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LA PUERTA DE VALLUMBRA
Jules Honing
Español B2-C1
Lectura adaptada con vocabulario, gramática y ejercicios
Capítulo 1. La noche de las once campanas
Vocabulario clave
el umbral — порог
una campanada — удар колокола
el campanario — колокольня
una vidriera — витраж
un desván — чердак
polvoriento/a — пыльный
una herencia — наследство
desvencijado/a — расшатанный, ветхий
tantear — ощупывать, нащупывать
un presentimiento — предчувствие
la niebla — туман
crujir — скрипеть, хрустеть
una linterna — фонарик
el musgo — мох
atravesar — пересекать, проходить сквозь
La noche de las once campanas
El treinta y uno de octubre amaneció con niebla en Vega del Olmo, y la niebla no se marchó en todo el día. A las cuatro de la tarde, cuando Alba Serrano salió del instituto, el pueblo entero parecía dibujado a lápiz: los tejados grises, los chopos sin color, la torre de la iglesia flotando sobre una masa blanca que no dejaba ver los cimientos. Los niños ya habían empezado a recorrer las calles disfrazados, con calabazas de plástico y sábanas que se les enredaban en los pies, y sus voces llegaban desde muy lejos, deformadas, como si vinieran de debajo del agua.
Alba tenía diecisiete años y una costumbre que a su padre le parecía rarísima: dibujaba mapas. No mapas de países ni de continentes, sino mapas de sitios pequeños y concretos. El patio del instituto con la grieta exacta donde crecía la hierba. El camino del río marcando dónde se hundía el pie en marzo. La casa de su abuela, habitación por habitación, con las medidas anotadas al margen en una letra minúscula. Tenía tres cuadernos llenos y había empezado el cuarto en septiembre. Cuando alguien le preguntaba para qué servía todo aquello, ella se encogía de hombros y contestaba que para nada, que era una manía, y luego seguía dibujando.
Aquella tarde, sin embargo, no pensaba dibujar. Su padre la esperaba delante de la casa de la abuela Elena con las llaves en la mano y una expresión que Alba conocía de memoria: la de quien lleva meses aplazando algo y ha decidido que ya no puede aplazarlo más.
—Dos horas —dijo Damián—. Miramos qué hay, hacemos tres cajas y nos vamos.
—Papá, esa casa tiene ciento veinte años.
—Por eso he dicho dos horas y no dos días. Si empiezo a mirarlo todo con calma, no salgo de aquí hasta Navidad.
Elena Serrano había muerto en abril, un martes por la mañana, sentada en su butaca y con las gafas puestas. Desde entonces la casa había permanecido cerrada, con las contraventanas echadas y el correo acumulándose en el suelo del recibidor. Alba había pedido varias veces entrar. Su padre siempre encontraba una razón para no ir: el trabajo, la lluvia, la burocracia del notario. Ella había entendido hacía tiempo que aquellas razones eran una sola razón disfrazada de muchas.
Dentro, el aire estaba parado y olía a papel, a madera vieja y, muy débilmente, a las pastillas de menta que la abuela guardaba en un cuenco junto al teléfono. Alba se quedó quieta en el pasillo. Todo seguía exactamente donde debía estar, y esa fue la parte difícil: no el desorden, sino el orden. El chal doblado sobre el respaldo. El vaso boca abajo en el escurridor. Un calendario de dos años atrás con un círculo rojo alrededor de una fecha que ya no significaba nada para nadie.
—Empieza tú por arriba —dijo su padre desde la cocina, con la voz un poco tensa—. Yo miro los papeles.
El desván se abría por una escalera estrecha que crujía en el cuarto escalón. Alba subió tanteando la pared, encontró el interruptor y una bombilla desnuda se encendió con un zumbido. Había cajas, muchas cajas, y un baúl, y una máquina de coser cubierta por una funda, y todo estaba polvoriento de esa manera espesa y suave que solo consigue el tiempo. En la pared del fondo, una ventana pequeña dejaba entrar un rectángulo de niebla.
Trabajó casi una hora sin pensar en nada, que era exactamente lo que necesitaba. Ropa que olía a naftalina. Vajilla envuelta en periódicos de los años ochenta, con titulares sobre una huelga que ya no le importaba a nadie. Un juego de mesa al que le faltaban las fichas. Una caja entera de fotografías donde aparecían personas que Alba no había conocido nunca, sonriendo delante de coches, de puertas, de mesas puestas, todas ellas convencidas de que aquel día sería recordado por alguien.
Había también una lata de galletas llena de botones. Alba la abrió, la volvió a cerrar y se quedó un momento con ella en las manos, pensando que su abuela había guardado botones durante sesenta años para no coserlos nunca. Era la clase de detalle que no cabía en ningún inventario y que, sin embargo, decía más que todo lo demás.
Iba a bajar a por agua cuando movió una caja y detrás apareció una maleta de cartón, pequeña, atada con una cuerda, con las esquinas reforzadas de metal y una etiqueta despegada donde todavía se leía un nombre escrito a mano: E. Serrano.
La cuerda cedió sin esfuerzo. Dentro no había ropa. Había cuadernos.
Alba se sentó en el suelo con la espalda contra el baúl y abrió el primero. Eran mapas. Mapas dibujados a mano, a lápiz y a tinta, con las medidas anotadas al margen en una letra minúscula que se parecía tanto a la suya que sintió un frío repentino en los brazos. El puente viejo. El cementerio. La era detrás de la panadería. Pasó las páginas cada vez más deprisa, reconociendo sitios, reconociendo el método, reconociendo una manía que había creído completamente propia y que resultaba ser una herencia.
En el tercer cuaderno, los mapas cambiaban.
Ya no eran del pueblo. Eran de un valle que Alba no había visto nunca, con un río que se bifurcaba dos veces, un bosque enorme señalado como Bosque de los Cuervos y, en el centro, un edificio dibujado con un cuidado casi obsesivo: cuatro torres, un claustro, un campanario alto y estrecho. Debajo, con letras mayúsculas, una sola palabra.
VALLUMBRA.
Y en la última página del cuaderno, no había ningún mapa. Había cuatro líneas escritas con prisa, con la tinta emborronada al final, como si la mano hubiera temblado.
La puerta está en la capilla vieja. Se abre la noche del treinta y uno, cuando suena la campanada que no existe. Yo salí. No todos salen. Si alguna vez encuentras esto, no vayas sola.
Alba leyó las cuatro líneas tres veces. Después miró la ventana del desván, donde la niebla se había vuelto de un gris más oscuro, y se dio cuenta de que había anochecido.
Bajó con la maleta en brazos. Su padre estaba en el salón, de pie, con una caja de facturas apoyada en la cadera y cara de agotamiento.
—Papá, ¿la abuela hablaba alguna vez de una capilla vieja?
—La ermita del alto, supongo. Se cayó el tejado cuando yo era pequeño.
—¿Y de un sitio llamado Vallumbra?
Damián se quedó quieto. Fue un instante muy breve, pero Alba lo vio: los dedos apretando el cartón, la mirada desviándose hacia la ventana.
—No —dijo—. ¿De dónde sacas eso?
—De un cuaderno suyo.
—Tu abuela escribía muchas cosas. Escribía historias. Llevaba media vida diciendo que había estado en sitios donde no había estado nunca.
—¿Y tú te lo creíste alguna vez?
—Alba.
—Solo pregunto.
Su padre dejó la caja en el suelo con más cuidado del necesario.
—Me lo creí hasta los once años —dijo por fin—. Luego crecí. Coge lo que quieras de ahí arriba, pero mañana cerramos esta casa.
Volvieron andando con tres cajas y las dejaron en el recibidor de casa sin abrirlas.
Cenaron en silencio. A las diez, Damián se quedó dormido en el sofá con la televisión encendida, como todas las noches desde abril. Alba subió a su cuarto, extendió el tercer cuaderno sobre la cama y se quedó mirando el dibujo del valle hasta que las líneas empezaron a moverse solas de puro cansancio.
Se dijo a sí misma que no iba a ir. Se lo dijo mientras se ponía las botas, mientras cogía la linterna del cajón de la cocina y mientras cerraba la puerta sujetando el picaporte para que no sonara.
La ermita estaba a veinte minutos por el camino del alto. La niebla lo había borrado todo excepto los tres metros de tierra que iluminaba la linterna. Alba subía deprisa, con el corazón golpeándole el pecho de una manera que no tenía que ver solo con la cuesta, y a los lados el bosque hacía esos ruidos que hace un bosque en octubre: hojas moviéndose, ramas ajustándose, algo pequeño escapando entre el musgo.
Mientras subía intentó construir un argumento razonable, porque siempre le había funcionado. Su abuela había sido una mujer imaginativa que a los ochenta años seguía inventando historias para entretener a los nietos de las vecinas. Los cuadernos eran un juego largo, minucioso, de alguien que se aburría en un pueblo pequeño. La palabra Vallumbra no significaba nada. Lo lógico era llegar a la ermita, encontrar cuatro piedras mojadas y volver a casa con una anécdota que contar en clase el lunes.
El problema del argumento razonable era la letra. Alba había pasado tres cuadernos midiendo distancias con una regla de plástico, anotando las cifras en el margen derecho y subrayándolas dos veces, y nadie le había enseñado a hacerlo. Lo había inventado ella sola a los trece años. Que otra persona, muerta desde abril, hubiera inventado exactamente lo mismo cuarenta años antes no era imaginación. Era otra cosa, y esa otra cosa la empujaba cuesta arriba mucho más que la curiosidad.
