Читать книгу: «Hechos y dichos memorables. Libros I-VI»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 311


Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por EUGENIO LÁZARO GARCÍA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2003.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO392

ISBN 9788424934293.

INTRODUCCIÓN GENERAL

I. LA LITERATURA Y LA HISTORIOGRAFÍA JULIO-CLAUDIA

Se ha dicho a propósito de la transmisión y la conservación de la literatura latina que el peor enemigo de lo bueno es lo mejor. Este aserto puede resumir muy bien la valoración hecha de la literatura del siglo primero del Imperio si tomamos como referente el clasicismo del siglo anterior; pero no podemos olvidar que de este siglo son Séneca y Lucano, Juvenal y Marcial, Plinio y Quintiliano, por poner sólo algunos ejemplos de cuya vigencia e influjo la posteridad da sobrada cuenta.

Afortunadamente, al menos en los últimos años, ya no se acepta sin más el calificativo de «edad argéntea», con lo que de peyorativo lleva consigo el término, para caracterizar la literatura del siglo primero del Imperio. Y es que si la literatura es el mejor reflejo de la realidad social, las obras que van apareciendo a lo largo de este período, por lo demás, bastante heterogéneo, hemos de contemplarlas desde la nueva realidad social y no desde la perspectiva del clasicismo anterior 1 .

Para una valoración política y literaria ha pesado en exceso la opinión de Tácito: «Después de la batalla de Accio y de que la paz exigiera que todo el poder se concentrara en uno solo, faltaron aquellos floridos ingenios, y al tiempo, la verdad se vio quebrantada de muchas maneras» 2 . Este juicio, que puede tener algún valor en lo concerniente a la historiografía, es menos válido si analizamos otros géneros literarios que tuvieron su apogeo precisamente en esta época; es el caso de la fábula de Fedro, la sátira de Juvenal, las tragedias de Séneca, la renovación épica de Lucano, los epigramas de Marcial y el desarrollo de la literatura científica y técnica con Celso, Vitrubio, Séneca, Manilio, Frontino, Plinio y otros, por poner sólo algunos ejemplos.

No faltaron, pues, esos ingenios que Tácito echa de menos. En realidad, lo que de veras se produjo en toda la literatura del siglo fue una nueva concepción más universal y, aunque Roma continuó siendo el centro de interés político y literario, comenzaron a proliferar en el mundo de las letras los hombres nacidos en provincias.

Ésta fue tal vez una de las causas por las que cobró auge un nuevo ideal de hombres proclive a la cultura universal que fomenta la escuela. Ya no se trata de formar al hombre político al servicio de la república, sino al hombre de miras culturales más amplias: la urbanitas, entendida en el sentido de urbe de Roma, da paso a la romanitas como manifestación de lo romano en todo el orbe.

El papel de la enciclopedia, entendida como saber amplio, al igual que en el Renacimiento, propicia el ansia de viajar y conocer otros horizontes, y se manifiesta en una cultura cada vez más bilingüe. Emperadores y literatos escriben también en griego; un barniz de desasosiegos culturales alimenta los espíritus más inquietos y se manifiesta no sólo en el arte y los nuevos gustos, sino también en la preocupación por lo transcendente, como se pone de relieve con la entrada de nuevos cultos y, andando el tiempo, el celo místico de paganos y cristianos.

La «inmensa majestad de la paz romana» de que habla Plinio 3 no da lugar a la decadencia, sino a frecuentes conflictos entre ius y humanitas , entre el individuo y la colectividad, entre la libertad individual y la seguridad del Estado. De todo ello dan cumplida muestra las tragedias y la filosofía de Séneca, la nueva concepción del héroe en la épica de finales del siglo y también la historiografía, tanto la conservada como aquella otra de la que sólo poseemos referencias indirectas.

La paz de Augusto había propiciado una guerra de los espíritus que se manifiesta especialmente con Tiberio (14-37 d. C.). Sobre la literatura y la libertad en general, escribe Fedro: «Al cambiar de príncipe frecuentemente los ciudadanos pobres nada cambian, salvo el dueño» 4 . Era una forma de transformar la fábula esópica en panfleto. Séneca, echando una ojeada al régimen de Tiberio, señala: «Bajo Tiberio eran frecuentes las acusaciones […] se perseguían las conversaciones de los borrachos, la simpleza de los chistes; nada había seguro; cualquier pretexto era bueno para tomar represalias» 5 . Si damos crédito a Tácito, y no hay por qué dudar de sus afirmaciones, fueron numerosos los escritores que, en esa dialéctica entre libertad individual y razón de estado, pagaron con sus vidas el absolutismo creciente cuando ya el régimen se siente consolidado y no necesita de propagandistas oficiales: Elio Saturnino pereció el 23 d. C. por haber recitado unos versos injuriosos contra Tiberio en presencia del emperador mismo; Sextio Paconiano fue estrangulado por haber compuesto, ya en la cárcel, poesías contra el emperador 6 , y antes, T. Labieno, un caballero romano más conocido con el sobrenombre de Rabieno, vio quemada su Historia el 12 d. C. por orden del senado. Parecida suerte corrió Cremucio Cordo: fue víctima de un proceso el año 25. Su delito había consistido en deplorar las guerras civiles en unos Anales, que había compuesto años antes. En ellos elogiaba a Bruto y llamaba a Casio «el último romano». Se dejó morir de hambre 7 .

No faltaron historiadores; los hubo, y además eminentes. Higino, en el prefacio a su Astronomía, elogia las cualidades historiográficas de Fabio Rústico; Plinio el Viejo narró en veinte libros las guerras de Germania y en otros tantos una historia de Roma que continuaba el relato de Aufidio Baso; Brutedio Nigro, delator ambicioso, pero preocupado también por las letras, si damos crédito a Séneca el rétor, escribía con elegancia y buen estilo y dejó entrever las preocupaciones de sus contemporáneos. Cuando recuerda la muerte de Cicerón, dice: «al menos hizo este bien al Estado demorando desde Catilina hasta Antonio la esclavitud de esta época tan lamentable» 8 . El tono es muy semejante al del mismo relato de la muerte de Cicerón, transmitido por el propio Séneca, recogiendo un fragmento de Cremucio Cordo 9 .

Pero de todos estos historiadores, aunque sólo las obras de Valerio Máximo, Veleyo Patérculo y Quinto Curcio han llegado a nuestros días, y de manera fragmentaria, fue sin duda Aufidio Baso el más conocido y citado por los escritores del siglo hasta la aparición de Tácito. Séneca, Quintiliano y el propio Tácito hablan de él y lo hacen de manera encomiástica; sirvió también de fuente a Dión Casio para un período tan importante como la dinastía Julio-Claudia, pero, más que nada, es un claro exponente de la oposición al régimen, como lo fueron también otra serie de historiadores de tiempos de Claudio y Nerón 10 .

De las manifestaciones posibles del género historiográfico, fue la biografía la que mereció más atención o al menos la más favorecida en el proceso de transmisión y conservación: Séneca escribió una vida de su padre y Plinio hizo lo propio con Pomponio Segundo; Trásea, uno de los más genuinos representantes del estoicismo, escribió elogiosamente de Catón de Útica 11 cuando ya este personaje se había convertido en paradigma de la libertad, tal como se observa también en Lucano y en el propio Valerio Máximo. No hay duda de que las biografías panfletarias, especialmente de los emperadores anteriores, estaban a la orden del día y no hay que descartar la posibilidad de que en este ambiente, al menos en los círculos estoicos, la víctima del panfleto fuera el propio emperador. Es así cómo se explica que primero Sejano y después Nevio Sutorio Macrón, su sucesor en el cargo, aniquilaran a todos los que eran sospechosos de ir contra el régimen o añorar los tiempos de la república; así ocurrió con Asinio Galo, hijo de Polión, y con Emilio Escauro, un orador de talento. Los autores de atelanas y los histriones fueron desterrados el año 23: la licencia del teatro quedó totalmente abolida. Pese a todo, Tácito recuerda que, persiguiendo a los escritores, Tiberio no hacía sino incrementar la influencia de éstos 12 .

La personalidad de Tiberio y su actitud respecto a las letras ha sido muy controvertida y diversamente valorada 13 . A su condición de hombre docto, arcaizante, purista riguroso e incluso de gustos alejandrinos 14 , se añade una actitud por lo general negativa hacia los hombres de letras, especialmente si lo comparamos con Augusto. Las razones son diversas; apuntamos sólo algunas.

La primera tiene que ver con el proceso evolutivo lógico de la nueva forma de gobierno: la monarquía se va consolidando y no precisa ya de poetas oficiales, como Virgilio y Horacio, ni de historiadores que, como Livio, vean la necesidad de cantar la grandeza del pueblo romano abocado a concluir el proceso republicano con la nueva forma de gobierno que garantice la paz y el orden. Veleyo Patérculo y Valerio Máximo celebran ya las virtudes del príncipe más que el proceso mismo que lleva al principado.

La segunda razón, al menos en lo que concierne a la historiografía, puede ser la ausencia de grandes talentos, lo que también Tácito lamentaba. Nunca sabremos si esta falta es fruto de las pérdidas en los avatares de transmisión de la literatura latina o fruto de la represión y la censura (pensamos que Cremucio Cordo tuvo una influencia enorme en los historiadores que le siguieron, pero se nos escapa el alcance de su obra). En cualquier caso, sí es manifiesta la falta de historiadores de prestigio hasta el advenimiento de Tácito.

Como tercera causa no hemos de descartar el deseo del príncipe de dominar y controlar al escritor más que exaltarlo. Este hecho es evidente en los proemios de las obras contemporáneas: Germánico le dedica sus Aratea porque era su sobrino y lo había adoptado el 4 d. C.; Veleyo Patérculo elogia la adopción y el paso del poder de Augusto a Tiberio; Valerio Máximo, como veremos más adelante, elogia no ya el principado como forma de gobierno, sino las virtudes que adornan al príncipe. La lectura de estos simples detalles nos llevan a la conclusión general de que sólo el escritor domesticado puede desarrollar su trabajo y al historiador no le cabe otro camino que elogiar al príncipe vivo o escribir sobre temas no comprometidos, lo que explica, junto a otros factores, el amplio desarrollo de la literatura científica y técnica de este siglo.

En lo que concierne a la historiografía, los juicios negativos de Tácito, Suetonio y Dión Casio sobre la figura de Tiberio han pesado en exceso sobre la credibilidad y la valoración de las obras de Veleyo Patérculo y Valerio Máximo, especialmente cuando la figura de Tiberio, allí donde aparece, está adornada con las virtudes más destacables. Pero no podemos olvidar que, sobre todo a partir de Salustio, la historiografía romana, Tácito incluido, es cada vez más la historia de los hombres juzgados por su valía personal y sometidos a los parámetros de la virtud y el vicio, o lo que es lo mismo, una historia básicamente moralista y ejemplar, conceptos que la retórica, la escuela y la propaganda encuentran sumamente rentables y que, según parece, Veleyo Patérculo no supo ver, al admitir, sin más, una decadencia general de las letras y las artes en la época de Tiberio, comparada con la época precedente: «Cualquiera que se detenga en las características de cada período encontrará que esto mismo le ha ocurrido a los gramáticos, escultores, pintores, grabadores, que el apogeo de cada género está circunscrito a períodos muy breves. Por eso no dejo de buscar siempre las causas de esta convergencia y reunión de ingenios semejantes en una misma época, con las mismas tendencias y resultados, pero nunca las encuentro que me parezcan suficientemente fiables, sino tal vez verosímiles. Entre ellas sobre todo las siguientes. La emulación alimenta los ingenios y, unas veces la envidia, otras la admiración, encienden la imitación, lo que oportunamente con mucho esfuerzo se ha buscado tiende a alcanzar lo más alto, pero es difícil mantenerse en la perfección. De manera natural, lo que no puede avanzar, retrocede. Y al igual que al principio nos vemos impulsados a alcanzar a los que estimamos que nos preceden, así, cuando desesperamos de poder dejarlos atrás o igualarlos, el esfuerzo decae junto con la esperanza; lo que no se puede alcanzar se deja de perseguir, y dejando la materia como si estuviera ya tratada se busca una nueva, y apartando aquello en lo que no podemos sobresalir perseguimos algo en que destaquemos. Se sigue que la frecuencia e inestabilidad del cambio es el mayor obstáculo para la realización de una obra perfecta» 15 .

Esta desesperación y sentido de inferioridad se percibe también en Séneca 16 y se deja sentir hasta en fechas relativamente recientes 17 , pero no es sino una forma sesgada de afrontar la historiografía, sólo desde la perspectiva del clasicismo.

Si se acepta la teoría de la sucesión de los imperios universales, las obras de Pompeyo Trogo y de Veleyo Patérculo tienen razón de ser como exponentes de un momento del ciclo histórico, pero los Hechos y dichos memorables persiguen objetivos distintos y temáticamente son diferentes a las obras de los historiadores anteriores. No dan pie a aceptar, sin más, una crisis de identidad del mundo romano en el siglo primero del Imperio, sino una mera secuencia, un episodio más de los males que aquejan al pueblo romano desde finales de la República. Salustio en numerosas ocasiones, especialmente en el discurso revolucionario de Catilina, en la carta a Mitridates y en los motivos de la guerra contra Boco 18 , señalaba ya la pérdida de virtudes y los vicios de los gobernantes para proponer soluciones morales. Livio advertía en el prefacio de su obra que «Roma ya no podía soportar ni los males ni los remedios» y Tácito, en la Vida de Julio Agrícola, a propósito de la revuelta de los britanos, dice otro tanto 19 . En dos siglos, pues, poco había cambiado.

Es en esta trayectoria de reflexión moral donde hemos de encuadrar la obra de Valerio Máximo y donde los retratos de todos los personajes históricos, especialmente los más relevantes y los más recientes como Escipión Emiliano, Sila, Catón de Útica, César, Pompeyo y Augusto, entre los romanos, y Alejandro y Aníbal, entre los extranjeros, sirven para extraer consecuencias morales, propugnar valores educativos y formar un modelo de ciudadano ideal, que no distaba mucho del modelo de Virgilio, Horacio o Livio, propuesto en el siglo anterior. Desde esta perspectiva, pues, la obra histórica de Valerio Máximo, más que una ruptura supone una continuidad.

II. VALERIO MÁXIMO

1. Aproximación biográfica

Aunque en mayor medida que la épica, pero también de manera insuficiente, la historiografía es un género escasamente proclive a dejar noticias sobre el autor; si exceptuamos el caso de Julio César, por razones obvias, sólo en los proemios de carácter programático (Salustio) o en pasajes esporádicos a lo largo del relato encontramos noticias relativas a la biografía y actividad literaria del historiador. En el caso de Valerio Máximo se confirma una vez más el hecho de que un escritor, que ha tenido tanta fortuna en la difusión de su obra, nos resulta muy poco conocido en sus aspectos biográficos. Desconocemos la fecha de su nacimiento, su lugar de origen, su pertenencia a una clase social u otra, la trayectoria política y literaria, el círculo de amistades, su capacidad de intervenir en el régimen de Tiberio y la fecha de su muerte 20 .

Su vinculación a la gens Valeria, que es segura, podría orientarnos a la hora de relacionarlo con una de las estirpes más ilustres de Roma, pero no nos dice mucho, ya que este linaje desapareció de los Fastos en el siglo III a. C. El último Valerio Máximo del que tenemos noticia que desempeñara la más alta magistratura romana fue un cónsul del año 226 a. C. Y en lo que atañe a su lugar de origen, referencia frecuente en la obra de muchos escritores latinos, en el presente caso tampoco nos sirve. Si por la naturaleza de la obra podría haber aludido o destacado algún lugar relacionado con su origen o el de su familia, lo cierto es que, pese a las numerosas referencias geográficas, no hay ninguna que nos ilustre al respecto.

Dada la ausencia de noticias en los numerosos De viris illustribus que proliferan a lo largo de la literatura latina, no nos queda más remedio que acudir a la propia obra para detectar alguna información, por escasa que ésta sea.

En II 6, 8 dice hallarse en la isla de Ceos acompañando a Sexto Pompeyo en su viaje a Asia. De este cónsul sabemos que compartió el cargo con Sexto Apuleyo el año 14 d. C., tras la muerte de Augusto, tal como relata Tácito: «Sexto Pompeyo y Sexto Apuleyo fueron los primeros cónsules en jurar fidelidad a Tiberio y junto a ellos Seyo Estrabón y Gayo Turranio, el primero, prefecto de las cohortes pretorianas, y el segundo, prefecto de la anona; a continuación, el senado, el ejército y el pueblo» 21 .

De este amigo del historiador sabemos también que diez años más tarde, transcurrido el tiempo legalmente establecido para ello, desempeñó el proconsulado en la provincia de Asia y que fue amigo y protector de Ovidio, como se deduce de las cuatro cartas que el poeta le envía desde su destierro en el Ponto 22 . Todos estos datos no reflejan otra cosa que la vinculación de nuestro historiador con los círculos del poder, vinculación que ponen de manifiesto al menos los dos siguientes pasajes de su obra: en IV 7, ext. 2, hablando de la amistad entre Alejandro y Hefestión, menciona nuevamente a su protector para celebrar la amistad que los une: «Personalmente, yo venero la generosidad, porque he experimentado también el buen trato del más ilustre y elocuente de los hombres. Y no tengo miedo de considerar a este Pompeyo mío como un Alejandro resucitado para mí, pues Alejandro fue para Hefestión como su otro ‘yo’. Por eso, que recaiga sobre mi persona el peor de los castigos si, al citar ejemplos de amistad constante y fiel, no hago mención de aquel que, cual padre de corazón amantísimo, con sus atenciones hizo florecer mi vida y le dio tranquilidad en los malos momentos, aquel de quien he recibido generosos dones, la persona que me ha ayudado a afrontar adversidades y quien, con sus consejos y auspicios, consiguió que mis palabras fueran más vivas y brillantes.

No es extraño, pues, que, tras la pérdida de este gran amigo, haya temido la envidia de algunos…» 23 .

En IX 11, ext. 4 elogia con vehemencia la ejecución de Sejano, que tuvo lugar el año 31, y lo condena, ¡sin nombrarlo! El retrato del todopoderoso hombre de Tiberio es la mejor antítesis literaria al elogio que del mismo personaje hizo Veleyo Patérculo (II 127 y 128). Desde el punto de vista cronológico no hace sino confirmar que la publicación de la obra, al menos del libro IX, es posterior a esta fecha y que hasta el último momento se mantuvo firme en la adulación a Tiberio. Pero de esto hablaremos en las páginas siguientes.

2. Los nueve libros de «Hechos y dichos memorables». El sentido de los «exempla»

Los especialistas en literatura latina han olvidado, cuando no despreciado, la obra de Valerio Máximo, «ese rétor sin valor científico en el que una retórica vulgar de exclamaciones e interrogaciones suplen al talento», dice J. Bayet 24 . Siete líneas más, todas ellas negativas, recogen el interés que merece nuestro historiador al filólogo francés. Y otro tanto cabe decir de los manuales de literatura latina de uso corriente en nuestras bibliotecas, especialmente parcos, cuando no despectivos, en el espacio dedicado a la historiografía del momento en general y de Valerio Máximo en particular. Como botón de muestra, los cinco amplios volúmenes que forman Lo Spazio letterario di Roma Antica no pasan de unas breves líneas o meras referencias 25 .

Los filólogos que le dedicaron mayor atención, por lo general no pasaron de rastrear las fuentes posibles, sobre todo en los abundantes trabajos del siglo XIX , fuertemente marcado por las tendencias historicistas y comparativistas. De ello daremos cuenta unas páginas más adelante al hablar de las fuentes de la obra.

B. Kytzler, en cambio, reconoce que «pese a sus múltiples y evidentes deficiencias en el terreno histórico, este libro de ejemplos constituye para el investigador moderno no sólo una importante fuente de hechos y de expresiones muy interesantes, sino que muestra también la luz bajo la que estuvieron los diferentes personajes, la valoración que se les otorgó en un determinado momento de la tradición». Y concluye: «Podría extraerse de esta obra mucho más de lo que se ha hecho hasta el momento» 26 .

A nuestro entender, dos son los aspectos que deben guiar el estudio de los Hechos y dichos memorables: el análisis y la funcionalidad de los ejemplos a la luz de la tradición retórica en el mundo escolar, por un lado, y el juicio histórico que en los tiempos de Tiberio merecieron personajes y acontecimientos nacionales y foráneos, por otro. De ambos, especialmente del segundo, podremos extraer conclusiones sobre el pensamiento del historiador, su forma de entender la historia y en qué medida se cumple el ideal ciceroniano de la misma como magistra vitae.

El primero de estos aspectos nos arrojará luz sobre si este siglo del imperio fue certeramente calificado como «edad de la retórica». El segundo nos aportará datos de sumo interés para contrastarlos con otros historiadores y, sobre todo, para discernir qué pensaba un hombre de letras, afín al nuevo régimen, sobre los grandes personajes de la historia. No en vano, y a grandes rasgos, la historiografía romana fue básicamente biográfica; así ocurrió en Salustio y más tarde en Tácito, y así lo entendió también Plutarco cuando, a propósito de la vida de Alejandro, se expresaba de la siguiente manera: «La virtud y el vicio no se revelan solamente en las empresas brillantes. Frecuentemente una acción insignificante, una palabra o una actitud del espíritu descubren el carácter de un hombre mejor que una batalla conducida con decenas de millares de soldados» 27 . Son palabras que responden al pensamiento ciceroniano sobre la historia como magistra vitae, testis temporum , y al del propio Valerio Máximo: «Los hombres ilustres se hacen merecedores de grandes e importantes elogios gracias a hechos o palabras de peso, que son recordadas eternamente por todos» 28 .

