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EL DESPERTAR DE VOLVORETA
Rosa Castilla Díaz-Maroto
Primera edición: noviembre de 2015
© Copyright de la obra: Rosa Castilla Díaz-Maroto
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
ISBN: 978-84-943785-5-3
Depósito Legal: B-25400-2015
Corrección: puntoyaparte - info@puntoyaparte.net
Diseño e imagen de portada: Celia Valero
Maquetación: Celia Valero E
dición a cargo de Mª Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions
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Printed in Spain - Impreso en España
Impreso por: Publidisa, S.L.
Dedico esta novela a todas las personas
que han creído en mí desde el primer momento
en que conocieron su existencia.
“Cae la piel rota
Dejando al descubierto la otra
Con más brillo que la que cae
Porque algo está alimentando
Mi piel en silencio grita
Sácame de aquí
Mi piel en silencio grita
Oxígeno para respirar…”
Respirar - Bebe
PRÓLOGO
Los guantes me impiden abrir la cremallera del bolso con destreza. Me detengo a un lado de la acera junto al escaparate de una mercería, me los quito y accedo al interior del bolso. Saco un bálsamo labial de barra y me lo aplico de forma generosa en los labios, el frío intenso de finales de noviembre está haciendo mella en ellos.
Hace algunos meses que acabé la facultad. No paro de mandar mi currículum a diestro y siniestro a todas las demandas de trabajo que creo pueden ser interesantes. Desgraciadamente, hoy en día es casi imposible encontrar un trabajo digno.
Voy a una entrevista a un bufete de abogados en la calle Serrano. Necesitan una recepcionista. Me conformaría con un puesto así para empezar y olvidarme de “trabajillos” como servir mesas en un restaurante de comida rápida, “recoge-pedidos”, profesora de apoyo, etc. ¡Las mil y una cosas que he tenido que hacer para poder terminar de pagar la carrera!
Ya estoy en el núm. 25 de la calle Serrano. Ahí está el portal, justo frente a mí, al otro lado de la calle. Me dispongo a entrar. Subo a la tercera planta del edificio. Enseguida identifico la placa: Ramos & Ramos Abogados junto a una puerta color ébano. Llamo al timbre y una mujer de mediana edad con melena rubia y expresión seria en su rostro, me abre la puerta. Va bien vestida: traje chaqueta negro y blusa blanca, tres gruesas pulseras de oro en la muñeca derecha y un reloj también de oro en la izquierda. Me acompaña a un despacho donde un hombre también de mediana edad y muy delgado va a hacerme la entrevista.
¡Decepcionada como siempre! No doy el perfil que buscan. Necesitan una persona con experiencia mínima de dos años. ¡Ya lo podían haber puesto en el anuncio!, me hubiera ahorrado un paseo y otra decepción. ¡Hoy parece un jueves maldito! Me voy directa a casa. Por hoy, paso de desgastar más las suelas de mis zapatos entregando currículums.
Vivo con Andrea, mi gran amiga.
Nos conocimos en la facultad, en el segundo curso. Estudiamos la misma carrera: Administración y Dirección de Empresas. Somos de la misma promoción, aunque ella tiene un año más que yo.
Vivimos en la calle Velázquez, en un piso bastante hermoso de tres habitaciones, dos baños, amplia cocina y salón. ¿Qué más se puede pedir?
El piso es de los padres de Andrea. Su familia es de clase acomodada, del norte de Madrid y es hija única. Reformaron el piso, que ya tenía sus añitos, para que viviera en él, porque quería independizarse. Me pidió que me fuera a vivir con ella cuando comenzamos el tercer año de carrera. No quería estar sola... y la verdad es que nos llevamos a las mil maravillas desde el primer día que nos conocimos. Nos queremos como hermanas, nos une mucho el hecho de ser hijas únicas. Las dos echamos de menos el tener un hermano o hermana.
CAPÍTULO 1
Son las ocho y veinte de la mañana.
Andrea sigue dormida. Por fin es viernes. Estoy harta de patearme todos los días la calle y encima hoy hace un día de perros. Me ducho, me pongo un chándal y me calzo las deportivas. Bajo a la calle a comprar varios periódicos. Subo corriendo las escaleras hasta el cuarto, abro la puerta y allí esta Andrea en el pasillo, estirándose y con una cara de sueño impresionante.
Andrea es pelirroja, mide uno setenta y cinco, tiene grandes ojos verdes, boca sensual, cuerpo escultural y piel ligeramente bronceada por las sesiones de rayos uva. No hay persona que quede indiferente cuando la ve. Sin embargo yo, tengo el pelo castaño claro, ojos azules, piel morena y soy más bien de constitución delgada y algo desgarbada.
—¿Quieres desayunar? —le pregunto sin tenerlo del todo claro. Aún no se ha duchado y no es persona. Es media persona, como dice ella.
—No…, todavía soy media persona, cuando me duche tomaré algo. Gracias.
Me preparo el desayuno y me siento en la mesa que está en la cocina, frente al balcón; me encanta la luz que entra por él. Abro un periódico por la sección de ofertas de trabajo y me dispongo a echar un vistazo sin la menor ilusión.
Nada... Más de lo mismo.... En este ya he estado, en este otro también, y en este y en este otro…
—¡Dios! ¡Esto es increíble! Han pasado tres semanas y muchos de ellos aún siguen anunciándose.
Andrea entra en la cocina, aún perezosa.
—¿Qué te pasa Marian? ¡Madre mía! ¿Cómo puede ser que haya miles de personas para un puesto de trabajo y no lo cubran con rapidez? ¿Qué buscan? ¿La perfección absoluta? —coge una taza de desayuno del mueble y lo llena de leche.
—No sé lo que buscan. Esto es frustrante. ¡Ni en Internet!... He puesto más de quince anuncios en varias páginas y ni leches.
De repente, leo un anuncio que puede ser interesante aunque no sea lo que busco, pero me da igual, con tal de trabajar…
Filial norteamericana: Carson Projects Spain
Demanda persona: Mujer entre 25 y 30 años
Dispuesta a viajar.
Puesto a ocupar: Asistente personal.
Interesadas llamen para concertar entrevista al núm. 91.368...
—¡Andrea! ¡He encontrado algo interesante…! Léelo y dame tu opinión.
Coge el periódico y lee el anuncio al menos tres veces. Tiene la boca llena, con lo que tarda en responder, mientras yo me impaciento.
—¿Es que te has vuelto loca, Marian? —me pregunta con la boca llena y gesto de asombro.
—Creo que no Andrea. Sabes muy bien que en este país no hay manera de encontrar un puñetero puesto de trabajo decente. La gente joven como nosotros, nos vemos obligados a salir fuera a trabajar; no nos queda más remedio. Yo no puedo permitirme por mucho más tiempo vivir contigo; bueno… ya sé que no tengo que pagarte el alquiler… ni consentirías que lo hiciera, pero… los gastos de luz, gas, etc. ¡No puedo seguir así! De todos modos, por intentarlo no pierdo nada. Puede ser positivo para mí. Domino bien el inglés, adquiriría una gran experiencia y siempre estaría a tiempo de dejarlo. Necesito crearme un futuro estable. Solo tenemos que mirar a nuestro alrededor y ver como es la realidad para nosotros. Y si tengo que viajar… pues viajaré y listo. Me imagino que es duro estar lejos de la familia y los amigos pero… me tengo que ganar la vida de alguna manera. En el fondo no puede ser tan malo.
—Tienes razón. Yo lo tengo más fácil que tú. También podrías trabajar en la empresa de mi padre. Sabes que mi padre te contrataría en el mismísimo momento en que yo se lo pidiera. Aunque sé que no te gusta que te echen una mano, a no ser que no te quede más remedio.
—Sí, me conoces bien —suspiro.
—Carlos te echa de menos —me dice mirándome a los ojos muy seria—. Sabes que está deseando retomar esa relación que tuvisteis. Te adora. Eres lo mejor que le ha pasado y lo sabes.
—Lo sé Andrea. Yo sí te puedo asegurar que él es lo mejor que me ha pasado a mí. Mi vida pasó de ser aburrida y gris a llenarse de color poco a poco. Me llenó de vida. No me di cuenta de que estaba colada por él hasta aquel día en el que fuimos por la tarde a El Retiro a dar una vuelta y a tomar algo en un chiringuito, aquel día que hicisteis que volcaran las dos barcas.
—Ummm, lo recuerdo.
—Carlos y yo decidimos quedarnos en la terraza del chiringuito. Me pareció raro que se quedara conmigo, es de los que se apunta a todo, no se pierde una. Yo sin embargo… conociéndoos como os conozco… preferí quedarme y mira después el resultado.
—Ya te digo —dice arqueando sus perfectas cejas recordando—. Empapados hasta arriba.
—Comenzamos a hablar, ya sabes, de todo un poco mientras tomábamos otro refresco y observábamos las tonterías que hacíais sobre las barcas. Nos reímos un montón.
—Ya lo creo.
Reímos al recordar.
—Pese a que parecía estar divirtiéndose con vuestras burradas, le notaba intranquilo, algo diferente. Me dejó con la boca abierta cuando me dice de repente: quiero conocerte —mi amiga escucha con toda su atención esperando que continúe—. Ya me conoces le contesté y él me respondió: Te conozco como amiga y eres excepcional, pero no me refiero a esa faceta de ti, me refiero a íntimamente. Quiero conocer a la otra Marian… si tú quieres.
—Nunca me has contado ese momento… ¡Qué bueno! —dice sin parar de reír—. Nos dimos cuenta de que había algo entre los dos cuando veíamos que os sentabais casi siempre juntos y que os mirabais mucho, como tórtolos. Para entonces ya llevabais cerca de un mes quedando a solas. ¿No?
—Pues ya ves… —digo apenada mientras recuerdo esos primeros momentos en que quedábamos a solas, sin la pandilla, para indagar en nuestras emociones, en nuestros sentimientos e inquietudes; para “conocernos”.
Andrea parece darse cuenta de que me duele recordar.
—Estas poniéndote lánguida.
—No sabes la de veces que he estado a punto de estropearlo todo… por culpa… de mis miedos. Fueron diez meses muy bonitos donde la sombra de Luis planeaba… pero al final pudieron más mis inseguridades y miedos que lo que sentía por Carlos.
—Olvídalo, ya pasó —susurra mi amiga mientras coge una silla y se sienta a mi lado para abrazarme y acariciarme el pelo.
—No puedo entender como un tipo como ese estuvo casi un año acosándome. Al principio, lo típico, te hace gracia. Piensas que le gustas y que solo trata de conquistarte, después se vuelve pesado y persistente, a continuación comienza a ser desagradable y por último…
—Ya, ya, Marian. No lo pienses —Andrea se siente conmovida y no deja de abrazarme y acariciarme el pelo.
—La verdad es que con el paso del tiempo he aprendido a asumirlo, pero a olvidarlo… no estoy segura del todo. No debo dejar que me afecte de nuevo. Si no hubiese sido por Carlos…
—Venga, venga. Hubo un tiempo en que dejó de acosarte, ¿no? —dice mientras me suelta para mirarme a los ojos.
—Sí, pensé que se habría cansado. Llevaba dos meses sin aparecer, sin llamarme. Pero como ya sabes… apareció en esa fiesta que dio Sarah en el chalet de sus padres, aprovechando que estos estaban de viaje por Irlanda.
—Esa noche debí ir contigo a la fiesta. No debí dejarte sola.
—Vamos Andrea, me hubiera quedado sola igual. Te hubiera salido algún plan, ya sabes…
—Si merece la pena ya sabes que no digo que no a un buen polvo. ¿Qué fue lo que pasó en la fiesta? Nunca has querido contármelo.
—Lo sé. Pensé que si no lo contaba tarde o temprano conseguiría olvidarlo, pero ya ves que no. Aquella noche flipé cuando vi a Luis aparecer en la fiesta. Se acercó a mí en un momento que estaba apartada del mogollón de gente y comenzó a hablar conmigo con naturalidad, como si no hubiera pasado nada entre nosotros. Yo desde luego no tenía ganas de increparle y montar un pollo. Fui correcta y hablé sin más con él. Estaba algo mareada, me había tomado una copa y se me subió rápido a la cabeza así que… cuando quise darme cuenta él estaba rodeándome con sus brazos tratando de besarme, me resistí, pero él era más fuerte. Me arrastró literalmente hacia una puerta, no recuerdo si era una habitación, baño o despacho. Forcejeaba y gritaba, pero con la música tan alta no podía oírme nadie, sobre todo porque él trataba de silenciar mi boca con la mano. Cuando ya me tenía casi dentro de la habitación semidesnuda a punto de culminar su propósito —sonrío al recordarle—, apareció Carlos y le pegó un primer puñetazo obligándole a soltarme. Después se liaron a golpes mientras yo, aturdida y asustada empecé a vestirme. Al cabo de unos minutos los demás se dieron cuenta y los separaron.
—Carlos nunca ha querido hablar de ese momento y ahora entiendo por qué. Comprendo tu comportamiento con respecto a los hombres desde entonces.
—Ya, no es agradable hacer lo que hizo Carlos. Luis se llevó una buena tunda. Mira que para entonces Carlos estaba delgado y no tenía pinta de dar los puñetazos que le propinaba. Le conocíamos poco por aquel entonces.
—Sí. Venía de vez en cuando con la pandilla. Ramón y él se conocían de hacía tiempo.
—Esa noche me marcó profundamente; si no llega a ser por Carlos… no quiero ni pensar que hubiera sucedido. Carlos me conmovió de manera especial, nunca olvidaré su expresión. Él no entendía cómo alguien podía hacer algo así. No sabía qué hacer, no sabía cómo ayudarme; no se apartó de mí en ningún momento. Me alejó de la fiesta hasta que estuve calmada. Después me llevó a casa. No consintió que nadie más lo hiciera —no puedo evitar reír al recordar su viejo coche, un Clio de color azul, un verdadero cascajo, pero le daba su servicio—. Por el camino iba repitiéndose a sí mismo en voz alta: “no entiendo cómo pueden existir tipos con una actitud tan indeseable”. El pobre llevaba los nudillos de la mano derecha al rojo vivo y la ceja izquierda partida. Me sentí culpable por verle así, estaba abatido y preocupado por mí.
—Carlos siempre te ha hecho sentir segura, ¿no?
—Sí. Me inspiró confianza desde aquel día como amigo y como pareja después también. Pero en cuanto al tema de la cama… me costaba horrores dejarme llevar. Ese imbécil me marcó. Recordar como me tocaba y como me besaba, ¡me daban náuseas solo al recordarlo! Carlos siempre se mostró paciente, cuidadoso conmigo, demasiado en algunos casos. Siempre tuvo claro que no iba a ser fácil mantener una relación con una chica que había pasado por lo que yo pasé.
—Habéis hablado… porque eso sucedió un año y medio, más o menos, antes de que comenzarais a salir.
—No. No hemos hablado en profundidad sobre ello. En algún momento hemos hecho referencia a esa noche… pero a ninguno de los dos nos gusta recordar ese momento y menos a mí y él lo sabe, así que lo evitamos. La verdad es que es un episodio que tenemos en común y claro está… ninguno de los dos imaginábamos que íbamos a estar juntos después de aquello.
—Lo tienes… por decir de alguna manera… “olvidado”.
—Creo que en este momento… no estoy segura del todo.
—¡Ay, Marian! —suspira—. ¿Quieres retomar la relación donde la dejaste?
—Me encantaría retomar esa relación. Tengo muchos motivos por los que volvería una y mil veces con él. Echo de menos la forma en que me miraba, sereno, tranquilo. Me hacía reír de forma especial, quitándole importancia a cuando me ponía tensa en esos momentos en que… ¡Vamos Andrea, no me tires de la lengua!, sabes que no me gusta hablar del tema íntimo.
—¡Dios, me encanta como lo cuentas!
—Ya. Para que luego te mofes.
—Para nada. ¡Me encanta como me descubres a Carlos!
—Tiene una actitud hacia mí protectora, sin resultar agobiante. Sabe darme mi tiempo, mi espacio. No es celoso ni posesivo. Son dos de las virtudes que más valoro en él.
—No me extraña que te haga sentir bien.
—Sí, pero cuando me pedía algo más… la cama… ya sabes… me costaba quitarme de la cabeza a Luis.
—Ya —sonríe sin ganas al ver la cara de frustración que pongo—. Comenzaban los conflictos.
—Sí, y tengo miedo a que vuelva a pasar lo mismo. A no ser capaz de entregarme a él sin reservas, sin condiciones. Siempre he sentido que no he estado a su altura; que merecía algo más que una chica frustrada y frustrante a la vez.
—Él ya sabía lo que había cuando te dijo que te quería conocer.
—No Andrea, él no podía saberlo. Tampoco yo sabía cuál era la magnitud del daño que me había provocado ese innombrable. Posteriormente no he tenido relaciones lo suficientemente largas como para irme a la cama con algún chico. Hasta que Carlos decidió “conocerme”.
—¿Qué vas hacer entonces? ¿Vas a hablar con él? ¿Os vais a dar otra oportunidad?
—Quiero hablar con él, ver si realmente estamos los dos preparados para ello, sobre todo yo. Primero quiero centrarme en encontrar un trabajo y solucionar mis problemas más inmediatos, si quiero seguir viviendo contigo, claro. Carlos es una posibilidad que no descarto, lo tengo muy presente. Pero puede que él ya no quiera volver —digo con pena—. También está el hecho de que… ya sabes… no me porté muy bien con él —pongo cara de circunstancias al recordar lo impertinente que me volví con él sin merecérselo.
—Creo que te estás equivocando.
Miro a mi amiga preguntándome si ella sabe algo, si Carlos le ha insinuado o han hablado abiertamente de la posibilidad de retomar lo nuestro.
—La verdad es que Carlos y yo tuvimos una corta pero bonita relación. Andrea, yo tan solo contaba con veintidós años, era y sigo siendo inexperta, él me saca cuatro años y quieras o no… se nota, era algo más maduro que yo.
—Bueno, es normal, aunque ya sabemos que nosotras siempre vamos por delante en madurez.
