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Meter la mano en las entrañas,
sobre teoría y prácticas del género testimonial
Aida Toledo
Colección Monografías 6
Centro de Pensamiento Crítico
Antonio Gallo, S. J.
Guatemala, 2021
Índice de contenidos
Portadilla
Legales
Palabras preliminares
Prólogo: Encadenar acontecimientos, testimonios y recepciones
Introducción: Un modo invisibilizado de existencia
Primera parte: Los huesos más amargos de la voz
Segunda parte: Los ensayos
Hacia la puerta del fondo: A manera de conclusión
Referencias
| 860.7281T649Toledo, AidaMeter la mano en las entrañas. Sobre teoría y práctica del género testimonial / Aida Toledo, Coordinadores de la publicación : Mario López y Carlos Gerardo González. -- Guatemala : Universidad Rafael Landívar, Editorial Cara Parens, 2021.XXIV, 109 páginas (Centro de Pensamiento Crítico Antonio Gallo, S. J., Colección Monografías 6)ISBN de la edición física: 978-9929-54-368-3ISBN de la edición digital, PDF: 978-9929-605-96-1ISBN de la edición digital, EPUB: 978-9929-54-369-01. Literatura guatemalteca2. Ensayos guatemaltecosi. López Barrientos, Mario Estuardo, coordinadorii. González Carlos, González, coordinadoriii. Universidad Rafael Landívar. Facultad de Humanidades, editoriv. tSCDD 21 |
METER LA MANO EN LAS ENTRAÑAS,
SOBRE TEORÍA Y PRÁCTICAS DEL GÉNERO TESTIMONIAL
Edición 2021
Coordinadores: Dr. Mario López y Mgtr. Carlos Gerardo González
Universidad Rafael Landívar, Facultad de Humanidades
Universidad Rafael Landívar, Editorial Cara Parens.
Se permite la reproducción total o parcial de esta obra, siempre que se cite la fuente.
D. R. ©
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Fotografía de portada: Mujer comunidad, mujer memoria, mujer incienso, Mario López
Diseño original de portada: Miguel Flores
Palabras de contraportada: Jorge Rogachevsky
Revisión, edición, diseño y diagramación por la Editorial Cara Parens.
Las opiniones expresadas y el lenguaje utilizado en los testimonios de los entrevistados(as) que aparecen en esta publicación, son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente compartidas por la Universidad Rafael Landívar.
Primera edición en formato digital: diciembre de 2021
Versión 1.0
Digitalización: Proyecto451
Como tatuaje, venía con fuego o con sangre,
pero como tatuaje en el corazón producía amor.
R. Falla. Historia de un gran amor, 38. (1)
1. Ricardo Falla. Historia de un gran amor. Guatemala: Editorial Universitaria, 2015.
PALABRAS PRELIMINARES
José Guillermo Monroy Peralta (2)
A Aida Toledo la conocí hacia fines de los años ochenta cuando el conflicto armado arreciaba más intensamente en nuestra Guatemala. Eran los tiempos en los que la fuerza de los acontecimientos sociales nos arrastraban en medio de un vendaval de violencias.
Tuve el privilegio de ir conociendo sus primeros poemas, así como sus primeros cuentos y de verla florecer en un contexto de crisis económica, política, social y militar.
Los años de distancia fueron llevándola por diversos caminos, pasando por varios premios en los Juegos Florales Centroamericanos de Quetzaltenango y otros premios internacionales. Hoy me encuentro ante lo que considero una de sus obras más emblemáticas, un trabajo magistral sobre la teoría y práctica del género testimonial.
Aída presenta su libro Meter la mano en las entrañas, como el trabajo producto de su experiencia no solo en la enseñanza literaria, sino también como parte de la historia reciente en la que ha tenido que vivir y formarse como escritora y crítica literaria.
En el texto se reconoce que el género testimonial ha sido un género marginal en el mundo literario, que provoca desconfianza. Para desarmar esa desconfianza, Aida hará una reconstrucción histórica del género en América Latina, pesando y valorando las diversas obras que se han producido en la región. Por su pluma discurren los nombres de Esteban Montejo, Miguel Barnet, Rodolfo Walsh, Truman Capote, Rigoberta Menchú, Elizabeth Burgos, David Stoll, Ricardo Falla, Mario Payeras, Sojourner Thruth, Domitila Chungara, etcétera.
En medio de historiografìar el recorrido del género, Aida destaca el valor del testimonio en nuestros pueblos como algo inmemorial, va desde la fundación del mundo, aunque ella lo recuperará en su reconstrucción desde el momento del encuentro entre las culturas indígenas, españolas y portuguesa.
Afirma que el solo hecho de «elaborar» el testimonio requiere de la otredad. De la voluntad de al menos dos para construir el proceso. Es la recuperación de la voz para luego potenciarla o ampliarla a otros espacios. En gran medida el género testimonial es recuperar el valor del sufrimiento individual o colectivo, o de la acción heroica, que para ser sanada o reconocida, requiere ser contada, ser transmitida, para que también ocupe su lugar y se posicione dentro de la historia colectiva de los pueblos.
Luego ahonda en las discusiones teóricas sobre la corriente testimonial y si debe llamarse testimonio o relatos de la memoria; retoma los debates sobre si la literatura testimonial entra o no en los cánones literarios, si logra conformar un corpus de obras, etc. Hace un paseo sobre las diversas discusiones sin perderse ni enmarañarse en lo teórico conceptual.
La autora no elude los diversos debates y confrontaciones a los que es sometido el género. Ahonda también en el valor de la verdad circunstancial, la verdad de lo vivido desde la óptica de los grupos o poblaciones excluidas, o desde el valor de la tragedia o sufrimiento que clama al cielo por salir. (3)
Nos pone cara a cara con el tema de las verdades y/o mentiras narrativas, y reconoce que son verdades parciales que pertenecen a un espacio histórico más amplio, y que en estas verdades parciales también se puede estar jugando en el terreno de lo político, lo ideológico, lo militar, pero también en el campo de lo estratégico. Sin pretender la suplantación histórica, estas verdades se convierten en espacios o caminos por lo que se llega a la otra historia, a la historia que se contrapone a la historia oficial; a la historia que no ha sido contada, a la historia de los oprimidos, suplantados, atropellados, negados. Sin caer en eufemismos, y con sutiliza, descubre las múltiples máscaras y las diversas artimañas con la que se ha arropado la «doctrina de seguridad nacional», así como sus múltiples niveles y facetas; para a la par de ello, mostrarnos las diversas estrategias y luchas de los otros por recuperar la voz. De esa forma recupera el debate Stoll-Menchú, que después quedará opacado por lo testimonial comunitario que aparecerá en los informes del «Nunca Más». Desde aquella famosa introducción hecha por Sábato en el «Nunca Más» argentino cuando nos invitaba a ir con Dante al recorrido por el Infierno; o lo que sería en nuestro caso de guatemaltecos, el recorrido realizado por los procesos de la Recuperación de la Memoria Histórica (Remhi), o el proceso liderado desde Naciones Unidas, Guatemala Memoria del Silencio.
El valor del trabajo de Aida es no solo que reconstruye, sistematiza y sintetiza el valor de la literatura testimonial en la región en las últimas seis décadas, sino que además aborda conceptos aparentemente tan dispares como la otredad, la construcción de la ciudadanía, el Estado-nación, con el fin de valorar al género testimonial como un género que en esencia rescata la dignidad de las personas desde los espacios de la exclusión y marginación a la que habían sido relegados para posicionarlo como parte de la reivindicación de los derechos humanos de los excluidos.
El trabajo es valioso, oportuno e importante. Es parte de los procesos generados desde las letras para romper lo que Julio Cortázar habría llamado «años de alambradas culturales». Es también parte de los procesos de «resiliencia comunitaria» por sacar a flote las estrategias y herramientas puestas en marcha por las comunidades por salir adelante, aunque parezca que nuestro tejido social se encuentre tan fragmentado y hecho pedazos. Es decir, nuestra capacidad de seguir adelante, a pesar de tantos golpes y de tantas dificultades. La gran noticia, en medio de todo esto, es que todavía estamos vivos y seguimos apostando por una Guatemala distinta, como la soñaba Monseñor Gerardi.
2. Médico salubrista. Doctor en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso). A inicios de los años 90 fundó con la hermana Barbara Ford un programa para la atención de la salud mental de los niños en la Diócesis de El Quiché. Trabajó en la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado y fue director de la Pastoral Social de la Arquidiócesis de Guatemala. Fue parte del equipo de monseñor Gerardi como responsable del área de Cultura de Paz y Mediación de Conflictos. Actualmente vive en Paraguay.
3. En el Antiguo Testamento, Génesis 4:9-10, Dios se dirige a Caín preguntándole: ¿«Dónde está tu hermano Abel»? Contesto: «No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano? Replicó Yahveh ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo». Es Dios cumpliendo el papel de rescatar el relato, o la historia de Abel.
Es Caín falsificando la historia.
PRÓLOGO
ENCADENAR ACONTECIMIENTOS, TESTIMONIOS Y RECEPCIONES
En lo que quiero insistir es en que los límites mayores
no dependen ni de la sabiduría ni de la voluntad de los testigos,
sino de un horizonte de recepción, […]
Hugo Vezzetti (4)
Desde el principio en Meter la mano en las entrañas, la autora nos reta a ver el testimonio como género literario. Y lo hace al mismo tiempo que lo contrapone al testimonio histórico, siempre deseoso de rigurosidad y veracidad. Para ser justos, la historia tampoco se aleja de esa oscilación. Quizás cabe recordar que el testimonio, o sea, el relato del testigo que vio o al quien le fue contado y luego lo transmite, agarró fuerza alrededor del recuento histórico en sí y del papel jurídico que pretende apuntalar o desestimar una acusación. De ahí que, historia y justicia vayan de la mano con el testimonio y le den importancia. No obstante, también cada una por su lado le recelan por presentar un fuerte sentido de evidencias no siempre tan evidentes, de partir de perspectivas diferentes según desde donde se mire. La justicia es más condescendiente con el testimonio, duramente observado, pero enfocado en la parte de veracidad demostrable del delito, mientras la historia es más recelosa, sobre todo porque el testimonio es representativo de las formas de memoria, ese uso intencionado del pasado en el presente, que le hace competencia al abordar lo que fue.
