Читать книгу: «Si el tiempo no existiera»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Teresa González González

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Si el tiempo no existiera, n.º 283 - noviembre 2020

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

I.S.B.N.: 978-84-1375-009-5

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Son muchas las personas…

Cita

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Si te ha gustado este libro…

Son muchas las personas que pasan por nuestra vida.

Algunas son como sombras que nunca llegamos a conocer del todo, otras como soplos de aire que nos despiertan o como tornados que nos asolan dejándonos yermos.

Algunas nos ayudan a construirnos, a conocernos. Otras hubiéramos preferido no cruzárnoslas siquiera. Todas tienen una función en nuestra existencia, un mensaje que transmitirnos.

Pero son pocas las que se marcan tanto en la piel que las recordaremos pase el tiempo que pase y hasta en aquellos momentos en que nuestra memoria se desprenda de casi todo salvo lo que realmente le importa al corazón.

El agua es la fuerza que mueve la naturaleza

Leonardo Da Vinci

Capítulo 1

VÓRTEX

Tengo el presentimiento de que ya no estamos en Kansas.

El mago de Oz, 1939

Me siento frente al fuego, arrebujada en un chal de tacto dulce que él me regaló. Hace frío, casi tanto como aquel mes de octubre. Tengo muchos recuerdos, algunos vienen y van a su antojo. Otros se quedan acurrucados en un rincón a la espera de asaltarme.

En ocasiones pienso que solo ha sido un largo sueño, pero luego siento su mano sobre la mía y pienso que no lo fue, lo es.

Me llamo Blanca Campoamor. Nací en Gijón, un día de lluvia de abril con olor a sal. He visto muchos cielos, tan distintos y, sin embargo, tan iguales. He conocido muchas almas. Lo que os voy a contar es mi historia. A vosotros mismos dejo la elección de creerla o no.

Yo me perdí cuando ya había entrado el otoño y llegaban las manzanas.

Dicen que para encontrarse lo mejor es perderse. Perderse o escaparse, diría yo. Escaparse de lo preestablecido, de lo previsible, de todo aquello que damos por hecho.

Y cuando estás en ese punto incierto, con esa inquietud, notando el sudor en todos los poros de tu piel. Cuando te sientes sola y aislada, cuando las voces que te rodean suenan lejos, pero no resuenan en ti. Cuando buscas desesperada manos a las que agarrarte. Cuando te encoges para hacerte invisible… y lo consigues. Cuando dudas de todo… Es entonces cuando no tienes más remedio que escucharte.

Yo me perdí cuando ya había entrado el otoño y llegaban las manzanas.

Hacía tanto tiempo que no me sucedía que me pilló por completo por sorpresa. De hecho, no fui consciente de que se trataba de eso hasta que hubo transcurrido algún tiempo del suceso.

Unos días antes había tenido un amago que achaqué a que me había levantado con demasiado brío del taburete de aquel bar de moda en el que mi amiga Alice y yo acabábamos de tomarnos un par de copas de Moscato helado enfundadas en sendas faldas de tubo, tan a la moda aquella temporada. Era un milagro que hubiéramos logrado trepar al taburete con semejante atuendo.

Por si no lo sabéis, el Moscato es un vino delicioso y traicionero, el equivalente en vino a los pretendientes que te encuentras a partir de las tres de la mañana de un sábado por la noche.

Su sabor dulce, el ligero cosquilleo de sus burbujas y ese choque helado contra el paladar hacen que te lo bebas sin ser consciente de sus efectos. Así que cuando noté el leve mareo, la visión borrosa y el zumbido en los oídos de inmediato pensé que el culpable era nuestro frizzante amigo.

—¿Te encuentras bien?

Alice me cogió por el codo al ver que me tambaleaba y estaba ligeramente pálida. Era bastante guapa, con unos ojos grandes y expresivos, la piel bronceada y una sonrisa traviesa. De esas mujeres que llaman la atención en cuanto ponen un pie en cualquier lugar.

—Perfectamente, creo que será mejor que no ataquemos una tercera copa —le contesté.

—Ja, ja, ja, no me digas que estás borracha por dos copas de vino. ¡Deberías salir más a menudo!

—¡Desde luego! Soy una floja.

Sin embargo, aquella mañana en mi sangre no había una sola gota de alcohol. Solo zumo de naranja. Al principio pensé que debía de haber desayunado poco, eso sumado a mi escasa tolerancia al esfuerzo físico resultaba un cóctel peligroso.

Aunque esa mañana de domingo era fresca el sol anunciaba que iba a darnos una de las últimas alegrías del otoño, por eso Alice había insistido en que diéramos un paseo vigorizante, así era como ella los llamaba. Yo era menos benevolente y los denominaba simplemente tortura matutina.

Conocía muy bien la teoría, el ejercicio oxigena cuerpo y mente y además te hace segregar endorfinas. Pero la práctica siempre se me resistía y necesitaba bastante motivación para moverme del sofá. Esa motivación solía presentarse en forma de WhatsApp de Alice y de un modo tan insistente que era imposible no calzarse las zapatillas y salir. Aunque solo fuera para evitar que recalentara mi teléfono con sus mensajes.

Dado mi casi nulo interés por el deporte, mi equipo básico lo componían unas zapatillas multiusos, un pantalón roñoso y la sudadera de una universidad italiana que alguien me había traído a modo recuerdo de su Erasmus. Solamente se leían la mitad de las letras después de años de lavados así que Firenze había pasado a ser Fire. Universitá Fire. El nuevo logo incitaba al cachondeo porque era algo así como la representación gráfica de aquel clásico de Radio Futura que yo canturreaba en la ducha: Escuela de calor. No obstante, me gustaba y era cómoda. Suficiente para no deshacerme de ella.

Me había entretenido rebuscando una camiseta en el fondo del cesto de ropa para planchar, que ya tenía una altura aproximada a una réplica de la pirámide de Gizeh, y se me había hecho tarde. Sabía lo poco que le gustaba esperar a Alice, aunque desde que había abierto una cuenta en Instagram sus momentos de espera la exasperaban menos.

Bajé las escaleras corriendo, para ir calentando músculo me dije, y salí disparada hacia el parque del Cerro de Santa Catalina. Habíamos quedado en vernos en la zona alta de la ciudad: Cimadevilla. Justo al lado de la gigantesca escultura de Chillida llamada Elogio del horizonte. Plantado erguido y orgulloso allí donde la ciudad había nacido parecía mofarse de la insignificancia del hombre. Incluso podía sentirse el flujo turbulento de energía que se concentraba en aquel lugar expuesto a mares y tempestades.

Mi amiga creía que antes de empezar con el ejercicio propiamente dicho era muy recomendable despejar la mente y aquel punto elevado con el mar Cantábrico rugiendo a tus pies era el lugar perfecto para lograrlo. Después de todo, la propia estructura de la escultura hacía que resonara como si se tratara de una gigantesca caracola añadiendo más magia, si es que eso era posible, al sobrecogedor escenario.

Apuré el paso, no quería tener que escuchar sus reproches en modo madre.

Empezaba a hacer bastante calor y yo era una mujer del norte, el calor no me sentaba del todo bien. Sin embargo, no quise bajar el ritmo, aunque el camino era empinado y yo ya resoplaba cual bulldog inglés. Para mi alivio pronto divisé la escultura. Milagrosamente no había nadie por los alrededores.

«Perfecto», pensé. «Así podré sentarme un rato a la sombra y recuperar el resuello».

En ese momento, todo se desencadenó. Al principio, me estremecí, como si una corriente de aire inesperada me hubiera envuelto girando en torno a mí y me hubiera sacudido todos los músculos. Miré hacia el cielo, las nubes se desdibujaban. Noté las palpitaciones, el pitido en los oídos y finalmente el sudor frío recorriéndome. Hacía mucho que no me sucedía, pero ya era un hecho.

Todo empezaba y acababa en el mismo instante. Como si los múltiples universos paralelos se alinearan por un instante de luz. Como si las pequeñas pausas entre los actos cotidianos de nuestra vida se rellenaran de sueños. Y estando así, alineados, era posible cruzarlos.

No obstante, ocurría sin que yo fuera consciente del motivo que lo desencadenaba y sin embargo… Sin embargo, todo sucedía precisamente por mí y para mí. Entonces, sin más, me desmayé.

Capítulo 2

BERNAL

Respiré profundamente intentando llenar mis pulmones con todo el aire posible que me devolviera a la realidad. Lo único que conseguí fue que me atacara una molesta tos, así que decidí hacerlo a pequeños bocaditos, de la misma manera que lo haría un pez.

—Más despacio, poco a poco. No tienes prisa —me recité a mí misma tratando de calmar mi agitación.

Solían agobiarme estos episodios repentinos y en mi afán por recuperarme cuanto antes lo único que conseguía era sumar la ansiedad al mareo.

Notaba aún el hormigueo en las manos, pero la visión empezaba a recuperarse. Estaba helada, pero no tenía frío, como si mi cuerpo se hubiera disociado de las terminaciones nerviosas y la información que llegaba a mi cerebro fuese tan confusa como yo misma me sentía. Estaba desorientada y la cabeza me daba vueltas.

Eché un vistazo a mi alrededor, por lo menos no había aparecido sorpresivamente alguien para verme en semejante estado. Supongo que su intención era ayudar, pero en esos momentos cualquier interacción con otros me dejaba exhausta.

—Nada más encantador que una lánguida damisela en apuros —me dije con ironía.

Solo que para mí esos episodios no tenían nada de encantador ni romántico y únicamente me servían para coleccionar cardenales.

Estaba tumbada, mejor así. Me concedería unos minutos antes de incorporarme, aunque la hierba todavía retenía la humedad del rocío de la mañana y ya estaba traspasando la tela de mi sudadera. Mi cabeza quería hacerse cargo de todo y daba órdenes a diestro y siniestro, pero comenzaba a frustrarse al ver que no obtenía resultados. Hice una revisión general, parecía estar en buen estado salvo porque me había lastimado ligeramente la espalda al caer. Traté de estirarme con cuidado para desentumecer los músculos. Estaba cerca de la playa, de eso no tenía duda, el intenso olor a algas era inconfundible. Hasta ahí todo correcto.

Me fui incorporando poco a poco hasta apoyarme en unas piedras. No quería girarme porque aún no tenía el equilibrio necesario, pero por alguna razón estaba segura de que algo había desaparecido detrás de mí y quería comprobarlo. Finalmente, me pudo la curiosidad, así que me puse de rodillas y fui dándome la vuelta hasta descubrir qué era lo que echaba en falta.

—¡Imposible!

Era materialmente imposible que el mastodonte de hormigón que era el Elogio se hubiera volatilizado. Sin embargo, no había ni rastro de él. En su lugar solo estaba la suave hierba que bajaba por el acantilado hasta llegar al mar, una pequeña ermita y a lo lejos una especie de atalaya. No recordaba que nada de eso estuviera allí hacía un instante. Tenía que tratarse de una especie de ilusión óptica.

Me sentía aturdida, pero algo me impulsó a levantarme y empezar a caminar. No servía de nada quedarme allí. Necesitaba saber, lo que fuera, algo que calmara mi sed de información. De modo que comencé a bajar la suave pendiente.

Notaba el viento de nordeste. Siempre despejaba el cielo e invariablemente te engañaba haciéndote creer que el calor del sol efectivamente calentaba. En cuanto dejara de soplar el cambiante tiempo asturiano haría acto de presencia y una fina llovizna empezaría a caer. Inocente, casi imperceptible hasta que te empapaba completamente.

Seguí bajando mientras me repetía que todo aquello tenía que tener alguna explicación sencilla y perfectamente racional. O al menos fui capaz de repetírmelo hasta que alcancé a ver el animado bullicio que había a los pies del cerro. El devenir de gente era constante y tenía toda la pinta de deberse a una de las ferias medievales que el Ayuntamiento gustaba de organizar con el fin de entretener a los turistas. Eran frecuentes, pero algo en esta la hacía parecer tan… real. Todo me resultaba familiar y, sin embargo, no podría asegurar que fuera exactamente como hacía tan solo unos minutos. Meneé la cabeza para intentar deshacerme de la incómoda sensación, mi imaginación tenía por costumbre campar a sus anchas y parecía que se lo estaba pasando en grande a mi costa. Una mujer vestida con un traje de un anodino color marrón y cargando unos cestos pasó con prisa a mi lado. La cogí por el brazo para detenerla antes de que se escapara corriendo hacia el puesto que a buen seguro tenía en la feria. Necesitaba preguntarle a alguien y tenía que hacerlo ya.

—¿Podría decirme qué está pasando?

La rabia inicial por mi interrupción se tornó en sorpresa, como si no pudiera creer que alguien no estuviera enterado.

—Los balleneros, parten hoy para la campaña.

La solté de inmediato, estaba en shock. ¿Balleneros? Aunque sabía que había sido un negocio próspero, hacía muchísimo tiempo que la caza de ballenas no se practicaba en Gijón. Sentí compasión por ellas, por aquellos hermosos e inteligentes animales que iban a perecer. Pero ¿qué estaba diciendo? Una partida de balleneros era algo ¡absolutamente imposible! Sin duda aquello debía de ser un sueño o más bien una maldita pesadilla causada por el desvanecimiento.

Una voz potente me sacó de mis pensamientos de golpe. Sin previo aviso. Sería así a partir de ese momento, solo que yo aún no lo sabía.

—¡Eh, muchacho!, yo que tú correría a buscar refugio. Se avecina una buena —la voz provenía de un hombretón de metro noventa con el cabello ondulado rezumando agua sobre la frente y unos penetrantes ojos verdes. Se lo retiró con una mano fuerte, grande pero hermosa. Su aspecto era rudo y curtido, pese a ello, sus movimientos eran elegantes—. ¡Maldito orbayu! Acaba calando hasta los mismísimos huesos. Este invierno va a ser duro —añadió mirando al cielo.

Se volvió de nuevo hacia mí, del mismo modo que quien encuentra a un pajarillo herido y es incapaz de dejarlo a su suerte.

—¿Es que no me has oído? ¡Muévete!

Y me agarró con fuerza tirando de la manga de mi maltrecha sudadera de la universidad. Yo le miré desconcertada, pero en medio de la rocambolesca escena me encontré a mí misma indignada porque me hubiera confundido con un ¡varón! Desde luego no estaba atravesando mi mejor momento, pero de ahí a parecer un hombre había un trecho.

Mi pelo, con el que llevaba experimentando un tiempo con bastante poco éxito, tenía un color cobrizo más claro en las puntas. Pese a mis esfuerzos por conseguir lo contrario insistía en rizarse. Lo llevaba justo por encima de los hombros. Pensándolo bien era una versión grunge del Príncipe de Beckelar, aquel gigante no andaba tan desencaminado.

«Mierda», pensé. «Ya es oficial, necesito dejar de ver tutoriales de peluquería en YouTube».

Un nuevo tirón me sacó de mi ensimismamiento.

—¡Por Dios que eres lento, rapaz!

—Y usted un pedazo de bruto de narices —me oí decir.

El hombretón se detuvo en seco y me miró como quien acaba de escuchar hablar a una piedra. A continuación, me soltó para poner los brazos en jarras y una estruendosa carcajada salió de su garganta y le hizo sacudir los poderosos hombros arriba y abajo.

Me agarró, entonces, zarandeándome con tanta fuerza que temí que me dejara maltrecha, como una baya madura y jugosa aplastada entre sus manos. Tenía el cuerpo cálido y, aunque su olor era una intensa mezcla de sudor y heno, exhalaba algo que me hizo sentir en calma. Sin darme cuenta, y sin ningún tipo de miramiento, metió la nariz entre las revueltas ondas de mi pelo. Definitivamente aquel hombre no había oído hablar de la sutileza en toda su vida.

—Hueles igual que una muchacha —manifestó—. ¿De dónde diantres has salido?

Y, soltándome, volvió a reanudar la marcha a grandes zancadas seguro de que le seguiría igual que un pollito sigue a la gallina.

No se equivocaba. Aunque había considerado la idea de escabullirme aprovechando el ajetreo de la plaza lo cierto era que hasta que pudiera pensar con claridad aquel espontáneo parecía ser mi mejor opción. Me recordaba a un oso grande y yo siempre había adorado a los osos. Además, los otros transeúntes habían comenzado a estudiarme con curiosidad y no tenía intención de permanecer allí por más tiempo.

—Me llamo Bernal. ¿Cuál es tu nombre? —gritó a sus espaldas sabiendo que yo seguía torpemente sus pasos.

—Gonzalo —balbucí recordando que era uno de mis nombres masculinos favoritos. Estuve a punto de contestar «¡Van Helsing!», pero me pareció un poco osado dado mi tamaño y mi aspecto en general. Por alguna razón decidí no sacarle de su error acerca de mi género. Quizás fuera más prudente, por el momento.

—Apura el paso, muchacho. Todavía estamos a tiempo de beber algo en la fonda antes de que se nos eche la noche encima. Estoy seco —dijo guiñándome un ojo.

O aquel individuo era la persona más sociable sobre la faz de la Tierra o yo estaba sufriendo una alucinación. Yo siempre había sido más bien cautelosa, pero por alguna incomprensible razón aquel tipo me caía bien, así que aceleré hasta colocarme a su lado.

Hechas oficialmente las presentaciones, Bernal me condujo hasta una tabernucha atestada de gente. Habíamos llegado a través de una maraña de callejuelas sumamente estrechas y sin pavimentar. No las reconocí, y eso que todos los adolescentes de Gijón habíamos recorrido Cimadevilla a conciencia antes de cumplir los veinte. Claro que no siempre lo habíamos hecho en las mejores condiciones. Solíamos acudir a un bar diminuto y alargado en el que nos apiñábamos como podíamos en torno a una barra igual de diminuta para tomar «golpes de tequila»: tequila servido en vasos de chupito cubiertos con medio limón a los que había que dar un golpe seco contra la barra para luego apurar de un trago el burbujeante contenido. Tras unos cuantos de esos el trazado urbanístico del barrio de pescadores se volvía todavía más intrincado. De cualquier modo, estaba segura de que aquella taberna no había estado nunca dentro de mi ruta nocturna.

Y daba gracias por ello, apestaba. Sin embargo, los parroquianos allí reunidos no parecían notarlo. Quizás tuvieran la pituitaria atrofiada o simplemente estuvieran acostumbrados. Engrifé la nariz. Dadas las circunstancias no iba a ponerme exquisita y pedir al grandullón que me llevara a otro sitio. Así que racioné el oxígeno que necesitaba consumir al mínimo mientras echaba un vistazo a la selecta congregación.

Unos reían, otros jugaban a los dados y a las cartas y en general todos hacían bastante ruido. Supongo que por eso me llamaron la atención los cuatro hombres que ocupaban una mesa al fondo, cerca de uno de los dos escuetos ventanucos por los que entraba la escasa luz en ese nublado día.

Tres tenían un aspecto desaliñado y comentaban algo en voz baja. Por alguna palabra suelta que fui capaz de captar hablaban en inglés. El cuarto no tenía nada que ver con sus compañeros de mesa. Como si se tratara de un extraterrestre que hubiera aterrizado en medio de la turba.

Al ver entrar a la extraña pareja que Bernal y yo formábamos levantaron la vista unos instantes para volver luego a enfrascarse en su conversación y su bebida.

Bernal siguió la dirección de mi mirada percatándose del discreto interés que habíamos despertado en la cercana mesa.

—Piratas. El conde no debería haber metido en esta disputa a esa escoria inglesa. —Chasqueó la lengua en un gesto de clara desaprobación.

En mi cara se dibujó un gesto de sorpresa. ¿Piratas? ¿Conde? ¿De qué hablaba? Esto superaba incluso a los balleneros. La opción alucinación estaba empezando a ganar puntos por momentos. No había otra explicación posible para que yo estuviera en medio de ese meollo y me comportara con tanta aparente naturalidad. ¿Desde cuándo me paseaba yo con especímenes desconocidos y de tal envergadura física y me codeaba con piratas en tabernas? Es más, ¿desde cuándo iba yo a tabernas de aquel tipo? Estaba confusa, así que preferí centrarme en observar mi entorno para ver si sacaba algo en claro. En concreto me concentré en los supuestos piratas. Estaba dispuesta a concederles el beneficio de la duda respecto a su condición delictiva.

Desde luego, el más alto de los cuatro no parecía un pirata al uso. O al menos lo que yo esperaba que fuera un pirata. Claro que mi información al respecto procedía de una fuente que no sabía si podía considerarse fiable: el cine. Mi imaginación repasó rápidamente los prototipos de piratas que tenía almacenados. Como mucho era una copia mejorada y actualizada de Burt Lancaster… Tenía que reconocer que muy mejorada.

Nada de pelo desgreñado, dientes renegridos, loro al hombro o parche en el ojo. Samuel Roland Waters, como más tarde supe que se llamaba, más se asemejaba a un aristócrata que un corsario.

Tenía el pelo ligeramente rizado, recogido en la nuca con una sencilla cinta de cuero, y era de un rubio oscuro, del color de una buena cerveza. Se apartó un mechón y dejó al descubierto unos ojos de un profundo azul oceánico. Imaginé que no resultaría complicado naufragar en ellos, dejarse engullir por las mareas que su mirada desencadenaba, sin atisbo de miedo ni conciencia alguna de peligro. Esos ojos debían de traspasarte el alma. Deduje que era una cualidad bastante útil poder desarmar a quien tienes frente a ti con tan solo una mirada.

En el centro de su mejilla izquierda un visible lunar le daba un aspecto pícaro al igual que la media sonrisa que, casi permanentemente, adornaba su rostro. Una barba incipiente cubría una mandíbula decidida y varonil rematada por un gracioso hoyuelo.

Procuré que Bernal no se percatara de mi interés por Samuel. Sentía muchísima curiosidad, habría que estar muy ciego para no haberlo notado, y Bernal no parecía ser de los que dejaban escapar detalles. Pero no deseaba dar explicaciones. Todo a su debido tiempo.

Agaché la cabeza para examinar con detenimiento el vino que una camarera regordeta y risueña me había colocado delante asegurándose de que yo viera con claridad sus pechos. Era bastante directa, la verdad, o yo estaba muy anticuada en cuanto a métodos de ligue se trataba.

Por el olor del brebaje supe que era vino especiado. Algo parecido a un tónico contra el cansancio. En mi ignorancia esperaba que le hubieran añadido canela, una de las pocas especias que yo toleraba. Di un trago corto y prudente. De inmediato un gesto de desagrado se dibujó en mi cara.

—¡Puaj! ¿Qué demonios lleva esto? —exclamé.

Bernal se rio, en el poco tiempo que llevaba con él ya me había percatado de que era un hombre de risa fácil.

—¿No te gusta?

—¡No! ¡Pica! —añadí con un mohín infantil.

—Es por el jengibre, Juana es bastante aficionada a añadir una dosis extra. Piensa que así logra enmascarar el sabor de este horrible vino que nos hace tragar —declaró elevando el tono de voz para que la mesonera se diera por aludida.

—¿No podría tomar un poco de agua? —pregunté inocente de mí.

Bernal parecía divertido y lanzó otra de sus contagiosas risotadas.

—¿Agua? ¿Acaso eres una rana?

Se dirigió a la mesonera con su portentosa voz.

—¡Juana! Un poco de sidra para mi joven amigo, tu vino le está poniendo colorado como un tomate maduro.

Se oyeron risas al fondo. Verdaderamente el picante estaba surtiendo efecto y tenía la cara ardiendo.

Juana, una mujerona entrada en carnes, se limpió las manos en un delantal con pinta de no haber visto el jabón desde hacía una buena temporada y me puso delante un vaso con otro líquido de dudosa procedencia. Lo miré con desagrado, pero me decidí a probarlo, no sin antes encomendarme a san Jorge, por si las moscas. Resultó ser una sidra fuerte y algo amarga, con un ligero tasto a la madera del barril en la que había madurado. Nada que una digna hija de Asturias no pudiera soportar e incluso… disfrutar. Sobre la higiene del vaso preferí ni manifestarme. Toda la taberna tenía el tufo característico de grasa requemada mezclado con demasiada gente, por no hablar del pegajoso suelo.

—¿Mejor? —preguntó Bernal, que había llenado de nuevo su vaso con el brebaje de vino.

Asentí sonriente. Él se inclinó sobre la mesa secándose la boca con la manga de la camisa.

—Bien, pues entonces ya es hora de que me expliques qué hacías en la plaza lívido como si acabaras de ver a un espectro.

Me removí en la silla y desvié la mirada hacia mi derecha de manera inconsciente. El grupo de piratas estaba ahora dando buena cuenta de unos platos de carne con un pan rústico que empezaba a estimular mi estómago. Samuel sujetaba una jarra de cerveza con unas manos fuertes de largos dedos. De pronto, ladeó la cabeza para mirarnos como si se hubiera sentido observado. Al encontrarme con sus ojos un escalofrío me sacudió como un rayo toda la espina dorsal.

Vestía una camisa negra y holgada, sin cuellos, que dejaba a la vista sus clavículas. Sobre ella un chaleco con remaches metálicos. Un fajín de cuero ceñía a su cintura unos pantalones bombachos metidos dentro de unas botas de cuero reluciente también negras. En el dedo meñique de la mano izquierda resplandecía un sencillo anillo de plata formado por tres aros entrelazados. Pese a mis esfuerzos por impedirlo hacía rato que no podía mirar otra cosa más que a él. Si yo hubiera sido la Bella Durmiente solo habría abierto un ojo si aquella suerte de espécimen perfecto me hubiera besado. Me exigió una buena dosis de voluntad concentrarme de nuevo en lo que Bernal me estaba diciendo. Mi mente ya rodaba un videoclip completo al ritmo de Sweet Child Of Mine con el pirata haciendo de coprotagonista.

—Ibas a contarme algo, ¿no es así? —me estaba preguntando Bernal con interés.

Vacilé por un instante, no tenía ni la más remota idea sobre la respuesta que iba a darle. Tenía claro que no quería hacer o decir nada que pudiera enemistarme con él. Había sido muy amable conmigo. Mientras pensaba, y en un intento de concentrarme, fijé la vista en un punto que resultó ser la espada que Bernal portaba al cinto. Se dio cuenta y sonrió paciente. Iba a concederme tiempo.

