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Tan cerca de la vida

Colección Rayos globulares

(39)


SANTIAGO LÓPEZ PETIT

Tan cerca

de la vida


Primera edición, 1200 ejemplares: enero 2021

Título original: Tan cerca de la vida

Licencia CC 4.0 by nc sa

https://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/

Esta obra está bajo una licencia Creative Commons

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Reconocimiento - No comercial - Distribuir igual

C/o Rayo Verde Editorial, S.L.

www.rayoverdeeditorial.com

© de esta edición, Rayo Verde Editorial, 2021

Diseño de la cubierta: Tono Cristòfol

Ilustración de la cubierta: © DAQ

Maquetación: Noemí Giner

Correctores: Gisela Baños, Antonio Gil y Sandra Balagué

Producción editorial: Xantal Aubareda

Composición ePub: Pablo Barrio

Publicado por Rayo Verde Editorial, S.L.

Gran Via de les Corts Catalanes 514, 1º 7ª

08015 Barcelona · rayoverde@rayoverde.es

www.rayoverdeeditorial.com

RayoVerdeEditorial

@Rayo_Verde

ISBN ePub: 978-84-17925-47-5

THEMA: FA, FL, FDB

Una vez leído el libro, si no lo quieres conservar, lo puedes dejar al acceso de otros, pasárselo a un compañero de trabajo o a un amigo al que le pueda interesar.

La editorial expresa el derecho del lector a la reproducción total o parcial de esta obra para su uso personal.

Índice

1  Preámbulo

2  La Escuela de la Vida

3  El contrato

4  «¡Llega a ser el que eres!»

5  Un encuentro inesperado

6  Infiltrado

7  Presentimientos

8  Fábrica de líderes

9  El cuento de la vida

10  La Banda

11  Evaluación

12  «Cálmate, pequeño filósofo»

13  Una mente destruida

14  La noche

15  Un sueño

16  Turismo

17  Dos sombras

18  La niña sin ojos

19  La vida y la verdad

20  El estallido

21  Estado de excepción

22  La huida

23  Soledades

24  Una grieta

En silencio me acosté entre los viejos juncos

y sobre mí se posó el cielo azul,

plagado de estrellas;

y cuando me estaba diluyendo en su contemplación,

murieron conmigo el miedo y el dolor más profundos

y la sombra azul del muchacho se alzó

en medio de la oscuridad.

GEORG TRAKL

Preámbulo

Bienvenidos a la Escuela de la Vida. Después de un largo viaje en el que habéis dejado atrás dudas y sombras, en el que os habéis despojado de inseguridades y miedos, la vida os recibe con los brazos abiertos. Nuevos días se avecinan para vosotros, pero hoy, el día de hoy, lo recordaréis siempre. Siempre, porque no se olvida haber salido del pozo del olvido. Entrad en este espacio de libertad donde el único reglamento es que no hay reglamento y sois vosotros mismos quienes decidís ser lo que queréis ser. Salid a la luz. Sí, no hay nada más hermoso que sentir el calor del sol sobre el propio cuerpo. No volváis la mirada, ahuyentad la tentación de una vuelta atrás. No hay vuelta atrás cuando has comprendido —y eso vosotros lo habéis comprendido en toda su profundidad— que tú mismo puedes cambiar tu vida. Por eso, habéis sido admitidos en el curso. Confiamos en cada uno de vosotros como vosotros confiáis en la vida. No os hemos escogido. En realidad sois vosotros mismos quienes habéis escogido acudir y participar.

Las puertas permanecerán abiertas en todo momento, ya que ¿quién desearía regresar a un mundo de mediocres? Estamos comprometidos con ser extraordinarios. La vida está llena de oportunidades que hay que saber aprovechar y hacerlo depende únicamente de cada uno. Pero no olvidéis algo muy importante: vosotros ya sois unos ganadores. Evitad entrar en una rueda de autojustificaciones. Tampoco busquéis culpables. No carguéis con el peso muerto de creeros víctimas. Existe una enseñanza fundamental que siempre tenéis que recordar: para vosotros, los dualismos ya no existen. Habéis ido más allá de la línea. Ganar o perder no sirve para cartografiar el mapa de la vida. ¿Por qué un ganador debería quedar encerrado en esta cárcel? Ganar o ganar. Ganar o, en todo caso, negociar para preparar la victoria. Negociar es una guerra. La guerra y la paz son dos caras de lo mismo. Y, sin embargo, aquí no solo aprenderéis palabras ganadoras, sino también a compartir, a pronunciar la palabra «nosotros». Cada uno debe reconocer sus propias debilidades y averiguar cómo puede suplirlas con la ayuda de los demás compañeros. El hecho es que, a ojos de los inversores, una empresa con un solo líder puede indicar que nadie ha querido sumarse al proyecto o que el fundador se resiste a compartir las tareas necesarias para su funcionamiento. Crear una empresa constituye una experiencia espiritual. Una empresa instaura también una relación afectiva. El dinero no importa porque es sinónimo de muerte. Crear una empresa significa producir sentido, y el emprendedor, en tanto que discípulo de la vida, debe ser un líder para la sociedad. Al que es capaz de producir sentido lo sostiene el futuro.

Habéis llegado hasta aquí después de una dura selección. Poco a poco os conoceréis entre vosotros y trabaréis amistad. Sois un equipo. Ahora os toca a vosotros estar a la altura. A partir de hoy mismo ningún día se repetirá. Tampoco habrá descanso. Si os entregáis en cuerpo y alma, seréis felices. Estaréis cumpliendo vuestro deseo. El éxito estará más cerca. El único pecado que aquí no se consiente es querer pasar desapercibido, fijarse en lo que hacen los demás para, sencillamente, imitarles. A vosotros, nuestros héroes, no os está permitido agazaparos. Tenéis que alzaros contra la estandarización galopante. Se está perdiendo la propia pérdida, y en los páramos resecos ya no crece ningún vegetal. Hasta las huellas de las palabras desaparecen poco a poco a causa de ese viento que sopla sin piedad. Lo inexplicable recorre silenciosamente el mundo. En el altar sagrado de la vida se sacrifican aquellos que no osan avanzar y se hunden. Nos han declarado la guerra. El viento viene cargado con noticias terribles y susurra que se acerca el final.

