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El último imperio

El nuevo orden mundial y la falsificación del reino de Dios

Vanderlei Dorneles


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Conclusión

Bibliografía

El último imperio.

El nuevo orden mundial y la falsificación del reino de Dios

Vanderlei Dorneles

Título del original: O Último Império. A Nova Ordem Mundial e a Contrafação do Reino de Deus, Casa Publicadora Brasileira, Tatuí, San Pablo, Brasil, 2012.

Dirección: Gabriela S. Pepe

Traducción: Milton Bentancor

Diseño de tapa: Nelson Espinoza

Diseño del interior: Giannina Osorio

Ilustración de tapa: Nelson Espinoza

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e-book

MMXXI

Es propiedad. © 2012 Casa Publicadora Brasileira. © 2016, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-338-8


Dorneles, VanderleiEl último imperio : El nuevo orden mundial y la falsificación del reino de Dios / Vanderlei Dorneles / Dirigido por Gabriela S. Pepe / Ilustrado por Nelson Espinoza. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: onlineTraducción de: Milton Bentancor.ISBN 978-987-798-338-81. Profecías Bíblicas. I. Pepe, Gabriela S., dir. II. Espinoza, Nelson, ilus. III. Bentancor, Milton, trad. IV. Título.CDD 220.15

Publicado el 20 de enero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

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Introducción

El reconocimiento de los Estados Unidos de América como un imperio contemporáneo es común hoy, en la prensa y entre los investigadores de diversas áreas tales como economía, política, sociedad y cultura. Sin embargo, mucho antes de que ese país asumiera su actual condición de imperio, intérpretes adventistas en el siglo XIX ya habían relacionado esa nación emergente con las profecías apocalípticas.

La interpretación profética que identifica a esa nación con el poder político-militar representado en Apocalipsis 13 es exclusivamente adventista, aunque haya innumerables teorías de la conspiración que también le atribuyen a los Estados Unidos un papel negativo en el escenario del mundo contemporáneo.

La relación establecida por los adventistas –desde los comienzos de la iglesia– entre los Estados Unidos de América y el símbolo apocalíptico es un elemento importantísimo de toda la escatología adventista del séptimo día. Diversos elementos del escenario profético no tendrían sentido sin la actuación de ese poder descrito en la figura de la bestia con apariencia de cordero y voz de dragón. Los tres mensajes angélicos, el sello de Dios y la señal de la bestia, la gran tribulación y la manifestación final del anticristo en la forma de un falso Mesías tendrían poca importancia sin la interferencia de un poder global intolerante en los “últimos días”. Frente a esto, la coherencia y la solidez de esta interpretación exclusivamente adventista son altamente necesarias.

En este contexto geopolítico del siglo XXI, en el que los Estados Unidos han sido confrontados con el crecimiento y el fortalecimiento económico y político de otras naciones, es necesario reexaminar esa interpretación y analizar la solidez de sus bases.

Este libro pretende responder a diversas cuestiones sobre la coherencia y la lógica de la interpretación adventista de Apocalipsis 13. Para alcanzar este objetivo, esta investigación intenta profundizar en la historia norteamericana desde sus comienzos hasta de la mitad del siglo XIX, cuando el movimiento adventista comenzó a guardar el sábado y a reconocer ese Mandamiento como el eterno sello de Dios con su pueblo. Fue por causa del sábado que los adventistas relacionaron Apocalipsis 13 con los Estados Unidos.

La lógica de esa interpretación adventista no puede depender solamente de los eventos y los acontecimientos relativos a la nación estadounidense después del siglo XIX. Y este es el argumento principal de este libro: no fue a partir de la interpretación de Apocalipsis 13, realizada por los adventistas, que Estados Unidos de América pasó a ser considerada la nación que podría dar cumplimiento de esta profecía. En realidad, mucho antes del siglo XIX y de la creación de esa república, cuando los revolucionarios juzgaban estar fundando la “nueva Jerusalén”, ya había una vocación imperial. Incluso antes de la colonización británica –cuando los puritanos creían que estaban sentando las bases del “nuevo Israel” de Dios; es decir, la América libre y protestante–, ya en la época del descubrimiento de América, en el siglo XV, una identidad mesiánica estaba relacionada con el continente incógnito.

En este libro, se van citando diversos documentos históricos que muestran que una vocación de cumplir un papel profético en el escenario del mundo moderno se reporta a las raíces de esta nación norteamericana. La interpretación adventista, en el siglo XIX, relacionó a los Estados Unidos con Apocalipsis. Sin embargo, desde los siglos XIII y XV, místicos como Joaquín de Fiore y Cristóbal Colón ya relacionaban la nación por venir con las profecías, no como un instrumento del “dragón”, sino como un instrumento divino en el cumplimiento de la promesa de Apocalipsis 21, del “nuevo cielo” y de la “Tierra Nueva”. Como muestra este libro, un sistema de falsificaciones del Reino de Dios estaba siendo preparado mucho tiempo antes de la colonización británica, que trajo el protestantismo y la ideología de la “libertad” a Norteamérica, y antes de que los padres fundadores trabajaran por el nacimiento de la república.

A la luz de estos eventos, la interpretación adventista, aunque sea exclusiva de los guardadores del sábado, se reviste de mucha coherencia y solidez.

La idea de escribir un libro sobre la formación y el nacimiento del poder sociopolítico y militar de los Estados Unidos de América como una nación profética surgió, inicialmente, de la observación de las películas de Hollywood y de algunos discursos de líderes políticos, que proyectan a los Estados Unidos como una nación mesiánica, con una misión divina.

Algunos de esos discursos son, por ejemplo, el del ex presidente George W. Bush, quien, el 20 de enero de 2001, en la ceremonia de asunción presidencial, declaró: “Nosotros tenemos un lugar cautivo en una larga historia [...] la historia de un nuevo mundo que se transformó en un servidor de la libertad”. Además, el 25 de enero de 2003, en un discurso dado en el Congreso antes de atacar a Irak, él proclamó que “Estados Unidos es una nación fuerte y digna en el uso de su fuerza” y que “los estadounidenses son un pueblo libre, que sabe que la libertad es un derecho de cada persona y el futuro de toda nación”. Entonces, agregó: “La libertad que tenemos no es un presente de los Estados Unidos para el mundo, es un regalo de Dios para la humanidad”. Más adelante, en el discurso de asunción presidencial de su segundo mandato, el 20 de enero de 2005, Bush reiteró: “Con nuestros esfuerzos, nosotros encendemos una llama en la mente de los hombres. Ella calienta a aquellos que sienten su poder, quema a aquellos que combaten su progreso, y un día ese fuego indomable de la libertad va a alcanzar los rincones más oscuros de nuestro mundo”.

Otro ejemplo lo encontramos en el discurso del presidente Barak Obama, proclamado durante la ceremonia de asunción presidencial de su segundo mandato, el 21 de enero de 2013:

“Lo que nos hace excepcionales –lo que nos hace estadounidenses– es nuestra fidelidad a una idea articulada en una declaración realizada hace más de dos siglos: ‘Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad’. [...] Hoy continuamos la tarea sin fin de superar la brecha entre el significado de estas palabras y la realidad de nuestro tiempo. Pues la historia nos dice que, aunque esas verdades son incuestionables, ellas nunca se hacen efectivas por sí mismas; y aunque la libertad es un don de Dios, esta debe ser garantizada por su pueblo aquí en la Tierra”.

Esos discursos le hacen eco a una creencia enraizada en la identidad estadounidense, que es la que señala a los Estados Unidos de América como la “nación elegida”, con prerrogativas que van más allá de los límites del bien y del mal, comisionada por Dios para cumplir un papel mesiánico en el mundo.

El ideólogo estadounidense Robert Kagan, por su parte, cree que esa nación alcanzará “un pináculo en la historia de las civilizaciones”, que resulta en un impulso por transformar a los otros países. Para él, desde la llegada de los padres peregrinos, los estadounidenses siempre ejercieron un poder expansionista:

“La ambición de desempeñar un papel grandioso en el escenario mundial está profundamente arraigada en el carácter estadounidense. Desde la Declaración de la Independencia, e incluso antes, todos los estadounidenses, aun aquellos que no están de acuerdo en muchos asuntos, siempre compartieron la convicción de que su nación tenía un destino grandioso” (Kagan, p. 87).

Reinhold Niebuhr, considerado uno de los principales teólogos y filósofos de los Estados Unidos, afirma que los acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX hacen evidente que la “historia le otorgó a los Estados Unidos la gran responsabilidad de defender los preciosos valores de la civilización occidental” frente a las crisis desencadenadas por los totalitarismos contemporáneos (Niebuhr, pp. 3, 23). Él considera que Estados Unidos fue “llamado” para liderar a las naciones libres, en función de sus recursos económicos, políticos y militares; y principalmente, por causa de sus valores morales y espirituales (ibíd., p. 23).

La vocación estadounidense para el cumplimiento de un papel mesiánico en el mundo está presente en discursos presidenciales, en las películas de Hollywood, en libros de importantes pensadores y predicadores estadounidenses, en documentos y símbolos oficiales, y se extiende hasta los sermones de los llamados padres peregrinos. Esa vocación atribuye un sentido sobrehumano a las acciones militares y políticas de los Estados Unidos de América. De esa manera, el poder temporal e histórico de ese país, como un imperio, sea haciendo el bien o el mal, pretende presentarse como el cumplimiento de un proyecto divino, en una extensa obra de falsificación de las acciones divinas previstas en las profecías bíblicas.

Las películas que promueven los valores y el papel histórico de los estadounidenses también muestran personajes, temas y narrativas de naturaleza religiosa y mitológica, que retoman ciertos arquetipos de la memoria colectiva. Al retratar períodos históricos, reproduciendo personajes y eventos, y al representar el papel que desempeña Estados Unidos en la defensa de la libertad en el mundo, las películas ayudan a solidificar la imagen del país como nación elegida para el establecimiento de un nuevo orden mundial.

Este libro trata de importantes elementos de la cultura estadounidense, como la religión civil, la identidad nacional y la memoria colectiva. Se parte de la hipótesis de que esa cultura está organizada como un sistema compuesto, entre otras cosas, por un conjunto de discursos, películas, libros y sermones, los que atribuyen a los Estados Unidos de América un papel mesiánico en la construcción de un nuevo mundo. Ese sistema funciona como una ideología y una cosmovisión, de naturaleza religiosa, que busca apoyarse en las propias profecías bíblicas. Siendo una ideología y una cosmovisión, la noción de que Estados Unidos es un instrumento divino para el establecimiento de un régimen de libertad y de derechos humanos en el mundo, no solamente legitima las acciones estadounidenses como orquestadas en el plano divino universal, sino también elimina la posibilidad de criticar ese sistema, como si el bien estuviese exclusivamente vinculado a esa nación y todo lo que se opone a ella fuese la materialización del mal.

