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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 95


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducciones de este volumen han sido revisadas por MARTÍN SÁNCHEZ RUIPÉREZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1986.

REF. GEBO210

ISBN 9788424931087.

TEÓCRITO

INTRODUCCIÓN
I. VIDA

Se ha dicho que Teócrito murió, probablemente, entre personas que no se ocuparon de conservar su recuerdo 1 . Lo que hace verosímil esta suposición es no sólo la escasez de datos que nos ha legado la Antigüedad sobre la vida del poeta siracusano, sino, sobre todo, el hecho de que las noticias existentes no constituyen una tradición segura y fidedigna, vacilan, se oponen unas a otras y dejan ver, en definitiva, que, en última instancia, están casi todas basadas en conjeturas formadas sobre los propios versos de Teócrito. Estas noticias se reducen a unas cuantas líneas en la Suda , una muy breve biografía, llamada «Linaje de Teócrito» (ocupa media página en la edición de los escolios hecha por Wendel), algunas indicaciones ocasionales de los escoliastas y un epigrama de cuatro líneas conservado en la Antología Palatina .

Veamos, pues, primero, qué dice la tradición antigua y qué hay de aprovechable en ella, para pasar después al examen interno de la obra de nuestro poeta.

1. Fuentes antiguas

1. Suda , s. v. Theókritos . Habla del sofista Teócrito de Quíos y prosigue: «Hay también un segundo Teócrito, hijo de Praxágoras y Filina, otros dicen que de Símico. Era siracusano; según otros, de Cos, pero se instaló en Siracusa. Éste es el autor de los poemas llamados Bucólicos , en dialecto dórico. Algunos le atribuyen, además, los siguientes: Las hijas de Preto, Esperanzas , himnos, Heroínas , cantos de duelo, poesía lírica, elegías y poemas yámbicos, epigramas. Téngase en cuenta que ha habido tres poetas bucólicos, este Teócrito, Mosco Siciliano y Bión de Esmirna, el cual procedía de algún lugarejo llamado Flosa.»

2. «Linaje de Teócrito» (C. Wendel, Schol. in Theocritum , Leipzig, 1914, pág. 1): a) «Teócrito, el poeta bucólico, era nativo de Siracusa. Su padre se llamaba Símico 2 , según dice él mismo [idil. VII 21]: ‘Adónde vas, Simíquidas, con ese paso a mediodía?’ Algunos, empero, suponen que Simíquidas es un apodo (parece, en efecto, que era chato 3 ) y que su padre fue Praxágoras y su madre Filina. Asistió a las lecciones de Filitas y de Asclepíades, a quienes menciona [idil. VII 40]. Floreció en la época de Ptolemeo 〈Filadelfo, hijo de Ptolemeo〉 Lago 4 . Como estaba bien dotado para la poesía bucólica, se hizo muy famoso. Según algunos, se llamaba Mosco, y Teócrito era un sobrenombre.» b) «Ha de tenerse presente que Teócrito fue contemporáneo de Arato, de Calímaco y de Nicandro. Fue de la época de Ptolemeo Filadelfo.»

3. a) Escolio sobre el argumento del idilio IV: «Según hemos explicado, Teócrito floreció en la Olimpíada 124 [= 284-281 a. C.].» b) Escolio sobre el argumento de La Siringa: «Teócrito, siracusano de nacimiento, floreció en la época de Ptolemeo Filadelfo.»

4. a) Escolio sobre el argumento del idilio VII: «La acción transcurre en Cos. Teócrito, efectivamente, con ocasión de una estancia en la isla, camino de Alejandría y de la corte de Ptolemeo, trabó amistad con Frasidamo y Antígenes, hijos de Licopeo.» b) Escolio sobre el argumento del idilio XV: «Teócrito escribe en Alejandría, agradecido a la reina.»

5. Escolio sobre el argumento del idilio XI: «Teócrito se refiere al médico Nicias, nativo de Mileto, que fue condiscípulo de otro médico, de Erasístrato.»

6. Antología Palatina IX 434 (= epigrama 27 Gow):

«Otro fue el de Quíos 5 , quien escribió esto soy yo, Teócrito,

uno de los muchos siracusanos,

hijo de Praxágoras y de la ilustre Filina.

Musa ajena no he tomado ninguna.»

7. Escolio al Ibis atribuido a Ovidio, v. 51: «El poeta siracusano aludido es Teócrito, quien, por haber atacado de palabra al hijo del tirano Hierón, fue preso por orden de éste como si fuera a ser llevado al suplicio. Preguntósele entonces si se retractaba de sus insultos, pero él comenzó a insultar también al propio soberano con mayor acritud; irritado por ello, ordenó éste que se ejecutara realmente al poeta. Una tradición dice que murió estrangulado, otra asegura que le cortaron la cabeza.»

Para juzgar correctamente el valor de estos testimonios antiguos, hay que partir de la doble tradición recogida por ellos de la filiación del poeta. Una afirma que nació en siracusa y que sus padres fueron Praxágoras y Filina; la otra lo hace nativo de Cos e hijo de Símico. Es claro que la primera es la verdadera: el mismo Teócrito da a entender que era siracusano en dos pasajes de sus poemas (idils. XI 7 y XXVIII 16-18), y no se ve razón alguna para que Praxágoras y Filina sean nombres inventados. Al contrario, se comprende muy bien que la identificación de Teócrito con Simíquidas, personaje que habla en primera persona en el idilio VII, haya conducido a suponer que el poeta había nacido en Cos, la isla donde se sitúa la acción del poema, y a considerar a simíquidas como un sobrenombre basado en un patronímico (= «hijo de Símico»). Los escolios contienen otras especulaciones basadas en esa misma identificación, por ejemplo, que Teócrito era chato (= simós en griego, lo cual explicaría como un apodo el nombre de Simíquidas 6 ) y, quizás también, que fue discípulo de Filitas y de Asclepíades, puesto que menta a ambos en dicho idilio VII.

Resulta, pues, que el conjunto de noticias antiguas sobre nuestro poeta permite aislar una tradición segura muy reducida, que se refiere sólo a su patria y al nombre de sus padres, lo cual coincide exactamente con los únicos datos que proporciona el epigrama de la Antología Palatina , cuyo autor es, ciertamente, uno de los primeros editores de Teócrito, tal vez el gramático Teón, del s. I a. C. Paralela a esta línea de transmisión fidedigna corre otra falsa, que arranca de deducciones y combinaciones antiguas hechas sobre el texto teocríteo. Desde luego, podemos vacilar en atribuir a la primera algún dato más, así, la lista de obras que la Suda recoge como asignadas por algunos a Teócrito, en la cual puede haber algo de valor, o la estancia en Cos cuando el poeta iba camino de Egipto; pero la mayor parte de lo transmitido se denuncia como meras conjeturas de los comentaristas antiguos. Consideremos, por ejemplo, la noticia más concreta. El escolio sobre el argumento del idilio IV precisa que Teócrito «floreció» en la Olimpíada 124, esto es, entre el 284 y el 281 a. C. El dato, si fuera seguro, sería importante, puesto que, dada la costumbre de la cronografía antigua de fijar el punto culminante de un autor a los cuarenta años, implicaría que nuestro poeta había nacido un poco antes del 320 a. C. Ahora bien, como sabemos que Ptolemeo Filadelfo comenzó a reinar dentro de la mencionada Olimpíada y resulta evidente por los idilios XV y XVII que Teócrito fue contemporáneo de dicho monarca, la aseveración del escolio tiene todo el aspecto de no ser más que una mera simplificación cronológica, que ha combinado el pretendido «florecimiento» del poeta con el acontecimiento principal en la vida del rey. La circunstancia de que los otros escolios se limiten a decir que Teócrito «floreció» en época de Ptolemeo Filadelfo 7 apoya, desde luego, esta conclusión. Otro caso, todavía más claro, de afirmación sin fundamento es la recogida en los escolios al Ibis de Ovidio sobre la muerte de Teócrito por orden de Hierón II de Siracusa. La noticia, totalmente aislada, tiene poca autoridad manuscrita 8 y parece confundir un relato sobre Hierón I y Filóxeno de Citera 9 .

En resumen, pues, del análisis de la tradición antigua resulta que los escoliastas y comentaristas no han tenido acceso más que a una breve noticia auténtica sobre la vida de Teócrito. Esa noticia se limitaba a consignar lugar de nacimiento, nombre de los padres y tal vez algún título de su obra literaria; si incluía también algún dato sobre sus viajes, era, sin duda, muy escueto: que estuvo en Alejandría tras haberse detenido en Cos. Esta concisión hace suponer que dicha noticia procede, en última instancia, de alguna crónica destinada a recoger fechas, nombres y acontecimientos importantes de una época 10 . Todo lo demás procede de las deducciones que los comentaristas antiguos, no contentos con indicaciones tan escasas, procuraron extraer de la obra teocritea. Veamos, pues, qué podemos sacar nosotros de esto para añadirlo a lo poco que ya sabemos.

2. Datos que proporcionan los propios poemas

Los acontecimientos históricos y los avatares políticos contemporáneos se reflejan a menudo en la obra de los poetas arcaicos y clásicos, que muchas veces se sienten inspirados por ellos. Los helenísticos, en cambio, rehúyen esos temas y hacen una poesía más calculada, que transforma los modelos antiguos con una sutileza consciente, pensada para un público culto, capaz de apreciar el arte y los conocimientos del autor. Mencionan a veces, desde luego, a sus amigos y a sus rivales, pero la abstracción que, generalmente, hacen de las vicisitudes de su época dificulta muy considerablemente la fijación de una cronología, tanto absoluta como relativa. Como todos los poetas, sin embargo, también ellos sentían la necesidad de alcanzar una posición que les permitiera dedicarse con desahogo a la literatura, y es, precisamente, la relación con los grandes señores capaces de desempeñar satisfactoriamente el mecenazgo lo que nos permite establecer algunas fechas seguras en las vidas de estos poetas.

Teócrito es un buen ejemplo de ello, porque toda la reconstrucción cronológica de su carrera se asienta en dos idilios dedicados a dos altos personajes: el XVI, donde se solicita el favor de Hierón de Siracusa, y el XVII, que es un elogio de Ptolemeo Filadelfo. Combinando lo que ellos nos enseñan con otros indicios contenidos en la obra del poeta siracusano, podemos intentar precisar algunas etapas de su biografía.

La esposa y hermana de Ptolemeo, mencionada en XVII 128 ss., sólo puede ser Arsínoe II, cuyo matrimonio con el monarca egipcio duró desde el 276, o unos meses antes, hasta el 270 a. C. El poema de Teócrito se sitúa, pues, entre estos dos límites; pero podemos precisar más estudiando su relación con el destinado a Hierón de Siracusa. Éste es una composición curiosa, que alaba al personaje no por las hazañas realizadas y los logros obtenidos, sino por las futuras proezas que habrá de conseguir, según vaticina el poeta, en lucha con los cartagineses. Teócrito combina estos elogios con quejas por el egoísmo de sus contemporáneos, que no saben apreciar la inmortalidad que otorga el poeta a quien celebra en sus versos. Es obvio que en aquella época estaba buscando un protector y que esperaba encontrarlo en Hierón, a quien, sin embargo, no da nunca el título de rey, en contraste con lo que hace en el encomio a Ptolemeo, donde sí subraya claramente la posición de éste como soberano egipcio. En conjunto estas circunstancias se explican bien suponiendo que el idilio XVI es anterior al XVII y que fue redactado muy poco después de haber sido elegido Hierón general en jefe el 275/274 a. C., cuando los griegos de Sicilia, desesperados tras la retirada de Pirro, buscaban la unión para hacer frente a la amenaza cartaginesa. El porvenir del caudillo prometía, sin duda, ser brillante, pero no se trataba de un rey, pues sabemos que Hierón tomó el título más tarde, casi con certeza el 269 a. C.

El idilio XVI es importante también desde otro punto de vista. Teócrito se presenta en él como un poeta experimentado, que sólo consiente en celebrar a quien lo solicita. ¿Implica esto que en aquellos días tenía ya gran fama y había compuesto una obra poética considerable? Creemos que no. En nuestra opinión, el idilio XVI es obra de un joven poeta que intenta atraer la atención del poderoso con un poema que lo halague. Nada mejor para ello que sugerir una comparación con el otro Hierón, el gran monarca de Siracusa en la primera mitad del s. v a. C., que había ontenido gloriosos triunfos militares, y, detalle especialmente atractivo, había sido generoso patrón de famosos poetas. Por esa razón, Teócrito se caracteriza a sí mismo como uno de los líricos de la época de aquel Hierón I, que iban a la corte de unos reyes y príncipes deseosos de acogerlos para ser inmortalizados en los poemas. Él sabía, desde luego, que el tiempo no pasa en vano y que un poeta helenístico no era ni podía ser un Simónides ni un Píndaro, así que mezcló en su poema las características del encomio con los rasgos específicos del canto mendicante popular. Esta combinación sugería ingeniosamente la comparación halagadora buscada, se atenía al gusto alejandrino por la mezcla de géneros y permitía al poeta mostrarse dueño de su arte y consciente de sus recursos en la siempre difícil situación de impetrar el favor de un gran hombre, al que elogia, sí, pero al que amenaza también de modo sutil, ya que si no accede a proteger al poeta, será olvidado y de nada le valdrá, después de muerto, la gloria que hubiera tenido en vida, según se desprende claramente del poema. Vale la pena notar que la amenaza, velada o no, es un ingrediente habitual de los cantos populares de pedigüeño.

Qué fue lo que el poeta obtuvo de Hierón con su poema, no lo sabemos; pero, en cualquier caso, Siracusa dejó de tener atractivos para él, porque el idilio XVII, como ya hemos indicado, nos lo presenta en relación con Egipto y con Ptolemeo Filadelfo. El tono del poema muestra que Teócrito había obtenido entonces el favor del monarca, y sugiere que se hallaba en Alejandría cuando lo escribió. Como hubo de ser compuesto antes de la muerte de la reina Arsínoe II, según hemos visto, ha de datarse, en consecuencia, entre esa fecha y la redacción del idilio XVI, esto es, entre el 270, lo más tarde, y el 274, lo más temprano, lo cual armoniza bien con la lista de posesiones que los versos 86 ss. atribuyen a Ptolemeo y con el detalle de que éste tuviera aún rubios sus cabellos (v. 103), pues en ese período el monarca estaba entre los treinta y los cuarenta años.

Dentro de los mismos límites cronológicos hay que situar también el idilio XV, el mimo dedicado a las siracusanas en la fiesta alejandrina de Adonis, puesto que también en él se menciona como reina a Arsínoe II (vv. 24, 110 s.).

