Читать книгу: «Fuimos elegidos»

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Todos los personajes de este libro son ficticios y cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.

Título original inglés: Chosen Ones.

Autora: Veronica Roth.

© Veronica Roth, 2020.

Todos los derechos reservados.

Publicado por acuerdo con New Leaf Literary & Media, Inc., a través de International Editors’ Co.

© de la traducción: Pilar Ramírez Tello, 2020.

© de esta edición: RBA Libros, S. A., 2020.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

© del diseño de la cubierta: Jim Tierney, 2020.

Adaptación de la cubierta: Lookatcia.com.

Imagen del horizonte de Chicago (p. 3): beboy/Shutterstock.

Mapa de Chicago (p. 9): David Lindroth, Inc.

Mapa de Cordus (p. 157): Virgina Allyn.

Diseño del interior: Emily Snyder.

Primera edición: octubre de 2020.

REF.: ODBO768

ISBN: 978-84-9187-716-5

EL TALLER DEL LLIBRE, S. L. • REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

Para Chicago,

la ciudad que resiste.

PRIMERA

FRAGMENTO DE

Un monólogo de la humorista Jessica Krys

Laugh Factory (Chicago), 20 de marzo de 2011

Tengo una pregunta para vosotros: ¿se puede saber de dónde coño nos sacamos el nombre ese de «el Oscuro»? El tío surge de la puta nada envuelto en una nube de humo o lo que fuera, descuartiza literalmente a la peña (ojo, nada más que con el poder de su mente, se supone), recluta un ejército de secuaces, arrasa ciudades enteras, desata una oleada de destrucción sin precedentes en toda la historia de la humanidad... y ¿lo mejor que se nos ocurre es «el Oscuro»? Para eso le podríamos haber puesto el nombre del vecino raro que se te queda mirando un par de segundos de más cuando coincidís en el ascensor. El que siempre va con las manos muy suaves y resbaladizas, ya sabes, como si acabara de untárselas con vaselina. Tim, así se llama. Tim.

Yo habría elegido algo así como «Mal Presagio con Forma Humana» o «Acojonante Máquina de Matar que te Cagas», pero, por desgracia, nadie se molestó en consultármelo.

FRAGMENTO DE

El Ser Oscuro y el auge de la magia en la actualidad

Profesor Stanley Wiśniewski

Hay, por supuesto, quienes alegan que esa fuerza desconocida a la que con tanta desenvoltura nos referimos por «magia» siempre ha existido, de una forma u otra, sobre la faz de la tierra. Las primeras leyendas sobre incidentes sobrenaturales datan de los orígenes de la historia de la humanidad, desde los mágoi de Heródoto, que comandaban los vientos, a Dyedi, del antiguo Egipto, que decapitaba y recomponía gansos, pelícanos y otras aves, como describe el Papiro Westcar. Podría decirse que la magia forma parte integral de prácticamente todas las religiones más importantes, desde la transformación del agua en vino por parte de Jesucristo a las prácticas vudú de Haití, pasando por los budistas de la escuela Theravāda y sus levitaciones durante el Dīrgha-a-gama (aunque cabe mencionar que quienes profesan estas creencias jamás calificarían dichos actos de «magia»).

Se trata de historias que, más o menos elaboradas, aparecen en todas las culturas, en todos los rincones del mundo y en todas las épocas. Los estudiosos de antaño habrían dicho que está en la naturaleza humana imaginar explicaciones fantásticas para aquello que escapa a nuestra comprensión o para ensalzar algo que percibimos como más importante o superior a nosotros. Hasta que apareció el Ser Oscuro y, con él, las Sangrías: infames sucesos catastróficos que desafiaban toda explicación, pese a los valientes intentos de la comunidad científica por encontrarles alguna. Quizá las antiguas leyendas no contengan el menor ápice de verdad, pero cabe la posibilidad de que siempre haya existido una fuerza supranormal, una energía misteriosa, con la cualidad de inmiscuirse en nuestro planeta.

