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Siglo XXI / Ciencias sociales

Steven Forti

Extrema derecha 2.0

Qué es y cómo combatirla

Prólogo de Enric Juliana


La extrema derecha está dejando de raparse la cabeza y cada vez emplea menos el saludo romano; ahora se pone traje y corbata, y, junto al emoji de carita sonriente y el de la taza de café, continúa la cadena de fake news y comparte los titulares con mayor clickbait que le han llegado a través de sus redes sociales para dar los buenos días. Aunque aquella resulta clara y llanamente amenazadora, la nueva versión encierra peligros que pasan fácilmente inadvertidos.

Steven Forti, en su Extrema derecha 2.0, señala que, alejada de los fascismos que asolaron Europa y desde el estilo populista que permea nuestro presente, la nueva extrema derecha está alcanzando una dimensión de fenómeno global. Disfrazada de democrática, la extrema derecha no solo ha entrado en las instituciones y comienza a tener un mayor peso, sino que pulula por internet y gangrena las redes sociales –normalizando así su discurso e ideología– para corroer la democracia desde dentro.

«Si no les gustó la extrema derecha del siglo XX, tampoco lo hará su versión 2.0, aunque pueda ser difícil de identificar. La obra de Steven Forti señala y describe este fenómeno a escala mundial.»

GUILLEM MARTÍNEZ

«La aportación de Steven Forti es muy valiosa para reconocer las nuevas formas que toma la extrema derecha que amenaza nuestras democracias. Solo así podremos adoptar las herramientas apropiadas para combatirla y vencerla.»

ADA COLAU

«Este excelente libro del historiador Steven Forti señala cuál es el dispositivo que ha puesto en marcha la reencarnación de la derecha autoritaria y nos invita a reflexionar qué hay de eterno en el fascismo.»

ENRIC JULIANA

Steven Forti es investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa y profesor asociado en la Universitat Autònoma de Barcelona. Sus investigaciones se centran en los fascismos, los nacionalismos y las extremas derechas en la época contemporánea. Entre sus publicaciones destacan El peso de la nación. Nicola Bombacci, Paul Marion y Óscar Pérez Solís en la Europa de entreguerras (2014); con Enric Ucelay-Da Cal y Arnau Gonzàlez i Vilalta (eds.), El proceso separatista en Cataluña. Análisis de un pasado reciente (2006-2017) (2017); con Francisco Veiga, Carlos González-Villa y Alfredo Sasso, Patriotas indignados. Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría. Neofascismo, posfascismo y nazbols (2019).

Es miembro de los consejos de redacción de CTXT, Política & Prosa, Il Mulino y Spagna Contemporanea.

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RAG

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© Steven Forti, 2021

© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2021

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.sigloxxieditores.com

ISBN: 978-84-323-2038-5

A Esther Béjarano (1924-2021)

la «chica con el acordeón»,

superviviente del Holocausto

e incansable luchadora.

LA GRIPE TRAJO EL FASCISMO

El periodista italiano Benito Mussolini dirigía un diario digital muy atento a la amargura de los soldados que habían salido lisiados y traumatizados de los duros combates de la Primera Guerra Mundial, la gran carnicería europea del siglo XX. Los aduló, los organizó y los convirtió en fuerza de choque contra el sindicalismo agrario. Gracias a ellos, alcanzó el poder a finales del 1922, pronto hará cien años. Gracias a ellos, la palabra fascismo todavía nos persigue.

La gripe española alguna cosa tuvo que ver con el triunfo de aquel tribuno que tan bien manejaba la magia de la comunicación. La devastadora epidemia (llamada española porque los diarios digitales españoles eran los únicos en informar libremente de ella, puesto que en todos los países implicados en la Gran Guerra regía la censura militar) mató a más de 40 millones de personas en todo el mundo entre 1918 y 1920, contagiando a casi un tercio de la humanidad. En Italia, la gripe llevó a la tumba a unas 600.000 personas, casi tantas como soldados dieron la vida combatiendo a las tropas del Imperio Austrohúngaro en los Alpes orientales, en el Adriático y en los Balcanes. La pandemia mató a tanta gente en Italia como civiles causaron baja como consecuencia de los combates y escaramuzas (589.000 fallecidos).

La gripe y la guerra eliminaron, por tanto, a unos 1,8 millones de italianos. El Réquiem de Verdi. Cinco de cada cien habitantes del más joven Estado nacional de la Europa occidental cayeron fulminados. Esa fue la primera cuna del fascismo. Imaginemos que una suma de desgracias se hubiese llevado por delante en los últimos tres años a 2,3 millones de personas en España.

Todo balance trágico debe considerar también a los heridos. La Primera Guerra Mundial dejó en Italia a 450.000 soldados con invalidez permanente: ciegos, mutilados, lisiados y trastornados, en una época en la que aún no se había afinado el diagnóstico del estrés postraumático. El Estado no les compensó bien y mucha gente les dio la espalda, por uno de esos movimientos de péndulo que producen las guerras. El pueblo estaba hastiado. La victoria había sido muy costosa, puesto que Italia fue humillada por los austriacos en la batalla de Caporetto (1917), un pavoroso desastre militar que obligó a cambiar a todo el Estado Mayor. Los altos oficiales se habían defendido acusando a la tropa de cobardía. Esa debilidad provocó la marginación de Italia en la foto de los vencedores. El joven reino de los Saboya no consiguió en la Conferencia de París de 1919 las compensaciones territoriales pactadas en el Tratado de Londres de 1915, con el que se había sumado a los intereses de Inglaterra y Francia. Después de la gran matanza en los Alpes, apenas hubo botín territorial. «Una victoria mutilada», dijo el poeta nacionalista Gabriele D’Annunzio a sus millones de seguidores en las redes sociales. Lisiados y desquiciados, los veteranos de guerra se sintieron aún más humillados.

Los socialistas, que se habían dividido dramáticamente a consecuencia de la guerra, no tuvieron la perspicacia de acoger cálidamente a los antiguos combatientes, campesinos sin tierra y sin pierna muchos de ellos. El alma pacifista del movimiento socialista sacaba pecho: «¡Teníamos razón!». Muchos de ellos miraban a los lisiados con despecho. No les tendieron la mano cuando formaron asociaciones para exigir honores, gloria y un poco más de pensión.

El resentimiento de los veteranos se lo quedó el periodista Musso­lini. Ese hombre de cabeza contundente y mirada penetrante conocía el paño, puesto que primero fue socialista pacifista, radical entre los radicales, y después socialista intervencionista, hasta que lo echaron del partido. Al frente de su diario digital (que no se llamaba OK.Giornale) organizó políticamente aquella corriente de odio que embargaba a los hombres que habían ido a la guerra y que ahora pedían caridad por las calles o malvivían en los suburbios. Primero jaleó a las asociaciones de excombatientes con los expresivos titulares de Il Popolo d’Italia. Después les ofreció un hogar político: los Fascios de Combate. Después los uniformó con la tradicional camisa negra de los campesinos romañolos. En primera línea colocó a los arditi, los audaces, antiguos combatientes de las tropas de asalto, hábiles con el cuchillo y los explosivos, corajudos, desquiciados. Una de sus primeras acciones consistió en lanzar bombas de mano contra manifestaciones sindicales. Esa milicia negra empezó a trabajar como servicio de orden de los grandes propietarios agrarios de la inmensa llanura del río Po, hartos de la presión de un sindicalismo campesino muy bien organizado. Empezaron a arder las casas del pueblo. Asesinatos, palizas y secuestros. Los fascios empezaron a gustar a la gente de orden asustada por las reverberaciones revolucionarias que venían de la recién creada Unión Soviética.

En aquella áspera posguerra, los socialistas alcanzaron una notable fuerza electoral, pero no supieron muy bien qué hacer con ella. Ganaron las elecciones legislativas de 1919 y 1921, destrozando al viejo partido liberal, y se ahogaron en sus contradicciones. Quedaron primeros, pero no pudieron sumar una mayoría para gobernar. De nuevo estaban divididos, esta vez entre maximalistas, revolucionarios con gaseosa y reformistas; amigos de la Unión Soviética y críticos con el experimento ruso. En 1921 se escindieron y nació el Partido Comunista Italiano. Además de sagaz periodista, Benito Mussolini era brutalmente inteligente. Conocía bien a sus antiguos compañeros de partido. Sabía cuáles eran sus debilidades. Elaboraba consignas perfectamente comprensibles. Pronunciaba discursos ardientes. Cultivaba con esmero la leyenda de macho insaciable, que admiraba a los hombres y magnetizaba a las mujeres. Fue de los primeros en entender que el líder era el mensaje. Algo que hoy se da por descontado en las democracias mediáticas. Los socialistas habían ganado las elecciones, pero el diario digital de Mussolini empezaba a marcar el paso de la política italiana. A medida que iban quemando casas del pueblo, los fascistas ganaban prestigio entre las clases medias asustadas por el avance del comunismo como posibilidad histórica.

El parlamentarismo liberal se estaba quedando agarrotado y M., que solo disponía de una treintena de diputados, se la jugó. Marchó sobre Roma para intentar tomar el poder y el rey Víctor Manuel III le dejó pasar. El ejército italiano podía haber frenado fácilmente aquella aventura, pero recibió órdenes de quedarse quieto. Golpe de Estado bendecido por la monarquía italiana y por los principales poderes económicos del país.

A finales del 1922, Italia vivió el envés del golpe bolchevique de 1917 en Rusia. El asalto al Palacio de Invierno fue protagonizado por soldados rebeldes y obreros en armas, después de haber tomado estaciones de tren, centrales eléctricas y estaciones telefónicas, en medio de un colosal hundimiento del orden institucional. La procesión de camisas negras hacia Roma para obtener el encargo de formar Gobierno fue protegida por el ejército y aplaudida por industriales y banqueros. Un año después, un antiguo cabo del ejército alemán llamado Adolf Hitler intentó emular la marcha sobre Roma en la ciudad de Múnich al frente de las milicias del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y otros grupos nacionalistas, pero las camisas pardas fueron rechazadas a tiros por las fuerzas del orden leales al Gobierno federal alemán. Hitler fue detenido y sometido a juicio ante un tribunal que le era claramente favorable. Podía haber sido fusilado y la sentencia fue muy benigna. El aparato del Estado alemán le invitaba a hacerlo mejor la próxima vez. Y así fue. M. y H. acabaron triunfando. Una vez en el poder suprimieron el Parlamento. Y una vez suprimido el Parlamento, encaminaron sus países a la guerra. El final lo conocemos todos.

Evidentemente, Benito Mussolini no dirigía un periódico digital, puesto que esa tecnología no existía en los años veinte del siglo pasado. Dirigía un periódico impreso de gran tirada, que llegó a tener una enorme influencia. La prensa movilizó muchas pasiones políticas en los siglos XIX y XX. La letra impresa era tremendamente poderosa en ausencia de imágenes animadas. La prensa llevó a mucha gente a la guerra. Cuando a la letra impresa se le sumó la voz radiada, las puertas del templo se abrieron para los nuevos césares histriónicos. Y cuando aparecieron los primeros noticiarios filmados, el Duce italiano alcanzó su cenit de popularidad. Benito Mu­ssolini se convertía en el primer jefe de gobierno de la era moderna que aparecía con el torso desnudo ante sus ciudadanos: un cincuentón musculoso trabajando en la cosecha: la batalla del grano. Un político ultramoderno. En todos los países aparecieron imitadores.

Una ola de admiración recorrió Europa y América. La revista Time le dedicó varias portadas. Churchill le admiraba. Aquel tipo parecía haber encontrado el remedio mágico para frenar la onda bolchevique. Tenía a su país en el bolsillo, solo se le resistían los comunistas, algunos socialistas, algunos liberales, y algunos católicos fieles a Don Sturzo, fundador de la Democracia Cristiana. Destruido el sindicalismo agrario, solo se le resistían algunos núcleos sindicales de las fábricas del norte. Mussolini lo estropeó todo entrando en guerra, pero ese destino era inevitable. La psicopatía social que había puesto en marcha el fascismo conducía inexorablemente a la guerra. El delirio imperial necesitaba la prueba de las armas y cometieron el error de formar una alianza que quería disputarle el Pacífico a Estados Unidos mientras intentaban invadir la inmensa Rusia. Los arditi se metieron esta vez en una aventura que les venía demasiado grande. Mussolini acabó siendo ejecutado por partisanos comunistas y su cadáver apareció colgado una mañana del poste de una gasolinera de Milán. Abril de 1945.

El fascismo fue severamente derrotado, pero desde los años setenta del siglo pasado parece querer regresar. En Italia, donde la constitución republicana prohíbe expresamente la reconstrucción del Partido Nacional Fascista, pronto surgió un movimiento nostálgico del fascismo «social», flanqueado por pequeños grupos violentos, que llegaron a obtener la protección de un sector de los servicios secretos durante los duros años de plomo posteriores a Mayo del 68. Ese rebrote parecía haber quedado estancado con el hundimiento de la Unión Soviética en 1991, hace treinta años, y el espectacular triunfo de la democracia liberal.

Ahora, en plena crisis estructural del neoliberalismo, asistimos a un segundo rebrote, más fuerte, más intenso, más panorámico. «La historia no se repite, pero rima», se le atribuye Mark Twain. Fijémonos bien, porque hay algunos versos que no riman en esta segunda estrofa histórica. El Fascio de Combate nació para romperle las piernas al colectivismo socialista. Surgió para frenar la onda expansiva de la Revolución de Octubre. Esa fue su coartada cuando las escuadras de camisa negra se ofrecieron como servicio de orden de los ricos propietarios agrarios del norte y centro de Italia. Esa fue la coartada de Hitler y las SA cuando recabaron el apoyo financiero de la gran industria alemana. El socialismo revolucionario cuestionaba entonces la propiedad privada. Los comunistas europeos querían seguir los pasos de la Unión Soviética y algunos socialistas reformistas se sentían atraídos por esa idea. Los sindicatos querían tomar el poder y organizar la economía. Cien años después, la máxima aspiración de la izquierda en un país como España es subir 15 euros al mes el salario mínimo, intentar apaciguar la escalada del precio de los alquileres, moderar el disparo del precio de la luz, atenuar la pre­cariedad de los jóvenes, dictar leyes a favor de la igualdad de derechos de la mujer, y proteger la dignidad humana de gays, lesbianas y transexuales. La izquierda del siglo XXI denuncia cien injusticias al día, de las cuales solo puede resolver una o dos al año, porque los principales engranajes del mundo ya no están a su alcance. Ninguna fuerza política con un mínimo de representación parlamentaria en las democracias liberales propone hoy en día la colectivización de los medios de producción. Por el lado izquierdo, la historia no se repite.

¿Si el enemigo revolucionario ya no existe, cuál es el dispositivo que pone en marcha esta segunda reencarnación de la derecha auto­ritaria? ¿Si la historia no rima por el lado izquierdo, por qué rima por el lado derecho? Estas son dos de las preguntas que afronta este excelente libro del historiador Steven Forti, en el que invita a reflexionar sobre lo que hay de eterno en el fascismo. Más allá de la eco­nomía, los valores. Más allá de la política nacional, la geopolítica. Más allá de la propaganda, las redes. Más allá de las masas, la atomización de las multitudes digitales. Más allá de la nostalgia, una enorme capacidad de mutación capaz de seducir a sectores de la izquierda que añoran las viejas soberanías.

La extrema derecha 2.0 se ofrece como administradora de la ira y como tecnóloga del miedo en un mundo ilegible. Un mundo muy difícil de entender, puesto que la confusión es el precio que pagamos para no ir a la guerra. Por ahora.

Enric Juliana

«El fascismo, como el comunismo, es una idea muerta. Son fenómenos que se deben estudiar, pero ninguno de los dos volverá. […] Creo que las etiquetas de izquierda, derecha, fascista y comunista están superadas. Me defino italiano, ni de derecha, ni de izquierda. […] Estoy fascinado por los pensadores y los políticos del pasado, más allá de cuál fue su afiliación política: Gramsci, Einaudi, D’Annunzio… Gramsci contestó la indiferencia, la falta de participación y además subrayó la importancia de la cultura, la presencia en las escuelas, las fábricas y los tribunales. Es un modelo de presencia y penetración política.»

Matteo Salvini, entrevista en el periódico francés Le Point,octubre de 2019

«Soy un leninista. Lenin quería destruir el Estado y ese es mi objetivo también. Quiero llevar todo a derrumbarse y destruir todo lo establecido hoy.»

Steve Bannon, declaración recogida por Ronald Radosh,abril de 2017

«No seas demasiado dramático sobre eso, Chuck. Lo que […] estás diciendo es que es una mentira. […] Sean Spicer, nuestro secretario de prensa, dio hechos alternativos sobre eso.»

Kellyanne Conway, consejera del presidente Donald Trump,contesta al periodista de NBC Chuck Todd, 22 de enero de 2017

«En consecuencia, lo que está ocurriendo hoy en Hungría puede interpretarse como un intento de los respectivos dirigentes políticos de armonizar la relación entre los intereses y los logros de los individuos […] con los intereses y los logros de la comunidad, y de la nación. Es decir, que la nación húngara no es una simple suma de individuos, sino una comunidad que necesita organizarse, fortalecerse y desarrollarse, y en este sentido, el nuevo Estado que estamos construyendo es uno iliberal, un Estado no liberal. No niega los valores fundacionales del liberalismo, como la libertad, etc. Pero no hace de esta ideología un elemento central de la organización del Estado, sino que aplica en su lugar un enfoque específico, nacional, particular.