—Veo que te has fijado en mi hermosa Iona, ¿te gusta? —dijo posando su mano sobre el pomo con orgullo.

La desenvainó y la colocó sobre la mesa para que pudiera apreciar los detalles de la hoja y la empuñadura. Yo no había visto una espada de cerca en toda mi vida, pero esta era, sin duda, impresionante.

—Es una Claymore. La forjó para mí un herrero escocés.

Alargué la mano para tocar la hoja, tenía una inscripción.

—¡Cuidado! —me alertó haciendo que diera un respingo y retirara la mano—. Está bien afilada.

—¿Qué pone ahí? —pregunté señalando la inscripción sobre el acero.

—El lema de mi casa, los Villa: Una buena muerte honra toda una vida —suspiró emocionado—. Así ha de ser.

Sobre la frase, que se extendía a lo largo de la hoja, habían grabado la imagen de un águila de sable con el pecho atravesado por una saeta.

—¿Sueles ponerles nombre a todas tus armas? —pregunté sin levantar la vista del águila.

Me dedicó una sonrisa pícara.

—No, solo a ella. Una espada es como una buena amante. Debe conocer tus secretos y tú los suyos, y debe ser una prolongación de tu propio cuerpo. Unirse hasta ser uno para así alcanzar la gloria.

Le miré con escepticismo, lo que pareció no afectarle en lo más mínimo. No andaba falto de imaginación.

—Iona significa nacida del tejo —me explicó, se veía que el tema era de su agrado—. Los antiguos guerreros astures siempre llevaban encima un veneno hecho a base de extracto de tejo para suicidarse en caso de ser derrotados y evitar, así, ser hechos esclavos.

—Resulta un poco lúgubre…

—Ahhhh, mi querido muchacho. La vida es a veces lúgubre y la muerte es luz en ocasiones. Para un astur no hay peor muerte que la falta de libertad. Somos un pueblo de guerreros. Luchamos contra los elementos de esta tierra hermosa y agreste, luchamos contra aquellos que pretenden dominarnos. Contra lo que intenta domarnos, somos caballos salvajes. Y a los caballos salvajes les gusta correr notando el viento en su cara —afirmó.

Envainó la espada con mimo. Mucho tiempo más tarde recordaría sus palabras al conocer a otros jinetes libres como el viento, mas, como he dicho antes, todo a su debido tiempo.

—Pero basta ya de historias. Es tarde y tendrás hambre. Quizás cuando tu estómago esté bien lleno me contarás la tuya.

Lo decidiría luego. Ahora mismo solo podía pensar en calmar mis tripas que llevaban un rato rugiendo sin pudor.

No es que el pan fuese una maravilla, de hecho, tenía un poco de moho que aparté discretamente para no ofender a Bernal, quien se estaba tomando muchas molestias y además iba a pagar porque yo no llevaba un euro encima. Las monedas debían de habérseme caído del bolsillo cuando aterricé de bruces sobre la hierba del cerro. De todos modos, junto con el queso fuerte y curado me supo a gloria y reconfortó mi espíritu. Pronto comencé a sentir la placidez que acompaña a tener la tripa satisfecha y me recosté en la silla.

Bernal casi no había probado bocado pese a que un corpachón como el suyo debía de precisar una buena ración para saciarse. ¿Sería uno de esos aficionados al deporte que solo comen pollo y claras de huevo? Esos músculos parecían los de una escultura.

Me miraba mientras comía, cauto y con una mirada inteligente. Al ver que me relajaba sonrió.

—¿Y bien?

Tenía que contarle algo, lo que fuera. Sobre el mostrador de la taberna vi unas conchas. Alguien negociaba con Juana la venta de aquellos moluscos. Ella regateaba con habilidad. Y de pronto, se me ocurrió. Quizás fuera una idea descabellada, pero era la única que había surgido en mi mente así que tendría que apañarme con ella.

—La ruta Jacobea —solté.

Bernal compuso un gesto de desconcierto.

—¿Qué quiere decir eso?

—Íbamos camino de Santiago. —Tenía que ganar tiempo para seguir armando mi mentira, así que soltaba poco a poco lo que se me iba ocurriendo.

La exhibición de la espada por parte de Bernal y el escenario en que me encontraba me sugerían que o bien mi sueño/alucinación transcurría unos cuantos siglos atrás o estaba en medio de una especie de juego de rol medieval muy bien organizado, así que mi historia debía ir en consonancia. Es más, sería divertido estar a la altura.

La idea del juego de rol me tranquilizó. Podía explicar aquel embrollo en el que estaba inmersa y que todo el mundo pareciera tan metido en su papel. La gente solía tomarse muy en serio su participación. Se había puesto de moda que empresas especializadas reprodujeran series de éxito en rutas itinerantes de ciudad en ciudad. El despliegue solía ser espectacular, una mini producción cinematográfica, y la participación masiva. Recordaba que Javi, un compañero de trabajo, se había apuntado a uno de esos juegos hacía unos meses. Era un friki de The Walking Dead y había reservado plaza con meses de antelación. Cuando me enseñó las fotos tuve que admitir lo bien montando que estaba, ¡hasta había un helicóptero con actores disfrazados de soldados patrullando el recinto por el que los zombis perseguían a la resistencia! No recordaba que hubiera una serie medieval de éxito emitiéndose en esos momentos, pero tampoco es que yo estuviera muy al tanto de las novedades y había infinitas plataformas e infinitas series, imposible conocerlas todas. Además, seguramente se trataría de algo llegado de Estados Unidos. Sí, seguro que Estados Unidos tenía la culpa de este lío.

—¿Quiénes? —me preguntó.

Ya casi me había despistado entre tanto zombi y tanto marine suelto con la testosterona por las nubes, pero retomé mi historia:

—Los monjes, somos peregrinos —afirmé con seriedad.

Frunció el entrecejo. Yo no sabía si aquello era bueno o malo.

—Continúa…

—Viajaba con unos monjes en peregrinación para visitar las reliquias del apóstol Santiago. Pensábamos llegar hasta Campus Stellae, ya sabes, el lugar donde se descubrió el sepulcro en un bosque cerca de Iria Flavia. —Había estado buscando información sobre el camino una lluviosa tarde de sábado de hacía unos meses. Decían que quienes hacían el camino volvían cambiados y yo andaba falta de un cambio en mi vida. Poco podía imaginar que el cambio iba a llegar sin necesidad de dar un paso.

Bernal asintió. Debía de conocer que la ruta Jacobea antigua atravesaba Asturias continuando el camino de Santiago francés. La llamaban la ruta primitiva por ser la primera que fue utilizada por el propio rey Alfonso II, el Casto, cuando hasta sus oídos llegó la noticia del hallazgo del cuerpo del Apóstol. Tal era la importancia de la ruta que resultaba parada obligada la ciudad de Oviedo con su Catedral de San Salvador erigida en el siglo XIII. La Cámara Santa de la Catedral albergaba numerosas reliquias, aún hoy en día se conserva un lienzo de lino con manchas de sangre y quemaduras de velas que se venera como el sudario que cubría la cabeza de Jesús de Nazaret y que se menciona en el Evangelio de Juan. Se hizo famoso el dicho: «Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y deja al Señor».

—Decidieron parar aquí para reponer fuerzas. Uno de los monjes había pasado algunos años en el convento benedictino de San Juan Bautista. —En mi mente se dibujó la imagen de la pequeña iglesia. Hay que ver las cosas que se recuerdan de pronto cuando hacen falta.

Yo solía pasar los veranos en la casa de mi abuela en el pueblo y los restos de los capiteles del antiguo pórtico de la iglesia me tenían fascinada. Aquellas figuras desgastadas por el paso de siglos y que yo jugaba a intentar descifrar. Había hojas, un animal mordiendo a una figura humana que me valió no pocas pesadillas, alguna representación demoníaca y las típicas escenas de caza. Pero lo que a mí realmente me impresionaba era el león. Aquel magnífico león con su pata derecha levantada desplegando todo su poder.

La voz de Bernal interrumpió mis fantasías:

—Ese lugar se encuentra fuera de las murallas.

Un pequeño desliz, tenía que ser más prudente o dar datos más generales para resultar creíble. Por la puntualización de Bernal el juego debía de estar ambientado en un momento temporal en que Gijón se limitaba a la península de Cimadevilla circundada por la muralla romana, así que el resto serían praderías y pequeños y dispersos poblados.

—Sí, eso es. Quise acercarme a la villa, mi familia procede de aquí y sentía curiosidad por volver a visitar los lugares de mi infancia. Me escabullí mientras dormían. Fue fácil, fray Norberto tiene el sueño profundo y si los demás se enteraron de que me iba les dio igual. —Tomé aire antes de proseguir—: Tuve que caminar bastante hasta llegar aquí. Cuando pensaba en regresar la marea comenzó a subir y me quedé atrapado, sin poder cruzar.

—¿Me estás diciendo que lograste pasar el cerco, cruzar la muralla y llegar al centro de la villa tú solo?

—Eso parece…

Se quedó pensativo supongo que valorando si creerme o no.

—Está bien, muchacho. Puede que nadie haya reparado en ti. Son momentos de confusión y estarán más distraídos o… —Hizo una pausa remarcando la última letra y apretó la mandíbula—: puede que me estés mintiendo.

Me estremecí, resultaba muy convincente en su papel. Dejó pasar unos segundos que se me hicieron eternos y, sin previo aviso, me palmeó la espalda en señal de confianza.

—Aunque si lo haces tendrás tus motivos. —No debí de parecerle peligrosa y, sin duda, estaba acostumbrado a juzgar a las personas—. Esta noche dormirás en los establos, con los mozos, y mañana te ayudaré a volver al convento.

—¡No! —No quería irme a ninguna parte antes de ser capaz de asimilar dónde estaba o lo que estaba ocurriendo. Hasta ahora todo eran hipótesis, pero lo cierto es que no tenía ni idea de qué trataba todo aquello.

Me miró sorprendido por mi reacción.

—¿No?

—No puedo volver al convento, seguramente ya hayan partido.

—¿Dejándote atrás? ¡Valientes peregrinos cristianos!

—Es que… —balbucí— no deseo volver con los monjes, no estoy hecho para la vida monástica y esta es mi oportunidad de empezar una nueva.

Enarcó una ceja.

—Sea pues —dijo poniendo su poderosa mano sobre mi hombro izquierdo. Pesaba como el hierro—. Un hombre debe poder elegir su destino.

Solté todo el aire contenido en un prolongado suspiro, ahora mismo el cansancio me abrumaba y la cabeza había vuelto a dolerme. Ya me daba igual pasar la noche en un establo o donde narices fuera, pero tenía que dormir un rato para poder tener la mente despejada.

Capítulo 3

LOS SUEÑOS

Los establos no estaban muy alejados de las dependencias que rodeaban el alcázar donde don Alfonso Enríquez, a la sazón conde de Gixón y Noronha e infante de Castilla, tenía fijada su residencia.

Había una torre situada en un extremo del conjunto, era una impresionante estructura de piedra de cuatro alturas rematada con almenas. Anexo a la torre estaba el edificio principal de tres pisos.

Para cuando llegamos yo ya había desechado definitivamente la idea de que una empresa de entretenimiento hubiera montado un escenario en Gijón al estilo de los estudios Cineccitá. Aquel despliegue era demasiado impactante y Bernal resultaba demasiado creíble para ser un simple aficionado a las series históricas jugando a recrear una. Además, los juegos no duraban días, sino unas horas, y a estas alturas todo el mundo debería estar ya volviendo a casa y a su propia y caliente cama con un buen montón de fotos en el móvil en lugar de andar deambulando por establos. Y yo no había visto un solo móvil en escena desde que me había llevado el porrazo. Nadie haciéndose un selfie, ni un solo coche, y desde luego aquellas casas no se parecían en nada a los edificios de Gijón. No, no podía ser un juego de rol ni nada por el estilo. Hipótesis 1: rebatida. Hipótesis 2: en estudio, sigo inconsciente y estoy viviendo un sueño sorprendentemente real.

Dejé que me guiara hasta los establos sin fijarme en el camino. Solo deseaba poder dormir un rato, si es que no lo estaba haciendo ya y en realidad lo que deseaba era despertarme. Noté el característico dolor asociado a la tensión sobre las cejas y me masajeé las sienes.

—Aquí estarás bien, es caliente y tranquilo.

Se oyó un relincho al fondo del establo. Efectivamente parecía un sitio agradable donde poder descansar. Un bulto en una esquina se removió. Era uno de los mozos de cuadras. Por lo que Bernal me había contado el resto de los empleados tenían casa en la villa o dormían en una casa de servicio junto a la casa principal. Solo se quedaban en las cuadras si era necesario como por ejemplo cuando una yegua estaba a punto de parir.

Me dio una manta con olor a heno seco y a animal y me condujo a un lugar resguardado. Me eché sobre la paja e inmediatamente sentí todo el peso del cansancio. Estaba a punto de quedarme dormida cuando un perro que pasaba por delante de los establos me vio y decidió entrar. Los caballos debían de estar acostumbrados a su presencia porque no se movieron. Tenía un pelaje brillante y gris y las patas blancas como la nieve. Los ojos dorados y el cuerpo de un atleta, imponente, regio. Si no fuera por su tamaño le hubiera confundido con un lobo. Me olisqueó con interés y se acomodó en la curva de mi vientre. Me encantan los perros, así que su calor terminó por calmarme y solo alcancé a musitar un desvaído gracias hacia Bernal mientras me aferraba al animal. Estaba convencida de que en cuanto abriera los ojos todo estaría de nuevo en su lugar. A no ser que… pero no, esa opción era descabellada.

—Felices sueños, muchacho —musitó Bernal mientras me pasaba la mano por los despeinados rizos y fruncía el ceño preguntándose por qué mi desaliñado aspecto le despertaba tanta ternura.

Estaba en un campo plagado de margaritas, era una tarde cálida de septiembre. Lo sabía por la luz, dorada y acogedora, y por la tibieza del sol que me acariciaba el rostro. Oía la voz de mi madre, dulce pero enérgica, llamándome.

Mi relación con mi madre había sido atípica, o puede que no tanto, pero a mí, siendo la hija, me lo parecía. No conocí a mi padre ni ella quiso desvelarme su identidad, eran muy jóvenes y yo fui el resultado de una relación fugaz, para qué remover el pasado. En ocasiones, mi abuela nos decía que yo parecía la madre y mi madre la hija, en el fondo tardó más que yo en crecer. Cuando yo tenía quince años se casó y se mudó a otro país, tardé en perdonarle lo que veía como una traición. Me sentí abandonada por quien se supone que más debe preocuparse por ti. Con el tiempo comprendí que necesitaba volar y ese era su momento de hacerlo. Las madres también tienen derecho a vivir su propia vida. Comprendí que lo hizo lo mejor que supo y que eso también es amor.

Mi abuela, con la que había vivido desde que mi madre se fue, falleció un par de años después dejándome desolada y con una pequeña herencia que me permitió terminar mis estudios, aunque pronto fue necesario buscar trabajo. Era duro, pero era libre, dueña de mis decisiones y de sus consecuencias. Hacía unos meses que mi madre y yo habíamos retomado el contacto, aprendiendo a conocernos como mujeres adultas y dejando atrás nuestros roles pasados.

De repente, el trajín a mi alrededor me hizo despertarme. ¿Quién estaría montando semejante escándalo? Mis vecinos eran un matrimonio de cierta edad y por lo general bastante silenciosos. Tenía una sensación extraña, como si no hubiera descansado lo suficiente. Alargué la mano para buscar las almohadas que solía dejar esparcidas por la cama durante la noche. Al no encontrar nada entreabrí un ojo y volví a cerrarlo de inmediato para abrir después los dos de par en par. No podía ser posible, ¡seguía allí! Donde o cuando quiera que eso fuese. Mi compañero de cama me había abandonado y mi manta estaba llena de su pelo. Echaba en falta su calor.

Seguía allí, se me formó un nudo en la garganta que me hizo difícil tragar mi propia saliva. Finalmente, me había convencido a mí misma de que todo había sido una especie de ensoñación derivada de la pérdida de consciencia. Como aquella vez en que, con ocho años, me había desmayado en clase de gimnasia y me había despertado media hora después contando una historia sobre un viaje en barco para regocijo de mis compañeros de clase.

Recuerdo haber llegado a casa con un chichón y a mi abuela mirándome sonriente y abrazándome con ternura. La oí decir que era algo así como mi bautismo. Yo no entendía nada. Me habían bautizado cuando tenía un par de meses, según la costumbre de la época, y desde luego esta vez no había tenido nada que ver con agua bendita ni pila bautismal ni cura ni nada de nada. Más bien me había sentido completamente ridícula por caerme al suelo sin razón aparente.

Ella me sentó delante de una taza de cacao tamaño gigante y un buen montón de galletas y se acomodó en la silla a mi lado. Me miraba en silencio mientras yo engullía con deleite.

—¡Qué vergüenza, güelita! Intenté sentarme, ¡pero me caí de culo!

Ella sonrió.

—¡Ojalá no vuelva a pasarme nunca más!

Pero pasó algunas veces más. Los médicos les explicaron a mi madre y mi abuela que los desvanecimientos eran producidos por mi baja tensión arterial. Resultaba un poco molesto, pero no tenía mayor trascendencia y además me aseguraba una vida longeva. Esa era una cuestión que me traía sin cuidado a esa edad, los niños siempre se creen inmortales.

Al escuchar el dictamen mi abuela sonrió. En aquel momento yo pensé que la explicación la había tranquilizado. No sabía que en realidad sonreía porque por fin había surgido una más, la última de muchas.

Asumimos mis desmayos como algo natural con lo que convivir. A veces eran cortos episodios que lograba disfrazar de mareo ocasionados por el calor o los nervios. Otras eran más largos, casi siempre coincidiendo con mi presencia en lugares rodeados de naturaleza. En esos casos, después de despertarme mi mente había registrado en una especie de bitácora mis vivencias. Era como si yo tuviera que dejar de estar consciente en este mundo para saltar a otro. Y resultaba tan real que llegaba a creerme que mi vida era capaz de ser múltiple. Siempre era yo, en el fondo, pero no en el mismo lugar ni en el mismo tiempo. Eran como esos sueños que se mantienen pegados a la piel cuando las sábanas aún están calientes, pero su recuerdo va desvaneciéndose poco a poco.

Los síntomas siguieron manifestándose hasta que llegué más o menos a la pubertad. Momento en el que empecé a encontrar bastante más atrayente lo que ocurría en el mundo exterior que en el interior y todo se interrumpió sin más.

Pero recuerdo un día, después de la ración de cacao y galletas del desayuno, en que mi abuela me llevó a la sala y abrió el cajoncito de una mesita de castaño. Dentro había un papel amarillento, solo contenía unos cuantos nombres femeninos escritos con una caligrafía pulcra y delicada y unidos entre sí por una línea floreada.

No reconocí los que estaban arriba, pero sí dos de ellos. El último nombre de la lista era el mío, Blanca, e inmediatamente encima de mí estaba el de mi abuela, Inés.

—¿Qué es esto, abuela?

Ella se tomó unos segundos para contestar. Como si estuviera valorando la conveniencia de explicarme la verdad.

—La línea de sucesión, pequeña. Eres la última de nuestra estirpe que tiene el don. La última saltadora.

Hizo una pausa. Yo no era particularmente buena saltando a la comba y no creía que ese papelito mejorara mis habilidades con la misma.

—Antes que yo estuvo mi abuela y antes que ella la suya y así se remonta a mucho tiempo atrás. A los tiempos en que la magia no tenía que esconderse y los nuestros andaban libres por la tierra. Te esperan cosas maravillosas si abrazas el don que habita en ti, pero recuerda que siempre podrás decidir por ti misma.

La miré sin comprender. Cogió mi mano y depositó dentro el papel cuidadosamente doblado. Rodeó mi mano con las suyas.

—La vida es como las cuerdas de una guitarra, Blanca. Algunos pueden hacer saltar sus dedos entre ellas y componer una bella melodía, pero solo unos pocos son capaces de hacer que la melodía se te cuele tan profundamente que resuene en tu alma —explicó, aunque yo no entendía nada de lo que me estaba revelando.

Me sonrió fijando en mí aquellos ojos de color verde musgo idénticos a los míos. Luego levantó la cabeza para mirar al horizonte a través de la ventana.

—Alba rubia, o viento o lluvia —recitó aquel viejo refrán que repetía a menudo y se volvió hacia mí—. No tardes en regresar, Blanca. Pronto lloverá.

Cuando estaba en la casa de mi abuela me despertaba temprano. Creo que la certeza de que me dejaría corretear libre por el valle me emocionaba tanto que mi cerebro se programaba para dormir solo lo estrictamente necesario.

Antes de que terminara de hablar yo ya salía por la puerta a toda velocidad dejando tras de mí la estela de cuadros rosas y naranjas de mi ligero vestido de algodón. De cerca me seguía un perrito de raza indefinida y ojos del color del caramelo quemado.

Tal y como mi abuela había predicho el cielo comenzó pronto a encapotarse. El verano asturiano era siempre una sorpresa.

Yo llevaba un buen rato jugando cerca de la iglesia en compañía de mi fiel y achuchable Simón cuando las primeras gotas se estrellaron contra nuestras cabezas. Nos miramos, había que salir corriendo si no queríamos llegar a casa empapados.

Cogí el ramillete de diminutas margaritas que había estado recogiendo y me lo metí en uno de los bolsillos de mi vestido. Al ir a hacerlo toqué algo, era el papel con la lista de nombres que me había dado mi abuela. No sé por qué, pero sentí el repentino impulso de ocultarlo en algún sitio en que estuviera a buen recaudo. No había mucho tiempo para pensar y los restos del antiguo muro de la iglesia me parecieron una buena opción. Después de todo, se trataba de un lugar sagrado.

Entre las piedras perfectamente encajadas entre sí encontré un hueco en el que un helecho de hojas rizadas, jugosas y de un brillante verde había nacido. Me pareció el lugar ideal para ocultarlo. Lo estrujé dentro del agujero justo antes de que las gotas de lluvia empezaran a multiplicarse. Y luego, como ocurre tantas veces con los niños, me olvidé de él. Mis desmayos se volvieron cada vez más infrecuentes y acabaron por desaparecer… igual que mi abuela y sus historias.

Muchos años después, leyendo una de esas revistas de divulgación que incluyen una pincelada de ciencia aquí y allá me topé con un artículo sobre la teoría de cuerdas y su relación con los vórtices energéticos. A pesar de ser una versión para neófitos era un lío y no llegué a comprenderlo del todo, pero por alguna razón las palabras de mi abuela acudieron raudas a mi mente desde algún recóndito lugar de mi memoria.

Cuando me desperté sobre la cama de heno de los establos del conde Alfonso Enríquez algunos recuerdos volvieron a manifestarse como los fantasmas que eran. Me daba miedo admitir algo que ya sabía que era un hecho, como si ignorarlo pudiera borrar su existencia.

Capítulo 4

SORPRESA, SORPRESA

Llevaba ya tres días en las cuadras. Y había seguido una rutina similar. Aferrarme a las costumbres hacía más fácil asimilar que cada vez que me despertaba volvía a verme allí.

Me levantaba muy temprano, antes incluso de que amaneciera y empezara la actividad. Lo hacía para mantenerme a salvo de miradas indiscretas.

Compartía un desayuno de pan, queso y sidra con un joven mozo recién llegado de un pueblo del interior, a los pies del Collado del Zorro. Era poco hablador, lo que me convenía bastante. Después de todo, no habría sabido qué contarle.

Bernal había pasado a verme el día anterior y farfullado algo sobre que me encomendaran cepillar a los caballos hasta que encontrara un emplazamiento definitivo para mí. Se había dado cuenta de que estos se calmaban en mi presencia. Yo no tenía ni idea de cómo tratar a un caballo, pero aquellos ojos inteligentes seguían mis movimientos y yo había decidido hablarles suavemente del modo en que lo hacía con mi perro Simón cuando era niña.

Les contaba cuán suave era su pelo y pegaba mi cara a su hocico para que me olieran. Me colocaba justo delante de sus ollares. Sabía que el olfato era importante en los perros y sospechaba que también lo sería en los caballos. Así que dejaba que se recrearan en mi aroma y emitieran su juicio sobre mí.

El voto de confianza pareció gustarle en especial a una hermosa yegua de asturcón. Sólida y de pelaje negro rojizo, tenía una cola majestuosa y unos ojos oscuros y grandes. Me pregunté si echaría de menos las montañas. Siempre se acaba añorando el hogar.

Los otros mozos ponían los ojos en blanco, pero acataban las instrucciones del capitán Villa sin rechistar. No obstante, se guardaban de mezclarse con el muchacho de pelo enredado. Eso también me convenía. Menos relaciones, menos explicaciones. Además, ganaba tiempo para pensar e ir haciéndome una composición de lugar sobre mi situación.

No había vuelto a sentirme mareada y cada vez tenía más claro que las historias de mi abuela estaban convirtiéndose en realidad. En la realidad en que estaba inmersa en ese preciso instante.

Me venían a la cabeza retazos de imágenes olvidadas. Y por la noche, cuando me acurrucaba en mi rincón acompañada por el cuerpo cálido y peludo del perro que ya había decidido adoptarme definitivamente, el viento me traía esas historias en forma de susurro, de rezo.

Soñaba, entonces, con mi abuela al calor de la antigua cocina de carbón renegrida por el uso contándome que hay quienes saltan entre cuerdas y son capaces de pasar de una vida a otra. Que podemos vivir muchas vidas sin dejar de ser nosotros mismos. Que hay muchos modos, momentos y lugares en los que existir. Que las cuerdas cantan cuando vibran y que según la canción que canten viviremos una u otra vida. Que la melodía puede variar durante una misma existencia y que a veces dura solo una nota y otras veces años porque el tiempo, el que queremos encerrar entre las manecillas de un reloj, no existe. Que algunos nunca llegaban a atreverse a saltar. Cuando notaban que se desvanecían su mente racional tiraba tan fuerte de ellos que volvían a la consciencia sin darse la oportunidad de experimentarlo. Miedo al abismo, lo llamó. Me lo contaba mientras añadía un leño grueso y redondo de manzano y yo miraba embobada los colores del fuego envolviéndolo.

