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Samuel Arbiser
La imperfecta realidad humana
Reflexiones psicoanalíticas
PRIMERA EDICIÓN

A la memoria de Esther, y a mis hijas, yernos y nietos
Agradecimiento
A la colega Fernanda Longo, por la esmerada y solvente lectura del manuscrito.
INTRODUCCIÓN
En este volumen presento una nueva colección de artículos producidos, en su mayoría, después de la aparición de mi libro El Grupo Interno. Psiquis y cultura. Me mueve primordialmente el propósito de reunirlos en una unidad que evite su dispersión en los diversos medios en que fueron publicados; y además –confieso– aspiraría a la optimista esperanza que conformen un conjunto articulado de ideas que merezca alguna atención a la reflexión psicoanalítica.
También puede que otra motivación se haya podido infiltrar en la decisión de emprender esta tarea; y no descarto que lo constituya la creciente conscientización del vertiginoso transcurrir del tiempo y del consecuente registro de la finitud de la vida. Y esta conscientización invita a ensayar miradas retrospectivas de nuestro devenir; no solo para hacer un balance “del haber y del debe”, sino además para tomar el envión necesario para proyectarse en el futuro y, más aún, atreverse al ambicioso propósito de dejar algún legado, alguna huella palpable de nuestro transcurrir por el maravilloso milagro de vivir. Y de paso, relanzar y reverdecer el trillado dicho de “tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro”.
Mantengo la convicción que el escribir constituye en sí una forma de metabolizar, en la solitaria intimidad de nuestra privacidad, la experiencia clínica y procesar, asimilando o descartando, los diferentes respaldos teóricos que nos legaron nuestros maestros. Escribir constituye también la ejercitación y la adquisición de las habilidades para transformar embrolladas situaciones vitales en secuencias de palabras que las representen, e incluso aspirar a algún goce estético cuando lo logramos. Es como ganarle terreno a lo “indecible”; y forma parte de la habilidad clínica y de la vocación terapéutica del analista proveerle al paciente no solo las palabras inéditas en su repertorio, sino del modelo identificatorio de esforzarse para lograr ampliarlo.
En cuanto al ordenamiento del libro decidí hacer una laxa diferenciación en secciones temáticas. Así, bajo la denominación de “Cosmovisiones” inicia el artículo que da el título del libro, y pretendo que delate el espíritu que guía mi pensamiento; le sigue otro trabajo escrito durante la “guerra del golfo” que intenta un comentario crítico al escrito de Freud “Por qué la guerra”; y finalmente un tercero sobre la “confidencialidad” producto de mi participación en las discusiones en el Comité de Ética de la API.
La sección bajo la denominación de “Teoría” contiene un conjunto de diversos títulos que son producto de la reubicación de algunos conceptos clásicos bajo el foco de mi visión “psicosocial” y “vincular” del psicoanálisis. Así revisito e intento reformular el Inconsciente, el Edipo, la Identificación, el Self Psicoanalítico, la Crianza y la Realidad.
La sección titulada “Crónicas” contiene trabajos derivados de mi pasaje por Asociación Latinoamericana de Historia del Psicoanálisis y por el Comité de Historia de la API. Precisamente las califico de crónicas en tanto carecen del sustento académico que la disciplina histórica exige y solo reflejan mi particular visión y valores como testigo vivencial del “mundillo” psicoanalítico a partir del “destape” cultural que se produjo en la Argentina luego de la llamada Revolución Libertadora de 1955.
Respecto a la última sección denominada “Autores” hay una desigual dedicación a cada uno de ellos derivada, por un lado del azar, y por el otro de reconocer la inspiración de mi trayectoria en la influencia de alguno de ellos con los que tuve un mayor afinidad personal y de ideas. Reconozco a Enrique Pichon Rivière y David Liberman como los más influyentes en este último sentido. Con el primero mi relación fue fugaz en lo personal, pero caló profundo y en forma duradera en mi manera de pensar el psicoanálisis. David fue mi supervisor, gran inspirador y el que me alentaba con los trabajos que le leía para obtener su aprobación. Horacio Etchegoyen fue un gran amigo e inigualable interlocutor que respaldó muchas de mis ideas, aunque algunas veces no comulgaran con las suyas; y la continuidad y el profundo sentir de su amistad me honró hasta que lo acompañé en su último suspiro. El trabajo sobre Karl Abraham fue producto de un grupo de estudio sobre la historia de las ideas psicoanalíticas que Horacio impartía para un grupo de colegas. El escrito sobre Bleger en colaboración con Silvia Neborak y Natalio Cwik surge de un pedido para un Simposio de APdeBA sobre “El desarrollo psíquico temprano”. Algo similar al muy escueto trabajo sobre Ángel Garma referido a la “situación traumática”, merecedor de un mucho mayor reconocimiento por su polifacética obra.
COSMOVISIONES
1
LA IMPERFECTA REALIDAD HUMANA
Introducción
Estamos tan consubstanciados con la realidad que habitamos que solo en escasas ocasiones atinamos a preguntarnos y discurrir acerca de ella; sobre su origen, evolución, esencia y diferencias con otras “realidades”. En este artículo pretendo volcar algunas reflexiones acerca de este tópico –“la realidad humana”– en línea con mis esfuerzos de muchas décadas dedicados a delimitar y destacar una “vertiente psicosocial del psicoanálisis” (Arbiser, S., 2017d y 2018b); orientación que un sector muy creativo de pensadores y autores argentinos han propiciado y desarrollado y a la cual me interesaría en este artículo añadirle una perspectiva más amplia: “telescópica”, diría. Denomino así a visiones científicas distantes y abarcativas como las que nos pueden proveer la antropología, la historia o la biología evolutiva; disciplinas de las que me he servido, y refiero acotadas en esta mínima bibliografía orientadora: Leakey, R. (1981) y (2000); Reeves, H., de Rosnay, J., Coppens, Y., Simonnet, D. (1997), Jablonka, E. y Lamb, M. J. (2013).
Esta temática entronca también en la línea freudiana expresada en el último párrafo de “Psicoterapia de la histeria” (Freud, S., 1895, p. 309), cuando atribuye al “infortunio ordinario” el sustento del padecimiento neurótico, introduciendo de este modo en el nivel individual la dimensión de la “dramática”1 en la especulación psicológica. Y, en el nivel colectivo, en “El malestar en la cultura”, cuando enumera las tres fuentes del padecimiento del hombre: “la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad” (Freud, 1930, p. 85).
La realidad humana que hoy conocemos y nos maravilla fue construida2 precisamente para enfrentar, contrarrestar e incluso usufructuar tal hiperpotencia, también para atender a la fragilidad de nuestro cuerpo, y crear incesantes contratos sociales para ordenar y regular los vínculos recíprocos. A pesar de los alucinantes progresos que nos ofrece la presente realidad humana (siglo XXI), la naturaleza nos sigue desafiando con su inexorable hiperpotencia cuando desata sus incontenibles y furibundos cataclismos. Aunque contamos con prodigiosos recursos para obtener alivio a nuestras dolencias y nuestras vidas se prolongan en forma ostensible intentando burlar esa fragilidad, la reversibilidad de la materia viva de nuestro cuerpo finalmente sigue con obstinada puntualidad obediente al mandato químico de su degradación en lo inorgánico. Ni hablar de los copiosos e innumerables progresos en la convivencia provistos por los incesantes ensayos transformadores de las estructuras sociales, económicas y culturales, en constante evolución y perfeccionamiento que, sin embargo, no logran privarnos de las despiadadas guerras, los fanatismos religiosos e ideológicos, las intolerancias, la distribución desigual de los bienes. Ni tampoco de los conflictos cotidianos en la vida familiar y social donde trascurre el infortunio ordinario que nos enrostra en forma desafiante la insuficiencia, que la aguda intuición de Freud nos advertía.
En lo que sigue, reflexionaré sobre lo que entiendo como (I) la realidad humana, (II) la imperfección como el motor del devenir de la Humanidad, y III) el inevitable padecimiento humano en ese entramado.
I. La realidad humana
A los psicoanalistas nos resulta familiar la clásica oposición entre la realidad “psíquica” y la realidad “fáctica”, en tanto esta oposición nos provee la herramienta conceptual que hace posible nuestro trabajo cotidiano. Con ella no solo logramos delinear la infinita variedad de subjetividades, sino observar y tipificar la diferente relación de cada paciente con su realidad fáctica. En cambio, nos resulta menos habitual calificar de “humana” a la realidad; aquella en la que simplemente y en forma inadvertida habitamos y trascurrimos; y que nos provee el incalculable patrimonio de artefactos –tanto materiales como abstractos– encaminados a hacernos más segura, eficiente y confortable nuestra existencia. La realidad “humana” se opone conceptualmente a realidad “natural”, hábitat de todos los demás seres biológicos, en concordancia también con otra oposición crucial: la primera es una realidad “construida” por el hombre, en tanto la segunda es una realidad “dada” por la naturaleza. Y con esas premisas afirmo algo implícitamente evidente: hay psiquismo porque hay realidad humana, y hay realidad humana porque hay psiquismo3. Y hay neurosis, psicosis y caracteropatías porque existen psiquismo y realidad humana; y estas pueden ser las derivas posibles del lidiar en ella.
La existencia misma del psiquismo, este sofisticado “dispositivo virtual” que nos distingue como especie, es explicable por el hecho de que al ser humano le son insuficientes las herramientas innatas (instintos) para sobrevivir y prosperar en esta realidad. Insuficiencia que Jacques Lacan denominó “desarraigo instintivo”. Instintos sí suficientes en el reino animal que, sujeto a las leyes de “selección natural de las especies” (Darwin, Ch., 1859), simplemente se extinguen cuando se hacen inviables en las caprichosas vicisitudes del ámbito ecológico natural en el que hasta ese entonces prosperaban. En cambio, en los seres humanos tal insuficiencia de los instintos es sustituida y compensada por el psiquismo que dota al hombre de la posibilidad de neutralizar las adversidades del hábitat transformándolo. Psiquismo cuya virtualidad o intangibilidad debe, sin embargo, sostenerse en la materialidad del cerebro plenamente desarrollado del Homo sapiens “moderno”, concomitante con muchos otros condicionamientos biológicos. Moderno, designa R. Leakey al devenido del género Homo hace alrededor de 35.000 años. Variedad que finalmente prevaleció y se impuso sobre los otros tipos de sapiens “antiguos” que hasta ese entonces poblaban el planeta. El moderno es precisamente aquel equipado de un cerebro de 1.350 centímetros cúbicos, con el área de Brocca plenamente desarrollada así como las cortezas prefrontales y el descenso definitivo de la laringe que posibilita el lenguaje doblemente articulado. Tal “doble articulación” del lenguaje (significante/significado y signo/signo), atributo único y exclusivo del ser humano permite que, con apenas algo menos de 40 sonidos (fonemas), existan en nuestro planeta alrededor de 5.000 idiomas, valiéndose de sus infinitas posibles combinatorias. En términos del citado autor (Leakey, R., 2000, p. 115): “la evolución del lenguaje se considera universalmente como el acontecimiento culminante en la emergencia de la humanidad tal y como la conocemos hoy en día” (resaltado mío). El advenimiento de esta novedad evolutiva, entrelazada en forma interdependiente y simultánea con el hallazgo arqueológico de las primitivas manifestaciones artísticas, supone una mente capaz de pensamiento, simbolismo y autoconciencia, es decir: psiquismo. Con este complejísimo y altamente diferenciado dispositivo, se cuenta con la posibilidad no solo de sobrevivir como especie sino de crear realidad y operar en ella. Consecuentemente, la incesante interacción solidaria entrelazada entre el hombre así dotado y la realidad por él creada obligan a un replanteo de la ley darwiniana de la “selección natural”. Incluso ensaya cierta reconciliación con el desacreditado lamarckismo, por cuanto “la evolución” ya no pasaría únicamente por las mutaciones genéticas, sino que los cambios evolutivos recaerían en la acción trasformadora del hombre, modificando el ámbito ecológico natural. Desde entonces asistimos a una incesante aceleración del contrapunto entre Naturaleza y Cultura, y en forma creciente comienza a gravitar la creatividad humana. Jablonka, E. y Lamb, M. (2013) proponen, apoyadas en una muy documentada y seria fundamentación aportada por recientes investigaciones en biología molecular, la “evolución en cuatro dimensiones”. Agregan a la evolución genética, la epigenética, la del comportamiento y finalmente la evolución a través del lenguaje y otras formas de comunicación simbólica.
Probablemente –así espero– todo este discurrir puede cotejarse y conciliar con las agudas y anticipadoras conjeturas de Freud en “El yo y el ello” (1923). Ahí sugiere al ello como el reservorio en el que fue y va decantando la historia de ese inconmensurable devenir filogenético y al yo como una parte de ese mismo ello, obligado a diferenciarse y organizarse por mandato de la función del periférico Sistema Percepción-Conciencia (SP-C), que –precisamente por su ubicación– lo obliga a exponerse y contactar con los fluyentes presentes inmediatos de la realidad fáctica.
El psiquismo se va así configurando a partir de esta conjunción entre el tesoro filogenético con la aprehensión de los mencionados presentes inmediatos. Para lograrlo requiere un prolongado proceso de compenetración con su entorno humano; proceso preparatorio conocido como “crianza”4, exclusiva en términos de parámetros temporales en comparación con la de todos los demás mamíferos. Crianza cuya función es facilitar la viabilidad del neonato y proveerle además el aprendizaje para dotarlo de la posibilidad de integrarse e interactuar en el mundo humano. La prematuridad biológicamente determinada5 y el consecuente desvalimiento (Freud, S., 1926) (Hilflosigkeit) obligan desde el momento del nacimiento a una asistencia esmerada y altamente especializada de su ámbito humano inmediato. Se trata de un ámbito conformado por un conjunto familiar, entidad grupal ad hoc con roles diferenciados en una estructura triangular –Edipo– (Arbiser, S., 2017c); familia en la cual la sociedad delega el cumplimiento de tal obligación. La familia, entonces, asume la tarea de proveer al desvalido neonato los medios materiales de protección y sustento a través de los cuales le trasmite el universo significante particular de cada familia en forma similar en que se trasmite cada idioma con sus idiosincráticos tonos e inflexiones. Universo significante que constituye la versión local de los mandatos organizacionales y de los múltiples matices valorativos éticos y estéticos de cada contexto sociocultural.