En el prefacio, verdadero programa de su forma de entender la historia y la utilidad de la misma, el autor justifica los Hechos y dichos memorables con el argumento de librar al lector de la ardua tarea de tener que buscar directamente el material que otros muchos autores han suministrado y que él dice haber consultado. Escribe «para estudiantes y alumnos de declamación», en palabras de M. Bloomer 29 . Pero esta opinión, sustancialmente acertada, no es del todo suficiente ni ofrece una visión completa de los objetivos de la obra, porque, además de cumplir con esa finalidad, la colección de ejemplos responde también a una tendencia dominante en el siglo I del Imperio, la del enciclopedismo, entendido no sólo como la aparición de numerosas obras relacionadas con distintos campos del saber (astronomía, arquitectura, geografía, ciencias naturales, medicina, etc.), sino también con el contenido mismo de la enseñanza practicada en las escuelas de retórica. Los numerosos trabajos sobre el particular así lo confirman. El advenimiento del nuevo régimen trajo consigo la conciencia de un imperio territorialmente desconocido y de vivir un momento histórico que requería un inventario etnográfico, geográfico y también de personas e instituciones que, a modo de símbolo, dieran cohesión y estabilidad al régimen basándose en la grandeza del pasado y del rico y variado presente. El culto a la imagen, incluso física, se impone: arquitectura, pintura y escultura adquieren unas dimensiones hasta entonces desconocidas y, mediante la visualización en centros de arte y en lugares públicos, llegan a un amplio sector social que normalmente no tenía acceso a la obra literaria. Pocas veces en la historia se asiste a un momento como el presente en lo que a construcción de templos, teatros, anfiteatros, pórticos, museos y bibliotecas se refiere. Existe un verdadero fervor por el culto a la imagen, ya sea literaria (Imagines de Varrón), o bien escultórica (las imágenes que Augusto había colocado en el foro que lleva su nombre) 30 .

En este sentido, la obra de Valerio Máximo aporta a los rétores un corpus de noticias literarias, geográficas, históricas y morales del pasado de Roma y de los pueblos foráneos aplicables a las argumentaciones retóricas, pero también nos ofrece un cuadro de los contenidos doctrinales en el mundo escolar y del interés social por conocer las figuras y hechos más relevantes de la historia en cuanto pueden servir de cohesión y estabilidad al nuevo régimen. En otras palabras, los Hechos y dichos memorables son fruto de la nueva moda de las imágenes y de la práctica escolar y se escriben para la enseñanza y para satisfacer los nuevos gustos a la vez que proporcionan estabilidad al Imperio.

Si aceptamos que la obra es un tratado técnico destinado a facilitar la labor de los declamadores y escritores, el orden expositivo ha de ser claro para que resulte sencillo el hallazgo de la información requerida; por eso cada libro está dividido en dos grandes secciones: ejemplos romanos y no romanos y, a su vez, en cada uno de los libros hay una virtud o un vicio que por su recurrencia confieren unidad al relato. En consecuencia, la razón de ser de la obra, vista en su totalidad, no es otra que la subordinación de toda acción humana a una serie discreta de anécdotas (morales e inmorales) bajo el denominador común que aparece en el título del correspondiente capítulo.

Las ventajas de una obra así estructurada, si la comparamos con las monografías históricas convencionales, son múltiples.

En primer lugar, es más fácil acceder a un personaje, anécdota o suceso, sobre todo cuando los copistas y editores de Valerio Máximo encabezaron los diferentes libros y capítulos con un título que confiere unidad a los relatos. En este sentido los sucesivos encabezamientos cumplen la misma función que los índices con que solemos concluir hoy nuestros trabajos.

En segundo lugar, como certeramente señala M. Bloomer, esta sucesión de escenas y personajes históricos da ya una interpretación histórica, obtenida de Cicerón y Livio, pero enfocada con un sentido aristocrático de la cultura 31 . Valerio Máximo representaría así la nueva cultura del Principado, que tiene que ver más con la nobleza de origen italiano y provincial que con la aristocracia tradicional romana, cuyo canon de valores morales, políticos y sociales no era coincidente con la nueva propuesta imperial. Se observa de esta manera la formación de un nuevo orden social que aflorará definitivamente en la administración del emperador Claudio, donde se ponen de manifiesto unos valores e intereses más ecuménicos en detrimento de los valores familiares de la nobleza de sangre.

En tercer lugar, y en consonancia con lo anterior, la colección de ejemplos propicia la educación de una Romanitas que trasciende los límites físicos y políticos de Roma para hacerse más universal, en un proceso que se aprecia, mejor que en nada, en la doctrina moral de Séneca y a final de siglo en Plinio para continuar en el siglo siguiente en la dinastía de los Antoninos, especialmente con Trajano y Adriano.

En cuarto lugar, el historiador, en su labor propagandística, como se observa en la dedicatoria a Tiberio, prosigue la labor iniciada en tiempos de Augusto, pero ahora con un nuevo matiz. Si Augusto pretendía rescatar los valores militares que hicieron posible la grandeza de Roma y, consecuentemente, proponía una regeneración moral que implicaba la desconfianza del otium en la medida que podía dar lugar a la luxuria y a la desidia, ahora con Tiberio, como se aprecia en Veleyo Patérculo y en Valerio Máximo, asistimos también al rechazo del otium luxuriosum, pero, por encima de él, la aspiración última es la tranquillitas y la securitas que garantiza el emperador 32 . Así se explica la conclusión del prefacio en que invoca la celestial providencia de Tiberio, pero sin olvidar la semejanza con sus predecesores, Julio César y Augusto.

Desde esta múltiple perspectiva es como entendemos que debe abordarse la obra y la selección de hechos y dichos nacionales y extranjeros. Por estas razones también, no podemos esperar un relato diacrónico que podría empañar y oscurecer el objetivo del conjunto: la figura histórica de Tiberio como paradigma del príncipe que sabe favorecer la virtud y castigar los vicios, además de asegurar la paz y el orden. De hecho, la relevancia que el emperador alcanza, incluso desde el punto de vista literario, es semejante a la de Júpiter para los oradores y los diferentes dioses para los poetas: «Que si los antiguos oradores tuvieron la suerte de comenzar por Júpiter Óptimo Máximo y los más ilustres vates se inspiraron en alguna divinidad, mi insignificante persona acude a tu patronazgo, porque si las otras divinidades son objeto de veneración, tu divinidad, como atestigua el momento presente, brilla con la misma luz que la de tu padre y tu abuelo».

Que el emperador sustituya a las musas no es nuevo; recuerda el comienzo de las Geórgicas y comparte el tópico de la inspiración con Manilio, Germánico, Lucano y Estacio, a la vez que confiere a la obra una dignidad avalada por la autoridad del inspirador. Se repiten inspiración y alabanza, pero no ya del pasado, sino del presente, siguiendo la costumbre de Virgilio y Horacio, y arraigarán a lo largo del siglo, aunque no lo hagan de manera sistemática. De hecho, Marcial lamenta todavía que se regatee la gloria a los que aún están vivos 33 y Tácito dice que «[Arminio es] desconocido por los historiadores griegos, que sólo admiran sus propias cosas, y no demasiado célebre entre los romanos que, por ensalzar lo antiguo, descuidamos los acontecimientos recientes» 34 .

La gradación de divinidades enunciadas en la dedicatoria, con Tiberio al lado de Júpiter, implica también la conciencia de escribir algo importante: un tratado técnico útil para oradores y poetas, que sirva para apoyar la argumentación, tal como aconsejaba la retórica 35 . Los Hechos y dichos memorables hemos de juzgarlos, pues, no como una obra histórica convencional, a la manera de las monografías o de las historias generales de Livio, Pompeyo Trogo o Veleyo Patérculo, sino como un tratado técnico que ofrece una exhaustiva colección de exempla: 931, aunque algunos en realidad son dobles 36 . Y si bien es verdad que no hay un criterio selectivo claro que explique las razones de la elección, todos tienen en común la referencia a los grandes personajes de la historia romana circunscritos temporalmente entre Rómulo y el emperador Tiberio, como cerrando el círculo histórico, en una concepción cíclica del devenir que comparte también Veleyo Patérculo.

Entendida, por tanto, la obra como un tratado técnico, desde el punto de vista retórico, los Hechos y dichos memorables deberían someterse a dos principios, el de la inventio y el de la dispositio; pero el texto no ofrece esta doble distinción. El término empleado por Valerio Máximo no es el de invenire o el de disponere, sino el de digerere («distribuir y ordenar»), tal como aconseja Cicerón 37 y tal como hacen los juristas cuando dan nombre a los Digesta. Y así lo entendió Julio Paris al titular los diferentes capítulos recogiendo expresiones del propio Valerio Máximo. Para nosotros, por tanto, digerere no es otra cosa que «clasificar» el corpus de ejemplos dentro del marco de una serie de virtudes.

En efecto, de manera global, Valerio Máximo propone un cuadro de las virtudes cardinales tal como las entendía la filosofía. Éstas eran básicamente cuatro, las que corresponden a otros tantos dominios de la vida, y cuya denominación viene a ser coincidente en la doctrina moral y en los tratados de retórica, como podemos observar en el siguiente esquema comparativo:


VALERIO MÁXIMO CICERÓN
1. sapientia (sabiduría) prudentia
2. iustitia (justicia) iustitia
3. fortitudo (fortaleza) fortitudo
4. temperantia (templanza) temperantia

La única novedad consiste en que Cicerón denomina prudentia a la sapientia 38 y que más tarde, con el paso del tiempo, el Arpinate termina reduciendo estas cuatro virtudes a sólo dos: la scientia, que comprende la sapientia, y la temperantia, que comprende a las otras tres. A manera de colofón, la moderación (verecundia) es el guardián de todas ellas 39 .

Tal disposición no hace sino confirmar que, al igual que Cicerón trata de estas virtudes en los loci communes para los discursos políticos y los elogios, Valerio Máximo concibe su obra como un tratado técnico que sirve para el genus demonstrativum, tanto con el significado de «sacar a la luz» y «elogiar» a determinados personajes y acontecimientos históricos, como en el sentido de «demostrar» una serie de argumentaciones.

En efecto, si analizamos la mayoría de ejemplos seleccionados, podemos observar las dos intenciones de que hablábamos páginas atrás: la operatividad de los mismos, más allá de la práctica recopilatoria, como vademécum de rétores y alumnos, y el juicio histórico que en tiempos de Tiberio merecieron los acontecimientos y personajes más importantes de la Historia.

En el cuadro general de las virtudes romanas, siguiendo las normas retóricas de la invención y la disposición, hay una jerarquía claramente establecida que se corresponde con el orden expositivo: la virtud más relevante es la justicia, porque radica en la propia naturaleza humana 40 y porque regula las relaciones entre los dioses y los hombres (religio) y las de los hombres entre sí. Su importancia explica que esté presente en los libros I, II, VI y IX. Y como quiera que los dioses se manifiestan mediante presagios, prodigios, sueños y milagros, a todas estas manifestaciones dedica el libro I.

El libro II, mediante la amplificatio, desarrolla el contenido del libro I porque la justicia se asienta en la costumbre (mos), que a su vez hace nacer la ley (lex); de ahí la importancia que tiene la tradición moral y social. La intencionalidad política del tratamiento de esta virtud es evidente y de ella sacará partido a efectos propagandísticos, como veremos más adelante en los casos de personajes y comportamientos «revolucionarios y conservadores».

La fortaleza (fortitudo), que ocupa el lugar siguiente a la justicia en el cuadro general de las virtudes, da contenido al libro III y justifica el IV y V, ya que el posible exceso de la misma debe evitarse mediante la moderación. La fortaleza se manifiesta en la naturaleza individual (natura) y en las disposiciones naturales (indoles), lo que justifica la presencia en el relato de los más legendarios héroes romanos (Horacio Cocles, Porsenna, Emilio Lépido, Catón el Viejo, Catón de Útica) y extranjeros (Leónidas), así como la de aquellos que demostraron una gran confianza en sí mismos o hicieron alarde de la constancia.

El antídoto ante los posibles riesgos de la excesiva fortaleza lo constituye la moderación. Y si bien es cierto que cabría incluir esta virtud dentro de la templanza, Valerio Máximo le dedica nada menos que dos libros, lo que cuantitativamente significa un interés que supera al de las otras virtudes.

A nuestro entender hay al menos dos razones importantísimas para ello. La primera tiene que ver con la doctrina retórica: la moderación es la cuarta de las virtudes en la Retórica a Herennio 41 ; la segunda razón apunta claramente hacia la intencionalidad política de la obra: la invitación a la moderación del príncipe y de los ciudadanos, el elogio de la paz y la tranquilidad, la beatitudo y la tranquillitas.

Valerio Máximo destaca los beneficios de esta virtud al contraponerla a los vicios en dos pares antitéticos: la abstinencia, que se opone a la pasión de marcado carácter sexual (libido), y la continencia, que se opone al deseo desmedido de todo tipo de bienes y placeres (cupiditas). La moderación, además, se manifiesta en la humanitas, en la pietas y en la clemencia, que son las virtudes singulares del buen gobernante (Tiberio) en contraposición a quienes no han sabido ser moderados (Sejano) y han sumado además el vicio de la ingratitud.

En cualquier caso, los ejemplos de quienes han hecho gala de esta virtud, tales como los de los antiguos nobles o de Catón de Útica, por citar algún caso, crean cierta tensión entre éstos y los que han obtenido el poder tras una serie de guerras civiles que propicia la llegada de los Julio-Claudios. Valerio Máximo resuelve esta tensión mediante el consenso de dioses y hombres de que habla en el prefacio, porque los Césares traen la regeneración moral (Augusto y Tiberio) y, sobre todo, la felicidad (beatitudo) y la tranquilidad (tranquillitas) de nuestro siglo, que Sejano quiso cortar con la conjuración del año 31 excediéndose en su poder (fortitudo). Ésta es la razón por la que su ejemplo está expuesto en relación con los sucesos más desgraciados de la historia de Roma (Flavio Fimbria, Catilina) y de la historia foránea (dos hijos de un rey que se disputan la sucesión como vulgares gladiadores y Mitridates, que disputó la corona a su propio padre). De esta manera, mediante la antítesis habitual, contrapone los efectos de un poder desmedido a los beneficios que reporta el emperador, «artífice y defensor de nuestra incolumidad, que con su sabiduría divina impidió que se perdieran y desaparecieran, a la vez que todo el universo, los beneficios a nosotros concedidos» 42 . El resultado no puede ser más brillante ni más explícito: «Permanece sólida la paz, siguen en vigor las leyes, se salvaguarda la santa religión de los deberes públicos y privados».

Nos parece igualmente sintomático que Valerio Máximo, a manera de epílogo, cierre toda la obra con las consideraciones anteriores que, por haber sido tratadas en el libro IV, podían quedar olvidadas por el transcurso del relato. En dicho libro, al lado de la moderación, había tratado de la amistad y la liberalidad, y a ambas virtudes se refiere en el elaborado ejemplo de la deslealtad de Sejano. De esta manera, el historiador sintoniza con las ideas morales y políticas de Cicerón y Salustio.

El Arpinate había definido la amistad como mutua benevolentia 43 , Salustio como idem velle idem nolle 44 . Esta idea, que en el caso de Cicerón recorre los tratados Sobre la amistad y Sobre los deberes, y que a efectos políticos le sirve para cerrar las heridas de las guerras civiles e invitar a la concordia civil, está presente de manera reiterada en Valerio Máximo porque le sirve, además, para consolidar el nuevo régimen 45 , ya que «no era conveniente que mantuviesen sus diferencias por rencillas privadas quienes estaban unidos por la más alta potestad» 46 .

En el libro VI, al tratar de la templanza, la cuarta de las virtudes, sigue también las pautas marcadas por Cicerón 47 y lo hace desde las múltiples manifestaciones de esta virtud, la modestia, que engendra el pudor, y las tres partes de que consta la templanza: continencia, clemencia y modestia, para abundar en la fides como fruto de la justicia, que había sido objeto de los primeros libros.

También en este caso Valerio Máximo se sirve del recurso de la antítesis para exponer con más claridad su doctrina; de ahí que contraponga la libertad a la obediencia, la fidelidad a la perfidia, la fortaleza a la indolencia, la justicia a la injusticia y la perseverancia a la pertinacia u obstinación. Todo el cuadro de contrastes para concluir con el fruto que acarrea la práctica de las virtudes: la felicidad, representada en la persona de Cecilio Metelo Macedónico, el más feliz entre los hombres y prototipo del nuevo canon de valores nobiliarios: «Quiso la Fortuna que Metelo naciese en la capital del mundo, le otorgó los padres más nobles, le confirió además unas excepcionales cualidades espirituales y una fortaleza física capaz de soportar las fatigas, le procuró una esposa célebre por su honestidad y fecundidad, le brindó el honor del consulado, la potestad del generalato y el lustre de un grandioso triunfo, le permitió ver al mismo tiempo a tres de sus hijos cónsules (uno de ellos también había sido censor y había recibido los honores del triunfo) y a un cuarto pretor; hizo que casara a sus tres hijas y acogiera en su mismo regazo a la descendencia de éstas… En definitiva, tantos y tantos motivos de alegría; y en todo este tiempo, ningún duelo, ningún llanto, ningún motivo de tristeza. Contempla las moradas celestiales y difícilmente podrás encontrar allí un estado de dicha semejante» 48 .

La segunda intención buscada con el corpus de ejemplos es la de emitir un juicio histórico, el que en tiempos de Tiberio merecen los personajes y acontecimientos más importantes de la historia.

Valerio Máximo, a nuestro entender, de manera muy soterrada, al extraer sólo determinados rasgos del carácter de los personajes más relevantes, los verdaderos artífices de la historia según la concepción biográfica romana, a diferencia del análisis global que efectuaron Salustio o Tácito, más que hacer verdadera historia —aunque hay personajes que aparecen por doquier y que podrían conferir unidad biográfica al relato; al ser incompleto el retrato de éstos y repetir anécdotas con frecuencia—, lo que de verdad busca es celebrar la virtud y censurar el vicio supeditando los intereses particulares al bien público.

En las actuaciones políticas de los personajes parcialmente biografiados observamos la propuesta de un ideal de vida que responde básicamente a los objetivos heredados de Augusto y ratificados en la nueva literatura propagandística: la aurea mediocritas y la paz que garantiza Tiberio. Tranquillitas, pax y quies son los tres soportes sobre los que Valerio Máximo sustenta el reinado de Tiberio, y los tres están presentes en todos los momentos de la obra 49 .

Los hechos y dichos de todos los personajes son juzgados y valorados según los principios de la paz y la estabilidad. Así se explican los constantes alegatos contra la guerra, hasta el punto de que muchos personajes son considerados exclusivamente en función de su comportamiento para con la paz y el orden. Los casos de Mario, Sila, Pompeyo, César y Sejano son bien elocuentes. En realidad, Valerio Máximo no hace otra cosa que confirmar los sentimientos de toda una generación. Ovidio, lamentando la situación de la humanidad en la Edad de Hierro, se expresaba en estos términos: «Se vive de la rapiña; ni un huésped puede tener seguridad de su huésped, ni un suegro de su yerno; incluso entre hermanos es rara la avenencia» 50 . Otro contemporáneo del historiador, Lucano, reiteradamente habla de la cognata acies para referirse a la guerra civil entre César y Pompeyo 51 ; un poco más tarde, las fraternas acies de Estacio en la Tebaida recordaban el enfrentamiento entre Eteocles y Polinices, pero evocaban al suegro y al yerno de la guerra civil todavía reciente. Incluso a principios del siglo siguiente, Tácito, aunque lamentaba que en aras de la paz el poder hubiera pasado a manos de uno solo, encontraba cierto consuelo al afirmar que «tras la muerte de Bruto y Casio ya no hubo ejército republicano» 52 .

Estaba claro que se imponía una gradación de los valores ciudadanos a la vez que un nuevo concepto de libertad. Al respecto, Séneca postulaba una libertad siempre al alcance de todos, la libertad interior, aquella que se podía alcanzar incluso con el suicidio para verse libre de la tiranía; en una jerarquía de valores, pensamos que Valerio Máximo otorga el lugar preeminente a la tranquillitas que sólo el emperador puede garantizar. Naturalmente, esta actitud doctrinal le lleva forzosamente a un planteamiento político: cuál es el papel que corresponde al príncipe y cuál debe ser la actitud de los ciudadanos para con el príncipe.