Viktor Orbán, discurso en el XXV Bálványos Free Summer University and Youth Camp, 26 de julio de 2014

INTRODUCCIÓN[1]

Las distopías representan los miedos presentes en una sociedad y los trasladan al futuro. En Metrópolis (1927) Fritz Lang convertía las angustias sobre las transformaciones del capitalismo y la introducción del sistema taylorista en una ciudad-Estado de 2026 en que una elite de propietarios y pensadores vive separada de la casta de los trabajadores encerrada en unos subterráneos. El control de los cuerpos y de las mentes de los totalitarismos se transformaban en las distopías dibujadas por Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932) y George Orwell en 1984 (1948). La paranoia anticomunista del maccartismo era personificada en La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), la película dirigida por Don Siegel, en unos extraterrestres, ocultos e invisibles, que reemplazaban a los humanos. Los cambios anunciados por el Concilio Vaticano II se convertían en el escenario apocalíptico dibujado por el escritor Guido Morselli en la Roma senza papa (1974) en una Iglesia católica que a finales del siglo XX tenía un papa turco que abandonaba la ciudad eterna para mudarse al pueblo de Zagarolo. El mundo posterior a la Guerra Fría, la globalización y los avances tecnológicos de la década de los noventa se mostraban en el futuro de Matrix (1999) donde la tetra realidad era escondida a los humanos que vivían en un estado de cautiverio y explotación.

Ahora bien, ¿cuáles son los miedos de nuestra época? Black Mirror (2011) nos ofrece toda una serie de relatos futuristas centrados en los riesgos ante los que nos sitúa la tecnología. El cuento de la criada (2017), basado en la homónima novela de Margaret Atwood, pinta un futuro oscuro en que la crisis de la natalidad y el auge de una especie de fascismo teocrático se unen al intento de controlar la sexualidad femenina. Years & Years (2019) dibuja un futuro distópico para Gran Bretaña en que la política ultraderechista Vivienne Rook, interpretada por Emma Thompson, se hace con el gobierno del país, tras sus primeros pinitos como tertuliana populista sin pelos en la lengua. En los mismos meses en que salía la serie dirigida por Russell T. Davies, en Italia se publicaban dos novelas, 02.02.2020. La notte che uscimmo dall’euro (2018) de Sergio Rizzo e Il censimento dei radical chic (2019) de Giacomo Papi. En la primera se imagina que en febrero de 2020 el gobierno del Partido Soberanista Italiano sacaba el país del euro provocando un cataclismo económico, mientras que en la segunda se describe un futuro en que extranjeros, gitanos, homosexuales e intelectuales acaban linchados en las calles, instigados por un gobierno nacionalpopulista. Podríamos seguir.

No cabe duda, pues, que uno de los miedos recurrentes en los últimos años en el mundo occidental es el de un futuro marcado por gobiernos autoritarios y populistas, el declive de las democracias liberales, el fin del Estado de derecho e, incluso, el regreso del fascismo. En realidad, si contemplamos el panorama existente no debería extrañarnos: el populismo se ha convertido en una marca de nuestra época, la extrema derecha avanza por doquier y gobierna o ha gober­nado en diferentes países, mientras que en otras latitudes el autoritarismo es ya un modelo de gobierno aceptado, desde Rusia a India, pasando por Filipinas, China o Turquía. Las distopías del futuro son, en buena medida, una parte de la realidad que nos ha tocado vivir.

Este libro no habla de literatura, ni de cine, ni de series. Tampoco trata sobre distopías: habla del pasado y del presente. Y, sí, de nuestros miedos. Es un libro que se mueve entre la historia y la ciencia política, y que intenta explicar qué es y de dónde viene la nueva extrema derecha, cuáles son sus relaciones con el populismo, qué diferencias tiene con el fascismo de la época de entreguerras y cuáles son sus tácticas, estrategias y objetivos. Alguien se preguntará, quizá, porque le doy supuestamente tanta importancia a la ultraderecha de las dos primeras décadas del siglo XXI. La respuesta es doble. Por un lado, porque la percepción que tengo es que en muchos casos no hemos aún entendido bien qué es. Fijémonos en las citas que preceden a esta introducción: no parecerían de líderes de extrema derecha, ¿verdad? En síntesis, si no sabemos qué es esta nueva extrema derecha va a ser imposible tomar medidas para frenarla y combatirla. Y evitar esos futuros distópicos que dibujan Rizzo, Papi, Atwood o Davies. Por otro lado, porque, por mal que nos pese, los Salvini, las Le Pen, los Trump, los Bolsonaro, los Orbán y los Abascal han venido para quedarse. La ultraderecha, en suma, no desaparecerá de un día para otro porque las razones que explican su surgimiento y avance dependen de los cambios profundos que han vivido, están viviendo y vivirán nuestras sociedades.

El libro que el lector tiene entre sus manos está estructurado en cuatro capítulos. En los dos primeros se explicará qué es la nueva extrema derecha. Será necesario, por tanto, afrontar la cuestión de cómo definir este fenómeno, teniendo en cuenta el debate que se ha dado en los últimos tiempos a nivel académico y en la opinión pública. Consecuentemente, en el primero, se intentarán superar los dos principales escollos que dificultan su comprensión: el del populismo y el del fascismo. Para realizar esta operación, es imprescindible no solo analizar las principales interpretaciones que se han ofrecido hasta ahora, sino también volver a los orígenes; es decir, entender el populismo y el fascismo como fenómenos históricos.

Superados o, por lo menos, circunnavegados estos dos enormes obstáculos se podrá ofrecer, en el segundo capítulo, una definición de la extrema derecha 2.0, haciendo hincapié en sus características principales y mostrando cómo, más allá de las divergencias, a veces supuestamente insalvables, que tienen las distintas formaciones y movimientos acerca de temas como la economía, los valores y la geopolítica, se trata de una gran familia internacional. Con todo, no se podrá evitar hablar de las causas de sus avances –sobre las cuales existe también un intenso debate en el ámbito académico– y su organización a escala europea.

En el tercer capítulo se profundizará en las analogías y las divergencias con el fascismo histórico para mostrar que la nueva ultraderecha no representa sencillamente unas viejas ideas cubiertas de nuevos ropajes. Si bien no faltan elementos de continuidad con el pasado, se mostrará la radical novedad de este fenómeno bajo al menos dos puntos de vista. En primer lugar, la capacidad para utilizar las nuevas tecnologías digitales ha permitido a la extrema derecha 2.0 salir de la guetización del neofascismo y difundir o, mejor dicho, viralizar su discurso y sus ideas, convirtiéndolas en muchos casos en aceptables o, más aún, de sentido común para buena parte de la población. En la era de la posverdad, la ultraderecha se ha adueñado de unas nuevas armas de destrucción masiva que supuestamente no provocan estragos materiales y humanos, como las de antaño, y ha desarrollado unas estrategias bien definidas para conquistar la hegemonía cultural y política en el mundo occidental. En segundo lugar, se abordará la renovación ideológica de la cual ha podido beber la extrema derecha 2.0: se profundizará en el aggiornamento que diferentes intelectuales, como el francés Alain de Benoist, hicieron del fascismo a partir de la década de los sesenta del siglo pasado. Se prestará así atención al parasitismo ideológico de la nueva ultraderecha y a fenómenos que, aun siendo minoritarios como el rojipardismo, son sintomáticos de una época de confusión ideológica como la actual. La relación entre los conceptos de clase y nación, bien representada bajo la etiqueta del rojipardismo o nacio­nalbolchevismo, nos llevará también a ahondar en la vexata quaes­tio del voto obrero a la nueva extrema derecha.

El escritor cubano Alejo Carpentier decía que antes que escritor era ciudadano. Lo mismo debería decirse de cualquier profesión, incluida la de historiador. Si nuestros conocimientos se quedan en las revistas académicas y no llegan a la sociedad, de poco servirán. Asimismo, si tras haber estudiado un fenómeno que amenaza a nuestras democracias, como el fascismo y la extrema derecha 2.0, no se intenta dar un paso más y reflexionar sobre cómo es posible frenarlo, combatirlo y derrotarlo, creo que como ciudadano le haría un flaco favor a la sociedad. Por esto, el capítulo cuarto se presenta como un cierre propositivo: después del análisis e interpretación del fenómeno, se propondrá una especie de breve manual de instrucciones para combatir la extrema derecha. Se delineará, en síntesis, una posible respuesta poliédrica y multinivel que se podría desarrollar y poner en práctica para frenar su avance, prestando especial atención a las medidas que se deberían implementar desde las instituciones, los partidos democráticos, los medios de comunicación, la sociedad civil y los movimientos sociales.

En la canción Anthem [Himno], Leonard Cohen escribió

There is a crack, a crack in everything.

That’s how the light gets in[2].

Espero que este libro y estas propuestas sean, en pocas palabras, una pequeña grieta que permita que la luz entre en nuestro presente y que los fantasmas del pasado no se conviertan en los monstruos del futuro.

* * *

Un libro es siempre el resultado de muchas cosas, empezando por las lecturas, la observación, las conversaciones y las sugerencias de las personas con las cuales compartimos una parte del camino que se llama vida. Muchas son las deudas que he contraído en estos años en que he estudiado los fascismos de entreguerras y las nuevas extremas derechas cuyas conclusiones principales se encuentran en estas páginas. En primer lugar, quiero recordar a los profesores Valerio Romitelli, Luciano Casali y Pere Ysàs gracias a cuyas enseñanzas, consejos y apoyos he podido convertirme en historiador. En segundo lugar, quiero agradecer al profesor Francisco Veiga con el cual he debatido y reflexionado mucho sobre un fenómeno de difícil categorización a lo largo de seminarios, congresos y charlas informales, además de las actividades de un proyecto de investigación universitario que se ha concretado en la publicación del libro colectivo Patriotas indignados. Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría. Neofascismo, posfascismo y nazbols (2019). En tercer lugar, no puedo no mencionar al Instituto de História Contemporânea de la Universidade Nova de Lisboa y el Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universitat Autònoma de Barcelona que me han permitido disponer del tiempo para investigar y compartir los resultados de mis estudios con unos alumnos atentos e interesados.

En cuarto lugar, quiero remarcar la importancia de los espacios de encuentro, aprendizaje y debate que son los consejos editoriales y de redacción de CTXT, Política & Prosa, Pasos de la Izquierda y la revista Il Mulino, de los cuales tengo la suerte desde hace un tiempo de formar parte. Especialmente la primera, dirigida heroicamente por los amigos Miguel Mora, Mónica Andrade y Vanesa Jiménez, ha sido un lugar en el que he aprendido mucho y, al mismo tiempo, he podido desarrollar algunas de las primeras reflexiones contenidas en este libro en formato de artículo. Quiero mencionar, además, el taller Cómo combatir a la extrema derecha que con CTXT hemos organizado en los meses de febrero y marzo de 2021, en el cual parti­ciparon Martin Gak, Nuria Alabao, Alessandro Orlowski y Pastora Filigrana. Algunas de las ideas que leerán en las siguientes páginas son también fruto de sus contribuciones. Asimismo, quiero agradecer a las muchas asociaciones, organizaciones y fundaciones que en estos años me han invitado a seminarios y conferencias para hablar de la nueva ultraderecha: esto me ha permitido organizar mejor las ideas y ponerlas a prueba de un público interesado cuyas aportaciones y críticas he intentado asumir y elaborar.

Como siempre suele pasar, habría muchas más personas que me gustaría recordar. Seguramente me dejaré a alguien, por lo que pido disculpas por adelantado, pero, al menos, me gustaría mencionar aquí a Pablo Stefanoni, Xosé M. Núñez Seixas, Enric Ucelay-Da Cal, Carme Molinero, Ferran Gallego, Carlos González-Villa, Alfredo Sasso, Manuel Loff, Alfonso Botti, Guillermo Fernández-Vázquez, Paola Lo Cascio, Miguel Ángel Del Arco Blanco, Javier Aristu, Guillem Martínez, Anna López Ortega, Guillermo García Crespo, Miquel Ramos, David Karvala, Jónatham Moriche, Giacomo Russo Spena, Bobo Craxi y Ramon Mantovani con quien he tenido fértiles conversaciones –no sin divergencias, obvia­mente– sobre estas cuestiones. Last but not least, un agradecimiento va a Siglo XXI de España y, en especial, a Alejandro Rodríguez Peña, sin cuyo atento y paciente trabajo de edición este libro nunca habría visto la luz. Tampoco habría podido concluirlo sin el amor de Atenea que me ha guiado como si fuese Odiseo en busca del camino de regreso a Ítaca.

Obviamente, no hace falta decir que la responsabilidad de todo lo que aparece en este libro es solo y únicamente de quien lo firma. Como ha apuntado el escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa, «la única responsabilidad de quien escribe es dudar, no tener certezas. Pero tampoco estoy seguro de eso». Así es.

Barcelona, 20 de septiembre de 2021

[1] Este trabajo ha estado financiado por los fondos nacionales portugueses a través de la FCT – Fundação para a Ciência e a Tecnologia, I. P., en el ámbito de la Norma Transitória (DL 57/2016/CP1453/CTOO30) y se ha desarrollado en el marco del proyecto PID2020-112679 GB-IOO (Ministerio de Ciencia e Innovación/FEDER).

[2] Hay una grieta, una grieta en todo.Es así cómo entra la luz.

I. EXTREMA DERECHA 2.0.

¿DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO?

Adaptando por enésima vez la frase de Karl Marx, podemos afirmar que «un fantasma recorre Europa»: el fantasma de la ultraderecha. Ya no cabe duda de ello, por lo menos desde 2016. Ese año se debe interpretar como un claro punto de inflexión debido a dos grandes acontecimientos: en Reino Unido ganó el Leave en el referéndum del mes de junio y menos de cinco meses después Donald Trump se hacía con la victoria en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Aunque en una fase de incertidumbre sobre su proyecto imperial y cada vez más amenazada por nuevas potencias como China, la principal superpotencia mundial era gobernada, por primera vez en la historia, por un líder que un número nada desdeñable de analistas no dudaron en tachar de fascista. A estos dos eventos deberíamos sumar también el golpe de Estado fracasado en Turquía del mes de julio que dio pie a un marcado giro autoritario de Recep Tayyip Erdoğan. A partir de aquel entonces, en todo el mundo occidental el avance de partidos de extrema derecha se hizo cada vez más tangible.

En 2017 Marine Le Pen conseguía el 34 por 100 de los votos –unos 10 millones de sufragios– en la segunda vuelta de las presidenciales francesas y el Partido de la Libertad Austriaco (FPÖ) acce­día al gobierno del país alpino en coalición con los populares, tras haber estado muy cerca, el año anterior, de hacerse con la presidencia de la República con su candidato, Norbert Hofer. En la primavera de 2018 la Liga de Matteo Salvini formaba un Ejecutivo nacionalpopulista con el Movimiento 5 Estrellas (M5E) en Italia y a finales de año Jair Bolsonaro se convertía en presidente de Brasil. Además, por esas mismas fechas, la entrada en escena de Vox en Andalucía, seguida al año siguiente por la de Chega! en Portugal, ponía fin a la que se definió con ingenuidad la «excepción» ibérica. En la primavera de 2019 el ultraderechista Partido Popular Conservador de Estonia (EKRE), tras haber obtenido casi el 18 por 100 de los votos, entraba en un Ejecutivo de coalición de derecha en Tallin y en las elecciones europeas del mes de mayo los partidos ultraderechistas obtenían su mejor resultado tanto en votos como en escaños: en cinco países –Francia, Gran Bretaña, Italia, Polonia y Hungría– la ultraderecha fue el partido más votado. Podríamos seguir con esta panorámica a vista de pájaro mirando también al norte y, sobre todo, al este del Viejo continente, donde tanto Jaros­ław Kaczyński como Viktor Orbán han dado pasos de gigante hacia un modelo de democracia iliberal en Polonia y Hungría, respectivamente. El país magiar, en realidad, se ha convertido en un verdadero régimen autoritario en el corazón de la Unión Europea. Y Eslovenia, tras la vuelta al gobierno a principios de 2020 de Janez Janša, el «discípulo dilecto» de Orbán, parece que está tomando el mismo camino[1]. Las nuevas extremas derechas, pues, son hoy un actor político de primer plano en todo el mundo occidental, se sientan ya en todos los Parlamentos nacionales europeos –las únicas excepciones son Irlanda y Malta– e incluso gobiernan algunos Estados.

A esta sombría escena, bastante eurocéntrica a decir la verdad, debemos añadir también lo que pasa en otras latitudes. Desde 2014 India está presidida por Narendra Modi, cuyo partido, el nacionalista hindú Bharatiya Janata Party (BJP), dispone de mayoría absoluta en el Parlamento del segundo país más poblado del mundo. En 2019 Modi ha revalidado la presidencia, mejorando sus resultados. Tres años antes, Rodrigo Duterte, conocido con el apodo de El Castigador por su mano dura contra la criminalidad en la larga etapa en que ostentó la alcaldía de Davao, se hizo con la presidencia de Filipinas: durante su mandato, la guerra contra el narcotráfico ha sido la justificación para la aprobación de medidas autoritarias, los asesinatos y el recorte de derechos. Benjamín Netanyahu fue nombrado presidente de Israel en 2009 y solo en junio de 2021, tras más de doce años interrumpidos ejerciendo el cargo, fue sustituido gracias al acuerdo entre todos sus opositores después de cuatro elecciones legislativas en tan solo un bienio y una etapa marcada por una profunda inestabilidad política. El giro ultraderechista de la política israelí en las últimas dos décadas es una evidencia: los partidos progresistas no suman ni un cuarto de los escaños de la Knesset. Hoy en día Putin lleva ya más de dos décadas en el poder en Rusia: tras la última reforma constitucional podría quedarse en la presidencia hasta 2036. Algo similar puede decirse de Turquía donde Erdoğan lleva en el poder desde 2003, entre los cargos de primer ministro y de presidente de la República. Y podría quedarse hasta 2029 o 2034 después del giro presidencialista de la reforma de la Constitución de 2017[2]. No hace falta mencionar el caso chino, sin duda muy distinto comparado con todos los anteriores, pero también sintomático de la que podemos definir como la ola autoritaria global que nos está, literalmente, sumergiendo.

