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Sebastián García Posse
Harry y yo

A mi madre, que gracias al cielo aún vive.
A mi padre, que ya no, pero también.
A mis hermanos, los del útero y los de la vida.
Pensé: mi padre ya no está, y si no hago algo de prisa, su vida entera se desvanecerá con él.
PAUL AUSTER, La invención de la soledad.
1. La carta en el cajón de la mesa de luz
Cuando tenía diez años encontré una carta en la mesa de luz de mi padre. Estaba escrita por mi madre y hablaba de ellos. De la relación, del deterioro de los últimos años. Decía que no se había roto, que eso no sería lo peor, sino que se había gastado. Y que por los chicos, mis dos hermanos y yo, tenían que hacer lo imposible para seguir juntos. Como la familia que éramos. Habían elegido casarse y tener hijos y debían cumplir con esa responsabilidad hasta el final.
La carta estaba suelta en el primer cajón, doblada prolijamente en cuatro, debajo de una libreta con anotaciones y un alicate (mi padre siempre tenía un alicate cerca). A cada rato yo le revisaba ese cajón, me parecía un lugar especial de la casa: ese y el primer estante de su placar, donde dejaba la billetera, los carnés y las boludeces que no sabía dónde poner. En el cajón de la mesa de luz yo había encontrado una vez un paquete de preservativos: le había preguntado qué eran y él, con una mueca entre seria y divertida que no voy a olvidar nunca, me dijo que eran «cueritos para la canilla». Le creí. No tenía idea de qué podían ser esas gomitas transparentes y, salvo la farsa de Papá Noel, todavía no imaginaba que los padres dijeran otra cosa que la verdad. Así que un poco sin querer y otro poco queriendo (uno nunca desconoce lo desconocido), al meter la nariz en aquel cajón me asomé a una verdad que cambiaría mi vida.
Era una hoja blanca sin renglones, de la mitad de tamaño que las hojas comunes, como si mi madre la hubiera recortado para que el mensaje ocupara todo el espacio. Jamás había visto un papel así, liso: los que yo conocía eran rayados o cuadriculados, unos para lengua, otros para matemática, o las pilas de formularios continuos que mi padre traía de la fábrica y que en casa se usaban para todo lo que no fuera del colegio. Había resmas por todos lados, y con mis hermanos crecimos haciendo dibujos sobre ese papel de trama gris y rosada. Pasábamos horas enteras desprendiendo el troquelado de agujeritos de los bordes y después con eso hacíamos muñecos, casas, barcos y aviones.
La letra de mi madre era azul, urgente, y la carta parecía escrita de un tirón. No tenía borrones ni tachaduras. ¿Cuánto tiempo llevaría meditando cada palabra puesta ahí? Inclinando la hoja podía ver los surcos dejados por el bolígrafo: eran trazos de amor y dolor incrustados en el blanco indefenso del papel. Las cosas revelan en la superficie lo que son por debajo. Y si bien mis diez años me permitieron intuir lo que quería decir ese puñado de oraciones, me llevó un tiempo entender el significado profundo del iceberg que había encontrado en ese cajón. Desde aquel momento, palabras como roto y gastado me quedaron grabadas con el ardor de un fierro para marcar vacas. Como esas que ahora pastan indiferentes al costado de la ruta, veinticinco años después de esa carta, ignorantes de su destino de frigorífico y de todo lo que pasa con los seres humanos y conmigo, acá en el auto, con las ventanillas cerradas y la calefacción encendida, pisando el acelerador bajo el cielo celeste rojizo de la autopista Buenos Aires – Gualeguaychú.
La manuscrita de mi madre le recordaba a mi padre que se habían casado para toda la vida. Lo habían prometido ante Dios y sus seres queridos en el altar. Construir una familia no era un partido de fútbol o de pádel que se podía abandonar por cansancio, calentura, o simplemente porque las cosas no iban como uno esperaba. Era un tren en el que se viajaba para siempre y cuya última estación era la muerte de uno de los dos. A esta altura no recuerdo si lo puso así, pero conozco a mi madre. Por eso, en los años que siguieron a esa carta, hizo la vista gorda con los deslices amorosos de mi padre en San Nicolás y siguió bancándolo como una estatua cuando nos mudamos a Gualeguaychú, donde ellos habían nacido y adonde habían decidido volver para vivir lo que les quedaba por delante. Únicamente un acontecimiento de fuerza mayor, algo que saboteara por completo el macizo granítico de sus convicciones, y quizá ni siquiera eso, podría haberle hecho a mi madre juntar el coraje suficiente para cortar por lo sano. E incluso daría mil vueltas antes del sablazo. Para ella, separarse era algo imposible de decidir por sí misma. ¿Qué iban a decir los demás? ¿Una vida de divorciada a los cuarenta y pico, cincuenta? De ninguna manera, antes muerta. Y si acaso el acontecimiento de fuerza mayor llegaba y terminaba separándose, ¿cómo seguía la vida? ¿Alguien, otro hombre, fijándose en ella? ¿Para qué? ¿Con qué necesidad?, su pregunta de cabecera cada vez que queríamos hacer algo, de chicos, y también ahora de adultos, cuando le cuento que quiero comprarme una moto o viajar a Vietnam, como si la validez de esa pregunta no caducara jamás. La vida terminaba con el matrimonio. O la muerte. Ya lo había pensado muy bien antes de dar el sí, y eso se hacía una única vez y para siempre, porque así lo dispone Dios y son cosas que no se discuten.
Mi padre no sufría la presión de esos mandatos, ni parecía urgido por buscarle una solución. Que sea lo que Dios quiera, si es que hay dios, o que el tiempo lo vaya arreglando. Así pensaba él sobre muchas cosas. Pasó el tiempo y no arregló demasiado. El acostumbramiento y la indecisión se comían las semanas, y los meses, sin que ninguno se animara a ir hasta el hueso. Pero un día, a tres o cuatro años de instalados en Gualeguaychú, el hueso quedó expuesto con el embrollo de mi padre y su alumna de matemática, una tipa de cuarenta que quería completar el secundario y se había anotado en las clases particulares que él daba en el complejo de pádel que habíamos construido ni bien llegamos a Entre Ríos. Una clase, dos, diez, y los pocos hilos que aún sostenían el matrimonio se cortaron del todo. La situación en casa se volvió insostenible. Mi padre llegaba del complejo cada vez más tarde, no había día que no discutieran con mi madre, y cuando no peleaban era porque se la pasaban esquivándose. Con tal de no verlos, con mis hermanos nos encerrábamos en la pieza a hacer cualquier cosa, o salíamos a la calle, aunque no anduviera nadie o no supiéramos qué hacer.
Como hijo, los años después de la carta fueron eternos. Conviví con el peso de sus palabras cada día que siguió. No importa lo que pasara, tenían que seguir juntos por nosotros. Hasta que al final se separaron. Once años después, incidente de la alumna por medio. Yo tenía veintiuno, estudiaba en Buenos Aires desde hacía tres, y viajaba a Gualeguaychú los fines de semana y a pasar el verano. Por momentos, durante aquellos años interminables, los veía aflojar y llevarse bien, o reírse juntos de algo, y me ilusionaba con que aquella hoja de letras dolidas hubiera sido el arrebato de una mujer despechada. Pero al rato la fantasía se esfumaba y las cosas volvían a la normalidad, al cauce seco de una relación extinguida. G a s t a d a. Tiempo después de haber descubierto la carta, corrí al cajón de la mesa de luz para ver si todavía estaba. La encontré tal cual, debajo del anotador y el alicate. ¿Por qué la había dejado? ¿No sabía que los chicos espían a los padres en busca de sorpresas? Mi padre no era de esos que viven mirando atrás, ni se quedaba enfrascado en cosas negativas, sin solución. ¿Para qué, entonces? ¿Por qué no la hizo un bollo y la tiró?
Hace un año mi padre murió. Cuando fuimos con mi hermano a vaciar su departamento, la busqué por todos lados, en cajas, cajones, estantes, libros, sobres, carpetas y bolsillos de pantalones y camperas, pero no apareció.
2. Enamorado de otra
Aunque haya pasado el tiempo y ya no quede nada por delante, aunque hayan transcurrido mil vidas, no puedo quitarme de la cabeza aquel domingo, porque fue el día más triste que viví. Nadie puede saber con certeza algo así, qué día una cosa y qué día otra, pero yo sí, porque ahí empezó todo esto que ahora está por terminar. Ya no soporto nada de lo que hay en esta habitación, las sábanas con olor a lavandina, la bandeja de la comida, el papagayo para mear, ni a los médicos y enfermeros con su pantomima inútil. Agradezco que ya se me hayan acabado las fuerzas hasta para levantar los párpados. Solo quedan los recuerdos, que viajan dentro de mi cabeza a una velocidad inaudita, eligiendo la ropa con la que vestirse. Como si acaso importara.
Era verano, el sol estaba cayendo, pero hacía un calor insoportable. En Gualeguaychú la humedad multiplica la densidad del aire. Yo ordenaba unas cosas en el complejo de pádel; antes de cerrar me gustaba dejar todo listo para los turnos de la mañana. No había demasiado que hacer, los domingos eran tranquilos y la fiebre del pádel ya había pasado. Más que nada, dar una barrida por el bar, acomodar las mesas y revisar que las luces estuvieran apagadas y las canillas cerradas. Asegurar puertas y ventanas, correr las cortinas y prender la alarma. Ya había desenchufado el equipo de música, en unos minutos me iba. Afuera se escuchaban los autos y motos acelerando en la calle; el complejo quedaba a unos kilómetros del centro y a esa altura la Urquiza se convierte en ruta. Estaba agachado reponiendo unas botellas de gaseosa cuando escucho que alguien abre la puerta con un estampido. Las botellas se me resbalaron y cayeron contra el piso de la heladera. Había dos posibilidades: ladrones o mi hijo mayor, que vivía a doscientos por hora. Fue lo segundo, y a la luz de lo que se desató ahí, habría preferido cien veces que hubieran sido los chorros.
Mi hijo venía con la paleta bajo el brazo, vestido como para jugar, pero no me saludó con su gritito habitual, «¡Harry!», y en su cara faltaban los dientes de la sonrisa. Dio una vuelta de llave a la puerta y se quedó del otro lado del mostrador. Jamás había hecho eso. Algo había pasado. No tuve tiempo de adivinar. Apoyó la paleta en el mostrador y desde ahí nomás, sin preámbulos ni anestesia, me preguntó si yo andaba con otra mina. «Decime una cosa y no se te ocurra mentirme: ¿vos andás con otra?» No dijo «pa» en ningún lugar y trituró con la mandíbula los signos de pregunta. Dijo esas trece palabras y se quedó mirándome. En el segundo que tardé en reaccionar repasé todas las respuestas posibles, respuestas que había ensayado hasta el cansancio para cuando mi mujer me preguntara, pero aquel día, ante mi hijo, no pude articular otra cosa que un «sí» aterrorizado. Una de las palabras más simples y preciosas que existen, SÍ, la palabra con que se aceptan las cosas de la vida, la palabra que habilita, la palabra con la que las personas se ilusionan, se acompañan y sueñan. La palabra mágica de los amigos y los esposos. En cambio, pronunciada ahí, de esa manera, me llenó de un miedo y una impotencia abismales. Y no pude explicarle nada, no pude decirle que no andaba con otra mina sino que me había enamorado de otra mujer. Tenía los ojos puestos sobre los míos como nunca los había visto. Incrédulos, implorantes, inquisidores, asesinos. Agujas de estupor y de sombra clavadas en mis pupilas. «Entonces, hoy mismo, cuando llegues a casa, le contás a mami y se arreglan. Porque por culpa tuya está hecha mierda.» Y tratando de aguantar la firmeza que había logrado hasta ahí, se largó a llorar. Agarró la paleta, giró la llave y salió corriendo a la calle. Ni siquiera dio un portazo. Tenía que jugar un torneo y, no importa lo que pasara, jamás dejaba una cosa sin hacer. Además, esta vez le tocaba de compañero con el hermano, el del medio, y aunque casi no jugaban juntos, le gustaba porque el otro lo veía como a un ídolo, igual que el más chico, nuestro último hijo.
Me quedé ahogado, sin poder pasar el aire por la garganta. Con ganas de vomitar, de pegarme un tiro, de no haber nacido. Mi hijo levantándome el dedo, obligándome a resolver un asunto que no era suyo, que llevaba siglos y nunca podría entender. Y yo sin saber qué hacer ni decir, con ganas de encajarle un sopapo, y de abrazarlo.
Pobrecito.
No sé cuánto tiempo pasó desde que se fue. Yo seguía tirado en el piso del pasillo, entre la barra y la pared, como si me hubieran dado un planchazo en los huevos, con la sangre de todo el cuerpo agolpada en las sienes. Pensé que no me levantaría más. Un paralítico, un molusco que iba a morir reseco sobre las baldosas todavía calientes del complejo. Cuando me pude mover, gateé hasta el freezer y me levanté arañando el borde de la tapa. Saqué una cerveza y la abrí. Unos tragos helados me iban a hacer bien, siempre me hacían bien. Llené el vaso, la espuma enloquecida por servirlo tan de golpe, pero no pude arrimármelo a la boca. Tenía el brazo muerto, la garganta clausurada. Esperé hasta que pude tomarme la botella y fui hasta el lugar donde jugaban mis hijos. Quedaba cerca. Amaba verlos competir, una de las cosas que más me gustaba en la vida. Y encima juntos. Saltando y corriendo como dos animalitos alegres detrás de la pelota, festejando cada punto con un grito o un choque de manos, mojados enteros, ajenos a todo. Esa noche jugaron, pero para mí no hubo pelota, ni saltos, ni animalitos. No estaba ahí, y ya no habría nada más de eso para mí. Solo pedazos de mundo, los pedazos de mi mundo recién destrozado girando en un remolino gigantesco, y yo arrastrado por ese embudo directo a las fauces del sapo gordo e insaciable del fondo, que se traga la felicidad de la existencia con eructos atronadores.
Después del partido, de camino a casa, pasé por lo del Negro a ver qué me decía. Paré en la puerta, apagué el motor, pero no bajé. ¿Tocarle el timbre a las once y pico de la noche, con todos ya en pijama? ¿Qué le iba a decir? ¿Y qué me podía decir él, con su familia de molde y sus moralejas sacadas de la Biblia? Nunca lo escuché decir una palabra fuera de lugar sobre su mujer o sus hijos. Seguí viaje y cuando llegué a casa estacioné a media cuadra, sobre la plaza. No sé por qué. Tampoco sé cuánto tardé en caminar hasta el zaguán, meter la llave y subir la escalera. Desde abajo había visto la luz de la cocina prendida y a mi mujer apoyada contra la mesada, con los brazos cruzados sobre el pecho. Sabía que me estaban esperando, ella ahí y los chicos en la pieza.
Al pisar el primer escalón, se me vino una imagen del Barrio SOMISA en San Nicolás, diez años antes, cuando todavía éramos una familia y los cuatro me esperaban detrás de la puerta para ver llegar a papi, que después del beso a mami se agachaba para cargar a los chicos en los brazos y a cococho, todavía con el maletín de la fábrica en la mano.
Abrí la puerta y ahí estaba mi hijo, aún vestido de pádel, sin bañarse. Un metro al costado estaba mi mujer. «Ustedes dos tienen que hablar», dijo él, y ahora fueron cinco palabras, y sin lágrimas ni gestos se fue para su pieza. Esa noche dije lo que pude, escuché lo que tenía que escuchar y por última vez dormí en la misma casa que mi familia. A la mañana siguiente, cuando fui a buscar a mi hijo para hablarle, la madre me dijo que se había vuelto a Buenos Aires.
3. Anda con otra
Un día mi madre me llamó a la cocina y cerró la puerta. Nunca cerraba la puerta. Tenía los ojos grises cubiertos de agua y la voz le temblaba. Era fin de semana, a la hora de la siesta; yo había ido a Gualeguaychú de visita y estábamos solos. Mi padre trabajaba en las canchas y mis hermanos andaban por ahí con sus amigos. Se apoyó contra la mesada, con las manos agarradas adelante, los dedos estrujándose unos a otros. Parecía que le había pasado un camión por encima. Yo me apoyé contra la pared para tenerla de frente y atajar lo que fuera que iba a venir.
En cuanto abrió la boca, los ojos le explotaron y las lágrimas empezaron a correr como ríos por las mejillas. Me dijo que estaba mal, que hacía años que estaba mal, pero que ya no aguantaba más. La angustia se había vuelto insoportable y necesitaba saber. Se refería a mi padre y al desastre en que se había convertido su matrimonio. El entusiasmo de los primeros tiempos había quedado lejísimos, y más allá de nosotros, los hijos, ya no había nada. La relación se había gastado. Yo lo sabía desde los diez años, pero escuchar esa palabra de su boca me dejó helado. La dijo tras una pausa, y cada letra sonó en mi cabeza como si estuviera conectada a una alarma. No era una palabra cualquiera, ninguna palabra es una palabra cualquiera, pero esta era demasiado grande. Y pesada.
Los días en casa pasaban sin pena ni gloria y, no importa si estaba bien o mal, nos habíamos acostumbrado. Mis padres vivían peleándose. De vez en cuando se calmaban, treguas que arreglaban en voz baja encerrados en la pieza, ignorando que nosotros estábamos con la oreja pegada a la puerta, absorbiendo como esponjas lo que decían. Pero al rato todo volvía a la normalidad. Los reproches, las caras de culo, las horas sin hablarse o sin siquiera mirarse. El amor y compañerismo de los padres, los cimientos sobre los que se asienta una familia feliz, se habían ido de casa hacía rato. Nuestra familia tenía los días contados.
Necesitaba saber, había dicho mi madre, ¿pero qué cosa? No podía ser el desahogo de una esposa aburrida o frustrada. Y no habría cerrado la puerta para hablar de eso. Enseguida llegó al punto, la llaga que no paraba de arder. Los ríos de lágrimas seguían bajando desde los ojos rojos, hinchados. La sorpresa no fue la noticia en sí, sino cómo me lo contó. Estaba deshecha. Mi padre era un tipo inteligente, divertido, entrador, no le costaba nada hacer amigos. Mi madre también, pero ciertas cosas estaban fuera de su radar. ¡Cuidado, pecado, prohibido! Pero mi padre no, carecía de esa clase de frenos. Yo creía que a esa altura mi madre había aceptado esas «ciertas cosas» del matrimonio como parte del paisaje: llevaban más de veinte años de casados, era lógico que hubiera habido algún desliz, alguna aventura. Vista gorda, ojos que no ven corazón que no siente, y aquí no ha pasado nada. Un día había ocurrido lo que casi siempre ocurre, pensaba yo, lo habían hablado como adultos responsables que eran, y después del enojo, las disculpas y juramentos del caso, habían decidido dar vuelta la página y seguir. Pero, por lo visto, no había sido así. A cambio, había un quilombo enorme. Porque esta vez no era un desliz, los deslices mi madre ya se los había dejado pasar. Esta vez era una mujer con nombre y apellido, y se le había ido la mano. Lo habían visto en el auto con la mina en las calles de atrás del complejo. En Gualeguaychú se sabe todo. A mí me parecía raro que una tipa de cuarenta se pusiera a tomar clases particulares de matemática de segundo año, pero cada uno hace de su culo una corneta y no era un tema mío. Me los había encontrado más de una vez en el complejo, con los apuntes sobre la mesa, el termo y el mate. O una cerveza recién empezada sobre la ratona, cuando la tipa ya se había ido. Nada sospechoso. Para entonces mi padre tomaba lo que toma cualquiera, una botella de litro o un par de copas de vino; solo en los asados de la peña se ponía en pedo y hacía boludeces. Sí los había visto conversando después de clase en la puerta del complejo, cuando yo iba a visitarlo, pero jamás había preguntado. No tenía las ganas ni la viveza como para meterme ahí. ¿Qué se puede saber de esas cosas a los veinte años? Y como si fuera poco, vivía en el raviol de la inocencia: no creía que eso pudiera pasar en mi familia. Esas cosas siempre pasaban en otras familias.
La tipa era una linda mujer, y de joven seguro más. Pelo claro, cara angulosa y ojos muy azules. «Muy» por el tamaño, no por el color, que era el mismo de la mayoría de la gente con ojos azules. Tenía un aire extranjero. Polaco, ruso, de Europa del Este. Estaba casada con un tipo que tiempo después conocí porque mi padre terminó trabajando con él. Era mecánico dental y le pidió si le podía dar una mano en el laboratorio donde hacía las prótesis. Así como le daba clases a la mujer, podía ayudarlo a él también, ¿no? Mi padre tenía habilidad para los trabajos manuales y en casa un poco más de plata venía bien. Así que dijo que sí. Las cosas de la vida. El tipo tenía mínimo diez o quince años más que la mujer, un par más que mi padre, modales amanerados y un desinterés evidente. La vez que lo conocí, la Navidad más extraña de la historia, me pareció como si el tipo viviera a un par de metros de la realidad, hablando en un lenguaje inventado por él mismo y abducido por la fabricación de sus prótesis dentales. Ella todavía era joven y seguramente merecía algo más, sentirse deseada y protegida, tener a alguien con quien soñar con pajaritos de colores. Esa Navidad que pasé con ellos entendí mejor el cuadro. Sacando la sonrisa y el halo de buena onda que lo envolvía, el tipo no transmitía ni un milímetro de nada de lo que una mujer de cuarenta de Gualeguaychú pudiera esperar. Ni siquiera les prestaba atención a las hijas, dos nenas hermosísimas a punto de convertirse en adolescentes. Las clases de matemática con mi padre, pienso, un ingeniero retirado pero con las luces todavía prendidas, habrán regado de nafta su ilusión de mujer en lucha contra la resignación.
