Читать книгу: «Gente Común»


| FLUXÁ, RODRIGOGENTE COMÚN Una historia oral de la Blondie / Rodrigo FluxáSantiago de Chile: Catalonia, Periodismo UDP, 2022196 pp. 15 x 23 cmISBN: 978-956-324-933-0periodismo de investigación CH 070.40.72 |
Este libro forma parte de la colección de periodismo de investigación desarrollada al alero del Centro de Investigación y Proyectos Periodísticos (CIP) de la Facultad de Comunicación y Letras UDP.
Diseño de portada: Trinidad Justiniano
Fotografía de portada: Andrew Meriño, Retrato de Yatra en Blondie (2015)
Edición periodística: Andrea Insunza y Javier Ortega
Edición de textos: Andrea Palet
Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco
Composición: Salgó Ltda.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com
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Primera edición: marzo, 2022
ISBN impreso: 978-956-324-933-0
ISBN epub: 978-956-324-934-7
RPI: Código de solicitud zf1srw (7/3/2022)
© Rodrigo Fluxá, 2022
© Catalonia Ltda., 2022
Santa Isabel 1235, Providencia
Santiago de Chile
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Mis-shapes, mistakes, misfits
Raised on a diet of broken biscuits,
We don’t look the same as you
And we don’t do the things you do
But we live around here, too, oh really.
“Mis-Shapes”, Pulp
1995
Introducción
A principios de los 90, luego de 17 años de dictadura, Chile seguía siendo un país reprimido y opaco, con jóvenes detenidos y golpeados por verse diferentes, bandas extranjeras de heavy metal vetadas por “satánicas” y una elite católica en guardia contra todo atisbo de “crisis moral”. A pesar de que se preveía un destape, una liberación de las costumbres similar a la movida española posfranquista, la vida nocturna en Santiago era escasa y desarticulada. Con Pinochet vivo y tutelando la transición, no había indicios de que eso fuera a cambiar pronto.
Pero en 1993, en Santiago, los caminos de un dueño de toples, un trabajador de la construcción, un tímido joven de provincias y un diyéi recién salido del servicio militar azarosamente se cruzaron en un subsuelo de la Alameda, cerca de Estación Central. Así nació la Blondie, la discoteca que inauguró en Chile un concepto tan simple como efectivo: lo que en verdad importa es lo que tú elijas ser, da lo mismo quién seas o de dónde vengas. El local se llenó de jóvenes vestidos de negro, freaks con sombreros de copa, viudas de funeraria, novias con bototos y lágrimas pintadas de negro. Lejos del glamour elitista del circuito artístico tradicional, la Blondie congregó a gente común que cada fin de semana se vestía rarísimo para escenificar su propio destape personal. Punkies, tecnos, new wave, thrashers, góticos, transformistas. Todos juntos, libres y mezclados en un solo lugar.
Los editores
Arturo Fuenzalida, DJ. Antes que nada te voy a decir una hueá: la Blondie no fue planeada, fue una casualidad. Y el hueón que te diga lo contrario está mintiendo. Tráemelo acá y le voy a decir lo mismo: hueón, estái mintiendo.
René Sánchez padre. Mire, para ser sincero, yo quería darme un gustito: poner una salsoteca. Tenía ese sueño. ¿Sabe qué grupo me hubiese gustado que sonara en la Blondie? Banda Blanca. Los de “Sopa de caracol”. ¿La conoce?
Zdenka Mrksa, asistente habitual. Es una historia larga. ¿Tienes tiempo?
Arturo Fuenzalida, DJ. Soy diyéi, soy músico, soy papá, soy abuelo, no sé qué chucha soy ya. Mi cerebro funciona en mil direcciones, pero llega un momento en que el chip se te llena, ¿cachái? Cuando ya tenís tanta información que se te llena la hueá no más. Yo me acuerdo de mil cosas al mismo tiempo, tengo esa capacidad: veo una película y memorizo los guiones mientras la veo, se me graban. No creo que me dé alzhéimer. ¡No, espera! Yo creo que sí me va a dar alzhéimer. Así que voy a ir dándote esta información, porque se me va a llenar el disco duro en cualquier momento. Es importante que todo esto se sepa: siempre como que lo alternativo es medio ABC1, pero la Blondie no. A la Blondie llegó el perraje.
Eduardo Ábalos, productor. Me cuesta mucho hablar de mí, no como a otros.
Arturo Fuenzalida, DJ. Yo nací especial, nadie me hizo especial. Esos hueones que iban todas las noches diciendo ay, Depeche Mode, ay, The Cure me cambió la vida. Yo no, po: yo nací especial. Me gustaría decirte por qué soy así, pero no sé. Soy distinto. Soy una especie de semidiós.
Rodrigo Mendoza, DJ. Arturo es bien esquizoide.
Alejandra Díaz, asistente habitual. Tiene más historias que Matusalén.
Arturo Fuenzalida, DJ. Yo de chico era medio tonto; no terminé el cuarto medio cuando correspondía. Mi hermano y mi hermana se metieron a estudiar a la Escuela de Contadores, cabezas de ingenieros. Yo me metí también, pero me fue como el pico, porque tengo cabeza de artista, soy especial. Pero en ese entonces llegué a pensar que era tonto, hasta que me di cuenta que no, que no era cuadrado. Y en el gobierno militar los hueones de los colegios eran todos cuadrados también, entonces si érai un poquito distinto te echaban.
Rodrigo Mendoza, DJ. Lo he visto meterse nueve líneas seguidas.
Arturo Fuenzalida, DJ. La cosa es que estaba viendo en la tele a La Banda del Pequeño Vicio. ¿Los cachái? ¿No? ¿Y los KK Urbana? No hueís, po.
Ariel Núñez, productor. Arturo te testea todo el rato, te va midiendo, para ver cómo tratarte.
Arturo Fuenzalida, DJ. Bueno, filo, estaba viendo tele y parto a Chucre Manzur, a unas bodegas peladas, que no sé qué hueá serán ahora. Debo haber tenido quince años. Yo soy del 72: era chico, pero nací especial. Yo escuchaba el “Viva Chile” de los Electrodomésticos y se me paraban los pelos. Y los otros huevas, métale Soda Stereo. Ya, Chucre Manzur: llegué y me sentí en otro mundo. Empecé a cachar que la movida era en Plaza Italia. Ahí estaban los punks y los new wave. Yo entonces me empecé a juntar con los new wave, pero no podía estar con ellos mucho rato porque los encontraba muy ahueonaos y me iba con los punks, pero ahí el ahueonao era yo. ¿Cachái la hueá compleja? Mis amigos me dicen: Arturo, tú eres demasiado bueno para ser punk, demasiado malo para ser new wave. Pero hueón sí que no soy, nunca me pasái por hueón. Es bueno que tengái eso claro. Tengo cualquier anécdota. Con jale y cerveza te las hago todas: te canto, te bailo.
Déborah Palma, asistente habitual. La Blondie está llena de personajes raros. La persona más normal que va a aparecer soy yo. Y hasta por ahí no más.
Extracto de “Noches en Blondie” (inédito)
Nuestro país siempre atento a la moda, la vanguardia y por supuesto a la música como un ente tranquilizador de almas. Se puede hacer toda una cátedra con la historia de la música, pero vamos a enfocar estas páginas a la música y los cambios que han acontecido: después de un período de dictadura, un país joven, que vivió tiempos oscuros, ha podido salir adelante a través de la música.
Arturo Fuenzalida, DJ. Siempre andaba con un casetito, hacía compilados y los ponía en la Plaza Italia: Electrodomésticos, La Banda del Pequeño Vicio, Talking Heads, Human League. Y los hueones decían: puta la hueá buena. Ahí empecé a poner música, porque hay gente que está predestinada a algo, yo estaba predestinado a eso. Y Daniel igual.
Daniel Sánchez, dueño. Crecí en el sur, en San Carlos, camino a San Fabián. Mi niñez fue una etapa muy bonita de la vida. Mucha montaña, naturaleza.