Los otros poemas carecen casi totalmente de indicios que permitan atribuirles una fecha determinada. Todo hace suponer que Teócrito dejó su patria siciliana y se trasladó a Alejandría, pero no sabemos cuánto tiempo permaneció allí ni cuánto duró el mecenazgo de Ptolemeo Filadelfo. Podemos, en todo caso, asignar a esta época el idilio XIV, que contiene, al final, un breve elogio del soberano egipcio y una invitación a alistarse en su ejército. Como el poeta describe el carácter campechano del rey en términos llanos y familiares, es natural pensar que, si no estaba entonces en la corte, al menos sí contaba con la amigable confianza del monarca. La alusión al reclutamiento de tropas mercenarias, además, encaja bien en las circunstancias de la guerra siria de 274-271 a. C., con lo cual tendríamos una fecha de composición muy cercana a los idilios XV y XVII. En éstos se alude a la deificación de Berenice, madre de Arsínoe y Filadelfo, como un acontecimiento reciente, de forma que también el poema dedicado a Berenice, del cual conservamos un fragmento, puede pertenecer a esa misma época, si, como parece, se refiere a aquella misma reina. En otros poemas se ha creído encontrar también indicios de que Teócrito escribía para la corte ptolemaica. Así el idilio XXIV, Heracles niño , y, si fuera auténtico, el XXV, Heracles matador del león , habrían sido compuestos en tal ambiente, porque los Ptolemeos, como la casa real de Macedonia, remontaban su ascendencia al propio Heracles; Las Bacantes aludirían, en sus enigmáticos versos 27 ss., al asesinato de algún niño por parte del mismo Ptolemeo o de algún destacado personaje de su reino.

Pero más que discutir posibilidades basadas en conjeturas, interesa subrayar que, en todo lo que tenemos de Teócrito, hay muy poco que lo relacione con Sicilia o el Sur de Italia, y mucho que lo liga al Este. Aparte del poema dirigido a Hierón, sólo el idilio XI y el epigrama XVIII se refieren a la isla natal; los idilios IV y V están ambientados en el Sur de Italia, pero en el primero de ellos se menciona una compositora y un músico que pertenecen al mundo griego oriental y debían estar de moda en Alejandría. El tema de la canción de Dafnis y Dametas, en el idilio VI, es también el de Polifemo y Galatea, pero nada sugiere ya el paisaje siciliano, y el poema está dirigido a un amigo que el poeta conoció seguramente en el Este, Arato, de quien habla también en el idilio que expresamente se ambienta en Cos, el VII. En esta composición poética, muy bella y elaborada, habla en primera persona un joven poeta, Simíquidas, que con toda probabilidad representa al mismo Teócrito 11 ; por eso, cuando dice (vv. 91-93) «muchas cosas a mí también me enseñaron las Ninfas cuando apacentaba en los montes la vacada, hermosas melodías, que la fama ha llevado, seguro, hasta el trono de Zeus», sospechamos que está aludiendo al favor que ya le dispensaba Ptolemeo Filadelfo. Cabe, entonces, suponer que tras dejar Sicilia, Teócrito se trasladó a Cos; que trabó amistad allí con poetas y hombres de letras, y que en aquel ambiente compuso sus poemas bucólicos, los cuales llegaron a conocimiento del monarca egipcio, le gustaron y lo decidieron a invitar a su corte al joven poeta. La cronología quedaría entonces así: 275/4, idilio XVI, Teócrito está aún, probablemente, en Sicilia o en el sur de Italia y busca la protección de Hierón; entre el 274 y el 270 viaja, primero, a Cos, donde compone los poemas bucólicos, y va, luego, a Alejandría, donde escribe los idilios XV y XVII, en el primero de los cuales, las siracusanas, compatriotas del poeta, están significativamente asentadas en la capital egipcia.

Si esto fue realmente así o no, es imposible saberlo con certeza. Nada impide, por ejemplo, que todos o algunos de los poemas bucólicos hayan sido escritos en Alejandría, cuando el poeta, dentro de la gran ciudad, sentía la nostalgia del campo y del paisaje; es probable que Teócrito no permaneciera mucho tiempo en la urbe y volviese pronto a Cos, donde habría escrito, tras la aventura egipcia, la mayor parte de su producción literaria. En cualquier caso, parece seguro que su vida se movió en esos tres escenarios: Sicilia y, quizás, Sur de Italia, Cos y Alejandría. Es probable, desde luego, que viajara por otras partes y que alternara su estancia en la capital de Ptolemeo con desplazamientos a la isla amiga y a sus alrededores; eso no pueden decírnoslo sus poemas; pero sí indican, en cambio, como ya hemos dicho, una notable familiaridad del poeta con el mundo del Este desde muy pronto. Parece, incluso, que Teócrito estuvo en Cos estudiando medicina y botánica antes de escribir el idilio XVI y de pensar en obtener el mecenazgo de Hierón, no sólo porque así se explica bien su relación con el médico milesio Nicias, a quien dedica varios poemas, entre ellos el idilio XI, de ambiente siciliano, sino también porque en la obra teocrítea se observan curiosas reminiscencias del lenguaje técnico de la medicina 12 y unos sorprendentes conocimientos botánicos, que él utiliza constantemente para ambientar sus composiciones poéticas, pero con la singularidad de que las plantas y árboles que describe son los de Grecia, no los de Sicilia e Italia 13 .

El mundo griego del Este inspiró también los idilios que, con cierta probabilidad, podemos asignar a la madurez del poeta. Cuando Delfis presume, en el II, de haber adelantado en la carrera «al seductor Filino» (v. 115), debe de referirse a un conocido atleta de Cos, que obtuvo la victoria en la carrera olímpica del stádion en 264 y 260 a. C., según consta en la Crónica de Eusebio (1208 Schoene). El triunfo en una prueba de velocidad como ésa indica que el atleta se hallaba entonces en plena juventud, lo cual coincide con el epíteto que Teócrito le aplica, de forma que, aun cuando puede deducirse de Pausanias, VI 17, 2, que la carrera deportiva de este Filino fue larga, tiene cierto fundamento la opinión de que el idilio II debe fecharse en torno a aquellos años y situarse en Cos (nótese que el mismo Delfis es nativo de Mindo [vv. 29 y 96], ciudad situada en la costa caria frente a dicha isla). En XXX 13 dice el poeta que blanquean ya sus sienes, por lo que también para esta composición puede admitirse una fecha relativamente tardía. En ella Teócrito no utiliza el dorio ni trata temas del mundo pastoril o del mimo; emplea los metros y la lengua de Safo y Alceo, como en los dos idilios anteriores y en el siguiente, más lejos que nunca de la inspiración siciliana.

II. LA OBRA DE TEÓCRITO

Consideremos el contenido de los poemas que la tradición atribuye a Teócrito: poemas bucólicos, himnos, epopeyas en miniatura, composiciones eróticas, mimos, un technopaígnion , epigramas... Notable variedad temática desarrollada en menos de tres mil versos, que se reducen en algunos centenares si prescindimos de las piezas apócrifas, pero que no perderían por ello la pluralidad apuntada. Dentro de muchos poemas hay, además, una mezcla de géneros que es típicamente helenística, como ocurre, por ejemplo, en el idilio XVI, donde, como ya se ha indicado, se combinan hábilmente las características habituales del encomio con elementos procedentes de la lírica coral y del canto popular de mendicantes.

En la antigua poesía griega había una relación entre forma y contenido, de tal modo que el autor que escribía en un determinado género literario tenía en buena medida impuestos por la tradición la lengua y el metro que debía emplear. Así, quien componía una epopeya o un poema didáctico había de utilizar hexámetros y un jonio homerizante; la tragedia se servía de yambos y troqueos en los diálogos, cuya lengua era ática, y de metros líricos en los coros, donde era preciso utilizar dialecto dórico, aunque se tratara, en realidad, de una lengua literaria, no hablada en ninguna parte. En época de Teócrito la libertad era mayor, y, de la misma forma que el poeta podía mezclar temas que hasta entonces habían sido tratados por separado, podía también, si quería, trastrocar la forma. Él, en concreto, eligió para sus idilios el hexámetro y utilizó esa estructura métrica independientemente del asunto que tratara, pero no se sirvió siempre de la lengua que habitualmente iba ligada a ella, sino que empleó también el dórico, sobre todo en los poemas rústicos, esto es, en los que con más propiedad pueden llamarse bucólicos. En cambio, en los poemas escritos en dialecto eólico, a imitación de Safo y Alceo, adoptó formas métricas propias también de la lírica monódica de estos poetas. Conviene, pues, considerar por separado, de un lado, la lengua y el metro, de otro, el contenido, puesto que la relación entre ellos no es uniforme.

1. Lengua y metro

Los idilios I-XXVII emplean como forma métrica el hexámetro, que el autor adapta a sus propósitos sin miramientos. Así, en XXII 56 ss., introduce un diálogo en versos alternos, procedimiento común cuando se trata de caracterizar una conversación agitada en los yambos del teatro, pero desconocido en la épica; en XXVI 18 s., corta repentinamente la narración con un semi-diálogo simétrico, conforme a una técnica que se encuentra en nuestros romances de ciego; I y II recurren al estribillo para imitar el canto de un pastor y los conjuros mágicos de una enamorada despechada; varias veces el hexámetro termina en un refrán, que llena de resonancia popular al verso épico (IV 41, V 38, X 11, XI 75, XIV 43 y 70, XV 24, 26, 62 y 95, XVI 18 y 20, XXVI 38); X 42 ss. adapta las coplas de un canto de segadores. En cambio, en VIII 33 ss., el canto correlativo de Dafnis y Menalcas está compuesto, sin ningún motivo especial que lo justifique, en dísticos de hexámetro y pentámetro.

Teócrito ensayaba, sin duda, diversas posibilidades expresivas, y de hecho, las peculiaridades que hemos mencionado están en relación muy estrecha con el estilo del poeta, que muy difícilmente puede apreciarse en una traducción. Por eso, hemos procurado recoger expresamente en las notas los rasgos que nos han parecido más relevantes, como la utilización del «priamel» o la caracterización del paisaje, aparte de los ya indicados.

En cuanto a la versificación en sí, es bien sabido que, en términos generales, el hexámetro helenístico se diferencia del anterior por una normativa más rigurosa y por la tendencia a restringir los esquemas posibles de realización; si bien hay diferencias notables entre los poetas, y, por ejemplo, Arato mantiene una postura francamente tradicional, mientras que Calímaco y otros respetan escrupulosamente las restricciones modernistas. Los análisis que se han hecho de los hexámetros de Teócrito apuntan a que él versifica con relativa independencia, sobre todo en los idilios bucólicos y, en ciertos aspectos, también en los mimos, mientras que en los poemas de carácter épico se acerca más a las prácticas de Calímaco y su escuela.

Cuando deja el hexámetro en los idilios XXVIII-XXXI, la razón es obvia: imita a los poetas lesbios, y la lírica lesbia tiene una estructura métrica peculiar, con número fijo de sílabas y no admisión de substituciones basadas en la equiparación de una larga con dos breves. Teócrito adopta allí metros eólicos, el gran asclepiadeo y el verso de catorce sílabas de Safo y Alceo, poetas cuyo dialecto imita también. Nos encontramos, pues, en esos poemas, con una adaptación literaria que sólo en parte podemos apreciar, puesto que hemos perdido mucho de la producción literaria lesbia utilizada como modelo. Hay que tener en cuenta, además, las alteraciones que la transmisión haya podido introducir, especialmente importantes, sin duda, en la lengua. Consideremos brevemente este último aspecto.

Teócrito emplea, como acabamos de decir, el dialecto lesbio en XXVIII-XXXI, porque estos poemas se inspiran en Safo y Alceo. Parte de los demás idilios, escritos en hexámetros, utiliza el jonio propio de la épica, pero otros (los bucólicos y el XIV, XV, XVIII y XXVI) están redactados en dórico; un tercer grupo presenta en los manuscritos una mezcla muy variable de jonio y dórico (XIII, XVI, XVII, XXIV), aparte queda el problema de los poemas falsos que imitan el dórico teocríteo. Es razonable relacionar el dórico de los poemas auténticos con la patria del poeta, puesto que él procedía de Siracusa y en esa gran ciudad siciliana se hablaba una forma dialectal dórica, que tenía una sólida tradición literaria, pero otra variedad del mismo dialecto estaba vigente en Cos, isla que, como hemos ya visto, debió de representar mucho en la vida de Teócrito. Si se quiere juzgar la lengua del poeta, es preciso tener muy presente estas modalidades dialectales, de una parte; de otra, los efectos estilísticos que el autor busca para caracterizar a sus personajes y para evocar, en sus lectores, reminiscencias literarias apropiadas. Es muy comprensible que, en esas condiciones, el texto transmitido esté plagado de errores y de inconsistencias, que arrancan ya de época muy antigua y que sólo en parte puede corregir el filólogo de hoy.

2. Los idilios y la poesía bucólica

Característica común de todos los poemas teocríteos es su pequeña extensión. Ninguno llega a los trescientos versos y varios están por debajo de los cincuenta. En este aspecto, pues, Teócrito se sitúa en la línea innovadora que arranca de Filitas de Cos y suele sintetizarse en el famoso dicho de Calímaco: «un libro grande es un mal grande» 14 . Cuando, en idil. VII 45-48, proclama Lícidas:

...que a mí me son grandemente odiosos

tanto el arquitecto que procura concluir una casa

que se iguale con la cima del monte Oromedonte,

como todas las aves de las Musas

que se afanan en vano con su canto de gallo

frente al cantor de Quíos,

tenemos la impresión de que está tomando partido, en términos programáticos, contra los poetas que intentan emular al gran Homero. La cuestión está íntimamente relacionada con la interpretación del idilio VII y con el problema de hasta qué punto los personajes son allí contemporáneos del poeta disfrazados. En cualquier caso, Lícidas es introducido en escena con una curiosa especificación (vv. 11 ss.): «topamos por gracia de las Musas con un caminante, hombre de Cidonia y de gran valía; llamábase Lícidas y era cabrero. Esto nadie hubiera dejado de advertirlo al contemplarlo, que sobre todo un cabrero parecía». Pregunta a Simíquidas, a quien todo indica que hay que identificar con Teócrito, a dónde va. Éste le contesta con notable deferencia, le cumplimenta como el mejor en el canto pastoril, aunque dice, él no se considera inferior, pues que todos le reconocen como excelente cantor. A continuación atenúa estas palabras presuntuosas, confesando que, en el fondo, no cree merecer aún su gran fama, ya que no puede competir con Sicélidas (conocido sobrenombre del poeta Aclepíades) ni con Filitas (otro gran poeta, contemporáneo también de Teócrito). El cabrero, que se muestra risueño y con cierta condescendencia, da entonces su cayado a Simíquidas como prenda de que reconoce su talento y proclama su inquina contra quienes pretenden rivalizar con Homero, en los versos a que nos hemos referido.

Sabemos que los alejandrinos gustaron de los sobrenombres, y nos consta no sólo el caso de Sicélidas-Asclepíades y de Simíquidas-Teócrito, sino también el de Calímaco, que adoptó el de Batíades, y el de Apolonio Rodio, si puede entenderse un escolio en el sentido de que se le motejaba de Ayántides (Wendel, Schol. in Theocritum , pág. 9). Hay otros muchos ejemplos bien conocidos en la literatura anterior y en la posterior, y, en el caso del cabrero Sicélidas del idilio VII, no han faltado las propuestas de identificación: Dosíadas, Leónidas de Tarento, Calímaco y Filitas figuran entre los candidatos, cuyas posibilidades en pro y en contra no es éste el momento de discutir. Conviene, en cambio, tener presente la relevancia del mencionado pasaje del idilio VII para comprender la poesía de Teócrito.

