Читать книгу: «La traumática desolación de los niños»
Rafael E. López-Corvo
LA TRAUMÁTICA DESOLACIÓN DE LOS NIÑOS
Primera edición

Para mis hijos:
Alexander, Vanessa y Joanna
Y para mis nietos:
Ashley, Adrian, Evan e Isabel
Agradecimientos
Mi más profundo agradecimiento para mi esposa,
Anamilagros López-Corvo,
por su incondicional ayuda en la traducción de este libro,
así como para Norma Cerrudo,
mi editora en Ediciones Biebel,
por su gentil y afectuosa disposición.
Prefacio
La pregunta no es tanto si hay vida después de la muerte, sino más bien si hay vida antes de la muerte.
Osho
Cada recién llegado a este planeta se enfrenta a la tarea de lidiar con el complejo de Edipo.
Sigmund Freud (1905)
¿Qué progreso, preguntas, he hecho? He comenzado a ser un amigo para mí mismo. Eso fue de hecho un gran beneficio; una persona así, nunca puede estar sola. Puedes estar seguro que un hombre así es amigo de toda la humanidad.
Séneca, Cartas de un estoico
¡Cuando los padres entiendan el universo donde habitan los niños, el mundo cambiará!
López-Corvo
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Será absolutamente imposible investigar la psicopatología en adultos sin tener en cuenta el raciocinio de los niños; no porque, como muchos han expresado, el psicoanálisis solo está interesado en el pasado, sino porque, como Bion dijo una vez, “estamos simplemente interesados en el pasado que siempre se repite en el presente.” El sentimiento de soledad que un niño alguna vez haya experimentado, siempre se hará eco en la vida emocional de éste como adulto. El escritor mexicano ganador del Premio Nobel, Octavio Paz (1997), en su libro El laberinto de la soledad se refiere en prosa sensible y hermosa, a los recuerdos sobre su propia soledad infantil; reminiscencias que quizás podrían considerarse como una expresión de su propio trauma pre-conceptual. Él escribió lo siguiente:
[...] hay un ir y venir de personas que pasan al lado del paquete sin detenerse. El paquete llora. Por siglos llora y nadie lo escucha. Él es el único que escucha su grito. Se ha extraviado en un mundo, que es al mismo tiempo familiar y remoto, íntimo e indiferente[...]
Y más adelante
[...] Instante sin fin: escucharse llorar en medio de la sordera universal [...] el sentimiento nunca se ha borrado, nunca lo será. No es una herida, es un agujero. Cuando pienso en mí mismo, lo toco: cuando lo siento, lo vivencio. Siempre extraño, aunque igualmente presente, nunca me abandona, presencia sin cuerpo, mudo, invisible, testigo perpetuo de mi vida. No me habla, sin embargo, a veces escucho lo que su silencio me dice: [...] descubriste tu ausencia, tu agujero: te descubriste a ti mismo. Tú ya lo sabes: eres ausencia y búsqueda. [p. 5]
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Le he dado una importancia trascendental a la presencia de lo que he denominado el “trauma pre-conceptual”; el trauma que ocurre muy temprano en la vida, en todos los seres humanos, el cual describiré en detalle, en el Capítulo I. Hay una pregunta a considerar: ¿por qué es posible estimar la vida útil de cualquier animal, pero es bastante difícil evaluar la esperanza de vida de un ser humano? Creo que la diferencia depende del hecho de que los animales, su comportamiento y forma de vida, están estructuralmente determinados por guiones biológicos rígidos que llamamos instintos. Hay poco espacio para las improvisaciones y su comportamiento siempre seguirá los patrones específicos determinados por sus impulsos. Los humanos, por otro lado, al ser dados por la Naturaleza con consciencia y conocimiento de nosotros mismos, tenemos la capacidad de regular nuestra vida por cuenta propia, elevándonos por encima de nuestros genes y modificando nuestros hábitos; una libertad que conduce a una arrogancia narcisista y a un posible distanciamiento de los caminos regulares de la naturaleza, lo cual resulta a menudo en demandas injustas y crueles hechas por los padres a sus hijos. Mientras que los animales, al ser naturaleza pura, carecen de la capacidad de descarrilarse de sus caminos y comportamientos siempre serán predecibles y fieles a la dirección de sus genes e impulsos. En palabras simples, si la vida de un animal es filogenética, la humanidad es ontogenética. Los humanos están seriamente influenciados por traumas pre-conceptuales resultantes de la imprevisibilidad de los padres, algo que no existe en los animales. Estos traumas suelen replicarse mediante un mecanismo que Freud designó como la “compulsión de repetición”, que estructura lo que he llamado el “estado traumatizado”, el cual suele hacerse cargo del “estado no-traumatizado” y dirigir la mente del adulto. Al controlar la mente, el estado traumatizado introducirá inconscientemente lógicas basadas en el razonamiento del niño, lo que obviamente humillará, interferirá y perturbará el juicio lógico del adulto. Tal interferencia determina la forma como pensamos y actuamos, induciendo estados de confusión, ansiedad, depresión, etcétera, regulando no solamente nuestra forma de vida cotidiana, sino además con frecuencia, la duración de nuestra vida. El incremento de la esperanza de vida en humanos se ha incrementado mucho, en comparación con el pasado, gracias a mejores métodos terapéuticos, nuevos medicamentos y más sofisticados procedimientos de curación. También es posible que, a medida que la comprensión de los padres sobre la crianza de sus hijos se incremente, gracias a un mejor conocimiento de la psicología infantil, a medida que disminuya la impaciencia, la crueldad, la injusticia, el irrespeto y las estrictas demandas de los padres hacia sus pequeños hijos, también se irá mejorando la sensación de aislamiento y soledad de los niños.
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El trabajo de René Spitz (1945) sobre deprivación primaria en niños pequeños, así como los estudios de Harlow (1958) sobre monos y la investigación de Bowlby1 (1980, 1988) sobre separación, evidenciaron la importancia de la presencia de una “madre amorosa” en los primeros años del desarrollo del niño, no solo para su salud mental, sino además para la supervivencia del menor. Aunque estos estudios han provocado cambios significativos en las programaciones que ahora se usan en hogares de acogida y hospitalización de niños, aún persiste una gran ignorancia sobre la psicología infantil, la forma como los niños piensan y se comportan, su mundo mágico oculto y único que Saint-Exupéry intuitivamente percibió y etiquetó en El Principito. Sobre la relación de estos aspectos sutiles, presentes en la interacción diaria entre niños y padres, de lo que trata este libro.
La soledad en los niños ha sido considerada previamente por varios investigadores: Weiss (1973) clasificó la soledad en dos tipos: social y emocional; describió la “soledad social” como “el déficit percibido en la integración social, es decir, fallar en sentirse parte de un grupo de amigos relacionados entre sí, que comparten intereses y actividades comunes”. La “desolación emocional”, por otro lado, se describió como “la percepción de la falta de un vínculo íntimo y verdadero, la ausencia de una relación cercana y emocional en la que uno se sienta aceptado, seguro, cuidado y comprendido”. Peplau y colaboradores (1982), desde una perspectiva similar, declararon que “la soledad resulta cuando uno experimenta y reconoce una discrepancia entre lo que uno quiere o espera en la relación social y lo que uno realmente logra” 2.
La diferencia entre ese enfoque y el presentado en este libro, depende de las interacciones particulares utilizadas para definir la soledad, ya sea que se haga hincapié en el mundo exterior o en el intra-psíquico. Weiss, Peplau y Rotenberg & Hymel (1999), por ejemplo, basaron sus estudios en la interacción entre el individuo y otras personas, como una especie de consecuencia social, que podríamos llamar “social-ismo”, si usáramos la terminología de Bion3. El tipo de desolación a la que me estoy refiriendo ahora está en desacuerdo con estos autores, por cuanto estoy describiendo una estructura “narcisista”, lo que significa que se basa en lo intra-psíquico, entre elementos internos dentro del yo; algo a lo cual Klein (1963) llamó “la soledad interna”. En 1958, Winnicott, refiriéndose a la soledad, había expresado que la capacidad de estar solo era “una de las señales más importantes de la madurez emocional “; y agregó “[...] después de pensar en términos de relaciones de tres o dos cuerpos, qué natural que uno vaya más allá y hable de la relación de un solo cuerpo”. La soledad, creo, está presente en los niños porque dependen totalmente de sus padres adultos para cuidarlos. No pueden confiar en sí mismos, por lo que siempre están necesitados y generalmente de-solados; no pueden discriminar entre la realidad intra-psíquica y la externa, carecen de autonomía y existen sólo en relación al otro. Los adultos, por otro lado, se poseen a sí mismos, pueden discriminar entre la realidad intra-psíquica y la realidad externa, tienen autonomía, pueden confiar y vivir en relación a ellos mismos. Los niños sienten desolación mientras que los adultos se sienten solos, pero no necesariamente desolados, a menos que el elemento infantil, que siempre llevamos dentro, al que me he referido como el “estado traumatizado”, tenga un control total de la mente. Estos aspectos se describen en detalle en los capítulos I, V y IX.
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Cuando los indios de América fueron traídos a Francia en el año de 1562, Michel de Montaigne, un joven magistrado y escritor, les preguntó sobre su impresión del país. Respondieron en términos simples: lo inusual que hubieran personas viviendo en abundancia, mientras otros se morían de hambre; además, que “tantos hombres altos, barbudos, fuertes y bien armados [...] estuviesen dispuestos a obedecer a un niño”; (Harvey, 2008, p. 47) refiriéndose al rey Carlos IX, quien contaba con solo 12 años en ese momento. Montaigne comparó esta forma de razonar de los indios, ingenua, simple e impoluta, con la avaricia y la carnicería religiosa presente en la cultura europea, como por ejemplo, la masacre de San Bartolomé, donde 20,000 protestantes (hugonotes) fueron asesinados en el nombre ¡de Dios!4. También cuestionaba sobre cómo los indios podían ser considerados bárbaros, si “[...] las palabras que denotan mentira, traición, engaño, avaricia, envidia, calumnia y perdón, nunca se le han escuchado [...] no hay nada bárbaro o salvaje en ellos; llamamos bárbaros a todo lo que resulta contrario a nuestros propios hábitos”. Son salvajes, consideró, “en la misma escala que decimos que las frutas son silvestres” (Ibid). Basado en esta convicción, Montaigne revivió el viejo concepto del “noble salvaje” jugando con la probabilidad, que el arrogante europeo pudiese más bien haber aprendido de la mente simple pero natural del salvaje.
