Читать книгу: «Fuimos elegidos»

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Todos los personajes de este libro son ficticios y cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.

Título original inglés: Chosen Ones.

Autora: Veronica Roth.

© Veronica Roth, 2020.

Todos los derechos reservados.

Publicado por acuerdo con New Leaf Literary & Media, Inc., a través de International Editors’ Co.

© de la traducción: Pilar Ramírez Tello, 2020.

© de esta edición: RBA Libros, S. A., 2020.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

© del diseño de la cubierta: Jim Tierney, 2020.

Adaptación de la cubierta: Lookatcia.com.

Imagen del horizonte de Chicago (p. 3): beboy/Shutterstock.

Mapa de Chicago (p. 9): David Lindroth, Inc.

Mapa de Cordus (p. 157): Virgina Allyn.

Diseño del interior: Emily Snyder.

Primera edición: octubre de 2020.

REF.: ODBO768

ISBN: 978-84-9187-716-5

EL TALLER DEL LLIBRE, S. L. • REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

Para Chicago,

la ciudad que resiste.

PRIMERA

FRAGMENTO DE

Un monólogo de la humorista Jessica Krys

Laugh Factory (Chicago), 20 de marzo de 2011

Tengo una pregunta para vosotros: ¿se puede saber de dónde coño nos sacamos el nombre ese de «el Oscuro»? El tío surge de la puta nada envuelto en una nube de humo o lo que fuera, descuartiza literalmente a la peña (ojo, nada más que con el poder de su mente, se supone), recluta un ejército de secuaces, arrasa ciudades enteras, desata una oleada de destrucción sin precedentes en toda la historia de la humanidad... y ¿lo mejor que se nos ocurre es «el Oscuro»? Para eso le podríamos haber puesto el nombre del vecino raro que se te queda mirando un par de segundos de más cuando coincidís en el ascensor. El que siempre va con las manos muy suaves y resbaladizas, ya sabes, como si acabara de untárselas con vaselina. Tim, así se llama. Tim.

Yo habría elegido algo así como «Mal Presagio con Forma Humana» o «Acojonante Máquina de Matar que te Cagas», pero, por desgracia, nadie se molestó en consultármelo.

FRAGMENTO DE

El Ser Oscuro y el auge de la magia en la actualidad

Profesor Stanley Wiśniewski

Hay, por supuesto, quienes alegan que esa fuerza desconocida a la que con tanta desenvoltura nos referimos por «magia» siempre ha existido, de una forma u otra, sobre la faz de la tierra. Las primeras leyendas sobre incidentes sobrenaturales datan de los orígenes de la historia de la humanidad, desde los mágoi de Heródoto, que comandaban los vientos, a Dyedi, del antiguo Egipto, que decapitaba y recomponía gansos, pelícanos y otras aves, como describe el Papiro Westcar. Podría decirse que la magia forma parte integral de prácticamente todas las religiones más importantes, desde la transformación del agua en vino por parte de Jesucristo a las prácticas vudú de Haití, pasando por los budistas de la escuela Theravāda y sus levitaciones durante el Dīrgha-a-gama (aunque cabe mencionar que quienes profesan estas creencias jamás calificarían dichos actos de «magia»).

Se trata de historias que, más o menos elaboradas, aparecen en todas las culturas, en todos los rincones del mundo y en todas las épocas. Los estudiosos de antaño habrían dicho que está en la naturaleza humana imaginar explicaciones fantásticas para aquello que escapa a nuestra comprensión o para ensalzar algo que percibimos como más importante o superior a nosotros. Hasta que apareció el Ser Oscuro y, con él, las Sangrías: infames sucesos catastróficos que desafiaban toda explicación, pese a los valientes intentos de la comunidad científica por encontrarles alguna. Quizá las antiguas leyendas no contengan el menor ápice de verdad, pero cabe la posibilidad de que siempre haya existido una fuerza supranormal, una energía misteriosa, con la cualidad de inmiscuirse en nuestro planeta.

Con independencia de la teoría a la que nos atengamos, una cosa es segura: ninguna «magia» ha sido nunca tan llana ni tan contundente como las Sangrías con las que el Oscuro azotaba a la humanidad. El objetivo de este ensayo no es otro que explorar las distintas hipótesis sobre el posible porqué de que esto fuera así. En otras palabras, ¿por qué en ese momento y no en otro? ¿Cuáles fueron las circunstancias que condujeron a su llegada? ¿Cuál era su objetivo antes de que nuestros cinco Elegidos desbarataran sus planes? ¿Cuál es el legado que nos ha dejado su muerte?

A SLOANE ANDREWS LE IMPORTA UN PIMIENTO (EN SERIO)

Rick Lane

Revista Trilby, 24 de enero de 2020

No me cae bien Sloane Andrews. Aunque tampoco me importaría acostarme con ella.

Me reuní con ella en la cafetería de su barrio, uno de los sitios que más le gusta frecuentar, según comenta. Sin embargo, no me dio la impresión de que al camarero le sonara como clienta ni como miembro del quinteto de adolescentes que derrotó al Oscuro hace casi una década. Lo cual no deja de resultarme curioso, la verdad, porque, aparte de que todo el mundo conoce su cara, Sloane Andrews posee una de esas bellezas tan saludables e impolutas que dan ganas de ensuciarla. Si se ha puesto maquillaje, no se nota; es toda piel perfecta y grandes ojos azules, un anuncio de cosméticos parlante y con patas. Llega con una gorra de los Cubs bajo la cual asoma su largo cabello castaño, una camiseta gris que se ajusta como un guante a sus curvas, vaqueros con rotos para exhibir las piernas, largas y bien torneadas, y deportivas. La clase de atuendo que proclama a los cuatro vientos lo poco que le importa la ropa, tan poco como el estilizado y moldeado cuerpo que se oculta en ella.

Y eso es lo que tiene Sloane: que me lo creo. Me creo que todo le importe una mierda, sobre todo reunirse conmigo. Ni siquiera quería hacer la entrevista. Solo accedió, según sus propias palabras, porque su novio, Matthew Weekes, otro Elegido, le había pedido que respaldara la publicación de su nuevo libro, La elección que no cesa (a la venta el 3 de febrero).

En los primeros mensajes que cruzamos para hablar de esta entrevista, no se le ocurrieron muchos lugares en los que citarme. A pesar de que todos los habitantes de Chicago saben dónde vive Sloane (en el barrio de Uptown, al norte de la ciudad, a escasas manzanas de Lake Shore Drive), se negó en redondo a permitirme ver su apartamento. “No salgo apenas —me escribió—. Me acosan en cuanto piso la calle. Así que, a menos que quieras intentar seguirme el ritmo mientras hago footing, tendrá que ser en el Java Jam. Punto”.

Sospecho que correr y tomar apuntes al mismo tiempo debe de ser complicado, así que aquí estoy, en el Java Jam.

Una vez pedido el café, se quita la gorra de béisbol y la melena le cae sobre los hombros como si estuviera rodando en la cama. Hay algo en su expresión, sin embargo (sus ojos, tal vez, demasiado juntos, o el modo en que ladea la cabeza de golpe cuando no le gusta lo que acabas de decir), que le confiere el aspecto de un ave rapaz. Le ha bastado con una simple mirada para darle la vuelta a la tortilla, y ahora soy yo el que está a la defensiva, no ella. Tartamudeo mientras me esfuerzo por plantearle la primera pregunta; la mayoría de la gente sonreiría, se esforzaría por congraciarse conmigo, pero Sloane se limita a traspasarme con los ojos.

—Se aproxima el décimo aniversario de su victoria contra el Oscuro —le digo—. ¿Cómo se siente?

—Como una superviviente —responde.

Su voz es glacial y acerada. Me provoca un escalofrío, no sé si placentero o todo lo contrario.

—¿No como una triunfadora? —pregunto, y hace un gesto de impaciencia.

—Siguiente pregunta.

Prueba el café, intacto hasta ese momento.

Es entonces cuando me doy cuenta de que no me cae bien. Esta mujer salvó miles (no, millones) de vidas. Joder, seguramente también salvó la mía de alguna manera. Tenía trece años cuando una profecía designó que ella, junto con otros cuatro jóvenes, estaba destinada a derrotar a un ser todopoderoso hecho de pura maldad. Sobrevivió a un puñado de batallas contra el Oscuro (incluido un breve secuestro cuyos detalles siempre se ha negado a divulgar) y superó el trance bella e incólume, más famosa que nadie en toda la historia de la celebridad. Y por si fuera poco, mantiene una relación estable con Matthew Weekes, el chico de oro, Elegido entre los Elegidos y, posiblemente, la persona más buena del planeta. Pero ella sigue sin caerme bien.

Y a ella no podría importarle menos.

Razón por la cual quiero acostarme con ella. Es como si, consiguiendo que se desnude y se meta en mi cama, pudiese obligarla a mostrar algún tipo de calidez o emoción. Me convierte en un macho alfa, en un cazador empeñado en abatir la presa más esquiva del mundo y después, a modo de trofeo, colgar su cabeza en la pared de mi sala de estar. Quizá eso explique por qué la acosan cada vez que va a alguna parte; no porque la gente la quiera, sino porque le gustaría quererla, transformarla en alguien merecedor de su afecto.

Cuando deja la taza, me fijo en la cicatriz que luce en el dorso de la mano derecha. Grande, aserrada y nudosa, se extiende a todo lo ancho. Nunca le ha contado a nadie cómo se la hizo y estoy seguro de que no me lo va a revelar a mí, pero de todas formas lo intento.

—Me corté con una hoja de papel —dice.

Estoy casi seguro de que se trata de un chiste, así que me río. Le pregunto si va a asistir a la inauguración del Monumento de los Diez Años, una obra artística erigida en el escenario de la derrota del Oscuro, y responde:

—Es lo que se espera de mí.

Como si tuviera un trabajo de oficinista en vez de estar cumpliendo, literalmente, con su destino.

—No parece que le haga mucha ilusión —digo.

—¿En qué lo has notado?

Esboza una mueca burlona.

Mientras preparaba la entrevista les pregunté a unos cuantos amigos qué opinaban de ella, a fin de hacerme una idea más clara de la imagen que tiene de Sloane Andrews la gente de a pie. Uno de ellos me comentó que nunca la había visto sonreír, y ahora que estoy sentado frente a ella me pregunto si lo hará alguna vez. Me lo pregunto en voz alta, incluso; siento curiosidad por ver cómo reacciona.

Resulta que mal.

—¿Me preguntarías lo mismo —dice— si yo fuera un tío?

Cambiamos de tema enseguida. En vez de una conversación parece una partida al Buscaminas: con cada casilla en la que pincho, mi tensión aumenta a la par que las probabilidades de que una de esas bombas me estalle en la cara. Me arriesgo a pinchar otra vez y le pregunto si esta época del año le trae algún recuerdo.

—Procuro no pensar en ello —responde—. De lo contrario, mi vida se convertiría en un puñetero calendario de Adviento. Hay un nuevo chocolate Oscuro para cada día, y todos saben a mierda.

Pincho de nuevo, preguntándole si no guarda algún recuerdo agradable.

—Todos éramos amigos, ¿sabes? Siempre lo seremos. Cuando estamos juntos hablamos casi exclusivamente con bromas privadas.

Fiú. Parece que es seguro preguntarle por los otros cuatro Elegidos: Esther Park, Albert Summers, Ines Mejia y, por supuesto, Matthew Weekes.

Ahora es cuando la cosa por fin empieza a adoptar algo de forma. Los denominados Elegidos estrecharon lazos rápidamente cuando se conocieron, y Matt se convirtió en el líder natural del equipo.

—Él es así —suspira, casi como si le molestara—. Siempre asumiendo el mando, la responsabilidad. Recordándonos que no debemos perder de vista lo que es ético y lo que no. Cosas por el estilo. —Por sorprendente que parezca, no fue Matt quien despertó en ella una afinidad inmediata, sino Albie—. Era muy reservado —dice, y es un cumplido—. Todos los miembros masculinos de nuestras familias habían muerto..., eso formaba parte de la profecía..., pero mi hermano era el que había muerto más recientemente. Necesitaba ese silencio. Además, el Medio Oeste y Alberta son sitios muy parecidos.

Albert e Ines viven juntos (de forma platónica, puesto que Ines se identifica como lesbiana) en Chicago, y hace tan solo un año que Esther volvió a su hogar en Glendale (California) para cuidar de su madre enferma. La distancia ha sido difícil para todos, según Sloane, aunque tienen la suerte de poder seguir lo que hace Esther gracias a su activa (¡y popular!) página de Insta!, donde documenta hasta el último pormenor de su rutina diaria.

—¿Qué opina del movimiento Todos los Elegidos que está surgiendo en los últimos años? —le pregunto.

La citada iniciativa parte de un pequeño pero elocuente grupo que aboga por enfatizar el papel que desempeñaron los otros cuatro Elegidos en la derrota del Oscuro, en vez de atribuir principalmente la victoria a Matthew Weekes.

Sloane no se anda con paños calientes.

—Me parece racista.

—Algunos sostienen que elevar a Matt por encima del resto es sexista —señalo.

—Lo que me parece sexista es ignorar mis palabras y tomarme por tonta —replica—. Creo que Matt es el verdadero Elegido. Lo he dicho en infinidad de ocasiones. Que nadie finja estar haciéndome un favor al arrastrar su nombre por el fango.

Intento llevar la conversación de los Elegidos al Oscuro, y ahí es cuando se tuercen las cosas. Le pregunto a Sloane por qué el Oscuro parecía sentir un interés especial por ella. Me sostiene la mirada mientras apura el café y, cuando suelta la taza, veo que le tiembla la mano. A continuación, se cala la gorra de los Cubs sobre esa esplendorosa melena de leona que acaba de echar un polvo y replica:

—La entrevista ha terminado.

Y supongo que no hay nada más que hablar, porque Sloane ya se ha ido. Dejo un billete de diez encima de la mesa y salgo corriendo detrás de ella; no estoy dispuesto a dejarla escapar con tanta facilidad. ¿Había mencionado ya que Sloane Andrews despierta mi instinto de cazador?

—Te dije que había un tema tabú —me espeta—. ¿Recuerdas cuál era?

Está ruborizada, furiosa y radiante, mitad dominatrix y mitad astuta gata callejera con el pelo erizado. ¿Por qué habré esperado tanto para cabrearla? Podría haber disfrutado de estas vistas desde el principio.

El tema tabú era, por supuesto, cualquier intento de profundizar en su relación con el Oscuro. No esperaría que fuese a respetar semejante imposición, le digo. Pero si es lo más interesante de su persona.

Me mira como si yo no fuese más que un trozo de papel empapado flotando en el charco de cualquier callejón, me manda a tomar por culo y se interna en el tráfico sin mirar para alejarse de mí. Esta vez la dejo escapar.


La sangría siempre era igual: todo el mundo gritando mientras se alejaba corriendo, aunque no lo bastante deprisa, de la gigantesca y siniestra nube de caos. La tormenta barría a los que intentaban escapar y les arrancaba la carne de los huesos mientras aún seguían con vida y se daban cuenta de todo. Los aplastaba como mosquitos, y la sangre salía disparada en todas direcciones... «Dios mío».

Sloane se levantó jadeando. «Tranquilízate», se dijo. Encogió los dedos de los pies; el suelo estaba muy frío allí, en el hogar del Oscuro, y él le había quitado las botas. Tenía que buscar algo contundente o afilado. Las dos cosas sería demasiado pedir, claro; nunca había sido tan afortunada.

Comenzó a abrir los cajones de golpe y encontró cucharas, tenedores, espátulas... Un puñado de gomas elásticas. Pinzas de plástico. ¿Por qué la habría descalzado? ¿Qué podía temer un asesino múltiple de las Doc Martens de una muchacha?

—Hola, Sloane —le susurró el Oscuro al oído.

Reprimió un sollozo mientras tiraba para abrir otro cajón en el que encontró una hilera de mangos de cuchillo; las hojas estaban enterradas en un bloque de plástico. Había empezado a extraer el hacha de carnicero cuando oyó un crujido a su espalda, la presión de un paso.

Sloane giró sobre los talones, notando el pegajoso linóleo bajo los pies, y trazó un arco con el cuchillo.

—¡Joder!

Matt le agarró la muñeca, y por un momento se quedaron mirándose sin parpadear por encima de sus respectivos brazos, por encima del arma.

Sloane jadeó mientras la realidad regresaba a ella con cuentagotas. No estaba en la casa del Oscuro, ni en el pasado, ni en ninguna otra parte que no fuese el apartamento que compartía con Matthew Weekes.

—Dios mío.

Sloane soltó el mango, y el cuchillo tintineó al chocar con el suelo y rebotó entre los pies de ambos. Matt le apoyó las manos en los hombros, y su contacto era cálido.

—¿Estás ahí?

Ya se lo había preguntado antes, decenas de veces. Su entrenador, Bert, la había calificado de loba solitaria y rara vez la obligaba a unirse a los demás, ni durante las clases ni en las misiones. «Deja que haga las cosas a su manera —le había aconsejado a Matt en cierta ocasión, cuando hubo quedado claro que este era el líder del equipo—. Obtendrás mejores resultados así». Y así lo había hecho Matt, que solo le preguntaba cuando las circunstancias lo requerían.

«¿Estás ahí?». Por teléfono, en susurros, a altas horas de la noche, o plantado frente a ella cuando perdía la noción del tiempo o algo por el estilo. La pregunta había irritado a Sloane, al principio. «Pues claro que estoy aquí, ¿dónde coño iba a estar si no?». Pero ahora significaba que él comprendía algo sobre ella, algo que nunca habían reconocido en voz alta: Sloane no siempre podía responder que sí.

—Sí —dijo.

—Vale. Pues quédate aquí, ¿de acuerdo? Voy a traerte la medicina.

Sloane se apoyó en la encimera de mármol. El cuchillo yacía a sus pies, pero no se atrevía a tocarlo de nuevo. Se limitó a esperar, respirando, con la mirada fija en aquel remolino gris que parecía un hombre mayor de perfil.

Matt volvió con una pastillita amarilla en una mano y el vaso de agua de su mesita de noche en la otra. Sloane lo cogió con manos temblorosas y se tragó la píldora con avidez. Bienvenida fuese la aletargada serenidad de las benzodiacepinas. Ines y ella se habían emborrachado y habían compuesto una oda a las pastillas en cierta ocasión, ensalzando sus bonitos colores, la rapidez de su efecto y el modo en que conseguían lo que ninguna otra cosa podía.

Soltó el vaso de agua y se dejó resbalar hasta el suelo. El frío traspasaba el pantalón del pijama (el de estampado de gatitos que disparaban rayos láser por los ojos), pero esta vez resultaba reconfortante. Matt, en bóxers, se sentó junto a la nevera.

—Oye —empezó ella.

—No hace falta que lo digas.

—Vale, he estado a punto de apuñalarte, pero no hace falta que me disculpe.

En la mirada de él había ternura. Preocupación.

—Lo único que quiero es que tú estés bien.

¿Cómo lo habían llamado en ese artículo tan espantoso? «Posiblemente, la persona más buena del planeta». Por lo menos en eso no le iba a llevar la contraria a Rick Lane, Míster Grima 2000. Las cejas de Matt confluían en un gesto que parecía prometer empatía perpetua, y su corazón siempre estaba a la altura de esa promesa.

Se agachó para recoger el hacha de carnicero que se había quedado tirada en el suelo, junto al tobillo de Sloane. Era grande, y casi tan larga como su antebrazo.

Le escocían los ojos. Los cerró.

—Lo siento muchísimo.

—Ya sé que no te gusta hablar de eso conmigo —dijo Matt—, pero ¿por qué no lo intentas con otra persona?

—¿Como quién?

—La doctora Novak, por ejemplo. Colabora con el Departamento de Asuntos de los Veteranos, ¿te acuerdas? Dimos juntos la charla aquella en el reformatorio.

—No soy militar —replicó Sloane.

—Ya, pero esa mujer sabe de TEPT.

Nunca le había hecho falta un diagnóstico oficial: padecía TEPT —trastorno de estrés postraumático—, eso estaba clarísimo. Sin embargo, le resultaba extraño oír a Matt hablar de ello con tanta familiaridad, como si fuese una gripe.

—Vale. —Se encogió de hombros—. La llamaré por la mañana.

—Cualquiera necesitaría terapia, ¿sabes? Después de todo lo que hemos pasado. Fíjate en Ines, ella fue.

—Ines fue, sí, y todavía sigue colocando trampas por todo el apartamento como si estuviera en la peli de Solo en casa.

—De acuerdo, no es el mejor ejemplo.

El resplandor del foco de las escaleras de la parte trasera atravesaba las ventanas, amarillo y anaranjado, y contrastaba con la piel oscura de Matt.

—A ti no te hizo falta —observó Sloane.

Matt arqueó una ceja.

—¿Adónde te crees que iba cuando no dejaba de desaparecer durante todo aquel primer año, después de que muriese el Oscuro?

—Nos dijiste que eran citas con el médico.

—Y ¿qué clase de médico necesita verte todas las semanas durante meses?

—¡Yo qué sé! Me imaginé que tendrías algún problema con... —Sloane se señaló la entrepierna con un gesto impreciso—. Ya sabes. Con los cataplines o algo.

—A ver si lo entiendo. —La sonrisa de Matt se ensanchó—. Pensabas que padecía algún tipo de problema médico en mis partes nobles, cuya solución me llevó por lo menos seis meses de visitas constantes al médico... y ¿nunca me has preguntado nada al respecto?

Sloane se contuvo para no sonreír a su vez.

—Lo dices casi como si te sintieras decepcionado conmigo.

—Qué va, al contrario. Me dejas impresionado.

Matt tenía trece años cuando se habían conocido: era un amasijo larguirucho de cantos y aristas sin la menor conciencia sobre dónde tenía la cabeza y dónde los pies, pero siempre había poseído la misma sonrisa.

Se había enamorado de él media docena de veces seguidas antes de darse cuenta siquiera: cuando les daba órdenes a gritos para imponer su voz al ensordecedor estruendo de una Sangría, manteniéndolos con vida; cuando se pasaba las noches en vela con ella en los largos trayectos por todo el país, después de que todos los demás hubieran caído rendidos de sueño; cuando llamaba a su abuela y se le suavizaba aún más la voz. Nunca había dejado atrás a nadie.