No hay duda de que su temperamento se inclinaba más a la posición literaria de la escuela de Calímaco, que a la de quienes estaban interesados en componer poemas largos, como Apolonio. Hoy sabemos que quienes escribían piezas cortas, de exquisita estructura formal y con un contenido lleno de evocaciones literarias muy conscientes, procurando siempre introducir novedades, fueron minoría dentro de la poesía helenística. Ellos son, sin embargo, quienes ejercieron una influencia más profunda a través de los poetas romanos contemporáneos de Catulo, y por eso tendemos a ver en ellos los genuinos representantes de su época, por más que un poema como el de Apolonio Rodio tenga también muchas cualidades típicamente helenísticas. La diferencia entre este autor y Teócrito se aprecia, sobre todo, si se estudia los idilios épicos, el Heracles niño y, especialmente, Hilas y Los Dioscuros , porque estos dos últimos tratan episodios que se encuentran también en la epopeya de Apolonio. Allí, son lances que se insertan en la saga de Jasón y del vellocino de oro; en Teócrito, son composiciones independientes, que reelaboran un motivo de la tradición mitológica conforme a nuevas concepciones literarias. En varios detalles la narración de ambos poetas diverge de tal forma que, sin duda, uno está corrigiendo conscientemente al otro, pero no sabemos con certeza quién a quién, porque no se ha conseguido establecer una cronología segura entre ambos, como tampoco ha podido lograrse entre ellos y Calímaco en muchos aspectos. Si algún venturoso hallazgo de un nuevo documento permite un día obtener seguridad en este punto, se habrán aclarado muchos de los numerosos problemas que hoy presenta la cronología literaria de la primera mitad del siglo III a. C.

Pero la fama de Teócrito no está basada fundamentalmente en sus epýllia . En su patria, Siracusa, había una tradición literaria que atendía a las costumbres populares e imitaba escenas de la vida cotidiana. Podemos estudiarla en lo que nos queda de los dramas de Epicarmo y de los mimos de Sofrón. En época helenística, el mimo, que tenía, junto a aquella tradición literaria siracusana, un aspecto también más popular de farsa y de improvisación, reaparece en el testimonio de varios papiros y en los poemitas de un contemporáneo de Teócrito, Herodas, que compone en coliambos. Los mimos de Teócrito, en cambio, escritos en hexámetros dactílicos, tienen un nivel literario mucho más alto y entroncan con la línea de Epicarmo y de Sofrón. Tres de los mejores idilios pueden encuadrarse en este género: el XIV, donde se advierten también elementos propios de la Comedia Nueva, y, especialmente, el II, obra maestra, sin duda alguna, y el XV, que describe a las burguesas siracusanas durante la fiesta de Adonis en Alejandría. La primera parte de este último idilio, con los pequeños accidentes en casa de Praxínoa y los avatares de ella y de su amiga en las calles atestadas de gente, camino del palacio, nos interesan mucho más que la exquisita aria entonada por una cantante profesional en la segunda parte del poema.

La capacidad de observación y el gusto por la escena apacible y el momento entrañable se encuentran a lo largo de la obra de Teócrito. Ya hemos indicado que una de sus primeras composiciones, el idilio XVI, dedicado a Hierón de Siracusa, combina el canto del mendigo con el encomio. Allí, para describir la paz que seguirá a la victoria sobre los cartagineses, el poeta recurre a un delicioso esbozo pastoril (vv. 92 ss.): el caminante desocupado que vaga por la campiña advertirá que cae la tarde al oír los mugidos de la vacada que vuelve a los establos.

«Bucólico» e «idílico» son palabras que, desde hace mucho tiempo, evocan dulce sosiego en ameno paisaje, lejos del mundanal ruido. Esto es así porque tienen detrás una larga tradición literaria que habla de pastores-poetas en una Arcadia feliz. Esta tradición arranca, precisamente, de Teócrito, y es, indudablemente, la que ha hecho de él el escritor más influyente de toda la literatura helenística. Pero Teócrito, naturalmente, no había oído nunca hablar de todo esto; en su época el poema pastoril no existía, hasta que él lo creó. Si queremos preguntarnos cómo y por qué, debemos tener presente que un cosa es estudiar los presupuestos de los poemas bucólicos de Teócrito, y otra, averiguar por qué cantan y hacen coplas los pastores reales.

Esta evidente distinción no siempre se ha tenido en cuenta. Ya los comentarios antiguos incluyen un apartado dedicado a la invención del canto bucólico, cuyo origen habría que buscar en cantos rituales en honor de la diosa Ártemis. Ejemplo claro de una concepción ingenua del folklore, que se manifiesta también en otros intentos de fijar un lugar de nacimiento y un descubridor a esa manifestación popular tan general que es el canto de los pastores, sea Sicilia y el mítico boyero Dafnis, sea Israel y uno de los profetas o patriarcas del Antiguo Testamento, o tal vez Salomón con su Cantar de los cantares , como se creía en la Europa de la Ilustración. Que Teócrito conocía y, en algunos aspectos, imitaba las sencillas cantilenas con que se entretienen los guardianes del ganado, parece muy verosímil. Al fin y al cabo, no hacía más que observar uno de los aspectos humildes de la vida cotidiana que han inspirado los mimos a los que nos hemos referido; pero, como éstos, sus poemas pastoriles son, ante todo, una obra de arte, productos cuidadosos de una gran personalidad literaria, donde el ideal de selección propio de la poesía helenística se manifiesta, incluso, en la ausencia total de porquerizos y en la jerarquización de los otros pastores en vaqueros, ovejeros y cabreros, observable en varios pasajes. Teócrito acepta con gusto recursos populares, como el estribillo o la estructura en forma de coplas alternantes, así consigue el ambiente que desea, mas fundiéndolos siempre de modo admirable en un conjunto bien equilibrado.

Aun cuando dentro de los idilios bucólicos hay claras diferencias (el I y el VII tienen una calidad literaria superior a la de los otros; el V es más «realista» que los demás; el XI presenta varios descuidos métricos; el X no es, propiamente, pastoril, puesto que sus protagonistas son segadores, etc.), no puede negarse que hay muchas afinidades entre ellos; las suficientes, en cualquier caso, para hacer verosímil que fueran escritos en un corto lapso de tiempo. Quizás en Cos, cuando el poeta acababa de dejar Sicilia, lo cual explicaría bien tanto la ambientación italiana de alguno de ellos, como el uso del dialecto dórico, sin que puedan excluirse otras posibilidades, como ya hemos dicho. Si esto fue así, es notable que Teócrito no volviera a insistir en esta clase de poesía y que, en los años siguientes, compusiera idilios de otro género. Ello indicaría claramente que, para él, los poemas pastoriles fueron sólo una etapa en su carrera literaria. Para la posteridad, en cambio, fueron lo decisivo, hasta el punto de que ellos concentraron toda la atención y dieron pronto nombre a la obra entera del poeta, que pasó a ser conocida como tà boukoliká «los poemas bucólicos», aunque los dos tercios de ella no tenga carácter pastoril, y lo mismo ocurrió con Mosco, Bión y los otros imitadores.

Este éxito de lo bucólico hay que buscarlo en los condicionamientos de la época helenística. Según una tradición muy antigua, el poeta recibía vocación de tal en algún lugar apartado de la montaña, en plena naturaleza libre, como don de las Musas, según nos enseña Hesíodo; pero, después, ejercía su capacidad en el marco de la comunidad ciudadana en que le había tocado vivir, donde ejercía una importante función educadora. Después de Alejandro, al desaparecer la antigua ciudad-Estado y, junto con ella, el ideal de la participación política directa de los ciudadanos, hubo un importante cambio en la mentalidad griega, que se refleja en todos los aspectos. Surgió el gusto entre el público por una literatura de evasión, que motivará la aparición de un nuevo género literario, la novela; en los autores trajo consigo la tendencia a aislarse en círculos literarios afines que supieran apreciar la erudición, el ingenio y las delicadas alusiones entretejidas en cada obra. Teócrito descubrió esa «torre de marfil» que se echaba en falta, el «gabinete verde» que iban a ocupar los poetas cansados de la vulgaridad diaria. En él, el mundo de los pastores está todavía a medio camino entre lo real y lo imaginario, pero pronto se convirtió en feliz utopía. La Arcadia de Virgilio no es ya la agreste región del Peloponeso, es un paisaje espiritual, que está en los poetas y no se halla en ninguna parte. Cuando el autor del Canto fúnebre por Bión caracteriza a su personaje diciendo (vv. 80 s.) «cantaba a Pan, era pastor-poeta», entendemos muy bien lo que quiere decir.

III. TRANSMISIÓN E HISTORIA DEL TEXTO

Una edición de los bucólicos griegos contiene textos muy diversos. No sólo colecciona poemas que pertenecen a distintos géneros literarios y reúne bajo los nombres de Teócrito, Bión y Mosco composiciones anónimas, sino que junto con los idilios recoge epigramas, piezas que imitan el contorno de alguna figura mediante la artificiosa disposición de los versos (los llamados technopaígnia o «Poemasfigura») y fragmentos de autenticidad más o menos segura que provienen de las citas de autores antiguos, como Ateneo y Estobeo. Este carácter heterogéneo de los bucólicos se refleja en la tradición de los textos. Existe, por una parte, una transmisión de conjunto; por otra, una transmisión de los epigramas atribuidos a Teócrito y a Mosco, encuadrada en la general de la Antología Griega; además, las mencionadas citas de autores antiguos tienen, claro está, su tradición específica. Aquí bosquejaremos sólo las grandes líneas de la transmisión textual del Corpus bucolicum , y más adelante, a propósito de los «Poemas-figura» y de los fragmentos, indicaremos algo de las otras.

Teócrito fue un autor leído y comentado con interés por griegos, romanos y bizantinos. Sus poemas atraían por sí mismos, por su calidad literaria y, sobre todo, por los temas campestres y pastoriles, que obtuvieron gran éxito y fueron muy imitados; pero también fueron examinados y manipulados por eruditos que discutían la curiosa mixtura dialectal que en ellos se encuentra. Prueba de ello son los muchos manuscritos que han llegado hasta nosotros con el texto de Teócrito. Sobrepasan ampliamente el centenar y medio, puesto que hay registrados unos ciento ochenta, datables entre los siglos XIII y XVI , muchos provistos de glosas y escolios, parte de los cuales se remonta a época greco-romana, como veremos.

La relación entre estos manuscritos es muy compleja, porque, con frecuencia, el posesor de uno copia de otros para completar y corregir el texto, de forma que muchos ejemplares tienen carácter mixto y ecléctico, lo cual dificulta considerablemente su clasificación. En conjunto, pues, la tradición de Teócrito, y también la del resto de los bucólicos, es lo que técnicamente se llama una transmisión abierta. En ella se advierte muy bien el esfuerzo por sanar y entender el texto de los eruditos bizantinos de la época de los Paleólogos, Planudes, Moscópulo y Triclinio, aunque sus notas y correcciones tienen escaso valor para nosotros.

Parte de las faltas que se hallan en los manuscritos proceden de las manipulaciones de gramáticos y filólogos medievales, muchas más son debidas a errores de los copistas, pero cuando todos ellos coinciden en una lectura francamente inaceptable, es eseñal de que esa equivocación se encontraba ya en el antepasado de toda la tradición manuscrita. Como tal circunstancia se da varias veces, hemos de admitir que la tradición se remonta a un solo manuscrito, al que el análisis filológico de nuestros códices permite atribuir carácter complejo, en el sentido de que contenía muchas variantes y estaba provisto de nutrido comentario para una parte de los poemas. Tenemos también indicios ciertos de que se hallaba escrito con mayúsculas, por lo cual debemos situarlo en la primera etapa bizantina, entre los siglos VI -IX d. C. Tenemos una idea bastante precisa de su contenido gracias al hallazgo de un importante códice de papiro, que puede fecharse en torno al 500 d. C., el llamado Papiro de Antínoe . En sus dieciséis hojas con tiene los idilios II, XIV, XV, XVIII, XXVI enteros y parte de I, V, X, XII, XIII, XVII, XXII, XXIV, XXVIII, XXIX, XXX y XXXI. El texto del papiro está relativamente cerca del que debía de figurar en el antepasado de la tradición medieval: presenta variantes de lectura, como, sin duda, ofrecía aquél, y está provisto también de comentario, aunque aquí se trata de notas de poco valor en comparación con los ricos y abundantes escolios preservados en los manuscritos. En general, demuestra que la transmisión del texto de Teócrito merece poca confianza, menos, probablemente, de la que se creía, pues no sólo confirma contra ella conjeturas aventuradas hacía tiempo, sino que ofrece también nuevas lecturas en pasajes donde no se habrían sospechado. Si se examina, en cambio, sus errores, se advierte que algunos son compartidos también por los manuscritos medievales, sin que esa coincidencia sea atribuible a un mero azar. Hay que admitir, por consiguiente, un nuevo arquetipo común, del que proceden tanto el Papiro de Antínoe como el antepasado de la tradición medieval. Dicho arquetipo ha de situarse ya en época romana. El estado del texto, entonces, puede vislumbrarse gracias al testimonio de varios fragmentos de papiro datables entre los siglos I -IV d. C. La mayor parte de ellos es del s. II d. C. y ha sido publicada en 1983, en el número 50 de los Oxyrhinchus Papyri . No ha podido ser tenida en cuenta, pues, por ningún editor. Sobresalen los nuevos fragmentos que vienen a añadirse al Papiro de Oxirrinco 2064, que contiene restos de muchos idilios, pero el conjunto sigue estando tan estropeado y continúa siendo tan reducido, que las conclusiones obtenibles no pueden compararse con las que permite el Papiro de Antínoe , mucho más extenso; y bien puede decirse que esto es aún más cierto en lo que concierne a otros restos papiráceos.

Todos estos fragmentos de papiro que han llegado hasta nosotros con algunas letras y palabras del texto de Teócrito y comentarios que lo aclaraban demuestran el interés que el poeta despertaba en época romana, patente por lo demás en la imitación de Virgilio; pero es difícil precisar cuál fue la historia del texto en estas primeras etapas, sobre todo en la época que media entre su composición y el siglo I a. C. No sabemos, por ejemplo, si Teócrito llegó a publicar él mismo sus poemas. Que eran conocidos y leídos tras su muerte, lo demuestra la influencia que ejercieron sobre Mosco y sobre Bión; pero como ellos y su autor son raramente mencionados hasta la época de Virgilio, cabe suponer que no existió una edición hasta entonces. Ésta fue la tesis de Wilamowitz 15 , quien atribuía al gramático Artemidoro, en el siglo I a. C., la primera edición del Corpus bucolicum , y a su hijo Teón el haber publicado por vez primera a Teócrito solo, acompañado de un comentario. No podemos entrar aquí en una discusión sobre este tema, muy debatido. Contentémonos, pues, con mencionar otras opiniones que atribuyen ya al mismo poeta la edición, al menos, de los poemas bucólicos. El grupo produce cierta impresión de homogeneidad y es fácil establecer algunas relaciones internas dentro de él. Por otra parte, se encuentra situado regularmente al comienzo del Corpus en la transmisión, lo cual indica que, efectivamente, se le reconocía cierta independencia. Cuál era el orden de poemas dentro del grupo y cuáles son auténticos y cuáles no, son cuestiones que distan de estar resueltas. G. Lawall 16 , por ejemplo, admite que el orden tradicional I-VII es el correcto, y supone que Teócrito compuso estos idilios en Cos y los editó luego como obra independiente. La pieza que cerraba este conjunto, La fiesta de la cosecha , sería, en realidad, una composición alegórica, justificadora de todo el grupo, cuyos poemas, de ambiente rústico y lengua dórica, habrían cimentado la fama del poeta. Hipótesis interesante, pero también muy discutible, sobre todo porque se basa en una ordenación de los poemas que tiene muy poca autoridad en la transmisión del texto.

