debía no tanto a su carácter reservado como a su hija. La había criado solo después de que la madre muriera en el parto, y la había educado de forma admirable: Filine era virtuosa y cariñosa, siempre saludaba, y se vestía con decencia. Aquella muchacha de dieciséis años era indiscutiblemente la niña bonita del barrio; los hombres ya le dedicaban miradas furtivas y las mujeres, que tiempo atrás adivinaban el florecimiento paulatino de su elegancia, la observaban con envidia.

Julius la había conocido hacía un año en una fiesta popular en la que ella repartía estampitas de santos a los paseantes por encargo de su padre. Las imágenes se habían elaborado con tanta torpeza que el artista que Julius llevaba dentro se indignó. Empujado por la ambición creativa de mejorar lo que veía, entabló conversación con Filine y le ofreció pintar una serie de iconos y ponerlos a su disposición. Así fue como entró en casa del pastor. El hecho de que Filine y él se tuvieran ahora un gran afecto era un secreto que solo se habían revelado el uno al otro. Su padre, el enjuto hombre de iglesia, no veía con agrado la familiaridad que existía entre ambos jóvenes. Pero era demasiado tarde. Reprender a la benjamina de la casa sin que hubiera sucedido nada grave habría sido impropio de él, e imposible de justificar ante la opinión pública.

Bentheim llamó al timbre y, para asegurarse, golpeó la puerta tres veces con el puño. Oyó unos pasos amortiguados que se acercaban. El dragón del castillo, pensó con rabia. Parece que le han liberado de sus cadenas.

Cuando se corrió el cerrojo y la puerta se abrió despacio hacia dentro, Julius esbozó la sonrisa más amable de la que fue capaz.

—Muy buenas tardes tenga usted, estimada señorita Lembke —saludó al ama de llaves, que había aparecido ante él con semblante hosco e intransigente—. Ah, ¿no es maravilloso que los pajarillos trinen, los grillos canten y los cervatillos del bosque brinquen de un claro a otro cruzando el riachuelo? En todas las cumbres reina la paz, como dice el poeta.

—Y acompañando estas palabras, le tendió una cajita de bombones que había comprado de camino en una pastelería siguiendo el consejo de Amalia.

La mujer lo miró con antipatía mientras aceptaba los dulces. Ambos sabían qué opinaban y qué podían esperar del otro.

—Deme su abrigo, señor Bentheim. Después lo llevaré con Filine. Lo espera en el jardín.

—¿En el quiosco?

—¿Dónde si no? —respondió ella arisca.

Julius se quitó la ligera capa de estudiante y se la entregó al ama de llaves. Poco después la mujer llevó al invitado hacia una puerta de dos hojas que conducía al exterior. Una agradable corriente de aire rodeó al joven mientras atravesaba el sombreado cobijo en dirección al quiosco. Encontró a Filine sentada en un banco de madera, enfrascada en la lectura de una revista de sociedad. Esta levantó la mirada sorprendida al oírlo llegar.

—¡Julius! —exclamó.

—Mi pequeña Filine —respondió él con calidez.

La muchacha miró rápidamente a su alrededor y, al distinguir al ama de llaves acechando tras la ventana, se contuvo. Se irguió con fingida arrogancia y le tendió la mano para que la besara como si de un acto de clemencia se tratara. Él le siguió el juego, hizo una profunda reverencia y acercó la mano envuelta en un guante de seda blanca a pocos centímetros de sus labios.

—Me alegra verla alegre y con buena salud —la saludó alzando el tono. Sin embargo, añadió varias palabras de amor en voz baja.

—Siéntate conmigo, Julius. La vieja se ha esfumado.

Para hacerse sitio, el joven recogió del banco la revista que ella había dejado.

—Die Gartenlaube —leyó sorprendido—. Décimo tercer número.

—Muy adecuado, ¿no crees?2

—Espero que el contenido sea más emocionante que el título.