—Pero tú saltarás —declaró un día justo antes de que yo me quedara dormida.

Entreabrí un poco los ojos para preguntarle.

—¿Me dolerá? —pregunté siguiendo la lógica infantil.

—No, pequeña. Solo recuerda cuando hayas saltado que sigues siendo tú y ¡vive!

Tenía que ser eso, no encontraba otra explicación. Los breves episodios que me habían ocurrido hacía tantos años eran la preparación, o la prueba, para saber si tendría el valor necesario para ser otra versión de mí misma y seguir el consejo de mi abuela: vivir allí donde y cuando me tocara hacerlo.

Se habían terminado los ensayos. Acababa de hacer mi debut, ¡y de qué manera!

No tenía claro si me despertaría de golpe y aparecería de nuevo en lo que había sido mi vida hasta hacía tres días o cuánto tiempo permanecería allí. No era capaz de recordar más pistas y mis anteriores episodios nunca habían pasado de unos minutos de duración por lo que no me servían de gran ayuda. Nunca había permanecido tanto tiempo dentro de otra vida, de otra cuerda, de otro plano. De lo que estaba segura era de que no me quedaba más remedio que adaptarme lo antes posible.

La mañana del cuarto día me levanté temprano, como ya era mi costumbre, dejando a mi amigo peludo remolonear sobre la manta que compartíamos. El agua estaba helada, pero sentirme limpia, aunque de manera un tanto precaria, me reconfortaba. Me habían proporcionado una camisola de tela vasta y unas calzas además de la manta. Me despojé de la parte superior e introduje mi mano en el cubo sintiendo cómo se me erizaba todo el vello con su contacto.

La voz a mi espalda atronó la quietud de la mañana.

—¡Por los clavos de Nuestro Señor Jesucristo! Pero ¿qué demonios…?

Cogí rápidamente la camisa para cubrirme el pecho, pero Bernal ya había visto lo suficiente.

—Bernal… yo…

No me dejó continuar.

—¡Tú! ¡Tú eres…! —Me señalaba con el dedo índice.

Di un paso hacia delante apenas cubierta con la camisa que sujetaba con mi mano izquierda.

—… una mujer —dije completando su frase—. Y por el escándalo que estás montando tal parece que nunca hubieras visto a una.

Por lo que conocía de Bernal hasta el momento estaba segura de que apreciaría que fuera directa. Su rostro empezó a relajarse y soltó una risotada.

—¡Demonio de chico! —se corrigió—. Perdóname, no quería… es decir…

—Entiendo tu sorpresa, pero empiezo a congelarme. ¿Podrías darte la vuelta para que termine de vestirme?

Se giró de mala gana, no estaba dispuesto a quedarse a medias con la información.

—Pero ¿por qué has mentido?

—Simplemente me pareció más seguro dadas mis circunstancias y te recuerdo que fuiste tú quien me asignó género. Lo único que yo hice fue no sacarte del error.

Asintió. Una mujer sola y desorientada era una presa fácil y más en tiempos convulsos como aquellos.

Había escuchado hablar a los mozos entre sí y la tensión se palpaba en el ambiente. Palabras sueltas que me ayudaron a conocer el momento que estaba viviendo la villa. Al parecer llevaba meses sitiada por el ejército del rey Enrique III de Castilla. De inmediato se me vino a la cabeza la imagen del colegio y su añeja marca de una bombarda en la fachada. Nos habían contado su historia. Algo sobre un tal conde Alfonso Enríquez, el primogénito, pero bastardo hijo de Enrique II de Trastámara que nunca había cejado en su empeño de proclamarse legítimo heredero al trono y que se había levantado en armas en su más formidable fortaleza: la casi inexpugnable villa de Gixón. A mí me había encandilado la historia de caballeros aguerridos y luchas con espada así que había prestado más atención de la habitual y fantaseado con castillos.

Gixón era una península fortificada, una auténtica fortaleza natural, a media legua del cabo de Torres y tres leguas del cabo de Peñas.

La rodeaban, por un lado, el bravo mar Cantábrico y sus acantilados. Por el otro, estaba amurallada desde los tiempos de los romanos. Un castillo bien protegido por un foso ancho y profundo que se llenaba de agua de mar cuando subía la marea y dejaba a la península sobre la que se asentaba la villa incomunicada guardaba la entrada. Además, la estrecha lengua de tierra, que no superaba los trescientos pasos de anchura en la bajamar ni los ciento cincuenta en la pleamar y que la unía con el continente, era un terreno cenagoso que hacía compleja la conquista. Amén de que desaparecía bajo el agua cuando la marea era alta. Asimismo, era imposible rendir la villa por hambre dado que se abastecía por mar. Los consejeros del rey Enrique III lo sabían, al igual que conocían la crudeza con la que el invierno asturiano podía tratarles. Por ello, estaban abiertos a pactar una tregua y a que un árbitro neutral mediara en el conflicto.

Pero ¿en qué siglo había sucedido todo aquello? Esa era la cuestión fundamental. Hice un esfuerzo por recordar… tenía que haber sido en torno al siglo… XIV o XV. La noticia me golpeó de lleno confirmando lo que me había estado negando a admitir. Ya no tenía ninguna duda, había saltado.

Desde luego, no era el mejor momento para aparecer de la nada, pero los humanos solo podemos jugar las cartas que nos reparte el destino. Así que tendría que jugar bien mis bazas, si es que las tenía.

La voz de Bernal me sacó de mis pensamientos.

—Está bien. Luego me lo contarás, pero ahora recoge tus cosas, nos vamos.

Le miré preguntándome si todos los saltadores se toparían con un ángel de la guarda como aquel o si yo sería más afortunada.

—¡Espera!

—¿Qué pasa ahora? —me preguntó con impaciencia.

—No puedo dejar aquí a Beo.

—¿Qué tipo de nombre es ese para un perro?

—El diminutivo de Beowulf, está claro.

Gruñó algo por lo bajo, pero nos lo llevamos.

—¿A dónde nos dirigimos? —quise sonsacarle.

—¿Has cambiado de personalidad además de sexo? En estos días prácticamente he tenido que arrancarte las palabras y ahora te has vuelto de lo más locuaz.

Estaba claro que fuéramos a donde fuéramos quería llegar pronto. Tenía prisa, pero al llegar a una callejuela estrecha y que me daba mala espina se detuvo en seco.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Espera aquí.

Se dio la vuelta para ir a algún sitio. Yo no estaba dispuesta a quedarme allí en medio sola.

—¿Por qué?

—Porque yo te lo pido.

—Pero ¿por qué no puedo ir contigo?

—Porque no.

—Pero ¿qué vas a hacer?

—¡Por los clavos de Nuestro Señor Jesucristo y su sagrado sudario! ¿Quieres dejar de hacer preguntas? ¡Voy a mear!

—Pues tampoco es como para ponerse tan misterioso.

Se alejó hacia unos recovecos por delante de los que habíamos pasado mientras Beo y yo nos entreteníamos echando un vistazo. Ni nos dimos cuenta de que se acercaban. Surgieron de la nada.

—¿Qué haces por aquí tan sola, muchacha?

Di un salto al ver a aquel petimetre desdentado dirigirse a mí en un repugnante tono. Al menos, este no se había confundido respecto a mi género. Beo enseñó los dientes.

—Controla a ese lobo —dijo su compañero. Menos desdentado, pero con algo más de mugre encima.

—Nada, ya nos íbamos —indiqué ignorando el comentario.

¿Cuánto tarda un hombre en mear? Si la vejiga de Bernal iba en consonancia con su tamaño en general le llevaría un buen rato vaciarla, supuse rezando para que apareciera.

—¿Tienes prisa? —preguntó el desdentado acercándose a mí más de lo que hubiera deseado y dando una vuelta a mi alrededor para examinarme.

—Me esperan. —Estuve tentada a darle un empujón y salir corriendo, pero no sabía hacia dónde dirigirme. Lo más prudente era ganar algo de tiempo hasta que llegara Bernal.

—¿En serio? —añadió el otro—. Qué pena.

Beo volvió a gruñir, esta vez con todo el pelo del lomo erizado como una cresta mohicana. El hombre estaba entrado en carnes. Sacó una navaja de un buen tamaño y la pasó de una mano a otra con un ágil juego de manos.

—No quiero problemas. No tengo dinero, caballeros. —Estaba siendo sumamente generosa con mi descripción de aquellos dos rufianes de poca monta que sin embargo parecían controlar la situación—. Dejen que nos vayamos.

Se miraron el uno al otro y se echaron a reír. Yo sujetaba a Beo como podía, seguía emitiendo un amenazador gruñido ronco, pero yo quería impedir que saltara sobre ellos y pudieran herirle.

—Venga, seguro que te va a gustar quedarte un poco más —susurró el más bajo de los dos mientras cogía uno de mis rizos.

Entonces Beo se abalanzó sobre él y le mordió en la pierna. El hombre pataleó hasta que logró deshacerse de él y lanzarle contra una piedra. El perro aulló de dolor ante el impacto.

—Maldito chucho de mierda —escupió el de la navaja y se dirigió hacia Beo.

—¡No! ¡Déjale en paz! —grité, pero el desdentado me había cogido por el pelo y tiraba de él para mantenerme quieta.

Me revolví y logré darle un codazo en el estómago, pero no me soltó. Tenía que llegar a la pierna que Beo había mordido. Coceé, pero el tipejo esquivó mi patada.

La voz atronadora de Bernal surgió de pronto.

—¡Deteneos!

Ellos levantaron la cabeza para ver a aquella mole de casi dos metros cuya sombra les cubría ya por completo. Llevaba a Iona desenvainada y la imagen que proyectaba era temible. Aquellos dos se separaron inmediatamente de Beo y de mí como si de repente fuéramos radiactivos.

—Capitán Villa, no sabíamos…

—Callaos —dijo entre dientes y luego me preguntó sin apartar la vista de los dos—: ¿Estáis bien?

—Sí —respondí cerciorándome de que Beo no tenía más que el golpe.

—Bien, ahora alejaos un poco. Camina en línea recta y no mires hacia atrás.

Estuve a punto de preguntarle por qué, pero me callé y seguí sus indicaciones. Beo me siguió de mala gana.

Oí el silbido de la espada y la voz de Bernal fría como un témpano de hielo.

—Si alguna vez te vuelvo a ver cerca de ella te cortaré la otra.

Nos alcanzó enseguida.

—Bernal, ¿qué le has…?

—No preguntes.

Y no lo hice. De hecho, no hablamos sobre el incidente ni ese día ni el siguiente ni los venideros, pero procuró que no me quedara sola.

Nuestro destino resultó ser una sólida casa de piedra un poco mayor que las circundantes. Llamó a la puerta y oímos cómo un grueso pestillo se descorría. Una sirvienta rubicunda reconoció de inmediato al capitán.

—¿Está tu señora en casa?

La observé mientras hacía un gesto afirmativo. Era joven, más que yo.

—Ve a avisarla entonces.

Antes de que la sirvienta tuviera tiempo de volverse una figura de porte elegante apareció tras ella.

—¡Bernal! No esperaba que me visitaras tan temprano… —De pronto reparó en mi presencia y en la de Beo y añadió—: Ni tan acompañado…

—Perdóname, Constanza, necesito tu ayuda.

—Ya veo —respondió con seriedad—. Pasad.

Se giró para indicarnos el interior de una caldeada sala bien adornada con gruesas alfombras y tapices con motivos de caza.

—Ana, prepara algo caliente. —Me cogió las manos—. Estás helada, muchacha. Enseguida entrarás en calor —dijo con afecto, llamadlo intuición femenina o buen ojo, pero a aquella dama no le cupo duda sobre mi sexo en cuanto me vio.

Beo me siguió, como siempre, muy pegado a mis talones. La dueña de la casa nos miró con expresión inquisitiva.

—¿El lobo también viene?

Bernal se volvió hacia mí y se cruzó de brazos. Yo me arrodillé frente al perro y le susurré:

—Beo, espérame aquí —La criada lo miraba con una mezcla de miedo y preocupación. Intenté tranquilizarla—: No te hará nada.

No me creyó, pero se fue directa a llenar un cuenco con agua del que Beo dio buena cuenta.

Ya dentro de la habitación Constanza se dejó caer en una silla.

—Y bien, contadme. —Se recostó cómodamente en ella.

Bernal se acercó a una mesa donde había frutas y vino y se sirvió una copa. Supuse que necesitaba algo de alcohol después de lo que había ocurrido en el callejón, pero parecía sorprendentemente sereno. Yo, en cambio, me hubiera abalanzado sobre la botella. Todavía me temblaban las manos, y no era por frío como había supuesto la dueña de la casa. Dejé que fuera él quien llevara la conversación.

—Poco hay que contar porque, en realidad, no sé nada.

Constanza pareció divertida.

—¿Vienes con una muchacha y un lobo y no sabes nada? Te estás volviendo muy descuidado, capitán. Y eso no es bueno en tu oficio.

Decidió cambiar de interlocutor.

—¿Cómo te llamas? —dijo inclinándose hacia mí.

—Blanca, señora.

En su cara se dibujó un gesto de sorpresa.

—Vaya, la loba blanca, qué apropiado…

—¿La loba blanca? —repetí.

—Sí, ¿no conoces la leyenda? La loba blanca es una loba de pelaje albino que gobierna una manada de lobos. Tú tienes la piel muy blanca y te sigue un lobo así que…

—¡Majaderías! —bramó Bernal—. No la asustes con esos cuentos de viejas para noches frías.

—Tú puedes creer lo que quieras, pero las leyendas siempre tienen una base real. De cualquier modo, necesito saber más. Me aburro tanto desde que ese loco del conde Alfonso provocó este tedioso cerco. No tenía que haber abandonado Milán. No sé por qué me dejé convencer para pasar unos meses cerca del mar, tan lejos de mi casa…

—¿No lo sabes? —la conversación se centraba ahora entre Bernal y la dama y yo empezaba a sentirme incómoda. Era obvio que eran «buenos» amigos.

Ella hizo un mohín coqueto mientras jugueteaba con un rizo oscuro de su adornada cabellera.

—Blanca, ¿de dónde eres?

—Yo…

Me miró con curiosidad animándome a seguir.

—No lo recuerdo, señora. Amanecí en esta villa hace cuatro días sin saber dónde me encontraba ni recordar quién era, salvo mi nombre.

—¡Pobrecilla! Vi algún caso similar en Milán, cuando mi difunto esposo ejercía. No te preocupes, cuidaremos de ti hasta que te repongas. Mi casa es tu casa ahora.

—Gracias por vuestra hospitalidad, señora.

—Tonterías —dijo restándole importancia con un gesto grácil—. Podrás descansar aquí unos días, pero la villa es pequeña y estando sitiados las noticias vuelan. Pronto sabrán de tu existencia, tendremos que prepararte una historia. Pero ya habrá tiempo para eso. Debes de estar agotada. Mandaré que te preparen un baño y te instalen en una habitación.

—¡Ana!

La doncella que nos había abierto la puerta apareció en el umbral.

—Acomoda a doña Blanca en la habitación azul y cuida de que tenga todo lo que necesite.

Le agradecí su amabilidad y seguí a la doncella.

En cuanto hube abandonado la estancia, Constanza se incorporó y se acercó a Bernal despacio, dejándole recrearse en su hermosa figura.

—Bueno, Bernal, te has superado. ¿Ahora ejerces de buen samaritano? ¿Te ha impuesto esa penitencia el padre Julián por tus muchos pecados? —Hizo una pausa dramática para agregar—: Entre los que, por descontado, me incluyo.

—No puedo explicarlo, Constanza. Simplemente siento que debo protegerla. Y no voy a plantearme por qué. Mi instinto no me ha fallado hasta ahora, así que seguiré haciéndole caso.

—Es guapa… debajo de toda esa mugre.

—Ah, ¿sí? Ni me había fijado.

—Mientes tan rematadamente mal que te encuentro adorable, il mio capitano —Tenía el acento cantarín de los italianos.

Bernal la cogió por la cintura y la besó antes de añadir:

—Pero nunca a ti, cara mia.

Me asignaron una habitación en el primer piso cuyas ventanas daban hacia el interior, en lugar de a la calle, para preservar mi presencia de miradas indiscretas.

La casa de Constanza Valeri se abría a un patio interior ajardinado de planta rectangular, como si mi anfitriona hubiera querido recrear una casa andaluza. En el centro del patio reinaba una fuente de piedra profusamente tallada colocada sobre un pequeño estanque con peces de colores. Un seto delimitaba el contorno del patio. Había rosales plantados a la vera de las columnas de los soportales además de un naranjo fragante, un par de limoneros y unas matas de hortensias bien cuidadas. Cerca de la fuente, y a la sombra de un manzano, un banco invitaba a sentarse y olvidarse del mundo. Completaban el conjunto dos caminitos empedrados que conectaban la casa con el patio.

En mi habitación la cama era grande, con un dosel de una tela en un profundo color azul. También contaba con un pequeño tocador con afeites y un cepillo y una buena butaca situada al lado del fuego. Todo parecía indicar que la dueña de la casa gozaba de una posición acomodada.

Decidí relajarme y disfrutar del baño bien caliente que el ama de llaves de Constanza dispuso para mí. Era una mujer de aspecto recto e impecable. Decliné su oferta para que alguien me ayudara a asearme. No solo porque me daba cierto pudor, sino porque nadie me bañaba desde que tenía por lo menos cinco años. No le gustó.

Me sumergí dejando que el vapor abriera mis poros y dejara escapar la tensión acumulada en esos días. Me importaba un pimiento escaldarme, el agua estaba ardiendo. No hay nada en el mundo como un buen baño. Habían añadido un aceite de rosas que dejó un suave aroma en mi piel. Me lavé el pelo que por fin recuperó su elasticidad y dejó de parecer un nido de pájaros.

Estaba secándome cuando el ama de llaves apareció sorpresivamente de nuevo. No estaba dispuesta a ceder y que le impidiera cumplir con su cometido, así que, esta vez, no me dio la opción de negarme a que me vistiera. Suspiré resignada y la dejé hacer.

Me puso una camisa interior de tafetán de lino que me llegaba un poco por debajo de la cintura. Era delicada. Encima de ella un vestido de embudo con una pequeña cola, de mangas largas y ajustadas que dejaba mis hombros al descubierto. Era de un hermoso verde oscuro que resaltaba el color de mis ojos, lo había elegido con cuidado. No llevaba adorno alguno, la riqueza de la tela no precisaba más, pero decidió completar el conjunto ciñéndome a la cadera un cinturón ligero pese a estar tejido en metal dorado. Dado que no estaba casada no consideró necesario cubrirme con una toca, pero me recogió el pelo con unas sencillas peinas. Cuando hubo terminado se quedó observándome un instante, algo no encajaba. Iba a quitarme el torques que yo solía llevar al cuello, pero la detuve.

—No —dije con firmeza.

Retiró la mano de mala gana.

—Como deseéis, señora. Doña Constanza os está esperando abajo.

Mi anfitriona sonrió encantada al verme cruzar la puerta. Bernal me miraba desde una esquina de la sala. Parecía no acabar de asimilar mi nueva imagen.

—Caro, hazme el favor de presidir la mesa. ¡Estoy hambrienta!

Mi estómago rugió ante la perspectiva de una comida en condiciones. El apuesto capitán se sentó en un extremo de la larga mesa y Constanza nos colocó a ambas a su derecha e izquierda. Comí con apetito, a decir verdad, después de casi cuatro días a dieta todo me resultaba delicioso. Esperaron pacientemente hasta que terminé y entonces pasamos a una sala contigua, no era muy grande. Las paredes estaban cubiertas con estanterías repletas de los libros más variopintos. El ambiente era cálido ya que como en el resto de las estancias el fuego estaba encendido.

—Ahora llega lo más divertido. Inventarnos una historia para ti. —Me miró con unos ojos oscuros y almendrados—. Como podrás comprobar soy una ávida lectora. Mi Enrico siempre decía que era tan necesario alimentar el cuerpo como el espíritu. Seguro que entre estos volúmenes encontramos la inspiración necesaria. —Lanzó un suspiro teatral, no la veía en el papel de viuda compungida.

Se enfrascaron en una especie de brainstorming biográfico. Aquellos dos formaban un buen equipo. Es curioso que Constanza no pareciera preocupada por alojar en su casa a una completa desconocida, pero así era ella, lo vivía todo como iba llegando. Tras desechar unas cuantas ideas las musas hicieron acto de presencia. Constanza empezó a aplaudir encantada, lo que me hizo reaccionar. Hacía rato que había dejado de prestarles atención y me entretenía rascando a Beo tras las orejas. Para convencer a Bernal de que le dejara entrar había hecho falta la mejor cara de desolación perruna.

—¡Lo tengo! —exclamó risueña.

Bernal estaba apoyado en la repisa de la chimenea, la miró con expresión divertida.

—Adelante, somos todo oídos.

—Tu sobrina, la presentaremos como tu sobrina. Puede ser la hija de un hermano en el extranjero al que no ves desde hace tiempo. Ha venido a visitarte porque su padre quiere retomar el contacto y la envía a mediar —expuso con entusiasmo.

—¿Mi sobrina? ¿Con esa piel del color de la nata? No se lo va a creer nadie —objetó Bernal.

—Empieza a creértelo tú porque es lo que vamos a contar.

Fecharon mi nacimiento el día de Navidad del año del Señor de 1376. Según Constanza, los bebés de invierno eran pálidos, delicados y menos fornidos debido a la falta de sol en los primeros meses de vida. Justificaban así que yo no hubiera «heredado» ni un ápice del potente físico de mi «tío».

—No me acuerdo de gran cosa, pero de lo que estoy segura es de que no tengo dieciocho años —apunté.

Resoplaron al unísono.

—Pues vas a tenerlos, no podemos explicar de otro modo que sigas soltera y no tengas alguna tara.

Ahora fui yo la que resoplé.

Capítulo 5

ASÍ TE VEN, ASÍ TE TRATAN

Bernal, que había pasado allí la noche, estaba de un humor estupendo cuando entró en el comedor para dar buena cuenta del abundante desayuno que se había servido sobre la mesa principal. Yo ya hacía rato que había abandonado mi confortable cama atraída por los olores que procedían de la planta inferior.

—Vaya… nada como una buena noche de descanso para elevar el espíritu ¿verdad, capitán? —dije con ironía.

—Desde luego —respondió tranquilamente ignorando la malicia de mi comentario y me pasó un bol con fruta—. ¿Uvas?

Negué con la cabeza, si las uvas que me ofrecía procedían de la parra del jardín serían algo ácidas.

—Y dime, Blanca, ¿eres siempre tan mojigata?

Dejé escapar una risita.

—No, es decir, creo que no lo soy, aunque no podría asegurarlo…

Bernal se inclinó hacia delante, estaba sentado frente a mí.

—Ah, claro. No recuerdas nada… —dijo sonriendo y a continuación bajó la voz como para hacerme una confidencia—: porque si no fuera así me lo dirías… ¿verdad?

Tragué saliva, no creía que fuera el momento más indicado para sincerarme y revelarle que creía que había llegado hasta allí saltando entre cuerdas temporales. Faltaban más de quinientos años para que se formulasen teorías al respecto. ¡Por el amor de Dios, si todavía no sabían ni que la Tierra era redonda! Al menos no los castellanos, claro que solo faltaban unos pocos años para que el huevo de Colón acabara por convencerles.

Un sonido de cascos sobre el empedrado de la calle me salvó de tener que dar más explicaciones, aunque la mirada del capitán no dejaba lugar a dudas. La conversación no estaba concluida, solo se posponía.

Beo, que hasta ese momento dormitaba a mis pies, se enderezó y emitió un gruñido ronco. La puerta se abrió y el ama de llaves, que yo había decidido bautizar como señora Danvers en honor al ama de llaves de Rebeca de Hitchcock, apareció con su gesto imperturbable y su pelo recogido en un impoluto moño tirante.

—Capitán Villa, ha llegado un emisario del palacio del conde —anunció.

—Gracias, Elena, hazle pasar.

¿Elena? Mrs. Danvers era mucho más apropiado e intrigante.

El mensajero resultó ser un joven de aspecto insignificante y gastadas botas polvorientas. Le entregó una carta lacrada que contenía un escueto texto. Por lo que pude ver, y os aseguro que me esforcé en ello, estaba firmada por la floreada letra de un tal Lope Cortés de Parres. Fiero defensor de Gixón y abuelo de Hernán Cortés, pero esa es otra historia u otro salto.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Se requiere mi presencia inmediata en el palacio condal. Tengo que irme —dijo levantándose de un salto—. Y tú no te muevas de aquí hasta que yo vuelva, ¿está claro?

Asentí. Sería fácil cumplirlo, en realidad no tenía ningún otro sitio a donde ir.

Salí al patio, el sol ya calentaba lo suficiente como para sentarse a disfrutarlo. Beo olfateaba los rosales con interés y tuve que detenerle cuando comenzó a hacer las veces de jardinero improvisado lanzando tierra a diestro y siniestro con las patas traseras. Le convencí a base de arrumacos. Entornó aquellos maravillosos ojos dorados con deleite.

—¡Blanca! ¿Has visto a Bernal? Ese hombre es incapaz de quedarse quieto.

La voz procedía del piso superior. Constanza estaba apoyada en la barandilla del corredor al que daban todas las habitaciones del primer piso.

—Ha tenido que ir a palacio —contesté elevando el tono de voz y colocando la mano a modo de visera sobre los ojos para evitar los rayos de sol.

—En ese caso… tendremos que buscar algo en lo que entretenernos. ¡Ahora mismo bajo! —dijo con su voz cantarina.

Estaba deslumbrante en un vestido de seda granate que acompañaba con una capa brocada, más bien ERA deslumbrante. Constanza Valeri cumplía con todos los requisitos físicos de una mujer italiana. Hermoso pelo oscuro ensortijado y un cuerpo que sin duda había hecho perder la cabeza a más de uno. Se había casado joven con un médico de cierta fama, lo que le había permitido vivir acomodadamente. Su esposo era un hombre de ideas avanzadas y compartió con su joven esposa su pasión por los libros, por lo que Constanza tenía unos conocimientos muy superiores a lo común entre las mujeres de la época. Era mujer decidida e inteligente capaz de defender sus derechos y hacer valer su posición lo que le había permitido administrar los negocios de su marido tras su muerte con habilidad.