Arturo Fuenzalida, DJ. Daniel es un huaso de fundo. Pero huaso huaso: al hueón no le gusta hablar, no le gusta que le hablen, no le gusta que le den la lata.
Daniel Sánchez, dueño. Estuve en un grupo de scouts. Nos íbamos a acampar al cerro. Terminé el cuarto medio y me puse a estudiar Agronomía en la Universidad del Bío-Bío, en Chillán. Nada que ver con la Blondie, pero me gustaba el campo. Hice la práctica en Rancagua, en un fundo, y empecé a tener contacto más cercano con Santiago. Me venía los fines de semana a Santiago, cuando mi papá estaba empezando en la noche. ¿Lo conociste?
René Sánchez padre. Mire, Corral en mis años era un puerto, ahora ya no es, después del terremoto del 60 se embancó. La cosa es que había un cura que tenía un colegio allá y nos hacía correr arriba de un cerco de madera, pisando tabla por tabla, como ejercicio, pero sucede que una de esas tablas estaba medio resbalosa por el moho que se forma en el sur, y entonces me resbalé y me caí con todo el peso en la espalda. Mi papá y mi mamá eran de otra época. Dijeron qué tanto alboroto, levántese, pero estuve como tres años entre el hospital y la casa, pacá, pallá, pacá, pallá, tratando de estabilizar el hueso de la cadera. Una odisea que ni le cuento. Haber sido un niño postrado me ayudó bastante con el tema del tesón. Como todo niño limitado como fui yo, tuve una cualidad extra. Veo una cosa, me obsesiono y le hago empeño.
Arturo Fuenzalida, DJ. La Blondie siempre ha sido de don René. Eso para que entendái.
René Sánchez padre. En Corral se trabajaba con el sistema de pulpería que se daba antiguamente: a mi papá le pagaban por una libreta y se descontaba a fin de mes. Era difícil surgir, así que nos vinimos a Santiago y mi mamá me metió a trabajar al hotel Crillón, a los dieciséis años. ¡Y fue lo mejor que pudo haber hecho mi mamá, compadre! Porque no éramos de plata y no iba a tener chance en la universidad. Partí en la guardarropía, pero el recepcionista de noche de los sábados trabajaba en paralelo como controlador aéreo, así que, ¿adivine quién se metió a reemplazarlo? Renecito, pues. Eso fue el 56 y para el mundial del 62 ya estaba en la recepción del hotel, con veintidós años. En ese tiempo escribía cuarenta palabras por minuto en la máquina, así que me hacían chupete. ¡Qué tiempos eran! Yo les cuento a mis amigos que el garzón tenía que servir con guante blanco y que el ayudante de cocina no podía entrar al comedor, tenía que dejar la bandeja en la entrada de la puerta, para que no se impregnara el olor a la cocina. ¡Una escuela que ya no se ve! Ni en los mejores restoranes pasa eso ahora, es todo al cuete. La otra vez en el Bar Nacional pasó uno de la cocina con la bolsa de la basura entre medio de los clientes. ¡Imagínese! Hasta dónde hemos llegado. Toda esa experiencia me enseñó mucho, me elevó altiro el nivel.
Javier Sepúlveda, sonidista. El caballero es un capo: tuvo toples.
René Sánchez padre. Estuve trabajando en el Sheraton, con jóvenes más preparados, que hablaban idiomas, más inteligentes que yo, pero mucho menos intrépidos. Yo ahorré mi platita en el hotel hasta que compré una fuente de soda chiquitita en Rosas con Cumming. Había un taller de frenos al lado y los cabros que trabajaban ahí almorzaban en el local; era platita segura que me caía. Después me empezaron a decir “tráigase una botellita de chambré para las tardes”, y ahí se las tenía yo, en un balde, al atardecer. Acompáñenos, me decían, y yo me sentaba con ellos. ¡Qué huevada más bonita! Si yo hubiese sido un gallo menos inquieto me quedaba ahí, tranquilito, pero mi obsesión era tener un teatro, no sé por qué, yo sentía que había nacido para eso. Un día un cliente me dijo: “¿Sabe?, hay un caballero multimillonario que tiene cuatro teatros en Santiago, botados: el Esmeralda, el Coliseo, el O’Higgins y el Carrera”. Fui a ver a este caballero, que vivía en una mansión en Los Leones; tenía estatuas de mármol, era una mansión de categoría. Me mostró el Teatro Carrera, que llevaba siete años botado. Dije: tiene que ser mío. Vendí mi auto, la fuente de soda y me metí; yo era muy intrépido, ¿no le digo? Me lo arrendaron a doscientas lucas al mes. Imagínese, arriesgué todo sin saber qué iba a pasar. Mi familia decía que el René se había vuelto loco, porque estaba casado y con cabros chicos. ¡Ah, el Carrera! El Carrera fue una hueá fantástica.
Arturo Fuenzalida, DJ. El Carrera era una hueá ordinaria, pero ordinaria poblacional. Otro día te voy a contar. La hueá es que en esos años tampoco había muchas chances de salir si te gustaba la música que nos gustaba. Era otra época, el gobierno militar. Yo les tenía miedo a los pacos. Miraba un paco y lloraba: sabía que me iban a venir a huevear. Caí dos veces y no es ninguna gracia que te agarren a palos en la cabeza. Los hueones veían en la calle a alguien que no era común, un hueón con aro, y padentro. Te sacaban la chucha. Era heavy. Los pendejos de ahora no entienden: bastaba que andaras con bototos y te hueveaban, porque estabas fuera del límite de lo aceptable. El abuso de poder era a todos. Los punkis sufrieron, los thrashers sufrieron, los hippies sufrieron. Era estresante la hueá. En Plaza Italia teníai que andar mirando pa todos lados. Te relajábai y llegaban los karatecas culiaos, enfermos, que venían a pegarles también a otros hueones. En el fondo, necesitábamos un lugar donde estar tranquilos.
Silvio Paredes, músico. Pasaba eso. Yo, por ejemplo, no hablaba con alguna gente solo porque escuchaban otro tipo de música. Muy huevón, pero así era; así de cortada estaba la relación social. Es como ser hincha de Colo-Colo y la U y odiarse. La dictadura te empujaba a esa radicalidad.
Omar Debía, asistente habitual. Yo mismo les pegaba a los cabros a los que les gustaba Depeche Mode: nos molestaba que usaran bototos, porque los bototos eran para nosotros, no para ellos. Se los robábamos y les pegábamos, porque así habíamos crecido, en esa violencia. Nos costó sacarnos esa mentalidad. Porque la verdad es que si un cabro quiere ponerse bototos y andar con un mojón colgando, déjenlo: ya estábamos en democracia.
Arturo Fuenzalida, DJ. ¿En qué estábamos? Ah, los KK Urbana. Estaba con uno de estos hueones en la Plaza Italia y llegan dos, tres micros de pacos civiles y empiezan a pescar a todos los hueones padentro: punks, new waves, todos. Y yo veo a una mina de unos veinticinco años asustada, voy hacia ella, la agarro, la abrazo y le digo “camina”. Y me voy con ella derecho hacia los pacos; instrucción militar, po, hueón. Si tengo un don, siempre he tenido un don. ¿Qué? Sipo, hice el servicio militar. Mi papá era restaurador de marcos antiguos, entonces siempre tuve milicos metidos en la casa, pero por esa cosa del arte. Los milicos ahí, tomando whisky a las cuatro de la tarde, mientras mi papá trabajaba en los cuadros. Y yo, pendejo, decía: ¿cómo pueden estar tomando a las cuatro de tarde? Ahora entiendo que estaban todos duros. La hueá es que me desaparecí un año entero.
Déborah Palma, asistente habitual. Es muy freak ese hueón; contesta el teléfono solo si lo llamas a las nueve en punto de la mañana. A ninguna hora más.
