Читать книгу: «Historia de Alejandro Magno»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 96

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JENARO COSTAS RODRÍGUEZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008
López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.
www.editorialgredos.com
PRIMERA EDICIÓN , 1986.
REF. GEBO211
ISBN 9788424931094.
INTRODUCCIÓN
Datación del autor y de la obra
La datación de la Historia de Alejandro Magno y de su autor 1 es una de esas cuestiones —una más entre tantas— que la Antigüedad clásica ha dejado sumidas en la más completa oscuridad para que los filólogos agucen el ingenio tratando de buscarles una solución 2 . En el caso presente los antiguos guardan el más profundo silencio, hasta el punto de que no hay ni la más ligera alusión, directa o indirecta, ni al autor, ni a su patria, ni a su obra en toda la Antigüedad: una espesa nube de misterio rodea a Quinto Curcio y a su Historia de Alejandro Magno.
Por lo que se refiere a la fecha en que fue escrita la obra, sólo hay un dato, sacado de la propia obra de Curcio (X 9, 1-6), que parece aludir a una determinada época 3 . Pero este dato, ofrecido por el propio autor, en vez de arrojar una luz definitiva sobre el misterio, lo que ha hecho ha sido (como suele suceder en casos parecidos) desatar la imaginación de los investigadores, con lo que se ha llegado a un número de interpretaciones bien diversas, encontrándonos lejos de saber a ciencia cierta en qué época fue efectivamente escrita la obra.
Veamos el texto en cuestión: después de contar Curcio las primeras discordias surgidas a la hora de nombrar un sucesor a Alejandro, y ante el panorama ensombrecido que se vislumbra (panorama que hace presagiar la inminencia de las guerras civiles), dice el autor: «Pero ya los hados acercaban al pueblo macedonio la guerra civil, pues eran muchos los que solicitaban el poder real, que es indivisible. Así pues, se comenzó por un violento choque de fuerzas; después se dispersaron y, al encontrarse el cuerpo del Estado abrumado con más cabezas que las que podía soportar 4 , los restantes miembros comenzaron a flaquear y el imperio, que pudo mantenerse en pie bajo el mando de uno solo, se vino abajo al ser varios los que intentaban sostenerlo. Por eso, con todo derecho y con todo merecimiento el pueblo romano reconoce que debe la salvación a su príncipe, quien, como un nuevo astro, iluminó la noche que parecía que iba a ser la última. Fue, ¡por Hércules!, la aparición de este astro y no la del sol la que devolvió la luz al mundo sumido en las tinieblas, cuando, privados de su cabeza, los miembros, en discordia, se echaron a temblar. ¡Cuántas teas apagó él entonces! ¡Cuántas espadas envainó! ¡Qué tormenta tan grande disipó, trayendo una súbita calma! Así pues, el imperio no sólo reverdece sino que incluso está floreciente. Si los dioses no se oponen, el reino actual lo proseguirá la descendencia de esta misma casa si no para siempre, al menos durante mucho tiempo».
Del texto parece que pueden desprenderse las siguientes deducciones: 1.a , la obra está compuesta bajo el reinado de un emperador; 2.a , éste llegó al trono en un momento crítico para Roma; 3.a , el príncipe en cuestión trajo la luz a las tinieblas, apagó las teas incendiarias, envainó las espadas, evitando (la comparación con lo que ocurrió al Imperio de Alejandro no deja lugar a dudas) la guerra civil; 4.a , Roma está floreciente y no tiene por qué temer el futuro pues el emperador aludido tiene una descendencia «de la misma casa», que garantiza la continuidad si no para siempre, sí al menos por mucho tiempo.
El pasaje, a pesar de todas sus precisiones retóricas (y tal vez debido a ellas precisamente) es de una ambigüedad exasperante y puede ser aplicado a numerosos emperadores. En efecto, emperadores que hayan llegado al trono en las condiciones que se especifican en el pasaje citado son muchos y así la lista de los mismos va desde Augusto hasta Teodosio, pasando por Calígula, Claudio, Nerón, Galba, Vespasiano, Nerva, Adriano, Septimio y Alejandro Severo, Gordiano III y Constantino. En estas condiciones no es extraño que hasta se haya llegado a pensar que la obra ha podido ser escrita por un falsario de época medieval 5 .
Ahora bien, el amplio lapso de tiempo que supone la lista de tales emperadores puede acortarse y precisarse teniendo en cuenta los términos ante quem non y post quem non entre los que debe encuadrarse la obra.
TÉRMINO «ANTE QUEM NON ». — Dado que el pasaje habla de un princeps , no ha podido ser escrito con anterioridad a Augusto (27 a. C.-14 d. C.); pero, ¿no podría acercarse algo más este término al post quem non? Ya S. Dosson 6 hacía uso de un argumento que se remonta a Justo Lipsio y que, después, ha sido invocado por investigadores modernos 7 : en VII 1, 19 sigs. Curcio pone en boca de Amintas, acusado de complicidad con Filotas, un discurso que es un eco fiel del pronunciado por el caballero romano M. Terencio, amigo de Sejano, acusado de tal amistad tras la caída en desgracia del valido de Tiberio, discurso que podemos leer en Tácito, Ann. VI 8 y en Dión Casio, LVIII 19, 3-4. Dando por hecho los defensores de esta teoría que el discurso de Amintas estaría inspirado en el de M. Terencio y puesto que éste fue pronunciado en el año 32 d. C., aquí tendríamos un término ante quem non de la composición de la obra de Curcio.
TÉRMINO «POST QUEM NON ». — A la hora de tratar de descubrir argumentos de evidencia interna en la propia obra de Curcio para fijar este término, varias han sido las circunstancias que se han puesto de relieve:
a) Las alusiones del autor a la prosperidad del imperio de los partos en IV 12, 11; V 7, 9; 8, 1; VI 2, 12. Ahora bien, el imperio parto, gobernado por la dinastía de los Arsácidas, fue destruido en 226-227 por Ardashir, fundador de la monarquía persa Sasánida; luego éste sería un término post quem non para fijar la composición de la obra de Curcio y así ha venido tomándose desde que J. Mützel lo puso de relieve en la edición de nuestro autor 8 , interpretación no aceptada, por ejemplo, por R. Pichon 9 , aunque ha sido J. Rufus Fears quien, en fecha reciente 10 , ha tratado con más empeño de invalidar la fuerza del argumento de Mützel. Según Fears, las referencias de Curcio al imperio parto no pueden constituir el término post quem non de la composición de la obra porque los autores de los siglos III y IV utilizan los términos Parthi y Persae como intercambiables: Festo, Amiano Marcelino y los Panegiristas latinos usan estos términos como sinónimos y puede ser que Curcio los empleara así también o que los empleara la fuente manejada por este autor.
b) La alusión a la prosperidad de Tiro en IV 4, 21: «Así pues, tras sufrir muchas vicisitudes y renacida después de su destrucción, ahora, por fin, en medio de una dilatada paz que revivifica todas las cosas, Tiro descansa bajo la tutela bienhechora de Roma». Dado que una de las veces en que Tiro sufrió un saqueo y destrucción prácticamente totales fue en el año 193 d. C., llevados a cabo por Pescennio Níger, se ha pensado que en esta fecha tendríamos un seguro término post quem non para la datación de la obra. Pero, puesto que en el texto se habla de una «dilatada paz» que ha hecho resurgir la ciudad bajo la tutela bienhechora de Roma, apoyándose en este pasaje Niebuhr 11 había colocado a Curcio en el reinado de Septimio Severo (a. 193-211), quien concedió a Tiro los derechos de colonia, aunque McQueen 12 ha rechazado la posibilidad apuntada por Niebuhr ya que Tiro, como colonia, no podría ser descrita como «sub tutela Romanae mansuetudinis».
Ahora bien, la expresión «longa pax» es una simple alusión retórica: Tácito la emplea 13 en Agrícola XI 4; Historias I 67, 2; 88, 2; II 17, 1; IV 22, 1; V 16, 3; Anales XIII 35, 1; Juvenal, VI 292 y hasta el mismo Plinio el Viejo, muerto el año 79 d. C., que compuso su obra en gran parte en los turbulentos años 68-79, puede hablar, en N.H. , XXVII 1 (3) de la «immensa Romanae pacis maiestas».
Por todo ello, cada vez va imponiéndose con más fuerza la idea de que la referencia en Curcio a la prosperidad de Tiro no es más que un topos retórico, aplicado a la situación de la ciudad y con validez desde que, en el año 63 a. C., fue anexionada a Roma por Pompeyo.
c) Las posibles conexiones entre Curcio y Silio Itálico. Sabemos que Silio Itálico, el poeta neoclásico, murió en el año 101 d. C. Apoyándose en este dato, y creyendo encontrar conexiones entre este poeta y nuestro historiador (y, por supuesto, partiendo de la base de que en tales conexiones el imitado es Curcio y el imitador Silio), ha habido investigadores que han pretendido ver en la fecha de la muerte del autor de Punica un claro término post quem non para datar la Historia de Alejandro Magno.
Así, R. T. Bruère 14 estima que los dos pasajes de Silio citados en el título de su artículo (que se refieren, por un lado, al episodio en que Aníbal manda a su mujer y su hijo desde Hispania a Cartago para que estén más protegidos, y, por otro, a la visita que unos emisarios de Cartago hacen a Aníbal, en Trasimeno, para anunciarle que su hijo ha sido elegido en suerte para ser ofrendado en sacrificio) están inspirados en sendos pasajes de Curcio (IV 3, 20 y IV 3, 23-4), ambos referidos al asedio de Tiro.
Pero la problemática de la discutible imitación de Curcio por parte de Silio defendida por R. T. Bruère (y lo mismo habría que decir de la defendida, en los mismos términos, por K. Meyer 15 , apoyándose en que la descripción que Silio hace del desierto de Libia y del santuario de Júpiter-Amón, en III 654-65 y III 669-71, es una imitación de Curcio VII 4, 27 y IV 7, 22, respectivamente) se viene a sumar a los casos de posible imitación que, sugeridos por otros autores, relacionan a Curcio con Séneca o Lucano, por ejemplo. Cuestión en la que, aparte la dificultad de establecer objetivamente un caso de imitación, subsiste normalmente la duda (en el caso de Curcio nunca disipada) de qué autor imita a quién cuando se desconoce la época en que vivió uno de ellos o los dos; por lo que este argumento de la imitación de Curcio por parte de Silio Itálico parece que no tiene fuerza probatoria decisiva a la hora de fijar un término post quem non a la obra del primero.
Ahora bien, la mayor parte de los investigadores, dando por buena como término post quem non la fecha del año 226-227, han centrado su atención preferentemente en seis o siete emperadores que no siempre coinciden: según unos (así, haciéndose eco de otros muchos, R. D. Milns 16 ), Augusto, Claudio, Galba, Vespasiano, Nerva y Septimio Severo; según otros 17 , Augusto, Claudio, Nerón, Galba, Vespasiano, Septimio Severo y Alejandro Severo; un lapso de tiempo que iría desde el año 29 a. C. al 193 ó 222 d. C.
De entre los emperadores que quedan fuera de esos plazos y cuya candidatura ha sido defendida en alguna ocasión tenemos, por ejemplo, a Gordiano III y a Constantino con defensores de peso. El primero fue defendido por E. Gibbon 18 , para quien a ningún emperador se le puede aplicar mejor el elogio de Curcio que a Gordiano III en el momento de su advenimiento al trono en el año 238; según el gran historiador inglés del s. XVIII , los que defienden la candidatura de los primeros emperadores tienen a su favor la pureza del estilo del escritor, pero no pueden justificar el silencio de Quintiliano en su cuidada lista de historiadores romanos. (Se refiere a I.O. , X 1, 101 sigs., aunque el mismo Quintiliano hace constar que su relación no es exhaustiva y en ella, por ejemplo, no aparecen autores como Catón, Varrón, Cornelio Nepote, etc.).
En cuanto a Constantino, su candidatura ha sido defendida por R. Pichon 19 , basándose en la existencia en Curcio de cláusulas métricas que, en su opinión, no pudieron ser utilizadas por un historiador anterior al s. IV ; sin embargo, en su Histoire de la littérature latine 20 dice simplemente que, aunque se ha colocado a Curcio bajo Augusto y otros emperadores hasta Teodosio, «la hipótesis más extendida es la que lo hace vivir bajo Claudio».
De entre los emperadores que, de Augusto a los Severos, pueden recibir, como destinatarios, los elogios de Curcio, los dos que más adhesiones han concitado son, indudablemente, Claudio y Vespasiano, pero también las candidaturas de otros han sido defendidas, y con ardor, por los investigadores.
Así Augusto (a. 27 a. C.-14 d. C.) por A. N. Zumpt 21 , D. Korzeniewski 22 y W. W. Tarn 23 ; Calígula (37-41) por R. Zimmermann 24 ; Nerón (54-68) por R. Verdière 25 ; Galba (69) por R. D. Milns 26 ; Trajano (98-117) por A. Ruegg 27 ; Adriano (117-138) por A. von Domaszewski 28 ; Septimio Severo (193-211) por R. B. Steele 29 y F. Altheim 30 ; Alejandro Severo (222-235) por E. Griset 31 .
Pero son los emperadores Claudio y Vespasiano los que más adhesiones han concitado a su favor; la candidatura del primero ha tenido defensores en todas las épocas; la del segundo, aunque nunca le han faltado partidarios, es recientemente cuando parece gozar de más favor. Juntas, ambas interpretaciones vendrían a colocar la composición de la obra en los 40 años centrales de s. I d. C.
Entre los defensores de la candidatura de Claudio (41-54) podemos citar a S. Dosson 32 , P. W. Schwartz 33 , F. Wilhelm 34 L. Herrmann 35 , M. Schanz-C. Hosius 36 , H. Bardon 37 , I. Lana 38 , G. V. Sumner 39 , Cl. Wehrli 40 , J. C. Rolfe 41 , G. M. Lee 42 , G. Baraldi 43 , J. Thérasse 44 , E. Cizek 45 , J. E. Atkinson 46 , A. Giacone 47 , etc.
Se han inclinado por Vespasiano (69-79), por ejemplo, entre los modernos, J. Stroux 48 , H. J. Rose 49 , H. U. Instinsky 50 , A. D. Leeman 51 , G. S. Scheda 52 , H. Grassl 53 , J. Costas Rodríguez 54 , A. Grilli 55 , etc.
En cuanto a los argumentos que en un caso y otro se han esgrimido, hay que hacer observar que en la mayor parte son comunes a todos ellos los hechos en los que se apoyan (como no podía ser menos, dado que todos giran en torno al ya mencionado pasaje de Curcio), siendo distintas en cada caso las interpretaciones de los mismos.
1. INTERPRETACIÓN DE LA NOCHE . — Si el argumento tiene algún valor para cualquiera de las dos interpretaciones tiene que ser sobre la base de tomar la noche en sentido material y físico, ya que si se toma la noche en sentido metafórico el pasaje de Curcio sirve para cualquiera de los emperadores citados al principio de esta «Introducción». Los defensores de la candidatura de Claudio piensan que Curcio se refiere a la noche del 24 al 25 de enero del año 41, que siguió al asesinato de Calígula: el senado se había apoderado del Foro y del Capitolio para, según Suetonio 56 , «restablecer la antigua libertad», esto es, la República, que, para Curcio, es sinónimo de anarquía y lucha civil ya que —como dice en el pasaje en cuestión— «el poder real… es indivisible». Es en la mañana del día 25 cuando el senado se decide a aproximarse a Claudio, que ha pasado la noche en el campamento de los pretorianos, por lo que, dice Herrmann 57 , «il est rigoureusement exact de dire que l’astre salutaire du nouvel empereur s’est levé dans la nuit qui fut presque la dernière de l’Empire».
Por su parte los defensores de la candidatura de Vespasiano piensan o bien en la noche de la batalla de Cremona en la que el ejército de Vitelio fue derrotado por el ejército de Vespasiano y la ciudad fue destruida o, mejor, en la noche que siguió al incendio del Capitolio por los vitelianos (octubre del 69), incendio calificado por Tácito 58 como «el acontecimiento más luctuoso y más execrable padecido por el pueblo romano desde la fundación de Roma». Estos investigadores aluden también —tomándolas igualmente en sentido material— a las teas incendiarias del pasaje de Curcio que vendrían a sumarse al incendio del Capitolio en la noche fatídica (aunque Vespasiano llegó demasiado tarde a Roma como para apagar el incendio).
2. ALUSIÓN A LAS GUERRAS CIVILES . — Los que ven en el texto de Curcio una alusión a Vespasiano insisten en que este emperador llegó al trono después de una serie de contiendas civiles que jalonaron la marcha del año 69, pero —contestan los defensores de Claudio— el texto de Curcio lo que dice es que el advenimiento del nuevo emperador e v i t ó unos males que muy bien pueden interpretarse como una guerra civil.
3. REFERENCIA A LA DESCENDENCIA DEL EMPERADOR . — Los defensores de Vespasiano interpretan el texto («el reino actual lo proseguirá la descendencia de esta misma casa») en el sentido de que, desde la muerte de Nerón, ocurrida en junio del 68, los emperadores que se fueron sucediendo hasta llegar a Vespasiano (Galba, Otón, Vitelio y el mismo Vespasiano) no lo hicieron amparados en una legitimidad dinástica, sino por razones de fuerza, ajenas a la normal sucesión al imperio implantada por Augusto y en vigor hasta Nerón. Ahora bien, Vespasiano tiene unos hijos que hacen presagiar una continuidad en el mando (y que efectivamente le sucedieron: Tito del 79 al 81 y Domiciano del 81 al 96) sin salir tal mando de «la misma familia»; pero L. Herrmann 59 ha hecho notar que la interpretación correcta es que la posteridad que va a suceder al emperador en cuestión es la posteridad que pertenece a la misma familia que gobernaba antes de la famosa noche, es decir, a la familia de los Julio-Claudios: en efecto, antes de tres semanas después de la noche del 24-25 de enero del 41, Mesalina, esposa de Claudio, dio a luz un hijo, Británico, que sería en quien pensaría Curcio al escribir este pasaje.
4. EL JUEGO DE PALABRAS «CĀLĪGANTI » / «CALIGULA ». — Según Curcio, el emperador en cuestión y no el sol fue quien trajo la luz al mundo sumido en las tinieblas, y en la expresión de Curcio («huius, hercule, non solis ortus lucem caliganti reddidit mundo») se ha querido ver un juego de palabras entre caliganti = ‘sumido en las tinieblas’ y Calígula , el emperador al que vino a sustituir Claudio. El primero que hizo valer tal juego de palabras fue, al parecer, F. Schulten, en su Tesis, aparecida en Bonn, en 1872, sobre Séneca 60 . La existencia de tal juego de palabras es negada por todos los defensores de la tesis vespasianista, unos (así, A. D. Leeman) apoyándose en el hecho de que Calígula era conocido en la Antigüedad por Gaius; otros (en seguimiento de J. Stroux) sobre la base de que la cantidad que presentan ambas palabras es distinta. Pero a estos últimos se debe contestar que la diferencia de cantidad no es óbice de ninguna manera para que se dé un auténtico juego de palabras; es más, lo normal es que en tales juegos se dé una similitud fonética o fonológica pero nada más: con ello basta y sobra 61 .
5. LAS CIRCUNSTANCIAS DESCRITAS POR CURCIO SE CORRESPONDEN EXACTAMENTE CON LOS RELATOS DE OTROS AUTORES AL NARRAR EL ADVENIMIENTO DE CLAUDIO . — Así, por ejemplo, con los de Suetonio 62 , Dión Casio 63 , Flavio Josefo 64 y Séneca 65 . En un argumento de este tipo se ha apoyado, por ejemplo, G. Baraldi 66 para defender la candidatura de Claudio.
6. SIMILITUD DE ALGUNAS EXPRESIONES DE CURCIO CON LAS DE OTROS ESCRITORES . — Los defensores de Claudio se han fijado en que algunas expresiones de Curcio se parecen extraordinariamente a algunas, por ejemplo, de Séneca, y, dando por hecho que —una vez más— Curcio es el imitado (cuando parecería lógico que fuera al revés, que un escritor ya famoso en vida lo fuera por un escritor que no ejerce verdadera influencia hasta bien entrada la Edad Media), estiman que el emperador aludido no puede ser Vespasiano (Séneca murió el 65) y muy bien podría ser Claudio. He aquí algunos ejemplos que suelen citarse: Séneca 67 refiere un episodio de la vida de Alejandro utilizando una expresión («omnes, inquit, iurant esse me Iouis filium, sed uulnus hoc hominem esse me clamat») muy similar a la utilizada por Curcio 68 («ceterum… dixisse fertur se quidem Iouis filium dici, sed corporis aegri uitia sentire»). En otra carta del filósofo 69 leemos una frase que es un calco de otra igual de Curcio 70 : «nihil tam certum est quam otii uitia negotio discuti » y «otii uitia negotio discuti » (aunque tal vez se trate de un proverbio). En otro pasaje 71 Séneca saluda la llegada de Claudio al trono con palabras que recuerdan mucho las de Curcio en el tantas veces citado pasaje de X 9, como se ha indicado en nota n.° 65: «Sidus hoc, quod praecipitato in profundum et demerso in tenebras orbi refulsit, semper luceat». Es verdad que para muchos autores aquí no hay más que un tema retórico banal 72 , pero son muchos también los que piensan que hay una indudable influencia de Curcio; así, L. Herrmann 73 , después de analizar ambos textos, dice: «Le fait que, pour flatter Claude, Sénèque retombe sur la même métaphore d’origine dramatique que Quinte-Curce, s’explique fort bien si Quinte-Curce s’était déjà servi de cette métaphore pour flatter Claude» (subrayado en el original).
Pero también los defensores de la candidatura de Vespasiano tienen textos de autores que poner en relación con Curcio. H. U. Instinsky 74 viene a defender la candidatura del emperador Flavio apoyándose en la similitud de la terminología empleada por Curcio a la hora de ensalzar al princeps y de ciertas expresiones de Plinio el Viejo. Por su parte, A. Grilli 75 pone en relación, a la hora de defender la candidatura de Vespasiano, el corpus de Curcio 76 con la misma imagen empleada por Galba cuando, al adoptar a Pisón como hijo y sucesor suyo, la saca a relucir, entre otras muchas cosas, como recuerda Tácito 77 .
7. ARGUMENTO SACADO DEL VOCABULARIO . — El argumento basado en las características del vocabulario de Curcio para llegar a fechar al autor ha sido desarrollado ampliamente por J. Costas Rodríguez en su Tesis Doctoral ya citada. Del «Extracto» de la Tesis (22 páginas con «Bibliografía» selecta al final) se saca la conclusión de que uno de los logros más interesantes del trabajo en cuestión ha sido, sirviéndose de las ventajas de una computadora, haber conseguido aislar unas 340 palabras de Curcio que no aparecen en T. Livio (dato significativo si se tiene presente la extensión del vocabulario de Livio comparado con el de Curcio —ya desde S. Dosson sabemos que éste no sobrepasa las 3.850 palabras—). Pues bien, el autor ha hecho un recuento de esas palabras en nueve escritores de épocas diversas (Silio Itálico, Valerio Flaco, Estacio, Plinio el Viejo, Quintiliano, Séneca, Lucano, Cicerón y Virgilio) y ha podido comprobar que un gran porcentaje de esas palabras aparece en autores que, fechando a Curcio en época de Vespasiano, serían más o menos contemporáneos suyos: entre los poetas encontramos en Silio Itálico un 41,17 por ciento; en Valerio Flaco un 26,17 y en Estacio un 44,11. Los porcentajes aumentan bastante en los prosistas: en Quintiliano un 44,11 por ciento y en Plinio el Viejo un 57,64 78 . Ahora bien, los trabajos de esta índole son difícilmente probatorios a la hora de querer utilizarlos para datar a un escritor, máxime cuando —como es aquí el caso— los puntos cronológicos en litigio están separados por un lapso de tiempo tan exiguo como el que va del advenimiento de Claudio (año 41) al de Vespasiano (año 69). (Temor que comparte el mismo autor de la Tesis cuando dice: «reconocemos, sin embargo, el carácter discutible y relativo de los trabajos de este tipo»).
