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Ellos creían en Dios

Biografías de científicos creacionistas

Rodrigo P. Silva


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Nota del editor

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Ellos creían en Dios

Rodrigo P. Silva

Título del original: Eles Criam em Deus. Biografias de Cientistas e Sua Fé Criacionista, Casa Publicadora Brasileira, Tatuí, São Paulo, Brasil (2002).

Dirección editorial: Claudia Brunelli, Pablo Ale

Traducción: Graciela López de Pizzuto

Diseño del interior: Giannina Osorio

Diseño de la tapa: Carlos Schefer

Ilustración: Andrea Olmedo Nissen

IMPRESO EN LA ARGENTINA

Printed in Argentina

Primera edición, e-book

MMXXI

Es propiedad. © 2002 Casa Publicadora Brasileira.

© 2010 New Life, ACES 2021.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-339-5


Silva, Rodrigo P.Ellos creían en Dios: Biografía de científicos creacionistas / Rodrigo P. Silva / ClaudiaBrunelli / Ilustrado por Andrea Olmedo Nissen. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: onlineTraducción de: Graciela López de Pizzuto.ISBN 978-987-798-339-51. Historia. I. Brunelli, Claudia. II. Olmedo Nissen, Andrea, ilus. III. López de Pizzuto, Graciela, trad. IV. Título.CDD 261.55

Publicado el 20 de enero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Nota del editor

Los científicos que menciona este libro han sido seleccionados por su defensa a las Sagradas Escrituras, por su testimonio público de su fe en Dios, y por sus intentos de conciliar la Ciencia con la Religión. No obstante, es preciso destacar que, como cualquiera de los seres humanos, algunos de sus hechos o incluso sus creencias no armonizan en muchos casos con las doctrinas de la Biblia. En estos aspectos, no se intenta convertirlos en modelos o ejemplos a seguir.

Introducción

¡Piensa!

El 12 de abril de 1961, el cosmonauta ruso Yuri Alexeyevich Gagarin fue el primer hombre en orbitar la Tierra, a bordo de la nave Vostok I. Él dijo la famosa frase: “La Tierra es azul”. Yuri fue criado en un régimen que promulgaba el ateísmo y, tal vez, en virtud de eso, rechazaba cualquier tipo de creencia religiosa. Con un tremendo desacuerdo con relación a la Biblia, afirmó después de su regreso: “Yo estuve en el cielo y ¡no vi a Dios allá!”

Al principio, esa declaración parecía un golpe fatal para los que querían unir la fe con la ciencia. Alguien había subido al más alto cielo y no había percibido la gloria del Creador. Sin embargo, el tiempo se encargó de corregir el juego de palabras del soviético, y en una fecha muy sugestiva: el 25 de diciembre.

Corría el año 1968 y tres astronautas de la Apolo 8 estaban circundando el lado oscuro de la Luna, en una órbita muy superior a la ya alcanzada por Yuri Gagarin. De repente, sobre el horizonte de la luna rosa, apareció la bella imagen azul de nuestro planeta (la misma que contempló el ruso). Ellos estaban conectados “en vivo” con varios medios de comunicación. No eran poetas, ni declamadores líricos, mucho menos locutores; pero resolvieron recitar juntos un versículo que representaba todo lo que estaba pasando en aquel momento dentro de su ser. Millones de personas de varias partes del globo quedaron enmudecidas mientras los emocionados astronautas repetían: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Dios estaba allá. Gagarin estaba miope y no pudo divisarlo.

Capítulo 1


Nicolás Copérnico

¿Ya tuviste la oportunidad de visitar un observatorio astronómico o mirar a través de un telescopio? Si lo has hecho, debes haberte maravillado con lo que viste. La astronomía es una ciencia bellísima que enseña, por sobre todo, una lección de humildad. ¡Cuán pequeños somos con relación a la grandeza del universo! Por otro lado, ¡cuán maravilloso fue nuestro Dios, cuando dejó su gloria y vino a este minúsculo mundo para morir en nuestro lugar!

Fue gracias al trabajo de Nicolás Copérnico que hoy poseemos los recursos de la astronomía moderna. Antes de él, los estudios astronómicos estaban muy mezclados con las leyendas, el misticismo y los conceptos astrológicos que acabaron tergiversando los resultados obtenidos. Aunque los babilonios, los egipcios y los griegos habían hecho grandes descubrimientos sobre las estrellas, sus investigaciones habrían sido mucho más completas si hubieran dejado de lado el politeísmo y las supersticiones que los envolvían.

Cuando Copérnico nació, el mundo no eran menos supersticioso y atrasado que en la época en la cual los magos y los astrólogos aconsejaban a los monarcas. Corría el año 1473 y las personas tenían una idea muy equivocada sobre el universo, ideas que habían sido enseñadas desde hacía más de trescientos años antes del nacimiento de Cristo. En aquel tiempo, los griegos eran la fuente del más profundo conocimiento universal.

