Читать книгу: «Escuela del sueño»
Título original inglés: Night School
© Richard Wiseman, 2014.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CÓDIGO SAP: OEBO380
ISBN: 9788490068533
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
DEDICATORIA
INTRODUCCIÓN. DESPERTARSE
EJERCICIO
LECCIÓN 1. LLEGA LA NOCHE
EJERCICIO
LECCIÓN 2. CÓMO SER FELIZ, SANO, RICO Y SABIO
EJERCICIO
LECCIÓN 3. EL SECRETO DEL SUPERSUEÑO
EJERCICIO
LECCIÓN 4. DEL SONAMBULISMO Y LOS TERRORES NOCTURNOS
EJERCICIO
LECCIÓN 5. APRENDER DURANTE EL SUEÑO Y EL PODER DE LA SIESTA
EJERCICIO
LECCIÓN 6 BIENVENIDO AL PAÍS DE LOS SUEÑOS
EJERCICIO
LECCIÓN 7. LA TERAPIA DE LOS SUEÑOS
EJERCICIO
LECCIÓN 8. DULCES SUEÑOS
CONCLUSIÓN
APÉNDICE
AGRADECIMIENTOS
NOTAS
PARA DOUGLAS Y CAMERON
Introducción
DESPERTARSE
Donde nos encontramos cara a cara con el diablo,
descubrimos la acuciante necesidad de la escuela nocturna
y nos adentramos en la oscuridad
Todos los días de tu vida ocurre algo profundamente extraño. Cierras los ojos, te abstraes de lo que te rodea e inicias la cotidiana incursión en un mundo fantástico. En este reino imaginario puedes volar, pasar un buen rato con tu famoso preferido, defender el planeta de un apocalipsis de zombis u observar con horror que se te caen todos los dientes. Al final, recuperas la conciencia, abres los ojos y sigues con tu vida como si nada extraño hubiese ocurrido. Tal vez lo más extraordinario de todo sea que no se trata de una experiencia breve. Duermes una media de la tercera parte del día, y una cuarta parte de este tiempo la pasas soñando.
Lamentablemente, pocas personas tienen idea de lo que ocurre en esa parte de su vida. Escuela nocturna te lleva a un viaje intenso por la ciencia del sueño y los sueños, y te explica técnicas sencillas que puedes utilizar para sacar el mejor provecho de la noche. En el tiempo que pasemos juntos, descubriremos qué ocurre en tu cerebro y tu cuerpo todas las noches de tu vida, desvelaremos los misterios del ciclo del sueño humano, averiguaremos cómo superar las pesadillas, descubriremos cómo disfrutar de una noche de plácido sueño y veremos que tus sueños tienen el poder de cambiarte la vida.
Empecé a interesarme por la ciencia del sueño hace unos pocos años, cuando comencé a compartir la habitación con el diablo. Nuestros encuentros secretos se producían una vez a la semana, y siempre de la misma forma. Poco después de quedarme dormido, me despertaba empapado de un sudor frío, recorría la habitación con la mirada y veía a Satanás de pie delante del armario. Unas veces empezaba a avanzar hacia mí, y otras parecía que se contentaba con mantenerse a distancia. Al cabo de más o menos un año de estos extraños sucesos, me invitaron a participar en un evento público sobre cómo la psicología nos puede mejorar la vida, y me encantó descubrir que iba a compartir escenario con un muy respetado especialista en el sueño, el doctor Chris Idzikowski.
Chris es un amable colega con una prolongada carrera de investigación sobre muchos aspectos del sueño, incluidos el de la mejor forma de superar el desfase horario y el de si es posible cometer un asesinato mientras se duerme. Después de que todos los ponentes concluyeran sus exposiciones, Chris y yo fuimos a tomar una copa y tuve la oportunidad de hablarle de mis visiones frecuentes de Satanás junto al armario. Después de darle todos los detalles escabrosos, le pregunté si lo que yo tenía era una especie de pesadilla recurrente. Me hizo unas cuantas preguntas sencillas. ¿Alguna vez chillaba? ¿Cuánto me costaba conciliar de nuevo el sueño? ¿Me incorporaba súbitamente en la cama? A continuación, me explicó con toda tranquilidad que lo mío no era una pesadilla, sino un fenómeno muy distinto conocido como «terror nocturno». Para la persona no versada en la materia, las dos experiencias parecen muy similares. Sin embargo, años de investigación sobre el sueño y los sueños han desvelado que ambas tienen muy poco en común. Salí del encuentro con unos cuantos consejos excelentes para evitar los terrores nocturnos (tema sobre el que me extenderé más adelante), y tengo el placer de informar que desde entonces no he vuelto a ver a Satanás.
Intrigado por la facilidad con que Chris exorcizó mis tendencias diabólicas, comencé a explorar la ciencia del sueño y el soñar. Con el tiempo, mi interés despreocupado se convirtió en una fascinación profunda, y poco a poco fui rastreando oscuros artículos académicos en publicaciones polvorientas y me reuní con los más avanzados estudiosos del sueño.
Descubrí que en los últimos sesenta años, más o menos, un pequeño grupo de investigadores inconformistas habían dedicado la vida a la noche, con muchas largas jornadas y muchas horas extraordinarias, para desvelar los secretos de la mente durmiente. Sin rehuir nunca la polémica, estos científicos nocturnos han realizado varios experimentos extraños, viviendo en cuevas subterráneas durante meses, montando estudios secretos con una banda de rock legendaria, observando a personas que intentaban batir el récord mundial de permanecer despierto y bombardeando pueblos enteros con mensajes nocturnos. Alentado por estos trabajos, realicé mis propias investigaciones, montando un experimento de participación masiva para descubrir si las personas podemos asumir el control de nuestros sueños, organizando el mayor banco de sueños del mundo (que hoy cuenta con millones de informes) y creando el entorno definitivo del sueño.
Durante cientos de años, la mayoría de las personas pensó en la noche con la idea de «nada que ver; pasemos a otra cosa». Daban por supuesto que la mente durmiente está dormida, y que el tiempo que pasamos en la cama no tiene efecto alguno en nuestra vida. Más recientemente, el estudio científico del sueño y los sueños reveló que nada puede estar más lejos de la verdad. De hecho, todas las noches nos embarcamos en un viaje extraordinario que influye en cómo pensamos, sentimos y nos comportamos cuando estamos despiertos. Después de años de estudio incansable, los científicos del sueño consiguieron mapear todas las fases de este fascinante viaje, incluidas las partes del cerebro que entran en acción cuando nos quedamos dormidos, cómo eliminar las pesadillas y qué dicen realmente los sueños sobre nuestra psique.
Sin embargo, todo este trabajo también ha desvelado el lado oscuro de la noche. Los turnos de trabajo ininterrumpidos, unos medios de comunicación activos las veinticuatro horas del día y el acceso permanente a Internet se han unido para crear un mundo que hoy nunca duerme. Las estadísticas son asombrosas, con estudios que revelan que un tercio de los adultos británicos y estadounidenses no duermen todo lo que debieran, y que la inmensa mayoría de los niños llegan a la escuela más cansados de lo normal. En 2010, los médicos británicos recetaron más de quince millones de pastillas para dormir, y en torno a uno de cada diez adultos toma hoy de forma habitual algún tipo de medicamento relacionado con el sueño.
Esta epidemia de privación del sueño tiene un efecto catastrófico en nuestras vidas. Más o menos una cuarta parte de los conductores admite que se queda dormida al volante, y la fatiga tiene la culpa de miles de accidentes de tráfico fatídicos todos los años. Los pobres hábitos de sueño también reducen la productividad, impiden el aprendizaje, perturban las relaciones, dificultan el pensamiento creativo y debilitan el autocontrol. Como descubriremos más adelante en este libro, algunos de los últimos estudios señalan que en los adultos la falta de sueño va asociada también a la depresión y la obesidad, y que en los niños puede provocar muchos de los síntomas relacionados con el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH). Y lo peor de todo es que una mínima carencia de sueño puede producir un efecto perjudicial en la salud, y va unida a un mayor riesgo de cardiopatías, diabetes, hipertensión y muerte prematura.
No hay razón para que así sea. Al seguir con mi estudio de la ciencia del sueño, me di cuenta de que gran parte de las investigaciones se podían utilizar para elaborar técnicas que ayuden a quienes batallan con la noche. Además, del mismo modo que estas técnicas pueden ayudar a las personas que duermen mal a dormir bien, también pueden ayudar a otras a pasar de dormir bien a hacerlo estupendamente. Durante mis investigaciones descubrí la existencia de los superdormidores. Son personas capaces de quedarse dormidas cuando quieren, que se sienten vigorizadas al despertarse y tienen muchos dulces sueños. En comparación con la mayoría de la gente, son significativamente más proclives a ser felices, sanas y ricas. Creo que casi todos podemos mejorar el sueño y sacar el máximo beneficio a los sueños y, con ello, convertirnos en superdormidores.
El movimiento del autodesarrollo se ha centrado durante años en mejorar la vida de las personas mientras están despiertas. Escuela nocturna revela que todos podemos sacar el mejor partido del tercio restante del día. Es hora de reivindicar la noche, de que cambies tu vida mientras duermes profundamente y de que despiertes a la nueva ciencia del sueño y los sueños. Bienvenido a la escuela nocturna.
EJERCICIO
TODO RADICA EN COORDINAR EL TIEMPO
A lo largo del libro se te propondrá una serie de cuestionarios y ejercicios diseñados expresamente. Algunos están pensados para que sean divertidos y otros tienen una parte más seria.
El primero solo te llevará unos minutos, y consiste en completar el siguiente cuestionario.1 No te detengas mucho a pensar cada pregunta, limítate a señalar la primera respuesta que te parezca correcta. Y, por favor, no hagas caso de los números que hay debajo de cada posible respuesta (en cursiva); volveremos a ellos más adelante. Vamos allá.
1. Si tuvieras libertad para programar la noche y no tuvieses ningún compromiso para la mañana siguiente, ¿a qué hora decidirías irte a la cama?
| Antes de las 21:00 | 21:00-22:30 | 22:30-00:00 | 00:00-1:30 | Después de la 1:30 |
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 |
2. Si tuvieras libertad para programarte el día, ¿a qué hora decidirías levantarte?
| Antes de las 6:30 | 6:30-8:00 | 8:00-9:30 | 9:30-11:00 | Después de la 11:00 |
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 |
3. En general, ¿te resulta fácil levantarte por la mañana?
| Decididamente sí | Sí | No estoy seguro | No | Decididamente no |
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 |
4. Imagina que tienes dos horas de mucho trabajo. Si tuvieras total libertad para programarte el día, ¿en cuál de las siguientes franjas horarias decidirías hacerlo?
| 8:00-11:00 | 11:00-13:00 | 13:00-15:00 | 15:00-17:00 | 17:00-19:00 |
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 |
Lección 1
LLEGA LA NOCHE
Donde averiguamos qué ocurre con tu cerebro y tu cuerpo
todas las noches de tu vida, descubrimos cómo superar el desfase
horario y aprendemos la «regla de los noventa minutos»
Bienvenido a tu primer día en la escuela nocturna. En esta lección analizaremos dos ideas en las que se sustenta toda la ciencia del sueño y, con ello, averiguaremos qué les ocurre a tu cerebro y tu cuerpo todas las noches de tu vida. Empezaremos por examinar cuál es la actividad eléctrica de tu cerebro en este preciso momento, después conoceremos a un excéntrico profesor alemán que dedicó la vida a intentar demostrar la existencia de la telepatía y, por último, pasaremos la noche en un laboratorio actual del sueño.
LA PERSONIFICACIÓN DE LO ESTÁTICO
Quisiera empezar por contarte algo que lleva bastante tiempo dándome vueltas por la cabeza. Eres increíble. Ya está, ya lo he dicho y no hay vuelta atrás. Pero antes de que empieces a mostrarte demasiado engreído, debo decirte algo más. Creo que tu mejor amigo también es increíble. De hecho, creo que todas las personas que conoces son asombrosas (excepto John el de Contabilidad, que es un auténtico fastidio). ¿Y por qué sois todos tan increíblemente asombrosos y dejaríais a la gente boquiabierta? Porque todos poseéis uno de los objetos más complejos y maravillosos del universo. Este objeto ha curado enfermedades, ha puesto al hombre en la Luna y ha creado bellísimas obras de arte. Gracias a él puedes ver el mundo y escuchar música, tomar decisiones al momento y moverte por donde quieras, reír y amar. Este asombroso objeto se encuentra ahora entre las orejas, zumbando sin que lo percibas y posibilitando que leas esta frase. Me refiero, claro está, a tu cerebro. (Si a estas alturas no lo habías adivinado, retiro mis cumplidos anteriores.)
Todos tenemos cerebro, pero la mayoría de las personas no son conscientes de que su mente funciona con electricidad.
Si abrieras el cráneo de una persona, como si fueras a ponerle una tapa, posiblemente te encontrarías con lo que parece una gran masa de gelatina. Si seccionas y estudias esta extraña sustancia con un microscopio muy potente, verás que está compuesta de montones de células diminutas llamadas «neuronas» (observa abajo el diagrama de una neurona). Cada neurona tiene tres secciones principales: 1) las «dendritas», fibras parecidas a dedos que reciben las señales de otras células; 2) los «axones», que transmiten señales a otras células; y 3) el «cuerpo celular», que lo controla todo. Juntas, estas células aparentemente simples son res-

ponsables de todos los pensamientos que han pasado por tu mente y de todos los sentimientos que has experimentado.
Las neuronas son pequeños sistemas de mensajería electrónica. Cuando las dendritas reciben una señal de una neurona vecina, el cuerpo celular entra en acción y manda un pequeñísimo impulso eléctrico a través de su axón hasta las células de su alrededor. Estos mensajes electrónicos están circulando a toda velocidad por tu cerebro en este mismo momento, a veces a más de 300 kilómetros por hora. Hoy, los neurocientíficos piensan que en un cerebro medio hay unos 20.000 millones de neuronas, y más de 160 billones de conexiones entre ellas. Aunque cada neurona individual solo genera una cantidad muy pequeña de electricidad, la suma de la que producen todas ellas es considerable, de modo que el cerebro medio genera energía suficiente para encender una bombilla de 20 vatios.