Podríamos aplicar esta noción del “noble salvaje”, a la ingenuidad y simplicidad que caracteriza a todos los niños que nacen sin contaminación alguna; como una hoja de papel blanco, sin nada escrito y hacer reflexionar a los padres, que son como los europeos, que imaginan a los niños como seres sin educación, bárbaros y suelen recomendar restricciones, castigos y control total para “educarlos”. Tampoco creo que los niños sean “perversos polimorfos”, como Freud alguna vez los consideró, prefiero pensar que son “insaturados”, y al ser así, mentalmente virginales, están completamente abiertos a cualquier cosa que no duela, incluso si es perversa. En otras palabras, la naturaleza se expresa a través de los niños5; los niños para sobrevivir usan mecanismos de defensa basados en la omnipotencia y la imitación. Estas defensas son consecuencia de los sentimientos de impotencia, soledad e indefensión de los niños, y las usan como garantía de fuerza con el propósito de tranquilizarse a sí mismos, haciendo uso de la magia, y así creer que están en “control total”, que son completamente aceptados por sus poderosos padres. Los niños, al no estar saturados, están abiertos y dispuestos a explorar cualquier cosa, siempre que no duela. Aprenden imitando y al mismo tiempo carecen de la capacidad para medir consecuencias, lo que significa que, si los padres son perversos, ¡los niños también lo serán!
La humanidad progresa por tres razones principales: i) los descubrimientos de los secretos de la vida, que se traducen en una mejor y más larga calidad de vida; ii) la tecnología, que al acortar distancias y acelerar el tiempo produce más seguridad y confort; iii) las mujeres, quienes a medida que se convierten en mejores madres, cosechan mejores hijos. Para producir niños más sanos se requerirá más tolerancia y respeto por el niño, lo que significa que debemos descender al mundo del niño y aprender de ellos, en lugar de tratar de elevarlos a nuestro nivel de mundo adulto, intentando adultizarlos, lo cual resulta una forma de injuria hacia la personalidad del infante.
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Cuando de niño me metía en problemas debido a algún tipo de comportamiento travieso, recuerdo correr a la casa de mi abuela, convenientemente ubicada al lado de la nuestra, para encontrar protección contra la ira de mi madre. Mi abuela, quien vestía faldas largas, como era costumbre en su época, me colocaba debajo de la falda y permanecía inmóvil mientras veía a mi madre buscarme por todos los rincones; pero cuando ésta no lograba encontrarme, se volvía hacia mi abuela e intentaba levantar la falda, en ese momento ella le decía a mi madre, de una manera amenazante: “Ni lo pienses”. Obviamente, mi abuela fue un personaje importante en mi vida; ella era mi protectora y salvadora. Pero ahora, que soy abuelo, no veo a mis nietos corriendo hacia mí o hacia la abuela en busca de ayuda. Parece que, en el presente, los padres son más tolerantes, en comparación como lo fueron en el pasado; ya no amenazan a sus hijos con castigos físicos y en consecuencia los abuelos ya no son un activo esencial. Sin embargo, hay otros problemas importantes aún presentes, que se traducen en la desesperada sensación de soledad de un niño, la cual estructurará el trauma pre-conceptual, siempre presente en todos los humanos que también determina su propio perfil emocional y su idiosincrasia particular.
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Cuando se habla de la psicopatología de los niños, los profesionales del campo se refieren al trauma como una condición que solo está presente en “algunos niños” y no conciben la posibilidad de una condición ubicua, presente en todos los humanos. Posiblemente solo consideran lo que es notorio y obvio, sin contemplar lo que Massud Khan (1963) denominó “trauma acumulativo”. Estoy completamente convencido de que todas las formas existentes de psicopatología son absolutamente traumáticas, algo ya anunciado por Freud en su articulo: “Moisés y el Monoteísmo”, escrito pocos meses antes de ser eutanizado, por lo cual, desafortunadamente, no llegó a elaborarlo. Los síntomas, es decir, como el “trauma ubicuo” o “trauma pre-conceptual”, como lo he denominado, se hacen presentes en cualquier ser humano y estructuran un estado dinámico interno al cual me he referido como “estado traumatizado”, que paradójicamente representa el método por el cual intentamos defendernos del sufrimiento inducido por los traumas pre-conceptuales. Recuerda el célebre adagio que se repite en medicina: “El organismo se enferma curándose”. Estos síntomas siempre dependerán de la cultura y la geografía donde nos hemos criado: la psicopatología alrededor del Ecuador es diferente de la que solemos encontrar en los territorios del Norte, algo que mencionaré con más detalle en los Capítulos I y IX.
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Solo se requieren dos actitudes para proporcionar una educación sensible acerca de los niños pequeños: paciencia y respeto. Paciencia en el sentido de tolerancia al comportamiento aparentemente absurdo del niño y el respeto como una forma de consideración a la existencia del niño como individuo. Los padres siempre deben ayudar a sus hijos a discriminar entre un aspecto propio de él, como su comportamiento, y él mismo como un todo, capaz de aprender de sus errores. Las reprimendas o castigos serios deben dirigirse principalmente hacia aquellas acciones realizadas por los niños, que podrían poner en peligro su salud o su vida. Sin embargo, independientemente de la razón, siempre debe haber un intento de ayudar al niño a comprender el propósito y la razón de la reprimenda y, si es posible, ayudarlo a participar en la decisión final. Tener en cuenta al niño, es decir, hacerlo presente como un participante activo, lo ayudará a darse cuenta de que “existe” como ser humano, algo esencial para el futuro bienestar emocional del adulto, lo cual me recuerda lo dicho por Osho: “La pregunta no es tanto si hay vida después de la muerte, sino más bien, si hay vida antes de la muerte.”
Un padre me refirió que sus hijos, de 7 y 4 años, habían acumulado demasiados juguetes, por tanto, él y su esposa estaban planeando vender muchos de ellos. Le pregunté si había discutido esa decisión con ellos, quienes obviamente eran los “dueños” de los juguetes; dijo que no, que no siempre podía consultar sus decisiones con los hijos, que le dijo a su esposa y ella estuvo de acuerdo. En el mundo de los adultos, cuando alguien actúa arbitrariamente, siempre hay muchas opciones para activar y apelar; sin embargo, en la temprana infancia solo están los padres y el niño y cuando los primeros actúan arbitrariamente, el niño no tiene a nadie a quien recurrir. Esto estimula la sensación natural de impotencia del niño, al punto de la soledad absoluta y la desesperación total. Los niños lidian con esta situación con negación; separan la emoción de la circunstancia que la ha producido y la reprimen. Más tarde, cuando crecen y se enfrenten a nuevas situaciones traumáticas, las circunstancias del presente provocarán inconscientemente la emoción reprimida del pasado, produciendo estados de depresión o ansiedad, para lo cual, generalmente, no poseen una explicación lógica; anteriormente me he referido a esta confusión como el “entrelazamiento traumático”6.
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La mayoría de los padres tienen grandes dificultades para comprender el razonamiento de sus hijos y luchan por lograr una comunicación real con ellos, en virtud que los adultos han reprimido y olvidado su propia infancia, y por lo tanto, la forma como se sentían y pensaban entonces. Esta condición a menudo resulta en la creación de dos mundos diferentes que corren paralelos, y con poca frecuencia se superponen y es lo que lleva a los padres a recurrir al menos a tres modos de reacción: i) ignorar a los niños, ii) tratar de convertirlos en adultos, o iii) impacientarse y a menudo tornarse violentos. Desde el vértice del niño, estas reacciones equivalen a sentimientos de trato injusto, inexistencia, pero, sobre todo una profunda sensación de soledad. Girzone (1989), refiriéndose a este asunto, había dicho lo siguiente:
Los niños viven en su propio pequeño mundo donde todo es un asunto serio y en sus mentes todo tiene sentido [...] pero ya no podemos entrar en ese mundo. Es un período perdido por siempre. Una vez estuvimos allí, pero en algún lugar del camino de la vida hemos perdido la llave de esa puerta que abre ese mundo para nosotros. [p. 5]
No hace mucho, sentado en un café, observé a un hombre en la mesa de al lado, muy concentrado trabajando en su computadora. Unos minutos más tarde, una mujer joven, posiblemente su esposa, entró llevando en sus brazos a un niño pequeño no mayor de tres años que la abrazaba con fuerza. Después de besarlo varias veces, colocó al niño en el suelo, luego se dio la vuelta, abrazó y besó al hombre y por unos minutos miró la pantalla de su computadora. Se volvió hacia el niño, sacó un pequeño auto de su bolso y se lo pasó al niño, él lo sostuvo por unos segundos y luego lo arrojó furioso al piso; ella lo recogió y se lo devolvió y éste inmediatamente lo arrojó nuevamente; ella, muy enojada, lo regañó por no comportarse correctamente. El hombre, que permanecía concentrado en su trabajo, la llamó; ella rodeó la mesa y amorosamente colocó su mejilla muy cerca de la de él y miró la pantalla de la computadora sobre su hombro. Luego de esto, el niño se acercó a su padre y comenzó a golpearlo en la pierna y éste en un tono enojado le gritó: “¡Basta ya! ¡No hagas eso! Pórtate bien.”
¿Eran estos padres capaces de comprender el significado detrás del comportamiento de este niño? Si la madre, por ejemplo, se hubiera ido a otra mesa y hubiera abrazado y besado a un extraño con el mismo ardor que hizo con su esposo, es muy posible que su cónyuge hubiese sido dominado por los celos y los hubiese atacado a ambos. Obviamente, si otros hubieran podido observar esta escena, es posible que no le hayan gritado al marido: “Detente y compórtate bien”, sino que podrían haber entendido y respaldado la ira y la reacción de él. La única diferencia entre los celos del niño y los del padre, es que cualquier adulto que haya sido testigo de la situación habría entendido y justificado las acciones de los padres, ¡pero cuestionarían la agresión del niño hacia su padre pensando que es de mala educación! Sin embargo, volviendo a la situación del niño con sus padres, desde el vértice del niño, su reacción fue lógica y las emociones de los padres hacia él fueron absurdas.
Cuando la incomprensión de los adultos hacia los niños se repite continuamente, se convierte en un patrón permanente que persiste dentro de nosotros por el resto de nuestra vida. Proporciona una eterna e inconsciente “vitalidad” a las emociones presentes del niño solitario e injustamente incomprendido, que todos los humanos llevamos dentro de nosotros; después de todo, el significado etimológico de “emociones” se origina en “ex” que significa “fuera” y “moción” que significa “movimiento”; en otras palabras, algo que es muy rápido y está allí, adelantándose a nosotros. Las emociones provocadas por hechos significativos que tuvieron lugar durante la primera infancia son escindidas y proyectadas en los otros, por la mente del niño, para lidiar con el dolor. Estas emociones permanecen reprimidas, pero completamente separadas del hecho particular que originalmente las ha moldeado; más tarde, sin embargo, otros hechos ocurridos durante la edad adulta podrían inducir lo que acabo de referir como “entrelazamiento traumático”, es decir, cuando un trauma actual dispara inconscientemente al trauma original, o pre-conceptual, como le he llamado.