Encogió los dedos de los pies sobre las baldosas.

—Ya he ido antes, ¿sabes? A terapia. Durante unos meses, cuando tenía dieciséis años.

—¿Sí? —Matt arrugó el ceño un poquito—. No me lo habías contado.

Había muchas cosas que nunca le había contado, ni a él ni a nadie.

—No quería preocupar a nadie. Y sigo sin hacerlo, así que... No les menciones nada de esto a los otros, ¿vale? No me apetece verlo en la puta Esquire con el titular «Rick Lane os lo había avisado».

—Cuenta con ello. —Matt le cogió la mano y entrelazó los dedos con los de ella—. Deberíamos volver a la cama. Nos tenemos que levantar dentro cuatro horas para asistir a la inauguración del monumento.

Sloane asintió con la cabeza, pero se quedaron sentados en el suelo de la cocina hasta que la medicación hizo efecto y ella dejó de temblar. Después Matt guardó el cuchillo, la ayudó a levantarse, y se acostaron de nuevo.


AGENCIA PARA EL REGISTRO Y LA INVESTIGACIÓN DE LO SUPRANORMAL

4 de octubre de 2019

Srta. Sloane Andrews

Referencia

Referencia

Referencia: H-20XX-74545

Estimada Srta. Andrews:

El 13 de septiembre de 2019, el despacho de la Coordinadora de Información y Privacidad recibió su solicitud de información o documentación relacionada con el Proyecto Sosias, avalada por la Ley para la Libertad de Información (LLI), con fecha 12 de septiembre de 2019.

Muchos de los informes solicitados siguen siendo confidenciales. Sin embargo, debido a sus años de servicio al Gobierno de los Estados Unidos, le hemos concedido acceso a todos salvo aquellos que requieren el máximo nivel de permiso de seguridad. Hemos buscado los informes desclasificados anteriormente en nuestra base de datos y hemos localizado los documentos adjuntos, 120 páginas en total, los cuales creemos que satisfacen su petición. Estos documentos están libres de costes.

Saludos cordiales,

Mara Sanchez

Coordinadora de Información y Privacidad



Al día siguiente, en cuanto sonó la alarma, Sloane se tomó otra benzodiacepina. La iba a necesitar para el día que le esperaba; esa mañana tenía que asistir a la inauguración del Monumento de los Diez Años, erigido en honor de las vidas que habían costado los ataques del Oscuro, y por la noche a la gala de los Diez Años de Paz para celebrar el tiempo transcurrido desde su derrota.

La ciudad de Chicago le había encargado el monumento a un artista que se llamaba Gerald Frye. A juzgar por su portafolio, debía de haberse inspirado en gran medida en la obra del minimalista Donald Judd, puesto que el monumento en sí consistía en una simple caja metálica rodeada por una franja de tierra vacía allí donde antes se alzaba aquella torre tan fea, en pleno centro del Loop, junto al río. Parecía pequeña en comparación con los rascacielos que la rodeaban, aunque brillaba al sol cuando el coche de Sloane se detuvo en las proximidades.

Matt había contratado un chófer para no tener que aparcar, lo que resultó ser una idea excelente porque la ciudad entera estaba atestada. La muchedumbre era tan numerosa que el conductor había tenido que tocar el claxon en varias ocasiones para poder pasar con su Lincoln negro. Incluso así, la mayoría de los transeúntes hacían oídos sordos hasta que notaban el calor del radiador en las piernas.

Cuando ya estaban cerca, un agente de policía les permitió cruzar la barrera que custodiaba y circularon por un tramo de calzada despejado hasta llegar al monumento propiamente dicho. Sloane notaba una palpitación detrás de los ojos, como si tuviera jaqueca. En cuanto Matt abriese la puerta y saliera a la luz, todo el mundo los reconocería. La gente sacaría los móviles para grabarlos en vídeo. Estirarían los brazos por encima del cordón de seguridad para que les firmasen fotos, agendas e incluso la piel. Gritarían sus nombres, llorarían y pugnarían por acercarse a ellos y contarles historias acerca de todas las cosas y todas las personas que habían perdido.

Sloane deseó poder irse a casa. En vez de eso, se secó las palmas de las manos en la falda del vestido, respiró hondo y apoyó una mano en el hombro de su acompañante. El vehículo aminoró la marcha hasta detenerse. Matt abrió la puerta.

La recibió una muralla de sonido cuando se apeó detrás de él. Matt se giró hacia ella con una sonrisa de oreja a oreja y le susurró al oído:

—No te olvides de sonreír.

Muchos hombres le habían pedido a Sloane que sonriera, pero lo único que querían era ejercer algún tipo de poder sobre ella. Matt, sin embargo, tan solo intentaba protegerla. Su propia sonrisa era un escudo contra una forma de racismo más sutil e insidiosa, la clase de prejuicio que hacía que la gente lo siguiera por los pasillos de los comercios antes de darse cuenta de quién era, o que diese por sentado que se había criado en un barrio pobre y no en el Upper East Side, o que se concentrara en Sloane y Albie como salvadores del mundo, como si Matt, Esther e Ines no hubieran tenido nada que ver con eso. Un racismo que se manifestaba en forma de silencios y tartamudeos, de torpeza en los gestos y chistes sin gracia.

Había otras formas más directas también, más violentas, pero contra ellas las sonrisas no servían de escudo.

Matt se acercó a la multitud que se agolpaba contra la barrera y le tendía fotografías suyas, artículos de revistas, libros. Sacó un rotulador negro del bolsillo y empezó a garabatear su firma MW, donde cada letra era la otra invertida. Sloane se quedó observándolo a cierta distancia, distraída por un momento del caos. Cuando una pelirroja de mediana edad que no sabía cómo funcionaba su propio teléfono le pidió una foto, Matt se acercó, lo cogió y le enseñó a activar la cámara frontal. Allí adonde iba la gente le daba un trozo de sí misma, a veces en forma de gratitud, a veces de historias sobre las personas que habían perdido por culpa del Oscuro. Él lo aceptaba todo.

Transcurridos unos minutos, Sloane se acercó y le puso la mano en el hombro.

—Lo siento, Matt, pero tendríamos que irnos.

La gente también intentaba llegar hasta ella, por supuesto, agitando copias del artículo de la revista Trilby con su cara impresa a un lado y las gilipolleces machistas de Rick Lane al otro. Algunos gritaban su nombre y ella fingía no oírlos, como hacía siempre. Las armas de Matt eran la generosidad, la bondad y la delicadeza social. Las de Sloane eran el distanciamiento, su altura y una despiadada falta de afecto.

Matt recorrió la cola con la mirada y se fijó en un grupo de adolescentes negras que iban vestidas con el mismo uniforme escolar. Una de las muchachas llevaba el pelo recogido en trenzas diminutas, con cuentas en los extremos que tintineaban cada vez que la chica saltaba de emoción. Llevaba una carpeta con sujetapapeles en la mano. Parecía otra petición.

—Un momento —le dijo a su acompañante, y se acercó al grupo de chicas uniformadas. Sloane se molestó un poco por el plantón, pero se le pasó enseguida al fijarse en el sutil cambio que se había operado en el porte de Matt, cuyos hombros se veían ahora mucho más relajados—. Hola —saludó sonriente a la chica de las trencitas.

Sloane notó una ligera opresión en el pecho. Había partes de él a las que nunca sería capaz de acceder, un idioma que jamás le oiría pronunciar porque, cuando ella estaba presente, las palabras se desvanecían.

Decidió seguir adelante sin él. En realidad daba igual que llegase puntual o no a la ceremonia. Nadie empezaría sin él.

Recorrió el estrecho pasillo que la policía había abierto entre la multitud y subió los escalones que conducían al escenario, orientado hacia el monumento. La caja metálica, plantada en mitad de la nada, tenía el tamaño aproximado de una habitación convencional.

—¡Slo!

Esther, con unos tacones de doce centímetros y pantalones negros de cuero, agitaba los brazos en su dirección. La blusa blanca que había elegido era lo suficientemente holgada como para resultar elegante y, de lejos, daba la impresión de que sus rasgos no habían cambiado nada desde que derrotaran al Oscuro. Al aproximarse, sin embargo, Sloane comprobó que el resplandor uniforme de sus facciones era obra de una mezcla de base de maquillaje, iluminador, polvos bronceadores, polvos fijadores y Dios sabía qué más.

Sintió alivio al verla. Las cosas no habían vuelto a ser lo mismo para los cinco desde que Esther había regresado a casa para cuidar de su madre. Sloane sacudió la cabeza, rechazando así el brazo que le ofrecía un guardia de seguridad, subió sin ayuda los escalones que la separaban del escenario y se abrazó a Esther.

—¡Qué vestido tan bonito! —exclamó Esther cuando se separaron—. ¿Lo ha elegido Matt?

—Soy bastante capaz de elegir mi ropa —replicó Sloane—. ¿Cómo...?

Lo que se disponía a preguntar era cómo estaba la madre de Esther, pero su amiga ya había sacado el móvil y lo sostenía ante ellas para hacer un selfi.

—No —dijo Sloane.

—Slo... ¡Venga ya, me apetece tener una foto de las dos juntas!

—No, lo que quieres es colgarla para tu millón de seguidores en Insta! Son dos cosas distintas.

—Pienso hacerla tanto si sonríes como si no, así que más te vale dejar de alimentar esos rumores sobre lo superamargada que te has vuelto —señaló Esther.

Sloane hizo un gesto de impaciencia, dobló ligeramente las rodillas y se agachó para posar. Incluso consiguió sonreír un poquito.

—Pero solo esa, ¿entendido? Tengo mis motivos para no estar en las redes sociales.

—Claro que sí, como eres tan «auténtica», «alternativa» y mil cosas más... —Esther la ahuyentó con la mano mientras inclinaba la cabeza sobre el teléfono—. Te pienso pintar un bigote.

—No se me ocurre nada más apropiado para el décimo aniversario de una batalla espantosa.

—Vaaale, pues la subo tal cual. Qué sosa eres.

Ya habían tenido antes esa discusión. Esther y ella se giraron hacia Ines y Albie, sentados junto al podio con sendos trajes de color negro, casi idénticos. Las solapas de Ines eran un poco más anchas y la corbata de Albie era azul, pero por lo que Sloane pudo ver, ahí terminaban las diferencias.

—¿Dónde se ha metido Matt? —quiso saber Ines.

—Codeándose con sus súbditos —replicó Esther.

Sloane miró atrás. Matt, que continuaba hablando con la adolescente, tenía el ceño fruncido y asentía con la cabeza a lo que fuera que ella le estaba diciendo.

—Enseguida viene —les aseguró a los demás.

Albie lucía unas ojeras llamativas, aunque eso podía deberse a que eran las ocho de la mañana y él no solía levantarse antes de las diez. Cuando la miró, al menos, no parecía preocupado, sino tan solo cansado. La llamó con la mano.

—Te he reservado un asiento, Slo —dijo, y dio unas palmaditas en la silla que había a su lado.

Sloane se sentó junto a él con los tobillos cruzados y las piernas ligeramente recogidas bajo la silla, tal y como le había enseñado su abuela. «¿Qué pasa, es que quieres que cualquier desconocido te vea las bragas? Bueno, pues entonces cruza las dichosas piernas, chiquilla».

—¿Va todo bien? —preguntó.

—Nah —dijo él esbozando una sonrisita torcida—. Pero ¿qué novedad hay en eso?

Sloane le devolvió la sonrisa.

—Hola, niños.

Un hombre estaba cruzando el escenario. Vestía unos pantalones de color gris oscuro y una americana a juego con su camisa azul celeste, y llevaba el pelo entrecano meticulosamente peinado hacia atrás. No se trataba de un hombre cualquiera, sino de John Clayton, alcalde de Chicago, elegido tras una campaña sustentada sobre el mismo lema de «probablemente menos corrupto que mi contrincante» que caracterizaba la vida política de la ciudad desde hacía años. También era, casi con toda seguridad, la persona más insulsa que hubiese caminado nunca sobre la faz de la tierra.

—Gracias por venir —dijo Clayton, que procedió a estrecharles la mano a Sloane, Albie, Ines y Esther, por ese orden. Matt subió al escenario justo a tiempo de darle también la mano al alcalde—. La idea es que yo pronuncie unas palabras antes de que vosotros os acerquéis juntos al monumento. Como si fuerais a bendecirlo o algo así, ¿eh? Después os sacaré de aquí. Quieren sacarnos una foto de grupo... ¿Ahora? Ahora, sí.

Le hizo una seña al fotógrafo, que los colocó de tal modo que el monumento resultara visible tras ellos: Matt estaba en el centro con la mano bien apoyada en la cintura de Sloane, que no estaba segura de si debía sonreír en el décimo aniversario de la derrota del Oscuro. El mundo entero quería festejar aquel día. Incluso la ciudad de Chicago, que tenía tantas pérdidas que lamentar: el río se teñiría de azul, la cerveza correría a raudales por el barrio de Wrigleyville y el metro se convertiría en un vagón de ganado. Las celebraciones estaban bien, Sloane lo sabía, incluso había llegado a participar en ellas durante los primeros años después del suceso, pero le resultaba cada vez más difícil. Le habían asegurado que las cosas se volverían más fáciles con el tiempo, pero esa profecía, de momento, no se estaba cumpliendo. El estallido de alegría triunfal que siguió a la caída del Oscuro se había desvanecido, y lo que quedaba era una molesta sensación de insatisfacción y el vacío dejado por todo cuanto se había quedado por el camino antes de alcanzar la victoria.

No salió sonriendo en la foto. Mientras Esther le explicaba lo que era un vídeo bumerán al alcalde, Sloane se volvió a sentar junto a Albie. Matt, mientras tanto, había entablado conversación con la mujer de Clayton, que quería saber si pensaba asistir a la inauguración de una biblioteca nueva en el Uptown. Ines, por su parte, se dedicaba a menear la pierna sin parar, tan nerviosa como siempre. Albie apoyó una mano sobre la de ella y le dio un apretón.

—Feliz aniversario, supongo —suspiró Sloane.

—Eso —dijo él—. Feliz aniversario.


AGENCIA PARA EL REGISTRO Y LA INVESTIGACIÓN DE LO SUPRANORMAL

MEMORANDO DE ACCIÓN DE SEGURIDAD NACIONAL N.º 70

PARA: AGENCIA PARA EL REGISTRO Y LA INVESTIGACIÓN DE LO SUPRANORMAL (ARIS)

ASUNTO: CALAMIDADES SIN EXPLICACIÓN OCURRIDAS EN 2004

Previa aprobación del registro de los hechos que tuvieron lugar el 2 de febrero de 2005, y habiéndose reunido con el Consejo de Seguridad Nacional, el presidente ha decretado que se analicen los desastrosos incidentes de 2004 para determinar si existe algún patrón entre ellos. Puesto que dichos incidentes, por ahora, no han podido explicarse por medios convencionales, esta tarea recae en la Agencia para el Registro y la Investigación de lo Supranormal (ARIS).

Por la presente se solicita a ARIS, por tanto, que realice dicho estudio lo antes posible y presente una evaluación preliminar durante la próxima reunión del Consejo de Seguridad Nacional. Adjuntos a esta carta encontrarán los artículos relacionados con dichos sucesos que el Consejo de Seguridad Nacional ha reunido hasta la fecha.

Shonda Jordan


Chillicothe Gazette

LOS INFORMES OFICIALES SOBRE EL DESASTRE DE TOPEKA CONTINÚAN SIENDO UN MISTERIO

Jay Kaufman

TOPEKA, 6 DE MARZO: Según los últimos recuentos, la cifra de víctimas mortales en Topeka (Kansas) durante el desastre del 5 de marzo de 2004 asciende a 19 327, aunque las autoridades ignoran cuál ha podido ser la causa de tan significativa pérdida de vidas. O, si lo saben, prefieren guardar silencio al respecto.

La previsión meteorológica para el 5 de marzo por la mañana era de cielos cubiertos y un máximo de 5 ºC, con apenas un 10 % de probabilidad de lluvia. Testigos de las localidades vecinas describen intervalos de sol y una brisa apacible. El caos se desató exactamente a la 1:04 p.m. Un empleado del Servicio Nacional de Meteorología calificó el ambiente en la sede de “desconcierto absoluto”, citando “gritos y monitores que chirriaban”.

“Durante unos minutos fue como si estuviéramos sufriendo un tornado, un terremoto y un huracán a la vez. Los cambios en la presión barométrica eran demenciales y los temblores se registraron incluso en Kentucky. No he visto nunca nada parecido”, comenta la fuente. El empleado solicitó que se respetara su anonimato por temor a perder el empleo. El Servicio Nacional de Meteorología ha emitido un comunicado según el cual lamenta no poder divulgar más detalles, puesto que la investigación aún está en curso.

El Gobierno federal sostiene la misma postura. El Departamento de Seguridad Nacional, incluida la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias, guarda silencio. El FBI ha dicho que su investigación de momento no apunta a que haya ninguna organización terrorista, ni nacional ni extranjera, tras el incidente, aunque por ahora tampoco se puede descartar esa opción. Incluso a nivel regional, el alcalde de Topeka, Hal Foster (que en esos momentos se encontraba de vacaciones en Orlando, Florida), ha expresado sus condolencias y su pesar, pero no ha querido aventurar ninguna teoría sobre lo ocurrido.

Todo cuanto sabemos sobre el suceso hasta el momento proviene de ciudadanos particulares. Andy Ellis, de Lawrence (Kansas), se acercó en coche hasta los alrededores de Topeka con un dron que utilizaba para supervisar las obras de su nueva casa. Las imágenes de Topeka que Ellis proporcionó simultáneamente a todas las agencias de información del país, son desoladoras. En ellas se ven edificios reducidos a su armazón, cadáveres en las calles y, lo más singular de todo, ni una sola planta con vida. De todos los árboles de Topeka, según estas imágenes, solo quedan ramas encogidas y hojas marchitas.

A falta de explicaciones concretas, entre la población circulan teorías tan descabelladas como una invasión alienígena, un experimento gubernamental fallido, una nueva arma de destrucción masiva o un nuevo tipo de fenómeno atmosférico resultante del cambio climático. La histeria que campa a sus anchas ha empujado a algunas personas a empezar a construir refugios antiaéreos en sus hogares o a desarrollar nuevos planes de evacuación que abogan por el alejamiento del centro de las ciudades en vez de buscar protección allí.

“Necesitamos respuestas —dice Fran Halloway, vecina de Willard, una de las poblaciones supervivientes en las afueras de Topeka— Nos merecemos saber por qué han muerto nuestros seres queridos. Y no pararemos hasta encontrarlas”.

Portland Bygle

EL DESASTRE SE ABATE SOBRE PORTLAND. LA CIFRA DE FALLECIDOS ASCIENDE A DECENAS DE MILES

Arjun Patel

PORTLAND, 20 DE AGOSTO: El pasado 19 de agosto se desencadenó sobre Portland (Oregón) un fenómeno atmosférico, categorizado provisionalmente como huracán, que ha provocado graves desbordamientos y la devastación generalizada de hogares y otros edificios. Si se mantiene esta clasificación, se trataría del primer huracán tropical que azota la costa oeste en toda su historia.

Con una cifra estimada de 50 000 fallecidos, esta sería la catástrofe natural más mortífera de la historia de los Estados Unidos después de la Calamidad de Topeka, que este mismo año se saldó con un recuento final de 20 000 vidas perdidas. Todavía no se ha encontrado ninguna explicación definitiva para la Calamidad de Topeka.

El fenómeno atmosférico continúa desconcertando a los científicos, que citan las bajas temperaturas del océano Pacífico como posible causa para la ausencia de huracanes en la costa oeste hasta ahora. “Los huracanes se alimentan de aguas más cálidas —asegura la doctora Joan Gregory, profesora de ciencias del clima en la universidad de Wisconsin-Madison—. Una posible explicación sería el cambio climático, aunque recientemente no se había registrado ningún ascenso considerable de las temperaturas en el Pacífico. Parece más bien un fenómeno aislado”.

Lo más probable es que continúen aflorando detalles conforme se prolonguen las labores de rescate. El próximo jueves, a las 8:00 p.m., se celebrará una vigilia por las víctimas en la plaza Pioneer Courthouse.

Rochester Observer

SE DISTINGUE UNA SILUETA EN EL CORAZÓN DEL DESASTRE. LOS TESTIMONIOS QUE HABLAN DE UNA FIGURA MISTERIOSA PROVOCAN QUE LAS TEORÍAS CONSPIRANOICAS CORRAN COMO LA PÓLVORA

Carl Adams

ROCHESTER, 7 DE DICIEMBRE: “Todo fue muy caótico”, dice Brendan Peterson, de Sutton (Minnesota), uno de los supervivientes de la catástrofe que este año se ha cobrado 85 000 vidas en Minneapolis. Estuvo presente en el centro de la destrucción y describe un infierno de fuertes vientos y escombros que volaban por los aires. “Vi una mujer desmembrada justo delante de mí —rememora con manos temblorosas—. No había visto jamás nada igual, nunca, ni en las películas”.

Brendan atribuye su supervivencia al azar, y no es el único. Varios de los testigos más elocuentes del ataque cuentan historias parecidas de muertes sangrientas, a cual más horrenda. No obstante, sus testimonios tienen algo en común: todos aseguran haber visto la figura de un hombre que se paseaba con confianza en medio de la devastación.

“Supongo que podría haber sido una mujer —dice George Williams, otro residente de Sutton y vecino de Brendan Peterson—. Parecía una persona, en cualquier caso. Es lo más espeluznante que he visto en mi vida”.

Aunque el Gobierno de los EE. UU. califica los desastres de “ataques”, todavía no se ha identificado a los responsables. Internet se ha poblado de teorías que van de lo verosímil (terroristas, agentes de Gobiernos extranjeros hostiles) a lo directamente absurdo (alienígenas, un ser divino colérico).

“Costaba verlo con claridad —puntualiza Brendan refiriéndose al desconocido que divisó durante el ataque a Minneapolis—. Era oscuro de la cabeza a los pies. No estoy loco. Sé lo que vi”.


