Читать книгу: «El hijo de Dios»
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro (texto, imágenes o diseño) en ningún idioma, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos,
sin el permiso previo y por escrito de los titulares del ‘Copyright’.
Título: El Hijo de Dios
Explorando la naturaleza del pacto entre Dios y el hombre
Autor: Ty Gibson
Copyright © 2020 Editorial Safeliz, S. L.
Publicado por: Editorial Safeliz, S. L.
Pradillo, 6 · Pol. Ind. La Mina
E-28770 · Colmenar Viejo, Madrid, España
Tel.: [+34] 91 845 98 77
www.safeliz.com
www.safelizbibles.com
www.publicacionesadventistas.com
Para licencias y permisos: admin@safeliz.com
Desarrollo del proyecto: Editorial Safeliz
CEO: Mario Martinelli
CFO: Sergio Mato Rhiner
Coordinación de producción: Esther Amigó
Traducción: Roberto Badenas
Edición: José David Pallas
Diseño: Brandon Schroeder, Javier Zanuy
Fotografía de la contraportada: Shawn Brace
ISBN: 978-84-7208-860-3
Para Sue
Todo lo bello en lo que creo está marcado por ti.
Y para Jason, mi único hijo
Ser tu padre es siempre divertido y, a veces, peligroso.
Avales
Este es un nuevo acercamiento al tema de la filiación de Cristo. Contiene muchas ideas originales, pero perfectamente fieles a las Escrituras. El título es preciso, pero no lo dice todo. La filiación de Cristo es el punto central en torno al cual está organizado El Hijo de Dios, y el que le sirve de fundamento. Las implicaciones de la filiación de Cristo conllevan un tratamiento integral, apropiado para un libro de texto de un curso de universitario o de seminario. Sin embargo, a pesar de la profundidad y la amplitud del tema, el libro está escrito en un estilo fácil, relajado, y eminentemente legible.
Jerry Moon, profesor emérito de Historia de la Iglesia,
Universidad de Andrews
¡Vaya! Es como esas ilusiones ópticas que son imposibles de ver hasta que las ves, y luego es imposible no verlas. El tema parece tan sencillamente obvio que es sorprendente que no haya sido expuesto antes.
Paul Geelan, vicepresidente administrativo,
North New South Wales Conference, Australia
El Hijo de Dios es un libro brillante, simplemente brillante. Ty Gibson ofrece un tratado perspicaz e iluminador sobre la filiación de Cristo, desplegando cuidadosamente las enseñanzas de las Escrituras con una atención especial a la historia del pacto en la Biblia. Al hacerlo, Gibson presenta un cuadro apasionante y conmovedor del Hijo de Dios y de su importancia, que corrige muchos malentendidos y saca a la superficie muchas gemas que a menudo se pasan por alto.
John Peckham, profesor de Teología y Filosofía Cristiana,
Universidad de Andrews
¡Asombroso! En el típico “estilo Gibson”, El Hijo de Dios presenta un grandioso y espléndido retrato de Dios.
Este libro es brillante.
Brendan Pratt, secretario de la Asociación Ministerial,
Australian Union Conference, Australia
Este libro es absolutamente fenomenal.
Es una obra de teología de primera clase.
Mi alma se emociona.
Pastor Nathan Renner
¡Fantástico! Esto tiene MUCHO sentido. No solo aporta claridad a esta cuestión teológica, ¡hace que el Evangelio sea mucho más bello!
Pastor Manny Arteaga
El Hijo de Dios es un libro muy, muy bueno
y debe ser publicado en todo el mundo.
Woodrow Whidden, profesor de teología emérito,
Universidad de Andrews
¡Impresionante! ¡Innovador! ¡Precioso!
Cada habitante del planeta Tierra debe leerlo.
Pastor James Rafferty
¡Maravilloso! Francamente, este es uno de los libros más formidables que he leído en mi vida. Todo el que cree en Jesús necesita leer este libro. Es tan bueno, que no quiero añadir aquí ninguna palabra para no rebajar el valor de lo que está sucediendo actualmente en mi corazón. Solo puedo decir aquí: ¡Magnífico! Cada capítulo es un tesoro. Todo el relato de la Escritura cobra nueva vida. El debate sobre la Trinidad se sitúa en un terreno completamente nuevo. De hecho, creo que este libro cambia el debate por completo. Los debates entre trinitarios y antitrinitarios siempre tienen lugar en el campo de batalla de la metafísica, y por consiguiente no terminan en ninguna parte. Este libro cambia la ubicación del campo de batalla y en consecuencia cambia la batalla. No es nada menos que brillante. Este libro es un ejercicio de virtuosismo teológico y una delicia.
Pastor Marcos Torres
En el debate sobre la Trinidad, necesitamos este libro sobre El Hijo de Dios. En lugar de compilar textos probatorios, este libro traza el significado de la noción de Hijo a través de los libros de la Biblia, iluminando los ricos significados que se hallan en textos que a menudo se ignoran. La lectura te llevará más allá de los debates ruidosos y profundizará tu aprecio por el Evangelio. Recomiendo encarecidamente este libro como un excelente trabajo de teología bíblica.
Pastor Kessia Reyne
¡Por fin! Tenemos un libro sobre la naturaleza de Dios, que apela a la inteligencia ¡Y AL CORAZÓN! La lectura de este trabajo me ha instruido teológicamente, a la vez que me ha inspirado personalmente. Si quieres una defensa más profunda que además está basada en la belleza del carácter de Dios, ¡Lee ESTE LIBRO AHORA!
Pastor Myron Edmonds
En su libro, El Hijo de Dios, Ty Gibson adopta un nuevo enfoque, bíblicamente sólido, del que se desprende una comprensión profunda de la divinidad, tal como la revelan los relatos de la Escritura; específicamente el papel de Jesús como el segundo Adán de la humanidad e Hijo de Dios. El resultado es una de las más bellas y coherentes presentaciones del carácter, ministerio y amor de la divinidad que he leído en mucho tiempo. Por favor, ¡lee este libro! Abrirá tu corazón a una apreciación más profunda de nuestro Dios: Padre, Hijo, y Espíritu Santo.
Pastor Jonathan Walter
Este libro es un buen ejemplo de cuán profundamente la reflexión bíblica y teológica puede ayudar a responder preguntas importantes respecto a la persona y la identidad de Jesucristo. Escrito en un estilo vivo y accesible, Gibson deja clara la cuestión de la plena, compartida y eterna divinidad de Cristo, al examinar la evidencia bíblica sobre el significado y la teología de la filiación de Cristo. El Hijo de Dios llega en un momento de creciente interés por la doctrina de Cristo. Su libro es una contribución importante y debe recibir la mayor difusión posible.
Darius Jankiewicz, presidente del Departamento de Teología y Filosofía Cristiana, Universidad de Andrews
Cuando empecé a leer El Hijo de Dios no pude dejarlo. ¡VAYA! Este libro es impresionante. Ty ha descubierto una verdad innegable con respecto a la naturaleza eterna de Cristo y su relación con el Padre, como el Hijo del pacto. Si te has preguntado alguna vez cómo Jesús pudo existir sin haber sido creado y a la vez ser llamado el Hijo de Dios, encontrarás la respuesta de la Escritura, clara como el cristal, en este libro sorprendente libro. Sin duda, la difusión de esta verdad tendrá un profundo impacto en la cristiandad.
Shelley J. Quinn, autora, conferenciante y directora de Desarrollo de Programas 3ABN
Simplemente no puedo contener mi entusiasmo por el mensaje de este libro. El nuevo enfoque de Ty a la antigua cuestión de la divinidad de Jesucristo, simultánea a su filiación, es refrescante, bíblico, y, para mí, totalmente convincente. Oro para que este libro reciba la amplia atención y el apoyo que merece. El Hijo de Dios es, sobre todo, una gozosa exploración y celebración de Jesucristo, el Salvador del mundo. ¡Gracias, Ty!
Pastor David Asscherick
«Hijas de Eva, después de todo lo que habéis pasado, quiero que sepáis que habéis estado en mis pensamientos en cada frase a lo largo del camino».
Prefacio
LOS NIÑOS SABEN MUCHAS COSAS
Este libro fue escrito por pura casualidad.
No es broma.
Parece que se ha escrito solo. Sí, yo he estado plenamente implicado en el proceso, que ha sido doloroso por momentos. Pero mi próximo libro iba a tratar sobre otro asunto. A mitad del proceso, me desvié, primero fascinado y luego abrumado por una inesperada visión de la belleza de Dios, y no tuve más remedio que seguir esa luz dondequiera que me llevase. Había tanta gente haciendo la misma pregunta básica —gente en Alemania, Australia, España, California, y hasta en el mercado del pueblo en Collegedale, Tennessee— que empecé a escribir notas y a responder a correos electrónicos, hasta que, cuando me di cuenta, este libro ya había salido de mi ordenador.
Así que aquí está.
El Hijo de Dios
Explorando la naturaleza del pacto entre Dios y el hombre
Es cierto que no es un título muy pegadizo, pero es muy específico acerca del contenido del libro. Espero que el título y el subtítulo, sean suficientemente significativos para ti antes de que termine nuestro viaje. Al seguir el hilo del texto a través de las páginas que tenía delante, antes de que me diera cuenta ya había escrito más de cien mil palabras. “¡Vaya! Ya basta”, me dije. Así que me detuve y me puse a editar lo escrito. Yo no quería aburrir ni enterrar a nadie, así que reduje la cosa a 43.459 palabras (46.405 en español). Esto ya es más manejable. De hecho, a una velocidad de lectura media de 200 palabras por minuto, tú puedes leerte este pequeño volumen en más o menos tres horas y media. Así que no hay problema. Esto equivale a una tarde tranquila de domingo, y estoy seguro de que este tiempo valdrá la pena.
Otra cosa sobre el título: sí, soy muy consciente, de que “filiación” es una palabra muy técnica, generalmente referida a hombres.
Hijas de Eva, después de todo lo que habéis pasado, quiero que sepáis que habéis estado en mis pensamientos en cada frase a lo largo del camino. Por favor, tened en cuenta a lo largo de esta exploración que todo lo que digamos con respecto a los hijos es igualmente aplicable a las hijas. A lo largo del relato bíblico, la filiación aparece como un mecanismo de alianza para seguir el rastro del linaje de Cristo. El punto es, mis queridas hermanas, que nadie está excluido de ninguna de las implicaciones gloriosas del tema bíblico de la filiación, aunque los hombres parecen estar excluidos de las representaciones bíblicas de la iglesia de Dios como mujer y finalmente como novia. Sin embargo, tanto los hombres como las mujeres están representados por la novia, y tanto las mujeres como los hombres están representados por la filiación.
Estoy tan entusiasmado con El Hijo de Dios que no puedo esperar a que me leas. Por favor, envíame un correo electrónico a hello@thesonshipofchrist.com y hazme saber lo que piensas. Estoy orando para que las ideas que estás a punto de descubrir iluminen tu mente y te lleven a un nuevo nivel de comprensión bíblica.
Por último, ya que se espera que cada libro tenga su introducción, aquí está la mía:
Los niños tienden a saber más que los adultos, no en cantidad de conocimientos, sino en significado. A medida que nos hacemos mayores y “más inteligentes” tendemos a olvidar aquellas cosas profundas que nadie ha tenido que decirnos. Así que este libro es un guiño y un guiño a aquel niñito que intuitivamente percibió lo esencial de la realidad cuando hizo aquella brillante pregunta de que: «Si hemos sido creados, eso significa que Dios estaba solo antes de que nosotros existiéramos, así que ¿cómo hubiera podido Dios ser amor en aquel entonces si no hubiese habido nadie a quien amar? Tal vez Dios nunca estuvo solo».
Precisamente, pequeño.
ÍNDICE
Prefacio: Los niños saben cosas
DOS IDENTIDADES
LEYENDO LA ESCRITURA EN SUS PROPIOS TÉRMINOS
UNA PROFECÍA SOBRE PROGENIE
ISRAEL, MI HIJO
DAVID, MI HIJO
SALOMÓN, MI HIJO
IDENTIDAD DEL PACTO
LA GRAN REPRESENTACIÓN
EVANGELIO SEGÚN MATEO — HIJO DE ABRAHAM
EVANGELIO SEGÚN LUCAS — HIJO DE ADÁN
EVANGELIO SEGÚN JUAN — HIJO unigénito
ROMANOS — EL PRIMOGÉNITO DE DIOS
HEBREOS — NUESTRO HERMANO ETERNO
HIJO DEL HOMBRE
EL ÚLTIMO ADÁN
LA PROMESA DEL PACTO ETERNO
LA TRASCENDENCIA DE DIOS
EL GENIO DE TRES
ENTRANDO MÁS PROFUNDAMENTE EN DIOS
EL GRAN COMUNICADOR
UNA HISTORIA DE PACTO
«El Hijo de Dios no puede ser Dios eterno en el mismo sentido que el Padre es Dios, argumentamos, o de lo contrario no sería llamado el Hijo».
Capítulo Uno
DOS IDENTIDADES
¿Qué quiere decir la Biblia cuando llama a Jesús «el Hijo de Dios»?
¡Oh, no! ¿Va a ser esto uno de esos aburridos ejercicios teológicos?
Pues no.
En realidad, si aceptas seguirme en este corto viaje hasta el final, te aseguro que la recompensa valdrá la pena. Puede que incluso te conmueva profundamente la belleza del carácter de Dios y te asombre la extraordinaria genialidad del texto bíblico. Incluso si encuentras aburrida a primera vista la pregunta anterior, te prometo que el tiempo que vamos a pasar juntos no te aburrirá en lo más mínimo.
En primer lugar, debes saber que esta pregunta ha desafiado a los estudiantes de la Biblia durante casi dos mil años. No es una nuez fácil de romper. Los expertos biblistas siempre han estado intrigados y desconcertados por este tema. Y es fácil ver por qué. Apoyándose en la premisa bastante convincente de que la Biblia llama a Cristo “el hijo de Dios”, diversas voces han surgido a lo largo de la historia de la iglesia, insistiendo en que, para llevar con propiedad un título como ese, él no podría preexistir sin un punto de comienzo, ni podría coexistir eternamente junto a un Dios de quien es “Hijo”. La lógica, insisten, impide que un hijo coexista cronológicamente desde siempre con su padre.
Difícilmente puedes rebatir ese argumento.
Nuestra comprensión normal del término “hijo” incluye la noción de nacimiento, y la Escritura dice que Jesús fue “engendrado” y que nació. De modo que, normalmente, ser “hijo” implica un punto de origen, un comienzo. Si Jesús es llamado “Hijo” de Dios, ¿no se deduce que debe haber sido engendrado por Dios y que, por lo tanto, tiene un punto de partida como persona distinta del Padre?
Es indiscutible que esta perspectiva tiene su lógica.
Así que quiero decir a los partidarios de este punto de vista, que no van encontrar de mi parte ninguna actitud irrespetuosa o despectiva. Yo estoy de parte de los estudiosos que usan su cerebro. Como dijo Galileo, «yo no me siento obligado a creer que el mismo Dios que nos ha dotado de sentido común, razón e inteligencia pretenda que renunciemos a su uso». Felicito a quienes procuran ser lógicos y coherentes.
Pero sobre la base de su honestidad y lógica, les pido que tomen en serio lo que vamos a explorar sobre el tema, porque creo que van encontrar el enfoque de este libro profundamente convincente. De hecho, me atrevo a afirmar que lo que estamos a punto de descubrir acerca de la filiación de Cristo es una verdad tan obvia que, una vez que la veas, no podrás perderla de vista. Soy consciente de que esta es una gran pretensión para este pequeño libro, pero, por favor, permíteme que lo intente lo mejor que pueda acompañándome hasta la última página. Y haz lo que quieras, pero no te saltes nada. Sigue el texto en orden, porque, en nuestro tratamiento del tema, cada pieza de cada cuadro es vital para comprender la siguiente, y esta para la siguiente, y así sucesivamente, hasta el final.
No importa quién seas, ni la posición que hayas tomado acerca de la filiación de Cristo, sin duda has percibido la tensión y complejidad del tema, tratando de encontrar sentido a dos afirmaciones bíblicas aparentemente contradictorias.
Por un lado, la Biblia llama a Jesús «el Hijo unigénito de Dios» (Juan 3: 16) y lo describe ocupando una posición subordinada al Padre (Juan 14: 28; 1 Corintios 15: 27-28).
Por otro lado, la Escritura también dice que Jesús es «en forma de Dios», insistiendo en que él comparte «el ser igual a Dios» (Filipenses 2: 5-6) y que él es quien «hizo» todas las cosas que fueron «hechas», situándolo, por contraste, en la categoría de los seres no creados (Juan 1: 1-3). Cristo es llamado incluso «Padre eterno» (Isaías 9: 6), el eterno «yo SOY» (Éxodo 3: 14; Juan 8: 58), y «el Todopoderoso» (Apocalipsis 1: 8).
La tensión entre las dos identidades salta a la vista.
La solución debe ser coherente con ambas afirmaciones…
y digna de nuestra admiración.
«A la mayoría de los cristianos se les ha enseñado a abordar la Biblia como si fuera un libro de texto sobre doctrinas, suponiendo que funciona como una enciclopedia, usándola para construir una serie de declaraciones teológicas».
Capítulo Dos
LEYENDO
LA ESCRITURA EN SUS PROPIOS TÉRMINOS
Tengo la impresión de que nuestro empeño en luchar para dar sentido a la noción de filiación aplicada a Cristo se debe a una lectura selectiva y estrecha de las Escrituras que ignora la historia general del libro. No es que nadie tenga la intención de leer la Biblia selectivamente o con un enfoque estrecho. A la mayoría de los cristianos se les ha enseñado a abordar la Biblia como si fuera un libro de texto sobre doctrinas, suponiendo que funciona como una enciclopedia, usándola para construir una serie de declaraciones teológicas. Así que en realidad no leemos la Biblia integralmente, sino que tendemos a peinar sus páginas en busca de versículos, declaraciones, incluso frases parciales y palabras aisladas, y luego reunimos esa masa inconexa de “versículos” en categorías temáticas a partir de las que componemos “creencias”.
Los propios escritores de la Biblia parecen no saber nada de esta manera tópica de concebir la verdad. Es aparentemente ajena a la antigua forma hebrea de entender la realidad. Ellos, al contrario, ven y transmiten la verdad en forma de poemas y cantos, símbolos e historias, sobre todo relatos, ya que incluso los poemas, los cánticos y los símbolos se utilizan para contar los relatos.
Cuando la Biblia se estudia a partir de “textos-prueba” pero sin tener en cuenta su contexto, es posible servirse de muchos de sus versículos para formular casi cualquier doctrina que alguien pretenda creer. El estudio de la Biblia con este enfoque es un ejercicio bastante subjetivo en el que uno busca versículos para apoyar premisas que se quieren defender con la Biblia, y no es sorprendente que se encuentre apoyo para lo que se está buscando.
Usando el enfoque de textos-prueba con la Escritura, podemos fácilmente, y con la mejor de las intenciones, tomar la palabra “hijo” como ocurre en referencia a Jesús, y luego apelar a la razón, al margen del relato bíblico, para deducir que él debe haber salido de Dios en algún momento, hace mucho, mucho tiempo. El “Hijo de Dios” no puede ser Dios eterno en el mismo sentido en que el “Padre” es Dios, argumentamos, o de lo contrario no sería llamado “el Hijo”.
Entonces, para explicar los otros “versículos” que presentan a Jesús como Dios, nos vemos obligados a aventurar explicaciones filosóficas y abstractas que la Escritura no ofrece. Decimos cosas del estilo de: “Sí, Jesús siempre existió en el Padre antes de que fuera engendrado por el Padre, por lo que no fue creado por el Padre, sino que emergió del Padre”. Y pensamos que hemos dicho algo significativo y profundo, aunque en realidad no tenemos ni idea de lo que hemos dicho, y sabemos que la Biblia, por supuesto, no dice tal cosa. Pero cuando utilizamos el método de textos-prueba, que no tiene en cuenta el contexto, no tenemos más remedio que llenar los vacíos con especulaciones que no son inherentes al texto. En otras palabras: tenemos que inventar cosas.
Por supuesto, no podemos culpar a nadie por tratar de dar sentido a un pasaje difícil. Cuando se trabaja con la metodología de textos-prueba, concentrándonos en unos pocos árboles y dejando de ver todo el bosque, es un gran desafío entender que “Dios” pueda a la vez ser “engendrado” como “Hijo de Dios”. Así que o dejamos de lado los versículos que no encajan, o los interpretamos de modo abusivo. Quienes defienden la posición contraria generalmente responden ensartando su propia lista de versículos y ofreciendo sus propias interpretaciones forzadas. Así que terminamos atrapados en un callejón sin salida, oponiendo mis textos probatorios escogidos contra los tuyos y los tuyos contra los míos.
Pero hay una solución, y veremos muy claramente que es la solución una vez que nos comprometamos con ella y veamos a dónde conduce:
Lee la Biblia.
Sin dejarte nada.
En sus propios términos.
Cuando leemos la Biblia como un relato en desarrollo, como la gran historia que realmente es, con personajes clave presentados en una línea argumental con una intención concreta, el significado de la filiación de Cristo se vuelve evidente de manera inequívoca. En otras
palabras, si realmente queremos entender el sentido en el que Jesús es el Hijo de Dios, necesitamos salir de nuestra selección personal de versículos para entrar en el gran relato histórico que los profetas están contando.
En caso de duda, sal fuera.
Cuando lo hacemos se abre ante nosotros todo un nuevo mundo de comprensión bíblica, y no hay necesidad de interpretaciones forzadas. Sencillamente lo vemos. La historia completa nos muestra la verdad de maneras en las que la microgestión de versículos aislados no lo puede hacer.
Así que vamos a hacer justo eso. Leamos la Biblia en sus propios términos y veamos a dónde nos lleva.
Esto promete ser emocionante.
«… cuando utilizamos el método de textos-prueba, que no toma en cuenta el contexto, no tenemos más remedio que llenar los vacíos con especulaciones que no son inherentes al texto. En otras palabras: tenemos que inventar cosas».
Capítulo Tres
UNA PROFECÍA SOBRE PROGENIE
La historia bíblica empieza con Dios creando a Adán y Eva.
Se trata de los primeros seres humanos.
Todos los demás humanos descienden de ellos.
Hay un patrón que salta a la vista en el relato: creación, procreación.
Dios crea a Adán y Eva «a imagen de Dios» y luego Adán, con no poca ayuda de Eva, «engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen» (Génesis 1: 27; 5: 3).
Y este bueno de Adán es el primer “hijo de Dios” mencionado en el relato bíblico. Es el primer personaje en la historia que da significado a la noción de filiación, un concepto que se sigue construyendo a lo largo del resto de la Biblia. Cuando llegamos al relato del Nuevo Testamento, el contenido y alcance del tema del “hijo” se hace evidente. En la genealogía de Jesús según Lucas, a cada personaje del linaje se le llama el “hijo” de un padre humano, hasta que llegamos al final de toda la lista a Adán, el primer hombre, que se distingue de todos los demás por lo siguiente:
«… Adán, hijo de Dios» (Lucas 3: 38).
¿Te diste cuenta? El Nuevo Testamento se remonta deliberadamente hasta el inicio de la historia bíblica con el fin de decirnos quién es Jesús, y lo hace diciéndonos quién era Adán. Por un lado está Adán y por el otro Jesús. Y estas dos figuras constituyen la base de toda la historia bíblica, como veremos mejor y con mayor claridad a medida que avancemos.
Desde el principio de nuestra historia, Dios tiene un hijo, y su nombre es Adán. Dios tiene también una hija, y ella también forma parte vital de la trama de la historia, como pronto veremos. Por ahora, estamos interesados en seguir el hilo de la noción de “hijo” en la Biblia para comprender la filiación de Jesús.
Según Lucas, Adán es “hijo de Dios” en un sentido más “fundacional” que cualquiera de los seres humanos que lo siguen.
¿Por qué?
Bueno, simplemente porque él es el primero de su clase, el primer ser humano, de quien saldrán todos los demás y de quien recibirán su identidad.
Adán y Eva fueron creados.
Todos los demás fueron procreados.
Así es como comienza la historia bíblica.
Adán era la cabeza de la raza humana, de quien toda la humanidad recibiría su “semejanza”. A partir de él, la “imagen” de Dios debía transmitirse de generación en generación, creando un círculo cada vez más amplio de seres humanos con la capacidad de amar como Dios ama, y de vivir a “imagen y semejanza” de Dios. Ese era el plan divino al crear a la humanidad. Habría una sucesión de hijos e hijas que pasarían a sus descendientes la imagen de Dios. Una vez más, para que quede claro:
Dios creó a Adán y Eva «a su imagen» (Génesis 1: 27).
Y Adán «engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen» (Génesis 5: 3).
¡Qué maravilloso plan!
Pero aquí la historia da un vuelco trágico. Se impuso una interrupción del plan original:
Una interrupción que llamamos la Caída de la humanidad.
Una interrupción en la que Lucifer, el ángel caído, engañó a la humanidad para que creyera que Dios es arbitrario, represor, no confiable y egoísta (Génesis 3: 1-5).
Una interrupción que casi borró la “imagen” de Dios en la persona del “hijo de Dios”, perturbando así su capacidad de transmitir claramente la imagen de Dios de generación en generación.
Y como hubo una interrupción, se necesitó una
intervención:
Una intervención que tendría que producirse desde el seno de la situación humana.
Una intervención que abriría un nuevo camino con un nuevo punto de partida.
Una intervención que vendría bajo la forma de un nuevo “Hijo de Dios” para reemplazar a Adán, una nueva cabeza de la raza humana que restablecería la “imagen” de Dios en la humanidad.
Inmediatamente después de la caída, el Creador formuló una profecía en forma de amenaza contra Satanás y de promesa para la humanidad:
Y pondré enemistad entre ti [Satán] y la mujer [Eva y sus descendientes], y entre tu simiente y la simiente suya; ésta [uno de sus descendientes] te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. (Génesis 3: 15)
Fíjate bien en esto: La promesa de liberación está presentada en términos de progenie o descendencia. Dos grupos de personas estarán en conflicto a través de la historia. Un linaje espiritual seguidor de Satanás hará la guerra contra Dios y su pueblo, mientras que un linaje espiritual procedente de la mujer un día dará nacimiento a un “descendiente especial”, que derrotará a Satanás e invertirá los efectos de la caída. Adán, “hijo de Dios”, fracasó ante la tentación en su encuentro con Satanás. Pero un nuevo Hijo nacerá de entre la raza caída, que aplastará a la serpiente en vez de rendirse ante ella. Un segundo Adán, un nuevo “hijo de Dios”, iniciará una nueva etapa de la historia humana y triunfará donde el primer Adán falló.
Vemos, entonces, que desde el principio de la historia Dios está haciendo frente al problema del pecado en términos de sucesión familiar, prometiendo el nacimiento eventual de un Hijo. El Dios creador de la humanidad intenta salvarla desde su propio seno, desde nuestro propio reino genético, desde la posición estratégica de un “Hijo de Dios” que nacerá del linaje de Adán con el fin de redimir la caída de Adán.
Ahora que ya tenemos esta pieza inicial de la historia bíblica claramente establecida en nuestras mentes, todo lo demás a lo largo del camino empieza a tener sentido y a hacerse cada vez más claro.
Esto se está poniendo muy interesante. Te estoy esperando en el próximo capítulo.
«Cuando leemos la Biblia como un relato en desarrollo, como la gran historia que realmente es, con personajes clave presentados en una línea argumental con una intención concreta, el significado de la filiación de Cristo se vuelve evidente de manera inequívoca».
Capítulo Cuatro
ISRAEL, MI HIJO
La historia ya tiene una forma distinta y estamos empezando a ver hacia dónde va. Con la primera promesa profética de Génesis 3: 15 ante nosotros, el escenario está preparado para que la historia del gran relato de la Biblia empiece a desplegarse. Lo que Dios hace después no nos sorprende en absoluto, dadas las características clave del primer episodio de la historia. Él procede, por supuesto, a dar los pasos necesarios para que su promesa se cumpla.
¿Y cómo lo hace?
Pues exactamente como esperaríamos, ahora que estamos sintonizados con la historia: estableciendo una línea genealógica a través de la cual el niño prometido, el nuevo Hijo de Dios, pueda nacer en este mundo.
Así que Dios llama a Abraham y a su esposa Sara a salir de Ur, su patria babilónica, y les promete crear una gran nación a partir de su línea genética, a través de la cual todas las naciones de la Tierra serán bendecidas (Génesis 12). Dios llama a su promesa su “pacto” (Génesis 15), que es claramente una versión ampliada de la promesa dada en Génesis 3. El pacto se presenta como la característica definitoria de la intervención divina, a medida que el plan de progenie avanza, tal como Dios prometió que haría. Así que no nos sorprende en absoluto cuando Abraham y Sara finalmente dan a luz a Isaac y él es identificado en las Escrituras como el “hijo” de la “promesa” (Génesis 21: 1-7; Gálatas 4: 3).
Es esencial observar que la historia comienza ahora a centrarse en una sucesión de hijos. En este punto aparece en el relato el concepto de primogenitura, la misión especial del hijo “primogénito” (Génesis 27: 9, 32; 43: 33; 48: 14-18). El hijo primogénito es el canal a través del cual la promesa del pacto será transmitida de generación en generación. Pero, y esto es especialmente importante, en un giro narrativo que enfatiza la naturaleza espiritual del plan, pronto vemos que el primogénito genético no siempre es el primogénito de la alianza.
Isaac es el segundo hijo de Abraham, después de Ismael, pero Isaac es el hijo primogénito según la promesa.
Isaac se casa con Rebeca y la promesa pasa a su hijo, Jacob, que es el segundo hijo, nacido después de Esaú, a pesar de lo cual ocupa el puesto del hijo primogénito en el marco de la alianza.
El objetivo es la transmisión de la promesa del pacto. Dios no está tan interesado en el orden exacto del nacimiento, como en llevar adelante la realización de la promesa del pacto. Lo que importa es que se consolide una línea a través de la cual el nuevo “Hijo de Dios” pueda entrar en el seno de la humanidad y derrotar a la serpiente desde dentro, desde la posición estratégica de la naturaleza humana, revirtiendo así la caída de Adán en la carrera hacia la victoria.
La historia sigue avanzando hacia su gran meta final, en resumen, de la siguiente manera:
Abraham y Sara tienen un hijo primogénito del pacto al que llaman Isaac.
Isaac y Rebeca tienen un hijo primogénito del pacto al que llaman Jacob.
Las esposas de Jacob le dan doce hijos. Dios cambia el nombre de Jacob por el de Israel. Entonces, sorprendentemente —o no tan sorprendentemente dentro de la narrativa general— los doce hijos de Jacob y todos sus descendientes son conocidos corporativamente por el nombre del pacto de su padre, Israel. Dios ahora tiene un pueblo corporativo, una nación. Más tarde Israel emigra a Egipto y se convierte en un pueblo esclavizado. Dios finalmente envía a Moisés para liberar a Israel de la esclavitud egipcia, y —presta atención ahora— Dios le pide que le diga al Faraón algo muy específico:
Israel es mi hijo, mi primogénito. Y yo te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva. (Éxodo 4: 22-23, JBS)
Israel, la nación, es ahora designada como el “hijo primogénito” de Dios, en singular. En este punto de la historia, el lenguaje de la progenie iniciado en Génesis 3: 15 se amplía, aplicándolo a la filiación corporativa de Israel como nación. ¿En qué sentido Israel es el hijo primogénito de Dios? La respuesta es evidente cuando recordamos la promesa hecha a Abraham:
Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra. (Génesis 12: 3)
Israel es la nación-hija primogénita de Dios con la que intención de que, a través de su testimonio, muchas otras naciones se conviertan también en naciones-hijas de Dios. Una vez más, vemos que la posición o el papel del “hijo primogénito” no tiene nada que ver con el orden de nacimiento. Tiene que ver con la transmisión del pacto a todas las naciones de la Tierra. Israel es el canal espiritual a través del cual Dios intenta devolver a todas las gentes el estatus de hijo perdido por Adán. Vemos que tanto Isaac como Jacob, y más tarde Israel y otros, eran “primogénitos” en un sentido figurado o funcional, no en un sentido cronológico.
Es en este punto del relato bíblico —cuando Israel es designado como el primogénito de Dios— que Dios asume el papel de “Padre” en relación a Israel. Reprendiendo a Israel por su infidelidad a Dios, Moisés dijo:
¿No es él tu padre, que te creó?
Él te hizo y te estableció…
Provocaron sus celos con dioses ajenos,
y su ira con abominaciones.