Arturo Fuenzalida, DJ. Hice el servicio en la Escuela de Infantería en San Bernardo. Lo pasé mal y bien, pero de que era traumática, era traumática la hueá. Te hacían milico en tres semanas, a puras patadas y combos. En el fondo no tenías acceso a ser tú. Pero, puta, me dejó a otro nivel, porque estoy a otro nivel. ¿Por qué te estaba contando esto? Ah, entonces estaba la mina en Plaza Italia, los pacos encima. Yo tomo a la mina y le digo camina, conchatumare y los pacos se empiezan a abrir, lo único que faltó es que me saludaran los culiaos. Atravesamos Plaza Italia y nos salvamos. Al otro día llega esta mina con el Buitre, un punk al que todos le tenían miedo. El hueón viene hacia mí, me da la mano y me dice: “Desde ahora en adelante, hueón que te toque me decís nomás”. Y ya nadie me tocó más, po. Pa que veái cómo soy yo: no ando calculando como todos estos otros ahueonaos que siempre andan viendo cómo ganar, todos esos chuchasumadres que se las dan de alternativos, diyéis pencas aparecidos que en su vida han tenido un disco decente como los que tenía Arturito. La Blondie la armamos los que la armamos. Puta que tengo bronca: ¡egocéntricos culiaos, a quién le hai ganado voh, hueón! ¿Fuman acá? ¿Queman? Espérate que tengo acá unos cigarros, unos petardos, unos Fox, los matamosquitos.
Extracto de “Noches en Blondie” (inédito)
Chile, país de cambios, desastres naturales y sucesos que han marcado la historia y aquellos quienes realmente quedan dispersos sicológicamente son los jóvenes, evolucionan a medida que pasa el tiempo, la tecnología ha ayudado en este proceso, pero también ha hecho que la gente sea más dependiente, llegando al extremo de no pensar.
Arturo Fuenzalida, DJ. Yo estaba en el servicio y me arrancaba a todas esas hueás culturales que salieron después del 90. Me arranqué a ver a los Ramones. Me arranqué a Estación Mapocho a ver a los Fiskales. Puta, me acuerdo que vi a los Profetas, a Lucybell. Los veía y decía qué hueá, qué chucha todo esto, porque estaba en el servicio, encerrado. Y ahí empecé a ver al Marino. Lo conocía de Plaza Italia. Era new wave y le gustaba vestirse de marinero al hueón, por eso le decían Marino. Puta, creo.
Eduardo Ábalos, Marino. Yo tenía tres años cuando mi papá se fue de la casa, el 74; él tenía otra pareja. Recuerdo muy pocas pascuas con él, ninguna en verdad. Y la imagen paterna que tenía era mi tío, que era marino. Él vivía en Valparaíso, a veces en Talcahuano, y nos venía a ver a Santiago.
María Elena Ábalos, hermana de Marino. Vivíamos en una toma de El Salto, un lugar muy politizado, sufríamos mucha violencia por ser hijos de paco; nos entraban a robar seguido. Le decían a mi mamá “te vamos a maltratar por ser familia de paco” y eso que mi papá ya se había ido. Una vez alguien quiso hacernos daño como familia y este tío se encargó de dar justicia. De ahí la admiración de mi hermano.
Eduardo Ábalos, Marino. En una de esas veces que vino mi tío me regaló una chaqueta de marino que había dado de baja. Acuérdate que en esos años estaba de moda Chanel, así que le cambié los botones, me compré un gorro, un pedazo de tela a rayas azul con blanco y me hice un polerón. La gente me empezó a llamar Marino.
Carlos Toledo, DJ. Se podría decir que Marino era una especie de cosmopolita dentro del ambiente. Convivía con los skinheads, con los punkis, con los tecno, con los new wave, con los artesa, con todos. Él era el nexo que unía todos los grupos.
Omar Debía, asistente habitual. Fue una cosa consciente de él agrupar estos grupos de pertenencia, quería encausar todo eso que estaba pasando.
Arturo Fuenzalida, DJ. Le tengo buena a ese hueón de Marino, pero está completamente loco. Chalado. Ten en cuenta eso cuando hables con él.
Eduardo Ábalos, Marino. A mi mamá le había tocado duro. Mi abuela y mi abuelo trabajaban en una casa de un pintor del barrio alto. Él se metió con mi abuela, que quedó embarazada y tuvo que irse de ahí. Nunca reconocieron a mi mamá, no le dieron el apellido. Ella tenía dotes artísticas, pero a su mamá le daba rabia, le recordaba lo que había pasado. Así que se dedicó a arreglar ropa no más. Y se casó con mi papá, que era carabinero. Él la aceptó.
Hugo Cárdenas, barman. Yo en mi preadolescencia fui punketa y era vecino del Marino. Su mamá era la que nos hacía los uniformes a todos los cabros de la cuadra. En ese tiempo le decían, despectivamente, “la costurera del barrio”. La imagen que tengo del Marino es de cuando íbamos a buscar los uniformes a su casa y él, chico, enano, se estaba cocinando unos huevos arriba de un banco. ¿Cachái o no? Cuando salíamos mi mamá me decía “voh no te dai cuenta que tenís de todo”. Vivían con muchas carencias.
María Elena Ábalos. Mi mamá se amanecía cosiendo, no comía, pasaba hambre para poder alargarnos la tarde con un yogur. Mi hermano estuvo en una caja de tomates en vez de cuna.
Eduardo Ábalos, Marino. Yo estudié en un colegio industrial de la Cámara Chilena de la Construcción, en Recoleta. Fue buena escuela; aprendí a hacer muebles y a trabajar en la construcción. Teníamos que hacer todo solitos. Te digo todo: los baños los limpiábamos nosotros mismos. No lo digo para quejarme, los teníamos impecables.
Arturo Fuenzalida, DJ. Te voy a contar una cosa: Marino no sabe escribir bien. Le iba como las huevas en el colegio. Pasaba los cursos porque era el hueón al que mandaban a conseguir material para que los compañeros trabajaran. Era muy bueno haciendo relaciones públicas. Marino tiene ese don, de conseguirse hueás.
Eduardo Ábalos, Marino. Entre el 88 y el 89 trabajé como empleado de la construcción en edificios, como pulidor, sacándome la chucha, con el resto de los obreros. Ahí aprendí disciplina: levantarse a las seis de la mañana, cagado de frío, viendo a los viejos con el chuzo y el combo.
Fortunato Morales, exfutbolista. ¿De la Blondie me dice que es el libro? No entiendo.
Eduardo Ábalos, Marino. Trabajando en la construcción me empezó a dar vuelta una pregunta: ¿por qué todo tenía que ser tan feo? ¿Por qué tenía que ser feo si podía ser lindo? Un día llegaron a pedir profesionales del instituto para trabajar en el circo Las Vegas. Yo no tenía título, pero fui igual: necesitaban doce, pero dos no llegaron y entré. Al final quedamos cuatro en el circo. Hacía de todo: cortaba entradas, los vales, ubicaba a la gente. Fui ascendiendo, terminé haciendo caja. Con eso iba ayudando en la casa.
Claudio Larach, asistente habitual. Marino era como mi hermano, lo conozco mejor que nadie.
Eduardo Ábalos, Marino. Me gustaba el new wave y la música punk, si se puede decir. Escuchaba La Polla Records, por ejemplo, pero nunca fui de la onda de quedarme en las esquinas, sentado; me aburría, siempre fui demasiado inquieto. Cumplí la mayoría de edad con el paso a la democracia. Fui a las marchas del No, fui voluntario. Y un poco antes de eso empecé a ir a fiestas, pero costaba un mundo hacerlas: siempre llegaban los carabineros. No había un lugar fijo para carretear. Unos iban a la Neo que quedaba en la Plaza San Enrique, pero quedaba muy arriba, era muy cuica.
Hugo Chávez, dueño de la disquería Background. Me vine de Londres el noventa y acá no había casi nada. Me acuerdo de haber ido con Silvio Paredes a unas fiestas Barracuda en la Loft: era gente universitaria. Más que eso: gente intelectual. Es todo un continuo porque a las fiestas Spandex podía entrar el que quisiese, estábamos en democracia, pero eran fiestas de intelectuales para intelectuales. Era la continuación del Trolley, en Matucana, donde se supone que era más mezclada la cosa, pero para qué andamos con cosas: también era de intelectuales para intelectuales.