Últimamente, J. Irigoin 17 ha defendido una tesis en parte parecida. Del análisis del número de versos de cada uno de los idilios bucólicos concluye que hay entre ellos una armonía numérica consciente, que demuestra la fidelidad de la transmisión tanto en el número de versos como en el de poemas; no tendrían, pues, razón los críticos modernos partidarios de modificar el número de versos de una forma u otra y de considerar falsos los idilios VIII y IX. Para Irigoin, en efecto, la colección bucólica de Teócrito comprende los poemas I y III-XI. Confiesa que es muy difícil determinar el orden en que el autor los concibió y publicó, pero, en cualquier caso, piensa, el III debía ser el prefacio, el IX el epílogo.

Combinaciones numéricas internas más o menos semejantes habían sido defendidas antes para Virgilio. Como ha ocurrido con ellas, también en el caso de Teócrito serán discutidas desde varios puntos de vista. Puesto que se han realizado ya algunos trabajos que las aceptan plenamente, nos limitaremos a decir que, aun cuando fueran correctas, no demostrarían la integridad del texto transmitido ni la autenticidad de los idilios dudosos. Cabría siempre, en efecto, suponer que no son obra de Teócrito mismo sino manipulaciones de un editor posterior, quien, falto de una tradición segura, habría buscado un criterio numérico, que le habría llevado a alterar el texto teocríteo y a aumentar el número de poemas, con el fin de adaptar el conjunto a su propia teoría.

Terminemos ya, sin embargo, con estas cuestiones indicando algo sobre manuscritos y papiros.

En el análisis de la transmisión manuscrita de los bucólicos se distinguen dos grupos. Los idilios I-XVIII, por una parte, y los demás, por otra. Dentro del primer grupo, pese a las contaminaciones constantes entre sus componentes, se distinguen tres familias:

1) La Ambrosiana , representada sólo por un manuscrito primario, K (= Ambrosianus 886).

2) La Laurentiana , así llamada porque entre sus representantes destaca por la calidad de sus escolios el manuscrito P (= Laurentianus XXXII 37).

3) La Vaticana , de la cual forman parte, entre otros, U (= Vaticanus Graecus 1825) E (= Vaticanus Graecus 42) y A (= Ambrosianus 390). Es una familia mixta, que procede de las otras dos.

Los poemas de este primer grupo tienen abundantes escolios y se hallan en muchos manuscritos, con excepción del XVIII, que no está en K. Los del segundo, en cambio, no tienen comentarios o los tienen reducidos, y se encuentran sólo en unos pocos códices (XXIX está, en este sentido, mejor representado que los otros); la contaminación se aprecia claramente sólo en el texto de los epigramas, donde ha influido la transmisión de la Antología Griega . XIX-XXIII y XXV se hallan en manuscritos que para el primer grupo forman parte de la familia Laurentiana; para los demás, los epigramas y los «Poemas-figura» el mejor manuscrito es D (= Parisinus Graecus 2726). Dos de las primeras ediciones impresas, la de Florencia en casa de P. Giunta, 1516, y la romana de Z. Gallierges, tienen importancia en el establecimiento del texto del Corpus , pues pudieron utilizar de forma indirecta un importante manuscrito después perdido, el llamado Codex Patavinus , que debía estar próximo a K, el más fiel representante de nuestra tradición medieval. La pérdida de ese manuscrito, cuya existencia ha sido discutida sin razón, nos ha privado, según todos los indicios, de un muy valioso ejemplar.

Los fragmentos de papiro y pergamino que contienen restos del texto de Teócrito van desde el s. I al VI /VII d. C. Como se ha dicho ya, su número se ha acrecentado recientemente de forma considerable, de tal modo que hoy disponemos de casi el doble de los testimonios utilizados por Gow (diez frente a dieciocho) y se han añadido nuevos fragmentos a los ya conocidos por él, aunque ninguno pueda compararse en importancia al famoso Papiro de Antínoe . La lista de los nuevos hallazgos puede verse en The Oxyrhynchus Papyri 50, 1983, pág. 100 (debe añadirse Forsch. u. Ber. d. Staatl. Mus. zu Berlin , 1968, pág. 126).

Las bibliotecas españolas guardan algunos manuscritos bucólicos, el más interesante de los cuales es el Salmantinus 295, porque contiene enmiendas del humanista Núñez de Guzmán, las cuales, según propuso A. Tovar, podrían estar basadas directa o indirectamente en el famoso Patavinus (véanse sus artículos en Emerita 13 [1945], 41-48, y Anales de Filología Clásica de la Universidad de Buenos Aires 4 [1949], 15-89). M. S. Ruipérez («El manuscrito de Teócrito del códice griego núm. 230 de la Biblioteca de la Universidad de Salamanca», Emerita 18 [1950], 70-88) y P. Pericay («El manuscrito barcelonés de Teócrito», Emerita 23 [1955], 165-181) han estudiado otros códices de valor secundario. Las conjeturas al texto teocríteo de un importante humanista español a finales del siglo XVII han sido editadas y comentadas por L. Gil en su artículo «Las Notae in Theocritum de Manuel Martí. Edición y estudio preliminar», Cuadernos de Filología Clásica 11 (1976), 19-52.

En cuanto al orden tradicional de los poemas, para I-XVIII es el de la Editio princeps , publicada en Milán hacia 1480; para XIX-XXIX, el de la edición de Stephanus de 1566. Debe considerarse como una convención, basada para el primer grupo en la circunstancia de que el editor de la princeps utilizara un manuscrito de la familia Vaticana , única en que se encuentra dicho orden, contradicho tanto por las otras dos como por los papiros.

La difícil cuestión de la autenticidad de los poemas se menciona, cuando ha lugar, en nota aparte para cada uno de ellos; para Mosco y Bión se discute brevemente en sus introducciones respectivas. En varios casos hemos de contentarnos con un prudente non liquet , como veremos.

Para nuestra traducción hemos tomado como base el texto de las ediciones de Gow, que hemos traducido íntegro, con la única excepción de los epigramas, puesto que éstos han sido admirablemente vertidos a nuestra lengua por M. Fernández-Galiano en el número siete de esta misma Biblioteca Clásica Gredos, págs. 197-206. Los casos en que nos hemos apartado de Gow y que suponen cambio claro de sentido son los siguientes:




IV. BIBLIOGRAFÍA

La edición más autorizada de Teócrito sigue siendo la de A. S. F. Gow, Theocritus , vols. I-II, Cambridge, 1950 (la 2.a ed. revisada es de 1952), acompañada de traducción y comentario. Los Bucolici Graeci , Oxford, 1952, del mismo autor, incluyen también los «poemas-figura» y las piezas atribuidas a Mosco y a Bión. En el tomo I de la edición de Cambridge se da cumplida noticia de las ediciones anteriores, entre las que hay que destacar la de Ahrens, la de Wilamowitz, la de Legrand y la de Gallavotti, cuyo aparato crítico hay que tener siempre presente. En el tomo II (págs. 563 y sigs.) se recoge una bibliografía excelente hasta finales de los años cuarenta, que puede completarse de modo muy imperfecto con la que figura en las ediciones más recientes de J. Alsina, I-II (Fundació Bernat Metge), Barcelona, 1961-1963, acompañada de una cuidada traducción al catalán; F. P. Fritz (Tusculum), Tubinga, 1970, con versión alemana; y H. Beckby (Beiträge zur klassischen Philologie, 49), Meissenheim am Glan, 1975, que abarca todo el Corpus bucolicum , también con traducción alemana y un sucinto comentario. Como es natural, las selecciones comentadas de los idilios, debidas a P. Monteil (Érasme, Collection de textes grecs commentés, 13), París, 1968, y a K. J. Dover, Londres, 1971, tienen una bibliografía muy restringida. Para obtener más información, puede consultarse el artículo de J. Alsina, «Notas bibliográficas sobre Teócrito», Convivium 13-14 (1962), 179-190, y el trabajo de N. A. Rubcova dedicado a reseñar las publicaciones sobre Teócrito aparecidas entre 1960 y mediados de los setenta, desgraciadamente poco accesible, «Bibliografía reciente sobre Teócrito», publicado en ruso en la revista Vestnik Drevnej Istorii 143 (1978), 168-176.

Sobre la historia del texto, el único libro dedicado íntegramente a la cuestión es el de U. von Wilamowitz-Moellendorf, Die Textgeschichte der griechischen Bukoliker (Philologische Untersuchungen, 18), Berlín, 1906, que ha tenido gran influencia y merece siempre un estudio atento, si bien las conclusiones en él defendidas deben modificarse de acuerdo con el testimonio de los papiros publicados posteriormente; sobre esto, aparte de la información que dan en sus ediciones Gallavotti y Gow, conviene tener presentes las observaciones de P. Maas, Gnomon 6 (1930), 561-564 (= Kleine Schriften , págs. 93-96), y K. Latte, Nachricht. d. Akad. d. Wissenschaften zu Göttingen (Phil.-hist. Kl.), 1949, págs. 225-232 (= Kleine Schriften , págs. 526-534). Para la transmisión de los escolios continúa siendo esencial C. Wendel, Ueberlieferung und Entstehung der Theokrit-Scholien (Abhandl. d. Gött. Gesellsch. d. Wissenschaften, 17.2), Berlín, 1920. El mismo Wendel es también autor de la mejor edición de los escolios, Scholia in Theocritum vetera (Bibliotheca Teubneriana), Leipzig, 1914.

La cuestión de la autenticidad y de la cronología de los idilios ha sido estudiada recientemente en dos tesis doctorales, por G. F. Fabiano, Gli idilli spuri o dubbi del «Corpus» teocriteo , Génova, 1969, y R. Martínez Fernández, Los apócrifos de Teócrito en el «Corpus bucolicorum» , cuyo extracto fue publicado en Madrid en 1975. El mismo problema ha sido abordado desde el ángulo de la métrica por V. di Benedetto para los poemas dóricos en Annali della Scuola Normale Superiore di Pisa 25 (1956), 48-60; véase también, a este respecto, M. L. West, «A Note on Theocritus’ Aeolic Poems», Class. Quarterly 17 (1967), 82-84. Las «Aportaciones al estudio del hexámetro de Teócrito», Habis 7 (1976), 21-56, y 8 (1977), 57-75, de M. Brioso Sánchez, están dedicadas a un examen de la estructura rítmica del hexámetro en los idilios cuya paternidad teocrítea es segura. Bajo la dirección del prof. S. Ruipérez, en fin, se ha comenzado en la Universidad Complutense una tesis doctoral sobre la estructura del hexámetro en el Corpus teocríteo que promete interesantes resultados.

Un aspecto importante de la difícil cuestión de la lengua de Teócrito ha sido abordado por M.a T. Molinos Tejada, en Cuadernos de Filología Clásica 6 (1974), 267-281, donde se llama la atención sobre el carácter mixto que tenía el dialecto de Siracusa en época del poeta, y se recoge la bibliografía pertinente.

Puede obtenerse información sobre las opiniones actuales a propósito de la poesía alejandrina, en la ponencia de M. Brioso Sánchez, en Actas del VI Congreso Español de Estudios Clásicos , Madrid, 1983, págs. 127-146. Sobre la bucólica en particular, puede verse M. García Teijeiro, «Notas sobre poesía bucólica griega», Cuadernos de Filología Clásica 4 (1972), 403-425.

No cabe entrar aquí en una bibliografía específica para cada uno de los idilios, ni siquiera limitada a los últimos años. Cuando ha parecido conveniente, se cita en las notas que acompañan a nuestra traducción. Por ahora nos contentaremos con señalar las tres ediciones últimamente consagradas a uno en particular: la de H. White para el XXIV, Amsterdam, 1979; la de G. Chryssafis para el XXV, Amsterdam-Uithoorn, 1981; y la de S. Hatzikosta para el VII, Amsterdam, 1982. Allí se encontrará bibliografía abundante y reciente, sobre todo la de Giangrande y sus discípulos, que desde hace varios años trabajan sobre Teócrito y literatura helenística. De G. Giangrande se han publicado ya dos volúmenes de Scripta Minora Alexandrina , Amsterdam, 1980 y 1981. Véase también H. White, Studies in Theocritus and other Hellenistic Poets , Amsterdam-Uithoorn, 1979, y Essays in Hellenistic Poetry , Amsterdam-Uithoorn, 1980. Siguen una línea distinta los Problemi di poessia alessandrina , I: Studi su Teocrito , Roma, 1971, de G. Serrao. Las tesis de Lawall y de Irigoin sobre la formación del grupo bucólico han sido ya señaladas en el apartado dedicado a la transmisión e historia del texto. Entre los estudios recientes sobre la obra del poeta siracusano mencionaremos los cuatro siguientes: A. Köhnken, Apollonios Rhodios und Theokrit (Hypomnemata, 12), Gotinga, 1965; K. Lembach, Die Pflanzen bei Theokrit , Heidelberg, 1970; Axel E.-A. Hortsmann, Ironie und Humor bei Theokrit (Beiträge zur klassischen Philologie; 67), Meissenheim am Glan, 1976, y Fr. T. Griffiths, Theocritus at Court (Mnemosyne; Supl. 55), Leiden, 1979.

Como otros poetas, Teócrito inspiraba algunas de sus descripciones en el arte de su época, y, a la inversa, el paisaje y los motivos bucólicos influyeron, a su vez, en las artes figurativas. Sobre esta cuestión contamos con dos recientes trabajos de conjunto: N. Nicosia, Teocrito e l’ arte figurata , Palermo, 1968, y N. Himmelmann, Ueber Hirten-Genre in der antike Kunst (Abh. Rhein.-Westf. Akad. Wiss., 65), Opladen, 1980.

La influencia de Teócrito y los otros bucólicos griegos sobre la literatura posterior, bien directamente, bien a través de Virgilio, ha sido inmensa. Limitándonos a los estudios de conjunto más recientes, mencionaremos: Th. G. Rosenmeyer, The Green Cabinet. Theocritus and the European Pastoral Lyric , Berkeley, 1969, y Europäische Bukolic und Georgik , Darmstadt, 1976, selección de artículos de diversos autores sobre el tema, con una amplia bibliografía ordenada por países; D. M. Halperin, Before Pastoral. Theocritus and the Ancient Tradition of Bucolic Poetry , New Haven-Londres, 1983.

