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HIERBA MORA

TERESA MOURE
HIERBA MORA
TRADUCCIÓN DEL GALLEGO
A CARGO DE LA AUTORA
PRÓLOGO DE MARÍA SÁNCHEZ

SENSIBLES A LAS LETRAS, 68
Título original: Herba moura
Primera edición en Hoja de Lata: febrero del 2021
© Teresa Moure, 2005
© del prólogo: María Sánchez, 2020
© de la imagen de la portada: Marta Orlowska
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2021
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
info@hojadelata.net / www.hojadelata.net
Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección: Tania Galán Álvarez
ISBN: 978-84-16537-70-9
Producción del ePub: booqlab

Actividad subvencionada por la Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad Popular del Ayuntamiento de Gijón/Xixón en su convocatoria de subvenciones 2020.
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ÍNDICE
PRÓLOGO. Genealogía de una flecha
PRIMERA PARTE. Christina de Suecia
SEGUNDA PARTE. Hélène Jans
TERCERA PARTE. Ellas, de las que tanto se habla
CUARTA PARTE. Inés Andrade
PRÓLOGO
GENEALOGÍA DE UNA FLECHA
1
Piensen en un cuerpo como en una casa. En unas manos que escriben como un bosque. En unos dedos, a tientas, a oscuras, adivinando la distancia hasta las paredes atravesando el aire. Piensen en los cimientos de este posible e imaginado lugar, en las raíces y en las redes que se forman bajo nuestros pies. Piensen en la humedad, en los olores, en las texturas de microorganismos y seres que se entrelazan para seguir haciendo posible nuevas formas de vida, nuevos modos de supervivencia. Piensen, imaginen, respiren. Quédense con el olor a tierra mojada, pero no se dejen llevar solo por el petricor. Hagan hueco al barro, a los hongos, a las piedras, a las ramitas, al musgo y al cieno, imaginen todos los universos posibles que puede contener una sola gota de lluvia. Prueben a nombrar todo lo que ven. Seres, árboles, sombras, organismos y plantas. Multitudes, simbiosis, vidas como historias entrelazadas. Déjense llevar por otras narrativas: quizás esa semilla que acaba de engancharse en su ropa tiene algo que contarle, algo por lo que existir por sí misma, pero siempre formando parte de algo más grande, casi infinito, que no podemos abarcar ni alcanzar con nada que pueda someterse a límite o medición. Ahora, vuelvan a ese cuerpo como una casa, como un refugio, como una madriguera. Como un lugar de calor y cobijo, de descanso y alimento. Ese cuerpo que escribe, que busca, que nombra, que señala la luz y las sombras, que las arrincona al nombrarlas, que las posee y delimita al hacerlas propias en su voz. Intenten reproducir las trayectorias del cuerpo, tanto dentro como fuera de la casa. Dibujen con los dedos posibles trazos, caminos, veredas que llevan a nuevos lugares e historias. Quizás solo hay que dejar que algo empiece, que algo tenga la luz suficiente para que alguien deje su atención justo ahí, en algo que germina y es susceptible de convertirse en algo completamente nuevo y con voz propia. Quizás escribir es errar, equivocarse, dudar, tantear una y otra vez en la oscuridad donde se presiente una casa, pero que aún no puede alcanzarse, verse ni palparse. Pero, ¿quién es el sujeto que escribe?, ¿desde qué género y desde qué lugar lo hace? Imagínense ahora como hogar, conviértanse en paredes, tabiques, techos, esquinas, lumbre, tuberías, desagües, resquicios, humedades, grietas, ventanas, despensas y cómodas. Acomódense en el papel de espectador, asistan al funcionamiento del organismo a través de la historia, acompañen a la estructura de generación en generación. Mírenla como una rueda de un molino, piensen en su mecanismo, en su funcionamiento, siempre en movimiento, porque tontos nosotros, que nos equivocamos y pensamos que son las mismas aguas cada día nuevo que acontece, que son las mismas vidas las que hacen posible la rotación y el movimiento. ¿Qué es lo que hace girar todo lo que rodea la vida de alguien que escribe? ¿Quién? ¿Cómo? ¿A costa de? ¿Ellas? ¿Quiénes son ellas? Cuerpos invisibles, muchas veces sin nombre, como la rueda, trabajando, girando y girando, haciendo posible el agua y el trigo. Ellas como fantasmas, ausentes, asociadas y reducidas al espacio doméstico desde el inicio de los tiempos, configuradas para el interior y el cuerpo, para lo sobrenatural y el desastre, sin opción de acceder a lo que sucede fuera de la casa y al conocimiento validado y reconocido como tal. Ellas, las que dan aliento y hacen posible que el mundo siga girando, de forma permanente. Ellas, imagínense, ellas, piensen en un momento, qué escribirían ellas, desde su posición de casa, de organismo que todo lo ve y lo siente, piensen por unos segundos. Qué escribirían ellas, insisto, si hubieran podido desligarse de los roles y prejuicios, si hubieran podido escribir en algún momento de sus vidas. ¿Hemos podido imaginar siquiera desde nuestra posición privilegiada otras posibles narrativas fuera de estas aguas y ruedas de molino?
¿En qué se convierten todos los saberes no reconocidos y valorados que quedan dentro de un cuerpo ligado a una casa?
¿A dónde va todo lo que no deja un rastro posible en nuestra memoria?
2
El poeta y monje portugués Daniel Faria escribía en El libro de Joaquim: «No creo que cada uno tenga su lugar. Creo que cada uno es un lugar para los otros.» Es un verso precioso, contundente, más en los tiempos de incertidumbre y pandemia que nos atraviesan. Pero nunca olvidaré que, la primera vez que lo leí, inmediatamente, vinieron a mi cabeza las imágenes de mi madre y mi abuela en casa, trabajando. Siendo siempre ellas un lugar para los otros. Un cuerpo para los otros. Una vida para los otros. Una fuerza para los otros, un cuidado para los otros. Me acordé de todas las mujeres que veía en mi día a día. La mayoría, amas de casa, referentes de nadie, espejos en los que nunca nos queríamos mirar. Mujeres-casa donde sucedían los cuidados, donde ellas eran el lugar desde el que comenzaba la vida de los demás. Mujeres-casa con remedios y saberes, la mayoría infravalorados y encajados en un segundo plano, y por supuesto, cómo no, a la sombra y por detrás de otros. Mujeres siempre dispuestas, nunca ocupadas para las necesidades de los demás. Mujeres a las que por el simple hecho de serlo se han visto formuladas en una ecuación junto al espacio doméstico y por qué no, también junto a la naturaleza y lo orgánico, frente al raciocinio y la cultura, frente al mismo conocimiento. Todo sexo enfrentado, reducido a esa dicotomía que parece condenada de por vida a oponerse una y otra vez. Como si ellas solo pudieran ser lo que el cuerpo les designa: una fuerza de trabajo, como si solo se las contemplara como la posibilidad de engendrar y cuidar, de seguir perpetuando la vida (de ahí quizás expresiones que a muchas nos chirrían por todo lo que conllevan y denotan como «la madre tierra») como siendo estos hechos reducidos y considerados como algo que nunca podrá ser válido o refrendado a nivel académico, actos y saberes que no serán reconocidos ni englobados en formas de conocimientos y culturas, que no podrán enseñarse en la universidad. De ahí, quizás, siento ahora la necesidad de traer aquí esas maravillosas palabras de la socióloga, historiadora y activista boliviana Silvia Rivera Cusicanqui: «Para mí la universidad ideal se dará el día en que una tejedora analfabeta enseñe matemática serial con las manos, o sea, en silencio.»
¿Qué pasaría si reivindicáramos esos saberes? ¿Qué vidas y libros surgirían a partir de esa reivindicación? ¿Cómo sería este nuevo lugar si el cuerpo y esos conocimientos prácticos formaran parte de la historia y de la narrativa central? ¿Qué historias escribiríamos y leeríamos si hubiéramos conocido todo lo que prosigue desde el día a día, todo lo que siempre sucede en los mismos espacios domésticos, en nuestras casas? ¿Qué narrativas se impondrían ahora o no serían invisibles si se hubieran puesto en el centro? ¿De qué manera podríamos remendar esta ausencia? ¿Cómo podríamos escribir todo lo que sucedía fuera de campo, porque no se consideraba importante, por primera vez? ¿Por qué hemos asumido de forma tan natural y brutal estos espacios domésticos sin narrativas posibles como prolongaciones naturales y normales de tantas mujeres? Sí, piensen de nuevo en ese cuerpo como casa que nunca para de latir y de bombear sangre con oxígeno al resto de habitaciones y convivientes. ¿Por qué hemos llegado tan tarde a cuestionar esta herencia considerada válida, universal y única?
3
Solanum nigrum es una planta de la familia de las solanáceas, una especie considerada mala hierba que crece y se distribuye silvestre por todo el mundo, y que se encuentra hoy en día en discusión, ya que muchos autores la consideran, por sus diferencias mínimas con esta especie, un mero sinónimo de la también solanácea Solanum americanum. Es una planta tóxica pero que, usada en las cantidades adecuadas y con conocimiento, ha sido uno de los remedios naturales más conocidos y empleados en todo el mundo. De ella tira con cuidado y sigilo Teresa Moure, y hace que sigan brotando pequeños tallos y hojas que alcanzan todas las páginas de este libro que acuna y cobija historias, remedios, creencias, sororidades, costumbres y cuidados. La escritora gallega se convierte aquí en la planta madre de la que crecen las raíces y alcanzan todo, como sucede en esa creencia antigua sobre los tejos en algunos cementerios, donde los muertos se enterraban sin ataúd, solo vestidos para la nueva tierra y preparados para recibir a las raíces del árbol. Se pensaba que las raíces del tejo crecían y crecían hasta llegar a la boca de cada uno de los que estaban enterrados. Así, la aldea se encuentra unida y comunicada también en el subsuelo, siendo ellos parte del árbol. Y aquí la escritora gallega, con su narrativa, consigue ser tejo y tocar con sus manos y dar vida a todas las historias y saberes del género olvidado. No las pone en una posición de dominante, sino que les da el valor y el reconocimiento que merecen. Las coloca en el centro, con una escritura y un pensamiento que yo enmarco dentro del ecofeminismo, ya que son muchas las escenas donde en Hierba mora las protagonistas forman parte del territorio que habitan, tienden lazos con él y cuidan y respetan lo que la naturaleza les da y les provisiona. Desconfían también de la inmediatez y de ese falso progreso que nos lleva a la muerte y a la pérdida de ecosistemas, que nos conduce ciegamente y sin remedio al colapso. Como lectora, me maravilla y emociona encontrar un libro escrito hace ya más de diez años con este discurso atravesado por la ecología y el feminismo, tan actual, reivindicativo y necesario en estos tiempos de emergencia climática que nos acechan. Porque todas las narrativas se construyen desde un conocimiento y un cuerpo, pero también desde el alma. No dejan de responder a un modelo que se inserta dentro de nosotras y que, en cierto modo, nos da la oportunidad de construir un nuevo escenario futuro. De ahí, creo poderosamente en que toda narrativa es política. Como escritora, siento rabia por no haber podido leer a Teresa Moure antes, rabia de no conocerla, de no haber podido reconocerme en su narrativa desde el principio, porque muchas veces olvidamos lo importante que es sentirse reconocida y amparada, y no solo en un libro. Como feminista, celebro esta nueva edición de Hoja de Lata, porque gracias a ella podemos encontrar el excelente trabajo de una hermana más, una hermana con la que compartimos átomos, como los compartimos con la hierba mora, con el mirlo, con las piedras, con el musgo, con el arroyo, con el glaciar, con la misma niebla.
Herbamoura. Hierba mora. Yerba mora. Hierba negra, negral. Beninas. Borracheras. Cenizos. Ceñilos. Chirinchos. Guinda de perro. Morella negra. Gajo tomatero. Tomate del diablo. Pan de culebra. Pico de azada. Planta mora. Hierba de Santa Marina. Solano negro. Tomatillo zorrero. Uva de perro. Uvas del diablo. Jajo rastrero. Jajo borriquero. Yerba morisca…
Ellas, siempre, cómo no, a lo largo de la historia, también, consideradas como malas hierbas. También forasteras, temidas, brujas, curanderas, mujeres de mala vida, esposas, hermanas, hijas, hechiceras, criadas, animales de sangre caliente, amas de leche, cuerpos que se dejan llevar por las pasiones, portadoras de la sangre, casas ajenas.
¿Y si somos el resultado de la ausencia de?
4
Annie Dillard se definió en su primer libro, Una temporada en Tinder Creek, como alguien que explora y acecha, reconociéndose a sí misma como el «mismísimo instrumento de caza». Para ello, contaba como algunos indios tallaban largos surcos a lo largo de los astiles de sus flechas. Los llamaban marcas del rayo, porque les recordaban a las grietas que provocaba el rayo al caer sobre los troncos de los árboles. Estas señales hechas a conciencia, hijas y hermanas del rayo, servían como pista de rastreo para los que disparaban las flechas. Si la presa no moría y comenzaba la huida (no olvidemos que los animales siempre buscan sitios difíciles para parir y morir), la sangre se convertía en las miguitas de pan que señalaban el camino a seguir. Al tener la madera esas marcas del rayo trazadas, la sangre que brotaba se canalizaba desde la herida por ellos, siguiendo gota a gota todo el astil hasta llegar al suelo, manchando musgo, hojas, tierra seca, pequeños charcos… da igual el sustrato, la sangre siempre termina marcando el camino. La escritora estadounidense se declara como astil de la flecha, un cuerpo tallado de arriba abajo por luces inesperadas e incisiones del mismo cielo, y nombra a su escritura como el mismísimo rastro perdido de la sangre. Teresa Moure, en Hierba mora, escribe que «dicen que el tiempo es una flecha, siempre disparada hace un rato.» Tenemos nosotras la fortuna de sentir el aire que rompe la flecha de la escritura de Teresa en este libro como las urracas juegan en la mañana a romper la niebla con sus alas entre árboles y tejados. Porque la escritura de Teresa alcanza, enseña, nombra, deslumbra, traza una estela inigualable y nos cuida. Aquí no hay rastro de sangre ni animales moribundos. Hay una pasión por la escritura, por lo que no nos enseñan desde los relatos oficiales y los libros de texto, por esas vidas y latidos que comienzan una vez que alguien se decide a buscar y se deja llevar por los márgenes, explora lo que siempre se ha apartado y no se ha considerado importante, lo que se deja atrás. Indaga en todos los cuerpos y voces que han sostenido y hecho posible a los narradores, historiadores, filósofos, inventores y demás hombres de nuestra historia. Rompe como nadie las dualidades de cuerpo-alma y naturaleza-conocimiento, para desgranarlas y jugar con ellas y ayudarlas a volver a la vida y formar parte de. Porque la autora en Hierba mora no hace como se pensaba hasta hace poco que hacía el viento con las semillas del diente de león (Taraxacum officinale) para su transporte. No, ella se convierte en el vilano, esa corona de pelusa y filamentos, que rodea las semillas y les sirve para ser transportadas por el aire. Gracias a su estructura, los vilanos permiten que se forme una burbuja de aire, lo que genera empuje suficiente para que los dientes de león puedan levantarse y volar más de un kilómetro sin tocar el suelo. Porque Teresa no es el viento, no es nadie de fuera, no se convierte en un agente externo que descubre y nombra, sino en una parte más de todos los elementos que hacen posible que este libro a la vez se desprenda de la autora y siga siendo parte inconfundible de ella misma.
Teresa Moure se sirve de la planta hierba mora y de la figura del filósofo Descartes para llevarnos a través de cartas, poemas, fragmentos, encuentros, diálogos, notas y correos electrónicos a lo que permanece oculto, a aquello que tarda en aparecer y reconocerse. La escritora anuda un herbario único y exquisito lleno de memoria y genealogía. Tira y enhebra entre sus palabras tallos, hilos, savias, flores, frutos y pétalos. Anota, da luz, remarca. No, ella no es el mismo instrumento de caza que visibiliza el rastro y da muerte, ella es la mano que recoge con cuidado las plantas medicinales del suelo, la mano que cuida, que teje, que borda, que pespunta, que aliña y remueve un guiso, que toma notas en un cuaderno, la mano que clasifica y guarda con mimo las primeras gotas de lluvia. Teresa Moure es una narradora que ampara y escribe de forma maravillosa todo lo que puede suceder en una casa: las confesiones, los pucheros, los conjuros, las costuras, los cuidados, los paños, los amores, los hijos y las no-madres… Pone en el centro la vida de tantas que nunca pudieron serlo, repara, hurga en la memoria, hace justicia poética en nuestra genealogía. Ella, como las mujeres que conoceréis dentro de unas pocas páginas —pensadoras maravillosas de la vida cotidiana—, consigue adelantar la primavera con su narrativa, y la iguala y la pone en valor junto a las «labores de amistad» que tantas mujeres han hecho juntas por el bien común y de los demás a lo largo de la historia. Cuántas de ellas, pensadoras de vidas cotidianas, hay en nuestras casas, y a cuántas hemos llegado irremediablemente, sin darnos cuenta, demasiado tarde. Porque en todas las casas y desvanes hay un arca llena de objetos esperando la luz, impacientes, aguardando que alguien les quite el polvo y les dé la oportunidad de poder contar ellos mismos sus historias. Remedios, conjuros, tareas domésticas, recetas, embrujos, nanas, creencias… escribir también es saber dejarse llevar por todas las mujeres que nos antecedieron, por todas aquellas con las que compartimos células, átomos, manías, gestos, lunares, manchas de nacimiento… es saber compartir con aquellas manos que tocarán las páginas todos los caminos y multitudes que llevan a una mujer a ser una misma. Temblorosa, pero libre. Escribir también es trenzar, como hace Teresa Moure, una genealogía marcada por la ausencia, el patriarcado y el peligro de la historia única. Dejar otra vez que algo empiece de nuevo, pero partiendo de lugares y espacios reconocidos y propios a los que nunca, lamentablemente, les dimos valor.