Sacrificaron a los demonios, y no a Dios;
a dioses que no habían conocido,
a nuevos dioses venidos de cerca,
que no habían temido vuestros padres.
De la Roca que te creó te olvidaste;
te has olvidado de Dios, tu creador.
(Deuteronomio 32: 6, 16-18)
Moisés le dice a Israel:
Dios es “tu Padre”.
Dios te “engendró”.
Dios te dio el ser.
Ahora, con Israel asumiendo el papel de hijo unigénito de Dios entre las naciones, Dios asume a su vez el papel de Padre de Israel. Por primera vez en el relato bíblico, Dios emplea ahora el lenguaje del parto, del nacimiento. Él “engendró” a Israel como su pueblo escogido entre las naciones. Israel, como hijo unigénito de Dios entre las naciones, es castigado por haber “olvidado al Dios que lo engendró”, una paternidad y un nacimiento que ocurrieron cuando Dios liberó a Israel de la esclavitud egipcia. Al volverse hacia los “dioses” de otras naciones Israel estaba negando al Dios que lo engendró. Como Dios diría más adelante por medio de Jeremías, «yo soy el padre de Israel, y Efraín es mi primogénito» (Jeremías 31: 9). Las otras naciones están bajo la autoridad de sus dioses y demonios (Deuteronomio 32: 17), pero Israel es el pueblo escogido de Dios, llamado de entre las naciones para ser el hijo unigénito de Dios, por quien todas las otras naciones serán bendecidas.
Como el asunto de la filiación, el tema de la paternidad de Dios se basa en la narrativa del Antiguo Testamento y está estrechamente relacionado con el llamado de Israel como el pueblo dentro del cual el Mesías entrará en el mundo. Si queremos entender lo que el Nuevo Testamento quiere decir cuando llama a Dios “padre”, debemos permitir que la historia misma nos diga lo que significa esa expresión. Cuando lo hacemos —es decir, cuando nuestro pensamiento obedece a la teología de la narrativa de la Biblia— se hace evidente que hay un sentido en el que Dios es nuestro Padre y el Padre de Jesús. Un sentido que la idea normal de paternidad no puede abarcar totalmente, como vamos a ver más adelante en este estudio.
Una imagen coherente se está construyendo, mientras nosotros simplemente seguimos la narración bíblica para ver dónde nos lleva. Estamos a punto de saltar de nuestros asientos en este punto, cuando las implicaciones de la filiación comienzan a vislumbrarse en nuestras mentes. Al dejar que la historia nos guíe, estamos a punto de comprender la Biblia en un nivel completamente nuevo. A partir de aquí la cosa es cada vez más sorprendente, así que presta mucha atención a lo que sucede a continuación.
«De un lado está Adán y del otro Jesús. Estas dos figuras constituyen la premisa de toda la historia bíblica».
Capítulo Cinco
DAVID, MI HIJO
Israel, el “hijo primogénito” de Dios, ahora liberado de la esclavitud, crece como nación, generación tras generación, hasta que nace un niño llamado David.
Puede que hayas oído la historia de David como un relato aislado, inspirador, con hermosas lecciones acerca de vencer a “gigantes” personales que se oponen a tu éxito profesional (Goliat) con cinco cualidades de tu personalidad (sus cinco guijarros), pero es más que eso. La historia de David es, a nivel profundo, la continuación ininterrumpida de la historia de la gran alianza de la Biblia.
David es, de hecho, el siguiente hijo de Dios en la Sagrada Escritura.
Al convertirse en el rey elegido de Israel, en él se encarna ahora la identidad corporativa de Israel. La identidad de la filiación ahora toma un significado profético más concreto. El ideal del orden de nacimiento es transgredido, una vez más, porque David no es el primogénito de su padre, Isaí, sino su último hijo (1 Samuel 16: 10-11).
Una vez más, lo que importa es la continuidad histórica de la alianza, no el orden cronológico de nacimiento. Dios reafirma con David la promesa del pacto que hizo con Abraham, Isaac, Jacob, e Israel, de modo que David se convierte en una especie de prototipo del Mesías venidero.
Fíjate en esto.
Con el fin de transmitir la idea de sucesión, la Escritura invoca de nuevo el lenguaje de “hijo”. En el Salmo 2: 1-7, David habla de sí mismo como habiendo sido «engendrado» como «hijo» de Dios, y al mismo tiempo evoca proféticamente la venida del Mesías, en quien debe cumplirse todo lo que Dios ha prometido al mundo a través de Israel:
¿Por qué se amotinan las gentes,
y los pueblos piensan cosas vanas?
Los reyes de la tierra se levantan,
y príncipes conspiran
contra el Señor y contra su ungido (Mesías en hebreo)…
Yo he puesto mi rey sobre Sión, mi Santo Monte.
Yo publicaré el decreto; el Señor me ha dicho,
«tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy».
¿De quién habla David?
Pues habla de sí mismo en el sentido histórico inmediato y local. David ha sido ungido rey de Israel. Pero también está hablando proféticamente del último rey de Israel, ungido como rey universal, es decir de Jesucristo. Sabemos que esto es así porque el Nuevo Testamento hace esta conexión profética (Hechos 2: 25-36; 4: 25-28; 13: 33; Hebreos 1: 5).
En el Salmo 89: 19-29, David se describe a sí mismo como el hijo «primogénito» de Dios a través del cual su «pacto se mantendrá firme,» a la vez que predice de nuevo la venida del Mesías:
Entonces hablaste en visión a tu Santo,
y dijiste:
«He puesto el socorro sobre uno que es poderoso;
he exaltado a un escogido de mi pueblo.
»Hallé a mi siervo David,
y lo ungí con mi santa unción.
Mi mano estará siempre con él;
mi brazo también lo fortalecerá.
»El enemigo no lo vencerá,
ni el hijo perverso lo quebrantará;
sino que quebrantaré delante de él a sus enemigos,
y heriré a los que le aborrecen.
»Mi fidelidad y mi misericordia estarán con él,
y en mi nombre será exaltado su poder.
»Asimismo pondré su mano sobre el mar,
y sobre los ríos su diestra.
»Él clamará a mí, diciendo: “Tú eres mi Padre,
mi Dios y la roca de mi salvación”.
»Y yo le pondré por primogénito,
el más excelso de los reyes de la tierra.
»Para siempre le aseguraré mi misericordia,
y mi pacto será firme con él.
»Estableceré su descendencia para siempre,
y su trono como los días de los cielos».
Por supuesto preguntamos de nuevo ¿de quién habla David?
¿Quién es el Santo?
¿Quién es el exaltado, escogido de entre el pueblo?
¿Quién es el que exclama: «Tú eres mi Padre,» a quien Dios responde, «yo lo haré mi primogénito»?
¿Quién es ese rey supremo de la Tierra, con quien Dios establecerá su pacto para siempre?
David, por supuesto, ¡pero también alguien aún más que David!
Llegados a este punto de nuestro recorrido, sabiendo lo que sabemos, simplemente leyendo estos dos salmos de David, una luz debería encenderse en nuestras mentes. Estos pasajes del Antiguo Testamento son vitales para comprender la historia que va a continuar en el Nuevo Testamento, específicamente con respecto a lo que el Nuevo Testamento quiere decir cuando llama a Jesús “hijo primogénito” o “hijo unigénito” de Dios. Estos salmos de David están en el origen de esa terminología, junto con los pasajes que hemos analizado anteriormente con respecto a la filiación de Israel. De hecho, como pronto descubriremos, el Nuevo Testamento cita específicamente estos dos Salmos para informarnos acerca de la identidad del Mesías dentro del marco del pacto.
Por consiguiente —y esto es esencial— es aquí, en la narrativa del Antiguo Testamento, donde tenemos que mirar para interpretar la terminología relacionada con la filiación cuando la encontremos en el Nuevo Testamento.
Y así lo vamos a hacer en breve.
Por ahora, simplemente necesitamos anotar, en interés de nuestra futura investigación, que David se describe a sí mismo y al Mesías venidero, como «engendrados» por Dios y como «primogénitos» de Dios, no en un sentido literal cronológico, sino en un sentido simbólico o “posicional”. David es el hijo de Dios, dentro de una sucesión de hijos de su pacto, que entre todos conducen al Hijo mesiánico, quien clamará a Dios, con una recién descubierta fidelidad a la idea de filiación: «tú eres mi Padre.» Y Él es quien establece «para siempre».
Este punto es muy sencillo, pero superimportante: El rey David no entra en el escenario bíblico en un vacío narrativo. Emerge dentro de una saga en desarrollo. Adán, el hijo de Dios, perdió su posición de hijo. Dios prometió recuperarlo dando a la raza humana un nuevo Génesis con un nuevo Hijo de Dios, que triunfaría donde Adán falló. La descendencia prometida a la mujer ocupará fielmente su vocación como eterna progenitora de la imagen de Dios para todas las generaciones futuras.
La lógica interna del relato bíblico es coherente. Dios está actuando para rescatar a la humanidad desde el interior, desde nuestro propio reino genético, a través de un “Hijo de Dios” humano que revertirá los efectos de la caída de Adán. David es un paso más en esa sucesión de hijos.
¿Y qué es lo siguiente que ocurre?
Lo has adivinado: llega otro hijo de Dios.
«El Dios creador de la humanidad intenta salvarla desde su propio seno, desde nuestro propio reino genético, desde la posición estratégica de un “Hijo de Dios” que nacerá del linaje de Adán con el fin de redimir la caída de Adán».
Capítulo seis
SALOMÓN, MI HIJO
A medida que la historia continúa avanzando, David tiene un hijo, a quien le da el nombre de Salomón. Fiel a la trayectoria de su plan, Dios transfiere a Salomón la posición única dentro de su filiación:
Él edificará una Casa a mi nombre; será para mí un hijo, y yo seré para él un Padre; y afirmaré el trono de su reino sobre Israel para siempre (1 Crónicas 22: 10).
Toma nota cuidadosamente del lenguaje empleado, porque reaparece en el Nuevo Testamento: «Él será mi hijo, y yo seré su Padre». No dice: “Él es mi hijo, y yo soy su Padre”. Estos roles narrativos están siendo precisados con un propósito que tiene que ver con el pacto. Salomón es reclutado en la posición de hijo con el fin de dar continuidad al plan del pacto.
Salomón es alguien importante en esta dinastía porque su historia, a diferencia de la de su padre David, se desarrolla sin guerra. David, el hijo de Dios, expresa el deseo de construir un templo para el culto divino, pero Dios le explica que él no puede ser quien construya el templo de Dios (2 Samuel 7).
¿Por qué?
Pues porque David es un hombre de guerra, con las manos manchadas de sangre (1 Crónicas 17; 22; 28). En el relato bíblico, el carácter de Dios es en última instancia incompatible con la guerra (Isaías 2: 1-4), por lo que el constructor del templo debe ser un hombre de paz. Ese hombre es Salomón, cuyo nombre significa paz, es decir: paz de la guerra (1 Crónicas 22: 9). De esta manera, al transferir la promesa del pacto de David a Salomón, Dios está proyectándose hacia el propósito más elevado que finalmente logrará por medio de Cristo. En un penúltimo sentido, Salomón es el hijo pacífico de Dios, anunciador de Jesús, el Príncipe de Paz definitivo. Él es aquel con quien Dios «establecerá el trono de su Reino sobre Israel para siempre», sin guerra.
Así que con Salomón, estamos un paso más cerca, o un “hijo de Dios” más cerca, del Mesías prometido. La historia toma forma de manera clara y obvia.
Adán, el hijo de Dios, perdió su posición de hijo.
Dios promete iniciar un linaje a través del cual un nuevo Hijo de Dios vendrá para rectificar la caída de Adán.
Dios suscita un pueblo a través del cual se cumplirá la promesa, y la sucesión dinástica se desarrolla de la siguiente manera:
Abraham, hijo de Dios, da paso a…
Isaac, hijo de Dios, que da paso a…
Jacob, hijo de Dios, que da paso a…
Israel, hijo colectivo de Dios, que da paso a…
David, el hijo de Dios, que da paso a…
Salomón, hijo de Dios.
Cada vez está más claro. La Biblia es un relato sin fisuras. La historia se inicia con la creación del primer hombre y la primera mujer, Adán y Eva, y luego sigue su camino hacia adelante a través del llamado a Abraham, el establecimiento de Israel, la unción de David como rey de Israel, y luego la de Salomón, el rey de la paz, todo avanzando hacia un gran final:
el nacimiento de la descendencia prometida,
un nuevo Adán que redimirá a la humanidad de su caída,
un ser humano que será “el hijo de Dios” por su fidelidad al pacto y que restablecerá así la relación rota entre la humanidad y Dios.
«La historia humana se caracteriza fundamentalmente por la ruptura del pacto. Somos una raza definida por la disfunción relacional y la desintegración, una raza de víctimas y verdugos, una raza de no-amantes».
Capítulo Siete
IDENTIDAD DEL PACTO
Antes de cruzar el puente que nos lleva del Antiguo Testamento al Nuevo —de las sombras de las figuras mesiánicas hasta el mismo Mesías-hagamos una pausa para asegurarnos una clara comprensión de lo que
la Biblia quiere decir con la noción de “alianza”, porque este es el motor teológico que impulsa la historia bíblica hacia adelante, como ya hemos observado.
Por su valor puramente conceptual, “pacto” es una de las palabras más significativas de la Escritura. Es la idea que más plenamente define quién es Dios y cómo Dios actúa. Dios es el Dios del pacto, que actúa a través de su pacto, y que interviene siempre y unicamente dentro del flujo relacional dinámico de pacto.
Entonces, ¿qué significa esta palabra altamente cargada de sentido?
Hablando a través del profeta Oseas, Dios revela las intenciones de su corazón en favor de Israel y de toda la humanidad en términos de pacto:
Porque misericordia quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos. Pero ellos, como Adán, violaron el pacto; allí han pecado contra mí (Oseas 6: 6-7, ESV).
En primer lugar, observa que el “pacto” implica “amor inquebrantable”. Observa también que la caída de Adán y, por extensión, el estado caído de la humanidad como un todo, se define con las palabras “ellos… violaron el pacto”. Está claro, entonces, que el “pacto” abarca todo el relato bíblico, remontándose al propósito original de Dios para la humanidad, y alcanzando el último “deseo” de Dios para el mundo.
Hablando a través del profeta Isaías, Dios expresó la esencia de su pacto en estos términos:
«… Porque los montes se moverán
y los collados temblarán,
pero no se apartará de ti mi misericordia,
ni el pacto de mi paz se romperá»,
dice el Señor, quien tiene misericordia de ti (Isaías 54: 10).
Escucha y ven a mí;
escucha, para que puedas vivir.
Haré un pacto eterno contigo,
mi fiel amor prometido a David (Isaías 54: 10).
¡Qué hermoso y rico significado relacional!
Aquí, de nuevo, vemos que la alianza con Dios tiene una dinámica relacional que conlleva:
amor inquebrantable,
amor incondicional
y amor fiel.
O dicho de otro modo: el pacto implica vivir con una integridad relacional inquebrantable. Decir que Dios es un Dios de pacto, es decir que Dios es fiel en todas sus relaciones, a todos, por encima de sí mismo y por fidelidad a sí mismo, y a cualquier costo, hasta a costa de sí mismo. El pacto es, por lo tanto, una noción bíblica que comunica la identidad esencial de Dios, la esencia de su carácter. A la pregunta, ¿quién es Dios?, la Biblia responde, ¡Dios es fiel a su pacto!
Pero el pacto no solo revela quién es Dios, sino que también revela lo que realmente significa ser humano. En el texto de Oseas 6, el Dios del pacto solo desea una cosa de los seres humanos: su amor verdadero, es decir, su fidelidad al pacto. Por contraste lógico, romper el pacto equivale a lo que pasa cuando los seres humanos dejan de estar en sintonía con su verdadera identidad. Observa cómo Isaías formula la idea:
Y la tierra fue profanada por sus moradores,
porque traspasaron las leyes,
falsearon el derecho y
quebrantaron el pacto eterno.
Por esta causa la maldición consumió la tierra
y sus moradores fueron asolados (Isaías 24: 5-6).
La historia humana se caracteriza fundamentalmente por la ruptura del pacto. Somos una raza definida por la disfunción relacional y la desintegración, una raza de víctimas y verdugos, una raza de no-amantes.
El pacto es una noción relacional. Vivir dentro del pacto es vivir para todos los demás con amor fiel. La ruptura del pacto ocurre cuando los individuos viven para sí mismos en detrimento de los demás. Según Isaías, la ruptura de nuestro pacto ha impactado de manera nociva a la Tierra misma. El propio ecosistema ha sido “profanado” y “deteriorado” por nuestra violación del sistema de pactos que nos comprometía con la tierra. En resumen, todo el mal del mundo se debe a la ruptura de la alianza, es decir, todo lo malo del mundo se debe a relaciones rotas, al amor violado. Todo lo que Dios desea para el mundo es que nuestra fidelidad al pacto sea restaurada y que ese sea nuestro modo fundamental de existir. Dios solo desea que cada uno cuide del bienestar de todos los demás.
El pacto es, en pocas palabras, amor omnidireccional: amor entre Dios y los seres humanos, amor entre los seres humanos y el amor entre los seres humanos y la creación, que está a su cargo.
Pero obviamente, eso no es lo que está pasando en el mundo.
Por eso Dios se hizo hombre, para vivir los términos relacionales del pacto para nosotros, por nosotros, en nosotros, y como nosotros.
Por medio de Isaías, Dios le dijo al Mesías por venir: «yo, el Señor, te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré, y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones» (Isaías 42: 6). Después vino Daniel y predijo que el Mesías que vendría “confirmaría el pacto” y sería llamado “el Príncipe del pacto” (Daniel 9: 27; 11: 22). Finalmente, Malaquías cerró el Antiguo Testamento llamando al Mesías venidero el mensajero del pacto (Malaquías 3: 1).
El Mesías es:
La personificación del pacto de Dios con su pueblo.
El amor inamovible de Dios extendiéndose en todas las direcciones en relaciones de integridad perfecta.
La fidelidad “confirmada” del pacto divino para con la raza humana.
En resumen, la Biblia narra la historia de Dios viviendo a través del pacto su amor por nosotros con el objetivo de restaurar el amor del pacto en nosotros. El plan de la salvación es el proceso histórico a través del cual Dios sigue amándonos a pesar de todo, reproduciendo la imagen de Dios en la humanidad por medio de su propio sacrificio (Juan 12: 23-32). Jesús vislumbró lo que ocurriría finalmente a la humanidad redimida precisamente en estos términos. Oró «para que el amor con que me has amado [el Padre], esté en ellos, y yo en ellos» (Juan 17: 26). El deseo de Dios es que los seres humanos entrasen de nuevo en el amor que fluye libremente entre el Padre y su Hijo fiel a su pacto, Jesús Cristo.
Hay un propósito central que impregna toda la narrativa bíblica, y es este:
Dios está procurando completar el ciclo relacional de la fidelidad del pacto entre él y la raza humana, para restaurar la integridad relacional dentro de la humanidad, de modo que el amor que fluye de Él hacia nosotros pueda fluir finalmente también hacia Él desde nosotros y en torno nuestro hacia nuestros semejantes. Jesús es el Hijo de Dios a través de quien este proyecto fue creado y procreado, actualizado y transmitido, logrado y difundido, producido y reproducido.
Si entendemos bien esta idea, comprenderemos la lógica interna básica de toda la Biblia. Cada promesa y cada profecía, cada historia y cada himno, cada poema y cada parábola de este libro están al servicio de este gran argumento narrativo.
Con esto en mente, ahora estamos listos para entrar en el Nuevo Testamento. Vamos a empezar con una panorámica general, recorriendo de un breve vistazo todo el conjunto, y luego vamos a volver para ver en detalle otras consideraciones.
«El pacto es, en pocas palabras, amor omnidireccional: amor entre Dios y los seres humanos, amor entre los seres humanos, y amor entre los seres humanos y la creación que tienen a su cargo».
Capítulo Ocho
LA GRAN REPRESENTACIÓN
Dios hizo un pacto con Israel, al cual Dios fue fiel pero Israel no. Como Hijo de Dios, la vida de Jesús fue una completa y fiel reproducción de la historia de Israel. No sería exagerado decir que este es el punto central de la Biblia.
Cristo pasó por el mismo terreno de pruebas que atravesó Israel, pero se mantuvo fiel a la alianza allí donde Israel falló. Los paralelos entre las dos historias son deliberados y sorprendentes, aunque a la mayoría de nosotros nunca se nos ha enseñado a leer la Escritura de manera que nos permita observar la vinculación intencionada de la narrativa entre el Antiguo Testamento y el Nuevo. Algunos sectores del cristianismo han ido tan lejos como para rechazar completamente el Antiguo Testamento y desaconsejar a la gente su lectura. Es incluso frecuente imprimir el Nuevo Testamento solo, colocando en las manos de millones de personas solo la mitad del gran libro, por lo que es prácticamente imposible para el lector obtener una visión precisa de quién era Jesús y por qué vino a nuestro mundo.
Nosotros vamos a adoptar un enfoque diferente. Vamos a desplazarnos fuera y observar la profunda conexión entre el Antiguo Testamento y el Nuevo. En este capítulo vamos a fijarnos en el arte inspirado de la Biblia resumiendo su historia de la manera más minimalista que podamos.
En el Antiguo Testamento, un joven llamado José tuvo sueños extraños y fue enviado a Egipto para salvar a su familia, seguido por el pueblo de Israel, emigrado a Egipto para escapar de una muerte segura (Génesis 42; 45: 5). En el Nuevo Testamento, otro José también tuvo sueños especiales, y tuvo que huir con su familia a Egipto para salvar de una muerte segura al Israel de ese momento, encarnado en el Cristo niño (Mateo 2: 13-15).
Cuando Israel salió de Egipto, Dios llamó a la nación “mi hijo” (Éxodo 4: 22). Cuando Jesús salió de Egipto, Dios dijo, “de Egipto llamé a mi hijo” (Mateo 2: 15), un paralelo intencional entre la historia del antiguo Israel y la historia de Jesús como el nuevo hijo israelita de Dios.
El hijo de Dios, Israel, pasó por el Mar Rojo huyendo del ejército egipcio (Éxodo 14: 10-13). El apóstol Pablo dice que los israelitas, “en unión con Moisés…fueron bautizados en el mar” (1 Corintios 10: 2). Jesús, inmediatamente después de ser bautizado como el nuevo representante corporativo de Israel, fue presentado al mundo por Dios con las palabras “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3: 13-17). Jesús está reconduciendo la historia de Israel, esta vez para agradar a Dios con su fidelidad al pacto.
Israel vagó en el desierto durante 40 años en su marcha hacia la tierra prometida, cediendo a la tentación una y otra vez, para entrar finalmente en Canaán bajo el liderazgo de un líder que llevaba el nombre de “Josué”, que significa, Yahvé Salva (Éxodo 16; Números 13). Cristo pasó 40 días en el desierto siendo tentado por el diablo sin sucumbir nunca, antes de que empezara su ministerio terrenal para conducir a la humanidad a la tierra prometida bajo el nombre de “Jesús”, que significa, Yahvé Salva, el equivalente griego de Josué (Mateo 1: 21; 4: 1-11).
Moisés subió al Monte Sinaí para recibir los Diez Mandamientos de parte de Dios y luego los entregó a Israel (Éxodo 19–20). Jesús se posicionó en otro Monte de Israel, anunciando que ahora había venido a “cumplir la ley”, magnificando su significado relacional, y proclamando sus bendiciones, o Bienaventuranzas a todo el pueblo (Mateo 5–7).
El antiguo Israel se formó a partir de los doce hijos de Jacob y sus descendientes (Génesis 35: 22-26). Jesús siguió deliberadamente este modelo narrativo llamando a doce apóstoles, de los cuales surgió una posteridad espiritual que se convertiría en la continuación de Israel, ahora llamada iglesia, compuesta por creyentes de todas las naciones (Mateo 10: 1-4; Gálatas 3: 29; Efesios 2: 19-22).
Israel fue llamado por Dios para ser “un Reino de sacerdotes, y una nación santa”, con el propósito de ser una luz para todas las naciones, con el propósito de incorporar a este Israel (espiritual) al resto del mundo (Éxodo 19: 6; Deuteronomio 4: 5-8, 40). La iglesia fundada por Jesús es el nuevo Israel, llamado a ser “un linaje escogido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2: 9), compuesto de gente de todas las naciones (Apocalipsis 7), con la misión de llevar la luz del amor de Dios al mundo entero (Mateo 24: 14; 28: 18-20; Apocalipsis 14: 6).
¡Vaya! Así que todo eso está en la Biblia, ¿no?
Sí, claro que sí.
El depurado arte literario de la narrativa es tan impresionante que es imposible que se trate de una mera coincidencia. Las posibilidades de que más de cuarenta autores, escribiendo a lo largo de un lapso de mil quinientos años, compongan una historia coherente tan genial, sin ser guiados por una misma Mente superior, son tan remotas, que resultan imposibles. Pero esta ni siquiera es la parte más asombrosa. Lo verdaderamente notable de esta historia es que nos invita a creer lo mismo que secretamente esperamos, en lo más profundo de nuestros corazones, que sea verdad: que somos objeto de un amor tan fiel que preferiría morir antes que dejarnos de lado. Una de las razones por las que sabemos que el relato bíblico es verdadero es porque responde a nuestros anhelos más profundos de ser amados de un modo que no encuentra ninguna correspondencia satisfactoria en este mundo nuestro, transgresor del pacto. Jesús encarna aquello para lo que intuitivamente sabemos que estamos hechos: una relación de amor perfecta.
Y, sin embargo, a la mayoría de los cristianos nunca se les enseña ni siquiera a tomar conciencia de la deliberada conexión narrativa existente entre el Antiguo Testamento y el Nuevo, y mucho menos a entender lo que eso implica para la restauración del amor de Dios en las relaciones humanas. Nuestro enfoque ha estado orientado sobre todo por la preocupación egocéntrica por la salvación personal. La visión teológica del cristianismo ha estado tan completamente saturada de pensamiento griego en la iglesia medieval, que la orientación típicamente hebrea hacia la relación del pacto es casi desconocida en el cristianismo moderno.
La Biblia nos está contando una historia. El objetivo de esta historia es que el amor inspirador del pacto sea restaurado en la raza humana. Jesús es la figura central y más sobresaliente de la historia. Él es quien logra hacer realidad las intenciones del pacto, final y completamente. En Cristo, somos testigos de la gran reconstrucción de la historia de Israel, esta vez con fidelidad al pacto. En Él, todo lo que Dios había previsto para Israel, y para toda la raza humana, se cumple. En cada acto de su existencia, hasta el punto de dar su vida por sus enemigos como el evento culminante de la fidelidad al pacto, Jesús vivió el amor de Dios, y, al hacerlo, cumplió plenamente la intención de la narrativa del Antiguo Testamento, con todos sus ideales de pacto y sus imperativos relacionales. Pablo entendió claramente esto cuando resumió toda la Biblia en una sola frase:
Porque todas las promesas de Dios son en El «sí», y en él «Amén», por medio de nosotros, para gloria de Dios (2 Corintios 1: 20).
El gran panorama narrativo de las Escrituras ilumina con brillantes rayos de luz la vida y la persona de Cristo. Todo lo que Dios prometió al mundo a través de Israel, el hijo infiel de Dios, se cumplió ahora en el Hijo fiel de Dios, Jesucristo. La historia de Jesús es un microcosmos de la historia de Israel, solo que esta vez se trata de una historia que irradia la hermosura del amor infalible. Este es, entonces, el sentido en que el Nuevo Testamento llama a Jesús, “el Hijo de Dios”.
Vamos ahora a explicar algunos detalles más del Nuevo Testamento.
«En el momento en que la gran panorámica de la Biblia se despliega ante nosotros y escuchamos su teología y su historia, nos damos cuenta de que algo pasmosamente sencillo ha permanecido ignorado bajo nuestras mismísimas narices todo el tiempo».
Capítulo Nueve
EVANGELIO
SEGÚN MATEO — HIJO DE ABRAHAM
Si realmente queremos entender lo que la Biblia quiere decir cuando habla de Jesús como el Hijo de Dios, necesitamos permitir que el Nuevo Testamento nos explique la historia de Jesús en sus propios términos, dentro de su propio marco, definiendo su propio lenguaje. Y como lo hace, sólo necesitamos escuchar. Con obvia intención, el Nuevo Testamento se abre recordando el pasado para lanzarse de modo coherente hacia el futuro:
Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham… (Mateo 1: 1).
¡Bum!
¿Bum?
Sí, ¡bum!
Ya lo sé, ya lo sé. A todos nos aburren las “genealogías”, pero eso es porque avanzamos flotando a la deriva de la historia de las Escrituras tras un enfoque miope, con el que buscamos formular listas de declaraciones que nos sirvan para como piezas separadas para elaborar nuestras doctrinas. La teología sistemática y la sana doctrina son de vital importancia cuando se construyen dentro del marco del relato bíblico, pero no como una metodología que consiste en citar versículos aislados para formular ideas teológicas aunque vayan en contra de la historia general de la Escritura.
Recientemente alguien me preguntó: «Si pudieras gastarle una broma pesada a la iglesia mundial, ¿cuál sería?». Inmediatamente respondí:
«Quitaría todas las divisiones en capítulos y versículos de todas las Biblias del mundo».
Por supuesto, sería superdivertido, pero mi propuesta no era ninguna broma. Si no tuviéramos las divisiones de capítulos y versículos —las cuales fueron impuestas a la Escritura bastante recientemente en la historia—nos veríamos obligados a leer los textos completos del libro. Muchos de nosotros no sabemos lo que realmente está pasando en la Biblia, ya que vivimos siempre bajo la ilusión de que ya tenemos “la verdad”, simplemente porque hemos compuesto un arsenal de textos que prueban nuestras creencias fundamentales. Las creencias fundamentales son importantes, pero sirven para poco si se desvinculan de su misión de revelar el amor de Dios, tal como se transmite a través del relato general de la Biblia.
La Biblia es un libro de narrativas, no de listas de declaraciones desvinculadas de sus contextos.
Así que la verdad más verdadera de la Escritura pertenece solo a aquellos que leen la historia completa y se dan cuenta de que su centro y clímax están en Cristo.
Cuando abrimos el Nuevo Testamento lo primero que nos dice es que Jesús no es otro que el «hijo de David,
hijo de Abraham» (Mateo 1: 1). Esto debería alertarnos inmediatamente de que estamos a punto de retomar precisamente lo que la historia dejó en suspenso en el Antiguo Testamento. Parte de la historia está integrada en los nombres de estas dos figuras clave. Abraham significa “padre de muchos” y David significa “amado”. El Mesías que ahora ha venido es, en su linaje, el “hijo amado” de Dios, y él está aquí, en nuestro mundo, para transmitir el amor de Dios al mundo y así llegar a ser el padre de muchos más hijos amados de Dios. Después de decirnos que Jesús es «hijo de David, hijo de Abraham», Mateo procede a redactar su Evangelio como la continuación natural del relato del Antiguo Testamento:
Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo… El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando comprometida María, su madre, con José, antes que vivieran juntos se halló que había concebido del Espíritu Santo. José, su marido, como era justo y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Pensando él en esto, un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Todo esto aconteció para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del profeta:
«Una virgen concebirá y dará a luz un hijo
y le pondrás por nombre Emanuel»
(que significa: «Dios con nosotros»).
Cuando despertó José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito, y le puso por nombre Jesús. (Mateo 1: 16, 18-25).
Mateo quiere que su lector entienda que Jesús es Aquel que Israel ha estado esperando, el Cristo (Mesías, en hebreo). Observa su linaje familiar. Fíjate en las circunstancias milagrosas de su nacimiento, como lo que sucedió con Isaac, sólo que esta vez el niño es, nada menos, que “Emanuel”, Dios encarnado, tal como Isaías había anunciado. Presta atención al hecho de que el ángel les dijo a sus padres que lo llamaran “Jesús” (Josué, en hebreo), como el sucesor de Moisés que llevó a Israel a la tierra prometida. “Mira, mira, mira”, dice Mateo mientras hace toda una serie de conexiones entre Jesús y la historia antigua.
Jesús nació en Belén, la ciudad de David, porque, después de todo, es el hijo de David (Mateo 2: 1-6).
Con sus padres, Jesús tuvo que huir a Egipto para poder sobrevivir, pero después regresó de Egipto, «para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: “De Egipto llamé a mi Hijo”» (Mateo 2: 15).
