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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Bianca, n.º 262 - Julio 2021

I.S.B.N.: 978-84-1375-995-1

Índice

Créditos

El reto del italiano

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

La prometida del jeque del desierto

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

A merced de su enemigo

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Amor infinito

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…



Capítulo 1

Vuela con los ángeles, cara mia.

Maceo Fiorenti depositó un beso sobre la rosa blanca de tallo largo, la favorita de su difunta esposa, especialmente importada de Holanda. Carlotta había insistido en esa extravagancia, a pesar de que el jardinero juraba ser capaz de recrear esa flor allí, en su casa de Nápoles.

Carlotta rechazaba la sugerencia con una sonrisa en los labios porque, según ella, había algo especial en recibir las flores por avión dos veces por semana.

Por supuesto, Maceo consentía todos sus caprichos. Podía contar con los dedos de una mano las ocasiones en las que había dicho que no a Carlotta Caprio Fiorenti en sus nueve años de matrimonio y solo cuando ella intentaba convencerlo de que olvidase el pasado y buscase la felicidad.

¿Cómo iba a hacerlo cuando no merecía ni respirar y mucho menos ser feliz?

Maceo torció el gesto.

En esos momentos, Carlotta parecía olvidar todo lo que había pasado.

Parecía olvidar quién era él y lo que había hecho.

Maceo Fiorenti, heredero de un legado que no tenía más remedio que salvaguardar. Maldito por un destino del que no podía escapar porque hacerlo sería una traición imperdonable.

No le gustaba mostrarle a Carlotta los demonios que lo empujaban, pero debía recordarle que él era la causa de su pena, que él le había robado la familia que era tan importante para ella.

Pero habría tiempo para llorar su muerte. Habría tiempo para soportar la amargura, la vergüenza y el sentimiento de culpa.

Por el momento, tenía un legado que proteger y lo protegería hasta su último aliento.

¿Qué más daba que en los momentos más oscuros se cuestionase por qué seguía haciéndolo?

«Porque te lo pide tu conciencia».

Casa di Fiorenti no era solo un legado. Era por lo que sus padres, sus abuelos y su padrino, Luigi, habían vivido. Y por lo que habían muerto. Él debía mantener vivo ese legado, aunque estuviese muerto por dentro. Aunque se viera perseguido por la certeza de que jamás tendría un momento de felicidad.

Maceo rozó con la punta de los dedos el ataúd blanco en una última caricia.

«Déjala ir».

Con el corazón encogido, dejó la rosa sobre el ataúd. Se había negado a reconocer que aquel día se acercaba, que unos meses después del diagnóstico de cáncer tendría que enfrentarse a un futuro en total soledad. Ahora no tenía más remedio que hacerlo.

«No muestres debilidad».

Eran las palabras que Carlotta había pronunciado una década antes, cuando el sentimiento de culpa amenazaba con devorarlo. Unas palabras que él había absorbido y grabado en su mente hasta que se fusionaron con su alma.

Maceo tomó aire y el momento de debilidad se esfumó.

Él era Maceo Fiorenti y, aunque había sido casi divertido darle carnaza a los paparazis mientras estaban casados, aquel no era día para buscar notoriedad.

Carlotta había sido enterrada, como era su deseo, con Luigi, su primer marido, y con los padres de Maceo. También él sería algún día enterrado en la cripta familiar.

Pero él estaba vivo. A pesar de todo.

Un milagro, habían dicho los periódicos cuando regresó al mundo de los vivos doce años antes.

Si ellos supieran de los demonios que lo asaltaban. Si supieran del amargo sabor de la culpa y el remordimiento que le pesaban en el corazón a todas horas.

Los miembros del consejo de administración de Casa di Fiorenti lo observaban, intentando ver un gesto de debilidad.

No lo verían.

Media hora después, cuando por fin el obispo dio la última bendición, Maceo le dio la espalda a la cripta y se dirigió hacia su coche, ignorando a los congregados en la iglesia.

El conductor se irguió de inmediato, murmurando unas palabras de condolencia, pero él no se molestó en responder. Tal vez porque hacerlo significaría aceptar que estaba solo en el mundo.

