Читать книгу: «Seamos una familia»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Roser Amat Ochoa

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Seamos una familia, n.º 2 - enero 2021

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Elit y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.

I.S.B.N.: 978-84-1375-305-8

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Epílogo

Extra

Agradecimientos

Prólogo

Nunca cinco minutos habían pasado de una manera tan lenta.

Sara y Laura jugueteaban con la caja entre sus manos, el prospecto era simple, tres indicaciones y algunas advertencias. No era algo difícil de hacer, puede que lo que más costara era encontrar la fortaleza para dar el paso. Sara se levantó de la cama con determinación.

—¿Necesitas ayuda? —inquirió Laura.

—Es mear en un palito, creo que voy a poder sola —soltó Sara con sarcasmo, y Laura no se lo tuvo en cuenta, eran los nervios los que hablaban.

Sara dejó la botella de agua de litro y medio sobre la mesilla de noche y entró con decisión en el baño, para salir de él pocos instantes después.

—¿Ya? —preguntó Laura.

—Cinco minutos —recordó Sara, mirando entonces el reloj de su móvil.

Ambas amigas se sentaron al borde de la cama a esperar, les pareció que había transcurrido mucho tiempo, sin embargo, el cronómetro no llegaba a los treinta y tres segundos. Ambas soltaron un suspiro al unísono.

—¿Folla bien? —indagó Laura tratando de entablar una conversación.

—¡Calla! —la reprendió Sara, sintiendo cómo todo su rostro se enrojecía—. Maldita sea, te imaginas qué… —empezó, y su mirada se dirigió a la puerta del baño entreabierta, mientras meneaba la cabeza de un lado a otro.

—Al menos es guapo —se burló Laura—, muuuy guapo —repitió.

—Y simpático —se apresuró a añadir Sara.

—Y su familia tiene pasta. Aunque para mi gusto es un poco serio… —opinó Laura, llevando una mano a la cabeza para rascársela—. Parece del tipo que se toma las cosas demasiado a pecho.

—¿Verdad? —dijo Sara, girándose de un bote hacia su amiga, feliz de que alguien más hubiese observado eso en el chico—. Es como… —empezó, moviendo las manos de un lado a otro—, puaj —dijo Sara abriendo mucho los ojos y poniendo caras raras.

—Además siempre está como… —siguió Laura, haciendo gestos rápidos—, ¿no?

—¡Sí! —confirmó Sara en una exclamación.

—Pero es un buen tío —soltó Laura, mirando nerviosa de nuevo al baño—. ¿Cuánto ha pasado?

Sara comprobó el cronometro y soltó un soplido, ¿cómo podía el tiempo pasar tan despacio?

—Solo dos minutos —dijo.

Ambas se quedaron calladas un rato más, los nervios se acumularon en esa habitación.

—¿Qué vas a hacer si…?

—No lo sé —afirmó Sara—. Tan solo hace unos meses que salí de la facultad y el trabajo en el hotel no es malo, creo que podría ascender rápido…

—Dicen que él va a irse a trabajar a un restaurante con una estrella Michelin —apuntó Laura.

—Parece de los que no eluden sus responsabilidades, de esos tipos que se casan y forman una familia —meditó Sara.

—Lo dices como si fuera algo malo —advirtió su amiga, por el tono empleado.

—Tampoco es que sea algo bueno —convino Sara, alzando los hombros—. No era lo que había planeado —soltó, dejándose arrastrar momentáneamente por el pesimismo.

—Nadie planea esto a los veinte —añadió Laura—. ¿Te casarías con él?

—Es un buen tío —pensó en voz alta Sara—, guapo, trabajador… Es una buena persona…

—Pero…

—No hace que salten chispas —dijo Sara sin más—. Creo que no podría enamorarme de alguien como él.

—Siempre puedes… Ya sabes —comentó Laura, haciendo el gesto de tijeras con la mano—. Y olvidarte del tema.

—Es otra opción —declaró Sara—. Creo que ya han pasado los cinco minutos.

—Dará negativo y lo sabes.

—Sí —afirmó Sara—, me estoy comiendo la cabeza por nada, en un rato nos estaremos partiendo el culo de esto —soltó levantándose—. Vamos allá —añadió al entrar al baño.

Las dos chicas se sentaron la una al lado de la otra, entre la toalla de mano se intuía un pequeño trozo de plástico de no más de diez centímetros de largo, ambas se miraron y sonrieron.

—¿A la de tres? —dijo Laura.

—¡Venga! A la de tres… Un, dos… Tres.

Capítulo 1

5 años después

Eric se sentó en ese banco de madera pintado de alegres colores dispuesto a esperar. La verdad, era muy melancólico, el colegio no había cambiado demasiado en todos esos años, de hecho, algunos profesores de los que seguían impartiendo clases eran los mismos que cuando él había sido alumno del centro, de eso hacía ya tiempo. Sacó el móvil del bolsillo de la cazadora tejana y se entretuvo con el Candy Crush mientras esperaba.

—¿Vienes a por Lucas? —le preguntó una chica, parada justo en la bifurcación del pasillo.

—¡Sí! —confirmó Eric levantándose y guardando el móvil.

—Hoy ha estado un poco triste… —le dijo la joven, acercándose a él un par de pasos—. Soy Anna, la profesora de música —se presentó, alargando la mano que ambos encajaron.

Eric soltó un suspiro al aire y sonrió sin demasiadas ganas a la chica, que le devolvió el mismo tipo de sonrisa, esas que huelen a cortesía. No tuvo tiempo de preguntar si había pasado algo durante la mañana para que Lucas se hubiera puesto triste, pues otra profesora, esta vez algo más mayor, apareció con el pequeño de la mano. El niño caminaba cabizbajo y con el rostro inexpresivo hasta que vio a Eric, entonces, soltando la mano que lo tenía agarrado, corrió a los brazos de su tío, que lo recibió alzándolo del suelo y cargándolo mientras lo besaba.

—¿Este es tu tío, Lucas? —le preguntó Anna, la profesora de música, mientras le ofrecía al niño una enorme sonrisa y acariciaba su cabeza.

—Vaya, que contento te has puesto al verlo —añadió la otra mujer, también con una sonrisa de esas que mostraban todos los dientes.

«Compasión», pensó Eric, que se obligó a devolver ese gesto amable, ampliando esa sonrisa forzada que ponía frente a todos.

—¿Crees que lo traerás esta tarde? —indagó la mujer más mayor, mirando a Eric.

—No. Después del médico nos iremos a comer por ahí —respondió con sinceridad. De reojo, Eric observó cómo los ojos de Lucas se abrían un poco y su gesto parecía algo más feliz—. Creo que hoy me darán el informe y el psicólogo dijo que llamaría para poder venir un día para hablar con la tutora y poder ofrecer algunas pautas…

—Tranquilo, no te preocupes por nada de eso —le dijo la mujer, poniendo la mano encima del brazo del chico—. Lucas, pásalo muy bien con tu tío, nos veremos el lunes, ¿vale? —añadió con tono dulce y algo forzado.

Todos se quedaron callados unos instantes aguardando esperanzados, sin embargo, Lucas no respondió. Desde hacía cuatro meses, Lucas no hablaba, salvo contadas palabras y solo dirigidas a su tío. Eric se había convertido, de la noche a la mañana, en lo único que le quedaba a Lucas, del mismo modo que Lucas, en ese momento, era lo único que Eric tenía. La repentina muerte de Sara los había destrozado por igual, pero Eric era el adulto, tenía que seguir con una enorme sonrisa, por el bien de los dos.

—¡Vamos! —exclamó Eric, dando un pequeño bote para cargar un poco mejor al niño.

Descendió por la empinada calle en lo alto de la cual estaba situado el centro escolar mientras le explicaba al pequeño qué había hecho durante la mañana, en el escaso tiempo entre que lo había dejado en el colegio a las nueve para volverlo a recoger a las doce y media. Eric iba narrándole las cosas de manera alegre y distendida, de vez en cuando se callaba para ver si Lucas decía algo, pero el niño no respondió a nada, aunque parecía escuchar con atención y reaccionaba a todo lo que su tío le decía.

—Y después de fregar los platos me he encontrado un cocodrilo —dijo Eric, sin cambiar el tono de voz, que seguía siendo de lo más natural, aunque de reojo sí se fijó en cómo Lucas lo miraba con incredulidad—. ¿No me crees? —inquirió el joven, a lo que el niño meneó la cabeza de forma enérgica—. Oye, pues podría ser verdad, como no recojas tus juguetes de entre toda la porquería podría salir uno —le reprendió, ahora sí con algo de severidad, lo que hizo que el pequeño frunciera el entrecejo.

Ambos se sentaron uno al lado del otro en el vagón de metro, mientras Lucas jugaba con el móvil de Eric, este último se quedó con la mirada fija en esas parpadeantes luces que indicaban por dónde se encontraban. Si ese día de hacía cuatro meses no hubiera llovido, su hermana habría cogido esa misma línea. Si esa noche hubiera ido a recoger a Sara como le pidió y no hubiese sido un gilipollas con ella… Eric sacudió la cabeza para no dejarse atrapar por los fantasmas. Era irónico, esa fatídica noche se quedó estudiando hasta tarde en la biblioteca para los exámenes, y ahora, cuatro meses después, había tenido que dejar la universidad para poder hacerse cargo de Lucas. Algo tiró de la manga de Eric, que giró la cabeza en dirección a su sobrino, el cual soltó la manga para alzar entonces el dedo señalando las indicaciones luminosas encima de la puerta.

—Sí —confirmó Eric—, es la siguiente —dijo, alargando la mano para que el niño le devolviera el móvil—. ¡Joder! Te has fundido media batería —le regañó.

Eric tomó con paciencia la hora de espera sentado en esa consulta, mientras el doctor estaba con Lucas. Se sentó y levantó diversas veces, metió las manos en los bolsillos y se encontró un paquete de chicles que a saber desde cuando estaba allí, sin embargo, no le importaba mucho pues al menos lo entretendría un rato. Pasados más de sesenta minutos la puerta se abrió y apareció el niño junto al doctor, que le hizo un gesto para que lo acompañara.

A pesar de todo, ese médico no le dijo nada que no supiera ya. La muerte de Sara había sido un duro golpe para todos, en especial para Lucas. Nadie podía determinar a ciencia cierta lo que tardaría la pequeña mente de Lucas en asimilar la pérdida de su madre. Que tuviera paciencia, que lo apoyara, que estuviese a su lado y que poco a poco todo volvería a la normalidad. Y que, si eso no ocurría, seguirían haciendo pruebas.

—Lo estás haciendo bien, Eric —apuntó el médico, mientras apretaba con fuerza su mano a modo de despedida—. Bueno, Lucas, nos veremos en unas semanas.

Eric no tenía tan claro que estuviera haciéndolo tan bien. Todo el mundo tenía palabras amables para con ellos, todos ofrecían su ayuda, y todos lo reconfortaban con esas frases aprendidas en el manual de «cómo ser un verdadero hipócrita». Sin embargo, lo único que él veía era que Lucas cada vez se cerraba más al mundo, y estaba preocupado, claro que lo estaba. Eric aferró con fuerza la mano de su sobrino y los dos, en silencio, emprendieron el camino de regreso a casa, después de una hamburguesa rápida y un helado.

Los días transcurrían tranquilos en ese perenne silencio que se había instaurado en sus vidas. Solo roto de manera ocasional por el televisor, o por esos monólogos de Eric, que nunca obtenían respuesta.

—¿Te has cepillado los dientes? —preguntó desde la cocina—. ¡No te hagas el mudo conmigo! —le gritó mientras, secándose las manos con un trapo, caminaba en dirección al baño.

Cuando llegó no encontró a Lucas, pero sí el cepillo que estaba húmedo, y la pasta de dientes abierta, aparte de derramada por todo el lavabo. Un golpe sonó desde el dormitorio a donde Eric dirigió entonces su atención, cuando se acercó, una pila de libros estaba en el suelo y Lucas lo miraba con cara de «no ha sido culpa mía». Eric soltó un suspiro y empezó a recogerlos con Lucas ayudándolo al lado.

—Abre la boca —ordenó al niño, se acercó a su rostro y aspiró hasta notar el olor a fresa del dentífrico, lo que dio por bueno y no insistió más con el tema de los dientes.