Todavía no me había contado cómo y cuándo entró en su vida el capitán asturiano, pero en cuanto tuviera la mínima oportunidad pensaba someterla a un tercer grado. Me moría por conocer la historia. Tenía que reconocer que Bernal era un hombre con un atractivo poderoso. El tipo de hombre que parece protegerte hasta con su sombra y que tú deseas que te proteja. Era tierno, le había visto jugar con Beo a pesar de sus protestas iniciales, y comprensivo. Con una mente aguda, una risa contagiosa y unos músculos de acero puro. No me extrañaba nada las miradas nerviosas que generaba a su paso. Si yo misma no hubiera estado tan aturdida con mi propia situación hubiera temblado en su presencia.

—Estoy lista. —Me tendió una capa similar a la suya—. Andiamo.

En los últimos días me dedicaba a seguir a alguien la mayor parte del tiempo así que lo hice también en esta ocasión sin rechistar.

Llegamos al centro de la villa paseando. No parecía que estuviéramos sitiados, había actividad y no percibía signos de escasez. Se lo comenté a mi anfitriona a la que ya me apetecía llamar amiga.

—No te dejes engañar. La villa tiene la ventaja de estar abierta al mar así que no nos faltan víveres e incluso cosas menos imprescindibles. Pero si te fijas puedes ver la presencia del ejército por todos lados. Son guerreros bravos estos asturianos, todavía recuerdo el anterior intento del rey de acercarse a parlamentar —se rio—. ¡Lo recibieron a ballestazos! Los astures son gente noble y fuerte. Cuando deciden apostar por una causa lo dan todo, aunque sea una absurda como el empecinamiento del conde Enríquez en ser rey. Ese hombre nunca se cansa de conspirar, tiene una insaciable sed de poder y puedes estar segura de que acabaremos pagando las consecuencias de su ambición.

—¿Y cuál es la postura al respecto del capitán Villa?

Su rostro se iluminó de inmediato al escuchar el nombre.

—Bernal… es muy valeroso. Todo un héroe, sus hombres lo seguirían a ciegas hasta las puertas del mismísimo infierno, pero no está en su mano decidir. Los soldados cumplen órdenes, aunque los conduzcan a la perdición. —Dudó un momento antes de continuar—: Te ha tomado mucho cariño, ¿sabes?

Esperé a que prosiguiera, tenía curiosidad por saber a dónde quería llegar. Me agarró por el codo con suavidad, pero con firmeza instándome a seguir con el paseo.

—Es un hombre excepcional, hay pocos como él. —Hizo una pequeña pausa—. Y como podrás comprender, yo no voy a permitir nada que pueda perjudicarle, capisci?

Frené en seco para poder mirarla directamente. Estaba claro que era del tipo de mujeres que gusta de dejar las cosas claras y el chocolate espeso.

—Lo entiendo perfectamente, Constanza. Y te aseguro que no soy ningún peligro para él, ni para nadie.

—Bien. —Reflexionó por un momento—. En ese caso vayamos a visitar al sastre, necesitarás ropa.

Mi abuela solía decir: «Así te ven, así te tratan». De modo que me pareció muy buena idea lo de hacerme con un atuendo apropiado. Claro que yo era completamente insolvente y abusar de la generosidad de Constanza y Bernal, quien había insistido en que no reparáramos en gastos, me escocía un poquitín. Suspiré y me dejé llevar. No había remedio para ese punto por el momento.

No esperaba una boutique, pero el establecimiento de monsieur Dumont no tenía nada que envidiarle. Monsieur Dumont era un hombre bajito y con aspecto de ratón de campo. Con sus diminutos pies iba de un lado a otro de la tienda correteando, como si nada pudiera quedar fuera de su supervisión. Al vernos entrar se detuvo un momento.

—Madame Valeri, ¡qué inesperado placer veros de nuevo! ¿En qué puedo serviros?

—Veréis, esta joven es la sobrina del capitán Bernal Villa. —El ratón me observó con curiosidad profesional, ya debía de estar tomándome las medidas desde detrás del sólido mostrador de madera maciza—. Llegó hace poco con la idea de una breve estancia, pero este fastidio del asedio la ha obligado a permanecer más tiempo con nosotros y no tiene nada apropiado que ponerse para los meses que se avecinan.

—Entiendo. Ciertamente esta desafortunada situación nos trae de cabeza. —Carraspeó y se corrigió de inmediato nervioso. Quizás la sobrina de un capitán del ejército del conde encontrara justificada la revuelta y un buen comerciante debía ser neutral o al menos parecerlo—. Desafortunada porque aún no he recibido el cargamento de lana inglesa que estaba esperando, quería decir. Dios sabe que nuestro señor el conde Enríquez tiene en gran estima a Gixón y vela por nuestro bienestar.

—Desde luego, desde luego —replicó Constanza—, pero ya sabéis, monsieur, la política es tan soporífera para nosotras las integrantes del bello sexo…

Lanzó uno de sus teatrales suspiros, algo que complació por completo a monsieur Ratón.

—Sin embargo, aún tengo algunas reservas de exquisito terciopelo que guardo para ocasiones especiales como esta. —Nos guiñó un ojo—. Iré a por ellas ahora mismo.

—Qué necio, todo su cerebro es del tamaño de una castaña. ¿Sabes que ni siquiera es francés?

—¿En serio?

—Es inglés, de Portsmouth o algún otro terrible sitio como ese. —A Constanza le parecían terribles todos los lugares que no fueran Italia—. Pero decidió cambiarse el nombre, y la nacionalidad, para hacer prosperar el negocio. Llamarse Will Taylor no le pareció muy comercial. Y lo cierto es que le fue bien con el cambio, antes del sitio muchos se desplazaban desde otras partes del Reino para venir a verle y lucir sus diseños. Tengo que reconocer que tiene cierto talento.

El hombrecillo apareció seguido de un aprendiz delgaducho que cargaba inestable unos cuantos rollos de terciopelo de preciosos colores otoñales, verde, azul noche, algo de granate y un amarillo oscuro parecido a la mostaza de Dijon. Se dispuso a extenderlos sobre el mostrador cuando el tintineo de la campanilla de la puerta reclamó su atención. Un nuevo cliente había entrado en la tienda. Monsieur Ratón no podía mirar por encima de nuestros hombros para ver de quién se trataba puesto que tanto Constanza como yo le sacábamos unos cuantos centímetros, así que recuperando su nerviosismo habitual correteó hasta el extremo del mostrador para poder averiguarlo.

—Monsieur Waters, mon ami! Sed bienvenido de nuevo a mi humilde establecimiento. Hacía tiempo que no tenía el gusto de veros. —El sastre gorjeaba como un pajarillo satisfecho.

Como movida por un resorte Constanza giró sobre sus talones con el ademán grácil que acompañaba cada uno de sus movimientos. Yo hice lo propio, bastante menos grácilmente, para toparme de lleno con los ojos azul océano de la taberna. Visto de cerca resultaba aún más perturbador, tenía una mirada cautivadora y la costumbre de clavarla en quien tenía delante con intensidad. Era bastante alto y fornido, lo que hacía que Dumont pareciera todavía más diminuto en comparación, aunque no tanto como Bernal. Se había echado el cabello hacia atrás con la mano al entrar dejando que los rubios rizos acariciaran su cuello. Goteaba, supuse que el orbayu habría vuelto a aparecer como le gustaba hacerlo, por sorpresa. Nos miró con interés mientras el sastre parloteaba sin cesar. Se me aceleró el pulso.

—… y por supuesto, debéis conocer a estas encantadoras damas —estaba diciendo Dumont, ninguno parecíamos estar prestándole atención, así que carraspeó para hacerse notar.

—Pardon, monsieur —dijo Waters con un depurado acento francés—. ¿Me decíais?

Monsieur Ratón se nos acercó y con un gesto exagerado se dispuso a hacer las oportunas presentaciones.

—Madame Valeri y mademoiselle Villa, les presento al señor Samuel Waters. Un caballero con un gusto impecable para vestir, he de añadir.

El sastre se hinchó satisfecho como un gorrión con su miga de pan. Era evidente que se creía pieza fundamental del aspecto de Waters que esa mañana había cambiado el exótico atuendo de la taberna por una elegante chaqueta de excelente paño de color azul que resaltaba aún más sus ojos. Bajo la misma asomaban una camisa blanca y unos pantalones que me parecieron de cuero dibujando unos muslos fuertes y largos.

«Toda una rock star o una sex bomb, según se mire…», pensé.

Waters me miró desde detrás de un mechón rubio y mojado que se había escapado de su control como si fuera capaz de leer mis pensamientos. Tragué saliva.

Constanza se inclinó en una sutil reverencia. Traté de imitarla, lo mejor que pude. Samuel Waters la correspondió con cortesía tomándola de la mano para besarla. Rezaba para que no cogiera la mía, estaba sudando desde que le había visto entrar, pero lo hizo y al hacerlo se detuvo un fugaz instante. El tiempo justo para susurrarme algo.

—Creo haber visto antes esos ojos en un lugar menos recomendable. —Levantó los suyos para mirarme con picardía a través de las largas pestañas rubias—. Y yo nunca me equivoco.

Retiré la mano azorada y me volví hacia la signora Valeri. No sabía dónde meterme. Aquel hombre era la proporción áurea con patas.

—Constanza, me siento un poco fatigada. Me vendría bien un poco de aire fresco. —Fue un milagro que me saliera la voz.

¿Fatigada? A quién quería engañar. La proporción áurea se estaba cobrando una víctima. Eso era lo que realmente pasaba.

—Desde luego, cara mia. Te has puesto pálida. Monsieur Dumont, ¿tendría la amabilidad de visitarnos en mi casa para tomar medidas y escoger las telas? —indicó con actitud resuelta.

—Será un placer, madame. Mañana mismo pasaré a verlas.

Una media sonrisa se dibujó en los carnosos labios de Sam Waters. No tardaría en descubrir que era un gesto habitual en él.

—Espero volver a verlas pronto, madame Valeri. Su presencia es un rayo de sol en este otoño —declaró mientras nos miraba con bastante más descaro de lo que un caballero debería hacerlo. Claro que, ¿qué otra cosa podía esperarse de un pirata?

Salimos antes de que me desmayara. Y esta vez estaba segura de que no era para saltar.

—¿Te sientes mejor, querida? He oído decir que hay una epidemia de este mal extendiéndose entre las damas de la villa —aseguró Constanza.

La miré extrañada y ella se inclinó hacia mí con complicidad.

—Así es, lo llaman el mal de Waters. Desde que ese diablo de Harry Paye puso sus pies en el puerto acompañado por su apuesto primer oficial los desmayos y suspiros no han cesado. ¡Hasta he visto casos de una gravedad extrema! —Dejó escapar una risita y bajando aún más el tono se acercó a mi oído—: No te culpo por sentirte indispuesta en su presencia. Ese hombre lleva el peligro escrito en su cara y eso resulta taaaaan excitante.

Decidí no seguir con el tema, Constanza era una mujer de mundo y cualquier cosa que dijera la conduciría a la verdad que yo no quería reconocer: que estaba cayendo en las redes del pirata con todo el equipo. Y en mi situación un enamoramiento no podía hacer más que acrecentar mis problemas. En cualquier momento podía ocurrir, simplemente desaparecer y volver a mi aburrida vida anterior. A mis sábados devorando películas de cine clásico hasta tener los ojos rojos, a mi empleo casi de subsistencia y a mi ¿vida amorosa? ¿Tenía de eso? No desde el último capullo. Sacudí la cabeza para alejar esos pensamientos y me concentré en el momento, el aquí y ahora. No tenía más.

Pasamos el resto de la mañana paseando por la plaza donde compramos unas manzanas de buen tamaño y aspecto áspero pero deliciosas y jugosas. Nos acercamos también a la playa, que ocupaba una extensión considerablemente mayor en este siglo que en el mío. Ya se sabe que al mar hay que pagarle lo que se le roba y en vista de la cantidad de arena que le habíamos robado nos cobraría una nada desdeñable suma. La brisa me sentó bien.

Constanza seguía al pie de la letra los consejos médicos de su difunto marido y entre ellos se encontraba la recomendación de respirar con frecuencia aire de mar. Yo dudaba mucho que Enrico supiera lo que eran el ozono y los oligoelementos que se encuentran en la brisa marina, pero lo que estaba claro era que el médico milanés había llegado a muy acertadas conclusiones sin conocerlos.

—Enrico era un hombre culto —empezó a contarme de pronto con la mirada puesta en las aguas del Cantábrico que hoy tenían un hermoso color verde azulado—. Bien es verdad que era bastante mayor que yo y no especialmente agraciado, pero no es menos cierto que sus maneras eras corteses y dulces. Procedía de una noble familia…

Me pareció que cambiaba rápidamente de tema al mencionar a la familia de su esposo como si temiera que fuera a escapársele algo que no quería compartir. Se mordió el labio inferior un instante para luego proseguir como si tal cosa acompañando con gestos su chispeante acento.

—Había viajado mucho en su juventud. ¡Hasta llegó a ser médico de la corte en Asia! Decía que allí el cuerpo se curaba desde el espíritu porque toda afección que se manifestaba externamente tenía su origen en un problema interior. Que tan importante era el cuidado de la carne como del alma… pero te estoy aburriendo con mi cháchara, perdóname, cara.

Enrico parecía haber sido un hombre interesante. Cultivado, atento y, por lo visto, enamorado hasta las trancas de la italiana. ¡Lo que le hubiera gustado a Federico Fellini esta pareja! La insté a continuar.

—No, por favor, sigue contándome.

—Está bien, pero luego no te quejes —se rio—. Me reveló que el silencio nos prepara para el conocimiento interior y que todos los dioses residen en nosotros mismos y en la madre naturaleza.

Me sorprendió escucharla hablar del tema con tanta naturalidad, no creía que esos conocimientos fueran bien acogidos en la sociedad de la época dominada por un concepto religioso más basado en el miedo que en la armonía de los elementos. En eso no habíamos avanzado gran cosa. Aunque en mi siglo la religión que el mundo profesaba era otra, seguía llevándose fatal con cualquier tipo de armonía natural. Pareció leerme el pensamiento porque agregó:

—Claro que nunca se me ocurriría hablar de esto en público. Enrico se cuidaba mucho de desvelar ciertos temas, sobre todo siendo como era médico del Papa. Que Dios tenga en su gloria. —Se volvió para mirarme con sus profundos ojos oscuros—. De repente he sentido que lo entenderías. Quizás la intuición de Bernal acierte y seas un pequeño angelo.

Me puso la mano en la mejilla con ternura y emprendimos el camino de vuelta a casa. Era extrovertida y sumamente alegre, el tipo de persona que inspira confianza. Me sentía a gusto en su compañía. Aunque me resultaba extraño que hubiera mantenido tanto misterio en torno a la familia de Enrico y en cambio hubiera compartido detalles bastante delicados, al menos a mi entender.

Mientras caminábamos recordé lo que me había contado. De modo que Enrico había sido nada menos que médico ¡de un Papa! Pero ¿de cuál? Lo bien que me habría venido mi móvil en ese momento para buscarlo en san Google y para ir anotando todo lo que iba descubriendo. Era tan fascinante que no deseaba olvidarme de nada y yo no era precisamente conocida por mi memoria de elefante.

Bernal nos esperaba en casa dando vueltas de arriba abajo como un gran león enjaulado.

—¿Se puede saber dónde os habíais metido? —se dirigió a mí con gesto serio o quizás sería más exacto decir que rugió—. Te dije que no te movieras de aquí.

—Vamos, Bernal, hemos ido a dar un paseo, necesitábamos aire fresco —medió Constanza intentando aplacarle—. Hemos ido a ver a monsieur Dumont y nos hemos encontrado con el signore Waters allí.

—¡Ah! ¡Estupendo! Ahora sí que me quedo más tranquilo. —Alzó los brazos al cielo—. O sea que os habéis paseado tan tranquilas por los lugares más concurridos de la villa y además habéis confraternizado con la piratería… Pero ¿se puede saber en qué estabais pensando?

—No creo que sea para tanto… —señalé.

Se volvió hacia mí, estaba realmente furioso.

—No lo crees, no lo crees… ¿y qué sabes tú para emitir ese juicio? ¿Sabes acaso dónde estás? ¿En qué momento? ¿Los peligros que acechan? —Se dejó caer en la butaca que le gustaba, en la que le había visto leer.

—Lo siento, no pensé…

Su reacción me hizo replantearme mi perspectiva. En el fondo tenía toda la razón, yo no tenía ni idea acerca de nada de lo concerniente a lo que me rodeaba. Él sacudió la cabeza mirando al suelo.

—Perdonadme vosotras, me he puesto muy nervioso al no encontraros en casa.

—Cuéntanos qué ha pasado en palacio —preguntó Constanza con dulzura mientras apoyaba su mano en el fuerte hombro de Bernal.

—El rey Enrique ha enviado emisarios al conde. Le ofrece una tregua. El invierno se acerca, y parece que va a ser frío y lluvioso. El rey tiene miedo de quedar aislado de la meseta. Un ejército de ese tamaño es imposible de abastecer si se cierra el paso de Paxares. Además, según cuentan nuestros espías, la enfermedad ya ha hecho acto de presencia en el campamento real. No le queda más remedio que pactar.

—¿Tan grande ese es ejército que envía a sitiar una villa tan pequeña? —quise saber.

—Cuatrocientos hombres de armas y dos mil peones y ballesteros frente a los cien hombres de armas, cuatrocientos escuderos y cien ballesteros, amén de los mercenarios que el conde Enríquez ha logrado reunir.

—Y nada tienen que envidiar a las huestes reales —agregó Constanza—. Hasta ahora han impedido cualquier avance de los castellanos. Son muchos los que han muerto en nombre del rey. Nuestras fuerzas son muy hábiles con las ballestas, flechas y truenos.

—Sí, aun cuando han lanzado proyectiles al centro de la villa no nos hemos amilanado. No obstante, veo con buenos ojos una tregua —opinó Bernal—. Las murallas resisten y la moral es alta, pero el rey Enrique no es ningún tonto. Ese crío tiene cojones y no va a permitir que las pretensiones de su tío lleguen a buen puerto. No debemos olvidar que por sus venas corre sangre de Enrique II, el bastardo, que fue capaz de cortarle la garganta al legítimo rey Pedro I con tal de sentar su culo en el trono.

Me estremecí al pensar en la escena. Aquello era muy Juego de tronos, solo que no se trataba de ficción, sino de la cruda realidad. Quizás mi abuela había sido demasiado optimista pensando que yo podría integrarme en el entorno al que me llevara mi salto. La mayor cantidad de sangre que yo había visto junta había sido cuando me había cortado la yema del dedo con un cuchillo jamonero. Monté un drama griego. Supongo que a las personas que vivían en esta época les hubiera parecido un rasguño.

—¿Y ahora qué va a pasar? —Necesitaba averiguar todo lo que pudiera por impactante que me resultara.

—El conde ha dispuesto que un grupo de leales le acompañe al campamento real. Diría que simplemente quiere ganar tiempo para pensar, pero lo cierto es que la tregua desgastará menos a sus tropas y sus fondos para financiarlas. Tendré que acompañar a Lope Cortés y otros a parlamentar.

—¿Y los piratas?

Me miró extrañado por la pregunta.

—Esos malditos piratas no se irán, están demasiado cómodos teniendo a Gixón como base para sus negocios mientras saquean el resto de la costa norte. Aunque el conde nos les pagara ya habrían obtenido pingües beneficios solo con esas incursiones.

—¿Cuándo tienes que partir? —preguntó Constanza, que se había mantenido muy callada escuchando la explicación de Bernal.

—Mañana después del oficio por Todos los Santos… qué apropiado —añadió con ironía—. Pero, antes, la condesa desea ofrecer una cena a los castellanos. Supongo que para alardear de lo bien servida que está su mesa a pesar del cerco. Quiere hacer una demostración de fuerza. —Nos miró a ambas—. Y, por cierto, ha pedido que asistáis.

—¿Las dos? —pregunté alarmada.

—Te dije que la villa era pequeña y vuestra pequeña excursión de esta mañana ya habrá llegado a sus oídos. La condesa tiene muchos ojos a su servicio. Sabe que hay una noble alojada en esta casa y desea conocerla.

—¡Pero no puedo ir! ¡No estoy preparada!

—No tienes elección —sentenció.

Como por arte de magia, el ama de llaves apareció en la puerta, que habíamos dejado solo entornada, y la golpeó con suavidad para hacer notar su presencia. Nadie iba a convencerme de lo contrario, aquella mujer era una reencarnación de la señora Danvers. La puerta se abrió y entró con un refrigerio. Llevábamos un rato en la sala y supuso que estaríamos hambrientos. Sin embargo, comer no era una prioridad en aquel momento y, para ser sincera, a mí se me había cerrado el estómago.

—Elena, acompaña a doña Blanca al vestidor. Yo iré en un momento —ordenó Constanza.

No tenía escapatoria, así que la seguí hasta el piso superior. En cuanto se quedaron solos se sentó junto a Bernal. Él miraba el fuego pensativo.

—¿Crees que es prudente que vaya? —le preguntó.

—¿Qué quieres decir?

—Podríamos dar una disculpa, que está indispuesta… no sé. —Se levantó para acercarse a la ventana—. Bernal, no la conocemos bien y la situación es delicada.

—Demasiado tarde, la condesa no va a aceptar una disculpa.

—¡Pero habrá castellanos y otras gentes de las que cuidarse! ¿Quién es Blanca? ¿Por qué ha aparecido de la nada? ¿Tiene algún papel en esta historia?

—Constanza. —Él cogió sus manos envolviéndolas por completo—. Me fio de ella. No me preguntes la razón, ni yo mismo la conozco, pero lo siento aquí dentro. —Se tocó el corazón.

La italiana bajó la mirada.

—Te recuerda a ella…

—Ella está muerta —respondió el capitán en tono sombrío— y enterrada.

—Está bien, iré a prepararla entonces.

Y sin mediar una palabra más se dirigió a la puerta.

Capítulo 6

PRESENTACIÓN EN LA CORTE

—¡Qué contrariedad! ¡Justo antes de que monsieur Dumont haya podido hacerte un guardarropa como Dios manda! ¿Con qué se supone que vamos a presentarte?

Constanza iba de un lado a otro de la amplia habitación que hacía las veces de vestidor abriendo y cerrando baúles sin encontrar respuesta a su propia pregunta.

Yo observaba el ajetreo con mis propias preocupaciones en mente. ¿Cómo iba a comportarme? ¿Qué respondería ante las preguntas? El miedo me paralizaba. Una cosa era estar viviendo en 1394 arropada por Bernal y Constanza y otra muy distinta compartir mesa con la sublevada corte del conde Alfonso Enríquez.

—Mis vestidos son piú… —Hizo un gesto para ilustrar que ni de lejos lograría yo rellenar el hueco de sus curvas a lo Sophia Loren.

Por fin se detuvo y, mientras doblaba con cuidado el vestido que tenía en las manos y lo depositaba sobre la cama, me sonrió.

—Ánimo, piccola, estaremos a tu lado en todo momento. —De pronto, algo captó su atención y salió disparada hacia un baúl más pequeño que el resto y decorado con hojas de roble talladas sobre la tapa con gran detalle. Extrajo de él un vestido sencillo, pero de un color muy particular, un azul verdoso muy similar a la aguamarina sin pulir que remataba mi torques. Se le iluminó la cara—. Ecco di cosa abbiamo bisogno. Estarás preciosa.

No fue tarea fácil convertirme en una dama presentable. Mi pelo, que siempre sabía cuál era el mejor momento para rebelarse, iba por libre. A duras penas consiguieron dominarlo. Lo recogieron en un moño bajo y lo adornaron con flores silvestres. No creyeron necesario usar colorete, mis mejillas se autoabastecían. Hizo falta algún retoque en el vestido, pero cuando terminaron pude confirmar la predicción de Constanza, nunca me había visto tan guapa. Bernal asomó por la puerta y lanzó un prolongado silbido de aprobación.

—Deslumbrante, tendremos que apartar a los pretendientes a manotazos.

Yo intenté esbozar una sonrisa, pero me salió una mueca torcida. Bernal despidió a las doncellas y me cogió por los hombros con tanto cuidado como si fuera a romperme.

—¿Estás asustada?

¡Pues claro que lo estaba! Literalmente muerta de miedo. El desconcierto inicial por mi llamémosle aterrizaje forzoso había dejado paso a un nuevo estado. Hasta ese momento la adrenalina me había impedido pararme a pensar, pero ahora que había descansado y comido bien empezaba a ser verdaderamente consciente de mi situación. Al ver que no le contestaba, insistió:

—¿De mí?

—¡No! —exclamé.

¿Cómo se le habría ocurrido pensar semejante cosa? ¿Qué hubiera hecho yo sin su providencial aparición? Era cierto que no le conocía en absoluto, pero mi intuición me impulsaba a creer que permaneciendo a su lado estaría a salvo.

—Bien —dijo Bernal, que no había vuelto a tocarme desde que descubriera que era una mujer. Y como si hubiera sido capaz de leerme la mente añadió—: Porque debes saber que estás a salvo conmigo. Y ahora marchémonos, no quiero que lleguemos tarde. Ya vamos a despertar suficiente expectación.

El palacio estaba estructurado alrededor de un patio rectangular con doce majestuosas columnas de piedra cuyos capiteles se hallaban rematados por zapatas de madera con roleos tallados que sostenían el corredor del piso superior. El portón que daba entrada al palacio tenía dos pequeñas torres circulares, una a cada lado del mismo, con el escudo de armas del conde: la figura de dos fieros leones rampantes enfrentados y un castillo entre ambos. Había otra impresionante torre almenada de cuatro alturas anexa al edificio principal. La sólida puerta de entrada, que daba acceso al patio hermosamente decorado, formaba un arco de medio punto que lucía el escudo sobre la clave. Todo me resultaba abrumador.