Pero todo eso vino después. O antes, quiero decir, antes de que yo me enterara y pasara lo que pasó. Cuando mi madre me llamó a la cocina yo no tenía idea. No me costaba pensar que mi padre se hubiera tiroteado con otra, que quisiera reemplazar la apatía de veinte años de rutina con los flashes de un encantamiento nuevo, y hasta que hubiera entrado en una relación paralela. De tanto ir y venir, las olas se terminan comiendo lo que hay en la costa. La sal es sal: muerde, corroe, gasta. Lo que no me entraba en la cabeza era que le hubiera hecho eso a mi madre. El puñal. Cuando la veía llorando por los rincones, porque de vez en cuando lloraba, de espaldas a nosotros para que ninguno la viera, pero nosotros la veíamos porque en una casa de familia se ve todo, cuando pasaba eso me costaba separar las cosas. La relación con la tipa ya no era un asunto de ellos dos; también me había traicionado a mí. Como padre, como modelo, como persona.
Angustiada y sin brújula, mi madre me puso contra la espada y la pared. Obviando detalles, me contó que no era la primera vez, que «ya desde San Nicolás…», y que ahora había una mujer a la que mi padre le daba clases particulares en el complejo. Que estaba desesperada y no sabía qué hacer. «Cualquier cosa que veas o sepas», me dijo apretándome la mano con fuerza, como un náufrago arrastrado por la corriente que se aferra a una rama providencial que sale de la orilla, «por favor, te pido que me la digas, porque así no puedo vivir». Eso sí lo entendía. La asfixia del qué dirán, la posibilidad de convertirse en el patito feo de los matrimonios, su hermana y todas sus amigas aún casadas, felices o infelices, eso qué importaba, atajar el puterío en un pueblo donde era quinientas veces más fácil soportar los cuernos que quedarse sola. Se hundía cada día un poco más, como si un hipopótamo le colgara del cuello.
No supe cómo reaccionar. Si abrazarla, callarme o salir corriendo. Abrazarla no era fácil, eso lo hacíamos de chicos cuando queríamos que nos diera permiso para algo. Callarme tampoco, yo jamás me quedaba callado. Y salir corriendo era de cobarde, y en esas cosas no arrugaba. Como fuera, no podía ser yo el que estaba ahí escuchando eso, en la cocina de mi casa. Tenía a mi madre a un metro, pero la veía como metida adentro de un televisor, hablándome desde la pantalla con interferencia y con la voz saliendo desde otra habitación. Estaba tan sacada, tan desencajada, que parecía que un muñeco negro hablaba a través de ella. Un ser infernal procedente de una caverna lejana, de la ultratumba de los muertos vivos, o de los vivos muertos. Lo único que me salió fue prometerle que sí. Que le conseguiría la respuesta. Televisor o no, ninguna de las historias que había visto y leído hasta entonces tenían un capítulo así. Ana Karenina quizá. ¿Qué podía hacer? ¿Qué tenía que hacer? No podía hablarlo con mis hermanos, ni con nadie. Mis amigos estaban lejos, en distancia y de los hechos. ¿Con quién se hablaban esas cosas? Estaba solo con una brasa al rojo en la mano, dispuesto a hacer lo que tuviera que hacer. El Superman de la familia. El todopoderoso, el que podía cruzar el planeta Tierra en segundos para impartir justicia y arreglar las cosas. Tenía claro que no iba a jugar al detective, estacionar a varias cuadras del complejo y colarme por la tranquera del fondo, a ver si los enganchaba. No. Iba a hacer lo único que sabía hacer: encararlo a mi padre y obligarlo a hablar con mi madre. Como ellos me habían enseñado, el toro por las astas. ¿Dije obligarlo? Bueno, así estaba yo. Superman.
Cuando mi madre terminó de contarme, di unas vueltas manzana para despejarme, pero no sirvió. Tenía una pelota de fuego en la cabeza. Me tiré en la cama, y no aguanté más que un rato. Así que me cambié, me monté en la bicicleta y fui directo al complejo. Con el cuero erizado como un lobo, pero temblando como una caperucita, crucé la puerta y me metí hasta la barra, donde mi padre estaba acomodando unas cosas en la heladera. Le dije que quería preguntarle algo, importante. Dejó todo y se levantó. Sin acordarme nada de lo que había ensayado mientras pedaleaba, lo miré a los ojos y le pregunté si andaba con otra mina. Y él, bajando la cabeza, dijo que sí. Solo que sí, y se largó a llorar, con el mentón hundido en el pecho. Como uno de esos esos soldados de las guerras de antes al que le acaban de atravesar el estómago con una lanza. Y después de ese silencio infinito, le dije, no le pedí, que esa misma noche hablara con mi madre. Y me fui. En unas horas tenía que jugar un torneo de pádel con mi hermano.
Otro día, todavía con un nudo en la garganta, mi padre me contó una historia de la que recuerdo solo una cosa: que lo que había hecho lo había hecho por boludo, y por cagón, por el terror de perdernos a nosotros. Todo lo demás, cuánto duró el cuento, qué otras cosas dijo de la mina y de mi madre, y qué hacía yo mientras me lo contaba, si lloraba, lo puteaba o simplemente lo escuchaba, está enterrado bajo toneladas de arena. Y, ahora, por más campo que haya al costado de la ruta, por más fuerza que haga, no logro traer a la memoria más que ese fragmento aislado. Pasaron ya quince años, pero estas cosas no se olvidan. ¿Cómo es que se me borraron? Sí tengo todavía fresco el abismo que se abrió entre mi padre y yo en el instante que admitió el engaño. Como en las películas, el piso se rajó y el héroe de mi infancia, el tipo intachable que me había enseñado la línea entre lo que está bien y lo que está mal, el padre del que me enorgullecía delante de mis amigos trastabilló y se perdió barranca abajo.
Y bastante después de eso —porque las capas geológicas de un terremoto tardan en asentarse— pensé que más allá de la humillación esa confesión aliviaba las cosas. Como si de un modo subterráneo mi padre hubiera deseado que yo cruzara la puerta para ayudarlo a decir la verdad, esa que se había tragado durante años y no se animaría a soltar nunca. Su revólver, pero en mis manos, con la autoría intelectual de mi madre, que subliminalmente me había empujado hasta ahí. Él dijo que había sido por cagón, pero en algo había sido valiente. Podría haber negado todo, dar rodeos o meterme un sopapo, pendejo insolente, que es lo que tendría que haber hecho. Pero se la bancó, porque el corazón le latía para otro lado y en casa las cosas no daban para más.
Para mi madre esa verdad significaba el divorcio. Por católica que fuera, no hay perdón para un pecado capital. Eran la ofensa y la vergüenza más grandes. Solo Dios podía perdonar algo así, por supuesto: es fácil perdonar lo que no te hacen, Allá Arriba, rodeado de nubes pompón y angelitos de azúcar. La separación fue la única vez en la vida que vi flaquear la fe de mi madre, cacheteada por la realidad. Ni siquiera cuando unos años después tuvo cáncer dudó de las buenas intenciones de Dios. Al contrario, redobló los rezos para cargarse de esperanza y curarse. Pero esto, ¿cómo podía haberle pasado a ella, que se había comportado de manera ejemplar como esposa, madre y feligresa durante tantos años?
La noche de ese domingo inverosímil estábamos todos en casa esperando que llegara mi padre. Como si fuera un día cualquiera, pero era el peor del mundo. Con mi hermano, encima, nos habíamos comido una paliza en el torneo. No pudimos ganar ni tres games. Pasaba el tiempo y mi padre no aparecía. Mi madre había lavado y guardado los platos, repasado la mesada, barrido el piso, y no sabía qué hacer. Intuía que yo había hecho algo, pero desde la charla en la cocina no habíamos hablado, más que el vengan a comer y lo del partido de pádel. Hasta el televisor estaba apagado. Por un momento pensé que mi padre no volvería, que se había tomado una nave espacial y no lo veríamos más. Pero unos minutos después la puerta de abajo hizo ruido. Vivíamos en un segundo piso y abajo no había nadie, así que cualquier ruido era nuestro. Tardó en subir, y los pasos no se escuchaban, como si tuviera miedo de partir el mármol de la escalera. Ni bien abrió la puerta, lo intercepté y les dije a los dos que tenían que hablar. Mi madre estaba parada a mi lado como un jarrón de flores secas; mi padre no alcanzó a sacarse el bolso del hombro. Fui a la habitación y me encerré. Puse mis cosas en la mochila y traté de dormir, tapado hasta el pelo, pero imposible. Cuando vi que no había más movimientos en la casa, salí para la terminal y me tomé el primer colectivo a Buenos Aires. Tenía plata. Y si hubiera podido tirar una bomba y desaparecer a Gualeguaychú del mapa, lo habría hecho.
Lo que pasó las semanas siguientes también está bajo montañas de arena. Cuánto tardó mi padre en llevarse las cosas y mudarse al complejo. Cómo fueron las primeras veces que volví a casa con mi madre y el más chico viviendo solos, porque mi hermano del medio ya estaba conmigo en Buenos Aires. Creo que a mi padre no fui a verlo hasta la cuarta o quinta vez. No tenía ganas. No me animaba. Como esas personas que uno conoce en una clase o en un cumpleaños, se me había ido la imagen de su cara. Los ojos, la nariz, la boca. Retenía únicamente su pelo castaño y finito cayéndole sobre la frente, con el resto de la cara borrada, aspirada por el vacío del precipicio.
Nada en la vida me costó más que perdonarlo, volver a charlar con él de cualquier cosa, como hacíamos antes. El dolor y la bronca habían desaparecido, pero ahora había algo peor. Decepción. La primera vez que lo vi post separación apenas pudimos hablar. La facultad, el pádel, algo mío. Por mentalizado que fuera, repitiendo como un mantra «Es tu viejo. Fue entre ellos. No con vos», no podía mirarlo a los ojos. Y él tampoco. Tenía la mirada seca, como de talco. El mate pasaba de sus manos a las mías, y de las mías a las de él, sin rozarnos. Cada uno calculando los movimientos con precisión de relojero. Dos puercoespines. Todos esos meses fue así. Y cuando finalmente me levantaba de la silla y me iba, satisfecho por el deber cumplido, triste por haberlo visto, lo saludaba con un beso rápido, porque el contacto de las mejillas me lastimaba. ¿Cuánto tiempo me llevó perdonarlo realmente?
La separación rompió un eje dentro de mí. Las cosas para siempre eran una fantasía. Ningún sentimiento podía ser eterno: ni el amor de esposos, ni la amistad, ni la fe en Dios, ni el amor entre padres e hijos. Nada puede durar toda la vida porque los humanos rompemos todo. Años después, cuando tropecé con la misma piedra que mi padre, las cosas empezaron a acomodarse, pero se había hecho tarde. «Experiencia en cuerpo ajeno no existe», decía mi abuelo, el Nono, y tenía razón.
4. Día peronista
Murió uno de esos domingos de invierno fríos y a puro sol que, por más que busques, no vas a encontrar una nube ni de casualidad. Un cielo azul de lado a lado, diáfano, peronista. El Mudo tenía que irse un día así, de madrugada, sin joder a nadie, aunque de algún modo ya había jodido bastante los meses que estuvo tan venido abajo y la última semana internado en la clínica.
Me avisó uno de los muchachos, que tenía a la hija trabajando de instrumentista ahí. Yo todavía estaba en pantuflas, preparándome un café para acompañar el diario. No había manera de que la zafara, pobre, estaba hecho bolsa. El cielo peronista le hizo honor a su partida. Nada de lluvia, ni grises, un día radiante y alegre como fue el Mudo la mayor parte de su vida. Además, siempre tuvo simpatía por los peronistas. A su manera, claro, todo a su manera. Porque el Mudo no era un peroncho de Perón, sino más bien antirradical. Blanco o negro, River o Boca, capo o pelotudo; el Mudo no tenía medias tintas. Odiaba a los radichetas por pecho fríos y por el fiasco alfonsinista de los 80: tenían todo servido y la tiraron a la tribuna. Ahora surgió esta ola de reivindicación, «Alfonsín, el padre de la democracia», pero después de la catástrofe de los milicos, hasta Alf el extraterrestre hubiera quedado en los libros como el salvador de la patria. Eso decía el Mudo, que lo tenía montado en un huevo al tipo y al gestito ese que hacía con las dos manos juntas, y se la pasaba jodiendo con el chiste de que el bicho Alf se llamaba así porque hacía la mitad de las cagadas que Alfonsín. Igual el Mudo era un peronista raro, de Menem, le gustaba ese riojano zorro que terminó cagándolo de arriba de un pino cuando privatizó SOMISA. El germen de todo el despelote, para mí, porque después se volvieron para acá y Gualeguaychú ya no era lo que antes. Tal vez las calles y la gente no cambiaran demasiado, pero el Mudo se volvía con una patada en el culo, veinte años de matrimonio y tres gurises colgando. Fácil no iba a ser.
El velorio se hizo en la Mutual, la mejorcita de las casas velatorias que hay acá. Yo fui con mi señora, que lo quería mucho al Mudo pero hacía rato que no lo veía. Demasiado sensible para ciertas cosas. Yo, mal que mal, estaba acostumbrado. Había un mar de gente, personajes del año del ñaupa que me costó reconocer, todos dando el presente. Algunos no lo habían visitado en años, pero se ve que guardaban el afecto de cuando éramos pibes. Se notaba por cómo saludaban a los hijos y la familia. No los culpo, el Mudo estaba hecho un esqueleto, había que tener estómago para verlo. La cosa es que ese domingo el cuerpo esquelético del Mudo estaba ahí, duro y frío adentro del ataúd. Y afuera hermoso, el sol entibiando el aire y la gente en la vereda conversando y tomando mate, como todos los domingos. Para algunos quizá no queda bien, se pasan de compungidos, pero qué otra cosa vas a hacer en un velorio en Gualeguaychú.
La exmujer del Mudo estaba, por supuesto, acompañando a los hijos. Amigos en común y conocidos de tantos años, más su propia parentela y las otras familias dueñas del diario. De los hijos había dos, los más grandes, rodeados de gente que yo no había visto nunca. Salvo alguna cara en las peñas de enero o febrero. En verano, el mayor venía con sus amigos de Buenos Aires y San Nicolás a ver el carnaval, y de vez en cuando pasaba a tomarse algo. A los gurises del Mudo se los veía tristes pero enteros, un poco excitados por el revuelo de tanta gente yendo y viniendo. Y supongo que, en el fondo, se sentían aliviados de no tener que cargar más con el viejo. Cuando se me cruzó este pensamiento tuve el impulso de arrimarme a decirles algo, echarles en cara que lo habían dejado solo, que aunque no supiera cómo pedir ayuda su padre los necesitaba, si al Mudo le costaba hasta manguear un salero… y se ve que se me notó porque mi mujer me dedicó una de sus miradas. No pasa seguido, pero cuando pasa sé que me tengo que quedar en el molde. Quién era yo para meterme, y a fin de cuentas el Mudo estaba muerto. Además, ella sabía que yo me reprochaba no haberlos alertado lo suficiente cuando todavía la cosa se podía revertir. Los gurises estaban lejos y yo podía haber hecho algo. Si no, para qué están los amigos. Al hijo más chico no lo vi. Conocía al detalle la historia, el Mudo me la contó cientos de veces, pero me llamó la atención que no apareciera. ¿Qué podía haber hecho el padre para que su hijo, además de no hablarle por años, no asomara la caripela? Era su familia.
Fue una despedida amarga, como cualquier despedida, pero el cielo y la gente la hicieron amena. Qué palabra para semejante momento, pero así fue. Ahí estábamos todos dándole el último adiós al Mudo, callado y opaco adentro del féretro, como nunca lo habíamos visto y como me niego a recordarlo. Van casi tres semanas y no hubo día que no me despertara pensando en mi amigo. Hoy retomamos la peña con los muchachos, el primer jueves sin él. Nos va a costar. Charlar, reír, cantar… la puta madre, hacer de cuenta que no estamos pensando en eso, en que falta uno de nosotros y quién será el próximo.
5. Ruleta
«Se está dejando morir. No esperen milagros.» Eso nos había dicho el neumólogo el miércoles a la tarde, al cuarto día de internación, mirándonos desde sus ojos celestes impasibles, sin mover ni las cejas, agregando que atendía «decenas de casos así» al año y que el cigarrillo era el arma que muchos elegían para no tener que hacerlo de otra manera.
«Chicos, las placas muestran un daño irreversible, es cierto. Pero puede que termine zafándola, nunca se sabe a ciencia cierta cómo reaccionará el paciente.» Y esto nos decía el clínico a la mañana siguiente, con expresión amigable.
El diagnóstico era igual de dramático, pero las perspectivas, la puerta que dibujaban uno y otro, no coincidían. El primero filosófico y lapidario, el segundo sencillo y esperanzador. ¿A cuál de los dos creerle? Con mi hermano necesitábamos prepararnos para algo, una señal de para dónde agarrar. Las radiografías eran las mismas, con las manchas blancas diseminadas por todos lados, ¿por qué tan distinto, entonces? Crudeza versus esperanza, sobre la misma lámina de plástico mirada a trasluz. ¿Eran pronósticos científicos o una proyección del ánimo con que andaba cada uno ese día? ¿O la precaución de cuidarse el culo, de uno, y la compasión ante dos chicos desesperados, del otro? El clínico lo había visto mejor las últimas horas. ¿Pero era cierto? Hay gente que la pelea con uñas y dientes, decía, con todo lo que tiene y hasta lo que no tiene. Incluso sonreía al hablarnos. ¿Por qué no podía repuntar, haber un milagro?
Prepararnos. Agarrar para acá o para allá.
Cuando al día siguiente le comentamos al neumólogo lo que pensaba el clínico, para ver si la puerta que había dibujado se abría un poco, levantó los hombros y nos dijo que le creyéramos a quien quisiéramos. La concha de tu madre, ¿así se les contesta a los hijos de un tipo que se está muriendo? Odio a los médicos. Se creen dioses, mediadores entre la vida y la muerte, pronuncian sus veredictos como letra en piedra y la pifian como cualquiera. Como un albañil que levanta una pared torcida o un abogado que revisa a las apuradas la cláusula definitoria de un escrito. Se llenan la boca con su misión salvadora y cuando vas al consultorio ni te tocan. Usan la birome y el sellito más que el estetoscopio. Pacientes como artefactos apilados en un taller, máquinas descompuestas que hay que arreglar, desoxidarlos y echarles un chorrito de aceite y de vuelta a la calle, vamos, no joda que usted no tiene nada. Les encanta que los persigas por los pasillos suplicando «¡Doctor, doctor, un minutito!», y cepillarse el ego como el pelo de una muñeca. Virus intrahospitalarios, patologías nuevas, cepas resilientes y en mutación, te dicen cualquier cosa. Hasta un resfrío tiene riesgo de muerte. Cuando el que se está muriendo es tu padre, esto se vuelve inaguantable. Que se metan la poesía en el orto y agarren el cuchillo como un carnicero cualquiera, que es lo que son. Cuando el neumólogo dijo lo de creer lo que quisiéramos tuve ganas de denunciarlo por mala praxis, de escracharlo en el diario de mi abuela, de romperle esa cara de ojos celestes impasibles. Yo, que jamás le pegué ni a un bollo de masa, pero me aguanté. Las cosas no estaban como para complicarlas.
Posible o no, con mi hermano queríamos creer en el milagro. Debíamos. Para no abandonarlo, para quedarnos tranquilos de que estábamos haciendo la mejor fuerza. Dicen que eso se siente. ¿Quién era ese médico como para negarnos la providencia de un milagro? ¿Qué había visto en la radiografía que lo dejaba tan seguro? A nosotros no nos explicó nada. Los milagros de Dios no me importaban: pensaba en la naturaleza humana, en las cosas que salen en los diarios todos los días. Se derrumba un edificio entero y una semana después encuentran un bebé ileso. Un motoquero se mete bajo un camión a doscientos por hora y se quiebra apenas un par de costillas. ¿Y si los pulmones de mi padre estaban destinados al noticiero? Estaba obligado a sostener la vela de la esperanza, no importa con cuánto viento en contra. Pero al mismo tiempo sabía que era irremontable. Por la radiografía, por la dureza del médico este y porque veía con mis propios ojos a mi padre tirado en la cama. Iba y venía en ese péndulo. Las esperanzas de mi hermano, en cambio, parecían intactas. Optimista acérrimo, se negaba a aceptar el discurso terminal del neumólogo. Actuaba como si nuestro padre fuera a levantarse de la cama en cualquier momento y tuviera toda la vida por delante. Yo lo miraba y envidiaba esa fe, ese entusiasmo, y al minuto siguiente me enojaba semejante ingenuidad. ¿No se daba cuenta? ¿O se daba cuenta pero inclinaba el péndulo para el lado que nos ayudaba a seguir luchando? Coincidíamos en el pragmatismo, eso sí. Para no volarnos con el barrilete de la ilusión necesitábamos pensamiento práctico. Un «manto de realidad», como le gusta decir al más ácido de mis amigos, que nos pusiera a hacer lo que teníamos que hacer. Considerando el peor escenario, porque si las placas tenían razón, en pocos días se acababa.