Lucas lo miró con insistencia mientras mantenía uno de los libros entre las manos y lo alzaba hasta ponérselo a su tío delante de los ojos, a lo que Eric fingió no verlo, hasta que Lucas gruñó enfadado y empujó con más insistencia el libro, estampándoselo en la cara.

—¡Vale! —exclamó Eric—, vale, lo pillo… —dijo este, cogiendo el libro—. ¿Otra vez el del astronauta? —se lamentó—. Oye, ¿qué te parece si vamos una tarde a la biblioteca? Podemos coger libros nuevos y… —Lucas negó con la cabeza—. ¡Cabezón! —le reprendió, alzándolo del suelo desde debajo las axilas y tirándolo sobre el colchón, donde el niño rebotó un par de veces—. ¿Has hecho pipí? —El niño asintió.

Eric arropó al pequeño, aunque después se lo repensó y bajó un poco las sábanas, empezaba a hacer calor y Lucas siempre sudaba mucho, a veces tenía que cambiarle el pijama más de una vez a lo largo de la noche porque estaba empapado. Se sentó al lado, apagó la luz del techo y dejó solo prendida la de la mesilla de noche, abrió el libro dispuesto a volverlo a leer, como casi todas las noches. Lucas quería ser astronauta. Eric de niño había tenido el mismo sueño, puede que el deseo de Lucas estuviese algo influenciado por él. Siete meses atrás, Eric había empezado a estudiar Física en la universidad, aún no tenía muy claro hacia dónde decantaría sus estudios, pero era obvio que la Astrofísica era un campo que le apasionaba desde pequeño. Aunque, en ese momento, su vida se encontraba en un paréntesis, un impase en el que todo lo que él quería y soñaba había quedado relegado y olvidado, lo único que importaba en este momento era Lucas. Por eso había dejado la carrera después de los exámenes del primer semestre y ahora trabajaba a media jornada en el supermercado del barrio.

Leyó de manera tranquila mientras era el narrador, aflautando la voz cuando era el astronauta quien hablaba o agravándola cuando lo hacía el alienígena. A Lucas le encantaba ese cuento, sobre todo si se lo explicaba haciendo un poco de teatrillo. Cuando terminaron de leerlo, Eric besó la frente del niño, le deseó buenas noches y apagó la luz antes de salir de la habitación. Una vez solo en el comedor se dejó caer en el sofá agotado y encendió el televisor para que Lucas no lo oyera llorar.

Capítulo 2

Los fines de semana siempre eran muy ajetreados para Jonah, sobre todo ahora que se acercaba el verano. Los días de mayo en la costa catalana eran temperados y agradables, cosa que se notaba en la afluencia del restaurante. Además, había elegido un enclave privilegiado, lo suficiente cerca de Barcelona como para que no resultara pesado ir hasta allí y, a la vez, un poco lejos como para ser un pueblo tranquilo. Le gustaba Canet de Mar, era un bonito lugar para vivir, a pesar de que su familia disintiera y prefiriera la gran ciudad, moderna y cosmopolita.

Los días de Jonah acostumbraban a empezar a las seis de la mañana, cuando el despertador sonaba y se levantaba para salir a correr. Después de un buen desayuno era momento de la visita al mercado local para poder comprar productos frescos y de buena calidad. Le encantaba su trabajo. Su madre siempre decía que nació con un cucharón en la mano, ya de pequeño era sumamente exigente con las comidas y nunca se cerró a probar cosas nuevas, de hecho, adoraba los nuevos sabores, las texturas, las mezclas… ¡Le encantaba experimentar!

Compaginó la carrera de Turismo con un trabajo mal pagado en la cocina de un restaurante fusión, donde aprendió muchas cosas, en especial todo aquello que no se debía hacer. Después llegó un Erasmus que lo llevó de vuelta a sus orígenes. A pesar de que de griego solo le quedaba el apellido y un extraño gusto por las cosas agrias, poder estudiar en el país de sus antecesores fue una grandísima experiencia. Al regresar de ese año en tierras griegas le llegó una gran oportunidad de aprender con uno de los mejores chefs del país. Al final todo ese conocimiento y pasión desmedida cultivado a lo largo de los años, ahora se traducía en uno de los restaurantes más prósperos de la costa del Maresme.

Jonah ojeó el reloj y alzó la mirada en dirección a la puerta, hizo la cuenta regresiva mentalmente y justo cuando llegó al cero esta se abrió dando paso a Víctor, uno de sus mejores amigos a la par que uno de sus peores trabajadores.

—Me duele la cabeza —advirtió el chico, antes de que Jonah pudiese decirle nada.

Jonah mantuvo el silencio, ya que había decidido ignorarlo, encendió la cafetera y, a pesar de no ser su trabajo y sí el de Víctor, aprovechó para repasar que no faltara nada en las neveras de las bebidas.

—Oye —dijo Víctor acercándose y sentándose, como si el trabajo no fuera con él—, ¿cómo terminó la historia con el tipo ese del cochazo? ¿Ha vuelto a llamarte?

—¿Has avisado a Lucía de que tenía que venir una hora antes? —le preguntó Jonah, con su agenda entre las manos.

—Sí —confirmó Víctor, mientras se rascaba los ojos como si pretendiera sacárselos de las cuencas.

—La semana que viene empezaremos a hacer las entrevistas para coger refuerzos para el verano, yo necesito mínimo dos personas en la cocina, ¿qué necesitas tú aquí fuera? —siguió Jonah.

—¿Puedo pedir lo que me dé la gana? —inquirió Víctor, dejándose en paz los enrojecidos ojos y mirando con la ceja alzada de manera pícara a su amigo.

—Siempre que no sea descabellado… —murmuró Jonah, agachado reorganizando la parte baja de un armario.

—Dos chicas —soltó Víctor con socarrona sonrisa y haciendo el gesto internacional de «grandes pechos», a pesar de que Jonah no pudo verlo.

—Ajá… —siguió el otro, cerrando el armario y dirigiéndose a la cocina, mientras continuaba hablando, esperando que su amigo lo siguiera o, al menos, hiciera el amago de ello—. ¿Solo dos camareros nuevos? El verano pasado dijiste que te faltaban manos…

—No me has entendido —dijo Víctor con resignación desde el comedor—. Joder, Jonah, es que contigo no merece la pena ni intentar hacer bromas —bufó, entrando en la cocina donde Jonah ya se había puesto un delantal y estaba empezando con su obsesivo ritual de limpieza, a pesar de que la cocina estaba impoluta.

—¿El qué era una broma? —demandó Jonah mirándolo confundido—. ¿Necesitas dos camareros o no?

—Tres —resopló Víctor, y dándose por vencido cogió uno de los delantales, fastidiado—, no, mejor que sean cuatro, a poder ser con experiencia.

—Hablaré con Ina.

—Ina, Ina, Ina… Parece la dueña de esto —murmuró entre dientes Víctor.

—No te metas con mi hermana —dijo Jonah molesto.

—Tu hermana es una bruja —soltó de tal manera que no admitía discusión—. Cada vez que viene al restaurante algún camarero coge la baja por depresión.

Jonah meneó la cabeza mientras rebufaba. Cierto que Ina era un tanto… fría. La verdad era que tenía cero mano izquierda, y era bastante brusca diciendo las cosas. Pero era su hermana. Si él había nacido con un don para los fogones, Ina lo había hecho para las finanzas. Se fiaba de ella, y sus decisiones siempre terminaban siendo acertadas, por eso Jonah había delegado en su hermana parte de esa tediosa faena que era dirigir el restaurante. No quería desentenderse del todo, pero sí le resultaba un trabajo nada estimulante, y a pesar de estar siempre al tanto de todo, traspasaba a Ina algunos de los asuntos. A él lo que le gustaba era cocinar.

—Señor Katsaros. —Ambos amigos se vieron sorprendidos por una tímida voz que llegaba de la puerta trasera.

Jonah dejó el trapo sobre la encimera y fue a abrirla, Oriol apareció tras ella sonriente, sudado y cargado con cajas. Jonah alargó las manos para hacerse con parte de ellas y aligerar el peso al muchacho.

—Víctor, encárgate de las cosas de nevera —pidió Jonah, mientras él dejaba las verduras sobre el mostrador metálico—. Vaya, esto es genial —exclamó, cogiendo unas grandes y redondas berenjenas que solo les faltaba brillar para ser consideradas una joya.

—Señor Katsaros… —dijo de nuevo Oriol, entrando en la cocina tras el dueño de la misma—. Mire… —continuó el chico, alzando una caja de cerezas—. Están muy buenas.

Jonah se sorprendió, no las había visto cuando había pasado por el mercado, pero la verdad es que se veían gordas y jugosas, ¡perfectas! Oriol sabía que a Jonah le encantaban las frutas de temporada, por eso había añadido una caja para el restaurante a pesar de que no la hubieran pedido.

—¿Quieres un trozo de ravani? —ofreció Jonah, hacía mucho tiempo que Oriol y él se conocían y sabía a la perfección la pasión del chico por los dulces, en especial por ese pastel en concreto—. Y un café —añadió a su ofrecimiento, recordando que la cafetera ya estaba encendida.

—Gracias —dijo Oriol, siguiendo a Jonah por la cocina para pasar a través de la puerta abatible hasta el comedor.

Katsaros era un restaurante pequeño pero deslumbrante. Afincado en un antiguo edificio de estilo modernista a pocas calles del mar. Su fachada era, en sí sola, una auténtica obra de arte, y el interior no se quedaba atrás. Cuando Jonah se hizo con la propiedad decidió mantener la originalidad y el estilo en todo su esplendor, no había querido quitarle nada de alma a esa construcción que a veces parecía tener vida propia. Era un pensamiento irracional que derivaba de sensaciones que tenía a veces, cuando estaba a solas entre esas paredes. Como si quisieran hablar y contarle su historia, que a buen seguro la tenía.

Terminó de preparar el café y lo dejo frente a Oriol, junto con un trozo de ravani recién cortado. De la cocina llegaban exclamaciones y maldiciones de Víctor, sobre el frío que hacía dentro del frigorífico. Jonah lo ignoró.

—¿Cómo está tu padre? —le preguntó al muchacho, jugueteando con el cordel de la bolsita del té, haciéndola ascender y descender por turnos.

—Mejor, nos han dicho que le darán el alta durante esta semana que entra.

—Me alegra —suspiró Jonah—. Ahora deberá tomarse las cosas con calma.

—Eso es lo que le decimos, pero ya lo conoces… Para que estuviera quieto lo deberíamos atar a la cama.

Jonah soltó una carcajada imaginando al viejo señor Torras maldiciendo a sus vástagos mientras ellos trataban de inmovilizarlo. Había almas que eran inquietas por naturaleza. Sacó la bolsita de té y la arrojó a la basura antes de dar el primer sorbo cuando Víctor sopló con fuerza en su oído, haciendo que diera un bote que casi derramó todo el contenido de la taza.

—¡Serás gilipollas! —gruñó Jonah.

—¡Ooohh! El jefe ha dicho una palabrota —se burló Víctor, sacándole la lengua al muchacho de la tienda—. Anda que ofreces… —se quejó, señalando el café.

—No sabía que te tuviera que dar permiso para saquearme la despensa —se quejó Jonah.

Puede que las mañanas fuesen un tanto relajadas y distendidas, sin embargo, después la cocina se volvía un caos, un ir y venir de un lado a otro, el olor de las especias, el calor de los fuegos y los hornos, el cansancio que se iba acumulando en el paso de las horas. Ese agotamiento era la recompensa por un trabajo bien hecho. Cuando terminó el turno de cenas y el restaurante se cerró, todavía aguardaba el laborioso momento de la limpieza, poco a poco los trabajadores fueron marchándose y, al final, solo quedó él, agotado pero satisfecho.

Jonah se dejó caer en la silla tras la mesa de ese pequeño despacho de dirección que empleaba a veces para… apenas para nada. Solía usarlo más Ina cuando se desplazaba para hacerles alguna visita. Sacó del primer cajón del escritorio una de las viejas libretas de recetas y empezó a ojearla, descartándola al rato para tomar otra, hasta que por fin encontró lo que buscaba. Era una suerte ser tan organizado. Leyó las notas, cogió un marcador de página y lo pegó a la esquina, metió la libreta en la mochila que solía llevar siempre. Apagó las luces para marcharse a casa, a las seis de la mañana tocaba volver a empezar.