Por su lado, el axioma de todo pasa por el lenguaje dejó abierta la puerta a la ambigüedad, a la incertidumbre, a la intermediación, a las múltiples significaciones, al dominio del sentido, al diverso abordaje oral, escritural y hoy visual que le acompaña. Prácticamente mandó al traste el objetivismo en que se apoyaban historia y justicia. Al menos a la primera la hizo pensar más a fondo su necedad por ver el pasado, desde el presente sí, pero en búsqueda del apego a lo vivido por aquellos que ya no están. Aunque el testimonio es muy viejo como modo narrativo, el giro lingüístico, le dio su toque para entender esa oscilación arriba mencionada y ese carácter híbrido que presentan cada vez más los géneros literarios en la actualidad. Por eso, acostumbrados como estamos a ver memoria desde las ciencias sociales en complicidad con la psicología/psiquiatría, el ejercicio que hace Aida Toledo desde la literatura resulta gratificante –para nosotros los legos– al enfrentarse a uno de los géneros más fructíferos en Latinoamérica, el testimonio ligado a complicados procesos de contra-subordinaciones, de actos violentos y herencias traumáticas del hoy, a partir de la propia voz o de la intermediada, una literatura de la resistencia. Si bien el marco de referencia es la región subcontinental, el aterrizaje es en el plano el guatemalteco, donde existe una prolífera producción con sus bajones y subidas.
La autora, divide el libro en dos partes: la primera como reflexión teórica y la segunda como análisis ejemplar de diez obras testimoniales emblemáticas. Ambas partes no solo son complementarias, sino tienen su propia lógica expresiva. Se deduce de ello cómo este libro tiene, por un lado, una trayectoria de conocimiento e investigación y, por otro, una práctica de enseñanza alrededor del tema, su carta de presentación. Ella nos recuerda que los testimonios son fragmentos seleccionados que se apegan a una realidad y que se muestran como «formas de verdad» que deben ser relatadas. De esta manera, introduce en la primera parte del libro sus reflexiones teóricas y conceptuales, cuyo centro está en mostrar al testimonio como narrativa híbrida, por sí mismo rompe con toda pureza y delimitación de los géneros, para explicar o su mestizaje o su capacidad de continuum entre uno y otro.
Ahora bien, la autora no se queda ahí e insiste en desmenuzar ese carácter narrativo ligado a lo injusto, al olvido, al silencio y a lo obviado de las voces invisibilizadas por las historias dominantes, como una de forma de enfrentarlas. De este modo, el testimonio parte de la voluntad de contar algo en función de un colectivo, generalmente no hegemónico, que debe ser escuchado para decir o reafirmarse. Aun cuando sea un relato individual se basa en sus propias categorías culturales. El testimonio relata la experiencia vivida y sus consecuencias y la autora lo hace o hace partiendo de la experiencia latinoamericana, entendida como el eje de renovación del testimonio de finales del siglo XX, en especial, para el caso guatemalteco. Y lo hace a través de una cadena de testimonios que giran alrededor de la experiencia traumática de las luchas sociales, de los sufrimientos, de la guerra, de las militancias, de lo étnico, de la pobreza y del embate de la colonialidad o la modernidad. Esta se expresa como contrahistorias ejemplarizantes, conflictivas e incómodas que se esfuerzan por visibilizar a los suyos y ser comprendidas.
El recorrido teórico es largo y complejo, especialmente, por recuperar esa dimensión estética de la obra, que es lo que le interesa, sin obviar los vínculos históricos o de memoria, la autora se enfoca en la perspectiva literaria de la no ficción, pero literaria al fin. En ello resalta esa relación entre el testimonio directo, mediado por alguien o novelado. Por supuesto de acá emanan varios problemas, como lo es el de la autoría –que no se reduce a un dilema de quién es primero–, la fidelidad sobre lo narrado, el supuesto papel dominante de la escritura sobre lo oral y a las no coincidencias del idioma materno frente a la traducción al idioma de exposición, que se contempla en términos de jerarquía literaria. Por supuesto, entran en juego otras consideraciones, como lo que representa el estar sujeto a las reglas del mercado editorial, a determinados públicos dirigidos, o a las intenciones publicitarias. A todo ello se le añade la dimensión concreta de la enunciación que aporta sus propios enredos, en especial los surgidos del carácter político de buena parte de los testimonios y de las direcciones a dónde apuntan. La autora va desmenuzando a partir de encarar varios ejemplos entre sí de obras clásicas desde la que se ha partido el debate agudo sobre el carácter del testimonio, sus ausencias o mentiras y las verdades de uno y otro lado.
En fin, todos esos bemoles que al final de cuentas han servido para darle madurez al testimonio como género literario y como narración antropológica, historiadora y de memoria. Por supuesto hay más, pero con lo dicho es posible considerar la trama del libro y de su «problemática» de fondo. La segunda parte del libro da un giro al análisis personalizado de diversos ensayos testimoniales, diez en total, clásicos y no clásicos por el que recorre la prolífera producción de testimonios en el país. Aunque no exclusivamente la gran actora es la guerra y la postguerra: historia de amores sociales y espirituales, pensamientos ambientales, síntesis de aprendizajes, de vida y de tiempos selváticos, experiencias guerrilleras y de militancias, vidas de mujeres desde el margen, desde la militancia y del empoderamiento, desde la denuncia y de la comunicación de las luchas, desde los sufrimientos y la violencia de género, desde los desarraigos y arraigos territoriales.
El testimonio no es un género siempre considerado genuino dada su hibridez, aunque esconda profundidades reflexivas donde se interseccionan temas que le interesan a la autora, quien escarba las entrañas de esas otras y otros que se atreven a salir del silencio. Como podemos deducir de lo comentado hasta el momento o de lo que deliberadamente obviamos en hablar, a estas alturas conviene trasladarle al lector el afán de descubrirlas y de producir su inmersión en esta admirable lectura para que luego llegue a otras y otros receptores.
Luis Pedro Taracena Arriola
La Antigua Guatemala, julio/agosto de 2021
4. Hugo Vezzetti. «El testimonio en la formación de la memoria social». En Cecilia Vallina (editora). Crítica del testimonio. Ensayos sobre las relaciones entre memoria y relato (Rosario: Beatriz Viterbo editora, 2008): 32.
INTRODUCCIÓN
UN MODO INVISIBILIZADO DE EXISTENCIA
Es de noche y escribo esta introducción desde la zona roja de la ciudad de Guatemala. Se trata de un intento de existencia, desde la escritura, tal y como lo planteaba hace años, Diamela Eltit en Los vigilantes, novela que marcó buena parte de mi escritura narrativa y académica, luego de su lectura y análisis. Escribo entonces este libro en una actitud de resistencia. Porque mi oficio principal es la escritura. Si no escribo no existo.
Como las mujeres, académicas, escritoras, artistas, siempre estamos expuestas a la exclusión, sobre todo para producir objetos reales, como los libros, no me había mentalizado a escribir este libro, producto de mi experiencia en el campo literario y cultural, de la escritura testimonial, a partir de sentir pasión por la lectura, el análisis y la escritura de testimonios, pero sobre todo basada en varios años de enseñar el curso de testimonio en la maestría de literatura, y muy recientemente en el profesorado en filosofía de la Universidad Rafael Landívar.
Es evidente que un libro de y sobre testimonios, entendidos estos como género literario, provoca mucha desconfianza en la gente que se acerca a leerlo. Porque principalmente se acercan con prejuicio. Quisieran estar ante una lente historiadora, rigurosa, altamente meticulosa y exacta, que no van a encontrar en un género tan marginal como el testimonio (y tampoco en un libro que plantea muchas dudas, que busca encontrar más respuestas), a no ser que esté fingiendo serlo o se encuentre entre esa otra frontera, en la que se han colocado novelistas famosos, para desorientar a los lectores. Esos artefactos narrativos son maravillosos, porque poseen la capacidad de parecer testimonios, pero son narrativas híbridas, que se mueven como escrituras lúdicas, en procesos de representación muy sofisticados, que el testimonio literario no posee.
Tampoco se entiende el testimonio como una literatura que se encuentra en medio de una suerte de prestidigitación que, sobre la verdad, se maneja en este tiempo pandémico. Los testimonios si con algo colaboran es con poner en entredicho la categoría de verdad. No hablan desde una verdad absoluta. Se trata de varias verdades partidas, fragmentadas, de las cuales recogen pedacitos y las relatan. Regularmente las hablan. El testimonio más reconocido teóricamente, es hoy aquel que hace uso de un intermediario-a que se lo transcribe, que le cree, que le representa confianza. El testimoniante le va a contar algo que no es solo de él, que le pertenece como experiencia a un grupo. Por eso, este intelectual tiene que ser alguien que no posee tanta ambición de apropiarse de la historia, en un tiempo en que las historias van y vienen por el aire digital.