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Como dije anteriormente, cuando los padres no pueden seguir la forma de pensar de sus hijos, a menudo recurren a la violencia o a la “adultización” de estos, esperando así que el niño se comporte como un pseudo-adulto o que muestre una actitud imitadora o “personalidad como si.”7
Como consecuencia, esta actitud de los padres inducirá, en la mente rudimentaria del niño, sentimientos traumáticos de injusticia, inexistencia, impotencia y emociones significativas de desolación. Tales sentimientos constituyen la base de un aspecto relevante del trauma pre-conceptual: un tipo de trauma temprano presente de manera ubicua en todos los seres humanos. Los traumas pre-conceptuales, al mismo tiempo, dividen la mente de todos, en dos estados diferentes, a los cuales me he referido previamente y siguiendo a Bion: i) una parte infantil o “estado traumatizado”, ii) otra, capaz de razonar con lógica o sentido común, a la que me refiero como “estado no-traumatizado” (López-Corvo, 2014). Este aspecto se describe en detalle en el Capítulo I.
Existe una paradoja muy significativa que siempre interfiere con la capacidad de seguir de cerca el lenguaje emocional que estructura la “zona de sufrimiento” o el “estado traumatizado” de cualquier ser humano. Este estado es una consecuencia directa de las fijaciones traumáticas que tienen lugar durante los primeros años de la vida de cualquier ser humano, pero debido a un comienzo tan precoz, el lenguaje emocional que ensambla el “estado traumatizado” seguirá la lógica basada en el pensamiento de los niños. El “estado no-traumatizado”, por otro lado, representa el proceso normal de maduración física y mental a medida que se avanza en el tiempo, desde el nacimiento en adelante, de acuerdo con la dotación mental genética de cada individuo, influenciado adicionalmente por la edad, la cultura y la experiencia. La “paradoja” que he mencionado anteriormente, se refiere a la interacción entre los estados traumatizados y no-traumatizados dentro de la mente de cualquier adulto que conlleva y repite la misma incomprensión que una vez tuvo lugar entre el niño y sus padres. Esto significa que, de manera similar a cómo nosotros cuando niños, interactuamos con nuestros padres, ahora cuando ya no somos niños sino adultos, ambos estados, el infantil o traumatizado y el adulto o no-traumatizado, en el interior de nuestra mente, corren paralelos entre sí, dentro de su propio mundo, sin tocarse nunca. Estos estados no solo están estructurados siguiendo una epistemología diferente, sino también y muy importante, el estado traumatizado es mayormente inconsciente mientras que el no-traumatizado es mayormente consciente. En otras palabras, la protesta solitaria de un niño que alguna vez se sintió incomprendido por sus padres sigue retornando, inconsciente y eternamente al mismo malentendido, aunque intra-psíquico esta vez, entre un niño (traumatizado) y un adulto (no-traumatizado), como elementos internos, dentro de la mente de cada individuo. Volveremos sobre este asunto con más detalle en el Capítulo I.
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En El Principito, Saint-Exupéry dice, irónicamente: “Los adultos nunca pueden entender nada por sí mismos y es agotador que los niños siempre tengan que explicarles las cosas”. Sin embargo, tal vez era un poco demasiado amable en su consideración del comportamiento adulto, porque sería extremadamente difícil para un niño explicar las cosas a los adultos porque la mayoría de las veces los adultos son demasiado impacientes, demasiado ocupados o demasiado arrogantes y omnipotentes, para escuchar y comprender a los niños. Creo que podríamos medir el nivel de desarrollo cultural en cualquier sociedad, dada la capacidad de los padres de proporcionar a sus hijos la misma comprensión, paciencia y respeto que expresan a otros adultos que han catalogado como “importantes”.
Al no poder satisfacer la demanda del Principito de dibujar una oveja, Saint-Exupéry (1943) recurrió a capitalizar la capacidad de los niños de fantasear mediante simulación, ¡y decidió dibujar una caja simple que “supuestamente” contenía una oveja dentro!
“–Esa es la caja. La oveja que quieres está adentro. [Dijo Saint-Exupéry al Príncipe] “–Me sorprendió mucho”. [Continuó] “–Para ver la cara de mi joven juez [el Príncipe] iluminarse. “–¡Eso es justo lo que quería!” [Dijo el Príncipe] “¿Crees que esta oveja necesitará mucha hierba?” [p. 8] [...] Mi amigo nunca explicó nada. Quizás pensó que yo era como él. Pero, personalmente, me temo que no puedo ver ovejas dentro de las cajas. Quizás soy un poco como los adultos. He tenido que envejecer. [p. 15]
El Principito, quien representa a todos los niños, vive en un planeta muy pequeño, lo que significa la vida restringida de un niño. El mundo de los adultos está representado por el planeta del “Rey”, el “Hombre engreído”, el “Bebedor” y el “Hombre de negocios”; individuos que se sienten tan insignificantes que continuamente están dando órdenes, exigiendo respeto, intolerantes a la desobediencia, teniendo que estar siempre al mando. Hay un dicho común en español que dice lo siguiente: “Dime lo que presumes, y te diré lo que no tienes”.
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Un segundo propósito de este libro es comprender la existencia de una poderosa lucha mental entre los dos estados dialécticos: uno presente en el estado traumatizado que empuja hacia la dependencia, el miedo y el dolor mental, entre otros; y otra fuerza ejercida por el estado no-traumatizado que progresivamente avanza hacia la libertad, el coraje, la creatividad y el bienestar. Sin embargo, la verdad es que la Naturaleza ya ha decidido por nosotros, denotando que física y mentalmente estamos obligados a pasar del nacimiento a la muerte, de la dependencia a la libertad; como si estuviera implícito en nuestra propia naturaleza, por lo cual pienso sobre esto último, que en realidad existe un verdadero “impulso hacia la libertad”. Pero antes de continuar deliberando sobre estos asuntos, debería discutir la “teoría”, específicamente el instrumento básico en el que confiaré a través de todo este libro a fin de aportar un significado lógico a mis elaboraciones; algo que intentaré en el Capítulo I.
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Si naciéramos ya adultos, la psicopatología podría no existir, a excepción de los trastornos genéticos, porque hubiéramos podido defendernos y protegernos de la ignorancia y el maltrato abusivo de nuestros padres. Sin embargo, dado que esto es absolutamente imposible, todos estamos condenados a soportar las consecuencias de nuestro inevitable trauma pre-conceptual. Pero siempre tendremos una segunda oportunidad, porque una vez que nos convertimos en adultos y somos capaces de usar el razonamiento y la lógica –función alfa en el lenguaje de Bion–, somos capaces de comprender y proporcionar un significado racional a nuestro trauma pre-conceptual y a nuestro dolor mental, lo que podría abrir las puertas hacia una sensación total de libertad y bienestar.
Piaget describió tres períodos principales en el desarrollo epistemológico de los niños. El primero representa la capacidad del niño para distinguir lo conocido de lo desconocido; aproximadamente a los 8 meses de edad el niño reconoce el rostro de la madre. El segundo período corresponde a la capacidad de comprender que los padres buenos y malos son iguales, que también el objeto existe incluso si no está presente, una aptitud que tiene lugar alrededor de los 7 u 8 años de edad, que ayudará al niño a lidiar con la “ansiedad por separación”. Finalmente, la propensión a hacer uso de las condiciones presentes de un objeto o circunstancia para descubrir transformaciones futuras, una habilidad a la que Piaget se refiere como “operaciones formales”, que tienen lugar alrededor de los 12 años. A esta edad, la mente del niño puede usar lógicas deductivas e inductivas simples, muy similares a las que podría hacer cualquier adulto; pero solo con su capacidad de razonar, porque el niño carece del conocimiento y la habilidad que se adquiere con el tiempo y la experiencia.
La lógica simple o sentido común –o función alfa en el lenguaje de Bion–, podría guiar a cualquier individuo a desentrañar los enigmas emocionales –o elementos beta– resultantes de traumas pre-conceptuales, y así construir vínculos, que permitan la asociación con el dolor mental actual; después de todo, cuando alcanzamos la edad adulta podemos entender que nacemos “como una hoja de papel blanca, sin nada escrito” y que no merecíamos lo que la ignorancia de nuestros padres nos hizo. Esta idea permitirá una “segunda oportunidad” para encontrar una salida a nuestro sufrimiento mental. ¡Aunque a muchos les resulte difícil de imaginarlo, pienso que los traumas pre-conceptuales son la razón principal de la muerte prematura! Sin embargo, la posibilidad de una segunda oportunidad no es una operación simple y fácil que podríamos hacer nosotros mismos. A menos que seamos Sigmund Freud, el único individuo capaz de realizar esta operación por sí solo, ya que fue el creador de dicha metodología. En el presente, se requieren años de psicoanálisis personal para proporcionar un sentido lógico y un significado apropiado a todas las confusiones emocionales que continuamente pueblan nuestra mente. Similar a una intervención quirúrgica, el psicoanálisis y la psicoterapia requieren que alguien más lo realice. Creo firmemente que el propósito principal de la vida es el “bienestar” y para lograrlo verdaderamente, una inventiva adecuada estará totalmente justificada. La pregunta, entonces, es cómo hacer para que este procedimiento esté disponible para todos en el futuro, porque la dominación de la mente por parte del elemento infantil en la mayoría de los humanos ha dado como resultado personas que parecen adultos pero que aún actúan como niños, hasta el punto que en lugar de invertir en la vida, se dedican a la guerra y la muerte. ¡La humanidad sigue siendo demasiado primitiva!
1 Bowlby estuvo motivado en su investigación, debido a su propio trauma pre-conceptual, inducido por las prolongadas separaciones sufridas, a muy tierna edad, de su madre.
2 Weiss (1973) y Peplau (1982), ambos han sido citados por Rotenberg y Hymel (1999) pp. 12 y 13.
3 Ver López-Corvo 2003.
4 Algo similar tiene lugar hoy día, en los actos suicidas de los terroristas, ejecutados por fanáticos islámicos.
5 Una prueba de que es la naturaleza quién está a cargo y no los niños, se muestra a través del hecho probado, que todos los niños, sin importar cuál sea su cultura, siguen los mismos estadios de desarrollo, como por ejemplo, ‘el no rehusador’ a la edad de los dos años o las ‘pataletas’ a edad posterior.
6 Ver López-Corvo 2013-2014.
7 La personalidad “como si”, representa a alguien temeroso de ser excluido y por ello siempre será complaciente con el otro y sus demandas, al punto de convertirse “en el deseo del otro”. En el Capítulo III he citado un poema de Whitman, que describe hermosamente lo que trato de decir ahora.
CAPÍTULO I
La teoría: los traumas pre-conceptuales
La razón por la que nos preocupamos por cosas que recordamos, de nuestra historia pasada, no se debe a lo que aconteció –aunque eso podría ser bastante importante por derecho propio– sino por la marca que ha dejado en usted o en mí o en nosotros, ahora.