¡Bienvenidos al curso! La tarea que os queremos encomendar no es nada sencilla. Algunos de vosotros ni llegaréis a saber de qué se trata, ya que no sobreviviréis. Otros, aquellos que estéis dispuestos a no rendiros, seguramente maldeciréis haber venido. ¡Os necesitamos! La vida es un jardín: ¡floreced!

La Escuela de la Vida

Antes de desaparecer, el holograma de la mujer ha añadido algo más. Siento no recordarlo. Seguramente, el discurso anterior tampoco es muy exacto. Si he sido capaz de reproducirlo es porque me ha dejado bastante perplejo. Yo sabía a lo que venía y ahora no entiendo nada. El holograma de la mujer ha asegurado que alguien nos ha declarado una guerra. ¿Quién podría atreverse? Esta amenaza me parece totalmente absurda. Y, además, ¿qué tiene que ver con el curso al que me he apuntado? Es probable que hayan querido rodear de misterio nuestra llegada para acrecentar nuestra curiosidad e interés. Lo que no entiendo, entonces, es por qué este aviso de peligro. Yo sabía a lo que venía. Quería hacerme famoso y este curso prometía un camino rápido para conseguirlo. Además, también me daba la posibilidad de conocer a gente. Observar es una de mis actividades preferidas. Cuando viajo en metro me entretengo mirando los rostros de los pasajeros e intento imaginar cuál será su trabajo. A veces, sin embargo, las manos son más indicativas.

Pues bien, el holograma antes de volatilizarse nos ha pedido que nos pusiéramos en círculo —en realidad ya formábamos un círculo, pues automáticamente nos habíamos situado a su alrededor— y también que nos diéramos las manos. Confieso que he sentido un cierto reparo. ¡Así, de pronto, dar la mano a un desconocido! Más exactamente a dos. Y mientras nos encontrábamos en esta tesitura, la vida, es decir, el holograma hablante, nos ha rogado finalmente que cada uno de nosotros escogiera un seudónimo con el que de verdad se sintiera identificado. El seudónimo no tenía que reflejar tanto nuestra personalidad como nuestra imagen. De un modo más preciso: la imagen que desearíamos mostrar a los demás. La Escuela de la Vida, y eso era una novedad para mí, lejos de asignarnos un número, nos permitía darnos un nombre y convertirnos así ya, directamente, en una marca propia en el mercado libre del ciberespacio.

Mientras estaba pensando qué seudónimo sería el más apropiado para mis aspiraciones, no sé muy bien cómo, me he encontrado con un hyperphone entre las manos. Supongo que me lo ha alcanzado alguno de mis compañeros. Cuando lo he puesto en funcionamiento, ha aparecido una frase escrita en mayúsculas: EL HYPERPHONE ES TU CORDÓN UMBILICAL CON LA VIDA. He sentido una cálida protección y que, por fin, algo importante podía sucederme. Bajo esta frase destacada seguían tres instrucciones muy concretas. La primera era que debíamos mandar una foto nuestra una vez por semana. La segunda, que al final del día grabáramos un mensaje de voz, el que quisiéramos. Y la última, colocar siempre el hyperphone bajo la almohada al acostarnos. De cumplir correctamente las indicaciones, se nos aseguraba, el programa de gestión del estado de ánimo sabría guiarnos y corregir los trastornos de aprendizaje que pudieran surgir. Asimismo, y como resultado de la evaluación permanente de los objetivos que cada uno se fijara, recibiríamos puntos virtuales. Estos puntos virtuales serían muy útiles para poder planificar con rigor la eclosión de nuestras capacidades y competencias. Lo digo con toda sinceridad, creo que el hyperphone puede ser la mano que buscaba desesperadamente en la oscuridad.

Se confirmaría de este modo que ha sido un acierto venir a esta escuela y una suerte que me aceptaran. No, no voy a contar ahora mi vida, puesto que ya es un poco tarde y hemos empezado a organizar la sala en la que dormiremos. Además, es una vida como tantas otras. Tiene un momento álgido y luego un largo descenso, pero no al infierno, sino al desierto de la espera. Un momento álgido es una intensidad coagulada. Si tu sangre es normal y sufres un corte, diminutas células, conocidas como «trombocitos» o «plaquetas», llegan al rescate. Estas células en forma de disco, las más pequeñas del torrente sanguíneo, se aglutinan en segundos para sellar la herida. Cada gota de sangre suele contener unos ciento quince millones de plaquetas, de modo que la ayuda siempre está a mano y presta, si la herida no es grave; todo vuelve a la normalidad casi sin percatarnos de ello. La coagulación de la sangre nos salva, ciertamente, pero ¿dónde queda la herida? La herida por la que un puñado de dolor bregaba por aflorar. Ni la señal de la herida queda suprimida ni el dolor desaparece. Pero la sangre ya no se ve. Las renuncias de que está hecha la vida son pruebas del proceso civilizador. La normalidad ha triunfado. Por eso, estoy contento de que me hayan admitido en esta escuela. El uniforme de diario es la esperanza, la esperanza en que cada uno de nosotros puede ser el protagonista de su propio cambio.

Cuando decidí presentarme como candidato, deseaba interrumpir esa monótona espera que me tenía secuestrado. Era una espera sin esperanza. Quería pronunciar una palabra y la palabra no salía de mi boca. Yo creo que masticaba las palabras y que por esa razón no podían salir. A veces podía lanzar un grito. Y luego el silencio. Un silencio tan vacío que hasta se tragaba el aire. En cambio, aquí todo es diferente. Tengo mi propia marca y, por fin, puedo ser yo mismo. No ese perdedor. Ese iluso. Ese… escrupuloso acérrimo que solo podía tocar el mundo con las puntas de sus dedos por miedo a mancharse. Además, y quisiera resaltarlo, finalmente podré desembarazarme de esa mirada melancólica que me tenía ya cansado.