Extracto de “Noches en Blondie” (inédito)
Para aquel entonces, las fiestas se hacían en casas particulares, se daban el dato de fiesta y llegaba mucha gente de distintos lugares; un compañero invitaba al amigo, este llevaba a otro y así sucesivamente. Pero las discos comenzaron a dominar, atraen a la gente, también porque los padres no dejaban hacer más fiestas, las locuras con el alcohol comenzaron a sobrepasar los límites, así que se necesitaron otros lugares donde expresar sus emociones y bailar. La era de las discoteques comienza, empezaron a arrasar en la ciudad, jóvenes con diferentes estilos, chicas producidas, había una disco en cada población.
Arturo Fuenzalida, DJ. Yo no me doy con cualquiera, no soy sociable. No soy buena onda, soy súper mala onda, pero cuando me caís bien, cagaste, te voy a dar jugo, te voy a huevear hasta que me den ganas, ¿cachái? Cagaste. Entonces, claro, yo fui a las Spandex. Ahí llegaba mucho snob, estos hueones que se creen del arte, que son pintores y pintan puras hueás. Puta, yo como nací especial, soy súper tomado al arte, sé cuándo el hueón es bueno. Y sé cuándo un hueón es un farsante. Vi cuadros culiaos gigantescos de Bernardo O’Higgins que se demoraban un año en terminarlos. Vi a surrealistas chilenos. Tenía diez años y mi papá me los ponía al frente y me decía “estos cuadros se ven de lejos”. Y mi mente decía: ohhhh, conchasumadre. Entonces no me pasái por hueón, te dije, ninguno de esos hueones de la Spandex, los “artistas”, me pasaba por hueón. Yo andaba en otra, po, andaba mirando, observando.
Patricio Soto, DJ. Las Spandex eran como una alfombra roja, como que la gente de las artes se iba a mostrar.
Silvio Paredes, músico. La Spandex era de mostrar la individualidad. La Blondie siempre tuvo la gracia de ser una experiencia colectiva, anónima.
Eduardo Ábalos, Marino. A principios de los noventa la marca Spandex estaba arrendada a otra gente y me llamaron como asistente de producción; hacía de todo, primero en llegar y último en irme. Así que el que las armaba me encargó una misión: venía un equipo de la BBC a Santiago para ver si acá se iba a armar algo parecido a la movida española tras volver a la democracia. Y bueno, los llevo a las Spandex, y cuando estaban terminando de grabar me pongo a pensar y le digo a la corresponsal de la BBC: “Igual Chile no es como la Spandex, Chile es muy distinto”. Me quedan mirando y entonces los llevo a hacer un tour por el Santiago que nunca salía en las noticias, por fiestas muy comunes, flaites, que mostraban mejor lo que pasaba acá. Fuimos por 10 de Julio, Recoleta, Gran Avenida. Por eso cuando dicen que las Spandex es el germen de la Blondie, les digo que no. Las Spandex eran para un grupo de gente particular, gay básicamente, una parada muy Studio 54, glamour. Yo quería otra cosa.
Claudio Larach, asistente habitual. Un día estaba afuera del Carrera, chupando, haciendo nada, dando jugo con mi mohicano, y llega una mina. Yo le machetié para tomarme un copete, porque era muy barsa en ese tiempo, y empezamos a conversar. Me dice: “Oye, yo soy periodista de Canal 13, nos interesaría hacer algo sobre los punks. ¿Me puedes dar tu teléfono?”. Yo se lo di, total. Después me preguntó si conocía a alguien más de la onda. Yo le dije que sí, que al Marino.
Arturo Fuenzalida, DJ. En paralelo ese hueón de Marino, que está completamente loco, ya te dije, pero completamente loco, empezó haciendo fiestas.
Guido Gutiérrez, asistente habitual. Mi casa en esos años era un polo de revolución cultural. Una vez invitamos a Manu Chao, lo grabamos. Cuento corto, un día Marino aparece en mi casa: “Oye, quiero hacer una fiesta de música alternativa con los discos que tú tenís, ¿me podís ayudar?”. Este loco organizaba fiestas donde pudiera. Me acuerdo que hizo una en el Charly, un local en Recoleta que quedaba a unas cuadras de la Vega.
Eduardo Ábalos, Marino. Yo ya había dejado la construcción y me gasté quinientas lucas de la época: pinté lienzos en la calle tipo Brigada Chacón que decían: Fiesta Alternativa. Salí para atrás, perdí plata: no tenía gente que atendiera, no sabía qué tomaba la gente. Pero justo para esa fiesta llegaron de Sábados Gigantes, como para ver gente rara: punks y new waves.
Claudio Larach, asistente habitual. Grabaron adentro de la fiesta, después fueron a mi casa, hablaron con mi mamá, toda la hueá, porque yo siempre he sido muy abierto. El resto de la entrevista iba a ser en el set, con Don Francisco. La hueá, viéndolo hoy, no tiene ni pies ni cabeza. Me acuerdo que me agarré con un productor ese día, no sé por qué atado. Casi no grabamos. Sentía que nos estaban pasando por arriba, pero ni me acuerdo por qué.
Don Francisco, Sábados Gigantes, 1993
Un mundo mejor a su manera es el que buscan raperos, tecnos y punks, pero que existen, son parte de la juventud chilena y ven la vida desde un prisma muy especial.
Guido Gutiérrez, asistente habitual. Sábados Gigantes era la ventana a la cultura en esa época: aunque suene raro, no había más. El punk, por ejemplo, entró por Baila Conmigo, un programa de concursos de Juan La Rivera. Salió un tipo vestido lleno de alfileres, lo mostraban como un freak y le preguntaban: “¿Cuál es tu tendencia?”. “Punk”. Eso un domingo, y el lunes ya todos vestidos iguales en Plaza Italia.
Sábados Gigantes, 1993
Don Francisco: Bueno, y hoy día hemos invitado a nuestro estudio a Claudio, un punk. Ahí lo ven. Eduardo Ábalos, conocido como el Marino, del grupo tecno o dark, los que se visten de negro. Claudio [Larach], ¿tú desde cuando eres punk?
Larach: De los 14 años.
Don Francisco: ¿Por qué elegiste esta cosa tan rara?
Larach: Principalmente porque lo que no encontré en la casa lo encontré con amigos.
Don Francisco: ¿Y qué te faltó en la casa?
Larach: Yo creo que un poco de amistad y comprensión: ellos sí me escucharon.
Don Francisco: ¿Piensas seguir con esto eternamente?
Larach: Mucho en el futuro no pienso.
Claudio Larach, asistente habitual. Nunca pensé que esa entrevista podía molestarle a alguien. Es que no tengo esa cabeza, no tengo esa maldad.
Sábados Gigantes, 1993
Don Francisco: Marino, ¿cuál es la diferencia de los punks con ustedes los darks?
Marino: Los tecno.
Don Francisco: ¿Los tecno? Pero aquí pusieron dark…
Marino: Ska o dark podría ser, pero tecno diría yo mejor.
Don Francisco: ¿Cuál es la diferencia entonces?
Marino: Después de lo que surgió en los conflictos de las guerras mundiales en Inglaterra, y aparte los sellos discográficos que no les daban cabida a ciertos grupos y tendencias y hubo una rebelión contra eso.
Don Francisco: ¿Pero cómo? ¿Ustedes están así por las guerras mundiales y allá en Inglaterra me dicen que están así por el smog chileno? Están cambiados.
Marino: No, no, no, la tendencia que se vive acá es diferente. Acá tenemos otros problemas.
Eduardo Ábalos, Marino. La cosa es que un grupo de punks del 25 de Gran Avenida se enojaron con la entrevista, porque para ellos si un punki salía en Sábados Gigantes era un punki al peo. Y el Larach fue semanas después a un concierto y se encontró con ellos.