—Si tú lo dices… Mírame a mí… estoy más perdida…
Carlos aceptó darme tiempo: sin reservas, sin peros, sin agobiarme. La verdad es que se ha portado muy bien todo este tiempo. Él, al igual que Andrea, han sido mis mejores amigos.
—Ya hace algo más de un año que dejasteis lo vuestro. Ya es hora de que os deis otra oportunidad.
—Sí, pero necesito despejar mi mente. Este ha sido un año largo y duro para mí. Necesito tener la cabeza desocupada. Ya te he dicho que primero tengo que solucionar otros asuntos.
Pero ya tengo el pensamiento ocupado en gran parte por él. La verdad es que le echo de menos… me gusta demasiado. Trato de resistirme a él. Me pongo celosa pero que muy celosa, cuando alguna chica se le acerca; me muero de rabia y me contengo a duras penas. Tengo que reconocer que… de algún modo, me da miedo retomar la relación y fracasar cayendo en los mismos errores y en los mismos temores.
Volver con Carlos; supone no poner condiciones. No sé si seré capaz de crecer emocionalmente al ritmo que él necesita. ¡Dudas, dudas, malditas dudas!
—¡Está bien! —dice malhumorada, mientras va a su dormitorio.
—¡Andrea, no me presiones! —le digo con contundencia.
Tengo que hacer la llamada para concertar una cita y después miraré en Internet a qué se dedica la empresa Carson Project Spain.
Me dispongo a llamar. Me citan para el próximo lunes día 26 a las 10 h. La empresa se encuentra en la zona norte de Madrid, en concreto en la carretera de La Coruña. Se trata de una filial.
Me meto en Google y busco la empresa. Es un conglomerado de empresas diferentes entre sí: naviera, telecomunicaciones, empresas de transporte por carretera, petróleo, energías renovables, etc., repartidas por medio mundo.
Suena el despertador. Lo apago de un manotazo y me doy la vuelta. Ya son la siete: tengo que prepararme para la entrevista.
Me doy una ducha rápida. Menos mal que ayer domingo me lavé el pelo, así tardaré menos en arreglarme. Me visto con el traje de falda y chaqueta que me ha dejado Andrea. Me recojo el pelo con una pinza hacia atrás, rímel en las pestañas y meto en el bolso un brillo de labios de color natural.
Estiro corriendo la cama, me agarro el bolso, el portafolios y me dirijo a la cocina. Me preparo un café con leche. Cojo las llaves del coche de Andrea, no le importa dejármelo. Llegaré antes a la cita, aunque el tráfico de Madrid en hora punta, ya se sabe.
Me aplico el brillo en los labios mirándome en el gran espejo que tenemos en el pasillo de la entrada, abro la puerta y bajo corriendo las escaleras, llegaré pronto a mi destino. Tengo una corazonada.
He llegado media hora antes. Voy a relajarme un momento, el tráfico es estresante. Pongo música para entretenerme un rato. Reviso mi móvil. No tengo llamadas ni mensajes. Saco un espejo del bolso y me cercioro de que cada cabello está en su sitio. Doy una nueva capa de brillo a mis labios y me dispongo a salir del coche para entrar en el edificio Carson Project Spain.
El edificio es de cristal. Tiene dos grandes puertas automáticas a la entrada. El hall es enorme. La luz que entra a través de las vidrieras inunda el lugar. El suelo es de mármol gris oscuro. En medio del hall hay un mostrador grande de madera, color avellana oscuro, con forma de media luna, detalles en acero y con tres letras en el centro del frontal también en acero: CPS. En el mostrador hay tres jóvenes señoritas bien uniformadas, con exquisito gusto diría yo: una rubia y dos con el cabello más oscuro, perfectamente maquilladas.
Me acerco a ellas.
Entra y sale gente de los dos pasillos laterales que están justo detrás del mostrador. Allí están los ascensores que distribuyen a los trabajadores por las diez plantas del edificio.
—¡Buenos días! ¿En qué puedo ayudarla? —me dice una de ellas, en concreto la rubia que lleva una chapita en la chaqueta con su nombre: Yolanda.
—Tengo cita para una entrevista de trabajo.
—Bien, tiene que ir a Recursos Humanos que está en la primera planta, por el pasillo de mi derecha. Tome el ascensor y, cuando salga, gire a su derecha y hacia el final del pasillo hay una sala de espera grande. Espere allí. La llamarán al mostrador que hay allí mismo.
—¡Gracias!
Me dirijo adonde me ha indicado la recepcionista.
Al llegar a la sala veo que hay seis chicas esperando, más o menos de mi edad. Pienso que no voy a tener nada que hacer, que estoy perdiendo el tiempo a lo tonto una vez más; pero algo dentro de mí me dice que este trabajo puede ser mío. Tomo asiento y espero impaciente a que me llamen.
Transcurridos cinco minutos, salen tres chicas, nada menos, por la puerta que hay al lado del mostrador. Todavía quedan diez minutos para la hora que me han citado. Una mujer de unos cincuenta años, bajita, de pelo corto y rubio, ojos saltones de color miel y amplia sonrisa, nombra a tres de las chicas que están esperando su turno. A los pocos minutos, dos de ellas salen. Vuelven a nombran a otra chica y seguidamente me nombran a mí.
Paso por donde me indican. Me manda al final del pasillo, a un despacho donde un caballero de unos cincuenta años, está sentado detrás de una mesa repleta de carpetas. Tiene gesto serio y parece un tanto arrogante, pero por su media sonrisa juraría que es una persona afable. Sus pequeños ojos marrones me miran con curiosidad por encima de sus gafas.
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Señorita Álvarez? —asiento con mi cabeza—. Por favor, siéntese.
—Gracias.
—Me llamo Román Ibarra, mi trabajo consiste en seleccionar al personal que va a trabajar en esta filial. Le voy a informar de en qué consiste el puesto a ocupar: Buscamos una persona de entre 25 y 30 años. Por lo que veo… creo que usted no los tiene aún cumplidos, ¿me equivoco? —me mira de nuevo por encima de sus lentes.
—No señor.
—Ya. Bueno, ya que está usted aquí y se ha tomado la molestia de madrugar… la entrevistaré.
—Se lo agradezco señor.
—¿Me permite usted su currículum para que pueda echarle un vistazo? —se lo extiendo con mano firme. Lo lee por encima y lo deposita en la mesa mientras me mira de nuevo por encima de sus lentes. Apoya los codos en la mesa y junta las yemas de los dedos de ambas manos.
—Tiene usted una notable trayectoria universitaria. Además de unas buenas referencias —me mira con cierta curiosidad y eso hace que me afloren los nervios—. Veo también que ha trabajado en la biblioteca de la facultad. Bien —hace una pausa—. La persona que buscamos ocupará el puesto de asistente personal. Este puesto requiere a alguien que esté dispuesta a viajar sin problemas —vuelve a echar un vistazo al currículum—. Los trabajos que ha desempeñado son muy diferentes unos de otros —me sonríe—, menos de asistente personal o algo que se le parezca... ha trabajado usted de todo. De todos modos… —dice pensativo—, ya que está aquí... continuaremos con la entrevista.
Vuelve a hacer una pausa, parece estar meditando y eso me desconcierta.
—Entonces quedamos con que usted está dispuesta a viajar. ¿No hay problema en ello?
—No señor, no tengo ningún problema en hacerlo, estoy totalmente disponible.
—Ese es un punto importante a su favor.
—Necesito trabajar, así que… tendré que hacer lo que haga falta.
—Me gusta su actitud. La creo.
Mira un momento sus papeles, los ordena y…
—Ahora señorita, necesito que rellene este cuestionario, solo le llevará cinco minutos.
Me acerca la hoja y un bolígrafo y me dispongo a rellenar el cuestionario. Respiro profundamente mientras lo leo por encima. ¡Estoy de los nervios! Este hombre me altera. Lo relleno y se lo entrego a la vez que le dedico una tímida sonrisa.
Le echa un vistazo.
—Bien. Ahora lo que estamos haciendo es una preselección. Mi equipo escogerá las solicitudes más interesantes —noto como observa con disimulo mi reacción—. Señorita Álvarez. ¿No sé si tiene usted alguna duda o pregunta que hacerme?
—Me gustaría saber: ¿cuándo avisarán de que estoy preseleccionada o no? —le miro con interés.
—En tres o cuatro días se les comunicará. De esa preselección saldrán varias candidatas y de esas candidatas se escogerá solo a una —sonríe—. Se lo comunicaremos mediante correo electrónico.
Vuelve a mirarme por encima de sus gafas y me dedica una amplia sonrisa. Me mira con mucho detenimiento observando todos mis gestos y movimientos.
—Gracias señorita. Que tenga usted suerte.
Me ofrece la mano. Yo se la estrecho con una escueta sonrisa en los labios.
“¡Suerte!… Lo que necesito es un milagro”, me digo.
—¡Gracias señor!
Cierro la puerta tras de mí. La entrevista ha sido fría, intensa y corta. Me siento de alguna manera decepcionada. Poco a poco me entra el bajón… me siento mal por haberme presentado. Como él ha dicho, no tengo experiencia en ese puesto; ni en algo que se le parezca. Creo que estoy en desventaja. Seguro que se han presentado chicas con mejores y más acertadas referencias que la mías.
Salgo a la sala de espera y miro el reloj que allí hay. La entrevista ha durado escasos quince minutos, pero a mí me ha parecido una eternidad.
Con pocas esperanzas, me dirijo al ascensor cabizbaja. Salgo de Carson Project Spain y me dirijo al coche de mi amiga. Me he desinflado totalmente, quizá no he estado a la altura de las circunstancias, pero por intentarlo que no quede.
Al entrar por la puerta de casa me doy cuenta de que Andrea está esperándome ansiosa para preguntarme qué tal me ha ido la entrevista. Se lo cuento un poco por encima, pero sin ningún ánimo. Quizá más tarde lo vea de otra manera. Ella me anima con su sonrisa.
¡Al menos lo has intentado! —dice.
CAPÍTULO 2
Es miércoles.
La semana transcurre tranquila, monótona. No he recibido todavía ningún correo ni llamada para un trabajo. Me lo tomo con tranquilidad; a ver... otra cosa no me queda. En el fondo tengo la extraña sensación de que me cogerán para el puesto en Carson. Solo quedan uno o a lo sumo dos días para recibir el correo más esperado. Es como estar esperando a que llegue el día del sorteo de la primitiva para ver si ha habido suerte... y te han tocado un montón de millones.
Salgo a correr una hora todos los días que puedo. Esta semana necesito más que nunca distraerme para no comerme el coco. Voy de compras con Andrea, su ruta habitual: Gran Vía, Serrano… Una locura ir con ella, al menos me distraigo un buen rato probándonos modelitos.
Pero con mi amiga no es suficiente, así que quedo a comer con Carlos.
Últimamente nos vemos poco. Anda muy liado con su trabajo. El ascender en la empresa le lleva a más responsabilidad, a más preocupaciones. Por suerte está con un cliente no muy lejos de donde vivo, hemos quedado en Vips Castellana.
Me espera junto a la puerta del restaurante. Hace frío y él aguanta el tipo estoicamente vestido con un impecable traje gris de Hugo Boss, camisa blanca y corbata color azul con pequeños motivos en gris plata. Lleva puestas unas gafas de sol tipo aviador y una enorme sonrisa que va iluminando su cara a medida que me voy acercando. Y yo con mis vaqueros, botas altas, jersey de cuello alto y la cazadora acolchada cerrada al máximo para que no se cuele el impertinente frío.
¡Tiene que estar helado!
Cuando estoy frente a él se quita las gafas y me rodea con su brazo a la vez que me da un beso en la mejilla. Al tenerle tan cerca me doy cuenta de que su aspecto ha cambiado. En todo este tiempo no me he fijado en los cambios que se han ido produciendo en él, como su cabello, lo lleva más estiloso, se ha vuelto más coqueto. Y el traje: parece un modelo, le queda increíble. Antes resultaba algo desgarbado con los hombros caídos y ahora… se le ve que tiene percha. Sus hombros parecen fuertes y bien alineados.
¡Guau!
Recuerdo por un instante la conversación que mantuve con Andrea sobre volver a retomar la relación con Carlos. Tengo que ser honesta conmigo, es difícil encontrar a una persona que encaje con una misma como lo hace él.
—Hola Marian. ¡Cuánto tiempo! —dice sin ánimo de soltarme.
—Algo más de dos semanas.
Sus ojos negros me desarman, no puedo evitar dejar de sonreír. ¡Y qué bien huele!
—Hueles bien.
—¿Te gusta? Es el perfume que me regaló Andrea por mi cumpleaños, es de Chanel.
—Sí que me gusta. Entremos, te vas a quedar helado.
—Ya lo creo.
Transcurridos algunos minutos, un camarero nos acompaña a una mesa que ha quedado vacía de cuatro comensales. El restaurante está a tope. Me quito la cazadora mientras llegamos a ella. Carlos retira la silla para que me siente mientras dejo la cazadora en la silla de al lado. Veo como se desabrocha la americana y la acomoda en la silla que queda vacía.
Al tenerle delante se agolpan en mi mente un montón de razones por las que deberíamos volver. Me da miedo que él no sienta lo mismo, que sus sentimientos hayan cambiado. Quizá esté enamorado de otra persona, alguien menos complicada y con las cosas más claras.
Nos miramos, nos observamos en silencio mientras el camarero retira los dos servicios sobrantes. ¡Qué pesado! Los dos estamos deseosos de que se marche, pero aún falta por traer la carta, la trae un compañero suyo.
—Aquí tienen la carta.
Nos entrega una a cada uno.
Por fin un momento a solas, aprovecho para esconderme tras la carta. Su mirada es tan embaucadora… que después de haber hablado con Andrea de él, se me antoja inquietante.
—Vamos Marian, no me escondas tus ojos. No me prives de ellos.
Le miro por encima de la carta, esta vez lo que oculto con ella es una sonrisa tímida.
—Hace tiempo que no nos vemos y hablamos. Lo echo de menos.
Cierro la carta y la poso sobre la mesa.
—¡Será porque tú no quieres! —digo bajando la mirada a mis manos que están sobre la mesa.
—Yo siempre estoy dispuesto a ello —dice serio.
Levanto la mirada.
Me muerdo las ganas de decir muchas cosas, cosas que me dan miedo expresar… sí, me brotan los sentimientos a una velocidad que… al tenerle tan cerca…
—¿Qué piensas, Marian? Créeme, te noto rara.
Le miro… pero no me salen las palabras.
—¿Hay algo que me quieras contar?
Miro a un lado, perdiendo la mirada al fondo del restaurante.
No, no puedo, se me agolpan los sentimientos y pesan tanto…
—Tengo hambre —le digo volviéndole a mirar.
—Tienes hambre… lo que tienes es algo dando muuuchas vueltas en esa preciosa cabecita. ¿De verdad no tienes nada que contarme?
—En otro momento —le digo con cierto tono de indiferencia, no quiero que continúe indagando.
—¡Ah, vaya! ¿No me lo vas a contar? —me mira con gesto desafiante.
—Ya te lo contaré en otro momento. Comamos porfa —pongo cara de buena, no quiero que se enfade conmigo.
—Está bien. Pidamos la comida.
Durante la comida, Carlos intenta hacer alusión a nosotros dos como pareja. A medida que hablamos de todo un poco, me doy cuenta de que quiere llegar… a donde quiere llegar. A saber si estoy preparada para ello, si quiero retomar lo nuestro. Pero no sé cómo ni por qué me vuelvo fría y distante; arrebatándole la oportunidad de seguir indagando. Creo que no es el momento, ni el sitio, ni el lugar para hablar de algo que nos ha fracturado (por decirlo de alguna manera) como pareja. Sé que ha sabido interpretar mi reacción. Ha sido inteligente, ha cambiado rápidamente de sintonía y se ha dedicado a hacerme reír con sus típicas ocurrencias. La sobremesa ha sido lo mejor, recordando días inolvidables de acampada con la pandilla.
Después de pasar un rato encantador con Carlos comiendo y hablando también de sus nuevos proyectos y de mis supuestos proyectos que se supone, algún día se harán realidad… regreso a casa y me dedico a hacer magdalenas con pepitas de chocolate que tanto le gustan a Andrea. Entre tanto: pensamiento va pensamiento viene.
Son las nueve menos cuarto de la mañana del jueves.
Hoy puede que reciba el correo que con tanta ansiedad estoy esperando. Andrea ya me ha avisado de que no me haga muchas ilusiones. “¡Espero que sea hoy!, me digo a mí misma”. Me preparo el desayuno; como de costumbre, Andrea sigue dormida. Suspiro mirando al techo de la cocina esperando que una luz divina por fin me ilumine. Enciendo el portátil y miro mi correo, sin ninguna novedad; todavía es temprano... más entrada la mañana quizá lo reciba.
Me tomo un buen baño caliente de espuma, necesito distenderme. Pongo música relajante, sonidos de lluvia, de mar, de viento…
Me quedo como nueva.
Después de secarme con el albornoz, me pongo un chándal y me dirijo al salón. Allí está Andrea en pijama; con el pelo alborotado y una sonrisa en los labios. Está tomándose un tazón de cereales.
—¿Hay noticias? —me pregunta con curiosidad.
—Que yo sepa no. Tengo que mirar mi correo. A propósito ¿qué hora es?
—Las diez y cuarto.
Abro de nuevo mi correo. Parpadeo varias veces antes de soltar un grito de alegría. Me tapo seguidamente la boca con las manos para ahogar un nuevo grito. Andrea abre los ojos como platos y me mira atónita
—¡No me puedo creer que te hayan seleccionado! —dice entusiasmada.
Leo en voz alta el contenido del correo que dice así:
Carson Project Spain:
Departamento de RRHH.
Srta. Álvarez Martín.
Tenemos el placer de comunicarle que ha sido Vd. preseleccionada para una nueva entrevista en las dependencias de nuestra compañía.
Rogamos preséntese el próximo día 3 de diciembre a las 9.30 horas, en Recursos Humanos.
Esperamos su asistencia.
Gracias.
—¡Dios! ¡Es fantástico! —dice Andrea con una gran sonrisa—. Corre hacia mí y nos abrazamos con fuerza. Sabe lo que esto significa para mí.