Con independencia de la teoría a la que nos atengamos, una cosa es segura: ninguna «magia» ha sido nunca tan llana ni tan contundente como las Sangrías con las que el Oscuro azotaba a la humanidad. El objetivo de este ensayo no es otro que explorar las distintas hipótesis sobre el posible porqué de que esto fuera así. En otras palabras, ¿por qué en ese momento y no en otro? ¿Cuáles fueron las circunstancias que condujeron a su llegada? ¿Cuál era su objetivo antes de que nuestros cinco Elegidos desbarataran sus planes? ¿Cuál es el legado que nos ha dejado su muerte?

A SLOANE ANDREWS LE IMPORTA UN PIMIENTO (EN SERIO)

Rick Lane

Revista Trilby, 24 de enero de 2020

No me cae bien Sloane Andrews. Aunque tampoco me importaría acostarme con ella.

Me reuní con ella en la cafetería de su barrio, uno de los sitios que más le gusta frecuentar, según comenta. Sin embargo, no me dio la impresión de que al camarero le sonara como clienta ni como miembro del quinteto de adolescentes que derrotó al Oscuro hace casi una década. Lo cual no deja de resultarme curioso, la verdad, porque, aparte de que todo el mundo conoce su cara, Sloane Andrews posee una de esas bellezas tan saludables e impolutas que dan ganas de ensuciarla. Si se ha puesto maquillaje, no se nota; es toda piel perfecta y grandes ojos azules, un anuncio de cosméticos parlante y con patas. Llega con una gorra de los Cubs bajo la cual asoma su largo cabello castaño, una camiseta gris que se ajusta como un guante a sus curvas, vaqueros con rotos para exhibir las piernas, largas y bien torneadas, y deportivas. La clase de atuendo que proclama a los cuatro vientos lo poco que le importa la ropa, tan poco como el estilizado y moldeado cuerpo que se oculta en ella.

Y eso es lo que tiene Sloane: que me lo creo. Me creo que todo le importe una mierda, sobre todo reunirse conmigo. Ni siquiera quería hacer la entrevista. Solo accedió, según sus propias palabras, porque su novio, Matthew Weekes, otro Elegido, le había pedido que respaldara la publicación de su nuevo libro, La elección que no cesa (a la venta el 3 de febrero).

En los primeros mensajes que cruzamos para hablar de esta entrevista, no se le ocurrieron muchos lugares en los que citarme. A pesar de que todos los habitantes de Chicago saben dónde vive Sloane (en el barrio de Uptown, al norte de la ciudad, a escasas manzanas de Lake Shore Drive), se negó en redondo a permitirme ver su apartamento. “No salgo apenas —me escribió—. Me acosan en cuanto piso la calle. Así que, a menos que quieras intentar seguirme el ritmo mientras hago footing, tendrá que ser en el Java Jam. Punto”.

Sospecho que correr y tomar apuntes al mismo tiempo debe de ser complicado, así que aquí estoy, en el Java Jam.

Una vez pedido el café, se quita la gorra de béisbol y la melena le cae sobre los hombros como si estuviera rodando en la cama. Hay algo en su expresión, sin embargo (sus ojos, tal vez, demasiado juntos, o el modo en que ladea la cabeza de golpe cuando no le gusta lo que acabas de decir), que le confiere el aspecto de un ave rapaz. Le ha bastado con una simple mirada para darle la vuelta a la tortilla, y ahora soy yo el que está a la defensiva, no ella. Tartamudeo mientras me esfuerzo por plantearle la primera pregunta; la mayoría de la gente sonreiría, se esforzaría por congraciarse conmigo, pero Sloane se limita a traspasarme con los ojos.

—Se aproxima el décimo aniversario de su victoria contra el Oscuro —le digo—. ¿Cómo se siente?

—Como una superviviente —responde.

Su voz es glacial y acerada. Me provoca un escalofrío, no sé si placentero o todo lo contrario.

—¿No como una triunfadora? —pregunto, y hace un gesto de impaciencia.

—Siguiente pregunta.

Prueba el café, intacto hasta ese momento.