Un personaje semejante a Elías, Juan el Bautista, lo anunció y lo presentó, tal como el profeta Isaías dijo que sucedería (Isaías 40). Y más adelante, cuando fue bautizado por Juan, una voz de Dios vino del cielo que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3: 17). El Hijo de Dios=el Hijo de David, Mateo hace esta correlación porque conoce su Biblia hebrea.
Tras salir «de Egipto», Jesús fue «al desierto para ser tentado por el diablo… cuarenta días y cuarenta noches», así como el antiguo Israel atravesó el desierto como hijo de Dios y fue tentado por el diablo durante cuarenta años (Mateo 4: 1-2). Los ataques de Satanás contra Jesús estaban dirigidos a cuestionar su identidad como hijo de Dios. «Si eres hijo De Dios», en el sentido israelita-bíblico, «di que estas piedras se conviertan en pan» (Mateo 4: 3). Jesús es Israel en el desierto, de nuevo.
Habiendo enfrentado al diablo en el desierto y permanecido fiel al pacto que Israel no respetó, Jesús inmediatamente salió a predicar: «¡Arrepentíos, porque
el reino de los cielos se ha acercado!» (Mateo 4: 17).
En otras palabras, Jesús está haciendo precisamente lo
que el antiguo Israel se suponía que debía haber hecho
—establecer el Reino de Dios:
Ahora pues, si dais oído a mi voz, y guardáis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa (Éxodo 19: 5-6).
Si Israel hubiera sido fiel a la alianza, Dios habría hecho de ellos una gran nación, y ellos se habrían convertido en el centro de atracción del mundo:
Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová, mi Dios, me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la que vais a entrar para tomar posesión de ella. Guardadlos, pues, y ponedlos por obra, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: «Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es ésta». Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová, nuestro Dios, en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta Ley que yo pongo hoy delante de vosotros? (Deuteronomio 4: 5-8).
Todas las naciones del mundo habrían acudido a Israel para aprender de su extraordinario Dios. Los principios del pacto les habrían aportado éxito y habrían florecido en todos los aspectos de la vida. El reino de Dios habría llenado al mundo entero a través del testimonio de Israel. Pero eso nunca sucedió. Por eso Mateo quiere que entendamos que cuando Jesús viene anunciando «el reino de Dios», está iniciando el proceso de subsanar el fracaso de Israel, de ser el hijo fiel de Dios ante las Naciones.
Con el fin de establecer el Reino, Jesús procede a hacer dos cosas, según el relato que Mateo hace de la historia:
1 Selecciona a doce apóstoles, evocando a los doce hijos de Jacob y a las doce tribus de Israel. Según Mateo, Jesús está fundando un nuevo Israel.
2 Él asume la misión que Israel había debido cumplir, es decir, derribar todas las barreras étnicas e incorporar a todas las gentes en el reino del pacto de Dios.Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, predicando el evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Se difundió su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los sanó. Lo siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea, y del otro lado del Jordán (Mateo 4: 23-25).
La misión de evangelización que Israel no cumplió, ahora está siendo realizada por Jesús, el hijo fiel de Dios, que debía haber sido Israel. Al decirnos que Cristo se puso a «sanar toda clase de enfermedades», Mateo nos está recordando la promesa del pacto a Israel: «Yo apartaré de ti toda enfermedad» (Éxodo 23: 25). «Apartará Jehová de ti toda enfermedad» (Deuteronomio 7: 15). Paso a paso, un acto tras otro, Jesús repara todo lo que Israel no consiguió en su misión fallida. Al reconocer los rasgos que van perfilando su identidad mesiánica, «toda la gente estaba atónita y decía: “¿Será éste el Hijo de David?”» (Mateo 12: 23).
Mateo dice, Sí, sí, sí, ¡eso es exactamente lo que es!
Todo el propósito del relato del Evangelio de Mateo es persuadirnos de que Jesús es el último Hijo de Dios del pacto, el que anunciaban todos los penúltimos hijos del pacto divino.
Él es el Hijo de la promesa tipificado en Isaac, el hijo milagroso de Abraham.
Él es el Hijo del pacto representado por Jacob, el hijo de Isaac.
Él es el Hijo primogénito de Dios presagiado en los hijos de Jacob, quienes colectivamente representan a Israel, el pueblo-hijo de Dios.
Él es el Hijo de Dios, unigénito y ungido, del cual el rey David era una mera sombra.
Él es el pacífico Hijo de Dios que vino a establecer el Reino eterno de Dios sin guerra, prefigurado por Salomón, el hijo de David.
En el momento en que la gran panorámica de la Biblia se despliega ante nosotros y escuchamos su teología y su historia, nos damos cuenta de que algo pasmosamente sencillo ha permanecido ignorado bajo nuestras mismísimas narices todo el tiempo.
Jesús es el Hijo de Dios en el sentido de que él siguió enteramente el guión de la trama narrativa del Antiguo Testamento al vivir plenamente el propósito que Dios tenía para la humanidad desde siempre.
Este es el argumento de la Biblia.
Es evidente, entonces, y se hará cada vez más evidente a medida que avancemos, que cuando los escritores del Nuevo Testamento llaman a Jesús «Hijo de Dios», no están tratando de decirnos nada acerca de sus orígenes ontológicos. No están tratando de informarnos acerca de su historia metafísica. No están tratando de informarnos acerca de cómo o cuándo llegó a existir en la eternidad pasada. Más bien, nos están diciendo que Jesús es el hijo de la promesa, dentro del linaje abrahámico y davídico. Según Mateo, Jesús es «hijo de David, hijo de Abraham», y, como tal, él es el Hijo de Dios esperado desde siempre, que sería fiel al pacto.
«La caída de Adán fue el evento que puso a la Tierra bajo el control efectivo de Satanás… en Cristo tenemos un nuevo Adán, un nuevo “Hijo de Dios”, que ahora ha entrado en escena para revertir los efectos de la Caída y reclamar el “dominio” sobre la Tierra».
Capítulo Diez
EVANGELIO SEGÚN LUCAS — HIJO DE ADÁN
Como el Evangelio de Mateo, el relato de Lucas se basa en la lógica narrativa del Antiguo Testamento:
Entonces el ángel le dijo: «María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su Reino no tendrá fin» (Lucas 1: 30-33).
Fíjate en los indicadores narrativos. María, la mujer (recuerda Génesis 3: 15), tiene un Hijo que va a ocupar el trono de David y reinar sobre la casa de Jacob. Gabriel, el ángel mensajero, insiste en explicar a María la identidad davídica del niño que lleva en su vientre. Él será llamado el «Hijo del Altísimo». Es un título que él ostenta en el marco de la narrativa de las Escrituras, según Lucas, no una explicación acerca de sus remotos orígenes. Lucas es plenamente consciente de que la historia ahora está alcanzando su clímax en Cristo. Él quiere que comprendamos que Jesús es el Hijo de Dios en el mismo sentido que David, dentro del fluir del plan del pacto divino. Jesús es quien consigue realizar el proyecto en el que David y todos los demás hijos de Dios fallaron. A diferencia de ellos, Jesús será fiel al proyecto divino original para los seres humanos. Él será fiel al pacto de la filiación.
Esto ahora lo tenemos claro, porque ahora estamos leyendo el Nuevo Testamento a la luz del Antiguo. Es evidente que Gabriel no está procurando explicarle a María que Jesús fue engendrado por Dios el Padre en un pasado eterno. Esa preocupación no aparece en ninguna parte en el radar del ángel, ni en ninguna parte del radar de los escritores bíblicos. El punto que Gabriel le está comunicando a María es que su hijo es el tan esperado «Hijo de Dios» que vivirá y reinará en el trono de David como el hijo fiel a Dios.
Lucas también quiere que sepamos que Jesús, precisamente por ser el hijo de la promesa del pacto, vino al mundo mediante una concepción milagrosa:
Entonces María preguntó al ángel: «¿Cómo puede ser esto, si no conozco varón?» Respondiendo el ángel, le dijo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual, también el Santo Ser que va a nacer será llamado Hijo de Dios» (Lucas 1: 34-35).
Observa la expresión «por lo cual… será llamado Hijo de Dios». Se trata de un título conferido, un nombre relacionado con su misión dentro del relato de Lucas, no de una descripción de su intrínseca identidad preencarnada. Él sería llamado Hijo de Dios precisamente porque había sido concebido en el seno de María por un milagro, como Isaac, no porque él siempre fuese el Hijo de Dios por naturaleza antes de venir a nuestro mundo. Más adelante exploraremos que también hay un sentido en el cual Jesús era el Hijo de Dios antes de su encarnación, pero ese descubrimiento, también estará basado en la historia global que las Escrituras están contando. Por ahora, prestemos atención a lo que nos dice Lucas. El tan esperado «Hijo de Dios» llega en la persona de Jesucristo, y para nuestro total asombro, es Dios mismo quien se presenta para llevar a término con éxito nuestra filiación fallida.
Lucas continúa su relato, y su lenguaje en relación con Jesús está cargado de significados:
Socorrió a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
—de la cual habló a nuestros padres—
para con Abraham y su descendencia para siempre (Lucas 1: 54-55).
… para hacer misericordia con nuestros padres,
y acordarse de su santo pacto,
del juramento que hizo a Abraham, nuestro padre (Lucas 1: 72-73).
Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón (Lucas 2: 7).
Pero el ángel les dijo: «No temáis, porque yo os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor» (Lucas 2: 10-11).
Lo que está pasando aquí es obvio ahora que tenemos la totalidad de la historia a la vista. Lucas usa un lenguaje relacionado con el nacimiento y la filiación para describir a Jesús en el contexto directo de su nacimiento de María, la mujer, tal como había predicho en Génesis 3: 15, la primera promesa del evangelio. Lucas no nos está hablando aquí de Cristo como el eterno hijo divino de Dios apareciendo para convivir con sus demás hijos humanos. Más bien está intentando que veamos a Jesús como Dios mismo apareciendo tras el milagro de la encarnación para vivir fielmente la relación de filiación para con Dios para la que fuimos creados todos los seres humanos. Cristo es el nuevo hombre, el representante humano, el hijo corporativo de Dios en quien se realiza ahora todo lo que Dios originalmente pretendía para la humanidad. Por eso —y este es un punto especialmente significativo que no queremos ignorar—Lucas remonta intencionalmente la genealogía de Jesús hasta «Adán, hijo de Dios» (Lucas 3: 38). Mientras que el Evangelio de Mateo sitúa la genealogía de Jesús en el capítulo uno como una introducción a su nacimiento, Lucas coloca la genealogía de Jesús después de su bautismo como una introducción a su ministerio público. Observa con cuidado la terminología usada:
Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, Jesús también fue bautizado, y mientras oraba, el cielo se abrió y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma; y vino una voz del cielo que decía: «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia» (Lucas 3: 21-22).
Tú eres mi Hijo amado.
En ti tengo complacencia.
Según el relato de Lucas, Jesús se presenta ante el mundo como el hijo fiel de Dios en contraste con el rebelde Adán. Por eso, justo después de llamarlo «Hijo de Dios», Lucas nos cuenta que Jesús «Allí estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo» (Lucas 4: 2, CST). Israel fue tentado en el desierto y fracasó. Pero remontando más arriba en la historia, Adán fue tentado y también cayó (Génesis 3). Jesús ahora se enfrenta con el diablo pero permanece fiel. En la historia del evangelio narrada por Lucas, la filiación de Jesús está puesta en paralelo con la de Adán en el relato de la creación y la Caída, pero con alusiones a las pruebas de Israel en el desierto.
Adán, como hijo de Dios, recibió dominio sobre la Tierra (Génesis 1: 26-27). Cuando Adán pecó, además de la dimensión moral de la caída, también hubo una transferencia efectiva de dominio de la Tierra, que pasó de Adán a Satanás. Lucas aclara también este punto con su ojo puesto en la historia de Adán:
Luego lo llevó el diablo a un alto monte y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. Le dijo el diablo: «A ti te daré todo el poder de estos reinos y la gloria de ellos, porque a mí me ha sido entregada y a quien quiero la doy. Si tú, postrado, me adoras, todos serán tuyos» (Lucas 4: 5-7).
No te lo pierdas. Lucas nos está diciendo que el diablo tentó a Jesús dentro del contexto del «dominio» que Adán tuvo una vez sobre la Tierra como «Hijo de Dios». Satanás se acercó a Jesús reclamando la Tierra como su territorio, señalando el hecho de que la Tierra le había sido «entregada» a él.
Entregada a él, ¿cuándo, y por quién?
De nuevo: ¡En el Edén, por Adán!
La caída de Adán fue el evento que puso a la Tierra bajo el control efectivo de Satanás. Pero Lucas quiere que entendamos que en Cristo tenemos un nuevo Adán, un nuevo «Hijo de Dios», que ahora ha entrado en escena para revertir los efectos de la Caída y reclamar el «dominio» sobre la Tierra.
Está claro, entonces, que Mateo y Lucas están en la misma longitud de onda. Estos dos evangelistas inspirados identifican a Jesús como el «Hijo de Dios» dentro de los parámetros narrativos de su misión terrenal, no en referencia a sus orígenes. Origen absoluto, principio ontológico o cronología metafísica, ninguno de estos intereses se encuentran en ninguna parte en Mateo o Lucas. La historia que cuentan es decididamente hebrea en sus preocupaciones y está completamente basada en el Antiguo Testamento.
Y ahora, con el Evangelio de Juan, las cosas se ponen todavía más hermosas.
«Juan insiste en que el amor es la característica que define a Cristo como Hijo de Dios. Sabe que el objetivo de la misión del Mesías es volver a traer a los seres humanos a los cauces de la fidelidad al pacto».
Capítulo once
EVANGELIO
SEGÚN JUAN — HIJO UNIGÉNITO
La genealogía de Mateo relaciona por filiación a Jesús con David, Abraham e Israel.
La genealogía de Lucas relaciona también la filiación de Jesús con Israel, pero se remonta hasta Adán, enlazando así la filiación de Cristo con el relato de la Creación.
Juan no presenta ninguna genealogía de Cristo, pero pone la filiación del Salvador en relación tanto con Adán como con Israel, en sincronía con los otros evangelistas. Pero lo hace a su manera, de forma muy única, aportando algunas revelaciones impresionantes.
Primero, Juan nos lleva de vuelta a la creación, identificando a Jesús como nada menos que el mismo Creador:
En el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. Éste estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho (Juan 1: 1-3).
Qué pensamiento tan sencilla y profundamente formulado. Allá «en el principio», Juan explica que “Dios… estaba… con Dios”. No dice que “el Hijo estaba con el Padre”, sino que «Dios… estaba… con Dios». Juan está a punto de explicar el punto en el que comenzó el acuerdo entre Padre e Hijo y en qué sentido hay que entenderlo. Primero, él nos lleva hasta el «principio», cuando Dios se embarcó en la creación, y en este momento de la realidad divina, «Dios… estaba… con Dios».
Así, pues, según Juan la realidad se entiende en dos categorías fundamentales: lo hecho y lo no hecho. Observa su lenguaje: «Sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho». Juan insiste en que Jesús, antes de ser Jesús, es quien hizo todo, ocupando la categoría de lo no-hecho. Pero inmediatamente Juan hace algo asombroso. Nos informa que la persona no hecha decidió voluntariamente entrar en el reino de lo hecho al convertirse en parte de él. El Creador se convirtió en criatura:
En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por medio de él; pero el mundo no lo conoció. A lo suyo vino, pero los suyos no lo recibieron. Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Estos no nacieron de sangre, ni por voluntad de carne, ni por voluntad de varón, sino de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre (Juan 1: 10-14).
Aquí, por primera vez en el Nuevo Testamento, Jesús es llamado, «el unigénito del Padre». Si no conociésemos el trasfondo sobre el cual Juan está expresándose, podríamos concluir que está tratando de describir cómo Jesús llegó a existir en algún momento de la eternidad pasada. Pero sabemos que esto no es en absoluto lo que Juan tiene en mente. ¿Cómo lo sabemos? Pues porque Juan está utilizando un lenguaje sacado del Antiguo Testamento, de modo que lo que tenemos que hacer es volver al Antiguo Testamento para descubrir exactamente lo que significa. No hace falta adivinar nada.
Recuerda lo que hemos descubierto anteriormente. Dios dijo a Israel:
Tú eres mi «hijo primogénito».
Te «engendré» cuando «te saqué» de la esclavitud egipcia.
Al liberarte me «convertí en tu padre».
Por lo tanto, soy «tu Padre».
Continuando con la metáfora del padre-hijo, Dios más tarde le dijo a David, «Mi Hijo eres tú; yo te engendré hoy» (Salmo 2: 7). Y David dice a Dios: «Mi padre eres tú, mi Dios, y la roca de mi salvación» (Salmo 89: 26). Y Dios dice de David, «lo pondré por primogénito» (Salmo 89: 27). Una vez que la antorcha de la sucesión de la filiación fue pasada a Salomón, Dios dijo de él, «será para mí un hijo, y yo seré para él un padre» (1 Crónicas 22: 10). Tanto Israel como David y Salomón son hechos hijos de Dios, no por nacimiento biológico, sino por el llamado a la vocación de la alianza. En la historia bíblica, Israel era el hijo unigénito de Dios entre todas las naciones de la Tierra, con la misión de dar un testimonio tan poderoso de la gloria de Dios que muchas otras naciones se convertirían también en hijos de Dios. Una vez que comprendemos esta dinámica narrativa, entendemos la intención del relato bíblico, y comprendemos el sentido en el que Jesús es el Hijo unigénito de Dios. Esto nos lleva de vuelta a nuestro pasaje en el primer capítulo de Juan.
Cuando Juan llama a Jesús «el unigénito del Padre», lo está identificando como Aquel que cumplirá de manera final y plena la misión encargada a Israel. Israel falló en dar su testimonio a las naciones y por esto falló en atraerlas a una relación de filiación con Dios. Jesús llevará esta misión a cabo con éxito. Él se hizo Hijo de Dios para que nosotros llegáramos a serlo también, es decir, para que se nos diera acceso a “llegar a ser hijos de Dios”. El creador del mundo tomó el papel de hijo para que pudiéramos ser admitidos de nuevo en ese papel nosotros mismos.
Ese es el mensaje del Evangelio de Juan. Juan no está explorando cuestiones metafísicas griegas sobre el origen de Dios, sino respondiendo a cuestiones narrativas hebreas con respecto a la misión de Israel, que sería llevada a cabo por el Mesías. Pero si nos queda alguna duda acerca de si Juan, como los demás evangelistas, tiene en vista el relato del Antiguo Testamento cuando presenta a Jesús como el «hijo unigénito» de Dios, podemos desterrarla cuando llegamos al final de Juan 1:
Natanael exclamó: «¡Rabí, tú eres el Hijo de Dios! ¡Tú eres el Rey de Israel!» (Juan 1: 49).
En el relato que Juan hace de la historia, Jesús es «el Hijo de Dios» en el sentido de que es «el Rey de Israel». Se trata de identidades equivalentes. La filiación de Cristo designa su identidad en el pacto con el linaje de David, no su origen ontológico relativo a algún remoto linaje de seres divinos que participan en algún proceso de engendramiento misterioso, un Dios dando a luz a otro, como si se tratara de mitología griega.
Y así llegamos a Juan 3: 16, que es el pasaje bíblico más familiar con respecto a la filiación de Cristo, y el versículo principal sobre el cual la doctrina antitrinitaria descansa:
De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en el cree no se pierda, sino que tenga vida eterna.
El versículo tiene un contexto, formado por un contexto inmediato y un contexto narrativo más amplio. En Juan 3
Jesús tiene una conversación con un fariseo llamado Nicodemo. En ella, Jesús asume inmediatamente su misión como «el Hijo de Dios» y «el Rey de Israel», sin dejar espacio para la incomprensión:
De cierto, de cierto te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios (Juan 3: 3).
Si Nicodemo desea «ver el reino de Dios», debe «nacer de nuevo».
¿Qué?
¿Por qué Jesús habla de un nuevo nacimiento?
¿Y qué tiene que ver el reino de Dios con esto?
Bueno, si rastreamos la historia que cuenta Juan, algo impresionante nos salta a la vista y nos deslumbra. «El Rey de Israel» ha venido ahora, Juan explica, para establecer su «Reino». Es decir, «el Hijo de Dios» ha venido ahora para devolver a la humanidad su filiación perdida. De modo que para entrar en el nuevo reino, necesitamos «nacer de nuevo».
¿Nacer de nuevo?
¿Qué significa eso?
La idea del nuevo nacimiento tiene sentido para Juan porque todo el Antiguo Testamento se construye en torno al concepto del nacimiento, el nacimiento del hijo primogénito para el cumplimiento de la promesa del pacto. Jesús ha venido a nuestro mundo para cumplir la vocación de Israel como primogénito de Dios, y ahora está invitando a todos los demás seres humanos a nacer de nuevo también como hijos de Dios. Nacer de nuevo significa, por lo tanto, entrar en un nuevo Génesis que Jesús está inaugurando como el nuevo Hijo de Dios que ha venido a relevar a Adán y a reescribir la historia del pacto de Israel con fidelidad.
¿Con qué fin?
A fin de que el Reino de Dios se establezca y eventualmente llene toda la Tierra, como Dios prometió a Abraham: «serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12: 3). Jesús, cuando llega como el «Hijo de Dios» y «el Rey de Israel» para establecer el Reino de Dios en la Tierra, invita a Nicodemo, y a todos nosotros, a «nacer de nuevo» en esta nueva fase de la historia del mundo. En otras palabras, él nos invita a convertirnos en hijos del pacto divino, para que a través de nosotros los caminos de ese pacto con Dios puedan transformar al mundo.
Es en este contexto que Jesús se identifica a sí mismo como «el Hijo unigénito de Dios». ¿Significa acaso este lenguaje que el Padre, en tiempos muy remotos en la eternidad pasada, engendró a Jesús de modo que éste tuviera existencia propia junto a Dios?
Es evidente que no significa nada de eso. Esas preocupaciones no están en la mente de Juan.
Nosotros solo podemos interpretar el lenguaje sobre filiación que Juan utiliza como si tuviese connotaciones metafísicas si ignoramos la gran historia que la Escritura nos está contando. Pero desde el momento en que empezamos a pensar dentro de la trayectoria de filiación que va de Adán a Abraham, a Isaac, a Jacob, a Israel y a David, un cuadro diferente se concretiza. El significado del relato del Nuevo Testamento cobra vida, y Juan 3: 16 se abre finalmente ante nuestros ojos como una flor.
Vamos a ir más lejos en esta investigación preguntándonos simplemente: ¿es Jesús el único «hijo unigénito» en la Escritura? Ya sabemos la respuesta, ¿no?
Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac: el que había recibido las promesas, ofrecía su unigénito (Hebreos 11: 17).
¡Ahí lo tienes!
Isaac lleva el título de «hijo unigénito», así como Israel como nación y David como rey de Israel llevarían más tarde el mismo título. El título de «hijo unigénito» es un título propio del pacto, no un título cronológico u ontológico. Si no conociésemos el relato bíblico, podríamos confundirnos al ver que Isaac es llamado «hijo unigénito de Abraham». Porque la Biblia nos dice claramente que Abraham tuvo, no uno solo, sino ocho hijos: Ismael, Isaac, Jocsán, Zimrán, Madián, Isbac, Súa y Medán (Génesis 25: 1-9). Entonces, ¿cómo puede designar a Isaac como el “hijo unigénito” de Abraham? Es muy sencillo, una vez que ves lo que el texto quiere decir. Isaac no fue el único hijo biológico engendrado por Abraham, y ni siquiera fue el hijo primogénito de Abraham desde el punto de vista cronológico. Isaac fue el hijo unigénito de Abraham, porque era el hijo del pacto. Y eso es precisamente lo que Jesús quiere decir cuando se llama a sí mismo «Hijo unigénito de Dios». Al aplicarse a sí mismo ese título, Jesús le está explicando a Nicodemo que él era el antitipo mesiánico de Isaac, de Israel, de David y de Salomón.
Así pues, Juan 3: 16 no es una declaración de que Jesús fue literalmente «engendrado» de Dios mucho antes de venir a nuestro mundo, ni de que Jesús tuvo una existencia distinta cronológicamente después de Dios. Juan 3: 16 nos dice más bien que en Jesús se cumple la promesa prefigurada en la filiación de Israel contenida en el pacto. El objetivo final de la historia bíblica es que Dios tenga un hijo fiel, un hijo que mantenga el pacto con Dios y con la humanidad, un hijo que se convierta en la fuente de muchos otros hijos fieles, de modo que reproduzcan la imagen de Dios en toda la amplitud de la raza humana. Jesús es el Hijo de Dios en este sentido. Él es Adán como Dios quiso que fuera Adán, Israel como Dios quiso que fuera Israel, David como Dios quiso que fuera David, humano como Dios quiso que fuera la humanidad.
Ahora podemos leer Juan 3: 16 y entender lo que realmente significa dentro del flujo narrativo de la Escritura.
Dios
ese Dios que mantiene su pacto con Israel,
de tal manera amó
por fidelidad inefable al juramento de su pacto
al mundo
formado por toda la población hebrea y gentil de la Tierra, que Dios prometió a Abraham que bendeciría a través de su descendencia
que ha dado a su Hijo unigénito
tal como prometió a través de todos los profetas, tal como se prefiguró en Isaac, el «hijo unigénito» de la promesa hecha a Abraham y tal como se tipifica en David, el hijo mesiánico de Dios del reino de la alianza eterna
para que todo aquel
tanto judío como gentil,
que en él cree
como Abraham creyó la promesa divina del pacto,
no se pierda
bajo las maldiciones estipuladas por Moisés en el pacto
sino que tenga vida eterna
prometida en las bendiciones del pacto estipuladas por Moisés
O, dicho más brevemente:
Dios amó de tal manera, por fidelidad a su pacto, al mundo entero, tanto a judíos como a gentiles, que dio al mundo entero a su Hijo unigénito prometido para demostrar lo que es la verdadera filiación, para que todo aquel que en él crea como el Hijo fiel de Dios y nazca de nuevo a través suyo a la verdadera filiación, no perezca bajo las maldiciones del pacto, sino que tenga vida eterna bajo las bendiciones del pacto.
Es poco probable que alguna vez hayas leído Juan 3: 16 así, porque este, el más famoso de todos los pasajes bíblicos, ha sido tan aislado de su contexto narrativo que casi nadie escucha lo que realmente está diciendo. Como resultado, la noción de «Hijo unigénito de Dios» ha sido objeto de una burda, mala interpretación, como si Jesús estuviera tratando de decirnos cómo llegó a existir junto al Padre en algún remoto pasado etéreo. Pero una vez que tomamos en consideración todo el alcance de la historia, se hace claro que Juan 3: 16 no trata de los orígenes ontológicos de Jesús, sino de su identidad como el Hijo de Dios prometido, y de la buena nueva de nuestra reincorporación, a través de él, a la filiación de la alianza.
En la primera de sus cartas, Juan vuelve a ahondar en la lógica de la historia bíblica trazando una línea clara de conexión entre la condición de Cristo como «Hijo unigénito» de Dios y su misión en favor d que los seres humanos nazcamos de nuevo a su propia condición:
Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios así nos ha amado, también debemos amarnos unos a otros (1 Juan 4: 7-11).
Juan insiste en que el amor es la característica que define a Cristo como Hijo de Dios. Sabe que el objetivo de la misión del Mesías es volver a traer a los seres humanos a los cauces de la fidelidad al pacto. Jesús es el «Hijo unigénito» de Dios precisamente porque él es quien encarna plena y finalmente el amor de Dios en el seno de la humanidad. Claramente, Juan está enmarcando la obra de Cristo dentro de la historia del pacto iniciada en el Antiguo Testamento. Por eso utiliza el título de «Hijo unigénito» de la misma manera que lo utilizaron antes que él los profetas, para señalar la llegada del Hijo de Dios fiel a su pacto.
Juan sabe que Dios hizo un pacto con Abraham. También sabe que los profetas definieron ese pacto como el «amor inagotable» de Dios, y que anunciaron la venida de un Hijo a través del cual se cumpliría el pacto de amor (Isaías 54: 10; 42: 6). Así que cuando Juan se refiere a Jesús, lo describe dando origen a una nueva humanidad caracterizada por el mismo amor anunciado por todos los profetas. Por eso, en ese contexto, Juan puede declarar sin rodeos: «todo aquel que ama, es nacido de Dios». La posición de Cristo como «Hijo unigénito» de Dios es el punto de partida desde el cual puede nacer una nueva clase de humanidad. En Cristo, Dios ha venido ahora para cumplir su promesa de bendecir a todos los seres humanos a través de un solo ser humano, para bendecir a todas las naciones de la Tierra a través de una sola nación. El propósito de Israel será alcanzado finalmente por Jesús. El mundo será redimido a través de la obra del único Hijo de Dios plenamente fiel. Y cada uno de nosotros está invitado a «nacer de nuevo» asumiendo la identidad de hijos de Dios que él reclama para nosotros.
El punto es que Juan 3: 16 significa lo que significa y no significa lo que no significa. Y no tenemos derecho a imponer al texto lo que nosotros pensamos que significa. Sí, Jesús es el «Hijo unigénito» de Dios, pero el Evangelio de Juan no da ningún indicio de que esto significa que él fue engendrado por Dios como Dios en algún momento del remoto pasado. Según el contexto inmediato de Juan y el contexto bíblico más amplio tomado en su conjunto, «hijo de Dios» es una identidad humana, no una identidad divina. Según el relato de Juan, el mismo Dios que hizo el mundo se ha hecho carne y ha asumido perfectamente su papel de hijo, cumpliendo el nuevo pacto en representación nuestra, como sustituto de Adán y Mesías de Israel. Cada ser humano puede ahora acceder a la misma filiación o identidad a través de su unión con él. El profundo mensaje de Jesús es simplemente este: Yo soy el unigénito Hijo de Dios, y te estoy invitando a nacer de nuevo para que puedas compartir conmigo mi posición de hijo fiel.
¡Sublime!
Ahora bien, si encuentras que el marco en el que Juan sitúa la filiación de Cristo es revelador, vas a experimentar por lo menos el mismo entusiasmo cuando descubras lo que Pablo tiene que decir en Romanos.
«La verdad de la Biblia pertenece solo a aquellos que leen todo el libro. Todos los demás se condenan a sí mismos a la confusión y extravagancia teológicas».
Capítulo doce
ROMANOS —
EL PRIMOGÉNITO DE DIOS
La filiación de Cristo figura de modo prominente en el pensamiento de Pablo expresado en el libro de Romanos. Su línea de razonamiento es sencilla, pero poderosa: Dios mismo se hizo Hijo con el fin de devolverle a la humanidad la posición de filiación deseada.
Ya de entrada, al presentar el evangelio, Pablo escribe con la plena conciencia de que Jesús es el Hijo de Dios dentro del linaje de Israel y del rey David:
Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras; evangelio que se refiere a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad,
por su resurrección de entre los muertos (Romanos 1: 1-4).
No dejes de observar que Jesús fue «declarado», o «designado» como «el Hijo de Dios» en virtud de su «resurrección de entre los muertos». Su filiación no es su identidad innata y eterna, sino más bien un papel que asumió con un propósito definido. Esto se pone de relieve por el hecho de que Pablo dice que Jesús fue «declarado Hijo de Dios» en virtud de dos realidades: (1) porque nació del linaje de David y (2) porque triunfó sobre la muerte debido a su comunión con «el Espíritu de santidad». En otras palabras, su carácter responde a las exigencias de su linaje, lo que no se puede decir de David, ni de Israel, ni de Adán. Esto demuestra inequívocamente que el Nuevo Testamento, al llamar a Cristo Hijo de Dios, no se está refiriendo a su realidad ontológica sino más bien a su identidad en el pacto, de acuerdo con el linaje genealógico de David.
Como ya hemos visto, tanto Lucas como Juan entendieron que Jesús era hijo de Dios en el mismo sentido en el que Adán era hijo de Dios. Pablo hace lo mismo en Romanos 5, donde dice claramente que Adán era «figura del que había de venir», hablando de Jesús (vers. 14). Pablo se explica a continuación:
Pero el don no fue como la transgresión, porque si por la transgresión de aquel uno muchos murieron, la gracia y el don de Dios abundaron para muchos por la gracia de un solo hombre, Jesucristo. Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó, porque, ciertamente, el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación. Si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.
Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación que produce vida. Así como por la desobediencia de un hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, muchos serán constituidos justos (Romanos 5: 15-19).
Según Pablo, tenemos ante nosotros dos personajes representativos, o dos seres humanos arquetípicos: Adán y Cristo.
