Читать книгу: «Diálogos. Apocolocintosis.»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 220

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por JUAN GIL .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1996.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO317
ISBN 9788424932466.
CONSOLACIONES
INTRODUCCIÓN
1. LA CONSOLACIÓN
Como de tantos otros, fueron los griegos los creadores de este género, y concretamente los filósofos, que fácilmente derivaron sus estudios sobre el alma del hombre y sus sentimientos a la corrección de aquellos que consideraban perjudiciales: entre ellos, la tristeza y el dolor. Y así surgió el lógos paramythetikós griego, adaptado como consolatio en latín, con un propósito muy definido: procurar alivio a los desdichados, mitigar duelos y pesares en los afligidos por alguna desgracia o, cuando menos, lograr que se resignaran a su destino, recurriendo a unos principios éticos elevados y racionalistas de larga tradición 1 .
A esta tarea se aplicaron filósofos de todas las escuelas, pero sin ceñirse exclusivamente a la doctrina particular de cada una; desde los comienzos, los autores de consolaciones mostraron un eclecticismo muy práctico, y no repararon demasiado en fronteras ideológicas con tal de alcanzar su meta: modificar a fuerza de razón las circunstancias interiores del individuo, ya que las exteriores son inmutables e indiferentes a cualquier argumento.
Ahora bien, estos autores no fueron muchos ni sus obras numerosas 2 ; tampoco tuvieron éstas fortuna en su viaje a través de los siglos, pues no se ha conservado ninguna; todo cuanto queda de ellas se reduce a sus títulos 3 y algún que otro insignificante fragmento, atribuidos más o menos verosímilmente a un puñado de filósofos bien conocidos y a otros casi desconocidos. Agrupados por escuelas, están los estoicos Crisipo de Solos (S . III a. C.) y Panecio de Rodas 4 (S . II a. C.); los cínicos Diógenes de Sinope, Bión de Borístenes y Teles 5 (los tres del S . III a. C.); entre los epicúreos, el propio fundador de la escuela, y además Metrodoro de Lámpsaco 6 y Filodemo de Gádara 7 .
Crantor de Solos (S . IV -III a. C.), el único seguidor de Platón autor de una obra consolatoria (A Hipocles sobre el luto ), fue sin embargo el más célebre e influyente en el género, a juzgar por los elogios que le dedican Panecio (citado por Cicerón en las Académicas II 44), que recomendaba aprender de memoria la obra, y el propio Cicerón (ibid .135), que sin duda debió de tomarla como modelo para la consolatio que se dedicó a sí mismo por la muerte de Tulia, su única hija. Y no sólo él, puesto que la influencia de Crantor se deja ver también en Séneca, entre otras, y se mantiene intacta durante siglos en los autores cristianos: el erudito Jerónimo, en su epístola 60, lo cita aún como el primero entre los cultivadores del género.
Desafortunadamente, tanto y tan duradero éxito no sirvió para preservar su obra, de la que sólo quedan los ecos de su fama, junto con brevísimos fragmentos que no permiten reconstruirla, aunque ha habido intentos. Explicar por qué alcanzó tanta celebridad es aventurarse en el campo de las conjeturas; así y todo, una razón parece clara: Crantor fue el primero en enfrentarse al principio estoico de la insensibilidad, la imperturbabilidad ante todo tipo de infortunios, pues lo que proponía en su obra era moderar los sentimientos, reducirlos a una intensidad razonable y justa medida.
A través del tiempo y de sus diversos cultivadores la consolación va adquiriendo unos contenidos teóricos que, como arriba dije, no son puros de una escuela, sino híbridos de varias; un sincretismo ideológico que humaniza el primer rigor estoico (las pasiones son irracionales y el sabio debe evitarlas), haciéndolo menos inflexible (pero no debe prohibírselas a los demás), gracias a las teorías del epicureísmo (sino mitigárselas con el recuerdo de los bienes disfrutados) y peripatéticas (puesto que no puede anulárselas, al ser parte esencial del hombre), principalmente; en menor medida, también hubo aportaciones de otras corrientes: sofística, cínica, platónica y neopitagórica 8 .
Unos principios que tienen por fuerza que ser atractivos para el doliente, pero que quizá no basten a convencerle de que deponga su actitud, deben por tanto expresarse con palabras persuasivas y artificios seductores. No es de extrañar, pues, que bien pronto pasara la consolación de las manos de los filósofos que la imaginaron a las de los retóricos 9 , que la hicieron más práctica al dotarla del poder de la palabra; pero también la inmovilizaron para siempre, fijaron para ella unos límites y una formas obligadas 10 que la encasillaron y redujeron casi a un ejercicio oratorio más. Quedó delimitado su campo de acción, clasificados los infortunios (muerte, enfermedad, exilio, etc.), prescritos los remedios para cada uno. Y tanto como el fondo, la forma: primero una introducción, en la que se hablaba del mal y del tratamiento que se iba a seguir; luego una exposición de las causas y de las normas para remediarlas (los praecepta ), para lo que se aducían modelos de conducta ejemplar (los exempla ); acababa la obra con una recapitulación de los puntos principales que remachaba la idea central: puesto que no se puede luchar contra lo inevitable, un dolor sincero y sereno es la mejor actitud, la más razonable entre tanto pasa el tiempo y vienen mejores.
Ni que decir tiene que el resultado fue siendo cada vez más un conjunto de teorías filosóficas trilladas, de lugares comunes y argumentos cansados que disimulaban más o menos su falta de originalidad según la pericia en decirlos y el dominio del arte que mostrara el autor.
2. LAS «CONSOLACIONES » DE SÉNECA
Algunos escritos de Séneca fueron desde antiguo clasificados como diálogos 11 , título que bien podría haber recaído sobre todos aquellos en que empleó el recurso de plantearse objeciones poniéndolas en boca de un interlocutor imaginario 12 , simulando, gracias a la alternancia de sus ocasionales y breves intervenciones con las réplicas largamente argumentadas, una apariencia de conversación que apenas alcanza a justificarlo.
Sin embargo, sólo diez tratados de Séneca se conocen con la denominación común de «diálogos», al menos desde el S . XI ; de los años últimos de ese siglo es el célebre códice Ambrosiano, el más antiguo y el mejor de los que nos han transmitido estas diez obras bajo el título expreso de «Los doce libros de Diálogos de Séneca». El anónimo autor de esta compilación (de época seguramente bastante anterior a la del Ambrosiano) agrupó tratados siguiendo razones poco claras: ni son de extensión pareja —uno de ellos, Sobre la ira , abarca tres libros—, ni de una misma época, ni, sobre todo, ofrecen unidad temática: buena prueba de esto es la inclusión de tres Consolaciones , que Séneca escribió para Marcia, para Polibio y para Helvia, su madre (como libros sexto, undécimo y duodécimo respectivamente).
Bien es cierto que algunos rasgos (el carácter moralizante, el fictus interlocutor , incluso la estructura tripartita 13 ) los comparten con los demás diálogos, pero también otros tratados los presentan y no son producto de un género concreto, aunque fuera de uno no tan tipificado como el consolatorio. Más lógico habría sido formar con ellas un conjunto independiente y homogéneo, como las Epístolas , por ejemplo; en cambio, entre los diálogos, ni siquiera están agrupadas ni ordenadas cronológicamente, como se verá.
1. Fecha de composición
La Consolación a Marcia 14 va destinada a esta matrona romana, para convencerla de que abandone el largo luto por la muerte de su hijo Metilio, muerte prematura que truncó en sus inicios una carrera que se prometía brillante. Marcia era hija del historiador Cremucio Cordo 15 , personaje notable por no encubrir sus ideas republicanas en época ya imperial, sino, al contrario, hacerlas públicas en su obra. Tolerado por Augusto, no tuvo la misma suerte bajo Tiberio: se ganó la enemistad de Sejano, el todopoderoso favorito del emperador, lo que le acarreó una acusación de lesa majestad y la inmediata condena a muerte. Cordo se adelantó a sus verdugos ayunando hasta morir. Los ejemplares de su obra fueron quemados, pero su hija logró salvar alguno, que luego publicó con el beneplácito de Calígula 16 .
A este hecho alude Séneca en su obra (Marcia 1, 3), que tuvo pues que escribir por fuerza después del año 37, en que Calígula ocupó el trono y Cordo fue rehabilitado. Pero ¿cuánto después? Giancotti 17 analiza la cuestión y concluye que no es posible determinarlo; en cambio, son legión los estudiosos que creen lo contrario: unos, los menos, la sitúan en los últimos años del reinado de Claudio 18 o incluso más tarde, bajo Nerón 19 ; otros, la mayoría, creen que fue escrita antes del año 41, cuando murió Calígula y Séneca fue condenado al destierro 20 , con argumentos convincentes (dejando de lado cuestiones de estilo, siempre demasiado opinables), a mi entender, aunque sean ex silentio: no refiere ningún hecho posterior a Tiberio; menciona el exilio (9, 4; 22, 3) sin aludir al suyo; y, sobre todo, no lanza contra Calígula los improperios que, en cuanto tuvo ocasión tras su muerte dedicó en otras obras 21 a este emperador que le era odioso 22 ; al contrario, quien queda muy mal parado es Sejano, condenado a muerte por Tiberio bajo la acusación oficial de haber perseguido a los hijos de Germánico.
Por lo tanto, no parece aventurado situar la composición de esta obra en la primera época de Séneca, entre los años 37 y 41, sin que pueda precisarse más 23 .
La Consolación a su madre Helvia busca mitigar la pena que el confinamiento del filósofo había provocado en su madre. En el año 41, con el poder en manos de Claudio y éste en las de Mesalina, Séneca fue acusado de adulterio con Julia Livila 24 , hermana de Calígula, sobrina de Claudio y rival de Mesalina, instigadora de la acusación. Es fácil ver en ésta un fondo de intriga política, aunque eso no impida que fuera fundada 25 . Mesalina se libraba así de unos miembros molestos de la familia imperial (la acusación incluía también a otra sobrina de Claudio, Agripina 26 , su futura esposa). Ahora bien, cierto o no, el adulterio implicaba la pena capital para Séneca, conmutada por el exilio en Córcega a instancias de Claudio 27 , todo ello en un proceso judicial brevísimo, una cognitio , puesto que tan sólo dos días antes de la condena Helvia emprendía viaje de vuelta a Hispania despreocupadamente (15, 2).
Séneca escribe la consolación ya en Córcega; esto supone que es posterior al año 41 y anterior al 49, en que regresó a Roma. Otra vez en contra de la opinión de Giancotti 28 , hay quienes creen poder precisar más, como hace Albertini 29 tomando en cuenta el pasaje en que Séneca alude a lo reciente de la condena (3, 1), lo que acercaría la fecha al 41, dejando un tiempo para las vacilaciones en escribirla que confiesa el autor (1, 1); pero mucho más concluyente, creo, es el hecho incuestionable de que ha de ser anterior a la Consolación a Polibio , cuya fecha extrema es el 43: en Helvia se muestra el filósofo aún bastante entero, o lo aparenta; en Polibio él y sus argumentos han sucumbido al pesado poder del paso del tiempo.
La Consolación a Polibio pretende confortar a este liberto de Claudio, integrante de la corte administrativa del emperador 30 y personaje influyente en ella 31 , que había perdido a un hermano, cuyo nombre no menciona Séneca.