Es entonces cuando me doy cuenta de que no me cae bien. Esta mujer salvó miles (no, millones) de vidas. Joder, seguramente también salvó la mía de alguna manera. Tenía trece años cuando una profecía designó que ella, junto con otros cuatro jóvenes, estaba destinada a derrotar a un ser todopoderoso hecho de pura maldad. Sobrevivió a un puñado de batallas contra el Oscuro (incluido un breve secuestro cuyos detalles siempre se ha negado a divulgar) y superó el trance bella e incólume, más famosa que nadie en toda la historia de la celebridad. Y por si fuera poco, mantiene una relación estable con Matthew Weekes, el chico de oro, Elegido entre los Elegidos y, posiblemente, la persona más buena del planeta. Pero ella sigue sin caerme bien.

Y a ella no podría importarle menos.

Razón por la cual quiero acostarme con ella. Es como si, consiguiendo que se desnude y se meta en mi cama, pudiese obligarla a mostrar algún tipo de calidez o emoción. Me convierte en un macho alfa, en un cazador empeñado en abatir la presa más esquiva del mundo y después, a modo de trofeo, colgar su cabeza en la pared de mi sala de estar. Quizá eso explique por qué la acosan cada vez que va a alguna parte; no porque la gente la quiera, sino porque le gustaría quererla, transformarla en alguien merecedor de su afecto.

Cuando deja la taza, me fijo en la cicatriz que luce en el dorso de la mano derecha. Grande, aserrada y nudosa, se extiende a todo lo ancho. Nunca le ha contado a nadie cómo se la hizo y estoy seguro de que no me lo va a revelar a mí, pero de todas formas lo intento.

—Me corté con una hoja de papel —dice.

Estoy casi seguro de que se trata de un chiste, así que me río. Le pregunto si va a asistir a la inauguración del Monumento de los Diez Años, una obra artística erigida en el escenario de la derrota del Oscuro, y responde:

—Es lo que se espera de mí.

Como si tuviera un trabajo de oficinista en vez de estar cumpliendo, literalmente, con su destino.

—No parece que le haga mucha ilusión —digo.

—¿En qué lo has notado?

Esboza una mueca burlona.

Mientras preparaba la entrevista les pregunté a unos cuantos amigos qué opinaban de ella, a fin de hacerme una idea más clara de la imagen que tiene de Sloane Andrews la gente de a pie. Uno de ellos me comentó que nunca la había visto sonreír, y ahora que estoy sentado frente a ella me pregunto si lo hará alguna vez. Me lo pregunto en voz alta, incluso; siento curiosidad por ver cómo reacciona.

Resulta que mal.

—¿Me preguntarías lo mismo —dice— si yo fuera un tío?

Cambiamos de tema enseguida. En vez de una conversación parece una partida al Buscaminas: con cada casilla en la que pincho, mi tensión aumenta a la par que las probabilidades de que una de esas bombas me estalle en la cara. Me arriesgo a pinchar otra vez y le pregunto si esta época del año le trae algún recuerdo.

—Procuro no pensar en ello —responde—. De lo contrario, mi vida se convertiría en un puñetero calendario de Adviento. Hay un nuevo chocolate Oscuro para cada día, y todos saben a mierda.

Pincho de nuevo, preguntándole si no guarda algún recuerdo agradable.

—Todos éramos amigos, ¿sabes? Siempre lo seremos. Cuando estamos juntos hablamos casi exclusivamente con bromas privadas.

Fiú. Parece que es seguro preguntarle por los otros cuatro Elegidos: Esther Park, Albert Summers, Ines Mejia y, por supuesto, Matthew Weekes.

Ahora es cuando la cosa por fin empieza a adoptar algo de forma. Los denominados Elegidos estrecharon lazos rápidamente cuando se conocieron, y Matt se convirtió en el líder natural del equipo.