La respuesta viene dada por una sucesión de contrastes y una solución final. Los ejemplos que aluden a desastres y al pasado turbulento de Roma, en una visión sesgada y parcial de la historia nacional, son los más significativos. Al historiador sólo le interesan los ejemplos de inestabilidad y desorden, como los movimientos de los tribunos revolucionarios o de los Gracos, para que sirvan de contraste con la paz de Augusto y de Tiberio y para que los ciudadanos velen por el príncipe que les ha traído la paz. El pueblo, o mejor la plebe, y los líderes que, como Mario, Sila, Casio y Bruto, promovieron contiendas y enfrentamientos civiles, son las figuras negativas por excelencia. De los republicanos de tiempos recientes sólo se salva Catón de Útica por tratarse de una figura ya estereotipada en los manuales de retórica. Mario, de quien reconoce y admira el rusticus rigor 53 , sólo es salvable en la medida en que viene a atenuar la crueldad de Sila: «con vil crueldad descuartizó el cuerpo de Gayo César, que había sido cónsul y censor… sólo le faltaba esa desgracia a la república, por entonces en la peor de las situaciones, que César cayera como chivo expiatorio en honor de Vario. Todas sus victorias apenas valieron tanto como este crimen» 54 .

No es otra la opinión de Veleyo Patérculo, para quien Mario fue «tan inmejorable en la guerra como pésimo para la paz» 55 , y Sila, que se había hecho acreedor a toda clase de elogios hasta su victoria, mereció idénticas desaprobaciones después de ésta «porque mostró una crueldad inaudita» 56 .

Aunque Carney sostiene que Valerio Máximo, a diferencia de Tito Livio o Tácito, denota cierta inconsistencia al tratar los personajes 57 , en nuestra opinión no es así. En aras de la fidelidad histórica, Valerio Máximo reconoce virtudes en los personajes de los que extrae ejemplos, al menos en algunas de sus actuaciones, pero el juicio último es coherente si lo analizamos desde los principios de la estabilidad y el orden. Si ocasionalmente trata bien a Mario 58 , es sólo porque ordenó encarcelar a Lucio Equicio que, despreciando las leyes, se presentaba como candidato al tribunado, o porque, comportándose como un buen ciudadano, fue útil a la república al reprimir las tentativas de Lucio Saturnino 59 ; pero, «en medio de un banquete sostuvo entre sus manos, alegremente, la cabeza cortada de Marco Antonio. Sus victorias apenas tuvieron tanto valor, pues olvidándose de ellas mereció más reprobación en tiempos de paz que gloria en tiempos de guerra» 60 . Por encima de la valoración general está el ejemplo concreto que, a costa del rigor histórico, confiere más provecho moral y político.

Tras muchas alternativas y visiones parciales de los protagonistas de la primera guerra civil, en el libro noveno, el que supone un epílogo a su obra, es taxativo también a propósito de Sila: «Lucio Sila, a quien nadie puede alabar o vituperar suficientemente, porque, a los ojos del pueblo, fue un nuevo Escipión si contamos sus victorias, y un Aníbal a la hora de ejercer la venganza» 61 , para concluir con uno de los más crueles retratos que hayan podido hacerse en el ámbito de la historiografía.

Especialmente controvertido puede resultar el juicio que le merecieron los protagonistas de la segunda guerra civil, César y Pompeyo. A ambos les asistían razones: «Un hombre severo —dice Veleyo Patérculo— alabaría más el partido de Pompeyo; un hombre prudente seguiría el de César» 62 .

Valerio Máximo es menos ambiguo que Veleyo Patérculo y, si bien reconoce los grandes méritos políticos de ambos contendientes, ya desde el comienzo mismo de la obra 63 manifiesta que el predestinado de los dioses era César: «Con todos estos prodigios quedaba claro que la voluntad de los dioses quería dar a entender que era favorable a la gloria de César a la vez que quería evitar el error de Pompeyo», así como la ceguera de Pompeyo que «durante la guerra civil, por una resolución tan funesta para sí mismo como inútil para la república, había roto su alianza con César».

Y es que la razón de Estado que roza el nacionalismo patriótico se impone siempre de manera constante a lo largo de los sucesivos ejemplos. Así se observa en las frecuentes antítesis como familia / Estado, bienes privados / interés público: padres que matan a sus hijos para hacer respetar las leyes (Bruto, Postumio Tuberto, el padre de Espurio Casio) 64 ; legisladores que se suicidan por el mismo motivo (Carondas), o se mutilan (Seleuco); ejecuciones de traidores o de aspirantes a la tiranía (Marco Manilio, Espurio Melio, Espurio Casio, Publio Municio).

El amor a la patria como base de la reconciliación iniciada por Augusto era un concepto político ya ampliamente difundido en la cultura griega y después por Cicerón como «el mayor sentimiento común de voluntades en toda empresa y en el que radica toda la fuerza de la amistad» 65 . Pero esta amistad y amor, en el sentido aristocrático de la nueva cultura a la que aludíamos páginas atrás, sólo podía darse inter bonos, tal como ya había puesto de manifiesto Salustio: «Desear lo mismo, odiar lo mismo, temer lo mismo es la base de la amistad. Pero se llama ‘amistad’ entre los buenos, ‘facción’ entre los malos» 66 .

El amor a la patria se manifiesta de manera taxativa en los ejemplos de Bruto y Espurio Casio entre otros, y especialmente en toda una serie de estamentos sociales durante la Segunda Guerra Púnica 67 en la línea de la doctrina ciceroniana: «Las muertes por la patria no sólo son gloriosas a los ojos de los rétores, sino que además suelen ser tenidas como felices» 68 .

Concluimos, pues, negando la inconsistencia de que habla Carney y, si hemos de hacer alguna concesión a esta forma de ver la obra histórica de Valerio Máximo, es sólo en la medida en que la sucesión de claroscuros de muchos personajes responde a la técnica retórica de las controversias, como se puede apreciar en algunos ejemplos que recuerdan las famosas quaestiones rhetoricae de Córace y Tisias 69 .

Valor educativo de los exempla

El ejemplo, en su aparente simplicidad, encuentra su razón de ser en un intrincado problema de lógica, comunicación y psicología social en que se implican mutuamente mensaje y destinatario.

En la cultura latina aparece como una expresión típica de las costumbres romanas (mores) en la educación de los primeros tiempos y como forma de transmitir un sistema de valores independientemente de la filosofía y de la retórica griegas, cuando éstas aún no habían hecho acto de presencia en Roma 70 .

Con el desarrollo de los conflictos políticos y los procesos judiciales, especialmente en los dos últimos siglos de la República, la aceptación de la retórica de procedencia helénica fue una auténtica necesidad que afectó a la práctica totalidad de la literatura romana, y si bien el ejemplo se mantuvo en el ámbito escolar como medio de transmitir valores educativos, se incorporó también a los procedimientos retóricos para la persuasión. Cuando Aristóteles habla de ésta en su Retórica, distingue bien entre los argumentos puramente técnicos, las pruebas (písteis) y los procedimientos persuasivos pensados para los jueces; en otras palabras, entre la retórica entimemática y la retórica del páthos. En términos actuales, podríamos decir que Aristóteles hablaba ya claramente del proceso de comunicación al distinguir la presencia del emisor, el mensaje y el receptor. En función de este proceso establecía los procedimientos que podían influir en la recepción; de ahí que las pruebas que no pertenecen a los hechos y que se presentan fundamentalmente para persuadir, correspondan sobre todo al discurso deliberativo 71 . Por eso señala: «Se deben usar los ejemplos cuando no se tienen entimemas para la demostración o bien colocarlos tras los entimemas utilizándolos como testimonios» 72 .

La anónima Retórica a Alejandro da un paso más. En ella se proponen siete tipos de pruebas, entre las que se incluyen la probabilidad y el ejemplo, acercando así la importancia de éste a la mentalidad arcaica romana y destacando la retórica de la recepción sobre la del mensaje, es decir, la retórica del páthos sobre la retórica del silogismo. Es tal vez ésta la razón por la que ya en la Retórica a Herennio el ejemplo encuentra su sitio en la elocutio y no en la inventio o en la dispositio 73 . Cicerón terminará por aceptar que los ejemplos son los que otorgan credibilidad a una argumentación 74 . La categoría del éthos (mos) adquiere rango de tópos (lugar común) y la autoridad del emisor pasa al receptor precisamente por el aval de dicho éthos. Las laudationes fúnebres y los carmina eran las manifestaciones más claras de lo que decimos, cuya consecuencia más inmediata fue la concepción de una historia pragmática de la ejemplaridad, tal como la enunció Cicerón y puso en práctica Tito Livio.

El ejemplo, pues, se introduce en la historiografía bajo la forma de biografía, pero acotando aún más el contenido, ya que se trata de una pequeña historia, corta, que se refiere al pasado de la vida de un gran personaje, por lo general, para justificar una doctrina o un principio moral, que en el caso de Valerio Máximo es el propuesto en el encabezamiento del libro o capítulo correspondiente.

Éste fue ya el propósito apuntado por la tradición retórica griega y continuado por Cicerón; de hecho, las dos ocasiones en que más claramente alude al ejemplo así lo demuestran 75 . La primera de ellas pertenece, además, al capítulo que trata de la confirmatio; y, si bien podría objetarse que se trata de una obra de juventud, lo cierto es que incluso cuando escribe el De oratore, evoca también su uso como elemento del ornato: «La plasmación de las costumbres y de la vida, tanto valiéndose de personas como sin ellas, es un gran procedimiento ornamental del discurso, y sirve para disponer a favor los ánimos y, a menudo, incluso para conmoverlos. Hacer aparecer a un personaje supuesto es la figura más adecuada para la amplificación» 76 .

Pero, es más, cuando a Valerio Máximo se le reprocha la posible falta de rigor histórico, no se hace otra cosa que ignorar la doctrina ciceroniana al respecto. «A los rétores —dice el Arpinate— les está permitido mentir en las historias para poder decir algo con más expresividad» 77 . Y sólo unos años después de nuestro historiador, Quintiliano destacará también que el ejemplo viene a ser no sólo un medio de prueba por comparación, sino también una emoción seductora 78 .

Deleite, autoridad y credibilidad constituyen en esencia las tres razones de ser del ejemplo en el ámbito de la retórica y las tres son igualmente válidas para la historia desde que Cicerón la dotó teóricamente de un determinado estilo y la consideró «labor propia sobre todo de oradores» (opus oratorium maxime) 79 .

Lo peculiar del ejemplo en Valerio Máximo es que sigue un esquema narrativo simple que lo hace a la vez sumamente propicio para la labor educadora. En su esencia, el ejemplo consta de tres elementos: presentación del personaje o anécdota, relato de un hecho y reflexión cònclusiva. Su valor convincente, por la claridad, es superior al de la fábula y la parábola, formas estrechamente ligadas ya en Aristóteles. No en vano, el ejemplo se basa en hechos tenidos por ciertos, mientras que la parábola y la fábula se mueven en el terreno de la ficción.

El ejemplo, además, es sumamente fructífero y conveniente para el conocimiento de los hechos, siempre que reúna las siguientes propiedades: univocidad, para imponer al lector una verdad moral exenta de interpretaciones múltiples; brevedad, para ser más fácilmente aprehensible; autenticidad, que se logra por la autoridad del personaje de quien se extrae; verosimilitud, para ser creído; placer, tal como señalaba ya Cicerón («pues los ejemplos relativos a los tiempos primitivos, recuerdos literarios y tradición escrita confieren más autoridad a la prueba y más placer al oyente» 80 ); la capacidad de perdurar en la memoria, por el valor que la imagen formada evoca.

Sin duda, fueron éstas las propiedades que hicieron penetrar el ejemplo y la imagen en otros campos artísticos sobrepasando la retórica y la historia. Plinio habla de estatuaria histórica, mitológica y de pintura 81 y el propio Valerio Máximo recuerda la escultura de Lucio Escipión vestido con clámide y calzando sandalias porque había introducido esas modas poco adecuadas a las costumbres romanas 82 . La descripción de Quinto Metelo recuerda perfectamente lo que eran los tituli imaginum al repasar toda la biografía del noble «desde el primer día de su nacimiento hasta el momento mismo de morir» 83 . Más adelante volveremos sobre ello al tratar de la pervivencia de Valerio Máximo; ahora baste sólo con añadir que la rentabilidad de esta práctica del ejemplo penetró de tal manera en los programas educativos que las artes predicatorias medievales toman los ejemplos, reales o ficticios, de la vida de los santos padres, de los mártires y de los santos a modo y semejanza de los grandes personajes romanos 84 . De hecho, la historiografía medieval y las artes predicatorias se limitaron a seguir la senda trazada por la biografía pagana, de la que Valerio Máximo es una muestra más, así como la doctrina gramatical, y por lo tanto escolar, relativa a la utilidad de los ejemplos. La única novedad consistió en cambiar el corpus del que surtirse.

Por lo demás, las posibles objeciones que pudieran plantearse, tales como la memoria colectiva frente al consenso moral, la narración de algo pasado frente a la respuesta emocional de los lectores y oyentes vivos, o la personalidad y credibilidad del historiador frente a la receptividad del lector, se solventaban con la autoridad moral del pasado y la pervivencia de las virtudes o el rechazo de los vicios, tanto en el momento de producirse el ejemplo como en el momento de difundirse el mismo, es decir, con la pervivencia de un código de valores morales, tales como los deberes para con los dioses y para con los hombres.

Los ejemplos de Valerio Máximo se insertan, pues, en la línea moralista que recorre toda la historiografía latina desde Salustio y que la escuela, siempre, y el Cristianismo, tras su aparición, se encargaron de mantener y propagar. Valerio Máximo, además, como buen analista de la condición humana, abrió el espectro de las fuentes y supo ver también virtudes en los esclavos, las mujeres y hasta en los niños 85 . Que muchos de estos ejemplos puedan ser sospechosos de faltar al rigor histórico importa poco si consideramos la historiografía antigua como un género literario y no como una ciencia. Tal vez sea también ésta la razón por la que la categoría del tiempo no cuenta; el relato histórico no viene dado por la sucesión cronológica, es atemporal, como ocurría en Varrón, y hay una especie de fuga del presente, por lo triste de la situación, para rememorar épocas más gloriosas y ejemplares.

Fuentes

El estudio sobre las fuentes literarias (Quellenforschung) se convirtió en el objetivo de la mayor parte de los trabajos de investigación sobre Valerio Máximo del siglo XIX y la primera mitad del XX . El resultado fue una copiosa bibliografía, por lo que nuestro propósito no es otro que reflejar brevemente el fruto de esa investigación, a la que añadimos algunas consideraciones propias entresacadas de la lectura detenida de la obra.

Como apuntábamos en páginas anteriores, es habitual que Valerio Máximo no muestre excesiva preocupación por mencionar las fuentes que, como todo historiador, debe manejar. Se nos escapa qué clase de excerpta eran los manuales escolares sobre los que trabajaban rétores y maestros y que pudieron servir de base documental para determinadas virtudes y personajes; otro tanto cabe decir de los documentos originales, públicos y privados, que pudo tener a su alcance sirviéndose de la labor bibliotecaria de Higino; tal vez por eso, como apunta Maslakov, en no pocas ocasiones Valerio Máximo es la única fuente de un acontecimiento histórico 86 . Como es natural, ese suceso histórico puede muy bien haberlo extraído, por ejemplo, de los discursos fúnebres que la tradición y la educación retórica alimentaron, especialmente en los banquetes, como el propio autor recuerda 87 , compartiendo una actitud semejante a la de Catón en sus Orígenes.

También la contemplación de las imágenes del Foro de Augusto pudo servirle para caracterizar imágenes propias. Así ocurrió con Cornelio Nepote y antes con Ático. En esta línea, cuando menos sugerente, han trabajado una serie de filólogos; como A. Klotz, que postuló que Valerio Máximo se sirvió de una vieja colección de imágenes de época de Augusto 88 ; C. Bosch, que retrotrae la colección a tiempos de Cicerón 89 y sostiene que Valerio Máximo ha hecho una recopilación de ejemplos a partir de dos compilaciones previas, una de época de Cicerón y la otra atribuida a C. Julio Higino, R. Helm y A. Ramelli incluso apuntan la dependencia directa de Cicerón, el primero, y de Cicerón y Varrón, el segundo 90 .

Más atrevidas, si cabe, son las hipótesis de F. R. Bliss y M. Fleck, especialmente las de este último 91 , que no ve la necesidad de fuentes próximas previas. Valerio Máximo, en su opinión, habría podido consultar las fuentes originales y, a partir del análisis comparativo entre Valerio Máximo y los autores que más frecuentemente se citan como fuentes posibles (Cicerón y Livio), llega a la conclusión de que nuestro historiador es en ocasiones imitador consciente del estilo de ambos. Algo, por otra parte, evidente si, como hemos demostrado en páginas anteriores, la doctrina ciceroniana de los exempla, la concepción pragmática y educadora de la historia y el nacionalismo de Livio se aprecian de manera constante.

Pero, si nos centramos en las fuentes más seguras, porque el propio historiador deja constancia de ellas, tenemos al menos las siguientes:

Tito Livio, al que directamente cita a propósito de la enorme serpiente del río Bagrada 92 , curiosidad que también reflejan otros autores. Da la impresión de que nuestro historiador, ante la difícil credibilidad del suceso, se siente obligado a citar la procedencia literaria del relato. Pero es que Livio está tan presente en su obra que Bliss, basándose sobre todo en el léxico y la sintaxis, ha llegado a rastrear nada menos que 148 pasajes del historiador paduano que guardan correspondencia directa con 146 de Valerio Máximo 93 .

Celio Antípatro es recordado de manera explícita en I 7, 6 y, como es lógico, no debemos descartar los analistas del último período (Sisena, Rutilio, Claudio Cuadrigario y Valerio Anciate). Con este último, Fleck ve incluso una relación directa, a la vez que con Varrón.

M. Escauro, autor del siglo II a. C., del que nos ha llegado poco más que el nombre y que escribió tres libros sobre su vida, es recordado al menos en tres ocasiones 94 .

Catón y sus Orígenes son mencionados en VIII 1, 2, así como Asinio Polión y C. Graco 95 . Del primero sabemos que, tras el año 35, relató las guerras civiles en sus Historias, tal como cuenta Valerio Máximo en el pasaje aludido, en el que incluso hace una valoración muy positiva de su importancia en las letras latinas. Del segundo se nos escapa cuál fue su labor historiográfica.

Para los ejemplos extranjeros son perceptibles también una serie de autores consagrados, griegos y romanos, de los que Valerio Máximo nos da cuenta de manera directa 96 . Se trata de Heródoto, Teopompo, Helánico de Mitilene, Damastes de Sigeo, Comelio Alejandro Polihístor, el maestro de Higino, y Jenofonte.

Las huellas de la obra filosófica de Cicerón, especialmente de los tratados Sobre la vejez y Sobre la amistad, así como el Sobre el orador en la recomendación hecha sobre la conveniencia de extraer «innumerables ejemplos de nuestra ciudad y de otras» 97 , aparecen por doquier; pero, al lado de estas fuentes, de las que tenemos constancia indudable, interesa destacar otras que el sentido común y la enseñanza difundida en la escuela sugieren igualmente que deben estar presentes en la obra de Valerio Máximo. Así se deduce de un pasaje de Aulo Gelio 98 .

Como Valerio Máximo, también Higino estuvo vinculado a la casa imperial. Este liberto de Augusto dirigió la biblioteca palatina además de destacar como escritor técnico en el ámbito de la filología y la historia, entre otras materias. De entre sus obras perdidas figuran un Sobre la vida y obras de hombres ilustres (De vita rebusque inlustrium virorum), Exempla, Sobre el territorio troyano (De finibus Troianis) y un más que sugerente Sobre el origen y emplazamiento de ciudades itálicas (De origine et situ urbium Italicarum) 99 . Esto demuestra que las inquietudes de historiadores y anticuarios son coincidentes y que, en el caso de los primeros, el recurso a este tipo de actividad literaria era además una forma de evadirse de los peligros y riesgos que acarreaba escribir historia de sucesos recientes.

Muy próximo en el tiempo, y en razón de la temática de su actividad literaria, Varrón es uno de los anticuarios que sin ningún género de dudas está presente en nuestro historiador. De este ilustre polígrafo sabemos, por un catálogo que nos transmite san Jerónimo, que escribió Libros de antigüedades, Libros de imágenes, Antigüedades de cosas humanas y divinas y Sobre el linaje del pueblo latino. Es verdad que nada de ello nos ha llegado, pero, habida cuenta de su labor bibliotecaria, nada tiene de extraño que Valerio Máximo tuviera acceso a esta fuente de la que pudo extraer ejemplos para su obra.

Menos conocida en nuestros días, pero igualmente presente en el amplio catálogo de fuentes, es la figura de otro anticuario, Pomponio Rufo, del que Valerio Máximo menciona al menos dos obras, el Libro de recapitulaciones y los Libros de cosas dignas de recordarse.

Todo un amplio catálogo, pues, de anticuarios sobre los que no vale la pena extendemos más y del que da sobrada cuenta H. Bardon 100 . Pero no quisiéramos concluir sin unas consideraciones sobre la presencia de Salustio, al menos en dos aspectos fundamentales: la concepción de la obra historiográfica y la técnica de los retratos.

Las primeras palabras del proemio de Valerio Máximo, «he decidido (constitui) exponer ordenadamente los hechos y dichos memorables tanto de Roma como de los pueblos extranjeros», recuerdan, o mejor, casi transcriben las de Salustio 101 , con la única salvedad de que al «narrar detalladamente» (perscribere) de Salustio, Valerio Máximo contrapone «exponer ordenadamente» (digerere) tras hacer una selección, como no podía ser menos, dadas las diferencias entre las obras de ambos. Y, como en los proemios de Salustio, también en el proemio de Valerio Máximo observamos que es la ambición (cupido) el determinante moral que explica gran número de malos ejemplos. La época de Tiberio, por lo demás, tenía en Salustio a la mayor autoridad en el campo de la historiografía y los numerosos personajes que desfilan por los Hechos y dichos memorables son juzgados siempre con el parámetro común de la moralidad, tal como hemos visto en las páginas precedentes.

