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LA HISTORIA CULTURAL
LA HISTORIA CULTURAL
¿UN GIRO HISTORIOGRÁFICO
MUNDIAL?
Philippe Poirrier, ed.
Traducción de Julia Climent y Mónica Granell
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Del texto, los autores, 2012
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2012
Publicacions de la Universitat de València
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© De la traducción: Júlia Climent (francés) y Mónica Granell (inglés)
Ilustración de la cubierta: Biblioteca de Celso (Éfeso, Turquía). ø I. Kitkatcrazy
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Fotocomposición, maquetación y corrección: Communico, C.B.
ISBN: 978-84-370-8949-2
ÍNDICE
Presentación Justo Serna y Anaclet Pons
Introducción: por una historia comparada de la historia cultural Philippe Poirrier
«Nada de cultura, se lo ruego, somos británicos». La historia cultural en Gran Bretaña antes y después del giro Peter Burke
La historia cultural en Francia: «Una historia social de las representaciones» Philippe Poirrier
La historia cultural en Italia Alessandro Arcangeli
La historia cultural americana. La historia cultural de Francia vista desde America Edward Berenson
La experiencia y la vida cotidiana: La historia cultural en Escandinavia Palle Ove Christiansen
La historia cultural en Australia Martyn Lyons
Entre el esplendor y el repliegue, la historia cultural en Suiza François Vallotton y Nora Natchkova
La historia cultural en Bélgica. Tendencias y trabajos Paul Aron y Cécile Vanderpelen-Diagre
La historia cultural en Canadá Carl Bouchard.
La historia cultural en Rumanía Ecaterina Lung
Variaciones sobre la historia cultural en España Anaclet Pons y Justo Serna
La historia cultural como historia de las prácticas letradas en Brasil Andréa Daher
La historia cultural en Alemania Xenia von Tippelskirch
La tierra de Huizinga: notas sobre la historia cultural en los Países Bajos Herman Roodenburg
Epílogo: la historia cultural entre tradiciones y globalización Roger Chartier
PRESENTACIÓN
1. La historia cultural. Aquí y allá, y desde hace un par de décadas, ese rótulo aparece y reaparece etiquetando mil y un libros. La historia cultural de la música o la historia cultural del vestido; la historia cultural de la cocina o la historia cultural del sexo. Tal vez, esa fórmula tenga éxito por su ambigüedad, por su elasticidad: se adapta a cualquier objeto cuyo pasado pueda investigarse. Admitido. ¿Pero entonces por qué no se multiplican los volúmenes de historia económica, política o social de la música, del vestido, de la cocina o del sexo? ¿Por qué la cultura se ha convertido en un factor que todo lo explica? Las razones son numerosas. ¿Acaso la ruina del experimento comunista, la quiebra confirmada con la caída del Muro de Berlin? ¿Acaso la prosperidad económica, su universalización, el fin de la historia? Cuando acaba la Guerra Fría, muchos descubren las apariencias, los velos que antes cubrían: advierten que nada es como se había contado, que la realidad no es simplemente un dato objetivo y externo, que es también una descripción.
A comienzos de los noventa, el mundo parece haberse vuelto hedonista, consumidor, y la pasión política del siglo xx se ha debilitado: se decreta por enésima vez la muerte de las ideologías, del colectivismo, de las grandes cosmovisiones. Hay mayor tolerancia, nuevas cotas de libertad y una comunicación creciente. Un mundo interconectado, global, permite los flujos de información y permite las mezclas, los mestizajes, lo híbrido. Vemos y sabemos –o creemos ver y saber– lo que otros hacen, lo distintos que son, sus formas de vivir, de vestir, de amar, de comer, de morir. Nos resignamos a la diversidad: no hace falta condenar, marcar o extirpar. Pero esos flujos permiten también el individualismo, el cultivo de lo propio: si estamos expuestos a la mirada, al escrutinio, entonces nos preocupan la apariencia y la identidad personales, aquello que los otros observarán.
Es más: en una sociedad de expectativas y de cambio acelerado, de beneficios y logros, como es la de los noventa, la clase social ya no parece determinar la posición de las personas. En el mundo de la prosperidad universal y del mérito, las identidades pueden alterarse, transformarse. Son mudables. Llegados a ese punto, los conflictos materiales (las luchas de clases, ese factor universal que todo lo iguala) ya no parecen un factor suficientemente explicativo y, por ello, la acción humana se interpreta a partir de categorías diferentes. Entre otras, el lenguaje, el significado de las cosas. La clave, en efecto, parece estar en la cultura.
Permítasenos decirlo así: ahí fuera está la realidad, sí, el núcleo duro de las cosas, todo aquello que nos limita y que nos ciñe, nuestra condición de posibilidad. Pero para aceptar o rechazar eso que hay ahí fuera hemos de designarlo, calificarlo, darle un sentido. Las palabras y las cosas no coinciden, y en el lenguaje, en la expresión, parece estar la base de las contiendas, el motivo de las controversias. Si ha habido luchas a lo largo de la historia es por los modos distintos y opuestos que hemos tenido a la hora de percibir, de nombrar, de juzgar. Por decirlo toscamente: en sí misma, la pobreza no provoca revoluciones. Hacen falta condiciones para alzarse en motines o en revueltas: calificar la situación como insoportable, por un lado; y juzgar posible, razonable, una expectativa de cambio, por otro. Por supuesto, tenemos necesidades materiales, urgentes, más allá de la cultura. Pero esas necesidades se perciben o se detectan gracias a las categorías culturales: nos permiten ver, o echar en falta; nos permiten satisfacer o lamentar aquello de lo que carecemos; nos permiten identificar, designar y sopesar.
La cultura incluye, entre otras cosas, instrumentos, bienes, procedimientos técnicos, ideas, hábitos y valores. Con esos recursos alteramos, modificamos lo que nos rodea. Creamos un medio secundario. Los seres humanos hacen casas y caminos, construyen refugios, cocinan sus alimentos, se protegen con armas, con normas, con fantasías. La defensa, el alimento, el desplazamiento, la necesidad fisiológica o espiritual: todo ello se satisface mediante artefactos –o artificios –materiales o inmateriales. Pero para manejar esos pertrechos es preciso conocerlos, saber cómo funcionan; es necesario conceptuarlos, catalogarlos y valorarlos. Como los empleamos para emprender todo tipo de acciones, entonces se nos ha de socializar convenientemente: la existencia es un aprendizaje de los códigos que rigen esos usos. Por eso, nos pasamos la vida averiguando cuáles son las reglas que permiten decir o hacer las cosas en este sitio o en aquel. Por eso, las palabras y las cosas tienen sentido y el acto de nombrar no es secundario: para utilizar herramientas, para emplear armas, para celebrar rituales o para llegar a acuerdos, primero hay que designar con significado. Y el significado de las palabras y las cosas no está dado de una vez para siempre.
2. Pocas líneas necesitará el lector para comprender el sentido del volumen que ahora tiene en sus manos. Es este un libro de historia, de historia cultural: un volumen que repasa ciertos logros de la humanidad, una obra que nos indica de qué modo las personas y las colectividades comparten experiencias comunes. Es sobre todo un informe mundial, un estado de la cuestión, una aproximación a las ganancias y a las carencias de la investigación. En su introducción, Philippe Poirrier –que es su inspirador– enumera– los hechos más importantes que conviene saber: el apoyo de Roger Chartier y Peter Burke, la creciente producción de estudios de historia cultural, el carácter internacional de la corriente historiográfica, los crecientes intercambios y las transferencias entre investigadores, las diferencias nacionales y, en fin, la necesidad de un análisis comparado de este cambio, de este giro cultural.
Este libro es una iniciativa claramente francesa. Como advierte Poirrier, en principio son los historiadores anglosajones quienes adoptan esta etiqueta («cultural») para calificar sus trabajos. ¿Por qué razón? Por influencia y consecuencia del giro lingüístico (al que Poirrier alude) o por efecto o derivación de los estudios culturales. En general, y aunque el calificativo tarde en ser algo reconocido, su presencia es muy anterior. Podríamos decir que la cultural es una perspectiva presente desde los años ochenta, aunque dispersa, y bajo el amparo de la historia social, entonces dominante. La practican quienes se ocupan del mundo moderno: estudiosos que figuran entre sus más conspicuos representantes siempre defenderán esa vinculación con lo social, como hace aquí Roger Chartier.
Historia cultural de FranciaEn el caso francés, serán los historiadores dedicados al mundo contemporáneo quienes reclamen la necesidad de hacer de lo cultural una preocupación básica. Y, dados sus intereses mayoritarios, ese calificativo se aplicará preferentemente a lo político, en particular a sus representaciones. Si tuviéramos que buscar un nombre al que atribuir una mayor responsabilidad en dicho cambio, seguramente ese sería el de Pascal Ory. Es en los años ochenta cuando este historiador propone una y otra vez la necesidad de hacer una historia cultural de Francia. ¿En qué sentido? Para él, la historia cultural tiene unos límites precisos: el conjunto de las representaciones colectivas propias de una sociedad, es decir, las diversas formas de expresión que dan lugar a distintas prácticas sociales.1
Esa preocupación no estaba solamente en el citado Ory; la podemos encontrar también en el seminario que Jean-François Sirinelli y Jean-Pierre Rioux impartieron desde 1989 en el CNRS con el título de Historia cultural de Francia en el siglo xx, un seminario del que resultará un volumen leído como manifiesto historiográfico: Pour une histoire culturelle.2 Con referentes semejantes, entre los que siempre destaca el trabajo de Roger Chartier, esta propuesta incide sobre aspectos parecidos, señalando que lo cultural no puede desvincularse de lo social, pero reconociendo el énfasis en lo político, mayor si cabe desde la aparición del estudio que Pierre Nora dedicara a la memoria. En cualquier caso, el mapa es ahora múltiple: se trata de historia de las políticas y de las instituciones culturales, de las mediaciones y de los mediadores, de las prácticas, de los signos y de los símbolos de lo colectivo.
Ese interés creciente y compartido confluye en 1999 en la creación de la Association pour le Développement de l’Histoire Culturelle (ADHC). El objeto de dicha sociedad será establecer un vínculo de información y un foro de debate entre todos los investigadores interesados en los aspectos teóricos y prácticos relacionados con la historia cultural de las sociedades contemporáneas. Allí se reúnen Ory, actual presidente, y Sirinelli, pero también otros muchos nombres destacados: Maurice Agulhon, Jean-François Botrel, Alain Corbin, Pierre Nora, Daniel Roche, Georges Vigarello, Philippe Poirrier, etcétera. De algún modo, el colofón será el volumen L’Histoire culturelle, que Ory publica en «Que sais-je?», de PUF, esa colección tan característica. Las reimpresiones serán constantes. Otro hito será también otra colección que con el mismo rótulo dirige el propio Ory en Editions Complexe. Es el mismo momento en que el propio Poirrier publica Les enjeux de l’histoire culturelle. Tanto para uno como para otro, la historia cultural es una modalidad de la historia social, una investigación atenta sobre todo a las representaciones. Esta meta, el análisis de las representaciones, no es novedad alguna: como indica Poirrier, el papel de pionero ha de adjudicársele a Chartier. Hay incluso otro elemento a destacar, otra coincidencia cronológica. Los veteranos coloquios de Cerisy, muy asentados entre los académicos, proponen dedicar su reunión de 2004 a este mismo objeto, con la participación de muchos de esos nombres que ya hemos mencionado.3 Es, pues, un indicio de que para esas fechas el asunto ya se ha convertido en una preocupación fundamental.
Es así como se conforma y se institucionaliza en Francia esta historia cultural. ¿Tiene alguna particularidad? Según señalará Poirrier, en aquellos años la historia cultural avanza por una tierra de frontera en la que se perfilan tres dominios fundamentales: una historia de las sensibilidades, con Alain Corbin como principal inspirador; una historia cultural de lo social, con Roger Chartier como referente esencial, y una historia cultural de la política, con Jean-François Sirinelli como protagonista y guía, dada su doble condición de director del Centre d’Histoire de Sciences Po y de la Revue historique. Esas serían, pues, las tres modalidades de la historia cultural a la francesa.4 Y esa será asimismo la carta de presentación gala cuando la investigación experimente el giro mundial del que nos habla Poirrier en este volumen. El momento también se puede datar con mayor o menor exactitud: quizá el año sea 2007, con la conferencia que sobre Varieties of Cultural History se celebró en la Universidad de Aberdeen, bajo el impulso de Peter Burke, otro de los autores obligados, junto con Chartier, de esta historia cultural.
En todo caso se trataba entonces de completar el proceso de institucionalización. ¿Y qué sucede? Se establece, en primer lugar, una Cultural History Society, calificada inmediatamente de International. La constitución de esa asociación, a la que se suman Lynn Hunt, Pascal Ory y Philippe Poirrier, entre otros, se acuerda en Gante en 2008, iniciando así sus actividades y sus congresos anuales (y que ahora mismo preside el citado Ory). En segundo lugar, además, se crea una revista propia, la Cultural History –que en 2012 debería publicar su primer número–, cuyo consejo editorial nos proporciona el Gotha de la corriente: Peter Burke, Robert Darnton, Natalie Zemon Davis, Carlo Ginzburg, Lynn Hunt, Philippe Poirrier, etcétera.
El principal impulsor de la revista, Peter Burke, apunta datos y valoraciones. ¿Qué indica? De la historia cultural se puede decir que está en auge, que existe incluso un Cultural Turn, cuyos contornos –polifónicos o híbridosestán poco definidos. La historia cultural se ocupa de las prácticas y las representaciones, como diría Chartier. Pero no se piensa o no se desarrolla para sustituir la investigación académica, sino para complementarla con tres objetos: la historia de las representaciones, la historia del cuerpo y la historia cultural de la ciencia.5
Aunque cada historiografía ponga su sello, esa polifonía es la misma que podemos encontrar entre los franceses. Un simple ejemplo bastará: el Dictionnaire d’histoire culturelle de la France contemporaine (2010),6 todo un esfuerzo enciclopédico. Las casi mil páginas de este volumen reproducen los rasgos que ya hemos señalado. Reúnen, por un lado, a más de un centenar de investigadores, procedentes de los dos polos mencionados, el centro de historia de Sciences Po y el dedicado a la historia cultural de las sociedades contemporáneas en la Universidad de Versalles, donde tiene su sede la ADHC. Por otro, sus directores señalan precisamente el carácter híbrido de la obra, centrada en un tema joven y fecundo del que se puede hacer inventario exhaustivo. La historia cultural, nos dicen los responsables, habría dado sus primeros e indefinidos pasos en las épocas medieval y moderna, desplazándose posteriormente al campo de lo contemporáneo. ¿Y por qué este desplazamiento? Porque las historias nacionales son actual y prioritariamente historias contemporáneas, y sobre ellas se investiga la historia cultural de lo político. Y algo análogo se puede decir de Dix ans d’histoire culturelle,7 una obra en la que sus editores demuestran una voluntad sistematizadora. Por ello en sus páginas se recoge una gran variedad de perspectivas, las que se habrían desarrollado en la década de funcionamiento de la ADHC, desde su primer congreso en 2000.
3. El libro que ahora presentamos ha de entenderse en ese contexto. Existen otros muchos volúmenes sobre lo que es o sobre cómo ha de entenderse la historia cultural, pero este en particular tiene la ventaja de ofrecer una aproximación mundial, partiendo eso sí del impulso francés, de su perspectiva concreta. La obra que se publicó en 2008 y tuvo dos años después una versión italiana.8 Para la presente, hemos optado por combinar ambas, añadiendo dos capítulos que no aparecieron en la edición francesa, pero sí en la italiana. Son los dedicados a Alemania y a los Países Bajos. Si en el original no se incluyeron ambos capítulos no se debió al descuido del responsable, sino al incumplimiento de plazos: los autores escogidos no pudieron concluirlos en el tiempo que se había establecido. En todo caso, el lector español podrá disfrutar así de una perspectiva mucho más completa.
Y podrá comprobar de qué se preocupan los historiadores culturales de Australia o de Francia, de Italia o de Holanda, pongamos por caso. Principalmente, de las identidades colectivas, de todo aquello que reúne a los connacionales y que les sirve para compartir y para afirmarse. Aunque el lector podrá verificar también cuáles son los motivos de fricción, las fracturas de la identidad, las adhesiones que se cuestionan, los choques. Podrá asimismo constatar que la cultura es un repertorio de recursos comunes, los códigos que nos rigen, las costumbres que nos obligan, los artefactos que nos sirven para sobrevivir colectivamente. Todo vestigio del pasado puede ser tomado como fuente histórica: sobre distintos soportes se han volcado diferentes percepciones del mundo, formas de ver y de hacer. Los historiadores culturales prueban que los individuos ven y hacen colectivamente y prueban que algunos se salen de la norma valiéndose –eso sí– de asideros compartidos: heredados o ahora por primera vez ensayados.
Los seres humanos somos capaces de lo mejor, de los logros más eximios. Somos igualmente capaces de modificar y edificar nuestros entornos materiales, de establecer instituciones políticas, de protegernos de la naturaleza y de los otros, de elevarnos a lo más sublime, de afirmarnos y de rehacernos con las grandes o pequeñas creaciones del intelecto o del genio: desde la religión al arte, desde la ideología a la literatura. Pero al mismo tiempo los seres humanos somos igualmente capaces de lo peor, de las mayores villanías. Es ya un tópico citar a Walter Benjamin para este menester, pero resulta obligado y preciso: no existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie. De eso, de los documentos como expresión de cultura y de barbarie, dan cuenta los historiadores aquí reunidos, que reconstruyen para el lector textos, imágenes, ideas, episodios nacionales y rebeldías imprevistas.
Justo Serna y Anaclet Pons
1. Por ejemplo, Pascal Ory: «L’histoire culturelle de la France contemporaine: question et questionnement», Vingtième Siècle. Revue d’histoire, 16, 1987, pp. 67-82.
2. Aparecido en francés en 1997 (Seuil), existe una versión española: Para una historia cultural, México, Taurus, 1999.
3. Pascal Ory: LHistoire culturelle, París, PUF, 2004; Philippe Poirrier: Les enjeux de l’histoire culturelle, París, Seuil, 2004; en cuanto a las actas del coloquio de Cerisy: Laurent Martin y Sylvain Venayre (dirs.): L’histoire culturelle du contemporain, París, Nouveau Monde Editions, 2005. A lo anterior podría añadirse el coloquio celebrado en la Casa de Velázquez en 2005, publicado en Benoît Pellistrandi y Jean-François Sirinelli (eds.): L’histoire culturelle en France et en Espagne, Madrid, Casa de Velázquez, 2008.
4. Philippe Poirrier: «Préface. L’histoire culturelle en France. Retour sur trois itinéraires: Alain Corbin, Roger Chartier et Jean-François Sirinelli», Cahiers d’Histoire, vol. xx VI, núm. 2, 2007, pp. 49-59.
5. Peter Burke: «Cultural history as polyphonic history», Arbor: Ciencia, pensamientoy cultura, 743, 2010, pp. 479-486.
6. Jean-François Sirinelli, Christian Delporte y Jean-Yves Mollier (dirs.): Dictionnaire d’histoire culturelle de la France contemporaine, París, PUF, 2010.
7. Évelyne Cohen, Pascale Goetschel, Pascal Ory y Laurent Martin (dirs.): Dix ans d’histoire culturelle, París, Presses de l’enssib, 2011.
8. La edición italiana fue preparada por Alessandro Arcangelli y reproduce el título original: La storia culturale: una svolta nella storiografía mondiale?, Verona, OneEdit, 2010.