Capítulo 3

Al tirar de una de las camisetas, el resto cayeron al suelo creando una alfombra cien por cien algodón, de diferentes colores y logotipos publicitarios. Eric soltó un gruñido al cielo maldiciendo la poca estabilidad que ofrecía una pila de camisetas amontonadas. Pero como no tenía tiempo de recogerlas, las dejó allí y, desde esa perspectiva, ellas abajo y él mirándolas desde las alturas, le pareció que era más fácil poder elegir una. Podía plantearse patentar ese sistema, no sería el único con una idea alocada que había tenido éxito. En este caso optó por lo más formal que tenía, una camiseta negra con unos dibujos de estrellas en el pecho.

—Listo —se dijo a sí mismo, dando por bueno su aspecto frente al espejo—. ¡Lucas! Como tardes cinco segundos más en terminar las galletas, te juro que te las quito y te vas al colegio sin desayunar, ¡no me provoques!

Todo eso fue gritado en el trayecto de la habitación de Eric hasta el baño, sin ni siquiera acercarse a comprobar la cantidad de galletas ingeridas, no le hacía falta, ya que sabía que Lucas seguía con la primera de la mañana. La ventaja del mutismo de Lucas era que no le replicaba. Eric empezó a cepillarse los dientes al tiempo que hacía una primera visita al salón, comprobando como, en efecto, Lucas estaba embobado con la tele y seguía con las galletas intactas. Eric estiró la mano por encima de la mesa y, a pesar de que Lucas intentó alejar el mando a distancia, la longitud de los brazos de un adulto eran una ventaja, así que, haciéndose con el mando, apagó la tele y miró al niño con los ojos entrecerrados.

Lucas miró a su tío enfadado, no solo le quitaba los dibujos, sino que encima se estaba cepillando los dientes por toda la casa cuando a él le obligaba a no moverse del baño cuando lo hacía. Lucas alzó los brazos y los cruzó a la altura del pecho mostrando su enfado, pero su tío lo ignoró por completo y señaló las galletas, después se tocó el reloj, indicando que el tiempo corría y que, o se apresuraba, o lo dejaba sin desayunar. Nunca cumplía su amenaza. Cuando Eric salió del salón, Lucas volvió a encender el televisor.

A las nueve menos diez de la mañana, Eric arrastraba a Lucas calle abajo para no llegar tarde al colegio.

—Mañana te quedas sin desayuno, te lo juro —le amenazó Eric, a lo que Lucas respondió alzando tan solo una ceja. Su cara decía: «Sí, claro»—. ¡Maldito niño! —se quejó Eric, con ese niño era imposible ganar.

Llegaron frente a la puerta del colegio por la que ya casi todos habían entrado, pero aún no estaba cerrada, eso era casi un récord para ellos.

—Recuerda que hoy te quedas a comedor. —Lucas asintió, aunque con mala cara—. Por la tarde vendrá a buscarte Marta. —Lucas volvió a afirmar con la cabeza—. Nos veremos por la noche, ¿vale? —Lucas lo miró con tristeza y Eric soltó un suspiro, agachándose frente a su sobrino y revolviéndole el pelo—. Por la noche, ¿vale? —Lucas volvió a menear la cabeza de manera afirmativa—. Pórtate bien —añadió, viéndolo correr por el patio en dirección a la puerta del edificio principal.

Lucas siempre había sido un niño muy bueno, muy callado y poco movido. A Eric le chiflaba chincharle por todo, hasta que Sara se enfadaba y le decía que no lo volvería a dejar de canguro, sin embargo, al siguiente turno en el hotel donde trabajaba volvía a necesitarlo y a él le encantaba pasar tiempo con el niño. Ahora ese tiempo eran las veinticuatro horas del día los siete días de la semana. Eric se rascó la cabeza, aún parado frente a la verja del colegio mirando en dirección a la ventana de la clase de Lucas, viendo cómo entraba y se sentaba solo, en el más absoluto silencio, en esa silla de color naranja. Desde que Sara había muerto, Lucas era aún más difícil de tratar, por suerte en el colegio estaban siendo muy comprensivos y lo estaban ayudando bastante.

Miró el reloj y apresuró el paso en dirección a la boca de metro más cercana. Por fin había llegado el día de su cita con el abogado, no sabía si estar más ansioso que nervioso, o viceversa. El tipo cobraba un dineral, así que tenía que ser bueno, había buscado opiniones por Internet y todas las que encontró eran positivas. Estaba en un bufete de lujo, se lo confirmó el hecho de que le ofrecieran un café mientras esperaba.

El hombre tras la mesa era un tipo de unos cincuenta años, orondo y calvo, que examinó a conciencia los papeles, mientras Eric tamborileaba nervioso los dedos contra la madera de la mesa. Se sentía como en un concurso de televisión, esperando si había pasado de ronda o lo mandaban a casa sin ni siquiera premio de consolación.

—Mi consejo, señor Costa… —«Señor Costa, acabo de envejecer cien años», pensó Eric—. ¿Lo ha entendido?

«Mierda de déficit de atención», se lamentó Eric para sí mismo.

—No, lo siento… ¿Puede volver a repetirlo? —pidió de manera educada.

—Lo mejor sería que intentara localizar al padre de Lucas, debemos entender que, si ya en su día no quiso saber nada del niño, no debe de tener el menor interés en hacerse cargo de él ahora que la madre ha fallecido. Sin embargo, debería conseguir que firmara una carta de renuncia de sus derechos y deberes como progenitor. —El hombre dejó los papeles a un lado y lo miró de manera directa a los ojos—. Su hermana Sara le dejó a usted como tutor legal del niño, no debería existir ningún problema, pero siempre sería mejor y se ahorraría una sorpresa en el futuro, si el padre renunciara de forma oficial a sus derechos —volvió a explicarle el abogado.

—Entendido, encontrar a ese imbécil y hacer que diga que no quiere a Lucas —replicó Eric, rascándose la cabeza.

—Ese sería el resumen más o menos, sí.

—¡Genial! Entonces, después, ¿podré adoptarlo? —inquirió Eric ansioso.

—Tiene un hogar estable, un contrato fijo y un entorno saludable. Veo que ha adjuntado dos informes médicos en los que se recomienda que sea usted quien siga al cuidado del menor, como estos últimos meses… No veo mayor problema en que se formalice la adopción —declaró el hombre orondo, frotándose la barriga con gesto satisfactorio.

—¡Bien! —exclamó Eric, haciendo un gesto de victoria.

—¿Está seguro de que es lo que desea? —le interrogó el abogado.

La pregunta cogió a Eric con la guardia baja, a pesar de que no era la primera vez que alguien se la lanzaba para que la cogiera al vuelo. Tenía diecinueve años recién cumplidos, adoptar a Lucas iba a mandar por el retrete todos sus sueños futuros, no obstante, eso le importaba una mierda. Nunca había tenido nada tan claro en toda su vida. Así que, Eric solo sonrió con amabilidad ante la preocupación de ese hombre que no lo conocía de nada, ni a él, ni a Sara, ni a Lucas. Eric siguió sonriendo, como si estuviera agradecido de ese arranque de preocupación paternalista por su parte.

—Sin ninguna duda —afirmó de manera escueta pero tajante, alargando la mano después para encajarla con el hombre.

Cuando por la noche llegó a casa, el bocadillo del mediodía lo tenía en los pies, estaba hambriento y cansado por el trabajo. Eran cerca de las nueve y Lucas, casi con toda seguridad, estaba esperándolo en la cama para leer un libro. Agradeció a Marta, la vecina de enfrente, que hubiera cuidado del pequeño durante toda la tarde.

—A ver, enano, ¿los dientes? —preguntó desde el pasillo, caminando hacia la habitación de Lucas.

Cuando entró, no había rastro del niño en ninguna parte, Eric miró alrededor un par de veces, se agachó para buscarlo bajo la cama, pero tampoco lo encontró ahí.

—¡Tú! Zarigüeya, ¿dónde te has metido? —inquirió, saliendo de la habitación de astronauta para meterse en la suya propia—. Eeeeehhhhh, me habéis recogido las camisetas del suelo. ¡Mola! —exclamó Eric feliz. Dio un vistazo rápido, el bulto bajo sus sábanas se movió, sin embargo, Eric fingió no verlo—. Qué pena, mofetilla, había comprado un McFlurry —soltó, chasqueando la lengua.

Justo terminó de dejar caer esas palabras, cuando las sábanas saltaron y de debajo de ellas apareció Lucas, con expresión feliz alzando las manos en su dirección, exigiendo el helado.

—¡Lucas! —gritó Eric, fingiendo sorpresa y cogiéndolo en brazos. Sin embargo, situando ambas manos sobre su pecho, el niño empezó a empujar con fuerza para que lo soltara—. ¡Aaaahhh! El helado, ¿no? Como te he dicho, he comprado uno… Pero… Cachis, me lo he comido por el camino —comentó Eric riendo como un loco, cuanto más reía él, más enfadado se ponía Lucas—. ¡Qué quieres! Se estaba derritiendo, era una pena.

¿Cómo no iba a estar seguro de querer adoptar a Lucas? Eric abrazó al niño con fuerza, a pesar de la resistencia que el pequeño ofrecía, pues estaba muy enfadado por no tener helado.

—Mañana te compro una tarrina entera para ti solo —le prometió Eric, besando su frente, empezando a luchar contra esas lágrimas que estaban a punto de golpear sus ojos a traición—. Venga, es muy tarde, te tienes que ir a dormir —apuntó el chico, recomponiéndose y llevándose al pequeño hasta la habitación para dejarlo con ternura sobre la cama—. Hoy no hay tiempo de cuento —lamentó, además estaba muerto de hambre, no veía el momento de arramblar con cualquier cosa que hubiera en la nevera, lo que fuese—. Vamos, vamos, no seas pesado —dijo Eric, ante los pucheros del niño—. Buenas noches, enano.

Agachándose al lado de la cama, Eric besó la frente de Lucas y este alargó la mano para acariciar la mejilla de su tío, cosa que lo cogió por sorpresa. Lucas alzó un poco la mano para asir a Eric por la nuca y hacer que se acercara un poco más, este, intuyendo lo que pretendía, ladeó un poco la cabeza, acercando el oído a los labios de Lucas, que empezaron a moverse despacio.

—Buenas noches —susurró el niño, con un hilo de voz tan suave, que Eric lo sintió como una leve brisa erizándole la piel. Como un beso de mariposa.

—Te quiero, zarigüeya.

Ambos se miraron aún unos instantes más, poco a poco, el pequeño fue cerrando los ojos hasta que su respiración se ralentizó. Una vez en la cocina y mientras tomaba un trozo de tortilla de patatas que había dejado hecha Marta, repasó todos los papeles que el abogado le había dado esa mañana, hasta que llegó a esa «renuncia» que debía firmar el padre de Lucas. Tenía que quitarse cuanto antes este tema de encima, puede que después de eso consiguiera conciliar mejor el sueño por las noches.

—Bueno, señor Katsaros, más vale que no me lo pongas muy difícil.

Capítulo 4

Cuando salió de la ducha después de sus quince kilómetros diarios, Jonah pudo observar cómo el cielo, que ya al amanecer estaba teñido de gris, ahora había mutado a un negro extraño, y hasta empezaban a escucharse truenos lejanos. Iba a llover lo que, en el mundo de la hostelería, podía traducirse en dos cosas totalmente opuestas: que el restaurante se llenara hasta la bandera o que estuviera vacío por completo. Era extraño, a veces con la lluvia era como si a la gente dejara de apetecerle cocinar, esos días el restaurante bullía, sobre todo de vecinos de la zona. Por el contrario, había veces que, con tormenta, la gente pensaba que mojarse era algo insoportable y se encerraba en casa. Aunque esos días tampoco eran malos, los aprovechaba para probar nuevas recetas y usaba a sus trabajadores como conejillos de Indias.

En los últimos meses de primavera había incluido tres platos nuevos en la carta. Además, el día se le presentaba complicado pues, a media tarde, entre el servicio del mediodía y de la cena, empezarían con las entrevistas para incorporar personal en la temporada de verano. De hecho, ya iban un poco tarde. La gente de sala solía ser cosa de Víctor, ya que, a fin de cuentas, él era quien tendría que lidiar con ellos. Jonah no solía salir mucho de la cocina, lo que él necesitaba era un par de buenos ayudantes, rápidos en pequeñas tareas y a poder ser con algo de experiencia.