En los inicios del siglo pasado, los científicos sabían que el cerebro funcionaba con electricidad, pero no lograban encontrar la forma de medir las diminutas señales producidas por los grupos de neuronas. Toma nota del más curioso de los hombres, el doctor Hans Berger.1
Nacido en Alemania en 1873, la vida de Berger cambió para siempre después de toparse con un cañón. Berger se había alistado en la caballería a los veintitantos años. Durante la instrucción, se cayó del caballo, que por lo visto no era tan de fiar, y fue a parar a las ruedas de un cañón del que tiraban unos caballos. El conductor de la batería de artillería realizó una parada de emergencia de manual, que dejó a Berger magullado pero sin ninguna herida. En el preciso momento del accidente, la hermana de Berger había tenido una extraña sensación de que su hermano estaba en peligro, y envió un telegrama para preguntarle si se encontraba bien. Era el único telegrama que Berger había recibido jamás de su familia, y no quiso olvidar la experiencia como si se tratara de una simple coincidencia. Al contrario, Berger se convenció de que el sobrecogedor suceso era un caso de telepatía, y dedicó su vida a descubrir cómo los pensamientos pueden viajar de una mente a otra.
Trabajando sin ayuda, Berger estaba desesperado por desarrollar lo que él llamaba un «espejo del cerebro»: un sistema de sensores que se pudiera colocar sobre el cráneo para medir las diminutas cantidades de electricidad que generaban las neuronas del interior de la cabeza. Sus experimentos requerían mucho tiempo y, en la misma medida, eran frustrantes, pero Berger se encerró en su laboratorio y perseveró tras cada fracaso. (Entrada de su diario, 1910: «¡Ocho años! Siempre probando, una y otra vez».) El profesor alemán se fue distanciando cada vez más de sus colegas, que acabaron por tenerlo por loco. Para poder dedicar el máximo tiempo posible a sus investigaciones, Berger se organizó la vida para que fuera lo más previsible y automática posible, y uno de sus colegas señalaba más tarde que Berger «nunca se permitía desviarse lo más mínimo de la rutina establecida… Sus días se parecían como las gotas de agua. Año tras año daba las mismas clases. Era la personificación de lo estático».
Al cabo de veinte años de desengaños, Berger realizó una serie de avances que apuntaban al éxito. (Entrada de su diario, 1924: «¿Es posible que se cumpla el plan que llevó acariciando más de veinte años?».) Después de pasar varios años más perfeccionando su invento, por fin anunció que podía registrar con éxito las ondas cerebrales, y demostró el primer electroencefalograma en perfecto funcionamiento del mundo (o, abreviado, la máquina de EEG).
Lamentablemente, la comunidad académica adoptó una actitud un tanto estrecha de miras ante el invento de Berger. Muchos de sus colegas, convencidos de que era imposible detectar esas cantidades tan diminutas de actividad eléctrica con unos sensores colocados sobre el cráneo, dieron por supuesto que los hallazgos de Berger eran un error o una estafa. Después de retirarse del mundo académico en 1938, Berger fue perdiendo rápidamente la buena salud y cayó en una profunda depresión. En 1941, el inconformista medidor de la actividad de las mentes acabó con su vida, ahorcándose en el hospital.
Berger nunca demostró la existencia de la telepatía. En su lugar, dejó un legado mucho más admirable y tangible. Los académicos de todo el mundo acabaron por darse cuenta de que había conseguido un auténtico logro, y empezaron a considerar con más atención su asombroso invento. Uno de los primeros en hacerlo fue un magnate de Wall Street e investigador excéntrico llamado Alfred Lee Loomis.
EL PALACIO DE LA CIENCIA
Nacido en 1887, Loomis fue a la vez banquero de inversión de extraordinario éxito y el último de los grandes científi- cos aficionados.2 De niño, a Loomis le fascinaban los rompecabezas, el ajedrez y los juegos de manos. De joven, desarrolló la pasión por la ciencia, y al final inició una estrecha relación de trabajo con un muy conocido físico experimental de la Universidad Johns Hopkins llamado Robert Wood. Fue una colaboración extraña pero productiva. En cierto momento, por ejemplo, Wood construyó en su granero un gran «espectrógrafo» (aparato diseñado para dispersar la radiación en un espectro), pero descubrió que el tubo de doce metros del aparato muchas veces no funcionaba porque se llenaba de telarañas. Wood y Loomis dieron por fin con una solución extraña pero muy efectiva al problema. Cuando el espectrógrafo se bloqueaba, la intrépida pareja soltaba un gato en uno de los extremos del tubo y colocaba comida en el otro. El gato avanzaba por el tubo y su piel actuaba como un gran plumero que eliminaba todas las telarañas.3
Loomis disfrutaba de aquellos ratos en el granero, y por fin decidió construir su propio instituto privado de investigación. En los años veinte del siglo pasado, compró una gran mansión en el estado de Nueva York y se dispuso a crear su «palacio de la ciencia». En los diez años siguientes, equipó su mansión con las más avanzadas tecnologías, y en ella recibió a algunos de los científicos más famosos del mundo, entre ellos, Niels Bohr, Guglielmo Marconi y Albert Einstein. Loomis hizo varios descubrimientos científicos y tecnológicos importantes, como su participación decisiva en el desarrollo del radar, la invención de una nueva forma de medir la velocidad de salida de los proyectiles de las armas y su contribución a la creación de un sistema de control terrestre de los aeroplanos.
A mediados de la década de los años treinta, Loomis oyó hablar del asombroso invento de Hans Berger y se preguntó si se podría usar para investigar el sueño. Construyó su propio aparato de EEG, e invitó a diversas personas a pasar la noche en su palacio de la ciencia para monitorizar su cerebro. Al cabo de un año, Loomis descubrió que cuando la persona duerme su cerebro no está inactivo, sino que produce una pequeña cantidad de diferentes tipos de ondas. Trabajos adicionales revelaron que estas ondas se producen siguiendo un patrón altamente predecible durante toda la noche (más adelante, en esta misma lección, averiguaremos más cosas sobre este patrón). La identificación de estas diferentes fases del sueño fue un avance extraordinario, pero quedaba por resolver un último misterio. Esta última pieza del rompecabezas no encajó en su sitio hasta veinte años después, y fue resultado de uno de los experimentos más importantes realizados en el siglo XX.
¿QUÉ HAY EN UNA ONDA?
Las ondas cerebrales que detectan los aparatos de EEG tienen dos características principales: la amplitud y la frecuencia, ambas ilustradas en el diagrama siguiente.

La amplitud (1) es simplemente la cantidad máxima de energía que tiene la onda, y la frecuencia (2) es el número de veces que la onda se repite cada segundo. La frecuencia normalmente se mide en unidades llamadas hercios, o, abreviado, Hz. Para entender la diferencia entre amplitud y frecuencia, puede ser útil entonar una nota. Por favor, entona «laaa» con voz profunda. Acabas de producir una nota de baja frecuencia que más o menos tendría el aspecto de la línea ondulada del siguiente diagrama.


Ahora, por favor, vuelve a entonar «laaa», pero esta vez en un tono mucho más alto. Si ahora trazaras la frecuencia de tu voz, obtendrías algo parecido a la línea ondulada del diagrama anterior.
Por último, intenta entonar otros dos «laaa», procurando hacerlo en el mismo tono, pero esta vez mucho más fuerte que antes. Ahora cambias la amplitud de onda, no la frecuencia, por lo que la nota más baja tendría el aspecto de la primera línea ondulada del diagrama inferior, y la más fuerte, la de la línea de abajo. Lo mismo ocurre con las ondas cerebrales. Cada una se puede clasificar según tenga más o menos volumen, es decir, según sea más «alta» o «baja». En principio, el resultado podrían ser millones de tipos distintos de ondas. Sin embargo, en la práctica, mientras duermes o sueñas el cerebro solo produce unas pocas ondas diferentes. Por ejemplo, cuando estás completamente despierto, el cerebro produce «ondas beta». Cada segundo se producen entre doce y treinta de estas ondas, que en el EEG aparecen como garabatos que cambian rápidamente.

Cuando te relajas, la frecuencia de estas ondas se ralentiza de forma súbita, hasta solo unas ocho por segundo. La forma de onda resultante se denomina «onda alfa» u «onda de Berger» (en honor a Hans Berger). Durante el sueño, estas ondas se frenan aún más, y más adelante nos fijaremos detenidamente en todas las formas de onda relacionadas con las diferentes fases del sueño.
CÓMO SACAR DE DONDE NO HAY
En 1951, Eugene Aserinsky lo estaba pasando mal.4 Batallaba por sacar adelante a su mujer y su hijo, en un pequeño apartamento de Chicago que calentaba con una sola estufa de queroseno. Aserinsky había tenido una peculiar carrera profesional. Había sido un alumno sobresaliente en la escuela y el instituto, y después fue de una universidad a otra estudiando de todo, desde lengua española a odontología, sin conseguir centrarse. Dejó los estudios sin obtener título alguno, y encontró trabajo en el ejército como manipulador de explosivos de gran potencia. Después de unos años de arriesgar la vida continuamente, decidió volver a la universidad. En aquel tiempo, la Universidad de Chicago tenía fama de aceptar a alumnos con historiales poco comunes, y el poco convencional Aserinsky acabó por matricularse en el programa de diplomatura en fisiología.
Al llegar a la universidad, no le agradó que el único consejero académico disponible fuera un profesor desacreditado y excéntrico llamado Nathaniel Kleitman. Nacido en Rusia, Kleitman había dedicado su vida a investigar la ciencia del sueño. En 1939 había revisado más de mil artículos científi- cos sobre el tema y había escrito la que por entonces era la biblia de los estudios sobre el sueño, Sleep and Wakefulness as Alternating Phases in the Cycle of Existence. Kleitman también había adquirido una notable reputación por actuar como su propio conejillo de Indias en las situaciones más difíciles. En una serie de estudios, por ejemplo, había investigado el efecto de la luz solar en el sueño, para lo que pasó un mes durmiendo en una gran cámara de piedra en lo hondo de la Mammoth Cave de Kentucky, vivió en un submarino y se expuso a la luz solar casi permanente por encima del círculo polar ártico. Parece que estos estudios de resistencia no le afectaron mucho a largo plazo, pues Kleitman murió a la provecta edad de ciento cuatro años, en 1999.
Kleitman se reunió con Aserinsky y le propuso que estudiara cómo parpadeaban los niños al quedarse dormidos. Las interminables observaciones de Kleitman le parecieron a Aserinsky tan «apasionantes como un vaso de leche caliente» y, después de varios meses de intentar «sacar de donde no había en esa investigación», decidió abandonar. Pasó a centrar la atención en la actividad del cerebro y los movimientos de los ojos de los adultos mientras duermen. En aquel momento, la mayoría de los científicos tradicionales pensaban que esos movimientos de los ojos se producían de forma casual a lo largo de la noche y no significaban nada. Aserinsky, que no era persona que se dejara llevar por la corriente, sacó un viejo aparato de EEG del sótano del departamento, se lo llevó al despacho y se puso a trabajar.
Decidió empezar por medir simultáneamente la actividad cerebral y los movimientos de los ojos de las personas durante toda una noche. Este ambicioso objetivo puso al límite la tecnología existente, porque exigía que aquel aparato de EEG funcionara durante varias horas. Aserinsky decidió realizar una prueba inicial del equipo sirviéndose de su hijo.
Y así fue como, una fría noche de diciembre de 1951, Armond Aserinsky, de ocho años, se encontró tumbado en una cama de laboratorio con la cabeza cubierta de sensores. Unos medían la actividad cerebral y otros monitorizaban los músculos de alrededor de los ojos. Toda esta información se reenviaba al aparato de EEG, colocado en una habitación próxima, donde Aserinsky padre estaba sentado observando cómo varias plumillas trazaban la actividad en un largo rollo de papel milimetrado. No fue una empresa menor, de modo que una sola noche de monitorización se tradujo en casi un kilómetro de papel milimetrado. Durante toda la noche, Aserinsky padre bregó por mantener estable y funcionando el viejo aparato de EEG, sin saber que estaba a punto de hacerse un lugar en la historia.
Al cabo de pocas horas de iniciar la sesión, a Aserinsky padre le sorprendió ver que las plumillas de repente empezaban a garabatear, señal de que el cerebro y los músculos oculares de Armond estaban muy activos. El padre supuso que su hijo se había despertado, así que fue por el pasillo a ver qué sucedía. Al abrir la puerta del laboratorio, le asombró descubrir que su hijo estaba profundamente dormido. Y lo más extraordinario era que ese curioso patrón no fue algo aislado, sino que Aserinsky padre observó arranques similares de actividad cerebral y movimientos oculares a lo largo de toda la noche.
A la mañana siguiente, Aserinsky intentó descubrir la causa de esa misteriosa actividad. Al principio supuso que el viejo aparato de EEG estaba estropeado, e inició la laboriosa tarea de comprobar los inacabables fusibles, diales y válvulas. No pudo encontrar problema alguno, por lo que habló de sus resultados con Kleitman. Este, inicialmente escéptico y tal vez porque se temía un engaño, pidió a su alumno que repitiera el experimento, pero esta vez con la hija de Kleitman. Cuando apareció el mismo patrón de datos, Aserinsky estuvo más seguro de que se hallaba ante algo grande, y llamó al curioso fenómeno «movimiento rápido del ojo» o REM (rapid eye movement). Originariamente, pensó en llamarlo «movimiento errático del ojo» (jerky eye movement), pero le preocuparon las connotaciones negativas de la palabra jerk.* Intrigados, Aserinsky y Kleitman decidieron averiguar qué pasaba en la mente de las personas mientras dormían cuando el EEG generaba esos extraños patrones nocturnos.
