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Filosofía on demand
Filosofía on demand Primera temporada
Tomás Balmaceda
Índice de contenido
Portadilla
Legales
Instrucciones para leer este libro
Skip intro?
E1: ¿Para qué sirve protestar?
Beverly Hills 90210: Donna Martin, la desobediencia civil y las protestas sociales
E2: ¿Y si la tecnología le gana a la muerte?
Black mirror y la vida eterna
E3: ¿Nuestros amigos son nuestra familia?
Friends y las familias que elegimos
E4: ¿Es correcto mentir para ayudar a un amigo?
Los Simpson y la ética de Homero: Entre Marge, Flanders y Moe
E5: ¿Qué pasaría si el destino estuviera escrito?
Lost y los problemas de la Serendipia
E6: ¿Es correcto clonar personas?
Orphan Black y los problemas éticos de la clonación
E7: ¿Qué sucesos pueden cambiarme para siempre?
Stranger Things y las experiencias transformadoras
E8: ¿Cómo sé que yo sigo siendo el mismo?
Wandavision y la permanencia de los objetos en el tiempo
E9: ¿Soy verdaderamente libre?
Loki: Entre los viajes en el tiempo y el libre albedrío
E10: ¿Para qué estoy en este mundo?
Rick & Morty y el sentido de la vida
E11: ¿Es moralmente correcto tratar mal a Siri?
Westworld y la violencia que ejercemos con las máquinas
E12: ¿Por qué nos emociona un dibujo animado?
Bojack Horseman y la paradoja de la ficción
E13: ¿Por qué nos cae bien un canalla?
Mad Men y la empatía con el antihéroe
E14: ¿Para qué sirve castigar?
El marginal y la justificación de la cárcel
E15: ¿Qué significa que seamos mortales?
Breaking bad y la certeza del final
E16: ¿Qué es la privacidad en la era de las redes sociales?
The X-Files y la sociedad de la exposición
E17: ¿Puede un robot ser nuestro amigo?
Star Trek y los límites del afecto
E18: ¿Cuándo muere una persona?
Buffy, la cazavampiros y los problemas de la resucitación
E19: ¿Qué responsabilidad tengo frente a un extraño?
The Mandalorian y las acciones supererogatorias
E20: ¿Qué tiene de malo ser millonario?
Succession y el afán por acumular dinero
E21: ¿Siempre está mal mentir?
Los simuladores y la virtud de engañar
Créditos finales
| Balmaceda, TomásFilosofía on demand / Tomás Balmaceda. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descargaISBN 978-950-556-848-21. Ensayo Filosófico. I. Título.CDD 199.82 |
© 2021, Tomás Balmaceda
©2021, RCP S.A.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.
Diseño de tapa e interior: Pablo Alarcón | Cerúleo
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
Jesse Pink: Me quedé pensando en lo que dijiste sobre el universo… ¿por qué no dejarme llevar hacia donde el universo quiera? ¡Me encanta! Es una filosofía genial
Jane Margolis: ¡Estaba siendo metafórica! ¡Es una filosofía terriblemente mala! Me he dejado llevar toda la vida hacia donde el universo quería… Es mejor que vos mismo tomes esas decisiones.
El Camino: A Breaking Bad Movie – Netflix
INSTRUCCIONES PARA LEER ESTE LIBRO
¿Con ansiedad por empezar #FilosofíaOnDemand? Si querés, entonces, podés saltearte la introducción, tal como hacés cuando apretás en “skip intro” porque querés ir derecho a saber qué es lo que sucede con tu serie favorita. Aquí hay veintiún episodios para disfrutar pero no tienen un orden predeterminado. Empezá por donde quieras: podés elegirlo porque la pregunta que guía la reflexión te llamó la atención o porque te gusta la serie que la inspiró. Leer cada episodio implica que se cuenta algo de la trama de esa ficción: a todas las personas nos disgustan los spoilers y tal vez quieras ver completa la serie antes de empezar, pero la verdad es que las buenas historias no se basan en uno o dos giros sorpresivos, así que la lectura no te arruinará ninguna experiencia audiovisual. Y una última advertencia: soy de aquellas personas que creen que en la filosofía importan más las preguntas que las respuestas, así que no esperes soluciones perfectas a los interrogantes que planteo sino más bien posibles caminos a recorrer. Cuando algo te interese, te sorprenda o incluso te indigne, buscá más información sobre ese autor, autora o corriente y te aseguro que se abrirá ante vos una aventura apasionante que no tiene nada que envidiarle a la mejor serie de todas.
¡Ahora sí, dale play y a disfrutar!
SKIP INTRO?
Veinticinco siglos atrás, en septiembre de 490 a. C., un hombre se desplomó en las puertas de la ciudad de Atenas. Estaba vestido con pesada ropa de guerra pero sin calzado y el cansancio se le notaba en la cara y en el cuerpo. En el piso, casi sin fuerzas, apenas logró decir una frase antes de fallecer extenuado. Se trataba de Filípides, quien se desempeñaba como hemeródromo, el nombre con el que se conocía a los mensajeros profesionales de las polis griegas. Su función era el transporte urgente de noticias de la forma más veloz que se conocía por entonces: corriendo.
Filípides venía directo del campo de batalla, en donde había luchado contra el ejército imperial de Persia, y tenía una información clave para los atenienses: habían salido victoriosos y no había nada de qué temer. Filípides corrió sin descanso los 40 kilómetros que separaban Atenas de la ciudad de la batalla, Maratón, con la misión de entregar la buena noticia. Llegó tan cansado después del periplo que al arribar a su destino cayó rendido, comunicó la victoria ocurrida en su ciudad y falleció. Maratón estaba al este de Atenas y su nombre significaba “hinojo”, la planta característica de la región. Aunque el rigor histórico de la hazaña de Filípides puede ponerse en duda, la leyenda de su sacrificio sigue viva en una de las actividades deportivas más populares del mundo, que forma parte de los Juegos Olímpicos desde Atenas 1896 y que consiste en correr la misma distancia hecha por el héroe, 42.195 metros. Desde hace tiempo, además, hacemos maratones pero sin movernos del sillón de casa: ¿quién no ha maratoneado alguna vez un gran drama, la comedia de la que todos hablan o un thriller atrapante?
Hoy hablamos de “maratón” cuando hacemos referencia a la acción de ver varios episodios de una misma serie (¡a veces incluso una serie entera!) de un solo tirón. Es bastante menos heroico que lo que hizo Filípides pero mucho más popular: es un hábito que creció año a año con la aparición de las plataformas de streaming y que se consolidó en los meses en los que el mundo debió quedarse en casa durante las medidas de aislamiento que se tomaron a partir de la crisis causada por el COVID-19.
Este libro que tenés entre tus manos busca ser un buen compañero de esas maratones: soy un convencido de que los productos de la cultura popular pueden ser una puerta de entrada a la reflexión filosófica. Hay muchas maneras de entender la filosofía y son todas válidas, pero en ocasiones creo que hay malos entendidos: el análisis filosófico no está reservado solo para ámbitos vitales de gran densidad o que requieren una gran terminología específica, sino que puede ser un aliado útil para nuestra cotidianidad. Y filosofar no es, tampoco, expresar opiniones personales, sino que debe ser una reflexión meditada y atenta, que se enriquece cuando se comparte y discute.