Sin embargo, tampoco se trata de algo totalmente nuevo o que debiera sorprendernos. Fijémonos en el caso europeo. En 1994, tras el final de la llamada Primera República a raíz del escándalo de corrupción de Tangentópolis, Italia, país fundador de la Comunidad Económica Europea (CEE) y por aquel entonces cuarta economía del continente, tuvo durante casi un año como presidente del Consejo a un empresario populista sui generis, Silvio Berlusconi, quien forjó una coalición electoral junto a los posfascistas del Movimiento Social Italiano (MSI) y a los etnorregionalistas de la Liga Norte (LN): la República italiana, nacida de la lucha antifascista, tenía por primera vez a unos cuantos ministros posfascistas sentados en el Palacio Chigi. No sería la única vez en el siguiente ventennio berlusconiano, al contrario. Seis años más tarde, el FPÖ liderado por Jörg Haider entraba en un gobierno de coalición con los conservadores del Partido Popular Austriaco (ÖVP) tras haber obtenido más del 26 por 100 de los votos en las elecciones legislativas de octubre de 1999. Dos meses más tarde moría el presidente croata Franjo Tuđman que a lo largo de la década anterior, y en medio de las guerras que desmembraron a la antigua Yugoslavia, había convertido Croacia en la práctica en un régimen autoritario. En 2001 los ultraderechistas del Partido Popular Danés obtenían el 12 por 100 de los votos y empezaron a apoyar al gobierno de centroderecha, una colaboración que duraría una década. Al año siguiente, Jean-Marie Le Pen pasaba a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales francesas, dejando atónitos a la mayoría de los ciudadanos del Hexágono, y la xenófoba Lista Pim Fortuyn obtenía el segundo puesto en las legislativas holandesas del mes de mayo con el 17 por 100 de los votos.

Basten estos ejemplos para poner de relieve cómo en las últimas tres décadas se ha dado un aumento exponencial –no sin altibajos– del consenso a las formaciones de extrema derecha, impensable en la Europa occidental de los «treinta gloriosos» (1945-1975). En esas décadas, la ultraderecha, más o menos fascista, estaba considerada como una patología normal de la democracia occidental, es decir, un fenómeno premoderno apoyado por una parte muy reducida de la población. A finales de la década de los ochenta, a partir de la pionera intuición de Klaus von Beyme, los politólogos empezaron a hablar de diferentes olas ultraderechistas para intentar explicar y clasificar la evolución de la extrema derecha tras la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial[3]. La primera abarcaría la década que va de 1945 a 1955, y estaría marcada por el intento del fascismo de reubicarse en el nuevo contexto democrático, tanto a través de la vía partidista, como el MSI en Italia, así como a través de la vía asociacionista con la creación de grupos de apoyo a excombatientes y sus familias. La segunda ola ultraderechista abarcaría los años que van desde 1955 hasta 1980 con la creación de partidos y movimientos políticos que se movían entre un populismo en oposición al nuevo orden de posguerra –como el poujadismo en Francia o los Partidos del Progreso en Dinamarca y en Noruega– y una reformulación del fascismo –como el Partido Nacionaldemócrata de Alemania o el Frente Nacional británico–. La tercera ola marcaría un antes y un después: a lo largo de los ochenta una serie de nuevos partidos, fundados en algunos casos ya en la década anterior, obtuvieron resultados electorales inesperados como consecuencia de la crisis económica debida al cambio de modelo tras el fin del consenso keynesiano y el aumento de la inmigración en la mayoría de los países europeos. Encontramos aquí formaciones como el Vlaams Blok en Flandes, el Frente Nacional francés, el FPÖ austriaco o el Partido Popular Suizo que conseguirían en muy poco tiempo afianzarse en sus sistemas políticos nacionales. En la década de los noventa, además, tras la caída del Muro de Berlín y la transición poscomunista en la Europa oriental, la ultraderecha surgió también en diferentes países del Este del continente, como fueron los casos del Partido Croata de los Derechos, el Partido Nacional Eslovaco o el Partido de la Gran Rumanía.

Según Cas Mudde, con el nuevo milenio habría empezado una cuarta ola caracterizada por un importante aumento de los consensos de las formaciones ultraderechistas y su desmarginación, es decir, la aceptación de las ideas propias de la que Mudde define derecha radical populista por parte de los partidos tradicionales de la derecha que, además, consideran a estas formaciones como socios de coalición aceptables. De patología normal, la ultraderecha habría pasado a ser, según el politólogo holandés, una «normalidad patológica», esto es, «una radicalización de las posturas del sistema político establecido»[4]. Una sencilla muestra de los resultados electorales pone de manifiesto el cambio de escenario de las últimas décadas: si entre 1980 y 1989 el promedio de voto de los partidos de ultraderecha en las elecciones legislativas de los diferentes Estados miembros de la Unión Europea era del 1,1 por 100, en la década siguiente pasó a ser del 4,4 por 100 y entre 2010 y 2018 llegó al 7,5 por 100[5]. Obviamente, estamos hablando de promedio: no olvidemos que, en la última década, ha habido partidos ultraderechistas que, como se recordaba al principio de estas páginas, se han convertido en la primera o la segunda fuerza en su país, superando en algunos casos también el 25 por 100 de los votos.

En los últimos años, y aún más en el último lustro, se han vertido ríos de tinta para intentar describir e interpretar este fenómeno. Monografías científicas, libros colectivos, ensayos o artículos en diarios y revistas han propuesto desde posiciones distintas, y a veces distantes, análisis históricos, politológicos y sociológicos, como, entre otros, el de Mudde ahora citado. Si sobre las causas del avance de las nuevas ultraderechas parece que se pueda llegar, más allá de las diferencias, a un cierto consenso, estamos aún lejos de llegar a él en lo que respecta a cómo llamar este fenómeno. Hay quienes proponen llamarlo populismo de derecha radical, otros se decantan por nacionalpopulismo, hay quienes abogan por posfascismo y quienes defienden la utilización del término fascismo a secas. Parece evidente que existe una cierta confusión. Además, hay divergencias también sobre si tiene sentido o no utilizar una macrocategoría en la cual incluir todos estos partidos y movimientos que, además de tener unas notables analogías, cuentan también con unas diferencias nada desdeñables. ¿Vox o Ley y Justicia serían algo distinto a Alternativa para Alemania o la Liga? ¿El trumpismo es algo incomparable con Fidesz, el partido liderado por Orbán? ¿El bolsonarismo y el lepenismo pueden ser considerados miembros de una misma familia política global? ¿Cómo interpretar los movimientos identitarios o las subculturas radicales alternativas como la Génération identitaire francesa o la Alt-Right estadounidense? ¿Y qué decir de partidos de la derecha tradicional que han virado hacia posiciones claramente ultraderechistas, como los Tories británicos? ¿Entran en esta misma categoría o no? Nada nuevo bajo el sol, por otro lado: tras más de medio siglo de investigaciones y debates aún no hay consenso en la historiografía sobre cuáles regímenes deben considerarse fascistas en la Europa de entreguerras, empezando por el franquismo.

No se trata de una cuestión baladí, ni, aunque pueda parecerlo, de un debate terminológico tan solo académico, enclaustrado, por así decirlo, en la angosta torre de marfil de los intelectuales. Definir un fenómeno es el primer paso para poder entenderlo. En este primer capítulo del volumen mi propósito es el de hacer un repaso de las diferentes interpretaciones existentes, poniendo de relieve sus virtudes, sus defectos y, a veces, sus contradicciones y, posteriormente, ofrecer una serie de elementos para explicar por qué sostengo una definición aparentemente sui generis de este fenómeno, la de extrema derecha 2.0.

EL «ESCOLLO» DEL POPULISMO

No se puede reflexionar sobre las nuevas extremas derechas sin antes abordar el concepto de populismo que, de alguna forma, se presenta como un «escollo» interpretativo. Aparte de unas pocas excepciones, a la ultraderecha de esta segunda década del siglo XXI se le pone generalmente la etiqueta de populista hasta el punto de considerarla una característica crucial para su misma definición, como en el caso de aquellos que se decantan por la fórmula de nacionalpopulismo o la de populismo de derecha radical o derecha radical populista. Pero, si no cabe duda de que todas estas formaciones son populistas o utilizan un estilo populista, ¿tiene sentido definirlas así? De hecho, llevamos más de dos décadas preguntándonos qué es el populismo y hoy en día no tenemos –ni muy posiblemente tendremos en los años venideros– una respuesta satisfactoria que ponga de acuerdo a todo el mundo.

Siendo brutos, pero también francos, es indudable que el populismo se ha convertido en un cajón de sastre donde poner todo lo que no encaja en el pensamiento y la práctica política tradicional en una época que ya no es líquida, como dijo Zygmunt Bauman, sino más bien gaseosa. Todo objeto político no identificado, desde Trump al chavismo venezolano pasando por Podemos y el M5E, acaba siendo tachado de populista. Incluso al presidente galo Emmanuel Macron o al expremier italiano Matteo Renzi se le puso la etiqueta de populistas, en este caso de «extremo centro». Quizá el único consenso existente al respecto es justamente la «natura proteiforme» del populismo y su ser «un concepto esencialmente controvertido» y «polémico políticamente»[6]. De hecho, desde la ciencia política, la sociología y la historia se han desarrollado diferentes aproximaciones teóricas: hay quien lo considera una ideología –más bien «delgada» que se mezcla con otras más «gruesas»–; quien prefiere definirlo como una lógica o estrategia política utilizada por unos líderes carismáticos para conseguir o ejercer el poder; y quien se centra en la naturaleza discursiva o performativa del fenómeno.

El enfoque que ha tenido más éxito es quizá el «ideacional» del ya mencionado Cas Mudde a quien se debe en 2004 una de las más citadas definiciones del populismo[7]. En una obra más reciente, el politólogo holandés junto a Cristóbal Rovira Kaltwasser retoma su ya clásica definición, según la cual el populismo es «una ideología delgada, que considera que la sociedad está dividida básicamente en dos campos homogéneos y antagónicos, el “pueblo puro” frente a la “eli­te corrupta”, y que sostiene que la política debe ser la expresión de la voluntad general (volonté générale) del pueblo»[8]. En oposición a este enfoque encontramos otras propuestas: por un lado, Ernesto Laclau considera el populismo una lógica marcada por la lucha por la hegemonía; por otro, Ferran Sáez Mateu explica que es sencillamente el lenguaje de adulación de las masas; y, finalmente, Benjamin Moffitt y Sebastian Tormey lo definen como un estilo político caracterizado por la apelación al pueblo como portador de la soberanía y su oposición respecto a una elite corrupta, por la asunción de que hay una situación de emergencia debido a la percepción de crisis o amenaza y por la incorrección política[9].

Si intentamos huir de encasillamientos demasiado teóricos, que a veces pecan de querer moldear la realidad en vez de describirla, en realidad estos enfoques no son de por sí excluyentes. Más bien se yuxtaponen. También porque en sus acciones y su comunicación los distintos partidos y líderes utilizan en diferentes grados una amplia variedad de rasgos populistas. Así, si tenemos en cuenta las interpretaciones propuestas hasta la fecha y relativizamos el enfoque idea­cional reteniendo de todos modos algunos de los elementos señalados por sus defensores, encontramos otras características del populismo que resultan útiles para definir las nuevas extremas derechas. En la estela de los trabajos de Pierre Rosanvallon, Nadia Urbinati apunta que el populismo establece una relación parasitaria con la democracia representativa y «define ex ante la sustancia [del pueblo] para oponerlo a lo que no es el pueblo», decretando una «exclusión ontológica e inmutable». La politóloga italiana subraya también que el líder populista quiere «una identificación emotiva más que una demanda de accountability»[10]. Por su lado, Jan-Wer­ner Müller añade que todo populismo es «una forma de política identitaria» cuyo postulado principal es «una forma moralizada de antipluralismo»[11]. Asimismo, Mudde y Rovira Kaltwasser recuperan en su análisis la noción de heartland acuñada por Paul Taggart –«la idea populista de comunidad y territorio que retrata una identidad homogénea supuestamente auténtica e incorruptible»– y el elemento del «estilo paranoico en la política» –la creencia populista de que el poder no reside en los líderes elegidos democráticamente, sino en ciertas fuerzas en la sombra– puesto de relieve hace décadas en el contexto norteamericano por Richard Hofstadter[12].

En la categorización de los fenómenos populistas también se suele diferenciar entre un populismo inclusivo y otro excluyente a partir de la interpretación del concepto de pueblo como plebs o populus. Según Yves Mény e Yves Surel, serían al menos tres las definiciones de pueblo: el pueblo-soberano, basado en la idea de que la co­munidad política debe tomar decisiones en plena autonomía defendiendo sus intereses; el pueblo-clase, identificado con los explotados del sistema económico dominante; y el pueblo-nación, fundado en una visión más cultural e identitaria que considera la co­mu­ni­dad de referencia como un conjunto de personas que ha desarrollado un sentimiento de pertenencia conectado con un determinado territorio, una lengua o una etnia[13]. A este respecto, Koen Abst y Rudi Laermans diferencian tres manifestaciones principales de populismo en el actual contexto europeo: el populismo de derecha radical, el populismo neoliberal y el populismo social o de izquierdas[14]. Poniéndole cara a estas categorías, Le Pen, Berlusconi y Tsipras vendrían a representar las tres manifestaciones del populismo actual.

Ahora bien, de forma similar a lo que hemos visto para la ultraderecha en el periodo posterior a 1945, también para el populismo tanto historiadores como politólogos suelen hablar a menudo de olas. La primera ola populista se habría dado a finales del siglo XIX cuando apareció por primera vez este término entre los naródniki –es decir, populistas– rusos, el Partido del Pueblo estadounidense y el movimiento boulangista en la Francia de la Tercera República. La segunda ola se habría dado a mediados del siglo XX: además de movimientos peculiares en Europa, como L’Uomo Qualunque (El Hombre Cualquiera), llamado comúnmente qualunquismo, en la Italia de finales de la década de los cuarenta y el poujadismo en la Francia de los cincuenta, esta ola tuvo su epicentro esencialmente en América Latina, con las experiencias de los gobiernos de Getúlio Vargas en Brasil y Domingo Perón en Argentina, los primeros casos en que el populismo se convirtió en una fuerza de gobierno. La tercera ola se habría dado en el último cuarto del siglo pasado y abarcaría fenómenos tan diferentes como las primeras formaciones de la nueva ultraderecha –el FPÖ o el Frente Nacional francés–, los etnorregionalismos identitarios –la Liga Norte de Umberto Bossi–, algunos líderes neoliberales –desde Margaret Thatcher y Ronald Reagan hasta Silvio Berlusconi–, toda una serie de políticos surgidos del espacio postsoviético –desde los rusos Boris Yeltsin y Vladímir Zhirinovski al serbio Slobodan Milošević, pasando por los polacos Lech Wałęsa y Stanisław Tymiński– y varios de los líderes latinoamericanos de los ochenta y los noventa, como el peruano Alberto Fujimori o el argentino Carlos Menem, sin olvidar a algunos políticos estadounidenses, como Ross Perot[15].

El caso latinoamericano, además, ha dado pie, sobre todo en las últimas tres décadas, a toda una serie de estudios y análisis que han llevado a hablar de unas olas populistas centradas en el subcontinente. Así, por ejemplo, además de un populismo histórico representado por Perón y Vargas (primera ola) y del neopopulismo de Menem y Fujimori (segunda ola), Susanne Gratius reconoce una tercera ola puramente latinoamericana representada por el llamado socialismo del siglo XXI lanzado por Hugo Chávez en 1999 y continuado en la década siguiente por líderes como Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua o Fernando Lugo en Paraguay[16]. Más recientemente, además, se ha hablado de fenómenos como el telepopulismo o el cyberpopulismo, reconocidos en el peculiar laboratorio político italiano en el berlusconismo o el M5E, respectivamente[17], e incluso de tecnopopulismo, es decir, de populismo tecnocrático, para describir experiencias híbridas como la de Emmanuel Macron en Francia o Andrej Babiš en República Checa[18].

Pierre-André Taguieff considera que en esta saturación de la utilización del concepto de populismo influye también la confusión entre dos términos rusos, narodnicestvo y popoulizm: el primero haría referencia al «populismo-tradición», es decir, una cultura política y una orientación ideológica, mientras el segundo haría referencia al «populismo-retórica», esto es, un modo moderno y «democratomorfo» de la demagogia[19]. Posiblemente esta distinción ayuda a aclarar un poco el panorama, aunque es dudoso que pueda aplicarse fácilmente fuera del contexto ruso. Así que, visto lo visto, parece bastante fácil compartir estas palabras del mismo Taguieff acerca de una categoría que

aplicada a todo o a casi todo, a la popularidad como a la demagogia de los líderes, al éxito electoral, así como a la violencia del discurso, al estilo de protesta como a las ambiciones autoritarias (expresamente neofascistas), al nacionalismo clásico así como a los separatismos (dominados por el elemento étnico o no), a la xenofobia en contra de los inmigrantes como al racismo (en todas sus formas), […] no identifica ya nada[20].

MÁS ALLÁ DEL POPULISMO

Las causas de la fase populista

Dicho lo cual, ¿nos sirve de algo una categoría tan amplia que abarca desde Podemos, la Liga o el peronismo, pasando por el Peo­ple’s Party estadounidense de finales del siglo XIX, Orbán, Syriza o Trump, hasta Fujimori, los Demócratas Suecos, el M5E o incluso Macron y Renzi? ¿Tiene sentido hablar del populismo como de una ideología, ya que no dispone de un verdadero corpus doctrinal ni tiene detrás a grandes figuras intelectuales? Quizá la solución, como sugiere Enzo Traverso, es la de considerar el populismo no como un sustantivo, sino como un adjetivo: no se trataría pues de una ideología, sino de un procedimiento retórico que consiste en exaltar las virtudes «naturales» del pueblo para movilizar a las masas contra el sistema[21].