5
En las páginas de Hierba mora encontraréis muy viva la imagen del patchwork. Un libro hecho a base de retales, fragmentos, ideas y pensamientos con una intención cristalina: que las mujeres, y no solo las protagonistas de este libro pongan en valor sus vidas, también nos enseña la gran necesidad de que ellas tengan un cuarto propio, donde ellas puedan ser de una vez por todas ellas mismas. Una narrativa propia. Un lenguaje propio. Un universo propio. Todo ello, sin necesidad de ocupar y alcanzar un lugar dominante dentro de los lugares y universos liderados y protagonizados principalmente por el género masculino. Recientemente, Elena Ferrante afirmó en una entrevista que «los hombres que no leen nuestros libros nos niegan el don de la universalidad.» Hierba mora es el ejemplo perfecto de que quizás no necesitamos formar parte de esa universalidad predominante y que es creída ignorantemente única, sino que fuera de esa aprobación, autoras como Teresa Moure crean un universo infinito, propio y único, una narrativa fuera de estos «universales» que construye un espacio precioso a su manera, y que sirve como primera vereda para empezar otros nuevos universos propios a las demás. Quizás, como cuenta una de las protagonistas aquí, en Hierba mora, tenemos que empezar a negar esa historia validada como universal y única, y ahí justo en la negación propia, creed y estad seguras de que comenzará al fin el érase una vez del nuevo relato. Quizás, por eso, porque creo en esos nuevos relatos que comienzan y que se sirven de otras narrativas, de los márgenes y de nuestras lenguas y acentos, desde estas páginas quiero regalarle a Teresa la palabra almazuela para Hierba mora. Es una palabra que ni siquiera aparece ya en el diccionario, y que se refiere a un tejido, generalmente una manta, un paño, una colcha o una prenda de vestir, que se elabora de forma artesana a base de coser trozos más o menos rectangulares de otros tejidos y prendas, como ropa antigua, para darles una nueva vida a base de reutilizarlos. Las almazuelas son la cara visible de un trabajo textil tradicional hecho por las mujeres de muchas casas de los pueblos de las montañas de La Rioja, en concreto en la sierra de Cameros. Y las traigo aquí porque las almazuelas antes se escondían, no se enseñaban, porque ponían de manifiesto la falta de recursos de las familias. Desde hace unos años, las mujeres las lucen orgullosas colgando de sus balcones y ventanas, enseñando sin pudor su herencia y memoria. No dejaba de pensar en ellas terminando este libro, en esas veredas nuevas y vitales que se abren al sentirse orgullosas y reconocer de dónde venimos. Fue precioso descubrir que hay una almazuela de tierras y lanas en la imagen de la cubierta de la primera edición en gallego de este libro (Herba moura; Xerais, 2005). Porque Hierba mora, como patchwork, como almazuela, como espejo, es un canto a la vida y a la libertad, a la genealogía que se creía muerta o dormida. Hierba mora también es un fabuloso espejo, un cristal que nos muestra todas las que fuimos y nos hicieron posibles, las que nunca llegamos a conocer, las que están aquí, pero también todas las que podemos ser. Porque podemos ser y escribir lo que queramos, que la suerte de la escritura es vivirla, quererla, sentirla y este libro está hecho de puro amor y sentimiento por la literatura. Hierba mora es una constelación, una galaxia propia, un sortilegio, un conjuro, un magnífico canto.
MARÍA SÁNCHEZ, noviembre del 2020

1
Esta primavera Estocolmo parece no poder despertar de su letargo invernal. Todavía no han aparecido los pájaros, ni mucho menos las flores o las mariposas, los árboles continúan luciendo desnudos y hasta se diría que a los días les cuesta crecer después de un invierno tan crudo como el que ha caído por estas benditas tierras de septentrión. Está anocheciendo en la plaza de Stortorget, en pleno centro de la ciudad. A pesar de no ser más de las cinco de la tarde, el color ocre amarillento de todo el barrio ya va perdiendo intensidad y, en unos minutos, resultará tan apagado como las aguas que circulan bajo los puentes, tan gris como las aguas que acaban de pasar, tan frío como las aguas que, ahora mismo, precisamente, están corriendo hacia el mar y dentro de un momento ya estarán fundidas en él. Con un paisaje al fondo así de mustio y con el aire frío golpeando los rostros de los viandantes, los pensamientos han de ser por fuerza tristes. «No volveremos a ver pasar las aguas de este mismo río». Porque Stortorget es una plaza entre puentes, y además una plaza de una tristeza profunda, ligada a la violencia de la vida. Aunque ningún monumento dé fe de aquel asunto, en otro tiempo Stortorget fue escenario de un crimen, al que la población de Estocolmo llamó «El baño de sangre». En noviembre de 1520, el rey danés Christian II asedió al regente sueco Sten Sture, el Joven, hasta que lo hizo capitular y los suecos tuvieron que aceptar a Christian como rey. Este prometió una amnistía y organizó un increíble festín de tres días en la fortaleza de Tre Kronor. Después de reír y beber, de bailar, sollozar, brindar, jurar; después de amar y dormitar, y volver a beber y comer, y abrazarse, después de gozar, en fin, de la fortuna de estar vivos, al tercer día, cuando las festividades tocaban a su fin, todos los participantes fueron arrestados, acusados de herejía. A la mañana siguiente, más de ochenta ciudadanos, en su mayoría nobles, fueron decapitados en esta plaza, ya para siempre plaza de dolor y de orgullo herido. Pero la sangre no flota hoy por los canales de Estocolmo, aunque el incidente se deje sentir en el recelo con que los suecos miran a los extranjeros. «No nos bañaremos nunca en estas mismas aguas porque la travesía, definitivamente, ya ha tenido lugar». Los pensamientos no están en el paisaje; proceden de una cabeza humana que proyecta su sombra alargada sobre las aguas. No, a decir verdad, es la figura entera, alta, esbelta, la que proyecta esa silueta alargada, que la cabeza es parte bien pequeña de esa sombra chinesca; lo menos representativo de ella tal vez porque, tal y como da ahora mismo la mortecina luz del atardecer, es la parte baja del cuerpo la que resulta destacada y ensanchada en esta imagen de ocaso. Se trata de una figura humana que apoya las manos sobre el pretil de un puente, no importa ahora cuál. Las manos, delgadas, de dedos larguísimos, no pueden verse, pues van envueltas en guantes. Sin la indicación que podrían dar las manos, resulta difícil saber si se trata de un hombre o de una mujer. Lleva ropas amplias, de abrigo, ricas y bien cortadas, aunque no ostentosas. No hay ribetes ni volantes que denuncien a la dama en el borde inferior del traje. Tampoco hay mostacho o barba, ni calzón corto sobre bota, ni sombrero con pluma, que denuncien al caballero. Podría ser un hombre joven o una mujer joven; no viejo, ni muchacho, ni niña, ni anciana, ni rostro de otro país, con otro color de piel. La persona que se apoya en el puente y mira pasar las aguas piensa «¿por qué no nos daremos cuenta de que están transcurriendo las aguas hasta que las vemos canturreando en las piedras, un peldaño más abajo del nivel en que nos encontramos, cuando ya no somos capaces de apresarlas?» que, con semejantes pensamientos, se diría que es un hombre, que la cabeza de una mujer, ya se sabe, es más propicia a adornos que a pensamientos, sobre todo si son serios y profundos como estos. La figura humana que se apoya en el pretil del puente es una persona triste. O, si se prefiere, es una persona y, además, está triste. Esto es cuanto se puede decir de ella. Además, claro, de que lleva una capa de lana negra hasta los pies con capucha calada sobre la cabeza. Como un fraile, igual. Y, sin embargo, cualquier observador que la mirase sabría que no es un fraile: las ropas no hablan de pobreza, la mirada es demasiado rebelde para aceptar la obediencia y, en fin, de la castidad mejor ni hablar, en estos tiempos en los que abundan los impúdicos de vida ejemplar y los castos bien esmirriados, por cierto. En todo caso, esos labios, los de esta figura humana que se apoya en el pretil del puente de Stortorget, son bien arrogantes y parecen no estar hechos para que se los coman los gusanos sin haber antes sido tormenta, nido, cueva, sin haber buscado y recibido. Por lo demás, el rostro es equilibrado, no exactamente hermoso ni feo, que cualquier calificativo se le aplicará sin excesos, pura contención, con pómulos marcados y nariz un poco larga. Los ojos no pueden ser juzgados, pues el tocado de la capa, con esa forma de capucha, sin cubrirlos directamente, no permite verlos con claridad, lo que les da una apariencia misteriosa. Esta figura humana, así sola, sobre el puente, podría corresponder a un caballero templario recién llegado de Jerusalén que guardase el más preciado de los secretos. También podría corresponder a un reo acabado de escapar de la prisión. O, ¿por qué no?, a un artista que estuviese buscando inspiración en esas aguas que circulan y se persiguen sin alcanzarse nunca. Podría corresponder, la figura humana en el puente, a muchos personajes distintos, y precisamente, esa dificultad de darle atributos es lo que molestaría a un observador. Porque quien ve, pongamos por caso, a una mujer joven con dos criaturas pegadas a la faldriquera, ya sabe que es una madre, que cruza rápido la plaza para estar a cobijo en casa antes de que enfríe. Pero una figura tal como esta que vemos hoy en Stortorget es indefinible, independiente, y eso la hace molesta. La figura, como sintiéndose poco aceptada por los viandantes, escasos ya a esta hora, se vuelve y comienza a andar. El movimiento imprime señorío a su porte. La figura elegante y estilizada no va a dejar Stadsholmen, la isla de mayor tamaño del Gamla Stan, y después de un pequeño paseo por sus viejas callejuelas, de repente, como movida por un resorte, se da vuelta sobre sí misma para dirigirse, a paso seguro, hacia el castillo de Tre Kronor, en este momento residencia de los monarcas suecos. Porque la figura que miraba el triste discurrir de las aguas no era hombre, que era mujer, no era vieja, que era joven, no era una figura humana sin más, que era la auténtica reina de Suecia. ¿Qué haría allí sola? ¡Y a estas horas! ¿Estará loca?… Sí, estará loca. Se llama Christina.
2
Del Libro de mujeres de Hélène Jans
Hierba llamada milenrama o milhojas, altarreina, aquilea, artemisa bastarda o hierba de los carpinteros (Achillea millefolium)
Hierba modesta, rematada por cabezuelas de flores de color blanco, lila o rosado que encontrar podréis en praderas, oteros y bosques. Recogeréis las partes del tallo que todavía no se hicieron madera hasta la flor y secaréis esa mata en la oscuridad. Hay quien aplasta las flores hasta destilar de ellas un oleum azulado, pero yo prefiero usarlas en infusión. Se las daréis a los niños para controlar la diarrea y, en mayores cantidades, en caso de querer aliviar los dolores de la mujer. Prepararéis una infusión con dos cucharadas de milenrama por cada taza de agua y beberla habéis en el mismo día, que para otro no conserva las propiedades curativas puesto que los rayos del sol la corrompen, como a todas las cosas. Sed avisadas y no la toméis en grandes dosis ni durante largos tiempos que, en ese caso, quien la bebiere se pondrá a soñar con la libertad y sentirá de continuo ganas de volar. También podéis hacer con ella compresas, para curar heridas supurantes o lavar las partes pudendas de las mujeres. Por dos veces he ensayado enjuagar con tales compresas las manos agrietadas de los trabajos de la vida. Las heridas curan pronto, aunque, no atacando auténticamente el mal, sino el síntoma, reaparecen una y otra vez. Con todo, puede recomendarse ese uso, sin demasiado entusiasmo, que no se debe hacer creer a nadie en mejorías que nunca llegarán.
3
¿Por qué todos le decían que la vida seguía? ¿Por qué se empeñaban en consolarla, a ella, que no deseaba consuelo? Ni ese dolor cesaría nunca ni ella quería que cesase, que la muerte no era un episodio insignificante del que debiese permanecer resguardada, a salvo. Al contrario, como una barca movida por las aguas, ella se encontraba mar adentro de la muerte, aunque se tratase de la muerte de él, y no de ella. Sin embargo, por mucho que rechazase el consuelo ajeno, ¡menos mal que la primavera se retrasaba ese año!, que si algo temía ella era ver los hermosos crocos, amarillos y rosados, violetas, rojos, anaranjados, asomando poco a poco hasta dejar la tierra toda vestida de colores, esa misma tierra que estaba devorando su cuerpo, y seguiría implacable hasta que no quedase de él ni rastro; hasta que no quedase otra huella de su paso por el mundo que no fuesen los recuerdos de los que lo conocieron o un montón de papeles escritos con sus pensamientos. «De su puño y letra», pensó. Por eso hoy ella estaba escribiendo; para dejar memoria de su presencia. O no por eso, sino porque ella, Christina, no podía hacer otra cosa que escribir. Como siempre había hecho. Y más ahora que el dolor no la dejaba siquiera dormir por las noches, cuanto menos hablar, gobernar o reír. Le gustaba escribir, claro, aunque no era tanto una cuestión de gustos cuanto una inclinación natural que no podía ni soñar con modificar. Por cierto, cuando a alguien le gusta cocinar, nadie pregunta si cocina para mejorar la dieta de los suyos, para presumir en las reuniones sociales o para deleite de la gula propia. Le gusta y lo hace. Sencillamente. Sin darle más vueltas. Pues lo mismo le pasa a ella con esta afición, exactamente lo mismo: no puede subvertir una fuerza ciega que la empuja hacia la pluma, igual que otros se ven movidos hacia otros placeres. Pero escribir… escribir era otra cosa. Sobre todo, siendo mujer. Y, encima, siendo reina. Y, todavía peor, siendo reina joven y casadera. «Mais vous écrivez, c’est merveilleux, ça!» le decían sus cortesanos, e inmediatamente ella sabía que tantos ánimos solo podían llegar de una fuerte, abierta y absoluta desaprobación. ¿Pues no tenía la reina mejor cosa que hacer que escribir? Christina sonreía con amargura cuando pensaba en la desaprobación ajena, que ella, aparentemente distante, querría que todos la aclamasen, como hacían cuando se asomaba al balcón de Tre Kronor, pero que la aclamasen a ella, a la Christina auténtica, no al símbolo de poder que arrastraba penosamente consigo. Christina anhelaba sinceridad. Y la sinceridad no era hierba que creciese a su alrededor. Sus súbditos la respetaban, incluso tal vez la querían a su manera, fría y distante, y ella había aprendido a ser como le dictaron los cinco senadores a quienes había sido encomendada su educación. El país no pasaba entonces por sus mejores momentos. Cuando, en 1611, su padre, el rey Gustavo Adolfo II, que en gloria esté, subió al poder, Suecia se mantenía en guerra contra Rusia, Polonia y Dinamarca. No obstante, a lo largo de ese reinado, el país había ganado influencia en el Báltico, y Estocolmo se había convertido en la hermosa ciudad que ahora era. «Hermosa… y política» pensó Christina. Pero en 1630, hace ahora veinte años, el magnánimo y nunca bastante alabado Gustavo Adolfo II había decidido intervenir en la maldita guerra de los Treinta Años al lado de los protestantes, usando como pretexto la religión. Suecia consiguió varios éxitos militares en las sucesivas batallas que se libraron, pero pagó también un alto precio al mantener una contienda cara, de gran desgaste. En 1632, en la cruenta batalla de Lützen, el propio rey perdió la vida y ella, una niñita de seis años, se sentó en un trono desde el que sus pequeños pies de muñeca real no llegaban siquiera a tocar el suelo. Quizás, por eso, ella nunca había podido tocar el suelo como reina; siempre perdida entre sus papeles, siempre evitando las intrigas de la corte, que podían morderle las manos en cualquier momento tantos perros como andaban sueltos por palacio. Ella reinaba meditando, y aprendiendo, y estudiando. Sin embargo, aunque muchos la valoraban como la más hábil de cuantos habían llevado las riendas de Suecia, cuando menos en cuestiones de despacho, las críticas eran constantes. Por bagatelas o por cuestiones importantes. Un par de años atrás había sido aclamada como artífice que propició y firmó la paz y, de repente, en los últimos meses, la opinión general le afea haber gastado el buen dinerito que habían tenido que pagar los Círculos del Imperio por contener las tropas después de Westfalia. Y ¿en qué invertía ella tanto dinero? Pues ni en bailes, ni en desfiles, ni en palacios, ni en festines, ni en alhajas, ni en telas, ni en nada que diese cuenta de la grandeza de Suecia, que llevaba diecisiete años como figura suprema del reino y seis reinando, que se dice pronto, cuando hizo la primera celebración desde su subida al trono. Que no, que ella derrochaba solo comprando libros raros e invitando académicos a la corte. ¡Maldita sea! ¡Que de las muchas desgracias que pueden amenazar a un país no es la menor que le salga la reina sabia! Poco le gustaba a ella estar en boca de todos. Bastante más le gustaría que la dejasen en paz, libre, arrojarse desde el puente y ver cómo las aguas, que nunca son las mismas, la bañaban, le limpiaban el alma, le acariciaban el cabello. Las aguas, que bajan alegres y que ella miraba desde los puentes de Stortorget, podrían lavarla y llevarla. No, que ella no era tonta. Ella no quería morirse. Aunque él no fuese a volver nunca. Aunque resultase tan difícil poder diferenciar otra vez el frío del calor. Aunque el placer ya no resultase atrayente, ni el dolor asfixiante, que acababa el dolor por adormecer como una droga… Aunque nadie en ningún sitio pudiese entender a una joven reina enamorada de un filósofo, que no era ni hermoso, ni joven, ni rico, ni condescendiente, ni cortesano, ni gentil, ni sueco, ni protestante… que estaba muerto y, encima, que ni siquiera le había tocado en vida un solo pelo de la ropa.
