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© Sergio Lotauro

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Diseño: Claudia Maddonni

Imagen de tapa: Claudia Maddonni


Lotauro, Sergio

Políticamente incorrecto : reflexiones inconvenientes para surfear el presente / Sergio Lotauro. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Grupo Abierto Libros, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-47891-7-4

1. Inteligencia Emocional. 2. Autoestima. 3. Feminismo. I. Título.

CDD 152.401


Contenidos

Prólogo de Tipito Enojado

Introducción: Patear el tablero de la corrección política

Estrés

Autoestima

Fanatismo

Autoestima II

Opinión

Gente tóxica

Partidismo

Pensamiento

Interpretación

Emociones

Inteligencia

Ofendiditos

Género

Estupidez

Género II

Ciencia

Pseudociencia

Neurocosas

Feminismo

Religión

Patriarcado

Enamoramiento

Patriarcado II

Duelo

Violencia de género

Castigos

Psicoanálisis

Aprendizaje

Belleza

Tinder

Status social

Salud mental

Optimismo

Amabilidad

Bondad

Límites

Libre albedrío

Fracaso

Responsabilidad

Propósito

Éxito

Palabras finales

Para saber más sobre estos temas

Índice de contenido

PRÓLOGO

PATEAR EL TABLERO

ESTRÉS

AUTOESTIMA

FANATISMO

AUTOESTIMA II

OPINIÓN

GENTE TÓXICA

PARTIDISMO

PENSAMIENTO

INTERPRETACIÓN

EMOCIONES

INTELIGENCIA

OFENDIDITOS

GÉNERO

ESTUPIDEZ

GÉNERO II

CIENCIA

PSEUDOCIENCIA

NEUROCOSAS

FEMINISMO

RELIGIÓN

PATRIARCADO

DUELO

VIOLENCIA DE GÉNERO

CASTIGOS

PSICOANÁLISIS

APRENDIZAJE

BELLEZA

TINDER

ESTATUS SOCIAL

SALUD MENTAL

OPTIMISMO

AMABILIDAD

BONDAD

LÍMITES

LIBRE ALBEDRÍO

FRACASO

RESPONSABILIDAD

PROPÓSITO

ÉXITO

PALABRAS FINALES

PARA SABER MÁS SOBRE ESTOS TEMAS

PRÓLOGO

Si la vida fuera un juego de esos que tenemos en el teléfono, vivir en la Argentina sería hacerlo en el “modo difícil”, sin batería y en el fondo de un río.

Inflación, inseguridad, corrupción, desempleo, mala educación, mala salud, impunidad, narcotráfico, corrupción de nuevo, pandemias y pobreza son solo algunos de los problemas que cada uno de nosotros padecemos día a día. Y si por alguna razón milagrosa ninguno nos afecta, a alguien de nuestro círculo seguro que sí.

La Argentina es, sin duda, un barco que se hunde. Y esto no es una exageración, porque nuestros problemas no son el resultado de un castigo divino o un desastre natural sino de políticos, sindicalistas, funcionarios, jueces, empresarios o algún pariente de alguien. Que se entienda que no estoy culpando a los parientes, sino a las pésimas decisiones que toman quienes ocupan cargos por impericia, complicidad o porque son testaferros de quienes solo defienden sus intereses o los de su entorno.

Incluso si ustedes, queridos lectores, son el mesías que este país estaba esperando, van a ser el mesías de una sola cosa, quizás el que acabe con la inflación, o el que mejore la educación, o quien termine con el desempleo, porque, lamentablemente, una vida no alcanza para cambiar todo lo que es necesario.

Es hora de que empecemos a aceptar algo: algunos de nuestros problemas son inevitables, sin embargo, gracias a esa inevitabilidad, puede que dejen de ser “problemas” y muten hacia algo distinto.

Vayamos a un ejemplo poco feliz: supongamos que en un terrible accidente perdemos una pierna. Nuestra vida se volverá exponencialmente más compleja porque perder un miembro significará también limitar la cantidad de trabajos que podremos hacer, será sumar tiempo a las tareas más sencillas como preparar un café o subir las escaleras, será frustración, depresión, estrés, inseguridad, etc. Y todo eso, sin solución.

Sin embargo, esa última condición, la de que no tiene solución y es inevitable, es lo que puede cambiar todo. Cuando algo no tiene solución o el alcanzarla escapa a nuestras posibilidades, nuestro problema no es más un “problema”, sino que es una condición.

No hay nada que podamos hacer para que nuestra pierna vuelva a crecer, o para que termine la pobreza, la inseguridad o la pésima calidad de la educación. Frustrarnos por no poder hacer nada es, literalmente, hacerse un problema de un problema. O, lo que es lo mismo, un problema autoimpuesto.

Y ojo, no digo que el solo hecho de aceptar la inevitabilidad de un problema nos libere, sino que la constante tortura sí va a empeorar el resto de los problemas que tienen solución.

La incomprensión ante lo inevitable vuelve lo evitable más difícil de evitar. Y no es un juego de palabras.

Acá es donde entra este libro, no es una solución a todos nuestros problemas, sino una descomposición de ellos para que podamos detectar exactamente en qué punto la realidad dejó de golpearnos y empezamos a flagelarnos por lo inevitable.

Este libro es una guía práctica para ver qué problemas pueden ser resueltos y cuáles son simplemente una condición.

Espero que lo disfruten tanto como yo.

Cordialmente,

Tipito Enojado

https://www.youtube.com/TipitoEnojado

INTRODUCCIÓN

PATEAR EL TABLERO

DE LA CORRECIÓN POLÍTICA

Tan pronto como la gente se entera de que soy neuropsicólogo, una expresión de extrañeza se dibuja en sus caras como si acabaran de escuchar que soy marciano o algo parecido. Una vez superada la sorpresa inicial y cuando les explico de qué se trata mi profesión, invariablemente ocurre lo mismo: una catarata de preguntas relacionadas con la mente humana. No importa si ocurre en una fiesta, en un taxi o en la cola de un banco: las personas quieren saber qué pueden hacer para resolver sus problemas.

Todas esas preguntas tienen un común denominador: se refieren a cómo pensamos y nos comportamos en el día a día. En pocas palabras, aluden a la vida misma.

Nuestra conducta es el software que corre sobre un hardware, un soporte físico que no es otro que el cerebro. Esta es, en parte, la razón por la que decidí escribir mis dos primeros libros en los que me propuse dar respuesta a muchas de esas preguntas que con frecuencia me hacen pacientes, alumnos y también seguidores que me contactan a través de las redes sociales.

Sin embargo, para este tercer libro la motivación fue otra.

Desde hace unos años vengo notando una marcada tendencia a la polarización en la forma de pensar. Se ha instalado y enquistado la idea de que hay una manera correcta de considerar los diferentes problemas que nos aquejan como sociedad. La que no coincida con esa forma es incorrecta.

Y esto implica en sí mismo un nuevo problema, o más bien, un meta problema, pues se erige por encima de todos los demás, los engloba, y no solo no nos ayuda a resolver nada, sino que nos arrastra a un estado de mayor de enojo, desesperanza y frustración, justo en un contexto social e histórico en el que el mundo necesita que seamos inteligentes, creativos, críticos y que procuremos ver las dificultades de la vida cotidiana desde un ángulo diferente, no convencional, libre de la influencia, siempre nefasta, del pensamiento único.

Necesitamos aprender a tomar distancia del miedo, de la inflexibilidad, del fanatismo y de las ideas preconcebidas por otros como políticamente correctas.

Es por esto que me decidí a escribir estas reflexiones que reflejan mi manera de pensar sobre diferentes temas de actualidad, como el estrés, la autoestima, la inteligencia, la ciencia, el feminismo, la bondad, las emociones, el amor y la salud mental. Queda claro que no pretendo agotar en su complejidad ninguna de estas cuestiones, sino dar el puntapié inicial para que el resto corra por cuenta de ustedes.

Tal vez les parezca que los distintos temas que abordo no guardan relación entre sí. Sin embargo, hay un hilo conductor implícito. Confío en que, al finalizar la lectura, podrán ver la imagen completa que muestra el rompecabezas ya armado en su totalidad.

En tiempos en que la corrección política lo ha invadido todo (cine, televisión, teatro, medios de comunicación, literatura) busco desmantelar creencias e ideologías fuertemente instaladas en nuestra sociedad. No lo hago por capricho o para provocar porque sí, sino a partir, la mayoría de las veces, de investigaciones y de datos que provienen de la filosofía, la sociología, la psicología experimental y una pizca de neurociencia cognitiva.

Entiendo que mi mirada es poco complaciente y que, tal vez, a muchos les termine pareciendo incómoda o irreverente. Es probable también que, en ocasiones, sientan que lo que están leyendo desafía el sentido común y la sabiduría convencional. Dicho sea de paso, estas dos formas de conocimiento, con frecuencia, suelen llevarnos por el mal camino.

Por el contrario, en otros capítulos tal vez se sientan identificados y descubran en esas páginas a un interlocutor o a un vocero para gente que se autocensura o reprime su forma de pensar, que no se atreve a manifestar su opinión por temor al “qué dirán” o al escrache mediático, tan en boga en estos tiempos.

Pregono la idea de que podremos salir adelante, tanto a nivel individual como social, cuando podamos renunciar el pensamiento colectivo, desarrollar al máximo el juicio crítico y asumir nuestra responsabilidad en cada una de las cosas que hacemos. Esa es parte de la premisa principal que ofrece este libro y que, a partir de ahora, desarrollaremos en las próximas páginas.