Aserinsky dispuso un grupo de veinte voluntarios para que acudieran a su laboratorio. Cuando entraban en el estado REM, les despertaba y entrevistaba. Expuso sus resultados en un artículo hoy famoso («Períodos de ocurrencia regular de motilidad del ojo, y fenómenos concomitantes, durante el sueño»),5 y en él señalaba que la inmensa mayoría de los participantes en el experimento decían que soñaban.
El artículo produjo un enorme impacto, y un importante científico anunció que Aserinsky había descubierto un nuevo continente en el cerebro. Durante años, los únicos informes sobre sueños de que podían disponer los investigadores habían procedido de personas que intentaban recordar por la mañana lo que habían soñado. Solían ser explicaciones fragmentarias, incompletas y poco fiables. El descubrimiento del REM cambió el rostro de la ciencia del sueño de la noche a la mañana, y abrió a los investigadores una ruta directa a la mente soñante. El resultado fue que científicos de todo el mundo empezaron estudiar el sueño y los sueños. Sorprendentemente, Aserinsky no fue uno de ellos. Fiel a su incurable saber polifacético, se puso a estudiar los efectos de las corrientes eléctricas en el salmón, y falleció en 1998, cuando el coche que conducía se salió de la carretera y se estrelló contra un árbol. Se cree que, paradójicamente, se quedó dormido al volante.
El asombroso descubrimiento de Aserinsky cambió el mundo y señaló el camino hacia la realidad hasta entonces oculta de los sueños. También fue la última pieza del rompecabezas de la ciencia del sueño, con la que los investigadores pudieron mapear exactamente qué nos ocurre a las personas todas las noches de nuestra vida. Para explorar este mapa, ha llegado el momento de que visitemos un centro actual del sueño.
CINCO HECHOS SORPRENDENTES SOBRE LOS SUEÑOS
El descubrimiento del REM ha permitido a los científicos estudiar los misterios del soñar. Estos son cinco de sus descubrimientos más extraños.
Soñar en color
Soñar en más o menos color puede depender de la experiencia infantil de la persona. Eva Murzyn, de la Universidad de Dundee, pidió a personas de cincuenta y tantos años que calificaran la cantidad de color de sus sueños y la cantidad de televisión en blanco y negro que vieron en su infancia. El 25 % de quienes de pequeños solo vieron televisión monocolor soñaba en blanco y negro, frente a solo el 7 % de quienes dispusieron de televisión en color.6
Toda la noche con la espada en alto
Los investigadores han medido minuciosamente la extensión de la erección masculina mientras la persona sueña comparándola con el contenido del sueño.7 Los resultados demuestran que las erecciones se producen incluso en los sueños más prosaicos, y no son necesariamente signo de alguna aventura erótica.
Los sueños de las personas ciegas
La investigación sobre los sueños de las personas ciegas ha desvelado que las que pierden la vista antes de los siete años tienen sueños sin casi ninguna imagen visual, mientras que aquellas que se quedan ciegas después de los siete años tienen el mismo tipo de sueños de contenido visual que las personas con visión. Además, las que son ciegas de nacimiento hablan de sueños que suelen implicar sensaciones de sonido, sabor, olor y tacto.8
La importancia de la impotencia
Las erecciones nocturnas pueden ayudar a los médicos a determinar las causas de la impotencia. Si el paciente no tiene ninguna erección mientras duerme, la impotencia se puede deber a un problema físico cuyo mejor tratamiento son los fármacos o la cirugía. Sin embargo, si el paciente no tiene problema en «mantener la espada en alto» toda la noche, es probable que el problema esté más en la mente.
Cuando sueñas estás ciego
David Foulkes, de la Universidad de Chicago, invitó a unos voluntarios a su laboratorio del sueño, les inmovilizó los párpados con cinta adhesiva, y les pidió que se durmieran.9 Cuando empezaban a soñar, Foulkes entraba de puntillas en la habitación y les colocaba diversos objetos delante de los ojos, entre ellos, una taza de aluminio para el café y una tarjeta con el mensaje un tanto irónico de «No molestar». A continuación despertaba a los voluntarios, les pedía que contaran lo que habían soñado y les preguntaba qué creían que había estado ocurriendo delante de sus propios ojos. Los voluntarios no habían visto nada y los objetos no se habían incorporado al sueño, lo cual indica que cuando uno duerme está ciego.
UN TOQUE DE BRAM STOKER
Basta con pasar poco tiempo en cualquier departamento de psicología para aprender a distinguir enseguida a los diferentes tipos de investigadores. El psicólogo social es incapaz de mantener contacto visual, el investigador de la memoria olvida dónde tiene el despacho y el especialista en persuasión discute sobre la mejor forma de dividir la factura del restaurante. Pero, tanto si pasa mucho o poco tiempo en él, no es probable que se dé cuenta de que el más raro de los investigadores es el científico del sueño.
Los de esta extraña especie disfrutan de una existencia nocturna y solitaria. Llegan al despacho cuando los demás se van a casa, se meten en la cama cuando el resto del mundo se despierta, y lo más habitual es que solo conozcan a una persona en el trabajo (alguien que, si todo va bien, estará durmiendo).
Stevie Williams es uno de estos investigadores. Es el técnico jefe de una de las más conocidas clínicas del sueño del Reino Unido, el Centro del Sueño de Edimburgo. Lo conocí hace pocos años cuando ambos participamos en un estudio sobre si los videntes podían soñar en el futuro (no podían). Stevie tendrá unos treinta y cinco años y, como la mayoría de los investigadores del sueño, tiene lo que yo denomino «un toque de Bram Stoker». Aunque de aspecto sano, tiene la piel fina y pálida, consecuencia, sospecho, de su existencia vampiresca.
Stevie sabía de mi interés por la ciencia del sueño, y amablemente me invitó a ser monitorizado una noche en su clínica del sueño. La sala del sueño de la clínica es como una puesta en escena. A primera vista, todo parece un dormitorio normal o una habitación de hotel. Pero, a medida que te vas fijando, tienes la extraña sensación de que nada es lo que parece. Una ojeada por detrás de la cama te descubre una interminable diversidad de sensores, tubos de gel, gorros de goma y kilómetros de cables. Para el investigador del sueño del siglo XXI, esto es exactamente lo que se necesita para seguir a las personas en su viaje a la noche.
Una vez que me hube puesto el pijama, Stevie me pegó unos veinte sensores en el cráneo con un gel especial, conectó con cuidado un cable a cada uno de ellos y después reunió todos los cables hasta formar una especie de cola de caballo. La puesta en escena parecía estrafalaria, pero la verdad es que resultaba sorprendentemente cómoda. Stevie me pidió que subiera a la cama y me tapara con el edredón, y entonces extendió la cola de caballo por el lado de la cama. Por último, comprobó la colocación de la cámara de infrarrojos que iba a grabar todos mis movimientos en la cama durante la noche, y salió de la habitación.
La cama del centro del sueño era muy cómoda, y al cabo de solo unos pocos segundos noté que me estaba durmiendo. Al momento siguiente, Stevie estaba de nuevo junto a mi cama, despertándome con suavidad. Supuse que sería medianoche y que algo del equipo habría fallado. En realidad eran las siete de la mañana, y acababa de pasar una noche durmiendo profundamente como hacía años que no lo había hecho. A continuación, Stevie me pidió que volviera a la vida real y me reuniera con él en su despacho.
Tenía la sensación de que, en las ocho horas anteriores, había tenido la mente en modo apagado. Sin sueños. Sin actividad. Nada de nada. Pero cuando Stevie me enseñó las gráficas de los EEG de la noche, era evidente que nada podía estar más lejos de la verdad que esa sensación. Al repasar mis datos, quedó claro que la gráfica de mi EEG era casi idéntica a la que Aserinsky y Kleitman habían obtenido hacía todos aquellos años. Los investigadores del sueño actuales llaman a este patrón «ciclo del sueño». Mientras desayunábamos, Stevie me llevó amablemente por cada fase del proceso.
FASES POR LAS QUE HAY QUE PASAR
Como hemos visto, cuando estás completamente despierto, tu cerebro genera una gráfica de EEG de aspecto desigual, de entre doce y treinta ondas por segundo. Poco después de meterte en la cama, la frecuencia de esos garabatos rápidamente cambiantes disminuye, hasta llegar a solo entre ocho y doce ondas por segundo. Este tipo de gráfica se suele asociar con la relajación y la meditación, y en la jerga profesional se la conoce como «actividad alfa».
Después de unos pocos minutos más, empiezas a respirar más despacio, mueves los ojos de un lado a otro y la frecuencia de tus ondas cerebrales disminuye aún más. Estás entrando en la fase 1 del sueño (observa el gráfico). Solo entras en esta fase unas pocas veces a lo largo de la noche y todas estas visitas son muy breves. Durante esta fase, tu cerebro producirá cada segundo entre tres y siete ondas o, para darles el nombre técnico, ondas «theta». Si te despiertan durante esta fase, lo más probable es que tengas la sensación de que realmente no estabas durmiendo.

En el primer encuentro con el sueño de fase 1 es posible que tengas uno o dos extraños tirones, y veas destellos ilusorios de luz intensa u oigas golpes fuertes inexistentes (conocidos como «alucinaciones hipnagógicas»). Los músculos empezarán también a relajarse y es probable que sientas un «aflojamiento» general del pensamiento. Pintores y escritores han intentado utilizar esta experiencia como fuente de inspiración. Por ejemplo, el surrealista Salvador Dalí se tumbaba y ponía un vaso en el suelo. A continuación, colocaba el extremo de una cuchara en el borde del vaso, y sostenía el otro con los dedos. Al entrar en la fase 1 del sueño, los dedos se le relajaban de forma natural y la cuchara se caía. El sonido que esta hacía al caer despertaba a Dalí, quien enseguida hacía un esbozo de las extrañas imágenes que le pasaban por la mente.
Esta fase se asocia también a un fenómeno bastante extraño conocido como «tirón hipnagógico mioclónico», que suele empezar con la sensación de que te caes antes de sentir una sacudida repentina en todo el cuerpo que te despierta. Más o menos el 70 % de las personas experimentan estos tirones, y parece que están relacionados con el agotamiento o el dormir en una posición incómoda. Los científicos del sueño no están seguros del todo acerca de cuál es la causa de los tirones; algunos dicen que cuando te quedas dormido tus músculos comienzan a relajarse, algo que el cerebro de algún modo interpreta erróneamente como prueba de que te caes. Algunos psicólogos evolutivos especulan que la reacción podría derivar de cuando los hombres primitivos se dormían en los árboles, y su finalidad era evitar que se cayeran al dormirse como troncos.
Solo experimentas la fase 1 del sueño entre dos y cinco minutos. Cuando pasas a la fase siguiente, tu ritmo cardíaco disminuye y te baja la temperatura corporal. Las ondas theta van acompañadas de pequeños brotes de actividad eléctrica conocidos como «husos» y «complejos K». Al parecer, estos desempeñan un papel fundamental en el bloqueo de cualquier estímulo exterior (por ejemplo, un ruido de la calle) o interior (por ejemplo, tener un poco de hambre) que pudieran despertarte. Has llegado ahora a la fase 2 del sueño. En este tiempo, casi todos tus músculos, incluidos los de la garganta, comienzan a relajarse, lo cual puede provocar que hables entre dientes o ronques. También tu cerebro se toma un bien merecido descanso, con una disminución de actividad en las zonas asociadas con el pensamiento, el razonamiento, el lenguaje y la resolución de problemas. Como descubriremos más adelante en esta misma lección, esta fase es vital para el aprendizaje de la actividad física, como la de dominar un instrumento musical, un baile nuevo o una habilidad deportiva.
Los investigadores suelen agrupar las dos fases primeras del sueño, y se refieren a ellas como «sueño ligero».
Al cabo de unos veinte minutos en la fase 2 del sueño, el cerebro y el cuerpo empiezan a relajarse de forma especial, y entras en la fase 3 y la fase 4. En este punto, la actividad del cerebro es mínima, lo que produce unas ondas «delta» de movimiento muy lento (solo una o dos ondas por segundo). Juntas, a estas fases se las llama «sueño profundo» o «sueño de onda lenta». Durante este tiempo estarás casi completamente desconectado del mundo exterior (a menos que huelas que algo se quema, que alguien te llame o que oigas un ruido muy fuerte). Es muy difícil despertar a alguien que se encuentre en el sueño profundo, y si se consigue, lo más probable es que la persona se sienta aturdida y desorientada durante varios minutos.
Las fases de sueño profundo son esenciales para tu bienestar psicológico y físico, porque van asociadas a la producción de hormonas del crecimiento que ayudan a reparar los tejidos dañados. Sin estas fases te despertarías cansado y de mal humor. Estas fases también son importantes para asentar información relevante del día, y además están relacionadas con el sonambulismo, el hablar dormido y los terrores nocturnos. Cuando Stevie observó mi EEG vio pruebas de mi tendencia al terror nocturno. Durante el sueño profundo no es habitual que la persona se mueva; sin embargo, la grabación de la cámara de infrarrojos mostraba que yo movía a menudo las manos y los brazos.
Los científicos del sueño clasifican las cuatro primeras fases del sueño como «No REM» (o «NREM») porque no implican ningún tipo de movimientos oculares asociados a los sueños. ¿Pero significa esto que durante ese tiempo no pasa nada por tu cabeza? Si te despiertan del sueño NREM es muy probable que hables de algún tipo de pensamiento aleatorio y fragmentado. Podría ser una sola palabra, o una idea, sin el fuerte sentido de una línea narrativa que normalmente relacionamos con los sueños.
Al cabo de unos treinta minutos de sueño profundo, se produce algo muy extraño. El cerebro y el cuerpo retroceden rápidamente por las distintas fases hasta que llegas a la fase 2. Entonces, el corazón, en lugar de estar relajado, empieza a acelerarse, comienzas a respirar superficialmente y los ojos no paran de moverse de un lado a otro. Estás experimentando ahora el movimiento rápido de los ojos, o el REM. En este tiempo, el bulbo raquídeo bloquea totalmente cualquier movimiento corporal para impedir que escenifiques lo que sueñas. Si ahora te despertaran, es casi seguro que hablarías de un sueño vívido. También es muy probable que los órganos sexuales fueran a toda marcha, con una erección en el caso del hombre y, en el de la mujer, un mayor flujo sanguíneo a la vagina. La mayoría de las personas entran y salen del estado REM durante una cuarta parte de la noche, un estado que se suele llamar «sueño paradójico» porque el cerebro está casi tan activo como cuando estás despierto. Como veremos más adelante, esta fase cumple una función fundamental en la mejora de la memoria, la superación de los sucesos traumáticos y la visión de los problemas desde perspectivas distintas.
