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Secuestrados a medianoche

Victoria Duarte


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Dedicatorias

Prefacio

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Epílogo

Agradecimientos

Secuestrados a medianoche

Victoria Duarte

Dirección: Natalia Jonas

Diseño de tapa: Mauro Perasso

Diseño del interior: Marcelo Benítez

Ilustración de tapa: Shutterstock

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. © Asociación Casa Editora Sudamericana 2021.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-402-6


Duarte , VictoriaSecuestrados a medianoche / Victoria Duarte ; Miguel Roth / Dirigido por Natalia Jonas.- 1ª ed.- Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-402-61. Relatos. 2. Religiones . I. Roth, Miguel. II. Jonas, Natalia, dir. III. Título.CDD 204.4

Publicado el 30 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Dedicatorias

La primera edición de este libro, escrito en alemán en 1983, fue dedicado a los niños, que son los que más sufren cuando ocurren conflictos bélicos.

En esta versión en castellano, mantengo esta dedicatoria, pero además quiero dedicarlo a mi querida familia, mi esposo e hijos, quienes me dieron todo su apoyo para la traducción y reedición de este libro.

Además, dedico el libro a mi querida nietita Mia Eluney. Espero que la lectura de este libro la inspire a la entrega incondicional de su vida a Jesús y al servicio abnegado en favor de sus semejantes.

Prefacio

Secuestrados a medianoche es una historia verídica a la que no hay que inventarle ni agregarle nada. Lugar de los hechos: Angola, un gran país en el África del oeste; con una superficie en la que cabe cinco veces Alemania. Su posición estratégica, su reserva de diamantes, petróleo, cobre y uranio la hicieron un codiciado objeto de interés de los países industrializados.

Resulta necesario mirar de cerca su historia para entender mejor el contexto en el cual transcurre el relato de estas páginas. En el siglo XV los portugueses desembarcaron, colonizaron y anexaron la región como una provincia más de Portugal. Cien años más tarde, el país tomó el nombre de su rey nativo: N’gola. En sus costas atracaban toda clase de traficantes, y ya para el siglo XVII el lugar era punto estratégico para el comercio de esclavos. En el siglo siguiente, los portugueses avanzaron hacia el interior del país. El territorio fue varias veces renombrado: “Portugal del África del oeste”, “Territorio Portugués”, y en 1955, “Provincia Portuguesa de Ultramar”.

En 1956 se organizó el Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA) y cinco años más tarde se produjo el primer levantamiento independentista; uno que habría de costar un gran número de vidas portuguesas, pero incluso más de los angoleños. En 1962 se formó el movimiento de resistencia Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA) y en 1966 apareció la Unión Nacional por la Independencia Total de Angola (UNITA), formada mayormente por los ovimbundos, habitantes del centro sur del país. Luego de varios años de luchas sangrientas, Portugal abdicó y decidió retirar sus tropas. Así, la que hasta entonces había sido la Provincia Portuguesa de Ultramar se volvía una nación independiente.

En abril de 1974, en Portugal se instala un gobierno democrático que reconoce los movimientos de liberación de Angola, y en enero de 1975 se firma el Tratado de Alvor, por el que se decide la independencia, con la condición de que se forme un gobierno tripartito transitorio hasta las elecciones libres. Sin embargo, tan pronto como se firmó el tratado, el MPLA armó sus tropas con ayuda de las fuerzas cubanas y personal técnico de la Unión Soviética. Al final de 1975, el MPLA había logrado obtener el control total de la nación naciente.

La UNITA protestó desde el comienzo contra la presencia de fuerzas armadas extranjeras en el país, pero antes de poder organizarse con solidez, ya estaban envueltos en una guerra civil. Al principio, el FNLA se unió a la UNITA, pero muy pronto las disensiones internas llevaron al quiebre de relaciones y la UNITA, dirigida por el General Jonás Savimbi, continuó sola en su objetivo de derrocar al Gobierno comunista del MPLA para instalar un gobierno democrático. Desde su base de operaciones en el sudeste de Angola, los guerrilleros se dispersaron en la zona sur con el propósito de avanzar hacia el norte y lograr el control del país. En el tiempo en que ocurren los hechos de este libro, la UNITA poseía su base en la frontera sur con Zambia y controlaba más o menos un tercio de Angola.

Mientras el terrorismo asolaba al país, la situación de los misioneros se volvía cada vez más difícil. Las fuerzas independentistas se instalaron en las misiones, amenazando al schindelle (hombre blanco), obligándolos a huir por sus vidas.

Para colmo, la Misión Adventista del Bongo –fundada en 1929– se encontraba, literalmente, atravesada por aquella guerra civil: estaba ubicada en la división de ambos bandos.

Pese a los esfuerzos y la paciencia de los misioneros, su primer éxodo se produjo en 1975. El anciano doctor Parsons y su hijo permanecieron hasta último momento y –por medio de un hábil truco– lograron abandonar la Misión en la misma avioneta que había salvado cientos de personas en esas regiones remotas.

La Misión del Bongo se mantuvo con vida gracias al trabajo de enfermeros nativos, quienes durante los siguientes cinco años se encargaron de tratar a los enfermos de la mejor manera posible, sin médicos y con los pocos conocimientos que tenían. En 1980 llegó el joven doctor Ferrán Sabaté con su esposa, una enfermera obstetra. A pesar de la peligrosa situación, asumieron la dirección del hospital con una postura política estrictamente neutral: su único objetivo fue aliviar el sufrimiento de la gente del lugar. En febrero de 1981 llegó la enfermera Victoria Duarte, quien brindaría apoyo profesional.

La historia de Secuestrados a medianoche fue grabada en casetes por Victoria poco tiempo después de su liberación, y retrata la realidad del trabajo misionero entre un pueblo que sufre las consecuencias de siglos de opresión colonial, seguida de una impiadosa guerra civil. Y muestra, también, el cuidado de Dios sobre aquellas personas que confían en él.

Por los valiosos consejos, por la detallada información e indicaciones, así como su aporte para el prefacio, agradecemos a Erich Ammelung, a Pierres Lanares, a Edwin Ludescher, a Herbert Stoeger y a Jean Zurcher.

Pr. Reinhard Rupp, exdirector de la Casa Editora Saatkorn Verlag

Capítulo 1
Llegada y despedida

Había sido un día intenso de trabajo en el hospital. Luego de la última vuelta por los cuartos y dar indicaciones a los enfermeros nativos que tomaban la guardia, pude ir a casa para descansar. Una vez allí, me instalé cómodamente y me puse a revisar el programa del Día de la Madre que habíamos postergado para el 13 de junio: la historia de un “hijo pródigo moderno” se adaptaba muy bien para ser representada por nuestros talentosos jóvenes africanos.

En ese momento, llamaron suavemente. Aún sumergida en mis pensamientos, abrí la puerta. Alguien que estaba apoyado contra la entrada casi me atropella mientras ingresaba abruptamente al salón. Ahogué un grito al reconocer a uno de los jóvenes estudiantes del seminario que –temeroso– hacía señas para que guardara silencio. Cerré suavemente la puerta detrás de él y, casi en un susurro, le pregunté qué sucedía.

–Los soldados vienen esta noche –respondió con miedo reflejado en sus ojos–, recibieron autorización de tomarnos a todos para el servicio militar; tendremos que escondernos hasta que se vayan. Algunos colegas huyeron al bosque o se ocultaron en la casa abandonada del fondo. Con otros compañeros pensamos escondernos en la que está vacía, aquí al lado.

Yo tenía las llaves de aquella vivienda, así que, después de salir por la puerta trasera –intentando pasar desapercibida– y encerrarlos, les recomendé que guardaran silencio.

El clima de preocupación aumentó al día siguiente, cuando nos enteramos de la captura de sesenta jóvenes en una de las aldeas vecinas. Eso significaba que, luego de una escasa preparación, serían enviados al frente de batalla. La pesquisa simbolizaba un duro golpe para el seminario, que debía suspender las clases por tiempo indeterminado.

Para colmo, los militares no se quedaron convencidos con la desaparición de los jóvenes que había dejado en la casa de al lado: sabían que estaban escondidos en algún lugar, pero no tenían autorización para entrar en los hogares, así que pusieron centinelas en diferentes puntos de la zona con el fin de atrapar al primero que apareciese.

Desde un principio, quedó claro que sospechaban de mí: al día siguiente de que los jóvenes desaparecieran, un soldado se instaló justo frente a mi casa. Con el paso de las horas, la tensión se agudizó; de pronto, parecía que formábamos parte de una película policial.

Temprano en la mañana, después de atender a mis amigos por la puerta de atrás, vestía mi uniforme y, simulando la más absoluta inocencia, pasaba delante del soldado que me miraba con evidente desconfianza; lo saludaba con amabilidad y seguía rumbo al hospital, rogando a Dios que mis vecinos no hiciesen demasiado ruido. Ellos, por su parte, espiaban la escena –nerviosos– a través de las cortinas.

Con esas dificultades, alimentar a mis amigos sin ser vista era una obra que requería suma cautela. A veces intentaba comunicarme con ellos a través de golpecitos en la pared: cuando oscurecía, pasaban a mi vivienda en secreto, cenábamos e intercambiábamos palabras de ánimo. Aparte de mí, nadie conocía su escondite.

Los soldados permanecieron toda la semana en las cercanías del seminario. Pero los alumnos no eran los únicos sobre los que se sentía la amenaza: temíamos por los jóvenes enfermeros que también podían ser apresados. Lo primero que preguntaba cada mañana al ingresar al hospital era si todos estaban allí. Aún perduraba fresco en mi memoria el sábado 1º de abril, cuando uno de nuestros colaboradores trajo la estremecedora noticia de que catorce trabajadores del hospital habían sido apresados y transportados en un camión militar, con destino incierto. Aquel día, el doctor Ferrán Sabaté se dirigió de forma inmediata a la policía para obtener algún tipo de información. La explicación que recibió solo aumentó el sentido de impotencia: “Estamos en guerra, y estas acciones tienen una causa política”.

Estábamos profundamente preocupados. La Misión parecía sin vida, y en nosotros crecía el miedo por el resto del personal. Llena de tristeza, me encerré en la pequeña biblioteca para llorar y orar.

A su vez, con el fin de presionar a las autoridades, cerramos el hospital y solo atendíamos las urgencias, mientras el doctor Sabaté se ocupaba de negociar la libertad de nuestro personal.

Poco tiempo después llegaron rumores sobre los prisioneros. Decían que eran colaboradores del grupo de oposición al Gobierno, la UNITA. Si eso era verdad, nuestra situación podía volverse realmente complicada. Sin embargo, cuatro días después los liberaron de la misma forma intempestiva en la que habían sido capturados. Las nuevas de su liberación se expandieron como pólvora en el aire y, cuando el camión los trajo de vuelta, más de quinientas personas de las aldeas vecinas les dieron la bienvenida con cantos y danzas típicas africanos. Los jóvenes estaban flacos y asustados, pero –gracias a Dios– libres y con buena salud.

Un tiempo más tarde, el 7 de junio, la Misión se preparaba para recibir al pastor brasileño Ronaldo Oliveira, quien llegaría en cualquier momento con su familia. Me alegraba saber que vivirían en una casita contigua a la mía.

Alexander Justino, el director del seminario, había tratado de preparar la vivienda y dejarla lo más aceptable posible para los nuevos moradores. Entretanto, nos preguntábamos qué diría el pastor Oliveira al enterarse de que no podría dar clases, ya que todos sus alumnos estaban escondidos.

Esa mañana me tocaba a mí hacer la acostumbrada reflexión espiritual con el personal y los pacientes, pero no me sentía en condiciones de dirigirles la palabra. En sus rostros podían leerse historias de miedo, miseria y angustia: había mujeres jóvenes que no sabían cómo ni dónde estaban sus maridos; también madres cuyos hijos continuaban desaparecidos, heridos, viudas y viudos cuyos consortes habían sido víctimas de la guerra.

¿Qué podía decirles yo? ¿Qué entendía sobre la profundidad de su drama?

Abrí mi Biblia y leí el Salmo 231.

Jehová es mi pastor, nada me faltará.

En lugares de delicados pastos me hará descansar;

junto a aguas de reposo me pastoreará.

Confortará mi alma;

Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.

Aunque ande en valle de sombra de muerte,

No temeré mal alguno,

porque tú estarás conmigo;

Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

Aderezas mesa delante de mí

en presencia de mis angustiadores;

Unges mi cabeza con aceite;

mi copa está rebosando.

Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida,

Y en la casa de Jehová moraré por largos días.

“El Señor no nos prometió una vida libre de sufrimientos. Mientras vivamos en este mundo de pecado debemos llevar sobre nosotros sus consecuencias. Sin embargo, aunque caminemos en un valle de sombra y muerte, no debemos temer. El Señor mismo va a nuestro lado”, reflexioné tras las palabras de David.

Al terminar, me pregunté si yo misma creía en lo que acababa de decir. Pronto, el valle de sombra de muerte se volvería una situación familiar.

Luego de la meditación, comenzamos la jornada laboral como de costumbre. Dos casos nos preocupaban particularmente: eran recién nacidos, hijos de madres desnutridas, quienes luchaban por sobrevivir en la vieja incubadora. Aquella obsoleta caja eléctrica representaba, en numerosos casos, la única esperanza para los bebés. Frecuentemente utilizábamos sacos de agua caliente para contribuir con la acción del aparato y mantener a los niños con la temperatura adecuada.

El concentrado alimentario hiperproteico que recibíamos de Estados Unidos también se había acabado, mientras que continuaban llegando niños con graves deficiencias proteicas, afectados por enfermedades producidas por la desnutrición, como kwashiorkor y pelagra graves. Para reemplazar la falta del concentrado, comenzamos a ensayar una nueva mezcla de huevo y leche que, sumado a vitaminas permitía a algunos niños seguir con vida. A pesar de todos nuestros esfuerzos, otros morían sin que pudiéramos ayudarlos. Esa fatídica semana, cinco bebés fallecieron a causa de desnutrición grave. Estábamos desconcertados. Pero no teníamos mucho tiempo para cavilaciones, porque esa misma semana otras cinco criaturas ingresaron en la misma condición.

El 9 de junio a las 15 arribó la familia Oliveira. Les dimos la bienvenida de la mejor manera posible. Como los alumnos no estaban presentes, decidimos hacer la gran recepción en la iglesia local el sábado, esperando que para entonces los estudiantes reaparecieran. Después de la cena, nos pusimos de acuerdo con Rosmarie, la señora de Oliveira, para que ella viniera a mi casa a la mañana siguiente para preparar el desayuno de su hijito, André, de entonces solo trece meses (antes de dormir, aquella noche, dejaría todo sobre la mesa para que, en caso de que yo estuviese en el hospital, mis invitados se sirvieran).

Los acompañé hasta su nuevo hogar y nos encontramos con el primero de varios contratiempos: al llegar a su casa, notamos que las ventanas no tenían persianas ni cortinas. Corrí al hospital y traje un par de sábanas. Mientras cosíamos improvisando algo, les relaté detalles de la guerra: tuve que ser medida, para no impresionarlos demasiado.

Estaban agotados y ansiaban acostarse para descansar. Momentos antes de despedirnos, nos dimos cuenta de que faltaba la llave de la puerta principal. Eso podría ser peligroso. Buscamos y buscamos, pero no logramos encontrarla. ¿Como podría haber desaparecido? Finalmente desmontamos el picaporte de modo que solo pudiese abrirse desde adentro. La solución provisoria parecía funcionar; me despedí y retorné al hospital para las últimas recorridas nocturnas. Cerca de medianoche pude retirarme a descansar.

Estaba muy feliz con la llegada de la familia Oliveira: tener como vecinos a misioneros del mismo continente era algo especial para mí. Sin embargo, aún sentía la necesidad de una colega soltera como yo, alguien con quien conversar e intercambiar experiencias.

Cinco meses antes nos habían anunciado que una enfermera portuguesa que vivía en Alemania vendría al Bongo, pero hasta ahora nada había sucedido. Todos los días oraba por eso; hasta comencé a quejarme ante el Señor por su aparente falta de respuesta.

Después de un baño y una breve meditación, me dispuse a dormir, y recordé al pasar que el día siguiente, 10 de junio, era un día especial de celebración para los militares. Luego caí en un sueño profundo.