Bion, Domesticando Pensamientos Salvajes
Este mundo ordenado (cosmos) es mixto de nacimiento: es la descendencia de una unión de Necesidad [estado traumatizado] e Intelecto [estado no-traumatizado]. El Intelecto prevalece sobre la Necesidad persuadiéndola (por Peitho, diosa de la persuasión) para dirigir la mayoría de las cosas y que puedan llegar a ser lo mejor, y el resultado de esta subyugación de la Necesidad mediante una sabia persuasión representa la formación inicial del universo.
Platón, La República
Sufrimos más a menudo en la imaginación que en la realidad.
Séneca
Introducción
En la introducción de su trabajo acerca de “Una teoría del pensamiento” (1967), Bion explicó que su contribución era:
creada con la intención de establecer que la práctica del psicoanálisis debería reafirmar la hipótesis que, está compuesto de datos empíricamente verificables (p. 110).
La intención implícita en este primer capítulo tiene una inquietud similar, porque el principal argumento que introduzco expresa: casi todas las formas posibles de patologías existentes, con las cuales hemos de lidiar en la consulta, son siempre una consecuencia inmediata de un trauma de la infancia; ello podría ser empíricamente reafirmado por una data verificable. Es una hipótesis a la cual ya Freud se había referido ligeramente en 1939, en Moisés y el monoteísmo, pocos meses antes de ser eutanizado por su médico, cuando expresó lo siguiente:
Damos el nombre de trauma a esas impresiones tempranas y más tarde olvidadas, a las que damos gran importancia en la etiología de las neurosis. Debemos dejar a un lado la pregunta de si la etiología de las neurosis en general, debe ser considerada como traumática. [Freud, 1939, p. 72]
Fue una lástima que Freud no hubiese podido entonces contestar esta pregunta y hubiese “dejado a un lado” tal presunción.
He definido el trauma como “la condición mental que resulta, cuando un hecho temporal se hace permanente, mediante la compulsión de repetición”. También he considerado la existencia de dos formas de traumas: pre-conceptual y conceptual; los pre-conceptuales son ubicuos y representan aquellos traumas que acontecen en las etapas tempranas de la vida de cada ser humano, cuando no hay una mente capaz de contenerlos y proveerles un significado y cuando el reverie materno falla en su capacidad intuitiva. Podemos ahora repetir lo dicho por Freud (1905) sobre el complejo de Edipo, pero con un ligero giro, “cada individuo al llegar a este mundo, ha de lidiar con la tarea de contener su complejo de Edipo”; a lo cual agregaría: “el cual será siempre modificado por su trauma pre-conceptual particular”.
En anteriores publicaciones he descrito a los traumas pre-conceptuales en la siguiente forma:
Están estructurados diacrónicamente, como una narrativa de presencias ausentes relacionadas, que representan “parásitos” altamente tóxicos y organizados emocionalmente, que habitan en el inconsciente; desde muy temprano, se alimentan de tiempo y espacio, inhiben los procesos de simbolización, se proyectan en todas direcciones y se reproducen incesantemente, determinando, no sólo toda forma de patología sino también la idiosincrasia de cada individuo. (López-Corvo, 2014, p. xxi)
El trauma pre-conceptual representa “conjunciones constantes”1 o hechos que, ocurriendo por casualidad, se repiten por compulsión y siempre determinarán la idiosincrasia particular en todos los individuos. Los traumas conceptuales son accidentales, tienen lugar en un tiempo donde ya existe una mente capaz de contenerlos pero, por alguna razón, falla en hacerlo. Debido a la intensidad del evento, pero también y muy importante, porque el trauma conceptual siempre, inconscientemente, elicita los traumas pre-conceptuales; este es un concepto al cual previamente me he referido como el “entramado del trauma”. (López-Corvo, 2013, 2014)
Los traumas pre-conceptuales dividen la mente en dos estados: el traumatizado y el no-traumatizado. El primero representa la repetición inconsciente compulsiva del trauma pre-conceptual, estructurado por emociones reprimidas, a las que Bion se ha referido como elementos beta. El estado no-traumatizado se caracteriza por el desarrollo natural de la mente desde el nacimiento hasta la adultez y está regido –de acuerdo a Bion– por la función alpha, la cual puede ser definida como la capacidad, en cada ser humano, de pensar pensamientos; en otras palabras, estar capacitado para “digerir mentalmente” los traumas pre-conceptuales y contener las experiencias dolorosas, mediante la transformación de emociones primitivas, en pensamientos lógicos, creativos o elementos alpha.
Estado traumatizado y no-traumatizado de la personalidad
Varios años atrás, en una conferencia sobre Psicoanálisis de Niños, en Bello Horizonte, Brasil, recuerdo haber dialogado sobre la necesidad de hacer una “boda” entre Jean Piaget (psicología cognitiva) y Melanie Klein (psicología de las emociones), a fin de integrar el lado cognitivo y el lado emocional de la mente. Era una idea, presente en Freud hacia 1922, luego de escuchar a Piaget durante el Congreso Psicoanalítico en Berlín. En ese entonces, Freud comenzó a interesarse en las disertaciones de Piaget sobre pensamiento simbólico, dada la similitud que encontraba con su propio trabajo acerca del inconsciente (Piaget, 1961, p. 234). Anthony (1956, 1957) publicó dos artículos sobre el mismo tema, aunque resultaron más críticos que integradores, refiriéndose al trabajo de Piaget como una “psicología sin emociones”. Las contribuciones de Bion han sido determinantes en la aportación de un puente entre cognición y emoción, algo que podemos observar en su trabajo original sobre grupos sin líderes, donde establece la existencia de dos diferentes formas de grupos: grupo de trabajo (cognitivo) y grupo de supuestos básicos (emocional); esta consideración sirvió de base para su trabajo posterior sobre la parte psicótica y no-psicótica de la personalidad. He hecho uso de este artículo (López-Corvo, 2014) para la conceptualización de los traumas pre-conceptuales y la presencia de los dos estados que fragmentan la mente: traumatizado y no-traumatizado. En relación a este tema, he considerado también lo siguiente:
Meltzer (1978), destacó que Bion no discriminó entre la parte psicótica de la personalidad y la psicosis clínica, quizás debido a la influencia de Klein y su consideración de la posición esquizo-paranoide, como representación del punto de fijación para la esquizofrenia. También añadió que no estaba claro si Bion pensaba que esa parte de la personalidad es ubicua o sólo está presente en la persona, quien actualmente presente un desorden esquizofrénico. [p. 26]
Basado en estas afirmaciones y en la experiencia de muchas otras investigaciones psicoanalíticas, al igual que la mía propia, he considerado que la referencia de Bion a “psicótico” y “no psicótico” es una dinámica presente en todos los seres humanos, resultado de eventos traumáticos tempranos no contenidos. A fin de evitar la confusión –como también lo consideró Meltzer– he preferido cambiar el término de “la parte psicótica y no psicótica de la personalidad”, utilizada por Bion, por el de estados traumatizado y no-traumatizado de la personalidad.El estado traumatizado está estructurado por la presencia de emociones inconscientes organizadas acorde a una lógica específica basada en el pensamiento infantil. Este raciocinio estará determinado acorde al tiempo –punto de fijación–, es decir, cuando el trauma pre-conceptual particular se estableció. En otras palabras, el trabajo cognitivo de Piaget representa no sólo el lenguaje del niño, sino también el lenguaje de todas las formas de psicopatología tal como están presentes en el estado traumatizado de todas las mentes; memorias inconscientes no recordadas, a las que Bion se ha referido como elementos beta. La estructura epistemológica del pensamiento emocional en los adultos con frecuencia sigue una lógica parecida a la del niño; en otras palabras, “el lamento de un niño incomprendido, se repetirá a sí mismo, eterna e inconscientemente, dentro de la mente del adulto”. Sin embargo, la diatriba entre cognición y afecto no es una preocupación actual; estaba ya presente en la mente de Platón cuando éste, a través de Timeo, sostenía que en el concepto del cosmos había una interacción dialéctica entre dos supuestos elementos: “Intelecto” (Nous = nouσ) y “Necesidad” o Destino [Ananké = Anankh]. Platón aseguraba lo siguiente: “Este mundo (cosmos) organizado, es producto de un nacimiento mixto: es el hijo de la unión entre la Necesidad y el Intelecto. El Intelecto prevalece sobre la Necesidad mediante la persuasión de ésta, (Peito, diosa de la persuasión), conminar a la mayoría de las cosas a convertirse en algo mejor y el resultado de esta subyugación de la Necesidad a la sabia persuasión fue la formación inicial del Universo”2.
Podemos encontrar alguna semblanza entre esta afirmación hecha por Platón sobre el “universo externo” y la descripción de Bion acerca de la interacción dialéctica entre los mundos beta y alfa, relacionados al “cosmos interno”, donde el predominio de beta podría ser equivalente a la “necesidad”, expresada a través de la repetición a la compulsión, mientras que el mundo alfa correspondería al predominio del intelecto mediante el uso de la función alfa. Una diferencia interesante entre Platón y Bion radica en el uso del término persuasión por parte de Platón y digestión por parte de Bion, para explicar cómo el “intelecto” contiene a la “necesidad”, acorde a Platón y la función alpha a los elementos beta, según Bion.
Previamente he descrito a los traumas como el resultado de un evento temporal que se hace permanente, similar al modo como las antiguas huellas de los dinosaurios quedaron labradas para la eternidad. Imaginemos a un dinosaurio sediento, quizás un tiranosaurio, que un día cualquiera caminaba lentamente hacia la orilla de un lago a fin de calmar su sed; 180 millones de años más tarde, tormentosos aguaceros revelaron huellas estampadas en la piedra caliza que develaron los pasos de este inmenso cuadrúpedo en aquel particular paseo matinal. Podría haber sido un evento regular, un acto repetido por el tiranosaurio, aunque esta vez la conjunción de una serie de variables se conjuraron para preservar sus huellas. Quizás el peso enorme del animal junto a las condiciones del tiempo –temperatura, grado de humedad, cualidad de la arena, etcétera– se congregaron para preservar aquel rastro para siempre. Hoy día, cuando el lago no existe más y los dinosaurios han desaparecido de la faz de la Tierra, esas huellas, producto de un instante rutinario, se han preservado para la eternidad; en otras palabras, aquello que pudo haber sido un evento temporal se convirtió en un hecho permanente; una ausencia abrumadora se transformó en una presencia indeleble.He considerado (López-Corvo, 2013, 2014) la existencia de dos diferentes formas de trauma: 1) una universal, a la que he denominado trauma pre-conceptual, presente en la mente de todo ser humano, que acontece en los primeros años de la vida. 2) La otra forma la he denominado trauma conceptual, el cual es particular, individual, accidental y tiene lugar en un periodo más tardío, cuando hay una mente que falla en contener los hechos provenientes de una realidad traumática sobrecogedora3. Debido a la falla del mecanismo de “prueba de realidad”, siempre existe un entrelazamiento emocional continuo entre el trauma conceptual y el pre-conceptual.
