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Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Teorizando desde los pequeños lugares / Roberto Almanza Hernández, Víctor Hugo Pacheco Chávez, compiladores. -- 1a. ed. -- Santa Marta : Universidad del Magdalena, 2020.
(Colección ciencias sociales. Antropología y sociología)
Incluye datos de los autores. -- Contiene referencias bibliográficas al final de cada capítulo.
ISBN 978-958-746-297-5 -- 978-958-746-298-2 (pdf) -- 978-958-746-299-9 (epub)
1. Colonialismo - Ensayos, conferencias, etc. 2. Ciencias políticas - Ensayos, conferencias, etc. I. Almanza Hernández, Roberto, comp. II. Pacheco Chávez, Víctor Hugo, comp. III. Serie
CDD: 325.3 ed. 23
CO-BoBN- a1057369
Primera edición, agosto de 2020
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Diseño editorial: Luis Felipe Márquez Lora
Diagramación: Eduard Hernández Rodríguez
Diseño de portada: Andrés Felipe Moreno Toro
Fotografía de portada: Marcela Landazábal Mora
Corrección de estilo: Diva Piamba
Santa Marta, Colombia, 2020
ISBN: 978-958-746-297-5 (impreso)
ISBN: 978-958-746-298-2 (pdf)
ISBN: 978-958-746-299-9 (epub)
DOI: 10.21676/9789587462975
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Contenido
Introducción
Teorizando desde los pequeños lugares
Roberto Almanza y Víctor Hugo Pacheco Chávez
Capítulo 1
Razón, raza y “el proyecto humano”: Sylvia Wynter. Sociogénesis y filosofía en las Américas
Michael Monahan
Colonialismo, modernidad y el hombre de razón
Sociogénesis y poética epistémica. Resistencia y creolización de la razón
Capítulo 2
Monstruosidad colonial: Fanon y el problema de la petrificación
Douglas Ficek
La petrificación en Los condenados de la tierra
Sadismo y el espíritu de la seriedad
Desventuras neocoloniales
Capítulo 3
El arranque forzado del motor decolonial: violencia simbólica de Fanon a Chávez
George Ciccariello-Maher
La zona infernal del no ser
Descolonización de la violencia simbólica
Agitando el mundo de una manera muy necesaria
El arranque forzado del motor decolonial
Fanon en Caracas
La muerte de una “armonía” mítica
Capítulo 4
Carta a Zora Neale Hurston desde el Sur del Norte
Lydia González Meza y Gómez Farías
De la épica biográfica de la autora
El Museo Americano de Historia Antinatural y las representaciones de raza en Estados Unidos
La colonización del saber y las obras inéditas de Hurston
Postdata: toda conversación es un diálogo inconcluso
Capítulo 5
Michel-Rolph Trouillot y la cuestión del Estado y la nación desde la experiencia de Haití
Yuri M. Gómez Cervantes
Capítulo 6
W.E.B. Du Bois y la filosofía de la doble conciencia
Abraham Ramírez
Doble conciencia: la breve historia de un término
La náusea de sentir el “ser dos”
El velo y las multitudes que pasan
La alegoría de la caverna y el caso de John Jones
Conclusión: el reino de la cultura
Capítulo 7
Cuerpos negros en diáspora: archivo vivo en episteme oral
María Antonieta Antonacci
Capítulo 8
Creolizar Marx con Ngũgĩ wa Thiong’o
Sonia Dayan-Herzbrun
Capítulo 9
Entre la subalternidad y el socialismo indoamericano: reflexiones sobre un marxismo decolonial
Danilla Aguiar
Gramsci, Mariátegui y el cotejo del marxismo revolucionario con las particularidades locales
Las novedades teórico-metodológicas: teoría poscolonial, estudios subalternos y su recepción en América Latina
El Grupo Modernidad/Colonialidad y la radicalización con el argumento decolonial
Conclusiones
Capítulo 10
Males decoloniales y prácticas de la inadvertencia
Mariana Ortega
Reflexiones arqueológicas y genealógicas
Prácticas de la inadvertencia
Capítulo 11
Del “colonialismo interno” al “colonialismo global”. Una vindicación de su estatuto analítico en la obra de Pablo González Casanova
José Guadalupe Gandarilla Salgado
El abordaje del colonialismo interno en los tempranos sesenta
Una reformulación necesaria, la propuesta analítica del colonialismo global
Redefinición del colonialismo interno, de los proyectos en disputa y los horizontes de lucha
Capítulo 12
(Asia, otra) diáspora, su lugar en América Latina
Marcela Landazábal Mora
Lugar, recuperación de la experiencia de espacio
Ruinas
¿Y si no hay retorno?
¿Qué opción es el desvío?
Reflexión final
Capítulo 13
El regreso de Calibán a su orilla y su devenir negrx-monstruo
Roberto Almanza Hernández
El regreso de Calibán a la(s) isla(s) del Caribe
La mujer de Calibán, Sycorax o un más allá de Miranda
Silvio Torres-Saillant y el legado problemático de Calibán
El Calibán de la filosofía afrocaribeña
El devenir monstruo/negrx de Calibán como tropo para pensar la liberación
El devenir negro, ¿de la condena o de la liberación?
Autores
Introducción
Teorizando desde los pequeños lugares
Roberto Almanza y Víctor Hugo Pacheco Chávez
En la teoría social contemporánea, el lugar ha ganado una imprescindible relevancia como territorio donde se imagina y se produce la teoría. Este se fue sedimentando a partir de las revelaciones de que todo conocimiento se encuentra situado (Donna Haraway), que existe una geopolítica del conocimiento, que de acuerdo a su geografía adquiere mayor validez y verosimilitud que otros (Enrique Dussel). Se habla de locus de enunciación en el que se inscriben las teorías (Walter Mignolo), y una corpo-poítica del conocimiento que remite a una corporeidad que enuncia y detenta una posicionalidad mediada por relaciones de poder (Ramón Grosfoguel). Gracias a esta tradición crítica que, por cierto, desborda a los teóricos referenciados, hoy nos es posible darle su justa dimensión desde la crítica a toda una tradición eurocentrada del conocimiento que se exhibió como universal por mucho tiempo, desplazando y subvalorando a todos los conocimientos no occidentales. La invitación de Dipesh Chakrabarty de provincializar Europa, que permitió descentrar a Occidente como el crisol de la producción del conocimiento universal, tarea que ya había iniciado Dussel desmantelando el mito del origen de la modernidad, nos faculta para presentarnos sin complejos, habitando pequeños lugares y produciendo teorías desde allí. La novela de la escritora caribeña Jamaica Kincaid, Un pequeño lugar, nos sirve de pretexto para el título de esta compilación. Su crítica incisiva e irónica sobre las continuidades del colonialismo en los tiempos del turismo en la isla de Antigua, sirven de inspiración para abrir paso a estos senderos de la crítica.
El lugar ha ganado una significativa relevancia luego de que pusiera en evidencia que las teorías no se producen al unísono, ni tampoco desde una falsa universalidad que homogeniza las vivencias, las prácticas y las distintas tradiciones y culturas. Los imaginarios universalizantes del norte global se han visto cuestionados por los pequeños lugares al mostrar cómo invisibilizan las problemáticas que no son comunes, ni se producen dentro de una meganarrativa. Pensar desde los pequeños lugares se vuelve un ejercicio en el cual los subalternos puedan configurar de otra manera la universalización de sus mundos y modos de existir, una universalidad que desde lo particular pueda aspirar a una legitimidad mayor. Así, más que de un universalismo abstracto, pensar desde los pequeños lugares nos obliga a situarnos de facto en una pluridiversidad tanto epistémica como de existencias otras.
La manera en la cual el mundo ha devenido capital y la manera en la cual la colonialidad se ha desplegado en el sistema-mundo es una historia no solo de cancelación de otras historias que pudieron haber sido, o de otras historias que fueron derrotadas, silenciadas o negadas, sino también de la producción de historias que en esa mundialización global del capitalismo y la colonialidad han sido reducidas a pequeños lugares, incluso dentro del mismo imperio. En ese afán voraz de fagocitar las distintas lógicas del colonialismo, el trato dado a las colonias se reproduce de algunas maneras en los patios internos de las metrópolis. Así, esas otredades que no se han podido socavar del todo, se reducen a los pequeños lugares internos para poder ser silenciadas y explotadas, pero cuidando de que cumplan con la función de reproducción de las relaciones y prácticas coloniales. Esto ha tenido como consecuencia que, desde las entrañas del monstruo, como diría José Martí, pueda también producirse un discurso crítico, un locus alterno, que no solo hable contra el monstruo, sino que pueda mirar en simetría a las diversas otredades que se constituyen fuera de las fauces de los monstruos de los mares y las tierras, de los Leviatanes o de los Behemoths.
Así, los pequeños lugares a los que nos referimos no son geográficos, a pesar de que partan de una territorialidad dada, sino que son ante todo políticos, lugares desde los cuales se constituye una subjetividad/intersubjetividad, una identidad histórica (no substancialista). Son lugares donde el fondo histórico de la memoria actúa en el presente como elemento pedagógico y como herramienta de liberación; como posibilidad de pensar otras maneras de existir que no sean aquellas la colonialidad trata de imponer en su diseminación aparentemente avasallante: ¿quiénes somos? ¿desde dónde hablamos? Así, los lugares nos trazan las rutas para poder reflexionar desde las coordenadas que delineó Fanon al pensar en los condenados de la tierra.
En este libro, y tratando de generar un diálogo simétrico desde los pequeños lugares o, como dijeran otros, desde los sures globales, hemos seleccionado a autores latinos (y) americanos, además de una autora francesa, que están pensando los temas de la raza, la clase, la discriminación, la violencia, la exclusión o las mismas maneras de pensar o de estructurar nuestro conocimiento. Todas las autoras y los autores que intervienen en esta obra han contribuido desde sus pequeños lugares a fortalecer el pensamiento crítico a través de sus escritos y de su práctica cotidiana.
El libro comienza con el texto de Michael Monahan el cual revisa la lectura y la propuesta de Sylvia Wynter sobre el martiniqueño Frantz Fanon, para analizar la manera como el proyecto humano de occidente invisibiliza otras maneras de entender la humanidad. La crítica a la civilización moderna implica desde esta perspectiva una revisión de la historia colonial y de sus postulados filosóficos para avanzar en un nuevo proyecto humano.
Por su lado, Douglas Ficek muestra cómo en el trabajo de Fanon operan las nociones de monstruosidad, petrificación y seriedad como condiciones de deshumanización de los colonizados. Estas condiciones no son nunca naturales, sino que son producto de la agresión y de la praxis del colonizador que les niega una y otra vez su humanidad. El lugar que Ficek le otorga al asunto de la petrificación tiene preminencia tanto en la teoría de la liberación de Fanon como en la acción liberadora.
En esta sección inspirada en la vigencia del pensamiento fanoniano para la comprensión de la realidad actual, añadimos el texto de George Ciccarello-Maher que propone una nueva lectura sobre al aspecto de la violencia en los textos clave del filósofo martiquinés, y reflexiona sobre el aspecto de la violencia en la construcción de un proceso de liberación social, como el impulsado por Hugo Chávez en Venezuela. Los recientes acontecimientos en el continente americano y específicamente el conflicto entre Estados Unidos y Venezuela, han puesto de manifiesto que el aspecto de la violencia en las secuelas de ese proceso es una cuestión aún por problematizar.
A manera de una epístola imaginaria, Lydia González Meza y Gómez Farías, dirigiéndose a Zora Neale Hurston, nos ofrece una panorámica de esta mujer que es considerada la primera antropóloga afroamericana e integrante del llamado Renacimiento negro del Harlem. A la vez, sitúa algunas de las críticas que Hurston tenía a la sociedad norteamericana: su crítica a lo que hoy se debate en términos de la colonialidad, y su rechazo a una izquierda blanca liberal que no dejaba de tener actitudes de racismo y discriminación con los afroamericanos. Este texto invita al conocimiento de una autora poco difundida en el mundo hispano.
De otro modo, Yuri M. Gómez Cervantes analiza las ideas de Michael-Ralph Trouillot sobre la cuestión del Estado y la nación a partir de la experiencia de Haití, y pone en perspectiva la crítica al diseño de Estado-nación occidental. Sin embargo, se pone en el centro de la reflexión la relación entre el contenido de la nación y la discriminación y el racismo en una población como la haitiana.
Maria Antonieta Antonacci, a través de un estudio de los cantos de los brasileños del nordeste, muestra las estrategias de conservación de los saberes africanos en los pobladores. En la reflexión de la autora, las memorias ancladas en los cuerpos negros concentran una fuerte episteme oral que los muestra como un “archivo vivo”. De esta manera, el análisis centra su atención en el performance y las políticas de representación.
Este libro da brevemente un espacio para la discusión sobre los acercamientos y los alejamientos que puedan tener el marxismo y la teoría decolonial, consolidando la necesidad de pensar un ejercicio de traducción de dos universos teóricos que son indispensables para la crítica a la modernidad, al capitalismo y a las lógicas coloniales. En este sentido, Sonia Dayan-Herzbrun nos ofrece un texto en el cual ensaya la manera como el escritor keniano Ngũgĩ wa Thiong’o creoliza a Karl Marx, haciéndolo hablar y pensar desde un lenguaje en el cual los dominados encuentran los elementos para buscar su liberación. En correspondencia con esta problemática y de una manera crítica, Danilla Aguiar hace un recorrido histórico en el que sitúa cómo se fue posicionando la discusión sobre la decolonialidad en América Latina y la manera como esto significó no solo un rechazo del marxismo en algunos autores, sino un alejamiento de una propuesta revolucionaria de transformación y militancia política. Más que proponer un rechazo, en este texto se reconocen algunas cuestiones para el diálogo, como la apertura del marxismo en autores como Antonio Gramsci y José Carlos Mariátegui, quienes iniciaron el debate sobre uno de los conceptos que cruza el trayecto de gestación de los debates sobre la poscolonialidad y en buena medida la decolonialidad: la pregunta por el subalterno.
Adicionalmente, con el texto de Mariana Ortega se hace énfasis en la necesidad de cuestionar algunos supuestos que se hacen al trazar las genealogías, los cuales, como toda selección arbitraria, terminan excluyendo o invisibilizando aun de manera involuntaria otros trayectos, otras vías u otros esfuerzos que se han realizado para cuestionar la realidad en que vivimos. Así, la autora hace énfasis en esas prácticas decoloniales que han excluido o no toman en consideración la tradición crítica y el pensamiento de las mujeres chicanas.
En una línea que encuentra correspondencia con el señalamiento de Mariana Ortega, el texto de José G. Gandarilla Salgado ofrece una reflexión sobre Pablo González Casanova y su propuesta de colonialismo interno. En él se muestra no solo el legado que el sociólogo mexicano ha hecho en el ámbito de las ciencias sociales, sino que avanza en un análisis sobre la reformulación que realizó el propio González Casanova a la luz de los problemas que imponía el colonialismo global, abriendo un diálogo entre dos tradiciones que hoy se debaten en la región: el colonialismo interno y la colonialidad del poder.
El texto de Marcela Landazábal Mora muestra este aspecto de las prácticas de la inadvertencia no solo en los momentos de la enunciación o en la construcción de narrativas, sino también en el terreno de los procesos sociales que son negados por las visiones historicistas de derecha o de izquierda cuando estas se comprometen con el campo del poder. Así, la autora diserta sobre las implicaciones de la comunidad laosiana, y revisa también de manera crítica las categorías de lugar y diáspora para establecer la manera como debe comprenderse la inmigración de esta comunidad a países tan disímiles como Argentina y la Guyana Francesa después de la guerra de Vietnam. Los conflictos derivados de esa migración se muestran en este texto para visibilizar un proceso tan complejo como las relaciones entre Asia y América Latina y el Caribe.
Finalmente, el trabajo de Roberto Almanza tiene por objetivo central rastrear y analizar la emergencia histórica en que se produce la identificación con la figura de Ariel en el contexto latinoamericano, y cómo se produce el deslizamiento hacia Calibán como apropiación identitaria por intelectuales afrocaribeños —en un primer momento—, hasta convertirse en el símbolo caribeño y latinoamericano antiimperialista y descolonial. De igual modo, se examinan los rasgos que adquiere Calibán bajo la de-formación afrocaribeña, insistiendo en su vigencia como sujeto-negrx-monstruo y su potencia para pensar las teorías críticas descolonizadoras y las políticas radicales de los sujetos racializados y subhumanizados en el presente hacia su liberación.
Este libro ha sido posible gracias a varias voluntades que acogieron de manera entusiasta el llamado que les hicimos y pusieron a disposición sus textos, su conocimiento y su tiempo, así como de un grupo solidario de traductores que nos ayudaron en esta tarea. Por eso, queremos agradecer de manera especial a Rosario Torres-Guevara, Tania Santa Ana Saucedo, Armando Herrera López, Cédric Minne, Gerardo Juárez Vázquez, Edith Aurora Rebolledo Garrido y Miguel Ángel Adame Cerón, sin su esfuerzo y empeño en la traducción de varios textos, este libro no hubiese podido ver la luz.
Capítulo 1
Razón, raza y “el proyecto humano”: Sylvia Wynter. Sociogénesis y filosofía en las Américas
Michael Monahan
Cuando uno considera la historia y la condición contemporánea de las Américas en un contexto filosófico, no es posible (ubicándose en la buena fe) mantener los típicos refugios y desentendimientos a los que la mayoría de los filósofos recurre. De manera deliberada y consciente, al situar lo universal e intemporal de los conceptos de Ser, Verdad o Belleza en el contexto específico de las Américas se requiere que atendamos a los modos en los cuales las pretensiones constantes de la atemporalidad y la universalidad se han sostenido y legitimado a través de su violenta imposición en el escenario global. Así, la manera como las ideas y las prácticas de origen europeo se hacen dominantes en mayor o menor medida en el conjunto del hemisferio occidental, ha tenido más que ver con conquista, esclavitud y genocidio que con el recurso de la cultura o el poder de las ideas. Esto ha llevado a considerar con seriedad el lugar y el contexto de nuestro filosofar, en otras palabras, ha hecho recurrir al encuentro crítico con la particularidad de la práctica filosófica en el plano principal y en la aparición de diversas cuestiones muy serias acerca de la noción que existe en el planteamiento de la llamada filosofía del simplemente así o filosofía de la simplicidad.
