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Dios y el ángel rebelde

Sally P. Dillon


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenidos

Tapa

Dedicatoria

Reconocimientos

Introducción para los padres

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Dios y el ángel rebelde

Sally Pierson Dillon

Título del original en inglés: Michael Asks Why, Pacific Press Publishing Association, Nampa, Idaho, E.U.A., 2000.

Dirección: Pablo M. Claverie

Traducción: Claudia Blath

Diseño de tapa: Carlos Schefer

Diseño del interior: Marcelo Benítez

Ilustración de la tapa: Andrei

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. Copyright de la edición en inglés © 2011 Bruce Dillon.

Esta edición en castellano se publica con permiso de los dueños del copyright. Todos los derechos reservados. © 2012, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-330-2


Pierson Dillon, SallyDios y el ángel rebelde / Sally Pierson Dillon / Dirigido por Pablo M. Claverie . - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineTraducción de: Claudia Blath.ISBN 978-987-798-330-21. Iglesia Adventista. I. Claverie, Pablo M., dir. II. Blath, Claudia, trad. III. Título.CDD 268.4

Publicado el 05 de enero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Dedicatoria

A Miguel Dillon, el pensador, por hacer tantas preguntas; y a Don y Betty Pierson, mis padres, por relatarme estas historias y enseñarme lo que necesitaba saber para responder las preguntas de Miguel.

Reconocimientos

Este libro no estaría en tus manos hoy si no fuese por la ayuda de muchas personas dedicadas. Gracias a todas ellas. Virginia Smith, directora del departamento de Ministerio del Niño de la Asociación General, fue el catalizador para que este proyecto se hiciera realidad. El pastor Roberto J. Kloosterhuis abrió el camino para que se publicara. Ruth Satelmajer lo incorporó al Patrimonio E. G. White. Denice Grove y LuWana Kumalae dedicaron incontables horas a mecanografiar el manuscrito. La Pacific Press7 Publishing Association produjo la gran edición en mylar de The Triumph of God’s Love [El triunfo del amor de Dios], con las hermosas ilustraciones a color que captaron la atención de Miguel y le hicieron preguntarse “¿Por qué?”

Introducción para los padres

Las conversaciones de este libro ocurrieron de verdad entre Miguel y yo. Hace poco, leímos Margie Asks Why [Margarita pregunta por qué], y Miguel todavía tenía dudas. Nos sentamos juntos a hojear un ejemplar grande de El conflicto de los siglos, de Elena de White, mirando las ilustraciones a color mientras yo respondía sus preguntas y le describía las historias representadas en las figuras.

Margie Asks Why es un libro maravilloso para explicar el origen del pecado y del sufrimiento, y el plan de salvación a niños en edad escolar. Pero termina en la ascensión de Jesús. ¿Qué ocurrió después de eso? ¿Por qué creemos lo que creemos? Y, ¿qué va a suceder después? El conflicto de los siglos se ocupa de todas estas cuestiones. El primer tercio del libro narra la historia de la Reforma protestante. El libro luego continúa revelando la evolución de nuestras creencias adventistas específicas, seguidas de la descripción paso a paso, que hace Elena de White, del tiempo del fin y de la segunda venida de Jesús. Todo esto, junto con la interpretación adventista del Santuario, la Expiación, el Milenio, nuestra llegada a la Tierra Nueva y el Juicio Final, está explicado a gusto de Miguel.

Este libro no es para niños que no saben nada de Dios ni de su plan de salvación. Para que sirva de provecho, los lectores ¡y los oyentes! necesitan conocer las historias bíblicas básicas. Solo entonces pueden encuadrar todas esas cosas en su marco de referencia. Dios y el ángel rebelde no debería considerarse un sustituto de Margie Asks Why sino, más bien, una continuación. El propósito de este libro es: a) brindar información a sus hijos y respuestas a sus preguntas, b) cimentarlos firmemente en sus creencias y en la base bíblica para ellas, y c) ayudar a prepararlos para la pronta venida de Jesús y el Juicio Investigador, y para que los aguarden con gozo y confianza.

Este libro tiene 42 capítulos. Cada uno incluye el mismo material que el capítulo correspondiente de El conflicto de los siglos. El vocabulario, la extensión del capítulo y la complejidad están adaptados para niños de ocho a diez años. Estas conversaciones se dieron cuando Miguel tenía siete años. Miguel tenía un fuerte trasfondo religioso y, por lo tanto, estaba preparado para entender esta información.

Al niño promedio de ocho años no le será fácil leer este libro solo. Fue ideado para la interacción adulto/niño, como la que compartimos Miguel y yo. Sugiero encarecidamente que usted lea esto con su hijo. Analicen los puntos de interés. La interacción entre Miguel y yo ofrece un modelo para la formación espiritual y la interacción padre-niño. Obviamente, no fue posible incluir todos los detalles de las más de seiscientas páginas de El conflicto de los siglos. Pero, todos los conceptos importantes están aquí. Animo a los padres a leer los capítulos correspondientes de El conflicto de los siglos para mayor información y para responder preguntas que su hijo pueda formular y que a Miguel no se le hayan ocurrido.

Mi mayor anhelo es que los propósitos de este libro se cumplan: que usted y su hijo estén más firmemente cimentados en Jesús y que día a día tengan más confianza en su capacidad para llevarlos a salvo a su hogar en la Tierra Nueva.

Sally Pierson Dillon

Introducción

Miguel entró en la cocina cuando su mamá estaba cortando trozos de zanahoria. Ella le sonrió cuando se arrimó a su lado con un banquito.

–Estuve pensando –comenzó él.

–¡Oh, no! –dijo la mamá–. ¿Te dolió?

Miguel se rió.

–¡No! Estuve pensando en tu amiga, la señora García. La escuché decir que su iglesia era la única iglesia cristiana verdadera y que todas las otras iglesias salieron de su iglesia. Dijo que su iglesia todavía es la misma que cuando los discípulos de Jesús la fundaron al principio. Eso ¿es cierto?

–Bueno –dijo la mamá–, mi amiga Florencia García pertenece a la Iglesia Ortodoxa Rusa.

–¿Qué es eso? –preguntó Miguel.

–Inmediatamente después de que Jesús regresara al cielo –dijo la mamá–, había solo una iglesia cristiana. Por aproximadamente mil años hubo solo una iglesia oficial. Entonces, los líderes tuvieron un gran desacuerdo, y la iglesia se separó en dos grupos. Cada uno afirmaba ser la verdadera iglesia. El grupo oriental se autodenominó Iglesia Ortodoxa. Su iglesia todavía existe; se la conoce como la Iglesia Ortodoxa Griega, o la Ortodoxa Rusa, o la Ortodoxa Oriental, dependiendo del idioma utilizado. El otro grupo se quedó en la parte occidental de Europa, y por mucho tiempo fue la iglesia cristiana oficial allí. Hoy, a esa iglesia se la conoce como la Iglesia Católica Romana.

–Ah –dijo Miguel–. ¿Así que los ortodoxos creen que los católicos romanos se separaron de su grupo?

–Sí –la mamá asintió.

–Bueno, y ¿por qué hay tantas iglesias hoy? Casi no hay ningún católico en nuestro barrio, y la señora García es la única ortodoxa que conozco. Pero hay muchos bautistas, metodistas, luteranos, episcopales y hasta algunos adventistas del séptimo día. ¿De dónde vienen todos?

–¡Bueno! –exclamó la mamá–. ¡Una pregunta a la vez!

–Y ¿cómo es que, aunque se supone que los cristianos son amables y se aman, hacen cosas tan malas? Yo sé que hicieron cosas malas hace mucho tiempo en la historia, como perseguir gente y matarla; y cosas así; pero los cristianos todavía hacen cosas malas. En las noticias, había un cristiano en Florida que amenazaba a algunas personas en una clínica, y otro baleó a un médico y a otras personas que trabajaban allí. Y la noticia también hablaba de cristianos que se bombardean entre sí en Irlanda. Los cristianos no debieran bombardear a nadie, ¿o no, mamá?

–No –respondió la mamá–; no si viven de la manera en que Jesús les enseñó.

–Hay otras cosas que también me pregunto –anunció Miguel.

La mamá se tragó la explicación y se sentó a escuchar.

–Nuestra iglesia comparte muchas creencias con otras iglesias. Los no adventistas que conozco creen en una o dos cosas diferentes de las nuestras apenas. Pero la diferencia depende de a qué iglesia pertenecen.

–Sí, eso es verdad –dijo la mamá.

–Yo sé cuáles son las cosas que creo que son diferentes –continuó Miguel–, pero no siempre estoy seguro de por qué creo en ellas. Especialmente las cosas realmente diferentes, como si los muertos están realmente muertos, y por qué adoramos en sábado y no en domingo. Y, ¿qué es ese “Santuario” del que te escucho hablar a veces? ¿Por qué es tan importante?

–Esa es fácil –dijo la mamá–. Te la puedo responder.

Pero Miguel estaba inspirado.

–Algo más... en la escuela, hablamos de que Jesús viene otra vez y que va a ser pronto, especialmente con todas las cosas que pasan en las noticias. Algunos chicos estaban realmente asustados y hablaban de las cosas terribles que iban a pasar. Yo no estaba asustado hasta que empezaron a hablar de eso, pero ahora me da miedo de veras. ¿Cómo puedo estar listo para cuando Jesús venga otra vez? Y, ¿cómo sé que estoy listo? Y, ¿cómo puedo enfrentar las cosas terribles que ocurrirán sin tener miedo? ¡Estoy realmente preocupado por esto ahora!