Bajo mi punto de vista, la filosofía es la disciplina que trabaja con conceptos y que utiliza herramientas como la duda o las preguntas para poner en cuestión cualquier ámbito de nuestra realidad, desde preguntarnos por la existencia de dios o lo que sucede después de la muerte hasta cuestiones mucho más mundanas, como pensar acerca del dinero o qué es esta frustración que siento cuando paso mucho tiempo en Instagram pero sigo regresando. Cualquier persona que quiera ponerse a reflexionar, haciendo el esfuerzo por dejar de lado prejuicios y viejas creencias, puede recorrer el camino de la filosofía. E incluso puede encontrar allí su vocación y aspirar al mundo académico, en el que podrá compartir y discutir sus pareceres con colegas. Este libro incluye referencias a grandes filósofos y filósofas de todos los tiempos, muchos de los cuales son de Argentina y están produciendo hoy conocimiento y marcos conceptuales con un estándar altísimo.
Estamos viviendo lo que se suele llamar la “segunda era dorada de la TV” o “Peak TV”, en donde se dan de la mano una producción de series inédita en cantidad de títulos con una calidad que demuestra una profundidad y un nivel de talento que hacen sonrojar a los que alguna vez le dijimos “caja boba” a la TV. De hecho: la TV ya no es una caja y ni siquiera es un dispositivo. Mientras escribía este libro desembarcaron en la Argentina tres nuevas plataformas de streaming y la modalidad on demand se consolidó como la regla: quiero verlo cuando yo quiero y como yo quiero. Nuestros gustos, además, están siendo analizados al detalle por poderosos algoritmos que detectan qué estamos viendo, qué cosas no podemos dejar de ver y cuáles abandonamos después del episodio piloto.
Desde hace tiempo, en todo el mundo se escriben libros de filosofía inspirados en series. Leí varios de ellos y disfruté algunos pero siempre sentí que estaban destinados a los fanáticos muy fanáticos de cada serie y no a quienes disfrutamos con los episodios pero no nos detenemos a tratar de descubrir si entre una temporada y otra uno de los actores se operó la nariz o si hubo un error de continuidad entre escenas. Filosofía on demand, en cambio, es un libro sobre preguntas inspiradas por distintas series guiadas por ideas filosóficas.
Este libro es, también, una carta de amor a las series de televisión de todos los tiempos. Crecí viendo Alf, He-Man y los amos del universo, El superagente 86, Amigos son los amigos y Star Trek: La nueva generación. Durante mi adolescencia y primera juventud, mi educación sentimental fueron Beverly Hills 90210, un segmento de Jugate conmigo llamado “Life College” y los episodios doblados al español de La niñera y Mad about you. Por ese entonces no existía para mí la noción de temporadas o episodios: veía lo que estaba en pantalla y en mi cabeza ordenaba la cronología si lo creía necesario. Crecí en la década del 80 y del 90 en una ciudad de la provincia de Buenos Aires y no era usual pasar todo el día viendo tele ni existía el verbo maratonear, pero sí prender el aparato y sentarse frente a él antes y después de comer. Las sitcoms me mostraron otras realidades, como “la prepa”, el Día de Acción de Gracias o el baile de graduación en los Estados Unidos o que “torta de jamón” era otro nombre para el sándwich gracias a El chavo del 8 y Alcanzar una estrella. No me sonaba raro escuchar hablar de “tú” o de “tocino” ni ver bocas de incendios en las veredas, algo que no había donde yo crecí. Y aunque también vi muchas series argentinas, las historias estadounidenses me enseñaron a entender mejor el inglés.
¿Fueron las series una educación ideal mientras crecía? Claro que no. Las vidas, las familias, los cuerpos y las personas eran perfectos en un sentido chato, poco realista y desmotivante. Pero tampoco fueron una terrible escuela: me da mucha alegría saber que ahora hay personajes diversos, que tienen vidas más parecidas a las nuestras y que están muy lejos de cometer errores o entender que hay injusticias que son sistémicas y no de los individuos.
Escribí Filosofía on demand pensando en una manera de continuar la experiencia de una buena serie de TV estimulando nuestra capacidad de poner en duda la realidad que conocemos y tratar de imaginar si otra es posible, con nuevos conceptos, ideas y objetivos. Ojalá alguna línea, algún autor o alguna idea cambie la forma en que pensás algo. Con eso me daré por satisfecho como autor.
Una advertencia final: ¡no creo que las series presentes sean las mejores de la historia ni mucho menos! No creo en ese tipo de ránkings. Aquí vas a leer sobre series que estuve viendo en los últimos meses y que me generaron preguntas. Pero me quedaron muchísimos títulos de los que quisiera hablar, como The good place, Steven Universe, Legion, Atlanta, Parker Lewis, el ganador, Alf o Strangers with candy. Además, hay muchas series que estoy seguro de que me van a encantar y que aún no vi, como Twin Peaks, Seinfeld, Veronica Mars, Babylon 5, Lovecraft Country o Community, por solo nombrar algunas. Por fortuna en la era de las plataformas de streaming todos esos capítulos me estarán esperando cuando decida empezar a verlas ¡o encuentre el tiempo necesario!
Ahora te pido por favor que comiences a maratonear esa serie a la que le tenés tantas ganas… ¡para que nadie diga que Filípides murió en vano!
Gracias por leer,
Tomás :)
E1: ¿PARA QUÉ SIRVE PROTESTAR?
BEVERLY HILLS 90210: DONNA MARTIN, LA DESOBEDIENCIA CIVIL Y LAS PROTESTAS SOCIALES
¿Qué pasa cuando dos adolescentes de una ciudad tranquila del interior de los Estados Unidos se enfrentan al lujo y la superficialidad de uno de los sitios más ricos del mundo? En eso pensaron Darren Star y Aaron Spelling cuando imaginaron Beverly Hills 90210, una serie juvenil que debutó sin pena ni gloria en octubre de 1990. La historia de los mellizos Brandon y Brenda Walsh —quienes se mudaron junto con su familia de Minneapolis, Minnesota, a Beverly Hills, California— fue el puntapié inicial para una de las series juveniles más exitosas de la historia. Brandon y Brenda personificaban la inocencia y el candor de la clase media de la presidencia de George H. W. Bush que se enfrentaba a una élite millonaria y, aparentemente, superficial. Así, en el colegio conocieron a la egocéntrica Kelly Taylor, al melancólico Dylan McKay, al caprichoso Steve Sanders, a la inteligente Andrea Zuckerman y a la aniñada Donna Martin, entre otros. Tras una primera temporada para el olvido, Beverly Hills 90210 despegó cuando el canal de televisión Fox decidió que continuara al aire con nuevos capítulos en el verano estadounidense, atrayendo con sus romances cruzados e historias adolescentes a una audiencia que fue creciendo a pasos agigantados dentro y fuera de su país.