El universo antes de Copérnico

En la Grecia antigua se propagaban muchos conceptos acerca de la estructura del universo. Al final de cuentas, ellos eran pensadores críticos y se sentían libres para crear ideas innovadoras. De todas las propuestas, la teoría de Aristóteles fue una de las más destacadas, y sobrevivió hasta la Edad Media. Su cosmología, es decir, su idea estructural del Universo, influenció en toda la Europa medieval, inclusive hasta el pensamiento oficial de la Iglesia.

Él decía que los cuerpos celestes eran diferentes de los cuerpos terrenales, tanto en el comportamiento como en la composición. De este modo, el cielo, en la visión de Aristóteles, era perfecto e inmutable desde su origen. Siguiendo estas ideas aristotélicas, Ptolomeo, un matemático del siglo II a.C., amplió el cuadro al afirmar que la Tierra estaba en el centro del Universo y que el Sol, la Luna y las estrellas giraban, todos, en torno de nuestro planeta. Ese sistema era llamado geocéntrico (geo = Tierra), pues ponía a nuestro mundo como punto central de todos los cuerpos celestes.

Es lógico pensar que había una razón bastante humana para apoyarse en la visión de un sistema solar centralizado en el planeta Tierra. Y eso tornaba a la humanidad como el centro del universo de Dios, de modo que hasta el Creador Todopoderoso actuaba en función casi exclusiva de la raza humana. Esa cosmovisión, o sea, esa visión del mundo, exaltaba en demasía el papel de los hombres en el curso de la existencia y era un argumento muy bueno para aquellos que querían centralizar el poder en sus manos, como los reyes, los clérigos, y los señores feudales. Ahora bien, si los hombres son el centro del universo, ¿qué se diría de aquellos nobles y religiosos que se decían el centro de la humanidad? Ellos serían prácticamente los representantes máximos de Dios con un poder superior a los ángeles.

Por lo tanto, cualquier persona que dudase de esa estructura geocéntrica estaría cuestionando el propio esquema jerárquico medieval. En otras palabras, estaría comprando una pelea mucho mayor que cualquier debate científico, pues su idea cuestionaba el propio sistema absolutista que movía el curso político tanto de la Iglesia, como de la monarquía. Tal comportamiento, es lógico pensarlo, significaba firmar su propia sentencia de muerte.

Desafiando el Geocentrismo

Y entonces, se oyó desde Polonia una voz valerosa diciendo que nuestro planeta no era el almohadón de los pies de Dios, y mucho menos el campo preferido de las peregrinaciones del Altísimo. El mundo de los hombres no pasaba de ser un pequeño satélite girando alrededor del Sol. Su teoría, llamada heliocéntrica (helios = Sol), sugería que el astro rey era el centro de ese sistema y no la Tierra, de acuerdo a como proponían el clero y los eruditos de la época.

Nuestro mundo, decía Copérnico, es apenas poco más que un planeta (el tercero después del Sol) y demora un año (365 días aproximadamente) para completar su giro en torno de la Estrella Amarilla. La Luna, ella sí, es el único cuerpo celeste que gira alrededor de nuestro mundo.

Por la lógica de Copérnico, si el Sol está fijo en su punto y la Tierra en movimiento, entonces los demás planetas también deberían poseer su órbita con un año solar mayor o menor que el nuestro, considerando que están más alejados o más cercanos en relación con el centro que es el Sol. De este modo, él midió el año solar de Mercurio en 88 días; el de Venus en 225 días; el de Marte en 1,9 años; el de Júpiter en 12 años y el de Saturno en 30 años.

Copérnico también sustentaba, contrariamente a la opinión popular, que las estrellas eran objetos distantes que poseían su propia órbita y no giraban en torno del Sol. Además de esto, había un segundo giro de la Tierra en torno de sí misma, que generaba la noción de movimiento opuesto al de las estrellas y posibilitaba la existencia del día y de la noche.

Las teorías de Copérnico demoraron mucho en ser publicadas. Él solamente permitió que algunas partes sueltas de sus trabajos circularan entre algunos pocos astrónomos para ver que decían de sus teorías. Fuera de eso, no demostraron ningún apuro en divulgar al mundo sus nuevos descubrimientos. Era muy meticuloso con sus anotaciones, de modo que demoró treinta años para terminar el libro De revolutionibus orbium coelestium (De las revoluciones de las esferas celestes), el cual le otorgó el título de padre de la astronomía moderna.

Todavía existía, por otro lado, la amenaza constante de la Iglesia. Copérnico era un sacerdote, y en ese tiempo el catolicismo era más que una religión. Era un tremendo poder político que se estaba sintiendo amenazado por un nuevo movimiento llamado Reforma Protestante. Cuando un rey o un lord local se convertían al protestantismo (algunas veces por razones políticas o financieras), éste, automáticamente, entraba en guerra contra sus vecinos que permanecían siendo católicos. Los conflictos eran brutales y constantes. Solamente para tener una idea, hubo una guerra religiosa que duró treinta años.