El discurso del alcalde consistió en una colección de frases manidas sobre la superación del dolor, el triunfo del bien sobre el mal y la necesidad de honrar a los muertos. Hacia la mitad de la arenga, Ines se acercó a Sloane para susurrarle al oído una cita de la serie Friday Night Lights («Miradas limpias y corazones llenos no pueden perder»), y Sloane tuvo que taparse la boca para que los asistentes no la vieran reírse. Albie fingió sufrir un ataque de tos y Esther le dio un codazo en las costillas a Ines. Matt se obligó a adoptar una expresión seria. Durante un momento, Sloane se sintió como si hubiera recuperado algo que creía perdido.

Al concluir el discurso se desató una tormenta de destellos provocados por los flashes de las cámaras, y la multitud aplaudió. Sloane se sumó a los demás, aplaudiendo hasta que empezaron a escocerle las palmas. A continuación todos intercambiaron firmes apretones de manos y, por último, llegó el momento de que los Elegidos bendijeran el Monumento de los Diez Años con sus huellas sagradas o como diablos fuera que el alcalde Clayton lo había llamado. Sloane se preguntó si podría aprovechar la excusa para quitarse los zapatos, porque le estaban machacando los dedos. No se podía bendecir nada con los pies embutidos en unos tacones tan incómodos.

La zona que rodeaba la caja metálica se había pavimentado con hormigón. Sloane bajó los escalones del escenario y notó el calor que desprendía la superficie a través de la suela de los zapatos. Se sintió como si estuviera caminando sobre las aguas de un mar gris y el monumento fuese una isla de bronce que se alzaba a cien metros de ella. Era el único punto de cálida luminosidad en el seno de la desolación, etéreo, casi como un espejismo. Al observarlo con atención, le sorprendió notar lágrimas en los ojos. El bronce se desluciría con el tiempo, su brillo daría paso a una monótona pátina verde. También el recuerdo de lo que había ocurrido se desvanecería, se apagaría, y el monumento caería en el olvido, frecuentado únicamente por las excursiones escolares y los autobuses de visitas turísticas organizadas para fans de la historia.

Y el lustre de Sloane correría la misma suerte. Siempre famosa pero siempre languideciendo, como las antiguas estrellas de cine, con el espectro de su yo más joven cincelado en el rostro.

Qué sensación tan extraña, saber sin lugar a duda que una ya había tocado su techo.

Caminó tras los pasos de Albie en dirección a la caja, mientras los demás la seguían. No pudo evitar dirigir la mirada al otro lado del río, donde Matt había resistido durante su última batalla esgrimiendo la Rama Dorada, con el rostro envuelto en una luz sobrenatural. Tan solo uno de los muchos momentos en los que se había enamorado de él.

La pared presentaba una estrecha abertura para permitir el paso de la gente. Albie la cruzó sin pensarlo dos veces. Ines se disponía a seguirlo, pero Sloane la detuvo con una mano.

—Dale un momento —dijo.

Todos encajaban entre sí de distintas maneras, conocían mejor que nadie distintas facetas de los demás. Esther sabía hacer reír a Albie, Ines casi podía leerle el pensamiento, y Matt era capaz de soltarle la lengua. Pero Sloane era la experta en los días malos de Albie, y estaba claro que aquel era uno de ellos.

—Aquí va a venir todo el mundo a mear —comentó Ines.

—Tampoco es imprescindible que hables cada vez que se hace el silencio —la regañó Matt.

—Voy a ver si está bien —dijo Sloane—. Esperad un par de minutos.

—Claro —replicó Matt.

—Vale, así a Esther le dará tiempo a encontrar el mejor ángulo para la cámara o algo de eso —bromeó Ines.

Esther le pegó un manotazo en el brazo y sacó su teléfono. Sloane se apresuró a escapar de la escena antes de que Esther la convenciera para hacerse otro selfi, encontró la abertura en la pared y entró en el monumento.

Las paredes metálicas estaban cubiertas de letras diminutas: el nombre de cada una de las personas asesinadas por el Oscuro. Según el artista, encontrarlos y grabarlos todos le había llevado años, y la mayoría eran tan pequeños que resultaban casi ilegibles. Los nombres resplandecían gracias a unos paneles luminosos instalados detrás de las planchas metálicas. Era como contemplar el firmamento nocturno desde algún bosque virgen al que la contaminación no hubiese llegado y no pudiera interferir con el brillo de las estrellas.

Albie estaba en el centro del cubo, con la mirada fija en uno de los paneles.

—Hola —dijo Sloane.

—Hola. Qué bonito es esto, ¿verdad?

—El bronce me parece una decisión acertada. Así resulta casi acogedor. ¿Has encontrado el nombre de tu padre?

—No —respondió Albie—. Es como buscar una aguja en un pajar.

—Podríamos preguntarle al artista.

Albie se encogió de hombros.

—Esa es la cuestión, creo, que uno no debería ser capaz de distinguir los nombres individuales, sino tan solo hacerse una idea general de los muchos que son.

Tantos que la cifra exacta se había vuelto irrelevante, pensó Sloane. Ella ya sabía cuántas vidas se había cobrado el Oscuro. Cualquier cantidad entre cien y un millón no era más que un número que su limitada mente no alcanzaba a comprender.

—A mí me gusta así —continuó Albie—. Me recuerda que no somos más que un puñado de personas que perdieron algo entre miles de otras personas que también lo perdieron. Mi sufrimiento no importa ni más ni menos que el de cualquiera de estas familias.

Indicó el panel que tenía ante él con un gesto. Aunque solo contaba treinta años, el pelo ya se le había vuelto tan fino como una pluma y le empezaba a escasear en las sienes. También lucía arrugas en la frente, tan pronunciadas que Sloane no había podido pasarlas por alto. Acusaba mucho el paso del tiempo.

—Estoy harto de ser especial —dijo Albie con una risita nerviosa—. Estoy harto de que se me honre por lo peor que me ha pasado en la vida.

Sloane se puso a su lado, tan cerca que sus brazos se tocaban. Pensó en la montaña de documentos del Gobierno que guardaba en el cajón inferior de su escritorio; pensó en Rick Lane, hablando de ella como si no fuese más que un montón de carne expuesto en la charcutería; pensó en las pesadillas que la acosaban tanto cuando estaba despierta como cuando dormía.

—Ya —suspiró—. Entiendo a qué te refieres.

O eso creía, al menos. Pero al ver los temblores de la mano de Albie cuando este la levantó para frotarse la cara, se preguntó si lo entendía realmente.

—¡Toc, toc! —dijo Esther, sujetando en alto el teléfono (en un ángulo favorecedor, por supuesto) mientras entraba en el monumento, con el pelo colocado de forma impecable sobre los hombros. Se giró para incluir a Albie y Sloane en el encuadre—. ¡Saludad a mis seguidores de Insta, chicos!

—¿Estás emitiendo en directo? —preguntó Sloane.

—No.

Sloane miró a Albie de reojo y le hizo la peineta con ambas manos a la cámara mientras él hinchaba las mejillas, las presionaba con la palma de las manos y emitía una serie de sonoras ventosidades. Ines, que apareció tras los pasos de Esther, se puso nerviosa al ver a Sloane haciendo gestos obscenos con los dedos junto a la cara de Albie. Esther guardó el móvil con gesto enfurruñado.

—¡Quería capturar mi primer paseo por el Monumento de los Diez Años! —se lamentó—. Ahora tendré que entrar otra vez y fingir que es la primera.

Se cruzó con Matt al salir hecha una furia.

—¿Me he perdido algo?

—Espera —dijo Albie, llevándose un dedo a los labios.

Esther volvió a entrar con el teléfono en alto algo alejado del rostro y abrió los ojos desmesuradamente, como si se sintiese maravillada, mientras examinaba los nombres brillantes. Albie se situó frente a ella de un salto, inclinó la cabeza para colarla en el encuadre junto a la suya y dijo:

—¡Es la segunda vez que lo hace! No dejéis que os enga...

Esther lo apartó de un empujón y bajó el teléfono.

—Pero ¿a vosotros qué os pasa?

—¿A nosotros? ¡Eres tú la que tiene el móvil prácticamente cosido a la mano! —dijo Sloane—. Eres peor que Matt.

El aludido levantó las manos.

—A mí no me metáis en esto.

—¡No soy la primera persona en usar las redes sociales! —protestó Esther—. Es mi trabajo, no hace falta que os pongáis a juzgarme por eso.

—Se supone que esta es una ocasión solemne —señaló Matt—. Y podría haber sido una buena ocasión para volver a conectar...

—Grabar lo que pasa no le resta solemnidad al asunto —lo interrumpió Esther.

—A menos que para grabarlo tengas que buscar el ángulo ideal para un selfi —dijo Ines imitándola con el teléfono en alto y proyectando una cadera hacia fuera—. «Hola, aquí tenéis los nombres de todas estas víctimas y también una buena toma de mi culo redondo».

A Sloane se le escapó una risita. Sonó tan estridente que se tapó la boca con las manos, avergonzada.

—Sloanie Chiquita grita como una niñita —canturreó Albie, levantando las cejas.

—No te atrevas a llamarme así.

—Y tú no hagas como si nadie te hubiera visto en esos vídeos caseros que grabó Cameron —dijo Esther—. A lo mejor ahora vas de chica dura a la que todo le importa una mierda, pero en el fondo siempre serás esa cría que bailaba al son de Diamonds Are A Girl’s Best Friend con un tutú de papel de aluminio.

Sloane maldijo para sus adentros la videocámara de su difunto hermano. Se disponía a replicar algo cuando la interrumpieron las palabras de Matt:

—He encontrado a Bert.

El verdadero nombre de Bert no era Robert Robertson, por supuesto. Se lo había confesado unos meses antes de morir, para que lo pudieran encontrar si perdían el contacto. Sin embargo, no pensaban en él como Evan Kowalczyk: para ellos siempre sería Bert.

Se agruparon detrás de Matt y siguieron la línea que este trazaba con el dedo hasta un nombre diminuto: Evan Kowalczyk, todo en mayúsculas. Sloane no sabía cómo había podido encontrarlo Matt entre tantos otros nombres, entre todos aquellos paneles. Era como encontrar un árbol en particular en medio de un bosque repleto de árboles idénticos. Matt retiró la mano y el nombre de Robert volvió a desaparecer en la pared, confundiéndose con el resto.

Tantas pérdidas..., hasta la última de ellas en vano. Un señor oscuro y su apetito insaciable.

—Me pregunto qué haría en estos momentos —murmuró Matt.

—Seguramente negarse a disfrutar de la jubilación —replicó Ines.

Sloane se giró hacia la entrada antes de que su expresión la delatara. No quería contarles lo que había visto en los documentos obtenidos tras su solicitud amparada por la Ley para la Libertad de Información, atisbos de un Bert desconocido para ella.

—Salgamos —dijo—. Estarán empezando a preguntarse dónde nos hemos metido.


La invitación a la gala estaba pegada en la puerta del frigorífico: CELEBRA DIEZ AÑOS DE PAZ. Como si la derrota del Oscuro hubiese traído paz y armonía al mundo entero. No era así, por supuesto, pero al menos a los Estados Unidos les había proporcionado una excusa para retirarse de todo. Una nueva era de aislamiento, lo llamaban los titulares. Las reacciones habían sido... dispares. Una parte de la población celebraba la retirada de sus tropas de otros países pero protestaba por la salida de los organismos de paz internacionales. Otra parte aplaudía el cierre de las fronteras pero lamentaba la reducción de la presencia militar en el extranjero. Con independencia del punto exacto del espectro en el que se encontraran, todos compartían la misma paranoia. Nadie sabía de dónde había salido el Oscuro, lo que significaba que podría haber salido de cualquier parte. Podría haber sido un amigo o un vecino, un refugiado o un inmigrante. Incluso la madre de Sloane se había comprado una pistola legal e iba una vez al mes a practicar al campo de tiro, como si eso le hubiera servido alguna vez a alguien contra el Oscuro, que hacía que las armas de fuego implosionaran como edificios demolidos, deformando y retorciendo el metal sin necesidad de tocarlo siquiera. Sloane no podía evitar preguntarse cuánto tardaría ARIS en controlar ese poder. Si no había ocurrido ya.

Sacó el vestido del armario y lo dejó colgado en la puerta. Era un modelo con cuentas de oro que parecía sacado de los años veinte. Notaría su peso en los hombros, por lo que no pensaba ponérselo hasta el último momento. Si fuese un día normal no se habría molestado en elegir algo tan elegante, pero a Sloane le encantaban las ocasiones formales (aunque no lo reconocería ante nadie ni loca). Antes incluso se había escondido en el baño para ver uno de los tutoriales de belleza que subía Esther a su Insta! y aprender a hacerse un delineado galáctico con el lápiz de ojos. Como Esther se enterase algún día, Sloane tendría que pasarse el resto de su vida aguantándola.

La desafortunada naturaleza ceñida del vestido con cuentas significaba que debía recurrir a la prenda que más temía del mundo: la faja reductora. El mayor estrangulador de torsos femeninos ligeramente imperfectos desde el corsé. Lo que menos le apetecía era despertarse a la mañana siguiente con todas las páginas de cotilleos repletas de fotografías ampliadas de su cinturón de grasa abdominal, especulando sobre el estado de su útero. Llevaba enfrentándose a los rumores sobre un hipotético embarazo desde que Matt y ella habían empezado a salir juntos.

La dichosa faja reductora no aparecía ni en el cajón donde guardaba la ropa interior ni en el de los calcetines, por lo que se dirigió al armario de Matt. A veces se perdía en el mar de calzoncillos largos de color negro que usaba siempre. Rebuscó entre las prendas de licra y rozó con los dedos algo duro y pequeño.

Una cajita, de dimensiones tan reducidas que le cabía en la palma de la mano. Negra.

«Mierda».

Sloane lanzó una mirada de soslayo a la puerta; todavía estaba cerrada y no se oían movimientos en el pasillo al otro lado. Bien. Abrió la caja. Dentro había un anillo, como cabía esperar, aunque no uno cualquiera: parecía antiguo, incrustado con pirita en vez de diamantes. Se había acordado de cuáles eran las joyas que más le gustaban, aunque nunca se pusiera ninguna.

Con un nudo en la garganta, cerró el estuche de golpe y lo guardó en el cajón de nuevo. Sabía lo que significaba, por supuesto: iba a pedirle que se casara con él. Y pronto, porque no podía esperar que el cajón de los calzoncillos resistiera mucho tiempo como escondite. Dada su predilección por los gestos melodramáticos, lo más probable era que hubiese elegido la gala de esa misma noche.

Aterrada, Sloane abrió la puerta y se asomó al pasillo. Matt estaba hablando por teléfono con Eddie, su asistente. Tenía la agenda llena a reventar de causas benéficas. Tan solo esa semana estaba previsto que moderase una mesa redonda sobre la masificación en las cárceles, que asistiera a un acto de recaudación de fondos para un centro educativo de la zona oeste, y que se reuniera con un senador para intentar que el Estado subvencionara las sesiones de terapia a los supervivientes del Oscuro aquejados de estrés postraumático. Probablemente se tiraría un buen rato al teléfono.

Volvió a cerrar la puerta y se sentó en el borde de la cama con la mirada fija en la casa de dos pisos de la acera de enfrente, la que tenía los aleros adornados con guirnaldas de chillonas lucecitas azules durante todo el año.

Sacó el móvil y marcó un número que hacía años que no utilizaba. El de su madre.

—¿Diga? —contestó June Hopewell, cuya voz sonaba más vigorosa que nunca.

—¿Mamá?

—¿Sloane?

Sloane arrugó el entrecejo.

—Pues sí, la misma, a no ser que tengas alguna otra hija suelta por ahí y yo no me haya enterado.

—Te he visto en la tele esta mañana —dijo June—. ¿Seguro que no quieres replantearte esa política tuya de no firmar autógrafos? Parecía como si te persiguiera una manada de lobos.

—Sí, mamá. Seguro que no.

Sloane dudaba que a su madre le importase realmente si firmaba autógrafos o no, pero desde la derrota del Oscuro le había dado por meter baza en todo lo que hacía su hija, quizá en un intento por compensar su inexistente influencia en la crianza de Sloane. Al fin y al cabo, se había perdido toda su adolescencia porque no le importó una mierda que apareciese el Gobierno para llevársela.

—Escucha, quería comentarte una cosa. Acabo de encontrar una sortija en el cajón de la ropa interior de Matt. Un anillo de compromiso.

Su madre guardó silencio al otro lado de la línea.

—Vale —dijo, transcurridos unos instantes—. ¿Y qué?

—¿Cómo que «y qué»? —Sloane se pegó una palmada en la frente—. ¡Que estoy atacada de los nervios!

—Slo, lleváis juntos diez años.

Sloane notó las mejillas acaloradas.

—¡Nunca hemos hablado de esto! ¿No crees que si quisiera casarse conmigo habría sacado el tema, no sé, por lo menos de pasada, en alguna ocasión? A lo mejor odio esa institución social por principio y él sin saberlo.

—Aunque a nadie le sorprendería eso, dada la enorme cantidad de cosas que odias —replicó June con un atisbo de guasa en la voz—, cabe la posibilidad de que quisiera darte una sorpresa.

Sloane se concentró en un gato que estaba paseando por la acera.

—Sloane. —Su madre dejó escapar un suspiro—. Es lo mejor que vas a encontrar. Hazme caso.

Sloane no respondió.

—Tengo que irme —dijo su madre.

«¿A hacer qué?», pensó Sloane. Colgó sin despedirse. Eso no debería sorprender a June. Por lo general solo hablaban una vez al año, por Navidad, durante cinco minutos. No habían intercambiado un «te quiero» desde que Sloane era una niña. Desde antes de que su padre se largara para luego aparecer muerto en un tanatorio de Arkansas, víctima de una Sangría, y June tuviese que ir a identificar el cadáver.

«Es lo mejor que vas a encontrar». Llevaba razón, evidentemente, puesto que Matt irradiaba un aura de bondad tan intensa que a veces a una le entraban ganas de arrearle un puñetazo. No amarlo era como no amar la libertad. O a los perritos.

Por otro lado, el modo en que lo había dicho June le crispaba los nervios. «Es lo mejor que vas a encontrar...». En fin, era cierto; ¿qué quería que hiciera? ¿Instalarse una app de citas? ¿Fingir que tenía un trabajo normal? ¿En qué momento debía mencionar que era una de los cinco salvadores de la humanidad? ¿Conversando durante la tercera cita o más bien ya en la quinta?

Aunque habría sido agradable, pensó, que June dijera algo bonito y tranquilizador, para variar.

Se quedó sentada con el teléfono en la mano. El sol comenzaba a ponerse, y en la acera de enfrente se habían encendido ya las chillonas lucecitas azules. Se sentía mareada, como si la habitación diera vueltas a su alrededor. Pero también sabía que, cuandoquiera que Matt decidiese pedirle la mano, ella le diría que sí, porque esa era la única respuesta sensata. Se casarían, él la cuidaría, y ella se esforzaría todo lo posible por estar a su altura.


AGENCIA PARA EL REGISTRO Y LA INVESTIGACIÓN DE LO SUPRANORMAL

ASUNTO: CALAMIDADES SIN EXPLICACIÓN OCURRIDAS EN 2005, TRANSCRIPCIÓN DE LA REUNIÓN INFORMATIVA CON XXXXXXXXX, EL AGENTE ENCARGADO DE LA INVESTIGACIÓN, NOMBRE EN CLAVE BERT

AGENTE S: Tenga la bondad de decir su nombre, para que conste en acta.

AGENTE K: Me llamo XXXXXXXX, pero a efectos de esta misión se me ha asignado el nombre clave de Robert Robertson.

AGENTE S: Entendido. Nos hemos reunido hoy para revisar la información recabada por usted sobre el Sujeto 2 del Proyecto Sosias, Sloane Andrews.

AGENTE K: Correcto. El 17 de octubre se me informó de que el Sujeto 2 había sido identificado y había que extraerlo de forma inmediata.

AGENTE S: El informe muestra que se produjo un retraso de veinticuatro horas antes de emprender esa acción, a pesar de la orden. ¿Puede explicarlo?

AGENTE K: Sí, solicité un aplazamiento de una semana para que el Sujeto 2 pudiera asistir al funeral de su hermano. La petición fue denegada, pero se me concedió un aplazamiento de veinticuatro horas. Aunque me pareció insuficiente, cumplí con mis órdenes y llegué a la residencia de Andrews el 18 de octubre a las 1500 horas.

AGENTE S: ¿Y qué encontró en la residencia de Andrews?

AGENTE K: Lo que cabía esperar. Nuestro trabajo de documentación indicaba que la situación económica de la familia Andrews era relativamente modesta, por lo que estaba preparado para la casa desvencijada y la mejorable calidad del vecindario que me encontré.

AGENTE S: Y, a su llegada, ¿estableció contacto directamente con el Sujeto 2?

AGENTE K: Estaba sentada en los escalones de la entrada. Su aspecto era desaseado. Confirmé su nombre y me presenté con mi nombre en clave.

AGENTE S: ¿Cuál fue su reacción?

AGENTE K: Dijo: «Suena a nombre falso».

AGENTE S: Perspicaz. ¿Su respuesta?

AGENTE K: Confirmé que se trataba, en efecto, de un nombre falso. Pensé que podría empezar a ganarme su confianza si era franco con ella.

AGENTE S: Entendido. Prosiga.

AGENTE K: Le pregunté si estaba su madre en casa y si podía hablar con ella. Parecía incómoda. Me preguntó quién era y qué quería, y le dije que solo podría hablar con ella con su madre presente. Su respuesta fue que, si quería que su madre estuviera «presente», me tiraría esperando un buen rato.

AGENTE S: Ah.

AGENTE K: Llegado ese punto consideré pertinente cambiar el enfoque de mi estrategia. Con los sujetos del Proyecto Sosias, lo habitual es que hable al mismo tiempo con ellos y al menos uno de sus progenitores, pero esta era una situación especial. Un padre y un hermano muertos y lo que parecía ser una madre incapacitada. El sujeto no tenía prácticamente a nadie. De modo que decidí hablar a solas con ella. Le pregunté si podíamos entrar, pero se negó. Dijo que no pensaba abrirle la puerta de su casa a un desconocido. Así que me quedé donde estaba.

AGENTE S: ¿Cómo empezó?