Atravesamos el patio con paso decidido y ya en ese momento despertamos las primeras miradas curiosas y murmullos. Bernal caminaba poderoso en su uniforme de capitán al lado de una Constanza bella y voluptuosa. Yo los seguía intentando controlar los nervios.

El mayordomo esperaba a los invitados y daba instrucciones al servicio para acompañarlos hasta la sala principal donde ya esperaba un nutrido grupo de personas, todos ataviados para la ocasión. Se escuchaba música de laudes y flautas. Bernal se inclinó para ir relatándome quién era cada cual. Las damas de la condesa y su secretario personal, un tal Gaspar Valdés que se daba buenas ínfulas porque estaba emparentado con el poderoso linaje de los Valdés, quienes habían sido dueños y señores del castillo de Curiel en Peñaferruz antes de asentar su casa en Trubia. De hecho, solía lucir con orgullo una pequeña placa rectangular de bronce a modo de broche de cinturón que era lo único que sus poderosos parientes le habían permitido conservar de su herencia. Apenas pude distinguir al caudillo Lope Cortés. El capitán se detuvo para clavar la vista en la última figura: Arripay. Silabeó su nombre.

—Ha tenido la desfachatez de acudir.

Yo miré con curiosidad hacia el hombre que había cambiado el humor de mi protector.

—¿Quién es?

—El capitán Harry Paye, el corsario… Ahora mismo vuelvo. —Se alejó en dirección al lugar donde se encontraba Lope Cortés, que le recibió con una afectuosa palmada en la espalda.

Arripay, como le llamaban transcribiendo fonéticamente al español su nombre, era bastante más joven de lo que yo había supuesto. Musculoso y enérgico, llevaba el cabello rojizo corto. Aunque estaba vestido al gusto de la época podía ver algún tatuaje asomando en su cuello y en sus manos, que a buen seguro tendrían continuación en sus brazos y sobre su amplio pecho. Los ojos eran pequeños y vivos, como los de un ave rapaz, y la tez quemada por el sol. Hablaba animadamente, debía de estar contando algo gracioso porque los que estaban a su alrededor reían. No parecía un hombre peligroso, pero ya se sabe, las apariencias a menudo nos engañan.

Justo detrás alcancé a ver un remolino de rizos rubios que sobresalían unos centímetros por encima de la cabeza de Arripay. No hizo falta que nadie me dijera quién era el dueño de ese impresionante pelo. Una punzada en el costado me dio la respuesta, Sam Waters también había sido convocado a la reunión y ya se había percatado de nuestra presencia. Se disculpó ante la dama con la que estaba coqueteando abiertamente y ella transformó su inicial mohín de fastidio en una mirada asesina al ver que los pasos del oficial se dirigían hacia el lugar donde Constanza y yo nos encontrábamos. Para terminar de complicarlo todo, mi anfitriona divisó a alguien entre el grupo de damas de la condesa.

—¡Oh! Es Adela —dijo para sí—. Discúlpame un momento, cara, tengo que discutir un asunto con ella.

—Pero… —empecé a decir. No tuve tiempo de añadir nada más, el huracán italiano se alejaba a toda prisa hacia una mujer de gesto agrio, como si todo a su alrededor oliera mal.

—Estás hecho de otra pasta, muchacho. Lo supe desde el momento en que viniste a verme con tu padre para negociar la deuda de tu hermano —estaba diciendo Arripay.

La última incursión a Galicia había sido un éxito, en parte gracias a la habilidad del primer oficial del Mary, y el capitán Paye estaba contento. Apuró el contenido de su copa del excelente vino que la condesa había elegido para la ocasión y la alzó para que un criado se la rellenara de nuevo. Luego observó a su primer oficial de arriba abajo con gesto crítico.

—No, no parecías un Waters. —Hizo una pausa—. Y sigues sin parecerlo, he de añadir.

—A mi madre no le gustaría escuchar eso, capitán —dijo Sam agachando la cabeza con su acostumbrada media sonrisa.

—Ja, ja, ja. ¡Muy cierto! —respondió palmeándole sonoramente la espalda—. Me gustas, chico. —Dirigió la mirada hacia las damas de la condesa Isabel—. Y parece que no soy el único…

Sam levantó la vista y las damas estallaron en un revuelo de cuchicheos. Solía ocurrirle. Hizo una mueca. Le dolía el brazo. Aquel gigantón con el que había tenido que pelear tenía unos puños que parecían de hierro y le había machacado el hombro. No creía tener nada roto, pero el hematoma se extendía a lo largo de la extremidad. Además de los nudillos despellejados tenía la mano un poco hinchada. Una de las damas se acercó y todo comenzó a fluir del modo acostumbrado. Le resultaba sencillo. En el fondo tenía un don.

Al verlos entrar todo lo demás pasó a un segundo plano. Ni siquiera era capaz de oír lo que la dama que tenía a su lado, y que insistía en aferrarse a su brazo herido, le estaba diciendo. Constanza Valeri era toda una belleza. El pelo largo y ensortijado. La boca generosa de labios gruesos. La nariz recta y los ojos rasgados, de gata. Pocas mujeres en la villa podían competir con ella. Le constaba que además era inteligente y culta y una mujer con un carácter difícil de doblegar que no toleraba imposiciones de nadie. La miró con detenimiento. No le hubiera importado compartir su lecho, pero ni se le habría ocurrido rivalizar con el capitán Villa.

Sabía lo que sus hombres contaban de él. Que miraba de frente a la muerte. Que nunca dudaba en luchar codo con codo junto a sus soldados. Que era compasivo y justo. Pero también un arma letal con una brillante mente de estratega. Le respetaba y, además, el conde Enríquez le tenía en gran estima y no conviene enemistarse con quien te paga.

Justo detrás estaba su sobrina Blanca, no tenía claro si le gustaba o no. Atesoraba un atractivo más bien discreto. No es que fuera fea. De hecho, era bastante bonita. Sí, bonita era un término más sutil que encajaba mejor con ella. No poseía una de esas bellezas deslumbrantes o tan apabullantes que cortaban el aliento como las mujeres con las que solía tratar. Su magia no residía tanto en lo que se veía como en lo que se sentía teniéndola cerca. No guardaba relación con ver, sino con sentir. Era algo difícil de explicar. Difícil de definir. Y lo más maravilloso de todo era que ella no parecía darse cuenta del efecto que producía. Muchas veces las cosas que no podemos explicar, pero que son capaces de emocionarnos, son las mejores.

Vio que tanto Bernal como Constanza se dirigían a saludar a algunos de los invitados y él no era de los que se quedan con la duda. Era el momento ideal para acercarse a ella y comprobar si la magia surtía de nuevo efecto o se había desvanecido como la bruma. Se deshizo de la dama y se dirigió hacia donde Blanca estaba intentando pasar lo más desapercibida posible.

Waters no varió su trayectoria al ver que me quedaba sola, plantada como una seta al lado de un búcaro de flores y sin parar de retorcerme las manos por los nervios.

—Una flor entre las flores. —Parecía divertido. Yo, en cambio, enrojecía por momentos. Al ver que no respondía continuó hablando—: Dos veces en un día, sin duda, soy un hombre afortunado, mademoiselle…

No recordaba mi nombre o quería hacerme ver que no había causado en él un impacto tan profundo como para recordarlo. En ese caso, ¿por qué narices no me dejaba tranquila? El vestido, que yo misma había admirado ceñirse a mis curvas, empezaba a agobiarme. Era un final de octubre cálido, de esos que se presentan de cuando en cuando en Asturias, y la manga larga me picaba. Él insistió. No voy a negar que era arrebatadoramente sexy, pero su presencia estaba empezando a fastidiarme bastante.

—¿Os ha comido la lengua el gato? —Su tono era ahora jocoso.

—En el hipotético caso de que hubiera un gato por estos lares dudo mucho que considerara siquiera el esfuerzo de trepar, forzarme a abrir la boca y comerse mi lengua habiendo tantos manjares al alcance de su mano, es decir, pata… señor. —Lo solté con una firmeza que me resultó desconocida a mí misma—. Y, por cierto, mi apellido es Villa —agregué envalentonada—. Soy la sobrina del capitán Bernal Villa, para vuestra información.

¡Ja! A ver qué contestas a eso, guapito de cara. Y entonces, hizo lo peor que podría haber hecho: se rio, y ¡Dios!… Su risa estremecía el alma.

—Muy ingeniosa. —Puso tono de confidencia—. La verdad es que vaticinaba una noche soporífera, pero ahora veo un futuro mucho más prometedor.

—Ah, ¿sí? —contesté buscando desesperada a Constanza. Puede que el rol de chulita me hubiera servido de ayuda, pero no podría mantenerlo durante mucho más tiempo. Por dentro estaba temblando como una hoja.

Me examinó con cuidado posando sus ojos en cada detalle, sin prisa, dejando que sus ojos fueran sus manos. Reparó en mi torques.

—Una aguamarina —observó—. ¿Sabéis que es un talismán contra las tempestades?

Negué con la cabeza tocando instintivamente la piedra.

—Su energía es como la de las mareas, se retira y luego emerge con fuerza. —Tenía una voz magnética y profunda—. ¿Os incomodo? —añadió con una sonrisa maliciosa dibujándose en la comisura de sus labios. Estaba segura de que sabía que estaba tensa, pero no parecía tener la más mínima intención de irse a pesar de que varias damas habían pasado a su lado fingiendo descuido y enviando mensajes que no admitían equívoco.

Desconocía por completo las normas protocolarias de la época, ¿no se suponía que habría un cortejo al pie de una torre laúd en mano que le permitiera a una tomar el control de la situación? Si es que esto podía considerarse un cortejo. Empezaba a temerme lo peor, cuando no sabía cómo salir de un aprieto siempre me ponía especialmente desagradable. Como recurso era pobre, pero bastante efectivo, y no podía seguir soportando los ojos de Samuel sobre mí. Ni un minuto más.

—¿No tienes otra cosa más interesante en la que invertir tu tiempo, Samuel? Te llamas así, ¿no? —Le estaba hablando como si tuviera un gin-tonic en la mano un sábado de madrugada y el DJ hubiera pinchado a Scorpions.

—Vos me resultáis interesante —dijo acercando su boca a mi oído hasta que su cálido aliento se me coló dentro. Seguro que era una de sus técnicas estrella y… funcionaba. Antes de que sucumbiera mi ángel de la guarda apareció y me cogió por el codo.

—Blanca, hemos de sentarnos ya. —Bernal inclinó la cabeza hacia Samuel a modo de saludo.

—Un placer…, Blanca —pronunció mi nombre como si el aire de su voz fuera capaz de alcanzar mi boca. Un estremecimiento recorrió mi piel.

Me dejé conducir por Bernal con un huracán de sensaciones golpeando mi cabeza. Sam olía a sal, a mar, durante el resto de la noche fui incapaz de oler otra cosa.

Constanza nos esperaba sentada en una de las largas mesas que estaban dispuestas paralelas entre sí. Estaban ricamente adornadas con flores y tantas velas que prácticamente parecía que habían instalado electricidad. Sobre una tarima se ubicaba la mesa que iban a compartir los condes con sus invitados más ilustres: los emisarios del rey Enrique, Lope Cortés y Bernal. Sirvieron un vino fresco y delicioso. Y como mi tío nos había adelantado, la condesa Isabel llenó las mesas con deliciosas y humeantes viandas. El comercio de la sal que los condes dominaban seguía rentando buenos beneficios y la condesa quería que los mensajeros le contaran al rey lo que habían visto, que en Gixón no solo no se pasaba hambre, sino que la ciudad sitiada estaba mejor provista que la misma mesa real.

Constanza también estaba cumpliendo a la perfección con su parte. Se encargó de difundir la historia que habían ideado para mí y que se extendió con rapidez entre los comensales aburridos como estaban de asedios, treguas y más asedios. La condesa nos observaba desde su privilegiada posición, pero no pidió que nos acercáramos. Sentí su mirada escrutándome en más de una ocasión. A la derecha del conde se sentaba un joven de aspecto noble y cuidadas maneras, lo bastante atractivo como para acaparar la atención de las damas de las mesas cercanas. Nuestras miradas se habían encontrado en un par de ocasiones y él había mantenido la vista fija en mí sin el menor pudor. Sentía curiosidad de modo que le pregunté discretamente a la italiana.

—¿Quién es el joven que se sienta al lado del conde?

Constanza estiró su largo cuello para poder ver a quién me refería.

—Es Don Pero Niño, hermano de leche del rey y hombre de su máxima confianza. La propuesta de tregua es seria, de otro modo no le hubiera enviado precisamente a él.

—¿Hombre? —me reí—. ¡Si es solo un crío!

—No te confundas, Blanca, no hace tanto que ese crío lograba abrir una brecha en la puerta del palenque. Cruzó el foso y arremetió contra la Torre de Villaviciosa herido y con la lanza hecha pedazos, como una auténtica fiera. Cuando regresó al campamento real los vítores de sus hombres podían oírse desde aquí. Él mismo se presentó voluntario para cruzar la cordillera cantábrica y sofocar la sublevación. No es un niño, es un guerrero de los que solo nacen cada mucho tiempo. De los que alimentan leyendas y cantares por generaciones. Le recordarán cuando sus huesos sean polvo.

De la derecha de Constanza surgió la cabeza de un caballero que había escuchado nuestra conversación. Parecía ansioso por aportar su granito de arena al historial de Pero.

—Es muy sagaz y hábil —apuntó—. Cuentan que cuando tenía solo doce años le atinó al trote a un olmo centenario ¡hasta doce dardos! Y sin fallar un solo tiro. Desde entonces no ha hecho más que mejorar. Se ha hecho famoso por sus victorias en justas y torneos.

Volví a mirarle, esta vez con un deje de admiración. Levantó la copa en mi dirección y sonrió. No era como la sonrisa de Samuel, la de Pero se asemejaba más a un cazador avistando a su presa.

—Ten cuidado —me advirtió Constanza—. No nos conviene que llames tanto la atención de un castellano.

Seguí su consejo y bajé la vista para concentrarme en el plato.

En otra de las mesas Harry Paye y su oficial hablaban, bebían y tomaban buena nota de todo. Podían parecer despreocupados, pero nada más lejos de la realidad. Sabían de todo el poder y la tensión concentrada en aquella sala. Ahora mismo prestaban sus servicios al conde, pero eran mercenarios y su espada podía venderse a otra causa si les resultaba más conveniente. Eran hombres de negocios y se les había brindado una oportunidad de oro para conocer mejor el terreno que estaban pisando. Supuse que no la desperdiciarían.

El largo día comenzaba a pasarme factura y estaba deseando meterme en la cama con Beo roncando suavemente a mi lado. Bernal se acercó por fin hasta nosotras.

—Se hace tarde y mañana será un día importante. Los condes han ordenado que nos retiremos.

Suspiré aliviada, aquellos zapatos me estaban matando. En cuanto puse el pie en mi habitación me desvestí rápidamente y me metí en la cama. Mi perro lobo subió de un salto y se acurrucó a mis pies, su respiración me fue calmando, pero el recuerdo del aliento de Sam en mi cuello seguía quemándome. Le había visto salir en compañía de una joven de larga cabellera castaña y cuerpo de junco, flexible y hermoso. No quise pensar en dónde habrían acabado, pero tenía la impresión de que esa noche habría más camas con sábanas revueltas aparte de la mía.

Mientras trataba de conciliar el sueño me acordé de Alice. Estaba claro que necesitaba una amiga, Constanza era encantadora, pero a quien necesitaba a mi lado en esos momentos era a Alice. Para ser una australiana de pura cepa, Alice era tremendamente pequeña. No sabía cómo tanta mala leche y picardía podían caber en tan poco espacio. Tenía el pelo rubio, formando unas ondas surferas tan perfectas que parecía recién salida de un anuncio de Aussie.

¡Oh, sí! Hubiera sido brutal tenerla cerca para comentar las mejores jugadas del partido. Echaba de menos sus predicciones, casi siempre acertadas, cuando le echaba el ojo a un tío. Tenía su propio sistema de clasificación que iba perfeccionando con el tiempo y la experiencia.

Estaba el Polvo de una noche, el Magreo decepcionante, el Machito necesitado de una lección, el Quiere una madre y no una novia, el Solo apto para amor platónico y la lista seguía y seguía hasta alcanzar la categoría reina: «Amor of my life». Casi una utopía porque ninguna de las dos había conocido a ningún individuo merecedor de ocupar ese puesto. Bueno, quizás sí, pero ya estaba pillado.

¿En qué categoría colocaría Alice a Samuel? No era una amateur. Se tomaba muy en serio el estudio del sujeto en cuestión y el análisis de alguien como el primer oficial Waters hubiera requerido más de una cena reflexionando frente a una pizza y un montón de botellines de cerveza.

Había desarrollado su sistema tras un par de sonados fracasos amorosos que superamos llorando las dos a moco tendido en la primera fase (mi empatía con el lloro ajeno era digna de estudio) y cagándonos en todo en la fase dos. Para terminar, analizando la situación con frialdad y concluyendo que estaba mejor así. Una vez alcanzado ese territorio seguro pudo dedicarse a la elaboración de su tesis sobre los tíos.

Me mordí los labios y cambié de postura procurando no despertar a Beo. Siempre me lanzaba una mirada de reproche cuando le hacía moverse y por no molestarle le dejaba ocupar casi toda la cama a sus anchas.

¿Y Bernal? Me recreé un momento recordando los músculos del capitán, el pelo ensortijado cayendo con descuido sobre sus ojos verdes y los rasgos marcadamente masculinos. Y luego estaba esa risa contagiosa y ese aspecto de ser el tipo de tío capaz de cruzar el Amazonas en plan Michael Douglas en Tras el corazón verde o hacerte una tarta de frambuesas con la misma facilidad.

Sí, encajaba a la perfección. Era el prototipo de Top Ten, el número uno de los Cuarenta Principales. Sin duda, Alice le hubiera concedido el título de genuino «Amor of my life». Y como no podía ser de otra manera cumplía el requisito de estar pillado. Punto y partido para Constanza.

A la mañana siguiente me desperté más tarde de lo habitual y con dolor de cabeza, el vino del banquete se estaba cobrando sus réditos. Beo trepó desde los pies de la cama y me lamió la cara. Me tapé con la almohada, pero era insistente y acabé cediendo mientras engrifaba la nariz, su aliento no olía precisamente a menta fresca. Logré zafarme, no sin esfuerzo, tenía mucha fuerza y quería jugar. Constanza irrumpió en la habitación y Beo bajó inmediatamente de la cama, sabía quién mandaba en aquella casa. Estaba ansiosa por comentar la noche anterior.

—¡Pensaba que no te despertarías nunca! ¡Anoche causaste sensación! La villa entera quiere saber más de ti y ya tenemos algunas invitaciones para visitar casas nobles, pero no debemos precipitarnos, es mejor mantener el misterio. Ah…, y ha llegado esto para ti —dijo como si no tuviera importancia, pero se moría de ganas por conocer el contenido.

Me entregó un paquetito envuelto en un papel vasto y atado con una simple cuerda. No pensaba irse para dejarme abrirlo en privado, así que ni lo intenté. Después de todo estaba en su casa.

El paquete contenía un libro muy pequeño, parecía un libro de oraciones, pero este tenía unas coloristas ilustraciones. Había una página señalada, la abrí. No comprendía el texto, la caligrafía era antigua, así como el castellano empleado en la redacción, pero pude distinguir una palabra al lado de un dibujo de una piedra azul: Aquamarine. De inmediato supe quién me había enviado el libro. Constanza me miraba con curiosidad esperando que le diera alguna pista, volví a dejarlo dentro del papel despacio, acariciando la portada grabada y sintiéndome estúpidamente feliz. Mi anfitriona sonrió y me apretó la mano.

—Solo se sonríe así por amor, Blanca. —Para qué negarlo si su veneno ya estaba navegando por mi sangre con libertad—. Vístete o llegaremos tarde al oficio y Dios sabe que el padre Julián no me lo perdonaría.

Pese a que había recibido una educación cristiana en colegios religiosos no era practicante y mis conocimientos se limitaban al Padre Nuestro y la primera frase del Credo, así que me las arreglé como pude para seguir la misa en latín moviendo los labios como si en realidad conociera las oraciones y ahogando unos cuantos bostezos que se empecinaban en manifestarse. La misa resultó ser larga y aburrida, al parecer, más larga de lo normal. Por un lado, porque se pedía por la protección de los barcos balleneros que habían zarpado el lunes y que pasarían al menos tres meses mar adentro. Gixón era un puerto y el resultado de la expedición influía en los bolsillos de muchos de los presentes vinculados de un modo u otro al poderoso Gremio de mareantes. Por otro lado, era el día de Todos los Santos y en el sermón se honró a los difuntos.

Cuando salimos, Bernal nos informó de que la partida se había pospuesto un día, en lugar de hacerla coincidir con el primer domingo de noviembre del año del Señor de 1394. Me vino a la cabeza el refranero popular: «En martes, ni te cases ni te embarques». ¿Sería extensible a la firma de treguas y pactos o solo a los contratos matrimoniales y marítimos? De cualquier modo, el retraso suponía una noche más de los castellanos en el palacio del conde. El rey Enrique tenía prisa por volver a su corte antes de que las nieves cubrieran las montañas asturianas, pero también quería asegurarse de que su díscolo tío respetara las condiciones de la tregua, así que exigió que le entregara como rehén a uno de sus hijos, también llamado Enrique. Los emisarios tenían órdenes de escoltar a la comitiva del conde hasta el campamento real para así mantenerlos vigilados en todo momento.

Aquí y allá se formaban corrillos comentando la inminente tregua que les daría un respiro y les permitiría volver a una vida medianamente normal.

La mañana era fresca y me arrebujé en la capa que me había prestado Constanza. Ella y el capitán se habían detenido a saludar al párroco que parecía reprenderles por algo, estaba contrariado. Se tomaba su oficio muy a pecho. «No llegará a viejo», pensé, pero algo en sus ojos me dijo que debía mantenerme alejada de él. Los fanáticos siempre son peligrosos y aquel hombre seco y enjuto tenía aspecto de serlo… Y mucho.

Mi intención era subir al Cerro de Santa Catalina mientras estaban ocupados, se hallaba bastante cerca de la iglesia. Me ponía nerviosa la perspectiva de volver al lugar donde todo aquel embrollo había empezado, pero tarde o temprano tendría que hacerlo y ver qué ocurría. Alguien abortó mis planes.

—Creo que no hemos sido presentados.

No me había percatado de su presencia, así que casi se me sale el corazón por la boca del susto. Era sigiloso como un gato. Quien me hablaba era el mismísimo Pero Niño. Me intranquilizó su cercanía. Alto y delgado, aunque fibroso, vestía una chaquetilla de impecable factura y el escudo morado del rey de Castilla sobre el pecho.

—Soy Pero Niño, caballero de Castilla y vuestro devoto admirador, señora. —Se inclinó con galanura y a pesar de ello yo hubiera deseado salir corriendo, pero permanecí inmóvil.

—Me llamo Blanca Villa, señor, soy la sobrina del capitán Bernal Villa, con quien compartisteis mesa anoche —contesté intentando aparentar una calma que en absoluto sentía.

Pareció complacido.

—Ah, sí, el capitán. Un hombre muy agudo.

—Sí y precisamente está esperándome —dije en un intento de escapar.

—¿Tenéis que iros? —Se acercó un poco más, demasiado para mi gusto—. Pensaba que podríais concederme un rato más en vuestra compañía.

Compuse mi mejor gesto de recato.

—No sé si las damas castellanas se pasean con caballeros a solas, pero aquí en Asturias gustamos de que las cosas discurran con más lentitud.

Me tomó por el brazo y lo presionó, era fuerte, estaba acostumbrado a portar pesadas espadas, así que mi brazo le parecería una ramita en comparación.

—Castellana o asturiana, es indiferente. Algunas mujeres dejan claro cuándo desean ser cortejadas. —Hizo una pausa—. A otras, en cambio, es necesario convencerlas de las ventajas.

—Soltadme —dije entre dientes.

Pero no lo hizo, era evidente que se lo estaba pasando bien.

—¿O qué? —me retó.

—O gritaré y recordad que estáis en terreno enemigo, señor.

—No tengo por costumbre forzar a una dama, señora. En realidad, no lo necesito. Llegará el día en que vos misma suplicaréis mi cercanía… y no tardaréis mucho. —Sonó a amenaza, y de las que se cumplen.

Era presuntuoso, aunque sobre sus espaldas reposaran responsabilidades de adulto, en el fondo seguía teniendo la vehemencia y el descaro de un joven de su edad. Eso solo se cura con los años. De cualquier modo, no quería tentar a mi suerte. Pero parecía imprevisible y estaba convencida de que la espera provocada por el sitio le había hecho acumular tanta energía que por algún lado iba a explotar como una tetera hirviendo, mejor no estar cerca cuando eso ocurriera, así que me alejé lo más rápidamente que pude en dirección a la iglesia.

Capítulo 7

NO TAN NIÑO

Lunes 2 de noviembre de 1394, un día antes de la firma de la tregua

La delegación encabezada por el conde Alfonso Enríquez, señor de Cabrera y Ribera, de Ribadesella, Villaviciosa, Nava y Laviana, de Cudillero, Luarca y Pravia, de las dos Babias, y su hijo era nutrida y pese a no ser costumbre habitual había algunas damas en ella. Constanza y yo fuimos requeridas para viajar con el séquito de la condesa. Como cualquier madre, Isabel quería apurar hasta el último minuto con su hijo y asegurarse de que sería tratado de acuerdo a su rango. Después de todo era el nieto de un rey.

Antes de abandonar el palacio del conde este dio instrucciones a sus leales para asegurar la villa evitando así alguna artimaña por parte del ejército del rey Enrique. Nunca se era lo suficientemente previsor. Entre sus hombres pude ver a Harry Paye y a Sam. Aunque Bernal consideraba poco menos que deshonroso contar con mercenarios, lo cierto es que había escuchado que algunos eran considerados como soldados respetables e incluso se especializaban en algún tipo de combate concreto. Algo me decía que no era el caso de Paye y sus hombres.

Waters pareció tan sorprendido de encontrarme allí como yo de encontrarle a él. En cuanto pudo se apartó del grupo y se me acercó.

