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Victoria Moura
LA GRAN BESTIA

Moura, Victoria
La Gran Bestia / Victoria Moura. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8924-11-3
1. Novelas. I. Título.
CDD A863
© 2021, Victoria Moura
Primera edición, diciembre 2021
Diseño y diagramación
Lara Melamet
Corrección
Martín Vittón y Karina Garofalo
Obra citada en la portada: detalle de El jardín de las delicias (óleo sobre tabla de madera de roble), 1490-1500, de Jheronimus van Aken (el Bosco).
Conversión a formato digital: Libresque
Hecho el depósito que establece la ley 11.723.
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra
sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.

Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
www.pampublicaciones.com.ar
Para Luz.
Muchas gracias:
A Patricia Leborans,
Gloria López Lecube,
Sebastián García Uldry.
A Daniel Guebel, el otro mago.
Capítulo 1
—¿Usted es usted? —me preguntó.
—Sí —contesté—. ¿Y usted?
—Yo soy Aleister Crowley, mago. Tenemos que hablar —dijo él ese mediodía en el cafecito coqueto de Marcelo T. y Esmeralda.
Un señor alto, bien vestido y con ojos negros penetrantes afirmaba ser alguien que para mí había sido sólo la cara de una tapa de disco, fuera o no un corazón solitario, y que ya debía de estar muerto.
La nota que alguien deslizó debajo de mi puerta decía con letra caligráfica: «Tenga la amabilidad de aceptar una charla de la mayor importancia. Ha sido elegida. Miércoles doce horas en Esmeralda… firmado: A. C.».
Ese verano me habían invadido el sopor de la ciudad y un aburrimiento peligroso. Traté de enamorarme pero con resultados muy magros. El cafecito quedaba a una cuadra de casa. ¿Por qué no?
La imagen del señor misterioso resultaba envolvente, de sus ropas se desprendía un perfume de agua de colonia amaderado y tranquilizador. Parecía haber sido un buen deportista en años pasados. Al quitarse la boina de hilo clarito quedó expuesta su pelada lustrosa y del color del bronce, con algunas pecas. Rechazó amable el cigarrillo que le ofrecí.
Me contó que la historia vulgar lo situaba como un inglés nacido en el seno de una familia puritana de Warwickshire; que desde muy niño su madre lo había llamado La Gran Bestia; que había ingresado en la Orden Hermética de la Aurora Dorada, pero chocó con el ego desmesurado de Yeats, el poeta.
Rememoró con algo que pareció melancolía las liturgias que celebraban en la sede de la Aurora Dorada, en el 36 de Blythe Road, Londres. Ceremonias durante las cuales, vestidos con túnicas, invocaban a Osiris, dramatizaban ahorcamientos, y estudiaban la lengua de los ángeles, la Cábala y el hebreo, entre sarcófagos y calderos, con gran pompa masónica.
Reclamó al mozo los cafés que había pedido. Para madame, cortado en jarrito por favor, dijo.
Yo lo escuchaba atenta, prendí otro cigarrillo.
—Ingresé en la Orden en 1898, a los veintitrés años, y encontré que había muchos poetastros aficionados a la magia, de los que invocan súcubos.
Dijo que Yeats lo odió desde el primer día. Advirtió en los poemas de Crowley un contrincante peligroso por su escritura. Que el famoso poeta echó mano de todo lo que tuvo para deshacerse de él; convocó súcubos, intentó los más bajos ataques astrales para quitarlo del medio. Pero era una historia larga que me contaría en otro momento.
Agregó que en lo personal, le gustaba conocer lugares con mística, y que Buenos Aires tenía mucha.
Ah, y que era inmortal.
Yo tenía cierto entrenamiento para disimular mi desconfianza, mi incredulidad, mi risa oculta por el otro. Una técnica familiar que fuimos perfeccionando con mis hermanos y también con mis padres. Nos reíamos de todo y de todos. Lo miré sin decir palabra mientras me enrulaba un mechón de pelo con mi dedo índice.
Pedimos otra vuelta de café. Cortados los dos por favor, dijo, y propuso tutearnos.
—Ya sé que no creés ni una palabra. No importa. Todo es cuestión de tiempo.
Me habló de genealogías de magos. Que me había estudiado desde hacía tiempo. Que mi nombre no era casual. Que al fin y al cabo el destino existe. Agregó que, ya que me gustaba leer, me dejaba unos libros. Y fue sacando de un bolso que no había advertido El misterio de las catedrales, de Fulcanelli; Más que humano, de Sturgeon, «Le Réquisitionnaire», de Balzac.
—Más que humano ya lo leí —dije.
—Eras más chica, leelo otra vez.
Se puso de pie y propuso volver a encontrarnos en una semana. Misma hora. Mismo lugar.
Salió del café y me quedé pensando. ¿Quién es este raro y cómo dio conmigo? No parece querer levantarme. ¿Por qué no pregunté? ¿Por qué nunca pregunto?
Capítulo 2
El siguiente miércoles volví con los tres libros. Me estaba esperando con las piernas cruzadas y después de saludarme propuso cambiar de café y caminar hasta el Florida Garden, que estaba a sólo dos cuadras. «Todo bien a mano, como a vos te gusta», dijo. Tenía razón. Él tenía razón y a mí me inquietó. ¿De dónde había sacado eso tan mío que no le había dicho? Del encuentro anterior quedaba un casi monólogo suyo conmigo asintiendo y algún gracias. No mucho más.
Buscó una mesa muy cerca de otra donde había un grupo de personas. Apenas echó una mirada a sus integrantes. Se sentó de espaldas a ellos, y mirándome fijo: «Observemos», propuso. Observamos.
Comentaban una película y un libro. Mucho Fellini se oía. La mesa la componían una mujer y tres señores. Digamos varón número uno, varón número dos y varón número tres. Todos mayores de cuarenta. El señor número uno desplegaba muchos conocimientos acerca de Fellini.
Al hablar dirigía sus ojos hacia la audiencia y ponía énfasis en su última frase con la mirada fija en la mujer. Los demás escuchaban y, cuando trataban de opinar, el experto en Fellini interrumpía sus frases y las anulaba haciendo una pregunta pertinente, a modo de profesor tomando examen, en una jugada que sólo pretendía poner de relieve la respuesta que él sí conocía y la ignorancia del contrincante. Todo bien cubierto de civilidad y compañerismo. La mujer hablaba poco. Más bien escuchaba. Resultó que parecía ser la depositaria del interés del señor número uno y del número dos, que hacía chistes y festejaba como un niño si la dama en cuestión le sonreía. Sobrevolaba un galanteo a ojos vista entre los dos gallitos que cacareaban por obtener su favor, hasta que, saludando cortés, ella se retiró de la mesa.
—Ajá —exclamó Aleister mientras me miraba y sorbía su café estirando el meñique. Un anillo de oro con un escarabajo turquesa brillaba en su dedo anular.
—¿Qué notaste? —preguntó.
—Noté el cortejo medio berreta de los señores número uno y dos para conquistar a la deseada. El número tres no abrió la boca —opiné.