INTRODUCCIÓN
POR UNA HISTORIA COMPARADA
DE LA HISTORIA CULTURAL
Desde hace dos o tres décadas la historia cultural ocupa un lugar preferente en la escena historiográfica, con desfases cronológicos y distintas modalidades dependiendo de las circunstancias nacionales. Las obras y los artículos programáticos publicados en los años ochenta1 han dejado el terreno dispuesto para hacer balance en Alemania,2 España,3 Francia,4 Italia,5 el Reino Unido6 y Estados Unidos.7 Además, las comprobaciones empíricas han ido reafirmando cada vez más las meras proposiciones teóricas.8
Igualmente, la creación de la International Society for Cultural History, cuya conferencia fundacional se desarrolló en la Universidad de Gante en agosto de 2008, y el lanzamiento de una revista -Journal of Historyvinculada orgánicamente a esta asociación confirman el reconocimiento international. quizá incluso mundial, de la historia cultural. La iniciativa es británica, pero se ha expandido rápidamente a la Europa continental y a Norteamérica.9
Parece innegable el carácter international de esta configuración historiográfica. La noción de New Cultural History, propuesta por Lynn Hunt, constituía ya desde finales de los años ochenta un indicio importante. En realidad, la New Cultural History no puede, sin duda, ser considerada una verdadera escuela cuyas prácticas estarían unificadas. Roger Chartier lo reconoce abiertamente en la síntesis que en 2004 propone sobre el tema, en Kompas der Geschichtswissenschaft:
La coherencia en la New Cultural History, ¿es tan fuerte como proclamaba Lynn Hunt? La diversidad de objetos de investigación, de perspectivas metodológicas y de referencias teóricas que ha tratado en estos diez últimos años la historia cultural, cualquiera que sea su definición, permiten dudarlo. Sería muy arriesgado reunir en una misma categoría los trabajos que menciona este breve ensayo. Lo que permanece, sin embargo, es un conjunto de cuestiones y de exigencias compartidas más allá de las fronteras. En este sentido, la New Cultural History no se define, o ya no se define, por la unidad de su enfoque, sino por el espacio de intercambios y de debates construido entre los historiadores que tienen como seña de identidad su negativa a reducir los fenómenos históricos a una sola de sus dimensiones y que se han alejado tanto de las ilusiones del giro lingüístico como de las herencias determinantes que tenían como postulado la primacía de lo político o la omnipotencia de lo social.10
Con el mismo espíritu, Justo Serna y Anaclet Pons apelan a la existencia de un verdadero «colegio invisible», que reúne a una generación de historiadores de la Europa moderna (Robert Darnton, Natalie Zemon Davis, Peter Burke, Carlo Ginsburg, Roger Chartier...) y que desde los años setenta, desde París (École des hautes études en sciences sociales) a Princeton, ha contribuido a la construcción de una forma transnational de historia cultural.11
Si bien hay numerosas aportaciones que ofrecen la información recíproca, las diferencias nacionales de las historiografías siguen siendo, sin embargo, importantes.12 En este sentido, la historia comparativa está a la orden del día.13 El presente volumen pretende inscribirse en esta perspectiva preguntándose por la realidad de un «giro cultural» en la historiografía mundial. Catorce colaboradores han aceptado responder a un plan de trabajo en el que, partiendo de situaciones historiográficas nacionales, se analicen las modalidades de surgimiento y de estructuración de la historia cultural. La meta buscada no es normativa y contempla un planteamiento que combina el análisis de las obras, las singularidades de las coyunturas historiográficas y la organización de los mercados universitarios. Igualmente, se desea subrayar la importancia de las transferencias culturales con el fin de comprender la circulación, difusión y asimilación de los modelos historiográficos.
Roger Chartier propone, a modo de epílogo, una lectura transversal de estos doce ensayos. Subraya especialmente hasta qué punto cada una de las tradiciones nacionales ha asimilado, con desfases cronológicos y siguiendo diversas formas, las proposiciones procedentes de otras historiografías. Los dos grandes modelos historiográficos que identifica –los Annales y sus desarrollos sucesivos, por una parte, y una historiografía anglosajona procedente de un marxismo heterodoxo, por otra– forman a la vez dos grandes familias de historia cultural, que han fructificado en determinados autores. Añadamos que el exilio de profesores universitarios, de Weimar a Suiza y posteriormente al Reino Unido y a Estados Unidos, favoreció las asimilaciones, con algunos desfases en el tiempo, de la historia cultural germánica (Kulturgeschichte), antigua tradición cuya filiación se remonta a la construcción del sistema hegeliano14 por parte de los historiadores y los historiadores del arte.
La cuestión de la lengua sigue siendo esencial, más allá de las crecientes relaciones entre investigadores a escala mundial. Las formas de historia cultural identificables en los países en los que existe un plurilingüismo, como Canadá, Bélgica y Suiza, por ejemplo, confirman la importancia de esta cuestión. Por ello, como nueva lingua franca de los mundos científicos, el inglés es un potente vector del modelo anglosajón. Esta nueva lengua académica debería ser a la larga un factor de desnacionalización de la disciplina histórica.
Más allá de la lengua, existen algunas conexiones que facilitan las transferencias culturales de una historiografía a otra. El ejemplo de los historiadores americanos especializados en la historia de Francia, analizado en este volumen por Edgard Berenson, es bastante significativo. Estos historiadores desempeñan la función de transmisores entre las dos historiografías.15 De igual modo, el Instituto de Estudios Franceses de la Universidad de Nueva York se muestra especialmente receptivo hacia la versión francesa de la historia cultural, en toda su diversidad.16 Asimismo, cabe pensar que el debate franco-americano en torno a la posmodernidad ha cristalizado en parte en la cuestión del «género», puesto que los principales teóricos eran especialistas de la historia de Francia. El hecho de que los historiadores americanos (Joan Scott, Lynn Hunt, Laura Lee Downs) sean también especialistas de la historia de Francia ha facilitado asimismo los intercambios, precisamente cuando la historiografía francesa se abría más a las historiografías extranjeras. La traducción –por una vez, rápidade las principales obras ha reafirmado esa tendencia: Lynn Hunt: Le roman familial de la Révolution française, 1995 [1992]; Joan Scott: La citoyenne paradoxale. Les feministes françaises et les droits de l’homme, 1998 [1996] y Parité! L’universel et la différence des sexes, 2005 [2005]. En cambio, la traducción de los trabajos de la filósofa americana Judith Butler va más lenta: Trouble dans le genre. Pour un féminisme de la subversion, 2005 [1990] y Défaire le genre, 2006 [2004]. Estos textos constituyen en Francia una asimilación moderada de la teoría queer, que anima a pensar al margen de la dualidad masculinofemenino y la heterosexualidad, defendiendo prácticas transgénero.17
La cuestión de las áreas culturales no es la única que favorece los intercambios. Las especialidades temáticas han contribuido en gran medida a estas transferencias. El caso de los historiadores del libro y la lectura, señalado por muchos de los colaboradores, resulta particularmente ejemplar en este sentido. La puesta en marcha de redes internacionales basadas en la circulación de investigadores, la organización de encuentros científicos y de publicaciones colectivas, ha deslocalizado los planteamientos y ha favorecido los préstamos recíprocos.18
La bonanza de la historia cultural ha despertado algunas formas de escepticismo, rechazos y resistencias, más o menos explícitos, dependiendo de los usos que dominan, en un país u otro, los debates científicos. Con grandes tensiones en el mundo anglosajón, las polémicas se amortiguaron más en otros lugares, especialmente en Francia. La fundamental trata de las relaciones entre la historia social –forma dominante de la segunda mitad del siglo xx en muchas historiografías nacionales– y la historia cultural.19 Roger Chartier recuerda aquí con convicción que «la historia cultural es social por definición». En cambio, las relaciones entre la historia cultural y la historia de la política –configuración particularmente visible en el seno de la historiografía francesa–20 parecen menos problemáticas.
Además, la cuestión del «giro lingüístico», que interesó a los historiadores norteamericanos y británicos en los años ochenta y noventa, parece que se ha asimilado con mucha prudencia.21 La historiografía francófona –especialmente los principales teóricos de la historia cultural en Francia– se mantuvo más bien escéptica, aunque presentó las principales claves del debate.22 En Alemania, los puentes entre la historia cultural y las corrientes posmodernas no se encuentran tanto entre los que trabajan sobre las estructuras narrativas de la historiografía como entre los historiadores que se identifican con la tradición más antigua de la semántica histórica.23 Los puntos de unión son más densos con los cultural studies –especialmente con el impulso de sus fundadores británicos–. Peter Burke recuerda que su Culture and Society in Renaissance Italy (1972) es un homenaje al Culture and Society (1958) de Raymond Williams. En este caso, la recepción es también mucho más débil en el seno de las historiografías francófonas.24 En Francia, sin ser totalmente ignorado, el debate interesa sobre todo a las disciplinas literarias y las ciencias de la comunicación.25
La institucionalización de la historia cultural sigue estando en pañales. Aunque es perceptible en el Reino Unido, Canadá, Finlandia y Francia, se aprecia poco en la mayor parte de las otras historiografías nacionales. Este volumen colectivo tiene como principal ambición permitir un mejor conocimiento de las diferentes formas de historia cultural. Esta historia comparada, jalón para futuras investigaciones, es también una llamada al diálogo y a la superación de los provincialismos y etnocentrismos historiográficos.
Philippe Poirrier
Peter Burke y Roger Chartier han animado esta iniciativa desde el origen del proyecto. Vaya para ellos mi caluroso agradecimiento. El director de la editorial universitaria de Dijon aceptó con entusiasmo la idea de una historia comparada. Gracias, igualmente, al equipo técnico de la editorial universitaria de Dijon, que hizo del manuscrito la obra que ahora presentamos a los lectores.
1. Pascal Ory: «L’Histoire culturelle de la France contemporaines, question et questionnement», Vngtième Siècle, Revue d’histoire 16, 1987, pp. 67-82; Roger Chartier: «Le monde comme representation)), Annales Esc 6, noviembre-diciembre 1989, pp. 1505-1520; Lynn Hunt (dir.): The New Cultural History, Berkeley, University of California Press, 1989; JeanPierre Rioux y Jean-François Sirinelli (dirs.): Pour une histoire culturelle, París, Seuil, 1997.
2. Hans-Ulrich Wehler: Die Herausforderung der Kulturgeschichte, Múnich, C. H. Beck, 1998; Ute Daniel: Kompedium Kulturgeschichte. Theorien, Praxis, Schüsselwörter, Fráncfort, Suhrkamp, 2001. Véase también la antología Christoph Conrad y Martina Kessel (eds.): Kultur & Geschichte. Neue Einblicke in die alte Beziehung, Stuttgart, Reclam, 1998.
3. Justo Serna y Anaclet Pons: La historia cultural, Madrid, Akal, 2005.
4. Philippe Poirrier: Les enjeux de l’histoire culturelle, París, Seuil, 2004; Pascal Ory: L’histoire culturelle, París, PUF, 2007 [2004]; Laurent Martin y Sylvain Venayre (dirs.): L’histoire culturelle du contemporain, París, Noueveau Monde éditions, 2005.
5. Alessandro Arcangeli: Che cos’è la storia culturale?, Roma, Carocci, 2007.
6. Peter Burke: What is Cultural History?, Cambridge, Polity Press, 2004, y Geoff Eley: A crooked line: from cultural history to the history of society, Ann Arbor, University of Michigan Press, 2005 (trad. cast. Una línea torcida. De la historia cultural a la historia de la sociedad, Valencia, PUV, 2008).
7. Victoria Bonnel y Lynn Hunt (dirs.): Beyond the cultural turn: new directions in the study of society and culture, Berkeley, University of California Press, 1999.
8. Para la historiografía francesa, véanse las recopilaciones: Roger Chartier: Cultural History. Between Practices and Representations, Cambridge, Polity Press-Cornell University Press, 1988; Roger Chartier: Culture écrite et société. L’ordre des livres (XIV-XVIIPsiècle), París, Albin Michel, 1996; Roger Chartier: Au bord de la falaise. L’histoire entre certitudes et inquiétude, París, Albin Michel, 1998; Jean-Yves Mollier: La lecture et sespublics. Essais d’histoire culturelle, París, PUF, 2001; Jean-François Sirinelli: Comprendre le XX1 siècle français, París, Fayard, 2005; Jean-Pierre Rioux: Au bonheur la France. Des Impressionistes à de Gaulle, comment nous avons su être hereux, París, Perrin, 2004, y Pascal Orly: La culture comme aventure. Treize exercises d’histoire culturelle, París, Complexe, 2008.
9. El comité directivo da testimonio de la voluntad de representación de las diferentes sensibilidades y de las historiografías nacionales.
10. Roger Chartier: «New Cultural History», en Joachim Eibach y Günther Lottes (dirs.): Kompas der Geschichtswissenschaft. Ein Handbuch, Gotinga, Vandenhoeck und Ruprecht, 2002, pp. 192-202. La cita se ha tomado de la versión francesa de este texto: «La nouvelle histoire culturelle existe-t-elle?», Cahiers du Centre de recherches historiques 31, abril de 2003, p. 24.
11. Justo Serna y Anaclet Pons: La historia cultural, Madrid, Akal, 2005.
12. Por ejemplo: Geoff Eley: «De l’histoire sociale au “tournant linguistique” dans l’historiographie anglo-américane des années 1980», Genèses. Sciences sociales et histoire 7, marzo de 1992, pp. 163-193; Herman Lebovics: «Une “nouvelle histoire culturelle”? La politique de la différence chez les historiens américains», Genèses. Sciences sociales et histoire, septiembre de 1995, pp. 116-125; William Scout: «Cultural History, French Style», Rethinking History 3-2, verano de 1999, pp. 197-215; Jean-François Sirinelli: «La historia cultural en Francia», en René Rémond, Javier Tusell, Benoît Pellistrandi y Susana Sueiro (dirs.): Hacer la historia del sigloXX, Madrid, Casa de Velázquez, 2004, y Philippe Poirrier: «L’histoire culturelle en France. Retour sur trois itinéraires: Alain Corbin, Roger Chartier et Jean-François Sirinelli», Cahiers d’histoire. La revue du département d’histoire de l’Université de Montréal 2, invierno de 2007, pp. 49-59.
13. Benoît Pellistrandi y Jean-François Sirinelli (dirs.): L’histoire culturelle en France et en Espagne, Madrid, Casa de Velázquez, 2008. Véase también Pascal Ory: «L’histoire culturelle a une histoire», en Laurent Martin y Sylvain Venayre (dirs.): L’histoire culturelle du contemporain, París, Nouveau monde éditions, 2005, pp. 55-74.
14. Michel Espagne (ed.): «Histoire culturelle», Revue germanique internationale 10, 1998.
15. Edward Berenson y Nancy Gree: «Quand l’Oncle Sam ausculte l’Hexagone: les historiens américains et l’histoire de la France», Vingtième siècle, revue d’histoire, n.° 88, 2005, pp. 121-131. Laura Lee Downs y Stéphane Gerson (dirs.): Pourquoi la France? Des historiens américains racontent leer passion pour l’Hexagone, París, Senil, 2007. Especialmente, las aportaciones de Gabrielle Spiegel, Lynn Hunt, Edgard Berenson y Herman Lebovics, así como del epílogo de Roger Chartier.
16. Desde hace algunos años la lista de profesores constituye una muestra de esto: Judith Lyon-Caen («French Literature & Society: The 19th Century», 2008), Pascal Ory («Topics in French Cultural History: What is a Nation?», 2007), Dominique Kalifa («Cultural History of France. The Enquete –History, literature, and Society in the 19th Century», 2007), Frederique Matonti («French Politics, Culture & Society: The left in France since 1945», 2006), Emmanuelle Loyer («French cultural History», 2006), Elikia M’Bokolo («Topics in French Culture and Society», 2006), Anne-Marie Thiesse («Cultural History of France: Approaches to Literature», 2002) y Chistophe Prochasson («French Cultural History since 1870», 2002).
17. Un balance historiográfico: Laura Lee Downs: Writing Gender History, Londres, Hodder Arnold, 2004. Sobre la situación francesa: Françoise Thébaud: Écrire l’histoire des femmes et du genre, Lyon, Ens Editions, 2007 [1998], y Michèle Riot-Sarcey: «L’historiographie française et le concept de “genre”», Revue d’histoire moderne et contemporaine 47-4, 2000, pp. 805-814.
18. Hans Erich Bodeker (dir.): Histories du livre. Nouvelles orientations, París, IMEC Editions-Editions de la Maison des sciences de l’homme, 1995; Jaques Michon y JeanYves Mollier (dirs.): Les mutations du livre et de l’édition dans le monde du XVIIF siècle à l’an 2000, Québec-París, Presses de l’université Laval-L’Harmattan, 2001, y Martyn Lyons, Jean-Yves Mollier y François Valloton (dirs.): Histoire nationale ou histoire international du livre et de l’édition? Un débat planétaire, Québec, Nota Bene, 2008.
19. Dominique Kalifa: «L’histoire culturelle contre l’histoire sociale?», en Martin Laurent y Venayre Sylvain (dirs.): L’histoire culturelle du contemporain, París, Nouveau Monde Editions, 2005, pp. 75-84; Christoph Conrad: «Die Dynamik der Wenden. Von der neuen Sozialgeschichte zum cultural turn», en Jürgen Osterhammel, Dieter Langewiesche y Paul Nolte (eds.): Wege der Gesellschaftsgeschichte (=Geschichte und Gesellschaft, Sonderheft 22), Gotinga, Vanderhoeck & Ruprecht, 2006, pp. 133-160.
20. Sudhir Hazareesingh: «L’histoire politique face à l’histoire culturelle: état des lieux et perspectives», La Revue Historique 642, 2007, pp. 355-368.
21. Cuatro resultados diferenciados: Ignacio Olabarri y Francisco Javier Caspistegui (dirs.): La «nueva» historia cultural: la influencia del postestructuralismo y el auge de la interdisciplinariedad, Madrid, Editorial Complutense, 1996; Victoria Bonnel y Lynn Hunt (dirs.): Beyond the cultural turn: new directions in the study of society and culture, Berkeley, University of California Press, 1999; Elizabeth A. Clark: History, Theory, Text: Historians and the linguistic Turn, Cambridge, Harvard University Press, 2004, y Gabrielle Spiegel (ed.): Practicing History. New Directions in Historical Writing after the Linguistic Turn, Londres, Routledge, 2005.
22. François Dosse: La marche des idées. Histoire des intellectuels, historie intellectuelle, París, La Découverte, 2003, pp. 207-226.
23. Jörg Fisco: «Zivilisation, Kultur», en Otto Brunner, Werner Conze y Richard Koselleck (dirs.): Geschichtliche Grundbegriffe. Historisches Lexikon zur politisch-sozialen Sprache in Deutschland, Stuttgart, E. Klett, 1992, pp. 679-774. Véase también Geoff Eley: «Problems with Culture: German History after the Linguistic Turn», Central European History 31-3, 1998, pp. 197-227.
24. Véase especialmente el encuentro organizado en la Maison française de Oxford, en junio de 2006, y que permite confrontar el punto de vista de historiadores franceses e ingleses; «Comment écrire l’histoire contemporaine en huit questions?», Vingtième Siècle, revue d’histoire 92, 2006.
25. Véase, por ejemplo, Eric Maigret y Eric Macé (dirs.): Penser les médiacultures. Nouvelles pratiques et nouvelles approches de la représentation du monde, París, Armand Colin, 2005, y Bernard Darras (dir.): «Etudes Culturelles & Cultural Studies», Médiation et Information 24-25, 2007.