Claudio Larach, asistente habitual. Fue en Serrano 444. Yo andaba con un piño, que justo salió a comprar copete. Entonces la parte de delante de la tocata se abrió, así como un abanico, y se me vinieron encima todos los hueones. Yo alcancé a sacarme el cinturón, que tenía una cadena en la punta, pero me masacraron. Un cabro, al que le decían Juanca, me apuñaló en el pulmón. Me llevaron muriendo al hospital.
Carlos Toledo, DJ. Fue heavy. Pasó un poco el tiempo y Larach se hizo electrónico, bailaba con plataformas y pantalones plateados arriba de los cubos, ¿cachái? De repente, pum, desapareció. Y no apareció más. Eso pasa en la Blondie: veís gente por años todos los fines de semana y después se los traga la tierra.
Claudio Larach, asistente habitual. Agarré toda la movida de la electrónica en Chile, los comienzos. Me fui a España, a Barcelona, viví en la calle, fui okupa, me tomé un edificio. Volví, gané mucha plata, me metí demasiadas drogas, me fui al chancho, casi me morí y ahora vivo en la cordillera, de Linares hacia adentro, sin internet, sin tele, al borde de un río, cultivando mi lado espiritual.
Arturo Fuenzalida, DJ. Puta, yo en cambio, después del servicio pasaba encerrado en la casa porque salí medio desconectado. Si es rara la situación igual: muchos quedan cagados, como que perdís un poco la inocencia rica de niño después de haber disparado un arma. Bueno, Marino, que estaba trabajando en la Melody –puta la disco punchi punchi, flaite, para qué andamos con huevadas–, me dice “tenís la media pinta, quédate acá en la entrada”. Yo andaba con pantalones de cuero, era delgadito, alto. La hueá es que me ponía en la puerta y parecía un militar culiao... Quiero un cenicero. ¿Es un cenicero esa hueá? Un día, año 93, no sé qué hueá pasó con los equipos de la Melody y el dueño me dice “oye, ponte algo”. Te estoy hablando de una época que se ponía música con dos equipos, con casetera. Entonces estaba sonando Michael Jackson y yo justo meto Ace of Base y la discoteque: “Ohhhhhh”. Quedó la cagada. Fue mi primera vez. Nunca pensé que iba a ser diyéi, no como la mayoría, que quieren serlo por la fama. La palabra diyéi es súper fuerte, es súper linda, súper egocéntrica. Están en el negocio de la imagen esos hueones, no de la música. Venden cómo se ven. Arturo no, po.
Eduardo Ábalos, Marino. El Arturo me recuerda a Emilio Antilef, el niño poeta. Es buena persona, no es arrogante.
Arturo Fuenzalida, DJ. A los matrimonios a mí nadie me invita, ni a la comida, porque los hueones saben que soy un elemento distractor, ¿cómo te explico? Un punto de atracción. Yo trato de pasar piola, bajar la cabeza. Pero después se dan cuenta de que uno es diyéi y termina pinchando con la más rica. Tenía atados. La novia me termina mirando más a mí que al hueón con que se va a casar. Mira cómo como, cómo fumo, ¿cachái? Por esto trato de no lucirme mucho.
Eduardo Ábalos, Marino. Es una persona muy noble. No te miente nunca.
Arturo Fuenzalida, DJ. Marino es un demente. ¿Te contó que fue go-go dancer? Es muy rara esa hueá. ¿Te contó?
Eduardo Ábalos, Marino. Una vez estaba en el Teatro Esmeralda y conocí a un diyéi que me llevó a audicionar para go-go dancer en la Loft, que era como se llamaba la Búnker en ese tiempo, en Bombero Núñez.
Juan Luis Salinas, periodista. Le da vergüenza. Hay un trauma ahí. Yo sé qué puede ser.
Eduardo Ábalos, Marino. Había ocho go-gos en la audición, en plena fiesta, pero se cansaban a la segunda canción, yo en cambio bailaba toda la noche, porque venía del mundo de la construcción, practicaba kung fu: me podía colgar del empeine bailando al revés. Y me quedé ahí, ganaba mis pocas lucas, pero el dueño de la disco me terminó echando, porque juraba que todos los que bailábamos ahí éramos parte de su harén: les tomaba la mano, lo besaban, lo acariciaban, pero yo no lo hacía, porque no me interesaban los gays. No era mi onda.
María Elena Ábalos. Yo a los quince ya era punk y lesbiana. A la antigua, de pelo corto, porque en esos años uno pensaba que para ser lesbiana había que ser como un hombrecito. Me juntaba en Bellavista, en Pío Nono. Ahí conocí a los Pinochet Boys: cuicos, rubios. Íbamos a La Portada de Vitacura a una disco, pero no nos dejaban entrar porque andábamos de mohicanos, abrigos largos y bototos. Veíamos y veíamos salir gente y nadie se veía como nosotros. Mi hermano debe haber tenido catorce, pero sintió eso. Nunca lo va a reconocer, pero le debe haber llamado la atención. No nos llevábamos muy bien con mi hermano; él es más rígido, yo soy géminis. Él era más controlado, yo era muy loquilla, callejera. Le llené la casa a mi mamá de travestis, de putas que conocía. Metí el mariconeo a la casa. Mi mamá y mi hermano quedaban traumados. Por eso me extrañó cuando supe que bailaba de go-go. Me sorprendió mucho, era como ¿de adónde?
Eduardo Ábalos, Marino. Bailé de febrero a abril del 94. Me echaron porque una noche dejé la fiesta a la mitad; un diyéi de ahí, de la Loft, me dijo que lo acompañara a bailar a otra fiesta, me dijo que era en el cine Alessandri.
René Sánchez padre. Yo era muy feliz en el Carrera. Siempre me preguntan: “Don René, ¿no le molesta trabajar de noche, con los ruidos, la música, el trasnoche, los carabineros, los inspectores?”. ¿Y sabe lo que les digo? Para mí eso no es un trabajo, es un placer. En el Carrera abríamos a las cinco de la tarde y cerrábamos a las seis de la mañana. Podían entrar hasta tres mil personas en rotación. No me cabían más billetes en los bolsillos, las vacas estaban más gordas que nunca. Ahí apareció el gran Lucho Catalán. ¿Lo conoce, supongo?
Los Psicópatas de la Risa, 1983
Luis Catalán: A veces me dan ganas de salir a entregar los ovarios al primer hombre que pille (risas).
Jorge Franco: ¿Pero cómo?
Luis Catalán: Me voy a operar para ser vedette.
Jorge Franco: ¿Te vas a operar, María Celeste?
Luis Catalán: Tengo un convenio con SERMENA.
Jorge Franco: ¿Cómo es eso?
Luis Catalán: A medida que voy pagando, me van a ir cortando (risas).
René Sánchez padre. Él trabajaba con el Náufrago, con Jorge Franco, con Guillermo Bruce, toda la vieja escuela de los cómicos, la época dorada del humor.
Los Psicópatas de la Risa, 1983
Jorge Franco: Te agradezco y te aplaudo que seas tan patriota, María Celeste.
Luis Catalán: Yo soy gurka criolla.
Jorge Franco: Ah, tú eres gurka.
Luis Catalán: Les hago un meneo de poto y les corto las patas.
Jorge Franco: No puede ser.
Luis Catalán: Con los hombres que intentan atacarme en la noche, debajo de cualquier farol, me pongo más violenta que la cresta. Me les entrego altiro.
Jorge Franco: Esa hueá no es chiste por si acaso. Está cada día más maricón este hueón.
(risas).
René Sánchez padre. Entonces Catalán, que tenía muchas amistades por la zona de la Alameda, me dice: “¿Ha visto el cine Alessandri? Hablé con el dueño y me dijo oye, no está oficialmente en venta, pero si tu amigo del Carrera hace una oferta puede que lo venda”. Así que partí donde Fortunato.