Debemos buscar la manera de redoblar energías y evitar sustituir el esfuerzo que conlleva pensar por nuestra cuenta en contra de las conclusiones impuestas por alguien más y que, en general, llevan agua para su propio molino.

Los invito a que nos atrevamos a encarar este desafío.

1

ESTRÉS

Riesgo país por las nubes, dólar fuera de control, inflación galopante, crisis económica permanente, corrupción en todos los estratos de la vida cotidiana, incertidumbre laboral, desigualdad social en aumento, altos índices de criminalidad y otras calamidades crónicas nos llevan a la conclusión inexorable de que no hay salida y nos hunden en un estado de desesperación. Es lo que algunos psicólogos llaman, con acierto, estado de indefensión.

En un contexto como este, recurrente en la Argentina, signado por el estrés constante, lo primero que debemos saber es que, en el plano cognitivo, desaparece la capacidad de pensar con claridad, de proyectar y de anticipar las consecuencias de nuestras decisiones y conductas.

Vamos de mal en peor desde hace décadas y, desde un punto de vista fisiológico, tiene sentido que así sea. Es un círculo vicioso, en el que el estrés atenta contra el buen desempeño del cerebro y, a su vez, un cerebro que no funciona bien nos lleva a tomar malas decisiones y a que nos carguemos aún más de tensión.

Vivimos estresados y el estrés nos pone en modo supervivencia. Las áreas pensantes y reflexivas del cerebro se bloquean y toman el control otras regiones asociadas a la subsistencia. Se trata de una ecuación de economía mental en la que todo lo innecesario se desactiva, incluida la capacidad de planificación a futuro, y que nos deja a merced de la inmediatez del presente.

Alcanzado este punto, tomamos cualquier oportunidad pasajera que aparezca, por más nociva que sea, para que nos proporcione algo de alivio temporal: cigarrillo, alcohol, drogas, sexo casual, redes sociales y la televisión basura se encuentran entre lo más nefasto, común y extendido.

Si nos estamos ahogando, es natural que nos agarremos del primer tronco que pasa flotando. Es así como nos volvemos reactivos, impulsivos, caemos en los brazos de la gratificación instantánea y tomamos malas decisiones. Cuando todos nuestros recursos intelectuales son reclutados al servicio de la supervivencia nos consumimos en nuestra propia estupidez.

Entramos en un estado de pesimismo y esto hace que se dispare la tasa de enfermedades mentales y de trastornos psicológicos.

Inmersos en este contexto, no debería extrañarnos que en los últimos años se hayan multiplicado exponencialmente los casos de depresión, ataques de pánico y otras bellezas psicológicas asociadas a la incertidumbre y la sensación de que no tenemos el control de nuestra vida.

Terminamos viviendo a la defensiva, esperando todo el tiempo que algo malo ocurra, con la sensación de que la catástrofe está agazapada y nos acecha a la vuelta de la esquina. Y pocas cosas tolera tan mal el ser humano como la amenaza permanente. Y eso es, ni más ni menos, lo que en los inicios del siglo XXI ofrece la Argentina: amenaza permanente.

La falta de previsibilidad y el miedo disminuyen drásticamente los niveles de serotonina del cerebro. Un déficit crónico de este neurotransmisor implica una hecatombe mental y física: es lo que se encuentra en la base de la inseguridad personal, la falta de confianza en uno mismo, la irritabilidad generalizada, la hostilidad hacia el prójimo a propósito de nimiedades y el debilitamiento del sistema inmunitario. Esto, a su vez, acarrea una mayor prevalencia de enfermedades de todo tipo, infelicidad a la orden del día y varios etcéteras que desembocan inevitablemente en una disminución en la expectativa y calidad de nuestra vida.

Sí, esto último también es real: los argentinos vivimos en promedio cuatro años menos que nuestros vecinos chilenos y siete años menos que nuestros parientes italianos y españoles.

Todo lo anterior lleva, como veremos en los próximos capítulos, a que se deteriore nuestra autoestima y seamos más vulnerables ante propuestas poco inteligentes pero manifestadas con aparente convencimiento y orgullo, como la que ofrecen el partidismo, la ideología y la religión.

Alcanzado este punto, acorralados y con nuestro sentido de valía personal hecho añicos, es natural y esperable que procuremos sentirnos mejor apelando al consuelo y la fortaleza que provee el grupo.

Las causas mayores, sobre todo las que ofrecen ideas certeras, aunque muchas veces también mal concebidas, o rígidas e inflexibles, como las que en general pregonan las ideologías, pueden ser terriblemente seductoras y se nos presentan como el antídoto perfecto a la soledad, el temor y el desamparo.

Ahora bien, imaginemos que vamos caminando por una calle solitaria y de repente nos encontramos asediados por un posible ladrón o un depravado sexual.

¿Qué hacemos? Lo típico, y con mucho sentido, es que procuramos huir hacia un lugar público, intentamos refugiarnos en algún sitio atiborrado de gente de manera tal que podamos ganar seguridad y sentirnos protegidos.

¿Qué ocurre si quitamos de la ecuación al ladrón y lo reemplazamos por otra forma de amenaza, como puede ser un estado más sutil pero generalizado de inseguridad, sustentado en tasas crecientes de criminalidad en las calles? ¿O la posibilidad de quedarnos sin empleo ante una crisis económica brutal e indiscriminada? ¿O el miedo a enfermar en un contexto donde prima un sistema de salud precario e ineficaz que sabemos que nos dejaría abandonados a nuestra propia suerte, tanto a nosotros como a nuestros seres queridos? ¿O una presión impositiva atroz, superior a la de los países desarrollados, que pone en jaque nuestra empresa o emprendimiento sin que nos devuelvan ningún beneficio a cambio?

El común denominador a todos estos escenarios posibles es el estrés. Y en países como la Argentina, más que escenarios posibles son todos escenarios reales, verificables, día tras día. No algunos, todos.

El estrés hace que corramos hacia el calor de las masas, que nos refugiemos en cualquier grupo pincelado con ideas marketineras y seductoras, como la contención, la camaradería, el consuelo y la promesa de protección.

Así se alimentan las sectas. Pero también el partidismo político, el feminismo radical, el fundamentalismo religioso e, incluso, muchos deportes.

La razón por la que adherimos ciegamente a los grupos en contextos de incertidumbre y estrés es porque necesitamos con urgencia llevar algo de solidez a nuestra autoestima tambaleante y nuestra estructura psíquica deteriorada.

Y como una cosa lleva a la otra, en una especie de efecto dominó imparable, las otras personas, esas que están paradas en la vereda de enfrente y militan en el grupo antagónico, se convierten de manera automática en nuestro enemigo, cuando en realidad no lo son: simplemente se trata de seres humanos tan vulnerables y asustados como nosotros, que hacen lo que pueden con sus debilitados recursos personales.

No debemos crucificarlos ni quemarlos en la hoguera por herejes, aunque lamentablemente esto es lo que se observa a diario.

No digo que sea sencillo ya que, como vimos antes, vivimos sumergidos en un estrés omnipresente que ahoga las áreas reflexivas del cerebro. Sin embargo, pienso que el camino es procurar aceptar la responsabilidad por la propia vida. Culpar a los demás o al contexto no es un enfoque adecuado ya que no nos permite que nos hagamos cargo de nuestros propios errores y, si aspiramos a mejorar, conviene que prestemos atención a aquellos aspectos de nuestra vida sobre los que tenemos algún grado de control.

El camino que tenemos por delante puede que sea largo y sinuoso, pero también puede ser gratificante.

2

AUTOESTIMA

Antes que nada, es necesario que hablemos de qué es la autoestima.

Para decirlo de una manera simple, la autoestima es la opinión que tenemos de nosotros mismos.

¿Cómo llegamos a construir esa opinión? Así como observamos el comportamiento de los demás y a partir de allí nos formamos una idea sobre las características que definen a esas personas, en parte utilizamos el mismo procedimiento respecto de nosotros mismos. Extraemos conclusiones sobre cómo somos, sobre cuáles son nuestras virtudes y defectos, qué fortalezas y debilidades tenemos, luego de observar, durante años, cómo nos desempeñamos en las diferentes áreas de la vida cotidiana. Sobre este punto voy a volver en detalle más adelante, sobre el final del libro.

Las personas con baja autoestima, por definición, tienen una pobre opinión de sí mismas. Y el problema radica en que eso las lleva a creer que los demás las ven como ellas mismas se observan, es decir, de una forma muy desfavorable.

Como veremos en los capítulos siguientes, caen en la trampa del razonamiento emocional y dan por sentado que, si se sienten poco inteligentes, interesantes o atractivas, es porque necesariamente tienen que ser poco inteligentes, interesantes o atractivas.

Lo que luego sigue (invariablemente) es el auto reproche. Se dicen a sí mismas cosas nefastas, horribles, como si le hablaran al más despreciable de los seres humanos. Y esto constituye una extraña paradoja ya que a nadie se le ocurriría, en la vida real y a los fines prácticos, escribirse una carta descalificadora o enviarse un WhatsApp lleno de insultos, para luego leerlo y ofenderse. Sin embargo, eso es exactamente lo que hace la gente con baja autoestima: se critica, se desprecia, se trata como basura, y luego se siente mal, derrotada y angustiada, convencida de que no vale nada.

Hay un doble parámetro implícito aquí. Si les dijera que son ignorantes, fracasados o incapaces de hacer algo bien en sus vidas, con seguridad se defenderían con vehemencia, argumentarían que estoy equivocado y buscarían evidencias concretas entre sus recuerdos para demostrarme que no tengo razón.