—¡Madre mía, Andrea! ¡No me lo puedo creer! No quiero hacerme muchas ilusiones… pero… no puedo evitar hacérmelas.
Nos separamos y nos miramos a los ojos unos instantes. Finalmente:
—Amiga. Esta puede ser tu oportunidad. ¡Ánimo!
—Gracias, Andrea.
La miro con alegría mientras un torrente de ilusiones empieza a desplegarse en mi cabeza.
—¡Eh! Conozco esa mirada. No se te ocurra hacerte más ilusiones que las justas. Luego no quiero tener que aguantar tus llantos.
—Pero bueno, ¿desde cuándo has tenido que aguantar tú mis llantos? Sabes que yo no lloro y menos por algo así. Se trata de otra cosa.
—Cierto. Eres dura como el granito —dice convencida—. ¿Entonces de que se trata? —pone cara de pícara.
—Es solo que… —intento reprimir una sonrisa emocionada al decirle a mi amiga— Carlos... ha intentado hablar conmigo para volver, ya sabes… se ha insinuado —aparto la mirada de mi amiga para perderla a un lado—, me ha dejado caer que va siendo hora de plantearnos si continuar lo nuestro y…
—¿Qué le has dicho? —centra toda su atención en mí, está deseando oír, lo que las dos sabemos que quiere oír.
—En definitiva nada —le digo volviéndola a mirar.
—¿Nada? —dice con cara de no poder creer lo que escucha—. ¡¿Nada?! Marian, ¡por el amor de Dios! Ese hombre tiene una santa paciencia…
—Andrea, escúchame —le digo intentando captar toda su atención—. No era el lugar ni el momento indicado para hacerlo. Estábamos en el Vips. Había un ajetreo increíble en el restaurante. Hubiese sido diferente… si hubiéramos estado en un lugar más tranquilo, donde la conversación se pudiera llevar sin problemas. Pero no era este el caso. Es un tema delicado para los dos, y lo sabes.
—Lo entiendo —dice asintiendo con la cabeza—. El caso es que estés receptiva.
—Creo estarlo. Pero… me asusta… —digo pensativa— me asusta… descubrir nuevos sentimientos. De todos modos un año es mucho tiempo sin sentir y suficiente para que los dos nos hayamos enfriado. Quizá no vuelva a ser lo mismo.
—¿Tú crees? —dice volviendo a poner cara de pícara—. Vosotros no os dais cuenta. Os vengo observando a los dos desde hace tiempo. Desde que dejamos la universidad. Para vosotros es crucial esa fecha, es el disparo de salida para continuar lo que dejasteis. He visto como le miras. Hay mucho en ti y tienes que dejarlo salir. Él… estoy segura de que quiere quemar hasta el último cartucho para tenerte.
—Andrea, no le demos más vueltas al asunto. El tiempo nos lo dirá.
Mi querida amiga parece desesperarse.
Se queda un instante pensativa.
—Tienes razón. ¡Pero que lo diga pronto, que a mí me va a dar algo con tanta incertidumbre! —me dice agarrándome por los hombros y zarandeándome.
¡Qué pesada!
CAPÍTULO 3
Ya es el día.
El tan deseado 3 de diciembre.
El despertador es despiadado, como siempre, pero se lo perdono, la ocasión lo merece. Esta vez no ha hecho falta que Andrea me preste la ropa para la entrevista ya que me he comprado, a muy buen precio, un bonito traje pantalón de color gris medio y una camisa blanca con rayas moradas. Me sienta como un guante. Estoy supernerviosa, más que cuando fui a la primera entrevista. Me monto en el coche de mi amiga —me lo ha vuelto a prestar—, y me dirijo a la tan deseada entrevista. El tráfico es algo menos denso que de costumbre y vuelvo a llegar con tiempo de sobra.
Entro en el edificio y me dirijo a la primera planta, donde está Recursos Humanos. Al entrar en la sala de espera, la señora que estaba el otro día tras el mostrador me mira por encima de las gafas. Seguidamente coge el auricular del teléfono y se comunica con alguien al otro lado de este.
—¿Señorita Álvarez? —me pregunta mientras me mira con las gafas esta vez en la mano. No me ha dado ni siquiera tiempo a sentarme a esperar.
Me acerco sorprendida al mostrador. No hay nadie esperando en la sala.
—La esperan. Última puerta del pasillo.
—Muchas gracias —contesto con un ligero sentimiento de recelo.
Soplo, soltando todo el aire que retengo dentro de los pulmones. Estoy nerviosísima, no sé como voy a poder controlar los nervios. Respiro profundamente y vuelvo a soltar el aire mientras avanzo por el pasillo. Me coloco bien el traje antes de traspasar la puerta que me separa de mi entrevistador. Golpeo suavemente con los nudillos en ella.
—¡Adelante!
Espero que esta vez la entrevista no sea tan fría como la anterior.
Respiro hondo mientras me deseo suerte.
Abro la puerta.
—¡Buenos días! —digo mientras esbozo una tímida sonrisa.
—¡Buenos días, señorita Álvarez!, al final va a tener usted suerte, siéntese por favor —me recibe con gesto arrogante y desconfiado.
Me siento en la única silla que hay disponible frente a mi duro e implacable entrevistador. Trato de tragar saliva. Me mira por encima de sus gafas. Sus ojos se clavan como dardos en los míos como si quisiera descubrir en qué estoy pensando. Un escalofrío me recorre la espalda, tengo las manos heladas y no soy capaz ni de pestañear. La tensión se puede cortar con un cuchillo. No sé cómo puedo mantener el temple. Me mira con mucha atención.
Desde el minuto uno… haciendo presión.
—El puesto que queremos cubrir, señorita, es más importante de lo que usted pueda llegar a imaginar —su arranque me desconcierta—. Se necesita tener mucha personalidad, ganas de trabajar, espíritu de sacrificio y un conjunto extenso de cualidades que me extraña que alguien tan joven como usted, pueda reunir.
Yo le miro sin mostrar atisbo alguno de mis emociones, seria y sin apenas pestañear; de todos modos no podría.
—Me gustan los retos —me atrevo a decir—. No me asusta trabajar, mejorar e incluso, si es necesario, multiplicarme —los ojos se me abren como platos, no me puedo creer que todas esas palabras estén saliendo de mi boca sin control.
—Bien señorita. Parece que está dispuesta a trabajar duro.
—Por supuesto —contesto tajante, sin dejar de asombrarme a mí misma.
Con gesto serio e impenetrable coge el auricular del teléfono y aprieta un botón; enseguida le contestan.
—¡Pase por mi despacho, la señorita Álvarez ha terminado conmigo! —vuelve a mirarme como si se sintiera satisfecho de sí mismo.
—Ya he terminado con usted.
Me quedo sorprendida: ¡¡Ya!! ¿Ya está todo? ¿Ya acabó la entrevista? El desconcierto se apodera de mí.
—Le doy mi visto bueno para que la secretaria del señor Carson se entreviste con usted. Tendrá que ir con ella a otro despacho, señorita Álvarez. Espero que se cumplan sus perspectivas. Aproveche bien esta oportunidad.
¿Cómo? ¿Qué? No entiendo nada.
—Veo que se ha quedado usted… —dice con gesto pensativo— digámoslo así… ¿Perdida? —se quita las gafas y me mira con detenimiento mientras se recuesta en su asiento—. No se preocupe, esto no se ha acabado aquí. Tiene usted la oportunidad de convencer a la persona que en estos momentos se dirige hacia aquí, de que merece el puesto que se le ofrece.
Antes de que pueda reaccionar… llaman a la puerta.
—¡Pase, por favor! —dice mi entrevistador.
—¡Buenos días, señor Ibarra! —una voz femenina se escucha a mi espalda.
—¿Señorita Álvarez? —se coloca junto a la mesa del despacho, frente a mí y me extiende la mano para que se la estreche—. Me llamo Isabel Gómez. —Me doy cuenta de que mis manos están empapadas en sudor, los nervios me están jugando una mala pasada; me seco con disimulo la mano en el pantalón y se la estrecho.
—Señora Gómez. Le doy el visto bueno para que entreviste a esta joven.
—Bien, —dice esta con una amplia y cálida sonrisa—. Espero que el señor Ibarra no le haya intimidado. Es un hombre implacable, capaz de sacar lo mejor y lo peor de los candidatos.
El señor Ibarra sonríe complacido. Parece que le encanta hacer sufrir al personal. ¡Será tirano...!
—No me he sentido intimidada —le digo tratando de autoconvencerme. ¡¡Vaya que no!!
—Por favor, acompáñeme señorita Álvarez; tenemos que continuar.
—Señorita, encantado de haberla conocido —el señor Ibarra se levanta, extiende su mano para que se la estreche y así lo hago.
Me levanto y acompaño a la señora Gómez.
Salimos al pasillo. Me conduce a través de otra puerta y otro pasillo aún más largo. Llegamos a los ascensores internos del edificio, supuestamente solo utilizados por trabajadores autorizados puesto que ella abre la puerta de este con una llave especial. Me hace un gesto con la mano para que entre en él. Estoy hecha un flan. “¿Qué será lo que me espera?”, me pregunto.
Pulsa el botón del último piso: el número seis.
Me cuesta respirar, hace un calor agobiante en el ascensor y el trayecto se me hace interminable. Por fin se abren las puertas. ¡Qué gusto! El pasillo es mucho más amplio y no hay tantas puertas como en el anterior.
Me conduce por el extremo derecho del pasillo hacia un despacho grande de planta cuadrada. Tiene dos mesas de oficina idénticas al fondo, una a la derecha y otra a la izquierda. Justo detrás de cada mesa hay una puerta. Al principio de la sala tanto al lado derecho como al izquierdo, un sofá y dos sillones que comparten una mesa baja, supongo que para las visitas. Hay otra puerta, está al lado derecho entre la mesa de Isabel y los asientos para las visitas. El fondo del despacho es una amplia cristalera desde el suelo al techo que llena de luz la estancia y por la que se pueden ver otros edificios cercanos. La señora Gómez se acerca a su mesa, la que está a mi derecha.
Se vuelve hacia mí. Yo me quedo de pie junto a los asientos, a la espera. Estoy tensa como las cuerdas de una guitarra.
—Siéntese, por favor.
Tomo asiento.
Observo que la otra mesa está vacía y totalmente recogida. Solo hay sobre ella un teléfono con una pequeña centralita, un ordenador y una lámpara de sobremesa. Quizá es la que yo, supuestamente, voy a ocupar. “¡No te hagas ilusiones, Marian!”, me reprocho.
La señora Gómez tiene aproximadamente cuarenta años. Viste elegante y luce media melena de color castaño. El cutis bien cuidado, ojos alegres y amplia sonrisa. Prepara cuidadosamente una carpeta con documentos sentada en su sillón de diseño moderno en piel de color negro. Se gira hacia mí mientras se levanta.
—¡Señorita Álvarez, pase por aquí por favor! —me indica justo la puerta que está detrás de ella. Queda un espacio amplio entre su mesa y la puerta.
Entramos en un despacho rectangular grande y luminoso. El mobiliario es de diseño vanguardista: de color blanco y rojo. A la izquierda está la vidriera y delante de esta, hay una mesa de despacho de color blanco, con un portafolio de color rojo sobre ella. La pared que tengo delante da buena muestra de la longitud del despacho; delante de esta hay un mueble bajo de color blanco, debe tener unos tres metros de largo por medio metro de alto, con dos puertas de color rojo al lado izquierdo y otras dos puertas al lado derecho; el centro del mueble está dividido en cuatro huecos. En la pared justo encima del mueble hay una lámina enorme en tonos: negro, gris, rojo y blanco; en ella se puede ver el edificio sede de la compañía en Washington. Al lado derecho del mueble, a continuación de este, un sofá de piel blanco con una mesa de cristal de color rojo. En el centro de la pared opuesta a la vidriera hay una puerta. Frente al sofá, dos sillones pequeños, con ruedas, en piel color blanco.
La señora Gómez acerca uno de los sillones a la mesa del despacho.
—¡Siéntese por favor! —Ella se sienta al otro lado de la mesa, saca unos documentos de la carpeta y a continuación se acerca a la puerta que está en el lado opuesto y la abre. Entra en el otro despacho y, pocos segundos después, sale de él y deja la puerta entreabierta, para volver a sentarse de nuevo frente a mí.
—¿Quiere un café, agua o algún refresco? —me pregunta amablemente.
—Por favor, un vaso de agua, si no es molestia. Gracias.
Se acerca a la mesa del primer despacho y ordena a alguien que le traiga un vaso de agua. Seguidamente la persona se mueve con rapidez y en pocos segundos la señora Gómez me trae el vaso de agua. Me lo ofrece, lo cojo con ligero nerviosismo, le doy dos sorbos pequeños y lo coloco con cuidado encima del posavasos de papel que ha dejado sobre la mesa.
—¡Bien, ahora vamos con lo importante! El señor Ibarra es el psicólogo-sociólogo responsable de Recursos Humanos de nuestra empresa. Él suele entrevistar por segunda vez a todos los candidatos que cree que pueden ser interesantes y estar cualificados para cada puesto; hace una criba y vuelve a entrevistar a los definitivos. En este caso, a los tres definitivos para este puesto los entrevisto yo. De las tres personas seleccionadas nos decantaremos por la mejor. Le informo primero en qué consiste este puesto y después resolvemos todas las posibles dudas. ¿Le parece bien?
—Sí —digo con timidez.
—El Señor Carson, presidente de la compañía, necesita una persona de confianza: joven, dispuesta a viajar y sobre todo a trabajar. Se trata de llevar su agenda, asistirle en reuniones y ayudarle en los asuntos que lo requieran. En tres meses, poco a poco se pondrá al día, no se le exige la perfección de inmediato. Tendrá ayuda y apoyo tanto por mi parte como por parte del señor Carson. Le garantizo que se sentirá cómoda y sobre todo apoyada al máximo. Sé que es extraño esto que le digo, pero el señor Carson lo exige así. Quiere que la persona que va a estar tanto tiempo con él se sienta cómoda, ya que viajará y pasará tiempo alejada de su familia, el trato que se le dará será de persona de “confianza“.
¿Persona de confianza? ¿Así, por las buenas? ¡Esto me parece surrealista!
Seguro que es un multimillonario arrogante, altivo, con aire de superioridad, de los que mira por encima del hombro y mil cosas más que se me ocurren.
Ella se da cuenta de la cara que pongo mientras me confieso mis propios pensamientos.
—Su cometido, créame —dice—, es más sencillo de lo que usted cree. Es solo cuestión de tiempo; usted misma dijo que no le importaba trabajar, mejorar, aprender y, si fuese necesario, multiplicarse. No va a ser necesario que se multiplique, eso nunca se le va a exigir. No tema.
—Tres meses tengo para ponerme al día —recalco.
La verdad es que no me parece imposible ponerme al día en tres meses. No me puedo permitir el lujo de pensármelo. He de intentarlo, necesito este trabajo como sea. Hace por lo menos un siglo que no he estado tan cerca de conseguir un trabajo con semejantes perspectivas.
—Disculpe que le haga una pregunta: me ha dicho que somos tres personas las seleccionadas, ¿puede usted decirme… si estoy ya elegida para el puesto… o… todavía tienen que elegir a un candidato?
—Es usted muy rápida señorita Álvarez. Usted ha sido elegida. En el caso y, solo en el caso de que no acepte, se llamará a la siguiente candidata. Tenga en cuenta que el señor Ibarra es una pieza clave de esta compañía, su olfato para seleccionar el personal es infalible, muy pocas veces se equivoca. En usted ve unas cualidades francamente buenas. Tendremos tiempo de comprobarlo. Le dejaré unos minutos para que se lo piense y volveremos a retomar el tema. ¿Le parece bien?
—Sí. Gracias —la verdad es que necesito tomarme un respiro.
Al salir del despacho cierra la puerta.
¡¿Qué demonios estoy haciendo aquí?!
No creo que esté preparada para este puesto, no tengo experiencia —los nervios hacen verdaderos estragos en mí—. Tampoco tengo mucho donde elegir, me digo.
—¡Qué diablos, tendré que intentarlo, no tengo nada mejor! —me lamento en voz alta—. Necesito trabajar como sea y si he de empezar como asistente… puede que sea lo más cerca que voy a estar en mi vida de un puesto en Dirección. El estudiar una carrera no le garantiza a nadie que puedas ejercerla. Hay que tener hoy en día mucha suerte o un buen “enchufe” claro está. En fin… ¡que sea lo que Dios quiera! —suspiro resignada.
Diez minutos más tarde la señora Gómez entra por la puerta, se sienta nuevamente en la silla frente a mí.
De repente… Una voz masculina suena detrás de mí.
—¡Isabel, por favor!
Me quedo sorprendida. Pensaba que no había nadie en el otro despacho y yo… expresando mis pensamientos en voz alta, ¡qué vergüenza! Noto como se me sube el pavo sin remedio.
Isabel se levanta y me indica con la mano que haga yo lo mismo.
—Sígame de nuevo, señorita Álvarez.
La sigo. Entro en el despacho que está situado detrás de mí.
Un hombre de un metro ochenta aproximadamente, vestido con un traje azul marino inmaculado, se encuentra de pie de espaldas a nosotras, mirando a través de la cristalera. Su cabello es castaño, ligeramente ondulado, con algunas canas muy difuminadas que apenas se aprecian.
Se gira hacia nosotras en cuanto se percata de que entramos.
Debe rondar los sesenta años bien cuidados. Desprende carisma. Vaya; parece una persona interesante.
Me brinda una amplia y cálida sonrisa mientras sus grandes ojos verdes me miran con familiaridad.
—Señorita Álvarez, me es grato conocerla —se acerca a nosotras rodeando la mesa con sutil y natural elegancia. Es una de esas personas con encanto natural; de las que te sorprenden gratamente y no sabes porqué. En el mismo momento que se dirige a mí, me extiende la mano. Yo se la estrecho mirándole directamente a los ojos.
—Veo, señorita Álvarez, que tiene dudas sobre el puesto que ofrecemos. Discúlpeme, deje que me presente, soy el señor Carson.
Me quedo con la boca abierta. Sin duda ha escuchado toda la entrevista e incluso mis conclusiones en voz alta. “¡Marian contrólate que te tiemblan las piernas! Esto no te lo esperabas”, me digo.