En España se ha estudiado bien tanto la llamada novela pastoril, como la elaboración literaria de temas bucólicos, tales como el de Polifemo y Galatea o el del beatus ille en nuestro Siglo de Oro. Sería interesante, sin embargo, saber hasta qué punto influyeron en las letras hispánicas los bucólicos griegos. El único trabajo de conjunto sobre este tema que hemos visto es el de B. Hompanera, «Bucólicos griegos, sus traductores e imitadores en España», Ciudad de Dios 62 (1903), 200-208 y 629-640; 63 (1904), 114-122 y 191-196, que no es resultado de una investigación detallada y directa, aunque se lee con gusto y representa bien las opiniones extendidas entre nosotros a comienzos de siglo. Hay también algún estudio sobre la influencia de un determinado tema de los bucólicos griegos en nuestra literatura. Véase A. González Palencia, «El Amor ladronzuelo de miel», Boletín de la Real Academia Española 29 (1949), 189-228 y 375-411, y el trabajo del mismo autor y de E. Mele sobre El Amor fugitivo citado en la Introducción a Mosco.

Desde luego, si Virgilio ocupa el primer lugar en la formación de la tradición pastoril europea, tal posición de privilegio del gran poeta latino debe ser aún más cierta en España que en otros países, porque hasta finales del siglo XVII no parece haberse publicado aquí una traducción relativamente completa de los bucólicos, que hubiera servido para difundir los idilios entre quienes no eran capaces de leerlos en griego. Así, el interés que Teócrito despertó entre nuestros humanistas del primer Renacimiento (y que ese interés existió lo demuestran los manuscritos teocríteos y las ediciones del poeta hechas en Italia que se encuentran en las bibliotecas españolas, a menudo con numerosas anotaciones) no caló, probablemente, en la cultura y en la literatura de los siglos XVI y XVII , cuyos modelos clásicos son casi exclusivamente romanos. Nunca llegó a publicarse, por desgracia, la traducción del infatigable Vicente Mariner en versos latinos de todo el Corpus bucolicum , incluyendo una versión en prosa de los argumentos, prolegómenos y escolios de la edición de Callierges. El manuscrito marineriano, fechado en el verano de 1625 y descrito por M. Pelayo en la Biblioteca de Traductores Españoles , III, continúa inédito, como tantos otros del mismo autor, en los anaqueles de la Biblioteca Nacional. Ya nos hemos referido a las notas al texto teocríteo que M. Martí compuso a finales del siglo XVII y que tampoco consiguió publicar. Sólo tenemos noticia de una versión española de Teócrito publicada en esa centuria, y ésta limitada a un solo idilio. Es la de Esteban Manuel de Villegas, nuestro clásico traductor e imitador de Anacreonte: en la segunda parte de sus Eróticas , Nájera, 1617, incluyó una traducción al español, muy libre, del idilio VI.

En el siglo XVIII el neoclasicismo y la ilustración pusieron de moda el poema pastoril y se interesaron por el griego. Quienes se preocupan por la enseñanza de esta lengua clásica en España nombran a Teócrito entre los autores de lectura recomendable. Tal hacen el P. Idiáquez en un apéndice sobre el método de Pluche para enseñar y aprender latín y griego (Villagarcía, 1758), y Fray Bernardo de Zamora en la introducción a su Gramática griega filosófica , Madrid, 1771, según puede verse en C. Hernando, Helenismo e Ilustración. (El griego en el siglo XVIII español) , Madrid, 1978, págs. 99 y 123. No faltan tampoco algunas traducciones. En carta a Jovellanos del 18 de octubre de 1777, habla Meléndez Valdés de que está pasando a limpio las traducciones de dos idilios de Teócrito. No publicó en vida ninguna de ellas, pero Cueto halló una, la del idilio XX, titulada El vaquero , que comienza «Queriendo yo besarla dulcemente...», y la publicó en su edición de Meléndez en el tomo LXIII de la B.A.E., Madrid, 1871, pág. 131 (en la pág. 77 está la mencionada carta del poeta a Jovellanos). Es una versión en elegantes hendecasílabos, muy del estilo de Meléndez, que en aquellos años salmantinos se interesaba por la delicadeza y buen gusto que descubría en la obra de los bucólicos griegos. Su influyente amigo Jovellanos compartía esta afición y enviaba al poeta traducciones de terceros para que las juzgara. Tal se desprende de una carta que Meléndez le remite con fecha 24 de agosto de 1776 (publicada en págs. 74 y sig. del mismo tomo de la B.A.E.), en la cual se habla de una versión que don Cándido María Trigueros había hecho de la lamentación de Adonis. Es seguro que otros muchos ensayos semejantes se han perdido o están olvidados en archivos y bibliotecas. El mismo resultado tuvieron también más altas empresas. Consta, por ejemplo, que los jesuitas españoles expulsos desarrollaron una notable labor en Italia dentro del dominio de los estudios clásicos a finales del siglo XVIII , y que algunos de ellos se ocuparon de Teócrito. Baste aquí con citar a Esteban de Arteaga, que tradujo al latín los idilios, y a Joaquín Pla, quien preparó una edición y traducción del poeta de Siracusa que había de publicarse en Roma. Véase M. Batllori, La cultura hispano-italiana de los jesuítas expulsos , Madrid, 1966, págs. 145 y sig., 392, 404 y sig.

La primera versión relativamente completa editada entre nosotros de los bucólicos griegos fue la de otro amigo de Meléndez, el erudito José Antonio Conde (Madrid, 1796). Faltan en ella los idilios XIV-XVII, XXII, XXIV, XXV, algunos fragmentos de Bión, los «poemas-figura» y la composición A la muerte de Adonis; pero la traducción, en versos blancos, es bastante fiel al original, cualidad más bien rara en el proceder de la época. Sin duda prestó un servicio a nuestra cultura clásica, pues fue la única existente en nuestra lengua hasta que, casi un siglo después, publicó la suya el mejicano don Ignacio Montes de Oca y Obregón, obispo de Linares y, luego, de San Luis de Potosí, más conocido por su pseudónimo literario de Ipandro Acaico. Su trabajo, editado primero en Méjico, 1878, y luego en Madrid, 1880, como tomo XXIX de la Biblioteca Clásica, con prólogo de M. Pelayo, se atiene mucho menos que el de Conde al tenor literal, pero se lee, ciertamente, con más gusto. La versión, efectivamente, está hecha con soltura y versificación fácil. Es, además, más completa, pues prescinde sólo de los idilios X, XXVIII y XXIX. Verdad es, sin embargo, que el autor, movido por los mismos criterios morales que le llevaron a prescindir de esos poemas, modifica profundamente el texto cuando lo cree necesario, y hace, por ejemplo, a Hilas hijo de Heracles. Por las mismas razones se abstuvo de incluir la traducción del que hoy es idilio XXX, que llegó a conocer.

La traducción de Montes de Oca, reimpresa total y parcialmente muchas veces, continúa siendo la más difundida en lengua española. Esa relativa popularidad se explica bien tanto por los méritos de su estilo como por la falta de competidores, puesto que las versiones publicadas con posterioridad no merecen desplazarla, pues o bien son traducciones serviles del francés o bien son muy incompletas. Al primer grupo pertenecen dos versiones en prosa. La de Germán Gómez de la Mata, editada en dos volúmenes de la Editorial Prometeo de Valencia, hacia 1920 (ninguno de ambos volúmenes lleva fecha; uno contiene las obras de Hesíodo, Bión y Mosco junto con los himnos órficos, y el otro incluye los idilios y epigramas de Teócrito, además de los poemas de Tirteo y las Anacreónticas) , que es, según confesión propia, traducción de la versión francesa de Leconte de Lisie, y la de J. B. Bergua, que, aunque en ninguna parte lo diga, lo es de la versión de Legrand, por cierto que con tremendos errores en la interpretación del original francés (esta traducción de Bergua se encuentra en el volumen La Grecia Clásica , Madrid, 1969, donde dicho autor, además de los bucólicos griegos, incluye a Hesíodo y otros poetas helenos, cuya traducción realiza valiéndose siempre de los mismos métodos). Fuera de éstas, no hay más que una versión, también en prosa, de A. González Lasso, publicada en Madrid, 1963, por la Editorial Aguilar. Se trata de una traducción con pocas pretensiones, decididamente literal, limitada a los idilios de Teócrito considerados como de autenticidad segura en la edición francesa de Legrand, esto es I-VII, X-XVIII, XXII, XXIV, XXVIII, XXIX, XXX. A los mismos idilios y al fragmento de Berenice se limita, igualmente, la versión catalana que acompaña al texto griego en la edición ya mencionada de J. Alsina, si bien en ésta la introducción y las notas son más valiosas y la prosa es mucho más cuidada. La versión de González Lasso es, desde luego, la única disponible en castellano, para los idilios que incluye, hecha directamente sobre un texto griego depurado por la crítica moderna.

Para terminar este bosquejo de traductores españoles de Teócrito, no queda sino señalar varias versiones de idilios sueltos, casi siempre en verso, realizadas en el siglo pasado y en el actual.

Don Jenaro Alenda publicó en la Revista de instrucción Pública , 21 de agosto de 1858, una traducción de Las Siracusanas muy alogiada por Menéndez Pelayo, quien reprodujo el canto a Adonis con que concluye el poema en su Biblioteca de traductores españoles , I, págs. 70 y sig. El mismo don Marcelino tradujo dos idilios, el II y el XXVII, en su juventud: llevan, respectivamente, las fechas de 30 de agosto de 1875 y año de 1879; pueden leerse en los tomos I, págs. 53-59, y II, págs. 115-123, de sus Poesías . No hemos visto, en cambio, las traducciones de los poetas mejicanos del pasado siglo, Luis Gonzaga Ortiz y José Joaquín Pesado. En sus Poetas Bucólicos Griegos menciona I. Montes de Oca una versión del idilio X del primero y otra del XI debida al segundo (págs. 354 y 356 de la edición de la Biblioteca Clásica). Considera ambas provistas de notable mérito literario, pero muy apartadas del original griego. De El Cíclope tenemos ahora una interesante versión en prosa rítmica del prof. M. Fernández-Galiano, contenida en su artículo «Sobre un ensayo de versión rítmica de los bucólicos», Helmantica 26 (1975), 161-175 (171-173 para dicha traducción); tanto las muestras que en este artículo ofrece, como los resultados que esos principios rítmicos han dado en su versión de los epigramas helenísticos, invitan a esperar con el mayor interés la publicación de su traducción de todos los bucólicos griegos y latinos 18 .

Existen también varias versiones catalanas de idilios sueltos, entre cuyos autores se cuentan notables personalidades de la vida cultural de aquella región española, como M. Verdaguer y Callís, traductor del XI y del XXI, y A. Masriera, traductor del XV. Hay, además, una versión gallega del II, publicada por A. Iglesia Alvariño en la revista Euphrosyne 3 (1961), 569-574.


1 U. VON WILAMOWITZ -MOELLENDORF , Textgeschichte der griechischen Bukoliker , Berlín, 1906, pág. 151.

2 Símico es conjetura de Ahrens, basada en que el autor de esta noticia entiende que Simíquidas en el texto teocríteo significa «hijo de Símico».

3 Simíquidas estaría formado sobre simós «chato».

4 Conjetura de Ahrens.

5 Probablemente Homero, como quiere WILAMOWITZ , Textgeschichte ..., págs. 125 y sig., puesto que el epigrama resalta la originalidad de la poesía bucólica; no el sofista Teócrito de Quíos, como suele suponerse.

6 Cf. supra , n. 3, y téngase en cuenta que el enamorado del idil. III es también chato (v. 8).

7 Cf. el argumento del idil. XVII, donde se reprocha a Munacio haber situado a Teócrito en época de Ptolemeo Filopátor.

8 Vid. WILAMOWITZ , Textgeschichte ..., pág. 168 y n. 1.

9 Vid. FR . T. GRIFFITHS , Theocritus at Court , Leiden, 1979, pág. 12, nota 13.

10 Vid. C. WENDEL , Ueberlieferung und Entstehung der Theokrit-Scholien , Berlín, 1920, pág. 106.

11 Cf. el juego de palabras del v. 12 de La Siringa .

12 Vid. A. S. I. Gow, Theocritus , vol. I, Cambridge, 1950, pág. 19, nota 3.

13 Corresponde a Miss A. Lindsell el mérito de haber llamado la atención sobre esta peculiaridad en su artículo «Was Theocritus a botanist?», Greece and Rome 6 (1937), 79-83. El Corpus teocríteo menciona ciento siete nombres diferentes de plantas o árboles, de los cuales sólo siete aparecen únicamente en idilios de sospechosa autenticidad o decididamente apócrifos. Este número es muy superior, por ejemplo, al que se encuentra en los poemas homéricos o en todos los trágicos juntos, vid. K. LEMBACH , Die Pflanzen bei Theokrit , Heidelberg, 1970, págs. 11 y sigs.

14 Fr . 465 PFEIFFER ( = Epítome de Ateneo III 72a). El pasaje no permite saber la intención de estas palabras de Calímaco, que pueden referirse al incómodo manejo de un largo rollo de papiro.

15 Textgeschichte ..., págs. 106 y sigs. Vid., también, la introducción a su edición de los bucólicos griegos.

16 Theocritus’ Coan Pastorals , Cambridge, Mass., 1967.

17 «Les boucoliques de Théocrite. La composition du recueil», Quaderni Urbinati 19 (1975), 27-44.

18 Esa traducción ha sido ya publicada con el título de Títiro y Melibeo. La poesía pastoril greco-latina (Cuadernos de la Fundación Pastor, 32), Madrid, 1984. Comprende versiones de los idilios I-XII, XIV, XV, XIX, XX, XXIII, y XXVII; Mosco, I, III, frs . 1-3; Bión, 1, II, frs . 2, 9, 14 y 16; Papiro de Viena 29801, y la composición A Adonis muerto . Después de escribir nuestra introducción, hemos visto también el volumen de R. RAMÍREZ TORRES , Bucólicos y líricos griegos , México, 1970, cuyas traducciones tienen muchos defectos.

IDILIO I
EL CANTO 1
SINOPSIS

Tirsis alaba la pericia del cabrero en tocar la siringa (vv. 1-6). El cabrero alaba la habilidad de Tirsis en el canto (vv. 7-11). Tirsis invita al cabrero a tocar (vv. 12-14). El cabrero rehúsa, y, a su vez, pide a Tirsis que cante. Si lo hace como en determinada ocasión, le promete la leche de una cabra y un espléndido vaso, cuya decoración describe en detalle (vv. 15-63). Canción de Tirsis: el tema es la muerte de Dafnis (vv. 64-142). Tirsis reclama la recompensa prometida (vv. 143-145). El cabrero se la otorga complacido (vv. 146-152).