La mamá puso su brazo sobre los hombros de Miguel.

–Has hecho unas cincuenta preguntas importantes en los últimos diez minutos –le dijo–. ¿Y si nos tomamos un tiempo cada día, después de que termines tu tarea, y hablamos de eso? Comenzaremos con lo que sucedió cuando Jesús regresó al cielo y llegaremos hasta nuestros días. Y entonces hablaremos del futuro.

–Eso me parece muy bien –Miguel aprobó la propuesta–. ¿Y si lo hacemos antes de que haga mi tarea?

–Buen intento –se rió la mamá.

–Supongo que tendré que comenzar con mi tarea, entonces –concluyó Miguel, suspirando.

Capítulo 1
Jesús ama a todos

–Mamá, estoy listo –llamó Miguel–. Ya terminé toda la tarea.

–Bueno –dijo la mamá, y se sentó en la cama al lado de Miguel–. ¿Recuerdas lo que sucedió justo antes de que Jesús fuese crucificado en Jerusalén?

–Creo que sí. ¿Sobre qué quieres que te cuente?

–Sobre la entrada triunfal.

–Claro –dijo Miguel–. Jesús entró en Jerusalén montado en un burrito, y toda la gente gritaba “Hosanna” y estaba realmente entusiasmada. Cuando Jesús llegó a la cima de la colina y miró hacia Jerusalén, comenzó a llorar.

–¿Sabes por qué? –preguntó la mamá.

–Porque sabía que Jerusalén sería destruida algún día.

–Sí –la mamá asintió–. La destrucción de Jerusalén y su gente fue horrible. Jesús pudo mirar hacia el futuro y ver lo que iba a suceder, y eso quebró su corazón. Jesús les advirtió a sus discípulos y a sus seguidores. Les dijo exactamente lo que ocurriría y cuándo debían escapar. Puedes encontrar lo que dijo en Mateo 23 y 24.

–Muy bien –dijo Miguel, y leyó Mateo 23:37 al 24:3 en su Biblia.

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor. Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron sus discípulos para mostrarle los edificios del templo. Respondiendo él, les dijo: ¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada”.

Miguel miró a su mamá. Entonces, leyó la explicación de Jesús de lo que ocurriría durante este tiempo (ver­sícu­los 9 al 12):

“Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará”.

–Ahora lee Lucas 21:20 y 21 –le indicó la mamá.

Miguel leyó:

“Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado. Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella”.

–Bien –dijo la mamá–. Así que, Jesús les dijo que cuando vieran soldados rodeando a Jerusalén, debían escapar. Durante cuarenta años, después de que Jesús dio todas estas advertencias, todo continuó igual día tras día. Pero los seguidores de Jesús recordaban sus advertencias, velaban y esperaban. La gente se volvió cada vez más perversa. El amor de muchos se enfrió para con los demás. Incluso en las familias se traicionaban y se mataban entre sí. Todas las predicciones de Jesús se cumplieron.

“Sucedieron muchas otras cosas extrañas que hicieron que la gente se asustara. En medio de la noche, una luz resplandeciente iluminó el altar del Templo. La tierra tembló. La enorme puerta oriental de la ciudad era tan grande que se necesitaban veinte hombres para cerrarla. Se la cerraba con grandes barras de hierro profundamente clavadas en la calle, que estaba pavimentada con piedra sólida. Sin embargo, se abrió por sí misma a medianoche. La gente comenzó a preguntarse: ‘¿Es hora de salir? ¿Deberíamos huir?’ Los sacerdotes les pagaron a falsos profetas para que dijesen que la gente debía quedarse a esperar, que todo estaba bien. Todo estaba sucediendo tal como Jesús había dicho.

“Los soldados romanos rodearon Jerusalén y no permitían que ninguno entrara ni saliera. ¿Era esta la señal de la que había hablado Jesús? No todavía, porque nadie podía conseguir comida ni agua, ni escapar. Lentamente eran obligados a rendirse por el hambre.

“Pero, justo cuando la gente de Jerusalén estaba a punto de darse por vencida, ¡el general romano y sus ejércitos de repente se marcharon! Los soldados de Jerusalén los persiguieron, atacando a los de la retaguardia. Salieron a raudales de la ciudad y echaron mano a todas las pertenencias que los romanos habían dejado atrás. Ahora no había nadie que impidiera que el pueblo de Dios huyera de la ciudad, ni la gente de Jerusalén ni los romanos. Los cristianos reconocieron esto como una señal para escapar, y eso hicieron. Huyeron a la ciudad de Pella, en las montañas, más allá del río Jordán. Pero la gente que no creyó en las advertencias de Jesús volvió a entrar en la ciudad para celebrar, llevando consigo todas las cosas que habían robado del campamento romano.

“Sin embargo, el general Tito pronto regresó con un enorme ejército romano. De nuevo rodeó la ciudad, y miles de personas murieron de hambre y de diferentes enfermedades. Cada vez que los romanos capturaban a alguien, trataban con crueldad a sus prisioneros y los crucificaban en el exterior de la muralla de la ciudad. La señora de White habla de esto en un libro llamado El conflicto de los siglos. Dios le mostró cosas que ocurrieron hace mucho tiempo y también cosas del futuro, y le pidió que las escribiera para que la gente pudiera comprender lo que significaba todo eso. La señora de White dijo que había tantas cruces alrededor de Jerusalén y en las proximidades que casi no quedaba espacio para pasar entre ellas.

“Cuando Tito atacó Jerusalén, los soldados romanos entraron en tropel a la ciudad, matando a todos a su paso. Tito les ordenó a sus soldados que no tocaran el Templo. Sin embargo, un soldado arrojó una antorcha encendida dentro de él, y pronto comenzó a salir humo. Los soldados irrumpieron en masa y mataron a los que se habían reunido allí pensando que estarían a salvo”.

–¡Tremendo! Y Jesús, ¿estaba viendo todo eso del futuro cuando estaba sobre el burrito en la colina?

–Sí –respondió la mamá.

–¡Con razón lloró! –exclamó Miguel.

–Jesús se entristeció mucho –dijo la mamá–. Murieron más de un millón de personas. Aunque lo habían rechazado, Jesús los amaba mucho. Pero debemos recordar que, cuando Jerusalén fue destruida, no murió ninguna persona que había escuchado las advertencias de Jesús e hizo lo que les dijo que hicieran. Jesús les había dicho por anticipado lo que iba a suceder, y él cuidó de ellos durante el sitio de Jerusalén.

–¡Increíble! –dijo Miguel–. ¿Quieres decir que no murió ningún cristiano?

–Ninguno –contestó la mamá–. Busca en tu Biblia otra vez y lee lo que dijo Jesús.

Miguel estuvo varios minutos leyendo todo el capítulo de Mateo 24. Entonces, preguntó:

–Jesús ¿está hablando solamente de la destrucción de Jerusalén aquí? Parece como que también está hablando del fin del mundo y de su segunda venida.

–Eso es cierto –afirmó la mamá–. Estaba describiendo ambas cosas. Y si Jesús pudo cuidar a todos los cristianos de entonces, cuando Jerusalén fue destruida, ¿no crees que puede cuidar de nosotros durante los días difíciles cuando venga otra vez? ¿Piensas que necesitamos tener miedo de las cosas que ocurrirán justo antes de la segunda venida?

–No –respondió Miguel–. Pienso que no. Me siento mucho mejor ahora.

Capítulo 2
Cristianos fieles

–¡Hola, mamá! –saludó Miguel al entrar de sopetón en la cocina.

–Hola, Miguel. Volviste de tu paseo.

–¡Estuvo realmente genial! –comenzó a contar Miguel–. Fuimos a esa vieja iglesia de Wáshington D.C., llamada el Monasterio Franciscano. Y, por debajo, han construido una copia casi exacta de algo llamado las “catacumbas” de Roma.

–¿De veras? –lo animó la mamá.

–Sí –continuó Miguel, entusiasmado–, había muchos túneles bajo tierra, con pequeños espacios donde los cristianos solían esconderse; no en Wáshington, por supuesto, sino en Roma. Tenían que esconderse porque eran perseguidos. Vivían allí abajo, hacían sus cultos allí y hasta enterraban a sus muertos allí. Por supuesto, no había ningún muerto de verdad allí abajo donde estuvimos hoy en Wáshington, porque estas catacumbas se construyeron para ser visitadas. Pero las de Roma tenían personas de verdad adentro.

–Sí, lo sé –respondió la mamá–. Visité las verdaderas catacumbas de Roma cuando era pequeña.

–¡Buenísimo! –exclamó Miguel–. Pienso que son fantásticas. Sería muy divertido vivir bajo tierra.

La mamá sonrió.

–En realidad, creo que debió haber sido un poco difícil para los primeros cristianos. Antes que nada, estaban viviendo bajo tierra porque eran tratados con tanta rudeza que tenían miedo de salir. Además, las catacumbas que viste hoy fueron construidas para ser visitadas por turistas. Las mantienen limpias y arregladas. Las de Roma eran frías y húmedas, llenas de barro, malolientes y mohosas. No tenían electricidad para iluminarse ni ventilación. Tampoco tenían aire acondicionado ni calefacción. Así que, probablemente eran oscuras y estaban mal ventiladas.