—Siéntese, por favor —me indica una de las sillas de diseño situadas frente a él, mientras vuelve a rodear la mesa para sentarse en su cómodo y moderno sillón de cuero negro. La señora Gómez se sienta en la otra silla junto a mí. Se acomoda el nudo de su elegante corbata de franjas anchas en diagonal de tres tonos: desde el azul cielo hasta llegar al azul marino, con finas franjas rojo rubí intercaladas. Me sorprende observar que carece prácticamente de ese acento característico que los americanos tienen cuando hablan español. Su pronunciación es casi perfecta.
—Señorita Álvarez, el puesto que se le ofrece es sencillo y rutinario. Hemos podido comprobar sus referencias. No tiene experiencia en el puesto que le ofrezco pero… parece ser que es muy trabajadora y que dispone de iniciativa propia. Créame joven, eso es algo que valoro mucho en las personas: iniciativa, voluntad, perspectivas… Sí señor, muy buenas cualidades para empezar. El contrato que le ofrezco es fijo y con posibilidades de mejorar dentro de la empresa. Siempre están las puertas abiertas a todos los trabajadores que quieran escalar posiciones. ¿Entiende a qué me refiero? Una de las oportunidades que se abren hacia el puesto que va a ocupar o que podría ocupar en un futuro, es ejercerlo en nuestra sede central en Washington. E incluso en cualquier destino donde nuestras filiales estén presentes.
No dejo de mirarle a los ojos, atenta a sus palabras. En contra de mis primeras impresiones puedo asegurar que no es ningún engreído y arrogante millonario. Sus sencillas y sinceras palabras me tranquilizan; su forma de dirigirse a mí y mirarme, por extraño que parezca… me da seguridad. Él también me mira directamente a los ojos, hay momentos en que creo que sus ojos me sonríen. Absurda observación por mi parte.
Un contrato fijo. Nunca he tenido la oportunidad de permanecer más de tres meses en un trabajo, me entusiasma la idea. Me resolvería muchos problemas y podría ayudar a mi madre un poco, puesto que siempre se ha sacrificado para que yo pudiera estudiar y encima me ayuda a sufragar los gastos que me produce vivir con Andrea. Lo de ejercer el puesto en un futuro en Washington o cualquier destino donde estén sus filiales… siempre es un aliciente más. De todos modos es una posibilidad muy lejana aún para mí. Lo de Washington… sí me seduce. Siempre he tenido ganas de viajar y conocer Estados Unidos. El presupuesto no me ha dado para hacerlo. Espero que por fin tenga esa oportunidad.
—Si con el transcurso de un tiempo prudente, usted quiere renunciar al puesto porque no se sienta a gusto, o crea que no está suficientemente capacitada para él, le permitiremos sin ningún problema abandonarlo. Necesito a una persona que esté cómoda y a gusto conmigo, que me ayude a organizar el día a día. No va a estar esclavizada como muestran en alguna de esas películas… ya me entiende.
Hace una pausa.
Los tres nos quedamos callados, yo ordenando mis pensamientos y ellos esperando a que diga algo.
Finalmente me decido a probar. ¿Qué voy a perder?
Nada. Más bien todo lo contrario. El tener un trabajo fijo y seguro me va a dar estabilidad en todos los sentidos: económica, recompensa a tantos años de estudio, de días y noches sin poder salir, sin poder divertirme, fuera trabajos precarios de sueldos irrisorios, un planteamiento de vida futura con al menos expectativas… y Carlos.
Carlos es una buena expectativa.
Tener este trabajo también va a influir en que no me sienta en desventaja con él. Él tiene proyectos de futuro, los va culminando poco a poco. Ya vive independiente. Tiene su propia casa, su propia vida. Es algo que envidio, y no solo en él, en cualquier persona.
—Está bien, acepto el puesto —me dirijo al señor Carson, segura de mí misma.
El señor Carson esboza una sonrisa de satisfacción y se anima a explicarme con calma todos los pormenores y a despejar todas las dudas posibles que tuviera.
La señorita Gómez sonríe complacida, me anima.
—¡Todo saldrá bien! —me dice.
Seguidamente la señora Gómez pone sobre la mesa dos contratos, uno de ellos es de confidencialidad.
Ellos esperan pacientes a que lea ambos contratos. Los firmo. La alegría comienza a aflorar en mi interior. Me dan ganas de ponerme a dar saltos, pero… no es el momento.
—Señorita Álvarez —se dirige a mí el señor Carson—, se le facilitará una tarjeta de empresa con un importe mensual de mil quinientos euros para vestuario, gastos extras, etc. Tendrá una persona que se encargará de orientarla a la hora de qué ponerse para las diversas reuniones, almuerzos y eventos a los que tendremos que asistir hasta que lo haga usted por sí sola. Tiene también un utilitario a su disposición y…
¡Dios mío! En mi cabeza no entra más información, creo que me voy a desmayar. Esto es increíble, estoy en una nube y necesito poner los pies sobre la tierra.
—Señorita Álvarez, creo que es suficiente por hoy. El próximo lunes puede empezar a trabajar. Su despacho es el que está junto a este —me indica con la mirada el despacho que tiene los muebles blancos y rojos. Me tiende la mano derecha y se la estrecho nuevamente—. Ha sido todo un placer señorita.
—Lo mismo digo, señor Carson.
Isabel me conduce por los ascensores internos hasta la planta baja del edificio. Durante el trayecto me informa, extraoficialmente, que era la mejor candidata. Y que no era necesario que tuviera experiencia en un puesto similar. El señor Carson buscaba una persona que se adaptase a él y ha pensado que no hay nada mejor que una persona que no haya ocupado un puesto así. Él prefiere a alguien que se adapte a él como un guante a una mano. Prefiere moldearme, darme forma. Quiere una persona a la que no haga falta decirle nada, que con solo una mirada sepa que es lo que quiere, que sepa lo que necesita en cada momento… Eso me parece algo más que complicado, pero no imposible. Todo se andará.
Tras despedirme de la señora Gómez hasta el lunes, salgo con paso firme de la filial y me dirijo al coche corriendo. ¡Madre mía, no puedo más! Tengo la cabeza que me va a estallar, no soy capaz de asimilar todo lo sucedido en el interior del edificio que acabo de abandonar. Sigo sin creerme que tenga por fin trabajo. Respiro profundamente y exhalo con fuerza como si pudiera expulsar por la boca todos los nervios que están dentro de mi cuerpo. Tras algunos minutos sentada en el coche, mis pulsaciones se regulan poco a poco y los nervios también. Arranco el coche y me dirijo a casa esperando que Andrea se encuentre allí, esperándome para contarle todos los pormenores de la entrevista.
No hay nadie en casa. ¡Qué fastidio!
Me voy a mi cuarto para cambiarme la ropa que llevo puesta por otra más cómoda.
Tranquilamente voy a la cocina para tomar un vaso de agua. Pierdo mi mirada a través del ventanal. Trato de reflexionar, pero no puedo. Con paso lento y pesado me dirijo al salón. Me hubiera gustado que Andrea hubiera estado aquí. He tenido que apaciguar mi exaltación. Me tumbo perezosa en el sofá esperando que la cabeza pare de dar vueltas a lo acontecido.
¡Imposible!
Alguien me está zarandeando.
—¡Cuenta, cuenta!
—¡¡Dios mío, Andrea, me has asustado!! Esperaba que estuvieras aquí —la miro extrañada y algo malhumorada.
—Me llamó mi padre. Necesitaba que le hiciera un favor —aclara.
—Bueno. Si es así… te lo perdono —hago una mueca.
Le cuento todo con pelos y señales, le enseño los contratos y la Visa. Se queda flipada cuando le digo que voy a disponer de un coche y que además me pagarán la gasolina.
—El viernes me traen el coche para que pueda ir el lunes a mi nuevo puesto de trabajo. ¿Qué te parece? —reboso entusiasmo.
—¡Madre mía! Ha merecido la pena la espera y el sueldo… no está mal. Espero que no te exploten como a esos altos ejecutivos que se ven en las películas —dice con tono rimbombante—. He de reconocer que es una oportunidad estupenda, esperemos que no te pases mucho tiempo viajando, te echaría mucho de menos —hace pucheritos—, y… también Carlos.
Qué alivio, temía que no me diera el visto bueno.
—El viernes por la noche lo celebraremos por todo lo alto —dice mi amiga muy animada—. Carlos se va a alegrar por ti. Lo deseaba tanto como tú.
—Siempre me ha apoyado y me ha dado ánimo. Decía que no había que perder la ilusión. Es normal que pensemos que la carrera que estudiamos es la que más nos conviene y la que debemos ejercer. No resulta fácil encontrar el puesto que deseamos cuando acabamos la carrera. Hay veces que tenemos que comenzar por otros para acabar ejerciendo el que realmente queríamos, el que tantos años de sacrificio nos ha llevado. Pero es lo que hay.
—Tienes razón. Hay veces que hay que dar un buen rodeo para llegar a donde queremos llegar. Nada es fácil, amiga. Pero mira por donde… muy alejada no te has quedado.
—Ya lo creo. Tengo que aprovechar esta oportunidad.
—Marian, tenemos que llamar a Carlos y contárselo.
—Síííí, ahora mismo lo hago.
Cojo el móvil y marco. Estoy nerviosa, sé que se va a alegrar, él siempre me anima.
—¡Carlos!
—¿Marian? —le noto sorprendido.
—Carlos. Tengo algo que contarte.
—¿Qué tal? Te noto alterada.
—Muy bien… oye… he de contarte una cosa —le digo apremiada por la alegría.
Se hace un corto silencio.
—¿De qué se trata? —me pregunta intrigado.
—He encontrado trabajo y esta vez nada de suplencias de dos semanas o un mes en periodo de vacaciones. Es un trabajo firme. ¡¡Ya he firmado!! ¡El contrato es fijo! —no puedo reprimir la emoción—, por fin adiós a gran parte de los problemas.
—Me alegro Marian, ¿pero cómo no me contaste antes que tenías un posible trabajo entre manos? Es…, es… estupendo —dice eufórico.
—Perdona. Pero es que… no quería hacerme ilusiones así que… lo omití.
—¿Viste la posibilidad de que te lo dieran?
—Bueno… en cierto modo sí, pero hasta estar segura he preferido no decirte nada. Siempre existe la posibilidad de llevarte un chasco. He de confesar que en el fondo sí estaba un tanto ilusionada.
—Ya veo. Lo has disimulado bien.
—Quiero celebrarlo, me gustaría que el viernes nos juntáramos los tres, te contaré todos los pormenores, es en una gran empresa Carson Project Spain.
—¡Eso está hecho! Es una buena noticia y no se merece menos.
Se hace un silencio largo entre los dos.
Soy consciente de lo que calla. Sus sentimientos.
Suspiro.
—Bien. Carlos… te llamaré el jueves para ver dónde y a qué hora quedamos. ¿Te parece?
—Sí, me parece bien.
—Hasta el jueves, Carlos —suspiro de nuevo.
—Hasta el jueves… Marian.
Andrea me mira con cara de pillina, su sonrisita es irónica y se está mordiendo el labio. Está entusiasmada.
—¡Andrea, no me mires así, por favor!
Suelta un chillido de alegría y patalea sentada en el sofá.
—¡Dios, no hay quien te aguante! Siempre estás con lo mismo. Carlos y yo.
¡Amiga pesada y persistente!
Seguidamente me marcho a mi habitación enfurruñada.
CAPÍTULO 4
El martes aprovecho para ir a comer con mi madre. Después de hacerlo y de contarle la gran noticia, lo celebramos con una botella de champán y eso que ella no bebe nunca. Pero la ocasión lo merecía. Me dirijo a la Gran Vía para hacer algunas compras. Necesito: bolsos, zapatos y algo de ropa acorde con el trabajo que voy a desempeñar. De camino a casa pido cita para el miércoles en la peluquería a la que suelo ir, necesito sanear las puntas y arreglarme las manos, las tengo hechas un desastre. Quiero dar buena impresión desde el primer día. Andrea tendrá que dar el visto bueno a mis compras, entiende más de estilismo que yo.
El miércoles, antes de ir a la peluquería, salgo a correr por El Retiro. Es mi lugar favorito para correr y también para pasear, leer un libro o tomar un rayito de sol en primavera. Ha habido tardes en las que Carlos y yo nos tumbábamos en la hierba o nos sentábamos en una terraza a tomar un helado o un refresco. Hablábamos de nuestras cosas, me hacía reír continuamente con sus chistes malos o sus ocurrencias, él siempre tiene una sonrisa en los labios. ¿Cuándo dejé de sonreír yo? —me pregunto—. ¿Cuándo me invadió la ansiedad, el estrés y el agotamiento mental? Respuesta: cuando comenzó mi lucha por sacar adelante la carrera y estropear o… intentar no estropear aún más mi relación con Carlos.
El jueves transcurre tranquilo. Andrea se encarga de preparar la cena del viernes y de avisar a Carlos de la hora concreta. Me tomo el día totalmente sabático: leyendo, escuchando música o haciendo yoga para relajarme.
A las seis de la tarde del viernes me mandan a un chófer de Carson Project Spain con el vehículo que me han asignado. Bajo a la calle. Un chico de más o menos mi edad y uniformado me espera. Se sorprende al verme.
—¿Señorita Álvarez? —me mira con cierto agrado.
—Sí. Soy yo.
Me repasa de arriba abajo con sus ojos. Llevo puesto unos vaqueros ajustados, una camiseta de manga larga de color rosa y una chaqueta vaquera.
Sus ojos me sonríen descaradamente.
—Me envían de Carson Project Spain. Le traigo el coche; aquí tiene las llaves.
Le sonrío mientras cojo las llaves de entre sus dedos. No cabe duda de que me ha dado un buen repaso con sus bonitos ojos castaños.
—¿Dónde está el coche? —pregunto.
—Acompáñeme.
Le sigo unos metros por la acera.
—Este es su coche. Puede subir y echar un vistazo.
Está aparcado en la misma acera del portal, a unos diez metros ¡qué suerte ha tenido! No es nada fácil encontrar aparcamiento a estas horas en la zona. Tendré que alquilar una plaza de garaje.
Es un Golf de color negro.
Me daría una vuelta en mi negro coche, pero me costaría un triunfo encontrar sitio después. Pero me subo en él y le echo un vistazo por dentro.
—¿Está todo bien, señorita? —me pregunta el chófer.
—Sí —le contesto desde el interior del vehículo.
—Como ve, los mandos no tienen ningún misterio —me comenta con un cierto tono… cálido y sospechoso. Los papeles del vehículo están en la guantera.
—Ya veo.
Salgo del coche después de comprobar el interior y lo cierro. Me paro frente al chófer.
—Está todo bien. Gracias —le digo con una sonrisa.
—Ha sido un placer. ¿Si necesita algo más?
—Por favor, no me trates de “usted” que tengo tu edad.
—Son las normas señorita.
—Vale —le sonrío mientras asiento moviendo levemente la cabeza. La verdad es que el chico es atractivo, de eso no me cabe duda, y cumple con su cometido.
—Adiós.
Y sin más, me dirijo al portal mientras observo que otro chico algo más mayor con el mismo uniforme nos observa desde la acera de enfrente. Seguramente regresarán a la empresa juntos en otro vehículo.
CAPÍTULO 5
Ya son las ocho y media. Carlos vendrá a las nueve y media a cenar. Andrea está preparando los últimos detalles.
Ha pedido un catering para tres: delicatessen, vino, champán e incluso postre.
No quiere que la ayude. Se conforma con que me arregle, ya que después iremos a tomar unas copas y a bailar. Me he puesto unos pantalones pitillo color negro, con una blusa blanca pegadita al cuerpo resaltando discretamente mi figura. Me he marcado con la plancha unas ondulaciones en el pelo, rímel en las pestañas, un poco de color en las mejillas y brillo en los labios… y ¡listo!
Cuando me ve Andrea se queda sorprendida.
—¡Qué guapa te has puesto! Estás muy atractiva.
—No es para tanto.
—¿Si quieres se lo preguntamos luego a Carlos? —dice con una sonrisita pícara y burlona.
Andrea tiene preparada hasta la música para amenizar la cena. Al igual que a mí, le gusta la música house y la música comercial: Enrique Iglesias, Jennifer López, Lady Gaga, Madonna, etc. Ya está todo preparado cuando llaman a la puerta. Abro y allí está él. Verle… me provoca palpitaciones, el corazón se me desboca sin control. Casi no puedo respirar. Está guapísimo, tiene un brillo especial en los ojos. Me da dos besos suaves e intencionados cerca de mi boca. ¿Por qué lo hace? Me quedo por unos instantes extasiada aguantando la puerta tras entrar Carlos en casa. Finalmente la cierro. Me doy la vuelta despacio, extrañada. El otro día me besó en la mejilla y hoy… al recordar la suavidad con la que me ha besado… estimula por unos instantes mis recuerdos.
—Esto es para ti. Me entrega un regalo. Por su forma cuadrada y plana, parece un CD de música.
—Gracias Carlos.
—No hay de qué. Estás preciosa.
—Gracias. Tú también estás muy guapo—sonrío pletórica.
Carlos está increíblemente atractivo. Morenazo de ojos negros y almendrados, labios carnosos, nariz recta, rostro ligeramente ovalado y barba de dos días. Me gusta más verle vestido con ropa de sport que con el traje; aunque para nada le hace desmerecer.
Abro el regalo. Es un CD de Chill out saxofón. Me encantan las baladas tocadas con saxo. Me gusta lo sensual y relajante que es la melodía que emana de ese prodigioso instrumento musical.
Cenamos los tres sentados en los sofás. Andrea ha preparado todo sobre la mesa de centro, nos parecía más informal ya que se trata de picar un poco.
Está todo riquísimo. Andrea ha acertado con el menú.
Cuento a Carlos los pormenores de la entrevista de trabajo mientras disfrutamos de la cena. Se muestra muy interesado en lo que le estoy contando.
—¡Espero que tengas mucha suerte! —dice contento— y que este cumpla tus expectativas.
—Gracias.
Tomamos vino durante la cena. Yo solo tomo una copa ya que enseguida se me sube a la cabeza.