Unos meses antes de la internación yo había llamado a mi padre para ver cómo le habían dado unos estudios. Un poco con la intención de ayudar y otro poco por culpa, yo le pagaba la cuota de la medicina prepaga. Me sentía con derecho a saber, a exigirle que fuera al médico. Él se negaba con evasivas de todos los colores, pero le rompí tanto las pelotas que terminó aceptando. Para no tener que escucharme más o quizá porque a él también lo perseguía la culpa. En fin. Cuando le pregunté por los resultados me dijo que todo bien, salvo «una cosita» en los pulmones, algo normal en un fumador de años. Respuesta escueta, desinteresada. Le pedí que me leyera el informe, le hice unas preguntas y no sé si se lo inventó o qué, pero me sonó convincente. Contestaba con la suficiencia de un viejo profesor, usando terminología sacada del papel. Lo felicité y le prometí que a la noche abriría un vino por la noticia. ¿Pero cómo iba a estar bien con lo que fumaba y chupaba? ¿Acaso se había preparado para mi llamada anotando las respuestas? Y yo decía que mi hermano era el ingenuo.
Más allá del manto de realidad de mi amigo, con mi hermano todavía discutíamos qué sí y qué no. Hacíamos conjeturas sobre las probabilidades de que uno u otro panorama, médico malo y médico bueno, fueran verdaderos. Si pasa esto, tal cosa; si pasa lo otro, tal otra. Como si estuviéramos en condiciones de resolver algo. ¿Pero qué más podíamos hacer que mirar el techo y esperar? Más que trámites, nada. No éramos más que un doble par de ojos, oídos, piernas y manos en asuntos totalmente fuera de nuestro alcance. Como sea, mandó el pragmatismo y nos preparamos para lo peor. Desde el primer parte médico, la muerte se había instalado entre nosotros y no podíamos sacarle la vista de encima. La teníamos enfrente, jadeando, con los dientes afilados.
El proceso de ver-morir-al-padre entraba en la cuenta regresiva. Como en una ruleta, alguien había cantado «no va más» y se cerraban las apuestas. Y sobre la cuadrícula del tablero, toneladas de fichas negras. Yo escrutaba el paño por los cuatro costados, rogando que hubiera quedado algún casillero libre, así poníamos nuestra solitaria ficha blanca, al menos una posibilidad en treinta y siete; pero la maqueta permanecía intacta como si fuera de roca. No hay conejo ni galera contra la magia de la muerte.
En realidad, el proceso de despedida —qué manera ridícula de llamarlo— se había desatado mucho antes. Como un glaciar que día tras día va perdiendo agarre y, después de largos meses o años, sufre una pequeña rajadura. Y esa rajadura, eléctrica y sigilosa, se extiende por el frente de hielo, metros y kilómetros, hasta un instante con fecha y hora exactas en que lo parte simultáneamente por todos lados, y el glaciar se derrumba. Con la muerte pasa lo mismo. Abstracción, entelequia pura, nadie ignora que al final del camino está el cajón y que en un momento determinado la muerte se vuelve sólida como un objeto cualquiera. Se despereza, dice basta y se acabó. Para nosotros, la rajadura del glaciar había sido la tarde que encontramos a mi padre temblando en el departamento.
Llegamos a la clínica en el auto de mi hermano. Ahí se había atendido la última vez y era la que teníamos más a mano. Tampoco íbamos a andar eligiendo. En los pueblos conviene dejar las aspiraciones colgadas del gancho que está a la entrada: Bienvenido a Gualeguaychú. Sírvase dejar sus expectativas de porteño agrandado en este punto. Que disfrute su estadía. Al minuto de anunciarme en la recepción, un enfermero de guardapolvo verde salió por la puerta empujando una silla de ruedas. La bajó a la calle, la puso del lado del acompañante y junto con mi hermano sacaron a mi padre del auto. Una ráfaga de viento helado entró por el pasillo y trajo la tierra suelta de afuera. Mi padre no dijo nada al ver la silla. Saludó al enfermero y le hizo una seña con la cabeza. «Ojo con los pies, que me duelen», le pidió. Tenía los tobillos hinchados y los cordones de los zapatos desatados. El Negro, médico y amigo de mi padre de toda la vida, ya nos estaba esperando ahí. Lo habíamos llamado desde el departamento. Nos hizo una seña con la mano, le dijo algo al enfermero y los acompañó a los dos hasta la sala de rayos. En Gualeguaychú lo conocía todo el mundo. Nosotros, por más apellido que tuviéramos, vivíamos afuera y nadie nos iba a tender una alfombra.
Nos quedamos en la recepción, dictándole los datos de alta al encargado. Hacía poco que a mi padre le habían dado el carné del PAMI, estaba lustroso. Después de años de pelear con el Estado para que le reconocieran un plus de antigüedad por trabajo insalubre en fábrica, había conseguido la jubilación. Igual para qué, si jamás pisaba un consultorio. Y como había tenido la suerte de que ninguna enfermedad lo volteara del todo, lo consideraba innecesario. Los resfríos se le iban solos, los dientes manchados y los hematomas de los brazos parecían no importarle. El flaco de la recepción era un imbécil. Nos preguntaba diez veces cada cosa y tardaba un siglo en cargar la información, y ni siquiera levantaba la vista para mirarnos. Clavaba los ojos en la pantalla y dejaba los dedos quietos sobre el teclado, mientras nos reclamaba papeles y fotocopias que aún no teníamos porque acabábamos de entrar. Yo me mordía la lengua y lo dejaba contestar a mi hermano, que para esas cosas tiene más paciencia. Sacando las calenturas del tenis, pocas veces en la vida me enfurecí tanto como ese día. Pero qué iba a hacer.
Terminamos el ingreso y nos fuimos al sector de espera de la sala de rayos. Al rato salió un tipo joven y petiso con Crocs azules en los pies y un sobre en la mano. Las radiografías. Le pregunté cómo habían dado y me dijo que esperara, que tenía que buscar al médico de guardia para darnos el parte. Esa iba a ser la muletilla favorita de médicos, enfermeras y personal administrativo durante toda la semana: «Aguarde un momento, por favor». Para cambiarle el suero, para que le trajeran calmantes, para ajustarle la máscara de oxígeno, para ayudarlo a ir al baño, para llamar al neumólogo, para que nos llenaran el puto termo de agua caliente. Un «momento» de cinco minutos o media hora. Para todo, esperar, esperar, esperar.
La habitación que le asignaron era un cuadrado deprimente de tres por tres. Las dos paredes laterales pintadas de blanco, y la del fondo, gris. En la pared gris había empotrada una caja con perillas y un caño que sostenía un tubo plástico de oxígeno, lleno de marquitas y arañazos, como si lo hubieran agarrado las ratas. De una especie de perchero de metal con dos orejas colgaba la bolsa del suero, cuyo interior goteaba rítmicamente. La pared que daba al pasillo era un panel de vidrio cubierto con cortinas traslúcidas de techo a piso y una puerta enchapada blanca con una ventanita para mirar adentro. La cama era un armatoste de caño beige con planchas de fórmica en la cabecera y los pies. Más de hospital no podía ser. Del respaldo salía una lámpara dirigida al pecho del paciente y un soporte donde las enfermeras enganchaban la mascarilla de oxígeno. A los pies de la cama, una manija para regular la altura, sin ningún cable ni botón. Tenía la pintura saltada y lunares de óxido en la parte de la soldadura. El baño era prolijo. Un inodoro con tapa nueva, un lavatorio del tamaño de un bol para ensaladas y un espejo con botiquín, todo recién desinfectado. La pelela y el papagayo estaban en un rincón junto con un balde y trapos con olor a lavandina. Cuando abrí la canilla por primera vez, el agua salió con la fuerza de un vómito, y al cerrarla sentí cómo se retorcían las cañerías dentro de la pared. Tuve miedo de que los azulejos se despegaran y tener que bajar a darle explicaciones al tarado de la recepción. Por las dudas, ni los toqué.
Ahí habían puesto a mi padre.
En el silencio de la habitación podía escuchar el rumor de conductos bombeando aire y líquidos, aparatos sacando placas, médicos haciendo preguntas, enfermeros moviendo frascos, cocineros revolviendo ollas, y también pasos de gente y ruedas de mesas y sillas corriendo de un lado a otro por los pasillos. Y a mi espalda, detrás de una puerta corrediza que no cerraba nunca, el depósito del inodoro perdiendo agua. Completaba el equipamiento un par de sillas plásticas verdes para las visitas, de esas que hay en el patio de cualquier casa. Y nada más. Ninguna segunda cama, ningún sofá, ni siquiera un mísero almohadón. Pasar la noche ahí iba a ser una tortura.
La internación había empezado bien, con esperanzas. A las ocho de la noche, apareció el clínico de guardia de la obra social, un tipo de mi edad, treinta y pico, vestido con pantalón de gimnasia Adidas y buzo azul de los complejos de vacaciones Med. En dos minutos le hizo un chequeo y le auscultó el pecho. Le dijo, nos dijo, porque en la habitación estábamos los tres, que iba a darle unos antibióticos y que le haría controles frecuentes para ver si la infección de los pulmones remitía. «Remitía», esa palabra usó. Que a partir de ahora mi padre se iba a tener que cuidar en serio y que como mínimo pensáramos en una internación de unos cuatro o cinco días hasta que pudiera respirar mejor, y después ya seguir con tratamiento domiciliario. «Son procesos largos, hay que tener paciencia.» Era el mismo médico que lo había visto unas semanas atrás cuando el Negro decidió internarlo por su cuenta. Mi padre se agitaba solo de respirar. Pero esa vez lo tuvieron un par de horas y lo largaron tal como había entrado, sin más indicaciones que un cuídese. El médico de pantalón Adidas se despidió diciendo que hablaría con el neumólogo para validar el tratamiento y que, ante cualquier diferencia, primaría el criterio del otro por su condición de especialista. De todos modos, dijo que estábamos ante un cuadro de EPOC cuyo tratamiento era de libro, salvo alguna variación que pudiera introducir el médico tratante.
El neumólogo pasó una hora más tarde y se presentó únicamente con el apellido. Era un tipo de unos cincuenta años, ojos claros y pelo enrulado gris, y, según nos dijeron, uno de los dos mejores de la ciudad. Igual, ¿cuántos podía haber? Llevaba jeans, pulóver y remera, ambos con escote en V, por donde asomaba un tupido vello canoso, y zapatillas deportivas blancas. La explicación que encontré para que se vistieran tan mal fue que estábamos en pleno invierno, en horario de guardia un domingo a la noche, y en Gualeguaychú. Entró a la habitación con expresión seria y nos saludó con una mano tibia, resbalosa, como de pescado. Le hizo unas preguntas a mi padre, examinó cómo respiraba y le dijo que ordenaría disponer un equipo de oxígeno en la habitación. Por las dudas. Le pidió que se concentrara exclusivamente en hacer los deberes: comer y descansar. Mirar un poco de televisión y nada, NADA, de preocuparse por lo demás, para eso estaban él, todo el cuerpo médico y nosotros, los hijos. Ahí nos dirigió una mirada rápida. Después le levantó el brazo izquierdo para chequear que las aplicaciones del suero estuvieran bien sujetadas, le palmeó el hombro suavemente y salió. Nosotros corrimos detrás de él como si se hubiera robado algo. Le preguntamos cómo lo veía y acentuó su semblante severo. Dijo que la situación era muy complicada porque la función pulmonar estaba drásticamente disminuida. Le comentamos lo que había dicho el clínico y nos confirmó que habían hablado por teléfono antes de entrar a verlo. Estaban de acuerdo en el diagnóstico y el tratamiento a seguir. Y más con tono de advertencia que de solicitud, nos dijo: «Déjennos hacer nuestro trabajo y acompañen a su padre, que también es importante». Quedó en pasar todos los días. Setenta y dos horas después nos diría que la cosa no daba para más. Lo de «se está dejando morir» y «decenas de casos así». Desde el principio, quizás desde antes de pisar la clínica, el tipo había manejado el reloj para que nos hiciéramos a la idea de que no duraría mucho. Él también lo había atendido antes, conocía al detalle el cuadro. Empezaba el inútil desfile de médicos y enfermeras que agitaría salas y pasillos durante toda la internación, hasta la madrugada del domingo en que mi padre no respiró más. Una coreografía bien ensayada para atenuar el remordimiento y mostrar que hacían todo lo humanamente posible, como les encanta decir, y de ese modo ayudarlo, y ayudarnos, a cruzar la raya sin tanto dolor.
Cuando los médicos nos dejaron solos, le trajeron la comida y mi padre picó algo. No nos preguntó nada de lo que habían dicho. Miró un rato la televisión y se quedó dormido. Esa primera noche nos quedamos con mi hermano despiertos como búhos, sentados en las sillas de plástico verdes, con la cabeza apoyada contra la pared, sin poder hablar.
6. Tres, dos, uno
Jamás creí que el amor a los hijos pudiera ser tan grande. Es una estupidez decírmelo en este momento, enterrado en la cama de esta habitación espantosa, con el pensamiento yendo para donde quiere, sin voz, sin chance física de nada. ¿Y para que lo escuche quién?
La vida me dio tres hijos y, durante veinte años, los disfruté como ninguna otra cosa. Verlos crecer, enseñarles a hablar, jugar con ellos. Sin embargo, no se alcanza una dimensión completa de lo que es tener un hijo hasta un instante como este. Es un amor inconmensurable, muchísimo más grande que el amor a uno mismo. Suena a cliché, y lo es, pero qué importa un cliché si no hay oídos para criticarlo. A mis hijos los tuve con la única mujer con la que podría haberlos tenido. La única capaz de consagrar hasta el último átomo de su ser a la misión de atenderlos, de cuidar que no les pase nada y criarlos derecho. La que me enseñó todo lo que se puede aprender del amor a los hijos y a quien no sé si logré enseñarle algo. Ahora que miro solo hacia atrás, me cuesta encontrar una cosa que ella aprendiera de mí.
En los años del Barrio, nadie le decía «Barrio SOMISA» a menos que estuviéramos hablando con gente de afuera, yo era una figura importante de la casa. Me sentía querido, respetado, admirado incluso, como todo padre que se esmera por hacer las cosas bien. El amenazante «Vas a ver cuando llegue tu padre» de mi mujer cuando los chicos se portaban mal flotaba en el aire con la autoridad de un sargento y la gracia de un colibrí. Y me daba orgullo por partida doble: por ella y por los chicos. Yo volvía del trabajo y ahí estaban los tres, absorbidos en sus cosas, pero cuando me escuchaban llegar venían corriendo a tirárseme encima. A la mañana temprano, cuando me iba para la fábrica, todavía dormían como angelitos despatarrados bajo las sábanas revueltas (jamás dejaré de verlos como angelitos despatarrados), y al volver a casa me los encontraba a los gritos, corriendo por el patio, con sus juguetes tirados por toda la casa. O tomando la leche. Pero no importa lo que estuvieran haciendo, cuando bajaba del auto salían disparados al zaguán, como si algo les quemara por dentro, y para mí eso era la felicidad. Todos los problemas se disolvían con solo verles la cara. Otro cliché, sí. Se me subían como a un árbol, se peleaban por agarrarme de un brazo y trepar hasta la cabeza, y yo sentía que podía sostenerlos así por los siglos de los siglos.
Con los años fue cambiando, pero hay algo en la mirada entre padre e hijo que no tiene ninguna otra. Un brillo, una luz. Mis ojos nunca dejaron de vibrar en el encuentro con la mirada de mi viejo, ese hombre sabio e infinito, ese dios bajado a la tierra con forma de persona. Sin embargo, un día la luz en la mirada de mis hijos se perdió. El día que se supo mi historia con otra mina y tuve que irme de casa. Me sale así, despectivo, y soy injusto con ella porque Alejandra me devolvió el vértigo del amor, esa otra luz en la mirada, pero así fue para mis hijos, mi mujer y todos los demás, «la otra mina», y terminé aceptándolo. Los había defraudado.
A veces nos damos cuenta del camino correcto demasiado tarde. Por terrible que fuera, era preferible la verdad. La cruz de ese error, la mirada apagada de un hijo, es imposible de aguantar para ningún padre. Con el mayor, el que me empujó al infierno, un día pude hablar, explicarle, tratar de hacerme entender, y de a poco fuimos quitando los escombros y reconstruyendo las cosas. Aunque nada fue como antes. Pedí perdón como nunca en cincuenta años, sin saber si tenía que hacerlo, porque los matrimonios y los cuernos son cosas de grandes. Pero los había traicionado y quebrado la familia. Los chicos no tenían nada que ver con lo mal que nos habían salido las cosas a nosotros. Con o sin infidelidad, una separación es siempre un asunto de dos, e íntimamente cada uno sabe la parte que le toca. Pero no fue eso lo que le dije a mi hijo cuando me senté a hablar. ¿Qué sentido tenía? ¿Enjuagar mis culpas ensuciando a la madre? Yo estaba destrozado porque había roto el espejo donde un hijo se mira para aprender, para crecer, para actuar en la vida. Todo lo que les habíamos enseñado desde chiquitos lo había tirado a la basura. Y lo había decepcionado a él, al mayor. Quien diga que el amor a los hijos es para todos por igual se engaña. Con él tenía algo que con ninguno de los otros podía tener, aunque lo deseara con toda mi alma: con él había aprendido a ser padre. Él me había revelado, desde el momento cero de su existencia, la otra mitad de la vida. Todos nacemos hijos de alguien, pero no todos llegamos a ser padres. Y como padre, yo, todo, absolutamente todo, lo hice por primera vez con él. Darle de comer, limpiarle el culo, pasearlo en cochecito, cantarle una canción, enseñarle los números, acostarlo a dormir, pegarle un sopapo, patear penales, ponerle Merthiolate, repasar para un examen, andar en karting, saltar olas, ir a la cancha, contar chistes, encararse una mina, preparar mate, compartir una cerveza, escuchar sus problemas, un día contarle los míos, y así empezar a tratarnos de igual a igual. Yo creía que lo había hecho bien, o suficientemente bien, porque no hay manuales para esto, pero esta cama helada, llena de tubos, no se equivoca.
Con el segundo, el del medio, todo fue más fácil; y, paradójicamente, más difícil. Teníamos la experiencia del primero, ya habíamos domado el estado de alerta y angustia permanente que significa tener un hijo, pero no importa cuánta paternidad uno recorra, cada hijo trae sus propias complicaciones. Ahora eran los celos del primero y nuestros descuidos por andar agotados, sumados a cierta despreocupación de ya saber cómo venía la mano. Cuando no sabíamos nada, la pifiábamos por ignorantes, y cuando le agarrábamos la mano, por exceso de confianza. El cara y ceca de la vida.
Los chicos fueron creciendo, y con el segundo empezamos a chocar por cualquier cosa. Se sentía sobreexigido y competía con el mayor por su cuota de atención, y aunque yo me matara explicándole que cada uno era como era y así estaba fenómeno, la situación no prosperaba. Vivíamos en una especie de malentendido constante. Un globo a punto de explotar. Y con el tiempo se puso peor. Cualquier charla, hasta la más inofensiva, podía terminar para el carajo. Nos llevaba días enteros recuperarnos. Pero el padre, el adulto, era yo, qué culpa podía echarle al chico. No es fácil acostumbrarse a un segundo hijo, por buscado que fuera. Uno queda moldeado para siempre por el vínculo con el primero. Formas, demandas, expectativas. Un código que parece increíble que un chico pueda generar con tanta facilidad, pero es así. Y tampoco hay manuales para esto.
Con el tercero pusimos piloto automático. A esa altura prácticamente se crían solos. Las reglas no se discuten, ya están probadas. Aprenden de los hermanos. Y al ser tres, se entretenían con cualquier cosa. Pero, otra vez, la cancha adquirida te juega en contra. Otra ironía de la vida, como este lugar, donde se supone que se desloman por cuidarte y apenas si les ves la jeta. El más chico, salvo los primeros años, mientras duró el efecto «chiche nuevo», recibió poca bola. Y eso se paga. Salió más introvertido, más rebelde. Los otros dos eran obedientes, estudiosos, impecables. No se quejaban ni cuando los mandabas a bañar. Aguantaron bien nuestra inexperiencia, y la sobreprotección de la madre. Instrucciones para cualquier cosa, límites por todos lados, un ojo omnipresente en la espalda. Mientras no matara a nadie o tirara el televisor al piso, el más chico que hiciera lo que quisiera.
No era falta de interés, sino que el trabajo hecho con el mayor rinde: los que siguen miran y van copiando. Sobre todo, el más chico. Si el mayor juega a los autitos, el más chico quiere jugar a los autitos; si el mayor anda en bicicleta, el más chico se te para al lado con la suya. Y más allá de lo que uno dedique a enseñarles, las cosas se van haciendo solas. Los tres míos salieron deportistas, porque yo siempre hice deporte y mi hijo mayor se prendió enseguida, y atrás de él los otros dos. El club del Barrio era enorme y les hice probar todo. Donde había una pelota, ahí los anotaba: fútbol, básquet, tenis, vóley. Después, que eligieran ellos. Se quedaron con el tenis porque el mayor prefirió eso. En la época que jugaban los tres era un presupuesto comprarle una raqueta a cada uno. Empezaron con las de madera y aluminio, y después se pasaron a las de fibra de vidrio, magnesio y grafito. Y cuando probaron esas no quisieron saber nada con las viejas. Me las terminaba quedando yo, eso de vender por internet no existía. Cada mes veíamos con mi mujer qué gasto podíamos hacer, y como no comprábamos nada en cuotas, todo en efectivo, había que hacer bien las cuentas. Las raquetas se sumaban a las bicicletas, las zapatillas, los botines, los guantes de arquero, las paletas de pádel, los palos de golf, porque ahí también había pelota, y un día al mayor se le dio por practicar. En estas cosas, la ingeniera era mi mujer. Anotaba todo en cuadernos, papeles y papelitos con biromes de colores según tipo de gasto, fecha y monto. Le sacaba hasta la última gota a cada peso. ¡Qué felicidad el día que les dábamos la raqueta nueva! La tenían en la mano desde que abrían los ojos, la miraban, la acariciaban, la lustraban, hacían swings en el aire, y se iban a dormir abrazados a ella, con la funda puesta para que no se rayara. «Porque para eso es la funda, ¿no, pa?»