—Pero el que más dijo fue el que no dijo. El número tres —aseguró—. Movía las piernas cada vez que la señora en cuestión cambiaba de postura. Se le cayó la lapicera cuando ella se la pidió prestada. Fue el único que estiró el cuello para tratar de entender lo que el mozo murmuró en voz baja y al oído de la mujer. El falso experto en Fellini quería sobresalir por él mismo, no por la morocha. Es de los que leyeron media hora antes eso que exponen como si lo supieran de toda la vida. El número dos jugó el juego de los galanes, tampoco le importa demasiado la mujer. El que no dijo parece estar cautivado. El tercer hombre. Lo sorprendió la salida apurada de ella. No la esperaba y se le notó el desagrado. Se puso tenso cuando le dio un beso al despedirse y la vio bajar las escaleras con cierto brillo triste en las pupilas. No dijo una palabra pero está perdido por ella. Claramente se esconde.
Agregó que en el lenguaje verdadero, el interés habla por otros canales. Sin palabras, sin paredes, que el canon de la certeza existe y casi siempre se presenta en lo que no se pronuncia, en lo escondido.
Quedé pensativa, sin otorgarle la razón y sin notar lo visible de la situación invisible que Crowley describió con lujo de detalles. Sentí un gusto por el descubrimiento que advertí en todo eso que no había percibido. Me mantuve callada. Pensando.
—¿Leíste los libros? —dijo como para sacarme del estado silencioso.
—Fulcanelli me aburrió, el de Balzac quiero leerlo en castellano y Más que humano ya te dije que lo había leído.
—Tanta síntesis no ayuda a sacudir esa pereza espiritual que cargás desde hace tiempo. Fundamentá qué te aburrió de Fulcanelli.
—No es pereza espiritual, es insomnio —me defendí—. Me distraigo cuando me aburro. Así de fácil. Y no lo voy a leer de nuevo. El estado de aburrimiento acontece y no se explica.
Agregué que lo mismo sucede con el amor, que llega sin que uno lo espere y cuando aburre desespera y entonces aparecen las fugas mentales, sin el otro claro, pero las fugas suplen esa garantía de tedio tan difícil de superar. Luego le agradecí con mucha corrección que me hubiera prestado los libros pero que ya tenía muchos en casa para leer.
—No estoy interesada en sabidurías perdidas ni en el esoterismo anterior a las religiones ni en problemas abstrusos. Y para aprender magia puedo consultar a mi sobrino, que está haciendo un curso por correspondencia.
Mientras yo me explicaba, él reía, como si lo entusiasmara mi desdén.
Y sin embargo. ¿Por qué permití un siguiente café en Los 36 Billares? Cierta curiosidad me revoloteaba con el inglés, con sus artificios para detectar cosas que a mí se me escapaban. ¿Por qué acepté como suyo el nombre y la persona de alguien que figuraba muerto hacía años? ¿Por qué no le dije de inmediato que la suya era la actitud de un farsante?
Capítulo 3
La tarde que nos encontramos en Los 36 Billares fue gris, de luces prendidas mucho antes del anochecer. En esas tardes me trepaba por el cuerpo una electricidad que sólo presagiaba eventos maravillosos, escondidos, listos para presentarse como salidos de las nubes plomizas. Los verdes eran más brillantes, los plátanos de la Avenida de Mayo parecieron abrirse a mi paso hasta que entré en el café y elegí una mesa pegada al vidrio.
Llegué un rato antes, así que maté el tiempo escuchando la conversación de una pareja ubicada en la mesa vecina. Decidida a aplicar las técnicas del inglés y su lenguaje no dicho, observé que al arribo del mozo a la mesa de al lado y su pregunta «¿A la señora qué le gustaría? ¿Algo dulce o salado?», la dama expresó una gratificación que pareció recorrer su espina dorsal por saberse reconocida como señora, condición esta que el caballero parecía escatimarle; miró tres o cuatro veces su reloj, como queriendo estar ya en otro lado y (sospeché) sin ella.
El inglés llegó con su gabardina elegante, sus movimientos seguros, prolijos, llenos de benevolente autoridad. Ni bien tomó asiento y sin mirar a la pareja de al lado, dijo: «Él se muere de aburrimiento, ella espera todo. Están condenados».
Pidió un Baileys y comenzó a hablar de Azul; el monasterio trapense ofrecía un entorno purificador para aquellos que van a pasar unos días. Él lo frecuentaba para sus prácticas, allí podía levitar, comunicarse con magos del más allá y desarrollar algunas otras actividades que en la ciudad se veían continuamente interrumpidas por bocinazos o marchas al Congreso.
—Te haría bien cortar con tanto Buenos Aires. Ahí podrías aprender a meditar, a conocerte un poco mejor. También me conocerías mejor a mí —propuso.
Prometí pensarlo. No sonó tan descabellada la propuesta del retiro en Azul. Por momentos sentía pena por él. ¿Por qué siguió insistiendo para convencerme de lo atinado que sería hacer el retiro en la abadía? Tal vez no fuera una extravagancia suya.
¿Qué sabía del Aleister Crowley que en su momento aparecía en los diarios y del que se seguía escribiendo en algunos libros?
En busca de información me había tomado el trabajo de ir a la sede del Buenos Aires Herald, en la avenida San Juan. Una señora muy amable, con cara de institutriz, me atendió suponiendo que buscaba denuncias por violaciones de derechos humanos (yo me había presentado como profesora de Historia), de las tantas que había escrito Robert Cox durante los tiempos de la dictadura militar. Y aunque ya habían pasado quince años, seguía siendo un tema para investigar, pudo suponer la institutriz. Explicada mi inquietud, el motivo, el sujeto de mi búsqueda, me indicó con cierta extrañeza y por fechas dónde podría encontrar algo, si es que había. Había.
Aleister Crowley figuraba muerto en el 47, de neumonía, en Inglaterra. Cremado. Supo ser espía durante la Segunda Guerra Mundial y le atribuyeron haberle sugerido a Churchill hacer la V de la victoria; colocando los dedos índice y mayor en tijera se podría detener el movimiento de la cruz gamada.
Yo imaginé a Churchill considerando esa posibilidad disparatada mientras miraba el mapa espantoso de Europa. Habrá pensado «las brujas no existen pero que las hay, las hay», y sin más empezó a aparecer en todas las fotografías con sus dedos en V. No perdía nada y tal vez diera vuelta el tablero.
También aparecieron notas sobre una estancia escandalosa en Sicilia; en una abadía que el mismo Crowley había iniciado, donde practicaban fiestas llenas de sexo y drogas con fines narcomágicos que culminaron con una invitación del Duce a retirarse de la isla.
Seguí leyendo. Después de su muerte, su nombre se convirtió en una leyenda semisecreta y en objeto de fe. John, George, Paul y Ringo incluyeron su foto en la tapa de un disco. Tal vez el nombre de una famosísima canción de los Stones; Jimmy Page se declaró ferviente seguidor de su credo, compró la casa de Crowley en el lago Ness y acabó medio extraviado celebrando misas negras regadas de heroína. Eran los setenta y para muchos músicos el fantasma de Aleister ofició de gurú.