La ermita apareció de golpe, sin aviso, cuando el camino dobló a la izquierda. Estaba peor de lo que su padre había dicho. No tenía tejado, ni puertas, ni la mitad del muro norte. Dentro había zarzas, escombros y una vidriera rota de la que quedaban tres cristales sujetos por el plomo: uno azul, uno amarillo y uno de un rojo muy oscuro. Y al fondo, en la pared, un arco de piedra tapiado con ladrillos modernos, feos, evidentemente añadidos mucho después.
Alba se acercó al arco y apoyó la palma de la mano. La piedra estaba fría. Los ladrillos, no.
Entonces, abajo en el pueblo, el reloj de la iglesia empezó a dar las doce.
Contó sin querer. Una. Dos. Tres. El sonido llegaba amortiguado por la niebla, con un retraso extraño entre golpe y golpe. Ocho. Nueve. Diez. La niebla dentro de la ermita se movió, aunque no había viento. Once.
Y luego sonó la doceava, y después de la doceava, cuando ya no debía sonar nada, sonó otra.
No vino del pueblo. Vino de detrás de la pared, muy cerca y muy lejos al mismo tiempo, con un tono más grave y más limpio, un sonido que Alba sintió en los dientes y en los huesos de la cara antes que en los oídos. Los ladrillos del arco no se rompieron ni cayeron. Simplemente dejaron de estar allí, como si nunca hubieran sido más que una idea que alguien acababa de retirar, y en su lugar quedó el umbral abierto y, detrás, un aire que no era el de aquella noche.
Olía a hojas secas y a lluvia caliente. Del otro lado no había niebla. Había luz, una luz baja y dorada de última hora de la tarde, imposible a las doce de la noche, y un camino de tierra que bajaba entre árboles enormes de color cobre.
Alba miró hacia atrás. El camino seguía allí, con su niebla y sus zarzas, y al final del camino estaba el pueblo, y en el pueblo estaba su padre dormido delante de una televisión encendida, y el lunes había examen de química. Todo eso continuaba existiendo con una solidez insultante. Bastaba con dar media vuelta.
Después miró de nuevo el arco. Una hoja de color cobre entró volando desde el otro lado, cruzó el umbral, y al pasar a este lado no cayó al suelo: se deshizo en el aire, sin ruido, como si aquel material no estuviera permitido allí.
Alba se quedó delante del arco durante cuatro segundos, que fue exactamente el tiempo que tardó en recordar la última línea del cuaderno de su abuela.
No vayas sola.
—Ya —dijo en voz alta, a nadie—. Bueno.
Y atravesó el umbral.
Detrás de ella, sin ningún ruido, la pared volvió a llenarse de ladrillos.
Ejercicios de vocabulario
1. Completa las frases
1. Alba subió al ______ de la casa de su abuela y encontró una maleta vieja.
2. La escalera era muy vieja y los escalones empezaban a ______ bajo sus pies.
3. Todo estaba cubierto de polvo: era un lugar oscuro y ______.
4. Cogió una ______ de la cocina porque el camino no tenía luz.
5. En la ventana de la ermita quedaban tres cristales de una ______ rota.
6. Después de la última campanada, Alba ______ el arco de piedra.
7. Los cuadernos de su abuela eran una ______ que nadie esperaba.
8. Alba tuvo un mal ______ cuando su padre desvió la mirada.
2. Relaciona
1. el umbral 2. la niebla 3. el musgo 4. una campanada 5. tantear 6. desvencijado
a. мох b. ветхий c. порог d. ощупывать e. туман f. удар колокола
3. Elige la opción correcta
1. Si un objeto está polvoriento: a) está mojado b) está cubierto de polvo c) está roto
2. Un campanario es: a) una torre con campanas b) un tipo de puerta c) un instrumento musical
3. Atravesar un umbral significa: a) cerrarlo b) pasar por él c) pintarlo
4. Si algo cruje: a) hace un ruido seco b) huele mal c) brilla
5. Un presentimiento es: a) un recuerdo antiguo b) la sensación de que algo va a pasar c) una promesa
4. Responde según el capítulo
1. ¿Qué costumbre tiene Alba desde hace años?
2. ¿Por qué su padre no quería entrar en la casa?
3. ¿Qué encontró Alba dentro de la maleta de cartón?
4. ¿Qué advertencia escribió su abuela en la última página?
5. ¿Qué ocurrió después de la duodécima campanada?
5. Verdadero, falso o no se menciona
1. Elena Serrano murió en primavera.
2. Damián reconoce inmediatamente el nombre de Vallumbra.
3. Alba fue a la ermita acompañada de un amigo.
4. La ermita conserva el tejado en buen estado.
5. Del otro lado del arco era de día.
Gramática
Contraste entre el pretérito indefinido y el pretérito imperfecto
Este capítulo está narrado en pasado, y en él aparecen constantemente dos tiempos verbales que en ruso se traducen a menudo igual, pero que en español cumplen funciones distintas.
Pretérito indefinido (llegó, dijo, subió, abrió)
Presenta la acción como un hecho terminado que hace avanzar la historia. Responde a la pregunta «¿qué pasó después?».
Alba abrió el cuaderno, leyó las cuatro líneas y bajó con la maleta.
Marcadores frecuentes: ayer, aquella noche, el treinta y uno de octubre, de repente, entonces, en 1969.
Pretérito imperfecto (era, tenía, había, llovía)
Presenta la acción como un marco, sin límites claros. Describe circunstancias, lugares, personas, estados físicos y mentales, y acciones habituales del pasado. Responde a «¿cómo era?» y «¿qué estaba pasando alrededor?».
El aire estaba parado y olía a papel. Alba tenía diecisiete años.
Marcadores frecuentes: siempre, normalmente, todos los días, mientras, cuando era pequeño.
Cómo funcionan juntos
La regla práctica es que el imperfecto pinta el decorado y el indefinido mueve la cámara. Cuando una acción larga es interrumpida por otra breve, la larga va en imperfecto y la breve en indefinido.
Alba subía por el camino cuando oyó el primer golpe de la campana.
Verbos que cambian de sentido
Indefinido — Imperfecto:
supo (узнал в тот момент) — sabía (знал)
conoció (познакомился) — conocía (был знаком)
quiso (попытался) — quería (хотел)
no quiso (отказался) — no quería (не хотел)
pudo (сумел, справился) — podía (мог, был в состоянии)
tuvo que (пришлось и сделал) — tenía que (должен был)
Ejercicios de gramática
1. Pon el verbo en indefinido o imperfecto
1. Cuando Alba (llegar) ______ a la casa, su padre ya (esperar) ______ en la puerta.
2. La bombilla del desván (encenderse) ______ con un zumbido.
3. En la maleta no (haber) ______ ropa: solo (haber) ______ cuadernos.
4. Alba (leer) ______ las cuatro líneas mientras la niebla (volverse) ______ más oscura.
5. Damián (quedarse) ______ quieto un instante cuando su hija (decir) ______ aquel nombre.
6. De niño, su padre (creer) ______ todas las historias de la abuela.
2. Elige la forma adecuada
1. Alba (conoció / conocía) muy bien la letra de su abuela.
2. Aquella noche (supo / sabía) que la historia era verdad.
3. Su padre no (quiso / quería) hablar del tema y cambió de conversación.
4. Alba (pudo / podía) abrir la cuerda sin esfuerzo.
5. Cuando era pequeña, (tuvo que / tenía que) volver a casa antes de las nueve.
3. Completa el texto
El treinta y uno de octubre (1. hacer) ______ mucha niebla. Alba (2. salir) ______ del instituto a las cuatro y (3. ir) ______ directamente a casa de su abuela, que (4. estar) ______ cerrada desde abril. Mientras su padre (5. revisar) ______ los papeles, ella (6. subir) ______ al desván. Allí (7. encontrar) ______ una maleta que (8. tener) ______ una etiqueta con un nombre.
Respuestas
Vocabulario 1: 1. desván 2. crujir 3. polvoriento 4. linterna 5. vidriera 6. atravesó 7. herencia 8. presentimiento
Vocabulario 2: 1-c, 2-e, 3-a, 4-f, 5-d, 6-b
Vocabulario 3: 1-b, 2-a, 3-b, 4-a, 5-b
Vocabulario 4: 1. Dibuja mapas de sitios pequeños y concretos. 2. Porque llevaba meses aplazando el momento de volver a entrar después de la muerte de Elena. 3. Cuadernos con mapas dibujados a mano. 4. Que la puerta se abre la noche del treinta y uno y que no fuera sola. 5. Sonó una campanada más, que venía de detrás de la pared, y los ladrillos del arco desaparecieron.