Cercada por un ambiente tan hostil, cualquier persona tendría recelos en discordar con lo que la Iglesia presentaba. Las ideas de Copérnico eran muy revolucionarias y la Iglesia ya había sentenciado a muerte a centenares de personas, por mucho menos que eso. Él no quería terminar sus días quemado en una estaca o torturado por los inquisidores del Papa. Fácilmente puedes entender cuál fue la razón de la demora en presentar su libro al público. Dicen algunas personas que, cuando sabía que estaba a punto de morir, Copérnico autorizo a publicar su obra. Esto sucedió en vísperas de su fallecimiento, el 24 de mayo de 1543.

Cuentan los historiadores que el primer ejemplar del libro le fue llevado apresuradamente por un mensajero, pues Copérnico ya estaba, hacía varios días, enfermo en su lecho. Él tomó el libro en sus manos, pero ya estaba tan débil que apenas consiguió dar vuelta la primera página. Después de eso, murió.

En los primeros años de publicada su obra, no causó mucha discusión. Sin embargo, después de algún tiempo, ella fue colocada en el Index (catálogo) de prohibiciones de la Iglesia, lo que significaba que su estudio había sido vetado y cualquier persona que leyera la obra sería excomulgada por el Papa. Es evidente que muy pocos aceptarían luchar contra los prejuicios que eso implicaba. Recién en el año 1835, la Iglesia retiró la obra de Copérnico de la lista de las prohibiciones. Muchos protestantes, inclusive el propio Martín Lutero, también se incomodaron con las declaraciones de su libro. Copérnico, por lo tanto, murió sin ver la polémica ni los frutos de su proyecto científico.

¿Y con relación a Dios? ¿Acaso este genio polaco había descreído de Jesús y de la Biblia? Claro que no. Sus investigaciones aumentaron aún más su fe en el Creador. La ignorancia y el preconcepto partían de los líderes religiosos y no de la Palabra del Señor. Copérnico sabía muy bien diferenciar entre el Dios verdadero y las caricaturas que muchos hacen de su imagen.

Existen escépticos que intentan insinuar una ruptura entre Copérnico y la Biblia. Ellos dicen que él no creía más en Dios y que no lo había asumido por miedo a las represalias de la Iglesia. Tal afirmación, sin embargo, carece de pruebas y está lejos de ser verdadera. Si Copérnico se hubiera tornado un no creyente, su libro (recuerda que él lo publicó cuando ya estaba a punto de morir y no sentía más la amenaza de la Inquisición) sería claro en negar la existencia del Creador en el orden del Universo.

La batalla de Copérnico fue contra el mito y la tradición de los hombres; no contra la Biblia. Los tres principales seguidores de sus ideas (Galileo, Kepler y Bruno) fueron creyentes verdaderos que jamás tuvieron quebrantada su fe por el mal testimonio de los sacerdotes, clérigos o personas mal informadas.

Hablando de las fases no observables de algunos planetas, Copérnico declaró: “Ellos realmente tienen fases. Cuando Dios lo disponga, les brindará a los hombres medios para observarlas”. Como puede verse, él tenía en el Señor un poderoso aliado para la comprobación de sus investigaciones.

Capítulo 2


Georgius Agricola

En un día de intenso conflicto para Israel, Dios se acercó al profeta Jeremías y le dijo: “Te encargo que pongas a prueba a mi pueblo. Examínalo, para ver cuál es su conducta” (Jeremías 6:27, DHH). Este mensaje, desde luego, era una metáfora para describir la función espiritual del profeta, que era verificar la dimensión de la falta de pureza que había en medio del pueblo de Dios de ese tiempo.

Sin embargo, no es con Jeremías que se inicia la historia de la metalurgia y de la mineralogía modernas. Debieron transcurrir más de 19 siglos hasta que un joven, de aproximadamente veinte años, sintiera el llamado de Dios para hacer algo por la humanidad. Él estaba leyendo el mencionado pasaje de la Biblia cuando tuvo una idea que hizo clic en su pensamiento, y que cambiaría su vida y la vida de muchas personas. Él habría de trabajar con metales para curar a la humanidad.

Mientras tanto, carecía de recursos para costear sus estudios y su apellido nada tenía que ver con las familias ricas de Alemania. Se llamaba Georgius Bauer, que en alemán quiere decir, “Jorge el hacendado”. De ahí el sobrenombre latino “Georgius Agricola”. Su mente, mientras tanto, estaba lejos de recluirse a un arado de hacienda. Quería mejorar el mundo con los dones que consideraba que Dios le había dado como regalo.