La velada transcurre amena y divertida. Hacía tiempo que no estábamos así de a gusto. La música suena de fondo.
—Vamos a brindar por Marian —dice Andrea mientras va a coger las copas y el champán a la cocina.
Carlos aprovecha para sentarse a mi lado en el sofá. Andrea enseguida regresa de la cocina. Carlos descorcha la botella y nos sirve las copas. Brindamos por mi nuevo y eminente futuro. Me tomo dos copas no muy llenas, quiero reservarme porque si no… pronto voy a sentirme mal y no voy a poder salir para continuar la noche.
Yo estoy especialmente divertida, Carlos y Andrea no paran de reír muy animados. Les miro a los dos. En este momento me noto especialmente feliz al mirarlos. Siempre están ahí para mí; para lo bueno y para lo malo, siempre apoyándome. Les debo mucho a los dos.
—Ahora vengo —dice mi amiga desapareciendo por el pasillo camino de las habitaciones.
Carlos y yo continuamos hablando, bromeamos sobre Andrea y su manera de hacer las cosas perfectas, le encanta preparar fiestas y cualquier motivo es suficiente para calentar los motores de su imaginación y preparar una velada de lo más ocurrente. Este no es el caso, se trata de algo más sencillo y ha cumplido a la perfección con su cometido. Comienzo a sentirme un poco embriagada con el último trago de mi copa. Me tumbo sobre el apoyabrazos del sofá. Por unos segundos parecen diluirse las palabras de Carlos en mi mente, él continúa hablando… pero no soy capaz de seguir con atención la conversación. Es como si mi mente se quisiera evadir por un instante de la realidad y no entiendo porqué, pero necesito hacerlo. Se escucha en el equipo de música las primeras notas de un nuevo tema; las primeras notas de Saxofón inundan mis sentidos. Se trata del disco que Carlos me ha regalado y... poco a poco comienzo a sentir algo más profundo, los efectos del champán y me abandono en brazos de esa dulce sensación de ligero mareo. Es como si me estuviera meciendo en una de esas hamacas que se ponen de árbol a árbol y en la que tantas veces me he tumbado en uno de los viajes que hicimos a México toda la pandilla.
Dejo mi mente en blanco unos segundos. Pero un presentimiento repentino lo ocupa sin pedir permiso, sin esperarlo. Mis sentidos se ponen en alerta. Carlos está muy cerca de mí, más de lo que me podía imaginar. No me he percatado de que había abandonado su sitio en el sofá. Noto su presencia muy cerca, su aroma le delata, un ligero toque de Polo de Ralph Lauren.
Entreabro los ojos… y ahí está, arrodillado; mirándome. ¡Dios, que arrebatadamente guapo está!
Me falta el aire al sentir que mi intimidad, mi espacio vital… está siendo invadido por su proximidad, por su mirada.
Su rostro está casi pegado al mío. Me mira con dulzura mientras sus dedos acarician mi pelo con mimo. No soy capaz de moverme. Pestañeo varias veces, cierro los ojos y me digo a mí misma: ¡Qué sea lo que Dios quiera! No tengo fuerzas ni ganas de resistirme a él. Curiosamente mis sentidos me dicen que me relaje y me deje llevar por una vez. No sé lo que es dejarme llevar desde hace tiempo por los sentimientos o por las necesidades básicas que todos y todas tenemos. Hace algo más de un año que no he vivido más que para estudiar.
Oigo su respiración calmada pegada a mi oído. Instintivamente giro levemente mi rostro hacia él. Casi no puedo respirar, los nervios y la incertidumbre hacen posesión de todos mis sentidos, es un latir constante y turbador el que se apodera de mí. Sus ojos me suplican una oportunidad. No puedo creer lo que veo en ellos. Si tuviera que hablar en este momento no me saldrían las palabras ni para decir “no”. ¡Dios! ¿Hacia dónde he estado mirando todo este tiempo? Su mirada es la de un hombre seguro, que sabe lo que quiere y que sabe hacia dónde quiere ir. Y sí… sabe a dónde quiere llegar cuando sus labios rozan el lóbulo de mi oreja. Me estremezco ligeramente. Noto una suave descarga eléctrica recorrer mi cuerpo. Sus labios siguen su camino rozándome las mejillas… despacio. No puedo evitar cerrar de nuevo los ojos. Besa la comisura de mis labios varias veces y, sin encontrar resistencia, mis labios se entreabren. Sus labios son suaves, dulces. Introduce la punta de su lengua en mi boca, busca acariciar la mía y acariciar también con ella mis labios. El corazón me late deprisa. Todo mi cuerpo parece despertar bajo su embrujo.
¡Y yo que pensaba que estaba muerta! Baja por mi cuello. Todo un despliegue de suaves y pequeños besos recorre mi carótida hasta llegar al primer botón de mi blusa. Quiero que lo deje, pero no puedo negarme, me gusta, me gusta lo que siento. Su respiración se hace más rápida. Con suave lentitud me desabrocha el primer botón de la blusa y hunde sus labios en mi escote a la vez que respira profundamente como si quisiera apoderarse de mi aroma de una sola vez. Abro los ojos y me encuentro con los suyos: excitados, lascivos… mirándome mientras sigue respirando mi aroma con verdadera veneración.
—Que bien hueles Marian… ¿sigo? —susurra.
¿Me está pidiendo permiso? Dudo, pero no contesto.
Sí, me apetece estar con él… pero… ¿desde cuándo es tan atrevido? Él es más bien tímido como yo. Nunca pensé que nuestro acercamiento se produciría de esta manera. Para mí lo lógico hubiera sido una cena y una larga pero emotiva conversación sobre lo que queremos y hacia donde deseamos ir los dos. Trato de respirar hondo y desterrar mis miedos. No me he dado cuenta en todo este tiempo de que ha cambiado. Le noto más adulto, más hombre, ¿y yo, dónde me he quedado? ¿Navegando en el limbo todo este tiempo? Seguramente así ha sido —me respondo a mí misma.
No soy capaz de contestar a su pregunta, la excitación y mis dudas me lo impiden. Por un momento mi mente me pide que pare, esto no entraba en mis planes, pero… desabrocha el siguiente botón lentamente ¡Ay Dios! Mis senos están casi al descubierto, solo los cubre el sujetador. Le observo, y él me observa a mí, me mira a los ojos sabedor de lo que está consiguiendo. Poco a poco consigue conquistar un pedacito de mi cuerpo, un pedacito de mi mente para fundir y grabar sus sentimientos en él. Desabrocha lentamente otro botón. Me muero de excitación a la vez que me pregunto: ¿cómo puedo permitir que siga conquistando mi cuerpo? Sigue besándome mientras anula mi voluntad. Desabrocha uno a uno los restantes botones (ya no quedan más). Me coge suavemente por la cintura. No soy capaz de reaccionar, mi cuerpo solo responde a los estímulos que propaga convenientemente por él. Comienza a sembrar mi vientre de besos. Con la punta de su lengua acaricia mi ombligo, juguetea con él. Mi cuerpo se mueve excitado, siento presión en el pecho y el corazón… desbocado; quiero disfrutar con intensidad, a la vez que parte de mí quiere revelarse y parar… ¡Dios, es un hechicero! Me tiene a su merced y yo no puedo nada más que abandonarme a sus deliciosas y delicadas caricias.
Se pone en pie mientras con desesperante lentitud desabrocha uno a uno los botones de su camisa. Yo no aparto ni por un segundo mis ojos de los suyos, solamente en el preciso momento en que veo asomar su torso, su piel perfecta… hace tanto tiempo que mis dedos no se pasean juguetones por él… Desabrocha los puños de la camisa y la hace descender despacio por sus brazos. Me quedo literalmente con la boca abierta admirando semejante visión. Excitada, muy excitada y… mojada. Acaba de quitarse la camisa y la deja sobre el respaldo del sofá. Me mira con la cabeza ladeada, sus ojos destilan deseo y se muerde el labio con una ligera presión. Su torso tiene suavemente marcados los músculos del pecho y el abdomen y sus fuertes hombros y sus brazos me sorprenden. Sus músculos están perfectamente marcados ¿cuándo se ha puesto tan bueno? —me pregunto consternada—. Ahora… se desabrocha el cinturón ¡madre mía! seguidamente el botón del pantalón. Mi cuerpo está… crujiendo totalmente entregado al placer que es… admirar su cuerpo. Siento un ligero dolor entre las piernas…
¡Ummm! ¡Me gusta!
Se baja lentamente la cremallera del pantalón.
Al ver que la cosa está subiendo de tono me viene a la mente como un rayo mi amiga.
—¡¡Carlos!! ¿Andrea?
—Ella se ha marchado, estamos solos tú y yo —dice con voz ronca por la excitación.
Mi querida amiga compinchada con él. No es de extrañar.
Es evidente que está muy excitado, un bulto de dimensiones considerables se eleva entre sus piernas. Se vuelve a arrodillar a la altura de mis caderas, pasea por ellas sus manos, lentamente, de arriba abajo mientras fija sus ojos en el blanco sujetador que cubre mis senos. Después de recrearse por unos instantes, se decide a desabrochar mi pantalón. Observo como le tiemblan los dedos y como cierra por unos instantes los ojos mientras lo desabrocha. Su pecho se agita visiblemente y el mío también. Me gustaría participar con mis caricias hacia él… pero le dejo hacer. Contengo la respiración. Él está lejos de mi alcance. Mi pecho sube y baja excitado, la sangre bombea y bombea una y otra vez en mis sienes. Mis caderas se mueven ante tal provocación. Anhelo sus caricias, esas caricias que en tiempo pasado nos hicieron pasar maravillosos momentos. Sus temblorosos y anhelantes dedos bajan lentamente la cremallera de mi pantalón, noto la leve presión que proyecta sobre el pubis mientras la baja. Todo mi cuerpo se estremece, no puedo seguir mirando; mis ojos huyen del campo de batalla y se pierden en el techo del salón suplicando compasión. Quiero tocarle… pero… no me atrevo, no me atrevo a tomar parte.
—Eres perfecta Marian. Tu cuerpo sigue tal y como lo recordaba: suave, firme, cálido y sugerente.
Aparto mi mirada del techo y le miro. ¡Sí… te deseo! Le digo con mi mirada. No me atrevo a pronunciar esas palabras… pero mis ojos hablan por sí solos, las palabras en este preciso momento considero que sobran.
Sus manos se colocan en la cinturilla del pantalón y lentamente lo arrastra hacia mis tobillos, dejando al descubierto la delicada braguita de encaje blanco que cubre mi sexo. Me quita los zapatos y, a continuación, termina de sacar el pantalón por los pies. Lentamente.... sus manos suben desde mis tobillos hasta separar con mucha delicadeza mis piernas. Acaricia la cara interna de mis muslos, los besa, los lame y los mordisquea con mucha ternura, disfrutando de cada porción de piel; de cada porción de mí. Sus tímidos dedos rozan el delicado encaje de mis braguitas. Humedece sus labios hambrientos mientras observa como respondo a sus provocadoras caricias. Desliza tímidamente el dedo índice de su mano derecha por el borde de la braguita y baja… hasta que deja paso al pulgar. Hace una lenta incursión, me acaricia —estoy muy mojada y eso le excita de manera especial—mi cuerpo arde en deseo y la respiración es cada vez más agitada, no puedo evitar que mi pelvis se mueva bruscamente al sentir el tacto de su dedo. Con lentitud se levanta mirándome a los ojos. Su mirada me dice que queda lo mejor por venir. Se quita los pantalones; no puedo evitar mirar… está muy excitado, el corazón golpea con fuerza mi pecho, me estoy derritiendo.
Se tumba despacio sobre mí, provocando una reacción desmesurada en mi interior; una ola de sensaciones vuelve a recorrer todo mi cuerpo. Su piel desprende una calidez reveladora, penetra en mi cuerpo calentando y alimentando aún más el fuego que siento dentro. Noto su miembro rebelde sobre mi pelvis, está firme y a duras penas puedo contenerme… mi cuerpo es como una presa que está a punto de desbordarse, necesito que fluya el torrente de placer por cada célula. Tengo la boca seca. Me besa, humedece con su saliva mi boca y bebo de él. ¡Qué bien sabe! Su sabor… me desvela la necesidad de beber más de él, de fundirme en su boca y traspasar todas las barreras de lo razonable.
Mis manos tímidas y especialmente sensibles comienzan lentamente a acariciar su espalda, a tocar su piel. Percibo emocionada el tacto de esta. Se estremece ante el suave roce de mis dedos al recorrer su cuerpo. Esconde su rostro en el hueco que hay entre mi cuello y mi hombro para a continuación besarlo y acariciarlo con sus labios… Le abrazo con toda la ternura que soy capaz de transmitir y él lo capta, capta la carga emocional que trato de transmitirle. Levanta la cabeza y me mira a los ojos a una distancia intimidante y desconcertante.
No puedo creer que esto esté sucediéndome. Estoy fundida piel con piel con él. Las sensaciones son demasiado fuertes.
Sus ardientes labios me murmuran sin apartar sus ojos de los míos:
—Marian… ya estás preparada. Yo lo deseo y sé que tú también. Hace… demasiado tiempo…
No puede acabar la frase. Se está volviendo loco de excitación. Su boca baja por mi cuello acariciándome con sus labios mientras aparta con sus manos los tirantes del sujetador. En este momento no hay quién lo pare. Retira la poca tela que cubre los senos quedando al descubierto. Los músculos de mi cuerpo se han vuelto de mantequilla. Con su mano derecha me acaricia el pecho estrujando suavemente entre sus dedos cada seno. Mis tímidas manos aprovechan el momento para acariciar su suave y musculosa espalda. Su tacto me vuelve loca. Es todo mío. Aprovecho para acariciar su cintura y ascender de nuevo por sus dorsales con angustiosa lentitud. Él no cesa de moverse y de estimular su sexo contra mi pubis, provocado por mis caricias.
—Están tan turgentes como recordaba.
Busca con sus labios uno de los senos, lo besa, lo asedia sin compasión, excepto la aureola y el pezón; que se los deja para el postre. Cada vez aprieta más su cuerpo contra el mío. De repente, pasa de besar mi seno a recorrer este con su lengua, a rodear la aureola —ya no puedo más, tengo que soltar la presa que me retiene o me voy a desmayar—su lengua juguetea con mi pezón. Nuestros cuerpos se mueven al mismo ritmo. Aprieta con sus labios el pezón varias veces, no puedo respirar, siento una extraña sensación en mi vientre, algo va a suceder, noto como esa sensación va bajando por mi cuerpo inundándolo todo. Él sigue mordisqueando el pezón, lo succiona a la vez que frota su sexo contra mi cuerpo, esa es la última gota de placer que desborda la presa. El placer por fin recorre como un torrente todo mi cuerpo, agitando, arrasando todo a su paso. Me mira con una sonrisa en sus labios. Sus ojos arden, me observan, se recrea viéndome disfrutar del placer que ha provocado en mí; se siente tremendamente satisfecho por lo conseguido. Tengo la sensación de que mi sexo palpita. Se incorpora lentamente acariciando mi cuerpo con su mirada. Me observa por un momento mordiéndose el labio mientras menea su cabeza suavemente de un lado a otro, me coge en brazos y me lleva a la habitación.
Me tiende sobre la cama y termina de quitarme la poca ropa que me cubre. Se quita lentamente le boxer; es la única prenda que cubre su cuerpo. Ver su virilidad… me desconcierta, agita mi cuerpo; quiero que lo posea.
—¿Quieres más, Marian? —su pregunta me ruboriza y me vuelve a provocar. Se tumba sobre mí. El calor de su cuerpo y el contacto de su piel… su sexo… convulsiona el mío—. ¿Marian, quieres más?
Mi cabeza me grita: ¡sí, sí, sí quiero más!
—¡Carlos… quiero más! —no sé de donde saco la suficiente cordura como para contestar.
—¿Sigues tomando la píldora? —me pregunta mirándome a los ojos mientras sus dedos recorren mi rostro con suaves caricias.
—Sí —susurro.
Su boca se posa sobre la mía. Su excitación es bárbara. Me duele el cuerpo, hay demasiada tensión en él. Su sexo… busca el mío, se rozan una y otra vez piel contra piel... estoy a punto de… ¡oh no, aún no, un poco más! —grita mi mente—. Recorre mi cuerpo con su boca, desciende hacia la parte más húmeda sin prisa. Los músculos de mi sexo no paran de contraerse, su lengua roza la parte más sensible de mi cuerpo, percibo la humedad de su boca, me retuerzo de placer. Ya no puede aguantar más. Abandona mi asediado sexo y me abraza fuerte mientras me besa de nuevo en los labios. Su sexo busca la entrada del mío y, por fin… suavemente fusionamos nuestros cuerpos en busca del placer más codiciado. Comienza a moverse, primero suavemente y después… ¡Dios mío! Entra y sale de mí sin tregua, atrayendo poco a poco el ansiado orgasmo a nuestros cuerpos. Los movimientos de sus caderas me vuelven loca, delicado, temeroso y prudente, sus movimientos son sensuales y rítmicos. Me desmorono, los dos estallamos a la vez en un orgasmo salvaje e intenso.
Abro los ojos despacio, perezosa. El sol entra por la ventana, me ciega, estoy muy relajada como flotando en una nube, me viene a la memoria lo sucedido anoche. Carlos. ¡Qué noche! La rememoro por un momento, hacía tiempo que no me sentía tan pletórica, me siento como una diosa, me siento muy viva. Me vuelvo hacia el lado opuesto de la cama, allí está Carlos, su rostro se muestra relajado y duerme tranquilo, está guapísimo. Me resulta extraño verle de nuevo en mi cama, junto a mí. He llegado a pensar en ocasiones que este momento no se repetiría.
De repente entreabre los ojos, parpadea varias veces y los deja entreabiertos; me observa desde la tranquilidad de saber que he vuelto a ser “suya”.
—Buenos días Marian. —susurra.
Me lo quedo mirando en silencio.
Un pensamiento frío recorre mi mente a gran velocidad:
Carlos ha dejado de ser ese chico tibio, nervioso, temeroso y prudente que conocí durante nuestra primera relación a… todo un hombre ardiente, seguro y atrevido. Sus caricias… sus besos… estaban llenos de pasión.