Pensé en todo eso mientras tenía sentado frente a mí, en aquel café, a un mistificador o a un inmortal verdadero: pensé en la velocidad con que transcurre una evocación y la permanencia de la evocación; su repetición a piacere; su independencia del momento fugaz en que murió como un hecho y nació como una repetición de otra repetición.
¿Qué crédito le estaba dando a este señor tan inverosímil siendo yo misma tan desconfiada? ¿Acaso se trataba de un paciente que, en sus salidas de la clínica psiquiátrica, jugaba al personaje lleno de misterios? Uno de mis tantos incisos mentales que se vieron interrumpidos cuando Crowley deslizó como al pasar que, ahí mismo, en Los 36, hacía más de ochenta años mi abuelo Guillermo se lucía seguido en las mesas de billar.
Un auto frenó brusco. Estrujé nerviosa una servilleta. El inglés me clavó los ojos. Sin decir nada llamé al mozo; quise irme rapidito, de golpe, para pensar tranquila eso que me acababa de decir de mi abuelo y que era cierto. Lo saludé y salí a la tarde muerta, con más preguntas ahora que antes. Crucé los brazos sobre mi piloto, como abrigándome de un posible temporal que no llegó.
En la puerta un hombre trataba de prender un cigarrillo. Con la mano cubría el encendedor para que el viento no le apagase el fuego. Había refrescado. Caminé hasta la esquina para cruzar la calle. Me di vuelta y vi que el inglés también salía del cafetín.
Se me ocurrió seguirlo. Lo vi encaminarse por Avenida de Mayo hacia 9 de Julio. Siguió hasta el Cabildo y giró en dirección sur. Había mermado la cantidad de personas por esa zona. Ya pasado el Colegio Nacional, aminoró su marcha y fue deteniéndose casi en cámara lenta. Una casa típica de ese barrio con puerta de dos hojas y una ventana al costado enmarcada con una Santa Rita muy grande pareció atrapar su figura; parado frente a la ventana agachó la cabeza. Pude escudriñar su gesto como de tristeza y respeto gracias al farol que lo iluminó. Sacó un pañuelo de su bolsillo y lo llevó a su cara. Él lloraba y yo me sentí tan conmovida que volví al estado de confusión absoluta. Al cabo de algunos minutos, apoyó una mano sobre una rama de la Santa Rita como acariciando a una persona, giró resuelto hacia su derecha y continuó siempre hacia el sur. Yo volví a casa.
Capítulo 4
Al cabo de sopesar pros y contras, un mediodía soleado tomé un taxi hacia la terminal de Retiro y allí el micro hacia Azul. Llevaba poca ropa, unos libros para leer en el viaje, aunque, fiel a mi costumbre, ni los abrí.
Me entregué al estado que mejor conocía: mirar por la ventanilla. Los cielos, el pasto, la vida pasaban a ochenta, a noventa kilómetros. Una foto perfecta de mí misma. Había vivido casi treinta años mirando por la ventanilla.
Comencé a aceptar cierta posibilidad que venía resistiendo hasta que cedió con una primera filtración: Aleister (tal vez) leía los pensamientos.
Al bajar en Azul, a la hora de la siesta y con muy poca gente en la terminal, vi una van con el logo de la abadía que me estaba esperando —fui la única pasajera— y al cabo de unos minutos que me parecieron muy largos, el conductor, de pocas palabras, entró en los terrenos del monasterio despacio, como quien entra en un ensueño. Allá atrás el edificio rojo, erguido, adelante el jardín enorme y prolijo, arriba de todo la cruz.
Me sentí en un cuento de hadas donde el único rey era el silencio. Un monje con capucha me indicó el lugar donde me hospedaría. Intenté seguir un caminito alternativo que el encapuchado sesgó con su mirada firme.
Pasaría mis días coronada de gloria en un cuarto sencillo, con una mesa módica y una silla. Para qué más.
Tres golpecitos suaves, pausados, sonaron en mi puerta. No sé por qué supe que era Crowley.
—¡Qué alegría verte! —dijo sin mentir—. Te va a encantar la abadía, ya vas a ver. Hay una biblioteca descomunal, no puede entrar cualquiera, pero te voy a llevar. Tienen libros que el Vaticano mandó durante la guerra para que quedasen a resguardo de las bombas. Vieras qué interesante.
—Aleister, tengo dos millones de preguntas, pero voy a hacerte la primera: ¿se puede saber qué hacés acá metido en el corazón de un monasterio si sos mago o brujo, lector de mentes y tan inmortal? —pregunté molesta.
No era una molestia menor, yo quería que me explicara a qué se refería con inmortal; que expandiera sus habilidades para conocer con sólo mirar a otras personas; que justificara su decisión de estar en un recinto religioso si su esoterismo se llevaba de patadas con la Santa Iglesia Católica. Yo esperaba argumentos más o menos explícitos, pero él daba respuestas breves, mi fastidio no parecía importarle.
El inglés carraspeó, arqueó las cejas enormes, negras, jóvenes y dijo:
—Es una contradicción sólo aparente.
Me sacó del tema adelantándome que haríamos los ejercicios en su jardín privado.
—¿Qué ejercicios? —me apuré a decirle y ahí nomás le advertí—. Mirá que a misa no pienso ir. Ya te lo digo.
No contestó, me entregó una especie de cartulina con el prólogo de las reglas de San Benito y aclaró que la comida se servía puntualmente a las ocho de la noche, también en su jardín privado.
Capítulo 5
Mi primer descanso, aquella tarde de recién llegada, consistió en tirarme en esa cama ajena; duró algunas horas, hasta el momento en que iría a comer con el inglés.
Para mí la cama era un territorio sagrado, incompartible, mi cama era una rama de mis neurosis, sueños, lágrimas, dudas, alarmas, terrores, sudores. El rechazo a dormir en otras camas sólo exhibía la certeza de dejarme a mí misma en suspenso, hasta terminar las vacaciones o lo que fuera y volver a mi propio rectángulo, a mi reducto más íntimo, a mi patria. Mi cama era yo; sola, siempre, cómoda. Cuando no dormía en mi cama, la extrañaba. Qué decir de la costumbre horrible que ya era ley desde tiempos inmemoriales, de dormir con otro como si se tratara de un corral, como si yo fuera el otro, como si el otro fuera yo. Aquella tarde, en esa habitación, tuve que repetir el simulacro, adueñarme del sol que entraba ya casi para irse, adueñarme de la mesa, de la cama; ser yo en ese lugar transitorio.
Acostumbrarme a no acostumbrarme.
Tomé una Vida de San Benito de la pequeña repisa con libros, escrita por su hermana Escolástica y reeditada por la editorial Tor; sólo pude hojearla por arriba, Tor editaba libros muy altos, a doble columna, que se iban torciendo y me hacían invertir más tiempo en tratar de mantener la hoja derecha que en la lectura.