También la técnica del retrato recuerda a Salustio. La temática general basada en la moralidad, de luxuria et libidine, presenta muchos puntos de contacto, incluso en el léxico, cuando trata, por ejemplo, de la vida licenciosa de Metelo Pío o del mismísimo Catilina, cuyo retrato 102 recuerda en todo, e incluso de manera más extensa, la descripción salustiana de Catilina enamorado de Aurelia Orestila 103 .

El diseño compositivo es evidente, como pone de manifiesto Guerrini 104 . La lujuria y el placer (luxuria et libido) dan incluso título a un capítulo de Valerio Máximo 105 . En este caso, contrariamente a la tendencia dominante en el resto de la obra, que es la de exaltar la grandeza de la patria atenuando en la medida de lo posible los aspectos negativos, el cuadro de la sociedad romana sólo es equiparable a las sátiras de Juvenal y a algunas escenas de Tácito. Predominan la decadencia, la crisis, la disolución de los antiguos valores… y todo ello referido a los últimos extertores de la República. Valerio Máximo comparte con su contemporáneo Veleyo Patérculo una cierta fascinación por el moralismo salustiano, actitud también aceptada por Tito Livio al explicar la celeridad con que se produjo la caída por culpa de la luxuria 106 .

III. LENGUA Y ESTILO

Para entender y enjuiciar la lengua y el estilo de Valerio Máximo, o de cualquier otro escritor contemporáneo, de manera ineludible hemos de acudir a Quintiliano y, sobre todo, al Diálogo sobre los oradores de Tácito. Es sabido que, aunque Tácito lo escribe a finales de siglo, el ambiente y el contexto del diálogo se sitúa en tomo al año 75 d. C., unos cuarenta después de la aparición de los Hechos y dichos memorables, tiempo suficiente como para contar con una perspectiva clara y ponderada de las reflexiones que sobre la oratoria y el estilo hacen los principales interlocutores, Mesala y Marco Apro. El primero es partidario de los antiguos valores mientras que el segundo, modernista, defiende que el estilo y la oratoria cambian con el tiempo.

A partir de esta doble y tan dispar valoración es como entendemos que ha sido siempre enjuiciada la obra de Valerio Máximo.

Aquellos filólogos y escritores que no gustan del splendor y sencillamente lo aceptan como el exponente más eximio de las escuelas de retórica, valoran de manera negativa la obra de nuestro historiador. Así ocurrió ya con su epitomista Nepociano; para él Valerio Máximo «es ostentoso en las sentencias, se recrea en los lugares comunes y se pasa en los excesos». Opinión semejante comparte E. Norden al incluir a Valerio Máximo en la «serie de escritores en lengua latina insoportables hasta la desesperación por su falta de naturalidad»; este juicio recuerda la opinión que le merecían a Séneca el Rétor los oradores modernos que buscaban la aprobación más que la causa en sí misma 107 .

Pero de todos los juicios negativos, la primacía corresponde a Erasmo. En su Ciceronianus, en el diálogo mantenido entre Buléforo y Nosópono, a la pregunta del primero sobre qué opinión le merece el estilo de Valerio Máximo, responde Nosópono: «Valerio Máximo se parece a Cicerón como un mulo a un hombre; hasta el punto de que difícilmente podrías creer que es itálico tal escritor o que vivió en el tiempo que parece que vivió: su estilo es tan diferente que se diría que era africano y que no hay poesía alguna más elaborada que su prosa» 108 .

Una opinión más moderada es la de Bernhard Kytzler, que advierte que «la tendencia expositiva apunta hacia un desvío de lo común y usual, hacia una acentuación de los giros de ingenio; se utiliza constantemente el apóstrofe, se aspira a la gradación y al recargamiento»… «oscuridad, ampulosidad, manierismo hacen acto de presencia» 109 . En esta línea, A. Leeman pone como modelo de manierismo retórico la escena en que, hablando de la fortaleza, Valerio Máximo celebra la figura de Catón en el momento de suicidarse junto con el sacrificio de algunos caballos bellísimos 110 .

A nuestro entender, los Hechos y dichos memorables han de ser juzgados desde la perspectiva de la nueva moda literaria y no desde el clasicismo precedente. Valerio Máximo persigue en todo momento una doble finalidad bien clara, «ser útil y agradar» (prodesse et delectare). En este sentido la alternancia sucesiva de ejemplos extranjeros y nacionales hace más ameno un relato que procede por acumulación más que por desarrollo 111 , de ahí que en ocasiones, como en el retrato de Metelo (VII 1, 1), los hechos aludidos sean más que los explicados: procede como retratista más que como historiador.

La técnica de la transición recuerda las Metamorfosis de Ovidio, lo que en cierta medida va en detrimento de la finalidad práctica expuesta en el prefacio, a saber, facilitar la labor de consulta. Es ésta la razón por la que observamos también grandes diferencias en el léxico, mucho más selecto en las explicaciones que en la narración, algo consecuente también con la doctrina retórica sobre la narratio. También por esta razón, las mayores pretensiones literarias las encontramos en los prólogos y en las observaciones comentadas del autor. Es en estos lugares donde más sobresale el gusto por los colores y la redundancia que comparten igualmente sus contemporáneos Lucano y Séneca y que se ponen de manifiesto en una serie de recursos tales como la antítesis, las personificaciones, sentencias, apóstrofes, interrogaciones retóricas, exclamaciones, abstracciones y juegos de palabras.

En los ejemplos prevalecen el énfasis o el carácter maravilloso, en perfecta consonancia con el léxico del que se sirve; así, es frecuente encontrar cadenas cuasi-sinonímicas del tipo de miror, mirus, mirificus, admirabilis, admiratio, veneratio, spectandus, caelestis. Muestra verdadero deleite en determinados campos semánticos, como el de lo maravilloso, del horror (horror, atrox, horridus, tristis, trux, vesanus, saevus, tragicus) y también de lo excepcional, insólito y grandioso (vetustissimus, splendidissimus, humanissimus, indignissimus…).

Las antítesis, tipo hombre / mujer, joven / viejo, poderoso / humilde, como procedimiento expositivo son el recurso más utilizado en la presentación de ejemplos porque, siguiendo los principios morales expuestos por Séneca 112 , están articulados conforme a la bien conocida alternativa laus / reprehensio, petenda / vitanda, sequi / fugere.

Como es propio de la prosa del momento, la abundancia de abstractos dice mucho de su planteamiento, más filosófico e incluso moral que histórico. Ocurre también en Séneca, y contiene reminiscencias ciceronianas, especialmente del tratado Sobre los deberes. Que, en consecuencia, Cicerón y Valerio Máximo sean las fuentes más frecuentadas por los escultores y pintores del Renacimiento a la hora de trazar alegorías es completamente lógico 113 . Estamos ante el tratamiento del retrato histórico salustiano y del exemplum como effigies , que tomará forma definitiva en las manifestaciones del arte; de una concepción de la historia acentuadamente dramática, con pasajes que recuerdan algunas escenas de Séneca, y que culmina en Tácito; de un pintoresquismo y gusto por lo maravilloso y exótico equiparable a los relatos de Lucano. En suma, de una forma de entender la historia que, contrariamente a lo que piensan los detractores del historiador, cumple sin ambages, como ya se ha dicho más arriba, la máxima horaciana ut pictura poesis.

IV. PERVIVENCIA

Ya en la Antigüedad, pero de manera especial en la Edad Media y en el Renacimiento, Valerio Máximo, Salustio y Livio se convirtieron en los historiadores favoritos, llamados a tener un gran éxito. En el ámbito escolar, los excerpta, aparte de otros servicios, ofrecían la posibilidad de aislar episodios de las figuras más relevantes de la historia romana para emplearlos en el uso retórico de las prácticas escolares 114 .

La materia histórica dividida por secciones, como si de los temas de un programa de estudio escolar se tratara, va desarrollándose en una serie de virtudes cívicas, retratos ilustres y dichos famosos, en sintonía con la concepción retórico moralista de la escuela. Valerio Máximo, en palabras de M. Bloomer, «escribe para estudiantes y alumnos de declamación, a quienes proporciona un stock de ilustraciones retóricas» 115 . Ésta era ya la práctica habitual en M. Porcio Latrón y Séneca el Rétor; el primero, incluso conservaba en la memoria un prodigioso corpus de artificios tales como los epifonemas, entimemas, lugares comunes y sentencias 116 .

Pocos años después de estos ilustres profesores de retórica, Plinio el Viejo menciona a Valerio Máximo como fuente para los libros VII y XXXIII, y Plinio el Joven, cuando escribe el Panegírico de Trajano, al menos en la figura del noble ideal simbolizada por Metelo, repite las mismas virtudes que en su momento había señalado Valerio Máximo para este mismo personaje. También Frontino en sus Strategemata, Gelio en XII 7, Frontón y Plutarco (en los relatos del suicidio de Porcia y de los funerales de Marcelo) 117 .

La aparición de la literatura latina cristiana propició el aprovechamiento de nuestro historiador por parte de los predicadores, especialmente para la refutación de la religión pagana y la demostración de la verdad cristiana, naturalmente, de manera sesgada según conviniera resaltar virtudes o censurar vicios. Se nos escapa el posible servicio que pudo proporcionar a los primeros apologetas, como Minucio Félix y Tertuliano, porque las referencias indirectas que aparecen en ambos escritores tienen que ver más con la doctrina general sobre vicios paganos o tradiciones romanas que con detalles particulares, como ocurre con la aparición de Cástor y Pólux, la institución de juegos en honor de Júpiter, el tratado de paz de Hostilio Mancino que el senado no aceptó, o el argumento político-religioso de justificar el Imperio romano por el apoyo prestado por los dioses 118 . Pero dos siglos más tarde la presencia de Valerio Máximo, especialmente de su libro primero, es evidente en el caso de Lactancio y sus Instituciones divinas, lo que demuestra la utilización como manual técnico destinado a historiadores y oradores. Y aunque Nepociano afirma que los libros de Valerio Máximo eran casi desconocidos en la latinidad tardía, tal aserto resulta poco creíble y suena más a excusa para justificar su labor compendiadora ante Víctor, el destinatario de su epítome.

Para los autores de collectanea medievales, predicadores y novelistas, autores de tratados de hechos memorables (rerum memorandarum) y de hombres ilustres (de viris illustribus), y también para la iconografía, especialmente «por la misma naturaleza de la obra, dada la tendencia a recordar lo abstracto (virtud y vicio) y lo concreto (personajes históricos y mitológicos)» 119 , la visualización narrativa de Valerio Máximo resulta de suma facilidad en la posterior elaboración artística. De hecho, así lo apunta el propio autor al hacer uso frecuente del término imago: «Una vez puesta la imagen de la Justicia ante los ojos…» 120 . La imago, correspondiente al griego eikón en la retórica postaristotélica, ocupa un lugar bien preciso en la subdivisión en que se articula el genus simile: «Las partes de lo comparable son tres: imagen (imago), comparación (collatio) y ejemplo (exemplum )» 121 .

1. Tradición manuscrita y pervivencia en la Edad Media

Sin duda, por las dimensiones de la obra, además de otras muchas razones, como sucedió con varios escritores clásicos, en el siglo V aparece el primer epítome, hecho por Julio Paris. Se trata de un autor bien conocido que, ya en la carta dedicatoria a L. Ciriaco, deja claros los dos motivos que le llevan a compendiar los «diez» libros de Valerio Máximo: «para que fuesen útiles, no tanto a los que mantienen posturas contrarias (disputationes) cuanto a los declamadores» y «para encontrar fácilmente y poder disponer de ejemplos apropiados a las distintas materias».

En efecto, sobre el esquema habitual de Valerio Máximo, consistente en la presentación, narración y conclusión moral de los ejemplos narrados, el epítome de Julio Paris prescinde de los elementos primero y tercero para ceñirse sólo a la narración. Obedece, pues, a los planes de la inventio retórica y los ejemplos cuadran en la dispositio de una declamación escolar.

El segundo epitomista, de finales del siglo V y comienzos del VI , nos es menos conocido. Probablemente se trate del Nepociano gramático y rétor, profesor en Burdeos, del que habla Ausonio en su Commemoratio y cuyo resumen fue utilizado por Paulo Diácono en su Historia Miscella. A juzgar por la dedicatoria de la obra, a Víctor, comparte con Paris las razones de escribir un epítome, si bien introduce algunos juicios que merecen un breve comentario. En primer lugar, destaca la utilidad de la obra de Valerio Máximo «a condición de que sea breve»; en segundo lugar, se pronuncia sobre el contenido y el estilo: «incluye hechos que merecen ser conocidos, pero alarga aquellos que deberían ser resumidos, mostrándose ostentoso en las sentencias, alardeando del uso de figuras y extendiéndose en las digresiones. Y si es poco conocido, tal vez sea porque su misma lentitud aburre al lector». En tercer lugar, afirma que el texto de Valerio Máximo es prácticamente desconocido.

Esta última afirmación nos parece poco creíble, sobre todo cuando él mismo habla de otros epítomes ya realizados, y suena a justificación de su resumen para Víctor, resumen al que, por cierto, añade ejemplos de cosecha propia, más que a un verdadero desconocimiento del historiador romano en el mundo cultural del momento. En cualquier caso, los dos epítomes aportan su contribución a la reconstrucción y transmisión del texto, aunque se nos escapa si ambos son de cosecha propia o recogen una tradición escolar y compendiadora anterior.

En 1960, D. M. Schullian nos proporcionó una abundante relación de manuscritos que habla por sí sola de la amplia difusión y tradición de nuestro autor. De ellos, los más importantes son el B, Codex Bernensis 366, del siglo IX , perteneciente a Lupo de Ferrières y el L, Laurentianus Ashburnhamensis 1899, del mismo siglo, que se remontan a la misma fuente y con sólo dos omisiones sobre el anterior: IX 5, 3 y IX 13, 2. El B fue corregido y anotado por Lupo de Ferrières con la ayuda del epítome de Julio Paris, con notas marginales señaladas con las abreviaturas IP (Iulius Paris) o con las siglas br (breviator) o u (uetus). Lupo de Ferrières atribuye a la misma fuente el comienzo de un tratado De praenominibus así como el resumen del libro I de los Hechos y dichos memorables que faltaba en el manuscrito. Estos resúmenes, copiados también en epítome de Julio Paris, fueron editados por vez primera por Aldo Manuzio en 1502.

Al manuscrito B le faltan los parágrafos I 1, ext. 5 y I 4, ext. 1, laguna que comparten todos los manuscritos, salvo el Berolinensis D. Éste, clasificado como Berolinensis Lat. 1007, del siglo XV , pertenece a la Öffentliche Wissenschaftliche Bibliothek de Berlín y completa la laguna del libro I sirviéndose del epítome de Julio Paris a la vez que ofrece también la misma parte del tratado sobre los pronombres.

Estos manuscritos, así como el epítome de Paris, dan ya una lista de capítulos al comienzo de la obra que sirvieron a las ediciones de Kempf, Faranda y Combès y que nosostros hemos seguido en la nuestra.

El manuscrito del carolingio Lupo de Ferrières sirvió a su discípulo Heirico de Auxerre para elaborar extractos de Valerio Máximo tomados al dictado y publicados junto con fragmentos de Suetonio. Su discípulo, Remigio, a comienzos del siglo X , confeccionó un índice de Valerio Máximo.

Hay, pues, una corriente docente que desde Alcuino de York, pasando por Rabano Mauro, Lupo de Ferrières y Heirico de Auxerre, a través de una copia del siglo XII , la contenida en el Vaticanus Lat. 4929, llegó a Petrarca y aseguró así una amplia difusión en el Renacimiento 122 .

También en el siglo IX , el irlandés Sedulio Escoto, teólogo y versificador, compilador de collectanea de varios autores, seleccionó a nuestro historiador al lado de Cicerón, Frontino, Macrobio y otros. Labor semejante a la desempeñada por Hodoardo, bibliotecario de Corbie, coleccionista de máximas morales despojadas de nombres y referencias históricas.

En el siglo XII , Juan de Salisbury, educado en Chartres y París, cita entre sus lecturas favoritas los exempla de Valerio Máximo en el Policraticus, manual de política, y probablemente lo traduce y difunde por el norte de Europa. Guillermo, el autor de los Gesta Regum y Gesta Pontificum, lo emplea a la vez que sirve de modelo al Speculum Maius de Vicente de Beauvais, ya en el siglo XIII . No es descabellado, pues, pensar que en la Escolástica de los siglos XII y XIII los clásicos sirvieran como cantera de anécdotas morales para proporcionar información y sobre todo para reutilizar los exempla. Esto puede explicar muy bien que ya desde principios del siglo XII Valerio Máximo gozara de una enorme popularidad y que Rodolfo Tortario, un monje de la abadía de Fleury, escribiese su De memorabilibus, poema de nueve libros, inspirándose en la obra de Valerio Máximo para facilitar su aprendizaje 123 .

2. Desde el Renacimiento a nuestros días

A través de una hoja suelta de un manuscrito de París (el Lat. 2201 ) conservamos el catálogo de las lecturas preferidas por Petrarca. Abre la lista Cicerón, le sigue Séneca, y en tercer lugar está la historiografía encabezada por Valerio Máximo, del que se sirvió para su De viris illustribus. Para Giovanni de Andrea, contemporáneo de Petrarca, Valerio Máximo era nada menos que el «príncipe de los moralistas». En el siglo XIV , Coluccio Salutati (1331-1406) colacionó manuscritos e hizo notables contribuciones a la crítica textual corrigiendo, por ejemplo, Scipio Nasica por Scipio Asina (V. M., VI 9, 11). De finales de este mismo siglo es una polémica famosa en torno a las artes del trivium y el quadrivium, así como de varios aspectos de la historiografía. Se trata del famoso Paradiso degli Alberti de Giovanni da Prato, en que se polemiza sobre el número de libros que escribió Tito Livio, las razones de por qué no se encuentran todos, cuáles son los errores de la historiografía y, lo que resulta sumamente curioso, se afirma que Valerio Máximo es demasiado breve 124 .También en este siglo, Dionigi da Borgo San Sepulcro, amigo y consejero de Petrarca, nos deja el primer comentario conservado, y a partir de él proliferan comentarios en los humanistas de todas las naciones, como los del jurista napolitano Luca de Penna, Benvenuto da Imola, Simon de Hesdin y Nicolás de Gonesse, ya con traducción, a la que le siguen una serie considerable de las mismas en diferentes lenguas vernáculas, catalán, castellano, italiano… 125 . Consideramos, pues, innecesario proporcionar un catálogo de los humanistas que citan a nuestro autor, algo, por lo demás, lógico una vez que se empieza a editar, como veremos en el apartado correspondiente.

El siglo XV contempla el nacimiento de estados cada vez más implicados en la política internacional. Este hecho, que responde a un sentimiento análogo al del Imperio romano desde Augusto, por sus dimensiones internacionales y por la grandeza de su pasado, favorece el patronazgo de escritores y humanistas por parte de los diferentes estados. El caso de la Corona de Aragón es bien elocuente. No importa recurrir incluso a eruditos foráneos, como Lorenzo Valla en tiempos de Alfonso V el Magnánimo, encargado de escribir la biografía de su padre, Fernando de Aragón, o Marineo Sículo en la corte de los Reyes Católicos, cuyo trabajo más notable al respecto fue el De Hispaniae laudibus. Estos autores foráneos, sin duda, podían garantizar obras de interés mucho más amplio que las escritas por los historiadores locales, aunque sólo fuera por su mejor conocimiento del latín y de los historiadores y geógrafos de la Antigüedad. La presencia de Valerio Máximo en la obra histórica de Lorenzo Valla, así como en sus «Elegancias», es de sobra conocida. «Fue precisamente en esta época cuando se reconoció la importancia política de la historiografía», señala R. B. Tate 126 .

Pero no quisiéramos concluir este breve apartado sin proporcionar al lector una visión particular de la valoración que merece Valerio Máximo en el siglo XV en dos manifestaciones estrechamente hermanadas: la poesía y la pintura. En las enciclopedias de este siglo se advierte la tendencia a identificar la poesía con el discurso poético como perteneciente al género epidíctico; así, en el tercer libro de la Margarita philosophica de Gregor Reisch vemos una representación alegórica de la oratoria como figura femenina que sostiene en la mano derecha la poesía de Virgilio y en la izquierda la historia de Salustio. Ambas disciplinas son consideradas como ramas de la retórica. Pero es más, en la Polyanthea nova de Domenico Nanni Mirabelli, bajo la voz «poeta», se encuentra una apología de la poética realizada por retóricos: a Cicerón le siguen Quintiliano, Aulo Gelio, Aristóteles, Valerio Máximo y Séneca. ¡Sólo al final se incluyen los poetas! Los compañeros de viaje de Valerio Máximo excluyen cualquier comentario nuestro sobre cómo era juzgado en este siglo nuestro historiador. Erasmo sí lo hizo, pero de ello ya hemos dado cuenta un poco más arriba, al tratar de la lengua y el estilo 127 .