De pronto me desperté sobresaltada. Un tiroteo intenso se oía venir desde la estación policial. La luna llena irradiaba con intensa claridad sobre el paisaje nocturno, y por un momento pensé que eran las seis de la mañana y que los soldados estarían haciendo ejercicios militares con motivo de su feriado; pero los tiros de armas pesadas y las granadas me hicieron cambiar de parecer. Salté de la cama y miré el reloj. “No puede ser”, me dije. Las agujas marcaban la 1:36 AM. Sin poder dar crédito a mis ojos, me fijé en el reloj de la radio, que dio la misma respuesta: 1:36. Una respuesta tan contundente como mi espanto, al comprender que la guerra estallaba apenas a cuatrocientos metros de nosotros.

Pocas veces experimenté tanto miedo. Aterrada, comencé a temblar de pie frente a la ventana; temblaba tanto que casi no me podía mantener de pie. “Señor, ¡ayúdanos! Estamos en peligro. Cuídanos a todos. A la familia Sabaté; a los Oliveira, que acaban de llegar. ¡A todos los que vivimos aquí! Tú sabes mejor que nosotros cuán peligrosa es esta situación”, oré desesperada. Por dentro, comencé a reprocharme no haber sido más precisa con los Oliveira; no haberles contado un poco más sobre la gravedad de nuestra situación. Ellos debían saber que bajo ninguna circunstancia debían abandonar su casa para huir. Quise correr hasta ellos y avisarles, pero pensé que si estaban durmiendo se llevarían un gran susto con mi llegada. Además, me daba miedo salir bajo semejante tiroteo. Permanecí frente a la ventana, orando intensamente, con los ojos abiertos para ver al mismo tiempo lo que sucedía afuera.

Repentinamente un grupo de soldados apareció frente a la puerta del hospital, el cual podía divisarse desde mi ventana. Golpearon con violencia y pude ver al enfermero de guardia dejarlos entrar. “Tienen heridos”, pensé. Y automáticamente me dije: “Debería ir para ayudar”. Imaginé a los pacientes, tan vulnerables y sensibles al conflicto; pensé que, como se asustaban fácilmente, tratarían de huir o esconderse. Deseaba ir y tranquilizarlos, pero seguía allí, estática.

Temblando, comencé a golpear la pared para comunicarme con los jóvenes escondidos en la casa contigua. Alguien respondió y eso me tranquilizó un poco. Volví a mirar por la ventana. En el hospital sucedía algo extraño: pese a que vestían los mismos uniformes, los movimientos frenéticos y decididos de los soldados no eran como los de aquellos militares a los que estábamos acostumbrados. Además, de pronto comenzaron a sacar grandes atados hechos con sábanas, que evidentemente contenían desechos hospitalarios. Yo seguía preguntándome si debía ir. Pero un miedo paralizante me oprimía, me retenía allí, sin dejarme reaccionar.

Entonces una idea clara, que no admitía dudas, se abrió paso en mi mente: “Es la UNITA y vienen a buscarme”. Mi sensación en aquel momento fue más de sorpresa que de miedo. Durante casi un año y medio había temido que “ellos” vinieran por mí. Varias veces había planeado en mi mente cómo sería mi huida y en dónde me escondería. Sin embargo, ahora solo una ininterrumpida oración se elevaba de mis labios: “Señor, ¿qué debo hacer? ¿Qué debo hacer y decir? Cuando lleguen, muéstrame qué debo hacer, ¡por favor! Muéstrales también a los demás cómo deben comportarse”.

De pronto vi que un grupo de soldados corría en dirección a mi casa, desde el lado opuesto al del tiroteo. “Allí vienen”, me dije. Lo más rápido que pude, me puse los jeans del día anterior sobre mi pijama y volví junto a la ventana mientras repetía mi plegaria: “Señor, muéstrame lo que debo hacer. No sé cómo actuar”. En ningún momento pensé en huir.

Cuando ellos doblaron en una esquina del camino, los perdí de vista. Segundos más tarde oí el retumbar de sus pesadas botas. Luego, golpes violentos a una puerta, pero no era la mía. Afuera no se veía a nadie. Corrí a la puerta de atrás y tampoco vi a nadie. Sin comprender de dónde surgían los golpes, iba de una ventana a la otra, como un animal enjaulado presa de pánico. Aquello parecía una espantosa pesadilla. Ese horrible tiroteo no tenía fin. Ni por un solo momento se me ocurrió que podrían estar buscando a otra persona que no fuera yo. Nunca pensé que podrían estar golpeando en la puerta de los Oliveira.

De repente, los golpes cesaron, y cuando empezaba a calmarme escuché voces. Fue entonces cuando los vi, esta vez, delante de mi propia entrada. Eran unos treinta o cuarenta. “Llegó el momento. Ya no puedo hacer nada”, me dije.

Una insólita tranquilidad me invadió. Súbitamente dejé de temblar, como si una mano misteriosa me hubiera tocado, librándome de todo temor. Repentinamente supe cómo comportarme: “Estaré tranquila y trataré de descubrir sus propósitos”, pensé.

Estoy convencida de que el Señor permitió que estuviera despierta y pudiese prepararme para la llegada de los guerrilleros. El miedo que les tenía era tan grande que si me hubiesne encontrado durmiendo, el shock hubiera sido muy difícil de soportar. “Si alguna vez sucediera, ciertamente no lo podría sobrevivir. De solo pensarlo ya me siento descompuesta”, me decía.

–Enfermera, levántese. Enfermera, levántese –repetían mientras golpeaban.

–Ya estoy levantada –respondí–. ¿Quiénes son ustedes?

–Enfermera, enfermera. ¡Levántese!

Sus fuertes golpes les impedían escucharme.

–Aquí estoy, ¿qué quieren? –insistí.

Uno de ellos me oyó y se acercó a la ventana: “Somos mensajeros de la UNITA y venimos a buscarla. Tenemos un mensaje muy importante para usted. ¡Abra la puerta!”

La palabra UNITA era muy temida.

–¿Un mensaje para mí?

El que hablaba tenía en su mano una hoja con la foto de Jonás Savimbi, sobre la cual se podía leer en grandes letras negras la palabra “UNITA”.

–Nuestro presidente quiere hablar con usted y nos mandó a buscarla.

–¿Quién es su presidente? –pregunté, tratando febrilmente de ganar tiempo.

–El general Savimbi. ¿Acaso no lo conoce? Él quiere hablar con usted. ¡Abra la puerta! Nosotros la ayudaremos a preparar sus cosas. Llevaremos todo lo que sea necesario para el viaje. Dentro de dos semanas nos encontremos con él y después ustedes podrán volver a sus hogares.

–Pero yo no quiero ir con ustedes. La Misión y los pacientes me necesitan.

–¡No! Usted debe venir con nosotros. Tenemos un trabajo mucho mejor para usted.

–Pero yo no quiero ir a trabajar con ustedes. Yo quiero quedarme aquí, en este hospital. ¿Qué harán conmigo si voy?

–No le haremos daño. El presidente quiere hablar con usted. Él tiene autos y un avión que pueden llevarla a su casa.

–Pero yo no quiero ir a mi casa –recalqué–. La Misión me necesita.

Para mi sorpresa, los soldados no parecían irritarse ante mis interminables preguntas y respuestas negativas. Entretanto, con desesperación, me planteaba si debía abrirles o no. Si me veía forzada a partir con ellos, ¿cuál sería mi suerte? Sus figuras eran extrañas. Algunos portaban largas pelucas rojizas. Otros tenían los cabellos trenzados como solo es común en las mujeres africanas.

–¿Por qué tengo que ir con ustedes? –pregunté.

–Somos embajadores de la UNITA. Es importante que abra. ¡Vamos!

Mientras me gritaban, llamó mi atención ver la gran linterna roja que el doctor Sabaté utilizaba cuando el viejo generador fallaba. Inmediatamente, noté que otro tenía atado alrededor de su cabeza la cortina del cuarto del bebé de los Sabaté: ¡habían entrado en la casa de Ferrán y su familia! En un último esfuerzo por encontrar una salida, mascullé: “No puedo abandonar la Misión sin que el médico lo sepa”.

–¿El médico? –preguntó irónicamente uno que aparentaba ser el jefe del grupo–. Hace un buen rato que está en camino; y sus amigos, los brasileños, también.

–¿Y el niño?, –grité desesperada.

–Al niño lo transportan nuestros hombres. No se preocupe, enfermera. Nosotros nos ocupamos de cada detalle.

En ese momento comprendí, con gran dolor, que todo estaba perdido. No quedaba más alternativa que ir con ellos. Mis amigos podrían necesitarme.

Impacientes, volvieron a decirme que abriera y golpearon la puerta con un fusil.

–¿Qué van a hacer conmigo? –pregunté con angustia.

–No tenga miedo… ¡Abra ahora! –gritaron, reforzando su orden con un fuerte golpe a la puerta.

Me asomé una vez más por la ventana. Sin posibilidad de defenderme, les dije que era hija de Dios y que, si me hacían daño, tendrían que responder ante él.

–Ya lo sabemos –respondió riendo el jefe de aquel grupo, a quien llamaban Henda–. Quédese tranquila, no le haremos daño.

En mi interior pensé que, al reír de esa manera, aquellos hombres no parecían tan malos.

Mientras tanto, la hora avanzaba. Llevábamos varios minutos discutiendo. Eran las dos de la madrugada. Crucé el cuarto en dirección a la puerta y abrí. Inmediatamente, la casa se llenó de soldados. Sentí miedo, pero traté de ocultarlo. El jefe se adelantó con un volante de la UNITA que tenía impresa la foto de Savimbi.

–Somos de la UNITA, usted debe saber que...

–Si, lo sé –interrumpí –no hace falta que lo explique.

Sorprendidos por mi aparente tranquilidad, me miraron un tanto desconcertados. Aquella respuesta rompió su protocolo habitual: por lo general, los rehenes de la UNITA reaccionaban con pánico y lágrimas. Los que podían, intentaban huir. Por unos instantes, los guerrilleros parecieron no saber cómo comportarse. Aquello me llenó de gratitud a Dios por haberme dado tal dominio propio.

Poco a poco comencé a observarlos de cerca. El jefe del grupo parecía amigable y simpático, pero una mordaz frialdad se reflejaba en su rostro. Tiempo después comprobaría que estos combatientes podían ser simples y amables, pero al mismo tiempo muy duros y sin compasión cuando tenían que defender su causa.

La voz de Henda me trajo a la realidad. “Usted tiene que hacer su valija y nosotros la vamos a ayudar. Entonces vendrá con nosotros para ver a nuestro Presidente, quien tiene un mensaje para usted. Ahora, ¡vístase!”, ordenó mientras abría mi placar.

“Ya estoy lista”, les respondí, puesto que me había puesto el jean sobre el pijama.

Los soldados tomaron mis valijas, las pusieron sobre la cama y vaciaron el ropero. ¿Para qué desvalijaban mi cuarto, si se suponía que realizaríamos un viaje corto? Todavía no lograba admitir lo que estaba pasando; no podía vislumbrar la posibilidad de estar abandonado el Bongo para siempre.

–Oigan, tantas cosas... no son necesarias.

–Sí lo son. Tranquila, con la UNITA nada se pierde; las recibirá cuando lleguemos.

Me volví para ver que un soldado trataba de alcanzar una cajita donde yo guardaba mis útiles de escritorio, le ordené que la dejara donde estaba y él la volvió a colocar en su lugar. Me irritaba ante cada intento de guardar mis cosas y, corriéndolos desde atrás, les decía que no iba a necesitar aquello que querían empacar. En mi mente suponía que cualquiera que fueran las circunstancias, pronto estaría de regreso.

–Vístase. Hace frío afuera –dijo Henda.

Obedecí y me vestí como una autómata. “Póngase un buen calzado”, lo oí decir nuevamente, pero no reaccioné: estaba concentrada siguiendo los movimientos de sus hombres que trataban de empacar adornos y recuerdos muy valiosos para mí. Quise controlar lo que hacían. Sin darme cuenta, estaba quitándoles objetos de las manos y poniéndolos nuevamente en su lugar. Todo parecía un mal sueño, del cual despertaría en cualquier instante.

Mis Biblias –una en español, una en portugués y otra en francés– aún permanecían en la mesa de luz. Henda me preguntó si deseaba llevarlas. Asentí y las metió en una valija. Señaló el reloj y también lo puso adentro. Nunca más habría de verlos.

Los soldados siguieron desvalijando todo. Vaciaron las gavetas. Lo que ya no entraba en los bolsos, lo tiraban sobre la cama. Armaban con mis mantas grandes bultos y partían. Más tarde constaté que hasta habían empaquetado mi bolsa de agua caliente... ¡llena de agua! Hasta el canasto con la ropa sucia sirvió como elemento de empaque. Los que estaban en la cocina habían hecho desaparecer los alimentos preparados para Rosmarie y su bebé. Con resignación, les alcancé un paquete de fideos, el saco de cinco kilos de arroz, los porotos y algunos comestibles que quedaban en el armario. Empaqueté el pan fresco que guardaba, con la vana ilusión de que eso sería para nosotros. Finalmente, cualquier elemento transportable que existía en la casa había sido embalado y llevado.

Mientras los secuestradores sacaban lo último, vi en el pasillo a Alexander Justino, quien me observaba espantado. Aquel hombre grande y fuerte estaba allí parado, impotente. “¡Hermana Victoria!”, exclamó. Su angustia se reflejaba en su rostro. Nos miramos en silencio; ambos estábamos pensando en la misma cosa.

Durante los últimos meses, las capturas por parte de los guerrilleros estaban al orden del día. Y cuando esas cosas sucedían, un escalofrío me recorría el cuerpo. “Si alguna vez aparecieran en mi casa, creo que me muero del susto”, acostumbraba a decir. Él me respondía: “Con tantos muchachos en el predio –en alusión al internado de varones que estaba cerca de mi casa–, no tienes nada que temer” Ahora, rodeados de guerrilleros, pude leer en sus ojos la pregunta de cómo me sentía, pero nada pude responder.

Me resultaba imposible imaginar que lo que estaba sucediendo significaba un adiós a la Misión... para siempre. “Esto no puede ser verdad, ¡esto no puede ser verdad!”, me repetía.

Durante años me había preparado para el servicio; desde pequeña mi único deseo y gran sueño había sido ser enfermera misionera. Había tanta miseria y necesidad por doquier... ¿cómo podían llevarme?

1 Los versículos bíblicos empleados en este libro corresponden a la versión Reina–Valera 1960.

Capítulo 2
Caminos hacia Angola

Nací en la Argentina; en el interior de la selvática provincia de Misiones, en la frontera con Brasil. Soy la séptima hija en una familia con nueve niños, cuya infancia no fue para nada sencilla. Mi madre conoció el evangelio de la salvación en Cristo Jesús cuando yo tenía cuatro años. Pero mi padre no quería saber de nada que tuviese que ver con religión. Hijo de padres creyentes, él se había apartado de Dios en su juventud hasta volverse totalmente ateo y violento. Cuando cumplí cuatro años y el menor de mis hermanos acababa de nacer, nuestra madre tuvo que tomar una decisión drástica: lo abandonó por nuestra seguridad.

A los pocos meses de vida, él bebe murió víctima de una enfermedad cardíaca congénita. Por aquel entonces vivíamos solos con nuestra madre, quien trabajaba duramente para sustentar a sus pequeños hijos. El día que ella volvió del hospital caminando ocho kilómetros con su bebé muerto en los brazos todos los demás estábamos en cama, víctimas de una gran epidemia de gripe que segó la vida de muchos niños. Todos enfermamos, pero valientemente mi madre luchó por nuestras vidas y no perdió a ninguno más de sus hijos. Más tarde conoció a una familia de miembros de la Iglesia Adventista de Aristóbulo del Valle, quienes nos ayudaron y con amor desinteresado se ocuparon de nosotros. Su testimonio fue un ejemplo que derivó en el bautismo de Rosita Duarte, nuestra madre. A su vez, mis hermanos y yo comenzamos a asistir a la escuela de la Iglesia Adventista del lugar.

De vez en cuando mi padre nos visitaba, y notábamos cómo iba empeorando su salud; mi mamá nos enseñó a orar por él. La diaria intercesión por mi padre se transformó casi en un ritual de nuestra familia en los años que siguieron.