Así, durante la década del 90 fueron millones las adolescentes que morían de amor por Dylan y Brandon, quienes representaban dos tipos diferentes de galán, mientras que otros espectadores suspiraban por Brenda y Kelly. Los estilos de las dos jóvenes no podían ser más diferentes: la primera, morocha y rebelde; mientras que su amiga era rubia y refinada. Los conflictos dentro y fuera de la pantalla mantuvieron entretenida a una generación que me incluye y que veía los episodios doblados al español por Canal 13. Con el tiempo, la trama, que inicialmente solo se centraba en triángulos amorosos, fue incluyendo temas relevantes para la audiencia de esa edad como el sexo no consentido, el alcoholismo y el consumo problemático de drogas, la violencia doméstica, los trastornos alimentarios, los embarazos no deseados y el suicidio adolescente. En muchos sentidos, Beverly Hills 90210 se volvió el estándar para las telenovelas juveniles en todo el mundo.
En uno de los últimos episodios de la tercera temporada de la serie, “Something in the Air”, nuestros protagonistas estaban listos para, finalmente, graduarse de West Beverly High School. Sin embargo, pocos días antes Donna Martin es encontrada borracha al terminar el baile de fin de curso, violando la política muy estricta con respecto al consumo de alcohol y drogas que tenía la escuela. Cuando el hecho se volvió público y se enteraron los padres de sus compañeros, las autoridades del establecimiento elevaron un pedido a la junta escolar exigiendo un castigo ejemplar para la joven, impidiéndole que se gradúe hasta que no complete un programa contra las adicciones que duraría todo el verano.
La amenaza de no poder graduarse junto con sus compañeros de colegio destrozó a Donna, quien era una buena alumna, y puso en peligro su ingreso a la universidad. Sus amigos decidieron entonces ayudar y, usando como referencia las protestas que el padre de Brandon y Brenda había protagonizado durante la guerra de Vietnam décadas atrás, organizaron una manifestación: convocaron a los alumnos de su curso a no presentarse a los exámenes finales y marchar desde las aulas hasta la junta escolar durante la audiencia de apelación de Donna. El plan sonaba bien pero era muy arriesgado: incluso sus más grandes amigos sintieron temor frente a las consecuencias de esta desobediencia. Dylan, por ejemplo, dependía de los resultados de esos exámenes para recibir una beca universitaria sin la cual no podría acceder a ese nivel de estudios porque su familia no contaba con suficientes recursos y Steve ya tenía antecedentes por mala conducta y estaba al borde de la expulsión. Todos arriesgaban mucho con esta protesta. Sin embargo, la tenacidad de Andrea logró reunir a más personas sumando otros reclamos, como los de aquellos que querían terminar con el código de vestimenta de la institución, sumando entonces más aliados. Así, reunieron a 300 alumnos, quienes protestaron al grito de “¡Donna Martin se gradúa! ¡Donna Martin se gradúa!”.
Al ver el tamaño de la protesta, las autoridades de la junta escolar amenazaron con llamar a la Policía y obligar al desalojo y detención de los estudiantes. Esto creó tensión y nerviosismo, pero todos sintieron que la causa era justa y decidieron no dimitir. Incapaces de continuar su reunión y sorprendidos por la cantidad de protestantes, los miembros de la junta escolar tuvieron que tomar en cuenta esos reclamos y tenerlos en consideración. En votación muy reñida, tres votos a favor y dos en contra, le permitieron a Donna graduarse en tiempo y forma con sus amigos si aceptaba hacer el curso contra las adicciones ese verano y el código de vestimenta quedó cancelado.
Este episodio de Beverly Hills 90210 nos muestra el poder de una protesta y su capacidad para llamar la atención sobre situaciones injustas y, con suerte, rectificarlas. Vivimos tiempos en los que hay numerosos movimientos sociales que buscan cambiar nuestra realidad. Los activismos vinculados con el ambientalismo, la crueldad animal o el feminismo y las disidencias, por ejemplo, convocan a muchas personas y están logrando cambiar la mentalidad de aquellos que quizá no sabían que eran cómplices de estas inequidades. Sin embargo, las protestas sociales plantean un desafío para la filosofía política porque en ocasiones sus métodos chocan con las normas y reglas establecidas. Cuando los estudiantes de la West Beverly High School forzaron las puertas de la junta escolar y tomaron el lugar, se arriesgaron a quedar detenidos, pues sus actos eran, estrictamente hablando, ilegales. Lo mismo sucede cuando se corta sin autorización una calle para protestar o se realiza alguna acción sorpresiva en un sitio de extracción de petróleo, por ejemplo, para denunciar los peligros de los combustibles fósiles. Son situaciones en las que la autoridad democrática se enfrenta con el uso de los poderes coercitivos del Estado. En estos casos, ¿cuál es la mejor manera en la que un Estado democrático debe manejar las muestras de descontento de su población? ¿Existen acaso buenas protestas sociales y malas protestas sociales?
Nos enfrentamos a un problema muy serio porque el Estado está habilitado a castigar e imponer penas, incluyendo multas y hasta el encarcelamiento, pero solo en las ocasiones en las que las leyes se lo permiten. Como vivimos en sociedades profundamente desiguales, en las que muchas personas se sienten con razón injustamente relegadas, hay que poder entender en qué circunstancias romper estas reglas, como impedir la circulación en una calle, deben ser toleradas porque redundan en un beneficio mayor. Se trata de poder dar espacio a las quejas y señalamientos de los sectores oprimidos, quienes no siempre encuentran eco en los canales institucionalmente creados para tal fin. A la vez, como sociedad debemos ejercer un cuidado muy especial para controlar que los poderes coercitivos estén siempre sujetos a una estricta regulación democrática, pues todo nuestro continente tiene un negro historial vinculado a la violencia estatal.
Una de las formas más populares de la protesta es la desobediencia civil, un tema analizado por numerosos filósofos y filósofas del derecho y que puede remontarse hasta Antígona, la tragedia de Sófocles en la que la hija de Edipo se enfrenta a Creonte, actual rey de Tebas, porque la ley le impide hacer ritos fúnebres al cuerpo de su hermano Polinices. El estadounidense John Rawls define la desobediencia civil como acto público no violento, consciente y político, contrario a la ley, cometido habitualmente con el propósito de ocasionar un cambio en la ley o en los programas de gobierno. Se trata de violar una regla o una ley mediante una acción pública para que llame la atención de la ciudadanía y, en última instancia, a la clase política y a cualquier autoridad que pueda efectivamente realizar un cambio. El objetivo de la acción es llevar luz sobre una circunstancia crítica y volverla un tema de debate y discusión.
Existen desobediencias civiles que no están directamente ligadas a la causa que las motiva, como el corte de calles, y otras que sí, como las organizaciones de derechos humanos que acogen a inmigrantes sin documentación a pesar de que la ley indica que hay que denunciar esta situación. ¿Cómo podríamos justificar romper las reglas para construir un escenario mejor para todos si esas reglas, se supone, deberían tener ese objetivo? Es claro que las cosas no son tan fáciles. Existen quienes, como Ronald Dworkin, sostienen que desobedecer una ley es un derecho de todas las personas, siempre y cuando esa ley limite o invada su vida de una manera perniciosa. Para él la desobediencia civil se sostiene en tres columnas: la libertad de conciencia, la libertad de expresión y la participación política.