Sí deja bien clara su esperanza de contemplar en Roma el triunfo de Claudio sobre los britanos, tras la campaña emprendida en el año 43 32 ; como quiera que dicho triunfo se celebró a principios del 44, queda un período seguro de dos años, 42-43, donde localizar con certeza la fecha de redacción, dado que tiene que ser posterior a la de Helvia , cuya datación más temprana es el 41, como antes se vio.
2. Análisis
Aparentemente estas tres obras son auténticas consolaciones, las primeras conservadas, más o menos cabales, de la Antigüedad: la carta consolatoria que Sulpicio dirige a Cicerón 33 no es una consolación en toda regla, y la Consolatio ad Liuiam , además de no ser tampoco una consolación formal, ofrece verdaderos problemas a la hora de fecharla 34 : sólo si fuera contemporáneo o unas decenas de años posterior a la muerte de Druso (9 a. C.) sería anterior este poema consolatorio a los tratados de Séneca.
Verdaderas consolaciones, pues, sobre lo que el autor no quiere que haya dudas: ha consultado las obras de la tradición consolatoria para tomarlas como modelos 35 , sabe qué se puede decir, y cómo, conoce las reglas del género 36 y a veces avisa de alguna novedad que su obra introduce en él (Helvia 1, 2), al que por lo común se atiene: respetando la división en tres partes y con una envoltura fuertemente retórica 37 discurre sobre dos infortunios típicos, la muerte y el destierro, aduce otros casos que enseñan lo que se debe o no hacer 38 con más eficacia tal vez que unos principios morales, unas normas de conducta, unos remedios propuestos, plagados de lugares comunes de la filosofía grecolatina 39 pragmáticamente mezclados para lograr su propósito 40 .
La vida del hombre está enteramente sometida a la fortuna caprichosa (Marc . 10, 6; Pol . 3, 4), por lo que debe prepararse para lo que pueda venir (Helv . 5, 3), pero sobre todo para lo que ha de venir inevitablemente: la muerte, que a todos y todo ha de alcanzar (Marc . 21; Pol . 1, 2-3), pero que no debemos temer ni lamentar sino desear y agradecer 41 , por cuanto nos pone a salvo de los tormentos de la vida (Pol . 9, 6), libera el espíritu de la cárcel del cuerpo (Marc . 24, 5 y 25, 1, una reminiscencia platónica evidente); espíritu que, entre tanto llega la renovación cíclica del cosmos (Marc . 26, 6-7) que postulan los estoicos, se hace en cierto modo inmortal, aunque sobre este punto tiene Séneca tantas dudas (Pol . 9, 2-3) que llega incluso a negar incoherentemente la supervivencia del alma sobre el cuerpo (Marc . 19, 5); es, en cambio, muy cierto que éste está sometido a toda clase de vejaciones y males, mientras que el espíritu es inviolable (Helv . 11, 7), los bienes que de él se obtienen están a salvo de la fortuna (Helv . 5, 5) y van donde uno va (Helv . 9, 3).
De ahí que en todo momento y lugar el hombre avisado, siguiendo la doctrina aristotélica de la bondad intrínseca de las pasiones 42 , no deba reprimir sus penas sino moderarlas (Marc . 7, 1; Helv . 16, 1; Pol . 18, 5-6) y confortarse con el principal consuelo que le brinda el espíritu, el disfrute del espectáculo de la naturaleza (Helv . 20, 2; Pol . 9, 3) que en todas partes se puede contemplar, ya sea en el exilio (Helv . 8, 4-6), ya en la vida inmaterial, sin los inconvenientes de la corporal (Marc . 25, 2; Pol . 9, 8).
Otro remedio recomendado por Séneca a los privados de un ser querido es recordar los momentos que compartieron con él (Marc . 12, 1-3; Pol . 10 y 18, 7), que nada podrá ya arrebatarles: el pasado, según los principios epicúreos, es lo único seguro y a salvo (Marc . 22, 1). Pero también puede servir de consuelo el tiempo actual o, cuando menos, de distracción, si el afligido no piensa tanto en el añorado y dedica más atención a los familiares que le rodean (Helv .18-19; Pol . 12, 1-2).
En principio, las Consolaciones nos ofrecen, aun a través de sus tópicos 43 , al Séneca de siempre, moralista más que metafísico, realista y ecléctico en sus ideas, básicamente estoicas pero fuertemente influidas por otras escuelas, la epicúrea sobre todas; enemigo de dogmatismos, su espíritu inquieto lo lleva al escepticismo 44 y a la contradicción.
Tal vez fuera este inconformismo la razón de las novedades que Séneca, a pesar de estar la consolación tan regulada, introdujo en las suyas; de estos rasgos originales unos son comunes a las tres o a dos de ellas, y se podrían decir lógicos siendo el autor filósofo y poco amigo de fantasías: así, la absoluta ausencia de alusiones mitológicas y la recomendación de los estudios 45 filosóficos (Helv . 17, 3-5) o literarios (Pol . 8 y 18, 1-2) como alivio para el doliente.
En cambio, otros que Séneca advierte o pasa en silencio distinguen particularmente cada consolación de las otras dos y parece, por tanto, que obedecen a motivos también distintos.
En Marcia contraviene, como ya se ha visto, el orden tradicional que anteponía las normas a los ejemplos; además, el mismo Séneca reconoce escribirla a los tres años de morir Metilio, lejos ya de los inicios del dolor, que es cuando hay que hacerle frente 46 .
La situación que se produce en Helvia carece de precedentes, pues nunca antes hubo «uno que hubiera consolado a los suyos siendo él mismo llorado por ellos» (1, 2): por primera vez se reúnen en uno el que argumenta contra la pena y el que la causa, aunque involuntariamente.
Séneca emplea en Polibio el recurso de poner palabras en boca de un tercer interlocutor, Claudio César (14, 2-16, 3); esta clase de prosopopeya no es una novedad absoluta, pues ya la había utilizado en Marcia , cuando hace que Cordo se dirija a su hija (26, 2-7), pero no cuando Areo le habla a Livia, no a Marcia (4, 3-4 y 5): esto es un exemplum con conversación aparte del diálogo.
Sin embargo, hay grandes diferencias entre ambos casos: en Marcia Cordo no es propiamente un ejemplo de conducta digna o indigna ante la muerte de un ser querido; Séneca tiene sus razones para mencionarlo en la obra y al final de ésta le encarga, por así decirlo, el epílogo: Cordo resume y repite los argumentos de Séneca, sin hablar apenas de sí mismo y explayándose en descripciones apocalípticas; por otro lado, Cordo ha muerto, con lo que el discurso tiene que ser por fuerza imposible ya.
Por el contrario, lo que sucede en Polibio va mucho más allá: Claudio sí que es un ejemplo de paciencia y sin embargo se sale de este papel pasivo y se eleva al de interlocutor, asume el de Séneca en un momento crucial, para una tarea importante, la exposición de los exempla a lo largo de dos capítulos en los que habla únicamente de sí mismo y de sus familiares, salvo Calígula; el autor cede su puesto a Claudio y éste interviene en el diálogo con unas palabras que, estando vivo, pueden ser perfectamente posibles aún.
Estas innovaciones no son casuales sino producto de las circunstancias en que fue escrita cada consolación y consecuencia del verdadero fin con que Séneca las escribió; pocos hay que le atribuyan un afán meramente altruista, impulsado por la conmiseración; la mayoría opina que Séneca fue movido por otras intenciones, más o menos evidentes, que la de confortar al desdichado.
Séneca no oculta su propósito al escribir Polibio 47 : quiere conseguir no ya el reconocimiento de su inocencia sino simplemente el perdón (13, 3), poder regresar sea como sea a esa Roma violentamente añorada en la desolación de Córcega. Consolar al liberto imperial no es más que una excusa: cumple de oficio con los trámites que le impone su simulación y se dedica de lleno a adular bajamente al emperador. Aunque también para Polibio hay halagos, son escasos comparados con el cúmulo de lisonjas exageradas y alabanzas desmedidas dirigidas a Claudio 48 , el personaje central de la obra, su destinatario verdadero, pues verdaderamente es una súplica desesperada, frente a Polibio, el destinatario fingido, pues ficticiamente es un consuelo desinteresado. Basta ver la frecuencia con que aparece su nombre (el «César» oficial, no el familiar de «Claudio» 49 ) y compararla con la de los destinatarios de ésta y las otras dos consolaciones: el de Marcia aparece en la suya 18 veces 50 y se alude a ella en 5 más; en la de Helvia, «madre» se repite en 15 ocasiones 51 ; Polibio apenas tiene dos oportunidades y en el mismo párrafo, insignificantes ante las 20 de César 52 , a las que hay que añadir 6 alusiones más. El resultado es un «diálogo» entre Séneca y Polibio, sobre un hermano innominado, pero para Claudio, que además ocupa temporalmente, como antes dije, el puesto más elevado, el del hablante, sustituyendo al escritor e interpelando directamente a Polibio: otra o más bien la única primera persona para él, en quien debe pensar antes que en su esposa o su hijo y a quien debe considerar como un oráculo.
Sin embargo de todo esto, tantos excesos como se permite Séneca han hecho pensar a algunos que ocultan otra intención más honda: Alexander y más tarde Rudich 53 han querido ver ironía en las hiperbólicas loas a Claudio, bien para burlarse disimuladamente de él, bien para ridiculizar el tipo corriente de cortesano adulador; o Degl’Innocenti 54 , para la cual este Claudio perfecto en sus numerosas y nobles cualidades no es otra cosa que un boceto del futuro retrato del príncipe ideal que hará en Sobre la clemencia Séneca.
Pero si así fuera, no se explicaría que luego se hubiera avergonzado de haber escrito esta obra, tal como de hecho hizo, repudiándola, según interpreta acertadamente Giancotti un pasaje de Dión Casio 55 .
Para Helvia también se ha propuesto motivos aparte del aparente: hacerse publicidad 56 , por decirlo así, para no caer en el olvido de los romanos, incluyendo a Claudio, o bien insinuarles la conveniencia de hacerle regresar 57 o simplemente defenderse ante ellos 58 . Todos suponen otro destinatario real, en este caso la gente de Roma y su emperador; pero parece que fuera al mismo Séneca a quien iban destinadas sus propias palabras, tanto o más que a su madre: el «diálogo» es entre ésta y su hijo, pero no acerca de un tercero, como en Marcia sobre el suyo, sino sobre Séneca de nuevo. Si el que argumenta para rebajar la gravedad de un infortunio es a la vez el afectado por él, fácilmente se hace también destinatario de esas palabras de aliento. Y esto es lo que ocurre: el poco tiempo que lleva en el exilio le parece ya un entierro en vida (1, 3), admite abiertamente estar abatido; poco dura esta confesión sincera 59 , que inmediatamente intenta ocultar a sus ojos y a los de Helvia bajo una montaña de razones que le hagan a él más llevadero el destierro y sus consecuencias (durante nueve de los veinte capítulos que tiene la obra, prácticamente la mitad) y de paso más soportable a su madre la ausencia del hijo (a lo largo de seis capítulos).