La desmesurada extensión temporal de la crianza humana no solo debe atribuirse a ese desvalimiento inicial derivado de la prematuridad, sino que es además proporcional al esfuerzo que requiere el aprendizaje que la enormidad y complejidad de la realidad humana exigen para lograr no solo alguna forma de supervivencia sino algún grado de adaptación a ella en el mejor de los casos. Incluso el período de latencia, otra característica biológica exclusiva de nuestra especie que Freud define destinado a la “herencia del desarrollo hacia la cultura” (op. cit. 1923, p. 37), abriría un nuevo hiato temporo-espacial para incorporar la inabarcable inmensidad de esa compleja e infinitamente variable realidad humana. Una realidad que respira y absorbe la atmósfera sociocultural del hábitat en el que se vive, a través del aprendizaje espontáneo y, en el mejor de los casos, del aprendizaje programado que proveen las organizaciones educativas. Más arriba afirmo: “hay neurosis, psicosis y caracteropatías porque existe tal psiquismo y tal realidad humana”. Agrego que la crianza es la etapa de la vida en que se realiza la compenetración entre el infante humano y su particular realidad para terminar conformando el “factor predisponente” de las “series complementarias” de la clásica formula etiológica freudiana. Esa ecuación va a decidir esos destinos más o menos adaptativos en su ulterior transcurrir por la vida. Además de sustentar tanto sus fortalezas como su vulnerabilidad, la crianza da cuenta, por sobre todo, de la infinita diversidad que hace único y diferente a cada uno de los seres humanos.
II. La imperfección como el motor del devenir de la humanidad
A un ritmo temporal cuantificable en millones de años en los remotos orígenes de los primeros homínidos hasta el alucinante vértigo en que transcurre el fluir de nuestro tiempo actual, desde las rudimentarias herramientas, armas, cacharros y ornamentos que produjeron esos remotos antepasados hasta los más sofisticados artefactos, monumentales ciudades, excelsas obras de arte y evolucionados sistemas de convivencia, se fue construyendo en forma creciente ese abigarrado conjunto que constituye nuestra realidad contemporánea. Trayectoria sinuosa orientada, como lo anoté más arriba, a “hacernos más segura, eficiente y confortable nuestra existencia”. Enunciado de una validez tan general como imprecisa, en tanto se trata de metas que –en su realización– son entendidas en forma harto diversa en cada contexto geográfico e histórico y, más aún, hasta por la subjetividad propia de cada persona.
Ese mismo enunciado contiene un correlato más audaz si nos animamos a dar otro paso e imaginar, en un nivel de abstracción de dimensión cósmica, la maquinaria que pone en juego ese vector del progreso evolutivo. Y sugiero así la propuesta central de este artículo al afirmar que esa maquinaria reposa en la fuerza impulsora inherente a su insanable imperfección, precisamente por ser construida por el también imperfecto hombre.
Pero en fin… realidad imperfecta aunque por eso mismo perfectible; cualidad esta última decisiva en tanto empuja obstinadamente hacia adelante en pos de una supuesta perfección que, cual esquivo oasis, muda en espejismo cada vez que creemos alcanzarlo… Incluso, aunque ese “adelante” o progreso constituya como todo futuro una insondable incógnita. Perfectible, en cambio, es un término más modesto en tanto además nos previene contra las peligrosas promesas de perfección en formato de utopías paradisíacas, sean religiosas o ideológicas; son utopías que a lo largo de la historia de la humanidad culminaron en infaustos cataclismos. Quién mejor conocedor del alma humana que Freud (1930 y 1932) cuando en el siglo pasado nos advertía acerca de la dudosa viabilidad del “paraíso comunista”. Casi simultáneamente fuimos testigos azorados e impotentes de la siniestra conjura nazi, tramando la depuración de los seres humanos “inferiores” para destilar una “raza superior”. Hoy mismo contemplamos innumerables pueblos sumergidos en la pobreza extrema asociada a sometimiento social servil, crueldad política y misoginia, aferrados a perimidos fanatismos religiosos o ideológicos e “hipnotizados” por caricaturescos y despóticos caudillos.
Por otra parte, tal mentada imperfección asintótica, motor de ese pujante trajín fue construyendo nuestro mundo presente a lo largo de decenas de milenios y siglos. Mundo pleno de imperfecciones pero también de incontables bienes materiales e intangibles que fueron decantando a su paso y conforman ese extraordinario patrimonio que hoy contemplamos: monumentales obras de la ingeniería y de la arquitectura, sustantivos recursos científicos, tecnológicos y artísticos y, por sobre todo, sistemas de relaciones humanas amparados en pactos institucionalmente consensuados que promueven y ejercitan el resguardo de las libertades y derechos individuales y colectivos del hombre.
Estas condiciones alientan y facilitan el desarrollo de las capacidades y talentos personales para beneficio de la comunidad, sin menoscabo de los propios. Por sobre todo, condiciones donde la autoridad se ejerza sujeta a las leyes con el menor riesgo posible de regresión al sistema de sometimiento ante el todopoderoso y tiránico “padre de la horda” primitiva (Freud, S., 1912/3). Escueta enumeración de logros de nuestra especie, que además de maravillarnos y valorarlos nunca serán suficientes y nos obligan a reparar que no son uniformemente repartidos en el planeta, sino acotados en una porción de regiones y a determinados estamentos sociales del mundo. Lo cual tienta a ensayar un recorrido panorámico de la secuencia de los puntos de inflexión que orientaron los decisivos virajes evolutivos en el devenir de la realidad humana. Recorrido irremediablemente personal y por lo tanto sesgado por los propósitos de este escrito, y limitado solo a la civilización occidental. Pichon Rivière sintetizaría este raid, tanto a nivel psicológico como social, como la inagotable puja entre el “impulso al cambio” y la “resistencia al cambio” (Arbiser, S., 1989).
El recién citado ensayo freudiano nos provee el modelo que marca el punto de inflexión que articula el tránsito de nuestra condición de animalidad a la condición de organización humana; modelo de la bisagra que marca el pasaje desde la “horda primitiva”, sometida al poder del “omnímodo padre” comparable al macho alfa de los mamíferos superiores, a la instauración simultánea de la sociedad, la moral y la religión6, rudimentos de la “civilización”. Pero, dejando en prudente paréntesis la conjetura freudiana del “asesinato del padre primitivo” y el “banquete totémico”, sugiero en cambio atribuir a la cuestionada 7 “revolución agrícola” como el hito necesario y suficiente de ese viraje decisivo de la humanidad. Y así, acordando que para nuestros antepasados “cazadores recolectores” la subsistencia dependía de la mera contingencia, resulta razonable adjudicar al sedentarismo y sus secuelas los novedosos sistemas de convivencia emergentes de esa revolución. De este modo, el exponencial crecimiento poblacional y la necesidad de administrar las cambiantes fluctuaciones de la producción de bienes a gran escala, encontró en la invención de la escritura el oportuno y prodigioso dispositivo para relevar de su función a la recargada e imposible memoria; y poder documentar en forma material y duradera la diversidad de actividades humanas que demandaba el nuevo sistema de vida.
Aparecen así los rudimentarios códigos de justicia, los grandes relatos mitológicos y religiosos; y hasta la disciplina histórica basada en documentos empieza a reemplazar las conjeturales “construcciones” de la prehistoria. Y de esos entrañables “manuales de historia” escolares aún recuerdo las enseñanzas acerca del portentoso legado civilizatorio que nos dejó ese prolongado período de la Antigüedad, extendido a lo largo de varios miles de años y que culminan en el 476 de nuestra era con la caída del Imperio Romano de Occidente.
Los cimientos del Estado, el derecho, la filosofía, las artes, las ciencias, y las religiones modernas son apenas una somera enumeración del grandioso patrimonio sociocultural que los simultáneos y/o sucesivos imperios de esa antigüedad dejaron como producto de sus asombrosas gestas.
El siguiente período histórico denominado Edad Media fue calificado como “la noche de la historia”; calificación que alude al “oscurantismo” extendido a lo largo de esos apagados 1000 años de obligada cosmovisión cristiana en todas las dimensiones de la vida humana. Los “libros sagrados” eran las únicas fuentes de todo saber; y ese saber era propiedad e interpretación exclusiva de las rígidas jerarquías del clero que ejercían el monopolio absoluto de sus enseñanzas y su interpretación. El Papa Romano ungía y legitimaba los reinos. Y estos se organizaban en el sistema feudal de producción donde los vasallos que trabajaban la tierra pagaban los tributos al señor feudal, dueño de ella por concesión divina. En esa estrechez cultural se desenvolvían las vidas personales que estaban regidas hasta en su intimidad por la torturante alternativa entre el inalcanzable cielo y el aterrador infierno: Dios y el Diablo se disputaban fieramente las padecientes almas humanas. El fuego de la hoguera era la mortal respuesta a toda duda o pregunta impertinente. Las arrasadoras pestes eran entendidas como las aleccionadoras réplicas del cielo a las herejías. Si bien la actividad artesanal fue adquiriendo creciente peso, participar como soldados de las guerras entre reinos y feudos, o formar parte de las “cruzadas” para recuperar el Santo Sepulcro en manos de los musulmanes, eran las escasas alternativas posibles para el transcurrir de los habitantes de esa época. Mientras tanto, en ese mismo escenario temporal y en geografías próximas, los seguidores de Mahoma crecían, se expandían y prosperaban, rescatando y conservando gran parte del patrimonio cultural heredado de la Antigüedad.
En las postrimerías de esa Edad Media aparecieron abundantes luces que anunciaban lo que sería la exuberante conmoción del Renacimiento y su continuidad imparable de progresos que se vislumbraban en ese horizonte de la Edad Moderna. El hito que destaco como punto de inflexión fue la invención de la imprenta, en 1440, por parte de Johannes Gutemberg. Este maravilloso artefacto no solo abrió el paso a la legitimación de las “lenguas romances” de las que las poblaciones ya eran habituales usuarias sino que, a mi juicio, hizo de ese invento el resorte decisivo de cambio al diluir el monopolio de la lectura de la Biblia; y multiplicar y diversificar sus lectores.
Producto de esa diversificación, aparecieron en el siglo siguiente los cismas que derivaron en los “protestantismos” y sustrajeron a la Iglesia Romana la exclusividad absoluta del saber sobre la ciencia, el arte y las almas; cierto que al indeseable precio de ominosas conjuras, sangrientas guerras y masivas matanzas. En las ciencias, Nicolás Copérnico y Galileo Galilei –esquivando ese saber– se animan a desandar la visión “geocéntrica” del universo reemplazándola por la teoría “heliocéntrica”, resignando a nuestro planeta a orbitar modestamente alrededor del sol como un satélite más. El evento mereció por parte de S. Freud (1917) el calificativo de primera herida narcisista de la humanidad. Ese aflojamiento del egocentrismo (narcisismo) propio del monolítico corset “celestial” consigue además descentrar los puntos gravitacionales de la mentalidad de la época a favor de una concepción más “terrenal” del hombre. Dimensiones como “infinito”, “eternidad” o “sentimiento oceánico” fueron desplazadas o empezaron a convivir con las dimensiones seculares del tiempo y el espacio. Esta mentalidad recibió el contundente impulso de los filósofos de la época que hicieron pie en el basamento de la razón o en el empirismo como legitimación de todo conocimiento. Fue un contrapunto complementario que debemos, entre muchos otros, a René Descartes y Francis Bacon, respectivamente, y que Immanuel Kant superará con su Crítica a la Razón Pura. Con estos cimientos básicos del pensamiento se va edificando no solo la mentalidad de nuestro tiempo sino la ciencia moderna. Como nombre emblemático en ese tópico elijo recordar a Isaac Newton, quien logra transcribir en una fórmula matemática la ley de la gravedad, inspirado en la distraída, cotidiana y banal caída de una manzana del árbol. Su ecuación no solo explica el equilibrio gravitacional entre los astros sino inaugura además la rama mecánica de la física moderna a la que debemos las alucinantes maravillas tecnológicas que conforman gran parte de nuestro confort contemporáneo.
Con ese renovado respaldo de las ciencias y el ingenio humano estimulado por ellas, la invención del telar mecánico y del motor a vapor introducen a la humanidad en la Revolución Industrial. Acontecimiento consustancial con el capitalismo como forma de producción y en consonancia con las ideas liberales proclamadas en la “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano” por la Revolución Francesa; sucesos que nos lanzan, según lo convencionalmente admitido, en la Edad Contemporánea.
Sin embargo, con cierta anticipación, y en el clima cultural de la Ilustración, en América del Norte ya se había proclamado la Constitución republicana de los Estados Unidos. Aún un siglo antes la “Revolución gloriosa” en Inglaterra consagraba, a través de los postulados de John Locke (1689) y luego del Barón de Montesquieu (1748), la división de los poderes del Estado; de indiscutible trascendencia en tanto sustenta el resguardo de los ciudadanos ante los posibles abusos de esos poderes. Y así, el rumbo de la humanidad da un paso más en el afianzamiento de la centralidad del hombre y sus potencialidades creativas a expensas del poder declinante de las monarquías absolutistas avaladas por la voluntad celestial. Voluntad celestial que recibe otro revés cuando Ch. Darwin (1859) publica “El origen de las especies”,8 y el hombre debe resignar una vez más su egocentrismo –Freud lo denomina la segunda herida narcisista de la humanidad– al dejar de pertenecer al excelso círculo de la “creación divina” y pasar a formar parte del reino animal.
En su progresivo avance, la Revolución Industrial demanda una innumerable variedad de oficios y roles laborales que este insaciable sistema productivo requiere. El hombre multiplica así sus alternativas laborales, y la mujer se incluye en este sistema haciéndose visible a los ojos del mundo y adquiriendo peso y mayores cuotas de protagonismo en múltiples y variados roles de la sociedad. La “competitividad” individual inherente al sistema capitalista alentó la incontenible carrera tecnológica, cuyos beneficios en la vida cotidiana y en los adelantos de la medicina aumentaron en forma hiperbólica la calidad de vida de grandes poblaciones. Carrera tecnológica que, en siniestro contraste, produjo una destructividad de eficacia inédita en las guerras que asolaron el siglo pasado y mantienen aún una amenaza latente a la escalofriante escala de la extinción misma de nuestra especie.