En el ámbito de la iconografía fue Maturanzio el humanista que realizó los bocetos sobre los que el Perugino pintó el Colegio del Cambio en Perugia. Pues bien, la Fortaleza es pintada tal como la describe Valerio Máximo: la virtud colocada en lo alto, y debajo, tres ejemplos ilustrativos, los mismos que narra Valerio Máximo: Lucio Sicinio, Horacio Cocles y Rómulo. Entre Sicinio y Horacio Cocles añade un personaje extranjero, el espartano Leónidas.

Otro tanto ocurre con la Templanza, que se opone a la Luxuria y a la Libido. La templanza es básicamente la capacidad de dominar las pasiones, coincidiendo, por tanto, con la abstinencia y la continencia, pero asume también la variante de la modestia y la moderación, sobre todo en el poder y el dinero. Esta significación tan compleja está en Valerio Máximo, que dedica sendos capítulos a la abstinencia y la sobriedad, por un lado (IV 3), y a la moderación, por otro (IV 1). Pues bien, en el Palacio, como en Valerio Máximo, los personajes que ejemplifican esta virtud son Escipión, Pericles y Quinto Cincinato 128 .

Beccafumi, en el trabajo más importante de su carrera de pintor, la decoración de la Sala del Consistorio de Siena, se inspira igualmente en Valerio Máximo para los personajes y episodios de la historia antigua. Así ocurre con la alegoría de la Justicia, íntimamente ligada a la severitas (VI 3 y 5), a las que se le une el amor a la patria 129 .

3. Valerio Máximo en España

La gran cantidad de manuscritos, ediciones, traducciones y comentarios conservados en toda España, de los que daremos cuenta más adelante, no se corresponden con la escasa atención prestada a la obra de Valerio Máximo, al menos en los últimos años. Pero no fue así a lo largo del Renacimiento y los dos siglos que le siguieron, como se desprende de los testimonios de Menéndez Pelayo 130 , José Vallejo 131 y Lisardo Rubio 132 .

La literatura medieval, por la gran importancia que dio al género paremiológico, fructificó en los albores del siglo XV en una serie de colecciones de máximas sacadas de autores de renombre, tanto clásicos como medievales. Así nació el Libro de los exemplos por a.b.c. de Clemente Sánchez de Vercial al tiempo que gozaba de gran difusión, a modo de epítome, el De remediis utriusque Fortunae de Petrarca.

A finales del siglo XV , señala Gómez Moreno, «comenzó a llegar a España la adaptación humanística de las distintas áreas del saber de un nuevo triple patrón: Poética, Historia y Filosofía Moral» 133 . En su doble condición de historiador y moralista, Valerio Máximo se convirtió en lectura de moda, lo que explica tanto la versión de Hugo de Urríes, como la de Fray Antonio Canals, por un lado, y la impresión en Murcia, en 1487, del Valerio de Historias Eclesiásticas y de España de Diego Rodríguez de Almela, por otro.

Bien es verdad que el primer acercamiento a los clásicos fue mediante excerpta y florilegios y que los humanistas veían en ellos un sucedáneo de la lectura completa de las obras que se habían recuperado ya. Pero no es menos cierto que los lectores eruditos sabían sacar provecho mediante comentarios; como el de don Jaime de Aragón a la versión de Valerio Máximo realizada por Fray Antonio Canals, o la presencia de nuestro historiador en los elogios de ciudades y biografías de hombres ilustres que proliferaron a lo largo de los siglos XV y XVI . Esto ocurrió con la versión castellana de Valerio Máximo realizada por Juan Alfonso de Zamora, escribano real.

Hasta qué punto Valerio Máximo se convirtió en lectura obligada en los planes de estudio universitarios lo demuestran abundantes pruebas. M. Menéndez Pelayo recoge el juicio que nuestro historiador y gran parte de la literatura del siglo I del imperio merecen a B. Barrientos con las siguientes palabras: «Pasma que habiendo puesto en la segunda clase a los dos Plinios, a Quintiliano, a Suetonio y aun a Valerio Máximo, relegue a la tercera a otros escritores de la edad de plata, evidentemente superiores a ésos en talento de estilo, y no inferiores en pureza de dicción: así Tácito, Séneca, Pomponio Mela, Columela, Veleyo Patérculo» 134 . En la Salamanca de finales del siglo XVI , Valerio Máximo y Virgilio desplazaron a Terencio y Ovidio, como se desprende de las investigaciones realizadas por Luis Gil 135 . Y Juan de Valdés, en concordancia con lo anterior, menciona como autores dignos de lectura a los historiadores T. Livio, César, Valerio Máximo, Quinto Curcio y otros 136 .

Sobre la presencia en las escuelas y universidades en el siglo XVII hablan por sí solas las siguientes palabras de Diego López: «Se prueba la ventaja que lleva Valerio Máximo a todos los historiadores gentiles» 137 . La ventaja no era otra que, el historiador, con la mera cita de los personajes (commemoratio) en los casos históricos bien conocidos, podía alcanzar los mismos resultados que el orador convencional exponiendo y desarrollando el ejemplo con vistas a la persuasión.

En 1648 el padre Escardó daba instrucciones sobre cómo habían de contarse los ejemplos en los sermones y fuera de ellos 138 . Anunciaba la utilidad que tenían los progymnasmata para el conocimiento de los recursos narrativos y, al lado de los narratiuncula, incluía el exemplum tal como había sido difundido en la Retórica a Herennio y cuyo representante más genuino era Valerio Máximo. Era normal que en las escuelas de gramática figuraran como lecturas obligadas la obra de Aftonio, la colección de fábulas de Esopo y la compilación de la obra de Valerio Máximo 139 . Sólo desde el momento en que la historia comenzó a ser considerada como ciencia y se puso en tela de juicio la obra de nuestro historiador es cuando se marginó su estudio, salvo el concerniente a las fuentes, por aquello de compararlo con otros autores más fiables.

Era, pues, un autor bien conocido en los ámbitos escolares y, desde luego, mucho más de lo que dan a entender en sus introducciones los modernos editores y traductores.

Enumeramos a continuación el amplio catálogo de códices manuscritos conocidos y las respectivas bibliotecas donde se hallan o se hallaron:

—Biblioteca del Príncipe de Viana: uno, del siglo XV .

—Biblioteca del Duque de Calabria: cuatro (núms., 411, 412, 413 y 414), de los que sólo sobrevive uno, el 412 ó 413. A ellos hay que añadir el n° 223 del catálogo de Valencia, del siglo XV .

—Biblioteca del Rey de Portugal, Don Duarte: uno, el núm. 61: «Valerio Máximo em Aragoez».

—Biblioteca del Condestable de Portugal: uno, siglo XV , además de una traducción francesa.

A éstos, citados por Menéndez Pelayo 140 , hay que añadir los catorce relacionados por José Vallejo 141 y los que siguen, recogidos por Lisardo Rubio:

—Biblioteca de El Escorial: ocho (e.III. 17, siglos XIII -XVI ; g.III.13, siglo XV ; M.II.15, siglo XIV ; M.II.21, siglos XIV -XV ; N.II.14, siglo XV , con anotaciones de Zurita; N.II.15, siglo XV ; N.III.9, año 1412; S.III.4, año 1469).

—Biblioteca Nacional de Madrid: tres (ms. 7540, siglo XIV ; ms. 8815, siglo XV ; ms. 8834, año 1406).

— Fundación Lázaro Galdiano: uno (núm. 15393, siglo XV , el décimo libro corresponde al epítome de J. Paris).

—Biblioteca Universitaria de Salamanca: uno (ms. 2361, siglo XIII , perteneció al Colegio Mayor de San Bartolomé. A cada libro precede el índice de capítulos).

—Biblioteca Colombina: dos (ms. 5-7-2, siglo XV , con un comentario de autor desconocido; ms. 7-4-14, siglo XV , con comentario de Fray Dionisio de Burgos).

—Biblioteca del Cabildo de la Catedral de Toledo: uno (ms. 100-31, siglo XV , comienza a partir de IV 8, 5).

—Biblioteca Universitaria de Valencia: uno (ms. 612, siglo XV ).

—Biblioteca del Real Seminario de San Carlos: uno (ms. B-4-8, siglo XIV ).

—Archivo Capitular de la Seo: uno (ms. 11-46, siglo XV , con comentario de Fray Dionisio de Burgos).

Excerpta:

—Biblioteca de El Escorial: dos, (O.III.21, año 1469, sólo del libro V; O.III.23, siglo XV , sólo del libro IV).

—Archivo Episcopal de Vich: uno (ms. 187, siglo XV ).

Comentarios:

—Biblioteca de El Escorial: tres (N.II.13, siglo XV , comentario a los cuatro primeros libros; N.II.14, siglo XV , lleva el autógrafo de Zurita, quien anotó marginalmente variantes del texto; N.II.15, siglo XV ).

—Biblioteca Nacional: uno (ms. 7540, siglo XIV . La disposición material de los comentarios forma a veces los dibujos más caprichosos).

—Biblioteca Colombina: dos (ms. 5-7-2, siglo XV ; las citas objeto de comentario van subrayadas; ms. 7-4-14; siglo XV , también subrayadas las citas objeto de comentario).

—Archivo Capitular de la Seo: uno (ms. 11-46, siglo XV , comentario de Fray Dionisio de Burgos).

Ediciones y traducciones:

Menéndez Pelayo recoge solamente dos ediciones impresas en España; la de Esteban Pighio, Valladolid, 1676, y otra, de autor anónimo, en Madrid, 1790. A ellas hay que añadir las cuatro recogidas por José Vallejo, dos en Valladolid (1627 y 1742), dos en Madrid (1643 y 1665) y una quinta en Lerma, probablemente la primera impresa en España (1620) 142 .

La primera traducción de la que tenemos constancia data del siglo XV , «en vulgar castella», correspondiente al n° 74 de la biblioteca del condestable de Portugal, Don Pedro.

En 1467 Mosén Hugo de Urriés realizó una traducción a partir de un códice francés que el Duque Carlos de Borgoña prestó a Urriés, pero, como quiera que Urriés no estuvo de embajador hasta el año 1474, Menéndez Pelayo concluye que la fecha de la traducción ha de ser 1477 y que en la fecha de impresión se habría omitido una C.

Una segunda traducción aparece en Sevilla, en 1514, a la que siguió la tercera y última, en Alcalá en 1529.

De 1495 tenemos una traducción más de Urriés, aparecida en Zaragoza, y realizada a partir de una traducción francesa del maestro Simón de Hedin.

Diego López, el discípulo del Brocense y maestro de Latinidad y Letras Humanas en Mérida, nos deja dos traducciones. La primera fechada en 1632 en Sevilla, la segunda en Madrid en 1647, en cuyo prólogo apunta la ventaja que lleva Valerio Maximo a todos los Istoriadores Gentiles, y del provecho que se saca desta obra.

José Vallejo habla también de otras tres ediciones de la traducción de Diego López, todas ellas en Madrid, en los años 1654, 1655 y 1672, si bien la primera de ellas apunta más a un comentario, muy amplio sí, pero sólo comentario.

El dominico Fray Antonio Canals realizó en el siglo XIV la primera traducción al catalán, editada en 1914 por Miquel i Planas en Barcelona. Nicolás Antonio, en su BHV, nos dice que Fray Antonio Canals realizó también una traducción del catalán al castellano por orden de Juan I, rey de Castilla. De ser así, la primera traducción al castellano sería del siglo XIV .

Nicolás Antonio también nos habla de una traducción al castellano de autor anónimo, publicada en Sevilla en 1434, cuyo manuscrito se guarda en la Biblioteca del Sr. Marqués de Mondéjar 143 .

En 1926, José Velasco y García, catedrático de la Universidad de Valladolid, dejó sin concluir seis libros de la traducción iniciada de nuestro autor, «imposible de entender», en opinión de Martín Acera 144 , al que le debemos la última traducción en lengua española hasta el día de hoy.

V. NUESTRA TRADUCCIÓN

De entre las ediciones aparecidas en los últimos años, hemos optado por la de Rino Faranda (Turín, 1971), no en vano ésta recoge las lecturas y variantes analizadas previamente por Halm y Kempf. Por ser la última en el tiempo, hemos tenido también presente la de Combès para los seis primeros libros, especialmente en lo que concierne al enunciado temático de las virtudes que trata y el análisis de las mismas. Ésta ha sido la razón que nos ha llevado a traducir al final los epítomes de Julio Paris y de Nepociano, como entidad autónoma, y no a introducirlos rellenando las lagunas correspondientes a lo largo del relato.

Cualquier traductor de textos del siglo primero del Imperio sabe de la dificultad que encierra el creciente barroquismo de la lengua latina, especialmente cuando los períodos sintácticos son excesivamente largos. De ahí que en ocasiones, para hacer más amena la labor de lectura, hayamos puntuado de manera diferente a como lo hace el texto latino. En otras ocasiones hemos roto la monotonía de los elementos de enlace entre relatos o de escenas diferentes del mismo relato, especialmente cuando abundan los relativos o participios. No obstante, en la medida de lo posible, procuramos mantener el tono declamatorio del autor e incluso la excesiva abundancia de abstractos de la que hace gala, así como los frecuentes términos que, procedentes del lenguaje poético, introduce en la prosa histórica (carbasus, latratus, sputum, alienigenus, roboreus, decenter, potenter, etc.).

BIBLIOGRAFÍA

EDICIONES Y TRADUCCIONES


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Ald.Aldus Manutius, Venecia, 1502.
PighiusS. Pighius, Bruselas, 1567 (ed. común con C. Miltalerius).
LipsiusJusto Lipsio, Amberes, 1585.
ColerusC. Colerus, Heidelberg, 1601.
VorstiusJ. Vorst, Berlín, 1672.
TorreniusAbr. Torrenius, Leyden, 1726 (ed. anotada por varios autores).
KappiusJ. Kapp, Londres, 1772.
HaasiusC. B. Hase (ed. Didit), París, 1822.
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Castellana del mismo autor al final del siglo XIV .

La primera traducción en lengua española es de 1477, editada en Sevilla en 1514 y reeditada en Alcalá en 1529 con el título siguiente: «Valerio Máximo noble philosopho y orador romano, cronista de los notables dichos y hechos de romanos y griegos» (Biblioteca de la Universidad de Salamanca). Para las ediciones y traducciones de Valerio Máximo, véase PELLICER y SAFORCADA , Ensayo de una biblioteca de traductores españoles, Madrid, 1778, 88.

MOSÉN HUGO DE URRIÉS hizo una traducción castellana c. 1467, a partir de la traducción francesa de SIMÓN DE HEDIN. Aparecida en 1495 en Zaragoza, vio nuevas ediciones al menos en 1514 y 1529.

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1 Cf. F. CUPAIUOLO , Itinerario della poesia latina nel I secolo dell’ impero, Nápoles, 1978.

2 TÁCITO , Historias I 1, 1.

3 PLINIO , Historia Natural XXVII 1.

4 FEDRO , Fábulas I 15.

5 SÉNECA , Sobre los beneficios 3, 26.

6 TÁCITO , Anales VI 39; DIÓN CASIO , Historia romana LVII 22.

7 TÁCITO , Anales IV 35; SUETONIO , Tiberio 61.

8 SÉNECA , Suasorias 6, 20-21.

9 SÉNECA , Suasorias 19.

10 Sería prolijo enumerar a todos ellos, por lo que remito a H. BARDON , La littérature latine inconnue, Klincksieck, París, 1956, 167-175.

11 A juzgar por lo que dice PLUTARCO (Catón el Menor 25), en una biografía.

12 TÁCITO , Anales IV 35.

13 Un buen exponente de lo que decimos podemos observarlo en H. BARDON , Les Empereurs et les lettres latines d’ Auguste à Hadrien, París, 1968.

14 Suetonio dice de Tiberio que cultivó con ardor las letras griegas y latinas, eligió por modelo entre los oradores de Roma a Mesala Corvino, era de un estilo afectado y oscuro y escribió poesías en griego imitando a Euforión, Riano y Partenio. Entre sus aficiones preferidas estaba la de proponer a los gramáticos cuestiones absurdas para experimentar sus conocimientos. Hablaba correctamente el griego.

15 VELEYO PATÉRCULO , Historia romana I 17, 4-7. Traducción de M.a ASUNCIÓN SÁNCHEZ MANZANO , Madrid, Gredos, 2001.

16 SÉNECA , Epístolas 100, 12.

17 A. D. LEEMAN , Orationis ratio, Bologna, 1974, pág. 339.

18 SALUSTIO , Conjuración de Catilina 20 y Guerra de Jugurta 81, 1, alude reiteradamente a la avaricia de los gobernantes, a la injusticia con el pueblo y a la pasión por mandar, entre otros vicios.

19 En el capítulo 15 alude a toda suerte de tropelías de los romanos, que practicaban de manera asidua la lubido y la cupiditas. Oportunamente señala que los motivos de la guerra para los britanos eran la patria, las esposas y los hijos, mientras que para los romanos eran la lujuria y la avaricia.

20 La información facilitada por VOSIO en su De historicis latinis no merece crédito alguno ya que lo sitúa en el siglo III d. C.; pero del análisis interno de numerosos pasajes de la obra y especialmente del prefacio tenemos la certeza total de que vivió en tiempos de Tiberio y de que, almenos el libro IX, publicó su obra tras la muerte de Sejano, por lo tanto, después de los últimos meses del año 31.

21 TÁCITO , Anales I 7, 2.

22 Son las Pónticas IV 1, 4, 5 y 15.

23 Si la pérdida (iactura) la entendemos como la muerte de Sexto Pompeyo, la referencia podría servirnos para datar la fecha de composición de este libro al menos; pero el término latino puede también entenderse como «ruptura» de la amistad, ya que el capítulo exalta únicamente las amistades que permanecían fieles incluso en las desgracias. La mayor parte de los editores y comentaristas se inclinan por el significado de «muerte».

24 J. BAYET , Littérature Latine, París, 1965, pág. 314.

25 G. CAVALLO , P. FEDELI , A. GIARDINA , Lo Spazio letterario di Roma Antica, 5 vols., Roma, Salerno Editrice, 1991. Valerio Máximo sólo está presente en II 60-61, 135, 228, 434 n. 36, 561; IV 289, 291, 293, 295. En alguna ocasión, sólo para citar ejemplos.

26 B. KYTZLER , «La prosa postclásica de Roma», en M. FUHRMANN , Literatura Universal, tomo 3, Literatura Romana, Madrid, Gredos, 1982, pág. 384.

27 Se trata de la misma idea que VALERIO MÁXIMO expone en VI 4.

28 VALERIO MÁXIMO , VI 4, 4.

29 M. BLOOMER , Valerius Maximus and the Rhetoric of the new Nobility, Univ. of North Carolina Press, 1992, pág. 151.

30 Estos aspectos han sido bien estudiados por P. ZANKER , Augusto y el poder de las imágenes, Madrid, 1987; W. MARTIN BLOOMER , Latinity and Literary Society at Rome, Filadelfia, 1997; C. NICOLET , L’ inventario del mondo. Geografia e politica alle origini del Impero Romano, Bari, 1989.

31 W. MARTIN BLOOMER , op. cit., 1992.

32 Así se aprecia en VELEYO PATÉRCULO , II 89, 4, y en VALERIO MÁXIMO , II 7. Sobre el ideal de otium, cf. J. ANDRÉ , «L’otium chez Valére Maxime et Velléius Paterculus ou la réaction morale au début du Principat», Revue des Études Latines, XLIII (1965), 294-314.

33 HORACIO , Odas III 1. MARCIAL , Epigramas V 10.

34 TÁCITO , Anales II 88 (traducción de J. L. Moralejo, Madrid, Gredos, 2001, págs. 154-55).

35 La Retórica a Herennio (IV 62) dice a propósito: «Un ejemplo es la exposición de un hecho o un dicho pasado acompañado del nombre de un autor conocido».

36 La última edición realizada de nuestro historiador, ROBERT COMBÉS , Les Belles Lettres, París, 1995, ofrece un total de 989 distribuidos en 663 romanos y 326 extranjeros.

37 CICERÓN , La invención retórica I 49.

38 CICERÓN , La invención retórica II 159; pero en II 160 la define de manera equivalente: «ciencia o conocimiento de lo que es bueno, lo que es malo y lo que no es ni bueno ni malo».

39 CICERÓN , Divisiones de la oratoria 77-79. En el caso de verecundia, hemos preferido traducirla por «moderación» antes que por «pudor», ya que así es como recogemos la doctrina política y moral juntas y no sólo la que implicaría la pudicitia, entendida más bien como decoro femenino.

40 CICERÓN , La invención retórica II 160: «Su naturaleza radica en que no nace de la opinión, sino que está inserta en la propia naturaleza humana».

41 Retórica a Herennio III 2: «La templanza (modestia) es la moderación y continencia de las pasiones del alma».

42 IX 11, ext. 4. Es muy llamativo que el ejemplo de Sejano, al que además no nombra, esté inserto entre los ejemplos extranjeros, lo que acentúa aún más el contraste.