Desde luego, está la cuestión de que las Américas nacieron de una violenta imposición en el momento del llamado encuentro colonial1, del que ellas emergieron como una rica fuente de terra nullius a ser conquistada y explotada. Así, una expedición que empujó para abrir el comercio con “el oriente” se transformó en una expedición de conquista y colonización. Asimismo, y de gran importancia en el contexto de la filosofía, el encuentro colonial fue una conmoción en el modo en que las gentes de los emergentes estados–nación europeos se concibieron a sí mismas y su lugar en el orden político, espiritual y natural.
Para tomar en consideración seriamente (y filosóficamente) la especificidad de las Américas, es una exigencia enfatizar en la violencia, la explotación, la esclavitud, la degradación medioambiental y el ethos general colonial de dominación, así como en la conquista y el destino manifiesto que fungieron como contexto y que moldearon las maneras como hemos concebido a la filosofía y a los filósofos. Ignorar, poner entre paréntesis o abstraerse del violento momento del encuentro y su legalización a lo largo de los siglos sería cometer un gran equívoco de lo que fue esta realidad, no solo desde el punto de vista de las Américas sino también de la misma Europa. Así, parte de lo que ello revela es la normalización del estudio de la “moderna filosofía”, la cual es de facto el estudio de la filosofía que sale fuera de Europa en este periodo. Ignorarla, sería ignorar o desconocer que el encuentro colonial no solo es atractivo para esta clase de equivocación en sus implicaciones para el estudio de esta historia, sino que sería una significativa manera de perpetuar este desprecio o ignorancia colonialista.
Por tanto, mientras el encuentro colonial es nodal para la idea de las Américas, dicho momento del encuentro es además esencial para la misma emergencia de la idea de Europa. De esta forma, lo que los portugueses, los españoles, los ingleses, los franceses y los alemanes llegan a pensar de sí mismos como europeos, es debido a estos encuentros con las Américas y con África. Eso significa la llegada de las manifestaciones políticas e intelectuales de la modernidad europea (el Renacimiento) y el comienzo de la empresa colonial, durante los siglos XV y XVI, de los más grandes poderes de todos los tiempos de Europa, como constantemente se ha señalado. Esto no fue solo cronológicamente coincidente, sino que existe una concatenación conceptual (y con elementos de causalidad).
Comencemos con la comprensión crítica de la conexión entre la modernidad renacentista y el colonialismo, considerando que este texto tratará dos cuestiones: primero, comentando el trabajo de Sylvia Wynter, sostendré la centralidad del aspecto filosófico del encuentro de las ideas de Europa y las Américas, que emergen desde un particular modo de la razón; esto se vuelve constitutivo de un particular relato personal que necesita de una mayor elaboración y crítica filosófica. Aquí tiene un significado especial el desarrollo del concepto de raza en la articulación y utilización de la concepción moderna de la persona como ser racional. Segundo, abordaré la siguiente cuestión crucial: si la crítica de estas nociones de razón y persona se toman seriamente, entonces ¿con cuáles otras (si existen) deberían reemplazarse? Aquí recuerdo los trabajos de Lewis Gordon y de José Medina que tienen un planteamiento más viable para delimitar estos dos conceptos claves. Al mismo tiempo, un concepto más apropiado para la historia y la realidad actual de las Américas y que hace énfasis en el dinamismo y la apertura es el de resistencia, que es nodal para la razón y es genuinamente liberadora y universal como concepto de lo humano.
Colonialismo, modernidad y el hombre de razón
La aproximación preponderante para la relación entre modernidad renacentista y colonialismo europeo es concebir a este último como un simple fracaso en la activación de los ideales del primero. Las nociones de derechos humanos universales y la prioridad de la libertad individual y la tolerancia religiosa planteados como ideales intelectuales y políticos, y otros ideales semejantes, pueden concebirse también, entonces, como fracasos. Por supuesto, en la situación final de la herida colonial se ha reconocido la profunda inconsistencia entre los ideales políticos del Renacimiento y las realidades políticas coloniales, y más recientemente varios intelectuales han planteado cuestionamientos acerca de la falta de implementación de esos ideales. Aimé Césairé, Frantz Fanon, Sylvia Wynter, Enrique Dussel, Walter Mignolo y Maria Lugones, por nombrar unos cuantos, han argumentado de distintas maneras que el colonialismo está íntimamente vinculado a los ideales de la modernidad europea, de tal manera que dichos ideales están infectados, por así decirlo. Siguiendo a Aníbal Quijano, podemos decir que se han convertido, como él ha referido, en una colonialidad. Walter Mignolo ha explicado que mientras el significado de la colonización hace referencia a la ocupación física y geográfica de espacios y de gentes, la colonialidad es el modo en el cual esta ocupación se extiende al dominio de lo epistémico, de lo cultural y de lo psicológico. De esta manera,
Mientras la decolonización se refiere principalmente a momentos específicos de las luchas políticas para despachar a los invasores de vuelta a su casa, la decolonialidad nos introduce a la esfera de lo hermenéutico y lo epistémico, explicación y comprensión de procesos políticos y éticos para deslegitimar la matriz colonial de poder para edificar un mundo no imperial y no capitalista. (Mignolo, 2012, p. 25)
Mucho más significativo para nuestros presentes propósitos es que Mignolo (2012) lleva su planteamiento más allá, en el sentido de que “la colonialidad es constitutiva de la modernidad”, de tal manera que “no hay modernidad sin colonialidad” (p. 24). Si este punto de vista es correcto, de ello se sigue que, contrario a los enfoques característicos de la filosofía política preponderante, el colonialismo no es una desviación o fracaso de los ideales de la modernidad europea, sino que, por el contrario, es una realización o expresión de ellos. Claramente vemos que estos planteamientos requieren de una mayor elaboración que los lleven hasta el final.
Recupero, entonces, el trabajo de Sylvia Wynter, quien en las dos décadas pasadas escribió una serie de artículos en los que considera los procesos que han estremecido el panorama político e intelectual desde los siglos IX hasta llegar al siglo XIX, y su relación con el colonialismo. Sylvia Wynter (2003) plasma el tema central de estas cuestiones de la siguiente manera:
La confrontación de este nuevo milenio se establecerá entre el imperativo actual de mantener la inercia de la concepción de ser humano, Hombre, de nuestra etnoclase (esto es, la burguesía occidental), en la cual ella se sobre representa a sí misma, como si ella sola fuera lo humano en sí misma, y el aseguramiento positivo y por ende de la cognición unitaria y la autonomía conductual del conjunto de la especie humana/nosotros mismos. (p. 260)
El problema, dicho de otra manera, es que “Hombre”, un particular género de la humanidad, como Wynter (2006) lo plantea, se construye en y mediante la Modernidad europea bajo una concepción específica de que esencial y universalmente significa “ser humano”. Dicha concepción se elaboró con el autoconvencimiento y persuadiendo a la mayoría del mundo de que esa es la más completa realización como concepto esencial y universal. De manera crucial, no solo el bienestar, sino también la misma existencia de este particular género Hombre, es fundamentalmente dependiente del bienestar y la existencia del resto de las especies. El Hombre, para decirlo brevemente, necesita a otros seres humanos y también a otros miembros de la misma especie, quienes no son vistos como realizaciones verdaderas o completas de Hombre. Estos otros se conciben, dicho en términos de Wynter (2006), como el “Otro humano del Hombre” (p. 125). Tales otros humanos fueron concebidos por representaciones del género Hombre, no simplemente como diferentes formas de ser humano, “sino, por el contrario, como una falta o carencia de lo que fueron ellos mismos, a la manera de ‘Raza vil’, del Otro de su ‘verdadera’ humanidad, la naturaleza mala como opuesta a la ‘naturaleza buena’” (Wynter, 2006, p. 125).
La clave aquí del argumento de Wynter es esta situación de la falta. Una cosa es reconocer diferencias significativas entre diferentes poblaciones y culturas, y otra cosa es concebir mi propio grupo poblacional y mi propia cultura como superior y ver a todas las otras incompletas o como manifestaciones deformadas, o pálidos reflejos de la cosa verdadera. Los pueblos no europeos2 carecen de algunos de los aspectos vitales: razón, virtud, autonomía, autodisciplina, etc. y esta crucial falta los sitúa más allá o fuera de las normas que gobiernan a los seres humanos completos. Derechos de propiedad, autonomía cultural, libertad y aun la vida para sí mismos fueron negados sobre los territorios que solo los europeos como personas y como culturas fueron capaces de administrar (y obtener beneficios) entre las riquezas del mundo. Tomando en consideración la filosofía en las Américas, se deben hacer profundos esfuerzos para revelar y criticar los procesos por los cuales se edificó, se mantuvo y se legitimó esta relación de carencia o falta.
Una clave para entender cómo ello se convierte en una exigencia crítica, está en llevar a cabo una exploración de la apropiación que hace Wynter del concepto de Frantz Fanon de sociogenia. En su obra seminal Pieles negras, máscaras blancas, Fanon (2008) argumenta que, junto a la filogenia y la ontogenia, está también la sociogenia; y bautizando este proceso como “el principio sociogenético”, Sylvia Wynter (2001) arguye que este es un elemento constitutivo de la subjetividad humana. El principio sociogenético postula, dicho de manera simple, que nosotros hacemos las clases de cosas que realizamos (tanto como especie como individuos) como resultado no solo de procesos biológicos, sino que las llevamos a cabo como resultado de procesos sociales y en condiciones en las cuales y a través de las cuales las funciones biológicas no son trascendentes.
Recuperando el reciente trabajo sobre filosofía de la mente, especialmente el de los autores David Chalmers y Thomas Nagel, nuestra autora argumenta que la sociogenia es ineludible, dado el modo como opera la consciencia humana. De acuerdo con su interpretación, lo que Fanon revela en su manejo del concepto de sociogénesis es que:
Hay procesos de la experiencia subjetiva que tienen lugar y cuyo funcionamiento no puede ser explicado únicamente con los términos de las ciencias naturales, de solo leyes físicas […] la transformación de la experiencia subjetiva se da, en el caso de los seres humanos, en el contexto de la culturalidad y por ende es determinada socio-situacionalmente, con estas determinaciones funcionando se activan sus correlatos físicos. En consecuencia, si la mente deriva de lo que el cerebro hace, lo que el cerebro haga está determinado culturalmente por la mediación del sentido del yo, así como igualmente por la situación ‘social’ en la cual el yo se sitúa. (Wynter, 2001; pp. 36-37)
El argumento de Sylvia Wynter es que los organismos biológicamente complejos (como nosotros) han complejizado sus sistemas neuroquímicos debido a la interiorización por señales, ya sea de recompensas (placer) como de castigos (dolor), ambos resultado de (en el nivel de la especie) y motivo para (en el nivel del individuo) las conductas adaptativas. Pero, como seres humanos, nuestra experiencia de placer y dolor y lo que es considerado como conducta normal (o, más específicamente, nuestra experiencia subjetiva de nuestra conducta y lo que nosotros hacemos como normal), es condicionado no meramente por lo biológico, sino también por nuestra situación cultural específica.
Como Wynter (2001) dice al respecto:
Aunque nacemos biológicamente como humanos (con pieles humanas), nosotros nos experienciamos a nosotros mismos como humanos solo a través de la mediación de los procesos de socialización afectados por la inventada tekhne o tecnología cultural a la cual damos el nombre de cultura. (p. 53)
Ser humano es así un asunto de sociogenia, además de ontogenia y filogenia. Si tomamos en consideración esta explicación, ello nos abre una crucial serie de cuestiones acerca de los modos y los significados de la sociogénesis como un proceso histórico, y da pauta para el cuestionamiento de la relación entre la modernidad europea como un sentido del yo y el colonialismo/colonialidad.
Antes de pasar a profundizar en el argumento de Wynter, es importante abundar un poco más respecto de la idea de sociogénesis y cómo comprender su función. El uso particular que hace Fanon (2008) del término aparece en sus inicios en Piel negra, máscaras blancas, y es desplegado en parte como un reproche a las explicaciones un tanto reductivas sobre la existencia humana. Esto es, Fanon distancia su propio análisis de la tendencia de concebir la conducta humana ya sea como estrictamente determinada por lo biológico (ambos: lo individual-ontogenético y lo referido a la especie-filogenético) o estrictamente determinada por la psique individual (en el amplio sentido de racionalización, así como en el de las motivaciones subconscientes). Sociogenia, de esta manera, sirve para señalar el camino por el cual las redes particulares constituidas socialmente de normas, significados, símbolos, modos de comportamientos corporales y similares aspectos, nos forman como agentes constituidos tanto biológicamente como psicológicamente.
En parte, esto quiere decir que nosotros podríamos, en aras de simplificar, decir que la cultura puede moldearnos como individuos y como especie de maneras que necesitan ser tomadas en cuenta si nosotros permanecemos cercanos en todas partes y adecuamos nuestra comprensión de seres humanos. “Un impacto de realidad social”, como Lewis Gordon (2000) establece en su discusión de sociogénesis, “es ontológico, transforma conceptos —afirmaciones del conocimiento— en conceptos vivos, formas de ser, formas de vida” (p. 84). En el contexto del racismo y la colonialidad donde se enfocó Fanon, las implicaciones de este movimiento son monumentales. Racismo y colonialidad no son simplemente un conjunto de disposiciones o creencias que uno adquiere en el curso de su vida, y puede, si uno así lo quiere, someterlo a un escrutinio racional y aceptarlos o rechazarlos. Por el contrario, racismo y colonialidad moldean la subjetividad de todos los que caen dentro de su esfera, de tal manera que todo lo que se considera como razonable, normal e inteligible, por ejemplo, está inextricablemente condicionado por el milieu (medio o entorno) racista/colonial. Para redireccionar verdaderamente el racismo, por tanto, se requiere no simplemente cambiar las mentes individuales o las políticas y las leyes particulares, sino que se necesita la reorganización de las culturas, de tal forma que, en su transformación, se lleve a cabo el remoldeamiento de los individuos que están sujetos a ello.
Un tema central del trabajo de Fanon (2008), para dar luz respecto a la centralidad de la sociogénesis, versó en torno al planteamiento del gran impacto que ha tenido y continúa teniendo el racismo colonial en los sujetos tanto de las (anteriores) colonias como de los países madres/padres. Fanon presta atención a la forma como la cultura francesa se ha posicionado como la norma paradigmática de la razón, de la música, de la literatura y, desde luego, de la cultura como tal (civilización), versus la de los ignorantes habitantes de las colonias que solo se pueden comparar en términos de falta. Para el niño que vive en Martinica, esto viene a resultar en darse cuenta de que se esfuerza hacia metas que nunca va a poder alcanzar. Fanon (2008) dice que ello solo se presenta como un destino en el contexto colonial, y que éste es blanco. La resonancia aquí con lo que plantea DuBois (1994) como “Doble consciencia” es clara; una cultura racista genera las condiciones para quienes están ubicados dentro de la falta de completa humanidad, se verán ellos mismos a través de los ojos de sus opresores, con la consecuencia de que ellos se convertirán en un problema que la sociedad blanca deberá enfrentar. (pp. 4-6)
Las innumerables respuestas para este sentido hacia uno mismo se sitúan desde el nacimiento, a cierta distancia de la realización más completa del humano. Esto es tematizado en el texto de Fanon y uno podría leerlo como un catálogo de algunas de las respuestas comunes para esta condición y sus limitaciones, desde tratar de apropiarse del lenguaje y la cultura del colonizador, hasta buscar una clase de aproximación a la blancura a través del compromiso romántico con amantes blancos, o intentar confrontar racionalmente la representación racista, o desatar la ira de aquellos quienes han llamado su humanidad en esta cuestión, o la comprensión de las representaciones coloniales del colonizado en un esfuerzo por adjudicar una valencia positiva (una interpretación del movimiento de la negritud). Lo que el análisis de Fanon revela de manera brillante es el modo como cada una de estas estrategias, en efecto, se revierten hacia quienes las despliegan y los aleja delante de sus propios ojos o de los de los otros; estas solo sirven, al final de cuentas, para reinsertar su inferioridad respecto de los blancos. Como lo ha señalado Lewis Gordon (2000), con ello se contribuye a crear un mundo dentro del cual lo patológico se normaliza y el esfuerzo por ser normal se hace patológico.
Por supuesto, para ambos, Wynter y Fanon, mientras la sociogénesis condiciona la conducta humana de modos que deben ser considerados con seriedad, dicha sociogénesis no la determina. Esto es, la sociogénesis moldea nuestra subjetividad, pero hasta donde nosotros permanecemos como sujetos, nosotros podemos confrontar y echar para atrás ese condicionamiento. El trabajo de ellos queda como testimonio de esto. Aún en la faz de un mundo anti-negro que les niega su completa humanidad, es importante producir trabajo que revele los mecanismos del racismo y reivindicar el llamado a la rearticulación de la humanidad frente a la degradación sistemática. Ello es una clara prueba de que es posible la lucha, no para domar o acabar con la sociogénesis, sino para que ambas se vean como una realidad ineludible de la formación del sujeto humano y, más bien, para conformar el proceso de la sociogénesis bajo modalidades que sean más conducentes para las expresiones liberadoras del humano. Con esto en mente quiero regresar al análisis de S. Wynter de la génesis del género hombre.
Los trastocamientos intelectuales y culturales que marcan el desarrollo de la modernidad europea pueden entenderse como desviaciones en la tekhne cultural que condiciona el sentido europeo del yo (y, desde luego, suscita la idea misma de Europa como tal)3. La primera de esas desviaciones en el relato de la manifestación más completa o superior de lo humano, de acuerdo con el bosquejo histórico que nos ofrece Sylvia Wynter, fue la que se extendió del Cristianismo al sujeto políticamente racional. Esta fue una desviación desde una visión en la cual la Iglesia ofreció redención del pecado original al adecuar la subordinación del comportamiento a sus dictados, hacia una en la cual el acrecentado estado secular ofrece redención desde nuestros aspectos irracionales y afectivos a través de la subordinación al estado racional (Wynter, 1995). En términos del ideal normativo de lo que significa ser humano, fue una transición desde la verdad cristiana del yo al hombre racional (Wynter, 2001).