En el capítulo «Milagros», leí que en ocasión de estar Benito a punto de beber una copa de vino —vino que había sido envenenado por algún monje muy, muy envidioso—, la copa estalló justo antes de rozar sus labios. Me gustó la imagen del conjuro protector de San Benito.
Decidí darme una ducha lenta, dejar que la lluvia caliente resbalara sin apuro sobre mi nuca, mi espalda, y que arrastrara la espuma con perfume a violetas hasta desaparecer en la rejilla, y mientras miraba mi cuerpo desde abajo, en el espejito de agua, no pensé.
Un pasillo silencioso me condujo hasta la habitación del inglés.
Qué reconfortante ir por la vida con un halo protector como San Benito, cuántos pasos seguros al saberse cuidado, prevenido. ¿Quién anda por ahí? Una entidad disfrazada de ángel escondido, que ahuyente los peligros, que me ampare.
Tres golpes sobre la puerta de Crowley. Un monje sorprendentemente parecido a un yacaré me hizo pasar por la habitación, más grande que la mía, con espejo, un gran escritorio con un florero y una puerta ventana para entrar al jardín.
La noche había caído despacio y los abedules parecieron saludarme como desperezándose, vi peonías con su tallos lánguidos como cuellos de cisnes rotos en canteros que salpicaban de colores el verde oscuro de los árboles. Vi un mantel de seda color vino, una bandeja muy grande de cobre con dibujos que contenía frutas brillantes y otras aterciopeladas. Almohadones también de seda sobre un sillón alargado de madera invitaban al deleite oriental, que penetró en mis ojos, en mis dedos, en mis oídos; «Take five» sonaba cómodo en esa noche de Alejandría; con ese saxo todo era posible; el aroma suave que brotaba de unos recipientes dorados donde se quemaban aceites; las luces diminutas que pestañeaban; todo me hizo sentir en una lejanía mediterránea. Crowley me recibió con una túnica y una toca egipcia en la cabeza. Un faraón imponente. Sonrió. El uso de disfraces por las noches era en él un hábito que lo conectaba con otros, aclaró sin despejar mi incógnita.
—¿Sos vegetariana? —inquirió cortés.
—No, ni lo quiero ser —dije como sabiendo que ya sabía.
Nos sirvieron ciervo cocinado en vino y hierbas, tan exquisito que pedí más; el apetito desmedido parecía mandarme y con cada bocado intenté prolongar esa gula en mi paladar.
Con la segunda copa de vino comencé mi ronda de preguntas impacientes, exigiéndole explicaciones que se aproximaran a su sospechosa inmortalidad.
—¿Acaso sos el judío errante? —le pregunté.
Lo negó. Más bien todo lo contrario, estuvo muy cerca de Jesús, aseguró haberlo asistido con entusiasmo en algunas noches descorazonadas en que el nazareno abominaba de la naturaleza vil que iba encontrando en los hombres, las mujeres y los niños. Lo instruyó en el manejo de las manos insuflándole energía curadora.
—¿Era malhumorado Jesús? —quise saber.
—Lo justo y necesario —me contestó—. A veces estallaba, una noche lo escuché gritar: «Oye, Dios, ¿qué me has dado?».
Crowley le sugirió que se expresara sólo con parábolas. Con alguna paciencia y masajes pudo activarle la glándula pineal, responsable de secretar muchos poderes.
Mi desconfianza con eso que me estaba contando cedió. Quise creerle, seguramente por mi propio deseo infantil de haber conocido a Cristo, de hablar con él, de escucharlo. Antes de la cruz.
—¿Así nomás, con masajes se activa la glándula pineal? —pregunté.
En fin, tanta imaginería y fe habrían sido hijas de su encuentro con Jesús. Sólo acepté que su verdadero nombre no fuera tal vez Ahasverus, ni Samuel Belibeth ni Joseph Cartaphilus.
Me imaginé la cara de Jesús enojado, perdiendo la paciencia, ¿por qué no?
Con mi primer estornudo advertí que la noche se había puesto fresca y húmeda. Decidí volver a mi cuarto, a seguir pensando en los enojos de Cristo, bien abrigada.
«Hasta mañana», nos dijimos.
Capítulo 6
La primera noche en la abadía se mezcló con mi insomnio siempre presente; aparecían esas fronteras engañosas entre la vigilia y el sueño. Unos ojos marrones profundos me miraban. No eran los de Crowley.
A las nueve de la mañana me levanté; abrí la canilla.
Una variación. La ducha que corría aquella mañana arrastró mi espuma de azahares; el vapor me abrazó como siempre, el espejito de agua seguía ahí abajo, mirándome mientras yo lo miraba a él. Repiqueteaban las gotas calientes en mis hombros. Inmortal, pensé. Así, imaginé. Si pudiera ser inmortal con treinta años y que el tiempo no se adhiriera a mi piel, no corrompiera mis células, si respetara mi carne y me mantuviera fuera del deterioro, anhelé.
Cómo no le pregunté el color de los ojos de Jesús, pensé, a modo de variante para seguirle el juego al inglés, si es que era un juego. Siempre tuve intriga con respecto al color.
El refectorio no era enorme como lo había imaginado. Unas cuantas mesas donde se encontraban mujeres y hombres en silencio. Con letras negras arriba de una chimenea se podía leer «Ora et labora». Dos verbos que yo rara vez había ejercido; algunos rezos siendo niña y en catequesis; en cuanto a trabajar, siempre menos que más.
Mientras revolvía mi segunda taza de café con leche, decidí no indagar a Crowley con aquella nota diciendo «Ha sido elegida…», iba a proseguir con mi plan, relajarme, meditar, leer y observarlo.
Seguramente le llamaba la atención que todavía no se lo hubiera preguntado, ¿elegida para qué?
Vislumbré la posibilidad de jugar con su ansiedad, que a veces creía detectar, cierto apuro, como esperando respuestas mías que no llegaban. Tal vez no leyera todos los pensamientos. Una posibilidad.
Nadie contestó cuando golpeé a la puerta de su habitación.
Habíamos quedado en que si esto ocurría, se debía a que estaba en el jardín, que entrara directamente. Tuve la curiosidad de encontrar la colección de fotos de hadas que le había regalado Conan Doyle. Lo había dicho la noche anterior como al pasar, y yo no moví un sólo músculo de la cara, aunque me carcomieron las ganas de ver esas hadas capturadas por una cámara. Pero sobre su gran escritorio había muchas hojas manuscritas, desordenadas y Hola, Hola… Chau Chau —un disco de Palito Ortega— arriba de un Grandes éxitos de Raffaella Carrá.
En esa mañana regada de sol, el jardín me pareció otro lugar, más grande, con jaulas doradas, otras de madera, de distintos tamaños; todas contenían aves, algunas en pares, otras solas. En un costado, una especie de terraza escalonada, con canteros de flores, me hizo creer que tal vez así serían los jardines de Babilonia. Vi a Aleister frente a una de las jaulas, concentrado en un mirlo. Parecía no haberme visto. Sin dejar de mirar al pájaro, preguntó:
—¿Pudiste dormir?