Adán fue el primer hombre, creado a imagen de Dios, y dotado de la capacidad de procrear a su propia imagen. Pero Adán pecó y por lo tanto trajo la muerte a toda la raza humana.
Cristo ha venido ahora como el nuevo hombre, el segundo Adán, para rectificar el fracaso del primer Adán, de modo que «por la justicia de un Hombre vino el don de la gracia a todos los hombres», y «por la obediencia de uno, muchos serán constituidos justos». Cristo es el único Hombre que ahora representa a todos los hombres en el sentido de que en Él ahora tenemos un nuevo punto de partida desde el cual empezar, libres del pecado y de la culpabilidad.
Tras habernos recordado el caso del primer hombre, Adán, y presentarnos al hombre nuevo, Jesús, Pablo nos invita a identificarnos con el nuevo hombre a través del entierro simbólico del bautismo:
¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?, porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva (Romanos 6: 3-4).
Todo lo que Cristo hizo, su vida, muerte, sepultura y resurrección, fue vivido para nosotros, en nuestro lugar, para que finalmente fuésemos reintegrado a la posición de hijos, mediante la filiación que Jesús forjó para nosotros. Cuando somos bautizados, estamos diciendo esencialmente que hemos dejando de lado nuestro primer nacimiento dentro del linaje del primer Adán y reubicando nuestra identidad en el segundo Adán, Jesucristo. Recuerda que esto es precisamente lo que Jesús enseñó en Juan 3: «Debes nacer de nuevo». En otras palabras, debes recuperar tu posición de Hijo de Dios rompiendo filas con Adán y tomando tu nueva identidad en Cristo.
En Romanos 8, Pablo expone las implicaciones de la filiación de Cristo:
Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios, pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!» El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados (Romanos 8: 14-17).
Según Pablo, llegamos a ser «hijos de Dios» a través de la filiación divina de Cristo. A través de Jesús, experimentamos un proceso de «adopción» y, de esta manera, somos hechos miembros de la familia de Dios. Y «exclamamos» con un sentido de identidad completamente nuevo, «Abba, Padre». Pablo explica que cuando nos convertimos en «hijos de Dios», nos convertimos en «coherederos con Cristo». Heredamos todo lo que él ha heredado, gracias a su fiel filiación. ¿Y qué es eso? Pues básicamente todo el mundo, puesto que Dios le había prometido todo el mundo a Abraham y a su posteridad (Génesis 12; Daniel 7: 27; Hebreos 1: 2; Apocalipsis 21: 7). Con esta poderosa presentación del evangelio, Pablo nos lleva plenamente de vuelta al Génesis, a la vocación de mayordomía confiada a la humanidad. El gran objetivo del proceso de adopción es que la Tierra vuelva a estar bajo el dominio humano:
… porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. La creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza. Por tanto, también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Romanos 8: 19-21).
¿Por qué la creación misma está anhelando que los seres humanos regresen a su posición de hijos de Dios? Sencillamente porque los seres humanos, creados a imagen de Dios, recibieron la responsabilidad de cuidar la creación como parte del pacto de amor, viviendo como fieles gerentes del planeta. Cuando lleguemos a ser lo que estamos destinados a ser, Pablo explica, «la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios». Así, pues, Jesús es el Hijo de Dios, como lo fue Adán, con el propósito de dar origen a muchos otros hijos de Dios a su imagen:
A los que antes conoció, también los predestinó para que fueran hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8: 29).
Una vez más, Pablo nos vuelve a llevar al relato que el Génesis hace de la creación. Dios creó a Adán y Eva a «su propia imagen» (Génesis 1: 27). A su vez Adán «engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen» (Génesis 5: 3). Según Pablo, Jesús es el sustituto de Adán. Él es, por consiguiente, el nuevo «progenitor» de la raza humana, encargado de «reproducir» muchos otros hijos a imagen de Dios. Pablo explica que Jesús es el «primogénito» Hijo de Dios «entre muchos hermanos». Es decir, él inauguró un nuevo linaje a través de una filiación gracias a la cual muchos otros renacerán como su progenie espiritual. Jesús es el «primogénito» Hijo de Dios, no cronológicamente, sino en términos de pacto. Está claro, entonces, que Pablo no está queriendo decirnos nada sobre los orígenes de Jesús antes de su encarnación. Esa preocupación no entra en sus planes.
Varias veces el Nuevo Testamento llama a Jesús «Hijo primogénito» de Dios (Romanos 8: 29; Colosenses 1: 15, 18; Hebreos 1: 6; Apocalipsis 1: 5). Muchos se han confundido con esta manera de describir a Jesús. En contraposición a esto, otros pasajes del Nuevo Testamento afirman que Jesús es Dios manifestado en carne. ¿Por qué, entonces, se lo describe como el Hijo primogénito de Dios?
Bueno, esto nos deja perplejos con razón.
Nuestra formación para la evangelización nos ha enseñado a manejar la Biblia como un manual de textos probatorios con los que construir argumentos convincentes. Como resultado, a menudo hemos fallado en abordar las Escrituras como un gran relato en su conjunto. Por eso nos cuesta entender esta manera de describir a Jesús del Nuevo Testamento e incluso, entender al Nuevo Testamento en general. Al no ver que la terminología de filiación del Nuevo Testamento tiene un significado con una clara intención dentro del relato global del Antiguo Testamento, no sabemos qué hacer con Jesús… um… Dios descrito como el «Hijo primogénito de Dios». Y así es como llegamos a esas diversas, retorcidas y elaboradas explicaciones metafísicas, que no se encuentran en ninguna parte de la Biblia:
«Bueno, verás, sí, por supuesto, Jesús es Dios, pero tuvo su origen en la remota eternidad. Pero es el Hijo primogénito de Dios, así que eso lo hace diferente, ya sabes. Siendo el primer ser originado por Dios, él también es Dios, por lo que su proceso de origen debe haber sido, ya sabes, único, haciéndole Dios también, aunque en realidad solo hay un Dios. Sí, ya sabes, es un misterio, pero debe haber sucedido porque la Biblia dice que sucedió».
Pero en realidad, no, la Biblia no dice nada de eso ni nada parecido.
Nuestro problema es que solo vemos versículos y palabras cuando debemos ver la historia global que da significado a eso versículos y a esas palabras.
Vemos frases de información aisladas cuando deberíamos ver personajes y temas avanzando hacia un objetivo final coherente.
Vemos piezas sueltas de datos con las que construimos argumentos teológicos cuando deberíamos ver una historia grandiosa y magnífica que se interpreta a sí misma sin que nosotros tengamos que inventar cosas e imponerlas a su relato.
La verdad de la Biblia pertenece solo a aquellos que leen todo el libro. Todos los demás se condenan a sí mismos a la confusión y extravagancia teológicas. Quienes se limitan a estudiar palabras y compilar versículos inevitablemente pierden el hilo de la Escritura y formulan falsas doctrinas que están fuera de la órbita de su gran línea argumental.
Pero si tenemos en cuenta toda la historia, fácilmente descubrimos por qué y en qué sentido Jesús es llamado el «Hijo primogénito de Dios». El título tiene una intención específica que solo tiene sentido dentro del contexto del Antiguo Testamento. Al comienzo de la narración bíblica, como ya hemos señalado, Dios se compromete a salvar a la raza humana desde dentro, por medio de un audaz y compasivo acto de solidaridad. Un niño nacerá de la raza humana que restaurará los efectos la caída (Génesis 3: 15). La promesa resuena a través de las generaciones, y en torno a esa promesa avanza un sentido de anticipación con todos los ojos fijos en el vientre de la mujer. Dentro de esta narrativa hay tres pasajes clave del Antiguo Testamento que emplean la palabra «primogénito», cada uno fundamentado en el tiempo en que fueron escritos y cada uno señalando hacia Cristo:
Israel es mi hijo, mi primogénito (Éxodo 4: 22).
… yo soy el Padre de Israel, y Efraín es mi primogénito (Jeremías 31: 9).
Él clamará a mí, diciendo: «Mi padre eres tú, mi Dios y la roca de mi salvación». Yo también le pondré por primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra. Para siempre le aseguraré mi misericordia, y mi pacto será firme con él (Salmo 89: 26-28).
Cada uno de estos pasajes emplea el concepto de «primogénito» en sentido relativo al pacto, no en sentido cronológico. Los dos primeros presentan a Dios relacionándose con Israel como su primogénito. El tercero se refiere al rey David como el hijo primogénito de Dios. Ni Israel ni David fueron hijos primogénitos de Dios en el fluir del tiempo cronológico. El punto no es cronología, sino posición y vocación. Ahora Romanos 8: 29 cobra sentido:
A los que antes conoció, también los predestinó para que fueran hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.
Siguiendo el hilo narrativo de Romanos, Pablo aquí combina la historia de Adán y la historia de Israel, indicando que ambos eran prototipos de Cristo. Pablo recuerda que el propósito de Dios es que los seres humanos seamos, como él pretendía ya originalmente, «conformados» a su «imagen». Adán fracasó en reflejar la imagen de Dios como hijo «primogénito» de Dios. Así que Israel fue llamado a llevar la imagen de Dios como su hijo «primogénito». Pero Israel también fracasó. Y ahora Pablo dice que Jesús ha venido para cumplir el ideal de la filiación. Por lo tanto, él es el nuevo y verdadero Hijo «primogénito» de Dios. Él es quien va a revertir el fracaso de Adán y el fracaso de Israel. Jesús reproduce la «imagen» de Dios en la humanidad. Como resultado de su filiación fiel, él será «el primogénito entre muchos hermanos». Es decir, muchos más hijos de Dios saldrán de él, ya que él es el nuevo Adán, a la cabeza de la raza humana. Y estos «muchos» más, según Hebreos 12: 23, constituyen «la congregación o iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos». Adán falló en reflejar la «imagen» de Dios, así que Dios mismo se encarnó para demostrar en qué consiste realmente el ser «humanos», como se supone que debemos ser, portando la imagen de Dios, y amando como Dios ama, por fidelidad al pacto. Así Jesús «es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación» (Colosenses 1: 15). La creación tiene un nuevo punto de partida en Cristo.
Jesús es también llamado dos veces «el primogénito de entre los muertos», una por Pablo y otra por Juan, ambas veces refiriéndose a su resurrección (Colosenses 1: 18; Apocalipsis 1: 5). Él es el primogénito de entre los muertos en que su resurrección hace posible la resurrección de incontables otros. Incluso aquí, «primero» no significa primero en el tiempo. Con respecto a la cronología, Jesús no fue la primera persona resucitada de entre los muertos. Sabemos por las Escrituras que algunas personas fueron resucitadas antes que Jesús, por ejemplo Moisés y Lázaro (Mateo 17: 3; Judas 1: 9; Juan 11). Jesús no es el primogénito de entre los muertos cronológicamente, sino más bien posicionalmente. Su resurrección es la victoria sobre la muerte que hace posible todas las otras resurrecciones.
Así que, cuando los escritores del Nuevo Testamento llaman a Jesús el «primogénito» de Dios, no se refieren en absoluto a sus orígenes metafísicos ni a la cronología de su existencia en relación con el Padre. Cristo no es el «primogénito» de Dios por ser el primer ser que Dios dio trajo a la existencia mucho tiempo antes de la creación de nuestro mundo. Más bien, fue designado como Hijo primogénito de Dios de un modo similar al que dio su identidad nacional a Israel como hijo primogénito de Dios. Habiendo venido a nuestro mundo por medio de la encarnación, Jesús se convirtió en la encarnación corporativa de Israel y de toda la humanidad. La única vez que Jesús «nació» fue en el momento de su encarnación a través del vientre de María. Antes de eso, Él era nada menos que Dios eterno, no teniendo ningún punto de inicio. Decir lo contrario es salirse de la narración bíblica y hacerlo sin ningún apoyo bíblico. Como hemos observado sistemáticamente hasta ahora en este estudio, cada uso del título «hijo de Dios» en el Nuevo Testamento aplicado a Jesús está directa y deliberadamente refiriéndose al guion del relato del Antiguo Testamento.
Hemos cubierto un montón de materia en este capítulo, así que vamos a concluir asegurándonos de que estamos siguiendo el razonamiento de Pablo en Romanos:
Jesús es el Hijo de David. Como Hijo de David, él es el Hijo de Dios. Ambos desempeñan el mismo papel (Romanos 1).
Como el Hijo de Dios, Jesús es, en la gran narrativa bíblica, nuestro nuevo Adán, a través del cual el pecado y la muerte son vencidos y tenemos acceso a todo un nuevo potencial humano (Romanos 5).
Como nuestro nuevo Adán, Jesús vivió, murió y resucitó de entre los muertos para darnos una nueva identidad humana, con la que nos identificamos a través del bautismo (Romanos 6).
Como Hijo de Dios en el sentido davídico y adánico, Jesús ha asumido sobre sí mismo la condenación que pesaba sobre nosotros para que podamos ser adoptados como hijos de Dios, recuperar la imagen de Dios, y ser coherederos con Él del mismo mundo que perdimos por culpa de Adán. Ocupando la posición dejada por Adán, primero, y luego por Israel, Jesús es el nuevo y verdadero primogénito de Dios, el Hijo humano, de quien surgirán muchos más hijos (Romanos 8).
¡Qué impresionante visión de Cristo y de su obra en favor nuestro!
Pero toda esta teología tan significativa y hermosa del evangelio se pierde si relegamos la filiación de Cristo a una identidad única que solo Él posee desde la más remota eternidad. Nada en la lógica narrativa de Pablo tiene sentido si mantenemos la premisa de que Jesús es el Hijo de Dios en un sentido ontológico y cronológico. Todo el peso de la argumentación de Pablo está en que Jesús es el Hijo de Dios en el mismo sentido en que lo era Adán, dentro del marco de la historia del pacto del Antiguo Testamento, de modo que su filiación es nuestro nuevo comienzo. Nosotros, a través de su filiación, recuperamos nuestra posición como hijos de Dios.
«En el acto más sublime y paradójico de amor empático imaginable, Dios se convirtió en el Hijo de Dios y ahora es nuestro Hermano eterno».
Capítulo trece
HEBREOS — NUESTRO
HERMANO ETERNO
En el libro de Hebreos, la filiación de Cristo está claramente representada como un aspecto del pacto que comenzó a hacerse realidad en su nacimiento. Esto no es un mero punto teológico que habría que probar, sino una verdad vital llena de implicaciones prácticas de una riqueza que va más allá de lo imaginable. No captar esto es perderse el punto más profundamente personal de todo el plan de salvación.
Así que vamos a reflexionar en esto con mucho cuidado.
Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo y por quien asimismo hizo el universo. Él, que es el resplandor de su gloria, la imagen misma de su sustancia y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles, cuanto que heredó mas excelente nombre que ellos (Hebreos 1: 1-4).
Esto es algo grande, que merece una profunda reflexión.
En primer lugar, el autor de Hebreos anuncia que Dios, en estos «últimos días… ha hablado por el Hijo», después «de haberse entregado por sí mismo nuestros pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas». Como resultado, él se ha «hecho tanto superior a los ángeles, cuanto que heredó más excelente nombre que ellos».
Si el autor de Hebreos quiere que operemos en la suposición de que Jesús es el Hijo eterno y ontológico de Dios antes de su encarnación, no tendría sentido decir que Jesús ha sido hecho superior a los ángeles y ha heredado un nombre más excelente que ellos. Si su filiación se refiriese a su naturaleza eterna, nunca se podría pensar que haya podido ser inferior a los ángeles. Está claro que el punto aquí es que Jesús, como Hijo humano de Dios en el sentido adánico, por medio de la encarnación, ha logrado cosas como un ser humano que lo ha elevado, y la humanidad como un todo con Él, a una posición que está por encima de los ángeles. Esto se vuelve aún más claro a medida que la línea argumentativa del autor continúa.
En Hebreos 1: 5, el Padre se dirige a Jesús como, «Mi Hijo», en virtud del hecho de que «yo te he engendrado hoy».
Ya tenemos aquí otra vez el verbo «engendrar», como en Juan 3: 16. Presta atención, ya que Hebreos está a punto de decirnos cuándo este engendramiento tuvo lugar. Dios le dice a Jesús, «tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy».
¿Hoy?
¿Qué quiere decir esto? ¿Cuándo, exactamente?
La respuesta está explícita en el propio pasaje: «cuando introduce al Primogénito en el mundo» (vers. 6).
Jesús se convirtió en el Hijo de Dios «engendrado» y «primogénito» en el momento de su nacimiento en nuestro mundo. Así que el Padre dice, «yo seré un padre para él, y él será un hijo para mí». No dice: «yo ya soy un Padre para él y él ya es un hijo para mí». Ambos estaban ahora entrando en esos nuevos roles el uno para con el otro.
Ellos, ¿quiénes?
El autor de Hebreos continúa diciéndonos quiénes eran el uno para con el otro antes de volverse Padre e Hijo el uno del otro:
Tu trono, Dios, por los siglos de los siglos. Cetro de equidad es el cetro de tu Reino. Has amado la justicia y odiado la maldad, por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros… Tú, Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos (Hebreos 1: 8-10).
¡Asombroso!
No dejando ninguna confusión en cuanto a la identidad innata de Cristo, el Padre se dirige al Hijo como «Dios» y lo llama «Señor». Y entonces el Padre le dice, yo soy «tu Dios». Cada uno es Dios para el otro, porque, de hecho, cada uno es Dios. Y una de estas personas que fue siempre y solo Dios en la eternidad pasada, se convirtió en el «Hijo de Dios» con el fin de dejarnos ejemplo de filiación a nuestro mundo de hijos caídos.
Para el autor de Hebreos, Jesús es, de forma corporativa, la cabeza representante de la familia humana. Y desde esta posición estratégica —como un miembro de pleno derecho de la raza humana— invertirá los efectos de la caída y elevará a la raza humana a la posición originalmente prevista. Así que, con este fin, el autor de Hebreos dice que «el mundo venidero» no estará «sujeto a los ángeles» (Hebreos 2: 5), sino a Cristo y a sus hermanos humanos. Dios se hizo humano (la encarnación), y luego elevó a la humanidad con él (en su resurrección y ascensión) al trono del universo. Los seres humanos habían sido creados, se nos dice entonces, «un poco menores que los ángeles» (vers. 7).
¡Ahora viene una idea teológica de enorme magnitud!
¿«Un poco menor que los ángeles»?
Este lenguaje indica un estatuto temporal o provisional a ser superado. La caída de Adán y Eva interrumpió el plan original de Dios para el desarrollo humano. Si nuestros representantes primeros (Génesis 1: 28) hubieran permanecido en relación fiel a Dios y entre sí, la raza humana, como portadores únicos de la imagen de Dios, habría reemplazado naturalmente el orden angélico en algún sentido, tal vez en intimidad con Dios y en el liderazgo de servicio en el universo entero. Todo eso se perdió en la caída.
¡Pero espera, hay buenas noticias!
Hebreos nos está diciendo que Dios ha conseguido a través de Cristo algo de repercusiones cósmicas. Cristo se ha convertido en el agente a través del cual el plan original será llevado a cabo. Debido al amor infalible de Dios, el plan irá adelante a través de Cristo.
Puesto que él (Dios) le sujetó todas las cosas (humanidad), él (Dios) no dejó nada que no le sea sujeto (humanidad). Aunque todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas (humanidad). Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles (por medio de su encarnación), a Jesús, coronado de gloria y de honra a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios experimentara la muerte por todos. Convenía a aquel por cuya causa existen todas las cosas y por quien todas las cosas subsisten que, habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionara por medio de las aflicciones al autor de la salvación de ellos, porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos (humanidad); por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: «Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré». Y otra vez: «Yo confiaré en él». Y otra vez: «Aquí estoy yo con los hijos que Dios me dio» (Hebreos 2: 8-13).
Este es un pasaje denso y rico. Vamos a desmenuzarlo parte por parte, como si fueran pequeños bocados:
Volviendo al versículo 7, se nos dice que la intención original de Dios era que la humanidad ocupara la posición más elevada en la creación, incluso por encima de los ángeles.
Ese plan fue frustrado por la caída de la raza humana, por lo que ahora no vemos a los seres humanos ocupando la posición que les estaba reservada.
Pero sí vemos a Jesús, como el Hijo de Dios, ocupando esa posición en representación de la humanidad.
Tomando la naturaleza humana, Jesús sufrió la muerte por todos y fue exaltado a la diestra de Dios llevando la naturaleza humana y así manteniendo su condición de hijo.
Hizo esto para poder llevar «muchos hijos a la gloria» en otras palabras, para restablecer a los seres humanos en la posición de la filiación que estaban destinados a ocupar desde el principio.
Jesús se convirtió en un verdadero ser humano, el hijo que Dios quería que Adán hubiese sido, así reparó la caída de Adán y dio ejemplo de la filiación deseada para la raza humana, llevándonos así a una posición restaurada de filiación verdadera. Por lo tanto, «No se avergüenza de llamarlos hermanos».
Habiendo llegado a ser uno de nosotros, Cristo llevó a cabo la tarea de dar a conocer el nombre de Dios a la humanidad, suscitando así nuestra gratitud a Dios a la luz de su amoroso carácter.
Como ser humano, Jesús puso su confianza en Dios como Adán debería haber hecho, abriendo así el camino para la restauración de nuestra propia confianza en Dios.
Habiendo logrado todo esto, Jesús se presenta a Dios junto con «los hijos» que él ganó de nuevo para Dios.
El libro de Hebreos, así como la epístola a los Romanos y los Evangelios, claramente presentan la filiación de Cristo como la culminación de la historia del Antiguo Testamento. Toda su actividad como Hijo de Dios ocurre dentro del seno de lo humano, comenzando en el momento de su encarnación. Adán era hijo de Dios por creación. Cristo se convirtió en Hijo de Dios por encarnación.
Es precisamente por ser el anunciado descendiente de la mujer que Jesús es el Hijo de Dios. La encarnación fue el acto que lo convirtió en el Hijo de Dios. Él vino a nuestro mundo para vivir en nuestra misma carne una vida confiada en su pacto con Dios, para vivir como nosotros y para darnos ejemplo de lo que es la verdadera filiación. Mediante el acto más sublime y paradójico de amor empático imaginable, Dios se convirtió en el Hijo de Dios y ahora es nuestro Hermano eterno. De ahí se deduce esta impactante conclusión:
Un Hijo de Dios plenamente fiel a su filiación se sienta en el trono del universo esperando nuestra llegada, ansioso de que reinemos con Él.
Porque él es eternamente uno con nosotros, ahora nosotros somos eternamente uno con Él. La naturaleza humana ha sido injertada en la naturaleza divina. Cualquiera que sea la posición que Cristo ocupa ahora, él la ocupa como miembro de la raza humana y como nuestro representante colectivo. Por lo tanto, estamos invitados a ocupar ese puesto con Él. Él está ahí para nosotros, literalmente por nosotros. Lo que él hereda, lo heredamos con Él (Hebreos 1: 2; Apocalipsis 21: 7; Romanos 8: 16-17). Lo que él domina, nosotros lo dominamos con Él (Daniel 7: 27; Apocalipsis 3: 21).
Todo esto es, por supuesto, absolutamente asombroso. Jamás ha sido contada ninguna historia sobre Dios más intensamente personal, ni más profundamente fiel a nuestras más profundas intuiciones de identidad.
Todo el argumento desarrollado en Hebreos 1 y 2 se basa en la premisa de que la filiación de Cristo es una posición de solidaridad que ha asumido con la humanidad. Pero si redefinimos la filiación de Cristo como su única, divina, ontológica identidad, nada de lo que acabamos de descubrir sobre el destino humano en Cristo puede ser lógicamente deducido. Se convirtió en lo que, por naturaleza, no era —es decir, Hijo de Dios— para que nosotros pudiéramos llegar a ser lo que, por naturaleza, siempre fuimos destinados a ser, es decir, hijos e hijas de Dios. Y esto nos lleva a una posición perfecta para explorar el título que Jesús más utilizó para designarse a sí mismo:
El Hijo del Hombre.
«Sellando el pacto con su muerte en la cruz, Jesús ha vencido al usurpador “príncipe de este mundo” y ha devuelto la Tierra al señorío humano».
Capítulo catorce
HIJO DEL HOMBRE
El libro profético de Daniel presenta una pieza capital en la narrativa bíblica acerca del Hijo. De hecho, gran parte del Nuevo Testamento no tiene sentido a menos que se tomen en cuenta las visiones de Daniel.
La figura clave en Daniel lleva el título de «hijo del Hombre», y este es el título que Jesús usó para sí mismo más que cualquier otro, más de 90 veces en los cuatro Evangelios. Al llamarse repetidamente «el Hijo del Hombre» —y al vivir constantemente los principios del nuevo Reino que vino a establecer— Jesús se identifica específicamente a sí mismo como el personaje enigmático que, en las visiones de Daniel, derrocaba todas las estructuras de poder de nuestro mundo y establecía un orden mundial completamente nuevo.
Si no leemos el Nuevo Testamento con el telón de fondo que Daniel expone ante nosotros, inevitablemente reduciremos el evangelio a una preocupación centrada en nuestra salvación personal y a un hogar celestial posterior a la muerte. Daniel, por el contrario, atrae nuestra atención a la forma en que las cosas funcionan en este mundo actual. Indaga en la manera en que las cosas son y las contrapone a la manera en que las cosas deben ser y finalmente serán. En medio de la lucha por el poder egocéntrico que caracteriza a los imperios de nuestro mundo caído, Daniel predice la llegada de un Reino regido por las normas inusuales de la humildad y el sacrificio. De acuerdo con toda la narración bíblica, Daniel nos informa que Dios establecerá su Reino, un reino radicalmente diferente resultado de una obra interna, desde dentro del seno genético de la propia humanidad. En otras palabras, el nuevo y diferente orden de cosas será establecido por «el Hijo del Hombre».
Antes de saltar directamente a las revelaciones que hace Daniel sobre el «Hijo del Hombre», consideremos la historia de fondo que conduce al libro de Daniel, porque, como ya hemos visto repetidamente en nuestro itinerario, la gran verdad de la Escritura pertenece exclusivamente a aquellos que capan su metanarrativa.
Dios creó a Adán y Eva y les dio potestad «sobre toda la tierra» (Génesis 1: 26). Este es el lenguaje de la delegación. A los primeros humanos se les concedió poder para el autogobierno. «Los cielos son los cielos de Jehová, y ha dado la tierra a los hijos de los hombres» (Salmo 115: 16). Ellos debían gobernar el mundo de acuerdo a la identidad recibida de Dios como portadores de la imagen divina. «Dios es amor» (1 Juan 4: 16). Adán y Eva debían vivir, por libre decisión, en armonía con Dios, el uno con el otro, y con la Tierra. Su gobierno sobre el mundo debía ser de una calidad particular. Ellos debían gobernar desde la premisa relacional de la búsqueda del bien del otro, reproduciendo la imagen de Dios de generación en generación, y perpetuando así un señorío de servicio al mundo.
La caída de la humanidad fue, por lo tanto, más que una caída moral. También fue una caída gubernamental. Retén esta idea, porque va a ser de vital importancia a medida que profundicemos en el libro de Daniel. Al violar la integridad del amor en sus relaciones entre ellos y Dios, y entre ellos mismos, Adán y Eva pusieron en marcha efectivamente un principio de gobierno diferente, una manera diferente de relacionarse, y al hacerlo, abdicaron de su posición de gerentes del mundo. Ahora la Tierra, junto con sus habitantes humanos, quedaba bajo el control de un señor extraño, el propio Satanás. Esta es la razón por la que la Biblia atribuye al ángel caído ciertos títulos de dominio sobre el mundo. Lo llama:
… el príncipe de este mundo… (Juan. 12: 31; 14: 30; 16: 11).
… el dios de este mundo… (2 Corintios 4: 4).
… el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia (Efesios 2: 2).
Al decirnos que Satanás es «el príncipe de la potestad del aire», Pablo no está hablando literalmente, como si Satanás estuviera a cargo del suministro de oxígeno. Más bien, Satanás es la fuerza espiritual invisible que alimenta los impulsos egoístas de la humanidad para la formación de ciertos sistemas culturales, sociales, económicos, políticos e ideológicos. Como señor de este mundo, Satanás es la mente instigadora de los principios de gobierno con los que operan los reinos de este mundo. Juan nos precisa que «Sabemos que somos de Dios, y que el mundo entero está bajo el maligno» (1 Juan 5: 19). El mundo está bajo la influencia de un oscuro poder que empuja a la humanidad a establecer sistemas de gobierno a su imagen. Una vez que el principio del egoísmo se introdujo en el funcionamiento humano, todas las relaciones comenzaron a desintegrarse.
Adán se puso contra Eva en un esfuerzo por quitarse de encima su culpa (Génesis 3).
Caín asesinó a su hermano Abel en el primer acto de violencia registrado en la historia humana (Génesis 4).
La violencia se convirtió en la norma, unos procurando controlar y dominar a los otros hasta el punto de que la raza humana quedó al borde de la extinción, haciendo necesario que Dios interviniera con un diluvio y comenzara de nuevo con Noé y su familia (Génesis 6–9).
Después del Diluvio, los seres humanos volvieron a intentar consolidar su poder y a cultivar la inclinación hacia la autoexaltación y la fuerza, y así surge Nimrod, el hombre poderoso que pretendió crear el primer Imperio del mundo. Así Babilonia se convirtió en el prototipo del sistema de dominio en la historia bíblica, preparando el terreno para la monarquía (un hombre gobernando sobre muchos) como sistema de gobierno habitual de la humanidad caída (Génesis 10–11).
Dios llamó a Abram y Sarai fuera de Babilonia para iniciar un tipo diferente de estructura social basada en la dinámica relacional de la alianza, o del amor que se entrega a sí mismo. Les prometió darles un hijo, que a su vez tendría un hijo, que también tendría un hijo, y así sucesivamente hasta que finalmente nacería un hijo que aportaría sus bendiciones a todas las familias de la Tierra (Génesis 12–38).
A medida que la historia continúa, el linaje del pacto se establece con Abraham, Isaac, Jacob y sus doce hijos, pero no sin que Dios tenga que arbitrar su disfunciones relacionales (Génesis 39–50).
A lo largo de la historia que sigue, Israel cae en la esclavitud bajo el gobierno despótico de Egipto, un reino definido por la monarquía (un hombre gobernando sobre muchos) y la explotación materialista de seres humanos (Éxodo 1–2).
Israel es finalmente liberado de la esclavitud egipcia, no por un rey con un ejército, sino por un profeta con un mensaje (Éxodo 3).
Una vez liberado el pueblo de Israel, Moisés le anuncia que Dios los va a establecer como su nación del pacto y los va a guiar mediante la promulgación de un sistema de leyes (Éxodo 2: 24; 6: 4-5; 19: 5), un sistema de leyes que estará basado únicamente en la dinámica relacional del amor (Levítico 19: 18; Deuteronomio 6: 5).
Como profeta, no como rey, Moisés organiza a Israel bajo el primer sistema legal constitucional del mundo, avanzando hacia la igualdad de todas las personas ante la ley, sin «parcialidad» (Deuteronomio 1: 16-17), lo que resulta inaudito en un mundo que solo conocía el gobierno despótico de los reyes. «Haré maravillas que no han sido hechas en toda la tierra, ni en nación alguna», dice Dios sobre el sistema del pacto, «y verá todo el pueblo en medio del cual tú estás la obra de Jehová, porque será cosa tremenda la que yo haré contigo» (Éxodo 34: 10).
¡Algo maravilloso e impresionante!
Con Israel, Dios estaba esencialmente queriendo establecer una comunidad no monárquica, basada en el amor del pacto, en la cual los seres humanos pudieran desarrollar su potencial de autogobierno. En un mundo definido por la ignorancia intelectual, la degradación moral, el abuso generacional, la dictadura jerárquica, el caos social egoísta y la oscuridad espiritual, Dios escogió un grupo de personas, los separó de los sistemas centrados en sí mismos del mundo, y les dio una estructura social basada en una ley imparcial, centrada en el principio del amor. La meta era que Israel operara como un «reino de sacerdotes» para mediar en el conocimiento de los caminos de Dios frente a las naciones vecinas y atraerlas al sistema de vida dentro del pacto (Éxodo 19: 5).
El testigo iba a ser poderoso. Si obedecía, el pacto de amor elevaría a Israel en todos los sentidos y en todos los niveles: físico, espiritual, moral, agrícola, económico, político, y relacional. Moisés explicó este impresionante plan:
Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová, mi Dios, me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la que vais a entrar para tomar posesión de ella. Guardadlos, pues, y ponedlos por obra, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: «Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es ésta». Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová, nuestro Dios, en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta Ley que yo pongo hoy delante de vosotros?