43 CICERÓN , Sobre la amistad 7, 22.

44 SALUSTIO , Conjuración de Catilina 20, 4.

45 VALERIO MÁXIMO , IV 7 ext. 1; IV 7, 4; ext. 1-2; V 5 prefacio.

46 Y cita como ejemplos relevantes de concordia los de Marco Emilio Lépido y Fulvio Flaco, por un lado, y los de Livio Salinátor y C. Claudio Nerón, por otro: IV 2, 1 y 2 respectivamente.

47 En La invención retórica II 163 y 164.

48 VII 1, l.

49 Para no hacer prolija la lista, pueden observarse los siguientes pasajes: I 1, 10 y 11; 6, 11 y 12; II 7, 5; III 1, 2; 2, 17 y 18; 8, 5; V 3, 2b; VI 3, 1c y 1d; 4, 1; 8, 3; VII 3, 9; 4, 3; 6, 1, 4 y 5; VIII 6, 2; 9, 1 y 2; IX 2, 1 y 2; 5, 3 y 4; 7, 1-4; 11, 4 y 5.

50 OVIDIO , Metamorfosis I 144-45.

51 LUCANO , Farsalia I 680, 694; VI 591-93; VII 872; IX 271.

52 TÁCITO , Anales I 2.

53 II 2, 3.

54 IX 2, 2.

55 Historia romana II 11, 1.

56 Historia romana II 25, 3.

57 T. F. CARNEY , «The Picture of Marius in Valerius Maximus», RhM 105 (1962), 289-337.

58 Como en IX 7, 1.

59 VIII 6, 2.

60 IX 2, 2.

61 IX 2, 1.

62 Historia romana II 49, 3.

63 I 6, 12.

64 II 7; V 7 y 8; VI 3.

65 CICERÓN , Sobre la amistad 4, 15.

66 SALUSTIO , Guerra de Jugurta 31, 14-15.

67 V 6, 8.

68 CICERÓN , Tusculanas I 48, 116.

69 III 7, 8.

70 Recuérdese la costumbre de los grassatores y de los carmina convivalia, en que se propagaban gestas y ejemplos de antepasados ilustres, como nos dice Catón, para despertar el sentido de emulación entre los jóvenes romanos.

71 ARISTÓTELES , Retórica I 1, 10-11.

72 ARISTÓTELES , Retórica II 20, 9.

73 Retórica a Herennio IV 49.

74 La expresión exempla fidem faciunt se convierte ya desde él en proverbial (El orador, 120).

75 CICERÓN , La invención retórica I 49 y Tópicos 41-45.

76 CICERÓN , Sobre el orador III 204-205.

77 CICERÓN , Bruto 42. Se había marcado ya una clara distancia entre esta propuesta ciceroniana y la de Aristóteles cuando en la Poética establecía la diferencia entre poesía e historia precisamente en la ausencia o no de veracidad.

78 QUINTILIANO , Inst. orat. V 11, 5.

79 CICERÓN , Sobre las leyes I 1, 5.

80 CICERÓN , Verrinas 2.a S., III 209. También LIVIO en I 46, 3, pref. 10, y recientemente S. SULEIMAN , «Le Récit exemplaire. Parabole, fable, roman à thèse», en Poétique 32 (1997), 475.

81 PLINIO , Historia Natural XXXIII 26-29.

82 III 6, 2.

83 VII 1, 1.

84 Cf. JACQUES BERLIOZ , «L’exemplum au service de la prédication», en J. BERLIOZ et J. M. DAVID , Rhétorique et Histoire. L’ exemplum et le modèle de comportement dans le discours antique et médiéval, Ménages de l’École Française de Rome, París, 1980, págs. 113-146.

85 Respectivamente, en VI 8; V 1, ext. 2; VI 1, ext. 1; VI 7, 3; III 1, 2 y ext. 1.

86 G. MASLAKOV , «Valerius Maximus and Roman Historiography. A Study of the Exempla Tradition», ANRW 2, 32, 1, Berlín, Nueva York, 1984, pág. 457.

87 Especialmente en II 1, 10 y en el prefacio al libro VIII.

88 A. KLOTZ , «Zur Litteratur der Exempla und zur Epitoma Livii», Hermes 44 (1909), 198-214.

89 C. BOSCH , Die Quellen des Valerius Maximus, Stuttgart, 1929.

90 R. HELM , «Valerius, Seneca und die Exemplasammlung », Hermes 74 (1939), 198-214; A. RAMELLI , «Le fonti di Valerio Massimo», Athenaeum 14 (1936), 117-125.

91 F. R. BLISS , Valerius Maximus and his Sources: A stylistic Approach to the Problem, Univ. of North Carolina, 1951. M. FLECK , Untersuchungen zu den Exempla des Valerius Maximus, tesis, Marburg, 1974.

92 I 8, ext. 19.

93 F. R. BLISS , op. cit.

94 III 7, 8; IV 4, 11; VIII 6, 4.

95 VIII 13, ext. 4, y IX 5, ext. 4, respectivamente.

96 VIII 13, ext. 4-7.

97 CICERÓN , Sobre el orador I 211.

98 Noches Áticas X 18, 7.

99 Cf. H. BARDON , La litterature latine inconnue, vol. II, pág. 92.

100 Op. cit., vol. II, págs. 90 y ss.

101 SALUSTIO , Conjuración de Catilina 4.

102 IX 1, 9.

103 SALUSTIO , Conjuración de Catilina 15, 2.

104 R. GUERRINI , Studi su Valerio Massimo, Pisa, 1981, pág. 37.

105 IX 1.

106 Véase la correspondencia entre VELEYO PATÉRCULO (II 1, 1), VALERIO MÁXIMO (IX 1, 5) y TITO LIVIO (I, pref. 9).

107 Cf. E. NORDEN , Die antike Kunstprosa, Darmstadt, 1961 (reimpr.), págs. 303 ss. W. MARTIN BLOOMER , op. cit.; E. J. KENNEY -W. V . CLAUSEN (eds.), Historia de la Literatura Clásica, tomo II, Literatura Latina, Madrid, Gredos, 1989, pág. 552.

108 ERASMO , Ciceronianus 2826-2832, A. GAMBARO (ed.), Brescia, 1965, pág. 198.

109 B. KYTZLER , «La prosa postclásica de Roma», en M. FUHRMANN , Literatura Universal, tomo 3, Literatura Romana, Madrid, Gredos, 1982, pág. 384.

110 La escena a la que A. LEEMAN alude (op. cit., pág. 347) se encuentra en III 2, 14.

111 El propio historiador es consciente de ello y por eso dice: «Hay que evitar el hastío con la moderación oportuna» (III 8, ext. 1).

112 SÉNECA , Controversias 9, 2, 27: quid imitandum et quid vitandum sit, docemur exemplo. Y en Séneca, hijo, en el tratado Sobre la ira: et haec cogitanda sunt exempla quae vites et illa ex contrario quae sequeris.

113 Cf. R. GUERRINI , op. cit., págs. 61-136.

114 G. F. GIANOTI , «I testi nella scuola», en Lo spazio letterario di Roma Antica, G. CAVALLO , P. FEDELI , A. GIARDINA (dir.), vol. II, Padua, 1989, pág. 461.

115 M. BLOOMER , op. cit., pág. 151.

116 SÉNECA , Controversias 1, pref. 23.

117 La equivalencia viene dada en PLUTARCO , Bruto 53, 5-6 y VALERIO MÁXIMO , IV 6, 5, para el primer relato. Y en PLUTARCO , Marcelo 30, 5 y VALERIO MÁXIMO , V 1, ext. 6, para el segundo.

118 Existen equivalencias en VALERIO MÁXIMO , I 8, 1 y 7, 4 y MINUCIO FÉLIX , Octavio 7, 3; VAL . MÁX. , VII 3, 2 y MIN . FÉL ., 18, 6, VAL . MÁX. , I 6, 7 y MIN . FÉL ., 26, 3; VAL . MÁX. , I 1, 3 y MIN . FÉL ., 34, 12; VAL . MÁX. , IV 4 pref. y MIN . FÉL ., 36, 5. Y entre VALERIO MÁXIMO , I 8 y TERTULIANO , Apologética XXV 2.

119 GUERRINI , op. cit., pág. 61.

120 VI 6 pref.; 8, 7; IX 11. En todos estos lugares y otros muchos recurre al término visual.

121 CICERÓN , La invención retórica I 49. Esta subdivisión es aceptada también por M. VICTORINO , pág. 228 HALM .

122 Cf. REYNOLDS -WILSON , Copistas y filólogos, Madrid, Gredos, 1986, págs. 135-150.

123 Rodulfi Tortarii Carmina, ed. M. B. OGLE y D. M. SCHULLIAN (American Academy in Rome, 1933).

124 GIOVANNI DA PRATO , Paradiso degli Alberti, ed. ALESSANDRO WESSELOSFKY , 1867; reimpr. Bolonia, 1968, vol. I, parte II, págs. 306-311.

125 Cf. G. DI STEFANO , «Per la fortuna di Valerio Massimo nel Trecento», Accademia delle Scienze di Torino, Classe di scienze morali, storiche e filologiche. Atti 96 (1961-2), 777-790.

126 R. B. TATE , Ensayos sobre historiografía peninsular del siglo XV , Madrid, Gredos, 1970, pág. 194.

127 Cf. WILLIAM MELCZER , «Poetica e Retorica nelle enciclopedie italiane e tedesche del Quattrocento», Retorica e Poetica. Atti del III Convegno italo-tedesco, Padua, 1979, págs. 233-242.

128 No nos extendemos sobre el particular, pero para más información puede verse GUERRINI , op. cit., págs. 68-136.

129 Valerio Máximo, por su parte, toma como referencia a Cicerón, que vincula la justicia a la beneficencia bajo la doble denominación de «benignidad» y «liberalidad», en un funcionamiento cuasisinonímico (CICERÓN , Sobre los deberes I 7, 20).

130 M. MENÉNDEZ Y PELAYO , Bibliografía hispano-latina clásica, E. SÁNCHEZ REYES (ed.), Santander, 1950-1953, vol. VIII, págs. 178-187.

131 JOSÉ VALLEJO , Papeletas de bibliografía hispano-latina clásica, Madrid, 1967, págs. 24-25.

132 LISARDO RUBIO FERNÁNDEZ , Catálogo de los manuscritos clásicos latinos existentes en España, Madrid, 1984.

133 A. GÓMEZ MORENO , España y la Italia de los humanistas. Primeros ecos, Madrid, Gredos, 1994, pág. 153.

134 M. MENÉNDEZ Y PELAYO , op. cit., vol. X, Miscelánea, 75.

135 LUIS GIL FERNÁNDEZ , Panorama social del humanismo español (1500-1800), Alhambra, Madrid, 1981, pág. 536.

136 JUAN DE VALDÉS , Diálogo de la lengua, ed. de J. F. MONTESINOS , Madrid, 1928.

137 DIEGO LÓPEZ en su Prólogo a los Nueve libros de los exemplos y virtudes morales de Valerio Máximo. Sevilla, Francisco de Lyra, 1612 (Bibl. Univ. de Zaragoza, G-13-174).

138 JUAN BAUTISTA ESCARDÓ , Rhetórica Christiana e Idea de los que desean predicar con espíritu y fruto de las almas, Mallorca, Herederos de Gaspar Guasp, 1647 fol. 105r. Para más información, véase J. ARAGÜÉS ALDAZ , «Ars dilatandi exempla. Teorías sobre la amplificación narrativa del exemplum en los siglos XVI y XVII », Humanismo y pervivencia del mundo clásico. Homenaje al profesor Luis Gil, II, 2, Cádiz, 1997, págs. 721 ss.

139 Cf. J. C. MARGOLIN , «La rhétorique d’Aphtonius et son influence au XVIe . siécle», R. CHEVALIER (ed.), Colloque sur la Rhétorique Calliope I. Les Belles Lettres, París, 1979, págs. 254 ss.

140 M. MENÉNDEZ PELAYO , Bibliografía hispano-latina Clásica, vol. VIII, Santander, 1953.

141 Cf. JOSÉ VALLEJO , op. cit., págs. 24-25.

142 De ella da fe F. Martín Acera, que dice haberla consultado en la Biblioteca del Seminario Mayor de Valladolid. Cf. F. MARTÍN ACERA , op. cit., págs. 37-38.

143 Cf. NICOLÁS ANTONIO , Bibliotheca Hispana Vetus, vol. II, pág. 362.

144 F. MARTÍN ACERA , op. cit., pág. 43.

SINOPSIS *

LIBRO I

1.

Sobre la religión. Sobre el desprecio a la religión.

5.

Sobre los presagios.

6.

Sobre los prodigios.

7.

Sobre los sueños.

8.

Sobre los milagros.

LIBRO II

1.

Sobre instituciones antiguas.

2.

[Deberes y costumbres de los magistrados].

3.

[Instituciones militares].

4.

[Espectáculos].

5.

[La frugalidad de costumbres].

6.

[Costumbres extranjeras].

7.

Sobre la disciplina militar.

8.

Sobre el derecho a celebrar el triunfo.

9.

Sobre la nota censoria.

10.

Sobre la dignidad.

LIBRO III

1.

Sobre la índole.

2.

Sobre la fortaleza de ánimo.

3.

Sobre el aguante.

4.

Sobre aquellos que, de origen humilde, llegaron a ser ilustres.

5.

Sobre los que, nacidos de padres ilustres, degeneraron.

6.

De aquellos que, nacidos de hombres ilustres, vistieron o introdujeron modas con más permisividad de la que toleraba la costumbre de sus antepasados.

7.

Sobre la confianza en uno mismo.

8.

Sobre la perseverancia.

LIBRO IV

1.

Sobre la moderación.

2.

Personas que han llegado a ser amigos o parientes a pesar de ser, en principio, enemigos.

3.

Sobre la abstinencia y la sobriedad.

4.

Sobre la pobreza.

5.

Sobre la vergüenza.

6.

Sobre el amor conyugal.

7.

Sobre la amistad.

8.

Sobre la generosidad.

LIBRO V

1.

Sobre la humanidad y la clemencia.

2.

Sobre la gratitud.

3.

Sobre la ingratitud.

4 -6.

Sobre la piedad para con padres, hermanos y patria.

7.

Sobre el amor paterno y la indulgencia para con los hijos.

8.

Sobre la severidad de algunos padres para con los hijos.

9.

Sobre la moderación de los padres frente a actitudes sospechosas de sus hijos.

10.

Sobre padres que soportaron valerosamente la muerte de sus hijos.

LIBRO VI

1.

Sobre el pudor.

2.

Acciones y palabras expresadas libremente.

3.

Sobre la severidad.

4.

Dichos y hechos solemnes.

5.

Sobre la justicia.

6.

Sobre la lealtad pública.

7.

Sobre la fidelidad de las mujeres para con sus maridos.

8.

Sobre la lealtad de los esclavos.

9.

Sobre el cambio de costumbres y de fortuna.


* Para facilitar la información del lector, damos entre corchetes el tema tratado en el capítulo aunque no aparezca en el texto latino.

LIBRO I

PREFACIO

Tras hacer una selección de los autores más prestigiosos, he decidido exponer ordenadamente los hechos y dichos memorables de Roma y de los pueblos extranjeros, dichos y hechos que otros divulgaron por doquier, a fin de que puedan ser conocidos de manera inmediata y así les cueste poco esfuerzo a quienes quieran consultar las fuentes.

No pretendo abarcar todos, pues ¿quién sería capaz de incluir en unos pocos volúmenes los sucesos de toda la historia, o quién en su sano juicio podría esperar un relato en serie de la historia propia y la extranjera redactadas en el fecundo estilo de nuestros antepasados o como fruto de un esmero y una elocuencia eminentes? 1 .

Para hacer frente a esta empresa, tu ayuda invoco, César 2 , que no en vano el acuerdo de dioses y hombres quiso que fueses tú el rector de mares y tierras, tú, el más firme baluarte de la patria, tú, cuya divina providencia proporciona los mayores favores a las virtudes de las que voy a hablar y castiga severamente los vicios; que si los antiguos oradores comenzaron acertadamente en Júpiter Óptimo Máximo y los más ilustres vates se inspiraron en alguna divinidad, mi insignificante persona acude a tu patronazgo, porque si las otras divinidades son objeto de veneración, tu divinidad, como atestigua el momento presente, brilla con la misma luz que la de tu padre y tu abuelo 3 , cuyo eximio resplandor ha aportado un brillo irrepetible a nuestras ceremonias. Los restantes dioses, en verdad, los hemos recibido de nuestros antepasados, pero los Césares son fruto de nuestra creación.

Y ya que tengo la intención de comenzar por el culto a los dioses, diré algo de su condición.

CAPÍTULO 1

Sobre la religión

Nuestros antepasados quisieron que las ceremonias solemnes [1, 1] y establecidas fueran reguladas por los conocimientos de los pontífices, la autoridad en el éxito de las empresas militares estuviera sujeta a la observación de los augures, las predicciones de los adivinos basadas en los oráculos de Apolo y los conjuros de los malos prodigios sometidos a la ciencia de los etruscos. Además, conforme a la antigua costumbre, se pone sumo cuidado en los asuntos relacionados con la divinidad, y así, cuando hay que recomendar algo hacemos plegarias, y votos cuando hay que hacer una súplica, cuando tenemos que saldar alguna deuda damos gracias, cuando hay que averiguar algo mediante las entrañas de los animales o los dados hacemos una plegaria a tal fin, y, cuando queremos cumplir un rito solemne, hacemos un sacrificio mediante el cual expiamos también las amenazas de los prodigios y los rayos.

Los antiguos pusieron tanto cuidado no sólo en observar las prácticas religiosas, sino también en incrementarlas, que estando la ciudad en su mayor esplendor y riqueza por un decreto del senado fueron enviados diez hijos de la nobleza más relevante a otros tantos pueblos de Etruria para aprender las prácticas religiosas y para que trajesen de la ciudad de Velia, que aún no tenía el derecho de ciudadanía, a una sacerdotisa llamada Califana para el culto a Ceres, que había empezado a ser venerada según el ritual griego, y de este modo no le faltaría a la diosa una sacerdotisa que supiera de los primitivos ritos.

Como quiera que tenían en la ciudad un templo muy hermoso consagrado a esta diosa, nuestros antepasados, en la revuelta de los Gracos, advertidos por los libros sibilinos de que debían aplacar a la antiquísima Ceres, como desagravio a la diosa enviaron una comisión de diez hombres a la ciudad de Henna 4 , pues creían que de allí habían venido los ritos de la diosa. Es más, nuestros generales, cuando regresaban victoriosos, frecuentemente acudieron a Pesinunte para dar cumplimiento a las promesas hechas a la Madre de los Dioses.

[2] Tampoco Metelo, a la sazón pontífice máximo, permitió que saliera de la ciudad el cónsul y flamen 5 de Marte, Postumio, que se disponía a partir para África en una campaña militar, imponiéndosele una sanción para que no abandonara el culto sagrado: de esta manera, incluso el más alto cargo militar cedió ante la religión, porque parecía que Postumio no podría afrontar la guerra con seguridad abandonando el culto debido a Marte.

[3] Digno de elogio es el respeto religioso demostrado con las doce fasces 6 y más digna de alabanza aún la obediencia demostrada en un hecho semejante por medio de veinticuatro fasces: Tiberio Graco envió desde su provincia al colegio de los augures una carta en la que manifestaba que, al leer los libros concernientes a los ritos del pueblo, había advertido que era erróneo el emplazamiento señalado para la tienda augural en los comicios consulares que él mismo había realizado 7 . Una vez que este hecho fue comunicado por los augures al Senado, por mandato de éste regresaron a Roma Gayo Fígulo desde la Galia y Escipión Nasica desde Córcega y renunciaron a su consulado 8 .

[4] Por la misma razón Publio Clelio Sículo, Marco Cornelio Cetego y Gayo Claudio, porque las entrañas de las víctimas habían sido tratadas con poco cuidado, recibieron la orden y fueron obligados a abandonar el cargo de flamen 9 .

Quinto Sulpicio, por habérsele caído de la cabeza el píleo [5] sacerdotal cuando estaba oficiando un sacrificio, tuvo que renunciar al cargo, y el mero hecho de oír el chillido de un topo fue motivo para que Fabio Máximo dejara la dictadura y para que a Gayo Flaminio se le apartara del cargo de jefe supremo de la caballería 10 .

A estos ejemplos hay que añadir el de una virgen vestal [6] que había sido poco diligente en la custodia del fuego eterno: el pontífice máximo Publio Licinio consideró oportuno azotarla.

Sin embargo, la majestad divina de Vesta hizo que no [7] castigaran a una novicia discípula de Emilia, la vestal más venerable, a pesar de que había dejado apagar el fuego sagrado. Al postrarse ella ante la diosa y arrojar su túnica al fuego, la mejor que tenía, de repente se reavivó la llama 11 .