Los últimos avances de las ciencias naturales, especialmente de la biología, plantean una desviación fundamental más en la concepción biologicista de la humanidad, en la cual la más completa y superior realización de lo humano no es solo lo más racional, sino también lo más desarrollado. La dominación europea en este momento se convierte en la prueba no solo de la superioridad cultural de Europa, sino igualmente de la superioridad biológico/genética del hombre europeo. Esta desviación se desarrolla estrechamente con el entonces emergente concepto de raza y, por consiguiente, con el de racionalidad del hombre europeo, como realizada inicialmente y a la vanguardia en sus instituciones económicas y políticas. Puede todo ello, de esta manera, ser leído como una consecuencia o, mejor dicho, como una expresión de su superior completud biológica —su blancura. Sylvia Wynter (2001) resume este punto como sigue:
Vislumbrando que de todos los modos de la experiencia consciente humana, y por tanto, de la consciencia, pueden ahora ser concebidos, en todos los casos, como la expresión del modo culturalmente construido de la específica experiencia subjetiva para el funcionamiento de cada sentido del yo sociogenético de la cultura, por analogía el mismo reconocimiento ahora puede ser extrapolado al sentido del yo de las especies específicas, expresando con ello el principio genómico que define todas las formas de la vida orgánica. (p. 53)
El argumento principal de Wynter, por ende, es que la idea que la modernidad se forja de sí misma gira en torno a la formulación (o, por el contrario, modificación) de una noción de superioridad o, planteado de otra manera, de la manifestación de lo humano con más pureza4. Dicho en otras palabras, el hombre europeo es la más pura realización de la humanidad, y todos los otros son no puros o son manifestaciones corruptas de otras especies.
El desarrollo del sentido del yo europeo toma lugar dentro de un marco fundamentalmente binario que, de acuerdo con Wynter, posiciona el para nosotros europeo siempre en relación con algún Otro que incorpora (y este hecho de la incorporación se ha convertido de manera incrementada en algo crucial en el peso del Renacimiento y el desarrollo de la concepción biologicista del Hombre) una falta central de las características esenciales que son autodescritas como la más elevada realización del hombre. En las primeras etapas fue el cristiano contra el pagano/impío, luego el racional y civilizado contra el irracional y salvaje, y finalmente el completo desarrollo y la forma más elevada (mayor pureza) de la especie contra las formas degradadas o atrofiadas (corruptas/mezcladas). Significativamente, fueron los primeros encuentros con el África occidental, y luego con el “nuevo mundo”, los que proporcionaron para el hombre europeo las formas de contraste de los Otros humanos.
Como Wynter ha planteado este punto,
fueron, en consecuencia, las gentes de las Américas y el Caribe quienes —después de ser conquistadas, cristianizadas y aseguradas en el sistema de trabajo impuesto conocido como la encomienda, con sus tierras y su soberanía violentamente expropiadas— fueron introducidas, discursiva e institucionalmente, como Pandian (Jacob) señala, a la incorporación de una humanidad ‘salvaje e irracional’, y, por ende, al Otro humano del hombre, definido como el sujeto político racional o ciudadano del Estado (Wynter, 2006, p. 125).
El proceso del colonialismo lo llevaron a cabo primero los portugueses después de rodear el Cabo Bojador; luego los españoles en sus aventuras transatlánticas, a quienes se les unieron rápidamente los ingleses, los franceses y los alemanes, todos los cuales hicieron posible, de acuerdo con Wynter, el desarrollo del ideal del hombre racional y autosuficiente en contraste con el irracional y dependiente nativo de las colonias de África, las Américas y Asia.
Bordando sobre la discusión de Fanon sobre la condición colonial, Wynter resume esta idea de la siguiente manera:
Mientras el hombre negro debe auto experienciarse como el efecto del hombre blanco —como debe confrontar vis a vis la mujer negra a la mujer blanca—, ni el hombre blanco ni la mujer blanca pueden de ninguna manera experienciarse él mismo/ella misma en relación al hombre negro/mujer negra, sino en el conjunto y genericidad del ser humano, y todavía dicha genericidad debe confirmarse por la falta de estos últimos de la completud, de la genericidad (Wynter, 2001).
El corazón del argumento de Wynter, por ende, es la idea de que la alegada universalidad del humanismo renacentista no solo es subrepticiamente algo completamente particular (blanco, varón, burgués), sino que de forma importante se nutre parasitariamente del contraste con aquellos que carecen de realización completa (desde el ideal del Renacimiento) de humanidad.
Núcleo de esta concepción de humano que maneja la modernidad europea, y algo central para el argumento que he avanzado en este capítulo, es que este es un particular relato de la razón. Lo que separa al hombre de las bestias es la racionalidad —esa capacidad de dominar internamente los impulsos y pasiones de uno, además de dominar externamente las fuerzas de la naturaleza, inclinando ambas dimensiones en la elección de fines bajo la racionalidad. De esta forma, lo racional completo, y por tanto el agente humano completo, manifestará la racionalidad mediante el control de sus impulsos y pasiones, ejerciendo una dominación interna directa y ejerciendo control sobre estos elementos bestiales e indomables de la psique que son contrarios a la vida de razón y autonomía5. Al mismo tiempo, dicho agente racional completo impondrá un orden racional sobre el ingobernable caos del mundo de lo natural y de lo social, enseñoreando el mismo dominio sobre lo externo, así como lo debe hacer sobre lo interno, para mantener y demostrar su estatus como agente completamente racional. Uno puede ver también esta manifestación en el nivel político, en donde el Estado racional será directamente coercitivo y llevará a cabo todos los esfuerzos de control de los sectores del populacho, conocidos por ser los menos racionales y los más rebeldes6.
Esto tiene implicaciones significativas para la comprensión del colonialismo. La preponderancia de la Razón fue tal, que su propio ejercicio se mostró como la más alta expresión de la esencia de la humanidad, para controlar y plegar el mundo material hacia nuestros fines, vía la industria y la ciencia (aquí estaríamos pensando en los planteamientos de Locke). Los agentes completamente racionales, independientes y autónomos controlaron el medio ambiente sin explorar otras maneras. Asimismo, la expresión propia de la racionalidad fue controlar y dominar a esos “otros humanos”, quienes carecieron de razón completa o propia. El hombre racional expresó y demostró su racionalidad al encargarse de manera paternalista de los desafortunados incapaces de racionalidad completa, de independencia y de autonomía por sí mismos. Si nosotros pensamos la noción de Hombre como manifestación de la realización más pura de la razón y, de este modo, de la más pura manifestación de lo humano (Hombre), entonces este proceso de dominación y control puede ser pensado como el modelo de un proceso de purificación. Esta purificación tiene procesos “internos” y “externos” que operan ambos para el nivel individual y para el político/social.
La purificación de la razón y la purificación del humano toman lugar en un nivel individual interno cuando depuramos nuestros egos de influencias irracionales/externas. El dominio de los propios deseos, instintos y emociones se corresponde con el principio renacentista del rechazo a la tradición y a establecimiento de sus propias creencias, siguiendo la luz de su propia racionalidad. Estos son los modos por los cuales las influencias impuras y corruptas se pueden depurar (devolviendo “lo externo” a uno mismo) y entonces la razón se purifica dentro del sujeto. Asimismo, se da un proceso de purificación externamente directo cuando se ejercen las prácticas controladoras del agente racional sobre el mundo externo y se fragua un orden más racional (típicamente entendido como útil y provechoso).
Además, para el nivel social, la purificación también se manifiesta internamente cuando el cuerpo político sitúa los recursos del poder únicamente en las manos de las manifestaciones más altas (esto es, las “más puras”) de la razón humana, en vistas de controlar a esos elementos irracionales y rebeldes cuya única función es servir como recursos humanos (tanto productivos como reproductivos), y de manera externa cuando el estado racional se establece para identificar, conquistar y explotar aquellos territorios y poblaciones del planeta que fracasen en estar a la altura y en los estándares que plantea la razón. Desde luego, si racionalmente ello solo se hace patente a través de esos procesos de purificación, se fracasa y genera desconfianza llevar a cabo el estatus de uno como racional. En resumen, estamos dando a entender que la razón y el colonialismo no fueron una expresión del oportunismo europeo, sino que se trata de un imperativo racionalmente determinado para purificar el mundo y sujetarlo (lo correcto propio y lo que está formando parte del orden de las cosas) a la voluntad solamente de los agentes más racionales, y cuya racionalidad se demostró mediante el acto de subyugación.
De esta manera, el colonialismo no es un desafortunado proceso que coincidió justo con el desarrollo de la modernidad europea, sino que cada fenómeno está íntimamente conectado uno respecto del otro. ¿Esto quiere decir que deberíamos abandonar completamente la modernidad, junto con la noción universal del humano como tal? Sylvia Wynter no suscribe tal planteamiento y más bien se dedica a trabajar la articulación de una nueva comprensión de humanidad. Si nosotros estamos intentando encontrar el desafío de Wynter para realizar “el Proyecto Humano” (Wynter, 2006, p. 163), entonces necesitamos confrontar el concepto de razón como dominación. En ese sentido, es importante enfatizar que para S. Wynter ello no significa simplemente la negación de la razón y entonces la valorización de lo irracional o a-racional; ello no quiere decir, por tanto, un giro hacia lo anti-moderno o lo post-moderno. Lo que Wynter (1995) sostiene es que hubo un vislumbre de algo importante en el desarrollo de la modernidad europea y el legado de 1492. Sus propias palabras son provocativas y es pertinente citarlas de manera amplia:
Debido a que la mutación por la cual nosotros hemos gradualmente llegado a asegurar la autonomía del modo específico de cognición de nuestra especie ha sido solo parcial en el amanecer del viaje de 1492 y un verdadero triunfo por tanto queda incompleto, únicamente con cumplimiento cabal de la verdadera primera victoria será posible una conmemoración de 1492. Tal cumplimiento debería tender por tanto hacia un movimiento conceptual dentro de una esfera más allá de la razón —uno que sea capaz de tomar en sí mismo nuestro modo de razón actual y el sistema de representaciones simbólicas y modos de comprensión subjetiva que oriente las matrices perceptuales y que al mismo tiempo oriente nuestras conductas— como el objeto de una nueva manera de interrogante (p. 40).
El gran desafío es, pues, subjetivar la noción de razón heredada de la “victoria incompleta” de la modernidad europea para realizar una indagación crítica en torno a ella, considerar con seriedad el modo como funciona la razón, como se manifiesta en y mediante los seres humanos, condicionada por y realizada a través de la sociogénesis. Así, y dicho de otra manera, condicionada no simplemente por la biología, o las leyes científicas puras, sino también por el significado y los modos por los cuales diferentes sistemas (sociales) significativos condicionan los procesos biológicos. De tal manera que es en mucho una materia de la poética, así como una materia de la lógica. Nosotros debemos, nos sigue diciendo nuestra autora, cerrar la
brecha peligrosa que ahora existe entre nuestro aumento de autonomía humana con respecto a nuestro conocimiento de los niveles físicos y orgánicos de realidad y nuestra carencia de dicha autonomía con respecto al conocimiento de nuestro nivel específicamente humano (sociogenético) de realidad (Wynter, 1995, p. 49).
A continuación, vuelvo a la cuestión de cómo mejorar la clausura de esta “brecha peligrosa”.
Sociogénesis y poética epistémica. Resistencia y creolización de la razón
Hay dos ideas importantes e interconectadas para trabajar extensamente que necesitan desplegarse y hacerse más explícitas. La primera es en torno a la explicación nada simple que nos ofrece Wynter acerca de varios cambios y desarrollos en el sentido del yo de los europeos e igualmente y de manera significativa acerca del desarrollo de los europeos como tales. La “invención” de África o de Latinoamérica a través del curso de la era colonial fue también, al mismo tiempo, la invención de Europa. Esto es, justo con la idea de África como un lugar habitado por un particular tipo de gente, como una consecuencia del encuentro colonial con los colonizadores, portugueses, españoles, ingleses, alemanes y franceses, se construye la idea de que todos estos colonizadores fueron, como resultado a partir de este encuentro, europeos. El colonialismo, dicho en otras palabras, está profundamente implicado en el propio origen de Europa como región y de los europeos como pueblo. Como Nelson Maldonado-Torres (2008) ha puntualizado, el año de 1492 marcó no solo el descubrimiento de territorios y pueblos, los cuales vendríamos a conocer como las Américas, sino que también marcó la expulsión de los judíos de la península ibérica. “El anti-semitismo moderno, el racismo anti-negro moderno y el colonialismo moderno […] encuentran un referente histórico común en el momento final de la reconquista española y el comienzo de una nueva forma de conquista en las Américas” (p. 3) Dicho con otras palabras, este fue un año que marcó un hito significativo en la “purificación” interna del continente e inauguró en lo externo la purificación del mundo. Este es un momento en el cual ello se hizo posible a pesar de las profundas y crecientes rivalidades y enemistades enraizadas entre los estados-nación europeos que se prolongarían durante el siglo XX y, más allá, para aún reconocerse entre cada uno de ellos como semejantes, o sea como europeos. Este fue todo un acontecimiento de lo más sobresaliente en el contexto de y en relación con el colonizado.
La segunda idea crucial e importante aquí planteada tiene que ver con el énfasis que hace Wynter (2001) respecto de los modos en los cuales tanto el pensamiento como la razón humana moldean y son moldeados por el trasfondo específico de las normas culturales e ideológicas en las cuales nosotros crecemos y maduramos como individuos y colectivos. Este es justamente el “principio sociogenético de Fanon”, tal como lo postula en su propia formulación influida por su personal formación en la psiquiatría, mientras Wynter (2001) afirma que la sociogenia es un aspecto y no la totalidad de la consciencia humana. Dentro del marco colonial, el sentido del yo tanto del colonizador como del “nativo” son profundamente moldeados por su contexto y por la articulación de lo que es normal para los participantes de este sistema. Igualmente, por incorporar e integrar en el comportamiento esas prescripciones de normalidad, ellas legitiman y perpetúan ese contexto colonial. De esta manera, “nosotros en nuestra identidad humana, poseemos únicamente modos de ser humano híbridos compuestos de natura y cultura” (Wynter, 2001, p. 60). La sociogenia, por consiguiente, no reduce simplemente la consciencia humana a cultura, como si la natura/cultura fueran una dicotomía de todo o nada. Por el contrario, toma seriamente la síntesis dialéctica entre esas dos modalidades del ser humano, lo que pone de relieve el fracaso de concebir a la humanidad como si fuera pura o tuviera únicamente pureza en una u otra de dichas modalidades, o el fracaso de esperar explicaciones del comportamiento humano o del fenómeno de un ajuste perfecto en una u otra de esas categorías.
Estas dos ideas cruciales —que la historia del colonialismo es también la historia de la emergencia de la idea de Europa y los europeos, y que tales ideas y prácticas culturales inevitablemente moldean nuestra conciencia, condicionando lo que se considera normal y, en última instancia, lo que se considera racional— apuntan hacia lo que aquí se señala como algo riesgoso, pues se trata de la tensión permanente de la relación entre lo individual y lo colectivo. Nuevamente, Sylvia Wynter (2006) es explícita acerca de este crucial punto:
La nueva definición [de Fanon] del ser humano como un modo híbrido de, por así decirlo, “natura-cultura” u “ontogenia-sociogenia” implica que los procesos por los cuales nosotros producimos nuestras sociedades para nuestra sobrevivencia son los mismos procesos auto-constituyentes por medio de los cuales al mismo tiempo, nos producimos a nosotros mismos como esta o aquella modalidad social siempre en sí socializada, y por lo tanto sociogenética, un tipo/género de ser humano; y, como tal, bajo una ligazón siempre en sí misma inter-altruística y, por consiguiente, un modo de reconocimiento-parental del yo y los nosotros (p. 134).
La verdadera fortaleza del argumento de Wynter expuesta a lo largo de sus artículos es la muy poderosa idea de que, para cualquier agente dado que plantee un relato razonable y exitoso del mundo, este es condicionado necesariamente por el particular nosotros dentro del cual el agente se encuentra insertado.
Esta es la razón por la que la manera en la que avanza la modernidad europea es una noción particular del nosotros humano, presentada como si ella fuera la universal, la que ha sido y de muchas maneras continúa siendo de una destructividad terrible. Esto no es otra cosa que una clase de imperialismo normativo o cultural (aunque esto es ciertamente algo negativo) y ello es un verdadero fracaso epistémico. Es justamente un fracaso para reconocer la forma en la cual la sociogénesis siempre condiciona (epistémicamente) la agencia de uno, pues se presenta como modalidad ineluctable. Un compromiso genuino con la verdad y la razón debería confrontar la particularidad de este condicionamiento y no rechazarlo o desconocerlo. Adicionalmente, debería hacerse con un verdadero esfuerzo epistémico dirigido a intencionar la comprensión de los seres humanos. Si no es así, el fracaso puede tener nuevamente consecuencias desastrosas. Para decirlo usando la terminología de S. Wynter, la hegemonía del concepto Hombre, como el ideal universal de la modernidad europea, fue totalmente dependiente del concepto de “el Otro humano del hombre” (Wynter, 2006, p. 125), y más aún desde que ello se hizo una representación de la mayor pureza y de la superioridad de la humanidad (Hombre), pues fue a partir de la razón, entendida en buena medida como el ejercicio de la dominación y control de lo que es considerado externo a uno mismo. Por consiguiente, nosotros podemos visualizar que la creación del concepto Hombre en la modernidad europea efectivamente la dictó el colonialismo. El “descubrimiento” del Otro-humano como el salvaje, el irracional, el ignorante y el dañado, demandó la dominación y el control por parte de aquellos quienes, a través del acto de dominación, demostraron su estatus de racionales, civilizados y puros, y de esta manera simultáneamente demostraron su derecho a subyugar.
Esto es debido a que, como Lewis Gordon (2008) ha señalado, los filósofos que han llegado por fuera de las tradiciones europeas (incluso de las euroamericanas) han sido afectados con la metacrítica de la razón. El dilema de estos filósofos considerados a partir del ángulo de los de abajo o los inferiores de la modernidad es la cuestión del seguimiento. Si la razón significa definirnos en nuestra humanidad, empero “nosotros” (los no-europeos) somos un a priori entendidos como situados más allá de los límites de la razón a pesar de todas las evidencias en sentido contrario; entonces la razón en sí misma ha fracasado desde el comienzo. Ella nunca realmente ha logrado alcanzar la verdad, sino bajo un amañado juego al servicio de los intereses coloniales y del supremacismo blanco. ¿Cómo entonces podemos nosotros los sujetos europeos razonar hacia la crítica racional, dado que la razón ha sido de principio definida ella misma como una universal que no admite desde lo exterior la crítica, justo desde donde podría ser susceptible la razón y podría hacerse precisamente dicha crítica racional? Una buena parte del capítulo XV del libro Pieles negras, máscaras blancas está dedicado justamente a abordar dicha problemática. ¿De qué manera podemos los colonizados posicionarnos a propósito de la crítica racional de una concepción de razón que funciona como un sistema cerrado que nos sitúa claramente en el exterior y en la parte de abajo o inferior de dicho sistema?