—Algo —dije observando su figura imponente, inevitable, sin traje de faraón; escuché esa especie de tic que a veces aparecía cuando terminaba una frase «ajaaaaaaaa», que no denotaba una risa de loco, más bien el broche de oro para afirmar la contundencia de lo que acababa de decir. De él, mi abuela Dora hubiera dicho «es buenmozo», papá «mira mucho» y mi psicóloga «un narcisista absoluto».
Todo cierto, aunque para mí no se tratara de una seducción erótica, y estaba casi segura de que para él tampoco. En treinta años había aprendido los rudimentos del funcionamiento masculino; miradas, jugadas, disimulos, indiferencias, toda una puesta en escena. No era eso lo que yo percibía en el inglés. Aunque con los hombres no estaba dicha la última palabra, nunca se sabía. ¿Quién podría no perderse en los laberintos de la seducción y sus reflejos? ¿Quién conocía los confines y el contorno de esa palabrita?
Siguió absorto en el pájaro negro durante algunos minutos.
—Qué calladito estás, Crowley —dije con confianza.
—Casi nunca hablo, con vos hago una excepción. Las palabras me parecen un desperdicio y ninguna es cierta. Desde mi punto de vista, nadie inventó un lenguaje.
Me quedé masticando esa definición tajante y presuntuosa. La repetí para adentro más de una vez. Yo, que me había edificado a fuerza de diluvios de palabras, de libros; con esa flecha estúpida me dejó vacía en medio minuto. No le contesté y traté de distraerme con el perfume del jazmín paraguayo, que a esa hora era casi nulo.
«Al fin y al cabo, qué me tengo que enroscar con este chiflado que dice ser otro. Inglés de mierda, devolveme las Malvinas», pensé.
Crowley giró y dijo:
—No te enojes. Ya vas a entender. Y sí, las Malvinas son tuyas. Hagamos unos ejercicios —me indicó mientras me ofrecía una caña de bambú.
Me recosté sobre una mantita y comenzó a recitar pausado los beneficios de relajar el cuerpo en general, la mente y los músculos en particular. Yo debía colocar la caña en el canal que se encuentra pegado a la columna vertebral.
Dijo:
—Hay energías sutiles. Observá cómo está tu cuerpo y dejá que todos tus apoyos se proyecten al interior de la Tierra.
Al cabo de un rato del cual no pude precisar la duración, empecé a bostezar sin pausa. Crowley seguía hablando de la expansión hacia adelante, hacia arriba, repetía la palabra sutil y al hacerlo percibí cierta musicalidad en la última sílaba.
Al incorporarme tuve que admitir que me sentía renovada, los repetidos tirones en mi espalda habían desaparecido.
Para ese momento Crowley discurría sobre el lenguaje de los pájaros, un verdadero lenguaje. Me habló de Tiresias.
Con ese estado de bienestar que sentí, quedamos en encontrarnos a la tarde para que yo conociera la biblioteca secreta de la abadía y, de paso, tal vez pudiera encontrar algo sobre Tiresias.
Capítulo 7
Por la tarde vi a Crowley caminando solo. Se dirigía a las puertas de la biblioteca, que abrió seguro con una gran llave dorada, mientras me recibía con una sonrisa.
La abadía no paraba de sorprenderme en sus dimensiones. Así, desde el jardín, todo el edificio me parecía de un tamaño equis, pero una vez adentro lo percibí mucho más grande; cuando esperé encontrarme con el refectorio enorme, me hallé con un lugar más bien pequeño. Parecía que la regla del lugar era todo lo contrario a mis cálculos. Me desorientaba.
Cuando Crowley abrió la puerta doble, discreta, de la biblioteca, no esperé encontrarme ante aquella especie de teatro, con un escenario al frente, los costados de tres pisos colmados de libros y el techo pintado con escenas de la vida de Cristo; muchos animales, mayormente pájaros.
Aleister no habló más, yo avancé como hechizada entre los anaqueles; para mí no eran libros, eran frasquitos que contenían misterios: probables, tangibles. Todos ahí, para elegir, con sus lomos diversos, sus letras doradas que yo en mi fetichismo acariciaba despaciosa, conociendo un mundo por el tacto, un sistema solar compactado en cada uno.
Recordé cuando los amigos de mi hermano Luis Leveratto o David Silva, por ejemplo, me cantaban «no seas histórica, nena… no seas fanática de los libros» y yo los miraba, les decía «ja» y seguía enfrascada en mis páginas. Hablando de David Silva —convertido después en un prestigioso psiquiatra—, tendría que haberle preguntado si Crowley tal vez padecía alguna forma de esquizofrenia disimulada, pero mejor que no lo consulté, si llegaba a saber que estaba pasando unos días en una abadía de monjes silenciosos invitada por el inglés, me hubiera dicho que la esquizofrénica era yo.
Me detuve frente a un sector que parecía agrupar obras esotéricas, leí Liber AL vel Legis sub figura CCXX, El libro de la ley. Thelemea, y al lado Astrum Argentum, todos de Aleister Crowley. Giré para comentarle mi hallazgo al inglés y me di cuenta de que giré mostrando una expresión de cariño, como si una niña encontrara libros escritos por alguien que conoce y que admira, pero el inglés ya no estaba. Ahora puedo decirlo: giré como creyendo que Crowley era Crowley.
No quería dejar de buscar algo sobre Tiresias, y ya en la sección diccionarios opté por un ejemplar de griego clásico, escrito por un tal M. Bacigalupo. Me senté en una silla y, mientras lo abría, vi que el monje con cara de yacaré cruzaba silencioso por uno de los pasillos. Levanté la vista como para saludarlo pero apuró su paso hasta desaparecer.
Tiresias fue un adivino ciego; entre otras cosas reveló a Edipo su verdadera estirpe y arrojó un poco de luz sobre los crímenes cometidos por el rey. Pero parece que la verdadera maravilla que lo caracterizó fue su dominio total del lenguaje de los pájaros, lengua mística, completa, que usaban para comunicarse con los iniciados en el ocultismo. En la Cábala, la magia del Renacimiento y la alquimia, el silbido de los pájaros era considerado secreto y la clave hacia el conocimiento perfecto. Tiresias había vivido siete generaciones y fue sucesivamente hombre, mujer, hombre.
Cerré el diccionario; vi al Yacaré observándome mientras guardaba un libro en un anaquel. Necesité salir de la biblioteca y caminar por el parque que rodeaba a la abadía. El olor a pasto cortado aquietó mis idas y vueltas mentales con el inglés.
Era mi segundo día en ese lugar que parecía estirar el tiempo, desacelerarme; estaba pasando una semana de mis vacaciones aquel enero en Azul y ya volvería a mi rutina, a mi vida en los colegios donde daba clases a mis queridos alumnos de escuela secundaria. Podría haber elegido ir a la playa con mis amigas, para aburrirme a los cinco minutos de haber llegado, llena de arena, escuchando las conversaciones típicas del verano, mirando el mar oscuro, violento, el mar para no nadar, tomando mate, en cualquier balneario de medio pelo bonaerense. Pero había apostado por esa semana distinta. Concluí que el azar no tiene explicación.