–Bueno, podrían haber usado grandes antorchas allí adentro –sugirió Miguel.

–Sí –dijo la mamá–, y entonces se hubiesen llenado de humo.

–Ah –reconoció Miguel–. Sospecho que no era el mejor lugar para vivir, pero al menos estaban a salvo allí abajo.

–Eso es verdad –explicó la mamá–. Se escondían porque la vida era difícil para los cristianos de esa época. Algunos eran arrojados a los animales salvajes para que murieran, y otros eran quemados. Otros eran crucificados, y algunos hasta eran cubiertos con pieles ensangrentadas de animales para que se los comieran los perros salvajes.

–¡Eso es horrible! –exclamó Miguel.

–Sí –continuó la mamá–, pero lo más horrible de todo era que a muchos romanos realmente les encantaba ver cómo sufrían y morían los cristianos; ¡consideraban que era un entretenimiento! Los cristianos tenían que escoger entre renunciar a su religión o enfrentar una de estas muertes horribles. Algunos cristianos permanecieron firmes y fieles en sus creencias. Otros buscaron una forma más fácil de vivir.

“La mayoría de las personas de Roma no eran cristianas; adoraban al emperador y a toda clase de dioses. Se los llamaba “paganos”. Algunos cristianos descubrieron que, si mezclaban sus creencias cristianas con las creencias de sus vecinos paganos de Roma, no tendrían que preocuparse tanto de que los persiguieran. Así que, adoptaron ídolos que los paganos habían adorado durante años, los colocaron en sus iglesias cristianas y les pusieron nombres de personajes bíblicos: José, la virgen María o los apóstoles. De modo que las creencias cristianas y las creencias paganas se mezclaron entre sí”.

–¿Fue así cómo comenzaron las estatuas de los santos? –preguntó Miguel.

–Sí –respondió la mamá–. Entonces, hubo una separación dentro de la iglesia. Un grupo quería parecerse más a los paganos, y llevar algunas de esas ideas y prácticas a la iglesia cristiana. Otro quería conservar la sencillez de su culto y de su adoración, como Jesús había enseñado, y basarse solamente en las Escrituras. El grupo que trató de parecerse más a sus vecinos romanos paganos no fue perseguido; pensó que valía la pena abandonar algunas de sus creencias.

–¿Por qué no hay tantas persecuciones en la actualidad? –quiso saber Miguel–. No conozco a nadie que se vea obligado a abandonar su fe en Jesús.

–Algunos creen –explicó la mamá– que es porque muchos cristianos no han sido fieles a las formas sencillas que Jesús nos enseñó para que lo adoremos. Al igual que algunos de los primeros cristianos de Roma, los cristianos actuales han llegado a parecerse tanto a sus vecinos no cristianos que la iglesia se ha vuelto popular, y no hay mucha persecución.

“Pero, en algunos lugares del mundo, hay persecución hoy. En estos lugares, los cristianos actuales tienen que resolver ser fieles a Cristo a cualquier precio. Como resultado de eso, la iglesia es fuerte y crece en estos lugares. La señora de White nos dice que, si hubiese un verdadero reavivamiento de fe entre los cristianos de todas partes, comenzarían las persecuciones otra vez”.

–Mmm –Miguel mostró pensativo.

–¿Quiénes crees que molestarían más a los cristianos? –preguntó la mamá–. ¿Los que no creen para nada en Jesús o los cristianos infieles que se han vuelto como paganos y están enojados con los que no son como ellos?

–Probablemente los cristianos infieles –contestó Miguel.

–Tienes toda la razón –la mamá asintió.

Capítulo 3
El rechazo de la Palabra de Dios

–¿Cuáles fueron algunos de los otros cambios que hicieron los cristianos además de usar ídolos y no seguir exactamente lo que dice la Biblia? –quería saber Miguel.

–Bueno, la observancia del domingo es uno de ellos –respondió la mamá.

–Pero Jesús no iba a la iglesia en domingo, ¿verdad?.

–No –aseguró la mamá–. Jesús era judío; la Biblia nos dice que era su costumbre ir a la sinagoga cada sábado. Durante los primeros doscientos años después de que Jesús regresó al cielo, los cristianos todavía adoraban en sábado. Los paganos que los rodeaban adoraban al sol en domingo. Este era un día de gran celebración. La observancia del sábado, en cambio, no era ni con mucho tan bulliciosa. Para algunos cristianos, las celebraciones dominicales eran mucho más divertidas. Comenzaron a llamar “el viejo sábado judío” a su día de adoración. Gradualmente, empezaron a celebrar el domingo, diciendo que estaban honrando la resurrección de Jesús. Por supuesto, no hay ninguna evidencia en la Biblia de que Jesús alguna vez le haya pedido a alguien que lo adorara en domingo. Pero las Biblias eran escasas, y la mayoría de los cristianos no tenían una. Así que, en corto tiempo, eran muy pocos los cristianos que continuaban guardando el día de reposo sabático.

–¿Cuáles fueron algunos de los otros cambios? –insistió Miguel.

–Bueno –dijo la mamá–, cuando Jesús regresó al cielo, lo hizo para ser nuestro Sumo Sacerdote en el Santuario celestial. Eso significa que es nuestro Mediador.

–¿Qué es un mediador?

–Un mediador es una persona que trata de reconciliar a dos personas o a dos partes –le explicó la mamá–. Por ejemplo, si dos amigos tuyos tienen un desencuentro, tú podrías hablar con ambos y ayudarlos a amigarse nuevamente. Eso es un mediador. Jesús es un Mediador porque trabaja para que volvamos a ser amigos de su Padre.

“Entonces, el líder de la iglesia cristiana oficial decidió que, si alguien quería hablar con Dios o pedirle perdón, debía ir a la iglesia y contárselo al líder de ella. Luego, el líder hablaría directamente con Dios en nombre de esa persona. Nadie podía hablarle a Dios a menos que fuera a través de él. ¡Imagínate que tuvieses que ir al líder de la iglesia cada vez que quieres hablar con Dios! Cuando el líder decidió que él hablaría con Dios en nombre de todos, le estaba quitando el trabajo a Jesús. Jesús dijo: ‘Nadie viene al Padre, sino por mí’ ”.

–¿No es que algunos cristianos creen que la virgen María es algo así? –expresó Miguel–. ¿Que ella habla con Jesús por nosotros?

–Sí –respondió la mamá.

–Eso no está bien –Miguel reflexionó–. Eso es ignorar a Jesús.

–Es cierto, eso realmente es ignorar a Jesús. ¿Recuerdas por qué Jesús murió en la cruz?

–Sí, él murió para acabar con todos nuestros pecados –respondió Miguel.

–Y la vida y la muerte de Jesús en la cruz, ¿fueron suficientes para acabar con todos nuestros pecados? –preguntó la mamá.

–Claro

–Bueno –continuó la mamá–, con el tiempo, Satanás hizo que los primeros cristianos añadieran cada vez más requisitos a lo que Jesús ya había hecho en la cruz. Los cristianos creían que tenían que ganarse el perdón mediante las cosas que hacían: haciendo viajes especiales a los lugares santos o haciendo penitencias, como decir varias oraciones, azotarse o pagar con dinero. En vez de confiar en Jesús para su salvación, trataban de obtener la salvación por sus propios medios.

Miguel frunció el ceño mientras pensaba seriamente.

–Pero, mamá, ninguna de esas cosas podía eliminar sus pecados. Lo único que puede acabar con el pecado es la muerte de Jesús en la cruz.

–Tienes razón –coincidió la mamá–; pero, durante cientos de años, Satanás engañó a las personas haciéndoles pensar que también tenían que hacer todas esas otras cosas si querían ser perdonadas. Muchas de ellas eran personas sinceras que amaban a Dios y querían hacer lo correcto. Solo que les habían enseñado mal, y no tenían Biblias para leer y aprender la verdad. Así que, se esforzaban mucho para ganarse la entrada al cielo. Adoraban ídolos, encendían velas, rezaban a imágenes y les pagaban a los sacerdotes para que suplicaran a Dios en su favor.

–Eso es muy triste –dijo Miguel–. La iglesia cristiana decía que adoraba a Jesús, pero lo estaba ignorando a él y a todas las cosas que había hecho en la Tierra y las que estaba haciendo en el cielo. Eso realmente debió haber herido sus sentimientos.

–Sí –afirmó la mamá–, es probable. Entonces, el líder de la iglesia oficial, ¡a quien llamaban “papa”! hizo otro anuncio. Dijo que la iglesia nunca había cometido ningún error y que nunca los cometería en el futuro, según las Escrituras. Por supuesto, las Escrituras no decían esto, pero casi nadie tenía una Biblia, así que no podían consultarla.

“Cuando el rey Enrique IV llegó hasta el castillo del papa para hablar con él en medio del invierno, este no lo dejó entrar hasta el final. Lo hizo esperar en un patio exterior. De pie allí en la nieve, con los pies descalzos, sin ropa de abrigo, el rey Enrique esperó para hablar con el papa. Esperó durante tres días antes de que el papa lo hiciera pasar para hablar con él”.

–¡Tres días! –exclamó Miguel–. ¡Jesús nunca trató así a la gente mala!

–Eso es verdad –dijo la mamá–. Y todos deberíamos tratar de ser como Jesús, seamos líderes de la iglesia, madres o niños que van a la escuela.