Los beneficios del progreso no están equitativamente distribuidos en el planeta. Para desentrañar los múltiples e intrincados recovecos que intentan explicar y acaso remediar tal iniquidad, convendría recurrir a los estudiosos de la historia, la sociología y las ciencias políticas. Lo que sí creo pertinente al propósito que guía este escrito es compartir las conjeturas que pretenden relacionar el contexto sociocultural y económico propicio a la creación del psicoanálisis, su práctica y su difusión; en tanto esta disciplina, al focalizar su atención en la subjetividad y en los padecimientos del individuo, produce un nuevo y trascendental vuelco en la evolución humana.
El psicoanálisis nació y se desarrolló en la próspera y liberal burguesía del imperio austrohúngaro9 en el recodo de fines del siglo XIX y principios del siglo XX; y se expandió rápidamente en sociedades que compartían –en más o en menos– esas características. La creciente secularización y la consecuente consolidación del pensamiento científico por una parte y la declinación de las miserias sociales por la otra permitieron la aparición en primer plano de otros “problemas de la vida”, más íntimos o personales.
Para expresarlo en forma más cruda y directa: cuando las urgencias del hambre se mitigan, emerge el amplio repertorio de los inevitables sinsabores de nuestra existencia. Entre éstos resaltaron los temas del amor y del sexo, no siempre visibles ni explícitos en tanto enmascarados por los síntomas. En el camino de desenmascararlos, esta joven disciplina se topa con obstáculos; obstáculos “inconscientes” que obligan a redimensionar la mente y desplazar de su centralidad a la consciencia; y así se constata una nueva instancia en el destronamiento del egocentrismo, a la que Freud denomina la tercera herida al narcisismo de la Humanidad. También, arriesgaría proponer una cuarta herida al narcisismo que atribuyo a las contribuciones de los psicoanalistas que fueron influenciados por las ideas de Enrique Pichon Rivière; ellos, entre quienes me incluyo, sostienen que la conducta del hombre no solo responde a los determinismos inconscientes, sino además está sujeta al presente “campo dinámico” social (Lewin, K., 1958).
Más allá de la originalidad del abordaje meramente terapéutico de la disciplina, la atención en el inconsciente y el consecuente reconocimiento de la “subjetividad” brindaron una visión tan novedosa de lo humano que repercutió en forma explosiva y de trascendencia gigantesca en la mayor parte de las manifestaciones de la vida cultural de Occidente. Esa subjetividad se va a expresar e imponer su impronta en la mayoría de los productos culturales de modo tal que se puede afirmar que el psicoanálisis en esa dimensión resultó ser una de las marcas que definen al siglo XX. Retornando entonces a los contextos favorables al crecimiento y expansión de esta disciplina hay otra evidencia insoslayable de la relación de esta con el contexto y que se registra a simple vista cuando, recorriendo el mapa del planeta, se observa que el psicoanálisis sólo se desarrolló y expandió en el concierto de las naciones prósperas y razonablemente respetuosas de las leyes, sin los férreos encorsetamientos religiosos o ideológicos. En cambio, se hace ostensible que no pudo ni puede arraigarse en los países bajo sistemas autoritarios de gobiernos ideológicamente dogmáticos o regidos por fundamentalismos religiosos.
Catapultado ya en las últimas décadas del siglo XX, y transitando las primeras del siguiente, no encuentro mejor forma de excusarme una vez más por el sesgo personal de mi visión que reproducir en forma textual las palabras de S. Sweig (op. cit., p. 451): “Obedeciendo a una ley irrevocable, la historia niega a los contemporáneos la posibilidad de conocer en sus inicios los grandes movimientos que determinan su época”.
Las dos guerras mundiales del siglo XX dejaron una supurante cicatriz, imposible de soslayar en el nivel de la calamitosa degradación en que se sumió a la civilización, y de consecuencias aún más imprevisibles para el futuro de la humanidad. Mostraron la cara más terrorífica de la que se esperaba como la “promisoria” era tecnológica y se instaló la entendible sospecha de la escasa confiabilidad que goza la sensatez de los líderes que manejan sus palancas. Pero, en drástico contraste, esa misma era tecnológica también fue promisoria y, con su infinita inventiva, condujo a límites impensados las metas de seguridad, eficiencia y confort que persiguen; incrementando en forma inimaginable los más sofisticados artefactos para colmar en forma masiva no solo las necesidades básicas sino además las múltiples ofertas de recreación espiritual. Las comunicaciones son actualmente instantáneas. El transporte encogió en modo notable el globo terráqueo. Las artes –insumo nodal de esa recreación– encontraron nuevos canales de expresión como la radio, el cine y la televisión, que derramaron en forma masiva a todos los rincones del mundo sus manifestaciones. El mundo digital revolucionó la mayoría de las actividades humanas y logró los prodigios antes solo atribuidos a la “lámpara maravillosa de Aladino”. La medicina produjo increíbles hazañas para amortiguar los dolores, abordar múltiples padecimientos y prolongar la vida útil de las personas. La mujer no solo se hizo visible sino que amplió en forma notable su presencia y competitividad en la mayor parte de las múltiples actividades del quehacer humano. Apretado inventario de los logros que la potencia de la creatividad humana, respaldado en el prolífico desarrollo científico de la modernidad, consiguió de la mano del imperfecto capitalismo. De la infinidad de nombres resonantes de la era –además de Sigmund Freud– mencionaría a Albert Einstein, Karl Marx, Paul Sartre, Karl Popper, Alan Turing, James Watson y Francis Crick, entre muchísimos otros.
En el contexto de la consabida puja entre el cambio y la resistencia al cambio, estas adquisiciones de la civilización basadas en la racionalidad, la ciencia y aceptables sistemas de convivencia, no solo se ven hostilmente amenazadas por aquellas geografías rezagadas o directamente reacias a esos logros y valores, sino que son jaqueadas en las propias entrañas de las regiones que las disfrutan. La “posmodernidad” es una de esas expresiones salientes de este fenómeno en el mundo intelectual, así como la ruidosa militancia ideológica “antiglobalización”, y otros múltiples disconformismos a nivel colectivo que el sistema liberal en su esencia garantiza manifestar.
Ahora bien, seguridad, eficiencia y confort en la dimensión colectiva no asegura en el individuo su dicha ni le impiden experimentar sus propios padecimientos. Padecimiento es una generalización en que englobo toda la paleta de infortunios que el psicoanálisis pudo desentrañar, buceando en los sótanos de las más diversas fachadas psicopatológicas; infortunios o “condiciones o peripecias de la vida” personal que definen el objeto específico de esta disciplina científica. Y el hecho de atender ese ámbito de lo humano constituye un renovado hito de progreso en el inacabable devenir civilizatorio.
III. El padecimiento humano
Repetidas veces he tenido que escuchar de mis enfermos, tras prometerles yo curación o alivio mediante la cura catártica, esta objeción: “Ud. mismo lo dice; es probable que mi sufrimiento se entrame con las condiciones y peripecias de mi vida: Ud. nada puede cambiar en ellas, y entonces, ¿de qué modo pretende socorrerme?”. A ello he podido responder: “no dudo que al destino le resultaría más fácil que a mí librarlo de su padecer. Pero Ud. se convencería de que es grande la ganancia si conseguimos mudar su miseria histérica en infortunio ordinario. Con una vida anímica restablecida Ud. podrá defenderse mejor de este último.
Freud, 1895, p. 309, T. II
Esta humilde justificación de Freud encierra a mi juicio varios temas claves dignos de ser puntualizados, en tanto fueron deslindando la naciente ciencia psicoanalítica de su cuna en la medicina tradicional y la convirtieron en una novedosa y original disciplina, aunque difícil de clasificar en el espectro epistemológico.
Primero: detrás de los síntomas no se halla lesión celular ni tisular alguna; indicadores etiológicos que cuando se detectan suelen ser el primer eslabón de la cadena que conduce a los síntomas, secuencia que en la doctrina médica se denomina “etiopatogenia”.
Segundo: ante esa ausencia de lesiones orgánicas define al “objeto” del psicoanálisis que designa como “infortunio ordinario” derivado de las “condiciones y peripecias de la vida”; justamente una categoría afín a la “dramática” pero ardua de sistematizar en las ciencias positivas.
Tercero: una vez identificadas sus penurias, es el mismo paciente quien –si no las deja libradas al azaroso “destino”– puede abordarlas e incluso hasta modificarlas, con lo cual tienta al paciente a comprometerse en el proceso de la cura.
Respecto de la primera clave, el viaje de estudios a Francia del joven neurólogo Freud le deparó dos decisivas conclusiones respecto de la sintomatología histérica. La primera de ellas surgió de las espectaculares “clases de los martes” del prestigioso catedrático Jean Martin Charcot, en la Salpetrière de París. Ahí fue testigo presencial de los impresionantes cuadros sintomáticos “aparentemente” neurológicos que desaparecían como por “arte de magia” bajo el efecto de la hipnosis; conclusión que inspiró su “Estudio comparativo de las parálisis motrices orgánicas e histéricas” (Freud, S., 1893). Artículo en el que afirma la falta de correspondencia entre el síntoma histérico y las metámeras de la médula espinal; y, en cambio, levanta la sospecha de que el síntoma podría contener encriptado algún mensaje susceptible de ser descifrado. La segunda conclusión partió de su encuentro en Nancy con Hyppolite Bernheim, otro encumbrado estudioso de la sugestión y la hipnosis. De este maestro aprendió acerca del “fenómeno poshipnótico”, que consiste en esforzar a un sujeto a recordar –una vez despierto– una orden recibida bajo el trance hipnótico. De esta conclusión se originó la convicción de que las conductas humanas no se guían solo por determinismos conscientes y –no es menor– que las amnesias pueden ser revertidas; lo cual conduce a preguntarse en qué lugar del psiquismo se alojaba ese recuerdo y a reconocer consecuentemente una estratificación de la mente humana, germen de la formulación del inconsciente.
A estas dos conclusiones se le agrega una tercera proveniente de su colaboración con Josef Breuer, creador el método “catártico”; conclusión que produjo un drástico cambio en los principios del abordaje de los trastornos psicológicos. Se trata que de la consigna principal en la doctrina médica de perseguir el objetivo “supresivo” del síntoma, se pasó a la consigna de “interrogarlo”, a fin de descifrar ese –antes mencionado– mensaje oculto; “decisión metodológica” que, a mi juicio, define a la indagación como el eje central y el denominador común del método psicoanalítico.
Respecto a la segunda clave acerca del objeto de la ciencia psicoanalítica expongo mi diferencia con una parte de los psicoanalistas para quienes el objeto del psicoanálisis es el desciframiento del inconsciente. Entiendo, en cambio, que tal objeto es atender el vasto abanico de los inevitables “infortunios” personales para lo cual el operador psicoanalítico recurre a las variadas herramientas que provee “la teoría de la técnica”; y admito que el desciframiento es una de esas herramientas, aunque no la única. Concedo también que hasta 1915 la teoría y la técnica analítica giraban en torno de la “represión”, que respondía a una psicopatología acorde con la atmósfera ambiental represiva dominante (Freud, S., 1908).
Pero a partir de la segunda década de ese siglo, la cultura europea y mundial sufrieron grandes convulsiones que derivaron en drásticos cambios en la esfera de los valores éticos y estéticos del “imaginario” social que repercutieron necesariamente en las subjetividades de las personas. Y esos cambios se reflejaron asimismo en los padecimientos que exigieron introducir innovaciones teóricas y técnicas en la joven la disciplina. Entonces comienza a prevalecer el “masoquismo primario”, el “instinto de muerte” y una amplia gama de diferentes “mecanismos de defensa” de las neurosis más allá de la “represión”; a la que se agrega luego la “negación”, “escisión y desmentida”, como mecanismos para patologías más severas.
Podría arriesgar una vaga generalización afirmando que se pasó de una psicopatología de la “represión” a una más matizada por el escepticismo y las “inconsistencias”. Pero mi insistencia en este tópico apunta a despejar del rol del analista cierta resonancia “oracular” heredada de la práctica de la hipnosis. En mi opinión, en cambio, el analista puede ayudar a un paciente porque comparte con él su misma sustancia mental conflictiva; y por esa razón puede “empatizar”, entendido el término en el sentido de “contratransferencia concordante” de Racker (1960); y en un paso de distanciamiento elaborar una respuesta interpretativa basado en esa repercusión empática, integrada a la “historia” del paciente y a la demanda de su padecer actual. La imprescindible asimetría del dispositivo analítico no provendría entonces de la supuesta superioridad de esa “palabra del oráculo” sino del propio encuadre en tanto prestación asistencial que instituye per se los roles verticales de demandante y proveedor.
La tercera clave revela otra característica diferencial exclusiva de la terapia psicoanalítica y nuevamente contrastante de los cánones de la medicina tradicional; característica que hace al paciente mismo protagonista activo en la tarea de su cura en tanto la “egodistonía” lo empuja a explorarse, ejerciendo así una “introspección crítica” de sus propias “condiciones y peripecias de su vida”. Ni hablar del efecto terapéutico adicional debido al hecho mismo de dedicar en forma regular cincuenta minutos del tiempo a una sincera introspección; una pausa reflexiva en medio de los demandantes ajetreos de toda vida.
A esta altura, cabría ensayar algunas precisiones en relación al uso deliberadamente laxo del abarcativo término “padecimiento” en tanto engloba en forma indistinta categorías médicas, psicopatológicas y coloquiales.
Atendiendo a la textura biopsicosocial que caracteriza al ser humano, la medicina tradicional aborda el padecimiento mayormente en su costado biológico; y la psiquiatría clásica funciona en consonancia a esos principios, aunque es necesario reconocer que la psiquiatría contemporánea no solo está informada del psicoanálisis y otros abordajes psicológicos, sino que cuenta además con un arsenal terapéutico sorprendentemente eficaz gracias al avance de la ciencia bioquímica y los modernos y precisos estudios de cerebro. Eficacia supresiva acorde a los preceptos de la medicina.