AGENTE K: Volvió a preguntarme quién era. Respondí que pertenecía a una rama clandestina del Gobierno cuya naturaleza exacta no podía divulgar, y que había ido hasta allí por una profecía.

AGENTE S: Que conste en acta que el agente se refiere a la Visión Precognitiva n.º 545, relativa al Ser Oscuro, conocido coloquialmente como el Oscuro y su igual, al que suele llamarse el Elegido. ¿Cómo reaccionó el sujeto al concepto de profecía?

AGENTE K: Dijo: «Yo no creo en esas cosas. Me quedo con lo que puedo ver y tocar». Le pregunté cómo explicaba todo lo que era capaz de hacer el Oscuro. Quizá fuese un comentario inoportuno, habida cuenta de que el Oscuro acababa de asesinar a su hermano esa misma semana...

AGENTE S: ¿Se molestó?

AGENTE K: Todo lo contrario, de hecho. Adoptó una pose neutra. Inexpresiva. Y respondió: «No lo sé». Decidí que sería recomendable apelar a su faceta más lógica y sugerí que debía de ser el término «profecía» lo que no le gustaba. Después cité la tercera ley de Newton.

AGENTE S: Que conste en acta que la tercera ley de Newton estipula que toda acción provoca una reacción opuesta equivalente.

AGENTE K: ... Gracias por el apunte.

AGENTE S: No todo el mundo recuerda las clases de física, agente.

AGENTE K: Le expliqué que la profecía se limitaba a predecir que, si existía el Ser Oscuro, también debía existir un individuo equivalente y opuesto. En otras palabras, habíamos recibido una lista de criterios que apuntaban a la identidad de esa persona. Habíamos colaborado con Canadá y México para cribar las opciones, puesto que, hasta la fecha, todos los ataques se habían ceñido exclusivamente al territorio norteamericano. Al morir su hermano a manos del Oscuro, Sloane se había convertido en una de esas opciones.

AGENTE S: No se anda usted con rodeos.

AGENTE K: Mi teoría era que una joven obligada a ser tan independiente debido a la negligencia parental interpretaría mi honestidad como respeto por su autonomía. Al parecer, estaba en lo cierto. Encajó esta información sin ninguna reacción aparente. Después añadí que mi trabajo consistía en preparar para esta eventualidad a los cinco candidatos en potencia, y aumentar así las probabilidades de supervivencia de toda la humanidad.

Me preguntó: «¿Insinúas que yo soy... “la Elegida”?». Marcando las comillas con los dedos al decir «la Elegida».

Respondí: «Sí y no. Lo que digo es que podrías serlo». Cité algunos de los requisitos que cumplía: la muerte de su padre y su hermano, su nacimiento durante la luna de la cosecha, una madre con la que no compartía apellido, el raro tipo sanguíneo AB negativo...

AGENTE S: Los también llamados criterios de identificación preliminar, o CIP.

AGENTE K: Correcto. Calificaría su reacción de incredulidad. Me preguntó quién había hecho esa profecía y por qué tendría que prestarle atención el Gobierno a, cito textualmente, «cualquier chiflado que recite poesía».

Se me había concedido permiso para divulgar algunos detalles sobre la clarividente. Le dije que se llamaba XXXXXXXX, que había demostrado en repetidas ocasiones poseer conocimientos que escapaban a nuestra comprensión, y que había realizado 746 predicciones que habían superado nuestro escrutinio.

AGENTE S: ¿Y la reacción del sujeto ante esto?

AGENTE K: Es curioso... Los demás sujetos se habían mostrado escépticos, asustados o incluso, en el caso del Sujeto 1, ferozmente en contra. Pero el Sujeto 2 fue el primero que me preguntó qué ocurriría si se negaba.

AGENTE S: ¿Negarse?

AGENTE K: Negarse, sí. A enfrentarse al Oscuro.

AGENTE S: [Risas] ¿La informó de que no tenía elección?

AGENTE K: Creo que habría sido contraproducente. Me recordaba un poco a un chucho callejero..., de los que muerden cuando alguien intenta tocarlos. Con tacto, sin embargo, no es difícil persuadirlo para que se acercara.

AGENTE S: Si le gusta lo que se le ofrece para comer.

AGENTE K: Exacto. Y creo que, en este caso, el cebo más indicado era el respeto, por así decirlo. De modo que repliqué: «Sospecho que, si te niegas, las probabilidades de que el mundo se acabara aumentarían drásticamente». Citando repercusiones en vez de restricciones, una elección sin un resultado aceptable.

AGENTE S: ¿Funcionó?

AGENTE K: En efecto. Se quedó quieta como una estatua durante unos instantes. Pocas veces me he encontrado con alguien de su edad capaz de estar tan inmóvil. Al final dijo: «Menuda mierda», y empezó a discutir los pormenores conmigo.

AGENTE S: Qué profundo.

AGENTE K: En contra de lo que haya podido ver en las películas, nuestros Elegidos rara vez hacen declaraciones poéticas. En este caso, creo que ella fue el único sujeto que comprendía realmente lo que se avecinaba.

AGENTE S: ¿De qué pormenores hablaron?

AGENTE K: El adiestramiento que la esperaba en XXXXXXX, XXZXXXX, los preparativos de los que debería ocuparse antes de irse y cuándo volvería a por ella para emprender el viaje. Le pregunté cuánto tiempo iba a necesitar y me dijo que un día. Cuando le pregunté si no quería tomárselo con más calma para despedirse de su familia y amigos, para explicarle la situación a su madre, su respuesta fue que eso no le iba a llevar mucho tiempo. «Por si no te has dado cuenta, estoy sola», creo que fueron sus palabras exactas.

AGENTE S: ¿No temía que su madre se opusiera a que un organismo gubernamental del que no había oído hablar nunca se llevara a su hija para enfrentarse al Oscuro?

AGENTE K: No, en absoluto. Y tenía razón. Cuando regresé, al día siguiente, estaba sentada en el mismo sitio con una mochila y una caja de cartón.

AGENTE S: Seré sincero con usted, no es mi Elegida favorita. Yo apuesto por el Sujeto 4.

AGENTE K: Espero que hayamos acertado por lo menos con uno de ellos.



Sloane se metió otro trozo de spanakopita en la boca. Estaba con Esther en una de las mesas altas que había junto al bufé del salón donde se celebraba la gala de los Diez Años de Paz. Tenían la cabeza inclinada y muy cerca la una de la otra, como si estuvieran enfrascadas en la conversación más seria del mundo. Era la única manera de que las dejasen tranquilas para poder probar la comida. Ser una de los Elegidos en la gala de la Paz era como ser la novia en una boda.

Se encontraban en la majestuosa sala de celebraciones del hotel Drake. Todo era blanco y dorado: sobre el suelo de mármol blanco, jalonado de columnas decoradas con filigranas doradas, colgaban grandes arañas de luces que proyectaban su luz blanca y dorada por toda la estancia. En una de las paredes, las ventanas que se extendían desde el suelo hasta el techo enmarcaban las curvas de Lake Shore Drive, las luces de los edificios que se alzaban junto a la carretera y la franja de oscuridad en la que se convertía el lago Michigan por la noche.

Las rodeaban varios corrillos formados por hombres de esmoquin y mujeres con elegantes vestidos, todos ellos con estilizadas copas de champán en la mano. Sloane cruzó sin querer la mirada con uno de los invitados y se apresuró a girar la cabeza; no le apetecía entablar ninguna conversación.

—No dejas de poner caras raras —comentó Esther.

—Me he cortado en la axila al pasarme la cuchilla esta mañana y, con lo que estoy sudando, es como si me estuvieran restregando sal por la herida —replicó Sloane. Una gotita acababa de deslizarse por la zona irritada y le escocía la herida.

Esther hizo una mueca.

—Es lo peor.

Había elegido algo que solo podía quedarle bien a ella: un vestido drapeado, con multitud de capas, de un color menta apagado. Llevaba el pelo recogido en un moño sencillo. Se había puesto una gruesa capa de maquillaje, como de costumbre, aunque esa noche encajaba con la ocasión: con la sombra gris que le enmarcaba los ojos parecía que se le hubiera posado en los párpados una nubecita de humo.

—Echo esto de menos —dijo mientras picoteaba con el tenedor las aceitunas de una ensalada de pasta, intentando ensartarlas todas a la vez. Su hiperconcentración en el plato completaba su disfraz: cuando la gente veía a alguien mirando hacia abajo, pensaba que tal vez estaba llorando y lo evitaba. Eso, sumado a la natural mirada fulminante de Sloane, las mantendría a salvo al menos durante unos minutos.

—¿Cómo está tu madre?

—No muy bien. —Esther se encogió de hombros—. Su oncólogo dice que ya no pueden hacer gran cosa llegado este punto, salvo... retrasar lo inevitable.

—Cuánto lo siento, Essy —dijo Sloane—. Ojalá se me ocurriera algo más profundo, pero es que es... una mierda.

Se le antojaba injusto que hubieran podido salvar al mundo eliminando a un ente de malevolencia suprema mediante la magia, y a la vez siguieran sin poder mantener a sus familias a salvo de las amenazas más mundanas. Para la humanidad eran los Elegidos, salvadores, héroes; pero el cáncer ponía a todo el mundo al mismo nivel.

—Mejor sincera que profunda —replicó Esther, distraída.

Por encima del hombro de su amiga Sloane divisó a un joven espigado, vestido con esmoquin y pajarita azul, que observaba a Esther con interés. Sloane entornó los párpados en su dirección y sacudió la cabeza cuando él la miró de soslayo. Se alejó.

—Te echamos de menos —dijo Sloane—. Aunque estemos un poco gruñones.

—Conque «gruñones», ¿eh? —Esther arqueó una ceja—. Slo, se puede ver desde California que estás perdiendo los nervios. ¿Qué pasa contigo últimamente?

Sloane la observó de reojo. Pensó en llamar al tipo de la pajarita azul para que se acercase, distrajera a Esther y pudieran cambiar el rumbo que estaba tomando la conversación.

—Ni se te ocurra intentar silenciarme echándome miraditas asesinas —dijo Esther—. Te he hecho una pregunta.

Sus conversaciones con Esther siempre eran así. Las dos se comunicaban como dos arietes, para bien o para mal, lo que significaba que a menudo colisionaban con catastróficos resultados. Pero al menos no se hacían perder el tiempo la una a la otra. Si a Esther se le pasaba algo por la cabeza, lo expresaba en voz alta, y al diablo con las sutilezas.

—Le he pedido al Gobierno que me envíe unos documentos. Leerlos ha sido muy... esclarecedor.

—¿Sabes? —dijo Esther—, a veces es mejor tener los ojos cerrados. —Probó un traguito de champán—. Vale, quítate ese trocito de espinaca de los dientes, porque estoy segura de que Matt está a punto de convertirte en el centro de atención.

En efecto, los músicos de la esquina habían dejado de tocar sus chelos, sus violines y... ¿eso era un contrabajo? Todas las miradas estaban puestas en el lado opuesto del salón, donde Matt se hallaba de pie con su esmoquin inmaculado y su pajarita dorada, sonriendo de oreja a oreja. Dio unos golpecitos en su copa de champán con un cuchillo para untar, en un intento por conseguir que todo el mundo guardara silencio.

—¡Si me prestan atención, por favor!

Su voz atronó por toda la estancia. Cuando hablaba así durante su lucha contra el Oscuro, lo llamaban comandante Matt. Estaba claro que nadie más podría haberlos liderado, solo él; ninguno de los otros cuatro poseía una voz capaz de imponerse al estruendo de las Sangrías.

Sloane se apresuró a deslizar una uña entre los incisivos para eliminar cualquier posible resto de espinacas.

Por fin se hizo el silencio en la sala. Todos los presentes posaron la mirada en Matt, como si fueran obedientes alumnos en clase.

—Gracias, perdón por la interrupción —dijo Matt, rebajando su timbre de Matt el comandante al de Matt el político—. Esperaba que pudieran prestarme atención un momento. ¿Dónde está Sloane?

Sloane se sacó el dedo de la boca y enderezó la espalda. Matt la llamó por señas, y ella se reunió con él en el centro de la sala de baile, bajo una de las arañas de luces. Notaba un nudo tan tirante en el pecho que le dolía. Matt la tomó de la mano. Sloane se quedó mirándolo, expectante, consciente de que se le habían quedado dormidos los dedos. Debería haberse tomado esa tercera copa de champán, lo sabía.

—Supe que estaba enamorado de Sloane hace aproximadamente once años —comenzó Matt—. Había un niño cerca del escenario de una Sangría, hasta donde nos habíamos acercado para investigar al Oscuro. Se había perdido y no encontraba a sus padres. Sloane lo cogió en brazos y preguntó a todas las personas que había a la vista.

Sloane se acordaba del chico. Lo había levantado en volandas porque él se negaba a dar ni un paso y ella no tenía ganas de discutir. Le sorprendió la facilidad con la que se amoldaba a sus brazos, habida cuenta de que nunca en su vida había cogido así a un niño.

—Empezó a interrumpir todas las conversaciones para preguntar si alguien lo conocía, de esa forma tan suya... Si la conocéis, sabéis a qué me refiero.

Entre los asistentes se elevó un coro de risitas disimuladas. Hasta los que no la conocían en persona podían imaginárselo si habían leído cualquiera de las docenas de perfiles sobre ella que se habían publicado en los últimos diez años, donde la tildaban de inestable, taciturna, huraña, gruñona, intratable. La antiheroína perfecta. Le ardían las mejillas. ¿Por qué había tenido que elegir ese momento para bromear a su costa?

Matt continuó.

—Sloane es como uno de esos bombones de Pascua: dura por fuera, pero cuando rompes esa capa, por dentro es dulce y blandita.

Sonrió y le brillaron los ojos. Se suponía que era un halago. Sloane, sin embargo, se sentía como una niña pequeña disfrazada de adulta.

Matt sacó el estuche de un bolsillo, lo abrió e hincó una rodilla en el suelo. Unas cuantas personas contuvieron el aliento a su alrededor.

—Sloane, te quiero —dijo mirándola a los ojos—. Te quiero desde hace mucho.

Todos los invitados habían sacado sus móviles y los apuntaban en dirección a Sloane y Matt. Esas imágenes, como casi todos los vídeos de ella grabados por desconocidos, aparecerían en programas de televisión, en los periódicos y en blogs de cotilleos, y se analizarían hasta la extenuación. El gesto de Sloane, su porte, su atuendo, su puñetero lápiz de labios.

—Y me gustaría pasar el resto de mi vida partiendo el exterior duro de ese bombón —continuó Matt—. ¿Quieres casarte conmigo?

La multitud suspiró al unísono, como una bestia gigante.

«Que no te vean», se dijo Sloane, el mismo consejo que se repetía una y otra vez cuando los esbirros del Oscuro (ya desaparecidos, pues todos habían muerto con él) acechaban entre las sombras de la noche a su alrededor. Pero, en este caso, no significaba que huyera: significaba que debía ocultarse a la vista de todos.

Conjuró todos los conocimientos sobre subterfugio adquiridos durante las entrevistas que le habían hecho después de cada batalla que había librado y ensanchó su sonrisa, confiando en que también a ella le brillaran los ojos.

—Sí.

La palabra sonó casi como un jadeo entrecortado. Perfecto, porque acto seguido Matt se incorporó de un salto, la abrazó y empezó a dar vueltas con ella. Así nadie podría seguir analizando su expresión.

La gente prorrumpió en gritos de celebración, los móviles entonaron un coro de clics digitales y las cámaras de los periodistas giraron a su alrededor, capturándolos desde todos los ángulos: Matt con su esmoquin, Sloane con su vestido de cuentas. El Elegido y su radiante futura esposa.

La cual, al parecer, era como una puta chocolatina de Pascua.

Allí estaba Sloane, deseando que existiese alguna manera socialmente aceptable de secarse el sudor de las axilas para que dejaran de escocerle como condenadas, y al mismo tiempo no era allí donde estaba.

Estaba en la orilla del río: el aire helado le abrasaba los pulmones y ella tenía la mirada clavada en el extremo opuesto del puente, en el Oscuro, momentos antes de su última batalla. Una parte de ella jamás saldría de allí.


Sloane aún no había terminado de ponerse el anillo en el dedo cuando la multitud la engulló para cubrirla de enhorabuenas. Alguien le plantó una copa de champán en la mano mientras ella buscaba a Matt con la mirada, dispuesta a implorarle que la ayudase a escapar, pero Matt estaba hablando con un señor mayor trajeado y bebiendo de otra copa como la de ella. Notaba las mejillas acaloradas. Sonrió a una mujer que le dijo, con lágrimas en los ojos, que formaban una «pareja perfecta» mientras rememoraba uno de los últimos artículos sobre ella, el cual calificaba su relación con Matt como «desconcertante». Estaba colgado en la puerta del frigorífico porque a Matt le había parecido gracioso.

Una gota de sudor se le deslizó por el estómago hasta llegar al ombligo. Escudriñó el gentío en busca de Albie y lo encontró junto a una de las grandes columnas, hablando con una mujer que llevaba puesto un ceñido vestido negro y el cabello recogido con horquillas a un lado. Sloane se disculpó con su interlocutora (que, con los ojos empañados en lágrimas, estaba contándole la historia de su propia petición de mano, ocurrida hacía ya veinte años) y dejó la copa de champán en una de las mesas vacías mientras se dirigía hacia Albie.

Una vez a su lado, lo atrajo hacia sí para susurrarle al oído:

—Necesito largarme de aquí. ¿Me acompañas?

—Pues... —Albie volvió la vista atrás, hacia la gala—. Bueno. Está bien. ¿Qué pasa con Matt?

Sloane lo buscó en medio de la multitud. No costaba encontrarlo. Su sonrisa por sí sola era como una baliza, por no hablar de la purpurina dorada de su pajarita. Una oleada de afecto aplacó el remolino de ansiedad que le rugía en el pecho. Se le daban bien estas cosas. Siempre había sido así.

—Se las apañará —dijo—. Voy a buscar el abrigo. ¿Te sobra un billete de cinco?

Albie empezó a escarbar en uno de sus bolsillos buscando la cartera mientras salían juntos de la sala de baile. El guardarropa era un agujero en la pared comandado por un posadolescente con el pelo engominado que mataba el rato jugando a algo en el móvil. Cuando Albie fue a recoger sus abrigos, Sloane se levantó la falda para desabrocharse la delicada hebilla de los zapatos. Iría más deprisa descalza.

—Nos han pillado —la avisó Albie en voz baja.

Una pareja con sendos trajes de esmoquin blancos a juego salía de la sala de baile con la mirada fija en Sloane, que se llevó impulsivamente las manos al estómago y se encorvó, como si tuviese la tripa revuelta. Albie cogió los abrigos que le tendía el desgarbado encargado del guardarropa, le dio los cinco dólares de propina y apoyó una mano en la espalda de Sloane, como si intentase tranquilizarla.

—Vamos a buscar el aseo —dijo en voz alta mientras se cruzaban con los dos hombres a la altura de las puertas del salón. Los observó de reojo—. No prueben la spanakopita.

Los hombres palidecieron mientras intercambiaban una mirada. Albie y ella cruzaron el restaurante del hotel renqueando, encorvados y apoyándose el uno en los hombros del otro. En cuanto hubieron dejado atrás las miradas indiscretas de la sala de baile, Sloane se rio y tiró de él en dirección a la cocina.

Los dos tenían sus respectivos puntos fuertes: el de Sloane era escapar de cualquier apuro. Siempre estaba buscando alguna salida, incluso cuando no existía ninguna. En las contadas ocasiones en que Matt se había plantado y había decidido que era el momento de librar su heroica última batalla, ella los había salvado del aprieto. Solo así se había sentido como una verdadera Elegida.

Y ahora ese don le servía para evitar conversaciones. No era exactamente el partido que se había imaginado que podría sacarle.

—¡Hola, hola! ¡Como si no estuviéramos, asuntos oficiales del hotel! —exclamó, risueña, cuando llegaron a la cocina.

Se coló por detrás de uno de los chefs, esquivó el calor del fuego de una sartén y pasó bajo el brazo de otro cocinero que estaba abriendo la cámara frigorífica en esos momentos. Albie caminaba tras su estela disculpándose a diestro y siniestro. Sloane empujó la puerta que daba al callejón y aspiró el aire frío; llevaba las tiras de los zapatos colgadas de la punta de los dedos.

—Tía, no me digas que vas a caminar descalza por aquí —dijo Albie mientras le ofrecía el abrigo.

—Bueno, procuraré evitar los cristales rotos —replicó ella mientras se lo ponía.

Llevaba el móvil en el bolsillo. Lo sacó para alumbrar el suelo con la linterna y encontró un caminito por el que avanzar saltando sobre los desperdicios, los charcos y los primeros indicios de escarcha. Dejaron atrás una hilera de contenedores de basura y llegaron a la esquina donde el callejón desembocaba en la calle. Albie la detuvo agarrándola por el codo.

—Vale, hay un antro de mala muerte por aquí cerca —dijo señalando la marca de su mapa en el móvil—. Aunque tendríamos que ir corriendo para que no nos vea nadie.

La sonrisa de Sloane se ensanchó.

—Como en los viejos tiempos, ¿verdad?

—Más o menos, solo falta la amenaza de una muerte inminente —resopló Albie—. Vamos.

Recorrieron juntos la acera y doblaron la esquina en dirección a la ventana que enmarcaba el cartel de neón verde de Fred’s. El local estaba vacío y olía igual que un gimnasio. El manto de cáscaras de cacahuete que cubría el suelo crujió bajo los pies descalzos de Sloane mientras Albie y ella se acercaban a la barra. Su taburete estaba desgarrado por el centro y remendado con cinta aislante para evitar que se escapara el relleno.

—Perfecto —dijo Sloane.

—Whiskey —le pidió Albie al camarero, un tipo mayor cuya expresión denotaba un profundo desinterés. Albie miró a Sloane de reojo—. Dobles, los dos. Old Overholt, si tienes.

El camarero arqueó las cejas y les dio la espalda para servir las bebidas. Sloane se quitó las horquillas del pelo y formó una pulcra hilera con ellas encima de la barra.

—Algo me dice que la petición de mano no ha salido como tú te esperabas —aventuró Albie.