Guarda sus estatutos y sus mandamientos, los cuales yo te mando hoy, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, y prolongues tus días sobre la tierra que Jehová, tu Dios, te da para siempre. (Deuteronomio 4: 5-8, 40).
¡Ojalá siempre tuvieran tal corazón, que me temieran y guardaran todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuera bien para siempre! (Deuteronomio 5: 29).
Acontecerá que si oyes atentamente la voz de Jehová, tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová, tu Dios, te exaltará sobre todas las naciones de la tierra. Y vendrán sobre ti y te alcanzarán todas estas bendiciones, si escuchas la voz de Jehová, tu Dios (Deuteronomio 28: 1-2).
Entonces Dios expone la impresionante lista de bendiciones que “alcanzarían” a Israel, si ellos vivían fieles al pacto. Todo el sistema constitucional estaba calculado para generar prosperidad humana. Si Israel actuaba en armonía con el pacto, Dios prometió que ellos serían «cabeza y no cola» en todos sus tratos económicos y políticos. Como resultado, las demás naciones se acercarían a Israel buscando el secreto de su prosperidad. El mundo entero llegaría al conocimiento de Dios a través del testimonio del pacto de Israel con Dios (Deuteronomio 28: 3; Isaías 60: 3; 66: 12).
Pero, por desgracia, eso no sucedió.
Israel prefirió la monarquía al pacto como su sistema de gobierno, insistiendo en que Dios les diera un rey para poder hacer la guerra como todas las demás naciones (1 Samuel 8). Así que, en lugar de atraer a las demás naciones, Israel incitó su hostilidad y estuvo bajo su yugo en ocasiones. En un momento dado incluso se convirtieron en una nación cautiva bajo el gobierno de Babilonia.
Es justo aquí, con este telón de fondo histórico, donde nos encontramos con Daniel, un esclavo prisionero de Babilonia, y aquí nos alcanzan sus fabulosas profecías de un venidero «Hijo del Hombre» destinado a convertirse en el tan esperado «Príncipe de la alianza».
En las visiones proféticas de Daniel, una sucesión de cuatro reinos se va delineando:
Babilonia
Medo-Persia
Grecia
Roma
Mientras Daniel despliega las transiciones históricas de un reino al siguiente, observa que cada imperio se impone sobre el otro en una escalada creciente de exaltación del propio poder:
Triunfando sobre Babilonia, Media-Persia «se engrandeció» (Daniel 8: 4).
Al derrotar a Medo-Persia, Grecia «se engrandeció en gran manera» (Daniel 8: 8).
Al triunfar sobre Grecia, Roma «se engrandeció sobremanera» (Daniel 8: 9).
El gobierno humano es un constante ciclo de lucha por el poder, por una fuerza mayor, cada Imperio operando sobre la base del mismo principio básico: la voluntad de poder impuesto por medio de la violencia.
Pero el evangelio (o buenas noticias) según Daniel es que este ciclo contrario al pacto divino será quebrado. Un tipo diferente de rey emergerá en la escena de la historia humana y establecerá un tipo diferente de reino:
Miraba yo en la visión de la noche,
y vi que con las nubes del cielo
venía uno como un hijo de hombre;
Vino hasta el Anciano de días,
y lo hicieron acercarse delante de él.
Y le fue dado dominio, gloria y reino,
para que todos los pueblos,
naciones y lenguas lo sirvieran.
Su dominio es dominio eterno,
que nunca pasará;
y su reino es uno que nunca será destruido…
Después recibirán el reino los santos del Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, eternamente y para siempre…
Y veía yo que este cuerno hacía guerra contra los santos y los vencía, hasta que vino el Anciano de días; y se hizo justicia a los santos del Altísimo; y llegó el tiempo y los santos recibieron el reino…
… y que el reino, el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo sean dados al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios lo servirán y obedecerán (Daniel 7: 13-14, 18, 21-22, 27).
Las profecías de Daniel son un estudio presentado en contraste. Estamos llamados a examinar dos sistemas de gobierno diametralmente opuestos: por una parte, el que esgrimen Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma, y por otra parte, el reino del Hijo del Hombre. Daniel es, por consiguiente, un libro de juicio —juicio contra los arrogantes y poderosos reinos de este mundo y juicio a favor del reino del Hijo del Hombre. Más específicamente, Daniel es un libro de doble juicio, por un lado contra los principios de autoexaltación y fuerza con los que los reinos de este mundo gobiernan, y por otro lado, a favor de los principios de humildad y amor con los que gobierna el Mesías.
Según la línea de tiempo profética de Daniel, el Hijo del Hombre aparece durante el reinado del cuarto reino, es decir, durante el Imperio romano. El genio oscuro y poderoso alcanzó su cenit con el férreo gobierno de Roma. Desde Bretaña hasta África, se forzaba a todos los labios humanos a proferir el terrible grito de «César es Señor». Fue en este planeta Tierra, en las fauces de la más aterradora superpotencia militar que el mundo había conocido, que Daniel proclama, «He aquí, Uno semejante al Hijo del Hombre», y «a él le fue dado dominio, gloria y reino».
¿Otro reino?
Sí, sí, ya sé que son muchos reinos. Parece que esto ya lo tenemos muy visto.
Pero no, este reino es diferente. En vez de oponer fuerza contra fuerza, violencia contra violencia, Daniel nos dice, para nuestro completo asombro, que «al Mesías se le quitará la vida, y nada ya le quedará», y al hacerlo «confirmará el pacto» (Daniel 9: 26-27). El amor abnegado define a este inesperado «Rey de los judíos». De pie ante Roma, ese coloso antagonista de los poderes humanos, dice con un poder mucho más profundo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23: 34). Él no se dejó dominar. De su vida dijo: «Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre» (Juan 10: 18). No había la menor violencia en su carácter esperando estallar bajo presión. «Cuando lo maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino que encomendaba la causa al que juzga justamente» (1 Pedro 2: 23).
Al identificarse a sí mismo como «el Hijo del Hombre» anunciado en la profecía de Daniel, Jesús, antes de su crucifixión, había explicitado cuidadosamente la naturaleza de su Reino:
Entonces Jesús, llamándolos, dijo: —Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos (Mateo 20: 25-28).
Todos los imperios de este mundo se rigen por el mismo principio: «dominar» a otros. Por contraste infinito, el Hijo del Hombre atraviesa el escenario de la historia humana, no para ser servido, sino para servir y dar su vida por aquellos que se la quitan. El Hijo del Hombre no solo es más poderoso que los otros reyes, sino que es más poderoso con un tipo fundamentalmente diferente de poder. No solo es más fuerte en cuanto a magnitud de poder, sino que su poder se mide por una escala completamente diferente. Los reyes que dominan este mundo gobiernan a fuerza de poder. Jesús gobierna por la fuerza del amor. Ellos gobiernan sentados sobre sus tronos. Jesús reina clavado en una cruz.
El «Hijo del Hombre» de las visiones de Daniel también es conocido como «el Príncipe del pacto» (Daniel 11: 22). Él gobierna por medio del pacto, y el pacto dicta un tipo completamente diferente de dinámica relacional que el empleado por las estructuras de poder de nuestro mundo. El pacto, como hemos señalado anteriormente, es una noción bíblica que describe cómo son las relaciones cuando están presididas por el amor fiel. Jesús establece su Reino, no por la fuerza, sino por su amor abnegado. Su muerte voluntaria en la cruz es la prueba irrefutable de que solo él es digno de gobernar el mundo.
El principal objetivo del libro profético de Daniel es describir el contraste entre los principios por los cuales funcionan los reinos de este mundo, por una parte, y los principios por los cuales opera el reino de Cristo, por otra. El profundo genio de Daniel reside en que presenta el marcado contraste entre el amor al poder y el poder del amor, dos principios de gobierno diametralmente opuestos.
No vamos a obtener de la Biblia lo que tiene que ofrecernos a menos que, sencillamente, empecemos a leerla como un todo y a seguir su flujo narrativo. Una vez que lo hagamos, comenzaremos a notar en cada página que hay dos principios que luchan por la supremacía. Solo dos. Todo se reduce a dos motivos antagónicos. La gran controversia entre el bien y el mal es una lucha entre dos formas diametralmente opuestas de vivir la vida y gobernar el mundo: el amor al poder versus el poder del amor.
En el marco de la historia de Daniel, el principio del egoísmo se encarna en el orgullo y la violencia que mueven a los imperios de nuestro mundo. El principio del amor solidario, por el contrario, se encarna en el Mesías de Dios, el Príncipe de la Alianza, que se opuso a nuestra violencia sin el menor espíritu de venganza. Mediante un acto épico de amor incomparable, Jesús puso en marcha la única contranarrativa conocida por la humanidad. En la cruz vemos la jugada maestra de la historia, la maniobra más genial de todos los tiempos. Jesús “engañó” a los poderes de la oscuridad al negarse a volverse contra los que le quitaron la vida, manteniendo así todo su amor intacto hasta la muerte. Su resurrección es prueba del triunfo del amor sobre el mal. El reino de Cristo es eternamente sostenible, no porque empeñe en ello más fuerza que cualquier otro reino, sino porque gobierna sin fuerza y por lo tanto atrae a sus súbditos a sí mismo sin recurrir a la coerción. Jesús no vino simplemente para ganar el juego, sino para cambiar las reglas del juego. No vino a ejercer más poder que todos los demás gobernantes, sino a ejercer un tipo diferente de poder. Vino a ganar el juego sobre la base de principios diferentes y a un nivel diferente. Él vino a conquistar el mal solo por amor, o a nada más.
Cuando el Nuevo Testamento nos dice que Jesús es «el Hijo de Dios», nos está diciendo que él es el nuevo representante de la raza de Adán. Cuando el Nuevo Testamento nos dice que él es «el Hijo del Hombre», nos está diciendo que él ocupa ahora el trono del reino eterno como un miembro de pleno derecho de la raza humana y del linaje de Adán. Gracias a la obra de construcción del reino del Hijo del Hombre, la humanidad vuelve a recuperar su lugar en la dirección amorosa del mundo. Sellando el pacto con su muerte en la cruz, Jesús ha vencido al usurpador «príncipe de este mundo» y ha devuelto la Tierra al señorío humano. Vemos, entonces, una vez más, que el punto central de la narración bíblica no es que Dios gobernaría el mundo, sino que Dios como hombre gobernaría el mundo. Y para hacer eso, el Dios del universo se dignó convertirse en uno de nosotros, como predijo Isaías:
Porque un niño nos ha nacido,
hijo nos ha sido dado,
y el principado sobre su hombro.
Se llamará su nombre
«Admirable consejero», «Dios fuerte»,
«Padre eterno», «Príncipe de paz».
Lo dilatado de su imperio
y la paz no tendrán límite
sobre el trono de David
y sobre su reino,
disponiéndolo y confirmándolo
en juicio y en justicia
desde ahora y para siempre (Isaías 9: 6-7).
Isaías nos ha resumido toda la historia en un solo microcosmos poético:
Un Niño nacerá de la raza humana.
Un Hijo será dado al mundo.
Él establecerá un gobierno diferente a todos los otros sistemas del mundo, porque este Príncipe será un Príncipe de paz, no de guerra.
Él cargará sobre sus hombros la responsabilidad total de establecer el nuevo gobierno, que durará para siempre porque será establecido «con juicio y justicia».
¿Quién es este Hijo dado a la raza humana?
¿Quién es este revolucionario Príncipe de Paz?
¿Quién es este Rey que derrocará los regímenes violentos del mundo sin recurrir él mismo a la violencia, y que así será establecido para siempre sobre el trono de David?
No es otro que el mismo «Dios Poderoso».
El «Hijo del Hombre» en la visión profética de Daniel es un rey que representa a un reino que está en contraste con los imperios del mundo.
Es el agente a través del cual el mundo será reorganizado dentro del marco relacional de la alianza. Mientras Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma —como cualquier otro reino de este mundo— se rigen bajo la premisa del poder, empleando la violencia para extender su dominio, el Hijo del Hombre logra su dominio mediante su amor abnegado.
Las visiones de Daniel revelan que los reinos de este mundo pasan en revista ante Dios y son hallados faltos. El Hijo del Hombre da un paso al frente y promete un tipo diferente de reino. Los imperios terrenales que gobiernan por la violencia son juzgados por contraste al modelo presentado por Cristo. Su reinado de amor se enjuicia por oposición a la manera despiadada en que reinan los demás. Hay una lógica de contraste que atraviesa las profecías de Daniel. El punto de mira no es solo que el Hijo del Hombre derrotará a los otros reinos, sino que él será un tipo diferente de rey que dará paso a un tipo diferente de reino. Sí, conquistará todos los imperios del mundo, pero lo hará con un poder que es ajeno a cómo ellos entienden el poder.
Ellos gobiernan por la guerra, él por el amor.
Ellos dominan arrebatando, él dando.
Ellos dominan por imposición, él por el pacto.
«Jesús aparece en el relato bíblico como el Hombre que es fiel al potencial humano, fiel al ideal original para el cual la humanidad fue creada, a imagen de Dios. Como tal, él es el Hijo de Dios que se esperaba que Adán fuese».
Capítulo quince
EL ÚLTIMO ADÁN
Vale, está bien, el libro de Daniel nos ha dejado perplejos, ¿no? ¡Vaya, qué visión más impresionante de la misión del Mesías! Ahora escuchemos al apóstol Pablo sobre el mismo tema, explorando las profundas ideas que expone en 1 Corintios 15.
Mientras Daniel presenta a Cristo como «el Hijo del Hombre» encargado de establecer un reino eterno, diferente a todos los que el mundo haya conocido, Pablo presenta a Jesús como «el último Adán» (CST), la representación final del Hombre, a través de quien todos los sistemas de poder de nuestro mundo serán derrocados.
Una perspectiva ambiciosa y fascinante como ninguna.
Primero, Pablo quiere que entendamos que el evangelio consiste en un acontecimiento histórico único —la vida, muerte, y resurrección de Cristo— que actúa como un microcosmos de la nueva humanidad. Este es también, según Pablo «el evangelio… por el cual… sois salvos» (1 Corintios 15: 1-2). Llamaremos a esta parte de la historia el evento de Cristo.
La razón única por la que Jesús, como acontecimiento histórico constituye en sí mismo el evangelio, es que por su vida, muerte, y resurrección no solo ofreció la redención a la humanidad, sino que la consiguió plenamente en sí mismo (Romanos 3: 24). Él vivió una vida perfecta de amor, murió por nuestros pecados, se levantó de entre los muertos, y ascendió al trono de Dios —todo como un ser humano. Y, según Pablo, Jesús no logró todo esto como cualquier ser humano, sino como «el último Adán» sustituyendo a este efecto al «primer hombre, Adán» (1 Corintios 15: 45, CST).
Jesús es el prototipo de una nueva raza humana.
Jesús es la humanidad 2.0, lanzada oficialmente y disponible para su descarga.
Jesús es el único ser humano en el que todos los seres humanos están ahora representados, y en el que todos los seres humanos están ahora invitados a adquirir una nueva identidad.
Para dejar claro este punto, ten en cuenta esta hipótesis: aunque todos los seres humanos rechazaran la salvación alcanzada en Cristo, la humanidad, desde ahora y ya para siempre, ocupa el trono del universo. Un espécimen de la raza humana ya está allí, victorioso en su puesto, a la derecha del Padre. Así que el evangelio es una buena noticia, no un mero buen consejo. El evangelio proclama la salvación como una realidad ya conseguida en Cristo, y no lo que debemos hacer para conseguir algún aspecto adicional que le falte a esa realidad.
Esto ya es bastante asombroso, ¿no? ¡Pues Pablo no ha hecho más que empezar!
A continuación Pablo profundiza en las implicaciones de la parte que corresponde a la resurrección en el evento de Cristo. Quiere que entendamos lo que la resurrección de Jesús significa para cada uno de nosotros como individuos y, más aún —y esto es un punto clave en Pablo—, lo que significa para todos nosotros colectivamente como realidad mundial.
Aparentemente, algunos individuos en Corinto estaban diciendo «no hay resurrección de los muertos» (vers. 12). Así que Pablo refuta esa negación y, de paso, expone algunas ideas sorprendentes. Comienza insistiendo en que la resurrección de Cristo es un hecho histórico, basado en la evidencia sólida de numerosos relatos de testigos oculares. El Cristo resucitado «apareció a más de quinientos hermanos a la vez», a «todos los apóstoles», y «por último… se me apareció también a mí» (vers. 5 a 8). Entonces Pablo explica las implicaciones que se imponen naturalmente si Cristo no ha resucitado de los muertos:
… porque si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra entonces predicación y vana es también vuestra fe… y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: aún estáis en vuestros pecados (1 Corintios 15: 13-14, 17).
La palabra «fe» aquí se refiere específicamente al «evangelio» —el Evento de Cristo— y su resultado en la redención de la humanidad. Pablo argumenta que si Cristo murió, pero no resucitó de entre los muertos, entonces seguimos todavía en nuestros pecados. En otras palabras, si Cristo no logró rehacer completamente la historia fallida de Adán, entonces el pecado es el punto final e irrevocable de nuestra historia. Seguir o “estar en nuestros pecados” en este contexto significa permanecer en la identidad caída del primer Adán, sin un segundo Adán que nos pueda devolver una nueva identidad. Pero Pablo insiste en que Cristo ha resucitado de entre los muertos, lo que significa que no tenemos por qué permanecer en nuestros pecados. De modo que el evangelio, además de ser un acontecimiento histórico de un tiempo pasado, también tiene implicaciones en el tiempo presente. La resurrección de Cristo señala una nueva realidad en la que podemos entrar y con la que podemos comprometernos, para dejar de permanecer en nuestros pecados.
Cuando nos alejamos del gran relato de las Escrituras, no vemos nada de esto. Cuando llegamos a las palabras salvación, fe y pecados, pensamos que Pablo está diciendo algo parecido a lo siguiente: Pecador, recita tus oraciones con el fin de ser salvo para que puedas ir al cielo cuando acabe esta vida. Tal vez eso esté también en el fondo de la mente de Pablo, pero si lo está, no nos lo dice. Lo que sí nos dice es que la vida, muerte y resurrección de Jesús equivalen a una victoria tan gigantesca en su alcance que han dado origen a una nueva humanidad. «Salvación» de nuestros «pecados» por la «fe» dentro de los parámetros de esta historia, significa identificarnos con Cristo como nuestro último Adán de tal manera que nuestras historias se convierten en una expresión de la historia de su muerte y resurrección.
Sí, según Pablo hay una vida celestial después de la terrenal «… porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles y nosotros seremos transformados, pues es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y que esto mortal se vista de inmortalidad» (vers. 52-53). Sí, cuando Jesús regrese, los muertos en Cristo resucitarán a la inmortalidad. Pero esa resurrección futura, insiste Pablo, se basa en la premisa de que Cristo ha resucitado de entre los muertos y, por lo tanto, ha alcanzado una victoria que engendra una nueva identidad adánica con la que vivir nuestras vidas en este mundo actual. Si él no ha resucitado, entonces nuestra «fe es vana» e «inútil», dice Pablo. Una fe que no está basada en ningún contenido histórico no tiene implicaciones prácticas para la forma en que vivimos. Sabemos que Cristo ha resucitado precisamente porque estamos experimentando los resultados positivos de su resurrección, rompiendo filas con nuestros pecados en esta vida presente.
Si Cristo no resucitó —sigue argumentando Pablo— «entonces también los que murieron en Cristo perecieron. Si solamente para esta vida esperamos en Cristo, somos de los más dignos de lástima de todos los hombres» (vers.18-19). La resurrección de Cristo es el evento sísmico de la historia que promete la resurrección de todos los que han muerto. Así que si su resurrección no sucedió realmente, entonces la muerte es nuestro estado final, y toda esta idea de que Jesús reescribe la historia humana es falsa. Sin embargo, Pablo está seguro de que la historia de Cristo es verdad y que las implicaciones son tremendas:
Pero ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que murieron es hecho, pues por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida (1 Corintios 15: 20-23).
Cristo ha resucitado de entre los muertos, insiste Pablo, y eso lo convierte en «las primicias» de todos los que «serán vivificados». La muerte vino al mundo a través de un hombre (el primer Adán), por lo que la muerte tuvo que ser descartada a través de otro hombre (el último Adán). Una vez más, vemos que la narrativa bíblica gira en torno a la idea de que Dios restaurará a la humanidad desde dentro, a través de un ser humano en el linaje adánico. Lo que vemos que sucede en Cristo no es Dios como Dios invirtiendo los efectos de la caída de Adán, sino Dios como hombre reescribiendo la historia humana. Esta es la lógica que impregna la narración bíblica. Imponer a esta historia curiosidades y preocupaciones con respecto a los antiguos orígenes ontológicos de Cristo solo sirve para desviar nuestra atención de la cuestión real que nos ocupa, es decir, que esta persona a quien llamamos Cristo no es otra que el Dios fiel al pacto prometido en el Antiguo Testamento, que ahora ha entrado en la historia humana convirtiéndose en el Hijo fiel de Dios que Adán tenía que haber sido.
Es dentro de este contexto narrativo que Jesús es llamado en otros lugares, «el Principio, el Primogénito de entre los Muertos» y «el Principio de la Creación de Dios» (Colosenses 1: 18; Apocalipsis 1: 5; 3: 14). Estos títulos no tienen nada que ver con la llegada de Jesús a la existencia como primer ser creado por Dios. Jesús es el último Adán y por lo tanto el nuevo punto de partida de la creación. Su resurrección como Hijo adánico de Dios señala el nuevo nacimiento de la creación. Una vez que tenemos en cuenta el relato del Antiguo Testamento, resulta obviamente claro que esto es precisamente lo que significan estos títulos atribuidos a Cristo. Con el gran relato bíblico ante nosotros, simplemente no hay justificación para insistir en que estos pasajes hablan de los antiguos comienzos del Cristo metafísico. Más trágico todavía, cuando fallamos en seguir esta historia a donde nos lleva, inevitablemente perdemos por completo el importante mensaje que Pablo resalta del evento de Cristo, al cual dirigimos ahora nuestra curiosa atención.
Al estar Pablo argumentando a partir de la narrativa del Antiguo Testamento, con una visión clara ante sí de un Mesías empeñado en la misión de rehacer la humanidad, continúa anunciando el inevitable y asombroso impacto que el evento de Cristo tendrá en nuestro mundo finalmente:
Luego el fin, cuando entregue el Reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y todo poder (1 Corintios 15: 24).
Esta es una de las declaraciones más revolucionarias que se hayan escrito. Aquí se nos dice que todo el sistema mundial que conocemos —ese psicoedificio global de las estructuras de poder humanas— llegará a su fin como resultado final del evento de Cristo. La vida, la muerte, y la resurrección de Cristo inauguraron un nuevo orden, radicalmente diferente del mundo. Si lo que Pablo ha escrito aquí no es verdad, el futuro de la humanidad es más sombrío de lo que imaginamos. Pero si es verdad, nos dirigimos al estado de existencia más glorioso imaginable.
El primer Adán y el último Adán presentan ante nosotros dos dinámicas relacionales diametralmente opuestas. La caída del primer Adán fue tanto una caída moral como de dominio del mundo. «Dios es amor» y «Dios creó a la humanidad a su propia imagen». Habiendo creado a los seres humanos a imagen de su amor, Dios les dio «el dominio sobre la tierra». Piensa en estas tres verdades evidentes que naturalmente se desprenden de este comienzo de la narración:
1 El yo humano individual puede ser definido como un agente libre capaz de actuar hacia otros y por lo tanto de generar un ciclo sin fin de nuevos resultados relacionales.
2 El amor puede ser definido como la integridad relacional con la que el yo individual actúa en bien de los demás antes que en bien propio, y el pecado puede ser definido como el abuso de poder en detrimento de otros.
3 Por consiguiente, todas las relaciones humanas entran en una dinámica de poder, y toda dinámica de poder tiene la potencialidad de abusar del poder o de emplearlo de modo responsable.
En el centro del pecado de Adán está un error fundamental de lo que es el poder, que llevó a un cambio fundamental en la dinámica del poder humano. Los seres humanos fueron creados bajo la autoridad de Dios y se les dio dominio sobre el mundo. Fueron creados bajo poder y se les dio poder sobre, pero de un tipo particular. La belleza del plan estaba en el imperativo del amor. El amor está centrado en el otro. Por lo tanto, el amor puede definirse como el poder ejercido en favor de la libertad y el bienestar de los demás. Esta es la realidad central del carácter de Dios y la premisa sobre la cual Dios actúa en todas sus relaciones. La caída de la humanidad constituyó una violación del amor como el único ejercicio viable y sostenible de cualquier agente moral libre. Al introducir el principio del pecado en el mundo, el primer Adán puso en marcha una larga y horrenda historia de seres humanos ejerciendo su poder para hacerse daño unos a otros.
Dinámicas de poder hombre-mujer, dinámicas de poder padre-hijo, dinámicas de poder interracial, dinámicas de poder corporativo, dinámicas de poder político, dinámicas de poder económico; en todos estos sistemas relacionales vemos reproducirse la imagen caída del primer Adán. El último Adán se embarca en la misión de desactivar todas las dinámicas de poder abusivo y restaurar la humanidad a la dinámica de poder basada en el amor.
Luego el fin, cuando entregue el Reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y todo poder (1 Corintios 15: 24).
Cuando leemos de nuevo estas palabras, si seguimos en sintonía con la narración bíblica, nuestras mentes se remontan a la visión lanzada por Daniel, y antes apuntada por Moisés, de un mundo gobernado por el amor del pacto de Dios y totalmente libre de todos los sistemas de dominación abusiva. Cristo es el último Adán, el Hijo de la Alianza, el Ser Humano Definitivo, el Hombre Final. Es el hombre como Dios había deseado que fuese. Como tal, su tarea es doble:
salvar a los seres humanos de las versiones distorsionadas de sí mismos recibidas como legado del primer Adán,
y poner fin a «todo dominio, toda autoridad y todo poder», que caracterizan a todos los sistemas con los que los seres humanos caídos gobiernan el mundo.
Según la narración bíblica, Dios está fundamentalmente en contra de la monarquía como sistema de gobierno. Dijo explícitamente a Israel que quería gobernar a su pueblo a través de los profetas. Los profetas son educadores, no gobernantes. El propósito del profeta es enseñar a la gente los principios de la vida en el pacto, que conducen al autogobierno. El objetivo de la monarquía es ejercer el poder sobre el pueblo. El pueblo insistió en la monarquía como sistema preferido, así que Dios cedió a su insistencia pero advirtiéndoles de los resultados calamitosos de esa decisión (1 Samuel 8).
En la historia bíblica, es solo después de que Israel optase por su monarquía que las profecías mesiánicas comienzan a anunciar al Salvador del mundo como un Rey que se sentaría en el trono de David (2 Samuel 7: 12-16; Salmo 2; 132: 11; Lucas 1: 32). Entonces, cuando Jesús finalmente viene a nuestro mundo para cumplir esas profecías, redefine completamente la monarquía. El papel de la realeza es radicalmente reformado bajo sus manos. Jesús es una especie de Rey antirey de un reino al revés de todos. Mientras el pueblo exige un rey que pueda guerrear como todas las demás naciones, Jesús esencialmente dice:
¿Quieres un rey? Muy bien, pues dame ese delantal y déjame que te sirva, porque el que es el más grande entre vosotros será vuestro siervo (Juan 13).
¿Quieres un rey para conquistar a tus enemigos? De acuerdo: mi reino va a estar formado por enemigos convertidos en amigos gracias al perdón (Mateo 5; Lucas 23: 34).
¿Quieres un rey para que te gobierne? Muy bien, ponme en el trono de esa cruz y te atraeré a mí con amor en lugar de obligarte por la fuerza (Mateo 27: 37; Juan 12: 32; Juan 18: 36-37).
La resurrección de Cristo, explica Pablo, constituye el triunfo que, en última instancia, logrará la reconstrucción del mundo sobre la premisa del amor y no del poder, o, si se quiere, sobre la premisa del amor como el único poder real. Pero en gran parte hemos perdido esta profunda y esencial verdad que yace en el hecho de la resurrección de Cristo como el último Adán. Debido a que la evangelización cristiana ha tendido a reducir la Biblia a una herramienta enciclopédica destinada a construir argumentos doctrinales, hemos tendido a pasar por alto los principales asuntos de los contextos más amplios que los escritores bíblicos estaban tratando. Como resultado, hemos reducido la resurrección de Cristo a una prueba de su divinidad.
Curiosamente, o quizás no tan sorprendentemente, el Nuevo Testamento nunca presenta la resurrección de Cristo como prueba de su divinidad. Sí, Cristo es Dios. Y sí, su resurrección puede servir como evidencia de ese hecho. Pero ese no es el punto que Pablo resalta al hablar de su resurrección. La resurrección de Cristo, para Pablo, es la evidencia definitiva de que el último Adán ha venido ya, tal como fue prometido, y ha triunfado sobre los abusivos sistemas de poder de nuestro mundo y ha puesto en marcha un nuevo reino que inevitablemente convertirá a «todo gobierno, autoridad y poder» en realidades obsoletas. ¿Por qué? Bueno, pues porque todos esos sistemas violan la integridad y la identidad del pacto entre Dios y la humanidad. Así, pues, el último Adán está empeñado en llevar a cabo la delicada misión de hacer tabla rasa de todas las estructuras de poder de la Tierra y traer al mundo de vuelta «bajo Dios», que es el lugar que le pertenece:
Preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte, porque todas las cosas las sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a él, claramente se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas. Pero, luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos (1 Corintios 15: 25-28).
Algunos usan este pasaje como un texto, completamente al margen del gran relato de la Escritura, interpretándolo para probar que Jesús siempre ha estado subordinado a Dios el Padre. De esa premisa interpretativa se deduce que Cristo debe, por tanto, ocupar una posición eterna secundaria al Padre tanto en la existencia cronológica como en la identidad ontológica. Pero ahora que estamos permitiendo que el gran relato bíblico interprete todas las menciones de Cristo en el Nuevo Testamento, es evidente que Pablo está aquí describiendo las obras de Cristo como el último Adán. En ninguna parte del mensaje de Pablo encontramos nada relacionado con una estructura de subordinación jerárquica dentro de la divinidad previa a la Creación. Pablo nos dice, más bien, que Cristo, como cabeza representativa de la nueva raza humana, está en el proceso de atraer al mundo de regreso «bajo Dios», incluyendo «al mismo Hijo», como nuevo Adán. Jesús, el último Adán, se «somete a Dios» donde que es donde debe estar, y donde el primer Adán debía haber permanecido por creación. De acuerdo a la historia que Pablo está evocando, Adán fue creado bajo Dios y puesto sobre la Tierra, pero él perdió esa posición al pretender igualarse a Dios, poniéndose bajo la tiranía de un nuevo Señor, es decir, de Satanás. Jesús, como el último Adán, vino a rectificar esa situación.
Pero si bien este pasaje no dice nada acerca de una jerarquía ontológica dentro de la divinidad en la eternidad pasada, sí que nos dice, sorprendentemente, que Cristo conservará por siempre la posición de Hijo como nuestro nuevo Adán. Esta es una revelación sobrecogedora de un Dios que se entrega a sí mismo por amor. Pensar que Quien ha sido, durante toda la eternidad, nada menos que Dios supremo y trascendente, poseedor de todas las prerrogativas que pertenecen a la divinidad —la omnipotencia, la omnisciencia, la omnipresencia, y solo Dios sabe cuántas más— ha dejado todo eso de lado para entrar en eterna solidaridad con nosotros, es un misterio más allá de toda comprensión.
El propósito de Dios para la humanidad es que ésta gobierne todo bajo Dios. El mensaje de Pablo en 1 Corintios 15 es acerca de cómo la humanidad, en y a través de Cristo, ha recuperado su posición de dominio sobre el mundo, bajo Dios.
El relato bíblico nos enseña que solo hay dos maneras de conducirnos como agentes morales y libres:
el camino del poder sobre otros o del camino del poder bajo Dios,
el camino de la dominación o el camino de la paz,
el camino de la imposición o el camino del amor.
Y de acuerdo a la cosmovisión final de Pablo, todo lo que actúa mediante el opresivo ejercicio del poder sobre otros está llegando a su fin.