En el proceso de construcción de la ideología estadounidense, las narrativas bíblicas de un “paraíso perdido” y de una “nación elegida”, junto con la promesa de restauración de un “nuevo cielo” y de una “Tierra Nueva”, fueron usadas de manera no teológica, sino mitológica e ideológica. A través de este largo y fascinante proceso histórico y cultural, una identidad mesiánica fue construida para los Estados Unidos, que se presenta como una nación divinamente comisionada para el establecimiento de una era de libertad y de gloria en el mundo. Vistas, sin embargo, a la luz de la interpretación profética, la cultura y las realizaciones de esa nación se presentan como la propia falsificación del Reino de Dios.

Frente a esto, el objetivo de este libro es mostrar de qué modo el proceso del nacimiento y de la fundación de los Estados Unidos de América provee importantes datos para una apreciación más amplia de la interpretación adventista de Apocalipsis 13. El libro pretende mostrar cómo estos datos ayudan a profundizar la solidez y la lógica de esta interpretación.

Esta obra está dividida en tres partes. La primera abarca los dos primeros capítulos, que se enfocan en el gran conflicto descrito en las visiones de Apocalipsis 12 al 14, y en el desarrollo de la interpretación adventista de esas visiones desde los años 1850, cuando el sábado, como sello de Dios, tuvo un papel estructurante. La segunda parte incluye tres capítulos, que presentan una visión panorámica del nacimiento de la nación con su vocación mesiánica, en tres momentos: el descubrimiento de América, la colonización de Norteamérica y la fundación de los Estados Unidos. Por último, los cuatro capítulos restantes reflexionan sobre el modo en que el poder imperial estadounidense se identifica con la “voz del dragón” a través de las acciones bélicas y, finalmente, persecutorias de ese imperio.

En este libro se asume que Estados Unidos llegó, durante el siglo XX, a convertirse en un imperio; tanto desde el punto de vista del poderío económico y militar como de su consecuente modelo de relaciones con las demás naciones, en el sentido de interferir y hasta de “organizar” el mundo a su propia manera. La misma perspectiva puede ser vista en obras tales como: La fabricación del imperio estadounidense: de la Revolución a Vietnam: Una historia del imperialismo de los Estados Unidos, del historiador Sidney Lens (2003); El imperio estadounidense: hegemonía y supervivencia, del filósofo Noam Chomsky (2004); El imperio estadounidense, del canadiense Claude Julien (1971); Imperio, del filósofo político Michael Hardt y el sociólogo italiano Antonio Negri (2000); y Formación del imperio estadounidense, del brasileño Luiz Alberto Moniz Bandeira (2006).

El reconocimiento, en este libro, del poder estadounidense como poder imperial no implica, sin embargo, una continuidad indefinida de la historia, con un quinto imperio que sucede a la Roma que, en Daniel 2, estaba representada en las piernas de hierro de la estatua; y en Daniel 7, con el cuarto y último animal. Ese imperio contemporáneo no emerge de una lucha contra el imperio romano o el Papado, ni por haberse impuesto frente a ellos. Ese imperio debe ser visto, en realidad, como una reminiscencia de esos poderes. En Apocalipsis 13:12 se afirma que la segunda bestia ejerce la “autoridad de la primera bestia” y en “su presencia”, lo que hace que sea una continuidad de esos poderes finales, representados en la profecía.

En la expectativa de que este libro sirva como una obra útil para exaltar la veracidad y la lógica de las profecías bíblicas, como revelaciones del futuro por parte del Dios verdadero que conoce y comanda la historia, se espera que sea una lectura instructiva y reveladora.

Capítulo 1
EL IMPERIO ESTADOUNIDENSE EN LA PROFECÍA

Dios es soberano y tiene el control de la historia. Esa es la esencia de las profecías apocalípticas. Por medio de los profetas, él revela los grandes acontecimientos que habrán de suceder antes de que estos tengan lugar. Establece períodos en el tiempo, indica el perfil de los poderes político-militares, y revela entidades que, a lo largo de la historia, se relacionan con el pueblo elegido. Así, los grandes imperios fueron previstos o referidos en las profecías bíblicas; y con el poder estadounidense no es diferente.

Los imperios en la profecía

Daniel vio la ascensión del imperio de la Babilonia de Nabucodonosor, de los medos y los persas, del Imperio Griego, y de Roma, algunos de ellos en más de una visión (Dan. 7:1-8; 8:1-12, 20-25). A su vez, el apóstol Juan vio la ascensión del Papado como un imperio religioso (Apoc. 13:1) y, además, vio otro poder, de naturaleza político-religiosa, que ejercería una gran influencia en el mundo de los últimos días (Apoc. 13:11).

Las profecías apocalípticas revelan una lógica por la que los grandes poderes imperiales se relacionan directamente con el pueblo de Dios, muchas veces como perseguidores. En esta relación tensa que se da a lo largo de la historia, los imperios se transformaron, algunas veces, en instrumentos en la gran controversia entre Dios y el diablo, cuyo foco es la lealtad a los mandamientos de Dios, y cuyo centro es la Cruz, donde la obediencia y la sumisión a Dios fueron ejemplificadas en el sacrificio de Cristo. Algunos imperios fueron instrumentos directos del enemigo, como Babilonia y como Roma, que pretendieron cambiar la Ley, y la obediencia y la adoración a Dios, por la sumisión a la voluntad de los hombres o del propio enemigo de Dios. Otros poderes, incluso, hasta fueron utilizados por Dios, como Egipto, que apoyó a los antiguos israelitas en un momento de gran crisis; o Persia, cuyo rey Ciro llegó a ser un tipo del Mesías (Isa. 45:1). El Imperio Persa, también, liberó a Israel del cautiverio babilónico, y decretó la restauración de Jerusalén y del Templo (Esd. 5:13-15; 6:3-5; 7:21-26). De la misma manera, Norteamérica se transformó en refugio para la iglesia de Dios a finales de la Edad Media.

Esos poderes son revelados en las profecías, en general, por medio de miniaturas o símbolos proféticos, como animales o bestias. Son revelados detalles de dónde y cómo llegaron a representar un papel en los acontecimientos mundiales. Daniel vio a cuatro animales que subían del “gran mar”, agitado por los “vientos” (Dan. 7:1-8); y después vio a un macho cabrío y a un carnero (Dan. 8). El apóstol Juan vio subir del “mar” a la bestia de diez cuernos y siete cabezas (Apoc. 13:1); y también, a la bestia de dos cuernos que subía de la “tierra” (Apoc. 13:11).

Del mismo modo, períodos específicos de tiempo son revelados a través del formato de reducción de un año a un día. Daniel vio que el cuarto animal actuaría por “un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo” (Dan. 7:25), y que el Santuario (celestial) sería purificado después de “dos mil y trescientas tardes y mañanas” (Dan. 8:14). El apóstol Juan, por su parte, vio que la bestia de diez cuernos perseguiría a los santos por “cuarenta y dos meses” (Apoc. 13:5; 11:2), el mismo período por el que la mujer pura (la iglesia) sería sustentada en el desierto, o sea “mil doscientos sesenta días” (Apoc. 12:14). De esta manera, las profecías apocalípticas muestran con claridad la actuación de Dios en el tiempo histórico.

Siguiendo esa lógica, era de esperar que el imperio estadounidense también fuese citado en las profecías apocalípticas. De hecho, le fue presentado al apóstol Juan con detalles visuales y dinámicos que apuntan a su identidad, sus acciones y, especialmente, su relación con la bestia de diez cuernos y siete cabezas, en su persecución del pueblo de Dios.

Desde su surgimiento, la nación estadounidense estuvo directamente relacionada con el pueblo de Dios. En el período de la colonización del Nuevo Mundo, muchos de los protestantes perseguidos por la corona británica, en el siglo XVII, buscaron en el recién descubierto continente un lugar en el que pudieran vivir libremente su fe y obedecer a Dios, según sus conciencias. Allí, la Reforma Protestante encontró un terreno más fértil para su florecimiento por medio de diversos reavivamientos impulsados por la libertad para predicar y para publicar las enseñanzas bíblicas. También fue en ese país que Dios suscitó, en el siglo XIX, un movimiento profético para la terminación de su obra en el mundo. Y, en los últimos días, esa nación va a relacionarse directamente con el pueblo de Dios como un poder político-militar perseguidor.

Según la interpretación adventista del séptimo día, el único texto que hace referencia a ese poder contemporáneo es Apocalipsis 13:11 al 18. Particular de los adventistas, la interpretación de esa profecía comenzó a ser esbozada desde el inicio del movimiento, en la década de 1850, de acuerdo con lo que será visto en el próximo capítulo. Ese texto de Apocalipsis, en el que el poder estadounidense es representado por la figura de la “bestia de dos cuernos” que “habla como dragón”, es parte de un contexto más amplio que involucra los capítulos 12 al 14 de ese libro. Un estudio de esa sección ayudará a tener una visión más amplia del contexto profético de la actuación de ese poder.

Esos tres capítulos (Apoc. 12-14) son considerados como el propio núcleo del libro profético, y tratan de la crisis final de la historia del pecado, con la descripción profético-pictórica del conflicto de una falsa trinidad (el dragón, la bestia y la bestia de dos cuernos) contra la Trinidad divina, formada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En ese conflicto, tanto los ángeles como los seres humanos forman parte de ambos lados. El estudio de esa estructura, como un detalle literario de ese libro del apóstol Juan, muestra la forma en que la inspiración divina organiza el material profético de modo que destaque los puntos esenciales y dirija la atención del estudio hacia el núcleo central de la profecía apocalíptica, que tiene que ver con la obediencia, la salvación y la adoración a Dios, mediante la fe en Cristo y en su sacrificio.

La estructura del libro de Apocalipsis

Especialistas en la literatura hebrea observan en Apocalipsis una estructura llamada “paralelismo tipo quiasmo”, que destaca el tema central del Gran Conflicto, en el que el pueblo remanente de Dios es visto como vencedor por medio de la “sangre del Cordero” (Apoc. 12:11). La estructura está formada por nueve bloques principales, donde el primero se relaciona con el último; el segundo, con el penúltimo, y así sucesivamente; a su vez, el bloque central es único y no se relaciona directamente con ningún otro. La relación entre los bloques de visiones se hace evidente, entre otros factores, por medio de temas paralelos, expresiones que se repiten, y promesas realizadas en la primera parte y cumplidas en la segunda.