—Si esta noche hubiera salido como yo me esperaba —replicó Sloane—, no habría habido ninguna petición de mano.

—¿Entonces por qué diablos le has dicho que sí?

—Había quinientas cámaras documentando hasta el último segundo de ese momento —dijo Sloane—. ¿Qué querías que hiciera, humillar al puto Elegido entre los Elegidos y partirle el corazón delante de todo el país?

Albie se quedó pensativo.

—Tienes razón.

—En cualquier caso, no es que no quiera casarme con él. —Sloane hizo una pausa y arrugó el entrecejo—. Vale, supongo que no quiero casarme con él, pero no sé por qué.

Dejó escapar un gemido y apoyó la cabeza en la barra.

—Puaj, a ver, o tus pies o tu cabeza tienen que dejar de tocar todas las superficies de este tugurio. —Albie cogió unas servilletas de papel del extremo de la barra y se las lanzó—. Sospecho que podría conocer el motivo por el que no quieres casarte con él.

—¿Ah, sí? —Sloane abrió una de las servilletas y la colocó en el posapié del taburete antes de apoyar la planta de nuevo. El trozo de papel se quedó adherido al instante—. Ilumíname.

—Bueno —dijo Albie mientras arrugaba la nariz—, creo que no te conoce de veras, Slo. Tú no eres «blandita por dentro»...

—Técnicamente, todos lo somos.

—... y me parece perfecto. Pero también ha habido un montón de grandes generales y padres responsables pero emocionalmente distantes que no se pueden calificar de blandos. A algunos, incluso los consideramos héroes.

—Siempre he querido ser un padre emocionalmente distante. —Sloane deslizó una servilleta sobre la barra y dejó caer la frente encima de ella—. Joder, Albie, ¿qué voy a hacer?

—Pues... En realidad ya lo sabes, ¿no?

Sloane suspiró mientras contemplaba el anillo de compromiso que llevaba en la mano izquierda y resplandecía a la luz amarillenta del bar.

El camarero dejó los dos whiskeys delante de ellos. Los cogieron a la vez, los empinaron al unísono y se tragaron la bebida como si estuvieran sincronizados.

—Lo único que quiere es que lo supere ya de una vez, lo sé —dijo Sloane—. Todos pasamos por lo mismo, en su opinión. Así que si él está bien, yo también debería estarlo.

Albie apretó los labios y apuró el whiskey. Le hizo una seña al camarero para pedirle otra ronda.

—¿Crees que tiene razón, que debería... superarlo, sin más?

—Bueno, si averiguas la manera —replicó Albie—, me avisas.

Sloane se tomó el resto del whiskey y clavó la mirada en la colección de botellas de todos los colores que había detrás de la barra.

—Nunca hemos hablado de ello —dijo con voz cavernosa.

Se refería al día que Albie y ella habían pasado cautivos del Oscuro. El único, de todos los días tan aciagos que habían tenido que soportar, que ninguno de ellos mencionaba jamás.

—¿Qué podrías contarle?

—Ya... También me ha sugerido que vaya a terapia.

Albie resopló.

—«Terapia». ¿A nadie se le ocurre otro consejo que darnos?

—¿A ti no te había ayudado?

—Sí... y no. No lo sé. Ojalá la gente dejara de hablar de eso como si fuera la solución universal para todo. —Le temblaban las manos cuando levantó el nuevo vaso de whiskey. La miró—. ¿Por qué solicitaste esos documentos, Sloane? No se me ocurre otra forma mejor de complicar aún más las cosas.

Sloane tardó unos instantes en contestar.

—Siempre me había corroído una duda —habló al fin—. Me preguntaba si habrían encontrado a más Elegidos en potencia, aparte de nosotros. Ya sé que los criterios eran muy específicos, pero solo en este país viven trescientos millones de personas, así que... A lo mejor había alguien más.

—Y eso te preocupa.

Sloane asintió con la cabeza.

—¿Y si —murmuró mientras inclinaba el vaso con la punta de un dedo— lo que nos distinguiera de ellos, lo que nos convirtió en Elegidos, fuera sencillamente que nuestros padres dijeron que sí y los suyos que no?

Recordaba aquella conversación con su madre. El dormitorio en penumbra, las recias cortinas cerradas. La ropa que había pisado al cruzar la habitación, camino de la cama. Y la forma del cuerpo de su madre bajo la manta, acurrucada como los insectos muertos en la lámpara que colgaba sobre la mesa de la cocina. El modo en que todo olía a falta de higiene y licor.

El modo en que le había dicho a Sloane que hiciera lo que le diese la gana.

Albie la miró con expresión apenada.

—Significaría que tuvimos unos padres de mierda —replicó—. Aunque, a decir verdad, eso ya me lo imaginaba.

—No, no fue así para nada. —Sloane no podía parar de reírse—. Bert me llevó aparte y se puso en plan: «Sospecho que no funcionas bien cuando hay gente mirando».

—¡Y después te pidió que fueses la asesina rebelde! —exclamó Albie—. Hazme caso, fue así.

—Qué sabrás tú... ¡Si ni siquiera estabas allí! Además, yo nunca he asesinado a nadie.

—Te aseguro que como Elegida dabas mucho más miedo que yo. Yo era más bien... carne de cañón. ¿Cuáles fueron las palabras de Bert...? «Eres el compañero perfecto con el que superar una tormenta, Albie. Matt tiene suerte de que estés a su lado». Para morir en su lugar y que él pudiera seguir salvando al mundo, quería decir.

Sloane sacudió la cabeza.

—Sabes perfectamente que no era eso lo que quería decir.

Albie se encogió de hombros.

—Cabrones. —Esther se acercó a ellos hecha una furia. Sloane no la había visto llegar. Llevaba puesto un abrigo de pieles de imitación que se esponjaba alrededor de su cara como las gorgueras antiguas. La seguían Ines y Matt, que se sacudió la nieve de los hombros al pasar por la puerta—. La próxima vez que queráis escaquearos, avisadnos antes. Me he tirado como veinte minutos hablando con no sé quién de su viaje a Florencia.

Soltó el bolso encima de la barra, llamó por señas al camarero y pidió un cargamento de gin-tonics.

—Hola —dijo Matt, que apoyó una mano en el hombro de Sloane. Tenía los dedos helados—. Qué forma tan original de celebrar nuestro compromiso.

—Ay, no. Se acabó la diversión —dijo Sloane dirigiéndose a Albie.

—Chis —dijo Albie—. Te va a oír.

—Por favor..., dime cómo te sientes, Sloane. De verdad —le pidió Matt con voz seca.

—Me siento como si hubiera sido mejor no ponerme estas bragas de licra. Siéntate, bebe algo.

—¿Qué haces con los pies envueltos en servilletas? —preguntó Esther.

—Si fuese por Albie —dijo Sloane—, estaría envuelta en servilletas de pies a cabeza. Como una momia. La momia de las servilletas.

No le gustaba el modo en que estaba mirándola Matt. Como si fuese un coche estropeado en el arcén de la carretera y él estuviera mirando bajo el capó para ver dónde estaba el problema. Como si hubiera algo roto dentro de ella y él pudiese arreglarlo. Quizá ese fuera el problema entre ellos, que él no la veía; veía a la persona en la que podría convertirse con un par de retoques, mientras que ella lo único que deseaba era quedarse escacharrada y que la dejaran en paz.

—¿Sabes? —dijo, con una mano en la mejilla—. Me gusta estar como estoy, la verdad.

—¿Cómo, borracha? Sí, a mucha gente le pasa, Slo —replicó Matt.

Aún tenía la mano en el hombro de ella, pero el contacto con su piel ya la había caldeado.

—Borracha no. Como estoy siempre. Soy así entera. Nada de dulce y blandita por dentro. Le puedes preguntar a cualquiera.

Albie asentía con la cabeza.

—Por dentro es más bien como..., como si estuviese rellena de zumo de limón. O de regaliz.

—A lo mejor es que nadie te conoce como yo —dijo Matt con delicadeza.

—Pero es que esta soy yo, te lo estoy explicando yo —dijo Sloane, con una voz de repente más firme—. El Oscuro me sorbió todo el relleno. Lo sé. Todo el mundo lo sabe. Menos tú.

—Sloane...

—Me voy a casa —lo interrumpió ella.

Se quitó las servilletas de los pies y las dejó encima de la barra. Salió tambaleándose, sujetando los zapatos por las tiras. Matt la siguió y paró un taxi. No intentó hablar con ella, ni siquiera protestó cuando Sloane bajó la ventanilla y sacó la cabeza mientras circulaban por Lake Shore Drive. Cuando llegaron a casa, tenía la nariz y las mejillas dormidas.


AGENCIA PARA EL REGISTRO Y LA INVESTIGACIÓN DE LO SUPRANORMAL

MEMORANDO PARA: AUDITORES

A LA ATENCIÓN DE: DIVISIÓN DE FINANZAS

ASUNTO: PROYECTO SOSIAS, SUBPROYECTO 5

Por la autoridad recogida en el memorando del director de Inteligencia Central, con fecha 4 de marzo de 2008, sobre el asunto AR/CO-2 Proyecto Sosias, se aprueba el subproyecto 5, nombre en clave Inmersión Profunda. A fin de cubrir los gastos del subproyecto, se destina una partida de 763 000,00 $ procedentes de los fondos generales del Proyecto Sosias.

Charlotte Krauss

Directora de Investigación de Artefactos

ARIS



Los gases del viejo BMW diésel de Matt, combinados con la resaca, estaban revolviéndole el estómago a Sloane, por lo que apoyó la sien en la ventanilla con la esperanza de que el frescor del cristal la ayudase a aliviar el mareo. Esther se había ido esa mañana temprano. El aeropuerto los pillaba de camino y la habían dejado allí, con la promesa de volar pronto a California para visitarla. Albie estaba en el asiento del copiloto, haciendo las veces de pinchadiscos y guía a la vez, con un teléfono en cada mano. Ines estaba sentada atrás, junto a Sloane, moviendo la rodilla arriba y abajo mientras se daba golpecitos con los dedos en ella.

—Por todos los santos, Ines —dijo Matt—. Eres como uno de esos juguetes que no para quieto cuando les das cuerda.

—Hombre, si no condujeras como si no tuvieses miedo a morir, seguro que estaría más tranquila.

—Bajad la voz, por favor —gruñó Sloane—. Voy a vomitar.

—¿Y qué? ¿Nos lo perderemos si hablamos más alto? —replicó Ines arqueando una ceja.

—Eso. Necesito público.

Ines se rio y le ofreció una bolsa de patatas fritas vacía. Sloane intentó cruzar la mirada con Matt en el espejo retrovisor, pero en ese momento sonó su teléfono.

—¿Eddie? —dijo Matt.

De todas formas, Matt no habría querido mirarla a los ojos: apenas le había dirigido la palabra desde la noche anterior.

Sloane le lanzó una miradita asesina a Ines, pero aceptó la bolsa y se encogió más todavía contra la ventana para no tener que ver la pierna hiperactiva de su compañera de asiento. Se concentró en los árboles que desfilaban tras el cristal. Se encontraban a una hora de Chicago, hacia el norte, donde la ciudad se transformaba en un pacífico crisol de barrios con céspedes perfectos y buzones con forma de graneros, perros o barcos de vela. Se preguntó cómo sería ir al instituto con dinero para el menú en vez de un sándwich de falso queso envuelto en papel, ir en el coche que te habían comprado tus padres para que aprendieras a conducir con él, salir de excursión a la ciudad y contemplar el perfil de los rascacielos recortados contra el firmamento. Todas esas vidas seguían adelante ininterrumpidas, a salvo.

—Te dejo Ed, que estamos llegando a una zona sin cobertura —dijo Matt.

Un segundo después colgó y volvió a dejar el móvil en el portavasos.

Bert la había enseñado a conducir cuando tenía catorce años, en los descampados que había detrás de la casa en la que se había enterado de la existencia del Ser Oscuro. Había estado a punto de volcar el viejo Accord una vez, al derrapar con demasiada brusquedad en el barro. No le había hecho falta presentarse al examen de conducir, como todo el mundo: Bert la había puesto contra una pared blanca, le había hecho una foto y, un buen día, le había entregado su carné como por arte de magia, junto con un pasaporte y una tarjeta promocional de Smoothie Fiend (¡COMPRA 10 Y TE LLEVARÁS UNO GRATIS!) en la que ya había dos sellos.

El recuerdo le arrancó una sonrisa. Aún llevaba ese vale en la cartera.

—Será mejor que te descargues el mapa, Albie —dijo Ines.

—Ya lo he hecho —replicó Albie—. Después de tantos años, ¿te crees que no sé que los GPS no funcionan cerca de los escenarios de las Sangrías?

—En su momento lo sabías —dijo Ines—. Pero has pasado un par de años muy duros...

—«Muy duros» como eufemismo de «muy colocado».

—Y por eso no me fío de tu memoria.

—Me parece bien.

Un escalofrío le recorrió la columna a Sloane cuando Matt tomó un desvío que se alejaba de la carretera principal. Comprobó el móvil: sin cobertura, y eso que todavía no estaban a mil quinientos metros del escenario de la Sangría. Ni siquiera sabían para qué los habían llamado, pero si los agentes Henderson y Cho los convocaban, ellos acudían. Era más fácil controlar las actividades de ARIS cuando la organización los invitaba.

Se hizo el silencio en el interior del vehículo cuando los primeros indicios de la Sangría comenzaron a manifestarse a su alrededor. La gente se había reubicado en lugares como aquel después de la devastación, pero allí los hogares carecían de jardines cuidados y buzones pintorescos. Aquello era un mar de estructuras provisionales destartaladas que nunca se habían reparado de forma adecuada después de que el Oscuro arrasara la zona. La gente subsistía sin agua ni electricidad, en ocasiones incluso con cráteres en los suelos de madera. Matt la había arrastrado hasta allí en cierta ocasión, en una de sus jornadas de voluntariado, y Sloane había tenido que abrirse paso a través de un porche derruido para llegar a la puerta de la casa que era su objetivo.

Los árboles crecían sin ton ni son, con las raíces ocultas bajo matas de hierba tan altas como ella; largos tallos de maleza que se combaban por su propio peso y cubrían también las aceras destrozadas. La carretera misma estaba sembrada de baches, gracias a los duros inviernos del Medio Oeste, por lo que la trayectoria de Matt se volvió aún más errática. Sloane volvió a contemplar la posibilidad de usar la bolsa de patatas.

—Allá vamos —dijo Albie—. La diversión nos espera.

Sloane estiró el cuello para mirar por el parabrisas y a punto estuvo de pegarse un cabezazo contra Ines, que había tenido la misma idea. Frente a ellos, la carretera terminaba de golpe y daba paso a un mar de tiendas de campaña de brillantes colores, como los trajes de una estación de esquí frecuentada por ricachones. Tras ellas, sobre una pequeña colina, se alzaba la estructura gubernamental temporal que rodeaba el centro de la Sangría, una cúpula geodésica blanca del tamaño aproximado de un estadio de fútbol. El teléfono de Sloane recuperó la cobertura y se iluminó.

Aunque siempre había gente acampada en las inmediaciones de los escenarios de las Sangrías, Sloane seguía sin acostumbrarse. Eran todos unos fanáticos, pero se dividían en grupos bien diferenciados: a los practicantes de magia de pacotilla (la mayoría) se sumaban quienes, desesperados por el dolor, buscaban cualquier tipo de restauración espiritual y, los peores de todos, acólitos del Oscuro que aspiraban a traerlo de vuelta.

Matt estaba al teléfono, llamando al agente Henderson para que enviase ayuda, dedujo Sloane, porque conducir a través de la muralla de tiendas que se alzaba ante ellos sería tarea imposible. Detuvo el coche y se quedó esperando a una distancia prudencial de la multitud.

—Agente... Sí, hola, Matt Weekes al habla. Bien, gracias, ¿y usted? Estupendo. Ya hemos llegado, pero hay un pequeño problema... Ah. De acuerdo, gracias. —Colgó—. Nos mandan un carrito de golf.

—Ni loca me zambullo en esa marea de chiflados montada en un carro de golf —dijo Sloane—. ¿No pueden despejar un poco el camino o algo?

—Se ve que ya lo han intentado antes —replicó Matt—, sin éxito. —Eran las primeras palabras que le dirigía aparte del «con permiso» de esa mañana en la cocina—. Así que o vamos a pie, o vamos en carrito.

—Se te olvida la opción secreta número tres —dijo Sloane—, que consiste en dar media vuelta y volver a casa porque HenderCho nunca quiere nada que nosotros estemos dispuestos a darle.

—Slo, no será para tanto —dijo Ines—. Prometido. Hasta te dejaremos sentarte delante, si quieres.

—Muero de júbilo.

—Pero tráete la bolsa de patatas, por si acaso —le sugirió Ines.

Cinco minutos después apareció el carro de golf: uno de los largos, con varias filas de asientos. El conductor era un veinteañero con la sonrisa fácil, el pelo muy rubio y firmeza en sus apretones de manos. Se presentó como Scott, le indicó a Matt dónde dejar el coche aparcado y los invitó a todos a subir al carrito. Sloane tomó el asiento delantero que le habían prometido y se deslizó por el chirriante vinilo beis para que Scott pudiera caber a su lado. Una vez todos estuvieron a bordo, el carro arrancó con un brinco y Scott puso rumbo a las tiendas.

—¿A que está animada la cosa? —dijo Scott, sonriente—. Parece un festival de música, solo que...

—¿La vestimenta deja mucho que desear? —aventuró Sloane, que se agarró a la manija de su derecha para no caerse mientras Scott doblaba de golpe una esquina.

Frente a ellos se materializó un círculo de personas sentadas con las piernas cruzadas, todas ellas cubiertas con atuendos holgados. Rodeaban a una joven tumbada bocarriba, con las manos sobre el corazón. Mientras el carrito conducido por Scott pasaba de largo, Sloane divisó un cristal púrpura en las manos de la mujer, que se lo apoyaba en el esternón. Sloane hizo un gesto de impaciencia. Una sesión de espiritismo, seguramente. Mucha gente creía que la barrera entre el mundo de los vivos y el más allá se debilitaba en sitios como ese, lugares en los que se habían producido tantas muertes, por lo que acudían allí con la esperanza de hablar con los seres queridos que habían perdido.

Justo detrás del corrillo había una tienda de campaña frente a un altar sobre el que se consumía una varilla de incienso en un plato. En otra tienda había un besom, una especie de escoba que se utilizaba en los rituales wiccanos, apoyado en el gigantesco pentagrama pintado en uno de sus laterales. Por todas partes se veían piedras de distintos colores envueltas en cordeles u ordenadas encima de mesitas. El olor a pachulí era mareante.

—Aquí la atmósfera siempre es extraña —comentó Matt—. Como si se avecinase una tormenta que nunca termina de llegar.

—Estarás colocándote por proximidad —dijo Albie—. Dudo que todo eso sea incienso.

—No, me refiero a otra cosa.

—Yo también lo noto —dijo Ines desde la última fila del carrito de golf—. Hace que me dé vueltas la cabeza.

Pasaron junto a un hombre sin camisa que estaba tocando una zampoña. Al verlos, se sobresaltó y dejó caer el instrumento sobre su regazo. Sloane vio que Matt se llevaba un dedo a los labios, pidiéndole que guardara silencio. Siempre hacía lo mismo, para evitar que la gente se volviera loca al descubrir su presencia. Funcionaba la mitad de las veces.

Por mucho que la irritara esa gente (ingenuos que creían que la proximidad a tanto horror y devastación les concedería poderes o convertiría sus deseos en realidad), lo cierto era que Sloane no tenía ningún problema con ella. Y eso se debía a que el tercer tipo de personas que se congregaban en torno a los escenarios de las Sangrías eran mucho peores en comparación: los acólitos del Oscuro.

Entre ellos no había wiccanos bienintencionados, ni druidas modernos con túnicas, ni lectores del tarot, ni astrólogos intentando dilucidar la posición de Mercurio (en movimiento retrógrado en esos momentos). Eran la clase de personas con las que una podía cruzarse en la calle sin prestarles la menor atención, hombres en su mayoría, casi todos blancos, que vestían vaqueros y administraban páginas webs secretas desde las que se defendía que los medios de información habían sido injustos con el Oscuro, que su única intención había sido la de equilibrar la población mundial para que esta no siguiese devorando los recursos de la tierra o la de purificar Norteamérica: consignas racistas disfrazadas de veneración por un muerto. Y lo peor de todo era que querían traerlo de vuelta, como si no fuese a asesinarlos también a ellos si regresaba.

Sloane apretó los dientes al divisar a un grupo que estaba asando salchichas con una barbacoa portátil. La tienda que se alzaba a su espalda lucía un lema que provocó que Sloane se atragantara con su propia bilis: ARREGLEMOS LAS COSAS — QUE VUELVA.

«Arreglemos las cosas» era lo peor de todo. Según ellos, Matt (y también los demás, pero sobre todo Matt) era el mal que había que rectificar, el auténtico problema que el regreso del Oscuro erradicaría, arrojándolos así a una perversa utopía supremacista.

Estaban dejándolos atrás cuando uno de los adoradores del Oscuro los reconoció, apuntó en su dirección con el perrito caliente que tenía en la mano y gritó:

—¡Asesinos!

—Genial —exclamó Matt por encima del hombro izquierdo de Sloane—. Scott, ¿esto no puede ir más deprisa?

—Me temo que no —contestó el muchacho—. Esta es su velocidad punta. Pero ya casi hemos llegado, no os preocupéis.

Sloane notaba el latido de su corazón detrás de los ojos. Uno de los hombres estaba acercándose a ellos, salchicha en ristre, con los dedos pringados de kétchup, y debía de estar gritándoles algo, aunque no podría jurarlo porque le pitaban los oídos.

«Hola, Sloane. ¿Has dormido algo?».

—¿Qué me acabas de decir? —le gritó al tipo del perrito caliente.

—¡Ya me has oído! —rugió el hombre—. Perra asquero...

—Slo. —Ines le había puesto las manos en los hombros—. No saltes del carrito, por favor.

—Esos... putos...

—Sí, ya lo sé —dijo Ines—. Pero todo el mundo tiene un smartphone y te puede grabar en vídeo machacando a un cretino gordinflón con complejo de inferioridad, así que...