Nada tiene de extraño, pues, si para incrementar y conservar [8] el poder por medio de esta autoridad, la benignidad de los dioses ha estado siempre en vela con perseverancia y, gracias a esa autoridad, también los más nimios ritos religiosos parecen observarse con un cuidado escrupuloso, porque nuestros conciudadanos, hay que pensar que nunca han tenido sus ojos apartados de las prácticas religiosas más precisas. En nuestra ciudad, Marco Marcelo, desempeñando su quinto consulado, como quisiera consagrar un templo a los dioses del Honor y la Virtud, primero por el triunfo en Clastidio 12 y, después, habiéndose apoderado de Siracusa, ya que así lo había prometido, se lo impidió el colegio de pontífices, porque aducían que no se podía convenientemente dedicar un solo santuario a dos divinidades: podría suceder que, si acaecía un prodigio en dicho santuario, no se pudiera saber a cuál de las dos divinidades convenía rendirle el culto debido, aparte de que no solían hacerse sacrificios al mismo tiempo a dos divinidades sino en días determinados. Esta advertencia de los pontífices dio como resultado que Marcelo levantase dos imágenes del Honor y de la Virtud en sendos templos y ni para el colegio de pontífices la autoridad de un hombre revestido del mayor prestigio, ni para Marcelo el incremento del coste que debía sufragar, le fue un impedimento para respetar el temor y la observancia de las prácticas religiosas.

[9] Aunque Lucio Furio Bibáculo gozó de numerosos y célebres consulados, apenas halló un lugar para ser puesto como ejemplo tras Marcelo. Con todo, no debemos pasar por alto el elogio de su alma piadosa y sumamente devota: cuando era pretor, por orden de su padre, que presidía el colegio de los Salios 13 , tuvo que llevar los escudos sagrados 14 precedido de seis lictores, aunque disfrutaba del privilegio de no tener por qué hacerlo debido a su honor: y es que nuestros ciudadanos consideraron que todas las cosas tenían que subordinarse a la religión, incluso tratándose de personas en quienes se había querido dejar constancia pública de su alta dignidad. Por todo esto, no dudaron en supeditar el poder a los ritos sagrados, estimando así que serían los rectores del mundo si eran fieles y constantes servidores del poder divino.

Esta misma opinión se asentó también en los corazones [10] de los ciudadanos particulares. Por ejemplo, cuando Roma fue tomada por los galos, el flamen de Quirino y las vírgenes vestales se repartieron la carga para trasladar las imágenes sagradas, pero, como quiera que Lucio Albanio, que llevaba en un carro a su esposa e hijos, las viese cuando acababan de cruzar el puente Sublicio y comenzaban ya a subir la pendiente que lleva al Janículo, más considerado con la religión pública que con el amor a su familia, ordenó a los suyos que bajasen del carro y, cambiando el camino comenzado, llevó a las vírgenes y las imágenes sagradas a la ciudad de Cere, donde las acogieron con el mayor fervor.

Hasta el día de hoy llega ese grato recuerdo que testimonia una piadosa hospitalidad: a partir del suceso anterior se decidió que los ritos sagrados pasasen a llamarse «ceremonias» 15 , porque los habitantes de Cere veneraron las imágenes piadosamente, tanto en los peores momentos de la República como cuando los tiempos eran venturosos. Y aquel carro campesino y un tanto tosco, pero que sirvió entonces para lo que importaba, habría de igualar, e incluso sobrepasar, la celebridad de cualquier carro triunfal.

[11] En el mismo tiempo aciago para la República, Gayo Fabio Dorsuón proporcionó un ejemplo memorable de observancia religiosa. En efecto, cuando los galos estaban asediando el Capitolio, para que no se interrumpiese el sacrificio ritual establecido por la familia Fabia, ciñéndose la toga como suelen hacerlo los habitantes de Gabios, llevando en manos y espaldas las imágenes sagradas, llegó a la colina del Quirinal a través de las filas enemigas. Una vez concluidos allí los ritos sagrados con la solemnidad habitual, regresó de nuevo al Capitolio, casi como vencedor a causa de la veneración divina que se da a las armas vencedoras.

[12] En el consulado de Publio Cornelio y Bebio Tánfilo, nuestros antepasados nos brindaron también un gran ejemplo de observancia religiosa. Cuando unos labradores estaban cavando profundamente la tierra en el campo del escriba Lucio Petilio al pie del Janículo, al descubrir dos arcas de piedra, en una de las cuales una inscripción señalaba que allí había estado sepultado el cuerpo de Numa Pompilio, mientras que en la otra estaban ocultos siete libros latinos de Derecho de los Pontífices y otros tantos griegos de filosofía, pusieron sumo cuidado e interés en conservar los latinos; en cambio los griegos, porque pensaban que en cierta medida podían menguar el culto, los quemó el pretor urbano Quinto Petilio en presencia del pueblo, siguiendo las órdenes del senado dadas a los victimarios 16 : no quisieron los antiguos ciudadanos que se observase en esta ciudad cosa alguna que pudiese apartar las almas de los hombres del culto a los dioses.

[13] Por su parte, el rey Tarquinio ordenó meter en un saco y arrojar al mar al duúnviro Marco Atilio porque, sobornado, había dado a copiar a Petronio Sabino un libro encomendado a su custodia que contenía los secretos del ritual sacro civil. Este tipo de castigo, tiempo después, fue impuesto también a los parricidas, y con toda justicia, porque hay que castigar por igual la violencia para con los padres que la violencia para con los dioses.

Pero, en lo tocante a la tutela de las prácticas religiosas, [14] no sé si no superó a todos Marco Atilio Régulo. Éste, desposeído de su condición de ilustre vencedor por las insidias de Asdrúbal y el general espartano Jantipo, y reducido a la miserable condición de esclavo, fue enviado como embajador al Senado y al pueblo romano para que los intercambiaran a él, uno solo y ya anciano, por numerosos jóvenes cartagineses. Pero, después de aconsejar todo lo contrario, retomó a Cartago, sabiendo muy bien a qué enemigos crueles y despiadados regresaba con toda justicia, porque les había prometido bajo juramento que, si no le devolvían los prisioneros, regresaría a su lado. Es verdad que los dioses inmortales pudieron mitigar la crueldad desmedida. Por lo demás, los cartagineses, para que la fama de Atilio fuese más ilustre, tuvieron que soportar la práctica de sus propias costumbres: en la Tercera Guerra Púnica tendrían que pagar con la destrucción de su ciudad la muerte del más piadoso espíritu tan cruelmente vejado.

¡Cuánto más respetuoso fue para con los dioses el senado [15] de nuestra ciudad! Después del desastre de Cannas 17 decretó que las matronas romanas no guardasen luto más de treinta días para que así pudieran celebrar el culto debido a Ceres, ya que, al haber perecido la mayor parte de ciudadanos romanos en un suelo maldito y funesto, todos los hogares estaban llenos de tristeza. De esta manera, madres e hijas, esposas y hermanas, secándose las lágrimas por tantos muertos y quitándose los vestidos que testimoniaban el dolor, vistieron una túnica blanca y fueron obligadas a quemar incienso en los altares. Ciertamente, con esta constancia en la observancia de la religión, lograron que los dioses sintiesen rubor a la hora de vengarse en adelante de aquel pueblo que, ni con la crueldad de estas ofensas, se apartó jamás del culto debido.

Sobre el desprecio a la religión

[16] Se cree que el cónsul Varrón combatió contra los cartagineses de manera tan desafortunada en Cannas por culpa de Juno, ya que, al celebrar un edil unos juegos circenses, había puesto a un joven histrión sumamente hermoso en el carro de Júpiter Óptimo Máximo para llevar los divinos despojos. Este hecho, recordado años más tarde, fue expiado con unos sacrificios.

[17] Se cuenta que también Hércules exigió un duro y claro castigo por un desprecio a su culto: como la familia de los Poticios, a propuesta del censor Apio, había transferido al servicio humilde de los esclavos el ritual de unas ceremonias religiosas que sólo a ella competía y que le había sido encomendado como un honor hereditario, todos los miembros jóvenes de la familia, que eran más de treinta, murieron en menos de un año y el nombre de los Poticios, que se extendía por doce familias, estuvo a punto de extinguirse; Apio, por su parte, se quedó ciego.

[18] También Apolo vengó cruelmente su divinidad: después de que los romanos hubieron conquistado Cartago y ser despojado Apolo de su manto de oro, hizo que las manos sacrílegas fueran encontradas, amputadas del cuerpo, entre los restos del manto.

Y no fue un vengador menos eficiente del desprecio infligido [19] a su culto su hijo Esculapio. Éste [doliéndose de que] un bosque consagrado a su templo había sido talado casi en su totalidad por Turulio, prefecto de Antonio, para construirle unas naves, al tiempo que cometían esta acción sacrílega, los partidarios de Antonio fueron derrotados. Por orden de César y porque ésa era la voluntad del dios, Turulio fue condenado a morir en aquel lugar que había violado y el dios hizo también que allí mismo los soldados cesarianos le diesen el mismo tipo de muerte que él había dado a los árboles, para que lavase de esta manera la culpa ocasionada a los árboles y para que restituyese la inmunidad de semejante ofensa a los árboles que aún quedaban en pie. De esta manera incrementó el respeto y devoción que siempre había tenido de sus fieles devotos.

Por su parte, Quinto Fulvio Flaco no quedó sin castigo [20] cuando, siendo censor, trasladó unas losas de mármol del templo de Juno Lacinia al templo de la Fortuna Ecuestre que estaba construyendo en Roma. Después de esto se dice que perdió el juicio. Es más, murió trastornado al recibir la noticia de que, de los dos hijos que tenía haciendo el servicio militar en el Ilírico, uno había muerto y el otro estaba gravemente enfermo. Conmovido por este suceso, el senado ordenó trasladar de nuevo las losas de mármol a Locros y reparó la acción impía del censor con la muy circunspecta piedad de un decreto.

¡Por Hércules! Del mismo modo y con idéntico castigo [21] vengó la desenfrenada avaricia de Pleminio, el legado de Escipión, por haber saqueado el tesoro de Prosérpina. Cuando recibió la orden de ser traído a Roma encadenado, antes del proceso murió en la cárcel afectado de una enfermedad repugnante y la diosa recuperó su tesoro, duplicado además, por orden del mismo senado.

Ejemplos extranjeros

[1, 1] Por lo que concierne a la impía acción de Pleminio, la diosa se tomó cumplida venganza valiéndose de los senadores, y en lo que atañe a las violentas bajezas del rey Pirro, la diosa misma se defendió poderosa y eficazmente. En efecto, al ser obligados los locrios a pagarle un fuerte tributo de su tesoro, cuando iba en la nave bien repleta del botín sacrílego, naufragó toda la flota por una violenta tempestad desencadenada en la costa próxima al templo de la diosa. Allí, en la costa misma, se recuperó íntegro todo el botín, que fue de nuevo entregado a la custodia del santísimo tesoro.

[2] De manera bien distinta se comportó el rey Masinisa. Al arribar el prefecto de la flota a Malta y entregarle al rey como regalo unos dientes de marfil de singular volumen sustraídos del santuario de Juno, cuando el rey supo su procedencia, se ocupó de que fuesen devueltos a Malta en una quinquerreme y de que fueran puestos de nuevo en el templo de Juno, con una inscripción en la lengua de su pueblo en la que decía que el rey los había aceptado sin saber su procedencia y que, gustosamente, los había devuelto a la diosa. ¡Una acción más propia de Masinisa que de la forma de ser de los fenicios! 18 .

Aunque, ¿por qué vamos a sopesar las costumbres según [3] la nación? Uno que había nacido en el corazón mismo de un país salvaje borró el sacrilegio de otro: un tal Dionisio, nacido en Siracusa, consideró chistoso comentar con palabras jocosas tantos sacrilegios suyos cuantos veremos a continuación: Después de haber saqueado el templo de Prosérpina en Locros 19 , cuando en nave era llevado por alta mar con el viento favorable, entre risas dijo a sus amigos: «¿Os dais cuenta de qué buena travesía proporcionan los dioses inmortales mismos a los sacrílegos?». Por si también esto fuera poco, habiéndole quitado a Júpiter Olímpico un manto de oro de gran peso, obsequio del tirano Gelón, con el que lo había revestido, y procedente del botín quitado a los cartagineses, tras poner en su lugar un manto de lana, dijo que el manto de oro era pesado para el verano y frío para el invierno, mientras que el de lana era apropiado para todas las estaciones. El mismo Dionisio ordenó quitarle a Esculapio de Epidauro la barba de oro porque decía que no estaba bien que se viera a Apolo, que era el padre, sin barba y al hijo con ella 20 . El mismo personaje sustrajo de los santuarios mesas de oro y plata, y como quiera que en ellas estaba escrito, según la costumbre griega, que eran propiedad de los dioses, decía que así se servía de la generosidad de éstos. Este mismo de quien hablo robaba también las Victorias de oro, las páteras y las coronas que sostenían las manos de las imágenes en actitud oferente y decía que las cogía y que no las robaba, argumentando que era de lo más tonto no querer aceptar de quienes pedimos dones los dones que ellos mismos nos ofrecen. Y él, aunque no pagó el castigo que merecía, una vez muerto pagó con el deshonor de su hijo el castigo merecido que había evitado en vida: pues con paso lento camina la cólera divina, inexorable en su propia venganza, y compensa esta lentitud con la severidad del castigo.

[4] Para no caer bajo el peso de la cólera divina, Timasiteo, el príncipe de los liparenses, nos proporciona un ejemplo sumamente útil y de resultados bien distintos para él y para toda su patria: sus ciudadanos, afamados piratas, se apoderaron en el mar de una crátera de oro de gran peso que los romanos habían dedicado a Apolo Pitio como diezmo y, cuando el pueblo se disponía a repartírsela, al saber él *** 21 .

[4, 2] *** Por su parte, el rey Deyótaro 22 , que tenía la costumbre de consultar casi todo antes de hacer algo, recibió de un águila un aviso que resultó ser sumamente saludable. Cuando la vio, abandonó su casa y a la noche siguiente se derrumbó por completo.

CAPÍTULO 5

Sobre los presagios

[5, 1] También la observación de los presagios tiene algo que ver con la religión, porque se cree que los presagios se basan no en el azar, sino que son fruto de la providencia divina. Ésta hizo que tras la caída de Roma en poder de los galos, cuando los senadores deliberaban si emigrar a Veyos o rehacer sus murallas, un centurión de las cohortes que regresaban como ayuda de la ciudad exclamó en medio de la asamblea del pueblo: «Portaestandarte, detén aquí tu enseña; aquí estaremos mejor que en ninguna otra parte». Al oír esto, el Senado respondió que daba por bueno el presagio e inmediatamente abandonó su propósito de trasladarse a Veyos. ¡Con qué pocas palabras quedó confirmado el emplazamiento del que habría de ser el imperio más grande! Creo que a los dioses les pareció muy poco digno que el nombre de Roma, nacido con los mejores auspicios, pudiera cambiarse por el nombre de la ciudad de Veyos y que el honor de una gloriosa victoria se confundiese con el de una ciudad recientemente perdida 23 .

El autor de esta empresa tan preclara, Camilo, al pedir [2] que, si a alguno de los dioses le parecía excesiva la fortuna del pueblo romano, saciase su envidia con alguna desgracia personal, sufrió una súbita caída. Pareció que este presagio tenía relación con la condena que más tarde tuvo que soportar. No sin razón se estableció una contienda sobre la gloria entre la victoria y la piadosa rogativa de un hombre insigne, porque tan propio del valor es acrecentar los bienes de la patria como querer atraer sobre uno mismo los males 24 .

[3] ¡Y qué digno de recuerdo resulta también lo que le sucedió al cónsul Lucio Paulo! Como le había tocado en suerte llevar la guerra contra el rey Perseo, al regresar de la curia a su casa, cuando le dio un beso a su hijita Tercia, que por entonces era aún muy pequeña, observando que estaba triste le preguntó por qué tenía esa cara. Ella le contestó que Persa acababa de morir. Y es que tenía un perrito llamado «Persa» que era la niña de sus ojos. Paulo lo tomó como buen presagio e interpretó este suceso fortuito como la esperanza cierta de una victoria que le ocasionaría celebridad 25 .

[4] Por su parte Cecilia, la esposa de Metelo, al tratar de ver para la hija de su hermana, aún virgen y ya en edad de casarse, algún presagio nupcial, lo halló en sí misma, durante la noche, según la costumbre: como pasara largo tiempo sentada en un pequeño santuario esperando el prodigio y no oyera voz alguna relacionada con su propósito, cansada de tanto esperar, la joven pidió a su tía que le cediese el sitio un rato para sentarse. Ella le respondió: «Te cedo gustosa mi sitio». Esta respuesta, fruto del cariño, terminó confirmando el presagio, porque Metelo, poco después de morir su esposa Cecilia, se casó con la joven de la que hablo.

[5] También a Gayo Mario la observación de un presagio no ofreció dudas a su salud cuando fue conducido para ser encarcelado a la casa de Fannia en Minturnas, después de ser declarado por el Senado enemigo público. Vio que un asno, cuando le estaban echando de comer, dejó la comida para irse a beber. Pensando que con tal visión la providencia divina le manifestaba lo que iba a suceder, sobre todo siendo él un experto intérprete en materia religiosa, logró de la muchedumbre que se había congregado para ayudarle que le llevasen al mar. Al punto subió a una barquita, y llegando en ella a África escapó de las armas victoriosas de Sila.

En cambio Pompeyo Magno, vencido por César en la [6] batalla de Farsalia, tratando de salvarse, en su huida puso rumbo a la isla de Chipre con la intención de conseguir allí refuerzos; nada más llegar a las puertas de la ciudad de Pafos, vio en la costa un hermoso edificio y preguntó al timonel cómo se llamaba. Éste le respondió que se llamaba katōbasíleia 26 . Estas palabras disminuyeron la poca esperanza que tenía y no lo ocultó: apartó su mirada de aquel palacio y expresó a las claras con un gemido el dolor que tan cruel presagio le había causado.

También fue tenido por bien claro el presagio de Marco [7] Bruto una vez admitido el parricidio: celebrando su cumpleaños después de aquel nefando crimen, al querer citar un verso griego se vio impelido en su ánimo a acudir antes que a ninguno al famoso verso de Homero:

allá me moîr’ oloḕ kaì lētoûs éktanen hyiós 27 .

Este dios, tenido como contraseña en la batalla de Filipos por César y Antonio, dirigió sus dardos contra él.

Con un golpe de voz bien oportuno la fortuna le dio un [8] tirón de orejas a Gayo Casio. Pidiéndole los ciudadanos de Rodas que no expoliase todas las estatuas de los dioses, tuvo a bien responderles que les dejaba el Sol 28 . Revelaba así, con la soberbia de sus palabras, la insolencia del muy rapaz vencedor y se vio obligado, una vez derrotado en la campaña de Macedonia, a abandonar no sólo la estatua del Sol, la única que había dejado a los suplicantes rodios, sino también el sol mismo 29 .

[9] Hay que dejar también constancia de aquel prodigio mediante el cual pereció en Liguria el cónsul Petilio cuando estaba haciendo la guerra: al llevar el ataque al monte llamado Leto en una exhortación a sus soldados había dicho: «Hoy conquistaré Leto sea como sea»; sin tomar precauciones en el combate confirmó la certeza de sus palabras con su propia muerte 30 .

Ejemplos extranjeros

[5, 1] Con toda razón podemos sumar a los anteriores dos ejemplos del mismo tipo procedentes de pueblos extranjeros. Los habitantes de Samos, cuando los prienenses les pidieron ayuda contra los carios, llevados de su arrogancia, en lugar de enviarles un ejército y una flota les enviaron una sibila para mofarse de ellos 31 . Pero éstos, acogiéndola como si se tratase de una ayuda venida del cielo, la tuvieron como artífice de la victoria gracias a sus inequívocas predicciones.

En verdad los habitantes de Apolonia ni siquiera tuvieron [2] que arrepentirse porque, cuando estaban en una situación difícil en la guerra ilírica 32 , les habían pedido los habitantes de Epidamno que les proporcionasen auxilio y éstos les habían dicho que enviaban en su ayuda un río próximo a sus murallas conocido por el nombre de Eante, los de Apolonia les contestaron: «Aceptamos lo que se nos da»; y asignaron al río el primer puesto de combate como si fuera el general. De pronto, vencidos los enemigos, pensando que el éxito se debía a un presagio, hicieron sacrificios entonces en honor a Eante como a un dios y, en lo sucesivo, decidieron servirse de él en todas las guerras como si fuera el general.

CAPÍTULO 6

Sobre los prodigios

Es mi intención relatar debidamente también los prodigios que han acaecido, tanto los favorables como los desfavorables.

Cuando Servio Tulio era aún un niño y estaba durmiendo, [6, 1] unos familiares suyos observaron que en tomo a su cabeza resplandecía una llama. Admirada de este prodigio, Tanaquil, la esposa de Anco Marcio, crió al hijo de una esclava como si se tratase de su propio hijo y lo elevó después al trono real 33 .

[2] Desenlace igualmente feliz resultó la llama que resplandeció sobre la cabeza de Lucio Marcio, general de los dos ejércitos cuya moral había decaído con la muerte de Publio y Gneo Escipión en Hispania, cuando les estaba lanzando una arenga. Nada más ver la llama, los soldados, que aún estaban sobrecogidos, recuperaron el primitivo ánimo y, tras dar muerte a treinta y ocho mil enemigos y coger prisioneros a otro buen número de ellos, se apoderaron de los dos campamentos cartagineses repletos de botín.