–¿Hubo otros cambios en la iglesia? –preguntó Miguel.

–Ah, sí. Los primeros cristianos creían que cuando una persona moría permanecía muerta hasta el día en que Dios la despertara en la resurrección.

–Claro –aseguró Miguel–, eso es lo que nosotros también creemos.

–Sí, pero como los cristianos ahora habían llegado a orar a las estatuas de los santos y de los discípulos, ya no creían que estas personas estaban realmente muertas. Creían que los santos y la gente buena que había muerto debían estar en el cielo. Si era así, entonces los malos tampoco debían estar muertos. Probablemente estarían en el infierno, un lugar donde se estarían quemando eternamente.

–¡Ah! –dijo Miguel–, pienso que sería mejor que los malos estén muertos, como creemos nosotros.

La mamá sonrió.

–Estos cristianos también creían en otro lugar llamado “purgatorio”, un lugar a mitad de camino entre el cielo y el infierno.

–¿Quiénes iban allí? ¿Los que solo eran medio malos, o los que no eran suficientemente buenos como para ir al cielo?

–Sí –respondió la mamá–. Los dirigentes de la iglesia, entonces, les pedían a sus parientes que elevaran oraciones especiales y que compraran velas especiales para prenderlas en favor de sus seres queridos que podrían estar en el purgatorio. La gente pagaba mucho dinero para que sus amados pudieran ir del purgatorio al cielo.

–Pero –Miguel quería entender bien–, si sus seres queridos que habían muerto realmente estaban muertos en la tumba, esperando que Jesús los despertara otra vez, entonces los dirigentes religiosos estaban recibiendo todo ese dinero para nada.

–Eso es verdad –confirmó la mamá–. Y hubo otro cambio además. ¿Recuerdas la Última Cena que Jesús tuvo con sus discípulos justo antes de su crucifixión?

–Sí. De allí viene nuestro servicio de comunión, o Santa Cena.

–Y, ¿qué hacemos en la Santa Cena? –preguntó la mamá.

–Tomamos jugo de uva, que nos recuerda la sangre de Jesús; y comemos pedacitos de pan sin levadura, que nos recuerdan que él dio su cuerpo por nosotros.

La mamá asintió.

–Esos son símbolos que nos recuerdan a Jesús y lo que él hizo por nosotros porque nos ama mucho. Satanás les hizo creer a los cristianos que, cuando bebían el jugo de uva, en realidad se convertía en la verdadera sangre de Jesús; y que cuando comían el pan ¡en realidad estaban comiendo el verdadero cuerpo de Jesús! Ellos creían que el pan y el jugo de uva ya no eran solo símbolos sino carne y sangre de verdad.

–¡Oh! –exclamó Miguel–, ¡qué asco! No podían estar comiendo carne y bebiendo sangre de verdad, ¿no es así?

–No –dijo la mamá–. Solo eran pan y jugo de uva. Pero ellos creían que realmente era el cuerpo y la sangre de Jesús. Esa es la diferencia entre la Santa Cena y la misa.

“Todos estos cambios y transigencias entraron en la iglesia y se las enseñaban a la gente. Muchos que estaban en la iglesia cristiana en ese entonces eran personas buenas que amaban a Dios”.

–Supongo que si no tenían Biblias –reflexionó Miguel– no podían hacer otra cosa más que creer lo que les enseñaban.

–Sí, es verdad. Pero Dios tenía un plan para compartir la verdad con la gente, para que no siguiera confundida.

–Dios siempre es buenísimo en estas cosas –Miguel sonrió alegre.

–Sí que lo es, y hablaremos de eso mañana de noche –y la mamá también le regaló una sonrisa.

Capítulo 4
La Biblia en las montañas

Miguel cerró los libros, y guardó los lápices y el papel.

–Ya terminé mi tarea –anunció–. ¿De qué vamos a hablar esta vez, mamá?

Ella se sentó al lado de Miguel.

–Hablemos de los que permanecieron fieles a Jesús en la iglesia cristiana. Porque, incluso con todos los cambios que hubo, todavía había grupitos de personas que recordaban las sencillas verdades cristianas que Jesús había enseñado; y les enseñaban esas verdades a sus hijos. Había grupitos de observadores del sábado dispersos en Europa, África Central y Armenia.

La mamá le mostró a Miguel dónde estaban esos lugares en un gran mapa del mundo.

–Uno de estos grupos era conocido como los valdenses –continuó–, porque seguían las enseñanzas de un hombre llamado Pedro Valdo. Los valdenses eran perseguidos por otros cristianos, así que se fueron a vivir a las montañas, bien arriba de los Alpes. No obstante, no solo se escondían en las montañas; eran personas muy ocupadas. Estuvieron entre los primeros de Europa en tener las Escrituras traducidas en su propio idioma. Se autodenominaban la “Iglesia del desierto”.

–Fantástico –Miguel estaba entusiasmado–, ¡finalmente algunas Biblias! Ahora la gente podía estudiar y ver lo que realmente era verdad.

–Sí –afirmó la mamá–, el estudio de la Biblia era importante para los valdenses. Ellos ayudaban a sus hijos a memorizar largas porciones del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento. Muchos niños memorizaban libros enteros, como Mateo y Juan, y algunos de los libros escritos por el apóstol Pablo. Cuando eran suficientemente grandes, copiaban porciones de la Biblia, para compartir con otros.

“Los valdenses tradujeron la Biblia al idioma local, para que la gente pudiera leerla y entenderla. A los dirigentes religiosos no les gustaba que la gente tuviese Biblias y pudieran estudiarlas por su cuenta. El hecho de poder estudiar la Biblia por sí mismos llevaba a que hicieran preguntas y que a veces discreparan con las enseñanzas de los dirigentes. Así que, los niños valdenses tenían que esconder sus porciones de la Escritura. Además, tenían que aprender a ser muy cuidadosos con lo que decían y a quién se lo decían.

“Estas familias cultivaban las laderas de las montañas. Sembraban verduras y criaban ovejas. Hacían cosas con la lana de las ovejas y fabricaban queso con su leche. Algunas de estas cosas las vendían en las aldeas. Mientras iban de casa en casa vendiendo sus mercancías, podían hablar de la Biblia con la gente interesada. Entre su ropa, llevaban algunos papeles en los que habían escrito parte de la Biblia. De hecho, las mujeres cosían dobladillos anchos y bolsillos secretos en la ropa, a fin de tener lugar para esconder porciones de la Biblia. Los valdenses salían de dos en dos, ya fuesen comerciantes o estudiantes. Esparcían la Palabra de Dios como hongos, y de este modo las verdaderas enseñanzas de la Biblia se abrían paso a través de todo un pueblo o una escuela, aunque los líderes religiosos no podían sacar en claro de dónde venían”.

–Mmm –dijo Miguel–, realmente estoy contento de no ser un niño valdense; ¡tendría que memorizar demasiados textos bíblicos!

La mamá se rió.

–En realidad, memorizar porciones de la Biblia es una muy buena idea. Ayuda a ejercitar tu mente y quizá no siempre tengas tu Biblia a mano. Llegará el tiempo en que estarás muy contento de haber aprendido de memoria los ver­sícu­los de la Escuela Sabática, y otros pasajes bíblicos también.

–Supongo que sí.

–Y, piensa en esto –agregó la mamá–. ¿Cómo sería si tú y tu hermano fuesen los únicos de tu escuela con una Biblia?

–Estaríamos muy solos y tristes –respondió Miguel.

–Tal vez –coincidió la mamá–, pero Dios usó a niños como tú y Doni para cambiar escuelas enteras. Y, si se lo permites, él puede usarte para trabajos importantes también. Hoy, Dios necesita niños como tú, así como durante la época de los valdenses.

–Nunca lo había pensado de ese modo –reconoció Miguel–. Siempre me imaginé que Dios tenía a todos los adultos que necesitaba y que no me necesitaría hasta más adelante.

–Eso no es cierto –dijo la mamá–. Dios te necesita ahora.

Miguel esbozó una amplia sonrisa.

–¡Esa es una buena noticia! De todos modos, yo no quería esperar a ser grande.

Capítulo 5
Juan ­Wiclef­

Al día siguiente, mientras Miguel y su mamá estaban lavando los platos, ella continuó la historia.

–En Inglaterra, Dios utilizó a un hombre llamado Juan ­Wiclef­ para una tarea especial. ­Wiclef­ vivió durante el tiempo en que Eduardo III era rey de Inglaterra, hace unos 650 años. Se había educado en la universidad de Inglaterra y siempre había sido un importante estudioso de la Biblia. Más adelante fue el capellán del rey de Inglaterra.

–¿O sea, como el pastor personal del rey? –preguntó Miguel.

–Sí –respondió la madre–. Juan ­Wiclef­ estaba preocupado por varias cosas que pensaba que andaban mal en la iglesia en ese entonces. El rey tenía que pagar impuestos al papa, que era la cabeza de la iglesia cristiana. Juan ­Wiclef­ pensaba que él no debía hacer eso. ­Wiclef­ también observó que algunos líderes religiosos eran haraganes. Estaban todo el tiempo sacándole dinero a la gente, pero no trabajaban para ganarse la vida ni tampoco ayudaban a la gente que les daba dinero. ­Wiclef­ los llamó codiciosos. Dijo que no era justo que se enriquecieran mientras que los enfermos y los pobres no tenían nada. Si Jesús era su ejemplo, entonces debían ayudar a la gente, no quitarles el dinero.