TIRSIS . — Dulce es el susurro que canta el pino aquél, junto a las fuentes 2 , cabrero; dulces también los sones de tu siringa. El primer premio es de Pan 3 , tuyo será el segundo. Si a él le toca un macho cornudo, te llevarás tú [5] una cabra; si su premio es la cabra, la chiva será el tuyo, que la que la carne de chiva es rica hasta que da leche.

CABRERO . — Tu canto, pastor, más dulce se derrama que aquel agua rumorosa desde lo alto de la peña. Si las [10] Musas se llevan de premio una oveja, obtendrás tú de galardón un cordero amamantado en la majada; si a ellas les place tomar el cordero, te llevarás tú después la oveja.

TIR . — ¿Quieres, por las Ninfas, quieres, cabrero, sentarte aquí, donde la pendiente de este collado y los tamariscos, a tocar la siringa? Tus cabras, entretanto, yo las cuidaré.

[15] CABRERO . — No debemos, pastor, no debemos tocar a mediodía, que tememos a Pan. Pues él, en esta hora, agotado, descansa de la caza. Tiene mal genio y siempre en sus narices está la amarga hiel 4 . Pero, pues que tú, Tirsis, [20] cantas los dolores de Dafnis 5 y has llegado a la cima del canto pastoril, sentémonos aquí, bajo el olmo, frente a Príapo 6 y las fontanas, donde están las encinas y aquel rústico asiento. Y si cantas cual lo hiciste cuando contendías con Cromis el de Libia, te daré para que la ordeñes [25] hasta tres veces una cabra, madre de dos crías 7 , una cabra que, con dos cabritillos, llena además dos colodras cuando se la ordeña; te daré también un vaso hondo, recubierto de fragante cera, con dos asas, recién tallado, oliendo aún a la cuchilla que lo trabajó. En sus bordes, arriba, se enrosca una hiedra, una hiedra moteada de siemprevivas, [30] cuyo ondulante tallo ondea por ella luciendo su fruto color de azafrán 8 . Dentro 9 una mujer, primor de dioses, está representada, ataviada con peplo y con diadema. A su lado, de una y otra parte, dos galanes de hermosa caballera [35] disputan alternando la palabra. Ella no se interesa, y ora riendo vuelve a uno el semblante, ora se fija en el otro; mientras que ellos, ojerosos de amor desde hace tiempo, toman esfuerzo vano. Un viejo pescador, además de éstos, [40] y una pelada roca están representados. Sobre ella el anciano se afana por arrastrar una gran red para pescar, con el aspecto de quien trabaja duramente. Diríase que usa cuanta fuerza hay en sus miembros, tan hinchados están por todas partes los tendones del cuello; por más que tenga [45] canas, su vigor es de joven. Un poco más allá del viejo curtido por el mar, se halla una viña cargada de hermosos racimos obscuros, guardada por un muchacho, sentado en una cerca. A ambos lados de él, hay dos raposas: una anda entre las cepas pillando las uvas maduras, la otra [50] apresta toda su astucia para alcanzar el zurrón del chico, resuelta a no dejarle hasta que le haya birlado el desayuno 10 . Él, empero, está trenzando tallos de agamón y juncos para hacer una bonita grillera, tan despreocupado del zurrón y de las vides, como entusiasmado en el trenzado. [55] En torno a la copa se extiende por todas partes el flexible acanto, asombro de un cabrero, portento que te dejará en suspenso el ánimo. Por ese vaso di yo en pago a un barquero de Calidna 11 una cabra y un queso grande de blanca [60] leche. Y no lo he llevado todavía al labio, intacto aún está. Con él te obsequiaría muy contento, si tú, amigo, me cantas el ansiado cantar. No me burlo, no. Vamos, compañero, no vas a guardar tu canto para el Hades 12 , que todo hace olvidar.

TIR . —

Empezad el canto pastoril, Musas amigas, empezad a cantar 13 .

Tirsis soy, el del Etna, y de Tirsis dulce es la voz. ¿Dónde [65] estabais cuando Dafnis se extinguía? ¿Dónde estabais, Ninfas? ¿En el hermoso valle del Peneo 14 , en el del Pindo 15 ? No os hallabais, no, en la caudalosa corriente del río Anapo 16 , ni en la atalaya del Etna, ni en las aguas sagradas del Ácide 17 .

Empezad el canto pastoril, Musas amigas, empezad a cantar . [70]

Por él aullaron los chacales, por él aullaron los lobos; por él, cuando murió, hasta lloró el león de la selva .

Empezad el canto pastoril, Musas amigas, empezad a cantar .

[75] Muchas vacas y muchos toros, muchas novillas y terneras a sus pies sollozaron .

Empezad el canto pastoril, Musas amigas, empezad a cantar .

Llegó el primero Hermes 18 desde el monte y dijo: «¿Quién te atormenta, Dafnis? ¿De quién estás, amigo, tan prendado?»

Empezad el canto pastoril, Musas amigas, empezad a cantar .

[80] Llegaron los vaqueros, los pastores de ovejas, los cabreros. Todos le preguntaban qué mal tenía. Llegó Príapo y dijo: «Infeliz Dafnis, ¿por qué te consumes? La zagala por ti recorre todas las fuentes y todos los bosques

Empezad el canto pastoril, Musas amigas, empezad a cantar .

[85] »buscándote. ¡Hay, cuánto desamor tienes! Para ti no hay remedio. Vaquero te llamaban, y ahora pareces un cabrero 19 . Al cabrero, cuando ve cómo cubren a las cabras, se le deshacen los ojos en lágrimas por no ser él cabrón .

Empezad el canto pastoril, Musas amigas, empezad a cantar .

»Y a ti, cuando ves cómo se ríen las mozas, se te [90] deshacen los ojos en lágrimas por no bailar con ellas .»

A éstos nada les dijo el vaquero. Apuraba su pena de amor, y la apuraba hasta el final de su destino .

Empezad el canto pastoril, Musas, otra vez empezad .

Y llegó también Cipris 20 , riendo con agrado; riendo , [95] pero a escondidas, que exhibía grave enfado. Y dijo: «Tú Dafnis, te preciabas de doblegar a Amor, ¿no ha sido Amor cruel quien a ti ha doblegado?»

Empezad el canto pastoril, Musas, otra vez empezad .

A ella respondió entonces Dafnis: «Cipris dura, Cipris [100] rencorosa, Cipris odiosa a los mortales, ¿crees, pues, que para mí ya se han puesto todos los soles? Dafnis hasta en el hades será para Amor dolor penoso 21 .

Empezad el canto pastoril, Musas, otra vez empezad .

»No cuentan que a Cipris aquel vaquero...? Vete al [105] Ida, vete con Anquises 22 : allá hay encinas y crece la juncia, y suavemente susurran las abejas junto a las colmenas .

Empezad el canto pastoril, Musas, otra vez empezad .

[110] »Lozano está también Adonis 23 , porque apacienta el ganado, alcanzan con sus tiros a las liebres y caza toda suerte de animales .

Empezad el canto pastoril, Musas, otra vez empezad .

»Ve a ponerte ahora ante Diomedes 24 y dile: ‘De Dafnis, el pastor, soy vencedora; lucha, vamos, conmigo’ .

Empezad el canto pastoril, Musas, otra vez empezad .

[115] »Lobos y chacales y osas que os guarecéis por las montañas, adiós. Dafnis el vaquero no recorrerá nunca más vuestras arboledas, ni vuestros bosques, ni vuestras espesuras. Adios, Aretusa; adiós ríos que del Tibris 25 vertéis vuestras hermosas aguas .

Empezad el canto pastoril, Musas, otra vez empezad .

»Dafnis soy yo, aquel que apacentaba aquí las vacas; [120] Dafnis, el que aquí los toros y terneras abrevaba .

Empezad el canto pastoril, Musas, otra vez empezad .

»Oh, Pan, Pan, ya estés por los largos montes del Liceo, ya recorras el alto Ménalo 26 , ven aquí, a la sícula isla; deja la peña de Hélice y aquella elevada tumba de Licaón 27 , [125] hasta para los dioses admirable .

Dejad el canto pastoril, Musas, dejadlo ya .

»Ven, señor y llévate esta siringa mía, cuya cera compacta le presta olor a miel, y por la embocadura está [130] muy bien trabada 28 ; que a mí ya Amor me arrastra al Hades .

Dejad el canto pastoril,. Musas, dejadlo ya .

»Vosotras, las zarzas, vosotros, los espinos, dad ahora violetas; que el hermoso narciso florezca en los enebros; [135] que todo se transtorne; que el pino tenga peras, pues que Dafnis se muere; lacere el ciervo con sus dientes a los perros; desde el monte los búhos pónganse a competir con ruiseñores 29 .»

Dejad el canto pastoril, Musas, dejadlo ya .

Cesó Dafnis después que dijo esto. Quería levantarlo [140] Afrodita, pero todos los hilos por las Moiras dispuestos estaban terminados, y Dafnis marchó al río 30 ; sus ondas anegaron a aquel a quien las Musas bien querían, a aquel que a las Ninfas no desagradaba .

Dejad el canto pastoril, Musas, dejadlo ya .

Dame tú ahora la cabra y el vaso para ordeñarla y libar a las Musas. Adiós mil veces, Musas, adiós. En honor [145] vuestro cantaré yo otro día también con más dulzura 31 .

CABRERO . — Así, Tirsis, se llene de miel tu linda boca, de panales de miel; así comas los dulces higos de Égilo 32 , pues que cantando vences a la cigarra 33 . Aquí está el vaso. Mira, amigo, qué bien huele: diríaslo bañado en [150] las fuentes de las Horas 34 . Ven aquí, Ciseta 35 . Ordéñala, Tirsis. Vosotras, cabritillas, dejad de retozar, que no os cubra el macho.


1 Habitualmente este idilio lleva un doble título, Tirsis o El canto , que se encuentra.en varios manuscritos, aunque otros no tienen ninguno, y uno da un título distinto. Pese a que hay indicios ciertos de la antigüedad de estos títulos, es dudoso que se remonten al mismo Teócrito ni siquiera en algunos casos. La circunstancia de que los manuscritos vacilen y ofrezcan distintas alternativas apunta, precisamente, en contra de esa posibilidad. Sobre esta cuestión, vid. A. S. F. Gow, Theocritus , vol. I, Cambridge, 1950, págs. LXIX-LXXII, con la referencia a Wilamowitz. Hemos preferido dar un solo título a cada idilio y recoger en nota las variantes importantes.

2 Nótese cómo Teócrito bosqueja el paisaje que sirve de escenario a sus pastores, mediante alusiones que éstos mismos hacen a su entorno. Esta primera tiene la estructura de un «priamel» muy sencillo: pino susurrante, fuentes, música de siringa (cf. otros ejemplos de «priamel» en idil . VIII, n. 10). El verso 15 señala que la acción se desarrolla a medio día.

3 Pan es una conocida divinidad pastoril, a quien suele atribuírsele la invención de la siringa o «flauta de Pan», vid. poema-figura IV.

4 Griegos y latinos localizaban en la nariz el asiento de la cólera y el enfado. Cf. nuestra expresión «hinchársele a uno las narices». Vid. Gow, «Notes on noses», Journal of Hellenic Studies 71 (1951), 81-84.

5 Dafnis era un mítico pastor siciliano de extraordinaria belleza. Su madre, una ninfa, lo había dejado recién nacido en un bosque de laureles, de ahí su nombre (en griego daphnís = «baya de laurel»). Creció en el campo, en contacto con la naturaleza y con las divinidades que la poblaban. Fue vaquero e inventor del canto bucólico. Su leyenda, que tiene muchas variantes, acaba con un final triste: Dafnis perdía la vista y moría como consecuencia de una venganza amorosa. La versión de Teócrito tiene detalles obscuros. Vid., infra , n. 21.

6 Se trata, desde luego, de una estatua rústica del dios custodio de huertos y vergeles.

7 Un escolio especifica que las cabras que tienen dos crías dan gran cantidad de leche. Cf. idils . III 34; V 84; VIII 45.

8 Hemos entendido la frase ha... krokóenti como una especie de comentario etimológico a helichrýsō .

9 ¿Dentro de la superficie limitada por la guirnalda de hiedra o en el interior del vaso? Las dos interpretaciones tienen pro y contra. Véanse los argumentos de uno y otro lado en la nota de Gow a este verso, y en A. M. DALE , «Kissybion», Classical Review 2 (1952), 129-132 ( = Collected Papers , Cambridge, 1969, págs. 98-102). El Pap. Berol . 17073 dice expresamente éktosthen «fuera», en lugar del éntosthen «dentro» de la tradición, vid. J. O’ CALLAGHAN , en Chronique d’Egypte 99-100 (1975), 192-194. La descripción detallada de una obra de arte tiene precedentes muy antiguos en la literatura griega, como la famosa del escudo de Aquiles en la Ilíada (XVIII 478 ss.) y el de Heracles en el poema atribuido a HESÍODO (139 ss.). Es un motivo frecuente en los poetas helenísticos, que lo introducen incluso con un pretexto poco verosímil, como aquí, donde se trata del vaso de un pastor. Cf. la descripción del canastillo de Europa en Mosco, II 43 ss., y vid. N. NICOSIA , Teocrito e l’arte figurata , Palermo, 1968, págs. 15-47. Últimamente ha estudiado esta clase de excursus A. PERUTELLI , «L’ inversione speculare. Per una retorica dell’ ecphrasis», Materiali e discussioni per l’ analisi dei testi classici 1 (1978), 87-98.

10 Texto e interpretación poco seguros.

11 Al sur del Egeo oriental.

12 Hades es dios del reino de los muertos y también lugar a donde éstos van.

13 El estribillo, que Teócrito emplea también en el idil. II y que se encuentra después, entre los bucólicos, en el Canto fúnebre por Bión , en el Canto fúnebre por Adonis y en la Égloga VIII de Virgilio, era característico de las composiciones populares entre los griegos como entre nosotros (también se encuentra en las canciones de boda, de las cuales la literatura greco-latina ofrece varios ejemplos; en el idil. XVIII está apuntado sólo al final). Por otra parte, caracterizaba también algunos tipos de himnos. En la poesía hexamétrica, destinada a la recitación o a la lectura y no al canto, la función del estribillo es, desde luego, contribuir a la imitación de la forma cantada.

14 Río de Tesalia que atraviesa el famoso valle del Tempe.

15 Macizo montañosa entre Tesalia y el Epiro.

16 Río de Sicilia cercano a Siracusa.

17 Otro río siciliano, nacido en el Etna. Sobre la divinización de los ríos, vid. idil. VIII 33 y n. 3.

18 Hermes, que acude como dios pastoril, es considerado, a veces, como padre de Dafnis.

19 Los pastores teocríteos están jerarquizados conforme el valor de los animales que custodian: primero, el vaquero, que es una especie de aristócrata entre ellos; luego, el pastor de ovejas, y, por último, el cabrero. Cf. idil. VI 7, donde Galatea insulta a Polifemo llamándole cabrero. Los porquerizos no se mencionan nunca.