4
Del Libro de mujeres de Hélène Jans
Hierba llamada pie de león o estelaria (Alchemilla xanthochlora)
La que llaman pie o pata de león es una hierba, más que planta, de poderosas raíces, que soporta una roseta de hojas terrestres donde acostumbra a resguardarse una gota de agua de lluvia o de rocío. Caso de encontrarla, habéis de aprovecharla, que esa gota tiene propiedades auténticamente mágicas: con no más de cinco se restituye la fortaleza que debe reponerse tras la pérdida de un ser querido. Otrosí, las personas que beban de esas gotas con regularidad serán vehementes, decididas, seguras en el decir y en el actuar, y tremendamente vigorosas. Aunque no encontréis la gota mágica, no desechéis el pie de león, que es planta buena, de efectos muy saludables, que algunos contaré aquí, mas no todos por dejar algo en reserva, que nunca conviene quedar sin aliento y sin nada que decir, como hacen los que descubren todo lo que les pasa por la mente, que en callando también se aprende. Las hojas del pie de león deben recogerse cuando hace buen tiempo y secarse a la sombra, aunque no es menester que la oscuridad sea completa. Después, se hacen infusiones con cuatro cucharadas por cada taza de agua hirviente y, luego de dejarla reposar un tiempo, se usará para aliviar los calambres o para estimular los riñones. También las mujeres encintas deben tomar hasta tres tazas al día durante las cuatro semanas anteriores al parto para así facilitarlo, que el pie de león ablanda las carnes y le hace algo de trabajo al tiempo. Como el extracto de pie de león, seco y molido, favorece el sudor y los intercambios de flujo, voy a intentar usarlo para los apáticos, los indecisos o poco vigorosos, dolencias estas que se dan con mayor frecuencia en los hombres que en las mujeres, porque aquellos no intercambian flujos con natura como estas hacen cada mes. Para los apáticos puede probarse a mezclar una parte de rosal bravo, dos de hibisco, una pizca de cáscara de naranja amarga rallada, unas bayas de saúco y un manojo de menta. Tal infusión debe tomarse con ganas, endulzada con miel, y se procurará aspirar su aroma tanto como su sabor, que por todos los sentidos nos vienen las ganas de amar la vida y de enfrentar la aflicción.
5
Eija-Liisa entró en la cámara personal de la reina. Se trataba de dos cuartos contiguos, un dormitorio y un pequeño estudio, decorados muy sobriamente, casi con dejadez. «Parece una celda de monje. ¡Ay! ¡Si esto fuera mío…!». Y Eija-Liisa, por muy acostumbrada que esté a transitar por esa parte privada de palacio, no deja nunca de imaginar cómo luciría todo si ella fuese la reina. No repararía en gastos ni en esfuerzos para hacer que todo rebosase de hermosura, de púrpuras, y brocados, y encajes, y estatuillas, y ricas cortinas, y volantes, y entredoses, y cuadros, y tapices, y mesillas bajas repletas de mira-para-ahí-qué-cucadas, y abanicos, y plumas, e instrumentos musicales, y finuras, y colores, y formas, que por todas partes evidenciarían el placer que da gozar de la hermosura, además de demostrar la natural elegancia de quien así gasta y dispone. Aquí no se ve por ningún lado un detalle que indique que la reina tiene buen gusto… ni malo. Ni el rey viejo, según cuentan los sirvientes de más edad, se ocupaba menos de su casa de lo que lo hace su hija, que la educaron como a un muchacho y como un muchacho se comporta. Eija-Liisa suspiró. Ella la estaba mirando, así que decidió adelantarse a cualquier reconvención:
—¿Quieres algo, señora?
—No, no te he mandado llamar.
—Lo sé, mas… como sabía que ya habías llegado… Te he visto caminando por la plaza desde el mirador de arriba y he pensado que, tal vez, querrías compañía esta noche.
—No, Eija-Liisa, no preciso nada. —La voz de Christina acaba de retrasar un poco más la primavera. Será difícil que Estocolmo vuelva a florecer luego de esta capa de escarcha.
—Bien, puedo quedarme aquí y, más tarde, a lo mejor…
—Más tarde tampoco te he de precisar. —Si la conversación continúa, las flores decidirán no salir nunca más a ver la luz.
—Señora… me gustaría hablar contigo. En otro tiempo…
—En otro tiempo el mundo era distinto. ¿Sabes? No volveremos a bañarnos nunca en las aguas del mismo río. —Christina levanta la mano en un gesto de autoridad que interrumpe el conato de protesta de Eija-Liisa—. No sigas. Te mandaré llamar si preciso algo. Intento escribir, te agradeceré que no abuses de la confianza que otrora tuvimos. No me gusta que me molesten cuando escribo. —Los ojos vuelven a controlar la mano que, a su vez, dirige la pluma—. Sí, señora. —Eija-Liisa se arrodilla ligeramente, como haciendo reverencia. Pero algo pasa por su cabeza y, con ímpetu, se acerca a la reina y la besa ardientemente en los labios. Christina responde apenas. El beso no la afecta, no la toca; se diría que la deja indiferente y, mientras la amiga se marcha, ella vuelve a sumergirse en sus papeles. Está escribiendo.
6
Del Libro de mujeres de Hélène Jans
Receta para no mover
Si quisieres hacer remedio alguno a mujer que acostumbra a malparir, haréis de este modo: cuando hubiere sospecha de que está preñada, le untaréis los ojos que están encima de los riñones con trementina, que sea muy fina. Y tendréis hechos unos polvos de grasa y almáciga, y sangre de drago, y de coral encarnado que restaña el flujo del menstruo y de la esperma y corrige las purgaciones blancas de las mujeres. Todas estas cosas las pondréis a partes iguales. Y, como las hayáis untado de trementina, habéis de polvorizarlas muy bien. Y traed este remedio hasta que se caiga de por sí. Y, como se llegue el tiempo en que acostumbra a malparir, que renueve el emplasto quince o veinte días antes, que es muy provechoso, y mirad que con este remedio he asistido al parto de criaturas que podrían tener hasta quince hermanos, de tantas veces que malparieron sus madres. Y aunque la almáciga y la sangre de drago son usadas por brujas, no os asustéis, que no es este más que uno de los muchos conocimientos que se pueden tener sobre el cuerpo. Y muchas de las que son llamadas brujas no son sino mujeres desafortunadas en riqueza o en abandonos, viejas las más, que se dedican a aliviar las penas de otras y por eso son perseguidas o ejecutadas por los que no quieren entender que el dolor, por muy natural que fuere, no es bueno, que convierte en bestia al ser humano, y mitigarlo es arte y saber. ¿Acaso la religión de Jesús no mandó que nos apiadásemos del hambriento o del sediento, del pobre o del que está desnudo? Pues cuánto más no habrá que apiadarse del que padece. Y no diré nada más, que quiero mantenerme libre de sospecha y sana.
7
Caminando por las callejuelas del Gamla Stan, bien pronto se puede percibir la opinión que los suecos tienen de su reina: «Le valen igual mancebos que muchachitas», y carcajada que rasga el aire. Y la opinión no es justa, que no es cuestión de lo que le vale o no le vale, sino, más bien, de lo que le gusta y lo que no. Y a este respecto habría mucho que puntualizar, que no le gustan igual los unos y las otras, que le gustan de manera distinta. Como también le gustan distintamente algunos unos que otros, y algunas unas que otras. Que la reina lleva una vida algo licenciosa. Si se quiere, una vida de pobre niña rica, que las niñas ricas curan los males que debe de producir la riqueza haciéndose libertinas. Pero nada de eso importa ahora. No importa que el pueblo la ame y la odie al mismo tiempo; es oficio de reyes el de recibir esos sentimientos contrapuestos y deben acostumbrarse a ellos. De hecho, hay pocas cosas que ahora puedan importar, que ella está invadida por ese sentimiento tibio de la añoranza. Primero lloró la muerte del amigo, luego durante días se instaló en una calma tensa, como si nada hubiese sucedido. Quizás esperaba verlo llegar a la cámara donde departían y parece que incluso alguna vez incluyó su audiencia en la orden de asuntos que quería tratar al día siguiente. Se negaba, ella, que era pura voluntad de poder, a que la muerte le hubiese ganado la partida por la mano. No, no esta vez, que esta vez era importante. Mas con el paso de los días sin él, tuvo que resignarse y aceptar que nunca nada volvería a ser igual. Desde entonces Christina se fue a vivir a un lugar alejado llamado melancolía, probablemente situado a varias leguas de Estocolmo, que se diría que no está ni en cuerpo ni en alma cuando la llaman. Y ella se deja llevar por las aguas del destino, desesperada de no estar desesperada, de que el carácter y la educación regia que ha tenido no le permitan tirarse de los pelos, sacarse los ojos, romperse las carnes, arrancar los árboles de cuajo y otras maravillas con las que hacer notorio su dolor. Así que se ha instalado a vivir en tristeza y apenas queda nada de aquella Christina exuberante que divertía a sus súbditos con cuentos escabrosos sobre las muchas y variadas visitas que recibía su cama con dosel. Ahora no. Ahora su vientre es un campo frío y ningún sol volverá a hacerla temblar de deseo. Por eso conviene que los suecos dejen de echar la lengua a pacer, que ahora ni mancebos, ni muchachas, que ¿era acaso eso lo que pretendían? Y, además, la verdad en este asunto, como en todos, ramifica sus senderos, que la historia no es tan superficial y tiene sus intríngulis. Dicen que cuando Christina era todavía una muchacha, las damas de su corte la hicieron participar en un juego atrevido, uno de esos juegos habituales en palacios como el suyo, palacios de reyes todopoderosos y urgidos por la adolescencia. Aprovechando que unos cómicos pasaban por Estocolmo, los contrataron para unos servicios un tanto particulares. Ellos, él y ella, jóvenes y hermosos que daba gusto verlos, deberían yacer en una de las cámaras del palacio mientras las damiselas, también jóvenes y hermosas, aunque menos experimentadas, destinadas a conservar intacta la puerta de su piel para el marido que las comprase, miraban desde el cuarto contiguo a través de unos agujeritos, por cierto, no pequeños, practicados en la pared, probablemente con otros fines, si no mejores, sí más fáciles de justificar. Y los cómicos accedieron. Y las damiselas, con Christina incluida, pudieron ver, o entrever, que en tal circunstancia es razonable que los empujones sean muchos, «¡Eh!, ¡quítate, que me toca a mí!», y la cortesía palaciega en algunos momentos huelga, pudieron ver, digo, cómo cubría el hombre a la compañera: los músculos tensos, la boca inflamada, la sombra oscura del vello, las ganas pintadas en el rostro, la agresiva curvatura del miembro. «—¿Y eso qué es? —¡Calla, que tú, también, pareces tonta!». Mientras el hombre desnudo era desnudado siete veces, tantas como damiselas lo miraban, que bien podía haber asegurado si le preguntasen que esa noche había estado con siete mujeres distintas, de algún modo, cuando menos, mientras tanto… Christina se obsesiona con la cíngara. La melena negra de la joven invadía la almohada, el rostro tenía una expresión pícara, provocadora, los pechos redondos y grandes como pelotas invitaban a la caricia. Unos instantes después, cuando el hombre llega al clímax, parece que alguien le acaba de pegar con un látigo, cae derrotado y el juego toca a su fin. Las damiselas se apresuran a cubrir el observatorio, todas menos Christina, que no puede olvidarla, a la muchacha cíngara cálida y morena, ella que es rubia y fría… a la muchacha cíngara, provocación pura, que movía las pulseras de los tobillos en un ritmo acompasado, hecha toda música, y producía entre los labios carnosos unos gemidos salvajes: la imagen de su placer ruidoso y risueño enloquece a Christina.
Efectivamente, caminando por las calles del Gamla Stan, nos podríamos hacer una idea muy equivocada de Christina, la reina. Que a sus súbditos les gusta contar cuentos que vete tú a saber si sucedieron nunca. Y esta mujer seria, estudiosa, profunda, imaginativa tiene problemas bastante más pesados que el de decidir con quién acostarse. El primero, la muerte del filósofo que, según se cuenta, no se fue nunca a la cama con ella, y que, sin embargo, o tal vez por eso mismo, la tenía fascinada. Sí, algo como intelectualmente fascinada, que para estas cosas de las atracciones humanas parece existir mucha variedad y hay quien, después de ventilarse medio Estocolmo, va y se enamora en dique seco, perdonando la expresión. El segundo problema de Christina, y no menor, es lo que se le viene encima. Las fuentes mejor informadas de palacio aseguran que la Asamblea general de Estados, máximo órgano gubernativo de Suecia, va a rogar, ellos se expresan así, aunque aquí rogar es tanto como exigir, va a rogar a la reina, nuestra señora, Christina, hija de Gustavo Adolfo tristemente muerto en la batalla, y reina nuestra desde 1633, que se case. Que se case, así de sencillo, que se case, por Dios, que se case de una vez, que se case, para ver si casándose se le apagan los furores uterinos y, sobre todo, para mejor asegurar el reposo y la unión de la Corona en el futuro. Porque ya está bien de divertirse, que el negocio de una reina tiene que ser reinar, lo que incluye parir nuevos reyes, y no divertirse, ni experimentar sensaciones prohibidas, ni mucho menos estudiar o escribir. ¡Que lo de escribir también tiene pecado…!, ¿eh? Por eso Christina hoy no puede parar. Hace apenas tres meses que se le murió el amigo, ese que no fue tan íntimo como ella quisiera, y por él le gustaría entregarse a la melancolía. Pero no puede. No se puede permitir la tristeza. Que es muy duro ser reina. Christina está aterrorizada. Porque quieren obligarla a ser de un hombre, a ella, a ser una posesión; a ser vientre para producir vástagos. Y si hay algo que ella no puede cumplir, es esto. Ni por la Corona de Suecia, ni por la memoria de su padre, ni por nada de nada, que lleva diez años jurándose a sí misma que no será nunca madre. No cambiará de opinión. Y, cuando se pregunta qué le diría él si estuviese vivo, encuentra que el filósofo le habría de dar la razón. Christina no quiere ser madre y piensa que por algo es ella rara, prolífica en amantes y poco comedida según correspondería a la reina de una nación luterana. Ella cree que no quiere ser madre porque es distinta. Si alguien la estudiase con atención, sin embargo, si hubiese psicólogos encargados de terapias reales en la corte de Estocolmo, se sabría que ella todavía solloza, y se lamenta y guarda luto por aquello que pasó diez años atrás. El problema está en que los psicólogos todavía no se han inventado, claro. Y, si se relata aquí este episodio, no es por andar con feos cuentos sobre la vida de las personas, que cada cual en este valle de lágrimas va pasando como puede y, porque nunca debes decir «de esta agua no beberé», no debes tampoco recrearte en mal ajeno, ni andar chismorreando con cotilleos. Que si se cuenta aquí este asuntillo, este affaire, como dirían los cursis, que de esos en la corte de Estocolmo hay a patadas, es porque muchos creen que algo tuvo que ver el incidente con esa decisión arrebatada de Christina de no ser madre, a pesar de que los ojos se le escapasen detrás de cada criatura que pasase, extremo este que tampoco fue confirmado, aunque sería muy natural.
El asunto es que la madre de Christina, María Leonor de Brandeburgo, nacida Hohenzollern, tomó aquella primavera de 1640 la resolución de huir de Suecia. Allí no pintaba nada. Y conviene decir en su apoyo que es bien cierto que la vida de una viuda de adorno en la corte no es muy excitante que digamos, que por no tener que hacer, no tenía ni labor de aguja, ni viola, ni arpa, ni romance de caballerías, ni mano izquierda para las cuestiones políticas. Con el libro de oraciones todo el día no se va a ningún sitio, y menos si eres una joven reina viuda y los zafios caballeros de tu corte porfían en no agasajarte los oídos con lisonjas enamoradas por aquello del respeto debido al rey difunto. Que, si de vivo no era una gloria de amante, de muerto todavía le espantaba los moscones, que era exactamente lo contrario de lo que ella deseaba. Decididamente escaparía, escaparía a escondidas. E incluso pudo haber sucedido que se convirtiese en humo de chimenea o en vapor de guiso, o en rocío matutino y se desvaneciese por los aires, como en una auténtica saga escandinava, tal era la intensidad de su deseo de esfumarse, si no fuese que los avatares de la historia vinieron a dispensarle un papel, aunque secundario y ruin, en las crónicas de Suecia. Lo que la pobre reina viuda no sabía era que se había convertido en un caramelito, que la historia esa del amor cortés, reservado a la clase noble y necesariamente adúltero para ser así puro y desinteresado, debió de ser un invento de varones para seducir de casadas a las que no habían logrado seducir de doncellas. Leonor se había enamorado algún tiempo atrás, no tanto de un hombre cuanto de unas cartas que le llegaban en el más absoluto secreto de la vecina y rival Dinamarca. Y notó cómo cada carta le iba renovando la esperanza, cada línea la rejuvenecía y pensó que su figura, aún más que presentable, y su fama de inteligente conversadora habían movido al rey Christian IV de Dinamarca a preferirla sobre cualquiera de las jovencitas que le estarían ofreciendo en Copenhague, sin pensar que el tal reyezuelo pudiese tener intereses anexionistas, que los hombres parece que siempre están pensando en lo mismo y no, que siempre la sorprenden a una con la cosa esa del poderío y la gloria. Y empezó a soñar con el modo de evadirse de su jaula para caer en brazos del rey. «—¿Será apuesto? —¡Ay, señora!, ¿y cómo no va a ser apuesto siendo el rey…? —¿Y será amable y cariñoso? —¿Pues cómo no lo va a ser, diciendo lo que os dice en esas cartas…?». Y ella y sus damas, saboreando el secreto, gozaban las excelencias de la desconocida Dinamarca, auténtico paraíso de los amantes, según se contaba en la inflamada correspondencia real. Y acababan por bajar las pestañas, decorosas, ruborizadas de las cosas que se les ocurrían a ellas solitas, que ¡vaya con estas damas!, cosas todas relativas a lo que debían de hacer los amantes en Dinamarca. Y, mientras llegaba el momento de escapar, pensaban Leonor y sus damas que era importante que la hija no supiese nada. «—¡Pues según es ella de rígida y de mirada…! —Y, por encima, que no entendería nada, que es aún muy joven… —Y un poco marimacho, señora. —¡¡Anne!! ¡Mira que estás hablando de tu reina! —Perdone, señora, mas así me lo parece. —Sí, un poco marimacho sí que es». Cuando llegó el momento oportuno, la reina viuda, sintiéndose por fin reina soltera, que durante todos esos años la sombra del difunto la había perseguido sin tregua por los corredores del palacio provocándole noches húmedas y sueños tumultuosos, solicitó mudarse con algunas de sus damas a otro pabellón, so pretexto de retirarse a pasar unos días en ayuno. Permiso concedido, ya que, aunque los administradores de la honra se hubiesen percatado a tiempo de que desde ese pabellón se podía acceder directamente al jardín, nadie imaginaría que en tomar el aire pudiese haber falta alguna. Y, una noche, Leonor va a cruzar corriendo el jardín como mariposa y, del otro lado, la espera una carroza con las armas danesas ocultas tras las cortinillas y, sin que nadie vea nada, la lleva a la carretera de Nicoping. Allí se embarca hacia la isla de Gottland, donde dos barcos de guerra —que en Dinamarca no se andan con muchos miramientos para demostrar al mundo lo que vale la honra de una mujer— la escoltan para conducirla a la libertad. Ni que decir tiene que la libertad se llama Copenhague.