El testimonio genéricamente tiene un tiempo de vigencia. Se funda latinoamericanamente en Cuba, y se extiende por toda la región, porque para producir testimonios precisamos de lugares, donde sujetos que vienen de las capas más precarias de la sociedad poseen, lo sepan o no, una voluntad oral de relatar historias. Pero también ha servido para que todos aquellos hombres y mujeres que tuvieron experiencias terminales de vida, sumidos en los compromisos y militancias políticas, puedan contarnos sus historias, siempre y cuando le conciernan a un colectivo que está por detrás de ellos-as, allí invisible, solapado, escondido, sin lengua, y precisa de esa palabra de los otros para darles existencia, para decir lo que aquellos, que posiblemente fallecieron, desaparecieron o se fueron yendo poco a poco, cuenten en una suerte de ventriloquía, las pequeñas y grandes historias de determinada experiencia histórica, vital y traumatizante.
El camino de este género ha tenido fuertes sobresaltos. Emerge entre las literaturas de no-ficción, en un momento en que el Boom con toda su imaginería está en su «hora de la estrella». Los sujetos que lo otorgan o lo escriben no vienen de las situadas ciudades letradas, con fuerte poder colonial, neocolonial, aparente o real. Proceden de los más desconocidos espacios epistemológicos que una se podría imaginar. Cuesta entender que Esteban Montejo haya podido recordar a los cien años, tanto detalle y que se haya dejado grabar en la década del sesenta. O creer que alguien como Rigoberta Menchú existía y se iba a convertir con los años, en una escritora en la década del ochenta, solo porque le otorga una historia a un grupo de intelectuales para que se la transcriban, en medio de una fuerte guerra civil en Guatemala.
Un libro como este que establece reflexiones, basado principalmente en su propia experiencia, enseñando sobre el género por diez años, releyendo obras testimoniales, investigando a fondo las circunstancias que autorizan a los autores y autoras a ser ellos quienes asuman la voz del colectivo, puede no tener un excesivo interés literario. Sí se trata de una pasión literaria. Un crecimiento personal, más humano, mediante el cual quién escribe da fe.
Agradezco a Mario López su apoyo a este proyecto. No tengo la menor duda que, sin su presencia como director del Departamento de Letras y Filosofía, este libro no pasaría a formar un volumen más de la colección de producciones del Centro de Pensamiento Crítico, de la Facultad de Humanidades de esta Universidad, que me ha dado estos últimos años esta extraña y sofisticada forma de existencia.
Aida Toledo
Guata, (5) 2020.
5. Aida Toledo retoma el término «Guata», utilizado en las cartas de muchos escritores y escritoras del siglo XIX y aún de principios del siglo XX para referirse a Guatemala (nota del editor).
PRIMERA PARTE
PRIMERA PARTE
LOS HUESOS MÁS AMARGOS DE LA VOZ: REFLEXIONES INICIALES
La escritura de obras testimoniales tiene una larga historia. Aparecen estas obras para dar cuenta, desde espacios sin poder político, económico y cultural, de partes de una historia fragmentada, que se ha ido contando de manera a veces desinformada, otras veces a propósito se obvian partes y sujetos que habían participado activamente en hechos que no quedan documentados en la historia que se ha escrito. Quizás sea esa la razón por la cual desde espacios que se resisten siempre a la anonimia y al desaparecimiento, aparecen otros relatos para ir completando partes de la historia que se obvió, o para rectificar sobre los hechos que se documentaron como totalmente ciertos, y donde faltó información más apegada a la realidad de los acontecimientos.
Lo cierto es que los testimonios en la historia de Latinoamérica, que es la que le compete a este trabajo, han funcionado desde el momento del encuentro entre las culturas indígenas, españolas y portuguesas, y un poco más tarde entre las afrodescendientes, para ir dando cuenta desde espacios negados de la historia oficial, de la existencia, presencia, sufrimiento y resistencia de los grupos más marginados de la sociedad en que se produzca este tipo de relato testimonial.
No estamos argumentando en este trabajo, que porque se funde el testimonio como un género literario en la década del 60 del siglo XX, para el caso latinoamericano, y vaya paulatinamente siendo aceptado e incluido en los listados de lecturas obligatorias, para pasar finalmente a constituir parte del canon de las literaturas del continente a lo largo de 30 años, se pueda afirmar que la literatura testimonial aparece en ese tiempo, y que se borre la historia de los antecedentes testimoniales, de su desarrollo como género que, como ya se indicó, aparecen desde el inicio del choque entre las culturas europeas y originarias, de los distintos lugares a donde los conquistadores llegaron en el siglo XV.
La discusión aquí se produce a propósito de que este trabajo se escribe dentro de la academia literaria-cultural, desde uno de los países denominados del tercer mundo, Guatemala, y además tampoco se construyen estas reflexiones desde espacios reverenciados de poder académico. Quién escribe ha estudiado el género testimonial desde hace por lo menos veinte años, y ha enseñado consecutivamente el curso de testimonio, en la maestría de literatura de la Universidad Rafael Landívar desde el año 2011. Esto ha provocado a nivel personal, mayor conocimiento sobre el tema. La interacción con los y las estudiantes de maestría ha sido beneficioso, sobre todo cuando a ellos y ellas se les ha despertado el interés por el tema del testimonio en Guatemala y en otros lugares de Latinoamérica. Han tenido que estudiar la teoría del testimonio y el desarrollo del género en los distintos lugares del continente para poder escribir sus ensayos de investigación, acerca de temas centrales alrededor del tema mayor.
La experiencia de la escritura de este libro no se habría podido hacer sin esa práctica de enseñanza de la literatura del testimonio latinoamericano. La recepción del tema entre los grupos de estudiantes ha ido cambiando. Se ha fortalecido el interés por el género testimonial, por diversas razones. Una central es que en el país el impulso creativo para la escritura de testimonios no se ha detenido a lo largo de cincuenta años. Los y las escritoras de testimonios, en las dos modalidades más fuertes que existen, han sido abundantes en determinados periodos a lo largo de esos años. Sea porque se trataba de personas que habían militado en algún momento de la lucha armada, que duró 36 años en el país y habían sobrevivido para contar su propia versión de la historia.
En Centroamérica, en Guatemala, El Salvador y Nicaragua, la escritura de testimonios sí dio frutos. El tremendo problema es que el impulso de la escritura estaba ligada a proyectos políticos de las izquierdas centroamericanas, y que todo lo que tuviera ese color era rechazado por la sociedad centroamericana en general, de forma privada o pública, y visto desde el poder del Estado, como algo peligroso, con tintes izquierdistas, aunque algunos de los relatos no tuvieran acogida real, o hubiesen aparecido dentro del centro de poder de los proyectos políticos. En algunos casos estas escrituras se hicieron a contrapelo de la dirigencia de izquierda. Se realizaron de forma clandestina a manera de catarsis del dolor sufrido, porque el impulso que las motivaba, venía precisamente de que, si no contaban su historia, no tendrían con el tiempo la menor oportunidad de contarla, si acaso desaparecían, y todos aquellos relatos se irían diluyendo cuando el tiempo fuera pasando. Entre estos proyectos testimoniales con autoría están, por ejemplo, los relatos de escritores indígenas que sobrevivieron a las masacres en sus localidades y pudieron migrar hacia otros países, como los casos de Víctor Montejo o de Calixta Gabriel. Por otro lado, se precisó de lo que en la teoría del testimonio se llama el intelectual solidario, en testimonios puramente orales y regularmente colectivos o anónimos, que funcionaría como transcriptor y editor de estas obras, para así poder sacar a luz los testimonios de quienes nunca podrían escribir sus propios relatos. El ejemplo clásico es el libro Historia de un gran amor de Ricardo Falla, donde nos enteramos de varias facetas testimoniales. Por un lado, los relatos orales que el padre Falla recabó entre el colectivo, acompañando pastoralmente a las Comunidades de Población en Resistencia (CPR) entre las décadas del ochenta y noventa del siglo XX. Y por otro lado su propio relato o testimonio de lo que él mismo vivió en ese tiempo, acompañándolos a ellos. Digamos que el perfil de estos testimonios también floreció infelizmente entre los colectivos más anónimos, que enfrentaron o estuvieron en medio de la guerra de los 36 años.
Los casos de testimonios autoriales (6) son numerosos. Se trata de aquellas historias colectivas y mixtas, narradas por los militantes o exmilitantes de las distintas guerrillas en Guatemala, El Salvador o Nicaragua. Eran obviamente producto de su propia experiencia en las montañas o en la selva de sus lugares de origen, o de su historia de militancia. Esos relatos o testimonios son muy híbridos en cuanto género. Se trata generalmente de relatos de guerra, de participación guerrillera, de sobrevivencia en medio de un espacio hostil, de tiempos vulnerables −vivencialmente hablando−, dado que la mayoría de estos autores y autoras eran ladinos urbanos que se insertaron en las guerrillas de sus propios países en el momento de los enfrentamientos entre población civil y ejércitos. Entre los más conocidos están: Miguel Mármol (1972), de Roque Dalton de El Salvador, Los días de la selva (1980) de Mario Payeras de Guatemala, La montaña es algo más que una inmensa estepa verde (1982) de Omar Cabezas de Nicaragua.
Husmeando en las raíces
Durante estos largos años investigando los testimonios, nos encontramos con desplazamientos de paradigmas. El conocimiento general sobre la literatura y los cambios en sus propias nociones, son parte de la historiografía actual de los países de Centroamérica que hay que seguir revisando, para actualizarlos. La literatura de este lugar cambia y sufre desplazamientos similares con otros lugares del mundo, donde se producen fenómenos bélicos o fuerte inestabilidad política y económica, que tiene una relación con las acciones económicas de los centros hegemónicos de poder, todavía de perfil colonial. Saber que en la década del sesenta emergen las literaturas no ficcionales en distintos lugares del mundo, colabora bastante en la comprensión de un género como el testimonio. Precisamente porque esta práctica escritural se produce desde espacios no hegemónicos. Los productores de estos relatos, ya sean los orales o los propiamente escritos, se encuentran en espacios políticos y sociales muy vulnerables. Unos porque vienen de zonas precarias económicamente de la sociedad, en algunos casos totalmente empobrecidos; otros porque se encuentran en espacios no vigilados del poder estatal, que sería el caso de los relatos de guerra o sobrevivencia durante este periodo de guerra interna.