Al final, la mañana fue relativamente tranquila. Hubo comensales, pero dentro de la normalidad, seguramente porque, a pesar de la amenaza del cielo nublado y los truenos, aún no había empezado a llover; el tiempo había aguantado. Jonah miró el reloj haciendo un cálculo mental y terminó por decidir que le daba tiempo de ir a casa a darse una ducha, antes de que su hermana llegara. Después de tantas horas con el calor de la cocina estaba sudado e Ina odiaba que oliera a comida, cosa que a él le encantaba.

—Jefe, ¿quieres que venga después? —se ofreció Víctor, siguiendo a Jonah por la cocina. Observando cómo su amigo terminaba de limpiar un par de cosas.

—¿Quieres venir? —cuestionó sorprendido Jonah, ya que, aunque Víctor no era de los que se escaqueaban de sus obligaciones, tampoco solía trabajar más de lo estrictamente necesario.

—Aaaahhhh, bueno, no me importaría si es por echarte una mano —tanteó el chico, ayudando a Jonah a guardar unas cosas en la cámara frigorífica.

Jonah cerró la puerta del congelador y se giró para observarlo, no obstante, Víctor seguía con una mirada indiferente, como si se ofreciera por ayudar y sin motivo oculto en realidad. Jonah no pudo evitar sonreír, a veces su amigo era tan obvio.

—Va a venir Ina —le informó Jonah, a pesar de que eso debería ser algo más que evidente y, de hecho, era lo que esperaba su amigo.

—¿En serio? —fingió sorpresa Víctor, como si no supiera nada y en realidad esa información le viniera de nuevas—. Bueno, igualmente, si me necesitas… puedo venir —siguió el muchacho.

—Víctor, si quieres venir, ven —se rindió Jonah al fin—. Oye, voy a ir a casa a darme una ducha, estaré de vuelta en una hora…

—Vale, jefe, yo cierro —comentó Víctor.

Empezaba a chispear cuando llegó a casa. En algún momento no muy lejano en el tiempo tendría que llamar a la empresa de mantenimiento del jardín, para que dejara todo preparado para la llegada del verano. Durante la época del frío, la piscina había adquirido un nada llamativo tono verdoso que no invitaba a darse un chapuzón. Él era un desastre con todas esas cosas, además, tampoco tenía tiempo para dedicarle a la casa o al exterior de la misma. Jonah se peinó el pelo hacia atrás echando un poco de gomina para fijarlo, dándole un efecto despeinado y húmedo. Se estaba esforzando un poco más de lo habitual, porque Ina siempre le daba el toque de atención de que debía cuidar su aspecto. Decía que no solo tenía que ir bien en el negocio, sino que además tenía que parecerlo. Él no entendía muy bien qué significaba eso, lo resumió en «aparentar», algo en lo que su hermana era realmente buena.

Tres minutos le duró la paciencia de intentar anudarse la corbata, al final la tiró sobre la cama y dejó el cuello de la camisa abierto. Se miró al espejo y le pareció una apariencia lo suficiente correcta como para entrevistar a nuevos empleados y, al tiempo, complacer los altos estándares de su hermana.

Cuando salió a la calle empezaba a llover con más insistencia, así que cogió las llaves del coche, no le apetecía mojarse, además, a esas horas no tendría problemas para aparcar. Estaba llegando al restaurante y ya había un chico esperando frente a la puerta, a pesar del mal tiempo estaba sin paraguas. Jonah se apresuró en estacionar el coche y salió corriendo para poder abrir la puerta y que el joven no se mojara más de lo que ya estaba.

—¡Hola! —saludó Jonah de lejos, caminando de manera rápida hacia él y sacando las llaves—. Menudo día, ¿eh? —comentó como de pasada en tono afable—. Rápido, pasa dentro —ofreció con amabilidad—. Espera, encenderé las luces.

Después de encender las luces del comedor entró un segundo al vestuario del personal a por un par de toallas, y mientras iba pasándosela por el pelo, se acercó al muchacho para darle una también.

El chico seguía detenido en la entrada, Jonah pensó que podría deberse a que no quería mojarlo todo, aunque con ese día y la cantidad de gente que entraba y salía del restaurante, que se mojara el suelo era algo inevitable. El chico empezó a pasarse la toalla por el pelo, bastante oscuro sin llegar a ser negro, lo hizo de manera lenta, como sin ganas. De hecho, toda la expresión de su rostro era extraña, como si no quisiera estar ahí. Además, seguía sin decir nada, de hecho, y ahora que se paraba a pensarlo, ni siquiera le había devuelto el saludo inicial. Jonah lo observó un instante más, no era muy alto, ni muy corpulento, de hecho, no destacaba mucho a simple vista, puede que lo más llamativo fuera esa tez tan blanca que, en contraste con esos ojos tan oscuros, hacían que aún pareciera más pálida, como si fuese de cuarzo pulido.

—¿Quieres un café? —ofreció Jonah, intentando romper el hielo, viendo que el chico estaba aún algo intimidado, a lo mejor era su primera entrevista de trabajo.

—No —respondió este de manera seca.

—Está bien —resopló entonces, empezando a sentirse un tanto incómodo.

Jonah ojeó el reloj de manera disimulada, ese chico se había presentado muy pronto, tanto que Ina no había ni llegado, aun así, pensó en ir adelantando trabajo. Además, algo en su interior estaba saltando en señal de alarma, pero no sabía el qué.

—Vayamos al despacho —propuso entonces, comenzando a caminar en esa dirección. Pensó en explicarle algo de ese edificio, del comedor por el que estaban pasando o incluso alardear de algunos de los cuadros colgados, auténticas obras de arte, sin embargo, intuyó que a ese chico todas esas cosas le daban igual.

Había algo que no encajaba, aun así, se obligó a sonreír de manera amable, señaló la silla frente a la mesa, indicando que podía tomar asiento. Fue entonces cuando el muchacho se quitó la cazadora y el eslogan Que te jodan de la camiseta lo sacudió de pronto y no pudo evitar soltar una risotada, pensando en la mala elección del atuendo para alguien que pretendía ser contratado. ¿En serio estaba buscando trabajo? Si lo viera Ina lo descartaría de inmediato. Aunque tal vez lo había hecho para llamar la atención y desmarcarse del resto, de ser así, había logrado su objetivo. Jonah se quedó mirándolo con una sonrisa bastante tonta, le gustaba la gente tan desenfadada y con cínico sentido del humor, puede que porque él no era así.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Jonah, sacando la agenda para tachar su nombre de la lista.

—Eric Costa —dijo el muchacho sin más.

La intensa mirada del chico hizo que Jonah se estremeciera de arriba abajo. Tenía los ojos de un profundo negro, tan oscuros que parecía que su pupila se difuminaba. Sin duda, era muy joven, no debería de tener más de diecisiete o dieciocho años, no acostumbraba a contratar chicos tan jóvenes, pero estaban también en el derecho de, al menos, optar a una entrevista justa. Todos habían pasado por ese incómodo momento en que la juventud era solo una traba y nadie se dignaba a dar una oportunidad.

Empezó a repasar la lista de los nombres de las personas citadas para una entrevista, sin embargo, no encontró a nadie con ese nombre, repasó los currículums que su hermana le había hecho llegar, pero tampoco dio con ninguno del tal Eric Costa. Alzó la mirada confundido, la sensación de que había algo raro siguió creciendo en él.

—¿Tienes experiencia como camarero? —preguntó entonces Jonah—. Al menos habrás traído el currículum, ¿no? —Ya que había asistido a la entrevista sin ser agendado, al menos…

—¿Crees que vengo a pedirte trabajo? —soltó Eric con indignación, cortando de raíz la diatriba mental de Jonah, que seguía sentado frente a él con expresión confundida.

—¿No vienes por el trabajo? —inquirió entonces, aún más desconcertado.

—No trabajaría para un hijo de puta como tú ni aunque fuera el último trabajo sobre la faz de la tierra —declaró Eric, con una enorme cantidad de odio en la voz.

—¿Perdona? —demandó Jonah tan aturdido, que ni se dio cuenta del momento en que él se había puesto de pie.

El chico frente a él seguía sentado con tranquilidad… No. Eso no era del todo cierto. Fijándose mejor, Jonah pudo advertir el temblor en sus manos, la manera en la que al tragar parecía que los nervios se quedaran atorados en su garganta, y cuando ese tal Eric alzó la mirada en su dirección, Jonah advirtió que sus ojos estaban ligeramente enrojecidos y cargados de desprecio.

—Tú eres Jonah Katsaros, ¿no? —preguntó el chico.

—Sí —afirmó, aún de pie y sin saber qué estaba pasando.

—De puta madre —soltó el muchacho, sacando algo de la mochila y tendiéndolo en su dirección—. Firma esto y me voy.

Capítulo 5

Podría haberse ido, volver otro día, en otro momento, esperar en una cafetería cercana o… había miles de cosas que podría haber hecho, pero no lo hizo, solo se quedó ahí de pie, frente a la puerta de ese restaurante, incapaz de moverse, puede que, de intentar dar un paso, la poca estabilidad aunada en ese instante se evaporara. Practicó un elocuente discurso durante el trayecto en tren; uno en el que no figuraban reproches, ni insultos, ni culpas de ningún tipo. Cuatro frases neutras para exponer la situación y le daría los papeles. En el bolsillo pequeño de la mochila había metido tres bolígrafos y los tres pintaban a la perfección, todos habían sido minuciosamente comprobados. No pensaba estar ahí ni un segundo más de lo estrictamente necesario. Entrar, soltar su discurso, que él firmara la renuncia y olvidarse del tema. No volver a ver a ese bastardo nunca más.

El problema se originó al verlo llegar. Lo primero que pensó Eric fue en cuán tópica había sido su hermana Sara. Jonah era alto, debía de rozar el metro noventa, aunque parecía más debido a su ancha complexión, seguro que practicaba algún deporte. Tenía el pelo castaño claro, casi rubio, era el mismo tono de pelo de Lucas, y cuando ese pensamiento cruzó su mente, Eric se sintió mucho más molesto con ese hombre. La cosa no mejoró en absoluto cuando comprobó que los ojos de ese tipo, de un azul claro y sincero, también eran como los de su sobrino. Eric sintió cómo la rabia crecía en su interior. Ese imbécil era atractivo de un modo insultante.

Lo siguió hasta el despacho, ¡el muy idiota pensaba que estaba ahí por una entrevista de trabajo! Eric dijo su nombre despacio, remarcando con énfasis el apellido, el mismo apellido que compartía con su hermana Sara, el mismo apellido que la chica a la que había dejado embarazada cinco años atrás. Pero el señor Katsaros pareció no inmutarse.

La ira lo invadió por entero, de dentro a fuera, lo sintió hasta doloroso, como un parásito abriéndose paso a mordiscos a través de su piel. No podía más, tenía que salir de allí antes de terminar haciendo algo de lo que se arrepintiera. Así que, con rapidez y gran autocontrol, volvió al plan inicial: sacó de la mochila los papeles que el abogado había preparado para él. Los dejó sobre la mesa, junto a uno de los bolígrafos.

—¿Qué se supone que es esto? —inquirió Jonah, sentándose de nuevo tras la mesa y agarrando los papeles.

«Siete, ocho, nueve…», Eric contaba mentalmente, para abstraerse. Solo quería que los firmara y poder salir de allí con dignidad y sin una denuncia por agresión, solo eso. Empezaba a arrepentirse de haber ido hasta este sitio, verlo a él ahora lo hacía real. Hasta el momento había sido un ente incorpóreo, sin cuerpo ni cara, simplemente el semen que fecundó el óvulo de Sara. Nunca se había parado a pensarlo mucho más allá. A quién se parecía Lucas, de dónde había sacado ese pelo tan fino y claro, o esos impresionantes ojos azules tan bonitos… Ahora que tenía al padre delante, era como si le hubieran dado una patada en el estómago.

—Firma —repitió Eric, y en esa sola palabra usó todas las fuerzas que le quedaban para no terminar provocando un desastre en ese despacho.

—Espera un momento —dijo Jonah mirándolo, pero Eric no supo identificar qué clase de mirada era esa, era como si ese azul que había descubierto al principio se hubiera vuelto como el cielo en un día de tormenta, de un gris escalofriante—. ¿Qué diablos se supone que es esto? Debe tratarse de un error —sentenció, empujando los papeles por encima de la mesa, alejándolos de él.