La estructura puede ser resumida como se observa a continuación:

A. Prólogo (1:1-8)

B. La iglesia en la Tierra (1:9-3:22)

C. Siete sellos (4:1-8:1)

D. Siete trompetas (8:2-11:18)

E. Clímax del Gran Conflicto (11:19-15:4) – Centro del libro

D’. Siete plagas (15:5-18:24)

C’. Milenio (19:1-20:15)

B’. La iglesia en el cielo (21:1-22:5)

A’. Epílogo (22:6-21)

El investigador adventista Kenneth Strand (1927-1997) fue uno de los primeros estudiosos del libro de Apocalipsis que observó, en el libro, la estructura en paralelismo tipo quiasmo. Él percibió que los capítulos 1 al 5 se referían a eventos de la Era Cristiana, destacando la peregrinación de la iglesia en la Tierra, mientras que los capítulos 19 al 22 apuntaban hacia eventos del tiempo del fin y la Tierra Nueva, mostrando a la iglesia en el cielo. De esa manera, Strand vio la primera parte de la estructura del libro como “especialmente histórica”; y la segunda, como “primariamente escatológica”, referida al fin del tiempo (Paulien, The Deep Things of God, p. 124). Esa hipótesis se comprueba, por ejemplo, en el clamor de los mártires cuya vida fue segada por la persecución durante la Edad Media: “¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?” (Apoc. 6:10), y en la respuesta a este clamor, la que expresa alabanza a Dios después del Juicio: “porque sus juicios son verdaderos y justos; pues ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella” (Apoc. 19:2)

Ekkehardt Müeller, teólogo adventista, reafirma esa metodología en Apocalipsis. “El libro de Apocalipsis puede ser dividido en dos grandes partes. La primera (Apoc. 1-14) consiste en varias series históricas de eventos que abarcan desde los tiempos del apóstol Juan hasta la consumación final. La segunda parte (Apoc. 15-22) trabaja solamente con eventos del fin de los tiempos, y ha sido llamada la parte escatológica” (p. 3).

Jon Paulien, también investigador del libro de Apocalipsis, explora diversas expresiones que aparecen en ambos lados del paralelismo en quiasmo. Ellas confirman una intencionalidad en esa estructura del libro. Por ejemplo, el prólogo y el epílogo registran términos paralelos como “las cosas que deben suceder pronto[...]” (Apoc. 1:1; 22:6), “bienaventurados aquellos que [...] guardan las cosas” (1:3; 22:7), “el tiempo está próximo” (1:3; 22:10), “las siete iglesias” (1:4; 22:16) y “Yo soy el alfa y el omega” (1:8; 22:13). El primer bloque de la estructura (“La iglesia en la Tierra”) y el último (“La iglesia en el cielo”) usan en paralelo las expresiones “el primero y el último” y el “Principio y el Fin” (1:17; 21:6), el “árbol de la vida” (2:7; 22:2), “la segunda muerte” (2:11; 21:8) y la “Nueva Jerusalén” (3:12; 21:10). Las secciones de los “siete sellos” y del “milenio” usan en paralelo las expresiones “veinticuatro ancianos” (4:4; 19:4), “cuatro seres vivientes” (4:6; 19:4), “el Cordero” (5:6; 7:17; 19:7, 9) y “el caballo blanco y su caballero” (6:2; 19:11). Diversos paralelos diferentes a estos pueden ser explorados a partir de esta matriz inicial.

Con esta estructura, Apocalipsis destaca el punto central del libro exactamente en los capítulos 12, 13 y 14. Estos tratan el gran conflicto entre Dios y Satanás, que tiene como foco la adoración al único y verdadero Dios, y la obediencia a su Ley. En el centro del libro de Apocalipsis se encuentra la promesa de victoria sobre el dragón, precisamente, en el medio del libro, como su punto esencial. Es curioso que la división del libro en versículos colocó los textos 12:7 al 11 exactamente en el centro gráfico del libro de Apocalipsis. Considerando esa división, se encuentran el mismo número de versículos antes y después de ese fragmento. En ese núcleo del libro, se encuentra la victoria sobre el enfurecido dragón por parte de aquellos que guardan los mandamientos de Dios y tienen la fe de Jesús (Apoc. 14:12), y que han vencido por medio de la “sangre del cordero” (12:11). Como no podría ser diferente, el poder del imperio estadounidense es uno de los protagonistas en el clímax de este conflicto.

Las visiones del libro de Apocalipsis, por lo tanto, no son dadas o narradas en orden cronológico ni histórico, ni los diversos bloques de visiones que componen las dos partes principales del llamado paralelismo en quiasmo pueden ser alineados de forma cronológica. Por eso, el estudio de este fragmento del Apocalipsis (caps. 12-14) puede ser abordado desde diferentes puntos, algo que puede hacerse incluso con Apocalipsis 14:6 al 12, fragmento considerado uno de los lugares clásicos en la definición de la identidad y de la misión del pueblo de Dios en los últimos días.

Los tres mensajes angélicos proclamados en esa visión pueden ser considerados como el “punto de partida” de la crisis final, o del clímax del gran conflicto entre Dios y el enemigo, en el que la bestia de dos cuernos ejerce un papel central. Los mensajes cumplen esa función por causa de su contenido dirigido directamente hacia la adoración al verdadero Dios y la obediencia a su Ley.

Los tres mensajes angélicos

Ya que los tres mensajes angélicos son el punto de partida del clímax del Gran Conflicto, un estudio sobre su contenido ayudará a observar el contexto más amplio y las motivaciones específicas de la crisis en la que el imperio estadounidense ejerce su papel profético.

Apocalipsis 14:6 al 12 relata la visión de tres ángeles que vuelan por en medio del cielo, proclamando mensajes objetivos y escatológicos. El primero predica el “evangelio eterno”, con el anuncio de la hora (el tiempo) del juicio de Dios, y un llamado a que el mundo tema y adore al Dios creador (vers. 6, 7), refiriéndose al cuarto Mandamiento, que requiere la observancia del séptimo día en memoria de la Creación. El segundo ángel anuncia la caída de Babilonia, un hecho que es consecuencia de la proclamación del primer mensaje. El tercero, por su parte, advierte al mundo sobre el peligro de adorar la imagen de la bestia y de recibir su marca, que es el resultado de la acción y de la influencia de la bestia de dos cuernos.

Hans K. LaRondelle, estudioso adventista de las profecías adventistas, dice que el mensaje de estos ángeles se reviste de urgente importancia, pues ellos proclaman “el llamado final del Cielo a toda la gente para que renuncie a cada forma de idolatría y falsedad”, a fin de que “adore al Creador y acepte su evangelio eterno”. Él afirma que, además, frente a la última amenaza del Anticristo, Dios requiere una doble lealtad: “Fidelidad al testimonio de Jesús y obediencia a los mandamientos de Dios (Apoc. 14:12)” (p. 980).

Los tres ángeles simbolizan un movimiento profético que puede ser identificado por el contenido de su mensaje, y la localización de ese movimiento en el tiempo histórico es bastante clara. El primer ángel anuncia la llegada del Juicio (Apoc. 14:6, 7), con un mensaje que se relaciona con las profecías de Daniel 7:9 al 14 y 8:14. Esa profecía anuncia el tiempo histórico del inicio de la purificación del Santuario celestial, que corresponde al antitipo del “Día de la Expiación” del Santuario terrenal (Lev. 16); es decir, el Juicio Investigativo. A su vez, el tercer ángel es inmediatamente seguido por el retorno literal y glorioso del Señor (Apoc. 14:14-16). “Por esta razón, todos los mensajes son proclamados en el período que va desde 1844 hasta la segunda venida de Cristo. Ellos constituyen el último llamado de Dios a la humanidad” en el clímax del Gran Conflicto, siendo transmitidos por un pueblo leal a los mandamientos de Dios (ibíd.).

En el clímax del Gran Conflicto, por lo tanto, Dios suscita un movimiento profético, representado por los tres ángeles, para proclamar la salvación por la gracia mediante la fe para la santificación (“el evangelio eterno”) como la única esperanza para el mundo que se encuentra frente al Juicio de Dios. La crisis final se precipita con las acciones de la bestia de dos cuernos, y hace evidente la reacción del dragón frente a la restauración de la verdad y de la Ley de Dios, que es consecuencia de la proclamación final y universal de los tres mensajes angélicos.

La apelación del primer ángel, de adorar “a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Apoc. 14:7), presenta una relación intertextual con el cuarto mandamiento de la Ley de Dios, que ordena la observancia del sábado. En la Ley de Dios, el motivo dado para el cuarto Mandamiento es: “Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay” (Éxo. 20:8-11). En el primer mensaje angélico, el orden de las entidades creadas, en términos de “cielo”, “tierra” y “mar”, hace evidente que la visión contiene una cita del cuarto Mandamiento, a fin de apuntar a la observancia del sábado y su mensaje como componentes esenciales de la conducta requerida frente al Juicio inminente. En el contexto de Éxodo 20, cuando la Ley fue dada a los israelitas, el sábado cumple, claramente, la función de “señal [sello] eterno” entre Dios y su pueblo (Éxo. 31:16, 17). En Apocalipsis, a la santidad del sábado como sello de Dios (Apoc. 7:3) se le opone el domingo como el sello de la bestia (13:16), y esto motiva la fuerte advertencia del tercer ángel (14:9).

Paulien reitera que hay amplios paralelos verbales entre Apocalipsis 14:7 y el cuarto Mandamiento (Éxo. 20:8-11). Se destacan el personaje creador: “Dios”, la acción creadora: “hizo”, y las entidades creadas: “cielo”, “tierra” y “mar”. Esta es la estructura de ambos textos; suficiente para afirmar que, en el primer mensaje angélico, “hay un paralelo verbal, una alusión”, al cuarto Mandamiento. El contexto de ambos pasajes trata de la Creación y el Pacto. Hay, por lo tanto, “fuertes evidencias de que el autor del libro de Apocalipsis tenía en mente el cuarto Mandamiento cuando escribió Apocalipsis 14:7” (The Deep Things of God, p. 150). Además, Paulien reitera que, “cuando el autor del libro de Apocalipsis describe el llamado final de Dios a la humanidad en el contexto de la crisis final, él lo hace, de hecho, en términos de un llamado a adorar al Creador en el contexto del cuarto Mandamiento” (“Revisiting the Sabbath in the Book of Revelation”, p. 185).

De esa manera, ese evidente paralelo estructural dirige la atención hacia Éxodo 20 como el decisivo telón de fondo del mensaje del primer ángel en Apocalipsis 14:7. “Esto indica una clara intención, por parte del autor, de destacar el cuarto Mandamiento en el contexto del último llamado divino a la obediencia” (Paulien, The Deep Things of God, p. 150).

El paralelo entre Apocalipsis 14:7 y el cuarto Mandamiento de Éxodo 20 afecta, directamente, la interpretación del conjunto completo de las visiones de Apocalipsis 12 al 14, en las que la bestia de dos cuernos es uno de los protagonistas. Ese paralelo anticipa el meollo de la crisis, que estará enfocada en la obediencia y la adoración, en el contexto del día del Señor.

Sin embargo, además del paralelo verbal, existe también la alteración. En lugar de la última entidad creada referida en el Mandamiento “todo lo que en ellos hay” (Éxo. 20:11), el primer mensaje angélico habla de aquel que hizo “las fuentes de las aguas” (Apoc. 14:7). ¿Por qué es utilizada esta expresión en lugar de aquella usada en Éxodo 20? El investigador Henry M. Morris dice que en el primer mensaje el ángel agrega “la fuente de las aguas” al acostumbrado grupo de entidades creadas, más probablemente, “por causa de la asociación de esas fuentes con el primer juicio por medio del Diluvio, cuando ‘todas las fuentes del gran abismo se rompieron’ (Gén. 7:11)” (p. 266). En este caso, la expresión “fuentes de las aguas” (Apoc. 14:7) sirve para traer a la mente del lector la memoria del juicio divino por medio del Diluvio y, de esa manera, enfatizar la verdad que señala que Dios es un Dios de juicio. De ese modo, el sentido de juicio y destrucción inminente es reforzado por la alteración verificada en el mensaje angélico, que sustituye la entidad “todo lo que en ellos hay”, del cuarto Mandamiento, por “las fuentes de las aguas”, en referencia al Diluvio. Ese hecho reitera la solemnidad del anuncio.