Cursando la Universidad

En 1514, Georgius partió de la ciudad alemana de Glauchau (donde había nacido) hacia Leipzig, donde inició sus estudios universitarios. Al poco tiempo, ya había aprendido griego, a punto tal que publicó un libro de gramática griega en solo cinco años de estudio. Todas las noches se retiraba temprano y, antes de descansar, oraba y leía la Biblia. Eso permitió que tuviera un mejor rendimiento en comparación con muchos de sus compañeros que preferían trasnochar y beber cerveza en compañía de las prostitutas.

Como resultado de sus excelentes logros escolares, lo que restaba de sus estudios fue financiado por un grupo de religiosos locales. Georgius quedó muy agradecido. Con ese apoyo, pudo estudiar, además del griego clásico, Filosofía y Ciencias Naturales en Alemania y también en Italia.

Después de cursar esas materias, Agricola comenzó a estudiar medicina y terminó actuando como un excelente médico en Joanhimsthal, Bohemia. Su corazón, sin embargo, no olvidó el amor por el estudio de los metales, ni el llamado divino que había sentido cuando leía el texto de Jeremías. Por una providencia divina, en 1530, el elector Mauricio de Sajonia lo invitó a trabajar como médico y farmacéutico en la pequeña ciudad de Chemnitz. Allí había un permanente trabajo de extracción de minerales, lo cual le posibilitaría continuar el estudio de los metales y minerales que tanto lo entusiasmaban.

Médico e investigador

Como médico, Georgius visitaba incansablemente las minas y las casas de los trabajadores, haciendo anotaciones médicas y creando remedios que ayudaron a salvar a muchos que vivían de ese trabajo en las cerradas y polvorientas cavernas de minerales. En su monumental obra de doce tomos De re metallica �Sobre la naturaleza de los metales�,* desarrolló el estudio de enfermedades como la silicosis, que es típica del trabajo en las minas. Además, presentó técnicas de ventilación, con proyectos para la construcción de tres tipos de máquinas para ventilar que, movidas a tracción animal, llevarían aire puro hacia los puntos más subterráneos de una explotación mineral.

Al mismo tiempo que se preocupaba por la salud de los trabajadores, Agricola produjo una esmerada clasificación de cristales, desarrolló recursos preventivos de erosión e investigó el uso del magnetismo como medio de encontrar yacimientos de oro. Algunos historiadores creen que fue él quien creó la palabra “petróleo”, hoy conocida y usada en todos los países.

Desde el inicio del mundo hasta los días de Agricola (siglo XVI), el interés por los metales y los minerales era básicamente económico. Por eso, es posible decir que fue gracias a él que surgió la ciencia de la mineralogía, que hoy es objeto de estudio en muchas universidades. Georgius creía en la Creación de acuerdo al relato escrito en el libro de Génesis. Por eso entendió, antes que ningún otro, que los minerales formaban parte del mundo natural hecho por Dios y que deberían ser objeto de investigaciones científicas, a fin de poder utilizarlos para algo más que la mera manufactura de objetos o el intercambio en el ambiente comercial.

Su trabajo se basó, principalmente, en el campo de observación directa y el estudio exhaustivo. Por eso, sus publicaciones llegaron a ser libros de estudio de muchas universidades europeas, aun después de su muerte. Todavía hoy, buena parte de sus anotaciones se consideran vigentes y no han sido modificadas por los especialistas de esa área.

¿Sabías tú que uno de sus libros, titulado De natura fossilium �Sobre la naturaleza de los fósiles�, fue la primera publicación académico-científica sobre la metalurgia en el mundo? Y lo más interesante es que, abogando por la historicidad del diluvio descrito en la Biblia, Georgius demostró en forma empírica que los fósiles orgánicos surgieron por la acumulación solidificada del agua durante una inundación que cubrió todo el planeta. ¡Para él no era nada difícil conciliar el texto bíblico con sus observaciones del mundo natural!

Caridad y fin de los trabajos

Agricola también se involucró en cuestiones políticas y simpatizó bastante con las enseñanzas de Martín Lutero. Sin embargo, se olvidó de ambos debido a la violencia y a las revoluciones que causaban en toda Alemania. Su opinión era que la política y las luchas religiosas estaban tomando un rumbo más personal y económico, que civil o espiritual.

De ese modo, después de algún tiempo sirviendo como intendente de Chemnitz, como consejero de la corte sajona y también embajador de Carlos V, Agricola resolvió regresar a la pequeña villa de minerales y continuar su trabajo de médico e investigador. Fue allí que escribió los tomos finales de la De re metallica, obra que terminó siendo publicada apenas un año después de su muerte, en septiembre de 1555.