–Apuesto que a los dirigentes religiosos no les gustaba para nada Juan ­Wiclef­.

–Tienes toda la razón –confirmó la mamá–. Se pusieron felices cuando el rey lo envió como embajador a los Países Bajos.

–¿Eso es Holanda? –Miguel quería asegurarse.

–Sí. ­Wiclef­ estuvo en Holanda por dos años. Pero, después de dos años, regresó. Pronto los dirigentes religiosos trataron de llevarlo a los tribunales por herejía.

–¿Qué es herejía? –preguntó Miguel.

–Herejía es creer y enseñar cosas que son diferentes de lo que enseña y cree la iglesia –explicó la mamá–. Aunque los dirigentes religiosos querían condenar a ­Wiclef­ y matarlo, él contaba en Inglaterra con el apoyo de dos príncipes y de mucha gente. Los jueces tenían miedo de condenarlo, así que lo soltaron. ­Wiclef­ organizó a unos cuantos misioneros y los envió por toda Inglaterra para que enseñaran acerca de Jesús. En Oxford, donde está la Universidad de Oxford, ­Wiclef­ era conocido como el “doctor evangélico”. Enseñó allí durante muchos años.

“Una vez se enfermó de gravedad por trabajar y estudiar mucho. Los dirigentes religiosos estaban ilusionados. Fueron y le dijeron que se estaba muriendo. Le preguntaron si ahora quería admitir que estaba equivocado en lo que creía y enseñaba. Él respondió: ‘No voy a morir, sino que viviré’. Todavía tenía una obra que hacer para Dios. Y de verdad vivió. Se mejoró, para sorpresa de muchos.

“Dios le preservó la vida a Juan ­Wiclef­ porque tenía otro trabajo especial para él. ¿Recuerdas, Miguel, que hablamos de que la gente común de aquel entonces no tenía Biblias para leer? Las pocas Biblias que existían estaban en latín”.

Miguel interrumpió:

–La gente de Inglaterra ¿hablaba latín?

–Solo las personas cultas. En toda Europa, la gente culta aprendía latín para poder conversar entre ellas y estudiar los mismos libros.

–¡Perfecto! –expresó Miguel.

–Las Biblias eran escritas a mano –continuó la mamá–, porque en ese entonces todavía no se había inventado la imprenta en Europa. Y estaban encadenadas a los muros o a los escritorios de las iglesias, porque eran muy valiosas.

“Juan ­Wiclef­ preparó la primera traducción de la Biblia al inglés. Tuvo que ser escrita a mano también, así que les pidió a varias otras personas que hicieran más copias escritas a mano. Esto era muy lento y caro. Las Escrituras manuscritas eran difíciles de conseguir, así que las dividían en pequeñas partes y se las pasaban a varias familias. Juan ­Wiclef­ quería que cada familia de Inglaterra tuviese la Biblia en inglés, para que pudieran aprender que la salvación era solo a través de Cristo.

“Tres veces los dirigentes religiosos trataron de enjuiciar a Juan ­Wiclef­ por herejía. Y las tres veces fueron incapaces de lograrlo. Finalmente, Juan ­Wiclef­ murió en su pequeña iglesia. Sufrió un colapso justo antes de iniciar la Comunión”.

–Realmente, ese fue un buen momento para morir –opinó Miguel.

–¿Por qué dices eso? –preguntó la mamá.

–Bueno, estamos hablando de la Comunión en mi clase bautismal –le contó Miguel–, y antes de la Comunión se supone que preparas tu corazón y confiesas todos tus pecados. Eso significa que Juan ­Wiclef­ murió con un corazón limpio, justo antes de la Comunión.

La mamá se sonrió.

–Sí, quizás haya sido un buen momento para morir. Pero, si amamos a Jesús y lo hemos invitado a entrar en nuestro corazón, sabemos que él está con nosotros todo el tiempo. En cualquier momento que muramos, no tenemos que preocuparnos si Jesús está en nuestro corazón.

–Me alegra mucho que Juan ­Wiclef­ no haya muerto la primera vez que se enfermó tanto –dijo Miguel–. Me alegra que la Biblia esté traducida. No entiendo para nada el latín.

La mamá asintió.–El inglés cambió muchísimo desde que Juan ­Wiclef­ tradujo la Biblia por primera vez. Probablemente tampoco se entendería su traducción. Pero, me alegra poder tener la Biblia en el idioma que hablamos hoy, para poder leerla y estudiarla por nuestra cuenta.

Capítulo 6
Dos héroes

–De quién vamos a hablar hoy? –Miguel sonaba ansioso.

–De otras dos personas especiales a las que Dios les dio una tarea para hacer. Vivieron en Bohemia hace unos seiscientos años.

–¿Dónde queda Bohemia? –preguntó Miguel.

–Bohemia es parte de lo que hoy llamamos la República Checa. Juan Hus y su amigo Jerónimo vivían en Bohemia. El padre de Juan Hus murió cuando Juan era muy pequeño. Su mamá lo dedicó a Dios, así como papá y yo te dedicamos a ti cuando eras pequeño. Le pidió a Dios que se ocupara de Juan y que lo cuidara y, a cambio, ella lo consagraba a Dios.

“Dios cuidó a Juan y lo ayudó a obtener una buena educación. Cuando Juan viajó a la Universidad de Praga, su mamá fue con él. No tenía mucho para darle a su hijo, pero al acercarse a la ciudad se arrodilló y oró para que Dios lo bendijera siempre. Y Dios respondió su oración. Juan Hus terminó sus estudios y se fue a trabajar a la corte del rey como uno de los sacerdotes especiales del rey.

“El amigo de Juan, Jerónimo, había viajado a Inglaterra, donde conoció a la reina de Inglaterra, que era una princesa bohemia. Ella estaba muy lejos de su hogar y probablemente se sintió muy contenta de encontrar a alguien de Bohemia con quien conversar. Jerónimo y la reina de Inglaterra estudiaron los escritos de ­Wiclef­, y les parecieron muy interesantes. Al regresar a Bohemia, Jerónimo compartió los escritos de ­Wiclef­ con Juan Hus. Ambos se entusiasmaron mucho con ellos. Sin embargo, los dirigentes religiosos les advirtieron que no dijeran nada acerca de estas nuevas ideas.

“Por ese entonces, Hus y Jerónimo conocieron a dos hombres de Inglaterra a quienes tampoco les permitían predicar sobre las enseñanzas de ­Wiclef­. Estos dos hombres eran artistas, y decidieron dar un sermón mediante una ilustración. Pintaron dos cuadros juntos. El primero era un cuadro de Jesús vestido con mucha sencillez y montado en un burrito. Al lado de este cuadro había otra pintura que mostraba al papa montado en un caballo, portando su triple corona y con túnicas costosas. Lo seguían otros importantes líderes religiosos y hombres que tocaban trompetas, todos vestidos con ropa hermosa. Sin decir una palabra, estas pinturas mostraban la diferencia entre Jesús, con sus formas sencillas, y el estilo de vida presumido y lujoso de los líderes religiosos. ¡Cuán diferentes eran!

“Aunque estos dos hombres no decían nada y predicaban su sermón en silencio a través de su arte, Hus no tenía miedo de predicar a viva voz. Lo hacía en todas partes. No pasó mucho tiempo sin que los dirigentes de la iglesia se sintieran muy molestos. Llamaron a Hus a Roma para juzgarlo. Sin embargo, el rey y la reina de Bohe­mia lo protegieron y pidieron que no tuviese que ir a Roma. Los dirigentes religiosos de Roma estaban muy enojados, ¡y siguieron adelante con el juicio aunque Hus no estuviese allí! Lo condenaron, así que tuvo que dejar Praga e ir a un lugar más seguro.

“En ese entonces, Hus no estaba seguro de qué era lo que debía hacer exactamente. Sabía que había muchas cosas en la iglesia que no estaban bien. Sin embargo, aún creía que era la iglesia de Dios. Dios lo estaba guiando poco a poco y le enseñaba una cosa a la vez”.

–¡Que bondadoso era Dios! –reflexionó Miguel–. Si le hubiese mostrado a Hus todos los errores de la iglesia de una vez, se habría sentido terriblemente mal. Habría tenido que cambiar demasiadas cosas a la vez.

–Creo que tienes razón –concordó la mamá–. Dios nos trata así a nosotros también. Nos enseña una cosa a la vez, para que tampoco sea demasiado para nosotros.

“De nuevo los líderes religiosos le pidieron a Hus que fuese a hablar con ellos. Todos –el rey de Bohemia, el emperador Segismundo y hasta el papa– prometieron que Hus estaría a salvo si tan solo iba. Así que, acordaron ir a la ciudad de Constanza y hablar con los dirigentes religiosos. Mientras viajaban, la gente acudía en masa a verlo, y él les predicaba a todos a lo largo del camino. Pero, cuando llegó, fue arrojado a la mazmorra de un castillo, del otro lado del río Rin, donde se enfermó de gravedad. ¡Cuántas promesas vacías!

“Cuando su amigo Jerónimo se enteró de lo que le había pasado a Hus, fue a Constanza para intentar ayudarlo. Pero Jerónimo pronto también se encontró preso.