«NADA DE CULTURA, SE LO RUEGO,
SOMOS británicos». LA HISTORIA CULTURAL
EN GRAN BRETAÑA ANTES Y DESPUÉS DEL GIRO
Peter Burke
Lo que sigue está concebido como un esbozo de historia cultural de la historia cultural en Gran Bretaña, dejando claro que existen diferencias significativas en la manera en que la historia cultural se ha practicado en distintos lugares, y que optamos por describir estas diferencias en términos de carácter, de estilo regional o, como Norbert Elias y Pierre Bourdieu, en términos de habitus1
Desde un punto de vista comparatista, lo que llama la atención en este caso es el vigor y la longevidad de la resistencia británica a la cultura, es decir, a la idea de cultura, a pesar de los casos citados por Raymond Williams y, por supuesto, pese al ejemplo que él mismo dio.2 Conviene, naturalmente, mantenerse prudentes cuando se emplea el estereotipo de la resistencia inglesa a las ideas.3 Pues, a pesar de todo, existe una tradición de individualismo metodológico y un recelo respecto a conceptos imprecisos, como el de Zeitgeist o la Sociedad, con una S mayúscula (esto se puede constatar desde Herbert Spencer a Margaret Thatcher, quien declaró que lo que llamamos Sociedad no existe). El concepto de cultura a menudo se ha considerado como aún más impreciso que el de sociedad. Desde hace mucho tiempo, por ejemplo, la antropología social británica se diferencia de la antropología cultural americana.
Abordaremos en la sección que sigue algunas notorias excepciones a las generalizaciones que conciernen a la historia de la cultura de la primera mitad del siglo xx. La segunda parte se refiere al período de 1950-1980, dominado, además de otros, por los historiadores sociales marxistas. La última parte tratará sobre el giro cultural, un largo período que todavía no ha terminado.
Antes de 1950
En comparación con sus colegas de Francia y Alemania, los historiadores británicos del siglo xix apenas manifestaron interés por la historia de la cultura (o de la civilización, término utilizado en inglés, a diferencia del alemán, como sinónimo virtual de cultura). No obstante, la Histoire de la civilisation. de François Guizot, se tradujo en 1846 y Kultur der Renaissance, de Jacob Burckhardt, en 1878. Los principales émulos de Guizot y de Burckhardt en Gran Bretaña fueron dos gentlemen eruditos, Henry Buckle, autor de History of Civilization in England (1875), y John Addington Symonds, que publicó siete volúmenes sobre The Renaissance in Italy (1875-1886).
En la primera mitad del siglo xx las aportaciones que reivindican explícitamente la historia cultural son todavía escasas. En los años treinta se publicó una serie de obras breves en Cresset Press, pero conviene señalar que el director de la colección, Charles Seligman, no era historiador, sino profesor de Etnología en la Universidad de Londres y que, además, las culturas escogidas resultaban, desde un punto de vista británico o europeo occidental, exóticas: se trataba de China, de Japón y de la India.4
Una aportación significativa a la historia cultural la trajeron los no especialistas, en este caso, críticos literarios y, especialmente, entre ellos, tres de Cambrigde: Leavis, Willey y Tillyard. Al polémico ensayo de F. R. Leavis sobre Mass Civilization and Minority Culture (1930), le siguió The SeventeenthCentury Background (1934), de Basil Willey, que describía la cultura inglesa en el siglo xvii como telón de fondo de su literatura, y Elizabethan World Picture (1934), de E. M. W. Tillyard, que presentaba del mismo modo el contexto de las obras de Shakespeare. Es también la época de Notes Towards the Definition of Culture (1948), de T. S. Eliot, donde el poeta-crítico propone una amplia definición antropológica del concepto.
Otra contribución importante fue la de los intelectuales judíos de la Europa central que se refugiaron en Inglaterra tras la llegada al poder de Hitler. El sociólogo Nobert Elias, por ejemplo, vivía en Londres cuando escribió su monumental estudio del proceso de civilización (principalmente en la antigua sala de lectura del British Museum), a pesar del hecho de que apenas era conocido en Inglaterra y de que había publicado su libro en el extranjero en 1939. El Instituto Warburg, principal centro de la Kulturwissenschaft, se trasladó de Hamburgo a Londres en 1933 y se integró en la Universidad de Londres en 1944. A pesar de todo, el Instituto siguió siendo un islote cultural, una especie de cuerpo extraño dentro de una universidad británica. Sólo poco a poco, los «exiliados de Hitler», especialmente los historiadores del arte como Edgar Wind, Rudolf Wittkower y Ernst Gombrich (todos ellos miembros del Instituto Warburg), comenzaron a ejercer su influencia en la vida intelectual de Gran Bretaña. Dos de estos exiliados, los marxistas húngaros Frederick Antal, autor de Florentine Painting and its Social Background (1947), y Arnold Hauser, autor de A Social History of Art (1951), consideraban que el arte formaba parte de una más vasta historia cultural o social.
Entre 1900 y 1950 dos importantes historiadores culturalistas están activos. Ambos nacieron en 1889, pertenecían a clases acomodadas, habían recibido una buena educación clásica y abrigaban fuertes sentimientos religiosos, cada uno a su manera. En una época en la que la práctica de la historia se profesionalizaba, ninguno de los dos pertenecía al redil. Se llamaban Christopher Dawson y Arnold Toynbee.
Christopher Dawson, al igual que Buckle y Symonds, era un gentleman erudito, aunque tuvo una breve carrera universitaria en Exeter, en la Escuela Universitaria del Oeste de Inglaterra, donde enseñó «el desarrollo de la cultura europea» en 1925-1926. La relación entre religión y cultura le interesaba de manera especial y, en 1928, Dawson propuso un curso sobre el mundo antiguo y los albores de la cristiandad. Sin embargo, queda como su libro más importante The Making of Europe (1932), en el que examina el período comprendido entre los años 500 y 1000, poniendo el acento en la contribución de los «bárbaros» junto a la tradición clásica y la cristiana. Retrospectivamente, podemos considerar esta obra como un estudio del contacto cultural, de la interacción y de la «hibridación».
Al igual que Dawson, Arnold Toynbee conocía bien la obra de Oswald Spengler, pero sentía algunas reservas al respecto. Reaccionaba frente a lo que llamaba el «método germánico a priori» del Untergang, que contrastaba con su impecable «empirismo inglés». Su obra en varios volúmenes, Study of History (1934-1961), de la cual había escrito lo esencial durante su tiempo libre, cuando era director del Royal Institute for International Affairs, pretendía someter a examen la interpretación cíclica de la historia propuesta por Spengler, entregándose a investigaciones empíricas en el marco de veintiuna «civilizaciones» diferentes. Para Toynbee estas civilizaciones eran las protagonistas de la historia; estudiaba sus orígenes como reacciones frente a los «desafíos» planteados por el entorno, su «crecimiento» y, por encima de todo, las crisis que atravesaban y su decadencia. Si hemos de buscar una influencia filosófica importante en A Study of History, la de Bergson es evidente. Las referencias al «impulso vital» de las civilizaciones y al contraste entre lo mecánico y lo vivo abundan en el trabajo de Toynbee. No obstante, a medida que avanzaba el libro el autor llegó a hacer del progreso espiritual una excepción con respecto a sus leyes «cíclicas» de la historia.
La historia social de la cultura de 1950 a 1980
Los treinta años comprendidos entre 1950 y 1980 vieron el desarrollo de la historia social en Gran Bretaña, incluyendo la historia social de la cultura. A pesar de las diversas interpretaciones de la idea de historia social, podemos afirmar legítimamente que esta evolución ha estado pilotada, quizá incluso dominada, por los marxistas, que han ejercido su influencia en el pensamiento histórico británico de una manera absolutamente excepcional, teniendo en cuenta su número.5 Puede parecer paradójico hablar de una historia de la cultura marxista en la medida en que, para la mayoría de marxistas, la cultura no es más que una «superestructura», la guinda sobre el pastel. No obstante, tres de las más importantes contribuciones al dominio de la historia cultural en Gran Bretaña entre 1950 y 1980 vinieron de los marxistas: Joseph Needham, Raymond Williams y Edward Thompson, mientras que otro historiador marxista, Christopher Hill, declaraba que «toda la historia debería ser historia cultural y es, en ese caso, la mejor historia».6
En 1954 Joseph Needham publicó la primera parte de lo que había de convertirse en un estudio en varios volúmenes titulado Science and Civilization in China. Después de sus estudios de bioquímica, su pasión por la cultura china le llevó a convertirse en un historiador que dedicó su vida a atraer la atención de los occidentales sobre los descubrimientos de la ciencia china, situando estos logros en su contexto social y cultural. El primer volumen, que trata de este contexto, insiste en el aislamiento y la consiguiente originalidad de la cultura china. Describe, asimismo, las «condiciones de viaje» tanto de las ideas como de las técnicas. No se puede decir que la obra de Needham haya tenido un gran impacto en los historiadores británicos del ámbito universitario que, en su mayoría, se interesaban tan poco por la ciencia como por China. A pesar de todo, al igual que la obra igualmente monumental de Toynbee titulada Study of History, el texto de Needham resulta la contribución más importante hecha en el siglo xx en Gran Bretaña en el dominio del conocimiento y la comprensión de la historia.
Para Needham el marxismo era, sobre todo, un armazón que utilizaba para estructurar su libro, sin suscitar, no obstante, un debate serio. Por su parte, Williams y Thompson no paraban de debatir y replantearse sus posiciones teóricas.
Raymond Williams era discípulo del crítico F. R. Leavis. Su formación literaria le había animado a criticar el concepto de superestructura, pero su encuentro con el marxismo, especialmente con las ideas de Antonio Gramsci, Georg Lukács y Lucien Goldmann, le llevó a acercarse a la historia cultural. Williams, cuyas clases apasionaban a su auditorio tanto en la universidad como fuera de ella, redactó Culture and Society: 1780-1950 (1958), célebre estudio de la idea de cultura, así como The Country and the City (1973), historia de la tradición pastoril (más exactamente de los estereotipos sobre la ciudad y el campo, tal como se encuentran en la literatura). Esta historia fue considerada un estudio de caso en lo que William gustaba de llamar «estructuras de sentimientos», expresión que utilizaba para describir los estilos locales o los sobreentendidos no dichos que sólo son patentes para los que son «ajenos a la comunidad» (para un antropólogo, podríamos decir).7 Junto con Richard Hoggart (y, un poco más tarde, con Stuart Hall), Williams fundó el movimiento para los «Estudios culturales» en Gran Bretaña. Se advertirá que ninguno de los tres fue en principio estudiante de historia, sino de literatura inglesa.
Incluso Edward Thompson, uno de los historiadores británicos más importantes del siglo xx, inició su carrera estudiando Lengua inglesa en la Universidad de Cambrigde. Thompson, conferenciante carismático y original e imaginativo historiador, tuvo aún más discípulos que Williams, a quien se asemejaba por su activismo político, su actividad secundaria de novelista, su búsqueda de una síntesis entre marxismo y tradición empirista británica, su rechazo de la idea de cultura como simple superestructura y su inclinación por la idea de «estructuras de sentimientos».8
Thompson abrigaba sentimientos encontrados respecto a la palabra cultura. Su marxismo le llevaba a desconfiar de la idea, que implicaba «una invocación algo fácil de consensuar» y desviaba la atención de las «contradicciones sociales y culturales». No deseaba trabajar en lo que llamaba la «atmósfera enrarecida de las “significaciones, las actitudes y los valores”».9 Por otra parte, su obra The Making of the English Working Class (1963), que presenta la noción de clase como «formación cultural» y social, dice mucho sobre el papel de la literatura, de las imágenes y, por encima de todo, de la religión en el despertar de la conciencia de los trabajadores. Por su parte, Customs in Common, de Thompson, selección de artículos escritos esencialmente entre los años sesenta y setenta, hace constantemente referencia a la «cultura educada», la «cultura plebeya», la «cultura intelectual», etc.10
Sería erróneo, sin embargo, creer que los marxistas han monopolizado la historia cultural en Gran Bretaña. El trabajo de los antropólogos constituyó otra fuente de inspiración. En Religión and the Decline of Magic (1971), obra subtitulada «estudios de las creencias populares», Keith Thomas reconoce explícitamente su deuda intelectual con Edward Evans-Pritchard.11 Los marxistas Edward Thompson y Eric Hobsbawm se interesaron igualmente por la antropología, lo que los animó a abordar seriamente los rituales, desde la cencerrada y la venta de mujeres hasta las ceremonias de iniciación vinculadas con las sociedades secretas.12 Sin embargo, en el surgimiento actual de la «antropología histórica» como variedad significativa de la historia cultural, fue Thomas el que tuvo un papel decisivo, con la ayuda de Jack Goody, procedente del campo de la antropología, y de Alan Macfarlane, que se instaló a medio camino entre ambos.13
En el estudio del Renacimiento no se podía evitar el interés por la historia cultural, siguiendo o no los modelos tradicionales propuestos por Burckhardt y Symonds. En el Oxford de los años cincuenta, dominado por los historiadores políticos y económicos, existía una especialidad del «Renacimiento italiano». En Londres, el Instituto Warburg comenzaba a ser conocido, especialmente gracias a su carismático director, Ernst Gombrich. En 1969 Gombrich publicó un polémico ensayo titulado In Search of Cultural History, que arremetía contra la idea de Zeitgeist (que él asociaba con Hegel, Burckhardt y marxistas como Antal o Hauser) y recomendaba centrarse en las convenciones y los movimientos culturales. En 1972 la revista de los institutos Warburg y Courtauld, asegurando que intentaba servir de guía a los colaboradores potenciales, aludía a ellos en términos de «historiadores culturalistas», una adaptación libre o un amansamiento de la Kulturwissenschaft preconizada y practicada por el propio Warburg. Se podría sugerir que, al igual que exiliados célebres como Gombrich de alguna manera se anglicanizaban, culturalmente hablando, los intelectuales británicos se germanizaban un poco más.
Michael Baxandall, por ejemplo, joven colega de Gombrich (que había sido alumno de F. R. Leavis en Cambridge), publicó un estudio sobre el Renacimiento que evitaba el enfoque marxista, pero que examinaba la pintura del Renacimiento a la manera de Warburg, integrándola en un contexto cultural más amplio. Painting and Experience in Fifteenth-Century Italy (1972) pretendía encontrar lo que el autor llamaba «el ojo del período», una noción que incluía las «expectativas» del espectador, pertenecientes al ámbito de un «conjunto de esquemas, de categorías y de métodos deductivos» extraídos de actividades cotidianas como la danza, los sermones o la medida del volumen de un tonel. En conclusión, sugería que «Piero Della Francesca tiende hacia una suerte de pintura comedida, Fra Angelico, hacia una pintura próxima al sermón y Botticelli, hacia una suerte de pintura danzada».14 Podríamos describir su obra como una antropología histórica del arte del Renacimiento o, más exactamente, de la «cultura visual» (la expresión no había sido utilizada todavía, pero el libro contribuyó a popularizar este enfoque).
Aproximadamente al mismo tiempo, a principios de los años setenta, otro especialista del Renacimiento, John Hale, cuyo libro más reciente, Civilizations of Europe in the Renaissance (1994), se inspiraba en Burckhardt, reunió una serie de estudios de historia cultural por encargo del editor B. T. Batsford donde un cierto número de autores eligieron el título de «Cultura y sociedad» (en mi caso, al menos, como homenaje deliberado a Raymond Williams).15
Sin embargo, la obra más destacable de historia cultural publicada durante este período fue, sin duda, The Making of the Middle Ages de Richard Southern (1953). Al igual que Christopher Dawson, Southern mostraba interés en la formación de Europa, aunque en una época algo más reciente, los siglos xi y xii. Mientras que la mayoría de los otros medievalistas trabajaban en la historia de las instituciones (políticas, eclesiásticas o económicas), Southern exploraba la literatura, la filosofía y el arte: por ejemplo, el paso de lo épico a lo novelesco, el desarrollo en las universidades del estudio de la lógica y la sustitución de las representaciones de Cristo como Dios en la cruz por imágenes de un hombre que sufre. El argumento central de Southern era que las tendencias que él tan claramente describía reflejaban un cambio más general de actitudes con respecto a la vida y que «estos cambios del pensamiento y del sentimiento» dependían de factores económicos y políticos, de «la lenta reconstrucción del orden político y la aceleración sin precedentes de la actividad económica». Su posición se aproximaba, por tanto, a la de Hale o a la de Baxandall, o incluso a lo que afirmaban los marxistas coetáneos, Thompson y Williams, o Christopher Hill, su colega en el Balliol College.
El giro cultural
1983 puede simbolizar el fin de una era historiográfica y el comienzo de otra. En Gran Bretaña fue el año de la publicación de cuatro importantes estudios en el dominio de la historia cultural.
Man and the Natural World, de Keith Thomas, estudia las nuevas actitudes con respecto al medio ambiente en Inglaterra al principio de la época moderna. Curiosamente para su época, Man and His Natural World hizo poco caso de la teoría cultural (especialmente de la antropología de Claude Lévi-Strauss, Edmund Leach, Mary Douglas y Marshall Sahlins). La obra sugiere que el «nuevo interés por el campo» es el resultado de la urbanización. Paralelamente, permite que se afiance «una consideración cada vez más sentimental con respecto a las bestias, que se convierten en animales de compañía», puesto que los animales salvajes ya no representan una amenaza y las máquinas han tomado el relevo como fuente de energía.
Languages of Class de Gareth Stedman Jones, controvertida recopilación de ensayos sobre las clases trabajadoras en Inglaterra (así como algunas reacciones publicadas respecto a la obra), representa la manera en que cambiaban las actitudes en esa época. Mientras trabajaba en la preparación de una historia del cartismo, movimiento político popular de principios del siglo xix, el autor abandonó sus ideas preconcebidas respecto a la determinación social de las acciones y las actitudes, e incluso la idea de que lo social «preexistía a su articulación en el lenguaje». Su libro representa un intento de superar las intuiciones de Edward Thompson en la época del «giro lingüístico».16
Otros dos libros publicados en 1983 ejercerían aún más influencia: Imagined Communities, de Benedict Anderson, y The Invention of Tradition, recopilación de ensayos reunidos por Eric Hobsbawm y Terence Ranger. El hecho de que Anderson (hermano de Perry Anderson) y Hobsbawm fueran ambos marxistas pone de manifiesto la continuidad de este período con respecto a la época de Williams y Thompson, quienes, de todos modos, continuaron trabajando en los años ochenta. Por otra parte, el énfasis que estas dos obras ponían en la imaginación y la invención marca una ruptura con respecto a la historia marxista anterior. Retrospectivamente, ésta les confiere un aspecto «posmoderno» –mucho más de lo que Hobsbawm, al menos, hubiera queridoy ayuda a explicar el considerable éxito que cosecharon en el ámbito universitario.
A partir de 1983 se publicaron en Gran Bretaña estudios excepcionales sobre la historia cultural. Mis preferidos incluyen los cinco siguientes. The Embarrassment of Riches (1987) de Simon Schama, propone una interpretación de la cultura neerlandesa del siglo xvii (entendiendo la palabra cultura en su sentido antropológico, y no con C mayúscula, como subraya el autor de manera repetida) que pone de manifiesto la necesidad que tiene una nación nueva de encontrar símbolos de identidad. The Body and Society (1988), de Peter Brown, se inspira igualmente en la antropología en su intento de reconstruir el «tono moral» de la sociedad y, especialmente, los «códigos de comportamiento» sexuales antes y después de la llegada del cristianismo en el mundo antiguo, subrayando el paso de la contención a la renuncia. Victorian Things (1988), de Asa Briggs, seguida de sus otras obras Victorian People y Victorian Cities, contribuyó a relanzar el estudio de la cultura material entre los historiadores británicos. The Making of Europe (1993), de Robert Bartlett, continúa la historia contada por Christopher Dawson y Richard Southern (de quien el autor fue alumno) poniendo un acento nuevo en las fronteras, la conquista y la colonización. The Pleasures of the Imagination (1997), de John Brewer, describe y analiza el desplazamiento del centro de la cultura elitista desde la corte a la ciudad en la Inglaterra del siglo xviii, cuando el comercio adquiría nueva importancia en la sociedad.
