Читать книгу: «Tratados hipocráticos I»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 63


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.

Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por ELSA GARCÍA NOVO y CARLOS GARCÍA GUAL.

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1983.

www.editorialgredos.com

Las traducciones, introducciones y notas han sido llevadas a cabo por: C. García Gual (Sobre la ciencia médica, Sobre el médico, El pronóstico y Sobre la enfermedad sagrada), M. a D. Lara Nava (Juramento, Ley, Sobre la medicina antigua y Sobre la decencia), J. A. López Férez (Aforismos y Preceptos) y B. Cabellos Álvarez (Sobre la dieta en las enfermedades agudas).

PRIMERA EDICIÓN, 1983.

ISBN 9788424930837.

REF. GEBO185.

Θεσσαλòς ‘Ιπποκράτης, Κῷος γένος, ἐνθάδε κεĩται,

Φοίβου ἀπò ῥίζης ἀθανάτου γεγαώς,

πλεĩστα τρόπαια νόσων στήσας ὅπλοις Ύγιείης,

δόξαν ἑλών πολλὴν οὐ τύχαι, ἀλλὰ τέχναι.

[El tesalio Hipócrates, de linaje coico, aquí yace,

que, nacido del tronco divino de Febo, trofeos múltiples

erigió derrotando a las enfermedades con las armas de Higiea,

y consiguió inmensa gloria no por azar, sino con su ciencia.]

(Ant. Palat. VII 135.)

INTRODUCCIÓN GENERAL
Sobre la formación y tradición del «Corpus Hippocraticum»

La colección de escritos médicos griegos que se nos ha transmitido con la denominación general de Corpus Hippocraticum (= CH) comprende algo más de medio centenar de tratados, en su mayoría de breve extensión, redactados generalmente en un estilo conciso y referidos a una amplia temática, que va desde consideraciones generales sobre la profesión y ética del médico a los estudios sobre fisiología y patología, dietética y ginecología. En el cómputo habitual más preciso, la Colección contiene cincuenta y tres tratados en setenta y dos libros, pero la exactitud de la clasificación reposa sobre una distinción de obras y títulos un tanto convencional. Estos textos están redactados en prosa jonia, es decir, en el dialecto literario en que se expresan los primeros filósofos, historiadores y científicos griegos, y este rasgo dialectal resulta muy significativo: la prosa jonia era el medio de comunicación intelectual prestigiado en esa época del mundo griego. Poco importa que en Cos se hablara un dialecto dórico, ni la procedencia diversa de los médicos que colaboraron en la Colección. Es fácil comprender, por otro lado, que este dialecto fuera muy influido por el ático (que pronto sustituyó al jonio como lengua habitual de la prosa histórica y filosófica) y que encontremos en los textos variantes dialectales que no sólo sean producto del descuido de los copistas. Reunidos por la común atribución al famoso Hipócrates de Cos (que vivió hacia 460-380 a. C.), estos tratados de medicina constituyen la primera colección de textos científicos del mundo antiguo.

El núcleo originario de la colección estuvo, según podemos conjeturar sin gran esfuerzo, en la biblioteca que albergara la venerable escuela de los Asclepíadas de la isla de Cos; es decir, la biblioteca médica, especializada y profesional, que fue propiedad, creación y herencia de los miembros del gremio y la familia del mismo fundador, el renombrado Hipócrates. Sus libros estaban llamados a conservar —al margen de las enseñanzas orales de las prácticas y técnicas terapéuticas transmitidas directamente— las ideas y la doctrina del maestro, formando un repertorio de perenne utilidad, y un instrumento teórico de referencia imprescindible para estudiantes y profesionales de una actividad médica constituida ya como oficio técnico, y, a la par, como arte y ciencia positiva y aplicada, es decir, como téchnē.

Los escritos más significativos, los que constituyen el centro fundamental de la colección, fueron compuestos entre 420 y 350 a. C., en la etapa que podemos considerar definitiva en la formación de la doctrina hipocrática. Hay, quizás, en el CH algún escrito algo anterior a estas fechas, y también algunos notablemente posteriores (así, por ejemplo, creemos que Sobre el corazón puede datar de mediados del s. III a. C., y Sobre la decencia y Preceptos se suelen fechar en el s. I o en el II de nuestra era1). Pero lo fundamental y la mayor parte de los textos recogidos en el amplio CH es producto de la investigación y la enseñanza de algunos escritores que compusieron sus obras en los decenios finales del s. V y en los primeros del s. IV a. C. Es decir, de médicos contemporáneos de Hipócrates, si no del mismo Hipócrates, y de sus discípulos próximos, de la generación inmediata.

Recordemos, de paso, que es precisamente en esa época cuando el texto escrito se impone como vehículo definitivo de la tradición cultural, mientras que la transmisión oral del saber va quedando como un procedimiento arcaico, y que en el marco de la ilustración sofística se difunden las ideas nuevas y críticas2. Entre las figuras intelectuales más características de este momento, junto a los historiadores, los filósofos y sofistas, los políticos y oradores, destacan los médicos que confían a la escritura, como medio decisivo de expresión y difusión de su saber, sus ideas sobre el mundo humano y la curación de las dolencias con ayuda de su ciencia y habilidad técnica. El médico, que desde mucho atrás había gozado de una alta reputación como dēmiourgós, es decir, como «funcionario al servicio de la comunidad», se nos presenta no tan sólo como un profesional más o menos rutinario, como technítēs3, sino como un investigador de la naturaleza humana, que pone su saber al servicio de su ciencia práctica. El médico que, según el elogio homérico (Il. XI 514), es «un hombre que vale por muchos otros», busca actuar de manera consciente y metódica, confiando en la inquisición racional, conjugando su actividad técnica con una concepción amplia sobre los procesos naturales que afectan al ser humano como parte integrante de ese cosmos natural, regido por una phýsis universal.

Este concepto de la phýsis4, heredado de la filosofía presocrática, influye decisivamente en la visión intelectual de los escritores hipocráticos, que unen a sus dotes de observación minuciosa una capacidad notable de teorización sobre el hombre y el mundo. Pero no queremos detenernos en este momento en las influencias recibidas del ambiente intelectual por los escritores hipocráticos ni en los influjos que ellos ejercieron en su época5. Queremos simplemente destacar que la aparición de la nueva ciencia médica, y de la literatura especializada hipocrática, se produce en un contexto significativo. Junto a los tratados profesionales hay otros escritos dirigidos a un público profano, que tratan de exponer las ideas del médico, y la medicina resulta así paideía y ciencia teórica. Circulaban muchos libros de medicina que podía leer el hombre culto, sin pretensiones de convertirse en médico profesional, como es el caso del joven Eutidemo del que nos habla Jenofonte (Mem. IV 2, 10). En los diálogos de Platón el médico es citado frecuentemente como ejemplo del profesional docto, y la medicina como la mejor téchnē.

Según ha señalado W. Jaeger, «aunque no hubiese llegado a nosotros nada de la antigua literatura médica de los griegos, serían suficientes los juicios laudatorios de Platón sobre los médicos y su arte para llegar a la conclusión de que el final del siglo V y el siglo IV a. C. representaron en la historia de la profesión médica un momento culminante de cotización social y espiritual. El médico aparece aquí como representante de una cultura especial del más alto refinamiento metódico y es, al propio tiempo, la encarnación de una ética profesional, ejemplar por la proyección del saber sobre un fin ético de carácter práctico, la cual, por tanto, se invoca constantemente para inspirar confianza en la finalidad creadora del saber teórico en cuanto a la construcción de la vida humana»6. Es en este ambiente intelectual de finales del siglo V donde tenemos que proyectar nuestra imagen de Hipócrates, y de otros médicos como él, que representan por su confianza en la razón, por la búsqueda de un método científico basado en la comprensión de la naturaleza, en la observación y en la experiencia, un tipo de persona admirable y característico de ese momento histórico. A este contexto hay que referir al médico hipocrático, un intelectual ambulante, como los sofistas y los historiadores, miembro de un gremio profesional y experto de una téchnē, ávido de captarse atención y renombre por su saber, que actúa según unos principios éticos claros y que destaca, tanto por su amor a la ciencia como por el amor a la humanidad, por su philotechníē y su philanthrōpíē7.

«Sin exageración puede afirmarse que la ciencia ética de Sócrates, que ocupa el lugar central en los diálogos de Platón, habría sido inconcebible sin el procedimiento de la medicina. De todas las ciencias humanas entonces conocidas, incluyendo la matemática y la física, la medicina es la más afín a la ciencia ética de Sócrates», ha dicho W. Jaeger8. Y en los escritos de Platón puede rastrearse una «transposición» de métodos y términos provenientes de la medicina, como ha señalado A. Diès9.

Es en esta primera literatura médica donde se establece, por vez primera en el ámbito cultural griego, la distinción entre «profanos» y «profesionales», un rasgo muy notable en la constitución de un saber científico. Pero, justamente al destacar la importancia y significación de tal hecho, conviene subrayar el empeño manifiesto de los escritores de textos médicos para hacer sus explicaciones asequibles al gran público y difundir sus teorías. El autor de Sobre la medicina antigua recomienda expresamente emplear un lenguaje conocido a los profanos, como algo especialmente conveniente a la medicina en cuanto ciencia (MA 2), y Platón alude, con cierta ironía, pero con simpatía a la vez, a las amplias explicaciones de ciertos médicos (médicos libres de hombres libres), que no sólo trataban de curar, sino también de ilustrar a sus pacientes10. En el CH tenemos, al lado de tratados especializados para uso de profesionales, otros textos que reflejan, en forma de escrito, los discursos o «conferencias» de algunos médicos deseosos de exponer sus ideas o de defender el prestigio de su profesión ante un amplio auditorio. Estos lógoi o epideíxeis son semejantes a los que componían los sofistas. Un buen ejemplo de los mismos lo constituye el tratado Perì téchnēs (Acerca del arte o Sobre la ciencia médica).

Y, al hablar de literatura de médicos, conviene recordar una observación de Aristóteles (en su Política III 11, 1282a) que dice que se llamaba «médico» tanto al profesional de la medicina, como al investigador experto y al hombre culto instruido en tal ciencia (iatròs ho dēmiourgòs kaì ho architektonikòs kaì trítos ho pepaideuménos perì tḕn téchnēn), una distinción que es oportuno tener en cuenta para advertir la variedad de autores y de lectores de los escritos del CH. En el público de estos tratados hemos de contar fundamentalmente con los médicos, pero también con el hombre culto que, como Eutidemo, sentía interés por los avances de la ciencia, y, a la vez, con el filósofo que quería mantenerse al tanto de las opiniones médicas, como Platón o Aristóteles11.

El caudal de la literatura médica atribuida a Hipócrates aumentó, de un modo sin duda muy considerable, al reunirse en el ámbito de la Biblioteca de Alejandría, a mediados o finales del siglo III a. C., la colección de escritos médicos que puede considerarse la fuente directa de nuestro CH. Allí se formó la colección que recogía, catalogados y publicados (en el sentido que puede darse a la palabra en esta época) bajo el prestigioso nombre del ilustre médico de Cos, toda una amplia serie de textos transmitidos hasta entonces en gran parte como anónimos o, acaso, adjudicados a autores cuyo nombre ya nada decía. En aquellos estantes vinieron a mezclarse, si no lo estaban en colecciones anteriores, tratados procedentes de varias escuelas (de las de Cos y de Cnido, y quizás también, de Sicilia y otras del sur de Italia); y la totalidad de estos escritos médicos antiguos, muy variados por su carácter y estilo (había allí libros muy cuidados en su exposición, mientras que otros textos eran meros apuntes o notas profesionales, no destinados a la publicación inmediata), quedaron apadrinados por el nombre de Hipócrates, impuesto al conjunto.

Es cierto que la historia de que los alejandrinos, empeñados en la formación de una gran biblioteca de autores clásicos, compraron en bloque la biblioteca de Cos no pasa de ser una conjetura, sin apoyo en testimonios antiguos. Como señala Smith, «nada en las fuentes sugiere que una biblioteca de Cos fuera llevada en bloque a Alejandría; este mito escolar moderno puede ser ignorado, ya que estaría en nuestras fuentes si tuviera la más mínima base»12. Pero, si prescindimos de lo anecdótico de tal compra en bloque (y, aún más, de ciertas precisiones novelescas sobre la ignorancia y abandono de la biblioteca escolar de Cos en poder de unos herederos ignorantes, como se imaginaba Littré13), podemos seguir pensando que el fondo más importante de lo que el Museo recogió en su colección médica provenía de Cos y pudo estar en la biblioteca primera de los Asclepíadas de la isla, aunque bien pudo haber otras copias y otras colecciones de tratados médicos en otras escuelas y en poder de algunos particulares. (Eutidemo tenía, según Jenofonte, muchos libros de medicina, como los tendría Platón y los tenía Aristóteles.) Pero, en fin, sin detenernos en vanas conjeturas sobre el origen de los libros que llegaron a esta biblioteca alejandrina, subrayemos que su formación es de capital importancia en la constitución del CH como un conjunto de tratados científicos médicos pronto considerados como «clásicos», y merecedores, por lo tanto, de comentarios y glosas. La tradición anterior de los textos queda envuelta en nieblas; a partir de la colección alejandrina, los textos «hipocráticos» quedan protegidos del deterioro y el olvido por la atención de los filólogos y los médicos deseosos de respaldar sus opiniones con la autoridad del antiguo Hipócrates.

A fines del siglo III se compuso el primer glosario hipocrático de que tenemos firme noticia, aunque el texto se nos ha perdido: las Léxeis Hippokrátous de Baqueo de Tanagra, que explicaban los términos más difíciles utilizados en la colección. Parece que tuvo en cuenta unos veinte libros, entre los que estaban El pronóstico, Predicciones, Aforismos, Humores, Epidemias I, II, III, V y VI, Lugares en el hombre, Oficina del médico. Articulaciones, Instrumentos de reducción, Heridas en la cabeza, Dieta de las enfermedades agudas, Enfermedades I, Sobre la ciencia médica, y tal vez, Aires, aguas y lugares y Sobre la naturaleza del niño. Erotiano, que redactó su Compendio de las expresiones hipocráticas a mediados del siglo I d. C., tomó como base de su obra la de Baqueo. Erotiano cita ya veintinueve tratados (en treinta y ocho libros) del CH.

La relación de algunos grandes médicos de los siglos IV y III con la obra de Hipócrates nos es mal conocida. Diocles de Caristo, Praxágoras de Cos, Herófilo y Erasístrato conocieron los textos fundamentales, pero mantuvieron una notable independencia frente a la tradición.

Fue en Alejandría, en los siglos II y I a. C., en medio de las disputas de los médicos de la secta dogmática y de los de la empírica, cuando aparecieron los comentarios amplios de Zeuxis y Heraclides de Tarento, de quienes se dice que comentaron todos los escritos considerados auténticos de Hipócrates. Los empíricos reclamaron, en defensa de sus actitudes, el estudio de los textos de Hipócrates por su muestra ejemplar de la atención a la realidad y a los datos de la experiencia. Estas reivindicaciones de la doctrina acompañan la aparición de los comentarios, que perdudaron hasta los tiempos de Galeno, quien los cita unos tres siglos después. Para nosotros, desgraciadamente, esos comentaristas son poco más que nombres14.

Un tercer momento de interés en la transmisión del CH lo marca el fervor hipocrático del siglo II d. C. A la sombra del renacimiento cultural del siglo de los Antoninos, en el auge intelectual y la admiración hacia lo clásico que trae consigo la Segunda Sofística, de nuevo se difunde el prestigio de Hipócrates. También el «padre de la medicina» es considerado como una figura imponente del pensamiento, un gigante del más glorioso pasado, y, al igual que Platón y Aristóteles, su obra se ve beneficiada por esa atención de los doctos. El afán arcaizante de la época, no por mimético menos sincero, se expresa en una perspectiva un tanto escolástica. Una secta médica se caracteriza por su hipocratismo militante, frente a los «metódicos», que critican algunas teorías del viejo maestro. Pero lo más importante para nuestro actual enfoque es consignar que en este siglo II aparecieron dos importantes ediciones de la colección hipocrática, cuidadas por Dioscórides el Joven y por Artemidoro Capitón, de una gran importancia para la transmisión y difusión del CH. Son la base textual de las versiones latinas aparecidas en los siglos siguientes (de las que conservamos algunas de los siglos V y VI), y también de las árabes.

Fue en esta época, en los siglos I y II d. C., cuando, en torno a la figura un tanto mitificada del fundador de la medicina, se difundió la leyenda biográfica que decora con algunos trazos novelescos la figura del médico de Cos. De esta fabulación tardía nos hablan algunos textos, indudablemente apócrifos, conservados en el CH: las Cartas y el Decreto y los Discursos, que Littré editó también al final de la Colección. Los trazos más notables de esta leyenda biográfica reflejan el afán enaltecedor de la misma, de acuerdo con una pauta un tanto típica: intervención providencial de Hipócrates en la famosa peste de Atenas, rechazo de la invitación de Artajerjes para trasladarse a la corte persa, y correspondencia epistolar con el agudo filósofo Demócrito de Abdera, a más de una intervención mediadora en un conflicto bélico entre Atenas y Cos. Queda puesto de relieve el carácter filantrópico y el patriotismo del personaje, y su sabiduría se refleja en el intercambio epistolar, muy de acuerdo con los ejercicios de la retórica escolar en boga.

De estos tiempos parecen proceder los dos escritos más recientes de la Colección, ambos de carácter deontológico y de un estilo poco clásico: Preceptos y Sobre la decencia.

Y ésta es, en fin, la época de Galeno (130-200 d. C.), que, con su personalidad intelectual y su vasta obra, supone un hito nuevo en la historia de la medicina antigua. En sus extensos comentarios a Hipócrates, Galeno muestra, a la par, una admiración clara y una notable independencia crítica. No le mueve tanto la exactitud en la perspectiva histórica como el afán de situar el texto comentado dentro de su propio sistema de categorías interpretativas. Galeno utiliza y corrige los comentarios de otros autores (que conocemos fundamentalmente a través de sus citas), dándonos casi siempre sus opiniones como las definitivas. Se considera a sí mismo el auténtico heredero de Hipócrates, tomando su legado como un impulso espiritual, más como un caudal de inspiración que como un repertorio definido y detallado de noticias científicas15.

Entre los años 175 y 190, el prolífico escritor comenta unos veinte libros de la colección hipocrática, emitiendo sus juicios sobre la autenticidad e inautenticidad de diversos tratados. Desde su propio sistema científico, un tanto ecléctico, influido por el platonismo de la época y por una concepción fisiológica basada en la teoría humoral (que le hace considerar el tratado Sobre la naturaleza del hombre como una obra central en la medicina hipocrática), Galeno se construye una imagen propia de Hipócrates. Como lector de textos, a menudo critica lecturas de Dioscórides y Artemidoro Capitón; prefiere las variantes de manuscritos anteriores a las correcciones introducidas por los modernos, y glosa los términos con habilidad y un indudable conocimiento de la materia. Su aportación hermenéutica no es decisiva en la tradición textual, pero su labor como comentarista será de una influencia enorme para la intelección de Hipócrates en siglos muy posteriores. A unos quinientos años de distancia, Galeno viene a ser para Hipócrates lo que Plotino viene a ser para Platón: un admirable interlocutor y un heredero espiritual que interpreta el legado (científico o filosófico) del maestro desde un nuevo sistema de pensamiento.