De esta forma, tanto la referencia al mandamiento del sábado (Éxo. 20:11) como la alusión al Diluvio (Gén. 7:11), en el primer mensaje angélico, sirven para reforzar la idea de juicio como contenido de este mensaje. El Juicio se procesa según la Ley dada en el Sinaí, con énfasis en el cuarto Mandamiento, y es ejecutado por el mismo Dios que una vez sumergió al mundo en las aguas del Diluvio.

Esa curiosa construcción del llamado divino sirve además para indicar que los mensajes angélicos son dados en un momento en el que los habitantes de la Tierra no solo ignoran el relato de la Creación en seis días literales y del Diluvio universal e histórico, sino también se vuelven antagonistas al adherirse a la creencia en la Teoría de la Evolución. En este sentido, el mensaje es una advertencia para las personas de ese contexto histórico en el que una gran “anticreencia” se ha levantado en relación con la historicidad de Génesis 1 al 11, con un creciente rechazo de la Creación y el Diluvio como obras divinas.

En ese contexto de “anticreencia” en relación con la Creación y con el Diluvio, Dios suscita un movimiento profético con un mensaje claro y específico, que llama a las personas a adorar al verdadero Dios, a obedecer su Ley y a guardar el sábado como memorial de la Creación. El papel del pueblo de Dios en el tiempo del fin, por lo tanto, es predicar el triple mensaje angélico escatológico. Este pueblo es descrito como aquellos que “guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús” (Apoc. 12:17).

La predicación de los tres ángeles, entonces, exalta a Dios, anuncia la hora del Juicio y llama a las personas a obedecer la Ley de Dios, norma del Juicio divino. El llamado del primer ángel retoma la observancia del sábado y trae a la memoria el juicio por medio del Diluvio. Esa predicación, naturalmente, enfurece al dragón.

El clímax del Gran Conflicto

La proclamación del mensaje de los tres ángeles inicia el clímax del gran conflicto entre Cristo y el enemigo, que está enfocado directamente en la Ley de Dios. La ira del dragón es expresada en términos de persecución contra los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús (Apoc. 12:17), mediante la acción conjunta de la primera bestia y la bestia de los dos cuernos (13:12).

Describiendo los movimientos precursores de esa crisis final, el capítulo 12 da margen para que se busque una mayor comprensión en relación con el inicio del Gran Conflicto en el cielo, y su desarrollo en la Tierra con el nacimiento, la muerte y la resurrección de Cristo, lo que resultó en la derrota definitiva del enemigo de Dios (Apoc. 12:7-9; ver Gén. 3:15) y la vindicación de la justicia divina. Vencido, el enemigo de Cristo sabe que tiene poco tiempo para actuar en la Tierra, lo que motiva su intensa persecución de la iglesia de Dios (Apoc. 2:13), que está representada en la figura de la mujer pura (12:1). Por 1.260 años, la iglesia sobrevive a los ataques del dragón y de la primera bestia (13:1) en el desierto, o la Edad Media. Luego, regresa a la escena. Ese retorno de la iglesia (12:16) debe ser entendido como el inicio de la proclamación de los mensajes angélicos, a partir de 1844, cuando la verdad comienza a ser restaurada en la Tierra. En su furia contra la iglesia, el dragón agrega dos aliados a su causa. Ellos son representados por la bestia de siete cabezas, que sube del mar, y por la bestia de dos cuernos, que emerge de la tierra (13:1, 11).

La primera bestia de Apocalipsis está asociada con el cuerno que tenía ojos y boca de hombre, surgida del cuarto animal espantoso y terrible, de Daniel 7:8. Ella representa el imperio de los papas. El cuarto animal de Daniel tenía diez cuernos (Dan. 7:7); y la bestia de Apocalipsis, por su parte, tiene siete cabezas y diez cuernos (Apoc. 13:1). Ambos símbolos exhiben una boca que, en el cuarto animal de Daniel, hablaba con insolencia (Dan. 7:8, 20) y, en la bestia, habla con arrogancia y profiere blasfemias (Apoc. 13:5). Una relación bien clara es establecida entre esos dos símbolos que: (1) tienen diez cuernos; (2) su boca pronuncia arrogancias contra Dios; (3) actúan durante 1.260 años, o por “un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo” (Dan. 7:25) o, también, por “cuarenta y dos meses” (Apoc. 13:5); y (4) persiguen a los santos del Altísimo (Dan. 7:21; Apoc. 13:7). Después de su fuerte actuación por 1.260 años, desde el año 538 a.C. hasta poco después de la Revolución Francesa, en 1798, la bestia tiene una de sus cabezas herida de muerte.

Esa herida de muerte fue el arrebatamiento de su autoridad civil persecutoria. El secuestro del poder político-militar de las manos del Papado abrió un vacío en el mundo religioso que resultó, en el inicio del tiempo del fin (año 1798), en el resurgimiento de la iglesia de Dios y en la restauración de la verdad bíblica sobre los Mandamientos de Dios y de la fe de Jesús, mediante el inicio de la proclamación de los tres mensajes angélicos.

En vista de esa pérdida de espacio frente al redescubrimiento de la verdad, y la restauración de la Ley de Dios y de la observancia del sábado como sello de Dios, el enemigo de los santos suscita a un nuevo aliado: la bestia de dos cuernos. Ella deberá curar la herida de muerte de la primera bestia y restaurar su autoridad para perseguir al pueblo de Dios, lo que configura la reacción del dragón ante la exaltación de la Ley de Dios. La coalición entre el dragón y las dos bestias marca los últimos movimientos en el gran drama del pecado, el clímax del Gran Conflicto, cuando Satanás “sabe que le queda poco tiempo” (Apoc. 12:12).

La bestia de dos cuernos

Para hacer frente al avance de la verdad divina, Satanás utiliza la “bestia de dos cuernos” (Apoc. 13:11), también llamada “falso profeta” (19:20). El surgimiento de esa bestia es un factor decisivo en la fase final del gran conflicto entre Cristo y el dragón, entre el remanente fiel de Dios y los seguidores de la bestia.

La aparición de la bestia de dos cuernos es descrita con el verbo griego anabainõ (Apoc. 13:11), que significa “ascender” o “surgir”. Ese término “llama la atención al proceso de emerger”, describe un proceso de aparición gradual. “El profeta ve la acción en pleno desarrollo” (Nichol, ed., t. 7, p. 834). Esta bestia emerge de la “tierra”, mientras que la primera surgió del “mar” (Apoc. 13:1) igual que los cuatro animales de Daniel (Dan. 7:2). En la profecía apocalíptica, “mar” representa “pueblos” y “naciones” (Apoc. 13:1; 17:1, 2, 8); entonces, los imperios babilónico, medo-persa, griego, romano y papal se levantarían en procesos de conflicto contra otras naciones y otros imperios establecidos. A su vez, en contraste con el “mar”, la “tierra” representa una región “no civilizada” o “no poblada” desde la perspectiva de los receptores originales de la visión, para quienes el mundo estaba circunscrito a los dominios del Imperio Romano. “Esta nueva nación no se levantaría mediante guerras y conquistas, sino que llegaría a ser grande en una región de pocos habitantes” (Nichol, ed., t. 7, p. 834).

La bestia de dos cuernos, según la descripción visual, parecía un cordero, pero “hablaba como dragón” (Apoc. 13:11). Al describir sus principales actividades, se dice que “ejerce toda la autoridad de la primera bestia en presencia de ella, y hace que la tierra y los moradores de ella adoren a la primera bestia, cuya herida mortal fue sanada” (vers. 12). Ella le da “aliento”, o vida, “a la imagen de la bestia” (vers. 15). Por medio de grandes señales, incluyendo “fuego” que hace descender del cielo a la Tierra, seduce a los habitantes de la Tierra y ordena que “hagan una imagen a la bestia” (vers. 13, 14), siendo ella misma llamada “la imagen de la bestia” (vers. 15). Cuando restaura la “imagen de la bestia”, además, hace que sea colocada “una marca en la mano derecha, o en la frente” (vers. 16), imponiendo un régimen de intolerancia por el que “ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre” (vers. 17). Finalmente, ella busca matar a los que no adoraran a la bestia (ver vers. 15).

Curiosamente, aunque están relacionadas, la bestia y la imagen de la bestia son mencionadas como dos poderes distintos (Apoc. 14:9, 11; 15:2; 19:20; 20:4). Esto permite relacionar la imagen de la bestia con un poder religioso que estará asociado al Papado, para perseguir al pueblo de Dios en el fin de los tiempos: el poder estadounidense, consecuencia también de la unión de la Iglesia y el Estado.

Herida curada

Una de las primeras acciones de la bestia de dos cuernos, descrita en Apocalipsis, es restaurar a la primera bestia. La herida mortal en una de las cabezas de la primera bestia (Apoc. 13:3, 12) representa la retirada de su poder sobre las naciones de la Tierra, hecho que señaló el final del período de los 1.260 años de su primera actuación. Esa herida también es descrita como el cautiverio o herida de espada (ver Apoc. 13:10, 14). La ascensión de la bestia de dos cuernos hace posible que la bestia de siete cabezas reasuma su autoridad. De esa manera, mediante la acción de la segunda bestia, la herida mortal es curada, y toda la Tierra se maravilla frente a ella y la adora, diciendo: “¿Quién como la bestia?” (Apoc. 13:4). El texto dice que “la adoraron todos los moradores de la tierra” (Apoc. 13:8). El teólogo adventista Frank B. Holbrook dice que de este modo, mediante su asociación con la bestia de dos cuernos, la primera bestia se prepara para cumplir su papel en el tiempo del fin (p. 1.108).

La restauración de la herida mortal representa la vindicación del poder papal, y la restitución de su prestigio y su influencia en el mundo, perdidos frente a la aparición de la Modernidad, y la ascensión de la libertad y de la autonomía de las naciones y de los individuos. En la descripción del mismo poder religioso perseguidor, usado por el dragón, la visión de Apocalipsis 17 presenta la figura de una ramera, “sentada sobre muchas aguas” (Apoc. 17:1); es decir, “pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas” (17:15), quienes entregarán su libertad y autonomía al poder papal restaurado. Habiendo sido curada su herida por el poder de la bestia de dos cuernos, la ramera, es decir, el poder religioso descrito por la bestia de siete cabezas, asumirá el control de las naciones de la Tierra, ejerciendo dominio nuevamente “sobre los reyes de la tierra” (17:18).