20 Afrodita, la diosa del amor, a quien los romanos llamaban Venus. El sobrenombre de Cipris, «la diosa de Chipre», alude a la relación especial de la deidad con aquella isla. Aquí se presenta disimulando su contento porque Dafnis se consume de amor y paga así su arrogancia. Para el sentido de los vv. 95-96, vid. G. ZUNTS , en Classical Quarterly 10 (1960), 37-40 ( = Opuscula selecta , Manchester, 1972, págs. 85-87).

21 Dafnis adivina la secreta alegría de la diosa y responde desdeñosamente. Por lo anterior y por lo que dice ahora, parece que hay que entender lo siguiente: Dafnis se ha jactado de ser insensible a amor, y, como castigo, ha sido víctima de una pasión que le hace languidecer hasta la muerte, no porque sea incapaz de satisfacerla, sino porque persiste en su terca negativa de aceptar el poder del amor. Dafnis es, pues, aquí un personaje afín al Hipólito de Eurípides. Cf. idil. VII 73 ss.

22 Para humillar a la diosa, Dafnis le recuerda su aventura amorosa con el troyano Anquises, vaquero como él, en el monte Ida, al Sur de la Tróade. El episodio se narra en el himno homérico a Afrodita. En el recuerdo mismo de la amenidad idílica del monte Ida que hace Dafnis hay una mordaz ironía contra la diosa, puesto que las abejas, que junto con la juncia y las encinas son notas habituales del locus amoenus , pican a quienes han cometido actos deshonestos, según una tradición recogida por PLUTARCO , quien cita expresamente este pasaje (Aetia physica , en la traducción latina renacentista de LONGOLIUS , V/3, pág. 28, cap. 36. HUBERT ). Precisamente este texto de Plutarco ha servido para corregir aquí la lección de los manuscritos de Teócrito.

23 Adonis era un cazador sirio de extraordinaria belleza, amante de Afrodita. Según la leyenda, fue muerto por un jabalí. Para la fiesta que conmemoraba su funeral en Alejandría, vid. idil. XV 100-144; cf. también BIÓN , I, y el poema Canto fúnebre por Adonis . Sobre este personaje mitológico, pueden, además, consultarse W. ATALLAH , Adonis dans la littérature et l’ art grec , París, 1966, y M. DETIENNE , Les jardins d’ Adonis , París, 1972, quien ofrece una nueva interpretación de lo que Adonis representa (la Editorial Akal acaba de publicar una traducción española de este libro).

24 Un episodio de la Ilíada (V 330 ss.) cuenta cómo este héroe griego hirió a Afrodita en una mano cuando ella sacaba a su hijo Eneas de la batalla, y cómo la deidad tuvo que huir llorosa perseguida por las burlas del héroe.

25 Aretusa es la famosa fuente de Siracusa (vid. Mosco, V 3 y n. 2). Tibris, según los escolios, era un río de Sicilia. El contexto, sin embargo, sugiere aquí, más bien, un monte o una serranía.

26 El Liceo es un famoso macizo montañoso de Arcadia, lleno en la antigüedad de bosques, conservados hoy en parte, y de fuentes. El Ménalo es una sierra situada también en Arcadia, entre la llanura oriental y el valle del Helisón. Ambos, sobre todo el segundo, son parajes favoritos de Pan.

27 «La peña de Hélice» es o bien la tumba de Calisto en Arcadia, situada en una elevación de tierra cubierta de árboles, según PAUSANIAS (VIII 35, 8. Hélice es, en realidad, un nombre de la Osa Mayor, y un mito arcadio cuenta cómo Calisto, hija de Licaón, fue transformada en esa constelación), o bien esta denominación aglutina dos topónimos distintos: un promontorio marino en la costa de Acaya llamado Río, y una ciudad del mismo territorio llamada Hélice. «La tumba de Licaón» puede interpretarse también de dos modos: como el sepulcro de Árcade, héroe epónimo de los arcadios e hijo de Calisto (nieto, pues, de Licaón), cuya tumba estuvo, primero, en el Ménalo y, luego, en Mantinea, según PAUSANIAS , VIII, 9, 3; o bien se trata de la tumba de Épito, hijo de Árcade, mencionado en Ilíada II 604.

28 La siringa o flauta de Pan era un instrumento cuadrangular hecho por varias cañas iguales unidas entre sí con cera y atadas fuertemente. La distinción de notas se conseguía embutiendo una cantidad de cera variable en cada caña. Parece que la práctica de unir cañas de largura decreciente es etrusca y romana, y se adoptó en Grecia en fecha posterior a Teócrito, vid. poema-figura IV.

29 El tema de «el mundo al revés» a propósito de una muerte cuenta con este sólo ejemplo en la literatura greco-latina, pero es frecuente en la cultura de otros pueblos, vid. D. E. GERSHENSON , «Theocritus Idyll I and the reversal of nature», Studia Classica Israelica 1 (1974), 24-28.

30 Las Moiras, cuyo equivalente latino son las Parcas, eran la personificación del destino. Los griegos y los romanos, como otros pueblos antiguos, las imaginaban como hilanderas. Aquí la expresión «marchó al río» debe significar «se fue al otro mundo», pese a la falta de paralelos claros (las almas debían atravesar el río Aqueronte para llegar al reino de los muertos, vid. idil. XVII 46 s.).

31 Tirsis termina su canto con una despedida, de forma semejante a como lo hacen los himnos homéricos. Cf. idils. XV 149; XVII 135; XXII 214.

32 Égilo fue cierto héroe que dio nombre al demo ático de Egilia, cuyos higos pasos eran famosos. En Cos existió también un demo de nombre semejante.

33 Los griegos admiraron siempre a las cigarras por su canto. En el Fedro de PLATÓN (259b) cuenta Sócrates un mito, según el cual éstas habían sido hombres, que, olvidados de todo en su afán por cantar, fueron convertidos en cigarras, las cuales no han de hacer otra cosa mientras vivan.

34 Las Horas personifican la época de la belleza y de la sazón.

35 El nombre de la cabra evoca kissós «hiedra», planta que estos animales comen con gusto.

IDILIO II
LA HECHICERA
SINOPSIS

Preparación del encantamiento e invocación a la Luna y a Hécate (vv. 1-16). Realización del encantamiento: quema de harina de cebada (vv. 18-21); quema de laurel (vv. 23-26); quema de salvado, los aullidos de las perras anuncian la presencia de Hécate (vv. 33-36); el silencio de los elementos prueba también la presencia de la diosa, contraposición con la angustia interior de la maga (vv. 38-41); quema de cera y girar de un rombo de bronce (vv. 28-31); libación (vv. 43-46); conjuro (vv. 48-51); quema de un trozo de la tela del vestido de Delfis (vv. 53-56); despedida de la criada para que vaya a realizar un encantamiento al umbral del amado (vv. 58-62). A lo largo de esta primera parte del poema se repite como estribillo una invocación a la rueda mágica (vv. 17, 22, 27, 37, 42, 32, 47, 52, 57 y 63). En la segunda parte, la maga, ya a solas, confía a la Luna la historia de sus amores con Delfis (vv. 64-166). El estribillo pasa entonces a ser una invocación a la propia Luna (vv. 69, 75, 81, 87, 93, 99, 105, 111, 117, 123, 129 y 135).

¿Dónde están mis ramos de laurel? Tráelos, Testílide. ¿Dónde están los hechizos de amor? Corona el vaso de fina lana carmesí, que he de encadenar al desdeñoso hombre que yo quiero con vínculos mágicos 1 . Once días ha que ni me visita, el muy cruel; ni siquiera le importa si [5] estoy viva o estoy muerta. No, el ingrato no ha llamado a mi puerta. Cierto, a otra parte Amor y Afrodita han llevado su corazón voluble. Iré mañana a la palestra 2 de Timageto para verlo y reprocharle cómo me atormenta; pero ahora deseo apresarlo con mis hechizos 3 . Luce, [10] Luna, brillante: a ti, muy quedo, entonaré mis encantamientos, diosa 4 , y a Hécate infernal, que hasta a los perros estremece cuando pasa entre los túmulos de los muertos y la obscura sangre 5 . Salve, Hécate horrenda, asísteme [15] hasta el fin en la preparación de estos bebedizos para que tengan la virtud de los de Circe, Medea y la rubia Perimede 6 .

Rueda mágica, trae tú a mi hombre a casa 7 .

Primero se quema en el fuego harina de cebada. Anda, Testílide, espárcela. ¿Dónde tienes la cabeza, estúpida? A ver si hasta tú, desgraciada, vas a reírte de mí. Espárcela [20] y ve diciendo: «los huesos de Delfis 8 esparzo».

Rueda mágica, trae tú a mi hombre a casa .

Delfis me ha causado una pena, y yo por Delfis laurel quemo: como el laurel crepita vivamente en el fuego y se consume de repente sin que ni siquiera veamos su ceniza, [25] así la carne de Delfis se deshaga en la llama.

Rueda mágica, trae tú a mi hombre a casa .

Ahora 9 voy a quemar el salvado. Tú, Ártemis, puedes [33] quebrantar el durísimo metal de las puertas del Hades y vencer toda resistencia... 10 . ¡Testílide! Escucha, las [35] perras aúllan en la ciudad. Ya está la diosa en las encrucijadas. Haz enseguida resonar el bronce 11 .

Rueda mágica, trae tú a mi hombre a casa .

Mira, calla el mar, callan los vientos 12 ; pero dentro [40] del pecho no calla mi pena: toda me abraso por ese hombre, que ha hecho de mí, ¡desgraciada!, en vez de esposa una mujer infeliz y deshonrada.

Rueda mágica, trae tú a mi hombre a casa .

[28] Como esta cera con ayuda de la diosa yo derrito, así de amor se derrita Delfis de Mindo; y como gira este rombo [31] de bronce por obra de Afrodita, así gire él a mi puerta 13 .

Rueda mágica, trae tú a mi hombre a casa .

Por tres veces hago la libación y por tres veces, Augusta, [43] digo esto: ora si con él duerme mujer, ora si duerme hombre, que tanto olvido embargue a Delfis 14 como cuentan [45] que, en Día, Teseo olvidó a Ariadna, de hermosa cabellera 15 .

Rueda mágica, trae tú a mi hombre a casa .

Hay en Arcadia una planta, la hipómanes, por la que enloquecen en los montes todas las potrancas, todas las raudas yeguas; así pueda yo ver también a Delfis, y venga [50] a esta casa como enloquecido, dejando la lustrosa palestra.

Rueda mágica, trae tú a mi hombre a casa .

De su manto ha poerdido Delfis esta fimbria, que yo ahora echo desmenuzada al voraz fuego 16 . ¡Ay! Amor [55] cruel, ¿por qué, pegado a mí cual sanguijuela de pantano, me has chupado toda la obscura sangre?

Rueda mágica, trae tú a mi hombre a casa .

Un lagarto he de machacar mañana, y le llevaré una maligna pócima 17 . Ahora, Testílide, toma tú estas hierbas [60] mágicas y estrújalas en secreto sobre el umbral de su casa mientras aún es de noche *** 18 , y murmura entretanto: «los huesos de Delfis estrujo».

Rueda mágica, trae tú a mi hombre a casa .

[65] Sola ya ahora, ¿desde cuándo he de llorar mi amor? ¿Por dónde comenzaré? ¿Quién me ha traído esta pena? Fue la hija de Eubulo, nuestro Anaxo, de canéforo 19 al bosque de Ártemis, en cuyo honor iban alrededor muchos animales salvajes, a más de una leona.

Mira de dónde llegó mi amor, augusta Luna .

Y la nodriza tracia de Teumáridas, que en gloria esté, [70] mi vecina, me pidió y suplicó que fuera a ver la procesión. Yo, infeliz de mí, la acompañé luciendo un hermoso vestido largo de lino y envuelta en el manto de Clearista 20 .

Mira de dónde llegó mi amor, augusta Luna . [75]

Cuando estaba ya a medio camino, donde se halla la posesión de Licón, vi a Delfis y a Eudamipo que iban juntos. Sus barbas eran más rubias que las siemprevivas, sus pechos brillaban más que tú, oh Luna, como si acabaran [80] de dejar el placentero ejercicio del gimnasio 21 .

Mira de dónde llegó mi amor, augusta Luna .

En cuanto lo vi, me volví loca, y mi pobre corazón quedó abrasado. Desvanecióse mi prestancia. Ya no paré mientes en aquella procesión, y no sé cómo volví a casa. Comencé a tiritar de ardiente fiebre y estuve en cama [85] diez días y diez noches 22 .

Mira de dónde llegó mi amor, augusta Luna .

Y mi tez se tornó con frecuencia del color del fustete 23 , caíanme de la cabeza todos los cabellos, y me quedé [90] sólo en la piel y en los huesos. ¿Qué casa dejé de visitar? ¿A qué vieja dejé de acudir que entendiera de encantamientos? Pero no hallaba alivio, y el tiempo pasaba.

Mira de dónde llegó mi amor, augusta Luna .

[95] Y así conté a mi esclava la verdad: «Vamos, Testílide, encuentra un remedio para mi cruel enfermedad. El mindio se ha adueñado enteramente de mi pesona desdichada. Ve y espía la palestra de Timageto, pues allí suele ir, allí le gusta estar.

Mira de dónde llegó mi amor, augusta Luna .

[100] »Cuando sepas que está solo, hazle una seña en secreto, dile: ‘Te llama Simeta’ 24 , y traelo aquí con discreción.» Así le hablé. Ella fue y trajo a Delfis con su piel brillante 25 hasta mi casa. Yo, en cuanto lo vi franquear con su ágil pie el umbral de mi puerta

[105] Mira de dónde llegó mi amor, augusta Luna .

me quedé toda más helada que la nieve, de mi frente corría a chorros el sudor, cual húmedo rocío; no podía hablar, ni los balbuceos siquiera que los niños dicen es sueños a su madre querida. Todo mi hermoso cuerpo quedó [110] rígido, enteramente igual a una muñeca 26 .

Mira de dónde llegó mi amor, augusta Luna .

Al verme, el hipócrita fijó su vista en el suelo y se sentó en la cama. Allí sentado, dijo: «Sabes, Simeta, al invitarme [115] a tu casa te adelantaste a mi venida tan poco como adelanté yo en la carrera al seductor Filino el otro día.

Mira de dónde llegó mi amor, augusta Luna .

»Pues yo hubiera venido, sí, por el dulce Amor, que hubiera venido en cuanto fuera de noche con dos o tres amigos, llevando manzanas de Dioniso en mi seno 27 y [120] en mi cabeza una corona de álamo blanco, el árbol consagrado a Heracles, entretejida toda alrededor con bandas escarlata 28 .

Mira de dónde llegó mi amor, augusta Luna .

»Y si me hubierais recibido, habría sido una delicia (que yo tengo fama de ágil y de guapo entre todos los jóvenes), [125] y me habría dormido contento sólo con haber besado tu hermosa boca; pero si me hubierais mandado a paseo y la puerta hubiera permanecido cerrada, seguro que habríais recibido la visita de hachas y de antorchas 29 .

Mira de dónde llegó mi amor, augusta Luna .