“Finalmente, los dirigentes religiosos sacaron a Hus de la mazmorra. Lo vistieron con una túnica sacerdotal y le pusieron una gran gorro de bufón con la inscripción: ‘El archihereje’. Hus inclinó la cabeza y dijo con voz suave: ‘Jesús fue envuelto en un manto que no era suyo cuando lo enjuiciaron. Y Jesús llevó una corona de espinas por mí. Yo puedo llevar este gorro de bufón por él’. Los líderes, entonces, lo llevaron a rastras por las calles, lo ataron a un poste, ¡y le prendieron fuego! En todo esto, Hus actuó como si fuese a una fiesta de bodas. Sonreía y se veía muy tranquilo. Cuando los hombres lo ataron a la estaca y le prendieron fuego, no gritó ni lloró de dolor. ¡Cantaba! Y siguió cantando hasta que murió.

“Mientras tanto, Jerónimo estaba enfermo y todavía permanecía preso. Los dirigentes religiosos trataron de hacer que admitiera que estaba equivocado y que ellos tenían razón. ‘Pruébenme con la Biblia que estoy equivocado’, les dijo Jerónimo, ‘y haré lo que ustedes digan’. Día tras día, los dirigentes religiosos continuaron intentando convencer a Jerónimo de que desistiera de su fe. Finalmente, había estado tanto tiempo encarcelado, y estaba tan desanimado por lo que le había ocurrido a su amigo Hus, que hizo lo que los dirigentes religiosos pedían que hiciera. Dijo que ya no estaba más de acuerdo con Hus ni con ­Wiclef­ y que creería en lo que los dirigentes religiosos le dijeran que creyese.

“Pero los dirigentes religiosos aun así lo mantuvieron preso. Cuando Jerónimo meditó en lo que había hecho, supo que había negado la verdad. Pensó en lo valiente que había sido Hus. Reflexionó en lo mucho que Jesús había sufrido por él. Así que, llamó a los líderes religiosos y les dijo que lamentaba haber hecho lo que le dijeron que hiciera. Les dijo que realmente creía que lo que decía la Biblia era verdad, aunque ellos no estuviesen de acuerdo. Los dirigentes se enojaron mucho, así que llevaron a Jerónimo hasta la estaca y lo quemaron en la hoguera así como habían hecho con Hus. Al igual que su amigo, Jerónimo también murió cantando.

“Los líderes de la iglesia tomaron las cenizas de Hus y de Jerónimo y las arrojaron al río Rin. Dijeron que el río lavaría todo rastro de estos dos ‘herejes’. Pero, en vez de eso, los pedacitos de sus cenizas flotaron durante todo el trayecto del río por todo el país hasta desembocar en el mar y, finalmente, hasta el mundo entero. Y, al igual que sus cenizas, el mensaje que estos dos hombres predicaron finalmente llegó a todo el mundo también”.

–¿Realmente cantaban mientras se quemaban? –Miguel quería asegurarse de haber entendido bien.

–Sí.

–Es bueno saberlo para cuando pienso en las cosas difíciles que sucederán justo antes de que Jesús vuelva otra vez –comentó Miguel–. Si Hus y Jerónimo pudieron cantar aunque la gente mala lastimaba sus cuerpos, entonces eso significa que Jesús los ayudó a no sentirlo. Y, si Jesús pudo estar con ellos para que pudieran cantar mientras morían, entonces él también puede hacer eso por mí.

–Tienes razón –dijo la mamá–. Seguro que puede.

Capítulo 7
Martín Lutero

–¿Y hoy, mamá? ¿De quién vamos a hablar?

–De Martín Lutero. Vivió en el siglo XVI.

–Ah, escuché hablar de él –señaló Miguel–. Escribió el himno “Castillo fuerte es nuestro Dios” –y Miguel comenzó a cantar:

“Castillo fuerte es nuestro Dios; defensa y buen escudo.

Con su poder nos librará en este trance agudo”.

–¡Muy bien! –la mamá lo felicitó–. ¿Cuánto crees que sabía Martín Lutero de castillos?

–No lo sé –contestó Miguel–. ¿Vivía en un castillo?

–Durante un tiempo –respondió la mamá–, pero no fue muy divertido. Estaba prisionero en un castillo. Pero, empecemos por el principio.

“Cuando Martín Lutero partió para estudiar, su padre quería que fuese abogado. Sus padres eran muy pobres y, durante un tiempo, Martín tuvo que entonar cantos de puerta en puerta para poder comprar comida con el dinero que la gente le daba. A menudo se iba a dormir con hambre.

“Después de dos años en la universidad, Martín Lutero decidió que prefería ser sacerdote en vez de abogado. Su padre se enojó mucho con él. La madre y el padre de Lutero siempre lo educaron para que amara a Dios, y habían orado por él. Solo que no esperaban que fuese sacerdote. Aunque sus padres ahora tenían más dinero, el papá se negó a darle lo que necesitaba para la universidad si iba a estudiar para sacerdote. Pero más adelante cambiaron de idea, y lo ayudaron.

“Martín Lutero era un hombre bueno, que amaba mucho a Dios. Estaba cada vez más preocupado por sus pecados, y quería complacer a Dios y ser perdonado. Así que, ayunaba”.

–¿Qué? ¿Se quedaba sin comer? –exclamó Miguel.

–Sí–, y se quedaba despierto toda la noche. Eso se llama vigilia. Hacía esto para castigarse por sus pecados.

–Eso no parece muy saludable.

–Es verdad. Martín Lutero pronto se enfermó. Se enfermó tanto que a menudo se desmayaba. Incluso después de dejar de ayunar y de hacer vigilas, nunca se recuperó completamente.

–¡Qué triste! –dijo Miguel–. ¿No sabía que Jesús murió por él y que él no tenía que hacer ninguna de esas cosas?

–Lo descubrió –sonrió la mamá–. Un día en un monasterio...

–¿Qué es un monasterio? –interrumpió Miguel.

–Es un lugar donde viven los monjes, los sacerdotes y los dirigentes religiosos –contestó la mamá.

–¿Qué es un monje? –quiso saber Miguel.

–Un monje –explicó la mamá–, es una clase especial de sacerdote. Hace votos especiales y vive con otros monjes en un monasterio. Un día, cuando Martín Lutero vivía en un monasterio, vio algo que le encantó. Era una Biblia en latín encadenada a la pared. Él había visto una Biblia en la universidad y le encantaba leerla. Ahora estaba fascinado de haber encontrado una en el monasterio. Dedicaba cada minuto a leer la Biblia en latín, incluso cuando le tocaba comer o dormir.

“Al leer la Biblia, Martín Lutero descubrió que no tenía que ayunar ni hacer las otras cosas para intentar pagar sus pecados, porque Jesús ya los había pagado todos. ¡Se llenó de entusiasmo! Comprendió que todo lo que necesitaba hacer era amar a Jesús, tener fe en él y serle obediente.

“No todos estaban tan entusiasmados como Martín Lutero por esta buena noticia. Un hombre llamado ­Tetzel­ era el encargado de vender indulgencias en Alemania. Las indulgencias eran pedazos de papel que la gente podía comprar para obtener el perdón de un pecado, o a veces de muchos pecados. ¡­Tetzel­ vendía indulgencias incluso por adelantado, si alguien estaba haciendo planes de cometer un pecado!”

La mamá se largó a reír y continuó:

–En varios libros, leí una historia muy graciosa de ­Tetzel­. Una vez vendió una indulgencia para pecados futuros a cierto hombre. Al día siguiente, mientras ­Tetzel­ viajaba por la campiña hacia un pueblo cercano, el mismo hombre le robó todo el dinero que había ganado vendiendo indulgencias. ¡­Tetzel­ comenzó a insultar al ladrón y le dijo que se quemaría en el infierno por robarle el dinero! Pero el asaltante solo esbozó una sonrisa burlona, sacó la indulgencia que había comprado el día anterior, y se la refregó a ­Tetzel­ en la cara. ¡Y luego se marchó con el dinero!

–¡Uau! –exclamó Miguel–. ­Tetzel­ ¿cómo podía creer realmente en las indulgencias después de eso?

–Probablemente no creía –señaló la mamá–. Lutero predicaba sobre el amor que Dios nos tiene y de que había muerto en la cruz por nosotros para que nadie necesitara indulgencias. ­Tetzel­ estaba muy enojado y se quejó ante los dirigentes religiosos. Lutero trataba de decirle a la gente que las indulgencias no tenían ningún valor y que no eran necesarias, pero ­Tetzel­ continuaba vendiéndolas de todos modos. Justo antes de una fiesta religiosa, cuando habría mucha gente en el pueblo y en la iglesia, Lutero clavó un papel en la puerta de la iglesia. En el papel había escritas 95 afirmaciones que mostraban que las indulgencias y otras enseñanzas de la iglesia no eran lo que la Biblia enseñaba. Lutero se ofreció a explicar estas afirmaciones a todos los que fuesen a la iglesia al día siguiente.

“Lutero continuó mostrando enseñanzas que no estaban en la Biblia. Muchos concordaban con él, pero los dirigentes religiosos estaban cada vez más enojados. Finalmente, el papa, la cabeza de la iglesia, declaró que Martín Lutero era un hereje, y los excomulgó a él y a todos sus seguidores”.

–¿Qué significa ser excomulgado? –preguntó Miguel.

–Significa que el papa dijo que Martín Lutero no podría ir al cielo, que no podría orar más a Dios y que ya no podría adorar más con los demás cristianos. Si moría, ni siquiera podría ser enterrado en el mismo cementerio que los demás cristianos.