Si tú investigas en los libros de historia, vas a ver que las epidemias eran comunes en una Europa con pocos sistemas de higiene. Tres años antes de su muerte, Georgius tuvo que trabajar, casi incesantemente, para ayudar a la curación de las personas afectadas por la llamada “Peste Negra” que devastó el continente entre 1552 y 1553. Visitaba la casa de los enfermos, oraba con ellos y les administraba los medicamentos. Como última contribución médica, también dejó escrito un exhaustivo estudio sobre las causas y sobre cómo combatir esa calamidad.

Cuando murió, su cuerpo fue sepultado en la catedral de Zeitz. Sobre su lápida están escritas las palabras que marcaron el carácter de su cristianismo: Él vivió por la paz, la verdad y la justicia. ¡Qué bueno sería si esa fuera la frase que resumiera las obras de nuestra vida!

Capítulo 3


Francis Bacon

Nadie revolucionó tanto el método científico como un caballero inglés llamado Francis Bacon.

Su vida es controvertida en muchos sentidos, comenzando por su nacimiento. Nació el 22 de enero de 1561, y sus supuestos padres fueron Nicholas Bacon (Jefe de la Guardia del Gran Sello Británico) y Anne Cooke (dama de compañía de la reina Elizabeth I). Pero, algunos biógrafos sugieren que Elizabeth I era la verdadera madre de Francis, y que él habría sido fruto de un romance prohibido entre ella y un hombre casado (el Conde Robert Dudley) que llegó a estar preso por conspiración contra la Corona.

Si eso fuera verdad, tiene sentido que el verdadero origen de Bacon quedara en el anonimato, pues tal revelación habría causado un gran escándalo, principalmente porque Elizabeth era llamada la Reina “virgen” de Inglaterra.

Se cree que, antes de cumplir los 18 años, Francis descubrió sus verdaderos orígenes, y quedó profundamente disgustado. De hecho, es notorio en sus escritos y en su comportamiento que era una persona carente y con muchos problemas emocionales.

¿Sabías tú que uno de los grandes debates sobre la vida de Bacon es su identificación con William Shakespeare? Existe un buen número de historiadores ingleses que defienden a Francis Bacon como el verdadero autor de las obras shakesperianas y que “William Shakespeare” jamás existió; sino que fue solamente un seudónimo que Bacon usó para mantenerse en el anonimato. Es difícil juzgar a favor o en contra de esta increíble afirmación. Sin embargo, el estilo que mezcla drama y tragedia, y que se percibe, principalmente, en Romeo y Julieta, tiene mucho que ver con la filosofía y el carácter de Francis Bacon.

Pero, dejando de lado esas especulaciones, el hecho es que Bacon dejó para las generaciones siguientes el legado de un profundo conocimiento filosófico y un parámetro de investigación que es usado todavía en nuestros días. Él es considerado el padre del método científico.

Un joven criado en medio del lujo

Siendo oficialmente hijo de los “empleados” de la corte, Francis Bacon no era rico, pero fue criado con todos los privilegios de un joven palaciego. No necesitó trabajar duramente para costear sus estudios, ni pasó grandes necesidades financieras. A los doce años, en 1573, ingresó en el Trinity Collage, en Cambridge. Estudió allí hasta que obtuvo el título de abogado, en 1582.

Con el diploma bajo el brazo, Francis comenzó su carrera política, inicialmente marcada por el éxito y después, por el fracaso. Fue el propio rey James I quien lo introdujo en la vida pública, nombrándolo Lord, Caballero (en 1603), Barón (en 1618) y Vizconde (en 1620).

Sin embargo, Francis Bacon no fue emocionalmente maduro para convivir con las cosas buenas y malas que la vida le ofrecía. La abundancia y la facilidad con que conseguía los bienes materiales se le debieron haber subido a la cabeza, de modo que no fue siempre el modelo exacto de persona que alguien debería ser. Alexandre Pope escribió que Bacon fue “el más brillante, el más sabio y el peor hombre que la humanidad haya conocido”. Palabras duras ¿no es cierto?

Con solo 23 años, Francis ingresó en el Parlamento y fue, rápidamente, nombrado Canciller. Sin embargo, después de tres años de mandato, se enredó con sobornos y desvío de dinero. Finalmente fue descubierto, condenado a pagar una multa y a cumplir una pena en la prisión que estaba en la Torre de Londres. Por influencias de algunos familiares, y tal vez de la Reina, no llegó a pagar la multa y fue liberado después de unos pocos días en la prisión. Sin embargo, eso no impidió que perdiera todos sus cargos públicos y fuera expulsado de la corte.

Francis se sintió tan avergonzado con esta situación que hasta pensó en suicidarse. Estaba en el fondo del pozo y no había más esperanza. Aunque, quizá, la expulsión haya sido, en parte, la salvación de su carácter, pues fue a partir de ese escándalo que retornó a sus estudios y comenzó a escribir más profundamente acerca de Dios. Su tiempo ahora estaba, básicamente, dedicado a la filosofía y a la ciencia (actividad que lo volvió mucho más influyente que cuando tenía los títulos públicos regalados por la monarquía).