He definido al trauma pre-conceptual (López-Corvo, 2014), como un hecho que tiene lugar en todos los individuos, durante los primeros años de sus vidas, cuando la “ausencia” de un objeto primario esencial –la madre, por ejemplo– se transforma en una “presencia permanente”, cuando la mente rudimentaria del niño y la capacidad de la madre de entender intuitivamente la angustia de su hijo (rêverie, como Bion lo ha definido), fallan en contener la ausencia. Similar a las huellas del dinosaurio, la posibilidad que esta ausencia del objeto se transforme en una presencia crónica y duradera, dependería de una ecuación imaginaria entre el impacto en particular de la experiencia traumática y la capacidad del ambiente para contener tal pérdida y ser capaz de transformarlo en un incidente inofensivo e insignificante, o lo contrario.
Los traumas pre-conceptuales son consecuencia de tres factores principales: i) la discrepancia entre la superioridad de los padres y la indefensión del niño; ii) los padres son gente común, no “escogidos por Dios” para ser padres, aunque el mecanismo de idealización que los niños proyectan en sus padres, les induce a tal creencia; iii) la soledad e impotencia, inducida muchas veces por la incapacidad del adulto para seguir la lógica infantil y no poder comprender su particular idiosincrasia y su forma de razonar. Un ejemplo clínico podría aclarar este argumento: Una joven consultó porque su pequeño hijo de tres años había comenzado a orinarse por todas partes después de que su padre “desapareció”; quien había salido repentinamente de la ciudad por motivos de negocios, sin darle al niño ninguna explicación; éste, frustrado y lleno de ira, pensaba que su padre lo había abandonado porque él no era bueno. En estos casos, la madre debe decidir si ella desea que esta conducta indeseable del niño desaparezca o que, por el contrario, se haga crónica. Si ella fuera solidaria con la necesidad del niño y no reaccionara confrontándolo con ira, dicha conducta eventualmente se extinguiría; pero si, por el contrario, se instala en una constante batalla con el niño, éste, de manera terca, podría quedarse enganchado a tal comportamiento por largo tiempo, e incluso convertirlo en un síntoma.
Podría sonar a cierto reduccionismo cuando digo todos los seres humanos están destinados a lidiar inconscientemente con alguna forma de trauma infantil, con el clamor de un niño, quien una vez fue incomprendido por sus padres y todavía en la actualidad, se sigue sintiendo incomprendido por la parte adulta de sí mismo, donde tal elemento ahora habita (estado no-traumatizado). No todas las formas de traumas pre-conceptuales son obvias y fáciles de seguir, por ejemplo, la que podemos observar en individuos que han sido abusados física o sexualmente. Algunas veces los traumas pre-conceptuales pueden estar tan fragmentados, que resulta difícil juntarlos; un concepto que Kahn (1963) ha descrito como “trauma acumulativo”. Un ejemplo clínico nos servirá de utilidad: Olga era una joven aparentemente muy perturbada, presentaba una organización delirante y paranoide que le hacía sentirse amenazada por fuerzas oscuras que la acusaban de ser homosexual. Hija de dos pediatras agradables y sensatos, y a pesar de una exhaustiva investigación no pudimos encontrar ningún evento infantil que pudiese explicarnos la intensidad de su sufrimiento mental, excepto por el hecho de que ella era la octava de una familia de 10 niños. Cuando nació, su madre estaba “ocho veces diluida” y esta ausencia pasiva estaba en el corazón de su necesidad y de su delirio paranoide. Era un trauma del día a día, aparentemente atenuado, pero que en el tiempo, había producido un efecto devastador y determinante en su mente. Confundía, de adulta, la inmensa necesidad que había tenido cuando niña por la “presencia de su madre ausente”, proyectada ahora en todas las mujeres.
La mayoría de las veces los traumas pre-conceptuales pueden ser descubiertos en las primeras entrevistas, aunque algunas veces puede tomar algunas semanas. En la práctica privada, es esencial determinar tan pronto como sea posible la característica específica del trauma particular que el paciente ha padecido en la temprana infancia, por cuanto una vez que el núcleo del trauma pre-conceptual es aprehendido, es posible darse cuenta de que lo revelado desde la psicopatología de cada paciente, al igual que desde la transferencia y contratransferencia, siempre es la repetición del corazón del trauma; puede que la forma como se presenta el conflicto cambie, pero su significado inconsciente es siempre el mismo. Algunas de las verdaderas características traumáticas podrían ser inferidas acorde a la forma como el paciente comunica sus emociones al terapeuta –algo a lo que nos referimos como la transferencia–, o como el terapeuta responde emocionalmente a los sentimientos proyectados por el paciente, algo a lo que nos hemos referido como “contra-transferencia”. He considerado anteriormente que las emociones que están siendo re-experimentadas por el adulto fueron previamente sentidas hacia los padres durante la infancia y representan condiciones traumáticas que han permanecido congeladas, aunque repitiéndose continuamente dentro del inconsciente. El género y el lugar que ocupaba entre sus hermanos puede también proveer evidencias sobre el trauma particular. En una familia de tres niños, por ejemplo, el mayor podría sentirse “abandonado”, el del medio “olvidado” y el más joven “abusado”. Sin embargo, cuando hay un solo hijo, el trauma pre-conceptual podría estar estructurado alrededor de sentimientos de extrema responsabilidad por el bienestar de los padres, por el temor inconsciente que el niño siente cuando piensa lo que podría acontecerle si sus padres desaparecen.
| Traumatizado | no-traumatizado |
| Lógica Mental:Sigue lógica infantil del pensamiento transductivo (de las partes a las partes) y está estructurada por elementos beta. | Lógica Mental:Sigue lógica de pensamiento adulto, utilizando lógica deductiva y función alfa para transformar elementos beta en alfa. |
| Mundo de Proyecciones(Transferencia-Contratransferencia) | Mundo Real(Objetos reales) |
| Narcisismo Patológico:El tiempo es circular: el pasado es continuamente repetido en el presente y en el futuro. Confusión del espacio: No se discrimina entre el mundo interno y el externo. | Narcisismo Normal:El tiempo es lineal: se discrimina entre el Tiempo y el Espacio al igual que entre el mundo interno y el externo. |
| Desolación:Existe en relación al Otro, como el niño respecto al adulto. | Soledad:Existe en relación a su propio Self, como el adulto en relación al niño. |
| Necesidad de un “Rescatador” externo. | El “Rescatador” es uno mismo |
| Esperanza de Venganza | Esperanza de Renuncia |
| Simbolización:Continua u “Homeomórfica.” | Simbolización:Discontinua o “Heteromórfica.” |
Otro aspecto significativo del trauma infantil es la dificultad para recordar el aspecto emocional del trauma: puede ser recordado intelectualmente, pero respecto a las emociones relacionadas que lo estructuran, éstas usualmente permanecen reprimidas.
Repasemos un ejemplo clínico: después de un año en análisis, un paciente relató un sueño, en el cual despierta aterrorizado, por cuanto sentía que estaba atorado con algo que no podía tragar. Dice que recuerda haber tenido este sueño varias veces. No cree que hubiese algún evento del día anterior que pudiese haber disparado el sueño, aunque recuerda que estaba lidiando, en el trabajo, con un problema que exigía mucho de él. Le dije, “¿querrás decir que quizás este problema te atoraba?” “Bien”, respondió, “algunas veces siento que me preocupo demasiado, que me van a botar y mi familia va a sufrir, aunque a la misma vez, sé que no es posible que me despidan por algo así.” Le pregunté si había alguna situación de su infancia en la que se sintiese atragantado; dijo, “cuando tenía 4 o 5 años, visitando a mi abuela materna, tragué algunas aspirinas de un frasco y me llevaron al hospital y me lavaron el estómago; fue algo bastante desagradable.” Pregunté si su familia estaba allí, dijo que todos estaban allí, su madre, su padre y su abuela, que luego supo por su madre que después de ese evento, el siguiente día, su abuela tuvo un accidente cerebrovascular, fue llevada al hospital donde murió. No recuerda, pero esto pudo haber sido experimentado por él como algo que le hacía sentirse muy culpable, saber que ella hubiese muerto por lo que él hizo. Agregué, “¡Ahora sabemos qué te atragantó!” Cada ser humano alberga en su mente la existencia de un estado traumatizado cincelado por las características particulares de su trauma pre-conceptual.
Otro aspecto importante a considerar en psicoanálisis o psicoterapia es apoyarse en la existencia del estado no-traumatizado; hacer uso de la capacidad de razonar con lógica, o función alfa, como le ha llamado Bion, presente en este estado, que debe activarse para poder así “digerir” los elementos beta, o experiencias emocionales reprimidas –que conforman el estado traumatizado– y transformarlos utilizando sentido común, para que pueden ser usados en producir o crear una comprensión lógica.
Una paciente, a la cual también me referiré en el Capítulo III, comienza la sesión con algo usual, expresando –mientras llora– que se siente muy culpable porque tiene fantasías donde ataca a mi esposa –a la cual nunca ha visto–, piensa que es desagradable, rabiosa y fea. Le dije que en mi opinión, el problema no era tanto la crítica que ella expresaba, sino el gran drama que hacía alrededor de su fantasía, algo que habíamos discutido muchas veces en el pasado. Parecía que existía en ella una niña pequeña, envidiosa y rabiosa, que atacaba a su madre, proyectada en mi esposa, porque al igual que su padre, ella sentía que yo la abandonaba. Sin embargo, dado que ella estaba al tanto de todo esto, pensé que quizás el conflicto real era la presencia de una niña rabiosa y envidiosa interna, con poder suficiente para controlar su mente, mientras que su parte adulta y lógica, capaz de razonar, no se hacía presente. Pensaba sobre el porqué se daba algo así, era como si inconscientemente ella me estaba probando, induciéndome a usar mi propia función alfa o capacidad de razonar con lógica, con el fin de que yo sintiese que, diferente de su padre, ella realmente me importaba. Pero si esto fuese así, ella estaba pagando un precio alto de culpa y ansiedad.Una mujer en sus 40, de origen hindú, casada en un matrimonio previamente arreglado cuando ella tenía 18 y él era 15 años mayor, iniciaron una terapia de pareja a causa de las continuas peleas entre ellos. Discutían sin cesar, emulando la rivalidad entre hermanos. Les dije que cada uno de ellos era dos personas: por un lado un elemento adulto que deseaba mejorar su relación y por ello acudían a terapia (estado no-traumatizado), pero a la misma vez, había otro elemento, (estado traumatizado) que de modo similar a cuando eran niños, utilizaban “rivalidad infantil”, tenían la necesidad de acusarse mutuamente de ser el/la “malo/a”, a fin de sentirse el “bueno/a” ante los ojos de la madre interna que tienen en su cabeza y que a la vez proyectaban en mí. Había el deseo inconsciente de convertirme en el “rescatador” de un elemento “desamparado” que han inventado y recreado en sus mentes, siguiendo el mismo guion que utilizaron cuando eran niños; sin embargo, lo que ahora hacían era construir dentro de ellos y sin darse cuenta (inconsciente) la misma trampa infantil. Este mecanismo está siempre presente en todas las discrepancias de parejas y en sus continuas mutuas agresiones.