Vocabulario 5: 1. Verdadero 2. Falso 3. Falso 4. Falso 5. Verdadero
Gramática 1: 1. llegó / esperaba 2. se encendió 3. había / había 4. leyó / se volvía 5. se quedó / dijo 6. creía
Gramática 2: 1. conocía 2. supo 3. quiso 4. pudo 5. tenía que
Gramática 3: 1. hacía 2. salió 3. fue 4. estaba 5. revisaba 6. subió 7. encontró 8. tenía
Capítulo 2. El bosque de los Cuervos
Vocabulario clave
un sendero — тропинка
un helecho — папоротник
una hojarasca — опавшая листва
un claro — поляна
desorientado/a — дезориентированный
un graznido — карканье
una vara — палочка, прут
un forastero / una forastera — чужак, приезжий
aturdido/a — ошеломлённый
una arboleda — роща
tropezar — споткнуться
a tientas — наощупь
una cerca — ограда, забор
un ademán — жест
desconfiar — не доверять
El bosque de los Cuervos
Lo primero que Alba notó fue la temperatura. En Vega del Olmo hacía cinco grados y la humedad se metía por las mangas. Allí el aire era tibio, seco, con esa calidad concreta de las cuatro de la tarde de un día bueno de octubre, y olía a tierra caliente, a resina y a hojas pisadas.
Lo segundo que notó fue el silencio de la linterna. Seguía encendida en su mano, pero la luz no se veía. No era que estuviera apagada: era que aquella luz no servía de nada bajo aquel sol.
Se dio la vuelta despacio.
Detrás de ella no había ninguna ermita. Había un muro de piedra de menos de un metro de altura, medio cubierto de hiedra, con una abertura en forma de arco a través de la cual se veía exactamente lo mismo que a los lados: árboles, hojarasca y más árboles. Alba metió la mano por el hueco. La mano no encontró niebla, ni frío, ni pared. Solo aire.
Volvió a sacarla. Se quedó mirando el arco un buen rato, con la respiración muy corta, hasta que decidió hacer lo único que sabía hacer cuando no entendía un sitio: dibujarlo.
Sacó el cuaderno del bolsillo interior, se sentó sobre una raíz y trazó el muro, la abertura, la orientación del sol y los tres árboles más grandes. Anotó al margen: arco de piedra, sin puerta, sin bisagras, altura aprox. 1,90. Cuando terminó, las manos le temblaban un poco menos. Ese había sido siempre el truco.
El bosque era enorme y viejo. Los troncos tenían el grosor de una mesa y la corteza partida en placas, y arriba, muy arriba, las copas formaban un techo de color cobre por el que se colaban columnas de luz. Entre las raíces crecían helechos hasta la cintura. Había un sendero, o algo que parecía haberlo sido, marcado por piedras planas que la hojarasca casi había borrado.
Alba lo siguió, porque un sendero siempre va a alguna parte.
Caminó durante lo que le parecieron veinte minutos. El bosque no cambiaba nunca del todo y no se repetía nunca del todo, y esa combinación empezó a resultarle desagradable. Dos veces creyó reconocer un tocón partido por un rayo y las dos veces se convenció de que era otro. Contó pasos. Perdió la cuenta. Contó árboles a la derecha del sendero y se dio cuenta, con un pinchazo de irritación, de que había contado dieciséis y luego catorce en el mismo tramo.
Por el camino fue reuniendo datos, porque reunir datos era lo contrario de tener miedo. Los árboles eran robles, hayas y algo parecido a un castaño con las hojas más estrechas de lo normal. No había insectos: ni mosquitos, ni moscas, ni ese zumbido de fondo que tiene cualquier bosque en verano. Tampoco había basura, y eso fue lo que más la impresionó. En el monte de Vega del Olmo siempre aparecía algo, una botella, un plástico enganchado en una zarza, la anilla de una lata. Allí no había nada que no hubiera crecido allí.
En un momento dado el sendero pasó junto a una piedra vertical de metro y medio, colocada claramente por alguien, con marcas grabadas en la cara sur. Alba se agachó a mirarlas. No eran letras, o no eran letras que ella pudiera reconocer: eran pares de líneas cruzadas, siempre pares, siempre dos y dos, repetidos hacia abajo hasta la base. Las copió en el cuaderno con bastante fidelidad y siguió andando.
Se detuvo en un claro. La luz seguía siendo exactamente la misma que al llegar. El sol no había bajado ni un dedo.
—Vale —dijo en voz alta—. Eso no es normal.
Como si hubiera estado esperando permiso para intervenir, algo negro cruzó el claro por encima de su cabeza, muy bajo, y se posó en una rama a cuatro metros. Era un cuervo grande, del tamaño de un gato pequeño, con las plumas tan oscuras que a contraluz parecían azules. Ladeó la cabeza y la miró con un ojo, y luego con el otro.
—Hola —dijo Alba, porque no se le ocurrió nada mejor.
El cuervo soltó un graznido corto y voló hasta la siguiente rama del sendero. Esperó. Alba dio dos pasos. El cuervo voló otra vez. Esperó otra vez.
—¿En serio?
El cuervo graznó. A Alba le pareció un sonido claramente impaciente.
Lo siguió durante otra media hora, o lo que fuera media hora en aquel sitio. El pájaro no la dejó nunca a más de veinte metros y cada vez que ella se paraba a mirar algo, él volvía sobre sus pasos y se colocaba en la rama más cercana, como un guía mal pagado a punto de perder la paciencia.
El bosque se aclaró de golpe. El sendero salió a un camino de tierra ancho, con roderas de carro, y al otro lado del camino el terreno bajaba en una pendiente suave. Alba llegó al borde, miró y se quedó completamente inmóvil.
Debajo se abría un valle largo, encajado entre dos laderas cubiertas de bosque, con un río que se bifurcaba dos veces antes de perderse hacia el sur. Y en el centro del valle, sobre una elevación de roca, había un edificio.
Lo reconoció antes de terminar de verlo. Cuatro torres. Un claustro. Un campanario alto y estrecho, más alto que todo lo demás, con una veleta de hierro en la punta. Era el dibujo del tercer cuaderno de su abuela, línea por línea, con la única diferencia de que aquello estaba hecho de piedra de verdad y de que de tres de sus chimeneas salía humo.
Alba se sentó en el suelo del camino sin darse cuenta de que se estaba sentando.
—No estás en tu sitio.
La voz venía de la izquierda. Alba se levantó de un salto y estuvo a punto de caerse por la pendiente.
A unos diez metros había un chico de su edad, más o menos, con el pelo oscuro muy corto, una chaqueta de lana gris y una vara de madera clara metida en el cinturón como quien lleva un bolígrafo. Sostenía un cesto lleno de algo que parecían castañas y la miraba con una mezcla exacta de curiosidad y de alarma.
—Perdona —dijo Alba.
—No, perdona tú. Es que no se puede estar aquí. —El chico señaló vagamente hacia el bosque—. Bueno, sí se puede, pero no tú.
—¿Por qué yo no?
—Porque llevas ropa rarísima y no tienes vara y tienes cara de haber cruzado hace veinte minutos. —Hizo una pausa—. ¿Has cruzado hace veinte minutos?
—No sé qué significa cruzar.
—Vale. Sí has cruzado.
El chico dejó el cesto en el suelo, se acercó tres pasos y se paró, con la actitud cuidadosa de quien no quiere asustar a un animal.
—Me llamo Mateo Quiroga. Segundo curso, Torre del Zorro. Y tú tienes un problema, pero no es un problema gordo todavía, así que no te pongas nerviosa.
—Alba Serrano.
—¿Serrano? —Mateo frunció el ceño un segundo, como si el apellido le sonara de algo y no consiguiera situarlo—. Vale. Alba. ¿Vienes del otro lado?
—Vengo de un pueblo que se llama Vega del Olmo.
—Eso no me dice nada, o sea que sí. —Mateo se pasó la mano por la nuca—. Es treinta y uno, claro. Siempre es treinta y uno.
—¿Esto pasa a menudo?
—No. Pasa cada muchísimo tiempo y luego todo el mundo se pone insoportable durante un mes. —Recogió el cesto—. Tienes que venir conmigo. Cuanto antes te vea la directora, mejor te va a ir. Si te encuentra primero cualquier otro, la conversación es más larga y más fea.
Alba no se movió.
—¿Adónde vamos exactamente?
Mateo señaló el edificio del valle con la barbilla.
—Al Colegio de Vallumbra. Y antes de que preguntes: sí, es un colegio; sí, se enseña magia; no, no te va a pasar nada malo si vienes andando a mi lado y no tocas nada. Sobre todo eso último.
—No pensaba tocar nada.
—Todos dicen lo mismo y luego tocan la fuente.
—¿Qué le pasa a la fuente?
—Nada. Le pasa a la gente que la toca.
Alba lo miró de reojo mientras se ponía en marcha a su lado. Mateo tenía una manera de hablar que consistía en soltar la información en desorden y confiar en que el otro la recogiera.
—¿Y tú por qué me ayudas? Podrías haber avisado a alguien y ya está.
—Podría. —Mateo se cambió el cesto de brazo—. Pero llevo dos años oyendo la historia de la vez que se abrió el paso y de lo mal que se hizo todo, y da la casualidad de que hoy he salido a por castañas y me he encontrado a la protagonista sentada en el suelo con una linterna apagada. No pienso desaprovecharlo.
—Vaya. Qué generoso.
—También me caes bien —admitió—. Pero eso lo he decidido hace cuatro minutos y todavía puede cambiar.
Empezaron a bajar. El camino describía dos curvas largas entre bancales de piedra donde crecían árboles frutales cargados de fruta a destiempo. El cuervo los siguió un trecho y después se desvió hacia una de las torres.
—¿El pájaro es tuyo? —preguntó Alba.
—¿El cuervo? Ninguno de los cuervos es de nadie. Viven en la Torre del Cuervo desde antes que el colegio. —Mateo la miró de reojo—. Si te ha traído hasta el camino, tampoco lo cuentes mucho por ahí.