El problema que emerge desde esta “brecha peligrosa” entre nuestra concepción del mundo natural y nuestro entendimiento de la sociogénesis (y, de esta manera, de nosotros mismos) es la de una modalidad de “cerramiento epistémico” (Gordon, 2000, p. 88), una actitud epistémica que se concibe ella misma como impermeable a los cuestionamientos “externos” y/o a la crítica. En este caso particular, el cerramiento es una consecuencia de la insistencia en que no hay nada externo al sistema en cuestión. Así, podría ser mejor decir que la brecha peligrosa es la que se da entre nuestro entendimiento del mundo natural y nuestra desaprobación de la sociogénesis. Si la razón es fundamentalmente comprendida como un esfuerzo para obtener control sobre el mundo, entonces ella tenderá hacia los sistemas de explicación mecanicistas y cerrados (y por ende controlables), donde ella no puede recuperarlos o descubrirlos, ya sea mediante su intento de imponerse o mediante declararlos totalmente irracionales y caóticos. Ello es cierto si el dominio en cuestión es tanto de recursos y objetos físicos, como de poblaciones humanas, ambos por la necesidad de catalogación (encerramiento) y ordenamiento (ambos en el sentido de la imposición y en el sentido de administrarlos), de tal manera que ellos puedan ser eficientemente controlados. Las diversas críticas en torno a este ideal de razón son múltiples, pero lo que es central en este capítulo es el modo en que se es incapaz de una explicación por no contar con el principio sociogenético. Si el modo por el cual los agentes epistémicos razonan y por lo tanto la manera en que los agentes mismos son moldeados es una cuestión de sociogénesis, entonces la razón es un proyecto de control que está destinado a entrar en una forma de circularidad, por esa intencionalidad de encerrar todo dentro de un solo sistema de racionalidad. Esto conlleva que los agentes epistémicos, quienes tienen el control, al mismo tiempo escondan y desaprueben las fuerzas sociogenéticas que han moldeado a esos agentes. Para señalarlo con insistencia, el Hombre europeo de razón podría moldear a las culturas no europeas (y de esta manera llevarlas al mínimo aproximativo de su propia civilización), pero el punto de vista que Sylvia Wynter manifiesta es que él mismo no puede visualizarse como un producto de la sociogénesis. Él es lo que es por virtud de su biología (raza) y de su voluntad autónoma (dominante); esto es, que el conjunto de los otros (el Otro humano del Hombre) se mantendrá atrasado por su naturaleza inferior, la cual incluye de manera significativa una incapacidad para lograr una autonomía completa. Para sujetar su propia racionalidad al escrutinio racional, debería admitirse que su entendimiento de razón (y de esta manera, de sí mismo como un competo ser racional) es incompleto y que no puede ser tolerado.
Ello quiere decir que la concepción de la razón heredada de la modernidad europea ha mantenido la pretensión de universalidad por rechazar, excluir o borrar cualquier evidencia de las concepciones “externas” o alternativas, y por ignorar su propia y específica sociogénesis (en particular la europei-dad). En el contexto de la filosofía en las Américas esto ha significado que la filosofía propia, entendida como filosofía del simplemente así o filosofía de la simplicidad, ha estado siempre con claridad trabajando dentro de la tradición europea (tomando en consideración, por supuesto, al Reino Unido) e ignorando las diversas posibilidades de los provechosos temas sustantivos que emergen de las fuentes africanas o americanas7. Pero como Wynter ha argumentado, y como yo he intentado enfatizar, mantener esta actitud y esta perspectiva de razón y de filosofía finalmente es un fracaso para lo razonable.
De esto surge una cuestión interesante a propósito de la viabilidad de un concepto universal de razón capaz de ofrecer una perspectiva crítica de la concepción de razón renacentista. Es decir, una que, de cierta manera, resuelve la tensión entre lo moderno y lo posmoderno. Si tomamos seriamente las raíces coloniales de la modernidad europea que causan el asunto de vislumbrar la razón como un sistema cerrado y universal que es capaz de lograr verdades fijas, estables y mentes independientes, ¿entonces nos estaremos quedando nosotros solamente con un campo abierto de interpretaciones infundadas? Esto es, ¿nosotros abandonamos la razón como inherentemente colonial y giramos en lugar de ello a las bases culturales hermenéuticas o, en su lugar, intentamos articular una idea de razón alternativa? Gordon (2008) explica este dilema en términos de lo que él llama “neopositivismo” y “hermenéutica posmoderna”, y apunta hacia una posible solución de la siguiente manera:
Las creencias neopositivistas acerca de que toda verdad se logra por los métodos de las ciencias exactas son triviales y por ende caen por su propia inconsistencia. La hermenéutica posmoderna plantea la postura de que la verdad puede carecer de prueba de permanencia y de exactitud, lo cual quiere decir que se tendría que subordinar a los procesos de la interpretación. La cuestión que emerge para dar contestación a ambos posicionamientos, sin embargo, es acerca del dinamismo de la verdad. ¿Por qué la verdad no puede ser dinámica? (p. 92).
El planteamiento de que la verdad podría ser “dinámica” sugiere una perspectiva aproximativa completamente diferente a la razón, y entonces entraríamos en la necesidad de la epistemología. Si la verdad es dinámica, entonces el acierto epistémico no se puede entender como el arribo a (o la aproximación hacia) un punto final estable y fijista, y por tanto la razón no puede ser simplemente un procedimiento formal conducente a ese logro o llegada.
Como otra vía alternativa, vuelvo a La epistemología de la resistencia, un trabajo reciente de José Medina. Mucho de lo que dice Medina (2013) en este extraordinario texto tiene que ver con el modo en el cual nuestro medio cultural, especialmente bajo condiciones de opresión, puede dificultar que los agentes reconozcan sus propios límites epistémicos, fenómeno que él refiere como una metaceguera. En efecto, dicha metaceguera apunta hacia la manera como la sociogénesis condiciona a los agentes, de tal modo que nuestras propias lagunas epistémicas, lejos de ser fuentes o motivaciones de búsqueda de conocimiento, pueden ser, por el contrario, ocultadoras para nosotros. José Medina, en este sentido, se enfoca en el contexto específico de opresión, lo que significa que nosotros podemos ser insensibles a los modos en los cuales nos insensibilizamos a las injusticias que sufren los otros (o aún nosotros mismos). La prescripción para esta metaceguera es que mantengamos nuestros procesos mentales alerta por medio de la resistencia y por lo que él refiere como una “fricción epistémica” (Medina, 2013). La fricción epistémica ocurre cuando la función “normal” de nuestros modos y significados de interpretarnos a nosotros mismos, al mundo y a nuestro contexto, se encuentra con algo inesperado o con el que tenemos conflicto: entonces generamos resistencia y fricción dentro de este sistema interpretativo/epistémico. Este es, además, un proceso fundamentalmente social que requiere interacción precisamente con individuos, grupos y contextos que son un importante modo “exterior” del propio marco epistémico y de esta manera con mayor probabilidad generamos fricción a través de la interacción (Medina, 2013, p. 204). La metaceguera, en otras palabras, es una limitación epistémica o un fracaso epistémico que es resultado en buena medida de un exceso de homogeneidad. De la misma forma que un sistema ecológico falla cuando la diversidad se reduce, así la monocultura cuando sucede lleva a que el sistema epistémico falle, excluyendo, desaprobando o marginalizando aquel modo de entendimiento que queda fuera en algún sentido significativo. Para combatir la meta-ceguera y promover la metalucidez (Medina, 2013), uno debe, por consiguiente, cultivar necesariamente el punto de vista de la diversidad que presenta la resistencia a la metaceguera de uno, para desarrollar fricción epistémica en uno mismo y en los otros.
En términos de nuestro entendimiento de razón y la persistente cuestión de cómo podemos criticar racionalmente la concepción de razón heredada de la modernidad europea, el trabajo de Medina ofrece prometedoras vías a desarrollar y lograr. Ahora bien, si fuera el caso de que nosotros podemos llegar a la perspectiva universal o “visión del ojo de dios” desde la cual no necesitamos correcciones porque no caemos en las lagunas epistémicas o en momentos de metaceguera, entonces, quizás, tenderemos hacia que dicho logro de monocultura podría ser un ejercicio meritorio. Sin embargo, las lecciones del llamado encuentro colonial y el principio de la sociogénesis nos han aclarado que esforzarse hacia tal perspectiva no es algo fútil o inútil, pero puede ser terriblemente dañino y peligroso aun en los terrenos estrictamente epistémicos. Si nuestro ideal epistémico no puede, por ende, ser la llegada a la misma serie de afirmaciones o principios estáticos y finales que resuelven todas las cuestiones, entonces nuestra apelación y la concepción de la razón que hemos argumentado deben ser unas que consideren e incluyan dentro de nuestra estimación el pluralismo, la resistencia y la fricción.
En ese sentido, la metáfora de José Medina es particularmente creativa en este contexto, porque precisamente puntualiza no solo la idea de que debe haber por lo menos un mínimo de dos elementos en interacción para generar la fricción, sino que también debe haber lugar para la temporalidad. Como fenómeno físico, dicho de otra manera, la fricción implica movimiento: es un proceso dinámico, no un estático punto-final (Medina, 2013, pp. 301-303). Retornando al punto que había planteado Lewis Gordon acerca de que la verdad es dinámica, podemos nosotros plantear, por tanto, que una explicación dinámica de la verdad requiere igualmente una explicación dinámica de la razón como un proceso, no de llegada a algún destino (una noción estática de verdad y de razón), sino, por el contrario, uno que enriquece y facilita el proceso continuo de búsqueda de momentos creativos de más y más fricción epistémica.
El fracaso de la comprensión de la razón por parte de la modernidad europea fue que trató (y continúa tratando) a las concepciones y las visiones alternativas del mundo ya fuera como versiones de simplicidad inferiores o de carencia o falta de ella misma, o como totalmente ajenas e irreconciliables. En cualquier situación, que no necesita entrar dentro del compromiso creativo con ellas (para facilitar una fricción creativa), se busca, en cambio, incorporar toda la diversidad pretendida dentro de su propio sistema monolítico (igual que una especie invasiva que toma un ecosistema y lo lleva inexorablemente hacia la monocultura). Desde la perspectiva alternativa de razón y de verdad hacia la cual he estado inclinándome aquí, eso ha sido una vía de fracaso epistémico a pesar de la sofisticación tecnológica. Desde luego, eso apunta precisamente hacia la “brecha peligrosa” que Sylvia Wynter nos mostró con claridad: la modernidad europea fue capaz de hacer tremendos progresos (por algo es el valor del “progreso”) en el dominio del mundo natural, pero a expensas del fracaso total de asir la significativa importancia de la sociogénesis y de esta manera la propia y evidente laguna epistémica y de la metaceguera.
Lo que es necesario, como Wynter (2006) señala, es que los seres humanos ejerciten su
habilidad, sin ningún cambio en su fisiología, para transformar sus conductas, sus realidades sociales y sus específicas ideologías de género [para] reinventar sus tipos o géneros de seres humanos y, por consiguiente, sus modos de conocimiento, sentimiento y comportamiento en nuevas modalidades de ellos (pp. 156-157).
La sugerencia de Wynter (2006) de que ese Hombre debe ser hecho a un lado desde lo humano, apunta hacia una reconceptualización del Humano como ser necesariamente diverso en su expresividad. Es decir, que lo que es esencial a la humanidad es precisamente el modo en el cual nuestra expresividad total (por lo tanto, lo más universal) requiere que exista una variedad de “géneros” de seres humanos que estén interactuando de maneras que lleven a procesos de fricción epistémica (y cultural, y teórica y así seguidamente).
La historia de la modernidad europea ha sido una que ha desautorizado los diferentes géneros de seres humanos y el llamado de Wynter a la acción es uno que nos invita a rechazar tal desautorización y, por el contrario, nos incita a recuperar y explorar los variados géneros de lo humano, sus particulares autoconceptos y entendimientos de la razón. La fricción que podría emerger de esta propuesta puede ayudarnos a avanzar en lo que Wynter denomina “el proyecto Humano”. En este sentido es que recupera el ejemplo de la explicación que da Miguel León-Portilla del concepto precolombino de origen nahua de neltilitli, frecuentemente traducido al inglés como “verdad”. León-Portilla (1963) puntualiza que “la raíz silábica nel tiene la connotación original de firmeza sólida o de profundo enraizamiento” (p. 8), lo cual es de gran significancia dado que él observa que en el idioma náhuatl se pone énfasis en la naturaleza transitoria de la existencia. Las raíces pueden proporcionar estabilidad, pero ellas también son elementos que crecen, viven y se transforman. La noción de verdad como “enraizamiento” debería así ofrecernos una vía interesante para aproximarnos a la comprensión de la razón como una búsqueda de la verdad que contrasta con la que nos es descrita por Wynter: la que impone la modernidad europea. O, por citar otro ejemplo, uno puede ver resplandores de entendimientos alternativos de la razón en la emergencia de la revolución haitiana (Fischer, 2004). Los posibles géneros por explorar aquí son también varios. Me permito describirlos solo de una forma que remotamente pueda hacerles justicia. El aspecto nodal del asunto es que ellos existen y es solo una autodecepción sostenida la que facilita su invisibilidad para la mirada filosófica (o quizás, mejor dicho, para el Yo filosófico).
El esfuerzo de traer juntos estos diferentes géneros de lo humano y sus nociones correspondientes de razón no es simplemente para “celebrar la diversidad” para su propia causa, sino que, en última instancia, es parte del proyecto que Wynter emprende para hacer más genuinamente universal lo que fue la modernidad renacentista. Su proyecto es, a fin de cuentas, uno profundamente humanista. Ella acude a una noción de humanismo que tiende no hacia algo monolítico y en última instancia dirigido hacia un ideal deshumanizador como lo es este del Hombre europeo, sino que, por el contrario, tiende hacia un ideal dinámico y polivalente (o, como lo dice Medina, “polifónico”). Ello es así, debido al esfuerzo de resistencia respecto a la asimilación de los diversos géneros de humanidad dentro del concepto de Hombre que lleva a falsedades en vez de posibilidades de humanismo genuino. De igual forma, como la razón ha tenido un papel primordial a lo largo de los siglos de alimentar esta tendencia asimilacionista, ella también debe ser reconcebida bajo el requerimiento de fricción, resistencia y diversidad.
El énfasis en una comprensión más dinámica de la razón bajo un proceso que requiere la diversidad necesaria para generar fricción creativa y encuentros con resistencias, como lo opuesto a un sistema cerrado y totalizador, se puede ahora utilizar para auxiliarnos en darnos luz en lo que Wynter ha denominado “el proyecto Humano”. El principio sociogenético plantea que uno de los aspectos que es universal en los seres humanos es nuestro sentido del yo, nuestro entendimiento de lo que es normal y racional, que nos lleva indefectiblemente a su condicionamiento por parte del medio cultural en el cual nuestro sentido del yo va madurando. Desde una perspectiva subjetiva, entonces, el esfuerzo por comprender el mundo requiere que me aferre a este proceso sociogenético, el cual al mismo tiempo me obliga a que me sitúe a mí mismo en una posición conducente a la resistencia y la fricción epistémica. Nuestra condición humana compartida, dicho con otras palabras, justamente miente en esta condición compartida de necesitar otros diversos en el mandato de encontrar esta condición humana común. Lo que es fundamental en esta perspectiva es que cualquier presunción de llegar a una comprensión completa de “lo humano” como una concepción fija, cerrada y monolítica y por ello mismo natural, es un equívoco de lo que significa la humanidad compartida como condición humana común (este equívoco es, en efecto, anti-humano). En el momento en que se hace una clausura de la apertura esencial, o se enuncia un final del proceso en curso de la resistencia epistémica y la fricción con juicios para nuestra comprensión de humanidad, esto tiene un efecto de desaprobación de lo que es la verdad universal acerca de nosotros y se sustituye con una comprensión enmascarada de lo universal.
Ello significa que cualquier explicación asimilacionista de “el proyecto humano” fracasa en la comprensión de lo que es el meollo del proyecto. Existe claramente un peligro real en este enfoque aproximativo de entendimiento bajo un modelo exoticista o consumista. El llamado aquí no es simplemente a reconocer que nosotros necesitamos de “otros” para mostrarnos a nosotros mismos, de tal manera que el resto del mundo existe simplemente para servir a nuestros fines epistémicos o para ser asimilados en este proyecto en curso y narcisista: para nuestra autocomprensión. Por eso es nodal en la explicación que he intentado bosquejar aquí, sostener con énfasis los planteamientos en torno a la sociogénesis, al dinamismo y a la apertura, y que estos encuentros productivos con la resistencia y la fricción alteran fundamentalmente el yo que es el ser que está siendo comprendido. Hay en este sentido un desvío (dinamismo) ontológico en el que el encuentro de uno con esta clase de fricción, si este encuentro se mantiene dentro del espíritu del proyecto humano como aquí he sugerido que debería ser entendido, cambia de un modo esencial sus participantes. Así, surge la idea de que encuentro un otro diverso, que experimento una resistencia para algún aspecto de mi sentido del yo arraigado y escondido, que aprendo una valiosa lección y entonces me involucro en el fracaso completo por captar lo que está sucediendo aquí por mantener el modelo de un sistema cerrado. La clase de encuentro que sin lugar a dudas generaría necesariamente el tipo de resistencia y fricción sería uno en el cual los participantes estén abiertos a la inquietud o a la incertidumbre de su sedimentado sentido del yo, es decir, que ellos estén dispuestos a aprender desde (como opuesto justo a sobre) y ser cambiados unos por otros.
De este modo, los aspectos epistémicos de “el proyecto humano” son necesaria y forzosamente siempre éticos. La colonialidad como un encierro en la apreciación que uno tiene de su propio sentido del yo en la única, completa y universal explicación de lo humano, es asimismo un encierro en el hecho de que nosotros no tenemos que aprender nada de ellos. Nosotros podemos aprender acerca de ellos, en el mismo modo en que podríamos aprender acerca de la flora o la fauna local en un territorio extraño (y la historia de la antropología es abundante en ejemplos de esta perspectiva en el estudio de los seres humanos), pero ellos no tienen nada que enseñarnos a nosotros, con la probable excepción de ser reflejo de nuestros orígenes bárbaros. Siguiendo el reclamo de Fanon (2008) de que en el contexto colonial el colonizado no posee “resistencia ontológica” según la perspectiva del colonizador (p. 90), se puede agregar que tampoco hay resistencia epistémica. Recuperando el reto de Wynter de que conseguir el proyecto humano implica consecuentemente no solo el compromiso epistémico para buscar y abrirse a la resistencia y a la fricción, sino igualmente el compromiso ético con la idea de que los otros, especialmente quienes han sobrevivido en la parte inferior de la modernidad, tienen resistencia que ofrecer.