Acerca de gestos descoloniales
Para quienes estudiamos el testimonio, teórica y prácticamente, sabemos que uno de sus mayores dilemas como género literario es poseer varios campos referenciales de entrada. Porque cuando se hace desde la oralidad y se transcribe, precisa mínimo de dos personas. Una que da el relato oral, lo otorga, tiene toda la voluntad de que se transcriba; y otro que debe comprometerse con su oficio. Se trata de un escritor-a, que es solidario con el proceso, que transcribirá fielmente lo relatado, que hará que se escuche la voz de ese que le cuenta la historia, en medio de un tremendo sufrimiento, si aquello que cuenta ha sido vivido de forma brutal y ha provocado trauma. Cuando esto sucede, en medio del proceso de otorgamiento y grabación de la voz, en el caso que se pueda usar esta herramienta, aparecen ya los distintos campos referenciales funcionando simultáneamente. En los casos paradigmáticos del testimonio latinoamericano, donde funciona un transcriptor-editor, el proceso regularmente se sucedió entre un antropólogo y un testimoniante de origen subalterno. Los dos casos famosos lo constatan en dos distintos momentos de la historia del testimonio. (7) La historia ya documentada de estos testimonios, verifica que se trataba desde el primer momento de un proceso entre distintas disciplinas. Y el proceso completo se logrará utilizando herramientas provenientes de otras dos disciplinas más, como la historia, entendida como contrahistoria, y la propia literatura vinculada a los orígenes del testimoniante. Los resultados son distintos y además tienen distintos contextos políticos, económicos y culturales, que serán más adelante comentados en otros apartados. Lo cierto es que el testimonio con intermediario se produce de manera transdisciplinaria. El testimonio como proceso no admite otra opción, y esa puede ser una gran diferencia entre la autobiografía, el ensayo y otros géneros ya existentes y validados por las academias occidentales, con los cuales se intertextualiza.
Los testimonios autoriales que no poseen intermediarios, resultan construidos transdisciplinariamente también, pero con otro perfil. Porque el testimoniante, no precisa de un intermediario para la transcripción, se realiza directamente la escritura y lo que se produce es la narración que pendula entre varias disciplinas que el testimoniante conoce de alguna forma, dependiendo de sus capacidades y de sus orígenes.
Quizás la mayor discusión aquí puede ser esto del campo de lo transdisciplinar. Porque el asunto con el testimonio es que se construye dentro de una transdisciplinariedad a la que la crítica llama descolonial. (8)
Más actualmente, pero también en su origen, los primeros teóricos del testimonio venían relacionados con lo que la academia norteamericana llamaba estudios étnicos (9) desde la época del 60, que es cuando el testimonio va a empezar a pelear su validación como género literario. Para la crítica lo étnico se asociaba también con sujetos cuya ciudadanía estaba continuamente cuestionada dentro del orden moderno colonial. (10) Y quizás por esto mismo, los testimoniantes de origen indígena son considerados por este orden colonial como los menos capaces en la producción de conocimiento, que sería el de participar en la construcción de un testimonio, donde una parte del reconocimiento escritural les correspondería a ellos. Es evidente que esta falta de credibilidad en narrativas que provenían de esos espacios que estaban racializados por los Estados nación, se constituían en problemáticas que, en Guatemala, se pelearon a niveles insospechados y desde diferentes frentes, tanto extranjeros como nacionales. (11)
Es indudable que parte del rechazo a la lectura de los testimonios y su credibilidad en lo que se relata, está basada en el prejuicio que colonialmente se construyó en el imaginario sobre los sujetos que lo escriben. (12) La aparición y la validación del testimonio se producen en una época en que tanto la línea secular como la ontológica (13) en la modernidad, conviven. Según la crítica lo que esto provoca es que el sujeto moderno no sea: «liberal, tolerante, e hiper-racionalista, sino racista». (14)
Por otro lado, los testimonios están relatando una parte de la historia del mundo en el que han sobrevivido para contarlo, que no resulta cómoda para los lectores. Se trata de evidenciar las formas en que han vivido las desigualdades y cuál ha sido el impacto de esa diferencia. Los testimoniantes dan fe de su propia deshumanización dentro del relato. Se identifican dentro de ella, y de esa manera crítica y sencilla, definen su identidad. (15)
Por otro lado, el enorme rechazo a las historias vertidas en los testimonios, tanto autoriales como con intermediario, están basadas en el lugar de enunciación del relato. Sería más conveniente verlas y practicarlas como lo que son. Entenderlas más bien como formas de la verdad. (16) Hay una concepción de los espacios, como Centroamérica, que siguen persistiendo en el imaginario de la modernidad-colonial como espacios periféricos o del famoso tercer mundo. Y en tanto más afuera del propio Estado nación de ese tercer mundo sea la proveniencia de la voz del relato, la situación de credibilidad es todavía peor, y tenemos muchos ejemplos, en la historia de los testimonios relatados por indígenas o por mujeres pobres, migrantes e indígenas. (17) Por eso, al plantear en este libro la problemática central de comprensión de estos discursos, se alude a un problema mayor, que no está solo en el campo de lo literario, sino representa la tensión de la línea ontológica en pervivencia con otras de la modernidad-colonial.
Discursivamente pareciera que el testimonio emerge en la década del sesenta como un proyecto de resistencia, precisamente porque se trata de un giro, de alguna manera descolonial. Son literaturas cuestionadoras a partir de su propia enunciación. Buscan a través de la voz ventrilocua, cambiar patrones coloniales del ser, saber y poder. Por eso no parece extraño que la primera obra de la década del sesenta aparezca en Cuba en la voz de un exesclavo ya anciano, que todavía pudo dar cuenta de lo que significó para ellos la falta de existencia, el trato deshumanizante de la esclavitud, el concebirlos como animales. Las anécdotas sobre la relación entre los dos hombres que construyen Biografía de un cimarrón, también están dentro del proceso de resistencia que conlleva el testimonio como género literario. La manera en que Barnet concibe su relación con el anciano tiene que ver con las relaciones entre las dos líneas de la modernidad-colonial. En realidad, el problema central de Biografía de un cimarrón es la descripción, el relato de la deshumanización a la que alude la crítica de la descolonialidad. Los relatos sobre la guerra también problematizan la posesclavitud del colectivo afrodescendiente. En ningún momento Montejo deja de tratar el problema de la identidad negra, inclusive toca el asunto de lo religioso y místico de la cultura afrocubana, tal y como él la había vivido, aunque a los ojos del otro pareciera cuestión de brujería. De otra manera, dibuja, bosqueja entre los dos, la línea ontológica colonial. Esta se hace visible dentro de todo el relato del anciano, y crea una tensión entre lo negro y lo blanco, representado en el interlocutor.
El testimonio como proceso tiene un valor de giro descolonial en su propio interior, en su práctica. Y aunque es cierto que se trata de procesos fragmentados o incompletos, se produce un ejercicio de descolonialidad que admite el uso de los variados campos referenciales o disciplinas. Estos campos son orientados opuestos a la actitud moderno-colonial. La tratan de negar de distintas formas, tanto como proceso, que como contenido. Podríamos decir que en el proceso testimonial se plantea una actitud descolonial dentro del mismo, la transdisciplinariedad es parte del gesto, y el resultado es la voz de la subalternidad que da cuenta de lo acontecido así mismo y a su colectivo, y los lectores lo podemos comprender de esa manera. (18)
El testimoniante, pero también el lector, se encuentran en un espacio fronterizo de conocimiento. Le sorprende y le puede asustar o impactar la transdisciplinariedad del proceso. Sin embargo, haciendo cruces que el mismo testimoniante ha realizado, puede llegar a comprender el discurso, entender las reglas creadas por el nuevo proceso. Ya que como dice la crítica descolonial: «Lo que esta actividad de transgresión de fronteras exige es una conciencia diferencial, en el sentido de un manejo versátil y creativo de tecnologías de emancipación que apuntan a la descolonización». (19)
En la actualidad quienes, desde la academia literaria, persisten en estudiar el testimonio como género, introduciendo nuevas lecturas, otras categorías metodológicas, prácticas pedagógicas para expandir este movimiento, pretenden mostrar las formas de resistencia y la historia de esa resistencia para lograr tanto la descolonización del saber y del poder. Con esto podríamos decir que el testimonio también cumple en este sentido, con la función ejemplarizante y transformadora que la crítica del testimonio menciona. (20)
El género testimonial, un poco de historia
El género testimonial es un género relativamente nuevo, de hecho, es un género moderno, aparece fundado en lo que se denomina la alta modernidad latinoamericana, ya que aparece en la década del 60. Se trata de un género que, en la historia de la literatura, la historia y la antropología tienen muchísimos antecedentes, y por eso se ha comentado que hablar de un momento fundacional, en el caso del testimonio, parece erróneo o se le considera un problema teórico. Respecto a la cuestión genérica y la necesidad de plantearla desde el inicio notamos que:
De esta forma, concebir la escritura testimonial como un género literario tiene implicaciones importantes en su recepción y en la distribución de los textos considerados testimoniales, en su inclusión (o exclusión) en el canon y en el atenuamiento del propósito que aparentemente los anima: ser una «literatura de resistencia». (21)
El aparato crítico que se ha ocupado del género del testimonio en Latinoamérica, tiene su momento más arduo y polémico entre las décadas del sesenta al ochenta. Se le considera, como dice Noemí Acedo (22), ubicado en un espacio interdisciplinar, donde se pueden dar cita campos referenciales como la antropología, la historia, las ciencias sociales, la literatura y el periodismo, por nombrar algunos de los más comunes encontrados en los estudios testimoniales de este periodo señalado.