El populismo vendría a ser entonces más bien una fase –o un momento, como vino a afirmar uno de los padres de la nueva ultraderecha europea, el filósofo francés Alain de Benoist[22]– que dibuja la época actual marcada por una crisis sistémica del mundo tal como lo conocíamos[23]. Una crisis que es el fruto de procesos que venían dándose, con desigual intensidad según los diferentes países, como mínimo a partir de las décadas de los ochenta y los noventa del siglo XX. No es casualidad, de hecho, que la llamada tercera ola populista tuviese lugar entre mediados de los setenta y los noventa, con la aparición de fenómenos como el berlusconismo y la Liga Norte en Italia o una serie de partidos de extrema derecha en el resto de Europa, como se recordaba más arriba. La razón principal se encuentra en la conclusión de los «treinta gloriosos» –es decir, del modelo keynesiano– a partir de la crisis del petróleo de 1973 y su progresiva sustitución, acelerada tras el final de la Guerra Fría, por el modelo neoliberal. Por un lado, el declive del fordismo implicó la consolidación de nuevas formas de organización productiva que conllevaron la reducción y la dispersión en el territorio de la presencia de la clase obrera industrial. Por el otro, el proceso de globalización sin reglas de la economía y liberalización de los mercados –caracterizado por la financiarización de la economía, las concentraciones empresariales, las privatizaciones, la deslocalización de las empresas y la precarización del trabajo– que comenzó en los ochenta, junto a las transformaciones tecnológicas de la llamada cuarta revolución industrial, ha tenido como consecuencia a medio y largo plazo un debilitamiento de la soberanía política. En el Viejo continente, estas dinámicas se han solapado con el proceso de integración europeo que, tras dos décadas de generalizado optimismo, empezó a entrar en crisis a partir del fracaso del referéndum sobre la Constitución Europea en 2005 y, sobre todo, del estallido de la crisis económica entre 2008 y 2010. A todo esto, debe sumarse el aumento de las migraciones –que ha conllevado, de una u otra forma, un replanteamiento de lo que es la identidad– y la crisis de las democracias liberales con los corolarios de la desconfianza hacia los políticos y las instituciones, y del desalineamiento, es decir, el debilitamiento de los lazos entre los partidos mayoritarios tradicionales y la ciudadanía[24].

Como han mostrado Roger Eatwell y Matthew Goodwin, en el caso estadounidense la confianza de los ciudadanos en las principales instituciones había caído al punto más bajo a comienzos de la década pasada: cerca del 35 por 100 de los estadounidenses confiaban por aquel entonces en la Corte Suprema y en la Presidencia, solo el 21 por 100 en los bancos y apenas el 12 por 100 en el Congreso. No hace falta ir muchos años atrás para darse cuenta de la diferencia abismal respecto al pasado: es cierto que en los sesenta la confianza en todas estas instituciones era, como mínimo, del 60 por 100, pero aún a finales de los noventa se movía entre un mínimo de un 28 por 100 para el Congreso y un máximo de un 52 por 100 para la Presidencia, pasando por un 40 y un 50 por 100 para los bancos y la Corte Suprema, respectivamente[25]. Sin embargo, no se trata solo de Estados Unidos: la «sociedad de la desconfianza», como la definen Ilvo Diamanti y Marc Lazar, es una realidad en todo el mundo occidental. El barómetro de la confianza política elaborado por el Cevipof en Francia mostraba que en 2018 solo el 29 por 100 de los ciudadanos del Hexágono tenía confianza en la Asamblea Nacional, el 30 por 100 en el gobierno, el 32 por 100 en la Unión Europea y el 33 por 100 en la Presidencia[26].

No por casualidad, intentando definir el populismo contemporáneo, Marco Revelli habla de «revuelta de las periferias» y «fibrilación de los márgenes»: «una especie de rencoroso desapego y hostilidad hacia las elites de gobierno y los actores institucionales» por parte de los que «se sienten olvidados» que, por su situación material y la percepción de «haber caído fuera del relato colectivo» y haberse convertido en invisibles, buscan frenéticamente a alguien «que pueda representar su inseguridad». Se trataría del «síndrome del forgotten man», conectado con la idea de la existencia de unos ganadores y unos perdedores de la globalización, un tema repetido hasta la extenuación para explicar la victoria de Donald Trump en 2016[27]. Según Christophe Guilluy, que para el caso galo ha acuñado el concepto de «Francia periférica», todo lo que no son las grandes áreas urbanas globalizadas en proceso de gentrificación, se trata de un «sentimiento de relegación cultural y geográfica» que se conecta al menguamiento de la clase media occidental[28]. Justamente en el Hexágono, el estallido en otoño de 2018 del movimiento de los chalecos amarillos, surgido de esa Francia periférica, sería una prueba de ello. No por casualidad el escritor Hervé Le Corre los definía como «los hijos olvidados o abandonados»[29] de la Presidencia de Emmanuel Macron, un político considerado, por su experiencia en el banco Rothschild y sus políticas neoliberales, como el presiden­te de «los muy ricos», en palabras de su antecesor, François Hollande, o «el líder del libre mercado», según la revista norteamericana Forbes[30].

En el estudio de los resultados del referéndum británico de junio de 2016 y de la victoria de Trump del siguiente mes de noviembre, Marco Revelli mostraba que el clivaje geográfico –es decir, la oposición ciudad-campaña– se entrelazaba con el clivaje social. En Reino Unido no fue solo el campo a votar a favor del Leave, sino también «muchas ciudades de medias y grandes dimensiones, aquellas con un mayor asentamiento industrial, y sobre todo las áreas con mayor sufrimiento social, más marcadas por el declive de la old economy y el sector manufacturero». Así, en el caso de Estados Unidos, la otra América que no votó por Hillary Clinton representaría, en palabras del mismo Revelli, la «venganza de los deprivados», es decir, de los que han perdido algo:

Cada uno de ellos –también entre los middle y los upper class– percibe haber perdido algo: su primacía de hombre, una parte de su renta, no importa lo alta que fuese, su estatus social, el reconocimiento de su trabajo, el respeto por la propia fe, su país y su papel en el mundo, su potencia, su hegemonía… No solo de haberlo perdido: de haber estado privado de ello. Por parte de otros: las elites, los poderes financieros y los bancos, el pantano de Washington, los gais y las lesbianas y los transgénero, las estrellas de Hollywood famosas y derrochadoras, los latinos que comen en sus jardines, los negros que dejan botellas vacías en las calles, los musulmanes que tienen más fe que ellos, los jeques árabes que se compran sus ciudades y financian los asesinos…[31].

Esta sensación de privación relativa es sumamente importante. Y muestra que el vínculo entre la situación económica y la estabilidad política es más complejo de lo que se suele pensar. No siempre son los más pobres en una sociedad quienes se rebelan contra el sis­tema, sino también, como apunta Yascha Mounk, las personas «que pertenecen a los colectivos que más tienen que temer: personas que todavía viven en una situación de confort material, pero en cuyos grupos de referencia ha cundido el miedo a que el futuro no les sea propicio»[32]. La sensación de ansiedad económica está causada más por lo que se piensa del futuro que por lo que se vive en el presente. Si, como confió Benito Mussolini al escritor alemán Emil Ludwig a principios de la década de los treinta «solo la fe mueve montañas, no la razón. Esta es un instrumento, pero no puede ser nunca la fuerza motriz de las masas»[33], en la actualidad podríamos decir que es sobre todo el miedo lo que «mueve montañas» al convertirse, si no en una fuerza motriz, por lo menos en uno de los principales elementos que explican las decisiones electorales de los ciudadanos. Como apunta Bernard Guetta,

este siglo se hace, en una palabra, conservador porque tiene tanto miedo de todas las disrupciones existentes que una parte cada vez más considerable de nuestras sociedades auspicia el retorno de las fronteras, de los puestos de trabajo y de las grandes industrias, así como el de costumbres capaces de protegerlas de un salto hacia lo desconocido. Presas por el vértigo de las excesivas novedades tecnológicas, culturales y geopolíticas, nuestras sociedades miran hacia atrás y entonces se deslizan en masa hacia el conservadurismo de derecha. Y, a veces, hacia el nacionalismo de las extremas derechas[34].

Miedo, inseguridad, relegación, insatisfacción, privación, percepción de ser olvidados… son todos conceptos que se conectan con el resentimiento generalizado que ha estallado en la última década; una década marcada «por el contraste entre las promesas de libertad, autonomía y prosperidad que nos ofrecía la globalización y la verificación empírica de desigualdades o asimetrías crecientes entre culturas, grupos o modos de vida»[35].

Las desigualdades, de hecho, en lugar de reducirse, han aumentado en el mundo occidental. Según el Informe sobre la Desigualdad Global 2018 elaborado por el World Inequality Lab y coordinado, entre otros, por el economista francés Thomas Piketty, el 1 por 100 de la población con mayores ingresos a escala global recibió el doble de ingresos que el 50 por 100 más pobre. Europa occidental y Estados Unidos contaban con niveles similares de desigualdad en 1980: el 1 por 100 de la población que más ingresaba representaba el 10 por 100 del total de la renta en cada uno de los territorios. Sin embargo, en 2016, las situaciones eran radicalmente distintas. En Europa occidental, ese 1 por 100 percibió el 12 por 100 de todos los ingresos, mientras que en Estados Unidos recibió el 20 por 100. Así, mientras el 50 por 100 de las rentas más bajas se repartía el 20 por 100 del total del ingreso nacional en Estados Unidos en 1980, en 2016 la porción se redujo al 13 por 100. De todos modos, si volvemos la mirada al Viejo continente, vemos cómo, aunque con menos desigualdades, el 10 por 100 que más gana representa el 37 por 100 de los ingresos totales[36]. Además, prácticamente ha desaparecido el ascensor social y la movilidad absoluta de renta: más de nueve de cada diez estadounidenses nacidos en 1940 ganaban más que sus padres a la edad de treinta años, mientras que solo uno de cada diez estadounidenses nacidos en 1980 ganaba más que sus padres con esa misma edad[37]. Las perspectivas de los jóvenes de vivir un futuro mejor que el que vivieron sus padres se han reducido mucho, en síntesis: según un sondeo de Ipsos, el 58 por 100 de los ciudadanos de la Unión Europea considera que sus hijos vivirán peor que ellos[38].

Resumiendo, la democracia liberal ha entrado en crisis porque, como explica Yascha Mounk, se han disipado las contingencias históricas que le habían permitido asentarse. Es decir, se iban a desvanecer en el aire un crecimiento económico –el de la posguerra mundial–, que redujo las desigualdades y permitió un aumento generalizado del nivel de vida; unos medios de comunicación moderadores del debate nacional que operaban como barreras a la difusión de ideas extremas; una composición étnicamente homogénea de las sociedades occidentales que evitaba que la cuestión de la identidad nacional cobrase centralidad en la competición política[39]. La triple crisis –económica, política y migratoria–, junto a la profunda transformación de los medios de comunicación tradicionales –y el desdibujamiento de su papel de generadores de opinión– a causa del auge de internet y las redes sociales, hicieron saltar por los aires este equilibrio.

Si quisiéramos ponerle unas fechas a las tres crisis de las cuales habla Mounk, estas serían posiblemente 2001, 2008 y 2015. El ataque del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas en Nueva York cerró abruptamente unos «dulces» años noventa marcados, al menos en Occidente, por la fe neopositivista en el progreso, la democracia y el fin de los conflictos internacionales. Fue la década del «fin de la historia» de Francis Fukuyama, de la pax americana, del consenso de Washington, de las terceras vías socialdemócratas y de la aceleración del proceso de construcción de la Unión Europea. El 11S significó un neto cambio de paradigma con el inicio de la guerra al terrorismo y, consecuentemente, del aumento exponencial de la islamofobia en la mayoría de los países occidentales. El mundo se había vuelto de repente más complicado tras la calma chicha de los noventa y en el futuro se vislumbraban oscuros nubarrones que traían una gran tormenta para Occidente.

La quiebra de Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión más grande de Estados Unidos, el 15 de septiembre de 2008 fue la espoleta de la crisis más grande del capitalismo desde 1929. Las políticas de austeridad aplicadas en los años siguientes, y en Europa especialmente tras la crisis de la deuda soberana de 2010, pusieron sobre la mesa no solo los excesos del sistema capitalista –cuyo lado «salvaje» no se había podido ni querido domesticar desde la conclusión de los «treinta gloriosos»–, sino también la profunda crisis que estaba sufriendo el modelo neoliberal, por aquel entonces hegemónico en Occidente desde hacía unas tres décadas. El optimismo desenfrenado de los años anteriores se convirtió, de repente, en un pesimismo que mezclaba estallidos de indignación y rabia –desde el 15M, pasando por Occupy Wall Street, hasta las Primaveras Árabes–, con una desilusión aceptada y una creciente resignación por parte de una población que se despertaba resacosa y malhumorada de una larga noche de farra.

La tercera crisis ha sido la migratoria o de los refugiados de 2015, ampliada por la cobertura que de ella hicieron la mayoría de los medios de comunicación, creando un verdadero clima en que las ideas ultraderechistas sobre la supuesta «invasión» de extranjeros pudieron calar con aún más facilidad. Solo en el verano de 2015, más de un millón de personas, provenientes de Siria, Afganistán, Irak, Libia, Nigeria o Eritrea, cruzaron el Mediterráneo para entrar en Europa, principalmente a través de Grecia e Italia, a causa de guerras civiles, falta de perspectivas de vida y procesos debidos al cambio climático, como la progresiva desertificación de amplios territorios de África y Asia. En todo 2015 fueron casi dos millones los inmigrantes que llegaron a la Unión Europea y, todavía el año siguiente, aunque los números bajaron considerablemente, Frontex, la agencia comunitaria de control de fronteras exteriores, calculó unas 550.000 llegadas[40]. Las imágenes de las barcazas rebosantes de migrantes en el mar Egeo o en el estrecho de Sicilia y de las larguísimas colas de personas que atravesaban a pie los Balcanes para llegar al centro y el norte de Europa tuvieron un impacto incomparablemente mayor al de los números reales, por más que, sobre todo en 2015, fueron los mayores hasta la fecha. Se creó verdadero pánico en gran parte de la población europea, mezclado con la sensación de estar siendo invadidos. Además, la incapacidad de la Unión Europea para gestionar de forma conjunta la crisis agravó aún más, si cabe, el problema, no obstante la canciller alemana Angela Merkel intentó, con notable valentía, dar el buen ejemplo al decidir, a finales de agosto de 2015, abrir las fronteras de su país a los migrantes. Aunque la respuesta de muchos ciudadanos europeos fue ejemplar, prodigándose en ayudar a las decenas y decenas de millares de personas que llegaban a sus países, las consecuencias políticas fueron evidentes: el primer ministro húngaro Viktor Orbán construyó una valla de 175 kilómetros en las fronteras con Serbia; Nigel Farage utilizó las imágenes de las colas de migrantes para defender el Brexit; y la primera medida que tomó Matteo Salvini al ser nombrado ministro del Interior en junio de 2018 fue cerrar los puertos italianos y criminalizar a las ONG que salvaban migrantes en el Mediterráneo.

Obviamente, el fenómeno de la inmigración en Europa y Estados Unidos no empezó en 2015: el proceso migratorio, que, por otro lado, es consustancial a la historia de la humanidad, se venía dando con mayor o menor intensidad desde hace décadas, sobre todo en Norteamérica y en las antiguas potencias coloniales europeas, como Reino Unido o Francia. El fenómeno se aceleró notablemente a partir de principios de los noventa con la conversión de países históricamente emisores de inmigrantes, como Italia, España o Grecia, en países receptores, el fin de los regímenes comunistas en el Este de Europa, las guerras de la antigua Yugoslavia y los Acuerdos de Schengen, además de una serie de causas globales, como el rápido crecimiento de la población mundial en los países subdesarrollados o en vías de desarrollo, la aceleración de los procesos debidos al cambio climático o el afianzamiento del proceso de globalización[41]. En el caso de la Unión Europea, la tasa neta de inmigración, esto es, el número de efectivos extranjeros, ha pasado del 1,5 por 100 de 1950 al 4,2 por 100 en la Europa de los 15 hasta el 4,7 por 100 de 2019 (que se elevaba hasta un 7,7 por 100 teniendo en cuenta las personas nacidas fuera de la Unión Europea)[42].

En los principales países europeos el porcentaje es, sin embargo, más alto y muestra un incremento notable respecto a tan solo treinta años atrás: en Alemania se ha pasado del 7,4 por 100 de 1990 al 15,8 por 100 de 2019; en Reino Unido del 6,4 al 14,2 por 100; en Holanda del 7,9 al 13,1 por 100; en España del 2,1 al 12,9 por 100; en Grecia del 6 al 11,3 por 100; y en Italia del 2,5 al 10,5 por 100. Además, ya en 2015 el porcentaje de la población nacida en el extranjero oscilaba entre el 11 y el 17 por 100 en países como Austria, Suecia, Reino Unido, Alemania, Francia y Holanda. Añádase a estos datos la percepción que del fenómeno tiene la mayoría de la población: según un estudio del Parlamento italiano, la mayoría de la población del país transalpino cree que los extranjeros residentes son el 30 por 100 de la población, cuando realmente son alrededor del 10 por 100, y que los musulmanes son el 20 por 100, cuando son tan solo el 3 por 100. Aunque Italia parece ser el país europeo con la tasa más elevada de ignorancia sobre los niveles de inmigración, lo que es cierto es que la percepción distorsionada del fenómeno es más que generalizada: en el caso de España, frente a cerca del 10 por 100 de extranjeros residentes en el país, según diferentes encuestas la percepción es que esta represente más del 20 por 100[43]. Según el Eurobarómetro, publicado en la primavera de 2018, centrado en la integración de los inmigrantes en la Unión Europea, los ciudadanos europeos tienden a multiplicar por dos el número de extranjeros residentes en su país sobre el total de la población. Destacan los países del Este del continente donde, por cierto, la presencia de inmigrantes es prácticamente inexistente: los polacos piensan que son el 10 por 100 –cuando son el 1,1 por 100–, los rumanos el 9,7 por 100 –cuando son el 1,2 por 100– o los eslovacos el 8,3 por 100 –cuando son el 0,6 por 100[44].