¿Qué pasa cuando nuestro elemento infantil, o estado traumatizado, controla nuestra mente, y el estado no-traumatizado o parte adulta, no interviene para rescatarnos, sino que permanece pasivo y particularmente indiferente? Bion ha reafirmado a menudo que las proyecciones de los “pensamientos no pensados” o elementos beta, son proyectados junto con la parte de la mente capaz de contenerlos; por ejemplo, si alguien expresa su miedo a subirse en un ascensor, algún otro que no teme a esto, dirá que no hay por qué temer, que un elevador es un modo adecuado para acceder a pisos altos. Esta explicación, capaz de contener una amenaza poco razonable, está ausente en la persona fóbica y esta forma de razonamiento –más el posible añadido de los significados inconscientes– es lo que proporcionamos en el consultorio a manera de interpretación. Sin embargo, podríamos preguntarnos ¿qué hace a la persona fóbica, incapaz de usar su propio juicio de razonamiento, –estado no-traumatizado– y lograr así apaciguar la parte interna infantil atemorizada o elemento traumatizado? Podríamos considerar tres posibilidades:
I) Miedo a la agresión extrema de la infancia: Una condición que permanece reprimida y podría inducir una negación de la parte adulta, o estado no-traumatizado, por el temor al deseo infantil de “matar los padres”, algo que no pudieron hacer cuando niños, por su indefensión, pero que podría ser llevado a cabo ahora, cuando se es adulto. Este aspecto será analizado en detalle en el Capítulo X, con material clínico incluido.
II) La auto-envidia: Una condición a la cual me he referido anteriormente (López-Corvo, 1992, 1995, 1999), como el ataque al pensamiento lógico o función alfa, propia de los adultos, de los padres, la cual los niños suelen atacar envidiosamente y una vez que han crecido que se han convertido en adultos, podrían, mediante la auto-envidia, atacar en ellos mismos su propio “pensamiento adulto”, de la misma manera que atacaron envidiosamente esa capacidad de razonar de sus “padres externos” cuando eran niños. Sobre este punto, Bion (1962) dijo lo siguiente:
El intento de evadir la experiencia de contacto con objetos vivos, mediante la destrucción de la función alfa [estado no-traumatizado], deja a la persona incapacitada para tener una relación con algún aspecto de si mismo que no semeje a un autómata. Sólo los elementos beta [estado traumatizado], están disponibles para cualquier actividad que tenga lugar en el pensamiento; a su vez, estos elementos beta son adecuados sólo para ser evacuados -quizás, a través de la identificación proyectiva. [p.13]
También agregó:
El ataque a la función alfa estimulado por el odio y la envidia [auto-envidia4], destruye la posibilidad de un contacto consciente por parte del paciente, consigo mismo o con cualquier otro objeto vivo. [Ibid, p. 9]
III) Pensamiento mágico: Todos los niños usan defensas mágicas y omnipotentes como forma de protección debido a la discrepancia entre la indefensión del niño versus el poder y control ejercido por sus padres. Será muy difícil renunciar a estas defensas que han sido inconscientemente utilizadas por tiempo prolongado en nuestras vidas, las cuales, a los ojos del niño vulnerable, fueron siempre experimentadas como única protección. El conflicto implícito en este tipo de defensa infantil es que una vez que nos hacemos adultos y la infancia ya no existe, en lugar de deshacernos para siempre de estas defensas infantiles y apoyarnos en nuestra lógica de adulto, continuamos en forma inconsciente, haciendo uso de ellas en virtud que el elemento infantil interno, que normalmente habita en nuestra mente, continúa inconscientemente recreando la misma necesidad de utilizar tales defensas infantiles. Esta condición, en su totalidad, se transforma en una trampa mental en cuanto a repetir infinita y poderosamente tales defensas y, al mismo tiempo, paralizar la capacidad de razonar lógicamente; en otras palabras, no usar la función alfa presente en el estado no-traumatizado, induciendo la necesidad de un “rescatador externo”, que sea capaz de “prestarnos” su propia lógica, sentido común o función alfa; es una situación que con frecuencia vemos en personas fóbicas.
Vivir en el presente una vez que somos adultos, mientras nuestra mente está continuamente regida por la lógica del niño del pasado, sin acceso a nuestro pensamiento lógico, siempre resultará en un estado de indefensión, ansiedad y sufrimiento que algunas veces compromete hasta nuestra propia vida.
Otro aspecto a contemplar es la dificultad que tienen algunos terapeutas y analistas en seguir la lógica presente en la psicopatología del paciente adulto, similar a la dificultad que tienen los mayores para conceptualizar el pensamiento infantil, basado en el hecho de que usualmente el sufrimiento mental es una consecuencia de las confusiones emocionales que fueron estructuradas en la infancia. Este aspecto se discutirá en el próximo capítulo.
Cambio catastrófico como una forma de defensa utilizada por el estado traumatizado
Bion (1965) hace referencia a dos formas de cambio catastrófico: i) aquel cuyas consecuencias implica a personas fuera del consultorio; ii) el otro, permanece como un “quiebre emocional controlado” dentro de la díada analítica (p. 8). Considero que la diferencia entre estas dos formas recae sobre la seriedad de la psicopatología presente. También me referiré a una tercera forma de cambio catastrófico, el cual tiene lugar intra-psíquicamente entre elementos internos, como acontece entre los estados traumatizado y no-traumatizado. Sin embargo, antes de continuar con este tema me gustaría hacer una sinopsis de la descripción sobre el concepto de “cambio catastrófico” descrito por Bion.
Bion tomó prestado de Thom5 el concepto sobre la “teoría de la catástrofe”, para desarrollar su propia disertación sobre los cambios catastróficos. Siguiendo este modelo, podemos inferir que la interpretación, al integrar mediante la transformación de los objetos-parciales bivalentes y dialécticos, en objetos totales y univalentes, es capaz de producir cambios en las diferentes clases de equilibrio interno,6 creando como resultado un intervalo o discontinuidad en la estructura mental. En otras palabras, lo catastrófico podría ser creado por la interpretación, al introducir aspectos tales como el tiempo, el espacio y la simbolización, dentro de un estado de equilibrio estable y nivelado, el cual había estado hasta entonces, mantenido y estructurado acorde a la circularidad repetitiva de “la repetición compulsiva” del trauma pre-conceptual infantil. En el Capítulo I he hecho alusión a cómo los traumas pre-conceptuales, eventualmente, organizan la existencia de cada ser humano, deviniendo en un hecho seleccionado, que progresivamente determina la idiosincrasia específica de cada individuo en particular. La acción continua de la interpretación (función alfa), erosiona el equilibrio patológico narcisista que estructura al estado traumatizado de la personalidad, trabajando a su modo, hasta un punto en el cual algunas de las estructuras podrían colapsar, produciendo una “turbulencia”7 y dando lugar a un nuevo estado de equilibrio, el cual tiene como consecuencia un cambio catastrófico. Con frecuencia, la discontinuidad de la terapia puede ser inducida por cambios catastróficos no contenidos.
El cambio catastrófico puede ser ilustrado con numerosos ejemplos clínicos. De esta manera (López-Corvo, 2006), pacientes que sufren patologías de falso self, se sienten atrapados entre falsos self que son opuestos: uno complaciente, visible, inicialmente presente en la transferencia y vinculado a fijaciones orales; y el otro, negativista, oculto, presente en la contratransferencia y vinculado a fijaciones anales. A medida que el análisis progresa y el falso self negativista se hace visible y presente, existe la posibilidad de un cambio catastrófico y de una interrupción prematura del análisis.
Un ejemplo clínico: un supervisando expresaba con preocupación que su paciente “empeoraba”. Era un paciente varón de 50 años, excesivamente complaciente, una actitud ligada a sentimientos ambivalentes instituidos por su relación con un padre cruel y castrante. Como un intento de lidiar con sus deseos asesinos reprimidos y de mantener vivo a su “padre castrante interno”, viajaba continua y compulsivamente a lugares que usualmente había visitado cuando niño con su padre. Luego de algún tiempo y de numerosas interpretaciones intentando vincular su viajar compulsivo con su agresión reprimida, el paciente mostró un cambio de actitud, incorporada en la sesión presentada por el supervisando quien se mostraba preocupado. La sesión del paciente, según el supervisando, comenzó de la siguiente manera:
“No lo estoy haciendo bien. Manejé ayer y todavía continúo manejando. Ayer en la tarde llegué a mi oficina, pero no estuve allí mucho rato. Pareciera que deseo estar en curso hacia un desastre. Quiero hacer eso. Hay algo en ello que me resulta atractivo. El sentimiento es: ‘sí, quiero hacer esto’. Supongo que es un talante de rebeldía que no pude actuar cuando niño, y ahora sí puedo rebelarme. Me tiene sin cuidado. Todos los controles los he tirado por la ventana: conciencia, ética laboral, … simplemente no me importa más.”
Era un discurso con un estilo completamente diferente a su usual comportamiento complaciente, era un cambio drástico hacia su falso self negativista (López-Corvo, 2006), una forma de protesta que introducía el peligro a un cambio catastrófico y la posibilidad de “lanzar por la ventana” a la terapia misma, algo que el supervisando, al preocuparse, había percibido intuitivamente. Este tipo de “cambio catastrófico” también puede ocurrir en el análisis de adolescentes bordes, quienes han sido usados por sus familias como depositarios de identificaciones proyectivas no deseadas. Cuando ellos se rehúsan a seguir jugando ese rol, otro miembro de la familia, usualmente la madre, se hace sintomática.