Aparece mucho menos clara la razón por la que escribió Marcia , a los tres años, además, de la muerte de su hijo y en contra incluso de su deseo expreso de escribirla mucho antes (1, 8). Tal vez la causa fuera política: Séneca tuvo que esperar hasta la llegada de Calígula el cambio de los tiempos (1, 3) que le permitiera exaltar la libertad de expresión mediante el ejemplo de Cordo, republicano aferrado a sus ideas y que por ellas muere, que tiene un papel importante dentro de la obra, pero no tanto como para que sus ideas o su persona puedan considerarse los protagonistas de ella 60 .
O tal vez, como propone Stewart 61 , la intención de Séneca fue desmarcarse del círculo de Sejano, con algunos de cuyos miembros tenía relación de parentesco (su tío Galerio) o proximidad (Galión, padre adoptivo de su hermano); una vez caído en desgracia y ajusticiado el ministro de Tiberio 62 , a Séneca le interesó adaptarse a las nuevas circunstancias 63 y dejar bien claro que se hallaba en el otro bando; también así se congraciaba con Calígula y exoneraba a su tío Tiberio de toda culpa en la condena de Cordo. Desde luego, tuvo que dejar transcurrir prudentemente un tiempo entre la muerte de Sejano y su obra, antes de remover ese asunto tenebroso.
Pero quizá esta espera tenga un motivo más sencillo: la ocasión que se le ofrecía al joven pero ya célebre abogado 64 de triunfar con su palabra persuasiva donde otros habían fracasado, incluso el tiempo que todo lo cura (1, 6); Séneca, oportunista, pretendía mayor notoriedad sentando plaza de director de almas, responsable incluso de modificaciones en el sistema que quedarían para siempre unidas a su nombre.
En suma, bajo capa de consolación nos presenta Séneca una súplica indigna, un consuelo en perfecto circuito cerrado (de él mismo para él mismo —y su madre— sobre él mismo) y un escrito oportunista con miras personales, políticas o de mera ambición. Es lógico que esta doble naturaleza haya dejado su huella en el contenido: los argumentos empleados, los ejemplos aducidos, están seleccionados según la conveniencia; incluso algunos de los errores, que, como suele, prodiga en estas obras Séneca, son calculados.
En Marcia los argumentos, en su deseo de impresionar, son a veces defectuosos o sencillamente falsos (7, 3-4: el duelo varía según el sexo, la condición o la raza; lo que cambia no es natural, luego el duelo no es natural); igualmente sucede en Helvia , pero ahora su afán es sobrellevar el destierro aunque sea engañándose (6, 6: es natural en el hombre el cambio de residencia, sí, pero muy distinto hacerlo por voluntad propia que por imposición, muy diferente mudarse a un lugar mejor que a un peñasco perdido en el mar); y si no son falsos, resultan poco convincentes y consistentes, fácilmente corroídos por la amargura. En Polibio , por último, la cuestión consolatoria es para Séneca muy secundaria, va engarzando argumentos manidos, obvios, más tópicos que nunca, sin siquiera advertir que a veces se contradice (2, 7: la fortuna golpea a ciegas y sin embargo cuanto mejor es un hombre más golpes suyos recibe).
Los ejemplos que escoge el autor revelan más aún el pragmatismo de la elección 65 : en Marcia están extraídos de la aristocracia más exclusiva (la rama imperial de la gens Iulia : César, Augusto, Octavia, Livia, Tiberio; o patricios como Sila, los Escipiones, las dos Cornelias) o de la más rancia tradición (Lucrecia, Clelia); en Helvia , por el contrario, no puede resistirse a comparar su estado con el de famosos filósofos y escritores (Homero, Platón, Zenón, Sócrates) y sobre todo a equiparar su condena al exilio con la —injusta— que sufrió Marcelo, el añorado por todos los romanos. A Helvia van destinados los ejemplos de mujeres fuertes (Cornelia de los Gracos, Rutilia). En Polibio todos los ejemplos, excepto el negativo de Calígula, están puestos en boca de Claudio quien, naturalmente, no se sale del círculo familiar (Augusto, Gayo César, Marco Antonio, Tiberio, Germánico) en el que incluye equivocadamente a los Escipiones 66 .
Éste no es el único error que hallamos en las Consolaciones ; al contrario, hay bastantes aunque mal repartidos: sólo tres en Marcia (4, 2; 13, 1; 14, 2), escrita con el ánimo tranquilo, frente a los seis de Helvia (7, 2; 7, 8; 10, 8; 12, 6; 13, 7; 16, 6), cuyas circunstancias fueron bien distintas: Séneca, obsesionado por la única idea de hacerse menos amargo el destierro, no se ocupa de pequeños detalles. Y en Polibio las pocas veces que se equivoca lo hace intencionadamente (salvo en 15, 1): finge desconocer hechos conocidos de todos (8, 3; 14, 4-5) o aplica títulos a destiempo (16, 3) con el único fin de reforzar el halago.
En cuanto al estilo de las Consolaciones , es el habitual de este autor, moderado más bien dentro de la reacción anticlasicista de su época: la armonía se ha perdido y se impone la rapidez, el desequilibrio entre las largas digresiones y las frases breves y agudas, relámpagos conceptistas de ingenio, conocidas como sententiae 67 , los golpes de efecto, paradojas y antítesis que interrumpen la línea lógica del discurso, los detalles tan elaborados que la obra acaba pareciendo un montaje deslavazado de partes independientes; se impone, en fin, la técnica del orador, el arte de la palabra seductora, la retórica.
Pero tanto por ser obra de producción temprana como por la doble finalidad que encierran, las Consolaciones padecen una excesiva carga de retoricismo 68 que se deja ver en los artificios empleados 69 y en el tono declamatorio, constante en Marcia , incluso enfadoso con sus repeticiones insistentes; en Polibio se hace pedante y ampuloso; en Helvia , entre los pasajes de tono más familiar, confidencial, hasta melancólicamente sincero, se intercalan otros donde Séneca emplea a fondo la retórica, de manera poco hábil algunas veces, pues en unas le traiciona (6, 5) y en otras las prolijas descripciones (7) y los desarrollos mecánicos de temas habituales (10-12) parecen casi simples prácticas escolares.
3. INFLUENCIA EN EL GÉNERO
Es prácticamente imposible precisar la que pudieron tener las Consolaciones entendidas como tales en las posteriores obras del mismo género, pues no hay medio de distinguir si las coincidencias entre ellas son debidas a un influjo directo o, más bien, son naturales e inevitables, al tratar los mismos tópicos con idénticos métodos; esto vale incluso para las consolaciones cristianas, a pesar de las diferencias ideológicas que, por supuesto, las separan.
Otra cosa sucede con el influjo de la moral de Séneca en su conjunto y sobre todo con las opiniones que desde bien pronto suscitó el llamativo contraste entre la que proponía y la que puso en práctica tantas veces en sus hechos y algunas en sus escritos. De éstos, Polibio y la Apocolocintosis son los que con más alegría esgrimen los contrarios de Séneca y con más trabajo excusan sus partidarios; por tanto, parece oportuno aguardar a la Introducción de la Apocolocintosis para hablar un poco de este asunto.
4. EL TEXTO
1. Transmisión manuscrita
Al ir las Consolaciones integradas siempre en el corpus de los Diálogos , los manuscritos que las transmiten son los que contienen esta compilación completa o parcial. Ya antes he mencionado el optimus , el Ambrosiano (Ambrosianus C 90 inf.), copiado a finales del siglo XI y con numerosas correcciones de distintas manos que alcanzan hasta el XIV .
A éste hay que añadir otros más recientes: del XIII son el Vaticanus Chigianus H. V. 153, el Berolinensis Lat . fol. 47, los Parisini Latini 15085 y 6379; todos ellos componen, junto con otros, una familia derivada directamente del Ambrosiano; hay otra de tradición independiente, cuyos ejemplares más fiables son del s. XIV , los Vaticani Latini 2214 y 2215.
Éstas son, resumidas, las conclusiones de Reynolds 70 . Cómo llega a ellas es asunto para una introducción de mayor amplitud que ésta, ceñida en exclusiva a las Consolaciones . Bastará pues con hacer algunas consideraciones sobre el estado en que nos han llegado sus textos en el Ambrosiano.
El de Helvia es el mejor conservado, sin que eso signifique mucho, pues el de Marcia está alteradísimo, lleno de errores, interpolaciones y correcciones desafortunadas 71 ; y el de Polibio sencillamente no está: alguien arrancó el undécimo cuadernillo del códice, precisamente el que contenía casi completa esta consolación; quedaron el último capítulo y parte del anterior (desde 17, 2 hasta el final), porque compartían el folio con el comienzo de Helvia , pero fueron borrados con tal tesón que a duras penas resultan legibles. Se hace difícil achacar esto a la casualidad; más probable es la intervención intencionada de algún admirador del filósofo que quiso eliminar un escrito que lo deshonraba 72 .
En consecuencia, el papel de los manuscritos recentiores a la hora de establecer el texto es secundario en Helvia , más destacado en Marcia y primordial en Polibio , que ninguno de ellos conserva, por otro lado, completo, pues en todos falta el comienzo.
2. Ediciones y traducciones
Las Consolaciones han sido editadas o traducidas siempre que lo han sido los Diálogos completos. Pero como forman dentro de ellos una unidad claramente diferenciada, a veces han sido agrupadas en un volumen exclusivo: es el caso de los Dialogues de la Col. Budé , en su tomo tercero a cargo de R. Waltz, París, 1923.
Naturalmente, también han sido objeto de ediciones monográficas, no incluidas en una serie, ya sea juntas las tres o por separado. En el primer caso están las ediciones de W. H. Alexander, Los Ángeles, 1950, y la de G. Viansino, Turín, 1963. J. D. Duff editó Polibio y Helvia (junto con De breuitate uitae ), Cambridge, 1915. Ediciones singulares hay de Marcia (I. Negro, Nápoles, 1925; Ch. Favez, París, 1928) y de Helvia (Ch. Favez, París, 1918; I. Negro, Turín, 1927, reeditada en 1947; E. Bolisani, Padua, 1945).
Igual sucede con las traducciones, integradas dentro de un corpus más amplio o realizadas independientemente. Así, la traducción de R. Waltz que acompaña a su edición citada o las exclusivas de Marcia por A. Traglia, Roma, 1965, y de Helvia por M. Ceccarini, Roma, 1973. Del conjunto contamos con las traducciones de A. Traina, Milán, 1987, de J. W. Basore, Londres, 1979, y de M. Rosenbach, Darmstadt, 1969-1971, al italiano, inglés y alemán respectivamente; además de con la de J. M.a Gallegos, México, 1948, al castellano, que resulta ser la primera y única publicada en esta lengua.
En lo que hace a las ediciones españolas, sólo una vez han sido editadas las Consolaciones , en la Fundació Bernat Metge, a cargo de C. Cardó, Barcelona, 1925, con su correspondiente traducción al catalán; el texto es básicamente el establecido por E. Hermes en la edición teubneriana de los Diálogos (Leipzig, 1905) y la traducción, en un catalán bellamente antiguo, es en ocasiones más bien una versión libre.