Una vez completado tu primer sueño de la noche, retrocedes por las fases, y esta secuencia de NREM-REM-NREM se repite una y otra vez a lo largo de la noche. Cada ciclo ocupa unos noventa minutos, con una media de cinco sueños cada noche.
Después de cada sueño puedes experimentar un breve «microdespertar», en el que estás realmente despierto, pero durante tan poco tiempo que por la mañana no te acuerdas. En una noche típica, en torno al 50 % del tiempo se pasa en el sueño ligero, el 20 % en el sueño profundo, el 25 % en el REM y el 5 % en breves despertares. El principio de la noche suele estar dominado por el sueño profundo, con sueños relativamente cortos. Pero a medida que avanza la noche, los sueños se van alargando progresivamente, y los períodos de sueño profundo se van acortando en la misma medida. En realidad, en la segunda mitad de la noche casi no hay sueño profundo y el REM puede durar hasta cuarenta minutos seguidos.
LA REGLA DE LOS NOVENTA MINUTOS
Si hablas con los investigadores del sueño descubrirás enseguida que la mayoría de ellos emplean un truco poco conocido que les ayuda a sentirse despejados al día siguiente. Cuando más descansado te vas a sentir es al despertarte de un ciclo de sueño de noventa minutos, porque es el que más se aproxima a tu forma normal de despertarte. Para obtener las máximas probabilidades de que esto ocurra, piensa cuándo te quieres despertar, a continuación cuenta hacia atrás en bloques de noventa minutos hasta la hora aproximada a la que quieras acostarte.
Imaginemos que te quieres despertar a la ocho de la mañana y acostarte hacia medianoche. La cuenta atrás en bloques de noventa minutos sería así:
8:00 → 6:30 → 5:00 → 3:30 → 2:00 → 00:30 → 23:00
En este caso, para sentirte despejado por la mañana deberías quedarte dormido en torno a las 23:00 o las 00:30.
Después de desayunar, di las gracias a Stevie por haberme guiado por la noche, me despedí y salí al sol de la mañana dispuesto a afrontar el día. Detrás de mí, Stevie cerró el laboratorio del sueño y se fue a la cama.
El ciclo del sueño es fundamental para entender lo que ocurre en tu cerebro y tu cuerpo todos los días de tu vida. Sin embargo, solo es una parte de la imagen. Para apreciar en su totalidad la naturaleza fundamental del sueño, también es importante descubrir qué es lo que realmente te mueve, y conocer al hombre que cambió el mundo al encerrar unas cuantas plantas en un armario.
EL UNIVERSO DEL TICTAC
Jean-Jacques Dortous de Mairan, el gran astrónomo francés del siglo XVIII, dedicó gran parte de su carrera a mirar al cielo.10 Pero en 1729 atrajo su atención un fenómeno mucho más terrenal. Durante cientos de años, los filósofos habían observado que algunas plantas abrían las hojas durante el día y las cerraban por la noche, y concluyeron que la luz del sol era la responsable de tan curioso comportamiento. A De Mairan no le convencía este argumento, y decidió realizar un estudio sencillo que puso a prueba siglos de sabiduría aceptada.
Decidió realizar su hoy clásico experimento con ayuda de la Mimosa pudica, una planta conocida por los movimientos rápidos y previsibles de sus hojas. Todas las mañanas, la Mimosa pudica abre y estira las hojas, y todas las noches las cierra y encoje. De Mairan pensó que si la luz solar influía en la Mimosa pudica, esta debería dejar de moverse si se la colocaba en la más completa oscuridad. Para averiguar si así sucedía, tomó una de las plantas y la encerró en un armario con el interior pintado de negro. Durante unos cuantos días, De Mairan encendía con cuidado una vela y miraba dentro del armario. Las hojas de la planta, aun sin luz solar, seguían tiesas durante el día y flácidas por la noche. El estudio de De Mairan desveló que muchos de los más grandes filósofos del mundo habían cometido un tremendo error, y que la luz solar no era responsable del comportamiento de la Mimosa pudica.
En el momento de su descubrimiento, De Mairan estaba trabajando en diversos proyectos astronómicos importantes, entre ellos el estudio de si los colores del arcoíris tenían alguna relación con las escalas musicales, y el intento de observar las inexistentes lunas de Venus. En consecuencia, el astrónomo no tenía especial interés en publicar su trabajo con la humilde Mimosa pudica. De hecho, el artículo pudiera no haber visto la luz del día de no haber sido por su amigo y colega científico Jean Marchant. Este estaba convencido de que De Mairan había realizado un gran descubrimiento, e insistió en que el artículo se publicara en las actas de la Académie Royale des Sciences de París.11 El artículo solo tenía 350 palabras. No obstante, cambió para siempre la ciencia del sueño.
En los dos siglos siguientes, los científicos realizaron versiones cada vez más complejas del estudio de De Mairan con el fin de descubrir la extraña fuerza que controla el abrirse y cerrarse de las plantas. Después de encerrar miles de plantas en armarios cada vez más oscuros, descartaron a todos los posibles candidatos, incluidos la temperatura, la humedad y el campo magnético de la Tierra. Al final, los investigadores se dieron cuenta de que las plantas no respondían a ninguna fuerza exterior, sino que poseían una especie de misterioso reloj interior que hacía tictac alegremente ocurriera lo que ocurriera en el mundo. Este reloj interior bellamente montado funcionaba en ciclos de veinticuatro horas y hacía que las hojas de las plantas se abrieran de día y se cerraran de noche.
Entusiasmados por el éxito, los científicos se pusieron a buscar relojes nocturnos similares ocultos en otras formas de vida. Desde los organismos unicelulares más simples hasta los mamíferos más asombrosos, siempre encontraban lo que iban buscando. Pronto pareció como si la totalidad del mundo natural estuviera controlada por una maquinaria de relojería. Después de décadas de arduo trabajo, los investigadores llegaron al último ítem de la lista: el Homo sapiens.
Todos tenemos una tendencia natural a despertar por la mañana y dormir por la noche, y los investigadores se preguntaron si tal conducta podría ser también consecuencia de un reloj interior que nos marca el ritmo oculto en el cerebro y el cuerpo. Era el momento de realizar un experimento. El estudio pionero inicial de De Mairan implicaba colocar plantas en un armario pintado de negro y observar de forma regular su comportamiento. Realizar el mismo experimento con humanos podría ser divertido (siempre que no le tocara a uno encerrarse en el armario), pero no descartaría otros factores medioambientales que podrían influir en el ciclo de sueño y vigilia, como la temperatura, el sonido y la humedad. Para montar el experimento de De Mairan con humanos, los investigadores tenían que encontrar un lugar completamente aislado del mundo exterior, y a alguien que estuviera dispuesto a estar en él mucho tiempo. Y aquí entra en escena Michel Siffre, científico y extraordinario aventurero francés.
DESCENDER A LAS PROFUNDIDADES
Nacido en 1939, Michel Siffre se apasionó por las cuevas y la ciencia a una edad temprana.12 Después de graduarse en espeleología a los poco más de veinte años, Siffre iba buscando algún proyecto de investigación interesante. En aquel momento, un equipo de geólogos acababa de descubrir un glaciar subterráneo en las profundidades de los Alpes francoitalianos, y Siffre se dio cuenta de que era el lugar ideal para un experimento revolucionario sobre la posible existencia de un reloj interior humano.
En 1962, el aventurero francés de veintitrés años descendió a casi ciento veinticinco metros por debajo de la superfi- cie terrestre y vivió en la cueva dos meses. Durante toda la prueba Siffre llamaba por teléfono de forma regular a su equipo de superficie y les decía cuándo acababa de despertarse o estaba a punto de dormirse. El experimento no fue fácil. Con temperaturas bajo cero y una humedad muy alta, Siffre sufría hipotermia y mucha veces tenía que esquivar los bloques de hielo que caían alrededor de su tienda. Pero su diario muestra que solo se desorientó en una ocasión. Cansado, solo y cubierto únicamente con un par de calcetas de seda negra, decidió cantar en voz alta mientras discurría la noche.
El sufrimiento de Siffre fue rentable, y los resultados revelaron que, en efecto, los humanos tenemos un reloj en marcha en nuestro interior. Del mismo modo que las plantas del experimento de De Mairan abrían y cerraban las hojas regularmente pese a estar privadas de luz solar, Siffre siguió durmiéndose y despertándose de manera regular a lo largo de ciclos de veinticuatro horas. En los años siguientes, otros investigadores del sueño estudiaron este misterioso reloj interior observándose a sí mismos y a otros en lugares subterráneos cada vez más aislados. Sus resultados generaron extraordinarias ideas sobre lo que realmente nos mueve.
EL RITMO DE LA VIDA
Al principio de esta lección descubrimos que tu cerebro está compuesto por miles de millones de neuronas. Vamos a adoptar ahora una perspectiva mucho más amplia para analizar el efecto de estos grupos de neuronas en cómo piensas y sientes. Si extrajéramos el cerebro del cráneo y lo partiéramos en dos en sentido vertical, verías algo parecido al diagrama siguiente (claro que sin etiquetas).
Fijémonos rápidamente en algunas de las principales partes de tu cerebro. En la parte delantera están los acertadamen te denominados «lóbulos frontales», que son responsables de muchas cosas, entre ellas tu grado de autocontrol y tu capacidad de planificar. En el centro está la «amígdala», que desempeña un papel fundamental en el control de las emociones, y en la parte posterior está el «lóbulo occipital», que analiza la información que le llega de los ojos y te permite ver el mundo. Y ya está, no hemos tardado mucho, ¿verdad? ¡Ah!, espera, olvidé dos partes importantes.
En primer lugar, observa el pequeño punto negro a la izquierda de la parte central del diagrama (1). Es tu «núcleo supraquiasmático». Este grupo del tamaño de la cabeza de un alfiler, compuesto de 10.000 neuronas, actúa como tu reloj interior, cuyo alegre tictac no cesa en ningún momento de tu vida.

En segundo lugar, el otro punto negro de la derecha (2) es tu «glándula pineal». Esta estructura, que recuerda la forma de la piña del pino (de ahí el nombre «pineal»), tiene el tamaño de un grano de arroz, pero no por ello ha dejado de fascinar a filósofos, neurocientíficos y hippies. El famoso filósofo francés del siglo XVII René Descartes dedicó gran parte de su vida a investigar la glándula pineal, y al final declaró que era la «sede principal del alma». Los más recientes fieles de la New Age dicen que esta zona del cerebro actúa como un ojo mágico interior, y forma parte de un sistema chacra holístico que estimula el despertar místico y la antigua ilustración (o algo así). Pero Descartes y los de la New Age se equivocan. De hecho, la glándula pineal es responsable de algo mucho más importante. En determinados momentos del día, el núcleo supraquiasmático hace que la glándula pineal produzca una hormona inductora del sueño llamada «melatonina», que hace que nos sintamos cansados y soñolientos. Tu reloj interior envía estas señales como parte de un patrón altamente predecible que se repite cada veinticuatro horas.* Los científicos del sueño llaman a este patrón «ritmo circadiano», expresión derivada de las palabras latinas circa, que significa «alrededor», y dies, que significa «día». Veamos el patrón con un poco más de detalle.

Como ocurre con todo ciclo, puedes empezar a analizar los efectos de tu reloj interior en cualquier momento del día. Empecemos a las 6 de la mañana. A esta hora intempestiva la mayoría de las personas duerme plácidamente. Sin embargo, en las cinco horas siguientes tu reloj interior hará que te sientas cada vez más alerta, lo cual explica por qué la mayoría de la gente se despierta entre las 7 y las 9 de la mañana, y se siente muy bien durante las primeras horas del día. A partir de más o menos las 11, irás estando progresivamente menos alerta, y alcanzarás el nivel más bajo del día hacia las 3 de la tarde. Si puedes dormir la siesta, es la hora perfecta para hacerlo. Pero aprovecha bien este momento, porque esta caída solo va a durar más o menos una hora, y a partir de las 4 de la tarde te irás sintiendo con más energía y más animado, un estado que culminará hacia las 8 de la tarde. Luego, a partir de alrededor de las 9 experimentas una lenta bajada de los niveles de energía, lo cual contribuye a que te quedes dormido antes de medianoche. Por último, estos niveles bajos se mantienen durante la noche, y a las 6 de la mañana siguiente se inicia de nuevo todo el proceso. Y así el patrón se repite todos los días de tu vida. Como el suave flujo y reflujo de la marea, tu nivel de alerta sube y baja a lo largo del día.
Años de investigaciones han generado diversos conocimientos importantes sobre este proceso.
Se ha estudiado, por ejemplo, el sueño de los bebés. No nacemos con unos ritmos circadianos 1.0 preinstalados. Al contrario, el recién nacido duerme durante muchos períodos aleatorios de la noche y el día, y el resultado es que lo hace unas dieciséis horas al día, y el resto se lo pasa haciendo todo el ruido que puede. Como tal vez imaginas, es una alegría estar a su lado. Sin embargo, la buena noticia es que sus ritmos circadianos se desarrollan con bastante rapidez, y al cabo de unos seis meses duerme más de noche.
Los ritmos circadianos experimentan un importante cambio durante la adolescencia. Contrariamente a lo que se suele pensar, los adolescentes que parecen estar pegados a la cama no son sin más unos perezosos. Durante la adolescencia, los ritmos circadianos suelen cambiar en torno a tres horas, por esto a esa edad la persona no tiene sueño hasta altas horas de la noche y es incapaz de saltar de la cama si no es bien entrada ya la mañana.