No obstante, el interés por este tipo de historia ha crecido tan rápido y de tal manera que, en este capítulo, es preferible dejar de lado el estudio de algunos casos célebres para abordar un debate de las instituciones y las tendencias.
En 1980 prácticamente ningún título en la universidad británica contenía la expresión «historia cultural». Cuando fui nombrado «profesor de historia cultural» en Cambridge en 1988 era todavía el único, como señaló Keith Thomas poco después.17 Desde entonces estos títulos se han hecho más comunes. En Swansea se ha creado una cátedra Raymond Williams de Historia cultural, mientras que existen profesores de historia cultural, entre otras, en las universidades de York, Lancaster y Manchester. De todos modos, muchos docentes universitarios que no tienen este título se describen ahora oficialmente como historiadores culturalistas.
Si adoptamos el punto de vista del estudiante, ahora es posible obtener una licenciatura en Historia cultural en la Universidad de Aberdeen. Existen estudios universitarios de máster en Historia cultural en Liverpool, Manchester, en el Goldsmith College y en el Queen Mary en Londres. El Instituto Warburg ofrece un máster en «historia cultural e intelectual». Se ha puesto en marcha un centro interuniversitario de historia cultural de Bizancio. La Sociedad de Historia Social llama a su revista Cultural and Social History.
Hemos de preguntarnos qué aporta este reconocimiento público de la historia cultural al pensamiento histórico y a las investigaciones que declaran su adscripción a ella en Gran Bretaña. Algunas cuestiones históricas que se planteaban en términos de «sociedad» se ven ahora desde el punto de vista de la «cultura», de la lengua y del imaginario. Los estudios sobre la brujería, por ejemplo, se interesaban sobre todo por la posición que ocupaban en la sociedad el acusado y los acusadores. Ahora tenderemos en mayor medida a presentar la brujería como parte del imaginario cultural, como un lenguaje mediante el cual se renegocian las relaciones sociales.18
Este cambio se inscribe en un abandono más generalizado de las explicaciones sociales «duras» en favor de la idea, más «blanda», de construcción cultural. Esta evolución es igualmente visible en el dominio de la historia política. Los historiadores de la política se sitúan normalmente en el ala más conservadora de la profesión. Sin embargo, algunos de ellos admiten y utilizan ahora el concepto de cultura política. Encontramos incluso algunos que aspiran a reescribir la historia política como historia cultural.19 Otros, que prefieren quizá evitar este concepto, trabajan sobre las imágenes de la realeza, entre ellos Sydney Anglo, un antiguo doctorando del Instituto Warburg cuya carrera ilustra las vinculaciones entre una historia cultural más antigua y la nueva.20
Algunos historiadores de las religiones van en la misma dirección. El análisis de la «religión tradicional» propuesto por Eamon Duffy21 le otorga un lugar importante a las imágenes, los rituales y las creencias. Bob Scribner22 y Andrew Pettegree23 han escrito sobre los diversos modos mediante los cuales se propagó el mensaje de la Reforma. Lo que Peter Lake24 había imaginado como una historia de panfletos religiosos llegó a incluir también el teatro.
Se puede percibir un giro cultural similar en la historia de las ciencias. La revista Science in Context, fundada en 1987, ha publicado escritos de numerosos docentes universitarios británicos, como Simon Schaffer. En 1996 los autores de un estudio colectivo sobre la historia de la historia natural optaron por abordar el tema como lo harían los historiadores culturalistas y titularon su obra «Las Culturas de la historia natural».25 El trabajo de Ludmila Jordanova asocia la historia de la medicina, la de los géneros y la de la representación visual.26
De manera más generalizada podemos decir que la afirmación de Raymond Williams, según la cual «la cultura es algo ordinario», aunque pareciese sorprendente o grosera cuando la formuló en los años cincuenta, es ahora ampliamente aceptada por los historiadores. Esto explica que se interesen cada vez más por Clifford Geertz y elijan «la cultura cotidiana» como campo de investigación, incluyendo temas como el cuerpo, la alimentación, el vestido, la vivienda, el espacio, los ruidos y los olores, al igual que prácticas como el consumo, la danza, la lectura, el habla, los viajes y las prácticas rituales. El efecto de los medios de comunicación en la vida cotidiana se pone de manifiesto por medio de la utilización regular de expresiones como «la cultura oral», «la cultura literaria», «la cultura de lo impreso» y «la cultura de la información», que expresan la idea de que la historia de la lectura, por ejemplo, «es también la historia de la cultura en la cual ésta se inscribe».27
Sin duda, el ejemplo que mejor ilustra este reconocimiento creciente de la disciplina en Gran Bretaña –que algunos se sentirán tentados de llamar una nueva modalo constituye el número cada vez más creciente de libros titulados o subtitulados «historia cultural»: la historia cultural del miedo,28 del embarazo,29 del pene,30 de los Alpes,31 de la princesa Diana.32 Otras obras han descrito o interpretado «la cultura de la fábrica»,33 «las culturas de la revuelta»,34 «la cultura de la cortesía»,35 «las culturas de los coleccionistas»,36 «la cultura del secreto»,37 «la cultura de la persuasión»38 e incluso «la cultura del seguro de vida».39
En resumen, el término cultura e incluso la versión en plural, culturas, ahora forman parte del inglés cotidiano. A finales de los años cincuenta, cuando el novelista e investigador C. P. Snow40 describía las ciencias y las humanidades como «dos culturas», la expresión podía todavía chocar. Por otra parte, en los años noventa, un antropólogo alemán41 que realizaba investigaciones en un barrio multiétnico de Londres destacaba que cultura, la palabra favorita del antropólogo, estaba en los labios de todos sus informadores, ya fueran jamaicanos, irlandeses, sijes o musulmanes. El desarrollo de la historia cultural forma parte ahora de un movimiento cultural más amplio.
Las particularidades de los ingleses42
Estas páginas cuentan, entre otras cosas, la historia del desmoronamiento de la insularidad británica en una era de globalización cultural, así como el declive progresivo de lo que podríamos llamar la «cultura del empirismo». El supuesto «giro cultural» es un fenómeno international, quizá incluso global, un tournant mondial.43 La historia cultural que se practica en Gran Bretaña se parece mucho a la historia cultural practicada en cualquier otra parte, principalmente en Estados Unidos. La resistencia frente a las ideas extranjeras, especialmente francesas, ha disminuido poco a poco. Las teorías de Foucault y de Bourdieu son hoy mejor aceptadas en Gran Bretaña de lo que lo habían sido por la generación anterior a ésta.44 Los historiadores de la lectura citan ahora con asiduidad la obra de Chartier. La antropología social se practica en Oxford y Cambridge de igual modo que en París y en Princeton. Incluso la idea de una historia de las «mentalidades» no parece tan extraña como en la época en la que Edward Thompson insistía en escribir sobre las mentalités45 para subrayar el carácter extranjero del concepto.46 La historia cultural británica no está ya dominada ni por los marxistas ni por los críticos literarios.
Así pues, ¿persiste una característica específicamente británica? Un lector de este volumen que haga comparaciones con los capítulos sobre Francia y
Alemania puede sugerir la observación de que quedan bolsas de resistencia a la teoría. Por otra parte, una comparación con la «nueva historia cultural» en Estados Unidos podría poner de manifiesto la ausencia relativa de interés por la cuestión étnica entre los historiadores británicos, a pesar de los últimos cincuenta años de inmigración que acabamos de vivir. Sin embargo, la situación está a punto de cambiar. Las publicaciones recientes sugieren que la identidad británica –¿deberiamos decir inglesa?se convierte en un tema que interesa ahora a los historiadores culturalistas británicos, lo que nos remite al debate sobre el carácter nacional del habitus con el que comenzaba este capítulo.47
1. Nathan Reingold: «The Peculiarities of the Americans, or Are There National Styles in the Sciences?), Science in Context 4, 1991, pp. 347-366.
2. Raymond Williams: Culture and Society 1780-1950, Chatto and Windus, 1958.
3. Stefan Collini: Absent Minds: Intellectuals in Britain, Oxford, OUP, 2006, p. 70.
4. George B. Samson: Japan: a Short Cultural History, Londres, Cresset Press, 1931; C. P. Fitzgerald: China: a short Cultural History, Cressett Press, 1935; Hugh G. Rawlinson: India: a Short Cultural History, Cressett Press, 1937.
5. En sus comienzos, la influyente revista Past and Present (fundada en 1952) estuvo dirigida por antiguos miembros del grupo de historiadores del Partido Comunista (particularmente, Christopher Hill, Rodney Hilton, Eric Hobsbawm y Edward Thompson). Dada la relativamente débil atención suscitada por el Partido Comunista en la vida pública británica, la influencia de este grupo merece una explicación.
6. Christopher Hill: Collected Essays, vol. 3, Brighton, Harvester Press, 1986, p. 7.
7. Sobre «Structures of Feeling», véase Raymond Williams: The Long Revolution, Harmondsworth, Penguin, 1965 [1961], p. 64.
8. Edward Thompson: The Making of the English Working Class, Londres, Gollancz, 1963, p. 194.
9. Edward Thompson: Customs in Common, Harmondsworth, Penguin, 1993 [1991], pp. 6-7.
10. Ibíd., pp. 64, 260, 352.
11. Robert Malcolmson: Popular Recreations in English Society, 1700-1850, Cambridge, CUP, 1973; Douglas Hay et al.: Albion s Fatal Tree: Crime and Society in Eighteenth-Century England, Londres, Allen Lane, 1975; Peter Burke: Popular Culture in Early Modern Europe, Londres, Harper Collins, 1978.
12. Edward Thompson: «Anthropology and the Discipline of Historical Context», Midland History 1, 1971-1972, pp. 41-55; Eric Hobsbawm: Primitive Rebels, Manchester, Manchester UP, 1959.
13. Jack Goody (dir.): Literacy in Traditional Societies, Cambridge, CUP, 1968; Alan Macfarlane: The Family Life of Ralph Josselin, a Seventeenth-Century Clergyman: an Essay in Historical Anthropology, Cambridge, CUP, 1970.
14. Michael Baxandall: Painting and Experience in Fifteenth-Century Italy, Oxford, OUP, 1972, pp. 32 y 152.
15. David Maland: Culture and Society in Seventeenth-Century France, Londres, Batsford, 1970; F. W. J. Hemmings: Culture and Society in France 1848-1898, Batsford, 1971; John Larner: Culture and Society in Italy, 1290-1420, Batsford, 1971; Peter Burke: Culture and Society in Italy, 1420-1540, Batsford, 1972.
16. Gareth Stedman Jones: Languages of Class: Studies in English Working-Class History 1832-1982, Cambridge, CUP, 1983, p. 7.
17. Keith Thomas: «Ways of Doing Cultural History», en Rik Sanders et al. (dirs.): Balans and Perspectief van de nederlandse cultuurgeschiedenis, Amsterdam, Rodopi, 1991, pp. 60-65.
18. Stuart Clark: Thinking with Demons: the Idea of Witchcraft in Early Modern Europe, Oxford, OUP, 1997; Lyndal Roper: Witch Craze: Terror and Fantasy in Early Modern Germany, New Haven/Londres, Yale UP, 2002.
19. Colin Lucas (dir.): The Political Culture of the French Revolution, Oxford, Pergamon Press, 1988; Kevin Sharpe: Remapping Early Modern England: the Culture of SeventeenthCentury Politics, Cambridge, CUP, 2000; Alastair Bellany: The Politics of Court Scandal in Early Modern England: News Culture and the Overbury Affair, 1603-60, Cambridge, CUP, 2002.
20. Sydney Anglo: Images of Tudor Kingship, Londres, Seaby, 1992; cf. David Howarth: Images of Rule: Art and Politics in the English Renaissance, 1485-1649, Basingstoke, Macmillan, 1997.
21. Eamon Duffy: The Stripping of the Altars: Tradicional Religion in England 14001580, New Haven/Londres, Yale UP, 1992.
22. R. W. Scribner: For the Sake of Simple Folk: Popular Propaganda for the German Reformation, Oxford, OUP, 1994 [1981].
23. Andrew Pettegree: Reformation and the Culture of Persuasion, Cambridge, CUP, 2005.
24. Peter Lake: The Antichrist’s Lewd Hat: Protestants, Papists and Players in Post-Reformation England, New Have/Londres, Yale UP, 2002.
25. Nicholas Jardine, James Secord y Emma Spary (dirs.): Cultures of Natural History, Cambridge, CUP, 1996.
26. Ludmila Jordanova: Sexual Visions: Images of Gender in Science and Medicine between the Eighteenth and Twentieth Centuries, Madison, University of Wisconsin Press, 1989.
27. James Raven, Helen Small y Naomi Tadmor: «Introduction» a su selección de artículos The Practice and Representation of Reading in England, Cambridge, CUP, 1996, p. 21; cf. Adrian Johns: The Nature of the Book: Print and Knowledge in the Making, Chicago, Chicago UP, 1998, y Adam Fox: Oral and Literate Culture in England, 1500-1700, Oxford, OUP, 2000.
28. Joanna Bourke: Fear: a Cultural History, Londres, Reaktion Books, 2005.
29. Clare Hanson: A Cultural History of Pregnancy, Basingstoke, Palgrave, 2004.
30. David M. Friedman: A Mind of Its Own: a Cultural History of the Penis, Londres, Robert Hale, 2002.
31. Andrew Beattie: Alps: a Cultural History, Oxford, oup, 2006.
32. Jude Davies: Diana: a Cultural History, Basingstoke, Palgrave, 2001.
33. Patrick Joyce: Work, Society and Politics: the Culture of the Factory in Later Victorian England, Cambridge, CUP, 1980.
34. Robert Lumley: Status of Emergency: Cultures of Revolt in Italy from 1968 to 1978, Londres, Verso, 1990.
35. Lawrence E. Klein: Shaftesbury and the Culture of Politeness, Cambridge, CUP, 1994.
36. John Elsner y Roger Cardinal (dirs.): The Cultures of Collecting, Londres, Reaktion Books, 1995.
37. David Vincent: The Culture of Secrecy: Britain 1832-1998, Oxford, OUP, 1998.
38. Andrew Pettegree: Reformation and the Culture of Persuasion, Cambridge: CUP, 2005
39. Geoffrey Clark: Betting on Lives. The Culture of Life Insurance, 1695-1775, Manchester, Manchester UP, 1999.
40. C. P. Snow: The Two Cultures and the Scientific Revolution, Cambridge, CUP, 1959.
41. Gerd Baumann: Contesting Culture: Discourses in Identity in Multi-Ethnic London, Cambridge, CUP, 1996.
42. Cf. Edward Thompson: «The peculiarities of the English», en Ralph Liliband y John Savile (dirs.): The Socialist Register 2, 1965.
43. N. del T.: en francés en la versión original inglesa.
44. Uno de los casos raros en los que un historiador británico conocido que elogie a Foucault en los años ochenta es el de Peter Brown: The Body and Society, Londres, Faber and Faber, 1988, pp. xvii y 9.
45. N. del T.: en francés en la versión inglesa.
46. Thompson: Customs in Common, cit., pp. 2, 7 y 260. Compárese, por ejemplo, con Malcolm Gaskill: Crimes and Mentalities in early Modern England, Cambridge, CUP, 2000.
47. Linda Colley: Britons: Forging the Nation, 1707-1837, New Haven/Londres, Yale UP, 1992; Brendan Bradshaw y Peter Roberts (dirs.): British Consciousness and Identity: the Making of Britain, 1533-1707, Cambridge, CUP, 1998: Collin Kidd: British Identities Before Nationalism, Cambridge, CUP, 1999; Paul Langford: Englishness Identified: Manners and Characters, 1650-1850, Oxford, OUP, 2000; Peter Mandler: The English National Character, New Haven/Londres, Yale UP, 2006.
LA HISTORIA CULTURAL EN FRANCIA:
«UNA HISTORIA SOCIAL DE LAS REPRESENTACIONES»
Philippe Poirrier
Desde hace algunas décadas la historia cultural se proclama como tal dentro del paisaje historiográfico francés.1 Obras-manifiesto, números temáticos de revistas, síntesis, capítulos específicos en obras-balance, o incluso la creación de plazas con el perfil de «Historia cultural» en las universidades, dan testimonio de una institucionalización y, al mismo tiempo, de una mayor visibilidad.2
Hija emancipada de la historia de las mentalidades, la historia cultural se estructuró en el transcurso de los años ochenta y noventa en el entorno de un paisaje historiográfico marcado por el sello del eclecticismo.3 Su desarrollo, en esencia puramente francés, no excluye la consideración de transferencias procedentes de otras tradiciones historiográficas. Su voluntad manifiesta de aparecer como una forma de historia social constituye una singularidad francesa que la distingue de la Cultural History norteamericana y de los trabajos que remiten al Linguistic Turn y a los Cultural Studies.