Christina, contenida, gélida, sobria, bien educada, tranquila, Christina, la reina con trenzas, sin pechos, con traje corto que deja ver las piernas, Christina, la hija de la fugitiva, llora, grita, amenaza, escupe, brama, aúlla, se desgañita y por varias noches se mea en la cama. Christina no entiende, no pregunta, no perdona. Cuando supo del asunto, por muchos llamados affaire, Christina estaba jugando con su muñeca de trapo y soñaba con ser madre de treinta hijos porque, «¡Ay!, ¡por Dios!, ¿quién puede instruir a una reina?», no sabía cómo se hacían, ni mucho menos que, para tener treinta hijos, precisaría por treinta veces rasgarse de arriba abajo, y llorar, y lamentarse de haber nacido, además de ver su grácil silueta convertida en vientre abultado durante doscientos setenta meses. Cuando supo del asunto, aquel a quien los más cursis llamaron affaire, Christina tiró la muñeca e, inmediatamente, los que la vieron se dieron cuenta de que se había quedado seca, asombrada, estupefacta, acabada. Porque, siendo ella la reina, ¿a quién le va a preguntar Christina por lo que le faltaba a su madre, la joven reina viuda? ¿Cómo va a imaginar una reina en calcetines que su madre buscaba ardientes palabras que no se regalan en la corte del héroe herido en la batalla? Y Christina, acabada, dolida, colérica, vengativa, pasa tres años convenciendo a los grandes hombres, a los cinco senadores, a la Asamblea de los Estados, que es el poder máximo del país que ella solo simboliza —que todavía es demasiado joven para ejercer por encima de tener aspecto marimacho—, de que es necesario castigar a la reina y a su amante. Y en 1643, por fin, los ojos de Christina miran enrojecidos con el calor de la venganza, porque ha conseguido que, muy solemnemente, como corresponde, Suecia declare la guerra a Dinamarca por la afrenta hecha a la memoria de Gustavo el Grande, contraria al respeto debido a la reina, su hija, y al ilustre cuerpo de senadores del reino e incluso a toda la Real Casa de Brandeburgo. Y, si esto hizo, no fue por estricta, ni por piadosa, ni por respetuosa con la familia, ni por afecta a la dignidad de la Corona, ni por malvada, ni por presuntuosa. Que, si lo hizo, fue porque no podía consentir que mamá no hubiese compartido con ella el secreto.
La ira de Christina tuvo que contenerse. Solo un año después conseguiría liberarse de los regentes al llegar a la mayoría de edad y asumir completamente el puesto que la historia, a ella sí, le deparaba. Y, para hacer bien las cosas, tuvo que acabar firmando el tratado aquel de Brömsebro, con el que Suecia y Dinamarca quedaban tan amigas, y por encima Suecia le sacaba todo el provecho posible a la ira regia, porque, para aplacar a los reyes, como a los dioses, basta con pagar en oro lo que se haya hecho en la cama. Pero no conviene salir de la historia, que cuentan que, desde 1643, la reina, que ya no lleva calcetines ni traje corto, que ya tiene pechos y sabe mirar de reojo, decide que no se va a plegar a ninguna de las reglas de la vida monárquica. Y goza de la familiaridad con sus damas para iniciarse en juegos prohibidos, a pesar de que hasta su madre hubiese imaginado que a ella los juegos de alcoba no le iban a gustar demasiado. Y goza también, claro está, de que en palacio hay chambelanes, contadores, oficiales, agentes de rentas, escribanos, secretarios, consejeros, maestros de baile, maestros de francés, maestros de cuanta arte se practica, tocadores, con perdón, de viola y de arpa, que en esto de tocar hay verdaderos artistas, caballeros todos, para ver qué tienen los caballeros que los hace tan interesantes. Por no hablar de que en el palacio también viven criados, jardineros, mozos de cuadra, cocineros que, no teniendo la elegancia ni las maneras algo rebuscadas de aquellos, tienen los mismos atributos que los hacen tan interesantes, que nunca democracia estuvo tan bien servida como en estas cuestiones. Para decirlo pronto, Christina aprovecha que una reina también es, después de todo, una mujer como todas. No, como todas no, que Christina se ha prometido nunca tener hijos, para no fallarles, para no faltarles, para no olvidarlos, afrentarlos, negarlos, para no hacerles lo que la mamá le hizo a ella el día en que decidió no abrirle el corazón con su secreto.
8
Del Libro de mujeres de Hélène Jans
Planta llamada agripalma (Leonurus cardiaca)
Planta de tallo rugoso con hojas ovaladas y flores de color rosa. Es agreste y selvática, poco amiga de hacer sociedad con los cultivos, como tantas personas que, por haber recibido un fuerte golpe en la niñez, no acaban de confiar en quienes las rodean. Se recoge entera y debe secar a la sombra. La infusión, que se hace con una cucharada por cada taza, se toma dos veces al día para aliviar los trastornos nerviosos de la mujer: los dolores de cabeza, los apetitos desmedidos y la sensación de angustia, los pálpitos cuando son tremendos, los presentimientos cuando no se cumplen, y los malos sueños. Es muy amarga, pero si se resta su acidez mezclándola con miel, como he visto hacer, ya no elimina los malos sueños, aunque sí puede combatir las otras dolencias. Con todo, para esas otras dolencias tal vez haya mejores remedios.
9
Cuando el filósofo llegó a Estocolmo no venía por casualidad, que ella misma, la reina en persona, lo había invitado. Primero supo de sus obras, que él no era precisamente un don nadie de escurridiza presencia. Y las obras que llegaron a sus reales manos la complacieron y le hicieron susurrar para sí, muy bajito: «¿Por qué lo dirá? ¿Cómo a tal se atreverá?». Y con esto ya fue bastante, que de todos es sabido que Curiosidad es la primera vestidura de Amor. Y en efecto que la reina nunca había leído a nadie tan convencido de poder cambiar con la palabra el rumbo del universo, de desafiar a las autoridades, a alguien que no citase otros nombres famosos. Y le gustó. Le gustó por atrevido, por sólido, por seguro. Le gustó la dióptrica, y también los meteoros, y la geometría, e incluso la introducción le gustó. Salvo, tal vez, el remiendo ese del libro IV, que le parecía a ella que no se avenía bien con el resto del discurso, tan científico todo, especialmente allí donde decía que puesto que él, el filósofo, podía pensar en perfecciones que no encontraba dentro de sí por ser ajenas a la naturaleza humana, y puesto que esas perfecciones tenían que venir de algún sitio, entonces Dios existía. Que, le parecía a Christina, tan forzado razonamiento sobre la existencia de un ser supremo solo podía proceder de un intento de quedar a bien con los muy ilustres doctores de teología de la Universidad de París. A menos, claro, y aquí ella reía maliciosa, que el autor estuviese aguardando a que alguien en su auditorio dijese, «¿cómo perfecciones que vos no tenéis, si vos las tenéis todas?». E ingenuo tan bendito no se había hecho en el mundo o, de hacerse, no sería sino para excitar la curiosidad de una reina. Y Curiosidad, vestidura de Amor, es traicionera, porque inmediatamente quiso ella indagar qué le podría enseñar quien así se expresaba. Quiso conocer el tono en que hablaba, y cómo se libraba de una acometida verbal en una de esas disputas que tanto gustaban en su corte. Y quiso conocer el color de sus ojos, y la nobleza del alma, y la forma de las manos, y la resistencia al sufrimiento, que, para desgracia del filósofo, no andaba Christina, tampoco ella, muy fuerte en eso de separar lo que hace el alma de lo que sueña el cuerpo, ¿o es al revés? Bien, sea como fuera, Christina no podía resistir más, que la paciencia no se contaba entre sus virtudes y la educación que había recibido, con ser austera y puritana, era educación de reina, y no la habían adiestrado mucho a dudar antes de procurarse un capricho. Pues bien, entre sus cortesanos estaba el diplomático francés monsieur Chanut, conocido corresponsal del filósofo, y a ella le bastó con hacer lo que se acostumbraba a hacer en su tiempo, ni más ni menos. Según era habitual, una dama o un caballero de alto copete podían contactar con cualquier otra persona, incluso con alguien que no les hubiese sido presentado, si lo hacían a través de un intermediario de mutua confianza. En eso, toda la corrección de las formas fue guardada. Lo extraño del caso no fue eso. Cuando, en la siguiente recepción en palacio, Chanut fue llamado a un aparte por Su Majestad, el hecho de que ella le hiciese petición de mediar en su correspondencia para formularle ciertas preguntas de su interés al reconocido filósofo no causó en los mentideros, corros y tertulias varias en que tan confidencial acción fue comentada ni la más mínima sorpresa. No sorprendía que la reina, tan culta, quisiese ser enseñada por quien mejor le podía enseñar. No sorprendía que usase al pazguato de Chanut de mediador: era bastante feo como para descartar cualquier sospecha de que fuese él el objeto del deseo. No sorprendía, tampoco, que desde ese momento la reina se viese animada y risueña, y saludase a Chanut con el mismísimo movimiento de mano que dedican los cazadores a sus halcones: «Ánimo, querido amigo, que me has de traer la presa». No. La sorpresa vino de la cara que puso Chanut cuando Christina, reina de Suecia, le soltó su preguntilla, que, según cuentan, era algo así como: «¿Qué causas nos incitan a veces a amar a una persona y no a otra, antes incluso de que conozcamos sus méritos?». Y hete ahí al pobre papanatas de Chanut con cara de «pues-me-cago-en-el-correo», dispuesto a transmitirle al pensador de moda la pregunta, y hasta un «a ver qué puedes sacar de ahí», callando la que él piensa ser la pura y única realidad, que el tal pensador había puesto a la reina algo cachonda, y eso trabajando solo de oídas. Christina no dudó un momento. Supo por los espías, que para eso los tenía, cuanto se chismorreó en los mentideros, corros y tertulias varias de la corte. Supo lo que pensó de ella monsieur Chanut. Supo lo que pensó de ella Estocolmo todo, que madame Chanut se lo hizo saber con esa forma de controlar la mirada que las mujeres reservan para castigarse entre sí y, encantada de sembrar tanto escándalo, se sentó a esperar la vuelta del correo feliz, sosegada, resplandeciente, segura de su flash, aunque ella no lo expresase así. Y, por más que nadie daba un ochavo por la respuesta, la respuesta llegó. Era, según todas las convenciones internacionales para el correo con personas respetabilísimas y de muy alta alcurnia y señorío y, para colmo, del sexo opuesto, una carta mediada, dirigida a Chanut pero expresada en un doble lenguaje, que dejase bien claro a quién se dedicaba tanto pensamiento, como corresponde en estos casos. Para que Christina pudiese saborearla a gusto; para que la degustasen en la corte y en sus mentideros; para que gozasen de ella todos, a no ser el pobrecito Chanut, que tuvo que hacer de nuevo de paloma mensajera. La respuesta llegó, y gustó, por más que decía:
«Yo quería a una muchachita de mi edad que era un poco bizca. La impresión que se hacía por la vista en mi cerebro, cuando miraba sus ojos perdidos, se unía de un modo tal a la que se hacía para suscitar en mí la pasión del amor que, mucho después, cuando veía algún bizco, me sentía más inclinado a querer a esas personas que a otras, solo porque tenían ese defecto y yo no sabía que fuese por eso. Al contrario, una vez que he reflexionado sobre ello, y luego de reconocer que es un defecto, ya no me conmueve».
Mirándolo bien, si Christina se puso tan contenta, debió de ser por aquello de que él, el filósofo afamado, se dignase contestar a una pregunta hecha por una mujer, y no por otro sabio, y encima por una mujer de mala reputación, a quien todos toman por la incitadora pública más grande de la historia. Porque, de ser aquello otra cosa, quiero decir, de ser la pregunta de Christina celada o trampa con que conquistar al tal caballero, no debería darse por contenta. Y lo digo porque Christina no era bizca, que tenía ojos de mirar recto y profundo, aunque un poco abultados. Y lo digo también porque el filósofo le estaba diciendo: «Mira, niña, en eso de enamorarse no se escoge ni mucho ni nada, que el corazón más bien parece que se sale por las orejas en vez de ocuparse de latir y bombear sangre que es lo que le corresponde. Pero, si consejo quieres, no dejes nunca de mirar para los méritos de aquel de quien te enamores». Ahora bien, la reserva es de quien esto cuenta, que Christina era muy resuelta y muy suya. Ella, de la que el pueblo decía que le gustaban lo mismo los hombres que las mujeres y que, sin embargo, por mucho que hubiese refocilado el cuerpo, mantenía el corazón virgen, debió de decir: «Pues, ya que me debo ocupar del mérito, méritos a ti no te faltan». Y en las siguientes semanas se la pudo ver a menudo escribiendo cartas. Estaba ocupándose a fondo del correo.
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Del Libro de mujeres de Hélène Jans
Mudas para las manos o maniluvios
Mucho sufren las manos de las mujeres en los trabajos cotidianos, que la mayoría no son capaces de preservar la piel fina y alisada por las muchas cosas que hacen cada jornada. Por eso, si queréis resguardaros de estos males, podéis hacer unas mudas que ahora explico. Tomad una escudilla de zumo de uvas aún no maduras, y otra de hiel de vaca, y media de jabón rallado y tres onzas de aceite de pepitas y otras tres de adormideras, y onza y media de aceite de almendras amargas, y una onza de aceite de mata, y un poco de azufre bien molido y otro poco de azogue muerto con saliva. Lo habéis de juntar todo en un vaso y puesto al fuego estará hasta que se deshaga el jabón y, como esté deshecho, lo echaréis en una redoma de vidrio y lo curaréis al sol nueve días, removiendo cada mañana dos o tres veces para que no haga asiento. Y, una vez sea curado, lo pondréis en las manos. Y cuanto más lo traigáis puesto sin lavaros, tanto mejor es, que las manos lucirán como si no estuviesen trabajadas y consumidas por los esfuerzos de la vida. Y mirad que, cuando os laváis, le quitáis vida al cuerpo puesto que arrojáis al agua lo que es suyo, que no se debe lavar sino lo que está sucio y el cuerpo humano tiene su propio aroma, distinto en cada uno de los individuos para que, igual que somos conocidos por la figura a la vista, podamos ser reconocidos por la nariz según el olor que desprendemos. No vi madre que no reconociera a su cría con el olfato, ni amante que no enloqueciera por el olor de su amada, que las que mucho esconden con mejunjes lo que les parece asqueroso están matando una forma de ser ellas mismas. Sin embargo, las mudas para las manos no ocultan nada, sino que protegen para que no se instalen los males en los dedos o la palma, no vayan a pensar, quienes así os viesen en mal estado lucidas, que solo movéis los dedos y nunca trabajáis con el pensamiento.
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Carta de monsieur Descartes a la reina Christina de Suecia, a finales de 1649
SEÑORA:
Si sucediese que me fuese enviada del cielo una carta, y que yo mismo la viese descender de las nubes, no estaría más sorprendido y no la podría recibir con más respeto y veneración de aquel con el que he recibido la que tuvo a bien Vuestra Majestad escribirme. No obstante, me reconozco tan poco digno de los agradecimientos que contiene que no la puedo aceptar si no es como un favor y una gracia, a la cual me siento particularmente debido por cuanto nunca la podré pagar. El honor que recibo al ser requerido por monsieur Chanut de parte de Vuestra Majestad me paga sobradamente la respuesta que os he dado y, al haber sido informado por él de que mis palabras habían sido favorablemente recibidas, eso me hizo sentir tan obligado a vos que no podía esperar ni desear nada más por tan poca cosa, particularmente de una princesa que Dios ha puesto en tan alto lugar, rodeada de tantos asuntos importantes como tiene a su cargo y de quien las menores acciones pueden ser tan determinantes para el bien general de toda la tierra, que todos los que aman la Virtud deben estimarse muy felices cuando pueden tener ocasión de prestarle algún servicio. Y porque yo en particular hago profesión de pertenecer a ese grupo, oso prometer a Vuestra Majestad que no me podría pedir nada tan difícil que no estuviese siempre presto a hacer todo lo posible para su ejecución y que, si yo hubiese nacido sueco o finlandés, no lo haría con más celo ni más perfectamente […].
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Del Libro de mujeres de Hélène Jans
Remedio para el asma
Un remedio para bien respirar se consigue guisando huevos con unto de gato, que el gato, igual que produce estornudos y pruritos, puede remediarlos y su sangre alivia las dificultades de respirar a quien las tuviere. Esos huevos mezclados con unto de gato no solo se le darán a comer a quien padeciese asma, sino que todo lo que se tuviese que guisar para ese enfermo con manteca se puede guisar con tal grasa, que es muy buen remedio. Mas no siempre que una persona tenga dificultades para respirar hay que pensar que es asmática. Alguno he visto dejar de respirar cuando Amor lo abraza, justo en ese momento en que no acuden las palabras a la mente, un problema este que se ve mucho entre enamorados recientes, que con el amor la sangre no fluye como es debido y por eso andan ensimismados, y prefieren las ensoñaciones al trabajo y, cuando algo quieren contar, sobre todo si es en presencia del ser amado, repiten continuamente «que no encuentro la palabra, que no me sale». También de un susto se deja de respirar, pero la sensación no es tan dulce, que algunos llegan a morir cuando reciben una carta inesperada, o que revela algo sorprendente, que ni imaginar podían antes de haberlo leído.
