Читать книгу: «Sombra roja»
Primera edición: octubre, 2016
© de la selección y epílogo: Rodrigo Castillo, 2016
© de los poemas: sus autoras
© Vaso Roto Ediciones, 2016
ESPAÑA
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ISBN: 978-84-16193-40-0
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Sombra roja
Diecisiete poetas mexicanas
(1964-1985)
Selección y epílogo de Rodrigo Castillo

Para Sergio Loo Carrillo (
), una conversación ininterrumpida.
Índice
CRISTINA RIVERA GARZA
v. presente paralelo
vi. una de sus manos iba siempre en una de las manos de la muerte
vii. el gesto de la verdadera adicta
ix. momento que define el concepto de la felicidad idiota
x. una pelea con dios
xii. las feministas
xv. todas son cosas que pasan
xvi. el lecho iridiscente
xviii. la dichosa
NATALIA TOLEDO
Que chigusiandu’ lubá’ naca beenda yaniñee ca dxi gucu’ ba’du’
No olvides el bejuco de serpientes en el tobillo de tu infancia
Riuunda’ ndaya’
Oración
Yoo ni guniee’ xcaanda’
La casa de mis sueños
Dada
Dada
Ra ruzulú guidxilayú
Origen
Diidxa’ ne guenda
Tradición
[Ndaani’ batanaya’ gule jmá guie’ naxiñá’ rini…]
[De mis manos crecieron flores rojas…]
CARLA FAESLER
Soporte
Top Model
Güera Miss Clairol
Cuerpo
[Alguien está sentado…]
[Una cosa la ocupa…]
[Los reuní a todos…]
[Hay que elevar la carne…]
ANA FRANCO ORTUÑO
Instructivo primero: Manual de taxidermia
MERCEDES LUNA FUENTES
pizarra digital
[Situada al centro del cuerpo…]
[Mantienen esa flexión…]
[Emprenden caminos a lugares tan incómodos…]
[// modular la voz…]
[te mueres porque quieres…]
[no tengo algo que pueda llamar mío…]
[no hablemos del vómito de los gatos…]
[llegadas internacionales…]
[los hombros no se sinceran…]
MÓNICA NEPOTE
El lugar
La estación
Fuego
Visitación
Siesta
Liturgia
Imagen del pez
Prosodia del vino
Espejismo
El regreso
Roswell
Heaven’s gate
Estocolmo
Las muchachas bailan
ROCÍO CERÓN
Mirador (latitud norte 31º, longitud este 34º)
Acaso ayer. Entre los pliegues y un arma
La sucesión de las cosas espléndidas
Sonata mandala al ave penumbra
Cinco movimientos en un gesto de aire
Arqueología del padre
AMARANTA CABALLERO PRADO
Este país es bueno para trabajar y para esconderse debajo del trabajo
Fin del invierno o poco antes de la primavera
La calle de las múltiples cosas
Opción múltiple
Árboles de helicópteros
Patinaje sobre hielo o un minicuento chino
IRMA PINEDA
Qui zuuyu naa gate’
No me verás morir
Ti guiichi
Una Espina
Xilase
La nostalgia
Diidxa’ stiaya’
Consejos de una tía
[Racaladexe’ guietetie’ lu dani xi’dxu’…]
[Quiero resbalar por las colinas de tus pechos…]
Nuu dxi ruyadxie’ lii
A veces cuando te miro
RENEÉ ACOSTA
[Mientras duermes una constelación irrumpe…]
[En la conjunción bendita…]
[En la ecuménica presencia te retraes…]
[Mientras sueñas se hace una geometría…]
[Vibrando –simultáneamente–…]
[¿Qué será Señor sino arquitecto?…]
[Todo se carga de la voz…]
[La multiplicidad no niega sino más bien insiste…]
MARICELA GUERRERO
Ramalazo
Acumulaciones
Acumulación
Acumulación
Entonces
Discurso del pez
SARA URIBE
Jericó
Outsider
Tercer asalto
Nocaut técnico
MINERVA REYNOSA
Acta de averiguación previa 1/872/2008
PAULA ABRAMO
Angelina
En memoria de Anna Stefania Lauff, fosforera
Batalha da Praça da Sé, 1934
Hic incipit vita nova Presidio político Maria Zelia, 1935
CLAUDINA DOMINGO
Ofrenda
Puentes
Tránsito
XITLALITL RODRÍGUEZ MENDOZA
Apnea del sueño
Jaws. La película
A shark in Chamela
A Shark in Chapala
A Shark in Chacala
A Skark in Chapultepec
Curriculum Vitae
El corrector de pruebas
¿Sueñan los tiburones?