Frente a la proclamación global de los tres mensajes angélicos, que restauran sobre la Tierra el conocimiento de la verdad y de la Ley de Dios, y anuncian el Juicio, el enemigo del Señor emprenderá un último y gigantesco esfuerzo. El profeta de Patmos vio que “tres espíritus inmundos a manera de ranas” salían de “la boca del dragón, y de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta [bestia de dos cuernos]” (Apoc. 16:13) y se dirigían “a los reyes de la tierra” (13:14), que son las personas influyentes de todo el mundo. Estos espíritus representan fuerzas religiosas y espirituales, que realizan señales y maravillas a fin de lograr el apoyo y la influencia de estos poderosos de la Tierra en favor de la bestia, en la embestida final del dragón contra Dios y los observadores de su Ley.

La adhesión de todo poder político-militar mundial a la causa del dragón, consecuencia de la influencia de la bestia de dos cuernos y de los espíritus inmundos, llevará al mundo entero a adorar a la bestia y a obedecerle, lo que resulta en la curación de su herida. Literalmente, las personas también adorarán al propio dragón (ver Apoc. 13:4).1 Con la restauración de su influencia y de su poder en el mundo, la bestia será adorada, y de ella se dirá: “¿Quién como la bestia, y quién podrá luchar contra ella?” (Apoc. 13:4). Sin embargo, su juicio está en marcha. Como se dio en la antigua Babilonia, que fue pesada y encontrada en falta (Dan. 5:27, 28), la Babilonia mística que resulta de la coalición de las fuerzas del dragón y de las bestias es juzgada, condenada y destruida por Dios (Apoc. 18).

Fuego del cielo

Apocalipsis 13 también dice que la bestia incluso “hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres” (Apoc. 13:13). Paulien afirma que, en el libro de Apocalipsis, cerca de dos mil conceptos, ideas y palabras son extraídos del Antiguo Testamento, siendo este su llave interpretativa (The Deep Things of God, p. 101).

Esta imagen remite al monte Carmelo, en el episodio en el que el profeta Elías desafía a los profetas de Baal para que se probara quién era el verdadero Dios. La prueba tenía que ver con la señal de hacer descender del cielo fuego que consumiera la ofrenda sobre el altar (ver 1 Rey. 18:22-39). Elías dice: “el Dios que respondiere por medio de fuego, ese sea Dios” (1 Rey. 18:24). De ese modo, la historia del monte Carmelo se repetirá, pero con una diferencia decisiva: el fuego que descenderá del cielo lo hará sobre “el altar equivocado” (Paulien, Armageddon at the Door, p. 76). La presunción de la bestia de dos cuernos de ordenar que se adore la “imagen de la bestia”, como si fuese Dios, la llevará a imitar la acción divina en el monte Carmelo, en una falsificación de la manifestación del “fuego del cielo” como prueba de la divinidad.

Jesús hizo una clara distinción entre la fe resultante de escuchar y de creer en la Palabra de Dios y aquella que es despertada por señales (Juan 20:29). Creer en la Palabra de Dios será la gran prueba. Los siervos de Dios no sucumbirán ante la evidencia de los sentidos en detrimento de la fe que confía en aquello que no se puede ver ni tocar (Heb. 11:1).

Las personas necesitan saber que los que confían primeramente en sus sentidos van a sucumbir al engaño. Además de los cinco sentidos, existe la realidad superior que solo puede ser experimentada en Cristo. La realidad superior de la fe es percibida con la ayuda de las Sagradas Escrituras y no es normalmente alcanzada solo por los sentidos. La experiencia del monte Carmelo se repetirá al final de los tiempos, en favor de la trinidad falsificada. En aquella ocasión, toda evidencia de los ojos y de los oídos dirá que estamos equivocados en seguir la Biblia. (Paulien, Armageddon at the Door, p. 77.)

Elena de White dice que “solo quienes hayan sido estudiantes diligentes las Escrituras y hayan recibido el amor de la verdad serán protegidos de los poderosos engaños que cautivarán al mundo. Merced al testimonio de la Biblia detectarán al engañador debajo de su disfraz” (El conflicto de los siglos, p. 683).

Ataque a la Ley de Dios

Porque exaltan la Ley de Dios, la proclamación de los tres mensajes angélicos despertará la ira del dragón. Frente a esta realidad, una de las principales acciones de la bestia de dos cuernos está dirigida contra la Ley y la obediencia a ella.

La unión de las bestias resulta en un movimiento global de intolerancia (Apoc. 13:12), en el que las personas son selladas con una “marca” (13:16). Este hecho legaliza en todo el mundo la desobediencia a la Ley de Dios, algo que caracteriza el gobierno de Satanás.

El enemigo de Dios se enfurece por causa de la restauración de la Ley de Dios y de la exaltación del Creador, Jesucristo, el Señor del sábado (Mat. 12:8). En realidad, toda restauración de la Ley divina y de la adoración al verdadero Dios, en el contexto del Gran Conflicto, es seguida por una persecución y una fuerte tentación que hacen evidente la ira del enemigo. Eso ocurre porque, desde el inicio de la rebelión en el cielo, el Gran Conflicto siempre tuvo que ver con la Ley de Dios. Lucifer acusó a Dios de ser injusto y tirano, de privar a sus criaturas de la libertad y de imponer reglas severas de obediencia. El contexto del surgimiento de la rebelión en el cielo ayuda a entender el clímax del conflicto en la Tierra.

Elena de White dice que, en el principio, cuando Dios exaltó a Cristo como Dios y Señor frente a todos los ángeles, Lucifer, el ángel de luz, “tuvo envidia de él [Cristo]”. Lucifer quería la posición y el comando que pertenecían únicamente al Hijo de Dios (La historia de la redención, p. 15). Una vez que Cristo fue coronado y exaltado, Lucifer reunió a los ángeles sobre quienes tenía una gran influencia y les dijo que “de allí en adelante toda la dulce libertad de que habían disfrutado los ángeles llegaría a su fin”, pues ahora había sido puestos sobre ellos “un gobernador” a quien deberían “tributar honor servil”. Él atrajo a muchos simpatizantes a su causa, quienes promovieron una rebelión, pretendiendo “reformar el gobierno de Dios” en beneficio de más libertad (ibíd., pp. 16, 17).

Como parte de su campaña, el acusador promovía “un nuevo y mejor gobierno” en el que todos serían “libres” en relación con la Ley de Dios. Lucifer afirmaba que la Ley de Dios requería “obediencia servil” y que, si él se sometía a eso, “se lo despojaría de su honra” (ibíd., p. 18). De esa manera, por causa de su pretensión de recibir la adoración que es exclusiva del Creador, él inició una rebelión dirigida contra la inmutable Ley de Dios, un camino sin retorno, pues él y sus seguidores fueron expulsados del cielo (ibíd., p. 21).

En el libro El conflicto de los siglos, Elena de White afirma que, “en su afán por desacreditar los preceptos divinos, Satanás ha pervertido las doctrinas de la Biblia, y de esta manera se han incorporado errores en la fe de millares de personas que profesan creer en las Escrituras”; y que “el último gran conflicto entre la verdad y el error no es más que la última batalla de la controversia que se viene desarrollando desde hace mucho tiempo con respecto a la Ley de Dios” (p. 639).

El tema del Gran Conflicto con enfoque en la Ley es tan predominante en el pensamiento de Elena de White que, a lo largo de El conflicto de los siglos, ella realiza cerca de 300 referencias directas a la Ley de Dios, nombra más de 50 veces los Mandamientos divinos y menciona el sábado más de 100 veces. En todos sus escritos reunidos en el CD “Ellen G. White Writings”, versión de 2008 (del Ellen G. White State), una búsqueda con la expresión “Ley de Dios” [Law of God] es respondida con nada menos que 4.335 resultados; “sábado” [Sabbath] tiene más de 6.000 menciones; y “séptimo día” [seventh-day], 1.884; además, “Mandamientos de Dios” [Commandments of God] aparece 1.824 veces.

Esas referencias son una evidencia de la profunda comprensión de Elena de White acerca de la esencia del gran conflicto desencadenado por Lucifer como una guerra en contra de la Ley de Dios, la expresión del carácter divino.

Estas innumerables referencias no pueden ser tomadas superficialmente como una evidencia de legalismo o de apego a la Ley por parte de Elena de White. En realidad, reflejan que tanto Elena de White como los demás pioneros adventistas tenían conciencia de la misión específica, atribuida al remanente escatológico y asumida por ese grupo, de restaurar la obediencia a la Ley de Dios en la Tierra, en el contexto del clímax del Gran Conflicto. Ese tema es parte de la esencia del mensaje adventista a tal punto que se hace presente en el nombre elegido para ese movimiento.

Sin embargo, ser conscientes de la misión de restaurar la verdad de la Ley de Dios y del sábado, y preocuparse por cumplirla, no oscureció la visión adventista de la gracia de Dios y de la salvación, la esencia del evangelio. En una investigación en el mismo CD (Ellen G. White Writings), se mencionan 1.964 veces “gracia de Cristo” [grace of Christ], 913 “sangre de Cristo” [blood of Christ], 768 “sangre del Cordero” [blood of the Lamb], y nada menos que 10.378 veces “salvación” [salvation] y otras 2.879 “redención” [redemption].

En la Tierra, Satanás llevó a Adán y a Eva a pecar insinuando que Dios los privaba de la libertad. Una vez que Satanás fue expulsado y llegó a este mundo, el Gran Conflicto se siguió desarrollando con la Ley de Dios como foco principal. Siempre que ella es exaltada y la obediencia es requerida, la ira del diablo contra Dios se intensifica en la persona de quienes son leales.

En el Sinaí, mientras Dios le daba a Moisés la Ley escrita en tablas de piedra para los hijos de Israel (Éxo. 31:18), el pueblo, que había quedado al pie del monte, hizo para sí un becerro de oro, delante del cual se postró. La entrega de la Ley fue seguida por la más condenable idolatría (Éxo. 32:6, 21, 22, 25); por este motivo, Moisés quebró las tablas recién escritas (Éxo. 32:19) y ordenó la muerte de más de tres mil personas (Éxo. 32:28).

Cuando Esdras y Nehemías retornaron de Babilonia para restaurar y edificar Jerusalén, y restablecieron la obediencia a la Ley de Dios y la observancia del sábado (Neh. 8:2-8; 10:29; 13:13-22), los enemigos de alrededor fueron incitados a guerrear contra ellos y a intentar impedir la obra de Dios (Esd. 4; Neh. 6). Lo mismo ocurre cuando los tres mensajes angélicos son proclamados en el mundo, con la consecuente restauración de la Ley de Dios y de la observancia del sábado.

Apocalipsis 12 al 14 se enfoca en el clímax del Gran Conflicto, con la controversia sobre la Ley de Dios en el centro, y hay un paralelo estructural entre esta porción del libro y los Mandamientos de Dios. Los santos son aquellos que “guardan los mandamientos de Dios” (Apoc. 12:17; 14:12). Por contraste, la bestia que surge del mar reivindica la adoración a sí misma, contrariamente al primer Mandamiento (Apoc. 13:4, 8; Éxo. 20:3). La bestia de dos cuernos que surge de la tierra ordena que las personas hagan una imagen a la bestia y adoren esa imagen, contrariamente al segundo Mandamiento (Apoc. 13:12-15; Éxo. 20:4-6). Ella seduce a los habitantes de la Tierra por medio de mentiras, quebrando el mandamiento contra el falso testimonio (Éxo. 20:16). Ordena la muerte de aquellos que obedecen a Dios, quebrando el sexto Mandamiento (Éxo. 20:13). Ese poder impone la marca de la bestia (Apoc. 13:16) en oposición al sello de Dios (Apoc. 7:3), contrariando el cuarto Mandamiento (Éxo. 20:8-11).