Sin embargo, tal vez el aspecto más estudiado del tema sea la diversidad horaria de los ritmos circadianos de las personas. En este sentido, los científicos hablan de «cronotipos», y todas las personas nos encontramos en un continuo que va desde quienes tienen la tendencia natural a acostarse muy tarde y levantarse también muy tarde (los «búhos» extremos), y quienes se duermen a primeras horas de la noche y saltan de la cama al despuntar el día (las «alondras» extremas). Los investigadores han ido desarrollando diversas formas de medir las tendencias búho-alondra de las personas, entre ellas la de monitorizar la temperatura del cuerpo y los niveles de melatonina en sangre (la hormona de producción natural). Uno de los sistemas de clasificación más utilizados consiste en pedir a la persona que responda a un cuestionario sobre la hora en que prefiere acostarse, cómo se siente por la mañana y si la cabeza la da vueltas. Te pedí que respondieras uno de estos cuestionarios justo antes de empezar esta lección (págs. 18-19). Mira ahora tus respuestas.
Para puntuar el cuestionario, suma los números (en cursiva) de cada una de tus respuestas, y luego utiliza la siguiente escala para averiguar en qué punto te encuentras del continuo búho-alondra.
| 4-6 | 7-10 | 11-13 | 14-17 | 18-20 |
| Alondra extrema | Alondra moderada | Ni búho ni alondra | Búho moderado | Búho extremo |
Tu cronotipo está determinado principalmente por los genes, por lo que suele ser cosa de familia. También influye mucho en cómo piensas y te comportas. En lo que al sueño se refiere, no es extraño que a las alondras extremas les guste estar en la cama hacia las 10 de la noche y levantarse en torno a las 6 de la mañana, raramente necesiten despertador, y no suelan dormir durante el día. Los búhos extremos, por el contrario, prefieren acostarse en torno a la 1 de la madrugada y levantarse sobre las 9, suelen poner varios despertadores y disfrutan de las siestas durante el día.
En cuanto a la hora en que uno trabaja y se siente mejor, las alondras están más alerta hacia el mediodía, y cuando mejor se sienten es entre las 9 de la mañana y las 4 de la tarde, mientras que los búhos son más productivos en torno a las 6 de la tarde, y cuando mejor se encuentran es entre la 1 de la tarde y las 10 de la noche.
Hay un polémico debate sobre la relación entre el cronotipo de la persona y su personalidad, pero en general las alondras suelen ser personas introvertidas, lógicas y de confianza, y los búhos son más extrovertidos, emocionalmente estables, hedonistas13 y creativos.14 En la parte negativa, los búhos también suelen ser personas de poca confianza y propensas a la psicopatía y el narcisismo.15 Tal vez no sea extraño que estas diferencias influyan decisivamente en la vida personal, y hay estudios que demuestran, por ejemplo, que, en términos medios, los búhos tienen a lo largo de la vida cuatro veces más parejas que las alondras. El cronotipo de la persona también afecta a su relación con la comida, de modo que la alondra tiene una fuerte tendencia a desayunar a los treinta minutos de despertarse, mientras que el búho es más partidario del festín a medianoche. Lamentablemente, muchas comidas abundantes por la noche suelen pasar factura, de ahí que los búhos sufran más de obesidad que las alondras.
También existe una sólida relación entre el cronotipo y el rendimiento académico, de manera que las alondras sacan mejores notas que los búhos. Al principio, los investigadores pensaban que se debía a que las alondras eran más inteligentes que los búhos. De hecho, el horario habitual de los centros educativos, con jornadas que empiezan muy pronto por la mañana, significa que los búhos muchas veces han de estudiar, y examinarse, cuando no se encuentran en su mejor momento.16 Por esta razón, varios expertos en educación piensan que convendría medir los cronotipos de los alumnos y después usar esta información para ayudarles a obtener el mejor rendimiento, por ejemplo, mediante clases y exámenes a horas del día más adecuadas.
Los escolares y estudiantes no son los únicos que sufren debido a su cronotipo. El cronobiólogo Till Roenneberg, de la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, sostiene que el reloj interior de los adultos también suele ir descompasado respecto a su entorno.17 Durante la semana, muchos empleados han de estar en la oficina a las 9 de la mañana. Esto les va bien a las alondras, pero muy mal a los búhos. Las personas con tendencias de búho batallan por acostarse pronto por la noche, y lo habitual es que solo consigan dormir unas pocas horas antes de tener que levantarse para ir a trabajar. El resultado es que durante la semana se pasan mucho tiempo más cansadas de lo habitual, y el fin de semana han de intentar recuperar el sueño perdido. Para las alondras, los problemas surgen el fin de semana. La vida social de muchas personas implica acostarse tarde las noches de los viernes y sábados. Las alondras, aunque consigan mantener los ojos abiertos a esas horas, al día siguiente se despiertan igualmente pronto, y duermen muy poco. Roenneberg dice que ambos fenómenos se traducen en una especie de «desfase horario social» que deja a muchas personas en un permanente estado de cansancio.
Sin embargo, el trabajo tal vez más importante sobre nuestro reloj interior se ha ocupado de cómo se puede utilizar este para ayudar en esa batalla por dormir.
«RHYTHM AND BLUES»
Como muchos aparatos de medir el tiempo, tu reloj interior no es exacto del todo. De hecho, el estudio de Siffre demostró que probablemente se retrasa un poco, y tarda un poco más de veinticuatro horas en completar un ciclo. Si no se controlara, esta pequeña diferencia provocaría que poco a poco te quedaras desincronizado con la hora real, y en unas pocas semanas te quedarías dormido al despuntar el día y despertarías al ponerse el sol. Para evitar que esto ocurra, tu reloj interior se resetea todos los días mediante diversas referencias, por ejemplo, las horas en que comes, tus movimientos y, sobre todo, la cantidad de luz que te entra por los ojos.
La luz en que en estos momentos estás inmerso no solo te permite leer estas palabras (o, para el caso, también estas otras), sino que produce un efecto decisivo en tu cerebro. Esta luz te entra por los ojos y hace que la retina produzca unas diminutas señales eléctricas que luego estimulan el núcleo supraquiasmático y la glándula pineal. Cuando estas estructuras cerebrales reciben este estímulo dejan de producir la hormona melatonina inductora del sueño, por lo que te sientes despierto y alerta. Sin embargo, si apagaras todas las luces, la retina dejaría de estimular estas partes del cerebro, y la consiguiente liberación de melatonina haría que te sintieras adormilado y cansado. Por esta razón, los neurocientíficos se refieren a menudo a la melatonina como la «hormona de Drácula», porque solo aparece por la noche.
Lamentablemente, el reloj de algunas personas no consigue reaccionar a estas señales de la luz, lo cual provoca que sufran el llamado «trastorno del ritmo circadiano». Con el tiempo, estas personas se desincronizan del tiempo real, y acaban por acostarse muy avanzada la noche («trastorno de la fase del sueño retrasada») o a últimas horas de la tarde («trastorno de la fase del sueño adelantada»). A diferencia de la mayoría de las personas que padecen insomnio, las que sufren estos otros trastornos suelen disfrutar de varias horas de sueño ininterrumpido. Sin embargo, el inconveniente es que se levantan por la mañana muy tarde, o hacia la mitad de la noche, lo cual puede ser un problema si el trabajo o la vida social las obligan a seguir un horario normal. El tratamiento de estos trastornos suele consistir en sentarse delante de «cajas de luz» intensa y prolongada con la que se intenta resetear su reloj interior. Las que sufren el trastorno de la fase del sueño retrasada se exponen a la luz entre las 7 y las 9 de la mañana, y las que sufren el trastorno de la fase del sueño adelantada, entre las 7 y las 9 de la tarde.
Los estudios sobre los ritmos circadianos también han descubierto qué hacer cuando nuestro reloj interior no da la hora correcta. Si viajas en avión por el mundo, cruzas una o más zonas horarias, y tu reloj interior es incapaz de ajustarse a los cambios, la consecuencia es que enseguida empiezas a sentir un fenómeno molesto conocido como «disritmia circadiana» o, como la gente suele llamarlo, un jet lag o «desfase horario».
Imaginemos, por ejemplo, que vas a tomar un vuelo de seis horas de Londres a Nueva York, y que sales de Londres a mediodía. Cuando llegues a Nueva York, tu reloj interior pensará que son las 6 de la tarde, por lo que es posible que te sientas un poco cansado y dispuesto a cenar. Sin embargo, y para desgracia tuya, en Estados Unidos será la una del mediodía, y todo el mundo estará alerta y en plena comida de mediodía. Por consiguiente, sufrirás un desfase de este a oeste que los investigadores del sueño llaman «fase retrasada». Ahora imaginemos que has volado en sentido opuesto, de Nueva York a Londres, y has salido de Nueva York a mediodía. En este caso, llegarías a Londres pensando que son las 6 de la tarde, dispuesto a dirigirte a la ciudad a comer algo. Lamentablemente, en Londres serán más o menos las 11 de la noche, una hora en que la mayoría de las personas se estarán acostando. Por consiguiente, sufrirás un desfase de oeste a este llamado «fase adelantada».
A medida que pase el tiempo, los niveles de luz de tu nuevo destino van a resetear tu reloj interior para ponerlo a la hora correcta. Sin embargo, antes de que ocurra, hay personas que se sienten incómodas, algunas más que cansadas, con dolor de cabeza y malestar. La fase retrasada es mucho menos agobiante que la adelantada, por lo que volar de este a oeste suele provocar muchos menos problemas que hacerlo en sentido contrario, pero incluso las más pequeñas diferencias pueden tener un efecto sorprendentemente prolongado en el cerebro y el cuerpo.* En una serie de apasionantes estudios, Lawrence Recht, de la Universidad de Massachusetts, y sus colegas analizaron el rendimiento de los principales equipos de la liga de béisbol estadounidense.18 Cuando un equipo tenía que volar de este a oeste antes del partido, ganaba un 44 % de las veces. En cambio, cuando tenía que volar de oeste a este ganaba el 37 % de las veces.
No es probable que el desfase horario sea un problema si la diferencia horaria entre el punto de partida y el de destino es de menos de tres horas. Asimismo, si solo vas a estar fuera un par de días o menos, es posible que te sea más fácil seguir «con la hora de casa». Para todos los demás viajes de largo recorrido, la diferencia entre tu reloj interior y la hora real puede provocar fácilmente que te sientas desorientado, confuso y apático. Adaptarse a la nueva hora local requiere en torno a medio día por zona horaria si vuelas de este a oeste, y unas dieciocho horas si lo haces de oeste a este. Pero no te preocupes, porque hay cosas que te pueden ayudar; los investigadores han desarrollado diversos sistemas para superar el desfase horario (ver el recuadro siguiente).
LOS MEJORES CONSEJOS PARA SUPERAR EL DESFASE HORARIO
• Aprovecha los días previos a la fecha del vuelo para empezar a poner tu reloj corporal a la hora de tu destino. Si vuelas hacia el este, levántate un poco antes. Si viajas al oeste, hazlo un poco más tarde. • Si puedes, reserva vuelos que minimicen el desfase horario guiándote por este sencillo lema: «Vuelo al este, a primeras horas. Vuelo al oeste, a últimas horas».
• Si tienes que dormir durante el viaje, procura no sentarte en la parte del avión donde dé el sol. En los vuelos del hemisferio norte, el sol suele estar en el lado izquierdo del avión si se vuela hacia el oeste, y en el derecho, si se vuela hacia el este. Algunas webs ofrecen orientaciones más precisas sobre vuelos concretos.
• En cuanto subas a bordo, pon el reloj a la hora del lugar de destino, e intenta guiarte lo antes posible por el nuevo horario. Si es hora de dormir, reclina la cabeza. Si es hora de cenar, come algo.
• Algunas personas creen que los suplementos de melatonina pueden ayudar a controlar los patrones de sueño y, con ello, a adaptarse a las nuevas zonas horarias. Los estudios indican que las dosis diarias de melatonina puede aliviar el desfase horario, y parece que su uso a corto plazo tiene pocos efectos secundarios negativos. Antes de tomar cualquier medicamento, consúltalo con el médico.
• Cuando llegues a tu destino, ajusta tu ritmo circadiano siguiendo las siguientes sencillas reglas generales:
— Si has viajado hacia el este, evita el sol de la mañana y busca la luz natural de la tarde.
— Si has viajado hacia el oeste, busca la luz durante todo el día.
• Si realmente no puedes mantener los ojos abiertos durante el día, échate una breve siesta, pero pon el despertador, para no dormir más de dos horas.
En esta lección hemos analizado dos ideas que desempeñan un papel fundamental en el sueño. En primer lugar, hemos descubierto qué te ocurre todas las noches de tu vida, y hemos desvelado los misterios del sueño ligero, el sueño profundo y el REM. En la segunda parte de la lección nos hemos centrado en los ritmos circadianos, y hemos visto que determinan el lugar que ocupas en el continuo entre la alondra y el búho, hacen que a los adolescentes les sea difícil saltar de la cama por la mañana, y se pueden emplear para superar el desfase horario. Después de tratar estos dos conceptos fundamentales, en la lección siguiente nos fijaremos en qué ocurre si no duermes lo suficiente.
EJERCICIO
EVALÚA TU SUEÑO
Este cuestionario solo te llevará unos minutos, y consiste en seleccionar para las siguientes preguntas la respuesta que consideres mejor en tu caso.19 Por favor, no te detengas a pensar mucho las preguntas, e ignora los números que aparecen debajo de cada respuesta.
1. ¿Crees que controlas el sueño? Por ejemplo, ¿puedes dormirte o permanecer despierto siempre que quieres?
| Decididamente no | No | No estoy seguro | Sí | Decididamente sí |
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 |
2. Durante el día, ¿te quedas dormido a menudo cuando, por ejemplo, conduces, estás en una reunión o charlando?
| Decididamente no | No | No estoy seguro | Sí | Decididamente sí |
| 5 | 4 | 3 | 2 | 1 |
3. ¿Sueles despertarte durante la noche?
| Decididamente no | No | No estoy seguro | Sí | Decididamente sí |
| 5 | 4 | 3 | 2 | 1 |
4. Cuando te despiertas por la noche, ¿te suele costar dormirte de nuevo?
| Decididamente no | No | No estoy seguro | Sí | Decididamente sí |
| 5 | 4 | 3 | 2 | 1 |
5. ¿Sueles tener sueños agradables?
| Decididamente no | No | No estoy seguro | Sí | Decididamente sí |
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 |
6. ¿Cómo calificarías la calidad de tu sueño?
| Decididamente no | No | No estoy seguro | Sí | Decididamente sí |
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 |
7. ¿Cómo te sientes al despertarte por la mañana?
| Decididamente no | No | No estoy seguro | Sí | Decididamente sí |
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 |
Muchas gracias. Volveremos sobre el tema.