[Paul de Gelder…]
USS Indianapolis I
USS Indianapolis II
KAREN VILLEDA
[Tiempo m. «Sucede hace siglos y siglos»…]
[TIEMPO SIN DEFINICIÓN…]
[Femenino y Masculinidad…]
[Espacio m. «Sé y está en siglos y siglos»…]
[Las toallas hacen juego
[(Ustedes mismos se hacen a ustedes mismos en Espacios)
[En la ausencia de significado…]
[Siete lenguas, catorce brazos violando a Mauricio…]
[Escuchamos gruñir a El Mongol…]
[El sol no deja de mirarnos fijamente…]
[El Mongol está hecho un ovillo…]
[Aliento de dientes de león…]
[Mascamos la caña de azúcar como tabaco…]
[El Almirante puntea la ruta a seguir…]
Epílogo. El único lugar posible
Semblanzas autorales
CRISTINA RIVERA GARZA
V
presente paralelo
Esto es lo que ocurre: Matías ha dejado la puerta de la casa abierta y un pájaro de las Tierras Altas, un pájaro Común y Corriente, tan Común y tan Corriente como las palomas verdaderas de Tijuana, entra en la casa (del poema).
Aletea.
Aletea como imagino que aletea a veces
la heterosexualidad. Con desesperanza. Con algo
de prisa. Con ojos de jaula.
Al paso de su vuelo caen fotografías y adornos. Edades. Susurros. Murallas.
Y me detengo frente a todo eso y, con la misma inmovilidad de las esculturas súbitas, me pregunto, insistentemente, ¿«así que esto era el amor»?
Y nadie, absolutamente nadie, ríe.
VI
una de sus manos iba siempre en una de las manos de la muerte
Cuando yo todavía vivía en el Otro País y guardaba mi silencio como si fuera un Silencio de Años, me imaginaba, con frecuencia, a alguien así.
Tenía dos nombres en lugar de uno. Y dos manos. Y tres piernas. Y cuatro ojos. Y demasiado de todo lo demás.
Bífida, como se dice a veces de la lengua para indicar que está llena de peligros.
Irresoluta, como se califica a menudo a las novelas sin final feliz.
Fluida, como la condición Posmoderna o como la vida misma.
Fumaba cigarrillos de esa manera en que he mencionado antes y, por eso, la reconocí. Esa grisura. Ese terco callarse. Su ropa del famoso clóset de 1940 y la mirada más allá del ventanal. Siempre. Su aleteo demencial. Su arremolinarse. Su no quedarse quieta.
Le decíamos arándano aunque olía usualmente a Eau de Cartier.
La llamábamos Abril aunque solía convertise en Noviembre o en Marzo con la misma realista docilidad. Era una mujer o una mujer. Soberana como la miel que le prestó el color a sus ojos. Cielística. Inacabada. A-punto-de.
Bastaba con evocarla en la congregación del nosotras para que su cuerpo hiciera un nosotros.
Viajaba a toda velocidad y no sola. Una de sus manos iba siempre en una de las manos de la muerte. Así se sentía a salvo. Protegida de las alas del mediodía y del pesar más blanco.
Cuando yo vivía del Otro Lado de la Línea, silenciosa y exhausta, dentro de un Silencio de Años y sucia de días, me preguntaba, con frecuencia, si existiría alguien así.
VII
el gesto de la verdadera adicta
A veces el Mar del Norte se transformaba en manto y había que verlo como algo ajeno.
A veces se lo podía uno colocar sobre los hombros como cosa muy usada o querida, y sentir, dependiendo de incógnitos elementos, su calor o su extravío.
A veces era posible sentarse en su orilla,
sosegadamente. Y volverse escultura súbita o nube
desmemoriada. O arena con filos.
Todo podía pasar ahí en realidad. A veces había que sobrevolarlo como a un desastre. O alejarse como de la epidemia. O resignarse como ante la enfermedad.
En más de una ocasión vimos la manera inesperada y no por ello menos natural en que emergió del agua la cabeza de Concha Urquiza.
–Pero si usted está muerta –le recordábamos de inmediato.
Y ella, sin ponernos atención, interrumpía cualquier comentario para pedirnos, con ese gesto desesperado del verdadero adicto, un cigarrillo. Por el amor de dios. Por lo que más quieran. Ya que había dado la primera chupada –honda, con placer, toda ella en otro lugar– y ya que había dejado desaparecer en el aire la bocanada gris, el humo de artificio, entonces nos pedía una toalla.
–No saben la clase de frío que hace ahí –nos aseguraba sin atreverse a volver la vista atrás. Cuando constataba la sorpresa en nuestros rostros no era capaz de aguantar la risa.
–¿Qué? ¿Ustedes son de las que creen
que Los Sumergidos nunca tenemos frío?
Éramos de ésas, ciertamente.
Y, por serlo, guardábamos un silencio inconfesable y vergonzoso mientras bajábamos la vista.
–Por lo menos –murmuraba luego en son de paz–
podrían ofrecerme algo de vino.
Entonces, sin que se lo pidiéramos, sin que lo esperáramos siquiera, La Sumergida alzaba su copa y brindaba y chupaba ávidamente de su cigarrillo, todo a la vez, todo como si ya no tuviera tiempo o como si se le estuviera acabando el tiempo, mientras se quedaba como nosotras, sentada sosegadamente sobre la orilla de arena del Mar del Norte, resignada ante la enfermedad del agua y sobrevolando el desastre con la Mirada Oblicua de la que ha muerto más de una vez, de la que todavía no acaba de morir o de la que, muriendo, reincide como una verdadera adicta, con ese gesto de pordiosero y de mártir cruel y de princesa degollada.