Los recuerdos de aquellos tiempos despiertan en mi interior una sensación de tristeza. Muy pronto tuvimos que salir a ganarnos el pan por nuestra propia cuenta, para ayudar un poco a nuestra atribulada madre. La primera en partir fue mi hermana mayor; una familia la llevó para que cuidase de sus niños pequeños durante las vacaciones de verano. A ella le siguió mi hermano y, a los siete años, me tocó a mí separarme de los míos, también para cuidar niños durante la temporada estival y obtener así el necesario sustento. ¡Cuán difícil era para mí estar lejos de mi madre! ¡Sufría muchísimo por la nostalgia! ¡Una nube de tristeza cubría cada día de separación! Cuando comenzaba el año escolar, todos volvíamos a nuestro hogar para ir a la escuela.

Cuando cumplí doce años, nos enteramos de la muerte de nuestro padre. La noticia fue muy dolorosa. Lloré mucho, y en silencio me preguntaba por qué Dios no había respondido a nuestras oraciones. Por primera vez comenzó en mí la lucha contra la duda.

En esa época, mi hermana ingresó a una institución cristiana, el Colegio Adventista Juan Bautista Alberdi, una escuela con internado en Misiones, y trabajó para pagar sus estudios secundarios. Quise inscribirme para seguir sus pasos, pero no fui admitida porque era muy pequeña. Delgada y de aspecto débil debido a frecuentes enfermedades infantiles, no parecía ser capaz de soportar el trabajo del internado. No obstante, estaba dispuesta a hacer cualquier sacrificio para alcanzar mi sueño: graduarme como maestra o enfermera para trabajar en zonas de riesgo.

Para facilitar las cosas, mamá se mudó cerca de la escuela. Mi hermano mayor consiguió trabajo como albañil en el mismo colegio y yo trabajaba por las tardes en casa de un profesor. Tuvimos que trabajar duramente para poder costear nuestros estudios, pero mi madre se había puesto la elevada meta de que todos termináramos una carrera, con el fin tener un mejor futuro que el que ella tuvo.

Dios nos bendijo: a fines de 1971, después de muchas pruebas y milagros, pude recibir mi diploma secundario.

Para entonces, las historias de misioneros habían causado una fuerte impresión en mi mente. Desde niña soñaba con ser una misionera. Leía entusiasmada los informes de médicos, maestros y enfermeras en el Amazonas y en distintas partes del mundo. Me apasionaba imaginarme entre ellos. Por eso, luego de concluir mis estudios secundarios, me inscribí en la Escuela de Enfermería del Sanatorio Adventista del Plata, en Entre Ríos. A más de 800 kilómetros de mi provincia natal.

No tenía dinero para pagar mis estudios y tampoco contaba con los útiles necesarios. Pero existía la posibilidad de conseguir una beca, si uno era realmente pobre y si aprobaba los exámenes de ingreso con buenas calificaciones. Fue entonces cuando comencé a transitar lo que habría de ser una verdadera aventura de fe. Mi querida profesora y consejera, Violeta Tabuenca de Positino, hizo los contactos necesarios con el sanatorio y me inscribió como postulante a la beca. Ella me proveyó del dinero para el pasaje, tres pares de sabanas nuevas y los zapatos blancos de enfermera. Nunca olvidaré su mano ayudadora que me dio el empujón inicial en esta aventura.

El extenso viaje que me llevó hacia mi nuevo hogar en aquellos viejos trenes merecería un capítulo aparte. Pero nos limitaremos a decir que llegué sola al apeadero de Puiggari, a eso de las diez de la noche de un martes. Cincuenta pesos y una vieja valija constituían todo mi capital para los próximos tres años. Solo podía confiar en Dios para costear mis estudios. Y el Señor no me abandonó.

Después de dos semanas de cursillo preparatorio, debíamos rendir exámenes de Matemáticas, Biología, Física y Química. A medida que estudiaba, oraba para que Dios me ayudara, pues Matemáticas y Química jamás fueron mis fuertes. Mis notas fueron buenas y logré obtener la beca completa. Agradecí muchísimo a Dios esa posibilidad, ya que una media beca no me hubiera alcanzado: no tenía forma alguna de pagar el resto.

No puedo dejar de agradecer aquí a mis queridos profesores, varios de los cuales habían sido mis profesores del secundario en el Instituto Alberdi. Ellos, conociendo mis dificultades, me dedicaron tiempo fuera de sus horarios de trabajo para ayudarme en la preparación del examen de ingreso, a fin de que pudiera aprobarlo y conseguir la beca.

Empecé mi primer año de Enfermería con mucho entusiasmo, pero con grandes preocupaciones: tenía la beca, pero no contaba con el dinero para cubrir los gastos de libros y materiales académicos. Los días fueron pasando, y llegué al límite de mis posibilidades financieras. Un viernes por la tarde me sentía especialmente triste, pues mi único par de zapatos estaba agujereado. Para colmo, debía dinero y útiles escolares a todas mis compañeras. Si algo no sucedía en mi favor, me vería obligada a abandonar. “¡Oh, Señor!, si no haces un milagro tendré que irme. Necesito trabajo, pero no me animo a pedir. Si me ayudas, trabajaré siempre para ti. Haz, por favor, que suceda un milagro, que alguien me dé algún trabajo sin que yo tenga que pedirlo”, oré.

Así seguí clamando todo el fin de semana. No quería desistir de mis estudios, pero ¿cómo continuar sin los recursos más elementales? Yo bien sabía que mi madre no tenía los medios para ayudarme, así que no le dije nada sobre mi situación. Mi única esperanza estaba en Aquel que nunca me había abandonado. Y que tampoco lo haría esta vez...

Temprano el domingo a la mañana, mientras oraba, golpearon a la puerta. Alguien me alcanzó un paquete enviado por mi madre con dos pares de zapatos. ¿Cómo supo ella que tenía tal necesidad?

Mientras todavía me hacía la pregunta unos minutos más tarde, volvieron a llamar. Esta vez me entregaron un sobre con dinero y una tarjeta que decía:

“Espero que no te molestes que no te escriba más, pero tú sabes que dispongo de poco tiempo. Envío este dinerito; quizá sea útil”. Violeta de Positino.

En el sobre había 500 pesos, mucho dinero para aquellos tiempos y para quien había aprendido ahorrar.

El doctor Tabuenca, director del sanatorio, había estado en Misiones, y a través de él, su hermana Violeta y mi madre habían enviado esos preciosos regalos en respuesta a mis ansiosas oraciones.

El lunes comencé la semana llena de alegría. En el pasillo me crucé con Carlos Schmit, el profesor de Biofísica, quien me llamó y me dijo que quería hablar conmigo después de la clase. Un poco intranquila, me puse a pensar si habría hecho algo malo. Yo era una persona superactiva y me resultaba difícil estar quieta y portarme bien en el internado.

Luego de la cátedra, esperé ansiosa al profesor. Él se acercó lentamente y me preguntó si estaba dispuesta a trabajar en el laboratorio del cual era jefe, dos horas cada noche durante unos quince días, ya que una de sus empleadas estaba de vacaciones.

Asombrada y enormemente agradecida a Dios por la velocidad de su respuesta, le respondí con un ¡sí! lleno de entusiasmo. Los quince días se prolongaron a tres años, hasta el fin de mi carrera.

Por aquellos tiempos dormía poco: debía estudiar y trabajar. Durante las vacaciones, cuando los demás volvían a sus hogares, yo continuaba trabajando en el laboratorio, en el área de Fisioterapia o en la lavandería del sanatorio. No tenía alternativas, era la única manera de poder terminar mi carrera.

Fueron varias las situaciones en las que Dios me socorrió durante esos años. Recuerdo el día en que debía comprarme urgentemente el uniforme de enfermera para empezar las prácticas. Apenas había comenzado a trabajar poco tiempo antes y tenía muy poco dinero ahorrado. Nuevamente acudí al Señor en oración. Pero el tiempo pasaba; yo oraba y trabajaba, pero no conseguía reunir el dinero necesario para pagar la tela y la confección del uniforme. Pero, así como con Salomón, los ojos del Señor estaban “abiertos” y sus oídos “atentos” a mis oraciones (ver 2 Crón. 7:15). Y Dios volvió a mostrarme que actúa justo a tiempo. Una semana antes de que venciera el plazo de pago, me encontré con el capellán del sanatorio, el pastor Mauricio Bruno, quien había sido profesor de Historia Sagrada en el colegio de Misiones antes de ser trasladado a Entre Ríos. Él sabía bien que mi situación económica no era favorable. “Victoria, pensé que podrías necesitar este dinero”, me dijo mientras metía la mano en su bolsillo para sacar un sobre bastante grueso, que me entregó. Conté el dinero y no pude creerlo: ¡Era el doble de lo que necesitaba para comprar el uniforme! Hechos como aquel me permitieron ver la mano de Dios dirigiéndome constantemente, y confirmando mi llamado como enfermera misionera.

Aquellas situaciones, además, me dejaron una lección interesante: Dios utiliza a seres humanos sensibles a la influencia del Espíritu para responder a las oraciones de sus hijos en necesidad. No puedo mencionar aquí a todos, pero fueron muchos los hermanos y amigos que me extendieron su mano generosa o me ofrecieron el calor de su hogar. ¡Dios los bendiga en la misma manera en que ellos lo hicieron conmigo!

Al concluir mis estudios, fui llamada a trabajar como enfermera del Sanatorio Adventista del Plata. Prefería un llamado al campo misionero en el extranjero, pero había prometido al Señor trabajar donde él me indicase, así que, acepté, sin saber entonces que todo era parte del plan divino. Fueron cuatro años en esa institución; período que me permitió recoger valiosas experiencias técnicas y morales, las cuales me serían muy útiles en el campo misionero fuera de mi país.

Entretanto, mi hermana mayor se había casado con un joven suizo y al poco tiempo viajó con él a su país natal. Sola, sin conocer la lengua y separada de sus amigos, no tardó en sentir profunda nostalgia por su país. “Me gustaría que vinieras a visitarnos. Así podrías conocer otra cultura y quizás aprender una lengua extranjera”, me escribió una tarde. Al principio no tomé su propuesta en serio, pero finalmente comprendí que para ella era muy importante tenerme por un tiempo a su lado. Además, su ofrecimiento no dejaba de ser interesante. Oré mucho antes de decidir, pidiendo a Dios que, si era su voluntad que fuera, no permitiera que perdiera mis objetivos, ni me apartara de sus caminos.

A pesar de la pena que me ocasionaba abandonar a mis amigos y familia en la dura realidad que se vivía en Argentina (por entonces gobernada por una dictadura militar), el 2 de febrero de 1979 partí rumbo a Suiza.

Luego de un curso de tres meses de lengua alemana, comencé a trabajar en un hospital estatal de Wädenswil, cerca de Zúrich. ¡Cuán infeliz me sentí en ese lugar! ¡Cuántas lágrimas derramé durante esos meses! Lejos de mis afectos, lejos de mi tierra. Pero sobre todo, creyéndome separada del objetivo fijado en mi infancia: trabajar siempre en la causa del Señor.

Un año más tarde, en una fría mañana de sábado, encontré en la Iglesia Adventista de Schaffhausen al director ministerial de la por entonces División Euro–Africana (DEA). Impulsada por una amiga que conocía mis planes, luego de presentarme, le pregunté cuáles eran las posibilidades de hallar un lugar en el campo misionero. Heinz Vogel me aconsejó escribir a la División, ofreciendo mi servicio. Así lo hice y, apenas tres días después, tenía la respuesta en mis manos. La División me invitaba a viajar a Berna para una conversación personal con responsables del área encargada específicamente de la cuestión. Allí fui recibida por el departamental de Salud, el doctor Stöger, quién con su característica simpatía me saludó diciendo: “¡Usted ha sido enviada por Dios!”. Sorprendida, quise saber por qué. “Estamos necesitando urgentemente una enfermera para Angola. ¿Estaría dispuesta a ir?”

No tenía ni idea de dónde quedaba Angola y cómo era ese país, pero ¡naturalmente estaba dispuesta a ir! El doctor Stöger me informó, de modo casual, que Angola sufría una guerra civil y estaba bajo un régimen comunista. Pero yo estaba tan entusiasmada que presté poca atención a sus palabras y no me preocupé mucho al respecto.

Desafortunadamente, no fue sencillo conseguir una visa para ingresar a aquel país convulsionado y tuve que esperar durante largos meses en Suiza. Mientras me preparaba para ir a Angola, fui empaquetando y etiquetando todas mis cosas con el rótulo de mi futuro hogar: “Misión Adventista del Bongo”.

Pasó un año y yo seguía trabajando en el hospital de Wädenswil, hasta que llegó el momento de tomar vacaciones y viajé a Argentina para visitar a mi familia. Estando allí, recibí un llamado telefónico de la secretaria de la División Euroafricana, quien me explicó que, aparentemente, sería imposible obtener la visa para Angola. Por ello, me preguntó si estaría dispuesta a cambiar de rumbo e ir a Chad, en África Central, donde también había gran necesidad.

Antes de mis vacaciones había escuchado cosas horribles sobre Chad, por lo que la invitación me resultó una de las cosas más difíciles que habrían podido pedirme. Solo tenía dos horas para decidir. Llorando, le pregunte a mi Dios lo que tenía que hacer. Me sentía confundida y triste por Angola. De pronto, un pensamiento se abrió paso en mi mente: “Prometiste ir a cualquier lugar donde fueses llamada”. Cuando me volvieron a contactar, les dije que sí, que estaba dispuesta a ir a Chad.

Pocos días después regresé a Suiza, donde Stöger me recibió con una nueva sorpresa: “No necesitas ir a Chad, Victoria. Te enviaremos a Camerún”. Nos reímos juntos del vaivén en el que me habían metido, pero acepté una vez más.

Viajé a Bruselas para estudiar francés. Sin embargo, apenas diez días después de haber comenzado el curso recibí la noticia de que, inesperadamente, había sido aprobado mi pedido de visa para Angola. Y, nuevamente, el doctor me preguntó si estaba dispuesta a trabajar en aquel país. ¡No podía creer lo que estaba oyendo! Me puse a temblar de emoción. ¡Por supuesto que sí! Me había preparado durante un año entero para ello. Incluso mi equipaje todavía tenía la dirección de la Misión.

Me quedé un par de semanas en Bruselas para concluir el curso de francés. Luego retorné a Suiza, con el objetivo de finalizar los preparativos, ahora definitivos, de mi viaje rumbo a África.

El 11 de febrero de 1981 subí al avión que me llevaría a Lisboa, Portugal, donde debía recoger mi visa. Allí tuve que esperar una semana hasta el próximo vuelo rumbo a Luanda, la capital de Angola. Durante aquellos días, leí un artículo sobre la situación que se vivía en el país africano. Un mapa ilustraba el límite teórico que existía entre el territorio dominado por cada uno de los partidos antagónicos, la UNITA y el MPLA. La línea divisoria entre ambos bandos atravesaba Huambo, la provincia donde estaba ubicada la Misión. Sentí miedo, pero mi entusiasmo era tan grande que pronto olvidé mi preocupación.

El avión llegó a la medianoche –con siete horas de retraso– a Luanda, donde debían esperarme el doctor Sabaté, su esposa y el pastor Vasco Cubenda. Fue toda una aventura encontrarnos en el pequeño y sombrío aeropuerto.

Por todas partes se veía el resultado de cinco años de guerra: soldados durmiendo en el suelo, estirados en los bancos o patrullando de aquí para allá.

Finalmente, eran cerca de las 4 de la madrugada cuando pude acostarme en el cuarto de un hermoso hotel a orillas del mar. El día siguiente permanecimos en Luanda, esperando al doctor Stöger, quien llegaría 24 horas más tarde que yo, para visitar Angola. Juntos volamos a la ciudad de Huambo (la capital de la provincia del mismo nombre) y, después de ser presentada a las autoridades, continuamos hacia el Bongo.

La provincia de Huambo está ubicada en el centro oeste de Angola. Es una región serrana con un clima muy agradable. Todo el camino fue una delicia para mis ojos. Montañas y sierras desfilaban delante de nosotros. En la cima de algunos montes aparecían enormes rocas de formas extrañas, que se elevaban como vigías gigantes en medio de la siempre verde y extraordinaria naturaleza bañada de sol.

Una ruta asfaltada ondulaba entre pequeñas aldeas. Luego de unos setenta kilómetros, doblamos para tomar una ruta secundaria. Señalando el valle, Sabaté nos indicó: “Allí está nuestra Misión”.