En cuanto a las “neurosis, psicosis y caracteropatías” se alude a una sistematización psicopatológica muy general; psicopatología que, por otra parte, se fue haciendo cada vez más amplia y precisa a medida que se fueron agregando y refinando nuevas categorías elaboradas por las contribuciones de destacados psicoanalistas posfreudianos. Las psicopatologías psicoanalíticas modeladas por las psicopatologías psiquiátricas constituyen un enfoque más bien teórico solo orientador para la “clínica”, la cual en el consultorio real no se atiene puntualmente a esos cuadros. Por eso vale la pena reconocer el esfuerzo sistematizador de David Liberman (1970; Arbiser, S., 2008) quien, partiendo del estudio del “diálogo analítico” mismo, recurriendo a la teoría de la comunicación, la semiótica y la lingüística, pretende dar cuenta de una clínica real, tal cual se presenta en los consultorios. A estos concurren personas que presentan cada una su propio heterogéneo mapa psíquico; y, desbrozando los distintos componentes de ese mapa, se busca abordar esa singularidad que hace única a cada persona incluso en su padecer.
En cambio el uso del término “infortunio ordinario”10 (de la traducción al español actualmente más difundida de las Obras completas de Freud) es coloquial y abarca el amplio espectro de los inevitables conflictos corrientes que matizan la vida de las personas en sus variados contextos. Ahí se incluyen el inagotable conjunto de las querellas interpersonales en la vida familiar, laboral o social; y todo un inacabable inventario de penurias individuales. En la sección “Temas clínicos” de mi libro (Arbiser S., 2013), en la exposición de cada caso hay un intento de correlacionar las sintomatologías a esas vicisitudes reales o conjeturales de sus respectivas historias de vida. Redundo, los inevitables “infortunios” personales que, como imperfectos seres humanos padecemos en la imperfecta realidad más allá de las metas de la seguridad, eficiencia y confort holgadamente alcanzadas por el progreso; o, a veces, precisamente porque una vez satisfechas nos desnudan las otras, en especial, una incompletud insaciable. La mera observación en nuestro derredor nos provee sobrados ejemplos en que la acumulación de poder, bienes o fama nunca son suficientes. O, en el terreno más íntimo del amor y la sexualidad, una consecución aceptable tampoco alcanza en tanto anida en el ser humano la convencida expectativa de una posible satisfacción “absoluta” que suele buscarse a través de drogas, “manuales”, “juguetes”, el “poliamor”, u otros múltiples imaginativos recursos11.
En estas, como en muchas otras esferas de nuestra existencia nos cuesta prescindir de la creencia en una posible perfección totalizadora. ¿Esta afirmación significa acaso que debemos refugiarnos en el conformismo del “Más vale pájaro en mano que cien volando”? ¿Ante la alternativa entre el “conformismo complaciente” o la “insaciabilidad”, cabría alguna “orientación de vida” que sepa guiarnos por un sabio desfiladero que nos evite caer en esas polaridades antagónicas? ¿Se puede abrigar además una flexibilidad tal que, aunque nos precipitemos en uno u otro polo, podamos rescatarnos? Me apresuro a descartar toda pretensión de plantear una “orientación de vida”, más allá de alentar la tolerancia a la incertidumbre de las preguntas sin respuestas. Las respuestas clausuran... y las preguntas abren…
Concluyo este escrito –casi un indeliberado “elogio a la imperfección”– con la expectativa de haber podido trasmitir la crucial significación de la intrincación mutua y constitutiva entre la viabilidad de nuestra especie y la realidad humana construida por ella, y el papel central que juega el psiquismo en tanto dispositivo que posibilita tal intrincación. Psiquismo como un órgano virtual altamente especializado y por ello superlativamente vulnerable, cuya infinita capacidad de abstracción le permite crear y adaptarnos mejor o peor a lo creado; y cuya facultad de autoconciencia nos expone a experimentar un extenso repertorio, tanto de satisfacciones como de penurias. Matices de la subjetividad que la disciplina psicoanalítica tomó a su cargo abordar, explorar y mitigar, sostenida en un vigoroso cuerpo conceptual imperfecto, también dinamizado por un proceso de asintótica perfectibilidad.
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Resumen
El autor propone una reflexión en una perspectiva Avance que si bien brinda seguridad, eficiencia y confort no hace más que poner en evidencia el irreductible padecimiento que el psicoanálisis atiende e intenta mitigar. Fiel a la perspectiva propuesta, hace un recorrido evolutivo del hombre y de los hitos más visibles que nos lanzaron a la muy variada realidad humana actual.
1 Para aclarar: “dramática” es el género literario donde se representan los diversos conflictos del hombre consigo mismo y con su entorno, tanto los eternos como los cotidianos del hombre.
2 De acá en adelante los términos en cursiva pretenden destacar la relevancia que les atribuye el autor.
3 Me refiero al psiquismo del Homo sapiens moderno, adelantándome a la justa objeción de muchos prestigiosos estudiosos que reconocen la existencia de psiquismo e incluso inteligencia, sociabilidad y hasta algunas picardías (humanas) en el mundo animal; pero para zanjar en forma expeditiva dicha objeción respondo toscamente que me cuesta imaginar a estos parientes biológicos conduciendo un automóvil o manejando una computadora.
4 Acerca de este tópico me extiendo en un trabajo previo (Arbiser, S., 2018a) en que destaco la mutua implicación entre el desamparo y la crianza.
5 En antropología se explica la incompatibilidad entre el tamaño de la cabeza del feto “idealmente” terminado (22 meses de gestación) y una dimensión de las caderas compatible con la ya adquirida bipedestación, por lo cual el vivíparo humano debe anticipar su nacimiento a los nueves meses de gestación.
6 Las religiones en forma universal, como autoridad incuestionable encima de los humanos, se comprometen como mínimo a la prohibición de matar al prójimo y al mandato exogámico, habida cuenta de que nuestra especie carece de la regulación biológica del “celo”, propia de la mayoría de los demás mamíferos.
7 Yuval Noah Harari denomina “el mayor fraude de la historia” a la revolución agrícola de hace 10.000 años. Atento a la sideral distancia entre su expertise en historia y mis apenas voluntariosas reflexiones, no dejo de preguntarme, sin embargo, acerca de su imprudente trasladado del “juicio de valor” actual a épocas tan remotas.
8 En este punto es instructiva la historia real del juicio llevado a cabo en Dayton, Tennessee, en 1925, en el que se acusaba a un maestro, John Thomas Scopes, por mostrar una lámina que ilustraba en figuras la evolución de los simios hasta llegar al hombre erguido. Varias versiones cinematográficas rememoran ficcionalmente esta conmovedora historia con el título bíblico “Heredarás el viento”.
9 Son reveladoras la novela de Sweig, S. (1942) y la compilación de Casullo, N. (1991) acerca de la Viena de entonces.
10 gemeines Unglück: “desgracia común” en el traductor de Google. Prefiero “común” a “ordinario”.
11 En la filmografía del conocido cineasta Pedro Almodóvar la insaciabilidad del amor y el sexo se ven muy creíblemente ilustradas, en especial en el film El Matador.
2
PSICOANÁLISIS Y GUERRA1
Para abordar el tema de la guerra desde el psicoanálisis me limitaré a hacer una síntesis personal y escuetos comentarios críticos del artículo conocido en la literatura analítica como “¿Por qué la guerra?” y en alemán “Warum Krieg” (Freud, 1932), surgido del intercambio epistolar entre Freud y Einstein de 1932. Este artículo fue escrito en septiembre en respuesta a una carta del 30 de julio del eminente físico, en la cual le pide opinión a Freud, como “estudioso y conocedor de la vida pulsional humana”, acerca de cómo evitar los “estragos de la guerra”. La Liga de las Naciones, a su vez, había solicitado a Einstein que eligiera un interlocutor para dirimir esta cuestión, que se había convertido, en ese entonces, en una acuciante urgencia. Por lo tanto no es ocioso señalar, aunque sea a grandes rasgos, las particularidades políticas y socioeconómicas de la Europa de esa época. Se trataba, ni más ni menos, del convulsivo período de la entreguerra. Se vivía todavía bajo el ominoso impacto de las secuelas de la Gran Guerra y se presagiaba –no sin fundamentos– la inminencia de una próxima. La gran guerra había mostrado, en función del desarrollo tecnológico y científico alcanzado, su aterrorizante potencialidad destructiva, hasta ese momento desconocida en tal desmedida dimensión. Se intuía, con razón, que la paz obtenida por el Pacto de Versalles era –a la larga– inviable y no ofrecía ninguna garantía duradera (Schutt, F., 2005). Mientras que en la Unión Soviética ya se había instalado y consolidado la despótica y sanguinaria dictadura de Stalin, en Alemania y el mundo germánico se perfilaba la figura amenazante y funesta de Adolf Hitler, quien asume la Cancillería el 30 de enero de 1933, apenas tres meses después de este escrito. Ya estaban aprontándose las piezas claves en el tétrico tablero mundial que se avecinaba. La utopía de Immanuel Kant se iba desvaneciendo ante la desesperada impotencia, cada vez más notable, de la Liga o Sociedad de las Naciones. El filósofo del “idealismo alemán” había sugerido en la La paz eterna (1795) que la conformación de una Federación de pueblos evitaría las guerras en forma permanente.
Entrando de lleno al mencionado artículo de Freud, se podría decir que éste acepta el reto de Einstein con bastante prudencia. Reconoce de antemano el límite de su contribución cuando declara que el tema lo sobrepasa, que se trata de cuestiones “prácticas” que son “resorte de los estadistas”. Y desde esa postura más modesta aporta lo esencial de lo que el psicoanálisis descubrió acerca de la mente y, por qué no, de la naturaleza humana. Subrayo este punto en cuanto muestra a un Freud atento a un deslinde metodológico en la jurisdicción del objeto de indagación, en contraste con otros autores psicoanalíticos que reducen objetos tributarios de abordajes multidimensionales a la visión exclusiva del psicoanálisis, menoscabando ciertos cuidados epistemológicos. La psicología humana en el nivel individual y psicosocial no puede por sí sola dar cuenta de fenómenos de altísima complejidad que involucran las condiciones geopolíticas, socioeconómicas e históricas. Pero dado, por otra parte, que en las guerras participan hombres singulares que muestran, en ese contexto, rasgos psicológicos no habituales en tiempos de paz, el psicoanálisis y la teoría pulsional, especialmente subrayada por Freud en su respuesta a Einstein, pueden aportar algo bastante esclarecedor.
En el intento de trasmitir lo esencial del pensamiento que trasunta el artículo freudiano, se podrían destilar tres tópicos definidos, dejando a salvo, nuevamente, que se trata de una síntesis personal y que otros podrían ordenar la exposición de otra manera y extraer otras conclusiones:
1) La génesis del “derecho” a partir de la violencia original, como secuencia evolutiva.
2) Una puesta al día de la teoría pulsional. En mi opinión, acá se desmitifican las posturas idílicas acerca de la idealizada naturaleza humana, propias de las cosmovisiones “voluntaristas” o “maniqueas”.
3) La relación dialéctica entre la vida pulsional y la evolución cultural.
Respecto del primer punto, Freud responde a Einstein en su planteo acerca de la oposición entre el poder y el derecho que él reformula en términos de oposición entre violencia y derecho. Esta pirueta de Freud, si bien no afecta la ensambladura coherente de la respuesta a A. Einstein, toca un punto que siempre me resultó controversial en el pensamiento freudiano; me refiero, en este caso, a equipar poder y violencia. A mi entender eso encierra un deslizamiento conceptual que puede llevar a anatemizar el poder confundido con la violencia. Esta última puede ser uno de los muchos predicados del poder; pero no forzosamente todos. Creo que el poder se puede ejercer con violencia, pero no necesariamente. Y equipararlos puede llevarnos a condenar el poder de las leyes, de la educación, de los padres sobre los hijos para encauzarlos en la vida, el de las realizaciones científicas y artísticas y tecnológicas y muchas otras cosas que hacen al poder y la potencia. Todos los bienes que gozamos, aunque también los males que padecemos, que nos brinda la cultura actual no pudieron ser edificados sin poder y potencia. Califico de “pirueta” la reformulación de Freud en tanto que el eminente físico en su carta se refería no a la oposición entre poder y derecho sino, por el contrario, a la necesidad de que el derecho se conjugue con el poder para que el primero sea realmente efectivo para resolver las diferencias de intereses sin recurrir al extremo de las guerras.
De todas maneras, a partir de esta reformulación Freud traza su conocida hipótesis de un desarrollo evolutivo de la humanidad, imaginando la vida comunitaria en sus albores (la horda primitiva) envuelta en las reglas elementales de la violencia que ejerce la fuerza bruta del “padre primordial”, tal cual lo había postulado, en forma más extensa y pormenorizada veinte años antes, en su magnífico e imperdible libro Tótem y tabú (Freud, 1912/3) influenciado fuertemente por Darwin y Atkinson, según el mismo lo declara; y Hobbes –a mi entender– en forma implícita. También es conocido que el padre primordial es finalmente vencido y asesinado por la “alianza fraterna”, y que el parricidio (mítico) con el consecuente “banquete totémico” caníbal dará origen a la religión, a la moral y a la sociedad. La religión en cuanto se sacraliza al tótem (representante del padre todopoderoso, pero muerto) como referente supremo y venerado que cohesiona a los miembros mortales en rituales comunes que los hermanan. La moral en tanto se pacta definitivamente la supresión del asesinato y el incesto, base elemental o punto de partida de las nociones del bien y el mal. Se trataría, pues, de trasladar en este trascendental movimiento del conjunto humano, el poder del más fuerte “único” al conjunto “débiles”, es decir a una fuerza superior basada en el número, es decir, en una unidad mayor. Para que esta unión de los débiles sea efectiva debe ser duradera, de lo cual surgirían la “organización” y las leyes que deben sustentarla, cuyo conjunto constituye el “derecho” conformando la sociedad. Sobre esta base del “interés común” se insertarían luego las ligaduras de sentimiento entre los hombres –la identificación, a través del “líder” o “ideario común” (Freud, 1921)–. Pero esta organización basada en el derecho no es una meta estática, inalterable y sin retorno. En el propio seno de esa organización social alcanzada se reproducen las desigualdades e imperfecciones que, en escala, actualizan la regresiva situación primordial y que, por consiguiente, imponen una dinámica permanente a la sociedad y la cultura en pos de nuevos equilibrios tanto prospectivos como regresivos.