Pero quien posee una autoestima deteriorada pierde de vista que su propia opinión negativa no es la realidad, sino tan solo una opinión posible entre tantas otras.

Y es fácil que esto ocurra, ya que, como esta idea negativa es producto de su propio pensamiento y el pensamiento es un proceso invisible del que no llegamos a tomar plena conciencia, quien posee baja autoestima termina por confundir lo que él cree con lo que creen los demás.

Como corolario debemos decir que, incluso, en muchos casos (sino en todos) nuestro sentido de valía personal es irrelevante a los fines prácticos. Por el contrario, tiene mucho más peso la opinión que se han forjado sobre nosotros los demás o la reputación que tenemos ante ellos.

Me explico: si cuando nos miramos al espejo no nos gusta lo que el reflejo nos devuelve porque nos vemos gordos, viejos o feos, al tiempo que nuestra pareja nos ve como un ser angelical, un adonis creado con la mejor materia prima del Olimpo, entonces lo único que realmente importa para que la relación funcione es su opinión y no la nuestra. Por lo tanto, no deberíamos contradecirla.

Si nuestro jefe nos considera como uno de los mejores empleados que tiene la compañía, pero nosotros no estamos conformes con nuestro desempeño laboral, nuevamente lo único que cuenta para que conservemos nuestro trabajo es la opinión de quien en primer lugar nos ha contratado, no la nuestra. No deberíamos ponerlo en tela de juicio, sino más bien tratar de incorporarlo e internalizarlo.

Me encantaría poder saber de todos mis lectores, pero eso es imposible. No los conozco, por lo tanto, no puedo saber cuán fuerte o débil es su autoestima. No obstante, alcanzado este punto, voy a aventurar una hipótesis. Tal vez se sientan identificados (tal vez no), pero es algo que, en general, observo entre mis pacientes.

Nadie nos conoce mejor que nosotros. Si hay algo en lo que nos consideramos expertos, es en nosotros mismos. Llevamos un inventario de todas las malas decisiones que tomamos a lo largo de la vida, conocemos al detalle cada defecto que marca nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestra personalidad. Sabemos de nuestros miedos, culpas y vergüenzas como nadie más sabe.

Lo que está vedado para la mayoría de la gente, por mucho que nos conozcan, para nosotros es moneda corriente. Nuestras imperfecciones nos acompañan adonde vayamos, no podemos librarnos de ellas.

Ese conocimiento profundo, miserable (y la imposibilidad de compararlo en un plano de igualdad con el resto de los mortales), es tal vez la base para que sintamos que somos seres indignos. Como no podemos contrastarlo con los demás, y normalmente los demás tienden a mostrar en público su lado más brillante y luminoso, es fácil caer en la fantasía de que nuestras debilidades son solo nuestras y, también, muy evidentes.

Pero la dinámica es una trampa, una estafa mental. El truco radica en que los demás tienen con seguridad tantos muertos en su ropero como nosotros en el nuestro, solo que no lo sabemos, ya que nadie sube a sus historias de Facebook o Instagram sus fracasos más estrepitosos, solo exhiben sus éxitos o aquello de lo que están orgullosos. Incluso, muchas veces, lo que las redes sociales muestran es una falacia rotunda.

La clave está en no perder de vista que los otros son, con seguridad, tan calamitosos como nosotros, pero también debemos procurar aceptar nuestro lado oscuro y falible con naturalidad, incorporarlo a nuestra personalidad como elemento constitutivo y capitalizarlo de la mejor manera posible.

No digo que sea fácil. Tal vez necesitemos hacer terapia, pero definitivamente no es una utopía. Vale la pena intentarlo. Esto se los dice alguien que durante muchos años sufrió de baja autoestima, sobre todo cuando era niño y adolescente. Pero con el tiempo aprendí a reinventarme, también logré resignificar la mayor parte de lo que pensaba: me di cuenta de que había gente que me miraba con mejores ojos que con los que me miraba a mí mismo y que su punto de vista sobre mi persona era tan válido como el mío.

Ellas veían algo en mí que yo no podía ver y muchas de estas personas eran seres sensibles e inteligentes, por lo tanto, no podía despreciar o minimizar sus opiniones como si no valieran nada. En todo caso, debía aprender a cuestionar mi propia opinión, no la de ellos.

Caí en la cuenta de que tenía un punto ciego respecto de mí mismo. Eso me ayudó a equilibrar la balanza.

Recuerden siempre esto: nuestra opinión es solo nuestra opinión; hay otras posibles y probablemente más favorables.

3

FANATISMO

Los seres humanos somos una especie gregaria. Es decir, desde tiempos ancestrales, hemos vivido en comunidad. Por esa razón, pienso que intentar comprender cómo funciona el cerebro separándolo de la cultura y la sociedad a la que pertenece es tan artificial y absurdo como pretender estudiar los hábitos de un pez si lo sacamos del agua.

Somos seres sociales y eso nos deja en un lugar de vulnerabilidad frente al fanatismo si el concepto que tenemos de nosotros no es sólido o se encuentra algo desdibujado, como ya vimos antes.

El sentimiento de pertenencia que se desprende del hecho de ser miembro de un grupo puede así contribuir a sostener una autoestima endeble. Por lo tanto, cuantas más características positivas otorguemos a nuestro grupo, ya se trate de un partido político, un club de fútbol o lo que fuera, mejor nos sentiremos con nosotros mismos.

En casos como este, la identidad social puede llegar a fusionarse con la identidad personal y eso tendrá un impacto directo sobre cómo nos sentimos y actuamos. Si pienso que el grupo que me ha acogido es fantástico, eso me convierte también a mí, como ser individual, en un ser fantástico. Y es aquí donde encontramos el germen del fanatismo: quienes luchan con tenacidad (e incluso llegan a morir literalmente en esa lucha) para defender los estandartes del grupo. En última instancia, están defendiendo su propia autoestima pues sienten que está en peligro.

Las investigaciones en psicología postulan una ecuación simple: cuanto más pobre es nuestra autoestima, mayor es la necesidad de identificación con una comunidad poderosa que nos ayude a repararla o, al menos, sostenerla.

Cuanto más inseguros nos sintamos y dudemos de lo que valemos, más fuerte será el impulso de poner a salvo nuestro orgullo personal asociándolo con un grupo sólido de pertenencia.

Por supuesto que esta ecuación no es matemática, no aplica al 100% de las personas. Pero sí lo hace para muchas de ellas. Al menos en occidente, que es el lado del planeta de donde provienen las investigaciones, la correlación entre baja autoestima y fanatismo es significativa.

Lo que siento que no tengo busco que me lo provea el grupo. Tenemos aquí la tierra fértil sobre la que se erige, de manera muchas veces acrítica, algunos de los peores defectos que tenemos como especie. He aquí algunos ejemplos:

 • El nacionalismo: configurado como la absurda creencia de que somos mejores que los ciudadanos del país vecino por el simple hecho de haber nacido por azar de este lado de una frontera artificial y no del otro.

El orgullo patriótico recrudece notablemente cuando, además, lo acompaña un sentimiento de moralidad que creemos inherente a nuestra sociedad, como la idea de que “Dios está de nuestra parte”, o “El bien siempre triunfa sobre el mal, y nosotros somos los buenos”.

 • El sectarismo religioso: dejando de lado el fundamentalismo (por su obviedad), uno de los casos más notables en este sentido es el ocurrido en el año 1978 en Guyana, cuando más de 900 personas que conformaban la comunidad del Templo del Pueblo se suicidaron de manera sumisa e irreflexiva siguiendo las órdenes del pastor Jim Jones, líder espiritual del grupo.

 • El dogmatismo de ideas: la polarización en grupos antagónicos que atacan o defienden una causa determinada suele ser un mal síntoma.

El debate por la despenalización del aborto en la Argentina, que tuvo lugar durante los años 2018 y 2019, es un claro ejemplo, pues llevó a buena parte de la sociedad a dividirse en dos bandos opuestos e irreconciliables, en tanto que los aspectos morales y los argumentos científicos quedaron relegados a un segundo plano, eclipsados por una discusión superficial en la que no importaba alcanzar conclusiones lógicas, sino la victoria de la propia postura sobre la contraria.

Como veremos más adelante cuando hablemos del patriarcado, culpar a alguien más o demonizar al adversario nos provee la excusa perfecta para que no nos hagamos cargo de nuestras propias frustraciones.

 • La afiliación política a ultranza: el gran mérito de Adolf Hitler, que le permitió llegar al poder en la década del 30 en Alemania, fue decir exactamente eso que necesitaba oír el pueblo en el momento oportuno.

La moral alemana había quedado devastada luego de la Gran Guerra. En ese contexto de crisis generalizada y autoestima social alicaída, Hitler supo cómo canalizar la frustración y hablarles para que empezaran a sentirse orgullosos de ser quienes eran. Con una autoestima tan deteriorada, el pueblo alemán no pudo evitar resistirse a entregar el poder a Hitler con los resultados que ya conocemos.

“Es más fácil engañar a la gente, que convencerlos de que han sido engañados”, decía Mark Twain.

 • La “pasión” deportiva (en especial en el fútbol, en cuyos estadios muchas veces se desarrollan verdaderas batallas campales).

Es habitual escuchar que mucha gente exclama cosas como: “¡Ganamos! ¡Somos los mejores!”, cuando el equipo por el que simpatizan triunfa. Esto evidencia el deseo personal de alcanzar la mayor identificación posible con su grupo.