La entrada de la Misión Adventista del Bongo.

Un hermoso paisaje se extendía delante de nosotros. De alguna manera, los bosques y las montañas me recordaron a Suiza. Una de las montañas, incluso, tenía una forma parecida al Matherhorn –el monte Cervino–, solo que esta que ahora veía era más pequeña y cubierta de verde.

Habíamos comenzado a hablar sobre los problemas políticos que se vivían. Poco a poco fui comprendiendo que me encontraba en un lugar muy peligroso.

Al llegar a la última sierra previa al hospital, noté lo que parecía ser un reducto militar y una gran cantidad de camiones dispuestos en hilera, al borde de la calzada. El doctor Sabaté nos explicó que estaban establecidos allí porque, a unos pocos kilómetros al otro lado del valle, comenzaban las bases de los enemigos del Gobierno. Es decir que, tal como había leído, nuestra Misión se encontraba exactamente en el medio de las dos fuerzas enemigas.

Sabaté me aseguró que hasta entonces no habían tenido problemas, que ambos grupos respetaban a la Misión. Esto me tranquilizó un poco, pero luego él continuó comentando sobre la historia de una enfermera evangélica que había sido capturada y obligada a marchar durante cuatro meses hasta la frontera sudafricana, donde había sido puesta en libertad. Al escucharlo, sentí cómo el miedo comenzaba a cerrar mi garganta: “Si secuestraron a una enfermera evangélica, ¿porque no harían lo mismo con nosotros?”, me pregunté.

Al llegar, el cálido recibimiento por parte de los habitantes de la Misión me ayudó a disipar mis temores. El director angoleño de la estación misionera se presentó inmediatamente y, después de saludarme, me dijo que los demás habitantes de la Misión querían darme la bienvenida. Rápidamente, me cambié de ropa, y antes de que atinara a ponerme los zapatos ya estaban todos delante de la ventana cantando con fuerza. Emocionada, les agradecí de corazón tan simpático gesto. Ellos, por su parte, expresaron su admiración por el coraje que había demostrado al venir a su país para ayudarlos, y prometieron su apoyo ante cualquier necesidad.

El sábado fui presentada nuevamente, esta vez ante la iglesia local. Sabaté leyó Isaías 52:7: “¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación [...]!” Y, parafraseando el texto, agregó: “Cuan hermosas son las manos que traen buenas nuevas”.

Yo leí, entonces, el Salmo 90:17: “Sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros, Y la obra de nuestras manos confirma sobre nosotros; sí, la obra de nuestras manos confirma”.

Tales palabras se constituyeron en mi oración diaria a partir de aquel día, pues había mucho que hacer y pocas manos para ayudar.

El domingo hice mi primera visita al hospital. Los enfermeros nativos me esperaban en la puerta: al entrar, comenzaron a entonar con sus encantadoras voces, en portugués, el hermoso himno “Dios cuidará de ti”; un himno que pronto cobraría una importancia singular en mi vida, pues las primeras nubes de peligro amenazante comenzaban a cubrir el horizonte de nuestra estación misionera.


El hospital que por entonces había en la Misión.

Capítulo 3
Vida diaria en el Bongo

El trabajo diario y la vida en la Misión estaban condicionados por la presencia de militares. Los soldados habían ocupado casas en nuestra propiedad y no podíamos hacer nada para impedirlo. A lo largo del día nos cruzábamos constantemente con ellos, pues andaban de aquí para allá, con sus armas colgando del hombro

La promesa del cuidado de Dios, que los enfermeros supieron transmitir en sus cantos el primer domingo que viví en Angola, me ayudaba a batallar contra la sensación de miedo que sentía; un miedo impreciso pero constante. Interiormente trataba de aférrame firmemente de esa promesa de que Dios cuidaría de mí cualquiera que fueran las circunstancias. En realidad, todos los que vivíamos en la Misión poníamos nuestra confianza en el poder de Dios para protegernos, porque nadie podía dudar sobre la seriedad de la situación en la que nos tocaba estar.

El trabajo era intenso. ¡Había tanta miseria y sufrimiento! A las enfermedades tropicales y otras se sumaban los heridos de guerra.


La sala de parto del hospital de la Misión.

Los guerrilleros enterraban minas antipersona que se activaban y explotaban con la presión de 15 kilos. Y era frecuente que civiles, al retornar de sus trabajos o al caminar en las afueras de las aldeas, las pisaran y perdieran la vida o quedaran horriblemente mutilados. Muchos de los que alcanzaban a llegar al hospital morían porque no teníamos cómo hacerles transfusiones de sangre. Era frecuente que también trajeran soldados con heridas de balas y otras lesiones para ser tratados.

Una tarde llegó al hospital un joven militar con una bala incrustada en la cabeza. Fueron siete días de sufrimiento, tras los cuales falleció, probablemente por el edema cerebral que el cuerpo extraño alojado allí le había ocasionado. El joven estuvo consciente hasta el último minuto de su vida, y nosotros nada pudimos hacer para salvarlo, ya que no teníamos los instrumentos ni los medicamentos necesarios para semejante intervención. Aquella muerte me causó mucha tristeza; el muchacho tenía toda la vida por delante y en otras circunstancias hubiese sido tan fácil salvarle la vida. Ver una vida extinguirse delante de mis ojos únicamente por falta de recursos me causó una tremenda angustia.

Otro problema recurrente eran los niños víctimas de enfermedades infectocontagiosas, tales como hepatitis, fiebre tifoidea, malaria o desnutrición. No era raro que visitara por la noche a alguno de ellos en estado de salud delicado y a la mañana siguiente su camita estuviera vacía. Al preguntar por él, simplemente me respondían: “Falleció”. Aquellas palabras lacónicas e indiferentes me resultaban muy dolorosas y difíciles de soportar.

Una vez hablé con el doctor sobre esto y su repuesta tampoco me trajo esperanza: “No podemos hacer nada. En Angola existen muchos medicamentos que no se consiguen. Hacemos lo que podemos”. Las cosas no eran sencillas. Pasaba demasiado tiempo hasta que las donaciones de medicamentos llegaban. Lo poco que había debíamos ahorrarlo y administrarlo con cautela.

El personal nativo era para mí un dilema difícil de resolver. Motivarlos para una entrega completa al servicio y un compromiso con la vida era bastante complicado. “Si podemos vivir, está bien, y si morimos, es normal”, parecía ser su manera de pensar. Después de tantos años de sufrimiento habían adoptado una filosofía de estática, impotente, resignación ante la muerte. Un método inconsciente para hacer frente a ese sufrimiento, que se les había vuelto costumbre.

Apenas había estado un mes en la Misión y sentía que mis reservas de coraje y sangre fría estaban a punto de agotarse. Habíamos recibido varios pacientes con peritonitis grave por perforación intestinal. Los operábamos, pero muchas veces era demasiado tarde para salvarlos. La fiebre tifoidea estaba haciendo estragos. Muchas veces pasaba horas alrededor de la cama de un enfermo haciendo todo lo que estaba a mi alcance para salvar esa vida, que finalmente veía partir, simplemente por falta de los recursos necesarios para tratar su enfermedad.

Sobrepasada por una profunda sensación de angustia e impotencia, un día perdí el control de mis emociones y me puse a llorar desesperadamente. No podía aceptar tanta muerte y sufrimiento, tanto dolor innecesario. Me llevó muchos días entender que no todo dependía de mí, que yo era un simple instrumento en las manos de Dios, y que la guerra no era su voluntad, sino el resultado del egoísmo de hombres que habían decidido ignorarlo. Solo después de que logré comprender esto pude empezar a percatarme de los milagros que el Señor realizaba cada día a través de nuestras manos, a pesar de nuestros tan escasos recursos. Decidí, por fin, dejarme guiar por él y poner mis cargas sobre sus hombros, que eran mucho más fuertes que los míos.

Éramos conscientes de que cualquier día podía ser el último en el Bongo, por lo que priorizamos la educación del personal angoleño. Antes de mi llegada, el doctor Sabaté y su esposa habían abierto una escuela de Enfermería, en la cual se buscaba que nuestro personal se preparara para tratar a los pacientes con más independencia y eficacia.

El gobierno había nacionalizado otros dos pequeños hospitales misioneros, y el temor era que de un momento para otro sucediese lo mismo con el nuestro. El hecho de que nos encontrábamos sobre la línea de fuego nos daba la débil esperanza de que pudiéramos conservar nuestras instalaciones. El nuevo gobierno solo contaba con médicos extranjeros de Cuba, Alemania del este y Rusia, y estos no estaban dispuestos ir a un lugar donde nunca estaban seguros de su vida. Sin embargo, esto era también una amenaza, ya que ambos partidos se disputaban el territorio y podían corrernos de allí en cualquier momento. Con frecuencia oíamos de secuestros y desapariciones. Nada podía impedir que un día también nuestros hombres fuesen llevados y desaparecieran como tantos otros.

Tres meses después de mi llegada, Sabaté comenzó a prepararse para sus vacaciones en España. Buscar quien lo reemplazara no fue una tarea sencilla. Finalmente, un cirujano suizo, el doctor Othello Vergeres, se puso a disposición de la División Euroafricana para trabajar por un par de meses en Angola.

El nuevo médico de la Misión llegó un viernes por la tarde al Bongo y al día siguiente se realizó un encuentro de iglesias, al que asistimos entusiasmados. Cada grupo o congregación visitante venía con un coro. Para los africanos, cantar es tan natural como para nosotros hablar; tienen voces maravillosas y un increíble sentido musical. Hacía mucho tiempo que estos congresos no habían podido realizarse y todos estaban muy excitados con el evento. Junto con el doctor Vergeres nos dirigimos al sitio de la reunión y nos ubicaron en lugares destacados. El culto se desarrolló con el característico estilo del país, al aire libre y en un espacio circundado por un cerco de paja. Y aunque no comprendíamos la lengua nativa, nos sentíamos sobrecogidos por el ambiente creado.

Las reuniones de la tarde estaban a cargo de los jóvenes. Los angoleños también tienen un don para el teatro: con gracia singular personifican toda suerte de historias o escenas cantadas. Esa tarde representaron la vida de un hombre anciano y pobre que no tenía dónde vivir. El mendigo entraba errante por una puerta, cantando su miseria en un encantador barítono. Al frente, un grupo de jóvenes y adolescentes respondían invitándolo a ir con ellos, ya que estaban listos para ayudarlo. La voz clara del hombre –que era uno de los cocineros de la Misión– armonizaba idealmente con la de los niños. La sensibilidad y la sencillez de la escena no dejó de emocionarme; han pasado años, pero la melodía aún suena con claridad en mis oídos.

Detrás de nosotros estaba sentado Daniel, un joven profesor del seminario, y director de la pequeña imprenta que se ocupaba de traducir la literatura portuguesa en lengua nativa para los hermanos que no sabían leer otro idioma. Daniel había realizado sus estudios en Portugal y era una de las personas más prometedoras de la Misión. Con su espíritu alegre y servicial, nos traducía las escenas que se sucedían delante de nosotros.

El domingo las reuniones continuaron, pero asistimos solo por algunos momentos, ya que en el hospital nos esperaba mucho trabajo y el doctor Vergeres se había propuesto aprovechar al máximo su estadía en el Bongo. Muchos pacientes esperaban desde hacía mucho tiempo las operaciones que los aliviaran de sus dolores y malestares. Para ello, debíamos preparar el anticuado material que nos quedaba.

Para el martes teníamos ocho pacientes esperando para ser operados. Antes de comenzar las cirugías programadas, hicimos una ronda de visitas a los pacientes hospitalizados. El doctor Sabaté partía esa mañana. De pronto, sin embargo, entró en el cuarto donde estábamos y nos llamó con urgencia. En la entrada del hospital se encontraba una persona seriamente herida debido a la explosión de una mina. Alguien lo había traído y había desparecido rápidamente. “Voy a tratar de operarlo”, dijo inmediatamente el doctor Vergeres y ordenó que se lo lavara lo mejor posible, ya que el herido había sido revolcado violentamente contra la tierra y era muy difícil identificar la gravedad de sus lastimaduras. Era la primera víctima de la guerra para el doctor.

Rápidamente continuamos con las visitas mientras los enfermeros limpiaban al paciente. No habíamos avanzado mucho cuando Sabaté volvió a entrar e interrumpió nuestras tareas con una noticia devastadora: “El auto de la imprenta pisó la mina... y todos han muerto”. En su rostro podía leerse el drama. Pálido y tartamudeando, nos contó que todos los empleados de la tipografía, entre ellos Daniel, habían volado por el aire al accionarse el explosivo enterrado a pocos kilómetros de la Misión. El único sobreviviente era el joven que había llegado minutos antes y estaba pronto a ser operado.


El auto de los chicos que sufrieron el accidente al pasar por una mina, que explotó.

Corrimos hacia afuera, donde un gran número de habitantes se encontraba sumido en desgarradores lamentos. Unos soldados que habían presenciado los hechos desde cierta distancia transportaban los restos de nuestros amigos. En el instante en que llegamos al lugar, descendían del jeep con lo que quedaba del cuerpo mutilado de Daniel, del que solo se había encontrado la cabeza y parte del hombro. El cuadro era horrendo. Una terrible pesadilla. “¡Oh, Dios! “, grité, “¿puede esto ser verdad?”

Aturdida, sentí un terrible deseo de salir corriendo, de escapar al horror que tenía delante de mis ojos, pero rápidamente me di cuenta de que ahora yo estaba sola para tomar todas las decisiones. El doctor Sabaté acababa de irse y no podía detenerme en lamentaciones.

Sin perder el tiempo ordené que se depositaran los cuerpos en la morgue y se pusieran guardias para evitar que la gente entrara. Corrí a la carpintería para explicar cómo debían fabricarse los cajones, para que la familia no se percatara del lamentable estado de los cuerpos. Momentos después vi a la esposa de Daniel que se acercaba corriendo. Había oído del accidente y quería entrar a la morgue, donde habíamos dejado los restos de su marido. Corrí a su encuentro y la tomé en mis brazos antes de que cruzara el umbral de la puerta, evitando que viera la horrible imagen. Ella estaba en el octavo mes de embarazo.

Finalmente, junto con el doctor corrimos de nuevo al quirófano para tratar de salvar al único sobreviviente de aquel desastre. Pero a pesar de todos los esfuerzos, el joven murió pocas horas más tarde. Su esposa también estaba embarazada. De los seis hombres que perdieron la vida, tres de ellos dejaron viudas esperando bebés. Uno de los fallecidos era el hijo de nuestro anestesista.

Luego nos encerramos con el médico en la morgue y durante dos horas tratamos de reconstruir los rostros de los cadáveres de esos jóvenes obreros caídos de manera tan brutal. Terminamos el día exhaustos, física y mentalmente. No sabíamos qué pensar. ¿Cómo responder al terrible fantasma de la duda que se cernía sobre nuestras mentes? Aquellos jóvenes, conscientes de los peligros que corrían, habían salido temprano en la mañana para dirigirse a Longonjo –una localidad situada a unos 15 kilómetros de la Misión–, en busca de papel para la imprenta. Desde el comienzo de la guerra, obtener este precioso material resultaba casi imposible. Daniel y su equipo no quisieron perder la única oportunidad de conseguirlo. Su espíritu de servicio les costó la vida.

Después del accidente, el trabajo aumentó. Y era mejor así, ya que nos quedaba menos tiempo para pensar. La tenebrosa imagen de aquellas muertes me perseguía constantemente; por las noches despertaba sobresaltada, víctima de horribles pesadillas. El intenso trabajo era una ayuda eficaz en esos días difíciles. Operábamos tres veces por semana, desde la mañana hasta la noche, sin interrupciones. Un enfermero nativo realizaba las anestesias con éter y otro nos ayudaba en la sala. En 18 días de cirugías, operamos noventa pacientes. El cúmulo de labores era tal que hubiéramos podido trabajar 24/7 y aun así hubiesen quedado asuntos sin resolver.

Si durante una cirugía llegaban urgencias, no me quedaba otra opción que dejar al médico y correr a asistir al recién ingresado. O socorrer a nuestras ayudantes en un parto difícil, mientras el doctor Vergeres trataba de arreglárselas como podía, siendo cirujano, instrumentista y ayudante al mismo tiempo. Dios nos bendijo de manera especial esos días, y muchas personas encontraron alivio para sus dolencias.