Fortunato Morales, exfutbolista. Me llamo Fortunato, porque mi padre se llamaba Fortunato y porque mi abuelo se llamaba Fortunato. Es una tradición familiar, pero también era un nombre muy común en esos años, como Jonathan ahora. Tenía un cuñado que me invitaba a los estrenos del cine Alessandri. Yo era fanático del cine, soñaba con esas películas. Sucedió que en una de esas idas para allá, en la boletería decía Necesito joven junior, de 1:30 en adelante. Me calzaba con el colegio, así que hablé con la señora Edulia, que era la administradora, y me puse a trabajar. Era una sala hermosa, de 480 butacas, solo estrenos. Competía mano a mano con el cine Lama, el Rex, el Huérfanos. Fui acomodador, hacía los depósitos, llevaba encargos. El asunto es que un día un señor de la Fuerza Aérea me dijo que tenía buen porte, que por qué no entraba a la Escuela, así que entré y estudié la carrera de mecánico tripulante. En ese momento empezaron a pasar algunos factores muy relevantes en mi vida, que marcaron lo que vino después. Por ejemplo, en esos años la Fuerza Aérea creó un equipo de fútbol profesional: Aviación.
Luis Reyes, estadístico. No me suena, voy a revisar.
Fortunato Morales, exfutbolista. Entonces me liberaron de todas mis funciones como mecánico para dedicarme completamente al equipo de fútbol. Era defensa central. Me tocó, por ejemplo, estar en la inauguración del Estadio Monumental.
Luis Reyes, estadístico. Lo encontré. Lo tengo en un partido en 1974 y dos en 1976. Dos autogoles en ese último torneo.
Fortunato Morales, exfutbolista. Después me mandaron a Audax Italiano a foguearme, el 75. Llegué a estar en la selección juvenil y en la preolímpica. Una semana antes de viajar, en Santa Laura, me pegaron un planchazo en la rodilla y me abrieron los ligamentos. Una distensión, dijeron. Estuve dos meses con yeso, imagínese. Después me peleé con unos comandantes en Aviación y me mandaron a jugar a segunda, a Colchagua.
Himno de Colchagua Club de Deportes
En las alas ruidosas del viento,
bulle un canto armonioso y triunfal;
Deportivo Colchagua es baluarte
de entereza, de acción y amistad.
Huaso equipo, plantel colchagüino
de alma grande y de gran corazón.
Hoy aflora tu nombre en mis labios
como emerge del tallo una flor.
Fortunato Morales, exfutbolista. La cosa es que un día nos llama el presidente del club y nos llevó a su fundo. Fuimos todo el plantel, incluido mi amigo Lizardo Garrido; él jugaba de 3 y yo de 5. Para el almuerzo sirven chancho, un asado de camaradería. Al día siguiente empezamos a tener fiebre. Los médicos del equipo nos llevan al hospital de allá y nos dicen que estamos con gripe, nada grave. Nos fuimos a jugar a Arica, pero no podíamos correr, no nos funcionaban las piernas. Nos llevaron de emergencia al Barros Luco y ahí detectaron que dieciocho jugadores teníamos triquinosis.
Diario La Región de San Fernando, 10 de julio de 1979
8 jugadores de Colchagua afectados de triquinosis
Medio equipo del Colchagua está “lona” por haber comido cerdo afectado de triquinosis.
Fortunato Morales, exfutbolista. Era una enfermedad muy complicada, te come la musculatura, después andái a puros tirones.
Diario La Región de San Fernando, 17 de julio de 1979
Jugadores enfermos del Colchagua se recuperan
En forma extraoficial, por ahí por el correo de las brujas, tuvimos conocimiento que poco a poco se van recuperando de su enfermedad de triquinosis los jugadores del Colchagua.
Fortunato Morales, exfutbolista. Tuve que retirarme. Éramos medios tontorrones, porque pudimos haber demandado al club. En fin, todos terminaron sus carreras, pero ¿sabe quién se salvó? Lizardo Garrido. Justo antes de que empezaran a servir el chancho lo fue a buscar un auto, porque su señora estaba dando a luz. Siempre les he dicho a mis amigos “la suerte de los campeones”, pero yo llegué hasta ahí no más. Lo bueno es que fue siempre con doble sueldo: me pagaba la Fuerza Aérea regularmente y además recibía los del fútbol. Reuní dinero, hice plata, fue una bonanza. Decidí darme de baja y comprar micros, ocho en total. Me fue bien, pero seguía yendo al cine, porque era mi sueño. Además que conocía al dueño. Un día, almorzando con él, que ya tenía una edad considerable, me dice: “Fortunato, yo quiero retirarme y pido esta cantidad por el cine. Tú lo conoces bien, la gente te tiene estima, te respeta. Si tienes el dinero, te recibo el pie y el resto en cuotas mensuales”. Esas fueron las palabras de él. Me pareció muy bien: yo adoraba el cine y pensé que podía tener ahí la suerte que no había tenido en el fútbol.
Alberto Fuguet, escritor. De los cines que estaban lejos, el Alessandri era el mejor. Pero igual era un cine de cuarta. Daba películas que tenían dos o tres años ya. Podían ser de época, de la Roma fascista, ponte tú, pero siempre tenía algo de sexo, alguna pechuga iba a salir. O no. Me acuerdo de haber visto una de Diane Keaton, que era una mujer separada que se acostaba con un par de hueones, y salía de noche, y esto me hace recordar a la Blondie, como que me la adelantó ahora que lo pienso, porque Diane Keaton iba a un bar gay, tocaban Donna Summer y ella bailaba, rodeada de gays.
Fortunato Morales, exfutbolista. En infraestructura era un lujo sin igual. Tenía calefacciones de aire cien por ciento vivas, sacaban el olor a la fumadera. Mi mujer quedó como administradora. Éramos bastante católicos.
Carmen Ávila, esposa de Fortunato Morales. Era una cosa muy hermosa, como entrar a un palacio. No había nada de ese nivel en Santiago. Fortunato lo pensó como un negocio familiar, de ambiente sano.
Alberto Fuguet, escritor. Te dejaban entrar aunque no tuvieras dieciocho, eso era bueno. Y pese a estar en la calle más grande de Chile podías meterte sin que te vieran, porque la galería tenía una segunda entrada.
Fortunato Morales, exfutbolista. Yo negocié el 84 y el 85 ya era mío. Pero tuve la mala suerte que el 86 empezaron a llegar adelantos tecnológicos que le empezaron a hacer daño al cine, como los VHS. Inmediatamente empezó a ir menos gente y ya no pudimos conseguir los estrenos. Nos llegaban las películas de segunda pasada y con eso fue todavía menos público. Un círculo vicioso. La tele comenzó a dar películas también. Además, el dueño anterior omitió una deuda previa de gastos comunes que tenía con el edificio por quince años, una cosa millonaria, y nos demandaron. Entonces tuve que empezar a vender las micros para solventarlo.
Carmen Ávila, esposa de Fortunato Morales. El barrio cambió drásticamente. En la galería comenzaron a instalarse los primeros cafés toples, mucho comercio sexual. Primero uno, luego otro, luego otro. Y como estábamos tan apremiados en generar ingresos, tuvimos que dejar ingresar a todo tipo de público. Comenzaron más problemas: empezamos a tener que lidiar todos los días con la policía, porque comenzaron a suceder delitos sexuales en el cine. ¿Qué familia va a querer ir al cine así? Se transformó en algo totalmente distinto a lo que Fortunato compró. No podía llevar ni a mis hijos.
Alberto Fuguet, escritor. La gracia es que por estar en Estación Central no te encontrabas con nadie, cosa que yo sentía como un valor. En los cines del barrio alto te podían “pillar”. Y “pillar” no era nada, no es que estuvieses haciendo nada malo, pero estar solo en la sala te hacía ser raro; al menos necesitábai una amiga fea al lado, para no ser sospechoso. El público del Alessandri era variado. Me acuerdo de compañeros zorrones, héteros, que iban a ver minas en pelota. Iban los sábados, como de previa, para calentarse y después ir a carretear a fiestas que eran mucho más inocentes que el propio cine.