Por el contrario, es difícil que escuchemos a alguien decir: “¡Perdimos! ¡Somos los peores!”, ante la amarga derrota. En este segundo caso, lo esperable es no involucrarse y tomar distancia del equipo vencido para no quedar asociados a la deshonra: “¡Perdieron! ¡Son los peores!”

Solo aquellos que no se sienten bien parados en la vida tratan de mejorar su autoimagen vinculándola con personas exitosas. No buscan el prestigio en sus propios logros, sino en el de alguien más.

En el otro extremo, quienes tienen una buena opinión de sí mismos no necesitan reforzarla apelando a la gloria ajena.

Es válida la premisa de que, a mayor intransigencia respecto de una idea o doctrina, es probable que más deteriorada se encuentre la autoestima y el sentido de identidad personal del individuo que la pregona. Llegamos a sentirnos superiores, en todas las formas posibles, en la misma medida en que nos convencemos de que nuestro grupo es el mejor. Esta es una de las peores falacias en las que podemos caer.

4

AUTOESTIMA II

Los psicólogos están entrenados para reconocer de inmediato los indicadores que señalan que un paciente posee baja autoestima. Pero, ¿qué hay de la gente común que no cuenta con mayores estudios en psicología?

Ya sea que empecemos a salir con alguien o que hayamos cambiado de trabajo y ahora tengamos un nuevo jefe o queramos hacer nuevas amistades, aquí les dejo varias recomendaciones sencillas que los ayudarán a identificar cuándo una persona tiene baja autoestima, para que estén prevenidos y mejor parados ante la eventual emergencia de cualquier conflicto.

Estas son algunas de las características que permiten reconocer a alguien con baja autoestima:

 • Sesgo pesimista sobre sí mismos: como vimos anteriormente, las personas con baja autoestima poseen este sesgo pesimista sobre sí mismos que se traduce en un autoconcepto deficitario y poco realista. Esto, muchas veces, se traduce en una forma de hablar derrotista o autocompasiva.

“La gente se da cuenta de que soy tonta”, me dijo en una ocasión una paciente que hacía terapia conmigo.

“En realidad esa opinión es suya, no sabemos lo que piensan los demás, pero podríamos preguntarles”, le respondí.

Pongo este punto en primer lugar porque es sobre el que se apoyan los que siguen a continuación.

 • Búsqueda de validación externa: quienes tienen baja autoestima necesitan elogios y halagos como el aire que respiran. En este sentido, son demandantes y sumamente sensibles. Invierten grandes esfuerzos buscando en los demás algo de reconocimiento que los haga sentir un poco mejor.

En una ocasión, escuché a una chica decir a quien parecía ser de su interés romántico: “Soy la persona más fea del mundo”.

Estaba buscando, sin duda, que el chico le respondiera al menos algo así como: “Para nada. He conocido personas mucho más feas que tú”.

Para alguien con la autoestima deteriorada, un comentario como este puede representar un gran consuelo y un aliciente.

 • Tendencia a la personalización y la auto referencialidad: las personas que tienen esta manera de percibir la realidad atribuyen malevolencia a los demás cuando las cosas no salen como esperaban. Se convencen de que los otros buscan perjudicarlas a propósito, incluso en casos ambiguos o cuando no hay razones de peso para pensar algo así.

Cuando esto pasa, en general, responden de dos maneras opuestas y estereotipadas: se angustian y deprimen, o bien se ponen a la defensiva y luego contraatacan. Una tercera opción combina las dos anteriores.

“¿Cree que usted tiene alguna cuota de responsabilidad en lo que pasó?”, le pregunté a un paciente que acababa de relatarme una discusión con su pareja.

“¿Me está diciendo que yo tengo la culpa de todo?” me respondió visiblemente enojado ante lo que él entendía que era una acusación directa.

 • Los celos patológicos: suelen ser individuos controladores y celosos. No solo temen la competencia de los demás, a los que perciben como una amenaza, sino que también son posesivos en un intento desesperado por asegurarse la lealtad de las otras personas, a las que sienten que pueden perder en cualquier momento.

Recuerdo el caso de un paciente que durante la semana se había enojado muchísimo con su novia porque ella había subido a Instagram una foto en la que estaba posando en bikini en la playa.

“¿Por qué subes esa foto?”, quiso saber, indignado. “¿Para quién es? ¿A quién le quieres gustar? ¿Por qué nunca pones fotos en las que estamos juntos?”

Fue tal el escándalo que hizo, que la chica terminó por acceder a reemplazar la “polémica” foto por otra acorde con las inseguridades de mi paciente.

5

OPINIÓN

Como vimos anteriormente, nuestras opiniones muchas veces dan forma a nuestra identidad y, en algunos casos, terminan por convertirse, incluso, en parte constitutiva.

Y si bien es deseable que nuestras opiniones sean flexibles, porque, como veremos más adelante, conviene que nos inspiremos en la ciencia, que, por definición, es flexible y se encuentra en permanente cambio, lo cierto es que quienes se ciñen con fuerza a sus ideas preconcebidas tienden a trazar líneas divisorias entre los que piensan como ellos (sus aliados) y los que piensan distinto (sus enemigos).

Estas personas suelen razonar exclusivamente a partir de sus emociones, lo que refuerza sus creencias previas y desatienden la evidencia cuando muestra algo diferente o señala un camino distinto.

El problema es que cuando armamos bandos solo conversamos con aquellos que piensan igual que nosotros. Así, nuestras opiniones se vuelven más homogéneas y también más rígidas. En este sentido, como veremos en un capítulo posterior, hay investigaciones que ponen de manifiesto que mostrar a alguien los datos que demuestran que está equivocado, la mayoría de las veces resulta una tarea estéril ya que no solo no sirve para persuadirlo, sino que además ayuda a que se apegue con más fuerza a su punto de vista original, porque cualquier duda que otro le genere a través de una charla y desde el más puro raciocinio, se convierte para él en una duda sobre su propia persona, lo que, a su vez, lo pondrá a la defensiva y hará que sienta una necesidad imperiosa de proteger su identidad.

Alcanzado ese punto, puede decirse que la persona en cuestión ya no piensa “algo”, sino que se ha convertido ella misma en ese algo.

En psicología, al conjunto de personas acríticas, con ideas clonadas, cerradas a posturas disímiles y que se retroalimentan en su propio sesgo, se lo conoce con el nombre de endogrupo y constituye un verdadero problema porque suele ser fuente de conflictos permanentes con otros grupos antagónicos. Más aún, dentro del endogrupo cualquier atisbo de genuina duda que aparezca en alguno de sus miembros es acallado enseguida para que se genere una ilusión de falso consenso, es decir, la creencia de que hay una sola cosmovisión a la que todos adhieren y, en consecuencia, la sensación ficticia de que existe unanimidad respecto de determinada decisión o camino a seguir.

El punto más alto y nefasto se alcanza cuando uno o varios miembros del endogrupo, disidentes en algún punto o con dudas sobre las supuestas conclusiones verdaderas a las que se arribó, aún sin haber sido presionado hacia la conformidad, prefiere mantener su boca cerrada antes que ser señalado y criticado por los otros. En su afán de evitar la mirada desaprobatoria y la censura de sus compañeros por tener una opinión disonante, termina cayendo en la autocensura.

Ahora bien, imaginemos la siguiente situación: concurrimos a un laboratorio para participar en un experimento sobre percepción y discriminación visual. Al llegar, nos invitan a tomar asiento en una silla y nos encontramos con que están esperando otros cinco participantes que llegaron primero. Luego aparece el investigador y le muestra al grupo unas láminas que contiene una línea como estímulo principal al lado de otras tres líneas del diferente tamaño. La tarea a realizar parece sencilla: deben señalar, uno por uno y de acuerdo con el orden de llegada, cuál de esas tres líneas es idéntica en longitud a la línea principal.

Simple, ¿cierto? O no tanto.

Luego de las tres primeras rondas de láminas, en las que todos están de acuerdo, algo empieza a andar mal: el primer sujeto señala una línea claramente más corta que la principal, luego el segundo elige la misma línea equivocada y los tres siguientes también. Ahora es nuestro turno para que opinemos y estamos desconcertados. El error de los cinco primeros participantes es grosero y nos preguntamos si de repente se volvieron todos locos.

Llegado el caso, ¿qué haríamos? Estamos seguros de cuál es la respuesta correcta, pero los compañeros de grupo han elegido una opción errónea y hay consenso entre ellos.

Ante este dilema, es bastante probable que neguemos la influencia de los demás y que defendamos nuestra individualidad diciendo que no nos importa lo que los otros hayan opinado y que daríamos la respuesta correcta, libres de cualquier presión externa.

Sin embargo, lo cierto es que en un contexto como este nos encontraríamos en la encrucijada de dar la respuesta correcta o dar la respuesta equivocada para coincidir y caer bien al grupo. Porque, claro, este experimento, lejos de ser ficticio, fue diseñado originalmente en 1951 por el psicólogo Solomon Asch y replicado luego muchas veces a lo largo de los años, demuestra que existe una fuerte tendencia de las personas a cambiar sus opiniones y conductas para que sean consistentes con las del grupo al que pertenecen. Concretamente, el 37% de los participantes que pasaron por el laboratorio de Asch estuvieron de acuerdo con la mayoría equivocada con tal de no sentirse desubicados o inadaptados con respecto al grupo.

Como ya estarán imaginando, las cinco personas que precedían al participante ingenuo no era sujetos experimentales, sino colaboradores del investigador entrenados para emboscarlo cognitivamente.