A estas tres crisis (2001, 2008 y 2015) habría que añadir dos episodios previos que marcaron el desarrollo de los acontecimientos. Por un lado, el final de la Guerra Fría, entre 1989 y 1991, significó no solamente un cambio de época con el paso de un orden bipolar a uno unipolar –según el historiador británico Eric J. Hobsbawm fue entonces cuando se cerró el «breve» siglo XX[45]–, sino también una profunda transformación, más o menos radical, más o menos rápida, en todos los sistemas políticos, empezando por los países del antiguo bloque comunista. A lo largo de los que parecían los «felices» años noventa, en la Rusia postsoviética y en países como Rumanía o Eslovaquia aparecieron, en medio de situaciones a veces muy caóticas, caracterizadas por la puesta en marcha de la denominada «terapia de choque» neoliberal ideada por Jeffrey Sachs y la construcción de unos nuevos sistemas de partidos a semejanza de las democracias occidentales, formaciones claramente neofascistas o peculiares experimentos que mezclaban un nacionalismo radical y etnicista con una retórica izquierdista, como el Partido Nacional Bolchevique fundado por Eduard Limónov y Aleksandr Duguin en Rusia. Yugoslavia era, al mismo tiempo, devorada por las guerras civiles y el resurgir de unos nacionalismos, a menudo vinculados a fuerzas paramilitares y organizaciones criminales, que llevaron a muchos a recordar la limpieza étnica de los Ustacha de Ante Pavelić durante la Segunda Guerra Mundial. Dinámicas aparentemente peculiares y que parecían exóticas a los ojos de los analistas occidentales, que no querían o no sabían verlas e interpretarlas, llegaron en los años siguientes también al otro lado del ya desaparecido Telón de Acero. Pero las señales del profundo cambio debido al final de la Guerra Fría no se dieron solo en Europa oriental. La estruendosa caída de la Primera República en Italia entre 1992 y 1994, con la desaparición de los principales partidos que habían gobernado el país en el medio siglo anterior, no se debió solamente al estallido del escándalo de Tangentópolis –que mostró con luz y taquígrafos la existencia de un sistema de financiación ilegal de los partidos políticos–, sino sobre todo al colapso de un orden mundial, el de la Guerra Fría, que había marcado el país y su gobernabilidad desde el nacimiento de la República en 1946[46].

Por otro lado, y aunque nadie haya reparado en él, sigue habiendo un elefante en la habitación: la revolución neoliberal de Thatcher y Reagan, empezada con la crisis de la estanflación de la década de los setenta y las victorias conservadoras en Reino Unido y Estados Unidos en 1979 y 1980, respectivamente. Como señala Wendy Brown, «esta revolución apuntó a liberar los mercados y la moral para gobernar y disciplinar a los individuos mientras maximizaba la libertad, y lo hizo demonizando lo social y la versión democrática de la vida política»[47]. No se trata, pues, solo del aumento de las desigualdades de las que se ha hablado anteriormente, sino también de los procesos que se encuentran in nuce en el proyecto y la racionalidad neoliberal, desde su mismo planteamiento en los tiempos de Friedrich von Hayek y Milton Friedman. La desregulación del capital, la privatización de bienes y servicios públicos, la reducción de la progresividad fiscal, la disminución del Estado de bienestar y los ataques a las organizaciones sindicales y de trabajadores han conllevado un paulatino proceso de desmantelamiento de la sociedad, despolitización y desdemocratización, es decir, de vaciamiento de la democracia entendida como soberanía popular y poder político compartido. Aunque es indudable, como apunta la misma Brown, que el neoliberalismo por sí mismo no «causó la insurgencia de la derecha dura en el Occidente contemporáneo, o que todas las dimensiones del presente […] pueden ser reducidas al neoliberalismo», es cierto también que «la racionalidad neoliberal preparó el terreno para la movilización y la legitimación de feroces fuerzas anti­democráticas en la segunda década del siglo XXI»[48]. Obviar, en sínte­sis, las consecuencias de la hegemonía neoliberal a partir de principios de los ochenta nos impediría entender tanto la eclosión del mal llamado populismo como el avance de la nueva ultraderecha.

Como ya se apuntaba más arriba, una de estas consecuencias es, sin duda alguna, el aumento de la desconfianza hacia los partidos tradicionales y las instituciones que ha llegado a trasladarse al propio sistema democrático. Según un estudio del Pew Research Center elaborado en 2019 en 34 países, el 52 por 100 de los encuestados mundiales no estaba satisfecho con el funcionamiento de la democracia en su país[49]. En la mayoría de los países occidentales la confianza en las instituciones es baja o incluso bajísima. Según un reciente Eurobarómetro, los ciudadanos españoles no consideran fiables a los partidos políticos (con un 90 por 100 de encuestados que no confían), ni al Congreso de los Diputados (76 por 100) ni al gobierno de España (74 por 100)[50]. Según el Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales italiano (EURISPES), en el país transalpino la confianza en el gobierno y en el Parlamento había llegado en 2013 a unos míseros 15,9 y 9 por 100, respectivamente. En los años siguientes la situación ha ido paulatinamente mejorando, aunque con avances y retrocesos, que de todos modos dejan «fuera» a tres cuartas partes de la población: en 2020, de hecho, la confianza en el gobierno había llegado al 26,3 por 100 y en el Parlamento al 25,4 por 100[51]. En Estados Unidos, el porcentaje de personas que consideraban que el gobierno se dirigía en beneficio de todos cayó de un 64 por 100 en 1964 a un 19 por 100 en 2012[52], mientras que según Ipsos MORI el 63 por 100 de la población mundial cree que los políticos convencionales «no se preocupan de personas como yo». Los datos por país resultan alarmantes: cree en esta afirmación el 52 por 100 de los alemanes, el 58 por 100 de los británicos, el 71 por 100 de los polacos y el 78 por 100 de los franceses[53]. La desconfianza, en síntesis, se ha convertido en una realidad y un problema enorme.

Además, es evidente la profunda crisis del modelo de partido de masas novecentesco y de las mismas ideologías que habían marcado la época contemporánea. Han desaparecido en buena medida los partidos que, junto a los sindicatos, muy debilitados respecto al pasado, canalizaban las reivindicaciones, protestas e insatisfacciones de los territorios, desempeñando un papel de válvula de escape o de correa de transmisión entre la ciudadanía y las instituciones. Como apunta Carlo Trigilia, en los años del modelo fordista «las estructuras de representación (partidos y sindicatos) permiten canalizar de forma democrática las demandas de una extensa clase de asalariados con una fuerte homogeneidad de condiciones de trabajo y de vida, y consecuentemente más fácilmente organizable y movi­lizable»[54]. En aquellas décadas se conformó lo que Peter Gourevitch llamó el gran compromiso histórico: los movimientos de los trabajadores aceptaron en Europa occidental la economía capitalista y la democracia representativa a cambio del pleno empleo, la contratación colectiva y el Estado de bienestar[55]. Aquellos partidos, arraigados en el territorio, con secciones y militantes, se han debilitado fuertemente, han desaparecido o han sido sustituidos por organizaciones «ligeras» o brands que ya no consiguen, y a menudo ni quieren ni pueden, esterilizar y neutralizar los discursos populistas[56]. A veces, por mantenerse a flote o por su misma razón de ser, necesitan impulsarlos. Además, como reconoce Piero Ignazi, «la personalización de la política ha incidido profundamente en la cultura política de las democracias avanzadas»[57]: como han mostrado diferentes estudios, la identificación con los partidos pesa cada vez menos para los ciudadanos. En las últimas décadas, se ha detectado un paulatino declive de la fuerza de la adhesión afectiva a un partido en el momento del voto y el aumento simétrico de la figura del líder como catalizador del consenso[58].

El caso de Italia es paradigmático. Aún a mediados de la década de los ochenta, los tres principales partidos del país contaban con centenares de millares de afiliados y millares de sedes en toda la geografía nacional. Tanto la Democracia Cristiana (DC) como el Partido Comunista Italiano (PCI) tenían más de 1,5 millones de afiliados cada uno –el PCI, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, superaba con creces los 2 millones de afiliados–, mientras que el Partido Socialista Italiano (PSI) se atestaba alrededor de los 600.000. En 2021, el primer partido representado en el Parlamento es el M5E que, aunque está viviendo ahora una fase de refundación cuyo futuro es una incógnita, surgió en 2009 defendiendo la inutilidad de dotarse de las estructuras típicas de los partidos políticos: aún hoy no tiene sede, ni federaciones locales, no ha celebrado congresos y los afiliados son una especie de simpatizantes que participan en votaciones online en la oscura plataforma Rousseau. Por lo que ha hecho público la misma formación fundada por el excómico Beppe Grillo, en 2021 el M5E tenía casi 200.000 afiliados online. Forza Italia, el partido fundado por Berlusconi en 1994 y refundado diecinueve años más tarde tras el fracaso de la experiencia de El Pueblo de la Libertad, declaró tener poco más de 100.000 afiliados en 2015: en Bolonia, por ejemplo, el partido volvió a abrir una sede solo en mayo de 2021, tras siete años sin disponer de ningún lugar de encuentro en una ciudad de casi medio millón de habitantes que había administrado en los primeros años del milenio. Por más que la criatura del empresario milanés esté en horas bajas y, posiblemente, a punto de desaparecer, el dato es sintomático.

Sin embargo, el problema no se circunscribe solamente a los nuevos partidos nacidos tras el final de la Primera República que han guiñado el ojo a formas organizativas atípicas, sino también a las pocas estructuras partidistas que mantienen un cierto arraigo en el territorio. El Partido Democrático (PD), fruto de la fusión en 2007 entre los Demócratas de Izquierdas y la Margarita, es decir, las tradiciones comunista y católica progresista, se enorgullecía, no sin razón, de haber llegado en 2019 a 412.675 afiliados repartidos en 117 federaciones provinciales y más de 5.000 sedes. Mientras que la Liga, considerada por muchos un partido arraigado en el territorio, sobre todo en el norte de la península, entre 2011 y 2018, según datos oficiales del partido, ha pasado de tener 1.500 a solo 500 secciones. En 2021, la formación liderada por Matteo Salvini tenía oficialmente unos 100.000 afiliados, mientras que su nuevo competidor en el espacio de ultraderecha, Hermanos de Italia de Giorgia Meloni, declaraba haber emitido 130.000 carnés[59]. Los números, en síntesis, hablan por sí solos. Ni sumando los afiliados de todos los partidos en 2021, llegamos a rozar los que tenía solo el PCI en sus años más difíciles, justo después de la caída del muro de Berlín a punto de realizarse la transición, con Achille Occhetto a la cabeza, hacia el Partido Democrático de Izquierda. De la «República de los partidos», como Pietro Scoppola había definido a la Primera República italiana (1946-1993), se ha pasado a la que Francesco Tuccari ha llamado la «República posdemocrática»[60] o a la que, no sin ironía, Fausto Anderlini tachó, allá por 2013, como la «República de los detritos»[61].

Algo similar puede decirse de la participación electoral en el país transalpino que hasta 1979, en las elecciones legislativas, se había mantenido por encima del 90 por 100: en 2008 había bajado al 80,5, mientras que en 2018 no llegó al 73 por 100, marcando un récord de abstencionistas. Es cierto que los datos de participación son más altos que los de otros países, como por ejemplo España, pero teniendo en cuenta el perfil participativo de la democracia italiana la pérdida de un quinto de la participación en cuatro décadas pone de manifiesto tanto la creciente desconfianza hacia los partidos políticos y las mismas instituciones democráticas, así como el menor arraigo de esas mismas formaciones políticas[62]. En 2014, en las elecciones regionales de Emilia-Romaña la abstención llegó al 62,3 por 100, doblándose prácticamente respecto a las anteriores elecciones: como apuntó en esa ocasión el expresidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, se trataba de un «dato preocupante que muestra malestar»[63].

La situación no es muy distinta en la mayoría de los países occidentales. La participación electoral ha ido variando según el contexto y el momento, dependiendo también de dinámicas políticas internas, pero, excepto en casos de fuerte polarización como el referéndum británico de 2016, las presidenciales norteamericanas de 2020 o las elecciones catalanas de 2017, el trend es de un aumen­to, más o menos marcado, de la abstención en todos los países occidentales. Sin llegar a los «excesos» de las regionales francesas de junio de 2021 con una abstención superior al 66 por 100, también en el Hexágono es evidente esta dinámica. Aparte de 1969, cuando, en una época de hiperpolitización, la abstención se debió, más bien, al reflujo del mayo parisino y la exclusión de la izquierda en el ballotage, la participación en la segunda vuelta de las presidenciales nunca bajó del 79 por 100 y se situaba más bien hacia el 85 por 100: en 2017, no obstante el escenario de notable polarización entre Macron y Le Pen, con un riesgo real de que el Frente Nacional se hiciese con la presidencia de la República, la abstención superó por primera vez el 25 por 100.

También en lo que atañe a la afiliación, el caso italiano no es para nada excepcional. En Reino Unido, en 2015 solo un ciudadano sobre ocho coincidía con uno de los partidos tradicionales, cuando en los años sesenta lo hacía casi la mitad de la población[64]. El Partido Conservador británico ha pasado de los 3 millones de afiliados a finales de la década de los cuarenta a menos de 200.000 tras 2010. Todavía en los años setenta y ochenta superaba el millón[65]. El caso de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) alemana es parecido. De los 789.000 miembros de 1990, el año de la reunificación del país germano, el partido que será liderado desde 2000 por Angela Merkel ha ido perdiendo progresivamente afiliados hasta quedarse con casi la mitad de los de hace tres décadas: en 2019 declaraba tan solo 405.000 miembros[66]. Entre 1980 y 2019 también el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) ha perdido más de la mitad de sus afiliados, pasando de alrededor de un millón –en la sola Alemania Occidental, obviamente– a poco más de 400.000. Y no se trata de que los demás partidos hayan sumado muchas más adhesiones, aunque en algunos casos hayan crecido: en diciembre de 2019 los Verdes rozaban los 100.000 afiliados, los liberales y la Izquierda superaban por poco los 60.000, mientras que la ultraderechista Alternativa para Alemania llegaba a los 34.000[67].

Tampoco se salvan los sindicatos. En los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en 2018 se contabilizaron 82 millones de trabajadores afiliados a los sindicatos, es decir, el 16 por 100 de todos los trabajadores, con una pérdida de más de la mitad respecto a 1975, cuando eran el 33 por 100. En el caso italiano, un país que había mantenido un porcentaje bastante elevado de afiliación sindical, esta ha pasado del 48 al 34,4 por 100 en el mismo periodo[68]. En Reino Unido, entre 1990 y 2016, la cifra cayó del 38 al 23 por 100, mientras que en Estados Unidos, entre 1983 y 2015, se redujo del 20 al 11 por 100[69].

Todo esto también ha conllevado que el eje tradicional izquierda-derecha, si bien no haya desaparecido, haya perdido centralidad, siendo sustituido por el laclauniano «arriba-abajo» o el «99 frente al 1 por 100» en boga durante el movimiento Occupy Wall Street y el 15M. Según The Economist, de hecho, la nueva división política estaría entre los globalistas (open) y los que quieren levantar muros (closed), mientras que según David Goodhart esta fractura estaría entre las personas cosmopolitas que son de «cualquier lugar» (anywhere) y las que son de «algún lugar» (somewhere), es decir, aquellas más arraigadas y que priorizan los vínculos de grupo y valoran la seguridad que no tienen frente a incertidumbres y cambios[70]. En las últimas décadas, en suma, según muchos analistas, la lucha de clases marxista se habría transformado en un lejano recuerdo del siglo pasado, al menos en el mundo occidental: la división entre lo que un tiempo se llamaban proletariado y burguesía habría estado desplazada por una división que, más que sobre factores económicos, se debería a cuestiones culturales. Hay un gran debate al respecto entre los académicos y tampoco en esta cuestión se ha llegado a un verdadero consenso. Todo esto se conecta con el que Stefano Feltri define como populismo soberano:

Esta renovada obsesión por la soberanía, por el poder de decidir a nivel nacional o regional el propio destino, está motivada por una más que fundada sensación de inseguridad, producida por las consecuencias de la globalización, por la tecnología que reescribe el mercado del trabajo, por las migraciones de masas, por las perspectivas siempre más inciertas acerca del crecimiento económico y la sostenibilidad de nuestros niveles de vida occidentales. Un malestar individual que se convierte en petición colectiva[71].

No debería extrañar, consecuentemente, que el 68 por 100 de los checos, el 60 por 100 de los griegos o el 56 por 100 de los franceses consideren que la globalización represente una amenaza, como ha puesto de relieve un reciente sondeo de Ipsos[72]. A este respecto, Colin Crouch ha subrayado que «la globalización es, para muchas personas, un atentado a sus ganas de sentirse orgullosos en los diferentes ámbitos de la vida: en el trabajo, en la identidad cultural, en la comunidad, en las ciudades y los pueblos donde viven». El sociólogo inglés explica que una parte de la población, «aunque tenga una vida acomodada, ve en el resto del mundo una serie de cambios desconcertantes, y desea aquellas certezas que, quizá erróneamente, cree que caracterizaron el mundo del pasado»[73]. Como apuntan Jean-Yves Camus y Nicolas Lebourg, «en una sociedad desinstitucionalizada y mundializada donde el ciudadano ya no es integrado en la política a través de los sindicatos, los partidos y las iglesias, hay una exigencia de recinto de protección que, de momento, no encuentra otras vías que en la crítica al liberalismo cultural y la demanda social autoritaria»[74].