Bacon, el filósofo y el científico

El programa desarrollado por Bacon se llama “método inductivo de la investigación”. Él sugiere que un fenómeno natural, para ser científicamente comprobado, necesita suceder repetidas veces. De este modo, si en las repeticiones suceden los mismos resultados, entonces podemos decir que estamos delante de un descubrimiento científico. Supongamos, por ejemplo, que tú tomes hilos de cobre, oro, hierro y zinc y los utilices como conductores de energía. Tú repites eso varias veces y percibes que en todas ellas los hilos conducen bien la electricidad. Inmediatamente estás listo para realizar un pronunciamiento científico experimental: “Los metales son óptimos conductores de la electricidad”. Cualquier persona que lea tu conclusión podrá confirmar que aquello que afirmaste lo has hecho solo después de haberlo experimentado varias veces.

Cuando Bacon inició esas investigaciones, prácticamente le dio forma a una nueva filosofía llamada Empirismo. Tú, probablemente, ya has oído hablar de ella. Se trata de una doctrina que valoriza especialmente el conocimiento que viene de la experiencia práctica, es decir, que puede ser comprobado y repetido en un laboratorio. En este sentido, la idea de que el agua hierve a cien grados centígrados es más digna de crédito que la teoría de la Relatividad de Albert Einstein, pues la primera puede ser probada y comprobada varias veces, mientras que la segunda se basa solamente en una lógica que no puede ser evaluada a través un simple proceso de laboratorio.

Ese método propuesto por Bacon es utilizado, inclusive, por muchos científicos cristianos en el desarrollo de remedios (aun los naturales), de máquinas, de alimentos y para la fabricación de productos industriales. Sin embargo, debemos recordar que este proceso no puede ser considerado el único camino para descubrir la realidad. Dicho sea de paso, éste sirve solamente para algunos tipos de experimentos científicos. En áreas como la Historia, la Arqueología o la Paleontología, por ejemplo, se verifica que es imposible repetir el proceso que dio origen al petróleo o causó el fin de los dinosaurios. Y no podemos usar esto como argumento para decir que estas disciplinas son falsas o menos científicas que aquellas en la cuales es usada la repetición sistemática de un procedimiento químico.

Por lo tanto, debes saber que una cosa no se convierte en irreal solamente porque no puede ser empíricamente analizada. El amor, la paz y la comprensión son elementos reales que nadie, jamás, tocó o “analizó”. ¿Tú podrías decir cuál es el tamaño de la paz? ¿Qué color tiene la comprensión? O ¿cuál es el formato del amor? Solo puedes comprender estas realidades a través de tu relación con el prójimo y nunca por medio de un tubo de ensayo.

Lo mismo se puede decir de Dios. Él es el ser más real que existe en todo el universo. Pero no esperes poder analizarlo a través de un microscopio o cuantificarlo con cálculos matemáticos. Dios está por encima de todo eso. Su experiencia sucede dentro del corazón humano y cada persona puede experimentarla por la fe. Solamente hay que querer hacerlo.

¿Culpable o inocente?

La figura de Bacon fue juzgada de diferentes maneras por los historiadores de la Filosofía y de la Ciencia. Existieron algunos que afirmaron que su contribución para con la ciencia y el método científico no pasaba de ser meramente folclore, pues en nada ayudó a los avances tecnológicos ni siquiera los de su propia época. Herbert Marcuse llegó a declarar, en 1942, que la única contribución de Bacon fue la de ser un “alma maligna” de la ciencia moderna. Karl Popper, famoso científico austríaco, también descargó su golpe rebajando a Bacon a ser un pseudo-pensador que debería estar excluido del presente escenario científico.

Otros piensan en él como un incrédulo y materialista que convirtió a la naturaleza como un fin en sí mismo. Eso porque sostenía que el fin de la ciencia no era la contemplación de la naturaleza, sino el dominio de ella: “La naturaleza”, decía Bacon, “puede ser dominada, si la obedecemos”. Esto quiere decir que si conocemos las leyes que rigen los fenómenos y dejamos que ellos sucedan naturalmente, podremos utilizarlos en beneficio propio.

En razón de estos conceptos, Bacon fue considerado el promotor de una visión apuntada a la técnica de la naturaleza que acabó incentivando a los investigadores a desistir de cualquier responsabilidad con relación a los posibles resultados de sus descubrimientos. De hecho, muchos de los crímenes ecológicos son frutos de los experimentos que utilizaron el método científico de Bacon. Sin embargo, esto no nos autoriza a considerarlo responsable por tales excesos. De ser así, ¡tendríamos que responsabilizar a Dios por los horrores cometidos en nombre de la Biblia! ¿No te parece?