—El error fue follar sin condón y no querer saber nada de mi hermana después —soltó Eric a bocajarro, sin saber muy bien de dónde estaba sacando tanto arrojo, supuso que esa valentía residía en todo el amor que sentía por ese niño que lo esperaba en casa.

Una serie de sonidos provenientes del comedor hicieron que ambos alzaran la mirada en dirección a la puerta que no tardó mucho en abrirse, dando paso a una mujer perfectamente vestida, peinada y maquillada, que hizo que el gesto de Eric se torciera, pues, con un solo vistazo, le pareció tan artificial como una muñeca de plástico.

—¡Vaya! Lo lamento, no sabía que ya habías empezado con las entrevistas —declaró ella, con una voz que intentaba ser amigable sin terminar de conseguirlo. Tampoco consiguió disimular el gesto de desaprobación cuando los ojos se quedaron fijos, un poco más de lo necesario, en Eric—. Perdona, soy Ina, ¿tú eres…?

La mirada de Eric se fijó un instante más a esa mujer, para acto seguido regresar a su objetivo principal, él y los papeles que estaban sobre la mesa, que se encargó de volver a empujar hacia adelante, para que quedaran de nuevo frente a Jonah.

—Ina —dijo este último, con la mirada clavada en la mano de Eric, que seguía acercándole aquello que pretendía que firmara—. Si no te importa, es algo personal —apuntó entonces, levantándose y acercándose a la puerta para abrirla, invitando a Ina a salir.

—¿Me estás echando? —inquirió contrariada ella.

—Hablamos después, por favor, dame diez minutos.

—Con uno nos basta, no creo que seas tan lento en poner tu nombre —atacó Eric desde la silla donde seguía sentado.

Jonah empujó con delicadeza a su hermana fuera del despacho, mientras le pedía perdón en un susurro. Volvió sobre sus pasos, cogió los papeles y los alzó sacudiéndolos, como si quisiera airearlos o pretendiera que las letras cayeran y se volvieran solo folios en blanco.

—Solo dice que renuncias a reclamar, ahora y en un futuro, tus derechos de paternidad —le explicó Eric—, que viene siendo lo que has hecho desde que nació el niño —añadió—. No sé de qué mierda te sorprendes tanto, solo firma y olvídate de todo, no creo que sea tan difícil, dudo que alguna vez hayas pensado en él.

—Te llamabas Eric, ¿verdad? —comentó Jonah, con la voz agarrotada, como si las palabras se hubiesen hinchado y le costara hacerlas pasar por la garganta—. Si esto es verdad —siguió, y el gesto de Eric pasó de enfadado a iracundo en el tiempo que le llevó a Jonah pronunciar esas cuatro mal elegidas palabras—, si esto es verdad, yo no tenía ni idea de que Sara estaba embarazada.

—¡Mientes! —exclamó airado Eric.

—¿Por qué iba a mentir? —inquirió Jonah, dejándose caer sobre la silla, estaba más blanco que los papeles que sostenía aún entre las manos—. No me puedo creer que me esté pasando esto. ¿Dónde está Sara? ¿Por qué no ha venido ella? —demandó mirando a Eric—. Esto tenemos que aclararlo.

—¡No hay nada que aclarar! —gritó Eric, ya sí perdiendo la compostura—. ¡Firma! ¡Joder, firma los putos papeles! —insistió, arrojándole el bolígrafo.

—Si estás intentando chantajearme o sacarme algo te advierto que… —empezó a decir Jonah.

—¿Qué mierda voy a querer yo de ti? —bramó fuera de sí Eric—. Es al contrario, ¿no lo ves? Lo único que quiero de ti es que no existas para Lucas, ni ahora ni nunca.

—¿Lucas, así se llama el niño? —le interrogó Jonah, suavizando la voz.

—¡No digas su nombre! —amenazó Eric, los nervios lo empujaron a perder el control.

—Lo siento, Eric, no sé qué pintas tú en todo esto, pero este tema tengo que hablarlo con tu hermana, no sé… Consultaré con un abogado y concertaremos una cita…

—No puedes —musitó Eric, que pasó de gritar como un loco a que su voz apenas fuera audible para el oído humano.

—¿Por qué? —quiso saber Jonah.

—Porque no puedes… —repitió Eric temblando.

—Bueno, tú dame el teléfono de Sara y yo…

—¡Está muerta! —exclamó Eric, dejando que ya las lágrimas descendieran por sus mejillas, sintiéndose patético y derrotado al instante—. Firma los papeles, por favor… —le imploró con la voz rota—. Por favor… —repitió.

Había metido la pata hasta el fondo, siempre había pensado que Jonah Katsaros no quería saber nada de su hijo, ¡no que no supiera que tenía uno! ¿Qué pasaría ahora? ¿Y si él quería reclamar a Lucas?

Eric pasó el dorso de la mano por sus ojos, arrasando lágrimas y mocos, cogió la mochila al vuelo al tiempo que salía de ese despacho corriendo como si algo estuviera a punto de matarlo, dejando los papeles que tanto ansiaba en manos de un sorprendido Jonah, que aún estaba en estado de shock.

—¡Espera! —gritó la mujer, viéndolo salir tan apresurado del despacho de su hermano.

Eric salió de nuevo a la lluvia, que arremetía con mucha más fuerza que al momento de llegar. Echó a correr sin saber muy bien en qué dirección lo hacía, solo corrió mientras la ropa de nuevo iba mojándose, pero al menos así, bajo la lluvia, nadie podía ver como no podía parar de llorar.

—Maldita sea, Sara, ¿por qué me mentiste? —murmuró Eric, con la respiración agitada.

Capítulo 6

No podía salir de su asombro. Quiso correr tras el chico, no obstante, en ese instante era como en esas películas de la mafia, alguien había hundido sus pies en cemento y de un momento a otro lo lanzarían a un profundo lago. Sentía que se iba a ahogar, notaba cómo se encontraba anclado al suelo, sin poder moverse. Puede que no de manera literal, pero sí en todos esos pensamientos que se agolpaban en su mente uno tras otro, abriéndose paso a empellones en su cerebro.

Primero pensó en Sara, no podía creer que esa chica tan divertida y vivaz hubiera muerto, no sabía cuándo, ni cómo o por qué… De hecho, no veía a esa chica desde que se graduaron de la universidad. De eso hacía ya… La edad que tendría el crío. Lo que le llevó a ese segundo pensamiento: ¿un hijo? ¿Él? ¡Nunca le habían gustado los niños! ¿Por ese motivo Sara no le había dicho nada? La última reflexión que lo golpeó fue para el chico que acababa de huir de allí. A pesar de que había terminado derretido en lágrimas, no podía ni imaginar el valor que había necesitado reunir para ir hasta allí a enfrentarlo cara a cara con el ánimo de entregarle esos papeles.

—¡Después dices que yo soy dura! —se rio Ina, entrando en el despacho—. ¿Qué le has dicho al pobre crío? ¡Lo has hecho llorar! —siguió con un tono tan jocoso que Jonah se sintió ofendido.

—Ahora no, Ina —gruñó, cogiendo los papeles de encima de la mesa—. Oye, tengo que irme, ¿te encargas tú de esto?

—¿Q… qué? —balbuceó Ina—. Pero si siempre quieres ser tú quien elija a los…

—Confío en ti —cortó Jonah su diatriba, saliendo del despacho.

—¡Oye! ¡Espera! —le pidió su hermana saliendo tras él—. ¿Qué diablos pasa contigo? —preguntó, aunque su tono se asemejaba más a una exigencia—. ¿Quién era ese?

La puerta de la calle se abrió una tercera vez y un sonriente Víctor entró, sacudiendo el paraguas antes de dejarlo en el paragüero, sin embargo, aún no había llegado a meterlo cuando Jonah lo interceptó, agarrándolo del brazo, ignorando a su hermana y saliendo a la calle de manera apresurada.

—Eh, eh, eh, eh —decía Víctor, mientras lo arrastraban bajo la lluvia—. Pero ¿qué…?

—Necesito una copa —aseguró Jonah.

—Eso está muy bien, pero trabajamos en un restaurante… —empezó a balbucear.

—Víctor —insistió Jonah, mirándolo con el semblante muy serio, mientras las gotas empezaban a mojarlo.

—Vale, perdona… —respondió Víctor, abriendo el paraguas para cubrirlos a ambos—. Está bien… Vamos.

La cara de Víctor cambió por completo, no era habitual que Jonah se comportara de una manera tan impulsiva y extravagante, así que eso solo podía significar que algo había pasado, esperaba que nada malo.

Ambos amigos entraron en uno de los locales de primera línea de playa, pidieron dos cervezas y aguardaron a que se las sirvieran. Ninguno de los dos parecía dispuesto a romper ese silencio que se había creado entre ambos, pero después de que Jonah diera buena cuenta de su consumición, casi bebiéndosela de un trago, Víctor no pudo aguantar más y preguntó de forma directa qué era lo que estaba pasando, más que nada porque empezaba a preocuparse.

Jonah empezó a hablar, sin embargo, tampoco era que pudiese explicarle mucho, y cuando su mejor amigo comenzó a hacerle preguntas, se dio cuenta de que no era capaz de responder a ninguna, pues en verdad sabía nada y menos, solo que ese tal Eric se había presentado allí y después todo estaba como brumoso.

Víctor terminó de leer los documentos y los dejó en el centro de la mesa, justo en medio de las dos nuevas jarras de cerveza que acababan de pedir.

—Pero tú y esa chica… —empezó a poner en duda Víctor, sin embargo, Jonah asintió—. ¿Cuándo?

—Fue a finales de la carrera, tonteamos un poco y en una fiesta bebimos de más y terminamos en un hotel… No sé, fue todo muy impulsivo… Después de esa noche coincidimos un par de veces más, ella no parecía dispuesta a hablar del tema y a mí eso me fue de puta madre. Quedó como algo que había pasado sin más, de hecho, y si te tengo que ser sincero, hasta me había olvidado de esa historia.

Jonah soltó un suspiro. El tema había sido así, al menos para él. Nada formal, tampoco nada de una noche, solo dos amigos tonteando y que terminaron acostándose. Sin más. Sin complicaciones ni implicaciones emocionales. ¿Por qué Sara no se había puesto en contacto con él? ¡Se conocían desde primer año de carrera! No es que fuesen amigos inseparables, pero ¿en tan mala consideración lo tenía? ¿Lo había tomado por un gilipollas que se desentendería del crío? Y justo después de ese pensamiento, otra idea cruzó la mente de Jonah, una que tomó algo más de fuerza. Puede que Sara no le hubiera dicho nada por todo lo contrario, por miedo a que él quisiera asumir su responsabilidad.

—Sea como sea —interrumpió sus pensamientos Víctor—, no lo entiendo, ¿dónde está el problema? —añadió entonces—. Firma.

—¿Estás loco? —exclamó Jonah, mirándolo con los ojos muy abiertos, como si acabara de decir una estupidez monumental—. Ni siquiera sé si el niño es mío.

—Por eso —soltó Víctor, alzando los hombros, intentando dar un análisis de la situación lo más objetivo posible—. Si el muchacho hubiera venido para pedirte dinero o una manutención… Evidentemente te diría que ni loco firmaras esto sin hacerte una prueba de paternidad y, aun así, te diría que ¡a la mierda! Antes de soltar un duro que te lo ordenara un juez. Pero este chico parece que no quiere nada, solo que renuncies a algo que ni siquiera sabes si es tuyo. No le veo la complicación. Renuncia. El chico se queda tranquilo y tú sigues con tu vida como hasta ahora. Solo se trata de decir que no quieres algo que ni sabías que tenías.

—Pero… —dudó Jonah.

—¡Oh, venga! ¡No me jodas! ¿Acaso tienes dudas? —exclamó Víctor, incapaz de entender el razonamiento mental de Jonah—. ¡Firma y que se coma el marrón otro! No seas un gilipollas sentimental. Ese niño puede no ser tuyo.

—Tú no has visto a ese chico… —Solo recordar esa expresión tan dolorosa en los oscuros ojos de ese crío, hizo que Jonah se estremeciera por completo.