IX
momento que define el concepto de la felicidad idiota
(en el que la Autora, con su característico –aunque falaz– distanciamiento, intenta describir un paisaje, y un evento dentro del paisaje, pero sólo atina a hacer una larga u oscura pregunta)
La palabra delfín nunca me ha gustado. Ese predominio de las primeras letras del alfabeto –de e, efe, i– ese acento que le quita el punto a todas las íes, esa verticalidad forzada por las puntas de la de, la ele y el garfio apenas disfrazado de la efe, el mal gusto de terminar en ene. Bi-silábica. Aguda. Una palabra con todas las agravantes de la gramática y de la evocación. Aún peor, de poderse, en plural. Ur-Kitsch. Una verdadera aberración. Entonces, ¿cómo descubrir la manera lenta, distraída, en que Tres Personajes Femeninos salieron del Paralelo 3 después de tomar enorme tazas de café y de fumar innumerables cigarrillos encerradas, de forma por demás ficticia, dentro de una duermevela olorosa a sal, y cómo en ese momento en que, ya casi escaleras arriba, se detuvieron porque habían alcanzado a observar una sombra, para entonces inexplicable, en la marea mercurial de un océano gris y relativamente pacífico, cuya similitud –me atrevería a decir, su interpenetración– con el cielo –porque el cielo también era mercurial y gris y relativamente pacífico– hacía que la pregunta «¿existió, alguna vez, el horizonte?» pareciera no sólo natura sino, además, necesaria, o de cualquier manera inevitable, mientras ellas, los Tres Personajes Femeninos, seguían ahí, al pie del malecón, pronunciando la bi-silábica y aguda palabra con un gusto retrógrado, es decir infantil, o cuando menos pasado de moda, uniéndola, de manera por demás reverencial a los vocablos «signo», «divinidad», «destino», como si formaran parte del mismo universo semántico, como si la bi-silábica, que ya para entonces pronunciaban, para colmo, en plural, pudiera compararse de alguna manera, aunque fuera mínima, con ésas otras, firmes y volátiles, enteras y heridas, con las que se hace la pregunta «¿existió, alguna vez, el horizonte?»?
[retrocederá…]
X
una pelea con dios
La Emergida llegaba a veces extasiada de dolor, sola
como sobreviviente, olorosa a crystal y a semen.
Cuando le preguntábamos dónde había estado contestaba que venía de Allá y, en sus ojos de madrugada química en su descalza voz de Ex-Muerta, en cada una de las lanzas que perforaban su costado alguna vez adolescente o divino, Allá sólo quería decir Tijuana sin Luciérnagas. La Más Verdadera. La Arpía.
Nuestro pudor, como lo llamaba, le causaba suspiros escandalosos y delicadas sornas punzantes. Nuestras costumbres burguesas.
–Su mar de mierda –balbucía. Y nos miraba desde ese lugar donde sólo se oye el punzar de las venas, el rasgar de la respiración. Y nos seguía viendo desde los largos pasillos vacíos, desde los pasillos laberínticos y rencorosos por donde sólo avanzaba el viento de los bárbaros. Y no dejaba de mirarnos desde la pecera. Y nos observaba.
Adentro.
Más adentro.
Debajo del agua y de la tierra.
Debajo del paladar.
–Su puto mar de mierda –reiteraba entre dientes, con ese cansino hacer de cosa que ronda, con algo de obscena gravedad en el tono de la voz, con cierto anhelo de crimen–. Su puta mierda –deletreaba hasta que, poco a poco, con toda seguridad de la manera más lenta, aburrida tal vez o aquejada ya de ese agotamiento radial que se asocia a menudo con los recién resucitados, nos daba la espalda y se ponía a ver el inicio de la luz a través de los ventanales del cuarto.
Microscópicamente.
Las yemas de sus dedos sobre la superficie traslúcida
y vertical.
La frente. Las pestañas. La lengua.
Esa manera suya de postrarse. Y de orar.
–Están sucios –constataba después, mucho después, cuando con o a pesar de la fatalidad conseguía estar de vuelta–. Sucios de grasa y de tiempo.
XII
las feministas
Pronunciaban la palabra. La escupían. La celebraban.
Corrían.
(Atrás de este vocablo debe oírse el pasar del viento).
Hablaban a contrapelo. Interrumpiéndose.
Ah, tan descaradamente.
Vivían a la intemperie, que era el mismo lugar donde sentían.
Supongo que así nacieron.
No sabían de refugios, de techos, de amparos,
de patrocinios.
Iban heridas de todo (y todo aquí quiere decir la historia, el aire, el presente, el subjuntivo, el contexto, la fuga).
Agnósticas más que ateas. Impactantes más que hermosas. Vulnerables más que endebles. Vivas más que tú. Más que yo. Estoicas más que fuertes.
Dichosas más que dichas.
Intolerantes. Sí. A veces.
¿Mencioné ya que eran brutales?
Caminaban en días de iracunda claridad como musas de sí mismas
(eso ocurría sobre todo en el invierno, cuando
los vientos del Santa Ana iban y venían
por los bulevares de Tijuana, arrastrando envolturas
de plástico y el polvo que obliga a cerrar los ojos
y negar la realidad)
a la orilla de todo, bamboleándose
eran la última gota que cuelga de la botella
(la mítica de la felicidad y la aún más mítica
que derrama el vaso y el sexo
impenetrable en la mismidad de su orificio)
y caían.