—¡Ya hemos llegado! —anunció jovialmente Scott, como si no hubiera pasado nada—. Dejad que os cacheen los de seguridad y os llevo con el agente Cho.

A veces Sloane se preguntaba si merecía la pena salvar el mundo.


Había algo allí.

Sloane lo presintió en cuanto cruzó las puertas.

Estar dentro de la cúpula geodésica que albergaba Restauración e Investigación de Calamidades (RIC), la corporación que le servía a ARIS como fachada de cara al público, era como estar dentro de una gigantesca pelota de golf. El tejado de la estructura, blanca y gigantesca, se componía de pequeños paneles triangulares que formaban una curva. Las luces fluorescentes que brillaban entre ellos conseguían que el lugar refulgiera como un adorno de Halloween, confiriéndole un tono verdoso a la piel de sus ocupantes. El atuendo de las personas que deambulaban apresuradamente por su interior se dividía entre el uniforme estándar del Gobierno (trajes negros o grises con corbatas insulsas y el pelo engominado) y trajes anticontaminación blancos con la capucha bajada.

El agente Henderson estaba esperándolos junto a la entrada, consultando su voluminoso reloj. Sujetaba contra el pecho una carpeta de cuero. Cuando Sloane lo había conocido, justo después de la muerte de Bert, era un adonis de manual (alto, musculoso y rebosante de energía), pero desde la caída del Oscuro había empezado a echar barriguita. Ahora su barba, entre castaña y rojiza, estaba entreverada de gris. Estaba casado y tenía dos hijos, una hipoteca y un plan de jubilación.

—Hola, chicos —los saludó con una sonrisa desprovista de humor.

Sloane entornó los párpados para observarlo con más detenimiento. Algo iba... mal. O quizá fueran imaginaciones suyas, fruto de la desazón que sentía en el pecho.

Había algo allí, sin embargo. En la Cúpula. Todavía podía notarlo.

—¿Qué tal el carrito de golf?

—El trasto ese tiene un motor impresionante —contestó Albie.

—Y tanto, ¿a cuánto llega, a los 500 newtons por metro? —espetó Ines—. ¡Y menudas revoluciones!

—Se me había olvidado que hacéis muy buena pareja cómica —dijo Henderson agitando un dedo en dirección a Albie e Ines—. ¿No habéis visto nada raro por el camino?

—Nos hemos cruzado con una sesión de espiritismo —replicó Matt—, aunque me imagino que eso es algo habitual por estos lares. ¿Ha conseguido alguien hablar con los muertos?

—En teoría —dijo Henderson, y se encogió de hombros—. Estoy casi seguro de que se trata de un bulo, pero yo ya no descarto nada de antemano. ¿Te encuentras bien, Sloane? Tienes mala cara.

Magia, eso era. Tenía que serlo. Notaba ese cosquilleo tan característico en el pecho, justo debajo del esternón. Sin embargo, nunca había detectado la presencia de magia en el escenario de una Sangría. Más bien solía ocurrir lo contrario, era una especie de languidez lo que flotaba en el aire, como si hubiese algo marchito en los alrededores.

—Gracias —se oyó decirle a Henderson—. Justo lo que todo el mundo quería escuchar.

Se despidieron de Scott, que agitó jovialmente la mano antes de volver a su carro de golf, y Henderson los guio por el mullido suelo provisional (de color gris) hasta un pasillo igualmente gris cuyas paredes, también provisionales, se elevaban opresivas a los costados. No había despachos, tan solo unas cuantas mesas alargadas cubiertas de monitores y cables enredados.

Si el escenario de la Sangría fuese la rueda de una bicicleta, ellos habrían empezado a recorrer su circunferencia y, tras desviarse por uno de los radios, ahora estarían acercándose al eje.

Al aproximarse, Sloane vio que el corazón del escenario estaba rodeado por paneles de vidrio que se extendían desde el suelo hasta el techo. Varios conjuntos de focos apuntaban sus haces de luz blanca hacia el interior. Era evidente que ARIS sentía un interés especial por examinar muy de cerca lo que quedaba de la Sangría.

Pero ese no era el origen de la magia que percibía Sloane. El cosquilleo había empezado a propagarse desde el pecho al abdomen. Intentó concentrarse en la sala de reuniones a la que los había conducido Henderson, donde los esperaba su socia, Eileen Cho, dándole vueltas a un portátil cerrado sobre la mesa. La pared de la derecha estaba compuesta de ventanas, con vistas al escenario de la Sangría, donde decenas de operarios con los típicos trajes anticontaminación de color blanco caminaban por el borde gesticulando y tomando muestras con instrumentos metálicos.

La Sangría había practicado un cráter en el suelo, tan profundo que algunos de los empleados parecían niños desde su atalaya. La primera vez que había visto el escenario de una Sangría, Sloane esperaba encontrar una sustancia uniforme, como la superficie de la luna. Pero todavía quedaban restos de lo que alguna vez hubo allí: tablas rotas, ladrillos destrozados, restos de asfalto, jirones de tela... El recordatorio de que ese lugar había sido una calle residencial. Allí había vivido gente. Y había muerto.

—... celebraciones de los Diez Años de Paz —estaba diciendo Cho—. Ojalá Bert pudiera estar aquí para verlo.

Ines y Matt asentían con la cabeza, pero Sloane solo podía pensar en el montón de documentos que guardaba en el cajón inferior de su escritorio, los que había empezado a leer todas las mañanas antes de que se levantase Matt. El Bert que aparecía en esos documentos no era el mismo que ella recordaba. El Bert que ella recordaba jamás la habría llamado «chucho».

—¿Va todo bien, Sloane? —preguntó Cho.

Se había recogido el pelo en un moño descuidado sobre la nuca y llevaba los botones torcidos. Siempre daba la impresión de haberse vestido a oscuras. En parte por eso era tan buena en su trabajo: se mostraba torpe y afable, y a uno le daba la impresión de que se podía confiar en ella. Bert había hecho gala de las mismas cualidades cuando apareció frente al césped de Sloane en su Honda decrépito.

Sloane había empezado a presionar las puntas entumecidas de los dedos contra el pulgar, por turnos, en un intento de que la presión consiguiera devolverles la sensibilidad.

—¿Qué pasa aquí? —inquirió por toda respuesta.

—Veo que tus dotes para la conversación están mejorando —dijo Henderson—. Sentaos.

Cuando todos hubieron ocupado sus sillas, Henderson apuntó con un control remoto a la pared de ventanas. Todas se encendieron y se convirtieron en un fondo de escritorio sobre el que parpadeaba un cursor blanco. Cho abrió el portátil e hizo clic en un archivo de vídeo etiquetado como 1ICI45G. Todos se quedaron mirando la ruedecita mientras se cargaba el archivo; Sloane siempre se asombraba de lo cutre que era la tecnología del Gobierno, y habría hecho algún comentario al respecto si no hubiese estado tan concentrada en el cosquilleo que sentía en los dedos. Transcurridos unos instantes, las imágenes comenzaron a reproducirse en las cinco ventanas a la vez.

—Este vídeo se grabó desde un barco de pesca al oeste de Guam, en el Pacífico —les informó Henderson—. Hace cinco días.

Las exageradas dimensiones de las pantallas impedían que las imágenes fueran lo bastante nítidas, pero sí lo suficiente para que Sloane distinguiese las olas que se extendían en todas direcciones, los grandes nubarrones que amenazaban con descargar lluvia de un momento a otro y el vaivén de la embarcación con cada embestida del agua. Era casi como la última vez que había estado en el océano..., pero no le apetecía pensar ahora en eso.

De súbito, el mar se volvió tan liso como un estanque y el barco se quedó inmóvil. Sloane vio una sombra que se movía justo bajo la superficie del agua, perturbaba la tranquilidad y se elevaba por los aires. La siguió otra, y otra más, demasiado rápidas como para que pudiera identificar los objetos, tan grandes como una persona. No, más grandes. El ángulo de la cámara achataba la perspectiva. Fueran lo que fuesen aquellas cosas, se quedaron flotando sobre las aguas, que empezaron a moverse otra vez. La embarcación oscilaba como un patito de goma en una bañera.

La cámara enfocó más de cerca los objetos, y Sloane vio que eran árboles. No unos árboles cualquiera, sino pinos con las oscuras agujas cargadas de agua. Debía de haber treinta aproximadamente, todos ellos en suspensión a distintas alturas, como los tubos de un carillón.

—Qué —dijo Ines— cojones...

—Eso mismo dije yo —replicó Henderson—. ¿Te importaría abrir el segundo, Cho?

Cho cerró el primer archivo e hizo clic en el segundo, etiquetado 2ICI45G.

—Australia —dijo Cho para presentar el nuevo vídeo.

La grabación mostraba una playa pedregosa en el momento en que el sol empezaba a ponerse sobre las aguas. Un resplandor anaranjado envolvía todo el terreno de los alrededores, incluso la hierba seca que crecía en las pendientes.

—¿Estás segura? —sonó una voz masculina detrás de la cámara.

—¡Sí! —fue la respuesta, atiplada.

La cámara giró hacia un lado y se concentró en un peñasco enorme, tan alto como una casa. A su alrededor se agolpaban otros más pequeños, como si parte de la pendiente se hubiera desmoronado en algún punto de la historia y los restos de la avalancha aún perdurasen allí. Se distinguían siluetas estilizadas sobre las rocas, así como botellas de cerveza en precario equilibrio a sus pies. Sloane distinguió los nudos de los biquinis, los dobladillos deshilachados de los pantalones cortos vaqueros, la visera de una gorra de béisbol.

La cámara enfocó de cerca a una muchacha no mayor de dieciséis años, con la parte superior del biquini a rayas rojas y blancas y el estómago bronceado. El pelo, jaspeado por el sol, le caía suelto sobre los hombros. Se había girado hacia la cámara y estaba saludando con la mano.

—Si no funciona esta vez, tampoco pasa nada. Me caeré al agua —dijo, y se encogió de hombros—. ¿Estás grabando?

—¡Sí! —respondió el hombre de la cámara—. ¡Adelante!

—¡Vale, atento!

El sol llameaba detrás de la chica mientras esta levantaba un pie, extendía los brazos flacuchos a los costados y daba un paso en el aire junto al peñasco, sobre las aguas. Después levantó el otro pie y se quedó apoyada en el vacío. Sloane podía ver la claridad del cielo bajo sus talones. No estaba sosteniéndose en nada y, sin embargo, no se caía.

Un coro de voces entonó gritos de asombro, se alzaron puños en el aire, tintinearon las botellas. La cámara tembló cuando el hombre que la manejaba gritó algo ininteligible.

—¡Voy a dar otro paso! —replicó la muchacha, y antes de que nadie pudiese oponer alguna objeción, lo hizo, inclinándose hacia el vacío, aparentemente hacia el firmamento...

Su cuerpo se inclinó, no hacia delante, sino de costado, al perder repentinamente el punto de apoyo en los pies. La chica gritó mientras el pelo se precipitaba hacia el agua como una cortina descolorida por el sol. Caía, pero no hacia el océano, sino hacia arriba, hacia las nubes, agitando los brazos mientras sus alaridos resonaban entre las rocas. La cámara la siguió a medida que se iba volviendo cada vez más pequeña, una diminuta silueta negra recortada contra las nubes. Instantes después se perdió de vista. El hombre de la cámara gritaba:

—¡Barbara! ¡Barbara!

La grabación terminó y la pantalla volvió a quedarse en azul. Esta vez, todos estaban callados.

—El tercero, Cho, por favor —dijo Henderson.

El archivo se llamaba 3ICI45G y las imágenes se habían grabado bajo el agua: azuladas, nebulosas y oníricas, con la superficie ondulante a causa de la luz. Sloane pensó de nuevo en la Inmersión, su último viaje al océano, y recordó el olor a algas y salitre que flotaba en el aire. Experimentó ese cosquilleo otra vez, aunque ya no solo en la punta de los dedos, sino hasta los codos, como si se le hubiesen quedado dormidos los brazos. Los sacudió mientras un buzo entraba en el ángulo de visión de la cámara, con los ojos ocultos tras su visor reflectante. La figura apuntó hacia abajo con un dedo, y la cámara enfocó en esa dirección.

Sloane vio lo que daba la impresión de ser un macizo de algas que se extendía por el lecho marino. La persona que sujetaba la cámara se acercó nadando, con movimientos fluidos. Las olas refractaban los rayos de luz que traspasaban la superficie e iluminaban las frondosas hileras, cuyas largas hojas ahusadas se mecían al compás de las aguas. El buzo siguió aproximándose, y Sloane distinguió una estructura metálica de gran tamaño sostenida por ruedas, con una barra que se alejaba arqueándose levemente.

Sabía lo que era. Se trataba de un pivote de irrigación, como los que se utilizaban en los cultivos de las afueras de su ciudad natal.

Sloane se inclinó hacia delante, hacia las ventanas que servían de pantalla de proyección, al comprender que las ordenadas filas de plantas que había en el lecho marino no eran algas, sino tallos de maíz. La sombra de un tractor se insinuaba a lo lejos. El buzo nadó por encima de las mazorcas, enfocando los tallos intactos entre las hojas, y después bajo el arco metálico del sistema de irrigación, donde el tractor podía verse con total claridad. Al igual que el hombre que todavía estaba sentado en él, con las piernas atrapadas bajo el volante y los brazos flotando en dirección a la superficie.

Cho paró el vídeo, dejando la imagen congelada en la pantalla durante unos segundos antes de cerrar el archivo.

—Eso era en Hawái, hace tres semanas —dijo—. No hemos conseguido identificar al hombre, pero la chica del segundo vídeo, Barbara Devore... Hace un mes que desapareció.

—Tiene que tratarse de magia —dijo Matt—. ¿Verdad? No puede ser otra cosa.

—Sin duda entra dentro de la categoría de lo supranormal —dijo Henderson—. Hemos investigado exhaustivamente cada uno de estos incidentes, así como cientos más que se han producido en la última década. Al menos en estos tres casos, se ha podido confirmar su autenticidad.

—Siempre hay ocurrencias supranormales aquí y allá —dijo Cho—, pero cada vez están menos espaciadas entre sí. Y están volviéndose cada vez más numerosas.

—¿Creéis...? —Albie tragó saliva con tanta fuerza que Sloane pudo ver cómo pugnaba su nuez por empujarla hacia abajo—. ¿Creéis que el Oscuro ha vuelto o algo por el estilo? ¿Por eso nos habéis convocado?

Sloane notó un ardor en el pecho, aunque no habría sabido decir si se trataba de lo mismo que le provocaba el hormigueo en los brazos o si era, simple y llanamente, terror. No podía quedarse sentada. Se levantó y se colocó detrás de la silla.

—¿Qué ocurre? —preguntó Cho.

—¿Es que ya no puede una ni pasearse de un lado a otro sin que la interroguen? —replicó Sloane.

Henderson soltó una risita y dijo:

—No, no creemos que sea el Oscuro. No se han encontrado indicios de su regreso. No hay actores presentes en ninguno de estos incidentes, ¿lo veis? Nadie está haciendo magia..., pero la magia se produce de todas formas. Nuestra teoría... Bueno, la teoría más extendida dentro de ARIS, al menos, es que esto se parece más bien a una radio estropeada. Asusta cuando empieza a sonar música sin que nadie la haya tocado, pero eso no significa que haya algo siniestro detrás.

—¿Insinúas que nuestro planeta es una radio estropeada —preguntó Matt— y eso no debería ser motivo de alarma?

—Motivo de alarma para nosotros, sí, evidentemente —dijo Cho—. Pero la opción de que la magia de la tierra se haya vuelto loca..., o como queráis explicar esto..., me parece mil veces preferible al Oscuro.

Sloane había empezado a acercarse, sin proponérselo, a la puerta de doble hoja del otro lado de la habitación. Tenía el cuerpo ardiendo, y al aproximarse percibió un olor sulfuroso, químico y familiar. Así le olían las manos después de hacer magia.

Con el artefacto.

La Aguja de Koschei.

Cuando había acudido al centro del océano Pacífico, acompañada por un equipo de agentes de ARIS, ignoraba cuánto iba a costarle la Aguja. Al final estaba tan desesperada por deshacerse de ella que se la había arrancado de la mano a mordiscos.

Los demás se habían quedado callados. O quizá el pulso que le martilleaba en los oídos había amortiguado sus voces. Sin molestarse en probar las manijas de las puertas, apoyó una palma en cada hoja y se llenó los pulmones de aire, despacio.

Percibió la presencia de Matt a su espalda. No le hacía falta mirar para saber que se trataba de él; conocía su forma, su calor. Lo cerca de ella que se atrevía a ponerse, hasta tocarse casi sus brazos. Y no porque estuvieran saliendo (no, prometidos, se recordó), sino porque Matt era así: no le daba miedo acercarse a nadie.

—¿Qué pasa?

—¿No lo notas?

—El ambiente es raro, pero no más de lo habitual para tratarse del escenario de una Sangría —dijo Matt—. ¿Por qué? ¿Qué percibes?

Sloane contempló fijamente la cicatriz que tenía en el dorso de la mano derecha. Una telaraña de tejido rugoso, más pálido que el resto de su piel.

—Lleva inquietándome desde que llegamos. Han hecho algo nuevo. Y está detrás de estas puertas. En alguna parte.

—Vale —dijo Matt, y le tocó el hombro—. Vale, ¿qué te parece si nos sentamos y se lo preguntamos?

Sloane asintió con la cabeza. En el fondo, sabía que se sentiría avergonzada más tarde. Pero, por ahora, dejó que Matt la cogiera de la mano y la condujese de regreso a la mesa. Henderson, Cho, Albie e Ines seguían allí, desconcertados en sus asientos.

—Bueno, supongo que esto nos da pie para pasar al siguiente punto —dijo Henderson, rascándose la barba—. Veamos... Puesto que la frecuencia de estos incidentes se ha incrementado, nosotros hemos acelerado el desarrollo de algunos programas en los que ya estábamos trabajando. Nos parece importante entender qué es exactamente la magia y cómo emplearla, así que hemos fabricado una máquina que creemos que puede canalizarla. Es alentador que hayas reaccionado de esa manera, Sloane.

—¿No la habéis probado? —preguntó Ines.

—Todavía no —dijo Cho—. Esperábamos que quisierais ayudarnos. Al fin y al cabo sois los únicos, que nosotros sepamos, que habéis hecho magia alguna vez. Eso debería reducir las probabilidades de provocar una catástrofe.

Sloane notó en la boca un sabor a cobre. Deseó haberse traído la bolsa de patatas vacía.

—¿Y qué habéis diseñado, una varita? —dijo Ines—. ¿O es más bien como un orbe? ¿Un martillo gigante, tal vez? Por favor, que sea un martillo gigante.

—No —dijo Sloane.

—Ya, tienes razón. Tratándose del Gobierno, seguro que se trata de una caja aburrida.

—No —repitió Sloane—. No vamos a ayudaros a probar vuestra puta arma.

—Slo —dijo Matt—. Que utilice la magia no significa que se trate de un arma.

Cho se sentó en la silla que había enfrente de Sloane y juntó las manos sobre la mesa. Tenía los dedos encallecidos y abultados a la altura de los nudillos. Sloane la había oído decir en cierta ocasión que le gustaba la escalada.

—Para averiguar cómo arreglar lo que sea que está estropeado —dijo Cho—, necesitamos comprender cómo funciona y cómo se usa la magia. Así que hemos fabricado una herramienta, eso es todo.

—¿Esperas que me crea que habéis creado esa cosa para evitar que las chicas adolescentes se caigan hacia las nubes? —Sloane frunció el ceño—. Ya habíais empezado a desarrollarla antes de descubrir que algo iba mal, tú misma lo has dicho.

—Somos una rama del Gobierno que se ocupa de los avances científicos...

—He estudiado historia —la interrumpió Sloane, que tragó saliva en un intento por diluir el sabor a sangre que notaba en la boca—. Y sé qué es lo que motiva al Gobierno para invertir en investigación. Si tenemos cohetes capaces de llegar a la luna es porque estabais intentando borrar del mapa a los soviéticos. Esto no es más que otra carrera espacial.

—Aunque se tratase de un arma —dijo Henderson—, ¿preferirías que la desarrollasen primero los rusos o los chinos, Sloane? ¿Te crees que ellos no están esforzándose también por ser los primeros en controlar la magia?

—Lo que preferiría es que todos los Gobiernos dejasen de jugar a ver quién puede destruir antes a los demás —le espetó Sloane.

El pitido que notaba en los oídos le indicaba que estaba a punto de sufrir un ataque de pánico.

—Ya, en fin, y a mí me gustaría abrir una heladería —replicó Henderson—. Pero todos debemos amoldarnos a la realidad.

—La magia se ha cobrado innumerables vidas—dijo Matt—. Aquí mismo, de hecho, en este lugar. Ha ocurrido justo delante de nuestras narices. Y ¿queréis que seamos cómplices de algo que podría provocar aún más muertes? —Sonaba como si se le hubiese formado un nudo en la garganta. Hacía mucho que Sloane no lo oía hablar así—. ¿Después de todo lo que hemos visto, después de todo lo que hemos hecho?

Y eso que él no tenía ni idea, pensó Sloane. No sabía absolutamente nada de lo que ella había hecho, y así seguirían las cosas.

A su lado, Albie tenía la mirada fija en las manos, aferradas al canto de la mesa. Aquellos dedos habían sido tan ágiles que podían doblar las piezas de origami más intrincadas que Sloane había visto en su vida. Una vez había intentado enseñarle a hacer una grulla, sesión que se había saldado con un montón de bolas de papel arrugado. Pero el daño sufrido durante el tiempo que el Oscuro los mantuvo cautivos le había arrebatado la sensibilidad de las yemas, por lo que había tenido que renunciar a su afición. Ahora esas manos estaban temblando.

—Albie.

No la miró.

—¿No es...? —Albie carraspeó. Era más bajo que la media, con el pelo rubio, ralo y encrespado, y una postura encorvada a causa de los daños permanentes sufridos en la columna. No era el Elegido de nadie, ni lo había sido, ni lo sería jamás—. ¿No es importante saber controlarla? Para que no pueda volver a usarse contra nosotros.

—Albie —dijo Matt—. No hablarás en serio.