[130] »Ahora, empero, confieso que ante todo soy deudor de Cipris, y después de ella, tú eres quien me ha salvado del fuego, señora, al haberme citado en tu casa, medio abrasado como estoy de pasión. Amor, en verdad, muchas veces enciende una llama más ardiente que las de Hefesto en las Líparas islas 30 .

[135] Mira de dónde llegó mi amor, augusta Luna .

»Con funesta locura, hace huir a la doncella de su morada, y a la recién casada abandonar el lecho aún caliente de su esposo.» Así habló él, y yo, la muy crédula, lo tomé [140] de la mano, y le hice acostarse en la mullida cama. En seguida un cuerpo daba calor al otro cuerpo, estaban nuestros rostros más encendidos que antes, susurrábamos con dulzura. En fin, para no alargarme más, Luna amiga, se consumó todo, y satisficimos ambos nuestro deseo. Hasta [145] ayer ninguna queja tuvo él de mí ni la tuve yo de él; pero hoy, a la hora en que las yeguas portadoras de la rosada Aurora salían del Océano para recorrer los cielos 31 , me ha venido la madre de nuestra flautista Filista y de Melixo, y me ha dicho, entre otras muchas cosas, que Delfis tenía [150] un amor. Si su pasión era una mujer o si era un hombre, dijo que no lo sabía seguro, sino sólo esto: que continuamente se hacía escanciar vino puro para brindar por Amor, y que, finalmente, se marchó aprisa, diciendo que iba a llenar de guirnaldas aquella casa. Esto fue lo que me ha contado la comadre, y ella no miente, que Delfis venía [155] a verme antes tres y cuatro veces al día, y a menudo dejaba en mi casa su alcucia doria 32 . Ahora, en cambio, once días hace que no lo veo: ¿no ha de tener otro cariño y haberme olvidado a mí? Pero ahora lo encadenaré con mis hechizos de amor, y si todavía sigue atormentándome, [160] por las Moiras que la puerta a la que él llame será la del Hades. Tan malignas son las drogas que le guardo en el cofre, a fe mía, cuyas propiedades, Soberana, aprendí de un asirio 33 . Mas ya me despido de ti, Augusta; dirige tus corceles hacia el Océano 34 . Yo soportaré mi pasión como la he sobrellevado hasta ahora. Salve, Luna de luciente trono; [165] salve, estrellas, que acompañáis el carro de la Noche serena.


1 Al laurel se le atribuían virtudes apotropaicas, de suerte que su mención al comienzo del poema debe de implicar que Simeta toma precauciones proveyéndose de medios que garanticen su seguridad antes de evocar en sus ritos mágicos a potencias siempre peligrosas. En vv. 23 ss. quema laurel, entre otras cosas, para hechizar a su amante. En estos ritos y ceremonias mágicas tanto la lana como el color rojo representan un papel importante. Aquí se trata de ligar el vaso con una banda o hilo de lana carmesí, porque, según los principios de la magia simpatética, ello repercutirá en el embrujamiento de Delfis. Aparte de esta finalidad, que es la más inmediata, puede buscar Simeta, como con el laurel, protección apotropaica. Véase la monografía de H. SCHWEIZER , Aberglaube und Zauberei bei Theokrit , Basilea, 1937.

2 Las palestras podían ser propiedad particular. Aparte de lugar de entrenamiento deportivo, lo eran también de tertulia y de reunión. Delfis, desde luego, es un atleta, y esta palestra de Timageto puede ser el mismo gimnasio mencionado en el v. 80; en todo caso, es el lugar donde suele pasar el tiempo, según precisan los vv. 97 s.

3 La expresión ekthynéōn se refiere, concretamente, a hechizos hechos con fuego, como va a realizarlos, efectivamente, Simeta.

4 La Luna tiene gran importancia en la magia griega y, de hecho, se la invoca con frecuencia en los papiros mágicos en solicitud de ayuda. Un escolio a este pasaje, citando a Píndaro, indica que los enamorados piden ayuda al Sol, y las enamoradas a la Luna. En los conjuros mágicos es esencial que las palabras sean pronunciadas, porque sólo así ejercen su virtud. De ahí que, en ocasiones, se diga que el mago grita con voz fuerte, como el hechicero en LUCIANO , Nekyomantia 9; otras veces, sin embargo, el mago no desea llamar la atención o no quiere que se conozca su fórmula de encantamiento, y entonces, como aquí Simeta, susurra o murmura.

5 Las tres diosas que invoca Simeta, primero la Luna, ahora Hécate y luego (v. 33) Ártemis, estaban en gran parte identificadas en época de Teócrito, de modo que podía verse en ellas representaciones de una misma deidad. Hécate es la señora de la magia negra y de los fantasmas; el animal que le está consagrado es el perro, que presiente y anuncia su presencia. La mención posterior de Ártemis debe, naturalmente, ponerse en relación con la circunstancia de que Simeta conoció a su ingrato amor en una fiesta de esta deidad de la naturaleza virgen (vv. 66 s.).

6 Tres magas de la mitología griega. Circe es la hechicera que transforma en animales a los compañeros de Odiseo, según el conocido episodio que se narra en el canto X de la Odisea . Medea representa un muy importante papel en la leyenda de Jasón y los Argonautas. Perimede, en cambio, es un nombre que no corresponde a ningún personaje conocido que haya destacado por sus artes mágicas; sin duda, los antiguos lectores de Teócrito advirtieron ya esto, porque un escolio a este pasaje identifica a Perimede con la Agamede de Ilíada XI 740, y una nota parcialmente conservada en el Papiro de Antínoe parece identificarla con la Polidamna de Odisea IV 228. El pasaje de PROPERCIO (II 4, 8) que nombra a Perimede después de Medea depende, probablemente, de este texto de Teócrito.

7 Aquí comienza el encantamiento, que dura hasta el v. 63. La forma es muy elaborada: consta de nueve cuartetos separados regularmente por un estribillo, en el cual la maga insiste machaconamente en su deseo, mientras hace rodar la rueda mágica. Hemos traducido así, «rueda mágica», la palabra griega íunx , que, propiamente, es el nombre del ave que nosotros llamamos «tuercecuello» (Jynx torquilla ). Desde antiguo se utilizó en ritos mágicos destinados a atraer a la persona amada, quizás porque, como su nombre indica, este pájaro tuerce el cuello hacia atrás y lo extiende después rápidamente, lo cual pudo interpretarse como una forma de atraer a su pareja. Lo cierto es que se lo sujetaba a una ruedecilla con dos orificios en el centro, a través de los cuales se pasaba un cordón, que se tensaba y relajaba alternativamente con ambas manos, de modo que la rueda giraba primero en un sentido y luego en otro (vid. detalles y reconstrucción del artilugio en el comentario de Gow a este pasaje), así se pensaba arrastrar a la persona amada. Por extensión, íunx pasó a significar también el conjunto del ave y la rueda, y con frecuencia también la rueda sola, que acabó, sin duda, por emplearse a menudo sin sujetar a ella al pájaro. Noticias tardías hablan de una ninfa llamada Iunx, hija de Pan y de Eco, que consiguió, mediante un filtro de amor, que Zeus se enamorara de ella o de Io. Hera la habría castigado transformándola en piedra o en el ave de igual nombre. Evidentemente, se trata de una leyenda inventada para explicar el rito mágico.

8 Delfis es, naturalmente, el nombre del amado infiel.

9 La numeración tradicional, basada en los manuscritos medievales, es ahora alterada conforme al testimonio del Papiro de Antínoe y del Papiro de Oxirrinco 3546, que coinciden, precisamente, con el mejor de aquellos manuscritos, el K. Los vv. 28-32 pasan, así, a insertarse entre el 42 y el 43.

10 Hay algunos testimonios del uso del salvado en magia. Sobre Ártemis aquí, vid. supra , n. 5. «Las puertas del Hades» son, desde luego las puertas de los infiernos. Dichas puertas están hechas, según la tradición de adámas . El nombre, que en griego tiene una significación poco concreta (literalmente significa «indomable»), debió de utilizarse, primero, en la magia y en los cuentos populares para referirse a una substancia de excepcional solidez y dureza; luego, pasó a la lengua técnica con los sentidos de «acero» y «diamante».

11 Las encrucijadas estaban consagradas a Hécate (vid. sobre ella, supra , n. 5). El ruido producido por el metal espanta, según una superstición muy extendida (cf. nuestro «tocar hierro»), a los fantasmas y a las apariciones.

12 El silencio súbito de los ruidos naturales es señal de la inminencia de una aparición.

13 Mindo era una ciudadela costera de Caria, en Asia Menor. En sus ritos mágicos, Simeta utiliza otro instrumento bien conocido. Este rombo, en efecto, es una pieza de madera o metal, de forma más o menos romboidal, a uno de cuyos extremos se ata un cordel; tomando, luego, este cordel en la mano, se hace describir círculos al rombo en el aire con rapidez, y éste emite entonces una especie de mugido característico (los antropólogos llaman a este objeto precisamente «bullroarer», vid. el comentario de Gow a este pasaje).

14 Como en la concepción mágica la acción del encantamiento es ciega y puramente mecánica, hay que prever todas las posibilidades para asegurarse su eficacia, de ahí que Simeta especifique que ha de actuar tanto si Delfis se ha encaprichado de otra mujer, como si lo ha hecho de un hombre. En Grecia una relación homosexual no implicaba, en absoluto, falta de interés por el otro sexo.

15 Ariadna es la hija de Minos, rey de Creta, que ayudó al héroe Teseo a matar al monstruoso Minotauro y a salir del Laberinto. Según la leyenda, Teseo la abandonó ingratamente en una isla en el camino de regreso a Atenas. En Odisea XI 324, donde se alude a una versión distinta, el nombre de la isla es Día, identificada con una islita situada al norte de Creta. Los poetas posteriores, sin embargo sitúan el abandono en Naxos, en pleno Mar Egeo, y tratan a Día como otro nombre de esta importante isla.

16 El encantamiento propiamente dicho termina y culmina aquí con la utilización de algo personal de Delfis. La fimbria de ropa representa, efectivamente, a quien la poseía.

17 Puesto que hay testimonios indicadores de que se utilizaban lagartos en la preparación de filtros amorosos, lo más razonable parece entender que eso es lo que aquí proyecta Simeta. La poción puede objetivamente ser llamada «maligna», porque daña a la persona que la bebe privándola de la voluntad y de la capacidad de elección, aparte de posibles efectos secundarios. De todos modos, hay indicios también de que se preparaban brebajes venenosos con lagartos (NICANDRO , Alexipharmaca 537; PLINIO , Historia Natural XXIX 73), y la misma Simeta declara más adelante, vv. 159 ss., que está dispuesta a matar a su amante ingrato si no logra atraérselo. Vid. A. D. NOCK , «The lizard in magic and religion», Proc. Brit. Acad . 17 (1931), 274-78 [(hay también tirada aparte) = Essays on religion and the ancient world , I, Oxford, 1972, págs. 271-76].

18 El v. 61 falta tanto en el Papiro de Antínoe como en el manuscrito K. Se trata, posiblemente, de una conjetura relativamente tardía que se ha introducido en el texto de los manuscritos medievales, con lo cual, por cierto, se rompe la estructura del pasaje, constituida siempre por cuatro versos entre estribillo y estribillo. La razón de esta conjetura se ve bien: al fin del v. 60 la palabra nýx «noche», restituida por Bücheler, se había corrompido muy pronto en nŷn «ahora», que es la lectura presentada por la tradición manuscrita y por el Papiro de Antínoe; como esto no daba sentido, se forjó el verso espurio 61 «...ahora, mientras todavía / de corazón estoy prendada, y él no hace caso alguno de mí».

19 Canéforo en griego puede ser femenino, significa «portadora de canastillo», aludiendo a los canastillos que determinadas muchachas elegidas llevaban en procesión con los objetos rituales que habrían de utilizarse en el sacrificio ofrecio a la divinidad en cuyo honor se celebraba la fiesta. Sobre Ártemis aquí, vid. supra , n. 5.

20 Esto es, Clearista le había prestado su manto para que lo luciera. Tales préstamos se encuentran bien atestiguados en literatura y corresponden, sin duda, a una práctica usual.

21 El brillo de la piel de ambos jóvenes permite a Simeta conjeturar, naturalmente, que acababan de dejar el gimnasio para asistir a la fiesta. Sabido es que en los ejercicios atléticos los antiguos se frotaban con aceite. Vid. infra , n. 32.

22 Simeta cuenta a la Luna los fulminantes efectos de su enamoramiento. La primera parte de estas confidencias (vv. 64-135) está en quintetos separados por el nuevo estribillo; a partir del v. 136, cuando la narración se hace más patética, esta estructura elaborada desaparece: Simeta habla, entonces, más consigo misma que con la Luna.

23 El fustete o «árbol de las pelucas» (Cotinus coggygria Scop., Rhus cotinus L.) es un arbusto de la Europa mediterránea cuya madera produce un colorante anaranjado. Sin que sea segura, ésta es la identificación más probable del thápsos que menciona aquí el texto de Teócrito.

24 Simeta es un nombre propio formado sobre el adjetivo que significa «chata». Los fisonomistas antiguos veían en esta peculiaridad del semblante un signo de propensión amorosa, y, de hecho, Simeta está atestiguado como nombre de cortesana (ARISTÓFANES , Acarnienses 524). Cf. también idil. XI, n. 8.

25 Véase supra , n. 21.

26 Se trata de una muñeca de cera.

27 Las manzanas eran entre griegos y latinos un regalo común para indicar amor (cf. idils. III 10, V 88, VI 7, X 34, XI 10, XXIII 8). Dioniso es el dios de todo lo natural y espontáneo; puede, pues, considerársele, protector de la vegetación en general (ATENEO , II 82d, citando este pasaje de Teócrito y otro de Neoptólemo de Paros, atribuye a este dios el «descubrimiento» de las manzanas).

28 Heracles es el patrono de los atletas, de ahí la mención de Delfis.

29 Es decir, hubiera quemado o derribado la puerta.

30 Hefesto, a quien los romanos identificaron con Vulcano, es la deidad que señorea el fuego, el artífice y el herrero. Sus lugares favoritos son los parajes en que hay volcanes, como las islas Líparas o Eolias, situadas al norte de Sicilia.

31 En la cosmología tradicional griega, la tierra es un disco plano ceñido por un gran río, el Océano, de cuyo borde oriental surge cada mañana el carro de la Aurora con la luz rosada del amanecer, anunciadora del Sol, que recorre, poco después, también, la bóveda celeste en un carro transportado por veloces corceles (cf. idil. XXV 85 s.).

32 En la cual llevaba el aceite para frotarse en el gimnasio. Vid. supra , n. 21, y cf. v. 102.

33 «Asirio» aquí tiene una significación amplia, puesto que Asiria había sido destruida siglos antes de Teócrito. Los caldeos, como los egipcios, tenían fama de muy expertos en magia.

34 Vid. supra , n. 31. De la misma forma que el Sol y la Aurora, la Luna recorre el cielo nocturno y va a ocultarse en el Océano que rodea la tierra. Simeta deshace aquí el encantamiento que con su fuerza mágica habría obligado, piensa, a pararse a la Luna en su curso.

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