En este contexto la recurrencia de la guerra no es ajena. Recalando en la historia, Freud se apoya en la instauración de una violencia central monopólica capaz de imponer la paz para justificar algunas “guerras civilizadoras” como, por ejemplo, la pax romana. Ahí concluye, sin mucha convicción que, como solución y prevención de las guerras, se debería proveer “la institución de una violencia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses” (p. 191), lo que lleva a sospechar que Freud conocía el Leviatán de Hobbes. Otra solución que revisa críticamente es la propuesta de invocar a determinadas actitudes ideales, en vez de la fuerza de la violencia, en las cuales se sustente la identificación y la cohesión resultante de tal identificación. Toma en ese sentido el antecedente de la idea panhelénica o la extensión y predicamento del cristianismo que, sin embargo, tampoco pudieron evitar la guerra. Siguiendo esa posibilidad y, ubicándose en su realidad contemporánea, la compara con la utopía bolchevique, que valdría la pena citar textualmente, ahora que ya contamos con la perspectiva de más de 95 años después, y nos habilitaría a admirar la perspicacia anticipadora de su genio; perspectiva con la que él no contaba en 1932:
“Ciertas personas predicen que solo el triunfo universal de la mentalidad bolchevique podrá poner fin a las guerras, pero en todo caso estamos hoy muy lejos de la meta y quizás se lo conseguiría solo tras unas espantosas guerras” (p. 192)
Luego:
“También los bolcheviques esperan hacer desaparecer la agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de sus necesidades materiales y, en lo demás, estableciendo la igualdad entre los participantes de la comunidad. Yo lo considero una ilusión” (p. 195).
Freud, en contraste con muchos pensadores psicoanalíticos adherentes al marxismo, no admitía la idea ingenua de la igualdad de los seres humanos, y menos –digo yo– cuando esa igualdad se impone por la fuerza por supuestos celadores reclutados de las enmarañadas filas de un partido político único.
Dice Freud textualmente (p. 195): “Es parte de la desigualdad innata y no eliminable entre los seres humanos que se separen entre conductores y súbditos”. Atendiendo a este primer punto, aunque puede reprochársele a Freud cierta linealidad evolucionista heredada de su pasado de neurofisiopatólogo, como fue mencionado antes, al objetar su hipótesis de derivar el derecho de la violencia, no se le pude negar su visionaria perspectiva, su notable realismo y su capacidad de observar los fenómenos colectivos como lo demuestran éste y sus otros trabajos sociales. Sin embargo yo añoraría la falta de mención de Locke (1689) y Montesquieu (1748) en sus esfuerzos por fundar las democracias republicanas modernas prósperas a través de la división efectiva y controles mutuos de los poderes de los estados a fin de contrarrestar los abusos de dichos poderes.
Respecto del segundo punto, el creador del psicoanálisis intenta responder al asombro de Einstein ante la observación del entusiasmo de los hombres por participar de la guerra, pese a las penurias evidentes que ésta provoca. Acá nuestro autor puede explayarse a sus anchas en lo que el psicoanálisis puede realmente aportar. No hace otra cosa, entonces, que exponer su reciente versión de la teoría de las pulsiones en términos menos técnicos de los que emplea en su magnífica obra “El malestar en la cultura” (1930). Pero, advierte, entonces, sobre la ingenua “moralina” reinante en la opinión colectiva generalizada correlativa a un “voluntarismo” benevolente cuando escribe “Ahora permítame que no introduzca demasiado rápido las valoraciones del bien y del mal” (p. 193, Freud, S., 1932) y, en cambio, le adjudica a todo ser humano una inherente “pulsión de odiar y aniquilar” (p. 192, op. cit.) en la complejidad de su trabazón instintiva.
No es necesario abundar demasiado acerca de que las acciones de todo hombre responden, en última instancia, a distintas proporciones en la aleación de Eros y Tánatos. Todas las conductas humanas contienen Eros y Tánatos y, estos motores vitales se necesitan mutuamente. Es ingenuo, nos advierte Freud, intentar promover Eros en detrimento de Tánatos o intentar reprimir o suprimir a este último. La existencia de esta dualidad proviene, en último análisis, de la razón biológica que creó la vida como consecuencia de las condiciones geológicas que permitieron –en su momento– que elementos inorgánicos se combinaran para armar moléculas orgánicas complejas que dieron origen a la vida. Pero como si el impulso vital fuera un resorte que se estira hasta un cierto límite, ese mismo proceso de síntesis es también el responsable del proceso inverso de retorno a la degradación, es decir del inexorable camino de lo orgánico a lo inorgánico, a saber: de la vida a la muerte2.
Todo este proceso debe apreciarse teniendo en cuenta que esa dinámica de la vida se da desde las partículas vitales más elementales hasta la exponencialmente alta complejidad de las conductas humanas. De la acción silenciosa y mortal de Tánatos sobre el organismo se desprende la consecuente necesidad vital de su deflexión y externalización a la realidad fáctica; no solo para librarse de su acción destructiva interior sino para propósitos destructivos esenciales para mantener la propia vida.
En cuanto a las consecuencias estructurales en el psiquismo no pueden desconocerse la relación de Tánatos con el superyó y la conciencia moral, producto de los resultados identificatorios del complejo de Edipo, que recargarían en esta instancia los excesos defusionados de este peligroso ingrediente instintivo; por esta razón –insiste Freud– se daría la paradojal circunstancia de que una conciencia moral más severa sería más inhibitoria de la agresión y conllevaría a una mayor acumulación interna de la pulsión de muerte, perjudicial para la salud individual. No es muy optimista en cuanto a los remedios que resultarían de esta elucidación. Dice: “es fácil demandarlo, pero difícil cumplirlo” (p. 195) cuando reclama la promoción de Eros en tanto amor tierno e identificación. También aconseja la educación de las clases dirigentes, en tanto reconoce que estas debieran conducir a los sectores mayoritarios menos favorecidos a un mayor esclarecimiento antibélico.
A mi juicio, en contraste con la opinión de Freud, las clases dirigentes –incluso muy educadas– no demostraron a lo largo de la historia mejor aptitud para la prevención de las guerras, e incluso podría también observarse que muchas veces esas mismas clases las promovieron, amparados en una lente distorsiva ideológica irreductible a pesar de los embates de la realidad. Aunque Freud hace atinadas salvedades y reconoce las variadas multideterminaciones, en este segundo punto se le podría cuestionar su prevalente planteo en un nivel económico-cuantitativo de la dinámica pulsional. Por su “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921) sabemos que él no desconocía los aportes de Le Bon acerca de los “fenómenos de masas” y, en mi opinión, con el aporte de la psicología colectiva se podría agregar aun que, en los grupos culturalmente más carenciados donde los logros y gratificaciones narcisistas individuales son magras, el hecho de participar en gestas o eventos épicos y violentos es un factor nada desdeñable como motorizador de la entusiasta participación en las guerras: muy poco parece que puede la experiencia nefasta de las penurias de la guerra ante el espejismo de salir de la medianía de la vida.
En el tercer punto responde a un interrogante no formulado por Einstein, sino que Freud mismo lo introduce: ¿Por qué los pacifistas se sublevan contra la guerra?
Acá introduce su conocida y, por mi parte, más discutible postura de oposición entre la cultura y la sexualidad; esta última obligada por aquella a una limitación y un desplazamiento de las metas pulsionales. El desarrollo cultural alienta el fortalecimiento del intelecto y la interiorización de la inclinación a la agresión, que desde el superyó exacerba las restricciones morales. Por lo tanto, postula en los “pacifistas”, más expuestos que otros estratos sociales a los efectos de la cultura, una repulsa intelectual y afectiva contra la guerra, además de una intolerancia estética a sus estragos; repulsa e intolerancia que considera y califica de “orgánica”. Acá conviene recordar que Freud, en su ya mencionada obra “El malestar en la cultura”, plantea la idea de una “represión orgánica”, sustentada en la anatomía humana; esto es: el desarrollo y crecimiento en el hombre de la corteza prefrontal a expensas de la disminución notable del cerebro olfatorio (rinencéfalo), tan desarrollado, por otra parte, en todos los mamíferos cuadrúpedos.
En mi opinión Freud recoge, en alguna medida, la extendida idea popular de una sexualidad o violencia más exuberante en los grupos sociales menos educados y sofisticados; idea coherente con su creencia de la oposición entre el instinto y la cultura. En mi manera de ver me resulta una simplificación elemental la concepción de una oposición entre los instintos y la cultura; la misma noción de pulsión ya implica una radical transformación del bagaje biológico instintivo a instancias del entorno humano. Es así que el Homo sapiens moderno que aparece hace alrededor de 40.000 años (Richard E. Leakey, 1981) habita dicho ecosistema humano que no es otro que el medio sociocultural; y que es inconcebible el hombre (Homo sapiens) de cualquier época fuera de este medio, como sería imposible concebir la vida de los peces fuera del medio acuático. Si por un momento imagináramos suprimir el factor sociocultural ya no se trataría del Homo sapiens sino que se trataría de mamíferos bípedos que disputarían el territorio en el ecosistema natural, tal cual el creador del psicoanálisis concibió los albores de la humanidad previo al parricidio fundante. Pero dicho sistema sociocultural no es homogéneo, y dentro del mismo se dan infinitas variantes que generan todo tipo de contradicciones y conflictos, que, a mi entender, tanto pueden alentar a las dinámicas conducentes al progreso humano como a las guerras. Pero conviene prevenirse ante la pretensión de que el psicoanálisis aborde problemas que lo desbordan como Freud mismo lo previene y está consignado al comienzo de este escrito.
Resumen
El autor aborda el tema de la visión psicoanalítica de la guerra a través de una lectura crítica del conocido intercambio epistolar entre Albert Einstein y Sigmund Freud en las postrimerías de 1932; intercambio que en la literatura psicoanalítica se conoce como “¿Por qué la guerra?”. De la respuesta freudiana se deslindan tres líneas temáticas: 1) La relación entre el poder y el derecho, que el creador del psicoanálisis reformula como oposición entre la violencia y el derecho; lo que le permite volver a sus hipótesis evolucionistas del parricidio original y sus consecuencias, referidas a la instauración de la sociedad, la moral y la religión. 2) A través de la formulación de su última teoría de los instintos, cuyas expresiones en el nivel más general serían los instintos de vida y los de muerte, trata de sustraerse de una simplificación maniquea y voluntarista del bien y el mal en el hombre, subrayando la compleja trabazón instintiva con las instancias del aparato psíquico. 3) En la oposición que Freud hace entre la vida pulsional y la cultura es donde el autor de este artículo ahonda más su lectura crítica de la conocida respuesta a Einstein, aunque no deja de reconocerle una prudencia epistemológica ejemplar y una sagacidad en la observación y análisis de los fenómenos sociales, tanto históricos como contemporáneos.
Bibliografía
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1 Trabajo publicado en el n. 17 del año 2013 de la Revista de la Sociedad Argentina de Psicoanálisis.
2 Recomiendo al respecto de este tema el exquisito libro La más bella historia del mundo, de Hubert Reeves, Joel de Rosnay, Yves Coppens y Dominique Simonnet (1997).
3
LA CONFIDENCIALIDAD. SU CENTRALIDAD EN PSICOANÁLISIS1
La discreción es, sin duda, un valor meritorio generalmente aceptado como tal en la vida social civilizada, y legislada además en la mayoría de los países como el derecho a la privacidad. Cuando la discreción se traslada a la práctica médica se transforma en “secreto médico”, que no sólo es tradición y una obligación ética (Juramento Hipocrático), sino una responsabilidad ante la ley, cuya violación en la Argentina es castigada por el Código Penal (art. 156). También es indiscutible –y este criterio es unánimemente compartido por los psicoanalistas– que el ejercicio psicoanalítico exacerba aún más esa necesidad de confidencialidad, al punto de convertirla en un eje central de su práctica. De ahí el acertado y esclarecedor comentario de Anne Hayman (Comparative Confidentiality in Psychoanalysis, p. 2): “Si el médico general fuera indiscreto respecto de su paciente, podría no actuar éticamente, pero no dejaría de tratar la neumonía en forma adecuada. Pero si yo (el psicoanalista) fuera a hablar indiscretamente de mi paciente, no sólo sería poco ético sino que también destruiría la esencia de la terapia”.
De este modo, la confidencialidad está tan consustanciada con la práctica psicoanalítica y su observancia se da tan por sentada que no la solemos indagar en nuestra actividad clínica habitual. Sólo reparamos en ella cuando se dan situaciones particulares que la rozan, y entonces nos mueven a interrogarnos acerca de su significación. En la segunda parte de esta comunicación se plantearán algunas de estas situaciones particulares. No obstante, cuando surge tal pregunta tampoco presenta grandes dificultades para ser respondida por la mayoría de los psicoanalistas; ellos dirían sin vacilación: en la sesión analítica se ventilan temas personales e incluso íntimos; y por lo tanto, la confidencialidad está obviamente justificada. Y sabremos diferenciar estos espinosos temas, a veces ni siquiera autoconfesados, de los síntomas más impersonales que se ventilan en la actividad médica tradicional: no es lo mismo tener tos y fiebre que reconocer trabajosamente un secreto amor como el que Elizabeth von R. cultivaba por su cuñado cuando finalmente se esclarece el sustento inconsciente de su astasia-abasia histérica (Freud, 1895).
Sin embargo, la propuesta de este trabajo invitaría a ir más lejos aún de esa consensuada respuesta, para rescatar una temprana formulación de Freud que, a mi juicio, definió el objeto del psicoanálisis. Me refiero al “infortunio ordinario”, que puede ejemplificarse en el penoso conflicto de la vida común de la mencionada Elizabeth ante el lecho de muerte de su hermana. Este rescate me permite reintroducir la “vertiente psicosocial” del psicoanálisis argentino en el que contribuyeron autores innovadores como E. Pichon Rivière, D. Liberman, J. Bleger y W. y M. Baranger, entre muchos otros2. Con algunos matices diferenciales estos autores concibieron el psiquismo inmerso en, e indisociable del contexto psicosocial, fuente inagotable de los conflictos de la vida común.