8. ARGUMENTO SACADO DE LA FINALIDAD DE LA OBRA . — Algunos de los defensores de la candidatura de Claudio piensan que la obra habría sido compuesta para poder criticar a Calígula sin correr riesgo. En el fondo, éste es el argumento esgrimido ya en 1949 por Lana 79 : es indudable que la postura de Curcio ante Alejandro es, como diremos al hablar de sus fuentes, titubeante: por un lado, se siente atraído por el personaje de un modo intenso y, en este sentido, refleja que parte de sus fuentes han sido claramente laudatorias; por otro, siguiendo una tradición romana claramente perceptible en el excursus de T. Livio IX 17, 1, se muestra hostil al conquistador. Precisamente a Calígula (predecesor de Claudio en el trono), deseoso de orientalizar el imperio, le gustaba presentarse como un nuevo Alejandro: solía exhibir por las calles de Roma un rehén parto llamado «Darío» 80 ; la muerte le sorprende cuando había resuelto emigrar a Alejandría 81 ; con frecuencia se revestía de la coraza de Alejandro que había hecho extraer de la tumba del Macedonio 82 . Al criticar Curcio la tendencia orientalizante y despótica de Alejandro, estaría criticando la misma tendencia de Calígula 83 . Esta opinión vendría a coincidir, en épocas más recientes, con la de G. V. Sumner 84 , según el cual, aun aceptando la teoría del «retrato peripatético» de Tarn (del que hablaremos a continuación), la finalidad primordial de la obra de Curcio era, como en el caso de Lana, poder atacar a Calígula impunemente, poniendo en evidencia el deterioro progresivo de Alejandro. R. D. Milns 85 reconoce que esta interpretación es superficialmente atractiva, pero hace notar que, cuando se somete a un análisis profundo, se halla expuesta a graves objeciones: a) no hay en toda la literatura de época imperial ningún otro caso en que se haya empleado un procedimiento así para atacar a un emperador reinante; b) Tácito dice 86 que el sistema normal para atacar a un emperador era aguardar a que muriera y entonces escribir contra él toda clase de dicterios, y por Suetonio 87 sabemos que con frecuencia los que querían denigrar la memoria de un emperador dejaban constancia de sus ofensas en los testamentos para ser leídas después de su propia muerte; c) la Historia de Alejandro es una obra demasiado elaborada y detallada como para servir de mensaje en clave contra el emperador. Si la obra fuera un ataque velado a Calígula, debería desprenderse mucho más fácil y claramente su carácter de invectiva. Ningún romano de la época podía ver a Calígula retratado en la figura de Alejandro al leer los diez libros de la obra de Curcio. Ni siquiera el juego de palabras caliganti / Caligula puede servir de base a esta interpretación.
Sobre esta cuestión de la finalidad perseguida por Curcio al componer su obra se han venido ofreciendo opiniones muy diversas. A la ya expuesta (que está en la base de las interpretaciones de un Lana o de un Sumner, por ejemplo) podrían añadirse: las de aquellos (así, Wilamowitz, en su Historia de la literatura griega) que piensan que Curcio pretendió escribir una obra de entretenimiento y solaz; pero hay en su obra demasiado trabajo y demasiada investigación para pensar en una simple obra de entretenimiento; o las de aquellos (así, J. Stroux 88 o W. W. Tarn 89 ) que opinan que Curcio habría pretendido exponer el «retrato peripatético» de Alejandro. En esencia dicho retrato consiste en hacer ver cómo un discípulo virtuoso y bien guiado por su maestro se convierte en tirano cruel por obra de su propia Fortuna. Se pretende que un tal retrato vendría a ser obra de los Peripatéticos, que de esta manera habrían vengado de algún modo el asesinato de Calístenes, sobrino de Aristóteles, llevado a cabo por instigación de Alejandro. Pero hay muy serias dudas de que un retrato de este tipo existiera en la Antigüedad y lo más probable es que sea obra de los investigadores modernos. El artículo de J. Rufus Fears, «The stoic view of the career and character of Alexander the Great» 90 es, creemos, definitivo al respecto: la Media y Nueva Stoa, y lo mismo la Vieja (en la medida en que podemos conjeturarlo sobre esta última), no se muestra, como Escuela, enemiga de Alejandro. Lo mismo hay que decir de otras Escuelas, como la Peripatética y la Cínica. Si hay filósofos enemigos de Alejandro, se trata de autores a título personal, pero sin involucrar a sus respectivas Escuelas. En el caso de autores latinos enemigos de la memoria del Macedonio (Cicerón, T. Livio, Séneca, Lucano, Tácito, M. Aurelio), la explicación consiste en que Alejandro se había convertido en un símbolo, en un prototipo que servía a tales autores para, refiriéndose a él, denigrar (o ensalzar) a determinadas figuras romanas: César, Pompeyo, Catón de Útica, Germánico, Nerón, etc. y, en todo caso, la postura de estos escritores es más bien la postura impuesta por las escuelas de retórica (el personaje Alejandro se convierte bien pronto en tema obligado de las disputas de las escuelas de retórica) que por las de filosofía. Con esto se puede dar contestación a los que (caso de A. Giacone 91 ) pretenden apoyarse en consideraciones de tipo filosófico para fijar la fecha de la composición de la obra de Curcio: según este autor, la obra está inmersa en el ambiente propiciado por la filosofía estoica de un Séneca; es un libro de actualidad que, al mismo tiempo que ensalza la figura del emperador reinante, pone en evidencia el castigo de la soberbia y de la ambición de un hombre que había querido ser tenido por hijo de un dios; la obra presentaría, al lado de un fin retórico, un fin práctico y moral.
Identificación del autor
Como se ha dicho en nota 1, ya los manuscritos más antiguos informan de que el autor de las Historiae Alexandri es «Quinto Curcio Rufo» o «Curcio Rufo». La Realencyclopädie 92 registra 36 personajes pertenecientes a la familia «Curtia». De entre ellos, los que siendo posible que vivieran en época imperial y llevaran como praenomen «Quintus » y/o cognomen «Rufus», sólo hay tres, entre los que diversos investigadores han querido ver al autor de la Historia de Alejandro: el n.° 13, «Quintus Curtius », calificado por Cicerón, en carta a su hermano Quinto 93 , escrita en el 55 a. C., como bonus et eruditus adulescens y que acusó a Memmio de ambitu en aquel año; el n.° 30, «Curtius Rufus », del que nos habla, por un lado, Tácito 94 y, por otro, Plinio el Joven 95 , personaje que terminó su cursus honorum como procónsul de África; y el n.° 31, «Quintus Curtius Rufus », mencionado por Suetonio 96 entre «M. Porcius Latro » y «L. Valerius Primanus».
El primero de ellos debe ser excluido por razones cronológicas: si en el 55 a. C. era ya un bonus et eruditus adulescens que acusa de ambitu a Memmio que aspira al consulado, al único emperador que pudo conocer, de entre los que son susceptibles de ser los destinatarios del «encomion» del historiador de Alejandro, es a Augusto 97 .
El segundo es un personaje involucrado en una historia de fantasmas y aparecidos en los que Plinio, en su citada carta, manifiesta abiertamente creer, apoyándose, precisamente, en la historia acaecida a este personaje, historia que con ligeras variantes cuentan Tácito y el mismo Plinio. Este Curcio fue candidatus Caesaris a la pretura bajo Tiberio; consul suffectus con Pompeyo Silvano en el reinado de Claudio, tal vez en el año 45 98 ; después del consulado fue designado legado en la Germania Superior y, tal vez a comienzos del reinado de Nerón, fue nombrado procónsul de África, muriendo en el cargo.
En cuanto al tercero, «Quintus Curtius Rufus », aunque no sabemos nada sobre él directamente, si tenemos presente que la lista en que aparece citado está redactada, por lo general, siguiendo un orden cronológico, y que M. Porcio Latrón nació probablemente hacia el año 55 a. C. y L. Valerio Primano floreció bajo Claudio, no sería arriesgado afirmar que la actividad de nuestro profesional de retórica se extendería por los reinados de Tiberio, Calígula, Claudio y tal vez alguno más.
El autor de nuestra obra podría ser alguno de estos personajes (especialmente uno de los dos últimos), pero podría ser muy bien igualmente otro personaje distinto. También aquí las interpretaciones han sido variadas:
1. LOS QUE OPINAN QUE EL AUTOR DE LA OBRA ES EL CURCIO RUFO MENCIONADO POR TÁCITO Y PLINIO . — Ya S. Dosson 99 se inclinaba por esta interpretación, aunque basándose en argumentos más que discutibles: a nuestro autor le irían bien los calificativos de «adulador», «arrogante», «poco tratable» que le dirige Tácito 100 y los honores del triunfo que le otorga Claudio serían la recompensa por el desorbitado elogio que el historiador le dirige en X 9, 3 y sigs. 101 . (De la misma opinión es R. Verdière 102 ).
Las dificultades para admitir tal identificación son muchas. Entre las más importantes tenemos, según Groag 103 , una cierta sinceridad en el historiador, que no va con lo que Tácito dice del político; insuficiente conocimiento del escritor de las artes de la milicia, que se manifiesta, sobre todo, en la descripción de batallas (el Curcio de Tácito ha tenido tropas a su cargo en la Germania Superior); el racionalismo de que da muestras muchas veces el historiador en su obra y que no encaja con la actitud del político «cuyas esperanzas medran» con la aparición de un fantasma, actitud que queda de manifiesto sobre todo en el relato de Plinio; dada la carrera del político, no parece que fuera un personaje muy adecuado para escribir una Historia de Alejandro; ni Tácito ni Plinio hacen la más leve alusión a las aficiones literarias del personaje en cuestión. Los que admitan que el elogio del historiador a un emperador va dirigido a alguno posterior al año 69 (de Galba en adelante) no pueden inclinarse por la identificación del escritor con el político de Tácito, ya que en el 68 el procónsul de África no era ya Curcio Rufo, que para entonces había muerto, sino Clodio Macer (a cuya muerte, ordenada por Galba, en el 69, hace referencia Tácito 104 ).
2. LOS QUE OPINAN QUE HAY QUE IDENTIFICAR AL AUTOR DE LA OBRA CON EL «RHETOR » DE SUETONIO . — Aquí son muchos más los autores que defienden la identificación, aunque el argumento principal esgrimido (el carácter retórico indudable que presenta la obra) no es del todo convincente, ya que no hay que olvidar que la mayor parte de los escritores del alto Imperio han sufrido, en mayor o menor grado, el influjo de la retórica. Entre los autores que defienden esta identificación, en trabajos ya citados anteriormente, tenemos, por ejemplo, a Zimmermann, Lana, Schwartz, Rostagni, Milns, y los editores de Curcio, Rolfe, Baraldi, Giacone, etc.
3. LOS QUE PIENSAN QUE EL HISTORIADOR, EL «CURTIUS RUFUS » DE TÁCITO Y PLINIO , ASÍ COMO EL «Q. CURTIUS RUFUS » DE SUETONIO , SON LA MISMA PERSONA . — Los autores más caracterizados, entre los que han defendido este punto de vista, son Syme, Sumner y Herrmann en trabajos ya citados. Particularmente decidida es la postura de Herrmann, quien, por un lado, se esfuerza en demostrar que el «Curtius Rufus » de Tácito y Plinio se identifica con el historiador de Alejandro, y, por otro, que el personaje historiador-procónsul de África se viene a confundir con el rhetor de Suetonio.
4. LOS QUE DEFIENDEN QUE EL AUTOR DE LA OBRA NO SERÍA NI EL «CURTIUS RUFUS » DE TÁCITO Y PLINIO NI EL «Q. CURTIUS RUFUS » DE SUETONIO . — Es la conclusión, por ejemplo, a la que llega H. Bardon 105 y el mismo Rolfe; aunque éste se inclina por identificar al historiador con el rhetor de Suetonio, sin embargo admite que «dado que Rufus es un cognomen corriente, es posible que el autor sea otro Quinto Curcio Rufo, por otro lado desconocido» 106 .
Las fuentes de Q. Curcio
La bibliografía antigua sobre el tema la ofrecen M. Schanz-C. Hosius 107 y S. Dosson 108 . También H. Bardon 109 ofrece una amplia bibliografía, aunque, como es natural, igualmente antigua. Una exposición del estado de la cuestión, puesto al día, con los trabajos más importantes que han aparecido sobre ello hasta 1970, puede verse en J. Seibert 110 .
Durante la misma campaña de Alejandro se llevaron a cabo dos tipos de relatos de la expedición: una especie de «Diario de campaña» (las denominadas Efemérides) , bajo la supervisión de Eumenes de Cardia y Diódoto de Eritras, y una historia de la campaña redactada por Calístenes, que narraba las peripecias de la misma hasta la batalla de Gaugamelas por lo menos (1 de octubre del 331) —Calístenes muere en el 327—.
Después de la muerte de Alejandro muchos contemporáneos suyos (unos que habían sido testigos presenciales de los acontecimientos y otros que, sin serlo, podían tener información de primera mano a través de protagonistas de la expedición) redactaron las vicisitudes de la campaña: Nearco, Onesícrito, Aristobulo, Ptolomeo, Clitarco, etc. Todos estos relatos, junto con un grupo de narraciones que se compusieron en los dos siglos siguientes, se perdieron, a excepción de unos pocos fragmentos recogidos y publicados por F. Jacoby 111 .
De entre todas las obras que la Antigüedad dedicó a Alejandro y a su campaña las únicas que han llegado hasta nosotros en su mayor parte o en su totalidad son las de cuatro historiadores y un biógrafo que escribieron varios siglos después de la muerte del Macedonio: Pompeyo Trogo / Justino, Diodoro Sículo, Q. Curcio, Arriano y Plutarco. Todos ellos parece ser que tomaron su información de fuentes muy variadas.
Por lo que respecta a Q. Curcio, es difícil establecer sus fuentes. Tal vez (como hace Arriano) hablara nuestro autor de las mismas al comienzo de su obra, pero, dado que faltan los dos primeros libros, nada sabemos al respecto. De hecho, en el cuerpo de su obra Curcio cita dos veces —y ambas en el lib. IX— a unos autores en concreto: Ptolomeo, Clitarco y Timágenes 112 . Ahora bien, aunque no cite los nombres de más autores, en diversos pasajes de su obra hace referencia indirecta a diversas fuentes; así en IV 15, 30; V 1, 35; VII 8, 10; 8, 11; IX 1, 34, etc.; y la comparación de Curcio con otros autores nos lleva a diversas fuentes que pueden establecerse de la siguiente manera: la comparación de Curcio con Diodoro nos lleva al autor que debió de ser la fuente principal de nuestro personaje y del que el mismo Diodoro hizo también un uso principalísimo 113 ; esto es, Clitarco. La comparación con Arriano nos conduce a Aristobulo, Ptolomeo y, a través de ellos, a Calístenes; la comparación con Justino nos conduce a P. Trogo y Timágenes; la comparación con Estrabón y Plutarco nos lleva de nuevo a Aristobulo y, finalmente, la comparación con Estrabón y Plinio el Viejo nos hace llegar a Onesícrito.
Pasemos revista, aunque sea sumariamente, a estas posibles fuentes, directas e indirectas.
CALÍSTENES 114 . — Sobrino de Aristóteles, había nacido en Olinto. De entre sus obras anteriores a la expedición la más importante parece haber sido una Historia de Grecia en 10 libros. Vivió entre el 370 y el 327. Al parecer, la finalidad de la historia de la campaña de Alejandro era enaltecer la figura del Macedonio de manera que sirviera para el consumo del público griego, tratando de ligar sentimentalmente a este pueblo a la campaña. Su obra tendría un carácter oficial y el rey aparecería como jefe del helenismo y debelador de los bárbaros. Es más, puede ser que incluso la obra de Calístenes no fuera más que la plasmación de los propios deseos del rey. Como panegirista oficial del mismo, se convirtió en el precedente de todas las Historias de Alejandro encaminadas a ensalzar sin cortapisas la figura del héroe, tendencia que tendrá su máxima expresión en la denominada Novela de Alejandro y que, siendo obra de un inculto autor del s. III d. C., fue atribuida al sobrino de Aristóteles en algunos manuscritos, siendo conocida como la obra del «Pseudocalístenes» 115 . El Alejandro de Calístenes sería el general en jefe de la Liga de Corinto, el vengador de Grecia y el hijo de los dioses, aunque precisamente la oposición de Calístenes a aceptar la proskýnesis en honor de Alejandro le costará la vida en el a. 327 116 . Como hace notar P. Pédech 117 , Calístenes incluso habría creado en torno a la figura de Alejandro una atmósfera homérica y mitológica (Calístenes precisamente había contribuido a la edición de Homero denominada de «la cajita», que Alejandro llevaba consigo a todas partes): el héroe era el descendiente de Aquiles y en su expedición camina tras las huellas de héroes mitológicos como Perseo y Hércules. Por su parte Cicerón 118 comenta que la Historia de Calístenes está escrita en tono declamatorio (rhetorico paene more) , muy en consonancia con el espíritu de la obra y las intenciones del historiador.
ARISTOBULO 119 . — Tomó parte en la campaña pero no parece que tuviera mando militar. Por las misiones que (según distintos historiadores de la misma) se le encomendaron (entre otras, la restauración del mausoleo de Ciro 120 ) y por las informaciones que Arriano ofrece del interés mostrado por Alejandro por diversas construcciones ( informaciones que indudablemente Arriano toma de su fuente, Aristobulo) se desprende que éste debía de ser un técnico, ingeniero o arquitecto. Arriano 121 lo tomó por una de sus fuentes principales (junto con Ptolomeo) por considerarlo un testigo veraz de los hechos narrados.
P. Pédech 122 , al intentar trazar los rasgos del retrato de Alejandro que cada uno de los cuatro historiadores por él estudiados nos dejó, sacándolos de los fragmentos que de cada uno de ellos nos han llegado, reconoce que es difícil descubrir el retrato de Alejandro por los fragmentos de Aristobulo, que sólo ofrecen rasgos dispersos: espíritu caballeresco con las mujeres, gusto por la compañía de los amigos, sensible, generoso, emprendedor infatigable, pero más cercano al hombre de bien que al genio o al héroe. A pesar de su actitud decididamente laudatoria del rey, Aristobulo parece que no se dejó llevar por la retórica ni la exageración: el hombre de ciencia y de sentido práctico se reflejaría en su propia obra (por ejemplo, es el primer autor citado por Plutarco 123 del grupo de nueve historiadores que sostenían abiertamente que el episodio de Talestris, reina de las Amazonas, era pura invención 124 ; es más reticente que Onesícrito a la hora de contar las maravillas de la India; no mencionaba el «komos» o procesión báquica de Carmania; etc.).
Una cuestión interesante relacionada con Aristobulo, y que ha venido preocupando a los investigadores, es la de si este autor escribió antes o después de Clitarco (y antes o después de Ptolomeo). La cuestión afecta más a la biografía de Clitarco que a la de Aristobulo. La obra de este último se estima que no fue escrita antes del 295 y la interpretación más corriente es la de que Clitarco, por su parte, escribió la suya a finales del s. IV ; pero Tarn 125 y, especialmente, L. Pearson 126 han defendido una anterioridad cronológica de Aristobulo sobre Clitarco; concretamente, Pearson defiende el orden cronológico Aristobulo-Ptolomeo-Clitarco, siendo sus razones convincentes, por ejemplo, para S. Payrau 127 : según Pearson, Clitarco escribiría después del 283, es decir, después de la muerte de Ptolomeo, aunque la opinión de que Clitarco escribiera después del 280, como apunta Tarn, le parece a C. Bradford Welles 128 «ingenua».
ONESÍCRITO 129 . — Discípulo de la escuela de Diógenes el Cínico 130 , era timonel de la escuadra de Alejandro. La obra que escribió sobre el Macedonio debía de titularse Cómo fue educado Alejandro y, según Diógenes Laercio 131 , en cierto modo debía de ser semejante a la compuesta por Jenofonte sobre la educación de Ciro, la Ciropedia. (Precisamente Diógenes Laercio, en el lugar citado, hace una comparación entre la personalidad de ambos escritores, poniendo de relieve los puntos en contacto entre uno y otro).
En la obra de Onesícrito, Alejandro (y de acuerdo con las doctrinas filosóficas profesadas por su autor) se presentaba como el «filósofo en armas», a la manera cínica, con una principal misión: la de civilizar a los bárbaros. Como dice P. Pédech 132 , «no sabemos si Onesícrito ponía de relieve otros aspectos del carácter de Alejandro, pero hay que subrayar la notable unidad del retrato que ha trazado: el de un príncipe imbuido de cultura griega, ávido de saber, conquistado por la filosofía. En él se podía encontrar a la vez al discípulo de Aristóteles y al soberano ilustrado que había ido a Asia acompañado de filósofos, y de sabios».
PTOLOMEO 133 . — El antiguo amigo y compañero de Alejandro (del que se hace mención repetidas veces en la misma obra de Curcio) compuso, ya en edad avanzada, y siendo rey de Egipto (fundador de la dinastía de los «Ptolomeos» que perduró hasta Cleopatra en el año 30 a. C.), una historia de la campaña de la que él fue testigo presencial y protagonista en ocasiones, y que para algunos autores 134 es la mejor de las Historias de Alejandro. Era hijo del macedonio Lago y de Arsínoe, descendiente de la familia de los Lincestes 135 . Para la redacción de su obra debió de contar con la información ofrecida por las Efemérides 136 y otros documentos oficiales, así como con sus propios recuerdos de la expedición. La obra debía de ser una auténtica historia y no unas simples memorias de un general retirado.
El Alejandro de Ptolomeo es fácilmente deducible de la lectura de la obra de Arriano en la que el Macedonio se nos presenta como el general en jefe del ejército: prevé acontecimientos, planea la campaña con sus generales, organiza las marchas, da las órdenes e impone las tácticas de combate. Lo que llama la atención al historiador son las cualidades militares del héroe, no valorando en la misma medida las cualidades políticas del mismo. Por otro lado, Ptolomeo pone de manifiesto la religiosidad de Alejandro, considerándolo como protegido de los dioses, a los que procura tener de su parte mediante frecuentes sacrificios y a los que consulta sirviéndose de los adivinos.
CLITARCO 137 . — Es la principal fuente de Diodoro Sículo, de Q. Curcio y, posiblemente, también de Trogo/Justino. De su vida prácticamente no sabemos nada. Era hijo del historiador Dinón, quien escribió una Historia de los imperios de Oriente, Persica , en 20 libros. Clitarco vivió en Alejandría y para Ptolomeo debió de componer su Historia de Alejandro. Sobre su participación en la expedición del Macedonio, aunque algunos investigadores opinan que no es cuestión que esté decidida 138 , por lo general se estima que no tomó parte en ella.
Su obra estaba escrita con viveza, colorido y amenidad (cualidades que caracterizan también la de Curcio) y, en cierto modo, se trataba de una historia novelada, en la base de lo que se ha dado en llamar la «vulgata» de la tradición historiográfica sobre Alejandro. La tradición, que quiere que escribiera su obra a finales del s. IV , se basa principalmente, para fijar la época de la vida del autor, en un texto de Plinio el Viejo 139 , que coloca a Clitarco entre Teopompo de Quíos (nacido hacia el 378) y Teofrasto (372/369-hacia 287) 140 .