—Él es así —suspira, casi como si le molestara—. Siempre asumiendo el mando, la responsabilidad. Recordándonos que no debemos perder de vista lo que es ético y lo que no. Cosas por el estilo. —Por sorprendente que parezca, no fue Matt quien despertó en ella una afinidad inmediata, sino Albie—. Era muy reservado —dice, y es un cumplido—. Todos los miembros masculinos de nuestras familias habían muerto..., eso formaba parte de la profecía..., pero mi hermano era el que había muerto más recientemente. Necesitaba ese silencio. Además, el Medio Oeste y Alberta son sitios muy parecidos.

Albert e Ines viven juntos (de forma platónica, puesto que Ines se identifica como lesbiana) en Chicago, y hace tan solo un año que Esther volvió a su hogar en Glendale (California) para cuidar de su madre enferma. La distancia ha sido difícil para todos, según Sloane, aunque tienen la suerte de poder seguir lo que hace Esther gracias a su activa (¡y popular!) página de Insta!, donde documenta hasta el último pormenor de su rutina diaria.

—¿Qué opina del movimiento Todos los Elegidos que está surgiendo en los últimos años? —le pregunto.

La citada iniciativa parte de un pequeño pero elocuente grupo que aboga por enfatizar el papel que desempeñaron los otros cuatro Elegidos en la derrota del Oscuro, en vez de atribuir principalmente la victoria a Matthew Weekes.

Sloane no se anda con paños calientes.

—Me parece racista.

—Algunos sostienen que elevar a Matt por encima del resto es sexista —señalo.

—Lo que me parece sexista es ignorar mis palabras y tomarme por tonta —replica—. Creo que Matt es el verdadero Elegido. Lo he dicho en infinidad de ocasiones. Que nadie finja estar haciéndome un favor al arrastrar su nombre por el fango.

Intento llevar la conversación de los Elegidos al Oscuro, y ahí es cuando se tuercen las cosas. Le pregunto a Sloane por qué el Oscuro parecía sentir un interés especial por ella. Me sostiene la mirada mientras apura el café y, cuando suelta la taza, veo que le tiembla la mano. A continuación, se cala la gorra de los Cubs sobre esa esplendorosa melena de leona que acaba de echar un polvo y replica:

—La entrevista ha terminado.

Y supongo que no hay nada más que hablar, porque Sloane ya se ha ido. Dejo un billete de diez encima de la mesa y salgo corriendo detrás de ella; no estoy dispuesto a dejarla escapar con tanta facilidad. ¿Había mencionado ya que Sloane Andrews despierta mi instinto de cazador?

—Te dije que había un tema tabú —me espeta—. ¿Recuerdas cuál era?

Está ruborizada, furiosa y radiante, mitad dominatrix y mitad astuta gata callejera con el pelo erizado. ¿Por qué habré esperado tanto para cabrearla? Podría haber disfrutado de estas vistas desde el principio.

El tema tabú era, por supuesto, cualquier intento de profundizar en su relación con el Oscuro. No esperaría que fuese a respetar semejante imposición, le digo. Pero si es lo más interesante de su persona.

Me mira como si yo no fuese más que un trozo de papel empapado flotando en el charco de cualquier callejón, me manda a tomar por culo y se interna en el tráfico sin mirar para alejarse de mí. Esta vez la dejo escapar.


La sangría siempre era igual: todo el mundo gritando mientras se alejaba corriendo, aunque no lo bastante deprisa, de la gigantesca y siniestra nube de caos. La tormenta barría a los que intentaban escapar y les arrancaba la carne de los huesos mientras aún seguían con vida y se daban cuenta de todo. Los aplastaba como mosquitos, y la sangre salía disparada en todas direcciones... «Dios mío».

Sloane se levantó jadeando. «Tranquilízate», se dijo. Encogió los dedos de los pies; el suelo estaba muy frío allí, en el hogar del Oscuro, y él le había quitado las botas. Tenía que buscar algo contundente o afilado. Las dos cosas sería demasiado pedir, claro; nunca había sido tan afortunada.

Comenzó a abrir los cajones de golpe y encontró cucharas, tenedores, espátulas... Un puñado de gomas elásticas. Pinzas de plástico. ¿Por qué la habría descalzado? ¿Qué podía temer un asesino múltiple de las Doc Martens de una muchacha?