La libertad es necesaria para que exista el amor, y el amor es necesario para que siga existiendo la libertad. Cuando usamos nuestra libertad para propósitos contrarios al amor, ésta se desvanece y nos convertimos en esclavos de impulsos egoístas. Eso es lo que nos transmitió el primer Adán. Como el último Adán, Jesús nos devuelve el ejercicio responsable de nuestro libre albedrío, redimiéndonos del deseo de dominar sobre otros, salvándonos de la voluntad de afirmarnos sobre los demás, y volviendo a introducir el amor de Dios en toda nuestra dinámica relacional. Nos está transformando de nuevo en seres que pueden renunciar a su poder por respeto a la autonomía de los demás.
Al introducir el principio de egocentrismo en el mundo, el primer Adán perdió su posición de dominio bienhechor sobre el mundo. El pacto de amor fue quebrantado (Oseas 6: 6-7; Isaías 24: 4-6). Satanás se convirtió en el «Príncipe de este mundo» atrayendo al mundo bajo su «dominio» (Juan 12: 31; 1 Juan 5: 19). A la luz de este relato, Pablo llega y predica el evangelio diciéndonos que Cristo ha inaugurado un proceso por el cual todo en el mundo está siendo atraído «bajo sus pies». Pero aquí hay una profunda y hermosa ironía: «bajo sus pies» las cosas son gobernadas para ser servidas, no para ser dominadas. La misión del último Adán, según Pablo, es recuperar el dominio del mundo, no para gobernar el mundo como lo han hecho todos los demás gobernantes, sino para instituir un tipo de gobierno completamente diferente. Él pondrá fin a todos los sistemas de gobierno despóticos, coercitivos y violentos, y restaurará el principio del amor que se da a sí mismo como el único principio legítimo de gobierno. Pablo no está describiendo a Jesús como el Dios que recupera el mundo del gobierno ilegítimo de Satanás, sino más bien al hombre que recupera para Dios el gobierno del mundo, para que pueda ser gobernado como estaba destinado a ser gobernado, es decir, mediante un pacto de amor. Jesús está cumpliendo su misión como «el último Adán», es decir, como «el Hijo de Dios». Así que cuando Pablo dice que Dios ha puesto todo «bajo sus pies», se refiere a sus pies humanos.
Es el mismo Hijo de Dios, en la línea de Adán, quien está dirigiendo el mundo.
Es el Hijo del Hombre, anunciado en la profecía de Daniel, quien está ya actuando entre los hijos de los hombres, para trastocar todas las estructuras de poder de la Tierra.
Es el Príncipe de la alianza quien está dirigiendo una toma pacífica del mundo, y su muerte dentro del pacto es la revelación definitiva de su carácter.
En Cristo vemos como un microrelato de la historia: el fracaso del primer hombre es redimido por el último hombre.
En Cristo somos testigos de una gran inversión de papeles: los poderosos caen y los humildes son exaltados.
En Cristo nos encontramos con un replanteamiento completo de la realidad: solo el amor es la medida de la grandeza.
Jesús aparece en el relato bíblico como el Hombre realmente fiel al potencial humano, fiel al ideal original para el cual la humanidad fue creada, a imagen de Dios. Como tal, es el Hijo de Dios como éste esperaba que Adán fuese. Cristo es nuestro nuevo Génesis. El iniciador de una nueva creación. En principio, esta acción creadora tiene lugar en Cristo. Ahora la nueva identidad humana que él ha conseguido, va a transmitirla:
El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Conforme al terrenal, así serán los terrenales; y conforme al celestial, así serán los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial (1 Corintios 15: 47-49).
La lógica narrativa seguida por el Nuevo Testamento alcanza aquí su clímax pues «el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo» (vers. 47). Dios se hizo hombre con el fin de devolver a la humanidad la función de filiación que le estaba reservada. El Señor «del cielo» ha logrado esto al convertirse en nuestro cabeza y representante, nuestro último Adán, el Hijo verdadero de Dios, primero llevando y después reproduciendo la imagen de Dios, como fue su plan desde el principio. Así como hemos llevado «la imagen del terrenal», si escogemos a Cristo como nuestro nuevo principio, «traeremos también la imagen del celestial» (vers. 49). Antes de su caída, Adán llevó la «imagen de Dios» (Génesis 1: 27). Como el último Adán, Jesús llevó la «imagen del Dios invisible» (Colosenses 1: 15). Esta es la gran misión en su papel de hijo. Pablo no nos está diciendo que Jesús siempre fue el Hijo de Dios, sino más bien que el Señor «del cielo» se convirtió en el Hijo de Dios con el fin de restaurar la «imagen» de Dios en la humanidad. Y la restauración de esa imagen, según Pablo, implica en última instancia la abolición de todas las dinámicas de poder abusivas y de todas las estructuras autoritarias.
Así que ahora ya podemos dejar que nuestra imaginación se explaye en el mundo más hermoso y atractivo que se pueda imaginar.
¿Puedes verlo?
Imagina un mundo en el que no hay jerarquías egoístas.
Un mundo en el que no hay dominación, sino solo amor compartido a través del servicio recíproco.
Un mundo en el que las relaciones no se organizan de arriba hacia abajo, sino de abajo hacia arriba.
Imagina un mundo en el que lo superior es lo inferior y lo inferior es lo superior, y a nadie le importa siquiera pensar en ello.
Un mundo en el que todos se han olvidado de sí mismos porque solo piensan en los demás.
Un mundo en el que el rey lleva delantal, lavando pies y sirviendo comida.
Imagina un mundo en el que quien ocupa el lugar más alto realmente prefiere el lugar más bajo.
Un mundo, de hecho, en el que todo este lenguaje de alto y bajo, arriba y abajo, encima y debajo, ha desaparecido completamente de la conciencia y del vocabulario…
excepto la incesante y voluntaria exaltación que fluye en alabanza de todas las criaturas racionales al único y verdadero Dios, el eterno Tres en Uno de amor.
Es casi imposible imaginar un mundo así porque los seres humanos caídos somos adictos a la idea de que el poder es equivalente al ejercicio de autoridad sobre los demás. En consecuencia, hemos organizado el mundo entero en categorías de alto y bajo, poderoso y débil, rico y pobre, libre y esclavo, nosotros y ellos. Nuestros sistemas políticos, nuestros sistemas económicos, incluso nuestros sistemas eclesiásticos, están todos dispuestos en forma jerárquica. Pero, ¿no sería maravilloso vivir en un mundo en el que todas las acciones fuesen a la vez bienhechoras y libres, y por lo tanto ausente de todo sentido de control?
Pues bien, tal mundo está por venir, y solo los que sirven al Hijo, quien a su vez solo sirve al Dios que sirve a los que sirven al Hijo, formarán parte de él.
«Jesús es el Hijo eterno de Dios en el sentido de que él ha estado eternamente comprometido a convertirse en un individuo de la raza humana y cumplir los términos del pacto relativos a nuestra filiación».
Capítulo dieciséis
LA PROMESA
DEL PACTO ETERNO
Hasta ahora en nuestro estudio de las Escrituras hemos visto que los escritores del Nuevo Testamento ven la filiación de Cristo como el resultado de la historia del Antiguo Testamento de Adán a Israel. Según sus declaraciones, Jesús recibió la identidad de su filiación como Hijo de Dios en el momento de su encarnación. Es el Hijo de Dios en un sentido narrativo, en un sentido de pacto, por solidaridad para con la raza humana. Cuando vemos este gran panorama bíblico en su amplitud, percibimos con tremenda claridad el mensaje general de la Biblia.
Y sin embargo, hay una pregunta natural que surge en este punto:
¿Hay algún sentido en el cual Cristo fuera ya Hijo de Dios antes de su encarnación?
Sí y no.
Sí, en el sentido de una promesa de pacto eterno hecha por Dios desde el momento en que la humanidad fue creada.
No, con respecto a su identidad eterna y ontológica antes y fuera de nuestra creación.
Por encima y más allá de todas las cosas creadas, y antes de que el plan de salvación fuese necesario por causa de la caída de los seres humanos y de los ángeles, el que ahora conocemos como Jesucristo no era otro que Dios, plenamente Dios, en su naturaleza eterna intrínseca. Y sin embargo, las Escrituras a veces hablan de él como si ocupase ya la posición de Hijo antes de su encarnación. La pregunta es, ¿por qué? Si Jesús es desde siempre Dios eterno, no nacido, no creado, e infinito, ¿cómo se puede hablar de él como Hijo de Dios antes de nacer realmente con naturaleza humana a través del vientre de María? En este capítulo trataremos de responder a esta importante y fascinante pregunta. Descubriremos que el carácter del pacto divino conlleva implicaciones naturales con respecto a la manera en que Dios actúa en relación con todos los seres creados. Una magnífica verdad se aclarará con respecto a la filiación de Cristo antes de su encarnación:
Debido a que Dios es amor, Dios estaba eternamente comprometido a hacerse uno con la humanidad para redimir la caída de Adán y rectificar el fracaso del pacto por parte de Israel. Nuestra salvación siempre estuvo en el corazón de Dios como un «propósito eterno» (Efesios 3: 11). Por lo tanto, los profetas hablaron de la filiación de Cristo y de nuestra redención en Él como si fuera una realidad consumada ya antes de que el plan fuera llevado a cabo completamente.
Con ese breve resumen en mente, vamos a profundizar, comenzando con esta crucial revelación bíblica:
Nuestra redención no fue una ocurrencia tardía por parte de Dios.
El apóstol Pablo describe la salvación humana como un plan al que Dios se comprometió incluso antes de la creación del mundo:
… pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado…
Pero hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta que Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la cual ninguno de los poderosos de este mundo conoció, porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria (1 Corintios 2: 2, 7-8).
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de él. Por su amor, nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado (Efesios 1: 3-6).
… conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús, nuestro Señor, en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él (Efesios 3: 11-12).
La crucifixión de Cristo fue «prevista antes de los siglos» con un «propósito eterno» ya presente en la mente omnisciente de Dios. Hay un sentido en el que nosotros los humanos fuimos escogidos «en él antes de la fundación del mundo». Entonces, en el momento de la encarnación, Jesús vino y «cumplió» los deberes de nuestro estatuto al convertirse en uno de nosotros, fusionando la naturaleza humana con la divina. Pablo escribe a Tito que vivimos «en la esperanza de la vida eterna. Dios, que no miente, prometió esta vida desde antes del principio de los siglos» (Tito 1: 2).
«Prometió».
Aquí Pablo está expresándose dentro del marco de la identidad del pacto divino. La promesa —el compromiso, la alianza, el propósito del pacto eterno de Dios para salvar a la humanidad— estaba ya presente en la mente de Dios «antes de que el tiempo comenzara». Esta es una declaración asombrosa por parte de Pablo, una deslumbrante iluminación. Antes de que el tiempo comenzara —signifique eso lo que signifique— la promesa de Dios ya estaba entera en sus intenciones. El pacto de Dios es eterno por naturaleza porque está basado en la misma esencia de Dios como Dios. El amor constituye la esencia del carácter de Dios, y el compromiso del pacto es la manifestación de ese amor en acción.
«Porque los montes se moverán
y los collados temblarán,
pero no se apartará de ti mi misericordia
ni el pacto de mi paz se romperá»,
dice Jehová, el que tiene misericordia de ti (Isaías 54: 10).
El «pacto de paz» es la promesa eterna de Dios de salvar a la humanidad a cualquier costo de su parte. Es más probable que la creación misma se desintegre y deje de ser que Dios deje de amarnos. Poniendo juntos a Pablo y a Isaías conseguimos una imagen clara de Dios comprometiéndose, desde antes de la Creación, a buscar a la humanidad caída y a conseguir rescatarla por medio de su amor infalible.
Situando también la historia dentro de un marco de pacto, el apóstol Juan escribió que Jesús era «el Cordero inmolado desde la fundación del mundo» (Apocalipsis 13: 8). Por supuesto, Jesús no fue efectivamente inmolado desde la fundación del mundo. Pero estaba «predestinado» a realizar este sacrificio desde mucho antes de que realmente se llevara a cabo en la cruz. El que ahora conocemos por su nombre humano, Jesucristo, fue prometido a la raza humana en un pacto solemne desde antes de la creación.
De la misma manera, el profeta Isaías predice los sufrimientos y la muerte de Cristo como si la cruz hubiera tenido lugar antes de que realmente sucediera (Cap. 53, RVR1977). En lugar de decir: «Será despreciado y desechado por los hombres», Isaías dice: «Fue despreciado y desechado de los hombres». En vez de decir, «él llevará nuestras enfermedades y soportará nuestros pecados,» Isaías dice que «él llevó él nuestras enfermedades y soportó. nuestros dolores».
En el relato de Isaías, los acontecimientos de la cruz aparecen como si ya hubiesen ocurrido, aunque, en tiempo real, todavía no habían ocurrido. El lector atento notará que a lo largo del Antiguo Testamento la misión del Mesías se describe prolépticamente, es decir, como si fuera una realidad presente o pasada. La prolepsis es un recurso literario común, tanto en la antigüedad como en tiempos modernos, utilizado para situar al lector ante los acontecimientos descritos. Expresarse prolépticamente es hablar de algo futuro como si ya existiese o hubiese ocurrido.
El amor de Dios es capaz de prever todos los arreglos y resultados. Así que en el momento en que Dios dijo: «hagamos al hombre a nuestra imagen», Dios ya estaba preparado para seguir amando a la humanidad, sin importarle a dónde le llevase ese amor. ¿Y dónde podría llevarle ese amor?
¡Pues a la encarnación y a la cruz!
¡A la solidaridad más completa con la humanidad caída y hasta el sacrificio supremo por ella!
Por lo tanto, siguiendo el ejemplo de Pablo, podemos decir que la encarnación y la cruz fueron potencialmente aceptadas en el futuro de Dios desde el momento en que creó a otros para compartir con ellos su existencia. El pacto de paz, o la promesa que Dios hizo en sí mismo antes de que el tiempo comenzara, implicaba una decisión divina de establecer un vínculo definitivo entre él y la humanidad. Ese vínculo se haría realidad cuando Dios, en la persona de Cristo, se convirtiera en el Hijo de Dios, como un miembro de pleno derecho de la raza humana.
Pedro lo formula de esta manera:
Él estaba destinado desde antes de la fundación del mundo, pero ha sido manifestado en los últimos tiempos por amor de vosotros (1 Pedro 1: 20).
Aquí hay una clara progresión cronológica:
… destinado antes de la fundación del mundo…
… pero manifestado en estos últimos tiempos…
… para ti.
Crear seres morales libres —seres con la capacidad para amar— fue una aventura arriesgada. Con la libertad de amar, viene la libertad de no amar, con todas las horribles consecuencias que eso conlleva. Dios sabía de antemano que el factor de riesgo inherente a la creación podía darse con la caída de la humanidad, e hizo provisión para ello. Los miembros de la Deidad llegaron a un acuerdo —que la Biblia llama «el pacto de mi paz» desde «antes de que el tiempo comenzara»— de que uno de ellos sería el medio de comunicación entre Dios y el hombre. Por lo tanto, en el sentido de «predestinado», se puede decir con perfecta exactitud teológica que Cristo es el Hijo eterno de Dios. La filiación eterna estaba incluida en el propósito eterno de Dios para salvarnos. Uno de los Tres fue dado, consagrado, e íntimamente asociado a la redención de la raza humana, incluso antes de que el mundo fuera creado. Podemos imaginar, entonces, que el pacto de paz fue y es el marco dentro del cual Dios ha estado actuando desde el momento de la creación en adelante. Tan pronto como el amor de Dios se concretizó en la forma de una creación material, esa creación se convirtió el centro del interés divino, de su amor y de sus planes concretos.
Una vez que captamos el sentido esencial del pacto de Dios, podemos entender fácilmente por qué las visiones de los profetas representan la dinámica relacional del cielo como si estuviese operando dentro de la historia humana, dando ya por sentada la relación Padre-Hijo, incluso antes de que el Hijo Prometido naciera en este mundo.
El asunto está claro: tan pronto como Dios se implicó en la creación, todo el gobierno de Dios, sistemas, decisiones y planes fueron puestos en marcha con el propósito de comunicarse con sus criaturas y salvarlas. Desde la eternidad más remota, Cristo fue designado como el Hijo de Dios, el que mediaría en toda comunicación con la humanidad y realizaría la obra redentora. Desde siempre estuvo comprometido con la identidad y la misión de su filiación. Y sin embargo, no se hizo hombre, y por lo tanto no se convirtió realmente en Hijo de Dios, hasta el momento de su encarnación. Antes de su nacimiento, por toda la eternidad pasada, el era ya-pero-todavía-no el «Hijo de Dios».
Si, por ejemplo, yo estoy alistado en el ejército, soy soldado en el sentido de que estoy comprometido a participar en actividades de soldado, siempre y cuando llegue el momento en que deba llevar a cabo esa función. Una vez alistado, puede que durante algún tiempo todavía no realice actividades de soldado. En virtud de mi compromiso con esa posición, sin embargo, me definen por el título que mi estatus de soldado me confiere, aunque todavía no desempeñe ese papel. Del mismo modo, si me nombran embajador de los Estados Unidos de América en China, soy el embajador de manera efectiva, aunque todavía esté esperando participar en las actividades de la embajada. Ostento el título de la función asumida ya desde antes de dedicarme realmente a cualquier tarea de embajada.
Del mismo modo, pero a otra escala muy superior, la Biblia dice claramente que Dios estaba comprometido con la salvación de la humanidad desde antes de la caída, e incluso desde antes de la Creación. En este sentido, ese miembro de la Deidad que conocemos como «Jesús» (su nombre humano después de la encarnación) estaba comprometido a asumir el papel del Hijo de Dios desde antes de encarnarse. Pero —y esto es tan básico como crucial— su compromiso de encarnarse como ser humano y desempeñar la función de hijo en la filiación divina no debe confundirse con su identidad esencial y eterna, en la que era nada menos que Dios. Dios, no menos que Dios, consintió en convertirse en el Hijo fiel de Dios que los seres humanos estábamos destinados a ser. Él nos estuvo eternamente prometido como el que asumiría la posición de hijo. Fue «predestinado» a la filiación «antes de la fundación del mundo», y luego fue «manifestado» como el Hijo de Dios «en estos últimos tiempos».
Tomando la Biblia como nuestra fuente de información, se puede decir con exactitud que Jesús es el Hijo eterno de Dios en el sentido de que él ha estado eternamente comprometido a convertirse en un individuo de la raza humana y cumplir los términos del pacto relativos a nuestra filiación. Lo que no se puede afirmar con el apoyo bíblico es que esa posición de filiación es la que define su naturaleza intrínseca antes de la Creación y al margen del plan de salvación. Si los seres humanos nunca hubieran sido creados ni hubieran pecado, Dios nunca habría tomado forma humana en la persona de Cristo.
Y esto nos lleva a un punto estratégico desde donde ahora podemos contemplar a Dios, como Dios, aparte de todo lo que no es Dios.
«Dios posee la suma total de todas las características de todo lo que Dios ha hecho, al tiempo que, simultáneamente, existe en un ámbito ontológico por encima de todo lo que Dios ha hecho».
Capítulo diecisiete
LA TRASCENDENCIA DE DIOS
Cada año me presento ante una clase llena de nuevos estudiantes y les pido realizar un ejercicio muy sencillo. Dibujo un gran círculo en la pizarra. «Este círculo representa todo el universo», explico. Entonces les pregunto: «¿Dónde está Dios en relación con ese círculo?».
El resultado es siempre el mismo. Alrededor de la mitad de los estudiantes dicen, «En todas partes del círculo», y la otra mitad responden, «Fuera del círculo».
Ambas respuestas son correctas, por supuesto.
Dios está en todas partes dentro del universo material en el sentido de su omnipresencia (Salmo 139). El panteísmo dice que Dios está presente en toda la creación, mientras que la idea bíblica de omnipresencia dice que Dios está presente para toda la creación.
Pero Dios también está fuera del círculo en el sentido de que Dios creó el universo material y por lo tanto no forma parte de él, ni en su naturaleza, ni en su sustancia, ni en su esencia.
Todo lo que hemos aprendido hasta ahora en este recorrido tiene que ver con nuestro razonar dentro de nuestros límites finitos como seres humanos. Ahora nos será útil recordar la verdad evidente de la trascendencia divina.
El verbo trascender significa, «estar por encima; más allá o fuera de; exceder o sobrepasar algo».
Por la sencilla razón de que Dios es Dios, Dios trasciende a todo lo que no es Dios. Es decir, que en virtud de la propia naturaleza esencial divina, Dios excede, sobrepasa y existe por encima de toda la creación.
Dios creó la materia, por lo tanto Dios trasciende la materia. Dios no se identifica con las cosas que él mismo ha hecho, sino que existe independiente de todo lo que él ha hecho. Desde el momento en que intentamos describir a Dios a partir del plano humano de nuestra realidad, empleamos un lenguaje que se queda corto para describir la realidad de Dios. Todas las palabras, términos, categorías y nomenclaturas que surgen de la conciencia humana son necesariamente temporales y materiales y por lo tanto solo pueden hablar de manera aproximada acerca de quién es Dios. Lo que puede ser nombrado no es Dios, ya que Dios está en última instancia fuera de nuestro alcance.
Si Dios lo hizo, Dios lo trasciende.
Dios hizo un mundo que funciona y se mantiene por medio de un sistema de procreación material, por lo tanto Dios trasciende todas las categorías que usamos para hablar de procreación: hombre y mujer, padre y madre, hijo e hija. Todas las categorías relacionadas con la procreación necesariamente, y por definición, describen seres que entran en la existencia a través del proceso sexual. El hombre es la contrapartida y el complemento sexual de la mujer, y viceversa. Los hijos e hijas resultan del proceso de la procreación. Si Dios existe eternamente por sí mismo, es obvio y evidente que trasciende necesariamente todas las categorías de procreación.
¿Por qué, entonces, Dios se nos presenta a nosotros en la Biblia como padre (Deuteronomio 32: 6; Isaías 63: 16; Isaías 64: 8), madre (Deuteronomio 32: 18; Isaías 42: 14; Isaías 49: 15; Isaías 66: 13), e hijo (Mateo 17: 5; Juan 3: 16; Hebreos 1: 5)?
La respuesta es, en una palabra, por amor.
Dios es amor, y el amor, por su misma naturaleza, desea relación. El amor quiere ser conocido. Pero, ¿cómo puede un Dios no-creado, que trasciende todas las categorías materiales, darse a conocer a los seres creados, que solo existen dentro de categorías materiales?
La respuesta es, en una palabra, por mediación.
La mediación es el medio por el cual un Dios trascendente consigue ser percibido con cierta comprensión por las mentes de sus criaturas materiales. Dios es completamente diferente de lo que somos nosotros. Nosotros somos seres creados. Dios no lo es. Somos hombres y mujeres, esposos y esposas, hijos e hijas. Dios no lo es. «Dios no es hombre» (Números 23: 19), declara Moisés, por lo tanto Dios no es, por su propia naturaleza divina, ni padre ni hijo, ni madre ni hija. Y, sin embargo, debido a que Dios es amor, Dios decide entrar en completa comunión con nosotros, a través de diversas formas de mediación. Así pues, la Biblia presenta a Dios interactuando con su creación de maneras muy diversas, manifestándose en cualquier forma que considere necesaria para acercarse a nosotros y ser conocido por nosotros.
A veces Dios se presenta en las Escrituras como padre, otras veces como hijo, otras como madre, otras como un amante, otras como un ángel. Dios se nos presenta en la forma de una zarza ardiente, un viento impetuoso, una llama que desciende, una paloma, un águila, o los emblemas del pan y el vino. En un sentido estricto, ontológico, Dios no es ninguna de estas realidades, ya que se trata de criaturas materiales. Y, sin embargo, Dios es tan humilde y está tan deseoso de ser conocido por nosotros que está dispuesto a identificarse con nosotros a través de esas categorías. Dios no es ni hombre ni mujer, ni marido ni esposa, ni madre ni padre, ni hijo ni hija, y sin embargo condesciende a asumir este tipo de papeles a fin de comunicarse eficazmente con nosotros. Pensando en el vasto mundo de las cosas creadas, Job reflexiona sobre el hecho de que Dios lo trasciende todo:
¡Y estas cosas no son más que los bordes del camino, apenas el leve susurro que oímos de Él!
Pero el trueno de su poder, ¿quién podrá comprenderlo? (Job 26: 14).
Dios no está encerrado dentro de nuestros estrechos y finitos parámetros. Somos nosotros quienes estamos incluidos dentro de los parámetros infinitos de Dios.
Así que sí, no sabemos mucho —solo los simples “bordes” o un débil «susurro»— en comparación con todo lo que hay que saber acerca de Dios. Sabes que estás empezando a conocer a Dios cuando te das cuenta de que no sabes mucho acerca de él en comparación con la realidad titánica de la infinitud divina. Dios no flota dentro del charquito que es la creación. La creación flota dentro del océano masivo que es la realidad de Dios. Se exhibe una arrogancia de pobre criatura cuando un diminuto ser humano como nosotros afirma saber, dentro de los parámetros limitados de las categorías materiales, que Cristo comenzó a existir en algún punto distinto del Padre como su Hijo ontológico.
¿Qué?
¿Cómo podríamos saber tal cosa, especialmente cuando nada de eso se nos revela en las Escrituras?
Dios posee la suma total de todas las características de todo lo que Dios ha hecho, al tiempo que, simultáneamente, existe en un ámbito ontológico por encima de todo lo que Dios ha hecho.
Hay algo de masculinidad en el carácter de Dios, o de lo contrario Dios no habría podido crear al varón.
Tiene que haber algo de feminidad en el carácter de Dios, o de lo contrario Dios no habría podido crear a la mujer.
Dios posee los atributos de la paternidad y de la maternidad, por eso Dios ha creado padres y madres.
Dios incluso posee las características de la filiación y de la infancia, y por lo tanto Dios ha hecho un mundo que incluye hijos e hijas.
Dios es todo esto en un sentido, y nada de esto en otro. Dios no es ninguna parte del gran conjunto de lo que vemos en la creación, y sin embargo su mente es el suelo fértil de la personalidad infinita y la creatividad de la que derivan todas las diferentes personalidades y formas de creatividad.
También podríamos razonar todo esto a través de un proceso de eliminación.
Si nos desprendemos de todas las categorías materiales y pro-generativas que componen la realidad como la conocemos, ¿con qué terminamos? Si eliminamos todo lo creado y procreado, ¿qué queda? En otras palabras, ¿qué es lo más básico, elemental, necesario, esencial, eterno, inalterable y no creado que trasciende todas las cosas que existen?
Dios.
Imagina que eres Albert Einstein por un momento y participa en un experimento mental. En la imaginación del joven Einstein, se dejó llevar por un rayo de luz en su trayectoria a través del universo, y a partir de ahí elaboró la base de su teoría de la relatividad. En nuestro experimento mental, dejémonos llevar por el rayo de luz de la razón y eliminemos el propio universo de la existencia.
Elimina todo movimiento cosmológico, la fuerza gravitacional, la expansión y la contracción, el calentamiento y el enfriamiento.
Elimina todos los planetas y sistemas solares y el proceso de fotosíntesis.
Elimina toda la vida vegetal con su morfología reproductiva por medio de estambres que interactúan con pistilos.
Haz desaparecer toda la vida animal con sus procesos de reproducción por medio de la unión de esperma y óvulo.
Despoja a todos los padres y madres, hijos e hijas, hombres y mujeres, de la capacidad de fecundación y nacimiento.
Despoja a todas las naciones y lenguas, culturas e historias, toda sucesión lineal de acontecimientos.
Elimina toda la materia.
Ahora quédate ahí por un momento en tu imaginación con todo fuera, y pregúntate, ¿qué queda cuando no queda nada material? La respuesta que vas a deducir naturalmente es tan sencilla y profunda como esto:
Lo único que queda es Dios.
Y esto prepara nuestras mentes para la siguiente pregunta lógica.
Si, aparte de toda la creación, lo único que queda es Dios, ¿qué o quién es Dios?
Y la respuesta que sin duda vas a tener que deducir en respuesta a esta pregunta es la más maravillosa y asombrosa de todas las constataciones:
Dios es amor.
Dios es solidaridad absoluta.
Despojado de todo lo demás, Dios es Bondad pura, Dios es perfecta felicidad relacional.
Por supuesto, podríamos haber optado por otra respuesta a la pregunta, es decir, que Dios, sin la creación, sería pura soledad, aislamiento e individualidad. Pero esa no solo es una imagen sombría y tétrica de la realidad Última, también es antibíblica. Según el relato que se desarrolla desde el Génesis hasta el Apocalipsis, Dios es amor, y eso significa que Dios, en la bondad pura de Dios, es una interacción eterna de amor incesante.
Y con eso, estamos equipados teológicamente para captar el genio relacional que reside en el centro de la realidad. Así que agarra bien tu sombrero porque ahora vamos a volar a un territorio extremadamente hermoso.
«Decir que Dios es amor es necesariamente decir que Dios es una dinámica relacional mínima entre tres».
Capítulo dieciocho
EL GENIO DE TRES
Aquí viene una pregunta extraña:
¿Cuál es el valor numérico mínimo del amor?
Bueno, tal vez la pregunta no sea tan extraña, especialmente si alguna vez has estado en la escuela secundaria y sufrido el llamado «trauma» de ser el mejor amigo de alguien, y de pronto viste a un tercero entrar en escena amenazando tu felicidad egocéntrica.
O si alguna vez estuviste flotando en las delicias del matrimonio hasta que un pequeño nuevo humano salió del útero e inmediatamente ocupó el centro del escenario a los ojos de tu querida mitad.
O si alguna vez te encontrabas en plena sinergia creativa con un colega, y de pronto todo el asunto fue interrumpido por un nuevo empleado que entró en acción, capturando la atención de tu colega con otras ideas.
Se trata de una cuestión de geometría relacional.
Cada año hago esta pregunta a una clase llena de entusiastas estudiantes de la Biblia. Luego los separo en grupos de dos o tres y les digo que discutan la pregunta mientras caminan hacia el río. A su llegada, allí en el borde del agua, les pido que compartan los resultados de sus conversaciones. Siempre es interesante —más bien sorprendente— escuchar sus ideas.
¿Por qué?
Pues porque cada año surge la misma respuesta, lo que indica que nuestra intuición relacional como seres humanos es bastante uniforme. Solo sabemos lo que sabemos, pero resulta que todos sabemos el valor numérico mínimo del amor.
En primer lugar, los estudiantes fácilmente descartan el número uno. Es inmediatamente obvio para todos que el amor, por su propia naturaleza, no puede ocurrir en la soledad de uno mismo. Imagina a una persona existiendo sola en el universo, y encontrarás imposible imaginar la existencia del amor. El amor, por definición, es una dinámica relacional, así que si no hubiera otra persona con la que relacionarse, el amor no podría suceder.
En seguida los estudiantes se ponen a bromear a derecha e izquierda con la posibilidad de dos como el número mínimo de personas necesarias para que el amor exista. Algunos estudiantes siempre empiezan insistiendo en que dos es suficiente. «Si el amor es centrarse en alguien fuera de sí mismo», razonan, «para experimentar amor lo único que alguien necesita es otra persona». Pero los que insisten en que basta con dos no resisten mucho, porque intuyen que hay algún otro misterio en juego en la geometría del amor. Es divertido verlos tantear sin ninguna pista o ayuda de mi parte.
En cada clase, cuando llegamos al río, siempre hay algún grupo de discusión que rebulle de emoción como si hubieran realizado un gran descubrimiento epifánico. Y, de hecho, lo han realizado. «Tres», insisten, «tiene que ser tres, un mínimo de tres. Podría ser más de tres, pero no menos». Expresando lo que han descubierto todos los grupos a lo largo de los años, un estudiante observó: «Si solo hay dos personas que no tienen que compartir con nadie más, pueden fácilmente volverse posesivos y egoístas. Necesitas una tercera persona para poder ejercer un amor desinteresado». Un estudiante tras otro salta con entusiasmo para afirmar que el genio relacional de tres es el valor numérico mínimo para que exista un amor perfectamente desinteresado. Una vez que has captado la idea, esto resulta realmente muy evidente. Piénsalo bien:
Si hay dos personas, cada una tiene un objeto para su amor y cada una es el sujeto del amor del otro. Pero ninguna necesita compartir el objeto de su amor con el otro. Con el fin de poner en acción el amor desinteresado, cada uno necesita a un tercero sobre el que derivar su atención.
El 1969 la muy popular canción de Harry Nilsson, Uno, se enfrenta con la ausencia de amor de uno y el desafío de amar con solo dos:
Uno es el número más solitario que se puede dar.
Dos puede ser tan malo como uno.
Es el número más solitario aparte del uno.
Si uno es el número de la soledad, y si dos pueden ser tan malo como uno, pues entonces tres puede ser el número que contiene el secreto de la perfección relacional.