Habitualmente, pobladores de la zona traían en una suerte de camillas a pacientes heridos o con problemas.

Después de las horas de cirugía terminábamos tan hambrientos que hubiéramos podido comernos todo lo que había en la casa y aún no hubiésemos quedado satisfechos. Comíamos tanto que a pesar del intenso trabajo y el estrés yo aumenté cuatro kilos en aquellos días. Aquello me hizo bien, pues era tan delgada que el doctor Vergeres decía que en algún momento me llevaría el viento.

Yo había traído algunos alimentos de Europa y en Huambo había un almacén para cooperadores extranjeros en el que podíamos comprar porotos, espaguetis, arroz, azúcar, sal y media barra de jabón con nuestra tarjeta de racionamiento. En la Misión se cultivaban verduras y frutas tropicales, lo que nos permitía tener una dieta bastante saludable a pesar de las circunstancias.

Una noche, mientras preparaba la cena, me llamaron de urgencia al hospital: un joven de veinte años acababa de perder ambas piernas a causa de otra mina. Durante la cirugía, que se prolongó hasta la medianoche, el paciente se mantuvo con una presión arterial mínima.

De pronto, advertí que su abdomen estaba hinchado y rígido. Llamé la atención del doctor sobre el asunto. Inmediatamente cambiamos los campos operatorios y abrimos el abdomen. Los intestinos inflados, debido a algún coágulo causado por el impacto, salieron a nuestro encuentro, liberando al mismo tiempo la obstrucción. Sin embargo, nos costó un enorme esfuerzo cerrar la incisión, mientras luchábamos para mantener al paciente con vida. Creímos que no sobreviviría, pero al día siguiente lo encontramos mejor.

Lo cuidamos durante un tiempo largo hasta que pudo regresar a su hogar. Con ambas piernas amputadas por encima de las rodillas, su vida no sería fácil. La Cruz Roja mantenía en Huambo un centro ortopédico donde proveían piernas artificiales para casos como estos. Nuestra esperanza era que estos recursos le brindaran al joven un futuro mejor, pese a su invalidez.

Después de un mes y medio de intensa labor, llegó el momento de que el doctor Vergeres regresara a Europa. Mientras tanto, la familia Sabaté aún no había vuelto a Angola. Aquello fue una prueba de fe: debía llevar sola la responsabilidad del hospital, que estaba lleno de pacientes recién operados, en un momento político sumamente difícil. Pero puse mi confianza en el Señor y las cosas se mantuvieron en orden; aunque no sin dificultades.

Justo antes de que el médico se fuera, había venido un hombre mayor que necesitaba una cirugía de emergencia. Al principio, el doctor se negó a operar porque no teníamos el material adecuado para ese tipo de cirugía, sin embargo, la condición del hombre era tan complicada que decidimos correr el riesgo. Al día siguiente, en el momento de su última visita a las salas, Vergeres se dio cuenta de que algo estaba mal y llevamos al anciano nuevamente al quirófano, apenas unas pocas horas antes de que el doctor partiera. Por experiencia, sabía que en un caso así el proceso de recuperación sería largo y difícil.

Finalmente, llegó el momento y acompañé a Vergeres a Huambo, donde tomaría el avión. A mi regreso, tan pronto como ingresé en el hospital me dijeron que el anciano estaba en problemas. Su abdomen estaba hinchado y vomitaba continuamente. Estaba claro que necesitábamos volver a abrir ese abdomen, pero ¿qué podía hacer yo sola? Finalmente, me dije: “Haré lo que pueda”. Rápidamente puse un tubo en su estómago para vaciar su contenido. Traté de estabilizarlo y luego lo dejé en las manos de Dios. El cuadro, sin embargo, no daba mucho lugar a la esperanza: la condición general del hombre era crítica.

Al día siguiente, no obstante, me llenó de estupor lo que vi: no solo estaba vivo, sino mejorando. Continué con la sonda nasogástrica y una hidratación intravenosa. Para mi sorpresa, el hombre se recuperó completamente y un mes después regresó felizmente a su hogar. Antes de irse, se acercó y me dijo: “Gracias, enfermera, por no dejarme morir. ¡Gracias! ¡Muchas gracias!”

Una semana después del arribo del doctor Sabaté, nuevamente nos sacudió un triste acontecimiento. Al oeste de la Misión vivían hermanos cristianos adventistas. Pero recorrer en auto la ruta que unía sus pueblos con nuestras instalaciones era una tarea de alto riesgo, puesto que las emboscadas por parte de la guerrilla eran moneda corriente allí. Debido al peligro existente, nadie osaba visitarlos; sin embargo, ellos venían cada año a traer fielmente sus ofrendas. El sentimiento de soledad y el deseo que sentían por escuchar a alguien que compartiera el mensaje con ellos era muy grande.

Ante esta situación, el pastor Boavent y Felipe, otro pastor nativo, se sintieron llamados a reconfortar a esos fieles hermanos en la fe. Así fue como decidieron organizar un encuentro de fin de semana. El riesgo era muy grande y temíamos por sus vidas. Sus amigos y familiares les rogaron que no fueran, pero después de mucha reflexión ellos decidieron partir, a pesar de las circunstancias.

Los tres hombres salieron de la Misión un viernes a la mañana. Habían hecho cincuenta kilómetros cuando, en una zona sinuosa de barrancas altas cubiertas con densa vegetación, cayeron en una emboscada y fueron baleados. Arturo murió en el lugar, el pastor Felipe fue herido en un brazo. El Pastor Boaventura no sufrió daño alguno y fue secuestrado por los guerrilleros después de que estos prendieran fuego al vehículo.

Nos enteramos de la emboscada por medio de los militares, pero nadie podía asegurarnos quién había muerto y quién había sido secuestrado.

El sábado llegó con nuevas inquietudes. Los militares realizaban batidas de tanto en tanto, para llevarse jóvenes al ejército. Por entonces, se rumoreaba que estaban preparando una de estas dramáticas razias. Las cacerías solían ser durante los fines de semana, por lo cual temíamos que sucediese ese día, luego del culto.

Repentinamente, en medio de la predicación, los jóvenes se levantaron y comenzaron a huir. Por la ventana podía verse, a lo lejos, un camión verde aproximándose. Los que no consiguieron salir a tiempo permanecieron en la capilla y esperaron en silencio. Mi tensión nerviosa llegó al extremo. El día anterior casi había sufrido un desequilibrio emocional debido a las malas noticias y ahora ni siquiera podíamos adorar a Dios en paz. Casi no hubo tiempo para más lamentos: los soldados habían llegado y se instalaron delante de la iglesia. Sin poder soportar por más tiempo la tensión reinante, me puse en pie y salí hacia el hospital. Al llegar, me crucé con dos valientes enfermeros de uno de los poblados vecinos; habían cruzado en moto la peligrosa “ruta de la muerte” para traer al pastor Felipe, quien, si bien tenía el brazo herido, había sobrevivido al ataque. Ellos nos contaron cómo habían sucedido las cosas. Nos sentimos muy agradecidos por su coraje de traer al herido hasta el hospital, donde quedaría para ser tratado.

De todas formas, la noticia del secuestro del pastor Boaventura, sumada a las dificultades y peligros que vivíamos a diario, me habían afectado profundamente. Yo amaba a ese pastor, su amabilidad y espíritu tranquilo me habían impresionado desde el momento en que lo vi por primera vez. Me angustiaba sobremanera pensando en los sufrimientos que podría estar pasando en manos de esos guerrilleros.

El miedo reinante me quitaba el sueño. Daba vueltas y vueltas en la cama, y si lograba dormirme me despertaba con el sonido de disparos y ruidos extraños en medio de la oscuridad. No faltaban ocasiones en que los soldados, ante mínimas sospechas, comenzaban tiroteos que semejaban batallas. Muchas veces dormí debajo de la cama por miedo a que una bala perdida entrase por la ventana. A solo veinte metros de mi casa había un camino que bajaba de las montañas donde estos guerrilleros tenían su escondite. De día, ese camino era usado por las fuerzas del Gobierno; de noche, por los rebeldes, que descendían de las montañas amparados por la oscuridad, para espiar y minar la ruta principal y los senderos. En el silencio de la noche podía escuchar pasos y voces que me llenaban de inquietud.

Ya no me sentía segura en ningún lugar, así que, durante algún tiempo me acomodé en un cuarto de una casa vacía al lado de la vivienda de los Sabaté, donde iba a dormir en las noches. Llegó un momento en el cual sentí una enorme necesidad de abandonar ese lugar de muerte y sufrimiento y volver a mi país natal, donde podría vivir en paz, pero cuando miraba a esas multitudes sufrientes no tenía el coraje para abandonarlos.

Durante el día, el trabajo absorbía mi angustia, pero al llegar la noche, el temor y la ansiedad me acechaban tenazmente. A lo largo de ese tiempo oré mucho pidiéndole a Dios que me diera fuerzas para continuar y que hiciera algo para liberarme de la apremiante presión psicológica.

La respuesta a mis plegarias llegó, nuevamente, de la mano de instrumentos humanos. A comienzos de septiembre llegó de visita Erich Amelung, el tesorero de la División Euroafricana. Las cartas y un paquete que mi hermana Mary me había enviado desde Suiza me sorprendieron y animaron. Amelung se sintió cómodo de hablar alemán conmigo, y mientras caminábamos al lugar donde almorzaríamos con el personal nativo, le conté sobre nuestro trabajo, nuestros miedos y problemas: “Deseo continuar aquí”, le aseguré aquella tarde, “pero quisiera una colega, alguien con quien compartir las experiencias cotidianas”. Él me habló sobre los esfuerzos de la División por conseguir profesionales y me prometió su intervención. Después de conversar con él me sentí mucho mejor. A pesar de que la situación real no había cambiado, era como si me hubiera sacado un enorme peso de encima. Renové mis energías y con nuevo ánimo continué cumpliendo mis obligaciones.

Al poco tiempo, nos enteramos de que Conchita de Sabaté –la esposa del doctor Ferrán– esperaba un bebé para fines de marzo. Se suponía que por aquella fecha yo debía estar de vacaciones. Pero, para ayudarla en el parto y para acompañar al doctor en las tareas del hospital en ese momento, decidí adelantar mi período de descanso y viajé a Suiza. Los días de reposo y desconexión obraron en mí el efecto reparador que tanto necesitaba.

Regresé al Bongo alegre, cargada no solo de energía y entusiasmo, sino también de medicamentos y materiales que había comprado en Europa. Reinicié las actividades con coraje, aunque todos sentíamos que la situación política era más seria que antes: se decía que la UNITA había avanzado y se escuchaban noticias de ataques, capturas y muertes.

En la Misión, sin embargo, el ambiente era de una extraña calma. Las tropas gubernamentales que tenían su caserna junto a nuestras instalaciones habían partido dos meses antes, y desde entonces las cosas parecían retornar a un cauce más sereno.

En los primeros meses del año 1982, los padres del doctor Sabaté decidieron viajar a Angola para estar presentes en el nacimiento de su nieto. La señora Sabaté, la madre del médico de la Misión, era una partera experimentada y colaboró en las tareas del hospital, por lo que yo me sentía muy contenta con su compañía.

El 19 de marzo nació –luego de un parto complicado– el pequeño Ferrán. Dos meses después, la familia Sabaté viajó a Luanda para acompañar a los abuelos que tomarían el avión de regreso a España.

Estando sola en el hospital, me tocó atender a un niño mestizo de dos años que había recibido disparos de bala en ambas piernas y se encontraba con una infección general. Mientras lo examinaba, su abuela me contó qué le había ocurrido. En las cercanías de Huambo, un camión había caído en una emboscada y todos habían muerto, inclusive la madre del pequeño. Al niño lo encontraron dos días más tarde entre las hierbas, a orillas del camino. “En el mismo lugar –continuó– ayer cayó en manos de los guerrilleros un convoy de la Cruz Roja, y una enfermera suiza llamada Marie–José fue capturada”.

Mientras la escuchaba, pensaba: “Si la UNITA no respeta ni siquiera a la Cruz Roja, tampoco me perdonará a mí”. Nosotros éramos perfectamente conscientes de que si aún estábamos en la Misión era por la voluntad de Dios, que extendía su mano todopoderosa sobre nosotros. Solo en él residía nuestra confianza.

“La próxima seré yo”, le dije, presa del temor, al enfermero angoleño que me ayudaba.

La abuela del pequeño había sido prisionera de la UNITA, pero logró escapar. Con gusto me hubiera contado todos los detalles de su experiencia, pero preferí no escucharla; la vida ya era suficientemente dura.

Tratamos al niño lo mejor que pudimos. Los antibióticos dieron el resultado esperado, aunque sus piernitas quedaron algo debilitadas. Dos semanas más tarde regresaba a su casa.

Todas estas cosas habían sucedido apenas unas pocas semanas atrás, pero ahora éramos nosotros los que estábamos en la lista.

Capítulo 4
“Póngase un buen calzado”

La voz de Henda, el jefe del grupo, me arrancó de mis pensamientos: “Póngase un buen calzado. ¿Dónde están sus zapatos?”

Horas atrás los había dejado en la sala para limpiarlos al día siguiente. Los busqué, se los entregué al jefe, quien los metió en una valija y me calcé un par de zuecos que encontré a mano. En medio de aquel estrés, pensé que ese calzado sería suficientemente cómodo para el viaje que estábamos a punto de emprender.

Los guerrilleros gritaban: “¡Vamos, vamos!”, y me presionaban a partir cuanto antes. Temía que aparecieran soldados gubernamentales y se originase un tiroteo.

Frente a la puerta, Henda se detuvo. Me miró y preguntó: “Menina” (una deformación de la expresión portuguesa para ‘señorita’), “¿quiere llevar alguna cosa más?”. Di media vuelta y tomé rápidamente mi libro de reflexiones matinales y el himnario. Justo antes de salir exclamé: “¡Esperen! Mi álbum, ¡quiero mi álbum!”, y me abrí paso corriendo. Lo tomé y se lo puse entre las manos a uno de los soldados, quien me miró sorprendido. De pronto, se me ocurrió que una lata de crema para las manos que tenía sobre el armario podría ser útil. “Rápido. Mande un hombre alto que busque ese pote”. Atónitos por el pedido y el tono autoritario de mi voz, uno se adelantó: “No, usted no es suficientemente grande”, le dije. Pero el hombre puesto en puntas de pie logró alcanzar la lata. Es evidente que el estado de confusión me llevó a insistir en una crema, y no tener en cuenta otros elementos que luego serían tan necesarios.

“¡Vamos! ¡Vamos!”, continuaban gritando los soldados. En el puesto militar aún se oían los tiros. Al salir, vi a Paulo Filisberto, el administrador nativo de la Misión, y le pregunté:

–¿Usted también va?

–No –respondió, temeroso.

Lo abracé en señal de despedida y le dije adiós. No me animé a avisarle sobre los chicos que estaban escondidos en la casa adyacente a la mía. Al día siguiente, ellos rompieron la puerta y escaparon.

Los hombres de la UNITA me rodearon y me obligaron a continuar. Fue cuando noté que tenía conmigo las llaves de todo el hospital. Retrocedí y se las arrojé a Paulo, pidiéndole que las entregara al personal del hospital. La idea de que jamás regresaría se negaba a tomar cabida en mi mente.

Pasamos frente a la casa de los Oliveira, que estaba abierta e iluminada; en cambio, las de los nativos permanecían en completa oscuridad y silencio. Al pasar frente al hogar de uno de los profesores más jóvenes del seminario, dije algunas palabras en voz alta y tono confiado, sabiendo que estaba despierto y oiría lo que sucedía. Este joven había perdido a sus padres en un secuestro similar al de aquella dramática noche y desde entonces solía sufrir depresiones. Pensando en lo que significaría para él nuestra desaparición, traté de dejar una última nota de confianza.

Ahora ya estábamos delante del hospital. Volviéndome hacia Henda, le pregunté:

–¿Puedo despedirme de los paciente y de los enfermeros?

–No. Claro que no –respondió secamente–. No puede. Si hace eso, pensarán que viene voluntariamente. Usted está siendo secuestrada y ellos deben saberlo.

Al rodear el hospital advertí que la farmacia estaba abierta y acababa de ser saqueada. Les pregunté qué significaba eso. Uno de los soldados notó mi expresión y con sarcasmo dijo: “Sí. Eso también lo hicimos nosotros”.