Lo sé muy bien. He dicho antes que me gusta observar. Observar es, seguramente, la actividad más digna que nos queda cuando el momento álgido se ha escurrido entre los dedos de las manos, pero ¿la mirada del que observa el mundo no es necesariamente melancólica? ¿Por el hecho de ser meramente un observador, porque el mundo es como es, o porque existe la noche y la noche no existiría si no tuviéramos ojos? Una pregunta me lleva a la otra. La mecánica cuántica hace mucho nos enseñó que el observador modifica el objeto de estudio, que la medida de una propiedad altera al sistema mecánico-cuántico impidiendo la medida precisa de otra propiedad. Siempre he creído que si la ciencia comprendiera de verdad esta imposibilidad, tendría que ser más melancólica. En cambio, no es así. La ciencia es inconscientemente optimista. Empleando las funciones de onda que representan meras probabilidades, se las arregla para desentrañar con éxito el mundo de las partículas subatómicas. Evidentemente, la condición es no hacerse preguntas inadecuadas; por ejemplo, por qué funcionan tan bien las ecuaciones para explicar este extraño mundo invisible que, sin embargo, nosotros solo podemos describir mediante paradojas. El éxito de la ciencia reside, seguramente, en su capacidad de autolimitación. Mediante un implacable juego de limitaciones logra funcionar a la perfección y, a la vez, alejar de sí esta insidiosa melancolía del observador. Aquí, por el contrario, nos animan continuamente a superar cualquier límite que se ponga delante de nosotros. El discurso de bienvenida era claro a este respecto. Por eso, una de las consignas preferidas, y que aparece en las numerosas pantallas de televisión, asegura: «Tú puedes ser lo que deseas. Solo existe un obstáculo: tu obstinación en pensar lo contrario». Nos dan confianza y creen en nosotros.

Me siento acurrucado en el vientre de la vida. No se puede pedir más. Aquí te devuelven la curiosidad y las ganas de aprender. Pero, sobre todo, una esperanza que —al no estar aquejada de ceguera porque la esperanza más segura es aquella que reside en uno mismo— puede colmar el vacío de la melancolía. Yo no fallaré. Yo no me fallaré. Quizás es una escuela un poco extraña, pero gracias a ella conseguiré hacerme famoso. En el fondo, voy a hablar sin ambages, quiero ser famoso para que me dejen tranquilo. Tener éxito en esta sociedad es el único modo de poder controlar tu vida. Porque, si no, ¿adónde huir? Ciertamente, el éxito acarrea alabanzas hipócritas, frialdad y mucho autoengaño. Es esencial, por tanto, un trabajo largo y constante que destierre la lisonja y expulse toda idea de merecimiento. Pero, entonces, si realmente no merezco el éxito, ¿significa que soy un fraude? Esta idea nunca me abandona. Sí, soy un fraude y todos los que hemos sido admitidos en este curso somos un fraude. Solo la vida, que no engaña jamás, esta vida que nos acoge con los brazos abiertos, podrá liberarnos de esta condena.

No ha sido fácil escoger el seudónimo. Nuestro grupo consta de cincuenta personas desconocidas entre ellas, si bien sus motivaciones tienen que ser bastante parecidas puesto que han superado el mismo proceso de selección. Decidir libremente el seudónimo que será nuestra marca, el nombre con el que nos identificaremos y que también tendrá que representarnos, ha supuesto empezar a establecer ciertas reglas de funcionamiento. Por votación hemos descartado los colores. Los colores son muy útiles para describir estados de ánimo, incluso pueden asociarse a ciertos sentimientos; sin embargo, no nos han convencido a causa de su simpleza. De hecho, todo el mundo ha rechazado que su personalidad pueda reducirse a un único color. Su personalidad y, sobre todo, su voluntad de ser. Por otra parte, las mezclas de colores, aunque añaden complejidad y en este sentido hemos creído que responden mejor a nuestras ansias, son imposibles de nombrar. Entonces, hemos pensado en las formas geométricas. Los colores son impresiones puras, dolorosas o alegres, pero las formas geométricas, que aparentemente son más abstractas, no le van a la zaga, ya que a esta doble determinación suma extrañas peculiaridades. La modestia del «punto» raya con una humildad hipócrita. El «círculo», a causa de su incapacidad de abrirse a los demás, es profundamente egocéntrico. El «triángulo», no descubro nada nuevo si digo que, debido a su carácter agresivo, permanece sumido en un aislamiento absoluto. El «cuadrado» sí es realmente desafiante, pero le puede un dogmatismo salido de sus propias entrañas y que, en el fondo, lo hace sumamente débil. Se hace tarde y nos han ordenado acostarnos antes de la medianoche. El viaje ha sido largo y penoso. Estamos cansados.

Por eso, hemos sentido alivio cuando alguien ha tenido la idea de recurrir a las letras del abecedario. La propuesta es estupenda, puesto que cada letra lleva un mundo con ella. Un mundo secreto y paradójico que bien podía expresar rasgos de ese deseo nuestro de individualización. Se ha producido una fuerte disputa y ha vencido el que con toda seguridad tenía que vencer. Para él ha sido la letra A. La A comporta afirmación, astucia, ambición… características que ciertamente parecen convenir a quien con más violencia ha discutido y que, con razón, reclama como propias. Yo he callado y he recordado para mis adentros que la angustia también empieza con la letra A. Nunca hubiera pensado que las letras permitirían tanto una singularización abierta y creativa como la activación de una combinación inexplorada. Pero ¿y las letras que nadie quiere? Me he tendido ya en la cama. Yo he escogido la letra I. Me gusta por su simplicidad y, sobre todo, porque se mantiene en pie. Nunca se arrodilla.

Afortunadamente, me ha correspondido la cama inferior de la litera. Es noche cerrada y no sé qué hay fuera. No veo nada. En verdad no sé qué hago aquí. Aún estoy sobrecogido por todo lo que he oído y visto. ¿Quiénes son mis compañeros? Tengo sueño y me encuentro cansado. Mañana investigaré cuál es esa tarea tan peligrosa que quieren asignarnos. ¿Qué se espera de nosotros? ¿Qué se espera de mí? Esta pregunta pesa sobre mi cuerpo como una garra. Quizás estoy demasiado cerca de la vida.

El contrato

Me despierto a causa de un murmullo creciente parecido al fragor de una multitud que se acerca. Siempre me pasa lo mismo; justo antes de morirme, no sé cómo me las arreglo, pero acabo despertándome. Temo abrir los ojos y encontrarme directamente, ahora ya sí, con la visión de los que serán mis compañeros de curso. Siento curiosidad por conocerlos y, a la vez, una inmensa pereza. ¡Ojalá se pudiera observar sin implicarse demasiado! Ahora tendré que dejarles entrar en mi vida, que husmeen mis entrañas, incluso alguno seguramente pretenderá juzgarme. Yo, por mi parte, tendré también que iniciar un camino de aproximación hacia ellos. ¿Para descubrir qué? No somos tan distintos como nos creemos. Si el código genético humano se diferencia únicamente un cinco por ciento respecto al código de los demás mamíferos, no sé muy bien qué originalidad cabe esperar. Además, la selección efectuada por la escuela todavía nos ha uniformizado más.