Sí, como viudo de Carlotta tendría que soportar a varios miembros de la familia Caprio, pero sin parientes de sangre, sin hermanos o primos, él era el único Fiorenti que quedaba.

Estaba solo.

Maceo se quitó las gafas de sol y las tiró sobre el asiento. Exhalando un suspiro, se apretó el puente de la nariz con los dedos y cerró los ojos un momento.

–¿Quiere volver a la villa, signor? –le preguntó el conductor.

Maceo negó con la cabeza. ¿Para qué prolongar lo inevitable? Era viernes por la tarde y los empleados tenían el día libre para presentar sus respetos a Carlotta, pero había trabajo que hacer.

Y, no, su desgana de volver a la villa en Capri no tenía nada que ver con los salones y los pasillos vacíos sin la presencia de Carlotta.

–Llévame al helipuerto. Voy a la oficina.

Apenas recordaba el viaje en helicóptero que lo dejó a dos calles del cuartel general de Casa di Fiorenti en Nápoles.

Carlotta había querido estar más cerca de la villa de Capri que había compartido con Luigi cuando supo que el final estaba cerca y Maceo trasladó la empresa desde Roma hasta el enorme edificio del siglo XVIII sobre la bahía de Nápoles.

El edificio donde, como era de esperar, dos docenas de paparazis esperaban para hacer preguntas.

Maceo volvió a ponerse las gafas de sol y dejó escapar un suspiro mientras salía del coche.

–¿Qué pensaría Carlotta de que volviese al trabajo el día de su entierro? –le gritó uno de los reporteros.

–¿Piensa hacer directores de la empresa a sus cuñados ahora que Carlotta no está?

–¿Cuándo anunciará quién va a ocupar el sitio de su esposa?

Maceo siguió adelante, sin hacer caso. Le divertía que siguieran haciendo preguntas cuando él nunca respondía. ¿De verdad esperaban que divulgase públicamente sus secretos?

Especialmente cuando Carlotta y él habían jugado con ellos durante años para esconder el mayor y más terrible de los secretos.

Mientras empujaba la pesada puerta de hierro, recordó la bomba que Carlotta había dejado caer antes de morir.

Ella sabía que sería incapaz de negarse, por supuesto. Haría todo lo que le pidiese, a pesar de la furia y la sorpresa que sintió al conocer la noticia.

Pero, aunque pensaba honrar el último deseo de Carlotta, no le había dicho cómo iba a hacerlo. Eso quedaría entre él y la mujer de cuya existencia no sabía nada hasta una semana antes.

Luigi, su padrino, había estado casado antes, aunque brevemente, con una mujer inglesa. Una mujer que tenía una hija. Otro secreto que sus padres y su abuelo le habían ocultado. Y, además, acababa de descubrir que Casa di Fiorenti, la empresa de confitería que sus abuelos y sus padres habían levantado treinta años antes, y que él había convertido en un imperio multimillonario, no era exclusivamente suya. Que una parte, muy pequeña y que no echaría de menos, pero que era suya por derecho, pertenecía a esa mujer sin cara, una buscavidas que ya estaría afilando sus garras.

Faye Bishop.

Y ahora él debía tolerar a esa mujer para cumplir el último deseo de su difunta esposa.

Su ira se intensificó mientras subía al ascensor.

Faye Bishop había evitado a Carlotta durante meses. Sin embargo, sí había encontrado tiempo para aceptar la invitación de acudir a la lectura del testamento.

Maceo esbozó una sonrisa carente de humor.

La señorita Bishop había logrado engañar a Carlotta, pero él le daría una lección que no olvidaría nunca.

Faye contuvo el deseo de volver a mirar el reloj porque eso confirmaría que solo habían pasado veinte segundos desde la última vez que lo miró. Además, eso no disiparía la extraña sensación de estar siendo observada.

Aunque no era tan extraño porque las paredes de la sala de juntas de Casa di Fiorenti eran de cristal.

Faye, que había llegado de la granja de Devon unas horas antes, se sentía como pez fuera del agua en aquel sitio con paredes de cristal, suelos de mármol y paparazis en la puerta, pero esbozó una sonrisa retadora por si estaban vigilándola.