Para la constitución de la colección hipocrática en un verdadero Corpus, cerrado y con los tratados integrantes ordenados en un orden y número fijos, hay un momento bastante posterior al siglo II al que conviene referirnos. En este sentido el CH queda fijado en el siglo X, es decir, en el período bizantino, en ese siglo en que la Suda se refiere a una colección hexēkontabíblous, «de sesenta libros», un número muy aproximado al de los conservados. Como señala J. Irigoin, «materialmente la constitución de tal conjunto no se ha vuelto realizable sino con la aparición del codex, y no era factible con los rollos de papiros antiguos. Cierto que el agrupamiento de volumina diversos en una misma capsa, su etiquetaje, las listas de inventario o los catálogos fueron medios de asegurar una cierta unidad material»16. Pero el estudio de los manuscritos más antiguos y completos del CH revela, en las listas y ordenación de los tratados, que es hacia esa época cuando se ha dado al CH una organización definitiva y cerrada, que ha llegado hasta nosotros. Hay cinco manuscritos antiguos, anteriores al siglo XIII, que son los básicos para el establecimiento de los textos: el Laurentianus 74, 7 (B), que recoge los tratados de cirugía, probablemente de comienzos del siglo X; el Marcianus Graecus 269 (M), de mediados del siglo X; el Vindobonensis Med. Gr. 4 (θ) de mediados del siglo XI, con trece tratados; el Parisinus Gr. 2253 (A) de fines del siglo XI o de comienzos del XII; y, finalmente, el Vaticanus Gr. 276 (V), de fines del siglo XII. El estudio de la tradición manuscrita refleja que el CH se ha constituido en una fecha relativamente próxima y que se han copiado textos de fuentes variadas, y no una colección establecida de forma canónica y homogénea. Es en Constantinopla en el siglo X —una época especialmente brillante del humanismo bizantino— cuando la colección cobra su definitivo contenido y el contenido final. Este hecho es de gran interés con vistas a la edición crítica renovada sobre el análisis minucioso de las variantes de los manuscritos medievales.

Es, pues, una larga y compleja historia lo que hemos de representarnos cuando nos enfrentamos a cualquier libro de la Colección Hipocrática.

La primera edición impresa del CH completo fue la aldina, en Venecia, 1526. (Había estado precedida de una traducción íntegra en latín, hecha por M. Fabio Calvo, en Roma, 1525, que se reimprimió varias veces.) Fue seguida por otras ediciones completas, de las que citaremos la de J. Cornarius, en Basilea, 1538; la de Mercuriali, en Venecia, 1588; y la de A. Foes, en Francfort, 1595.

Orden y clasificación de los escritos del «CH»

Para ordenar en una presentación coherente y completa la serie de los escritos del CH, al margen del orden de la tradición manuscrita, pueden adoptarse varios criterios. De ellos, dos son los que nos parecen más razonables: el que se basa en una clasificación temática de los tratados, y el que atiende al origen y autoría de los mismos.

El primero ofrece la ventaja de una mayor objetividad, aunque pueda resultar discutible la inclusión de un determinado texto en uno solo de los apartados. Ofrecemos la clasificación basada en este criterio en primer lugar, según la ordenación de Haeser, recogida por P. Laín17. (Como en su lista, damos el nombre castellano seguido por el nombre latino y la transliteración del título griego de la obra. Nuestro título en español sólo difiere del recogido allí en los pocos casos en que preferimos otra traducción del mismo.)

I.Escritos de carácter general:

1.Juramento (Iusiurandum; Hórkos).

2.Ley (Lex; Nómos).

3.Sobre la ciencia médica (De arte; Perì téchnēs).

4.Sobre la medicina antigua (De prisca medicina; Perì archaíēs iētrikês).

5.Sobre el médico (De medico; Perì iētroû).

6.Sobre la decencia (De habitu decenti; Perì euschēmosýnēs).

7.Preceptos (Praecepta; Parangelíai).

8.Aforismos (Aphorismi; Aphorismoi).

II.Escritos de contenido anatomofisiológico:

9.Sobre la anatomía (De anatomia; Perì anatomês).

10.Sobre el corazón (De corde; Perì kardíēs).

11.Sobre las carnes (De musculis; Perì sarkôn).

12.Sobre las glándulas (De glandulis; Perì adénōn).

13.Sobre la naturaleza de los huesos (De natura ossium; Perì ostéōn phýsios).

14.Sobre la naturaleza del hombre (De natura hominis; Perì phýsios anthrṓpou).

15.Sobre la generación y Sobre la naturaleza del niño (De genitura y De natura pueri; Perì gonês y Perì phýsios paidíou).

16.Sobre el alimento (De alimento; Perì trophês).

III.Escritos dietéticos:

17.Sobre la dieta (De victu; Perì diaítēs).

18.Sobre la dieta sana (De salubri victu; Perì diaítēs hygieinês).

IV.Escritos de carácter patológico general:

19.Sobre los aires, aguas y lugares (De aere, aquis et locis; Perì aérōn, hydátōn, tópōn).

20.Sobre los humores (De humoribus; Perì chymôn).

21.Sobre las crisis (De crisibus; Perì krisíōn).

22.Sobre los días críticos (De diebus criticis; Perì krisímōn).

23.Sobre las semanas (De hebdomadis; Perì hebdomádōn).

24.Sobre los flatos (De flatibus; Perì physôn).

25.Pronóstico (Prognosticon; Prognōstikón).

26.Predicciones I (Praedicta I; Prorrētikón A).

27.Predicciones II (Praedicta II; Prorrētikón B).

28.Prenociones de Cos (Praenotiones Coacae; Kōiakaì prognṓseis).

V.Escritos sobre patología general:

29.Epidemias (7 libros) (Epidemiorum libri VII; Epidēmiôn biblía heptá).

30.Sobre las afecciones (De affectionibus; Perì pathôn).

31.Sobre las enfermedades I (De morbis I; Perì noúsōn A).

32.Sobre las enfermedades II y III (De morbis II, III; Perì noúsōn B, Γ).

33.Sobre las afecciones internas (De affectionibus internis; Perì tôn entòs pathôn).

34.Sobre la enfermedad sagrada (De morbo sacro; Perì hierês noúsou).

35.Sobre los lugares en el hombre (De locis in homine; Perì tópōn tôn kat ’anthrópou).

VI.Escritos de contenido terapéutico:

36.Sobre la dieta en las enfermedades agudas (De victu acutorum; Perì diaítēs oxéōn).

37.Sobre el uso de los líquidos (De liquidorum usu; Perì hygrôn chrḗsios).

VII.Escritos quirúrgicos:

38.Sobre el dispensario médico (De officina medici; Kat’iētreîon).

39.Sobre las articulaciones (De articulis; Perì árthrōn).

40.Sobre las fracturas (De fracturis; Perì agmôn).

41.Instrumentos de reducción (Vectiarius; Mochlikón).

42.Sobre las heridas en la cabeza (De capitis vulneribus; Perì tōn en kephalêi traumátōn).

43.Sobre las úlceras (De ulceribus; Perì helkôn).

44.Sobre las hemorroides (De haemorrhoidibus; Perì haimorroídōn).

45.Sobre las fistulas (De fistulis; Perì syríngōn).

VIII.Escritos oftalmológicos:

46.Sobre la visión (De visu; Perì ópsios).

IX.Escritos ginecológicos, obstétricos y pediátricos:

47.Sobre las doncellas (De his quae ad virgines spectant; Perì partheníōn).

48.Sobre la naturaleza de la mujer (De natura muliebri; Perì gynaikeíés phýsios).

49.Sobre las enfermedades femeninas (De morbis mulierum; Perì gynaikeíōn).

50.Sobre la superfetación (De superfoetatione; Perì epikyḗsios).

51.Sobre el parto de siete meses y Sobre el parto de ocho meses (De septimestri partu y De octimestri partu; Perì heptamḗnou y Perì oktamḗnou).

52.Sobre la embriotomía (De embryonis excisione; Perì enkatatomês embrýou).

53.Sobre la dentición (De dentinone; Perì odontophyíēs).

Frente a la objetividad de la anterior clasificación, resulta un tanto vacilante la ordenación de los tratados hipocráticos que puede intentarse recurriendo al otro criterio apuntado: el de disponer los escritos según la probabilidad de su autoría hipocrática. Tal clasificación depende, evidentemente, de la solución admitida en lo que podemos llamar «la cuestión hipocrática», y la posición de cada texto tiene que ser justificada en cada caso. No hay un consenso sobre qué obras escribió Hipócrates; ni siquiera hay un testimonio antiguo fiable sobre que un determinado escrito fuera redactado directamente por el gran médico de Cos. Por otro lado, está claro que unos textos reflejan mejor que otros el pensamiento y la técnica hipocráticos, en sus aspectos fundamentales. El intento de una clasificación de los tratados según este principio resulta, en este respecto, esclarecedor para una lectura comprensiva y sistemática de la colección.

A modo de ejemplo de tal posibilidad de clasificación, recogeremos la ordenación sugerida por E. Littré en 1839, cuyo valor es hoy en buena medida histórico, ya que ningún estudioso actual admite tal cual esta clasificación. Pero es, creo, un buen ejemplo de las pautas adoptadas para intentos semejantes. Littré, después de tratar las relaciones entre sí de los diversos tratados y de caracterizarlos brevemente, en uno de los capítulos más interesantes de su Introducción (págs. 292-439), establece once apartados, en los que distribuye los textos del CH y algunos escritos perdidos de los que tenemos alguna mención antigua. La lista es así:

PRIMERA CLASE. — Escritos de Hipócrates: De la medicina antigua; Pronóstico; Aforismos Epidemias, libros I y III; Dieta en las enfermedades agudas; Aires, aguas y lugares; Articulaciones; Fracturas; Instrumentos de reducción; Juramento; Ley.

SEGUNDA CLASE. — Escritos de Pólibo: Sobre la naturaleza del hombre; Sobre la dieta sana.

TERCERA CLASE. — Escritos anteriores a Hipócrates: Prenociones de Cos; Prorrético I.

CUARTA CLASE. — Escritos de la escuela de Cos, de contemporáneos o de discípulos de Hipócrates: Úlceras; Fístulas; Hemorroides; Flatos; Lugares en el hombre; Sobre el arte; De la dieta y los sueños; Afecciones; Afecciones internas; Enfermedades I, II y III; Parto de siete meses; Parto de ocho meses; Sobre la enfermedad sagrada.

QUINTA CLASE. — Libros que son apuntes o notas: Epidemias II, IV, V, VI y VII; Dispensario del médico; Humores; Del uso de los líquidos.

SEXTA CLASE. — Tratados de un mismo autor, que forman una serie particular en el CH: De la generación; De la naturaleza del niño; Enfermedades IV; Enfermedades femeninas; Enfermedades de las vírgenes; De las mujeres estériles.

SÉPTIMA CLASE. — Escrito tal vez de Leocares: De la superfectación.

OCTAVA CLASE. — Tratados más recientes, que conocen el pulso, o el sistema de Aristóteles acerca del origen de los vasos sanguíneos en el corazón, o citados como posteriores por críticos antiguos: Del corazón; Del alimento; De las carnes; De las semanas18; Prorrético II; De las glándulas; una parte de Sobre la naturaleza de los huesos.

NOVENA CLASE. — Tratados, fragmentos o compilaciones no citados por los críticos antiguos: Del médico; De la conducta honorable; Preceptos; De la anatomía; De la dentición; De la escisión del feto; Aforismos, sección octava; De la naturaleza de los huesos; De los días críticos; De los medicamentos purgativos.

DÉCIMA CLASE. — Escritos perdidos de que tenemos mención: Heridas peligrosas; Golpes y heridas; libro I de las Enfermedades (el pequeño).

UNDÉCIMA CLASE. — Piezas apócrifas: Cartas y Discursos.

El mismo E. Littré era muy consciente de las dificultades de una clasificación semejante y expresó sus reservas críticas en más de un pasaje. Citemos, como un ejemplo de su prudencia, unas líneas suyas (vol. VII, pág. IX): «Una incertidumbre general flota sobre todas estas cuestiones. La causa de ella es que ningún contemporáneo cita un solo tratado de Hipócrates. Desde ese momento, nosotros no podemos afirmar, de una manera absoluta, que, en la colección que lleva su nombre, tengamos un solo tratado que sea suyo; la afirmación es solamente probable; pero la seguridad disminuye y la conjetura ocupa un lugar mayor cuando queremos determinar que tal o cual libro le pertenece. Hay razones más o menos verosímiles, pero nunca una certidumbre completa; he ahí el estado real de la crítica en lo que respecta a los libros hipocráticos, desprovistos de testimonios contemporáneos, provenientes, por otro lado, evidentemente de diversas manos.»

Sólo la discusión pormenorizada y minuciosa de un texto que atienda a las particularidades de su contenido y del estilo, y no desestime de antemano los escasos testimonios de los críticos antiguos, puede servir de base a una clasificación como la propuesta. Y no basta con advertir la originalidad de un tratado y la presencia de un notable pensador que expone con firmeza y clara prosa unas ideas hipocráticas, para sentenciar que ahí tenemos un libro del auténtico Hipócrates. Ahí tenemos el caso del autor de Sobre los aires, aguas y lugares (que acaso sea el mismo de Sobre la enfermedad sagrada). ¿Cómo puede garantizarse que sea el mismo maestro de Cos y no otro investigador de la misma época, de gran talento, el que redactó estas líneas?

Pero, antes de entrar en la «cuestión hipocrática», dejemos constancias de la coincidencia en atribuir a Hipócrates algunos textos por parte de Littré y de algunos grandes filólogos alemanes que escribieron importantes estudios sobre la misma cerca de un siglo después.

En su detallado análisis de los libros de las Epidemias, un admirable estudio por su rigor y su precisión, K. Deichgräber acepta como auténticamente hipocráticos los libros I y III de Epidemias, así como los II, IV y VI, redactados algo posteriormente, y Sobre los humores, Sobre los instrumentos de reducción y Sobre las heridas en la cabeza, y considera que están íntimamente relacionados con ellos El pronóstico, Sobre las fracturas, Sobre las articulaciones, Sobre la naturaleza del hombre, Sobre los aires, aguas y lugares, Sobre la enfermedad sagrada, y, tal vez, los libros V y VII de Epidemias. El libro de K. Deichgräber, Die Epidemien und das Corpus Hippocraticum, de 1933 (Berlín), se sitúa en una línea filológica en la que están también los trabajos de M. Pohlenz (Hippokrates und die Begründung der wissenschaftlichen Medizin, Berlín, 1938) y W. Nestle («Hippocratica», Hermes 73 [1938], págs. 1-38). Pohlenz reconoce como de Hipócrates Sobre la enfermedad sagrada, Sobre los aires, aguas y lugares, El pronóstico, y Epidemias I y III. Nestle considera auténticos El pronóstico, Epidemias I y III, Sobre los aires, aguas y lugares, Sobre las articulaciones, Sobre las fracturas, Sobre los instrumentos de reducción, las primeras secciones de los Aforismos, Sobre la enfermedad sagrada, Sobre la dieta sana, y, de manera indirecta, los libros II, IV y VI de Epidemias.

Podemos calificar de «conservadora» esta corriente que admite un núcleo (bastante variable, pero con significativas coincidencias) de escritos que podrían adjudicarse al mismo Hipócrates. En la misma línea están estudiosos importantes posteriores, como Diller, Bourgey y Knutzen19. Frente a ella están quienes consideran que no hay razones para asignar a Hipócrates cualquiera de los escritos del CH. Entre los representantes de esta tendencia conviene citar, en primer lugar, a L. Edelstein («The genuine Works of Hippocrates», de 1939, recogido ahora en su Ancient Medicine, Baltimore, 1967, y su artículo sobre Hipócrates en Pauly-Wissowa, RE20), y a G. E. R. Lloyd («The hippocratic question», Class. Quart. [1975], 171-192), como uno de los más recientes.

La cuestión hipocrática. ¿Qué escribió Hipócrates?

No vamos a demoramos demasiado en la cuestión de la autenticidad de los escritos del CH21. Advirtamos que semejante cuestión tiene, en el caso de Hipócrates, un aspecto distinto al que se nos presenta en otras colecciones antiguas, como son el Corpus Platonicum o el Corpus Aristotelicum. Desde muy antiguo se advirtió la gran diversidad, no sólo temática, sino también de ideas y estilos, de los tratados reunidos en la Colección. La atribución a Hipócrates de todos ellos no puede remontar más allá de la colección alejandrina, formada unos doscientos años después de la muerte de Hipócrates y tras una quiebra en la continuidad escolar. Galeno recoge testimonios anteriores sobre la inautenticidad de algunos escritos, y formula sus propias dudas sobre varios de ellos. Pero tampoco el hecho de que Galeno considere auténtico un tratado es para nosotros una garantía de que su autor fuera Hipócrates. Escribe demasiado tarde, y la exactitud en la investigación histórica no es su mérito más acertado. Prefiere como el texto más digno de Hipócrates el tratado Sobre la naturaleza del hombre, porque en él se formula claramente la teoría humoral que el propio Galeno sostiene, a pesar de que otros autores antiguos atribuyen el tratado a Pólibo, yerno de Hipócrates, y de que algunas de las tesis centrales en ese libro no concuerdan con otros tratados considerados auténticos. Incluso la cita de Platón en el Fedro, que es el más importante de los testimonios más antiguos sobre el método de Hipócrates, la refiere Galeno al método de ese tratado. Es un ejemplo de cómo el sabio comentador se deja llevar por sus prejuicios y por el afán de respaldar su propia teoría con el texto más afín al propio sistema22.

La cuestión de atribuir a Hipócrates algún tratado es difícil de solucionar, porque son mínimas las referencias externas a su obra que precisen su método o su estilo, y no hay ninguna cita de una obra concreta por su título. Las referencias más interesantes son dos: la alusión platónica al método hipocrático en el Fedro, que ha hecho correr mucha tinta, y el resumen ofrecido por el fragmento del Anonymus Londinensis, que compendia el texto de Menón, un discípulo de Aristóteles que escribiera una Historia de la medicina23.

Con todo, lo importante es reconocer que, al margen de que se atribuya, con mayor o menor crédito, un opúsculo concreto al mismísimo Maestro de Cos, podemos distinguir en la colección de escritos médicos las trazas de una teoría y un método que podemos calificar de «hipocráticos»24. Es muy interesante advertir cómo en la colección quedan huellas claras de la polémica sobre el método adecuado en la ciencia de la curación —cómo el autor de Sobre la medicina antigua defiende el método tradicional contra los innovadores que basan sus teorías en postulados generales filosóficos, en tanto que, en Sobre los flatos, o en Sobre las carnes, se exponen hipótesis universales como base a la consideración patológica, mientras que el autor de Sobre la dieta, en un estilo que recuerda el teorizar de algunos grandes presocráticos, combina sus postulados con una atención a aspectos concretos de la dietética25—, y reconocer que tras estos debates se encuentra la enseñanza y la impronta personal de un maestro y de una escuela de médicos, incitados a la investigación científica por una gran figura, la de Hipócrates, quien no sabemos si estaba más de acuerdo con el talante empírico del autor de Sobre la medicina antigua o con el discurso especulativo de Sobre la dieta. ¿Cómo determinar si escribió El pronóstico, Epidemias I y III, y Sobre la dieta en las enfermedades agudas? ¿Por qué no seguir atribuyéndole estas obras, como hicieron los antiguos?

Pero cabe también plantearse la pregunta contraria: ¿Por qué seguir haciéndolo sobre una base tan incierta e imprecisa?