Esa noche, en el jardín de Aleister, propuse hablar del azar. Me ubiqué cómoda en el sillón de madera con los almohadones sedosos. El Yacaré apareció con una bandeja llena de dátiles, otras frutas secas y una botella de Martini.
Crowley eligió ilustrar el tema del alea con un cuento sobre la Segunda Guerra Mundial y habló de Yamamoto, de los juegos, de una amante. Todo su relato me pareció delicioso, tanto que pedí:
—¿Me la contás otra vez?
—Bueno, pero desde Montecarlo —dijo.
Le ordenó al Yacaré que pusiera «Taquito militar». Veloz, este lo obedeció y Mariano Mores inundó el jardín con su piano querendón.
—No. Desde el principio, con «Había una vez» —le supliqué.
Él contó:
—Había una vez un niño llamado Isoroku Takano, nacido en Nagaoka, en la parte central de Japón. Su nombre significa cincuenta y seis, que era la edad del padre al nacer el pequeño. Su padre le contaba historias de samuráis venidos a menos, siendo él mismo uno más de esa genealogía empobrecida. En la fantasía del niño se agigantó su sed de brillo perdido y por ello se propuso firmemente llegar muy alto, destacarse en sus estudios, en el maridaje a conciencia entre su cuerpo y la gimnasia, pero por sobre todo y debido a que él mismo era un número, se le despertó una pasión enloquecedora por las apuestas con la excusa de cualquier juego. Ingresó en la Academia Naval Imperial. La seducción por el mar lo había acompañado desde siempre. Dicen que algunos de sus compañeros fueron nada menos que Kōichi Shiozawa y Shigetarō Shimada. Llegó a ser almirante y comandante en jefe de la Flota Combinada de la Armada Imperial Japonesa durante la Segunda Guerra Mundial. Podía tomar casi cualquier decisión.
»En su tiempo libre le gustaba jugar al go, al shōgi, al póker y al bridge, también escribir. “Un hombre no es un hombre si no apuesta”, dijo, mientras acariciaba la idea de vivir en Montecarlo para tener el glamoroso casino bien a mano y apostar la mayor cantidad de dinero posible en compañía de su geisha favorita, Kawai Chiyoko. Su esposa reveló en algún círculo íntimo que Yamamoto estaba más cerca de Kawai que de ella, situación esta que aseguró el dulce triunfo de la geisha, también apostadora persistente.
»Yamamoto, seguro de su suerte para el juego y para el embrujo amoroso que encontró fuera de su matrimonio, apostó a los dados que, de perder, bombardearía Pearl Harbour. Tan alta era su fe en el tapete como dentro del templo o en las constelaciones más lejanas.
»Un sudor frío y previsible comenzó a descender por su nuca cuando los dados cayeron pérfidos exactamente al revés de lo que Yamamoto había supuesto. “Un hombre no es un hombre si no apuesta, ni tampoco lo es si no cumple con su palabra”, dicen que también dijo. Pensó en cometer seppuku para evitar la vergüenza del fracaso, el suicidio que correspondía a un guerrero samurái de ley debido a que tamaña maniobra bélica podía tirar la guerra al garete y sellar la derrota del eje. Pero, por algún extraño designio, resultó que aquel domingo 7 de diciembre de 1941 a las 7:48 los soldados estadounidenses apostados en Hawái jugaban a los bolos y se bronceaban untados con algún aceite. Inermes como niños vieron a los nipones destrozar ocho acorazados, tres cruceros, tres destructores, un buque escuela, ciento ochenta y ocho aeronaves y la vida de dos mil cuatrocientos tres norteamericanos, sin contar a los miles de heridos.
»La hora local del bombardeo había sido elegida por la sumatoria del siete más el cuatro más el ocho, resultado portador de energía, suerte y éxito. El cubilete se dio vuelta para Yamamoto aquella mañana y en el Imperio Nipón quedó como el más grande héroe jamás visto.
—Qué importante es el azar —suspiré.
Es importante lo que hay detrás del azar. Azar es una palabra muy limitada, como todas las palabras —dijo Crowley—. ¿Te acordás de cuando eras chica y veías Kung fu en tu casa de Acassuso?
—¿Qué tiene que ver? —le pregunté—. También veía a Nelly Láinez en La tuerca.
—Claro, a vos te parece casual, pero no hubo azar en tus elecciones. La meditación y el sentido del humor son definitorios para un iniciado. —Y agregó—: Se hizo tarde, nos vemos mañana para hacer los ejercicios de eutonía. Alea iacta est.
Capítulo 8
A la mañana siguiente desperté con el trino de los pájaros. Me sentí acunada, tranquila y feliz durante ese momento primero, todavía sin recuerdos, sin imágenes enlazadas a algo, sin ayer y sin futuro. Si fuera posible retener ese estado de perfección absoluta, permanecer en un universo de líquido amniótico, sin decisiones para tomar…
Golpearon dos veces mi puerta. El Yacaré avisó que ya me esperaba Crowley para los ejercicios y que podía tomar el desayuno en su jardín.
Mantuve mis inveterados silencios de recién levantada mientras sumaba mi segunda taza de café con leche. Crowley tuvo el tino de no hablarme, me miró bondadoso y organizó el lugar con las mantitas y las cañas de bambú. Nos íbamos conociendo.
Ya sentado en posición de loto, respirando profundo, un gorrión se posó sobre su hombro izquierdo.
Crowley permaneció sin mover su cuerpo, siguió con la cadencia de sus respiros y sólo abrió los ojos para mirarme fijo, no pestañeaba. El gorrión parecía estar como en cualquier rama; al cabo de unos segundos, levantó vuelo. El inglés dijo:
—Cuando hacés magia, necesitás concentrar tu atención en un solo punto, en eso que estás tratando de lograr; esto se alcanza con la meditación. Entrena tu mente para que no se disperse en múltiples direcciones.
—¿Hiciste magia con el gorrión? —pregunté.
—Digamos que sí. Me comuniqué con él, lo invité a mi hombro. La meditación es muy importante en la magia porque al fijar la atención en algo, nuestra energía fluye en esa dirección. Después de meditar, siempre hay un parto, un renacer. Jesús también hizo trabajo de parto después de meditar en la cruz y resucitó. Vos podés parirte a vos misma pero distinta.
—No gracias, parir es muy doloroso, es más, creo que no voy a parir hijos y mucho menos a mí misma —dije como para zanjar el asunto.
—Estás negativa y te dura el malhumor, pero es porque te colocaste mal las cañas, te duele la columna. Acomodate de nuevo, respirá. Viboreá, orugueá, buscá sutilmente tus puntos de apoyo.
Seguí sus instrucciones y en mi espalda apareció el alivio; las cañas emanaban un calor que sosegó mi ánimo.
—El enojo, como respuesta, enferma —dijo con voz grave—. Se puede volver a elegir. En tu vida podés volver a elegir todo.
—Ya soy así, estoy grande para cambiar. Tengo treinta.
—Eso lo suponés. Una creencia es la forma más candorosa de entrega. Sos una obra en construcción y vas a seguir cambiando por siempre jamás.