Y, sin embargo, el resplandor desplomado del techo ilumina a mis compañeros (sinceramente, no sé por qué digo «mis compañeros» si no los conozco de nada) y sus semblantes parecen brillar cada uno con una luz diferente. Mientras intento explicarme cómo es posible que cada rostro se active en función de su propia longitud de onda, me ha asaltado la duda de si realmente sabré cuándo mis compañeros serán de verdad «mis» compañeros. No me planteo la pregunta en términos jurídicos, o sea, de derecho, sino simplemente constato un problema. Como me gustan las paradojas —hay que ir con cuidado de no confundir una paradoja con una contradicción— he decidido resolverlo de esta manera: «Los compañeros serán mis compañeros cuando dejen de serlo». No sé si la respuesta es adecuada, pero creo que constituye un buen punto de partida.

Tengo que interrumpir mis elucubraciones, ya que por el altavoz una voz estentórea ha ordenado que nos pongamos en círculo con las manos unidas para escuchar la consigna del día. Así, al formar una cadena de cuerpos, la energía podrá circular entre nosotros y la consigna penetrará mucho mejor en nuestro interior. La del primer día es: «¡Llega a ser el que eres!». En los carteles luminosos que cuelgan de las paredes aparece la misma frase. Centellea como una estrella.

—La estrella que deberá guiarnos —me susurra un compañero que está junto a mí.

Asiento con la mirada. Pero justo cuando empezábamos a intercambiar unas palabras, nos llega un nuevo aviso. De uno en uno tenemos que entrar en la sala que se halla al final del pasillo para firmar el contrato de vinculación. Este contrato, como su mismo nombre indica, nos convierte en discípulos de la vida y comporta nuestra entrega total a ella. Evidentemente, ya conocíamos todos esta condición cuando fuimos seleccionados. En mi caso, si decidí venir fue por las contrapartidas. El contrato de vinculación es bilateral. Yo me doy a la vida, pero ella me exonera del pasado y, en la medida que me impone una responsabilidad, me abre el futuro. Sí, es un honor poder estudiar en esta escuela. La historia de la humanidad se deja resumir en pocas palabras: trabajar, comer, sufrir y finalmente morir. De vez en cuando se produce un estallido social. Caminamos todos juntos por un pasillo sin puertas ni ventanas y nos dirigimos hacia una bombilla que alguien ha encendido. Los engaños son los señuelos de siempre. Trabajamos y morimos con el único fin de seguir trabajando y muriendo. La humanidad avanza esforzadamente acompañada por una música estridente pero monótona. Cada día tenemos que decidir si matamos o mentimos. ¿Cómo no estar agradecidos a la vida si gracias a ella podemos interrumpir este destino? Tengo la impresión de haber encontrado la puerta de salida de este laberinto rectilíneo. En el fondo, todos buscamos lo mismo.

He llegado hasta aquí lamiéndome las llagas que caminar por senderos intransitables me ha causado, después de abandonar una casa que se me hacía difícil sentir como propia, y ahora, por fin, estoy a punto de firmar el contrato de mi vida. Oigo mi nombre. Ha llegado ya mi turno. Entro en la sala. Es un espacio casi vacío y muy luminoso, parecido a un quirófano. Huele a formol. Encima de una mesa situada en el centro de la estancia está el contrato de vinculación. De la pared cuelga un gran espejo, de manera que cuando firme el documento me veré reflejado en él. En la pared opuesta, una pantalla de televisión muestra a un hombre cuyo vestido recuerda al de un cirujano. Este instructor me anima a acercarme a la mesa y a firmar el contrato, pero antes de leer las obligaciones que voy a contraer, explica cuáles son los objetivos generales de la escuela. Con voz lenta y pausada, asegura que buscan poner en manos de los líderes de organizaciones, empresas, instituciones y ONG las herramientas necesarias para facilitar los cambios que nuestra sociedad reclama. Tales cambios —afirma— no son viables si no se impulsan desde una visión integral del ser humano y de los propios organismos sociales. En resumen, la Escuela de la Vida es una plataforma cuyo objetivo principal es la multiplicación de los deseos. Hay que producir deseos a gran escala: «deseos de realización en el trabajo», «deseos de crecimiento personal» y, en última instancia, «deseos de felicidad», ya que esta es la única manera de salvar a la humanidad.

Después de esta exposición, el que parece ser el jefe del equipo multidisciplinar pasa a concretar estos objetivos. Tendré que aprender a controlar las emociones, la angustia y el estrés. Tendré que adquirir un pensamiento positivo, mejorar la inteligencia emocional, la empatía, la asertividad y las relaciones con los demás. Deberé centrar toda mi atención en el autoconocimiento y el autocontrol. Si lo he comprendido bien, firmar el contrato de vinculación implica, por mi parte, aceptar que mi vida sea rehecha para adecuarla mejor a las necesidades de la sociedad y a las mías propias. Los bloqueos y los errores que la atenazan serán eliminados terapéuticamente con el fin de incrementar tanto la eficiencia como el rendimiento. Es lógico, por tanto, que deba renunciar, en principio y con carácter general, a las comunicaciones con familiares u otras personas que, según el parecer de la escuela, sean consideradas negativas y perjudiciales para mi transformación.

La palabra clave es nudge, cuya traducción aproximada sería «empujón». Mediante esta metáfora se describe muy bien la función del acuerdo que firmaré. El contrato de vinculación es, sencillamente, un pequeño empujón para orientar mejor mi propia conducta. No se trata en absoluto de una medida autoritaria. Yo jamás hubiera aceptado plegarme a una influencia de carácter totalitario. Simplemente, harto de malas decisiones, confío en la buena intención de unos expertos para guiarme. ¿Es esto paternalismo? No lo sé. ¡Pero qué importa si así aumento mi autoestima! En esta sociedad la autoestima es la clave del éxito y, en cambio, la misma sociedad te recuerda a diario que tu vida no vale nada, que tú eres perfectamente prescindible. Un puesto de trabajo no es más que una muesca de la realidad, una ranura vacía de la máquina y a la cual uno debe adaptarse. La autoestima es el lubricante que evita la rotura de pieza o, por lo menos, que la retarda. No sé si estoy ante una paradoja o una contradicción. Lo único que deseo vivamente es abandonar el mundo del trabajo.