Debería marcharse, pensó. Si no hubiera respondido a la llamada de Carlotta, la viuda de Luigi…

Luigi, su padrastro, había muerto, llevándose a la tumba todas las respuestas. Y ahora Carlotta había muerto también.

«No le debes nada a esta familia. Deberías dejarlo todo en el pasado, donde debe estar».

En realidad, no tenía por qué estar allí, agarrándose a un clavo ardiendo y esperando que tal vez alguien tuviese respuestas para todas sus preguntas.

La puerta de la sala de juntas se abrió en ese momento y la idea de marcharse se evaporó al ver al hombre que acababa de entrar.

Su actitud era beligerante, pero había algo más. Algo apenas contenido, algo electrizante que la dejó inmóvil.

Se dio cuenta entonces de que estaba mirándolo fijamente y no era capaz de parpadear o tragar saliva.

O controlar los locos latidos de su corazón.

Que aquel hombre pareciese igualmente fascinado por ella no tenía importancia. Faye sabía que llamaba la atención por su ecléctico atuendo y por la profusión de tatuajes de henna en el brazo, pero sobre todo por su pelo.

Tuvo que contenerse para no levantar una mano y pasarla por los mechones plateados, lilas y morados sujetos sobre su cabeza en un desordenado moño, especialmente cuando el extraño clavó allí la mirada.

Era increíblemente apuesto y su aire de autoridad parecía llevarse todo el oxígeno de la habitación.

Pero después del incidente traumático con Matt dos años antes, Faye no había vuelto a tener ninguna relación…

¿Por qué pensaba en eso ahora?

Tres hombres que parecían abogados entraron en la sala de juntas, mirándola con cara de perplejidad. Si no estuviese tan cautivada por el extraño, todo aquello podría haberle resultado divertido.

Pero no estaba allí para divertirse. Estaba allí porque Luigi Caprio, su padrastro, había dejado en ella una marca indeleble, ofreciéndole un cariño que nunca había tenido antes y desapareciendo luego de su vida sin dar ninguna explicación.

Faye intentó olvidar un dolor que nunca había curado, la herida abierta por Carlotta Caprio unos meses antes.

–Me alegro de que haya venido, señorita Bishop –dijo el hombre, clavando en ella sus ojos de color ámbar.

Al contrario que sus palabras, su expresión no era precisamente cordial. Por alguna razón, aquel extraño parecía detestarla.

¿Lo sabría?, se preguntó, angustiada. ¿Luigi habría hecho algo tan impensable como compartir su secreto y el de su madre con aquel hombre?

¿Podría haber sido tan cruel?

Intentó decirse a sí misma que daba igual. Cuando se fuera de allí no tendría que volver a ver a aquel enigmático hombre ni a ninguno de los parientes de Luigi.

–Le hice una promesa a Carlotta –dijo por fin.

Era una promesa que Carlotta no debería haberle exigido, pero lo había hecho y ella había aceptado.

El hombre hizo una mueca.

–Ah, sí, la promesa de acudir a la lectura del testamento. Pero no de acudir a su entierro.

Faye se irguió, molesta.

–Para su información, señor… como se llame, Carlotta no me dijo que estuviese enferma. Yo no sabía nada.

–Y, sin embargo, aquí está –dijo él con esa voz ronca y turbadoramente atractiva.

Por fin, los músculos de Faye obedecieron las órdenes de su cerebro y pudo ponerse en pie.

–Guárdese sus acusaciones –le espetó, tomando el bolso, que había dejado en el suelo–. Antes de venir pensé que esto era un error y usted acaba de confirmarlo, así que no perdamos más tiempo. Me marcho.

–Me temo que no va a ser tan fácil, señorita Bishop.

Faye apretó la correa del bolso.

–¿Qué no va a ser tan fácil? Y, por cierto, ¿va a presentarse como una persona normal o su identidad es un misterio que debo desentrañar para llegar al próximo nivel? –le espetó, irónica.