Una historia hija de las mentalidades
La denominación de historia cultural se puede apreciar en Francia desde los años setenta, y se presenta esencialmente como una forma particular de salir de la historia de las mentalidades, tal como la concebían Robert Mandrou y Georges Duby. Éstos forjan la historia de las mentalidades basándose en los fundadores de los Annales. Lucien Febvre es la principal referencia, pero no hemos de olvidar al Marc Bloch de los Rois thaumaturges. La Introduction à la France moderne, essai de psychologie historique (1961), de Robert Mandrou, proclama abiertamente esta filiación intelectual. Esta historia de las mentalidades queda profundamente marcada por las características de la historia social en su versión francesa, que durante los años sesenta estuvo encarnada por Fernand Braudel y Ernest Labrousse. La homología investigada entre «niveles de cultura y grupos sociales», reproduciendo el título del coloquio de 1966 organizado en la École Normale Supérieure,4 se considera lograda y se sobreentiende. No es la única característica que vincula la historia de las mentalidades con la historia social a la manera francesa. El itinerario asumido por Michel Vovelle, desde el «sótano al desván», desde la historia social a la historia de las mentalidades, permite medir el alcance de otro hecho esencial. La célebre fórmula de «cuenta, mide y pesa», dogma labroussiano por excelencia, continúa siendo actual para la mayoría de los que en adelante optan por dirigir sus esfuerzos al «sótano».5 A finales de los años setenta se produce el apogeo de esta historia de las mentalidades. En 1978 Philippe Ariès es elegido director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, y titula su seminario «Historia de las mentalidades». El mismo año, Jacques Le Goff, Jacques Revel y Roger Chartier recurren a él para que redacte la entrada «La historia de las mentalidades» de la obra enciclopédica La Nouvelle Historie. Sin embargo, el declive está próximo. El tiempo de las dudas y las críticas es ya perceptible. En Faire de l’historie (1974), la aportación de Jacques Le Goff se titula significativamente «Las mentalidades. Una historia ambigua».6
Es, sobre todo, la noción de mentalidad colectiva lo que se cuestiona. Alimenta este debate la acogida en Francia de los trabajos de Carlo Ginzburg (Le fromage et les vers. L’univers d’un meunier au XVIe siècle, 1980) y de Robert Danton (Le grand massacre des chats. Attitudes et croyances dans l’ancienne France, 1985). De igual modo, los vivos debates a lo largo de los años setenta sobre la cuestión de la «cultura popular» (Robert Mandrou versus Michel de Certeau) –y su correlato, la «religión popular»contribuyen a definir una historia cultural que poco a poco se va distanciando con respecto a la historia de las mentalidades.7
Los medievalistas, al menos los del EHESS cercanos a Jacques Le Goff,8 optan por teorizar e institucionalizar la «antropología histórica», noción más amplia, que rechaza la separación temática y se opone a la individualización de la historia cultural. Otros medievalistas, como Hervé Martin, continúan mostrando inclinación por la noción de «mentalidades»: «Mentalidades es un bello término, muy evocador (...), este vocablo ha envejecido, pero ha envejecido bien, como los vinos de las buenas cosechas». El autor considera que la noción de cultura no es sustituible por la de mentalidades. El término cultura remite a la escuela, mientras que el de mentalidades «está separado de ella y remite, antes bien, a las profundidades de la psicología colectiva, a las lentas sedimentaciones intelectuales, afectivas, imaginarias y del comportamiento». Hervé Martin considera que la noción de ideología, siempre que se la «des-marx-ice radicalmente», es la más idónea para responder a su proyecto intelectual, que explica el subtítulo de los volúmenes: «representaciones colectivas desde el siglo xi al xv».9
Del mismo modo, la noción de «lugar de memoria», acuñada por Pierre Nora a finales de los años setenta, se proclama como una ambición historiográfica del mismo alcance que la historia de las mentalidades. La concreción de esta «historia de segundo grado» será una de las grandes tareas emprendidas por la historia cultural francesa de la década siguiente.10 La situación continúa mostrando notables diferencias entre los modernistas y los contemporaneístas. En realidad, la genealogía de la historia cultural no es la de una sola familia. La pluralidad del paisaje historiográfico francés es aquí sorprendente, aunque la concomitancia cronológica es innegable. Existen pasarelas entre «escuelas» y personalidades, y los escritos circulan. Las modalidades de funcionamiento de la comunidad de historiadores, probablemente más flexible que en otro tiempo, hacen que cada historiador, en función de los temas de su investigación, de su período predilecto y de sus afinidades, ponga en marcha trabajos y referencias muy diversos. Por tanto, parece cuando menos excesivo aludir a una historia cultural en singular, completamente identificable en su proyecto intelectual y en su presencia académica. El análisis de los itinerarios de tres investigadores ofrece la posibilidad de delimitar los contornos de esta historia cultural, las modalidades de su surgimiento y la diversidad que la caracteriza dentro del paisaje historiográfico francés.11
Tres trayectorias representativas:
Chartier, Corbin y Sirinelli
Roger Chartier (1945-) es uno de los primeros historiadores franceses que propuso una definición que presentaba claramente la historia cultural. Desde finales de los años setenta varios de sus textos tratan de mostrar las singularidades de esta «historia cultural» en la que él deposita sus anhelos. Las reflexiones epistemológicas e historiográficas del autor se acompañan de un trabajo empírico constituido por investigaciones personales y por la dirección de obras colectivas, que son a su vez la puesta en práctica de los enfoques preconizados en los textos más teóricos. Esta característica refuerza indiscutiblemente las propuestas de Roger Chartier. En 1975 él es uno de los más jóvenes colaboradores de la trilogía Faire de l’histoire, dirigida por Jacques Le Goff y Pierre Nora. En 1978 codirige la Nouvelle Histoire; en 1986 dirige el tercer volumen de la Histoire de la vie privée y codirige, junto con Henri-Jean Martin, la monumental Histoire de l’édition française, publicada a partir de 1982. Lectures et lecteurs dans la France de l’Ancien Régime (1987), Les Usages de l’imprimé (1987), Les origines culturelles de la Révolution française (1990), confirman la visibilidad de los enfoques preconizados por el autor, mucho más allá de lo que proponen los meros especialistas en la Edad Moderna y/o en la historia del libro. Su anclaje institutional se refuerza de forma paralela: ayudante de Historia moderna en la Université de Paris I-Panthéon Sorbonne, elegido en 1975 profesor ayudante en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, Roger Chartier pasa a ser director de estudios en 1984. A mediados de los años ochenta se produce también el reconocimiento internacional (sobre todo norteamericano, en un primer momento) de los trabajos del historiador del libro y la lectura. La publicación en 1988 de una recopilación de artículos con el título Cultural History constituye en este sentido un momento clave.12
Un texto de Roger Chartier, publicado en un número especial de los Annales en otoño de 1989 con el título «El mundo como representación», permite comprender los principales desplazamientos de los problemas que están en juego.13 La portada de la revista presenta el artículo como una «“redefinición” de la historia cultural», y lo sitúa dentro de un conjunto de textos que intentan responder al llamamiento que la redacción había publicado en marzo y abril de 1998: «Historia y ciencias sociales. Un giro crítico». Fue en esta coyuntura historiográfica cuando se publicó el artículo en Francia. Robert Chartier comienza su escrito poniendo «en duda» el punto de partida del editorial de los Annales, que postulaba, simultáneamente, la crisis general de las ciencias sociales y la vitalidad que mantenía la disciplina histórica.14 El autor expone las principales características del modelo francés de la historia de las mentalidades –el estudio de nuevos objetos y la fidelidad a los métodos de la historia económica y socialcon el fin de subrayar mejor, en segundo lugar, los principales cambios que, bajo la forma de tres renuncias, caracterizan la coyuntura historiográfica. La renuncia al proyecto de una historia global, el retroceso de la definición territorial de los objetos de investigación y, finalmente y sobre todo, el fin de la primacía otorgada a la fragmentación social, «que se consideraba apropiada para organizar la compresión de las diferenciaciones y divisiones culturales», dan testimonio de la «distancia mantenida, en las mismas prácticas de investigación, respecto a los principios de inteligibilidad que habían dirigido la actividad historiográfica desde hacía veinte o treinta años». Roger Chartier aboga a continuación por un cambio esencial: se trata de pasar, como proclama un epígrafe del artículo, «de la historia social de la cultura a una historia cultural de lo social». Expresa su anhelo por una historia de las asimilaciones, concebida como «una historia social de los usos e interpretaciones, relacionados con sus determinaciones fundamentales e inscritos en las prácticas específicas que las producen». Este proceso está en gran medida inspirado por L’invention du quotidien (1980) de Michel de Certeau. Partir de los objetos, de las formas, de los códigos, y ya no de los grupos sociales; centrar la mirada en principios de diferenciaciones más diversificadas (sexuales, generacionales, religiosos...); prestar mucha atención a la materialidad y a la recepción de los textos que son los fundamentos de una historia cultural que debe trabajar sobre las luchas de las representaciones, las «estrategias simbólicas», que jerarquizan la estructura social. Para mantener y debatir sus propuestas, Roger Chartier convoca a diversos referentes, además de Michel de Certeau, a Pierre Bourdieu, Michel Foucault y Norbert Elias. Finalmente, el autor se inscribe explícitamente en una «fidelidad crítica» con la tradición de los Annales, ayudando a «reformular la manera de acercar la comprensión de las obras, las representaciones y las prácticas a las divisiones del mundo social que ellas, en conjunto, construyen y significan». Este artículo se impone rápidamente como una clave historiográfica importante. Se convierte en la principal referencia para historiadores de generaciones diferentes y de sensibilidades distintas, que no trabajan sólo sobre la época moderna.
En 1998 la publicación de la recopilación de textos Au bord de la falaise. L’histoire entre certitudes et inquiétude permite todavía una mejor percepción de las propuestas de Roger Chartier,15 que recuerdan a las de Daniel de Roche, contemporáneas suyas. Más allá de su cercanía intelectual –que se había traducido en la firma conjunta de varios textos durante los años setentay de los primeros trabajos, bastante próximos, sobre las sociabilidades académicas en el siglo xviii,16 las propuestas de Roger Chartier y las de Daniel Roche, sin embargo, no se solapan completamente. El primero sigue siendo, ante todo, un historiador del libro y de la lectura, que vincula estrechamente el estudio de los textos, el de los objetos materiales y el de las costumbres que éstos generan en la sociedad. El segundo es, más bien, un historiador de las distribuciones y las prácticas sociales, abierto a otros objetos culturales que pertenecen a la esfera de la «cultura material». A nuestros dos autores les separa una generación. Esta situación pesa considerablemente en sus respectivas trayectorias y en su práctica de historiadores. Daniel Roche, que emprende sus primeras investigaciones al inicio de los años sesenta, en pleno apogeo de la historia económica y social, queda profundamente marcado por este momento historiográfico. Esta fidelidad sitúa su obra en la confluencia de la historia económica y social con la historia cultural.
Las modalidades institucionales que regulan por su parte la recepción de las propuestas de nuestros dos autores presentan algunas diferencias significativas. Roger Chartier, de acuerdo con una de las características principales de la EHESS, está integrado en una densa red de intercambios internacionales y su nombre es difundido gracias a una estrategia de traducción de sus escritos. Aunque favoreció inicialmente al espacio norteamericano, esta estrategia se ha ampliado en los últimos años a América Latina. Más allá del puro ámbito académico, su influencia como productor delegado en France Culture («Les Lundis de l’Histoire», donde sustituye a Denis Richet) y su colaboración en Monde des livres desde finales de los años ochenta le permiten llegar a un amplio sector de público. Su nombramiento en diciembre de 2006 en el Collège de France, donde sucede a Daniel Roche, para una cátedra titulada «Escrito y culturas en la Europa moderna», confirma este éxito intelectual, científico e institucional.
Para los contemporaneístas, bastante poco sensibles al debate en torno a la historia de las mentalidades, la cuestión está esencialmente unida al futuro del modelo labroussiano y a la erosión progresiva de sus reconocidas virtudes heurísticas. En este sentido, la trayectoria de Alain Corbin (1936-) es particularmente ilustrativa. Antes de identificarse con el apelativo de «historiador de lo sensible», título de un libro-entrevista publicado en 2000, compartió las lógicas que gobernaban el paisaje universitario de los años cincuenta y sesenta. A principios de los años sesenta su proyecto inicial de una historia de los gestos no puede llegar a buen término, y el joven agregado de historia decide insertar el Lemosín en el marco del extenso proyecto de una historia económica y social de Francia, impulsado bajo la égida de Ernest Labrousse. Bertrand Gille dirige la tesis con el aval del maestro. La especificidad lemosina no permite aplicar en toda su ortodoxia el cuestionario labroussiano, lo que lleva a Alan Corbin a realizar un primer deslizamiento hacia una historia antropológica que concede gran importancia al análisis de la estructura de la familia, del comportamiento biológico, del proceso de alfabetización, del sistema de creencias y de la red de tensiones y solidaridades en el seno de las comunidades aldeanas.
Una vez defendida la tesis, Archaïsme et modernité en Limousin au xixe siècle (1975), se implica, libro tras libro, a partir de objetos de investigación diversos, desde las formas del deseo de la prostituta al paisaje sonoro de los campos, en la construcción de una historia de lo sensible: Les filles de noce (1978), Le miasme et la jonquille (1982), Le territoire du vide (1988), Le village des cannibales (1990), Les cloches de la terre (1994), L’homme dans le paysage (2001). La legitimidad del proyecto quedó afirmada a comienzos de los años noventa:
¿Es posible percibir retrospectivamente el modo de ser en el mundo humano del pasado a través del análisis de la jerarquía de los sentidos y del equilibrio establecido entre ellos en un momento dado de la historia y en el seno de una sociedad determinada? ¿Resulta pensable detectar las funciones de estas jerarquías y, por consiguiente, reconocer las intenciones que presiden esta organización de relaciones entre los sentidos? ¿Es factible someter esta investigación a la diacronía, constatar permanencias, percibir francas rupturas o sutiles derivaciones? ¿Resulta pertinente relacionar las modificaciones, más fácilmente perceptibles, de los sistemas de emociones con las que se producen en la jerarquía y el equilibrio de los sentidos? Responder a estas preguntas supone reconocer la existencia y la validez de una historia de la sensibilidad, puesto que ésta implica detectar la configuración de lo que se siente y de lo que no puede ser sentido dentro de una cultura en un tiempo determinado.17
Con Le monde retrouvé de Louis-François Pinagot (1998) Alain Corbin va «tras las huellas de un desconocido». Los paradigmas de la historia social tradicional están aquí radicalmente invertidos. El autor se desmarca tanto de la historia social cuantitativa y serial, tal como la encarnaron Fernand Braudel y Ernest Labrousse tras la Segunda Guerra Mundial, como de la «microhistoria» y su ambición de construir una historia «a ras del suelo». Rechazando lo colectivo y las individualidades excepcionales, propone un verdadero desafío metodológico: reconstituir el sistema de representaciones a través del cual el mundo y la sociedad pudieron presentarse ante un «Jean Valjean que nunca hubiera robado pan». El método privilegiado concede un lugar esencial, y asumido, a la posición del historiador.
Esta historia de las sensibilidades se afirma como una de las modalidades de primera línea de la historia cultural. Más allá de cualquier anacronismo psicológico, la preocupación por desentrañar el secreto de los comportamientos de los individuos que nos han precedido, en la confluencia de las emociones y las representaciones, de lo imaginario y las sensibilidades, anima el conjunto de su obra. Alain Corbin favorece una relación diferente respecto a la huella y el material documental reunidos. La ampliación de la noción de fuente, principalmente en la dirección de las fuentes literarias, se ha asociado con un constante interés en su construcción contextualizada. La preocupación por restituir a las huellas sus lógicas discursivas se intensifica por el trabajo de mediación del historiador, con la escritura o durante sus presentaciones orales, principalmente en seminarios. Esta historia comprensiva, en cierta medida al margen de las prácticas dominantes de la historiografía francesa, está legitimada por un deseo de historia que no se sobrecarga con usos sociales en declive. Alain Corbin, que desea escapar del nominalismo de las clasificaciones historiográficas, sitúa su evolución dentro de una historia cultural en construcción, que él considera múltiple en razón de sus objetos y métodos. Después de haber ejercido la docencia en Limoges (1968-1969) y en Tours (1969-1986), Alain Corbin ocupa desde 1987 una cátedra en la Université de Paris I-Panthéon-Sorbonne. Situado desde entonces en el corazón del dispositivo de formación doctoral, miembro sénior del Institut Universitaire de France de 1992 a 2002, sigue siendo, no obstante, un francotirador, prudente en la proclamación de las rupturas que encarna con respecto a sus iguales. Orienta la labor de numerosos investigadores que, por su parte, desarrollan trabajos sobre las percepciones del espacio, de los paisajes y de las identidades regionales, proponen una relectura política de la historia del siglo xix y conceden prioridad a las sensibilidades y a los imaginarios sociales.18 La gran acogida de los trabajos de Alain Corbin en Francia ha suscitado, sin embargo, ciertos recelos por parte de algunos historiadores que ven en su obra una forma de disolución de la historia social. En el extranjero, principalmente en Japón y Estados Unidos, las obras de Alain Corbin, la mayoría traducidas, encuentran amplio éxito y encarnan un «giro cultural a la francesa» (Dominique Kalifa).19
Los especialistas en el siglo xx, menos marcados por el modelo labroussiano que los especialistas en el siglo xix, alcanzan a menudo la orilla de la historia cultural a través de la «nueva historia política».20 El itinerario de Jean-François Sirinelli, que nació recién terminada la Segunda Guerra Mundial (1949), es bastante representativo de una generación de historiadores contemporaneístas que decidieron ampliar cronológicamente el conjunto de su investigación, desde el período de entreguerras hasta el «tiempo presente», abandonando las orillas de la historia económica y social con el fin de participar en una rehabilitación de una historia de lo político, pronto fecundada por el ascenso espectacular de la historia cultural. Alumno de René Rémond, Jean-François Sirinelli eligió en 1973 un tema para tesis de Estado dedicado a los khâgneux y normaliens21 en el período de entreguerras. Defendido en 1986, este comprometido trabajo es también un intento deliberado de historia «sociocultural». Proporciona asimismo al autor la ocasión de aplicar instrumentos conceptuales (el relieve dado a las generaciones, el estudio de itinerarios cruzados, la observación de estructuras de sociabilidad) que serán utilizados seguidamente en otros terrenos. Esta tesis, en general acogida como un análisis de historia política, asimilación reforzada por el desarrollo contemporáneo de una historia social de los intelectuales madurada por la sociología de Pierre Bourdieu,22 se mantiene, sin embargo, atenta a la cuestión de la movilidad social y a la inserción de los intelectuales en el seno de la sociedad de la Tercera República.23 Por otra parte, Jean-François Sirinelli no queda atrapado en esta forma de historia de los intelectuales, a la que él en gran medida contribuyó a estructurar en 1986 con la organización de un seminario en el Institut d’Histoire du Temps Présent del CNRS . La atención que se presta a los fenómenos de mediación, de circulación y de recepción se podía ya percibir en este trabajo de doctorado y permitía su aplicación a otros terrenos. Esta propuesta marcaría toda una corriente de la historia cultural en Francia en el transcurso de los años ochenta y noventa, principalmente entre los especialistas del siglo xx.
A partir de los años noventa Jean-François Sirinelli aboga con firmeza por una fecundación recíproca entre la historia cultural y la historia política.24 La noción de «cultura política», préstamo de la ciencia política, y a la que JeanFrançois Sirinelli junto con otros, como Serge Berstein especialmente, recurren con profusión, permite progresos historiográficos indiscutibles. El autor es también uno de los que intentan un mejor asentamiento de cierta historia cultural, hecha posible a partir de entonces por una coyuntura intelectual que se caracteriza por la rehabilitación del «sujeto pensante y actuante». Esta voluntad pasa por la construcción de una definición operativa. Iniciada dentro del marco de la Histoire des droites en France (1992), esta reflexión, en el seno del seminario que promueve Jean-François Sirinelli desde 1989 junto con Jean-Pierre Rioux,25 dio lugar a una fórmula más escueta:
La historia cultural, es decir, hacer la historia de la circulación del sentido en el seno de una sociedad, entendiendo por sentido tanto la dirección como la significación. Una de las definiciones posibles de la historia cultural es, efectivamente, que es una doble historia del sentido y queda plenamente justificado llamar la atención sobre los dos aspectos de una misma palabra: la significación se modifica con la circulación, y los fenómenos de representaciones colectivas estudiados no pueden estar disociados de los movimientos cinéticos que les atañen.26
Sus investigaciones se van centrando cada vez más en el período posterior a 1945. Es uno de los primeros historiadores franceses en trabajar sobre los años sesenta y en reflexionar sobre la historia de la «cultura de masas».27 Esta inversión de esfuerzos del historiador en los años sesenta, en la que le han tornado el relevo hoy sobradamente generaciones de historiadores más jóvenes, permite a Jean-François Sirinelli interrogarse sobre la posibilidad de construir una «historia del tiempo presente» que adopta los métodos de la antropología histórica. La respuesta obtenida es prudentemente reservada. El «pacto antropológico» está fundado, recuerda el autor, en el distanciamiento, geográfico o cronológico. Sin embargo, como indica Jean-François Sirinelli, esto no impide que se trate probablemente de una de las principales claves historiográficas de los próximos años. Añadamos que la relación con las otras ciencias sociales es uno de los desafíos que se le plantean al historiador del tiempo presente. Esta situación, apuntada por los historiadores desde hace dos décadas, es un parámetro tanto más sensible por cuanto que los historiadores abordan períodos, desde los años sesenta hasta hoy en día, que han sido objeto de una amplia investigación por parte de las ciencias sociales, principalmente la sociología, que se institucionaliza en Francia a finales de los años cincuenta. El desarrollo de la historia cultural contribuye a desplazar los compartimentos disciplinarios que ya no se siguen correspondiendo con las prácticas de los investigadores, aunque conserven toda su legitimidad y eficacia académicas.28
Historia cultural, Linguistic Turn y Cultural Studies
Los trabajos de Jean-François Sirinelli ilustran una de las formas de historia cultural y política en lo sucesivo perfectamente instaladas en el paisaje historiográfico francés. Hay un gran desfase con las corrientes anglosajonas influenciadas por el Linguistic Turn y los Cultural Studies, principalmente norteamericanos. La introducción en Francia a principios de los años noventa del debate americano en torno al Linguistic Turn («giro lingüístico») comparte ante todo un cuestionamiento de la historia social clásica, y son pocos los historiadores (exceptuando a Roger Chartier) que reivindiquen la historia cultural cuando toman partido sobre el asunto. La historia no es más que un género literario como cualquier otro y la crítica del texto se impone como práctica preferente. La alianza con la filosofía se acompaña de una vuelta a la prioridad de la teoría. También en este caso la influencia real de este replanteamiento merece ser evaluada en su justa medida: en conjunto, bastante modesta en el paisaje historiográfico francés. Como respuesta, varios historiadores franceses (François Bédarida, Roger Chartier, Antoine Prost) subrayan la diferencia fundamental entre literatura e historia: la exigencia de verdad demostrada. El pasado que la disciplina se da como objeto es una realidad totalmente exterior al mero discurso. Esta realidad debe ser controlada y comprobada por procedimientos intelectuales –el método histórico– que se encuentran en el corazón de cualquier planteamiento científico.