En 1988, varios especialistas que estudiaron la filosofía de Francis Bacon descartaron las críticas anteriores, que lo convertían en un investigador irresponsable y en un incrédulo. Los que lo siguieron pueden haber comprendido mal sus palabras, haciendo que se convirtiera en algo que jamás fue: un ateo materialista. Sus escritos filosóficos, sin embargo, demostraron otra realidad: la de un hombre profundamente prisionero de sus dramas existenciales y que tenía una gran sed de Dios.

¡Imagínate solamente el dilema emocional de ese hombre que, por cuestiones político-religiosas, nunca pudo abrazar a su verdadera madre! Y todavía más, si es verdad que era hijo de Elizabeth I, tenía derecho al trono, pero nunca pudo ser un rey. Fue por eso que atacó tan firmemente la ciencia que se hacía para agradar a los “reyes”, promoviendo, en su lugar, un método “neutro”, que solamente respetaba el curso normal de la propia naturaleza.

¿Y qué dijo con respecto a Dios? Primeramente, sería bueno recordar que sus anotaciones científicas aparecen, en diferentes ocasiones, mezcladas con pasajes bíblicos que él coloca, no por no contradecir a la Biblia, sino para enfatizar su filosofía científica. Fíjate lo que escribió: “Hay dos libros delante de nosotros listos para ser estudiados. Esos libros deben prevenirnos de incurrir en errores. El primero es la Escritura Sagrada, que revela la voluntad de Dios. El segundo es la Creación, que revela su poder”.

Francis Bacon murió el 9 de abril de 1626 debido a una neumonía que contrajo cuando, en un invierno riguroso, aprovechó para evaluar el proceso de conservación del hielo. De todo lo que escribió, tal vez podríamos quedarnos con este pensamiento que resume un excelente consejo para los jóvenes, científicos, laicos y estudiosos de otras áreas: “Yo estoy de acuerdo con que una filosofía mediocre puede llevar a la mente humana al ateísmo. Sin embargo, una filosofía profunda hará que su mente se vuelva hacia la religión”. Ahora responde por ti mismo: ¿Qué filosofía escoges tú para guiar tus pensamientos? ¿Profunda o mediocre? Tu comportamiento demuestra cuál de las dos escogiste.

Capítulo 4


Galileo Galilei

Galileo fue un hombre que vivió para descubrir cosas revolucionarias. Su nacimiento ocurrió el 15 de febrero de 1564 en Pisa, Italia (ciudad famosa por su torre inclinada). Su padre se llamaba Vicenzo Galilei y era músico, compositor y matemático. Su madre, Giulia Ammannati, era una cristiana devota que incentivó en gran manera la espiritualidad en la vida de sus hijos. Ambos ejercieron una influencia muy positiva en su genial hijo, que habría de ser el fundador de la física moderna.

La familia Galilei era pobre y Vicenzo enfrentaba muchas dificultades para criara sus siete hijos. Galileo era el mayor y, desde muy temprana edad, ayudaba a su padre a fin de sustentar a los otros hermanos. Sin embargo, nunca se le permitió abandonar los estudios por causa del trabajo o de las necesidades. La educación formal y religiosa de los hijos era una cuestión de prioridad para aquella familia que no escatimaba recursos para verlos bien encaminados.

Aún hoy, existen muchos padres que, a semejanza de la familia Galilei, se sacrifican bastante para mantener a los hijos en las escuelas cristianas, a fin de que puedan proporcionarles la educación necesaria, tanto para esta vida como para la eternidad. Pasan privaciones y dificultades, llegando a dejar de comprar cosas para sí, únicamente para pagar los libros y las mensualidades que suman una buena tajada de los rendimientos mensuales. Es una pena que también existan ciertos jóvenes que no valoren ese privilegio.

Pero ese no era el caso de Galileo. Él supo aprovechar muy bien las oportunidades que la vida le ofrecía. En la adolescencia, quedó fascinado por las artes y decidió que sería pintor, en vez de ser un matemático como su padre. Después, cambió de idea y resolvió que entraría en la orden de los jesuitas, donde seguiría la carrera de sacerdote.

El problema era que tenía apenas catorce años en esa época, y su padre ya había percibido que sus deseos eran propios de la edad, es decir poco duraderos, como paja en el fuego. Galileo era muy inconstante en decidirse por una carrera profesional. Un día quería una cosa y al día siguiente otra. Tú sabes cómo es eso; hay personas que son realmente indecisas. En el último año de la Educación Media, resulta común encontrar alumnos que no saben qué quieren cursar: Derecho, Física o Computación. Al final, terminan haciendo una carrera que no tiene nada que ver con ninguna de esas tres. ¡Así es la vida! Algunos están seguros de lo que quieren y otros son totalmente indecisos. Si tú eres uno de esos indecisos, no te desesperes. ¿Quién sabe? ¡Tal vez exista un genio como Galileo dentro de ti!