El extraño clavó la mirada en la camiseta rosa, que dejaba al descubierto su ombligo. Pero, aparte de incredulidad, había algo en su mirada que erizó el vello de su nuca.

–Siéntese –le ordenó.

Faye no podía hacerlo porque el brillo de sus ojos la había dejado paralizada. Y algo más. De repente, sintió un cosquilleo en los pechos… y eso le recordó que no llevaba sujetador.

Para contrarrestar la desazón, Faye cruzó los brazos sobre el pecho y lo fulminó con la mirada.

–¿Por qué voy a sentarme? ¿Y por qué cree que puede darme órdenes?

–Porque estoy a punto de hacer realidad todos sus sueños. Por supuesto, siempre podría marcharse y renunciar a su herencia…

–¿Mi herencia? ¿Qué herencia? –lo interrumpió ella, sorprendida.

–Siéntese y se lo contaré.

La sorpresa hizo que Faye obedeciese. Se dejó caer sobre la silla, notando que los abogados la miraban con expresión solemne.

¿Qué estaba pasando allí?

–Bueno, ahora finjamos que de verdad no sabe quién soy –dijo el extraño.

–Es que no sé quién es. No sé por qué le parece tan raro, pero no tengo ni idea.

–Mi nombre es Maceo Fiorenti.

El apellido era dolorosamente familiar. Faye había intentado borrarlo de su vida, pero sin éxito porque aparecía por todas partes.

–Imagino que está relacionado con Casa di Fiorenti.

–Así es, pero también con Carlotta.

En sus cartas, Carlotta siempre firmaba como Carlotta Caprio Fiorenti, pero Faye no había pensado mucho en ello.

El hombre que estaba sentado frente a ella era demasiado mayor como para ser hijo de Carlotta, de modo que solo podía ser…

–¿El marido de Carlotta? Pero usted es…

Faye no terminó la frase.

–¿Soy qué, señorita Bishop? –le espetó él, enarcando una ceja–. ¿Demasiado joven? No tema ser sincera. No dirá nada que los medios no hayan dicho un millón de veces.

Faye se puso colorada porque eso era precisamente lo que había pensado. Carlotta tenía casi sesenta años y Maceo Fiorenti parecía treinta años más joven.

Pero no era por eso por lo que estaba allí. De hecho, seguía sin saber la razón por la que estaba allí, con aquel hombre que la fascinaba más de lo que debería.

–Su relación con Carlotta no es asunto mío, pero ahora que hemos sido presentados tal vez podría explicarme por qué estoy aquí.

–Soy el presidente de Casa di Fiorenti y el socio mayoritario. Hasta hace una semana me pertenecían el cien por cien de las acciones de la empresa.

–¿Qué quiere decir con eso?

El hombre se echó hacia delante y, aunque el instinto le decía que se echase atrás, no lo hizo. Decidió defender su terreno porque mostrarse débil sería darle una victoria.

–Mi difunta esposa me informó de que su primer marido, Luigi Caprio, le había dejado una herencia que recibiría cuando cumpliese veinticinco años. Creo que ha cumplido veinticinco años recientemente, ¿no es así?

–Hace tres meses –Faye dio un respingo–. Ah, claro, fue entonces cuando Carlotta se puso en contacto conmigo. ¿Pero por qué no me contó nada?

–¿Le dio usted oportunidad? Creo recordar que no se lo puso nada fácil.

–Tenía mis razones para hacerlo.

Dolor, traición, el estigma de una vergüenza que nunca había desaparecido. La angustia de no saber por qué Luigi se había ido sin mirar atrás.

«Nadie podría querer a una abominación como tú».

Las crueles palabras de Matt hacían eco en su cabeza, intensificando su angustia. Casi había conseguido dejar de preguntarse por la deserción de su padrastro hasta que Matt dijo eso y ahora temía no poder seguir adelante hasta que supiera si Luigi pensaba lo mismo que él.

–Pero esas razones no eran lo bastante importantes como para no venir a la lectura del testamento, ¿no?

Faye se encogió de hombros.

–Evidentemente, usted cree que he venido por interés, así que puede ahorrarse la ironía y contarme de una vez por qué estoy aquí. No tengo todo el día.