[3] Otro prodigio: como los habitantes de Veyos, confinados al interior de las murallas por los romanos en una guerra sangrienta y duradera, no podían ser definitivamente vencidos, y aquella demora parecía no menos intolerable para los sitiadores que para los sitiados, los dioses inmortales señalaron claramente el medio de tan ansiada victoria mediante un prodigio maravilloso: de repente las aguas del lago Albano alcanzaron un nivel fuera de lo normal sin que hubiese lluvia ni inundación de río alguno. Para saber el motivo de este suceso, unos legados enviados al oráculo de Apolo en Delfos regresaron diciendo que el oráculo aconsejaba inundar con el agua del lago aquellas tierras próximas. De esta manera los de Veyos terminarían sometiéndose al poder de los romanos. Y antes de que los legados comunicaran esta respuesta, ya había dicho esto mismo un arúspice de Veyos secuestrado por uno de nuestros soldados —es que entonces los romanos no tenían arúspices— y traído al campamento. En consecuencia, el senado, aconsejado por esta doble predicción casi simultánea, fue obediente a la voluntad divina y se apoderó de la ciudad enemiga.

Y no fue poco venturoso el suceso que sigue. Al estar el [4] cónsul Lucio Sila celebrando un sacrificio en el campo de Nola delante mismo del pretorio durante la Guerra Social 34 , vio de pronto que, de debajo del altar, se deslizaba una serpiente. Nada más verla, a instancias del arúspice Postumio, hizo salir a campaña de inmediato al ejército y conquistó el bien fortificado campamento de los samnitas. Esta victoria fue la base y el comienzo de su futuro gran poder 35 .

De singular admiración fueron también aquellos prodigios [5] que tuvieron lugar en nuestra ciudad entre el comienzo y las primeras escaramuzas de la guerra, durante el consulado de Gayo Volumnio y Servio Sulpicio: en efecto, un buey cuyo mugido se había convertido en voz humana, por la novedad del prodigio, llenó de espanto los ánimos de quienes lo oyeron. Cayeron también trozos de carne esparcidos como si fuese lluvia; la mayor parte se la llevaron las aves precipitándose sobre ella, el resto estuvo tirado varios días en el suelo sin producir mal olor y sin cambiar de aspecto.

Durante otro tumulto se dio crédito también a prodigios de la misma naturaleza: un niño de seis meses que aún no hablaba gritó en el foro Boario: «¡Triunfo!»; otro nació con cabeza de elefante; en el Piceno llovieron piedras; en la Galia un lobo le sacó la espada de la mismísima vaina a un centinela; en Cerdeña dos escudos exudaron sangre; en Anzio cayeron espigas ensangrentadas en las cestas de unos segadores; en Cere las aguas fluyeron mezcladas con sangre. También hay constancia de que en la Segunda Guerra Púnica un buey de Gneo Domicio dijo: «¡Roma, ten cuidado!» 36 .

[6] Gayo Flaminio, elegido cónsul sin haber consultado los auspicios, cuando para enfrentarse a Aníbal junto al lago Trasimeno había dado la orden de poner en movimiento las enseñas, cayendo del caballo, se quedó tendido en tierra sobre la cabeza del animal sin que por ello cambiasen en nada sus intenciones ante aquel prodigio. Y aunque los portaestandartes le decían que no podían mover las enseñas de su sitio, les amenazó con un gran castigo si no las hacían salir de inmediato.

¡Ojalá hubiese pagado su temeridad con su propia derrota, y no con el mayor desastre del pueblo romano! Pues en aquella batalla perecieron quince mil romanos, seis mil fueron hechos prisioneros y diez mil lograron huir. El cuerpo descuartizado del cónsul fue buscado por Aníbal para rendirle honras fúnebres; por ese Aníbal que había hecho cuanto estaba en sus manos para sepultar el Imperio Romano.

[7] A la audacia precipitada de Flaminio sigue la insensata obstinación de Gayo Hostilio Mancino. A este cónsul, que se disponía a partir para Hispania, le sobrevinieron los siguientes prodigios: queriendo celebrar un sacrificio en Lavinio, unos pollos, escapándose de la jaula, huyeron a un bosque cercano y, aunque los buscaron con la mayor diligencia, no pudieron encontrarlos. Cuando iba a subir a la nave en el puerto de Hércules, adonde había llegado a pie, sin haberlas dicho nadie, llegaron a sus oídos las siguientes palabras: «Mancino, detente».

Aterrado por ello, cuando dándose la vuelta se había dirigido a Génova y se había embarcado allí, vio una serpiente enorme que de inmediato desapareció de su vista. En conclusión, el número de sus penalidades fue igual al de los prodigios que se le presentaron: un combate desafortunado, un tratado de paz vergonzoso y una rendición funesta 37 .

El triste final de un hombre tan importante como Tiberio [8] Graco, anunciado por un prodigio y no tenido en cuenta, hace menos extraña la temeridad de un hombre de baja condición. Siendo cónsul, cuando iba a hacer un sacrificio en Lucania, dos serpientes que se deslizaron de improviso desde un lugar recóndito, después de devorar el hígado de la víctima que había sacrificado, se volvieron a ocultar en un escondrijo. Al reanudar a continuación, por este motivo, el sacrificio, se repitió el prodigio. Sacrificada también una tercera víctima, y pese a vigilar con mayor diligencia las entrañas, no pudo impedirse la marcha de las serpientes. Y aunque los arúspices dijeron que el prodigio no era bueno para el general, Graco sin embargo no tomó precauciones para evitar que por las insidias de su pérfido huésped Flavio, conducido al lugar donde Magón, el general cartaginés, se había escondido con un grupo de hombres armados, fuese asesinado inerme.

[9] La colegialidad del consulado, el error común y el mismo tipo de muerte me hacen relacionar lo ocurrido a Tiberio con la muerte de Marco Marcelo 38 .

Éste, henchido de orgullo por la conquista de Siracusa y por haber sido el primero en hacer huir a Aníbal ante las murallas de Nola, cuando ponía todo su ahínco en aniquilar el ejército cartaginés dentro de suelo italiano o en hacerlo salir de él, al tratar de saber la voluntad de los dioses mediante un sacrificio solemne, se encontró con que la primera víctima que fue sacrificada ante el fuego sagrado tenía un hígado sin el lóbulo superior mientras que la segunda tenía dos lóbulos superiores. Nada más verlas, el arúspice, con el semblante entristecido, manifestó que no le gustaban nada las entrañas porque inmediatamente después de las mutiladas habían aparecido otras demasiado grandes.

De esta manera, aunque Marco Marcelo fue advertido de que no debía hacer ningún intento temerario, la noche siguiente se atrevió a salir con unos pocos para espiar. Rodeado de numerosos enemigos en la región del Brucio, con su muerte ocasionó por igual un gran dolor y un gran contratiempo a la patria.

[10] De la misma manera que también el cónsul Octavio 39 sintió temor ante un funesto presagio sin que pudiera evitarlo: cortada la cabeza de una imagen de Apolo y caída al suelo de manera que era incapaz de arrancarla, estando enfrentado con las armas a su colega Cinna, tuvo por cierto que aquel hecho significaba su muerte. El temor al prodigio se confirmó con el triste final de su vida. Sólo entonces la cabeza del dios, inamovible hasta aquel momento, pudo ser arrancada del suelo.

Marco Craso, digno de ser citado entre las pérdidas más [11] significativas del Imperio Romano, por lo que a nosotros respecta, no nos deja guardar silencio sobre él, azotado como fue por los muy numerosos y evidentes golpes de los presagios que precedieron a tan considerable pérdida. Estaba a punto de conducir el ejército desde Carras 40 contra los partos. Le trajeron un manto negro cuando era costumbre dar un manto blanco o de color púrpura a los que partían para la guerra. Los soldados, tristes y en silencio se reunieron en el frente; quienes según costumbre inveterada deberían correr al asalto con gran griterío, comenzaron el combate tristes y en silencio. Una de las águilas 41 el primipilo apenas pudo ponerla en marcha; la otra, sacada con muchísima dificultad, tomó el sentido opuesto al de la marcha.

Grandes fueron los prodigios, pero tanto mayores los desastres: los exterminios de las más brillantes legiones, tan numerosas enseñas capturadas por manos enemigas, la flor y nata del ejército romano aniquilada por la caballería de los bárbaros, los ojos de los padres salpicados con la sangre de los hijos de las más nobles familias, el cuerpo del general en jefe entre montones de cadáveres hacinados sirviendo de pasto a las aves de rapiña y a las alimañas. Me habría gustado ser más agradable en el relato, pero lo que (digo) es la verdad. Así de clara es la cólera de los dioses cuando no se tienen en cuenta sus presagios; así se castigan las decisiones de los hombres cuando se ponen ellos mismos por delante de los dioses.

[12] Júpiter Omnipotente había también advertido muchas veces a Gneo Pompeyo de que no intentase poner a prueba la suerte decisiva de la guerra enfrentándose a César. Nada más salir de Durazzo, el dios se lo anunció lanzando sus rayos en dirección contraria a su ejército, oscureciendo las enseñas con enjambres de abejas, llenando de una tristeza inesperada el ánimo de los soldados, aterrorizando durante la noche a todo el ejército y hasta haciendo huir del mismísimo altar a las víctimas que iban a ser sacrificadas. Pero las leyes inexorables del destino no permitieron que un corazón en otro tiempo sumamente juicioso valorase esos presagios en su justa medida. De esta manera, mientras hacía una valoración de los presagios, en el espacio de un solo día dio al traste con su plenipotenciaria autoridad, con los recursos privados más grandes y con toda esa clase de distinciones públicas conseguidas desde su juventud y casi envidiadas de todos.

Hay constancia de que ese día en los santuarios de los dioses las imágenes, de manera espontánea, volvieron la espalda, el griterío de los soldados y el estrépito tan grande de las armas, oídos en Antioquía y Ptolemaida, fueron tan grandes que la gente corrió a refugiarse dentro de las murallas; de lo más recóndito del templo de Pérgamo salió un sonido de tambores frigios, y en Trales, en el templo de la Victoria, a los pies de la estatua de César, entre las juntas de las piedras, brotó una palmera verde de tamaño natural. Con estos prodigios queda claro que la voluntad de los dioses quería dar a entender que era favorable a la gloria de César, y que había querido evitar el error de Pompeyo.

Rindiendo culto a tus altares y sacratísimos templos, divino [13] Julio 42 , pido que me permitas con tu generoso y favorable consentimiento acogerme a la suerte de tan grandes hombres bajo la tutela y protección de tu ejemplo: sabemos que el día en que, vestido con un manto color púrpura, te sentaste en el trono de oro para que no pareciese que despreciabas el alto honor otorgado por el senado con el mayor de los celos, antes de brindar tu presencia sumamente anhelada a los ojos de los ciudadanos, tuviste tiempo de cumplir con los ritos sagrados de un culto que, poco después, tú mismo habrías de tener y sabemos también que, sacrificado un pingüe buey, no apareció el corazón en sus entrañas y que el arúspice Espurina te respondió que aquel prodigio tenía que ver con tu vida y tus decisiones 43 , porque una y otras estaban contenidas en el corazón. Poco después sobrevino el parricidio de aquellos que, al querer sustraerte de la presencia de los hombres, lo que hicieron fue incluirte entre los dioses.

Ejemplos extranjeros

[6, 1] Concluyamos con este ejemplo el relato de tales prodigios relativos a nuestro pueblo para que no parezca que he pasado de manera poco conveniente del templo celestial a los humildes hogares si más adelante vuelvo a tratar asuntos domésticos.

Trataré, pues, casos extranjeros que, insertos en la literatura latina, aunque merecen menos crédito, pueden aportar alguna variedad agradable.

Hay constancia de que, en el ejército que Jerjes había reclutado para la expedición contra la provincia de Grecia, una yegua parió una liebre. Con este prodigio se quiso significar el resultado de tantos preparativos, pues quien *** con naves el mar y con un ejército a pie la tierra, fue obligado a regresar a su reino como animal en pavorosa huida.

Al mismo Jerjes, nada más cruzar el monte Atos 44 , cuando meditaba invadir Lacedemonia antes de destruir Atenas, le acaeció un prodigio admirable en el momento mismo de ponerse a cenar: el vino que le habían servido en una copa se convirtió en sangre y no sólo una vez, sino dos veces más. Consultados los adivinos sobre el particular, le aconsejaron que abandonara su propósito y si todavía quedaba en su malvado corazón algo de sensatez *** previamente fue aconsejado con todo lujo de detalles sobre Leónidas y los espartanos que interceptaron 45 …

En cambio a Midas, que con su poderío sometió Frigia, [2] de niño y mientras dormía unas hormigas amontonaron sobre su boca granos de trigo. Sus padres, tratando de saber qué significaba aquel prodigio, preguntaron a los augures y éstos respondieron que el niño sería el más rico de los mortales. Y la predicción se cumplió a rajatabla, pues Midas sobrepasó con sus riquezas las de casi todos los reinos juntos y compensó los modestos dones de su infancia dados por los dioses con tesoros de oro y plata.

En justicia y con toda razón yo preferiría las abejas de [3] Platón a las hormigas de Midas: éstas fueron indicio de una felicidad caduca y frágil, aquéllas de una felicidad sólida y eterna, al depositar miel sobre los labios del niño cuando estaba dormido en la cuna. Oído el suceso, los intérpretes de presagios dijeron que de su boca emanaría una elocuencia de singular dulzura. Y a mí me parece que aquellas abejas destilaron el dulce alimento de la más insigne elocuencia, no por haber libado el oloroso tomillo del monte Himeto, sino las colinas del Helicón, siempre verdes en toda clase de doctrinas de las musas y por inspiración divina 46 .

CAPÍTULO 7

Sobre los sueños

Pero ya que he hablado del sueño de riquezas de Midas [7, 1] y del sueño de elocuencia de Platón, referiré a continuación con qué inequívocas visiones se ensombreció el descanso de muchos. ¿Y qué mejor lugar para empezar que el recuerdo sacratísimo del divino Augusto? A su médico Artorio, que tuvo un sueño durante la noche previa al día en que los ejércitos romanos se enfrentaron en los campos de Filipos 47 , se le apareció la imagen de Minerva y le ordenó que aconsejase a Octavio, aquejado entonces de una grave enfermedad, que interviniese en el combate que se avecinaba pese a hallarse enfermo.

Habiendo oído esto César, ordenó que lo llevasen en litera al campo de batalla. Mientras permanecía en vela, más allá de lo que sus propias fuerzas le permitían para alcanzar la victoria, Bruto se apoderó de su campamento 48 . ¿Qué otra cosa podemos pensar sino que la divinidad hizo que un hombre destinado ya a la inmortalidad percibiese la violencia de la fortuna indigna de un espíritu divino?

[2] Pero lo que indujo a Augusto a obedecer el sueño de Artorio, además de la inclinación natural de su ánimo a examinar cuidadosamente todas las cosas, fue un suceso reciente ocurrido en el seno de su propia familia: había oído, en efecto, que Calpurnia, la esposa de su padre, el divino Julio 49 , la noche previa a su muerte había visto en sueños que él yacía víctima de numerosas heridas en el pecho, y sumamente aterrorizada por la atrocidad del sueño no había dejado de pedirle insistentemente que se abstuviese de ir a la sesión del senado al día siguiente 50 . Pero él, para que no se pensara que había hecho esto movido por el sueño de una mujer, se dirigió a la sesión del senado, donde se habían dado cita las manos parricidas. No ha lugar a hacer comparaciones entre padre e hijo, sobre todo cuando los dos están unidos por el culmen de la gloria divina, pero ya uno se había ganado con sus obras la entrada en el cielo y al otro le quedaba aún un largo recorrido por toda clase de virtudes terrenales.

Por todo ello, los dioses quisieron que solamente uno tuviese que conocer el cambio inminente de su estado 51 y que el otro tuviera aún que esperar largo tiempo para que se le prometiese otro honor y se le diese otra dignidad en el cielo.

Es también digno de admirar por su feliz desenlace el [3] sueño que tuvieron la misma noche los dos cónsules Publio Decio Mus y Tito Manlio Torcuato en la peligrosa y dura guerra contra los latinos, cuando los campamentos de ambos estaban situados en las faldas del monte Vesubio: a uno y otro una imagen aparecida durante el sueño les predijo que el comandante en jefe de una de las dos partes del ejército y el ejército completo de la otra parte se debía a los dioses manes y a la Madre Tierra. El general de uno de los dos ejércitos habría de ofrecer en sacrificio las tropas enemigas y sobre ellas sacrificarse él mismo y, de esta manera, el ejército de uno de los dos cónsules saldría vencedor 52 .

A la mañana siguiente, dispuestos los cónsules a alejar aquel presagio mediante un sacrificio, en caso de que pudiese alejarse, o bien a cumplirlo, si es que la admonición divina era irrefutable, las entrañas de las víctimas confirmaron el sueño y los dos cónsules acordaron entre ellos que aquel cuya ala hubiera empezado a desfallecer la primera pagase con su vida el destino de la patria. El destino quiso que fuese Decio, pero ninguno de los dos se arredró 53 .

[4] Viene a continuación un sueño que tiene que ver también con el culto público. Como un paterfamilias durante los Juegos Plebeyos había llevado al suplicio a un esclavo de su propiedad, azotándolo bajo una horca de suplicio a lo largo del Circo Flaminio, antes de que comenzase el desfile de los juegos, Júpiter ordenó a un plebeyo llamado Tito Latinio, en un sueño, que dijera a los cónsules que le había desagradado el primer danzarín en los juegos circenses últimos y que, si este hecho no se expiaba con una cuidada renovación de los juegos, había de sobrevenir un peligro muy grande a la ciudad.

Temiendo él implicar a la suprema autoridad de los cónsules en materia religiosa con algún daño personal, guardó silencio: un hijo suyo, súbitamente afectado de una enfermedad repentina, murió. También él mismo, preguntado por el mismo dios en sueños si no había pagado ya suficientemente el olvido de la orden que le dio, como quiera que perseverase en la decisión tomada, vio que los miembros de su cuerpo empezaban a flaquearle. Sólo entonces, siguiendo el consejo de los amigos, fue llevado en una pequeña litera a presencia de los cónsules y de allí al senado. Tras exponer pormenorizadamente todo lo sucedido, recuperó la firmeza de sus miembros en medio de la admiración de todos y retornó por su propio pie a casa.

Y no puede quedar en el olvido este otro sueño: [5]

Marco Cicerón, expulsado de la ciudad por la conspiración de sus enemigos, se alojó en una casa de campo cerca de Atina 54 y estando allí, durante un sueño, le pareció que vagaba por lugares desiertos y regiones inaccesibles. De pronto se encontró con Mario, revestido con las insignias de cónsul, que le preguntó por qué vagaba perdido, con el semblante tan triste y sin saber adónde ir.

Después de haber oído las circunstancias que le afligían, lo cogió por la mano y lo confió al lictor que estaba más próximo para que lo condujese al monumento erigido en su honor, diciéndole que allí estaba escondida la esperanza de un estado más feliz para él.

No sucedió de otra manera, porque precisamente en el templo que Mario levantó a Júpiter se dio un decreto del senado sobre su regreso a la patria.

También a Gayo Graco se le anunció la atrocidad de su [6] inminente muerte de manera inequívoca mientras dormía: cuando estaba en lo más profundo del sueño vio la imagen de su hermano Tiberio que le decía que en modo alguno podía evitar perecer con la misma muerte que él había perecido a manos del destino 55 .

Muchos oyeron decir esto a Graco antes de hacerse cargo del tribunado en el que corrió la misma suerte que su hermano. También un tal Celio 56 , autor de una historia de Roma, escribe que a sus oídos habían llegado aquellas palabras estando Gayo aún vivo.

[7] El horror de este sueño no es nada comparado con el que sigue. Después de ser vencidas las tropas de Marco Antonio en Accio, Casio de Parma, que había seguido su suerte, se refugió en Atenas. Cuando, en lo más profundo de la noche, estaba acostado y su mente sumida en inquietantes preocupaciones, creyó que se le acercaba un hombre de enorme estatura, tez negra, barba escuálida y cabello desaliñado, y que al preguntarle quién era le respondió: «El Genio Malo».

Aterrado después por la espantosa visión y el horrendo nombre, llamó a sus esclavos y les preguntó si por casualidad habían visto a alguien con tal aspecto entrar o salir de su dormitorio. Al decir ellos que no había acudido nadie allí, se entregó de nuevo a la paz del sueño y la misma imagen se le apareció. Así, totalmente despierto, ordenó que introdujesen en el dormitorio una candela y ordenó a los esclavos que no se apartasen de su lado. Entre esta noche y la pena capital a que le condenó César pasó muy poquito tiempo.

[8] Casi igual, por así decirlo, a Haterio Rufo, un caballero romano, le sobrevino un sueño que se cumplió de manera inexorable. Éste, cuando tenía lugar un espectáculo de gladiadores en Siracusa, vio en medio del sueño que era atravesado por la mano de un reciario y, al día siguiente, cuando asistía al espectáculo, se lo contó a sus compañeros de asiento. Sucedió después que introdujeron en un lugar próximo al que él estaba un reciario acompañado de un gladiador armado con escudo y espada. Nada más verle la cara, dijo a los compañeros de asiento que había pensado que aquel reciario quería darle muerte y al punto quiso marcharse de allí. Ellos, quitándole el miedo con sus palabras, ocasionaron la muerte del desdichado: en efecto, el reciario, tras empujar al gladiador y acorralarlo en aquel lugar, al intentar herirlo cuando estaba en el suelo, atravesó con su espada a Haterio causándole la muerte.

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