Dicho de otra manera, uno debe, si es que está comprometido con el proyecto humano, afirmar (en el más amplio sentido del término) la capacidad de todos, pero especialmente de los condenados de la tierra, para contestar y resistir el sentido del yo de uno. Es solamente de esta manera que podemos cerrar la “brecha peligrosa” y tomar con seriedad el significado del principio sociogenético. Además, esto significa que la diversidad humana no es un obstáculo que lamentar para el sueño del humanismo universal, sino que, por el contrario, es una condición para la posibilidad de resistencia epistémica, para aprender los unos de los otros y para comprender la verdad como dinámica. La universalidad que se encuentra en el proyecto humano es, de esta manera, incompatible con la homogeneidad o con las políticas del totalitarismo y el asimilacionismo. La comprensión debe ir en dirección de que las Américas no son el único territorio en y a través del cual toma realidad este proyecto, sino que es solo uno de ellos. La filosofía y los filósofos pueden ya sea apartarse del eurocentrismo y de la mentalidad localista (parroquialismo) con la finalidad de abrazar y avanzar este proyecto, o permanecer indiferentes, en el mejor de los casos, o continuar como agentes de la colonialidad, en el peor de ellos.
Traducción de Miguel Ángel Adame Cerón
Referencias bibliográficas
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1. Enfatizo aquí en “colonial” para dejar abierta la posibilidad de que ello no solo se refiere al encuentro entre europeos y los pueblos del hemisferio occidental, tal como está planteado el problema, sino, por el contrario, se refiere también al carácter colonial mismo de este encuentro. Además, esto deja abierta la posibilidad de que los encuentros anteriores a 1492 pudieron no haber tenido el mismo carácter colonial.
2. Por supuesto, mi perspectiva aquí sobre el colonialismo hace la distinción central europeos/no europeos y aún más entre europeos, mujeres, pobres, homosexuales y discapacitados, donde todos ellos, de diferentes formas, son ejemplificaciones de este “otro humano del hombre”
3. Esto no implica que fue un proceso simple o sencillo, ni implica negar que existen reales y significativas diferencias internas al interior de Europa. Pongamos un simple ejemplo: el estatus de España como europea, desde el punto de vista de los europeos del norte, fue, siempre y de muchas maneras que aún están presentes, significativamente dudoso (véase Greer, et. al., 2007). Con ello no queremos sugerir que Europa se ha desarrollado al mismo tiempo y de una sola vez bajo una identidad monolítica libre de tensiones internas (y aun de contradicciones), sino que llama la atención por relevante que dichas diferencias internas fueran mucho menos sobresalientes fuera o al exterior de Europa.
4. En mi propio trabajo he descrito este “sentido del yo” como uno en el cual el hombre europeo se concibe a sí mismo como la más pura forma de lo humano y el colonialismo como un esfuerzo por purificar el mundo, llevándolo bajo el dominio de la más alta y la más pura manifestación de humanidad (consúltese Monahan, 2011, pp. 53-182).
5. Mi uso aquí del pronombre masculino es un reconocimiento deliberado de la manera como la mujer es concebida como constitutivamente incapaz de tal racionalidad y autonomía. Véase Lloyd (2005).
6. La manera que utilizo aquí “rebelde” se debe a Falguni Sheth en su libro Hacia una política filosófica de la raza.
7. Las fuentes asiáticas son un poco mejores, sin embargo, presentan problemas semejantes.
Capítulo 2
Monstruosidad colonial: Fanon y el problema de la petrificación
Douglas Ficek
En el documental Frantz Fanon: His Life, His Struggle, His Work (Cheikh, 2001), el historiador Mohammed Arbi habla de la reacción de Frantz Fanon en la primera Conferencia de Toda la Gente Africana (AAPC, por sus siglas in inglés), organizada por el entonces Primer Ministro Kwame Nkrumah en diciembre de 19588. “Él entendía que los líderes de esos países eran autoritarios y no buscaban la liberación de sus pueblos” (Cheikh, 2001), lo que significa que Fanon, quizás mejor que cualquier otra persona9, sabía que la independencia política, aunque fuese una condición necesaria para la descolonización, no la constituía en sí misma. Es posible, en otras palabras, que la explotación, la opresión y la deshumanización, tan características del colonialismo, resurgieran con valores y estructuras similares10, como neocolonialismo, en las nuevas naciones “independientes”. Esto, más que nada, es de lo que trata Los condenados de la tierra, y yo sugeriría que, así como Piel negra, máscaras blancas es un texto que habla de fracasos, de igual forma Los condenados de la tierra habla de advertencias. Es por esto por lo que era tan importante para Fanon completarlo antes de morir en diciembre de 1961 a causa de la leucemia.
Una vez explicada la relevancia política del argumento de Fanon y reconociendo que son muchos los estudiosos de él y de su análisis del neocolonialismo, afirmo que hay un aspecto claro en su análisis que no ha recibido suficiente atención en la literatura secundaria; un aspecto que es indispensable tanto para la descolonización, como para el proyecto de la liberación humana11. Me refiero aquí a su construcción fenomenológica en la conceptualización de la petrificación y sus varias causas, vislumbrada en Piel negra, máscaras blancas y explícita en Los condenados de la tierra. Este fenómeno, mantengo, tiene un lugar importante en la teoría de la liberación de Fanon, no solo en el nivel de teoría, sino también, de manera más importante, en el nivel de la acción liberadora.
La petrificación en Los condenados de la tierra
Entre los efectos perjudiciales del colonialismo (y el neocolonialismo) que Fanon describe en Los condenados de la tierra, hay uno que es especialmente importante. Me refiero a la “petrificación”12, que en esencia es una estasis sociocultural, una estasis contraproducente que impide tanto los esfuerzos anticoloniales, como los decoloniales, y así mismo el proyecto de humanización. En Los condenados de la tierra, Fanon (1968) describe a los nativos argelinos en términos de petrificación y enfatiza este estado en el campesinado rural.
Consideremos los siguientes pasajes:
Es, pues, una diplomacia en movimiento, furiosa, que contrasta extrañamente con el mundo inmóvil, petrificado, de la colonización (p. 61).
La aparición del colono ha significado sincréticamente la muerte de la sociedad autóctona, letargo cultural, petrificación de los individuos (p. 73).
Pero si se trata de comprender las razones de esa desconfianza de los partidos políticos hacia las masas rurales, hay que recordar el hecho de que el colonialismo ha fortalecido o asentado frecuentemente su dominio organizando la petrificación del campo (p. 87).
En estos pasajes, Fanon utiliza los términos “petrificado” y “petrificación” para indicar una fuerte —incluso fundamentalista— adherencia a la tradición, una adherencia que lleva a la “inmovilidad” sociocultural (Fanon, 1968, p. 40). Los individuos nativos y los campesinos rurales son petrificados y, consecuentemente, se encomiendan a las viejas costumbres, a las supersticiones y a los rituales que, aunque parezcan fantásticos, ofrecen espacios donde su intensa ira se descarga. El aferrarse a estos “mitos aterradores” (Fanon, 1968, p. 41), les permite distraerse de la dura realidad del colonialismo y esto es lo que beneficia a los colonizadores, los arquitectos de la petrificación. Fanon (1968) dice, “los zombis son más aterrorizantes, créamelo, que los colonos. Y el problema no está, entonces, en ponerse en regla con el mundo bardado de hierro del colonialismo, sino en pensarlo tres veces antes de orinar, escupir o salir de noche” (p. 41).
El termino “petrificación” queda especialmente bien aquí. A pesar de todo, “petrificación” viene del verbo latín petrificare, que literalmente significa “convertir algo en piedra”. Petra significa “piedra” en latín; en las ciencias físicas sabemos que una petrificación ha ocurrido cuando una masa orgánica se ha transformado en roca como resultado de la substitución de celulosa por sílice. Lo orgánico se vuelve inorgánico; lo dinámico se vuelve estático. En lenguaje sartreano, decimos que los objetos petrificados son puramente lo que son y ya no lo que no son, lo que quiere decir que son cosas no-libres13. En el mundo colonial, de acuerdo con Fanon, los colonizados son privados de su libertad y, de esta manera, ontológicamente relegados al estado de objetos, como las piedras. Se les niega su dinamismo, están violentamente forzados a pertenecer a una “zona de no-ser” (Fanon, 1967) que no es libre ni humana.
Hay otra razón por la que el concepto de “petrificación” encaja en este contexto: evoca la monstruosidad del colonialismo. Cuando estamos aterrorizados, horrorizados o asustados, el “miedo nos petrifica”. No podemos movernos, no podemos gritar. La agencia nos abandona, o nos es arrebatada, y por unos breves momentos estamos suspendidos en el tiempo. Para algunas personas, esto es una experiencia única y deseable, ya sea en la forma de deporte extremo o películas de terror. Sin embargo, para el colonizado, esto no es una experiencia única. Al contrario, es una experiencia cotidiana (esta negación de agencia y esta negación de la libertad). Fanon (1968) escribe, “la labor del colono es hacer imposibles hasta los sueños de libertad del colonizado” (p. 73) y esto es, según dice Fanon, un trabajo monstruoso, trabajo que evoca a las Gorgonas de la mitología griega. Estos monstruos son tres hermanas maldecidas con veneno y cabello reptil, que podían convertir a la gente en piedra con tan solo mirarles a los ojos. Ellas, de forma literal, podían petrificar a sus víctimas. Al final, ¿no es esto exactamente lo que el monstruo colonial trata de lograr con respecto a la población nativa, no importa lo imposible que sea?
Medusa es la Gorgona más conocida y es su muerte lo que la ha hecho tan conocida. Medusa, a diferencia de sus dos hermanas Esteno y Euríale, era un ser mortal, a quien Perseo le cortó la cabeza por culpa del rey tirano Polidectes, quien secretamente quería matar a Perseo. Sin embargo, lo relevante de Medusa es su origen, su transformación desde una mujer hermosa con muchos pretendientes, a un monstruo espantoso con ojos petrificantes y letales. Arrogante de su hermoso cabello, Medusa acusó a la diosa Atenea de tener celos de ella. Ofendida por tal arrogancia, Atenea transformó a Medusa en una bestia monstruosa. “La diosa escondió su cara / su égida —pero hizo que Medusa pagara: / ella convirtió el cabello de esa Gorgona en víboras horrorosas” (Ovid, 1993, p. 142). Este fue su castigo por ofender a la diosa Atenea; este fue su castigo por jugar a la diosa14.
Medusa era muy segura de sí misma… demasiado. Falsamente, creyó que podía competir contra la diosa de la sabiduría, al menos en cuanto a su respectiva belleza, y esto era inaceptable. Como lo observa Fanon en Los condenados de la tierra, el colonialismo también se siente muy seguro de sí mismo… demasiado. Y, como Medusa, los agentes del colonialismo sufren desilusiones de divinidad, no se piensan a sí mismos como seres humanos de carne y hueso, sino más bien como dioses incorpóreos, no obstante blancos. Al final, no son dioses. Para convencerse a sí mismos de que son dioses se requiere de trabajo sádico y deshumanizador. Consideremos los siguientes pasajes:
Aunque el campo represente inagotables reservas de energía popular y los grupos armados hagan reinar allí la inseguridad, el colonialismo no duda de la solidez de su sistema. No se siente en peligro (Fanon, 1968, p. 102).
Un mundo dividido en compartimientos, maniqueísta, inmóvil, mundo de estatuas: la estatua del general que ha hecho la conquista, la estatua del ingeniero que ha construido el puente. Mundo seguro de sí, que aplasta con sus piedras las espaldas desolladas por el látigo. He ahí el mundo colonial (p. 40).
En los países coloniales… el gendarme y el soldado, por su presencia inmediata, sus intervenciones directas y frecuentes, mantienen el contacto con el nativo y le aconsejan, a golpes de culata o incendiando sus poblados, que no se mueva. Es obvio que el agente del gobierno utiliza un lenguaje de pura violencia (p. 29).
Dadas sus desilusiones de divinidad, está claro que los colonos utilizan este lenguaje de violencia por dos razones al menos: primero, la “pura violencia” es necesaria para mantener el status quo colonial, lo que quiere decir que promueve la obediencia de los colonizados15; y, segundo, refuerza su sentido falso de superioridad ontológica. Dicho de manera más simple, si los colonos pueden guiar y dominar a los colonizados, entonces aquellos no son seres humanos. Deben ser algo más, deben ser algo divino. Por otra parte, si los colonizados pueden ser guiados y dominados, entonces ellos tampoco serían seres humanos. Deben ser algo menos, deben ser algo sub-humano. Así, los colonos son fundamentalmente misantrópicos a pesar de sus afirmaciones públicas e irónicas de la humanidad. Como escribe Fanon (1968): “Cuando busco al Hombre en la técnica y en el estilo europeo, veo una sucesión de negaciones del Hombre, y una avalancha de asesinatos” (p. 252).
Sadismo y el espíritu de la seriedad
Esta interpretación no es exactamente nueva. En El ser y la nada, Sartre (1992) explica que “el sentido profundo del mito de Medusa” (p. 584) se puede encontrar en nuestro temor básico a ser petrificados por la mirada del Otro, quien “al surgir, confiere al para-sí un ser-en-sí-en-medio-del-mundo como cosa entre las cosas” (p. 584). Claro que, cuando dice esto, el contexto filosófico es el encuentro intersubjetivo en general; no se refiere al encuentro colonial, caracterizado entre otras razones por su brutalidad. No obstante, Sartre reconoce el poder de la mirada para objetivizar a otros; él reconoce la naturaleza agresiva, incluso monstruosa, de la mirada. Expandiéndose en su admitida mención breve de la Medusa, Hazel E. Barnes explica que
La Mirada del Otro, que me revela mi condición de Objeto, me juzga, me categoriza, me identifica con mis actos y apariencias externas, con mi ser-por-el-otro. Ese hecho, al ignorar mi libre subjetividad, me reduce al estado de cosa en el mundo. En síntesis. Esto revela mi vulnerabilidad física, mental y mi fragilidad (Barnes, 1974, p. 23).
La libertad humana o la “subjetividad libre” (utilizando el postulado de Barnes) es ignorada por la mirada del Otro, aunque no lo niegue en su totalidad, y esto es constitutivo de mauvaise foi o “mala fe”, el cual es uno de los conceptos más importantes en la filosofía de Sartre16. Hay muchos ejemplos de mala fe, pero no todos son necesariamente malos o moralmente lamentables, aunque tienen la misma estructura básica: una mentira reflexiva, como una mentira que uno se dice a sí mismo:
Para estar seguro [escribe Sartre], aquel que practica la mala fe se está escondiendo de una verdad desagradable o está presintiendo la verdad como una dulce mentira. La mala fe tiene entonces la apariencia en la estructura de la falsedad. Lo que cambia todo es el hecho de que en la mala fe esta proviene de uno mismo que está escondiendo la verdad. Esta dualidad del que recibe y del que da no existe en sí. La mala fe por el contrario implica en esencia la unidad de la consciencia (Sartre, 1992, p. 89).
El contenido específico de estas “decepciones” reflexivas varía de gran manera y uno podría pasar la vida entera catalogándolas. El contenido general, por otro lado, siempre es el mismo. En mala fe, uno niega la libertad, la responsabilidad, la realidad humana en sí misma. Y en el mundo colonial, estas negaciones se llevan a los extremos más monstruosos.
¿Qué es la petrificación si no la institucionalización sádica del espíritu de la seriedad, esa forma perniciosa de mala fe en la que la gente no toma responsabilidad por los sentidos que proyectan dentro del mundo y hacia el mundo? ¿Qué es la petrificación si no la presentación, y el subsecuente refuerzo, de ciertos significados tan necesariamente verdaderos? ¿O no está la petrificación ontológicamente divorciada de la humanidad misma? En El ser y la nada, Sartre describe esta desafortunada actitud con cierto detalle y no se puede negar que su descripción evoca la petrificación, que evoca la transformación del tejido vivo a muerto, materia misma:
Todo pensamiento serio [Sartre explica] es pensado por el mundo, se coagula, es un resto de realidad humana en favor del mundo. El hombre serio es “del mundo” y no tiene recursos en sí mismo. Él ni siquiera imagina alguna lejana posibilidad de salir del mundo, porque se ha dado a sí mismo el tipo de existencia de una piedra, la consistencia, la inercia, la opacidad de ser-inmerso-en-el-mundo (Sartre, 1992, p. 741).
Como antes, el contexto filosófico aquí es la mala fe, el espíritu de seriedad en general. Sartre no se refiere al colonialismo, mucho menos a la condición que expone Fanon sobre la petrificación del campesinado rural en la Argelia colonial17. Sartre describe al hombre serio como alguien que libremente decide ser serio, como alguien que se da a sí mismo el “tipo de existencia de la piedra”. Para este hombre, la libertad y la responsabilidad son demasiado y eso es, especialmente, verdadero cuando se trata de los significados en el mundo y sus manifestaciones institucionales, a las cuales él contribuye y de las cuales él podría beneficiarse, pero por las cuales él no está dispuesto a aceptar ninguna responsabilidad. Al hombre serio le encanta decir “así son las cosas y no hay nada que se pueda hacer”.
Esta actitud necesariamente nos lleva al quietismo, incluso al fatalismo, y es por esta razón que los colonizadores la fomentan entre los nativos. Los nativos serios, los nativos a quienes se les ha petrificado exitosamente, no cuestionan, ni resisten al mundo colonial y sus significados, ni a sus instituciones o sus límites. Más bien, aceptan el mundo colonial y todo lo que este implica, incluyendo su propia inferioridad ontológica. Entonces, los nativos “escogen” la seriedad, pero lo hacen con botas en sus cuellos y pistolas en sus cabezas. En realidad, son los colonizadores quienes escogen la seriedad por ellos, puesto que los colonizadores están totalmente comprometidos en lograr el éxito de la institucionalización de esta forma de mala fe. Consideremos los pasajes siguientes:
La relación colono-nativo es una relación de mayoría. El colono pone fuerza bruta contra el peso de los números. Él es un exhibicionista. Su preocupación con la seguridad lo obliga a recordarles a los nativos con voz alta que él es el único jefe. El colono mantiene viva en el nativo una ira, la cual lo deja sin salida, atrapado en el estrecho hueco de las cadenas del colonialismo (Fanon, 1968, p. 42).