Sus palabras fueron recibidas con un tenso silencio. Incluso parecía… dolido.

Aquel hombre había enterrado a su mujer unos días antes, pensó entonces. Pero cuando iba a disculparse por su tono, él la interrumpió con un gesto.

–Como ejecutor del testamento de Carlotta, es mi deber informarle sobre el legado que le dejó su padrastro. Es usted propietaria de un cuarto del uno por ciento de una de las acciones de Casa di Fiorenti. Por favor, signor Abruzzo, dígale a la señorita Bishop lo que eso significa en términos monetarios.

Uno de los abogados abrió una carpeta mientras Maceo se arrellanaba en la silla, clavando en ella esos ojos de color ámbar.

El efecto de esa mirada hizo que se perdiese las primeras palabras del abogado y tuvo que hacer un esfuerzo para concentrarse.

–… en la última auditoría, Casa di Fiorenti fue valorada en cinco mil millones de euros. De modo que el valor de su herencia es aproximadamente de catorce millones de euros.

Capítulo 2

Maceo observó a la extraña criatura de labios generosos y luego se maldijo a sí mismo por tan inoportuna observación.

Esos labios podrían rivalizar con los de Cupido. ¿Y qué?

¡Per l’amor di Dio, tenía el pelo de varios colores! Iba vestida como una hippy y llevaba flores de henna tatuadas en un brazo. Con esos labios gruesos y esa figura llamativa, debería estar en el teatro, no en las oficinas de un imperio multimillonario.

¿Y qué si tenía una piel de porcelana y los ojos de color índigo más seductores que había visto nunca?

Había enterrado a Carlotta unos días antes y, aunque su matrimonio no había sido convencional, al menos le debía el respeto de no enumerar adjetivos para describir a otra mujer.

–¡Lo dirá de broma! –exclamó Faye Bishop entonces.

Maceo la miró de nuevo con helada gravedad.

–Sí, claro, porque tras la muerte de mi esposa no tengo nada mejor que hacer que gastar una broma de mal gusto sobre su último deseo –replicó, sarcástico.

Ella tuvo la decencia de ponerse colorada, pero la contrición duró solo unos segundos.

–No era mi intención ofenderle. Es que esto es algo completamente inesperado para mí.

–¿De verdad, señorita Bishop?

Maceo no se molestaba en disimular su escepticismo. No pensaba esconder nada porque los secretos habían erosionado los cimientos de su familia.

–De verdad, señor Fiorenti –replicó ella.

–Entonces, haga lo que ha dicho antes. Rechace la herencia y márchese.

Curiosamente fascinado, observó su pelo multicolor… y tuvo que hacer un esfuerzo para controlar el extraño efecto que aquella mujer ejercía en él.

Se había quedado helado al verla al otro lado de la pared de cristal, pensando que debía ser una alucinación. No sabía por qué, pero no era capaz de apartar la mirada.

Faye Bishop lo hacía experimentar una tórrida punzada de deseo, un recordatorio de que era un hombre de sangre caliente, aunque se lo había negado a sí mismo durante una década porque no merecía satisfacer sus deseos.

Maceo solo tenía un objetivo: conservar la empresa a la que sus padres habían dedicado toda su vida.

Y no había sobrevivido a un infierno para caer preso de la fascinación por aquella extraña criatura.

–A sus abogados no parece gustarles la idea. ¿Por qué, señor Fiorenti? No, espere, no responda. Voy a adivinarlo. Ellos saben que no tiene derecho a decirme eso. ¿Estoy en lo cierto? –preguntó Faye, mirando alrededor.

Uno de los abogados, maldito fuera, asintió con la cabeza.

–Bueno, eso está abierto a interpretaciones, pero en general… así es.

Ella lo miró, esbozando una sonrisa retadora, y Maceo experimentó una mezcla de excitación y rabia.

No sabía por qué aquella mujer lo turbaba tanto, pero intentó relajarse y terminar con aquella reunión de una vez por todas. Tenía otras cosas de las que preocuparse.

Faye Bishop no era el único inconveniente que Carlotta había dejado atrás. Además, estaban sus hermanos.