Fortunato Morales, exfutbolista. Comenzó a caer el imperio de los cines del centro: el Alameda, el Maipú, el Lama. Comenzamos a desesperarnos. En ese tiempo el cine tenía un intermedio en que se prendían las luces, la gente salía a tomarse unas bebidas, a fumar, y los dueños de los toples llegaron a decirme: “Oiga, don Fortunato, ¿por qué no colocamos chiquillas bailando en el escenario en ese intermedio?”. Para mi formación militar, que me ofrecieran eso era tirado de las mechas. No pude aceptarlo.
Carmen Ávila, esposa de Fortunato Morales. Iban hombres como escondidos, gente que tenía su vida paralela, alguna gente importante, ministros de la Corte. Hombres solos, no sé si me entiende.
Guido Gutiérrez, asistente habitual. La Blondie terminó igual años después.
Carmen Ávila, esposa de Fortunato Morales. En el cine fuimos siempre respetuosos con esa información, era estrictamente privado. Cada uno lleva su vida como le parezca, pero el lugar no se parecía al proyecto que habíamos iniciado.
Fortunato Morales, exfutbolista. Vino la debacle y lo pusimos a la venta. Un día me abordó este señor Catalán, amigo del Náufrago, que solía venir al cine.
Los Psicópatas de la Risa, 1983
Luis Catalán: Estoy mal, muy mal de plata: hice una sopa de letras y salieron todas protestadas.
Fortunato Morales, exfutbolista. Me dijo: “Fortunato, mi patrón, don René, tiene un dinero para comprar algo grande”. Se me encendió la ampolleta. Le dije: “Me gustaría conversar con don René, saber cuáles son sus pretensiones”.
Daniel Sánchez, dueño. Yo la primera vez que entré aún era cine soft porn, pero películas que hoy serían un chiste por lo inocentes, porno tipo de clase de ciencias naturales. Entramos de noche con mi papá, vimos un poco la película. Después mi papá hizo rápido el negocio.
Fortunato Morales, exfutbolista. Estuvimos conversando de buena forma, me dijo: “¿Cuál es su número, don Fortunato?”. Le dije: “Este”. Era un número bien acorde para la época. Fuimos al conservador.
Inscripción en el Conservador de Bienes Raíces
Don René Sánchez Pérez, casado, lo adquirió por compra a don Fortunato del Carmen Morales Herrera, según escrituras de fecha once de abril de mil novecientos noventa y cuatro por el precio de cuarenta y seis millones quinientos mil pesos (46.500.000), que se dé por pagado.
René Sánchez padre. Di diez cheques y un pie. No le pedí un peso a nadie, ningún banco entre medio, ninguna hueá, es lo que me dio más alegría.
Fortunato Morales, exfutbolista. Ahora vale un montón de millones de dólares. Tiene mil doscientos metros cuadrados más el subterráneo. Como aparcamiento, da para un dineral. Don René era muy buen negociante, un hombre que sabe manejarse muy bien.
René Sánchez padre. ¡46 millones! Un chiste. Al año y medio el avalúo ya era de 75. Si hubiese sabido, Fortunato no me lo vende nica, hombre.
Fortunato Morales, exfutbolista. Tuve que ver cómo se desarmó el cine, lo que había sido mi sueño; sacar las butacas, el proyector. Es lo que te puedo decir: entré en depresión, me entristecí en todo sentido, perdí todo el esfuerzo de joven, de mi vida deportiva. Entré en una racha en que todo lo que hacía salía mal. Pasaba por afuera del cine y me daba una puntada.
René Sánchez padre. ¿Le cuento algo? Le vi potencial, con esas dos escaleras grandes. Me recordaba al teatro Astor. Empezamos a trabajarlo. El primer problema es que, como era cine, estaba inclinado hacia adelante, hacia la pantalla. Así que teníamos dos opciones: nivelarlo con pomacita o con madera. Hablamos con una empresa, vino el señor y me dijo “mire, el lío de rellenarlo con pomacita es que el camión tiene que estar en la Alameda muchas horas y atravesar todo el pasaje hasta el final”. Era mucho tandeo. Me dijo “mejor hágalo en madera”. Trajimos a un maestro de San Carlos, agarró una sierra circular y ¡a trabajar, mierda! Lo enderezó con una viga de roble. Faltaba decidir una cosa no más. Quién se quedaba con qué cosa en la repartija, porque mi otro hijo llevaba años conmigo acá.
Joselyn Sánchez, hermana de Daniel y René. René chico y Daniel son hijos de la mujer legítima de mi papá, pero son completamente distintos.
René Sánchez hijo. ¡Qué va a ser fome San Carlos! Allá todos me conocían por mis fiestas. Mi papá me regaló un equipo con dos parlantes el año 80, entonces él se iba al campo y yo reventaba la casa. Invitaba a mujeres de los cursos de más abajo, e igual que en las discoteques, llegando mujeres llegan todos. Había gente que llegaba a caballo; lo amarraban al poste y entraban. Todo esto a dos cuadras y media de la plaza central. Ponía Donna Summer, la onda disco. Daniel tenía cuatro años menos que yo; cuando yo iba en cuarto, él iba en primero medio. Se colaba en las fiestas. Nos sacaba el ponche. ¿Dónde cresta está el ponche?
Daniel Sánchez, dueño. Pero el lunes los vecinos y las monjas de colegio me reclamaban a mí por la fiesta. Tenía que poner la cara yo. Para el René chico vivir en San Carlos era una tortura. Le decía “el villorrio indígena”.
René Sánchez hijo. Aldea indígena le decía, no villorrio.
Daniel Sánchez, dueño. René terminó el cuarto medio y se fue a Santiago con mi papá; era lo único que quería. Yo me los imaginaba en Santiago a los dos pasándolo la raja: en mi cabeza era pura diversión, alegría.
René Sánchez hijo. Me puse a estudiar Administración, pero mi papá andaba corto de personal y me fui a trabajar con él. Hay que entender que estaba la fiebre de los toples en ese tiempo y mi papá estaba en ese negocio, le fue súper bien.
René Sánchez padre. Tenía un toples, no más. No me acuerdo ni cómo se llamaba.
René Sánchez hijo. Dumbo se llamaba. Estuve en la inauguración: humoristas, orquesta, vedettes, a todo cachete.
Joselyn Sánchez, hermana de Daniel y René. Había otro que se llamaba Cucha. Y otro era el Champagne.
Daniel Sánchez, dueño. A veces llevaba amigos de San Carlos a los toples: quedaban locos. Nos escondíamos cuando llegaban los pacos. Yo miraba un rato y piola. Nunca me metía con minas. Mi hermano, al revés: se deslumbró al tiro con ese mundo.
René Sánchez padre. Los toples son un buen negocio cuando se administran directamente y yo no estaba para esos trotes; lidiar con las chiquillas, con los curaítos, con los pacos. Puse a un administrador, pero se anduvo encandilando con la noche, las niñas, la droga. Me dejó de pagar. Tuvimos que ir con René y Daniel para apretarlo, a ver si funcionaba. No tengo buenos recuerdos de ese negocio.
René Sánchez hijo. Mi papá estuvo con una cantidad de mujeres impresionante.
Naysa Navarro, trabajadora. Las cabras se le ofrecían y don René se dejaba querer. Anduvo con una cabra joven, la Tres R, porque andaba con don René, con un cartero que se llamaba Ramón y con otro gallo que tenía un nombre que empezaba con erre.
Iván Mella, guardia. ¡Oye, andái sapeando!
Naysa Navarro, trabajadora. Me da lo mismo. El viejo era bien maraco y a todas les ponía departamentos.
Iván Mella, guardia. Digamos que era un don Juan mejor.
Edison González, sonidista. Ni lo ocultaba don René; era muy a la antigua.
Joselyn Sánchez. Yo soy hija de un romance que tuvo mi papá en sus locos años ochenta; mi mamá se había venido muy joven del sur, lo conoció y quedó embarazada. Nos llevó a vivir al Carrera, a una pieza que había abajo, en los tiempos en que era toples, el Dumbo. En toda la parte superior del edificio bailaban las niñas, atendían a los caballeros, y abajo funcionaba nuestra casa. Yo a veces ayudaba en la caja, desde los catorce. El René también vivía en el toples, ahí partió todo.