La homosexualidad como una forma de defensa
David, 27 años, tres años mayor que su única hermana, consultó debido a ansiedad crónica, depresión, insatisfacción con su trabajo y sentimientos ambivalentes hacia su homosexualidad. Decía haber estudiado Ingeniería para satisfacer a su padre, quien era ingeniero, pero ahora no le gustaba. Describía una infancia un tanto difícil a causa de un padre muy agresivo y una madre pasiva. Afirmaba que su padre exigía de él, desde que era muy pequeño, que “actuara como un hombre”, lo golpeaba a menudo y continuamente lo acusaba de afeminado, de “blando”, por lo cual le forzaba a tomar clases de judo, para “fortalecer el carácter”. En un determinado momento, expresó sus sospechas acerca de mis deseos de cambiarlo a heterosexual. Le dije que parecía que había en él una necesidad poderosa de “crear” personas, que actuasen “como lo hizo su padre”, como si él sólo pudiese existir en relación a los otros, olvidándose de sí mismo8. Añadí que no estaba interesado en su sexualidad, pero que en realidad parecía no darse cuenta de que era un hombre, que existía por sí mismo, que ya no era un “niño pequeño” dependiente de los demás. Continuó quejándose de que yo quería cambiar su sexualidad, pensé que insistía porque una parte de él necesitaba, a más no poder, la transferencia de hacerme a mí “su padre acusador”. Comencé a cavilar acerca de cuál sería el verdadero significado detrás de tan poderosa “necesidad”; consideré varias posibilidades: i) el paciente experimentaba una gran ambivalencia dialéctica entre matar a su padre, ignorándolo y al mismo tiempo lo revivía complaciéndole, como hacerse ingeniero al igual que él; ii) cuando era niño sabía que su padre era intensamente homofóbico, por tanto, a modo de venganza y como forma de controlarle se había hecho homosexual; aunque ahora, de adulto, no estaba muy seguro de querer serlo, pero como esto era su mejor “arma” para atacar y controlar a su padre, tenía miedo de renunciar a ello, por cuanto entonces estaría completamente indefenso y vulnerable. iii) su mente estaría controlada por el niño en él, quien se sentía perdido, sólo y necesitado de un “padre” que le rescatase, aun cuando esto también le atemorizaba; sin embargo, con los años se había ido acostumbrado mucho a esta condición que, aunque se sentía amenazado por la furia de su padre, prefería esto para no sentirse solo. Al final, le digo que todo depende de cuál parte controla su mente: el niño indefenso que una vez fue, o el adulto poderoso que es en la actualidad y quien razona con lógica (función alfa); iv) la mayor diferencia entre la parte traumatizada y la no-traumatizada estaría dada por la utilización de mecanismos de fragmentación e identificación proyectiva, destinados a librarse de aspectos del yo tales como el “el aparato de percepción del yo” (concientización) y el pensamiento verbal, que han sido fragmentados desde los inicios de la vida del sujeto. Esta división entre ambos aspectos de la personalidad, con el tiempo va incrementándose progresivamente, hasta que cualquier conexión entre la parte infantil o estado traumatizado y la parte adulta o estado no-traumatizado se hace imposible. En la misma forma que el bebé siente haber atacado y destruido sádicamente al pecho, el paciente ataca y mutila sus impresiones sensoriales para luego sentirse prisionero dentro de este estado mental, del cual no cree poder librarse por cuanto la mente le ha quedado empobrecida al carecer de un aparato para concientizar la realidad, la cual representaría el medio y el fin del escape. Existe también una diferencia en el formato de defensa: mientras la personalidad no-traumatizada utiliza mecanismos de represión, la traumatizada usa identificaciones proyectivas, las cuales van generando un mundo de objetos similares al “mobiliario de los sueños”. Los procesos de fragmentación e identificación proyectiva, al prolongarse, van aumentando la brecha entre ambas partes hasta que cualquier intento de unirlas es imposible. (Bion, 1957, pp. 43-63).
Trae un sueño que le despertó en mitad de la noche, el cual hablaba de toda su rabia hacia sus padres, como también su culpa y ambivalencia: “Estaba hablando con mi madre quien había decidido donar sus órganos y supuestamente era yo quien iba a realizar la operación, la cual podría matarla, pero ella estaba lista para morir. La trataba de convencer de muchas maneras, pero ella estaba muy convencida de lo que quería hacer. En otra escena, yo hablaba con mi padre, quien también quería donar sus órganos y morir. Dos hombres extraños entraban en la habitación y comenzaron a pegarme muy violentamente y me mataron, allí desperté”. El sueño mostraba la violencia de su rabia hacia sus padres, y la culpa que intentaba reprimir, mediante la aceptación de ellos, por su muerte.
Una segunda oportunidad
Somos un producto de la naturaleza, inicialmente nacemos impolutos, aunque siempre estaremos marcados por la ignorancia y hegemonía de unos padres comunes, quienes siempre inducirán una condición traumática ubicua, a la cual me he referido como el ‘Trauma Pre-conceptual’. Esta situación traumática, es mayormente el resultado de una combinación fatalista entre el niño indefenso y la supremacía de los padres. El sentimiento de indefensión y restricción mental, siempre presente en los niños, les obliga a utilizar defensas mágicas y omnipotentes, con el propósito de revertir el poderoso control ejercido por los padres9. Al mismo tiempo, en sus inicios, su lógica infantil se caracteriza por una condición emocional confusa –a lo cual me refiero como estado traumatizado– la cual se repite de modo circular toda la vida; sin embargo, como nuestra mente va madurando a medida que crecemos, hasta eventualmente convertirnos en adultos independientes, la mente, paulatinamente evoluciona hacia el estado no-traumatizado, posiblemente con una capacidad intelectual superior a la de nuestros padres; después de todo, una de las razones por la cual la humanidad siempre progresa es debido a que los hijos son, por lo general, mucho más creativos que sus padres. Siempre hay una interacción dialéctica continua entre el estado traumatizado y el no-traumatizado y nuestra forma particular de lidiar con la realidad dependerá continuamente de cuál estado controla nuestra mente. Usar nuestra función alfa –siguiendo la teoría del pensamiento de Bion– presente en el estado no-traumatizado, o en términos simples, usar nuestra capacidad para pensar con lógica, nos permite contener los elementos traumatizados de nuestra infancia –estado traumatizado– y el uso de este pensamiento lógico nos facilita la posibilidad de liberarnos a nosotros mismos de los efectos inducidos por el estado traumatizado. Esta posibilidad es lo que el psicoanálisis intenta lograr con el uso de la propia ‘función alfa’ del analista. Una vez que nos hacemos adultos poderosos10, seremos capaces de proveernos una segunda oportunidad, mediante la evaluación y comprensión razonada de aquellas condiciones mentales, producto de nuestro trauma pre-conceptual, inducido por la ignorancia de nuestros padres, pudiendo darle un significado lógico y lograr una salida al dolor mental resultante de lo que he denominado la “trampa mental”, un mecanismo bien discutido en el Capítulo IV.
La capacidad de alcanzar esta segunda oportunidad no es una tarea muy simple, por cuanto hemos de lidiar con dos condiciones imperativas: en primer lugar, la inmensa resistencia a renunciar al uso de las defensas mágicas y omnipotentes, las cuales fueron creadas usando lógicas presentes en los primeros años de nuestra infancia y a las que nos hemos habituado, después de “apoyarnos” inconscientemente en ellas por muchos años, junto al hecho común que tales defensas devienen en otras formas de rescate, como lo es por ejemple la religión. En segundo lugar, tenemos que considerar la dificultad de dar una mirada objetiva a algo tan cercano a nuestro yo, algo que a veces se nos hace imposible lograr, quizás similar a lo dicho por Shakespeare: “porque los ojos no pueden verse a sí mismos”. Es por ello y con el afán de encontrar una solución que se hace indispensable obtener ayuda externa, bien sea a través del psicoanálisis o de la psicoterapia psicoanalítica.
El propósito principal de esta “segunda oportunidad” debería ser, el intentar desandar las huellas traumáticas dejadas en nuestro inconsciente por nuestros padres ignorantes y “peligrosos”, pero además, y muy importante, llegar a perdonarlos a ellos y a nosotros mismos, por nuestros propios errores y por lo mal que ellos hayan podido hacerlo, por cuanto con mucha frecuencia, ¡los padres deseando hacer bien terminan haciendo mal! El objetivo principal será concebir la oportunidad de “convertirnos”, al hacernos adultos, en nuestros propios padres rescatadores y “contener” el trauma que se repite constantemente en nuestra mente, en lugar de ser “contenido” por éste y actuarlo. En otras palabras, transformarnos y comprender que cualquier injuria que hubiese sido infligida en nuestro ser, es algo que no nos merecíamos. ¡Al final, ello va a significar transformarnos en nuestro mejor y más incondicional amigo, cuyo objetivo sería crear y mantener a toda costa, un estado interno de bienestar!
1 Un concepto que Bion tomó prestado del filósofo David Hume, para explicar cómo un objeto o un hecho apunta a otro, si bien las ideas implícitas en ambos no están relacionadas. Pareciera como si no hubiese nada lógico que explicara la relación entre ambos y que apuntara más bien hacia una causalidad o relación causa-efecto, donde ambos quedan ligados durante la experiencia accidentalmente, permaneciendo así vinculados desde ese entonces. Dos elementos están en “conjunción constante”, dice Hume, cuando inferimos uno a partir del otro, no de acuerdo a la razón, sino debido a la particular circunstancia que los unió, por lo cual podríamos fallar al tratar de comprender la lógica de tal conjunción. (López-Corvo, 2003).
2 Traducido de la obra de John Cooper, p. 48a.
3 La mayoría de la literatura existente se refiere a esta forma de trauma como stress post-traumático.
4 Ver López-Corvo, 1992, 1995, y 1999.
5 René Thom fue un matemático francés, quien introdujo el concepto de “teoría de la catástrofe”, que en simples términos considera que pequeñas alteraciones en ciertos factores de un sistema no lineal pueden afectar el equilibrio de tal manera que pudiesen preservarlo o hacerle desaparecer, induciendo cambios significativos y abruptos en la funcionalidad del sistema.
6 Ver López-Corvo, 2014, Capítulo XI.
7 Bion define la turbulencia como un estado de resistencia o perturbación mental ligado a un cambio, en relación con la comunicación con otra persona o, ante todo, a lo que podríamos considerar como un crecimiento psicológico. (Ver Lopez-Corvo, 2018).
8 Es un mecanismo al cual me he referido anteriormente como el “self olvidado” (López-Corvo, 2006).
9 Desarrollaré con más detalle esta forma de defensa en el siguiente capítulo.
10 Me refiero a “poderoso” como una comparación con la “indefensión” del niño.
CAPÍTULO II
Ataque al aparato conceptual de la infancia y sus consecuencias en la edad adulta
El desconocimiento por parte de los padres acerca de la forma de pensar de sus hijos pequeños, consecuencia de una falta de conocimiento de la psicología infantil, así como el total olvido, en todo adulto, de la forma como pensábamos cuando éramos niños, lleva continuamente a los padres a abusar de sus hijos. Existen por lo menos cinco formas diferentes de abuso: i) invisibilidad, ii) adultización, iii) sobreprotección, iv) excesiva agresión, v) incesto.