—Jonah… —Víctor pronunció el nombre de su amigo muy despacio, llamando su atención, para que lo mirara—. No es asunto tuyo, no lo era antes, no lo es ahora y no lo va a ser nunca —repitió, señalando los papeles—. No te metas en esto, créeme, lo más sensato es firmar los documentos y olvidarte del tema. Como si nunca hubiera pasado. Borra el día de hoy de tu calendario, y ya.

¿Cómo podía hacer como si nunca hubiera pasado? Eso era imposible. Unas horas atrás su única preocupación había sido que el nudo de la corbata le quedaba torcido, pero ahora, ¡podía haber un hijo suyo corriendo por el mundo! ¿Cómo sería? ¿De qué color serían sus ojos?… De pronto, esas trivialidades quedaron relegadas por un pensamiento algo más profundo que lo golpeó en medio del pecho, ¿cómo estaría ese crío después de la muerte de su madre? Jonah se sacudió convulso cuando esta idea terminó de atravesar su mente. Su mirada descendió a los papeles y dio un largo suspiro. Víctor, que conocía a su amigo desde hacía muchos años, intuyó la duda en la expresión de su rostro, así que sin pensarlo dos veces…

—¿Me permites? —inquirió Víctor, alargando la mano y robándole el bolígrafo al camarero que estaba tomando nota de la pareja de la mesa tras ellos, Víctor se giró con rapidez y, antes de que Jonah pudiera arrebatarle las hojas, las firmó por él—. Hala, firmadas. Problema resuelto.

—¡Serás hijo de puta! —le gritó enfurecido Jonah, aunque no sabía si más por haberlos firmado o por comprobar cómo la firma era exacta y calcada a la suya, hasta el punto que ni él mismo veía diferencias.

—Créeme, Jonah, lo hago por ti, en unos años, cuando lo pienses fríamente, me darás las gracias.

—¿En unos años?

—Cuando conozcas a alguien y te enamores como un idiota, os caséis y forméis una bonita familia, entonces estoy seguro de que mirarás atrás, te acordarás de este día y me comprarás una Kawasaki para agradecerme que te salvara el culo.

Jonah dejó caer la cabeza sobre las palmas de sus manos y dio un profundo suspiro, sacando todo el aire acumulado en sus pulmones. Puede que Víctor tuviese razón. Sería la primera vez que su amigo la tuviera, pero siempre había una primera vez para todo, hasta para que Víctor acertara.

—Paga y vámonos —instó el chico, levantándose.

—Sí —dijo Jonah, sacando la cartera.

Era lo mejor para todos, intentó convencerse Jonah, sin embargo, cuanto más lo pensaba, más inseguro se sentía.

—Está bien, tienes razón —soltó al final, cuando ambos salieron a la calle. Por suerte había dejado de llover—. Ya están firmados, en el sobre estaba la dirección de un bufete de abogados de Barcelona, iré personalmente a llevarlo.

—Puedes mandarlos por correo y… —propuso Víctor, aunque en el fondo sabía por dónde estaba a punto de salir su amigo.

—Quiero verlo, al menos una vez. Quiero ver al niño.

—Menuda cagada, compañero —se lamentó el chico, empezando a caminar de regreso a Katsaros.

¿Lo era? Posiblemente. No había tenido mucho tiempo de meditarlo en profundidad, pero ¿cómo podía saber que había una parte de él en el mundo y no querer ni siquiera verlo? No, era impensable. Era casi seguro que Víctor de nuevo tuviera razón, sin embargo, era una necesidad no meditada pero imperiosa. Sí. Definitivamente. Necesitaba conocer a Lucas.

—De todo esto ni una palabra a Ina —advirtió Jonah.

—Por supuesto, aunque sabes que mi silencio tiene un precio, que se llama «fin de semana libre».

Ese era su amigo. Aún no entendía por qué se llevaban tan bien.

Capítulo 7

Se despidió de Lucas frente a la puerta del colegio, como cada mañana desde hacía ya algo más de cuatro meses. Siguió agitando la mano al aire incluso después de que el niño se hubiera perdido entre la marabunta de escolares. No tenía la cabeza en nada de lo que hacía, hasta Lucas se había dado cuenta de ello y el mocoso, que mudo sí, pero que de tonto no tenía un pelo, se estaba aprovechando de que su tío tuviera la cabeza en las nubes. Eric giró sobre sí mismo, sacó el móvil y comprobó la hora en la pantalla. Hacía un par de días que se le había terminado el abono del transporte, así que iba caminando a todos lados, tampoco le iba mal, ya que había tenido que dejar el gimnasio y cada vez comía peor. Al menos, cuando Sara vivía comían muy bien, su hermana siempre había tenido buena mano para la cocina, sin embargo, el mayor talento culinario de Eric era rehogar o pasar por la plancha, y como eso era insípido de narices, muchas veces terminaban tirando de comida rápida, hasta que la vecina de enfrente se apiadaba de ellos y les traía alguna que otra tartera con algo de cuchara.

Sara había trabajado los últimos tres años en un hotel del centro de Barcelona, junto a su amiga desde el instituto Laura, y ese era el destino de Eric a esas horas de la mañana, directo a hablar con la que fue la mejor amiga de su hermana. Si alguien podía aclararle un poco las ideas, esa era Laura, pues ellas siempre se lo contaban todo… ¡Joder! Laura no solo conocía todas las intimidades de Sara, sino que tenía en su poder sus propios momentos más vergonzosos. Sara era muy dada a contarle todo, incluso lo que no tenía que ver con ella. Eric chasqueó la lengua, molesto. De pequeño, aunque ahora tampoco era que fuese muy mayor, había estado enamoradísimo de Laura. Era algo así como ese amor platónico que todos los niños tenían en algún momento de su vida: una profesora, la canguro, la mejor amiga de su hermana… De hecho, seguía pareciéndole la chica más guapa que había conocido. Aunque ahora sus intereses amorosos iban por otro lado. Desde unos años a esta parte, entre Laura y él saltaban chispas, pero no de las buenas, sino de las que prendían bosques y causaban un incendio forestal.

Laura: Dijiste que era importante, pero no has llegado.

Eric: Dame cinco minutos, joder, estoy cerca.

Laura: Mi descanso termina en diez, será mejor que corras, enano.

Para correr estaba él. Eric apresuró el paso, y pronto la vio, esperándolo frente a una cafetería con un vaso de esos de cartón entre las manos. Laura agitó el brazo en alto cuando reconoció a Eric entre la cada vez más creciente invasión de turistas en la Ciudad Condal. Terminó de acortar la distancia entre ellos, estaba ahogado de la carrera, miró el reloj y aún le quedaban unos siete minutos, no suficientes, pero tendría que valer, nada de adornar las cosas, una pregunta clara y directa. La verdad era que se sentía tan frustrado que ni le apetecía endulzar las cosas.

—¡Por fin! —se quejó la chica. Sin un saludo inicial, nada, Eric tampoco estaba para esas cosas.

—¿Por qué Sara mintió cuando dijo que el padre de Lucas se desentendía de todo? —Eric sintió las palabras arañándole la garganta, casi tanto como arañaron los oídos de Laura, lo confirmó la mueca de desagrado de su rostro.

—¿A eso has venido? —preguntó enfadada—. Sara no mintió —se apresuró a decir—, él dijo que no quería saber nada del tema.

—¡Mentira! —exclamó Eric, un poco más fuerte de lo que en un principio pretendía—. Fui a ver a Jonah Katsaros y su cara no era la de un tío que se había desentendido de un embarazo, era la cara de alguien que no tenía ni puta idea de lo que le estaba hablando.

—Que tú hiciste… ¿qué? —chilló Laura, elevando tanto el tono que la gente a su alrededor se giró a mirarlos—. No tenías ningún derecho a…

—¡No me jodas! —gruñó Eric, haciendo aspavientos con ambos brazos para cortar a Laura.

—No lo entiendo, ¿por qué querrías a estas alturas ir a ver a ese bastardo? —cuestionó la chica—. Si Sara dijo que él la dejó tirada es que él la dejó…

—¡Sara mintió! —escupió Eric, sintiendo cómo decir eso hacía que las grietas de su corazón se hicieran un poco más profundas—. El abogado me recomendó buscarlo para que firmara una renuncia y cubrirme las espaldas en un futuro, pero ese tío no sabía nada de un embarazo… ni de Lucas. ¡Nada! —Eric hablaba rápido, tenía prisa en terminar su discurso antes de que le fallara la voz.

—Eric, ¿estás bien? —inquirió Laura preocupada.

—¡No! Claro que no estoy bien —exclamó molesto por tener que decir lo evidente—. La he jodido —dijo. Ahora el tono de Eric se volvió un susurró.

—¿Por qué? —preguntó Laura, intentando calmarse. Hablar de Sara aún la alteraba.

—Ese tío no sabía nada de Lucas, nadie reclama algo que no sabe que tiene, pero ahora yo se lo he dicho, como intente quitarme a Lucas… ¿qué voy a hacer? ¡Él es su padre!

—Nadie va a quitarte a Lucas —manifestó Laura, alargando el brazo para golpear de manera dulce el hombro del chico—. Sara te dejó a ti como el tutor legal, esto es un hecho y…

Laura no dijo nada más, solo tiró del brazo del chico y lo abrazó, después de unos instantes abrazados en medio de esa concurrida calle, Laura se separó mirándolo a los ojos.

—Has crecido —confirmó, mirando hacia las alturas.

Genial, alegaría ante un juez que cada vez estaba más alto. Eric resopló, Laura no tenía culpa de nada, de hecho, la única persona culpable era a la única que no le podía chillar, nunca más en la vida podría decirle a su hermana lo imbécil que había sido. Eric se sintió triste al pensar eso.

—¿Por qué no vienes un día a ver a Lucas? —inquirió Eric, intentando parpadear un par de veces, le escocían los ojos—. Te echa de menos.

—Tienes razón, he estado muy liada, pero un día de estos me pasaré… ¡Oye! Me lo podría llevar al cine este fin de semana, así puedes quedar con tus amigos.

—Vale —dijo Eric—. Tu descanso ha terminado —le recordó a Laura.

—Joder, mierda… Sí… Oye, Eric, yo no creo que Sara lo hiciera con mala intención, ella tendría sus motivos.

—Sus motivos me valen una mierda ahora mismo —se lamentó Eric, antes de darse la vuelta para volver por donde había llegado. Realmente sin haber terminado de resolver nada.

El sábado por la tarde llegó, Eric miró el reloj y apresuró a Lucas para que estuviera preparado antes de que Laura fuera a recogerlo. El peque hizo una mueca extraña, por lo que Eric volvió a preguntarle, por enésima vez, si estaba seguro de que quería ir, que si no le apetecía no pasaba nada, podían quedarse los dos en casa jugando o viendo cualquier película que echaran en la televisión. Sí, seguramente estaba siendo protector en extremo con él, sin embargo, no podía evitarlo, y sabía que esas dos o tres horas que pasarían separados, no podría dejar de pensar en el niño. Aunque Laura tenía razón, necesitaba quedar con sus amigos, disfrutar un poco y desconectar de todo lo que estaba viviendo. En los últimos cuatro meses, su vida tan solo giraba en torno a Lucas, y no es que le pesara, pero tampoco era nada malo tomarse un respiro. A la hora acordada, el timbre sonó y Lucas salió corriendo hacia la puerta contento, al otro lado la chica lo sorprendió con un regalo, como cada vez que iba a verle. «Así cualquiera», pensó Eric con maldad.

—¿Estás listo? —preguntó Laura a Lucas, cogiendo la chaqueta que Eric había preparado por si más tarde refrescaba—. Después de la película nos vamos al McDonald’s, ¿sí?

—Eeehhh, que guay, ¡tráeme un McFlurry! —pidió Eric, agachándose para ponerse a la altura de su sobrino. El niño lo miró un instante con ojos brillantes y vivaces, sin embargo, de pronto su entrecejo se frunció e hizo una enérgica negación con la cabeza, seguido de un elocuente gesto de «¡que te lo has creído!»—. ¡Maldito mocoso rencoroso! —se quejó Eric, revolviéndole el pelo.

—Venga, nos vamos, llama al ascensor —instó la chica al pequeño—. No volveremos muy tarde —informó a Eric, que los había seguido hasta el rellano.

—Oye, cualquier cosa, me llamas; voy a estar aquí.

—¿No saldrás?