Entendiendo que la Ley de Dios es el foco del clímax del Gran Conflicto, descrito en Apocalipsis 12 al 14, la marca de la bestia también debe ser entendida dentro de ese contexto. De esa manera, la marca que es para ser colocada “en la mano derecha, o en la frente” (Apoc. 13:16) nada tiene que ver con algún instrumento o con alguna tecnología que pueda aplicarse para identificar a las personas con base en algún dato externo. En realidad, cuando la Ley le fue dada al pueblo de Israel, Moisés recomendó claramente: “Y estas palabras que yo te mando hoy [los Diez Mandamientos], estarán sobre tu corazón [...] y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos” (Deut. 6:6-8, énfasis añadido). Es decir, la señal o marca para ser colocada sobre la mano y sobre la frente fue originalmente dada por Dios, y esa señal era su Ley. La señal debía destacar al pueblo de Dios como obediente y leal a la voluntad de Dios, lo que era una vindicación del carácter de este en el contexto del Gran Conflicto.

Después de volver a escribir los Diez Mandamientos (Deut. 10:4), Dios recomendó que se guardaran “todos los mandamientos” (11:8) y reiteró que el pueblo no dejase que su corazón se engañara y sirviera a otros dioses (11:16). Además, dice: “Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos” (11:18, énfasis añadido). De esa manera, la señal o la marca impuesta por la bestia (Apoc. 13:16), en el clímax del Gran Conflicto, apunta claramente a una sustitución de Ley de Dios y de la lealtad del pueblo. La marca de la bestia apunta a otra ley, otro mandamiento, dado para ocupar el lugar de la Ley de Dios. Y pretende la bestia que esta marca sea colocada en el mismo lugar en el que Dios recomendó a sus siervos que ataran su Ley: en el corazón, en la mano y en la frente, símbolos, respectivamente, de amor, acción o trabajo, y convicción.

Naturalmente, el sello de Dios tiene su expresión distintiva en la observancia del sábado, mientras que la marca de la bestia tiene su expresión visible en la observancia del domingo, la falsificación del sábado.

El Remanente

En el libro de Apocalipsis, la fidelidad a la Palabra y los Mandamientos de Dios, y al testimonio de Jesucristo, separa a los fieles de los infieles, y provoca la persecución de los primeros, especialmente en el contexto de la actuación de la bestia de los dos cuernos (Strand, p. 578).

El contraataque del dragón, mediante la asociación de las dos bestias, resulta en intolerancia hacia el pueblo de Dios y su persecución, tomando en cuenta que ese pueblo proclama la hora del Juicio divino, y llama a las personas a adorar al Creador de los cielos y de la Tierra.

La tensión entre los mensajeros de Dios, representados por los tres ángeles de Apocalipsis 14:6 al 12, que proclaman la verdad divina y la trinidad de las tinieblas (el dragón, la bestia y la bestia de dos cuernos), llega a su clímax cuando desciende del cielo el cuarto ángel, que tiene gran autoridad y cuya gloria ilumina toda la Tierra (Apoc. 18:1). Este ángel representa el movimiento de proclamación de los tres mensajes angélicos revestido del poder del Espíritu Santo, cuya voz tiene alcance global, y expone la verdad divina y, como consecuencia, desenmascara los pecados de Babilonia y la triple unión entre el dragón y las dos bestias.

Esta situación da inicio a lo que se ha llamado Armagedón, que no es un gran combate escatológico, definitivo y mundial entre las naciones (como piensan hoy muchos cristianos y lo creyeron algunos adventistas en tiempos pasados), sino un conflicto de naturaleza religiosa y espiritual. El “Armagedón se presenta como la batalla culminante entre las fuerzas del bien y del mal, que comenzó en el cielo y terminará en la Tierra (Apoc. 12:7-9, 12). Armagedón se caracteriza como ‘la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso’ (Apoc. 16:14). Por lo tanto, coincide con el día del Juicio divino universal” (Holbrook, p. 1.121).

En toda la historia del Gran Conflicto, Dios tiene un pueblo fiel que mantiene una alianza con él. En diversos momentos, como en los tiempos de Noé, de Abraham, de Elías, de Esdras y de Nehemías, el pueblo fiel a la alianza fue apenas un remanente, los pocos que permanecieron fieles cuando la mayoría abandonó el camino divino. La persistencia de ese remanente siempre despierta la ira del enemigo de Dios, ya que el mantenimiento de las leyes divinas y la obediencia a ellas prueban que son falsas las acusaciones que Lucifer hizo respecto del gobierno eterno de Dios. De esa manera, cuando se intensifique el Gran Conflicto con la generalización del error y la desobediencia, Dios tendrá un grupo fiel y obediente, que mantendrá la creencia en su Palabra.

El texto de Apocalipsis 12 al 14 muestra que, al final de los tiempos, en el clímax del Gran Conflicto, un pequeño grupo mantendrá la fe verdadera en Cristo. Ese grupo es llamado resto, o Remanente (Apoc. 12:17). El contexto amplio de la acción del dragón por medio de la bestia y del falso profeta, en la imposición de una marca de naturaleza religiosa, muestra que la religión será una experiencia difundida en todo el mundo. Sin embargo, un remanente guardará la Palabra de Dios, y permanecerá fiel a los Mandamientos divinos y al testimonio de Jesús. Con esa actitud apoyada en el poder victorioso de la sangre del Cordero (vers. 11), el remanente escatológico reivindicará la justicia de Dios en el clímax del Gran Conflicto.

Ese remanente tiene la promesa divina de liberación. Frente a la imagen de la bestia, erguida delante de todo el mundo, y del llamado a adorarla, ellos se acordarán de Sadrac, de Mesac y de Abednego, que no se inclinaron para adorar la imagen construida por Nabucodonosor (Dan. 3:5, 8). Las personas que componen el Remanente tendrán la certeza de que el Hijo de Dios, que estuvo en el horno ardiente con los amigos de Daniel, también está con ellos, (Apoc. 1:12, 13), y ha derramado sobre ellos su gracia y el poder de su sangre, para alcanzar la victoria definitiva sobre el dragón y las bestias (12:11).

Apocalipsis 12 al 14 ocupa el centro de las visiones apocalípticas de Juan. La estructura del libro destaca ese conjunto de visiones que describen el clímax del gran conflicto entre Dios y Satanás. Habiendo comenzado en el cielo, el Conflicto tiene como núcleo la lealtad a Dios por medio de la obediencia a su Ley. El origen fue la soberbia de Lucifer, que deseó ser adorado y merecedor de la honra debida solamente a Cristo como Creador.

En el auge del Gran Conflicto, Dios suscita en la Tierra a un grupo leal de santos que guardan su Ley y mantienen el testimonio de Jesús. Esas personas proclaman los últimos mensajes de advertencia al mundo, con el llamado a adorar a Dios y guardar sus mandamientos. Su predicación desenmascara a la falsa trinidad: el dragón, la bestia y el falso profeta. A su vez, advierte al mundo del peligro de recibir, sobre la mano o en la frente, la marca de la bestia; y llama a las personas a recibir el evangelio eterno y a ser salvas frente al Juicio.

La proclamación global del último llamado divino bajo la gloria del cuarto ángel (Apoc. 18:1) va a despertar la ira de Satanás. El dragón y las dos bestias, poderes terrenales que él usa para sus propios fines, conducen al mundo a un régimen de intolerancia en el que aquellos que obedecen la Ley de Dios son condenados. En una campaña de falsificación de las obras de Dios, la segunda bestia realiza innumerables señales, con las que seduce a las personas en todo el mundo; busca restaurar la imagen de la bestia y lograr que sea adorada, y que se obedezca su ley en lugar de la Ley divina.

La bestia de dos cuernos, por lo tanto, representa una entidad que desempeña un papel crucial en el clímax del Gran Conflicto. Ella apunta hacia un poder terrenal e imperial –un poder político, religioso y militar– que, en el final de los tiempos, será colocado al servicio del dragón, en oposición a Dios. Esta bestia es descrita como teniendo dos cuernos, que la hacen parecer un cordero, pero hablando, de hecho, como dragón; ambos personajes principales del libro de Apocalipsis.

La interpretación de esta visión apocalíptica y la consecuente identificación de esa entidad escatológica es una característica exclusiva de la visión profética adventista del séptimo día. El próximo capítulo trata sobre el modo en que se desarrolló esa interpretación entre los investigadores adventistas.

1 Paulien dice que un aspecto sorprendente en el libro de Apocalipsis es la constante referencia a la adoración. “Sin dejar de lado las extrañas bestias, la violencia y el lenguaje militar, el libro de Apocalipsis no está completo sin las menciones a la adoración divina. Es casi imposible leer el libro y no notar cuán central es la adoración. Apocalipsis está lleno de himnos, imágenes del Santuario y escenas de adoración” (The Deep Things of God, p. 102. Ver, como ejemplo, Apoc. 5:8-14).

Capítulo 2
LA INTERPRETACIÓN ADVENTISTA DE APOCALIPSIS 13

La relación de los adventistas del séptimo día con las profecías es un factor constante en su historia. Desde el movimiento del Advenimiento, iniciado por Guillermo Miller en la década de 1830, hasta el desarrollo institucional global de la iglesia, las profecías han sido una fuente de referencia e identidad.

El objetivo de este capítulo es realizar una breve reseña histórica sobre el desarrollo de la interpretación adventista de Apocalipsis 13:11 al 18, desde las primeras publicaciones que trataron el tema en el inicio de la década de 1850, pasando por la contribución de John N. Andrews, hasta el desarrollo pleno de la interpretación en el libro El conflicto de los siglos, de Elena de White, en los años de 1880.

Profecía e historia

Los adventistas del séptimo día han practicado la interpretación historicista de las profecías. Ese método interpretativo considera las acciones divinas como soberanas en relación con la historia, y el cumplimiento de las profecías lo ve a lo largo de todo el recorrido histórico, con la previsión de imperios y poderes sociopolíticos, por ejemplo; incluso los períodos de tiempo son claramente revelados.

Guillermo Miller inició sus estudios de las profecías para certificarse de que era falsa la alegación deísta que decía que Dios no interfiere en la historia humana. Él había sido un deísta, pero abandonó esa línea de pensamiento al encontrar, en su propia experiencia y en las Sagradas Escrituras, evidencias de que las profecías son capaces de predecir reinos, imperios y períodos proféticos.

La fecha de 1844 como el término de los 2.300 años de Daniel 8:14 es un punto central en esta comprensión de las profecías desde la perspectiva historicista. Después de Guillermo Miller, los adventistas guardadores del sábado (como se llamaba a los adventistas antes de la institución oficial de la iglesia, en 1863) continuaron viendo las profecías como revelaciones históricas por parte de Aquel que es el Señor de la historia.