El colmo.
La epítome.
El acabóse.
(Por debajo de estas frases debe olerse el tufo que deja tras de sí el viento horizontal).
Supongo que sólo con el tiempo se volvieron así.
Con hombres y, a veces, sin ellos, besaban
labiodentalmente.
Y se mudaban de casa y se cambiaban los calcetines
y preparaban arroz.
Y bajaban las escaleras y tomaban taxis y no sentían
compasión.
Decían: Este es el viento que todo lo limpia.
Y pronunciaban la palabra. Enfáticas. Tenaces.
Pre-humanas.
Tajantes. Sí. Con frecuencia.
Conmovedoras más que alucinadas. Sibilinas más
que conscientes. Subrepticias más que críticas.
Hipertextuales. Claridosas.
Estoy segura de que ya mencioné que eran brutales.
Fumaban de manera inequívoca.
Cambiaban de página con la devoción y el cuidado
minimalista de las enamoradas.
Siempre andaban enamoradas.
En los días sequísimos del Santa Ana elevaban
los rostros y se dedicaban a ver (podían pasar horas
así) esas aves que, sobre sus cabezas, remontaban
lúcidamente el antagonismo del aire.
Y el Santa Ana (y aquí debe escucharse una y otra vez la palabra) (una y otra vez) despeinaba entonces sus vastas cabelleras ariscas. Sus cruentas pestañas (una y otra vez).
XV
todas son cosas que pasan
(Ésta no es la palabra «tacto».)
La Ex-Muerta se sienta sobre cojines de colores y, expeliendo anchas bocanadas de humo, dice: «no existo».
Le pido que lo pruebe.
(Afuera resplandece el sol de octubre. Una ave canta al lado de la ventana. El aire pasa.)
Me ve con los ojos entornados y, como si aceptarael reto, me da la espalda.
Dice: Hace mucho, un Ser-de-Ojos-Amarillos también me decía lo mismo.
Dice: En una pesadilla.
(Entre «Dice» y «Dice» guarda un silencio largo lleno de más silencio.)
Pregunta: ¿Así que esta es la Ciudad-sin-Nombre?
Respuesta: No, esta es mi casa.
(Entre «Pregunta» y «Respuesta» el exterior ilumina el interior donde, efectivamente, para mi asombro y horror combinados, yace en ruinas un hecho urbano al que nunca nadie le puso nombre.)
(Entre «Pregunta» y «Respuesta» el Ser-de-Ojos-Amarillos me señala el cuerpo.)
(Entre «Pregunta» y «Respuesta» se hace frente a mí, fosforescente, la palabra «tacto».)
Afirmación: Esta no es la palabra «Tacto».
Negación: Esta es la palabra «Tacto».
(Entre la «Afirmación» y la «Negación» una mano se lanza al vacío.)
(Entre la «Afirmación» y la «Negación» el vacío se vuelve mano.)
(Todo puede ocurrir entre la «Afirmación» y la «Negación».)
Pregunta: ¿Así que no existes?
Respuesta: Estoy bajo el agua. La salvia me sabe
amarga. ¿Sabes qué es el luto?
(No hay nada entre esta «Pregunta» y esta «Respuesta».)
(No hay nada, sino sus ojos amarillos, entre esta «Pregunta» y esta «Respuesta».)
El recuerdo de un hombre rubio que corre por un pasillo estrechísimo abriendo puertas de madera que se cierran, sin remedio, a su paso.
El estruendo.
El recuerdo de una mujer que toma pastillas de colores mientras observa nubes inconmovibles del otro lado de la ventana.
El recuero de la boca violeta, destrozada.
El recuerdo de un auto a toda velocidad justo cuando encuentra el único árbol del camino.
Un beso.
Todas son cosas que pasan.
Lo que supongo: el luto es el desarrollo del significado a través del tiempo.
[retrocederá…]
XVI
el lecho iridiscente
(el pronombre, el texto, la primera despedida).
La mujer crea un bosque (de oyameles) (bajo las nubes) (en las laderas del volcán).
La mujer entra en el bosque. Lo circunda. Lo penetra.
(Hanzel y Gretel se preparan, de su mano y sin saberlo, para un filicidio o para una errancia.)
La mujer se pierde y se abandona dentro del bosque.
Y dentro del bosque se despide.
(El momento es tan largo que casi parece la traducción de un bosque.)
La mujer prescinde de la Tercera Persona. La Triplicada Santísima Trinidad. La Agnes-Lucina-Nombre-Oculto-que-Nunca-se-Sabrá. La Amaranta Caballero-Abril-Castro-Maggie-Triana.
La mujer conoce el Yo
(el momento es tan poco momento que casi parece una eternidad).
Y el Yo sólo sabe doler
It cannot be helped, on earth
we play at people 1
el Yo es una astilla que se clava en la yema del dedo índice del Yo
el Yo es una guillotina que separa la cabeza del cuerpo del Yo
el Yo se muerde la lengua y la escupe
el Yo conoce a La Muda.
La Muda soy Yo, dice La Muda paradójicamente.
La Muda Paradójicamente soy Yo.