Traducciones de las tres en conjunto al castellano ya está dicho que no hay; es preciso buscarlas dentro de algunas Obras completas , como las editadas por L. Riber, Madrid, 1962, o parciales, como la venerable de P. Fernández Navarrete 73 , Madrid, 1789, que sólo traduce Polibio y ha sido reeditada en 1923 y 1943, y la de Helvia por J. C. Carrión Borrón, Estella, 1972; o en antologías, de J. F. Yela, Barcelona, 1947 (con sólo unos capítulos traducidos: Marc . 9-11, Helv . 8 y Pol . 4 y 10); o, lo más reciente a la vez que lo más recomendable, en la única traducción española completa de los Diálogos , la excelente de C. Codoñer, Madrid, 1984 y 1986.
3. Texto escogido. Discrepancias
El texto sobre el que se basa la presente traducción es el establecido por L. D. Reynolds en su cuidada edición de los doce Diálogos , Oxford, 1977, y reeditada posteriormente en 1983 y 1985, como ya se ha dicho en n. 70. Pero en algunas ocasiones, y casi todas en Marcia , he preferido otras lecturas, presentes en los manuscritos o fruto de las conjeturas de alguno de los estudiosos que ha tenido el texto de Séneca. Estas discrepancias vienen señaladas ahora con indicación del pasaje cuestionado y a continuación la lectura de Reynolds frente a la adoptada y su procedencia (siendo RV las siglas de los dos manuscritos vaticanos latinos).


5. BIBLIOGRAFÍA
ABEL , K., «Exegetisches zu Senecas Dialogen XI 15, 1», Rhein. Mus . 105 (1962), 376-377.
—, Bauformen in Senecas Dialogen , Heidelberg, 1967.
—, «Die ‘beweisende’ Struktur des senecanischen Dialogs», Sénèque et la prose latine , Ginebra, 1991, págs. 49-97.
ALBERTINI , E., La composition dans les ouvrages philosophiques de Sénèque , París, 1923.
ALEXANDER , W. H., «Seneca’s ad Polybium de consolatione: a reappraisal», Trans. Roy. Soc. Canada III 2, 37 (1943), 33-53.
BERMÚDEZ , J., «Estructura formal de las consolaciones latinas», Millars. Filología 8 (1985), 95-114.
BORGO , A., «Considerazioni sul valore pratico e la funzioni sociale delle consolationes di Seneca», Vichiana 7 (1978), 66-109.
BOURGERY , A., Sénèque prosateur , París, 1922.
BURESCH , C., Consolationum a Graecis Romanisque scriptarum historia critica , Leipzig, 1886.
COCCIA , A., «La consolatio in Seneca», Riv. Cult. Clas. Med . 1 (1959), 148-180.
—, «Seneca e i barbari», Rom. Barb . 5 (1980), 61-87.
CODOÑER, C ., «El adversario ficticio en Séneca», Helmantica 34 (1983), 131-148.
CORTÉS , R., «Laudatio principis y consolatio en ad Polybium: el uso de dos géneros epidícticos», Actes del VIIè Simposi d’Estudis Clàssics , Barcelona, 1985, págs. 287-294.
COSINI , J., «Sénèque et la langue des Corses», Rev. Ét. Lat . 32 (1954), 111-115.
CHIRICO , I., «Schemi retorici nella Consolatio ad Marciam», Quad. Dip. Scie. Ant . 7, Nápoles, 1900, págs. 143-164.
DAHLMANN , H., «Studien zu Senecas Consolatio ad Polybium », Hermes 72 (1937), 301-316.
DELATTE , L./EVRARD , E., Consolation à Polybe. Index verborum. Relevés statistiques , Lieja, 1962.
—, Consolation à Helvia. Index verborum. Relevés statistiques , Lieja, 1963.
—, Consolation à Marcia. Index verborum. Relevés statistiques , Lieja, 1964.
FABBRI , R., «Sulla datazione della Ad Marciam di Seneca», Atti. Ist. Ven . 136 (1977-1978), 315-330.
FAVEZ , CH ., «Les opinions de Sénèque sur la femme», Rev. Ét. Lat . 1 (1938), 335-345.
FERN , M. E., The Latin consolation as a literary type , San Luis, 1941.
FERRILL , A., «Seneca’s exile and the Ad Helviam . A reinterpretation», Class. Philol . 61 (1966), 253-257.
FONTÁN , A., «Séneca, un intelectual en la política», Atlántida 4 (1966), 142-174.
GAHAN , J. J., «Seneca, Ovide and exile», Class. World 58 (1985), 145-147.
GERCKE , A., Seneca-Studien , Leipzig, 1895.
GIANCOTTI , F., «Il posto della biografía nella problematica senechiana, I: Dall’esilio al Ludus de morte Claudii », Rend. Acc. Lin . VIII, 8 (1953), 52-68.
—, «Seneca amante d’Agrippina?», Parol. Pass . 8 (1953), 53-62.
—, «La consolazione di Seneca a Polibio in Cassio Dione LXI 10, 2», Riv. Filol. Instruz. Class . 34 (1956), 30-44.
—, Cronologia dei «Dialoghi» di Seneca , Turín, 1957.
GONZÁLEZ ROLÁN /T., SAQUERO , P., Consolatio ad Liuiam de morte Drusi Neronis , Madrid, 1993.
GRIMAL , P., Sénèque ou la conscience de l’Empire , París, 1978.
GROLLIOS , C. C., Seneca’s ad Marciam. Tradition and originality , Atenas, 1956.
HANI , J., «La consolation antique. Aperçus sur une forme d’ascèse mystico-rationelle», Rev. Étud. Anc . 25 (1973), 103-110.
HERRMANN , L., «La date de la Consolation à Marcia », Rev. Étud. Anc . (1929), 21-28.
DEGL ’INNOCENTI . R., «Echi delle Elegie ovidiana dall’esilio nelle Consolationes ad Heluiam e ad Polybium di Seneca», Stud. Ital. Filol. Class . 52 (1980), 109-143.
—, «Motivi consolatorii e ideologia imperiale nella Consolatio ad Polybium di Seneca», Cultura e ideologia da Cicerone a Seneca , Florencia, 1981, págs. 115-147.
JACOBY , E., «Composizione ed elementi costitutivi delle consolazioni senecane a Marcia e a Polibio», Athenaeum 9 (1931), 243-259.
—, «Fonte retoriche delle consolazioni di Seneca a Marcia e a Polibio», Rend. Ist. Lom . 64 (1931), 559-568.
—, «Intorno alla Consolatio ad Marciam e alla Consolatio ad Polybium di Seneca», Rend. Ist. Lom . 64 (1931), 85-96.
KASSEL , R., Untersuchungen zur griechischen und römischen Konsolations-literatur , Múnich, 1958.
LANA , I., Lucio Anneo Seneca , Turín, 1955.
LA PENNA , A., «Sallustio e Seneca sulla Corsica», Parol. Pass . 31 (1976), 143-147.
LILLO , F., «Bibliografía de la consolación filosófica latina no cristiana», Tempus 8 (1994), 49-64.
LÓPEZ KINDLER , A., Función y estructura de las «sententiae» en la prosa de Séneca , Pamplona, 1966.
MANNING , C. E., «The consolatory tradition and Seneca’s attitude to emotions», Greece and Rome 21 (1974), 71-81.
—, On Seneca’s ad Marciam, Mnemosyne suppl. 69, Leiden, 1981.
MAYER , R. G., «Roman historical exempla in Seneca», Sénèque et la prose latine , Ginebra, 1991, págs. 141-176.
MEINEL , P., Seneca über seine Verbannung. Trostschrift an die Mutter Helvia , Bonn, 1972.
RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ , P., Séneca enfermo , Mieres del Camino, 1976.
ROMERO , F., «Menandro. Sobre los géneros epidícticos», Acta Salmanticensia: Studia Philologica , 218, Salamanca, 1984.
RUDICH , V., «Seneca’s palinode. Consolatio ad Polybium and Apocolocyntosis», Ant. Welt 15 (1987), 105-109.
STEWART , Z., «Sejanus, Gaetulicus and Seneca», Am. Jour. Philol . 74 (1953), 70-85.
TRAINA , A. (ed.), Seneca. Letture critiche , Milán, 1976.
DE VICO , G., «Considerazioni sulla Consolatio ad Marciam di Seneca», Giorn. Ital. Filol . 31 (1969), 137-145.
—, «Premesse per una rilettura delle Consolationes di Seneca», Giorn. Ital. Filol . 8 (1955), 333-348.
WALTZ , R., La vie politique de Sénèque , París, 1909.

1 Incluso indoeuropea, cf. J. HANI , «La consolation antique. Aperçus sur une forme d’ascèse mystico-rationelle», Rev. Étud. Anc . 25 (1973), 103-110.
2 CICERÓN , (A Ático XII 14, 3) y SÉNECA (Helvia 1, 2) afirman haberlas leído todas.
3 Que responden a los temas tradicionales del género: Sobre la muerte. Sobre el luto, Sobre el exilio , etc.
4 Restaurador el primero de la doctrina del Pórtico, y el segundo iniciador del estoicismo medio, a quien Cicerón tomó como modelo; cf. A. LESKY , Historia de la literatura griega , Madrid, 1976, págs. 705 y 708-709.
5 Sobre los tres cf. LESKY , Historia …, págs. 700-701.
6 Amigo y discípulo de Epicuro al que Séneca cita con cierta frecuencia; en las Epístolas 98, 9 y 99, 25 menciona una carta consolatoria que Metrodoro dirigió a una hermana suya.
7 Contemporáneo de Cicerón, que lo estimaba en mucho, amigo de Virgilio y de Horacio (cf. LESKY , Historia …, pág. 713).
8 Cf. R. KASSEL , Untersuchungen zur griechischen und römischen Konsolations-literatur , Múnich, 1958.
9 Dos tratados nos han llegado, muy posteriores a Séneca, en los que se dan normas para la obra consolatoria, entre otras: la Téchnē rhetorikḗ , atribuida falsamente a Dionisio de Halicamaso, y el Perì epideiktikôn de Menandro de Laodicea (cf. LESKY , Historia …, págs. 864 y 876); para las reglas que establece este último, cf. la traducción de F. ROMERO , «Menandro. Sobre los géneros epidícticos», Acta Salmanticensia: Studia Philologica , 218, Salamanca, 1985, págs. 76-77.
10 Al punto de que Séneca debe justificarse por alterar alguna (Marcia 2, 1).
11 Por QUINTILIANO en primer lugar (X 1, 129: nam et orationes eius et epistulae et poemata et dialogi feruntur); un precedente de tal autoridad fue el que impuso probablemente el nombre.
12 Cf. C. CODOÑER , «El adversario ficticio en Séneca», Helmantica 34 (1983), 131-148.
13 Formada por la presentación (próthesis ), la parte argumentativa (pístis ) y el resumen conclusivo (epílogos ), según K. ABEL , «Die ‘beweisende’ Struktur des senecanischen Dialogs», Sénèque et la prose latine , Ginebra, 1991, págs. 49-97.
14 Sigo la costumbre establecida de modificar así los títulos de estas obras, para que correspondan más a la realidad (una consolación específica destinada a un doliente concreto); en los manuscritos siguen la fórmula de los demás diálogos, para aparentar más uniformidad: Ad Marciam de consolatione , como si fuera un tratado sobre la consolación dedicado a cualquier conocido o familiar, no necesariamente desdichado.