—¿Cómo estás Carlos? —esbozo una suave sonrisa.
—Muy bien.
Me coge por la cintura acercándome a su cuerpo, su calor traspasa mi piel y provoca que me acurruque en él; tan cerca que… noto que cierta zona de su cuerpo está tensa.
Sus labios rozan mi mejilla. Me dejo llevar con los ojos cerrados hacia las adormiladas sensaciones que mi cuerpo descubre.
Es fantástico despertar junto a él; sentir su calor, sus caricias…
Sus besos paulatinamente dejan de ser inocentes para convertirse en apasionados.
No. No puedo.
Comienza la peregrinación de sus manos por mi cuerpo. Quiere más.
—Carlos… por favor —freno su mano antes de que pueda alojarse entre mis muslos y le miro con ternura—. Su mirada… me deja sin alma. ¿Es que a caso no la tengo? —me pregunto a mí misma—. Comparto su anhelo… pero necesito ir más despacio. Necesito asimilar lo que sucedió anoche.
Retiro su mano entrelazando mis dedos con los suyos y la llevo hacia su espalda.
—Necesito asimilar… no esperaba esto… —le digo emocionada, casi en un hilo de voz.
Sus ojos parpadean y me miran perdidos.
—Dejémoslo de momento aquí, por favor.
Agacha la cabeza pensativo; unos instantes después asiente mudo a mi petición.
Le cojo con suavidad de la barbilla para levantar su cabeza y… le doy un beso apasionado y sincero.
—Gracias.
Él acepta mi agradecimiento con una tímida sonrisa.
—Necesito una buena ducha, te dejaré toallas limpias —le guiño un ojo.
Me levanto de la cama y me coloco rápidamente la bata que está sobre la silla. Me da vergüenza, me siento acomplejada después de ver y disfrutar su perfecto cuerpo. Un cuerpo cuidado, mimado. Yo me he cuidado bastante poco durante todo este tiempo; y no quiero que vea esas imperfecciones que a todas nos llevan por el camino de la amargura.
Él se queda un rato más relajado en la cama.
Mientras me ducho, doy repaso a lo sucedido. Cierro los ojos, dejo que el agua acaricie mi cuerpo; ni siquiera el agua es más suave que el tacto de su piel… recordar me pone… ha sido delicioso, diferente. Hacía tanto tiempo…
Andrea está en la cocina preparándose el desayuno. Cuando me ve entrar su cara esbozaba una traviesa sonrisa.
—Buenos días Marian. Te veo muy diferente esta mañana, ¿ha pasado algo en especial? —pone esa cara pícara que solo ella sabe poner y que, en ocasiones, me saca de quicio.
La miro con los ojos entreabiertos con una alta dosis de ironía en ellos.
—Ya ves Andrea, algo ocurrió anoche —contesto con sarcasmo.
—Ya decía yo... ¿Qué?, ¿un buen polvo? —me guiña el ojo.
—Andrea no seas ordinaria —mascullo apretando los dientes.
—No claro, tú… no follas; tú haces el amor.
Ya me está sacando de mis casillas a la primera de cambio, ¿es necesario utilizar un lenguaje tan ordinario? No puedo con ella.
—¿La idea ha partido de los dos, Andrea, cena y pol…? —quiero evitar pronunciar esa palabra.
—Solo mía. He hecho de celestina y me ha funcionado —dice riéndose orgullosa de sí misma—. Vamos Marian, necesitabais los dos un empujón para que os reencontrarais, dirás… —me mira a los ojos como queriendo saber qué es lo que voy a responder— ¿qué no le has dado un gustazo al cuerpo? ¡Falta te hacía!
—Si me hacía falta o no, es solo cosa mía —me siento molesta por su confesión.
—Ya hubiera querido darme yo anoche… el gustazo que te has dado tú —me sonríe—. ¿Quieres un café?
—Sí, gracias —le contesto enfurruñada.
—Bueno… cuenta qué tal fue —me guiña un ojo mientras sonríe como una hiena.
—Sabes que no me gusta hablar de esas cosas de forma jocosa como haces tú.
—Nena, los buenos polvos siempre hay que rememorarlos. No hay nada mejor que una noche de buen sexo con un tío… por cierto yo ya empiezo a echar de menos uno… hace dos semanas que no… y ya me lo pide el cuerpo.
—Andrea, dañas mis oídos castos y puros.
—Mira niña, de castos ya nada y de puros menos aún. Venga anda, cuéntame —me da un codazo y vuelve a guiñarme un ojo—. Hace casi un año que no le das una alegría al cuerpo y hay que rememorarlo.
La miro sonriendo girando la cabeza de un lado a otro.
—Maravilloso. ¿Con eso te basta?
—¡Qué le vamos a hacer! ¡Si no quieres entrar en detalles…!
—No. —contesto tajante.
Carlos hace entrada en la cocina con los vaqueros puestos y la camisa desabrochada. Está encantador. Lleva impresa una sonrisa de oreja a oreja. Está para comérselo. El pelo lo tiene mojado, se ha peinado con los dedos y le queda genial.
—Buenos días Andrea.
—Hola Carlos ¿cómo has dormido esta noche? —suelta una risita en plan jocoso.
Carlos se ruboriza y mira hacia el suelo mientras se balancea sobre sus pies. Levanta la vista y le dirige una mirada cómplice.
—La verdad, de maravilla —me mira de reojo con una sonrisa en los labios.
—Vaya, parece que esta noche ha habido fiesta para todos menos para mí —dice arqueando las cejas y perdiendo la mirada en el suelo. ¡Qué envidia me dais!
—¡Andrea...! —protesto.
—Podíamos haber hecho un trío —bromea.
Carlos sonríe a la vez que se muerde su carnoso labio.
—Andrea, creo que ya basta. Ya comienzo a enfadarme.
— Está bien, está bien… yo solo decía que lo podíamos compartir un poco —le guiña un ojo a Carlos.
—Marian, no la hagas caso. Solo quiere picarte —me dice Carlos susurrándome al oído mientras se ríe.
Me molesta que Andrea sea tan descarada.
—Bueno, me iré a mi habitación —dice levantando las cejas—y os dejaré un ratito solos… para que rememoréis lo de anoche —le pone “tonito” a la despedida.
—¡Andrea, basta!
Me siento incómoda. Soy bastante reservada y me molestan los comentarios jocosos de Andrea. El tema del sexo para mí es materia reservada y espero que para la otra persona sea igual. Carlos, para eso, es también reservado. Creo que no podría estar con otra persona que no fuera él, me hace sentir a gusto y confiada. No como Andrea.
—¡Uf…! ¡Cómo te has puesto...!
—Carlos, siento haberme puesto así, pero es que… desde que he entrado en la cocina no ha parado.
—A mí tampoco me hace mucha gracia pero es que es única —ríe divertido.
Le miro con los ojos entornados cargados de ironía.
—¿Podríamos, por favor, hablar de otra cosa? —noto que me ruborizo.
Carlos me mira con deseo, mordiéndose el labio. Se acerca despacio, como una pantera. Yo estoy apoyada de espaldas a la encimera de la cocina. Se pone frente a mí. Se apoya con ambas manos en ella y se inclina sobre mí acorralándome. Me mira a los ojos y sonríe con picardía. Me tiene bloqueada. Me ruborizo y aparto la mirada.
—¡Eh… mírame! No te ruborices.
Se acerca despacio a mis labios, los roza con los suyos hasta poseerlos. El beso es tan intenso que casi me deja sin respiración. Logro zafarme de él con dificultad. Carlos no está dispuesto a dejarme escapar. Toma mi cintura con sus brazos a la vez que los míos rodean su cuello. Echo hacia atrás la cabeza para mirarle.
—Carlos, lo de anoche es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo —veo que reacciona a mis palabras, me mira intrigado por saber qué es lo que quiero decir—. No se trata del acto en sí, se trata de ti. Tú eres lo mejor que me ha pasado desde hace… —no podía recordar cuanto, mis ojos se llenan de ligera tristeza.
—¡ Shhhh… calla! —me besa de nuevo mientras sus manos recorren mi espalda.
Consigo volver a escaparme de sus exigentes labios y aproximarme a su oído. Quiero evitar su mirada penetrante. Sus ojos negros me intimidan.
Le murmuro al oído:
—Siento haberme portado así todo este año… ¡Dios! ¡No tengo perdón! Tú… tú siempre estás ahí… esperando paciente. Siempre has estado cuando te he necesitado.
—Creo que deberíamos hablar, Marian —dice con ternura.
—No sé si… —sigo susurrando.
—Calla. —murmura.
Me estrecha fuerte entre sus brazos a la vez que besa mi pelo. Cierra los ojos como si estuviera rememorando todo lo sucedido anoche entre los dos. Da un paso hacia atrás y me vuelve a mirar.
—¿Qué quieres hacer ahora con tu vida? —en sus ojos aparece un halo de tristeza.
—No lo sé. Ahora que tengo trabajo, ponerme las pilas. Aprender todo lo que pueda. Supongo que lo demás irá viniendo poco a poco.
—¿Yo entro en tus planes? —su mirada sigue expresando tristeza.
—Lo de anoche… No lo tengo claro.
—¿Qué es lo que tienes claro, Marian? —su rostro refleja dolor.
Comienzo a sentirme incómoda con la conversación. He de resignarme y hablar… es necesario para los dos, no puedo estar excusándome; debo darle una respuesta a sus dudas. Me duele la cabeza.
—Dame tiempo, es lo único que te puedo decir.
—¿Estás predispuesta a retomar lo nuestro? —su rostro se tensa.
—Puede ser... —susurro mientras bajo la cabeza.
Me coge de la barbilla y me levanta la cabeza. Busca mis ojos.
—¿Quieres tomarte tiempo? —susurra
—Sé que es mucho pedir, pero… sí. Quisiera que me dieras algo de tiempo —siento un profundo dolor en el pecho que me ahoga al oír mis propias palabras
¡¡Dios!! Es el único hombre con el que yo compartiría mi vida, y sí, siento un cosquilleo en el estómago pero aún no estoy preparada; necesito algo más de tiempo. He de reconocer que lo que pasó anoche fue maravilloso, me ha hecho revivir… de eso no me cabe duda pero…
Puede que con mi actitud le pierda para siempre.
—No quiero que te sientas obligado hacia mí.
—No me siento obligado. Eres especial para mí y lo sabes —sonríe.
—No quiero que esperes por mí si tú… no quieres —le miro con ternura.
Sus ojos me piden compresión.
—Marian, no conozco a ninguna otra mujer por la que merezca la pena esperar, puedes estar segura. —Sus ojos se clavan en los míos—. Te conozco bien.
—Vamos Carlos, necesito espacio. Muévete —bromeo.
Ya me empiezo a poner nerviosa, no puedo seguir por más tiempo la conversación, necesito respirar.
—Está bien —me suelta y se separa varios pasos de mí.
—¿Qué quieres desayunar? —pregunto tratando de cambiar de tema.
—Lo mismo que tú.
—Bien —me muerdo el labio mientras trato de respirar hondo, los nervios me matan.
Desayunamos tranquilamente. De vez en cuando me sonríe con gesto pícaro, apuesto lo que sea a que está recordando lo de anoche. Me ruborizo solo de pensarlo.
—¿Te apetece que pasemos el resto del día juntos?
¡Con la de chicas que deben ir tras él!… Es un hombre diez, por lo menos para mí, y es todo mío. Antes que la compañía de Andrea… le prefiero a él. No soportaría la ironía y las tonterías de mi amiga en estos momentos... así que acepto.
Lo pasamos bien. No hablamos más del tema. Comimos en un restaurante del centro y después fuimos a ver la película Lo imposible. Lloramos los dos como magdalenas. A continuación dimos una vuelta por Sol, Plaza Mayor… Terminamos la noche cenando tapas y después tomando una copa en el Café de Oriente. Entablamos una conversación llena de recuerdos, en la que la pandilla fue la protagonista. Estuvimos allí hablando y riendo muy animados durante hora y media, disfrutando de nuestra mutua compañía.
—Lo he pasado de maravilla —me comenta muy contento cuando llegamos al portal.
—Yo también —sonrío
—Puede que esto sea el comienzo de algo.
Le vuelvo a sonreír con timidez.
—Puede ser —asiento con la cabeza—. Pero, tiempo al tiempo.
—Bueno. Te llamaré el lunes para ver qué tal te ha ido el primer día de trabajo.
Me cuesta despedirme de él y veo que a él también le cuesta. Tiene los ojos vidriosos y está inquieto.
—No quisiera hacerte daño. Ni que te hicieras falsas ilusiones. No podría soportarlo, Carlos.
Se escapa de entre sus labios un suspiro mientras su cabeza se mueve de un lado a otro preso de la desesperación.
—Cuando quieras verme, llámame y no te preocupes por mí —en su voz se nota decepción.
Me duele en el alma mi indecisión. Debo estar segura y no darle falsas esperanzas ni dármelas a mí misma.
Cojo su cara entre mis manos. Le beso en los labios con toda la ternura que puedo, noto… que se derrite entre mis labios, se muere por mis besos.
—Marian. Eres única… para desconcertarme —sus ojos me miran serios.
Cojo las llaves y abro la puerta del portal. Le tengo justo detrás. Me vuelvo de repente hacia él y le abrazo.
—Haces que me sienta tan bien... —susurro.
Me aparta suavemente. Sus ojos se clavan en los míos como dagas.
—A mí también me gustaría que me hicieras sentir bien —su tono es de súplica.
—Necesito tiempo… Perdóname.
Sonríe tierno.
—No hay nada que perdonar —su cara se torna seria con un ápice de amargura.
Coge con sus dedos mi mentón. Su mirada es muy tierna.
—Nos vemos.
—Sí —murmuro pensativa.
CAPÍTULO 6
Es domingo. Hace un sol espléndido y eso que está avanzado el otoño.
Estoy algo nerviosa y agobiada. Entre Carlos y que el lunes es el primer día de mi nuevo trabajo… tengo las neuronas fritas. ¡Maldita sea…! ¿Por qué soy tan indecisa y tan insegura? —me desespero al pensar.
Andrea está dormida todavía… menos mal —suspiro—. No me apetece un nuevo interrogatorio. Ya he tenido bastante.
Me pongo el equipo para correr, cojo mi MP3 y me dispongo a quemar la adrenalina que bulle por mi cuerpo, a ver si así cuando me quede agotadita me relajo.
Cuando salgo a la calle veo el utilitario que me ha proporcionado la empresa: un Volkswagen Golf último modelo. ¡Me gusta!
Me encamino a El Retiro a paso ligero para calentar las piernas. Cuando por fin llego respiro hondo y enciendo el MP3, necesito marcha de la buena. Llega a mis oídos Pitbull, rápidamente se me sube la adrenalina y me pongo a correr animada por su música.
Quiero dejar de ¡pensar, pensar y pensar! Tienes que centrarte en lo que estás haciendo —me digo—no consigo activar lo suficiente los músculos de mis piernas para correr y me reprocho la falta de concentración. Pero no ceso de darle vueltas a lo sucedido la noche del viernes. Pese a mi suave embriaguez, ¡Dios! pude disfrutar intensamente de su sensualidad y virilidad. Le sentí más hombre, más maduro. ¡A ti te falta un hervor! —me reprocha mi conciencia—. He de confesar que me siento fatal tras volver a darle largas. Finalmente, dejo de correr antes de tiempo, no puedo centrarme en lo que estoy haciendo. Más cansada de lo normal me voy caminando despacio hasta casa.
—Hola Andrea.
—¿Qué tal, Marian? —me mira extrañada.
—He salido a correr, pero la cabeza no para de darme vueltas pensando en Carlos y en el trabajo.
—Marian. Mira, no te agobies… ni por una cosa ni por la otra. Ya verás como todo sale bien. No te presiones más. Como tú dices, todo se irá arreglando.
—Sí, eso espero —digo resignada.
—Si quieres salimos de compras. Necesito algunas cosillas y comemos por ahí. Así se te hará el domingo más corto ¿vale?
—De acuerdo —sonrío.
—No he hablado con Carlos todavía, voy a llamarle y me visto. Puede que quiera tomar algo con nosotras más tarde.
—Me parece bien.
Suena el despertador.
—¡Oh, Dios mío! —me asusto al oírlo.
Ya es la hora de levantarme. Son las seis y media. Tengo el sueño tan pegajoso que no me deja abrir los ojos.
—¡Madre mía! ¡Es la hora! —suspiro.
Mi cuerpo tarda en reaccionar. Me incorporo hasta quedar sentada en la cama. Me froto los ojos tratando con ello de despejarlos con poco éxito. No puedo llegar tarde el primer día —me digo a mí misma con apremio—. Me dirijo a una cálida ducha que me ayudará a despejar la cabeza.
A las siete y cuarto ya estoy sentada en el coche conduciendo hacia el trabajo. Cruzo los dedos y me deseo suerte. El utilitario está casi nuevo. Parece que lo han usado poco. Ni siquiera huele a tabaco ¡qué bien!, odio el tabaco. Se conduce de maravilla, va muy suave, creo que nos entenderemos a la perfección. Enciendo la radio y busco mi emisora favorita: Máxima FM, me pone las pilas por las mañanas.
Al llegar al aparcamiento del edificio Carson Project Spain, comienzo a sentir una oleada de inseguridad. Cierro los ojos y los aprieto con fuerza. ¡Vamos Marian, a por ello!, ¡no te acobardes, esto es lo que querías! Bajo del coche y me dirijo al edificio con paso firme y decidido. No estoy dispuesta a amedrentarme.
Al entrar al enorme hall, veo a las tres recepcionistas perfectamente vestidas, peinadas y maquilladas.
Un tipo con pinta de agente de seguridad, sin uniforme, se me acerca con paso firme.
—¿Señorita Álvarez?
—Sí, soy yo —digo sorprendida.
—Tiene usted que acompañarme.
—Desde luego.