Y entonces construyo El Texto
(que es el bosque)
y dentro del Texto está La Ciudad
(y por ser la ciudad de mi texto la ciudad no tiene nombre)
y alrededor de la Ciudad-Sin-Nombre está el océano
(el Hecho Iridiscente)
(el Lecho Iridiscente).
Y el Yo todavía sólo sabe doler
But in her
The child—I cannot
Pray. She is in herself
A prayer. You, in this quiet circle
Yourself
Are utterly
In Yourself 2
(acaba de suceder un momento tan corto como la misma invisibilidad).
Hanzel y Gretel son libres ya
(todo esto dentro de la muerte)
(y la muerte usualmente es una errancia).
Y entonces El Texto construye el Yo
(porque sus líneas son sarcófagos también)
y Yo soy la mujer que se pierde en un bosque
(y soy los oyameles y las nubes y las laderas del volcán)
y Yo soy el cuerpo que se tiende sobre sus hojas
(y soy el color verde y el color café y el color gris)
y Yo soy quien va hacia la Tercera Persona
(trémulamente)
(en medio de tanto aire)
y la deja ir.
in the light of valley-crossings
it seemed—that children awoke amid grasses
and their singing sought words—somewhere nearby
as if from there
it seemed—
in the mist of the shining of the world
they remained like pearls like islands
more painfully than in life—to shine 3
(este es El Texto del Yo para la Ex-Muerta).
(Ésta es la primera despedida.)
[retrocederá…]
1GENNADY AYGI, «Quietness», Selected Poems 1954-1994 (trad. por Peter France), Evanston, Illinois: Northwersten University Press, 1997, p. 41.
2AYGI, «Leaf-fall and silences», p. 181.
3AYGI, «Forests—Backwards», p. 187.
XVIII
la dichosa
Decía: Yo no soy la dicha.
Si tú me dices, yo me desdigo.
Insistía: Si tú me dijeras, yo sería la des-dicha-(da).
Añadía: Yo digo.
Yo soy mi propia dicha.
Concluía: dichosa yo que puedo decir.
Y decirte.
Cosas por el estilo le preocupaban a la Ex-Muerta, la Emergida, la mismísima Concha Urquiza ahí, sobre la arena.
Poemas recogidos del libro Los textos del Yo, pertenecientes a la sección «¿Ha estado usted alguna vez en el mar del Norte?» (Fondo de Cultura Económica, 2005).
NATALIA TOLEDO
Que chigusiandu’ lubá’ naca beenda yaniñee ca dxi gucu’ ba’du’
Zabe lii xiixa lá?
Xa badudxaaapa’ huiini’ guxubiná ti bidxiña
xa’na’ bacaanda’ xiñá’ rini sti’ yaga biidxi qué
napa ti ngolaxiñe cayoyaa neza rini cuxooñe’ ladi.
Ti duuba’ na’si’ ndaani’ xhaba’
nutaaguna’ nisa sidi laa.
Dxí gúca’ ba’du’ nabé guyuladxe’ saya’ ndaani’ beñe
njiaa ruquii guiiña’ ruguu lade bicuini ñee’
ti gusianda ra gucheza beñe.
Nganga ca dxi guiruti qui nuguu bia’ naa
purti binni xquidxe’ tobisi diidxa’ guní’ ne ca za.
Zabe lii sti’ diidxa’ lá?
gunaxhie’ lii purti qui ninalú’ ñananeu bandá’
biluí’ bizé stine lii
ne guyelu’ ndaani’ yoo ra ga’chi’ xquipe’
bie’nu’ xiñee bichaa gúca’ stobi
binibia’lu’ tu naa ne laaca gunnu’ zanda chu’ guendanayeche ra naxhii.
Na lu’: Gudxi naa xi saa bisiasi ne cabe lii
ya, gunie’:
Nuu jmá diidxa’ naca beenda’
galaa deche’ caní’ huahua’
ma giruti rinié niá’
ma bisiaanda’ diidxa’ guní’ ca ni qui ñapa diidxa’,
ma bilué tu naa
ma bixhiaya’ lua’.
Bandá’ stine riní’ ne guirá ni ma guti
bi bixhele’ ca xpiidxe’.
Ne dxi biluuza xcú bisuhua necabe naa
guzaya’ ne ma qui ñuu dxi nudxigueta lua’.
No olvides el bejuco de serpientes en el tobillo de tu infancia
Te digo una cosa
de aquella inocente que acariciaba el venado
bajo la púrpura del almendro
sólo queda un escorpión que atenta contra sus venas.
Una huella hundida en su propia forma
cubierta de agua salobre.
Cuando era niña
me gustaba caminar en el lodo
mi madre metía entre los dedos de mis pies chiles asados
para cicatrizar las heridas,
en ese entonces era eterna
porque mi linaje hablaba con las nubes.
Te digo una cosa más,
te quise porque no te conformaste con la imagen que te ofrecía mi
pozo y fuiste a la casa de mi ombligo
y entendiste porque tuve necesidad de ser otra.
Conociste quién era y cómo entre tanta maleza también hubo
felicidad.
Dijiste:
Dime de qué canciones está hecha tu cuna
Sí, dije:
Hay una babel enroscada sobre mi espalda
pero ya no hablo con nadie
dejé de hablar la lengua de los silentes,
he revelado mi signo
ya no tengo rostro.