—Estoy agotado y no tengo un duro, he quedado con un amigo para pasar una tarde de tranquis —comentó Eric, sin quitarle el ojo de encima a Lucas—. Pórtate bien, ¿vale?

—Siempre se porta muy bien —dijo Laura, cogiendo al niño de la mano y adentrándose en el ascensor.

Cuando cerró la puerta del piso, Eric soltó un soplido, a pesar de que pretendía ocultarlo, a veces se sentía muy agobiado y superado por la situación. Caminaba con pies de plomo en todo lo que hacía, siempre temiendo que alguien pudiera acusarlo de no estar haciéndolo bien, y eso lo tenía muy estresado. Fue hasta la cocina y sacó un paquete de palomitas de esas de microondas del armario y lo programó. Con el sonido del maíz al estallar de fondo, se dirigió entonces a su habitación, se cambió de camiseta y se cepilló los dientes. Vació el contenido de la bolsa de papel en un cuenco justo en el momento que el timbre sonó.

—¡Eric! —lo saludó Álex, contento.

Álex y él se conocían desde el último año de instituto y ambos habían comenzado juntos la universidad, puede que no fuera una amistad de mucho tiempo, pero ambos chicos se entendían y a Eric le resultaba estimulante y muy tranquilizador ese perenne buen humor que envolvía a Álex. No solo era el agradable carácter, capaz de amoldarse a cualquier situación, era toda su persona. Cuando Álex aparecía, fuera en el lugar que fuera, llenaba el ambiente con su sola presencia. Era el típico a quien todos miraban, porque ¡joder! Esa combinación de sangre eslava e inglesa era una mezcla más explosiva que la nitroglicerina.

—Ha pasado mucho tiempo —confirmó Eric, apartándose de la puerta para darle paso a su amigo—. He hecho palomitas.

—¿Peli y palomitas? ¡Planazo! —sonrió el chico, dejando la sudadera sobre el respaldo del sofá y sentándose después—. ¿Cómo estás? —se interesó—. Cada vez respondes menos a mis mensajes —lo acusó, aunque sin perder la sonrisa.

—Lo siento —se disculpó Eric, dejándose caer a su lado en el sofá y dejando el bol de palomitas sobre la mesita de enfrente—. Entre Lucas, el curro, abogado, psicólogo… —empezó Eric, consciente de que escucharlo debía de ser un auténtico coñazo, y no quería aburrirlo.

—Ya, lo sé, por eso tampoco quiero insistir demasiado —le dijo Álex—, sabes que si necesitas ayuda puedes llamarme, ¿verdad? Puede que de niños no entienda, pero si necesitas cualquier otra cosa, puedes contar conmigo.

—Lo sé, eres un buen amigo —murmuró Eric.

—Bonita camiseta —apuntó Álex, señalando la prenda que Eric había elegido justo antes de que llegara.

—Gra…

Ese agradecimiento fue abruptamente cortado cuando los labios de Álex se abalanzaron a cerrar los de Eric, para que no pudiera decir nada más. Fue un beso que lo tomó por sorpresa, en el que ofreció una inicial resistencia que pronto fue superada por la insistencia de esa lengua que empezaba a abrirse paso dentro de su boca y que pronto la llenó por completo. Las manos de Eric se aferraron a la tela de la camiseta de su amigo, estrujándola y arrugándola con fuerza.

—Para… —logró pedir en un gemido ahogado, apartándose de Álex—. Yo… Yo… Lo siento, Álex, no tengo la cabeza para estas cosas ahora —murmuró con congoja.

—Perdona —se disculpó su amigo—. Peli y palomitas también es un plan genial —afirmó con una dulce sonrisa.

—¿De verdad? —insistió Eric, sufriendo por si lo había ofendido.

—Por supuesto —sonrió su amigo, cogiendo un puñado de palomitas del bol y metiéndolas en la boca de Eric.

Capítulo 8

Una de las ventajas de tener dinero era poder gastarlo para algo como encontrar a alguien. Lo que a él le podría haber llevado semanas, meses o incluso la vida entera, a ese investigador privado le ocupó tan solo una tarde. Eso sí, le cobró lo que uno de sus camareros ganaba en una semana, propinas incluidas. Pero el hombre había realizado un trabajo minucioso, no solo tenía la dirección, sino hasta el nombre del colegio del pequeño. También supo que Lucas era el único familiar vivo de Eric, lo que hizo que entendiera un poco más la reacción del chico la vez que se vieron.

Era lunes, primera hora de la mañana y Barcelona parecía bulliciosa, como si hiciera horas que hubiera despertado, o tal vez como si nunca se hubiera dormido. Había tardado quince días en dar el paso de ir hasta allí, ¿por qué tanto? La respuesta a esa pregunta era muy sencilla. Tenía miedo. No había ninguna otra razón. Se encontraba aterrorizado. Estaba parado en una calle de uno de los barrios más humildes de la ciudad, mantenía la mirada fija en el portal. Si se paraba a pensarlo, su actitud era de lo más sospechosa, pero no se atrevía a nada más, el miedo lo tenía petrificado en ese lugar en específico, entre una panadería regentada por paquistaníes y una farmacia que parecía haber echado el cierre hacía años. En su mente se repetía de manera incesante la idea de que con total seguridad se trataba de un error, él no tenía ningún hijo.

A pesar de haberlo visto tan solo una vez y por un breve lapso de tiempo, reconoció a Eric de inmediato. Pelo oscuro, tez más blanca que la de un vampiro, y ojos como si se hubiera tragado una noche sin luna. Salió del portal asido de la mano de un niño que, así a primera vista, Jonah no podría decir qué edad tenía, la verdad era que su instinto paternal se encontraba adormecido. No le habían interesado los niños en absoluto, puede que por eso en el restaurante no contara ni con menú infantil, una petición reiterada en muchos de los comentarios de TripAdvisor.

Eric tiraba del crío para que caminara más deprisa, y como vio que no lo lograba terminó por colgárselo del cuello. Así, el uno al lado del otro, Jonah pudo fijarse que tío y sobrino no se asemejaban demasiado. Lucas tenía el pelo muy claro, sobre todo de medios a puntas, su piel, a pesar de ser clara, parecía de esas rápidas de broncear, y cuando el niño apoyó la barbilla sobre el hombro de Eric y miró hacia atrás, Jonah pudo ver que tenía los ojos de un azul muy claro. Por dios, ¡ese niño era su vivo retrato! Caminó tras ellos dejando un espacio para no ser visto, se sentía como un verdadero stalker, sin embargo, no quería irrumpir frente a Lucas sin antes hablar con el chico, le parecía mucho mejor de ese modo.

Eric despidió al pequeño frente a la puerta del colegio, dándole un beso y un fuerte abrazo, que el niño parecía reacio a querer soltar. Después de unos instantes, Lucas fue hacia dentro, no sin antes girarse un par de veces para mirar atrás. Jonah sonrió, le pareció una escena enternecedora. Entonces llegó el momento de ir hacia Eric, encararlo de frente y hablar con él, dio un paso en su dirección, el chico se giró y empezó a caminar de manera despreocupada calle abajo. Jonah no supo si llamarle, adelantarlo y fingir un encuentro casual, o esperarlo cerca del piso… Y sin darse cuenta, mientras iba meditando la viabilidad de cada opción, se encontró siguiendo al muchacho, que entró en una tienda para comprar, después hizo una breve parada en la farmacia y, finalmente, entró en la panadería frente a su casa y salió de allí con una barra de pan. Aprovechó la lentitud en cerrarse de la vieja puerta de hierro forjado del edificio para colarse dentro, cuando llegó al ascensor, este acababa de cerrar las puertas. Jonah ojeó los nombres en el buzón, el de Sara seguía allí, y eso, no supo muy bien porqué, hizo que se le pinzara el corazón.

—¡Vooooooy! —gritaron al otro lado de la puerta después de haber presionado el timbre—, ¿sí?

Jonah se encontró, frente a frente con esos dos pozos sin fondo que tenía ese chico por ojos, su expresión pasó de sonrisa divertida a mueca de terror, hasta le pareció que el chico había dejado de respirar.

—¡Espera! —reaccionó Jonah, adelantando un pie para presionar la puerta y que él no pudiera cerrarla.

—¡No! —gritó Eric, mientras empujaba con todas sus fuerzas—. No, no, no, no, no… —repetía sin aliento.

—Lo sé, lo siento —fue lo primero que Jonah dijo, porque realmente quería disculparse con él, sabía que era una locura, algo temerario y una grosería presentarse en esa casa—. Eric, por favor, dame cinco minutos, solo quiero que hablemos…

—¿De qué? —preguntó el chico, empujando aún la puerta—. Solo me interesa hablar contigo si has firmado los papeles.

Los papeles estaban firmados, aunque no por él, pero no dijo nada, ahora que se encontraba de nuevo frente al chico, era como si su mente hubiera sucumbido a un reset, estaba en blanco y no sabía qué hacer o decir. Se sintió como un acosador acechando a la víctima, así que dejó de dar ridículos empujones contra la madera y se retiró de ella, lo siguiente que se escuchó fue el ¡plum! de la puerta al cerrarse de golpe, como si al apartarse él, Eric se hubiera caído contra la madera. Jonah se quedó parado en ese descansillo de dos puertas, esperaba que la vecina no estuviera, o tendría culebrón en vivo en vez de en la televisión.

—Eric, siento mucho haber venido de este modo, supuse que si te llamaba no me darías ninguna oportunidad.

—Por supuesto que no —se escuchó que gritaba al otro lado.

—Quiero conocer a Lucas —confesó en voz alta Jonah y, una vez dicho, no había marcha atrás, de hecho, no la había habido nunca.

—¡Y una mierda! —gruñó Eric.

Era totalmente comprensible, no esperaba que le diera palmas, después de lo ocurrido la vez anterior pensó que tendría una reacción como la que estaba viviendo. Jonah se dejó caer hacia adelante, hasta que su frente quedó pegada a la puerta y dio una honda respiración. Entendía al chico, de verdad lo hacía, pero para él también era una situación jodida y complicada. De la noche a la mañana todo su mundo había cambiado, se había sacudido, y era algo que le costaba aún digerir. ¿Un hijo? Él no había pedido eso, sin embargo, cuanto más pensaba en esa idea, algo en su interior más se aferraba a ella. Y ahora que lo había visto, que le había puesto cara… Pero de nuevo su pensamiento se situó al lado de Eric, podía comprenderlo y no quería hacerles daño a ninguno de los dos, bastante habían sufrido ya.

—Oye, Eric, yo no quiero quitarte a Lucas —dijo—, de hecho, no quiero interponerme en vuestra vida de modo alguno, no quiero ocasionarte problemas, ni a ti ni al niño. —Jonah hablaba de manera calmada, sin despegar la frente de esa fría madera—. Solo quiero conocerlo, puedes presentarme como un amigo tuyo… —propuso Jonah—, o lo que tú consideres oportuno. Tú eres su familia y eres quien mejor le conoce, y yo… yo me adaptaré a lo que tú creas que es mejor… Eric, ábreme la puerta, porque tu vecina tiene que estar flipando con la escena.

Primero fue un resquicio de tan solo un par de dedos, después la puerta se abrió casi un palmo. Todavía flanqueando la puerta, Eric lo observaba, era como si el chico intentara averiguar cuánta verdad había en sus palabras. En un impulso, Jonah levantó la mano y la llevó a su pecho, a la altura del corazón, como si estuviera jurando que todo lo que acababa de decir era cierto. Al final, la puerta se abrió y Eric le dio paso a su hogar.

Era un piso pequeño y antiguo. En algunas partes los baldosines del suelo estaban agrietados y habían saltado en algunas zonas. Las paredes seguían estucadas, a pesar de que se notaba que habían pintado recientemente. Jonah siguió a Eric por el pasillo hasta la cocina, pequeña y espantosa, de tan solo dos fogones de butano, una encimera y sin armarios ni arriba ni abajo, a pesar de que el chico había suplido eso con algunos fruteros con ruedas. Ambos estaban callados y se observaban, a Jonah le habría gustado saber qué era lo que el chico estaba pensando en ese momento.

—¿Quieres un refresco? —ofreció el joven. Jonah asintió con la cabeza—. ¿Cómo me has encontrado? —inquirió Eric, mientras sacaba una lata de la nevera.

—Contraté a un detective.

—Joder. —A Eric se le escapó una sonrisa y eso logró que Jonah se relajara un poco—. Espero que te haya cobrado una pasta —añadió con maldad.