Una de las preguntas que se siguen haciendo los estudiosos del testimonio en lugares donde la proliferación de testimonios ha sido mayor, es sobre cómo el testimonio se dota de una autoridad que se le niega a la historiografía. Todos estos relatos que la crítica actual denomina relatos de la memoria, para no llamarles más «testimonios» al estilo del siglo XX, se empoderan históricamente, y han ido adquiriendo un valor que se extiende sobre todo en el espacio legal, donde se dan cita testimonios orales, a veces traducidos y transcritos en una corte, en lugares como Guatemala, Argentina o Chile, solo para nombrar algunos que todavía están resolviendo asuntos políticos en las cortes de resarcimiento y justicia.
Otra de las discusiones que se hacen los nuevos trabajos críticos hoy sobre el testimonio como género, está en relación en cómo el testimonio entra al canon desmantelando los supuestos literarios que prevalecían hasta su aparición y el de otras literaturas no-ficcionales. (23) Creen que se propició, a la par de su emerger y desarrollo, una literatura crítica que lo ha acompañado durante demasiado tiempo, construyendo a su alrededor centros específicos que estudian el fenómeno testimonial. Al respecto, Merce Picornell propone que el agotamiento creativo del género testimonial se observa hacia la década del noventa. (24) Y se inicia a partir de allí un replanteamiento de la labor crítica literaria. Sin embargo, al respecto habría que cuestionar que lo que llaman agotamiento creativo del género, es relativo. Dado que tendríamos que revisar por país cuál ha sido el desarrollo del género, sobre todo en los lugares donde el género ha tenido diversos momentos de aparecimiento y posee un perfil altamente recurrente.
Sobre la crítica entonces, se pueden hoy rastrear los pasos y las contiendas en las que entraron distintos grupos teóricos, al discutir acerca de la pertinencia o no del género testimonio, sobre todo durante la postmodernidad. Porque lo cierto es que buena parte de la discusión se va a desplazar hacia la academia. Allí va a tener lugar una polémica que sí se agotará al paso del tiempo, y de donde surgirán nuevas propuestas teóricas para seguirle la huella en algunos lugares, a esa proliferación de obras testimoniales que van oscilando en su tipología. Cambiando o mutando, agregando nuevos elementos y perdiendo otros, matizados y mediados por las circunstancias sociales, políticas y culturales de la época que se vive al momento en que aparecen.
Quizás uno de los problemas con los que tenían que enfrentarse los teóricos de la crítica literaria tradicional, al momento en que emerge e inicia su camino hacia la consolidación como género literario, el testimonio, se pueda explicar al entender que un género literario se caracterizaba por la pureza. Y se pensaba que, aunque se tocaran los géneros, no suponían mezclarse tanto. El propio testimonio al convertirse en género o al aparecer repentinamente postulándose como tal, pone en entredicho los presupuestos de los géneros literarios y su pureza. Sobre todo, por su particularidad de poseer varios campos referenciales para construirse. Por eso mismo, este y otros géneros de la no-ficción nos van a demostrar que existe durante el postestructuralismo una contra-ley, la de que los géneros tienden a la hibridación. (25)
Parece importante señalar que, en cuanto género literario, el testimonio tiene problema para ser concebido como tal, pero no lo tiene en su propia práctica de construcción, con sus múltiples campos referenciales y toda la contaminación que eso conlleva. Además, de acuerdo a Jacques Derrida, los géneros van a tender en general a contaminarse en su calidad de géneros. Son propensos a esto, digamos. Acedo supone que la actitud de resistencia ante la entrada del testimonio a la academia estaba también en relación a la variabilidad de su construcción inicial.
¿Cómo bregar con toda la inestabilidad genérica que de entrada poseía el testimonio, sin poderlo ajustar a alguno de los ya existentes? Y por eso se podría considerar hoy, que la polémica se extendió más de lo esperado, porque al mismo tiempo que iban teorizando los adeptos y estudiosos del testimonio, sobre el género ya nacido, también iban aportando nuevos y variados ejemplos de testimonios que seguían emergiendo en los distintos corpus de los países que más testimonios han producido. Y la tarea parecía continuar, porque no era totalmente cierto que se había agotado la creatividad del género.
No cabe duda hoy que parte del interés de esta sección de la academia, estaba en poder controlar la mayor cantidad de variables del testimonio, como parte de su interés institucional, o lo que Robert Carr visualizaba como el cruce divisorio entre primer y tercer mundo. (26) Y señalaba el interés político en la construcción interesada y parcial de la lectura de la literatura latinoamericana, que borra las realidades políticas y las relaciones entre estos dos mundos. (27)
Desde este trabajo, lo que Derrida propone para este tema introductorio sobre el género testimonial, parece acertado, dado que según él, para poder leerse un texto, debería estar inserto en un género. Esta inserción supone también la reescritura. Tanto taxonomías como clasificaciones entre géneros y subgéneros imponen un orden. Lo negativo de tal cosa, parece ser que, al dibujar esas genealogías, se invisibilizan otros textos que no coinciden con las nuevas clasificaciones. Testimonios que se alejan del asunto de la subalteridad, la mediación del testimonio latinoamericano, del centroamericano y específicamente del de las revoluciones cubana, nicaragüense y salvadoreña. (28)
Al respecto Elzbieta Sklodowska observaba que:
Lo que se desprende de nuestro recorrido por la crítica enfocada en los estudios genealógicos del testimonio no es sumamente productivo. En realidad, entramos en una suerte de círculo vicioso: la delimitación del género resulta imposible, porque no sabemos cuáles son las reglas genéricas, o sea los mecanismos formales comunes a los textos considerados como testimoniales. (29)
A lo largo de su discusión en el año 2017, Acedo señala que la preocupación sobre el asunto genérico todavía prevalece dentro del ámbito crítico. (30) Vuelve a recalcar que los aspectos que construyen las aporías existentes en el género testimonial, se crearon al abordar problemáticas como la relación entre escritura y referencia histórica, la dialéctica entre historia e imagen literaria, la complejidad de la relación entre el sujeto de análisis y la autoría del escrito, etc. Entendemos que la crítica cultural e histórica tenderá teóricamente a posicionar la discusión sobre el testimonio en relación con las teorías de la memoria. Por ejemplo, para Jorge Nárvaez, el testimonio es un género a partir del cual se puede escribir desde quiénes no tienen la voz, una historia paralela a la oficial. Un punto central de este posicionamiento es que dejan de valorar la estética de la obra, en tanto género literario, y lo acercan así a la disciplina histórica. Otros críticos como Víctor Casaus, que analiza el género con ejemplos cubanos, sí les da valor estético a estas obras, piensa que es central que lo posean. Pero también enfatiza que su función principal es la del rescate de la memoria colectiva. En suma los dos críticos señalan que una de sus funciones más importantes será la de reconstruir las distintas versiones que existan de la historia de un lugar. (31) En el caso específico de Guatemala, donde el testimonio como género ha seguido creciendo y mutando, se podría añadir que los testimonios recogidos durante el siglo XXI, que atañen a la historia particular del conflicto armado de los 36 años, han funcionado desde la memoria para reconstruir muchísimos pasajes de la historia, que eran totalmente desconocidos, por un lado o por otro, para cambiar la propia historia contenida inclusive en libros de textos escolares.
Un aspecto central que se trabajará más adelante y que sirvió para apoyar el asunto del testimonio como género literario, sucede cuando Miguel Barnet acuña la categoría novela-testimonio, que contribuyó de forma abierta al debate sobre la literariedad del género. Barnet, con mucho olfato acota en el libro que una de las características principales de este género recién acuñado, será el de funcionar para desentrañar la realidad, señalando hechos que hayan podido afectar a un pueblo y describiéndolos a través de sus protagonistas. (32) Para este autor, que planteó la teoría desde la praxis, no era complicado ver la relación. Tanto por su calidad de investigador, como la de un escritor en formación. Definitivamente aunado a otro texto fundacional, el de Margaret Randall sobre los testimonios de mujeres en Nicaragua, (33) estos dos teóricos del género testimonial serían de gran apoyo para el sector de la crítica que más adelante, entraría en una discusión larga, para poder vincular el testimonio al ámbito literario.