Uno constituye la ausencia total de alteridad.
Dos constituyen un estado en el que cada uno es el centro exclusivo del otro.
Tres constituyen un estado en el que cada uno disfruta tanto de ser el centro de atención como de desviar su centro de atención.
Así que tres personas pueden experimentar dar amor, recibir amor, y expandir el amor al nivel de la inclusión de terceros. En el momento en que hay tres, cada receptor de amor debe también humildemente ceder amor al tercero, y cada uno entonces ocupa la posición del tercero para los otros dos. El desinterés puro ahora puede ocurrir en virtud del hecho de que cada uno debe amar y ser amado tanto con un interés exclusivo como con un interés compartido.
Piénsalo bien:
Un ser consciente es, por definición, autoconsciente. Un ser consciente ocupando la existencia él solo podría experimentar la autoconciencia de su soledad.
Si coexisten dos seres conscientes, cada uno experimentará tres niveles de conciencia: la autoconciencia, la conciencia del otro y la conciencia recíproca del otro.
Pero considera lo que pasa cuando hay tres personas. Tres personas que coexisten juntos experimentarán un nivel de conciencia totalmente diferente al que está al alcance de solo dos personas que coexisten. Cada una de las tres personas experimentará la conciencia de sí misma, la conciencia de cada una de las otras dos, la conciencia de la reciprocidad de conciencia de las otras dos personas, y la conciencia que de cada una de las otras dos personas que tienen la una y la otra, permitiendo así que cada uno pueda perderse de vista a sí mismo.
¿Entendido? ¡Está bien!
Lo diré en otras palabras: en una unidad relacional de tres,
cada uno se ve a sí mismo,
cada uno ve a los otros dos,
cada uno ve a los otros dos viéndose a sí mismos,
y cada uno ve a los otros dos viéndose el uno al otro.
Y es ese último punto —el cuarto estado de conciencia— el que pone a cada uno de los tres en la posición de ser y no ser el centro exclusivo de atención en cualquier punto dado de la relación. Podemos lógicamente deducir, entonces, que un amor perfectamente desinteresado solo puede ocurrir con tres o más individuos. Es evidente que tres personas componen la dinámica relacional mínima dentro de la cual un amor puramente desinteresado es concebible.
La unidad familiar es un fenómeno reproductivo con una dinámica relacional mínima de tres: padre, madre, hijo. Y esta unidad mínima de tres se define en el relato de la creación del Génesis como la «imagen» de Dios (Génesis 1: 26-28).
Yo no soy menos amado por mi esposa porque ella ame a nuestros hijos, sino más. No disminuye mi capacidad de amar a mi madre el hecho de amar también a mi padre, y mi madre estaría equivocada si lo pensara. Si tú y yo somos amigos, no voy a disponer de menos amor para amarte a ti porque tú y yo tengamos los dos un amigo en común, sino de más. Me siento bendecido de ser amado por ti, y me siento bendecido de compartirte a ti con otros y ser testigo de tu amor por ellos. Necesito conocerte a través de los ojos de otra persona, y a través de tu relación con otros. Dos personas que se aman necesitan por lo menos una tercera persona para que cada una pueda amar a la otra desde el punto de vista de esa tercera persona. El decir «Tú me perteneces y yo te pertenezco», tiene que dejar sitio para poder decir «pero ella también es increíble».
Así que, entonces…
Si la identidad esencial de Dios se limitase a un estado de individualidad solitaria —una— que sería el caso si Jesús de algún tuviese un principio y si el Espíritu Santo no existiese eternamente con personalidad distinta, entonces el amor no sería esencial en la identidad de Dios. Si el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no coexisten eternamente, no se podría decir con propiedad que «Dios es amor» (1 Juan 4: 8).
Cuando decimos que Dios es Dios, el gran YO-SOY-lo-que-SOY, estamos diciendo que, en el sentido último, Dios es completamente diferente a cualquier otro ser dentro del ámbito de la creación. A este nivel de percepción, podemos afirmar tres cosas acerca de Dios:
Que Dios es amor,
y, por lo tanto, Dios es una relación interpersonal,
y esa relación interpersonal está necesariamente formada por al menos tres personas, ya que el amor, para ser perfectamente desinteresado, debe ser capaz de dar, de recibir y de centrar su atención fuera de sí mismo.
Más allá de eso, todo lo que se dice acerca de Dios es metafórico. Hombre, mujer, padre, madre, hijo, viento, paloma, pan, flor, lluvia —todo lo que cae dentro de los parámetros de la creación— son solo aproximaciones penúltimas a Dios.
Lo más no-simbólico, no-metafórico, en última instancia, lo más literal que podemos decir acerca de Dios es que Dios es amor. Y cuando decimos que Dios es amor, queremos decir que Dios es una unidad social perfectamente capaz de darse a sí misma, formada por tres Personas que constituyen una realidad relacional. Todo lo que va más allá de esto —todo lo material, temporal y pro-generativo— pertenece a un lenguaje derivado de formas que podemos comprender y a través de las cuales podemos captar las diferentes dimensiones del amor de Dios.
Hay una genialidad pura y evidente en el hecho de que la Biblia describa a Dios como Tres que son Uno en una triple comunión, más que como una singularidad absoluta, o incluso como una dualidad. La revelación que la Biblia hace de Dios como una perfecta unidad relacional y desinteresada de tres, da evidencia convincente de que la Biblia es, de hecho, la revelación del único y verdadero Dios, cuya naturaleza esencial es el amor puro. Concebir a Dios como tres seres personales que existen como uno no es una construcción arbitraria, sino que es inherente, intuitiva e inevitablemente lógica y consustancial a la noción de amor. Lo que todo esto significa es que la Trinidad no es una mera idea filosófica impuesta sobre la realidad, sino que está incluida en la esencia misma de la realidad en sí tal como la experimentamos. Nosotros sabemos que tres es el mínimo necesario para la dinámica relacional del amor.
Pero llevemos nuestra exploración sobre ese tres un paso más allá, tanto por curiosidad como por claridad, porque parecería que la creación misma da testimonio de que el número tres es como la plantilla numérica esencial del carácter divino.
En 1970, un físico teórico soviético llamado Vitaly Efimov estaba haciendo lo que hacen los físicos teóricos. Estaba trabajando con algunas ecuaciones muy rigurosas en sus exploraciones sobre mecánica cuántica. En este proceso, para su sorpresa y asombro, su desarrollo matemático reveló lo que parecía ser una característica más bien extraña de la materia:
Tríos de partículas se organizan en infinitas configuraciones como de «muñecas rusas».
En 1970, la idea de Efimov parecía meramente teórica porque solo había trabajado con ecuaciones sobre el papel. Cuarenta años más tarde, en el transcurso de aproximadamente un mes, tres grupos diferentes de científicos, en tres países diferentes, fueron capaces de crear ambientes experimentales que les permitieron observar la teoría de Efimov en el mundo cuántico. Lo que se había creído que no era más que una idea extravagante, resultó ser verdad.
Cheng Chin, que era profesor de física de la Universidad de Chicago en ese momento, dijo entusiasmado: «Estamos muy emocionados con este resultado. En el complicado mundo molecular, hay una nueva ley».
Podría llamarse la Ley de los Tríos, o en palabras de la escritora científica de la revista Quantum Magazine, Natalie Wolchover, «la Regla de los Tres». Ella describe esta regla de esta manera:
Esta ley es una progresión geométrica de cada vez más enormes tríos de partículas, que abarcan en una secuencia teóricamente infinita desde la escala cuántica (si las partículas estuviesen lo suficientemente frías) al tamaño del universo y más allá.
En otras palabras, todo el universo físico muestra una tendencia geométrica a organizarse en unidades de tres a una escala infinitamente expansiva.
Imagina que abres una serie interminable de muñecas rusas. Cada una de las que abres te revela otra, y otra más, y todavía otra, cada una con exactamente el mismo diseño. Ahora cambia tu imagen mental de las muñecas rusas a la de triángulos que se imbrican, o a tríos de partículas, cada trío geométrico conteniendo otro, y otro, y otro, a todos los niveles, desde lo infinito a lo infinitesimal. Tres, tres, tres, donde sea que miremos, un modelo en base tres. Eso es lo que Efimov descubrió. (Puedes ver un gráfico en movimiento de The Efimov State aquí: https://imgur.com/gallery/sUOV8). Así que es normal que esta inesperada característica de la materia se llame ahora, el estado de Efimov, como un recordatorio de que un oscuro físico ruso, jugando con ecuaciones cuánticas, accidentalmente observó la importancia casi universal y el genio inherente al número tres. Y para aquellos de nosotros que creemos que el universo físico fue creado por un Dios supremamente relacional, el estado de Efimov es también un recordatorio de que el Dios que lo hizo todo es una perfección interpersonal de Tres en Uno. Los estudiantes de la Biblia no deberían sorprenderse por el descubrimiento de Efimov, porque las Escrituras trazan una línea clara de correlaciones entre el carácter del Creador y sus criaturas:
Porque lo invisible de Dios, su eterno poder y su deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo y se pueden discernir por medio de las cosas hechas (Romanos 1: 20).
Parece lógico deducir que las características del Creador aparezcan de algún modo en su creación. Todo el universo material es matemáticas, matemáticas, y más matemáticas a todos los niveles. La matemática es, de hecho, la ciencia de las relaciones, y las relaciones son el seno divino de toda la creación.
Un blogero científico llamado M. Mahin tuvo una especie de revelación cuando se dio cuenta de que «la naturaleza ama al número 3» y «la naturaleza funciona en base al número 3 de una manera profunda y fundamental».
M. Mahin presento una serie de ejemplos, entre los cuales destaca el hecho de que todo el universo material está construido con una especie de «bloques de construcción» que se combinan en agrupaciones de tres para ser efectivos. Él explica:
En primer lugar, hay tres tipos principales de partículas estables: el protón, el neutrón y el electrón. Estos son los tres bloques de construcción de los átomos. Toda la materia sólida consiste en átomos formados únicamente a partir de estas tres partículas.
Los científicos dicen que cada protón y cada neutrón está constituido por partículas más pequeñas llamadas quarks. ¿Cuántos quarks hay en un protón? Exactamente tres. ¿Cuántos quarks hay en un neutrón? Exactamente tres. (http://futureandcosmos.blogspot.com/2014/01/nature-seems-to-love-number-three.html)
En otras palabras, tres es el número mínimo de cohesión relacional a nivel de materia subatómica. Parecería que el número tres es la firma matemática de Dios puesta sobre, o en, la creación física.
Estamos pensando en la dirección correcta cuando razonamos de la siguiente manera:
1 Dios es amor.
2 El amor es una dinámica relacional que requiere un mínimo de tres personas.
3 Por lo tanto Dios es una dinámica relacional entre tres personas.
Decir que Dios es amor es necesariamente decir que Dios es una dinámica relacional mínima entre tres.
«¿Pero qué hay de las matemáticas?» te preguntarás. «Uno es uno y tres son tres, y no tiene sentido lógico decir que hay tres personas y luego darse la vuelta y decir que hay un solo Dios».
Tienes razón: las matemáticas no tienen sentido… si uno nunca va más allá de los cursos de primer grado.
1+1+1=3
Pero…
1x1x1=1
Cada uno de los Tres miembros de la Deidad se combinan para desaparecer voluntariamente en los otros dos, en lugar de quedarse al lado de los otros. Las matemáticas no son un problema para los escritores de la Biblia por la simple razón de que no están queriendo hacer meros cálculos matemáticos. Están hablando de la dinámica relacional del amor. Están hablando de «personas» que se niegan voluntariamente a sí mismas con el fin de dar prioridad a otros. Ser y a la vez no ser, ese es el misterio glorioso del amor. Las tres personas que forman la Divinidad constituyen una Unión indivisible en la que cada uno se desvanece con humildad en favor de los demás y, sin embargo, sigue siendo vital para la unión.
Y sin embargo, en algún momento se produjo una división…
que produjo una agonía insoportable.
Ahí es donde tenemos que ir ahora.
«La obediencia de Cristo hasta la muerte fue un acto supremo de fidelidad al pacto, no un acto supremo de apaciguamiento».
Capítulo diecinueve
ENTRANDO MÁS PROFUNDAMENTE EN DIOS
Conseguir tres animales, cortarlos cada uno en dos partes justo por la mitad, y separar las piezas una frente a otra para formar un camino entre los tres conjuntos de piezas cortadas.
Extrañas instrucciones, pero eso es lo que Dios le dijo a Abram que hiciera. Había un contexto y había una razón, por supuesto. Una razón muy profunda. De hecho, la razón más profunda que se pueda tener en toda la historia de la búsqueda de razones. Y eso no es una exageración, así que no te lo pierdas.
Dios había hecho recientemente una gran promesa, cuya esencia era que Abram y Sarai tendrían un hijo, que éste tendría a su vez un hijo, que tendría un hijo, generación tras generación hasta que, finalmente, un Hijo nacería a través del cual todas las personas de la Tierra serían bendecidas. Una gran promesa, desde luego. Así que Abram le preguntó a Dios cómo podía estar seguro de que la promesa se cumpliría. Con este ritual de los animales cortados, Dios estaba respondiendo a su pregunta. Le estaba mostrando a Abram lo que el cumplimiento de su promesa implicaría en última instancia. Y, por el aspecto de los cadáveres desgarrados y sangrientos en el suelo, sería una prueba dolorosa…
para Dios.
El día terminó, el sol se puso, y todo estaba ya oscuro cuando Abram comenzó a dormirse, sin duda preguntándose qué podría suceder a continuación, porque una cosa estaba clara: el Dios del universo estaba diciéndole algo. ¿Pero qué, exactamente? Abram no pudo evitar sentir curiosidad. De repente, un sentimiento de terror «y el temor de una gran oscuridad cayó sobre él» (Génesis 15: 12). Abram tenía miedo del futuro y luchaba por creer en la promesa de Dios. Mientras el hombre yacía en el suelo temblando de ansiedad y de inseguridad, algo sucedió:
Cuando se puso el sol y todo estaba oscuro, apareció un horno humeante y una antorcha de fuego que pasaba por entre los animales divididos. Aquel día hizo Jehová un pacto con Abram (Génesis 15: 17-18).
El verbo hebreo traducido aquí por «hacer» es karat, que significa «cortar». La palabra «pacto» es berith, que significa «vínculo». Cuando el texto dice: «el Señor hizo un pacto con Abram», significa literalmente que Dios cortó un vínculo o una alianza con Abram. La Concordancia Exhaustiva de la Biblia de Strong explica que berith es la palabra para «pacto» porque «era la costumbre al hacer pactos solemnes pasar entre las partes divididas de las víctimas». El ritual de cortar un animal en dos y caminar entre las piezas cortadas significaba que la persona comprometía su propia vida para cumplir su promesa. Es asombroso que nada menos que Dios, bajo la forma de una antorcha encendida recorriese el camino entre las piezas cortadas. Dios había hecho una promesa a Abram, y ahora, con este ritual, le estaba diciendo al hombre aterrorizado, Juro por mi propia vida que cumpliré mi promesa. Estoy dispuesto a sufrir y morir para seguir hasta donde me lleve mi amor por ti y por todos los pueblos de la Tierra. Soy un Dios que mantiene su fidelidad al pacto por mucho que me cueste. Habrá un gran corte, Abram, y es Dios quien será cortado.
¿Pero de qué tipo de corte estamos hablando?
Dentro de la esfera de la propia realidad divina —por encima, antes, y más allá de todas nuestras categorías materiales y reproductivas— las tres personas del trío celestial han existido siempre en una amistad que se entrega a sí misma. De acuerdo a la promesa del pacto, los tres miembros de la Deidad soportarían el corte necesario para mantener la fidelidad del pacto para con la humanidad caída.
Mucho después de que Abram fuera guiado a través del ritual de corte, el profeta Daniel fue informado de manera más explícita que el simbolismo se volvería realidad cuando el Mesías fuese —observa el término usado— «cortado» para «confirmar el pacto» (Daniel 9: 26-27).
El pacto que Dios hizo con Abram, y a través de Abram con toda la raza humana, se mantuvo plenamente en Cristo cuando fue voluntariamente «cortado» de la divinidad. El fiel amor de Dios fue «confirmado» cuando Cristo fue separado de la íntima comunión que había definido la conexión eterna de las tres personas del trío celestial.
Y fue una experiencia dolorosa.
Imagina la dicha pura de la unicidad eterna de Dios. Imagina cuán plenamente estaban compenetrados en su amistad recíproca. Imagina cuán profundamente estaban unidos, cada uno con los demás. Mantén por un momento en tu mente esa imagen inimaginable de amor perfecto… y luego deja que tu imaginación capte, si puede, la gran separación que experimentó el trío celestial. Trata de comprender, e incluso empatizar con la agonía que la separación produjo directamente en el núcleo emocional de la amistad eterna de Dios.
Los tres seres personales que componen la realidad social que es Dios fueron separados por amor a ti y a mí. Cada uno de los tres fue desgarrado en dos dentro de su ser emocional individual del mismo modo que fue desgarrada su unión, hasta entonces dichosa. La humanidad había fallado en mantener el pacto, primero en Adán, luego en Israel. Pero, en lugar de renunciar a nosotros, la gracia inundó el corazón trino de Dios y nos convertimos en objetos apasionadamente perseguidos por un amor feroz que no nos deja escapar. En un giro narrativo vitalmente significativo, Dios vendría a nuestro mundo como El hijo prometido de Dios. Dios, como hombre, mantendría el pacto con Dios para reparar nuestro fracaso y mostrarnos qué es realmente el amor en acción. Hay mucho en juego aquí para nuestra comprensión del carácter de Dios. Reducir la filiación de Cristo a las especulaciones sobre sus comienzos metafísicos nos priva de estas ricas nociones sobre el amor de Dios que fluye naturalmente de la verdadera y triuna realidad de Dios. Pero, una vez que vemos a Dios como una Unión relacional eterna, el evento de Cristo se muestra de pronto en su plena claridad y belleza.
Según la historia bíblica, el pacto de Dios se realizó en dos fases vitales de sacrificio monumental: la encarnación y la cruz. Pablo explica:
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: Él, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, [kenoō, la forma verbal de donde viene kenosis], tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres. Mas aún, hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso Dios también lo exaltó sobre todas las cosas y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Filipenses 2: 5-11).
Pablo comienza en el verdadero nivel ontológico de la identidad de Cristo, diciéndonos quién fue siempre antes de aparecer en la Tierra. «Siendo en la forma de Dios», afirma Pablo, asegurando que era «igual a Dios».
Entonces Pablo nos dice que este que era Dios por naturaleza, voluntariamente soportó la alteración más asombrosa imaginable de su personalidad: Dios se sometió a la kenosis. La versión King James, entre otras, es deficiente aquí traduciendo el término kenosis por «ninguna reputación», como si solo se sometió a un cambio de posición externa a los ojos de los espectadores, en lugar de experimentar un cambio en su ser real. La Nueva Versión Internacional es mejor aquí, traduciendo la noción de kenosis por «se hizo nada». Sin embargo, esta idea todavía no dice del todo lo que ese término implica. Otras versiones, como la estándar inglesa, dan el significado real de la kenosis diciéndonos que «se vació o despojó a sí mismo». Esta es la mejor traducción porque la kenosis implica la idea de un contenido que es derramado del todo. La traducción de Phillips dice que Cristo se despojó de sus divinos «privilegios» y «ventajas».
Antes de su encarnación, Aquel a quien conocemos por su nombre y título humano como «Jesucristo», era una de las tres personas del trío divino. Como tal, estaba lleno de la plenitud de todo lo que corresponde por naturaleza a Dios:
omnipotencia
omnisciencia
omnipresencia
La kenosis nos dice que Jesús, en algún sentido insondable, voluntariamente se sometió a las limitaciones de la naturaleza humana. Nunca dejó de ser Dios y por lo tanto nunca dejó de tener la libertad de usar todos sus plenos poderes personales. Pero ejerció lo que solo puede ser considerado como un dominio propio infinito, movido por un amor infinito, para abstenerse de utilizar sus poderes divinos para su propio beneficio, o para trascender el sentido de separación del Padre que sufrió en Getsemaní y en el Calvario en nuestro favor.
Se vació de su omnipotencia. Asumiendo su estado ahora dependiente, Cristo dijo, «no puedo hacer yo nada por mí mismo» (Juan 5: 30). Refiriéndose a las demostraciones de poder milagroso en su vida, Pedro dijo, «Israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él» (Hechos 2: 22). Claramente, el poder que vemos en Cristo es el poder del Padre fluyendo a través de él como su Hijo humano.
Se vació de su omnisciencia. Habiendo nacido de María, el Evangelio de Lucas nos informa que «Jesús crecía en sabiduría y en estatura» (Lucas 2: 52). En otras palabras, aprendió cosas que no sabía. Incluso en su edad adulta, Jesús dijo que él no sabía el tiempo de su segunda venida: «Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en los cielos, ni el Hijo, sino solo el Padre» (Marcos 13: 32). Claramente, al convertirse en un ser humano, Jesús se desposeyó de la omnisciencia personal.
Se vació de su omnipresencia. Jesús dijo a María: «¡Suéltame!, porque aún no he subido a mi Padre» (Juan 20: 17). Claramente, no estaba presente simultáneamente con el Padre como lo estaba con María.
Incluso en su encarnación, Jesús era plenamente Dios. Por lo tanto, podría haber ejercido sus facultades personales de omnipotencia, omnisciencia y omnipresencia a voluntad, pero voluntariamente se privó, momento a momento, decisión tras decisión, del empleo de sus omnipoderes para su propio beneficio. Cuando Satanás lo tentó en el desierto «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan», Jesús no dijo, «en realidad, Satanás, esto no es una tentación, porque no puedo hacerlo» (Mateo 4: 3). De hecho, resistió la tentación citando las Escrituras. Aparentemente, si hubiera querido, podría haber convertido las piedras en pan. Este es un impresionante detalle de todo el proceso de kenosis que fue la vida terrenal del Salvador. Plenamente Dios, pudo haber ejercido sus poderes divinos en cualquier momento, pero, movido por un amor más poderoso que todo interés propio, optó por no ejercer esos poderes en beneficio propio, decidiendo más bien confiar en Dios como el primer Adán tenía que haber hecho.
Al hacer uso de la palabra griega kenosis, Pablo quiere que entendamos cuál era la «mente» (decisión, disposición, actitud) de Dios que se «vació» voluntariamente de sus capacidades naturales divinas para enrolarse en la empresa colosal de nuestra salvación. Así pues, la encarnación no fue simplemente un cambio de ubicación geográfica para Dios, sino más bien un cambio de naturaleza. Aquel que solo había conocido la naturaleza divina, asumió la naturaleza humana, dejando en suspenso su divinidad, velada ahora por su humanidad. Uno de los miembros del trío Celestial se convirtió literalmente en miembro de la raza humana. Dios se convirtió en el Hijo de Dios.
Esto nos lleva a la segunda fase de la alianza «cortada» por Dios —la muerte de Cristo en la cruz del Calvario.
En el pensamiento de Pablo, Dios se hizo hombre para poder lograr en nuestra carne algo muy concreto. La encarnación fue el requisito previo necesario para la Cruz. Cristo se somete a las limitaciones de la naturaleza humana precisamente con el propósito de llegar a ser «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz»
(Filipenses 2: 8).
¿Obediente?
¿Qué tiene que ver la obediencia con esto?
Bueno, de nuevo, la verdad de la Escritura pertenece solo a quienes toman en cuenta toda la narrativa. Solo cuando tenemos en cuenta el trasfondo del pensamiento de Pablo podemos acercarnos a entender por qué la Cruz constituyó el punto culminante de la obediencia necesaria para nuestra salvación.
Allí donde cada hijo humano de Dios sucumbió a las tentaciones de Satanás bajo presiones menores —desde Adán hasta Israel, y desde David hasta tú y yo— Cristo permaneció fiel como Hijo de Dios, hasta la muerte. Ningún grado de presión pudo empujarlo a preferir su propio bien por encima de la obediencia al «pacto» que había venido a «confirmar» (Daniel 9: 26-27).
¡El amor fiel a Dios y a la humanidad prevaleció en Cristo, incluso frente a la destrucción total de su persona!
Ante la perspectiva de ser completamente «cortado» según el contrato del pacto hecho con Abram, Cristo siempre dio preferencia a todos los demás sobre sí mismo. La «obediencia» de Cristo a la que Pablo se refiere es la fidelidad al pacto a la que todos los seres humanos siempre hemos sido llamados. En la Cruz del Calvario, encontramos a Dios despojado de la esencia de su identidad divina. En el grito de abandono, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» sentimos que todo lo que le queda es puro amor sacrificado. Colgado allí él solo —Dios solo sin Dios por primera vez en toda la eternidad— vemos a un Dios que literalmente ama a todos los demás antes y por encima de sí mismo. En aquel acto colosal de perfecta fidelidad relacional, Cristo «confirma el pacto».
Y aquí viene el genio de Pablo.
Fue precisamente a causa de la obediencia de Cristo hasta la muerte que Dios, de manera debida y legítima «lo exaltó sobre todas las cosas y le dio un nombre que es sobre todo nombre» (Filipenses 2: 9).
¿Qué pasa en este punto en el razonamiento de Pablo?
Pues que cuando Pablo dice que Cristo fue «exaltado» como «Señor», simplemente está siguiendo el relato bíblico que predice la exaltación de un ser humano, como el Hijo de Dios, en su trono. La vida, muerte, resurrección, y ascensión de Cristo fue la vida, muerte, resurrección, y ascensión del Hijo de Dios en el sentido adánico, abrahámico y davídico. Al abandonar su posición de igualdad con Dios, al convertirse en un miembro de la raza humana, despojándose voluntariamente de sus poderes divinos, y viviendo en obediencia al pacto de amor hasta la muerte, la posición de señorío comprometido sobre el mundo que fue perdida por Adán fue recuperada en Cristo. Por medio de él somos hechos de nuevo hijos de Dios, y el mundo vuelve a estar bajo señorío humano.
El punto del Nuevo Testamento no es que Dios, como Dios, está recuperando de nuevo el dominio del mundo, sino que Dios, tras haber asumido nuestra humanidad, está recuperando el señorío del mundo. La filiación es una vocación humana, no una vocación divina, sino una vocación humana que Dios asumió en nuestro favor. La filiación de Cristo no es su identidad intrínsecamente divina, sino su identidad humana asumida por solidaridad para con nosotros. En Filipenses 2, Pablo no está tratando de decir lo que Dios ha hecho como Dios, sino más bien lo que Dios ha hecho como hombre. El punto del pasaje es que debemos procurar que «este sentir que hubo también en Cristo Jesús» sea también el nuestro (vers. 9). Cuando Jesús murió en la cruz victorioso sobre el egocentrismo, y fue elevado al trono del universo, lo hizo por nosotros y en lugar nuestro. Jesús vivió y murió como nuestro nuevo cabeza y representante, como nuestro nuevo Adán. Para el apóstol Pablo, por consiguiente, la muerte, resurrección, ascensión y entronización de Cristo son en cierto sentido la muerte, resurrección, ascensión, y entronización de la humanidad en Cristo.
Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación que produce vida. (Romanos 5: 18).
Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gálatas 2: 20).
El amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron (2 Corintios 5: 14).
Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos). Juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús (Efesios 2: 4-6).
Si somos muertos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él (2 Timoteo 2: 11-12).
Un Hijo de Dios, semejante a Adán, ocupa ahora el trono del universo. Está allí en nuestro nombre, habiendo asegurado nuestro lugar, y esperando nuestra llegada. Él nos ha hecho una asombrosa promesa: «Al vencedor le concederé que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono» (Apocalipsis 3: 21). «No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el Reino» (Lucas 12: 32). En Cristo, la humanidad ha recuperado su posición privilegiada de entronización, y el pacto reina por fin sobre el mundo.
Según este relato, la muerte de Jesús en la cruz no fue un sacrificio de tipo pagano, sino el sacrificio del pacto, cuyo significado se remonta lejos en la historia a aquel corte ritual con que Dios selló su pacto con Abram. La obediencia de Cristo hasta la muerte fue un acto supremo de fidelidad al pacto, no un acto supremo de apaciguamiento. Al aceptar «cortarse» de la divinidad, permaneció fiel a la antigua promesa. En esa obra monumental de amor abnegado, la integridad relacional se mantuvo en todas las direcciones —de Dios para con el hombre, del hombre para con Dios, y del hombre para con el hombre— y el señorío humano sobre el mundo fue recuperado en Cristo.
«A medida que nos entregamos a la comunión interna personal con el Espíritu Santo, somos gradualmente elevados hacia formas superiores de autogobierno responsable hasta que, finalmente, el amor por sí solo define cada acto libre que realizamos».
Capítulo veinte
EL GRAN COMUNICADOR
En Cristo fue llevado a cabo el sacrificio del pacto. Quedó demostrado el fiel amor de Dios. Dentro del seno de la naturaleza humana, como la descendencia prometida de la mujer, Cristo se convirtió en la nueva cabeza corporativa de nuestra raza. Con este acto asombroso e incomprensible, Dios entró en eterna solidaridad con la humanidad. La integridad relacional completa se consiguió como una realidad objetiva e histórica. El pacto del amor fue confirmado.
Y aquí es donde el Espíritu Santo entra en el gran relato bíblico.
Para ser lo más claro posible, abordaré la obra fascinante del Espíritu Santo con una serie de formulaciones repetidas y ampliadas. Esto puede resultar muy interesante e iluminador, así que pon toda tu mente y tu corazón en este trayecto.
Primero, vamos a buscar la salida.
Como ya hemos visto, hay esencialmente dos eventos causales primarios que irrumpen en el escenario bíblico. Estos dos acontecimientos definen la historia humana:
la creación del primer Adán y su caída
y la encarnación y la obra redentora del último Adán.
A grandes rasgos, el relato de la creación del Antiguo Testamento es recapitulado en el relato de la redención del Nuevo Testamento.
En el Antiguo Testamento, Dios creó a la humanidad a su propia imagen para amar como Dios ama, como una comunidad social de integridad relacional, para vivir en la fidelidad del pacto sellado con Dios, con los demás, y con la Tierra. La caída de la humanidad consistió esencialmente en la ruptura del pacto de amor.
En el Nuevo Testamento, la humanidad ha sido y está siendo restaurada a imagen de Dios, primero en nuestro representante y nuevo cabeza del nuevo pacto, Jesucristo, y luego en la comunidad del nuevo pacto, que es la iglesia.
Esto es lo que está contando el gran relato bíblico.
Esta es la trama, el esquema, y el punto central del libro. Esta es la gran narrativa de la que se alimentan todas las profecías e historias de la Biblia. Por lo tanto, podemos esperar que las características narrativas que definen la primera creación aparezcan naturalmente en la restauración. Y, en efecto, esto es exactamente lo que encontramos. Y el Espíritu Santo está visiblemente presente en ambos relatos, como estamos a punto de descubrir.
Ahora acerquémonos un poco más al asunto.
El Antiguo Testamento comienza con las palabras «en el principio», seguidas de varios elementos narrativos.
El Nuevo Testamento, según el relato de Juan, comienza con las mismas palabras, «en el principio», seguidas por los mismos elementos narrativos que encontramos en el Génesis.
El paralelismo es deliberado. Una de las características llamativas del Evangelio de Juan es que es una repetición de la historia de la Creación en clave redentora. Al empezar con las palabras, «En el principio», Juan está activando la vieja historia para que nosotros entremos en el marco correcto de referencia para captar el sentido del nuevo relato. Observemos cómo se alinean las comparaciones.
En Génesis:
Las «tinieblas» cubren la Tierra.
El «Espíritu de Dios» revolotea o se cierne como el viento «sobre la faz de las aguas».
«Dios dijo… Luego dijo Dios… Dijo también Dios… » La palabra de Dios es el agente activo en el evento de la Creación.
La «luz» ilumina las tinieblas por la acción de la palabra.
En el sexto día, la humanidad es creada del «polvo» (la carne) y recibe el divino «aliento de vida».
A Adán y Eva se les da el dominio sobre la Tierra.
A Adán y Eva se les da el poder de procrear a otros seres humanos a su imagen.
El proceso de creación se llama «obra» y Dios «terminó su obra» y «descansó» en el «séptimo día».
En el Evangelio de Juan:
Las «tinieblas» cubren a la humanidad.
El «Verbo» de Dios (la Palabra) es el agente activo.
La «luz» vence a las «tinieblas».
El «Verbo» se hace «carne» y recibe «el Espíritu Santo» en su bautismo, como Adán fue hecho de «polvo» y recibió el «aliento de vida» de parte de Dios.