Si lo pensamos así, cuando protestamos y violamos alguna ley, ejercemos nuestra libertad de conciencia porque no aceptamos que lo moralmente preferible sea necesariamente lo que indica la autoridad, sino que nos permitimos pensar por nuestra cuenta; a la vez que transmitimos un mensaje a la sociedad amparados por nuestro derecho a la libertad de expresión y es parte del sano ejercicio de la participación política, porque iniciamos un diálogo y reflexión acerca de los asuntos públicos.
El peligro de la desobediencia civil, claro, es que sea usada en cualquier circunstancia. Sus detractores suelen señalar que en todas las sociedades democráticas existen vías para anular leyes injustas y que deberían usarse esos mecanismos y no la violación de una ley. Pero, como señaló el escritor estadounidense Henry Thoreau en uno de los textos más claros y clásicos sobre el tema, los mecanismos judiciales suelen requerir demasiado tiempo y esfuerzo, además de exigir un abogado que nos represente. Son condiciones que parecen un lujo cuando somos testigos de una situación que entendemos que es inaceptable. Thoreau lo vivió en carne propia cuando, a mediados del siglo XIX, el gobierno estadounidense creó un impuesto para financiar la invasión bélica a México. Él decidió no pagarlo y fue encarcelado por eso. No se trata de un acto meramente guiado por el afán de cuidar el dinero, sino que él cuestionaba la legalidad profunda de un impuesto estatal creado para combatir una batalla que consideraba injusta. Aunque solo pasó una noche en el calabozo, ya que sus amigos pagaron la fianza, pronunció una máxima que se volvió muy popular: “En un gobierno que encarcela injustamente, el lugar que debe ocupar el justo es también la prisión”. Sus ideas aún parecen actuales: un pedido de inconstitucionalidad de una norma, por ejemplo, puede llevar hasta una década de discusión… ¿Quién puede soportar todo ese tiempo y ese desgaste?
A pesar de esto, algunos creen que es necesario imponer criterios para ejercer la desobediencia civil. Una opción es plantear que su uso solo debe ser tolerado cuando una norma aprobada de manera legítima vulnera los derechos humanos. Sin embargo, no parece ser la mejor opción, no solo porque limita su alcance sino porque vuelve su legitimidad materia de discusión, ya que son borrosos los límites en que se podría aplicar ese criterio. No existe una lista finita de a qué hacen referencia los derechos humanos, cuáles son o en qué circunstancias se dan. No parecen haber buenas formas de limitar la aplicación de la desobediencia civil y su eventual abuso en determinados casos hipotéticos parece ser un precio bajo para pagar con tal de defender esta facultad.
Protestar, ejercer la desobediencia civil y exigir un cambio en el statu quo eventualmente conducen a la resistencia y rechazo por aquellos sectores conservadores que no quieren el cambio. Esto, en muchas ocasiones, termina en represión o en distintas formas de violencia, tanto ejercida por el Estado como por otros ciudadanos. La forma en que un individuo o un movimiento social responde a la represión habla mucho de sí y puede determinar su impacto a mediano y largo plazo en la sociedad. Nombres como los de Mahatma Gandhi y Martin Luther King, por ejemplo, han quedado en la historia por sus protestas pacíficas y su desobediencia a la ley. No hay dudas de que enfrentar a la represión con un plan común y pensado de antemano puede hacer toda la diferencia, pero una respuesta no violenta a la violencia es una circunstancia que requiere coordinación, capacitación, preparación y un liderazgo claro y sano. Sin embargo, esto no siempre es posible porque poder responder de manera pacífica se trata, finalmente, de un privilegio y no una opción disponible a todos.
Las quejas que solemos oír en los medios de comunicación o en las redes sociales porque en una manifestación determinada hubo pintadas y grafitis en paredes, o porque había personas marchando con el rostro cubierto o su cuerpo parcialmente desnudo, suelen correr el foco de lo que motivó esa protesta o qué se estaba reclamando. Por supuesto que es deseable una forma de protesta que no implique dañar mobiliario público o interrumpir el tránsito, pero ¿no es acaso estas molestias ocasionadas la manera en la que aquellos que se sienten desprotegidos o víctimas de una injusticia buscan llamar la atención? ¿No es cruel de nuestra parte reclamarle tranquilidad y el cumplimiento de normas sobre vestimenta a personas que fueron oprimidas o dejadas de lado por una sociedad que ahora les toca bocinazos desde sus autos o se horroriza por ver a mujeres con los senos descubiertos pero no repara en que los muestran para señalar un sistema represivo que las violenta?
La clave parece estar, entonces, en que el Estado se comporte de forma justa con todos y tome decisiones que sean equitativas, es decir, que brinde las mismas oportunidades a los ciudadanos sin dejar de atender a los más débiles o afectados. Por supuesto, esto es más fácil de decir que de cumplir. ¿Cómo sería una buena decisión pública? Aquí podemos seguir al filósofo alemán Jürgen Habermas, quien en su enfoque comunicativo postulaba que la decisión pública justificada requiere el acuerdo deliberado de “todos aquellos que potencialmente pudieran verse afectados”. Así, las leyes, normas y regulaciones estatales deberían surgir de un debate público, colectivo e inclusivo con todas las partes interesadas. Esto excluye cualquier decisión tomada por supuestos expertos o sabios a escondidas o sin consultas. Poder tener la participación de todas las voces, especialmente los más afectados por el crimen y el castigo, en un debate en el que no estén excluidos los conocimientos o la formación teórica pero que no deje de lado las experiencias y vivencias individuales, en un diálogo que pueda servir como aprendizaje individual y colectivo. Los filósofos y las filósofas del derecho son las personas ideales para reflexionar sobre posibles modelos de participación para que en la relación entre la teoría democrática y el derecho penal exista espacio para cualquier expresión democrática, incluso las que son incómodas.

El episodio de Beverly Hills 902010 de la graduación de Donna Martin fue grabado en 1993 y, además de los protagonistas, se convocó a casi un centenar de extras. Pero, de acuerdo con las leyes que regulan su trabajo en Hollywood, si un extra habla, debe cobrar un sueldo como actor. Así que si prestan atención, nadie en la marcha está gritando aunque se escucha una multitud: es el sonido multiplicado de las voces de los protagonistas.
E2: ¿Y SI LA TECNOLOGÍA LE GANA A LA MUERTE?
BLACK MIRROR Y LA VIDA ETERNA
Pocas veces una serie de televisión consigue transmitir tan bien el espíritu de su época que se vuelve una manera de entender el presente que se está viviendo, pero es lo que sucede con Black mirror, la creación del inglés Charlie Brooker, quien le imprimió su espíritu crítico e incisivo a una serie de historias independientes que tienen como común denominador la tecnología en su vínculo con las personas. El título de la serie hace referencia a las pantallas de los celulares que, cuando se apagan, nos devuelven nuestra propia imagen en negro.
El diario The Guardian, donde trabajó Brooker como columnista antes de dedicarse a la ficción, definió Black mirror como la exploración de la resaca que genera una borrachera o el consumo de drogas… aunque nunca trata de estupefacientes. Tuve la oportunidad de charlar con él en una entrevista que le realicé en California y cuando le mencioné esa definición me dijo: “Nos hemos vuelto adictos a la tecnología. Eso no es ningún secreto hoy. Pero cuando empecé con estas historias, hace casi diez años, aún no existía esa certeza. Hoy, en cambio, recibo todo el tiempo comentarios o links de noticias que me aseguran que son ‘muy Black mirror’… ¡Soy el maldito creador de la serie y muchas veces ni yo sé decir qué es Black mirror, pero cualquiera que tiene mi teléfono me escribe para contarme que tal o cual cosa es ‘muy Black mirror’!’”.