Ella asintió enérgicamente y, al hacerlo, sus rizos rubios revolotearon sobre sus hombros. Saltaba a la vista su semejanza con la imagen que en general se tenía del personaje de Lore Lay, de Brentano. Bentheim casi consideraba una broma de mal gusto de la naturaleza que la hija de un pastor tuviera un aspecto tan sumamente atractivo.

—Es la única revista que papá me deja leer sin reparos

—explicó Filine—. El editor es un liberal-demócrata, pero los contenidos de la revista son apolíticos en su mayor parte. Mira, aquí está su manifiesto, te leo un extracto: «Una revista para todos aquellos que aún buscan bondad y nobleza en la vida». Algo trasnochado, ¿no crees? Sin embargo, debo reconocer que la mezcla de reportajes, novelas por entregas y la divulgación de valores éticos no me desagrada del todo.

—¿Así que tu padre, por una vez, no ha encontrado nada que censurar?

Ella se echó a reír y le acarició suavemente el dorso de la mano. Cuando ya llevaban más o menos un mes y medio viéndose, Julius se la había encontrado un día leyendo un libro cuyas páginas tenían algunos pasajes tachados con un lápiz negro. Se habían borrado todas las escenas indecentes. El pastor lo llamaba «ad usum Delphini», utilizando para el caso la antigua expresión que se estampaba en los clásicos adaptados para disfrute del heredero al trono francés. En la estantería que Sternberg había dispuesto para su hija solo había tomos de Klopstock, poesía de Angelus Silesius y Novalis, así como las obras cristiano-conservadoras de Droste-Hülshoff. Bentheim había sentido lástima de la muchacha. En cada una de sus visitas introducía en la casa del pastor un libro diferente escondido en los amplios bolsillos de su chaqueta. Así, por las noches y en secreto, Filine salía a cazar asesinos con el investigador Lecoq, creado por Gaboriau, sufría junto a Die Kindsmörderin, de Wagner, sus horas más trágicas, y sentía miedo de la Blutbaronin, de Ernst Raupach.

Pasaron un rato sentados juntos y disfrutando del aire templado que los envolvía. Más tarde, Bentheim retomó la conversación haciendo referencia al plan que habían acordado para esa tarde.

—¿Vendrá Lembke?

—Me temo que sí.

—¿Y sabe adónde queremos ir?

—Por supuesto que no. Saldremos a pasear, vagaremos un poco de aquí para allá mientras ella nos sigue a una distancia prudencial, y antes de que se haya dado cuenta, habremos llegado a casa de Fanny. Entonces la vieja tendrá que entrar forzosamente y poner al mal tiempo buena cara.

—¿Así de sencillo?

—Sí, querida mía, no te preocupes —le aseguró confiado—. Así de sencillo.

Capítulo seis

La carabina Hedwig Lembke seguía a los dos enamorados a cierta distancia, pero sin perderlos de vista. Caminaba detrás de ellos con gesto hosco, pero concediéndoles un grado aceptable de libertad. Julius y Filine charlaban despreocupados sobre asuntos privados y, llegado el momento, el estudiante llegó incluso a perder el decoro al hablarle a la señorita sobre su participación en el caso del asesinato de Lene Kulm. Cuando terminó, ya habían recorrido un largo trecho y habían llegado de nuevo al principio de la Matthäikirchstraße.

—Ahí delante está el número 18 —comentó Filine—. ¿Nos aventuramos?

—Seguiremos caminando con toda la calma del mundo para no levantar sospechas. Cuando estemos a la altura de la puerta, entraremos rápidamente. Sé que nunca la cierran cuando se reúne el salón.

—De acuerdo.

Siguieron conversando sin modificar un ápice su comportamiento mientras la vieja dama se quedaba atrás para sonarse la nariz. La deseada puerta se acercaba, y de pronto Bentheim se detuvo y giró la manilla. Antes de que Hedwig Lembke se diera cuenta, los dos habían desaparecido dentro de la casa.