Los autores antiguos nos hablan con desdén de Clitarco, representante de la corriente «popular», «heroica», de la historiografía de Alejandro, pero fue el autor más leído, de entre los historiadores del Macedonio, a finales de la República y comienzos del Imperio. Diodoro Sículo 141 lo ha seguido fielmente: Schwartz 142 opina que Diodoro tiene a Clitarco como única fuente y en las columnas 1873-4 del artículo citado ofrece una lista muy amplia de similitudes entre Diodoro y Curcio, demostrando que éste tiene a Clitarco, igual que Diodoro, como primera fuente, tesis que viene defendiéndose, por otro lado, desde C. Raun 143 .
Tarn 144 se opone a esta corriente de opinión (que es más o menos general) y piensa, por el contrario, que Diodoro utilizó no sólo a Clitarco sino otras muchas fuentes, llegando a la conclusión de que la fuente del libro XVII de Diodoro «no es Clitarco» y el libro no ofrece base para cimentar la teoría de una «vulgata clitarqueana» 145 . En esta línea estaría también C. Bradford Welles 146 , quien en págs. 8-10 presenta una lista de pasajes en que Diodoro sigue no sólo a Clitarco, sino también a otros historiadores primitivos de Alejandro (Calístenes, Aristobulo, Onesícrito, Nearco, etc.). En lo que este investigador se separa de Tarn es en la consideración de que, fuera la que fuera la fuente utilizada por Diodoro, era con toda seguridad la misma que utilizó Curcio. Tarn, para defender lo contrario, se fundaba en que el relato de Curcio es inamistoso para con Alejandro mientras que el de Diodoro es favorable, sacando la conclusión de que ambos relatos no pueden proceder de la misma fuente.
Pero he aquí que también Trogo/Justino es semejante a Diodoro y Curcio 147 . Las similitudes entre ellos llevaría a una fuente principal, la misma para los tres. En cuanto a las relaciones entre ellos mismos, Curcio no presenta problemas, pues, al ser bastante posterior (o muy posterior) a Diodoro y Trogo, pudo utilizar sus obras. El problema surge entre Trogo y Diodoro, ambos escritores del s. I a. C., de los que no sabemos con certeza quién de los dos es anterior a quién. P. A. Brunt 148 cree que probablemente Trogo escribió después de Diodoro, argumentando, en un addendum a su «Introduction», de la siguiente manera: Diodoro visitó Egipto en 60-56 a. C.; en su Historia , que llega hasta el 54, el último acontecimiento mencionado es la fundación de una colonia romana en Tauromenium (= Taormina), en el 36 a. C. La obra de Trogo, publicada antes del 2 a. C., terminaba en el 20; su abuelo o bisabuelo recibió la ciudadanía romana en los años 70, por lo que es al menos improbable que Diodoro no haya escrito antes que Trogo.
Hay en la obra de Curcio una clara veta de animadversión, por un lado, contra lo macedonio (que provoca, en contrapartida, otra de simpatía por lo griego) y, por otro, contra el propio Alejandro, postura del escritor que se ha pretendido explicar desde una clara actitud moralizadora. Descartada la posibilidad de que esta actitud de Curcio sea consecuencia de la utilización por el mismo de Calístenes, Aristobulo, Ptolomeo, etc. como fuentes (todas ellas laudatorias, especialmente del rey), nos encontramos con que la actitud antimacedonia Curcio la comparte claramente con Diodoro (y, a través de él, tal vez con Clitarco), pero no cabe decir lo mismo de la actitud contra Alejandro, que Diodoro no comparte. Tradicionalmente se ha venido admitiendo 149 que esta actitud aparece en Trogo (= Justino) y que tal vez haya que hacerla derivar de Timágenes 150 . En esta línea, Curcio la habría tomado de Trogo; pero J. Thérasse 151 ha defendido con convicción la tesis de que Justino, en contra de lo que se suele decir, no presenta una preocupación especial por moralizar, y que «este autor y, por consiguiente, lo mismo, sin duda, Pompeyo Trogo, no han podido ejercer influencia sensible ni sobre el moralismo de Quinto Curcio ni, especialmente, sobre su hostilidad cada vez mayor contra el héroe macedonio, ni sobre la importancia cada vez más patente del papel desempeñado por la Fortuna a lo largo de las páginas de su Historia » 152 .
La veta anti-Alejandro, visible claramente en Curcio, se ha querido buscar en las escuelas de retórica (Alejandro es comprensible que bien pronto se convirtiera en tema rico en situaciones diversas para las disputas y controversias de escuelas de este tipo) que continuarían la tendencia de las escuelas filosóficas peripatética y estoica de Grecia, hostiles (según se ha venido afirmando comúnmente) a Alejandro, personificación del dictador y del tirano; pero J. Rufus Fears 153 ha puesto de relieve que ninguna escuela en general y la estoica en particular ha defendido, como doctrina de escuela, una actitud en contra de Alejandro, aunque es posible encontrar autores diversos, en las distintas escuelas, que la hayan defendido. Ninguna escuela ha mantenido una actitud uniforme frente a la figura de Alejandro (recuérdese, por ejemplo, que Onesícrito, filósofo cínico, escribió una Historia de Alejandro esencialmente laudatoria, y la escuela cínica es una de las que se suele afirmar que defiende una postura anti-Alejandro). Lo que ha ocurrido con el Macedonio (y ello se hace patente cuando se examina su figura en algunos representantes del estoicismo romano) es que bien pronto se convirtió en ejemplo y prototipo al que referir y con el que enlazar acontecimientos y personajes de la propia historia de Roma (César y Pompeyo para Cicerón y Lucano; Nerón para Séneca y Tácito, por ejemplo), actuando de pararrayos de las iras de los romanos contra sus propios conciudadanos ambiciosos 154 . Pero la reacción de un Séneca, un Lucano, un Marco Aurelio (típicos representantes del estoicismo romano) ante Alejandro contrasta, por ejemplo, con la actitud de un Arriano, discípulo de Epicteto (del que publicó su Manual de moral estoica) , panegirista convencido del Macedonio. Precisamente el entusiasmo de Arriano por Alejandro causa un evidente malestar a aquellos que quieren hacer del rey el prototipo del tirano según la tradición estoica griega 155 .
En cuanto a la retórica, como hemos dicho más arriba, la figura de Alejandro (como la de Catón de Útica, por ejemplo) se convirtió bien pronto en un tópico con el que ejercitarse los jóvenes aprendices de la escuela. Séneca el Rhétor nos ha dejado dos «suasorias» sobre el Macedonio: la I 156 y la IV 157 . Los tópicos retóricos en torno a Alejandro justificarían el felix praedo de un Lucano 158 ; y el mismo excursus de Tito Livio 159 sobre el hipotético resultado de una guerra entablada entre Alejandro y el ejército romano puede ser que en su origen no fuera más que un ejercicio retórico de escuela, tal como ya había sido propuesto por W. Anderson 160 , aunque tal opinión ha sido rebatida con insistencia 161 .
OTRAS FUENTES . — Es indudable que Curcio manejó otras fuentes, aparte de las posibles citadas; él mismo menciona a Timágenes, como hemos visto, el historiador griego que pudo conocer directamente o a través de Trogo, en quien Timágenes ejerció una gran influencia al exaltar el poder de Macedonia y el de los partos (claro precedente de las Historias Filípicas de Trogo).
Nearco le debió de servir de gran ayuda en la redacción del libro VIII , ya que se ha hecho observar 162 que noticias ofrecidas por Curcio en dicho libro coinciden con las ofrecidas por Arriano en su Indica , obra compuesta con ayuda del relato de Nearco, y no hay que olvidar que sobre Alejandro sabemos que escribieron otros escritores de época helenística en algunos de los cuales puede ser que nuestro historiador buscara información.
En una palabra, y como conclusión, si es verdad que Clitarco debió de ser su fuente principal, es innegable que Curcio manejó otras muchas (como del propio texto de Curcio se desprende) y que, como dice J. Vergés 163 , «es tarea imposible averiguar qué fuentes pudo utilizar para cada pasaje de su historia. Nos basta saber que no se limitó a reproducir una obra anterior, que consultó varios autores y que escogió en cada caso la información que le pareció más verosímil».
Curcio, historiador y escritor
Es tradicional considerar la obra de Curcio como una historia novelesca y, de acuerdo con ello, no otorgar a su autor más credibilidad que la que se puede otorgar al autor de una obra de este tipo. Pero, aun reconociendo que hay en la Historia de Alejandro Magno una narración pletórica de rasgos novelescos, no se le puede negar a su autor un sincero deseo de estar bien informado (como él mismo dice en diversos pasajes de su obra), aunque en más de una ocasión se deja llevar de la credulidad a la hora de transmitir lo que las fuentes le ofrecen y se le pueden aplicar a él los reproches que él dirige a otros historiadores. Veamos algunos testimonios que acreditan su fidelidad a las fuentes: «pero, aun suponiendo que su discurso [= el de los escitas] puede ser menospreciado, no debe serlo nuestra fidelidad histórica y expondremos, sin alterarlo lo más mínimo, lo que la tradición nos ha legado» 164 ; «la verdad es que yo transcribo más cosas que las que en realidad creo, pues ni puedo afirmar cosas de las que dudo ni pasar por alto las que me han sido transmitidas» 165 ; (después de rechazar el testimonio ofrecido por Clitarco y Timágenes y de seguir el de Ptolomeo): «¡tan grande fue la despreocupación o —lo que es un defecto tan grave como éste— la credulidad de los que recogieron los documentos de la historia antigua!» 166 ; «algunos han creído que esta división de las provincias había sido ya fijada por Alejandro en su testamento, pero nosotros hemos comprobado que esta noticia, aunque mantenida por algunos autores, carece de fundamento» 167 ; etc.
Es incluso comprobable que Curcio es menos crédulo que otros historiadores de Alejandro, cosa que se puede ver a propósito de algún pasaje concreto, como, por ejemplo, la leyenda según la cual Alejandro había hecho encerrar a Lisímaco con un león 168 ; o la actitud mostrada por nuestro historiador con ocasión del descubrimiento de una fuente de agua en la propia tienda del rey: Curcio dice claramente 169 que la noticia de que hubiera surgido milagrosamente de repente era falsa, mientras que tanto Arriano 170 como Plutarco 171 dan por descontado que el descubrimiento de la misma fue maravilloso. En el asalto a la plaza fuerte de los sudracas, Curcio 172 cuenta la gesta de Alejandro en términos épicos pero en un tono de credibilidad total, conocido el carácter y la manera de ser de Alejandro, quien, tras dar muerte a tres atacantes y dentro como está, él solo, de la misma plaza fuerte, se encuentra a merced del enemigo (situación de la que le salvan Peucestes, Timeo, Leonnato y Arístono); pero Justino 173 , por ejemplo, habla de miles de enemigos a los que puso en fuga o dio muerte. Otras veces se mofa de la credulidad, por ejemplo de los griegos, a la hora de admitir una fábula legendaria 174 .
Es verdad que en Curcio encontramos numerosas inexactitudes y errores de todo tipo (de los que hemos procurado dejar constancia y rectificación en las Notas a la traducción): algunos Curcio los comparte con sus fuentes y otros son de responsabilidad personal 175 . Por ejemplo, entre los errores geográficos, con la denominación «Rubrum mare» alude tanto al golfo Pérsico como al mar Arábigo o al océano Índico 176 ; con el nombre de «Tanais» designa al río Don y al Sir Daria 177 ; con el de «Cáucaso» designa tanto al auténtico Cáucaso como al Parapámiso 178 ; según nuestro autor, el Asia Menor tiene casi el aspecto de una isla 179 ; confunde el mar Caspio con el Negro 180 ; y el río Lico con el Meandro 181 ; etc.
A los errores geográficos habría que añadir errores cronológicos e históricos 182 , pero estos errores, importantes para nuestra mentalidad moderna, no tenían la menor importancia para los antiguos (errores parecidos los encontramos en la mayor parte de los historiadores griegos y romanos) pues, como dice Giacone 183 , los antiguos no conocían bien ni la historia ni la geografía.
Pero sus defectos y errores no empañan los méritos de Curcio como historiador, siendo el principal de ellos (como hemos señalado más arriba) su deseo de estar bien informado y de llegar a la verdad, presentando como rumores y noticias sin confirmar datos cuya veracidad no ha podido constatar. Incluso, a veces, ofrece una información que otros historiadores de Alejandro no precisan, presenta correctamente un nombre que otros autores ofrecen equivocadamente 184 , y hasta se puede afirmar que la narración de Curcio muchas veces es más precisa y exacta, por ejemplo, que la del mismo Arriano 185 . G. Radet en diversos trabajos 186 ha defendido calurosamente a nuestro historiador como autor veraz y fiable.
Pero donde Curcio encuentra elogios prácticamente generales es en su faceta de escritor, por su dominio de la técnica narrativa, la habilidad para mantener sin decaimientos la atención del lector y el sabio empleo de todos los recursos retóricos, destacando en la pintura de caracteres de los personajes de la acción; fundamental, en este campo, es el retrato que Curcio, a lo largo de su narración, nos va trazando del héroe: indomable, ambicioso, vengador de los griegos, pertinaz y constante en las empresas, conocedor de los gustos y aficiones de sus soldados, desprendido ante las riquezas y el dinero, buscador incansable de la fama, confiado en sus amigos, orgulloso ante el enemigo, altanero ante la provocación, caballeresco con las damas, supersticioso ante la adversidad, sensible ante la muerte de sus compañeros; es decir, encarnando en su persona todas las cualidades y defectos de un héroe épico; pero, a partir de su llegada a Babilonia 187 y, sobre todo, a partir del incendio de Persépolis 188 , aparece cada vez más como un déspota oriental, enfrentado a los macedonios de viejo cuño, indefenso ante los ataques (cada vez más frecuentes y cada vez más violentos) de la cólera, víctima del vino, juguete de la Fortuna que, a puro de mostrársele favorable, acaba por arrastrarlo a la perdición, matando a sus amigos y generales más prestigiosos y convirtiéndose en juguete de su propia gloria.
Y, frente a él, el antihéroe Darío, de buen corazón y nobles sentimientos, mal estratego pero buen monarca, que una y otra vez se levanta tras la derrota y vuelve a presentar batalla cuando los intentos de paz han fracasado; enamorado de su esposa y padre amantísimo de sus hijos; incapaz de infligir un desprecio a su guardia a pesar de que sospecha que le va a traicionar; confiado, hasta el final, en unos generales que le pagan con la traición.
Y, junto a Alejandro y Darío, esa larga serie de personajes que jalonan la marcha de esta historia: médicos abnegados como Filipo, que exponen su vida por salvar la del rey; generales beneméritos, como Clito o Parmenión, que caen víctimas de la intemperancia del rey o de la razón de Estado; mujeres intrigantes que, en aras del despecho, de la venganza o de la ambición, consiguen que se pegue fuego a la capital de Persia, como Tais, o asesinan a sus maridos, como la mujer de Espitamenes; muchachas que, con su belleza y sus modales, cautivan el corazón del rey, como Roxana; enemigos esbeltos y aguerridos, hechos a la altura de la grandeza del héroe, como Poro; amigos y compañeros que, duros y bravos en el combate, comparten con Alejandro alegre y ruidosamente la mesa y las copas, como Ptolomeo y Leonnato y Peucestes y Atalo; y todos ellos (y, con ellos, los miles de soldados del ejército) llevados y traídos de un lugar a otro, de una nación a otra, de un combate a otro combate y de la patria Macedonia a los confines del mundo; un ejército que unas veces —las más— se doblega y obedece y otras se rebela y solivianta.
Y todo ello en una narración, a veces, discursiva, lenta y reiterativa pero, por lo general, viva y emocionante, bien sazonada (y ahí están, para demostrarlo, los abundantes discursos del texto) con las mejores galas de la más pura retórica. La historiografía helenística, con su tendencia a las digresiones, lo maravilloso, lo novelesco, encontró en nuestro autor un seguidor fiel y un buen representante del género. No es extraño que una obra adornada con todas las cualidades que pueden exigírsele para ser amena y entretenida tuviera el éxito que la de Curcio tuvo en muchos momentos de la historia y hasta que, en alguna ocasión, se le adjudicaran cualidades terapéuticas: como cuenta E. Paratore 189 , Alfonso el Magnánimo de Aragón curó de una fuerte fiebre escuchando la lectura de un capítulo de Curcio; y es que, a fin de cuentas, algo tendrá el agua cuando la bendicen.
Quinto Curcio y la posteridad
El tema de Alejandro en la posteridad ha sido analizado en el volumen 1.° de esta colección por C. García Gual 190 , lo cual nos permite no detenernos a analizar la evolución sufrida por la figura del Macedonio, por un lado, y la influencia ejercida por una obra como la denominada Novela de Alejandro , por otro, pasando revista únicamente a algunas de las manifestaciones más sobresalientes de la influencia de Quinto Curcio en la posteridad.
Dejamos, pues, de lado, la versión del Pseudocalístenes hecha por Julio Valerio en el s. IV (según García Gual, llevada a cabo, lo más probablemente, entre el 310 y el 330) y el análisis de versiones romances de la obra de Valerio, como el Roman d’Alexandre de Alberic de Besanpon 191 , la del mismo título de Lambert le Tort y Alexandre de Bernay, más conocido por Alexandre de París 192 , así como la versión que del Pseudocalístenes ofreció, a mediados del s. X , el Arcipreste Leo, conocida como Liber de proeliis o Historia de prelis con toda la problemática de sus tres recensiones.
Relación directa con Curcio tiene, sin embargo, como ha puesto recientemente en evidencia D. Romano 193 , el opúsculo Epitoma rerum gestarum Alexandri Magni , de autor anónimo. Según Romano, la obrita se habría compuesto con ocasión de la campaña del emperador Juliano contra los persas en el año 363. El Epitoma nos ha llegado junto con otra obrita, titulada Liber de morte testamentoque Alexandri , que hay que colocar en la línea de Clitarco y que hay que poner en relación con el Pseudocalístenes, como lo hace continuamente, a pie de texto, su editor P. H. Thomas 194 . Ambas obritas formaban parte del denominado «códice de Metz 500», que fue destruido, junto con otros muchos, durante la segunda guerra mundial, en 1944. De aquel códice nos quedan dos ediciones, una de D. Volkmann y otra de O. Wagner, así como una copia manuscrita hecha por J. Quicherat, sobre el códice de Metz, en 1841. La edición de Volkmann (1866) no contenía el Liber de morte… que sí aparece en la de Wagner (1900). El códice de Metz (del s. X ) era el único que pudieron manejar los editores mencionados, pero a él han venido a sumarse dos códices hispanos descubiertos por Weber en 1914 y que no fueron utilizados hasta Thomas, que los empleó para su edición ya que no dependen del texto del códice de Metz y en numerosos pasajes corrigen a éste. Los códices hispanos son ambos del s. XVI , uno («E») conservado en la Biblioteca del Escorial y otro («F») en la Nacional de Madrid. L. Ruggini 195 ha insistido en que tanto el Epitoma como el Liber de morte son independientes aunque pertenecen a la misma época (finales del s. IV -comienzos del v) y, si no son del mismo autor, pertenecen al mismo ambiente cultural paganófilo y arcaizante.
Lo cierto es que, si se descarta el Epitoma , obra en la que la huella de Curcio es manifiesta, nuestro autor no parece haber ejercido influencia digna de ser notada hasta llegar a plena Edad Media en la que la misma abundancia de manuscritos llegados hasta nosotros nos hace ver que Curcio era ampliamente leído y apreciado en la época del renacimiento carolingio; esta influencia se manifiesta, por ejemplo, en ciertos historiadores, como Eginardo o Gramático Saxo, y hasta hay motivos para creer que nuestro autor era comentado en las escuelas 196 . Pero va a ser a partir del s. XII cuando la obra de Curcio va a ejercer una influencia verdaderamente importante sobre las letras en Occidente, convirtiéndose en la principal fuente de poemas épicos en distintas lenguas. En esta línea habría que mencionar el Alexander de Rudolf von Ems o von Montfort, poema que debió de quedar inacabado a la muerte del poeta en 1250 y, muy especialmente, la Alexandreis de Gautier de Chatillon con las distintas derivaciones que de este importante poema en hexámetros latinos se dieron en lenguas modernas 197 .
Como hace notar D. J. A. Ross 198 , la Edad Media, de la mano de G. de Chatillon, vino a reparar la negligencia de la Antigüedad que dejó pasar un tema como el de Alejandro sin plasmarlo en un magno poema épico cuando hasta los mismos historiadores del Macedonio (y, más que nadie, Curcio) presentaron la gran expedición como tema de un encumbrado canto en prosa. La Alexandreis (como dice el autor en una carta introductoria) ocupó al poeta durante cinco años (entre 1178 y 1182) y la narración sigue el curso de la vida de Alejandro desde su juventud hasta su muerte. La fuente principal es Curcio, aunque el poeta se inspira a veces en Justino, Julio Valerio, Josefo e Isidoro de Sevilla.
El éxito de la obra fue tal que una década después de su aparición fue imitada en Italia por Enrico de Settimello 199 , llegando a competir con la Eneida como texto en las escuelas. Su interés decayó con la llegada del Renacimiento, aunque fue impresa cuatro veces en el s. XVI y una en el XVII 200 . La influencia ejercida por la Alexandreis se manifiesta en las derivaciones que el poema tuvo en las literaturas nacionales: el Alexander Geesten de Jakob van Maerlant (se trata de una traslación en estrofas rítmicas de la obra de G. de Chatillon, hecha entre los años 1256 y 1260); el Alexander de Ulrich von Etzenbach (poema largo y difuso, terminado entre 1270 y 1287, que utilizó además, como fuentes, la Historia de Prelis J2 , el Iter ad Paradisum y otros); la Alexanderssaga de Brandr Jónsson (versión al islandés, en prosa); una versión al checo, en verso, probablemente en torno al año 1265; etc.
Pero, de todas las adaptaciones y versiones de la Alexandreis a las literaturas nacionales en época medieval la más importante es, sin duda, la de El libro de Alexandre llevada a cabo en España 201 . La obra se ha conservado en dos manuscritos: uno («O»), que perteneció al Duque de Osuna, se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid y fue editado por primera vez en 1782 por Tomás A. Sánchez. En él se lee que escribió este «dictado» Juan Lorenzo Segura de Astorga (que es considerado como autor del poema por muchos investigadores). El manuscrito fue copiado a finales del s. XIII o comienzos del XIV , presentando gran número de leonesismos. El otro manuscrito («P»), conservado en la Biblioteca Nacional de París, fue dado a conocer por Morel-Fatio en 1888 202 y es copia del siglo XV , presentando numerosos aragonesismos. Según su editor, el poema sería obra de Gonzalo de Berceo y como autor del mismo figura, al frente de la obra, el poeta riojano en la reconstrucción crítica hecha por Dana Arthur Nelson, fijándose especialmente en razones de tipo métrico 203 . Los dos códices están incompletos y, combinando el texto de ambos, se obtiene un total de 2.675 estrofas (más de 10.000 versos), lo que supone la obra más extensa de todo el «mester de clerecía». (Sobre los problemas de fecha exacta de composición, autoría, dialecto empleado, fuentes, etc., puede verse, en la bibliografía citada en n. 201, especialmente I. Michael, «Estado actual…» y Jesús Cañas M., «Prólogo» a su edición del poema).