Entre la veintena de episodios de Black mirror, incluyendo una película interactiva, se destaca “San Junípero”, considerado el más popular de la serie. Estrenado en Netflix en 2016, el capítulo comienza con el encuentro de Kelly y Yorkie en Tucker’s, un bar de la ciudad californiana de San Junípero en 1987. Las jóvenes parecen muy diferentes y tener poco en común pero pronto se sienten atraídas y se enamoran aunque el vínculo no será fácil. Sin embargo, como suele suceder en Black mirror, las cosas nunca son como parecen en un comienzo: San Junípero no es una ciudad real, o al menos no lo es como solemos pensar que son las ciudades reales, sino un entorno simulado por computadoras en el que pacientes terminales, adultos mayores y hasta personas fallecidas pueden revivir la etapa de su vida que deseen, eligiendo no solo ser más saludables y jóvenes sino también interactuando con otras personas y animándose a hacer aquellas cosas que en el pasado no pudieron. En el caso de Kelly y Yorkie, una tiene un cáncer terminal y otra tiene síntomas compatibles con el mal de Alzheimer. Sus médicos les dieron la oportunidad de visitar San Junípero cinco horas a la semana, ya que más exposición está contraindicada, y fue así como se conocieron y enamoraron. Nunca se habían visto por fuera de esta simulación y en el mundo analógico ni siquiera están cerca geográficamente. San Junípero es una suerte de terapia inmersiva en la que se invita a las personas a que puedan disfrutar mejor sus últimos días y se mantengan estimulados. Antes de morir, las personas pueden elegir que sus conciencias sean cargadas a la programación de la plataforma y dejar de vivir en este mundo para seguir sus vidas como parte de esta realidad simulada.
En muchos sentidos “San Junípero” parece salirse del tono distópico que Brooker les imprime a sus historias. Mientras que en episodios como “White Christmas” o “Be Right Back” también explora la posibilidad de crear versiones virtuales o duplicadas de seres humanos reales, aquí el foco parece estar puesto en cómo la tecnología puede crear una vida mejor (incluso en el episodio “Black Museum” se relata cómo se crea ese programa), pero, como veremos más adelante, es debatible si tiene o no el final feliz que muchas personas sentimos la primera vez que vimos el episodio. Su invitación, en realidad, es a imaginar que la tecnología no solo nos permitirá vivir eternamente jóvenes, más allá de la decadencia de nuestros cuerpos biológicos, sino que nos habilitará a cumplir aquellas metas que tal vez no pudimos en nuestra existencia física. Se trata de una promesa tentadora y que muchas veces fue imaginada por la filosofía pero que presenta muchas aristas para pensar.
La primera reflexión que despierta San Junípero es por qué nos atraen tanto las historias que nos prometen ganarle a la muerte, ¿por qué le tenemos tanto miedo a morir? Nadie negaría que, incluso si tenemos fe y creemos que existen otros planos de existencia además de este, el fin de la vida nos genera incomodidad y preferimos no hablar de eso o incluso directamente le damos la espalda, como si eso bastara para que nuestras incógnitas desaparecieran. Sin embargo, y muy por el contrario, nuestra propia muerte es de las pocas certezas que tenemos: más tarde o más temprano, nos vamos a morir.
Epicuro, un filósofo que nació en el año 342 a. C. y que fundó una escuela que hoy conocemos como epicureísmo, pensó y escribió mucho sobre la vida y la muerte. Lamentablemente sus escritos se perdieron, pero contamos con algunas cartas y el testimonio de sus discípulos que nos permiten saber que para él la misión de la filosofía era la búsqueda de la felicidad, evitando el dolor en el cuerpo y la turbación del alma. En los términos de Epicuro la felicidad es la ausencia de dolor y la búsqueda de placer, aunque poco tiene que ver con el placer que nos da una rica comida, un delicioso vino o un tórrido romance. Para este griego las heridas del cuerpo y del alma se curaban llevando una vida austera y sencilla rodeada de amigos y guiada por la razón.
Uno de los motivos del dolor era el miedo a la muerte, que él reconocía que estaba presente en todas las personas. Sin embargo, sostenía que se trataba de un sentimiento totalmente irracional, ya que la muerte es el cese de todo estímulo y que, por lo tanto, no debería traernos ansiedad ni temor por el dolor, ya que será la ausencia total de sensaciones. “Acostúmbrate a pensar que la muerte no es nada para nosotros. Porque todo bien y todo mal residen en la sensación, y la muerte es privación del sentir. Por lo tanto, en el recto conocimiento de que nada es para nosotros la muerte hace dichosa la condición mortal de nuestra vida; no porque le añada una duración ilimitada, sino porque elimina el ansia de inmortalidad. Nada hay, pues, temible en el vivir para quien ha comprendido rectamente que nada temible hay en el no vivir”, escribió.
No debemos temer a la muerte porque estaríamos siendo irracionales: no solo la muerte es inevitable, y por lo tanto no tiene sentido temer por algo que sabemos que inexorablemente pasará, sino que no hay nada doloroso en ella, ya que es el cese de toda sensación. Temer a la muerte nos aleja del placer y nos vuelve infelices. Abrazarla, en cambio, es la manera de liberarnos de ese sufrimiento que nosotros mismos nos estamos infringiendo. La única manera de ser feliz es rechazar el dolor pero solo experimentamos dolor al existir y, como cuando estamos muertos no existimos, no hay dolor en la muerte. No debemos, entonces, temer ni ponernos ansiosos, son estas actitudes irracionales que tenemos en vida las que nos alejan del placer.
La realidad que nos propone “San Junípero” parece ser de total placer y alejada del dolor: si esta plataforma tecnológica existiese y estuviese disponible a todos, ¿por qué debería yo temer a la muerte estando vivo si sé que puedo continuar mis días en una realidad simulada en la que no solo no hay final, sino que puedo habitarla en un cuerpo sano y joven que no se degrada? Muchos encuentran un problema en el razonamiento de Epicuro: podemos no temerle a nuestra propia muerte pero sí nos puede generar muchísima tristeza, y de hecho lo hace, cuando mueren personas queridas a nuestro alrededor. Pero en este sentido San Junípero también parece ser una opción superadora: puedo pasar el resto de la eternidad en un ambiente con personas a las que quise e incluso, como a Kelly y Yorkie, enamorarme de alguien que conozco allí. Pero ¿esto es suficiente para querer subir mi conciencia a este programa?