Y después, pobrecitos, tener que bancarse toda esta cagada que nos mandamos. Que me mandé. Y pobre mi mujer. Y pobre yo, también, que por no saber qué hacer dejé un hijo en el camino. El más chico jamás me volvió a hablar. Me escupía algunas palabras cuando los llamaba al departamento de Buenos Aires. Ni bien se daba cuenta de que era yo, ponía voz de robot y dejaba el teléfono en la mesa para que lo agarraran los hermanos. Cuántas veces habré escuchado ese martillazo. Ni «pa» ni «el viejo», simplemente «Che, para vos», como si el tubo tuviera espinas.
Pasaron quince años. Demasiado tiempo esperando que el rencor se fuera, pero no se fue. Le escribí cartas que nunca supe si leyó o quemó. Las veces que me lo crucé en la calle se cambió de vereda o miró para otro lado. Otras, cuando pasaba a buscar a alguno de sus hermanos por la casa de la madre, abría la puerta y se daba vuelta con ese «Che, para vos» asqueroso. A veces, desde atrás de la mirilla, sin tocar el picaporte. Escuchaba los pasos que llegaban hasta la puerta y cómo se alejaban. Yo tenía que ir a buscarlos ahí porque no paraban en mi casa, salvo cuando venían al carnaval con los amigos y necesitaban espacio. ¿Cómo se lo dirían a los demás? ¿Voy a Gualeguaychú, «donde viven mis viejos» o «donde vive mi vieja»?
Un tiro habría sido la solución. Pero no podía cargarles la mochila con eso. Ahora que se acabó, que entendí por enésima vez que la vida no perdona, me doy cuenta de que el error más grande no fue ser cagón, sino confundir hijos con familia. Por miedo a desarmar el nido, por no saber recortar a los chicos de la madre, y de mí mismo, destrocé todo. Y no me quedaron ni las migas. Había roto el espejo, y un espejo roto no tiene arreglo. Se pueden juntar los pedazos, pero la imagen quedará astillada para siempre. Me voy a morir sin uno de mis hijos y, aunque hayan pasado quince años, es imposible aceptarlo. Soñé con mil formas de que se acabara, noche tras noche, hasta recé para que algún día el destino lo atropellara a él, y así tener la certeza de que ya no habría más esperanzas. Las esperanzas no dan vida, la asfixian.
Siempre fui torpe con los sentimientos, pero era capaz de cortarme un brazo por cualquier cosa que necesitaran mis hijos. El último dolor que me duele es ese: no haber sabido hacer que se dieran cuenta. ¿Se puede enterrar vivo a tu padre? ¿Puede un pecado matrimonial, por capital que sea, sepultar el amor incondicional, los campamentos, los kartings, las barrenadas en la playa y la plata para comprar figuritas a escondidas de la madre?
7. Uno más
Despreocupado, irreverente, superficial. Las lenguas fáciles del Barrio y de Gualeguaychú, que se la pasan más tiempo en la vereda ajena que en la propia, desparramando boludeces porque el aire es gratis, dirían que mi padre era un irresponsable, un inmaduro. Un tipo grande que no podía aceptar que ya no era un pendejo, ubicarse en la palmera y dejar de hacer pavadas. «Un chiquilín.» En parte tenían razón, pero ¿qué tenía de malo eso? Mi padre era un adulto que no quería dejar de ser un chico. O no del todo. Tuviera casa, trabajo, familia, auto y mascota.
Contra lo que habitualmente sucede en los pueblos, donde manda el qué dirán, mi padre tenía un nulo sentido del ridículo. Se movía en un barrio de pocas casas como en una ciudad de millones. Mentalidad de uno en la multitud, que los demás se ocupen de lo suyo y no rompan. El mundo de cada uno se extendía hasta donde llegaba la vista, el resto eran puteríos. Eso olía a una de las máximas del Nono, ¿se lo habrá enseñado él o la habrá inventado solo, fumando en silencio con la vista atravesando la materia? Tarde para preguntarle, pero jamás vi a mi padre hacerse mala sangre por algo que pensaran los demás. Y hace poco escuché o leí de alguien, sí, leí, hojeando esos libritos de aforismos que hay en los mostradores de las librerías: «Lo que los demás piensen de ti no es asunto de tu incumbencia». Qué verdadero, qué simple, qué difícil. Pensamiento de buda, desapego zen. Y en el caso de mi padre, el modo exacto en que vivía, aunque no hubiera oído una palabra de esas cosas. Si se tentaba, soltaba la carcajada, no importa dónde ni con quién estuviera. Los chistes verdes lo mismo, varias veces lo vi decir cualquier guasada con nenes dando vueltas. Ni se fijaba. Y las viejas que se arreglaran solas, ya habían vivido suficiente, y si a esa altura se escandalizaban que lo charlaran con el cura, que en Gualeguaychú está lleno. Contando cuentos era un show. Se hacía carne de los personajes, con una habilidad tremenda para imitar conductas, estereotipos y toda clase de tics. Su especialidad eran los gangosos. Antes de cada cuento había un preludio. Se tomaba su tiempo, la transformación era fundamental. Y una vez que arrancaba era imparable. Se posesionaba. Empezaba a estirar y deformar las palabras, a empastarlas unas con otras, un menjunje afrancesado de consonantes y vocales, y la cara que parecía de chicle: la nariz arrugada como de asco, los ojos meta parpadear, la boca chorreada como una obra de Gaudí. Y como si eso fuera poco, le agregaba la postura de un jorobado y el andar de un rengo. Ningún gangoso podía ser así, pero lo veías y creías que no había otro posible. Era el gangoso universal. En la costanera de Gualeguaychú o en la Conchinchina.
Al lado del mío, los padres de mis amigos eran unos amargos. Menos onda que un alcaucil. Cuando iba a jugar a lo de ellos, pasábamos todo el día sin que nos dieran ni bola. Solo se asomaban para ver que no nos hubiéramos mandado alguna cagada. Eran gente seria, infundían respeto, hasta asustaban. El mío era lo opuesto, se mezclaba en todo lo que hacíamos sin siquiera preguntarnos si queríamos. Uno más de nosotros. Un padre que, sin decir la palabra, contagiaba libertad en cada cosa. ¿Te gusta andar en patineta? ¡Buscate una pendiente! ¿Pescar? ¡Agarrá la caña! ¿Tenés hambre? ¡Ayudame a prender el fuego! Mis amigos lo adoraban y lo llamaban por el sobrenombre. «Harry» en casa, «Harry» en el club, «Harry» en todos lados. Muchas veces se ponían a conversar, le contaban cosas, le pedían consejos, ¿con qué otro padre del grupo podían hacer eso? Yo no recuerdo haber hablado más de quince segundos con ninguno. Saludar al llegar e irme, preguntarles si podía ir al baño, y no mucho más. Tocar la heladera, olvidate. El lado B de ese rasgo de carácter de mi padre eran los límites. Detestaba tener que decir que no, la palabra número uno de mi madre, pero cuando se nos iba la mano, daba un grito y no jodíamos más. Para mi padre todo en principio era un sí; sin embargo, esa batalla la ganaba por goleada mi madre. Estaba convencida de que en el río la gente se ahogaba y en patineta te partías los dientes, así que la mayoría de las veces me quedé con las ganas. En eso los alcauciles eran mejores. No se preocupaban tanto y a mis amigos les dejaban hacer más cosas.
«Me encantaría tener un viejo como el tuyo.» Me cansé, sin cansarme nunca, de escuchar eso. Cuando vivíamos en San Nicolás, mi padre nos llevaba a los torneos en Ramallo, en Villa Constitución, en Arrecifes, en Baradero, en San Pedro, en Pergamino, en Rosario. Adonde fuera. Cargaba los raqueteros en el baúl y nos metía en el auto con un grito de guerra. ¡A dejar todo! ¡Cada pelota es la última! ¡Mariconeadas no, eh, que tiene dos patas y brazos igual que vos! Cosas así, que inventaba en el momento y que yo podría recitar de memoria, como si los años no hubieran pasado. En Rosario nos cagaban a palos, estaban en otro nivel, pero igual subíamos al auto con las pulsaciones a tope, con la esperanza de que podíamos dar pelea. Hace poco volví a jugar ahí, en el Jockey Club. Y lo gané, Campeón de Veteranos +35. Fue como desatar un nudo que llevaba décadas calcificado. Después de la ducha, la más larga que me di en mi vida, caminé una vuelta por el parque y me senté en la tribuna a mirar los demás partidos. Con la copa entre las piernas, viajé en el tiempo a través de toda mi carrera tenística: desde que era un nenito que apenas podía sostener la raqueta, con los aviones de guerra rasgando el cielo del Barrio camino a Malvinas, hasta ese día mágico en el Jockey Club rosarino, pasando por los años en que recién me había ido a Buenos Aires y jugaba muy poco. Digo carrera tenística y parece exagerado, porque jamás pasé del mundo amateur, pero yo soy deportista. Y eso se lo debo a mi padre.
Cuando el pádel inundó la Argentina, encontró una nueva excusa para meterse de lleno. No era un talentoso sino un luchador. Coraje puro. Una fiera salida de la jaula con una paleta en la mano y la obsesión de perseguir la pelota por todos los rincones. Jugaba con una intensidad desmesurada: se chocaba con el compañero, rebotaba contra las paredes y se tiraba de cabeza contra el alambrado. No le importaba pelarse las rodillas o clavarse algo. Llegar antes del segundo pique era más importante. Lo demás se curaba, la falta de garra no. Al ping-pong igual. Organizaba campeonatos como si fuéramos profesionales. Ni bien nos despertábamos, yo preparándome la leche, él con su mate en la mano, me preguntaba si quería armar algo con mis amigos. Ya éramos más grandes. Yo le decía que sí, siempre tenía ganas. Entonces empezaba a contar: vos, tu hermano, Guille y Raulito seguro; le podemos decir también a Jaime, Lean y Condorito; hasta ahí, siete, y conmigo, ocho. ¿Los llamás vos?, me pedía con la ansiedad de un nene de cuatro años. Después dibujaba el draw y juntos hacíamos la clasificación, poniéndole ranking a cada uno según el nivel. Él estaba en el pelotón de los mejores. A diferencia del tenis, que exige un grado de coordinación muy alto, con la paleta ahí nomás de la mano se le hacía más fácil. Después armábamos las zonas, los partidos, y a jugar. Con ronda de perdedores y todo, para tener una segunda chance. Varias veces ganó él. Era un rival durísimo, lleno de mañas y una cabeza que no tenía ninguno de nosotros, todos pendejos que creíamos que con una buena muñeca alcanzaba. Y como en casa teníamos la mesa siempre armada, estaba entrenadísimo. Le pegábamos con todo tipo de efectos, los que aprendíamos en tenis, y las devolvía como si nada. Y acostumbrado a jugar con nosotros, cuando venían sus amigos los sacaba con fritas, no le hacían ni tres tantos. Cada vez que empezaba un partido, nos arengaba para que jugáramos prendidos. A nosotros, mi hermano y yo, y también a mis amigos, eso no importaba. En cada match se jugaba el orgullo, el honor. La derrota solo era aceptable si habías dejado todo. Y aun siendo tan competitivos, cosa que nos habían inculcado de chiquitos tanto para la escuela, el deporte como cualquier otra actividad que involucrara a seres humanos, mi padre supo enseñarnos a ser buenos perdedores. A caminar hasta la red con la cabeza alta y felicitar al rival, que si ganó fue por algo. La derrota era un bocado que se rumiaba manso, en el vestuario. «Calladito y a las duchas», sin echarle la culpa al viento, a la suerte del otro o a los malos piques.
En el patio de casa jugábamos a los penales, usando como arco el paraíso y el sauce llorón, que estaban a la distancia justa. Tres metros y pico, la mitad de un arco profesional, podíamos volar a un palo y llegar. Si la pelota se iba al techo, mi padre trepaba por la torre de la antena, la devolvía y se tiraba de un salto desde allá arriba. Era Superman. La vez que le pedí subir yo, no me animé a mirar para abajo. Tuvo que subir a buscarme. Un Superman en cuero, sin traje, capa, ni botas especiales. En el club, si faltaba alguno, se sumaba enseguida. Fútbol, tenis, pádel, básquet, lo que venga. Era como si estuviera esperando que faltara uno. Se arremangaba el pantalón y, si no tenía las zapatillas a mano, jugaba en patas. A la noche lo veía en casa pinchándose las ampollas, sin una queja. Un hilo para «absorber el juguito» y tela adhesiva sobre la piel. El deporte lo era todo, lo justificaba todo. En la playa organizaba desafíos de pádel y vóley con mis primos y los hijos de los amigos. Un rato antes empezaba a juntarnos, y mientras terminaba de armar los partidos, a mi hermano y a mí nos mandaba a la orilla a paletear para entrar en calor. La gente se paraba a mirar. Hacíamos cualquier pirueta para mantener la pelota en el aire. Podíamos estar cinco, diez minutos enteros sin que tocara el piso. Y cuando venía muy exigida, nos tirábamos de pecho sobre la arena, como en el vóley, y el otro la levantaba con un globito para dar tiempo a recuperarse. Y otra vez a hacerla rebotar, pac-pac, pac-pac. La gente se amontonaba y aplaudía, y yo me sentía el número uno del mundo.
Le encantaba hacer jodas. Esconderse y asustarnos, cambiarnos los juguetes de lugar, comerse nuestra milanesa del plato. Era como si se pasara el día entero buscando el momento de agarrarnos desprevenidos. Como si cada día estuviera obligado a inventar alguna nueva y tacharla de una lista interminable. Trescientos sesenta y cinco días boludeando, así era mi padre cuando vivíamos en el Barrio. Tenía todavía frescas las jodas de sus amigos de la facultad, que eran muy bravos. En una despedida de soltero, al novio le ataron los huevos con un candado y una piola y lo tiraron con una camioneta por toda la costanera. Si se quedaba quieto, se los arrancaban. El flaco terminó estéril, fue el único del grupo que no tuvo hijos. A mi padre, en su despedida, lo pintaron entero con esmalte sintético verde y lo pasearon en bolas por las dos calles principales. Ida y vuelta, como una reina de comparsa. A la hora tuvieron que llevarlo al hospital porque se desmayaba. Entre el pedo y la pintura tapándole los poros, casi se muere. Hay que ser imbéciles. En esas cosas mi padre se parecía al Nono, bufón incansable pero inofensivo, porque no llegaba a jodas de ese calibre. Lo normal era que quedara en offside por conductas o comentarios desubicados. Una cargada por «bostero» a un tipo que acababan de presentarle, un chiste a un policía con cara de orto, un paso de baile para colarse entre las viejas en la fila del banco. Sin embargo, jamás sentí vergüenza. Al contrario. Ya hay demasiados amargos en el mundo, me decía mi padre, ¿vamos a dejar que nos ganen? Mi hermano más chico y yo salimos a él en eso de las jodas y la acidez, pero siempre con la lengua. Nada de estupideces ni cosas peligrosas.
Así era con todo. Pensaba en nosotros, y por añadidura en nuestros amigos, como si fuéramos sus propios juguetes. Sus muñequitos de fútbol, sus soldaditos, sus pilotos de carrera. La educación y los valores, el colegio, las clases de inglés y el catecismo eran cosas de las que se encargaba mi madre. «Responsabilidades», y de las responsabilidades se ocupaba ella. Salvo los ejercicios de matemática, física o química, que le tocaban a mi padre por ser ingeniero. El entusiasmo que él ponía en su parte coincidía con el que ella ponía en la suya. Una balanza equilibrada, suiza, una de las pocas cosas en la que parecían estar naturalmente de acuerdo. Sin remo ni peleas.
Un día, yo tendría doce o trece, nos llevó al arroyo a talar un árbol que se estaba viniendo abajo. Lo había visto cuando volvía del partido de fútbol con sus compañeros de fábrica. Puedo imaginármelo recostado sobre el lado izquierdo del asiento, con el codo sobre la ventanilla baja, como manejaba él, tarareando o silbando algo, y de golpe la imagen del árbol torcido, la mitad de las raíces emergiendo de la tierra con ganas de zafarse. Convenía sacarlo de una vez, y hasta que la municipalidad se dignara a echar un vistazo iban a pasar meses. Nos equipó con hachas y machetes, y una motosierra que no sé de dónde sacó, y fuimos caminando desde casa, en pelotón con mis amigos, cantando una canción al estilo de los boy scouts. En la heladerita llevábamos sánguches y gaseosas, para él cerveza, y unas galletitas para la tarde. Nos mandamos hasta el fondo de la Avenida Central y llegamos al arroyo. Por supuesto, mi padre había organizado la excursión a escondidas de mi madre, que si se enteraba lo de la motosierra iba a dejar sordo al Barrio con sus alaridos. El plan solidario, quitar el árbol porque era peligroso y la municipalidad no iba a hacer nada, no era más que una excusa: mi padre nos llevaba porque era un plan de hombres, y divertido, especialmente para él, que amaba ser el capitán de nuestras cosas. Ya al pie del árbol, se calzó la motosierra al hombro, trepó hasta la copa y unos minutos después cayeron en picada un par de ramas. Listo. Bajó, dio unas vueltas alrededor, marcó con un par de machetazos la corteza del tronco y nos dijo lo que iba a hacer. ¡¿El árbol entero?! Guau. Nos apartó con la mano para que nos pusiéramos a su espalda, y prendió la máquina. Le dio de los dos lados, haciendo esas V típicas de los leñadores yanquis, y unos minutos después, ¡Guardaaa! A la mierda el árbol. Cayó con un estruendo impresionante, sin rozarse con nada, y quedó acostado limpito entre los demás árboles. Estábamos enloquecidos, a los gritos, queriendo probar la motosierra. Pero no nos dejó ni tocarla, ni siquiera para cortar las ramas de arriba, que eran más finitas. Lo único que pudimos hacer fue turnarnos para sostenerla, con sus brazos encima de los nuestros, y sentir el peso y el temblor al activar el gatillo. Cómo rugía, era cierto que era solo para los grandes. Al final, para darnos el gusto, nos dejó cortar algunas ramas con el machete, siempre agarrado con las dos manos y mínimo a dos metros de cualquier compañero. Shic, shic. Shic, shic, shic shic shic. Meta machetazos como unos enfermos, hasta que los brazos no nos dieron más. Después apilamos todo en una parva, pusimos unos palos verticales y les atamos unas telas de colores en la punta. Los banderines de la expedición. El Escuadrón Verde del Barrio SOMISA había cumplido su misión, la primera de quién sabe cuántas, y ahora a nadie le iba a pasar nada. Podrían pasear tranquilos por el arroyo sin la amenaza de que un árbol les partiera el auto al medio. Era algo bueno, de lo que estar orgullosos, pero no se lo pudimos contar a mi madre. Volvimos picados enteros por los mosquitos y con arañazos de ramas por todos lados, pero qué importaba, ni siquiera sus rezongos por «subirnos a los árboles del campito de la iglesia», la versión que mi padre había ideado para ella.
A la noche nos traía películas del videoclub del centro, un local que habían puesto con unos amigos del Barrio para sumar un extra al sueldo de la fábrica. En la segunda mitad de los ochenta, en pleno auge del video, les sirvió para paliar la inflación y ahorrar unos mangos. Mi padre se aparecía en casa con un paquete de estrenos de acción y suspenso, las películas que más nos gustaban, y de vez en cuando alguna comedia prohibida para menores de dieciocho, para que nos emocionáramos con alguna teta o culo. Nos hacíamos mil pajas después de verla. Más yo, que hasta los catorce no supe lo que era una mina: dos hermanos varones, desde el jardín hasta la secundaria en un colegio de curas, y meta jugar a las figuritas, a la pelota y al tenis con mis amigos en el club. Veinticuatro horas por día a puro huevo. Mi padre no me iba a dar una clase de sexualidad, no lo hacía ninguno de los padres de mis amigos y menos él, porque si mi madre se enteraba, lo cortaba en fetas. Ver películas eróticas y masturbarse era pecado. Y justamente para prevenirnos de todo eso estaban las clases de catecismo y las idas a misa. Además, como nosotros éramos los chicos más obedientes de la galaxia, no hacía falta explicar nada. Negadora si las hay, mi madre miraba para otro lado. Mejor no ver que a tus «bebés» les están creciendo pelos por todo el cuerpo, ni tratar de adivinar por qué ahora se la pasan horas en el baño, cuando de chiquitos era el lugar más odiado de la casa, o darte cuenta de que se mueren de ganas de ponerla. Las solas palabras son escandalosas. Entonces, para mi padre, mejor jugarla de callado ayudando como pudiera a revolver las hormonas, a ver si con un par de películas lograba avivarme un poco. Un día que no había nadie en casa, un sábado a las tres y media de la tarde, me agarró del brazo y me sentó en el sillón frente al televisor. Corrió las cortinas que daban al patio, puso play y en la pantalla del televisor aparecieron dos minas vestidas de colegialas. Me dejó solo y se fue a la cocina a tomar unos mates y hacer de campana. Si mi madre se enteraba, se pudría todo; yo todavía no había cumplido dieciocho. A medida que pasaban las imágenes, menos palabras, menos ropa, más musiquita y más piel, y yo me volvía más loco. Había espiado montones de veces las tapas de las cajas en los estantes del videoclub y sobre el bahiut de casa, donde apilaban los casetes alquilados a la gente del Barrio, pero no había visto las películas: la cámara tan cerca, todos chupándose todo, uno contra uno, dos contra uno, cuatro contra tres. Los ojos se me secaron de no pestañear, el corazón bombeaba a quinientos por hora y me picaba todo el cuerpo. Más que picar, me ardía. Confieso que un poco lo disfruté y otro poco me asusté. La verga se me puso tan dura y me dolía tanto que no me animé a tocarla. Pensé en llamar a mi padre para preguntarle si eso era normal, pero era algo que tenía que resolver solo. Después, cuando le conté, se rio y me revolvió el pelo con la mano. Quería preguntarle cuándo sería la próxima, pero tampoco me animé. Y no pasó nunca más. Lo tachó como a los tomates en una lista de supermercado. Otra misión cumplida.