Entiendo que, y este sería el eje central de mi postura, la aludida formulación freudiana marcaría el punto decisivo de despegue del psicoanálisis del entramado conceptual y metodológico de la medicina; y que lo convertiría en la disciplina específica que se ocupa del inevitable padecimiento humano, inherente a la convivencia con los demás. Pero, por otra parte, es necesario añadir que este despegue que independiza al psicoanálisis de la medicina y la complejidad de su objeto se cobra el precio de sus todavía controversiales e inclasificables características epistemológicas que, precisamente, el tema de la confidencialidad me autoriza a plantear.
I) El infortunio ordinario
Justamente en el párrafo final de Psicoterapia de la histeria (1995) es donde Freud dio, a mi juicio, ese giro doctrinario decisivo y trascendental en el desarrollo de su creación: el psicoanálisis. En contraste con la entusiasta medicina positivista de su época, que fundaba con razón el progreso del conocimiento médico en los crecientes hallazgos del microscopio, él –precisamente él– un brillante neuropatólogo, planteó –casi disculpándose– que detrás de la sintomatología neurótica que buscaba desentrañar no encontraba ni lesión tisular ni bacteria que pudieran sustentar dicha sintomatología3, sino que se topaba con el infortunio ordinario, que define como “condiciones y peripecias de la vida” (Freud, op. cit.). Y así pretendía convencer a sus decepcionados pacientes de que era preferible lidiar con estas condiciones y peripecias que con la invalidante “miseria neurótica”. De este modo se inaugura una disciplina que pretende elevar a la sistematización científica lo que la ciencia oficial positivista había menospreciado por inasible y de complejidad inabarcable, a saber, “el (ya mencionado) infortunio ordinario”.
Si nos detenemos por un instante en la reflexión acerca de este infortunio o de las condiciones y peripecias de la vida o de los problemas emergentes en la vida común, podemos acordar que alude a los inevitables conflictos propios de la convivencia entre los seres humanos en el ámbito sociocultural; en especial aquellos que atañen a la sexualidad y a la agresividad; y es de aquí que Freud advierte y jerarquiza el estudio de las producciones emergentes propias de ese ámbito, como los sueños, el chiste, el humor, los mitos, leyendas y las creencias populares; a saber: inconfundibles producciones culturales.
Para explicarlo en otros términos, dado que este enfoque no es familiar en la literatura psicoanalítica corriente diría que, mientras en el mundo animal estas criaturas cumplen sus destinos de autoconservación (alimentación y defensa ante el predador) y de reproducción directamente en el mundo natural a través de su programación instintiva, en el humano, en cambio, esas mismas necesidades de autoconservación y reproducción se le interponen y deben consumarse en el mundo cultural, o sea, en el ecosistema humano. En este último las relaciones entre los hombres están mediadas por instituciones, tradiciones, religión y artes; bienes y poder por administrar; normas éticas y leyes implícitas y explícitas; y, además, por la infinita variedad semántica proveniente del lenguaje doblemente articulado4, patrimonio exclusivo del Homo sapiens.
La discreción misma es un valor cultural variable en su alcance en los distintos ámbitos. No es de extrañar entonces que, en contraste con los animales, que cuentan con sus instintos para sobrevivir en el mundo natural, al hombre, para manejarse en el mundo cultural, no le alcancen solo los instintos, sino que requiere de un largo proceso evolutivo de aprendizaje5 de la vida en el ecosistema sociocultural que implica su internalización psíquica; aprendizaje que las teorías psicoanalíticas proponen como teorías del desarrollo psicosexual (Freud [1905/1932-33] y Abraham [1924]). Y de las infinitas variaciones de este extenso proceso de aprendizaje dependerá tanto la diversidad humana como su vulnerabilidad psicológica.
He aquí en lo que me interesa redundar y enfatizar: es esta vulnerabilidad, exclusiva del humano, el objeto específico de nuestra disciplina. En lenguaje más estrictamente psicoanalítico, la psicosexualidad humana se desarrolla desde el inicio de la vida para alcanzar su mayor o menor grado de madurez luego de atravesar por las vicisitudes y accidentes vitales inherentes a la crianza en el medio familiar: el par complejo de Edipo-complejo de castración. A su vez, el medio familiar se incluye dentro y no puede sustraerse del ámbito sociocultural y su consiguiente universo semántico, más abarcativo; en este sentido, la familia no hace más que expresar una forma particular de implementar las normativas más generales que rigen la cultura. Acuerdo entonces enfáticamente con Freud, (1916/7) cuando al respecto dice:
“La hija encuentra en la madre la autoridad que cercena su voluntad y la persona a quien se ha confiado la misión de imponerle esa renuncia a la libertad sexual que la sociedad demanda [...] Para el hijo el padre encarna toda la coacción social, que soporta a disgusto” (pp. 205/6, T. XV, resaltado mío).
El mismo revuelo y rechazo que en los círculos científicos y sociales educados de su tiempo provocaron los audaces hallazgos del psicoanálisis, es decir la resistencia ambiental, es concomitante con el conflicto individual de cada persona cuando se propone investigar su mundo interior. En escala correspondiente y refractado por las leyes propias del funcionamiento psíquico, el conflicto cultural se instala y reproduce en cada mente como conflicto individual singular. Lo que me llevó a afirmar en un trabajo anterior (Arbiser, 2003), parafraseando a Freud, que el “infortunio ordinario” en el nivel individual era la porción que a cada uno le tocaba del “malestar en la cultura” en el nivel colectivo. Y que el psicoanálisis es la disciplina científica que tiene como objeto específico al mencionado infortunio ordinario en el nivel individual, que implica ocuparse inevitablemente de las vicisitudes de la vida íntima y los secretos apenas autoconfesados.
Entonces, cuando se plantea la confidencialidad en psicoanálisis, no se trata sólo de la discreción dictada por la buena educación, ni del secreto médico obligado por el juramento hipocrático y el castigo de la ley, sino que la peculiaridad epistemológica del objeto de la disciplina mismo así lo impone, como lo sugiere la elocuente cita de Anne Haymann mencionada al principio.
Entonces se podría afirmar en términos ampliamente abarcativos que el padecimiento humano que reclama la atención del psicoanalista obedece entonces a la resultante de los desajustes entre los reclamos de la cultura en cada momento histórico determinado (internalizados y singularizados en el superyo e ideal del yo individual) y los reclamos de las necesidades biológicas (el ello) decantadas en cada individuo luego de cada proceso del desarrollo psicosexual, forjado por el encuentro de la biología con el entorno inmediato del infante; proceso nunca acabado ni plenamente satisfactorio en tanto quedan remanentes indomados que a veces constituyen anhelos, deseos y fantasías íntimas, y otras veces ni siquiera son reconocidos como propios. Esto se refleja en la teoría psicoanalítica de la estructura de nuestra mente que necesariamente admite un amplio sector inconsciente; es decir un sector que el propio individuo realmente desconoce de sí mismo.
El dispositivo analítico apunta, pues, a convocar a los monstruos del Averno (Freud) para integrar aquello que quedó descartado del proceso de desarrollo y que el sujeto ignora de sí mismo, para lo cual el analista debe asumir una actitud receptiva, amplia y no censuradora, bien diferenciada de las habituales convenciones sociales. Y el paciente contará entonces con un interlocutor apto para confiar sus pasiones secretas y de este modo ayudarlo a permeabilizar las barreras de la represión. Pero, por sobre todas las cosas, debe tener asegurada una completa confidencialidad. El entrenamiento del analista está encaminado a lograr dicha apertura ético-estética lo suficientemente amplia y flexible que le permita acoger aquello que las convenciones sociales habitualmente rechazan. Baste recordar, en este mismo sentido, el trabajo de Strachey (1934) donde propone la idea de un “superyó auxiliar” más benigno. Y, vale insistir, la confianza del paciente en este terreno sólo se consigue si éste tiene desde el inicio, o se convence con la experiencia, de la absoluta confidencialidad por parte del analista.
II) Confidencialidad en la realidad clínica
Como se ha mencionado en sección anterior, la relación analista-paciente es una relación interpersonal muy particular y diferente de toda relación social convencional. Y una condición sustancial del éxito terapéutico es justamente que esa relación se sustraiga de todo tipo de interferencias provenientes del medio; sean éstas institucionales, legales o reglamentarias. Pero dicho esto, la realidad cotidiana del ejercicio clínico nos muestra que esto es una aspiración ideal que no siempre puede lograrse. En repetidas ocasiones y de diversas maneras nos encontramos con problemas que de alguna manera rozan la confidencialidad. Atento a esto, veamos pues, algunas viñetas:
a) “El hombre del síntoma del colectivo”6
Es el título del historial clínico en el que se relata la evolución del tratamiento, las peripecias técnicas y las hipótesis psicopatogénicas de un paciente con sintomatología perversa en el que se consiguió una muy aceptable mejoría a través de un tratamiento analítico de casi diez años de duración.
Este paciente, de 34 años cuando inició su tratamiento conmigo en 1974, se involucraba, en forma episódica, en una actividad perversa que consistía en toquetear, rozar y pocas veces pinchar levemente con un alfiler a niñas colegialas prepúberes o púberes aprovechando los apretujones de los colectivos repletos en las “horas pico”. Fuera de estos episodios llevaba un vida convencional aparentemente normal, aunque con severas limitaciones en la esfera del trabajo y de su vida sexual. El paciente venía de un tratamiento analítico anterior en el que se convenció de la tolerancia estética-ética y la confidencialidad propia del método para poder plantear abiertamente su vergonzante síntoma. Así, en su nuevo tratamiento conmigo ya tenía el camino expedito para relatarlo, sin rodeos. Pero con la decepcionante novedad de que reincidía en él, por períodos, en forma alarmante. Si bien dicho síntoma era fuertemente egodistónico, se había instalado al año del tratamiento una especie de impasse: el paciente había aprendido que los psicoanalistas no debían ni podían censurar ni obstaculizar los síntomas ni las conductas convencionalmente reprochables: solo escuchar e interpretar; y consecuentemente me convertía en un testigo involuntario, impotente y desarmado de sus fechorías; y sólo apto como receptáculo pasivo donde poder evacuar sus insoportables angustias y culpas. Como esta situación se acompañaba de flagrantes violaciones al encuadre, para salir del mencionado impasse apelé a un recurso extremo: “la reformulación del encuadre” (para mayor aclaración remito al ya citado trabajo de referencia). Esta reformulación consistió en informarle al paciente que si él reincidía en utilizar el tiempo de la sesión para sus incursiones en el colectivo yo me iba dar por enterado de su desinterés en el objetivo terapéutico de su tratamiento y, consecuentemente, se lo iba a suspender. Lo cierto es que a partir de esa reformulación el paciente no volvió a reincidir en “subir al colectivo” ni en otras prácticas perversas hasta la terminación de su tratamiento, en el año 1984. Pero he aquí una situación que contiene algo contradictorio o más precisamente una paradoja pragmática. Por una parte era necesaria la actitud psicoanalítica tolerante y abierta, y la seguridad de la confidencialidad para que el paciente pudiera confiar sus síntomas y sus concomitantes dificultades sexuales y sociales. Pero una vez logrado esto, la misma actitud psicoanalítica fue utilizada con fines resistenciales donde se infiltraba, en el escenario transferencial, su síntoma perverso7, en tanto el paciente me forzaba a asumir el rol de las niñas desprevenidas y por consiguiente indefensas donde evacuaba sus angustias, sin darme tiempo ni lugar para contenerlas y procesarlas. Con respecto al hecho de que el síntoma involucraba una reiterada lesión al pudor de las niñas indefensas, sin embargo, nunca me había planteado denunciarlo. De acuerdo con mi reflexión retrospectiva, la razón de que tal denuncia ni siquiera entrara en mi consideración es que las niñas atacadas formaban un conjunto anónimo impersonal; y que en nuestra sociedad, aunque pueda sonar cínico decirlo, la gran mayoría de las niñas de esa edad se topan con todo tipo de ataques sexuales de mayor o menor envergadura, casi como regla o rito de iniciación en su pasaje a su maduración sexual como mujeres. En síntesis, en mi opinión, el bien primordial que el psicoanalista debe resguardar en primera instancia, es la orientación terapéutica del proceso analítico ante los desvíos que muchos pacientes intentan imponer por su especial psicopatología.
b) Lolitas
Con el nombre de Lolita, aludiendo al nombre y al personaje de la novela de Vladimir Novokov (1955), quiero referirme a casos en los que, en contraste con el caso anterior, la víctima del abuso sexual es una niña o niño identificable del entorno familiar o social del paciente. De este modo, el analista puede convertirse en testigo de un abuso, o a veces en cómplice pasivo del mismo. La obligación o la dispensa de informar a la autoridad competente está atada a la tradición e idiosincrasia de responsabilidad social y sujeción a las leyes de las macro comunidades particulares, y por supuesto, de la comunidad psicoanalítica, reflejo de aquella. En un caso que me fue relatado de primera mano, un empresario de edad madura mantenía toqueteos con la hija de 8 años de su joven segunda esposa. Cuando la niña llega a los 12 años comienza una completa relación sexual; y es entonces cuando el empresario consulta al colega en un estado de intensa perturbación psíquica. A mi juicio, con buen tino, el analista dilata la decisión de análisis y sólo le propone entrevistas exploratorias. Éstas tenían por finalidad explorar la conciencia de su conducta y las intenciones reparatorias del empresario. Pero cuando este último pretende ubicarse en la posición de víctima inocente de la malintencionada “irresistible seducción” de la niña y comprueba su inconmovible intención de responsabilizar a la real víctima invirtiendo los roles en forma insidiosa, el terapeuta comprende la distorsión del objetivo y no le propone el tratamiento psicoanalítico, con lo cual el paciente entiende el mensaje, y abandona las entrevistas... ¡para alivio de aquel!
c) Adolescentes en tratamiento, un caso de ruptura accidental de la confidencialidad
Varios factores hacen espinoso el proceso analítico de los adolescentes en cuanto al mantenimiento de la confidencialidad. Destaco sólo dos: por una parte los padres se hacen cargo del pago de los tratamientos y tienen todavía a su cargo la responsabilidad sobre la educación de sus hijos, por lo que los asisten ciertos derechos de control; y por la otra, las características especiales de este período evolutivo que lleva a estos pacientes a transitar, a veces con fines exploratorios, zonas en el límite de riesgos personales y de riesgos también para terceros.