Jesús procede a demostrar que él tiene «dominio» sobre la creación, como el que el primer Adán estaba destinado a tener, actuando sobre la naturaleza y realizando una serie de actos de curación que indican la inversión de la maldición que acarreó sobre el mundo la caída del primer Adán.
Jesús ofrece a otros seres humanos la «potestad de ser hechos hijos de Dios» a su imagen, tomando el papel fallido de Adán para suscitar hijos a su imagen.
El proceso de la redención también se llama «obra» y Cristo «terminó» su obra en el sexto día cuando murió en la cruz y descansó en el séptimo día en la tumba.
¡Vaya!
Todo eso está ahí, ¿no?
Sí, claro que sí.
Y a menos que comencemos a leer la Biblia en sus propios términos —por lo que la Biblia misma pretende transmitir a lo largo de su propia narrativa— continuaremos encontrándonos en contradicciones teológicas. Pero si dejamos que la Biblia nos enseñe el camino a seguir, no tendremos que inventar un montón de interpretaciones, porque la historia nos dirá lo que quiere que sepamos y nos dejará con el misterio en áreas que están más allá del alcance de la historia y más allá de nuestro finito alcance humano.
Hasta ahora hemos visto que Jesús es una nueva versión del «Hijo de Dios» adánico. En el relato del evangelio, estamos siendo testigos nada menos que de la reconstrucción del mundo a través de la obra redentora de Cristo. Pasemos ahora a observar más específicamente el papel del Espíritu Santo en esta historia.
En el relato de la Creación del Génesis, el Espíritu Santo se mueve como el viento sobre las aguas, y el mundo creado emerge de las aguas:
La tierra estaba desordenada y vacía, las tinieblas estaban sobre la faz del abismo y el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas
(Génesis 1: 2).
En el relato de la nueva creación según Juan, también el Espíritu Santo es asociado con el agua y el viento, y la nueva creación emerge del agua:
Respondió Jesús: —De cierto, de cierto te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: «Os es necesario nacer de nuevo». El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que nace del Espíritu (Juan 3: 5-8).
Cuando Jesús insiste en que los seres humanos deben «nacer de agua y del Espíritu», está evocando el relato de la Creación según el Génesis, y el papel que el Espíritu Santo tuvo en ella. La Creación original surgió del agua por acción del Espíritu Santo y de la Palabra, y ahora la nueva creación también tendrá lugar desde el agua bajo la acción del Espíritu Santo y de la Palabra. Jesús es consciente de su identidad como el nuevo comienzo de una nueva creación. Sabe que es el nuevo Hijo adánico de Dios, que se halla comprometido ahora en un proceso procreador en favor del nacimiento de muchos otros hijos de Dios. También está claro que Jesús nos está diciendo que el Espíritu Santo está íntimamente concernido en la obra de la nueva creación, tan íntimamente involucrado, de hecho, que a medida que la historia continúa desplegándose descubrimos que el Espíritu Santo desempeña una función única en la conciencia humana, como la respiración vitaliza el cuerpo humano. Sígueme de cerca ahora mientras nos acercamos aún más, porque esto está a punto de ponerse realmente interesante.
La historia de la Biblia comienza con una respiración especialmente cargada de importancia:
Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente (Génesis 2: 7).
Volviendo rápidamente al Nuevo Testamento, vemos que Jesús termina su ministerio terrenal con otro acto de respiración especialmente cargado de importancia:
Y al decir esto, sopló y les dijo:
—Recibid el Espíritu Santo (Juan 20: 22).
El paralelismo es deliberado. De hecho, todo el Nuevo Testamento está inspirado por el Antiguo Testamento, como hemos visto una y otra vez. Lo que vemos que sucede aquí es que Jesús está estableciendo un paralelo entre el aliento original de vida insuflado en la humanidad y el nuevo aliento de vida que definirá la nueva creación. Nos está diciendo que el Espíritu Santo es el agente activo y dador de vida de la nueva creación, como fue el caso en la Creación primera.
La razón por la que me atrevo a decir digo que el aliento de vida insuflado en Adán estuvo especialmente cargado de sentido, es porque el relato da evidencias de que el acto original de la creación implicó algo más que el mero acto divino de soplar aire en la nariz de Adán con el fin de hacer bombear a sus pulmones. La figura sin vida se convirtió en un «ser viviente». Algo que antes estaba en Dios era ahora «respirado» por aquel cuerpo físico que yacía allí en el suelo, y ese algo era más que oxígeno. Era, de hecho, «aliento de vida». Cuando Adán empezó a respirar aire, comenzó a la vez a pensar pensamientos y a sentir sentimientos. Comenzó a procesar conscientemente el mundo a su alrededor como un ser autónomo con autoconciencia y conciencia de los demás, es decir, con la capacidad de amar. Se convirtió en una persona viva con todos los poderes mentales que comporta la maravilla de existir como «ser vivo» animado por «el aliento de vida».
Por un lado, está el cuerpo físico, compuesto de partículas de materia. Por otro lado, está el espíritu, el carácter, el aliento de vida, la identidad personal de cada ser humano. Cuando una persona muere, las partículas de materia que componen el cuerpo se descomponen en la tierra. Pero el aliento de vida —el espíritu, el carácter, la identidad personal— vuelve a Dios en forma inconsciente para ser preservado para la resurrección, momento en el cual cada uno recibirá un cuerpo enteramente nuevo. La Biblia lo formula de esta manera:
… el polvo vuelva a la tierra, como era,y el espíritu vuelva a Dios que lo dio
(Eclesiastés 12: 7).
Dicho menos poéticamente, cuando una persona muere, el cuerpo físico se descompone en la tierra, y el espíritu —el aliento de vida, incluyendo la identidad individual— regresa a Dios para ser preservado para la resurrección.
Así que en el nivel más básico, la naturaleza humana consiste en dos dimensiones:
1 El cuerpo, la materia física que compone nuestro mecanismo de carne y hueso.
2 El espíritu, la identidad personal con todos los componentes mentales, emocionales y volitivos que definen el carácter individual.
Pero hay algo más que carne y espíritu en la composición del ser humano. En su discurso a Job, Eliú dijo que hay una conexión vital entre el aliento de vida que anima al ser humano y el poder del Espíritu Santo, que sostiene la vida:
El espíritu de Dios me hizo y el soplo del Omnipotente me dio vida (Job 33: 4).
Si él pusiera sobre el hombre su corazón y retirara su espíritu y su aliento, todo ser humano perecería a un tiempo y el hombre volvería al polvo
(Job 34: 14-15).
En el momento en que Adán se convirtió en un ser viviente, poseía el espíritu divino y a la vez era poseído por el Espíritu Santo, lo que creaba un estado de comunión entre lo humano y lo divino. En otras palabras, el ser humano es, por diseño, una criatura «habitable», y fuimos creados para alojar en nuestro ser al Espíritu Santo.
Faraón vio en José un hombre en quien estaba el Espíritu de Dios (Génesis 41: 38).
Pablo describe a los seguidores de Jesús como «morada de Dios en el Espíritu» (Efesios 2: 22).
El ser humano es una especie de casa, un templo, para acoger allí al Espíritu Santo. «¿Acaso no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios está en vosotros?»(1 Corintios 3: 16). «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual habéis recibido de Dios, y que no sois vuestros?» (1 Corintios 6: 19). Cuando, por decisión persistente, los seres humanos expulsan al Espíritu Santo de sí mismos, finalmente se convierten en «habitación de demonios, en guarida de todo espíritu inmundo» (Apocalipsis 18: 2).
Soy una «habitación».
Tú también.
Estar deshabitados no es una opción para nosotros los humanos.
No somos criaturas solitarias, sino comunitarias.
O estamos habitados por el Espíritu Santo, o bien… la alternativa es francamente aterradora. Si estamos ocupados por habitantes sombríos, nuestra individualidad se va degradando poco a poco hasta que se desintegra completamente. Pero si, al contrario, estamos ocupados por el Espíritu Santo, nuestra individualidad se consolida y nuestra personalidad florece plena y libremente. Por eso Pablo dice, «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2 Corintios 3: 17).
El ser humano es una especie de casa, un templo, para acoger allí al Espíritu Santo. El papel del Espíritu Santo en la regeneración propia del plan de salvación, es residir en comunión compartida en lo más profundo de la persona humana. ¿Por qué, y con qué fin?
¡Por nuestra libertad!
¡Para restaurar en cada uno de nosotros lo mejor de nosotros mismos!
¡Más específicamente, para restaurar en la humanidad la identidad a la que aspiraba el pacto!
El nuevo pacto es, por definición, la restauración del amor voluntario en el alma humana, transfiriendo la ley de Dios del ámbito de las reglas impuestas desde fuera al reino de la identidad interna. Y el Espíritu Santo es el agente activo de la alianza:
Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros.
Quitaré de vosotros el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que andéis en mis estatutos y que guardéis mis preceptos y los pongáis por obra (Ezequiel 36: 26-27).
Si hay una cosa que Dios Todopoderoso no quiere, es imponerse. La imposición es contraria al carácter divino. Dios no es ese tipo de Dios. El gran objetivo de la creación, como hemos visto, es que la humanidad ejerciera «dominio» sobre su propio ámbito de existencia, en armonía voluntaria con el carácter de Dios. Este elevado estado de existencia se perdió con la caída de Adán. El plan de la salvación es el proceso encaminado a recuperar para la humanidad su propia individualidad, en un estilo de vida en armonía con el pacto.
En Hebreos 10 se nos dice que hay una conexión vital entre la obra de Cristo y la obra del Espíritu Santo. La tarea de Cristo en el plan de la salvación era venir a nuestro mundo y ofrecerse como sacrificio del pacto —es decir, demostrar por medio de su muerte que el amor de Dios es fiel, aun a pesar de nuestros pecados. El pacto fue confirmado por «la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre» (Hebreos 10: 10).
Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios. Allí estará esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Y así, con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Hebreos 10: 12-14).
Así que el Espíritu Santo se ocupa de darnos testimonio del sacrificio del pacto y de obrar en nuestro interior para que lo apliquemos a nuestras vidas:
El Espíritu Santo nos atestigua lo mismo, porque después de haber dicho: «Éste es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré», añade: «Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones», pues donde hay remisión de estos, no hay más ofrenda por el pecado (Hebreos 10: 15-18).
El Espíritu Santo «nos da testimonio» (CST).
¿Pero de qué, exactamente?
De que ya ha sido revelado el amor fiel de Dios dado al mundo en Cristo. El sacrificio del pacto ofrecido por Jesús, restableció el amor de autodonación como la dinámica relacional vital entre Dios y la humanidad, y la obra del Espíritu Santo es dar testimonio de ese sacrificio, y magnificar el amor de Dios ante nosotros.
Pablo sigue en la epístola a los Romanos la misma línea de pensamiento :
… y la esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguien tuviera el valor de morir por el bueno. Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Romanos 5: 5-8).
Obsérvese que es la obra especial del Espíritu Santo iluminar nuestros corazones con la conciencia del amor de Dios, demostrado en la vida de sacrificio y en la muerte de Jesús en la cruz. Y luego Pablo sigue con esto: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios» (Romanos 8: 14). Nos convertimos en «hijos de Dios», que es para lo que fuimos creados, cuando permitimos ser «guiados por el Espíritu de Dios». ¿Guiados a dónde, exactamente? Pablo responde: al amor de Dios. ¿Por qué es tan importante el amor de Dios? Porque solo el amor es capaz de expresar lo que significa estar en una relación de pacto con Dios y con los demás. El amor define, de hecho, lo que significa ser realmente humano.
Bien, ahora mira esto.
Precisamente porque el Espíritu Santo es el agente activo del nuevo pacto, y porque el nuevo pacto es el restablecimiento del amor de Dios en la persona humana, la obra del Espíritu Santo es estar constantemente empeñado en un proceso de testificar sin forzar, dar testimonio sin violar, comunicar sin imponer, llevar a cabo la delicada tarea de persuadirnos de nuestro proceso de pensar y sentir. Es la operación delicada de salvarnos del pecado dejando intacta la dignidad de nuestro libre albedrío y preservando la gloria de nuestra individualidad. Por eso la obra del Espíritu Santo es consistentemente representada como una influencia opuesta a la fuerza. El Espíritu Santo se ocupa de:
Enseñar (Juan 14: 26).
Reconfortar (Juan 14: 27).
Convencer (Juan 16: 8).
Guiar (Juan 16: 13).
Compartir (Juan 16: 14).
Testificar (Romanos 8: 16).
Dar testimonio (Hebreos 10: 15).
Inspirar (2 Pedro 1: 21).
Contender (Génesis 6: 3).
Hermanar (2 Corintios 13: 14).
No es por casualidad que todas estas descripciones del Espíritu Santo son de naturaleza comunicativa y personal, y ninguna es coercitiva o impersonal. El Espíritu Santo es el miembro de la divinidad que une el círculo de la alianza entre Dios y los seres humanos, y entre los seres humanos unos con otros. Esto significa que la obra del Espíritu Santo consiste en generar en el ser humano respuestas voluntarias. En el marco de la narración bíblica, el Espíritu Santo primero planea «sobre la superficie del agua» como el viento, y luego planea dentro del espacio interior de la mente humana como un inteligente comunicador de la alianza, exhortando, convenciendo, enseñando, persuadiendo. Una comunión de Espíritu a espíritu se establece dentro del ámbito de la conciencia humana.
Así que es obvio, según la narración bíblica, que el Espíritu Santo ocupa el papel de comunicador interno, con quien los seres humanos pueden entrar en comunión. Por lo tanto, es completamente inconcebible que el Espíritu Santo sea una fuerza impersonal. Los antitrinitarios responden alegando algo parecido a esto: «Bueno, el Espíritu Santo es un ser personal, pero no un ser personal distinto del Padre y del hijo; el Espíritu Santo es en cierto sentido el Padre y/o el Hijo». Pero esta argucia filosófica no cuadra realmente con el relato bíblico por una razón muy sencilla. Según la narrativa bíblica,
el Padre obra
a través de la persona de Jesús,
de lo cual el Espíritu Santo da testimonio en nuestros corazones.
Esa es la historia, independientemente de cualquier interpretación personal que se quiera a extraer de textos aislados. Cada uno de los tres —Padre, Hijo y Espíritu— están realizando su función con respecto a los demás. Se trata, por definición, de una interacción entre tres personas, cada una de las cuales difiere substancialmente de las otras. Si reducimos la realidad a la acción individual de un Dios que definimos como un ser solitario, la historia entera de la Biblia se vacía de su dinámica relacional de amor y se convierte en un relato de narcisismo divino.
Los que respaldan la perspectiva antitrinitaria afirman que (1) Cristo fue traído a la existencia por Dios el Padre en una remota eternidad pasada, y que (2) el Espíritu Santo es la presencia y/o poder que emana de Jesús y/o Dios el Padre. Sin embargo, la mera lógica que se deduce de la narrativa que acabamos de considerar, demuestra, inequívocamente, que el Espíritu Santo es un ser personal distinto del Padre y del Hijo. Aquí está esa lógica de nuevo desde otro ángulo:
Jesús dijo repetidamente que su misión era dar a conocer al Padre. Cada acto y cada enseñanza de su ministerio estaba destinado a «glorificar» al Padre (Juan 12: 28). Cuando llegó al final de su ministerio, Jesús oró, diciendo: «yo te he glorificado en la tierra» (Juan 17: 4). «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre», aseveró (Juan 14: 9).
La misión del Espíritu Santo es llevar a Jesús. Jesús explicó la misión del Espíritu Santo diciendo: «no hablará por su propia cuenta», sino que «Él me glorificará» (Juan 16: 13-14). «No hablará de sí mismo… Él me clarificará» (la Biblia de Wycliffe, traducción propia). «No llamará la atención sobre sí mismo… Él me honrará» (The Message, traducción propia).
Y el Padre también señala a Jesús, los tres formando un círculo incesante de amor solidario y fraterno del uno a los otros. «Éste es mi Siervo, yo lo sostendré», el Padre habla de Cristo, «mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento» (Isaías 42: 1). «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia», anunció el Padre en el bautismo de Jesús (Mateo 3: 17).
Aquí está la simple lógica de la dinámica relacional: si señalo a alguien, ese acto necesariamente significa que no soy la persona a quien señalo. El Espíritu Santo no puede señalar al Hijo, que señala al Padre, y simultáneamente ser el Hijo o el Padre. Si el Espíritu Santo es el Padre glorificando al Padre o el Hijo glorificando al Hijo, o el Padre glorificando al Hijo que señala al Padre, entonces ni el Padre ni el Hijo son genuinos en su profesión de amor centrado en otro. Su aparente humildad al apuntar fuera de sí mismos hacia otro es una farsa. Al negar la personalidad distintiva del Espíritu Santo, la humildad y el amor de la dinámica relacional se desvanecen, y nos quedamos con un Dios narcisista que se señala a sí mismo. Este es, por supuesto, el fondo del problema de la doctrina antitrinitaria: describe a Dios en última instancia como una singularidad absoluta, un ser solitario, vaciando así nuestro concepto de Dios de cualquier noción significativa de amor.
La versión corta:
El Espíritu Santo señala a Jesús, quien señala al Padre. Por lo tanto, el Espíritu Santo no es ni Jesús ni el Padre.
En Juan 14: 16, la misma lógica es evidente:
Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador (parakletos), para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad (Juan 14: 16-17).
Aviso:
el Espíritu Santo es enviado,
por el Padre,
en respuesta a la oración de Jesús.
No hay nada complicado, profundo o misterioso en esto. Tenemos ante nosotros formulaciones gramaticales de lo más básicas. Si el Espíritu Santo es enviado por el Padre, a petición de Jesús, el Espíritu Santo no es ni el Padre ni Jesús. Además, si el Espíritu Santo es llamado «otro Consolador» —otro aparte de Jesús— es evidente que el Espíritu Santo es un ser personal como Jesús, pero no Jesús, ya que el Espíritu Santo viene a ocupar el lugar dejado vacante por Jesús. Lógicamente, solo una persona puede ocupar el vacío que deja otra persona. Dejar un horno de microondas en mi lugar mientras viajo lejos de mis hijos por unos días no será suficiente. Su madre, sin embargo, sí que lo haría muy bien. «Otro Ayudante» —parakletos— significa, básicamente, no yo, sino alguien como yo. Jesús es una persona, por lo tanto el Espíritu Santo es una persona, como Jesús, pero distinta de Jesús.
Realmente es así de sencillo, y esto es crucial. Sencillo, porque tanto el relato como la gramática son elementales. Crucial, porque o Dios es un ser solitario o una unidad social, y la dirección que tomemos en este punto fundamental determinará la forma y el tono de todo nuestro sistema teológico.
Pero demostrar simplemente, como si se tratase de un ejercicio lógico, que el Espíritu Santo es la tercera Persona de la divinidad, no es suficiente. Lo que realmente necesitamos comprender es la obra superpersonal que la tercera Persona de la divinidad realiza en nuestros corazones. Eso es lo que hemos hecho en este capítulo, y el cuadro general que resulta es realmente maravilloso.
El relato bíblico contiene dos narrativas humanas entre las que elegir: la narrativa del primer Adán con su consecuencia relacional de disfunción y muerte, y la narrativa del último Adán con su mensaje de fidelidad al pacto y vida eterna. El nuevo nacimiento ocurre cuando un ser humano, nacido del linaje de Adán, se desliga del viejo hombre (primer Adán) y se identifica con el hombre nuevo (último Adán/Cristo). Cuando una persona escoge a Cristo sobre Adán, es bautizada para simbolizar su nuevo nacimiento. Y según Jesús, el bautismo debe ser conducido como un acontecimiento trinitario:
Jesús se acercó y les habló diciendo: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. Y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». Amén (Mateo 28: 18-20).
Jesús específicamente instruyó a sus seguidores a bautizar «en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo».
¿Por qué?
Pues porque el amor que existe entre los Tres miembros de la Deidad es la realidad a la que Cristo nos llama.
Aunque el bautismo no tiene poder salvífico en sí mismo, es un acto que recapitula la historia de Cristo en miniatura y muestra mi decisión de entrar en su historia y hacerla también mía. Y su historia es la de Alguien que ha vivido la vida perfecta del amor del pacto como un miembro de la raza humana, que murió la muerte del pacto por nuestros pecados, resucitó de la muerte victorioso sobre la muerte, y ascendió al cielo como el Hijo de Dios y nuestro hermano en la carne, para disfrutar allí por siempre de comunión ininterrumpida con el Padre y el Espíritu Santo. El bautismo testifica que hemos elegido el camino del amor del pacto como nuestro nuevo modo de ser.
Así que piensa esto cuidadosamente: si Dios consiste solo en el Padre, con Jesús como un Dios secundario derivado del Padre, y si el Espíritu Santo es la energía que emana del Padre… entonces… la lógica del bautismo se desvanece por completo. Si la dinámica relacional entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es eliminada de nuestro panorama teológico —por despersonalizar al Espíritu Santo y hacer de Cristo un ser generado— la lógica del bautismo enseñado por Jesús desaparece. El amor íntimo que existe entre las Tres Personas coeternas de la Divinidad es el tipo de vida que estamos simbolizando a través del bautismo. Si ese amor no es la realidad última de la identidad divina, el significado del bautismo ha desaparecido.
El amor, no la fuerza, caracteriza al ministerio del Espíritu Santo. En virtud del hecho de que Dios es infinitamente más poderoso que nosotros, la comunicación de Dios con nosotros debe darse de manera que no anule nuestra libertad, de una manera que permita una respuesta motivada por el amor. El Espíritu Santo está constantemente ocupado, por lo tanto, en una especie de acto en el que aparece y desaparece. Para que nos identifiquemos con el pacto de manera honrada y deliberada, el Espíritu Santo tiene que permanecer casi-pero-no-completamente ausente en nuestros procesos mentales. A fin de comunicarnos sus mensajes con la máxima claridad pero sin violar nuestra libertad, el Espíritu Santo debe atraer, pero nunca forzar. A medida que nos entregamos a la comunión interna y personal con el Espíritu Santo, somos gradualmente elevados hacia formas superiores de autogobierno responsable hasta que, finalmente, el amor por sí solo define cada acto libre que realizamos. El Espíritu Santo está, por lo tanto, siempre buscando la comunión con nuestro espíritu en una actividad reveladora que es casi indistinguible de los procesos de nuestro propio pensamiento. Como el aire que constantemente nos rodea e impregna, el Espíritu Santo es a la vez invisible e impactante.
El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que nace del Espíritu (Juan 3: 8).
En realidad, cualquier cosa que hiciese más que eso nos haría esclavos de una voluntad infinitamente dominante. Pero gracias al sutil pero persistente ministerio del Espíritu Santo, no lo somos. El Espíritu Santo es el gran comunicador de la ley de Dios, es decir, el Espíritu Santo es el agente del nuevo pacto,
que testifica y persuade,
exhorta y enseña,
persuade y comunica,
pero nunca fuerza.
«Al hacerse Hijo de Dios, Dios doblegó la realidad misma, su realidad, para venir a encontrarnos en nuestra necesidad».
Capítulo 21
UNA HISTORIA DE PACTO
Como algunos suelen decir, «Es lo que es, y no es lo que no es».
La profundidad en su mejor expresión.
Del mismo modo, la Biblia dice lo que dice, y no dice lo que no dice.
La filiación de Cristo es un microcosmos de la historia de la filiación de Israel, simple y llanamente. Esto es lo que cuenta el gran relato bíblico. Sorprendentemente, mientras esta es la visión singular de los profetas y apóstoles, está completamente ausente de la literatura no-trinitaria. Al leer la lista más bien corta de argumentos no-trinitarios, es como si el relato de la filiación no existiera en la Biblia, porque ni siquiera es reconocido. Sin embargo, no creo que esta omisión sea malintencionada o perversa de parte de los defensores no-trinitarios. Creo, simplemente, que no lo han llegado a ver.
¿Pero cómo puede ser?
¿Cómo un sistema teológico que pretende estar empeñado en encontrar lo que la Biblia quiere decir al llamar Hijo de Dios a Jesús, puede pasar completamente por alto el punto principal de lo que la Escritura enseña con respecto a la filiación de Cristo?
Pues de la misma manera en que una persona puede dejar de ver el bosque centrándose demasiado exclusivamente en algún árbol. Si solo te paras a observar árboles individuales, no verás más que árboles individuales. Solo cuando mires con un poco de perspectiva todos los árboles te darás cuenta del paisaje impresionante que componen colectivamente. De la misma manera, debemos partir de los versículos individuales de las Escrituras que hablan de filiación para ver que el panorama global del Nuevo Testamento procede de relatos que hablan de la filiación adánica, abrahámica, davídica en el Antiguo Testamento. Los textos probatorios son el caldo de cultivo de la herejía, mientras que la verdad de la Escritura pertenece solo a aquellos que leen, realmente, la historia completa.
Si tratas de interpretar Juan 3: 16, por ejemplo, en un vacío narrativo, casi inevitablemente acabarás con algún tipo de interpretación misteriosa, metafísica, acerca de un Dios mayor que dio origen a un Dios menor en algún momento del remoto pasado eterno. La metodología del «prooftexting» nos ha entrenado tanto en utilizar la Biblia, en lugar de leerla, que no nos resulta fácil ahora ver el conjunto de la Escritura de modo amplio y coherente. Vemos los versículos de la Biblia como un arsenal donde escoger declaraciones para probar cualquier agenda teológica que tengamos, cuando en realidad la Biblia trata de contarnos una historia grande y hermosa.
Cuando leemos la Biblia entera, todos los textos de prueba antitrinitarios se desvanecen a la luz de la narración bíblica. Como hemos visto, ninguno de los versículos del Nuevo Testamento que habla de Jesús como el Hijo de Dios tienen nada que ver con que haya procedido de Dios en la remota eternidad pasada. Esta narrativa metafísica no se encuentra en ninguna parte en la Escritura, es una ficción filosófica que se le impone.
Todos los autores del Nuevo Testamento continúan la historia iniciada por los profetas del Antiguo Testamento. Sabían que Adán era el primer hijo humano de Dios,
que Adán perdió esa posición de Hijo,
que Dios puso en marcha un plan para recuperar esa posición para la humanidad,
que Dios entró en una relación de pacto con Abraham para llevar a cabo ese plan,
que Isaac era el unigénito hijo de la promesa de Abraham y por lo tanto el hijo del pacto divino,
que Jacob era el primogénito de Isaac, de acuerdo a la promesa, y por lo tanto el hijo de Dios, según el pacto,
que los doce hijos de Jacob formaron el «hijo del pacto corporativo» de Dios, como una nación llamada Israel,
que el rey David, siguiendo la sucesión de esa filiación, se convirtió en el hijo de Dios según el pacto,
y que el hijo de David, Salomón, se convirtió en el hijo del pacto de Dios en el linaje en curso.
Y conociendo la narración del Antiguo Testamento, los escritores del Nuevo Testamento sabían que Jesús, nacido de este mismo linaje, no era otro que el hijo de Abraham, el hijo de Israel, el hijo de David, y por lo tanto el tan esperado Hijo de Dios del pacto.
Esta es la historia que cuenta la Biblia.
Esta es la historia que los escritores del Nuevo Testamento entendieron que Jesús había cumplido.
Y esto es, por lo tanto, lo que quisieron decir cuando identificaron a Jesús como el Hijo de Dios.
La Biblia no se ocupa de explicarnos los orígenes ontológicos o la cronología de Dios.
Contiene, más bien, una historia de dinámicas relacionales que fueron mal, y que luego fueron corregidas.
Contiene la historia de la alianza, no un tratado de filosofía metafísica.
A la pregunta, «¿Desde cuando existe Dios, y en qué forma?» Dios debe sonreír y decir algo como:
Siempre he existido, al margen del tiempo que tú conoces, y en ninguna forma que tú puedas comprender. Así que hablemos de algo que esté a tu nivel. ¿Qué tal si me acerco a ti como Padre para que puedas entender cuánto te amo, y como Hijo para que puedas saber que estoy en profunda solidaridad contigo, y como Espíritu para que puedas sentir que me comunico de manera no-coercitiva con tu propia mente? Soy más de lo que tu mente finita puede imaginar, así que voy a mostrarte todo lo que puedes comprender en categorías que tengan sentido para ti en tu contexto.
Debido a que somos creados, seres materiales, es imposible que entendamos las categorías no-creadas, no-materiales, y en concreto a Dios. Así que Dios desciende hasta donde estamos nosotros.
Y esto es descender muy abajo.
Aunque nunca podemos saber realmente qué significa ser Dios, podemos saber quién es Dios. Aunque no podemos conocer la naturaleza de Dios, podemos conocer el carácter de Dios. Podemos saber cómo Dios piensa, se siente y se comporta. Con una claridad cada vez mayor, podemos conocer y experimentar el amor de Dios. Podemos correr por siempre, a toda velocidad, a la luz de su belleza inefable y nunca agotar su riqueza infinita.
Pero si pensamos que podemos explicar lo que Dios es, no estamos hablando de Dios. Si nuestra concepción de Dios está totalmente definida por las limitadas categorías materiales de nuestra propia realidad material, procreativa, nuestra realidad humana de padre-madre-hijo-hija, no estamos definiendo a Dios, sino proyectando nuestra propia imagen sobre Dios. La verdad irrefutable es que Dios no existe dentro de los parámetros de la pequeña charca de nuestra existencia finita. Existimos, como meras gotas, dentro de los parámetros infinitos de la realidad oceánica de Dios.
Jesús es el Hijo de Dios dentro de la línea narrativa de la creación y caída de Adán, y dentro del alcance de la historia profética de Israel. Cuando fijemos nuestros ojos en la historia que está siendo contada en el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento empezará a cobrar para nosotros un sentido profundo y hermoso. El relato bíblico posee todo el poder explicativo que necesitamos para dar sentido a la filiación de Cristo. Tomando la Biblia como una narrativa coherente con un propósito general, hemos descubierto lo que la Escritura misma quiere decir designando al Salvador del mundo como el Hijo de Dios. No tenemos que adivinar nada. Tampoco necesitamos apenas interpretar. La historia nos dice lo que quiere que sepamos sobre el asunto y a la vez nos deja en el misterio con respecto a esas cosas que están más allá de nuestra comprensión finita.
Cuando Juan 3: 16 habla del «hijo unigénito» de Dios, el contexto inmediato del capítulo necesita ser examinado cuidadosamente, dentro del contexto más amplio del Evangelio de Juan en su totalidad, dentro del contexto aún más amplio de las fuentes documentales de Juan, que es todo el texto el Antiguo Testamento. Eso es lo que hemos hecho precisamente en nuestro viaje, y ahora sabemos lo que la Biblia quiere decir cuando habla de Jesús como «el Hijo unigénito de Dios».
Cuando el apóstol Pablo llama a Jesús el hijo «primogénito» de Dios, esta expresión no solo aparece en versículos aislados de sus escritos, sino que pertenece al contexto de una línea de pensamiento que Pablo desarrolla en la epístola a los Romanos, basándose en el contexto mucho más amplio de la gran historia desplegada en el Antiguo Testamento con respecto a una sucesión de hijos «primogénitos» que llevaría hasta el Mesías. Ya vimos ese material, y ahora sabemos lo que la Biblia quiere decir cuando usa la palabra «primogénito» para describir a Jesús.
Sabemos lo que significa la filiación de Cristo porque hemos tomado en cuenta toda la historia narrada en la Escritura, no una mera selección de versículos sueltos. Y lo que significa es bastante sorprendente.
Dios es un Dios de amor fiel a su pacto, infalible, fiable, incondicional, y nosotros fuimos hechos para vivir en recíproca relación de pacto con Dios y entre nosotros. En el análisis final, lo más coherente que podemos decir sobre Dios es que «Dios es amor». Y eso es mucho decir. Esta realidad es la que llevó a Dios a salir de sí mismo para convertirse en un miembro de la raza humana. Dios ama tan profunda, apasionada y desinteresadamente al género humano, que ha elegido entrar en eterna solidaridad con nosotros como nuestro Hermano en la carne. El creador del universo —el Dios que diseñó los intricados organismos de la vida en todas sus formas— voluntariamente se hizo uno con nosotros para volver a unirnos con él.
Al hacerse Hijo de Dios, Dios doblegó la realidad misma, su realidad, para venir a encontrarnos en nuestra necesidad.
Dios hizo esto por ti.
Por mí.
Se convirtió en lo que no era para que nosotros pudiéramos llegar a ser todo lo que estamos destinados a ser.
Este es el gran relato de la Biblia y es, nada más y nada menos, que la mejor historia imaginable, porque es una historia de pacto…
y eso significa que es una historia de amor.