Nos dirigimos a los ascensores interiores que se accionan con una llave especial. Subimos a la última planta. Le sigo por el pasillo hacia la oficina que me han asignado. Al entrar en el primer despacho que hace de recepción, veo a Isabel, ordenando unos papeles en su mesa que está a la derecha del despacho y en la mesa de la izquierda a una chica rubia más o menos de mi edad con el pelo corto, rostro angelical y unos grandes ojos azules que me miran.
—Buenos días, señorita Álvarez —me saluda con satisfacción Isabel.
—Hola, buenos días —sonrío tímidamente.
—Antonio, ya puede marcharse. Gracias —este asiente.
—Señorita Álvarez, le presento a Susana Ruiz. Es mi ayudante.
—Hola Susana —le estrecho la mano.
—Hola Señorita Álvarez —noto que está algo sorprendida, quizá porque somos más o menos de la misma edad.
—Por favor, prefiero que me llaméis por mi nombre: Marian. No estoy acostumbrada a que me llamen por mi apellido —las dos aceptan de buena gana con una sonrisa.
—Nosotras estamos para ayudarla en todo lo que necesite. Estamos a su disposición —me vuelve a recordar Isabel—.Vamos al despacho —hace un ademán indicándome “mi despacho“.
Mi despacho está cambiado, no está como recordaba. Un portátil, un teléfono con un montón de líneas y una lámpara de diseño en color acero reposan sobre la mesa. Me doy cuenta de que también hay una llave para el ascensor. En el mueble bajo con puertas rojas, un televisor de unas cuarenta pulgadas y un reproductor. Una alfombra roja y blanca bajo la mesa de centro que está junto al sofá. Encima de uno de los silloncitos pequeños de piel, hay un maletín.
—Le he dejado una llave para el ascensor —coge la llave de encima de la mesa, me la enseña y la deposita de nuevo en el sitio—. Este maletín es el que va a necesitar —me lo entrega—. Dentro hay una agenda. Puede echarle un vistazo mientras el señor Carson llega. No tardará mucho —me sonríe complacida.
Isabel sale de mi despacho y se dirige a su mesa cerrando la puerta tras ella. Y aquí me quedo yo, sin saber qué hacer.
Miro a mi alrededor. Los nervios afloran en mí. No me lo puedo creer, es un sueño, un sueño que me da vértigo. Dejo mi abrigo y mi bolso sobre el blanco sofá. Me aproximo a la mesa de despacho y tumbo el maletín para sacar de él la agenda del señor Carson. Es necesario que le eche un vistazo para ponerme al día antes de que él llegue. Pero enseguida…
Llaman con los nudillos a la puerta que comunica mi despacho con el del señor Carson. Se me acelera el corazón. ¡Tierra, trágame en un segundo! Estoy nerviosísima. No sé qué hacer. Se supone que él no tiene que pedir permiso, simplemente entra y punto. Para eso es el jefe, el dueño de su imperio. Finalmente contesto tras comprobar que no entra.
—¡A… delante por… favor! Mi voz se entrecorta.
—Buenos días, señorita Álvarez —me saluda el señor Carson con una ligera sonrisa mientras se acerca a mí con paso firme y decidido. Parece contento.
—Buenos días, señor Carson —no esperaba que llegara tan pronto y aún menos que sea él el que llame a mi puerta pidiéndome permiso para entrar.
—¿Está preparada para afrontar su primer día de trabajo? —me pregunta con mucho entusiasmo.
—Sí, supongo —digo dudando.
—La veo nerviosa señorita, pero no se preocupe, se le pasará el primer día en un suspiro y los demás… —hace un ademán con la mano como quitándole importancia—. Ya se irá viendo. Hoy todas mis citas han sido canceladas, de eso se ha ocupado Isabel. Nosotros dos vamos a hacer una ronda por todos los departamentos para que la conozcan; y a su vez conozca usted al responsable de cada departamento, ya que... en numerosas ocasiones, tendrá que tratar con ellos. Tan solo tendremos una reunión con un empresario alemán a las cuatro de la tarde y quiero que usted me haga un informe detallado de la misma. Además me gustaría que me aporte sus propias conclusiones.
El señor Carson parece un hombre muy educado de refinados modales. Llama poderosamente la atención lo bien que habla español.
—No hace falta que lleve consigo nada, no tiene que tomar notas. Y ahora… sígame, por favor.
Le sigo a través de su despacho hasta llegar al ascensor.
Fuimos de departamento en departamento conociendo a sus responsables. Me han recibido de buen grado. Se han ofrecido amablemente a ayudarme en todo lo que haga falta. Yo flipaba a cada momento. La sensación de que todos están dispuestos a colaborar conmigo… ¡vaya!… quién me lo iba a decir a mí, es difícil de digerir. Almorzamos en la cafetería que hay en la planta baja del edificio algo rápido y ligero y continuamos el recorrido hasta la hora de la entrevista con el empresario alemán. Me sorprende con que familiaridad trata a los trabajadores y como se mezcla con ellos en el comedor. Es uno más a la cola del buffet y es uno más a la hora de pagar la comida. ¡Ja! Me deja boquiabierta a cada instante.
A las cuatro asistimos a la reunión en una de las salas de juntas. Esta no se alarga mucho. El alemán busca inversores para su proyecto, le interesa también la naviera que la compañía tiene en el puerto de Hamburgo para transportar mercancías peligrosas.
La jornada se me ha hecho bastante corta, pero muy intensa. Lo más sorprendente del día fue la comida en la cafetería: el señor Carson y yo compartiendo la misma mesa... —¡guau!—. Lo que más me extrañó fue que comiera en el buffet y no una comida especialmente preparada para él. Se le ve una persona sencilla.
Al llegar a casa, se me afloja todo el cuerpo, demasiadas emociones en tan pocos días.
CAPÍTULO 7
—¡Hola, Marian!
—Andrea.
—¿Qué tal tu primer día? —sus ojos se muestran expectantes y divertidos.
—Bien. Intenso… muy intenso —contesto pensativa—He pasado todo el día con el señor Carson. Es una persona encantadora que me trata… no sé como definirlo... —hago una pausa—. No he conocido nunca a una persona tan sumamente correcta, agradable y educada, aparte de Carlos claro. El personal es encantador. Tampoco tengo mucho más que decirte, salvo que mañana tengo que redactar mi primer informe y eso me tiene de los nervios —aprieto los dientes—. Espero estar a la altura.
—Marian. Tú siempre estás a la altura —me guiña un ojo—. Tus trabajos siempre han sido de los mejores y los profesores así te lo han hecho saber, así que... amiga mía; confía un poquito más en ti.
—Gracias. Siempre te tengo a ti para recordarme lo mejor de mí —suspiro.
Suena mi móvil.
—¡Carlos! —se me dibuja una sonrisa en la boca.
—Hola —dice muy serio—. ¿Qué tal tu primer día? —es cortante.
—Bien... muy bien —no entiendo porque está tan serio—. Estás muy serio...
—Estoy muy cansado, no he dormido bien. Y el trabajo…
—Carlos… —hago una pausa—. Es por mi culpa ¿verdad?
—No.
Seguro que es por mi culpa. Debería hablar con él y aclarar las posibles dudas entre los dos.
—Quiero verte —se me hace un nudo en la garganta.
—No puedo ahora —su respuesta es seca e inexpresiva.
—Necesito verte —me impaciento.
Se hace un largo silencio, le oigo respirar.
—Carlos por favor, necesito verte —suplico.
Él no responde. Se me encoge el corazón. Andrea me mira preocupada.
—No me hagas esto Carlos, por el amor de Dios… Dime algo...
Sé que me escucha. Empiezo a entender que está dolido. Le he aceptado… a la vez le he rechazado… y en cierto modo… él no sabe a qué atenerse conmigo.
Lo que quiero es estar con él… necesito asimilar todos estos cambios que se están produciendo en mi vida. Necesito organizar mi mente.
—Tenemos que hablar —murmuro—. Háblame Carlos… me come la incertidumbre...
Cuelga.
Miro a Andrea perpleja. ¡Ha colgado!
Andrea se queda con los ojos como platos.
—¿Qué ha pasado, Marian? ¡Por Dios! ¿Qué le has hecho? —me mira perpleja.
—No… no lo sé, o sí… pero…
—¡Maldita sea, Marian! —aprieta la mandíbula—. Es fuerte pero tú te vas a encargar de destrozarlo, ¿no lo ves? —si las miradas mataran yo ya estaba muerta y bien muerta. Mi amiga está más que cabreada conmigo.
Respiro agitada, soy un auténtico manojo de nervios. ¡Qué lío tengo en la cabeza! ¿Qué hago…? —cierro los ojos y comienzan a brotar las lágrimas.
—Marian, lo… lo siento, no quería… perdóname —se acerca a mí y me coge de las manos para a continuación darme un abrazo—. Siento haberme puesto tan borde. Pero… tengo tantas ganas de veros juntos…
—Lo sé Andrea, pero no es tan fácil. No es chasquear los dedos y ya está. Todo está yendo más deprisa de lo que puedo asimilar. Sabes que la presión me puede, y no es que él me presione; soy yo la que me presiono a mí misma… —tomo una bocanada de aire intentando relajar los nervios… respiro hondo, pero las lágrimas no paran de resbalar por mi rostro—. Tengo que llamarle.
Me separo de Andrea y me seco las lágrimas.
—Sí, llámale.
Respiro hondo tres veces seguidas antes de llamar.
Pero Carlos no contesta.
—Por Dios Carlos, coge el teléfono… ¿Carlos? —mi voz sale de mi garganta con ímpetu.
—Dime —esta vez su voz es dulce.
—Quiero verte, tenemos que hablar —me tiembla la voz.
Se hace un silencio helador, pero insisto.
—Te necesito —mi voz es un hilo.
—Paciencia, Marian.
—No te entiendo.
—Estoy llegando.
El corazón me da un vuelco en el pecho, la sien me late frenética. Caigo sentada sobre el sofá, las piernas no me sujetan.
—¿Qué pasa? —pregunta bajito Andrea.
Mi mente ignora su pregunta.
Sigo al teléfono con la mirada perdida.
—Tranquila… son solos tres minutos —cuelga.
—Viene hacia aquí —murmuro.
—Bien. Arregla esto Marian. Yo me voy y así os dejo tranquilos para que habléis. Ya hablaremos tú y yo —acaricia mi pelo con su mano mientras me regala una sonrisa cómplice.
Los tres minutos se me hacen largos y angustiosos. Ni siquiera sé qué decirle. Tengo la cabeza, la mente destrozada, necesito tranquilizar mi alma —cierro los ojos para relajarlos unos instantes; me duelen.
Suena el timbre. Me tiembla todo el cuerpo. El desasosiego se apodera de mí. Según avanzo hacia la puerta la angustia es mayor. Solo de pensar que le voy a tener delante…
Ahí está él.
Sus ojos están tristes y el pelo lo tiene algo alborotado. Lleva unos vaqueros ajustados y una camisa negra remangada hasta debajo del codo. Mis piernas me sujetan a duras penas. Le dejo pasar apartándome a un lado de la puerta. Él baja su mirada al suelo mientras se pasa los dedos de la mano derecha por el cabello.
Se sienta en el sofá con las piernas separadas y los codos apoyados a la altura de las rodillas, la cabeza apoyada entre las manos, con la mirada perdida en el suelo. Me acerco a él despacio, observándole. No hemos cruzado ni una sola palabra. Le miro. Mi respiración es lenta y ahogada, me tiemblan las manos y el cuerpo entero. Trago saliva. Tomo asiento casi a un metro de él en el sofá. Froto nerviosa la palma de mis manos sobre mis muslos, me balanceo de delante a atrás ligeramente angustiada. Me noto la boca seca, muy seca.
—¿Qué sientes por mí, Marian? —su pregunta me cae como una jarra de agua fría. Ni siquiera me mira.
El corazón se me desboca. Él espera una respuesta convincente. Me siento perdida, no me atrevo a hablar de mis sentimientos; no estoy segura de acertar con mis palabras. Temo herirle aún más.
—Querías verme ¿no? Aquí estoy. Dime —sigue sin mirarme. Levanta la cabeza y la echa hacia atrás, a la vez que inspira fuerte, suelta el aire por la boca y baja la mirada hacia mí. Me mira de reojo sin mover la cabeza. Finalmente apoya la espalda en el respaldo del sofá y pone las manos en su regazo.
—Lo que siento es especial —es lo único que acierto a decir.
—Estás muy lejos —gira su cabeza y mira mis manos temblorosas—. Te he esperado pacientemente. Te he dado tiempo o mejor dicho, nos dimos tiempo mutuamente. No me he sentido obligado a ello. He seguido con mi vida con total normalidad. He conocido otras chicas y he tenido con alguna de ellas relaciones esporádicas. El conocer a otras me ha confirmado lo que siento por ti. Yo estoy muy seguro de lo que siento y de lo que quiero. No quiero pasar más tiempo sin ti.
Me duele escuchar su confesión, pero le entiendo perfectamente. Estaba al corriente de sus relaciones. Me vuelvo hacia él apoyando el codo en el respaldo del sofá, apoyo la cabeza en la palma de la mano y le observo, estoy algo más calmada. Solo de pensar que sus labios, sus manos, su… han tocado el cuerpo de otras… me hierve la sangre. Pero nadie es dueño de nadie y no puedo reprocharle nada.
—Tengo claro que siento algo muy especial por ti… no podría estar con nadie que no fueras tú. Yo no he tenido relaciones con nadie. He salido alguna vez con algún chico al cine y a tomar algo pero… no necesitaba estar con nadie, solo necesitaba sacar adelante mi carrera.
Me mira con sus ojos negro intenso, está expectante. Sé que quiere saber algo más. Entreabre los labios y se muerde el labio inferior. Yo me quedo boba mirándole, sus labios… Se mueve en el sofá hasta quedar a pocos centímetros de mí.
—¿Qué más? —sigue muy serio.
Sonrío suavemente. Respiro profundo, mientras trato de sostener su mirada.
—Lo que siento por ti es profundo y, sí, quiero seguir viéndote. Quiero retomar lo nuestro. Olvidar todo lo sucedido anteriormente. Sabes a que me refiero. No quiero más interferencias de terceras personas en nuestra relación. Hay cosas que tengo que superar… y creo que estoy en buen camino. Sabes de qué te hablo.
—Lo sé, esa persona hizo mucho daño a nuestra relación. Pero… vaya. Tus palabras no calman mis dudas —tuerce el gesto.
—¿Qué quieres que te diga? Sabes que me cuesta expresar mis sentimientos. Si… ¡Dios mío!, la otra noche fue increíble. Me hiciste sentir como una diosa. Me hizo darme cuenta de que te necesito, que necesito tu dulzura, tus besos, tus caricias, tu mirada. Te necesito en cuerpo y alma, lo quiero todo de ti, pero no sé como canalizar todo lo que siento hacia ti. Sigo necesitando tiempo y que me ayudes. Solo te pido un poco más de paciencia… Ahora es como volver a conocerte, has cambiado mucho… y… he de confesar... que ese hecho me asusta y me gusta a la vez —el me sonríe a la vez que baja la mirada a mis piernas y la levanta nuevamente hacia mis ojos.
—¿Te asusto? ¿Te doy miedo? No esperaba causar ese efecto en ti —sonríe.
—Has madurado mucho —me sonrojo—. La diferencia es evidente, me llevas cuatro años, más el año que he perdido metida en mi mundo.
—Ya. Estoy seguro de que madurarás a su debido tiempo ¿no? Quizá… puede que yo te ayude a ello.
Me ruborizo notablemente. Quito el codo del respaldo del sofá y me dejo caer hacia atrás mirándome las manos que tiemblan a causa de mis revelaciones y de su cautivadora e intensa mirada.
—Marian, estoy loco por ti —su mano retira con lenta dulzura un mechón de pelo que me cae por delante de la cara. Me toca con su dedo índice la punta de la nariz mientras sonríe.
—Empecemos de nuevo Carlos, de cero, sin prisa —le suplico con la mirada.
—¿Quieres de verdad mantener una relación conmigo?, ¿no dices que te doy miedo? —su voz es sinuosa y cautivadora.
—Más bien respeto —sonrío—. Creo que esa sería la palabra más acertada —le digo con cierto reparo.
—¿Te incomodo? —arquea las cejas esperando una respuesta.
—La verdad que gratamente. Me gusta —noto como mis mejillas se ruborizan de nuevo a la vez que mis labios le muestran una tímida sonrisa.
Me mira fascinado, su rostro está más sereno y afable. Lo acerca a mí. Sus labios están al lado de los míos. Se me corta la respiración, mi cuerpo se tensa y trato de retroceder un poco al sentirme intimidada por su proximidad.
—A ver si lo he entendido: quieres tiempo, deseas estar conmigo… pero… te sientes cohibida por mí. Me sorprendes. ¿Qué es lo que hago yo para que te sientas así?
Bajo la cabeza huyendo de sus ojos y de esos jugosos labios que me acechan peligrosamente. No soy capaz de contestar a su pregunta. Pero me atrevo a contestarme a mí misma: “morbo”. Una intensa sensación de inquietud cuando está cerca de mí, o cuando me mira muy de cerca… me altera de forma especial. ¡Dios! Vaya manera de hacerme hervir la sangre.
—Ya veo el efecto. Eso te gusta de mí y… —me sonríe fascinado como si hubiera descubierto en mí algo verdaderamente sorprendente.
Levanto la cabeza y le miro mientras me muerdo el labio inferior. Él recorre con sus ojos mi rostro, mi pelo, mi cuello... ¡Dios! ¡No sigas, por favor! —cierro los ojos y bajo la cabeza de nuevo.
—El viernes no causaba este efecto en ti. Recuerdo que era totalmente diferente.
Levanto mi mirada hacia él, me arde intensamente la cara.
—He de confesar que me gusta el efecto que tengo sobre ti. Tiene mucho morbo. Creo que voy a conocer a una nueva Marian. Te descubriré poco a poco, sin prisa —de su mirada surge un destello llameante e incendiario—. ¿Así que existe otra Marian diferente a la que tuve entre mis brazos hace… tan solo dos días? Eso es… es…. —sonríe alucinado.
—¿A lo mejor no te gusta? —mis ojos se tornan tristes.
—Así que desde la otra noche has cambiado. ¿Qué es lo que te ha hecho cambiar, Marian? —frunce el ceño buscando a la vez con sus ojos los míos.