–El legado es suyo, pero con condiciones. Yo tengo el poder de añadir mis propias estipulaciones.

La sonrisa de Faye se evaporó del todo.

–¿Qué?

–Después de conocerla, Carlotta me dio el poder de convertirla en una mujer muy rica o…

–¿O ponerme a prueba por algo de lo que yo no tenía ni idea y no he querido nunca?

Maceo esbozó una sonrisa desdeñosa.

–Muy bien, entonces márchese. Demuestre que de verdad piensa rechazar la herencia.

Estaba convencido de que no lo haría. Nadie en su sano juicio rechazaría tal cantidad de dinero.

Pero Faye Bishop se levantó de la silla y lo miró en silencio con esos ojos de color índigo hasta que Maceo dejó de respirar.

No sabía si levantarse de un salto para evitar que se fuera o permanecer sentado.

Lo último. Desde luego, no iba a detenerla.

Faye Bishop se dirigió hacia la puerta de la sala de juntas. A pesar de su ropa vulgar tenía una gracia innegable y el movimiento de sus caderas bajo la falda de flores irradiaba tal sensualidad que Maceo tuvo que moverse en la silla, incómodo.

Antes de salir, Faye se dio la vuelta para lanzar sobre él una mirada reprobadora que habría empequeñecido a cualquier otro hombre. Un hombre que no tuviese que luchar contra los demonios contra los que él luchaba cada día.

–He venido porque pensé que tal vez aquí encontraría respuestas a las preguntas que me he hecho durante todos estos años sobre Luigi. Pero ahora veo que ha sido una pérdida de tiempo.

Maceo lanzó una mirada de advertencia sobre los abogados. El otro deseo de Carlotta había sido igualmente específico: la entrega de una carta dirigida a Faye Bishop.

No sabía si en esa carta estarían las respuestas que ella buscaba, pero no se la daría hasta que estuviese completamente seguro de sus motivos.

–¿De verdad esto le parece una pérdida de tiempo?

Ella lo fulminó con la mirada.

–Lamento la muerte de Carlotta, señor Fiorenti, pero espero no volver a verlo en toda mi vida.

Después de decir eso, Faye salió de la sala de juntas, dejando atrás un silencio cargado de asombro.

–¿Se ha ido? ¿De verdad? –murmuró uno de los abogados.

Tenía que ser un juego, pensó Maceo. Lo que Faye no sabía era que él era un experto en juegos. Había estado jugando durante una década con los paparazis, distrayéndolos para que no descubriesen los secretos de su familia. Los mismos juegos con los que había manipulado a los miembros del consejo de administración que querían aprovecharse de él.

Como si los hubiera conjurado, dos de sus oponentes entraron en la sala de juntas en ese momento.

Stefano y Francesco Castella, los hermanos de Carlotta.

La vida de Maceo había dado un fatídico giro la noche que sus padres y su padrino fallecieron, pero aquellos dos eran un recuerdo constante de que, aparte de los secretos que habían fragmentado a su familia, las mentiras y la avaricia eran amenazas con las que también tenía que lidiar.

Los saludó con indiferencia mientras miraba la puerta de reojo. ¿Qué había querido decir Faye Bishop? ¿Qué le había hecho su padrino, Luigi?

¿Y por qué no había sabido que Luigi tenía una hijastra hasta que Carlotta murió?

Maceo intentó dejar de pensar en la etérea Faye Bishop.

–No sabía que ahora dejábamos entrar a cualquiera que viniese de la calle. ¿Quién era esa mujer tan rara? –preguntó Stefano.

–No es asunto tuyo –respondió él, cortante.

Stefano esbozó una untuosa sonrisa.

–Soy miembro del consejo de administración, de modo que todo lo que pase aquí es asunto mío.

Maceo se mordió la lengua. Otra razón por la que tenía que soportar a Faye Bishop. Su herencia era lo único que evitaba que tuviese poder absoluto sobre el consejo de administración. Por insignificante que fuese, era la diferencia entre librarse de Stefano y Francesco o tener que soportar su exasperante presencia.