–Pero el papa no podía hacer eso –Miguel sonaba indignado–. Solo Dios puede decidir quién va al cielo.

–Eso es verdad –afirmó la mamá–. Pero eso es lo que hizo el papa. Martín Lutero también había enseñado otras cosas que disgustaban a los dirigentes religiosos. Predicaba en contra de todos los palacios extravagantes, las fiestas, los mantos, las comidas suculentas y otros pecados. Pensaba que los dirigentes religiosos debían llevar una vida sencilla como Jesús. Lutero fue enjuiciado en Alemania por los dirigentes religiosos, que tenían planes de llevarlo a Roma. Pero escapó; y Dios continuó protegiéndolo.

“Muchos consideran que Martín Lutero fue el primer protestante, porque fue excomulgado de la iglesia”.

–¿Qué es un protestante? –preguntó Miguel.

–Bueno –respondió la mamá–, cuando Lutero vivía, en realidad había solo una iglesia cristiana. Se llamaba Iglesia “Católica”, porque era la iglesia a la que todos pertenecían. Pero Lutero protestó contra las prácticas y las enseñanzas de la Iglesia Católica que no seguían lo que Jesús enseñaba en la Biblia. Cuando fue excomulgado, ya no era más católico. A los que, como Lutero, protestaban contra la Iglesia Católica, se los llamó “protestantes”. Y Lutero fue uno de los primeros de esos protestantes.

“En realidad, Martín Lutero no estaba contento con la idea de ser expulsado de la Iglesia Católica. Tenía la intención de ser católico para siempre. Quería corregir las cosas que estaban mal en la iglesia, no dejarla. Y se entristeció mucho al dejar de formar parte de su iglesia”.

–Pero tenía que creer lo que decía la Biblia, ¿verdad? No podía estar de acuerdo con su iglesia si esta iba en contra de la Biblia.

–No, no podía –contestó la mamá–. Sin embargo, a veces se preguntaba si tal vez no estaba errado. Todos los dirigentes religiosos seguían diciéndole que estaba equivocado. ¿Podría ser que solo un hombre estuviese en lo correcto y todos los demás equivocados? Pero, cuanto más leía la Biblia, más seguro estaba de que la iglesia erraba en muchas cosas. Y así continuó predicando y enseñando lo que descubría en la Biblia. Muchos en Alemania comenzaron a escuchar a Lutero y a pensar que tenía razón. Esto hizo que los dirigentes religiosos se enojaran. Intentaron con más fuerza impedir que Lutero continuara predicando y enseñando.

–¿Por qué los dirigentes religiosos odiaban tanto a Lutero? –Miguel parecía confundido–. ¿Por qué no lo escuchaban?

–No es fácil admitir que uno está equivocado –explicó la mamá–. Actualmente, la gente muchas veces cree lo que quiere creer, aunque no concuerde con la Biblia. Así era en los días de Martín Lutero, así es ahora y lo será hasta que Jesús venga.

–Quisiera que Jesús viniera ahora mismo –expresó Miguel–. Entonces, todos estarían felices y se pondrían de acuerdo.

–Ese será un día maravilloso

Capítulo 8
Un campeón de la verdad

–¿Qué pasó al final con Martín Lutero? –Miguel estaba intrigado–. Los dirigentes religiosos ¿seguían enojados con él?

–Claro que sí –respondió la mamá–. Le pidieron que se presentara ante un grupo llamado la Dieta. Se reunieron en un lugar llamado Worms, de modo que el concilio se llamó la Dieta de Worms.

“A Lutero no le quedó otro remedio que ir. Carlos V era el emperador, y le ordenó a Lutero que fuese. Era una viaje de dos semanas. Lutero estaba enfermo y necesitaba ayuda para llegar allí. Fue un viaje largo, y él conversaba con todos durante el camino. En una parada, un sacerdote amigo levantó un cuadro de un italiano que había muerto por hereje”.

–Eso se llama “mártir”, ¿verdad? –Miguel quiso confirmarlo.

–Correcto. Uno de los hombres que viajaban con Lutero le preocupaba que este se desanimara, y le preguntó si quería seguir adelante. Lutero respondió: “Aunque me echen de todas las ciudades, seguiré adelante”.

“Posteriormente, llegaron a una ciudad llamada Erfurt, donde Lutero tenía muchos amigos. Ellos salieron para honrarlo, y él les predicó a todos. Esta era la misma ciudad en la que había sobrevivido como mendigo muchos años antes. Ahora era un predicador famoso, y la gente estaba alborozada por tenerlo de vuelta. Muchos estaban muy preocupados por él. Uno de ellos dijo en alta voz: ‘Te quemarán y reducirán tu cuerpo a cenizas así como hicieron con Juan Hus’. Pero Martín respondió: ‘Aunque prendan fuego todo el camino desde ­Wittenberg­ hasta Worms, aun así caminaría a través de las llamas y me presentaría ante el concilio para testificar de la Palabra de Dios’.

“Para cuando Lutero y su grupo llegaron a la ciudad de Worms, una gran multitud lo esperaba para darle la bienvenida. Era mucho más grande que la multitud que había salido a recibir al Emperador. Algunos líderes religiosos querían quemar a Lutero en la hoguera en ese preciso momento, sin permitirle hablar ni escuchar lo que tenía para decir. Pero el Emperador dijo: ‘No, déjenlo hablar’.

“Cuando el concilio se reunió, Lutero habló con respeto de la iglesia, ante los dirigentes religiosos. Confesó que algunas de las cosas que había escrito no eran tan corteses como deberían. Lutero tenía mal genio y varias veces había escrito algunas cosas cargadas de rabia sobre los líderes religiosos. Pero también le dijo al concilio que, a menos que los dirigentes pudieran mostrarle con las Escrituras dónde estaba equivocado, no retiraría nada de lo que había dicho. Los líderes de la iglesia no pudieron hacer eso.

“El concilio le dio una oportunidad más a Lutero para admitir que estaba errado, y para retraerse de las cosas que había predicado y enseñado. Pero él se negó a cambiar de parecer. Dio un discurso poderoso explicando que tenía que creer en la Biblia. Terminó diciendo: ‘Heme aquí, no puedo hacerlo de otro modo; ¡que Dios me ayude! Amén’.

“Los dirigentes lo retuvieron en Worms. Muchos príncipes, condes, barones y otras personas importantes lo visitaron. Tenía tantas visitas que su pequeña habitación no podía contenerlos a todos. Finalmente, el concilio lo dejó ir. El viaje de regreso desde Worms fue largo, pero muchos lo honraron durante el camino.

“Lutero todavía tenía enemigos que querían matarlo. Federico de Sajonia, un gobernante que ayudó a proteger a Lutero, estaba preocupado por su seguridad. Estaba seguro de que los dirigentes religiosos encontrarían la manera de matar a Martín Lutero en su viaje de regreso, así que envió a sus propios hombres para ‘secuestrarlo’. Los soldados de Federico llevaron a Lutero al castillo de Federico, en ­Wartburgo­. Allí, Lutero vivió como prisionero, por su propia seguridad y protección. No obstante, no perdió el tiempo mientras estuvo en el castillo. Comenzó a traducir el Nuevo Testamento al alemán, para que mucha gente de su país pudiera leer la Biblia en su propio idioma. También escribió muchas cartas para animar a los cristianos de todas partes a fijar sus ojos en Jesús.

“Algunos sentían que la reforma de la iglesia era el trabajo especial de Lutero, y que comenzaba y terminaba con Lutero. Eso no es cierto. La iglesia continuará reformándose hasta que Jesús venga. La tarea de Lutero fue mostrar a otros las cosas que Dios le había mostrado a él. Sin embargo, Dios no le mostró todo. Dios nos enseña una cosa a la vez; entonces, cuando somos capaces de aprender más, nos enseña cosas nuevas. Los seguidores de Martín Lutero formaron una iglesia que actualmente se conoce como la Iglesia Luterana”.

–¡Ah! –Miguel sonrió–, ¡nosotros conocemos a algunos luteranos!

–Sí, claro. Son personas que siguen las enseñanzas de Martín Lutero.

–Bueno, ¿y las otras cosas que la gente aprendió después?

–Hablaremos de eso mañana –respondió la mamá.

–¡Qué bueno! –dijo Miguel–. Ahora sé de dónde vinieron los ortodoxos, los católicos y los luteranos.

Capítulo 9
Ulrico Zuinglio

–¿Tenemos otro héroe de la Reforma para hablar hoy? –preguntó Miguel sonriendo.

–Claro que sí –contestó la mamá–. Hoy, el nombre de nuestro héroe es Zuinglio. Cuando Zuinglio tenía trece años, fue enviado a Berna, Suiza.

–¿Trece? –dijo Miguel–. ¡Eso es apenas un poco más grande que yo!

–Es cierto.

–Demasiado pequeño para dejar su casa.

–Sí –reconoció la mamá–, así es. Zuinglio fue enviado a un colegio muy respetable, donde pudiera aprender a ser orador y escritor. También estudió música y poesía. Pero, después de un tiempo, a su familia le empezó a preocupar que los dirigentes religiosos lo convencieran de que se metiera a un monasterio, así que finalmente su padre le pidió que regresara a su casa. Más adelante, Zuinglio estudió en la ciudad de Basilea y descubrió el perdón gratuito de Dios.