—No pongas esa voz de héroe conmigo —replicó Albie, en cuya propia voz se detectaba un temblor—. Nadie ha usado nunca la magia contra ti..., ¡contra ninguno de vosotros...!, como el Oscuro la usó contra mí. Me da igual que sea un instrumento, un arma o un puñetero muñeco de peluche, no pienso quedarme de brazos cruzados y dejar que el resto del mundo aprenda a utilizarla sin que nosotros sepamos usarla también. Destrucción mutua garantizada.

Sloane buscó algo que decir, pero no encontró las palabras. Albie tenía razón. El Oscuro también la había secuestrado a ella, pero no le había hecho lo mismo que a él, no se había cebado con su cuerpo ni la había dejado sin sensibilidad en las manos y sin posibilidad de volver a sumarse al combate.

Era otra cosa lo que había hecho con ella. La había dañado sin tocarla siquiera.

—Si los ayudas y muere alguien —dijo por fin, con la garganta dolorida—, tendrás que cargar siempre con ese peso sobre tu conciencia.

—¿Y si no los ayudo y muere alguien de todas maneras? —replicó Albie, mirándola a los ojos—. Cargaremos con ese peso ocurra lo que ocurra. Siempre lo hemos hecho.


AGENCIA PARA EL REGISTRO Y LA INVESTIGACIÓN DE LO SUPRANORMAL

MEMORANDO PARA: ROBERT ROBERTSON AGENTE, AGENCIA PARA EL REGISTRO Y LA INVESTIGACIÓN DE LO SUPRANORMAL (ARIS)

ASUNTO: PROYECTO SOSIAS, SUJETO 2, RESULTADOS DE LA INMERSIÓN PROFUNDA

Estimado agente Robertson:

Encontrará adjunto el documento del que habíamos hablado. Sloane y yo hemos redactado las líneas siguientes en el transcurso de una de nuestras sesiones, integrada dentro del ciclo de terapia cognitiva-conductual a la que se está sometiendo para superar su trastorno de estrés postraumático. En este ejercicio práctico de terapia de exposición necesitábamos provocar un ataque de pánico en Sloane, con el objetivo de que se habitúe a las emociones asociadas con ellos. La consiguiente exposición es todo lo detallada que Sloane ha conseguido recrear, a fin de obtener el estímulo más eficaz para simular una reproducción del suceso, al que nos referiremos como «la Inmersión».

Debo recordarle que esto es confidencial y que proporcionárselo representa una violación de la Ley de Portabilidad y Responsabilidad de Seguros Médicos. Dada la gravedad de la situación, sin embargo, estoy de acuerdo en que se debe hacer una excepción.

Muchas gracias, y que pase una buena semana.

Saludos cordiales,

Dra. Maurene Thomas

Estoy en el barco de ARIS. Es temprano y hace frío. Veo el reflejo del sol en el agua. Al tirar del cordón de la cremallera del traje de buzo, la tela se contrae a los costados, oprimiéndome la columna. La boquilla sabe a productos químicos. Noto la nariz tapada mientras intento respirar solo por la boca.

Estoy rodeada por agentes de ARIS, todos ellos idénticos, al principio, con sus trajes de neopreno. Al fijarme mejor, sin embargo, veo las amplias caderas de Maggie, o las piernas largas y musculosas de Marie, o los pelos del bigote de Dan. Las gafas les ocultan los ojos, por suerte, puesto que no han dejado de observarme con escepticismo desde que nos presentaron.

Y con razón. Solo tengo quince años. Me saqué la licencia de buceo deprisa y corriendo después de que Bert me informase sobre la misión. Solo he practicado un puñado de veces.

Pero soy una Elegida, lo que significa que tienen que seguir mis instrucciones. Así que, aunque esté tiritando de frío, cegada por el sol y tan asustada que me dan ganas de vomitar directamente en el mar, me siento en la borda de la embarcación y me dejo caer en el agua.

Me asalta una oleada de frío. Procuro quedarme quieta. Respirar profundamente con el regulador. Exhalar por completo antes de cada inhalación para no hiperventilar. Noto por todo el cuerpo una sensación cosquilleante y ardiente. No se trata del escozor del agua salada en torno a los ojos; es más bien como empezar a recuperar la sensibilidad en una pierna que se había quedado dormida. Mientras nos dirigíamos aquí les pregunté a los agentes de ARIS si ellos también lo notaban. Me dijeron que no. Es cosa mía. «¿Se lo estará inventando?», presiento que se preguntan, como empiezo a preguntármelo yo.

Los demás ya están en el agua. Alguien me lanza el cabo que me mantendrá unida al barco y lo engancha a mi cinturón. Le doy un tirón para comprobar que esté bien sujeto. Todos los agentes de ARIS esperan que empiece a moverme. Parecen extraterrestres con sus máscaras de espejo, polarizadas para ver mejor bajo el agua. La Inmersión es demasiado profunda para una principiante como yo, pero nadie puede hacer nada al respecto. Tengo que ir.

Pienso en aquel poema de Millay mientras pataleo con las aletas. «Abajo, abajo, abajo, a la oscuridad de la tumba». Llevo una linterna en la mano, apoyada contra el costado. Me alejo nadando del barco, mirando de vez en cuando hacia atrás para cerciorarme de que los demás me siguen.

Frente a mí solo hay un azul neblinoso. Burbujas y partículas de arena. Ocasionales trozos de algas que flotan a la deriva. Una forma más oscura se materializa gradualmente delante de mí, y la reconozco.

No me esperaba que el barco se hubiera mimetizado tan bien con el fondo del océano. Lo recubre una fina capa de arena, del mismo color azul apagado que el resto del lecho marino. Podría confundirse con una franja de coral muerto, de no ser por los pronunciados ángulos de las antenas de radar y el palo mayor, con su escalerilla acoplada; los peldaños todavía se ven blancos cuando apunto la linterna en su dirección.

Conozco este barco, el Sakhalin. Me documenté sobre él justo después de la sesión informativa, hace meses. Un barco espía soviético, clase Primor’ye, construido en algún momento entre 1969 y 1971. Los barcos pertenecientes a la clase Primor’ye eran grandes navíos pesqueros reconvertidos, equipados para reunir inteligencia electrónica y transmitirla a la orilla. No estaban diseñados para el combate, por lo general, pero el Sakhalin era un caso especial. Al aproximarme apunto con el haz de la linterna hacia atrás, a las inconfundibles siluetas de los sistemas de armas, uno de ellos envuelto en algas ahora.

El cosquilleo lo noto ahora en el pecho, justo debajo del esternón. Como un ardor de estómago. Continúo acercándome y la sensación se traslada al vientre, al centro exacto de mi cuerpo. Sigo nadando, buscando el origen de la energía. No tengo elección. No me refiero a que ARIS me obligue, sino a que esta sensación casi dolorosa —sea lo que sea— no me permitirá dar marcha atrás.

Alguien tira del cabo al que estoy unida, señal de que debería parar. No lo hago. Nado por encima del cañón de cubierta y sorteo la mole de la superestructura de popa. Experimento una punzada de terror al pasar sobre la boca de la chimenea, como si estuviera a punto de ser absorbida por la oscuridad y terminar descuartizada. Pero no puedo dejar de nadar.

Llego al mástil de popa y sé que estoy en el lugar indicado. El ardor del pecho se transforma en un martilleo. Al pie del mástil de popa hay una puerta con la cerradura atascada. Sin pensar, estrello la base de la linterna contra ella una, dos, hasta tres veces. Deteriorada por el paso del tiempo y la exposición al agua, se rompe.

La puerta se abre y dirijo el rayo de luz hacia ella. Dentro del mástil hay un baúl diminuto, del tamaño de una tostadora, con una recargada decoración mezcla de laqueado y pan de oro cuyas flores y hojas me hacen pensar en babushkas y muñecas matryoshka. Sé que debería regresar a la superficie con él, dejar que los agentes de ARIS lo inspeccionen con sus instrumentos para comprobar que sea seguro. Pero, si lo hago, formarán un perímetro a su alrededor... y yo necesito mirarlo, tenerlo en mis manos, notar en mi interior los latidos de su corazón.

Así que lo abro.

En su interior, sobre un lecho de terciopelo negro, encuentro una aguja plateada aproximadamente tan larga como la palma de mi mano.

La Aguja de Koschei.

Me leí un montón de leyendas populares mientras me preparaba para la misión. Según ellas, Koschei era un hombre que no podía morir. Tras extraer el alma de su cuerpo, la ocultó dentro de una aguja y esta dentro de un huevo, el huevo dentro de un pato, el pato dentro de una liebre y la liebre dentro de un baúl. Solo rompiendo la aguja podría alguien quitarle la vida.

Tiemblo al tocarla. Creo que ella tiembla también.

Y entonces... un dolor espantoso, un fogonazo blanco. El cosquilleo de la sensibilidad recuperada se ha desvanecido; en su lugar, me envuelven las llamas. La piel abrasada se me desprende de los músculos; los músculos derretidos, del hueso; y los huesos, calcinados, quedan reducidos a cenizas. Esa es la sensación que me asalta. La boquilla del regulador ahoga mis gritos antes de alejarse flotando de mi cara y franquear el paso a las aguas. Me atraganto y pataleo, pugnando por asirme al cabo que me une a la embarcación, pero las manos se niegan a obedecerme.

Y a continuación, un alfilerazo tan intenso que me reverbera por todo el cuerpo, como el repicar de las campanadas de un reloj a medianoche. Es como querer tanto algo que estarías dispuesta a morir por ello, más que cualquier posible ansia, anhelo o deseo. Estoy vacía..., más que eso, soy un agujero negro, tan absolutamente compuesta de nada que atraigo todo cuanto es algo hacia mí.

A mi alrededor el agua se revuelve y se arremolina, formando unas burbujas tan grandes que me impiden ver nada. Del barco se desprenden fragmentos que confluyen en el ciclón acuático. Unas formas negras pasan rodando frente a mis ojos: los agentes de ARIS, con sus trajes de buzo. Me atraganto con el agua al gritar y siento como si estuviera absorbiendo algo dentro de mí, como si estuviese tomando aire.

Cuando abro los ojos de nuevo, el cielo se extiende ante mí, surcado de nubes. Al inclinarme hacia delante, un torrente helado se me cuela por la espalda y entra en el traje de neopreno. Las aguas que me rodean no son azules, sino rojas. De un rojo oscuro. Siento un dolor insoportable en la mano. La levanto para inspeccionarla. Tengo algo rígido y recto enterrado bajo la piel, como una astilla, justo al lado de uno de los tendones. Lo palpo. Es la Aguja de Koschei.

Algo aflora a la superficie, junto a mí. Al principio lo tomo por un trozo de plástico, pero al cogerlo noto que es blando y resbaladizo. Lo suelto con un chillido al ver que se trata de piel. Estoy rodeada de jirones de piel, músculo, huesos y vísceras.

No hay supervivientes. Me he quedado sola.



Dejaron a Albie con Cho para que probase el artefacto. La agente le había prometido llevarlo personalmente a casa cuando terminaran.

Sloane no tenía dudas de que funcionaba; de lo contrario, no habría sentido su presencia con tanta fuerza. Cada uno de ellos se relacionaba con la magia de una forma distinta, y la suya se componía de deseo, búsqueda y comprensión. «Conocía» el artefacto, igual que este a ella.

Albie siempre había sido más directo en su utilización de la magia. Albie con las Freikugeln, las legendarias balas alemanas que siempre daban en el blanco, solo había sido un hombre con una herramienta, como un martillo o un serrucho. Su artefacto no estaba enterrado bajo la piel, no se había convertido en parte de su ser, como le había ocurrido a ella con la Aguja de Koschei. Se limitaba a sostener las balas en la palma de la mano, y aunque nunca hacían lo que se suponía que iban a hacer (ninguno de los artefactos que habían encontrado estaba a la altura de las leyendas), le habían permitido practicar una magia rudimentaria: encender fuego, hacer que los objetos flotaran, cosas así.

Ines, Matt y Sloane volvieron sobre sus pasos por el radio de la bicicleta y recorrieron de nuevo su circunferencia hasta llegar al carrito de golf de Scott. Ya no le daba miedo el artefacto: lo que sentía ahora era más bien una especie de entumecimiento, una disociación entre el cuerpo y la mente. Sabía que el tiempo volvería a cohesionarlos; tan solo debía esperar.

Scott los transportó por el mismo camino que habían seguido al entrar, tejiendo una ruta serpentina entre las tiendas de campaña. Llevaban un minuto escaso de trayecto cuando Sloane divisó el cartel de ARREGLEMOS LAS COSAS — QUE VUELVA, y el pitido que sentía en los oídos se intensificó. La brecha que separaba su mente y su cuerpo desde que había percibido la proximidad del artefacto mágico se cerró de golpe, como dos manos que dan una palmada. Se agarró a la barandilla que la retenía en su asiento, tomó impulso y saltó del carro de golf mientras Ines y Matt gritaban «¡Sloane!» al unísono.

Pasó frente a un pequeño altar consistente en un tocón sobre el que había lo que parecía un esqueleto de ardilla envuelto en cuerdas y cuentas, y frente a una tienda de cuya puerta de lona cerrada con cremallera colgaba un atrapasueños, probablemente fabricado al por mayor en China para su posterior distribución en la sección de Hogar de cualquier tienda hípster de ropa. Estas personas querían magia, pero no tenían ni idea de lo que era realmente la magia; no habían visto nunca el portentoso desmadejamiento de las Sangrías, el modo en que dividían a todos los seres vivos en componentes aislados, huesos, sangre, tendones y nervios separados hasta que uno podía ver los íntimos detalles que componían el cuerpo, mientras dicho cuerpo conservaba aún la vitalidad necesaria para ser consciente de todo el proceso.

Cuando llegó a la pequeña fogata rodeada por niños que fingían ser hombres, estos habían terminado de preparar sus perritos calientes y ahora estaban escuchando música, aunque Sloane solo podía oír el sonido grave del bajo. El pitido que notaba en los oídos era ya tan intenso que amortiguaba casi cualquier otro ruido, incluidas las voces de Ines a su espalda.

Reparó en el cuchillo de caza que había encima de un palé de botellas de agua cercano mientras plantaba los pies frente a la barbacoa portátil y clavaba la mirada en el hombre que antes la había llamado poco menos que «zorra», aunque con otras palabras. No sería la primera vez que le atribuían ese calificativo, ni sería la última, pero siempre le había parecido que contenía cierta carga de violencia; el modo en que convertía su ira en algo pequeño y mezquino, el modo en que reducía todo su ser a algo insignificante y pueril.

—Hola —dijo. De repente, su voz sonaba curiosamente empalagosa—. ¿Me reconoces?

La forma en que el hombre abrió los ojos le indicó que así era. Mientras volvía a entornarlos, mientras la palabra «perra» probablemente volvía a formarse en sus labios, Sloane se agachó y cogió el cuchillo de caza.

—Qué... —empezó a decir el hombre, pero ella ya había desenvainado la hoja para apuñalar la pared de la tienda, justo en la G de ARREGLEMOS LAS COSAS—. Pero ¿qué coño? —exclamó el hombre.

Todos se habían puesto de pie. Sloane solo oía un pitido.

—Idiota —dijo ella—. ¿Te crees que agradecería tu lealtad si volviera, que te recompensaría por ella? Si regresa a la vida, te arrancará las entrañas igual que a todos los demás.

—Solo elegía a los débiles —replicó el hombre—. Tu chico, ese de ahí, tuvo suerte la primera vez...

El hombre dirigió la mirada por encima del hombro de Sloane hacia el carro de golf, hacia Matt e Ines. Pero ella no oyó lo que dijo a continuación. Se limitó a pegarle un puñetazo en la cara.

El pitido de los oídos cesó. Notó un estallido de dolor en cada uno de los nudillos. Sacudió la mano y apretó los dientes frente al dolor que se propagaba ya por todo el brazo. El hombre sangraba por la nariz y sus amigos se habían levantado a su alrededor, lanzándole obscenidades pero sin atreverse a devolverle el golpe. Al fin y al cabo, seguía siendo una chica.

No era la primera vez que le daba un puñetazo a alguien, pero siempre se le olvidaba cuánto dolía. Ines la agarró del brazo y se la llevó a rastras. Gritó «¡Que os den!» por encima del hombro antes de montar de nuevo en el carrito de golf.

Scott estaba mirándola fijamente cuando se sentó.

—¿Qué? —dijo Sloane.

El muchacho sacudió la cabeza y siguió conduciendo, acelerando todo lo que daba de sí el pequeño motor.


AGENCIA PARA EL REGISTRO Y LA INVESTIGACIÓN DE LO SUPRANORMAL

MEMORANDO PARA LOS ARCHIVOS

PARA: DIRECTOR, AGENCIA PARA EL REGISTRO Y LA INVESTIGACIÓN DE LO SUPRANORMAL (ARIS)

DE: AGENTE XXXXXXX, NOMBRE EN CLAVE BERT

ASUNTO: RESULTADOS DE LA INMERSIÓN PROFUNDA

Estimado director:

Le agradezco su misiva relacionada con el incidente Inmersión Profunda. Nos apena profundamente la pérdida de algunos de nuestros mejores agentes, sin los que ha sido difícil seguir adelante con el Proyecto Sosias. Sin embargo, como comentaba usted en su mensaje, debemos perseverar por el bien de la causa. El Ser Oscuro representa una amenaza demasiado real.

Comprendo su preocupación por la capacidad de Sloane Andrews para continuar después de este trauma. Únicamente le escribo para hacerle partícipe de mis impresiones; la decisión final, por supuesto, depende de usted. Lo he meditado detenidamente y debo recomendar que no se aparte del Proyecto Sosias a Sloane Andrews, por los siguientes motivos:

1 A pesar de habernos costado la vida de varios agentes, cuyo valor es incalculable, y más de un millón de dólares (dinero que, como es evidente, no podremos recuperar), el Proyecto Inmersión Profunda técnicamente fue un éxito. Logramos recuperar la Aguja de Koschei, enterrada en estos momentos en la mano de Sloane Andrews. Lo que me lleva al siguiente punto.

2 Aunque se ha contemplado la posibilidad de extraer la Aguja por medios quirúrgicos, todo el personal involucrado en el Proyecto Sosias se resiste a interferir con una fuerza que aún no entendemos del todo. Ignoramos cómo reaccionará la Aguja si intentamos manipularla. Por consiguiente, deberíamos considerar a Sloane y la Aguja como inextricablemente unidas. Despedirnos de Sloane Andrews ahora supondría una tremenda dilapidación de recursos, por no hablar del sacrificio en vano de todas esas vidas que se perdieron recuperando la Aguja.

3 Aunque Sloane haya solicitado el relevo, creo que no será difícil obtener su cooperación. Llevo años observándola. Se fía de mí. Con el paso del tiempo ha llegado a verme como una especie de figura paterna. Si le pido que se quede, lo hará.

4 El comportamiento de la Aguja de Koschei sugiere que Sloane posee una fuerte afinidad por la magia. Aunque los hechos acaecidos durante la Inmersión Profunda fueron una tragedia, nos indican que lo que poseemos ahora es un objeto de increíble poder. Un poder que podríamos necesitar para derrotar al Oscuro.

Por todo esto sugiero que animemos a Sloane a valerse de las mismas técnicas que emplean los soldados (a menudo de forma inconsciente) activos en combate, compartimentando el trauma para poder permanecer en el frente y reprimiendo aquellas partes de su personalidad que no les sirvan en situaciones intensas de estrés. Poseedora de un alto nivel de autonomía y responsabilidad personal, Sloane Andrews sabe valerse sin ayuda de nadie. Alimentaré su faceta independiente asignándole misiones en solitario mientras continúo formando a los demás para que operen en equipo a las órdenes de Matthew Weekes. Podemos darle instrucciones a la doctora Maurene Thomas, la psicoterapeuta de Sloane, para que combine el tratamiento farmacológico con aquellas técnicas de compartimentación que mejor puedan permitirle a Sloane mantener un rango razonable de estabilidad a corto plazo.

No dude en ponerse en contacto conmigo si considera necesario revisar este plan o hacer cualquier sugerencia. Gracias de nuevo, tanto por las flores como por su interés. Solo podemos aspirar a seguir adelante.

Cordialmente,

XXXXXXX



AGENCIA PARA EL REGISTRO Y LA INVESTIGACIÓN DE LO SUPRANORMAL

MEMORANDO PARA LOS ARCHIVOS

PARA: DIRECTOR, AGENCIA PARA EL REGISTRO Y LA INVESTIGACIÓN DE LO SUPRANORMAL (ARIS)

DE: AGENTE XXXXXXX, NOMBRE EN CLAVE BERT

ASUNTO: RE: RESULTADOS DE LA INMERSIÓN PROFUNDA

Estimado director:

En mi anterior mensaje le ofrecía mis apreciaciones sobre Sloane Andrews tras lo ocurrido durante el incidente Inmersión Profunda y le presentaba una posible línea de actuación. Usted, en respuesta, tras manifestar su frustración ante tanta «palabrería sobre psicochorradas», me insta a expresarme en un «idioma más comprensible». Si bien habría sido de agradecer un tono menos hostil, comprendo la importancia de la precisión del lenguaje, por lo que intentaré reformularlo de forma más accesible:

Ya he observado antes que Sloane Andrews podía ser algo así como un chucho. Dele de comer a un chucho abandonado y obtendrá su lealtad, aunque después no vaya a tratarlo especialmente bien. Para Sloane, su necesidad de aprobación por mi parte será la correa con la que seguiré sujetándola incluso cuando ella crea estar corriendo con absoluta libertad.

No podemos perder a los sujetos del Proyecto Sosias. Ya es demasiado tarde para eso. O derrotan al Ser Oscuro por nosotros o moriremos todos.

Espero que este idioma le resulte lo suficientemente comprensible, señor.

Cordialmente,

XXXXXXX



Sloane había llegado a la entrada de la sección de arte contemporáneo del Instituto de Arte de Chicago a las 9:30 a.m. A tiempo para que su amiga Rebecca la dejase entrar, aunque el museo aún tardaría otra hora en abrir las puertas al público.

Vio a Rebecca al otro lado de las puertas de cristal, anudándose el extremo de la trenza. Rebecca bostezó, giró la llave en la cerradura y le hizo una seña a Sloane para que pasara.