Al revisar la bibliografía más actual que vuelve a este asunto del género literario y su inserción en el canon de las literaturas latinoamericanas, tan tratado por los críticos más importantes del testimonio como John Beverley por ejemplo, constatamos un asunto central para la consideración del género testimonial como género, y es que se trata de uno solo, pero con variantes particulares que teóricos como Beverley señalaban desde el inicio. Acedo supone en su relato que el norteamericano negaba la entrada del testimonio al campo de lo literario. Pero entendemos, hoy más que nunca, que su perspectiva estaba situada. Toda su teorización era realizada revisando testimonios de Centroamérica. Y ese punto parece importante de resaltar para la teoría del testimonio y sus variantes. Desde 1989 Beverley proponía que el testimonio podía tener apariencia de novela corta, en forma de libro o panfleto (y se refería a un formato escrito, y por eso su guiño sobre el género literario); debía ser contada en primera persona, por un protagonista como en una novela, cuya unidad narrativa fuera por lo general una experiencia significativa de vida. (34) Más adelante, siempre estudiando los testimonios centroamericanos, Beverley afirmará en 2004, en un ensayo titulado Testimonio e imperio que el testimonio es arte de la memoria no solo dirigido a recabar la memoria de un lugar, sino a constituir Estados nación más heterogéneos, diversos, igualitarios y democráticos, así como de formas de comunidad, solidaridad y afinidad que rebasen las fronteras de los estados-nación». (35) Si bien es cierto que en su definición en este momento, Beverley está vinculando el testimonio con la política y la subalternidad, estos dos elementos no descartaban el hecho de que el testimonio fuera considerado como un género literario, precisamente de la literatura de no ficción, como se hablará más adelante en este volumen. Además, el asunto de la memoria, no contradice ni contrarresta el sentido de literatura en el argumento de Beverley, más bien está en relación con la función que la memoria tiene, un lugar en la oposición al presente y en la concepción del futuro, desde el punto de vista descolonial. (36)
Pareciera que un problema siempre vigente entre los críticos de la literatura latinoamericana, siguiera siendo la poca visibilización del área centroamericana en la teorización sobre distintos géneros. Pero en este caso, el asunto es que, en la región, el testimonio no se ha agotado, ha mutado, ha cambiado, se ha hibridizado más, se ha desplazado hacia un arte de la memoria principalmente, por los procesos políticos en los que ha estado inmersa. Digamos que es algo histórico.
Y una lección aprendida para quienes estudian testimonios centroamericanos producidos desde la década del 70, es que existe una variedad de testimonios, cuyos campos referenciales suelen ser más de tres, bastante más amplios y abiertos. Con particularidades excéntricas, de acuerdo a los testimoniantes, y además que no se han detenido en los primeros 20 años del siglo XXI, sino que siguen apareciendo, vinculados a la inestabilidad política y la vulnerabilidad económica, en donde el sujeto subalterno ya no es el actor principal, lo ha sustituido un sub-alter (37), variado y polifacético, que puede o no escribir su propia historia, puede o no ser un intelectual orgánico de la clase subalterna en el concepto de los primeros teóricos del testimonio, sino que es un actor nuevo y emergente, proveniente de las capas precarias o precarizadas del hoy, del pos-post.
Se sabe actualmente, que el asunto del género será decisivo para que una literatura entre al canon, al corpus de obras de un lugar, etc. Porque la perspectiva está comandada todavía desde la tradicional noción de literatura. No se puede todavía lograr la inclusión de obras sin este operativo genealógico. (38) Por eso debemos entender el interés de la crítica literaria-cultural por insertarlo como género perteneciente a la literatura, y comprender la ardua lucha que se dio para conseguirlo.
Fundar o no fundar un género: Acerca de un espacio híbrido (39)
Sin embargo, situamos la fundación del género testimonio o testimonial en Latinoamérica en la década de 1960. Cuando Miguel Barnet decide concursar en el premio Casa de las Américas, participando con un libro que sigue considerándose uno de los paradigmas del género, Biografía de un cimarrón (1966). Durante el aniversario del aparecimiento del libro en Cuba, cincuenta años después, desde Casa de las Américas, Luisa Campuzano, a quién le han pedido que escriba el texto de presentación, ya inserto en un corpus de gran prestigio en Cuba, dice lo siguiente:
Quiere ser, por una parte, un rescate de aquel lejano ayer de mi primera lectura de Cimarrón, y por otra, un acercamiento actual al tiempo en que se escribió, se publicó y, sobre todo, se empezó a leer Cimarrón, a su contexto nacional de creación y de recepción, y a su influencia decisiva en la canonización del testimonio latinoamericano. (40)
El libro en cuestión aparece inicialmente dentro del contexto de la Revolución cubana. Sabemos que Barnet decide ir a buscar en un asilo de ancianos algún informante, para que le hable sobre la religión cubana de origen afrodescendiente. Y así tratar de rescatar la memoria de la época de la esclavitud que estaba también dentro de la agenda de las políticas culturales de la revolución. Por eso no es extraño que la investigación de Miguel Barnet se orillara hacia allá. Sin embargo, tenía en común con este tema, el tratar de conocer más sobre la religiosidad practicada durante el periodo de la esclavitud, y no existían planes reales en su agenda de investigación, de acumular conocimiento sobre este periodo histórico de la vida en Cuba. De allí que el gesto de buscar exesclavos para hacerles entrevistas y tratar de rescatar la memoria de ese periodo, con testigos o sobrevivientes que ya estaban en los cien años, fuera una de las tareas importantes desarrolladas por la revolución y sus intelectuales y políticos de la década del sesenta.
En este caso Miguel Barnet que todavía no contaba con 30 años, se dirigió al asilo de ancianos, donde todavía pudo conversar y entrevistar a algunos de ellos. Le interesaba, como ya se dijo, el asunto religioso africano-cubano, pero se empieza a sentir atraído por la figura de uno de los entrevistados, que le parece muy interesante como personaje. Un hombre que había sido cimarrón o esclavo fugado, de nombre Esteban Montejo. (41) Al final termina haciendo las grabaciones con este anciano que poseía el don del relato oral, como una extraña paradoja de la soledad que había vivido durante muchos años en el monte, a donde había ido a refugiarse de la fuerte explotación que, sobre los hombres y mujeres de origen africano, se aplicó durante la esclavitud en Cuba. Desde este escrito suponemos que los destinos de estos dos hombres se cruzaron para construir una historia, la de Montejo, pero transcrita y documentada por Barnet. Sobre este asunto la crítica cubana ha comentado que:
Estebán Montejo, que a sus 103 años pudo pasar mudo por la historia, sumido en las tinieblas, de no encontrarse con Barnet un día preciso de sus largos años. El testimonio del esclavo negro no es una historia privada, individual que afecta a un solo sujeto, tiene que ver con toda una comunidad. (42)
Testimonio con intermediario: Algunas consideraciones teóricas
Desde un artículo inicial de Margaret Randall, ella contemplaba la existencia de un escritor o escritora que participara de un proceso conjunto con otro, identificado como persona o sujeto de la clase subalterna. Las teorizaciones de Randall al respecto pueden revisarse en La voz del otro, dado que los editores del libro, se lo incluyen como documento. Ella desde un inicio distinguía entre dos tipos de testimonios: «en sí» y «para sí». (43) En la primera categoría incluía, de manera general, todo tipo de insumo testimonial, las relacionadas con la literatura canónica, como la novela testimonial, el teatro popular, poesía que transmite la voz de un pueblo, el peridiodismo, discursos políticos, documentos cinematográficos, colecciones de fotografías, etc. En la categoría para sí, identificaba al testimonio que conocemos como mediato o con intermediario. (44)
El proceso del libro entre Esteban Montejo y Miguel Barnet nos permite decir que se trataba de uno de los tipos de testimonio, que la crítica más especializada en literatura y estudios culturales denomina «con intermediario», para oponerlo a aquellos libros donde no hay intervención de un transcriptor o intelectual letrado que acompaña con su edición el proceso del libro escrito, a lo largo de un tiempo prudencial.
A partir del libro de Montejo y Barnet, (45) el intermediario va a escogerse para participar en el proceso testimonial, entre los intelectuales que tenían costumbre o práctica de trabajar con informantes nativos. La diferencia entre las prácticas antropológica e histórica, es que el testimoniante o el sujeto que ofrece su testimonio oral, a un intelectual letrado de la sociedad civil, no es un informante nativo a través del cual el sujeto científico comprobará hipótesis y responderá preguntas de investigación, es más bien el representante de una colectividad subalterna que ha estado en medio de procesos de explotación, los ha vivido, los ha sobrevivido y puede dar fe por él/ella y por su colectivo en un proceso de confianza en un género, que permite que se escuche la otra versión de la historia.
Cuando Barnet, que iba buscando información sobre prácticas religiosas durante la esclavitud, se encuentra con Esteban Montejo, su sorpresa es que el anciano posee un lenguaje de alguna manera vital, a pesar de la edad, la falta de comunicación continua en sociedad, es capaz de ordenar un relato con el cual le dará información sobre una etapa de la vida cubana, que a la revolución sí le interesaba la época de la esclavitud vivida por los exesclavos cubanos que lograron sobrevivir todavía lúcidos a la dominación violenta de ese periodo. De esta manera expresa Barnet, años más tarde, cuando visita por vez primera, Santa Teresa, el lugar donde nació Montejo:
Aunque frente a la grabadora Esteban construyó su propia historia, es evidente que empleó elementos verídicos. Yo siempre respeté su fresquísima memoria, pero no solo intenté reproducir fidedignamente –hasta el punto que uno puede ser fiel– su vida, sino que también recree ese otro lado de la historia no contada. (46)
La variedad de mediaciones del proceso testimonial
Uno de los problemas que observamos en la actualidad, analizando la presencia del intermediario en el proceso de creación de una versión escrita, cuyo testimonio está construido desde lo oral, es precisamente que se enfrentan los autores y transcriptores con una mediación (47) radical. Ya que deben trasladar el discurso del perfil oral al escrito, lo cual se puede lograr a distintos niveles, dependiendo de la capacidad del intelectual letrado, de su adaptabilidad al proceso testimonial, de su confiabilidad en el proceso y de otros factores de confianza y apoyo; porque de alguna manera pierde como escritor, autoridad narrativa, y su deber es más bien, transcribir sin intervenciones convencionales el relato oral del sujeto o testimoniante, que ha entrado en un proceso de confianza total con el intermediario que se ha ofrecido a dejar escuchar la voz del «otro». Y esa confianza es total, no debe ni puede fracturarse, porque todo el proceso del testimonio se desmoronaría. Margaret Randall, en su experiencia de teorización y práctica testimonial, decía al respecto que: «Cuando hay una verdadera identificación con el informante, el trabajo tiene posibilidades mayores». (48)
A partir de la frase de Spivak, de si «puede hablar el subalterno», actualmente sigue siendo un problema el efecto escritural que él o la intermediaria deben lograr al transcribir y editar la voz grabada, tanto cuando el registro de grabación era mucho más artesanal que en la actualidad, que es digitalizada. El problema actual al respecto es que los lectores que están educados en los derechos de autor, las leyes sobre las cuales se apoya la autoría de un libro, y a pesar de que han pasado tantos años y tenemos tantos ejemplos de relatos testimoniales realizados por intermediarios, se suele todavía darle u otorgarle la autoría únicamente al transcriptor. Eso sucede por la forma tan rígida en que hay que realizar los créditos del libro, normados por las academias y las editoriales. Desde estas reflexiones suponemos que cuando se trata de un libro donde el relato es de origen oral, porque el sujeto o sujeta que lo ofrece para transcribirlo no tiene las herramientas escriturales para resolver su propia historia, utilizando el lenguaje escogido para el efecto, debería de tomarse en cuenta, que se trata en todo caso de dos autores o autoras. Los dos casos paradigmáticos son los de Biografía de un cimarrón y Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la consciencia, producidos en dos distintos momentos de la historia del género testimonio en Latinoamérica.