—Hola, Sloane —le susurró el Oscuro al oído.

Reprimió un sollozo mientras tiraba para abrir otro cajón en el que encontró una hilera de mangos de cuchillo; las hojas estaban enterradas en un bloque de plástico. Había empezado a extraer el hacha de carnicero cuando oyó un crujido a su espalda, la presión de un paso.

Sloane giró sobre los talones, notando el pegajoso linóleo bajo los pies, y trazó un arco con el cuchillo.

—¡Joder!

Matt le agarró la muñeca, y por un momento se quedaron mirándose sin parpadear por encima de sus respectivos brazos, por encima del arma.

Sloane jadeó mientras la realidad regresaba a ella con cuentagotas. No estaba en la casa del Oscuro, ni en el pasado, ni en ninguna otra parte que no fuese el apartamento que compartía con Matthew Weekes.

—Dios mío.

Sloane soltó el mango, y el cuchillo tintineó al chocar con el suelo y rebotó entre los pies de ambos. Matt le apoyó las manos en los hombros, y su contacto era cálido.

—¿Estás ahí?

Ya se lo había preguntado antes, decenas de veces. Su entrenador, Bert, la había calificado de loba solitaria y rara vez la obligaba a unirse a los demás, ni durante las clases ni en las misiones. «Deja que haga las cosas a su manera —le había aconsejado a Matt en cierta ocasión, cuando hubo quedado claro que este era el líder del equipo—. Obtendrás mejores resultados así». Y así lo había hecho Matt, que solo le preguntaba cuando las circunstancias lo requerían.

«¿Estás ahí?». Por teléfono, en susurros, a altas horas de la noche, o plantado frente a ella cuando perdía la noción del tiempo o algo por el estilo. La pregunta había irritado a Sloane, al principio. «Pues claro que estoy aquí, ¿dónde coño iba a estar si no?». Pero ahora significaba que él comprendía algo sobre ella, algo que nunca habían reconocido en voz alta: Sloane no siempre podía responder que sí.

—Sí —dijo.

—Vale. Pues quédate aquí, ¿de acuerdo? Voy a traerte la medicina.

Sloane se apoyó en la encimera de mármol. El cuchillo yacía a sus pies, pero no se atrevía a tocarlo de nuevo. Se limitó a esperar, respirando, con la mirada fija en aquel remolino gris que parecía un hombre mayor de perfil.

Matt volvió con una pastillita amarilla en una mano y el vaso de agua de su mesita de noche en la otra. Sloane lo cogió con manos temblorosas y se tragó la píldora con avidez. Bienvenida fuese la aletargada serenidad de las benzodiacepinas. Ines y ella se habían emborrachado y habían compuesto una oda a las pastillas en cierta ocasión, ensalzando sus bonitos colores, la rapidez de su efecto y el modo en que conseguían lo que ninguna otra cosa podía.

Soltó el vaso de agua y se dejó resbalar hasta el suelo. El frío traspasaba el pantalón del pijama (el de estampado de gatitos que disparaban rayos láser por los ojos), pero esta vez resultaba reconfortante. Matt, en bóxers, se sentó junto a la nevera.

—Oye —empezó ella.

—No hace falta que lo digas.

—Vale, he estado a punto de apuñalarte, pero no hace falta que me disculpe.

En la mirada de él había ternura. Preocupación.

—Lo único que quiero es que tú estés bien.

¿Cómo lo habían llamado en ese artículo tan espantoso? «Posiblemente, la persona más buena del planeta». Por lo menos en eso no le iba a llevar la contraria a Rick Lane, Míster Grima 2000. Las cejas de Matt confluían en un gesto que parecía prometer empatía perpetua, y su corazón siempre estaba a la altura de esa promesa.

Se agachó para recoger el hacha de carnicero que se había quedado tirada en el suelo, junto al tobillo de Sloane. Era grande, y casi tan larga como su antebrazo.

Le escocían los ojos. Los cerró.

—Lo siento muchísimo.