Mi retrato es un soliloquio con todo lo que dejó de tener vida,
el viento desarticuló mis semillas.
Cuando mi raíz hizo crac
me fui caminando sin volver la vista.
Riuunda’ ndaya’
Runi bangurizá ra gurí jñaa biida’
ne cuananaxhi bitoo xhamiga’ Cándida,
runi guirá’ yoo dexa
ne gudxa basoo xiiña’ guya’ ne ca’.
Runi lindaa naté gúca’ xluuna’
ne luba’ guiichi bigaa cue’ lidxe’.
Runi ca xigagueta bitopalú jñaa
ndaani’ ca guendaxhela’ ra gadxé tu cachagana’.
Runi ca dxi bisiguchi gubidxa guicha íque’
ne ora guxidxe’ ruchundua’ lú biquiixhu nexhe’ lu sidi yaachi.
Runi ca bandabiaani’ gui’di’ cue’ yoo
ne ora biladica’ biraca’ gueela’ lu mexa’ bidó’.
Runi daa bizee nisaxquixhi’,
runi ca yaga ca bieque ndaani’ nisa nacabixigi’.
Runi guirá ni bizaya’ ti ganda guibane :
riuunda’ ndaaya’
Oración
Por la silla de ruedas de mi abuela,
por los mangos verdes de mi amiga Cándida.
Por las casas de ladrillos
y su húmedo bermellón.
por los pretiles grises de mi cuna,
por los órganos de espinas
creciendo en las paredes.
Por los jicalpextles que acumuló
mi madre en las bodas ajenas.
Por esos días en que el sol bronceaba mis cabellos
y mi sonrisa era el brillo cegador de una costra salina.
Por las fotografías pegadas sobre el pliego de cartulina
y su viaje repentino al altar de los muertos.
Por el petate y su cartografía de orines,
por los árboles torcidos sobre el estriado del agua.
Por todo lo que inventé para tener una vida
Yo canto.
Poemas recogidos del libro Deche biotope / El dorso del cangrejo (Almadía, 2015).
Yoo ni guniee’ xcaanda’
Zenda’ lade dani
nisa cayale gasi ruuya’ naa,
ruyadxie’ lidxi jñiá biida’
zuba galaa gui’xhi’.
Rizaya’ luguia bandaga,
ti ruaa yoo ro’ rixale’,
rigana’ cue’ yoo ma biruxhi
¿xi cayuaa’ xiee’?
ti gui’ri’ rundaa xho’ sapandú ndaani’ lidxi bi.
Ruxhele’ guiiru’ biaani’ rindaya’ ndaani’ gui’xhi’:
ti yoo nagan’da’,
riá’ ndaani’ guzina
ca guisu nacacá’ ndaani’ jñaa.
Riuuxiee’ guendabidxu, nanchi,
za cadxuuni’, gu’xhu’ benda yaagui’.
¿Xí ná ladxidua’ya’?: nayeche’ nuu.
Zenda’ lade dani, neza lua’:
zuba ti yoo bisi’ña’ ma biaba laya
ne didilaaga luuna’ doo rié ne reeda galaa guiba’,
zugúa yaga ne guie’, qui riaadxa’ mani’ ripapa’.
Rixubena’ya’ ti bidxiña ne guielúme nacani ti xilase nayu’la’.
Nacua’ ti lari cuadru huiini’
ne chupa bitoope caguiru xhidxe’ huiine’,
cadi cuxidxe’, suguaa’ chaahue’ sica ti yaga
napa’ xhono iza ne guidilade naca ti yoo redasilú laa lidxi.
La casa de mis sueños
Desciendo de la montaña
un ojo de agua me mira,
veo la casa de mi abuela
en medio de la selva.
Camino sobre el follaje
una puerta gruesa se abre,
puedo tocar las paredes descarapeladas
¿qué huele mi nariz?
el cirio desprende chintul
en el corredor del viento.
Abro la ventana, ahí está la jungla:
la casa es fresca,
voy a la cocina
las ollas son el vientre de mi madre.
Aromas de anonas, nanche maduro,
el ruido del aceite cuando se fríe, humo de pescado.
¿Qué siento?: estoy feliz.
Desciendo de la montaña, enfrente:
una casa de caliche desdentada,
camas de hilos atraviesan su cielo, en mi jardín no faltan pájaros.
Acaricio un venado y sus ojos son una tristeza ovalada.
Tengo puesto un vestido de cuadritos
y dos cangrejos pellizcan mis senos de niña,
no sonrío, estoy parada como un poste.
Tengo ocho años y mi cuerpo es una casa, que recuerda su casa.
Dada
Pa ñanda niniá’ luguiaa
xa badudxaapa’ huiini’ nayati guielú,
niziee’: ti chalupa stibe,
ti duubi’ nutiee sica ti pe’pe’ yaase’,
chupa neza guelaguidi ñapa ebiá naguchi ruzaani’
ne dxiña biadxi dondo ñó guenda stibe xa’na’ ti yaga bioongo’.
Nuzuguaa’ jmá guie’ xtiá ne guie’ daana’ ra lidxibe,
nga nga ñaca xpidaanibe
ti guirá ni ñuuya’ laabe
ñanaxhii gupa naxhi cayale gasi guidiladibe.