—¡Por todos los…! —exclamó Lembke, y acto seguido se santiguó con sentimiento de culpa. Aceleró el paso y se paró perpleja ante la entrada. En el letrero de bronce, a la derecha del marco de la puerta, había una rúbrica grabada: «Stahr-Lewald».

Se quedó allí, indecisa, hasta que levantó la titubeante mano para llamar a la puerta. Para su sorpresa, esta se abrió y una mujer de unos cincuenta años apareció ante ella. La desconocida tenía la cara redonda, un principio de papada y una frente desacostumbradamente alta para tratarse de una mujer. Sin embargo, los rizos rubios prietos que le rodeaban el rostro compensaban con creces ese defecto.

—¿Sí? ¿Qué desea? —preguntó la extraña con simpatía.

La señora Lembke ladeó la cabeza para echar un vistazo al interior de la casa por encima del hombro de la mujer. Dos hombres se deslizaron por el fondo del escenario con copas en la mano y discutiendo animadamente.

—Mi protegida ha entrado aquí.

—¡Ah, pase! Siéntase como en casa, por favor. Debe de venir usted de parte del señor Bentheim. Acaba de avisarme de que nos visitaría una buena amiga suya. Pero no la esperaba tan pronto.

—¿Buena amiga? —murmuró Hedwig Lembke indignada mientras atravesaba el umbral.

La anfitriona, que se presentó como la señora Fanny Lewald, condujo a la recién llegada a una sala contigua en la que había varias mesitas, sofás y butacas de cuero puestas en fila. En el cuarto se congregaba un grupo reducido de personas. Algunas leían en voz alta textos que habían traído para la ocasión, otras escuchaban con atención para después enzarzarse en debates. Las dos mujeres habían entrado por el lado más amplio. La pared de la izquierda estaba casi a su alcance; la de la derecha estaba formada por varias oquedades con aspecto de saledizos. Otras dos puertas conducían a espacios contiguos, a pesar de lo cual todo formaba parte de un único espacio.

Julius y Filine ya se habían acomodado en uno de los saledizos. Aún tenían las mejillas sonrosadas a causa de la agitación que les producía haber gastado una broma a su carabina, y un hombre bigotudo de unos cuarenta años les estaba sirviendo un espumoso. Presa de una rabia contenida, la señora Lembke estuvo tentada de tirarles de las orejas a sus fugitivos delante de todos los congregados, pero el instinto la detuvo. ¡Conocía a aquel hombre! Y varios invitados más le resultaban extrañamente familiares. ¿No había visto ya sus rostros en los periódicos?

Del hombre de la botella de espumoso sabía que había sido farmacéutico. Si no recordaba mal, incluso la había atendido personalmente hacía algunos años en la farmacia Zum Schwarzen Adler de la Georgenkirchplatz. Se le había quedado grabado en la memoria por la forma tan amable y solícita en que la había despachado en un momento en el que ella se sentía indispuesta. ¡Cuál fue su sorpresa al leer en 1848, el Año de las Revoluciones, cuatro textos radicales escritos por aquel mismo joven tan atento! Últimamente su nombre se oía por doquier, y no solo en el ámbito político, sino también en el literario: el farmacéutico había concitado una gran atención con sus reportajes, en los que narraba sus viajes a Londres y al condado de Ruppin.

Hedwig Lembke se acercó a él. El caballero se volvió gentilmente y le ofreció una copa. Ella, agradecida, rehusó.

—Muchas gracias señor Fontane, pero soy miembro de la cofradía de la moderación.

—«Fontán» —subrayó él con gentileza seductora—. Puede usted ahorrarse la «e» final. Mis padres eran hugonotes. Así que la pronunciación es francesa, s’il vous plaît. En este sentido me muestro consecuente con mis orígenes. ¿No quiere una copita, señora?

Ella negó con la cabeza y el escritor dejó la botella en una mesita auxiliar, al tiempo que un segundo caballero se unía al grupo. Era un poco más bajo que Theodor Fontane, y también algo más joven; al igual que la mayoría de los varones prusianos con cierto aprecio por sí mismos y por su origen, lucía patillas y un espléndido bigote, y era de complexión delgada y esbelta.