La influencia de Curcio se deja sentir, aunque de manera mucho más débil, en el propio Renacimiento, en el que contamos, por ejemplo, con el poema, en 27 cantos en «ottava rima», el Trionfo magno de Domenico Falugio, publicado en 1521. Su fuente principal es nuestro historiador, que, según dice Ross 204 , está tratado «dentro del espíritu de la épica burlesca del Renacimiento». El apagamiento que experimenta la influencia de Curcio a partir del Renacimiento viene a coincidir con el conocimiento directo que, a partir de esta época, se tiene en Occidente de otras fuentes (griegas) sobre Alejandro y su campaña: Arriano, Diodoro, Plutarco, así como la aparición de versiones de sus obras a lenguas nacionales, siendo la primera de todas ellas la de Plutarco llevada a cabo por el aragonés Juan Fernández de Heredia, obispo de Tudernopoli, antes de 1377 205 .
La tradición manuscrita de Q. Curcio
S. Dosson 206 ha redactado la lista de los manuscritos que nos han hecho llegar la obra de Curcio: más de ciento veinte. Como dice A. de Lorenzi 207 , la situación de la tradición manuscrita de Curcio es notablemente confusa, pero, a pesar de ello, presenta puntos bastante seguros:
a) Por un lado, tenemos una serie de manuscritos antiguos: del s. IX , el «P» (= «Parisinus» 5716), que presenta lagunas de X 2, 10 a 5, 8 y termina en X 8, 14 (la obra termina en X 10, 20); del s. X , el «B» (= «Bernensis» 451); el «L» (= «Leidensis» 137), que termina en X 10, 16; el «V» (= «Vossianus» Q 20); del s. XI , el «F» (= «Florentinus» 64/35), que comienza en III 10, 6; así como varios fragmentos: del s. X , «H» = «Herbipolitanus»; «R» = «Excerpta Rhenaugiensia»; «S» = «Schedae Vindobonenses»; «D» = «Darmstadiensis» 3152; y, del siglo XI , «E» = «Einsidlensis» 365.
b) Por otro lado, más de 120 códices «recentiores».
c) Y, entre unos y otros, el «M» (= «Parisinus» 5717), del s. XII , que, como dice A. de Lorenzi 208 , puede ser considerado o como el último de los «antiguos» (así Bardon) 209 o como el primero y de mayor autoridad de los «recentiores» (así K. Müller 210 ).
Todos los manuscritos dependen de un ejemplar anterior que presentaba ya las lagunas que encontramos en todos los que han llegado hasta nosotros: libros I y II, final del V, comienzo del VI y parte en el cuerpo del X. Entre los manuscritos antiguos se suele separar «P» del grupo Ω (formado por «B» «L» «V» «F» y sobre ellos han venido trabajando los distintos editores, siendo notable la aportación de Bardon, que en el aparato crítico de su edición presenta la colación de «M», que hasta él no había sido hecha en su conjunto. (Por su parte, la obra de A. de Lorenzi examina algunos códices napolitanos para que sirvan de confrontación con la tradición manuscrita más antigua).
Ediciones y traducciones más importantes de Q. Curcio
La edición «princeps» es la de Vindelino da Spira, Venecia, 1470. A la misma década pertenecen la «Romana», de 1472, y la «Mediolanensis», de 1475. Antes de acabar el s. XV aparecieron la de Zarotus, en 1481, y la de B. Merula, Venecia, 1490.
En el s. XVI tenemos la de Aldo Manucio, Venecia, 1510; la «Aldina» de Francisco Asulano, 1518, que corregía numerosos errores; la de Erasmo 211 , Estrasburgo, 1518, y la de F. Modius, Colonia, 1579 y 1591, con un gran número de correcciones debidas a Janus Meller Palmer.
En el s. XVII es importante la de J. Freinsheim, Estrasburgo, 1648 y 1670, quien, basándose en la información ofrecida por otros historiadores de Alejandro, suplió las lagunas de Curcio (entre ellas, las de los dos primeros libros) en un latín que los críticos han calificado de «fácil y puro». E. Malcovati, en su reseña de la edición de A. Giacone 212 , cita elogiosamente una curiosa edición italiana del s. XVII .
Entre las ediciones anteriores a las que podemos calificar de «modernas», debemos citar las de H. Snakenburg, Delft y Leiden, 1724; F. Schmieder, Gotinga, 1803-1804; N. E. Lemaire, París, 1822-1824 y J. Mützell, Berlín, 1841, con amplia introducción y comentario.
Las ediciones «modernas» se inician con la de C. T. Zumpt, Brunswich, 1849 y, por lo que se refiere a la reconstrucción del texto, las tres más importantes son, indudablemente, las de T. Vogel, Leipzig, 1880; E. Hedicke, Berlín, 1867 y, sobre todo, la segunda edición de Leipzig, 1908 213 con reimpresión en 1927, y la de T. Stange, Leipzig, 1908.
Otras ediciones dignas de mención son, por ejemplo, la de P. H. Damsté, Groninga, 1897; S. Dosson-R. Pichon, París, 13.a ed., 1929; E. Cocchia, Turín, 1884-1885; A. Vauchelle, París, 1898, con notas, como las dos anteriores, y la de K. Müller, Munich, 1955.
Entre las ediciones en las que el texto latino va acompañado de traducción podemos citar la de V. Crépin, París, 1932, que ha servido de base para la edición bilingüe (texto latino y traducción al italiano) de G. Baraldi 214 ; la de H. Bardon 215 ; la de J. C. Rolfe 216 ; la de K. Müller-H. Schönfeld, Munich, 1954, y la de A. Giacone 217 .
Entre las traducciones sin texto latino tenemos, la primera que se hizo a lengua moderna, la de Pier Candido Decembrio, en 1438, hecha por el humanista italiano para Felipe María Visconti, Duque de Milán 218 ; la del portugués Vasco de Lucena 219 , traducida al francés (= Les faitz d’Alexandre) , 1468. Esta traducción tuvo un gran éxito, a pesar de su carácter ampuloso, y de ella nos han llegado 29 manuscritos 220 . Su popularidad se mantuvo hasta mediados del s. XVI y entre los años 1500 y 1555 fue impresa siete veces. En el s. XVII tenemos la famosa de Vogelas al francés, París, 1652 —paráfrasis más que traducción—, en la que el traductor empleó treinta años y de la que se decía que era tan inimitable como Alejandro invencible 221 ; en el XVIII , la de Beauzée, igualmente al francés, París, 1781; en el XIX , la de P. Pratt al inglés, 1821, y la A. H. Christian al alemán, Stuttgart, 1855-1875, en tres volúmenes; y, en el XX , la de W. Felsing, Leipzig, 1929, igualmente al alemán. Etc. 222 .
Curcio en España 223
El interés que por la figura de Alejandro y por la obra de Curcio se despierta en Italia, principalmente en el siglo XV , se deja notar también muy pronto en España; interés que queda reflejado en la temprana traducción de la versión que de la obra de Curcio había hecho ya en 1438 Pier Candido Decembrio, traducción ya citada y de la que se hablará más adelante.
MANUSCRITOS . — Menéndez Pelayo cita y describe cinco 224 . J. Vallejo 225 cita ocho, todos ellos del s. XV (tres en la Biblioteca del Escorial, tres en la Nacional de Madrid y dos en el Cabildo de la Catedral de Toledo 226 ).
EDICIONES . — Menéndez Pelayo 227 describe la edición de Lorenzo Balbo, aparecida en Alcalá en 1524, «tan rara que Fabricio dice no haberla visto nunca ni haberla encontrado descrita en ningún autor». De esta edición es muy notable el «Prólogo», escrito en latín, en el que, después de hacerse un elogio de la historia y de los historiadores en general, se encumbra la figura de Curcio hasta las alturas más sublimes. El rótulo de la obra reza así: «Curtii Fragmenta nuperrime impressa et plurimis maculis repurgata per Laurentium Balbum Liliensem. Adiectum est insuper rerum omnium annotari dignum, quae per totum volumen sparsae sunt, pinacidium uberrimum, frugem non exiguam studiosis omnibus pariturum». Como hace notar M. Pelayo, aunque el título hable de «Fragmentos», en realidad la edición ofrecía todo lo que de Curcio ha llegado hasta nosotros, una obra, en efecto, fragmentada.
Del s. XVII tenemos la edición de Antonio de Castro, Madrid, 1657; pero es en el s. XVIII cuando las ediciones de Curcio se multiplican extraordinariamente: nada menos que catorce ediciones registra J. Vallejo 228 (Sevilla, 1735; Madrid, 1741; Valladolid, 1750; Sevilla, 1753; Villagarcía, 1758; Madrid, 1760, de la que Vallejo dice que tal vez haya que identificar con la citada por M. Pelayo en su apartado de «traducciones» aparecida en 1761; Madrid, 1767; Valladolid, 1767; Madrid, 1768; Madrid, 1772; Madrid, 1773; Madrid, 1782; Madrid, 1791; Madrid, 1798) a las que habría que añadir las descritas por M. Pelayo 229 : Madrid, 1776, de la Real Academia Greco-Latina y Madrid, 1797, de editor anónimo. Esta proliferación de ediciones en este siglo es tanto más notable cuanto que, aun admitiendo que todos los autores clásicos conocen en esta época un esplendor hasta entonces ignorado en este terreno de todos ellos sólo Cicerón (con 19 ediciones de sus distintas obras) supera el número de ediciones de Curcio; siguen después Virgilio con doce; Horacio con seis; Fedro con cinco; etc. 230 .
Del s. XIX tenemos las ediciones de Madrid, 1805, 1819, 1828 y 1834, y del xx, la bilingüe (latín/catalán) de J. Estelrich-M. Montoliu 231 y las parciales de M. Montoliu-J. Vergés 232 , F. Delgado Sanz 233 y J. Vergés 234 .
PRINCIPALES TRADUCCIONES . — Las primeras traducciones de Curcio hechas en España son: una de Luis de Fenollet, Barcelona, 1481, al valenciano (hecha sobre la versión al italiano de Pier Candido Decembrio) y dos anónimas aparecidas en Sevilla, en 1496 y 1518.
Pier Candido Decembrio (de cuya traducción al italiano se ha hecho mención más arriba) es un humanista italiano del Cinquecento ligado a España por abundantes lazos 235 . Tradujo a Platón, Homero, Apiano, Polibio, César, Séneca, Columela, Apuleyo, Quinto Curcio, Plutarco y otros autores clásicos. Su traducción de Curcio tuvo un éxito extraordinario, como lo demuestra el hecho de que se nos ha conservado en 18 manuscritos (a los que, según Bravo García, habría que añadir otro más, «conservado en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia (manuscrito 100), con letra del xv y proveniente de los fondos que hace bastantes años estuvieron en la Biblioteca de las Cortes» 236 . Decembrio, para suplir la laguna de los dos primeros libros de Curcio, introdujo, por un lado, pasajes tomados de las Vidas de Plutarco (como lo hace notar el mismo Fenollet) y, por otro, una «Comparación» entre César y Alejandro. La traducción del humanista italiano tuvo rápidas reediciones: en Florencia, 1519, 1530, 1534; Venecia, 1520, 1524; Venecia y Florencia, 1531 y 1535 (siete ediciones en una quincena de años).
La versión al valenciano hecha por Luis de Fenollet apareció, como se ha dicho, en Barcelona en 1481, el 7 de julio, en la imprenta de Pedro Posa y Pedro Bru, con el siguiente título: La vida del rey Alexandre scrita por aquell singularissim e hystorial Plutarcho fins en aquella part on lo Quinto Curcio Ruffo comença Alexandre entretant. A la vuelta de la hoja que debía servir de portada, y que está en blanco, empieza la «Tabla»: «En nom de nostre sennyor deus Aço es la taula o registre del present libre appellat la hystoria de Alexandre scrita da Quinto Curcio Ruffo. En lo qual libre es stat aiustat una part del Plutarcho, e aço per supplir lo defecte dels primers dos libres de dita hystoria perduts (…)» 237 .
Sobre la traducción de Decembrio se hicieron también las dos versiones al castellano aparecidas en Sevilla (1498, 1518), de las que la segunda, según M. Pelayo 238 , no sería más que una nueva edición de la misma traducción y acerca de las cuales los investigadores discrepan a la hora de interpretar si estas traducciones están directamente hechas sobre la de Decembrio o a través de la de Fenollet 239 .
Como la segunda de Sevilla, también del s. XVI es la traducción de Gabriel de Castañeda 240 . Según Menéndez Pelayo 241 , los «otros autores» de los que se valió el traductor para suplir las lagunas del texto de Curcio fueron Arriano, Josefo, San Antonino de Florencia, San Agustín y Plutarco. Tal vez esta traducción esté inspirada (aunque no se pueda asegurar) en la de Decembrio. La traducción en cuestión fue ferozmente criticada por Mateo Ibáñez de Segovia en el «Prólogo» de su propia versión.
En 1699 apareció la versión que más éxito ha tenido, y con mucho, de cuantas han aparecido en España, y fue llevada a cabo por el citado M. Ibáñez de Segovia y Orellana 242 . El traductor conoce, lo mismo que Castañeda, los suplementos de Freinsheim, y del éxito obtenido por esta versión da clara idea el hecho de que se han venido ofreciendo reediciones de la misma hasta nuestros días: 1723, 1749, 1781, 1794, 1796, 1887-1888, 1914 243 , 1944 244 y 1969 245 .
M. Pelayo se hace eco de dos traducciones, una del P. Juan Andrés de Navarrete, S. I., 1782, y otra de Cayetano Navarro y Cea 246 , de la que dice: «esta obra, de la cual no creo que llegaran a salir más que algunas entregas, se anunció que constaría de dos tomos de 8.° marquilla prolongado, y que se publicaría por cuadernos sueltos de unas 56 páginas de impresión» 247 .
En 1960 apareció la versión de Flor Robles 248 .
NUESTRA TRADUCCIÓN . — Está basada en el texto ofrecido por H. Bardon 249 , apartándonos de dicho texto en los siguientes pasajes: III 2, 6-7; IV 2, 8; V 3, 3; VI 6, 8; 11, 33; VII 1, 7; 7, 25; VIII 5, 8; IX 8, 17; 8, 25; X 2, 21; 7, 10 y 9, 2 (como se hace observar en las correspondientes notas n.os 37, 174, 380, 481, 518, 528, 604, 699, 898, 903, 968, 993 y 1003), en que seguimos el texto ofrecido por A. Giacone 250 , quien unas veces sigue la interpretación de otros editores y otras innova personalmente, lecturas que por lo general han sido reconocidas como válidas por el propio Bardon en su reseña crítica de la edición de Giacone 251 . En cuanto a la traducción nos han servido de ayuda, a la hora de confrontar interpretaciones, las versiones ofrecidas en las ediciones bilingües de Bardon, Rolfe, Baraldi y Giacone, así como las notas de J. Vergés a su edición escolar de los libros III y IV y las de Dosson-Pichon a su edición de Hachette.

1 De entre los manuscritos más antiguos (uno del s. IX , el P, Parisinus 5716, media docena del s. X , etc.) unos ofrecen el nombre del autor completo: «Quinto Curcio Rufo»; otros sólo el praenomen y el nomen: «Quinto Curcio», como normalmente suele ser llamado a partir de época humanística.
2 J. THÉRASSE , «Le moralisme de Justin (Trogue-Pompée) contre Alexandre le Grand. Son influence sur l’oeuvre de Quinte-Curce», Ant. Class. 37 (1968), 551-588, dice en nota 45 de pág. 559: «no hay cuestión más controvertida que la datación de Quinto Curcio».
3 El otro pasaje que suele aducirse (IV 4, 21), que hace referencia a la prosperidad de Tiro bajo la tutela de Roma, y del que hablaremos más adelante, parece que hay que estimarlo como un simple «topos» retórico. Véase, por ejemplo, J. RUFUS FEARS , «The solar monarchy of Nero and the imperial panegyric of Q. Curtius Rufus», Historia 25, 4 (1976), 494-496, nota 2 y, del mismo autor, «Silius Italicus, cataphracti and the date of Q. Curtius Rufus», Class. Philol. 71 (1976), 214-223.
4 Véase nota de la traducción 1003.
5 S. DOSSON , Étude sur Quinte-Curce, sa vie et son oeuvre , París, 1887, llevó a cabo un estudio de los trabajos aparecidos hasta la publicación de su propia obra. D. KORZENIEWSKI , Die Zeit des Quintus Curtius Rufus , Colonia, 1959, pasó revista a los trabajos publicados hasta esa fecha. E. BADIAN , «Alexander the Great 1948-1967», Class. World 65 (1971), 37-56, 77-83, a los aparecidos entre las fechas indicadas. N. J. BURICH , Alexander the Great: a Bibliography , Kent, 1970, presenta una lista alfabética sin descender al análisis de la materia. Por el contrario, J. SEIBERT , Alexander der Grosse , Darmstadt, 1972, ofrece una crítica de obras por materias acerca del estado de la cuestión de toda la problemática en torno a Alejandro. J. COSTAS RODRÍGUEZ , Aspectos del vocabulario de Q. Curtius Rufus: estudio semántico-lexicológico. Una contribución al problema de su datación , Salamanca, 1980, ha trabajado sobre obras aparecidas con posterioridad a la de Korzeniewski, y nosotros, por nuestra parte, aludiremos a algún trabajo aparecido después del de Costas.
6 O. c. en la nota anterior.
7 Por ejemplo, H. BARDON , «Quinte-Curce», Les Études class. 15 (1947), 3-14; 120-137; 193-219, en pág. 7; H. J. ROSE , A Handbook of Latin Literature , Londres, 1967 (la 1.a ed. es de 1936), pág. 386.
8 Berlín, 1841, pág. XLVII y sigs.
9 Rev. Philol. 32 (1908), 210-214.
10 En su trabajo «Parthi in Q. Curtius Rufus», Hermes 102, 4 (1974), 623-625.
11 Véase J. RUFUS FEARS , «Silius Italicus…», pág. 200 (cit. en n. 3).
12 «Quintus Curtius Rufus», en T. A. DOREY (ed.), Latin Biography , Nueva York, 1967, págs. 24-26, en pág. 24.
13 Véase R. SYME , Tacitus , 2 vols., Oxford, 1958, vol. I, pág. 218, n. 6.
14 «Silius Italicus Punica 3.62-162 and 4.763-822», Class. Philol. 47 (1952), 219-227.
15 Silius und Lucan , Würzburg, 1924, pág. 58.
16 «The date of Curtius Rufus and the Historiae Alexandri », Latomus 25, 3 (1966), 490-507.
17 Véase J. COSTAS R., Aspectos del vocabulario …, págs. 17 sigs. (cit. en n. 5).
18 Decline and fall of the roman empire , Londres-Nueva York, 1960, volumen I, cap. 7, pág. 184 y nota 1.
19 «Le texte de Quinte-Curce et la prose métrique», Revue Philol . 30 (1906), 90-100 y «L’époque probable de Quinte-Curce», id . 32 (1908), 210 sigs. Información tomada de J. VERGÉS , Q. Curcio Rufo. Historia de Alejandro Magno , Libros III y IV, Barcelona-Zaragoza, 1951, «Introducción», pág. 15.
20 París, 1908, pág. 473, n. 1.
21 En su edición de Q. Curcio, Braunschweig, 1849.
22 Die Zeit … (citada en n. 5).
23 Alexander the Great , 2 vols., Cambridge, 1948-1950.
24 «Die Zeit des Geschichtsschreibers Curtius Rufus», Rheinisch. Museum , 1930, 381-390.
25 «Quinte-Curce, écrivain néronien», Wiener Studien 79 (1966) (= Donum natalicium A. Lesky ), 490-509.
26 «The date …» (cit. en nota 16).
27 Beiträge zur Erforschung der Quellen verhältnisse in der Alexandergeschichte des Curtius , Basilea, 1906.
28 «Die Phalangen Alexanders und Caesars Legionen», Sitzungs. Heidelb. Akadem. Wissensch . 1925-1926, 1. Abh., Heidelberg, 1926, 15-24.
29 «Quintus Curtius Rufus», Am. Journ. Philol . 36 (1915), 402-423.
30 Literatur und Gesellschaft im ausgehenden Altertum , I, Halle, 1948, páginas 153-164, y Röm. Religionsgeschichte , II, Baden-Baden, 1953, página 302.
31 «Per la interpretazione di Curzio Rufo X 9, 1-6 e la datazione dell’opera», Riv. Studi Class . 12 (1964), 160-164.
32 Étude … (cit. en n. 5) y en su «Notice sur Quinte-Curce» de su edición de Curcio para la «Librairie Hachette», Q. Curtii Rufi Historiarum Alexandri Magni Macedonis libri superstites , París, [s.a].
33 Realencyclopädie , IV 2 (1901), s.v . «Curtius» n.° 31. La cuestión que aquí nos interesa está tratada en la columna n.° 1872.
34 Curtius und der jüngere Seneca , Paderborn, 1928.
35 «La date de l’Histoire de Quinte Curce», Rev. Étud. Ancien . 31 (1929), 217-224.
36 Geschichte der Römischen Literatur , II, 4.a ed., Munich, 1967. Por lo general, los manuales de Historia de la Literatura latina suelen ser partidarios de la candidatura de Claudio; por ejemplo, entre los más asequibles, A. ROSTAGNI , II, 3.a ed. revisada y ampliada por I. LANA , Turín, 1964; E. PARATORE , Florencia, 1962; L. BIELER , Madrid, 1965; J. BAYET , Barcelona, 1966; V. PALADINI , E. CASTORINA , Bolonia, 1969; etc.
37 «Quinte-Curce» (cit. en nota 7), reafirmándose taxativamente en su edición de Curcio: Quinte-Curce, Histoires , París («Les Belles Lettres») 1947, en la «Introduction», pág. VII.
38 «Dell’epoca in cui visse Curzio Rufo», Riv. Filol. Class . 27 (1949), 48-70.
39 «Curtius Rufus and the Historiae Alexandri », Journ. Austral. Univ. Lang. and Liter. Associat . 15 (1961), 30-39.
40 «La place de Trogue-Pompée et de Q.-Curce dans l’historiographie romaine». Compte rendu de recherches, Rev. étud. lat . 39 (1961), 65.
41 Edición de Curcio: Quintus Curtius , Londres (col. «Loeb»), 1962, en la «Introduction», págs. XX-XXI.
42 «Varia Graeca et Latina», Meander 22 (1967), 57-59. El autor se apoya, para defender la candidatura de Claudio, en la comparación entre CURCIO VIII 9, 19 y COLUMELA , De re rustica , VIII 19.
43 Edición de Curcio: Q. Curzio Rufo, Storia di Alessandro Magno , Bolonia, 1968, en la «Introduzione», pág. XII, n. 1.
44 «Le moralisme de Justin…» (cit. en n. 2), pág. 559, n. 45.
45 L’époque de Néron et les controverses idéologiques , Leiden, 1972. El autor piensa (n. 3 de págs. 274-5) que la obra entera de Curcio y no algún pasaje suelto pertenece al «nuevo estilo» y estaría escrita bajo Calígula y los primeros años de Claudio, aunque no se descarta la posibilidad de que lo fuera bajo Nerón.
46 «The Curtii Rufi again», Acta Classica 16 (1973), 129-133.
47 Edición de Curcio: Storie di Alessandro Magno di Quinto Curzio Rufo , con un «Appendice» de Oscar Botto, Turín, 1977, en la «Introduzione», pág. 10 y sigs.
48 «Die Zeit der Curtius», Philologus 84 (1928) 233-251.
49 A Handbook … (cit. en n. 7).
50 «Zur Kontroverse um die Datierung des Curtius Rufus», Hermes 90 (1962), 379-383.
51 Orationis ratio. The stylistic theories and practice of the roman orators, historians and philosophers , 2 vols., Amsterdam, 1963.