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Esta vez la carta que el filósofo dirigió a la reina no se corrió por los mentideros. Es natural, porque los mentideros se hicieron, más bien, para difundir desgracias: citas a las que él nunca llegó, caricias impropias que ella permitió y de las que incluso disfrutó, meteduras de pata y lances semejantes que atentaban contra el buen gusto; que nunca se vio un corro en una corte donde se contase que todo va como la seda: que la reina leyó a un filósofo y le hizo una preguntita maliciosa por mediación de un tercero y aquel, o sea, el filósofo, contestó encantado y a partir de ahí, dimes y diretes, que una se va y otra se viene, al cabo de unos meses no había ya tema sobre el cual no hubiesen polemizado. Pero lo que sí acabó por traslucirse es que, una vez cumplidos los tiempos de las preguntas, ella se decidió, porque, si Curiosidad es la primera, Osadía es la segunda vestidura de Amor, e invitó al filósofo a llegarse junto a ella, y hasta a ocupar un puesto de sabio en su corte. Y como Christina sabía que él siempre andaba un poco mustio, indeciso y amurriado, le reservó transporte propio, haciéndole saber que, en caso de decidirse, tenía, donde él dijese, un navío de la armada sueca a su disposición. Christina debía, en verdad, estar muy atacada por el diosecillo alado del arco y las afiladas saetas, puesto que no se percataba de que estaba haciendo exactamente, aunque a la inversa, lo mismo que había hecho el rey Christian de Dinamarca con su madre y que a ella tan mal le había parecido, que cuando Amor nos urge, todo navío parece poco. Pero los barcos de guerra nunca fueron tan felices, ni nunca estuvieron tan justificados como cuando se dedicaron, según aconteció en estos episodios de la corona sueca, a servir de medio de transporte para enamorados perezosos. Sobre todo, porque el nuevo uso exigía alguna preparación de la que salían favorecidos: quítame de aquí estas municiones y ponme pétalos de rosa para cuando suba, apártame de aquí este cañón o, no, mejor no lo apartas, que usarás las salvas para darle la bienvenida. Y, en vez de rancho, que para comer sirvan fresas con zumo de naranjas de la China. Y, en vez de maquetas de guerra, que las mesas soporten cuencos rebosantes de frutas exóticas, y ponme por aquí unas cortinillas, y encera esos suelos, y deja ahí como desordenados unos libros, y olvídate de zafarranchos de combate y hazle la cama con sábanas limpias, que por poco que Christina se ocupase de su casa, cuando menos en opinión de Eija-Liisa, no iba a ser tan burra como para no preparar el escenario que mejor le conviniese para la seducción. Que Amor todo lo endulza y, en lo tocante a estas cosas, los pueblos escandinavos son tan puntuales y meticulosos como para todas las demás. Se cuenta de un almirante sueco que se enroló en un barco holandés para cierta misión ultramarina, nada que aquí importe, y en las Antillas tuvo que aguardar tres meses. Y aguarda que te aguardarás, no hacía más que beber cerveza de coco y desflorar nativas. Así, a la brava, que muchacha que pasaba, él embestía, porque con el cambio de temperatura notaba el cuerpo algo flojo y, no teniendo nada que hacer, no le parecía mal hacer aquello que tanto le complacía. Y tan ricamente estaba hasta que un día atacó a la mulata más sandunguera de toda la isla, que daba gusto verla meneando las caderas delante del almirante, que el pobre, que tan bien sabía separar cuerpo y alma, que en esto ni que hubiese leído al filósofo, aunque por no leer no había leído ni el correo que le llegaba, que digo que el pobre almirante debió de dejar en su incursión sobre la preciosa mulata el alma puesta sobre el cuerpo porque lo cierto es… que se enamoró. Se enamoró perdidamente. Se enamoró de esa forma salvaje y arrebatada con que sienten los que han hecho mucho y sentido poco. Y cuando se acercaba cada anochecer a su lado, él, tan acostumbrado al revolcón y la atacada, escuchaba, hablando lenta y cadenciosamente «así no, amooor, que me haces daño» y, aunque él nada entendía, que nunca había aprendido a hablar sino su tosco dialecto natal, un día se quitó el trabuco y al siguiente, «así no, amooor, más ligerito», el trabuco y la canana, y para el otro, «así no, amooor, que me matas», el trabuco, la canana, la espada, las polainas y las espuelas, que para qué quería tanto trasto en esas ocasiones, y despacito, «así no, amooor, que así no me gusta», despacito «así no, amooor, así mejor», recibiendo sus clases de levedad caribeña, «sí, sí, sigue así, muy bieeen, amoooor mío», acabó como su madre lo trajo al mundo, envuelto en suavidades y entregado, con toda la meticulosidad de los pueblos nórdicos, a la poco marcial tarea de amar lo mejor posible. Ni que decir tiene que la armada sueca tuvo que despedirse de su alto oficial porque el mostrenco rubio y brusco, que para entonces ya resultaba conocido en la isla toda, decidió instalarse con su mulata a criar mestizos en una cabaña bajo tres cocoteros. Pero no conviene desviarse, que el asunto es que cuando Christina le ofreció al filósofo un navío de guerra para el viaje, estaba haciendo lo mismo que el rey de Dinamarca que tanto había maldecido: usar los vehículos oficiales para la seducción, y poner sus deseos personales por encima del respeto debido a los intereses del Estado. Y nótese que en este punto era algo torpe Christina, Nuestra Majestad, por muy reina que se sintiese, puesto que cualquiera que analizase su comportamiento podría darse cuenta de que estaba en el baile agarrando a su acompañante por la cintura. Y esa es posición del varón, no de la dama: que de tanto picafloreo que se trajo Christina se le quedaron, es natural, algunas de las maneras de los hombres. Y, si insisto en este particular, es porque su ofrecimiento era a todo punto excesivo, y eso podía verlo hasta un ciego, cuanto más un filósofo que acababa de dar a imprenta un manuscrito titulado Las pasiones del alma. Y, además, un filósofo al que esos puestos de sabio mantenido no le agradaban mucho, que nunca había sido cortesano y, según cuentan, no solo por feo, también por afable al trato de todos y desinteresado, que él se vanagloriaba de no tener otra finura que la de no tener finuras y con eso, claro está, no se va a corte alguna. Pues por ahí fueron las cosas. Dicen que al principio él se mostró perezoso y, ni sí ni no, fue posponiendo la respuesta. Parece que luego escribió a sus amigos sobre la invitación de la reina, contándoles algo de sus propios escrúpulos para hacer el viaje: que si él tenía enemigos por todas partes en calidad de autor de una nueva filosofía, que si era católico romano y que tal vez por eso no debería asentarse en un país protestante, que si esto, que si lo otro, que todos sus corresponsales bien le notaran al filósofo que estaba hablando con la boca pequeña y poniendo problemas por escrito mientras, en realidad, estaba haciendo las maletas. Y así fue cómo en octubre de 1649 llegó a Estocolmo y parece que estuvo parado un buen rato en el puente de Stortorget, que hay que ver cómo es la vida, tan llena de casualidades, que él llegó y se apoyó justo en el mismo pretil que su enamorada usaría unos meses después para poder mantenerse en pie cuando la pena más la abatía. Y, mirando para las aguas, se sintió invadido de tristeza, mas no de una pena concreta debida a un problema o a un suceso, sino de tristeza. Tampoco se trataba de que se sintiese apenado por un desafecto, no, ni deprimido porque la vida no le sonriese, que no era eso. No vivía en la miseria, ni tenía por delante una situación enojosa, no pensaba de sí que fuese insignificante, ni que la existencia careciese de sentido. No estaba aburrido, ni apático, ni mustio, ni nostálgico, ni deprimido, ni contrito, ni lóbrego, que se sentía lozano, y joven, y confiado en el futuro. Simplemente, en el puente de Stortorget sintió cómo toda la tristeza del universo se le estaba cayendo encima: la de las aguas que marchan sabiendo que la travesía, definitivamente, ya ha tenido lugar, la de los planetas sin vida condenados a errar eternamente por un espacio sin fin, la de las moscas que dejarían de volar para siempre al atardecer. Porque, de alguna forma, al ver su imagen de caballero bretón reflejada en las aguas, supo que iba a Estocolmo para morir y que allí moriría.
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Del Libro de mujeres de Hélène Jans
Recetas para aguas aromáticas
A pesar de cuanto he dicho acerca de conservar el aroma personal del cuerpo, es propio de la mujer adornarse y prepararse, peinarse, perfumarse y ungirse como si fuese una diosa para olvidar que algún día su preciado cuerpo será pasto de gusanos. Y, puesto que los hombres frecuentan amantes pulidas, yo misma he caído por veces en el defecto de querer gustar y encender pasiones, como si las personas pudiésemos mejorar con unturas. Pues, aunque no convenga abusar de ellos, natura nos ofrece aromas que podemos aprovechar. Para hacer un perfume almizclado que bien puede usarse en los conjuros de enamoramiento, tomad una parte de agua de azar, y dos de agua rosada, y un poco de agua de trébol, y otro poco de mirto y algo del rosal espinoso que acostumbran a llamar mosquete. Una vez juntas todas estas aguas en una redoma, pondréis en ella una pizca de ámbar y otra de almizcle molido y, finalmente, un poquitín de algalia. Y, tapada la redoma, la pondréis a curar al sol removiéndola cada mañana hasta un total de nueve y luego ya podéis usarla, teniendo buen tino de a quién os dais a oler con un tal perfume, no produzcáis desasosiegos sin tino y pasiones que no podáis atender. También huele mucho y muy bien el agua que se hace tomando una libra de rosas rojas y otra de azar, y otra de brotes de laurel, y otra de raíces de azucena junto con dos onzas de clavo de girofle y media onza de lavanda. Una vez mezcladas todas estas cosas, hay que sacarlas por alquitara a fuego manso. Las aguas que resultan son finísimas y permiten tener sensaciones agradables cuando la vida no ofrezca más pasión que la del olfato. Que, aunque todos los sentidos alimentan los placeres y ofrecen calma y dicha, no trabajan por igual: la vista alimenta la lujuria, el oído trabaja para la ternura, el tacto para el amor, el gusto produce hartura y el olfato nostalgia, que no parece a los teólogos pasión, no siendo otra cosa sino la brasa que mantiene el fuego ardiendo.
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Tampoco se podría asegurar si la primera vez que se vieron fue tal y como cada uno de ellos había soñado, que tanto se habían aficionado a intercambiarse opiniones y cartas, que de muchas maneras distintas se conocían en profundidad y solo les restaba ese encuentro cara a cara, decisivo, del que sacarían los gestos, los guiños, las dulzuras del otro. Y probablemente no quedaron impresionados, no en esa primera vista, tan engañosa. Ni el uno de la otra, ni la otra del uno, claro. Ni mucho menos. Era una mañana fresca y clara del mes de octubre. Él tenía ganas de asentarse en la localidad a la que acababa de llegar para ponerse a escribir, que era lo suyo, además de que ni podía imaginarse a sí mismo como un adorno de corte: la sola idea, pasándole por la cabeza, ya le hacía daño. Sin embargo, pensó que, antes de iniciar cualquier nuevo trabajo, sería recomendable presentarle sus respetos a la reina que lo había invitado. En fin, eso fue lo que se dijo por lo bajo, aunque el acto no era pura cortesía de huésped, sino que, en honor a la verdad, su corazón albergaba una cálida, estimulante, gaseosa curiosidad por conocer a la mujer con la que tantas palabras había intercambiado. Ya dijimos antes que Curiosidad es cualquier cosa menos inocencia. Eso significa que él, que se creía un hombre ya de edad madura, que había visto cuanto tenía que ver, razonablemente sesudo, capaz de controlarse los instintos, él, ese que pensaba de sí como si fuese un autómata, ese hombre, el filósofo que sabía separar el alma del cuerpo, se perdía por ver a la mujer que estaba desnuda debajo de la etiqueta de reina.
Su Majestad, por su parte, no sentía nada, que a las mujeres se les enseña pronto a dominar las emociones y Christina, con esa afición suya a escribir, que de todos es sabido que vuelve a las mujeres reviejas y sabiondas, tenía una edad más que avanzada. Además, si a las mujeres se les enseña pronto a dominar las emociones, que para los doce o trece ya las guardan todas bajo siete llaves, a las mujeres refinadas de las cortes nórdicas, más todavía. Y mucho más a las reinas. Y mucho más a las reinas casaderas. Por eso no sentía absolutamente nada Christina aquella mañana. A no ser una sustancia viscosa y pesada que se le había instalado en el estómago produciéndole algo parecido a una náusea, sin serlo. Y, a no ser también, un vago, inestable y ridículo mareo. Vamos, ¡nada!, que enseguida se le pasaba. Por eso podemos decir fielmente, como cronistas escrupulosos de esta historia, que no sentía absolutamente nada Christina aquella mañana, a no ser, tal vez, la sensación de que su cuerpo era demasiado grande, y que le gustaría encogerse, hacerse bajita, menuda, no fuese a sacarle una cabeza entera al filósofo, mas, de sentimientos, nada. Escuchó un ave cantora, un mirlo, al despertar desde su real lecho, y tomó su gorgojeo como signo de que todo iría bien, pero eso no es sentir nada, apenas es interpretar la vida. Se peinó tres veces, que no le quedaba el pelo como quería: suelto y limpio, que es indicación de libertad de espíritu, y encaracolado, que hace notar ternura y atención a otros. En el espejo percibió, ¡maldición!, que tenía los ojos hinchados y ojeras, pero eso no sé para qué se incluye en este verídico relato, que no tiene nada que ver con cómo se sentía por dentro, que es a todo punto natural que cualquiera, y más una reina, se preocupe por cómo se presenta ante los demás. Al levantarse para caminar los escasos metros que separaban su cámara personal del salón donde recibiría al filósofo no sintió nada, apenas un calambre en la pierna derecha, un escalofrío recorriendo su espalda, las manos húmedas, un hormigueo helado en el nacimiento del pelo, temblor en las pestañas, calor en el rostro, y los pezones como si le acabasen de florecer dos almendras: duros y buscando sitio hacia fuera. Pero, sentir, lo que se dice sentir, nada. Lo hizo esperar lo suficiente para que él no notase que era ella la que esperaba su llegada. Acabó de escribir lo que estaba escribiendo, se aclaró la garganta, y atravesó el corredor. Esa mañana, las alfombras se agarraban a los zapatos, y no la dejaban avanzar. Las faldas, tres capas de tejido sobre unas piernas que tenían el vello erizado, se liaban de una forma extraña. ¡Ni que ella no hubiese recibido nunca a nadie! Maldijo la ropa de dama, que le gustaría ir con pantalones de montar, más ágil, o pensándolo bien, mejor no, que vaya desgracia sería tener que presentarse ante alguien, peor ante un hombre, con el cuerpo silueteado por los pantalones. Esa mañana, los objetos dispuestos por los corredores, los relojes, las estatuillas, los tapices que Eija-Liisa había mandado colocar en sitios estratégicos, le parecían a Christina tan absurdos que no podía dejar de mirarlos, como si la mente se le desperdigase por los rincones desatendidos de Tre Kronor. A medio camino sintió miedo, y pensó en volver, y se batía ya en retirada, girando el cuerpo en sentido contrario a la marcha, cuando se le vino a la cabeza la arrogancia soberana de las casas de Vasa y Brandeburgo y tuvo que seguir adelante. Antes de agarrar el picaporte vio a Magnus, uno de sus hombres de confianza, con el que apenas intercambió dos palabras, que no estaba ella para matices, mientras se lamentaba de que todos pensasen en palacio que ese conde rústico y montaraz era su amante, no le fuesen a ir a él con el cuento de los amores locos de la reina. Y antes de huir, de pulverizarse, de hacerse humo de pajas, de evaporarse, de diluirse en el mar, de desvanecerse, abrió la puerta. Reverencia. Allí estaba él. Saludo. Allí estaba él. Cortesías. Allí estaba él. Formulismos. Allí estaba efectivamente él, el filósofo, deseado compañero del intelecto, alma y espíritu puro, allí estaba él, en alma y cuerpo. Sí, sí, también en cuerpo. Y ella, que no sentía nada aquella mañana, se dejó invadir por su propia realeza y el caudal de sangre que corría, azul, por las venas comenzó a dar órdenes: que enciendan las chimeneas de las dependencias de invitados, que se disponga de esta forma y de esta otra, que la mejor hora para departir es la primera, cuando todavía tengo la cabeza despejada de los muchos asuntos de gobierno, que tal y que cual. No lo dejó siquiera hablar. Acabó en un momentito, se volvió y marchó a su cámara, distante y glamurosa conforme a una reina corresponde. Sin embargo, cuando cerró la puerta, algún tipo de humedad resbaló por la recia madera que, si no fuese porque resultaría muy raro en alguien que no siente nada, se diría que Christina estaba llorando, que los nervios no la habían dejado ser ella, tampoco esta vez. No la dejaron decir: «¡Cómo me alegro de que estés aquí! ¡Por fin! ¡Bendito seas por venir! ¡Que me enloquecía de ganas de conocerte y hablar contigo y me gustaría que me dijeras que no todo lo que hago es fútil, que por mucho que me rodeen un montón de palurdos, aún no me vulgaricé del todo, que no sé cómo decir, que no me salen las palabras cuando estás tú delante, que las cuestiones diarias de gobierno me absorbían hasta que llegaron tus escritos y me hicieron bullir, y movieron los engranajes de mi cerebro, apartándome de estas vanidades de ser princesa y haciéndome ver que había cosas importantes y que la felicidad en la vida está en aprehender lo poco que nos es dado conocer… y tantas cosas que te diría… si no fuese porque he decidido firmemente no sentir nunca nada».