El Sr. Vicenzo intentó, entonces, escoger una carrera para su hijo. Insistió para que se convirtiera en un comerciante de telas (¡eso daba dinero en esa época!). La protesta de Galileo fue inmediata. Entonces su padre le propuso otra alternativa: ser médico. En la ausencia de algo más atractivo, aceptó cursar medicina.

Enfrentando la Universidad de Pisa

Con apenas 17 años, Galileo inició sus estudios en la Universidad de Pisa. Sus colegas, en esa época, le pusieron el sobrenombre de “discutidor” porque él vivía cuestionando y discutiendo todo aquello que sus profesores le decían, y todo lo que no estuviera basado en pruebas convincentes.

Después de algún tiempo, dejó la facultad de Medicina y terminó cambiando de carrera. Estudió Matemáticas y Ciencias. Sin embargo, en 1585, tuvo que dejar la facultad por falta de dinero. La rectoría acostumbraba ofrecer becas de estudios a los alumnos pobres que, como él, no tenían cómo costearse sus estudios. Pero como Galileo era considerado un “alborotador académico”, su nombre no fue ni siquiera considerado para el ofrecimiento de la beca escolar. Ellos parecían estar hasta satisfechos de no tener más a aquel joven contestatario entre sus estudiantes.

Lo que más ayudó a Galileo en esa época de humillación y sufrimiento fue la fe que su madre le había enseñado. Se aferró a Dios y lo convirtió en su profesor particular. Le pidió al Señor que lo iluminara y comenzó a estudiar solo. Además, daba clases particulares, a fin de solventar sus gastos en Pisa.

Enseñando Matemáticas

Hasta que un día, Guidobaldo del Monte, famoso profesor de Matemáticas, tanto en Pisa como en Padua, reconoció cuán brillante era Galilei y entonces intervino delante de la Universidad para que lo aceptaran, pero no como estudiante, sino como un académico. Fue una batalla que duró varios años. Finalmente, en 1589, la Facultad de Matemáticas lo aceptó como uno de sus profesores, cargo que ocupó durante cuatro años seguidos. Dicen que, cierta vez, Galileo casi perdió la cátedra de profesor, porque fue el único que tuvo la valentía de ser sincero y reprobar un trabajo mediocre que todos decían que estaba bien, solamente porque estaba hecho por el hijo único de un gran duque de la ciudad de Pisa.

Fue durante ese tiempo que Galileo inventó la balanza hidrostática y determinó el centro de gravedad de los sólidos. Tales descubrimientos le valieron, en 1592, la invitación a dar clases en la gran Universidad de Padua. Y, como no era tonto, aceptó rápidamente.

Galileo permaneció en Padua hasta 1610. En ese período, aprovechó para perfeccionar el telescopio y midió con él las montañas de la Luna. Describió los satélites de Júpiter, las fases de Venus, los anillos de Saturno, la rotación del Sol sobre su eje y otras cosas más. Él afirmó también que el peso de los objetos está determinado por la fuerza continua de atracción que ejerce el centro de la Tierra. Si estuviéramos en el vacío, la pluma de una gallina caería al suelo con la misma velocidad que un bloque de plomo, visto que no habría, allí, la resistencia del aire al pasaje de los objetos. Tres siglos y medio después, los astronautas estadounidenses pisaron la luna y corroboraron lo que Galileo había dicho. ¡Una vez más se confirmó que el italiano estaba en lo cierto!

Como profesor, Galileo era muy respetado por los alumnos que amaban la versatilidad de sus clases. Mientras que la mayoría de los académicos “enclaustraba” a los estudiantes en las aulas con tediosas exposiciones orales, él prefería salir al campo con sus alumnos para presentar, en medio de la naturaleza, la coherencia de las leyes que enunciaba.

En una innovadora manera de enseñar, llevó a sus alumnos hasta la torre de Pisa, y les mostró un ladrillo entero y otro partido al medio. “Si yo tirara estos ladrillos desde arriba de la torre”, dijo él, “¿cuál llegará primero?” Todos dijeron que sería el ladrillo entero, pues era más pesado que el segundo. “¿Será así?”, interrogó Galileo con una sonrisa. “Sin embargo, yo apuesto a que ustedes están equivocados. Ambos llegarán al mismo tiempo”. Dicen que algunos profesores que estaban presentes también discreparon con él.

Sin demorarse, Galileo subió a la cima de la torre y dejó caer los dos ladrillos. Ambos cayeron a la misma velocidad y llegaron juntos al suelo. Delante de la perplejidad de todos, Galileo aprovechó para enseñarles la temática de la resistencia del aire sobre los objetos que ya mencionamos anteriormente. Los alumnos, lógicamente, vibraron con la demostración, pero algunos profesores estaban envidiosos con su popularidad y comenzaron a conspirar en su contra, tal como le sucedió a Daniel en la corte del rey Darío (lee después esta historia de Daniel 6).

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9789877983395
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