Seguimos avanzando hasta llegar a la zona de pastoreo del ganado de la vaquería, donde nos cruzamos con el guarda de la Misión. Corrí a su encuentro, lo abracé y le dije que a través de él quería despedirme de todo el personal de la Misión y que los amaba mucho.

Cruzamos el campo y llegamos al límite de los dominios de la Misión, donde comenzaba el bosque. “Ahora espere, menina”, ordenaron. Y soltaron unos alambres plantados por otros guerrilleros como señal de que ya habían pasado por allí. Ya todo estaba dado: “Somos oficialmente prisioneros de la UNITA”, pensé.

De pronto, me sentí tranquila. Era claro que todo estaba perdido, así que, por lo menos, trataría ahora de recoger el máximo de información posible. Quería saber cuáles eran sus intenciones.

–¿Por qué hicieron esto con nosotros? –le pregunté a Henda, quien estaba a mi lado a cada paso, como si fuese mi sombra.

Entendí, luego, que su función era la de guarda de los misioneros capturados.

–No queremos que trabajen para ese grupo minoritario de Luanda –me dijo con expresión seria.

–Nosotros no trabajamos para el Gobierno, sino para el pueblo –repliqué.

Y discutimos al respecto, pero decidió cerrar el tema:

–Esto es la guerra y nosotros debemos cumplir nuestro cometido: ganarla.

Al subir un poco la montaña, miré hacia atrás y distinguí llamas enormes que subían desde la Misión.

–¿Incendiaron la Misión? –exclamé en un grito de pavor.

–No. Es la EMPA, la Casa del Pueblo –me contestaron.

La Casa del Pueblo era una especie de cooperativa, donde los aldeanos llevaban sus productos de la chacra y los canjeaban por alimentos o ropa. Mirando las llamas subir hacia el cielo, pensé en Lot y su familia cuando huían de Sodoma, y en el pueblo de Israel, cuando miraba hacia atrás y veía a Jerusalén en llamas.

Recordé que había escuchado un tiroteo en el puesto de la policía y les pregunté qué había pasado. “Ah, también destruimos el puesto de la policía”, dijeron con satisfacción. Metros más adelante, de manera totalmente inesperada, surgió súbitamente entre los yuyos un buen número de soldados con armas listas para disparar. Me sobresalté y di un paso atrás. Pero mis captores me explicaron que estos eran soldados de UNITA que estaban protegiendo nuestra retirada. Entre ellos, había niños con cinturones cargados de municiones en el pecho.

Los “emboscados” –esos soldados que esperaban entre los pastizales– preguntaron cómo habían ocurrido las cosas.

–¡Excelente! ¡Guerra científica! –contestaron riendo sus compañeros, en alusión a que el plan había salido tal cual lo planificado.

–¿Sobre esto pueden ustedes reírse? –intervine furiosa.

–¿Solo esa?– preguntó otro emboscado a Henda, señalándome con el mentón e ignorando mis palabras.

–No, los otros ya avanzaron –contestó mi guarda.

–¿Y el niño? ¿Quién lleva al niño? –pregunté afligida.

–El niño está siendo transportado por nuestra gente, nosotros llevamos todas sus cosas –respondió Henda.

De nuevo volví a la carga:

–¿Porque hicieron esto? Siempre tratamos de ser lo más neutrales posible y hubiéramos tratado a sus soldados del mismo modo que a los otros.

–Algún día entenderá.

Continuamos trepando los cerros a paso acelerado. Como teníamos que caminar muy rápido, le pedí a un soldado que me “fabricara” un bastón. Se detuvieron, y el buscó una rama adecuada y la cortó; pero era muy pequeña, así que, buscó otra mejor y me la alcanzó. Me llamó la atención la forma casi delicada en la que se dirigían a mí.

Junto al sendero, vi a otro niño que esperaba.

–¿Qué están haciendo estos niños pequeños aquí? – exclamé asombrada.

–Están aquí porque conocen muy bien los motivos por los cuales combatimos –me respondió.

Continuamos cerro arriba y cerro abajo, cada vez más cerca de la cima. En un momento, pasamos cerca de una aldea donde moraban muchos adventistas; reconocí el lugar porque había estado muchas veces allí.

Nuevamente nos encontramos con un niño portador de municiones, aún más pequeño que los otros. Apoyé mi bastón sobre su cabecita y le sonreí. Uno de los soldados que observaba la escena me dijo: “Parece que está de buen humor. ¿Acaso no tiene miedo?”


Uno de los niños que integraban la columna. En general, eran hijos de soldados o cargadores.

–¿Espera que me ponga a llorar? ¿De qué me serviría? Ustedes destruyeron en una hora el trabajo paciente de varios años. Llorar no cambia la situación.

–Pues... tienes coraje –comentó otro.

“Tengo que aprovechar esto”, pensé. Dios me había dado las fuerzas necesarias para mantener el control de mis nervios y mi actitud los había impresionado. Percibí que tenía en mis manos un arma que podría ayudarnos mucho en la travesía.

Llegamos a un arroyuelo. Me detuve mirando a mi alrededor, buscando alguna piedra o algo que me permitiera pasar en seco al otro lado, pero antes de que pudiera reaccionar un soldado me levantó en sus brazos al mismo tiempo que yo pegaba un grito de susto y me posó en la otra orilla.

El camino se volvía escarpado. Trepábamos la montaña internándonos más y más en la selva. Era un cuadro surrealista. La luz de la luna se abría paso entre los árboles e iluminaba a los soldados que, como sombras sin rostro, se movían silenciosamente por la estrecha picada. Nos detuvimos al lado de un viejo edificio dentro del cual crecían arbustos de gran tamaño. Oímos ruidos. Alguien que se estaba escondiendo dejó su bicicleta a la vista. Los soldados llevaron consigo la bicicleta y seguimos avanzando.

Poco a poco la marcha comenzó a resultarme complicada: los zuecos me apretaban y los pies me dolían. Henda se dio cuenta y me volvió a decir: “¿No le dije que se pusiera un buen calzado? Así no podrá caminar mucho tiempo. En su casa recogimos un buen par de zapatillas suyas, ¿por qué no se las pone?”. Y mandó a uno de sus subordinados que buscara la valija. Después de ponerme el “buen calzado”, la marcha me resultó más fácil.

Henda no se apartaba ni por un instante de mi lado. Mientras caminábamos, traté de saber un poco sobre su vida, de dónde venía y por qué estaba allí. De pronto, un grupo de guerrilleros que portaba grandes bultos blancos sobre sus cabezas apareció delante de nosotros. Me acerqué y toqué uno de aquellos rollos, que imaginé que serían las sábanas del hospital, pero eran rollos de papel de la imprenta de la Misión.

–¿Entraron a la tipográfica y se llevaron todo?

–Sí –respondieron orgullosos–. Lo hacemos para colaborar con la revolución.

Mis pensamientos volvieron a la triste escena de unos pocos meses antes, en la que seis jóvenes habían pagado con sus vidas por traer ese precioso papel. Era doloroso pensar que los frutos de semejante sacrificio estaban siendo robados para ser usados con fines bélicos.

Les pregunté si ellos habían colocado las minas productoras de tal desgracia.

–Sí –respondió Henda–, pero no las ponemos para los civiles. La gente debe ser cuidadosa; ellos saben que no deben viajar por las rutas. Después de todo, estamos en guerra.

Su respuesta me incitó a relatarle sobre la enorme cantidad de víctimas inocentes que tratábamos en el hospital y cómo la mayoría moría a consecuencia de las heridas. Le hablé de nuestros seis obreros muertos, de sus viudas e hijos...

–Ya le dije, nosotros no podemos hacer nada. Usted ve todo lo que esta guerra origina –se limitó a responder.

“Porque ustedes la generan”, pensé.

Luego pasó un buen tiempo contándome sobre las incuestionables victorias de la UNITA.

Después de algunos minutos en silencio, le pregunté cuánto quedaba de camino para el campamento.

–Ya no está muy lejos, está cerca... –me aseguró.

–¿Cuánto tiempo deberemos caminar aún? –insistí.

–No mucho, realmente no mucho. Muy pronto llegaremos adonde están los camiones que los transportarán el resto del camino.

Seguimos conversando. Yo tenía el firme objetivo de saber qué se proponían con nosotros. Estaba demasiado preocupada para sentir cansancio. Me pareció que no tenían la intención de hacernos daño, pero quería averiguarlo para estar segura. Me propuse ser con ellos tan amable como fuese posible, pensando que así ellos también lo serían con nosotros.

Después de cierto tiempo, llegamos a un lugar donde un numeroso grupo de la UNITA nos estaba esperando. Me sorprendió ver muchas mujeres. Más tarde supe que realizaban trabajos como cargadoras y cocineras, pero también habían sido entrenadas militarmente (de todas formas, solo en ocasiones especiales participaban abiertamente en combate). Estas mujeres transportaban grandes tejidos sobre sus cabezas con elementos que, evidentemente, habían sido robados de la Casa del Pueblo. Con rollos, paquetes, cajas y atados, parecían hormigas gigantes caminando en una desigual y extraña columna.

Un gran soldado cubierto de municiones descendió, y cuando estuvo frente a mí me dijo:

–Allí adelante va el médico, y quiere saber cómo está la menina.

–Yo estoy bien. Por favor, regrese y haga saber al médico que estoy bien. Y... ¡dígale también que no se desanime!

Fue tranquilizador saber que pronto vería a mis amigos. Imaginaba que estarían preocupados por mí, sabiendo que yo estaba sola en medio de esos hombres.

Reiniciamos la marcha y después de una hora llegamos a un claro en el bosque, donde me encontré con las familias Oliveira y Sabaté. Nos abrazamos, llenos de alivio de volver a vernos.

–No te desanimes –le dije a Ferrán, una frase que repetía frecuentemente durante nuestro trabajo en el Bongo y con la que a veces lo irritaba.

–No me desanimo –respondió Ferrán con voz cansada–. De todas maneras, ya todo está perdido.

En su rostro se reflejaban, claramente, angustia y tristeza. Al mirarlo sentí ganas de llorar.

–¿Sabías que pillaron también nuestra farmacia? Se lo pregunté a uno de ellos porque entre los bultos que llevaban las cargadoras había reconocido los medicamentos de nuestra reserva.

–Sí, lo sé. De todas maneras, ya está todo perdido –dijo otra vez Sabaté.

En ese momento noté que Rosmarie vestía su camisón largo y apenas una manta liviana sobre los hombros. En su rostro se reflejaban desesperación, desánimo y mucho miedo. A su lado estaba Ronaldo con el pequeño en brazos. Le pregunté si podía ayudarlo a llevar al niño.

–No, gracias. Pero, por favor, ayude a mi esposa. Tiene mucha dificultad para caminar.

Rosmarie calzaba botas de goma. Me contó que, al despertar, su cuarto estaba repleto de soldados. Debido al shock del momento no atinó más que a ponerse pantuflas y salir de la casa. Después los guerrilleros le dieron botas como las que llevaba puestas, que le dificultaban terriblemente la marcha. Le ofrecí mi brazo y seguimos andando juntas.

Eran más o menos las 5 de la madrugada y ya se distinguía perfectamente lo que los soldados transportaban: máquinas de escribir, cajas con medicamentos; hasta la balanza del consultorio de Ferrán. La escena nos causaba dolor. Todas esas cosas habían costado mucho dinero y esfuerzo para conseguirlas, y ahora estaban allí, siendo llevadas por gente que nada sabía de su valor.

Escuché cómo Ronaldo trataba de conversar con uno de los guerrilleros. Imaginando el miedo que sentía, me acerqué y le dije suavemente que se quedara tranquilo, que ellos no tenían intenciones de hacernos daño. De hecho, los combatientes se dirigían a él con amabilidad.

De pronto, Henda se dirigió a Ronaldo y dijo: “Ahora me quedo con mi amigo el brasileño”. Y le preguntó si podía llevar al niño. Pero tanto el pequeño André como su padre se negaron. El guarda de nuestro grupo permaneció junto a ellos, preguntando sobre Brasil y sobre cómo es la vida en el país.

El sol comenzaba a asomarse sobre las montañas. A nuestra izquierda nacía una sabana, en la que bellos bananeros salvajes se mecían con la brisa matinal. Bajé la cabeza para no ver la hermosura del paisaje, que contrastaba cruelmente con nuestra suerte incierta. Henda explicó que allí su gente cultivaba maíz para su consumo. Ronaldo trataba de mantener la conversación sobre diferentes asuntos, con el mismo propósito que teníamos todos: saber cuáles eran sus intenciones para con nosotros.

Noté que Ronaldo ya casi no podía soportar el peso de su hijo. Sin muchas preguntas, tomé al pequeño y lo puse sobre mis hombros. De inmediato, comenzó a gritar y a moverse con desesperación. Avancé decidida y velozmente hacia el frente. Los guerrilleros se sorprendieron de que pudiera caminar tan rápido; cualidad que adopté en la infancia, en Misiones, donde frecuentemente me tocaba caminar muchos kilómetros para ir a la escuela. Pronto me di cuenta de que para mí era mejor caminar rápidamente hacia el frente y luego sentarme y descansar un poco mientras esperaba a los otros.

Devolví a André a su padre y nos turnamos para llevarlo el resto del camino. De pronto, llegamos a una encrucijada. “¡Por aquí!”, nos indicaron los soldados. Pero después de andar por poco tiempo se dieron cuenta de que estaban equivocados y tuvimos que desandar el camino. Después de ascender una cuesta muy empinada, vimos un conjunto de chozas muy provisorias; la sola idea de dormir allí asustaba. Fue un alivio presenciar que la larga columna en la que marchábamos pasaba de largo.

Hacía mucho frío y soplaba un viento helado. En Angola era invierno, y si bien durante el día puede hacer un poco de calor, durante las noches el frío se hace sentir vivamente.

Finalmente, paramos en una aldea. Un centenar de mujeres y niños semidesnudos, dispuestos en media ronda, esperaban a los soldados que iban cerrando el círculo a medida que llegaban. Los niños temblaban de frío y excitación. Los cargadores fueron tirando en el suelo los objetos que traían hasta formar un enorme montón y se unieron a la concentración. De nosotros, aparentemente, nadie se ocupaba. Nos quedamos apoyados contra un árbol, temblando de frío y de ansiedad. Mirábamos la escena y nos preguntábamos qué pasaría. El viento frío nos helaba hasta los huesos y estábamos con hambre. “Estamos en la otra Angola”, comentó Conchita.

La ronda se cerraba más y más. De pronto, una mujer comenzó a cantar en tono melancólico mientras bailaba rítmicamente; los demás se unieron y el furor se hizo presente. Uno de ellos se puso en medio: era el Comandante.

Conchita y yo nos miramos. Ambas teníamos la impresión de haber visto a aquel hombre. Su figura, el rostro, incluso la manera en la que hablaba nos parecían conocidos. Frecuentemente, miembros de la UNITA vestidos de civil se mezclaban entre la gente para recabar información. Sin duda, ese hombre había estado en la Misión sin que nadie sospechara quién era realmente. Levantando el puño exclamó: “¡Ye, Ye, Ye!”. La gente respondía a coro: “¡Ye, Ye, Ye!”.

–Camaradas, ¡Ye, Ye, Ye! –gritó nuevamente.

–¡Ye, ye, ye! –venía la respuesta.

Así continuó unas cuantas veces, moviéndose de un lado a otro. “¡Viva África, viva Angola, viva la UNITA!”. Ante cada exclamación, la multitud respondía con frenético entusiasmo. Hasta que, incorporándose y con una firme actitud de respeto militar, gritó: “¡Viva el presidente Savimbi! ¡Estratega, político y militar!” La gente, en señal de respeto por su presidente, repitió al unísono con un saludo militar. Luego continuaron danzando y cantando.

No había señales de que los festejos terminaran pronto. Miré cuidadosamente la enorme pila de atados en las que se amontonaban nuestras cosas. Tenía la esperanza de encontrar la bolsa del pan que habían sacado de la heladera de mi casa. Pero solamente encontré una manta y la bolsa con mis zapatos; la valija con mi ropa había desaparecido. Yo necesitaba cambiarme porque todavía seguía con el piyama y el jean que me había puesto en el momento de la captura. Y tenía mucha hambre.

“No se preocupe” habían dicho los guerrilleros, “con la UNITA no se pierde nada. Todo le será entregado nuevamente”.