Sentí el impulso de contestarle, de discutirle. No lo hice.
—Hay que tener mucho cuidado con las palabras.
Continuó: las palabras diferencian, separan, pueden mutar en cuchillos. Una palabra puede acercarse a la belleza, al sentimiento, pero nunca puede reproducirlo. Es falaz, de alguna manera.
—Sin palabras no encuentro otro modo de decir —reclamé.
—Ya vas a encontrar —dijo tranquilo, y prosiguió—: las guerras siempre surgen de un juego con palabras peligrosas, sobreexcitan pasiones nacionales, así llegan los crímenes políticos.
Posó sus ojos azabaches en las copas de los árboles. Me gustaba oírlo cuando no me miraba, era más él y yo era más yo.
—Como dijo un escritor austríaco, los líderes de distintas revoluciones no amaban la sangre, pero se vieron forzados a derramarla. No estaban embriagados de muerte, estaban embriagados de palabras sanguinarias para entusiasmar al pueblo que en su fervor confirmaba la contundencia política de ellos mismos, sus dirigentes.
Casualmente yo tenía entre los libros para leer la vida de María Estuardo, del mismo escritor austríaco.
—Qué interesante, Crow, pero ¿no es muy temprano para hablar de Marat o de Lenin?
—¿Querés tomar más café o mate? —ofreció.
—Mate.
—Con el amor pasa otro tanto —dijo.
—¿Qué tanto?
—Las palabras pulverizan el amor, lo van gastando con su persistencia en el tiempo hasta que se instala el desamor. Pero existen otros lenguajes para amar —sentenció.
—O sea, querés decir que la relación perfecta es entre dos mudos…
—Quiero decir que ahora preferís reírte. No importa.
Crowley saltó de tema y comenzó a hablar de la inspiración; para él resultaba un criterio de verdad, de pura potencia. Solía pasar al acto con el numen de su fantasía y —aseguraba— pocas veces se había equivocado. Pero aclaraba que no era un acto puro de voluntad, que siempre mantenía el escepticismo mientras consideraba el pasaje de potencia a acto. Aprendía a mitad de camino entre la reticencia y su dogma. La reticencia puede decir muchas cosas.
—Tengo antojo de milanesas de peceto con puré de papas, el puré con mucha manteca y las milanesas chorreadas de limón —reclamé entre la potencia y el acto.
La que saltaba de tema ahora era yo.
Fuimos en su jeep buscando un restaurante por el centro de Azul. Elegimos una fonda con mesitas en la vereda, «El paraíso de Quique», decía el cartel, y el propio Quique nos atendió.
La escena se repetía: yo comía con delectación. Mientras saboreaba el bocado se podía escuchar mi «mmmmm».
Crowley comía de otra manera; seguía conversando, pero no alcanzaba el nivel de deleite que yo expresaba con el plato de comida colorido, listo, ahí, esperándome.
—Hablabas de la reticencia, Aleister, ¿no querés seguir?
Pero no siguió, sólo observaba complaciente mi apetito y pareció que eso le alcanzaba.
Capítulo 9
Ya de vuelta en la abadía, volví a sentir una especie de succión poderosa, ¿o la imaginaba? Como si una garganta gigante o un agujero negro me tragara. Con la intención de despejarme, se me ocurrió buscar algo para leer y me dirigí a la biblioteca.
Las puertas estaban sin llave y una vez más entré en la soledad de esa ciudad sin gente, ni siquiera vi al Yacaré. Sobre el escenario había un atril y sobre el atril una lámina con una estrella negra de cinco puntas.
Aunque tomé un libro escrito por Aleister, también decidí llevarme otro, menos esotérico. En el anaquel «Literatura argentina» figuraban, entre no muchos otros, Marco Denevi, Borges (cuándo no), Lugones. Un tal Uldry. Sin dudar, tomé el de Lugones, una garantía melancólica.
Era raro que Crowley no me hubiera preguntado si ya había leído algo de él. Le iba a decir que sí aunque no.
Recordé y me vi en Acassuso, a mis diez, once años, muy cómoda tirada en el suelo y con las piernas apoyadas en la pared. Había adquirido el gusto exquisito por hurtar los libros de Corín Tellado que mi niñera —ya advertida por mis mayores— guardaba celosa en su mesita de luz. Solos tú y yo o Déjame verte todos los días no tenían igual. A veces pasaba que en el momento en que la heroína empezaba a desabrocharse la blusa o dejaba caer su bretel muy coqueta, llegaba el grito vigilante de mamá: «¿Qué estás leyendo?». «Huckleberry Finn» o «Platero y yo», contestaba. Pasado ese minuto de mentira enteramente justificada, seguía recreando las páginas que sabía de memoria.
Era más negocio mentir; algunos años después, a mis trece o catorce, el que preguntó qué estaba leyendo fue papá. Elegí decir la verdad, Pantaleón y las visitadoras. Armó un escándalo memorable con su discurso acerca de las lecturas no apropiadas para hijas de trece años. Se puso furioso como un demonio. Mamá justificaba: pero es de Vargas Llosa… y papá cerró la discusión pegando un grito: qué carajo me importa.
Voy a mentirle a Crowley, a ver si tanto sabe, me dije. Quería ahuyentar esa sensación de ser devorada por algo, por alguien.
Podría haber ido al centro de Azul. Tomar distancia del lugar, del inglés. Podría haber vuelto a Buenos Aires. Pero una vez más, entre todas mis posibilidades, volví a decidir quedarme. Un libro aseguraba un viaje seguro y sin moverme de la abadía.
¿Casualidad o causalidad?, los cuentos de Lugones que había elegido estaban signados por la fatalidad, envueltos en un esoterismo oriental.
Anochecía, tuve ganas de llegar al jardín de Aleister, tal como habíamos quedado. Cuanto más lo conocía, más preguntas aparecían. ¿Lo conocía? Sólo hablaba y parecía conocerme mucho más él a mí, que no hablaba demasiado.
Por el camino del no podía aparecer el sí; sabía que (a) Crowley no era un señor mayor que yo pretendiera seducir; (b) hasta ese momento, él nunca había insinuado algo más que interés por retenerme como una aprendiz, por lo tanto yo estaría significando otra cosa. ¿Qué cosa?
Mi fascinación flotaba en las historias que me contaba. A mitad de camino entre darle crédito o huir, yo elegía seguir escuchando cualquier cosa que él dijera. Cada noche me gustaba más entrar en el jardín, echarme cómoda en el sillón, abrazar un almohadón sedoso y ver cómo las gardenias y los tilos completaban a Aleister; no necesitaba nada más.
—Crow, me quedé pensando en la concentración, en la magia.
—La magia ceremonial, la alta magia, nació en Mesopotamia alrededor de 3500 antes de Cristo, en Nippur. Llegó a Europa cuando los caballeros templarios iban y venían de Tierra Santa. ¿Te sirvo un Martini? —ofreció.
—Un Martini seco —acepté.