Veamos dos testimonios antiguos sobre el método y las doctrinas de Hipócrates, unas líneas del Fedro de Platón y un resumen doxográfico atribuido al peripatético Menón. Primero, Platón:

SÓCRATES. — El mismo es, en cierto modo, el procedimiento de la ciencia médica y el de la retórica.

FEDRO. — ¿Cómo dices?

SÓCRATES. — En ambas es preciso analizar una naturaleza, la del cuerpo en la una, y la del alma en la otra, si pretendes, no sólo por rutina y experiencia, sino de un modo científico, aportarle al uno medicación y alimento para infundirle salud y vigor, y a la otra razones y disposiciones justas para dotarla de la persuasión que quieras y de la virtud.

FEDRO. — Así es, desde luego, lo verosímil, Sócrates.

SÓCRATES. — ¿Crees entonces que la naturaleza del alma es posible entenderla digna y cabalmente sin la naturaleza del todo?

FEDRO. — Si es que algún caso hay que hacer a Hipócrates, el de los Asclepíadas, ni siquiera la del cuerpo se entendería sin ese método.

SÓCRATES. — Bien dice pues, compañero. No obstante, además de a Hipócrates, conviene examinar el razonamiento a ver si concuerda con él.

FEDRO. — Lo apruebo.

SÓCRATES. — Examina entonces respecto de la naturaleza qué dice Hipócrates y el verdadero razonamiento. ¿Es que no hay que reflexionar así acerca de la naturaleza de cualquier cosa? En primer lugar: ¿es simple o complejo eso en lo que queremos ser entendidos y ser capaces de hacer entendidos a otros? Y, luego, si es simple su naturaleza, observar cuál es su capacidad, cuál es la que tiene naturalmente para actuar, y cuál la que tiene para padecer bajo un agente externo cualquiera. Y si presenta varios aspectos, después de enumerarlos, ver en cada uno lo mismo que respecto de la unidad, qué está destinado por naturaleza a hacer y qué dispuesto a sufrir y bajo qué agente.

FEDRO. — Seguramente sí, Sócrates.

(PLATÓN, Fedro 270b-d)

Sobre este texto, breve alusión al método hipocrático, se ha escrito tanto, tratando de identificar, con más o menos agudeza, el texto concreto del CH a que Platón se referiría, o bien negando tal posibilidad, que resulta imposible resumir aquí todas las opiniones expresadas. Indicaremos solamente algunas.

La cuestión viene desde muy antiguo. Galeno pensaba que Platón aludía claramente al tratado Sobre la naturaleza del hombre (tesis que ha vuelto a proponer W. Kranz, en 1944); Ermerins sostenía (en 1839) que un candidato más probable parece ser Sobre los aires, aguas y lugares (opinión respaldada por M. Pohlenz, en 1938); E. Littré veía una alusión directa a Sobre la medicina antigua (y también Th. Gomperz, en 1911); J. Ilberg (en 1894) y W.-H. Roscher (1911) consideraban que era más explícita la referencia a Sobre las semanas. Otros estudiosos consideran que Platón no alude a ninguna obra de las conservadas en el CH, sino que expresa una concepción metódica que subyace en la aproximación de la medicina hipocrática a su objeto: la terapéutica parte de una concepción general del hombre en su entorno y considera la naturaleza del todo, previamente. Esa doctrina podría hallarse subyacente o expresa en las obras más auténticas del CH. En esta misma línea están H. Diels (en 1899), U. v. Wilamowitz (en 1901), Christ-Schmid (en 1902), y otros.

La cuestión dista mucho de estar cerrada, como indican los recientes trabajos de W. D. Smith26, J. Mansfeld27 y R. Joly28. W. D. Smith ha señalado que el texto que parece más directamente aludido, incluso con algún eco verbal directo, en el Fedro, es el tratado Sobre la dieta. Vuelve, pues, a considerar como referencia un texto en el que ya había reparado E. Littré29, quien lo rechazaba por no considerar representativos de Hipócrates ni el método ni el estilo de este escrito, que Smith defiende ahora como el más genuino dentro de la colección.

Traduzco unas líneas de Sobre la dieta (I 2), que parecen bosquejar un programa metódico como el aludido por el Fedro:

Afirmo que quien va a escribir correctamente acerca de la dieta humana debe, en primer lugar, conocer y discernir la naturaleza del hombre en general; conocer de qué está compuesta desde su origen, y distinguir por qué factores está dominada. Pues si no conoce su constitución original, será incapaz de conocer los efectos de sus mismos componentes; y si no distingue lo que predomina en el cuerpo, no será capaz de procurar al hombre el tratamiento conveniente. Eso, pues, debe conocerlo el escritor, y con ello el poder de todas las comidas y bebidas de las que nos servimos en nuestro régimen de vida, qué influencia tiene cada una, sea por naturaleza, por necesidad o por industria del hombre. Porque hay que saber cómo disminuir el poder de las fuertes por naturaleza y de aumentar el vigor de las débiles, mediante nuestra ciencia (dià téchnēs), cuando el momento oportuno para cada caso se presente. Pero quienes conocen lo que acabo de decir no tienen aún el tratamiento suficiente para la persona humana, por el hecho de que el hombre sólo con comer no se mantiene sano, sino que necesita también el ejercicio. Alimentos y ejercicios tienen virtudes contrarias entre sí, pero contribuyen en su contraste a la salud. Porque los ejercicios están dirigidos por naturaleza a desgastar las energías disponibles; los alimentos y bebidas, a colmar de nuevo los vacíos. Es preciso entonces, según parece, discernir la influencia de los ejercicios, tanto de los que son naturales como de los violentos, y cuáles de entre ellos procuran un aumento de las carnes y cuáles una disminución; y no sólo eso, sino además las relaciones adecuadas entre los ejercicios y la cantidad de alimentos, la constitución del hombre, las edades de las personas, su adecuación a las estaciones del año, los cambios de los vientos, la disposición de los lugares en donde se practica esa vida, y la constitución del año. Es preciso conocer las salidas y puestas de los astros, a fin de prevenir los cambios y excesos de alimentos, bebidas, vientos, y del universo entero, que de todo ello les vienen a los hombres las enfermedades.

Realmente parece difícil no advertir que en este programa coinciden los rasgos que Platón atribuye al método de Hipócrates con algunos de los rasgos más característicos de la medicina que suele adjetivarse como «hipocrática stricto sensu». El autor no sólo postula un conocimiento (gignṓskein) de la naturaleza humana en general, sino también un discernir (diagignṓskein) los elementos o componentes de esa naturaleza compuesta y el poder o influencia (dýnamis) de cada una de las partes (mérē). El procedimiento que Platón postula en el Fedro, basado en el análisis (diaírēsis) y en la atención a las partes y al todo (en una synagogḗ posterior), parece estar aquí indicado con toda claridad. La frase más controvertida del pasaje platónico, la que se refiere al conocer la naturaleza del todo (hē phýsis toû hólou), encuentra aquí una clara referencia, tanto si se quiere entender esa «naturaleza del todo» como referida al conjunto del objeto que se investiga, en este caso el hombre, como si se pretende encontrar una referencia al universo entero (ya que Platón citó un poco antes la meteōrología como un conocimiento previo de rigor para toda ciencia que se precie). Ese «conocer y discernir la naturaleza del hombre en general» (prôton mèn pantòs phýsin anthrópou gnônai kaì diagnônai) se funda en un análisis del cuerpo y sus componentes, y de lo que éstos pueden actuar y padecer, y se complementa con una atención a la influencia de las estaciones, los vientos, los lugares, y, en fin, del universo entero (hólou toû kósmou) sobre el hombre.

Creo que es muy inexacto sostener que tenemos aquí una posición que se opone a la doctrina de Cos, por el hecho de que la medicina parezca fundarse en un conocimiento general de base filosófica. Lo que está claro es que el autor de Sobre la dieta necesita recurrir, en su explicación de la naturaleza humana, a postulados generales, a esas hipótesis que el autor de Sobre la medicina antigua (y también el de Sobre la naturaleza del hombre) rechaza como ajenas a la medicina tradicional. El prejuicio de reputar impropio de Hipócrates el tratado Sobre la dieta está fundado —desde E. Littré a R. Joly— en la previa concepción de Hipócrates como un pensador «positivista», enemigo de los postulados generales, como un científico celoso de la autonomía de su téchnē frente a los médicos filósofos. Desde luego el autor de este tratado, que presenta ecos de la lectura de Heráclito y otros presocráticos, no era un médico de ese estilo, sino, más bien, uno de aquellos médicos de nuevas ideas censurados por el escrito Sobre la medicina antigua. Por otro lado, es evidente que no cae en postulados generales tan simples como los que teorizan Sobre los flatos y Sobre las carnes, ya que su concepción terapéutica muestra bien que esa atención a la comprensión general va acompañada de una observación concreta de lo que daña y perjudica al hombre, es decir, de esa atención a la experiencia de lo real, que caracteriza y define al profesional de la época hipocrática. En fin, como ha señalado W. D. Smith, este escrito puede ser también el punto de referencia de las ideas «hipocráticas» resumidas en el Anonymus Londinensis30.

Sobre la cita de Platón hay algo que el lector no debe olvidar tampoco: que cuando Platón alude a otro autor no suele hacerlo con indiferencia, sino que cita de memoria y según su interés, y que, por decirlo con una expresión de R. Joly, interpreta filosóficamente a Hipócrates leyéndolo con ojos platónicos.

El llamado Anonymus Londinensis es un texto papiráceo (del siglo II d. C.) que contiene un resumen de diversas opiniones médicas antiguas, que los críticos han identificado como probable copia, en extracto, de la Historia de la medicina atribuida a Menón, discípulo de Aristóteles. Ya Galeno (XV 25 K) había aludido a esta recopilación de doctrinas médicas (synagogḕ iētrikḗ). E. Littré lamentaba la pérdida total de esta obra que tanto, según pensaba, nos habría aclarado sobre el desarrollo y las teorías específicas de las escuelas y de los médicos griegos. El hallazgo del papiro representó una alegre sorpresa, seguida de una relativa desilusión31, ya que los conocimientos aportados por él han sido de mediano alcance.

El papiro, fragmentario y escueto, de uso escolar, dedica a Hipócrates una sección (V 35-VI 4), relativamente extensa en comparación con las breves menciones que dedica a otros médicos. Pero le adjudica unas teorías médicas de una sorprendente generalidad. El párrafo dedicado a Hipócrates comienza así:

Pero Hipócrates afirma que las causas de la enfermedad son los aires internos (phýsas), según ha explicado Aristóteles al tratar de él. Pues dice Hipócrates que las enfermedades se producen según el siguiente proceso. O bien por la cantidad de los alimentos ingeridos, o por su variedad, o por el hecho de que son fuertes y difíciles de digerir, ocurre que los alimentos ingeridos engendran residuos elementales (perissṓmata) y cuando lo que se ha tragado resulta excesivo, el calor que activa la cocción de los alimentos se ve vencido por los muchos alimentos ingurgitados y no realiza la cocción (o digestión, pépsis), y al ser impedida ésta se originan esos residuos alimenticios (perissṓmata)32.

La mala digestión —sigue diciendo el escrito— origina impedimento de cocción de los alimentos en el estómago, y ésta, la creación, por un proceso de cambio (metabolḗ), de esos residuos orgánicos (perissṓmata) que se transforman en phýsai, aires internos, flatos, o gases, que son la causa directa de las enfermedades.

Esto lo afirmó él (Hipócrates), impulsado por la creencia siguiente: el pneûma (aire respirado) permanece dentro de nosotros como algo de máxima necesidad y de lo más importante, ya que la salud se origina de su libre curso, y las enfermedades, de impedimentos a su fluir. Nos mantiene como sucede con las plantas. Así como éstas están arraigadas en la tierra, del mismo modo nosotros estamos enraizados en el aire, por las narices y por todo nuestro cuerpo. Nos parecemos, al menos, a esas plantas que llaman «soldados». Así como éstas se mueven, enraizadas en lo húmedo, bien hacia lo húmedo, bien hacia otro lado, así también nosotros, como si fuéramos vegetales, nos enraizamos en el aire y estamos en movimiento cambiando de lugar, ora hacia acá, ora hacia allá. Si eso es así, ya se ve lo importantísimo que es el aire.

Sigue el texto hablando de las phýsai y sus cambios, según las bruscas alteraciones del calor, que causan las enfermedades y concluyen reafirmando que tales son las opiniones de Hipócrates según Aristóteles.

Luego añade (un tanto sorprendentemente):

Pero según dice el propio Hipócrates las enfermedades se originan… (hay una laguna en el papiro) se originan las enfermedades por fatigas extremadas, por enfriamiento, por acaloramiento, especialmente por enfriamiento o calentamiento de la bilis y la flema. Y dice, además, Hipócrates que las enfermedades nacen o a partir del aire o según las maneras de vivir (ḕ apò toû pnéumatos ḕ apò tôn diaitēmátōn).

Pasa, después, a indicar que, cuando muchos son afectados por una misma enfermedad, la causa hay que encontrarla en el aire (la atmósfera, aḗr), mientras que, cuando los enfermos tienen varias y distintas dolencias, la causa radica en sus regímenes de vida (tà diaitḗmata).

Algunas veces, pues, lo mismo resulta causa de muchas y variadas dolencias. En efecto el exceso resulta motivador de fiebre y de pleuritis y de epilepsia, que engendra tales enfermedades según la constitución de los cuerpos que lo reciben. Pues, en efecto, no en todos los cuerpos cuando uno solo es el agente causante se produce una misma enfermedad, sino, como ya dijimos, muchos y variados tipos. También ocurre lo contrario cuando a partir de diferentes causas se producen las mismas dolencias. Por ejemplo, el vientre se suelta a causa de un empacho, pero también a causa de la acidez, si hay un flujo de bilis. De esto resulta claro que el hombre (Hipócrates) se equivoca en estas cosas, como demostraremos al avanzar nuestro tratado. No obstante, hay que decir que Aristóteles habla de un modo sobre Hipócrates y éste de un modo distinto dice que se producen las enfermedades.

Importante como es, el texto de esta información doxográfica no deja de ser, al mismo tiempo, decepcionante y un tanto desconcertante, sobre todo en relación con la «cuestión hipocrática». Se han visto en él reflejos de la teoría pneumática defendida por el autor de Sobre los flatos (Perì physôn), y cierta relación (menos continua, pero más profunda, según L. Bourgey) con algunos postulados de Sobre la naturaleza del hombre. Finalmente, W. D. Smith ha detectado en este texto referencias a los planteamientos generales de Sobre la dieta, que él atribuye al mismo Hipócrates.

Conviene destacar también la distinción que el autor marca entre la doctrina de Hipócrates según Aristóteles, y las explicaciones del mismo Hipócrates (que pueden estar extraídas de un determinado texto, y que, en cualquier caso, parecen más complejas y más ajustadas a las sostenidas en varios textos del CH). La frase «dice Hipócrates que las enfermedades nacen o a partir del aire o según las maneras de vivir» encuentra un claro paralelo en Sobre la naturaleza del hombre: «las enfermedades nacen unas de los modos de vida, otras del aire que introducimos al vivir» (hai dè noûsoi gígnontai hai mèn apò tôn diatēmátōn, hai dè apò toû pneúmatos, hò esagómenoi zômen. Las palabras griegas en los dos textos son las mismas).

Quisiera recordar aquí unas claras y oportunas palabras con las que L. Edelstein concluía un famoso artículo sobre las obras de Hipócrates, tras negar la posibilidad de reconocer su autoría en ninguna de las de nuestro CH33.

Si algunos de los libros llamados «hipocráticos» fueron escritos o no por Hipócrates es ciertamente «tema de un interés de anticuario» (en frase de W. H. S. Jones); la solución a este problema ni realza ni menosprecia la grandeza o la importancia de Hipócrates. Por lo demás, un Hipócrates privado de los libros del CH, pero investido por la doctrina que la tradición le atribuye, no pervive tampoco en una sombría existencia. Platón y Menón nos dan suficientes detalles como para dejar claros los esquemas de la medicina hipocrática. Su método científico, su explicación de las enfermedades son conocidos; sus conclusiones específicas pueden ser determinadas por completo al ser contrastadas con las doctrinas contenidas en los llamados escritos hipocráticos; su importancia en la medicina griega está indicada por la historia de su influencia en generaciones posteriores.

Una apreciación del Hipócrates histórico dentro de estos límites es incontestable; mayor conocimiento sobre él y sus escritos no pueden reclamarse con certeza. Si un tal juicio es llamado escéptico, con ello nada cambia. En lo que concierne a la solución de los problemas de nuestro estudio, no veo ninguna diferencia o mérito en ser positivo o negativo o escéptico. Sea lo que sea al respecto, una afirmación sólo es verdadera si y en la medida en que está fundada en razones.

Las razones mejores pueden encontrarse, si es que las hay en alguna parte, en el estudio de los mismos textos, sin duda34. Aunque no nos lleven a identificar como auténticos tales o cuales escritos, nos invitan a reconocer las huellas de un pensamiento sistemático y un método científico dentro de unas precisas coordenadas históricas; y tras esos trazos se perfila la figura de Hipócrates.

Algunas notas históricas y rasgos característicos de la ciencia de Hipócrates35.

La medicina hipocrática se configura en un horizonte histórico e intelectual que podemos delimitar con precisión. Los tratados más significativos del CH (El pronóstico, Sobre la medicina antigua, Epidemias I y III, Sobre la dieta en las enfermedades agudas, Sobre la enfermedad sagrada, Sobre los aires, aguas y lugares, Sobre la dieta, etc.) están escritos en los últimos decenios del siglo V o a comienzos del siglo IV a. C. Son obra de Hipócrates o de otros médicos de su generación. Esto es lo que nos interesa destacar: estos profesionales de la medicina pertenecen a un momento muy bien caracterizado de la cultura griega, el del apogeo de la ilustración y del racionalismo. Tienen un patrimonio tradicional, en cuanto technítai de la curación y dēmiourgoí, formado por un repertorio de observaciones y experiencias adquiridas en la práctica propia y en la enseñanza recibida de sus maestros y precursores en el arte, médicos ambulantes, y también maestros de gimnasia y educadores de atletas. Pero, bajo el influjo de la teoría filosófica acerca de la regularidad de la naturaleza, estos escritores médicos tratan de explicitar los fundamentos teóricos de su arte y de confirmar la validez de su ciencia exponiendo sus principios generales. Siempre sin perder de vista el objetivo final: combatir las dolencias y devolver al hombre la salud, su condición natural. Se empeñan en demostrar que la medicina, como ciencia real, téchnē eoûsa, no sólo es una práctica benéfica, sino también un saber operativo acerca del hombre y del mundo en el que vive y perece. La hazaña intelectual de estos médicos ha pervivido como impulso hacia el conocimiento del hombre, más allá de sus limitados logros en motivos concretos de su dominio científico.

Uno de los pocos datos firmes que tenemos sobre Hipócrates es el de su nacimiento en Cos hacia el 460 a. C. Esto quiere decir que era un estricto coetáneo de Demócrito de Abdera y que era unos diez años más joven que Sócrates. Bien pudo escuchar, como señala la tradición biográfica, al famoso Gorgias, y tomar lecciones de su hermano, el médico Heródico de Selimbria, reputado por sus tratamientos dietéticos. Sabemos también que ejerció la actividad médica en el norte de Grecia (en Tesalia y en Tracia, como el autor de Epidemias I y III) y en la isla de Tasos y cerca del Ponto Euxino, y que murió en Larisa a una edad avanzada. Debió de gozar pronto de prestigio como profesional ilustre, a juzgar por la referencia de Platón en el Protágoras (31 1b) que lo nombra como ejemplo de un maestro en su oficio, dispuesto a enseñar a otros mediante salario. (El Protágoras fue escrito hacia el 395 a. C., y sitúa el coloquio allí narrado unos treinta años antes.)