—¡Ah, mi querido Goedsche, le doy la más calurosa bienvenida! ¿Me permiten presentarles? —El escritor señaló a Filine y a Julius—. Primero a los jóvenes, ya que el futuro les pertenece. Este es Julius Bentheim, el benjamín de nuestras veladas de salón, y esta es su cautivadora acompañante, la señorita Filine Sternberg, a quien he tenido el gusto de conocer hoy.

—Encantado, un placer.

—Y usted debe de ser sin duda la maravillosa señorita Lembke de la que tantas veces me ha hablado Julius. Solo he oído cosas buenas de su persona. Su fama la precede. Prusia necesita doncellas como usted, fieles a sus principios.

Bentheim contuvo una carcajada cuando Fontane le guiñó el ojo disimuladamente. El poeta hugonote había sabido desde el primer momento que solo con piropos podría ganarse a la carabina. Intercambiaron muletillas corteses, parlotearon sobre futilidades y, poco a poco, se fueron adentrando en el campo de lo filosófico. Para cuando la señora de la casa se les unió también, el grupo ya estaba inmerso en un agitado debate sobre la culpa religiosa y la penitencia. En el Vossische Zeitung se había publicado un breve artículo sobre el brutal y sangriento crimen contra la prostituta Lene Kulm, y el profundo conocimiento de Bentheim sobre el caso dio lugar a preguntas de relevancia existencial. El hecho de que un hombre culto como Botho Goltz hubiera sido capaz de cometer un crimen tan atroz fascinaba en tal medida a los allí presentes que les resultaba difícil resistirse.

El hombre al que Fontane había presentado como Goedsche carraspeó de forma audible. También era escritor, si bien se dedicaba al campo más frívolo y trivial de la literatura de aventuras. Publicaba novelas sensacionalistas y tendenciosas en la línea de Eugène Sue y Alexandre Dumas bajo el seudónimo de sir John Retcliffe.

—En mi opinión —intervino acalorado—, la posesión de intelecto humano no siempre conlleva el sometimiento al dictado de la ética y la moral. Es, en cambio, la religión la que nos prescribe fundamentalmente qué debemos o no debemos hacer y, como dice Karl Marx, la religión es el suspiro de la criatura oprimida. Así que si un filósofo como ese tal profesor Goltz llega a la conclusión de que para él la religión no tiene razón de ser, está en su derecho de sacar las conclusiones pertinentes.

—¿Y cuáles son? —preguntó Fanny Lewald.

—Bueno, usted como judía naturalmente me lo rebatirá, pero no debemos olvidar que en la Torá existen numerosos ejemplos de los abusos violentos más monstruosos. Sumemos a esto el Nuevo Testamento para incluir también al cristianismo y obtendremos así un mayor grado de ensalzamiento de la tiranía, tanto humana como divina. En ambas obras predomina la ley del más fuerte. Resulta irónico que las Sagradas Escrituras estén, a su manera, más próximas al darwinismo de lo que les convendría.

—Me gustaría que nos ofreciera un ejemplo —exigió la señora Lembke, malhumorada. A ella, que servía en el hogar de un pastor, no le agradaba en absoluto el rumbo que estaba tomando la conversación.

Retcliffe tomó postura con gesto grave.

—Piense sin ir más lejos en el éxodo de Egipto. Dios envía a Moisés a pedir al faraón que permita emigrar al pueblo israelí. Para mí, como escritor, ese sería un punto de partida genial: un escenario exótico, hechos históricos verídicos y plagas bíblicas que podrían representarse en un escenario mediante efectos teatrales bien planificados. Y, sin embargo, ¿en qué convierte la Biblia una propuesta tan atractiva? ¡En un miserable sainete!

—Por favor, sir John —lo interrumpió educadamente Fontane poniéndole la mano sobre el brazo—, cuide al menos su vocabulario cuando defienda sus atrevidas teorías. Hay damas presentes.