—¿Qué hacéis aquí? —me dijo en un susurro.

—La condesa ha pedido que formemos parte de su séquito.

—No vayáis, puede ser peligroso.

—Como si estuviera en mi mano decidir…

—En ese caso, iré con vos.

—¿Has perdido la cabeza o estás aún borracho?

Se apartó, parecía ofendido. No podía entender ese súbito interés por mi destino. Nos habíamos visto un par de veces e intercambiado unas pocas palabras. Prácticamente éramos unos desconocidos, aunque en el fondo me sentía halagada. Iba a marcharse, pero me aclaré la garganta y le detuve.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por el libro y… por tu preocupación.

Me traspasó con una mirada muy distinta a las anteriores, una mirada verdadera. Levantó la mano como para decirme que estaba bien y se alejó en dirección a Arripay sin decir nada más. Sentí frío al subirme al caballo. El tipo de frío que no depende de la temperatura exterior, sino de la zozobra interior.

Nos separaban escasos kilómetros del campamento de Enrique III, pero no iba a ser tan cómodo como realizarlos en coche. Yo no estaba acostumbrada a montar, una manera suave de decir que no tenía ni idea de cómo iba a conseguir permanecer encima de aquel animal. Y aunque mi yegua era tranquila y dulce, ese enorme cuerpo cálido entre mis piernas imponía respeto.

Más allá de las murallas la naturaleza se había hecho dueña y señora de todo. El camino era rústico y con alguna charca formada por las recientes lluvias. Estaba delimitado por húmeda hierba y una buena cantidad de ortigas y otras plantas. A pesar de mi casi nulo conocimiento sobre el tema sí que pude distinguir las últimas flores, de un oscuro color anaranjado, de Pimpinela Escarlata. Siendo yo tan aficionada al cine, el descubrimiento de la planta que había dado nombre a una de mis películas favoritas de capa y espada me había producido una nada desdeñable emoción años atrás. Sabía que era tóxica, pero que se usaba en la antigüedad como cicatrizante e incluso para tratar trastornos mentales. No quise imaginar los efectos sobre los pobres enfermos.

Marchábamos a un ritmo lento, habíamos salido temprano y por lo que me habían dicho tardaríamos menos de medio día en alcanzar nuestro destino. De eso modo dispondrían de toda la tarde para depurar los detalles.

Iba rezagada, demasiado ocupada en mantenerme medianamente erguida sobre mi montura. Constanza retrasó a su caballo hasta quedar a mi altura. No le dio importancia a mi vacilante postura de amazona. Aproveché para preguntarle por el motivo de nuestra presencia allí. El día anterior no habíamos tenido tiempo de analizarlo.

—Creo que la condesa desea añadir un punto exótico a su séquito de damas de compañía. Como para restregarle a la reina Catalina que no es la única en contar con una corte cosmopolita. Después de todo, si las aspiraciones del conde llegaran a buen fin, Isabel sería reina y, siendo bastarda, como es, necesita adornar su condición. Una dama exótica siempre fortalece el poder de una corte.

—¿Exótica yo? Me parece que se equivoca.

—Ya corren rumores sobre ti, bien salpimentados por el imaginario popular —dijo bajando la voz en tono de confidencia.

Enarqué las cejas en signo de interrogación y ella continuó poniéndome al día.

—Tu llegada ha sido inesperada y misteriosa, nadie en el puerto recuerda haberte visto bajar de un barco y la entrada por tierra es difícil. Convendrás conmigo en que hasta aquí están en lo cierto.

Me mordí el labio inferior, más temprano que tarde tendría que sentarme con ella y Bernal y darles una explicación acerca de cómo había hecho ¡zas! y aparecido allí.

—Hay quienes aventuran que eres una especie de loba blanca. Lo dicen porque tu piel es muy blanca y Beo te sigue adonde quiera que vas y ya sabes cuánto se parece a un lobo. Recuerda que yo misma llegué a esa conclusión —continuó hablando—. Piensan que el capitán te encontró vagando por los alrededores de Luarca, como si fueras una descendiente de la manada de lobos de la leyenda, y te acogió. Supongo que ya habrás notado algunas miradas de respeto mezcladas con un poco de miedo.

Yo no me había fijado, pero ahora que lo mencionaba…

—¿Qué cuenta esa leyenda? —pregunté.

Constanza se dispuso a ilustrarme con diligencia.

—La leyenda cuenta que una tarde llegó al puerto un extraño y enorme barco. Atracó y de él bajó un personaje con turbante que reclamaba la presencia de un sacerdote. Este se reunió con el infiel y tras deliberar desembarcaron con veneración una gran arca y se la entregaron para luego volver a la mar. Los habitantes de la villa pronto escucharon aullidos de lobos acercándose a Luarca. El jefe de la manada era el lobo más grande que se había visto nunca en la zona. Los lobos rodearon el arca y el más grande se postró ante ella para venerarla. El nombre de la villa es una derivación de «lobo del arca» o «llobu del arca» en bable.

—Qué curiosa historia…

Pero la italiana no tenía tiempo que perder, había más cotilleos jugosos que estaba deseando compartir.

—Otros proponen una explicación más terrenal. Afirman que no eres sobrina, sino hija de Bernal.

—No me lo puedo creer… —murmuré estupefacta.

—Espera que sigue, ayer mismo descubrí a las doncellas cuchicheando en la cocina y me enteré de la historia completa. Dicen que eres fruto de un amor de juventud desdichado.

No podría ser de otro modo para mantener el interés de la audiencia, pensé.

—Tras la muerte de tu madre —continuó Constanza—, el capitán decidió hacerse cargo de ti para buscarte marido y asegurar tu bienestar futuro.

—Claro… un marido… justo lo que me hace falta ahora —dije para mí misma.

Si en lugar de en la edad media estuviéramos en mi propia época me hubiera hecho de oro montando un negocio de wedding planner a juzgar por la afición de esta gente a pasar por el altar.

—No te extrañe que le adjudiquen una paternidad a Bernal, tiene fama de conquistador… para mi fastidio —se rio.

Constanza pertenecía a ese tipo de mujeres tan seguras de sí mismas que hablar acerca de lo irresistible que era su pareja no la afectaba lo más mínimo. Por otro lado, la fama me parecía totalmente justificada, mi protector emanaba un poderoso atractivo animal. No sabía si había estado casado, pero me resultaba difícil de creer que nadie hubiera logrado echarle el lazo. Yo misma me había descubierto en un par de ocasiones sintiéndome turbada en su presencia aun cuando él me trataba con una ternura casi familiar.

—¿Y todo esto lo han ideado en un día y medio?

—En unas horas, y les ha sobrado tiempo —aseveró.

—De modo que o soy medio humana, medio loba o una hija perdida. —No salía de mi asombro.

—Te has convertido en una atracción en una corte aburrida y ávida de entretenimiento y la condesa quiere tener la exclusiva.

No estaba muy contenta con mi nuevo papel de atracción, pero tendría que aguantarme.

—¿Y qué dice mi tío de todo esto? —quise saber.

—Prefiere ni confirmar ni desmentir y que cada cual crea lo que quiera mientras te dejen tranquila. —Cambió de tema—: Te he visto hojeando mis libros. ¿Dónde aprendiste a leer?

—En la escu… —me interrumpí, ¿había escuelas en este siglo?—. Tuve un tutor.

—¿Has recordado algo?

—Solo cosas sueltas, inconexas de momento.

Justo a tiempo para eludir el interrogatorio la comitiva se detuvo, habíamos llegado a nuestro destino. Nos acomodamos en la medida de lo posible mientras el conde y sus caballeros estaban reunidos con el rey a fin de concretar los términos del pacto. Dispuso que se firmaría cuando sus escribientes hubieran terminado de redactar el documento: en la mañana del día 3 de noviembre de 1394. Nombraron árbitro de la contienda al rey de Francia, Carlos VI. Durante la tregua, Enrique III enviaría embajadores a la corte francesa a fin de exponer sus quejas sobre su levantisco tío. Asimismo, don Alfonso presentaría personalmente sus alegaciones al respecto. El rey Enrique había puesto cuidado al escoger al mediador, esperaba que sus buenas relaciones con Francia garantizaran que la balanza se inclinara a su favor. Se acordó un plazo de seis meses durante los cuales el rey tendría a su disposición todas las posesiones del conde en Asturias a excepción de la villa de Gixón con una condición: no podía abastecerla de víveres, armas ni hombres ni alejarse de ella más de tres leguas. La entrega de su hijo Enrique garantizaría el cumplimiento del acuerdo. Pero o poco conocía el rey a su tío o pecaba de ingenuo porque el conde no pensaba hacer otra cosa distinta a seguir sus propios planes. Con hijo rehén o sin él.

La tarde iba a ser larga y necesitaba estirar las piernas. Salí de la tienda discretamente, no me fue difícil, los nervios se palpaban en el ambiente y cada cual los calmaba como podía. Quería estar sola y pasear un rato. Eran muchos los acontecimientos que se amontonaban en mi cabeza en tan poco tiempo. Me urgía ordenarlos, apenas había tenido un respiro para pararme a pensar en una solución. Quedarme en el siglo XIV no era una opción, pero no tenía ni idea de cómo volver. Sabía que necesitaba estar cerca de un lugar con un fuerte flujo de energía, al menos eso había logrado recordarlo, pero ¿qué era lo que activaba el mecanismo?

El campamento era grande y en él ondeaba orgulloso el pendón morado del reino de Castilla. El cansancio empezaba a reflejarse en los rostros de la soldadesca. Las guerras son un pozo sin fondo que se tragan los dineros y la moral de quienes las luchan. Hacía frío y habían encendido hogueras aquí y allá en un intento de combatirlo. Había grupos de soldados por todos lados, no parecían muy amistosos. A mis oídos llegó un comentario grosero y un coro de risotadas acompañándolo. No quería problemas, así que me aparté del grupo, pero un joven soldado que no llegaba a la veintena se envalentonó. Estaba bastante sucio y le faltaban un par de dientes. Se levantó y caminó hacia mí.

—Dicen que las lobas ya han empezado su época de celo.

Los otros festejaron la ocurrencia. Yo seguí caminando, pero el soldado me siguió y logró alcanzarme.

—Me gustaría comprobar si lo hacen como los perros. —Me había cogido por la muñeca con firmeza y atraído hacia él mientras con la otra mano me palpaba con descaro. Tenía un aliento asqueroso. Forcejeé, pero estaba acostumbrado al cuerpo a cuerpo y me inmovilizó acercándome más a su cuerpo. Pude notar que estaba teniendo una erección—. Quieta, perra asturiana. Vamos a bajarte esos humos.

—Suéltala —dijo de pronto una voz a nuestras espaldas.

El soldado me liberó de inmediato y se encogió antes de hacer un saludo militar hacia el propietario de la voz, Pero Niño.

—Vaya, vaya… qué sorpresa… Blanca —dijo dirigiéndose a mí mientras el otro se marchaba presuroso.

Casi me alegré de verle hasta que decidió asirme por el brazo. Se estaba convirtiendo en una desagradable costumbre. Intenté soltarme infructuosamente. Me cogió los brazos con ambas manos.

—Quieta, vamos a un lugar más tranquilo donde podamos hablar.

—No tenemos nada de qué hablar, Pero. —Me temblaba la voz y seguía intentando soltarme agitándome como un pescadito en el sedal. Era fuerte.

—Yo creo que sí. —Y tiró de mí hasta llevarme a rastras a una tienda. Estaba bien acondicionada. Habían cubierto el suelo con alfombras y, aparte de una cama, no un común catre, tenía una gran mesa cubierta de papeles y unas sillas. Me condujo a una de ellas.

—Siéntate. —Estaba acostumbrado a dar órdenes y a que se cumplieran.

—Estoy bien así.

—Siéntate —repitió con frialdad.

Me dejé caer con gesto de fastidio. Él sacó una cuerda delgada y me ató. Me revolví, de nuevo sin éxito.

—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo?

—Eres mal hablada, era de esperar en una pagana. ¿O debería llamarte bruja? —Terminó de anudar la cuerda—. Así te estarás quietecita. Pareces una anguila.

La dichosa historia también había llegado a oídos de Pero, lo que no entendía era lo que podía querer de mí. Le lancé una mirada iracunda.

—Acabemos con esta tontería de una vez.

—Te ha entrado la prisa, ya te dije que pasaría.

Se puso delante de mí y se inclinó hasta llegar a mi boca. Me entreabrió los labios con la lengua, con cuidado, hubiera pensado que hasta con delicadeza. Desde luego con demasiada destreza para los diecisiete años que aquel fornido muchacho aparentaba tener. Al inclinarse dejó caer un largo mechón castaño hasta cubrirle el hermoso rostro de decidida mandíbula. Era alto y destilaba la seguridad de un caballero de armas con cierta experiencia. Todo ello me resultaba sorprendente. Pese a las apariencias no había nada de infantil en él. Aun así, me ruborizaba su actitud.

Se lamió los labios, parecía un gato satisfecho.

—Me gusta tu sabor, me gusta mucho. —Tenía la voz ronca, estaba acostumbrado al alcohol. Miró a su alrededor, buscaba algo—. Ahora necesito una bebida de verdad.

—¿Para ahogar tu conciencia? —le espeté.

No sé por qué lo dije, no estaba en condiciones de provocarle, pero soy algo bocazas cuando estoy nerviosa y no estaba solo nerviosa, estaba bastante asustada. Dio un respingo y se enderezó, como si le hubieran pinchado. Adoptó un tono seco, cortante, susurrante.

—Enrique, nuestro amado rey —recalcó sus palabras mientras alzaba la copa—, es un Trastámara. Pelea y perdona, pelea y perdona…

Se volvió lentamente hacia mí apoyando la mano libre en la mesa y acercándose tanto que yo misma notaba los efectos del fuerte vino leonés a través de su saliva.

—Mas no te confundas —me advirtió—, no somos iguales, aunque hayamos mamado de la misma teta.

Podía intuir los músculos de sus antebrazos en tensión a través de la tela de su camisa. Intenté relajar mis latidos, no deseaba enfurecerle más. Puede que en mi mundo fuera solo un crío con un calentón, pero aquí, en el suyo, era un caballero hermano de leche del mismísimo rey de Castilla y no me convenía como enemigo.

—Os pido disculpas, señor. —Tragué saliva esperando su reacción.

Asintió ligeramente, ver que me avenía a mostrarme sumisa le gustaba. De hecho, había fantaseado con someterme como a una potranca. Me daba la espalda mientras apuraba la copa de vino, así que no pude ver la sonrisa canalla que se dibujaba en sus labios.

—¿Qué hacías vagando sola por el campamento? —Se giró lo suficiente para que la luz de las velas le cincelara el perfil—. ¿Nadie te ha explicado lo peligroso que puede ser para una mujer con todos esos hombres lejos de sus hogares desde hace meses? A menos… que te guste provocarles. Has estado a punto de comprobar las consecuencias.

—Simplemente paseaba, necesitaba aire fresco.

Se colocó de nuevo frente a mí clavando una pupila del color del buen jerez añejo en mi pupila verde. Su voz controlada, ondulante como el cuerpo de un cuélebre, era magnética e intimidatoria.

—¿De verdad? La sobrina de un capitán y dama de la condesa… —Acarició mis rizos con suavidad antes de asirlos con fuerza y tirar de ellos haciendo que mi cabeza rebotara contra la silla—. Yo, en cambio, creo que nos espiabas. Has sido mala, muy mala.

Notaba los arabescos tallados en la silla clavárseme en la espalda. Las manos comenzaban a dormírseme.

—Y ahora vas a contarme la verdad si no quieres que deje de tratarte como lo haría un caballero.

—Paseaba —repetí.

Temía que mi respuesta le gustara menos que mi boca, así que esperé encogida mientras le observaba sacar una pequeña daga que llevaba al cinto. Parecía árabe, la empuñadura estaba hermosamente trabajada. Un sudor frío comenzó a bajarme por la espalda.

—Eres obstinada. Tienes que saber que lo considero una virtud —esperó un rato interminable antes de continuar—. Bien…, ahora haremos que te sientas más cómoda como acto de buena fe.

Cortó las ligaduras que me mantenían atada con un gesto rápido y eficaz al tiempo que el corazón me subía de golpe a la garganta. Estaba disfrutando con el juego, con mi respiración agitada, pero sobre todo… con tener el control. Sonrió acariciándome la mejilla arrebolada por la mezcla de nervios y miedo mientras yo me masajeaba las doloridas muñecas para reactivar la circulación. Algo llamó su atención. Nada parecía escapar de su perspicaz escrutinio.

Me cogió la muñeca izquierda y le dio la vuelta. Pasó el dedo por el contorno del pequeño tatuaje que representaba una hoja de roble. Se decía que era el símbolo de la realeza y la inmortalidad, aunque a mí sus hojas dentadas simplemente me producían una sensación de paz.

—Es una hoja de carbayo. —Me corregí—: De roble, quise decir.

No levantó la vista de mi mano para contestar, algo parecía desconcertarle.

—Sé lo que es. —Hizo una pausa antes de soltarme—. Vosotros los astures sois gente supersticiosa. No puedo entender cómo lo consiente nuestro piadoso rey.

Parecía molestarle que las antiguas leyendas celtas sobrevivieran en aquella tierra verde y brumosa, protegida por montañas desde que los tiempos fueron tiempos.

Le miré desafiante, empezaba a cansarme de todo aquello. Nunca he sido una mujer paciente e incluso asustada me estaba hartando.

—Y vosotros los castellanos unos ignorantes —susurré de modo apenas audible, pero… me oyó. Lo dicho, una bocazas.

Sus ojos ardían cuando se giró para mirarme. Temí que sus métodos tomaran un cariz más agresivo, pero por alguna razón fuera de mi alcance se contuvo. Apretó tanto los puños que las manos se le pusieron rojas, creo que se clavó las uñas hasta hacerse sangre.

—Hoy no es el día, mujer. Mas no te preocupes, llegará. Doña Catalina me ha encomendado custodiarte hasta llevarte a su presencia. Y solo por eso no voy a hacer lo que tenía en mente. Me lo guardo para nuestro próximo encuentro.

—Lo estaré esperando ansiosa.

¿Estaba loca? ¿Cómo se me ocurría provocarle de aquella manera?

Sonrió y lo hizo de un modo que estaba segura que derretía los corazones de las damas de la corte. ¿Conocerían ellas el lado brutal de Pero o se mostraría encantador narrando historias de sus campañas? Había oído decir que era un espadachín consumado y la agilidad de sus miembros parecía confirmar los rumores.

Dio la vuelta alrededor de la silla en la que yo seguía sentada hasta colocarse justo detrás de mí y apartarme el pelo dejando a la vista mi oreja derecha. Podía notar su aliento. Me acarició la nuca haciendo que se me erizara el vello mientras recorría el lóbulo de mi oreja con su dedo índice. Se acercó hasta quedar a la altura de la vena palpitante de mi cuello.

—Yo también, sin embargo, creo que tendremos que posponer esa prometedora cita.

Me ofreció su mano para levantarme justo cuando una dama de la reina entraba en la tienda y se ruborizaba al mirar al apuesto Pero. Parecía molesto con la interrupción. No a todos los niños les gusta compartir sus juguetes.

—Habla —dijo dirigiéndose a la dama.

—La reina ha mandado llamar a doña Blanca.

Pero no se volvió siquiera a mirarla, se apartó lo suficiente para permitirme salir. Intenté recomponerme de los dos incidentes antes de llegar a la tienda de la reina.

Capítulo 8

ENCUENTRO CON UNA REINA

Catalina de Lancaster, primera princesa de Asturias, no tenía mucho que ver con el enfermizo aspecto de su marido.

La endeble salud de Enrique se hacía evidente en su irritable carácter y su aspecto macilento. La enfermedad le había dejado marcas en la cara. Todo ello le había valido el sobrenombre de «el doliente». Pero más allá de sus limitaciones el rey seguía siendo el rey y tenía arrestos suficientes para no permitir que las arrogantes pretensiones de su tío llegaran a buen término. O para intentarlo, al menos.

Catalina, en cambio, era alta, robusta, con el cabello de un hermoso castaño rojizo y toda la lozanía de los veintiún años. No quise imaginarme cómo podía haberse sentido cuando la casaron con Enrique a los quince años. Un mocoso de nueve años como marido y a la sazón nieto del asesino de su propio abuelo. Una solución «limpia y fácil» para dar legitimidad a la línea de sucesión Trastámara y zanjar una vieja disputa familiar. La madre de Catalina y su esposo, el duque de Lancaster, renunciaban con esa boda a sus pretensiones sobre el trono de Castilla no sin antes sellar el destino de su hija: Enrique no podría acceder al trono si no era con Catalina a su lado. Este acuerdo conseguía, además, asegurar la paz entre Castilla e Inglaterra donde Catalina había sido educada como una auténtica princesa en el castillo ducal de Melbourne siendo instruida en latín, español y escritura. Sí, había estado hojeando los libros de Constanza. Me había empapado de todo lo que había podido acerca de las personas de las que estaba rodeada. Y el culebrón Trastámara había llenado muchas páginas.

Su dama me condujo hasta el interior de una tienda grande y decorada con riqueza. La luz del fuego que caldeaba la estancia iluminó a la reina resaltando el color de su pelo, visible a través de la delicada tela de su toca. Me incliné con respeto.

—Pasad, no tengáis miedo. ¿Ha resultado muy intimidatorio vuestro encuentro con Don Pero? A veces, le fallan los modales —hablaba un castellano con ligero acento inglés.

Se giró lentamente y unos ojos profundamente azules se posaron sobre el torques de mi cuello. Era hermosa y parecía analizarlo todo.

—Una bella pieza, sin duda. —Se acercó para examinarlo con más detenimiento—. Parece el torques de un antiguo guerrero del astur. Creo que se asentaban precisamente aquí, en la antigua Noega.

Mientras tanto yo ponía toda mi voluntad en hacer una reverencia lo más lograda posible. Nunca había sido particularmente buena en cuestiones protocolarias, así que recé para que me permitiera levantarme antes de aterrizar de bruces contra el suelo.

—Así es, mi señora. Lleva generaciones en mi familia —respondí con la vista fija en mi sencilla saya manchada por el viaje y francamente sorprendida por los conocimientos de la reina.

La gens de los cilúrnigos, o caldereros, que habían forjado el torques, había sido un pueblo guerrero astur que llegó a adquirir fama cuando el imperio romano reclutó a sus jinetes de élite para servir en uno de los fuertes que defendían la muralla de Adriano. Formaban el Ala I Hispanorum Asturum. Quizás hasta sirvieron al lado del famoso rey Arturo, quien, según algunos estudiosos de la leyenda artúrica, fue un militar romano de nombre Lucio Artorio Casto.

Mi torques era realmente antiguo. Había pasado de mano en mano de mi familia a través de los años y con él se había transmitido oralmente la historia que hablaba de su primera dueña: la esposa de un guerrero de la gens perteneciente al clan de los luggones. Astuta, inteligente, había logrado salvar a su aldea, la antigua Noega, de un ataque rival, lo que le valió que le fuera concedido el honor de portarlo. Igual que si se hubiera tratado de un hombre.

—¿Os interesa la historia, Majestad? —pregunté.

—Desde luego, sobre todo la de aquellos que me deben obediencia.

Lo dejó caer como si fuera tan natural como respirar, sin ninguna segunda intención aparente. Hizo un gesto con la mano para que me alzara. Al hacerlo mis ojos se encontraron con los suyos. Se puso pálida, temí haber cometido una incorrección al mirarla directamente.

—Solo había visto una vez unos ojos como los tuyos y eso fue hace mucho tiempo.

—¿Puedo preguntaros los de quién, Majestad?

—Los de una de mis ayas españolas, doña Inés.

Di un respingo, ¿estaba Catalina sugiriendo que había conocido a mi abuela? ¿A la anterior saltadora de la línea? ¿O era una mera coincidencia? Inés no era un nombre infrecuente y tampoco es que mi familia tuviera la exclusiva de los ojos verdes, pero había concretado que eran como los míos, no de un verde cualquiera, y eso sí que resultaba chocante.

—Guardo un grato recuerdo de ella. Me instruyó bien en la lengua castellana… Era mucho más tierna y permisiva que lady Mohun. —Sonrió al recordarla antes de recuperar su porte regio y correcto—. Te preguntarás por qué he ordenado que te trajeran ante mí.

—No he pensado nada, Majestad.

Ignoró mi comentario.

—Dicen que eres una… loba blanca. —Me miró en busca de una reacción, yo ni parpadeé—. Siempre me ha parecido fascinante lo que la imaginación popular puede llegar a creer. A mí me pareces bastante humana.

—Son solo leyendas, Majestad —dije con suavidad.

—Las leyendas pueden ser un arma peligrosa si su semilla prende en mentes fértiles. —Ahora su mirada era altiva—. Los hombres murmuran y no osan mirarte directamente. Será beneficioso para ellos ver que la fe es más fuerte que la superstición y que su reina es inmune a los supuestos efectos que produce un encuentro contigo.

¡De modo que se trataba de eso! Isabel había alimentado la creencia de que era una especie de ser mitológico. Había jugado con el miedo a lo desconocido de los soldados castellanos al llevarme al campamento. Mi presencia en la comitiva parecía querer enviar un mensaje, que los sublevados contaban no solo con la fuerza de un ejército si no también con otras fuerzas de origen sobrenatural. Y la habían creído, una inteligente jugada.

Asturias tenía una rica tradición mitológica, compartida con otros pueblos celtas. En un entorno agreste y a menudo aislado del resto de España por la compleja orografía los antiguos astures rendían culto a divinidades que mucho tenían que ver con la naturaleza. Vivían en armonía con ella, pero también reconocían y respetaban su poder. Un poder que se extendía sobre la vida y sobre la muerte. Muchas de esas tradiciones perduraron gracias a la transmisión oral de padres a hijos y de hecho habían logrado sobrevivir hasta mi propia época, a veces incluso integradas en la religión católica que les dio una mano de pintura y las adoptó para facilitar la transición de un credo a otro.