Mucho antes de Black mirror, un filósofo pensó un escenario similar. En 1974 Robert Nozick, un estudioso estadounidense que realizó importantes contribuciones a la filosofía política y la teoría de la decisión, publicó un libro llamado Anarquía, Estado y utopía en el que presentó un experimento mental llamado La Máquina de Experiencias. Se trata de un dispositivo creado por un grupo de talentosos neuropsicológicos que consiste en un tanque cerrado que se llena con un líquido especial. Las personas que decidan utilizarlo deben sumergirse en él y aceptar que se le conecten a su cerebro una suerte de cascos con electrodos. Con los ojos tapados por el casco y privados de sus sentidos mientras flotan en el tanque, las personas reciben estímulos específicos que les hacen sentir que están leyendo un libro interesantísimo, hablando con amigos o incluso escribiendo una gran novela. Los programas disponibles en la máquina son innumerables y permiten replicar cualquier experiencia. La pregunta que hace el filósofo en esa obra es: “¿Te conectarías a esta máquina de por vida, preprogramando tus experiencias de vida? Mientras estés en el tanque no sabrás que estás allí y pensarás que todo lo que estás experimentando sucede en realidad, ¿te enchufarías?”.
Para Nozick, lo esperable es que las personas rechacen una vida así. En su visión, si pudiéramos elegir entre nuestra realidad cotidiana y una simulación de una realidad, preferiríamos lo primero sin dudar. Su libro es un argumento en contra de lo que se conoce como hedonismo ético, ya que él cree que las experiencias dolorosas reales son mejores que las experiencias placenteras falsas. Puedo soñar con ser el capitán de una nave espacial como en el capítulo de Black mirror “USS Callister”, pero nadie elegiría vivir en esa simulación para siempre porque no se conecta con la realidad sino con una matriz de algoritmos o, en el caso del experimento mental de Anarquía, Estado y utopía, electrodos. Su intuición es que los seres humanos no solo queremos sentir la experiencia de las cosas, queremos hacerlas. Él cree que el hedonismo se equivoca al poner el acento en el placer como único bien. Hay otras cosas valiosas, como vivir realmente la vida y sus experiencias, no solo sentirlas pero… ¿es así?
No todos comparten las ideas de Nozick y es posible que estés leyendo esto deseoso de que La Máquina de Experiencias exista para poder conectarte y olvidarte de que mañana tenés que levantarte temprano para ir a trabajar o de que la semana que viene tenés un examen. Pero, incluso si compartís la intuición del autor, la plataforma de San Junípero y La Máquina de Experiencias tienen algunas diferencias. La principal es que en el dispositivo que imaginó Black mirror no hay engaño: Kelly y Yorkie saben perfectamente que están en una simulación y de hecho se buscan en la vida analógica y luego deciden vivir para siempre allí. Sí es cierto que, una vez que están en la simulación, se siente como si fuera real. Y, de hecho, es real. En la vida cotidiana solemos oponer “real” y “virtual”, pero en estos casos es una distinción algo confusa. Lo que sucede en San Junípero es real para las personas que lo están experimentando. Quizá no sea “analógico”, en el sentido de que es una experiencia que surge de la digitalidad de unas líneas de código, pero sin duda es algo real. Y en tanto las personas que ingresan a la simulación saben estas reglas, es diferente de lo que imaginó Nozick.
Y, por otro lado, en San Junípero yo puedo interactuar con otras personas, algo que no existe en La Máquina de Experiencias, que es esencialmente solipsista. En ese sentido, si puedo vincularme con otras subjetividades como yo que decidieron ser parte de esta simulación, ¿por qué un romance en este entorno sería distinto de un romance fuera de la plataforma? Si yo sé que la persona con la que estoy interactuando posiblemente tenga otra apariencia física en el mundo analógico, ¿eso modificaría si me siento atraído? Cuando uno ve por primera vez “San Junípero” y descubre la vida que están llevando Kelly y Yorkie fuera de la nostalgia de los años 80 es inevitable no sentirse impactados. El muy inteligente guion del episodio te va llevando hacia esa revelación y nadie puede evitar sorprenderse y, tal vez, hasta sentir pena. Pero desde la perspectiva de los personajes, no hay nada malo. Y, seamos sinceros, también nos ha sucedido a nosotros en más de una ocasión sin necesidad de grandes plataformas de realidad virtual. ¿Cuántas veces nos sentimos enganchados con alguien con quien chateamos largas horas y varios días para después descubrir que sus fotos de Instagram o en la app de citas estaban muy desactualizadas? O nos enamoramos perdidamente de alguien al que vimos una o dos veces en un bar o en unas vacaciones y del que imaginamos toda una vida pero que luego resultó no tener nada en común con nosotros. Enamorarnos de alguien que quizá no sea exactamente como lo percibimos es una posibilidad bastante usual.
Ahora bien, incluso si rechazamos lo que piensa Nozick y abrazamos la posibilidad de subir nuestra conciencia a San Junípero, aún nos queda otra pregunta muy compleja de responder… ¿Deberíamos hacerlo? ¿Es deseable? Y aquí no hay buenas ni malas respuestas. Supongo que todo dependerá de qué pensamos acerca de la muerte como fin total de nuestra vida. Si aceptamos con Epicuro que una vez que morimos cesa completamente nuestra existencia y no hay nada más… ¿por qué querríamos evitar ese cierre y extenderlo para siempre? ¿Tiene algún valor que seamos finitos?
No es una cuestión sencilla de responder. Si queremos evitar la muerte, deberíamos pensar por qué la queremos evitar, encontrándole una respuesta a la pregunta de Epicuro o descartándola por completo: simplemente no queremos morir. Pero las consecuencias de no darle un cierre a nuestra vida son profundas.
La inmortalidad resultó ser una idea tentadora a lo largo de los siglos. Las historias de seres que no mueren, ya sean dioses o vampiros, sedujeron a millones de personas con fe, lectores de libros y fanáticos de los cómics. Sin embargo, pronto suelen aparecer los contras de esta forma de vida, que pueden reducirse a un castigo terrible: el aburrimiento. Una vida sin fin puede ser también un aburrimiento sin fin. O, como también muchas veces se ha sospechado, que las cosas no tengan un cierre las vuelve menos atractivas. Los que añoran su adolescencia sin obligaciones ni deudas con la AFIP no estarían tan felices de despertarse cada día para ir al colegio y esas vacaciones en la playa que siempre recordamos tienen sentido porque tuvieron un comienzo y un final… Tal vez si viviéramos al lado del mar por miles de años le dejaríamos de encontrar sentido.
Sin límites en el tiempo para vivir quizá no tendríamos motivaciones para entablar vínculos significativos. Mi amor por alguien depende, en algún sentido, de la restricción que sé que tengo de pasar tiempo con esa persona: en algún punto no estaremos más juntos, por lo que debo vivir al máximo este momento. Las relaciones humanas y muchos de nuestros valores se fundamentan en nuestra mortalidad o ¿cuál sería el sentido de la valentía o el coraje si nadie está en riesgo? ¿Para qué jugarnos por los demás o por aquellas cosas en las que creemos si nadie jamás morirá? Vivimos con muchos límites y son estos mismos límites los que nos motivaron a creer en cosas como la verdad, el respeto por los demás y la libertad, por ejemplo. Estamos acostumbrados a religiones con dioses benévolos o que buscan nuestra felicidad, pero si nos asomamos a la mitología griega, descubriremos que en muchos casos la inmortalidad hace que esos dioses sean muy crueles.