Creo que mi padre, como todo padre, vivía a través de nosotros. Su alma de chico se resistía a dejar de ver el mundo como un parque de diversiones o un gran club. Y en esa aventura necesitaba cómplices. ¿Quién mejor que sus hijos? Sus amigos, personas adultas, serias, ubicadas, no iban a acompañarlo en ese derroche de energía y compostura. Ese gen le duró hasta el final. Cuando se vino abajo, como aquel árbol al costado del arroyo, siguió compartiendo lo poco que tenía. Ya no podía trepar a ningún techo, prender ninguna motosierra, ni contar chistes usando el disfraz de su cuerpo, pero su casa seguía siendo un lugar donde pasarla bien. Bastaba decirle que iba con mis amigos a comer un asado, y ya no importaba si tenía plata o no, cuando llegábamos a la parrilla el fuego estaba en marcha. Y si se había quedado sin papel y no tenía con qué prenderlo, le echaba querosén a una de sus camisas y listo. No lo dudaba un segundo. Cuando vivíamos en el Barrio, el quincho era nuestro lugar preferido, hacíamos todo ahí: asados, ping-pong, películas. En Gualeguaychú, era la franja de pasto y árboles al costado de la cancha 1, donde estaban la parrilla y las mesitas con sombrilla. El color de la foto entre ambos momentos contrastaba, eran dos vidas distintas, pero el corazón de mi padre era el mismo.
Cuando íbamos al carnaval con mis amigos dormíamos en el complejo, no en casa de mi madre. No había espacio. Tirábamos unos colchones desnudos en el piso del living, donde antes funcionaba el restorán, así nomás, sin sábanas ni almohadas, y hasta mañana. Muertos como estábamos, tras la maratón de chupi y baile en el Corsódromo y el boliche, podíamos dormir en el catre de un faquir. Y un par de horas después, con la luz colándose por puertas y ventanas, nos levantábamos, nos cepillábamos los dientes y salíamos para la playa. Y cuando el sol empezaba a aflojar, mi padre ya sabía que tenía que prender el fuego otra vez. Había asado del hijo mayor con sus amigos y para él eso era religión. En tiempo de reloj no hace tanto, pero parece que hubiera sido antes de los dinosaurios.
8. Neptunia
De gurises nos la pasábamos en el Neptunia. Tenía una sede sobre el río y otra en el centro, más social, con la cancha de básquet principal. Era el club donde iban los pibes como nosotros, de buena familia, pero normales. Quiero decir no fifí: el Mudo, el Colorado, el Oso, el Pirata, el Ruso, el Turquito, el Pájaro, la Garza, la Chancha, Cachavacha, yo. Todos los que cuarenta años después terminamos armando la peña de los jueves, menos alguno que quedó afuera por las cosas de la vida o por pollerudo. Algunos ya no viven acá. Al lado del Neptunia estaba el Náutico, que era un club hermoso, de categoría, con amarradero y todo, pero sin alma. Todo lo que tenía de lindo lo tenía de soso. Parecía más un club de Inglaterra que de Gualeguaychú. Mucho viejo jugando a las cartas y al dominó. Se instalaban bien temprano bajo esas arboledas gigantes y no se iban hasta que se hacía de noche. Llevaban la comida en canastas, desplegaban sus manteles a cuadros y no se movían ni para tirarse al agua. Después de las nueve de la mañana ya no encontrabas lugar, y el paisaje parecía una foto. Todos quietitos. El Neptunia era otra cosa.
El Neptunia era un despelote total. Tenía cancha de lo que quisieras, y hasta una pileta en el río hecha con balsas de cemento flotante y andariveles. Cómo olvidarse de esos andariveles amarillos, todavía están. Era un club para deportistas, gente con ganas de correr, saltar, gritar. Nosotros le hacíamos a todo. Eso en los pueblos es sagrado: si no hacés deporte sos un bicho raro. Un leproso, un paria. Éramos capaces de jugar diez horas seguidas, partidos de lo que se te ocurra, uno atrás del otro. Hoy, de solo pensarlo, me agota. ¿Cómo hacíamos? ¿Adónde va a parar toda esa energía? Pasa el tiempo y uno no se da cuenta, porque es gradual, ínfimo, pero de a poco la pila se va acabando. Y cuando te das cuenta, ni siquiera te preocupa. Eso debe ser envejecer. Lo mío era el básquet. En la primaria ya le sacaba una cabeza al más alto y un día el profesor de educación física me tiró una anaranjada y me dijo que ni se me ocurriera pensar en otra cosa. «Ahí tenés el aro, en media hora te vengo a buscar.» Y me dejó solo. Y empecé a tirar. Con el tiempo comprobé que además de grandote era ágil y con puntería. No tan fácil de conseguir, por lo menos en esa época en que los deportistas no eran los atletas supersónicos de ahora. Cuando terminábamos de jugar, corríamos por las escalinatas y nos tirábamos al agua todos juntos. Como un bombardeo, pero humano. Y después, hechos sopa, íbamos a la cantina a comprar unas gaseosas. Hasta los quince o dieciséis no se nos ocurría tomar nada, nuestros viejos no nos dejaban y a los padres se les hacía caso. Después sí empezamos a chupar como esponjas, no importa si nos gustaba o no, había que entonarse. Arrancábamos con unas cervezas heladas en la cantina y la seguíamos en la sede del centro, ya duchados y cambiados. Las minas pasaban por la esquina en la vuelta del perro, y nosotros nos hacíamos los que no las estábamos fichando, mientras por lo bajo rezábamos para que entraran. No había muchos lugares, así que terminaban cayendo. Y ahí lo de siempre, a jugarla de galanes o de tímidos o de lo que sea, cada uno con su libreto, a ver si mojarreábamos algo. Pasaban meses hasta que les tocábamos un pelo. Éramos demasiado educados, rozando lo nabos. Si se nos iba la mano con el chupi, al otro día tomábamos un poco de agua y listo. Nos recuperábamos de cualquier cosa, volvíamos a la forma original enseguida, como una almohada nueva. Ahora tomo muy poco, pero si un jueves me paso de copas, al día siguiente no sirvo ni para espiar.
El Mudo era hiperkinético, no le hacía asco a nada. Si se jugaba con pelota, ahí estaba firme como rulo de estatua. Y no era crack en ningún deporte, pero siempre rendía por encima del montón. Se anotaba en todas las canchas para no pasar ni cinco minutos parado, y los que armaban los equipos se peleaban por tenerlo entre sus filas. En el pan y queso era uno de los que elegían primero, antes que varios habilidosos, por los huevos que ponía. Si el Mudo tenía algún talento era el corazón: iba a cada pelota como si fuera la última, porque el que perdía se comía las cargadas una semana entera y porque sí, porque así era él. No lo iba a reconocer, pero era más competitivo que la mierda. Flaco como un galgo, se tiraba a la pelota de cabeza y parecía que lo iban a romper entero, pero no. Era duro, resistente, no sé de dónde lo había sacado. Genética. Todavía no se habían inventado los gimnasios, salvo alguno al que iban los patovicas, y ser patovica era lo último de lo último. El lomo lo echabas haciendo deporte. Y, como en las películas, los deportistas eran los que se ganaban las minas, mientras los demás se quedaban mirando la fiambrera. Yo llegué a jugar en la selección entrerriana, cosa que ninguno de los demás hizo, pero con las minas me costaba. Aunque estuvieran atrás mío, me iba al mazo. A los diecisiete uno no tiene la cabeza de ahora. Los años vienen con sus propios trapos y herramientas. El Mudo sería menos hábil con la pelota, pero era muy entrador, y lo que no podía ganar con el estuche lo ganaba con la parla. Cuando agarraba confianza no había manera de frenarlo, era como esos jugadores que pisan la llave con tal decisión que no podés ni manotearlos de la camiseta. Igual, recién rompíamos el cascarón. Nos avivamos un poco cuando fuimos a Buenos Aires. Ahí las minas eran de otra liga. Habíamos pasado de los cachapés de las pistas de tierra a las bestias de la Fórmula 1. Al principio no sabíamos ni cómo hablarles, nos llevó meses hacer pie. Y cuando enganchamos la onda, competíamos a ver quién la tenía más larga, quién se levantaba a la rubia de ojos celestes o a la tetona.
A nuestros hijos los llevamos al Neptunia y les enseñamos las mismas cosas que nuestros viejos nos habían enseñado a nosotros. Después ellos hicieron la suya, como tiene que ser. El mío se la pasa corriendo, no juega a ningún deporte de verdad, únicamente maratones. Mi hija salió a la madre, delgada como una Popotitos, así que no necesita nada para mantenerse en forma. Se compró unos patines, esos de las cuatro ruedas en fila, y sale con las amigas a andar por Palermo. Cuando viene para acá los trae para patinar por el parque. Llueva o truene, sale igual, como su madre con la rezada del rosario en la iglesia.
El Mudo ya no estaba en Gualeguaychú cuando tuvimos los gurises, y se lo extrañaba. Tanta agua bajo el puente y ahora que éramos padres no podíamos compartirlo. Las cosas de la vida: más fáciles de entender que de masticar. Nos veíamos muy de vez en cuando en las escapadas que hacían para Pascua o fin de año. Y casi nunca coincidíamos más que tres o cuatro mates, cada uno andaba con sus obligaciones y ellos de un lado a otro visitando parientes. Los chicos de ambos ya eran grandes y tenían sus propias barras de amigos, costaba juntarlos, no querían saber nada. Habían pasado quince años, mucho tiempo.
Yo todavía voy al Neptunia a jugar al básquet con los muchachos de la facultad, como cuando éramos gurises. Pero despacio. La cabeza quiere, pero al cuerpo no le da. Y a esta altura qué importa ganar o que te llenen la canasta, lo único que importa es salir entero, pegarte una ducha caliente y la próxima poder estar.
9. En cochecito por avenida Santa Fe
Estaba por cumplir los treinta cuando nació el primero. Mi mujer, veintiocho. Una buena edad de los dos, aunque muchas parejas los tenían antes y nosotros veníamos buscando desde hacía rato. Yo estaba sin laburo, todavía estudiaba, la carrera se me había estirado de más, y no teníamos el mapa claro. Pero eso sí lo sabíamos bien. Queríamos una familia, el resto ya veríamos cómo acomodarlo. Los chicos vienen con un pan bajo el brazo.
A mi mujer le costó quedar embarazada. Cuatro o cinco años en los que probamos de todo. Nos cansamos de desfilar por el consultorio de Nicholson, el capo en fertilidad de entonces. Había más cola que para ir a la cancha. El tipo tenía una fe ciega en la ciencia, y en sus propios métodos, pero hasta él parecía resignado. No había pirueta que no hubiéramos probado y la cosa seguía sin prender. Es inconcebible buscar un hijo durante tanto tiempo y ver pendejas de trece años que se embarazan a la primera de cambio. Y cuando ya habíamos perdido toda esperanza y empezábamos a pensar en la vida sin hijos, sin saber cómo carajo seguir adelante, juntos o separados, al menos yo pensaba eso porque la frustración era tan grande que me había partido al medio, justo ahí mi mujer quedó embarazada. Íbamos a tener un hijo. Y con toda esa revolución que vino con la noticia, me juré terminar la carrera. Con el título de ingeniero en la mano tenía que conseguir laburo pronto, en el diario había avisos de fábricas de todo el país pidiendo a gritos un ingeniero industrial. Pero me faltaba ritmo, llevaba diez años dando vueltas por las aulas, y ahora encima tenía la cabeza en cualquier parte. Pero ya se iba a solucionar.
Yo quería un varón. Primero, un varón. Para correr, jugar al fútbol, ir a ver a River, todo lo que había soñado durante los años de espera. Después me daba igual si nene o nena. Y nació varón y fue la locura. Locura por partida doble. Por la felicidad y por el sufrimiento, porque nació sietemesino. Fuimos corriendo a la clínica Marini y cuando salió de la panza, a las nueve menos veinte de la noche, lo mandaron derecho a la incubadora, donde pasó unos días interminables.
Ahí estaba, minúsculo, conectado a un montón de cables. La pulserita con el nombre le bailaba en la muñeca, del grosor de un pulgar mío. Al principio no podía dormir, y cuando lograba pegar un ojo me despertaba a los dos segundos con la sensación de que no lo vería nunca más. Entonces, sin importar si era horario o no, corría desde la habitación 461 a la sala de neonatología; y si bien no era más que un ratoncito, cuando lo veía respirar el alma me volvía al cuerpo. Porque no era un ratoncito sino un pichón de león peleando con uñas y dientes por seguir vivo. Sin dientes ni rugido, porque la incubadora y toda la sala eran una caja hermética donde no volaba ni una mosca, pero yo podía escucharlo. Con el tiempo iríamos descubriendo la fuerza de ese leoncito. Una energía inagotable para cualquier cosa que hiciera, derivada de ese hecho capital en su vida, las primeras semanas que durmió con la muerte soplándole la nuca. Y ahora esa hija de puta otra vez, empecinada, de aquella incubadora a esta habitación helada.
Cuando se puso bien y lo llevamos a casa fue una fiesta. Habían pasado diez días exactos del parto. Desde aquel momento ese número, el diez, se convirtió en un talismán y entendí por qué era el número de las cosas perfectas, el número definitivo, el número de la vida. El número de la camiseta del Beto Alonso campeón del mundo en el 86 con la banda roja. Al final de ese día glorioso de finales de octubre que llegamos los tres a casa, me senté en el sillón del living con mi mujer mirando la cuna donde estaba nuestro hijito, ya para siempre con nosotros, y experimenté una plenitud que jamás creí que pudiera existir. Silencio, música, calma, electricidad, todo amalgamado en una mezcla surreal. Como la danza de la flora y la fauna submarinas, como el cántico de mil hinchadas juntas. Como nada que hubiera conocido. Ya no más vigilia en la clínica, empujando el segundero, tragando desesperación. Los primeros días en casa, sin embargo, me venían fogonazos de la incubadora y tenía que correr a la pieza para ver si respiraba. Y sí, respiraba. Y yo tenía todo el tiempo del mundo para estar con él, por encima de la presión de los apuntes de la facultad, de la necesidad de conseguir un trabajo, de mi mujer, de los amigos, de River y de todo lo que hasta ese momento me importaba. No había país, no había continente, no había más universo que el que se dibujaba un metro a la redonda de mi hijo. Como si lo hubieran trazado con un compás saliendo de su ombligo. Cargados de cosas nuevas, los días eran como una piñata de cumpleaños. Mi mujer y yo girando alrededor de nuestro pequeño sol. Y ahora, a años luz de ese octubre de 1973, las imágenes se me escurren entre los dedos como arena fina, y aunque apriete los párpados, no puedo retenerlas. Ya no me quedan fuerzas ni para gobernar un pensamiento.
Recién volví a la normalidad cuando empecé a sacarlo a pasear. Hasta ahí me la había pasado encerrado en el departamento, bajando a la calle para comprarle algo a la madre o al bebé. Vivíamos en Barrio Norte, con la avenida Santa Fe a dos cuadras. Toda la vida callejeando, y después de unos meses guardado, nuevamente feliz de perderme entre la gente y respirar el aire agitado de la capital, derrapando por la vereda con mi hijo. Todo me parecía un juego. Más allá del agotamiento y las preocupaciones, tan palpables como el barral del cochecito o las baldosas flojas de la vereda, la vida era alegre, divertida. Le calzaba su camisetita de River, lo envolvía en una manta, le ponía en el cochecito un muñeco o una pelota de algo, y salíamos. Me daban ganas de morfarlo, de masticarle los cachetes hasta caer desmayado. El desafío era completar la vuelta «a salvo». Uriburu, Santa Fe abajo hasta la 9 de Julio, cambio de vereda y vuelta por Santa Fe, Callao a la derecha hasta Pacheco de Melo, y de ahí subir hasta Uriburu, nuestra calle. En total, unas treinta cuadras, yendo a toda velocidad, sin rozar a nadie ni frenar, salvo en los semáforos. Cada roce o frenada descontaba un punto y quemaba una de las diez vidas con las que salíamos. Perdidas las diez vidas me imponía alguna prenda, no comer picada o tomar cerveza por equis tiempo, y si llegaba a la bandera a cuadros con siete o más vidas me daba un gusto. Como con los exámenes de la facultad. Dos veces logré cerrar con vuelta perfecta, puntaje intacto. La primera salimos a comer a Los Años Locos y la otra me compré una agujereadora nueva y un juego de herramientas.
Llegar invicto a casa era una proeza. Tenía que ir atento al bebé, a los defectos del piso, a la gente que aparecía por todos lados. Mujeres cargadas de bolsas, grupos de estudiantes ocupando todo el ancho de la vereda, tipos de traje apuradísimos por llegar a Tribunales. Moverme rápido y esquivar, igual que en los jueguitos electrónicos que enloquecerían a mis chicos una década después. No tenía la cintura de mi padre, tantos años de esgrima lo habían vuelto un mimbre, pero me las rebuscaba. De a ratos parecía una misión imposible: la vereda atestada de gente, las mesas de los cafés, los tachos de basura, los quioscos de revistas, los repartidores en bicicleta, y yo sin la posibilidad de frenar porque perdía puntos. Pero la promesa que le hacía a mi hijo al poner un pie afuera del departamento, «Hoy ganamos, pichón», me prendía todos los radares. Tenía que poder. En plena carrera, él sacudía la cabecita con el aire dándole en la cara. Era marzo o abril y el calor fuerte ya había aflojado, a la tarde el sol era una delicia. Cuando agarrábamos velocidad, pataleaba enloquecido con el rrrrrr de las ruedas sobre el serrucho de baldosas, y los brazos me temblaban. Aun sin músculos puedo sentir ese cosquilleo. Si veía el camino despejado, corría. Corría como un loco. Y si él era feliz, yo no tenía palabras.
No sé si hubo algo en toda mi vida que disfrutara más que eso. Mi pichón y yo volando juntos por Buenos Aires. Con todo el mundo por delante, por arriba, por abajo y por los costados. Sin facultad, sin mujer, sin amigos, sin mar ni montañas ni nada. Porque cuando salíamos a dar esa vuelta no había nada más. En esos momentos, el alma se me despegaba del cuerpo y veía a un tipo de treinta años paseando a su hijito por una de las mil calles de la ciudad, inadvertidos, microscópicos en el ida y vuelta rabioso de la urbe, y al mismo tiempo inmensos, más grandes que todas las galaxias juntas, en el polo opuesto de esta cama de hospital vencida. ¿Sentirá todavía mi pichón bajo la piel el mapa de aquellos paseos? La gente levantaba la vista y sonreía: un tipo zigzagueando a todo trapo en la corriente de peatones, y un bebé con camisetita de River batiendo piernas y brazos como un ventilador. La simbiosis máxima, urgente y graciosa, los dos envueltos en el humo denso de los caños de escape y el aroma ligero de los cafés, ese que creí que había en cualquier ciudad grande pero que mi hijo me contó que no hay en ningún otro lado, porque en Nueva York y en México y en Bangkok la gente, los autos y la comida cargan el aire de la calle de un olor diferente.
Y de pronto el alma volvía a bajar, a metérseme en el pecho, y sentía la felicidad de las cosas simples. Llegaba a casa empapado de transpiración y le pasaba el bebé a la madre para que le diera la teta. Y derecho a la ducha. Después, unos mates o una cerveza helada y a esperar que se durmiera. Un rato tranquilo para nosotros. Hablar de algo y dejar que el reloj cruzara al día siguiente, donde todo empezaba otra vez. Como si las veinticuatro horas que acababan de pasar no hubieran existido y hubiera que crear el mundo de cero.
10. Volver
Pasó tiempo hasta que volví al Barrio. Ahí tenía a mis amigos de la infancia, los de la cuadra, los del club, los del colegio Don Bosco, los del grupo juvenil de la iglesia, y una novia recién estrenada, con la pólvora del arranque todavía fresca. Pero me costaba. A mi padre lo habían echado como un perro de la fábrica y me dolía, me daba bronca que los padres de los demás siguieran trabajando ahí. Y aunque estaba contento de haberme ido de San Nicolás y vivir en Buenos Aires, ese hecho me hacía envidiarlos, sentirme menos. De mi grupo de amigos, mi padre había sido el único en recibir el telegrama. Como si nos hubieran puesto una de esas marcas de la Edad Media con las que estigmatizaban a los malditos, los deformes, los indeseables. Y nos tuvimos que ir.
«Retiro voluntario.»