15 TÁCITO , Anales IV 34-35 y DIÓN CASIO , LVII 24, proporcionan los datos que siguen, a los que hay que añadir las menciones de SUETONIO , Tiberio 61, 3, Calígula 16, 1, y de QUINTILIANO , X 1, 104.
16 Aunque censurado: circumcisis quae dixisse el nocuerat (QUINTILIANO , loc. cit .); los pasajes suprimidos fueron probablemente aquellos en los que alababa a los asesinos de Julio César. Por desgracia, el celo de Marcia fue en vano, pues de la obra de su padre se conservan apenas unas líneas (cf. H. PETER , Historicorum Romanorum Reliquiae II, Leipzig, 1967, págs. 87-90).
17 F. GIANCOTTI , Cronologia dei «Dialoghi» di Seneca , Turín, 1957, págs. 45-73.
18 Alrededor del año 50 es la datación de A. BOURGERY , Sénèque prosateur , París, 1922, pág. 47.
19 L. HERRMANN , «La date de la Consolation à Marcia », Rev. Étud. Anc . (1929), 21-28.
20 De esta opinión fue ya A. GERCKE , Seneca-Studien , Leipzig, 1895. Desde entonces ha tenido una larga serie de partidarios; entre los más recientes, I. LANA , Lucio Anneo Seneca , Turín, 1955, págs. 89-90; A. TRAGLIA , Lucio Anneo Seneca. La Consolazione a Marcia , Roma, 1965, págs. 6-7; K. ABEL , Bauformen in Senecas Dialogen , Heidelberg, 1967, pág. 159; y P. GRIMAL , Sénèque ou la conscience de l’Empire , París, 1978, págs. 266-268.
21 Cf. los pasajes de Sobre la ira (I 20, 8-9; II 33, 3-6; III 18, 3-4 y 19) en que lo califica de loco furioso, asesino vesánico y crudelísimo déspota; también Helvia 10, 4 y Polibio 17, 3-6, escrita la primera, como se verá, a los pocos meses de muerto Calígula.
22 Calígula, celoso de la aclamada oratoria de Séneca, la criticaba (SUETONIO , Calígula 53, 2), e incluso condenó a aquél a muerte, aunque luego revocara la sentencia, después de escucharle una brillante intervención en el senado (DIÓN CASIO , LIX 19, 7). Séneca no volvió a hablar en público, abandonando por fuerza su actividad política y forense cuando se hallaba en la cumbre.
23 Aunque LANA , Lucio…, loc. cit ., lo intenta, basándose en que la exaltación de Cordo y de la libertad de expresión sólo habría sido posible mientras Calígula se mantuvo cuerdo, esto es, durante su primer año de reinado.
24 Cf. DIÓN CASIO , LX 8, 5-6; TÁCITO , Anales XIII 42; SUETONIO , Claudio 29.
25 No hay suficientes datos para tener certeza y sólo se pueden mantener opiniones: unos creen verosímil la acusación, como F. GIANCOTTI , «Il posto della biografia nella problematica senechiana, I: Dall’esilio al Ludus de morte Claudii », Rend. Acc. Lin . VIII, 8 (1953), 52-68; otros la tachan de calumnia con móviles políticos, como GRIMAL , Sénèque …, págs. 93-95. El propio Séneca se guarda mucho de hacer la más mínima alusión en ninguna de sus obras.
26 Cf. F. GIANCOTTI , «Seneca amante d’Agrippina?», Parol. Pass . 8 (1953), 53-62.
27 Como el propio Séneca admite (Polibio 13, 2); luego se verá en la Apocolocintosis cómo se lo agradeció.
28 GIANCOTTI , Cronologia …, págs. 74-83.
29 E. ALBERTINI , La composition dans les ouvrages philosophiques de Sénèque , París, 1923, pág. 19.
30 Encargado a studiis según SUETONIO (Claudio 28), esto es, de la asesoría en asuntos jurídicos, literarios y de erudición; en cambio, según Séneca (Polibio 6, 5) se ocupaba de los memoriales y suplicatorios dirigidos al emperador (a libellis ).
31 En la confianza de Claudio (con quien compartía el gusto por la erudición, cf. Polibio 8, 2-3) sólo le superaban otros dos libertos, Narciso y Palante; y además era uno de los amantes de Mesalina (DIÓN CASIO , LX 29).
32 Noticias sobre esta expedición militar las proporcionan TÁCITO , Anales 13, 3; DIÓN CASIO , LX 19-23, y SUETONIO , Claudio 17.
33 Epístolas a los familiares IV 5.
34 Analizados minuciosamente por T. GONZÁLEZ ROLÁN /P. SAQUERO , Consolatio ad Liuiam de morte Drusi Neronis , Madrid, 1993, págs. 3-17.
35 Cf. n. 2. Así se explicarían las coincidencias entre algunos pasajes de la Consolación a Livia y las de Séneca (cf. ROLÁN /SAQUERO , Consolatio …, págs. 12-13); pero puede, por supuesto, invertirse el orden y hacer modelo a Séneca e imitador al anónimo poeta, si se acepta para éste una época de producción posterior a la de aquél.
36 Cf. n. 14.
37 No tanto en Helvia , como se dirá; pero en Marcia y Polibio Séneca sigue fielmente los preceptos de la retórica general y de la consolatoria en particular; cf., respectivamente, E. JACOBY , «Fonti retoriche delle consolazioni di Seneca a Marcia e a Polibio», Rend. Ist. Lom . 64 (1931), 559-568, y de la misma autora «Intorno alla Consolatio ad Marciam e alla Consolatio ad Polybium di Seneca», Rend. Ist. Lom . 64 (1931), 85-96.
38 Los exempla que utiliza Séneca en toda su producción siguiendo esquemas fijos, cf. R. G. MAYER , «Roman historical exempla in Seneca», Sénèque et la prose latine , Ginebra, 1991, págs. 141-176.
39 Cf. JACOBY , loc. cit . en n. 37, y M. COCCIA , «La consolatio in Seneca», Riv. Cult. Clas. Med . 1 (1959), 148-180.
40 Presentan, pues, las principales características del género consolatorio, determinadas por M. E. FERN , The Latin consolatio as a literary type , San Luis, 1941, págs. 223-234 (referencia obtenida en F. LILLO , «Bibliografía de la consolación filosófica latina no cristiana», Tempus 8 (1994), 49-64).
41 Se puede ver en Marcia 20 un auténtico elogio de la muerte, al alcance de cualquiera sólo con dar el paso, tan estoico, del suicidio (20, 3).
42 Que Séneca tanto combatió en otros escritos, principalmente en Sobre la ira , cuyo libro I casi entero es un ataque sostenido y encarnizado a este principio peripatético, que vuelve a rebatir en II 6-18 y III 3. De hecho, sólo lo acepta por pura conveniencia a su propósito de consolar, tanto en las obras que nos ocupan como en sus epístolas consolatorias (Epístolas 63, 93, 98 y 99); cf. C. E. MANNING , «The consolatory tradition and Seneca’s attitude to emotions», Greece and Rome 21 (1974), 71-81.
43 Cf. A. TRAINA (ed.), Seneca. Letture critiche , Milán, 1976, págs. 9-11.
44 Pone en duda, por ejemplo, la existencia de la divinidad material que según la doctrina estoica gobierna el mundo (Helvia 8, 3).
45 Cf. G. DE VICO , «Premesse per una rilettura delle Consolationes di Seneca», Giorn. Ital. Filol . 8 (1955), 333-348; a otras conclusiones llega C. C. GROLLIOS , Seneca’s ad Marciam. Tradition and originality , Atenas, 1956.
46 Pues los remedios son entonces más suaves y de más fácil aplicación (Marcia 1, 8); sin embargo, en Helvia (1, 2), como le conviene, afirma lo contrario: hay que dejar transcurrir un tiempo que mitigue la aflicción, ante de tratarla; son las circunstancias las que le llevan a oponerse momentáneamente al principiis obsta de OVIDIO (Remedios contra el amor 91-92; puede verse glosado en Pónticas IV 11, 17-20), autor al que Séneca admiraba e imitaba.
47 Algunos intentos ha habido de negar la autoría de Séneca, escasos y poco fundamentados; cf. C. BURESCH , Consolationum a Graecis Romanisque scriptarum historica critica , Leipzig, 1886, pág. 119.
48 Una justificación literaria de estos elogios, desde el punto de vista de la preceptiva retórica, en R. CORTÉS , «Laudatio principis y consolatio en ad Polybium: el uso de dos géneros epidícticos», Actes del VIIè Simposi d’Estudis Clàssics , Barcelona, 1985, págs. 287-294.
49 Exactamente lo contrario de lo que sucede en la vengativa Apocolocintosis , en la que desaparecen también los apelativos altisonantes como «Padre del pueblo» sustituidos por el burlón «Patrono de Narciso».
50 La vigesimoquinta entre las cincuenta palabras de significado pleno más frecuentes, cf. L. DELATTE /E. EVRARD , Consolation à Marcia. Index verborum. Relevés statistiques , Lieja, 1964, pág. 189.
51 La decimosexta en las mismas condiciones, cf. L. DELATTE /E. EVRARD , Consolation à Helvia. Index verborum. Relevés statistiques , Lieja, 1963, pág. 191.
52 La décima de una lista similar, cf. L. DELATTE /E. EVRARD , Consolation à Polybe. Index verborum. Relevés statistiques , Lieja, 1962, pág. 161.
53 W. H. ALEXANDER , «Seneca’s ad Polybium de consolatione: a reappraisal», Trans. Roy. Soc. Canada III 2, 37 (1943), 33-53; V. RUDICH , «Seneca’s palinode. Consolatio ad Polybium and Apocolocyntosis », Ant. Welt 15 (1987), 105-109.
54 R. DEGL ’INNOCENTI , «Motivi consolatori e ideologia imperiale nella Consolatio ad Polybium di Seneca», Cultura e ideologia da Cicerone a Seneca , Florencia, 1981, págs. 115-147.
55 F. GIANCOTTI , «La consolazione di Seneca a Polibio in Cassio Dione LXI 10, 2», Riv. Filol. Istruz. Class . 34 (1956), 30-44.
56 R. WALTZ , La vie politique de Sénèque , París, 1909, pág. 110.
57 A. FERRILL , «Seneca’s exile and the Ad Helviam . A reinterpretation», Class. Philol . 61 (1966), 253-257.
58 ABEL , Bauformen …, pág. 47.
59 Uno de esos rasgos de sinceridad que de vez en cuando se descubren en las Consolaciones , cuando habla de algo que le toca de cerca o por lo que siente especial interés, entre el revestimiento retórico; cf. G. DE VICO , «Considerazioni sulla Consolatio ad Marciam di Seneca», Giorn. Ital. Filol . 31 (1969), 137-145.
60 Como afirma TRAGLIA , Lucio …, pág. 9.
61 Z. STEWART , «Sejanus, Gaetulicus and Seneca», Am. Journ. Philol. 74 (1953), 70-85.
62 En el 31, siendo cónsules él y Tiberio (SUETONIO , Tiberio 65, 1).
63 Como hizo en tantas ocasiones, cf. A. FONTÁN , «Séneca, un intelectual en la política», Atlántida 4 (1966), 142-174.
64 Era el escritor más en boga de su tiempo (SUETONIO , Calígula 53, 2), prácticamente el único leído por la juventud (QUINTILIANO , X 1, 125).