—Quizá el darme cuenta de que no eres el mismo que conocí hace un año y diez meses. Quiero tratar de explicártelo bien para que lo entiendas. No he descartado nunca el retomar nuestra relación. Sé que he interpuesto todo a mis sentimientos, a mi relación contigo. Soy consciente que ha sido doloroso para los dos aunque hayamos estado siempre cerca el uno del otro. Necesitaba… acabar la carrera. No podíamos seguir en el plan que estábamos, no por tu culpa, ni mucho menos; sino por la mía. No quería que se deteriorara nuestra relación y menos nuestra amistad. Ahora... hay un antes y un después. Y el después…—hago una pausa— está lleno de inseguridades y miedos por mi parte. La otra noche es el puro reflejo de lo que queremos los dos. Sin embargo yo voy muchos pasos por detrás de ti.
—Admiro tu sinceridad —sus ojos acarician mi rostro a su paso—. Duele —suspira— duele tu rechazo. Intento entenderte. Sí —dice pensativo, mientras su mano derecha se aproxima lentamente a mi mano izquierda y la toma con suavidad, acaricia mis nudillos con su pulgar y baja su mirada hacia esta—. No puedo… —se dibuja una ligera línea curva en sus labios— dejar de intentar conquistarte, no me lo puedo permitir. Si hay una nueva Marian en ti, quiero sin duda alguna descubrirla. Sin prisa —sonríe entre nervioso y decepcionado, mientras acaricia mi mejilla con el dorso de su mano derecha.
—Soy “inmadura“ —le miro con ligero temor. Temor… porque esto no ha acabado aquí. En el fondo, temo que esta situación dé un giro inesperado y Carlos decida rendirse y le pierda definitivamente.
—Te equivocas —su voz es rotunda—. ¡Mírame! Solo necesitas que nos conozcamos más. Entiendo que hay un antes y un después entre nosotros, soy consciente de ello. ¿Qué quieres que haga ahora? —me levanta la barbilla para poder ver mis ojos, yo le miro con timidez, apenas puedo sostener su mirada. Es cierto, necesitamos conocernos nuevamente como pareja y para ello se necesita tiempo, el tiempo que le pido y que espero… tenga la suficiente paciencia para darme.
—¿Qué quieres hacer tú? —No entiendo a qué se refiere.
—No me contestes con una pregunta.
¡Guau! Se ha puesto muy serio.
Me impone.
Se aproxima lentamente a mí, fustigándome con su arrolladora mirada.
Su brazo izquierdo avanza hacia mí rodeándome la cintura, a la vez que atrae mi cuerpo hacia él. Su brazo derecho se anima a seguir al izquierdo. Me abraza tiernamente, su cara se envuelve en mi pelo; yo me abrazo a él nerviosa —tiemblo—. Mi cara está contra su pecho, escucho los latidos de su corazón… música celestial que emana de su interior.
—¿Estás asustada? Tiemblas... confías en mí ¿verdad? —besa una de mis mejillas con ternura. Sé perfectamente lo que no quieres que haga ahora mismo—. Retiro mi cara de su pecho y le miro atónita. Él me observa sereno. Su mano derecha asciende por mi espalda hasta mi nuca, sus hábiles dedos se enredan en mi pelo atrayéndome hacia él, hacia su boca… mis labios se entreabren ligeramente, ansiosos por recibir sus jugosas atenciones… Finalmente, él gira su rostro y mis labios acaban, frustrados, en su mejilla. Froto dulcemente mi mejilla contra la suya, me ha dejado con las ganas. La tensión es despiadada conmigo. Mis ojos se tornan lascivos, lascivos por un beso… sí… anhelo un beso y sí… cuanto más tarde en besar sus labios más placentero será.
¡Síííí.... Soy “masoca”!
Quiero un beso. Necesito sellar la paz.
Busco tímidamente su cuello, aspiro su aroma a… hombre… es cálido y suave, muy suave. Cierro los ojos, quiero sentirle con más intensidad. Él está encantado, lo sé. Con una mano retira el pelo de mi nuca y besa mi cuello, un suave gemido sale de mi garganta. Él se mantiene silencioso. Nuestras mejillas se vuelven a juntar, mis labios acarician la suya y él hace lo mismo con la mía. Nuestros cuellos comienzan una danza sensual y provocativa. Separo mi cara y le miro a los ojos. Antes de que él se mueva, intento darle un beso en su otra mejilla. Él echa la cabeza hacia atrás, me hace “la cobra”. Hundo mis labios en su cuello y subo a su mejilla arrastrando mis labios, buscando los suyos… primero su barbilla y después… —mueve ligeramente la cabeza— la comisura de sus labios. ¿Por qué no me deja acercarme a sus labios? Esto es frustrarte.
—¿Me rehuyes? —le pregunto mientras mis labios se acercan al lóbulo de su oreja.
Se separa de mí hacia atrás y me mira desconcertado —sonríe finalmente.
—No me hagas esto —bajo la cabeza avergonzada—. Quieres que te suplique un beso, ¿no es eso?
Me abraza fuerte. Sus labios están a la altura de mi oído izquierdo
—¿Quieres un beso? —asiento con la cabeza.
Su calor traspasa mi alma. Se separa y apoya su frente en la mía. Frota su nariz contra la mía, siento el calor de su boca en mis labios, acerco tímida mi boca a la suya, nuestros labios se rozan, me muerdo el labio inferior. Él abre un poco los labios; nos miramos. El anhelo es aún mayor. ¿Tengo que buscarlo? —suspiro afligida—. Rozo de nuevo mis labios contra los suyos, la punta de mi lengua acaricia su labio inferior. Él se contrae y se muerde el labio con fuerza —eso me gusta—. Vuelvo a acariciar sus labios con los míos y me vuelvo a separar… le miro a los ojos… —¡Dios! ¡Me muero! —Me abrazo fuerte a él.
—¿No te atreves? —su voz es débil.
Me obliga con sus manos a separarme y mirarle. Me siento vencida. No puedo mirarle y agacho la cabeza.
Me vuelve a abrazar con fuerza, casi no me deja respirar, aunque ya no sé si respiro o no. Busca mi cuello con sus labios, asciende por él hasta mi barbilla. Me mordisquea suavemente mientras su mano derecha asciende por mi cuello hasta atrapar mi mandíbula. Suaviza la presión que en ella ejerce. Su mano continúa por mi nuca y se detiene. Con el brazo izquierdo tira de mí hasta colocarme encima de él con las rodillas apoyadas en el asiento a cada lado de sus caderas. Quedo sentada cerca de su sexo. Él se deja escurrir hacia abajo para que yo esté más cómoda y mi sexo quede justo encima del suyo. Noto lo mojada que estoy. La erección de Carlos es generosa. Me mira con ojos que manan deseo contenido.
Aferra su brazo izquierdo a mi cintura, su mano derecha sigue en mi nuca y me atrae hacia él. Suelta un jadeo. Yo me estremezco al oírlo. El corazón me late con furia. Él sube y baja su pelvis despacio, acompasado, ejerciendo una suave presión en mi sexo. ¡Ummm…! Dejo caer la cabeza hacia atrás obligando a bajar su mano al principio de mi espalda. Él sigue con su suave movimiento de caderas. Los dos estamos muy excitados. Mis manos se unen en su nuca, levanto la cabeza y apoyo mi frente en su frente. Jadeo. Cierro los ojos. Sigue presionando su sexo contra mi sexo. Abro los ojos: él está mirándome.
—¡No puedo más, Carlos! —suplico
Él está serio, con los ojos entornados y jadeantes. Sonríe mientras sus labios buscan la comisura de los míos. Giro lentamente mi cabeza para encontrarme de lleno con sus labios… pero no me deja… ¿Me está controlando?… ¿Me está torturando? Me duelen las entrañas. Noto dolor en todo el cuerpo, ¡si sigo así me voy a desplomar! ¿Pero por qué no intenta quitarme la ropa? Él sabe que me encantan los besos… es uno de mis juegos favoritos, ponerme a tope, jugar con la provocación…
—Carlos, ¿a dónde me quieres llevar con tu juego?
Él sigue moviéndose debajo de mí, ágil y acompasado. Ignora mi pregunta y mi súplica. Vuelve a la comisura de mis labios, yo me abandono rota, deshecha.
—¡No aflojes el cuerpo! —me recrimina.
Me pongo erguida. Respira junto a mi boca. Eso me gusta. Me besa bajo el labio inferior, sin dejar de mover su pelvis. Acaricia sus labios con los míos, su lengua… bordea mi labio superior —jadeo fuerte—. ¡Qué delicia! Me da un toque en el centro del labio inferior con ella, mis labios están entreabiertos y se abren un poco más esperando impacientes a ser devorados. Los músculos de mi entrepierna no paran de contraerse y apretar las caderas de Carlos con fuerza. Le gusta. Sigue jugando conmigo. Luego dicen del sadomasoquismo. ¿Esto qué diablos es entonces? —me pregunto. Esto también duele y mucho.
Nuestros cuerpos empiezan a llevar un compás frenético. La respiración de los dos es fuerte y densa. Me muerde el labio superior y lo humedece con su saliva. ¡Ay! Eso duele, pero me encanta. Se me seca la boca, jadeo sin parar, no puedo contenerme necesito… Finalmente acaba con mi ansia, sus labios se apoderan de los míos con decisión y ternura a la vez, su saliva inunda mi boca. El placer comienza a extenderse por cada poro de nuestra piel, nuestros cuerpos se sacuden por las sensaciones más deliciosas que se puedan desear. La ropa interior se inunda con los fluidos corporales. ¡Dios! ¡Qué delicia! No deja de besarme, hemos esperado demasiado y ninguno de los dos está dispuesto a parar. Nuestros labios parecen dos imanes pegados el uno al otro, los dos estamos muy necesitados de contacto físico. Se separa unos centímetros de mis labios y me mira; yo le miro también y cierro los ojos. Su mano acaricia mi rostro.
—Eres muy hermosa —me besa de nuevo.
Me desplomo sobre su cuerpo, no puedo más. Apoyo mi mejilla en su hombro a la vez que me abraza.
Cierro los ojos y me abandono al relax.
Abro los ojos. Mi cuerpo da un respingo al comprobar que estoy en mi habitación tumbada en la cama. ¿Cómo he llegado aquí? Vuelvo la cabeza hacia mi izquierda; ahí esta él, tumbado de lado mirándome y apoyado en el codo derecho.
—No te asustes —sonríe mientras me acaricia el óvalo de la cara con la yema de los dedos.
Compruebo que estamos vestidos.
—¿Cuánto tiempo llevo dormida? —le pregunto con los ojos aún perezosos.
—Solo veinte minutos, más o menos. Te veo más relajada —sonríe—. Te ha sentado bien una cabezadita.
Suspiro profundamente llenando a tope mis pulmones de aire. Lo que me ha sentado bien han sido sus besos, sus caricias y esa sensación de tensión en mi cuerpo que me recuerda que estoy más viva de lo que pensaba.
—¿Qué voy a hacer contigo, Marian?
Me encanta escuchar mi nombre de sus labios.
Me encojo de hombros. Coloco el dorso de mi mano derecha sobre mi frente… Cierro los ojos un instante intentando ordenar mis pensamientos.
—Deberías cambiarte de ropa, vas a coger frío —dirige su mirada hacia mi sexo.
Me incorporo apoyada en los codos y veo una mancha oscura en mi pantalón gris, justo en la entrepierna. Bajo la mirada avergonzada. Él me levanta la cara y la gira hasta besar mis labios.
—No pasa nada. Pero tienes que hacer algo —asiento con mi cabeza.
—Voy a ducharme. No te vayas —me levanto despacio y cojo la ropa que necesito del armario.
A los diez minutos entro en la habitación. Él incorpora su cuerpo para mirarme. Llevo un pijama de dos piezas que queda ajustado a mi cuerpo, acentúa con descaro mis pechos. Se pone de pie y me doy cuenta, que tiene dos pequeñas manchas húmedas en su bragueta: una producida por sus fluidos y otra seguramente por los míos, eso está claro. Se mira, sonríe entornando los ojos, se saca la camisa y cubre la zona con ella.
—¿Ves? Ya no se ven —se acerca como una pantera silenciosa. Yo me doy la vuelta mirando hacia el escritorio donde tengo el ordenador intentando disimular que coloco algo. Me siento avergonzada. ¡Vuelta a lo de siempre Marian! ¡Tú… con tu maldito rol! —me cabreo conmigo misma.
—¿Por qué no hemos hecho el amor? —pregunto.
Sonríe mientras mueve de un lado a otro la cabeza.
—Tú no querías eso ¿verdad? No hemos sido capaces de parar ese juego que tanto te gusta —¡Dios! Se acuerda de lo mucho que me gustan los besos, de que me encanta ponerme al borde del éxtasis solo con besos… pero hemos ido más allá… ya era tarde para parar y quitarnos la ropa de encima.
Rodea mi cintura con sus brazos y me atrae hacia él, su sexo presiona levemente encima de mis glúteos; aún no se ha relajado del todo.
—¡Qué bien hueles! —me gira hasta quedar frente a él. Observa mis senos ávido de deseo; la verdad es que la camiseta es muy sugerente.
—Tienes los pezones excitados —cubro rápidamente mis pechos con los antebrazos apretándolos para que se bajen; su comentario hace que me ruborice.
Me desconcierta no haber acabado… aunque el morbo de desear al otro sin casi tocarse y llegar al orgasmo… es una pasada.
—Carlos déjalo ya —le suplico mientras le miro a los ojos con ternura.
—No voy a hacerte nada, tranquila —acaricia con una de sus manos mi cabello mientras la otra sigue rodeando mi cintura—. Tengo que irme —suspiro apenada mientras asiento con la cabeza—. Al final no me has contado nada de tu primer día.
—Ah, pues… bien. Ha sido interesante. El señor Carson me ha llevado por todos los departamentos y me ha presentado a los responsables de cada uno de ellos y después… he asistido con él a una reunión. No hemos hecho gran cosa como ves.
—Por algo se empieza.
—Ya te iré contando.
—Vale.
Salimos de mi habitación agarrados por la cintura, caminamos por el pasillo sin despegar nuestros cuerpos mientras nos prodigamos arrumacos y caricias. Una de sus manos va arrastrándose con lento movimiento hasta posarse en el principio de mis glúteos, justo donde se unen con la espalda. Mis glúteos se contraen al notar el calor de su mano; la mueve de un lado a otro despacio, acariciando… la sensación es… ¡sin palabras!
—Llevas tanga… —ronronea en mi oído.
Me separo de su cuerpo sonrojada.
—Carlos. Tienes que irte. Ya está bien por hoy, me agotas.
—Está bien. La verdad es que los dos estamos muy cansados —se pasa las dos manos por su cabello ordenándolo—. Ya hablaremos —sus labios se acercan a mi oído—, tu cuerpo responde perfectamente a mis estímulos cómo mujer que eres… pero tu cabeza… tienes que dejar de pensar tanto.
Le miro atónita.
—¿Por qué me dices eso?
—Es cierto. Tu cuerpo responde muy bien, pero tu mente está a años luz de él. Pero no te preocupes, ya haremos lo que haga falta para que estén bien coordinados.
—Me estás volviendo loca. Anda —hago una pausa mientras le miro a los ojos—, vete ya, torturador.
—¿Torturador? —me mira con cara de incrédulo, como si con él no fuera la cosa.
Abro por fin la puerta para que se vaya.
—¿Torturador? —me repite la pregunta.
—Sí… vete —le insisto para que se marche.
—Hablamos ¿vale? —parece un crío feliz.
—Sí —sonrío.
—¿Qué tal, Marian?
Pego un salto en el sofá, me he quedado relajada recordando lo sucedido en él y no me he percatado de que llegaba mi querida e implacable amiga.
—Bien —me incorporo para quedar sentada.
Andrea me mira de reojo con cara pilla.
—He visto marcharse a Carlos, parecía contento.
Suspiro.
—Hemos hablado un momento. ¿Habéis solucionado el problemilla?
—Sí… creo que así ha sido. Pero solo por ahora… —pierdo mi mirada en el suelo. Ella se acerca, se agacha quedando frente a mí.
—Vamos Marian. ¿Qué es eso de “por ahora”? —su mirada es penetrante, entorna los ojos esperando una respuesta que la convenza.
—Andrea. Intento ordenar mis pensamientos, deseos, prioridades y lo conveniente para mí y para él. Está claro que Carlos no es el mismo chico que conocí hace cuatro años y tampoco con el que estuve hasta hace un año. Es mucho más maduro, está más asentado como más… hombre en toda la extensión de la palabra. ¡Es un hombre hecho y derecho! Llevaba un año trabajando cuando comenzamos a salir juntos, no era tan evidente la diferencia de edad, pero ahora… ¡uf! Me falta mucho por madurar y estar a su altura —ella me mira atenta sin perderse ni una palabra de lo que digo—. Me siento insignificante a su lado, no soy… —hago una pausa—, no soy suficiente para él.
—Estás equivocada. Y aunque te falte algo de madurez, a Carlos eso no le importa, todos necesitamos nuestro tiempo —coge mis manos temblorosas entre las suyas tratando de apaciguar mi ansiedad. Escucha —trata de llamar mi atención—. Él sabe perfectamente lo mal que lo has pasado este último año y, sí, hemos hablado varias veces sobre el tema y lo único que desea con toda su alma es que después de todo lo mal que lo has pasado, encuentres la estabilidad que te falta. Él quería esperar un poco más a que estuvieras centrada, pero… yo influí para que se precipitaran las cosas —se encoge de hombros reconociendo su culpa.
—No te preocupes querida amiga —suspiro afligida—. Te puedo jurar que desde lo más adentro de mi alma, de algún modo, te lo agradezco. Debemos darnos nuestro tiempo, y... bueno, ahora que tengo trabajo, me imagino que… —suspiro de nuevo— todo se irá arreglando: mi cabeza, mi corazón, mi alma y Carlos —sonrío algo frustrada.
—Sí Marian, el trabajo, la responsabilidad y la estabilidad económica te harán madurar como es natural en casi todos. Aunque algunos y algunas que yo conozco necesitan un milagro para eso...
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