En mi propia experiencia de hace más de una década atendí en una psicoterapia analítica a un joven de 16 años con un cuadro de duelo patológico por la ruptura de un noviazgo. Luego de un año de tratamiento de una sesión semanal el paciente obtiene una notable mejoría sintomática, pero es descubierto por sus padres con tenencia y consumo de marihuana que, además, él me había ocultado. Pero en relación a esta circunstancia, sus alarmados padres entran en contacto telefónico conmigo y como recurso de mayor control terapéutico les sugiero intensificar el tratamiento a tres veces por semana; encontrándome con la sorpresa de que para ellos hacía ya más de 6 meses que el paciente concurría con esa frecuencia y le entregaban al hijo el monto de esos honorarios, de cuya diferencia se apoderaba secretamente el paciente. Ante esta involuntaria ruptura de la confidencialidad el paciente desapareció instantáneamente del tratamiento y no respondió tampoco a mis llamados telefónicos.
d) Ruptura de la confidencialidad por fallas personales del analista
Hace casi 50 años asistía a multitudinarias clases de divulgación de psicoanálisis, en donde, en una ocasión, un joven analista expone un caso clínico con todas las truculencias sexuales abiertamente expresadas. Pero, enfatizando su respeto por la discreción, proporciona (¿inadvertidamente?) datos de la profesión de su popular paciente que permiten al auditorio identificarlo de inmediato y repetir en coro su conocido nombre. Esta grave ruptura de la confidencialidad es atribuible, entre otras anomalías, a la vulnerabilidad narcisista del analista que intenta revertir el serio déficit de su propia autoestima a través de la notoriedad social de su paciente. Este antiguo y puntual episodio, dramáticamente grotesco, no tendría entidad en sí mismo si no fuera que nos conduce a otros similares, menos espectaculares, más insidiosos, y de una extensión mucho más generalizada que se observan en la cotidianidad actual y que casi ni se registran, o se minimizan en su gravedad: algunos analistas confían en sus círculos cercanos la identidad de pacientes con notoriedad social, política o artística, delatando así la precariedad de su autoestima y, en un sentido más preocupante, minando la credibilidad de la profesión.
e) La confidencialidad a la fuerza
En la década de los 70, la Argentina vivía envuelta en una aterrorizante y sanguinaria situación de violencia política y social. Los atentados terroristas y la represión indiscriminada sacudían por entonces al país. A través de un llamado telefónico recibo en una entrevista a un joven que solicita ingresar a un grupo terapéutico. Inmediatamente me aclara que pertenecía a un grupo armado en la clandestinidad. Le respondo que me parecía imposible acceder a su incorporación a un grupo terapéutico por dos razones: por una parte si ocultaba su identidad en el grupo violaba el principio de franqueza que rige el funcionamiento de este tipo de terapia y, por otra parte, si él revelaba su identidad era imposible garantizar y controlar, entre tantas y diversas personas y patologías que suelen conformar dichos grupos, la confidencialidad. La respuesta del joven a mis razones fue una amenazante advertencia: que sus compañeros de armas sabían de esta entrevista y que si a él le sucedía algún percance yo sería el responsable. Nunca supe el ulterior destino de este joven. Sólo sé que recién ahora, pasadas varias décadas, me atrevo a revelar esta ingrata historia.
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1 Presentado en el Panel sobre Confidencialidad en el 44º Congreso Internacional de la API, bajo el título “Confidentiality regarding the epistemological status of Psychonalysis”.
2 Con el título “La vertiente psicosocial del psicoanálisis argentino”, María Ernestina Leone (2003) escribió su tesis doctoral, en línea con la postura que estoy proponiendo. Si bien varios de mis propios trabajos aluden al tema, en el titulado “Psiquis y Cultura” (Arbiser, 2003) lo hace específicamente.
3 Previamente, en 1893, Freud publica un sustancioso ensayo semiológico y conceptual acerca de la diferencia entre las parálisis orgánicas y las parálisis histéricas (Freud, 1893). En mi lectura de este artículo queda explícitamente diferenciado el cuerpo “anatómico” del cuerpo “erógeno-lingüístico-cultural”.
4 Lo que le permite posibilidades combinatorias infinitas (F. de Sausure, 1945).
5 Debe entenderse el término aprendizaje en un sentido más amplio que el escolar.
6 The man with the bus symptom (Arbiser, 1994).
7 Recordar la función sintética en Cap. III de Inhibición, síntoma y angustia (Freud, 1926).
TEORÍA
1
EL INCONSCIENTE FREUDIANO. MITOS Y LOGOS
Introducción
Muy pocos dudarían de la necesidad, para el psicoanálisis de nuestros días (segunda década del siglo XXI), de actualizar algunas de las concepciones canónicas de nuestra disciplina. El psicoanálisis no es una “verdad revelada” ni es un cuerpo teórico-técnico creado y acabado de una vez para siempre. Es una disciplina y una práctica que se fue desarrollando trabajosamente a lo largo del tiempo en una permanente interacción entre los desafíos clínicos y los sustentos teóricos para explicarlos; sustentos que, a su vez, se fundaron en los recursos epistemológicos y metodológicos accesibles, acordes a la evolución de los tiempos.
La noción de “inconsciente” no escapa a esta necesidad de actualización sino, por lo contrario, nos obliga muy especialmente a un reflexivo y desapasionado escrutinio; tanto por el hecho de constituir un sostén teórico fundamental pero, más aun, por su arraigo como hito fundacional y distintivo del psicoanálisis mismo: nuestro shibboleth. Referido a esto último, y atinente al título de este trabajo –mitos y logos– pretendo disipar –aunque en forma no exhaustiva– lo que entiendo como cierto halo “místico” o “sacralizado” que su mera mención despierta en muchos de los cultores de nuestra disciplina; pretensión que me llevó a utilizar intencionalmente términos que sugieren cierta insinuación crítica; a saber, “canónicas” para calificar la infiltración de cierto matiz religioso de las concepciones, o “verdad revelada”, ahora sí francamente religioso (mitos), para contrastarla con la verdad incompleta y siempre provisoria de los hallazgos científicos (logos).
Pretendo sentar mi opinión de que el grado de centralidad del concepto de inconsciente, inherente a los distintos modelos del “aparato psíquico”, está condicionada a las diversas concepciones que los múltiples y heterogéneos paradigmas psicoanalíticos sostienen respecto de la naturaleza de la operación analítica; y, atada a esta diversidad, a las diferentes versiones acerca de las metas terapéuticas. Sostengo que en nuestro tiempo la profusión de paradigmas es incontable y ya nadie puede erigirse ni proclamarse en el dueño, ni en el estandarte del “verdadero” psicoanálisis1; y estos paradigmas abarcan un amplio espectro que parte –desde un polo– del modelo “arqueológico”, que implica una tarea impersonal de desciframiento de un texto preferentemente “escuchado”, hasta considerar –en el otro polo– la actividad analítica como una experiencia “intersubjetiva” o “relacional”; es decir una experiencia interpersonal correctiva en que la involucración (en diferentes grados) de la “persona” del operador terapéutico está descontada; en este último polo la noción de inconsciente –puedo exagerar– casi se esfuma2.
En el intento de desarrollar estos tópicos, este trabajo se extenderá en dos secciones: en la primera, expondré mi convicción acerca de la decisiva significación que asigno a la construcción freudiana de la metapsicología que, de paso, deja trascender mi admiración por la capacidad de la especulación científica de su autor; en la segunda trataré de esbozar, a través de un recorrido “a vuelo de pájaro”, mi personal lectura de la evolución del concepto de inconsciente, especialmente tomando como guía la obra de Freud y algunos autores clásicos.
La necesidad de la metapsicología
En postrimerías del siglo XIX, Sigmund Freud, un aplicado e informado neurofisiopatólogo, debía enfrentar su práctica clínica en la vertiginosa atmósfera del mundo científico-cultural de su época; época de pujanza y cenit del “modernismo”, donde el prevaleciente rigor positivista se entrecruza con el romanticismo, e incluso hasta con el pragmatismo cuasi esotérico de la hipnosis, entre otras múltiples y contradictorias corrientes del pensamiento. En ese contexto, la audacia de este joven médico produce una primera y revolucionaria innovación; innovación que denomino la “decisión metodológica”; y ésta consistió en “interrogar” los síntomas de sus pacientes, soslayando así el habitual mandato de la doctrina médica tradicional que impone la búsqueda del camino más expeditivo para suprimirlos. Esta decisión fue –insisto– un giro copernicano en tanto que el abordaje biológico de la psiquiatría de su época, bastante magra en recursos –cabe reconocer– fue reemplazada por la “indagación” de las vicisitudes personales de la vida y las problemáticas derivadas de ellas a partir de los síntomas: “el infortunio ordinario” con que Freud remata el final de “Psicoterapia de la histeria” de su libro Estudios de la histeria (Freud, 1893/5). De este modo son objeto de consideración los inevitables conflictos propios de la condición del hombre inmerso en su hábitat sociocultural (Arbiser, 2013); condición exclusiva e inherente a la especie. Pero además de la audacia mencionada, lo que me interesa destacar en este artículo es que Freud sustentó sus novedosas experiencias clínicas en la laboriosa construcción de un monumental edificio teórico: su metapsicología. Aunque pueda parecer obvio, o aunque se pueda y deba debatir su vigencia, importa insistir con énfasis que, sin este ciclópeo emprendimiento, su decisión metodológica de abordar “el infortunio ordinario” se hubiese limitado solamente a una original e ingeniosa “artesanía”, o a uno más de los esotéricos recursos terapéuticos alternativos; y no en el ambicioso e irreversible proyecto disciplinar que se impuso en forma ponderable a lo largo del siglo XX; y que, tanto la metapsicología en particular como toda su obra en general, no solo dieron fundado sustento racional a la actividad clínica del psicoanalista, sino que además operó como una poderosa y revulsiva impronta que fecundó el pensamiento cultural de nuestro tiempo, tanto en las artes como en las ciencias, así como en las cosmovisiones filosóficas. Precisamente atinente a la temática de este artículo –el inconsciente– viene al caso recordar que Paul Ricoeur (1970) haya calificado a Freud, junto a Nietzsche y Marx, como “los tres maestros de la sospecha”, en tanto al cuestionamiento radical que ellos hacen –cada cual en su campo– de la centralidad excluyente de la “conciencia”; o sea, según este filósofo francés, sólo a partir de estos tres grandes pensadores se impuso y legitimó la pregunta: ¿cuál es la trama que existe detrás de lo manifiesto o de lo visible?
Retomando la ilación, sostengo que la innegable trascendencia científica y cultural del psicoanálisis no hubiera sido posible sin este esfuerzo teorizante de su creador; matizado, secundado y reforzado –debe reconocerse– por sus primeros y talentosos seguidores: S. Ferenczi, K. Abraham y E. Jones, entre los más reconocidos. Esfuerzo que fue continuado después de su desaparición, por los ricos y múltiples desarrollos en diversas direcciones, tanto convergentes como divergentes, que caracterizan, como ya fue mencionado, el múltiple y heterogéneo campo del psicoanálisis contemporáneo.
El inconsciente: de su centralidad a la periferia
Como lo he señalado al principio, ni es necesario aclarar que Freud no produjo su magna creación en un solo y repentino rapto de inspiración. Su obra abarca toda su extensa vida productiva; y el seguimiento en perspectiva de dicha obra permite vislumbrar un continuado y permanente esfuerzo en reformular los conceptos, enriqueciéndolos, subsumiéndolos en unidades más amplias o, más aún, desdiciendo o rectificando sus propias afirmaciones. En este último sentido siempre me resultó un rasgo revelador de su personalidad, firmemente coherente con su declarada adhesión a la ciencia y la inherente provisoriedad de sus verdades, cuando a los 70 años (Freud, 1926), en la plenitud de una vida exitosa, y ya reconocido mundialmente como un eminente e indiscutido “hombre de ciencia”, renuncia a la explicación “económica” de la angustia que él mismo había sostenido obstinadamente hasta ese momento, y adhiere a la explicación “del prolongado desvalimiento de la cría humana”, exclusivo –por su dilatada extensión– del Homo sapiens. A mi juicio, no cabe duda que en esta “voltereta” abandona (resignadamente, diría) la explicación económica-mecanicista que había sostenido firmemente hasta entonces y recurre al final a una explicación de corte antropológica-humanista. Para ser más explícito: un corrimiento de un andamiaje argumental “dinámico-vectorial” (energías, fuerzas, cargas y descargas) proveniente de la fisiología médica propia de su formación académica, hacia un entramado explicativo más sustentado en los recursos epistemológicos de las “ciencias humanas”. Precisamente, este corrimiento constituye una de las líneas directrices principales que guían este escrito.