De golpe, mis ojos divisaron algo. Fue una bendición ver, en las manos de una de las mujeres, la lata de alimento para bebé que había preparado para André el día anterior. Con osadía, me atreví a pedírselo. De lo contrario, el pequeño no tendría qué comer en los próximos días.

El capitán Chimuco era quien estaba a cargo del grupo. En un momento vino hacia nosotros y nos guió al centro de la base. Nos mostró dos chozas maltrechas y afirmó, dirigiéndose a Sabaté: “Aquí podrán descansar. Disculpe, doctor, pero nosotros, como guerrilleros, no tenemos otra cosa que ofrecerles”. Y aunque me sorprendió su amabilidad, no pude dejar de pensar que nosotros estábamos bien en nuestras casas hasta que ellos llegaron.

Mientras examinaba la choza que nos habían designado a mí y a los Oliveira, pensé: “¡Cuántos piojos y pulgas recogeremos aquí, por favor!”.

Nos trajeron una vasija con agua y jabón para que pudiéramos refrescarnos, pero no había señales de comida.

Mientras esperábamos, nos sentamos enfrente de la choza y nos percatamos de la presencia de un niño de no más de doce años que nos vigilaba. Sin mover un solo músculo de la cara, sostenía un fusil demasiado grande para él. Nos miraba fijo, sentado en una piedra. Pensamos que debería ser un recluta en aprendizaje, ya que era imposible imaginar que un niño fuera ya un verdadero guardia.

Efectivamente, poco después apareció ante nosotros un joven soldado que se presentó como “el guardia”. No había estado presente en nuestra captura, pero conocía cada detalle. Me preguntó si estaba al tanto de la guerra de Malvinas, un conflicto bélico entre Argentina y Gran Bretaña por la soberanía sobre unas islas situadas a quinientos kilómetros de la costa de mi país. Le conteste que sí.

–Para su familia no debe ser fácil –opinó–, su país en plena guerra y usted aquí, en esta situación.

Por un momento no supe qué responder. Sorprendida, atiné a decir: “Seguro que es difícil. Me temo que mi madre no lo podrá soportar. En los últimos tiempos ella ha estado un poco enferma y la noticia de mi secuestro será una dura prueba para ella”.

Seguimos conversando un buen rato sobre su vida en la UNITA. Sin embargo, él evitaba celosamente hablar sobre ciertos aspectos que podrían ser comprometedores.

De pronto, corrió la noticia de que había llegado nuestro equipaje. El Capitán con sus subalternos estaba reunido en un yango –una pequeña choza redonda en la que se reunían para discutir los asuntos del día. Me llamaron y me entregaron una bolsa de plástico en la que, según decían, estaban mis pertenencias. Un grabador dejaba escuchar música que me resultaba familiar. Henda, que formaba parte de la rueda, comentó: “Usted tiene buena música; lástima que en su casa uedaran tantos casetes”. Cuando miré, vi que la música ¡venía nada menos que de mi aparato de música! Tomé la bolsa y volví a nuestra choza. Adentro, encontramos algunos vestidos de Rosmarie y dos blusas mías. Volví al yango y, dirigiéndome al Capitán, dije:

–¿Es esto todo lo que me entregarán? Hay muchísimas cosas más que salieron de mi casa. No veo mi valija por ninguna parte.

–Sí, sí. Pronto va a recibir todo lo que es suyo.

Fue cuando comencé a sospechar lo que luego terminó siendo realidad: los cargadores habían vaciado las valijas para no tener que llevar tanto peso y se habían repartido las cosas.

Al mediodía nos entregaron lo que quedaba de nuestro equipaje. Formaron un cúmulo delante de las chozas, donde hurgamos largo rato hasta encontrar algunas pocas cosas que nos pertenecían. Aparecieron las valijas de los Oliveira con la carga por la mitad; algunas maletas pequeñas de los Sabaté; bolsos y valijas vacías de unos y de otros; una pequeña maleta mía con dos faldas y un vestido celeste, que no me servirían para mucho en ese lugar, y dos o tres toallas. No encontré mi ropa interior ni la ropa de cama que habían sacado de mi cuarto.

–Mire, falta ropa y tampoco están mis mantas. Cuando llegue la noche las voy a necesitar –le dije al Capitán.

–Ah, eso ya llegará.

–Si mis mantas no aparecen, usted tendrá que darme algo.

–Oh, ningún problema. Podemos compartir... yo también soy soltero.

Simulando no haber oído, me quedé callada. Había sido imprudente antes y en mi interior prometí ser más cuidadosa al dirigirme a ellos.

Era una imagen realmente triste la que teníamos delante. Todas las cosas que hasta entonces nos habían parecido preciosas yacían tiradas en el suelo, llenas de suciedad. Encontré un mantel bordado de rosas, que había traído de Argentina y que lo usaba solamente en momentos muy especiales. Los cargadores habían hecho un bulto con él, llenándolo de toda clase de cosas, y al llegar simplemente lo habían tirado allí, en el suelo barroso, sin ningún cuidado. Sentí ganas de llorar. Pero no había tiempo para eso; lo esencial era ahora reunir lo que podía sernos útil, como ropas y mantas, para una travesía de la cual no teníamos idea cuánto podría durar.

No pude encontrar ropa interior, salvo un par de cosas viejas que había metido en una bolsa para regalar. De alguna manera me hizo gracia que ahora eran esas ropas lo único que me quedaba y que podía servirme.

De pronto distinguí, debajo de toda esa montaña de cosas, mi cámara fotográfica. Era una máquina nueva que había comprado en Europa durante las vacaciones. “Esta no se las dejo”, me dije. La tomé y la guardé rápidamente.

A los demás misioneros tampoco les quedó mucho. El doctor Sabaté solo tenía lo puesto. Conchita nos contó con amargura en el alma cómo los guerrilleros habían robado en su casa en el momento del secuestro. Hasta habían arrancado las cortinas del cuarto del bebé, que ella había decorado con tanto cariño.

A los Oliveira, quienes ni siquiera habían abierto sus valijas, les faltaba más de la mitad del contenido; entre este, su cámara fotográfica nueva. Por suerte, pudieron salvar lo suficiente para el bebé. Lo peor de la situación era que tanto los Sabaté como los Oliveira no pudieron encontrar, en toda aquella montaña de cosas, ningún calzado conveniente. Esto, en poco tiempo sería la causa de muchos problemas.

Una vez que terminamos, nos retiramos a las chozas y tratamos de tener una meditación. Nos sentíamos deprimidos y nos preguntábamos por qué Dios había permitido que nos sucediera una cosa semejante.

–No pudimos trabajar ni siquiera un día –se lamentaron los Oliveira.

–Y nosotros hemos perdido todo aquello que tanto amábamos –dijimos los demás.

–Quién sabe cómo irá a acabar esto –expresó tristemente Conchita–. En una situación semejante, con niños tan pequeños, vaya a saber todo lo que tendremos que afrontar todavía... Por eso yo no había querido tener hijos, los tiempos son muy difíciles.

Tomé mi libro de reflexiones matinales y leí la meditación correspondiente al 10 de junio. Cuando terminé, mis ojos cayeron sobre la lectura del día anterior, el 9 de junio, y leí el texto que se encuentra en Deuteronomio 33:27: “El eterno Dios es tu refugio, Y acá abajo los brazos eternos; Él echó de delante de ti al enemigo”. Sentí que era un texto muy importante en ese momento. Lo releí mientras las lágrimas corrían por mis mejillas. La meditación de ese día parecía escrita para nosotros. Entre otras cosas, citaba Éxodo 19:4: “Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí”.

Las palabras de la meditación eran más que apropiadas para nuestra situación:

El mismo Dios que en tiempos antiguos llevó a su pueblo, vela por ti y por mí. Así como un débil aguilucho, con recelo de caer, se apega a la fuerza y protección de su madre, también el hijo de Dios débil e indefenso en su propia fuerza confía en el poder y la protección de su Padre celestial. Él sabe que todo cuanto Dios permite para probarlo tiene como única finalidad conducirlo más cerca del cielo.

El texto terminaba diciendo:

Así como Dios condujo a su pueblo como en alas de águila, de vuelta a la Tierra Prometida, así también lo hará con nosotros.

Esa última parte la tengo subrayada. Dios conocía nuestra situación y seguramente la había permitido, teniendo como única meta acercarnos más a él.

Concluimos la reflexión leyendo el texto bíblico inicial y oramos pidiéndole al Señor que nos diera fuerzas y que no permitiera que nuestra fe fallara. Entretanto, eran las 14 y aún no habíamos probado bocado. El doctor Sabaté se acercó al Capitán y le dijo:

–Sus huéspedes están listos para comer alguna cosa...

–Sí, sí. Pronto recibirán algo.

Ese tipo de respuesta comenzaba a generarme desconfianza, pero luego de algunos minutos aparecieron dos mujeres con platos y cubiertos limpios. En sus manos traían dos fuentes llenas de papas fritas, carne y puré. Nos quedamos asombrados de la calidad y lo bien preparado que estaba el alimento. Aquella fue la única comida realmente consistente durante nuestros tres meses de cautiverio.

El Capitán vino a comer a nuestra choza. Yo me senté sobre la cama de paja, detrás de Rosmarie. Desde allí podía observarlo detenidamente sin ser vista. Serio y en silencio, sostenía su plato en la mano y comía sin levantar la vista. A diferencia de otros soldados, su uniforme se veía limpio y en orden. En su cabeza portaba un sombrero blanco con una insignia militar. Era un hombrecillo pequeño, de modales finos. En sus ojos fríos se reflejaba una mirada sombría e inquisidora. Evitaba mirarnos directamente a la cara, pero cuando lo hacía, uno no podía evitar esa extraña sensación de miedo e inseguridad.

Cuando acabó de comer, se despidió cortésmente y salió.

Restablecidas nuestras fuerzas, tratamos de acomodarnos para descansar un poco. Extendí un paño sobre la paja de la cama y nos recostamos. Los Oliveira estaban muy agotados debido al largo viaje desde su tierra natal y los terribles momentos vividos. En pocos minutos se encontraban durmiendo profundamente. Yo, por el contrario, no podía conciliar el sueño.

Ahora, en el silencio, comprendí que mis miedos se habían hecho realidad y que éramos prisioneros de la UNITA. Uno tras otro se agolpaban recuerdos del año y medio de vida pasados entre los nativos en el Bongo, y me llenaba de tristeza. Lamenté amargamente no poder volver nunca más a ver ese lugar amado, y comencé a llorar en silencio, tratando de que nadie se diera cuenta de mi debilidad.

Así pasó la tarde, y pronto comenzó a anochecer. Los Oliveira se despertaron y juntos hicimos un fuego en la chocita. La familia Sabaté se unió para conversar y recoger impresiones. Ronaldo se interesó en saber más detalles sobre el grupo guerrillero y lo que perseguían al capturarnos. Les contamos sobre aquellos casos de personas que habían sido secuestradas y luego liberadas sin que nada les sucediera. Él se encontraba sumamente nervioso, porque por la mañana había sido llamado dos veces para responder a interrogatorios en los que los guerrilleros trataban de saber la postura de Brasil con respecto al Gobierno de Angola y de la UNITA. Ronaldo había tratado de responder de la manera más cuidadosa posible. De todas formas, en realidad, él realmente no conocía mucho al respecto.

En voz baja seguimos conversando para ponernos de acuerdo sobre lo que habríamos de responder si fuéramos interrogados. Pero todas las precauciones no parecían suficientes. Decidimos insistir en el hecho de que, como misioneros, éramos políticamente neutrales y que nuestro único objetivo era servir a los demás.

Nos dijeron que emprenderíamos la marcha al salir la luna. Debíamos tener nuestro equipaje preparado para el momento en que recibiéramos la orden de partir. Los Oliveira se durmieron nuevamente y Ferrán se retiró a su choza con su familia. Delante de la “vivienda” en la que estábamos, se instaló un grupo de hombres para montar guardia. Yo me acomodé en la silla de campaña que los guerrilleros habían traído de la casa de los Sabaté. El frío y la incómoda posición en la silla se mezclaron con mi tristeza, y no pude dormir. El miedo comenzó a cerrarme la garganta. Recordé que nos hallábamos no muy lejos de Longonjo, donde las tropas gubernamentales tenían una fuerte base militar. ¿Y si ellos venían a tratar de rescatarnos? Sin embargo, cuán fácilmente se podía originar un tiroteo... En medio de la noche, ¿cómo podrían saber en qué choza nos encontrábamos? Huir sería imposible.

Las horas pasaban lentamente y con ello aumentaba mi miedo. De pronto, escuché cómo roncaban los soldados que custodiaban nuestra puerta. “¡Pero qué bien nos cuidan!”, pensé. Me levanté y salí al exterior con sigilo. Los soldados dormían profundamente, abrazados a sus armas. Estábamos en la cima de una montaña. Pude ver un camino que descendía, perdiéndose en el bosque, y supe que si seguía ese camino pronto llegaría a territorio familiar. Una idea fugaz de escape cruzó por mi mente, pero negué con la cabeza como para ahuyentar esos pensamientos. Mis colegas me necesitaban.

Fui al baño, y al volver tuve que pasar por encima de uno de mis guardias, quien continuó durmiendo en completa paz.

Luego de algunos momentos, oí pasos que iban y venían alrededor de la choza, acompañados de voces apagadas. Temerosa, me preguntaba qué se propondrían. Me di cuenta de que estaban encendiendo un fuego. Se sentaron y continuaron conversando. Percibí que el nombre del doctor Sabaté era mencionado con frecuencia. Agucé mis oídos para captar al máximo lo que decían. Entre risas bajas, se contaban cómo habían capturado al doctor y el susto que le habían propinado. Seguí escuchando hasta que alguien apareció y los reprendió por el ruido que estaban haciendo. En el silencio que siguió, se escuchaban solo los ronquidos de algunos y el toser de otros. Al poco rato, nuevamente susurros. Pero estos eran más inquietantes que los anteriores. Sentí que el temor amenazaba con ahogarme. Estaba realmente oscuro; si fuésemos atacados, no tendríamos escapatoria. Traté de orar, pero no lograba concentrarme.

La luna llena apareció y comenzó a subir en el firmamento, iluminando la choza. Afuera se seguían escuchando pasos y susurros. A la medianoche fui nuevamente al baño.

Los minutos corrían, sin que nada sucediera. Inquieta, me preguntaba qué hacían. Súbitamente, las nubes cubrieron el cielo y todo quedó oscuro otra vez. En ese momento apareció una figura en la puerta y llamó: “Levántense, tenemos que seguir”. Saltamos de las camas y tratamos de vestirnos de forma adecuada. Rosmarie, que solo había podido calzar pantuflas al ser capturada, no tenía calzado conveniente. Las botas le habían ocasionado una herida en la pierna derecha y ya no podía usarlas. Se puso mis zuecos y salimos. Los Sabaté estaban colocando al niño en una cesta. Conchita tampoco tenía otro calzado que los zuecos blancos de enfermera. Sacó de su bolsa un conjunto azul de gimnasia que había rescatado y se lo puso sobre su ropa, porque hacía mucho frío. Todos estábamos sobrecogidos por el miedo, especulando sobre cómo seguiría la historia. Aun cuando no temiéramos lo peor, la incertidumbre sobre nuestro futuro nos oprimía.

También nos preguntábamos quién llevaría a los niños. El bebé no era un problema, puesto que dormía tranquilamente en su cestita y podía ser transportado fácilmente por uno de los cargadores. El pequeño André Oliveira, sin embargo, solo quería estar con su madre; cuando alguien más trataba de levantarlo, gritaba a todo pulmón. Era evidente que Rosmarie, pequeña y frágil como estaba, no podría transportarlo todo el tiempo. Después de varias tentativas, Ronaldo lo tomó y lo ató a sus espaldas, al estilo nativo. Sin embargo, André, impresionado, no dejaba de llorar.

Entre la penumbra, vimos a los soldados formarse en silencio y con precaución. La escena era impresionante. Finalmente, un grupo de ellos se puso en movimiento y desapareció en la oscuridad.

–¿Qué va a pasar ahora? –me susurró Conchita, asustada.

–¡Sobre esto habría que hacer un filme! ¿Qué se proponen hacer con nosotros? –se preguntó, y volviéndose hacia su marido, se quejó.

–¿Quién nos ha traído a este campamento? ¿Por qué tenemos que estar aquí?