52 «Zur Datierung des Curtius Rufus», Historia 18 (1969), 380-383.
53 «Zur Datierung von Curtius Rufus», Philologus 118 (1974), 160-163.
54 Aspectos del vocabulario … (cit. en n. 5).
55 «Il ‘saeculum’ di Curzio Rufo», La Parola del Pass . 1976, 215-223.
56 Claudio 10.
57 «La date…» (cit. en n. 35), donde rebate los argumentos de los partidarios de la candidatura de Vespasiano, aplicando los hechos propuestos por éstos a la defensa de la candidatura de Claudio.
58 Historias III 72, 1.
59 «La date…», págs. 219-220 (cit. en n. 35).
60 Dato tomado de H. BARDON , «Quinte-Curce» (cit. en n. 7), pág. 6.
61 Un juego de palabras se ha visto también en un texto de POMPONIO MELA (autor que a veces se ha puesto en relación con Curcio para situar la obra de éste en una determinada época). Se trata de III 49: «quippe tamdiu ‘clausam ’ (sc. ‘Britanniam’) aperit ecce principum maximus, nec indomitarum modo ante se uerum ignotarum quoque gentium uictor, propriarum rerum fidem ut bello affectauit, ita triumpho declaraturus portat», texto que se ha presentado a veces para datar la obra de Mela en tiempo de Claudio (basándose en el juego de palabras clausam / Claudius ), triunfador de la Britannia y que celebra el triunfo en el 44. (El editor de Mela en la col. Teubner, K. FRICK , Pomponii Melae de chorographia libri tres , 1.a ed., 1880; ed. revisada y ampliada, Stuttgart, 1968, en su «Praefatio» asegura que la obra está compuesta en 40-41, durante el reinado de Calígula, cuyo triunfo sobre Britannia se celebra en el texto). Si la obra de Mela perteneciera al reinado de Claudio, las similitudes de pasajes entre este escritor y Curcio (que han sido puestas de relieve, por ejemplo, por P. PARRONI , en su reseña crítica de la edición de Curcio por A. Giacone, Riv. Filol. e Istruz. Class . 106, 4 (1978), 444-446) servirían para, partiendo de la idea de que es el historiador quien habría leído con atención al geógrafo, fijar la obra de aquél en el reinado de Calígula o primeros años del de Claudio.
62 Calígula 58; Claudio 10.
63 Historia romana LX 1 y 3.
64 Antigüedades judaicas XIX 1.
65 A Polibio XIII.
66 Lugar cit. en n. 43.
67 Cartas a Lucilio LIX 12.
68 VIII 10, 29.
69 LVI 9.
70 VII 1, 4.
71 A Polibio XIII 1.
72 Véase J. RUFUS FEARS , «The solar monarchy…» (cit. en n. 3).
73 «La date…», pág. 223 (cit. en n. 35).
74 «Zur Kontroverse…» (cit. en n. 50).
75 «Il ‘saeculum’…» (cit. en n. 55).
76 X 9, 2, «primum ergo collisere uires; deinde disperserunt: et cum pluribus ‘corpus’ quam capiebat (capitibus) onerassent, cetera ‘membra’ deficere coeperunt»; y, en el párrafo 4, «huius, hercule, non solis ortus lucem caliganti reddidit mundo, cum sine suo ‘capite’ discordia ‘membra’ trepidarent». (El subrayado es nuestro.)
77 Historias I 16, 1.
78 J. COSTAS RODRÍGUEZ , Aspectos del vocabulario …, págs. 193 sigs. (citado en n. 5).
79 «Dell’epoca in cui visse…» (cit. en n. 38).
80 SUETONIO , Calígula 19.
81 Ibid ., 49.
82 Ibid ., 22.
83 En realidad el interés de Calígula por asemejarse de alguna manera a Alejandro está en la línea de la actitud generalizada de la mayor parte de los emperadores hacia el Macedonio (véase, sobre este particular, J. RUFUS FEARS , «The stoic view of the career and character of Alexander the Great», Philologus 118, 1 (1974), 113-130, pág. 127 y n. 90, y G. WIRTH , «Alexander und Rom», págs. 181-221 de Alexandre le Grand (Image et réalité) . Entretiens Hardt sur l’Antiquité classique, XXII, Ginebra, 1976: Julio César se consideraba a sí mismo aemulus Alexandri; sobre Augusto y su admiración por Alejandro tenemos numerosos testimonios: SUETONIO , Augusto 18, 1; 94, 7; DIÓN CASIO , Hist. rom . LI 16, 5; PLINIO , Hist. Nat . XXXIV 3 (8); XXXV 10 (93); etc. De Germánico dice TÁCITO , Anales II 73, que rivalizaba con las hazañas de Alejandro. Nerón, para llevar a cabo una expedición a las Puertas Caspianas, prepara una legión a la que da el nombre de «la falange de Alejandro Magno», según SUETONIO , Nerón 19. Trajano, según DIÓN CASIO , LVIII 29, 1, se vanagloriaba en el senado de haber sobrepasado a Alejandro. Representativa del ambiente pro-Alejandro en la corte imperial es la cuestión de las dos tablas pintadas por Apeles con motivos del Macedonio y que desde Alejandría fueron hechas llevar por Augusto a Roma, y de las que se hace eco PLINIO , Histo. Nat . XXXV 93 (véase G. MARRONE , «Imitatio Alexandri in etá agustea (nota a PLINIO , Nat . 35, 27 e 93-94)». Atene e Roma 25, 1-2 (1980), 35-41): Claudio, según PLINIO XXXV 94, hizo borrar el rostro de Alejandro en ambas tablas y sustituirlo por el de Augusto. Marrone opina que de esta singular «restauración» no estaría ajena la voluntad de Claudio de evitar toda alusión a Calígula (condenado, después de su muerte, a la damnatio memoriae ), que se solía identificar con el Macedonio y que las tablas de Apeles recordarían a los espectadores.
84 «Curtius Rufus…» (cit. en n. 39).
85 «The date of Curtius Rufus…», pág. 501 (cit. en n. 16).
86 Anales I 1-5.
87 Augusto 66.
88 Philologus 88 (1939), 222-240, en pág. 229 y sigs.
89 Alexander the Great , II, pág. 69, n. 1 (cit. en n. 23).
90 Cit. en n. 83.
91 «Introduzione», pág. 12, a su edición de Curcio cit. en n. 47.
92 IV 2, s.v . «Curtius», col. 1863-1892.
93 Ad Quintum fratrem III 2.
94 Anales XI 20-21.
95 Cartas VII 27, 2.
96 En su «Index» al De rhetoribus 9.
97 En su edición de la «Correspondencia» de Cicerón, L. A. CONSTANS , Cicéron, Correspondance , París («Belles Lettres»), 5.a ed., 1960, en la carta 147 (= Ad Quintum fratrem III 2) no presenta la lectura «a Q. Curtio» sino «a Q. Acutio», sin plantear problema alguno en el aparato crítico.
98 Así piensa GROAG en Realencyclopädie, s.v . «Curtius», n.° 30, col. 1870; H. BARDON , «Quinte-Curce» (cit. en n. 7), pág. 8 estima que fue consul suffectus en el 47; F. BARBIERI , «I consoli dell’anno 43 d. C.», Rendiconti Accad. Lincei 30 (1975), 153-157, por su parte, apoyándose en un pequeño fragmento, inédito, perteneciente probablemente a los Fastos de Potenza Picena, que lleva las iniciales del praenomen y las dos primeras letras del gentilicio de tres consules suffecti del año 43, estima que uno de ellos podría ser Q. Curcio Rufo el historiador (o un próximo pariente). Por otro lado, J. E. ATKINSON , «The Curtii Rufi again» (cit. en n. 46), sostiene que el «Rufus » que fue colega, como consul suffectus , de M. Pomponio Silvano (y no de Pompeyo Silvano, como estiman generalmente los investigadores, entre ellos Groag en la Realencycl . ya citada) no era «Curtius Rufus » sino «M. Antonius Rufus ».
99 Étude … (cit. en n. 5), pág. 51 sigs.
100 Otros autores (H. BARDON , «Quinte Curce», pág. 8, por ejemplo) piensan precisamente lo contrario, que tales calificativos no le cuadran al historiador de ninguna manera.
101 Véase J. VERGÉS , «Introducción», págs. 17-18 a Q. Curcio Rufo … (cit. en n. 19).
102 «Quinte-Curce, écrivain néronien» (cit. en n. 25).
103 Art. cit. en n. 98.
104 Historias I 7, 1.
105 «Quinte-Curce» (cit. en n. 7), pág. 8: «nous nous refusons (…) á suivre ceux qui assimilent Quinte-Curce au Curtius Rufus de Tacite (Ann . XI 20-21) et de Pline le Jeune (Ep . VII 27). (…) Nous n’identifierons pas davantage notre historien au rhéteur que signale Suetone».
106 «Introduction» a su edic. de Curcio (cit. en n. 41), pág. XXI.
107 Geschichte der R. Lit . (cit. en n. 36), págs. 600-602.
108 Étude … (cit. en n. 5), pág. 101 sigs.
109 «Quinte-Curce» (cit. en n. 7), pág. 120, n. 1.
110 Alexander … (cit. en n. 5), cap. I: «Quellen und Gesamtdarstellungen», págs. 1-69.
111 Die Fragmente der griechischen Historiker , II B (= Fragmente); II BD (= Kommentar), Berlín, 1927 (reimpresos en Leiden, 1962). Estos Fragmentos, y siguiendo esta edición de Jacoby, fueron traducidos al inglés por C. A. ROBINSON Jr., The History of Alexander the Great , I 2, Providence, 1953; II, 1963. El mejor comentario sobre estos fragmentos y sus autores es el ofrecido por L. PEARSON , The lost Histories of Alexander the Great , Nueva York, 1960.
112 Véase IX 5, 21 y 8, 15.
113 «Curtius» (cit. en n. 33).
114 F. JACOBY , Die Fragmente …, n.° 124.
115 Véase «Prólogo», pag. 17 de C. GARCÍA GUAL , a Pseudo Calístenes, Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia . Traducción, prólogo y notas, Madrid, 1977 (Biblioteca Clásica Gredos, n.° 1).
116 Véase, en el mismo CURCIO , VIII 5 sigs.
117 «Les historiens d’Alexandre», págs. 119-138 de Historiographia antiqua . Commentationes Lovanienses in honorem W. Perermans septuagenarii editae, Lovaina, 1977, en pág. 122.
118 De oratore , II 14 (58).
119 F. JACOBY , Die Fragmente …, n.° 139.
120 ARRIANO , Anábasis de Alejandro , VI 29, 10.
121 «Prefacio» de su obra.
122 «Les historiens…» (cit. en n. 117), pág. 124.
123 Alejandro XLVI 1.
124 Véase nota 479 de la traducción.
125 Alex. the Great . (cit. en n. 23) II 16 sigs.
126 The lost Histories … (cit. en n. 111).
127 Reseña crítica de la obra de PEARSON , Rev. Étud. Ancien . 62 (1960), 479-480.
128 «Introduction», pág. 11, n. 1, a su edición de Diodorus of Sicily , volumen VIII (libros XVI 66-95 y XVII), (colec. «Loeb»), Londres, 1970. Un análisis de la cuestión, con mención de autores que han defendido diversas fechas para Clitarco, puede verse en J. SEIBERT , Alexander … (cit. en n. 5), págs. 17-18.
129 F. JACOBY , Die Fragmente …, n.° 125.
130 PLUTARCO , Alejandro LXV 2.
131 Vidas de filósofos ilustres VI 84.
132 «Les historiens…» (cit. en n. 117), pág. 125.
133 F. JACOBY , Die Fragmente …, n.° 138.
134 Por ejemplo, F. M. HEICHELHEIM - P. M. FRASER , The Oxford Classical Dictionary , 2.a ed., Oxford, 1972, s.v . «Ptolemy» (1).
135 Véase notas 899 y 900 de la traducción.
136 Véase J. SEIBERT , Alexander … (cit. en n. 5), pág. 19, con bibliografía, sobre este punto, en pág. 238, n. 2.
137 F. JACOBY , Die Fragmente …, n.° 137.
138 Así piensa, por ejemplo, W. SPOERRI , Der kleine Pauly , III, Munich, 1969, s.v . «Kleitarchos».
139 III 5 (57).
140 Toda la problemática en torno a la cronología de Clitarco puede verse en J. SEIBERT , Alexander … (cit. en n. 5), págs. 16-18, con examen de obras y autores al respecto.
141 En el lib. XVII de su Historia universal .
142 «Curtius» (cit. en n. 33).
143 De Clitarcho Diodori Curtii Iustini auctore , Bonn, 1868. Sobre las posibles maneras de utilización de las fuentes por parte de Diodoro, véase en J. SEIBERT , Alexander … (cit. en n. 5), la exposición de las distintas teorías formuladas sobre el particular; con diversas variantes, la mayor parte de las opiniones giran en torno a una fuente principal que sería la misma para Diodoro, Curcio y Trogo/Justino, los componentes de la «Alexander-Vulgata». La fuente en cuestión sería Clitarco.
144 Alex. the Great (cit. en n. 23), II 63-87.
145 Alex. the Great , II, pág. 87.
146 «Introducción» a su obra cit. en nota 128.
147 Pompeyo Trogo, galo helenizado natural de la Galia Narbonense, escribió, en 44 libros, una Historia universal que presentaba la novedad de que en ella Roma era un pueblo más: la historia del mundo no giraba en torno a Roma. La obra, titulada Historiae Philippicae , se perdió, pero nos ha llegado un Epítome de la misma confeccionado por Justino, que vivió, seguramente, en el s. II o comienzos del III d. C.
148 En su edición de ARRIANO : I Anabasis Alexandri , I-IV (col. «Loeb»), Londres, 1976, «Introduction», pág. LXXXIV.
149 Véase, por ejemplo, H. BARDON , «Quinte-Curce» (cit. en n. 7), página 124.
150 Historiador griego, llegado a Roma como prisionero en el año 55 a. C., que ensalzó el poder de los partos en contraposición al de los romanos, como lo hizo en Roma, en tiempos de Augusto, P. Trogo.
151 «Le moralisme…» (cit. en n. 2).
152 Pág. 588. Este mismo autor ha vuelto sobre el tema de la actitud moralizadora de Curcio en «Le jugement de Quinte-Curce sur Alexandre. Une appréciation morale indépendante», Les étud. class . 41 (1973), 23-45, poniendo de relieve que el aspecto moralizador de nuestro historiador tampoco se debe a la influencia de Ptolomeo ni a la de Aristobulo. En la línea de los defensores de que Curcio ha querido trazar el «retrato peripatético» de Alejandro (véase más arriba, pág. 28), Thérasse opina que nuestro historiador ha querido mostrar, sirviéndose del ejemplo de Alejandro, que el hombre se corrompe por el constante favor de la Fortuna.
153 «The stoic view…» (cit. en n. 83).
154 Como lo hace ver P. CEAUSESCU , «La double image d’Alexandre le Grand à Rome», Stud. Class . 16 (1974), 153-168, las causas del odio de los romanos hacia Alejandro más que de orden moral son de orden político: de Cicerón a Marco Aurelio, los historiadores y filósofos cercanos al partido senatorial condenan en Alejandro el espíritu de César, de Marco Antonio, de Calígula o de Nerón.
155 Una amplia información bibliográfica sobre la actitud uniformemente hostil de ciertos filósofos estoicos hacia Alejandro puede verse en J. RUFUS FEARS , «The stoic view…» págs. 113-114, n. 3.
156 «Deliberat Alexander an Oceanum nauiget». Aunque la Suasoria presenta una laguna al comienzo, el propio SÉNECA , en Controuersiae VII 7, 19, se refiere a ella con esa frase y a ella alude QUINTILIANO , Inst. orat . III 8, 16.
157 «Deliberat Alexander Magnus an Babylona intret, cum denuntiatum esset illi responso auguris periculum».
158 Farsalia X 21.
159 IX 17-19.
160 Transact. Amer. Philol. Associat . 34 (1908), 94-99, apud J. RUFUS FEARS , «The stoic view…» (cit. en n. 83), pág. 128, n. 97.
161 Véase bibliografía sobre el tema, ibidem .
162 Por ejemplo, por H. BARDON , «Quinte-Curce» (cit. en n. 7), página 127.
163 Quinto Curcio … (cit. en n. 19), «Introducción», pág. 21.
164 VII 8, 11.
165 IX 1, 34.
166 IX 5, 21.
167 X 10, 5.
168 Véase nota 652 de la traducción.
169 VII 10, 14.
170 Anáb. de Alejandro IV 15, 7.
171 Alejandro LVII 5 sigs.
112 IX 5, 1 sigs.
173 XII 9, 7-8.
174 VIII 10, 12.
175 Véase H. BARDON , «Quinte-Curce» (cit. en n. 7), el apartado «La valeur historique de Quinte-Curce. Les faiblesses de l’oeuvre», pág. 128 sigs.; J. VERGÉS , Q. Curcio … (cit. en n. 19), «Introducción», páginas 22-23; A. GIACONE , Storie di Al. Magno … (cit. en n. 47), «Introduzione», págs. 22-23; etc.
176 Véase notas 41, 236, 343, 444, 736, etc. de la traducción.
177 Véase nota 196.
178 Id . 195.
179 Id . 19.
180 Id . 549 y 568.
181 Id . 7.
182 Véase, por ejemplo, H. BARDON , «Quinte-Curce» (cit. en n. 7), páginas 129-131.
183 Storie di Al. Magno … (cit. en n. 47), «Introduzione», pág. 23.
184 Véase, por ejemplo, nota 828 de la traducción.
185 Pasajes en los que Curcio es más preciso que otros historiadores de Alejandro pueden verse, por ejemplo, en el artículo citado de BARDON , pág. 133.
186 «La valeur historique de Quinte-Curce», Comptes Rend. Acad. Inscr . 1924, 356 sigs., «Les négociations entre Darius et Alexandre», Rev. Étud. Anc . 27 (1925), 183-208.
187 V 1, 36.
188 V 7, 3 sigs.
189 Storia della letteratura latina (cit. en n. 36), pág. 550.
190 PSEUDO CALÍSTENES … (cit. en n. 115). Véase también del mismo autor Primeras novelas europeas , Madrid, 1974, págs. 108-111.
191 Escrito en las primeras décadas del s. XII ; ha sido considerado como la primera novela de tema antiguo; véase C. GARCÍA GUAL , Primeras novelas …, págs. 108-109.
192 Véase, por ejemplo, D. J. A. Ross, «Alexander historiatus». A guide to medieval illustrated Alexander Literatur , Londres, 1963, página 9 y sigs.
193 «Generi e significato della Epitoma rerum gestarum Alexandri Magni», Pan 1 (1973), 69-76.
194 Incerti auctoris epitoma rerum gestarum Alexandri Magni cum libro de morte testamentoque Alexandri , 2.a ed., Leipzig, 1966.
195 «L’epitoma rerum gestarum Alexandri Magni e il Liber de morte testamentoque eius . A proposito della recente edizione di P. H. Thomas», Athenaeum 39 (1961), 285-357.
196 Véase S. DOSSON , Étude … (cit. en n. 5), pág. 363.
197 De este poema tenemos dos antiguas ediciones: la aparecida en el tomo 209 de la Patrologia latina de Migne y la de F. A. W. MUELDENER , M. Philippi Gualtheri ab Insulis dicti de Castellione. Alexandreis , Leipzig, 1863. Entre los trabajos dedicados al autor o a su obra merecen recordarse M. MANITIUS , Geschichte der Lateinischen Literatur des Mittelalters , Munich, t. III, 1931 (reimpresión, 1964), págs. 920-936, con mención de bibliografía ya antigua; F. J. E. RABY , A History of Secular Latin Poetry , 2.a ed., Oxford, 1967, t. II, pág. 72 sigs.; M. BACHELER , «Gualterus ‘Alexandreis’ in ihrem Verhältnis zum Curtius-text», Philol. Wochenschr . 1917, págs. 693 sigs., 698 sigs., 730 sigs.; H. CHRISTENSEN , Das Alexanderlied Walters von Chatillon , Halle, 1905; G. CARY , The medieval Alexander (edit. por D. J. A. Ross), Cambridge, 1956, passim , especialmente en págs. 63-66, 173-174, 191-195 y 321-322; D. J. A. Ross, Alexander historiatus … (cit. en n. 192), pág. 72; J. HELLEGOUARC ’H , «Un poète latin du XIe siécle, Gautier de Lille, dit Gautier de Chatillon», Bullet. Associat. Guill. Budé , 1967, 95-115; W. T. JOLLY , The Alexandreid of Walter of Chatillon. A traslation and commentary , Diss. Tulane Univ., 1968. (Microfilm; resumen en Dissertations Abstracts 29 (1968), 1523A).
198 Alexander historiatus …, pág. 72.
199 Véase F. J. E. RABY , A History … (cit. en n. 197), pág. 78, quien remite a STRECKER , «Henricus Septimellensis und die zeitgenösische Literatur», Studi medievali 2 (1929), pág. 120.
200 Véase D. J. A. Ross, Alexander historiatus …, pág. 72.
201 De este magno poema tenemos las ediciones de S. WILLIS , Jr., «El libro de Alexandre ». Texts of the Paris and the Madrid manuscripts , Nueva York, 1934 (el texto de ambos manuscritos aparece, enfrentado, en las páginas pares el «P» y en las impares el «O»); la de DANA ARTHUR NELSON , Gonzalo de Berceo. «El Llibro de Alixandre », Madrid, 1979 y, en edición popular de la Editora Nacional, la de J. CAÑAS MAVILLO , Anónimo, Libro de Alexandre , Madrid, 1983. El episodio de la caída de Troya aparece en la obra dé E. ALARCOS LLORACH , Investigaciones sobre el «Libro de Alexandre », Madrid, 1948, págs. 97-184, estrofas núms. 321 a 773. La bibliografía especializada sobre nuestro poema es abundantísima; sólo mencionaremos dos títulos de un especialista en la cuestión, L. MICHAEL , «Estado actual de los estudios sobre el Libro de Alexandre», Anuario de Estud. Mediev. 2 (1965), 581-595, y The treatment of classical material in the «Libro de Alexandre », Manchester, 1970.
202 La primera edición de «P», hecha por MOREL -FATIO , apareció en 1906: «El libro de Alixandre», manuscrit espagnol 488 de la Bibliothèque Nationale de Paris , Dresden, 1906.
203 Véase su «Estudio preliminar» a la edición, pág. 23 sigs.
204 Alexander historiatus … (cit. en n. 192), pág. 73.
205 Véase J. SÁNCHEZ LASSO DE LA VEGA , «Traducciones españolas de las Vidas de Plutarco», Est. Clás . 6 (1961-1962), 451-514, pág. 454 sigs. y A. BRAVO GARCÍA , «Sobre las traducciones de Plutarco y de Quinto Curcio Rufo hechas por Pier Candido Decembrio y su fortuna en España», Cuad. de Filol. Clás . 12 (1977), 143-185, pág. 150 sigs.
206 Étude … (cit. en n. 5), pág. 315 sigs.
207 Curzio Rufo. Contributo allo studio del texto e della tradizione manoscritta , Nápoles, 1965, pág. 5.
208 Curzio Rufo…, ibidem .
209 En su edición, cit. en n. 37.
210 En su edición publicada en Munich, 1954.
211 Erasmo hizo editar varios autores latinos: Terencio, Curcio, Suetonio, Plinio el Viejo, T. Livio y obras filosóficas de Cicerón. Véase R. PFEIFFER , History of Classical Scholarship 1300-1850 , Oxford, 1976, página 77.