Era uno de los Asclepíadas, es decir, uno de los descendientes de Asclepio, el héroe fundador de la medicina. Al remontar su genealogía hasta el sabio hijo de Apolo, los médicos de Cos sólo destacaban el carácter gremial y familiar de su oficio, lo mismo que los rapsodos de Quíos, los «Homéridas», remontaban la suya hasta el patriarca de la épica, Homero. También sus hijos fueron médicos, Tésalo y Dracón, y a su yerno Pólibo le atribuyeron algunos autores antiguos el tratado Sobre la naturaleza del hombre.

La Antología Palatina (VII 135) nos ha transmitido un hermoso epitafio honorífico, que le rinde alabanzas como a un noble guerrero, y que pudo estar grabado sobre su tumba en Larisa:

El tesalio Hipócrates, de linaje coico, aquí yace,

que, nacido del tronco divino de Febo, trofeos múltiples

erigió derrotando a las enfermedades con las armas de Higiea,

y consiguió inmensa gloria no por azar, sino con su ciencia.

Pero en ese combate «con las armas de Higiea», que logra sus victorias no de la casualidad, sino del saber técnico, ou týchēi, allá téchnēi, Hipócrates no era, sin duda, un guerrero solitario. Su actividad profesional se inscribe en una tradición larga dentro de la historia social griega, ya que desde los poemas homéricos está atestiguado el prestigio de algunos médicos. (Cf. Ilíada XI 514; Odisea XVII 383.) Sabemos, luego, de la estimación y altos emolumentos de destacados médicos, como Democedes de Crotona, que trabajó en Egina, en Atenas, y en la corte del tirano Polícrates en Samos (según cuenta Heródoto, III 131), o como Ctesias de Cnido, que lo hizo en la corte persa de Artajerjes II, o como Onasilo y sus hermanos, a los que alude una inscripción chipriota de Edalion (de mediados del siglo V) prometiéndoles una elevada suma o tierras por atender a los heridos en un asedio de la ciudad. Tanto en la guerra como en la cotidiana práctica de la vida ciudadana, el médico era un demiurgo necesario y apreciado, un «artesano» itinerante, hábil en su oficio, en una praxis que requiere la habilidad manual y el ejercicio constante de la inteligencia. Ya desde mucho antes de Hipócrates la medicina griega se había desarrollado sobre unos supuestos empíricos y técnicos, al margen de la medicina religiosa y de la superstición popular36.

La distinción entre el médico que cura heridas de guerra mediante la cirugía y diversos cauterios, y el médico de enfermedades internas, está ya en la épica, según unos versos de Arctino en su poema El saco de Troya (compuesto a fines del siglo VIII a. C.), que se refiere a Macaón y Podalirio, hijos de Posidón aquí (o de Asclepio, según la versión homérica):

Su padre, el ilustre Sacudidor de la tierra, les concedió sus dones a ambos, pero a uno lo hizo más glorioso que al otro. A uno lo dotó de manos más ligeras para sacar dardos de la carne, y para cortar y aprontar remedios a todas las heridas. Al otro le infundió en el pecho todo lo preciso para reconocer lo escondido y para curar lo incurable. Él fue el primero en advertir los relampagueantes ojos y la abotargada mente de Áyax enloquecido37.

Volviendo a ello, es importante destacar que la medicina griega se había desligado, desde muy antiguo, de cualquier vinculación con las prácticas religiosas y con la magia. Ya en Homero hay testimonios de ese médico que actúa al margen del sacerdote purificador. Es el caso de Macaón, hijo de Asclepio, que «vale como médico por muchos hombres» y sabe «extraer los dardos y aplicar suaves remedios a las heridas» (Il. XI 514-5). Aunque en Grecia perduraron con éxito los santuarios y templos donde, bajo el patrocinio de Asclepio, se operaban milagrosas curas, y la medicina popular que recurría a prácticas mágicas y a remedios supersticiosos siguió contando siempre con numerosos adeptos, la medicina científica discurrió por caminos propios, bien diferenciados de los frecuentados por magos, adivinos, curanderos de varios tipos y trazas, y adivinos de diversa catadura. Tanto el autor de Sobre la enfermedad sagrada (1, 2, 17) como el de Sobre los aires, aguas y lugares (que bien pudiera ser el mismo) expresan su desdén hacia los practicantes de esos turbios remedios, y manifiestan su confianza en que todas las enfermedades son naturales y deben tratarse por medios naturales.

Por otro lado, la deificación de Asclepio no parece un proceso demasiado antiguo. Según L. Edelstein38, se produjo a fines del siglo VI a. C., cuando, en la tendencia a personalizar la relación religiosa del enfermo con la divinidad curadora, se habría desplazado a Apolo, el Sanador por excelencia, Péan, en favor de Asclepio, el héroe, hijo del dios y de la ninfa Corónide. El culto a Asclepio, atestiguado en Epidauro hacia el 500 a. C., se introdujo en Atenas hacia el 420 a. C. y en Cos a mediados del siglo IV. Es decir que en Cos no existía ni el templo ni el culto en tiempos de Hipócrates, cuando la escuela de medicina era ya famosa. Con este dato queda rechazada la hipótesis de E. Littré que pensaba en una influencia de los casos recogidos en los anales y tablillas votivas de los templos en las notas de los médicos (en Prenociones de Cos y Predicciones I). El culto es posterior y subsistió en buenas relaciones con las prácticas de los médicos, que podían enviar a sus enfermos deshauciados a visitar los templos como último recurso.

Ya antes de Hipócrates había médicos y escuelas médicas en diversas ciudades griegas; las había en el sur de Italia, donde Crotona fue, en el siglo VI, la escuela más prestigiosa, en Cirene, en Cnido y en Cos. Hipócrates es un heredero de técnicas y saberes que él y sus contemporáneos harán avanzar mediante una mayor conciencia metódica y con una teoría mucho más ambiciosa en cuanto a su visión de la medicina como un saber causal en torno a las enfermedades y la salud. Para este progreso, la medicina recibió un impulso decisivo de la filosofía presocrática, de esa physiología jónica que aspira a describir una concepción del mundo ordenado según unos principios fundamentales inmanentes a los procesos naturales. Y tampoco fue Hipócrates de los pioneros en pretender expresar una concepción filosófica de la enfermedad y la salud, o del hombre como un organismo complejo sometido a la acción de diversos factores naturales. A una generación anterior pertenecen Alcmeón de Crotona, y Empédocles de Agrigento, y Diógenes de Apolonia, por citar los nombres de tres influyentes pensadores del período presocrático39. En el CH hay huellas de diversas teorías filosóficas, pero hay también un empeño por destacar la autonomía del saber médico respecto de esas teorías generales. En este punto se inserta, creemos, el empeño hipocrático de fundamentar la medicina como saber, como téchnē ejemplar, en una cosmovisión racional de las últimas causas del acontecer humano; pero, a la vez, en una serie de prescripciones para la actuación del médico con una bien definida finalidad: la de velar por el mantenimiento de la salud y la de alejar las dolencias del cuerpo.

La concepción de la salud como un equilibrio interno, y de la enfermedad como un excesivo predominio de un elemento sobre otros, fue expuesta por Alcmeón y recogida por los médicos hipocráticos. También la teoría de que el cerebro es el centro de la actividad mental procede de él; así como la teoría acerca del pneûma vital procede de Diógenes. Pero lo que define a la medicina hipocrática no es tanto la aceptación de estos conceptos, como su aprovechamiento. El conocimiento de la naturaleza, y en especial de la naturaleza del hombre, por parte del médico tiene una finalidad práctica: la conquista de la salud, la restauración del equilibrio somático. El afán especulativo por conocer las causas de los procesos naturales se combina, en la actividad médica, con la observación y la experiencia clínicas. Esta combinación es lo que otorga un sello característico al saber hipocrático. Aun en los autores que recriminan el uso de postulados filosóficos o de hypothéseis (como el autor de Sobre la medicina antigua) encontramos una gran dosis de espedilación40. Y en los escritores más especulativos, como el autor de Sobre la dieta, encontramos constantes referencias al dato sensible y a la observación de los síntomas específicos. La medicina encuentra en la «sensación del cuerpo», aísthēsis toû sómatos, el criterio fundamental para la verificación de la teoría. Atento a los síntomas, el hipocrático interpreta una semiótica que le conduce a un empirismo muy concreto41. Los signos corpóreos son la base de la terapia, las indicaciones por las que se rige el pronóstico y la medicación. Hipótesis, observación de los síntomas, conjetura de las causas morbosas, medicación, son etapas de un proceso metódico en el que se complementan la experiencia sensible (aísthēsis) y la reflexión (logismós) para aplicar los recursos de la ciencia (téchnē siempre y no epistḗmē) en favor del paciente. La naturaleza, el médico y el enfermo han de colaborar en esa reconquista de la salud42. Y el conocimiento del médico es el instrumento fundamental, aunque limitado, para obtener la victoria.

Una gran importancia en esta concepción tiene el haber identificado la enfermedad como un proceso morboso que afecta al organismo en su conjunto; es más, como un proceso determinado por causas concretas que se desarrolla con síntomas típicos y predecibles en un curso regular. El médico hipocrático sabe predecir ese curso, como sabe, desde un momento definido del mismo, conjeturar el pasado del mismo, y emitir su juicio a partir de los síntomas presentes y el recuento de los anteriores: eso es el pronóstico.

La enfermedad presenta en su decurso unos momentos decisivos. Son las crisis, en las que se decide el rumbo del proceso patológico, bien hacia la salud (mediante la evacuación o el depósito o apóstasis de los elementos dañinos), o bien hacia una muerte irremediable. Junto con este concepto es también interesante la concepción de que los elementos morbosos sufren una especie de cocción (pépsis, pepasmós) por la que pierden su carácter dañino y quedan, por así decir, digeridos por el organismo. Hay días críticos y momentos en que la intervención del médico puede ser decisiva. El médico debe estar atento y actuar aprovechando el kairós, ya que el tiempo es un factor incuestionablemente valioso en toda terapia.

Por lo demás, el médico hipocrático parece advertir de antemano que la enfermedad es una abstracción y que lo que él tiene ante sí es siempre a un enfermo, a un hombre sufriente al que ha de salvar con unos medios muy limitados. Muchas veces, ante las enfermedades más graves el médico se ve obligado a prescribir una dieta que ayude al enfermo a mantenerse con fuerzas para resistir y a procurar no exacerbar las dolencias. Son escasos los medicamentos que el médico tiene a mano, y los conocimientos de fisiología y anatomía tampoco le proporcionan una ayuda eficaz en el tratamiento de las enfermedades agudas. Por ello se confina en la observación minuciosa y atenta43.

En los libros I y III de Epidemias se nos cuentan cuarenta y dos casos clínicos, de los que veinticinco (un 60%) concluyen con la muerte del paciente. Son raras las referencias a los tratamientos aplicados, mientras que la atención se concentra en los síntomas del enfermo. Estos casos historiados son una muestra del talante científico con que el médico periodeuta, probablemente el mismo Hipócrates, atiende a los enfermos más graves. Sin ambages, en algunos textos se aconseja al médico no tratar los casos desesperados (sin duda, para evitar posibles censuras posteriores)44.

Para diagnosticar un caso son múltiples los factores que el médico debe observar, como advierte un texto citado con frecuencia (Epidemias I 23):

En lo que respecta a las enfermedades, las reconocemos a partir de los siguientes datos, teniendo en cuenta la naturaleza humana universal y la particular e individual, la de la dolencia, la del paciente, las sustancias que se le administran, quién se las administra — si a partir de esto el caso se presenta de solución más fácil o más arduo—, la constitución atmosférica general y la de los astros y cada terreno en particular, y lo que respecta a los hábitos, el régimen de vida, las ocupaciones, y la edad de cada uno, con sus palabras, gestos, silencio, pensamientos, sueños, insomnios, pesadillas, cuáles y cuándo, y sus tics espasmódicos, sus picores, sus llantos, junto con sus paroxismos, deposiciones, orinas, esputos, vómitos, y todo aquello que indica las mutaciones de la enfermedad y sus depósitos en un sentido crítico o mortal: sudor, tensión, escalofríos, tos, estornudos, hipo, respiración, eructos, ventosidades, silenciosas o ruidosas, hemorragias, hemorroides. Hay que atender a todo esto y a lo que con estos síntomas se indica.

La observación detenida del paciente en su contexto doméstico y en su situación más general requiere del practicante de esta medicina un enorme esfuerzo de atención, al que el médico presta todos sus sentidos: «Es una tarea el examinar un cuerpo. Requiere vista, oído, olfato, tacto, lengua, razonamiento», dice una sentencia de Epidemias (VI 8) (Tò sôma érgon es tḕn sképsin ágein, ópsis, akoḕ, rìs, haphḕ, glôssa, logismós). Hay que tener en cuenta —como remacha en Sobre el dispensario médico 1— «lo que es posible ver, y tocar y escuchar. Y lo que es posible captar (aisthésthai) por la vista, el oído, el tacto, el olfato, la lengua, y la reflexión (gnṓmēi), cuantas cosas es posible conocer con todos nuestros medios».

Los reproches que al comienzo de Sobre la dieta en las enfermedades agudas se hacen a los tratamientos terapéuticos de la escuela cnidia nos ayudan a precisar aquellos puntos en los que el autor estaba orgulloso de la superioridad de su perspectiva. Allí se centra la crítica a la doctrina de las Sentencias cnidias en tres puntos: los cnidios dan poca importancia al examen prognóstico del enfermo y se guían sólo por las declaraciones del paciente, como podría hacerlo un profano; sus tratamientos son rígidos y usan unas cuantas recetas demasiado estereotipadas de antemano; en su afán por clasificar y denominar las enfermedades se fijan demasiado en pequeñas distinciones, a veces irrelevantes para la tipología, y creen que la denominación distinta requiere un tratamiento distinto45. Frente a estos trazos, el médico hippocrático se fija menos en dar nombre a las enfermedades y mucho más en el estado general del enfermo y en la evolución del proceso morboso; atiende a la dieta con cuidado de evitar cambios bruscos, a la vez que procura no debilitar demasiado al paciente con un régimen alimenticio severo o contraproducente; su examen profesional de los síntomas le conduce a emitir un pronóstico sobre la evolución del enfermo.

El escaso interés por la nomenclatura y por el diagnóstico diferencial es característica notable del autor de El pronóstico y de Sobre la dieta en las enfermedades agudas. En su comparación del hombre sano con el enfermo, que es una regla básica para el juicio médico, el hipocrático atiende al conjunto orgánico dañado más que a los órganos concretos afectados; deja un tanto de lado los diagnósticos locales para atender al cuadro sintomático general. Y, del mismo modo, atiende al curso de la enfermedad más que al estado momentáneo del paciente. Cada paciente presenta al cuidador su historia clínica, recogida en los casos narrados en Epidemias, y aludida en El pronóstico. Pero el sujeto de esa historia no es la enfermedad (en cuanto realización de un tipo abstracto), sino el paciente con su naturaleza individual y su organismo humano46.

Los autores del CH tenían escasos y rudimentarios conocimientos de anatomía, ya que no practicaban la disección de cuerpos humanos (sin duda por motivos religiosos y legales). Desconocían el sistema nervioso. Tenían una vaga y errónea idea del sistema vascular y de la circulación de la sangre. (Los textos en que se reconoce al corazón como centro del sistema son postaristotélicos.) Su fisiología se centraba en la explicación de la función de los humores (flegma o flema, y bilis, amarilla y negra), la mezcla de éstos (la krâsis, esencial para la salud y de la que dependía el temperamento determinado de una persona), la circulación interna del aire vital (el pneûma) y de la sangre y el agua, junto con los humores ya citados. Los mutuos impedimentos eran el agente de numerosas dolencias. Las causas de las mismas estaban fundamentalmente en la alimentación inadecuada —que produce residuos superfluos difíciles de eliminar (perissṓmata), o gases (phýsai)—, o en los trastornos producidos por el ambiente, que es especialmente perturbador en los cambios de estación y que afecta al organismo de muy diversos modos. Sin conocimientos de química, especulaban sobre las reacciones del organismo humano ante factores elementales: lo cálido y lo frío, lo seco y lo húmedo, y lo amargo y lo dulce, lo crudo y lo cocido, etc. Las explicaciones pueden variar, y son de hecho bastante variadas, pero todas ellas pueden reducirse a unos esquemas etiológicos muy similares. Por otro lado, el instrumental médico era muy limitado (excepto en cirugía, donde las intervenciones eran más efectivas y precisas47) y los remedios de la farmacopea antigua muy sencillos48. «La actitud ante la enfermedad era racional, pero los medios empíricos para su posterior conocimiento estaban ausentes, ya que ni la estructura celular del cuerpo ni los microbios que lo invaden podían ser vistos ni estudiados»49.

Calibrar el nivel de la ciencia hipocrática es difícil. Calificar esta medicina como «precientífica» nos parece inadecuado e injusto. Es una ciencia incipiente, con un esfuerzo metódico y sistemático por alcanzar la condición de una ciencia positiva, basada en principios objetivos y en una percepción ajustada y minuciosa de la realidad. Desde sus comienzos tiende a servirse de postulados generales y, a la vez, a desligarse de las especulaciones filosóficas, en su afán por obtener un conocimiento del hombre y su entorno que le permita una actuación eficaz. Desde luego, no logra prescindir de esas especulaciones arriesgadas, ni comprueba sus hipótesis mediante la experimentación. Los experimentos son casi inusitados y la tecnología apenas se desarrolla. Como señala R. Joly, «el médico griego quiere atenerse a la observación estricta; incluso cree atenerse, pero en realidad, a menudo proyecta sobre los hechos que observa unos a priori inconscientes que los recubren o los enmascaran completamente»50.

Pero, ¿es que acaso podíamos esperar que sucediera de otro modo? Todo nuevo saber, todo avance científico, se inscribe en el marco de un sistema de ideas y creencias precedentes; las generalizaciones, que en parte heredó de la physiología presocrática y en parte construyó ella misma, condicionaron y limitaron la objetividad científica de la medicina hipocrática. A pesar de su denodado empeño de observación y experiencia, los médicos griegos no pudieron liberarse de tales concepciones erróneas, sino que encasillaron sus datos empíricos en esos esquemas de explicaciones vagas y poco adecuadas. Phýsis phileî krýptesthai, «la naturaleza gusta de ocultarse», como decía Heráclito, y el proceso de desvelamiento (que es lo que etimológicamente significa el término alḗtheia «verdad») es arduo. La medicina hipocrática camina, creemos, por el sendero que conduce a la ciencia médica moderna, pero dista largo trecho de la ciencia actual. Ello no resta interés a su estudio. Al contrario, apreciando bien la distancia, se pueden justipreciar mejor sus méritos y admirar con justicia su audacia.