Ocurre que, en primer lugar, la gente desea que su opinión sea la correcta y supone que, si otras personas han llegado a un acuerdo respecto de algún tema en particular, entonces deben estar en lo cierto. Esto es especialmente válido en contextos ambiguos o poco definidos donde la información escasea. Cuando no sabemos bien cómo comportarnos, miramos lo que hacen los demás.

Volviendo a la investigación de Asch, es probable que, si nos hubiese tocado participar en su experimento, llegáramos a la conclusión de que cinco personas distintas y que ven lo mismo, no pueden estar equivocadas, y que por lo tanto deberíamos sumarnos a ellas antes de quedar como idiotas.

En parte esto también tiene que ver con la necesidad humana de ser aceptados y queridos. La idea de ser vistos como inadaptados que van a contramano del mundo no es algo que, en general, nos seduzca.

El problema de callar por temor al disenso y a la desaprobación de los demás es que no llegamos a participar de manera genuina en la toma de decisiones, pero luego tenemos que convivir con las consecuencias de esas decisiones de las que, por omisión, terminamos siendo cómplices.

Dejemos en claro un punto: proteger la libertad de expresión siempre es más fácil que perderla y luego tener que luchar para recuperarla.

El conjunto de todo lo anterior nos convierte en esclavos de nuestras propias opiniones, ya se trate de deporte, política o religión, y la Argentina es un país que, desde lo social y cultural, favorece, e incluso incita, a que sus ciudadanos tomen partido por alguno de los bandos en pugna. Quien no lo hace queda atrapado en el fuego cruzado, en terreno de nadie y, eventualmente, condenado al ostracismo.

Para colmo de males, otros investigadores, como Irving Janis, han estudiado y determinado la presencia de elementos que hacen que la tendencia al pensamiento colectivo, tal como se ha dado en llamar este fenómeno de adhesión complaciente a las masas, recrudezca con fuerza.

Algunos de estos componentes son:

 • Grupos altamente cohesionados, es decir, cuyos miembros se sienten hermanados por una causa común que los define.

 • Grupos aislados de influencias externas.

 • Estrés alto y presencia de amenazas foráneas.

 • Fuerte presión por parte de líderes o sus lacayos en contra de posibles miembros disidentes en favor del consenso irrestricto.

 • Cierto monto de moralidad inherente al grupo, como por ejemplo la necesidad de justicia o la creencia en la bondad extrema de la causa que se defiende.

 • Estereotipos peyorativos sobre rivales y competidores.

 • Ilusión de falso consenso, como fenómeno resultante del proceso de sesgos psicológicos hasta aquí descriptos, que hace que los integrantes del grupo lleguen a la conclusión falaz de que todos están de acuerdo y de que las decisiones tomadas son las mejores posibles.

Son muchas las personas que no buscan la verdad sino reafirmar sus propias opiniones, porque de ello depende buena parte de la integridad de su estructura psíquica.

En este sentido, tal vez la solución pase por intentar tomar distancia emocional del endogrupo y evitar así caer en sus vicios y tatuarse a fuego en la mente que, cuando alguien no está de acuerdo con nosotros, no debemos sentirnos atacados en lo personal.

Finalmente, estoy convencido de que, en el plano de las ideas, más que escuchar a nuestros aliados siempre conviene escuchar a quienes consideramos nuestros enemigos, porque son ellos los que tienen los argumentos que atraviesan nuestras defensas. Son ellos los que encuentran nuestros puntos débiles y, como ya veremos en el capítulo dedicado al aprendizaje, de eso, sin duda, nos podemos nutrir mucho.

En cambio, lejos de enriquecernos, nada nuevo podemos aprender del compañero de grupo que piensa de la misma manera que nosotros.

6

GENTE TÓXICA

Para evitar las definiciones complicadas, como vimos antes, la autoestima es la opinión que tenemos de nosotros mismos. Una opinión más, ni más ni menos, no la única, pero tal vez la que más nos condiciona, ya que un mal concepto de quiénes somos y cuánto valemos puede afectar gravemente nuestra vida emocional, nuestra conducta y la manera en que nos relacionamos con los demás.

Y en este último punto es donde quiero concentrarme, ya que, aunque seamos dueños de una autoestima sólida, la baja autoestima de otras personas con las que eventualmente debemos relacionarnos puede ser el germen de un vínculo complicado y signado por el conflicto.

Esto es especialmente válido cuando estas personas buscan compensar su disconformidad y malestar mediante mecanismos psicológicos inconscientes que las llevan al extremo opuesto: un exceso de amor propio, impostado, superficial, caracterizado por la exageración, la grandiosidad, la manipulación interpersonal y una marcada inclinación hacia la autoalabanza. Todos calificativos que remiten de manera directa al concepto de “gente tóxica”, un término que, si bien no existe dentro de la literatura científica, se ha popularizado para definir (en general) a individuos problemáticos con características narcisistas.

Aquí les dejo algunas ideas sencillas tomadas directamente de mi experiencia clínica, para poder identificar el narcisismo cuando nos presentan a alguien, iniciamos un nuevo trabajo o proyectamos una relación amorosa.

Las posibilidades son muchas y de aplicación directa en la vida cotidiana:

 • Tendencia a estar a la defensiva: como vimos antes, las personas de precaria autoestima suelen ir por la vida mostrando una actitud sumisa y derrotista. Por el contrario, en forma reactiva, las personas tóxicas se comportan de manera quisquillosa y beligerante. Como en esencia estamos hablando de la otra cara de la misma moneda y en el fondo sienten que valen poca cosa, viven en una guerra permanente consigo mismas y con el mundo.

Vaya como ejemplo una situación que presencié en cierta ocasión. Vi cómo un hombre se hacía a un costado de la puerta de acceso al colectivo al que estaba por subir para dejar pasar a una chica que venía corriendo. Lejos de tomar el gesto como algo positivo, ella le dijo, con su mejor cara de asco: “¿Me dejas pasar porque soy mujer? ¿Qué? ¿Ser mujer me hace inferior?” El hombre esbozó una sonrisa compasiva y le respondió: “No. Te dejo pasar porque soy amable”.

 • Comentarios extremos sobre sus virtudes: las personas que en su fuero interno se descalifican con frecuencia, muchas veces exageran y engrandecen sus propios logros como una forma inconsciente de sobrecompensar un sentimiento de inferioridad, sobre todo cuando estos logros son pequeños o poco relevantes.

Se los reconoce de manera muy fácil cuando se los escucha hablar de su profesión o de su trabajo, al que llegan a considerar de una trascendencia inusitada o, en ocasiones, la panacea misma. Necesitan creer eso para sentir que ocupan un lugar importante en el mundo.

No hace mucho, escuché a dos astrólogas discutir en un programa de televisión. “La astrología es una ciencia”, aseguraba con vehemencia una de ellas.

“No, no lo es. Es tan solo una disciplina, no una ciencia”, decía la otra, visiblemente más relajada.

“Te digo que sí, ¡es una ciencia! ¡Toda mi vida me dediqué a la astrología y te digo que es una ciencia!”

Claro. Después de años y años enteros desperdiciados en estudiar una disciplina totalmente desprovista de método y de simple lógica, tanta vehemencia al servicio del debate tenía por objetivo convencerse a sí misma de cuán valiosa era, antes que convencer a los demás.

 • Tendencia al fundamentalismo: esto significa que usualmente adhieren a ideas rígidas y polarizadas. Ser parte de un grupo o una causa mayor los ayuda a sentirse importantes, con autoridad sobre alguna materia o moralmente superiores.

Suelen identificarse con ideologías políticas fuertes o creencias religiosas impermeables, a las que defienden a ultranza. Esto los hace sentir poderosos ya que reemplazan una autoestima pobre de base por la autoestima colectiva más sólida.

Al poseer escaso juicio crítico, adoptan el punto de vista de los demás como propio y sucumben con facilidad al pensamiento de manada.

Hace unos años, un periodista de televisión, que estaba cubriendo una manifestación en reclamo por la legalización del aborto, se acercó a una chica y le preguntó sobre las razones que la habían llevado a participar en la marcha.

Tomada por sorpresa, dubitativa y vacilante, la chica solo atinó a balbucear algo que en principio resultó ininteligible, para luego proclamar con un estereotipado tono triunfante: “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir”.

Una frase hecha, de panfleto, que desde varias semanas antes se venía repitiendo de manera incansable en los medios de comunicación como parte de la maquinaria estatal para imponer el tema en la sociedad. Ni una sola palabra de su autoría o que reflejara una dosis mínima de pensamiento propio brotó de sus labios.

 • Tendencia a desconfiar: como cuando miran hacia adentro no pueden evitar sentirse inferiores, muchas de estas personas buscan equilibrar ese sentimiento desagradable minimizando las capacidades ajenas, descalificando sus logros, poniendo en tela de juicio el prestigio o las credenciales de las otras personas.

Como creen que difícilmente puedan estar a la altura de los demás, buscan bajar a los demás a su propia altura. Se aterran ante la posibilidad de que haya competencia, de que alguien pueda desafiar su pequeña área o de pisar el suelo que habitan.

En una ocasión, una psiquiatra con la que estaba hablando por teléfono sobre un informe que le había remitido sobre una paciente que teníamos en común, me interrumpió bruscamente para preguntarme algo sobre mi sello profesional que figuraba al final del documento que tenía entre manos.

“Acá dice doctor”, me dijo con evidente molestia. Y el comentario no estaba ni remotamente relacionado con lo que veníamos hablando.

“¿Por qué dice doctor si usted no es doctor?”, quiso saber, antes que nada.

“Claro que soy doctor”, le respondí tranquilo, aunque sorprendido. “Doctor es quien tiene un doctorado”, proseguí. “Déjeme adivinar: ¿a que usted se hace llamar doctora sin serlo?”