–Estáis aquí para discutir los asuntos personales de vuestra hermana. Esa mujer no tiene nada que ver.

Stefano se encogió de hombros.

–Solo intentaba ser amable…

–Tú no sabes lo que es ser amable.

Francesco lo fulminó con la mirada.

–Cuidado con el tono, figlio. Nosotros llevamos esta empresa mientras tú estabas incapacitado en el hospital. Nosotros permitimos que te casaras con nuestra hermana…

–Tenía la impresión de que eso fue decisión nuestra –lo interrumpió Maceo–. Por eso nos casamos sin deciros una palabra.

Stefano golpeó la mesa con la palma de la mano.

–Ascoltami…

–No, escúchame tú –volvió a interrumpir Maceo, impaciente–. Carlotta era demasiado buena como para deciros la verdad, pero yo no lo soy. Le hicisteis la vida imposible hasta que os metió en el consejo, pero ahora ella ya no está y yo no tengo intención de seguir soportando tonterías. Vuestro puesto en la empresa es seguro por el momento, pero no me presionéis o podríais llevaros una sorpresa.

Maceo se levantó abruptamente y se dirigió a la puerta. Se decía a sí mismo que era por los insoportables hermanos de Carlotta, no porque quisiera verificar que de verdad Faye Bishop había salido del edificio.

Lanzando una última mirada desdeñosa sobre los Castella, añadió:

–Vuestra hermana dejó algunos efectos personales para vosotros. El signor Abruzzo os informará de todo.

Después de cerrar la puerta sacó el móvil del bolsillo para llamar a su ayudante.

–Llama a Seguridad para que localicen a la mujer que estaba con nosotros en la sala de juntas. Se llama Faye Bishop y quiero que vuelva aquí cuanto antes.

–No es necesario. La señorita Bishop está esperando en su despacho.

Maceo volvió a guardar el móvil en el bolsillo, diciéndose a sí mismo que la absurda emoción que sentía de repente no tenía nada que ver con la señorita Bishop. No, en absoluto. Lidiaría con ella como había lidiado con los hermanos de Carlotta.

Faye desearía haber tenido valor para salir del edificio, pero…

«El orgullo precede a la caída».

Y rechazar la herencia de Carlotta había sido un absurdo gesto de orgullo porque, en realidad, necesitaba ese dinero para ayudar a su madre y a tantas otras mujeres que querían rehacer sus vidas.

Había llegado al vestíbulo de acero, mármol y cristal antes de que el sentido común la hiciese parar. Le explicó a la recepcionista que había olvidado decirle algo importante al señor Fiorenti y la habían llevado al despacho del presidente en lugar de a la sala de juntas. Y allí estaba, esperando, ponderando las consecuencias de su apresurada decisión.

¿Habría perdido la oportunidad de ayudar a tantas mujeres necesitadas? ¿Aquel hombre formidable le daría la oportunidad de echarse atrás o todo se habría perdido?

Faye sintió un escalofrío al pensar en volver a verlo.

Maceo Fiorenti parecía de los que no perdonaban una ofensa. Tal vez disfrutaría riéndose de ella. Desde luego, se había mostrado increíblemente desagradable antes de que hubiesen intercambiado una sola palabra. Era evidente que no la creía merecedora de la herencia y eso significaba que tenía una pelea entre las manos.

Como conjurado por su frenética imaginación, la puerta se abrió en ese momento y Maceo Fiorenti entró en el despacho, pero apenas se molestó en mirarla mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba sobre el respaldo de un sillón.

Los ojos de Faye estaban clavados en la espalda cuadrada, en el ancho torso y en unos abdominales que parecían duros como piedras.

Un cuerpo trabajado a la perfección, sin una onza de grasa, un rostro enormemente atractivo. En realidad, era un pecado lo apuesto que era aquel hombre.

Pero no estaba allí para admirar el físico de Maceo Fiorenti, por atractivo que fuese. Estaba allí para solucionar el error que había cometido unos minutos antes.

–No sé si sentirme decepcionado porque se ha echado atrás o alegrarme porque parece dispuesta a tragarse sus palabras.

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