El término “historicismo” describe “una escuela de interpretación profética que concibe el cumplimiento de las profecías de Daniel y de Apocalipsis como abarcadoras del período histórico desde los tiempos del profeta hasta el establecimiento del Reino de Dios en la Tierra” (Seventh-Day Adventist Encyclopedia [de ahora en adelante, SDA Encyclopedia], t. 10, p. 698). Las profecías de Daniel y Apocalipsis dan, por lo tanto, una visión panorámica de la historia desde el tiempo del profeta hasta el establecimiento del Reino de Dios en la Tierra (W. Johnson, p. 796). Según los historicistas, las profecías apocalípticas fueron dadas en ciclos de visiones que recapitulan el contenido de la visión anterior, y agregan nueva información o proveen una perspectiva ligeramente diferente respecto del mismo período histórico.

Se trata de un método de interpretación encontrado en la propia Biblia. “La validez del historicismo como método de interpretación de Daniel y de Apocalipsis es apoyada por el hecho de que el ángel intérprete en Daniel usó ese método al explicar el significado de las visiones del profeta” (SDA Encyclopedia, t. 10, p. 698). En visión, Daniel fue informado de que el sueño del rey (Dan. 2) presentaba cuatro reinos que surgirían en la historia humana antes de que el Reino de Dios fuera establecido (Dan. 2:36-45). Jesús también utilizó ese método cuando interpretó Daniel 9:26 y 27, al decir que se refería a la –entonces– futura destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. (Luc. 21:20-22).

En esta perspectiva historicista, la interpretación adventista de Apocalipsis 13 es muy objetiva al identificar entidades reales e históricas, así como acciones sociopolíticas concretas en cumplimiento de las visiones proféticas. Por ejemplo, los dos cuernos de la bestia (Apoc. 13:11), que hacen que se parezca a un cordero, son tomados como la representación de “dos notables características del sistema de gobierno norteamericano: libertad religiosa y civil, ambas garantizadas en la Constitución de los Estados Unidos” (Nichol, ed., t. 7, p. 834). La apariencia de cordero es vista como una indicación de que ese poder pretende tener una identificación con el Cordero del Apocalipsis (Cristo) por sus propuestas de paz y diplomacia, por su adhesión a la Biblia, por ser un nación predominantemente cristiana y por defender la libertad religiosa. Sin embargo, cuando habla, ese poder revela su verdadera identidad y forma, semejantes al dragón de Apocalipsis, que es el diablo.

Los dos cuernos, por lo tanto, son interpretados como la descripción de características objetivas e históricas del poder representado por la referida bestia. Los detalles pictóricos de la imagen hacen evidente la paradoja entre la apariencia y las acciones de ese poder, que habla de paz y libertad al mismo tiempo que actúa de forma opresiva y destructora.

Aunque la interpretación de la completa identidad del poder representado por esta bestia sea exclusivamente adventista, otros intérpretes de las Sagradas Escrituras ya habían indirectamente relacionado a la bestia de dos cuernos con el protestantismo reformado, en Europa y en los Estados Unidos de América. Sin embargo, no es evidente que los adventistas guardadores del sábado originalmente hayan tenido contacto con esas interpretaciones iniciales del símbolo.

Interpretaciones protestantes

El erudito adventista Leroy Edwin Froom realizó un sumario del desarrollo de la interpretación profética de Apocalipsis 13:11 al 18, en sus libros The Prophetic Faith of Our Fathers [La fe profética de nuestros padres] y Movement of Destiny [Movimiento del destino]. Según él, la identificación de la bestia de dos cuernos como representando a los Estados Unidos de América ya estaba consolidada en la interpretación adventista alrededor del año 1854. Los adventistas fueron los primeros que identificaron de forma clara la entidad por detrás del símbolo, ciertamente porque el poder referido en la profecía se relaciona, en forma directa, con los guardadores del sábado en los últimos días.

Sin embargo, hubo intentos de interpretación ya desde el siglo XVII. Froom afirma que, hasta el siglo XVIII, un vago concepto de la entidad representada en la visión era inevitable, dado que el desarrollo y el consecuente reconocimiento de la bestia de dos cuernos estaban reservados para los últimos días. Por eso, los primeros intentos de interpretación relacionaban el símbolo, de manera indefinida, con el protestantismo o los valores estadounidenses.

En la primera línea de interpretación que surgió, se relacionaba a la bestia con una posible reproducción de características papales en el protestantismo. El teólogo y predicador puritano inglés Thomas Goodwin fue el primero que vinculó la visión con el protestantismo, cuando las colonias británicas en Norteamérica todavía estaban en su estado formativo. Él concluyó, en 1680, que la segunda bestia de Apocalipsis debía ser la “imagen protestante del Papado en las iglesias reformadas” (Froom, Movement of Destiny, p. 122). Casi un siglo después, poco antes de la Revolución de los Estados Unidos, en 1776, el historiador bautista americano Isaac Bakus creyó que la interpretación de la segunda bestia debía apuntar hacia una “semejanza protestante con el Papado” (ibíd., p. 120).

Esta comprensión aproximada fue defendida por los estadounidenses congregacionalistas Jeremy Belknap y John Baco, respectivamente en 1798 y 1799. Ellos entendían que el símbolo debería apuntar hacia una entidad protestante. Sin embargo, buscaron identificar el significado de los cuernos y de relacionar a la bestia con ciertos valores de la incipiente nación estadounidense. Bacon afirmó que los dos cuernos representaban la “libertad civil y religiosa en los Estados Unidos” (ibíd., p. 123).

Esa relación entre los cuernos de la bestia y los valores estadounidenses emergentes era razonable, en ocasión de la Independencia, frente a las divergencias entre los protestantes puritanos y los unitaristas, los deístas y los masones (ver Boorstin, t. 6, p. 318; y Bullock, cap. 5). Contrariamente a los puritanos, estos tres grupos defendían una sociedad más abierta y pluralista que incorporara los valores de la libertad irrestricta, incluso la religiosa.

Tanto Goodwin y Backus como Belknap y Bacon eran intérpretes protestantes, y el abordaje de ellos era todavía bastante vago. Ellos no relacionaban a la bestia de dos cuernos con el protestantismo ni con la nación estadounidense, en sí mismos, sino con ciertos principios (papismo y libertad irrestricta) que se estaban infiltrando en la cultura protestante y la nación estadounidense. Posiblemente esos principios fueran fuente de preocupación para los protestantes puritanos, y tal preocupación fue expresada en la forma de una demonización de ellos, relacionándolos con la bestia de dos cuernos.

Esos esbozos de interpretación perdieron su importancia en las décadas siguientes y pudieron haber tenido poco o ningún impacto sobre los adventistas. De acuerdo con Froom, en el chasco adventista tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo, no hubo un interés claro por el significado del símbolo de la segunda bestia como estando relacionada con el protestantismo. En el movimiento millerita, Apollos Hale y Josiah Litch llegaron a indagar si la segunda bestia no sería Francia, por causa de la herida sufrida por el Papado, en 1798. Esa especulación sería más tarde descartada por los adventistas guardadores del sábado.

La interpretación de los pioneros adventistas

En el inicio de la década de 1850, los adventistas guardadores del sábado ya habían desarrollado una amplia interpretación profética a partir de la conexión entre Daniel 8:14 y el Día de la Expiación, o Juicio Investigador en el Santuario celestial. La comprensión del sábado como sello de Dios guio la mente de los adventistas hacia las profecías del libro de Apocalipsis, iniciando con el capítulo 11, versículo 19, donde Juan ve, en el Templo divino en el cielo, el Arca de Dios, que contiene las tablas de la Ley. El contexto del Juicio (Apoc. 14:6) y de la crisis final, en términos de la emergencia de un poder perseguidor, transgresor de la Ley de Dios y opuesto al pueblo remanente, ofreció las bases para un entendimiento más amplio y objetivo de la profecía de Apocalipsis 13:11, incluso de la marca de la bestia, que no fue aclarada en las incipientes interpretaciones protestantes anteriores. Eso se desarrolló en un período de aproximadamente cuatro años.

La primera referencia de los adventistas guardadores del sábado a esa profecía fue realizada por Jaime White, en The Present Truth [La Verdad Presente], en marzo de 1850. El periódico publicó una carta del hermano George W. Holt, quien decía, convencido: “Nosotros tenemos la verdad, y nuestra posición acerca de los Mandamientos de Dios y del testimonio de Jesús es correcta”. Para él, adorar a la bestia y a su imagen era equivalente a “guardar el primer día de la semana en lugar del séptimo”.

La visión del sábado como sello de Dios era la base de su comprensión del libro de Apocalipsis. En ese contexto, él entendía que la imagen de la bestia (es decir, la bestia de dos cuernos) era semejante, en carácter, a la primera bestia. De esa manera, Holt interpretaba que la apariencia de cordero de la bestia de dos cuernos apuntaba a su relación con el “protestantismo y el republicanismo” (Holt, p. 64). En esa carta, el hermano Holt tomaba las inciertas interpretaciones anteriores y relacionaba a la bestia de dos cuernos con dos entidades concretas –el protestantismo y el republicanismo– y no con algún principio que amenazara a esas entidades.

Aún en 1850, Jaime White publicó otra carta en The Present Truth. De North Plains, Michigan, el predicador adventista Hiram S. Case agradecía haber recibido luz sobre los Mandamientos de Dios y la fe en Jesús por medio de Samuel W. Rhodes. Habiendo aceptado esa verdad, comenzó a predicar, en su región, el mensaje adventista en conexión con la obediencia a los Mandamientos, incluyendo el sábado como sello de Dios. A causa de esto, enfrentó una fuerte oposición de otros religiosos protestantes.

En ese contexto, él escribió que, al comprender el mensaje de los Mandamientos de Dios, vino a su mente de forma bien clara la profecía de Apocalipsis 13:11. Siendo más específico que Holt, el hermano Case afirmó que, siendo el Papado una unión de la Iglesia con el Estado, “la imagen [la bestia de dos cuernos] debe ser como la cosa imitada”. Por lo tanto, “la imagen de la bestia está compuesta por la unión de la Iglesia y el Estado: iglesias protestantes y republicanismo” (Case, p. 85).

Case fue un predicador que tuvo una importante participación en la difusión del mensaje adventista a muchas regiones del –entonces– extremo noroeste estadounidense: Michigan, Ohio, Illinois y Wisconsin. Además fue autor de varios artículos. Su breve pero objetiva exposición sobre la marcada relación de la bestia de dos cuernos con la unión entre las iglesias protestantes y el Estado republicano, en el contexto del sello de Dios y de la marca de la bestia, está perfectamente ajustada a las visiones de Apocalipsis 12 al 14, según las cuales un poder perseguidor se levantará en los últimos días contra los que guardan los mandamientos de Dios. Esa interpretación de la profecía, aunque muy incipiente, fue realizada en un contexto de enfrentamiento entre la predicación del sábado como sello de Dios, en la que Case se encontraba comprometido, y la creencia de sus vecinos protestantes que guardaban el domingo y se oponían a él.