La reina también sabía jugar sus cartas y había utilizado a Pero para amedrentarme y a ella misma para dar ejemplo. Eso es lo que se le supone a una reina. Dio por concluido nuestro encuentro asegurándose de que fuera bien visible que salía de su tienda y confiando a su séquito la labor de propagar su triunfo sobre la loba blanca. Estaba indemne, por lo tanto, yo no podía ser la tal loba. Solo una mujer de piel blanca, nada inusual por estas latitudes por otra parte.

Me dirigí hacia la tienda en la que estábamos alojadas aún aturdida por mi encuentro con Pero y el comentario de la reina acerca de su aya española. En cuanto crucé el umbral, Constanza se lanzó hacia mí.

—¿Se puede saber qué has estado haciendo?

—Nada, salí a pasear.

—¿En un campamento lleno de soldados enemigos? Sin duda debiste de golpearte la cabeza en ese cerro en que te encontró Bernal. —Parecía preocupada, no había pensado en que en el fondo el capitán me había dejado a su cargo.

—Perdóname, Constanza, he sido muy poco considerada.

—Lo has sido, y también imprudente. Si te hubiera pasado algo, yo…

La abracé con fuerza mientras me disculpaba de nuevo. No pensaba contarle nada acerca del incidente ni a ella ni a Bernal. Tenía que dejar de pensar solo en mí misma y empezar a tener en cuenta que nuestros actos tienen consecuencias sobre otros. Supongo que a eso se le llama madurar y mi aterrizaje en aquel siglo estaba consiguiendo que madurara a marchas forzadas.

Pasamos la noche en el campamento. Durmiendo a ratos y más bien con un ojo abierto y otro cerrado. Por la mañana se firmó el acuerdo y pusimos de nuevo rumbo hacia Gixón en cuanto nos lo permitió la marea. En un principio, yo había encontrado ridículo trasladar una comitiva de ese tamaño para salvar una distancia tan corta, pero en el juego de la estrategia aparentar era un arma y la condesa la manejaba hábilmente. No en vano, había tenido que sobrevivir en la corte de Enrique II durante cuatro largos años esperando a que el díscolo Alfonso accediera a casarse con ella. Y eso cuando solo contaba ocho años. No debía de haberle sido fácil. El primogénito del rey de Castilla era ambicioso y no estaba de acuerdo con ese matrimonio. Albergaba miras más altas que el compromiso con la bastarda del rey de Portugal. Le traían sin cuidado las alianzas de su padre. Tenía un objetivo y no iba a dejar que nada se interpusiera en su camino.

Capítulo 9

¿RETORNO A CASA?

—¿Estás bien? —Parecía sinceramente contento de verme. Su tono era el que se emplea con las personas a las que se aprecia. Menos formal, más cercano.

Sam Waters se había aproximado con disimulo hasta mí al vernos aparecer por la puerta exterior del palacio del conde. En el patio estaban congregados algunos de los hombres principales de don Alfonso, advertidos de la inminente llegada del grupo y a la espera de órdenes de acuerdo a la nueva situación.

—Perfectamente —contesté intentando bajar del caballo sin estrellarme contra el empedrado del patio. Me ofreció su mano, pero yo quería arreglármelas por mi cuenta, así que seguí revolviéndome sobre la silla hasta que me cogió por la cintura, me descabalgó sin miramientos y me depositó en el suelo.

Le clavé una mirada iracunda.

—Hubiera podido hacerlo sola…

—No lo dudo, pero me temo que la pobre Benilde no tiene todo el día —rio y palmeó el hocico de la yegua—. Vamos a llevarla a las cuadras, necesita descansar.

La condujimos hasta allí en silencio. Un silencio cómplice.

—Estaba preocupado por ti.

—Eso es nuevo.

—¿Eres siempre así de sarcástica o tengo el placer de ser yo el afortunado destinatario?

—Perdona. —En las últimas horas había tenido que disculparme más de una vez, tenía que dejar de ponerme a la defensiva con los que se preocupaban por mí. Debía confiar en alguien—. Es solo que me resulta extraño. Apenas nos conocemos.

—¿Acaso eso importa? —dijo con una expresión burlona dibujada en su hermoso rostro.

—Supongo que no —contesté encogiéndome de hombros.

Si teníamos en cuenta que había cruzado a otro plano temporal, vivía en casa del capitán del ejército de un conde sublevado y acababa de conocer a la primera princesa de Asturias, el hecho de que un desconocido se interesara por mi bienestar era lo menos raro que me había ocurrido últimamente.

Entramos en los establos y Benilde se fue directa a comer. Nos reímos, tenía claras sus prioridades. Sam se acercó a mí con timidez y me invitó a sentarme a su lado sobre unas balas de heno, lejos de la yegua y su voraz apetito.

—¿De dónde has salido tú, Blanca? —lo dijo en un susurro, como si estuviera preguntándoselo a sí mismo. Sacudió la cabeza espantando algún molesto pensamiento que no quería que estuviera allí y añadió—: Y ahora… cuéntamelo todo.

Y se lo conté. Ni siquiera sé por qué le escogí precisamente a él como destinatario de esa confidencia, pero el caso es que lo hice. Le relaté el percance con el soldado que había concluido con mi encuentro con Pero. Apretó un puño como si fuera a estampárselo en la cara. Le noté tenso al describirle cómo el castellano me había obligado a entrar en su tienda y lo que había ocurrido en su interior, no dijo nada, aunque me inspeccionó discretamente con la mirada en busca de algún daño. También le relaté la impresión que la reina Catalina me había causado. Me escuchaba como si mis palabras fueran lo único en el mundo que le importaba. Me miraba directamente a los ojos. Cuando terminé me cogió la mano y me atrajo hacia sí, iba a decir algo, pero antes de que pudiera hacerlo unos labios bien entrenados atraparon los míos sin posibilidad de escape. Me sorprendí a mí misma respondiendo a ese beso robado con la misma vehemencia.

—Presiento que esta es una de tus habilidades —dije cuando logré separarme.

No es que lo presintiera, es que se notaba a la legua que tenía años de entrenamiento.

—Podría ser, ¿quieres comprobarlo por ti misma de nuevo? —me respondió con picardía.

—Me temo que debería volver ya a casa de Constanza, me estarán buscando.

Había logrado recuperar un poco de sentido común, aunque tenía pinta de ser algo efímero.

—Una verdadera lástima. —Levantó la vista para dedicarme una mirada pausada y chispeante a la vez—. Tenía otros planes… para dos.

Dudé por un instante, aunque un sexto sentido me avisaba de que estaba jugando con fuego, la propuesta resultaba tentadora. Se recostó apoyando la espalda contra los fardos y ladeó la cabeza. Enarcó las cejas esperando mi decisión, notaba cómo yo me debatía entre quedarme e irme y le resultaba excitante. Esta guerra de guerrillas y escaramuzas había despertado su instinto cazador. Se incorporó y me retiró un poco de hierba seca del pelo, lo hizo despacio, conocedor del efecto que eso provocaba. Me mordí los labios al ver los fuertes músculos del pecho marcarse en su camisa. Se inclinó sobre mí y me dio un beso rápido, casi sin posarse en mi boca. Empecé a notarla seca, con el tipo de sed que solo calma otra boca.

—¿Piensas seguir usando tus trucos conmigo? —Tenía que reconocer que me estaba embriagando.

Sonrió y se pasó la mano por el cabello. Contuve las ganas de alargar la mía y enredarme en él. Me las tragué con tanta fuerza que casi me hice daño. En el fondo, y en la forma, deseaba que me doliera justamente para poder dominar mis ansias por tocarle. Su pecho se hinchaba rítmicamente bajo la camisa y pronto sentí que se acompasaba con mi propia respiración, pesada y cargada de una intención que no tenía más que una interpretación posible. El aire que viajaba de una boca a otra nos mantenía conectados. Pero los hechizos están hechos para romperse.

—Hay algo que quiero dejar claro antes de continuar, Blanca… Yo no me enamoro —lo dijo con voz ronca. Una voz que debía de rasparle la garganta, igual que el aguardiente. Apretó la mandíbula.

—Ni yo te lo estoy pidiendo —respondí con un tono frío.

—Mejor entonces —murmuró con la cabeza gacha.

En mi interior todo era un huracán de confusión. Me levanté de un salto y estuve a punto caer. Dio un paso para sujetarme. Se lo impedí con un gesto cortante y salí corriendo.

¿Cómo podía haber sido tan ilusa? Sí, me había besado, ¿y qué? ¿Acaso esperaba una proposición de matrimonio? Apenas nos conocíamos y esto no era una película, era la vida real o al menos la que estaba ocurriendo en estos momentos. Probablemente se hubiera tratado de un impulso pasajero o le había apetecido sin más. Se supone que los piratas no son precisamente un ejemplo de contención de pasiones. Estaría habituado a hacerlo y a ser correspondido sin compromisos de por medio. Tal parecía que yo era la damisela del siglo XIV y él quien había venido del siglo XXI. No era de extrañar, entonces, mi desastrosa vida amorosa si yo no era capaz de interpretar correctamente las situaciones. Ahora mismo lo que estaba era enfadada conmigo misma por haber entrado en su juego. Recorrí a grandes zancadas la distancia hasta Villa Valeri y entré dando un portazo.

Bernal me salió al paso y me detuvo.

—Vuelve a entrar y cierra la puerta como es debido.

Intenté seguir hacia la escalera, pero me cogió por la muñeca.

—Suéltame, Bernal.

No me hizo caso, ignorarme empezaba a convertirse en un deporte en aquella villa.

—Vamos a sentarnos a hablar y vamos a hacerlo ahora mismo.

Beo había asomado la cabeza y se había dado media vuelta de inmediato regresando a la cocina. Sabía que la marea estaba revuelta y no quería que le pillara en medio.

Bernal me llevó a la sala donde me había recibido Constanza el primer día y cerró con suavidad la puerta a sus espaldas.

—Blanca, ya es hora de que aclaremos las cosas. —Yo seguía enfurruñada—. ¿Me estás escuchando, niña?

Asentí con los brazos cruzados como una cría empecinada en tener razón.

—Si vas a continuar comportándote así…

Empecé a sollozar, primero bajito, pero enseguida comencé a hipar y temblar. Era como si todo lo que estaba encerrado en mi interior se hubiera puesto de acuerdo para desbordarse. Me dio un abrazo de oso, me perdí entre sus brazos fuertes y su olor familiar, apoyando mi cabeza en su hombro. En cuanto logré serenarme un poco respiré hondo y desgrané mi historia, o por lo menos las piezas del puzle que había conseguido encajar. No me paré a pensar en lo inverosímil que le parecería ni en si me creería o no. Necesitaba soltar ese lastre y hasta ese día no me había dado cuenta del peso que suponía para mí seguir guardándomelo dentro. Se lo conté todo, hasta le hablé de mi madre y mis momentos de soledad. Me vacié.

Me escuchó serio, sin interrumpirme. Tratando de comprender algo que ni yo misma lograba entender del todo.

—Entonces, ¿no sabes cómo regresar? —preguntó al fin.

Negué con la cabeza.

—Nunca había tenido un episodio tan largo, que durara más de unos minutos. Y siempre volvía de manera espontánea a mi realidad. Sin tener que hacer nada para forzarlo.

—Y tu abuela, ¿no te contó nada más?

—Es posible, lo cierto es que no lo recuerdo. Ha pasado tanto tiempo…

Se quedó pensativo.

—Es una historia fascinante. Completamente increíble…, pero fascinante. Te ganarías bien la vida como trovadora o cuentacuentos.

—Entonces, ¿no me crees?

Se arrodilló para quedar a mi altura, durante mi narración había permanecido de pie paseando de cuando en cuando por la habitación.

—Blanca, en mi vida he visto cosas extraordinarias, cosas que algunos llaman milagros y otros llaman ciencia. Soy un hombre con mente de principiante, me gusta tenerla abierta y dejar que entren en ella nuevas ideas. La mente es como un cuarto, si está siempre cerrado el aire de su interior se envicia y se vuelve imposible respirar, así que yo procuro mantener aireada la mía. No es cuestión de que yo te crea o no, es cuestión de que esa es tu verdad y para mí es suficiente.

Para mí también lo era.

Capítulo 10

ELLA Y YO

Samuel no podía permitírselo. Enamorarse no solo no entraba en sus planes, sino que no iba a consentir que sucediera. Se había dejado llevar con Blanca, había permitido que su parte racional se relajara y, lo que era peor aún, se había permitido sentir con libertad. Que las emociones y sensaciones que la cercanía de ella despertaba en él afloraran a la superficie sin control y la había besado. Se había sentido angustiado al verla partir hacia el campamento del rey Enrique. Una angustia desconocida y mordiente que le surgía de muy adentro. Miedo a perderla, aunque no fuera suya.

Acumulaba muchas aventuras en su historial, nunca se le habían dado mal las mujeres. Escocia es una tierra fría y hay que buscar calor. Pero esto no era una aventura y eso le hacía sentir miedo. Un miedo que se enraizaba en su interior oprimiéndole el corazón con la fuerza de un gigante con cada minuto que pasaba. Con el breve recuerdo de saliva compartida. Quería rodearla con sus brazos, quería ser tan imprescindible para ella como el mismo aire. Quería abrazarla fuerte, beberla deprisa, saborearla despacio, escucharla lento, hablarle rápido hasta vaciar su alma, lo quería todo, pero tendría que esperar. El amor hace perder la cabeza y él no iba a quebrantar sus propias reglas por mucho que le tentara la idea, se repitió a sí mismo en un desesperado intento de autoconvencerse.

Ahora mismo tenía otros asuntos de los que ocuparse. La tregua ya era un hecho y el capitán Paye no tenía intención de desperdiciar el tiempo. Le había adelantado que tenía en mente una incursión a un puerto cercano. Las tropas del rey Enrique se retiraban y eso se traducía en mares más en calma. Además, el tiempo era todavía lo suficientemente bueno como para que la empresa fuera un éxito. Unos cuantos sustanciosos botines más y podría pensar en retirarse a un lugar más tranquilo como Holy Island o incluso a un destino más soleado, rodeado de libros y plantas… Si es que su compromiso con Paye se lo permitía.

Todo había ocurrido hacía unos cuantos años, cuando el estúpido de su hermano pequeño, Sean, había contraído una deuda de juego de una importante cuantía con los hombres del corsario. Dado que no podía satisfacerla, el capitán Paye, almirante de los Cinco Puertos, había propuesto una solución alternativa: que el chico se enrolara a su servicio en el Mary hasta considerar saldada la carga. La familia se había reunido para sopesar las alternativas. Sean era un crío cabeza hueca de constitución débil y no aguantaría mucho en ese ambiente. Su hermano mayor, Declan, era imprescindible. Debía continuar con su formación para ocupar su lugar al frente de la hacienda familiar cuando llegara el momento. La única solución viable era que Samuel ocupara su lugar. Después de todo, Paye no era un simple pirata, era un corsario respaldado por el rey inglés que hacía la vista gorda a los saqueos que llevaba a cabo cuando no precisaba de sus servicios.

Puede que en esos momentos no contaran con dinero, pero los Waters seguían siendo una familia noble y por ello asignaron al joven un puesto como oficial aprendiz. Le formaron en técnicas de navegación y otros aspectos navales, era listo y aprendía rápido. Pronto se ganó la confianza del capitán, un hombre con carisma que manejaba hábilmente dónde terminaba la camaradería y complicidad con su tripulación y dónde empezaba la autoridad; algo imprescindible para controlar revueltas y motines. La vida a bordo era difícil y la muerte les acechaba en cada esquina, no solo por lo peligroso de sus actividades, sino también por la enfermedad. Pero era una escuela muy efectiva y Samuel ascendió pronto a primer oficial. Como Espronceda describiría años más tarde en su célebre Canción del pirata empezó a saber apreciar ese modo de vida en que la ley era la fuerza del viento y su Dios la libertad.

Y del trueno,

al son violento,

y del viento

al rebramar,

yo me duermo

sosegado,

arrullado

por el mar.

Solo que ya no estaba sosegado. No desde que Blanca había aparecido y lo había puesto todo patas arriba.

Una mano deslizándose por su pecho desnudo le sacó de su ensimismamiento. El avance de la mano fue acompañado de un suave gruñido.

—Sammy… —dijo una voz somnolienta.

Se había olvidado por completo de Mencía, una de las damas de la condesa, con la que ya había compartido alguna que otra noche de pasión y no había sido la única… La mano decidió seguir con su exploración ascendiendo por los fuertes y largos muslos hacia territorios más íntimos pero conocidos. Samuel la detuvo.

La noche anterior había bebido, no demasiado, solo lo suficiente para relajarse y apartar la imagen de la española de su mente. Aguantaba el alcohol lo bastante bien como para que esa cantidad no le nublara el juicio. Mencía había aparecido solícita en su puerta, tan bella y olía tan bien… La cogió por la cintura sin decir nada y la llevó hasta su cuarto. Se conocían lo suficiente para que no hicieran falta palabras, la besó. Un beso largo y húmedo, dejando que la lengua explorara libremente. Ella comenzó a devorarle sin preámbulos. Lo desnudó con prisa dejando al descubierto el musculoso torso de Samuel con aquel adorable pelo rizado en el centro. Los hombros fuertes y redondeados y esos brazos torneados con los que ella soñaba cuando no estaban enredados en su cuerpo. Su piel tenía un tono dorado hasta en los lugares que suelen permanecer ocultos a la vista. Estaba de pie frente a ella, desnudo. Mencía se recreó un momento en el espectáculo, era un ejemplar magnífico. Luego se desvistió ella misma con parsimonia, dejándole desearla, apenas llevaba un camisón bajo la capa. Él tiró de ella hasta que cayeron revueltos en la cama, rodando y peleando para decidir quién se colocaba encima. Samuel acabó cediendo cuando ella le mordió y la dejó hacer, agarrando con suavidad sus caderas para guiarla. Mencía arqueó la espalda hasta apoyarse en la cama mientras Sam trepaba por el cuerpo de ella para llegar a sus pechos, pequeños y plenos. Ella gimió.

—No pares…, no pares —pidió Mencía asiendo los rubios rizos y tirando de ellos para dejar el cuello de él al descubierto y abalanzarse como una vampiresa ávida de alimento.

La imagen fugaz de los ojos de Blanca cruzó la mente de Samuel, se deshizo de ella concentrándose en su tarea con mayor dedicación hasta escuchar el sonido procedente del fondo de la garganta de Mencía que le anunciaba que acababa de explotar. Le besó con rabia pidiendo más. Sam se lo concedió, aunque muy dentro de sí mismo reconoció un escozor, no era eso lo que deseaba… Ni con ella.

La voz de la dama le hizo volver al momento presente. El roce de sus dedos le quemaba la piel. Quería gritarle que parase, pero se contuvo.

—¿Estás dormido? Puedo ayudarte a despertarte… si quieres —sugirió juguetona.

—Lo siento, pero tengo que reunirme con el capitán Paye —contestó Samuel abandonando precipitadamente la cama. De repente tenía una terrible necesidad de salir de allí—. Debo irme.

Mencía hizo un amago de protesta. Sam se sentía mal. Ella no tenía la culpa, puede que no tuvieran una relación, un compromiso, pero no le gustaba mentirle, sin embargo, estaba ansioso porque se fuera. Quería borrar el recuerdo de la noche anterior hasta olvidar que había existido. No era ningún santo, pero ahora tenía claro lo que necesitaba compartir y con quien, con ninguna otra cosa se sentiría completo. La gente no es consciente de lo que le falta hasta que lo encuentra. Y él acababa de encontrarlo.

Se vistió y salió apresuradamente hacia el lugar donde se reuniría con Harry Paye. Estaba hospedado en una de las casas de arrendatarios que poseía el conde, pero Harry siempre prefería discutir sus planes en el Mary, su barco. Decía que le hacía sentirse inspirado, el mar era su casa.

Bajó la cuesta a grandes zancadas y entonces la vio. Caminaba seguida de ese perro gris que iba con ella a todas partes. Jugaban y ella reía. En un momento dado se volvió y se quedó mirando hacia el lugar donde Samuel se encontraba. Sintió una descarga eléctrica de tal magnitud que pudo ver su propio cuerpo estremecerse por la sacudida. No podía demorarse más, no si quería cumplir con la palabra que se había dado a sí mismo. Siguió su camino hacia el barco.

Regresé a casa por un caminito que conducía a la parte posterior y subí las escaleras hasta el primer piso. Al pasar frente a las ventanas del corredor le vi. Bernal estaba preparándose para salir en una patrulla. Había que asegurar la villa y algunos de los ciudadanos habían avisado de la presencia de salteadores que aprovechaban que las tropas del rey Enrique se habían retirado para hacerse con un buen botín. Los caminos eran inseguros y la guardia de la villa iba a barrer la zona. Bernal se puso al frente de una partida de soldados. Era el tipo de hombre que no se limita a dar órdenes, sino que no tiene reparos en meterse en el fango como uno más.

Ajustó las cinchas de su caballo sobre el empedrado que daba entrada a Villa Valeri mientras Constanza se acercaba y le abrazaba por detrás. Estoy segura de que sonrió a pesar de que desde mi ventana solo podía ver el ondulado pelo cubriendo el fuerte cuello. Bernal sonreía con todo el cuerpo. Con cada fibra. Se giró para envolver a Constanza en un abrazo interminable, pero levantó la vista hasta el corredor del primer piso. No sé por qué, pero mi impulso fue ocultarme como lo hubiera hecho una niña descubierta en una travesura. Pegué la espalda a la pared. Bernal sonrió de nuevo antes de bajar la cabeza para besar a Constanza. Él sabía que yo estaba ahí incluso aunque no pudiera verme. Parecía ser capaz de detectar mi presencia en cualquier lugar o circunstancia.

No quería que me pillaran cotilleando, pero sentía curiosidad. ¿Cómo sería ser una mujer como Constanza? Con su aspecto, su inteligencia, su gracia… Y con el poder para mantener a su lado a un macho alfa como Bernal. Siempre me habían llamado la atención ese tipo de parejas. Tan sobresalientes, por llamarlas de algún modo. Y tan distintas a mí. Yo era un claro ejemplo de término medio, ni guapa ni fea, ni lista ni tonta…, una media aritmética de libro. Pero ellos brillaban. En fin, que me hubiera dado el tema para un proyecto de fin de carrera. Beo esperaba con paciencia a que me decidiera entre seguir adosada a la piedra de la pared o moverme. Me rascó con energía.

—Vale, vale, ya me muevo.

Empezó a sacudir la cola con entusiasmo, como si le hubiera dado la mejor noticia de su vida. Así son los perros.

—La condesa Isabel me ha interrogado discretamente sobre ti.

Bernal había vuelto temprano y al descubrirme en la biblioteca se había sentado a acompañarme.

—¿Por qué? —pregunté cándidamente.

—Ponte en su lugar. No son buenos tiempos para aparecer de la nada. Los condes vigilan bien las entradas y salidas de la villa. Que tú hayas logrado burlar esa vigilancia levanta sospechas —dijo con serenidad.

—Pero me llevó al campamento real —objeté.

—Exactamente, deseaba ver tu reacción.

—¿Mi reacción? No te comprendo.

No se fiaba de mí, no podía criticarla por eso. Pero el hecho de que estuviera emparentada con un capitán de su ejército la hacía ser prudente.

—Quería ver algún signo que le revelara de qué bando estás —explicó—. Es una mujer muy astuta, de haber nacido varón hubiera sido un gran estratega. Su visión es más amplia que la del mentecato de su marido.

—Pero tú le sirves…

—Yo soy un soldado, Blanca, hago lo que se me ordena. Lo cual no quiere decir que lo comparta.

Tuve claro que yo no habría podido ser soldado. Cualquier intento de imponerme algo sin más desataba de inmediato mi vena rebelde.

—¿Y qué le has dicho a la condesa? —quise saber.

—Lo que acordamos. Que eras mi sobrina, que me habías traído noticias de mi hermano y todo eso.

—¿Y sobre el modo en que llegué?

—Ese punto me costó un poco más, no estaba preparado. Pero de pronto recordé lo que tú misma me contaste al conocerte, lo de que venías con unos corraxos.

—¿Qué son los corraxos? —le pregunté.

—Los peregrinos. Me pareció que era una buena idea. Los peregrinos van y vienen, así que no podría encontrarlos para interrogarlos después de tantos días. Además, los caminos no son muy seguros. Hay grupos de bandidos que merodean saqueando a los viajeros o violando a las damas, así que viajar con un grupo podría ofrecerte cierta protección. Le ha extrañado que no te acompañara algún sirviente y he tenido que inventarme que cayó precisamente a manos de unos malhechores a mitad del viaje.

Asentí, aunque no me quedé del todo tranquila, Bernal debió de notarlo porque añadió:

—De momento parece haber quedado satisfecha, pero ten cuidado y no des pasos en falso. Tu historia podría relacionarse con el oscurantismo y eso no es nada bueno. Aunque en Asturias creemos en las leyendas, ver a una encarnada y caminando tranquilamente por las calles no le gustaría a la Iglesia. —Hizo una pausa—. Y es muy poderosa.

Todo este tiempo no había sido realmente consciente. Existían peligros a mi alrededor en los que ni siquiera había pensado. Bernal me había cuidado y arropado desde mi llegada sin pedirme nada a cambio. Confortándome y protegiéndome. Noté el familiar cosquilleo en la nariz que precedía a las lágrimas, de modo que evité mirarle.

—Bernal, hay algo que me gustaría preguntarte.

Posó en mí aquellos hermosos ojos verdes, tan limpios.

—Adelante —respondió con calma.

—¿Por qué me estas ayudando? Apenas sabes nada de mí…

—Yo también podría preguntarte por qué aceptas la ayuda de un completo desconocido sin recelar.

Me encogí de hombros.

—Me fío de ti —contesté.

Cruzó los enormes brazos y levantó la vista de un modo que hubiera derretido un iceberg. Le miré con otros ojos por un fugaz instante, sintiendo la boca del estómago encogerse y la misma sensación trepando hasta mi garganta.

—¿No se te ha ocurrido pensar que quizás me siento atraído por ti?