Retcliffe insinuó una ligera reverencia y murmuró una disculpa poco entusiasta para después continuar con su exposición:

—Como decía, el material para una tragedia está servido. También tenemos al héroe en el personaje de Moisés, ya que su sueño de escapar de la esclavitud y emigrar a la tierra de sus antepasados no se cumple. Solo se le concede un último

vistazo a la patria en su lecho de muerte del monte Nebo. ¡Una escena sobrecogedora! Además, tenemos a un antagonista, el faraón, al que podría presentarse como un adversario astuto y malvado. Pero si atendemos a las palabras exactas del libro del Éxodo (algo que la Iglesia católica nos pide constantemente), la imagen que se nos ofrece es completamente diferente e inesperada. Resulta que el infame faraón está dispuesto a atender la petición de Moisés. Se muestra incluso comprensivo con el

pueblo tiranizado y cree que puede dejar marchar a sus esclavos porque, de todos modos, las obras en las que trabajan están a punto de concluirse. Podría decirse que bien está lo que bien acaba…, ¡si no fuera por el vanidoso y presuntuoso de Nuestro Señor!

—¡Señor Retcliffe!

—Les pido mil disculpas, damas y caballeros. Pero no hago más que llamar a las cosas por su nombre. Les ruego que me permitan esta licencia.

Julius Bentheim bebió un sorbo de su copa y se la tendió a un perplejo Fontane para que se la rellenara y así impedir otra réplica del poeta. El estudiante estaba sumamente interesado en el desarrollo de la conversación. Filine, a pesar de no haber adoptado la persistente austeridad de su padre, seguía bajo la influencia de sus ideas. En muchos aspectos estaba abierta a los cambios que experimentaba la sociedad, y a veces se mostraba receptiva también al progreso científico. En lo concerniente al intercambio prematrimonial de caricias, se mantenía, hasta cierto punto, fiel a sus principios. Las contadas ocasiones en las que lograban verse en secreto o librarse de la señora Lembke durante un tiempo indeterminado, siempre se producían entre ellos tocamientos fugaces y precipitados. Julius ya la había besado, y de vez en cuando había podido incluso acariciarle los pechos, algo contra lo que ella no presentaba objeción alguna siempre que no la mirara mientras lo hacía. En un momento de debilidad, Filine había acercado la mano a sus pantalones y le había agarrado el miembro, pero enseguida la había retirado y le había pedido que no se vieran en lo que quedaba de semana. La semilla de la Biblia que su padre había plantado en ella había germinado más débilmente de lo que él habría esperado.

Una mirada de soslayo a Filine le bastó a Julius para saber que esta despreciaba los comentarios de Retcliffe pero que tenía curiosidad por seguir la argumentación.

—¿Y cómo continúa la historia? —preguntó Bentheim.

—Nuestro Señor endurece el corazón del faraón y alimenta así su ira y su furia. Este prohíbe súbitamente la marcha al rey de los israelitas. Tampoco reacciona cuando Moisés le plantea el peligro de las siete plagas que asolarán el país. Solo después de que el reino sufra una catástrofe tras otra, el faraón permite que los esclavos se vayan. La historia podría acabar aquí si a Yahveh no le hubiera gustado tanto su papel de despótico actor del destino. De nuevo envenena el corazón del monarca con ideas maliciosas para que reúna a un ejército que persiga a los fugitivos. Por todos es sabido que las tropas egipcias se ahogan miserablemente en las aguas del mar Rojo que poco antes había dividido Moisés. Según el Antiguo Testamento pues, es voluntad de Dios emplear violencia innecesaria y arrebatar la libertad de acción a personas pacíficas. De este modo, el faraón no ha sido más que una víctima de la deplorable puesta en escena de un petimetre presuntuoso. Para mayor gloria de Dios, como se suele decir. Si por una vez hacemos balance del lado de los egipcios, el resultado es aciago. La tierra y sus habitantes han sufrido pestes, úlceras y granizo; las langostas y los

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