Incómoda por el brete en el que se había metido, farfulló un par de palabras más, se despidió y cortó la comunicación.

Efectivamente, como la inmensa mayoría de los médicos, abogados y contadores, ella no era doctora y alardeaba de un título que no tenía.

7

PARTIDISMO

Una de las cualidades humanas más valoradas por todo el mundo es la coherencia.

En efecto, esta virtud, definida coloquialmente como cierta sintonía entre lo que una persona dice y hace, es muy apreciada en todas las culturas. Lo contrario, la incoherencia, se traduce en comportamiento errático, inconsistente o impredecible. Y la verdad es que a nadie le gustan las personas que no logran ajustarse a una línea de conducta.

Es normal que a aquellas personas que cambian de opinión de manera constante, o son fácilmente influenciables, se las tilde de flojas, débiles de voluntad o, lisa y llanamente, de tontas.

Así, la coherencia es una característica de personalidad de alta reputación y estima. Cuando nos formamos una imagen sobre nosotros a partir de que nos observamos permanentemente, como hemos visto antes, nos esforzamos por ser consecuentes con esa imagen.

En todo momento, nuestra propia conducta nos dice mucho sobre nosotros, incluso y en especial, en época de elecciones.

En este sentido, veamos lo que ocurre cuando nos formamos una opinión política y la canalizamos hacia algún candidato con el que nos sentimos identificados.

Cuando votamos por Fulano, en paralelo construimos todo un andamiaje que empieza a funcionar como sostén y facilitador que nos ayudará a volver a votar en las elecciones siguientes. En ese contexto, si ya nos decidimos por Fulano la primera vez, es coherente para nosotros continuar en la misma línea de acción y volver a votar por Fulano la segunda vez.

El fenómeno cobra aún más fuerza si cuando elegimos a nuestro candidato la primera vez, lo pregonamos a viva voz y se lo hacemos saber a todo el mundo. Cuando comunicamos sin restricciones nuestro apoyo a Fulano en una especie de militancia partidaria amateur, la necesidad de ser coherentes ante la mirada atenta de los demás se nos impone con una fuerza aún mayor.

Alcanzado este punto, a la hora de volver a votar, no solo sufrimos la presión interna para ser coherentes con nuestra decisión anterior, también sufrimos una presión externa implícita por parte de aquellos que nos conocen.

Pero el tema no se agota allí, sino que tiene algunos ribetes más sorprendentes aún: se ha demostrado de manera experimental que, cuando una persona se ha formado una opinión sobre un tema cualquiera, mostrarle evidencia concreta que demuestre que la verdad se encuentra en la vereda de enfrente, la mayoría de las veces, no sirve para que pueda ser persuadida.

Peor aún, como vimos en el capítulo sobre la opinión, toda prueba sólida que indique que tal o cual persona podría estar equivocada, al contrario de lo que dice el sentido común, en general ayuda a que esa persona se aferre aún más a su creencia.

A este curioso fenómeno psicológico se lo conoce como persistencia y, según se teoriza, una vez que alguien ha invertido tiempo y esfuerzo para convencerse de algo, se ciñe con vehemencia a esa idea ante cualquier atisbo de duda o amenaza externa. Es importante saber que desarmar una creencia enquistada en la mente es extremadamente doloroso para el cerebro.

No importa demasiado el zafarrancho brutal en materia económica o educativa que pueda estar haciendo el político inoperante de turno: a quienes lo votaron, no les queda más remedio que seguir defendiéndolo a ultranza, poner parches aquí y allá, y construir toda clase de racionalizaciones y falaces justificaciones que ayuden a sostener el andamiaje cognitivo precario que ahora se tambalea.

Aceptar que esta vez, en lugar de votar por Fulano hubiese sido mejor votar por Mengano, es aceptar también que estaban equivocados desde el principio y, de hacerlo, implícitamente también estarían aceptando su propia estupidez, echarían por la borda todos los recursos personales puestos en juego hasta ese momento, además de que serían incoherentes ante el compromiso asumido frente a otras personas.

Si por casualidad se reconocen como uno de esos fanáticos partidarios de los que estoy hablando, les tengo noticias: entiendo que su necesidad de coherencia interna puede llegar a ser muy poderosa, pero, si no logran librarse de ella, solo estarán demostrando una escasa flexibilidad mental o, dicho en criollo, que son doblemente estúpidos.

Gracias a psicólogos que estudiaron de manera exhaustiva el tema, sabemos que discutir con gente que se aferra de manera inflexible a sus creencias preestablecidas es la cosa más estéril del mundo, porque no hay raciocinio en el fanatismo. Y un fanático partidario, como cualquier otro fanático, es un fundamentalista ciego y sordo al que no le interesa conocer la verdad, sino la primacía de su fundamentalismo, porque en ella pone en juego su identidad personal. Es muy probable que, por esta razón, a pesar de todo, los políticos solo se concentren en su propio beneficio, distanciados de las necesidades de la mayoría de la gente, y sigan haciendo buenas elecciones una vez que han llegado al poder.

La necesidad de coherencia interna de quienes los votaron originalmente puede llegar a ser muy poderosa. Y el costo psíquico de retractarse, demasiado elevado.

Es parte de la naturaleza humana hacer juicios rápidos, acelerados, casi irreflexivos y, tan pronto como aparece algún indicio de que tenemos razón respecto de lo que pensábamos, enseguida nos conformamos. Tal como lo demuestran las investigaciones y por más increíble que parezca, este es un fenómeno que ocurre todos los días del que no está exento casi nadie, desde el individuo con el nivel educativo más bajo posible hasta aquel con los más altos honores académicos.

8

PENSAMIENTO

Ya que acabo de hablar de altos honores académicos y para continuar en la línea de lo que decíamos en el capítulo anterior sobre la tendencia humana a validar lo que ya sabemos, veamos otro caso en el que suele ocurrir algo muy parecido: el diagnóstico médico.

La evidencia científica sugiere que, cuando se trata de averiguar qué enfermedad aqueja al paciente, los médicos se aferran a su hipótesis original, se zambullen de cabeza a confirmarla y pierden de vista la necesidad de dar con la contraprueba que valide el diagnóstico.

Lo que se ha observado es que los médicos (incluso los expertos con muchas horas de experiencia clínica) tienden a desestimar los datos que no se ajustan a sus expectativas, los infravaloran o, en ocasiones, hasta los ignoran por completo.

Si algo no encaja, el profesional se esfuerza aún más por encontrar datos que confirmen su opinión de base. En el proceso, incluso, puede sobreestimar cualquier indicio menor o irrelevante que vaya en el mismo sentido de sus expectativas previas, otorgarle un alto grado de valor confirmatorio, al tiempo que le resta peso a cualquier información que no resulte congruente.

Es así como muchas veces funciona el razonamiento clínico. El primer diagnóstico que le viene a la cabeza al médico determina el camino a seguir y, además, contribuye a distorsionar la interpretación de los resultados de los diferentes estudios que solicita al paciente.

Esto se debe a que los seres humanos podemos ser muy buenos pensando en un sentido determinado, pero somos horribles cuando se trata de pensar en el sentido contrario, fenómeno que en neuropsicología se conoce como reversibilidad.

Nos pasa a todos, estamos siempre bien predispuestos a buscar evidencias que confirmen nuestras creencias previas y somos muy remolones para buscar evidencias en contra. Somos grandes entusiastas a la hora de corroborar lo que pensamos y de igual pereza para indagar en relación con los motivos por los que podríamos estar equivocados. La paradoja aquí es que muchas veces procurar desestimar nuestras propias opiniones constituye el camino más sensato para saber si estamos en lo cierto o no.

No estoy sugiriendo que no deberían visitar a su médico la próxima vez que se engripen o sientan algún dolor. Tampoco pretendo dar lecciones a los médicos de cómo deben hacer su trabajo. Lo cierto es que casi no hay ningún tema concerniente a la especie humana en el que los psicólogos no hayamos puesto la lupa en algún momento de la historia.

La mayor parte del tiempo cometemos el error de creer que nuestros pensamientos son la realidad misma y hay algunas razones por las que es fácil caer en semejante equivocación.

En primer lugar, los pensamientos constituyen un proceso invisible. No pueden verse, no pueden tocarse y muchas veces ni siquiera somos conscientes de que estamos pensando. Pero lo hacemos; de hecho, pensamos todo el tiempo y, aunque no nos percatemos de esto, todo lo que pasa por nuestro cerebro tiene una influencia directa sobre cómo nos sentimos y, en consecuencia, sobre cómo actuamos.

El problema radica en que como los pensamientos ocurren dentro de nuestro cerebro, son propios y, al estar aislados dentro de nuestra cabeza, es sencillo que terminen por convertirse en la verdad absoluta.

Todo lo que pensamos se erige en nuestra realidad, sin que nos demos cuenta; terminamos homologando lo que ocurre puertas adentro de nuestra mente con lo que ocurre afuera.

En un interesante experimento, a un grupo de personas se le mostró la fotografía de un sujeto con una expresión neutra en su rostro y se le preguntó qué impresión le causaba este individuo.

Las respuestas obtenidas fueron acordes con las creencias previas de los participantes. A la mitad del grupo, se le había dicho con anterioridad que el hombre de la fotografía era un médico nazi que había presidido experimentos atroces en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. A la otra mitad, se le dijo que, por el contrario, era un líder de la resistencia que había luchado de manera encarnizada contra el fascismo y que había salvado a decenas de judíos de una muerte segura.