—Lo ha hecho —le confesó, para su regocijo.

Estar ahí era muy extraño, de pronto su vida parecía sacada de una novela, no era algo con lo que hubiera pensado que alguna vez tuviera que lidiar, y su mente era puro caos, sacudida con muchos pensamientos diferentes desde «qué diablos hago yo aquí» a otros de diferente índole. Pensaba en cómo lograba un chico tan joven criar solo a un niño, de dónde sacaba el dinero, el tiempo y la paciencia… Si él se hubiera encontrado en una situación como a la que se había visto empujado Eric tras la muerte de Sara, no habría sabido ni por dónde empezar. Pero ahí estaba ese chico, que parecía tener la mayoría de edad recién cumplida y haciendo algo que, a él mismo, con unos cuantos años más a sus espaldas, se le antojaba imposible. Admiración, eso era lo que Jonah sentía en ese momento. Quiso decírselo, no obstante, pensó que sería lo último que Eric querría escuchar de él.

—¿Puedo ver su habitación? —La pregunta cayó directa, sin haber pensado demasiado en ella.

La expresión en el rostro de Eric apenas se inmutó, simplemente dejó su lata sobre la pequeña mesa, que estaba llena de migas de galleta, y salió de la cocina. Jonah dejó la suya al lado de la otra y salió tras el chico. El resto del piso no mejoró su primera mala impresión.

—Es esta —dijo Eric abriendo una puerta—. Siento el desorden, a veces se nos va de las manos.

«Normal, sois dos niños», pensó Jonah, pero no verbalizó tal pensamiento. Eric se apartó de delante de la puerta dándole paso a la pequeña habitación. La cama estaba sin hacer y había diversos juguetes tirados por el suelo, pero, aparte de eso, era una habitación bonita. Jonah se sorprendió cuando las comisuras de sus labios se torcieron hacia arriba. «Vaya, no le he traído ningún regalo, debería haberle comprado algo, ¿qué clase de persona va a ver a un niño sin llevarle nada?», pensó, mientras admiraba los dibujos colgados con chinchetas en un corcho al lado de la cama.

—Dibuja muy bien —susurró Jonah, sintiendo que un nudo oprimía sus palabras.

—Quiere ser astronauta —le dijo Eric.

Cuando Jonah se fijó un poco mejor, pudo identificar que esos dibujos eran naves espaciales, al menos la visión de un niño de cómo deberían de ser. «¿En serio estoy aquí? ¿De verdad este es mi hijo?».

—¿Cuántos años tiene? —preguntó.

—Cumplió los cuatro en febrero, el 22 —respondió Eric.

No añadió más, pero haciendo cálculos rápidos, Jonah supo que el cumpleaños del niño fue poco después de la muerte de su madre. Debió de ser algo muy triste, no quiso preguntarlo, aunque no preguntarlo no hacía que eso desapareciera.

Tenía que hablar con el chico con calma, deberían hacerse la prueba de paternidad y, si Lucas era su hijo… Jonah soltó un suspiro, mientras su mirada seguía oscilando por la habitación, y por un instante pensó que le gustaría que eso fuera así.

Capítulo 9

Jamás hubiera pensado que, al abrir la puerta, Jonah fuera el que estuviera al otro lado. Sí, ese hombre era la última persona que esperaba ver caminando por su piso. Además, ese tipo no encajaba allí. Era como esos ejercicios que a veces traía Lucas del cole: ¿Qué es lo que no encaja en esta fotografía? Cualquiera que viera la foto, señalaría al brillante señor Katsaros en esa mierda de piso. Como una tostada de caviar al lado de unas patatas de bolsa.

Quería odiarlo mucho, sin embargo, su odio, a pesar de persistir, había disminuido bastante, y hasta sentía ciertos remordimientos a todas esas veces en las que había hablado despectivamente de él. ¡Oh, venga! A lo largo de los años, jamás lo había llamado «padre de Lucas», siempre había dado para él horribles e infames apelativos. Sin embargo, aunque su inquina hacia ese tipo había disminuido tras saber que jamás había sabido de la existencia de Lucas, ese hombre, que ahora lo seguía de vuelta a la cocina, después de haber visto la habitación del niño, era el hombre que, si quería, podría quitárselo todo.

—Está bien, ya la has visto —dijo Eric, una vez de nuevo en la cocina—, ahora tienes que irte.

No supo identificar qué tipo de mirada era esa, pero los clarísimos ojos del padre de su sobrino se clavaron en los suyos, y por un momento Eric sintió que su cuerpo no reaccionaba. Por suerte fue una sensación momentánea a la que se sobrepuso con extrema rapidez, irguió un poco su postura y carraspeó para que su voz sonara un tanto más autoritaria, a pesar de que jamás sería tan profunda como la del hombre que tenía en frente. Joder, entre ese ligero pero raro acento y su voz, de no ser chef, podría haber sido doblador o creador de contenido ASMR.

—No puedes estar aquí cuando Lucas salga del colegio —soltó de pronto, cayendo en la cuenta.

—Sé que no soy bienvenido, pero de verdad que mis intenciones no son malas —repitió Jonah, soltando un suspiro, como si a él mismo le costara creer sus propias palabras. Eric lo miró con curiosidad—. Dime cuando.

«Dime cuando», no sonó a exigencia, su tono más rozó a una súplica, y de nuevo, por un breve lapso, Eric se sintió arrastrado al lado de la compasión. Peligroso, muy peligroso. No podía caer en la trampa.

—¿Firmarás los papeles? —preguntó Eric.

—Sí, pero… —respondió Jonah, soltando un nuevo suspiro que se escapó como si no lo pretendiera—. Primero quiero pasar algo de tiempo con Lucas.

Esa era una respuesta demasiado ambigua, sobre todo si no se añadía nada más. «Sí, pero ¿depende de…?». ¿De qué dependía que los firmara o no? ¿Cuánto tiempo era «algo de tiempo»? Eric notó cómo los nervios empezaban a hacerse más evidentes en él, igual que si su coraza se desmoronara a cada minuto que pasaba. Estaba cansado y no tenía armas suficientes para luchar contra ese tipo, ni de manera económica ni de manera mental, porque todo su ingenio, optimismo y ganas de comerse el mundo se habían ido evaporando con el paso de los meses. Y ahora solo quedaba un cascarón vacío que se reactivaba solamente cuando estaba con Lucas.

—Está bien, puedes verlo, solo una vez, y después los firmas y desapareces, te vuelves a tu vida y dejas en paz la nuestra —exigió Eric, con toda la autoridad que fue capaz de juntar.

—No te puedo prometer esto —soltó Jonah, con una expresión en el rostro indescriptible, como si esas palabras le causaran dolor—. Ojalá pudiera, pero…

—¿Qué quiere decir esto? —preguntó cada vez más inseguro Eric.

—Lo más fácil sería mentirte —argumentó Jonah—, decirte que sí, que haré lo que tú dices, para que accedieras y te quedaras tranquilo, pero no sé qué va a pasar cuando vea a Lucas.

Ambos se quedaron en silencio parados en medio de esa cocina. Eric apretó los puños, notó cómo empezaba a dolerle el estómago y hasta sintió náuseas. Maldito abogado que le había sacado un dineral y encima se la había liado buena.

—¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? —se lamentó Eric con total sinceridad, estaba llegando a un punto en el que ya no veía opciones. Y a pesar de que era contra Jonah con quien peleaba, se vio preguntándole a él.

—Déjame conocerlo y déjame ayudaros —tanteó Jonah, con amabilidad.

—¡No! —exclamó Eric, recobrando aplomo. Palabra mágica: ayuda. Él no necesitaba ni la ayuda ni la compasión de nadie, menos de ese mamarracho—. No necesitamos tu ayuda, no queremos nada de ti —verbalizó a modo de resumen, lo que venían a ser en ese momento sus pensamientos—. ¡Lárgate de mi casa! —ordenó.

El único movimiento que hizo Jonah en ese momento fue el de echarse el pelo para atrás mientras rodaba los ojos dejándolos en blanco. Ambos se miraron un instante, por un momento pareció que ese tipo fuera a decir algo, pero al final sus labios no se despegaron y solo siguió observándolo. Eric se estaba poniendo histérico. ¿Estaba intentando amilanarle con su pose de seguridad?

—¿No aceptas ayuda de nadie, o solo es por quién soy yo? —preguntó Jonah a bocajarro, directo, sincero.

—Mi hermana te hizo una putada al no contarte que se había quedado embarazada —dijo Eric en un hilo de voz—, lo siento mucho —se disculpó con genuina sinceridad, podía entender todo el caos mental que debía de tener Jonah en su cabeza—. De verdad que no sé el motivo por el cual Sara hizo eso, sin embargo, no es mi culpa, yo no soy Sara. Mi situación ahora es demasiado complicada como para dar un paso en falso.

—Lo sé y créeme que lo entiendo —interrumpió Jonah.

Era como si ambos pudieran ponerse perfectamente en los zapatos del otro, pero aun así, a pesar de ser totalmente empáticos entre ellos, ninguno de los dos pensaba ceder en cuanto a sus peticiones. No por ego, ni por maldad… Simplemente porque no podían.

—Si lo entiendes, pónmelo fácil, por favor —imploró el chico, al que solo le faltó poner las palmas de sus manos en forma de súplica.

—Lo voy a hacer, te juro por lo más sagrado que jamás haré nada que os haga sufrir u os ponga en peligro —declaró Jonah con tono de voz calmado—, no solo a Lucas, tampoco a ti —lo dijo como si fuese una sentencia irrevocable—. En ningún momento voy a intentar quitarte al niño, ni nada por el estilo, pero, si realmente es mi hijo, no quiero renunciar a poder estar presente, aunque solo sea en una pequeña parte de su vida.

Eric no pudo evitar sonreír, no supo muy bien por qué, simplemente las comisuras de sus labios se estiraron hacia arriba sin ser capaz de evitarlo.

—Me parece que eres un tío demasiado acostumbrado a salirte con la suya.

—No te engañes, no es verdad —sonrió Jonah—, por favor, Eric… —siguió pidiendo, con la mirada clavada en él—. Por favor…

—¡Está bien, joder! —clamó Eric, llevándose ambas manos a la cabeza, como si acabara de cometer la estupidez más grande de su vida—. Voy a arrepentirme de esto.

—Te juro que no voy a hacer nada que vayas a tener que lamentar —soltó Jonah, con una ilusión que no pudo esconder—. Gracias por la oportunidad.

—No vas a quedarte a solas con él en ningún momento —le advirtió Eric, a lo que Jonah asintió con un leve gesto—, bajo ningún concepto le dirás quién eres y si Lucas pide marcharse nos iremos.

—Claro, sí, por supuesto.

—Ahora vete —le pidió Eric, tan al límite que no podía soportar tenerlo delante un segundo más.

—Está bien. —Jonah sacó una tarjeta del bolsillo interior de su cazadora y la dejó sobre la encimera en la que había estado apoyado los últimos minutos—. Espero tu llamada.

¿Había cometido un error? Solo el tiempo lo diría. Esperaba que no fuese así. Se había encontrado totalmente entre la espada y la pared. Por un lado, esas inmensas ganas de mandar a ese hombre a la mierda, darle un portazo en las narices y olvidarse de él, por el otro, estaba el hecho de que sabía que, si ese tipo quería ir por lo legal, solo lograría que Lucas lo pasara peor. No quería darle más malos momentos a su sobrino, si él como adulto ya estaba en su límite, no quería ni imaginar Lucas. Así que, por el bien del niño, terminó aceptando la petición de Jonah, esperaba que con eso pudiera trampear la situación sin necesidad de que Lucas tuviera que lidiar con nada malo, nada que lo pudiera agobiar o entristecer. Haría cualquier cosa por ese pequeño, cualquiera, hasta pasar una tarde con el imbécil que preñó a su hermana.

A la primera señal de que Lucas retrocedía en sus pequeños avances o que podía agobiarse de algún modo, terminaría el experimento, y si ese tipo quería ir a un tribunal, lo harían. Eric se dejó caer en el sofá y cerró los ojos, se sintió agotado.

Solo una tarde, un lugar público, un paseo por el parque podía estar bien, después, cada uno por su lado.

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Возрастное ограничение:
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Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
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261 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788413753058
Правообладатель:
Bookwire
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