René Sánchez hijo. Detrás del escenario había una cortina, después una escalera y ahí tenía mi pieza. Mucho hueveo, cualquier drama. Los viejos venían a gastarse toda la plata del mes y detrasito venían las señoras a reclamar. Hice de todo ahí, hasta de diyéi: dos rápidos y un lento.
Joselyn Sánchez. Ay… el René. Zafado.
René Sánchez hijo. Justo en los ochenta vino la crisis económica y los toples se vinieron a pique. Yo ya andaba con el bicho de las discos, pero mi papá estaba reacio a dejar los toples; porfiado el caballero. Al final tuvimos una solución intermedia un tiempo. Llegó un gallo que nos ofreció arrendar la mitad para hacer una fiesta y en la otra mitad dejamos el toples. Cómo te dijera, era de otra dimensión: los viejos y la cabrería entraban por la misma puerta; unos se iban a la fiesta y los otros al toples. Y la pared tenía hoyitos; se ponían a mirar. Las monas piluchas se enojaban, porque era la misma música para los dos lados. Tenían que bailar lo que sonara en la fiesta.
René Sánchez padre. René estaba trabajando conmigo acá en la vorágine y Daniel estaba estudiando técnico agrícola en San Carlos. Vivía con la mamá. Nosotros nos habíamos separado, porque yo estaba acá en mi aventura, mi proyecto. Mandé a llamar a Daniel y él se vino a Santiago también. Él era un niño que venía de un entorno rural, era muy inocente. Le digo que no sabía lo que era una casete. A sus veinticuatro años nunca había entrado a una discoteque. Imagínese.
Daniel Sánchez, dueño. Nunca tanto. Había ido a unas discos en Pelluhue, Curanipe, San Carlos. Pregúntale a los hermanos Stambuk, de Glup. Ellos son de San Carlos.
Koko Stambuk, músico. La Atlantic de San Carlos: This is the rythm of my life / the night, oh yeah / The rythm of the night.
René Sánchez padre. Bueno, pesqué a los dos hermanos y les dije: ¿cuál de los dos se va a la discoteque nueva y cuál se queda en el Carrera? René, que no es nada de tonto, se apuró y se aferró al Carrera.
Joselyn Sánchez. Fábrica de billetes: así le decía mi papá al Carrera.
René Sánchez padre. René chico se avivó, dijo: “Pasémosle el cacho de la discoteque nueva a Daniel”.
Daniel Sánchez, dueño. Tal cual. Se quedaron con el Mercedes Benz y yo con el Fito.
René Sánchez hijo. Es que yo ya estaba acostumbrado a mi círculo de amistades. Además, no sé si te han contado, pero ellos tenían el problema de las prostitutas. Se ganaban cinco, seis, en la entrada de la galería y llegaban los darks entre medio. Yo me cagaba de la risa.
Naysa Navarro, trabajadora. Mire, si don Daniel no sabía ni contar billetes. Y para qué estamos con cosas, el René chico tampoco, sabía gastarlos no más. El viejito René es el capo, el que la lleva, él cacha todo.
Joselyn Sánchez. Las dos discos estaban como a cinco cuadras de distancia: la Blondie en la Alameda con Esperanza, y el Carrera, con Concha y Toro. Mi papá decidió ponerlos a competir, pensando en que ambos llegaran a la cima, que lograran establecerse.
Javier Sepúlveda, sonidista. Cuando llegó Daniel a Santiago, la rivalidad entre los hermanos se notó mucho. René pasaba pendiente de lo que hacía la Blondie.
Eduardo Ábalos, Marino. Cada familia tiene un hermano cacho.
Edison González, sonidista. La Blondie al principio era como el basurero del Carrera. Todo lo que sobraba del Carrera lo tiraban para allá.
Daniel Sánchez, dueño. La Blondie era un cacho porque había que hacerla desde cero. Estamos hablando de edificios totalmente distintos. El Carrera era un monumento nacional, un edificio hacia arriba, visualmente más imponente y en mucho mejor ubicación. Y estaba andando, funcionando, se llamaba Disco Alameda antes, se arrendaba fácil a productoras. Yo no tenía ninguna experiencia, ninguna.
René Sánchez padre. Yo le puse el nombre a la Blondie.
Daniel Sánchez, dueño. Eso no fue así.
René Sánchez padre. En el Carrera yo tenía una pantalla supergigante y ahí veía a esta niña Deborah Harry cantando “Corazón de cristal”.1 ¡Qué canción más linda! Yo me quedaba obsesionado mirándola a ella, sus movimientos y cómo los cabros la bailaban en la pista. Y decía: “Diyéi, ¡pónganla de nuevo!”. ¡Y de nuevo! Era mi amor platónico esa mujer. Así que le puse Blondie.
Daniel Sánchez, dueño. El nombre es mío. Se lo puse por la banda. Lo que mi papá sí hizo fue el primer letrero, con una s al final. Blondie’s. Según él, era una marca registrada y con la s podía pasar colado.
Iván Mella, guardia. La s fue porque se equivocaron los de la empresa de neón. Se condorearon.
Daniel Sánchez, dueño. Era un letrero muy chillón. Era una pauta musical, con unas notas. La pauta amarilla, las notas fucsias. Y unas flechas grandes.
Sandra González, asistente habitual. Había una imagen de un tigre al lado de la s. Uno pasaba en micro por la Alameda y veía eso, un tigre.
René Sánchez padre. Era encachado. Al tiempo le quitaron la s, no sé por qué.
Javier Sepúlveda, sonidista. Después se dieron cuenta de que Blondie significaba rucio, rucia. Que nadie era dueño de la palabra rucio.
Oficina de representación de Blondie, la banda. Conocemos bien el club sobre el que nos consulta debido a sus infracciones de marca registrada y propiedad intelectual.
Daniel Sánchez, dueño. Nos demoramos harto en los arreglos. Me acuerdo que venían cada cierto tiempo Carlos Márquez y Carlos Fonseca, porque querían hacer acá el lanzamiento del disco de Los Morton, pero llegaban y veían el piso en desnivel y decían “lo hacemos, pero cuando esté listo”. Abrimos el 15 de septiembre del 93 y el 5 de noviembre fue nuestro primer evento como tal: el lanzamiento de Los Morton.
Daniel Sánchez, dueño. Era un público complicado: punkis, gallos vestidos de negro. Era nuevo para todos y más para mí; tenía veinticuatro años recién. Dos días después hicimos la primera fiesta-fiesta. Era como una fiesta de colegio, poníamos los Cadillacs, que era lo que sonaba en ese tiempo en el Carrera, y nosotros calculábamos que si hacíamos lo mismo nos iba a caer el rebalse del Carrera, pero no pasaba. A la Blondie llegaban seis gatos. Teníamos ciento cincuenta personas en los días buenos. Y muchos entraban confundidos, porque miraban por la galería para adentro, veían las luces y pensaban que era un toples más. En el Carrera la gente se achoclonaba adentro, pero nadie quería venir acá.
Arturo Fuenzalida, DJ. El Carrera le volaba la raja a la Blondie. Iban todos los hueones de la contru y se gastaban la plata de la semana, chupando. Don René siempre le tuvo un cariño especial a René chico, era su regalón, su niño, por eso lo dejó ahí.
René Sánchez hijo. Pasábamos llenos, la voz se había corrido por todo el Barrio Brasil.
Joselyn Sánchez. Empezó a tirar para arriba. Fue hasta Amérika’n Sound a tocar.
René Sánchez hijo. Y el Daniel no sabía muy bien qué estilo darle a la Blondie.
Cristián Soto, diseñador. La Blondie era como una quinta de recreo, no era formalmente una discoteque. Tenía sillas de plástico. Era una cantina. No había ni pista 1 ni 2, ¿cachái? En las laterales había mesas plásticas, de esas de playa, algunas incluso tenían toldo.
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