65 Cf. A. BORGO , «Considerazioni sul valore pratico e la funzione sociale delle consolationes di Seneca», Vichiana 7 (1978), 66-109.
66 En cambio, omite prudentemente mencionar a su hermana Livia (Polibio 16, 3 y n. 32).
67 Siempre abundantes en Séneca (QUINTILIANO , X 1, 129); se pueden ver numerosos ejemplos extraídos de las Consolaciones en A. LÓPEZ KINDLER , Función y estructura de las «sententiae» en la prosa de Séneca , Pamplona, 1966, págs. 163-182.
68 Sobre todo Marcia y Polibio; es por esto por lo que los estudiosos de este aspecto en particular se centran en estas dos consolaciones: cf. los artículos de JACOBY citados, a los que hay que añadir un tercero, «Composizione ed elementi costitutivi delle consolazioni senecane a Marcia e Polibio», Athenaeum 9 (1931), 243-259; DE VICO , «Considerazioni…», y finalmente I. CHIRICO , «Schemi retorici nella Consolatio ad Marciam», Quad. Dip. Scie. Ant. 7 , Nápoles, 1990, págs. 143-164. De Helvia se destaca más lo cuidado de su estructura, cf. DE VICO , «Premesse…», y FERRILL , «Seneca’s exile…».
69 Cf. A. TRAINA , L. Anneo Seneca. Le consolazioni: a Marcia, alla madre Elvia, a Polibio , Milán, 1987, págs. 24-29.
70 L. D. REYNOLDS , L. Annaei Senecae Dialogorum libri duodecim , Oxford, 1985, 3.a ed., págs. XIII-XVIII.
71 Hasta el punto de ser el diálogo con el texto más corrupto de todos; a remediarlo se han dedicado con afán desde antiguo los filólogos, conjeturando soluciones muchas veces atinadas y algunas innecesarias.
72 Cf. R. WALTZ , Sénèque. Dialogues III. Consolations , París, 1923, pág. 95.
73 Cf. M. MENÉNDEZ PELAYO , Bibliografía hispanolatina clásica VIII, Madrid, 1942, pág. 59; es la primera vez que se hace mención expresa de un libro titulado De la consolación , entre los siete que traduce el licenciado Navarrete (y no cinco, como era costumbre desde el siglo XV ).
CONSOLACIÓN A MARCIA
Si no te supiera, Marcia, tan alejada de la debilidad del [1 ] carácter femenino como de sus demás defectos 1 , y que tus costumbres se tienen como un ejemplo antiguo, no me atrevería a enfrentarme a tu dolor, en el que incluso los hombres de buen grado se estancan y languidecen, ni habría esperado, en una ocasión tan desaconsejable, ante un juez tan desfavorable, frente a una acusación tan desagradable, poder conseguir que absolvieras a tu suerte. Me dieron seguridad tu fortaleza de espíritu, ya puesta a prueba, y tu valor, que demostraste en una dura experiencia.
No es ningún secreto cómo te portaste con tu padre, al [2] que quisiste no menos que a tus hijos, salvo que no deseabas que les sobreviviera. Y no sé si lo llegaste a desear, pues un gran afecto se permite algunas licencias contrarias a las buenas costumbres. Demoraste todo lo que fuiste capaz la muerte de tu padre, Aulo Cremucio Cordo. Cuando se te hizo evidente que, asediado por los secuaces de Sejano, sólo le quedaba esa forma de escapar a la esclavitud, no aprobaste su decisión sino que la acataste, derrotada, y derramaste lágrimas en público y reprimiste gemidos, sin duda, pero no los disimulaste bajo un rostro risueño; y esto en aquella época en que era signo de gran piedad no hacer nada impío.
[3] De hecho, en cuanto el cambio de los tiempos te ha dado la menor oportunidad, has puesto de nuevo a disposición de los hombres el talento de tu padre, que había sido condenado, y lo has rescatado de la muerte auténtica y has devuelto al recuerdo de las gentes los libros que aquel valerosísimo varón había escrito con su sangre. Has prestado un inmenso servicio a la ciencia romana: en su mayoría habían sido pasto de las llamas; inmenso a la posteridad, a la que la verdad de los hechos, que tan cara costó a su autor, llegará incontaminada; inmenso a él mismo, cuyo recuerdo se mantiene y se mantendrá mientras se valore el conocimiento de lo romano, mientras haya alguien que quiera volver a los hechos de sus antepasados, alguien que quiera saber qué es un varón romano, qué uno insumiso cuando ya todas las cabezas estaban rendidas y uncidas al yugo de Sejano, qué es un hombre independiente por su forma de ser, por sus ideas, [4] por sus obras. Un enorme perjuicio, por Hércules, habría sufrido ya la república si no hubieras sacado a la luz al que estaba condenado al olvido por dos excelentes cualidades, el don de palabra y la independencia: ahora se ve leído, está en su plenitud, no teme en absoluto el paso del tiempo, pues se ve acogido en manos de los hombres, en sus corazones; en cambio, de sus verdugos, incluso sus crímenes, lo único por lo que se han ganado el recuerdo, serán pronto pasados en silencio.
[5] Esta grandeza de tu espíritu me ha impedido tener en consideración tu sexo, tu rostro, del que se enseñorea una tristeza ininterrumpida por tantos años, desde que lo ensombreció por vez primera. Y advierte hasta qué punto no quiero yo cogerte a traición ni fabricar un fraude contra tus sentimientos: he traído de nuevo al recuerdo desgracias pasadas y, para que te dieras cuenta de que también va a curarse el golpe de ahora, te he mostrado la cicatriz de una herida igual de profunda.
Así pues, que otros se anden con miramientos y lisonjas: yo he determinado batirme con tu aflicción, y a tus ojos agotados y cansados que, a decir verdad, derraman lágrimas ya más por rutina que por añoranza, les pondré freno sólo con que te prestes a los remedios, si es posible, y si no, incluso mal de tu grado, por más que retengas y te aferres a tu dolor, que te has hecho perdurar en lugar de tu hijo. Pues [6] ¿cuándo va a cesar? Todo se ha intentado en vano: las reiteradas recomendaciones de tus amigos, los ejemplos de varones insignes y parientes tuyos, tu afición a los estudios, virtud que heredaste de tu padre, atraviesan tus oídos sordos con un consuelo ineficaz y que apenas sirve para una distracción fugaz. Incluso el remedio natural del tiempo, que arregla aun las peores tribulaciones, ha perdido su fuerza sólo contigo. Ya han transcurrido tres años y entre tanto no [7] ha cedido un ápice de su primer impulso: el luto se renueva y reafirma día a día, ya ha adquirido derechos con su permanencia y se ha prolongado hasta el punto de que le parece vergonzoso concluir. Al igual que todos los vicios quedan profundamente enraizados si no se reprimen en cuanto se insinúan, así estas penas y desdichas, ensañándose consigo mismas, acaban alimentándose de la propia amargura, y el dolor se convierte en malsano placer del espíritu desventurado. Así pues, yo habría deseado encargarme de tu curación [8] en los primeros momentos; con una medicina más suave se habría tenido que debilitar una virulencia que aún estaba incubándose: con más empeño hay que luchar contra los males ya arraigados. En efecto, también la curación de las heridas es sencilla mientras la sangre está aún fresca; cuando, al gangrenarse, han derivado en una úlcera maligna, entonces se cauterizan, se abren hasta el fondo y acogen los dedos de los que las escudriñan. Ahora ya no puedo tratar con cortesías ni delicadezas un dolor tan endurecido: hay que amputarlo 2 .
[2 ] Sé que todos los que pretenden aconsejar a alguien empiezan por las normas y terminan con los ejemplos. Conviene a veces cambiar esta costumbre, pues con cada uno hay que obrar de manera distinta: a unos los convencen los razonamientos, a otros, que se quedan fascinados ante hechos espectaculares, hay que presentarles unos nombres ilustres y una autoridad tal que no les dejen libre el espíritu. [2] A ti te pondré delante de los ojos dos ejemplos preclaros de tu mismo sexo y época: el de una mujer que se dejó arrastrar por el dolor y el de otra que, aun alcanzada por un infortunio similar, pero por una pérdida más grave, no permitió, con todo, que sus desgracias la dominaran mucho tiempo, sino que prontamente restableció su espíritu a su estado [3] normal. Octavia y Livia, la una hermana de Augusto, la segunda su mujer, perdieron un hijo en plena juventud, cuando cada una tenía fundadas esperanzas de que llegaran a príncipes: Octavia a Marcelo 3 , en quien su tío y a la vez suegro empezaba a apoyarse, a descargar en él el peso del poder, un joven de espíritu despierto y gran talento, pero de una sobriedad y moderación no poco admirables, considerando tanto su edad como sus riquezas, trabajador, desafecto a los placeres, capaz de soportar todo lo que su tío hubiera querido imponerle y, por así decirlo, edificar sobre él: había escogido atinadamente unos cimientos que no cederían bajo peso alguno. Ella durante toda su vida no dejó de llorar y [4] lamentarse, y no admitió palabra alguna que le ofreciera algún consuelo, ni siquiera permitió que la distrajeran; pendiente de una sola cosa y completamente obsesionada, estuvo toda su vida como en un funeral: no digo que no se atreviera a rehacerse, sino que rehusó ser ayudada y consideró una segunda pérdida el privarse de las lágrimas. No [5] quiso tener ningún retrato de su hijo amadísimo ni que se lo mencionaran. Aborrecía a todas las madres y sobre todo dirigía su furor contra Livia, puesto que le parecía que había pasado al hijo de ésta la ventura que se había prometido para sí. Se habituó completamente a las tinieblas y a la soledad, sin atender siquiera a su hermano, rechazó unos poemas escritos en honor de Marcelo 4 y otras honras a sus obras, y cerró sus oídos a todo consuelo. Tras alejarse de sus tareas propias y desdeñar hasta la buena estrella, que tanto resplandencía entonces, del poder de su hermano, se enterró en vida y no se dejó ver más. En una ocasión en que estaban sentados con ella sus hijos y nietos no se quitó el vestido de luto, no sin agravio de todos los suyos, pues teniéndolos vivos aparentaba estar sola en la vida.
[3 ] Livia había perdido a su hijo Druso 5 , destinado a ser un gran príncipe y ya un gran general: había penetrado hasta el interior de la Germania y los romanos habían plantado su enseña allí donde apenas se tenían noticias de que hubiera romanos. Había muerto en campaña, mientras sus propios enemigos lo honraban durante su enfermedad con un respetuoso armisticio, sin atreverse a desear lo que más les convenía. A esta muerte, que él había afrontado en defensa del estado, se sumaba la inmensa pena de los ciudadanos y las provincias, y de Italia entera, a través de la cual había discurrido, entre municipios y colonias volcados sobre su triste deber, el cortejo fúnebre, tal cual un triunfo, hasta la Ciudad. [2] A su madre no le había sido posible alcanzar los últimos besos de su hijo ni las palabras imborrables de su aliento postrero. Largo trecho fue acompañando los resto de su Druso, molesta con tantas piras que ardían por toda Italia, como si otras tantas veces lo perdiera; pero, en cuanto lo dejó en su tumba, a la vez lo enterró a él y a su dolor, y no se dolió más de lo que era correcto o justo considerando que César seguía con vida. En fin, no dejó de mencionar el nombre de su Druso, de evocarlo en todo lugar, privado o público, de hablar gustosamente sobre él, de oír sobre él: vivió con el recuerdo, que no puede conservar ni frecuentar nadie que se lo haya hecho penoso.