—Ya sé que no te gusta hablar de eso conmigo —dijo Matt—, pero ¿por qué no lo intentas con otra persona?

—¿Como quién?

—La doctora Novak, por ejemplo. Colabora con el Departamento de Asuntos de los Veteranos, ¿te acuerdas? Dimos juntos la charla aquella en el reformatorio.

—No soy militar —replicó Sloane.

—Ya, pero esa mujer sabe de TEPT.

Nunca le había hecho falta un diagnóstico oficial: padecía TEPT —trastorno de estrés postraumático—, eso estaba clarísimo. Sin embargo, le resultaba extraño oír a Matt hablar de ello con tanta familiaridad, como si fuese una gripe.

—Vale. —Se encogió de hombros—. La llamaré por la mañana.

—Cualquiera necesitaría terapia, ¿sabes? Después de todo lo que hemos pasado. Fíjate en Ines, ella fue.

—Ines fue, sí, y todavía sigue colocando trampas por todo el apartamento como si estuviera en la peli de Solo en casa.

—De acuerdo, no es el mejor ejemplo.

El resplandor del foco de las escaleras de la parte trasera atravesaba las ventanas, amarillo y anaranjado, y contrastaba con la piel oscura de Matt.

—A ti no te hizo falta —observó Sloane.

Matt arqueó una ceja.

—¿Adónde te crees que iba cuando no dejaba de desaparecer durante todo aquel primer año, después de que muriese el Oscuro?

—Nos dijiste que eran citas con el médico.

—Y ¿qué clase de médico necesita verte todas las semanas durante meses?

—¡Yo qué sé! Me imaginé que tendrías algún problema con... —Sloane se señaló la entrepierna con un gesto impreciso—. Ya sabes. Con los cataplines o algo.

—A ver si lo entiendo. —La sonrisa de Matt se ensanchó—. Pensabas que padecía algún tipo de problema médico en mis partes nobles, cuya solución me llevó por lo menos seis meses de visitas constantes al médico... y ¿nunca me has preguntado nada al respecto?

Sloane se contuvo para no sonreír a su vez.

—Lo dices casi como si te sintieras decepcionado conmigo.

—Qué va, al contrario. Me dejas impresionado.

Matt tenía trece años cuando se habían conocido: era un amasijo larguirucho de cantos y aristas sin la menor conciencia sobre dónde tenía la cabeza y dónde los pies, pero siempre había poseído la misma sonrisa.

Se había enamorado de él media docena de veces seguidas antes de darse cuenta siquiera: cuando les daba órdenes a gritos para imponer su voz al ensordecedor estruendo de una Sangría, manteniéndolos con vida; cuando se pasaba las noches en vela con ella en los largos trayectos por todo el país, después de que todos los demás hubieran caído rendidos de sueño; cuando llamaba a su abuela y se le suavizaba aún más la voz. Nunca había dejado atrás a nadie.

Encogió los dedos de los pies sobre las baldosas.

—Ya he ido antes, ¿sabes? A terapia. Durante unos meses, cuando tenía dieciséis años.

—¿Sí? —Matt arrugó el ceño un poquito—. No me lo habías contado.

Había muchas cosas que nunca le había contado, ni a él ni a nadie.

—No quería preocupar a nadie. Y sigo sin hacerlo, así que... No les menciones nada de esto a los otros, ¿vale? No me apetece verlo en la puta Esquire con el titular «Rick Lane os lo había avisado».

—Cuenta con ello. —Matt le cogió la mano y entrelazó los dedos con los de ella—. Deberíamos volver a la cama. Nos tenemos que levantar dentro cuatro horas para asistir a la inauguración del monumento.

Sloane asintió con la cabeza, pero se quedaron sentados en el suelo de la cocina hasta que la medicación hizo efecto y ella dejó de temblar. Después Matt guardó el cuchillo, la ayudó a levantarse, y se acostaron de nuevo.

995,82 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
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511 стр. 52 иллюстрации
ISBN:
9788491877165
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Правообладатель:
Bookwire
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