—¿Por qué?
—Porque a la gente le encanta interpretar cosas.
—Explícame el sitio —pidió Alba—. Rápido, antes de llegar. No quiero entrar ahí sin saber nada.
—Vale. Cuatro torres: Cuervo, Zorro, Roble y Alondra. No son casas rivales ni nada de eso, aunque hay gente que se lo toma así. Son cuatro maneras de trabajar. Cuervo estudia, Zorro prueba, Roble sostiene y Alondra escucha. Te lo explicarán mejor que yo.
—¿Y tú eres Zorro porque pruebas cosas?
—Soy Zorro porque a los once años metí la mano en un sitio donde ponía claramente que no metieras la mano. —Sonrió—. Salió bien, por cierto.
—¿Cuánta gente hay?
—Doscientos y pico alumnos. Doce profesores. Un bibliotecario que lleva aquí desde el principio de los tiempos y un campanero que se llama Bruno y que no habla con casi nadie.
—¿Y todos hacen magia?
Mateo tardó un poco en responder.
—Todos hacen algo. Magia es una palabra grande. Aquí la mayoría de la gente aprende dos o tres cosas pequeñas y las hace muy bien durante toda su vida. Lo de mover montañas es de los libros.
Cuanto más bajaban, más grande se volvía el edificio. Alba había pensado que estaba a un cuarto de hora y llevaban ya cuarenta minutos andando y todavía se veía lejos. Las torres eran mucho más altas de lo que parecían desde arriba. El campanario, ahora que lo miraba de frente, tenía una serie de aberturas estrechas en la parte superior, y dentro de esas aberturas se adivinaban formas colgadas.
—¿Cuántas campanas hay ahí? —preguntó.
Mateo tardó un poco en contestar.
—Once.
—¿Once?
—Once —repitió—. Y no preguntes por la doce, porque no hay doce, y a Bruno le sienta fatal esa broma.
Alba se paró en seco en mitad del camino. Mateo dio tres pasos más antes de darse cuenta y se giró.
—¿Qué pasa?
—Anoche oí una campanada que no existía —dijo Alba—. Justo antes de cruzar.
Mateo la miró en silencio. Por primera vez desde que había aparecido en el camino, la curiosidad de su cara se convirtió en otra cosa. No era miedo exactamente. Era el gesto de alguien que acaba de entender que la tarde le va a salir mucho más complicada de lo previsto.
—Vale —dijo por fin, y ajustó el cesto contra la cadera—. Andando. Y de eso último no le hables a nadie hasta que hables con la directora.
Ejercicios de vocabulario
1. Completa las frases
1. El suelo del bosque estaba cubierto de ______ de color cobre.
2. Alba siguió un ______ estrecho marcado con piedras planas.
3. Entre las raíces crecían ______ altos hasta la cintura.
4. El cuervo soltó un ______ corto y voló a otra rama.
5. Mateo llevaba una ______ de madera clara en el cinturón.
6. Para los alumnos del colegio, Alba era una ______.
7. El bosque se abrió y llegaron a un ______ lleno de luz.
8. Al principio Mateo ______ de ella, aunque decidió ayudarla.
2. Relaciona
1. aturdido 2. tropezar 3. a tientas 4. una arboleda 5. un ademán 6. una cerca
a. жест b. роща c. ошеломлённый d. ограда e. наощупь f. споткнуться
3. Elige la opción correcta
1. Si alguien está desorientado: a) no sabe dónde está b) tiene prisa c) está enfadado
2. Un forastero es: a) alguien del pueblo b) alguien de fuera c) un guardia
3. La hojarasca es: a) una rama seca b) el conjunto de hojas caídas c) una flor de otoño
4. Si andas a tientas: a) andas muy rápido b) andas tocando las cosas porque no ves c) andas cantando
5. Desconfiar de alguien significa: a) no fiarse b) admirarlo c) olvidarlo
4. Responde según el capítulo
1. ¿Qué hizo Alba para calmarse cuando comprendió que estaba en otro lugar?
2. ¿Qué detalle extraño notó al mirar el sol?
3. ¿Cómo llegó hasta el camino que domina el valle?
4. ¿Por qué Mateo dedujo enseguida que Alba había cruzado?
5. ¿Cuántas campanas hay en el campanario y por qué es importante?
5. Verdadero, falso o no se menciona
1. Al otro lado del arco hacía frío y había niebla.
2. Alba dibujó el arco en su cuaderno.
3. Mateo pertenece a la Torre del Cuervo.
4. Los cuervos pertenecen a un profesor del colegio.
5. Mateo le aconseja no hablar de la campanada con cualquiera.
Gramática
El pretérito perfecto y el pretérito pluscuamperfecto
Junto al indefinido y al imperfecto del capítulo anterior, el español usa dos tiempos compuestos que se forman con el verbo haber más el participio.
Pretérito perfecto: he / has / ha / hemos / habéis / han + participio
Se usa para acciones pasadas que el hablante siente todavía conectadas con el presente. Es el tiempo de la conversación cuando hablamos de hoy, de esta semana, de nuestra vida hasta ahora.
¿Has cruzado hace veinte minutos?
Esta mañana he perdido el autobús.
Marcadores típicos: hoy, esta semana, este mes, este año, ya, todavía no, nunca, alguna vez, últimamente, hace un rato.
Pretérito pluscuamperfecto: había / habías / había… + participio
Expresa una acción anterior a otra acción pasada. Es el pasado del pasado y resulta imprescindible en la narración, porque permite retroceder sin romper el hilo.
Alba había pensado que estaba a un cuarto de hora, pero llevaban cuarenta minutos andando.
Cuando llegó al claro, el sol no había bajado ni un dedo.
Participios irregulares frecuentes
Infinitivo — Participio:
abrir — abierto
decir — dicho
escribir — escrito
hacer — hecho
poner — puesto
romper — roto
ver — visto
volver — vuelto
morir — muerto
cubrir — cubierto
Atención: entre el auxiliar haber y el participio no puede entrar ninguna palabra. Se dice no he visto nunca, y no la construcción con el adverbio en medio. El participio de los tiempos compuestos nunca cambia de género ni de número: ella ha llegado, ellas han llegado.
Ejercicios de gramática
1. Pon el verbo en pretérito perfecto
1. Esta tarde Alba (cruzar) ______ un umbral de piedra.
2. Nosotros nunca (ver) ______ un valle como este.
3. ¿(tú, escribir) ______ ya el mapa del bosque?
4. Mateo todavía no (decir) ______ toda la verdad.
5. Los cuervos (volver) ______ a la torre.
2. Pon el verbo en pluscuamperfecto
1. Cuando Alba llegó al claro, el cuervo ya (posarse) ______ en la rama.
2. El sol no (moverse) ______ desde que ella (entrar) ______ en el bosque.
3. Mateo dijo que nunca (hablar) ______ con una forastera.
4. Alba comprendió que su abuela (dibujar) ______ aquel edificio de memoria.
5. La niebla (desaparecer) ______ antes de que ella se diera cuenta.
3. Elige el tiempo adecuado (perfecto o pluscuamperfecto)
1. Hoy (he aprendido / había aprendido) más cosas que en todo el mes.
2. Cuando quiso volver, la pared ya (se ha cerrado / se había cerrado).
3. Esta semana no (hemos tenido / habíamos tenido) noticias del campanero.
4. Alba reconoció el edificio porque lo (ha visto / había visto) en un cuaderno.
5. ¿Alguna vez (has estado / habías estado) en Vallumbra?
Respuestas
Vocabulario 1: 1. hojarasca 2. sendero 3. helechos 4. graznido 5. vara 6. forastera 7. claro 8. desconfió
Vocabulario 2: 1-c, 2-f, 3-e, 4-b, 5-a, 6-d
Vocabulario 3: 1-a, 2-b, 3-b, 4-b, 5-a
Vocabulario 4: 1. Sacó el cuaderno y dibujó el arco y los árboles. 2. Que el sol no se movía y la luz seguía siendo la misma. 3. Siguiendo a un cuervo que la guio de rama en rama. 4. Por su ropa, porque no llevaba vara y por su cara de recién llegada. 5. Hay once, y es importante porque Alba oyó una campanada más, que no debería existir.
Vocabulario 5: 1. Falso 2. Verdadero 3. Falso 4. Falso 5. Verdadero
Gramática 1: 1. ha cruzado 2. hemos visto 3. Has escrito 4. ha dicho 5. han vuelto
Gramática 2: 1. se había posado 2. se había movido / había entrado 3. había hablado 4. había dibujado 5. había desaparecido
Gramática 3: 1. he aprendido 2. se había cerrado 3. hemos tenido 4. había visto 5. has estado
Capítulo 3. La directora Beltrán
Vocabulario clave
un claustro — внутренний двор с галереей
un despacho — кабинет
un registro — реестр, журнал записей
un tomo — том
una advertencia — предупреждение
acoger — принимать, давать приют
un permiso — разрешение
un plazo — срок
la sien — висок
un escalofrío — озноб, дрожь
tutear — обращаться на «ты»
una excepción — исключение
irrevocable — необратимый
una hipótesis — гипотеза
encargarse de — брать на себя, заниматься
La directora Beltrán
La puerta principal de Vallumbra no era una puerta, sino tres arcos abiertos que daban a un claustro cuadrado. En el centro había un jardín con un pozo y, alrededor, columnas de piedra gastada por siglos de manos. Alba había esperado un vestíbulo solemne, silencioso, con retratos que la mirasen. Lo que encontró fue ruido.