Así, ante la misma imagen, las personas del primer grupo, opinaron que a este hombre se lo veía despiadado, que la crueldad se transparentaba en su rostro y, a duras penas, podía reprimir una mueca de desdén e ironía. Las personas del segundo grupo, en cambio, aseguraron encontrarse ante un rostro amable, cálido y confiable.

Una cosa es lo que pensamos que ocurre y otra muy diferente es lo que en realidad sucede. Y la ironía de todo este asunto es que lo que pensamos que ocurre es lo único que realmente importa cuando tenemos que tomar una decisión.

Insisto: un error característico de los seres humanos es confundir sus propios pensamientos con la realidad. Pero lo que estamos pensando es solo eso, un pensamiento. La realidad es algo que ocurre más allá de nuestro cerebro y permanece inmutable al margen de nuestras creencias. Esto es de vital importancia, porque lo que pensamos puede determinar cómo nos sentimos y qué hacemos de acuerdo con eso.

9

INTERPRETACIÓN

Imaginen la siguiente situación.

Salen a tomar un poco de aire al jardín y ven, por encima de la cerca, al nuevo vecino que se ha mudado la semana anterior. El hombre parece molesto, tiene el ceño fruncido y casi pueden escucharlo refunfuñar por lo bajo.

Unos minutos después empieza a levantar la voz. En un momento, la esposa se le acerca para hacerle una pregunta y él responde de muy mala manera. Acto seguido empieza a gritar a sus dos hijos pequeños que no dejan de corretear a su alrededor, jugando a algo que al padre parece resultarle especialmente irritante.

Como vimos antes, en circunstancias como esta es esperable que nuestro cerebro, ni lerdo ni perezoso, dispare una serie de elucubraciones acerca de lo que estamos observando.

La conclusión parece simple e irrefutable: el vecino tiene un pésimo carácter, es un sujeto gruñón y autoritario de quien nunca podríamos hacernos amigos.

Un par de días después, nos encontramos tranquilamente desayunando con otro miembro de nuestra familia que nos comenta casi al pasar: “Pobre hombre el vecino que se mudó al lado, está desesperado. Sacó una hipoteca para comprar la casa y luego lo despidieron del trabajo. Ahora no sabe cómo mantener a su familia”.

Esta nueva información adicional tiñe de otro color la opinión que nos habíamos formado del nuevo vecino, ¿correcto?

La hipotética anécdota no hace otra cosa que ilustrar una de las falencias más perjudiciales del cerebro humano: estamos bien predispuestos a criticar la conducta reprobable de los demás pues la atribuimos al supuesto mal carácter o a un defecto en su personalidad, y perdemos de vista que siempre hay fuerzas o influencias externas que ayudan a moldear la conducta.

Y lo que es peor, si somos los protagonistas de la historia y alguien nos acusa de tener mal genio, enseguida nos justificamos diciendo que lo que pasa es que estamos muy nerviosos porque nos quedamos sin empleo.

Así es como ocurre la mayoría de las veces: atribuimos a los demás la entera responsabilidad de su mala conducta. Sus decisiones poco felices o desacertadas son el resultado de defectos propios de la persona.

Por el contrario, cuando somos los infractores de los buenos modales y las sanas costumbres, rápidamente encontramos una explicación que viene dada desde afuera, que justifica la alteración de nuestro buen temple y deja a salvo nuestra reputación y nuestra autoestima.

Simplifiquemos un poco más: si Fulano reacciona con violencia, es porque Fulano es una persona agresiva. En cambio, si soy yo quien reacciona con violencia, es porque estoy cansado ya que no pude pegar un ojo en toda la noche.

Todo lo que hacemos, aún lo malo, por inapropiado que sea, siempre constituye para nuestro cerebro la respuesta adecuada a una situación determinada.

Ahora imaginemos algunas situaciones diferentes: nos encontramos volando en un avión comercial a 10.000 metros de altura cuando, de repente, la nave entra en una zona de turbulencia. Como no tenemos experiencia en viajar en avión, lo primero que pensamos es: “Dios mío, el avión se va a caer. ¡Voy a morir!”

Bajo ese pensamiento (e insisto, es solo un pensamiento, que no necesariamente tiene que ajustarse a la realidad) es muy probable que el miedo se apodere de nosotros. Experimentaremos taquicardia, temblor en todo el cuerpo, posiblemente una angustia incontenible y la sensación de que vamos a desmayarnos de un momento a otro. En resumen, sufriremos una experiencia muy desagradable.

En cambio, si en el mismo contexto pensamos que es una turbulencia y que ojalá pase pronto así nos sirven la cena, creo que no es necesario que explique que tanto nuestras emociones como la respuesta fisiológica serían muy diferentes.

Veamos otro ejemplo: el compañero nuevo de oficina que ingresó a la empresa en la que trabajamos pasa caminando a nuestro lado en uno de los pasillos del recinto durante una mañana cualquiera y omite saludarnos. Frente a esta situación, en principio, tenemos dos grandes opciones:

 • Podemos pensar que es un maleducado.

 • Podemos pensar que tal vez no nos vio o que venía concentrado en sus propias preocupaciones.

Hay un común denominador en ambas situaciones y es que estamos interpretando lo que acaba de ocurrir.

Si interpretamos que nuestro compañero es un maleducado, es muy probable que nos sintamos ignorados y molestos y, en lo sucesivo, mal predispuestos hacia él.

De igual manera, si estamos durmiendo y un ruido que proviene del living de la planta baja de la casa nos despierta en medio de la noche, lo que nos digamos sobre la inoportuna intromisión en nuestra vida onírica determinará de inmediato las emociones que experimentemos y la forma en que reaccionemos.

Esta vez podemos creer, por ejemplo, que un ladrón anda merodeando por la casa. Lo más seguro es que sintamos miedo y apremio por defendernos de inmediato, ya sea cerrando la puerta de la habitación con llave, yendo a buscar el revólver que guardamos en el ropero o llamando a la policía.

Por el contrario, en ese mismo escenario, puede ocurrir que recordemos que nos olvidamos cerrar la puerta que comunica con el patio y que, probablemente, el gato aprovechó la oportunidad para escabullirse en la casa y dormir adentro. Sin duda, esta interpretación diferente de los hechos no nos provocará angustia en lo más mínimo. En todo caso, algo de molestia por tener que salir de la cama para sacar el gato. También podemos optar por darnos vuelta y seguir durmiendo, y que el gato haga lo que quiera. Como sea, lo que importa es que cualquier conducta que siga a esta interpretación, con independencia de lo que esté ocurriendo en realidad en el living de nuestra casa, tendrá un carácter más relajado, nos preservará del miedo y de la desesperación y evitará que molestemos en vano a las fuerzas de la ley y el orden que, por definición, no les gusta ser molestadas.

Otro caso. En este vamos a eximirnos del rol protagónico: una mujer queda en encontrarse en una cafetería con un hombre que acaba de conocer en Tinder. El muchacho en cuestión parece buen mozo y las veces que intercambiaron mensajes se mostró cordial e inteligente, tal como le gustan a ella. Un buen partido, sin dudas.

Sin embargo, veinte minutos después de que ella ocupa una mesa a la hora acordada, dado que no hay noticias ni rastros del candidato, piensa: “Debí haberlo imaginado, no le gusto y no se atrevió a decírmelo cuando lo propuse que nos viéramos”.

Otra alternativa podría ser: “Vaya tipo, después de todo resultó ser un irrespetuoso. ¿Quién se cree que es para hacerme esperar así?”

En el primer caso, la mujer se sentirá, sin dudas, deprimida, desesperanzada o ambas cosas. Llorará toda la semana y sus pensamientos seguirán por un buen tiempo por el mismo derrotero: “Soy horrible, no valgo nada como mujer, jamás nadie va a quererme”.

En el segundo caso, se sentirá molesta, iracunda y, probablemente, le dé una buena patada al perro tan pronto como vuelva a su casa.

Lo cierto es que la mujer de la cita, ante la demora de su potencial príncipe azul, también podría pensar: “Es un hecho, va a llegar tarde. Tal vez hubiera sido mejor citarlo en una cafetería más cerca de su casa porque para venir hasta acá tiene que cruzar media ciudad”. Esto es lo que los abogados llaman presunción de inocencia. Dicho en otras palabras, es deseable que procuremos siempre orientar nuestros pensamientos bajo la premisa de que nadie es culpable, hasta que se demuestre lo contrario.

Estos ejemplos procuran poner de manifiesto que la interpretación en su conjunto, configurada por expectativas, creencias previas y preconceptos, está en la base de nuestras opiniones más arraigadas y profundas (y muchas veces equivocadas), sino que también configura el modo en que vemos el mundo.

10

EMOCIONES

Las emociones tienen mala fama. Muchos filósofos han despotricado en su contra a lo largo de la historia, en parte, con justa razón. Aunque solo en parte.

Es cierto, como hemos visto y seguiremos viendo a lo largo de los capítulos que dan forma a este libro, que las emociones pueden llevarnos a que nos comportemos de manera absurda. También es cierto que, a los fines prácticos, no podemos separar la emoción de la razón; ni siquiera parece válida la premisa de que emoción e inteligencia son antagonistas u opciones mutuamente excluyentes. Veamos los motivos.

En el año 1975, un caballero de 35 años de edad llamado Elliot empezó a experimentar fuertes dolores de cabeza y visión borrosa. Tras consultar al neurólogo y realizar una serie de estudios se descubrió un tumor alojado entre las meninges, que son las capas que envuelven y protegen el cerebro. Concretamente, el tumor había echado raíces en la placa cribiforme, la parte del cráneo que corresponde a la frente, por lo que se decidió que una intervención quirúrgica era lo más apropiado.