Acerca de los escritos reunidos en este tomo

Como el lector habrá advertido con la simple lectura de los títulos de los tratados incluidos en este tomo, no hemos seguido una ordenación estrictamente temática ni nos hemos atenido a un criterio de relativa autenticidad o de cronología relativa en la presentación de estas versiones. Hemos preferido un criterio un tanto ecléctico; comenzamos con los «escritos de carácter general» (entre los que tomamos dos de las piezas más tardías del CH: Sobre la decencia y Preceptos) y añadimos tres tratados que suelen considerarse característicos del talante hipocrático: El pronóstico, Sobre la dieta en las enfermedades agudas y Sobre la enfermedad sagrada. Los tres escritos proceden de la misma época, e igualmente, las primeras secciones de los Aforismos y Sobre la medicina antigua (tal vez unos años posterior), también incluidos. Estos cinco opúsculos recién citados representan bien, en su diversidad de enfoque y de temática, lo que con el profesor Laín podemos calificar de «hipocratismo strictissimo sensu» (aunque, probablemente, no procedan todos de un mismo autor, sino que habría que pensar, creo, en al menos tres escritores, y cualquiera de ellos pudo ser el mismo Hipócrates).

Sobre la ciencia médica (De arte) muestra un estilo expositivo distinto: es un discurso de carácter general en defensa de la medicina, una epídeixis sofística, una apología dirigida al público no profesional escrita por un hábil prosista de finales del siglo V a. C. En cambio, el tratado Sobre el médico parece una introducción, con aires de manual, para principiantes en el oficio médico. Probablemente es tardío: del siglo III a. C. o posterior a éste. Al iniciar la presentación de los Tratados hipocráticos con el Juramento y la Ley hemos seguido una tradición. Con ello queda resaltado a un primer término el aspecto ético de la profesión médica, que, sin duda, es uno de los más atractivos en la lección de estos escritos.

NOTA BIBLIOGRÁFICA

El repertorio reciente y muy completo de publicaciones sobre medicina hipocrática, Cinq cents ans de bibliographie hippocratique, confeccionado por G. Maloney y R. Savoie, Quebec, 1982, recoge 3.332 libros y artículos distribuidos a lo largo de quinientos años (1473-1982) y que van desde los primeros textos impresos sobre el tema hasta nuestros días. Este repertorio resulta un instrumento de trabajo muy útil para quien pretende estudiar o investigar cualquier tema del Corpus Hippocraticum. Es también una muestra evidente de la larga influencia y de la perdurable atención a esta antigua literatura médica en varias centurias. No recoge las varias Historias de la Medicina donde se dedican algunas páginas a Hipócrates y su doctrina, ni libros sobre el mundo griego clásico que, parcialmente, pueden ocuparse del pensamiento y el contexto social del hipocratismo. En su catálogo especializado, casi la mitad de los títulos que se reseñan, desde el número 1768, pertenecen al siglo XX, lo que indica la pervivencia actual de estos estudios.

He tenido en cuenta, de un lado, la amplitud del mencionado repertorio y, de otro, el hecho de que, en las introducciones y notas a cada tratado, se citan los estudios más pertinentes sobre sus cuestiones, para reducir esta información bibliográfica a los títulos de las obras más generales, sin olvidar los libros que recogen los artículos más significativos de estudiosos importantes y los volúmenes colectivos de mayor interés. He incluido también los libros de autores españoles sobre medicina griega, aunque alguna vez no tratasen precisamente sobre el Corpus Hippocraticum51.

A. ALBARRACÍN, Homero y la medicina, Madrid, 1970.

J. ALSINA, LOS orígenes helénicos de la medicina occidental, Barcelona, 1982.

L. BOURGEY, Observation et expérience chez les médecins de la Collection Hippocratique, París, 1953.

K. DEICHGRÄBER, Die Epidemien und das Corpus Hippocraticum, Berlín, 1933.

H. DILLER, Kleine Schriften zur antiken Medizin, Berlín-N. York, 1973.

L. EDELSTEIN, Ancient Medicine, Baltimore, 1967.

H. FLASHAR (ed.), Antike Medizin, Darmstadt, 1971. (Arts. de O. TEMKIN, H. DILLER, R. JOLY, J. M. LONIE, K. DEICHGRÄBER, K. ABEL, W. MÛRI, F. KUDLIEN, F. SOLMSEN, L. EDELSTEIN, J. ILBERG, y H. FLASHAR.)

— Melancholie und Melancholiker in der medizinischer Theorie der Antike, Berlín, 1966.

L. GARCÍA BALLESTER, Galeno, Madrid, 1972.

L. GIL FERNÁNDEZ, Therapeia. La medicina popular en el mundo clásico, Madrid, 1969.

H. GRENSEMANN, Knidische Medizin, I, Berlín-N. York, 1975.

C. R. S. HARRIS, The Heart and the Vascular System in Ancient Greek Medicine. From Alcmaeon to Galen, Oxford, 1973.

W. HEIDEL, Hippocratic Medicine, Nueva York, 1941.

R. JOLY, Le niveau de la science hippocratique, París, 1966.

W. H. S. JONES, Philosophy and Medicine in Ancient Greece, Baltimore, 1946.

J. JOUANNA, Hippocrate et l’école de Cnide, París, 1974.

F. KUDLŒN, Der Beginn des medizinischen Denkens bei den Griechen, Zurich-Stuttgart, 1967.

J. H. KÜHN, System- und Methodenprobleme in Corpus Hippocraticum, Wiesbaden, 1956.

P. LAÍN ENTRALGO, La medicina hipocrática, Madrid, 1970 (reed. 1983).

G. LANATA, Medicina magica e religione popolare in Grecia fino all’ età di Ippocrate, Roma, 1967.

E. LITTRÉ, Oeuvres complètes d’Hippocrate, Introd., vol. I, París, 1839.

W. MURI, Arzt und Patient bei Hippokrates, Berna, 1936.

E. D. PHILLIPS, Greek Medicine, Londres, 1973.

J. PIGEAUD, La maladie de l’âme. Étude sur la relation de l’âme et du corps dans la tradition médico-philosophique antique, París, 1981.

M. POHLENZ, Hippokrates und die Begründung der wissenschaftlichen Medizin, Berlín, 1938.

E. SCHÖNER, Das Vierschema in der antiken Humoralpathologie, Wiesbaden, 1964.

J. SCHUMACHER, Antike Medizin, 2.a ed., Berlín, 1963.

H. E. SIGERIST, Antike Heilkunde, Munich, 1927.

W. D. SMITH, The Hippocratic Tradition, Ithaca-Londres, 1979.

O. TEMKIN, The Falling Sickness. The History of the Epilepsy, 2.a ed., Londres-Baltimore, 1971.

M. VEGETTI, Opere di Ippocrate, 2.a ed., Turín, 1976.

E. VINTRÓ, Hipocrates y la nosologia hipocrática, Barcelona, 1973.

Conviene hacer mención especial de las Actas de los cuatro congresos internacionales celebrados en Estrasburgo, Mons, París y Lausana, por la variedad y calidad de las comunicaciones allí reunidas:

La Collection hippocratique et son rôle dans l’histoire de la médecine (Estrasburgo, oct. 1972), Leiden, 1973.

Corpus hippocraticum. Actes du Coll. hipp, de Mons (sept. 1975), Mons, 1977.

Hippocratica. Actes du Coll. hipp. de Paris (sept. 1978), París, 1980.

Actes du Colloque internationale hippocratique de Lausanne (Lausana, 1981), Lausana, en prensa (1983).

El lector español puede encontrar también en la Historia universal de la medicina dirigida y editada por P. LAÍN ENTRALGO, tomos I y II, Barcelona, 1972, algunos excelentes artículos sobre la medicina griega y su contexto social y cultural (por A. ALBARRACÍN, L. GIL, J. S. LASSO DE LA VEGA, A. TOVAR, D. GRACIA, F. KUDLIEN P. LAÍN, y GARCÍA BALLESTER).

CARLOS GARCÍA GUAL

1 En el caso de unos pocos tratados hay variaciones notables en cuanto a su datación. La más notable es la de Sobre las semanas, considerado generalmente como uno de los más antiguos, de mediados del siglo V a. C. Ahora J. MANSFELD (The pseudo-hippocratic tract. «Peri hebdomadon» c. 1-11 and Greek Philosophy, Assen, 1971) aboga por datarlo en el siglo I d. C., en razón de sus referencias a ideas de Posidonio y de la escuela de los pneumatistas. Pero éste es un caso extremo y se trata de un escrito que tiene una problemática especial. El tratado Sobre el alimento, que H. DILLER situaba en el siglo I d. C. («Eine stoischpneumatisch Schrift im Corpus Hippocraticum» [1936], recogido ahora en sus Kleine Schriften zur antiken Medizin, Berlin, 1973, págs. 17-30), lo fecha R. JOLY (en su edición de 1972, París, «Les Belles Lettres», Introd., págs. 131-35) en los siglos III O II a. C. Recordemos también que E. Littré creía que las Prenociones de Cos y las Predicciones I eran textos muy antiguos, anteriores a los auténticamente hipocráticos; pero hoy nadie retrotrae esos textos más allá de finales del siglo V.

2 Sobre el cambio de mentalidad ligado a la difusión de la escritura, cf. E. A. HAVELOCK, Preface to Plato, Cambridge-Mass., 1963, y M. DETIENNE, L’invention de la mythologie, París, 1981; con especial referencia al CH, cf. I. M. LONIE, «Literacy and the development of Hippocratic medicine», en Actes du Colloque internationale hippocratique de Lausanne (Lausana, 1981), Lausana, en prensa (1983).

3 Es un artesano que trabaja con sus manos, de ahí que en algunos textos se le caracterice como cheirotéchnēs o cheirônax (aplicado al médico corriente, no al cirujano especializado), que goza de un cierto prestigio a pesar de las reservas sobre el trabajo manual por parte de algunos grupos de la sociedad helénica. Cf. G. CAMBIANO, «Le médecin, la main et l’artisan», en Corpus hippocraticum. Actes du Coll. hipp. de Mons (sept. 1975), Mons, 1977, págs. 220-232.

4 De la concepción de la phýsis en CH trata con amplitud y claridad P. LAÍN ENTRALGO en La medicina hipocrática, Madrid, 1970, cap. II. Sobre la influencia de la filosofía presocrática en la medicina, véanse el libro de J. SCHUMACHER, Antike Medizin, Berlín, 19632, con numerosísima bibliografía, y el artículo de J. S. LASSO DE LA VEGA, «Pensamiento presocrático y medicina», en Hista Univ. de la Medicina, vol. II, Barcelona, 1972, págs. 37-71.

5 Sobre esa atmósfera cultural trata extensamente y con precisión M. VEGETTI en la introducción a Ippocrate. Opere, Turín, 19762.

6 Con el título «La medicina griega como paideía» ha escrito W. JAEGER unas memorables páginas en su Paideia (págs. 783-829, de la trad. esp., México, 1962). Las frases que citamos son las iniciales de ese brillante capítulo.

7 La palabra philanthrōpíē se halla ausente en los tratados más genuinos del CH, ya que, en su sentido de «amor a la humanidad», se trata de un concepto estoico, y, por tanto, mucho más tardío. Pero el humanitarismo es algo muy propio de la ética médica y, desde el comienzo, va unido al aprecio por el propio oficio (cf. L. EDELSTEIN, Ancient Medicine, Baltimore, 1967, págs. 335 y sigs.). La hermosa máxima de Preceptos 6, que dice: «Donde hay amor al hombre también hay amor a la ciencia» (ḕn gàr parêi philanthrōpíē, páresti kaì philotechníē), no hace más que expresar concisamente, muchos siglos después, un antiguo principio.

8 W. JAEGER, Paideia, loc. cit.

9 A. DIÈS, Autour de Platon, París, 1926 (2.a ed. 1972).

10 PLATÓN, Leyes 720d, 857c-d.

11 Sobre éstos, puede verse el artículo de J. S. LASSO DE LA VEGA, «Los grandes filósofos griegos y la medicina», en Hista Univ. de la Medicina, vol. II, págs. 119-145.

12 W. D. SMITH, The Hippocratic Tradition, Ithaca-Londres, 1979, pág. 201.

13 Las reflexiones de E. LITTRÉ sobre «la publicación de los libros de la colección hipocrática» en Oeuvres Complètes d’Hippocrate, vol. I, París, 1839, págs. 262-291, merecen ser leídas atentamente; pero, en algunos puntos, estaban demasiado influidas por las teorías acerca de la publicación de las obras de Aristóteles, tras un período de oscuridad, por Andronico de Rodas.

14 Sobre todo este período de la tradición hipocrática, son muy interesantes y precisos los datos y críticas de W. D. SMITH, The Hippocratic…, cap. 3.

15 Sobre Galeno y su relación con Hipócrates, es muy claro el libro de L. GARCÍA BALLESTER, Galeno, Madrid, 1972, cuyas observaciones pueden complementarse con el más reciente de SMITH, The Hippocratic…, págs. 61-176 («Galen’s Hippocratism» es el título del cap. central de este crítico y preciso estudio).

16 J. IRIGOIN, «Tradition manuscrite et histoire du texte. Quelques problèmes relatifs à la tradition hippocratique», en La collection hippocratique et son rôle dans l’histoire de la médecine (Estrasburgo, oct. 1972), Leiden, 1973, pág. 6. El breve estudio (págs. 3-18) de Irigoin apunta magistralmente las relaciones entre los testimonios más antiguos de la tradición manuscrita. De él hemos tomado los datos y fechas destacados en las líneas siguientes.

17 LAÍN ENTRALGO, La medicina hipocrática, págs. 37 y sigs. Con breves resúmenes sobre sus contenidos y opiniones sobre su autenticidad, cf. E. VINTRÓ, Hipócrates y la nosología hipocrática, Barcelona, 1973, págs. 36-75.

18 El texto original de perì hebdomádōn se ha perdido. LITTRÉ publicó (vol. VIII, págs. 634 y sigs.) una traducción latina bastante deficiente de este tratado, reintroduciéndolo así en el CH. (En el vol. IX, págs. 431-466, republicó el escrito en otra versión latina, notoriamente mejor, Cu. DAREMBERG, como apéndice final a la edición completa del CH de Littré.)

19 G. H. KNUTZEN, Technologie in den hipp. Schriften «Peri diaites oxeon», «Peri agmon», «Peri arthron emboles», Wiesbaden, 1963. Los estudios de Bourgey y Diller están citados en nuestra Nota bibliográfica.

20 L. EDELSTEIN, «Nachträge ‘Hippokrates’», en PAULY-WISSOWA, RE, 6, 1953, cols. 1290-1345. Sobre esta misma cuestión, pueden verse también los resúmenes de R. JOLY en su artículo «Hippocrates», en el Dictionnary of scientific biography, vol. VI, Nueva York, 1972, págs. 418-31, y de J. JOUANNA, «La Collection Hippocratique et Platon (Phèdre, 269c-272a)», Rev. Ét. Grecques XC (1977), págs. 15-28.

21 Como señala E. D. PHILLIPS (Greek Medicine, Londres, 1973, pág. 34), «la colección pudo haber recibido su nombre de Hipócrates porque él fue su primer propietario y recopilador», es decir, de quien primero organizó, en su escuela de Cos, recogiendo obras de varia procedencia, una primera biblioteca. Hipócrates pudo ser, en efecto, el primer depositario de la colección. Pero eso no despeja la cuestión de si él mismo había aportado algunas obras propias a la misma y cuáles pudieron ser. Por otro lado, es cierto, como apunta Lloyd, que la originalidad en una obra científica no es algo que se resalte en todo momento, y que los miembros de una escuela pueden repetir ideas e, incluso, párrafos de un maestro reconocido sin mencionarlo expresamente. Todo ello dificulta cualquier tentativa de zanjar el problema de un modo tajante.

22 Véase SMITH, The Hippocratic.., págs. 170 y sigs.

23 Editado y comentado por W. H. S. JONES, The Medical Writings of Anonymus Londinensis, Cambridge, 1947.

24 Más o menos, es semejante la propuesta de LAÍN ENTRALGO (La medicina hipocrática, pág. 36) al distinguir varias clases de hipocratismo en la heterogénea colección: «hipocratismo strictissimo sensu», «hipocratismo stricto sensu» (obras atribuibles a Hipócrates y a su escuela, respectivamente), frente al «hipocratismo lato sensu» que podría abarcar a todos los escritos del CH.

25 Esta diversidad de orientación y la polémica interna están muy bien indicadas en J.-H. KÜHN, System- und Methodenprobleme in Corpus Hippocraticum, Wiesbaden, 1956.

26 SMITH, The Hippocratic…, págs. 40-61 («Hippocrates, autor of Regimen»).

27 J. MANSFELD, «Plato and the Method of Hippocrates», Greek, Roman and Byz. Studies 21, 4, págs. 341-362. Rechaza la propuesta de Smith, y propone, de nuevo, Sobre los aires, aguas y lugares como el tratado al que Platón aludiría.

28 R. JOLY, «La question hippocratique et le témoignage du Phèdre», Rév. Ét. Grecques 74 (1961), 69-92, y «Platon, Phèdre et Hippocrate vingt ans après», en las actas del Colloque de Lausanne (en prensa). Joly sigue manteniendo sus críticas contra cualquier intento de identificar un escrito concreto dentro de nuestro CH, como el texto aludido por Platón, y sigue opinando que el filósofo se refiere al método en general, visto desde su propia perspectiva.

29 LITTRÉ, Oeuvres…, vol. I, págs. 299-301.

30 SMITH, The Hippocratic…, págs. 50-60.

31 El texto lo editó H. Diels, en 1893, y luego Jones, en 1947. Sobre esta desilusión, cf. L. BOURGEY, Observation et expérience chez les médecins de la Coll. Hipp., París, 1953, págs. 84-88. — Además, como señala MANSFELD («Plato and the Method…», pág. 344): «la primera parte del Anonymus no es una pieza fundamental citada verbatim de la Historia de la Medicina de Menón falsamente atribuida a Aristóteles, sino un resumen tardío de esa obra que muestra la mano de un estoico o al menos de una persona que encontraba muy natural usar conceptos que son estoicos en su origen. Por lo tanto, hay que asignar una fecha relativamente tardía al resumen de Menón utilizado por el Anónimo (posiblemente como fuente de lectura) para su compilación. Es imposible conjeturar la extensión en la que el texto original de Menón ha sido modificado, pero se puede estar seguro de que ha sido muy seriamente reescrito».

32 Esta mención de los residuos orgánicos superfluos como origen de las enfermedades se encuentra en varios textos del CH y a veces se ha considerado como privilegiada por la medicina cnidia. Es curioso observar que una explicación semejante se encuentra, muchos siglos antes, en algunos papiros de textos médicos egipcios. Cf. C. M. SAUNDERS, The Transitions from Ancient Egyptian to Greek Medicine, Kansas, 1963, especialmente págs. 21-29. Cf. PHILLIPS, Greek Medicine, pág. 33.

33 La cita corresponde a las líneas recogidas ahora en su ya citado Ancient Medicine, pág. 144.

34 Es muy probable que los resultados de los estudios cuantitativos, hechos con ayuda de ordenador, sobre el léxico y la sintaxis de los tratados del CH nos ofrezcan una información objetiva y precisa que nos permita distinguir autores y grupos de obras interrelacionadas muy estrechamente (desde el punto de vista lingūístico). Sobre estos intentos, en curso, cf. J. DESAUTELS, «Pour une étude quantitative du C.H.», y G. MALLONEY, «Le C. H. traité à l’ordinateur», en Corpus Hippocraticum, págs. 18-27 y 28-38.