212 «Una nuova edizione di Curzio Rufo», Athenaeum 55, 3-4 (1977), 421-3.
213 La edición «maior»; la «minor», en 1931.
214 Edición cit. en n. 43.
215 Cit. en n. 37.
216 Cit. en n. 41.
217 Cit. en n. 47.
218 Sobre ella véase el apartado «Curcio en España», págs. 64 y sigs.
219 Vasco Fernández, conde de Lucena, era un caballero portugués que, en la corte de Borgoña, formaba parte del séquito de Isabel de Portugal, esposa de Felipe el Bueno.
220 Véase D. J. A. Ross, Alexander historiatus …, (cit. en n. 192), páginas 69-71.
221 Véase J. C. ROLFE , «Introduction» a su edic. de Curcio, página XXXIII.
222 Sobre las traducciones de Curcio en nuestra patria, véase el apartado siguiente, «Curcio en España».
223 Aparte las Introducciones que suelen encabezar las traducciones de Curcio a diversas lenguas de nuestra patria y en las que se ofrece información sobre el tema que ahora nos ocupa, pueden consultarse con fruto trabajos como los de M. MENÉNDEZ PELAYO , Bibliografía hispanolatina clásica , Madrid, 1950, t. III, págs. 305-318; J. VALLEJO , Papeletas de bibliografía hispano-latina clásica , Madrid, 1967, passim; J. SÁNCHEZ LASSO DE LA VEGA , «Traducciones españolas…» (cit. en n. 205); A. BRAVO GARCÍA , «Sobre las traducciones…» (cit. igualmente, en n. 205); MARÍA ROSA LIDA DE MALKIEL , «La leyenda de Alejandro en la literatura medieval», en La tradición clásica en España , Barcelona, 1975, páginas 165-197, trabajo aparecido primeramente como artículo de revista en Romance Philology 15, 3 (1962), 311-318 y 15, 4 (1962), 412-423 (que pretende llenar, como la misma autora dice, «con muy provisional inventario», el vacío que la obra de G. CARY , The medieval Alexander (cit. en n. 197), presenta a propósito de España, de la que el investigador inglés apenas si ofrece algunas aisladas manifestaciones culturales relativas a la figura de Alejandro. El trabajo de la autora se limita a la materia enunciada en su título pero puede tener interés para enmarcar las relaciones de Curcio con nuestra patria); también sobre la figura de Alejandro, y con un interés más alejado de nuestro tema, versa el trabajo de EMILIO GARCÍA GÓMEZ , Un texto árabe occidental de la leyenda de Alejandro , según el manuscrito árabe XXVII de la Biblioteca de la Junta para la Ampliación de Estudios, Madrid, 1929, obra de la que arrancan dos trabajos de F. RUBIO , «Un texto castellano occidental de la leyenda de Alejandro Magno», La Ciudad de Dios , 178, 2 (1965), 311-336 y «Las leyendas sobre Alejandro Magno en la General Estoria de Alfonso el Sabio», La Ciudad de Dios , 179, 3 (1966), 431-462.
224 Bibliografía …, págs. 305-307.
225 Papeletas …, págs. 4-5.
226 Véase P. GUILLERMO ANTOLÍN , Catálogo de los códices latinos de la Real Biblioteca del Escorial , 5 vols., Madrid, 1916, E. PELLEGRIN , «Manuscrits des auteurs classiques latins de Madrid et du Chapitre de Toléde», Bul. Inform. Inst. de Recherche et Hist. des Textes , 2 (1953), (referencia bibliográfica tomada de J. VALLEJO , Papeletas …, pág. XII), y L. RUBIO FERNÁNDEZ , Catálogo de los manuscritos clásicos latinos existentes en España , Madrid, 1984, núms. 74, 158, 204, 379, 398, 485, 611 y 612.
227 Bibliografía …, pág. 308.
228 Papeletas …, págs. 33-34.
229 Bibliografía …, págs. 311-312.
230 Papeletas …, pág. 29 y sigs.
231 Història d’Alexandre el Gran (colec. «Bernat Metge»), Barcelona, 3 vols., 1925, 1926, 1935.
232 Història d’Alexandre el Gran , vol. I, Llibres III-i IV. Text revisat i traducció de Manuel Montoliu, 2.a ed. a cura de Josep Vergés, Barcelona, 1936 (publicada en 1941).
233 De rebus gestis Alexandri Magni , L. III, Madrid, 1950.
234 Quinto Curcio … (cit. en n. 19).
235 Véase A. BRAVO GARCÍA , «Sobre las traducciones…» (cit. en nota 205), especialmente págs. 143-148.
236 Ibid ., pág. 160.
237 Datos tomados de MENÉNDEZ PELAYO , Bibliografía …, págs. 312-313.
238 Bibliografía …, pág. 314.
239 Véase A. BRAVO GARCÍA , «Sobre las traducciones…», pág. 171.
240 Quinto Curcio. De los hechos del magno Alexandre rey de Macedonio: nuevamente traduzido y suplidos los libros que del faltan de otros autores , Sevilla, 1534.
241 Bibliografía …, pág. 316.
242 De la vida y acciones de Alexandro el Grande , Madrid, 1699.
243 Madrid, 2 vols., Editorial Hernando (Biblioteca Clásica).
244 Con «Nota preliminar» de S. Montero Díaz, 2 vols., Madrid.
245 Formando parte —págs. 443-651— de la obra colectiva Biógrafos y Panegiristas latinos , Madrid, Aguilar.
246 Campaña de Alejandro el Grande , historia escrita en griego por PLUTARCO , en latín por Q. CURCIO RUFO ; traducida libremente al castellano por el doctor don Cayetano Navarro y Cea, Madrid, 1840.
247 Bibliografía …, pág. 317.
248 Historia de Alejandro Magno , Barcelona, ed. Iberia.
249 En su edición cit. en n. 37.
250 En su edición cit. en n. 47.
251 Latomus , 38, 2 (1979), 540-541.
LIBRO III 1
SINOPSIS
(Primavera-Diciembre del año 333 a. C.)
Primavera: Alejandro toma Celenas. Entrada en Gordio (episodio del «nudo gordiano») y en Ancira (cap. 1). Darío asume personalmente la dirección y mando de su ejército. Recuento de sus tropas. Asesinato del ateniense Caridemo por haberse atrevido a decir a Darío lo que pensaba sobre el ejército persa y el macedonio (2 ). Inquietante sueño de Darío. El ejército persa se pone en marcha. Descripción del mismo (3 ). Alejandro atraviesa la cordillera del Tauro. Entrada en Cilicia (4 ).
Otoño: Baño de Alejandro en el Cidno. Súbita enfermedad del rey, quien recibe una carta de Parmenión en la que éste le aconseja que no se fíe del médico Filipo; a pesar de ello, Alejandro se pone en manos del médico y cura de su enfermedad (5 -6 ). Darío se dirige a Cilicia. Alejandro lo hace hacia Iso. Muerte del persa Sísenes, del que Alejandro sospecha que es un traidor (7 ). Darío penetra en Cilicia contra el parecer de sus generales. Los ejércitos persa y macedonio se aproximan uno a otro (8 ).
Noviembre: Batalla de Iso: descripción de los dos ejércitos (9 ). Alejandro arenga a sus tropas (10 ). La batalla; victoria de Alejandro. Éste penetra en el campamento de Darío (11 ). Comportamiento de Alejandro con la familia de Darío (12 ).
Diciembre: Parmenión toma Damasco y se apodera de los tesoros del rey persa, haciendo prisioneros a muchos personajes importantes (13 ).
[1 ] Entre tanto, Alejandro había enviado a Cleandro 2 con dinero a fin de llevar a cabo un reclutamiento de tropas procedentes del Peloponeso y, tras arreglar los asuntos de Licia y Panfilia 3 , levantó su campamento y se dirigió a la ciudad de Celenas 4 .
Por aquella época, el río Marsias 5 , famoso por las [2] quiméricas leyendas de los griegos 6 , dividía, en su curso, a la ciudad en dos mitades. Nace en la cima más alta [3] de una montaña y, con gran estrépito de sus aguas, cae en cascada sobre una superficie rocosa desde la que, difundiéndose, riega las llanuras circundantes con sus aguas, cristalinas al no recibir las de ningún afluente. Por eso, el [4] color de las mismas, semejante al del mar en calma, ha dado lugar a una invención de los poetas: cuenta la tradición que las ninfas, cautivadas por el amor al río, hicieron de aquella roca su morada. El río conserva su nombre de [5] «Marsias» mientras corre dentro de los muros de la ciudad, pero, una vez que, de mayor ímpetu y caudal, se extiende fuera de las murallas, recibe el nombre de «Lico» 7 .
[6] Alejandro, pues, entró en la ciudad abandonada por sus propios habitantes y, disponiéndose a tomar al asalto la ciudadela en la que aquéllos habían buscado refugio 8 , envió por delante un parlamentario 9 para que les hiciera saber que, si no se rendían, serían pasados por las armas. [7] Los habitantes condujeron al parlamentario a una torre de extraordinaria altura debido tanto a su emplazamiento como a su construcción, y le invitaron a que calibrase la altura de la misma y a que hiciera saber a Alejandro que él y los celeneses no tenían el mismo patrón a la hora de medir las fortificaciones: que supiera que unas personas, decididas a morir en caso extremo en aras del honor, eran, [8] por lo mismo, inexpugnables. Pero he ahí que, al ver que la ciudadela se encontraba sitiada y que los recursos de todas clases disminuían de día en día, pactaron una tregua de sesenta días, con la condición de que, si dentro de ese plazo no recibían ayuda de Darío 10 , entregarían la ciudad; y, como quiera que seguían sin recibir auxilio, en el día prefijado se rindieron al rey 11 .
Llegó después 12 una comisión ateniense con la petición [9] de que se les hiciera entrega de los soldados hechos prisioneros junto al río Gránico 13 , a lo que Alejandro respondió que no sólo aquéllos, sino que, además, daría orden de devolver los restantes griegos a los suyos, una vez terminada la guerra contra Persia 14 . Pero, estando ya a [10] punto de pisar los talones a Darío, del que sabía que todavía no había atravesado el Éufrates 15 , reunió todas sus tropas, dispuesto a hacer frente, con la totalidad de sus efectivos, al punto culminante de guerra tan decisiva.
[11] La población de Frigia, región a través de la cual conducía su ejército, se encontraba concentrada más bien en aldeas que en ciudades, y en Frigia estaba, por entonces, [12] la en otro tiempo célebre corte de Midas 16 , de nombre «Gordio», bordeada por el río Sangario, y a igual distancia [13] del Ponto Euxino 17 y del mar de Cilicia. Sabemos que es precisamente entre estos dos mares donde Asia 18 presenta su parte más estrecha, al empujar ambos mares a la tierra y formar un estrecho istmo; éste, al estar unido al continente pero ceñido en gran parte por las aguas, ofrece el aspecto de una isla 19 y, si no opusiera la ligera barrera que opone, pondría en comunicación los dos mares que ahora separa.
[14] Tras la rendición de la ciudad, Alejandro hizo su entrada en el templo de Júpiter. Allí contempló el carro que, según se aseguraba, había transportado a Gordio, padre de Midas; carro que, en cuanto a su aspecto externo, verdaderamente no se diferenciaba de otros carros de menos valor y de uso común 20 . Digno de ser notado era el yugo, [15] amarrado como estaba con gran cantidad de nudos entrelazados entre sí y que no dejaban ver la trabazón. Al oír, [16] de boca de los habitantes del lugar, que existía el vaticinio de un oráculo según el cual llegaría a ser dueño de Asia aquel que soltara aquel lazo inextricable, se apoderó del ánimo de Alejandro el deseo de dar cumplimiento al vaticinio. Rodeaban al rey una multitud no sólo de frigios [17] sino también de macedonios, unos con el ánimo en vilo ante el resultado, los otros, preocupados por la temeraria osadía del rey, ya que la serie de ataduras era tan compacta que ni con la vista ni por cálculo se podía deducir dónde comenzaban los cabos ni por dónde se ocultaban. Alejandro, puesto manos a la obra, infundió en los suyos el temor de que, si el intento fracasaba, se volvería contra él la predicción del oráculo. Después de luchar en vano, [18] durante mucho tiempo, con los inextricables nudos, dijo: «Poco importa la manera de cómo sean desatados», y, cortando con su espada todas las correas, burló la predicción del oráculo o le dio así cumplimiento.
Decidido, pues, a sorprender a Darío dondequiera que [19] se encontrara, con el fin de no tener que temer ningún contratiempo en la retaguardia, puso al frente de la escuadra, anclada en el Helesponto 21 , a Anfótero 22 y de las tropas de tierra a Hegéloco 23 , con la orden de desmantelar las guarniciones enemigas de Lesbos, Quíos y Cos. [20] A estos generales les fueron asignados, para gastos de guerra, 500 talentos 24 ; a Antípatro 25 y a los que protegían las ciudades griegas, les fueron remitidos 600 y, de acuerdo con las cláusulas del tratado, a los aliados les fueron exigidas naves con las que velar por la defensa del [21] Helesponto. Y es que todavía Alejandro no se había enterado de la muerte de Memnón 26 , en relación con el cual tomaba todas aquellas precauciones, sabiendo muy bien que todo saldría a pedir de boca si aquél no tomaba ninguna iniciativa.
Entre tanto se había llegado a Ancira 27 ; allí el rey [22] procedió a un censo del ejército y después penetró en Paflagonia 28 . Vecinos de este pueblo eran los hénetos, de los que algunos creen que descienden los vénetos. Toda [23] esta región se sometió al rey y, mediante la entrega de rehenes, consiguieron no verse en la obligación de pagar un tributo que ni siquiera a los persas habían pagado. Calas 29 [24] fue puesto al frente de esta región y Alejandro, después de incorporar las tropas recientemente llegadas de Macedonia, puso rumbo a Capadocia 30 .
Darío, por su parte, justamente conmovido ante el anuncio [2 ] de la muerte de Memnón, dejando a un lado cualquier otro tipo de esperanza, se decidió a presentar batalla personalmente. En efecto, nada de cuanto habían hecho sus generales merecía su aprobación, estimando que a muchos les había faltado el interés y, a todos, la fortuna.
Así pues, acampó en las cercanías de Babilonia 31 ; con [2] el fin de que sus tropas se vieran más animadas para emprender la lucha, hizo una exhibición de todo su ejército y, levantada una empalizada circular capaz de contener diez [3] mil hombres armados, pasó revista a sus tropas 32 siguiendo el ejemplo de Jerjes 33 . Desde la salida del sol hasta la noche los batallones, tal como habían sido distribuidos, fueron entrando en el recinto.
Partiendo de allí, ocuparon las llanuras de Mesopotamia 34 multitud poco menos que innumerable de soldados de caballería y de infantería y que ofrecía el aspecto de [4] ser mayor incluso de lo que era. Cien mil eran persas, y, de ellos, 30.000 jinetes, mientras que de los medos, 10.000 [5] eran de caballería y 50.000 de infantería. Había 2.000 jinetes barcanos 35 , armados con hachas de doble filo y con ligeros escudos que daban exactamente la impresión de «cetras» 36 . Detrás de la caballería seguían 10.000 soldados [6] de a pie, equipados con el mismo armamento. Los armenios habían enviado 40.000 infantes, más 7.000 jinetes. Los hircanos presentaban un total de 6.000 jinetes excelentes, como suelen ser los de aquellos pueblos, más 1.000 jinetes [7] tapuros 37 . Los dérbices tenían un total de 40.000 infantes armados; la mayor parte llevaban picas con punta de hierro y, algunos, estacas con la extremidad endurecida al fuego. A éstos les acompañaban también 2.000 jinetes de la misma nacionalidad. De las tierras bañadas por el mar [8] Caspio había llegado un ejército de 8.000 hombres de a pie y 200 de a caballo. Con ellos estaban también los soldados de otros pueblos desconocidos: 2.000 infantes y un número doble de jinetes. A estas tropas se añadían 30.000 [9] mercenarios griegos 38 en la flor de la edad. En cuanto a los bactrianos 39 , los sogdianos 40 , los indios y los restantes habitantes ribereños del Mar Rojo 41 (cuyos nombres hasta el mismo Darío desconocía) la misma prisa impedía que se les hiciera un llamamiento.
Soldados era lo que le sobraba a Darío. Rebosando [10] felicidad ante el espectáculo de la multitud reunida (sus cortesanos daban alas a su esperanza con sus acostumbrados halagos), se volvió al ateniense Caridemo 42 , buen conocedor de la milicia y que aborrecía a Alejandro porque por orden suya había sido expulsado de Atenas, y le preguntó si le parecía que estaba lo suficientemente equipado [11] como para derrotar al enemigo. Caridemo, no teniendo presente ni su propia condición ni la soberbia de los soberanos, le respondió: «Tal vez a ti no te guste oír la verdad y puede ser que, si yo no la digo ahora, cuando la diga [12] en otra ocasión será ya en vano. Este ejército tan ostentoso, esta masa ingente de tantos pueblos, hecha venir desde sus moradas dispersas por todo el Oriente, puede infundir terror a tus vecinos: resplandece de púrpura y oro, brilla con el resplandor de las armas y es de una opulencia tal que los que no la han visto no pueden ni imaginársela. [13] Por su parte, el ejército macedonio, torvo en verdad y tosco, esconde tras sus escudos y sus lanzas sus inamovibles formaciones en cuña y una fuerza compacta de guerreros. A tal formación le dan el nombre de «falange» 43 , sólido cuerpo de infantería. Los soldados están entrelazados unos con otros, las armas con las armas; fija su atención en la señal de su comandante, saben seguir a los estandartes [14] y guardar la formación; todos ponen en práctica las órdenes recibidas. Hacer frente, acorralar al enemigo, hacerse a un lado, cambiar de frente, lo conocen tan bien [15] los soldados como los jefes. Y a fin de que no pienses que son víctimas de su amor al oro y a la plata, has de saber que la disciplina de que te hablo se viene manteniendo bajo la enseñanza de la pobreza: cuando están agotados, el suelo les sirve de lecho; como alimento les basta el que pueden aderezarse en medio de sus ocupaciones; el tiempo dedicado al sueño es más corto que el de la noche. [16] ¡Como para pensar que los jinetes tesalios 44 , y los acarnanios y los etolios, que no saben lo que es la derrota, van a ser rechazados a tiros de honda y con estacas endurecidas al fuego! Lo que se necesita es una fuerza semejante, por lo que los refuerzos deben buscarse en aquella misma tierra que los ha engendrado a ellos; tu plata y tu oro mándalos allí, a reclutar mercenarios».
Darío tenía un carácter afable y bondadoso, si no fuera [17] porque, las más de las veces, la Fortuna pervierte incluso a la propia naturaleza. Y así, no pudiendo soportar la verdad, dio orden de que Caridemo fuera ajusticiado, y precisamente cuando mejores consejos le estaba dando, un hombre al que había hecho su huésped movido por sus súplicas. Caridemo, no dejando a un lado, ni siquiera en [18] las presentes circunstancias, su franqueza, le dijo: «Tengo preparado un vengador de mi muerte: el mismo contra quien te he aconsejado te pedirá cuentas del desprecio hecho a mi consejo. Por lo que a ti respecta, a quien tan bruscamente ha cambiado el abuso del poder, te convertirás en ejemplo para la posteridad de que los hombres, cuando se han entregado en brazos de la Fortuna, se olvidan hasta de su propia naturaleza». Tales cosas decía a voz en grito cuando le degollaron, de acuerdo con las órdenes del rey. Después un arrepentimiento tardío se apoderó de Darío [19] y, tras confesar que Caridemo le había dicho la verdad, dio orden de que fuera enterrado.
A Timodes 45 , hijo de Mentor 46 , joven lleno de vitalidad, [3 ] Darío le dio la orden de que recibiera de Farnabazo 47 todos los soldados extranjeros, en los cuales tenía depositada su mayor esperanza, con el fin de aprovecharse de su colaboración en la guerra; a Farnabazo, por su parte, le hizo entrega de los mismos poderes que antes había depositado en Memnón.
[2] Angustiado por preocupaciones amenazadoras, incluso durante el sueño le agitaban visiones de peligros inminentes, bien fuera que las provocara su propia angustia o que [3] su propio espíritu las presagiara. Se le aparecía el campamento de Alejandro todo refulgente, en medio de un gran resplandor de fuego, y poco después el rey macedonio era llevado a su presencia, vestido con las vestiduras del propio Darío, recorriendo después a caballo las calles de Babilonia; de repente, tanto Alejandro como el caballo desaparecían de su vista.
[4] Ante esto, los adivinos, con sus interpretaciones contradictorias del sueño, no hacían más que acosar la angustia del rey: unos decían que el sueño le era favorable desde el momento que había ardido el campamento enemigo y que Darío había visto cómo Alejandro, dejadas a un lado sus vestiduras reales, había sido llevado a su presencia en [5] indumentaria persa corriente; otros pensaban lo contrario: predecían, en efecto, que la visión del resplandor del campamento macedonio profetizaba el fulgor de Alejandro; en cuanto a que se apoderaría del reino de Asia no había la menor duda ya que, cuando Darío fue proclamado rey, llevaba esa misma ropa.
La ansiedad presente, como suele suceder, había evocado [6] el recuerdo incluso de antiguos presagios. Se sabía, en efecto, que Darío, al principio de su reinado, había dado orden de cambiar la vaina de la cimitarra persa adoptando la que tenían los griegos, y cómo inmediatamente los caldeos 48 habían interpretado el hecho en el sentido de que el imperio persa pasaría a manos de aquellos cuyas armas Darío había imitado. Sin embargo el rey, lleno de [7] gozo no sólo por la respuesta de los adivinos, que iba corriendo ya de boca en boca, sino también por la visión que se le había ofrecido durante el sueño, dio orden de levantar el campamento y dirigirse hacia el Éufrates.
Era costumbre entre los persas, transmitida por tradición, [8] no ponerse en camino hasta después de salido el sol. Siendo ya pleno día, se daba la señal con la bocina 49 desde la tienda del rey; sobre ésta, donde todos pudieran contemplarla, una imagen del sol despedía sus reflejos, encerrada en una urna de cristal 50 .
El orden de marcha era el siguiente: el fuego, al que [9] ellos califican de sagrado y eterno, abría filas, transportado sobre un altar de plata. Los magos 51 entonaban himnos [10] patrióticos. A éstos les seguían 365 jóvenes revestidos de mantos de púrpura, tantos como días tiene el año, pues los persas tenían dividido el año en tantos días como los [11] romanos. Detrás, unos caballos blancos tiraban de un carro consagrado a Júpiter 52 y, tras ellos, seguía un caballo (al que llamaban el caballo del sol) de extraordinaria alzada; los que llevaban de las riendas a tales caballos iban equipados con fustas de oro y adornados con vestiduras [12] blancas. No lejos avanzaban diez carros con gran cantidad [13] de adornos cincelados en oro y plata. Les daba escolta la caballería de doce pueblos, diversos en sus armas y en su manera de vestir. Inmediatamente detrás iban aquellos a los que los persas llaman «los Inmortales», alrededor de unos 10.000 53 . Ninguno como ellos aparecía adornado con el lujo opulento de los bárbaros: llevaban collares de oro, una vestidura bordada igualmente en oro y una túnica [14] con mangas adornadas con piedras preciosas. A corta distancia, los llamados «parientes del rey», 15.000 hombres. Esta multitud, engalanada poco menos que como mujeres, llamaba la atención más por el lujo que por la hermosura [15] de sus armas. La tropa más próxima a éstos era denominada «los Doríforos» 54 , encargados de sostener la cola del manto del rey; éstos iban delante del carro del rey desde el que éste, a su paso, lo dominaba todo. Imágenes de [16] dioses, repujadas en oro y plata, adornaban ambos flancos del carro; de trecho en trecho brillaban unas piedras preciosas adornando el yugo del que sobresalían dos estatuas de oro, de una altura de un codo, de las cuales una representaba a Nino y la otra a Belo 55 . Entre ambas habían colocado, a modo de símbolo sagrado, un águila en actitud de desplegar las alas 56 .