No respondí, pero sentí que un escalofrío recorría mi cuerpo. En silencio me dije: “Vicky, tú no tienes hijos por los cuales preocuparte. Es tu responsabilidad guardar la calma para ayudar a los demás”.

Mas tarde apareció otro grupo de soldados. No comprendíamos de dónde salían tantos hombres, que se unían lentamente al grupo.

Una orden, con mezcla de idioma nativo y portugués, se escuchó: “¡Twendi! ¡Vamos, adelante! ¡Tenemos que irnos!”

Capítulo 5
Comienza la pesadilla

Al iniciar la marcha nos ubicaron en la mitad de la columna, uno detrás de otro, en fila india: los Sabaté delante, yo en el medio, Ronaldo y su esposa detrás. A pocos metros nos seguía el Capitán con algunos de sus hombres más importantes, entre los que vi al joven que me había preguntado sobre Argentina.

Caminábamos por un estrecho sendero atravesando el campamento, pasando entre la hilera de chozas. Quizás un kilómetro más adelante, nos vimos obligados a bajar a tientas por un abrupto precipicio. Con mucho cuidado, poníamos un pie después de otro, asiéndonos de ramas y raíces que sobresalían en aquel barranco. Tratamos de ayudarnos los unos a los otros, mientras los soldados que caminaban a nuestro lado también vigilaban atentamente, cuidando que nadie tropezara y se cayera.

La larga y silenciosa columna descendía lentamente la abrupta montaña formando extrañas figuras en la oscuridad.

Después de ese tramo tan difícil, llegamos a un valle cubierto de vegetación. De improvisto, apareció entre el pajonal frente a nosotros un enorme hombre aguerrido cubierto de municiones. Ferrán susurró: “Presten atención a este tipo; es el típico guerrillero. Nos vigila, pero sin hacerse notar”.

El guerrillero nos guió a un arroyo en el que un árbol caído servía de puente. Lo atravesamos balanceándonos y seguimos cerro abajo hasta llegar a una gran sabana despejada. El pajonal era alto como un hombre, y constantemente podíamos ver a soldados que aparecían allí por entre la maleza; era evidente que estábamos muy bien vigilados. Avanzábamos casi corriendo, pero en el mayor silencio posible. La tropa, tensa, escrutaba el horizonte constantemente.

Habremos andado más o menos cuatro horas a ese ritmo, cuando llegamos a un ancho valle que me resultó conocido. Analicé el lugar por un momento y pensé: “Sí, ese debe ser el valle que se encuentra junto a la montaña que puede verse desde la Misión”. Seguimos avanzando, y pronto reconocimos el cerro donde estaba la aldea de nuestro enfermero Lucas, y nuevamente sentimos una oleada de pena en nuestro corazón.

Apresuré el paso para acercarme a Conchita.

–¿Sabes dónde estamos? –le pregunté suavemente–. La Misión esta justo allí, abajo.

–Sí, me di cuenta. Pero no quiero mirar... –respondió con tristeza.

–Yo tampoco.

Ambas recordamos que hacía apenas tres semanas, con los padres de la familia Sabaté, habíamos visitado la región y asistido al culto en la pequeña capilla de barro del lugar. ¡Nunca hubiéramos imaginado que poco tiempo después, en circunstancias totalmente diferentes, volveríamos a ver este lugar!

La marcha se hacía cada vez más difícil y nuestras piernas empezaban a acalambrarse, y los pies de Conchita estaban sangrando. Con los Oliveira nos turnábamos para cargar a André, quien cada vez que lo separábamos de su madre lloraba desconsoladamente hasta que, agotado, se dormía entre sollozos. El cansancio era desmedido y el hambre nos retorcía el estómago. Pero parecía que los soldados no tenían planes de detenerse todavía. Justo en esos momentos, Ronaldo vio algo de caña de azúcar junto al camino. Recogimos varias y con alivio comenzamos a comerlas. Su jugo refrescante y dulce dio fuerza a nuestras piernas y nos sentimos mejor.

Luego “Ferrancito” comenzó a llorar, entonces los soldados accedieron a que nos detuviéramos y nos sentáramos para que Conchita pudiera alimentarlo.

El día anterior, entre la montaña de cosas que habían traído de nuestras casas, yo había encontrado una botella de suero, la cual luego llenamos de agua para tener de reserva para el viaje.

Aprovechamos la parada para tomar cada uno un trago del precioso líquido. Teníamos que racionarlo cuidadosamente, porque solo contenía medio litro, que debía alcanzar para todos.

La conversación volvió a girar en torno a nuestra situación y sobre todo lo que aún nos esperaba. “¿Quién podía imaginarlo?... Si lo hubiésemos sabido, habríamos huido a tiempo...”. Las conjeturas iban y venían. Tratábamos de consolarnos con la idea de que, probablemente, ellos nos habían capturado para protegernos del peligro ante la inminencia de un combate en la zona. Pero, entonces, ¿qué pasaría con los pacientes, los estudiantes y el personal que quedaron atrás?

Tratamos de cambiar de tema. Ronaldo nos contó sobre las variedades de caña de azúcar de su país, y propuso que hablemos de las comidas preferidas y lo que habríamos de comer al regresar a nuestra tierra. Su idea, a la postre, fue el tema predilecto a lo largo de los meses de cautiverio, puesto que la mayoría del tiempo estábamos con hambre.

Nos preguntábamos si la noticia de nuestra desaparición habría llegado a Europa y si habrían comenzado a movilizarse en nuestro favor. Todos estábamos seguros de que alguien del personal de la Misión había telefoneado inmediatamente a Berna, dando el comunicado. Por suerte, no sabíamos cuán equivocados estábamos.

Una vez que el niño terminó de amamantarse, continuamos la marcha. Después de cierto tiempo, tomé a André sobre mis hombros y caminé tan rápido como me daban las piernas para ganar distancia y luego descansar un poco. Al llegar a la punta de la columna, bien adelante, me di cuenta de que los Oliveira no aparecían. Me senté sobre una piedra a la vera del camino y traté de entretener al niño y conversar con él. De pronto, un soldado se abrió paso en la columna, se me acercó y me dijo: “¡Tiene que volver y consolar a su amiga, la brasileña! Ella está sentada junto al arroyo y llora porque no puede caminar más”.

–Yo tampoco puedo más. Transporté al niño hasta aquí y no puedo llevarlo de vuelta. Si el pequeño ve a su madre llora, y solo quiere estar con ella. No es momento para ponerse a llorar. Ella tiene que caminar ahora –respondí, cansada.

Enseguida me di cuenta de cuán dura había sido mi reacción, pero no podía evitar el sentimiento de que no quedaba otra alternativa que apretar los dientes y continuar, si queríamos sobrevivir.

Después de cierto tiempo, volvimos a estar todos juntos y continuamos la marcha. Caminamos cerca de media hora más, hasta llegar a un bosque, donde los soldados decidieron detenerse. Los cargadores fueron a buscar agua para cocinar algún alimento. El agua del arroyuelo estaba bastante sucia. Les pregunté a los Oliveira si se habían vacunado contra la fiebre tifoidea y me dijeron que no, por lo que sentí mucho miedo por ellos. ¡Cuán fácilmente podrían contraer esa enfermedad en estas circunstancias!

El cuidado de nuestra salud, estaba claro, no sería sencillo. Al menos, mientras buscábamos nuestras pertenencias entre la pila de cosas en el primer día de nuestro cautiverio, habíamos encontrado bastantes medicamentos que pertenecían a nuestra farmacia. En ese momento, Conchita y yo casi nos largamos a llorar al ver todos esos preciosos materiales desparramados por el suelo. Con pena en el alma recordamos lo difícil que era conseguir medicamentos y ahora los veíamos allí, sucios y pisoteados como si nada valiesen. Algunas cosas solo podían ser usadas en el medio hospitalario, pero otras, pensamos, podrían sernos de gran ayuda en esos momentos. Con cuidado, recogimos lo que podría ser útil: había algo de antibióticos, aspirinas para niños, unas cajas de cloroquina para la malaria, comprimidos contra la diarrea y algunas tabletas de vitamina C; además de una pomada para heridas, que buena falta nos hacía porque, aparte de mí, todos tenían los pies sangrantes y doloridos.

Al poco tiempo de haber parado, nos trajeron un recipiente con agua sucia y con un gusto horrible. Pero no teníamos alternativas, así que, obligados por la necesidad, la tragamos como mejor pudimos. Ferrán nos puso una medida de vitamina c en cada jarro, tratando con esto de enmascarar un poco el gusto y, quién sabe, quizá disminuir el riesgo de contaminación al que nos sometíamos.

De pronto, un grupo de soldados desapareció entre el matorral, y cuando volvieron, traían en atados hechos con sus camisas muchas naranjas bien maduras, las cuales comimos con enorme placer. Para entonces, ya nos preguntábamos a cada rato qué iríamos a comer. Nuestra última comida la habíamos recibido el día anterior al mediodía, y no salían de nuestro pensamiento las sabrosas papas que habíamos comido en ese momento.

Finalmente, el almuerzo estuvo listo y nos trajeron carne de gallina asada con pirão, una especie de polenta hecha con harina de maíz muy fina. El menú no sonaba nada mal, salvo por la ausencia de sal, y sin considerar que de la carne colgaban algunas plumas y que estaba parcialmente cruda. Masticamos con dificultad la carne dura, pero el pobre André no consiguió comer casi nada.

“¿Cuánto tiempo más tendríamos que soportar aquello?”, nos preguntamos mientras suspirábamos deprimidos. Ferrán se volvió hacia mí al ver la expresión de mi rostro y me dijo:

–Alégrate de que, por lo menos, tenemos pirão. Quizá dentro de algunos días terminemos comiendo hasta la paja de las chozas.

–¡Miren! –exclamó Conchita–. Antes de que partiéramos por la mañana, una mujer me regaló esta lata. Dijo que tenía miel.

Al levantar la tapa, se nos dio vuelta el estómago. En el interior de la vieja lata había cabezas de abejas, alas, larvas y cera. Asqueados, la tapamos nuevamente. Nos acostamos debajo de un árbol, intentando descansar. Sobre nosotros, el cielo azul brillante y los cálidos rayos del sol se combinaban idealmente con el canto de los pájaros que saltaban de rama en rama. Parecía que la naturaleza se esforzaba por apartarnos de nuestros tristes pensamientos. Pasado un tiempo, Ferrán se levantó, quebró una ramita, abrió nuevamente la lata y con el palito apretó la masa hacia abajo, de manera que la miel subiera a la superficie. Lamió el contenido y nos invitó a hacer lo mismo. Con el tiempo perdimos la repulsión, y terminamos comiendo con los dedos, chupando la miel y escupiendo el resto.

El descanso duró más o menos una hora. Mientras tanto, los soldados hablaban por radio con la base central. Luego nos informaron que su presidente estaba interesado en conocer nuestro estado y deseaba saber si las cosas iban bien.

Acostada en el suelo, mientras contemplaba el cielo azul, yo estiraba mi oído para tratar de escuchar la conversación de los soldados entre ellos. Algunos de sus comentarios me levantaron el ánimo: “Eh, la menina camina muy bien, ¡hasta es capaz de cargar al niño!”, decían admirados.

Uno de los milicianos se acercó y me preguntó: “¿Usted está acostumbrada a marchas semejantes? ¿Realizó alguna vez caminatas así? ¿Cómo consigue caminar tan bien, aun cargando al niño?”

En silencio, me dije para mí misma: “Gracias a Dios que ellos tienen esa opinión de mí. Qué bien que yo haya podido aguantar todo esto sin desmoronarme”.

–Esperen un poco... Veremos cuánto más podré soportar... – dije, finalmente, en voz alta.

Mi infancia pasada en la selva misionera resultaba ser ahora una gran bendición. Las enormes distancias que había tenido que atravesar a pie fueron un excelente entrenamiento. Sin embargo, esto no explicaba todo: durante toda aquella peregrinación sentí una fuerza inexplicable, que ciertamente no procedía de mí. Estoy convencida de que Dios nos proveyó una dosis especial de coraje para habilitarnos para soportar aquella difícil situación.


Una muestra de la columna en marcha, en los irregulares territorios de Angola.

Nos pusimos en marcha otra vez, atravesando una zona de sierras. Al atardecer, llegamos a un lugar desde donde teníamos una magnifica vista del valle. A la distancia, plantaciones de papas cuidadosamente ordenadas en terrazas llamaron nuestra atención. Nunca antes habíamos visto tierras tan bien cultivadas en Angola. Ante nuestra pregunta, ellos comentaron orgullosos: “Quienes trabajan la tierra y la gente que vive aquí pertenecen a la UNITA”.

Nosotros pensamos que, si la cosa era así, habría suficiente alimento durante el camino. Fueran papas o cualquier otro cultivo, no teníamos que temer pasar hambre. Pero la alegre expectativa nos duró poco.

En el lugar corría una vertiente de agua limpia, donde bebimos hasta quedar satisfechos. Nos esperaba una escarpada montaña. Ferrán cargó al pequeño André durante un buen trecho. Luego lo tomé yo, y de a poco nos aproximamos a la cima. En ese punto, el sendero era tan empinado que teníamos que asirnos de las ramas y las raíces de los árboles para no resbalar hacia abajo. Al mismo tiempo, yo trataba de cantar para entretener al niño, quien continuamente volvía su mirada angustiada hacia el sitio desde donde debían venir sus padres. Cuando yo cantaba, él cantaba conmigo, y así, poco a poco, fuimos llegando a la cima.

Los Oliveira subían con mucho esfuerzo detrás de mí. Llegamos juntos arriba. Sin embargo, los Sabaté no aparecían. Como era viernes y el sol se iba ocultando en el horizonte, pensamos cantar algunos himnos mientras esperábamos. Pero el agotamiento no nos permitió emitir sonido alguno. Luego de un buen rato asomó por el sendero Conchita, quien, a pocos metros de nosotros, se apoyó en un árbol y se puso a vomitar. Probablemente había tomado demasiada agua previamente al ascenso. La pobre estaba al límite de sus fuerzas. Pero, al menos por ese día, habíamos llegado a la meta. Una vez todos arriba, nos mostraron el lugar donde habríamos de descansar.

¡Qué miserables eran las condiciones de vida de la gente en ese sitio! Sus chozas colgaban frágilmente de la montaña, y sus habitantes no poseían ni los mínimos utensilios para la vida diaria. Preguntamos por una vasija para lavarnos, pero no tenían ninguna. Ni siquiera había un plato en el cual preparar algo de comida para André. El pequeño lloraba a los gritos de hambre. Como no teníamos otra solución, comenzamos a darle el alimento para niños en polvo que quedaba con la mano. En el saco que había rescatado de lo que los guerrilleros habían tomado de mi casa, guardaba el resto de una bolsita de granola que se había reventado. Con esfuerzo, logramos raspar el fondo y juntar un poco, lo que sirvió para incrementar la comida del pequeño. Al mirarlo así, sentadito delante de nosotros, con el rostro surcado por el sufrimiento, nos dolía en lo profundo del alma y no podíamos contener las lágrimas.

Dos miembros de la tropa trajeron agua de dudosa procedencia. El color blanquecino turbio y el gusto horrible nos imposibilitaron disfrutar del líquido. La choza en la que paramos junto con los Oliveira –los Sabaté se quedaron en otra– tenía dos ambientes: uno pequeño, donde brillaba el fuego, y otro más grande, en el que habríamos de dormir. Había rastros de visitas previas: estaba sucia y en el suelo polvoriento pululaban pulgas. Me envolví en unas mantas y me acomodé en un rincón. Mientras trataba de ordenar mis pensamientos, escuché que Ronaldo decía: “Es muy triste tener que escuchar un hijo llorar de hambre y no poder hacer nada para aliviarlo”. La pena que sentí al escuchar sus palabras se sumó al cansancio y al desánimo, que me quitaban las fuerzas. No sentía ganas de orar.

Un ruidito hizo que me volviera hacia la luz del fuego: un perro flaco y macilento bebía de nuestra preciada agua. Decidí dejar que siguiera haciéndolo... ¿qué más daba?

Jamás conté aquel incidente a mis compañeros. Sabía bien que al día siguiente no tendríamos otra cosa para beber. Al fin y al cabo, pensé: “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
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352 стр. 21 иллюстрация
ISBN:
9789877984026
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Bookwire
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