La operación resultó exitosa. Bueno, al menos en parte, porque durante la remoción del tumor resultaron dañados ambos lóbulos frontales, que es la porción del cerebro ubicada por encima de los ojos, en particular el derecho.

Sin embargo, Elliot se recuperó rápido y en poco tiempo estaba de regreso en su casa. Los diferentes test cognitivos y de coeficiente intelectual que le administraron para valorar secuelas mostraron resultados normales. Todo parecía indicar que el resto del cerebro sano era perfectamente capaz de suplir y compensar las áreas lesionadas por la operación.

Sin embargo, cuando Elliot regresó a su trabajo tres meses después, sus compañeros notaron que algo no estaba bien. El nuevo Elliot era más lento en comparación con el viejo Elliot, también parecía estar disperso, perdía demasiado tiempo en cuestiones sin importancia y solía llegar tarde. Cuando su jefe le pedía que cambiara de tarea, seguía con la primera, y no por mala voluntad o rebeldía, sino porque le costaba pasar de una cosa a la otra con fluidez: era como si estuviera atado o imantado a lo que ya estaba haciendo.

Había pasado de ser un empleado ejemplar a un empleado desastroso y un tiempo después lo despidieron. A partir de entonces, todo fue cuesta abajo para el pobre Elliot. Ya no pudo sostener ningún trabajo nuevo. Y, a pesar de las reiteradas advertencias de amigos y de su familia, intentó ganar dinero asociándose con gente de evidente dudoso prontuario y terminó en bancarrota. La convivencia con su esposa también se volvió complicada. Elliot tenía dificultades para tomar decisiones, aunque fueran pequeñas, y se quedaba atrapado en bucles de conductas repetitivas de las que no lograba escapar. Demoraba horas en arreglarse antes de salir de su casa. Cuando se peinaba, por ejemplo, vacilaba una eternidad sobre qué estilo le quedaba mejor. Si quería llevar a su familia a comer afuera, recorría todos los restaurantes y no terminaba de elegir ninguno. Lo mismo le pasaba cuando hacía compras en el supermercado y le costaba tirar a la basura cosas inservibles porque no lograba discernir si eran útiles o no.

Si bien todas las pruebas que le habían realizado constataban que Elliot seguía siendo una persona inteligente, ya no podía tomar decisiones criteriosas. Era como si estuviera incapacitado para jerarquizar la importancia de las cosas.

Luego de 17 años, su matrimonio terminó en divorcio. Más tarde se casó con una prostituta, pero corrió la misma suerte apenas seis meses después.

Alcanzado ese punto, el neurólogo Antonio Damasio, que tomó el caso en sus manos y después lo dio a conocer al mundo, decidió llevar adelante algunos nuevos experimentos para intentar desentrañar lo que estaba sucediendo con el desventurado Elliot.

Damasio pudo determinar, en primer término, que las dificultades para tomar decisiones de su paciente no se debían a una alteración del lenguaje, la memoria o la capacidad para aprender información nueva. Tampoco había fallas en la capacidad de planificación pues Elliot podía razonar correctamente sobre dilemas éticos que el neurólogo le planteaba en su consultorio. El problema parecía estar en las decisiones en sí mismas y no en los procesos mentales que se necesitan para llegar a esas decisiones.

Fue entonces cuando planteó a Elliot una serie de situaciones sociales hipotéticas positivas y negativas mientras le medía la actividad galvánica de la piel, un indicador fisiológico que varía cuando hay cambios en el sistema nervioso autónomo, que a su vez es la rama del sistema nervioso central que controla y regula las respuestas de ciertos órganos y glándulas del cuerpo cada vez que la persona experimenta emociones, tanto placenteras como desagradables.

En Elliot esta respuesta no era normal. Parecía como si su cerebro fuera incapaz de detectar estímulos placenteros o aversivos. Durante esta prueba, el mismo paciente se dio cuenta de que algo no marchaba bien y, aunque no pudo precisar con exactitud de qué se trataba, se lo hizo saber al neurólogo.

Todos los centros de gestión emocional del cerebro funcionaban bien. También las áreas de la memoria dedicadas a almacenar información concerniente a las normas sociales y conocimiento del mundo en general. Tampoco había déficit en las regiones cuya integridad es necesaria para planificar acciones y anticipar consecuencias. Sin embargo, Elliot no mostraba una respuesta fisiológica y emocional apropiada en aquellos contextos que lo requerían.

La pregunta del millón era cómo se relacionaba esto con la toma de decisiones. Si emoción y razón son cosas diferentes, ¿por qué Elliot no lograba sostener una línea de conducta y, aun siendo una persona inteligente, a los fines prácticos, se comportaba como un estúpido?

Damasio especuló que lo único que podía dar sentido al rompecabezas inconcluso era que las emociones actuaran como una brújula o un faro para la toma de decisiones. Desde esta premisa, pudo entonces determinar que la falla se debía a una disfunción que el tumor había provocado en la corteza orbito frontal, la región anatómica que se apoya sobre los ojos, justo detrás de la frente, y que cumple la función de cotejar y ponderar información previamente procesada por el resto de las áreas del cerebro.

Para que se entienda mejor, veamos un ejemplo hipotético. Imaginemos que vamos a comer a un restaurante. La carta que nos trae el mesero ofrece varias decenas de platos que, a su vez, están atravesados por una multitud de factores. Hay carnes, vegetales, con algunos ingredientes que nos gustan, con otros ingredientes que no, algunos son caros, otros son baratos, también los hay abundantes para compartir, y otros que son más bien escasos. ¿Cómo elegimos en función de tal combinación de variables?

Toda esa información que encontramos en la carta, el cerebro la recoge y la compara con información y experiencias previas que tuvimos con la comida. Aquí entran en juego nuestras preferencias sobre los sabores, cuánto hambre tenemos ese día, con qué presupuesto contamos, si estamos a dieta o no, las recomendaciones que nos dio el médico en relación con nuestra posible celiaquía y, sobre todo, nuestras vivencias pasadas en este y otros restaurantes.

Todos estos factores almacenados en nuestra memoria a largo plazo llevan adosados un componente emocional que nos permite evaluar cuán bueno o malo es para nosotros cada uno de esos platos. Esta dinámica le permite a nuestro cerebro tomar un atajo, descartar con celeridad las opciones no convenientes y llevar el foco de atención solo hacia las convenientes.

Así, la corteza orbito frontal, conocida en el barrio por la sigla COF, integra las emociones al proceso de toma de decisiones.

Cuando este mecanismo falla, la dinámica se vuelve extremadamente lenta porque el cerebro solo puede analizar de manera racional los pros y los contras de cada una de las opciones disponibles, de ahí que Elliot quedaba atrapado en bucles eternos de vacilación.

Volviendo al ejemplo de la carta del restaurante, Elliot podía valorar intelectualmente cada uno de los platos que presentaba la carta, pero no podía determinar cómo cada uno de esos platos lo iba a hacer sentir. Tampoco podía limitar las opciones disponibles solo a las más convenientes y ninguna lograba imponerse emocionalmente sobre las otras.

La COF es la base de operaciones en donde las emociones arriban, se integran al resto de la información y nos ayudan a tomar decisiones inteligentes y adaptadas a los diferentes contextos. Permite detectar y descartar rápido lo que nos conviene de lo que no, dentro del torbellino de información que nuestros sentidos suelen recibir.

Sin esa guía emocional, las malas elecciones tienen tanta probabilidad de emerger como las buenas, ya que emoción y razón no son entidades separadas o desconectas; todo lo contrario, la razón necesita integrar la emoción tanto como un avión necesita las luces de la pista en una noche oscura para poder aterrizar.

Esta es la razón por la cual los expertos en marketing (que, ni lerdos ni perezosos, suelen ser los primeros en incorporar a sus prácticas los conocimientos derivados de la psicología experimental y la neurociencia cognitiva) en sus campañas de publicidad buscan manipular las emociones de los potenciales clientes.

En el día a día, las emociones forman parte de nuestro repertorio conductual, nos orientan en la búsqueda permanente de satisfacción y bienestar, y nos ayudan a evitar el perjuicio que puede atentar contra nuestra salud física y psicológica.

En general, la gente cree que las emociones interfieren con la capacidad para tomar decisiones racionales y muchas veces es así.

Sin embargo, hay ocasiones en las que nuestras emociones orientan nuestra atención hacia lo fundamental del problema que tenemos entre manos, como por ejemplo cuando nuestra vida corre peligro.

Cuando nos falta información, o ante información poco clara, las emociones nos ayudan a resolver el conflicto. Por ejemplo, cuando algo en nuestro interior nos dice que no debemos confiar en nuestro nuevo socio o no invertir en determinado negocio.

Desde el punto de vista neuropsicológico, otra región del cerebro que participa activamente en esta dinámica es la amígdala cerebral, un pequeño conglomerado de neuronas apiñadas en las profundidades de ambos lóbulos temporales.

Típicamente, los animales de laboratorio y también los humanos con la amígdala dañada no responden bien ante las situaciones de riesgo pues se muestran poco cautos o desinteresados ante una posible amenaza. Esto quiere decir que, incluso las emociones que sentimos como “desagradables” y que tendemos a evitar a toda costa, como el miedo o la culpa, mediante una adecuada regulación de la COF, ayudan a que nos comportemos de manera pertinente con nuestros propios intereses

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0+
Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
214 стр. 7 иллюстраций
ISBN:
9789874789174
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Bookwire
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