El atavío del rey se distinguía incluso en medio de [17] aquella suntuosidad: una franja blanca, bordada, dividía en dos partes su túnica de púrpura; unos halcones, recamados en oro, que parecían atacarse a picotazos, adornaban su manto bordado en oro; de un cinturón, igualmente [18] de oro, anudado como se lo anudan las mujeres, pendía su cimitarra, cuya vaina era toda ella de piedras preciosas. Los persas llaman «cídaris» a la diadema del rey 57 , emblema [19] de la realeza; esta diadema iba ceñida todo alrededor con una banda azul entreverada de blanco.
El carro real era seguido por 10.000 lanceros que llevaban [20] lanzas con incrustaciones de plata y dardos con punta de oro. A derecha e izquierda, la escolta real estaba for [21] mada por unos 200 de entre los más nobles de sus parientes. La marcha se cerraba con 30.000 infantes seguidos por los 400 caballos del rey.
[22] A un estadio de distancia 58 , un carro transportaba a Sisigambis 59 , madre de Darío, y otro a su esposa 60 , las reinas, que llevaban como escolta una muchedumbre de [23] mujeres montadas a caballo. Seguían detrás quince carros, denominados «armamaxas» 61 . En ellos iban los infantes 62 , acompañados de sus institutrices, así como de un enjambre de eunucos, que no son mal mirados entre aquellas [24] gentes. Venían detrás las 365 concubinas del rey, también ellas regiamente ataviadas y, tras ellas, era transportado el tesoro real en 600 mulos y 300 camellos, escoltados por [25] un pelotón de arqueros. Inmediatamente detrás venían las esposas de los parientes y amigos, así como catervas de cantineros y acarreadores de agua y de leña. Cerraba filas una tropa armada a la ligera con sus jefes, encargada de regular la marcha.
[26] Por el contrario, si alguien dirigía su mirada hacia el ejército macedonio, el aspecto era completamente distinto: hombres y caballos relucían no por el oro y las vestiduras variopintas, sino por el hierro y el bronce. Se trataba de [27] un ejército dispuesto tanto a detenerse como a avanzar, ligero de tropa y de bagaje, atento no sólo a la señal sino incluso al menor ademán de su comandante; para el campamento, cualquier lugar, y, para el ejército, cualquier avituallamiento les bastaban. Por eso a Alejandro no le faltaban [28] los soldados en el combate, mientras que Darío, rey de tan gran multitud, debido a lo angosto del lugar 63 , se vio obligado a contar con unos pocos, circunstancia que había despreciado en el enemigo.
Mientras tanto Alejandro, después de colocar a Abistámenes [4 ] al frente de la Capadocia, en su marcha hacia Cilicia 64 con todas sus tropas había llegado a la región que recibe el nombre de «el campamento de Ciro». Este rey había tenido allí su cuartel cuando se dirigía hacia la Lidia 65 , contra Creso 66 . Aquella región distaba 50 estadios [2] 67 del paso por donde se suele entrar en Cilicia. Los habitantes del país denominan «Pilas» a unos estrechísimos desfiladeros en los que la propia situación natural imita las fortificaciones levantadas por los hombres.
[3] Así pues, Arsames 68 , que estaba al frente de la Cilicia, acordándose del consejo que, al comienzo de la guerra, le había dado Memnón, determinó poner en práctica, tardíamente, un plan que en otro tiempo hubiera sido saludable: devastar a fuego y hierro la Cilicia para dejar ante el enemigo un desierto; todo lo que podía ser de utilidad lo arrasó, dispuesto a dejar tras de sí, estéril y desnudo, [4] un suelo que no podía defender. Pero de mucho mayor provecho le hubiera sido ocupar con una sólida defensa los estrechos desfiladeros que abren la puerta de la Cilicia y apoderarse de las cimas que, muy estratégicamente, dominan el camino y desde las que, sin recibir ningún daño, hubiera podido o impedir el paso o aplastar a un enemigo [5] a sus pies. Ahora, dejando unos pocos soldados para defender los senderos, Arsames, por su parte, volvió sobre sus pasos, arrasando una tierra que debía proteger de la devastación. A su vez, los que él había dejado como protección de los senderos, pensando que habían sido traicionados, no tuvieron el valor siquiera de mirar cara a cara al enemigo cuando, aunque hubieran sido menos, podían haber mantenido la posición.
[6] En efecto, la Cilicia se encuentra cercada por una ininterrumpida cadena de montañas ásperas y abruptas que, alzándose del mar y, tras encorvarse en una especie de ensenada en forma de arco, con la extremidad opuesta avanza [7] de nuevo hacia el otro lado de la costa. A lo largo de esta cadena 69 , por la parte que, tierra adentro, se distancia más del mar, hay tres desfiladeros: sólo por uno de ellos se puede entrar en Cilicia 70 . La parte de ésta que [8] desciende hacia el mar es plana y su llanura se encuentra esmaltada de abundantes corrientes de agua; por ella fluyen los famosos ríos Píramo y Cidno 71 . Este último es digno de mención no por la anchura de su cauce, sino por la transparencia de sus aguas; en efecto, deslizándose en un manso fluir desde sus fuentes, es recibido por un terreno limpio y no desembocan en él torrenteras que puedan perturbar el lecho del río, que fluye mansamente. Así pues, [9] sin la menor contaminación y, al mismo tiempo, con sus aguas extraordinariamente frías (los numerosos árboles de la orilla le dan sombra y amenidad), desemboca en el mar, tras recorrer todo su trayecto semejante a sus propias fuentes.
El tiempo había arruinado en aquella región muchos [10] monumentos cantados por los poetas: se podía ver el emplazamiento de las ciudades Lirneso y Tebas 72 , así como la gruta de Tifón y el bosque de Coricio 73 , en donde brota el azafrán, y otras maravillas de las que no quedaba más que la fama.
[11] Alejandro penetró en los desfiladeros llamados «Pilas» y, tras contemplar la configuración del terreno, se dice que quedó admirado de su buena estrella como nunca lo había estado antes, pues reconocía que podía haber sido aplastado incluso hasta con piedras, si hubiera habido alguien que [12] las tirara desde arriba. El sendero apenas si con dificultad permitía el paso de los soldados en cuatro hileras; la cresta de la montaña se inclinaba amenazadora sobre el camino, no sólo estrecho sino, en la mayor parte de su trazado, abrupto por el discurrir zigzagueante de los arroyos que [13] nacen de las faldas del monte. Con todo, Alejandro había dado orden de que un destacamento de tracios, equipados con armamento ligero, le precediera y reconociera los senderos a fin de evitar, de parte del enemigo, un ataque por sorpresa contra los que avanzaban por el desfiladero; a su vez, un cuerpo de arqueros había tomado la cima y llevaban los arcos dispuestos para disparar, advertidos como estaban de que no se trataba de una marcha sino de un combate.
[14] De este modo llegó el ejército a la ciudad de Tarso 74 , en el preciso momento en que los persas se disponían a pegarle fuego a fin de que una ciudad tan opulenta no [15] cayera en manos del enemigo. Alejandro envió por delante a Parmenión 75 con un destacamento ligero para frustrar el incendio y, al enterarse de que los bárbaros, ante el anuncio de su llegada, se habían dado a la fuga, hizo su entrada en una ciudad que le debía la vida.
El río Cidno, del que acabamos de hablar, divide a [5 ] la ciudad en dos. Era verano 76 y en tal estación en ninguna otra zona calienta más el ardor del sol que en la ribera de Cilicia, y en aquel preciso momento comenzaba la hora más sofocante del día. La transparencia de las aguas del [2] río invitó al rey, cubierto de polvo y sudoroso, a darse un baño, estando todavía acalorado. Así pues, se quitó las vestiduras y, en presencia del ejército (pensaba que sería una lección el hacer ver cómo se daba por contento con un cuidado corporal ligero y al alcance de todo el mundo), penetró en el río. En cuanto entró en el agua, sus [3] miembros comenzaron a quedarse rígidos con repentino escalofrío; una palidez se extendió por todo su rostro y prácticamente todo su cuerpo se vio privado del calor vital. Sus servidores le cogieron en sus brazos como a un muerto [4] y lo llevaron a su tienda poco menos que perdido el conocimiento. Con lágrimas en los ojos, se lamentaban de que [5] en medio de la marcha impetuosa de los acontecimientos, se les arrebataba y se extinguía el rey más sobresaliente de cuantos a lo largo de todos los tiempos se podía recordar, y no abatido, al menos, en el campo de batalla, sino [6] en medio de un baño: Darío estaba al llegar, vencedor incluso antes de ver al enemigo; en cuanto a ellos, se veían en la necesidad de regresar a unas tierras que habían recorrido de triunfo en triunfo y que o ellos mismos las habían arrasado o las había arrasado el enemigo. A lo largo de amplias zonas desérticas podrían ser derrotados, durante la marcha, por el hambre y la miseria, aunque no hubiera [7] nadie que quisiera perseguirlos. ¿Quién les dirigiría en su huida? ¿Quién se atrevería a suceder a Alejandro? Suponiendo que en su fuga llegaran al Helesponto, ¿quién prepararía [8] una escuadra para atravesarlo? 77 . Después volvían su compasión hacia la persona del rey y, olvidándose de sí mismos, se lamentaban de que se les arrebatara violentamente de su lado aquella flor de juventud, aquella fuerza de ánimo, un rey que, al mismo tiempo que rey, era para ellos un compañero de armas.
[9] Entre tanto, Alejandro comenzó a respirar con menos opresión, levantó los ojos y, poco a poco, volviéndole el conocimiento, comenzó a reconocer a los amigos 78 que, de pie, estaban en torno suyo; el simple hecho de que se daba cuenta de la magnitud de su mal les parecía un síntoma de que la fuerza de la enfermedad iba perdiendo vigor.
Pero la inquietud de su espíritu atormentaba su propio [10] cuerpo, ya que corría la voz de que en cuatro días Darío se presentaría en Cilicia, y así se lamentaba de que se veía entregado, atado de pies y manos, de que una victoria tan grande se le arrebataba de las manos y de que la vida se le escapaba en una tienda de campaña con una muerte oscura e innoble. Llamó a su presencia a sus amigos junto [11] con los médicos y les dijo: «Ya veis en qué situación crítica la Fortuna se ha volcado sobre mí. Me da la impresión de que oigo el fragor de las armas enemigas y yo, que hasta aquí era el que tenía la iniciativa de la guerra, he aquí que soy ahora el provocado. Así pues, al escribir [12] Darío una carta tan altanera 79 , ¿había contado ya con mi Fortuna? Pero de nada le valdrá si me está permitido curarme a mi manera. La situación en que me encuentro [13] no se compagina con remedios lentos y médicos premiosos. Prefiero morir valientemente antes que tardar en curarme. Por consiguiente, si los médicos tienen alguna destreza que pueda servirme de ayuda, sepan que yo no busco tanto un remedio para la muerte como un remedio para la guerra».
[14] Una temeridad tan irreflexiva llenó a todos de extraordinaria inquietud; y así cada uno, en la medida en que podía hacerlo, comenzó a suplicarle que no aumentara el peligro con las prisas sino que se pusiera en manos de los [15] médicos; con razón no se fiaban de unos remedios no experimentados cuando el enemigo, por medio de dinero, trataba de ganarse a alguien, incluso del entorno del rey, para [16] acabar con él. En efecto, Darío había dado orden de que se corriera la voz de que daría 1.000 talentos 80 a quien asesinara a Alejandro. Y así se pensaba que nadie se atrevería a experimentar un remedio que, por su misma novedad, podía despertar sospechas.
[6 ] Entre los médicos más famosos había uno, llamado Filipo 81 , natural de Acarnania, que había formado parte del séquito del rey desde Macedonia y que le era fiel en grado sumo: compañero de infancia y guardián de su salud, sentía por Alejandro un cariño extremo, no sólo como [2] rey sino incluso como pupilo. Filipo prometió aplicar un remedio de efecto no instantáneo pero sí eficaz y aliviar la virulencia del mal con una poción curativa. Semejante promesa a nadie agradaba a excepción de aquel cuya vida [3] peligraba con tal promesa. Alejandro hubiera podido soportar mejor cualquier cosa que la espera: las armas y las filas estaban ante su vista y era de la opinión de que la victoria dependía del simple detalle de poder mantenerse en pie ante los estandartes, soportando a duras penas el hecho de que el medicamento no lo podía tomar antes de tres días (tal era la prescripción médica).
Entre tanto recibió de Parmenión 82 , el más fiel de sus [4] dignatarios 83 , una carta en la que le advertía que no pusiera su salud en manos de Filipo, pues Darío lo había sobornado con 1.000 talentos y con la promesa de darle su hermana en matrimonio 84 . Alejandro quedó profundamente [5] preocupado ante la lectura de la carta y, mediante una valoración secreta, sopesaba los pros y los contras del miedo o la esperanza: «¿Perseveraré, se decía, en la idea [6] de beber con el fin de que, si se me ha proporcionado un veneno, parezca que, suceda lo que suceda, me ha sucedido a sabiendas? ¿Condenaré la lealtad de mi médico? ¿Consentiré en ser asesinado en mi propia tienda? Pero mejor me es morir criminalmente a manos de otro que víctima de mi propio miedo».
Por mucho tiempo anduvo dando vueltas en su cabeza [7] a ideas contrarias y, sin revelar a nadie el contenido de la carta, la selló con su propio sello y la puso debajo del cojín sobre el que estaba reclinado. Pasados dos días en [8] tales reflexiones, amaneció el día fijado por el médico y éste entró en la tienda con una copa en la que había diluido [9] la medicina. Al verlo, Alejandro se incorporó y, sosteniendo con la izquierda la carta de Parmenión, cogió la copa y la bebió sin pestañear; después ordenó a Filipo que leyera la carta, sin apartar los ojos de su rostro mientras la leía, pensando que podría sorprender en él alguna señal [10] de complicidad. Aquél, terminada de leer la carta, se mostró más indignado que atemorizado, y, arrojando a los pies del lecho el manto y la carta, dijo: «¡Oh rey!, mi vida estuvo siempre pendiente de ti, pero es ahora verdaderamente, pienso, cuando mi respiración se desliza a través [11] de tu sagrada y venerable boca. La acusación de haber querido asesinar a mi rey, que ahora se me imputa, la borrará tu propia curación; al salvar yo tu vida, tú me devolverás la mía. Te ruego encarecidamente que, dejando a un lado el miedo, permitas que la medicina sea absorbida por las venas; relaja un poco tu espíritu perturbado por una ansiedad fuera de lugar, promovida por unos amigos que, si son fieles, son también, al mismo tiempo, importunamente diligentes».
Estas palabras no sólo calmaron al rey sino que lo llenaron [12] de alegría y esperanza; y así dijo: «Si los dioses, Filipo, te hubieran concedido el medio con que mejor poner a prueba mis sentimientos, seguramente hubieras escogido otro distinto, pero mejor que el que has experimentado [13] ni hubiera entrado siquiera en tus deseos. A pesar de haber recibido esta carta, yo bebí tu poción y ahora, créeme, si estoy preocupado no lo es menos por tu lealtad que por mi curación». Y, tras estas palabras, le tendió la mano.
[14] Pero he aquí que el medicamento actuó con tanta energía que los efectos inmediatos dieron pábulo a la acusación de Parmenión. Su respiración, entrecortada, fluía con dificultad. Filipo no dejaba nada por poner a prueba: le aplicó fomentos, le sacó de su sopor excitándolo con el olor, unas veces, de comida, otras, de vino, y en cuanto [15] se dio cuenta de que volvía en sí, no cesó de recordarle tanto a su madre como a sus hermanas 85 , así como la gran victoria que le salía al encuentro. Tan pronto como el [16] medicamento se difundió por las venas y su acción saludable se dejó sentir poco a poco en todo el cuerpo, el primero en recuperar su vigor fue el espíritu, después también el cuerpo, incluso antes de lo que se esperaba: en efecto, tres días después de que había caído en tal estado compareció ante los soldados.
El ejército contemplaba a Filipo con no menor interés [17] que al propio rey; cada uno por su lado, cogiéndole la mano, le daba gracias, como si se tratara de un dios en persona. Y es que no es fácil decir con palabras, aparte la connatural veneración de este pueblo hacia sus reyes, con qué entrega admiraban a éste en particular y con qué ardor le amaban. Desde hacía tiempo daba la impresión [18] de que cuanto emprendía lo hacía con la ayuda divina; y es que, al tener a la Fortuna en todas las circunstancias de su parte, su propia temeridad se había trocado en propia gloria. Su misma edad 86 , madura apenas para empresas [19] tan grandes pero suficiente para llevarlas a cabo, ennoblecía todas sus obras; y además, cosas que suelen reputarse como de poca monta son, por lo común, muy del agrado de los hombres de armas, como el ejercicio físico en medio de los soldados, el traje y atuendo muy semejantes al de un particular, el vigor militar: con tales dotes, [20] naturales o adquiridas, había conseguido ser tan querido como respetado.
[7 ] Por su parte, Darío, ante la noticia de la enfermedad de Alejandro, con la rapidez que le permitía un ejército tan pesado, se dirigió hacia el Éufrates y, a pesar de haber tendido puentes sobre él, impaciente como estaba en ser el primero en ocupar la Cilicia, tardó, sin embargo, cinco días en pasar el ejército al otro lado.
[2] Alejandro, recuperadas sus fuerzas físicas, había llegado ya a la ciudad de Solos 87 . Después de tomarla y de imponerle un tributo de 200 talentos, colocó en la ciudadela [3] una guarnición. Entre diversiones y en medio del ocio dio cumplimiento a los votos hechos por su salud y dejó bien claro cuánto confiaba en sí mismo y cuánto despreciaba a los bárbaros al celebrar unos juegos en honor de Esculapio y de Minerva 88 .
[4] Mientras asistía a ellos, le llegó de Halicarnaso la feliz noticia de que sus tropas habían derrotado, en campo abierto, a los persas y de que tanto los mindios como los caunios y la mayor parte de los habitantes de aquella región habían sido sometidos. Así pues, clausurados los juegos, [5] levantó el campamento y, tras tender un puente sobre el río Píramo, llegó a la ciudad de Malos y, desde allí, en una segunda etapa, a la plaza fuerte de Castábalo. Aquí [6] le salió al encuentro Parmenión a quien había enviado por delante para explorar el trazado del desfiladero 89 que había necesariamente que atravesar para llegar a la ciudad de Iso.
Parmenión había ocupado las quebradas del desfiladero [7] y, tras dejar en él una pequeña guarnición, se había apoderado de Iso, que había sido abandonada por los bárbaros. Dejando atrás esta ciudad, después de poner en fuga a las tropas que tenían en su poder los macizos interiores de la cordillera, afianzó con guarniciones toda la posición y, tras apoderarse de la ruta, como se ha dicho hace un momento, vino en persona a anunciar al rey todo lo que había llevado a cabo.
Después el rey puso en movimiento sus tropas, dirigiéndolas [8] hacia Iso. En esta ciudad celebró una asamblea en la que se debatió si se debía seguir avanzando o si se debía aguardar allí la llegada de fuerzas de refresco de las que se tenía noticia que estaban a punto de llegar, procedentes de Macedonia. Parmenión era de la opinión de que ningún lugar era tan apropiado como aquél para entablar combate: en aquel lugar las tropas de ambos reyes vendrían [9] a ser iguales en número, al no poder el desfiladero dar cabida a una gran multitud. Los macedonios debían evitar las llanuras y el campo abierto en donde podrían ser cercados y destruidos entre dos frentes. Lo que le daba miedo es que fueran vencidos no por el valor de los enemigos sino por su propio agotamiento: los persas presentarían sin interrupción tropas de refresco si se les daba la oportunidad de desplegarse con holgura.
[10] Las razones en que se apoyaba un consejo tan saludable hicieron que se le diera una rápida aprobación y así Alejandro decidió aguardar al enemigo entre las quebradas del desfiladero.
[11] Había en el ejército del rey un persa llamado Sísenes 90 . Enviado en otro tiempo por el sátrapa de Egipto a la corte de Filipo 91 y cubierto de regalos y de toda clase de honores, había cambiado su patria por el destierro; después había formado parte del séquito de Alejandro en su expedición a Asia y se contaba en el número de los compañeros [12] leales del rey. A Sísenes un soldado cretense le entregó una carta sellada con un anillo cuyo sello le era completamente desconocido. Se la enviaba Nabarzanes 92 , general de Darío, y en ella le exhortaba a llevar a cabo una empresa digna de su nombre y de sus antepasados, lo que le granjearía una gran recompensa por parte de [13] Darío. Sísenes, como es natural cuando se es inocente, intentó muchas veces entregar la carta a Alejandro, pero, viendo al rey acosado por tantas preocupaciones y por los preparativos de la guerra, se mostraba siempre a la espera de una ocasión más propicia, con lo que dio pábulo a la sospecha de que andaba tramando el asesinato. En efecto, [14] la carta, antes de llegar a sus manos, había llegado a las de Alejandro, quien, después de leerla y de sellarla con el sello de un anillo que nadie conocía, había dado orden de entregársela a Sísenes a fin de poner a prueba su lealtad. Como quiera que iban pasando los días y éste no comparecía [15] ante el rey, dio la impresión de que había hecho desaparecer la carta con intención criminal y, durante la marcha, fue asesinado por unos cretenses, sin duda por orden de Alejandro.
Los soldados griegos que Timodes había recibido de [8 ] Farnabazo 93 y en los que Darío tenía cifrada su principal y prácticamente única esperanza, ya los tenía a su disposición. Éstos 94 le aconsejaban con insistencia que diera [2] marcha atrás y volviera a las espaciosas llanuras de Mesopotamia; si no daba su aprobación a este plan, que al menos dividiera sus innumerables tropas y no dejara que un solo golpe de la Fortuna echara por tierra todas las fuerzas del reino. Este plan desagradaba menos al rey que a sus [3] dignatarios. Éstos decían que la lealtad de aquellas tropas era poco de fiar y se la podía comprar con dinero; que la traición amenazaba y si los soldados griegos querían dividir las tropas era con el exclusivo fin de, formando grupo aparte, poner en manos de Alejandro lo que se les hubiera encomendado; que lo más seguro era cercarlos con [4] todo el ejército y acribillarlos a proyectiles, convirtiéndolos en testimonio de una traición bien castigada.