La primera cosa que aprende el nativo es a mantenerse en su lugar, y no ir más allá de ciertos límites. Es por esto que los sueños del nativo son siempre acerca del valor muscular, sus sueños son de acción y de agresión… Durante el periodo de colonización, el nativo nunca deja de buscar ilusoriamente su libertad de las nueve de la noche a las seis de la mañana (p. 40).
En el mundo colonial, a los nativos se les niega su libertad, se les niega su dinamismo. Y una evidente consecuencia de eso, de acuerdo con Fanon, es que ellos solo pueden vivir la experiencia de su libertad únicamente mientras sueñan durante la noche. Esta observación —sin duda resultado de su trabajo progresivo en el hospital psiquiátrico de Blida-Joinville— es significativa. Sugiere, después de todo, que los colonizadores, a pesar de sus esfuerzos persistentes y prolongados, no pueden objetivizar a los nativos por completo; sugiere que “solo logran una pseudo-petrificación en vano” (Fanon, 1968, p. 42).
A los colonizadores les gustaría petrificar a los nativos por completo; les encantaría transformarlos en cosas, como las piedras. También les gustaría crear un mundo tan saturado de seriedad donde su opuesto —la alegría— no existe. El problema, por supuesto, es que este proyecto sádico es contradictorio a la realidad humana y, por lo mismo, imposible. Los nativos son seres humanos; los nativos, como los colonizadores, a pesar de sus ilusiones de divinidad, son libertades encarnadas en el mundo. Por ello, no se les puede petrificar por completo. A lo mucho, se les puede “pseudo-petrificar”, lo cual quiere decir que pueden ser violentamente forzados a un estado de obediencia habitual, que es simultáneamente un estado de hibernación sociopolítica. “De esta manera [Fanon observa], el individuo acepta la desintegración ordenada por Dios, se inclina ante el colono y su suerte, y por una especie de reestabilización interior adquiere una calma de piedra” (Fanon, 1968, p. 42).
Esta actitud prevalece entre el campesinado rural, quienes son los nativos mas petrificados en el mundo colonial. Viven su día-a-día bajo una “superestructura mágica” inmóvil, embrujada por todo tipo de “espíritus maléficos” (Fanon, 1968, p. 43). Están “estupefactos, como hemos visto, en una perpetua vida sin incidentes” (Fanon, 1968, p. 109). Y, sin embargo, de acuerdo con Fanon, poseen un potencial político radical, mucho más que el del relativamente privilegiado y altamente comprometido proletariado urbano que, como un grupo, está semi-incorporado en la economía del mundo colonial y, así pues, menos comprometido con una independencia nacional18. Este potencial revolucionario es raramente reconocido, pues se percibe a los campesinos rurales como seres completamente petrificados, completamente “desintegrados.” Sin embargo, este no es el caso, y cuando los militantes de las ciudades son forzados a buscar refugio en el campo, se encuentran con nativos que son dignos de un compromiso verdadero, incluso de reclutamiento inmediato. “Ellos descubren”, Fanon escribe,
Que la masa de la población rural nunca ha dejado de pensar en el problema de su liberación, excepto en términos de violencia, en términos de retomar la tierra ocupada por los extranjeros, en términos de lucha nacional y de insurrección armada… Estos hombres descubren personas coherentes que continúan viviendo, por así decirlo, estáticamente, pero que mantienen intactos sus valores morales y su devoción nacional. Descubren un pueblo generoso, listo para sacrificarse por completo, gente impaciente, con un orgullo de piedra (Fanon, 1968, p. 101).
Estos nativos son los más petrificados, los más “cosificados”19, y en el mundo colonial sus opciones son las más severamente restringidas. De acuerdo con Fanon, están en extrema necesidad de educación política. “Las cosas deben ser explicadas a ellos” (Fanon, 1968, p. 112), mantiene en Los condenados de la tierra, refiriéndose a la importancia de las estrategias de largo plazo y las metas sociopolíticas. No obstante, estos nativos, esta “gente del pueblo”, demuestran la imposibilidad absoluta del proyecto colonial; su potencial revolucionario expone a los colonizadores como Gorgonas impotentes, Gorgonas wannabe, quienes son fundamentalmente incapaces de convertir a los nativos en piedras, en cosas que no son libres.
Desventuras neocoloniales
Pero ¿qué pasa con la independencia? ¿No se trascendió la petrificación como resultado del éxito de la lucha anticolonial? ¿Y el espíritu de seriedad? ¿Se revitalizaron los nativos como resultado de su praxis revolucionaria? Después de todo, si el colonialismo se caracteriza por la petrificación —entendida aquí como la institucionalización del espíritu de seriedad— entonces la expulsión de los colonos debería liberar a los nativos de esta forma de mala fe y de todas sus implicaciones. En el mundo postcolonial debería existir un resurgimiento de la libertad humana en todos los ámbitos, una afirmación incondicional de responsabilidad radical y compromiso alegre; el mundo postcolonial debería ser testigo del renacimiento de la humanidad misma20.
Fanon comprende este análisis y reconoce absolutamente el potencial único de las naciones recién independizadas en África y a lo largo del Tercer Mundo. Es menos comprensivo, sin embargo, con la tesis de la necesidad o inevitabilidad histórica, tesis esencial en el marxismo ortodoxo. Como lo explica en un artículo originalmente escrito para El Moudjahid, órgano oficial del Frente de Liberación Nacional argelino, “es rigurosamente cierto que la descolonización está avanzando, pero es rigurosamente falso pretender y creer que esta es fruto de una dialéctica objetiva, la cual más o menos, rápidamente asume la apariencia de un mecanismo absolutamente inevitable” (Fanon, 1967b, 170; énfasis del autor). En otras palabras, no se puede asumir inocentemente o contar con una descolonización, que es algo más que una independencia formal. Más bien, la descolonizacion debe verse como un desarrollo histórico meramente potencial, contingente, no necesario, por el cual luchan seres humanos comprometidos, quienes o crean un nuevo mundo para ellos mismos o permiten que el viejo se extienda hacia el futuro a base de pura inercia.
Por supuesto, esto, más que cualquier otra cosa, es de lo que trata Los condenados de la tierra. Fanon reconoce que el colonialismo es sumamente resistente y que sus intenciones e instituciones pueden superar el momento antitético y anticolonial; reconoce que pueden superar independencias y reaparecer en el supuesto mundo postcolonial. Él también reconoce que a la praxis revolucionaria, fundadora de la lucha anticolonial, se le puede también petrificar, y que sus agentes se pueden volver serios con respecto a las intenciones y las instituciones en las que hayan trabajado.
Aquí también se presenta una convergencia teórica entre Fanon y Sartre. Sartre describe este fenómeno en su doble volumen Crítica de la razón dialéctica, un trabajo con el cual Fanon estaba muy familiarizado21. De acuerdo con Sartre, existe una tendencia irónica por parte de los objetos creados de la praxis para restringir a los agentes creativos de esa praxis. Esto quiere decir que existe una tendencia en los seres humanos libres, por más revolucionarios que sean, de divorciarse de los objetos de su praxis, para luego relacionarse con ellos como si fueran ontológicamente independientes, como si estos objetos fueran cosas inmutables dentro del mundo y del mundo. A este fenómeno se le refiere como “lo práctico-inerte” y está descrito en el siguiente pasaje:
En la apariencia práctica de la acción exitosa, el momento de la (objetivación) se presenta a sí mismo como un fin necesario de la práctica dialéctica individual, que se sumerge en ella como su objeto y como la aparición de un nuevo momento. Y este nuevo momento (el de lo práctico-inerte o de la socialidad fundamental) vuelve a la dialéctica total y traslúcida de la praxis individual y la constituye como el primer momento de una dialéctica más completa. Esto significa que en cada praxis objetivada el campo de lo práctico-inerte se convierte en negación a favor de la actividad pasiva como una estructura común de colectivos y materia trabajada (Sartre, 2004, p. 319).
En este notablemente denso pasaje, Sartre explica que el progreso dialéctico, el resultado de “acción exitosa”, produce “nuevos momentos” en una “dialéctica más compleja”, y que estos “nuevos momentos” desarrollan su propia inercia, una inercia que fundamentalmente fomenta “actividad pasiva”. Inesperadamente, esta “actividad pasiva” se caracteriza por el espíritu de seriedad, por una irresponsable y quietista separación de los sentidos e instituciones que constituyen estos “nuevos momentos” en el mundo; se caracteriza por la petrificación en el sentido fanoniano.
Los condenados de la tierra aborda este fenómeno, entre otras cosas, y en ello Fanon identifica dos durables inercias que le contribuyen, las cuales amenazan el proyecto radical de una descolonización auténtica. Primero está la inercia de las intenciones y las instituciones coloniales que pueden superar la independencia formal y reaparecer, trágica e irónicamente, con un dramatis personae indígena. Y segundo está la inercia de las intenciones y las instituciones anticoloniales, cuya petrificación en el mundo supuestamente postcolonial conlleva un “hiper nacionalismo, al chauvinismo y finalmente al racismo” (Fanon, 1968, p. 125) La primera de estas dos inercias se ilustra en el siguiente pasaje, en donde Fanon discute la petrificación de la desigualdad económica colonial:
La clase media nacional exige de manera constante la nacionalización de la economía y de los sectores correspondientes. Esto se debe a que, desde su punto de vista, la nacionalización no significa poner toda la economía al servicio de la nación y decidir satisfacer todas sus necesidades. Para ellos, nacionalización no significa gobernar el Estado con respecto a las nuevas relaciones sociales que se han dado y decidido alentar. Para ellos, la nacionalización simplemente significa la transferencia a manos de los nativos de esas ventajas injustas que son un legado del periodo colonial (Fanon, 1968, p. 112).
Dicha forma de descolonización es tan solo una revocación, una aproximación a la descolonizacion profundamente limitada, incluso absolutamente quebrada. Al fin y al cabo, su medida de éxito no está basada en si “esas ventajas injustas… del periodo colonial” han sido eliminadas a favor de algo mejor —más justo, más eficiente—, pero sí en que hayan sido efectivamente reproducidas en un contexto postcolonial independiente. Fanon rechaza esta aproximación, incluso le repugna, y severamente amonesta a los líderes nacionales por aceptarla. Fanon (1968) nos dice:
Durante años y hasta después de que se ganara la independencia, vemos (al líder) incapaz de exigirle a la gente una tarea concreta, incapaz de abrirles el futuro o de lanzarlos al camino de la reconstrucción nacional, es decir, de su propia reconstrucción, lo vemos resaltando la historia de la independencia y reclamando la sagrada unidad de la lucha por la liberación. El líder, porque se rehúsa a romper con la burguesía nacional, les solicita a las personas que miren al pasado y se emborrachen con el recuerdo de una época que los condujo a la independencia. El líder, visto objetivamente, detiene al pueblo y persiste en exagerar la historia o en evitar que se arraiguen en ella (p. 135-136).
Este pasaje, que vale la pena mencionarlo extensamente, no es sobre la petrificación de las intenciones e instituciones coloniales; no es acerca de lo práctico-inerte colonial. Más bien, habla de la petrificación de las intenciones e instituciones anticoloniales; trata sobre lo práctico-inerte anticolonial, que es, de acuerdo con Fanon, una de las más grandes amenazas a la descolonización auténtica. Esta amenaza se personifica a través del líder nacional quien, como los colonizadores antes que él, se vuelve sádico con respecto a los ciudadanos/sujetos22. Fomenta el espíritu de seriedad entre ellos; fomenta una actitud hacia el mundo donde, día tras día, se milita contra la posibilidad misma, la esencia del ser humano. “Durante la lucha por la liberación el líder despierta al pueblo y le promete una marcha forzada, heroica e incansable. Hoy él usa cada palabra para ponerlo a dormir” (Fanon, 1968, p. 136).
Esto no es ni liberación, ni auténtica descolonización; mucho menos un renacimiento de la humanidad misma. Y ¿por qué no? Porque la petrificación, entendida aquí como la institucionalización del espíritu de seriedad, sobrevive en el mundo postcolonial, neocolonial, a través de la inercia de las intenciones y las instituciones coloniales, por un lado, y por la inercia de las intenciones y las instituciones anticoloniales, por el otro. Fanon, quizás más que cualquier otro, reconoce este peligro, un peligro que debe ser abordado tanto en la teoría como en la práctica. Como concluye en Los condenados de la tierra: “si queremos que la humanidad avance un paso adelante, si queremos llevarla a un nivel diferente del que Europa nos ha mostrado, entonces debemos inventar más y debemos hacer más descubrimientos” (Fanon, 1968, p. 254).
Traducción de Rosario Torres-Guevara
Revisada por Tania Santa Ana Saucedo
Referencias bibliográficas
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8. Tres encuentros de AAPC se llevaron a cabo. El primero tuvo lugar en Accra en diciembre de 1958, el segundo fue en Túnez en enero de 1960, y el tercero sucedió en el Cairo en marzo de 1961.
9. Fanon era profético y muchos comentadores han reconocido que sus predicciones neocoloniales fueron trágicamente correctas.
10. El neocolonialismo se caracteriza por manifestaciones encubiertas de estos valores y estructuras que llevan a privilegiar lo ético como un dominio intersubjetivo.
11. El concepto de “liberación” es obviamente confuso, pero aclaro que estoy hablando, sobre todo, aunque no exclusivamente, de la liberación desde el neocoloniasmo, a partir del proyecto de una verdadera descolonización.
12. Fanon utiliza la pétrification en el texto original.
13. Aquí me refiero a Jean Paul Sartre (1992, p. 100): “Tenemos que lidiar con la realidad humana como un ser que es lo que no es y que no es lo que es”.
14. Existen muchas interpretaciones sobre este mito —desde lo Freudiano hasta lo feminista— y la mayoría de estas están representadas en Marjorie Garber y Nancy J. Vickers, ed., The Medusa Reader (New York: Routledge, 2003).
15. Existe, claro está, una obvia relación (y bien documentada) entre la proporción de colonizadores y los nativos, y la severidad de los métodos utilizados por los colonizadores para aplacar a la resistencia nativa. Simplemente, entre menos colonizadores, más severos sus métodos.
16. El ser y la nada fue resumido en Jean-Paul Sartre, Existential Psychoanalysis (1953). En él se reorganizaron secciones importantes sobre la mala fe.
17. Entre El ser y la nada y Los condenados de la tierra hay una distancia de 18 años.
18. Esto es muy apenas una posición ortodoxa, y Fanon ha sido acusado de sobreestimar drásticamente el potencial político del campesinado rural y el lumpen proletariado urbano. Como estas acusaciones, algunas veces empíricas, otras veces ideológicas, no influyen directamente sobre el argumento que estoy tratando de formar aquí, no las abordaré.
19. Este término es adaptado de Aimé Césaire, Discurso sobre colonialismo ( 2000, p. 42, como se citó en Frantz Fanon, 1967b, p. 14).
20. Recordar el imperativo con el cual concluye Los condenados de la tierra: “Para Europa, para nosotros mismos y para la humanidad, camaradas, debemos voltear a una nueva página, debemos elaborar nuevos conceptos e intentar poner de pie a un nuevo hombre” (Fanon, 1968, p. 255).
21. Como lo escribe Cherki, “A Fanon le disgustaba hablar acerca de su enfermedad… Él estaba mucho más interesado en hablar acerca de Sartre y sus escritos filosóficos. Fanon fue uno de los pocos que leyó el más reciente libro de Sartre, Crítica de la razón dialéctica, el cual pasó desapercibido en el momento de su publicación” (Cherki, 2006, p. 160)
22. La distinción entre los ciudadanos y los sujetos se explora en Mahmood Mamdani, 1996.
Capítulo 3
El arranque forzado del motor decolonial: violencia simbólica de Fanon a Chávez
George Ciccariello-Maher
Muy a menudo, el trabajo del psiquiatra, filósofo y revolucionario martiniqués Frantz Fanon se divide en etapas: el Fanon temprano, según sabemos, dedicado a una crítica relativamente pacífica del racismo en su libro titulado Piel negra, máscaras blancas, de 1952, y el Fanon “argelino” posterior, mejor representado en su libro Los condenados de la tierra de 1961, que se había convertido en unos pocos años de alguna manera en un revolucionario violento y sanguinario. Esta visión común rechaza el papel de la violencia decolonial simbólica como el hilo conductor que unifica y estructura la producción teórica de Fanon. Aquí espero esbozar primero las características de la violencia decolonial simbólica de la teoría de Fanon (describiendo la manera como ello integra sus dos principales trabajos en lugar de dividirlos), antes de volver a la discusión de la intervención necesaria de este tipo de violencia simbólica en el discurso político contemporáneo y en la dinámica de la identidad en Venezuela.
Sin embargo, mi interés en este trabajo va más allá de la teoría de Fanon, ya que la división entre estos dos trabajos principales también representa un obstáculo primario en la capacidad de Fanon de hablar en diferentes contextos. Visto de otra manera, a fin de demostrar los fundamentos decoloniales de Piel negra, máscaras blancas, se debe demostrar simultáneamente la importancia de Los condenados de la tierra en la época de la descolonización formal en la que nos encontramos. En ambas tareas se requiere el descubrimiento de la violencia decolonial simbólica, pero la tarea no es simple y aquí nuestro movimiento es inevitablemente doble, lo cual implica una alternancia persistente entre los dos trabajos y una disrupción en su aparición cronológica. A pesar de que estos trabajos se realizaron en orden cronológico como reflejo del cambio hacia la descolonización formal (en la cual, tal como veremos más adelante, la conciencia nacional viene a reemplazar la negritud como la identidad más relevante para el análisis de Fanon), esa relación cronológica lineal podría ser interrumpida por un elemento que Fanon reconoció antes que la mayoría: la continuidad fundamental de las relaciones sociales coloniales (económicas, culturales, éticas, sexuales, epistemológicas, etc.), a las cuales nos referiremos más adelante como “colonialidad”. Esta disrupción exige que transformemos nuestra concepción de Fanon, leyendo Los condenados a través de la concepción más ambigua y llena de matices de Piel negra.