También Hiram Edson, ese mismo año, escribió acerca del tema, afirmando que “la bestia de dos cuernos es la Roma protestante” (p. 9). Él agregó, además: “El gran principio sobre el cual las iglesias protestantes se han fundado es el derecho a libertad de conciencia y la libre tolerancia. Esto es, en verdad, la semejanza de cordero” (ibíd.).

Froom menciona un cartel o un diagrama profético de la década de 1850 en que la bestia de dos cuernos fue definitivamente denominada como la imagen del Papado, o “la república protestante de los Estados Unidos de América” (Froom, The Prophetic Faith of Our Fathers, t. 4, pp. 1.074, 1.075).

En el inicio del año 1851, John N. Andrews, de 22 años, discutió la identidad de la bestia de dos cuernos de forma más amplia y objetiva, en un extenso artículo publicado por la Review and Herald, titulado “Thoughts on Revelation XIII and XIV” [Reflexiones sobre Apocalipsis 13 y 14]. El punto de partida del razonamiento de Andrews fue el siguiente: ya que el cuarto animal de Daniel 7, la misma bestia herida de muerte vista por el apóstol Juan, no le otorga su trono a otro poder después de él, la segunda bestia de Apocalipsis 13 debe ser localizada afuera de los diez reinos representados en la cabeza de la primera bestia. “No podemos tomar los cuernos de la cuarta bestia para constituir otra bestia”, ponderó. De esa manera, Andrews entendió que la segunda bestia era “otro poder, distinto de la primera”, en cuya presencia la primera es curada de su herida. Siendo que “la herida de muerte” (Apoc. 13:3, 12) representa la pérdida de los poderes civiles por el Papado en 1798, la segunda bestia representa “un poder contemporáneo”, perteneciente al tiempo del fin (Andrews, “Thoughts on Revelation XIII and XIV”, p. 82). Siendo así, Andrews descartó la posibilidad de que esa entidad fuese europea.

Otro argumento de Andrews fue de naturaleza geográfica: “El curso del imperio, comenzando con el primer gran imperio próximo al Jardín del Edén, ha estado siempre moviéndose hacia el occidente. Así, el trono de los imperios Babilónico y Medo-Persa estaba en Asia. El de los imperios de Grecia y de Roma estaba en Europa. El Imperio Romano, en su condición de Estado dividido por los diez cuernos, ocupa todo el territorio restante hacia el occidente hasta el océano Atlántico. Por lo tanto, nosotros todavía miramos hacia el occidente (del Viejo Mundo) para encontrar el surgimiento del poder descrito en esta profecía [Apoc. 13:11]” (ibíd., pp. 82, 83).

Andrews propuso que, a la luz de Apocalipsis 13 y 14, ese será el último imperio con el que el pueblo de Dios estará relacionado, y por el cual será perseguido a causa de la obediencia a la Ley de Dios.

El joven teólogo comentó que los cristianos reformados, en busca de más libertad civil y religiosa, no establecieron un poder, en América del Norte, derribando a otro poder, sino edificándose a sí mismos y construyendo una civilización en tierra habitada por los indios. Él recordó que, en “una tierra no cultivada, ellos [los protestantes] lanzaron la fundación de un nuevo Gobierno”. Por lo tanto, “ese poder surgió de la tierra”. Basándose en esto, Andrews concluyó objetivamente: “Nosotros entendemos que estos [dos] cuernos representan el poder civil y religioso de esta nación [Estados Unidos de América]: su poder civil republicano y su poder eclesiástico protestante” (ibíd., p. 83).

Descartando otras interpretaciones de la profecía, Andrews mostró también que, como símbolos, los cuernos no representan los imperios en sí mismos, sino el poder o dominio que los imperios ejercen sobre las otras naciones. Cuando el poder fue retirado de los imperios de Babilonia, de Medo-Persia y de Grecia, estos pueblos continuaron existiendo como naciones. De esta forma, los cuernos no representan el protestantismo o la nación estadounidense, sino el poder o el dominio que la Nación va a ejercer sobre el pueblo de Dios. “Las bestias representan las naciones que constituyen diferentes reinos y los cuernos de las bestias representan el Gobierno civil o los gobiernos de esas naciones” (ibíd.).

Andrews afirmó que ningún poder civil puede ser como el republicanismo estadounidense en su semejanza a un cordero, lo que le da al ciudadano la facultad de elaborar leyes y elegir quién las ejecuta. En este contexto, él citó la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América: “Todos los hombres son creados iguales [...] dotados [...] de ciertos derechos inalienables [...] [como] la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Y afirma que ninguna religión puede asemejarse más al cordero que el protestantismo, que reconoce el derecho de un juicio privado en materia de conciencia y para el que “la Biblia es la única religión” (ibíd.).

Para el pionero adventista, ese poder que habla como dragón, y que le da aliento a la imagen a la bestia, es el engaño que sobrevive a lo largo de la historia de la nación estadounidense. “Una imagen de la bestia debe ser otra iglesia investida del poder y de la autoridad civil para llevar a los santos de Dios a la muerte. Esto no es nada más que la corrompida y fallida iglesia protestante” (ibíd., p. 84).

Aunque Andrews haya realizado un amplio análisis sobre diferentes aspectos de la profecía, él no utilizó la expresión “Estados Unidos” en conexión directa con el símbolo de la segunda bestia. Él habló de “esta nación”. En 1854, la Review and Herald volvió a hablar sobre la bestia de dos cuernos por medio de un largo artículo de John N. Loughborough titulado “The Two-Horned Beast” [La bestia de dos cuernos]. En la misma línea de Andrews, el autor habla nominalmente de los Estados Unidos de América como el poder representado por la bestia que parece un cordero, con sus valores protestantes y republicanos.

Loughborough argumentó contra la línea de interpretación que, en aquella época, relacionaba la bestia de dos cuernos con Napoleón Bonaparte, de Francia. Él afirmó que el texto habla de otra bestia, que “no puede ser una parte de la primera bestia; y Francia es representada por uno de los cuernos de la primera bestia” (“La bestia de dos cuernos”, p. 65). El autor destacó además que esa otra bestia debería ser vista como un nuevo imperio, al occidente de Europa, donde estaba la influencia de la primera bestia. “Nosotros no encontramos dónde localizarla sino en los Estados Unidos, que existe como un Gobierno republicano independiente” (ibíd.).

Poco más tarde, la revista volvió a hablar del tema, con un breve artículo de Meritt E. Cornell, titulado “They will make an image to the beast” [“Le harán una imagen a la bestia”], en el que se reitera que el poder civil y religioso de la nación estadounidense es la entidad representada por el símbolo apocalíptico. También, siguiendo en la misma línea de argumentación de Andrews, Cornell escribió claramente que la visión de Apocalipsis 13:11 ofrece “una breve descripción de los Estados Unidos”. Él dice que “la imagen de la bestia debe ser realizada en Estados Unidos, donde el protestantismo es la religión prevaleciente. Imagen significa semejanza; por lo tanto, el protestantismo y el republicanismo se unirán” (p. 43).

En 1855, en su libro The Three Angels of Revelation 14:6-12 [Los tres ángeles de Apocalipsis 14:6 al 12], John N. Andrews reafirmó la entidad estadounidense por detrás de la bestia de dos cuernos. Él dice: “El único Gobierno civil que ya ha existido, exhibiendo la apariencia de cordero de este símbolo, es los Estados Unidos de América. Uno de los artículos de su Constitución contiene estas palabras: ‘El Congreso no proclamará ninguna ley respecto del establecimiento de una religión o prohibiendo el libre ejercicio de alguna’ ” (p. 97).

Dos años más tarde, cuando la sede adventista ya estaba en Battle Creek (Michigan), John N. Loughborough también publicó un libro específicamente sobre el tema, con el título The Two-Horned Beast of Revelation XIII, a Symbol of the United States [“La bestia de dos cuernos de Apocalipsis 13, un símbolo de los Estados Unidos”]. El libro es una ampliación del artículo publicado en la Review and Herald en 1854, relacionando a los Estados Unidos de América con la profecía de Apocalipsis 13, con la reafirmación del poder estadounidense como la realidad representada por el símbolo. Él discute la localización, el tiempo y la manera de su surgimiento, así como su actuación en realizar una imagen para la bestia e imponer su marca a los que habitan sobre la Tierra.

Otros adventistas escribieron sobre la misma profecía, como Urías Smith, reafirmando la interpretación formulada en la década de 1850 (ver Smith, The United States in the Light of Prophecy, pp. 1.895, 1.897).

De esa manera, alrededor del año 1854, los adventistas guardadores del sábado ya habían desarrollado una sólida y completa interpretación de la bestia de dos cuernos de Apocalipsis 13. Esa interpretación no se presenta como un desdoblamiento de los esbozos interpretativos de los protestantes de los siglos XVII y XVIII, que eran bastante imprecisos, aunque comparta con ellos las mismas entidades: el protestantismo y el republicanismo estadounidense. Mientras las interpretaciones anteriores hablaban de ciertos principios a los que el protestantismo y la nación estadounidense eran vulnerables, la interpretación de los adventistas nombró de forma objetiva los poderes estadounidenses civil y religioso como el cumplimiento del símbolo.

Es necesario notar, sin embargo, que los pioneros adventistas no identificaron a la bestia de dos cuernos con los Estados Unidos de América en sí, sino con el poder perseguidor que esa nación ejercerá sobre el pueblo de Dios en el tiempo del fin, mediante la unión de las iglesias protestantes con el Estado republicano.

Esa interpretación de naturaleza historicista ve el símbolo apocalíptico como representación de una entidad concreta, un poder temporal e histórico que será ejercido por una nación política y geográfica. Esta interpretación surge de la comprensión del contexto profético de Apocalipsis 11:19 y los capítulos 12 al 14, en los que un conflicto entre Cristo y Satanás es descrito en su fase final, con la proclamación de los tres mensajes angélicos (Apoc. 14:6-12), que anuncian la llegada del juicio divino, exaltan a Dios como Creador, y llaman a obedecer la Ley divina y a guardar el sábado como sello de Dios, al mismo tiempo que advierten contra la aceptación de la marca de la bestia. En ese contexto del clímax del Gran Conflicto, Estados Unidos ejerce un papel central, en el sentido de apoyar al Papado en imponer al mundo la observancia del domingo, en oposición al sábado bíblico.

El amplio contexto descrito en Apocalipsis 12 al 14, de un conflicto entre Dios y el diablo, y entre los observadores de la Ley divina y los guardadores del falso sábado, dirigió la atención de los adventistas hacia la bestia de dos cuernos. De este modo, ella fue vista como una representación del poder perseguidor que ya emitía señales de intolerancia, por medio de iglesias protestantes, en el inicio del movimiento adventista, como claramente declaró Hiram S. Case en su carta publicada en The Present Truth, en 1850.

Elena de White compartió esta misma interpretación de los investigadores adventistas. La siguiente sección trata de los desdoblamientos que ella hizo de esa interpretación, especialmente en relación con las acciones de la bestia de dos cuernos en el contexto de la gran tribulación.

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