Retiro voluntario una mierda. Habían abierto la puerta de salida con esa etiqueta amable, pero antes habían señalado con el dedo a los que querían que se fueran. Y mi padre era uno de ellos, quizá porque nunca se callaba nada y el jefe lo tenía montado en un huevo. Di Giorno. El pelado Di Giorno. Inútil, chupamedias, forro. Un boludo a cuadros. Cuántas veces escuché esas palabras en las conversaciones telefónicas de mi padre con sus compañeros. Y seguro, conociendo cómo era mi padre, se lo había hecho saber de alguna forma. Pero por más boludo que fuera o más cuadros que tuviera, el tipo estaba por encima de él. Y esas cosas, las jerarquías, se respetan. Más en una fábrica con miles de empleados, donde los que están arriba son pesados en serio. Mi padre, no obstante, se creía a salvo. Se había hecho buena fama, era laburador, despierto, rápido, y no faltaba jamás. ¿Por qué iban a elegirlo a él? Pero llegado el momento, los enemigos recuerdan. Le tocó en la segunda o tercera tanda de la limpieza, y en unas pocas semanas ya estábamos a doscientos y pico de kilómetros de donde yo había crecido y pasado casi toda mi vida.
Ir al Barrio era chocarme con eso. Y más. Porque además de la fábrica, ahí se había producido la rajadura que años más tarde terminaría con la separación de mis padres y la familia reducida a una colección de portarretratos muertos. En aquellas primeras vueltas al Barrio todavía faltaba para el derrumbe, estaban entretenidos acomodándose a la nueva vida en Gualeguaychú, pero las cosas seguían deteriorándose y yo sabía dónde había empezado todo.
Nos habíamos ido a mis dieciocho. Hasta ese momento, yo llevaba la vida de cualquier flaco de esa edad. Me la pasaba todo el día con mis amigos en el club. Salía con mis compañeros del Don Bosco, con quienes me llevaba bien a pesar de la rivalidad Centro-Barrio, una pelea parecida a la de Capital-Interior pero a pequeña escala. Y también hacía mis deberes de novio flamante. Yo era medio lelo con las minas, pero me había ganado una muy codiciada. A las minas les gustaban los pibes educados que no se desesperaban por meterles mano a los diez minutos, o eso me parecía a mí, que además ni sabía cómo hacer. Hermano mayor de tres varones, desde el jardín hasta la secundaria encerrado en un colegio de curas, mi manejo con las minas era nulo. Demasiado respetuoso, demasiado correcto, con la idea del pecado atravesada en la frente. Todo lo que se me ocurría hacer me mandaba directo al confesionario. Hasta que empecé a ir a los cumpleaños de quince de las hermanas de mis amigos y las chicas del grupo juvenil, mi mundo solo consistió en seres humanos masculinos. Puro huevo, pelota y raqueta en el club. Jajá, jojó, che-boludo, mirá las tetas de esa o el culo de aquella, qué buena que está la viejita (y la viejita no llegaba a los treinta). Así era, tal cual.
Mi novia era una bomba, la primera mujer con todas las letras que me crucé en la vida. Antes había noviado con una chica del grupo juvenil, hermosa, delicada, casta y pura como yo, mi primer amor adolescente, pero no tenía nada que ver con esta. Parecía más una virgencita para la mesa de luz que una mina de verdad, y tenía la cabeza igual de quemada que yo con el tema del pecado. Mi novia nueva era explosiva, usaba el pelo negro larguísimo atado en una cola de caballo bien alta, musculosas apretándole las gomas, y pantalones de cuero. Había ido al colegio de monjas María Auxiliadora, primo del Don Bosco en versión femenina, pero hacía lo que se le cantaba. Yo todavía no había debutado con nadie y quería perder la virginidad con ella. Perder la virginidad, así figuraba en mi cabeza de entonces. Nos lo habíamos prometido, casi jurado, para el primer fin de semana que sus padres viajaran a Córdoba, donde tenían unos parientes. Ella se quedaría sola en casa, pediríamos unas pizzas, el hermano saldría a bailar hasta la madrugada, era más chico, así que podía convencerlo de que cerrara la boca, ¡y adentro!, toda la noche para nosotros. Como yo estaba de paso en San Nicolás, parando en casa de amigos, mi madre no iba a poder joderme con sus preguntas, tipo dónde me quedaba a dormir o a qué hora iba a volver. Lo mejor de haberme ido a Buenos Aires había sido cortar el cordón umbilical, dejar de reportar a cada instante dónde estaba, con quién y haciendo qué. Qué lomo tenía mi novia, por dios. Pero sobre todo las gomas, perfectas, del tamaño de dos pomelos pero dulces como melones, que era lo que más me gustaba de ella, porque mi primera novia era una tabla y con todo el mambo de la iglesia no había hecho más que acariciarla por los bordes. Lo demás era incitación del diablo, y estábamos de acuerdo. Tanto franelear de esa manera, todavía conservo la ondulación de sus costillas en la memoria de mis manos. Por suerte, un día las hormonas me despertaron. Sin embargo, nacida en medio de la movida del retiro voluntario, la relación con mi novia nueva no iba a durar. El amor todavía no había asomado la punta y yo andaba con todo ese mambo del estigma de la Edad Media; prefería irme a Gualeguaychú a salir con mis amigos de allá.
Era raro, se mezclaban muchas cosas. Ni bien nos fuimos de San Nicolás, sentí un fogonazo de alegría por debajo de la tristeza de dejar mi vida entera atrás. Sacando mi círculo del Barrio, ni la ciudad ni la gente me gustaban. Los planes de estudiar en Rosario se esfumaron con un par de averiguaciones de mis padres sobre las posibilidades de armar algo en Gualeguaychú que nos diera de comer. Así surgió lo del pádel. Y de un plumazo, pasé de irme a estudiar a Rosario con mis amigos a anotarme en la UBA solo, y tener que conseguirme alguien para compartir los gastos del departamento. Buenos Aires, la ciudad, tres mil veces más grande que el lugar donde me había criado y a la que había ido apenas dos veces con la escuela. Una visita al Planetario y otra al Unicenter, «el primer shopping de la Argentina». Pero así eran las cosas, yo todavía no decidía nada. Y más allá del miedo que me daba el cambio, que obviamente no le reconocía a nadie, estaba feliz de entrar en la Meca de las oportunidades, no importa si me cagaba de hambre estudiando Comunicación. Había cambiado mi elección de carrera a solo tres meses de terminar el secundario, contra todos los pronósticos, míos inclusive, que indicaban que sería un ingeniero como mi padre. Él y mi madre habían estudiado en Capital, y en su cabeza era el único lugar donde había universidades en serio. Al menos ese coletazo del retiro voluntario tenía sus ventajas. «Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires», tanto lo había escuchado y ahora iba a vivir ahí. Las grandes ligas. Volvía a donde había nacido y apenas vivido.
En Buenos Aires todo era enorme, vertiginoso, lindo. No lindo por limpio u ordenado, sino por novedoso. Bolsas de basura y tipos pidiendo en cada cuadra, autos tocando bocina como sordos, y gente yendo de un lado a otro apurada, malhumorada, a punto de rajarse a puteadas con cualquiera. Pero ahí estaba yo, en el centro del mundo, y eso era lo que quería. Las aulas, el banco, el supermercado, los cines, el gimnasio, las distancias entre un punto y otro, todo estaba hecho a escala gigante, desproporcionada. Los colectivos, jamás pude decir palabras como «bondi» o «chabón» sin sentirme ridículo, venían cada dos o tres minutos, una frecuencia de ficción para alguien acostumbrado a esperar mínimo media hora en la parada. ¿Qué sentido tenía correr un colectivo en Buenos Aires? Igual los corría, me costó meses anular el impulso de pegar un pique para no perderlo. Sentía que los ojos no me alcanzaban para absorber semejante cantidad de información, para entender los mecanismos y ritmos de una masa de cemento y células humanas descomunal. Había saltado de un barrio de mil casas a una de las capitales más grandes del planeta. De cinco mil conocidos a diez millones de NN. Me costaba abarcarlo hasta con la imaginación: todo quedaba lejísimos, para todo había que hacer cola, la gente te pasaba al lado como si fueras un poste, para cruzar la calle había que esperar que se prendiera el tipito, andar en bicicleta era un peligro. Todo exactamente al revés que en el Barrio.
Esta terapia de choque y asimilación me templó como el fuego templa una espada samurái. Y alimentó, sin que me diera cuenta, este aire de superioridad que me trae tantos problemas y que en su momento significó peleas fuertes con mis amigos. De esas que no te hablás hasta el día siguiente, aunque hubiera ido nada más que a visitarlos a ellos y salir de joda un rato. Ellos estudiando en Rosario, con los demás chicos dentro de un radio de cinco cuadras y las milanesas de mamá en el freezer; y yo en Buenos Aires, solo y a los codazos para encontrar un lugar decente en un aula con cuatrocientos alumnos. Unos escalones más arriba en la pirámide darwiniana de la sociedad, mientras ellos seguían volviendo cada fin de semana a la bolsa de canguro de papá y mamá. Hablaban del Barrio todavía como «casa» y, si les pasaba algo, en cuarenta minutos papi estaba tocando el portero, con las curitas en la mano. ¿No se daban cuenta de que era hora de dejar todo eso atrás? ¿Que nunca más iban a volver a vivir ahí? ¿Que la época de las camas cucheta se había terminado? En lo que yo tardaba en llegar de mi departamento hasta la cancha de River, ellos cambiaban de provincia. Yo era el que hablaba de cosas nuevas, del partido de la Selección, de los Sacoas de dos pisos, de los cines uno al lado del otro, de los recitales de Guns N’ Roses y U2, del famoso o la modelo que me había encontrado en la calle. Recuerdo el día que me crucé con Dolores Barreiro, me sacaba una cabeza. Había visto más que ellos, probado más que ellos, crecido más que ellos, y cosas que ellos me contaban con lujo de detalles, como si hubieran visto un ovni, me parecían boludeces. Sin gusto a nada. ¿Qué podía tener de alucinante una fiesta de estudiantes en Rosario? Si los que iban eran todos de pueblos de ahí nomás. Y si hacía algún comentario, o hablaba pronunciando las eses, era como si les echara ácido en los oídos. Me reputeaban. ¿Pero qué tenía que hacer, seguir hablando como un paisano? Para mí se equivocaban, por celosos o resentidos. Pero no, me equivocaba yo: el que había cambiado era yo, ellos seguían siendo los mismos de siempre.
Cuando después de tres horas y media de viaje el Chevallier doblaba a la derecha y se metía por la Avenida Central, me sacudía un cachetazo de extrañamiento. El pasado. El pasado pasado. Como si esa maqueta de pasto y casas bajas no hubiera sido mi vida durante quince años. Tardé cuatro meses en volver la primera vez. Ciento veinte días sin ver a mis amigos ni a mi novia, con quien hablaba todo el tiempo para aguantar el fierro lo más caliente posible, porque como me había dicho una vez el Nono «El fierro se dobla cuando está caliente», y yo estaba desesperado por doblar el fierro. Ciento veinte días en los que los chicos se habían visto mínimo tres veces por semana en Rosario, algunos siete de siete porque compartían departamento, y seguían juntándose los fines de semana en el Barrio para jugar al tenis, comer asados y seguir mamándose con tres Quilmes de litro cada uno, la medida que habíamos encontrado para entonarnos sin quebrar, en el bar de Angelito del centro, en la previa del boliche.
La pasaba bien allá, pero algo había cambiado y ya no se podía deshacer. No tenía las teclas Ctrl+Z de la computadora, no era una presentación del trabajo a la que podía ponerle las diapositivas como me diera la gana. Más que cambiado, algo había desaparecido. En el Barrio, asolado por la estampida de los retiros, y dentro de mí, que ya estaba en otro lugar. Físico y simbólico. Y por más que el calendario hubiera avanzado apenas unos meses, mi cronómetro interno marcaba otra cosa. Como si hubiera mudado de piel. El barrio inundado de sol y de verde y de flores de todos colores en las entradas de las casas, de calles con nombres de árboles y pájaros cantando a coro desde las copas de esos árboles plantados milimétricamente en cada vereda, con canchas de fútbol, básquet y tenis para jugar hasta quedar reventados, y con un arroyo serpenteante a todo lo largo donde andar en bicicleta, hacer picnics o pescar, el Barrio en el que había crecido y que me había hecho ser el que era, y que tantas veces había defendido en las peleas Barrio-Centro con mis compañeros de colegio convencido de que era el mejor lugar del mundo para vivir, porque de verdad lo era, ahora me parecía un páramo. Chato, lento, deprimente.
Hasta tenía otra cara, otra forma. La privatización había empujado a muchas familias a irse, como nosotros, o a rebuscárselas como pudieran. Aparecieron almacenes en los garajes, quioscos en las habitaciones con ventana a la calle (los chicos, que durmieran amontonados en la otra pieza), mostradores improvisados con puertas y caballetes y sábanas viejas a modo de mantel, heladeras y máquinas de cortar fiambre usadas, camionetitas Fiorino estacionadas en la puerta, suplantando a los Peugeot, Renault y Ford último modelo. En pocos meses el paisaje se llenó de pizarras y cartelitos con listas de detergente, pan, gaseosa, cerveza y queso port salut de oferta. Fábricas de tortas, heladerías. Serás lo que debas ser… o pondrás un quiosco. Y los niños, que antes se la pasaban todo el día jugando en el pasto o andando en bicicleta, ahora tenían que ayudar a papá y mamá en el «local». La consigna era zafar de la crisis, pero si todos estaban en la misma, ¿cómo salían de la rueda del hámster? Vos comprame esto que yo te compro aquello, era un pasamanos.
En la franja de césped que separaba los barrios 1 y 2, donde estaban las casas de los gerentes, de los barrios 3 y 4, donde vivía el resto de los mortales, ahora se levantaba un bodoque de viviendas prefabricadas. Un rasti de casas con techo de chapa y paredes color crema, plagadas de ventanitas a la manera de un rallador, construidas con el gusto de un edificio público, en contraste con la arquitectura de chalets distintiva del Barrio. Cuando el domingo pasaba de vuelta rumbo a la terminal, el sol cayendo detrás de ese mamotreto, agradecía al cielo y a la privatización que viviéramos en otro lado. Parecía que en unos años iban a empezar a rodar los fardos. La Avenida Central tenía más pozos que la luna y en el cantero del medio unos pocos mechones de pasto muertos de sed. En el parque de la iglesia, donde cada domingo jugábamos a la pelota, ahora había un ejército de árboles uniformados. Uno cada diez metros, plantados con precisión de escuadra para que a nadie se le ocurriera soltar una pelota. Como los bosques de las industrias papeleras. Si algo sobraba en el Barrio era pasto, ¿hacía falta? Ese era el campo de batalla entre «chicos» y «grandes», mi grupo de amigos y los que iban unos años adelante en el colegio. Perdíamos casi siempre, la diferencia de físico entre catorce y diecisiete era demasiada, pero empezábamos cada partido con la emoción de una final del mundo. Y la fantasía de correr más rápido que ellos, patear más fuerte que ellos, jugar con más viveza que ellos.
Hasta el Hotel Colonial, eternamente fastuoso a la entrada del Barrio, justo ahí donde doblaba el Chevallier, mostraba sin vergüenza las miserias de la crisis. Tuvieron que meterle millones para revivirlo, mangueados a los clubes de fútbol grandes que se alojaban ahí durante la pretemporada de verano. Igual, nunca recuperó el esplendor de los ochenta, cuando un casamiento en el Colonial era la aspiración y la envidia de todo San Nicolás y alrededores.
Y nuestra casa.
Las primeras vueltas al Barrio no anduve por ahí, me alojé en lo de uno de mis amigos, que vivía cinco cuadras antes. Pero tiempo después, cuando me decidí y bajé esas cinco cuadras, no la reconocí. Le habían hecho algo al frente y las persianas, ¿lijado, blanqueado?, o capaz que no le habían hecho nada y por eso parecía venida abajo. No hubo una sola vez que pasara por el 3200 de la Central sin que se me hiciera un nudo en el estómago. En mi casa ahora vivían otros. Mi infancia y mi adolescencia todavía rondaban por ahí. Los colores, olores, sabores y sonidos de quince años, adheridos a esos ladrillos rojizos de un modo que solo yo podía captar. Como esos mensajes cifrados de los espías.
Con anotaciones y dibujos de su puño y letra, ayudando a los albañiles como un obrero más, mi padre había construido ese garaje donde tantas veces comimos asados, jugamos al ping-pong o vimos películas. Nuestra casa era el lugar donde se juntaban todos. Mis amigos y los amigos de mis padres. En una de aquellas pasadas estuve a punto de tocar la puerta para pedirle a esa gente que me dejaran entrar. Estiré el brazo hasta el timbre, pero lo retraje como si el botón estuviera electrificado. ¿Qué iba a decirles? ¿Que quería pasar a ver mi pieza o los árboles del fondo? ¿Que una vez hacía siglos había perdido un muñequito, a ver si lo habían visto? ¿Explicarles que el garaje servía para mucho más que guardar el auto? ¿Pedirles que le dieran una mano de pintura y no la dejaran descascarar porque ahí habíamos vivido nuestros días felices como familia? Ahora el que manejaba su Renault por la Central no era mi padre sino yo. Aminoraba la marcha para absorber cada detalle, más despacio que a paso de hombre, casi sospechoso. Pero después de aquella vez del timbre, no pude poner más un pie en esa vereda. Habían dejado crecer la ligustrina del frente y desde la calle no se veían los jazmines y los rosales de cuatro colores. Rojos, rosados, blancos y amarillos. Quizás ya no estaban más, quizás la mamá no los regaba ni podaba con la paciencia de la mía. ¿Cuántos chicos tenían? ¿Había alguna hermana como me habría gustado tener a mí? Y al mayor, ¿le habían dado el privilegio de dormir en la buhardilla, o la usaban para amontonar mugre?
Del modo que fuera, enfrentarme a ese mundo anterior me hacía bien. Y algo que al principio no creía posible había ocurrido. Podía ir y volver sin sufrir el lastre. Quería a mis amigos, ¡eran mis amigos!, pero no los extrañaba ni lamentaba que no fueran parte de mi vida de todos los días. Era como si me hubieran metido en un tacho de acero inoxidable y galvanizado contra la distancia. Tenía corazón, había sentido el desgarro, pero mi presente y mi futuro relucían tanto que no había lugar para otra cosa. El Barrio y ese mundo se habían terminado. El yo de esos años se había terminado. Tenía el cerebro hirviendo de pensamientos nuevos, por la facultad y porque sí, el pelo hasta los hombros y el cuerpo el doble de ancho de tanto ir al gimnasio. Me había ido del Barrio hecho un fideo, sin un solo músculo a la vista, y ahora estaba camino a convertirme en patovica. ¡Boludo, estás grueso!, me decían mis amigos. Yo sacudía la cabeza, un poco porque que me daba cosa que me miraran con lupa y otro poco por falsa modestia. No había comparación entre un gimnasio de Capital y uno de Rosario. ¡Estás reinflado, chabón!, y me pellizcaban los tubos. El otro día, acomodando fotos viejas en casa, encontré una en el Ñandubaysal con todos ellos. Posábamos «trabados» al borde del agua, con la línea del horizonte al fondo. Menos mal que el tiempo pasa y ya no tengo esa melena asquerosa, ni ando con las venas de los bíceps saltadas por arremangarme la remera.
Las visitas siguientes fueron más espaciadas. Dos o tres veces al año. Iba y no salía, nos quedábamos en la casa de alguno y chupábamos ahí. No visitaba a nadie, hacer cumplidos me había empezado a dar fobia. Algunos se quejaban. Que me había agrandado, que me había olvidado de dónde venía, boludeces así. Pero los kilómetros eran los mismos. Ellos podían tomarse un colectivo a Buenos Aires igual que yo a San Nicolás. No lo entendían. Creían que era su derecho, y mi obligación, que yo fuera para allá, porque el que se había ido era yo. Ellos pertenecían a esas casas y calles, y como nos habíamos criado juntos, yo también. Así pensaban. Y se ofendían de que ciertas cosas me resultaran indiferentes. Que se me hubieran borrado de la cabeza nombres, lugares y hasta anécdotas de vacaciones. El Barrio era demasiado chico, ahora que estaba en Buenos Aires me daba cuenta de que había vivido en un raviol. Menos quería encontrarme con alguna gente, más me los cruzaba. Y lo que no tenía que ser más que un saludo al aire, de ligustrina a ligustrina, o a lo sumo un apretón de mano si venían por la misma vereda (el beso porteño entre varones era inviable), me resultaba insoportable. Se frenaban para saludarme como si fuéramos íntimos, incluso gente que no había tratado nunca. «Ey, porteño, ¡tanto tiempo!» «¿Qué tal la cityyy?», así, con las yes estiradas. «¿Seguís haciéndole al tenis?» «¡Estás groso, eh!» Y dale con eso. Y yo tenía que contestarles que sí, que Buenos Aires estaba bueno, que al tenis casi nada pero al pádel bastante, y que había empezado el gimnasio pero no era para tanto.
No lo hacían de falsos, sino por esa cosa compulsiva de los pueblos de hablar con cualquiera, más si saben que ya no vivís ahí. Como si tuvieran necesidad de que te acordaras de ellos. Un amigo fue a India y me contó que la gente en la calle te pide sacarse fotos con vos, pero no con su cámara sino con la tuya, así te queda su imagen como recuerdo. Con el correr de las visitas al Barrio le agarré la mano; aminoraba la marcha, sonreía y usaba las palabras justas: «Acá paseando», «Espectacular», «Un poco, sí», «¡Gracias!». Pero otras veces los flacos se bajaban de la bicicleta o del auto y no podía seguir de largo. Había aprendido, por presión del deber ser y de mis propias exigencias, a ser un encanto, el chico más educado del mundo, un señorito como decía mi abuela, con la sonrisa pintada en la cara desde que me despertaba hasta que me iba a dormir. Cortarles el rostro era de sorete. Igual, yo pensaba: ¿qué tiene que ver que no nos hayamos visto en años si jamás viniste a casa a tomar la leche ni nos saludábamos? Además, mi memoria social fue siempre un charco. Sufría tratando de juntar caras con nombres o recordar qué me unía a esa persona. Algunos, con la bicicleta apoyada contra un árbol como si fueran a quedarse media hora hablando, revivían con lujo de detalles sucesos de los que yo ni siquiera me acordaba. O no sabía siquiera si había sido yo. Por lo visto, en la mudanza se habían perdido más cosas que mi primer tubo de pelotas Wilson y el libro del Principito que me había regalado el Nono para mi cumpleaños de ocho.