—Qué puntualidad —dijo Rebecca—. ¿Por qué no estás de resaca, como la gente normal de nuestra edad?

—Para empezar —dijo Sloane—, «nuestra edad» no es la misma porque tú tienes veintidós años. En segundo lugar, es martes.

—¿Y qué? Los lunes por la noche el alcohol sabe igual de bien que los sábados.

La presencia a horas intempestivas de Sloane en el museo de arte ya se había convertido en algo habitual. Los empleados la conocían y nadie había opuesto nunca ninguna objeción a permitir que entrase un poco antes que el resto. Debía de tratarse de la única ventaja de ser una Elegida que disfrutaba realmente.

Esto formaba parte de su rutina entre semana. No tenía trabajo. El Gobierno le había pagado por sus años de servicio y ella había metido el dinero en un plan de inversiones. Los intereses la mantendrían a flote durante bastante tiempo, siempre y cuando gastase con moderación.

Los demás habían encontrado una mayor estabilidad financiera, aunque también habían tenido que pagar un precio por ello. Matt había vendido los derechos de su autobiografía y se había asociado con un escritor profesional, por lo que tenía dinero de sobra para llevar una vida normal..., cosa que distaba de hacer. Siempre estaba viajando, dando conferencias y charlas en universidades, participando en galas benéficas y actividades filantrópicas, reuniéndose con políticos y representantes de distintas comunidades. También Esther había transformado su fama en dinero, cultivando su base de seguidores en Insta! como si de un jardín se tratara. Ines había ilustrado su propia novela gráfica sobre su historia, y en ella representaba la muerte del Oscuro con remolinos de color. Albie, por su parte, había protagonizado unos cuantos anuncios publicitarios en el extranjero, prestando su cara para recuperar el dinero que le había costado la rehabilitación.

Algún día, Sloane tendría que buscar un empleo para el que su identidad no supusiera ningún problema y que, a ser posible, no exigiera titulación ni experiencia previa, o se vería obligada a vender trocitos de sí misma uno por uno, como habían hecho los demás. Aunque no los culpaba por ello (no mucho, al menos), en el fondo pensaba que preferiría vivir en el garaje de su madre antes de sacrificar el pequeño santuario de intimidad que se había labrado con su fama.

La sección de arte contemporáneo, espaciosa y bien iluminada, consistía en un amplio pasillo blanco flanqueado por galerías. Subió la escalera que conducía al tercer piso, donde se encontraba la zona dedicada a la arquitectura y el diseño; siempre empezaba allí sus visitas. El lugar estaba desierto, como cabía esperar; solía estarlo, con independencia de lo atestado que estuviese el resto del museo. Dejó atrás las sillas de alambres retorcidos y el jarrón que parecía un charco de leche derramada, camino de los bocetos de planos de edificios. Se sentó en un banco cercano y contempló el dibujo del Plan Burham, la propuesta de plan urbanístico para Chicago que nunca había llegado a materializarse.

Su hermano, Cameron, estaba estudiando arquitectura cuando respondió a la llamada para combatir al Oscuro. Había fallecido en la Sangría de Minneapolis. Se habían peleado cuando él había decidido dejar los estudios, aunque por aquel entonces Sloane solo contaba doce años de edad. «No eres ningún soldado —le había dicho—. Solo eres un flacucho empollón, y vas a conseguir que te maten». Un raro ejemplo de clarividencia, tal vez.

Se había llevado los efectos personales de Cameron de la residencia de su madre y había repasado sus blocs de dibujo tantas veces que se sabía de memoria hasta el último trazo. Todo, desde su versión infantil de la caseta de un perro hasta el detallado y meticulosamente calculado plano de la casa de sus sueños. Le gustaba inventar espacios interesantes y cálidos. Lugares que no se parecían en nada a un hogar, había bromeado ella en una ocasión. Al suyo no, por lo menos.

A Cameron siempre le había gustado el museo. Por eso Sloane venía aquí, no al escenario de la Sangría que le había costado la vida, ni a los lugares que habían frecuentado juntos en Illinois, sino aquí, para recordarlo.

No se solía quedar mucho tiempo. Media hora, a lo sumo, tiempo tras el cual se dedicaba a recorrer el resto de las exposiciones. En la planta baja habían abierto una muestra nueva que consistía en una serie de fotografías de camiones articulados. Tras recorrerla durante unos minutos se despidió de Rebecca, que ya parecía estar muerta de aburrimiento, y se fue. Giró a la derecha, se dirigió al paseo del lago e hizo unos cuantos estiramientos antes de empezar a hacer footing en dirección norte, hacia la casa de Ines y Albie.

El lago reflejaba el azul acerado del cielo. El día estaba nublado y la bruma que se formaba sobre las aguas enturbiaba la línea del horizonte. Tardaría una hora en recorrer los ocho kilómetros si lo hacía a su ritmo habitual. Se cruzó con un pequeño pelotón de ciclistas con trajes de licra y con una mujer vestida con mallas rosa fosforito que paseaba a su perro con manchas. Un hombre en pantalones cortos la adelantó como una exhalación.

Contempló las olas que rompían contra los pilones, los perros que perseguían pelotas de tenis en la playa reservada para ellos, las mujeres con visera que hacían caminata rápida con los puños bombeando como pistones a los costados. Nadie le prestaba atención a ella, no allí, donde solo era otra corredora más. Salió del paseo del lago y se dirigió al Java Jam.

Sin aliento, pidió los cafés y recorrió la calle con ellos hasta el apartamento de Albie e Ines, ubicado en la esquina del segundo piso de una elegante vivienda doble. El enmoquetado de la escalera era verde oscuro y se veía desgastado en el centro, debido al roce de demasiados zapatos; el papel de las paredes estaba estampado con florecitas moradas, rojas y azules.

Ines ya estaba en la puerta cuando Sloane llegó al rellano, con las gafas puestas y el cabello recogido en lo alto de la cabeza.

—Un poquito temprano, ¿no? —dijo mientras cogía el café de la bandeja y se apartaba de la puerta.

Sloane entró detrás de ella, bebiendo un trago de café sobre la marcha. Sabía a canela.

—Me he equivocado.

Se cambiaron las tazas.

—No sé cómo puedes tragarte eso. Es leche pura.

Las deportivas de Sloane rechinaron sobre el suelo amarillento de madera de roble, también típico de Chicago; siempre crujía, daba igual dónde pisaras. La puerta de Albie estaba cerrada, al igual que la de Ines, aunque de forma distinta. La de Albie estaba cerrada como si quisiera aislarse del ruido del pasillo. La de Ines tenía la llave echada y el cerrojo exterior corrido, tan segura como la cámara acorazada de un banco. Hasta hacía tan solo unos años la protegía con trampas, aunque fuese ilegal; Sloane no se atrevió a preguntarle si todavía lo hacía. Aunque fingía estar bien, Sloane había visto los botes de medicamentos que se alineaban en su tocador y la forma en que crispaba el cuerpo ante determinados sonidos y gestos.

El apartamento era cálido y acogedor, con un puf gigantesco que siempre estaba perdiendo bolitas; las cortinas de las dos ventanas que daban al callejón eran las banderas de México y Canadá, respectivamente.

Ines regresó a la cocina, donde siguió removiendo los huevos que estaba preparando con una cuchara de madera. Toda la casa olía a cebolla.

—¿Sabes?, cuando cumplas los treinta, esto de vivir como si estuvieras en el primer año de carrera perderá su encanto y empezará a dar repelús.

—Como si estuviera en el primer año de carrera... ¿Lo dices por Frodo?

—¿Te refieres a ese puf gigante que decidiste bautizar como Frodo Bolsón? Sí, lo decía precisamente por eso.

—Que tú te niegues a disfrutar de la vida no significa que los demás no podamos hacerlo. A ti te van las toallas blancas en el cuarto de baño y te recarga las pilas salir a correr de madrugada cuando todavía no se ha secado el rocío. Eres como el padre de Calvin y Hobbes.

—Siempre me ha caído bien el padre de Calvin.

—Menuda sorpresa. —Ines resopló—. ¿Ya has hablado con Matt?

Sloane sacudió la cabeza.

—Anoche estuvo en eso de la masificación de las cárceles y esta mañana tenía una reunión. ¿Por qué?

Ines bebió un trago de café.

—Me he metido en un lío, ¿verdad?

Ines se encogió de hombros.

—Si cree que voy a disculparme por partirle la cara a ese capullo...

—A mí no me uses para practicar tu pelea con Matt antes de que se produzca —la interrumpió Ines—. Solo te pido que no estés tan segura de que vaya a darte las gracias por convertirte en su caballero de blanca armadura.

Sloane frunció el ceño.

—Ea, ya lo he dicho —dijo Ines—. ¿Has visto la actualización de Essy Says?

—No. ¿Debería preocuparme?

Ines sacó el móvil del bolsillo de su sudadera y se lo pasó a Sloane. La cuenta de Insta! de Esther estaba ya en la pantalla.

Sloane reconoció el escenario familiar de uno de los vídeos de Esther: su despacho, decorado como una fantasía de Pinterest, envuelto en elegantes telas de colores discretos, con una cadeneta de lucecitas rosa pastel y una cámara de las caras que capturaba todo el lustre de su cabello y hasta el último cachivache de sus estanterías. Y en medio de todo, Esther, vestida con un jersey gris que se abombaba en los puños y bebiendo de una taza con un pajarito grabado. El vídeo se titulaba «¡Essy Says sube a lo más alto!».

Ante la atenta mirada de Sloane, Esther presentó un videoclip de la jornada anterior, consistente en una toma a cámara rápida de cómo se hidrataba la piel y se maquillaba. Sloane siempre había sentido una perversa fascinación por la cantidad de pasos que componían la rutina de Esther para el cuidado de la piel. Ella jamás habría podido acordarse de tantas cosas por la mañana. No antes de tomarse el café. Y quizá un puñado de anfetaminas.

—No pienso quedarme mirando cómo se arregla. Me produce urticaria —dijo Sloane.

Ines, sin embargo, ya estaba estirando el brazo sobre la encimera. Pasó el vídeo hacia delante, saltándose el impresionante proceso de empolvado, perfilado y sombreado; Esther reapareció de nuevo con su jersey gris, bebiendo de su taza de té.

«Tengo una noticia que compartir con vosotros —anunció, mientras subía y bajaba las cejas. Hablaba con la voz que ponía siempre en los vídeos, jovial y meliflua; parecida a su voz habitual, pero “más”—. No, no me refiero al mamporro de mi amiga Sloane..., encontraréis ese enlace en la descripción».

Sloane exhaló un suspiro.

—Estupendo.

«¡El trece de febrero será el lanzamiento de Essy, mi propia marca! —Los ojos de Esther, perfilados a la perfección, brillaban de alegría—. ¡Eso es, ahora dispondréis de una sola tienda para todos los productos reseñados y recomendados que os podáis imaginar! Sabéis que queréis ser chicas Essy».

—Bueno —dijo Sloane cuando Ines paró el vídeo—. Era inevitable, supongo.

Ines apagó la cocina y sirvió los huevos en el plato que había en la encimera.

—La he invitado a bajar conmigo dentro de un par de semanas. Deberías venir tú también. Así te alejas del frío.

—Adoro el frío —replicó Sloane—. Será mi sangre nórdica.

—No, es tu empeño en adorar todo lo que los demás detestan y detestar todo lo que adoran los demás. —Ines pinchó los huevos esponjosos con el tenedor—. Aun así, deberías venir. Pienso secuestrar a Albie.

La palabra «secuestrar» provocó que Sloane hiciese una mueca.

—¿Lo has visto desde...? ¿Te ha contado si el prototipo funciona o algo?

Ines arrugó el entrecejo.

—No... Volvió a casa anoche y se escondió de inmediato en su cuarto. Pero funciona. Seguro.

De repente, Sloane sintió el irrefrenable impulso de echarse a dormir.

—A lo mejor no es para tanto —dijo Ines encogiéndose de hombros—. Si el mundo está empezando a romperse..., esa chica flotando hacia el cielo, por todos los santos..., quizá necesitemos la magia para arreglarlo.

—Si el mundo está empezando a romperse —repuso Sloane con voz lúgubre—, será porque lo ha roto la magia.

—La odias con todas tus fuerzas. —Ines inclinó la cabeza hacia el cúmulo de cicatrices que tenía Sloane en la mano—. Pero nunca nos has explicado por qué.

Sloane escondió la mano bajo el borde de la encimera.

—No es que la odie, exactamente. Tan solo he visto de lo que es capaz.

—Igual que nosotros.

—Ya.

Pero Sloane no se refería a las Sangrías, ni a la destrucción de la torre, ni siquiera a la muerte del Oscuro. Se refería al sabor a cobre y salitre en la lengua cuando había regresado a la superficie después de la Inmersión.

Se le había acabado el café; ya solo quedaba un poco de espuma.


Esa noche, Sloane recibió un mensaje de texto de Esther: «Buen golpe. Bert estaría orgulloso». Incluía un enlace a un vídeo borroso, grabado con algún móvil, en el que salía Sloane agrediendo al acólito del Oscuro. Ilustraba el artículo una imagen congelada de Sloane enseñando los dientes, con el puño levantado a la altura del rostro. Sloane se estudió con detenimiento: la pátina de sudor que le recubría las pálidas facciones, el extraño vacío en los ojos. Había visto esa misma expresión a menudo, en el espejo, desde que murió el Oscuro.

—Mierda —dijo en voz alta. Matt acababa de volver a casa después de haber quedado con Eddie para tomar un café. Estaba colgando el abrigo en el armario—. Hay un vídeo del golpe en la red.

—Menuda sorpresa —replicó Matt mientras cerraba la puerta del armario. Llevaba las mangas de la camisa azul celeste enrolladas a la altura de los codos.

—No me arrepiento de nada, ¿sabes? Ese tío era un desgraciado. Se lo merecía.

—Esa no es la cuestión.

—Estaba defendiéndote a ti.

—Ahí, esa sí que es la cuestión. No necesito que me defiendas, Sloane. Sé cuidarme solito.

—Pero no lo ibas a hacer. Siempre eres tan... pasivo con estas cosas...

—¿Pasivo? —Matt se rio con voz ronca—. ¿¡Pasivo!? ¿Qué crees que he estado haciendo todos los días desde que cayó el Oscuro, exactamente? ¿Rascarme el ombligo?

—No, claro que no. —Sloane frunció el ceño—. Pero esas personas...

—Me traen sin cuidado. Son fáciles de distinguir y más fáciles aún de evitar. Lo que me preocupa son las personas complacientes que van por la vida repartiendo sonrisas, pero sin levantar un dedo para ayudar a nadie que no sea ellas mismas. Eso es lo que intento combatir a diario, esforzándome para que hagan algo, lo que sea. Y estaría genial que mi prometida pudiera entenderlo en vez de dedicarse a complicarme las cosas.

—¿Se puede saber qué narices te he complicado yo ahora? —le espetó Sloane—. Es mi foto la que sale en las noticias, no la tuya.

—Es tu foto, sí, pero ahora esos payasos y su «mensaje» también vuelven a ser noticia, solo que esta vez son ellos las víctimas. Te abalanzaste sobre ellos sin que mediara provocación, los amenazaste con un cuchillo...

—¡Yo no amenacé a nadie con ningún cuchillo!

—No es eso lo que parece al ver esa foto tuya empuñando un cuchillo. ¿Te crees que a los demás no nos afecta esa mierda? ¿Que si recurres a la violencia para protegernos a Ines o a mí, eso no nos hace quedar como unos violentos a nosotros también? ¡Y nosotros no podemos quitarle importancia como haces tú! Nosotros nos quedamos preocupados, temiendo que a un hatajo de extremistas les dé por incendiar nuestra casa.

—Eso no va a suceder.

—Mira, ojalá estuviese yo igual de convencido —dijo Matt—. Pero no lo estoy. Yo no puedo permitirme el lujo de perder los estribos y partirle la cara a nadie, no puedo permitirme el lujo de cagarla. Siempre estoy fallándole a alguien, todo el tiempo.

Fue como si toda la rabia que sentía lo abandonase de golpe. Se sentó en el sofá y dejó caer la cabeza entre las rodillas. La bolsa de hielo que Sloane había estado usando para rebajar la inflamación de los nudillos lastimados seguía encajada entre los cojines, ya derretida.

Le habría gustado consolarlo, pero no sabía cómo. Nunca lo había visto tan cansado, tan... decepcionado. Con el mundo, consigo mismo, incluso con ella. Se sentó a su lado, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. El televisor estaba apagado, por lo que la pantalla negra solo mostraba el reflejo de los dos: Matt, cabizbajo; Sloane, rígida y envarada.

—Te había insultado —murmuró Sloane con un hilo de voz.

—Ya. —Matt giró la cabeza para mirarla a los ojos—. Cuéntame algo que no sepa.

—¿Qué querías que hiciera, dejar que se metiese contigo?

—Bueno, para empezar, podrías haberte quedado en el carrito de golf. —Matt enarcó una ceja—. ¿Qué pasa contigo últimamente? Lo embestiste como un toro antes de que abriese la boca siquiera. Es como si quisieras arrasarlo todo a tu paso.

Esther le había preguntado lo mismo. «¿Qué pasa contigo últimamente?». La respuesta, por supuesto, yacía oculta en el cajón inferior de su escritorio. En el montón de documentos de la Coordinadora de Información y Privacidad que había escondido allí.

Como si estuviera leyéndole el pensamiento, Matt dijo:

—Esther me ha contado lo de tu solicitud a la Coordinadora de Información y Privacidad.

—Dios, Esther... —Sloane se tapó la cara con las manos por unos instantes—. No pienso volver a decirle nada.

Matt se quedó esperando. Había algo en su postura que la irritaba. El encorvamiento derrotista de los hombros. Habría preferido que le gritase.

—Solicité esos documentos sobre el Proyecto Sosias porque quería averiguar todo lo que pudiera. Es mi vida, y ellos tienen todos esos... archivos sobre ella.

—Entiendo que lo quieras saber. Pero me resulta extraño que no me contases nada. Y que prefirieras decírselo a Esther antes que a mí.

—Pensaba hablar contigo en cuanto los recibí, pero me puse a leer y... Acabé preocupada.

—¿Y qué? ¿No querías preocuparme también a mí?

Sloane sacudió la cabeza.

—No es eso.

—Entonces dime qué es.

Sonaba sincero, pero Sloane lo conocía demasiado bien como para dejarse engañar. Era el mismo tono de voz que empleaba cuando estaban luchando con el Oscuro. Se acordó de una noche en particular: habían estado intentando seguir el rastro del Oscuro cuando solo era un hombre, no una sombra en el centro de una Sangría. «Cuéntame qué ha pasado», le dijo Matt. Pero solo fue un instante efímero de calma antes de que estallara. El enfrentamiento los había dejado a todos tan tensos como las cuerdas de un arpa. Sloane no se había percatado hasta ahora de que convivir con ella, o quizá las celebraciones de los Diez Años de Paz, estuviera afectando tanto a Matt.

—A veces —empezó a hablar, tomándose su tiempo—, cuando me preocupa algo, lo único que haces es decirme que no debería preocuparme.

—¿Y eso es malo?

—¡Es desquiciante! Como si no me pudiera fiar de mis propias reacciones.

—Todos necesitamos a alguien que nos ayude a ver las cosas desde otra perspectiva.

Sloane puso cara de fastidio.

—¿Te crees que no me obligo a ver las cosas desde otras perspectivas? —Llevaba toda una vida reaccionando y poniendo en tela de juicio esas reacciones; toda una vida dudando de sí misma, cuestionándose todo lo que hacía, obligándose a pensar de la forma adecuada—. ¿Te crees que no soy capaz? —Estaba levantando cada vez más la voz—. ¿Nunca te has parado a pensar que, si me preocupa algo, es posible que merezca la pena preocuparse por ello?

—Esto explica por qué llevas ya un tiempo comportándote de forma tan rara —dijo Matt—. Ojalá me hubiese dado cuenta antes, lo...

—El problema es que pienses que esta forma mía de comportarme es «rara» —lo interrumpió Sloane—. Igual que piensas que el día que pasé prisionera del Oscuro fue un viaje de placer y ya debería haberlo superado, y... ¡Y que debería andar como loca mirando vestidos de novia o algo!

—Vale, ¿sabes qué? Creo que deberías haber pasado los últimos diez años esforzándote por dejarlo todo atrás en vez de obsesionándote sin parar y enclaustrándote como una ermitaña. —Matt había saltado, rota la cuerda del arpa—. Ni una sola vez he insinuado que debería ser fácil. Lo único que he hecho es pedirte que lo intentes y que dejes de comportarte como si fueses la única persona que sufre en el mundo.

Los dos se quedaron callados. A Sloane le ardían las mejillas. Reprimió el impulso de marcharse dando un portazo, sabiendo que así solo conseguiría parecer la niña que él la acusaba de ser, pero también estaba desesperada por huir de su reprimenda. Cada vez que creía entender lo que no sabía sobre él, lo que nunca podría saber, ocurría algo que le recordaba que eso era imposible.

El móvil de Matt emitió un zumbido y se iluminó a través de la tela de sus vaqueros. Apagó el sonido. Sloane respiró hondo y se acordó de la instantánea del puñetazo, el vacío en sus ojos, los dientes apretados. El chucho que habitaba dentro de ella.

—Dios, lo que piensas de mí... —Soltó una risita entrecortada—. ¿Cómo es posible que quieras casarte con alguien que te parece una cría egoísta?

—Sloane...

El teléfono de Sloane, bocabajo encima de la mesita auxiliar, emitió los primeros acordes de Good Times, Bad Times, de Led Zeppelin; el tono que le había asignado a Ines. Estiró el brazo y desactivó el sonido.

Un segundo después, el móvil de Matt empezó a zumbar de nuevo. Esta vez contestó.

—Ines, ¿qué pasa?

Se quedó escuchando un momento y fue como si se marchitara, como si plegara todo el cuerpo sobre la silla del escritorio.

—Santo cielo —murmuró. Tapó el micrófono del teléfono—. Albie está en el hospital —le dijo a Sloane antes de retomar la llamada—. No, disculpa, ya estamos en camino.

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Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
Объем:
511 стр. 52 иллюстрации
ISBN:
9788491877165
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