La que se ha venido creando en la última década es, pues, una verdadera crisis cultural y de valores que atañe especialmente al mundo occidental. Nuestras sociedades están cada vez más deshilachadas y atomizadas; además, carecen de referentes culturales y morales. La crítica a los expertos –intelectuales, científicos, etc.– se ve acompañada por el aumento de la desconfianza hacia los medios de comunicación que, en el caso de Estados Unidos, según las encuestas de Gallup, ha pasado del 28 por 100 en 1976 al 68 por 100 en 2018[75]. Aún más revelador es que, como muestra un estudio realizado por la Knight Foundation en 2017, la falta de confianza en los medios es común entre los jóvenes de todo el espectro político[76]. Todo esto se ha juntado a la profunda crisis de los medios de comunicación tradicionales, el cambio de modelo vivido por la información en las últimas décadas y la implementación de una verdadera industria de la desinformación, como se analizará más en detalle cuando se afronte el tema de la posverdad y las fake news. Como apunta Enrique Ujaldón Benítez, las transformaciones generan miedo y el miedo es uno de los combustibles del populismo[77]. Y, obviamente, de la ultraderecha.

¿Turbopopulismo, nacionalpopulismo,tribalismo, pueblocracia?

Si populismo es un adjetivo y una fase, como sugiere por ejemplo Enzo Traverso, ¿cómo calificaríamos, pues, a los Trump, los Salvini, las Le Pen, los Orbán y los Abascal? Existen otras propuestas que, aunque intentan ir más allá del concepto de populismo y nos ofrecen ideas cautivadoras, acaban atrapadas, consciente o inconscientemente, en él.

Sin minusvalorar las diferencias de fondo entre un populismo más progresista y otro conservador o directamente reaccionario, el ya citado Revelli considera que, gracias a la ruptura de la transversalidad entre derecha e izquierda operada por el mismo populismo, este produce un nuevo populismo que, en parte, modifica algunos caracteres de rebelión y transgresión de los orígenes, torciéndolos hacia contenidos, lenguajes y formas de comportamiento claramente de derecha. Según Revelli, el populismo hoy es, pues, sinónimo de soberanismo, identitarismo y neonacionalismo con tendencias autoritarias y supremacistas. Por esto acuña el concepto de turbopopulismo o populismo 3.0[78].

En este reciente viraje del populismo, el historiador y politólogo italiano ve un paralelismo con lo que le pasó a finales del siglo XIX al primer partido declaradamente populista de la historia, el Partido del Pueblo estadounidense, que de una fuerza radicalmente democrática y libertaria, que se implicó directamente en el nacimiento de los primeros sindicatos obreros y en la batalla contra el segregacionismo, se transformó progresivamente en una formación racista y antisemita. De fondo, según Revelli, se produce la metamorfosis involucionista del concepto de «pueblo», como recordó también Hannah Arendt: «de la imagen edificadora y pura mostrada en el siglo XIX, como portador de todas las virtudes civiles, encarnación secularizada no solo de la potencia sino también de la bondad de Dios en la Tierra y de los buenos sentimientos de la Nación a posible vehículo de pasiones tristes, sentimientos agresivos, populace ahora, o “plebe” […], potencial autor de pogrom y lincha­mien­tos»[79].

Por otro lado, en un libro publicado ya en 2012, Pierre-André Taguieff se decanta por el concepto de nacionalpopulismo. Según el politólogo galo, todos los nuevos nacionalpopulismos, entre los cuales nombra al Frente Nacional francés, la Liga Norte, los húngaros de Jobbik y los Verdaderos Finlandeses, comparten algunas características comunes: «el llamamiento personal al pueblo lanzado por el líder», «el llamamiento al pueblo en su conjunto contra las elites ilegítimas», «el llamamiento directo al pueblo auténtico que es “sano”, “sencillo” y “él-mismo”», «el llamamiento al cambio, que im­plica una ruptura purificadora con el presente (“el sistema”, supues­tamen­te “corrupto”), inseparable de una protesta antifiscal (en ocasiones ligada a la exigencia de referéndums de iniciativa popular)», y «el llamamiento a “limpiar” el país de elementos supuestamente “inasimilables” (nacionalismo excluyente, contrario a la in­mi­gra­ción)»[80].

A partir esencialmente del estudio del caso francés, Taguieff había acuñado ya en las décadas de los ochenta y los noventa el concepto de nacionalpopulismo para definir el Frente Nacional (FN) de Jean-Marie Le Pen. A diferencia de otros partidos definidos como populistas, el FN ponía en primer lugar el llamamiento a la autodefensa identitaria: el antielitismo estaba pues subordinado a la xenofobia en contra de los inmigrantes. Sin embargo, Taguieff apuntaba también que en la criatura de Le Pen, así como en el Partido Popular danés, el FPÖ y la Liga Norte, convivían las dos categorías ideales de populismo: el protestatario y el identitario. El primero se centra en una decidida crítica al sistema de representación política y social, exige mayor democracia y se caracteriza por el antiintelectualismo, la hiperpersonalización y la defensa de los valores del liberalismo económico. En el populismo identitario, en cambio, el llamamiento al pueblo encuentra su significado esencialmente en la dimensión nacional siguiendo la lógica de que el pueblo homogéneo se confunde con la nación dotada de una identidad permanente y de una unidad sustancial. El nacionalpopulismo concibe, pues, el pueblo como ethos y como demos, característica que le permitiría pasar, sin muchos aspavientos –como en el caso de la Liga Norte, mucho antes del viraje nacionalista italiano de Salvini–, de un «etno­rregionalismo protestatario» a un «etnonacionalismo xenófobo»[81]. El con­cep­to de nacionalpopulismo quedaría consecuentemente un poco descolorido o, más bien, confuso siendo concebido, en palabras de Taguieff, como

una mezcla de bonapartismo o cesarismo nacionalpopular a la Perón, de populismo reaccionario marcadamente xenófobo, si no directamente racista (encarnado por George C. Wallace en Estados Unidos o Enoch Powell en Gran Bretaña), de democraticismo populista «a la suiza» (elogio de la democracia directa, a través del recurso al referéndum de iniciativa popular) y de «populismo de los políticos», llamamiento al pueblo en que a las bases ideológicas se las sustituye por los valores «morales», «tradicionales», «naturales» o de «sentido común» con la intención de realizar una reagrupación interclasista[82].

No extraña pues que en un libro publicado en Francia más o menos en las mismas fechas Guy Hermet hablase de nacionalpopulismo para definir tanto los populismos latinoamericanos de mediados del siglo XX –como el peronismo– así como algunos gobiernos autoritarios de la Europa de entreguerras –como el del mariscal Piłsudski en Polonia– y un sinfín de regímenes aparecidos tras la descolonización en África y Oriente Medio, desde el Egipto de Na­sser al Irak de Saddam Hussein pasando por toda una serie de «socialismos africanos», como la Tanzania de Nyerere o el Ghana de Nkrumah[83]. Si al tener una carga populista y al representar una ideología nacionalista –aunque en épocas históricas distintas– todo puede ser tachado de nacionalpopulista, entonces el nacionalpopulismo acaba vaciado de contenido, se vuelve una categoría inútil desde el punto de vista interpretativo.

Más recientemente, también Roger Eatwell y Matthew Goodwin han recuperado el término nacionalpopulismo para aplicarlo en un sentido más estricto a la eclosión ultraderechista de los últimos tiempos. Los dos politólogos británicos consideran que el nacionalpopulismo es una ideología, distinta del fascismo histórico, «basada en corrientes muy profundas y duraderas». Por esto, están convencidos de que, en primer lugar, debe examinarse como un todo por su carácter internacional y, en segundo lugar, que ha llegado para quedarse porque su avance depende de «cambios profundos y a largo plazo» en las sociedades occidentales que pueden resumirse en cuatro palabras clave: la desconfianza, la destrucción, la privación y el desalineamiento. Añaden que el nacionalpopulismo no es de por sí un desafío antidemocrático; al contrario, plantea también interrogantes democráticos legítimos y sus partidarios «no son fascistas que quieren derribar nuestras principales instituciones po­lí­ticas»[84]. Según Eatwell y Goodwin, en síntesis, el nacionalpopulismo no es un «refugio de racistas y gente que se deja llevar por un miedo irracional a “lo diferente”», sino que «refleja en parte los miedos profundos de la gente ante el modo en que esta nueva era de inmigración e hipercambio étnico podría llevar a la destrucción de su grupo más amplio y su forma de vida»[85]. Asimismo, consideran que la «revuelta nacionalpopulista» se conecta con «el auge del neoliberalismo, sobre todo debido a una creciente sensación de privación relativa que une a numerosos ciudadanos»[86].

La búsqueda de un concepto satisfactorio ha entrañado proponer otras alternativas. Por un lado, Marlene Wind ha acuñado el concepto de tribalismo para definir el Brexit, la Hungría de Orbán, la Polonia de Kaczyński o el procés catalán. Según la politóloga danesa, el fenómeno de la tribalización está representado por una mezcla de antiglobalismo y política identitaria: su principal consecuencia es la reducción de la democracia a mera voluntad del pueblo. El tribalismo o «neonacionalismo» es el fenómeno en el que «grupos culturales, étnicos y nacionalistas de tamaño y niveles de organización diversas aspiran cada vez más a revocar las estructuras internacionalistas creando, fundando o manteniendo sus propios Estados o entidades análogas a estos, al tiempo que (retóricamente o en la práctica) excluyen de ellos a otros»[87].

Por otro lado, tenemos la propuesta de Marc Lazar e Ilvo Diamanti: más que de populismo, sostienen, se debería hablar de un concepto más amplio, el de pueblocracia, reconocible por la adaptación de todos los actores políticos al lenguaje y las reivindicaciones de los populistas. Es decir, la difusión generalizada, más allá de fuerzas políticas definidas claramente como populistas, no solo de prácticas como la personalización de los partidos y las instituciones, sino también de ideas como la de la soberanía popular sin límites, donde la separación de poderes es vista como un estorbo para una democracia que debe ser inmediata, sin intermediaciones. «En la época de la pueblocracia», apuntan los dos autores, «el populismo se convierte en una marca social y cultural. Un modelo de comunicación y de acción que conviene a todo el mundo reproducir y enfatizar para no sentirse excluidos, acusados de populismo»[88].

Un concepto como el de pueblocracia encaja perfectamente con la idea de que, por un lado, el populismo no es una ideología, sino un estilo o una retórica y, por el otro, de que estamos viviendo una fase o un momento populista. El populismo lo impregna todo. ¿Qué sentido tiene entonces tachar a alguien de populista?

MÁS ALLÁ DEL FASCISMO

¿Qué fue el fascismo?

En octubre de 2020, la web progresista estadounidense Vox preguntaba a ocho especialistas si Donald Trump era un fascista. No era la primera vez que se planteaba la cuestión, al contrario. Ya se había dado el mismo debate, con cierta regularidad, desde la entrada en política del tycoon neoyorquino. El interrogante tampoco se limitó solo al caso de Estados Unidos. En diciembre de 2018, tras el éxito de Vox en las elecciones andaluzas, El País preguntaba a tres expertos si la formación liderada por Santiago Abascal era un partido fascista[89]. Lo mismo puede decirse para prácticamente todos los países occidentales en los últimos tiempos, sobre todo según se producía el avance o la victoria de algún partido ultraderechista.

En la prensa o en las redes sociales es fácil encontrar artículos o declaraciones donde algún que otro líder o partido de la nueva extrema derecha es tachado de fascista. Tras el asalto del Capitolio del 6 de enero de 2021, Nick Cohen señalaba en The Guardian, por ejemplo, que si Trump parece un fascista y actúa como un fascista, quizá debería ser considerado un fascista[90]. En un largo e interesante reportaje de otoño de 2018, Zack Beauchamp definía como una especie de «fascismo soft» a la Hungría de Orbán[91]. Enric Sopena no se andaba con rodeos en noviembre de 2019 cuando, en una columna de opinión en El Plural, definió a Vox como un partido fascista[92]. En los debates políticos o en las campañas electorales, la acusación de fascismo está aún más presente. Baste recordar, para ceñirnos solo al caso español, a las elecciones autonómicas madrileñas del 4 de mayo de 2021 donde uno de los principales lemas de campaña de Unidas Podemos fue justamente «Democracia o fascismo».

Superado, no sin dificultades, el escollo del populismo, nos encontramos pues con otro obstáculo, posiblemente aún más grande: el del fascismo. El mismo Comité Económico y Social Europeo de la Unión Europea emitió a finales de 2018 una declaración en la cual se afirmaba que «el fascismo está en auge otra vez, en Europa y en todo el mundo»[93]. ¿Ha vuelto pues el fascismo justo a un siglo de distancia de la fundación de los Fasci di Combattimento por parte de Benito Mussolini? ¿O, más bien, el fantasma del fascismo nos impide ver qué hay de nuevo –y diferente– en fenómenos como el trumpismo, el bolsonarismo, la Liga de Salvini, el lepenismo, la Fidesz de Orbán, la misma Vox o el Partido de la Libertad austriaco?

A la pregunta de Vox –la revista, no la formación política– la mayoría de los especialistas contestó de forma bastante clara negando que Trump fuese un fascista. Aun así, destacaban los matices y la dificultad para encontrar una definición consensuada. Robert Paxton prefería utilizar términos como oligarquía o plutocracia para hablar del sistema de poder trumpista, mientras que Roger Griffin tildaba al entonces presidente de populista iliberal y Ruth Ben-Ghiat de autoritario que utiliza tácticas propias del fascismo. Jason Stanley iba un poco más allá: Trump no es un fascista, pero el trumpismo sí es un movimiento político y social fascista. Según el filósofo estadounidense, más que centrarse en el modelo de los regímenes fascistas, se debía mirar a las políticas fascistas que se encuentran también en la actualidad, incluso en el caso de Trump[94].

Es cierto que, tras el asalto al Capitolio, el mismo Robert Paxton se planteaba por primera vez llamar fascista a Donald Trump[95], sin embargo, a diferencia del periodismo o del mundo de la política, en la academia podríamos decir que hay un cierto consenso en diferenciar el fascismo de la época de entreguerras de la ultraderecha de hoy en día. Esto no quita, de todas formas, el hecho de que existe una notable dificultad para ponerse de acuerdo en cómo llamar a los Trump, los Salvini, las Le Pen, los Abascal y sus partidos o movimientos políticos. Tampoco hay un acuerdo sobre si conviene utilizar una macrocategoría para etiquetar a todos estos partidos y movimientos o si es más correcto mantenerlos en buena medida separados, poniendo de relieve sus diferencias, más que los elementos que comparten. Así que entre las dudas y los debates de los académicos y la simplificación que a menudo hacen el periodismo y la política, la confusión, podríamos decir, reina soberana.

En realidad, el problema viene de lejos. Entre los historiadores, de hecho, ha habido –y sigue habiendo– un intenso debate sobre la definición misma del concepto de fascismo. Es cierto que a partir de la década de los noventa se han acercado las posiciones, pero el consenso que defiende, por ejemplo, Roger Griffin a partir de su definición de un llamado fascismo genérico –«el fascismo es una ideología política cuya esencia mítica, en sus distintos cambios, es una forma palingenética de ultranacionalismo populista»[96]– tampoco convence a la mayoría de los expertos en este ámbito de estudios. Las divergencias aumentan, además, cuando entramos en el análisis de casos concretos, más allá de la Italia de Mussolini o la Alemania de Hitler. ¿Fueron la Francia del mariscal Pétain, la Hungría de Horthy, el Portugal de Salazar, la España de Franco o la Austria de Dollfuss unos regímenes fascistas? ¿O se trató de unos regímenes más o menos fascistizados o sencillamente autoritarios? El caso del franquismo, donde existen interpretaciones que defienden cada una de estas categorías, es más que paradigmático. Hay quien ha propuesto, como el historiador italiano Enzo Collotti, hablar de fascismos, en plural, para poner de manifiesto las distintas declinaciones nacionales que se dieron: las diferencias existentes entre un régimen y otro no implicarían, en suma, que no podamos poner todas estas experiencias bajo el mismo paraguas[97].

¿Qué fue entonces el fascismo? Es necesario aclararlo para poder superar, o al menos rodear, este inmenso obstáculo y acercarnos a la nueva ultraderecha. El fascismo fue un movimiento político que nació al final de la Primera Guerra Mundial y que vivió su apogeo en las dos décadas siguientes en todo el continente europeo: su arraigo y propagación fue favorecida por la crisis económica de 1929 y por la llegada al poder de Hitler en Alemania en enero de 1933 –y su expansionismo militar durante la Segunda Guerra Mundial–. Nadie pone en duda que la cuna del fascismo fue Italia con la fundación, en marzo de 1919, de los Fasci di Combattimento, así como en considerar que la llegada al poder de Benito Mussolini a finales de 1922 y, sobre todo, su giro autoritario a comienzos de 1925, permitieron que allende los Alpes se mirara con interés a ese nuevo fenómeno político, planteándose adaptarlo o directamente importarlo. Sin embargo, y aunque la historiografía tardó mucho en aceptarlo –a grandes rasgos, al menos hasta los pioneros estudios de Emilio Gentile y Piergiorgio Zunino a caballo entre los años setenta y los ochenta–[98], el fascismo no fue solo un movimiento político: fue también una ideología política y un «mito» que se basaba en la mística patriótica, las tradiciones revolucionarias y dinámicas, y la continuación de la experiencia bélica en tiempos de paz, pero incluía también, en las palabras del historiador George L. Mosse, «sobras de anteriores ideologías y actitudes políticas, muchas de las cuales contrarias a las tradiciones fascistas. Fue un organismo saprófago que intentó apropiarse de todo lo que entre el siglo XIX y el XX había fascinado a la gente: el romanticismo, el liberalismo y el socialismo, así como el darwinismo y la tecnología moderna»[99].