Existen quienes creen, por otro lado, que el sentido de nuestra vida es dejar un legado. En algunas vidas ese legado es poderoso y resiste el paso del tiempo. En la mayoría de los casos, sin embargo, solo podemos apostar a atravesar la vida y dejar un lindo recuerdo para quienes nos conocieron. Pero, salvo rarísimas excepciones, todos seremos en algún momento olvidados. Las personas que nos conocieron y las personas que oyeron hablar de nosotros también morirán y con ellas todo rastro de nuestra vida. Puede sonar desalentador, pero también puede ser liberador: ¿cómo cargar con el peso de tantas vidas que han pasado por este planeta? Todos moriremos eventualmente y seremos olvidados, pero eso no significa que nuestras experiencias nunca ocurrieron ni que no pudimos conectar profundamente con los demás. Nuestra vida quizá no quede en ningún libro de historia, pero eso no significa que no tuvo sentido…
Después de haber pensado en todas estas cosas, vale la pena preguntarse, entonces, si “San Junípero” es un capítulo de Black mirror que tiene final feliz, tal como varios supusimos la primera vez que lo vimos. Ahora entendemos que la finitud de nuestra vida no es tan mala como sospechamos: nuestros límites le pueden dar sentido a nuestra vida. En San Junípero todo es seguro y dura para siempre, un escenario demasiado seguro y aburrido que ahora nos hace dudar si Kelly y Yorkie serán realmente felices allí.

Nada en Black mirror está librado al azar: el vestuario, la escenografía y la musicalización están en íntimo diálogo con lo que sucede en pantalla. Por eso no es casual que en los primeros minutos de “San Junípero” suene el hit ochentoso de Belinda Carlisle “Heaven Is a Place on Earth” (El Cielo es un lugar en la Tierra) y “Girlfriend in a Coma” (“Mi novia está en coma”) de los Smiths. Brooker está en todos los detalles y nos dice mucho si prestamos atención.
E3: ¿NUESTROS AMIGOS SON NUESTRA FAMILIA?
FRIENDS Y LAS FAMILIAS QUE ELEGIMOS
Es, sin duda, una de las sitcoms más populares y queridas de la historia y, quizá, una de las cinco series más importantes del siglo XX en términos de impacto en la cultura popular. Creada por David Crane y Marta Kauffman, Friends se centra en seis amigos que viven en Manhattan y que se ayudan mutuamente en una aventura por la que todos deben pasar: la adultez. La trama es sencilla pero demostró ser efectiva y universal: Rachel Green deja a su novio el día de su boda porque no lo ama y recurre a Monica Geller, una amiga de su infancia, quien la invita a vivir con ella. Así conoce a su hermano Ross, un paleontólogo recién divorciado; al actor frustrado Joey Tribbiani; al especialista en análisis estadístico Chandler Bing y a la masajista Phoebe Buffay. Los seis juntos vivirán distintas situaciones a lo largo de más de 200 episodios a lo largo de sus diez temporadas, que terminaron hace casi treinta años pero siguen siendo muy populares, tal como demostró una reunión especial que fue uno de los encuentros más comentados en el año 2021.
Es posible ver a Friends como algo más que una serie sobre amigos sino también como una serie sobre las familias y cómo ha cambiado nuestra relación con esta estructura tradicional. Los que tienen cierta edad recordarán series como La familia Ingalls o Grande, pa! o Los Benvenuto. Se trataban de ficciones en donde la sangre era lo más importante y, si bien había algunos conflictos que llevaban adelante la acción, los mandatos que traía el apellido eran innegociables. Cuando uno regresa a Friends, un hábito que tienen personas alrededor del mundo y que se incrementó en 2020 con la crisis causada por el coronavirus, puede sorprenderse con la cantidad de referencias que hay a las familias de los protagonistas a pesar de que los personajes rara vez aparezcan en pantalla.
Rachel entra en la primera escena al bar Central Perk escapando literalmente de una boda que la dejaría en un matrimonio en el que ella sabía que no iba a ser feliz. Dos horas más tarde está en la cocina de la casa de su amiga de la secundaria, Monica, cortando con una tijera las tarjetas de crédito que le había dado su padre y apostando a ser una mujer independiente. “Bienvenida al mundo real: es una mierda. Te va a encantar”, le dice Monica entre risas y en la audiencia también sonreímos, pero sabemos que hay mucha verdad en esas palabras.
En Friends las familias de los protagonistas son muchas veces obstáculos para ser feliz: los padres de Ross le perdonan todo pero son muy duros con su hermana Monica, los de Chandler anunciaron su divorcio en plena cena de Acción de Gracias y Joey descubre que su papá le es infiel a su mamá. La madre de Phoebe, por su parte, vendía droga y se suicidó cuando ella y su hermana eran adolescentes.
¿Qué nos enseña sobre la amistad Friends? Quizá que la familia puede ser más que simplemente un lazo sanguíneo y que puede ser una comunidad que uno elige. Muchas personas atraviesan su segunda década de vida y entran a la tercera sin tener una pareja estable o eligiendo no tener hijos. Y cada vez más ese escenario se extiende hasta los 40 años, cuando ya comenzamos a ocuparnos del bienestar de nuestros padres. Pero nos parecen lejanos los arquetipos de los Ingalls, “las chancles” o los Benvenuto: ni siquiera el eufemismo “familia ensamblada” sirve para describir correctamente el escenario en que muchos vivimos. Hay una generación que sabe que su comunidad, su tribu, no está determinada rígidamente por el ADN o una libreta matrimonial. Nuestro círculo de confianza son nuestros amigos y son aquellos por los que estamos dispuestos a hacer muchos sacrificios.
A lo largo de las diez temporadas de Friends vemos esta evolución de los personajes: Monica y Chandler deciden abandonar su preciado departamento en Nueva York para poder darles a sus hijos más comodidad, Phoebe se casa con Mike y Rachel sacrifica su carrera para regresar con Ross y criar a su hija juntos. Joey es el único que parece seguir siendo el mismo de hace diez años, pero quienes vieron la sitcom saben que también tuvo su proceso de cambio y madurez. En todas estas decisiones, la amistad que los unía fue lo que les permitió seguir adelante, incluso cuando en las dos parejas esa amistad se terminó transformando en amor. Y tal vez sea porque los límites entre esos dos conceptos no sean tan claros.
En la antigua Grecia, por ejemplo, se usaban tres términos distintos para hablar de las relaciones entre personas que se querían: ágape, eros y philia. El ágape es un tipo muy especial de amor que está lejos de cualquier cálculo: se ama algo no por su valor actual sino por lo que se puede conseguir juntos. Es lo que en la tradición cristiana diríamos que es el amor que Dios tiene con nosotros, los hombres y mujeres. Eros y philia, en cambio, son palabras usadas para los vínculos más terrenales que sentimos entre nosotros. Hay mucho escrito sobre ese par, y muchas e interesantes discusiones entre los especialistas, pero en general para que haya eros y philia tiene que haber deseo y belleza. Mientras que eros es un deseo vinculado con la pasión y los estímulos sexuales, la philia es una suerte de sentimiento amistoso que tenemos con aquellas personas con las que nos llevamos bien y que pueden ser familiares, compañeros de trabajo y compatriotas.