Había unos cuarenta chicos y chicas cruzando el claustro en todas direcciones, con carpetas debajo del brazo y varas guardadas en los bolsillos, discutiendo a gritos sobre un examen. Dos niños pequeños perseguían algo que parecía una bola de lana y que se movía sola. Alguien había dejado un montón de calabazas junto a una columna y alguien más las había apilado formando una torre bastante inestable.
Todo se detuvo cuando la vieron.
No fue instantáneo, y por eso fue peor. Primero se callaron los dos que estaban más cerca. Después la conversación se apagó en círculos, como cuando se tira una piedra al agua al revés, hasta que Alba se encontró en mitad de un patio con cuarenta personas mirándola en silencio y un chico de segundo curso a su lado sosteniendo un cesto de castañas.
—Buenas tardes —dijo Mateo en voz muy alta—. Nada que ver. Seguid con vuestras vidas.
Nadie siguió con su vida.
—Es de fuera —dijo una niña de unos doce años, sin bajar la voz.
—Es del otro lado —corrigió un chico mayor—. Mírale los zapatos.
Alba se miró los zapatos. Eran unas botas normales de invierno, con la suela de goma llena de barro de Vega del Olmo. Al lado del calzado de los demás, de cuero cosido y suela clara, resultaban tan evidentes como un cartel.
—El despacho está por aquí —murmuró Mateo, y la sacó del claustro por una galería lateral.
Subieron dos tramos de escalera de caracol. El colegio no estaba iluminado con velas ni con antorchas, como Alba había supuesto vagamente, sino con unas esferas de cristal empotradas en la pared que daban una luz blanca y quieta. Al pasar junto a una, Alba vio que dentro no había ninguna llama: había una especie de arena luminosa que se movía muy despacio.
—¿Eso qué es?
—Luz de mineral. Se recarga sola con el sol.
—¿Y si hay una semana sin sol?
—Pues se apaga al sexto día y todo el mundo se queja. —Mateo señaló una esfera más apagada que las otras—. Esa lleva así desde el curso pasado y nadie la ha cambiado. Bienvenida a un colegio de verdad.
Alba se detuvo un momento delante de una hornacina donde alguien había dejado un jarrón con ramas secas y una placa de metal muy gastada. Se acercó a leerla. Ponía un nombre, una fecha de hace doscientos años y una sola frase: Cerró la puerta desde este lado. Debajo, en la piedra, había un montoncito de bellotas que alguien había colocado hacía poco.
—Eso lo hacen los de primero —dijo Mateo sin detenerse—. Es una costumbre. Trae suerte en los exámenes, supuestamente.
—¿Quién era?
—Ni idea. Hay como veinte placas iguales por todo el edificio.
Mateo se paró delante de una puerta de madera oscura. Escucha. Ahí dentro no adornes nada. La directora se da cuenta.
—No pensaba adornar nada.
—Y no le digas que soy amigo tuyo, que solo nos conocemos desde hace hora y media.
—Creía que eras amigo mío.
—Lo soy —dijo Mateo, y llamó a la puerta.
La directora Ondina Beltrán tendría unos sesenta años y una cara de esas que no dan ninguna información. Llevaba el pelo gris recogido en una trenza baja y una chaqueta larga de color verde botella. Su despacho era una habitación estrecha y muy alta, con estanterías hasta el techo por tres de sus lados y una ventana en el cuarto desde la que se veía el campanario entero.
No se levantó. Miró a Alba durante unos segundos que se hicieron incómodos y luego señaló una silla.
—Siéntate. Quiroga, gracias, puedes irte.
—Directora, ella no…
—Quiroga.
Mateo hizo un gesto de ánimo a Alba con la mano que la directora no podía ver, y salió.
Se quedaron solas. En la ventana, un cuervo se posó en el alféizar por fuera y se quedó allí, quieto, mirando hacia dentro.
—Nombre completo —dijo la directora.
—Alba Serrano Quintana.
La directora, que estaba abriendo un tintero, se detuvo con la mano en el aire durante medio segundo. Luego siguió abriéndolo.
—Edad.
—Diecisiete.
—Fecha de nacimiento.
—Catorce de febrero.
—Lugar de procedencia.
—Vega del Olmo. Es un pueblo del norte, en… —Alba se dio cuenta de que no sabía cómo terminar esa frase—. En mi mundo.
—En tu mundo. —La directora escribió algo—. ¿Cómo entraste?
—Por un arco tapiado, dentro de una ermita en ruinas. Sonó una campanada de más y los ladrillos desaparecieron.
La pluma se detuvo otra vez, y esta vez la pausa duró más.
—Repite eso último.
—Sonaron doce campanadas y después sonó una más. Vino del otro lado.
Ondina Beltrán dejó la pluma sobre la mesa y juntó las manos. Alba, que llevaba dos horas intentando leer las caras de todo el mundo, comprendió que aquella mujer estaba tomando una decisión sobre cuánta verdad iba a contarle.
—Voy a explicarte tres cosas —dijo por fin—. Y voy a hacerlo deprisa, porque no tenemos mucho tiempo y porque prefiero que estés asustada con información a que estés tranquila sin ella.
—De acuerdo.
—Primera. Este lugar y el tuyo se tocan. No están uno encima del otro ni uno dentro del otro: se rozan por los bordes, como dos telas que alguien ha puesto juntas. En ciertos puntos del roce, la costura se afloja. Vallumbra se construyó encima de uno de esos puntos hace ochocientos años, precisamente para vigilarlo.
—Y la ermita es otro.
—La ermita es el mismo. Visto desde tu lado.
Alba tardó un momento en asimilarlo.
—Segunda cosa —continuó la directora—. La costura no se afloja cuando quiere. Se afloja la última noche de octubre, y solo si el año ha sido el adecuado. La última vez fue hace cincuenta y siete años.
—¿Y la campanada?
—Esa es la tercera cosa, y es la que no me gusta. —Ondina se levantó y fue hasta la ventana—. Tenemos once campanas. Once, ni una más, desde que se levantó la torre. Cuando la costura se afloja, la torre produce un sonido que nadie toca, que no sale de ninguna de las once y que se oye a los dos lados. Aquí lo llamamos la campanada undécima, por prudencia, aunque todo el mundo sabe que es la duodécima de alguien.
—¿Y qué significa?
—Significa que el paso está abierto. —La directora se volvió hacia ella—. Y significa que se va a cerrar.
—¿Cuándo?
—Ahí está el problema. —Ondina volvió a la mesa y se sentó—. El paso permanece abierto mientras el roble madre conserve sus hojas. Es un árbol que está en el patio del ala este, y es viejísimo, y no le importa nada la meteorología: pierde una hoja al día, más o menos, desde el primero de noviembre. Cuando cae la última, la costura se cierra. Y no se vuelve a aflojar en cincuenta o cien años.
Alba sintió el escalofrío subirle desde la base de la espalda hasta la nuca.
—¿Y no se puede forzar? —preguntó—. Si es una costura, alguien podrá coserla o descoserla.
La directora la miró con algo que, en otra persona, habría sido casi aprobación.
—Esa pregunta se la hace todo el mundo, y normalmente tarda tres días en hacérsela. —Se apoyó en el respaldo—. Sí, se puede forzar. Y la respuesta corta es que no se hace. La respuesta larga ocupa cuatro tomos de la biblioteca y termina siempre igual: cuando se abre un paso por la fuerza, no se abre solo el paso. Se abre el borde entero. Ha ocurrido dos veces en ochocientos años y las dos veces desapareció un valle.
—¿Desapareció cómo?
—Desapareció. No quedó nada que describir. Por eso la ley aquí es muy sencilla: la costura se abre cuando le toca y se cierra cuando le toca, y nadie negocia con ella.
—¿Cuántas hojas le quedan?
—Se cuentan cada mañana. Ayer eran cuarenta y una.
Cuarenta y una. Alba hizo la cuenta sin querer y llegó a una fecha de diciembre, y luego se dio cuenta de que la fecha exacta no importaba lo más mínimo comparada con lo otro: que existía una cuenta atrás y que ella estaba dentro.
—Entonces me tengo que ir antes.
—Te tienes que ir antes —confirmó la directora—. Y hasta entonces, no puedes quedarte durmiendo en un pasillo. Voy a acogerte como alumna, con permiso provisional. Asistirás a clases, comerás en el comedor y dormirás en una torre. A cambio quiero tres cosas: que no salgas del valle, que no toques nada del campanario y que me informes si alguien te hace preguntas sobre cómo cruzaste.
—¿Por qué lo último?
—Porque no te lo van a preguntar por curiosidad.
—¿Y si no llego a tiempo?
—Llegarás. —La directora volvió a coger la pluma—. Pero para que quede dicho: si no llegaras, no te pasaría nada malo. Te quedarías. Tendrías que aprender un oficio, buscar una casa y hacerte a la idea, y sería duro, y no sería una tragedia. Lo digo porque la gente que cruza suele imaginar cosas peores.
Se hizo un silencio. El cuervo del alféizar cambió de pata.
—Una pregunta más —dijo Alba—. ¿Qué le pasa a la gente que se queda?