No obstante, esta no es la única tarea doble en este trabajo: no solamente nos moveremos entre Piel negra y Los condenados, sino que también viajaremos entre ambos textos y los procesos políticos en marcha en la Venezuela contemporánea. Pero, una vez más, este movimiento no es lineal: en su lugar, debemos utilizar un enfoque de Fanon ubicado de forma ambigua para entender la dinámica de la identidad decolonial que opera en Venezuela, al tiempo que transformamos simultáneamente nuestra herramienta teórica. Así como la colonialidad constituye una disrupción del discurso lineal (formal) en torno a la descolonización, así también las complejidades y los matices de Piel negra, máscaras blancas interrumpe el etapismo simplista de Los condenados de la tierra (uno que se basa en una clase de maniqueísmo preexistente que, por lo general, no se encuentra presente en la época de la independencia formal), lo cual nos permite comprender la situación contemporánea, al tiempo que intervenimos de modo tal que arranquen de manera forzada los motores decoloniales que pudieron haberse apagado poco después de la liberación formal. Solamente esta “visión de paralaje” nos permitirá abordar estos dos momentos (ambos complejos por sí mismos, pues el primero está ubicado en la intersección de los principales textos de Fanon) con el diálogo, mientras evitamos la trampa del empirismo obsoleto, ya sea textual (en el caso de Fanon) o político (en cuanto a la caracterización predominante de las condiciones de Venezuela)23. Nuestros objetos (y sujetos) son necesariamente dobles.
La zona infernal del no ser
En su primer libro transcendental, Piel negra, máscaras blancas, Fanon propone analizar la estructura del racismo en contra de la raza negra y la mejor manera de confrontarlo. A partir de un marco hegeliano, pero contrario a Hegel (quien, a su vez, también se basa en un marco psicoanalista y fenomenológico, pero contrario a estas teorías), Fanon identifica lo que considera la barrera fundamental para el reconocimiento interracial: los sujetos racializados, de acuerdo con Fanon (1967), quienes no poseen “resistencia ontológica frente a los ojos del blanco” (p. 110). Los sujetos de raza negra son vistos, pero pasan desapercibidos; existen, pero no son (humanos). Esto es lo que el filósofo Lewis Gordon (2007) llama “la zona infernal del no ser”, “una zona que no es de presencia ni de ausencia24“ (p. 11). Esta “subalteridad” no solamente hace que la política (como actividad pública) (Arendt, 1958, pp. 45-53) sea imposible, sino que lo mismo aplica para la ética:
condena significa que el individuo de raza negra (o mejor dicho, el individuo caracterizado como negro) vive la irrelevancia de la inocencia… la ausencia de una dialéctica ‘yo-los otros’ en situaciones de racismo significa la erradicación de las relaciones éticas. Cuando se elimina la ética, todo se permite (Gordon, 2007, p. 12).
La racialización, en palabras simples, crea una situación en la que no existe la reciprocidad necesaria para que funcione la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo (Fanon, 1967, p. 217). Para poder contemplar la igualdad, para que la obligación de reconocer al otro tenga algún efecto, los sujetos racializados primero deben entrar por la fuerza a la ontología, sacudiendo el cielo amurallado de ser uno mismo.
Haciendo referencia directamente a la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel en un anexo de Piel negra, máscaras blancas, Fanon concluye que, a la luz de dicho impedimento ontológico, la humanidad plena solo puede emerger a través del esfuerzo de imponer la existencia propia (como “certidumbre subjetiva”) en otra (lo cual la convierte en el “hecho objetivo”). En esta “búsqueda de lo absoluto”, la resistencia del otro genera deseo, a lo que Fanon (1967) llama “la primera meta en el camino que conduce a la dignidad del espíritu” (pp. 217-218). El deseo además exige que arriesgue mi vida en conflicto por el objeto que deseo, lo cual me impulsa más allá de la vida en sí misma y hacia una autoconciencia independiente. No obstante, históricamente, el esclavo negro ha recibido la libertad concedida por el antiguo amo, quien “decidió que los hombres en calidad de animales y máquinas trascendieran a la categoría superior de hombres” y, como resultado de ello, el acceso a la plena humanidad (la cual solo puede existir mediante el reconocimiento mutuo y conflictivo) permaneció cerrado:
Da las gracias al buen hombre”, la madre le dice a su pequeño… pero sabemos que, a veces, el pequeño niño muere por gritar otra expresión más fuerte… El hombre blanco, en calidad de amo, le dijo al Negro, “Ahora eres libre”. Pero el Negro no sabe nada acerca del costo de la libertad, porque no ha luchado por conseguirla… El que antes era esclavo necesita desafiar su humanidad, él quiere conflicto, una revuelta. Pero ya es demasiado tarde (Fanon, 1967, pp. 220-221).
Ya que no ha habido reciprocidad en el proceso, dado que se ha negado el acceso a los blancos a la ontología, de acuerdo con Fanon (1967), estos no han sido capaces de seguir el camino hegeliano que los aleja del papel de amo y conduce a la liberación en el objeto. En su lugar, la falta de reciprocidad hace que el esclavo (en una expresión de odio propio interno) vuelva hacia el amo y abandone el objeto, pero este esfuerzo de reconocimiento mutuo no es correspondido, ya que lo único que el amo desea del esclavo es el trabajo (Fanon, 1967, pp. 220-221). En este punto podemos observar los principales rasgos de la teoría de la violencia de Fanon: para el sujeto racializado, la autoconciencia como humano requiere la violencia simbólica, requiere la afirmación de la reciprocidad en un marco histórico caracterizado por la negación de dicha reciprocidad y, de ser necesario, la provocación del conflicto a través de la afirmación de la alteridad25. Solo entonces el esclavo será liberado de este doble bloqueo de la dialéctica, reforzando el reconocimiento (externo) en el amo, al tiempo que se desarrolla (internamente) un grado de autonomía y autoconfianza.
Es esta falta de resistencia ontológica la que provoca un estallido en Fanon, uno que se presenta en la estructura de su teoría de la violencia. Debajo del objetivante panorama de una madre de raza blanca y su hijo, Fanon (1967) responde gritando violentamente:
‘¡Bese el trasero del hermoso Negro, madame!’ El rostro de ella se llenó de vergüenza. Por fin salí de mi meditación. Al mismo tiempo logré dos cosas: identifiqué a mis enemigos e hice una escena. Un grand slam. Nadie podría ser capaz de reírse. Habiendo trazado el campo de batalla, entré en las listas. (p. 114)
Y con darse a conocer quería decir, en el contexto de la descalificación ontológica, aferrarse a la única identidad disponible, aquella que se le impuso precisamente mediante esta descalificación ontológica: “Ya que era imposible huir de un complejo innato, decidí declararme a mí mismo como un HOMBRE NEGRO” (Fanon, 1967, p. 115). Es en este momento cuando Fanon, en contra del malestar universal de cada trozo de su ser, “se entierra a sí mismo en el oscuro abismo” que él mismo criticaría en términos nada ambiguos (Fanon, 1967, p. 14). Por ello, aunque Fanon es firme en su crítica, específicamente sobre las formas más esenciales de la Negritud —en particular aquella de Léopold Senghor (Bernasconi, 2002)—, insiste en la necesidad dialéctica de un momento de identidad negra como el contenido funcional de su violencia decolonial simbólica temprana (una función que sería reemplazada en Argelia por la conciencia nacional). Esta necesidad dialéctica está presente con más fuerza en las críticas mordaces y dolorosas de Sartre, quien había reducido la identidad negra a un simple momento antitético en la progresión dialéctica predeterminada, cuya resolución era el proletariado. Fanon (1967) escribe:
Por una vez, el nacido hegeliano había olvidado que la conciencia tiene que perderse en la oscuridad de lo absoluto, la única condición para lograr la conciencia del yo… Jean-Paul Sartre, en su trabajo, ha destruido el entusiasmo negro. En oposición al devenir histórico, siempre había estado presente lo imprevisible. Necesito perderme completamente en negritud… justo en el momento en que trataba de comprender mi propio ser, Sartre, quien permaneció como El Otro, me dio un nombre, destrozando así mi última ilusión… No blanco todavía, ya no completamente negro, había sido condenado (pp. 133-138).
A pesar de las mejores intenciones de Sartre al subsumir la identidad en una dialéctica cerrada, había eliminado la generatividad de la violencia decolonial (su capacidad de reconstruir al colonizado y forzar el reconocimiento en el colonizador), cerrando así el acceso de Fanon al ser26. La violencia simbólica y el acceso a la igualdad del ser que promete, en una aparente paradoja que, no obstante, está abierta a la resolución dialéctica eventual, pasa a través del terreno de la división y de la identidad (en este caso, la identidad negra).
Pero ¿de qué manera el simple acto de darse a conocer puede constituir un acto de violencia? En este punto recurrimos otra vez a Gordon (2007), quien afirma que:
el calificado como negro vive el desastre de la apariencia cuando no hay cabida para aparecer sin violencia. El ser aceptable es la no existencia, la falta de presencia o la sumersión… Para cambiar las cosas es necesario aparecer, pero aparecer es ser violento ya que la aparición del grupo es ilegítima. La violencia, en este sentido, no tiene por qué ser una imposición física. No debe ser una consecuencia de las pistolas y demás armas de destrucción. Simplemente debe ser la presencia (p. 12).
Para los sujetos racializados, el simple acto de aparecer, de darse a conocer, es un acto de violencia tanto por sus implicaciones ontológicas como por su inevitable recepción. Esto es, constituye un desafío a las estructuras predominantes de la violencia ontológica simbólica (las murallas de la exclusión que dividen al ser del no ser) y, como resultado de esta disrupción, históricamente la aparición del negro es “violenta”, independientemente de su contenido27. Y cuando no se percibe como tal, para Fanon entonces su efecto de conmoción ontológico podría disiparse, socavando el elemento externo de su función. Incluso cuando este contenido se denomina “violento”, en ocasiones enmascara su función ontológica.
No es casualidad que el Fanon de Piel negra, máscaras blancas haya pensado que era apropiado citar La puta respetuosa de Sartre e Hijo nativo de Richard Wright en la misma página. “¿Un sentimiento de inferioridad?” Se pregunta a sí mismo, sobre sí mismo: “No, un sentimiento de inexistencia”, se responde. La única respuesta a la inmovilidad de no ser capaz de matar al amo es “explotar… para destrozar el ciclo infernal” (Fanon, 1964, pp. 139-140). Alejarse del amo (la función interna de la violencia decolonial simbólica), en la práctica, a veces coincide con la comprensión de que la prueba más esencial de la igualdad entre humanos (la vulnerabilidad a la muerte a manos de otro) también aplica a los blancos. Para poder poner en práctica este reconocimiento a veces es necesaria, por lo menos, la amenaza de esta violencia real como mecanismo para forzar el reconocimiento (la función externa). Entonces, frente a la violencia ontológica simbólica, Fanon considera en un principio responder del mismo modo con una violencia que sea igualmente simbólica en su función, pero una que, más que determinar el ser, elimine las barreras excluyentes de la ontología. Esta es una violencia simbólica que opera hacia la descolonización del ser (Maldonado-Torres, 2007) y que es totalmente inconmensurable en su forma real y (más importante) en su forma simbólica con la violencia del racista/colonizador.
Descolonización de la violencia simbólica
El sociólogo francés Pierre Bourdieu es ampliamente conocido por popularizar, entre otros conceptos, el concepto de la violencia simbólica. Pero ¿qué comparte (si es que algo comparte) este concepto con la idea que vemos en Piel negra, máscaras blancas? Para Bourdieu, la violencia simbólica es una violencia sutil y siniestra ejercida de forma imperceptible, en la que se cultiva la falta de reconocimiento en sus desafortunadas víctimas, y sirve “para imponer significados como legítimos al esconder las relaciones de poder que se encuentran en la base de su fuerza” (Bourdieu, 1990, p. 4). Cuando Jacques Rancière (2003) critica al “sociólogo rey” Bourdieu, lo hace precisamente con base en la “asistencia amenazada” que este concepto representa. Escribiendo en el contexto del socialismo electoral victoriano, Rancière buscaría demostrar cómo el concepto de la violencia simbólica (tan central en el texto trascendental de Bourdieu, La reproducción) era necesario para la autojustificación de la experiencia del sociólogo:
Si la pedagogía racional pudiera decir la verdad acerca de la autoridad pedagógica, el carácter “oculto” de la ciencia se desvanecería. Por lo tanto, esta violencia debe ser incluso más irremediable que la de la dominación; debe ser el carácter irreducible de la ley que causa que los agentes que la generan o que están sometidos a ella no tengan medios para reconocerla (Ranciere, 2003, p. 177).
Tal como Platón y Marx antes que él, desde el punto de vista de Rancière, Bourdieu había anticipado una división de funciones que, en último lugar, debilita la autonomía del sometido al proceso de diagnosticar su subordinación. Y parece que el mismo Bourdieu (1990) admitiría este punto, dado que en la primera propuesta de La reproducción afirma la cuasiautonomía de la violencia simbólica, como condición previa para defender la sociología misma. “Hacer de la libertad creativa de los individuos la fuente de la acción simbólica” más adelante “equivaldría a negar la posibilidad de una ciencia de la sociología” (p. 4)28.
Casi sobra decir que esta comprensión sofocante de la violencia simbólica (como algo impuesto imperceptiblemente en un sujeto indefenso) es reprobable para los objetivos y para el método de Fanon. Por lo tanto, el momento del bloqueo o punto muerto (en el cual el sujeto racializado se enfrenta a su falta de “resistencia ontológica” y a la correspondiente falta de acceso a la reciprocidad) representa simplemente el punto medio en el análisis de Fanon. Para Fanon, a diferencia del sociólogo Bourdieu, el diagnóstico no es suficiente, quizá debido a que la violencia real enfrentada por los sujetos racializados y colonizados exige más que el diagnóstico de las funciones abstractas y universales de la dominación. El método sociogénico de Fanon (1967) (que concibe las estructuras sociales como generadoras de desórdenes psicológicos y de otro tipo) implica más que el elemento epistemológico de la sociología. En tanto que Fanon únicamente habría llegado a esta conclusión unos años después, la sociogenia también abarca la praxis intervencionista, resumida (y puesta en práctica) de la mejor manera en la carta de renuncia de Fanon al hospital psiquiátrico Blida-Joinville de Argelia de 1956 (1967):
La estructura social existente en Argelia era hostil ante cualquier intento [mediante la psiquiatría] de devolver al individuo a donde pertenecía… La función de una estructura social es crear instituciones para satisfacer las necesidades del hombre. Una sociedad que impulsa a sus miembros a soluciones desesperadas es una sociedad inviable, una sociedad que debe ser reemplazada (p. 53).
A pesar del hecho de que la violencia simbólica de la racialización opera a un nivel (ontológico) más profundo que el de Bourdieu, Fanon es impulsado por su propia situación existencial para ir más allá de una simple concepción pasiva de la violencia simbólica. Como resultado, en la propuesta decolonial de la violencia simbólica de Fanon encontramos algo diametralmente opuesto a la prisión del sociólogo, en donde el oxígeno abunda y los sujetos racializados y colonizados siempre encuentran la violencia simbólica que los aprisiona y que se encuentra a su alcance, disponible para hacer uso de ella en contra de sus creadores29.
Agitando el mundo de una manera muy necesaria
En su texto trascendental Los condenados de la tierra, publicado nueve años después de que Fanon se encontrara en etapa terminal por la leucemia, esta estructura simbólica sería transportada al contexto de la revolución decolonial de Argelia, pero mientras que la violencia involucrada se convierte en real en la práctica, veremos que su estructura fundamental y las operaciones necesarias permanecen en gran medida en el plano simbólico.
Tal vez existe una explicación simple para la distinción que la mayoría hace entre los dos principales trabajos de Fanon. En Los condenados de la tierra, la violencia juega un papel adicional, mientras que la función externa de la violencia en Piel negra, máscaras blancas fue en gran medida uno de los reconocimientos forzados (que, no obstante, implica una amenaza percibida de violencia) en el que Fanon incorpora la función práctica de eliminar el sistema del privilegio colonial. Es en relación con este objetivo práctico que surge la insistencia de Fanon (1967) sobre la violencia real, cuando afirma que:
La verdad desnuda de la descolonización evoca en nosotros las ardientes balas y los cuchillos ensangrentados que emanan de ella. Ya que, si lo último fuera lo primero, ello únicamente tendría lugar luego de una lucha mortal y decisiva entre los dos protagonistas (p. 37).
Aquí la violencia no es una estrategia, sino la “verdad”, producto de la insistencia del privilegiado de mantener el sistema colonial del que se beneficia. Pero ¿no afirma Fanon que el privilegio colonial no puede subsistir sin una lucha relativamente no controvertida? De hecho, la mayor parte de la crítica de la teoría de la violencia de Fanon no se enfoca en su demanda externa directa y práctica de violencia, sino en el lado interno de la ecuación e, irónicamente, es aquí en donde vemos más continuidad que ruptura frente a la función simbólica manifiesta de la violencia en Piel negra, máscaras blancas.
Es aparente la similitud de la autoafirmación ontológica del trabajo previo de Fanon (1963) desde el comienzo de su discusión sobre la violencia en Los condenados, ya que, como él lo señala, “la descolonización es la verdadera creación de nuevos hombres… la ‘cosa’ que ha sido colonizada se convierte en hombre a través del mismo proceso mediante el cual se libera a sí mismo” (pp. 36-37).
La violencia del colonizador (las ‘líneas de fuerza’, las ‘culatas de los rifles y el napalm’? que constituyen la división maniquea del mundo colonial) es ‘reclamada y ejercida por el nativo al momento en que, decidiendo encargar la historia en su propia persona, surge en los cuarteles olvidados’ (Fanon, 1963, pp. 38-40).
Pero debemos aclarar algo: aquello que es crucial es la decisión y aquí es donde se vuelve evidente la importancia de la violencia simbólica. En otro lugar, Fanon (1963) lo plantea de la siguiente manera: “es precisamente en el momento en que se dio cuenta de su humanidad que comienza a afilar las armas con las que garantizará su victoria” (p. 43). La conciencia de la propia humanidad es previa a la preparación de las armas de la liberación y la mera promesa de la lucha es fundamental para la afirmación de la igualdad, así como en Piel negra, máscaras blancas la función principal de la violencia es de carácter ontológico: la autorrealización de la humanidad (interna) y la imposición de la igualdad como un hecho (externo). Cito el texto:
El bien conocido principio de que todos los hombres son iguales se ilustrará en las colonias a partir del momento en que el nativo reclama ser igual al colonizador. Un paso más y estará listo para luchar para ser más que el colonizador… De esta manera, el nativo descubre que su vida, su aliento, su ritmo cardiaco son los mismos que los del colonizador. Descubre que la piel del colonizador no tiene más valor que la piel de un nativo; y debe decirse que este descubrimiento sacude el mundo de una manera muy necesaria (Fanon, 1963, p. 44-45).