La pregunta de Spivak de todas maneras también puede ser respondida desde otra perspectiva. Ya que al cuestionamiento acerca de si es posible darle voz a la subalternidad. La literatura, los estudios culturales, la sociología, la filosofía y otras disciplinas, han realizado cantidad de ensayos donde se ha trabajado la pregunta, y aparecen distintos puntos de vista que proceden regularmente de una de ellas. Se aconseja, desde la experiencia en la lectura de distintos tipos de testimonios, no sacar una sola conclusión al respecto. No hay recetas, depende del proceso en que se haya visto envuelto el libro, así será el producto final (regularmente en forma de libro, aunque hoy existan otros formatos) que tendrán los lectores que se interesan por estos temas, y que tienen cierta confianza en la lectura que ejecutarán.
Otra de las reflexiones que se ha discutido mucho al paso de tantos años, leyendo y escuchando testimonios, está en relación a la capacidad de los transcriptores de lograr el efecto de oralidad en la escritura. Los relatos orales dependen totalmente de la tradición oral de donde procede la voz del testimoniante. (49) Y los transcriptores también varían de origen, preparación, sensibilidad y confiabilidad, tanto humana como lingüística. (50) El proceso testimonial da paso de lo oral a lo escrito, depende de muchísimos elementos. También el discurso oral viene de una tradición lingüística específica, que casi no observamos desde el proceso de intermediación. Le ponemos mayor atención al resultado de la mediación, o sea al relato escrito. Y no pensamos para nada si el relato oral es tan específico que requiere de un intermediario con capacidades distintas o quizás requiere de más de un intermediario, como sucedió en el caso de Rigoberta Menchú con el primer libro. (51)
Contextos y proyectos políticos en medio de los cuales se dan los procesos testimoniales
Ya hemos mencionado que los dos proyectos que se convirtieron en testimonios paradigmáticos en Latinoamérica son Biografía de un cimarrón (1966) y Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la consciencia (1983). El primero, como ya se explicó antes, aparece en el contexto de la Revolución cubana en la década del sesenta. En tanto el segundo, se inserta en el proyecto político revolucionario guatemalteco, que estaba en medio de un fuerte conflicto armado en la década del ochenta. Se trata de un contexto político muy sangriento y violento, donde la comunidad de donde viene la tradición del relato oral de Menchú, había sido altamente violentada desde la década del sesenta, que es la temporalidad desde donde se gesta el libro cubano. Además, dentro de una revolución instalada en Cuba y en proceso de reforma y asentamiento. Solo con estos dos ejemplos podemos notar que se trata de una actividad testimonial muy distinta.
En el caso de Biografía, (52) el intermediario también es cubano, aunque sea mestizo. (53) Algo particular de este proceso en el que se involucran estos dos hombres, es que se trata de sujetos sociales nacidos en distintos momentos, con muy distintas experiencias personales y un origen que los marca socialmente. En el caso de Me llamo, son dos mujeres, una maya y la otra mestiza de origen venezolano, y fuerte cultura occidental. El contexto político del segundo libro posee una actividad altamente secreta, que el primero no maneja. La búsqueda del testimoniante se da de manera estatal. Barnet no tiene que conspirar para ir a buscar a Esteban Montejo al asilo. Como lo tienen que hacer los interlocutores, intermediarios y participantes en el proceso para lograr que Menchú hable y dé su testimonio, como parte del proyecto político de las izquierdas guatemaltecas. (54)
Los dos testimonios están matizados por la mediación de un/una intermediaria. En el caso del libro cubano, la lengua materna de Esteban Montejo es igual que la del intermediario. Aunque su lenguaje oral se sitúe en el siglo XIX, y haya venido desarrollándolo en silencio a lo largo del siglo XX, ya en época moderna. De hecho, Montejo habla con muchos arcaísmos que son propios del desarrollo del español del siglo XIX. En tanto, en el segundo libro, Menchú es hablante del k’iche’, y Burgos es hablante del español. Allí se presenta otra mediación porque Menchú relata su historia en un segundo idioma, el español. Hay un proceso de traducción personal de parte de ella, que influye en el carácter del testimonio que otorga a Burgos, y añade un problema a las mediaciones realizadas en todo el proceso. Burgos no habla ni comprende el idioma k’iche’. Y aunque en el caso de Biografía, no haya existido un equipo más grande alrededor del proyecto del testimonio transcrito por Barnet, la revolución cubana, con su apoyo a la agenda de recuperación de la memoria de la esclavitud, se convierte en un gran colectivo detrás del libro.
En el caso de Me llamo, además de Burgos hay un equipo de editores y consejeros que son parte del proceso revolucionario, y que están apoyando la edición del libro de Menchú. Hoy sabemos por declaraciones de Arturo Taracena y reproducciones de sus palabras en otros ensayos críticos sobre el tema, que también participa y edita con Burgos en el documento final, que tampoco había sido transcrito finalmente solo por Burgos. A raíz de varias entrevistas ofrecidas por Taracena y también por Rigoberta Menchú, sobre el tema del libro, sabemos hoy que la importancia de este historiador guatemalteco en la hechura del testimonio es fundamental. (55) En este mismo artículo de Morales incluye declaraciones de Menchú respecto a la presencia de Taracena en el proyecto del libro:
Otro de mis grandes maestros fue Arturo Taracena. A él lo conocí en París. No teníamos una fuerte relación de trabajo en esos años. Lo que nos unió fue que él me convenció para dictar el libro Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia [...] Él [Taracena] tenía la inquietud de que el libro trascendiera y que llegara a públicos grandes. Conocía a Elizabeth Burgos. Fue Taracena quien le propuso a la señora Burgos que hiciéramos el libro. El sostenía que si el libro lo escribíamos él y yo, un exiliado y una indígena, nadie le iba a hacer caso, resultaría una especie de panfleto en familia. Necesitábamos una persona con nombre y con entrada en el mundo académico y editorial. No habría conocido a Elizabeth Burgos si no hubiera sido por él. (56)
En la década del ochenta o noventa en Guatemala, esta información no existía. Se publicó en el libro hasta en 1998. Hoy se convierte en información muy útil para explicar que, efectivamente, el libro de Rigoberta Menchú era un proyecto editorial que tenía detrás un equipo de intelectuales, algunos de ellos guatemaltecos como Taracena, con lo que es posible afirmar que Me llamo Rigoberta Menchú es efectivamente un libro colectivo y heterogéneo en su planificación. Cuando en 1983 se hablaba del libro, la primera descalificación era racial. No lo había escrito Rigoberta por ser indígena. La afirmación era contundente. Más tarde se le atacó también desautorizándola por no haberlo hecho ella sola con Burgos. Cuando efectivamente los testimonios con intermediario poseen este perfil en el que casa perfectamente su libro, cuando es fuertemente político. Tal y como se comprueba después de varios años de publicado. En medio de tremendas polémicas por la autoría, la autoridad narrativa, el asunto de la oralidad, la verdad, los procedimientos, etc.
En la década del noventa, cuando se hacía un recuento histórico de la literatura y se sabía que definitivamente había cambiado el registro literario, y el campo literario se encontraba ante una fuerte tendencia a la hibridez genérica, sin cuestionarla tanto, todavía se ponía en tela de juicio el hecho de que el testimonio se pudiera sostener como un nuevo género literario, muy a pesar de que se había fundado latinoamericanamente en la década del sesenta (57) y para entonces ya habían transcurrido 30 años de fuertes polémicas teóricas alrededor del género. (58)
En la década del noventa habían acontecido varios hechos históricos que hacían que el registro se consolidara. Por un lado, en 1989 se asistió a la caída del muro de Berlín, y con él se vinieron abajo los grandes discursos de la modernidad, que abrían fisuras para pensar al Otro, de manera distinta y existente. (59) Y por otro lado, para el caso del libro de Menchú, se había empezado a negociar con los Acuerdos de Paz, aunque la paz no hubiera sido firmada, sino hasta en 1996. Es muy posible que el aparecimiento de estos relatos, de corte testimonial, construidos de forma oral, como en el caso de los dos libros que se comentan, puedan pensarse como esos pequeños relatos, donde se discuten asuntos históricos, muy localizados geográficamente, pero que tienen una fuerte capacidad de expansión a nivel de fenómenos históricos. Pues son similares a otros en distintos lugares del mundo, y rellenan aquellos hoyitos de historia que no habían sido contados o dichos. Por otro lado, al no ser escritos de puño y letra por los testimoniantes, sino relatados de viva voz, grabados y luego transcritos por el intelectual solidario, parecen actuar discursivamente como literaturas menores, porque no están construidos directamente a través de un discurso escrito, sino que deben pasar por una mediación, a la que le llamamos radical aquí en este trabajo, donde se debaten y entran en discusión, tanto asuntos políticos como culturales y sociales.