—No hay gente que se quede. Hay una persona que se quedó, en 1969, y del resto de las cuarenta y seis entradas de ese libro, treinta y nueve regresaron y seis murieron aquí de viejas. —La directora la miró—. Las seis vivieron vidas completas, con trabajo, con casa y con nombre. Este mundo no maltrata a los que llegan. Simplemente no los devuelve.
—¿Y mi padre? —preguntó Alba de repente—. Se va a despertar mañana y no voy a estar.
Por primera vez la directora bajó un poco la voz.
—El tiempo no corre igual a los dos lados, y no corre siempre en la misma proporción. Es lo único que puedo decirte con honestidad, porque es lo único que sabemos. Puede que allí hayan pasado unas horas. Puede que hayan pasado semanas.
—Eso no me tranquiliza nada.
—No pretendía tranquilizarte. Pretendía no mentirte.
Alba se quedó callada, mirándose las manos. Tenía tierra bajo las uñas del desván y una raya de tinta en el dedo corazón, y las dos cosas le parecieron de pronto pruebas de una vida que estaba ocurriendo muy lejos.
—Puedo preguntarle una cosa yo —dijo Alba.
—Puedes.
—Cuando le he dicho mi apellido, se ha parado.
La directora Beltrán no negó nada, lo cual sorprendió a Alba mucho más que si lo hubiera negado. Se levantó, fue a la tercera estantería y bajó un tomo enorme, encuadernado en piel marrón, con el canto reforzado con clavos de bronce. Lo dejó caer sobre la mesa con un golpe sordo.
—El registro —dijo—. Aquí se anota a todo el que cruza. En ochocientos años son cuarenta y seis nombres.
Pasó las páginas hasta el final. La caligrafía cambiaba de una entrada a otra, de una época a otra, y las últimas líneas estaban escritas con tintas distintas.
—Última apertura —dijo—. Otoño de 1969. Cruzaron dos personas.
Alba se inclinó sobre el libro.
En la penúltima línea, con una letra clara y pequeña, con las cifras anotadas al margen derecho y subrayadas dos veces, ponía:
Elena Serrano Quintana, 17 años. Regresó.
Y debajo, en la última línea, había un nombre tachado con tanta fuerza que la pluma había rasgado el papel, y a la derecha de ese nombre, en lugar de la palabra regresó, había otra palabra, escrita muy pequeña, casi con vergüenza.
No.
Ejercicios de vocabulario
1. Completa las frases
1. El colegio se organiza alrededor de un ______ cuadrado con un pozo en el centro.
2. La directora recibió a Alba en su ______.
3. Todos los que cruzan quedan anotados en el ______.
4. El libro era un ______ enorme encuadernado en piel.
5. La directora decidió ______ a Alba como alumna provisional.
6. Alba sintió un ______ al oír la cuenta atrás.
7. El ______ para volver depende de las hojas del roble.
8. Una vez cerrada la costura, la decisión es ______.
2. Relaciona
1. una advertencia 2. tutear 3. una excepción 4. la sien 5. encargarse de 6. una hipótesis
a. висок b. предупреждение c. гипотеза d. обращаться на «ты» e. исключение f. заниматься чем-либо
3. Elige la opción correcta
1. Un plazo es: a) un tipo de sala b) un período de tiempo limitado c) una llave
2. Si una decisión es irrevocable: a) se puede cambiar b) no se puede cambiar c) es secreta
3. Acoger a alguien significa: a) expulsarlo b) recibirlo y darle un sitio c) interrogarlo
4. Un despacho es: a) una habitación de trabajo b) un pasillo c) una comida
5. Encargarse de algo es: a) olvidarlo b) asumir la responsabilidad c) prohibirlo
4. Responde según el capítulo
1. ¿Cómo reaccionaron los alumnos al ver a Alba en el claustro?
2. Según la directora, ¿por qué se construyó Vallumbra en ese lugar?
3. ¿Qué es la campanada undécima?
4. ¿De qué depende el tiempo que permanece abierto el paso?
5. ¿Qué tres condiciones le impone la directora a Alba?
5. Verdadero, falso o no se menciona
1. El colegio está iluminado con antorchas.
2. La última apertura del paso fue hace cincuenta y siete años.
3. En el registro figuran cuarenta y seis nombres.
4. Elena Serrano no consiguió regresar.
5. El segundo nombre de 1969 aparece tachado.
Gramática
Ser y estar: el contraste fundamental
Es probablemente la diferencia que más problemas causa, porque el ruso resuelve con un solo verbo (o con ninguno) lo que el español reparte entre dos.
SER: identidad y definición
Responde a la pregunta «¿qué es?» o «¿quién es?». Clasifica al sujeto dentro de una categoría.
— Identidad y profesión: Ondina Beltrán es la directora.
— Origen y material: Alba es de Vega del Olmo. El tomo es de piel.
— Cualidades que definen: El claustro es cuadrado.
— Hora, fecha, cantidad: Son las cinco. Hoy es treinta y uno.
— Posesión: La vara es de Mateo.
— Lugar de un acontecimiento: La reunión es en el despacho.
ESTAR: situación y estado
Responde a «¿cómo está?» o «¿dónde está?». Sitúa al sujeto en un lugar o en una circunstancia.
— Localización de cosas y personas: El roble está en el patio este.
— Estados físicos y anímicos: Alba estaba asustada.
— Resultado de un cambio: La puerta está cerrada.
— Con gerundio, acción en curso: Los alumnos estaban mirándola.
Adjetivos que cambian de significado
Con SER — Con ESTAR:
ser listo (умный) — estar listo (готов)
ser rico (богатый) — estar rico (вкусный)
ser aburrido (скучный) — estar aburrido (скучающий)
ser malo (плохой) — estar malo (больной)
ser verde (зелёный) — estar verde (незрелый)
ser vivo (живой, бойкий) — estar vivo (жив)
ser abierto (открытый как характер) — estar abierto (открыт)
Un matiz de nivel B2: con estar, el hablante compara el estado actual con lo que él considera normal para ese sujeto. El café está frío no describe una cualidad del café, sino una decepción del hablante.
Ejercicios de gramática
1. Completa con ser o estar
1. El despacho de la directora ______ en la segunda planta.
2. Ondina Beltrán ______ una mujer difícil de leer.
3. Las botas de Alba ______ llenas de barro.
4. El registro ______ encuadernado en piel marrón.
5. Los alumnos ______ callados desde que ella entró en el claustro.
6. Hoy ______ el último día de octubre.
7. La reunión ______ en la sala del ala este.
8. El nombre de la última línea ______ tachado.
2. Elige la opción correcta
1. Alba (es / está) muy lista, aprende deprisa.
2. No comas esa manzana: todavía (es / está) verde.
3. Mateo (es / está) aburrido porque la clase dura dos horas.
4. El pozo del claustro (es / está) de piedra.
5. Después del viaje, todos (eran / estaban) agotados.
3. Traduce al español
1. Кабинет находится наверху.
2. Дверь закрыта.
3. Она из маленького городка.
4. Ученики были напуганы.
5. Сейчас пять часов.
Respuestas
Vocabulario 1: 1. claustro 2. despacho 3. registro 4. tomo 5. acoger 6. escalofrío 7. plazo 8. irrevocable
Vocabulario 2: 1-b, 2-d, 3-e, 4-a, 5-f, 6-c
Vocabulario 3: 1-b, 2-b, 3-b, 4-a, 5-b
Vocabulario 4: 1. Se fueron callando poco a poco hasta quedarse todos mirándola en silencio. 2. Porque está construido sobre un punto donde los dos mundos se rozan, para vigilarlo. 3. Un sonido que produce la torre sin que nadie toque las campanas y que se oye en los dos lados cuando el paso está abierto. 4. De las hojas que le quedan al roble madre. 5. No salir del valle, no tocar nada del campanario e informarla si alguien le pregunta cómo cruzó.
Vocabulario 5: 1. Falso 2. Verdadero 3. Verdadero 4. Falso 5. Verdadero
Gramática 1: 1. está 2. es 3. están 4. está 5. están 6. es 7. es 8. está
Gramática 2: 1. es 2. está 3. está 4. es 5. estaban
Gramática 3: 1. El despacho está arriba. 2. La puerta está cerrada. 3. Ella es de un pueblo pequeño. 4. Los alumnos estaban asustados. 5. Son las cinco.
Capítulo 4. La Torre del Cuervo
Vocabulario clave
un internado — интернат, школа-пансион
una litera — двухъярусная кровать
un armario empotrado — встроенный шкаф
el reglamento — устав, правила
una prefecta — староста
altivo/a — высокомерный
hospedarse — размещаться, останавливаться
una manta — одеяло
un candelabro — подсвечник
soportar — выносить, терпеть
encajar — вписываться, подходить
un apodo — прозвище
tener manía a alguien — невзлюбить кого-либо
madrugar — вставать рано
un pasadizo — потайной ход
La Torre del Cuervo
La ropa se la dieron esa misma noche: dos camisas blancas, una falda de lana gris, un pantalón del mismo tejido, un jersey azul oscuro y una chaqueta larga con el cuello alto. Todo le quedaba grande en los hombros y corto en las mangas, lo cual, según le explicaron, era el estado natural del uniforme de Vallumbra y no un problema que fuera a resolverse.
—Es de un chico que se fue el año pasado —dijo la mujer del almacén, sin ninguna mala intención—. Le creció el brazo de golpe y ya no le servía. Aquí no tiramos nada.