Cuando lograba escaparme de los chicos, nada fácil porque andábamos para todos lados juntos, salía a dar una vuelta solo por algunas calles que me gustaban. A patear piedritas y aspirar el aire inconfundible del Barrio, salpicado de olor a eucaliptos, a flores y a pasto recién cortado. Y pasar por la casa de mi primera novia, la del grupo juvenil. Imposible olvidarme de esa esquina, la única del Barrio con el perímetro hecho de troncos. Tardes y noches enteras sentados en esos palos grises, pulidos como porcelana por años a la intemperie. Con sol, con frío, con lluvia, con un tornado si hubiera pasado alguno. Toneladas de charla sobre los temas que hablaba cualquier parejita de adolescentes. Yo tenía catorce, ella quince, y andábamos con esa cosa del «cuerpo como templo del Espíritu Santo». Años de lavado de cerebro en el Don Bosco, rematado ahora con mi participación en esa secta de Niños Cristianos del Bien que era el grupo juvenil. Pasábamos horas apretando, enroscados como víboras, pero no se nos pasaba por la cabeza toquetearnos. Todo iba por encima de la ropa, o con el dorso de las manos, o con guantes, pero las yemas y los labios directos sobre la piel, salvo en los besos, estaban prohibidos. Era la tentación de la carne, lujuria, pecado capital. Y no nos animábamos a hacer la gran Adán y desafiar al destino. El Diablo espiaba atento, y Dios peor. «Me voy», le decía yo; «Sí, mejor andate», me decía ella, y seguíamos pegoteados una hora más. No sé qué le pasaba a ella en el cuerpo, pero a mí los huevos me explotaban en el slip, y cuando llegaba a casa tenía que correr al baño a hacerme una paja. Eso también era pecado, pero no me importaba, era menos grave que lo otro y mis tiernos huevitos estaban primero. Además, para eso se había inventado la confesión. Entonces me la hacía, pero la presión y el dolor seguían. Me costaba sentarme a la mesa, y apenas distinguía el sabor de lo que tenía en el plato. En la cama no sabía cómo poner las piernas. Rezaba unos Glorias para que a Dios se le pasara la bronca, y a mí el dolor de huevos, pero me aparecían flashes con mi novia, yo metiendo mano por todos lados, deteniéndome justo en los fierritos del corpiño, como si fueran a darme una descarga. Y así se me iban las horas sin dormir.
Lo más traumático de esas vueltas al Barrio fue, años después, encontrarme con los padres de mi amigo muerto. Uno de los más cercanos, inseparables desde que agarramos la raqueta hasta los veintisiete, esa edad rara en que mueren las estrellas de rock. Un jueves de marzo de 2001 volvía de San Nicolás a Rosario en su camioneta de CTI Móvil, quiso esquivar una rueda suelta de un colectivo y se reventó contra un puente. Fui el primero en enterarme, era la una y media de la mañana cuando sonó el teléfono en mi departamento. Yo estaba escribiendo un discurso para el presidente de Arcor, que tenía que hablar en un congreso de supermercadistas del Mercosur. El policía al otro lado de la línea, con esa voz de aeropuerto que ponen cuando tienen que informar algo, me preguntó si yo era yo. Le dije que sí y me dijo que me había llamado primero porque era el único número de teléfono en la billetera del accidentado. Me preguntó si sabía cómo ubicar a los padres, porque lo estaban trasladando al hospital. Quise saber cómo estaba. «Tuvo una colisión fuerte, pero está fuera de peligro.» Nunca escuché palabras tan mentirosas. Llegó al hospital muerto. Los padres no alcanzaron a verlo, iban en camino junto con la novia, a quien le había avisado otro de nosotros, que salía seguido con ellos en Rosario. Antes yo había intentado comunicarme a la casa de los padres. Me acuerdo de que conté cada ring con la esperanza de que el teléfono estuviera roto, y cuando la secuencia llegó a siete se cortó y saltó el contestador. Respiré. ¿Qué habría hecho si levantaban el tubo?
En las primeras visitas después del accidente pasaba a saludarlos acompañado de algún amigo. Solo no me animaba. Ninguno estaba preparado, pero yo menos, que para los padres era la sombra viviente de su hijo muerto. «Culo y calzón», como decían nuestras madres. No hay calculadora capaz de contar la cantidad de horas que pasamos juntos en su casa o en la mía, en el club, en los boliches, en los torneos de pádel, en las vacaciones. Por cómo me miraban los padres de mi amigo al recibirme, parecía que estaban ante una alucinación. No alcanzaba a darle un beso a la madre, que se deshacía en lágrimas, doblada del dolor. Y al lado de ella, sosteniéndola o sosteniéndose él mismo de la mano de su mujer, el padre de mi amigo, tratando de aguantar el golpe con su cara de querubín recién afeitado, su sonrisa resquebrajada y sus ojos muertos. Despegado de la realidad como esas figuras de cartón de los actores que hay a la entrada de los cines. En conversaciones con mis amigos, me contaban que tardaron más de un año en sacar el plato vacío de la mesa. Y cuando estuve ahí, vi que en cada mueble había un portarretratos de él: con la familia, con la novia, con nosotros, en una cancha de tenis, con la cabeza llena de harina y huevos el día que se recibió. Hasta arriba de la heladera había uno: mi amigo en primer plano, los ojos azules clavados en el corazón de la cámara, rebosantes de vida.
La primera vez que los visité después de la tragedia, los padres me mostraron la casa como si no la conociera o pensara alquilarla, y vi que todo estaba igual, salvo por un detalle: el aire no se movía, nada respiraba ahí adentro. Como un bandoneón roto. Y yo siguiéndolos por pasillos y habitaciones como un zombi, diciendo las frases hechas más trilladas de la historia, con ganas de que un ninja se descolgara del techo y nos matara a todos.
Los años pasaron y se me hizo cada vez más extraño caminar por esas calles, sentirlas parte de mí. Y las postales que en las primeras visitas creía imposibles de remover, como si fueran ventosas, se fueron quedando sin presión, aflojando hasta despegarse del todo, como las ventosas que eran. Y se perdieron en la corriente de la desmemoria. El nene de cinco andando en karting a rulemanes por la Avenida Central, el púber de doce vestido con equipo de gimnasia azul y blanco del Club SOMISA, listo para jugar Interclubes, el banana de dieciséis probándose una camisa del padre con la que irá a la fiesta de quince de la chica que le gusta, a ver si la deslumbra.
Volver al Barrio era eso. Todo lo que era y ya no es. Todo lo que ya no es y sigue siendo.
11. No, no, tampoco
En casa no se hablaba de los temas importantes. Pero no era algo de mi familia en particular sino de toda esa generación de padres. En lo de mis amigos pasaba lo mismo. Hijos de padres y nietos de abuelos que los hacían levantar la mano para decir algo en la mesa de los grandes, parecían no poder sacarse de encima ese yunque. Y muchos años después, ya con sus propios chicos, las charlas directas padre-hijo sobre cuestiones profundas, o complejas, seguían siendo una rareza. Se habían criado en casas donde los mayores solo les hablaban para darles instrucciones; conversaciones cortas, funcionales, del tipo hiciste la tarea, adónde vas, o dejate de joder que te reviento. Las cosas cambian, por supuesto, de lo contrario seguiríamos clavados en los usos y costumbres de los neandertales, pero uno cría como lo criaron.
No se hablaba de política. Salvo para las elecciones, cuando era inevitable no contaminarse. La política les pasaba por el costado como si no tuviera nada que ver con sus vidas, como si se estuvieran discutiendo las consecuencias del derretimiento de los glaciares en el Ártico o el impacto ambiental del metano de los mega arrozales asiáticos. De tal palo, tal astilla: no me importa en lo más mínimo quién gobierna el país ni cómo está armado el gabinete. En reuniones con clientes me siento perdido cuando hablan de tal o cual apellido, dando por descontado que cualquiera los conoce, y yo no sé si se trata de un ministro o de un galán de telenovela. Además, no veo televisión.
Mis padres tenían ciertas inclinaciones políticas, para variar, opuestas, pero como de eso no se hablaba, la discrepancia no traía problemas. A mi madre le gustaban los radicales, con Alfonsín a la cabeza, era la época de la vuelta a la democracia; y a mi padre los peronistas, Luder, Menem, cualquiera del palo justicialista. Pero a excepción de alguna consigna suelta, ninguno tenía la más remota idea de sus plataformas de gobierno. ¿Para qué? SOMISA y el Barrio eran tan una burbuja que no parecían afectados por los destinos del país. Mis padres metían los dedos en la urna por la obligación de votar, no por ganas, y según la impresión que les causaban los candidatos: pinta de buen tipo o de mafioso, sabe hablar o tartamudea, se viste prolijo o como un sindicalista. Peleaban en tantos frentes que parecía que la afinidad de cada uno con su «partido» era una motivación adicional para plantarse en la otra vereda: colegio laico o religioso, comprar al contado o en cuotas, invitar a los amigos a casa o ir a la de ellos, darnos permiso para ir a tal lugar o no. Mi padre no entendía nada de tejido o cerámica, pasatiempos de mi madre cuando no tenía que ocuparse de nosotros, y ella no entendía nada de deportes ni de fútbol. Apenas si sabía que cuando la pelota pasaba entre los palos era gol, o, de tanto verla en pantalla, y porque los tres teníamos nuestra camiseta, que los jugadores de blanco con franja roja eran los de River. Con tan poca cosa en común, ¿cómo habían llegado a casarse? ¿Cuál era el pegamento? ¿La voluntad de criar hijos? ¿La inercia de los mandatos? ¿El miedo a quedarse solos?
No se hablaba de sexo. Ni de mujeres. Éramos tres hermanos varones; lo lógico habría sido que nos contaran cómo acercarnos a una chica, cómo tratarla, cómo entrar en el delicado universo femenino, modo en que lo podría haber puesto mi madre si un día nos hubieran sentado a hablar. Nada. De ella era esperable: era mujer, y con tres varones, seguro no había sabido cómo meterse en el tema sin que le saliera el tiro por la culata. ¿Pero mi padre? Él sí tenía pito, leche y electricidad en los huevos. Era su responsabilidad. ¿Le daba vergüenza o tampoco sabía cómo encararnos? Ya todo quedó muy atrás, pero no recuerdo haber tenido una sola charla de este tipo. Para peor, íbamos al Don Bosco. Desde el jardín de infantes hasta la secundaria rodeados de curas, aleccionados por la verba empalagosa de los evangelios y rematados con clases particulares de catecismo. Y más tarde, el adoctrinamiento estricto y algodonoso del grupo juvenil de la iglesia. Años enteros sin cruzarnos con una mina. Por exagerado que suene, fue así. Las hermanas de mis amigos no contaban, ni las mirábamos. De chico seguramente mi padre se las había tenido que arreglar solo, aunque dudo que al Nono se le pasara por alto al menos una charla iniciática, en esas cosas estaba adelante de su generación. Anyway. Las palabras coger, forro o paja, y ni hablar los actos, estaban prohibidas, remachadas con siete clavos arrancados de la cruz de Nuestro Mismísimo Señor Jesucristo. El «temor de Dios» y la omnipresente culpa católica gobernándolo todo. Donde manda capitán… Y los sábados a la tarde, todos de la mano a misa a bañarnos en la catarata de advertencias del cura. Y como si semejante parafernalia de disuasión no alcanzara, ahí se erigía como un patovica el sacrosanto hábito de la Confesión, al que los curas y mi madre, sintonizados como si hablaran a diario, nos empujaban, mínimo, dos veces al mes. ¿Cómo iba a surgir una charla de sexo bajo semejante cielo condenatorio? Mi padre ni siquiera nos enseñó que había que tirarse para atrás la pielcita del pito, para que no se quedara pegada. Cada vez que se me corría, sin querer, porque hasta donde yo sabía no había que tocárselo más que para mear, me ardía de tal manera que andaba preocupado todo el día. En la parte de abajo de la cabeza había una tirita de piel que parecía a punto de cortarse. Y no me animaba a contarle a mi padre, ni preguntarle nada, capaz que se lo decía a mi madre y pensaban que el ardor era por haber hecho algo que no debía. Otra vez la culpa machacando como una gota china.
La primera paja que me hice fue en el vestuario del club. Me enseñó uno de mis amigos, que tuvo pelos y semen mucho antes que el resto. Había descubierto el mecanismo y estaba feliz, como si le hubieran traído una raqueta importada. Enseguida vino a contarnos. Esas intimidades, guardadas, no tenían valor alguno, era como si no existieran. Lo mismo pasaría unos años después con las minas: el mayor placer no era cogértelas, sino contárselo a tus amigos. La paja prendió como una epidemia. Nos sacudíamos antes y después de jugar, todo el día, y hacíamos competencias a ver quién aguantaba más sin acabar, a quién le saltaba más rápido, quién escupía más cantidad y quién llegaba más lejos. Nos apoyábamos contra la pared para que nadie hiciera trampa, poníamos las ojotas para medir, y dale que va. Así estábamos por esos días y a ninguno se le ocurría pensar que éramos unos pajeros. ¡Éramos los machos del universo! Y cuando llegaba a casa me metía en el baño y le daba otro poco, o tirado en la cama, siempre haciendo ruido con alguna otra cosa, picar una pelota, mover el dial de la radio o pasar las hojas de un libro, para encubrir la agitación. En su momento creía que los engañaba, especialmente a mi madre (mi padre no era problema, entendería), pero dudo que ella no supiera, porque cuando yo salía del baño o bajaba la escalera caracol desde mi buhardilla haciéndome el boludo, me miraba callada. Ella, que siempre tenía algo para decir. Lo del baño debía resultarle llamativo, porque yo jamás perdía tiempo en el inodoro, tenía incluso récords de entrar, cagar y salir en cuarenta y cinco segundos.
No se hablaba de drogas ni del sida. Amansados tan de chiquitos con los preceptos de la Iglesia, los diez Mandamientos y toda esa maquinaria de frenos que imponía la religión, pensarían que no hacía falta. En esos años, el sida arreciaba y las campañas de televisión invitaban a los padres a hablar con sus hijos: «La información es la mejor prevención» y eslóganes por el estilo. Pero mis padres miraban para otro lado. Éramos los chicos más más más obedientes del mundo. Y como en casa se leía poco y se discutía mucho, esos temas quedaban supeditados a que alguno de mis padres los pusiera sobre la mesa. Cosa para la que nunca había ganas o tiempo. La noche era el único momento en que estábamos todos juntos y ellos estaban cansados. Las conversaciones no iban más allá de repasar las novedades, casi siempre las mismas, y prepararnos para el día siguiente. Mi padre con los líos de la fábrica y mi madre con el bocho incinerado por tener que ocuparse de nosotros. ¿Qué ganas podían tener de entrar en aguas profundas? En el fondo, creo que pensaban que si no se hablaba de algo no ocurría. Onda «No saben, no pasa» o «No avivemos giles». Sobre todo, mi madre. No se iba a meter ahí y luego no saber qué decir. Mi padre era menos consciente, más irresponsable. Simplemente le debería parecer innecesario. Parte del crecimiento, que averigüen y se curtan solos.
De lo que sí se hablaba era de los vicios. Sus vicios: el cigarrillo y el alcohol. Muy complicado, porque no eran precisamente un ejemplo. Habían fumado desde chicos. ¿Cómo mi madre, tan correcta y pulcra, había agarrado ese hábito apestoso? Porque todo el mundo fumaba. «Todo el mundo», su frase comodín. Y así como a los trece te ponías pantalones largos o empezabas a usar corpiño, a esa edad prendías un pucho. Era parte de lo mismo. Y porque no sabían que hacía mal. Así nos decían y me costaba creerlo, porque para cuando hablábamos de esto ya se sabía que el cigarrillo era un veneno. Después mi madre lo había dejado, su voluntad de hierro puede contra todo. Un cigarrillo menos por día y en un mes y pico ya no los tocaba más. Mi padre también había dejado. Y vuelto, y dejado, y así varias veces. Después de unos meses de triunfo versus la nicotina, conquista más de mi madre que suya por todo lo que le rompió las pelotas, un día mi padre le dio una pitada al pucho de un amigo y al carajo los laureles. ¡La cara de mi madre cuando le sintió olor! Mi padre se defendió, que una pitadita, que no pasaba nada, que ahora lo podía manejar. Pero no, no podía manejar nada y se la pasaba escondido por los rincones, abriendo ventanas y agitando el aire con la mano para correr el humo. Como todo exfumador, mi madre se había puesto imbancable, así que también peleaban por eso. Y por el alcohol, el otro diablo de la casa. Ella tomaba, pero poco, y mi padre, mucho. Todos los días abría alguna botella. Ella se servía un poco más en el vaso para que la botella se acabara y él tomara menos, pero mi padre iba a la heladera y abría otra. O le tomaba lo que ella tenía en el vaso. Con el tiempo fue peor. Se cansaron de arruinar reuniones familiares y con amigos, que terminaban yéndose para ahorrarse el disgusto. Nos mandaban a dormir, pero desde la pieza se escuchaba todo. Después, mi madre pasaba por la puerta para asegurarse de que no nos habíamos enterado, y los tres enterrábamos la cabeza en la almohada como avestruces.
A medida que acumulaban frustraciones, más difícil se les hizo hablar. Del cigarrillo, de la botella, de lo que fuera. Apenas uno colocaba mal un adjetivo, todo se iba a la mierda. Lo que sacamos en limpio, lo que nos repitieron hasta el cansancio como si en eso sí estuvieran de acuerdo, fue que jamás se nos ocurriera fumar. El pucho mataba de a poco: achicaba los pulmones, impedía jugar a los deportes y dejaba un aliento horrible. Y eso a las chicas no les gustaba. ¿Y entonces por qué fumaban ustedes? Ya les dije, mis queridos, porque eran otras épocas y nadie nos había dicho que hacía mal. Los padres de antes no se preocupaban como ahora, y si no fíjense lo que está le costando a su papá dejar de fumar. ¿No lo escuchan toser a cada rato? Sí, ma, lo escuchamos. Bueno, júrenme entonces que nunca van a aceptar una pitada de nadie, por más amigo que sea, ni de ninguna chica linda que les dice que le encantan los chicos que fuman. Y no lo dejen fumar a papi. Desde ese momento, cada vez que le preguntamos si había fumado, mi padre nos mintió sistemáticamente, aunque el olor a dentífrico lo delatara. Arengados por mi madre, nos habíamos convertido en pequeños perros policía, así que mi padre se escondía de nosotros también.
Se hablaba de educación. No de la Educación con mayúsculas, la del colegio o la futura universidad (y si hay algo que teníamos claro era que a los dieciocho nos iríamos a algún lado a estudiar, nada de soñar con una carrera de tenista), sino la educación de todos los días. Saludar como corresponde, hacer caso a los mayores, evitar las malas compañías, comer lo que te sirven en el plato, honrar y regar la amistad, no «cometer pecados» (esto, mi madre), ser generosos, valorar lo que se tiene y ser personas agradecidas. Diferenciar lo que está bien de lo que está mal, lo justo de lo injusto, y lo que te gusta que te hagan de lo que no. Para eso no había diplomas y ahí sí que valía la pena invertir palabras, ejemplos, moralejas. Se volvían monotemáticos, pero sirvió. Aprender de memoria el libro con el que se escriben todos los demás, porque son los primeros ladrillos los que dictan cuán derecha quedará la pared.
Y se hablaba de plata, por supuesto, como en toda familia de clase media que tiene que ajustarse para llegar a fin de mes. Vivían hablando de plata porque se repartían la responsabilidad sobre los gastos, y eso nos llegaba como el vaivén de las olas, que nunca cesa. El sábado después de que mi padre cobraba el sueldo, se encerraban la mañana entera en la pieza a sacar cuentas. Definían cuáles eran las prioridades y qué cosas podían esperar. Nosotros los escuchábamos detrás de la puerta. En eso casi no discutían: mi madre la tenía clarísima clasificando gastos. Sus famosos «paquetitos». Los armaba con banditas elásticas y un cartelito de a qué correspondían. De esos cónclaves, que esperábamos con ansiedad multiplicada, salía la decisión de comprarnos una raqueta nueva, una bicicleta o alguna pilcha para usar en los torneos. Lo de cambiar el auto y las vacaciones eran temas recurrentes: había que separar un poco cada mes para engrosar debidamente ese paquetito. Con la break Renault estuvieron juntando como tres años. Guardaban la plata en una caja de zapatos escondida arriba de todo en el placar, adonde solo se podía llegar con escalera, y cuando la caja estuvo completa la llevaron tal cual a una concesionaria en Rosario. Fuimos ahí porque a San Nicolás no llegaban tan rápido los modelos de autos nuevos.