La escasa acogida de los Cultural Studies es, asimismo, especialmente sorprendente. Sólo dos de los clásicos de los Cultural Studies serán traducidos al francés y finalmente de forma muy tardía. El libro esencial de Edward P. Thompson, La formation de la classe ouvrière anglaise, obra fundadora de la historia «desde abajo», que desplaza la mirada hacia las condiciones de cristalización de un grupo social, esperará veinticinco años para ser presentada al lector francés (1963/1988). Igualmente, The Uses of Literacy, publicada por Richard Hoggart en 1957, no se tradujo hasta 1970. Además, las modalidades de traducción de la obra de Richard Hoggart, publicado en la colección «Le sens commun», dirigida por Pierre Bordieu en Éditions de Minuit, y precedida por una larga presentación de Jean-Claude Passeron, contribuyen a proponer a los lectores una perspectiva esencialmente sociológica de La culture du pauvre. El desfase cronológico es también sorprendente: la recepción francesa tiene lugar a principios de los años setenta, precisamente cuando la influencia de Hoggart se atenúa dentro de la corriente de los Cultural Studies. En esta fecha la lectura de Hoggart ofrece a los historiadores franceses una puerta de salida para el debate sobre la «cultura popular». Ésta permite «caracterizar, subraya Jacques Revel, las prácticas populares por medio de las actitudes y los usos que se podían describir e interpretar sin haber de apelar a una autenticidad popular ni, a la inversa, a los meros efectos de la dominación sociocultural».29 La primera selección de textos de Stuart Hall no ha sido traducida hasta el año 2007.30
Erik Neveu aventura cuatro razones importantes para explicar esta débil acogida en Francia: la lengua, que sigue siendo una barrera indiscutible y que no facilita la difusión de los trabajos nacidos en los márgenes del sistema universitario británico; un terreno ocupado por algunas revistas, como Communications y Actes de la Recherche en Sciences sociales; las diferencias nacionales en materia de división de las especialidades académicas, y la singular articulación del compromiso político e intelectual.31 Sobre este último punto, las palabras de Pascal Ory, que reconoce el éxito de los Cultural Studies por «la mala conciencia americana», rechazando una postura que consistiría en «otorgar cualquier tipo de prioridad moral a la investigación sobre el dominado por el simple motivo de que lo ha sido», confirman la distancia de posturas ideológicas entre la mayoría de los historiadores franceses de lo cultural y los practicantes de los Cultural Studies.32 Señalemos, no obstante, que la corriente de los Cultural Studies ya no es totalmente ignorada, como lo confirman diversas iniciativas editoriales y científicas recientes.33 Asimismo, algunos «mediadores» se afanan en presentar el giro lingüístico a los lectores franceses sin que sean perceptibles de forma sólida asimilaciones reales en las prácticas de los investigadores.34 Todavía son pocos los historiadores franceses que se identifican o que se leen desde la perspectiva de estas tradiciones historiográficas procedentes, principalmente, de los «nuevos mundos».35
Esta historia cultural, con un desarrollo genuinamente francés, participa, sin embargo, de los intercambios internacionales que se han venido acelerando desde los años sesenta. En este sentido, comparte algunos de los objetos que habitualmente se agrupan en el epígrafe de New Cultural History. Ciertos historiadores franceses –Roger Chartier desempeña un papel indiscutible de «mediadores»–36 han contribuido a la formulación de esta corriente transnacional. Sin embargo, nos parece que la historia cultural tal como se practica en Francia sigue siendo ampliamente comprendida como una modalidad de la historia social. Este French Style es percibido claramente por la crítica anglosajona.37
¿Hacia una historia sociocultural?
Otra singularidad francesa sigue siendo la relación entre la historia cultural y la historia social, sustentada por la mayoría de los historiadores. Jean-François Sirinelli por parte de los contemporaneístas es, junto con Jean-Pierre Rioux y Pascal Ory, el cabeza de filas de una historia cultural que se proclama como una forma de historia social; una «historia social de las representaciones», destaca Pascal Ory,38 con persistencia desde hace tres décadas. Roger Chartier, como hemos visto, alude a una «historia cultural de lo social».
Las relaciones con la historia social están en el centro de un debate que atañe a la legitimidad de esta forma de historia y al reconocimiento de sus virtudes heurísticas.39 En realidad, la historia cultural es tanto un dominio de investigaciones como una visión que permite hacer más fértiles otros sectores de la disciplina. La noción de «cultura de guerra» ha permitido principalmente una relectura de la historia militar y de la historia de los conflictos, especialmente de la Gran Guerra.40 Es obligado constatar que los objetos de la historia cultural se plantearon a partir de entonces –sin ser siempre reivindicados– por parte de historiadores que se proclamaban representantes de la historia social. Desde hace una década las entregas de Mouvement social y de La Revue d’histoire du xix siècle, entre otras, dan testimonio del afianzado anclaje de una historia «sociocultural» que mantiene objetivos cercanos a una historia total. Asimismo, la revista Clio, que fue lanzada en 1988, desarrolla, a partir de una historia de las mujeres, una historia cultural de los fenómenos sexuados. En este sentido, tener en cuenta las representaciones es algo cada vez más evidente para comprender fenómenos y procesos históricos. Frente a la afirmación de la historia cultural, la resistencia de la historia social, más o menos abierta, rara vez explicitada pero ampliamente difundida en el seno de la comunidad de historiadores, va camino de pertenecer al pasado. Dominique Kalifa, que sucedió a Alain Corbin en la Universidad de París I-Panthéon Sorbonne, aboga por una historia social sensible a
un enfoque etnoantropológico de las sociedades, preocupado por reproducir las apreciaciones, las sensibilidades, los valores, las creencias, los imaginarios, pero también las experiencias subjetivas de los actores, en resumen, el conjunto de las vías mediante las que los individuos y los grupos perciben, piensan y dan sentido al mundo que los rodea. Una historia, en resumen, que considera la cultura como un interrogante, como una mirada, un paradigma centrado en el estudio de la producción, de la circulación y de los efectos de sentido, y no como un dominio.41
De igual modo, Loïc Vadelorge, que practica una historia urbana sensible a las cuestiones culturales, subraya que
la historia cultural ha demostrado su capacidad de ampliar el campo de los estudios históricos, ha mostrado también que ningún tema de historia podía librarse de un estudio de las representaciones. Sin embargo, es cierto que no debe constituir el único objetivo de las investigaciones históricas. Si queremos recuperar un día la utopía de la historia total de los herederos de Braudel, hemos de aceptar también que la historia sea plural y no hemos de volver a tropezar con los escollos de una única manera de leer el pasado, ya sea económica y social, ayer, o cultural, hoy.42
La afirmación de la historia cultural probablemente no se corresponde tanto con una nueva especialidad como con la continuación del proceso de ampliación del territorio del historiador. La cristalización de esta forma de práctica de la historia se explica por razones endógenas. Desde los años setenta la afirmación de la historia cultural ha sido para algunos historiadores una estrategia tendente a salir de los paradigmas de una historia económica y social fuertemente impregnada por los enfoques del cuantitativismo. La decadencia del marxismo, como teoría científica y horizonte político, y de las corrientes de pensamiento del determinismo socioeconómico en general, ha acelerado este proceso. En esta nueva coyuntura la historia cultural se proclama para algunos historiadores como una historia renovada de las instituciones, los contextos y los objetos de la cultura. Permite reincorporar al cuestionario del historiador las expresiones más elaboradas de la cultura y de los saberes sin descuidar, no obstante, las prácticas de la gran mayoría. La atención a los fenómenos de mediación, circulación y recepción de los bienes y objetos culturales da testimonio de la voluntad, ampliamente compartida, de escapar de las aporías de la antigua historia de las ideas. Para otros, algunas veces los mismos, hay que contemplarla sobre todo como una mirada que permite volver más fértil el conjunto de las subdisciplinas de la historia.
Podemos aventurar también razones exógenas al campo de la disciplina.43 El desplazamiento realizado por la historiografía francesa, desde lo económico a lo social y después de lo social hacia lo cultural, se ha producido –no sin desfases respecto a los períodos estudiados y las trayectorias individuales de los investigadores– al tiempo que el voluntarismo económico dejaba de tener valor de credo y dentro de la sociedad francesa se abría un espacio más amplio a los interrogantes sobre los usos políticos y culturales del pasado. Añadamos que la creciente autonomía de lo cultural (y de sus actores) en nuestras sociedades, el importante papel de las industrias culturales, el lugar reivindicado de nuevos usos del tiempo en la esfera del ocio, no pueden sino suscitar el interés de los historiadores y pesar en la elección y el desglose de los objetos de investigación. Al final, la historia cultural francesa se presenta sobre todo, según la expresión de Jean-Yves Mollier, como un «cruce de disciplinas».44
1. Para una exposición más completa nos permitimos remitir a Philippe Poirrier: Les enjeux de l’histoire culturelle, París, Seuil, 2004. Nuestro agradecimiento a Thomas Bouchet, Laurent Martin y Loïc Vadelorge, que aceptaron releer una primera versión de este texto.
2. Jean-Pierre Rioux y Jean-François Sirinelli (dirs.): Pour une histoire culturelle, París, Le Seuil, 1997; Laurent Martin y Sylvain Venayre (dirs.): L’histoire culturelle du contemporain, París, Nouveau Monde, 2005, y Pascal Ory: L’histoire culturelle, París, PUF, 2007 (2004). Véase también, Christian Delporte, Jean-Yves Mollier y Jean-François Sirinelli (dirs.): Dictionnaire d’histoire culturelle de la France contemporaine, París, PUF, 2008.
3. La mejor guía: Christian Delacroix, François Dosse y Patrick García: Les courants historiques en France. 19e20e siècle, París, Gallimard, 2007.
4. Louis Bergeron (dir.): Niveaux de culture et groupes sociaux, París, Mouton, 1967.
5. Michel Vovelle: De la cave au grenier. Un itinéraire en Provence au XVIIF siècle. De l’histoire sociale à l’histoire des mentalités, Québec, Serge Fleury Éditeur, 1980, e Idéologies ete mentalités, París, Gallimard, 1992 (1982).
6. Jacques Le Goff: «Les mentalités. Une histoire ambiguë», en Jacques Le Goff y Pierre Nora (dirs.): Faire de l’histoire, París, Gallimard, 1974.
7. Robert Mandrou: De la culture populaire en France aux XVIIs et XVIIF siècles. La Bibliothèque bleue de Troyes, París, Stock, 1964, y Michel de Certeau: La Culture au pluriel, París, Christian Bourgeois, 1974.
8. Jacques Le Goff: Pour un autre Moyen Age, París, Gallimard, 1977, y L’imaginaire medieval, París, Gallimard, 1985.
9. Hervé Martin: Mentalités medievales. Représentations collectives du Xľ au XV siècle, París, PUF, 1996-2001, 2 vol., citas en p. 236 y p. vi.
10. Pierre Nora (dir.): Les Lieux de mémoire, París, Gallimard, 1997 (1984-1992).
11. Reproducimos los elementos desarrollados en Philippe Poirrier: «L’histoire culturelle en France. Retour sur trois itinéraires: Alain Corbin, Roger Chartier et Jean-François Sirinelli», Cahiers d’histoire. La revue du département d’histoire de l’Université de Montreal 2, invierno de 2007, pp. 49-59.
12. Roger Chartier: Cultural History. Between Practices and Representations, Cambridge, Polity Press-Cornell University Press, 1988.
13. Roger Chartier: «Le monde comme representation)), Annales Esc 6, noviembrediciembre de 1989, pp. 1.505-1.520.
14. Este distanciamiento de Roger Chartier con respecto a la redacción de los Annales impide interpretar su definición de la historia cultural como un nuevo texto dogmático que sería la posición oficial de los Annales y del EHESS. Esta configuración confirma la pluralidad de prácticas que se pueden apreciar dentro del EHESS. La idea de una Escuela de los Annales, unificada alrededor de un corpus de prácticas y de teorías, se desmiente más que nunca en esta coyuntura historiográfica. Sobre el «giro crítico», véase Christian Delacroix: «La falaise et le rivage: Histoire du “tournant critique”», Espaces Temps 59-61, 1995, pp. 86-111. Una defensa del papel de los Annales desde una perspectiva interna: André Burguière: L’École des Annales. Une histoire intellectuelle, París, Odile Jacob, 2006.
15. Roger Chartier: Au bord de la falaise. L’histoire entre certitudes et inquiétude, París, Albin Michel, 1998.
16. Roger Chartier: «L’Académie de Lyon au xvшe siècle. Étude de sociologie culturelle», en Nouvelles Études Lyonnaises, Ginebra, Droz, 1969, pp. 131-250. La tesis doctoral de Estado de Daniel Roche, precedida por numerosos artículos, se publicó a finales de los años setenta: Daniel Roche: Le Siècle des Lumières en province. Académies et académiciens provinciaux (1680-1789), París, Mouton, 1978.
17. Alain Corbin: «Histoire et anthropologie sensorielle», Anthropologie et sociétés 14-2, 1990; véase también «“Le vertige des soisonnements”. Esquise panoramique d’une histoire sans nom», Revue d’histoire moderne et contemporaie 39, enero-marzo de 1992, pp. 103126. Este artículo, cuya intención historiográfica aparece más reafirmada que en el anterior, lleva al autor a construir una filiación que parte de Lucien Febvre, subraya el momento de las mentalidades y evoca las relecturas que en los años setenta permitieron las adaptaciones históricas de Michel Foucault y de Norbert Elias.
18. Anne-Emmanuelle Demartini y Dominique Califa (dirs.): Imaginaire etsensibilités au XIX siècle, Études pour Alain Corbin, París, Créaphis, 2005.
19. Stéfane Gerson (ed.): «Alain Corbin and the Writing of History», French Politics, Culture & Society, vol. 22, n.° 2, 2004.
20. Aunque no es necesario establecer una filiación demasiado rígida, Jean-François Sirinelli es también un atento lector de Daniel Roche y de Robert Mandrou. Asimismo, Pascal Ory, alumno como el anterior de René Rémond, estuvo durante su formación inicial fuertemente influenciado por Jean Delumeau y François Lebrun, modernistas y practicantes de la historia de las mentalidades.
21. N. de la T.: Khâgne es un término informal aplicado a los estudios preparatorios para el acceso a la Escuela de Formación del Profesorado (École Normale Supérieure). Tiene su origen en el adjetivo cagneux (patizambo), que es el que usaban como burla los estudiantes de las academias militares, en cuyo currículo se incluían actividades de educación física tales como equitación y esgrima, para referirse a los estudiantes de humanidades, a los que percibían encorvados y desarrollando defectos físicos por las horas de estudio.
22. Christophe Charle: Naissance des «intellectuels», 1880-1900, París, Éditions de Minuit, 1990.
23. Jean-François Sirinelli: Génération intellectuelle, París, Gallimard, 1988. Seguirán dos obras: Intellectuells et passions françaises. Manifestes et pétitions au XX siècle, París, Fayard, 1990, y Sartre et Aron, deux intellectuels dans le siècle, París, Fayard, 1995. Y un manual, firmado conjuntamente con Pascal Ory: Les intellectuels en France de l’Affaire Dreyfus à nos jours, París, Armand Colin, 1986.
24. Otros investigadores, preferentemente especialistas del fin del siglo xix, como Christophe Prochasson, vendrán a la historia cultural de la política por otros caminos: una historia social sensible a las cuestiones artísticas (Madeleine Rebérioux), a la que pronto tomaría el relevo una «historia conceptual de la política», iniciada por François Furet, y hoy encarnada por Pierre Rosanvallon.
25. Jean-Pierre Rioux y Jean-François Sirinelli (dirs.): Pour une histoire culturelle, París, Seuil, 1997.
26. Jean-François Sirinelli: Comprendre le XX siècle français, París, Fayard, 2005, p. 22.
27. Jean-François Sirinelli: Les baby-boomers. Une génération 1945-1969, París, Fayard, 2003 y Les vingt décisives, 1965-1985, París, Fayard, 2007. Dos investigaciones colectivas: Jean-Pierre Rioux y Jean-François Sirinelli (dirs.): La culture de masse en France de la Belle Époque à aujourd’hui, París, Fayard, 2002, y Jean-Yves Mollier, Jean-François Sirinelli y François Vallotton (dirs.): Culture de masse et culture médiatique en Europe et dans les Amériques 1860-1940, París, PUF, 2006.
28. Por ejemplo: Philippe Poirrier: «Le patrimoine: un objet pour l’histoire culturelle du contemporain? Jalons pour une perspective historiographique», en Soraya Boudia, Anne Rasmussen y Sébastien Soubiran (dirs.): Patrimoine, savoirs et communautés savantes, Rennes, Pur, 2008.
29. Jean-Claude Passeron (dir.): Richard Hoggart en France, París, BPI, 1999.
30. Stuart Hall: Identités et Cultures. Politiques des cultural studies, París, Éditions Amsterdam, 2007.
31. Erik Neveu: «La ligne Paris-Londres des Cultural Studies: une voie à sens unique?», Bulletin de l’Association pour le Dévelopement de l’Histoire Culturelle, julio de 2002, pp. 19-34.
32. Pascal Ory: «Qu’est-ce que l’histoire culturelle?», en Yves Michaud (dir.): Université de tous les savoirs, vol. 2, L’Histoire, la Sociologie et l’Anthropologie, París, Odile Jacob, 2002, pp. 93-106.
33. La bibliografía francesa sobre el tema ha sido muy pobre durante largo tiempo. El monográfico de la revista Réseaux (CNET-CNRS ) era una de las únicas referencias a las que se podía recurrir: «Les Cultural Studies», Réseaux 1 80, noviembre-diciembre de 1996. Disponemos ya de un manual, un ensayo sociohistórico: Armand Mattelart y Erik Neveu: Introduction aux Cultural Studies, 2003. Varias publicaciones, poco habituales entre los historiadores, dan testimonio también de este nuevo interés: Anne Challard-Fillaudeau y Gérard Raulet (dirs.): «Pour une critique des “sciences de la culture”», L’Homme et la société 149, 2003; André Kaenel, Catherine Lejeune y Marie-Jeanne Rossignol (dirs.): Cultural Studies-Études culturelles, Nancy, Presses universitaries de Nancy, 2003; Stéphane Van Damme: «Comprendre les Cultural Studies: une approche d’histoire des savoirs», RHMC 51-4, 2004 («Faut-il avoir peur des Cultural Studies?»), y Bernard Darras (dir.): «Études Culturelles & Cultural Studies», Médiation et Information 24-25, 2007. Un signo adicional de esta coyuntura lo constituye el seminario «Histoire culturelle-Cultural Studies», animado por Pascal Ory, que se celebró en 2006-2007 en el Instituto de Historia del Tiempo Presente del CNRS .