La philia es, entonces, una buena manera de llamar al vínculo que tienen los seis amigos de Friends. Si bien, como mencioné, en dos parejas esa philia se volvió en algo más parecido al eros (aquí prefiero olvidar que Joey y Rachel estuvieron juntos alguna vez), es algo diferente del amor aunque no está muy alejado. Esta distinción es difícil incluso para los filósofos que han escrito sobre el tema, como Laurence Thomas o Neera K. Badhwar. Las amistades suelen diferenciarse de los amores en tanto no involucran ni exclusividad ni relaciones sexuales… ¡pero hay muchos amores que no piden ser monogamia y hay muchos amigos que se divierten entre sábanas! La amistad implica intimidad, pero no parece tener el deseo de unión física o de pasión tal como sí pide el amor, al menos como se ha establecido de manera canónica entre personas heterosexuales en Occidente en el siglo XX.
En la amistad uno se siente cercano a otra persona y preocupado por ella. Un requisito parece ser la correspondencia: podemos enamorarnos de alguien que no nos ama pero no decimos que somos amigos de alguien que no nos demuestra reciprocidad. No existe la “amistad no correspondida” y podemos tener muchas amistades, muy diferentes y con distintas intensidades de una manera en la que el amor no parece tener. De hecho, es posible que no todas las personas consideren que sus parejas son sus amigos, así como no siempre lo pensamos de nuestros padres o hermanos.
Esta correspondencia está vinculada con el cuidado mutuo: tiene que establecerse un afecto que nos lleva a preocuparnos por nuestro amigo. Los amigos se sienten movilizados por lo que nos sucede: se ponen contentos cuando somos felices o tenemos un gran acierto; se entristecen si no nos ven bien y nos acompañan cuando fracasamos o nos toca atravesar un dolor muy grande. Si bien todos esperamos que nuestra amistad sea retribuida de la misma manera, nadie es verdaderamente amigo de alguien más por una conveniencia explícita. Buscamos el bien del otro solo porque queremos verlo bien, no por motivos ocultos o por dobles intenciones.
Un segundo requisito para la amistad parece ser tener un trato estrecho. No es la intimidad del amor de pareja o de padres con hijos, pero tampoco es el vínculo que tenemos con nuestros vecinos o colegas: la verdadera amistad exige una profundidad especial. Poder distinguirla no es sencillo, pero parece estar vinculado con una confianza que surge de intereses compartidos y de la misma vida que se ha vivido en compañía. En ocasiones nos sentimos muy cercanos a personas que tienen visiones muy distintas del mundo pero con las que hemos crecido o hemos compartido espacios como la infancia en nuestra ciudad natal, el colegio o un trabajo. Hay personas que incluso se hicieron amigas por un evento traumático que atravesaron juntas o porque se conocieron de forma accidental en momentos cruciales.
La filósofa Elizabeth Telfer, por ejemplo, cree que la intimidad de la amistad nace de los intereses compartidos que crean una ligazón que une de la misma manera en la que la solidaridad, por ejemplo, une a personas y sociedades detrás de ciertos objetivos. Este enlace que tengo con mis amigos hace que esté seguro de que buscarán siempre mi bien y que entenderán cuáles son las cosas que considero valiosas e importantes en la vida. Y que es por eso que si eso no sucede, me siento defraudado y sumido en una gran tristeza, ya que puse mi confianza en ellos. Pero en tanto mis amigos reflejan muchos de mis valores, aunque no todos, conocer más a mis amigos significa conocerme más a mí y a mi propia personalidad, de una manera en la que quizá no había reflexionado.
Creo esos lazos, entonces, cuando comparto tiempos y espacios con una persona. Nunca le diríamos verdaderamente amigo a alguien que apenas conocemos. Y ese conocimiento no debe ser, claro, completo pero necesita de puntos de contacto relevantes. Los amigos realizan actividades juntos, desde ir a tomar un café o asistir al estreno de la última película de Marvel hasta tomarse unas vacaciones juntos o ir a la cancha a ver el equipo de fútbol por el que alientan. De hecho, incluso hay actividades que solo tendrán sentido para esos amigos si se realizan en conjunto y están motivadas por compartir ese momento juntos.
Las preguntas sobre qué es la amistad, entonces, no parecen terminar: ¿se trata de una variedad del amor o no tiene nada que ver con eso? ¿Por qué durante tantos tiempo era un tema de debate si hombres y mujeres podían ser amigos? ¿Acaso hay algo en el vínculo de los géneros que afecta a la amistad? ¿Es acaso una suerte de simpatía por aquellos que son semejantes a nosotros o en realidad la amistad es sobre aquellos que son distintos pero nos complementan? En ese sentido, ¿podemos eventualmente ser amigos de cualquiera? ¿Se puede ser amigos para toda la vida o las personas vamos cambiando tanto a lo largo del tiempo que eso es imposible? ¿Hay un número límite de amigos? ¿Tiene sentido hablar de “mi mejor amigo”, por ejemplo?
Estas preguntas están lejos de ser ociosas, sino que nos enfrentan a un verdadero problema filosófico con el que muchos pensadores y pensadoras se han involucrado a lo largo de los siglos. De hecho, la amistad está muy estrechamente ligada a la definición misma de la filosofía, ya que en la palabra filosofía anida la philia que estuvimos analizando. Para los estudiosos de los textos antiguos, el amigo y el filósofo iban siempre de la mano y para algunos, incluso, los temas verdaderamente serios para reflexionar son solo posibles de resolver entre amigos.
Entre todos los que problematizaron la amistad y se pusieron a reflexionar sobre ella, el más conocido es Aristóteles, el discípulo destacado de Platón y responsable de algunas de las ideas más influyentes de Occidente. Para este griego que vivió en el siglo IV a. C., la amistad es la forma más ligera pero también la más sincera de ser poseídos por el dios del amor. En su visión existen tres tipos de amistades, es decir, tres formas de este amor que, según él, todos alguna vez hemos sentido.
El primero es la amistad de utilidad, en donde dos personas son amigas porque reciben algún beneficio, ya sea mutuo o unilateral, por lo que rápidamente se agota cuando ya no existe este interés. Son los amigos que nos hacemos en unas vacaciones porque compartimos habitación en un hostel y queremos sentirnos acompañados y seguros o los que se nos acercan cuando saben que podemos entrar al boliche sin hacer fila. Pero una vez que se termina el viaje o ya no conocemos a nadie en la puerta del lugar, dejamos de verlos y eventualmente recordamos su existencia porque Facebook nos avisa que es su cumpleaños.
El segundo tipo de amistad se basa en el placer y es la que predomina en la juventud, cuando nos juntamos con aquellas personas con las que disfrutamos jugar algún deporte, ver un recital o ir a una fiesta y bailar hasta que llegue la madrugada. Es una amistad que termina cuando las personas comienzan a cambiar con el tiempo y dejan de frecuentar este tipo de actividades que están vinculadas con la sensualidad y se vuelven personas mayores y más aburridas (¡no siempre pasa! Pero todos conocemos al que en el colegio secundario era el más terrible de todos y hoy se pasa día y noche de saco y corbata como gerente del banco y al que armaba partidos de fútbol 5 tres veces por semana pero tres años más tarde su salida es ir al supermercado con su mujer y sus dos hijos).
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