35 Las líneas que vienen a continuación no pretenden ser un resumen de las teorías de la medicina hipocrática. El lector español tiene en el libro de LAÍN ENTRALGO, La medicina hipocrática, un excelente enfoque y una exposición más amplia y mucho más completa y clara de todos estos temas. Otro libro excelente —aunque ya difícil de encontrar— es el trabajo antes citado de L. BOURGEY, Observation et expérience chez les médecins de la Collection Hippocratique.., que ofrece una consideración global muy bien construida y, a la vez, insiste en las nociones fundamentales del método hipocrático con un estilo ágil y ameno, acompañado de un acopio de citas siempre pertinentes. Como obra breve sobre toda la medicina griega me parece muy útil la ya citada de PHILLIPS, Greek Medicine, redactada en estilo escueto, atenta a los rasgos y datos básicos con una exposición concisa y concreta. — En estas páginas hemos querido facilitar al lector el primer encuentro con los textos antiguos recordando nociones un tanto previas y harto generales, al menos para el ya entendido en estos temas. En las introducciones a cada tratado, que redacta el traductor respectivo, tras el estudio del texto y la lectura de los estudios de mayor interés, se expone con mayor precisión la información detallada (así como unas referencias bibliográficas más amplias) que aquí sería excesivo presentar. El CH es una colección un tanto heterogénea y cada escrito tiene una significación propia dentro del conjunto. Por ello hemos pensado que convenía ofrecer unas introducciones particulares cuidadas y actuales que, con las notas al texto, ofrezcan al lector una posibilidad de comprender cabalmente el escrito en cuestión. A riesgo de algunas repeticiones, sin embargo, no hemos suprimido estas líneas de una consideración general que tienen, ante todo, un interés provisional.

36 Sobre la medicina popular y las supervivencias de la magia pueden consultarse los libros de G. LANATA, Medicina magica e religione popolare in Grecia fino all’età di Ippocrate, Roma, 1967, y de L. GIL, Therapeia. La medicina popular en el mundo clásico, Madrid, 1969, que ofrecen un panorama muy rico y curioso de esas prácticas subsistentes al margen de la medicina hipocrática.

37 El fragmento se nos ha conservado en un escolio a Ilíada XI 515. Sobre los comienzos de esa distinción, cf. F. KUDLIEN, Der Beginn des medizinischen Denkens bei den Griechen, Zurich, 1967.

38 Los testimonios del culto y las curas de Asclepio (en latín Esculapio) han sido estudiados por EMMA y LUDWIG EDELSTEIN, Asclepius. A Collection and Interpretation of the Testimonies, 2 vols., Baltimore, 1945. Sobre las excavaciones en los templos del mismo dios, cf. R. HERZOG, Die Wunderheiligen von Epidauros, Leipzig, 1931.

39 Cf. n. 4. Los textos de estos tres pensadores en traducción y con notas pueden verse en Los filósofos presocráticos II y III, Madrid, 1979 y 1980, de esta «Biblioteca Clásica Gredos».

40 Así lo comenta, con acierto, G. E. R. LLOYD, Early Greek Science: Thales to Aristotle, Londres, 1970, págs. 58-65 y 134 y sigs. De nuevo conviene referirse al estudio, ya citado, de KÜIIN, System- und Methodenprobleme im CH. Cf., desde otro punto de vista, el artículo de V. DI BENEDETTO, «Tendenza e probabilità nell’antica medicina greca», en Critica Storica 5, págs. 315-368, y el de J. MANSEELD, «Theoretical and empirical attitudes in early Greek scientific medicine», en Hippocratica. Actes du Coll. hipp. de Paris (sept. 1978), París, 1980, págs. 371-392.

41 Los mejores ejemplos en este aspecto son los libros de El pronôstico y de Epidemias (el término griego significa «llegada o estancia en un lugar», y son las notas de estos médicos periodeutas ejemplo de la capacidad de observación de los hipocráticos).

42 «Decir lo pasado, reconocer lo actual, predecir lo futuro, eso hay que practicar. En las enfermedades esforzarse en dos cosas: beneficiar o no dañar. El oficio se forma sobre tres factores: la enfermedad, el enfermo y el médico. El médico es un servidor de su oficio. El paciente ha de enfrentarse a la enfermedad con ayuda del médico» (Epidemias I 11 : légein tà progenómena, ginṓskein tà pareónta, prolégein tà esómena. meletân taûta. askeîn perì tà nosḗmata dýo, ōpheleîn ḕ mḕ bláptein. hē téchnē dià triôn, tò nósēma kaì ho noséōn kaì ho iētrós. ho iētròs hyperétēs tês téchnēs. hypenantioûsthai tôi nosḗomati tòn noséonta metà toû iētroû.)

43 Es interesante observar el léxico del médico, un léxico que todavía está en trance de devenir un vocabulario especializado. Cf. N. VAN BROCK, Recherches sur le vocabulaire médical du grec ancien, París, 1961.

44 Muy consciente de que la naturaleza impone un destino fatal en muchos casos, y de que, una vez «vencido» el enfermo por su mal, ya no tiene escapatoria, el médico prudente ha de evitar tratar a pacientes que no pueden recobrarse. La mejor ilustración de tal advertencia se encuentra en el mito: Asclepio murió fulminado por Zeus por haber transgredido las normas naturales al intentar resucitar a un moribundo. Recordemos el episodio como lo cuenta PÍNDARO (Pítica III 45-60):

Y entonces (Apolo) llevóse al niño (Asclepio) y se lo entregó al centauro de Magnesia (a Quirón) para que le enseñara a curarles a los hombres sus muy dolorosas enfermedades.

Y a ellos, a todos cuantos venían a él portadores de llagas surgidas en su cuerpo, o heridos en sus miembros por el pálido bronce o por un pedrusco arrojado de lejos, o con el cuerpo dañado por el ardor del verano, o por el rigor del invierno, los curaba y les libraba a cada uno de sus peculiares quebrantos, a unos tratándolos con sutiles conjuros, a otros dándoles a beber remedios salutíferos, o aplicando fármacos a sus miembros en cualquier parte, y a otros los puso en pie mediante incisiones.

Pero hasta la sabiduría está ligada al lucro. Hasta a él le persuadió el oro reluciente en otras manos a traer, por un espléndido salario, a un hombre de vuelta de la muerte, cuando éste ya estaba arrebatado. Mas entonces el hijo de Crono arrojó con ambas manos su dardo y a los dos les arrebató del pecho el hálito vital, y el fogoso rayo los golpeó de muerte. Ante los dioses hay que pretender lo apropiado a nuestras entrañas mortales, conociendo lo que está a nuestro alcance, cual es nuestro destino.

El castigo de Asclepio no es debido a que actúe por motivos de lucro, sino por haber intentado transgredir el sino mortal del enfermo. La frase sobre la motivación puede encubrir un reproche menor. También, al igual que los médicos, los sofistas y los poetas como Píndaro ponían su saber al servicio de quien les pagaba una buena suma. Allà kérdei kaì sophía dédetai tiene un aire de sentencia tradicional, aunque bien puede estar forjada por Píndaro.

45 Sobre las características de la medicina cnidia, véase la bibliografía mencionada en la Introducción a Sobre la dieta en las enfermedades agudas, en este mismo volumen. Actualmente, sin embargo, se tiende a pensar que la diferencia entre Cos y Cnido era menor que la supuesta en otros tiempos. Véase el artículo de M.-P. DUMINIL, «La recherche hippocratique aujourd’hui», en History and Philosophy of the Life Sciences, vol. I, 1, Florencia, 1979, págs. 153-81, especialmente págs. 173-81. Cf. además V. DI BENEDETTO, «Cos e Cnido», en Hippocratica…, págs. 97-111.

46 Por otra parte conviene resaltar la importancia cada vez mayor de la dietética, bien como medicina preventiva, bien como un régimen destinado a prolongar la vida y a ofrecer las mayores posibilidades físicas al cuerpo según la constitución individual. Los atletas, que seguían las indicaciones de los maestros de gimnasia, estaban muy atentos a un régimen saludable, pero no sólo ellos. Las recomendaciones dietéticas, que culminan en el tratado hipocrático Sobre la dieta, son objeto de la crítica platónica en un curioso pasaje de la República 405c-408e, como destinadas a gente ociosa y adinerada. (Y no deja de ser curioso que Platón esboce reproches que vuelven a sonar en B. FARRINGTON, Mano y cerebro en la Grecia antigua, trad. espa., Madrid, 1974, págs. 63 y sigs.) Pero no cabe duda de que, dejando esas críticas sociales aparte, los esfuerzos por encontrar una alimentación sana y un régimen de vida compensado significan un avance en la búsqueda de la salud, objetivo primordial del arte médico. Véase, en cuanto al panorama general, el artículo de W. D. SMITH, «The development of classical dietetic theory», en Hippocratica…, págs. 449-468.

47 Ver A. ROSELLI, La chirurgia ippocratica, Florencia, 1975.

48 Cf. G. HARIG, «Anfänge der theoretischen Pharmakologie im Corpus Hippocraticum», en Hippocratica…, págs. 223-246.

49 PHILLIPS, Greek Medicine, ant. cit., pág. 75.

50 En Le niveau de la science hippocratique, París, 1966, pág. 243. Joly considera «precientífico» el carácter de la medicina hipocrática en su conjunto aplicando un criterio derivado de G. Bachelard. Tal opinión ha sido muy discutida. Creo que es innegable la intención y el esfuerzo por construir una medicina científica pese a las continuas referencias a postulados extracientíficos y a la falta de comprobación experimental de muchos supuestos. La experimentación metódica está casi ausente de muchos libros del CH. Pero algunos de los testimonios que Joly subraya son residuos y rasgos marginales que no contradicen el empeño general hacia la ciencia. Por ello, su libro resulta estimulante. Cf., también, LLOYD, Early Greek Science…, cit. supra, n. 40.

51 Para una reseña de los estudios hipocráticos en España, remito a TERESA SANTANDER RODRÍGUEZ, Hipócrates en España. Siglo XVI, Madrid, 1971; LUIS S. GRANJEL, «Traducciones castellanas de Hipócrates», en Homenaje a A. Tovar, Madrid, 1972, págs. 169-176; L. GARCÍA BALLESTER, «Studien über die Schriften des Hippokrates im modernen und zeitgenössischen Zeit», en Hippocratica…, págs. 149-166; y J. ALSINA, «La aportación de la España contemporánea al estudio de la medicina antigua», en Los orígenes helénicos de la medicina occidental, Barcelona, 1982, págs. 152-172.

JURAMENTO

(Hórkos)

INTRODUCCIÓN

Juramento (Hórkos) es el escrito más breve, pero también uno de los más interesantes del Corpus Hippocraticum (CH) y de los más estudiados. Se encuentra en casi todas las listas antiguas de obras hipocráticas, en las biografías de Hipócrates, en numerosos manuscritos y en la mayoría de las ediciones a partir del Renacimiento. Erotiano lo incluye entre las obras que se ocupan de la téchnē, y la posteridad ha visto en él la síntesis más elevada y densa de lo que la antigüedad, y más concretamente la medicina hipocrática, tenían que decir sobre el comportamiento del médico. Durante siglos ha representado el ideal ético en medicina y ha seguido influenciando, hasta nuestros días, la deontología médica en Occidente1.

Este hecho, excepcional en la historia de la cultura, es por sí mismo sorprendente; pero lo es todavía más, si se tiene en cuenta que la enorme evolución sufrida por la medicina hace que la antigua y la nuestra sean difícilmente comparables. Por ello, algunos autores2 creyeron ver en nuestro texto la expresión de constantes éticas de la humanidad, que pudieron plasmarse como una concreción de la philantropía griega, o de cualquier otra forma, pero que, en todo caso, reflejarían principios atemporales, cuyo reconocimiento lo exige la propia decencia humana o las esenciales responsabilidades inherentes a la profesión de médico.

Dejando de lado estas interpretaciones de talante idealista, que no hacen justicia a las exigencias de la crítica histórica, el problema que fundamentalmente ha ocupado a los comentaristas es el del origen de Juramento. Si se considera a éste como un documento histórico, surgido de una situación sociocultural determinada, y se intenta ver a partir de ahí la significación de la deontología que propugna, hay que determinar el trasfondo espiritual y social que hizo posible su aparición. Esto se ha hecho ya desde diversos puntos de vista.

Un hito en la comprensión de este problema lo constituye el amplio estudio de K. Deichgräber3. Para este excelente conocedor del CH, nuestro escrito tiene su origen en la familia de los Asclepíadas, y contiene una serie de principios deontológicos que fijan los límites éticos de la búsqueda de la fama, tan propugnada por los médicos hipocráticos. Pero si algunos de esos principios recogen normas comúnmente aceptadas, otros, por el contrario, las superan ampliamente y sólo pueden explicarse por motivos éticos más elevados. Por otro lado, en Juramento se plasmaría el ideal del médico apolíneo, con lo que habría también en él una motivación netamente religiosa. La deontología del escrito tendría, finalmente, sus raíces en la ética patriarcal-aristocrática, y no primariamente en la médica4. Con ello, Deichgräber inaugura la idea, ampliamente seguida, de que Juramento representa una actitud excepcional dentro del CH, ya que este credo tenía poco que ver con la vida real y con las normas de conducta de los médicos, tal como se reflejan en los escritos hipocráticos.

Pero la opinión que ha hecho época es, sin duda, la defendida por L. Edelstein, quien ve en Juramento un manifiesto de origen netamente pitagórico, entendiendo por pitagorismo el del s. IV a. C.5. Edelstein constata que la ética de Juramento no fue generalmente seguida por los médicos de la antigüedad, y que, en especial, la prohibición de proporcionar abortivos y venenos responde a una actitud radicalmente distinta a la del CH, que sólo puede explicarse por influjo directo de las doctrinas pitagóricas. También responderían a ese influjo otros votos de Juramento, como el de mantener la vida y la profesión en pureza y santidad, el de venerar a los maestros como a los propios padres, o el de no revelar a extraños los secretos de la téchnē.

La tesis de Edelstein fue ampliamente aceptada6, pero también fue pronto combatida. En primer lugar, por O. Gigon7, que descubre otros posibles orígenes en las religiones mistéricas, en los círculos políticos, en la escuela socrática o en diversas agrupaciones médicas. También Deichgräber puso en cuestión el exclusivo origen pitagórico: para él, todas las partes de Juramento no proceden necesariamente del pitagorismo, sino que recogen concepciones éticas de toda una época, plasmadas incluso en el derecho, y no exclusivamente de una escuela8. Pero es, sobre todo, W. Burkert, especialista en las doctrinas pitagóricas, el que ha demostrado que Juramento contiene también algunas de ellas, pero que no le vienen de un influjo directo del pitagorismo, sino de concepciones comúnmente admitidas en la antigüedad9.

Todos estos trabajos han ampliado el panorama presentado por Edelstein y han matizado algunas de sus principales afirmaciones. Más recientemente, F. Kudlien10 intentó llevar a cabo una puesta a punto de las opiniones anteriores y buscar una nueva solución positiva a la cuestión del origen de Juramento. Concuerda con sus predecesores en afirmar que las obligaciones que se contienen en él no se explican exclusivamente por dependencia del pitagorismo, sino que reflejan ideales comunes que podrían atribuirse, igualmente, a otros grupos religiosos o profesionales. Pero, a diferencia de las interpretaciones anteriores, piensa que Juramento es producto de la polémica relacionada con los prejuicios populares contra el oficio médico: para salirles al paso, algunos médicos se comprometerían a seguir unas normas de conducta con sus pacientes, que recogían obligaciones popularmente aceptadas. Esas obligaciones de ética popular procederían de la esfera religiosa, como indican algunas expresiones y la relación maestro-alumno o la prohibición de dar abortivos; o de la esfera profana, especialmente la abstinencia sexual con los pacientes o la prohibición de dar venenos. Todas ellas irían encaminadas a no perjudicar al enfermo, síntesis de los prejuicios populares y del deseo de Juramento por acallarlos.

Aunque difieren en sus conclusiones, todas las interpretaciones señaladas tienen, sin embargo, un presupuesto común: consideran que Juramento refleja una actitud excepcional dentro del CH e, incluso, radicalmente opuesta, en algunos casos, a los restantes escritos que lo componen. En consecuencia, los comentaristas sintieron la necesidad de buscar fuera de ellos el trasfondo ideológico, sociocultural o ético que le dio origen.

Sin embargo, la crítica más reciente ha empezado a cuestionar la validez de este presupuesto. El primero en llamar la atención sobre la coincidencia de actitudes entre Juramento y otros escritos del CH fue D. Nickel, quien ha demostrado que la tesis de que aquél adopta una postura excepcional con relación al aborto es infundada11. En la misma línea se sitúa el interesante estudio de G. Harig y J. Kollesch12. Estos autores rechazan las interpretaciones ahistóricas y aquellas otras que pretenden determinar el origen histórico de Juramento, pero no tienen en cuenta el nacimiento de la medicina científica en Grecia y todo lo que ello supuso, no sólo para el propio arte médico, sino para la concepción del hombre objeto de ese arte. Entre Juramento y otros escritos del CH hay una coincidencia de miras que justifica sobradamente el origen hipocrático de nuestro texto. En efecto, todas las prescripciones deontológicas que leemos en él tienen una base y una meta comunes: ayudar al enfermo y proteger su integridad personal. El hecho de que estas prescripciones concretas se formulen como normas generales refleja, además, algo muy propio de la medicina antigua, como es el convencimiento de que el médico y el paciente son seres de igual valor, que su relación es decisiva para el oficio médico y que, en ella, el interés del enfermo es lo más importante. Juramento refleja, ciertamente, preocupaciones de la medicina de su tiempo, como afirmaba Kudlien; pero no hay que referirlas a la necesidad de eliminar los prejuicios populares contra el comportamiento de los médicos, sino al convencimiento, nuevo en la antigüedad, de que todo hombre es un individuo y un sujeto. Esta concepción del hombre como individuo se corresponde, de modo notable, con las ideas básicas de la medicina hipocrática, como se desprende de su concepto de phýsis, de su teoría de la enfermedad o la dieta y de los numerosos pasajes en que el individuo, con todas sus peculiaridades, se presenta como protagonista y medida de toda actuación médica.

Como sucede en tantos casos, los críticos no se han puesto de acuerdo sobre el origen de nuestro texto; pero lo están, sin embargo, en considerar que responde a la fórmula clásica de los juramentos. Comienza, como todo juramento de los tiempos antiguos, con una invocación a los dioses, y en primer lugar a los protectores del gremio y del arte: Apolo como divinidad délfica y dios de la justicia y la medicina; el divino Asclepio, émulo de Apolo y padre y fundador de la familia de los médicos; sus hijas Higiea (salud) y Panacea (remediadora de todo), protectoras también del Asclepion de Cos, y todos los dioses en general, para dar mayor solemnidad y realce al compromiso. Concluye también con una fórmula de execración, típica de los juramentos solemnes; y siguiendo el uso ritual, invoca los dioses al principio y pone al final las consecuencias terrenas que deben derivarse de su cumplimiento o trasgresión, adoptando la expresión prudente de que, si no lo cumple, le suceda «lo contrario». Esta fórmula juramental es decisiva para el contenido, ya que le da un carácter vinculante y sagrado, aunque no se trate de un compromiso legal, sino de una simple promesa privada.

Entre la introducción y la conclusión se encuentran una serie de votos particulares. El texto tiene dos partes claramente diferenciadas: un pacto de familia o gremio y un código de conductas éticas. Por el pacto, el nuevo miembro asume una serie de obligaciones para con el maestro, la familia de éste y la suya propia; también se compromete a aceptar como alumnos a otras personas fuera de ese círculo familiar, a condición de que hayan suscrito este pacto y juramento; expresamente se indica que las enseñanzas no deben darse a nadie más. El código ético contiene las normas de comportamiento del médico en el ejercicio de su profesión y constituye el juramento propiamente dicho.