Decide pues cuál de los dos ejemplos consideras más [3] adecuado. Si quieres seguir el primero, te borrarás del número de los vivos, ignorarás a los hijos de otros, pero también a los tuyos e incluso al mismo que añoras; aparecerás ante las madres como un presagio funesto, rechazarás las diversiones decentes y admitidas como poco convenientes a tu suerte; te verás encadenada a una luz que aborrecerás y te ensañarás con tu propia vida, acusándola de no arrebatarte y concluir lo antes posible; y lo que es más vergonzoso y extraño a tu espíritu, tenido en mejor consideración: mostrarás que no quieres vivir pero no eres capaz de morir.
Si te acoges a este ejemplo más prudente, más apacible, [4] de la otra noble mujer, no vivirás en medio de sufrimientos ni te consumirás atormentándote. ¡Pues sí que es locura castigarse uno mismo por su desventura y agravarse sus desgracias! También en estas circunstancias demostrarás la rectitud y moderación de tus costumbres que has observado siempre en tu vida: pues incluso para el dolor hay un límite. Y al muchacho mismo, tan merecedor de causarte alegría siempre que se le nombre o recuerde, lo pondrás en posición más favorable si, tal como solía en vida, se presenta ante su madre risueño y con gozo.
Y no te voy a inducir a normas tan estrictas que te aconseje [4 ] sobrellevar lo humano de manera sobrehumana y quiera secar los ojos de una madre el día mismo del funeral. No, sino que me someteré contigo a un arbitraje: la cuestión que vamos a dirimir es si el dolor debe ser profundo o interminable. No me cabe duda de que el ejemplo de Julia Augusta 6 , [2] a quien trataste íntimamente, te complace más: ella te invita a seguir su decisión. Ella, en el primer acceso, cuando las desdichas se muestran más impetuosas y desgobernadas, se dejó consolar por Areo 7 , filósofo de su marido, y reconoció que esta acción le fue de gran provecho: más que el pueblo romano, al que no quería entristecer con su tristeza, más que Augusto, quien, con la desaparición de uno de sus dos puntales, se tambaleaba y no era cuestión de hacerlo caer con el dolor de los suyos; más que su hijo Tiberio, cuyo afecto conseguía que en aquel funeral tan amargo y deplorable para todos ella sintiera que no le faltaba nada más que el número.
[3] Así fue, pienso yo, el planteamiento de Areo, así el comienzo de sus conversaciones con esa mujer celosísima guardiana de su reputación: «Hasta este día, Julia, al menos en cuanto sepa yo, compañero asiduo de tu marido, que conozco no sólo lo que se deja traslucir en público sino también todas las más íntimas inquietudes de vuestros espíritus, te esforzaste para que no hubiera nada que alguien te pudiera reprochar; y no lo cumpliste sólo en cosas de importancia, sino en las más triviales, no fueras a hacer algo que luego quisieras que te perdonara la fama, el más independiente [4] juez de príncipes. Y nada hay que considere yo más hermoso que quienes están situados en el más alto rango concedan el perdón en muchas ocasiones y no lo pidan en ninguna. Así pues, también en esta circunstancia debes mantener tu costumbre, no vayas a empezar algo que luego quieras haber hecho de otro modo o de ninguno.
[5 ] Te solicito y suplico, además, que no te muestres huraña e intratable con tus amigos; pues nada hay que te impida advertir que todos ellos no saben cómo comportarse, si deben o no hablar de Druso en tu presencia, no sea que el olvido de tan notable joven resulte ofensivo para él, o su mención para ti. Cuando nos apartamos de ti [2] y nos reunimos, comentamos sus actos y sus palabras con la admiración a que se hizo acreedor; en tu presencia guardamos sobre él un profundo silencio. Así te privas de tu mayor satisfacción, las alabanzas a tu hijo, que, estoy seguro, prolongarías hasta el fin de los tiempos, si tuvieras posibilidad, aun a costa de tu vida. Por tanto, tolera o, [3] mejor dicho, provoca conversaciones que traten de él y presta atento oído al nombre o al recuerdo de tu hijo; y no lo lleves a mal, según la costumbre de otros que en un infortunio similar consideran que escuchar palabras de consuelo forma parte de su desgracia. Ahora te has inclinado [4] completamente al otro lado y contemplas tu suerte por el peor, sin acordarte de otros mejores. No te vuelves a mirar la convivencia con tu hijo y vuestros gozosos encuentros, ni sus tiernas caricias de niño, ni sus progresos en los estudios: te aferras al aspecto final de los hechos; como si no fuera bastante espantoso en sí, le añades todo lo que puedes. No anheles, te lo suplico, la gloria más depravada: la de parecer la más desventurada. Al mismo tiempo [5] piensa que no tiene mérito mostrarse valiente en la prosperidad, cuando la vida transcurre con rumbo favorable: tampoco una mar calmada y un viento complaciente demuestran la habilidad del timonel, es preciso que sobrevenga alguna contrariedad para poner a prueba su ánimo. Por consiguiente, no te abatas, antes bien asienta firmemente tus pies y aguanta toda la carga que te ha caído encima, por más aterrada que estés con el estruendo primero. Con nada se le hace mayor desplante a la suerte que con un espíritu ecuánime». Tras esto le hizo ver al hijo sano y salvo, le hizo ver a los nietos del que había perdido 8 .
[6 ] Fue tu problema, Marcia, el que allí se trató, Areo estuvo sentado a tu lado. Cambia un personaje: te consoló a ti. Pero supón, Marcia, que te ha sido arrebatado más de lo que una madre alguna vez haya perdido: no te halago ni rebajo [2] el quebranto que has sufrido. Si los hados se dejan derrotar por las lágrimas, derramémoslas; que se pase entre lamentos entero el día, que la noche sin sueño la tristeza la consuma; que las manos se lancen sobre el pecho desgarrado e incluso ataquen el rostro y que esta aflicción tan provechosa se ejercite con todo tipo de crueldades. Pero si ningún llanto resucita a los muertos, si el destino inmutable y fijado para siempre no se altera ante la angustia y la muerte retiene todo lo que se ha llevado, que concluya el dolor que de nada sirve. [3] Dominémonos, por tanto, y que no nos saque de quicio esa violencia. Deshonrado está el piloto de un barco a quien el oleaje arrebata el gobernalle, que descuida las velas tremolantes al viento y abandona su nave a la tormenta; en cambio, es de alabar aun en el naufragio aquel al que la mar ha sepultado mientras se aferraba al timón obstinadamente.
[7 ] —De todos modos la añoranza de los seres queridos es natural—. ¿Quién lo niega, mientras que es mesurada? En efecto, con el alejamiento, no sólo con la pérdida, de los seres más queridos se produce una dentellada ineludible, un encogimiento aun de los más firmes espíritus. Pero lo que la imaginación le ha añadido es más de lo que la naturaleza ha [2] ordenado. Mira qué violentas son las añoranzas de los animales y, sin embargo, qué efímeras: el mugido de las vacas se oye un día o dos y no duran más esos correteos sin rumbo ni razón de las yeguas: las fieras, cuando ya han rastreado las huellas de sus crías y recorrido completamente los bosques, cuando ya han vuelto varias veces a sus guaridas saqueadas, apagan su rabia en corto tiempo; los pájaros, aunque han estado haciendo un terrible estrépito alrededor de sus nidos vacíos, al momento reemprenden, ya calmados, sus vuelos. Ningún animal padece una larga añoranza de su cría, excepto el hombre, que colabora con su dolor y sufre no en la medida de sus sentimientos sino en la de sus convenciones.
Y para que veas que no es natural consumirse en lamentos, [3] en primer lugar la misma pérdida hiere más a las mujeres que a los hombres, más a los bárbaros que a los de nación pacífica y sabia, más a los incultos que a los cultos. Ahora bien, lo que ha recibido su fuerza de la naturaleza la mantiene invariable en todos los individuos: está claro que no es natural lo que cambia. El fuego quemará a personas [4] de todas las edades, a ciudadanos de todas las poblaciones, tanto hombres como mujeres; el hierro manifestará su poder para cortar en cualquier cuerpo. ¿Por qué? Porque sus fuerzas se las dio la naturaleza, que no ha determinado nada respecto a las personas. Cada cual es sensible en distinto grado a la pobreza, el luto o la ambición, en la medida en que le influye la costumbre y lo dejan débil e indefenso sus miedosos prejuicios sobre cosas nada temibles.
En segundo lugar, lo que es natural no mengua con el [8 ] paso del tiempo: un largo plazo acaba con el dolor; aun el más empecinado, el que resurge cada día y se rebulle contra los remedios, a pesar de todo lo mitiga el tiempo, tan efectivo para apaciguar su violencia. Sin duda persiste aún en ti, [2] Marcia, una inmensa tristeza y ya parece que ha encallecido: no desenfrenada como fue al principio sino terca y obstinada; sin embargo, también ésta la vida te la irá borrando poco a poco: siempre que te dediques a otra cosa se distraerá [3] tu espíritu. Ahora te vigilas a ti misma, pero hay mucha diferencia entre permitirte estar afligida y obligarte a ello. ¡Cuánto más adecuado a la corrección de tus costumbres es que pongas fin al luto, antes que estarlo esperando, y que no aguardes el día en que a pesar tuyo desaparezca el dolor! Renuncia tú a él.
[9 ] —¿De dónde nos viene entonces tanto empeño en llorar a los nuestros, si no sucede por imposición de la naturaleza?—. De que no nos figuramos ninguna desgracia antes de que nos suceda, al contrario, como si sólo nosotros estuviéramos exentos y emprendiéramos un viaje más sosegado que los demás, no permitimos que los infortunios ajenos nos [2] adviertan que son comunes a todos. Pasan ante nuestra casa tantos entierros: no pensamos en la muerte; tantos funerales de niños: nosotros tenemos en mente la toga de nuestros hijos, su servicio militar, su sucesión a la herencia paterna 9 ; se ofrece a nuestros ojos el repentino empobrecimiento de tantos ricos y a nosotros no nos pasa por las mientes que también nuestras riquezas están igualmente en peligro. Así pues, es inevitable que nos derrumbemos enseguida: nos vemos golpeados como de improviso; los sucesos previstos [3] de mucho antes nos acometen más débilmente. ¿Quieres tú darte cuenta de que estás expuesto 10 a todos los golpes y de que los dardos que han traspasado a otros zumbaron a tu alrededor? Igual que si atacaras a medio armar una muralla o una posición tomada por muchos enemigos y de difícil ascenso, aguarda el golpe y piensa que las piedras que pasan volando sobre tu cabeza mezcladas con flechas y lanzas han sido arrojadas contra tu cuerpo. Cada vez que caiga uno a tu lado o a tu espalda, exclama: «No me engañarás, fortuna, ni me sorprenderás confiado o descuidado. Sé qué andas maquinando: has golpeado a otro, sí, pero me buscabas a mí».