34. François Dosse: La marche des idées. Histoire des intellectuels-histoire intellectuelle, París, La Découverte, 2003 (trad. cast. La marcha de las ideas. Historia de los intelectuales, historia intelectual, Valencia, puv, 2007), y Bertrand Müller: «Linguistic Turn», en Dictionnaire des idées, París, Encyclopaédia Universalis, 2005, pp. 468-470.
35. Los trabajos de Dominique Kalifa (L’encre et la sang. Récits de crimes et de sociétés à la Belle Époque, París, Fayard, 1995; Crime et culture au XIX siècle, París, Perrin, 2005), y de Antoine de Bæcque (Le corps de l’histoire. Métaphore et politique 1770-1800, París, Calmann-Lévy, 1993; Les éclats du rire. La culture des rieurs au XVΠľ siècle, París, Calmann-Lévy, 2000) se citan algunas veces en esta perspectiva.
36. Esta postura de «mediador» se concreta principalmente en las reseñas que Roger Chartier regularmente aporta a Le Monde desde 1987. Otorga un lugar importante a los historiadores extranjeros, italianos (Carlo Ginzburg, Giovanni Levi), americanos (Natalie Davis, Svetlana Alpers, Michael Fried, Anthony Grafton, Keith Baker, Robert Darnton), ingleses (Francis Haskell, Geoffrey Lloyd) o españoles (Francisco Rico). Esta voluntad de hacer accesibles las obras extranjeras, traducidas o no, el autor la presenta como un deber científico y cívico, pero también como una manera de superar las simples tradiciones nacionales. Se trata, pues, de explicar que «la historia, al igual que los otros saberes, las producciones estéticas o las prácticas culturales, ha entrado en la era de los mestizajes. No hay nada que lamentar en esto, al contrario. Más bien hay que aprovechar esta invitación para llevar más lejos todavía la mirada» (Roger Chartier: Le jeu de la règle, Lectures, Bordeaux, Presses Universitaires de Bordeaux, 2001, p. 14). Desde principios de los años noventa este trabajo, realizado con continuidad, pretente también contrarrestar los enfoques preconizados por los adeptos del Linguistic Turn. Roger Chartier no desaprovecha ninguna ocasión para recordar la necesaria adscripción de la disciplina histórica dentro de las ciencias sociales y para denunciar las aporías reductoras del Linguistic Turn. Véase: Roger Chartier: «La nouvelle histoire culturelle existe-t-elle?», Cahiers du Centre de recherches historiques 31, abril de 2003 pp. 13-24.
37. William Scott: «Cultural History, French Style», Rethinking History 3-2, verano de 1999 pp. 197-215.
38. Pascal Ory: «Pour une histoire culturelle de la France contemporaine (1870-...) État de la question», Bulletin du Centre d’Histoire de la France contemporaine 2, 1981, pp. 5-32; «L’Histoire culturelle de la France contemporaine, question et questionnnement», Vingtième Siècle. Revue d’histoire 16, 1987, pp. 67-87. Véase también la selección Pascal Ory: La culture comme aventure. Treize exercises d’histoire culturelle, París, Complexe, 2008.
39. Antoine Prost: «Sociale et culturelle, indissociablement», en Jean-Pierre Rioux y JeanFrançois Sirinelli (dirs.): Pour une histoire culturelle, París, Seuil, 1997, pp. 131-146.
40. Antoine Prost y Jay Winter: Penser la Grande Guerre. Un essai d’historiographie, París, Seuil, 2003.
41. Dominique Kalifa: «L’histoire culturelle contre l’histoire sociale?», en Laurent Martin y Sylvain Venayre (dirs.): L’histoire culturelle du contemporain, París, Nouveau Monde Éditions, 2005, pp. 75-84.
42. Este punto lo desarrolla particularmente Jean-Pierre Rioux: «Histoire culturelle», en Sylvie Mesure y Patrick Savidan (dirs.): Le Dictionnaire des sciences humaines, París, PUF, 2006 pp. 549-551.
43. Jean-Yves Mollier: «Histoire culturelle», en Paul Aron, Denis Saint-Jacques y Alain Viala (dirs.): Dictionnaire du littéraire, París, PUF, 2002, pp. 266-267.
44. Ibíd., pp. 266-267.
LA HISTORIA CULTURAL EN ITALIA*
Alessandro Arcangeli
Trazar el panorama de los estudios italianos en materia de historia cultural, limitándonos necesariamente a una muestra1 y concediendo un amplio espacio a la historia moderna, tanto por las competencias de su autor como por el papel decisivo que este sector ha desempeñado metodológicamente, requiere algunas precisiones preliminares, que se refieren, en parte, al «nombre» y, en parte, a la «cosa». Está claro para el lector de este volumen (al menos lo estará al final de su lectura) que la noción de historia cultural no está desprovista de ambigüedad y que se presta a una pluralidad de usos que, en parte, representan variantes o usos regionales. Una de las particularidades italianas de este asunto proviene de una resistencia que los historiadores manifiestan a dicha expresión. Tanto en la investigación como en la docencia, encontramos pocos indicios de historia cultural en el mundo académico italiano. En el transcurso de estos últimos años la excepción ha estado representada por algunos seminarios (la fórmula, tímida, que permite que penetren las novedades metodológicas). La asignación a Carlo Ginzburg en la Scuola Normale Superiore de Pisa de un curso titulado «Historia de las culturas europeas» (2006) representa un giro desde este punto de vista.
Sin embargo, si dejamos por un momento de lado la cuestión del nombre, el estudio de los aspectos culturales de la historia está muy arraigado en la tradición historiográfica italiana, en el sentido de que no representa la marginalidad que Peter Burke reconoce a la experiencia británica en su aportación a este volumen. Sobre ésta ha pesado (por la importancia que se concede a los hechos culturales) el idealismo de Benedetto Croce durante la primera mitad del siglo xx. Dos maestros entre los historiadores de la generación siguiente, Federico Chabod y Delio Cantimori –ambos nacidos en 1901 y en activo durante la Segunda Guerra Mundial–, se distinguieron igualmente, entre otras cosas, por la importancia que le atribuían a la construcción de las ideas políticas y religiosas. Para un historiador italiano de su generación, así como de las generaciones posteriores, dar un curso o publicar un ensayo sobre un personaje como Maquiavelo era una actividad normal e incluso inherente a su profesión, que obligaba a medirse con las grandes etapas de la evolución del pensamiento, y no solamente con las instituciones y las prácticas sociales. Si bien a partir de un determinado momento determinadas historias particulares, como la de las doctrinas políticas (o de la filosofía, de la ciencia o de las religiones), se hicieron un hueco, no por ello se sustrajo su campo a la curiosidad del historiador general.
Naturalmente, el lector ha de ser consciente de que historia cultural e historia de la cultura no son lo mismo. Una gran tradición se ha centrado durante largo tiempo en la historia de las ideas, concebida, ante todo, como una reconstrucción de grandes personajes, de páginas y giros fundamentales en la historia del pensamiento (sobre este punto existe en Italia una escuela específicamente turinesa, con Franco Venturi, Furio Diaz, Luigi y Massimo Firpo, Giuseppe Ricuperati, Luciano Guerci, hasta llegar a Vincenzo Ferrone y Edoardo Tortarolo). Pero no es aquí donde podemos encontrar opciones metodológicas acordes con la historia sociocultural, que desde los años setenta era teorizada y practicada por los protagonistas de la investigación internacional y que asociamos comúnmente con la «historia cultural» (encontraremos resistencias, incluso con bastante frecuencia). El enfoque de la cultura que entonces comenzaba a tomar forma era, por el contrario, el aplicado al discurso medio, más que a sus expresiones mayores; más aún, la atención se situaba en la diversidad de grupos sociales y culturales, y sus relaciones (niveles de cultura es una expresión que aparece frecuentemente en los títulos de volúmenes y coloquios de esos años). Una serie de factores concurrieron para producir este tipo de discurso. Entre ellos, sin duda, la influencia de las ciencias sociales, que animaba a atribuir al término cultura una acepción más amplia, antropológica; una atención renovada hacia una historia social, entendida, sobre todo, como historia del pueblo, de los grupos sociales menos privilegiados (sobre este punto, la historiografía británica de inspiración marxista, acogida en Italia con vivo interés, ejerció una influencia patente: Eric Hobsbawm, E. P. Thompson, Christopher Hill). Más concretamente, la obra de Antonio Gramsci constituyó una fuente de inspiración, en especial sus Quaderni del carcere, publicados a título póstumo entre 1948 y 1951, que ponían en el orden del día del debate político-cultural y de la investigación histórica el estudio del papel desempeñado por los intelectuales en los momentos clave de la historia nacional (tema que seguirá siendo fundamental para los estudios de historia contemporánea, incluso con relación al problema de la adhesión al régimen fascista); 2 y, de manera más general, la naturaleza ideológica de las relaciones de dominación («hegemonía»), nunca limitadas a puras y simples relaciones de fuerzas entre grupos de poder o clases sociales.
En este sentido, la noción de cultura popular (que, en ese momento, fuera de Italia, ocupaba a investigadores del período moderno como Peter Burke, Natalie Zemon Davis y más de un historiador francés) se reveló fundamental. Esta noción no estaba desprovista de una ambigüedad de la que eran perfectamente conscientes los investigadores. Se corría el riesgo de hacer hipóstasis de la existencia de un «pueblo» con su propia identidad y visión del mundo (casi una «conciencia de clase» ante litteram proyectada hacia atrás a partir de las experiencias del movimiento obrero y socialista del siglo xx). Tropezaba, además, con un dilema existencial del que dependían, para remontarse a la cultura de las clases subalternas, de fuentes indirectas, en principio «adversas». Sin embargo, la conciencia de estos problemas permitió a los que evolucionaban en este dominio desarrollar investigaciones que han hecho época, convirtiéndose en clásicos de la historiografía internacional. Es el caso, especialmente, de dos de las primeras monografías de Carlo Ginzburg, que tienen en común el hecho de basarse en una documentación de los archivos del tribunal de la Inquisición de Udine: I benandanti (1966) e Il formaggio e i vermi (1976).3
La primera muestra al lector una Inquisición inicialmente incrédula frente a una creencia popular desconocida y después activa al interpretarla en el sentido de la demonología; de este modo, sugiere el papel decisivo del inquisidor, que inspira la respuesta a los testigos y sospechosos (guardando después el autor las distancias al subrayar la larga permanencia de la brujería europea como mito, cuando no incluso como rito, y no como pura invención de la Inquisición). Como en todos los estudios posteriores sobre estos fenómenos, la cuestión de la documentación y su uso es esencial: Ginzburg, por otra parte, volverá a hablar varias veces sobre las implicaciones metodológicas del papel del historiador y las ambigüedades del interrogatorio llevado a cabo por el inquisidor, que se asemeja a un antropólogo (o al propio historiador) en su manera de intentar establecer y contar la verdad. La segunda obra tiene como protagonista al heterodoxo molinero Menocchio –destinado a convertirse en una verdadera estrella por la cantidad de citas que se propagaron en libros ajenos–. Y la clave de las páginas esenciales de Ginzburg es precisamente la relación de Menocchio con los libros. La original visión que el sospechoso tiene del mundo (la que, impenitente, lo conduce finalmente al patíbulo) se había construido, efectivamente, mediante la lectura de libros, unos de su propiedad y otros prestados, una vía abierta a los historiadores que hoy se interesan en la circulación de los textos, la mediación oral de la conversación con otros, la subjetividad de los usos y la libertad de interpretación, de asimilación personal. Por esta razón Menocchio figura, incluso fuera de su país, en más de un ensayo dedicado a la historia de la lectura, como ejemplo de una compleja relación entre niveles de cultura (el molinero era, a su manera, un mediador entre diferentes grupos sociales). Como ocurre en general con la microhistoria, de la cual Il formaggio e i vermi es un caso paradigmático, la cuestión que se plantea es saber si este estudio de caso es representativo. Pero Carlo Ginzburg era perfectamente consciente de este punto. Una vez hecha esta advertencia –nos resulta difícil estimar cuántos «Menocchios» poblaban Italia y el mundo del pasado–, el historiador puede consultar las fuentes. Rebuscar es difícil pero no imposible, y algunas de las vías de investigación desarrolladas en los años siguientes, a las que aludimos en las páginas que siguen, han ido en esta dirección, lo que ha producido resultados.
Que hayamos acabado hablando de libros para introducir los temas y los enfoques de la historia cultural era inevitable: la historia de las formas de comunicación ha sido en todas partes el terreno preferido de esta manera de hacer historia.4 En el panorama de los estudios italianos destaca la figura de Armando Petrucci, investigador en el que se aúnan las competencias y alternativas de archivista, bibliotecario y profesor de paleografía y de diplomática. Pionero en la investigación sobre la historia de la escritura y la lectura, se ocupó (con casi veinte años de retraso respecto a la publicación original) de la traducción italiana de La naissance du livre de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin (1977). En esta fecha Petrucci ya había escrito importantes e influyentes ensayos, pero también había colaborado en varias obras colectivas (como una serie de publicaciones en el dominio en el que se distinguió la editorial Laterza5 en la segunda mitad de los años setenta). La sensibilidad hacia las diferentes formas de alfabetismo y el compromiso cívico han mantenido su atención en los problemas del presente.6 En este singular terreno escogido (la Edad Media italiana) sus investigaciones han hecho emerger «la ciudad de la Alta Edad Media como lugar de producción, de uso, pero también de enseñanza de la escritura, como escuela y scriptorium, sobre todo de los laicos, desde los notarios a los jueces, los médicos, los propietarios y los expertos, e, incluso los administradores locales».7 En su trabajo, Petrucci recorre libremente la historia de Occidente, desde la Antigüedad hasta nuestros días, en busca de usos y funciones de las escrituras expuestas (epigráficas) y del uso funerario de lo escrito, es decir, de la representación que se quiso transmitir del muerto.8 En conjunto, su lección pone al día, con términos nuevos, un objeto cuyas numerosas facetas merecían ser reconocidas: la variedad de textos, las características de sus soportes materiales, su multiplicidad de usos. Con respecto a la revolución, tan debatida en los medios de comunicación, que se remonta al Renacimiento, conviene, en definitiva, no olvidar la supervivencia del manuscrito incluso en la época de la imprenta, teniendo en cuenta los elementos de continuidad, más que de ruptura, que caracterizan el surgimiento de ésta junto con aquél.
En una historia de la escritura, Italia constituye un objeto particular, puesto que se trata de un país que hoy en día aún habla numerosas lenguas, pero que en un momento dado comenzó a escribir en una sola. Aquí, como en otras partes, el giro de la historia se produce en el siglo xvi, que experimentó un proceso de normalización tras el cual la obligación de «escribir bien» comportó también una tendencia a «escribir menos».9 Marina Roggero, especialista en historia de la instrucción, ha explorado recientemente esta zona fronteriza (o, mejor dicho, de superposición) entre oralidad y escritura, entre consumo popular y consumo culto, marcada por una familiaridad especial de los italianos con la poesía: una familiaridad sensible, desde siempre, hacia los viajeros extranjeros, hasta el punto de transformarse en estereotipo (que debe, por tanto, ser examinada con prudencia, evitando tomarse demasiado al pie de la letra las imágenes de «campesinos con el laúd en la mano» y «jóvenes pastores con el Ariosto en los labios», que nos han dejado Montaigne y muchos otros).10 El éxito de un género como la literatura caballeresca y el papel desempeñado en su transmisión por la voz, el canto y la memoria, permiten recordar, al menos en parte, la historia de la difícil relación de los italianos con los libros –una historia condicionada por el peso de la censura, pero también por las dificultades que podía presentar una tradición literaria escrita en una lengua diferente de la usada a diario-. El papel de la escena popular, marcada por el arte de los improvisadores, recuerda también la importancia del descubrimiento del teatro popular en los estudios italianos desde finales del siglo xix,11 y presenta sugerentes paralelismos con investigaciones sobre las tradiciones épicas orales que marcaron el estudio de la formas de la comunicación, como las de Milman Parry y Albert Lord sobre los bardos de la región balcánica, y su aplicación (por parte también de Eric Havelock) a los poemas homéricos.