La primera parte se formula mediante infinitivos dependientes de «juro» y puede aplicarse a cualquier arte, por lo que no es extraño que no aparezca en ella la palabra iētrikḗ, sino sólo téchnē; la segunda introduce cada voto particular con la primera persona. Esto podría indicar una independencia inicial de ambas partes, y así lo han admitido numerosos críticos, llegando Jones incluso a sugerir la hipótesis de que el pacto sería el núcleo inicial del Juramento, mientras que el código se habría elaborado progresivamente y habría recogido obligaciones de diversa procedencia, añadidas en épocas posteriores13. También han visto los intérpretes que ambas partes reflejan actitudes éticas distintas; siguiendo a Littré, habían interpretado el pacto como un vínculo de adopción entre maestro y discípulo, y entendían que este juramento era exigido para entrar a formar parte del gremio familiar de los Asclepíadas14. Deichgräber lo situaba, precisamente, en el marco del tránsito entre la familia como medio natural del oficio y la agrupación o gremio15, y en esta nueva situación trataría de asegurar los derechos tradicionales de la familia mediante una especie de adopción. El compromiso adquirido en la primera parte de Juramento era, de este modo, el medio de garantizar la antigua situación familiar, así como sus intereses económicos y sociales, con miras eminentemente utilitaristas que contrastan con el elevado nivel ético del código deontológico. En contra de ésta y de otras opiniones similares, Edelstein no admite dos actitudes distintas en Juramento ni ve en el vínculo maestroalumno ningún rastro de adopción legal, sino el simple establecimiento de una paternidad espiritual del maestro con relación al alumno. Juramento sería la carta de afiliación, consagrada por un rito, a una secta, y concretamente a la pitagórica; la restricción de no compartir los conocimientos médicos con nadie más que con aquéllos sometidos al juramento confirmaría esta interpretación16.

Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que no tenemos datos que lo confirmen o lo desmientan, como tampoco los tenemos para saber dónde y cómo se prestaba este juramento ni con qué ceremonial tenía lugar. Tampoco está claro qué requisitos y, especialmente, qué formación previa exigía. Parece, sin embargo, cierto que lo prestaba un alumno que, tras sus estudios, iba a comenzar el ejercicio de la medicina; y esto lo abona el voto de ayudar al maestro en todo lo referente a la enseñanza de los futuros médicos. Pacto y código se suscribían entonces juntos. Pero nuestro texto menciona otro juramento aparentemente anterior y emitido por el alumno al empezar su instrucción; y es posible que, en tal caso, ese juramento inicial contuviera unos votos semejantes, incluido el de guardar silencio17. También es cierto, como la casi totalidad de comentaristas ha señalado, que no fue emitido por la generalidad de los médicos ni fue tenido prácticamente en consideración en la antigüedad, y menos aún, consagrado como una institución. Sería un error ver en los médicos de Grecia a representantes de una profesión bien delimitada y homogénea. Sabemos que durante toda la antigüedad se podía ser y ejercer de médico sin ningún requisito o prueba de conocimientos; que el Estado no regulaba ni controlaba el aprendizaje ni el ejercicio de la medicina; que la escala de los que ejercían esta profesión iba desde los charlatanes hasta los científicos, como se ve por los escritos del CH, y que éstos eran seguramente minoría. En un estamento que estaba configurado de modo tan heterogéneo, no hay que suponer ninguna homogeneidad en la concepción profesional ni, quizás, muy amplia en la ética; menos aún si se tiene en cuenta que la sociedad no veía ninguna necesidad de crear una categoría profesional médica, que hubiera que dotar con reglas y prescripciones, ni pedir responsabilidades a los médicos que no se comportasen correctamente. Éstos quedaban emplazados únicamente ante su conciencia y profesionalidad, y, a lo más, ante el tribunal popular del deshonor y el desprestigio, como puede leerse en Sobre la decencia; pero no se nos ha transmitido ninguna ley al respecto. Nos son conocidas sanciones a médicos de mal comportamiento, pero como personas privadas y no como miembros de un determinado estamento.

Sobre la fecha de composición de Juramento se ha llegado prácticamente a un acuerdo. La datación más temprana se la atribuye M. Pohlenz, que lo considera anterior, incluso, a Hipócrates18; la más tardía es la de Edelstein19, que lo sitúa en la segunda mitad o fines del s. IV; pero, en general, los críticos lo fechan a fines del S. V o en la primera mitad del IV, por razones de orden filológico y lingüístico o por razones de contenido20. De su autor no se sabe nada con certeza21. Hasta el siglo XIX se lo consideró obra del mismo Hipócrates e, incluso, algunas biografías lo consideraron su primer escrito: cuanto más se idealizaba en el pasado la figura del médico de Cos tanto más cierto se estaba de que era el autor de pensamientos de tan altas miras22. Quienes no ven en Juramento un escrito hipocrático consideran, en general, que su autor fue un grupo particular de médicos o un médico aislado adepto del pitagorismo o que propondría una ética exigente como medio de reformar la conducta laxa de muchos colegas o que, simplemente, habría plasmado de ese modo sus propias experiencias y concepciones éticas. Los restantes comentaristas piensan que es obra de un médico hipocrático, sin poder precisar más.

Desde el punto de vista estilístico, Juramento es uno de los testimonios más notables del pensamiento y de la forma arcaica. Falta en él una gradación y una disposición lógica de los enunciados, hay frecuentes dobletes para un texto tan breve y repetición de vocablos de unión, y la enumeración de varias posibilidades se hace en forma de contraposiciones antitéticas. Contiene algunos conceptos de interés religioso o ético que, como suele suceder en estos casos, pierden sabor griego al traducirlos. Nosotros procuramos hacerlo lo más literalmente posible, manteniendo también el tono solemne y arcaizante del documento y reservando para notas las indicaciones que puedan aclarar el trasfondo de algunos pasajes.

NOTA BIBLIOGRÁFICA

Para la traducción de Juramento se ha seguido el texto crítico de W. H. S. Jones, Hippocrates, vol. I, Loeb Classical Library, Londres, 1923 (1967), págs. 291-301.

Las traducciones y estudios fundamentales tenidos en cuenta para la fijación de la traducción definitiva, la introducción y las notas, han sido los siguientes:

E. LITTRÉ, Oeuvres complètes d’Hippocrate, vol. IV, París, 1861, págs. 610-632.

W. H. S. JONES, The Doctor’s Oath, Cambridge, 1924.

O. KÖRNER, Der Eid des Hippokrates, Munich, 1921.

K. DEICHGRÄBER, «Die ärztliche Standesethik des hippokratischen Eides», Quell, u. Studien z. Geschichte d. Naturwissenschaften u. d. Medizin 3 (1933), 79-99 [= Antike Medizin, ed. por H. FLASHAR, Darmstadt, 1971, págs. 94-120].

—, Der hippokratische Eid, Stuttgart, 1955.

L. EDELSTEIN, The hippocratic Oath. Text, Translation and Interpretation, Baltimore, 1943 [= Ancient Medicine. Selected Papers of Ludwig Edelstein, ed. por O. y C. L. TEMKIN, Baltimore, 1967, págs. 3-63].

G. HARIG-J. KOLLESCH, «Der hippokratische Eid. Zur Entstehung der antiken medizinischen Deontologie», Philologus 122-123 (1978-79), 157-76.

M.a DOLORES LARA NAVA

1 Una breve panorámica de este influjo puede verse en H. DILLER, Kleine Schriften zur antiken Medizin, ed. por G. BAADER-H. GRENSEMANN, Berlín-Nueva York, 1973, págs. 262-3. La Iglesia católica jugó un papel importante en la aceptación y generalización del «juramento hipocrático», hasta el punto de que el papa Clemente VII, en la bula Quod jusiurandum de 1531, lo prescribía a todos los que obtenían el grado en medicina. Todavía en 1948 la Asociación Mundial de Médicos adoptó este juramento como base de sus formulaciones deontológicas.

2 O. KÖRNER, Der Eid des Hippokrates, Munich, 1921, pág. 20; W. H. S. JONES, The Doctor’s Oath, Cambridge, 1924, pág. 46; J. H. WOLF, «Der Wille zum Ruhm. Meditationen über den letzten Satz des hippokratischen Eides», en Melemata. Festschr. W. Leibbrand, ed. por J. SCHUMACHER, Mannheim, 1967, págs. 233-47.

3 «Die ärztliche Standesethik des hippokratischen Eides», Quell, u. Studien z. Geschichte d. Naturwissenschafften u. d. Medizin 3 (1933), 79-99 [= Antike Medizin, ed. por H. FLASHAR, Darmstadt, 1971, págs. 94-120] (en adelante se citará por «Standesethik»); Der hippokratische Eid, Stuttgart, 1955 (en adelante se citará por Eid).

4 Eid, págs. 20 y 30.

5 The hippocratic Oath: Text, Translation and Interpretation, Baltimore, 1943 [= Ancient Medicine. Selected Papers of Ludwig Edelstein, ed. por O. y C. L. TEMKIN, Baltimore, 1967, págs. 3-63]. Aunque Edelstein no lo mencione, el primer intento de ver en Juramento influjos pitagóricos se debe a G. MATTHIAE, Tractatus de philosophia medici sive… Hippocratis Coi liber de honestate, Gotinga, 1740.

6 H. SIGERIST, A History of Medicine. II: Early Greek, Hindu and Persian Medicine, ed. L. EDELSTEIN, New Haven, 1961, pág. 99; y las recensiones a Edelstein de W. H. S. JONES, en Classical Review 59 (1945), 14 s., E. L. MINAR, en American Journal of Philology 66 (1945), 105-8, y H. DILLER, en Gnomon 22 (1950), 70-4.

7 Der Ursprung der griechischen Philosophie von Hesiod bis Parmenides, Basilea, 1945, págs. 30 y sigs.

8 Eid, pág. 40.

9 «Weisheit und Wissenschaft. Studien zu Pythagoras, Philolaos und Platon», Erlanger Beitr. zur Sprach- und Kunstwiss. 10 (1962), 273.

10 «Medical Ethics and Popular Ethics in Greece and Rome», Clio Medica 5 (1970), 91-121.

11 «Ärztliche Ethik und Schwangerschaftunterbrechung bei den Hippokratikern», Schriftenreihe für Geschichte der Naturwiss., Technik und Medizin 9, 1 (1972), 73-80.

12 «Der hippokratische Eid. Zur Entstehung der antiken medizinischen Deontologie», Philologus 122-123 (1978-79), 157-76. En esta nueva corriente hay que incluir también a A. NALESSO, «L’attuale validitá delle prospettive deontologiche negli scritti del Corpus Hippocraticum», Pagine di Storia della Medicina 15 (1971), 80-94.

13 Hippocrates I, Loeb Class. Libr., Londres, 1923, pág. 295.

14 E. LITTRÉ, Oeuvres complètes d’Hippocrate, 10 vols., París, 1839-1861, vol. I, págs. 341 y sigs., y vol. IV, pág. 611; C. DARENBERG, Oeuvres choisies d’Hippocrate, 2.a ed., París, 1855, pág. 2; DEICHGRÄBER, «Standesethik», pág. 32. En general remiten a textos de Platón y de Galeno. Véase también JONES, The Doctor’s Oath, pág. 44.

15 «Standesethik», págs. 32 y sigs.

16 Ancient Medicine…, págs. 41-8. F. KUDLIEN, «Zwei Interpretationen zum hippokratischen Eid.», Gesnerus 35 (1978), 253-63, no ve en nuestro texto un acto religioso, sino un documento sobre la moral profana.

17 Cf. DEICHGRÄBER, «Standesethik», págs. 100-1. A. PAZZINI y G. BAFFIONI se inclinan claramente por situarlo al comienzo de los estudios, ya que el alumno, para incorporarse al gremio, debía necesariamente asumir los deberes presentes y futuros que éste exigía («Ancora per una più precisa traduzione del Giuramento d’Ippocrate», Pagine di Storia della Medicina 16 [1972], 87).

18 Gestalten aus Hellas. Munich, 1950, pág. 350.

19 Ancient Medicine…, pág. 55.

20 DEICHGRÄBER lo sitúa en el último tercio del S. V («Standesethik», pág. 34) o en torno al año 400 (Eid, pág. 23); KUDLIEN («Medical Ethics…», págs. 92-4) habla del s. v como el tiempo en que se debatían las principales cuestiones que aparecen en Juramento, etc. Véanse las indicaciones, al respecto, de DILLER (Kleine Schriften…, págs. 264 y sigs.) y HARIG-KOLLESCH («Der hippokratische Eid…», pág. 163, n. 29).

21 Cf. S. NITTIS, «The Autorship and probable Date of the Hippocratic Oath», Bull. of History of Medicine 1 (1940), 1012 ss.

22 La paternidad hipocrática ha sido también defendida más recientemente por A. PAZZINI, «Il Giuramento di Ippocrate», Progressi di Terapia 5 (1949), 4. Büchner no se atrevió a atribuirlo taxativamente a Hipócrates, pero estaba convencido de que éste no sólo lo conocía, sino que obligaba a sus discípulos y seguidores con esta misma fórmula (citado por DILLER, Kleine Schriften…, pag. 264).

JURAMENTO

Juro por Apolo médico, por Asclepio, Higiea y Panacea, así como por todos los dioses y diosas, poniéndolos por testigos, dar cumplimiento en la medida de mis fuerzas y de acuerdo con mi criterio a este juramento y compromiso:

Tener al que me enseñó este arte en igual estima que a mis progenitores, compartir con él mi hacienda y tomar a mi cargo sus necesidades si le hiciere falta; considerar a sus hijos como hermanos míos y enseñarles este arte, si es que tuvieran necesidad de aprenderlo, de forma gratuita1 y sin contrato; hacerme cargo de la preceptiva, la instrucción oral y todas las demás enseñanzas2 de mis hijos, de los de mi maestro y de los discípulos que hayan suscrito el compromiso y estén sometidos por juramento a la ley médica, pero a nadie más3.

Haré uso del régimen dietético4 para ayuda del enfermo, según mi capacidad y recto entender: del daño y la injusticia le preservaré.

No daré a nadie, aunque me lo pida, ningún fármaco letal, ni haré semejante sugerencia5. Igualmente tampoco proporcionaré a mujer alguna un pesario abortivo6. En pureza y santidad mantendré mi vida y mi arte7.

No haré uso del bisturí ni aun con los que sufren del mal de piedra: dejaré esa práctica a los que la realizan8.

A cualquier casa que entrare acudiré para asistencia del enfermo, fuera de todo agravio intencionado o corrupción, en especial de prácticas sexuales con las personas, ya sean hombres o mujeres, esclavos o libres9.

Lo que en el tratamiento, o incluso fuera de él, viere u oyere en relación con la vida de los hombres, aquello que jamás deba trascender, lo callaré teniéndolo por secreto.

En consecuencia séame dado, si a este juramento fuere fiel y no lo quebrantare, el gozar de mi vida y de mi arte, siempre celebrado entre todos los hombres10. Mas si lo trasgredo y cometo perjurio, sea de esto lo contrario.

NOTAS AL TEXTO

1 Salvo en casos excepcionales, la enseñanza de la medicina en Grecia no era gratuita, como tampoco lo era su ejercicio. Hipócrates cobraba por enseñar (PLATÓN, Protágoras 311 b-c) y, probablemente, también por ejercer, ya que toda profesión tenía derecho a un salario y la medicina no era excepción; pero es difícil saber las cantidades percibidas, pues los textos que nos hablan de ello son de épocas posteriores, cuando ya algunos médicos hacían fortuna (E. LITTRÉ, Oeuvres complètes d’Hippocrate, IV, París, 1861, pág. 613). Entre los médicos hipocráticos sólo se rechaza el afán de lucro, como aparece, principalmente, en Sobre la decencia y en Preceptos. Unas breves y precisas indicaciones pueden verse en P. LAÍN ENTRALGO, La medicina hipocrática. Madrid, 1970, págs. 388-9. En este compromiso de Juramento, K. DEICHGRÄBER («Die ärztliche Standesethik des hippokratisehen Eides», Quell u. Studien z. Geschichte d. Naturwissenschaften u. d. Medizin 3 [1933], 102 [cit., en adelante, «Standesethik»]) ve una manifestación de la defensa de los intereses de familia o de gremio, que también se plasma en la obligación de compartir la hacienda con el maestro, en la de subvenir a sus necesidades y en la de atender a la educación de sus descendientes.

2 Juramento señala tres tipos de enseñanza: parangellíē (preceptiva) designa el conjunto de reglas y preceptos relativos a la actuación del médico en el ejercicio de su profesión; akroḗsis es la enseñanza oral, cualquiera que sea su nivel y aunque esté también explicada en libros; loípē máthēsis es el resto de los conocimientos médicos, las cuestiones particulares, tanto teóricas como prácticas, que se presentan en el ejercicio médico y que el alumno aprende en su contacto con el maestro o en la asistencia a los enfermos. Algunos autores han entendido que parangelíē se refería a escritos esotéricos, pero con ello se violenta arbitrariamente la acepción común del vocablo (LITTRÉ, Oeuvres.., IV, págs. 613-5). W. H. S. JONES considera esta división de la enseñanza como algo curioso e inhabitual, probablemente porque no le encuentra paralelos coetáneos (The Doctor’s Oath, Cambridge, 1924, pág. 43, n. 1). Por el contrario, L. EDELSTEIN (The hippocratic Oath. Text, Translation and Interpretation, Baltimore, 1943 [= Ancient Medicine. Selected Papers of Ludwig Edelstein, ed. por O. y C. L. TEMKIN, Baltimore, 1967, pag. 47]), siguiendo su datación tardía de Juramento, la remite a textos del pitagórico ARISTÓXENO (58 D 1-D 9, DK).

3 En la antigüedad existían familias de médicos, en donde la enseñanza se transmitía de padres a hijos como una herencia. La Grecia de los siglos VI y V presenta a Asclepio como el padre y fundador de la familia médica, en cuyo seno se conserva y se transmite el arte; los biógrafos de Hipócrates nos dicen que su abuelo, su padre, sus hijos y sus nietos fueron también médicos; Platón menciona a Acúmeno y a su hijo Erixímaco, ambos de profesión médica, y el médico más representativo del s. IV, Diocles de Caristo, fue también hijo de médico. La existencia de estas familias fue un hecho corriente en la antigüedad (cf. DEICHGRÄBER, «Standesethik», pág. 101). Por testimonio de GALENO, en su escrito Sobre las operaciones anatómicas II 280-281 K., sabemos que, en esas familias, los hijos aprendían desde pequeños no sólo a leer y escribir, como en el resto de las familias, sino también los conocimientos médicos, incluida la disección. El mismo Galeno piensa que, en un principio, esas familias médicas constituían un clan cerrado al que ningún extraño tenía acceso; pero no existen documentos que lo avalen, ya que los que se nos han conservado son coetáneos de Juramento (cf. LITTRÉ, Oeuvres…, IV, págs. 611-12). De ser así, la situación cambió con el tiempo: PLATÓN (Protágoras 311b) afirma que también los extraños eran admitidos por Hipócrates como alumnos; GALENO lo confirma de la familia de los Asclepiadas (II 281 K.). Ambas posibilidades, pues, existían entre los asclepiadas de Cos en el último tercio del s. v. También Juramento muestra que era posible incorporarse a la profesión médica aun no perteneciendo a una de esas familias, que estaban abiertas a los extraños.