Él se sirvió una copa enorme, dorada, de vino tinto; acomodado en un sillón de mimbre aspiraba el humo del narguile, enfrentaba la noche apenas fresca con un cuello de piel, parecía un emperador en Constantinopla, custodiado por grillos cantores. Esa noche llevaba más de un anillo en sus dedos majestuosos y un poco de kohl en sus párpados.
—Los templarios entran en contacto con esta corriente, y cuando digo corriente me refiero a ciertas tradiciones como el budismo zen rinzai, que entrenaba a los samuráis en el antiguo Japón.
—¿Corriente como corriente eléctrica? —pregunté.
—Ni más ni menos, corriente de energía que pasa de una persona a otra como onda sonora y que contiene información, por medio de la voz.
—Pero entonces las palabras son imprescindibles —dije.
—Hay otros canales de transmisión. Con las palabras hay que ser muy cuidadosos. Lo importante es tener la corriente para poder transmitir, la sola palabra no sirve.
—¿Podés cambiar el Bolero de Ravel? Me aburre un poco —pedí.
—Bueno, decime qué querés escuchar.
—Led Zeppelin o Satie.
—Ajáááááááá, sos extremista —rio el inglés.
—A lo mejor el extremista sos vos, extremista del medio.
—Jimmy Page sí que es bueno, y un gran seguidor de la Aurora Dorada. El verdadero hombre de la guitarra, lo quiero mucho. Hablamos seguido.
—…
Pero eligió a Satie, que tenía la extraña propiedad de hacerme sentir verde planta, con pétalos amarfilados, atentos, listos para absorber alguna materia invisible y potente. Mi ánimo variaba de un modo pronto. Sentí serenidad mientras Crowley prosiguió su relato:
—La corriente de energía te otorga poder, conocimiento, no es una mera historia que se cuenta y se transmite a modo de tradición oral. Es mucho más. El mejor libro de magia es la Biblia, cuando aprendés a leerlo. El primer capítulo dice: «En el principio era el Verbo y el Verbo era Dios», con mayúscula. La verdadera tradición oral significa que la energía pasa de una persona a otra.
—Para leer la Biblia hay que hacer un curso, Crowley.
—Las personas que toman la Biblia en serio se vuelven locas. Le dan un sentido que no tiene. Pero para tomar la Biblia en serio, ya hay que estar loco.
La música de los grillos seguía sonando, me arrebujé y pensé en prender un cigarrillo.
—Esa porquería que fumás envenena el alma, podrías probar otras cosas —me advirtió.
—Ufff. Parecés papá. Cuando quiera dejar de fumar, dejaré, ¿estamos?
No prendí el cigarrillo.
—Sigo: hay dos razones para hacer magia. La primera es, te diría, de una condición vulgar. La que suelen usar para conseguir cualquier cosa: un lugar, una profesión, una relación. La otra razón es el «sustento espiritual», donde deliberadamente invocás energía e inteligencias que luego absorbés en tu sistema energético, en tu aura, para hacerte crecer y transformarte.
—¿Y la magia negra existe?
—Existe sólo para destruir y matar. El gran mago negro fue Adolfito, ahora te cuento.
Las Gymnopédies de Satie seguían sonando, me pregunté si todo ese cuento de la magia no abría una ventana. ¿Por qué creer que sólo se trataba de varitas y bonetes negros? Si era magia lo inexplicable, había un sendero de conocimiento para descubrir. Si lo que no podíamos traducir con leyes o demostraciones de laboratorio caía en la bolsa de lo desconocido y con desdén usábamos esa palabra —magia—, entonces se trataba de una cuestión de tiempo. Acaso los magos que imaginé en cada cuento leído eran en realidad sabios dispuestos a escarbar aquello que no sabían.
—¿Habrá más Martini?
—Para vos, siempre —dijo contento.
—En uno de tus libros hablás de magia negra, ¿no? —mentí.
—No, y no hace falta mentir. Hoy elegiste a Lugones para distraerte y casualmente leíste «El vaso de alabastro» y «Los ojos de la reina», ajááááááá. Cuando hay algo que está mal, es mejor no mentir.
Le pregunté a qué se refería y dijo «vos sabrás». Había expuesto mi mentirilla y no me molestó. Al contrario, reí complacida.
—Contame lo del mago negro, por favor —le pedí.
—Hitler nació en Braunau del Inn, una fábrica de médiums y magos. Nunca dejó de ser un provinciano que no superó el grado de cabo en el ejército. Me consta que iba para mago pero quedó en médium. Su profesor fue Haushoffer, también profesor de Yamamoto y mago sin discusión. Vaya uno a saber qué inferioridad sintió el niño Adolfito con su profesor, qué injusto reparto en las habilidades lo ubicó por debajo de esos poderes que él no detentaba. Aunque su carácter fuera parecido al de su mentor, la diferencia nació del origen; el origen prevalece siempre. Tendrías que leer El bolchevismo desde Moisés hasta Lenin.
—¿Querés que sigamos mañana?
—Noooooo, ¿estás loco? Seguí. Seguí y pasame el narguile, por favor —pedí.
Aleister chasqueó los dedos y el Yacaré acercó hacia mi sillón la mesita árabe, octogonal, con incrustaciones de nácar que emitían destellos suaves y —hasta me pareció— también perfumados. El Yacaré me miraba con cierto resentimiento, hablaba muy poco, básicamente obedecía al inglés y lo observaba embelesado. Los celos de los varones son casi peores que los de las mujeres, pensé.
—Sigamos —dijo Crowley—. Ya en Múnich, el cabo se reunía con el embrión de la nueva y revivida raza aria, ese grupo inicial compartía encuentros con el Mesías de la teoría que les vino como anillo al dedo. Se llamaba Hans Hörbiger, ingeniero, augur, y explicaba toda la historia del universo como un enfrentamiento de proporciones cósmicas entre los elementos contrapuestos: fuego y hielo. Una enorme bola de fuego —muchísimo más grande que nuestro sol actual— habría chocado con una estrella muerta, una gigantesca masa de hielo. Este choque dio lugar a la formación de los planetas y sus lunas. La Vía Láctea sería un cinturón de bloques de hielo, no de estrellas. Con el tiempo las lunas caerían hacia los planetas, los planetas hacia el sol y así se reiniciaría el ciclo.
—Me perdí un poquito, Crow, a veces tengo atención y déficit de atención, todo junto…
—No importa, madame, en la biblioteca está la Welteislehre (Teoría del hielo) si querés más detalles.
—Dale, pero ahora seguí hablando vos.
—Hörbiger sostenía que los embriones de los arios habrían llegado desde el espacio en forma de protoplasma. Su «teoría del hielo» enfrentaba una ciencia aria a la ciencia racionalista, representada por Einstein. También aseguraba que del choque seguro de las lunas contra la Tierra —según él, tres lunas anteriores a la actual— surgieron alteraciones biológicas en las especies terrestres que incluían gigantes y el desarrollo de poderes sobrehumanos. Los embriones arios llegados desde el espacio se habrían conservado en hielo, como la gran civilización aria de la Atlántida. Qué poderosas las lunas en su blanca palidez.
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