Ahora, cuando firme el contrato de vinculación, me convertiré en alguien valioso, en un auténtico discípulo de la vida. Dejaré de ser un fraude. Lo que me gusta de esta escuela es la libertad que me dan. Aquí no adoctrinan. Nos abren un espacio vital en el que podernos encontrar a nosotros mismos y, a la vez, desplegar nuestras potencialidades. Pero no soy tonto. Sé perfectamente por qué han colocado este enorme espejo. En las estaciones de metro japonesas, para evitar los numerosos suicidios que se producían, pusieron unos espejos cuya finalidad era incrementar la autoestima. Resulta que ante un espejo el yo aumenta de tamaño, y entonces ya no cabe por el abismo al que pretendía arrojarse. Sinceramente, me vienen unas terribles ganas de reír. Aceptaré el juego. ¡Qué divertidos son esos psicólogos! Con suerte podré arrancar un poco de vida a la vida. El contrato termina con esta frase: «Estas normas son de obligado cumplimiento para todos los alumnos que deseen integrarse en esta escuela, por lo que el incumplimiento de las mismas puede suponer la expulsión».

Ya he firmado y me siento mejor, más relajado. No abrigaba ninguna duda, lo digo en serio, estaba completamente decidido a aceptar las obligaciones que esta vinculación comporta. Ahora bien, la pregunta de por qué he suscrito este compromiso no tiene respuesta para mí. ¿Por qué he firmado? O más concretamente: ¿qué nos sujeta a la vida? Nos sujetamos a ella cuando todas las recetas que seguíamos para atrapar esos instantes de eternidad tan buscados se muestran inútiles. Nos sujetamos a ella, en definitiva, para no caer más en el interior de esa noche que se alarga como la sombra del miedo. En la Escuela de la Vida me enseñarán de nuevo a respirar. Acepto trabajar mi propia vida y hacerla rentable. No puedo concebir una existencia sin un plan que la encauce. Una existencia que se deja llevar, perpetuamente condenada a deslizarse sobre acontecimientos que no controla, es despreciable. Aquí me ofrecen un horizonte: «La felicidad es revolucionaria». Con esta firma busco una salida a una situación que no tenía salida. Pero ¿ese yo multiplicado que veo en el espejo soy yo realmente? Mi seudónimo, como ya he dicho, será la letra I. Me gusta. I de «idea», I de «innovación», I de «inversión»… I de «imbécil».

«¡Llega a ser el que eres!»

Entramos en el salón de actos. Enseguida empezará la conferencia de un profesor muy prestigioso que forma parte del equipo multidisciplinar. El título de su disertación es: «La creatividad y la vida». Tomamos asiento en silencio y dispuestos a escucharle. Una voz lee su inacabable curriculum vitae y después él mismo se presenta.

—Voy a hablarles —nos dice— de lo que será el tema central del curso: la creatividad. Abordar esta cuestión implica responder a muchas preguntas interrelacionadas: ¿qué vínculo existe entre la creatividad y la vida?, ¿hay un solo tipo de creatividad?, ¿qué papel juegan las emociones en el proceso creativo? Empezar a dar una respuesta a estas cuestiones nos permitirá plantearnos de un modo más fructífero la gran pregunta que les ha traído hasta aquí: ¿cómo se convierte uno en creativo?

El profesor muy conocido y admirado empieza por advertirnos de que es necesario, antes que nada, olvidar, por obsoleta, la antigua concepción de la creatividad.

—En la actualidad —asegura— las personas creativas ya no tienen que rebelarse contra la sociedad, más bien al contrario, es la propia sociedad la que exige a todos ser creativos. Quien no es creativo se hunde en el anonimato y tampoco es capaz de ayudar a la sociedad. Hoy en día, creatividad e innovación coinciden. O lo que es igual, para que una idea sea creativa debe cumplir dos condiciones: originalidad y utilidad. La creatividad sigue consistiendo en desafiar la realidad establecida y proponer nuevas y mejores soluciones. La imaginación y el riesgo son, pues, consustanciales al acto de creación. El que sabe innovar es un revolucionario y, por esa razón, la verdadera revolución radica en saber adaptarse a los cambios y así ganar en competitividad.

El profesor muy conocido y admirado hace una breve pausa y, a continuación, nos insta a que ahora seamos nosotros quienes planteemos preguntas. No bien acaba de pronunciar la última palabra, M levanta la mano. Todos los ojos se dirigen hacia M, pero él, sin asomo de duda, interpela al profesor para consultarle si la creatividad puede aprenderse, o bien si es algo innato. Antes de que este tenga tiempo de responder, M empieza a explicar que la creatividad es como un músculo y que si uno se entrena, puede aprender a ser creativo. Según él, se trataría de una habilidad extendida a toda la población, si bien el contexto social determinaría, en última instancia, que dicha capacidad se despierte o permanezca apagada. Sin embargo, prosigue M, las innovaciones verdaderamente disruptivas, es decir, las que alteran sustancialmente nuestros hábitos y modos de ver el mundo, esas son privilegio de unos pocos. Después de que M haya hablado, se ha producido un silencio embarazoso y en la sala ha crecido una sensación generalizada de rechazo. M no es más que un pobre engreído. Pero ¿quién se cree que es? Yo no estoy de acuerdo. La intervención de M es aparentemente banal y, por eso, cumple muy bien una doble función. Por un lado, afirma que la creatividad puede enseñarse, lo que supone reconocer la autoridad del profesor y no tratarlo de mero impostor; por otro lado, al decir que la habilidad de crear pertenece a todos, busca congraciarse con sus compañeros, aunque desde una posición exterior y más elevada. En definitiva, M pretende una doble aprobación: ser tomado en cuenta por la instancia de poder y, al mismo tiempo, ofrecerse como mediador entre el equipo multidisciplinar y nosotros. Evidentemente, ambas pretensiones van a la par. El profesor, sin embargo, no reacciona y sigue impertérrito su clase.