4 Diaítēma designa, principalmente, el régimen alimenticio, pero en la antigüedad comprendía también otros tratamientos, como los baños y determinados ejercicios, según se ve en Sobre la medicina antigua. El hecho de que se mencione aquí en primer lugar la dietética y luego se aluda a la farmacología y a la cirugía sirvió a EDELSTEIN (Ancient Medicine…, pág. 22) de argumento, junto a otros, en favor del origen pitagórico de Juramento. Según LITTRÉ (Oeuvres…, IV, pág. 622), esta división de la medicina en tres ramas es conocida sólo desde tiempos de Herófilo (cf. CELSO, I 1). ARISTÓXENO (58 D 1, DK) la atribuye a los pitagóricos, quienes creían, sobre todo, en la eficacia de la dietética, confiaban menos en la farmacología y ponían en último lugar la cirugía y las cauterizaciones (cf. también PLATÓN, Timeo 87c-89d). Pero hay que tener en cuenta que una valoración similar de estos tres campos se encuentra en la escuela médica llamada «empírica» (K. DEICHGRÄBER. Die griechische Empirikerschule, Berlín-Zurich, 1965, págs. 120 y 289). Por otro lado, en el mismo CH un libro está consagrado a regular la alimentación en caso de enfermedades agudas; Sobre la medicina antigua ve en el descubrimiento de la dieta adecuada un hecho capital, origen de la ciencia médica, y en los demás escritos nosológicos la dieta ocupa siempre el primer lugar en el tratamiento de los enfermos, antes que la farmacología y la cirugía. Juramento sigue, en este punto, la tendencia general de la medicina de la época (cf. H. DILLER, Kleine Schriften zur antiken Medizin, Berlín-Nueva York, 1973, pág. 211).

5 Los médicos hipocráticos tenían en su poder medicamentos, algunos de naturaleza venenosa, que ellos mismos preparaban o que pedían al farmacéutico (pharmakopṓlēs). En cualquier caso, los médicos debían conocer los componentes con su dosificación y administrar los remedios (cf. Sobre la decencia 9). En opinión de DEICHGRÄHER («Standesethik», págs. 107-8), no se trata aquí de la eutanasia, que no ofrecía problema en la antigüedad, sino del envenenamiento y, como caso especial, del suicidio. También EDELSTEIN (Ancient Medicine…, pág. 8) piensa que aquí se alude al suicidio, rechazado por los pitagóricos como muestra la actitud de Filolao (PLATÓN, Fedón 61e ss.). Para entender esta prohibición LITTRÉ (Oeuvres…, IV, pág. 622) evoca la situación en la antigüedad, donde el envenenamiento era difícilmente detectable y perseguible, al no existir la práctica de la autopsia ni el análisis químico; dado que los casos de envenenamiento eran frecuentes, Juramento habría querido reforzar la justicia en un punto en el que contaba con débiles recursos. Edelstein piensa, por el contrario, que los griegos antiguos tenían conciencia de poder detectar el envenenamiento y disponían de medios poderosos para hacerlo, como la tortura; por ello invoca aquí nuevamente el influjo de la ética pitagórica. — En el CH no parecen existir otros pasajes que aludan a este tema. Pero, de hecho, Juramento recoge leyes generalmente conocidas, y codificadas en el derecho ático, que prohibían el envenenamiento y consideraban el suicidio como un crimen (DEICHGRÄBER, «Standesethik», pág. 108 y nn. 34 y 35). También los médicos, en general, ponían especial cuidado en la administración de fármacos venenosos. Es significativo, al respecto, el testimonio de Ctesias de Cnido, que, hacia el año 400, fue médico del rey de Persia Artajerjes II. Ctesias dice que, en tiempos de su abuelo y de su padre, sólo excepcionalmente se administraba el eléboro, porque se conocía su peligrosidad, pero no la dosis terapéutica que había que administrar (G. HARIG-J. KOLLESCH, «Der hippokratische Eid. Zur Entstehung der antiken medizinischen Deontologie», Philologus 122-123 [1978-79], 62, n. 25; y W. ARTELT, Studien zur Geschichte der Begriffe «Heilmittel» und «Gift». Urzeit-Homer-Corpus Hippocraticum [Studien zur Geschichte der Medizin, 23], Leipzig, 1937, pag. 95). A pesar de este testimonio, que describe la situación en la época hipocrática, D. W. AMUNDSEN afirma que la prohibición de proporcionar venenos es propia de Juramento y atípica en la medicina antigua («The Liability of the Physician in Classical Greek Legal Theory and Practice», Journ. Hist. Medic. 32 [1977], 193).

6 El aborto estaba sancionado en muy pocas ciudades de la Grecia antigua y sólo se conoce una prohibición en Tebas y en Mileto (cf. DEICHGRÄBER, «Standesethik», pág. 108). Se puede afirmar que, a partir de la sofistica, fue una cuestión frecuentemente debatida en Atenas y que la mayoría de los filósofos no sólo lo admitían, sino que incluso lo recomendaban. PLATÓN lo considera una institución propia del Estado ideal (República 461c; Leyes 740d) y admite que las comadronas puedan practicarlo si lo consideran conveniente. Aun sin razones médicas es también admitido por ARISTÓTELES (Política 1335b 20 ss.), quien ve en él una de las mejores maneras de mantener la población dentro de los límites deseables. Sin embargo, las opiniones sobre el momento en que puede ser practicado no son unánimes: si Aristóteles aconseja que se realice antes de que el feto tenga vida animal, Platón, los estoicos y la mayoría de filósofos y científicos piensan que puede realizarse durante todo el embarazo; sólo los pitagóricos, en opinión de EDELSTEIN (Ancient Medicine…, pág. 17), disienten del resto y niegan la licitud del aborto en cualquier momento. El aborto terapéutico era también admitido por los médicos hipocráticos y, así, vemos que Enfermedades de las mujeres habla, con toda naturalidad, de los diversos preparados abortivos para eliminar los fetos muertos, paralizados o a medio desarrollar; pero hasta ahora sólo se ha podido aducir un caso de aborto no terapéutico en el CH: el de Sobre la naturaleza del niño 13, donde el autor describe cómo hizo abortar, de manera un tanto grotesca, a una bailarina dedicada a la prostitución. Otros casos aducidos por R. HÄHNEL («Der künstliche Abortus im Altertum., Arch. Gesch. der Med. 29 [1937], 224 ss.) y retomados también por Edelstein como prueba de que Juramento mantiene en este punto una actitud radicalmente opuesta a la del resto del CH, no demuestran que el aborto no terapéutico fuese también practicado por los médicos hipocráticos: en sólo dos de esos casos se trata de expulsión del embrión, que, por lo demás, o ya estaba muerto o ponía en peligro la vida de la madre (cf. I. M. LONIE, The Hippocratic Treatises «On Generation», «On the nature of the Child», «Diseases IV», Berlín, De Gruyter, 1981, pág. 165 y n. 301.

7 Los términos hagns y hósiōs pueden entenderse de varias maneras. Junto con la justicia, la santidad y la pureza son ideales aplicados aquí al médico, pero que, en general, se pueden aplicar también a cualesquiera acciones humanas. Si bien Deichgräber enfatiza la importancia que tiene, en Juramento, el concepto de justicia (incluso el de la antigua díkē griega), para Edelstein, cuya interpretación se da siempre a la luz de la doctrina pitagórica, esta exigencia de pureza y santidad responde al elevado ideal de vida de los adeptos a esa doctrina.

8 El tratamiento del mal de piedra parece haber sido una práctica muy antigua en Grecia. Aquí se le da la suficiente importancia como para mencionarlo expresamente y ser objeto de juramento. Por ello, algunos autores antiguos vieron en este pasaje una alusión a la castración, de considerables repercusiones sociales; pero la mayoría ha entendido que con esta enfermedad se designaba a la cirugía en general, que estaría ya claramente diferenciada de la medicina interna y sería practicada por un grupo especial de médicos. Esta tesis fue puesta en cuestión por Andreae y rechazada taxativamente por LITTRÉ (Oeuvres…, IV, págs. 615 y sigs.), para quien esa pretendida separación no resiste una confrontación con los textos del CH, donde los internistas son a la vez cirujanos (cf. LAÍN ENTRALGO, La medicina hipocrática, pág. 345). DEICHGRÄBER («Standesethik», pág. 109) admite también como hecho histórico esa distinción, pero no aduce pruebas; aunque no menciona opiniones antiguas que vieran, en este pasaje, una referencia a la castración, piensa que Juramento pretende garantizar la capacidad reproductora del hombre, dejando en manos de especialistas la delicada operación de vesícula. EDELSTEIN (Ancient Medicine…, pág. 30), por su parte, acepta igualmente la distinción de ambas especialidades, pero piensa que aquí se rechaza no sólo una operación concreta, sino la cirugía en general, en consonancia con la tradición pitagórica que también las distinguía y que consideraba la labor del cirujano como de rango inferior; sería, por otro lado, normal que un dogma que rechazaba todo tipo de sacrificios cruentos rechazara también el uso del cuchillo para aquel que quería mantener su vida y su oficio en pureza y santidad. Sin embargo, tampoco Edelstein aporta la prueba positiva de su tesis: que en el s. IV, donde él sitúa a Juramento, existiera ya un grupo especial de cirujanos (cf. DILLER, Kleine Schriften…, pág. 221). La interpretación de este texto es, pues, oscura y quizás sólo contenga una llamada a la prudencia, como pensaba Littré. JONES ve en él una de las posibles adiciones posteriores con que se fue engrosando Juramento (Hipócrates I, Loeb Class. Libr., Londres, 1923, págs. 295 y 296, n. 2).

9 Los votos sobre el comportamiento del médico con sus pacientes son tan generales que difícilmente se puede ver en ellos algo característico de Juramento. Con todo, EDELSTEIN (Ancient Medicine…, págs. 34 y sigs.) los compara con algunas prescripciones de Sobre el médico, en donde se descubre un fuerte acento utilitarista, en contraste con el rigor ético que aquí se expresa y que no distingue entre hombre y mujer ni entre libre o esclavo.

10 El deseo y la búsqueda de la justa fama es tema frecuentemente tratado en el CH y, de modo especial, en Sobre la decencia. DEICHGRÄBER (Der hippokratische Eid, Stuttgart, 1955, págs. 25-6 y 41) advierte en este pasaje de Juramento un deseo de fama utilitarista: el médico mira por su reputación y ésta sólo se logra si actúa como es debido. EDELSTEIN (Ancient Medicine…., págs. 51-2) cree que aquí no se busca el buen nombre para aumentar la clientela, sino la fama y el renombre inmortales (la misma opinión defiende J. H. WOLF, «Der Wille zum Ruhm. Meditationen über den letzten Satz des hippokratischen Eides», en Melemata. Festschr. W. Leibbrand, ed. por J. SCHUMACHER, Mannheim, 1967, págs. 233-47). Es consciente Edelstein de la aspiración al prestigio que se detecta en toda la medicina hipocrática; pero resalta que, en este pasaje, hay un intento de superar esa realidad un tanto prosaica. La aspiración de Juramento expresaría, incluso con las mismas palabras, la de SOLÓN (I 3-4) por alcanzar un nombre entre las generaciones futuras, en recompensa por lo que había hecho y escrito. La gloria futura entre los hombres era, en efecto, una aspiración general entre los griegos.

LEY
(Nómos)
INTRODUCCIÓN

La pequeña obra que se ha conservado en el Corpus Hippocraticum con el nombre de Nómos está rodeada de oscuridad: de su autor no se sabe nada y es bien poco lo que los críticos han podido conjeturar sobre su época de composición, a pesar del esfuerzo y el ingenio empleados a veces en ello. El escrito es mencionado por Erotiano y figura en la lista que los primeros comentadores del CH habían confeccionado. Quizás por ello pensó Littré1 que se trata de una obra muy temprana y es cierto que algunas semejanzas con Sobre la ciencia médica podrían abonar esa antigüedad; en especial, la idea de que la disposición natural del individuo y una buena enseñanza desde pequeño son condiciones indispensables para ser un médico competente.

Sin embargo, otras posibles afinidades hacen muy dudosa esa datación. B. Snell2 creyó ver un influjo platónico en la contraposición entre epistḗmē y dóxa que se insinúa en nuestro escrito. Fleischer3 detectó semejanzas de contenido con Preceptos y Sobre la decencia; pero, ante todo, relaciones con el pensamiento de Demócrito y la sofística y, en consecuencia, creyó poder situar Ley en medio de la discusión pedagógica de su tiempo, cuyos principios intentaría aplicar nuestro autor provechosamente a la medicina. Sin embargo, el mismo Fleischer reconocía la debilidad de su argumentación, pues tales ideas se convirtieron en patrimonio común de la pedagogía antigua, como había mostrado Jaeger4, y por ello no se atrevió a fijar una fecha. Más aún, ya antes Wilamowitz5 había cuestionado el influjo de la sofística en nuestro escrito y atribuía la paternidad de algunas de sus ideas a Demócrito. F. Müller6, en una minuciosa crítica de los argumentos de Wilamowitz, intentaba mostrar, por su parte, que esa influencia era, en realidad, inexistente y que Ley atestiguaba un pensamiento anterior tanto a la sofística, como a Demócrito. Con base, pues, en esto y en las semejanzas de estilo y fondo con Juramento que, siguiendo a Deichgräber, fechaba en el s. v, pensó que también Ley podía fecharse hacia la mitad de este siglo, aproximándose así a la opinión de Littré. Heinimann7, en una breve nota, se opone a esta datación temprana y rechaza, aunque sin detenerse a refutarlos, los intentos de Müller por probarla. La misma opinión defiende Edelstein8, quien, siguiendo a Wilamowitz, admite un influjo de Demócrito en Ley y, en consecuencia, lo fecha a fines del s. IV, ya que el pensamiento democríteo y su influjo directo no sobrevivieron mucho más tiempo.

Aunque los críticos no se han puesto de acuerdo y, a veces, se abonan a conjeturas difícilmente demostrables, el interés principal de una datación más precisa radicaría en saber si Ley ofrece un drástico resumen de ideas pedagógicas anteriores, como parece verosímil, o si, por el contrario, es un esbozo de esas ideas, que tuvieron ulteriores desarrollos. Hoy es imposible zanjar esta cuestión. Pero lo cierto es que Ley contiene una doctrina pedagógica que puede aplicarse, en principio, a cualquier campo del saber y no sólo a la medicina, y que su breve exposición, densa e incisiva, se inserta en la mejor tradición pedagógica de Grecia.

Se ha considerado a los sofistas como los padres de la pedagogía griega y los primeros que intentaron reflexionar de modo sistemático sobre las condiciones previas a toda educación. Esta reflexión fue posible gracias a la síntesis entre una pedagogía aristocrática anterior a la sofística y el nuevo racionalismo introducido por ésta. Se dio, como afirma Jaeger9, mediante el abandono de la ética de la sangre: el concepto de sangre divina fue sustituido por el de naturaleza humana (phýsis) y ésta se individualizó con todas las circunstancias y disposiciones que rodean a cada persona. Originariamente el concepto de phýsis fue la clave para la comprensión del cosmos. Aunque había nacido en el seno de la filosofía jonia y, especialmente, en el de su esfuerzo por comprender el mundo, fue pronto asimilado por los médicos, que ponían al hombre en el centro de su pensamiento y de su acción. La phýsis o naturaleza concreta del hombre, y no la general del cosmos, pasó a ser entonces objeto primordial de la reflexión médica, como atestiguan algunos tratados del CH, y con ello se convirtió en norma de su investigación10.

Un factor importante de esta evolución es, pues, la medicina: el concepto de naturaleza humana, tan usado por la sofística, se elaboró, en gran medida, en los escritos de los médicos. La cuestión de la phýsis se convirtió en problema acuciante en Atenas, pero ya desligado de las preocupaciones de la antigua cosmología jonia. El concepto, con su carácter normativo, acabó designando no sólo las condiciones «normales» del hombre, sino más en concreto sus condiciones individuales, su aptitud natural, que no puede ser suplantada por ninguna enseñanza posterior. Sin embargo, los pedagogos, que se esforzaban por convertir a los jóvenes en ciudadanos, hicieron que junto a la phýsis, cuya significación nadie podía negar, se acentuase también la necesidad de la enseñanza y el ejercicio. Esta pedagogía es también la de Ley. En ella la condición natural del hombre es decisiva para llegar a ser un buen profesional; pero también son necesarios otros requisitos, como una enseñanza adecuada, larga y tesonera, sin los cuales esa condición se malograría y no daría sus frutos. Por otro lado, la antigua idea del modelo personal, que dominaba la educación aristocrática desde Homero, fue sustituida por la ley, o al menos relegada a un segundo plano por ella11. Así quedaba reforzado el elemento normativo de la educación, ya que la ley se presentaba, en general, como la expresión de las normas válidas de actuación en todos los órdenes de la vida pública. Protágoras comparaba la ley con la enseñanza de la escritura, que marca las líneas fuera de las cuales no se puede escribir, o con el enderezamiento de un árbol. La función educadora de la ley pasó a ser, de ese modo, un elemento de la pedagogía ciudadana y organizada. En medicina, sin embargo, donde, aunque había escuelas, todo el mundo era libre de practicar el arte, no existía una regulación de requisitos ni la pólis controlaba su ejercicio público12. En tales circunstancias se producían abusos que quedaban impunes y que sólo podían tener un freno en la conciencia de ser buen profesional o en la decisión personal de hacerse responsable, para no caer en el desprestigio y el deshonor. No es extraño, pues, no encontrar en nuestro escrito la presencia del modelo personal como pedagogo, ni la alusión a la función educadora de la ley, pero sí la añoranza de penalizaciones para la actuación pública de los malos médicos, que por su incompetencia no sólo desprestigian la profesión, sino que ponen en peligro la salud del enfermo.

La breve exposición pedagógica de Nómos pretende conquistar y aleccionar a los jóvenes estudiantes, si no para el ejercicio correcto de la medicina como en otras obras del CH, sí para una seria preparación a él. Podría reflejar el discurso de bienvenida que el director de una escuela médica de Atenas dirigiría a los alumnos recién incorporados y que, en la tradición de la escuela, se convirtió ya en regla. El escrito comienza afirmando que la medicina es acreedora, con todo derecho, al más alto reconocimiento, pero que ese derecho se ha perdido por la incompetencia de la mayoría de los médicos. Sigue a ello la enumeración sucinta de los requisitos para adquirir una sólida formación: quienes los cumplan serán buenos médicos; quienes no lo hagan carecerán de preparación y serán sólo médicos de palabra e incompetentes. En su brevedad, Ley tiene tres partes claramente diferenciables, cada una de ellas ilustrada con una comparación. En la primera se habla de los malos médicos, semejantes a los actores extras, que sólo tienen en común con los verdaderos actores los gestos, los vestidos y las máscaras. En la segunda se trata de la formación del buen médico, que tiene lugar bajo las mismas condiciones que el cultivo y la producción agrícola. En la última se sintetizan los resultados de la buena y la mala formación y se anima a los estudiantes a recorrer las etapas de un largo aprendizaje, como el iniciado que debe haber recorrido las etapas de la iniciación, antes de acceder a los ritos sagrados.

Además de las normas pedagógicas hay, pues, tres comparaciones: con el arte dramático, con la agricultura y con la iniciación mistérica. Las tres se dan como punto de referencia para los buenos y los malos médicos y como guía para su adecuada formación. Ninguna de ellas parece haber sido elegida caprichosamente por el autor: son expresiones de un pensamiento que intenta manifestarse mediante datos objetivos y normales de la vida. El estilo es, por lo demás, sencillo y hasta gracioso, y el conjunto es de una claridad y rotundidad como en pocos escritos del CH puede encontrarse.

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30 января 2026
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9788424930837
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