También en eso eran monotemáticos. Nos explicaban cada gasto, incluso los insignificantes, llamándonos la atención sobre esto o aquello. El dinero era algo que debíamos cuidar, cuidar como el aire que respirábamos, porque se escurría fácil, como si tuviera alas, algo hecho de plumas y no de papel. Eran tiempos de la hiperinflación. Yo no entendía qué era eso, pero sabía que podía hacernos perder lo que teníamos. Y lo sufría. Tenía mi plata ahorrada que ganaba dando clases de tenis en el club y la usaba para comprarme cosas que mis padres no me iban a comprar. Por ejemplo, zapatillas de marca. Una tarde salí rajando al centro, una hora y pico en colectivo desde el Barrio, para comprar mis primeras Nike, las Nike Air que en ese momento hicieron furor y ahora volvieron a ponerse de moda. Yo había llamado a la mañana temprano al local para averiguar cuánto costaban, «cuatrocientos mil pesos» me dijeron, y pedirles que me las guardaran hasta la tarde. Pero cuando llegué me dieron el nuevo precio: quinientos cincuenta mil. Les dije lo del llamado de la mañana, pero me respondieron que no podían hacer nada, que eran solo empleados y el dueño estaba de viaje. Salí del negocio y me fui a tomar el colectivo de vuelta, queriendo irme a vivir a otro país.
12. Viejos buenos tiempos
A mediados de los 70, con el segundo recién nacido, nos fuimos a San Nicolás. Yo había conseguido trabajo en SOMISA, la siderúrgica modelo, la «punta de lanza de la Argentina industrialista» de Perón, como anunciaban los diarios, y el sueño del pibe para cualquier ingeniero. La fábrica era un monstruo. Se levantaba en un descampado de Ramallo, en el borde con el partido de San Nicolás, donde todavía funciona, y tenía galpones y hornos de setenta metros de alto. Hasta ferrocarril propio. Ochenta y pico de kilómetros de vías para mover materias primas y productos terminados de un lado a otro de la planta. La chimenea, en perpetua actividad, era el orgullo de ambas ciudades. Una llamarada imponente, amarilla o roja según la hora, y una columna de humo blanco visible desde la ruta 9. Cuando entré, había trece mil personas.
A unos minutos de la fábrica estaba el barrio de los empleados. Nadie lo llamaba por su nombre formal, Barrio General Savio, en honor al militar e ingeniero que impulsó el desarrollo de la siderurgia en el país, sino simplemente «el Barrio». Tenía unos mil chalets con jardines al estilo californiano: una especie de country pionero, como los de ahora pero sin vallado, seguridad especial, ni excentricidades. La mayoría de las casas estaban agrupadas de a pares, unidas por uno de los laterales, siguiendo planos de construcción en espejo, y también había casas individuales, más grandes, con parque propio y hasta dos pisos. El Barrio se dividía en cuatro zonas numeradas, según la fecha en que las habían levantado, pero que también funcionaban como medida de estatus. Las casas de las zonas 1 y 2 eran más importantes y se las daban a los gerentes de la fábrica. Las de las zonas 3 y 4 eran más chicas, casi siempre gemelas, pero igualmente muy bien hechas. No había casa fea o berreta. La maqueta del Barrio seguía la típica grilla cuadriculada en damero de una ciudad cualquiera, y a medida que fue creciendo en infraestructura, logró tener vida propia. Lejos de la oferta que había en San Nicolás, pero con lo indispensable como para que la gente no tuviera que salir a cada rato. Las necesidades de todos los días se resolvían en COPESA, la cooperativa. Panadería, carnicería, verdulería, farmacia, óptica, librería, y hasta un local de ropa y calzado. Y a la vuelta, el supermercado, un galpón de casi una cuadra con todo lo necesario para una vida normal. Si buscabas algo más sofisticado o tenías que ir al banco, había que manejar media hora hasta el «centro», como le decíamos los del Barrio a San Nicolás.
Al Barrio lo atravesaba de punta a punta una avenida de doble mano, la Central. Cinco kilómetros desde el fondo hasta la ruta, que salía a la derecha para la fábrica y a la izquierda para San Nicolás. Con arboledas y descampados por todas partes, en el aire flotaba el olor a pasto, a pino, a sauce y a eucalipto, que perfumaba cuadras enteras. Si en este instante un genio de la lámpara se colara en la habitación y echara unas gotitas de ese halo mentolado a través del respirador, me olvidaría de todo y sería feliz. Tan puta y extraña es la vida. Al fondo de la Central estaba el arroyo Ramallo, al que se llegaba fácil porque daba la vuelta a más de la mitad del Barrio. Como una General Paz pero de agua. Y del otro lado, verde y más verde. Por el ancho, más de un río habría estado envidioso: cuando mi hijo fue a Europa me mostró fotos del famoso Tajo de Toledo y era un hilo de agua que daba lástima. En el arroyo se podía hacer de todo, playa, remo, andar en lancha, esquí, aunque por tenerlo a mano le dábamos poca bola. Cuando venían amigos a visitarnos se quedaban asombrados por esa belleza agreste y tranquila. Decían lo que decimos todos cuando vamos a lugares así: si viviera acá, vendría todos los días a correr o tomar unos mates. Lo mismo que dicen los que viven en un departamento añorando una pileta, pero cuando la tienen apenas si se meten. Y lo mismo que decíamos nosotros con el mar cuando íbamos a Punta o a Mar del Plata.
En el Barrio había escuela y muchos padres mandaban sus chicos ahí. Un jardín de infantes, una primaria y un secundario comercial y técnico. Los nuestros hicieron el jardín en el Barrio y después siguieron en el Don Bosco. La madre quería criarlos en el catolicismo y a mí me daba igual. Los mandábamos a catequesis con la mujer de unos de mis compañeros de fábrica. Nunca supe si nos cobraba por eso, no había paquetito de plata con ese rótulo. Como el Don Bosco quedaba en el centro, iban y venían en colectivo, con otro montón de chicos cuyos padres estaban en la misma. Salían a las seis y media de la mañana y volvían a la una. Comían y se iban para el club o a la casa de algún amigo. La grilla cuadriculada hacía sencillo explicarles dónde quedaban los lugares y cómo ir sin perderse. Promediando la secundaria, el mayor empezó a dar clases de tenis, así que ni bien llegaba a casa revoleaba la mochila, picaba algo rápido, agarraba el raquetero y salía para el club a tirar pelotas. Yo lo veía recién cuando volvía, a la tardecita, ya con todos en casa. Doce horas sin verlo, pero él estaba feliz. Su primer trabajo para juntar su propia plata y comprarse lo que se le cantara: pilcha, zapatillas, discos. Se sentía importante.
Hasta iglesia teníamos. No me acuerdo cómo se llamaba, o si tenía nombre. Nadie sabía. Era nomás «la iglesia». Y era majestuosa. Transmitía como ninguna otra cosa el espíritu de un lugar donde las vidas giraban en torno a una fábrica siderúrgica. Enteramente construida en acero, casi sin ladrillos ni cemento, era una de las iglesias más exóticas del mundo. Aun sin conocer nada de otros países y continentes, me animo a decirlo sin equivocarme. Vista de arriba era una cruz perfecta, como la de Cristo; en varios lugares del Barrio había fotos con tomas aéreas del edificio. Desde abajo era una A de cuarenta y cinco metros de alto. Las paredes subían inclinadas a setenta grados y se unían en un vértice filoso que cortaba el cielo como un cuchillo. Los vitrales de los extremos, miles de rectángulos multicolores de piso a techo, daban alegría al interior proyectando sus rayos amarillos, verdes, azules y rojos sobre los largos bancos de madera. Acero y vidrio, ángulos puntiagudos, simetría calculada al milímetro, un monumento a la ingeniería.
El club no se quedaba atrás. Otra demostración de poderío siderúrgico, comparable a los mejores clubes de Buenos Aires. Cuatro o cinco canchas de fútbol once, decenas de hockey, papi fútbol y fútbol infantil, cancha cubierta de pelota a paleta, ocho de tenis y pádel, un gimnasio con máquinas para cuanto músculo se te ocurriera, una cancha de fútbol profesional, un microestadio de básquet y vóley para tres mil personas, y una sede social de tres pisos. Por uno de los lados, el club daba al arroyo, una cortina de árboles con una serie de playitas hechas tirando camionadas de arena. Parrillas y quinchos por doquier para el asado del fin de semana, aunque dudo que en todo el Barrio hubiera una casa sin parrilla. Y la frutilla de la torta, una pileta olímpica, con el perímetro de pasto inmaculado y cientos de sombrillas de paja, en la que cabía medio Barrio. Cuando estaba lindo, los chicos iban de cancha en cancha jugando a todo, como nosotros en el Neptunia tres décadas antes. Había días en que volvíamos a casa a las nueve de la noche, reventados.
Al centro no íbamos nunca. Estaba a diez kilómetros, pero mentalmente quedaba lejísimos. Había que planificar, organizarse, y con los chicos no era fácil. Ya teníamos tres, el último nació ahí. Ni hablar de ir a Rosario, estaba a cuarenta minutos, pero ya era otra provincia y reservado a necesidades extraordinarias. Alguna compra grande, cambiar el auto o llevarlos a los torneos a los chicos. En los quince años que vivimos allá habremos ido un puñado de veces. Sobran los dedos de las manos para contarlas. Cine y teatro no, porque en San Nicolás había salas, y el teatro era, según los que saben, un pequeño Colón. Vivíamos en el Barrio en el pleno sentido de la palabra, salíamos cuando no quedaba otra.
Nuestra casa era perfecta. Estaba al fondo del Barrio, cerca de una de las grandes bajadas al arroyo. Habíamos llegado unos meses después de que cerraran el período de venta, por lo que no pudimos comprarla. Las habían vendido a precios irrisorios, como beneficio para los empleados, pero también como una forma de retenerlos. Cuando llegamos nosotros solo quedaban casas prestadas. Nunca entendí del todo por qué, ¿qué les molestaba que la hubiéramos comprado, igual que los demás? De todos modos, tuvimos suerte: nos tocó un lote individual, mientras que la mayoría de los que habían comprado vivía en casas mellizas. Así que disfrutamos de jardín alrededor de toda la casa. Un cerco cuadrado de ligustrina separaba los terrenos sin que hicieran falta paredes. La parte de adelante del jardín tenía un par de rosales, plantas y árboles medianos. Y la de atrás, difícil de creer para una casa de familia. Jazmines, un paraíso, un ceibo plagado de flores y un sauce llorón con las hojas acariciando el piso. Árboles de frutas para todos los gustos: limonero, naranjo, mandarino, duraznero, quinotos y un ciruelo que daba ciruelas del tamaño de manzanas. Pasábamos tardes enteras juntando bolsas para llevarles a amigos y vecinos, porque se terminaban cayendo y enchastrando el pasto. Comíamos las frutas directo de la planta, a lo sumo una manguereada. Con los quinotos mi mujer hacía mermelada. Jamás fui dulcero ni ella gran cocinera, pero le salía exquisito.
Y el aire, fresco y limpísimo, cargado del canto de los pájaros a toda hora. De vez en cuando aparecían colibríes, y yo me quedaba hipnotizado, como con el fuego de la parrilla. Hasta el ruido insoportable de las chicharras era lindo en esa casa. Cuando el sol se escondía, empezaba el concierto. A veces cruzábamos al otro lado, la mitad oeste del Barrio, a ver la caída del sol sobre los campos. Anaranjado rabioso. Trabajaba y vivía rodeado de naturaleza, con la sensación de estar en un pequeño planeta de cuento. En Buenos Aires, conseguir un laburo y una casa así era impensable, salvo que ganaras un fangote, y ni siquiera. Todos estos años extrañé esa casa y esa vida, y no se lo dije a nadie. Estúpido cómo acumulamos cosas no dichas, como si creyéramos que no pesan.
La tranquilidad con que vivíamos en el Barrio no existe más. Dejábamos la puerta del zaguán abierta y cualquiera entraba con solo decir quién era. El auto con la llave puesta y las ventanillas bajas, con las cosas adentro. No se nos ocurría pensar que alguien pudiera meter la mano. Y aunque fuera imposible conocernos todos, todos nos conocíamos por el solo hecho de vivir ahí. Un sentido de comunidad natural, no forzado, que ni siquiera acá en Gualeguaychú hubo alguna vez. Tal vez cuando recién la fundaron.
Íbamos a la fábrica en un pool con mis compañeros. No tenía sentido ir en cinco autos, y en menos de diez minutos pasábamos a buscar a todos. Las distancias en el Barrio eran un chiste, más para mí que venía de Buenos Aires. Y desde que estábamos completos, hasta la planta eran ocho minutos exactos. Mi día era los jueves: me encantaban los jueves, con ese sabor a viernes anticipado. De tanto hablar al pedo nos hicimos amigos, y empezamos a jugar al fútbol, a ir a la pileta, a hacer asados en el arroyo o turnándonos en cada casa. Los chicos también se hicieron amigos y se juntaban a jugar a la hora de la siesta o venían con nosotros al club. Menos pelota a paleta, que se jugaba encerrado y no les resultaba tan divertido, se prendían en todas. Al lado de sus raquetas de grafito, estas paletas eran pesadísimas.
En los asados nos juntábamos varios matrimonios. Los hombres íbamos al lado del fuego a picar un salamín con queso, con un vasito de cerveza y vino. Charlar y hacerle la gamba al asador. Las mujeres se quedaban adentro preparando las ensaladas, hablando de sus cosas y entreteniendo a los chicos para cansarlos y que se durmieran temprano. Los tirábamos en cualquier lado y no jodían más. Después de lavar los platos, jugábamos a las cartas o a algún juego de mesa y, dos por tres, terminábamos peleados. Las parejas entre sí, quiero decir, cada uno con su mujer, porque para jugar nos dividíamos en hombres contra mujeres y, como ganábamos siempre nosotros, empezaban a reprochar cualquier cosa. Que les cambiábamos las reglas, que las apurábamos y no las dejábamos pensar, que hacíamos trampa… empezaba por ahí pero se enredaba y más de una vez las discusiones se pusieron ásperas. Que no estás nunca, que no te ocupás de los chicos, que fuera de la fábrica no hacés un carajo, y si las cartas terminaban en paliza, hasta que no las cogíamos bien. Igual nos cagábamos de risa, era un grupo fabuloso.
Ya instalados de vuelta en Gualeguaychú, me choqué de frente con la realidad. Recuperé amigos y cosas, pero lejos de lo que imaginaba. Había pasado el tiempo, y lo que pasa no vuelve. Había creído que no sería difícil, que volver adonde había nacido compensaría cualquier falta, pero me costó desprenderme de mis amigos de allá, de mis rutinas de ingeniero, de aquellos años felices, en colores. Debí haberlos llamado o visitado más seguido, pero apenas si volví a verlos. La manera en que se dio todo, las listas, los rumores, la razzia y la sola mención de la palabra «SOMISA» me hacían un nudo en el estómago. Tenía miedo de que el perfume a pasto, eucalipto y jazmín del Barrio me envenenara del todo.
13. Bailarín
Era un bailarín de aquellos. No por virtuoso, ya que sus destrezas físicas no iban más allá de las de cualquier persona con brazos y piernas, sino porque se entregaba al baile con tal frenesí que daba gusto. Y como no era ningún fenómeno, te contagiaba las ganas de salir a la pista a probar lo tuyo. Un caradura de aquellos el Mudo. ¿Qué podía perder tirando un par de pasos en falso? ¿En Gualeguaychú? Así que se mandaba y andá a decirle algo. Era fanático de Fred Astaire y del John Travolta de Fiebre de sábado por la noche, solía joder con eso, que tenía «parte y parte», pero jamás pudo hacer ni media vuelta como esos monstruos. Más bien era una caricatura de los dos, una mezcla mal fraguada, un Frankenstein del baile. No bailaba bien pero parecía que sí. Suficiente para embaucar a la gente en una pista cualquiera, especialmente a las minas, que se encienden cuando ven un tipo desinhibido y enseguida piensan: «Si baila bien, coge bien». Tal vez eso explicara el arrastre que tenía el Mudo con tipas de distintas edades. Porque sin ser ningún galán, incluso cuando se vino abajo siguió teniendo éxito. Entrador como muleta en el barro, ya sea cenando a cinco cubiertos con gente de guita o morfándose un choripán de parado en la costanera, y totalmente desfachatado en la pista, el Mudo ganaba.
Una vuelta coincidimos con él y el hijo mayor en el casamiento de una amiga. Qué ganas de casarse, por favor, pisando los sesenta, pero bueno, ahí estábamos varios de la peña. Por supuesto que yo los conocía a los dos, pero si no los hubieras visto nunca, igual te habrías dado cuenta de que eran padre e hijo. No por el parecido físico, que era discutible, para algunos eran dos gotas de agua y para otros nada que ver. Yo estaba a mitad de camino: el hijo tenía varias cosas de él, más que nada del padre del Mudo, el Nono, y también aires de la madre. Pero cuando los escuchabas hablar, contar un chiste o los veías bailar, cualquier duda se evaporaba. No importa cuánto conocieran a los novios, si pasaban rock o cumbia, fiesta grande o fiesta chica, estos dos se mandaban a la pista en plan de «el alma de la fiesta» y agarrate Catalina. Así era para ellos, si los habían puesto en la lista tenían derecho a reventar la noche. El hijo tenía una especie de teoría al respecto, la contó en la mesa durante el plato principal. Algo así como que en los casamientos a los que él iba «aseguraba» un equis por ciento de la fiesta, es decir, de la alegría, del festejo general. El 22%, más específicamente. Me acuerdo perfecto porque es el Loco en la quiniela y porque me pareció una estupidez. En el momento me reí, estábamos con unas copas encima, meta conversar, y este lo dijo con la vehemencia de una genialidad, pero era una boludez grande como una casa.
En la pista el Mudo era más zafado que el hijo, y con alcohol encima, peor. Menos sacar la pistola y ponerse a mear, en el cuadrado de baile hacía cualquier cosa. La gente cabeceaba, se reía. El hijo también, vaya uno a saber si por vergüenza ajena o un ataque de orgullo filial. El Mudo se perdía en su mundo, ajeno a lo que pasara dos metros más allá de su radio de acción. Cazaba del brazo a cualquiera y se ponía a dar vueltas. Una tipa de nuestra edad, una vieja de ochenta o una gurisa de quince. Daba lo mismo. Parecía que las iba a quebrar enteras. «Mudo, guarda que las vas a descaderar», le decía yo. «No pasa nada, Negrito. Las pendejas son de goma y las viejas, si llegaron hasta acá, es porque aguantan.» Se ve que tenía cancha porque jamás nadie terminó enyesado. Al contrario, salían todas chochas. Para algunas, separadas o con los maridos sentados en la mesa haciendo girar el hielo en el vaso, era el único momento de la noche en que se divertían. El hijo se las rebuscaba también, aunque menos payasesco. Se había agarrado una de las pendejas más lindas y ahí le andaba dando vueltas a lo Travolta júnior. Se reía, pero se lo tomaba en serio. Terminó el casamiento chivado como en esas finales de pádel que íbamos a ver con el Mudo. Y de vez en cuando la soltaba y se ponía a bailar con cualquiera, igual que el padre, pero siempre con el rabillo del ojo puesto en las minas jóvenes. Típica vidriera de bailar con las más grandes para que las pendejas dijeran «Mirá qué flaco copado» y mordieran el anzuelo. Suerte que mi hija no había querido ir, no me gusta los que están todo el tiempo buscando los reflectores. En el tramo disco de la fiesta se paraban en el medio, uno al lado del otro como los dos travoltas que eran, y hacían coreografías arengados por el anillo de gente alrededor. Parecía que las hubieran ensayado y, conociendo al Mudo, era capaz. Hace poco vi una película, Los rompebodas, y me hizo acordar. Dos cararrotas. Bailaran bien o mal, a la fiesta le venía bárbaro.
A los maridos todo este circo no les hacía ninguna gracia, porque en ese estado el Mudo era un peligro. Pocos frenos. Y no hay nada peor que ver a tu mujer pasarla bien en brazos de otro. A mí no me jodía, era mi amigo y a mi esposa no le gusta bailar, le duelen los pies, pero había que verles la cara de culo a los tipos. Por momentos tenía que manotearlo y llevármelo al baño, porque no se daba cuenta. Y guarda que le fueras a decir algo, ni cinco de pelota. «No pasa nada, Negro, en un casamiento se baila todos con todos», y ese verso que no se tragaba nadie. Menos con la vena así de hinchada, como esos maridos embolados en la mesa o al costado de la pista, esperando que el Mudo se saliera un milímetro de la raya para encajarle una trompada. Porque acá es así, primero te sacuden y después te preguntan qué te pasa. De callado, sin preámbulos. En Buenos Aires gritan, aletean y se hacen los gallitos, pero no sacan las manos de los bolsillos. Acá no.
Al final de la fiesta, cuando no quedaban ni los novios, se servía un último vaso de cerveza y se tiraba en una silla. Mojado entero, con la camisa y la corbata empapadas, los pelos en la frente como las plumas de un pájaro exhausto. A veces, en Chantilly, el boliche al que iba los fines de semana, se quedaba dormido y no había forma de remolcarlo. Cuando alguno hacía su cumpleaños ahí yo me daba una vuelta. Fresco, el Mudo era livianito, lo podías levantar con dos dedos y colgarlo de la pared, como un cuadro, pero mamado pesaba como un elefante. Por suerte mido uno noventa. Después de ayudarlo a meterse en el auto y poner la llave, lo miraba doblar la esquina y perderse en las calles que van de la costanera al centro. Y al otro día, tipo dos de la tarde, lo llamaba para ver si estaba bien. No entiendo cómo hacía para manejar en ese estado, pero llegaba y al mediodía ya había resucitado.
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