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Del Libro de mujeres de Hélène Jans
Marrubio (Marrubium vulgare)
Interrumpo aquí las recetas, por muy buenas que me parezcan, porque a veces es necesario en la vida pararse y poner en orden las ideas antes de continuar viviendo. Y recordé ahora el valor enorme del marrubio, una planta mágica, que crece en matas y da unas pequeñas flores blancas. Sus poderes son muchos porque es capaz de ser algo distinto a lo que parece y, como muchas personas que no pueden controlarse ante una situación de la que mucho esperan, la mata de marrubio nos engaña con su humilde aspecto de planta agreste y selvática, inusual en un jardín ornamental, para luego sorprendernos al liberar un fuerte aroma a manzana. Porque en natura, como en la vida, nada es lo que parece, y ni las flores del marrubio son manzanas ni hay manzanales que huelan tan fuerte e intensamente como el marrubio. Encontraréis esta plantita sobre todo en zonas soleadas, y por eso creo que estimula los apetitos y mejora los procesos digestivos cuando es tomada en infusión, que prepararéis haciendo hervir una taza de agua y añadiendo dos cucharadas de flores bien molidas. Mejorará el dolor de estómago, limpiará el hígado y aliviará los riñones. Yo la uso también por contacto, aplicándola como droga para las heridas, que entontece la piel y duerme los dolores, por lo que hace menos penosos ciertos días de las mujeres. Para muchas, que no solo sangran por el útero, sino también por el alma, en una herida de difícil curación, esta droga resulta ser tan mágica como su aroma promete, que manzana y mujer se llevan bien y en ocasiones han tejido grandes remedios contra el aburrimiento.
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Efectivamente él no andaba muy bien. Quizás había emprendido el viaje ya de medio lado y como a desmano y, de tanto predicar que no debía ir, acabó por creérselo. Pero de todos es sabido cuánto tiran un par de carretas, sobre todo de carretas reales. Y el filósofo acabó embarcando, que Christina le mandó un navío, con almirante y todo, hasta Egmond. Y no reparó en gastos Christina, que para llevar un hombre junto a ella mandó un barco de los de tres mástiles, un barco magnífico, que no pasó inadvertido a los entendidos en artes náuticas. El palo de mesana tenía la gavia cuadrada, tan eficaz para las empopadas, pero la verga de mesana sostenía una vela latina, lo mejor para navegar cuando el viento llega de proa. En pocas palabras, que soplase el viento de donde soplase, la apreciada carga del navío caería en los brazos de la reina. Ajeno a tanta preparación, el filósofo subió a bordo bien cargado de equipaje, que los marineros comprendieron de inmediato que un sabio no iba tampoco a viajar sin bastante ropa, que, aunque el hábito no haga al monje, en ningún convento aceptan al monje si no lleva hábito. Y tampoco iba a viajar un sabio sin sus escritos, los que aún estaba cociendo y los que servían para presumir, y sin los escritos de otros, a los que siempre se puede acudir para abrevar cuando hay sequía, y varios libros, y plumas, y tintero, y secante, e incluso atril. Pero, mientras los marineros acarreaban tantos fardos, al filósofo se le ocurrió bromear con la tripulación diciendo que venía tan cargado porque con él viajaba su hija Francine. Y los marineros lo creyeron, que no era cosa de negar, que bien podía viajar acompañado, además de que eso justificaría tanto bulto, que ya se sabe que las mujeres siempre se andan componiendo y, por más pobres que sean, todas hacen su ajuar, que aún no se ha quedado una sola sin casar por falta de paños; de modo que, en caso de viajar, es esperable que lleven más ropas de las que caben en valija alguna. Pero, como el ser humano se pierde por hablar, los marineros se morían por verle la hija al filósofo porque de todos es sabido que no hay francesa fea, y puesto que él era francés, tomaban a la presunta hija por francesa. Pues todos acecharon, y espiaron, y miraron fijamente y de reojo a ver si veían a la muchachita de las mil enaguas. Y nada. Y, mira tú, que tiene que ser interesante tener amores con una mujer con tanta ropa, que cuentan por ahí que ahora las mujeres ricas llevan debajo de las enaguas unos calzones, que no, que sí, que eso es imposible, que los calzones son de hombre, que no, que dicen que ellas están encantadas de cómo les lucen las piernas con la tal prenda. Que no, que sí, como te lo cuento. Que, si las mujeres llevan calzones bajo las enaguas, digo yo que será el fin del mundo, que ya nunca nacerán niños. Que sí, hombre, que si llevan calzones será para quitarse de encima a quien no quieren, mas podrán bajárselos, digo los calzones. Entonces… ¿para qué se los ponen? Pues no sé…, para que sí. Pues no lo entiendo. Que yo no lo creo. Y uno, que había sido criado de monseñor Batin, concluyó que esos tiempos en que vivían eran el acabose y que el fin debía andar cerca, que las mujeres, según su señor, que había sido deán, un auténtico santo, no se ponían los tales calzones para cubrirse, que se los ponían para turbar las mentes de los hombres castos con pensamientos escabrosos, que hay que ver qué sutileza gastaban en el mal. Y aunque esto era totalmente cierto, nadie le hizo caso cuando habló, que todos lo tenían por apocado y algo mentecato. Mientras debatían sobre causa tan alta como la decencia y necesidad de la prenda íntima femenina, el filósofo hacía cosas bien raras: salía a borda con extraños aparatos, lo mismo que si quisiese llevar él solo el barco. Y el almirante pasó, delante de una tripulación atónita y boquiabierta, de tratarlo como a un huésped de cierto mérito a arrodillarse a su paso, mentalmente y no con el cuerpo, claro, que los grados militares no le permitían ejercer tal gimnasia con civiles. Y todo porque el filósofo se paseaba con nuevos medidores del espacio, que dirigía directamente a las estrellas, y luego tomaba apuntes varios y se ocultaba otra vez en el camarote. Y eso le parecía sabiduría sin par al almirante, que andaba con ganas de saber qué hacía el filósofo. Hasta que, en una ocasión, cuando el almirante manejaba el astrolabio, el filósofo, serio, humilde, tranquilo, le ofreció sus mediciones, más ajustadas, procedentes de un aparato raro, hecho de un bastidor con dos ramas separadas en ángulo y una alidada móvil que resbalaba sobre un limbo graduado. ¿Que cómo? Pues así de sencillo, que con esta alidada que corre una sexta parte del círculo es posible encontrar rápidamente las coordenadas geográficas, en especial la latitud en que está situado el barco, midiendo la altura de las estrellas o del propio Sol. Y con esto fue bastante para engatusar al almirante, que con juguetes nuevos todos los niños hacen amistades. Como el filósofo le había brindado un sextante de flamante diseño, algo nunca visto, el almirante tuvo a bien corresponderle enseñándole a usar el astrolabio y la esfera armilar, y el filósofo, presa de una excitación semejante a la del escritor que quiere sorprender al amigo incluyendo un trozo de su historia en el relato, bajó al camarote y volvió con una réplica exacta del telescopio de Galileo, una auténtica modernez. Y dimes y diretes, hubo quien los vio mirando por el mismo ángulo, sonrisa de zampabollos en el semblante y la mano apoyada sobre el hombro del compañero. Y, así tiempo tras tiempo, esa debió de ser la travesía de la historia más marcada por los nuevos inventos, que unos se afanaron en entender para qué valían las bragas mientras otros se aplicaban con las novedades de la navegación, que, aunque todos hubiesen nacido libres e iguales, ya se sabe que la sociedad iba marcando a unos para destinos impensables para los otros. El asunto es que, en medio de la lectura de un calendario lunar de mareas, interrumpieron al almirante, que eso no se hace, preguntándole por la hija del filósofo. El almirante quería saber a qué hora serían las mareas del día 10 de noviembre y algo no iba ajustado en la medición, malditos aparatos, que ni que tuviesen alma, porque la complejidad de las mareas…, y ¿qué me venís a interrumpir ahora, cuando tengo que determinar el puerto de lectura?, que, ignorantes, ¿acaso no sabéis que hay un cierto retraso en cada puerto que conviene prever y calcular?, y ¿qué me decís de una hija?, quita, quita, ya lo dejo, que el almirante se quedó alelado, que él no sabía si el tal tenía o no hija, pero de lo que estaba seguro era de que a su barco no había subido nadie más. Y los marinos, cada vez más intrigados, deciden aprovechar una de esas incursiones del filósofo por el éter en las que medía los espacios interestelares y, alterados como andaban por la cuestión esa de los calzones, se cuelan dentro del camarote, que cualquiera adivina qué pretenderían hacer. Allí dentro, libros, ropas, todo un poco revuelto, nada que los asustase, encuentran una gran arca y no se sabe qué empujó a Pieter, el más encendido, que no se le ocurrió cosa mejor que forzarla. No, solo un poco, por aquí, y la tapa cede al fin con un ruido fantasmagórico y deja ver su macabro contenido: una mujer de madera, auténtica, grande, articulada, que parece una muchacha, con pelo y todo, como las santas de las iglesias católicas. Dios nos valga. O no, mejor que nos confunda el diablo. Este tipo es un pervertido, yo siempre lo vi raro. Que no, que no es eso, es una muñeca articulada, que seguro que tuvo una hija y se le murió y él se hizo una… una… ¿Una hija de madera? Pues sí, algo así como una hija de imitación, una réplica, una hija de mentira, que aquellos hombres, que habían navegado los siete mares, habían vivido motines, y galernas, e insurrecciones, y castigos militares y civiles, y trabajos duros, que no eran unos blandos de corte ni palacio, quedaron horrorizados de aquel cuerpo sin alma. Francine era una máquina. Los hombres quisieron arrojarla al mar pero aquí el almirante se interpuso y negó que se tratase de un objeto de magia negra responsable de la tormenta que acababan de pasar y de otras calamidades por venir, y dijo que su ilustre huésped podía traer consigo lo que mejor le pareciese, y que podía llamar a sus cosas hija o como le diese la gana, que él mismo, que estaba bien cuerdo y no era mago, quería a su barco como a un hijo y también le atribuía sentimientos, que el barquito a veces no podía, y otras iba sobrado, y embestía con fiereza, e incluso se ponía meloso cuando se le subía una dama encima. Que todos, aunque parezca que no, hacemos lo mismo. Y asunto resuelto, que donde hay almirante no manda marinero. La tripulación tuvo pues que achantarse y dispersarse todo cuanto permitía la eslora, que tampoco era tanto, y la travesía continuó con los marineros cantando obscenidades y otras brutalidades por lo bajo. El filósofo no dijo nada, aunque el incidente fue uno de los más tristes de su vida, puesto que al final venía a demostrar que todo, todo, absolutamente todo cuanto es mirado por un ser humano puede tener alma. Y eso no lo animaba nada, que contradecía bastante lo que él llevaba escrito. Que Francine, tristemente, estaba muerta y requetemuerta. Él lo sabía. Y como no había sabido ser padre, como no había sabido llegar a tiempo de despedirse de la niña, como no había sabido qué hacer con el recuerdo de la niña sin Hélène, que desapareció en cuanto la sepultó, se hizo una Francine de madera. En los cinco años que Francine vivió, él se había sentido animado por una segunda juventud, en la que escribió las obras que lo hicieron famoso y en la que todo cuanto empezaba llegaba a buen término, y repetía a quien lo quisiese oír que iba a vivir cien años. Cuando el reloj se paró para Francine, también se paró para sus anhelos de eternidad. ¡No! Que él creía en la vida superior del alma, lo único que le faltaba a Francine era un cuerpo; un cuerpo reluciente y fuerte, flexible, perfecto, lejos del cuerpo tosco y medroso, carcomido por la enfermedad que habían devuelto a la tierra. Y, si ese cuerpo de Francine, la autómata, llegase a hablar, le diría, «no pienso, papá, no pienso, que solo puedo repetir los mensajes que tú me dictas en ese disco que insertas en mitad de mi espalda», y entonces él tendría que acabar la frase lapidaria, y reconocer que, en no pensando, tal vez, la niña hubiera dejado, definitivamente, de existir. Aunque no es seguro, porque de la negación del antecedente no se sigue la negación del consecuente, ¿no es así?
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Del Libro de mujeres de Hélène Jans
Polvo para secar las lágrimas y aclarar la visión
He leído en los escritos de los médicos árabes que las conchas quemadas son buen remedio para la vista. Con varias de estas recetas de los antiguos he preparado una muy mía que cuento a continuación. Cogéis conchas quemadas y perlas por horadar, que desecan las humedades de los ojos porque fortifican los nervios, y en cantidad de dos onzas para cada cosa. Luego añadís almidón y alcohol, en cantidad de una moneda de plata para cada cosa. Y después añadís agua rosada, tres pizcas, y tres más de una goma que se llama alcanfor y que nace en la India de un árbol tan grande que pueden estar a su sombra más de doscientos hombres, no me preguntéis si holgados o en qué postura, que digo yo que estarán un poco los unos sobre los otros, pero esto es lo que dicen los sabios para que resulte notoria la grandeza de tal árbol, y no nos perdamos más. Dicen que, mezclada con los colirios, esta goma de alcanfor es un soberano remedio contra cualquier mal caliente de los ojos. Junto al alcanfor, ponéis también azúcar candi, que es el más apreciado, obtenido por una evaporación lenta, como se obtienen todas las cosas importantes, lentamente y sin prisas, y se usa para hacer desaparecer las cataratas. De alcanfor y de azúcar candi ponéis un peso de media moneda de plata por cada cosa. Y yo, a este saber de los antiguos, añado que pongáis también en la receta un puñado de corazones de dátiles y otro de mirabeles, que son frutas semejantes a las ciruelas, que llegaron de las Indias orientales, y que se crían hoy también por aquí, e instiladas blandamente en los ojos, cortan la inflamación, clarifican la vista y enjugan las lágrimas intempestivas. De todas estas cosas molidas y pasadas por un tamiz muy tupido, ponéis el resultado en una caja, y seguidamente un paño de tafetán por encima con unas pesas. Y quien padeciese de lloros inoportunos habrá de alcoholarse los ojos y ya no llorará. Que a veces el viento frío, o el polvo, o los humos hacen a todos humedecer la pupila, pero hay quien tiene los ojos, así porque sí, atribulados y propicios a la llorada, y de aqueste modo bien la pudiera remediar. También hay personas que sobrepasan las emociones de los demás, porque, por más de ser humanas, las emociones no se dan en todos por igual, y hay quien anda toda la vida con las emociones desbordadas. A mí me han gustado siempre esas personas sensibles y emotivas, y mucho me enoja que otros les afeen que tanto y tan fuerte rían, o que tanto y tan a menudo lloren. Por eso, de formar parte de esos que los duros de corazón llaman llorica, llorón, llorador, no dejéis de ser lo que sois. Pero, como os fatiguéis de sus escarnios, contened las lágrimas con este ungüento que, aseguro y prometo, resguarda la manifestación visible del sentimiento dejando intacta la emoción, que es lo que importa.