Como definiciones sintéticas, además de la de Griffin citada anteriormente, podemos añadir otras dos consideradas ya como clásicas. Según Norberto Bobbio, «el fascismo es un sistema político que trata de llevar a cabo un encuadramiento unitario de una sociedad en crisis dentro de una dimensión dinámica y trágica promoviendo la movilización de las masas por medio de la identificación de las reivindicaciones sociales con las reivindicaciones nacionales»[100]. Mientras que, en palabras de Robert Paxton,

se puede definir el fascismo como una forma de conducta política caracterizada por una preocupación obsesiva por la decadencia de la comunidad, su humillación o victimización y por cultos compensatorios de unidad, energía y pureza, en que un partido con una base de masas de militantes nacionalistas comprometidos, trabajando en una colaboración incómoda pero eficaz con elites tradicionales, abandona las libertades democráticas y persigue con violencia redentora y sin limitaciones éticas o legales objetivos de limpieza interna y expansión exterior[101].

Hoy en día es preciso, pues, considerar el ultranacionalismo, el anticomunismo, el antiliberalismo, el antiparlamentarismo, la condena de los valores de la Ilustración, el autoritarismo, el culto al líder y a la fuerza, elementos militaristas e imperialistas, la mística del heroísmo, de la acción y de la violencia, el corporativismo o sindicalismo nacional, esto es, la negación de la división social en clases, y el racismo y, aunque no siempre, el antisemitismo como las características principales del fascismo. Para entenderlo, no obstante, como un fenómeno histórico hay que añadir, por lo menos, una serie de elementos adicionales a este listado de características, teniendo presente, de todas formas, que puede haber diferencias entre un fascismo y otro. Como apuntó Roger Griffin,

cada fascismo será distinto debido a que cada cultura nacional es única, así como las crisis a las que se enfrentan sus revolucionarios y los obstáculos que tendrán que superar para establecer un nuevo orden. Pero todos los fascismos comparten una serie de hipótesis sobre la evolución y la forma de la historia, además del tipo de enemigo de la nación, la raza […] y la civilización a la que tienen que vencer[102].

En primer lugar, el fascismo fue hijo de la Gran Guerra: la experiencia que vivieron millones de hombres en las trincheras del primer conflicto mundial permitió el surgimiento de algo nuevo en oposición a lo que estaba considerado como viejo, caduco y carcomido. No es casualidad que ya en 1917 Mussolini, en las páginas de su periódico, Il popolo d’Italia, acuñase el neologismo de trincerocrazia, es decir, el poder o la aristocracia que estaba naciendo en las trincheras: el llamamiento que hizo a principios de 1919, recién terminada la guerra, a los excombatientes –concebidos como la fuerza revolucionaria para regenerar la nación– es más que sintomático, así como el mismo nombre que dio a su movimiento, Fasci di Combattimento. La experiencia en los frentes conllevó también la que el ya citado George L. Mosse definió como la brutalización de la política: tras más de cuatro años en que para muchas personas la vida había perdido su valor y la muerte se había convertido en una compañera de viaje, la violencia se transformó en un arma política. La entrada en escena de las escuadras fascistas, cuyos miembros llevaban un atuendo pseudomilitar representado por la camisa negra, modificó completamente la manera en que se concebía la política en tiempos de paz: los fascistas tomaron desprevenidos a los partidos democráticos y, gracias a los apoyos de industriales y grandes terratenientes, además de la condescendencia, en la mayoría de los casos, de las fuerzas del orden, destruyeron en pocos meses, entre 1920 y 1921, todo el entramado de casas del pueblo, asociaciones, cooperativas y sedes de partidos que el movimiento socialista italiano había creado con inmensos esfuerzos en el medio siglo anterior. Los números hablan por sí solos: hay historiadores como Franco Fabbri que, no sin razón, utilizan el sintagma de «guerra civil» para definir lo que pasó en la Italia de la primera posguerra[103]. Salvando todas las distancias, el caso alemán, entre otros, nos muestra unas características similares, a partir de la centralidad de las fuerzas paramilitares, en ese caso las Sturmabteilung (SA), las camisas pardas, en la acción política del partido en el ocaso de la República de Weimar.

Asimismo, el impacto de la Revolución rusa –un acontecimiento que es imposible entender si se desconecta de la Primera Guerra Mundial– y la conquista del poder por parte de los bolcheviques en octubre de 1917, con la consiguiente construcción de un régimen de tipo nuevo en el antiguo Imperio zarista, comportó no solamente una inmensa ola de simpatía en todo el mundo, con un trienio de gran protagonismo del movimiento obrero, sino también un miedo atávico a la expansión del comunismo en Europa e, incluso, en Estados Unidos. Resumiendo, y simplificando un poco, el fascismo fue una de las respuestas que se dio al ingreso de las masas en la historia y en la vida política; una respuesta que mostró cómo también la derecha, y no solo la izquierda, podía y sabía, a su manera, organizarse en partidos de masas.

Ahora bien, si la influencia y la importancia de la Gran Guerra es indudable, tampoco todo comienza en las trincheras del Somme o los Alpes. Ya a finales del siglo XIX había aparecido un nuevo tipo de nacionalismo, bien distinto del que había insuflado ánimos a dos generaciones de europeos que lucharon en la primera mitad de esa centuria para poner fin de una vez por todas a lo que quedaba del absolutismo del Antiguo Régimen que se había reformulado tras la etapa napoleónica. El ultranacionalismo antiliberal de la Acción Francesa, teorizado por Charles Maurras y Maurice Barrès, poco tenía que ver con el nacionalismo liberal de Giuseppe Mazzini o el patriotismo revolucionario de Giuseppe Garibaldi. Se insertaba, en cambio, en una época marcada por el imperialismo y se presentaba como una alternativa radical –o directamente revolucionaria– al orden existente, además de acudir y difundir la xenofobia y el racismo, como mostró claramente, en el caso francés, el antisemitismo defendido en los tiempos del affaire Dreyfus[104]. Tampoco el racismo será una invención del fascismo, así como la eugenesia, hija del darwinismo social que se impondrá en el último tercio del siglo XIX, como explicó de forma aguda el historiador Alejandro Andreassi estudiando la biologización de la política alemana tras 1870[105]: las políticas aplicadas por el régimen nacionalsocialista en la década de los treinta, incluido el genocidio de judíos, gitanos y homosexuales en los campos de exterminio, fueron sus máximas y dramáticas consecuencias. Lo mismo puede decirse por el irracionalismo anticonformista, bien representado por las obras de un filósofo como Friedrich Nietzsche, o las interpretaciones de la psicología de las masas, estudiada por Gustave Le Bon, que Mussolini consideraba uno de los autores que más le habían influenciado.

En síntesis, la Gran Guerra puede ser concebida como un punto de no retorno, un momento crucial donde diferentes ideas y teorías se mezclaron permitiendo el nacimiento de un nuevo y extraño mejunje y donde se aceleraron procesos que se habían vislumbrado en las décadas anteriores, como la unión de socialismo y nacionalismo. Piénsese, en el lustro anterior al estallido de la contienda, en la experiencia del Círculo Proudhon en que los ultranacionalistas de la Acción Francesa pusieron las bases para un diálogo con los sindicalistas revolucionarios influenciados por el pensamiento de Georges Sorel que, tras la guerra, el fascismo desarrolló a su manera[106]. O la experiencia similar que se dio en Italia alrededor de la Guerra ítalo-turca, o Guerra de Libia, de 1911-1912, cuando sectores del sindicalismo revolucionario defendieron la intervención italiana al lado de los más enfervorizados nacionalistas agrupados en la Asociación Nacionalista Italiana liderada por Enrico Corradini[107].

En segundo lugar, el fascismo se presentó y fue percibido como un fenómeno reaccionario y, al mismo tiempo, revolucionario. Los fascistas italianos consideraban la marcha sobre Roma de octubre de 1922 como una revolución. En el décimo aniversario, de hecho, el régimen organizó una imponente exposición para celebrar la llegada al poder del fascismo: su nombre fue, no por casualidad, el de Mostra della Rivoluzione Fascista [Exposición de la Revolución Fascista]. O, por poner otro ejemplo, una de las principales revistas del fascismo, fundada por el mismo Mussolini, Gerarchia [Jerarquía], llevaba como subtítulo Rassegna mensile della rivoluzione fascista [Reseña mensual de la revolución fascista]. No hay que olvidar, además, que el inicio de la que se consideraba una nueva época marcó incluso el mismo calendario, mirando a la experiencia pasada de la Revolución francesa. Durante el régimen mussoliniano, de hecho, se contaban los años a partir de la marcha sobre Roma: según las camisas negras, el 28 de octubre de 1922 había empezado la era fascista. Esta característica, obviamente, no se circunscribe solo al caso italiano. La percepción y el convencimiento de que el fascismo era un fenómeno revolucionario era extendida en los años de entreguerras. Y no solo entre los fascistas. Entre otras, una prueba de ello es lo que escribió en 1935, en el Discurso a las Juventudes de España, Ramiro Ledesma Ramos, el fundador en 1931 de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas (JONS) que se fusionarían unos años más tarde con la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera:

Mussolini organizó y dirigió el fascismo con arreglo a una mística revolucionaria. Y lo que de verdad hace de él un creador y un inventor, es decir, un caudillo moderno, es precisamente haber intuido o descubierto, antes que nadie, la presencia en esta época de una nueva fuerza motriz con posibilidades revolucionarias, o lo que es lo mismo, la presencia de una nueva palanca, de signo y estímulo diferentes a los tradicionalmente aceptados como tales, pero capaz también de conducir a la conquista revolucionaria del Estado[108].

Aunque hoy en día pueda parecer un contrasentido, el fascismo se concebía a sí mismo como un proyecto profundamente revolucionario: la voluntad no era solo la de construir un régimen de tipo nuevo –totalitario, de hecho–, sino también de plasmar unos hombres y unas mujeres nuevas a partir de una visión palingenésica de la sociedad. Las nuevas generaciones representaban, según los fascistas, el futuro de la nación: debían pues convertirse en unos «nuevos italianos» o en unos «nuevos alemanes» o en unos «nuevos españoles», dotados de nuevos valores, con el objetivo de continuar una revolución que habría transformado completamente las sociedades de sus países.

Todo esto se entrelaza con la que podemos considerar la tercera característica del fascismo como fenómeno histórico: la mezcla de lo tradicional y lo moderno, de lo «viejo» y lo «nuevo». El fascismo supo mantener esta tensión constante, sin percibirla como una verdadera contradicción. Así, mientras encontramos una evidente defensa de los valores tradicionales –empezando por la familia o las jerarquías sociales hasta el papel de la mujer concebida como ama de casa y madre de la patria–, a la par, el fascismo utilizó y quedó fascinado por la modernidad. La arquitectura es un ejemplo paradigmático: piénsese, en el caso italiano, en el proyecto de la EUR en la periferia de la capital italiana, concebido para la Exposición Universal de Roma que se habría debido realizar en 1942, o en la recreación de unos edificios o monumentos que recordaban la arquitectura clásica con el objetivo de conectar directamente los fastos de la Roma imperial con el nuevo Imperio fascista mussoliniano. En el caso alemán, baste pensar en el proyecto de la Welthaupt­stadt Germania, una profunda reformulación de Berlín, ideado por Albert Speer o, entre otros, en el pabellón alemán de la Exposición Universal de París de 1937: el gigantismo, mezclado con un evidente culto a la modernidad, convivía, sin demasiados problemas, con el neoclasicismo, el revival medieval o el Art Decó, más conectados con el movimiento Völkisch de los años anteriores[109].

Así, en la literatura esta tensión aparentemente inconciliable es aún más evidente: en la Italia de Mussolini, sobre todo, las corrientes artísticas más tradicionales compartían espacios con las vanguardias –progresivamente domesticadas en sus expresiones más rupturistas y revolucionarias, todo sea dicho–, in primis el futurismo. Mussolini podía alabar a Filippo Tommaso Marinetti –el fundador del futurismo que en el manifiesto fundacional del movimiento, en 1909, proclamaba que quería destruir los museos, las bibliotecas y las academias– y nombrarlo miembro de la Academia de Italia, y al mismo tiempo podía impulsar la investigación arqueológica para reforzar la lectura del fascismo como una nueva Roma imperial. En la segunda mitad de los años veinte, esta tensión se plasmó en dos movimientos literarios y culturales: Strapaese (literalmente Extraaldea), representado por revistas como Il Selvaggio de Mino Maccari y L’Italiano de Leo Longanesi, defendía los valores tradicionales y rurales de Italia, mientras que Stracittà (literalmente Extraciudad), representado por 900 de Massimo Bontempelli, sostenía la relación entre fascismo y mundo moderno, y se proponía modernizar la cultura italiana. Ambos eran igual de fascistas, por así decirlo, tanto que uno de los enfants prodiges de la cultura del ventennio, Curzio Malaparte, participó al mismo tiempo en ambos. Esta capacidad omnívora del fascismo –Mosse lo calificó también por esto de organismo saprófago– ha llevado a la historiadora Maria Susan Stone a introducir el concepto de «pluralismo estético» para el caso de la Italia mussoliniana[110].

En cuarto lugar, aunque es evidente que conquistó y mantuvo el poder con la violencia, el fascismo no fue solamente violencia y represión. Es impensable que un régimen conserve el poder durante diez, veinte o cuarenta años solo con la fuerza bruta y el miedo. De hecho, una vez llegados al poder, los regímenes fascistas buscaron y, en buena medida, consiguieron el consenso de una parte importante, o incluso mayoritaria, de la población a través de distintas herramientas –desde la propaganda al encuadramiento de la población–, como mostró, para el caso italiano, el historiador Renzo De Felice[111]. El fascismo, en síntesis, venció con la violencia y convenció con un complejo entramado de «armas», incluso las más modernas como la radio o el cinematógrafo, que permitieron obtener una mezcla de obediencia pasiva y movilización activa de la población[112].

En quinto lugar, la búsqueda de un enemigo es otro de los elementos cruciales para entender el fascismo. El judío, así como los comunistas –o los bolcheviques o los «rojos»– se convirtieron en las principales amenazas para la nación, entendida como un organismo vivo y homogéneo. El enemigo, que debía ser derrotado y eliminado, incluso físicamente, no desaparecía nunca de la retórica, del discurso y de la propaganda del fascismo aunque este controlase ya todos los resortes del poder y los opositores que seguían con vida se encontrasen en las cárceles, en los campos de concentración o en el exilio. El título de un libro como Giudaismo, bolscevismo, plutocrazia, massoneria [Judaísmo, bolchevismo, plutocracia, masonería] escrito durante la Segunda Guerra Mundial por Giovanni Preziosi, periodista fascista italiano y excura, es una excelente muestra de la incesante necesidad de buscar y explotar unos supuestos enemigos, así como la idea del contubernio judeo-masónico-comunista, repetida hasta mediados de los setenta por el régimen franquista. La creación de un enemigo venía además a reforzar la idea de Volksgemeinschaft, término alemán que podemos traducir como comunidad popular, entendida como el sentimiento de pertenecer a una sociedad armoniosa y libre de conflictos.

En sexto y último lugar, cabe mencionar también que, excepto algunos casos como el español, el fascismo llegó al poder de forma legal. Los partidos fascistas supieron aprovechar los contextos de crisis económica, social, política o nacional, como la crisis de la primera posguerra en Italia o la Gran Depresión en Alemania, para agrandar las grietas existentes en los aún débiles sistemas políticos liberales. El partido nazi, de hecho, abandonó la vía revolucionaria y abrazó la vía electoral tras el fracaso del golpe de Estado de la Cervecería de 1923, sin por esto dejar de lado el reforzamiento de sus fuerzas paramilitares y la utilización de la violencia en las calles. La marcha sobre Roma, por otro lado, no puede concebirse como un golpe de Estado, tampoco sui generis, sino como una forma, extrema hasta su máxima expresión, de presionar al jefe del Estado para que nombrase a Mussolini presidente del gobierno. El fascismo, en suma, negaba radicalmente la democracia, pero utilizó todos los resortes que esta ofrecía, empezando por la participación en las elecciones, para hacerse con el poder y destruirla desde dentro.

No se olvide, además, que los partidos conservadores tuvieron una enorme responsabilidad en el avance, la legitimación y la llegada al gobierno de los fascismos: en las elecciones italianas de mayo de 1921, los liberales y los conservadores incluyeron candidatos fascistas en las listas de los llamados Bloques Nacionales con el objetivo de evitar una posible victoria de los socialistas. Los fascistas fueron «utilizados» como fuerza de choque, no solo en las calles, sino también en la movilización electoral y en el mismo Parlamento, para pararle los pies a la tan temida «hidra bolchevique». En aquel entonces el fascismo, que aún no se había constituido en partido, no tenía representación parlamentaria: fue gracias a figuras como Giovanni Giolitti, quien luego se transformaría en opositor de la dictadura, que Mussolini pudo hacerse con el acta de diputado, junto a otros 34 dirigentes del movimiento fascista. Asimismo, tras la marcha sobre Roma, conservadores y liberales votaron a favor del primer gobierno presidido por el líder del fascismo, en el cual se sentaron incluso como ministros.

Salvando todas las distancias, la situación en Alemania fue parecida: durante la profunda crisis de la República de Weimar, los conservadores y los liberales no se opusieron como hubiesen podido al partido nacionalsocialista, favoreciendo su llegada a la cancillería en enero de 1933. Para más inri, el 23 de marzo de ese mismo año todas las formaciones políticas, excepto los comunistas –que no pudieron recoger las actas de diputados tras las elecciones del anterior 5 de marzo– y los socialdemócratas, votaron a favor de la Ley Habilitante que entregó en la práctica todos los poderes a Hitler y quebró la separación de poderes, abriendo el camino a la rápida instauración de la dictadura. Los conservadores, en suma, o al menos una gran parte de ellos, pensaron utilizar el fascismo para evitar una revolución comunista y derrotar al movimiento obrero, pero en realidad el monstruo que ellos mismos alimentaron y legitimaron acabó en muy poco tiempo por devorarles.

Estos seis elementos nos muestran la importancia de estudiar históricamente un fenómeno para poder comprenderlo. En caso contrario, el riesgo es que, como dice el refrán español, «de noche, todos los gatos son pardos».