Alba se cambió en un cuarto sin ventana y se miró en un espejo de cuerpo entero que había apoyado contra la pared. Le costó reconocerse, y no por el uniforme, sino por la cara. Tenía la expresión de alguien que lleva dieciocho horas seguidas prestando atención.
Cuando salió, la esperaba una chica de unos diecinueve años, alta, con una trenza rubia perfecta y una insignia de metal en la solapa.
—Renata Solís, prefecta de la Torre del Lince —dijo, tendiéndole la mano sin sonreír—. Te acompaño a tu torre porque me lo ha ordenado la directora.
—Encantada.
—No hace falta que lo estés.
Cruzaron el claustro. Había anochecido, y de noche el colegio era otro sitio: las esferas de luz mineral dibujaban charcos blancos en el suelo y entre charco y charco quedaban tramos de oscuridad completa. En el jardín del centro, alguien había encendido faroles dentro de las calabazas y las había colocado sobre el muro del pozo.
—¿Celebráis Halloween? —preguntó Alba.
—No sé qué es eso.
—Lo de las calabazas.
—Es la Vigilia. Se hace la última noche de octubre, se encienden luces y se dejan fuera hasta el amanecer. —Renata caminaba muy deprisa—. Se supone que sirve para que los que están fuera encuentren el camino de vuelta.
—¿Y funciona?
—No.
Alba decidió no seguir por ahí.
En el comedor la cena ya había empezado. Era una sala larga con seis mesas corridas y un techo de vigas del que colgaban esferas de luz mineral, y el ruido que hacían doscientas personas comiendo a la vez era tan parecido al del comedor de su instituto que Alba tuvo un momento de vértigo. Le pusieron delante un plato de estofado, pan y una manzana asada. Comió de pie, junto a la puerta, porque Renata no se sentó y ella no supo si podía.
—¿Siempre se cena a esta hora?
—A las siete y media. Los de primero a las siete. —Renata miraba la sala como si la estuviera contando—. Y no, no puedes elegir mesa. Cada torre tiene la suya y hoy no vas a comer con nadie porque todavía no te han asignado.
—Vale.
—No lo digo por fastidiarte. Lo digo para que no te sientes en una silla que no es tuya delante de cuarenta personas el primer día.
Alba la miró de reojo y decidió, provisionalmente, que aquella chica era mucho menos antipática de lo que se esforzaba en parecer.
La Torre del Cuervo estaba en el ángulo noreste. Se subía por una escalera de caracol muy larga con ventanas estrechas cada dos vueltas, y en cada ventana, invariablemente, había un cuervo. No se movían cuando pasaban. Solo giraban la cabeza.
—¿Por qué me han puesto en esta torre? —preguntó Alba, sin aliento.
—Porque en Cuervo hay una cama libre —dijo Renata—. En el resto, no. Aquí las decisiones trascendentales se toman así.
—Ah.
—Aunque supongo que la directora también habrá pensado en el pájaro que te trajo. —Renata se paró en un rellano y se volvió—. La gente ya lo está contando. Para mañana serás la forastera a la que guiaron los cuervos, y para pasado mañana habrá quien diga que has venido a cerrar algo o a abrirlo. Te lo aviso para que no te sorprenda.
—¿Y tú qué crees que soy?
Renata la miró un momento largo, con una frialdad que no era exactamente hostil.
—Creo que eres una chica de diecisiete años que se ha metido en un sitio que no entiende y que va a tardar seis semanas en entender, y que solo tiene cinco. Eso es lo que creo.
—Vale.
—No lo digo para hacerte daño.
—Lo sé —dijo Alba—. Por eso es peor.
Por un instante, algo se movió en la cara de la prefecta. Duró poco. Reanudó la subida sin decir nada más.
La sala común de la Torre del Cuervo era redonda, con las paredes forradas de estanterías desde el suelo hasta una altura imposible, con escaleras de mano apoyadas cada pocos metros. Había sillones desparejados, tres mesas grandes cubiertas de papeles y un fuego encendido en una chimenea baja. Olía a papel, a lana húmeda y a manzana asada.
Lo primero que pensó Alba, con una precisión que la sorprendió, fue que aquella habitación no la había diseñado nadie. Se había ido acumulando. Los sillones eran de cuatro épocas distintas, las mesas estaban colocadas donde cabían y no donde convenía, y en la pared del este alguien había clavado, hacía muchos años, un mapa del valle que ya no coincidía con el valle.
Había quince o veinte alumnos y todos, absolutamente todos, dejaron de hacer lo que estaban haciendo.
—Serrano, Alba —anunció Renata al aire—. Provisional. Está bajo permiso de la directora. Que alguien le enseñe el cuarto de las chicas de sexto.
Y se fue.
Durante tres segundos no pasó nada. Luego una chica que estaba sentada en el alféizar de una ventana cerró el libro que tenía en el regazo y bajó de un salto.
—Yo —dijo—. Yo tengo la cama libre al lado.
Era menuda, de pelo negro cortado a la altura de la barbilla, con unas gafas redondas que le quedaban demasiado grandes y una expresión de estar permanentemente calculando algo.
—Nuria Baladí. Sexto curso. Voy a hacerte cinco preguntas y después te dejo en paz durante toda la noche, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—¿Cruzaste sola?
—Sí.
—¿Sabías que ibas a cruzar?
—No. Bueno. Más o menos.
—Eso es un sí con vergüenza, pero lo acepto. ¿Tienes familia que haya cruzado antes?
Alba dudó.
—Mi abuela. En 1969.
Media sala común dejó de fingir que no escuchaba.
—Interesante —dijo Nuria, con un tono que no era de cotilleo sino de laboratorio—. Cuarta pregunta: ¿has hecho magia alguna vez?
—No.
—Quinta: ¿tienes hambre?
—Muchísima.
—Esa era la importante. —Nuria le hizo un gesto para que la siguiera—. Vamos, hay manzanas.
Subiendo, Alba hizo la pregunta que llevaba toda la tarde guardándose.
—¿Qué diferencia hay entre las torres? De verdad, quiero decir. No la versión oficial.
Nuria se lo pensó un momento, cosa que Alba agradeció.
—La versión oficial es que son cuatro maneras de trabajar. La versión real es que a los once años te preguntan tres cosas y te mandan a la torre que mejor encaja, y luego pasas siete años volviéndote exactamente como esa torre porque vives con esa gente. —Se encogió de hombros—. O sea que empieza siendo una descripción y acaba siendo una profecía. Como casi todo.
—¿Y Cuervo qué es?
—Cuervo es el sitio donde se comprueba. —Nuria subió dos escalones más—. Zorro prueba cosas, Roble aguanta, Alondra escucha a la gente y nosotros comprobamos. Somos insoportables en las discusiones y muy útiles cuando algo va mal.
—Eso suena bien.
—Suena bien hasta que te toca vivir con quince personas que te piden pruebas cuando dices que hace frío.
El cuarto de las chicas de sexto estaba dos plantas más arriba y tenía cuatro camas, dos de ellas literas, un armario empotrado con las puertas descolgadas y una ventana en arco desde la que se veía todo el valle. La cama libre era la de abajo de la litera del rincón, con un colchón fino y tres mantas dobladas a los pies.
Alba se sentó en el borde. Fue el primer momento del día en que estuvo quieta y sin nadie mirándola, y notó cómo el cansancio le caía encima de golpe, como una manta más.
—Te vas a derrumbar —dijo Nuria desde la puerta, comiéndose una manzana—. Es normal. Yo el primer día lloré en el baño y llevaba cinco horas aquí.
—¿Tú también eres de fuera?
—No, qué va. Soy de un pueblo que está a dos días a caballo. Pero para una niña de once años, dos días a caballo también es otro mundo. —Se apoyó en el marco—. ¿Puedo darte un consejo que no me has pedido?
—Adelante.
—Deja de intentar entenderlo todo esta noche. Aquí las cosas se explican mal y se aprenden mirando. —Se encogió de hombros—. Además, mañana hay clase.
—¿Mañana? ¿En serio?
—El uno de noviembre es día lectivo, sí. Aquí no se cancela nada nunca. Se cayó media biblioteca hace cuatro años y a la mañana siguiente había examen de Botánica.
Alba se rio. Fue una risa corta y bastante desesperada, pero fue la primera del día, y le sentó mejor que la cena.
Antes de apagar la luz, Nuria le señaló una repisa junto a la puerta donde había una jarra de agua, tres vasos y una cesta con manzanas.
—Norma no escrita de esta torre —dijo—. Al que se levanta el último le toca bajar a llenar la jarra. Es la única norma que se cumple aquí de verdad.
—Vale.
—Y la segunda, que tampoco está escrita: si a las tres de la mañana alguien está sentado en la ventana sin dormir, no se le pregunta nada. Se le deja.
Alba la miró.
—¿Y eso pasa mucho?
—Estamos en un internado con doscientas treinta personas de once a diecinueve años —dijo Nuria—. Pasa todas las noches.
Se acostó vestida a medias, con el uniforme colgado en la silla y el cuaderno debajo de la almohada. Las otras dos chicas del cuarto llegaron más tarde, hablaron en voz baja, apagaron la luz. Fuera, muy lejos, se oía el viento moviendo las copas del bosque.
No pudo dormir.