—Un modelo colaborativo —afirma— incrementa la creatividad. Si tú sabes hacer muy bien una cosa y yo soy el mejor en otra, tenemos que estar dispuestos a trabajar juntos para crear una tercera cosa todavía mejor. A menudo es así. Sin embargo, no hay que olvidar que, en último término, la creatividad consiste en liberar las propias fuerzas internas. No existen reglas para lo que es, por lo menos en algún momento del proceso, consecuencia de una ausencia de reglas. Hay que alejarse del camino para encontrar un nuevo camino. El alumno creativo es necesariamente desobediente. Ahora bien, esa desobediencia que no produce, sino que crea, implica una autotransformación que puede resumirse en tres etapas. El buen emprendedor tiene que trabajar mucho. Como el camello, debe cargar con las tareas pesadas y monótonas. «Aguantar» es la palabra clave que mejor define esta primera etapa. Aguantar el menosprecio y la falta de confianza. Aguantar el fracaso que pesa como una montaña. Después, el emprendedor tiene que ponerse en pie y decir: «¡Basta!». El emprendedor es entonces el león que manda en su territorio. El león que llega donde no llega nadie porque desconoce el miedo y es libre. Ni siente conmiseración ni se alimenta de despojos. Tampoco se aferra a lo familiar y conocido, sino que convierte cada situación vivida en una oportunidad. Y, sin embargo, el buen emprendedor tiene aún que ir más lejos. En la tercera y última etapa, tiene que ser el niño que juega. Recuperar la mirada inocente y curiosa del niño. El juego de crear requiere abrir la mente y expulsar el porqué, desterrar la finalidad que, a menudo, secuestra el impulso de innovar. De esta manera, la rebeldía puede ser encauzada y hecha constructiva. El «pero» ha sido sustituido por la «y» que ya no bloquea. La «y» que une y une formando un inmenso rizoma de nuevas ideas. No debe buscarse el éxito. Hay que prepararse para poder recibirlo. Cuando uno se acostumbra demasiado a una disciplina, debe abandonarla y saltar a otra disciplina. El emprendedor que quiere saber qué es el baile, no acude a un espectáculo de baile, sino que él mismo baila. El niño juega bailando y baila jugando… Llegado este momento, creo que el profesor conocido y admirado ya no sabe exactamente qué está diciendo. En el salón de actos reina una calma extraña. Algunos de los compañeros se han dormido. Otros simulan tomar apuntes. Se han apagado las luces y el profesor se ha esfumado. De pronto, aparecen proyectadas en las paredes de la sala de actos, e incluso en el techo, escenas de la vida cotidiana. Lo más extraordinario es que las figuras humanas que hablan y se mueven tienen los rostros de los alumnos del curso. Después de la sorpresa inicial, me tranquilizo y pienso que se trata simplemente de un programa informático que permite cambiar unos rostros y sus expresiones faciales por otros distintos. Sin embargo, la sorpresa se convierte en espanto cuando, de la boca de nuestros rostros que son ajenos, ya que están puestos en el cuerpo de otros, empiezan a salir frases que reconocemos como propias. M, el compañero de curso que hace un momento ha interpelado al profesor, está hablando con alguien que parece ser una amiga.

—No, no tengo ganas de enseñar historia en la universidad o en un instituto cualquiera. Sentiría que me estoy estancando. Sería como morir lentamente. Aunque no tenga tanta seguridad económica a final de mes, prefiero la gestión cultural. Cerca de la Política, en mayúscula, aunque sin dedicarme por completo a ella, claro. Personalmente, lo que me interesa es introducir pensadores que no son conocidos, organizar cursos en instituciones de prestigio; en definitiva, estar presente en la esfera pública, pero como yo mismo. Por eso, lo que más deseo es poder formar parte del equipo pluridisciplinar de la Escuela de la Vida. Sería la culminación de mi carrera profesional y estoy dispuesto a lo que sea para conseguirlo.

La amiga a la que M se está dirigiendo en la pantalla se ha girado hacia mí. Es N, la compañera de curso con la que me he cruzado al entrar a firmar el contrato de vinculación.

—Pues yo —dice N— he tenido una vida completamente distinta a la tuya. No me interesa para nada la política, es más, pienso que la dimensión colectiva de la existencia constituye siempre una trampa para escapar del yo. Si cada uno de nosotros profundizara verdaderamente en sí mismo, la sociedad sería otra, porque ya no se alzaría sobre el miedo. Lo esencial es el trabajo sobre el propio cuerpo. Si estoy aquí es porque creo que esta escuela, al situar la creatividad en el centro de la enseñanza, me permitirá rehacerme.

En la pared opuesta, A, completamente solo y con una mirada perdida, confiesa que sí, que ha sido atracador, pero que jamás ha matado a nadie. Y que, además, ya ha pagado con muchos años de cárcel su mal comportamiento. Lo único que ahora pide a la Escuela de la Vida es que le den otra oportunidad. Nos han quitado las palabras —seguramente de la entrevista que tuvimos que pasar— y ahora estas mismas palabras retornan para decir lo más esencial de cada uno.

Con recelo, aguardo mi aparición en cualquier esquina de alguna de las paredes de la sala. Y, efectivamente, al poco tiempo me veo hablando solo mientras deambulo por la calle. La fábrica en la que trabajé como ingeniero está oculta por una espesa niebla. Parece haber desaparecido. Hubo una derrota y los trabajadores fuimos apaleados. Algunos cuerpos inertes todavía cuelgan de un horizonte caído. Yo pude escapar. Pero era difícil evitar descender por la pendiente inclinada del desencanto. En la Escuela de la Vida busco una excusa para seguir vivo y cualquiera me sirve. Lo más increíble es que este I que habla por mí, sabe más de mí que yo mismo. Sobrecogido al oír lo que yo pienso, pero nunca me atrevo a decirme, trago saliva para no escupir sobre esta vida que estrangula por compasión. Nosotros, personajes insulsos, escenificamos el paso del tiempo. El mundo de las palabras que guarda el mundo pertenece a la Escuela de la Vida.

El estruendo producido al golpear al unísono el respaldo de las sillas aumenta. Algunos alumnos prefieren golpear con los pies el suelo de madera. El abucheo contra lo que se considera una violación de la privacidad y una total falta de respeto crece. Se oyen gritos de «¡Manipulación!». Pero no todos los gritos arrastran palabras de desengaño. M se ha subido a una silla y pide silencio alegando que no es tan grave lo que ha sucedido. Desde el fondo de la sala algunos lo silban. Q, una antigua directora de un importante instituto de enseñanza secundaria —me pregunto por qué habrá escogido esta letra— y que ha venido para aprender nuevas técnicas de participación escolar, está enfadada con los que promueven el escándalo porque, según ella, están poniendo en riesgo la continuidad del curso. Pero A no se amilana y con vehemencia grita que de él no se burlará nadie más y que se resistirá a toda forma de manipulación. Poco a poco, como consecuencia de un acontecimiento inesperado, aunque no crucial, han surgido dos bandos. Yo no quiero intervenir y me limito a observar. Después de lo ocurrido, todos sabemos mejor quién es quién y —puedo afirmarlo con cierta seguridad— empezamos a conocernos mejor.