Primera Tópica. Ensayando el anunciado recorrido –marcando solamente los hitos relevantes de “mi lectura” del concepto de inconsciente– podría iniciarlo señalando que, en su quehacer clínico, el hallazgo en la hipnosis, y luego en el “apremio asociativo” de recuerdos “patógenos” desconocidos por las propias pacientes histéricas, llevaron al joven Freud a preguntarse en qué lugar de la mente se hallaban tales recuerdos3. La respuesta puede leerse en la parte teórica del citado libro “Estudios sobre la histeria” (Freud, 1893/5) en que discute y disiente fuertemente tanto con P. Janet como con J. Breuer4 quienes sostenían una opinión “estática” de la “segunda conciencia” y la de los “estados hipnoides” respectivamente, contra su convencida hipótesis de un “inconsciente dinámico”; hipótesis que luego se impondría en el corpus teórico psicoanalítico en forma definitiva; dinámico –no es ocioso recordarlo– en tanto se requería de una fuerza –el apremio– para vencer a otra contraria, esta es, la fuerza de la “represión”; mecanismo que va a convertirse en el eje de la primera teoría constitutiva del psiquismo y de su psicopatología temprana. Un tiempo después, la férrea defensa de esta postura del creador del psicoanálisis puede recabarse en sus propias palabras: “pero la doctrina de la represión es una conquista del trabajo psicoanalítico, ganada de manera legítima como decantación teórica de innumerables experiencias” (Freud, 1914b, p. 16). Prontamente, en los años que rodearon el cambio de siglo, con la sustitución de la teoría “traumática” por la teoría del “desarrollo sexual infantil” y el “análisis de los sueños” se consolida el diseño de un primer y completo aparato psíquico, donde el “deseo sexual” como motor dinámico de dicho aparato reemplaza en la teoría el efecto pujante que antes se asignaba a los “recuerdos traumáticos”. Es precisamente en el capítulo VII del libro de los sueños (Freud, 1900) donde se explaya en el diseño del aparato psíquico que luego fue calificado como la “primera tópica”. Esta primera tópica5, que replica el modelo neurológico de “arco reflejo”, está configurada por una línea recta que parte del polo perceptivo al polo motor y a la conciencia; la censura divide esa línea en un segmento inconsciente (sistema Inc.) poblado de “huellas mnémicas” agrupadas en diversas formas de estratificación (Psicoterapia de la histeria, Freud, 1893/5, ver “la triple estratificación”, p. 293) y en su segmento preconsciente (sistema Prec.) que, con una segunda censura más laxa y dependiente de la voluntad, se separa de la conciencia (sistema Cc). Es asimismo en este mismo libro (capítulo VI) donde, a través del estudio de los mecanismos de la “elaboración onírica” o también llamado “trabajo del sueño”, se deslindan en forma detallada las leyes del funcionamiento del inconsciente: “condensación”, “desplazamiento”, “simbolismo”, “el cuidado de la representatividad” y la “movilidad libre de las cargas”: la carga “libre” o “ligada” va a diferenciar los “sistemas” inconsciente del preconsciente respectivamente. La “interpretación” es considerada como el camino inverso al “trabajo del sueño” desandando el “contenido manifiesto” en dirección al “contenido latente” y al pujante “deseo sexual”, que habían caído en el inconsciente por acción de la censura (en el sueño) y la represión (en las neurosis). Lo central para el psicoanalista de esa época era ejercitarse en la tarea del “desciframiento”, que se extiende a abordar no solo los sueños sino los síntomas neuróticos que comparten con los sueños un mecanismo similar. La tarea del psicoanalista de entonces comprendía, pues, la del arte de descifrar, preferentemente con la “escucha”, un texto: sueños, síntomas y actos fallidos; el marco referencial para operar tal desciframiento lo constituían las mencionadas leyes del funcionamiento inconsciente que se detallan, como ya he mencionado, en el citado capítulo de la “elaboración onírica”. Se trataba, entonces, de la acción de un operador “impersonal”6 que manipulaba un texto para arribar a una supuesta “verdad” que el paciente desconocía. Subrayo: en este tipo de concepción de la tarea analítica se consideraba contaminante o, en el mejor de los casos, una “resistencia” la aparición de una “relación personal”, siendo que el objetivo central de la cura era “recordar”. Por eso, la transferencia que en definitiva es –ni más ni menos– una relación personal, debía ser expeditivamente neutralizada por la interpretación, restituyendo los anhelos pretéritos que se actualizaban en la transferencia al objeto original de los cuales partían.7
En la segunda década del siglo pasado con los trabajos sobre “metapsicología” (Freud, 1915, a, b) es cuando se consolida el modelo que consagra esta primera tópica que exige, para considerarse metapsicológico, los tres niveles de análisis: tópico, económico y dinámico; y el estatuto de los diversos tipos de representaciones, su relación con la represión y la angustia. La “representación”, constituida por las “huellas mnémicas”, es considerada el contenido psíquico por excelencia proveniente siempre de la percepción externa, en tanto que el “monto o cantidad de carga” es siempre endógeno/a. Por consiguiente, en este primer tramo del desarrollo del psicoanálisis el inconsciente ocupa la escena central en la teorización: omnipresente, abarca la dimensión tópica, la descriptiva y la dinámica. La tópica, el inconsciente, como sustantivo connota su espacialidad virtual, el “sistema Inc”. La descriptiva, lo inconsciente, como adjetivo califica a los contenidos y abarca tanto los contenidos del sistema Inc como del Prec. La dinámica, el inconsciente dinámico se focaliza en la puja entre los poderes de los impulsos que pretenden manifestarse en la conciencia o en acceso a la motilidad, versus el poder de la represión que se opone; donde, en definitiva, la frontera depende de la fortaleza de cada bando en pugna; por ejemplo, el dormir admite cierto relajamiento de la fuerza de la censura (represión) y permite la expresión del inconsciente a través del disfraz del “contenido manifiesto” de los sueños.
Segunda Tópica. Pero curiosamente, por otra parte, también en esa misma década es donde se van gestando lo que podría denominarse precursores de la “segunda tópica” que, a mi juicio, como ya se anticipara insistentemente, iniciarían un camino de cambios decisivos de los paradigmas dinámico-vectoriales epistemológicamente subyacentes a la primera tópica; cambios, al fin, que despejan la ruta para arribar al diseño de un aparato psíquico más acorde a una visión del hombre inmerso en el mundo humano. ¡Admito que no era esa la intención de Freud!, pero apunta, a mi juicio, en la dirección de una teorización que pone en consideración más a la “persona” y el entorno humano donde se inserta cada individuo; es decir, el ecosistema sociocultural, como lo sostengo en mi ya citado libro (Arbiser, 2013, cap. 7). Esta inflexión del rumbo teórico, paulatino pero irreversible, fue además decisivo para los desarrollos posteriores de muchos de los grandes pensadores que siguieron contribuyendo al desarrollo y actualización de la disciplina luego de la muerte del su creador8. Pero, aún antes de su muerte, la penosa disputa con su discípulo más entrañable –S. Ferenczi– vista desde una perspectiva actual, refleja esa tensión en la concepción del psicoanálisis que, según la opinión de Axel Hoffer (1991), estaría centrada en dos puntos: a) el rol de la abstinencia, y b) recordar el pasado por reconstrucción vs. revivir el pasado en la situación analítica. Puntos que, además de insinuar el factor “personal”, flexibilizan en ponderable medida la tajante y aséptica alternativa que rezaba: “per via di porre o per via di levare”. Imre Szecsödy (2013) va más lejos aún, y califica al talentoso discípulo húngaro como “El primer intersubjetivista”, según reza el título de su artículo.
Volviendo a los aportes que preanunciaron el advenimiento de la segunda tópica, formalmente oficializada en su decisivo trabajo titulado “El yo y el ello” (Freud, 1923), enunciaré en forma sumaria los artículos freudianos que condujeron a ese desenlace. Ya, en su “Introducción al narcisismo” (Freud, 1914, a), además de plantear la aparición del “ideal del yo” como instancia heredera de la evolución madurativa del narcisismo, aparece la noción de una investidura que inviste primero a un “yo” y luego al “objeto” (en términos de “elección”); aunque no se trataba aún del yo como la instancia de un acabado aparato psíquico. En consecuencia, sin que se eclipse la noción de inconsciente, la introducción del narcisismo da cuenta de la creciente complejización en la teoría y la técnica que imponen los abordajes de la psicopatología del psicoanálisis de esa época; psicopatología que necesitaba explicar la problemática de la alteridad (yo-no yo) y de las temáticas del amor, la idealización y la omnipotencia. Con el “Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños”, Freud (1915/7, b) se aleja en forma definitiva del diseño lineal del aparato psíquico (el neurológico arco reflejo) y conforma el órgano denominado “Percepción-Conciencia” como núcleo y antecesor de un yo (aunque todavía inexistente como instancia), órgano que opera como receptor perceptual que, en contacto con la realidad externa, ejerce su efecto organizacional sobre una parte del psiquismo, por una parte, y detecta de la interioridad solo las sensaciones de placer y displacer, por la otra. En el capítulo IV de “Más allá del principio del placer” (Freud, 1920) se extiende más detalladamente sobre las conjeturas de la ubicación y funcionamiento de dicho sistema Percepción-Conciencia.
Pero, donde sostengo que se opera un mayor cambio en el rumbo del pensamiento psicoanalítico en relación al propósito central de este trabajo, es en la aparición del concepto de “identificación” como constitutivo del psiquismo: el aparato psíquico, a partir de esta “movida”, ya no solo es “representacional” sino que es además un “mundo interno objetal”; postura y fundamental punto de partida de las decisivas contribuciones de R. Fairbairn, M. Klein y sus innumerables seguidores. Aparato psíquico que está en sintonía no solo con el mundo “natural”, sino con el entorno “humano” que es –como vengo insistiendo– el hábitat obligado de la especie. La “identificación” había aparecido en los primeros trabajos de Freud, pero solo en términos de “mecanismo de formación de síntomas”, como en el paradigmático caso Dora. En cambio, en “Duelo y melancolía” (Freud, 1915/7a) y en “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921), la identificación, formando ahora sí parte constitutiva de la estructura del aparato psíquico, adquiere una total relevancia. Aquello que en su “Introducción al narcisismo” eran solo las voces (representaciones auditivas) del “ideal del yo” y de la “conciencia moral”, en su posterior trabajo de 1921 ya se trata de un espacio poblado de “objetos internalizados”. Freud lo dice expresamente: “Repárese en que el yo se vincula ahora como un objeto con el ideal del yo desarrollado a partir de él, y que posiblemente todas las acciones recíprocas entre un objeto externo y yo-total que hemos discernido en la doctrina de la neurosis vienen a repetirse en ese nuevo escenario erigido en el interior del yo” (p. 123). Subrayo de esta cita de Freud: ¡un escenario “interior” donde se relacionan “objetos” entre sí! Con esto, insisto, pretendo volver a afirmar que el aparato psíquico de la segunda tópica adquiere una conformación más determinada por y acorde con el “mundo humano circundante”: el yo, ahora sí como instancia de dicho aparato, contiene no solo las identificaciones primarias, previas a toda unión con un objeto (Freud, 1923, cap. 3), sino que allí se alojan las identificaciones secundarias, decantadas como resultado de elecciones de objeto abandonadas, que contribuirían a dar forma al “carácter”; así como, asimismo, el superyó se constituye a partir del sepultamiento del “complejo de Edipo” y las consecuencias identificatorias de los progenitores. Todo esto es para colegir que del inconsciente ahora se conserva –más que nada– su dimensión descriptiva; es decir, solo como atributo: el ello es inconsciente, el superyó es también inconsciente en gran medida; así también el yo, especialmente en lo atinente a las “defensas”. Las metas terapéuticas, como ya lo vimos antes con la introducción del narcisismo, se van complejizando y extendiendo más y más al compás de la dilucidación de los efectos estructurales nocivos que el “instinto de muerte” opera sobre el superyó; y, de este modo, ascienden a un lugar de notoriedad las temáticas el “sentimiento inconsciente de culpa”, así como su exteriorización, la “necesidad de castigo”; y así también como su expresión en el tratamiento psicoanalítico, la “reacción terapéutica negativa”. Esta, a mi entender, “humanización” del aparato psíquico que resalto de la segunda tópica es el primer paso que subsume –sin eliminarlo– la concepción de un inconsciente “vectorial” a favor de un aparato más adecuado al fin de atender, en el registro de la “dramática”9, los inevitables conflictos del hombre inmerso en el definitivamente imperfecto “contexto psicosocial”. Dramática que nos vuelve a referir al primer Freud del “infortunio ordinario” ya citado al principio de este trabajo (p. 2) cuando a modo de justificación reconoce el hallazgo que se esconde detrás de los síntomas: “condiciones y peripecias de la vida [...] Ud. se convencerá de que es grande la ganancia si conseguimos mudar su miseria histérica en infortunio ordinario” (p. 309).
A partir de 1920 y hasta su muerte en 1939 surgen y se suceden, en consecuencia, una serie vertiginosa y decisiva de reordenamientos y novedades en la teoría al compás de la ampliación de los interlocutores del mundo psicoanalítico y de los desafíos que va planteando la clínica. Como hitos mencionaré, en forma muy escueta y condensada, solo algunos; a saber: el cambio de la teoría de la angustia, ya antes recordada (p. 3), así como el desplazar la “represión” de su protagonismo central a un mecanismo de defensa más entre otros (Freud, 1926). Podemos también recordar la polémica con E. Jones respecto de la sexualidad femenina (Freud, 1925) que daría lugar a una atención mayor a los períodos “preedípicos” del desarrollo psicosexual, en su entramado con el “complejo de castración” y los diversos resultados en la constitución del superyó en cada sexo. A su vez, el ahondamiento más pormenorizado en el estudio de la estructura del yo da lugar a acuñar el concepto de “escisión” (Freud, 1927, 1940), que no se sostiene ya en la interface consciente/inconsciente, sino en dos partes del yo; partes que se alternan respecto a aceptar o no un sector acotado de la realidad. Me estoy refiriendo a la “desmentida” (Verleugnung) y su correlato psicopatológico en las neurosis y en las perversiones.
Concluyendo, tal como fue anunciado en la página 4 de este escrito, “con este (sucinto) recorrido de la obra freudiana –marcando solamente los hitos relevantes de “mi lectura” del concepto de inconsciente–” solo pretendo trasmitir mi opinión acerca de la multidimensional complejización del cuerpo teórico de psicoanálisis a lo largo de proceso de su dilatada elaboración; y, consecuentemente, afirmar que la centralidad –antes indiscutida– del inconsciente prevalente en el Freud de la “primera tópica” se fue opacando, precisamente en razón de tal multidimensionalidad. Por lo cual definir la operación analítica como la “exploración del inconsciente” y entender su meta sólo en términos de “hacer consciente lo inconsciente” resultaba ya, a mi juicio, insuficiente a partir y más allá del diseño de su “segunda tópica”.
Finalmente, no es ocioso volver a reiterar que toda esta reflexión proviene de mi lectura. Tampoco es ocioso reconocer que existen muchas otras posibles lecturas; y cada una de éstas es, por fuerza, un recorte tendencioso (en el mejor sentido del término) de un sector determinado del saber; recorte destinado –en definitiva– a legitimar cada uno de los tantos paradigmas que matizan el amplio panorama de psicoanálisis contemporáneo; a su vez, dicha legitimación consiste –en su esencia– en fundarse y enraizarse en las tradiciones psicoanalíticas más consensuadas a fin de lograr sustento, coherencia y racionalidad en cada paradigma. Mi lectura también tiene la intención de recoger y sostenerme en tales tradiciones a fin de introducir mis propias ideas acerca de la teoría y mi práctica del psicoanálisis. Estas ideas, a su vez, están enraizadas y pretenden ser un posible desarrollo de algunas de las originales enseñanzas de Enrique Pichon Rivière, y de muchos de sus destacados discípulos, ideas en gran parte expuestas en mi ya citado libro (Arbiser, 2013).
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