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Carta de Descartes a monsieur Des Tûilles
3 de diciembre de 1649
Querido amigo:
Por la presente os deseo que Dios os guarde a vos, a vuestra familia y hacienda. Mi viaje fue tan duro como estaba previsto. Luego de una travesía llena de incidentes que me dejaron mal sabor de boca, llegué por fin a mi destino. Estocolmo es impresionante: hermosa cuanto puede ser, no encuentro aquí el jolgorio eterno de Ámsterdam, no es como ella un hervidero, pero sí se deja ver que es poderosa. Los suecos viven bien. No se descubren rastros de miseria, ni criaturas corriendo solas por las calles, ni pobres de necesidad como se ve a menudo en otros lugares que he visitado. La ciudad no está, como la vuestra, construida a resguardo del mar, sino hecha sobre él. Los primeros edificios se levantaron sobre una pequeña isla en el estrecho canal de Strömmen, entre el mar Báltico y el lago Mälaren y, desde ahí, la ciudad ha ido, con su crecimiento, ocupando una docena de islas a ambos lados del Strömmen. Esta visión acuática me ha sorprendido: en los Países Bajos contenéis las aguas con fuertes diques para que no se ensañen con los humanos; aquí, en cambio, todo parece flotar sobre las aguas. Supongo que esto tiene que influir en el carácter de las personas de estos dos países. Con todo, no puedo detenerme mucho en la explicación, que todavía no he tenido tiempo para conocer este nuevo entorno muy a fondo y, por lo tanto, os iré relatando mi experiencia a medida que el viaje me vaya dando nuevos motivos. Otra opinión, muy diferente, me merecen las gentes de estas tierras. La reina de Suecia, Christina, me sorprendió ya por carta con las muestras de su clara y notable inteligencia; la profundidad de su pensamiento me había hecho imaginar su corte como un lugar idílico. Si en algún momento mostré reticencias a aceptar la invitación que me hacía, mis escrúpulos nada tenían que ver con esta predisposición de mi ánimo a considerar muy positivamente el escenario sueco. A fe que me equivocaba. Este país es frío, y la belleza de su capital no logra ocultar que las gentes de estas latitudes se mantienen reservadas, poco propicias a regalar sus afectos. La corte, como todas las que he conocido, es un nido de serpientes mal disimulado por la cortesía. Un hatajo de intrigantes tiene tomado el palacio. Un tal médico Boudelot, paisano mío, que no amigo, domina un círculo de adeptos a la corona que ostentan todas las virtudes propias de los cortesanos: son hipócritas, holgazanes y repugnantes. Por encima, la reina, interesada por la comunicación con todos los pueblos del mundo, habla latín, francés, alemán, flamenco y, por supuesto, sueco, además de estudiar con esmerada dedicación el griego y, para tanta Babel le hacen falta, claro está, docenas de gramáticos. Hélas! Si algún oficio o profesión detesto es la de gramático: repiten como loros de Indias su corto saber, son amantes de la excepción más que de la regularidad y, dómines de colegial, se instalan en un conocimiento que nunca indaga. ¡Pero líbrenos Dios de las furias de un gramático si confundes una preposición con un adverbio! No, nada que pueda excitar nuestro entendimiento está en la gramática. Pues bien, no sé cómo describiros mi sorpresa al ver que la reina está rodeada de gramáticos: ellos dictan sus cartas y la informan sobre todo, como verdaderos consejeros. Por si fuese poco, no me gustó ser invitado a las tertulias cortesanas donde se me mira como al extranjero que soy, donde todos esperan de mí una gracia, un donaire de caballero que nunca llega. Bien sabéis vos que la de construir ocurrencias agudas no es virtud de la que pueda vanagloriarme y estos quieren poco menos que los agasaje con razonamientos ingeniosos en diatribas de juguete. Después de asistir a una de estas reuniones de máscaras, escribí al secretario de Su Majestad que no volvería, que les rogase que no me molestasen con este tipo de exigencias sociales que no sabía satisfacer. A pesar de esforzarme por disimular mi cólera con la máxima cortesía de que fui capaz, el propio secretario levantó sus ojos hacia mí, tras leer la carta que le presentaba, incrédulo. Siento decepcionarlos y lejos de mí pretender unos derechos que no me corresponden mas no he nacido para divertimento de damiselas de corte. Luego de dar a imprenta mi ensayo sobre las pasiones, pretendo, más que nunca, desarrollar una visión total de la esencia humana y preciso una concentración que no puedo tener entre alimañas. Para eso debo ser avaro de mi tiempo, cueste lo que cueste. Este es otro de los males que me afligen. Veréis: durante toda mi vida he trabajado de una forma peculiar, poco habitual quizás entre los estudiosos. Acostumbro a dormir diez horas, a despertar tarde y a levantarme más tarde aún, que mucho me gusta meditar en el lecho, entre el calor de las cobijas, una costumbre esta que adquirí en la infancia de niño enfermizo que viví y de la que mucho lamentaría tener que desprenderme. A mediodía como y después me ocupo del jardín y monto a caballo o recibo amigos. Solo al anochecer puedo comenzar a trabajar, a veces prolongando la labor hasta altas horas de la noche. Nada de esto me será ahora permitido. En su primera entrevista la reina decidió que las cinco de la mañana era la mejor hora para vernos, so pretexto de que, antes de dedicarse a las cuestiones políticas que la ocupan, tendría la cabeza despejada para las meditaciones que yo pudiese sugerirle. Fijó con tal naturalidad la cita, como si nadie viviese de modo distinto al de ella, con un respeto tal a mi saber, que le exigía una cabeza despejada, que no fui capaz de replicar nada. Nos vemos, pues, a eso de las cinco de la mañana, en un salón impresionante, frío como el hierro. Para reunirme con ella tengo que desplazarme desde un edificio anexo al palacio y, ahora que las heladas ya han hecho su aparición, no sé a qué temo más, si a resbalar y romperme las piernas en esta tierra ingrata o a que el frío me enferme los pulmones. Creo que no he hecho lo correcto viniendo hasta aquí. Como sabéis, mantengo correspondencia con otras damas de importancia. Elizabeth de Bohemia, por ejemplo, mujer de inteligencia brillante y naturaleza tranquila, lleva escribiéndome muchos años y nunca me ha incordiado como esta princesa sueca. Probablemente debería haber permanecido en los Países Bajos, que tan bien me acogieron durante veinte años. En cuanto me sea posible, daré vuelta a esta mala decisión y comunicaré a la reina mi nostalgia por esas tierras. Lo haré con suavidad. Percibo en ella una naturaleza doble: o está muy activa o permanece indecisa y melancólica; es inestable y algo le hierve por dentro, que parece metida a la fuerza en una autoridad que le gustaría evitar. Pero no sé si seré capaz de sustraerme a su poderío, que algo en ella me hechiza y no consigo hacer lo que quiero. Que yo no quería venir y he venido, no quería madrugar y madrugo, y mucho me temo que esta mujer me haya privado de mi voluntad. ¡Si hasta me asignó desde la primera entrevista la tarea de escribir versos en francés para un ballet y asentí con agrado! Cierto es que la música siempre me ha gustado y tal vez haya llegado el momento de dedicarle un tiempo, pues desde la juventud he ido abandonando un poco este noble arte. Pero no me negaréis que he caído bajo: ¡trovador y tutor de la reina y, al tiempo, incapaz de rebelarme a sus deseos! Estoy subyugado y no es para menos, que los escasos tiempos que paso con ella, cuando sus obligaciones y su corte de gramáticos le permiten un momento para sí misma, son auténticamente gloriosos. ¡A fe que solo por causa de ese corto tiempo todavía permanezco en este país de osos, donde todo son rocas o hielo! Puedo aseguraros que nunca nadie me ha turbado de la forma en que ella lo hace. Le da vueltas a todos mis argumentos y, aunque me respeta, no sigue en absoluto la filosofía que yo imparto. Si Elizabeth de Bohemia se duele muchas veces de carecer del tiempo necesario para la introspección que el método de que soy autor prescribe, ella pinta en su cara una risita burlona y aduce que su pensamiento es, más bien, el de una ascética. Y su afición por los gramáticos tiene aún otra traba: la singular y desmedida inclinación que profesa hacia los griegos. Que la reina se me revela como una experta en textos oscuros y poco conocidos de los antiguos, desde los presocráticos hasta los epicúreos, textos que la mayoría de los hombres letrados desconocen y entre los cuales ella se maneja con soltura. No tengo nada contra su apego, pero no quiero que me influya o que me exija mantenerme acorde con una tradición que siempre he rechazado. Como sabéis, he evitado meticulosamente en mis trabajos citar a este o aquel sabio, que el conocimiento científico no debe nunca someterse a las opiniones de las autoridades, gentes ya muertas, que no pueden por tanto juzgar el grado actual de desarrollo del conocimiento. Que ni Aristóteles ni Galeno, por poner un ejemplo, conocían los trabajos de Harvey, así que mal se puede rastrear en ellos unas palabras que casen con lo que hoy sabemos acerca de la circulación sanguínea. Pues Su Majestad me importuna ahora en mis disertaciones matutinas, que hago somnoliento y muerto de frío, para decirme: «¿Este un tal astrónomo a que os referís en este texto es Copérnico?», «Y este que aludís en este otro fragmento… es Galileo, ¿verdad?». Que a veces no sé si quiere escuchar lo que yo le puedo enseñar, o si quiere indicarme las lindes de los territorios adonde nunca llegaré con mi exploración. Me informaron de que, desde niña, ha insistido en que personas sabias a su servicio le entretuviesen las horas perdidas con lo más curioso de las ciencias, y su espíritu, ávido de conocerlo todo, demanda continuamente información. No pasa un solo día sin que lea algo de la historia de Tácito, que ella llama «una partida de ajedrez». Para mi sorpresa, este autor, que da que pensar a los más sabios, le resulta inteligible incluso en los pasajes más oscuros y, allí donde los doctos paran, dudando sobre el sentido de las palabras, ella resuelve la expresión justa con maravillosa facilidad. Finalmente, le gusta en extremo tratar cuestiones problemáticas con mentes ligeras que mantengan posturas enfrentadas y nunca da su opinión hasta que todos los presentes hayan hablado, y habla en tan pocas palabras, y todas tan bien razonadas, que su opinión parece más bien un juicio formal y positivo. Y eso le viene de que aborda cualquier cuestión con luces y sin prisas y, cuando habla de algo, reflexiona mucho antes de decidirse. Nunca pensé conocer a nadie semejante, y os digo esto porque me sorprenden estos sentimientos, que, como bien sabéis, vos que me conocéis y a quien con honor puedo llamar amigo, no soy hombre dado a concupiscencias ni a vanos amoríos. A pesar de esta atracción, o precisamente debido a ella, me siento triste en Estocolmo, al lado de esta mujer magnética e inteligente, en este espacio frío y hermoso, cuando todo aparentemente me sonríe. No sé por qué razón acude a mi mente una y otra vez la idea de la muerte, que es también magnética y fría, como la reina que estoy siempre deseando ver. Y, si nunca me ha gustado tener pensamientos lúgubres, ahora la muerte me repele como nunca, que se diría que mi turbación se parece demasiado al miedo para no recibir tan mal nombre. No os fatigaré más con mis cuitas; solo una cosa quiero añadir. Antes de dejar los Países Bajos, oí hablar largamente de la libertad de costumbres de la reina. Pero, luego de dos entrevistas con ella, ya creo conocerla bastante para osar decir que se ve adornada de más virtudes de las que la fama le atribuye. En las últimas semanas he tenido por varias veces ocasión de defenderla colocándome espontáneamente contra los chismorreos que, incluso aquí, en su casa, la asedian. Puedo dar testimonio de la virtud tan alta y excelente de esta admirable reina, tan alejada de las debilidades de su sexo y tan absolutamente dueña de sus pasiones. Es, con seguridad, la mujer más atrayente que he conocido en toda mi vida. Por eso temo no saber controlar y dirigir este sentimiento, ¿me entendéis vos? Pues será el mérito vuestro, que ni yo mismo me entiendo. Recibid con esta misiva la amistad toda de vuestro muy leal,
R. D.
20
Del Libro de mujeres de Hélène Jans
Alcaravea (Carum carvi)
Planta de raíz profundísima, coronada por una roseta de hojas recortadas y un tallo ramificado, rematado por flores blancas o rosadas pequeñas. Toda la planta desprende un rico perfume. Las florecillas tienen unas cabezas que pueden molerse en fino polvo o masticarse enteras, en cantidad de una media cucharada cada día. Da buen aliento y elimina los gases intestinales. Sin embargo, su principal virtud es que estimula la producción de leche en la mujer, por lo que se administrará generosamente a las menos alimentadas, que son las más. Digo esto porque en nuestros días la belleza dicta que la mujer, para ser hermosa, debe aparecer bien abundante en carnes y mucho me temo que, si gustan las mujeres gordas, es por su rareza, que las mujeres apenas comen de lo que sobra a los demás, que sirven la mesa y son las últimas en sentarse, que siempre oí repetir que una madre no se muere de hartazgo. Y es verdad. Por eso, cuando el tiempo de la crianza exige de la mujer que libere unos nutrientes que le hacen falta para mantenerse, natura puede ayudarla con sustancias como la alcaravea. Y aprovecho esta disertación para afirmar que las mujeres no deben pretender estar gordas para gustar más, que sus cuerpos son como son, y quien las ame debe hacerlo por lo que ellas son, no por lo que quisieran los otros que fuesen, y si digo esto es porque muchas veces acuden a mí las mujeres para disfrazar su auténtica naturaleza, que incluso se diría que infunde miedo pensar en una mujer que tenga gustos propios.
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Carta de la reina Christina a su amiga la baronesa madame Dupont
3 de diciembre de 1649
(Mme. Dupont, antes de su matrimonio, fue camarera de la reina y damisela que miraba por cierto agujerito de la pared. I. A.)
Queridísima:
¡Cuánto lamento que la gota que aflige a tu esposo te impida viajar a Estocolmo este invierno! Te vas a perder una auténtica fiesta, pues la ciudad está como nunca: desbordada y gastadora. Te preguntarás la causa de tanta galerna. Pues, muy sencillo, que preparo una celebración en serio, que ya iba siendo hora. Como sabes, cuando mi padre murió, los senadores prescribieron un larguísimo luto, propio del tiempo de regencia, y más tarde no quisieron mostrar al pueblo la imagen de debilidad que daría una reina adolescente. Luego vino el affaire de mi madre y, desde ahí, me invadió una cierta atonía: bastante complicada es la vida de por sí para acometer grandes celebraciones, que obligan a estar todo el día hablando con quien no te entiende, a dejar el país desgobernado y el espíritu desatendido. Así que el tiempo fue pasando sin que yo me decidiese y, un día por otro, los años corriendo. Pero ahora me he dado cuenta de que quiero hacer una celebración por todo lo alto, antes de que sea tarde. No vayas a pensar que estoy enferma o que me aflige algún mal. Tampoco creo que haya más locos dispuestos a asesinarme de lo que es razonablemente esperable dado el cargo que ostento. En fin, no pasa nada que deba alarmarte… Sin embargo, creo que he de asustaros a todos con cierta decisión que pienso tomar sin demora. No te adelanto nada, que las frutas deben llegar a su tiempo, que antes están verdes y después en exceso maduras, y ni de un modo ni del otro son de nuestro agrado. Probablemente estés notándome cambiada. Yo misma me siento distinta. En parte debe de ser por la presencia de esa gran mente que, como sabes, está entre nosotros. Ya te hablé de él en la última carta, pero debo volver a hacerlo. El desafío intelectual que para mí supone su presencia tiene una acción comparable a la de un tónico: me hace estar viva. Así de sencillo. Con todo, temo que no me va a ser posible retenerlo mucho tiempo aquí. Es un culo de mal asiento. Viajó de un lado a otro en su juventud y le ha quedado el gusto por cambiar de paisaje. Y, si permaneció veinte años en los Países Bajos, no vayas a pensar que estaba instalado. Me han informado que cambió once veces de residencia, ¡once veces! Mucho tiempo permaneció en Ámsterdam, pero también pasó temporadas en Franecker, en Egmond, en Deventer, en no sé cuántos sitios… Probablemente esta rutina palaciega no lo atrape. De hecho, lo noto triste, tal vez aburrido. Busco la verdad en su palabra, pero no resulta fácil. Creo que, por un lado, quiere marcharse y, por otro, quiere quedarse. Seguro que yo tampoco me dirijo a él como debiera, que no es a preguntar a lo que me han enseñado mis maestros sino a mandar y, por desgracia, ni quiero, ni puedo exigirle que se quede aquí el resto de su vida. Además, él es terriblemente diplomático. Ya sabes que, cuando escribe, procura quedar a bien con todos, que quiere agradar por igual a los científicos perseguidos por la Inquisición que al papa y a los teólogos de París. Muchos, claro está, lo juzgan chaquetero y meapilas por recular varias veces en sus opiniones y él mismo me ha confesado que en algunos momentos de su vida se ha sentido asustado, pensando en cómo se recibirían sus escritos, especialmente cuando tuvo lugar el procesamiento y la condena de Galileo. No sé yo, sin embargo, si las bocas no hablarán de más en este episodio como tantas otras veces, que rectificar no quiere decir plegarse a los poderosos, que la prudencia es una virtud de gran valor, aconsejada por los padres de la Iglesia lo mismo que por los sabios de la Antigüedad. Como ves, me he informado bastante de cómo era su vida. ¡Puedes creerme, que no me faltan detalles! Siempre le ha gustado vivir bien alojado y mejor servido, gozando de una condición acomodada que le venía de la fortuna de su padre, un hidalgo del norte de Francia que ejerció de juez muchos años, igual que su hijo mayor, que en lo tocante a hacienda él es la oveja negra de la familia. En los Países Bajos seguía un régimen de vida muy ordenado: se levantaba tarde, comía a mediodía, hacía ejercicio suave al aire libre y trabajaba hasta altas horas de la noche. He dispuesto que nadie le altere ese ritmo, que es muy gozoso cuando uno puede mantener las costumbres que le son gratas. Únicamente he transgredido su régimen al solicitarle que me explicase sus trabajos muy de mañana. Supongo que eso no le molestará, puesto que es la única hora en que él no hacía nada interesante, salvo dormir, y así le doy a entender la importancia que para mí tiene escuchar de su viva voz las lecciones que tenga a bien darme. No, no creo que eso pueda incomodarlo, ¿verdad?… Si me preguntases cómo es su figura, te diría que resulta atractivo, aunque sus facciones no son armónicas. Destaca el porte distinguido y la suavidad en el hablar. Es muy tímido, ¿sabes?, tanto que resulta difícil hacerle conversar sobre algo diferente de su filosofía. Va siempre impecablemente vestido, no como acostumbramos a ir por aquí, más protegidos contra el frío que elegantes, y me sorprende que siempre lleva espada. ¿A que no lo esperabas? Yo tampoco, como igualmente me sorprendió que se mostrase extremadamente piadoso, casi un poco beato… Sabía que era católico, no que practicase con tanta asiduidad. Sin embargo, no sé por qué se me antoja que, por mucho que reza, le falta espiritualidad. Tengo que meditar sobre esto para explicártelo mejor… que me parece que se ocupa más de guardar el recato de los ritos que de cultivar la ternura que precisa la religiosidad verdadera. No sé… Por lo demás, según mis informantes, trabaja pocas horas y no lee casi nada. Parece que ha escrito todos sus libros en tiempos breves de gran concentración. Impactante, ¿eh? No sé por qué me extiendo tanto en estos pormenores, que al fin es un invitado más, como tantos que hemos alojado en este Estocolmo que te espera, querida, ansiosamente… Y cuando alojamos a estos ilustres invitados es en muestra de la natural tendencia del pueblo sueco al estudio y a la meditación, que no somos, como se dice por ahí, una tribu de estúpidos cazadores de osos en medio de grutas heladas. Quizás los asuntos de gobierno, siempre tan asfixiantes, me tienen un poco agitada y estoy dando excesiva relevancia a detalles como estos, que no sé qué me tiene que importar a mí que la agenda de actividades del filósofo sea divertida o no, que él ha venido aquí a enseñarme y eso se hará, es natural, cuando yo pueda, que estoy ocupada con más asuntos de los que quisiera y, como te decía más arriba, pronto habrá algo muy importante que anunciaros a todos. Cuida a tu esposo, mas, con él o sin él, ven hasta aquí. Que no falte el pequeño Louis-André; me encantará mimarlo. Con todos los besos, linda, te espera,
Kristina
R. S.
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Del Libro de mujeres de Hélène Jans
Receta para hacer solimán, siendo esta una receta que se añade ahora, hacia el fin del libro, por dedicación a todas las nodrizas que en el mundo han sido
El solimán es un afeite que las mujeres han usado desde tiempos antiguos para hermosearse y su excelencia es tal que muchos físicos han hablado en su contra, pues los hombres temen que las mujeres así ungidas parezcan lo que no son y que sus padres les den gato por liebre y acaben casados con mujeres cargadas de años que parezcan por efecto del solimán doncellas bellísimas. Pero el principal mérito de esta receta que yo utilizo es que no actúa solo sobre la belleza del rostro, sobre arrugas o patas de gallo, que va más adentro, y hace acudir la risa al semblante, y hace sentir feliz, y hace mirar la existencia con ganas, y hace que los ánimos nazcan de las pequeñas hermosuras que trae cada jornada. Y os he de dar mi receta con la sola condición de que la uséis para mejorar de dentro hacia fuera, y no solo por fuera. Para obtener una onza de este remedio conviene que toméis dos octavos de azogue y lavéis este azogue con una migaja de pan hasta que se ponga el pan blanco. Y después lo traeréis en la mano, amasándolo con leche de mujer que sea de hijo, que la leche de mujer fue usada ya por los antiguos en muchos remedios. Y resulta más eficaz la leche que viene de la madre de un niño varón, tan solo superada por la de la madre de gemelos varones. Cuentan incluso que la leche de mujer se usa mucho en Francia para curar tísicos, a los cuales les buscan una mujer hermosa, joven, blanca, limpia, sana, alegre y graciosa, que les ponga el pecho en la boca y, tanto con dulce conversación, como con su leche sabrosa, los restaure. Que digo yo, cuando esto leo en Plinio el Viejo, que el tísico, de no sanar, por lo menos pasará bien divertido los últimos trances. Pero en nuestro remedio no hay tanto delirio, que una vez amasado el azogue con la leche, se ha de cubrir con un paño limpio, y dejarlo que se linde como masa. Una vez que se hubiese hecho un único cuerpo, tornad a traerlo a las manos hasta que se ponga de color que no sea blanco ni negro. Y tornadlo a amasar y a empañar y dejadlo estar reposando todavía otro día, cuidando de no ser prontas de más, que conviene esperar cuantos días sea menester hasta que se vaya poniendo blancuzco. En cuanto esté blanco, echaréis agua de lluvia dentro del mortero y la mudaréis por nueve veces para dejar después que esa lluvia se seque en el mortero. Y, como esté enjuta, atad esa masa en un paño de lino, que sea nuevo, bien doblado. Y tomad una gallina, que sea negra, y quitadle el papo y los menudos. Y meted el paño dentro de la gallina y ponedla en una cazuela y llenadla de agua de lluvia y calentad a fuego vivo hasta que se deshaga toda. Sacad luego el paño y, puesto en un plato, haced pelotitas con él, que ya tenéis vuestro albayalde.