Lección 2
CÓMO SER FELIZ, SANO, RICO Y SABIO
Donde descubrimos el extraordinario poder del sueño,
desvelamos la plaga mundial de zombis y averiguamos por qué
debes irte a la cama ya
Vamos a analizar una idea asombrosamente simple que te puede ayudar a sentirte mejor, ser más productivo, perder peso, dejar de fumar, agudizar tus habilidades de razonamiento, ser más creativo y estimular la salud. En algunos momentos va a ser un viaje profundamente extraño, y en el camino pasa remos algún tiempo con el genio que iluminó el mundo, averiguaremos qué ocurre si estás despierto varios días y descubriremos cómo es posible que te hayas quedado dormido sin siquiera darte cuenta. Partimos a ver al mago, al maravilloso mago de Menlo Park.
HÁGASE LA LUZ
En la lección anterior descubrimos que la luz que te entra por los ojos hace que el cerebro corte la liberación de la hormona inductora del sueño llamada melatonina. La consecuencia es que te sientes con más fuerza y vitalidad. En cambio, la oscuridad te estimula el cerebro para que libere la hormona, la cual, a su vez, hace que desees irte a la cama. Durante cientos de miles de años, la luz del sol entró por los ojos de tus ancestros durante el día y les hacía sentir vivos y animados, mientras que la oscuridad les incitaba a acostarse y tomarse las cosas con calma. Es probable que esta rutina evolucionara porque a la luz del sol se podía cazar y recolectar alimentos de forma especialmente eficaz, y permanecer tumbado y sin moverse en la oscuridad era una buena manera de evitar a la mayoría de los posibles depredadores. Cada veinticuatro horas, la Tierra giraba frente al Sol y, tan cierto como que la noche sigue al día, tus ancestros se movían con la luz y se dormían con la oscuridad. Mucho más tarde, hace unos ciento cincuenta años, de repente todo cambió.
Thomas Alva Edison fue uno de los más grandes inventores y hombres de negocios de Estados Unidos. Nacido en 1847, mostró una temprana fascinación por la mecánica, la química y el trabajo duro (de ahí sus famosas palabras: «El genio es un uno por ciento inspiración, y un noventa y nueve por ciento transpiración»). Aunque tuvo muy pocos estudios formales, Edison desarrolló la capacidad para la innovación a una edad muy temprana. Con solo doce años, montó una imprenta en un vagón de carga y empezó a publicar el primer (y quizás el único) periódico realizado en un tren. En los años siguientes, Edison empezó a ascender por la escalera empresarial, y en 1876 inauguró su propio laboratorio en Menlo Park (Nueva Jersey). Apodado el «mago de Menlo Park» por la prensa popular (y «señor Thomas Alva Edison» por la menos popular), Edison creó una serie de productos extraordinarios que definirían el mundo moderno, entre ellos, versiones del micrófono, el receptor telefónico, el tocadiscos, la cámara de cine, la batería de acumulación y las orejeras.*
Edison estaba convencido de que muchos americanos no aprovechaban todo su potencial porque pasaban demasiado tiempo durmiendo. El gran inventor presumía a menudo de que solo necesitaba dormir cuatro horas al día, y en cierta ocasión declaró:
La gente habla siempre de la «pérdida de sueño» como una calamidad. Mejor sería que hablaran de pérdida de tiempo, vitalidad y oportunidades.
Impulsado por su amor a la actividad, Edison decidió declararle la guerra al sueño. En la primera mitad del siglo XIX, los edificios y las calles se iluminaban con fuego, velas de cera, linternas de aceite o lámparas de gas. Estas primitivas formas de iluminación proporcionaban una cantidad relativamente pequeña de luz, por lo que la gente estaba obligada a pasar largas horas en la oscuridad al llegar la noche. Hacia la segunda mitad del siglo, varios científicos descubrieron que era posible obtener una fuente de luz mucho más potente pasando corriente eléctrica por un filamento de metal. Por desgracia, los filamentos que empleaban se quemaban muy deprisa, y de ahí que fueran completamente inútiles. Edison se dispuso a desarrollar un nuevo tipo de filamento que fuera barato, eficaz y fiable.
El mago de Menlo Park experimentó sistemáticamente con muy diversos materiales, y más tarde recordaría: «Antes de encontrarlo, probé con no menos de 6.000 fibras vegetales y rastreé el mundo en busca del material filamentoso más apropiado». Después de muchos ensayos y errores, Edison colocó un trozo de bambú carbonizado en una bombilla de cristal al vacío, pasó por él corriente eléctrica y generó una luz que se mantuvo con fuerza más de mil horas.
Como palomillas atraídas por la luz, emprendedores de todo el país se dieron cuenta del valor potencial del invento de Edison, y se pusieron a crear la compleja infraestructura necesaria para llevar la bombilla eléctrica a las casas y las fábricas de todo Estados Unidos. En 1913 salió de la línea de montaje la primera bombilla con un filamento enrollado de tungsteno, que proporcionó la iluminación económica, duradera y brillante que hoy consideramos lo más natural del mundo. Solo veinte años después, la mayoría de las personas de las ciudades de América y Europa disponían de luz eléctrica en las calles y las casas. La medianoche dejó de ser la hora más oscura. El brillante invento de Edison había iluminado el mundo.
La bombilla eléctrica tuvo un enorme impacto en el tejido social. A partir de entonces, con el simple giro de un interruptor, personas de todo el mundo podían ver en la oscuridad y no acostarse hasta muy entrada la noche. Millones de personas obtenían el mejor provecho de esas horas extra de vigilia, que ocupaban en relacionarse con la familia, o salir a cines, teatros, restaurantes y bares. La luz artificial también permitió que las fábricas funcionaran permanentemente, lo cual dio origen a los turnos ininterrumpidos de veinticuatro horas. La noche se había convertido en el nuevo día.
El éxito desbocado de la bombilla eléctrica dio lugar a que las personas estuvieran expuestas a grandes cantidades de luz, solar o artificial, y, con ello, a que el mundo permaneciera despierto cada vez más horas. Hoy día, en los últimos pocos años, la situación se ha exagerado aún más. Los medios de comunicación de veinticuatro horas se han sumado a las mayores cargas de trabajo, las redes sociales, los teléfonos inteligentes e Internet para transformarnos a todos en criaturas de la noche.
Las estadísticas son impresionantes. En 2000, una encuesta a gran escala analizó los hábitos de sueño de más de un millón de personas de 250 países. Casi el 50 % de los encuestados respondieron que necesitaban ocho horas de sueño por la noche para sentirse bien descansados. Lo extraordinario era que solo el 15 % decía que conseguía dormir esas horas.1
En 1960, una encuesta a un millón de estadounidenses descubrió que la mayoría de las personas dormía por la noche entre ocho y nueve horas.2 En torno a 2000, varias encuestas realizadas por la Fundación Nacional del Sueño y otros organismos revelaron que esa cifra había bajado a unas siete horas.3 En 2006, el Instituto de Medicina calculaba que más o menos sesenta millones de estadounidenses padecían un trastorno crónico del sueño,4 y encuestas recientes muestran que un tercio de los estadounidenses duermen hoy menos de siete horas por la noche.5
La situación no es mejor en el Reino Unido, donde una encuesta realizada entre sus ciudadanos en 2011 reveló que más del 30 % de los encuestados padecían insomnio o algún otro problema grave del sueño.6
Hoy vivimos en un mundo que nunca duerme. Por esta razón, científicos de todo el mundo empezaron a estudiar qué les ocurre al cerebro y el cuerpo cuando se les priva de sueño. Los resultados de estos estudios bastan para dejarte en vela.
HECHOS POLVO
Una forma de analizar la función que el sueño cumple en tu vida implicaría impedir que durmieras, y después observar qué les ocurre a tu cuerpo y tu cerebro. Se ha realizado este tipo de estudio con animales, y los resultados han sido asombrosos y mortales. En los pasados años ochenta, Allan Rechtschaffen, de la Universidad de Chicago, dirigió el estudio tal vez más conocido, y más inquietante, sobre el tema. Él y sus colegas conectaron a unas ratas a una máquina que les medía la actividad cerebral, y a continuación colocaron a cada una de ellas sobre un disco inmóvil colocado sobre el agua de un cuenco.7 Cada vez que la actividad cerebral de la rata indicaba que el animal se había quedado dormido, el disco giraba suavemente. Esto, a su vez, obligaba a la rata a despertarse y moverse para no caer al agua. Pese a tener fácil acceso a la comida, estas ratas privadas de sueño empezaron a perder peso y su piel adquirió un enfermizo color amarillento. Al cabo de un mes, todas las ratas habían muerto, prueba de que el sueño es fundamental para la vida.
Realizar un estudio similar con humanos sería considerado inmoral y, aunque se permitiera, probablemente sería un poco difícil encontrar voluntarios (en especial si conocieran los resultados del experimento de Rechtschaffen con las ratas). Sin embargo, ha habido unas pocas almas de mucho aguante que se han prestado a una privación un poco más modesta del sueño y, con ello, han revelado el papel fundamental que el sueño desempeña en tu vida. Una de las primeras fue un curioso disc-jockey estadounidense llamado Peter Tripp.8
Durante toda la década de 1950, Tripp cautivó a los oyentes radiofónicos de toda América. Con sus orígenes en Kansas City y anunciándose a sí mismo como «el niño calvo de la tercera fila» (así le llamaba su madre cuando nació, en el hospital), Tripp fue un entusiasta temprano e incansable de la música rock and roll por entonces de moda. En una época en que la mayoría de los pinchadiscos se enorgullecían de ser sosegados y tediosos, Tripp sacudía a las audiencias con su estilo provocador y sus alegres repertorios. En 1955 se mudó a Nueva York, se rebautizó como «el niño del pelo ondulado de la tercera fila», y pronto le ofrecieron el puesto de presentador de uno de los programas de radio más conocidos del país.
Entonces, en 1959, con treinta y dos años, Tripp decidió conseguir un poco de publicidad intentando permanecer despierto durante nada menos que ocho días. Si lo conseguía, establecería su propio récord de la persona que había permanecido despierta durante más tiempo. Tripp y sus colegas montaron un estudio de radio móvil de cristal en la Times Square de Nueva York y siguieron emitiendo el programa de Tripp de forma ininterrumpida. El montaje publicitario tuvo un enorme éxito, con periodistas de todo el mundo que informaban del progreso de Tripp, y miles de personas que pasaban y observaban el intento del pinchadiscos insomne de mantener los ojos abiertos. Mientras el país escuchaba incrédulo las emisiones de Tripp, un equipo de médicos militares tenía a este en permanente observación. Aquellos médicos se tomaban su trabajo muy en serio, y acompañaban a Tripp las veinticuatro horas, incluso cuando iba al baño.
A medida que pasaban las horas, a Tripp le era cada vez más difícil seguir despierto, y su conducta se fue haciendo progresivamente inestable. En un determinado momento, invitó a su barbero a que le cortara el pelo. Conocía al barbero desde hacía varios años, pero Tripp fue extremadamente grosero con él y acabó por hacerle llorar mientras le cortaba el cabello (lo que le obligó a rebautizarse de nuevo como «el niño del pelo ondulado mal cortado de la tercera fila»).*
Al cabo de unos pocos días más de privación del sueño, Tripp empezó a desorientarse. Creía que había ratones corriendo por el estudio, que tenía los zapatos llenos de arañas y que se había prendido fuego a su mesa. En un momento dado entró un médico local a examinarlo. Convencido de que el médico en realidad era un sepulturero que había ido a enterrarlo, Tripp salió de la habitación medio desnudo y chillando. Hacia el final de la prueba, el exhausto locutor de radio no estaba muy seguro de su propia identidad, y creía que estaba representando a un hombre llamado Peter Tripp. Parece que muchos de estos períodos correspondían a horas en que Tripp habría estado soñando si hubiese estado durmiendo, lo cual apuntaba a la intrigante posibilidad de que en realidad tenía un sueño pese a estar despierto.
Después de permanecer despierto durante un poco más de ocho días, Tripp durmió como un bebé veinticuatro horas seguidas, al cabo de las cuales parecía estar perfectamente. Sin embargo, su mujer dijo más tarde que, después de aquella prueba, Tripp estaba siempre malhumorado y deprimido. Pocos años después estuvo implicado en un escándalo financiero, fue despedido del trabajo y, con el tiempo, pasó por cuatro divorcios. Muchos pensaban que para lo único que su récord le había servido a Tripp era para arruinarle la vida.
Otros han tratado de sobrevivir sin dormir. En 1964, un estudiante estadounidense de diecisiete años llamado Randy Gardner intentó establecer un nuevo récord mundial permaneciendo despierto once días. Al cabo de unas pocas jornadas, la prueba se le hizo muy difícil, y dos amigos acordaron ayudarlo a mantenerse despierto con visitas a la tienda local de donuts, música a todo volumen y sesiones interminables en las máquinas recreativas. Cuando Gardner iba al lavabo, sus amigos le hablaban a través de la puerta para asegurar que el intento de conseguir el récord no se iba al traste.