Estudiar la producción y la circulación de los textos y las ideas implica prestar atención a los obstáculos y filtros que, de diversos modos y en distintas ocasiones, han intentado trabarlas o, al menos, condicionarlas, es decir, prestar atención al conjunto de mecanismos de censura. En este plano, el caso de la censura fascista a los escritores judíos, aplicada sistemáticamente en 1938 por el Ministerio de la Cultura Popular, antes incluso de que las leyes antisemitas fueran promulgadas, ha sido objeto de investigación.12 Pero el siglo de oro13 de la censura sigue siendo la época de la Contrarreforma que, al afectar también a las vulgarizaciones de las Sagradas Escrituras, acabó por asimilarlas en la imaginación colectiva a los libros heréticos, lo que llevó a una familiaridad mediocre de los italianos con el texto sagrado.14 Los revisionismos de moda han intentado acabar con la leyenda de las hogueras de libros (además de las de escritores), que tendrían un peso considerable en la elaboración y en la expresión del pensamiento en la Europa mediterránea de la época moderna. Aun sin reinventar completamente el pasado, es probable, en todo caso, que las relaciones entre textos y censura hayan tenido desarrollos más complejos de lo que se imaginaba. Por ello también, con el fin de evitar los controles, se las ingeniaban para elaborar sutiles formas de expresión de ideas heterodoxas y medios eficaces de transmitir la información. El caso de Venecia –sobre el que ha trabajado, entre otros, Mario Infeliserevela el surgimiento, entre los siglos xvi y xvii, de un verdadero mercado de la información que prepara la eclosión de las gacetas en el siglo xviii. La curiosidad del público por los acontecimientos políticos y militares se satisfacía con los informes periódicos producidos en los talleres previstos a tal efecto, principalmente manuscritos, lo que, aquí también, corrige la esquemática atribución a la tipografía de todas las novedades y desarrollos significativos.15 Entre los siglos xvii y xviii el entorno veneciano registraba modalidades de circulación heterodoxas en el dominio religioso, de proporciones tales que sólo una extensa investigación archivística ha permitido finalmente apreciarlas.16 La historiografía italiana ha intentado reconstruir los recorridos de la opinión pública no sólo dentro de las fronteras nacionales, sino también mediante estudios que tratan de Castilla e Inglaterra.17 El protagonismo de la palabra, del control sobre sus formas de expresión, la conceptualización incluso de sus funciones, estaba tan presente en importantes pasajes históricos anteriores que las investigaciones originales nos han permitido apreciarla en toda la riqueza de sus implicaciones: es el caso del giro que en el siglo xiii llevó a la teología católica a inventar una categoría especial de «pecados de la lengua», recuperada por el estudio de Carla Casgrande y Silvana Vecchio.18
Hemos hecho alusión al compromiso de una editorial italiana con la publicación de estudios dedicados a la historia de la edición, del libro y de la lectura. A ello hay que añadir, al menos, otra empresa, la Storia d’Italia de la editorial Einaudi, que comienza en los años setenta y sirve de catalizador y de escaparate para una tendencia importante de la historiografía italiana de esos años –más próxima a la historiografía francesa de la misma época–; hasta tal punto que una serie de investigadores de la École des Hautes Études en Sciences Sociales tienen un papel destacado en el listado de aportaciones a una iniciativa paralela, y no menos influyente, del editor turinés en el transcurso de los mismos años, la Enciclopedia (16 volúmenes, 1977-1984). La Storia d’Italia comienza con un volumen dedicado a los «caracteres originales» (1972), en el cual los aspectos culturales de la identidad nacional pasan al primer plano. Después de un primer tomo dedicado a la historia del paisaje, la económica, social, política y jurídica, le sigue un segundo volumen, dedicado casi completamente a aspectos culturales: desde lo aparentemente provocador, por parte de Carlo Ginzburg, entre folclore, magia y religión, hasta el estudio de lengua, dialecto y literatura (Alfredo Stussi), el examen de los casos del arte (Giulio Carlo Argan y Mauricio Fagiolo) y de la escena (Alessandro Fontana).19 La continuación de la iniciativa editorial mantendría la atención en ese campo temático con la publicación incluso de volúmenes, dentro de la serie de los Annali, dedicados a la relación entre cultura y poder, una variación del discurso sobre instituciones y profesiones intelectuales particularmente apreciada en la reflexión de esos años.20 Con esta alusión no pretendemos identificar simple y llanamente las investigaciones de los años setenta y ochenta con perspectivas metodológicas en parte diferentes y que no emergieron verdaderamente hasta más tarde (reduciendo las primeras al rango de «precursoras»). Sugerimos solamente que, mediante los cambios de estilo en la investigación y la comunicación de sus resultados, se ha prestado de forma continua una especial atención a los hechos culturales en la historiografía italiana. Si lo olvidamos, corremos el riesgo de imaginar que los desarrollos más recientes han visto la luz de manera inexplicable en un desierto y que son exclusivamente un producto de importación. De este modo, como hemos dicho, la historia intelectual es un componente tradicional de la investigación histórica italiana, incluso es en ella moneda corriente la atención específica hacia la edición y las formas de organizar la circulación de las ideas. Marino Berengo, un historiador muy influyente en la formación de generaciones posteriores de investigadores, dedicaría a la opinión pública su memoria de licenciatura (en 1953, con Cantimori) y se ocuparía, lógicamente, de temas como los periódicos y los libreros, abordando la Restauración como un momento clave en la separación entre intelectuales y poder;21 y Alberto Tenenti, que, con sus estudios sobre el sentido de la muerte en el Renacimiento, ofrece una contribución directa del lado italiano a este ascendiente de la historia cultural moderna que fue la historia de las mentalidades, se dedicó asimismo a estudiar a los tipógrafos.22 Renato Pasta, también investigador de la historia de la edición, contribuyó de manera significativa en este dominio al introducir a los italianos en la lectura de un maestro en la materia como Robert Darnton.23 En Italia, al igual que en otras partes, el estudio de los diversos tipos de textos en circulación ha llevado a prestar atención a publicaciones populares como los almanaques;24 o también a las octavillas y panfletos que difundían la imaginación profética o la sátira anticlerical.25 Respecto a los usos impensados de los textos, se ha constatado que hojas y libros de magia, y también copias impresas o manuscritas de oraciones e invocaciones, los podían llevar como talismanes o tragárselos directamente –prácticas a las que los tribunales de la Inquisición se hubieron de oponer.26
Además de la atención prestada a los diversos grupos sociales, la historia cultural tiene una sensibilidad especial hacia los encuentros entre culturas y conflictos que se suscitan por la movilidad geográfica de individuos y pueblos. En este campo los investigadores italianos han encontrado también en la época de los descubrimientos un terreno particularmente fértil.27
Hacer historia cultural no significa, naturalmente, ocuparse de la comunicación y trabajar sobre textos exclusivamente, sino que comporta también una indagación en una pluralidad de fuentes que pueden explicar costumbres y estilos de vida28 y permiten poner de manifiesto las distintas formas de sociabilidad. En el panorama italiano de los centros de investigación es asimismo más que raro, casi único, el hecho de que se preste atención específica a la historia y la cultura del juego.29
El tema del paisaje, que hemos visto al aludir a la identidad italiana, tal como la presenta el volumen inicial de la serie de la editorial Einaudi, ha sido también apreciado por la historiografía francesa de los primeros Annales y constituye, a su manera, un tema preferente de los estudios italianos.30 Podemos preguntarnos cuál es su parentesco con la esfera de la cultura: se entenderá si consideramos las relaciones entre las comunidades humanas y el medio ambiente, la huella que han dejado las primeras en el mundo que habitan y los condicionamientos impuestos por el segundo, hasta el punto de caracterizar de forma inequívoca civilizaciones, estilos de vida y representaciones del mundo. Es en esta perspectiva donde se sitúan los análisis de uno de los más originales especialistas italianos en la Edad Media, Vito Fumagalli, investigador de la historia rural atento a los detalles del paisaje vegetal, pero también investigador apasionado de las huellas dejadas por los hombres, con predilección por los perdedores. A él se le debe una feliz serie de volúmenes, concebidos específicamente para no especialistas, en cuyo núcleo se encuentra, sobre todo, la reconstrucción del «clima» de la época que estudia: modos de vida, ciudad y naturaleza, vicisitudes del cuerpo.31
El cuerpo, efectivamente, es un tema característico de la historia cultural de las últimas décadas, por efecto de una variedad de estímulos y enfoques; principalmente, los que proceden de la emergencia de la historia de las mujeres y la historia de género (perspectiva que requeriría un tratamiento específico, pero cuya pertinencia es evidente cuando reparamos en cuántas cuestiones de identidad implica y la importancia que ha dado a la escritura femenina). Hay que mencionar la obra de un historiador cultural sui generis como Piero Camporesi, vagabundo de formación literaria, especialista en los marginales de otros tiempos y en las fronteras de los estudios del folclore.32 Lo vemos en las costumbres fúnebres de los reyes del Renacimiento, o en la sacralidad del poder en la Europa medieval y moderna, en la lectura que hace Ernst Kantorowicz.33 Domina asimismo las investigaciones inspiradas por Foucault,34 con una historia de la medicina reconstruida tanto desde el punto de vista de sus prácticas e instituciones35 como desde el de la producción y circulación de textos (historia del libro de medicina).36 Hasta la valiente investigación de un historiador contemporáneo –experto en la utilización de la documentación fotográficaque, para las guerras del siglo xx, ha reconstruido la historia del cuerpo del enemigo muerto, profanado de toda suerte y maneras, desde la exhibición en público a la aniquilación en una fosa común, que se corresponden con las diversas tipologías de la guerra.37
Lo que hizo posible una experiencia como la de los dos libros de Ginzburg –de donde ha partido nuestro análisisfue, asimismo, el encuentro de un historiador de excepción con unos archivos particularmente ricos. El hilo conductor que atraviesa las investigaciones y los análisis lo constituyen la producción efectiva, la transmisión, la supervivencia, el (re)descubrimiento, la disponibilidad y la utilización oportuna de las fuentes aptas para contar el tipo de historia que nos ocupa, fundamento del que depende la propia posibilidad de esta empresa. Se trata, evidentemente, de materiales que, por sus características, deben ser capaces de transmitirnos un testimonio, por parcial que sea, de las representaciones que los hombres y las mujeres del pasado daban de sí mismos y del mundo. Sin quitar méritos a la iconografía u otro tipo de monumentos, lo esencial es, inevitablemente, la masa de documentos escritos, manuscritos o impresos, de la que hemos hablado. El subconjunto que representan las fuentes inquisitoriales ha demostrado una capacidad particular para reconstruir este tipo de informaciones: los materiales sobre los cuales se fundamentan no sólo las investigaciones de Ginzburg, sino también las de otros aquí citados pertenecen a este género. Es en este terreno donde se ha podido apreciar también el alcance de una experiencia espiritual heterodoxa como el quietismo38 o las particularidades de la circulación de la obra de Erasmo39 en Italia. En este aspecto, la apertura de los archivos romanos del Santo Oficio representa para los investigadores una ocasión histórica de renovar nuestro conocimiento del pasado.40 Al mismo tiempo, son necesarios, por parte del historiador, el interés y la capacidad de plantear a estas fuentes buenas preguntas. Un historiador que ha tenido ocasión de trabajar junto con Ginzburg ofrece un ejemplo especialmente útil. Después de haber abordado sistemáticamente en numerosos estudios el problema de los «tribunales de conciencia» establecidos por la Iglesia de la Contrarreforma, Adriano Prosperi propuso, en Dare l’anima (2005), un modelo ejemplar de escritura: un caso dramático –un proceso por infanticidiole ofreció la ocasión de conducir al lector por un viaje vertiginoso a través de siglos de reflexión filosófica y teológica alrededor de la naturaleza del alma y el origen de la vida.41 Fuera de este contexto, los capítulos que Prosperi dedica a las doctrinas del alma podrían corresponder a una perspectiva más traditional de historia de las ideas. Tal como se encajan dentro del libro, por el contrario, iluminan la tragedia de dos vidas rotas (el recién nacido y la madre condenada a muerte) y reflejan el conjunto de creencias y prácticas sociales que delimitaban la experiencia cotidiana y regulaban las decisiones posibles de todos los sujetos implicados. Y éste es el sentido mismo de la perspectiva de la investigación que aquí nos ocupa.
*. Agradezco a Federico Barbierato, Lodovica Braida y Peter Burke sus estimables sugerencias.
1. Un criterio elemental de selección será centrarse casi exclusivamente en monografías y grandes obras, puesto que no hay lugar aquí para explorar, ni siquiera de forma superficial, la esfera de los ensayos más breves. No obstante, es cierto que son precisamente algunas revistas –y la primera entre ellas Quaderni storici, abanderada de la nueva historia italiana en la escena internacionallas que han tenido un papel protagonista en la promoción y el estímulo de algunas de las orientaciones de investigación esbozadas aquí, funcionando también como importantes foros de debate metodológico.
2. Véase, por ejemplo, Angelo D’Orsi: Intellettuali nelNovecento Italiano, Turín, Einaudi, 2001; Mario Isnenghi: Intellettuali militanti e intellettuali funzionari, Turín, Einaudi, 1979. El segundo autor ha sido también un referente para otro asunto muy apreciado en la historiografía contemporánea francesa, el de los intelectuales: I luoghi Della memoria, por Mario Isnenghi, 3 vol., Roma-Bari, Laterza, 1996-1997.
3. Carlo Ginzburg: I Ъenandanti, Turín, Einaudi, 1966; íd.: Il formaggio e i vermi, Turín, Einaudi, 1976.
4. A propósito del panorama italiano de los estudios, véanse también las aportaciones de Carlo Dionisotti y Luigi Balsamo; cf Mario Infelise: Per una storia della comunicazione scritta, epílogo a la traducción italiana de Frédéric Barbier: Storia del liЪro, Bari, Dedalo, 2004, pp. 543-560; 552-560.
5. Armando Petrucci: «Alle origini del libro moderno. Libri da banco, libri da bisaccia, libretti da mano», en Italia medioevale e umanistica 12, 1969, pp. 295-313 (más tarde en Armando Petrucci: LiЪri, scrittura e puЪЪlico nel Rinascimento. Guida storica e critica, Roma-Bari, Laterza, 1979, pp. 137-156); íd.: «Studi medievale», en Scrittura e liЪro nell’Italia altomedievale, s. III, 10/2, 1969, pp. 157-213 y 14; 1973, pp. 961-1.002 (reproducido en parte en Guglielmo Cavallo: LiЪri e lettori nel medioevo. Guida storica e critica, Roma-Bari, Laterza, 1977, pp. 3-26); Armando Petrucci: LiЪri, editori epuЪЪlico nell’Europa moderna. Guida storica e critica, Roma-Bari, Laterza, 1979.
6. Giulia Barone y Armando Petrucci: Primo non legger. BiЪliotheche e puЪЪlica lettura in Italia dal 1861 ai nostri giorni, Milán, Mazzotta, 1976; Armando Petrucci: Scrivere no. Politiche della scrittura e analfaЪetismo nel modo d’oggi, Roma, Editori Riuniti, 1987.
7. Armando Petrucci y Carlo Romeo: «Scriptores in urbibus», en AlfaЪetismo e cultura scritta nell’Italia altomedievale, Bolonia, Il Mulino, 1992, p. 239.
8. Armando Petrucci: La scrittura. Ideología e rappresentazione, Turín, Einaudi, 1986; íd.: Le scritture ultime, Turín, Einaudi, 1995. Para una bibliografía completa véase Marco Palma: Bibliografia degli scritti di Armando Petrucci, Roma, Viella, 2002.
9. Attilio Bartoli Langeli: La scrittura dell’italiano, Bolonia, Il Mulino, 2000.
10. Marina Roggero: Le carte piene di sogni, Bolonia, Il Mulino, 2006.
11. Cf Alessandro D’Ancona: Origini del teatro italiano. Studi sulle Sacre rappresentazioni, Turín, Loescher, 1891 (reedición facsímil: Roma, Bardi, 1971); Paolo Toschi: Le origini del teatro italiano, Turín, Einaudi, 1955.
12. Marina Roggero: Le carte piene di sogni, Bolonia, Il Mulino, 2006.
13. N. del T.: en castellano en el original.
14. Gigliola Fragnito: La BiЪia al rogo, Bolonia, Il Mulino, 1997.
15. Mario Infelise: Prima dei giornali, Roma-Bari, Laterza, 2002.
16. Federico Barbierato: Politici e ateisti. Percorsi della miscredenza a Venezia tra Sei e Settecento, Milán, Unicolpi, 2006.
17. Sandro Landi: Il governo delle opinioni: censura e formazione del consenso nella Toscana del Settecento, Bolonia, Il Mulino, 2000; Michele Olivari: Fra trono e opinione: la vitapolitica castigliana nel Cinque e Seicento, Venecia, Marsilio, 2002; Marico Caricchio: Politica, religione e commercio di liЪri nella rivoluzione inglese: i liЪri di Giles Calvert, Génova, name, 2003.
18. Carla Casagrande y Silvana Vecchio: Ipeccati della lingua, Roma, Istituto della Enciclopedia italiana, 1987.
19. Storia d’Italia, por Ruggero Romano y Corrado Vivanti: I caratteri originali, Turín, Einaudi, 1972.
20. Entre otros: «Storia d’ltalia», Annali 4 Intellettuali e potere, por Corrado Vivanti, Turín, Einaudi, 1981; 9. La Chiesa e il potere politico dal Medioevo all’età contemporanea, por Giorgio Chittolini y Giovanni Miccoli, Turín, Einaudi, 1986.
21. Marino Berengo: Giornali veneziani del Settecento, 1963; Marino Berengo: Intellettuali e liЪrai nella Milano della Restaurazione, 1980; cf. Mario Infelise: «Intellettuali, editori, libri», en Giuseppe del Torre: Tra Venezia e l’Europa. Gli itinerari di uno storico delNovecento: Mario Berengo, Pádova, Il Poligrafo, 2003, pp. 155-168.
22. Alberto Tenenti: «Luc’Antonio Giunti il giovane stampatore e mercante», en Studi in onore di Armando Sapori, Milán, Cisalpino, 1957, pp. 1.024-1.060.
23. Robert Darnton: Il grande massacro dei gatti e altri episodi della storia culturale francese, por Renato Pasta, Milán, Aelphi, 1988.
24. Lodovica Braida: Le guide del tempo, Turín, Deputazione Subalpina di Storia Patria, 1989; Elide Casali: Le spie del cielo: oroscopi, lunari e almancchi nell’Italia moderna, Turín, Einaudi, 2003.
25. Ottavia Niccoli: Profeti e popolo nell’Italia del Rinascimento, Roma-Bari, Laterza, 1987; íd.: Rinascimento anticlericale, Roma-Bari, Laterza, 2005.
26. Federico Barbierato: Nella stanza dei circoli. Clavicula Salomonis e liЪri di magia a Venecia nei secoli XVII e xviII, Milán, Edizioni Sylvestre Bonnard.
27. Antonello Gerbi: La disputa del nuovo mondo, Milán-Nápoles, Ricciardi, 1955; Giuliano Gliozzi: Adamo e il nuovo mondo, Florencia, La Nuova Italia, 1977.
28. En este campo destacan numerosos estudios de algunos especialistas de la Edad Media: Massimo Montanari, en la alimentación; Maria Giuseppina Muzzurelli, en el vestido. En la época moderna y contemporánea, Paolo Capuzzo: Culture del consumo, Bolonia, Il Mulino, 2006.
29. Es uno de los sectores de actividad de la Fondazione Beneton Studi Ricerche (Treviso), bajo la dirección, en principio, de Gaetano Cozzi y después de Gherardo Ortalli. La lista de publicaciones (monografías y una revista, Ludica, que ha superado los diez años de actividad) está disponible en la página web <www.fbsr.it.> El autor de este artículo ha contribuido con una investigación sobre la danza y después ha continuado por otra parte con el mismo filón de estudios (Alessandro Arcangeli: Recreation in the Renaisance, Basingstoke, Palgrave Macmillan, 2003).
30. El estudio clásico es el de Emilio Sereni: Storia delpaesaggio agrario italiano, Bari, Laterza, 1961. Sereni contribuirá después al primer tomo de I caratteri originali citado; en su libro da prueba, asimismo, de una familiaridad bastante rara en la historiografía italiana con las fuentes iconográficas.
31. Vito Fumagalli: Quando il cielo s’oscura, Bolonia, Il Mulino, 1987; íd.: La pietra viva, Bolonia, Il Mulino, 1988; íd.: Solitudo carnis, Bolonia, Il Mulino, 1990; íd.: L’alЪa del Medioevo, Bolonia, Il Mulino, 1993, más tarde reunidos en íd.: Paesaggi dellapaura. Vita e natura nel Medioevo, Bolonia, Il Mulino, 1994.
32. Véase también Elide Casali: «Academico di nulla academia»: saggi su Piero Camporesi, Bolonia, Bonomia University Press, 2006, con una bibliografía de los escritos.
33. Giovanni Ricci: Il principe e la morte, Bolonia, Il Mulino, 1998; Sergio Bertelli: Il corpo del re, Florencia, Ponte alle Grazie, 1990.
34. Valerio Marchetti: L’invenzione della Ъisessualità, Milán, Bruno Mondadori, 2001.
35. Alessandro Pastore: Le regole dei corpi: medicina e disciplina nell’Italia moderna, Bolonia, Il Mulino, 2006.
36. Andrea Carlino: La faЪЪrica del corpo: liЪri e dissezione nel Rinascimento, Turín, Einaudi, 1994.
37. Giovanni de Luna: Il corpo del nemico: violenza e morte nella guerra contemporanea, Turín, Einaudi, 2006.
38. Gianvittorio Signorotto: Inquisitori e mistici nel Seicento italiano: l’eresia di Santa Pelagia, Bolonia, Il Mulino, 1989; Adelisa Maleno: L’eresia deiperfetti, Roma, Edizioni di Storia e Letteratura, 2003.
39. Silvana Seidel Menchi: Erasmo in Italia (1520-1580), Turín, Bollati Boringhieri, 1987.
40. Véanse también las investigaciones de Oscar di Simplicio (recientemente su Autunno della stregoneria: maleficio e magia nell’Italia moderna, Bolonia, Il Mulino, 2005), que fueron posibles después del descubrimiento en la sede romana del Santo Oficio de los archivos completos de la Inquisición de Siena.
41. Adriano Prosperi: Dare l’anima, Turín, Einaudi, 2005.
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