“Cuando Zuinglio se hizo pastor, comenzó a predicar cosas que había aprendido al estudiar las Escrituras. Predicaba que la gracia era un don gratuito y que la gente no tenía que ganarse la salvación. También estaba estudiando las Escrituras en griego y en hebreo, y las traducía al idioma local y compartía esa traducción con la gente.

“La gente le preguntaba: ‘¿Estás haciendo lo que hace Lutero? ¿Eres un seguidor de Lutero?’

“ ‘Ni siquiera conozco a Lutero’, decía Zuinglio. ‘Pero si él predica a Cristo, ¡entonces él hace lo que hago yo!’

“En un pueblo llamado Einsiedeln había una estatua de la virgen María que muchos creían que obraba milagros. Gente de toda Europa viajaba para visitarla, esperando que ocurrieran milagros especiales en su favor. Zuinglio fue invitado a ser el pastor de Einsiedeln. Se paraba al lado de la imagen y predicaba que nadie recibía perdón salvo a través de Jesús. Algunos que lo oyeron se enojaron mucho y pensaron que no había ninguna razón para viajar hasta la estatua. Otros estaban alborozados. Aunque algunos estaban muy contentos de escuchar el mensaje de Zuinglio, eso significó que fuesen menos visitas hasta el santuario de la virgen María. Así que, había menos dinero para la gente que vivía allí, y Zuinglio ganaba menos dinero también”.

–Pero, aún así, Zuinglio debió haber estado feliz de que la gente aprendiese la verdad de la Biblia –interrumpió Miguel.

–Estoy segura de que era así. Más adelante, fue nombrado predicador de la catedral de Zurich. Allí, se suponía que debía recaudar dinero para la catedral de entre los enfermos que esperaban que sus donaciones los sanaran, de los pecadores que daban grandes ofrendas esperando ser perdonados y de la gente que quería mostrar su amor por la iglesia dando mucho dinero.

“Zuinglio comenzó a observar que algunos dirigentes religiosos estaban dispuestos a ofrecer la Comunión solo a las personas importantes; no permitían que los pobres participaran de la Comunión. Parecía que, para muchos pastores, juntar dinero e impartir la Comunión a la gente importante era un sustituto de la predicación. ¿Cómo crees que Zuinglio se adaptó a un trabajo así?”

–Apuesto a que les mostró cómo se predica de veras –respondió Miguel.

–Tienes razón –sonrió la mamá–. Zuinglio dijo: “Predicaré la vida de Cristo y el Evangelio de Mateo”. Y eso fue lo que hizo. Logró que muchos se enojaran. Un hombre llamado Sansón, que se encargaba de vender indulgencias en esa zona, se tuvo que ir porque ya nadie la compraba indulgencias después de escuchar a Zuinglio predicar.

“Durante el año 1519, una terrible plaga arrasó Europa. Se llamó la ‘gran mortandad’, porque murió mucha gente. Comenzó a circular el rumor de que Zuinglio también había muerto, pero no era cierto. Dios todavía tenía una obra para él. Zuinglio estaba enfermo, pero se recuperó y continuó predicando. Sin embargo, en vez de decirle a la gente lo mala que era y de pedirle dinero para ser perdonada, Zuinglio le hablaba del amor que le tenía Jesús. La gente estaba muy feliz de escuchar los sermones de Zuinglio. Él les hablaba de las maravillosas historias bíblicas de Jesús y de sus enseñanzas.

“Esto hacía que los dirigentes religiosos se enojaran cada vez más con Zuinglio. Le hicieron un juicio en la ciudad de Baden, y Zuinglio fue expulsado de la iglesia. Esto lo entristeció mucho, pero aun así continuó predicando. Zuinglio era un gran aliento para los que estaban desanimados por la desaparición de Lutero. Aunque Martín Lutero estaba a salvo, escondido en el castillo de ­Wartburgo­, muchos de sus amigos no sabía dónde estaba. Tenían miedo de que estuviese encarcelado o incluso muerto”.

–Deberían haber sabido que Dios velaba por Lutero todo el tiempo –opinó Miguel–. Dios no permitiría que nadie muriera si todavía tenía una obra que hacer. Mira a ­Wiclef­ y a Zuinglio. Dios los protegió; él también podía cuidar a Martín Lutero.

–Sí, eso es cierto. Y es importante que recordemos eso ahora y en el futuro.

Capítulo 10
Progreso y dificultades

–Debió haber sido difícil para los amigos de Lutero no saber dónde estaba o cómo le estaba yendo –observó Miguel.

–Sí –respondió la mamá–. Los amigos de Martín Lutero estaban cada vez más preocupados por él. Corrían rumores de que había sido asesinado. Al principio, los dirigentes religiosos estaban contentos de que los amigos de Lutero estuviesen desanimados, pero pronto sintieron temor porque los seguidores de Lutero estaban cada vez más enojados. Finalmente, la gente se enteró de que Lutero estaba a salvo, y esto la tranquilizó.

–Sus amigos debieron haberse alegrado al saber que estaba vivo y que todo estaba bien.

–Así es –contestó la mamá–. Leían sus escritos con más entusiasmo que antes. Satanás no pudo aplastar a Lutero dificultándole las cosas, así que ahora trató de destruirlo a él y sus enseñanzas engañando a algunos de los seguidores de Lutero. Comenzaron a discutir entre ellos. Un hombre incluso afirmaba que había recibido instrucciones del ángel Gabriel. Los dirigentes de la Iglesia Católica estaban felices al observar que los protestantes estaban cada vez más confundidos. ¿Podría ser este el fin de la Reforma?

“Lutero dejó el castillo de ­Wartburgo­ y comenzó a predicar para aclararles las cosas a sus amigos. ‘Ustedes fueron guiados por el Espíritu, pero ¿cuál Espíritu?’, preguntó. La gente tuvo que pensar. ¿Era el Espíritu Santo?”

–No lo creo –respondió Miguel–. ¡El Espíritu Santo no hace que las personas se conviertan en profetas falsos y que discutan entre sí!

–Exacto –coincidió la mamá–. La iglesia de ­Wittenberg­ estaba repleta y rebosante cuando Lutero se paró a predicar. Lutero habló en contra de la violencia. Muchos de sus seguidores se habían enojado con otros miembros de iglesia y con otros católicos, y habían sido violentos. Lutero dijo que eso estaba mal. Los cristianos no deberían ponerse violentos contra los demás.

–¡Lutero tenía razón! –exclamó Miguel.

–Lutero dijo: “Dios puede hacer más mediante el mero poder de su Palabra que ustedes, yo y el mundo entero con nuestros esfuerzos unidos”. Martín Lutero tenía otros problemas que atender. Algunos de sus seguidores ahora estaban hablando contra el orden en el culto. Creían que los miembros de iglesia solo debían ser guiados por el Espíritu Santo, y que esto implicaba que podían adorar de cualquier modo que quisieran.

–Eso ¿no sería terriblemente ruidoso y molesto? –quiso saber Miguel–. A mí me parece irreverente.

–Martín Lutero también pensaba así. Restableció el orden en los cultos de la iglesia. Algunos de sus seguidores hasta quemaron Biblias, diciendo: “La letra de la ley mata, pero el espíritu trae vida”.

–Pero sin Biblias, ¿cómo sabrían lo que realmente era la verdad? ¿Cómo sabrían lo que estaba bien y lo que estaba mal? –Miguel sonaba preocupado–. Quemar Biblias fue una mala idea.

–Eso es lo que Lutero pensó también – la mamá asintió–. Lutero les recordó que sin las Escrituras no tendrían salvaguardia y nada mediante lo cual juzgar lo que era verdad y lo que no. “Tenemos que vivir solo por las Escrituras”, dijo Lutero.

“Una y otra vez, Martín Lutero tuvo que advertirles a sus seguidores que no fueran violentos. Ellos, en realidad, luchaban contra los dirigentes de la Iglesia Católica, y muchos fueron asesinados. Lutero les dijo que la única arma que debían usar en esta guerra era la espada del Espíritu: ¡la Biblia! ‘Antes que ver que nuestro evangelio provoque una gota de sangre derramada’, dijo Lutero, ‘deberíamos morir diez veces nosotros mismos’. Los dirigentes religiosos culpaban a Lutero por todas las peleas, aunque él se esforzaba mucho por detenerlas.

“A pesar de todas estas cosas, Dios todavía tenía todo bajo control. Lutero había terminado la traducción del Nuevo Testamento, un tremendo regalo para el pueblo alemán. Ahora podían estudiar las palabras de Jesús por su cuenta y analizar la verdad bíblica con sus dirigentes religiosos. La gente común, e incluso los niños, llegaron a conocer y entender la Biblia mejor que muchos sacerdotes y otros líderes de la Iglesia. Más adelante, Lutero comenzó a traducir el Antiguo Testamento”.

–La violencia y las peleas ¿siempre están mal? –quiso saber Miguel.

–Los cristianos no deberíamos pelear entre nosotros ni lastimarnos –respondió la mamá–, ni tampoco deberían pelear con otras personas ni lastimarlas.

–Un soldado cristiano –señaló Miguel– solamente debería usar la espada del Espíritu y el escudo de la fe, ¿verdad?

–Eso es correcto. La armadura y las armas del cristiano son el conocimiento de la Biblia y su fe en Jesús.

–Esa es la clase de soldado que quiero ser –Miguel estaba sonriendo.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
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191 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9789877983302
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