La Escuela de la Vida no ha conseguido impedir que la palabra hable y que por ella respire un cierto malestar. Lo único claro es que ha estallado un conato de rebelión contra el equipo multidisciplinar. Resulta, sin embargo, sorprendente, puesto que todos sabíamos perfectamente a lo que veníamos. El contrato de vinculación firmado el primer día, ya nos advertía de que el equipo multidisciplinar separaría con su bisturí lo bueno y lo malo de cada vida. ¿A qué viene, pues, esta protesta? Todo ha sucedido tan deprisa, me refiero a la formación de los dos bandos, que tengo una vaga sospecha, pero ni me atrevo a pensar en ello. ¿Y si la Escuela de la Vida hubiese realizado estas proyecciones en las paredes con el objetivo de analizar cómo reaccionábamos? Una voz femenina que no sé de dónde viene nos conmina a abandonar el salón de actos y a retirarnos a los dormitorios. Todo parece indicar que la dirección de la escuela está enojada con nosotros y quiere castigarnos. Creo que esta hipótesis confirma mi intuición. Un conflicto que no explota es peligroso porque no se puede controlar. Un conflicto que sale a la luz visibiliza al enemigo y puede empezar a ser reconducido. Quizá todo lo que hemos vivido ha sido premeditado para… ¡Qué absurda es esta idea! Si el equipo multidisciplinar se enterara un día de que he llegado a pensar algo así, me expulsaría inmediatamente. De hecho, merezco ser expulsado, ya que no me perdono haber concebido un pensamiento como este. En ocasiones, me asusto de mis propios pensamientos. Es inverosímil y, sobre todo, injusto, dudar de la importante función social de la Escuela de la Vida. Pero yo sé que la vida que se vive de verdad, se endurece y lentamente se convierte en madera. Entonces, puede arder y el fuego grita su soledad.

Acabo de recibir en mi hyperphone un mensaje que dice: «Escribir para mañana un ensayo comentando la frase “La vida es la vida”».

Un encuentro inesperado

Hoy me ha sucedido algo que, seguramente, cambiará mi estancia aquí. Caminaba en silencio por un pasillo de la escuela con la vista clavada en el suelo, cuando de pronto me he tropezado con A. Yo juraría que ha sido A el que ha favorecido este encuentro. Con ello quiero decir que no ha sido en absoluto casual. Ciertamente, a mí me intrigaba su personalidad rebelde y siempre a punto de estallar, pero no sé si hubiese iniciado este acercamiento. Me gustaba observar su extraño comportamiento, un poco como el entomólogo observa el movimiento de los insectos. A es realmente un personaje curioso. Con los brazos llenos de tatuajes y algún que otro piercing en el rostro, su mirada provoca un intenso desasosiego. Pero sus ojos vivaces proyectan también una mirada rápida que se desplaza sobre las cosas sin acariciarlas, como temerosa de que sea secuestrada. Agresividad y recelo se conjugan perfectamente en él.

—Yo a ti te conozco —me ha espetado con una voz que no era amenazante, aunque tampoco muy afable.

Me he quedado sorprendido porque no recordaba haberlo visto nunca y, casi sin darme cuenta, me he puesto a la defensiva. A ha percibido mi reacción y enseguida me ha aclarado amablemente que un día estuve en su casa. Yo he seguido sin entender nada. Ha sido entonces cuando me ha explicado que su hermano había trabajado en la misma fábrica de vidrio que yo y que un día, acompañado por él, visité su casa para escoger una televisión en color. El estupor que sus palabras me han causado, poco a poco se ha esfumado y ha dado paso a una complicidad imprevista.

Efectivamente, A tiene razón. Conocí y fui amigo de su hermano. El hermano de A se hizo muy conocido en su barrio porque con tan solo diez años robaba coches y, sentado sobre un cojín, era capaz de escapar de la policía. Después de pasar por diversos centros correccionales, recaló en la fábrica de vidrio en la que yo también trabajaba. La tarea que tenía encomendada consistía simplemente en coger la copa o el vaso salido del molde y llevarlo a un horno de templado. Tenía que realizar esta actividad durante ocho horas. Otros jóvenes también desempeñaban el mismo trabajo, pero él, siempre que podía, se escaqueaba. Yo, como ingeniero, no me tenía que ocupar de la disciplina, por lo que más bien admiraba su desfachatez y franqueza cuando me decía abiertamente que no le gustaba trabajar. Un día, cuando mi padre se jubiló, pensé en regalarle un televisor en color. Le pedí al hermano de A si podía conseguirme uno bien de precio y él, ni corto ni perezoso, me condujo a su casa. Era un piso situado en la periferia de la ciudad, donde no se aventuran las personas razonables y donde la noche brama buscando su dosis. En aquel piso minúsculo había más de una docena de televisores. Encima de las camas, sobre los armarios y por el suelo. Me llevé el más grande y tuve que decir a mi padre que había perdido la garantía. El hermano de A vivía al borde del abismo. Sabía muy bien que no tenía futuro, y lo aceptaba. Para él, la vida tenía que ser un juego peligroso. Le aterraba llegar a viejo sin haber tenido tiempo de vivir. No me extrañó nada que, cuando después de una larga huelga recuperamos la fábrica y la convertimos en cooperativa, no quisiera continuar trabajando más en ella. Con una sonrisa burlona me preguntó si, ahora que la fábrica pertenecía a los trabajadores, podría bajarse la temperatura de los hornos. Lo abracé y no lo he vuelto a ver nunca más.

Y, sin embargo, no olvido lo mucho que aprendí de él. Ahora A está frente a mí y no puedo más que recordar la extraña amistad que trabé con su hermano.

—Yo no soy como él —se apresura a decirme—. Mi hermano vivió llevándose la noche por delante. Yo he aprendido que ese camino conduce a la muerte y, sencillamente, no quiero morir. Bastantes años de cárcel me he tragado. ¿Tú sabes qué es estar encerrado durante años en una cárcel? Me han amarrado a una cama con correas y me han golpeado hasta cansarse. En grupo y relevándose. Me han tenido meando sangre a causa de las palizas. Los miras a los ojos y te dices: no os olvidaré jamás. Y el odio se convierte en tu único motor. Mi odio respira por las muchas heridas y mutilaciones que me he causado. Soy una boca inmensa, hecha solo para vomitar sobre el mundo.