Dada
Si yo pudiera ir al mercado
con la niña de los ojos pálidos,
le compraría: un juego de lotería,
una pluma del color del jicaco oscuro,
unas sandalias con hebillas doradas
y para que su nahual comiera bajo una ceiba,
la espesura ácida de las ciruelas.
Tapizaría su casa con manojos de albahaca y cordoncillo,
ese sería su huipil
y todo aquel que la mirara
la quisiera por el rocío permanente de su cuerpo.
Ra ruzulú guidxilayú
Gucanu jlaza diuxi,
guie’, bidxiña ne migu
gucanu yaga gucheza bele,
bacaanda’ ne libana guní’ bixhoze bidanu.
Biabanu ndaani’ gui’xi’
gubidxa bitiidi’ baxa sti’ ladxido’no,
gucanu pumpu ¡au!
gucanu nisa ¡au!.
Yanna nacanu dé biaana
xa’na’ guisu guidxilayú
Origen
Fuimos escama de Dios,
flor, venado y mono.
Fuimos la tea que partió el rayo
y el sueño que contaron nuestros abuelos.
Caímos en el monte
y el sol nos atravesó con su flecha,
fuimos cántaro¡au!,
fuimos agua ¡au!.
Ahora somos ceniza
bajo la olla del mundo.
Diidxa’ ne guenda
Guyuu tu gucua nisa dondo bi’na’ guidila’du’,
tu guzá de íque de ñeeu
ne qui nuxhalelu ti ñunibia’ xtuxhu gubidxa.
Guyuu tu gudxiru lu guendaró
ne qui niná ñe’ dxuladi male ne cuba ladxi guenda.
Guyuu tu bigaanda ti pumpu nalaa xa’na li’dxu’
ne qui niná ñuni saa.
Qui ganna ca binni huati pa ti guie’ biaba layú
guie’ ru’ laa dxi gáti’.
Tradición
Hubo quien probó el mosto de tu piel,
te caminó de la cabeza a los pies sin abrir los ojos
para no descubrir el resplandor del sol.
Hubo quien sólo pellizcó la comida
y no quiso beber el chocolate de los compadres
y el pozol de semilla de mamey.
Hubo quien colgó en la puerta de tu casa una olla rota
y no quiso pagar la fiesta.
No supieron los tontos que una flor caída al suelo
sigue siendo flor hasta su muerte.
Ni guicaa T. S. Elliot
Ndaani’ batanaya’ gule jmá guie’ naxiñá’ rini
ziula’ ne sicarú,
qui zanda gusiaanda’ dxiibi guxhanécabe naa guirá ni gule niá’.
Guzaya’ xadxí ne batanaya’
bitiide’ guidilade’ ra dxá’ beñe
ne ndaani’ guielua’ bidxá yuxi nuí.
Gula’quicabe láya’ Mudubina
purti’ gule’ luguiá nisa.
Guriá yaachi naxí gudó yaa’ ti beenda’ cayacaxiiñi’ naa
ne guca’ Tiresias biníte’ guielua’,
qui niquiiñe’ guni’xhí’ ora guzaya’ stube ndaani’ ca dxí ma gusi.
¿Guná nga ni bisanané binniguenda laanu?, ¿xí yuxi guie
bisaananécabe laanu?
Ca xiiñe’ zutiipica’ diidxa’ guní’ jñiaaca’ne zazarendaca’
sica ti mani’ ripapa ndaani’ guí’xhi’, ne guiruti zanna tu laaca’.
Guirá beeu nuá’ neza guete’
balaaga riza lú nisa cá tini, ni rini’ xcaanda’ guielua’ pe’pe’ yaase’.
Zabigueta’ zigucaaxiee xquidxe’,
ziguyaa xtube xa’na’ ti baca’nda’ ziña,
chupa bladu’ guendaró ziaa’ zitagua’.
Zadide’ laaga’ neza luguiaa, ni bi yooxho’ qui zucueeza naa, zindaaya’ ra nuu jñiaa biida’ ante guiruche guirá beleguí.
Zaca’ xti bieque xa badudxaapa’ huiini’
ni riba’quicabe guie’ bacuá íque laga,
xa ba’du’ ruuna niidxi sti guie’
zabigueta’ xquidxe’ ziaa’ si gusianda’ guie lúa’.
Para T. S. Elliot
De mis manos crecieron flores rojas
largas y hermosas,
cómo olvidar el miedo con que fui despojada de toda certeza.
Caminé con las manos
y metí mi cuerpo donde había lodo
mis ojos se llenaron de arena fina.
Me llamaron la niña de los nenúfares
porque mi raíz era la superficie del agua.
Pero también fui mordida por una culebra apareándose en el estero
y quedé ciega, fui Tiresias que recorrió sin báculo su historia.
¿Cuáles son las raíces que prenden, qué ramas brotan de estos cascajos?
tal vez soy la última rama que hablará zapoteco
mis hijos tendrán que silbar su idioma
y serán aves sin casa en la jungla del olvido.