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El 2 de febrero de 1650, el filósofo, cuando acudía muy de mañana a su reunión con Christina, reina de Suecia, de la muy noble estirpe de los Vasa, sintió un escalofrío. Decidió mitigarlo bebiendo un buen trago de aguardiente. El remedio, por más que viril y socorrido, no dio el resultado oportuno pues al día siguiente tuvo que guardar cama. Y los rumores corrieron como liebres por palacio. Según algunos, la enfermedad procedía del esfuerzo al que le obligaba poner en orden su filosofía para explicársela a la reina que, siendo mujer, no era muy dada a entender, ni muy provista de intelecto por natura, ni muy abundante en formación. Bien se entiende que debió de suponerle un gran esfuerzo la síntesis en un caso tal, puesto que no vas a decir «Majestad, copiadme esto mil veces», ni colgarle orejas de burra, ni pegarle con regla; en fin, que un esfuerzo pedagógico como este bien podría ocasionar fiebres en alguien tan esmirriado como el filósofo. Según otros, fueron las naturales inclemencias del viaje, junto a ciertas heridas que algunos acontecimientos de la travesía reabrieron, las que lo tenían desmejorado y sombrío, que nunca se vio hombre enamorado tan amurriado, que lo de enamorado lo daban todos por seguro. Tampoco faltaron los que aseguraron que la indisposición pasajera se debía al exceso de vino de España con que los médicos de los Países Bajos le habían tratado la gota. Pero él nunca había padecido gota, que era mal frecuente, sí, que se daba en las figuras más encumbradas, sí, pero que él no padecía. Por fin, las lenguas más afiladas de Estocolmo difundieron a los cuatro vientos que el filósofo estaba encamado por el veneno que le habían administrado los gramáticos, envidiosos de su creciente influencia sobre la reina. Y, junto a los gramáticos, todavía más debían de abundar los descontentos. Bien sabido es, como prueba de esta animosidad general contra él, lo que el inglés Guideon Harvey publicó en su Vanities of Philosophy, que el tunante francés, con su agradable conversación, con ese tono tan cordial y resonancias de barítono en la voz, no podía sino cautivar a los que lo oyeran, especialmente si eran mujeres, que las hijas de Eva son superficiales y vanas, y se dejan influir por estas cosas, y más aún se dejan llevar por los impulsos naturales que tienden a situarlas en posición horizontal. Pero lo cierto es que la pose esa de la vocecilla grave y los ademanes seductores servían para mezclar sus discursos insignificantes sobre la dirección que describen los haces de luz con cuestiones realmente importantes, como la religión. De modo que, entre explicación magistral y ejemplo, seguro que intercalaba para quien lo escuchase la insinuación de que debía adoptar el catolicismo. Así le sucedería a la princesa del palatinado Elizabeth, y al príncipe Philip de Inglaterra, y a la propia Christina y, de vivir una vida larga, seduciría a un gran número de personas notables y distinguidas, que el filósofo era, más bien, un jesuita enmascarado, un auténtico predicador de las Misiones de Jesús bajo capa de gentilhombre, sabio, filósofo y, ¡hay que ver!, hasta matemático. No obstante, todos a una, los que pensaban en el esfuerzo de la síntesis del racionalismo, los que culpaban al viaje, al vino o al veneno, todos estaban convencidos de que el filósofo había ido a Estocolmo a morir y que allí moriría.
Y en estas estuvo nueve días: febril, débil, cansado, nervioso. Primero se negó a que lo sangraran, que no se fiaba mucho de los suecos, ni de los físicos, cuanto menos iba a fiarse, lógico y metódico como él era, de los físicos suecos. Y siguió agotado, delirante, sudoroso, con la incómoda sensación de haber perdido el tiempo. Alguna vez pensó con ternura en Hélène, quién lo iba a decir tanto tiempo después, y sonrió al recordar cómo lo miraba ella, con aquellos ojos que leían en sus profundidades, y pensó en lo bueno que sería tenerla allí, entregada a curarlo, con sus plantas que olían a paraíso, con las manos, con las palabras, que de todas las formas conocidas sabía curar Hélène, además de algunas nuevas, de su propia invención. Lamentó no saber nada de ella, no haber sabido nada de ella en todos aquellos años, y lamentó no haberla amado como ella merecía, que ella merecía, sin lugar a dudas, tanto amor cuanto se pudiese dar a alguien en la tierra. Después mandó, por favor, que le hiciesen la sangría de una vez, que no se reconocía de lo sentimental que se estaba poniendo. Y se la hicieron. Y aguardaron. Aguardaron a ver si estaba de Dios que sanase, porque como estuviese de los hombres poco había que hacer. Aguardaron mientras él se sumergía en el delirio, como quien se estuviese tirando a las aguas por el puente de Stortorget, y recordaba la risa de Hélène y la ponía sobre el cuerpo de Christina, y hacía su mente mezcolanzas indebidas, que debía de tener un trasgo, algo así como un genio maligno, suelto por el cerebro y en estos instantes tan delicados el tan misterioso ser estaba dándole la lata. En un momento de lucidez, revisó sus papeles y dejó unos cuantos muy preparaditos para la reina, que, puesto que tenía que pasar por la vergüenza de que una persona como ella, a quien él tanto admiraba, lo fuese a ver con la desnudez de la muerte, que siempre es traje grotesco, que por lo menos guardase también algún buen recuerdo y alguna constancia de lo que él sentía por ella. Y junto a esa declaración amorosa, la única que había escrito nunca, metió en el paquete, misteriosamente, algunos pergaminos que ponían H. J., esperando que la reina entendiese lo que tenía que hacer con ellos, que no se dan instrucciones al ser amado, que los corazones amantes intuyen con extraordinaria exactitud lo que el otro desea. Y se adormeció, y despertó, y recordó las caricias, el olor a tierra mojada, el calor de las sonrisas, el abrazo con el compañero al finalizar un juego de esgrima, la vocecilla de Francine, los juegos de la infancia, la sensación del agua fría al zambullirse en un río, ya no sabía cuál. Mezclaba todo porque ya nada era claro y distinto, como a él le gustaba. Pidió, una vez más, pluma y comenzó a escribir a sus hermanos, pero tuvo que detenerse y continuar al dictado, que las fuerzas todas del cuerpo lo estaban abandonando. Y en la misiva, ya testamento, rogaba a los suyos, especialmente a Pierre, el hermano mayor y cabeza visible de la familia, que siguiesen manteniendo a Madeleine Brun, la mujer que había sido su nodriza en la infancia y que iba a sobrevivirle. ¡Prenda mía, mi niño querido, tan bonito, que con tanta fuerza mamaba, con tantas ganas de vivir… y ahora muerto! Que de no ser por ella no habría gozado de esta vida mortal, de la que tan poco me queda. Que la llevo manteniendo, a Madeleine, toda la vida, que no se pagan nunca bastante los cuidados recibidos, no vaya ese desgraciado de Pierre a dejármela desatendida de vieja. Y, a medida que perdía fuerza, y tosía, y notaba la dificultad creciente de respirar, el filósofo comenzaba a experimentar lo que era, verdaderamente, tener el alma separada del cuerpo.
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Del Libro de mujeres de Hélène Jans
Para fin del recetario
Deleitaros quise con un conjunto de remedios, todos muy buenos y todos por mí probados, con los que tenéis a vuestra disposición un auténtico manual de mujeres. Y no os prometo que los ungüentos sean mágicos ni las recuperaciones milagrosas, sino un verdadero conocimiento en el arte de preparar pócimas, restauraciones, perfumes, bálsamos, e incluso comidas, que no solo tratamos de higiene y cosmética, que mucho sabían nuestras madres, que nunca daban a los enfermos o a los niños los mismos yantares que a los restantes miembros de la familia. Os he enseñado a elaborar jarabes y conservas, a mezclar plantas, a recolectar, secar y aplicar hierbas medicinales, y a otras muchas cosas. Y todo lo que aquí encontrasteis escrito no fue en vocablos de medicina ni en palabras oscuras, sino hablando vulgarmente, de modo que cualquier persona lo pudiese entender. Y francamente creo que esta obra mía es muy buena, que solo conozco un libro anterior semejante, de un portugués mal avenido con las autoridades. Pero, aunque muchos hubiere de este jaez, como yo lo he escrito con tanto cariño y tanto gusto, no creo que otros pudiesen mejorarlo, sino como mucho igualarlo. Y recojo todo de lo que algo sé, de lo que he visto hacer, de cómo sanar a los que he visto esforzados, que las mujeres resuelven sus problemas sin llamar a Hipócrates ni a Avicena, aunque yo, que sí los he invocado a veces, pueda con gusto combinar lo que dicen los grandes sabios con lo que se lee en los cuadernos caseros de esas mujeres que por tantas veces he oído llamar brujas. Y a quien esto le aproveche, feliz sea, y quien no quiera probar, que no lea y se deje consunto en el miedo, que para tontos medrosos no se hizo la miel, que hay que saber robársela a las abejas, y todo lo que da placer en la vida tiene que apurarse venciendo los temores y las incertidumbres. Y pues digo, este libro contiene:
Primeramente, muchos remedios para diversas enfermedades del cuerpo y del alma, que no creo que anden separadas, que cuando a alguien le duele una herida, de inmediato se pone triste y, al revés, cuando anda irritado, suele dolerle el estómago o bien no respirar;
ítem recetas para perfumes;
ítem aguas, mudas, blanduras y otras cosas para el rostro;
ítem muchos polvos lavatorios y otras cosas para los dientes;
ítem remedios provechosos para poner buenas las manos maltratadas;
ítem conservas, potajes, y manjares con que revivir a un agonizante;
ítem lejías y unturas para el cabello y la piel.
Que de todo esto saldrán las señoras satisfechas. Con todo, aquellos remedios de los que más provecho podréis sacar, según mi caletre, son las recetas que se dedican a las enfermedades y cuidados específicos de las mujeres, y eso por varias razones. En primer lugar, el embarazo, el parto y el sobreparto con sus entuertos son cosa de todos los días. Además los médicos no se ocupan mucho de saber sobre estos particulares, y cuando algo saben, se empeñan en ocultar su conocimiento o disimularlo, y raramente asisten a las mujeres, aunque estas los precisen, por no examinar unas partes que a otros hombres pudiese parecer que no debían haber visto, que valiente médico es el que se deja así avasallar por melindres y permite que se le muera una paciente sin acudirla por un «no vayan a decir que he visto y tocado lo que no tenía siquiera que imaginar». Y todavía otra razón me movió para ocuparme de asuntos de mujeres, que es tal y como explico. Los sabios afirmaron que las mujeres se definen por la oscuridad, la debilidad, la frialdad y la humedad, que dice un tal llamado Hipócrates, muy reputado, que el carácter de la mujer depende de su matriz. Y de ahí vienen un montón de cuentos, que los sabios dan por ciencia y saber moderno, siendo antiquísimo y dictado por el odio de los hombres más ruines y menos amigos de mujer, que aseguran que la matriz es movida por la Luna y por la imaginación, lo cual es verdadero, pero de ahí sacan que eso hace medrar las pasiones del odio, la venganza y la lujuria, y callan que, según los viejos arcanos, la Luna y la imaginación que operan sobre la matriz, aunque mueven a esas pasiones desbocadas, también aumentan la ternura y la compasión, con las que se hace el mejor de los amores. Y no puede extrañar que, con médicos tan revenidos, las mujeres no quieran, sacudidas por los espasmos del parto, o sangrando, ser reconocidas por quien tan mal de ellas piensa, y prefieran ser examinadas de otras mujeres. Por eso he dado mucha importancia en mi recetario a los remedios que las mujeres precisan y de los que gustan saber, y si a lector masculino incomodase, que deje la obrita que tiene en la mano para más tarde, cuando madure y comprenda que no se puede callar aquello de lo que hay que hablar. También son de mi agrado, de los remedios que en este libro se tratan, la elaboración de pastillas y cazoletas, que con aromas ricos consiguen prevenir contagios, porque los aceites perfumados, al ungir el cuerpo, curan heridas, además de impregnar los vestidos y regalar la nariz. Muchos tienen miedo de estas sustancias, que los teólogos condenan como contrarias a la castidad. Los padres de la Iglesia, según oí decir en mi juventud, dicen que pecan las mujeres que usan cosméticos, que solo eso ya me inclinó siempre a usarlos, porque yerran al asegurar que así se comete la falta gravísima de corregir la imagen que el Creador les dio y con ese nuevo aspecto colaboran con el Diablo. Los afeites no deshacen la imagen de Dios, ni modifican lo que Él ha trazado, que mucha soberbia sería querer enmendar lo que Él hiciere. Ahora bien, no hay más que ver la cara que pasean algunos para percatarse de que, si Dios es perfecto en sus obras, a veces debe de andar algo confundido o, al contrario, si Dios es la perfección misma, no será por sus obras, que a veces bien defectuosas le salen. De todos modos, no se sabe que Él haya dicho: «Así te hago, así quedes». En otros aspectos, que yo sepa, siempre valoraron los moralistas los caminos de perfeccionamiento, de modo que aquel que tuviese un natural mentiroso y a quien, por lo tanto, le costase el doble que a otro no mentir, en no mintiendo, ofrecería una mesura más grata a ojos divinos que la de aquel otro que no tuviese de entrada tal inclinación. O, por poner otro ejemplo, si tuvieres un natural dado a cualquier tipo de pasión, no sé si con acierto o sin él, tu contención se valorará como más bonita y perfecta de la que mostrare quien no tuviese tal disposición inicial. Siguiendo el razonamiento, si naces hermoso y dejas que la vida te estropee, creo yo que no estás empleando bien tus talentos, o no tanto como si naces feo y consigues no parecérselo a los demás, a fuerza de mejorarlo, que una mirada luminosa, una piel sin granos, o un buen olor son bellezas que no provocan lujuria ni enmiendan la obra divina. Y digo yo, por fin, que habiendo un Dios que creó la belleza, la belleza no será mala a sus ojos, que para algo la creó, no había de ser para la perdición de todos. Pero no seguiré por aquí, que, si varón hubiese nacido, de seguro habría sido teólogo, tanto es mi afán por corregirles a los moralistas las sandeces que han escrito. Y digo, y ya acabo, que de todo cuanto hubieseis menester para preparar mis recetas, de todo creo podéis encontrar en una botica bien abastecida, que no pretendí que convirtieseis vuestra casa en una cueva de alquimistas. Casi todas las sustancias proceden de las que mencionan los sabios Plinio, Hipócrates, Galeno, Avicena, Rhazes y otros. Pero también he experimentado con las que usan las abuelas, los boticarios de viejo, los frailes de los conventos, las parteras, y algunos sanadores, brujas blancas, componedores y demás oficios asociados a la magia. No os sorprendáis, luego, del uso de conchas quemadas, de hiel de lagarto, de unto de gato, de orines del aquejado por el mal, de cuerno de toro, cosas todas que se dicen propias de brujas y que, sin embargo, si ayudaren a remediar nuestros males, no veo por qué no se han de usar, que a veces muy buenos remedios hacen. Y a este respecto preguntaría yo a los moralistas si, en caso de tener un hijo propio y muy querido agonizándoles delante, dudarían en acudir a cualquiera de estas pócimas por su mala fama, arriesgando la salud del paciente y su posibilidad de restauración. Que a los muy religiosos me gustaría pedirles que se aplicasen su cuento, porque si morir o vivir está de Dios, y solo en sus manos, administrar al doliente un remedio u otro no puede contravenir la voluntad divina, que es suprema y actúa por encima de nuestra humilde intervención de sanadores. Pero, mientras Dios nos deje el cuerpo de este lado de la vida y no lo traspase al otro, será para que hagamos con él cuanto esté en nuestra mano, no para que andemos con vanos escrúpulos sobre si estará bien o no aplicar este remedio, que yo acostumbro a agotarlos todos antes de darme por vencida y nunca me he sentido sucia por usar receta de bruja. Y no me tenéis que dar respuesta de vuestra meditación, que cada cual tiene para sí sus cuitas. Por lo demás no puedo prometer nada: he visto a alguien muy amado abandonar este mundo por mucho que mi arte le intentase retener el cuerpo de este lado de la vida sin nada poder hacer. Así pues, hermoseaos, mejorad, restauraos de toses y lágrimas, enmendad lo que es enmendable y gozad de lo que trae cada día, que la otra, la negra, la innombrable os aguarda impaciente y llegará, seguro, sin que receta, ni pócima, ni lavativa pueda libraros de su venida. Y adiós.
H. J.
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