Abrí la boca sorprendida, no había considerado esa posibilidad. Era remota, pero… factible, después de todo, yo era una mujer y él un hombre, y bastante apetecible para ser sincera. Yo cumpliría veinticuatro años en unos meses. Le calculaba a Bernal unos seis o siete más a lo sumo, un hombre en plenitud. Sin embargo, no creía que esa fuera su motivación. Había sido testigo de la química existente entre Constanza y él.

—Aunque me sentiría halagada sabiendo que un hombre como tú me tiene presente en sus pensamientos, no creo que esa sea la razón.

Sonrió bajando la cabeza. El tipo de sonrisa indescifrable que mantiene a salvo los corazones.

—Llegará el momento en que los dos tendremos que desvelar secretos. Hasta entonces, mi respuesta a tu pregunta es la misma que tú me has dado: me fío de ti. Por ahora es suficiente —añadió—. Y saca a ese perro tuyo a desfogar o no quedará una sola rosa en el patio. Nunca he visto a nadie cavar con ese ímpetu.

Reímos. Beo era generalmente un perro tranquilo y protector, pero bastante aficionado a enterrar tesoros, y el patio empezaba a parecer invadido por una cuadrilla de topos. Silbé y apareció de inmediato meneando su espesa cola. Salimos en dirección a la playa. Necesitaba correr. Como no teníamos pelota yo había improvisado una con trapos. Se la lancé varias veces, era incansable, podríamos haber estado así durante horas, pero una gaviota intentó adueñarse del juguete y Beo se lanzó frenético a perseguirla. Noté que alguien nos observaba a lo lejos. Empequeñecí los ojos para tratar de distinguir de quién se trataba. Solo alcancé a ver la impresionante silueta de Samuel Waters alejándose a toda prisa hacia el puerto.

Capítulo 11

PREPARANDO UNA INCURSIÓN

—Llegáis tarde, señor Waters.

El capitán Paye estaba enfrascado en revisar un montón de papeles y cartas de navegación.

—Lo siento, capitán. Me ha demorado un asunto pendiente.

Paye siguió revolviendo entre el montón de papeles y simplemente preguntó:

—¿Asunto solucionado?

—Desde luego, señor. —Esbozó una media sonrisa y adoptó una posición de reposo castrense con las manos a la espalda y las piernas ligeramente separadas.

Arripay siguió sin mirarle.

—¿Y, por casualidad, ese asunto tenía… faldas?

Sam carraspeó.

—Ejem… es posible, señor.

El corsario soltó una tremenda risotada y palmeó la espalda de su primer oficial con tanta fuerza que este se dobló hacia delante. Arripay era un portento físico.

—Así me gusta, muchacho —le dijo, aunque la diferencia de edad entre ambos no era mayor de unos cinco años—. Deja el pabellón bien alto. ¿Quién era ella? Te vi con la sobrina del capitán Villa durante la recepción. Muy frágil para mi gusto, pero así no tendremos que pelearnos por una mujer.

Waters carraspeó.

—Preferiría no desvelar la identidad de la dama, por caballerosidad. Pero no, no se trata de mademoiselle Villa.

—Está bien, pero ya sabes que las hazañas contadas saben el doble mejor —se rio de su propia ocurrencia. Le gustaba conocer los detalles de la vida de su tripulación. De acuerdo con el código pirata, el capitán era elegido democráticamente, cada hombre tenía un voto. En esas circunstancias conocer los entresijos de la vida de cada tripulante podía resultar más que beneficioso para quien pretendiera mantenerse en el puesto. Y Arripay no pensaba soltarlo. Se atusó la cuidada barba—. He estado pensando en un negocio que podría salirnos muy bien. Los castellanos mantienen una discreta vigilancia, pero no sería tan complicado alcanzar el puerto de Fisterra. Hasta mis oídos ha llegado que la iglesia de Santa María das Areas guarda un tesoro muy apetecible.

Los ojos le brillaron ante la perspectiva de apoderarse de él.

—Es peligroso, señor. Si nos interceptan nos veríamos en problemas.

—¿Y cuándo no hemos estado metidos en problemas? ¡Somos piratas!

—Esta vez sería distinto, defendemos la postura de un traidor al rey de Castilla. Puede que nuestro propio monarca no quiera mediar si somos detenidos. No creo que merezca la pena correr el riesgo.

—Estamos hablando de un crucifijo muy valioso. Sería un gran golpe, el crucifijo es venerado en todo el país. Y su valor es cuantioso. Podríamos venderlo por una fortuna. O fundirlo.

—Razón de más para ser prudentes, capitán. Levantaría las iras del poder eclesiástico también. Presionarían al rey. Esperemos a que el conflicto del conde Enríquez se resuelva y luego decidiremos lo que hacer.

—¡Pero lo tengo todo pensado! —Desplegó un gran mapa sobre la mesa y señaló con el dedo la serpenteante silueta de una vía fluvial—. ¡Mira! El río Ulla es navegable. Podemos usar uno de los barcos pequeños en lugar del Mary. Nos adentraríamos a través del canal y seguiríamos por tierra. De ese modo les pillaríamos completamente desprevenidos.

Samuel le miró y señaló otro punto en el mapa.

—Os olvidáis de esto…

Arripay dirigió su mirada hacia el punto que su primer oficial había marcado. La antigua fortaleza de Castellum Honesti en Catoira. Construida, originalmente, para cerrar el paso a las incursiones vikingas y sarracenas hacia Santiago de Compostela contaba con un par de torres que formaban parte de una red con la que comunicar amenazas a otras poblaciones. No sería complicado que hicieran llegar la noticia de la presencia de piratas hasta la Torre de San Sadurniño y de ahí a las inmediaciones del cabo de Fisterra. Demasiado expuesto, demasiados escollos.

El capitán Paye se paró a pensarlo, su instinto pirata le impelía a salir al mar. Además, parte de su acuerdo con el conde incluía que el puerto les sirviera de base para incursiones en la costa, pero el ataque a Fisterra levantaría más ampollas que los simples saqueos a poblaciones costeras. El riesgo le atraía, estimulaba su sangre. Por eso había nombrado a Waters primer oficial, necesitaba a alguien de confianza y con una perspectiva más práctica y menos pasional que la suya para refrenar sus instintos. Empezaba a sentirse como un tigre enjaulado, pero sabía que su oficial tenía razón. Hay que conocer hasta dónde se puede llegar si uno quiere conservarse con vida y para la media de la profesión Arripay era muy longevo. Por fin, movió su pesada cabeza y suspiró.

—Está bien, señor Waters, me parece conveniente. Esperemos. No creo que esto dure mucho —dijo respirando profundamente-—. Y ahora comamos, esta inactividad me está dando un hambre de mil demonios.

Le invitó a sentarse y a compartir una botella de brandy francés. A pesar de su aspecto rudo, Harry Paye era un sibarita y gustaba de incluir en su mesa exquisiteces culinarias. Comieron despacio, deleitándose en los sabores y las texturas. El cocinero del barco era un francés hosco y protestón, pero con muy buena mano para las artes culinarias. Paye lo había alistado por la fuerza en una de sus campañas por las costas bretonas. El otro, sin familia y sin fortuna, había acabado por sentirse cómodo en el Mary. En ocasiones, el capitán le amenazaba con devolverle al mismo estercolero francés en el que le había encontrado y era entonces cuando Alain desplegaba toda su magia entre los fogones para convertir cualquier cosa en un manjar. Hoy debía de sentirse especialmente inspirado porque pese a que hacía rato que se sentía saciado Samuel no podía dejar de comer.

—Prueba el dulce de membrillo con queso —le animó Arripay—. Este queso asturiano huele a pies, pero su sabor te hace llegar al cielo más rápido que la teta de una novicia.

Era cremoso y verde y con tanta fuerza que picaba, pero adictivo. Cuando terminaron, el capitán se tumbó en la cama de su camarote. Aquel pantagruélico festín iba a necesitar horas de digestión. Sam salió y le dejó echarse una siesta, una costumbre española que habían abrazado con entusiasmo. Él mismo se hubiera echado a dormir puesto que la combinación de vino y comida le estaban produciendo sopor, sin embargo, prefirió dar un paseo. La tarde era fresca y le despejaría la cabeza.

Desde luego no cabía duda de que la villa era pequeña, Gixón crecería mucho en los siglos venideros, pero ahora mismo era bastante complicado no toparse con alguien conocido a cada paso. Yo había insistido en salir sola a pesar de las recomendaciones de Bernal y Constanza que, tras las preguntas de la condesa, no veían con buenos ojos que abandonara la protección de los muros de la casa. Sin embargo, me ahogaba entre ellos. Había tenido que ocuparme de mí misma desde hacía mucho tiempo, pero ahora no tenía ninguna preocupación doméstica o cotidiana. Mi ropa estaba limpia, mi habitación aseada y siempre había alguien cuidando de que hubiera algo delicioso sobre los fogones. Además, la tregua ya era una realidad a pesar de que el objetivo del conde de Noronha seguía intacto y había partido hacia Bretaña con el fin de reclutar más mercenarios. La plaza bullía, el trasiego de gente era constante y los comerciantes intentaban atraer a gritos a la posible clientela. Todos parecían haberse contagiado de la nueva situación y respiraban aliviados.

Pasé por delante del pomposo establecimiento de monsieur Dumont, por lo que parecía acababa de recibir el tan esperado cargamento de lana inglesa y daba instrucciones a sus ayudantes. De la panadería salía un olor delicioso. Me di cuenta de que había salido con tanta prisa que apenas había comido. Al ser un puerto de mar, la pesca era fresca y los puestos exhibían las capturas del día de un color brillante. Todavía quedaban algunos tenderetes con mercancía. Divisé la casa del Gremio de Mareantes. Muy cerca estaba el establecimiento que buscaba. Constanza había comentado la existencia de la tiendecita de un librero. Tenía ejemplares raros y si gozabas de su confianza hasta podía mostrarte textos prohibidos, la Iglesia actuaba con mano férrea a la hora de controlar el conocimiento que llegaba al pueblo. Un pueblo instruido cuestionaba, preguntaba y era menos crédulo, y eso mermaba su poder. En ese entorno el librero debía extremar precauciones. Mi intención era empezar a buscar información que me permitiera resolver el entuerto en el que estaba metida. Quizás el librero hubiera oído algo sobre saltadores. En algún lugar debían existir registros, datos, algo a lo que aferrarme. Mi abuela me había contado que hubo otras antes que ella, remontándose hasta tiempos inmemoriales de nuestro árbol genealógico. Me preguntaba cuántos saltadores habría y cuál sería la característica que compartían. No me consideraba especial en ningún aspecto, así que era difícil saber qué era lo que marcaba la diferencia con el resto de los mortales. Le estaba dando vueltas a cómo podía plantear mi petición al librero sin levantar sospechas ni comprometerle cuando me crucé con él.

—Mademoiselle Villa, qué placer volver a veros —me dijo mientras me tocaba el codo con suavidad. Me estremecí al sentir su contacto, pero me aparté con rapidez.

Había recuperado las pomposas maneras medievales con las que adornaba su condición de pirata y caballero y con ello se había esfumado la cercanía del tuteo.

—No puedo decir lo mismo, señor Waters.

En su rostro se dibujó una deliciosa sonrisa canalla que me encantó, muy a mi pesar.

—¿Me guardáis rencor por nuestro último encuentro?

—No os creáis tan importante. El mundo no gira a vuestro alrededor.

A mí misma me resultaba sorprendente escucharme. Se me habían pegado los modismos de la época en tan solo unos días. Lo cierto es que me esforzaba por desentonar lo menos posible, eso me mantenía a salvo de preguntas indiscretas y dado que no teníamos las respuestas (ni queríamos darlas) me convenía mucho.

Río y me di cuenta de que era el sonido más bonito que había escuchado en mucho tiempo. Procuré componer un gesto de indiferencia mientras seguía rebuscando entre los libros. Encontré una pequeña copia de El libro del buen amor. En el colegio me había parecido un tostón de cuidado, pero en aquel momento me resultó casi premonitorio, el tiempo cambia la perspectiva de las cosas. La abrí con cuidado temiendo dañarla, aunque no conseguía concentrarme teniendo a Samuel tan cerca. Estaba pegado como una lapa. Aquel hombre no conocía el respeto hacia el espacio personal.

—Una elección interesante —dijo arreglándoselas para mirar por encima de mi hombro, lo que no le resultó difícil, ya que calculé que medía cerca de metro noventa.

Le ignoré por completo, o al menos lo intenté, y seguí examinando el libro, no tenía pinta de marcharse. Medio escondido entre libritos religiosos, cantares de batallas y cuentos de juglares, descubrí una especie de cuadernillo, apenas unas cuantas hojas cosidas con mimo y con una caligrafía florida pero legible. Estaba en latín. Yo no había traducido un texto desde el instituto, sin embargo, a medida que intentaba descifrarlo, empezó a resultarme familiar.

Me había olvidado, por un momento, de la presencia de Samuel. Estaba completamente absorbida por mi tarea. Pasaba el dedo por las líneas como si estuvieran escritas en braille y fueran a hablarme. La voz profunda y armoniosa de Sam resonó a mi espalda, tan cerca de mi pelo que lo movía como si fuera una cálida brisa de primavera.

—En cuanto oí mi primera historia de amor empecé a buscarte, sin darme cuenta de que la búsqueda era inútil. Los amantes no se encuentran por el camino, están ya en el alma de cada uno desde el principio.

Me volví todavía con el cuadernillo entre las manos, casi sin aliento, aunque el suficiente para preguntarle.

—¿Qué quieres de mí?

Pareció sorprendido.

—Solo pretendía ayudaros con la traducción.

—¿En serio? —Estaba realmente enfadada—. Lo encuentras divertido, ¿verdad?

De repente había perdido todo mi acento medieval y volvía a ser la Blanca de siempre.

Cruzó los brazos y se apoyó en una estantería. Temí que se derrumbara porque su aspecto era bastante frágil y Samuel corpulento.

—¿A qué os referís?

—A jugar conmigo —le espeté clavando mi dedo índice en su hombro. Le hubiera abofeteado allí mismo, pero el librero ya nos miraba con recelo.

Dejé el cuadernillo sobre una mesa y salí con decisión. Me siguió. Yo avanzaba a zancadas, pero sus piernas eran más largas y no le costó alcanzarme. Me cogió por el brazo.

—¿Tan mal concepto tenéis de mí?

—El que tú has ayudado a forjarme —dije entre dientes—. Y ahora suéltame.

Emitió un pequeño ruido a medio camino entre el gruñido y una sonrisa triste.

—Sí, supongo que doy esa imagen.

Me soltó, pero se quedó mirándome. Yo no comprendía nada. La atracción entre nosotros era real y tan palpable que habríamos podido encender una hoguera solo con la chispa de nuestras miradas al cruzarse, por no hablar de lo que ocurría cuando nos tocábamos. Eso sí que era una sacudida en toda regla. Ninguno de los dos se había movido ni un centímetro, parecía que estuviéramos pegados al suelo.

—Solo quise ser sincero con vos, Blanca. Por si no lo habíais notado, soy un pirata.

—No pensaba que tuvierais tantos escrúpulos… —comenté con ironía.

—Hasta el más odioso de los hombres tiene principios.

—¿Ahora vas a darme una clase magistral de filosofía? —Puse los ojos en blanco.

—No lo entiendes, ¿no es así? Intento protegerte —dirigió la mirada a sus pies y jugueteó con un guijarro.

Él también cambió su tratamiento y pasó a tutearme reforzando la idea de que se había establecido, de nuevo, una tangible intimidad entre ambos.

—¿De qué? —Le levanté la barbilla obligándome a mirarme.

—De mí.

Tiró de mí y me condujo hacia un callejón estrecho y oscuro, más discreto. Me colocó con la espalda apoyada en la pared midiendo con cuidado la presión del abrazo que mantenía su cuerpo pegado al mío. Aquello era más de lo que yo podía soportar. Me puse de puntillas para poder alcanzar sus labios y le besé. Un beso tierno, apenas un ligero roce sobre sus labios, como el aleteo de una mariposa.

—No necesitas protegerme de nada. Soy una mujer adulta.

Cogió mi mano y besó la palma.

—No soy bueno para ti —insistió—. Vivo en el mar. Hoy estoy aquí, pero mañana puedo partir. Esto podría hacerte daño, Blanca, y no me lo perdonaría.

—No me asusta.

Era mentira, estaba muerta de miedo, pero no quería que eso me impidiera sentir lo que en ese momento estaba sintiendo.

Su respiración se volvió irregular, sus pupilas brillaban. Pasó delicadamente un dedo por mis labios y acercó su rostro al mío.

—Pues debería —dijo casi en un susurro. Levantó mi mentón y se demoró haciéndome desear un beso que no llegó.

Me sentí frustrada y me pregunté si había hecho un esfuerzo por controlarse o pretendía volverme loca. Me hervía la sangre. Quizás tuviera razón, después de todo, y yo no estuviera preparada para jugar a este juego. Samuel Waters era el agua que deseaba que bañara todo mi cuerpo despertando cada centímetro. Y eran aguas turbulentas, ya me lo había advertido.

—Y ahora te acompañaré a casa. ¿No es eso lo que hacen los caballeros decentes?

Pues vaya momento más genial que había elegido para reformarse y dejar de ser un desvergonzado. Justamente cuando me encontraba a mí y me ponía a mil.

Aquella noche no pude conciliar el sueño. Ni el familiar ronquido de Beo conseguía calmarme. Las primeras luces del día me encontraron con los ojos como platos y la cabeza como un bombo. La noche es mala consejera y para más inri me había dado por ponerme a hacer un repaso a mi historial amoroso.

El último era un buen tipo. No, no…, ese fue el penúltimo, sobre el último mejor correr un tupido velo. Marcos, el penúltimo, era un buen tipo, pero no se encontraba en el momento adecuado. Acababa de divorciarse y seguía un poco colgado de su ex, así que me tocó ejercer más de terapeuta que de pareja. Tenía remordimientos por pensar en dejarle, pero ¡Dios!, si no lo hacía acabaría con mi salud mental. Y, por otro lado, necesitaba desesperadamente un buen polvo. Yo era tan buena escuchando, tan comprensiva, tan idiota, en definitiva, que él acababa llorando sobre mi hombro cada vez que nos veíamos y dejándome con las ganas porque Marcos estaba cañón. Y yo, con mi mala suerte habitual, no iba a poder beneficiarme de ello. La nuestra fue una ruptura un poco complicada porque él empezaba a tener un pelín de dependencia emocional.

Fue, precisamente, esa premura física la que hizo que acabara en los brazos de David, el último. David era el negativo de Samuel, de pelo oscuro, muy moreno de piel y con unos ojos negros como pozos en los que hundirse. Y vaya si me hundí. Era un portento en la cama. Ya se sabe que el conocimiento se perfecciona con la práctica y él había practicado… mucho. El problema era que seguía practicando y no siempre conmigo. Supongo que el universo pensó que sería muy egoísta por mi parte tener la exclusiva, lo que ocurre es que a mí se me da un poquito mal compartir. Tengo que reconocer que estaba coladita por él, a pesar de todo, y que fue él quien puso fin a la relación cuando dejó de contestar a mis llamadas. ¿Habría tenido algo que ver en esto el maldito karma? ¿Estaría haciéndome pagar por mi plantón a Marcos? Ni idea, pero el destino había decidido premiarme poniendo en mi camino a Samuel Roland Waters… De lo que no estaba segura es de si se trataría de un premio envenenado.

Samuel era un típico caso de una de cal y otra de arena. Especialista en calentamiento global y en retiradas a tiempo. Me estaba volviendo loca. Justo cuando parecía que yo le atraía plegaba velas y me salía con esa monserga sobre «voy a hacerte daño». ¿Se estaba curando en salud? Es decir, si yo seguía algún tiempo más en este siglo iba a ser inevitable que algo terminara ocurriendo entre nosotros. Llegué a la conclusión de que su «quiero protegerte» era un eufemismo de «no quiero comprometerme, pero voy a hacerte desearme tanto que eso te va a importar un bledo». Si le hubiera tenido delante le habría estrangulado… lentamente. Probé a practicar con la almohada.

—Maldito cabrón inglés engreído —farfullé mientras saltaba de la cama. Beo se estiró con calma. Primero las patas delanteras, luego las traseras y un gran bostezo para terminar con su ritual.

Bajamos a desayunar y entre los dos arrasamos con todo lo que nos sirvieron. Bernal nos miraba devorar estupefacto.

—Blanca, no creo que se acabe la comida. Puedes dejar de engullir como un oso preparándose para hibernar.

Aunque en el siglo XIV no lo sabían, el estómago cuenta con tantas terminaciones nerviosas que dicen que es un segundo cerebro. Era incapaz de controlar la actividad del primero, así que esperaba calmar al segundo atiborrándolo de comida. Cuando tragué la última uva me sentía como un pavo relleno. Me recosté en la silla con las manos cruzadas sobre la prominente barriga. Tengo que reconocer que me estaba acostumbrando con rapidez a ciertas ventajas que la época ofrecía, como que importara un pepinillo tener las piernas llenas de pelo o que las curvas fueran no solo bien recibidas, sino aplaudidas con entusiasmo. De hecho, empezaba a sentirme un tanto voluptuosa y me gustaba. Mientras tanto, Bernal había esperado pacientemente a que terminara y enarcando una de sus cejas me preguntó:

—¿Te apetece algo más? Puedo salir a cazar un jabalí si es preciso —dijo con tono jocoso.

—Hombres… —murmuré mientras me ponía en pie con cierto esfuerzo y salía disparada hacia mi cuarto. Sí, pensaba hibernar… al menos hasta la hora de la cena, que no tenía intención de perderme por nada del mundo.

La cama estaba escrupulosamente hecha. La doncella que se ocupaba de mi cuarto y de mi ropa era meticulosa. A veces me quedaba mirándola fascinada. La precisión con que las sábanas estaban estiradas de modo que introducirse entre ellas era un placer, las almohadas ahuecadas en las que hundirse y el aroma a hierbas que siempre las envolvían.

Me hacía pensar que hay gente capaz de encontrar en su interior el estímulo necesario para disfrutar hasta del trabajo más monótono. Y eso era desconocido para mí. Creo que se enorgullecía porque le gustaba mirar el cuarto arreglado desde la puerta antes de irse.

Cuando entré me recibió un olor a hojas de limonero. Aspiré con deleite, me encantaba ese olor y ella lo sabía. Destapé la cama y me metí dentro. Mi mal humor me estaba fastidiando el momento. Me tapé la cabeza con la almohada. Beo eructó sonoramente, parecía evidente que los machos de muchas especies comparten ciertos hábitos…

—¡Beo, eres un cerdo!

Me miró como lo hubiera hecho un hombre, como reprochándome que no entendiera algo tan natural. Volví a taparme con la almohada y a repetir mi mantra de ese mañana.

—¡Hombres!

De pronto oí abrirse la puerta de par en par. ¿Es que no podían dejarme en paz un rato?

—¡Arriba! —la enérgica voz provenía de los pies de la cama.

Aparté la almohada lo justo para dejar un ojo al descubierto y encontrarme con la mirada reprobatoria de Constanza.

—Por favor, por favor, necesito dormir —rogué.

Tiró de la manta hasta destaparme por completo.

—Arriba —esta vez la voz estaba más calmada, pero el tono imperativo me animó a sentarme en la cama.

—¿Qué quieres? —pregunté secamente. Estaba siendo grosera con ella y en el fondo eso me disgustaba, pero quería que se marchara y no lo conseguiría portándome con corrección.

Cruzó los brazos delante de su generoso pecho. Tenía el ceño fruncido. La oí farfullar algo en italiano que no entendí, respiró hondo para contenerse.

—¿Crees que soy tonta?

La miré de reojo. No pensaba contestar ni deponer mi actitud hasta que se largara, claro que ella tampoco pensaba cejar en su empeño.

—Ayer te vi llegar acompañada por el signore Waters. También vi cómo te daba un beso en la mejilla y cómo entrabas en casa con cara de pocos amigos.

Bostecé con intención de irritarla y mientras me desperezaba le pregunté:

—¿Ahora me espías?

Volvió a tomar una bocanada de aire, estaba acabando con su paciencia.

—Escúchame bien, mocosa consentida. Te he acogido en mi casa, te he tratado como lo haría con una hermana, he confiado en el criterio de Bernal y no te he cuestionado en ningún momento, pero esto… —Descruzó los brazos y me señaló con rigidez—. Esto no lo voy a consentir.

—¿El qué? Si es que puedo preguntarlo.

Rodeó la cama hasta colocar su cara frente a la mía. Me aparté instintivamente. Me había puesto tan impertinente que temí que me soltara un guantazo.

—Verte así por un hombre.

La miré sorprendida y solo alcancé a balbucear.

—Yo…

—Sí, tú…, tú. ¿Tan poco te valoras? ¿Crees que no he conocido a hombres como Waters antes? ¡Ja! —Apoyó las manos en las caderas—. ¡Son como las setas! ¡Hay miles! Y algunas variedades realmente venenosas, he de admitir.

—No lo entiendes.

—Lo entiendo perfectamente, bambina. —Se sentó al borde de la cama—. Casi todas las mujeres nos hemos ahogado alguna vez en un Waters.

Me miró con ternura antes de continuar, a mí empezaban a escocerme los ojos y no quería echarme a llorar delante de ella.

—Haz lo que tu corazón te pida, pero ten presente lo que mereces y no te conformes con menos. Si quieres vivir una aventura con él, ¡adelante, disfrútala!… Es escandalosa y obscenamente apuesto —dijo riéndose—. Pero no consientas que te cause ni un momento de amargura.

Sonreí, me sentía avergonzada por mi comportamiento. La cariñosa reprimenda de Constanza era lo que necesitaba para abandonar ese estado de flagelante ensoñación en que me empeñaba en regodearme y volver al mundo real. Sonreí para mí. Siempre y cuando este mundo fuera real.

—Y ahora vamos a buscar algo que hacer. ¿Qué tal si hacemos una expedición a la cocina y preparamos algo sabroso?

—A Flora no le gustará y odio cocinar.

—Lo sé —dijo levantándose y arreglándose el vestido—. Por eso justamente vas a concentrar esa energía en el trabajo. Presto!

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Возрастное ограничение:
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Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
Объем:
581 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788413750095
Правообладатель:
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