Al cabo de un rato se levantó, cogió una manta y se acercó a la ventana en arco. La luna estaba alta y el valle se veía en dos tonos: negro donde había bosque y gris plata donde había campo. El campanario se recortaba contra el cielo, más negro que todo lo demás.
Y en el patio del ala este, iluminado desde abajo por una única luz, estaba el roble.
Era enorme. Más ancho que alto, con el tronco dividido en tres brazos y una copa que ocupaba casi todo el patio. Todavía tenía hojas. Desde allí no se podían contar, pero se veía perfectamente que no era un árbol lleno: le faltaba densidad, tenía huecos, se le adivinaban las ramas.
Mientras miraba, una hoja se soltó.
No cayó como caen las hojas, girando y dudando en el aire. Bajó recta, deprisa, como si tuviera prisa por llegar al suelo. Alba la siguió con la vista hasta que se perdió en la oscuridad de la base y luego se quedó un rato largo esperando, sin saber muy bien qué esperaba.
Detrás de ella, en la habitación, una voz somnolienta dijo:
—Cuarenta.
Alba se volvió. Nuria estaba incorporada sobre un codo en la litera de al lado, sin las gafas, mirando hacia la ventana.
—¿Qué?
—Cuarenta hojas —repitió Nuria—. Ayer eran cuarenta y una. Acabas de ver caer una, así que quedan cuarenta.
—¿Las cuentas tú?
—Las cuenta el profesor Ferrán todas las mañanas al amanecer y lo apunta en el tablón del claustro. —Nuria se dejó caer otra vez sobre la almohada—. Yo solo llevo la resta de cabeza. Es lo que hago en vez de dormir.
Alba se quedó un momento más en la ventana.
—Nuria.
—Mmm.
—¿Alguna vez ha pasado que el árbol tarde más de lo que debería?
Hubo un silencio de varios segundos. Cuando Nuria contestó, ya no tenía voz de sueño.
—Esa —dijo- es exactamente la pregunta que llevo dos semanas sin atreverme a hacer en voz alta.
Ejercicios de vocabulario
1. Completa las frases
1. Alba durmió en la cama de abajo de una ______.
2. La ropa se guardaba en un ______ con las puertas descolgadas.
3. Renata era la ______ de la Torre del Lince.
4. Nuria dijo que al día siguiente había que ______ porque empezaban las clases temprano.
5. Alba cogió una ______ y se acercó a la ventana.
6. Al principio le costó ______ entre los alumnos del colegio.
7. Vallumbra funciona como un ______: los alumnos viven allí todo el curso.
8. La actitud de Renata parecía ______, aunque no era exactamente hostil.
2. Relaciona
1. un apodo 2. soportar 3. hospedarse 4. un pasadizo 5. el reglamento 6. un candelabro
a. подсвечник b. прозвище c. устав d. потайной ход e. терпеть f. останавливаться, размещаться
3. Elige la opción correcta
1. Si alguien te tiene manía: a) te admira b) siente antipatía por ti c) te debe dinero
2. Madrugar significa: a) acostarse tarde b) levantarse muy temprano c) dormir la siesta
3. Una prefecta es: a) una profesora b) una alumna con responsabilidades c) una cocinera
4. Encajar en un grupo es: a) adaptarse y sentirse parte de él b) discutir con él c) abandonarlo
5. Un armario empotrado está: a) en medio de la habitación b) integrado en la pared c) en el jardín
4. Responde según el capítulo
1. ¿Por qué el uniforme de Alba no le queda bien?
2. ¿Qué es la Vigilia y para qué sirve, según Renata?
3. ¿Por qué asignan a Alba la Torre del Cuervo?
4. ¿Qué cinco preguntas le hace Nuria y cuál considera ella la importante?
5. ¿Qué ve Alba desde la ventana por la noche?
5. Verdadero, falso o no se menciona
1. Renata se muestra amable y cariñosa desde el principio.
2. En la sala común de la Torre del Cuervo hay muchos libros.
3. Nuria viene de otro mundo, como Alba.
4. El profesor Ferrán cuenta las hojas cada mañana.
5. Nuria lleva tiempo sospechando algo sobre el árbol.
Gramática
Las perífrasis verbales
Una perífrasis es la unión de un verbo auxiliar (que pierde su significado original) con un infinitivo, un gerundio o un participio. Sirven para expresar matices que en ruso se transmiten con prefijos, adverbios o construcciones enteras. Dominarlas es una de las diferencias más visibles entre un B1 y un B2.
Perífrasis con infinitivo
Estructura: ir a + inf. · Significado: futuro próximo, intención · Ejemplo: Te vas a derrumbar.
Estructura: acabar de + inf. · Significado: acción muy reciente · Ejemplo: Acabas de ver caer una hoja.
Estructura: volver a + inf. · Significado: repetición · Ejemplo: No volvió a hablar.
Estructura: empezar a / ponerse a + inf. · Significado: inicio · Ejemplo: Se puso a llover.
Estructura: dejar de + inf. · Significado: interrupción · Ejemplo: Dejaron de hacer lo que hacían.
Estructura: tener que / deber + inf. · Significado: obligación · Ejemplo: Tienes que irte antes.
Estructura: haber que + inf. · Significado: obligación impersonal · Ejemplo: Hay que madrugar.
Estructura: soler + inf. · Significado: costumbre · Ejemplo: Suele leer en la ventana.
Estructura: llegar a + inf. · Significado: culminación · Ejemplo: Llegó a entenderlo.
Estructura: estar a punto de + inf. · Significado: inminencia · Ejemplo: Estaba a punto de caerse.
Perífrasis con gerundio
Estructura: estar + ger. · Significado: acción en curso · Ejemplo: Están mirándola.
Estructura: seguir / continuar + ger. · Significado: continuidad · Ejemplo: Sigue lloviendo.
Estructura: llevar + tiempo + ger. · Significado: duración hasta ahora · Ejemplo: Llevo dos semanas pensándolo.
Estructura: ir + ger. · Significado: progresión gradual · Ejemplo: La conversación se fue apagando.
Estructura: andar + ger. · Significado: acción repetida y algo desordenada · Ejemplo: Anda diciendo tonterías.
Estructura: acabar + ger. · Significado: resultado final · Ejemplo: Acabó aceptando.
Perífrasis con participio
— llevar + participio: cantidad acumulada. Lleva escritas cien páginas.
— tener + participio: resultado acumulado. Tengo hechos tres ejercicios.
— dejar + participio: resultado que permanece. Dejó cerrada la puerta.
Atención: en llevar y tener + participio, el participio concuerda en género y número con el objeto: tengo hechas tres tareas.
Ejercicios de gramática
1. Sustituye la parte en cursiva por una perífrasis
1. Alba empezó a comprender la situación poco a poco.
2. Hace un momento Nuria ha visto caer una hoja.
3. Renata no habló más durante la subida.
4. Es obligatorio levantarse temprano.
5. Normalmente Nuria lee en el alféizar de la ventana.
2. Completa con la perífrasis adecuada
1. ______ dos semanas ______ (pensar) en esa pregunta.
2. El profesor ______ (contar) las hojas cada mañana desde noviembre.
3. La sala ______ (quedarse) en silencio poco a poco.
4. Alba ______ (caerse) por la pendiente, pero se sujetó a tiempo.
5. Después de mucho discutir, todos ______ (aceptar) la decisión.
3. Traduce al español usando perífrasis
1. Я только что вернулся.
2. Он перестал писать.
3. Она снова открыла книгу.
4. Мы живём здесь уже три года.
5. Надо подождать.
Respuestas
Vocabulario 1: 1. litera 2. armario empotrado 3. prefecta 4. madrugar 5. manta 6. encajar 7. internado 8. altiva
Vocabulario 2: 1-b, 2-e, 3-f, 4-d, 5-c, 6-a
Vocabulario 3: 1-b, 2-b, 3-b, 4-a, 5-b
Vocabulario 4: 1. Porque es ropa usada de un alumno que se marchó el año anterior. 2. Una costumbre de la última noche de octubre: se encienden luces y se dejan fuera para que los que están fuera encuentren el camino de vuelta. 3. Porque era la única torre con una cama libre. 4. Si cruzó sola, si sabía que iba a cruzar, si tiene familia que haya cruzado, si ha hecho magia y si tiene hambre; la importante es la última. 5. Ve el roble madre iluminado y una hoja que cae recta y deprisa.
Vocabulario 5: 1. Falso 2. Verdadero 3. Falso 4. Verdadero 5. Verdadero
Gramática 1: 1. empezó a comprender / se fue dando cuenta 2. acaba de ver 3. no volvió a hablar 4. Hay que levantarse 5. suele leer
Gramática 2: 1. Llevo / pensando 2. lleva contando / suele contar 3. se fue quedando 4. estuvo a punto de caerse 5. acabaron aceptando
Gramática 3: 1. Acabo de volver. 2. Dejó de escribir. 3. Volvió a abrir el libro. 4. Llevamos tres años viviendo aquí. 5. Hay que esperar.
Capítulo 5. Una alumna sin magia
Vocabulario clave
un aula — аудитория, класс
un pupitre — парта
una tiza — мел
un fracaso — провал, неудача
torpe — неуклюжий
avergonzado/a — пристыжённый
burlarse de — насмехаться над
un enfoque — подход
descartar — отбрасывать, исключать
una destreza — сноровка, умение
el trazo — штрих, линия
un pergamino — пергамент
exigente — требовательный
rendirse — сдаваться
un vínculo — связь
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