»Pero en la cárcel aprendes a no precipitarte, a mantener la cabeza fría. Te lo montas para sobrevivir, te buscas la vida con chantajes o manipulando. Haces lo que sea necesario. Me oyes bien, digo que haces todo lo que sea necesario para no hundirte. No se puede vivir en una cloaca limpio y puro como una paloma de la paz. Nadie ha vencido jamás en una guerra permaneciendo siempre en una posición defensiva. Quien se limita a defenderse está destinado a ser derrotado. Yo estoy jodido, ¿no? Pues que se jodan ellos también. Y decides negarte a subir a la celda. Simplemente, dices: «No voy a subir»; y los carceleros empiezan a sudar y a ceder terreno. El motín está a punto de estallar y yo atizo mi venganza. Por favor, escucha, tú mismo te estás perjudicando y… bla, bla, bla. Yo he visto carceleros caerse al suelo, presos de un ataque de nervios. Incluso los he visto llorar de miedo. Entonces, notas en la boca del estómago una sensación de triunfo porque esos arrugados de mierda ya han perdido toda autoridad.

»¿Entiendes lo que te digo? ¿Qué vas a entender, tú? Cuando te metes en la cabeza que no puedes esperar ayuda de nadie, es que empiezas a entender de qué va esta película. Nadie podrá encadenar mi voluntad y yo siempre seré libre de rebelarme. El secreto está en aguantar el tipo, mantenerse en pie, no bajar nunca la mirada. Yo me rebelo contra todo y no me gusta que me manden. Pero no grito. ¿Por qué gritar si nadie va a oírme? Ni la comisión de derechos humanos ni la Virgen de los Desamparados van a acudir. En la cárcel te conviertes en una bestia. La alternativa es ser una bestia, una bestia que nada respeta o una sombra congelada que la soledad ensangrienta.

»¿Sabes?, la crueldad tiene algo de delicioso. Entretiene y, entonces, el tiempo de la espera parece acortarse. Manejas las situaciones y las personas como te da la gana. ¡Los médicos, los psicólogos, los carceleros son tan fáciles de engañar! Con cuatro días que pongas cara de monaguillo y te dirijas a ellos con voz respetuosa, ya creen que estás recuperado para la sociedad. Les sigues el rollo y en tu interior estás pensando: el día que te coja…

»En la cárcel hasta puedes crear tu zona de confort.La droga entra de mil maneras. Desde en los vis a vis, hasta lanzada al patio por encima del muro. Si prolongan el muro con una reja, entonces, se lanza desde un piso más alto de un edificio de enfrente. Si cubren los patios con una red, entonces la droga, puesta en bolsitas dentro de cubitos de hielo, cae cuando estos se funden. A pesar de todo, la cárcel sigue siendo una cárcel y cada día ves cómo la muerte llega puntual a por ti. Es un soplo frío que atraviesa los cuerpos, por mucho que intentes resguardarte. Lo entiendes de una vez: ¡la cárcel roba tu vida! En su interior, vivir es sobrevivir, resistir a la muerte.

»La gente se cree que los presos disponemos de todo el tiempo del mundo y, sin embargo, nuestro tiempo se agota. Veloz y sin piedad, el tiempo se marcha por la taza del váter. Cuando golpeo la pared con mi cabeza, ya no lo hago con tanta fuerza. Estoy cansado de luchar. Yo no soy de nadie. Yo soy de mí. Pero no quiero acabar como mi hermano, siempre huyendo para, al final, morir de una sobredosis. Ser un fugitivo es tener que levantar cada día el velo de espanto que cubre la ciudad y buscar un lugar en el que reposar. Aunque sea tan solo un instante. Ser un fugitivo es temer continuamente ser devuelto a la cárcel. La soledad mira por la ventana a través de los barrotes. Tengo que salvarme yo solo, porque nadie salva a nadie.

Mientras lo escucho, no puedo menos que pensar en su hermano y en lo poco que se parecían. A es más alto y fuerte. No le gusta pasar desapercibido y se hace notar. En cambio, su hermano, más inteligente, prefería estar al acecho y aguardar el momento oportuno. Pero lo que realmente les hace muy diferentes es el efecto que sobre cada uno ha producido el paso por la cárcel. El individualismo de A se mezcla con un gran resentimiento, lo que no sucedía con su hermano. Es como si en él la vida se hubiera ensimismado y luchara encarnizadamente contra ella misma. Con el hermano de A pude hablar del movimiento obrero y, aunque nunca tomara en serio mis sermones —así se refería él a mis intentos de convencerlo—, tengo que reconocer que siempre se mantuvo fiel a la asamblea de la fábrica. Estoy casi seguro de que, con A, este tipo de conversación será imposible. Para él, lo único que cuenta es su propio yo, y todo lo demás son patrañas. El querer vivir, en A no se abre a la relación con el otro. El querer vivir se ha reducido a un puro instinto de conservación.

—Yo quiero vivir. He prometido rehabilitarme y esta escuela me quiere dar una oportunidad. Me han dicho que les interesa mi caso. Por fin seré libre.

No he querido mostrarle mi extrañeza y he preferido callar. Lo he felicitado, aunque me he quedado pensativo. Cada uno de los hermanos encarna una manera de rechazar la cárcel. A firma un pacto con la vida que le asegura su supervivencia. ¿Cuánta humillación cabe en el querer vivir cuando es solamente un instinto? Su hermano, por el contrario, huyó hasta que decidió suicidarse. ¿Cuánto miedo a la vida hay en esta huida alocada? Como si hubiese intuido lo que estaba pensando, A me ha mirado fijamente y me ha dicho que no me creyera tan importante.

—Y tú, ¿de qué vas? ¿Qué inocencia crees que puede nacer en medio de la lucha de todos contra todos? El pan que tú comes está amasado con sangre. El orden de la sociedad se aguanta sobre condenas como la mía. Cuando todo es igual y uno lo sabe muy bien, la vida se desmorona poblada de traiciones y renuncias. Afortunadamente, estamos en la Escuela de la Vida, donde cada día entre todos levantamos horizontes.

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01 апреля 2025
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9788417925475
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