¿Quién ha contemplado alguna vez sus bienes con ojos [4] de mortal? ¿Quién de nosotros se ha atrevido alguna vez a pensar en el exilio, la pobreza o el luto? ¿Quién, si le aconsejan pensar, no lo rechazará como un agüero siniestro y no deseará que caiga sobre la cabeza de sus enemigos o del propio consejero inoportuno? —No creí que llegara a suceder—. [5] ¿Crees tú que no va a sucederte algo que sabes que puede pasar, que ves que les ha ocurrido a muchos? ¡Excelente, ese verso que merecía no provenir del escenario!:
A cualquiera puede acontecerle lo que a uno puede 11 .
Éste ha perdido a sus hijos: también tú puedes perderlos; aquél ha sido condenado: también tu inocencia está expuesta a ese golpe. Éste es el error que nos engaña y debilita, cuando sufrimos lo que nunca hemos supuesto que podríamos sufrir. Quita fuerza a sus desgracias presentes quien ha previsto que llegarían.
Sea lo que sea, Marcia, lo que por casualidad brilla a [10] nuestro alrededor, hijos, dignidades, riquezas, amplios atrios y vestíbulos rebosantes de la multitud de clientes que no hemos podido recibir, 〈un nombre〉 ilustre, una esposa noble o bella, y lo demás expuesto a una suerte incierta y variable, son pompas que otros nos han dejado: nada de esto se da de regalo. La escena se embellece con objetos prestados y retornables a sus dueños: unos se devolverán el primer día, [2] otros el segundo, pocos permanecerán hasta el final. Así pues, no hay por qué envanecerse, como si estuviéramos situados entre posesiones nuestras: las hemos recibido en depósito. Nuestro es el usufructo, por un tiempo que regula el autor de la donación; nos conviene tener a punto lo que nos dieron hasta una fecha imprecisa y devolverlo sin quejas cuando nos citen: es de pésimo deudor organizar un escándalo [3] a su acreedor. Luego a todos los nuestros, tanto los que por razón de su nacimiento deseamos que nos sobrevivan, como los que tienen el justísimo deseo de precedernos, debemos amarlos tal como si no se nos hubiera prometido nada sobre su perpetuidad, mejor dicho, nada sobre su longevidad. A menudo hay que recordar al espíritu que ame las cosas tal como si fueran a desaparecer, mejor dicho, como ya desapareciendo. Todo cuanto la suerte te ha dado poséelo [4] como algo carente de garantía. Apoderaos al vuelo de las satisfacciones que os proporcionen los hijos, dejad que a su vez disfruten de vosotros y apurad sin tardanza todas las alegrías: nada hay prometido sobre la noche de hoy; aun he dado un plazo demasiado largo: nada sobre la hora presente. Hay que apresurarse, nos van pisando los talones: pronto se separará esta compañía, pronto estos vínculos se desharán levantando gran revuelo. Todo es pura rapiña: vosotros, desdichados, no sabéis vivir en plena fuga.
[5] Si te dueles por la muerte de tu hijo, la culpa es del día en que nació: en efecto, la muerte le fue anunciada al nacer. Con esta condición te fue otorgado, este destino le iba detrás [6] en cuanto salió de tu vientre. Venimos a caer bajo el imperio de la suerte, por demás férreo e invencible, para soportar a su capricho cosas merecidas e inmerecidas. Abusará de nuestros cuerpos sin tasa, insolentemente y sin piedad: a unos abrasará con los fuegos que les aplique, por castigo o por remedio; a otros cargará de cadenas (se lo podrá hacer unas veces a un extranjero, otras a un ciudadano); a otros arrojará desnudos por mares desconocidos y, después de que hayan luchado contra las olas, ni siquiera los echará sobre un banco de arena o una playa, sino que los sepultará en el estómago de algún monstruo desmesurado; a otros, consumidos por diversos tipos de enfermedades, los mantendrá largo tiempo suspensos entre la vida y la muerte. Como ama veleidosa y antojadiza e indiferente con sus esclavos, se equivocará tanto en los castigos como en las recompensas.
¿Qué necesidad hay de llorar cada parte? La vida entera [11 ] es digna de llanto: te asaltarán nuevos inconvenientes antes de haber solucionado los anteriores. Por tanto, debéis moderaros sobre todo vosotras, que sufrís sin moderación, y distribuir entre los muchos dolores 〈la fuerza〉 del corazón humano.
¿A qué viene entonces este olvido de su condición 12 , que es la de todos? Has nacido mortal, has parido mortales. Tú, un cuerpo enfermizo y deleznable, presa constante de achaques, ¿esperaste con una materia tan endeble engendrar algo resistente y perdurable? Tu hijo ha muerto, esto es, ha [2] llegado corriendo a la meta a la que se precipitan aquellos que consideras más afortunados que tu prole. Allí se dirige con paso distinto toda esa muchedumbre que pleitea en el foro, 〈aplaude〉 en el teatro y reza en los templos: una única ceniza igualará tanto lo que estimas como lo que desprecias. [3] Esto, ya se sabe, 〈aconseja〉 aquel 〈dicho〉 atribuido al oráculo pítico: «Conócete» 13 . ¿Qué es el hombre? Un recipiente quebradizo a cualquier golpe y a cualquier sacudida. No hay necesidad de un violento temporal para destrozarte: en cuanto te des un golpe, te desharás. ¿Qué es el hombre? Un cuerpo endeble y frágil, desvalido, indefenso por su misma naturaleza, necesitado de la ayuda ajena, abandonado a todas las insolencias de la suerte, cuando ha fortalecido bien sus brazos, alimento de cualquier fiera, víctima de cualquiera; fabricado con materiales flojos y deleznables, elegante en sus rasgos externos; nada resistente al frío, al calor, a la fatiga y, en cambio, destinado a caer en la consunción por la misma inactividad y ocio; temeroso de su alimento, unas veces por falta de él 〈perece, otras por exceso〉 estalla; precisa una vigilancia ansiosa y atenta, su aliento es precario e inestable, le sobresalta un susto repentino o bien oír de pronto un ruido desagradable; motivo constante de preocupación [4] para sí mismo, defectuoso e inútil. ¿Y en este ser nos extraña su muerte, que es cuestión de un mero hipido? ¿Acaso derribarlo es, pues, tarea de mucho empeño? Para él el olor y el sabor, el cansancio y el insomnio, la bebida y la comida, y todo aquello sin lo que no puede vivir, son mortíferos; a dondequiera que vaya, al punto es consciente de su propia debilidad, pues no soporta todos los climas, pierde la salud por la novedad de las aguas y por el soplo de una brisa desacostumbrada, por ligerísimos accidentes y molestias; enfermizo, achacoso, inicia su vida con lágrimas; y mientras ¡qué tremendos altercados provoca este animal tan despreciado, a qué fantasías se entrega sin acordarse de su condición! En su mente revuelve proyectos inmortales, sin término, [5] y toma disposiciones para nietos y biznietos, mientras la muerte le sorprende haciendo planes a largo plazo y lo que llama vejez se le reduce a un período de muy pocos años.
Tu dolor, si tiene al menos algún motivo, ¿toma en [12 ] cuenta su propio perjuicio o el del que murió? ¿Te conmueve, en la pérdida de tu hijo, no haber alcanzado de él ninguna satisfacción o el haber podido, si hubiera vivido más, obtenerlas mayores? Si afirmas que no obtuviste ninguna, [2] harás más soportable tu pérdida: los hombres, en efecto, añoran menos aquello de lo que no han obtenido ninguna alegría ni deleite. Si reconoces que obtuviste grandes satisfacciones, conviene que no te quejes de lo que te han quitado, sino que estés agradecida de lo que te tocó en suerte. Pues de su crianza misma surgieron las recompensas bastante considerables de tus esfuerzos, a no ser, quizá, que quienes con el mayor afán alimentan perritos y pájaros y otros frívolos pasatiempos, disfruten de una cierta satisfacción con la vista, el tacto y las tiernas caricias de los irracionales y, en cambio, para los que alimentan hijos no sea la propia crianza la recompensa de la crianza. Por lo tanto, aunque su actividad no te haya beneficiado en nada, su cuidado no te haya protegido en nada, su sensatez no te haya bien aconsejado en nada, el mero hecho de haberlo tenido, de haberlo amado, es la recompensa. —Pero pudo ser más duradera, [3] más grande—. Sin embargo, te han tratado mejor que si no te hubiese correspondido en absoluto, ya que, si se plantea la alternativa de si es preferible ser dichoso no mucho tiempo o nunca, es mejor que nuestros bienes sean perecederos antes que no nos corresponda ninguno. ¿Acaso preferirías haber tenido un degenerado que tan sólo ocupara la plaza y el título de hijo, a uno de tanto carácter como fue el tuyo, un joven pronto sensato, pronto afectuoso, pronto marido, pronto padre, pronto cumplidor de todas sus tareas, pronto sacerdote 14 , como si lo adelantara todo? A casi nadie le corresponden grandes bienes y a la vez duraderos: no se mantiene ni alcanza el final más que la felicidad moderada; los dioses inmortales, que no estaban dispuestos a dártelo por mucho tiempo, te dieron inmediatamente un hijo tal como 〈apenas〉 puede conseguirse tras mucho tiempo.
[4] Y tampoco puedes alegar que los dioses te escogieran para que te fuera imposible disfrutar de tu hijo: pasea tus ojos por toda la multitud de conocidos y desconocidos, por todas partes se te presentará gente que ha padecido cosas peores. Las sufrieron los generales insignes, las sufrieron los príncipes; ni siquiera a los dioses dejaron salvos las leyendas, con el fin, creo yo, de que fuera un alivio en nuestros funerales el hecho de que incluso lo divino sucumbe. Mira, digo, a todos a tu alrededor: no podrás citar ninguna familia tan desdichada que no halle consuelo en otra más [5] desdichada aún. No tengo, por Hércules, una opinión tan mala de tus costumbres como para creer que puedes sufrir mejor tu infortunio si te presento una enorme cantidad de gente de luto: una muchedumbre de desdichados es un género odioso de consuelo. De todos modos, te contaré de algunos, no ya para que sepas que esto suele suceder a los hombres (pues es ridículo reunir ejemplos de nuestra mortalidad), sino para que sepas que hubo muchos que mitigaron sus pesadumbres sobrellevándolas con calma.
[6] Empezaré por el más afortunado. Lucio Sila 15 perdió un hijo y este hecho no refrenó su maldad ni su violentísima saña contra extranjeros y ciudadanos, ni hizo que pareciera que había adoptado sin razón el apodo que tomó tras perder a su hijo, sin temer el rencor de los hombres, en cuya desgracia se sustentaba aquella exagerada prosperidad, ni la malquerencia de los dioses, para quienes era una acusación un Sila tan afortunado. Pero quede entre las cosas pendientes de juicio cómo fue Sila (incluso sus enemigos reconocerán que tomó las armas a tiempo y a tiempo las depuso); subsistirá el hecho de que se trata: no es la desgracia mayor la que alcanza incluso a los más afortunados.
Бесплатный фрагмент закончился.