El comandante John Ross, médico de la Unidad Médica de Investigaciones Neuropsiquiátricas de la Marina de Estados Unidos, monitorizó a Gardner durante todo su intento, y observó una serie de problemas psicológicos.9 En los inicios de la prueba, Gardner tuvo muchas de las complicaciones que había experimentado Peter Tripp, entre ellas un profundo malhumor, problemas de memoria y paranoia. El cuarto día de vigilia comenzó a alucinar y confundió una señal de tráfico con una persona. En otro episodio delirante posterior, Gardner, que era blanco, estaba convencido de que era un famoso jugador de fútbol americano negro. Cuando los amigos intentaron disuadirlo, los acusó de hacer comentarios racistas. Gardner no era el único que sufría. Después de varias noches despierto, uno de los científicos que intervenía en el proyecto, privado de sueño, fue multado por conducir en sentido contrario por una calle de sentido único.10
Hacia el final de la prueba, Gardner tenía el rostro inexpresivo, hablaba articulando mal las palabras y había desarrollado un pequeño soplo cardíaco. Después de establecer un nuevo récord del mundo, durmió unas quince horas, pero, a diferencia de Tripp, no parecía que su personalidad hubiese experimentado cambios a largo plazo. Paradójicamente, en una entrevista reciente, Gardner admitió que hoy de vez en cuando tiene problemas de insomnio.11
LA MALDICIÓN DE ESTAR PERMANENTEMENTE CONSCIENTE
Una rara particularidad genética ha provocado que, durante los últimos quinientos años, un puñado de personas hayan descubierto los horrores relacionados con la incapacidad permanente de dormir.
En 1536, en un pequeño pueblo de las afueras de Venecia, un hombre de mediana edad llamado Giacomo misteriosamente cayó enfermo. Toda la vida había estado sano y en forma, pero de repente era incapaz de conciliar el sueño, empezó a sufrir demencia y al final, al cabo de pocos meses, falleció. En los siglos sucesivos, muchos descendientes de Giacomo sufrieron exactamente el mismo destino. Los médicos italianos nunca supieron explicar esas muertes prematuras, que muchas veces atribuían a la epilepsia o algún tipo extraño de fiebre. Luego, en los años ochenta del siglo pasado, los investigadores se dieron cuenta de que esas extrañas fatalidades en realidad se debían a una enfermedad genética muy rara conocida como «insomnio familiar fatal» (o IFF).
Aunque no resulta agradable, merece la pena conocer los síntomas del IFF. La enfermedad golpea sin avisar en la edad mediana, y provoca un repentino y completo insomnio. El enfermo es incapaz de dormir durante meses, y empieza a experimentar graves ataques de pánico y alu cinaciones. Enseguida adelgaza, sufre una pérdida de la memoria similar a la demencia, entra en coma y muere. El enfermo está consciente la mayor parte del tiempo y, por ello, ha de sufrir la continua agonía de una falta total de sueño.
Stanley Prusiner, neurólogo de la Universidad de California en San Francisco, dedicó gran parte de su carrera a investigar esta extraña enfermedad. Al final descubrió que el IFF lo provoca una infección que hace que el cuerpo se autodestruya. La infección empieza por atacar la zona del cerebro responsable de regular el sueño, con lo que impide que el paciente consiga perder la conciencia. Luego pasa a atacar otras diversas partes del cerebro.
Al principio, los investigadores pensaban que los descendientes de Giacomo eran los únicos que padecían IFF, pero desde entonces se han descubierto unas pocas familias con la misma enfermedad. Esta provoca mucho dolor y sufrimiento antes incluso de que se inicie la infección, de modo que muchos descendientes de Giacomo no consiguen encontrar pareja ni contratar un seguro de vida. Hoy existe un test fiable para detectar la enfermedad, para la que no existe cura.
Como psicólogo, he sido testigo directo de los efectos de la privación del sueño. Hace unos años, participé en un programa de televisión llamado Shattered («Hechos polvo»).12 Era un programa en parte de entretenimiento y en parte científico, y en él intervenían diez concursantes que intentaban permanecer despiertos una semana. El que lograba estar más tiempo sin dormir se llevaba 100.000 dólares. Para evitar cualquier problema de seguridad, los productores contrataron a un grupo de especialistas médicos, y a mí me pidieron que diseñara varias pruebas de «Si cabeceas, pierdes». Se nos ocurrieron muchas formas divertidas de intentar que los concursantes se durmieran, entre ellas, acunarlos con un oso de peluche gigante, escuchar un cuento, dejar que se aburrieran soberanamente y sentarse a escuchar una soporífera clase sobre triángulos.
Ganó el concurso una policía en prácticas llamada Clare Southern, que consiguió estar despierta un poco más de una semana. Para no quedarse dormida, Clare cantaba, tensaba los pies hasta hacerse daño y evitaba orinar. Cuando conocí a los concursantes durante el programa, eran evidentes en ellos los efectos de la privación de sueño. Casi todos decían que se sentían en un extraño estado vegetativo, algunos empezaban a alucinar, y uno de ellos ya estaba convencido de que era el primer ministro de Australia.
El sufrimiento que han soportado quienes han intentado permanecer despiertos varios días demuestra con claridad la necesidad de dormir profundamente asentada en las personas. Todos los que han participado en esos maratones de privación del sueño han sufrido diversas experiencias negativas, entre ellas, cambios de humor agresivos, un letargo extremo, paranoias, visión borrosa, habla ininteligible y una sensación general de confusión. De hecho, el Libro Guinness de los Récords ya no incluye la categoría de privación del sueño, por los posibles problemas físicos y psicológicos asociados a tan extrema vigilia.
LA PRIVACIÓN DEL SUEÑO Y LA TORTURA
A mediados del siglo XVI, la Iglesia de Escocia condenó la brujería, y en los dos siglos siguientes más de mil personas fueron ejecutadas por, presuntamente, practicarla. Uno de los medios populares de conseguir que confesaran se llamaba «despertar a la bruja», y consistía en obligar a las acusadas de brujería a permanecer despiertas varios días. Exhaustas y propensas a las alucinaciones, aquellas mujeres insomnes normalmente confesaban que eran brujas y solían hablar de experiencias extrañas, como volar o transformarse en animales.
Ojalá este sistema de interrogatorio primitivo y bárbaro estuviera arrinconado en los libros de historia pero, lamentablemente, no es así.
En 2009, Barack Obama hizo públicas varias circulares de alto secreto del gobierno que se habían distribuido durante la administración Bush un par de años antes. En ellas se explicaban las técnicas que la CIA podía utilizar para interrogar a sospechosos de terrorismo en los centros de detención secretos de todo el mundo. En una de las circulares se daba luz verde a la privación del sueño, de modo que los interrogadores podían poner a los prisioneros de pie junto a una pared y encadenarles los pies al suelo y las manos junto a la barbilla. Si el prisionero se dormía empezaba a caerse y las cadenas lo despertaban. Los informes revelan que algunos detenidos fueron privados del sueño varios días y, en un caso, más de una semana.13
Consideraciones éticas aparte, es muy probable que el método hiciera que los detenidos dieran inconscientemente informaciones falsas. A mediados de la década de 1990, el psicólogo Mark Blagrove, de la Universidad de Swansea, investigó la relación entre la privación del sueño y la sugestionabilidad.14 En un estudio, Blagrove pidió a un grupo de voluntarios que escucharan una breve descripción del atraco a un banco. A continuación, los investigadores dividieron aleatoriamente a los voluntarios en dos grupos, y dispusieron que unos durmieran normalmente un par de noches y los otros permanecieran despiertos cuarenta y tres horas. Después se preguntó sobre el delito a todos los voluntarios.
Los que habían estado despiertos poco menos de dos días se mostraron especialmente sugestionables, y solían dar detalles para complacer al entrevistador: prueba de que los detenidos a los que se priva del sueño tienden a contar a quien los interroga lo que este quiere oír, más que a decir la verdad.
CUALQUIER DÍA VA A TENER UN ACCIDENTE
Se podrá argüir, claro está, que obligarse uno mismo, o ser obligado, a pasar despierto varios días y noches es una situación muy artificial, y que perder una o dos horas de sueño todas las noches no puede ser especialmente nocivo. Los investigadores llevan más de cincuenta años estudiando el tema, y los resultados tienen tanto de sorprendentes como de aterradores.
El 24 de marzo de 1989, uno de los mayores petroleros del mundo zarpó de Alaska completamente cargado rumbo a Long Beach (California). Poco después de iniciar la travesía, el tercer oficial intentó variar el rumbo para evitar varios témpanos. Por desgracia, el barco no respondió a los cambios porque se había dejado puesto el piloto automático. A pesar de dos avisos de los vigías, el tercer oficial se dio cuenta de su error demasiado tarde, y no pudo impedir que el barco golpeara un arrecife submarino y vertiera cientos de miles de barriles de crudo al mar.
El desastre del Exxon Valdez destruyó la flora, la fauna y el hábitat de los alrededores, y es considerado ampliamente una de las peores catástrofes medioambientales de la historia moderna. Los investigadores del accidente concluyeron que la falta de sueño había tenido mucho que ver en el accidente. El tercer oficial solo había dormido seis horas en los dos días anteriores, y sencillamente estaba demasiado cansado para percibir que el barco no cambiaba de tumbo, o responder a las advertencias de los vigías. Lamentablemente, no es un accidente único. Investigaciones similares han revelado que la falta de sueño fue decisiva en otras varias catástrofes, entre ellas, la de Three Miles Island, el desastre del Challenger y el colapso de Chernobyl.
No hay que estar a cargo de un petrolero, una planta nuclear ni un programa espacial para ser víctima de los efectos de la privación del sueño. De hecho, basta con dormir un poco menos de lo necesario para que aumenten espectacularmente las probabilidades de tener un accidente grave en la vida cotidiana.
Gregory Belenky ha dedicado gran parte de su carrera a determinar los peligros psicológicos de estar medio dormido. Trabajó casi treinta años para el Cuerpo Médico de la Marina de Estados Unidos, donde dirigió la lucha contra la fatiga. Belenky evaluó muchos sistemas distintos para mantener despiertos a los soldados en el campo de batalla, incluyendo un reloj de muñeca sensible al movimiento que puede detectar los patrones del sueño, y un chicle impregnado de nicotina que en dos segundos puede producir el efecto de un café expreso bien cargado.15 Al final, Belenky decidió cambiar el traje de camuflaje por la bata blanca, y hoy realiza la función mucho más calmada de dirigir el Centro de Investigaciones del Sueño y el Rendimiento de la Universidad del Estado de Washington.
En 2003, Belenky y sus colegas realizaron uno de los estudios más exhaustivos del mundo sobre la falta de sueño y la vigilia.16 Pidieron a unos voluntarios que pasaran dos semanas en un laboratorio del sueño. Durante los primeros días, los investigadores procuraron que todos los participantes estuvieran en la cama a las 11 de la noche, y se les dejaba dormir hasta las 7 de la mañana. Después, los dividieron aleatoriamente en cuatro grupos, organizándolos de modo que cada uno obtuviera una cantidad de sueño distinta todas las noches. Los voluntarios de un grupo tuvieron la suerte de pasar nueve preciosas horas en la cama, mientras que a los de los otros tres grupos se les dejó dormir siete, cinco o tres horas por noche.
En los días siguientes, los investigadores pidieron a los voluntarios que calificaran su cansancio, y para comprobar su estado de alerta les pedían que pulsaran un botón cuando vieran aparecer unos puntos en la pantalla del ordenador. Los voluntarios que habían dormido nueve horas todas las noches se mantenían muy alerta, pero los que solo habían pasado tres o cinco horas en la cama enseguida se cansaban y perdían la concentración. Sin embargo, los resultados de quienes habían dormido siete horas fueron particularmente sorprendentes. Esos voluntarios no dejaban de asegurar a los investigadores que estaban tan despiertos como los que habían dormido nueve horas, pero los datos del ejercicio de pulsar el botón revelaban una realidad muy distinta. Al cabo de solo dos días de dormir siete horas, pasaron a estar significativamente menos vigilantes, y siguieron con la misma lentitud durante el resto del experimento.
El estudio de Belenky desveló la naturaleza altamente perniciosa de la más mínima privación del sueño. Bastan unas pocas noches de dormir siete o menos horas para que el cerebro se ralentice. Para empeorar las cosas, te seguirás sintiendo bien y no tratarás de poner remedio a esa lentitud de tu mente. En un par de días, este nivel de falta de sueño hace que en cualquier momento puedas tener un accidente.
La situación se hace potencialmente letal cuando subes al coche, porque la falta de sueño retrasa el tiempo de reacción y provoca una extraña forma de apagón conocido como «microsueño» (ver más adelante). La magnitud del problema es terrible. La Administración Nacional de Seguridad Vial de Estados Unidos piensa que este tipo de fatiga causa más de cien mil accidentes de tráfico y mil quinientas muertes todos los años. El problema es especialmente grave entre los conductores adolescentes, y en los de entre dieciocho y veinticinco años el sopor es la primera causa de colisión fatal. Parece que ningún adolescente es inmune al problema. Un muchacho que había ganado el premio al «conductor adolescente más seguro de Estados Unidos» murió al quedarse dormido al volante e invadir el carril contratrio.17
Lo más preocupante es que el elevado número de accidentes relacionados con la fatiga es solo la punta del iceberg de la falta de sueño.
EL MISTERIO DEL MICROSUEÑO
Cuando estás privado de sueño, tu cerebro puede dar una cabezada de solo unos segundos sin que te des cuenta. Los ojos permanecen abiertos, pero el cerebro está profundamente dormido. Es como si las luces estuvieran encendidas pero no hubiera nadie en casa. Este misterioso fenómeno se conoce como microsueño, y se puede producir en cualquier momento mientras estás despierto. Si en ese momento estás leyendo, es posible que de repente te des cuenta de que no tienes ni idea de lo que decía la última frase. Si estás charlando, tendrás la sensación de que te has perdido parte de la conversación. Si vas conduciendo, puedes estar a segundos de distancia de la muerte.
En 2012, Ron Clairbone, periodista de ABC News, y Charles Czeisler, investigador médico, estudiaron el efecto de los microsueños en la conducción.18 Clairbone permaneció despierto treinta y dos horas para simular los efectos de la privación crónica de sueño. A continuación, los investigadores lo conectaron a un aparato que le medía la actividad cerebral, lo pusieron al volante de una furgoneta y le pidieron que condujera un par de horas por un circuito cerrado. Parecía que Clairbone estaba despierto, y tuvo los ojos abiertos durante casi toda la prueba. Sin embargo, su actividad cerebral reveló que durante la conducción tuvo más de veinte microsueños.