Por lo tanto, el mundo colonial se sacude, pero no por la explosión de una bomba ni por una masacre sangrienta. En su lugar, el estremecimiento de las categorías ontológicas (de las murallas que separan al ser del no ser) es producto del rechazo del nativo de aceptar sumisamente una posición de inferioridad, de rehusarse a verse a través de los ojos del opresor. En otras palabras, el nativo ha descubierto todas estas cosas dentro de sí mismo, “un paso” antes de la lucha. Si, como Fanon (1967) nos dice, “el trabajo del colonizador es hacer que incluso los sueños de libertad sean imposibles para el nativo” (p. 93), entonces esta afirmación de la igualdad primero adopta la forma de un sueño y es este sueño el que hace imposible alejarse del amo y encontrar la liberación en el trabajo.
Una vez develada la función simbólica y ontológica de la violencia decolonial de Fanon, nos encontramos en una mejor posición para considerar su controvertida discusión sobre las funciones positivas, generativas y catárticas de la violencia. Tal como él lo expresa:
para las personas colonizadas esta violencia, puesto que constituye su único trabajo, investía sus personalidades con cualidades positivas y negativas. La práctica de la violencia los une como si fueran uno solo, ya que cada individuo constituye un eslabón violento en la cadena, una parte del organismo de la violencia que ha surgido como reacción a la violencia inicial del colonizador. Los grupos se reconocen entre sí y la nación futura pasa a ser indivisible (Fanon, 1967, p. 93).
En este fragmento crucial hay tres observaciones en orden. En primer lugar, podemos ver el fundamento de la confusión en torno a lo que Fanon entiende como “violencia”, específicamente, su referencia a la función cohesiva lograda por la “práctica de la violencia”. Pero una vez que vinculamos esto a Piel negra, podemos observar las complejidades de dicha práctica y de su naturaleza y función simbólicas. En segundo lugar, mientras que la violencia decolonial emerge aquí “como reacción a” la violencia del colonizador, no es simplemente reactiva ni categóricamente similar: la violencia decolonial, tal como hemos visto, es la destrucción de las barreras ontológicas del ser, construidas para excluir a determinadas personas del pleno acceso a la categoría de “humano” y puede compartir poco en términos sustanciales con la fuerza que construye esas barreras. Juzgar todas las “violencias” como iguales sería caer en un formalismo severo que es inútil y equívoco: inútil por el rechazo del contenido funcional de las distintas violencias y erróneo por el rechazo del hecho de que la caracterización formal de “violento” siempre se corrompe con su función simbólica30. En tercer lugar, si estuviéramos tentados a negar la relevancia del marco hegeliano temprano de Fanon en el contexto colonial, Fanon mismo no tardaría en recordarnos: el reconocimiento entre grupos es el primer logro de esta violencia maniquea, uno que se consigue mucho antes de la liberación formal cuando el colonizado se aleja del amo colonizador y se acerca a “su único trabajo”31.
Es aquí cuando vemos la relación entre la violencia y las dos etapas que Fanon identifica en el proceso de descolonización. Para Fanon (1963), la violencia maniquea de la primera etapa (formal) (teñida como se encuentra, con racialismo, intolerancia y la eliminación de la heterogeneidad) es la puerta de entrada necesaria hacia la creación de la identidad nacional, tal como la identidad de la raza negra de la que formaba parte, similarmente, ha representado de forma crítica una puerta de entrada necesaria al autorrespeto y el reconocimiento mutuo en Piel negra, máscaras blancas (p. 46). Lo que el “organismo de la violencia” logra primero es su mera existencia como organismo: la guerra de la liberación sienta las bases colectivas para la identidad nacional; crea un pasado nacional y sueños de un futuro nacional. Y esta tarea colectiva posee un efecto paralelo en el individuo, para el cual “la violencia es una fuerza purificadora. Ella libera al nativo de su complejo de inferioridad y de su desesperanza y su falta de acción; lo convierte en valiente y restaura su respeto por sí mismo” (Fanon, 1963, p. 57). De manera significativa, este efecto se encuentra presente “incluso cuando la lucha armada ha sido simbólica y la nación se desmoviliza mediante un rápido movimiento de descolonización” (Fanon, 1963, p. 94). Es solamente con base en esta identidad individual y colectiva que la segunda etapa de la descolonización más sustancial (“aquella sobre la que se construye la nación”, su transformación institucional socialista como ánodo revolucionario) puede progresar “con ayuda de la existencia de este cimiento que ha sido mezclado con sangre y odio” (Fanon, 1963, p. 93).
Pero mientras que el papel de la liberación nacional en la creación de la conciencia nacional parece claro, ¿de qué manera crea la conciencia social necesaria para la siguiente etapa del desarrollo posterior a la liberación? En este sentido, la idea central para Fanon es la desmitificación del Estado y su liderazgo (con frecuencia europeizado):
Cuando las personas han participado violentamente en la liberación nacional, no permitirán que nadie los defina a sí mismos como “liberadores”… iluminados por la violencia, la conciencia de la gente se revela contra cualquier pacificación. A partir de ahora, los demagogos, los oportunistas y los magos tienen una tarea difícil… El intento en la mistificación se vuelve, en el largo plazo, prácticamente imposible (Fanon, 1963, pp. 94-95).
La violencia simbólica ejercida en contra del colonizador (y la conciencia radical de la igualdad que implica) se incorpora al imaginario del sujeto colonizador como la autoconfianza suprema, resultado de tomar por cuenta propia la práctica de la liberación y este momento antiautoritario es el eje en la transición de Fanon de la primera a la segunda etapa de la descolonización.
Pero este elemento unificador no es eterno y tener conciencia social previa al nacionalismo es tan peligroso como pasar inmediatamente de la etapa nacionalista a la etapa socialista:
Pero si este nacionalismo no se hace explícito, si no se enriquece y se alimenta mediante una transformación muy rápida en una conciencia de las necesidades sociales y políticas, en otras palabras, en humanismo, conducirá a un callejón sin salida. Los líderes burgueses de los países no desarrollados encadenan la conciencia nacional a un formalismo estéril (Fanon, 1963, p. 204).
Este fragmento se sigue repitiendo para quienes ven en Fanon un optimismo iluso de descolonización cuando en realidad se encontraba entre los primeros que reconocieron proféticamente los peligros obstaculizadores de la simple liberación formal. El nacionalismo (como la negritud en Piel negra) necesariamente debe conducir a un humanismo más amplio y universal, pero este camino únicamente puede construirse a través de la certidumbre subjetiva, una certidumbre que en ambos trabajos de Fanon adopta la forma de violencia decolonial simbólica.
Por lo tanto, la violencia decolonial en Los condenados de la tierra representa una extensión simbólica del esquema hegeliano de Piel negra, máscaras blancas. Frente al fracaso de la resistencia ontológica y la reciprocidad ética (así como de la necesidad de luchar a fin de que pueda existir la libertad subjetiva), el colonizado no responde alejándose del objeto y acercándose al amo, sino alejándose del amo y acercándose al objeto de la nación y al trabajo de la violencia, su “único trabajo”. En ambos textos, como hemos visto, el registro simbólico conserva su importancia central y la violencia en cuestión permanece sobre todo lo ontológico, como una “sacudida” de las categorías de la exclusión que operan en el colonizado y dentro de él, una violencia que es totalmente inconmensurable en relación con la del colonizador. Pero ¿qué sucede si esta transformación simbólica fracasa, si se echa a perder o se suspende de forma prematura? ¿Qué sucede si el impulso que lleva al salto cualitativo de la primera a la segunda etapa de la descolonización es insuficiente por falta de visión o por la connivencia de las élites europeizadas y el colonizado (a falta de un “objeto” sobre el cual trabajar) vuelve al (previo) amo? Es esta pregunta, que se encuentra sobre todas las demás, la que nos confronta al intentar hablar a un presente marcado por la persistencia de las estructuras coloniales (sean estas económicas, políticas, ontológicas, epistemológicas32, etc.) que únicamente podrían ser descritas en términos hegelianos como “volver” al amo.
El arranque forzado del motor decolonial
Si hemos visto que existe una continuidad fundamental en el trabajo de Fanon (una marcada por la función ontológica de la violencia decolonial), hay que agregar la advertencia acerca de que estos dos trabajos principales pueden y deben ser distinguidos en términos del contexto en el que se escribieron y desde el que hablan (y siguen hablando). Tal como veremos, es mediante el análisis minucioso y la comprensión de estos contextos en términos conceptuales que, entonces, podemos utilizar la teoría de la violencia decolonial de Fanon en otras situaciones más contemporáneas. Si la violencia decolonial simbólica es el concepto que agrupa el trabajo de Fanon, se puede observar un segundo concepto (mejor determinado por el contexto) para separarlos: el maniqueísmo. Tal como veremos, este concepto es igualmente crucial para ambos textos, pero estos textos ingresan al circuito del maniqueísmo y la violencia en distintos momentos que, a su vez, determinan su relevancia en un contexto o desafío ontológico particular.
El mundo colonial, como el contexto en el que se escribió Los condenados de la tierra, ya es maniqueo y esta división se manifiesta geográficamente como “un mundo dividido en dos”, dividido entre el colonizador y el nativo, lo urbano y lo rural, en donde las “culatas de los rifles y el napalm” juegan un papel sustancial al formar las “líneas de fuerza” que marcan la división (Fanon, 1963, p. 38). “Las dos zonas son opuestas”, nos dice Fanon, “pero no a favor de una unidad mayor… No es posible la conciliación ya que uno de los dos términos es superfluo” (Fanon, 1963, pp. 38-39). Mientras que Fanon se esfuerza en hacer énfasis en la continuidad fundamental en este punto entre su primer y su segundo trabajo (Fanon, 1967), también queda bastante claro lo lejos que ha viajado de Martinica a Francia y a Argelia. Ahora, en lugar de un mundo en el que blancos y negros se encuentran irremediablemente unidos en la búsqueda del reconocimiento mutuo, Fanon (1963) se encuentra en un contexto “habitado por dos especies distintas”, pero en el cual el término “superfluo” no se define étnicamente, sino como “aquellos que vienen de otro lugar, los ‘otros’” (p. 40). Las zonas que conforman este mundo maniqueo no pueden ser reconciliadas sino únicamente abolidas.
¿Cuáles son las implicaciones de este maniqueísmo evidente y preexistente para el análisis de Fanon? Claramente, esta división ofrece un punto de partida preexistente para la lucha revolucionaria, tal como “el maniqueísmo original que gobernó a la sociedad colonial permanece intacto durante el periodo de la descolonización; es decir, que el colonizador nunca deja de ser el enemigo, el oponente, el rival que debe ser derrotado” (Fanon, 1963, pp. 50-51). Mientras que un tipo de maniqueísmo afecta a la Francia metropolitana y a la Argelia colonial, la importancia del control colonial implica un cambio de dirección en el análisis de Fanon. Mientras que en Piel negra, máscaras blancas Fanon (1963) buscó crear una explosión de violencia simbólica para identificar al enemigo, el colonizador ya es siempre el enemigo, puesto que “es de otro lugar”, vive en otro lugar y estos dos “de otro lugar” opuestos están separados por las “líneas de fuerza”. Las “barracas y las estaciones de policía” marcan la división y “el policía y el soldado” son los intermediarios designados entre estos dos mundos: uno espacioso y otro abarrotado, uno iluminado y otro oscuro, uno limpio y otro sucio, uno satisfecho y el otro hambriento (Fanon, 1963, pp. 38-39).
Pero ¿no es el contexto colonial estructurado de acuerdo con la misma violencia ontológica de la deshumanización el que Fanon identifica en Francia? Desde luego, pero con marcadas diferencias. La geografía maniquea del mundo colonial es en gran medida un producto del odio, miedo y la (bien justificada) paranoia. En otras palabras, la situación colonial crea el miedo y la división33. Aquí debemos recordar el diagnóstico de Sartre sobre el antisemitismo (tan influyente para Fanon) en el que observamos que “las almas más fuertes entre los judíos prefirieron la expresión del odio al gesto de la caridad, ya que el odio es una pasión y parece menos libre” (Sartre, 1948, p. 77). En otras palabras, la caridad es una expresión de la violencia simbólica para aquellos con el poder de estructurar situaciones, mientras que el odio (y podemos incluir el miedo y la paranoia) poseen dentro las semillas de la reciprocidad (de hecho, este es el supuesto fundamental de la apropiación de la violencia simbólica de Fanon). En términos ontológicos, el miedo y el odio representan (para el colonizado y el racializado) la puerta de entrada al ser, una que ya existía en su forma potencial en Argelia como resultado de la situación colonial34. Los enemigos ya habían sido identificados, las listas ya habían sido creadas: todo lo que restaba era luchar.
Como resultado de este maniqueísmo preexistente, el circuito de la identidad revolucionaria adopta un carácter distinto en el contexto colonial formal. Es, en una palabra, un circuito “cerrado”: el maniqueísmo sienta las bases para la autoafirmación violenta (“el darse a conocer”) del colonizado y esta violencia decolonial simbólica refuerza al maniqueísmo durante la primera etapa de la descolonización (formal) (el circuito M-V-M, si se prefiere). Un ciclo virtuoso de la violencia maniquea impulsa constantemente hacia adelante la lucha por la liberación, con cada explosión, con cada masacre que solo sirve para reforzar la división básica de la sociedad colonial (aquella entre el colonizador y el colonizado), lo cual vuelve su destrucción inevitable (Fanon, 1963, p. 72). Es únicamente con la segunda etapa de la descolonización (aquella que sigue muy de cerca a la liberación formal) que este circuito cerrado comienza a expandirse (tomando la forma M-V-M1-V1). A pesar de que una identidad, racial en gran medida, operó en la primera etapa, esta comienza a debilitarse, excluyendo a los negros europeizados e incluyendo a los europeos revolucionarios (Fanon, 1963, p. 144), y los objetivos de los revolucionarios se alejan de la liberación formal y se acercan a la liberación sustantiva de la colonia del neocolonialismo económico y psíquico. Sin embargo, lo que es central para nuestros objetivos es que, para el Fanon de Los condenados, las dos etapas de la colonización se muestran como si estuvieran irremediablemente unidas: el maniqueísmo de la primera etapa beneficia la liberación formal y el circuito extendido de la segunda etapa beneficia la función dialéctica-sintética de la revolución de toda la sociedad, el salto cualitativo entre los dos circuitos que se vuelve posible gracias a la conciencia nacional.
Dada la insistencia que Fanon expone en Los condenados de la tierra sobre un progreso de las etapas, nuestro desafío principal parece ser la aplicación de esta teoría al mundo actual previamente colonizado, muy poco del cual ha pasado por algo similar a la segunda y más revolucionaria etapa del desarrollo social que describe Fanon. Esta dificultad se vuelve aún más pronunciada en Latinoamérica, en donde se logró la primera etapa (la de la liberación formal) hace más de un siglo y medio. Para plantear nuestra pregunta en términos fanonianos, ¿de qué manera se puede revolucionar una sociedad sin la poderosa “conciencia nacional” que él concibió que emergía directa e inmediatamente del crisol calentado de la liberación nacional? Si se enfría este crisol, si se desatiende la identidad nacional durante 150 años, tiempo durante el cual se han filtrado ideas e instituciones neocolonizadoras (desviando la vista de los previamente colonizados hacía el amo nuevamente), ¿cómo puede ser incluso concebible la segunda etapa de Fanon?
Es aquí donde una visión de paralaje se vuelve necesaria dentro del trabajo de Fanon y entre ese trabajo y el contexto contemporáneo “postcolonial”. Sostengo que únicamente podemos observar la relevancia de Los condenados de la tierra en las condiciones contemporáneas al filtrar insistentemente estas formulaciones de vuelta mediante la complejidad de Piel negra. No podemos continuar sin antes voltear hacia atrás y ello no representa un error, dados los esfuerzos de la colonialidad por revertir los logros de la conciencia nacional. Aquí nos encontramos no ante el nítido maniqueísmo de la violencia autoimpulsada que impide la guerra decolonial en la que “las armas atacan por sí solas” (Fanon, 1963, p. 71), sino ante el punto muerto y el bloqueo ontológico del reconocimiento. Este es el punto muerto de la conciencia conflictiva que enfrenta al racismo maniqueo, pero en un contexto en el que los hechos brutos económicos y materiales aún deben crear una situación de enemistad abierta (sin haber identificado claramente a dichos enemigos) y en el que el imaginario colonial permea y opaca la identidad. Evidencia de lo anterior se encuentra en la relativa escasez de la identidad de la raza negra, y mucho del esfuerzo de Fanon en Piel negra se concentra en atacar esas vías de escape (específicamente, el “amor” y el lenguaje) por las cuales sus compatriotas caribeños buscaron escapar o evitar al racismo maniqueo en lugar de enfrentarlo.
En términos prácticos, este es el punto muerto que se asocia con más frecuencia al término “neocolonialismo”, en el que la identidad nacional se deteriora y se aminora significativamente por diversos factores (económicos, epistemológicos, entre otros). Pero mientras que “neo” puede implicar algún grado de novedad, Aníbal Quijano ha propuesto en su lugar que enfoquemos nuestra atención en lo que él considera “colonialidad”, un concepto que reemplaza dicha novedad con la continuidad a largo plazo. Para Quijano, la colonialidad “consiste, en primer lugar, en la colonización del imaginario de los dominados… las maneras de conocer, producir perspectivas, imágenes y sistemas de imágenes, símbolos, modos de significados…” (Quijano, 1991, pp. 11-12). Dichos modos de dominación no fueron una estrategia colonial que surgió de las bases de la liberación formal, sino que son formas de pensamiento implantadas lentamente desde el comienzo del movimiento colonial mismo, pero cuyos dividendos más valiosos se pagaron únicamente en la era posterior a la liberación35. A pesar de que este imaginario colonial incluye la internalización de la violencia ontológica que hemos discutido aquí, es mucho más que eso, pues se extiende a los aspectos políticos, culturales, económicos, sexuales y demás ámbitos de la vida.
Una vez reconocida la continuidad a largo plazo de las relaciones coloniales, podemos ver que la transformación de Fanon es más que la simple interrupción cronológica en sí misma. La producción intelectual de Fanon siguió una clara trayectoria, pero algunos eventos han superado el contexto que subyace a la teoría. En consecuencia, interrumpimos el trabajo de Fanon y retrocedemos en el mismo (regresando a Piel negra para observar Los condenados con una visión de paralaje) no por capricho.
En su lugar, lo hacemos como respuesta al punto muerto histórico y al bloqueo ontológico impuesto por la colonialidad, su disrupción de lo que se considera una progresión lineal de lo colonial a lo “postcolonial”. Fue esta misma disrupción que Fanon (escribiendo desde la revolución argelina antes de la conclusión de la primera etapa formal) anticipó (como “formalismo estéril”), pero sobre la cual únicamente pudo advertirnos.
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