Fascismo eterno frente a fascismo histórico

Volviendo a las interpretaciones que se están ofreciendo de la nueva ultraderecha, quizá lo que enredó aún más las cosas fue la publicación de una breve y sugerente obra de un intelectual respetado y admirado como Umberto Eco. El semiólogo italiano nos dejó en febrero de 2016, justo al principio de un año que marcaría un antes y un después en la política internacional. No pudo así escribir sobre la última ola ultraderechista que estaba ya asomando al horizonte. Sin embargo, un año después de su muerte se volvió a publicar –antes en Italia, luego también en traducción española– una conferencia que dio en Estados Unidos en 1995 titulada Eternal Fascism[113]. Ahí Eco planteaba el concepto de Ur-Fascismo o fascismo eterno, es decir, una serie de características típicas –ahistóricas podríamos decir– de lo que sería el fascismo: desde el culto de la tradición, el rechazo del modernismo y el culto de la acción por la acción a la indisponibilidad en aceptar cualquier crítica, el miedo al Otro, el llamamiento a las clases medias frustradas y la obsesión por el complot, pasando por el culto de la guerra, un elitismo popular, el heroísmo, el machismo, un «populismo cualitativo» y la creación de una neolengua. Según Eco, la presencia de al menos una de estas características sería suficiente para que se pudiese crear «una nebulosa fascista»[114].

La propuesta de Eco no deja de ser interesante y, no cabe duda de ello, cautivadora. Lo mostraba también el periodista Antonio Maestre en un artículo publicado en Eldiario.es en octubre de 2019 donde aplicaba las características típicas expuestas por el semiólogo italiano en el análisis de la cuenta de Instagram de Santiago Abascal[115]. Sin embargo, se debe también contextualizar el texto de Eco: el autor de El nombre de la rosa hablaba frente a un público de estudiantes norteamericanos un 25 de abril, día de la liberación del nazifascismo en Italia, poco después de que Estados Unidos hubiera sufrido el atentado de Oklahoma City y hubiera descubierto la existencia de organizaciones militares de extrema derecha. Además, a Eco no podía no rondarle en la cabeza lo que había pasado un año antes en su país: el colapso de la Primera República nacida de la resistencia y la llegada al poder de Berlusconi que abrió las puertas del poder a los posfascistas del Movimiento Social Italiano que estaba a punto de transformarse en la más presentable Alianza Nacional.

En el último lustro, la tesis de Eco ha tenido un gran predicamento sobre todo entre las izquierdas: al contrario de lo que sostiene prácticamente toda la historiografía internacional, el fascismo –se dice directa o indirectamente– habría seguido existiendo también después de la derrota del Eje en 1945 y, como un río kárstico, puede reaparecer también en la actualidad. Salvini, Trump y Abascal serían la prueba fehaciente de ello. En continuidad con la tesis de Eco, en una obra publicada en Estados Unidos en 2018, Jason Stanley apuesta por definir al fascismo como el «ultranacionalismo de distinto tipo (étnico, religioso, cultural), en el que la figura de un líder autoritario representa a la nación y habla por ella»[116]. Consecuentemente, el líder húngaro Viktor Orbán sería un «fascista posmoderno». El filósofo estadounidense se centra especialmente en los casos de Rusia, Hungría, Polonia, la India, Turquía y Estados Unidos, pero se refiere, a fin de cuentas, a toda la ola autoritaria y nacionalista que ha calado en gran parte del mundo. Stanley analiza lo que denomina «política fascista», es decir, «las tácticas fascistas, como mecanismo para obtener el poder», a saber: «el pasado mítico, la propaganda, el antiintelectualismo, la irrealidad, la jerarquía, el victimismo, el orden público, la ansiedad sexual, el llamamiento al espíritu de la nación y el desmantelamiento del Estado de bienestar y la unidad»[117].

Ahora bien, volvemos otra vez a la misma pregunta: ¿tiene sentido utilizar el concepto de fascismo –aunque hablemos de políticas o estrategias fascistas– para definir las nuevas extremas derechas del siglo XXI e, incluso, regímenes autoritarios en diferentes latitudes? Utilizándolo tanto y, a veces, de forma totalmente indiscriminada ¿no corremos el riesgo de vaciar de significado el concepto de fascismo, haciendo además un flaco favor al conocimiento histórico? De hecho, fascista, o más sencillamente facha, hoy en día no es nada más que un insulto que ha perdido todas (o casi todas) sus connotaciones ideológicas. Baste un ejemplo sacado de la política española: en octubre de 2017, durante un pleno municipal, Teófila Martínez increpó al alcalde de Cádiz, José María Kichi González, gritándole «¡Eres un cacique, un cobarde y un fascista!»[118]. Más allá de las trifulcas de la política local gaditana, el hecho en sí es interesante porque quien acusa de fascista a Kichi González no es una black bloc que adoptara la resistencia al sistema capitalista como estilo de vida, sino nada menos que la líder del Partido Popular de Cádiz. Para más inri, Teófila Martínez ha sido alcaldesa de la antigua Gadir durante veinte años hasta perder las elecciones en 2015, desbancada por la coalición municipalista Por Cádiz Sí Se Puede. Parece el mundo al revés: los herederos del franquismo que tachan de fascista a un activista social. Como reconocía Roger Griffin, «el término fascismo sufrió una inflación semántica y, cuanto más lo usaba la gente, su valor como concepto se devaluaba más, como una divisa sin valor»[119].

A este respecto, Emilio Gentile afirmaba que «el fascismo es el único fenómeno político al cual se le atribuye una extraordinaria capacidad mimética, la vocación de volver camuflado con otros ropajes». El historiador italiano considera la tesis del fascismo eterno como una consecuencia de la defascistización y la banalización del fascismo que ha llevado a la que define una especie de «ahistoriología […] en la que el pasado histórico se va adaptando continuamente a los deseos, esperanzas y temores actuales»[120]. Según Gentile, «no podemos prescindir del fascismo histórico para definir quién es fascista o usar el término “fascista” para movimientos políticos que no presentan en absoluto sus características peculiares, o incluso tienen características opuestas al fascismo histórico»; es decir, al fenómeno político que se impuso en Italia en los años de entreguerras «como partido milicia, régimen totalitario, religión política, regimentación de la población, militarismo integral, preparación belicosa a la expansión imperial» y que se convirtió en un modelo para otros partidos y regímenes surgidos en la Europa de entreguerras. Así, el historiador italiano defiende que «los actuales neonacionalistas populistas, que poseen una legitimación democrática» son algo distinto: en su origen se encuentra «un temor a la modernidad, la adopción de una política de proteccionismo defensivo, para cerrar puertas y ventanas, para salvaguardar inciertas identidades nacionales, amenazadas por la globalización y por las “invasiones de inmigrantes”»[121].

Según Roger Griffin, en cambio, el fascismo como ideología sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y supo mutar y adaptarse a los nuevos tiempos, transformándose en neofascismo. El historiador británico, cuya definición de fascismo genérico hemos visto en las páginas anteriores, defiende que la esencia ineliminable del fascismo es «la visión de la nación renacida que se concibió en términos ultranacionalistas y con tendencias racistas»[122] con el objetivo de realizar un cambio revolucionario para un nuevo orden. La propuesta de Griffin junta los submitos de la ultranación, entendida como una comunidad imaginada que abarca el pasado de la nación y su futuro, y la palingénesis, esto es, el resurgimiento de la decadencia que se produciría al eliminar los enemigos de la renovación de la nación. Ya durante el periodo de entreguerras, el fascismo mostró su esencia polimorfa y se dieron diferentes casos de lo que el historiador británico llama «fascismos fallidos», es decir, fascismos que fueron marginalizados, suprimidos o reducidos al estado de régimen títere. Según Griffin, la era fascista terminó en 1945, con la derrota del Eje, pero en las décadas posteriores el fascismo habría mostrado una gran «vitalidad y adaptabilidad» para sobrevivir en unos «hábitats muy tóxicos»[123]. Habrían surgido pues una serie de nuevas formas, tácticas y estrategias para «permitir que el nacionalismo revolucionario se adaptara a una era esencialmente posfascista», como la grupuscularización, la internacionalización, la metapolitización y la virtualización. Esta evolución se habría hecho visible en diferentes formatos como «el partido pseudodemocrático; grupos paramilitares y violentos sin partidos; redes internacionales político-culturales o virtuales en busca de una “tercera posición” o “tercera dirección” entre el capitalismo y el bolchevismo […]; la rehabilitación del nacismo a través del revisionismo histórico y la apuesta de la Nueva Derecha por el resurgimiento cultural metapolítico»[124].

De todas formas, para Griffin es prácticamente imposible que el fascismo en la actualidad pueda conseguir los éxitos de entreguerras o, en sus palabras, duplicar el «proceso de agregación orgánica» que le permitió conquistar el poder en diversos países. Resumiendo la tesis del autor de Fascismo y modernismo, el fascismo no habría muerto, pero se habría transformado y en la actualidad representaría sectores marginales o muy marginales. Ahora bien, ¿cómo definir la nueva extrema derecha, ya que queda claro que no se trata de fascismo? A esta pregunta Griffin contesta a medias, en realidad. Trump representaría un «populismo “democrático” de derechas» o un «populismo radical de derechas», que no se debe confundir con el «nacionalismo revolucionario», ya que «no pretende crear un nuevo orden, sino “limpiar” el sistema actual». En síntesis, el auge de Trump, así como el de Salvini o Farage, demostraría, más que el resurgir del fascismo, «una inquietante normalización dentro de la sociedad corriente de una interpretación identitaria y etnocéntrica de la democracia»[125].

También Federico Finchelstein defiende que el fascismo terminó con el final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, afirma que es justamente la derrota del Eje en 1945 lo que comporta una transformación del populismo que de movimiento en la oposición, es decir, un populismo incompleto, pasa a ser un populismo moderno. Según el historiador argentino, habría pues una continuidad histórica: «el populismo está genética e históricamente ligado al fascismo. Se podría sostener que es su heredero: un posfascismo para tiempos democráticos, que combina un compromiso limitado con la democracia y que presenta impulsos autoritarios y antidemocráticos». Dicho de otro modo, el populismo vendría a ser «una reacción posfascista contra el liberalismo y la izquierda». «El fascismo», explica Finchelstein, «postulaba un orden totalitario que produjo formas radicales de violencia política y genocidio». En cambio el populismo «intentaba reformar y modular el legado fascista en clave democrática», es decir, «transmite una concepción plebiscitaria de la política y rechaza la forma fascista de la dictadura». Según el historiador argentino, el populismo es pues «una forma de democracia electoral autoritaria», puede ser de izquierda, centro o derecha y tiene puntos en común con el neofascismo –la mitificación del pueblo, el liderazgo carismático, la identificación del pueblo con una comunidad nacional que para el populismo de derecha radical se define en término étnicos–, pero también diferencias. Así «cuando el populismo se vuelve antidemocrático totalmente, deja de ser populismo» y se convierte en una dictadura. En el caso de Trump, por ejemplo, Finchelstein afirma que a partir de 2017 «el populismo norteamericano se ha convertido en el posfascismo más relevante del nuevo siglo»[126]. En fin, se ha circunnavegado el escollo del fascismo para volver a chocar con la misma piedra, la del populismo.

De forma similar a Gentile, Enzo Traverso considera que la palabra fascismo es más bien un obstáculo para entender la difusión de la ultraderecha en la actualidad y prefiere hablar de posfascismo. A diferencia del neofascismo, que reivindica abiertamente el fascismo histórico, el posfascismo ha conseguido emanciparse de él y ya no reivindica esa matriz político-cultural. «Lo que caracteriza al posfascismo», escribe Traverso, «es un particular régimen de historicidad –el inicio del siglo XXI– que explica su contenido ideológico fluctuante, inestable, a menudo contradictorio, en el cual se mezclan filosofías políticas antinómicas»[127]. Según el historiador italiano, no se puede reducir el fascismo al carácter de un líder ni a las predisposiciones psicológicas de sus partidarios: al contrario de lo que afirmaron varios intelectuales de la izquierda liberal estadounidense, Trump no sería un fascista, sino «un líder posfascista sin fascismo». El posfascismo, explica Traverso, no tiene unos valores «fuertes» como sus antepasados en la década de los treinta, sino que «pretende llenar el vacío dejado por la política reducida a impolítica» a través de unas recetas políticamente reaccionarias y socialmente retrógradas, además de la defensa de un modelo de democracia plebiscitaria que anula toda deliberación colectiva en una relación emotiva entre el pueblo y el líder[128].

En el campo de la politología, el análisis es parcialmente distinto. Piero Ignazi, por ejemplo, en un estudio pionero publicado a mediados de la década de los noventa, trazaba una distinción entre lo que definía como partidos de la «extrema derecha tradicional» o neofascistas y aquellos de la «extrema derecha postindustrial» que definía también como «nueva extrema derecha». Entre los primeros, que representarían los intentos para reciclar algunas formas de fascismo histórico, ponía el Movimiento Social Italiano, el National Front británico o el Vlaams Blok en Bélgica. Los segundos, en cambio, representarían una extrema derecha modernizada aparecida a partir de finales de los setenta, como el Frente Nacional francés, el FPÖ austriaco, los Republikaner alemanes o el Partido del Progreso danés. Se trataría de una serie de formaciones que expresaban y explotaban los miedos y las angustias que la globalización y la construcción europea habían causado entre los ciudadanos de la Europa occidental, junto a una protesta antifiscal y un sentimiento de inseguridad alimentado por la xenofobia en contra de los inmigrantes[129].

Así, Cas Mudde, uno de los mayores expertos sobre estas temáticas, propone hablar de ultraderecha, una macrocategoría –que «no es singular, sino plural»– en la cual entrarían tanto la extrema derecha como la derecha radical. Ambas se oponen, según el politólogo holandés, al consenso liberal de posguerra, pero tienen unas posturas distintas a propósito de la democracia: la primera es esencialmente antidemocrática, esto es, que rechaza la esencia misma de la democracia, mientras que la segunda es «anti-liberal-demócrata», es decir, que «acepta la esencia de la democracia, pero se opone a elementos fundamentales de la democracia liberal, y de manera muy especial, a los derechos de las minorías, al Estado de derecho y a la separación de poderes». La primera sería revolucionaria y la segunda sería reformista, así que solo la derecha radical puede ser populista porque, según Mudde, el populismo es, al menos teóricamente, prodemocrático. Enmarcando su análisis en una cronología delimitada por las diferentes olas ultraderechistas, de las que ya hablamos al principio de este volumen, Mudde considera que en la cuarta ola, que ha empezado con el nuevo milenio, la ultraderecha se ha desmarginado y normalizado. Este proceso afecta sobre todo a la derecha radical –representada por fenómenos como el Frente Nacional, el FPÖ, Trump, la Liga de Salvini, etc.– que ha implicado una radicalización de los partidos convencionales que han ido asumiendo, en muchos casos, discursos y políticas de la derecha radical. Así, por ejemplo, hablando de Vox, Mudde considera el partido liderado por Abascal como «una versión ligeramente más radical (y “nativista”) del conservadurismo convencional, antes que una versión moderada del neofascismo como habían sido la mayoría de los partidos ultraderechistas en España», en referencia a formaciones como Democracia Nacional o las diferentes refundaciones de Falange[130].

La propuesta interpretativa de Mudde es sin duda interesante y tiene la virtud de superar el obstáculo del fascismo, pero plantea otro problema. Como apunta Beatriz Acha Ugarte, «¿podemos concebir una democracia no pluralista? ¿Podemos calificar de democráticas –aunque no en su “versión liberal”– a fuerzas que, en su tratamiento del “otro” (inmigrante, extranjero), muestran su desprecio al principio democrático de igualdad?». Según esta socióloga, «no se puede rechazar la democracia liberal sin rechazar también, de alguna manera, la democracia», así que se debería ser «cautos al considerar[las] formaciones democráticas, pues defienden una ideología de la exclusión incompatible, incluso con [la] versión meramente procedimental» de la democracia[131].

Además, hay otra cuestión que hay que tener en cuenta: en la ciencia política se ha llegado a un cierto consenso en definir como radical left, es decir, izquierda radical, a los partidos de la nueva izquierda que nacieron o se refundaron tras la disolución de la Unión Soviética, como Syriza, Izquierda Unida, Podemos, Die Linke o Rifondazione Comunista. ¿Podemos consecuentemente definir con el adjetivo «radical», como si existiese una especie de homología, a las formaciones de la nueva ultraderecha? Personalmente, creo que es un error: la izquierda radical, de hecho, critica a los sistemas liberales existentes, centrándose sobre todo en el modelo neoliberal y las cuestiones económicas, y pide una reforma de estos, pero no pone en discusión los logros y los derechos democráticos garantizados por estos sistemas. Más bien, pide una ampliación y profundización de estos mismos derechos, junto a una disminución de las desigualdades. Como apunta Marco Damiani, los partidos de la izquierda radical en la Unión Europea no son partidos antisistema, sino anti-political establishment parties[132]. No se proponen, en síntesis, ni tumbar a las democracias liberales ni vaciarlas de su contenido: la actuación de las formaciones de izquierda radical que han llegado en los últimos años al gobierno en algunos países europeos, como Syriza en Grecia (2015-2019) o Unidas Podemos a partir de 2020 en España, así como, ya antes, Rifondazione Comunista en Italia (2006-2008), son una prueba fehaciente de ello. La nueva extrema derecha, en cambio, no solo critica a las democracias liberales, como ha apuntado también Cas Mudde, sino que se opone claramente a su misma esencia y propone, más o menos explícitamente, transitar hacia un sistema distinto, como muestra el caso de la democracia iliberal de Hungría. Si llamamos derecha radical a Orbán, Trump o Salvini lo que estamos haciendo es, a fin de cuentas, blanquearlos.

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22 октября 2025
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ISBN:
9788432320385
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