Solo duran unos pocos segundos, pero los microsueños pueden provocar fácilmente que el conductor se empotre en el semáforo o invada el carril contrario. Los investigadores pueden determinar los accidentes de tráfico debidos el microsueño, porque normalmente hay pocas pruebas de que el conductor intentara reaccionar a un peligro evidente. El conductor fatigado no pisa el freno ni gira el volante. Al contrario, va directo al peligro, mientras duerme profundamente.
DORMIRSE EN EL TRABAJO
El cerebro solo constituye el 2 % de tu peso total, pero utiliza el 20 % de toda la energía que produce tu cuerpo. Cuando vas falto de sueño, el cuerpo libra una batalla por obtener glucosa del torrente sanguíneo, y el cerebro no puede pensar bien.19
Para estudiar este efecto, el científico Jim Horne, de la Universidad de Loughborough, montó su propio minicasino, con un solo juego muy sencillo.20 Los voluntarios eran invitados al laboratorio-casino de Horne, y se les pedía que eligieran entre las cartas de cuatro mesas. Con unas cartas ganaban dinero, y con otras lo perdían. Las mesas estaban dispuestas de forma que contenían proporciones distintas de cartas ganadoras y perdedoras. Los voluntarios que habían dormido bien por la noche inconscientemente aprendían a elegir las cartas de las mesas con más cartas ganadoras, mientras que los faltos de sueño seguían escogiendo de forma aleatoria de las cuatro mesas. Vistos los resultados de Horne, no es extraño que muchos casinos animen a las personas a pasar la noche jugando, en vez de irse a la cama.
Pero la privación de sueño no solo afecta a tu capacidad de tomar decisiones lógicas. La parte frontal del cerebro desempeña un papel fundamental en la determinación del nivel de tu fuerza de voluntad. Cuando te falta sueño, los bajos niveles de energía de esta parte del cerebro pueden ser especialmente dañinos, porque te distorsionan el sentido de autocontrol y disciplina. Algunos estudios demuestran el efecto perjudicial que esto puede tener en el trabajo.
En un experimento, Michael Christian, de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, estudió la relación entre la falta de sueño y la actividad profesional en los hospitales. Pidió a un grupo de enfermeras que señalaran cuántas horas habían dormido la noche anterior y en qué grado se habían comportado con menor profesionalidad en su último turno, por ejemplo, si intencionadamente habían trabajado con mayor lentitud, si habían hablado inadecuadamente sobre información confidencial y si habían consumido drogas ilegales.21 Las enfermeras que habían dormido menos de siete horas tuvieron comportamientos significativamente más faltos de profesionalidad.
Otro estudio, realizado por Christopher Barnes, del Pamplin College of Business del Instituto Politécnico de Virginia, se concentró en las trampas de los estudiantes en los exámenes.22 Pidió a un grupo de ellos que anotaran las incidencias de su sueño durante una semana y luego participaran en un concurso de cultura general. Se les dio oportunidad de hacer trampas alterando las respuestas, con lo que los investigadores pudieron descubrir si los estudiantes que habían dormido menos eran quienes más trampas hacían. Su número aumentaba cuanto más tarde se habían acostado los estudiantes.
Por último, David Wagner, de la Singapore Management University, estudió si los empleados faltos de sueño eran especialmente propensos a navegar por Internet por diversión en horas de trabajo (una actividad conocida en el mundillo de las empresas como «cibervagancia»).23 Wagner empezó por dar a los voluntarios un reloj especial de muñeca que usaba acelerómetros para medir cuántos minutos dormían durante la noche. Al día siguiente, se pedía a los voluntarios que vieran una clase importante en vídeo en el ordenador de sus despachos. Sin que ellos lo supieran, los investigadores monitorizaban en secreto el número de minutos que cada voluntario dedicaba a visitar webs de entretenimiento en vez de ver el vídeo. Al día siguiente, los voluntarios que habían dormido mal durante la noche eran especialmente proclives a la cibervagancia.
El efecto de este bajo autocontrol en el trabajo no tiene nada de trivial, pues la fatiga relacionada con el sueño cuesta a las empresas unos 150.000 millones de dólares al año por pérdida de productividad.24
Y lo peor es que, a la larga, estos efectos pueden pasarle una onerosa factura a tu cerebro. En un estudio, por ejemplo, Jane Ferrie, investigadora de la sanidad pública del University College de la London Medical School, estudió la vida y la mente de más de 5.000 voluntarios de mediana edad durante un período de cinco años.25 A finales de los años noventa del pasado siglo, todos los voluntarios indicaron la media de tiempo que dormían todas las noches. Cinco años después todos informaron por segunda vez sobre lo mismo, y además realizaron unas pruebas que les medían la memoria, el vocabulario y el pensamiento lógico. Los resultados revelaron que dormir menos de seis horas por la noche, o muchas más de ocho, iba asociado a menor puntuación en las pruebas. Además, los voluntarios que mostraban una reducción importante del sueño en el período de cinco años obtuvieron puntuaciones especialmente bajas en pensamiento lógico y vocabulario. En general, nuestra capacidad de recordar la información y la de pensar con rapidez disminuyen con la edad. Basándose en este trabajo, los investigadores calculan que a las personas de mediana edad dormir menos de seis horas, o más de nueve, les envejece en torno a siete años el cerebro.
La falta de sueño hace estragos en nuestras instituciones educativas, cuesta miles de millones a las empresas y nos envejece el cerebro prematuramente. Y tal vez lo más preocupante es que nos puede provocar la muerte.
LOS PELIGROS DE DORMIR DEMASIADO
La inmensa mayoría de los estudios sobre el sueño y el bienestar se han ocupado de los inconvenientes de no dormir lo suficiente. Sin embargo, otros trabajos han demostrado que, en lo que al sueño se refiere, como en otras tantas cosas de la vida, también es posible abusar de lo bueno.
Varios estudios a gran escala han demostrado que dormir nueve o más horas todas las noches está relacionado con una serie de estados médicos, entre ellos, la diabetes, la obesidad, las jaquecas, el cáncer y la cardiopatía.26 Además, algunas personas que duermen más de lo habitual padecen un estado conocido como «hipersomnia». A las muchas horas que se pasan en la cama se suman un estado de profunda somnolencia durante el día, la incapacidad de despejarse con una breve siesta, un estado permanente de ansiedad y cansancio, y problemas de memoria.
El sueño sigue el «principio de Ricitos de Oro». Del mismo modo que un tazón de sopa estaba demasiado caliente y otro demasiado frío, es posible pasarse en la cama más o menos horas de lo que conviene. Para la mayoría de las personas, lo adecuado son unas ocho horas todas las noches.
YA DORMIRÉ CUANDO ESTÉ MUERTO
Desde mediados de la década de 1980, investigadores del University College de Londres dedicaron veinte años al estudio de la relación entre los patrones de sueño y la esperanza de vida de más de 10.000 funcionarios británicos.27 Los resultados, publicados en 2007, revelaron que los participantes que por la noche dormían dos horas menos de las que necesitaban casi duplicaban el riesgo de muerte. En un estudio similar, otro grupo de investigadores analizaron los datos de más de un millón de estadounidenses, y descubrieron que dormir menos de siete horas todas las noches iba asociado a una muerte más temprana.28
Estudios posteriores han empezado a desvelar por qué la falta de sueño mata. Algunos de ellos se han centrado en la relación entre la hormona inductora del sueño (melatonina) y el sistema circulatorio. Varios estudios han revelado que la melatonina produce diversos efectos positivos en el cuerpo, por ejemplo, un descenso de la presión arterial, y ayuda a prevenir el infarto y el derrame cerebral.29 La privación de sueño va de la mano de menores niveles de producción de melatonina, por lo que aumenta el riesgo de sufrir estos problemas. Los efectos no son intrascendentes, ni mucho menos, y los estudios publicados en la revista académica Sleep demuestran que el riesgo de presión arterial alta es más de tres veces mayor entre quienes duermen menos de seis horas por noche, y que las mujeres que duermen menos de cuatro horas tienen el doble de probabilidades de morir de alguna cardiopatía.
Pero la melatonina no se limita a mantener estable la circulación de la sangre por las venas, sino que también limita la producción de otras hormonas que están relacionados con diversos tipos de cáncer. Las consecuencias de no producir estas hormonas pueden ser desastrosas, y estudios a gran escala demuestran que quienes trabajan en turnos rotatorios (personas que suelen padecer niveles bajos de melatonina) tienen un riesgo de cáncer de mama un 60 % superior,30 y de cáncer de colon un 25 % superior.31 Otro estudio indica que dormir mal también está relacionado con la aparición de la diabetes, y existen estudios que demuestran que las personas que duermen menos de cinco horas por noche tienen tres veces más probabilidades de desarrollar diabetes tipo 2.32
Además está el problema de la obesidad. Más del 28 % de los adultos estadounidenses duermen menos de seis horas por la noche,33 y más del 35 % de la población es obesa.34 Por extraño que pueda parecer, en la epidemia de obesidad puede intervenir el hecho de que ni los adultos ni los niños duermen lo suficiente.
En 2005, investigadores británicos publicaron las conclusiones de un estudio en el que se siguieron los hábitos de sueño y el peso de más de 8.000 niños desde su nacimiento. Los resultados señalaban que aquellos que a los tres años dormían menos de diez horas y media todas las noches tenían un 45 % más de probabilidades de ser obesos a los siete años.35 Asimismo, investigadores estadounidenses monitorizaron los patrones de sueño y el peso de más de 60.000 mujeres americanas de mediana edad durante dieciséis años.36 Las que dormían cinco horas o menos por noche tenían un 15 % más de probabilidades de convertirse en obesas. Y en otro estudio, investigadores de la Universidad de Stanford analizaron la relación entre los hábitos de sueño de las personas y su peso.37 Los datos de más de 1.000 voluntarios revelaron que dormir menos de ocho horas por noche estaba relacionado con la obesidad.
Evidentemente, muchos de estos patrones de datos se podrían deber a que las personas obesas tienen dificultades para dormir. Sin embargo, otros estudios demuestran que la falta de sueño realmente se traduce en aumento de peso. En la regulación de la cantidad de alimentos que tomamos desempeñan un papel fundamental dos hormonas. Una de ellas, llamada «ghrelina», se produce en el tracto intestinal y estimula el apetito. La otra, la «leptina», se desarrolla en las células grasas y le dice al cerebro cuándo ya se ha comido lo suficiente. Investigadores de la Universidad de Chicago observaron los niveles de hormonas y de apetito de voluntarios varones después de haber dormido solamente cuatro horas por noche durante dos días. La sorprendente conclusión fue que esta privación del sueño a corto plazo tenía un importante efecto en la producción de hormonas de los voluntarios y provocaba un aumento del 28 % de la ghrelina y una disminución de 18 % de la leptina. Estos cambios les estimulaban el apetito, pero aseguraban que no se sintieran especialmente satisfechos después de comer. Como consecuencia de este doble contratiempo hormonal, de lo que decían los voluntarios se deducía que tenían un 24 % más de apetito y les atraían de forma particular productos insanos de muchas calorías, como los dulces, la bollería y las patatas fritas.38
El neurocientífico Colin Chapman, de la Universidad de Upsala de Suecia, analizó hace poco el efecto de la falta de sueño en los hábitos de consumo.39 Chapman y su equipo reunieron a un grupo de hombres sanos y montaron un estudio de dos días. El primer día, pidieron a los voluntarios que estuvieran despiertos toda la noche, y que a la mañana siguiente fueran a comprar comida. El segundo día se les dejó dormir normalmente, y por la mañana fueron a comprar de nuevo. Antes de salir a la compra, a cada voluntario se le dio el equivalente a unos cuarenta euros, se le mostró una lista de cuarenta productos y se le dijo que comprara todos los que pudiera. La mitad de los productos eran comida basura, y la otra mitad, más sanos. Cuando estaban faltos de sueño, los voluntarios regresaban con bastante más comida basura. La privación del sueño no solo es mala para tu cerebro; también te afea la cintura.
DORMIR PARA ESTAR GUAPO
La piel humana tiene un aspecto suave y firme gracias a una proteína llamada colágeno. A medida que envejeces, disminuye la cantidad de colágeno de tu cuerpo, lo cual hace que la piel se arrugue y destense. Después de varias noches de dormir poco, el cuerpo libera una hormona del estrés llamada cortisol. Esta hormona impide la producción de colágeno y hace que la piel adquiera un aspecto poco saludable, y que se te formen unas arrugas finas y círculos oscuros debajo de los ojos.
Estos efectos se pueden producir con una rapidez sorprendente. En un estudio realizado en el Instituto Karolinska de Estocolmo, los investigadores fotografiaron a los voluntarios después de haber dormido ocho horas, y de nuevo después de treinta y una horas sin dormir.40 A continuación, se repartieron las fotografías a los diferentes voluntarios, quienes debían calificar la salud y el atractivo de la persona en cuestión. Los voluntarios privados de sueño fueron considerados menos sanos y menos atractivos. Otro estudio profundizó en estos mismos efectos, y reveló que la falta de sueño enrojecía los ojos y hacía que la piel palideciera y estuviera más arrugada.41
El mensaje es claro. Cuando vas falto de sueño, las pruebas se te ven en la cara.
LEVANTARSE ABATIDO
La falta de sueño no solo afecta a tu salud física. También puede afectar a tu bienestar psicológico.
Hace tiempo que los psiquiatras observan que las personas que padecen una amplia diversidad de problemas mentales no duermen bien. Por ejemplo, en torno al 90 % de las personas deprimidas dicen que les cuesta mucho dormirse o que se despiertan a media noche. Las que padecen el trastorno bipolar tienen episodios de una actividad frenética («manía»), que alternan con momentos de abatimiento y depresión. También en este caso, el trastorno está relacionado con problemas de sueño, y las personas que padecen manía suelen dormir solo tres horas por la noche y algunas incluso se pasan varias noches sin dormir.
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