Razones de la construcción de estos testimonios
La teoría del testimonio ha explicado ya con claridad que casi todos los libros que se produjeron antes de la guerra fría, estaban insertos en proyectos políticos específicos. Se construyeron con el propósito de hacer escuchar las voces de la otredad. Podemos afirmar que, a nivel de recepción, el libro cubano, Biografía, representó una manera novedosa de utilizar los insumos testimoniales como herramienta de recuperación de la memoria de la esclavitud. Por otro lado, el libro guatemalteco, relata y denuncia asuntos acontecidos en el presente de la escritura y del relato oral, con lo cual se convierte en una lectura peligrosa para los enfrentamientos durante la guerra civil en Guatemala, durante toda la década.
Los dos libros han sobrevivido como libros que dejaron escuchar el relato oral. Uno, porque los transcriptores y/o equipo de edición funcionó escrituralmente y atrapó los elementos esenciales del registro oral de los hablantes nativos. Dos, porque los testimoniantes pudieron relatar con fuerte capacidad creadora aquellas anécdotas que poseían suficiente sentido oral como para trasladarlo a lo escrito. O sea, hicieron compatibles los dos registros, el oral y el escrito.
Verdades y mentiras narrativas
Un elemento bastante estudiado por la crítica testimonial, desde la década del setenta, es el de la verdad narrativa, que la explican y entienden como la verdad del testimoniante. Se trata de una versión de la historia que se cuenta y que posiblemente se inserta en una historia mayor, realizada en distintos espacios y tiempos por los historiadores, con el carácter de ser la verdad única e inamovible. La verdad narrativa testimonial regularmente ha sido ignorada por la historia oficial o por los realizadores de la historia. En incontables ocasiones se escucha decir que los testimonios son muy parciales en lo que relatan. De hecho, lo son. Porque en el fondo se trata de lo que la crítica literaria-cultural denomina non-fiction o literatura de no-ficción. Literatura que surge abiertamente a finales de la década del cincuenta e inicios del sesenta, en distintos lugares del mundo, pero se deja ver más rápidamente desde los lugares de poder cultural, como Estados Unidos. A sangre fría (1966) (60), de Truman Capote, es uno de los ejemplos paradigmáticos de la literatura de no-ficción. Casi inmediatamente, y por encontrarse en su apogeo la industria del cine, en ese país floreciente, sale la película basada en la obra de Capote, (61) con el mismo título, y catapulta el género literario internacionalmente. La obra en cuestión la escribe Capote dentro del periodismo de investigación, tiene un campo referencial biográfico, pues tiene la oportunidad de conocer al asesino en la cárcel. De alguna manera también la trabaja como una novela policial. Los insumos de investigación son muy fuertes. La historia proviene de la realidad, no la está inventando. Los sucesos están aconteciendo a la vista de Capote, y él es testigo de toda la trama que inserta dentro de la narración. Por el carácter de consulta de las entrevistas que realiza con distintas personas involucradas o no en el caso, se puede decir que las transcripciones que hace se insertan dentro de la modalidad de la literatura testimonial con intermediario. Sin embargo, en Estados Unidos no se desarrollan proyectos políticos de insurrección civil y militar como en un lugar como Cuba o Guatemala durante el siglo XX.
La obra de Capote emerge durante el contexto previo a la guerra de Vietnam. Pero al mismo tiempo también se dan los fuertes proyectos de defensa de los derechos civiles en Estados Unidos durante la misma década. La obra aparece, como las otras, en lo que se nombra como «río revuelto». La historia contada se ubica en Kansas en 1959, pero se publica en 1966. La narración es la de un escritor del sur de Estados Unidos, que le hace una marca específica a la narración sobre relatos verídicos llevados a la ficción o a la no-ficción, como es el caso de este género, donde se inserta lo testimonial. De hecho, Truman Capote designa el género como non-fiction, con el cual explica su concepto de novela testimonial.
Un antecedente, Operación masacre (1957) de Rodolfo Walsh
La obra de Walsh también corresponde al periodismo narrativo o nuevo periodismo. Y es posible ubicarlo historiográficamente en la literatura de no-ficción. Es uno de los géneros que emergen en la misma época, en distintos lugares del mundo, y que en este caso lo traemos a colación precisamente porque aparece ligeramente antes en Argentina que A sangre fría de Capote en Estados Unidos. Se publica de hecho en 1957, dos años antes que Capote iniciara su investigación en el caso del asesinato de la familia Clutter y que consigna en el libro. La construye igualmente a través de las estrategias del género testimonial, haciendo las entrevistas con los propios sobrevivientes, las familias de estos, las autoridades de gobierno y otros personajes de la vida cotidiana de ese momento en la Argentina.
Realiza una investigación detallada y da cuenta del acontecer de una serie de asesinatos de prisioneros el 9 de junio de 1956, conocidos en la historia como los fusilamientos de José León Suárez. Estos fusilamientos fueron ordenados y cometidos durante la dictadura cívico-militar de la llamada: Revolución Libertadora. El asesinato lo motiva una de las insurrecciones peronistas contra esta Revolución Libertadora. El castigo que les prodigan a los insubordinados es ser ajusticiados de forma clandestina en un lugar cercano a Buenos Aires, con el nombre de Suárez. Pocos meses después, Walsh se entera de lo ocurrido a través de una persona y decide hacer la investigación porque hay sobrevivientes y decide, a través de esos testimonios que recoge, reconstruir la masacre. Los entrevista, reconstruye los hechos y ese material será la base con la cual escribe Operación masacre. Se sabe que Walsh fue publicando la obra por entregas, consolidando una versión en 1957, que iba creciendo mediante el recabamiento de mayor información que realizaba en forma de investigación, y que paulatinamente iba añadiendo. En realidad, a través de este relato, Walsh hizo evidente el terrorismo de estado en la Argentina, y podemos observar que los métodos utilizados contra la población civil en las décadas sucesivas en Latinoamérica, y que se conoce como «doctrina de seguridad nacional». Esta práctica estaba ya en los acontecimientos que Walsh pone al descubierto en su investigación sobre este caso. La manera cómo construye el libro también antecede a la construcción de testimonios a través de intermediarios, como es el caso de los dos libros paradigma del género que se van comentando.
Ya hemos observado la tendencia que las obras argentina y estadounidense presentaban. Poseían fuertes componentes testimoniales en su concepción. Se hacía uso de varios campos referenciales para construir la historia. En ambos casos la verdad narrativa va construyéndose a través de los testimonios de varios testigos de los hechos. Con estos insumos se arma la historia, y quizás por eso, la obra posee un fuerte referente novelístico o ficcional. En cambio, en el caso de Menchú y Montejo, se trata de dos sujetos que ofrecen un testimonio dentro de un proyecto político de las izquierdas latinoamericanas. Aquí, en estos dos libros, la verdad narrativa se vuelve mucho más relativa, porque no se trata de contar a pedazos una versión de la historia que se quiere narrar, sino que se construye la historia que no se contó en ningún momento o los grados cero de historia que no se consignaron en la historia oficial. Se trata de dos modos testimoniales con intermediarios. En el caso de los libros de Menchú y Montejo, los intermediarios reciben el testimonio desde los espacios de la subalternidad. En Operación masacre y en A sangre fría, las entrevistas se recaban con distintos sujetos, porque en el fondo se trata de una investigación criminal, que no existe en el caso de los libros cubano y guatemalteco. Digamos que el campo referencial que predomina en los libros argentino y estadounidense está vinculado con armar o reconstruir una verdad sobre un hecho que está oculto, y que es de corte criminal. La verdadera intencionalidad del libro es desvelar la tragedia de los fusilados. En los otros dos libros, está pesando más el referente autobiográfico e histórico por un lado. En los dos casos, las voces provienen de espacios iletrados y subalternos, además se marca el género sexual como un elemento decisivo en las narraciones, también la etnicidad de los testimoniantes, y el hecho de que sus lenguajes orales provienen de espacios comunitarios en el caso de Menchú, y desterritorializados en el caso de Montejo, ya que articula un discurso en un lenguaje construido desde la esclavitud, matizado por la temporalidad en la cual desarrolla sus habilidades para hablar y comunicarse, las cuales van a ser interrumpidas por su condición de cimarrón, la soledad y la ausencia de comunicación con otros seres humanos en largos periodos de tiempo.
Menchú y Montejo o la construcción de la verdad
¿Qué pasa entonces con la construcción de la verdad contenida en los libros de Menchú y Montejo? En los dos casos hay un fuerte componente histórico. Montejo por ejemplo, relata las vicisitudes de su vida como esclavo en los barracones. La religiosidad que practicaron durante la esclavitud. Las formas en que sostenían relaciones sexuales, que se considera algo específico del espacio íntimo y pasa en este testimonio al espacio público, etc. Se trata de un mundo que estaba oculto para los historiadores, sobre todo en detalles de los que solo puede dar fe un esclavo que ha vivido durante mucho tiempo tanto las vicisitudes de la esclavitud en comunidad, como en soledad, que es el caso de Montejo cuando se escapa y vive escondido en el monte, en total aislamiento. Las partes más polémicas de sus relatos, son las relacionadas con su participación en la guerra, y luego durante la revolución.
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