Tales amenazas inducen en el niño un “terror sin nombre”, que por lo general produce en este la creación de mecanismos de defensa, entre ellos la necesidad de un protector o rescatador, por lo cual fragmentan a sus padres en dos entidades opuestas: malos y peligrosos por un lado y buenos y protectores por otro; son sentimientos que pueden mantenerse a lo largo de la vida y se muestran posteriormente en la desconfianza y en la continua búsqueda de un “rescatador”, esto último es obvio en el caso de Dios y la religión, un concepto que he elaborado en mayor detalle en los capítulos IX, X y XI. Al mismo tiempo, el niño ataca a la realidad externa que siente le amenaza, destruyendo su “aparato perceptor” de su realidad tanto externa como interna, como una forma de no tener conocimiento de tales realidades, como su única protección ante la intimidación. El aspecto más atacado por el niño es el aparato sensor: el oído y la visión, así como la función alfa o capacidad de pensar con lógica. Tal fragmentación diminuta de la percepción, por no tener amarre, los lleva a proyectarla fuera, a lo largo de su vida, utilizando mecanismos como la “identificación proyectiva”, que conduce, sin saberlo, a recrear la situación original de su trauma infantil o trauma pre-conceptual e, inconscientemente, a reproducir continuamente aquella condición que en su infancia le llenó de temor; es una circularidad a la cual me he referido como “la trampa traumática”. Por ejemplo, los padres agresivos que continuamente regañan, lastiman o acusan a sus hijos, pueden generar en ellos una especie de sordera selectiva, que más tarde en su vida va a generar conflictos significativos con la pareja; ante todo las madres, por cuanto las niñas son siempre más frecuentemente abusadas, en el sentido de ejercer un mayor control sobre ellas, mediante exigencias, acusaciones y amenazas.
En general estos padres, que sin ser sordos se comportan como tal al no escuchar y prestar adecuada atención a sus hijos, abusarán de ellos haciéndoles invisibles, como si no existieran; y ellos, cuando adultos, harán los mismo con sus parejas y con sus propios vástagos. La “adultizacion”, por otra parte, representa la forma como la gran mayoría de los padres interactúan con sus hijos, al no recordar y conocer la forma como piensan los niños, los tratan y exigen como si fueran adultos. En cuanto a la sobreprotección, la agresión exagerada y el incesto, hay poco que agregar, por cuanto son condiciones bien conocidas. Sobre la sobreprotección diría que casi siempre es utilizada por la madre y genera en el niño una exagerada dependencia hacia sus padres, que al mismo tiempo oculta la dependencia infantil e inconsciente de la madre, por cuanto con frecuencia es ella quien necesita de sus hijos, cuando inconscientemente los transforma en sus padres mediante identificaciones proyectivas. Sobre el incesto diría que los padres deben ser vigilantes, por cuanto son situaciones que marcan de por vida. Por lo general son familiares o personas cercanas quienes abusan sexualmente de los niños. Nunca deben permitir que sus hijos duerman en casa de amigos mientras sean pequeños, sino que esperen hasta que ellos sean suficientemente grandes y puedan defenderse por sí solos.
En su artículo sobre “Diferenciación entre la personalidad psicótica y la no-psicótica”, publicado en 1957, acerca del ataque que los niños hacen a su capacidad de conceptualizar su realidad, como defensa ante la amenaza agresiva de sus padres, Bion ha dicho lo siguiente:
No creo [...] que el ego se haya retirado por completo de la realidad. Yo diría que su contacto con la realidad está enmascarado por el predominio, en la mente y el comportamiento del paciente, de una fantasía omnipotente que pretende destruir la realidad o el acceso a ella. [p. 46]
La no existencia de un retiro completo de la realidad se prueba por la presencia de un estado “no-traumatizado”, el cual representa una parte adulta normal capaz de mantener vínculos verdaderos con la realidad y de poder razonar lógicamente. La dinámica dialéctica entre los estados traumatizado y no-traumatizado (o psicótica y no-psicótica en Bion), ha sido explicada con detenimiento en el Capítulo I. Bion añade que la creencia en Freud de que existe una total ruptura con la realidad, “es una ilusión”, por cuanto la confusión se debe al engaño del yo al aceptar la identificación proyectiva como una realidad, en lugar de comprender que de hecho representa una proyección de lo interior y que, en realidad, se trata de “una especie de mentira inconsciente”: “tal es el control de esta fantasía –agrega Bion–, que para la persona se hace evidente que no es una fantasía sino un hecho” (Ibíd.)
La mayor diferencia entre la parte traumatizada y la no-traumatizada estaría dada por la utilización de mecanismos de fragmentación e identificación proyectiva, destinados a librarse de aspectos del yo, tales como el aparato de percepción (concientización) y la capacidad de pensar lógicamente, los cuales han sido fragmentados desde los inicios de la vida del sujeto y proyectados continuamente como impresiones sensoriales, reproduciendo en esta forma al trauma pre-conceptual y recreando una condición de prisionero, a lo que me he referido en el Capítulo VI, como la “trampa traumática”. Es una “trampa” de la que es difícil librarse, por cuanto la mente ha quedado empobrecida al carecer de un aparato para concientizar la realidad, el cual representaría el instrumento para lograr un escape. Sin embargo, al mismo tiempo que la persona se siente prisionera, experimenta el efecto de los fragmentos proyectados dentro de los objetos externos –que “contienen” o son “contenidos”–, como si tuvieran vida propia, llegando éstos a convertirse en lo que Bion se ha referido como “objetos bizarros”.1
Un caso clínico facilitaría la comprensión de esta teoría. Nelly era una mujer de 52 años, casada y con dos hijas. Había sido referida por su médico, en virtud de sufrir de colitis ulcerativa desde hacía varios años, y por cuanto su patología resistía al tratamiento con medicamentos. Era la mayor de dos hermanos, siendo un varón el menor. Sus padres se habían divorciado cuando Nelly tenía apenas 7 años y sus relaciones con su madre, quien prefería a su hermano, nunca habían sido muy agradables; diferente del vínculo con su padre, quien pacientemente le escuchaba y expresaba gran afecto hacia ella, aunque después del divorcio éste desapareció por un tiempo, hasta que ella, ya adolescente, logró contactarlo; sin embargo, la relación que había tenido con él en su infancia no fue nunca más lo mismo. El contraste entre la presencia muy placentera de su padre (su rescatador) y su posterior desaparición, ligada al rechazo de su madre y su preferencia por el hermano, la marcaron para siempre, representando así el núcleo de su trauma pre-conceptual. El matrimonio posterior de su padre cuando ella era una adolescente, lo sintió como una terrible traición, como si existiera un fuerte lazo edípico que indujo en ella la fantasía de que su padre, al divorciarse de su madre, se iría con ella. Dice no recordar nada de esos años oscuros de su infancia, aunque en la transferencia, tal y como lo dijo Freud, no se recuerda, pero se repite: siempre inicia la sesión con mucho entusiasmo, refiriendo sin parar historias de sus hijas, sus conflictos con su esposo o cualquier otro problema que le acontezca. Habla sin cesar, salta de un tópico a otro y ríe continuamente, como si se sintiese muy cómoda y feliz; contra-transferencialmente, siento que ella, en ese momento, habla con el padre de antes, cuando ella tenía 8 años, antes de su desaparición. Casi siempre tengo que interrumpir su discurso para hacer una interpretación y por lo general le desagrada; si insisto, puede tener una crisis de rabia, y algunas veces llega a tal ira que se marcha de la sesión y dice que no desea seguir su terapia, pero luego escribe excusándose, diciendo que quiere continuar. Hay una necesidad compulsiva de mantener ese vínculo: donde habla intermitentemente y ríe sin cesar a toda costa, controlando la sesión con su discurso inagotable, simulando lo que Meltzer llamó “el pecho-toilette” y lo cual también asocio con su colitis ulcerativa, como si hubiese una confusión entre su ano y su garganta. En su discurso se muestra siempre como una víctima, “agredida por su marido y exigida por sus hijos, sin tiempo para ella”; pienso que reproduce la conversación que tenía con su padre cuando era niña, cuando se quejaba de su madre y hermano, buscando en su padre un sentimiento de conmiseración y afecto; en igual forma en el análisis, se acorrala creando situaciones terribles de impotencia, abandono, incomprensión y abuso por parte de toda su familia. Cuando le interrogo sobre ello, dice que no tiene memoria de su infancia, reafirmando lo expuesto por Bion sobre el ataque al aparato de conceptualización de su yo infantil, al no desear recordar los tiempos amargos de su niñez, luego del divorcio de sus padres. En un momento dado, decide vender su casa y buscar otra más holgada, luego de la compra se queja de haber dejado su casa anterior, de no ver más a sus vecinos, de las cosas buenas que tenía en comparación con la casa nueva; llora mientras lo dice, como si fuese la pérdida de un ser querido. Le digo que parece confundir su casa vieja con algo que le afecta, dice que quizás lo siente parecido a como sintió el abandono de su padre. Pienso que ha hecho de su casa algo a lo que Bion se refirió como un “objeto bizarro”.
El estado traumatizado parece controlar continuamente la mente de Nelly, sin que ella sea capaz de razonar con lógica como pudiese hacerlo la persona adulta que ella es. Vive en un mundo re-creado mediante continuas identificaciones proyectivas, donde su esposo se vuelve su hermano, yo por lo general soy su padre, al igual que sus hijas se vuelven su madre y continuamente se compara con otros, como un objeto inanimado que carece de unicidad. En un sueño dice estar en la consulta de un médico esperando ser atendida junto a otras personas. En un momento dado oye una radio desde la oficina del Dr., el cual suena con mucha estática en forma desagradable y perturbadora; entonces ella pregunta a las otras personas si también les molesta el sonido y están de acuerdo, luego cree que quien maneja el radio deber ser un niño. No da asociaciones y le digo que quizás su sueño le muestra cómo una parte infantil en ella ataca su aparato de conceptualización, ante todo su capacidad de escuchar, cuando ella no oye mis interpretaciones, sino que las siente como algo “con mucha estática y muy perturbador”.
Los procesos de introyección también se encuentran seriamente comprometidos, por lo tanto, para que Nelly logre comprender una interpretación o re-incorporar los elementos proyectados, sólo puede intentarlo haciendo uso de lo que Bion ha llamado una “identificación en reverso”; un mecanismo que explica la forma cómo pacientes border o psicóticos logran incorporar conceptos o contenidos mentales que vienen desde afuera, como la interpretación, que intenta ayudarles a comprender la naturaleza de sus conflictos. En virtud de que el aparato para pensar ha sido fragmentado, mutilado y proyectado dentro de los objetos externos, el paciente carece de un aparato para introyectar, por lo tanto, percibe las interpretaciones como verdaderas identificaciones proyectivas que le atacan e igualmente lo fragmentan, producto de una venganza del objeto que ha sido utilizado por él para depositar sus proyecciones. Además, que las partículas re-incorporadas tengan el carácter de cosas, dificulta el proceso de captación, en tal forma que el paciente “no puede sintetizar sus objetos para re-incorporarlos, por lo que debe aglomerarlos y comprimirlos”, percibiéndolos como cosas concretas, o un ideograma que le ayude a comunicarse, una especie de conglomerado u “objetos bizarros”. (López-Corvo, 2018, p. 81). Según Bion, (1957, p. 52) existe también una diferencia en el formato de defensa: mientras el estado no-traumatizada utiliza mecanismos de represión, el traumatizado utiliza identificaciones proyectivas. Los procesos de fragmentación e identificación proyectiva, al prolongarse, van aumentando la brecha entre ambos estados: traumatizado y no-traumatizado, hasta que cualquier intento de unirlos se hace imposible.
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