En todas las estaciones estoy en el sur
barco herrumbrado que sueñan mis ojos de jicaco negro:
a oler mi tierra iré, a bailar un son bajo una enramada sin gente,
a comer dos cosas iré.
Cruzaré la plaza, el Norte no me detendrá, llegaré a tiempo para abrazar a mi abuela antes que caiga la última estrella.
Volveré a ser la niña que porta en su párpado derecho un pétalo amarillo,
la niña que llora leche de flores
a sanar mis ojos iré.
Poemas recogidos del libro Guie’ yaaase’ / Olivo negro (Culturas Populares del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2004).
CARLA FAESLER
Soporte
Imagino el brassière semienterrado, pesando el lodo húmedo del orbe. Como de aurora el cielo, como de alambre el árbol. Si lo hubiera llevado en el bolsillo resistiendo monedas, abrochado en la pierna conteniendo la sangre, de antifaz que tolera las miradas. Lejos el aire sube los motores. La tela vibra hojas y gusanos. En un cuarto el reloj se adorna con los brazos de las horas. Suben y bajan y suben y bajan todo el tiempo los brazos. En la silla hay un suéter entibiando el respaldo.
Top Model
Sonríe mientras la servilleta,
y aún el frijolazo que se exhibe en sus dientes
es de lo más hermoso.
Qué sana la blancura de esas piezas exactas
que brotan de las más rosas encías.
En ella a los shampoos les funcionan sus sedas,
su cintura responde a la delgadez del corte.
Sus piernas sí se alargan en los pantalones de Dior
y los colores trabajan a favor de su todo.
Jean Paul Gaultier se esmera en las revistas,
que viven en el aire enrarecido
de algo que se le escapa a la gente en la calle.
Ella y Dolly conversan tras cristales y expertos,
una bala sus éxitos en todos los periódicos,
la otra enseña sus fotos y videos.
Una es ocho columnas,
la otra es reportaje del suplemento «Chic».
Cuando el postre les llega,
abominan azúcar: hidrato de carbono y remolacha,
en una ya se sabe, en otra desconocen las reacciones.
Especies sin errores, sin mácula, sin fallas,
que disfrutan el mundo, que le entienden al mundo,
a su mundo enredado en alambres de púas,
narices de perfectas púas, casquitos de patitas fabricadas también púas.
En su mundo ladrado, Doberman en la entrada,
tarascada furiosa los esponjosos labios, la adúltera pelusa mordicante.
Las púas son suavecitas, la mordida es caricia.
Vergüenza es la mejor de las guardianas,
el recato es virtud de la fealdad.
La fealdad que ha mutado en espirales,
ADN de todos infestado.
Negligencia de genes.
Adentro Dolly y ella se entretienen
jugando con hipóstasis y aretes.
Y miran sus relojes,
conjurando con risas y balidos,
la prematura edad que las acecha.
Güera Miss Clairol
En la tienda, la caja ronronea,
libera el cuerpo aquello que le falta:
feromonas y rosa adrenalina,
sonrisas de sustancias incoloras.
Es el nuevo color en los cabellos,
obligados al rizo, sometidos al rayo,
lejos del lacio oscuro que señala
el emblema más pobre. La industriosa
bondad de lo exitoso, ese blanco
compacto en las mejillas, sobre aquellas
facciones de vencidos ahora alegres,
maquillado su miedo y su fracaso,
cuya imagen por fin ya palidece,
del espejo del mundo eliminada.
Cuerpo
Si las manos supieran
del poder de las pinzas,
del metálico alcance de las grúas,
y los ojos se vieran comparados
con las lupas y con los telescopios,
la ciencia que se encarna en mineral.
Si los pies conocieran
vehículo, escalera, elevador,
su mecánico viaje sin los pasos,
y la voz adquiriera la conciencia
del sintetizador y del micrófono,
la presencia en la ausencia electrizada.
Si el oído supiera
de radares, de radios y de amplificadores,
su ondular sin la traquea y las costillas,
y la mente, en su puro andamiaje
frente a los discos duros compitiera,
en memoria, en síntesis, en cálculo,
sus acertados plásticos abstractos.
Se aprecian las ventajas
y la ignorancia práctica del cuerpo,
en fracciones aisladas de un alcance impensado,
de tantos atributos
saqueados en matraces, en los tubos de ensayo,
que esas mismas mentes diseñaron,
que esas manos mismas practicaron,
que esos mismos ojos vislumbraron,
junto a esos oídos en alerta,
y a esos pies que les dieron estatura.
Poemas recogidos del libro Anábasis Maqueta (Diamantina, 2004).
Alguien está sentado. Es una imagen borrosa de alguien que está sentado, que mueve la cabeza y los brazos. Está sentado y nosotros lo observamos. Es una imagen borrosa de alguien que está sentado, que mueve la cabeza, los brazos y las piernas. Está sentado y nosotros lo observamos. Gira la cabeza hacia un lado, luego hacia el otro. Mueve los brazos, primero el izquierdo, enseguida el derecho. Cruza y descruza las piernas, ahora una, después la otra. Alguien está sentado, es una imagen borrosa de alguien que está sentado, que mueve la cabeza y los brazos. Está sentado y nosotros lo observamos. Es una imagen borrosa de alguien que está sentado, que mueve la cabeza, los brazos y las piernas.

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