[5] Pero Darío, íntegro e indulgente como era 95 , hizo saber que él no cometería crimen tan execrable, dar orden de asesinar a los que le habían seguido, confiados en su palabra, y que eran sus propios soldados: ¿qué extranjero, en lo sucesivo, se iba a poner en sus manos, si ahora se [6] las manchaba con la sangre de tantos soldados? Nadie debía pagar con su cabeza el haber dado un mal consejo, porque, si el dar un consejo se convertía en un peligro, vendrían a faltar los consejeros. Finalmente, ellos mismos eran llamados todos los días a deliberar, manifestaban opiniones distintas y no era tenido por más leal el que daba [7] el mejor consejo. Y así dispuso que se anunciara a los griegos que les estaba agradecido por su buena intención, pero que, si se batía en retirada, sin ninguna duda pondría su reino en manos del enemigo: las guerras se sostienen por la fama y si uno echa pie atrás todos piensan que [8] huye. Por otra parte, no había ningún motivo para demorar el combate ya que una multitud tan enorme iba a tener serios problemas de avituallamiento, especialmente ante la proximidad del invierno 96 , en una región desolada y devastada unas veces por sus propios soldados y otras por [9] el enemigo. Dividir su ejército no podía hacerlo si quería seguir la tradición de sus antepasados que siempre habían hecho frente a las situaciones críticas con todos sus contingentes [10] de tropas. Y además, ¡por Hércules!, aquel rey, antes terrible y, en su ausencia, ensoberbecido con una confianza ilusoria en sí mismo, en cuanto se había dado cuenta de que él, Darío, estaba a punto de llegar, trocando su temeridad en cautela, se había escondido entre las quebradas del desfiladero, agazapado, como los animales cobardes que, al oír el ruido de los transeúntes, se ocultan en los escondrijos de los bosques. Incluso hasta engañaba [11] a sus propios soldados con el pretexto de una enfermedad. Pero no iba a consentir que siguiera demorando el combate: en el cubil en el que, medrosos, se habían refugiado, los aplastaría en medio de sus cavilaciones. Pero estas reflexiones de Darío sonaban más a jactancia que a sinceridad.
Ahora bien, después de enviar a Damasco de Siria, [12] con un pequeño destacamento como escolta, toda su fortuna y todos sus objetos de más valor, condujo a Cilicia el resto de sus tropas, seguido de su esposa y de su madre, tal como era costumbre entre sus antepasados. También las hijas y el hijo de corta edad acompañaban a su padre. Casualmente en la misma noche, por un lado Alejandro [13] llegó a los desfiladeros por los que se entra en Siria y, por otro, Darío al lugar denominado «Pilas Amánicas» 97 . Los persas, al ver que los macedonios habían abandonado, [14] después de tomarla, la ciudad de Iso, no tuvieron la menor duda de que aquéllos huían, pues incluso cayeron en sus manos algunos heridos y enfermos que no podían caminar al ritmo del ejército. Darío, por instigación de sus dignatarios [15] ensañados con una bárbara crueldad, después de cortarles las manos y quemar sus muñones, los llevó por todas partes para que conocieran sus tropas y, una vez que contemplaron suficientemente todo, les ordenó que comunicaran a su rey lo que habían visto.
[16] Así pues, levantó el campamento y atravesó el río Pínaro 98 con la intención de caer sobre los que, según creía, huían. Pero aquellos a los que les había cortado las manos entraron en el campamento macedonio e hicieron saber a Alejandro que Darío venía en su seguimiento con toda la [17] rapidez de que era capaz. Apenas si se daba crédito a sus palabras y así Alejandro dio orden de que fueran enviados por delante, a las zonas costeras, ojeadores para ver si el que venía era el propio Darío o si era alguno de sus generales el que había dado la impresión de que [18] venía todo el ejército en bloque. Pero he aquí que, cuando los oteadores estaban de vuelta, divisaron a lo lejos una inmensa multitud. Comenzaron después a brillar fuegos a lo largo de toda la llanura y daba la impresión de que todo ardía como en un incendio ininterrumpido, al extenderse ampliamente, sin orden ni concierto, la multitud, sobre [19] todo a causa de las bestias de carga. A la vista de ello, Alejandro dio orden de acampar en aquel mismo lugar, contento de que hubiera que entablar el combate (lo que siempre había deseado) en aquellos desfiladeros 99 .
[20] Pero, como suele suceder cuando llega el momento decisivo, su confianza se trocó en ansiedad. Le daba miedo aquella misma Fortuna con cuyo soplo favorable tantas hazañas había llevado a cabo y pensaba, no sin razón, precisamente por todo lo que de ella había recibido, cuán voluble era; sólo una noche le separaba del combate decisivo. Por otro lado, pensaba que la recompensa era mayor que [21] el peligro y así como la victoria se mostraba dudosa, una cosa era de todo punto cierta, que moriría con gran gloria y fama. Así pues, dio orden a sus soldados de atender [22] a sus necesidades corporales y de estar, en la tercera vigilia 100 , preparados para el combate. Él, por su parte, subió a la cima de una elevada montaña y, a la luz de gran cantidad de antorchas, hizo un sacrificio, siguiendo la costumbre de su país, a los dioses tutelares de la región. Al dar [23] la trompeta, según lo ordenado, la tercera señal, la tropa estaba ya preparada, tanto para la marcha como para el combate; se dio la orden de avanzar rápidamente y, al salir el sol, llegaron a los desfiladeros que habían determinado ocupar. Los oteadores, que habían sido enviados por delante, [24] informaron de que Darío estaba a una distancia de treinta estadios 101 . Entonces Alejandro ordenó detener la marcha y, después de ceñirse las armas, él mismo en persona dispuso el ejército en formación de combate.
Unos campesinos, aterrorizados, anunciaron a Darío la llegada de los enemigos. Darío apenas podía creer que aquellos a los que él perseguía como fugitivos le salieran incluso al encuentro. Un enorme temor se apoderó de los ánimos [25] de todos sus soldados, dispuestos como estaban más para la marcha que para el combate, y apresudaramente empuñaron las armas. Pero el espanto creció al correr los soldados apresuradamente en todas direcciones y al llamarse [26] unos compañeros a otros al combate. Unos subían a las cimas de las montañas para, desde allí, contemplar la columna enemiga; otros, los más, embridaban los caballos. Un ejército como aquél, sin unidad y no aplicado a seguir las órdenes de un solo jefe, en medio de un tumulto de todo tipo provocaba una confusión general.
[27] Darío, al principio, determinó ocupar la cima del monte con una parte de sus tropas, en la idea de cercar al enemigo de frente y por la espalda y de oponerle, también, para apretarle por todas partes, otro contingente de tropas desde el lado del mar que protegía el ala derecha de Alejandro. [28] Además había dado orden de que 20.000 soldados, adelantándose al resto del ejército, atravesaran, en compañía de un destacamento de arqueros, el río Pínaro, cuyo curso separaba los dos ejércitos, y que hicieran frente a las fuerzas macedonias; si fracasaban en su intento, que se replegaran a las montañas y, sin ser vistos, cercaran las [29] últimas formaciones enemigas. Pero la Fortuna, más poderosa que cualquier tipo de conjeturas, se encargó de echar por tierra proyectos tan halagüeños: en efecto, unos, por miedo, no se atrevían a dar cumplimiento a la orden; otros lo intentaban, pero en vano, ya que cuando las partes flaquean el conjunto se desmorona.
[9 ] Su línea de combate presentaba la siguiente formación: Nabarzanes, con la caballería, a la que se habían añadido unos 20.000 honderos y arqueros, protegía el ala derecha. [2] En dicho flanco se encontraba Timodes al frente de 30.000 mercenarios griegos del arma de infantería. Sin ningún género de dudas éstos formaban la espina dorsal del ejército, una formación que podía parangonarse con la falange macedónica. En el ala izquierda, el tesalio Aristómedes 102 comandaba [3] 20.000 infantes bárbaros. En calidad de reserva Darío había colocado a las tropas de los pueblos más belicosos. El rey, por su parte, iba a luchar en esta misma [4] ala 103 y llevaba como séquito 3.000 jinetes escogidos que constituían su acostumbrada guardia personal y una formación de a pie de 40.000 soldados; a continuación se alineaban [5] los jinetes hircanos y medos, seguidos por los jinetes de los restantes pueblos, colocados tras aquéllos a derecha e izquierda. Esta formación de combate, alineada según queda dicho, iba precedida por 6.000 arqueros y honderos. Las tropas habían llenado todo el espacio disponible en [6] el desfiladero y las alas estaban apoyadas, por un lado, en la montaña, por el otro, en el mar. La esposa y la madre del rey, así como la comitiva de las restantes mujeres, habían sido colocadas en medio del ejército 104 .
Alejandro colocó a la cabeza de su formación la falange, [7] el elemento más sólido del ejército macedonio. Al frente del ala derecha estaba Nicanor 105 , hijo de Parmenión. A su lado, Ceno 106 , Perdicas 107 , Meleagro 108 , Ptolomeo 109 y Amintas 110 , cada uno al mando de su correspondiente [8] cuerpo del ejército. En el ala izquierda, que se extendía hacia el mar, estaban Crátero 111 y Parmenión, el primero sometido a las órdenes del segundo. Tropas de caballería habían sido colocadas en ambas alas: los jinetes macedonios, a los que se les habían añadido los tesalios, reforzaban el ala derecha; los peloponesios, la izquierda. Delante de esta formación Alejandro había colocado un [9] pelotón de honderos entremezclados con arqueros. Además abrían filas los tracios y los cretenses, también ellos armados a la ligera. A las tropas que, enviadas por delante [10] por Darío, se habían apoderado de la cima de la montaña, Alejandro les opuso los agrianos que acababan de ser traídos de Grecia. Parmenión había recibido la orden de extender, todo lo que pudiera, la formación hacia el mar a fin de alejar lo más posible la línea de combate de las montañas, ocupadas por los bárbaros. Pero éstos, [11] no atreviéndose ni a hacer frente a los que venían ni a cercar a los que les habían adelantado, habían puesto pies en polvorosa, aterrorizados, sobre todo, a la vista de los honderos, y esta circunstancia otorgó a Alejandro la ventaja de mantener protegido un flanco del ejército contra el que había temido un ataque desde lo alto. Avanzaban [12] los macedonios en treinta y dos hileras 112 , ya que el desfiladero no permitía que la línea de combate presentara un mayor despliegue. Después las sinuosidades de los montes comenzaban a ensancharse poco a poco y a dejar abierto un espacio mayor, de tal manera que no sólo la infantería podía caminar en su formación habitual sino que incluso la caballería podía desparramarse por los flancos.
[10 ] Ambas formaciones podían ya divisarse una a otra pero aún se encontraban fuera del alcance de las flechas 113 , cuando los persas, los primeros, lanzaron un grito confuso [2] y salvaje. Los macedonios respondieron con otro grito mayor que el que cabía esperar por su número, contestado en eco por las cimas de las montañas y los amplios desfiladeros, ya que los bosques y los peñascos vecinos devuelven siempre el sonido, multiplicado, de cualquier voz que reciben.
[3] Alejandro caminaba delante de los estandartes, conteniendo de cuando en cuando a los suyos con señas a fin de que no entraran en combate sin aliento y agotados a [4] causa de su excesivo apresuramiento. Conforme iba recorriendo a caballo la formación, se dirigía a los soldados con palabras distintas según conviniera a la índole de cada uno. A los macedonios, vencedores en tantos combates en Europa, que habían partido a la conquista de Asia y de las últimas regiones del Oriente más por su propia iniciativa que por la de Alejandro mismo, les recordaba su antiguo [5] valor: ellos eran los libertadores del mundo y los que, después de franquear las antiguas fronteras de Hércules y del Padre Líber 114 , impondrían el yugo no sólo a los persas, sino incluso a todas las naciones. La Bactriana y la India se convertirían en provincias de Macedonia; lo que ahora divisaban era de bien poca monta, pero he aquí que la victoria les iba a abrir las puertas de todo. En adelante [6] no se iba a tratar de unas penalidades baldías en los peñascos cortados a pico de la Iliria o en las rocas de la Tracia 115 : lo que se les ofrecía era los despojos de todo el Oriente. Apenas si iba a ser necesario blandir las espadas: todo aquel ejército enemigo, al que su propio miedo hacía tambalear, podía ser rechazado a empellones con los escudos. A ello añadía el recuerdo de su padre Filipo, [7] vencedor de Atenas 116 , y presentaba a su consideración la imagen de la reciente sumisión de Beocia 117 y de su nobilísima capital, arrasada hasta sus cimientos 118 . Les recordaba el río Gránico, tantas ciudades o tomadas al asalto o previa rendición, y todo, a sus espaldas, abatido y puesto bajo sus pies.
[8] Cuando llegaba ante los griegos, les recordaba que eran aquellos pueblos los que habían llevado la guerra a Grecia por la insolencia, primero, de Darío, después de Jerjes 119 , que les exigían el agua y la tierra 120 , de modo que una vez sometida Grecia, no le quedaría ni el agua de sus fuentes [9] ni el alimento indispensable. Les recordaba cómo sus templos habían sido dos veces demolidos e incendiados, sus ciudades saqueadas, todos los pactos del derecho divino y humano conculcados.
A los ilirios y tracios, acostumbrados a vivir del pillaje, les invitaba a contemplar la formación enemiga, resplandeciente de oro y púrpura, y portadora de botín más que [10] de armas: «¡Adelante!», les decía, «a quitar como hombres el oro a aquellas mujeres cobardes y a cambiar las ásperas cimas de vuestras montañas y sus veredas desiertas endurecidas por el hielo perenne por los feraces campos y las llanuras persas».
Ya habían llegado al alcance de las flechas, cuando [11 ] la caballería persa se lanzó ferozmente contra el ala izquierda enemiga: Darío deseaba que el combate se dirimiera entre tropas de caballería, presumiendo que la flor y nata del ejército macedonio estaba constituida por la falange. Incluso el ala derecha de Alejandro se veía ya envuelta. En cuanto el macedonio se dio cuenta de ello, [2] ordenó que dos escuadrones de caballería se detuvieran en la cima de la montaña al tiempo que el resto lo condujo con presteza al punto crítico del combate. Después sacó [3] de la formación a los jinetes tesalios y dio orden a su comandante de que, sin ser vistos, dieran un rodeo tras sus propias tropas y se sumaran a las de Parmenión, poniendo en ejecución con toda diligencia lo que éste les ordenara.
Los que se habían introducido en medio de los persas, [4] a pesar de estar cercados por todas partes, se defendían a las mil maravillas, pero, apiñados como estaban y pegados prácticamente unos a otros, no podían lanzar los proyectiles: apenas lanzados en busca del mismo blanco, chocaban entre sí y eran pocos los que alcanzaban al enemigo, ocasionándole heridas superficiales y ligeras, mientras que, los más, caían al suelo sin causar el menor daño. Por eso, obligados a luchar cuerpo a cuerpo, desenvainaron rápidamente las espadas. Entonces corrió la sangre en abundancia: [5] las tropas de ambas formaciones estaban tan pegadas unas a otras que las armas chocaban con las armas y las puntas de las espadas se dirigían a los rostros del contrario. Ni el tímido ni el cobarde tenían posibilidad de permanecer inactivos: pie contra pie, como si su lucha fuera en duelo personal, permanecían clavados allí donde habían asentado sus pies hasta que la victoria les abría el camino. [6] Después de abatido a tierra el enemigo era cuando, por fin, daban un paso adelante. Pero frente a los agotados por el esfuerzo surgía un nuevo adversario y ni siquiera los heridos (como suele suceder en otras ocasiones) podían retirarse del combate sino que el enemigo los acosaba de frente y sus propios compañeros los empujaban por la espalda.
[7] Alejandro lo mismo se comportaba como jefe que como soldado, tratando de buscar la gloria de unos despojos opimos 121 si conseguía dar muerte al rey; Darío, elevado sobre su carro, sobresalía por encima de todos como poderosa invitación a los suyos a que le protegieran y al enemigo [8] a que le atacara. Y así su hermano Oxatres 122 , al ver que Alejandro le amenazaba, formó una barrera ante el mismo carro real con los jinetes que tenía bajo su mando. Oxatres superaba a todos los demás por sus armas y su fuerza física y, en cuanto a su valor y sus sentimientos, se encontraba entre los primeros. En aquel combate se cubrió de gloria, ya abatiendo a los que atacaban temerariamente, [9] ya poniendo a otros en fuga. Pero los macedonios que estaban junto al rey se habían hecho fuertes, animándose unos a otros y con él se lanzaron en tromba contra la caballería. Entonces la matanza tomó aspecto de carnicería. Junto al carro de Darío yacían los jefes más destacados, caídos con una muerte gloriosa ante los ojos del rey, todos rostro en tierra, tal como habían caído en su lucha con las heridas recibidas de frente. Entre éstos se podía reconocer [10] a Atizies 123 y a Reomitres 124 y a Sábaces, sátrapa de Egipto, generales al frente de grandes ejércitos y, a su lado, amontonados, una masa de infantes y de jinetes de rango inferior 125 .
De entre los macedonios, por su parte, no cayeron muchos, pero sí los más esforzados. Alejandro, en medio de ellos, recibió una herida superficial en el muslo derecho, hecha con la punta de una espada. Y ya los caballos que [11] transportaban a Darío, atravesados a lanzadas y enfurecidos por el dolor, comenzaban a sacudir el yugo y amenazaban con expulsar del carro al rey, cuando éste, temiendo caer vivo en manos del enemigo, saltó del carro y, después de arrojar ignominiosamente los emblemas de mando, a fin de pasar inadvertido en su huida, montó en un caballo que con tal fin iba detrás de su carro. Entonces todos los [12] demás se dispersaron, presas del pánico, y por donde encontraban un camino para huir se lanzaron arrojando unas armas que poco antes habían empuñado para su defensa personal: ¡hasta tal punto el pavor tiene miedo hasta de [13] lo que puede ser su protección! Parmenión lanzó su caballería, acosando a los fugitivos que, casualmente, en su huida habían ido a dar todos en aquella ala 126 .
Por su parte, en el ala derecha los persas ponían en [14] grave aprieto a la caballería tesalia, y ya un escuadrón de ésta había sido atropellado por efecto de una carga, cuando los tesalios, volviendo bridas con presteza, se dispersaron para volver después al combate y abatir, en impresionante matanza, a los bárbaros que se encontraban desperdigados y en desorden, confiados como estaban en la [15] victoria. Tanto los caballos como los jinetes persas, sobrecargados de láminas de hierro 127 , con dificultad podían llevar a cabo un tipo de maniobra que antes que nada se basa en la rapidez, por lo que, al intentar volver bridas a sus caballos, los tesalios, sin el menor riesgo, les tomaban la delantera.
[16] Ante el anuncio del feliz resultado de tan importante batalla, Alejandro, que hasta ese momento no se había atrevido a perseguir a los bárbaros, al saberse vencedor en ambos flancos, comenzó a ir en pos de los fugitivos. Al rey no le acompañaban más de 1.000 jinetes, mientras [17] los enemigos que huían eran toda una multitud, pero, tanto en la victoria como en la huida, ¿quién se pone a contar las tropas? Eran, pues, los persas empujados por unos pocos, como si se tratara de un rebaño, y el mismo miedo que les empujaba a huir les entorpecía la huida. Pero los griegos que se habían enrolado en el bando de [18] Darío, a las órdenes de Amintas 128 (en otro tiempo general de Alejandro y ahora pasado al enemigo), a pesar de encontrarse separados violentamente del grupo general, de ninguna manera daban la impresión de ser fugitivos.
Los bárbaros emprendieron la fuga en muy diversas direcciones: unos, por la ruta que conducía todo recto [19] hacia Persia; otros, dando un rodeo, se dirigieron a los peñascos y a las quebradas ocultas de las montañas; y unos pocos, al campamento de Darío. Pero ya el enemigo, [20] vencedor, había penetrado en él, en un campamento que derrochaba opulencia por todas partes. Los soldados habían tomado como botín una gran cantidad de oro y plata, que servía no ya para la guerra sino para el placer. Como se apoderaban de más cosas que las que podían abarcar, los fardos de menor precio, desparramados, alfombraban los caminos, abandonados por la codicia al ser comparados con los más valiosos. Y ya les había tocado el turno [21] a las mujeres a las que les arrancaban sus joyas con tanta mayor violencia cuanto que es mayor el cariño que las mujeres sienten por ellas. La violenta sensualidad no perdonaba ni siquiera el ataque físico. Todo el campamento [22] resonaba de llantos y de griterío, según había sido la suerte de cada uno, y todo tipo de desgracia tenía en él su asiento, al extenderse por todas las clases y edades el cruel desenfreno [23] del vencedor. Entonces pudo verse cuán engañosa es la incontenible Fortuna, cuando aquellos que habían engalanado la tienda para Darío, equipándola con toda clase de lujo y de opulencia, reservaban todo aquello para Alejandro, como si se tratara de su antiguo señor: en efecto, esta tienda era lo único sobre lo que los soldados no habían puesto sus manos, siguiendo una costumbre tradicional según la cual se recibía al vencedor en la tienda del rey vencido.
[24] Pero los prisioneros que atraían hacia sí las miradas y los sentimientos de todos eran la madre y la esposa de Darío; aquélla, venerable no sólo por su porte mayestático, sino también por su edad; ésta, por su hermosura no marchitada ni siquiera en aquellas circunstancias; estrechaba contra su pecho a su hijo que todavía no había cumplido siete años, un niño que, en el momento de nacer, había hecho concebir la esperanza de que un día recibiría toda [25] la fortuna que ahora acababa de perder su padre. En el regazo de la abuela permanecían recostadas dos muchachas jóvenes, abatidas no sólo por su propio dolor sino también por el de aquélla. Las rodeaba, de pie, una ingente muchedumbre 129 de mujeres nobles que, mesándose los cabellos y rasgándose las vestiduras, sin acordarse de su dignidad pasada, las llamaban «reinas» y «señoras», nombres que en otro tiempo eran apropiados, pero que ahora [26] estaban fuera de lugar. Aquellas mujeres, olvidándose de su propia desgracia, preguntaban en qué ala había combatido Darío, cuál había sido la suerte de la contienda, negándose a considerarse prisioneras mientras el rey siguiera con vida.
Darío, por su parte, cambiando, uno tras otro, de caballo, se alejaba más y más en su huida.
En el combate los persas tuvieron 100.000 bajas en la [27] infantería y 10.000 en la caballería. En el ejército de Alejandro hubo 504 heridos; entre los soldados de a pie, en total 302 perdieron la vida y 150 entre los jinetes: ¡tan poca cosa costó conseguir tamaña victoria!
Alejandro, cansado de perseguir desde hacía tiempo a [12 ] Darío, al ver, por un lado, que la noche se echaba encima y, por otro, que no había esperanzas de darle alcance, se dirigió al campamento que poco antes había sido tomado por sus soldados. Después invitó a un banquete a sus amigos [2] más íntimos (el arañazo, superficial, del muslo no le impedía tomar parte en él), cuando he aquí que, de repente, [3] un lúgubre clamor, procedente de la tienda de al lado, entremezclado con llantos y alaridos bárbaros, aterrorizó a los comensales. Incluso la cohorte que montaba guardia junto a la tienda del rey, ante el temor de que aquello fuera el inicio de una agitación más grave, había comenzado a empuñar las armas.
Aquel súbito pavor se debió a que la madre y la esposa [4] de Darío, en compañía de las nobles cautivas, con gemidos y lamentaciones lloraban a su rey al que creían muerto. Y es que, en efecto, uno de los eunucos prisioneros, que [5] casualmente se había detenido ante la misma tienda de las mujeres, había reconocido el vestido que Darío, como antes se ha dicho 130 , había arrojado para no ser traicionado por su indumentaria; al verlo en las manos de un soldado que lo había encontrado, y pensando que se lo había arrebatado al cadáver de Darío, había dado la noticia falsa de su muerte.
[6] Al enterarse de este error de las mujeres, se dice que Alejandro rompió a llorar por el destino de Darío y por el afecto que le demostraban las mujeres. En un primer momento ordenó a Mitrenes 131 , que había entregado la ciudad de Sardes —buen conocedor de la lengua persa—, [7] que fuera a consolar a las mujeres; pero temiendo, después, que la vista del traidor renovase la cólera y el dolor de las prisioneras, envió a Leonnato 132 , uno de sus dignatarios, con la orden de que les hiciera saber que estaban erróneamente llorando a un vivo.
Leonnato, con una pequeña escolta armada, llegó a la tienda de las prisioneras y se hizo anunciar como mensajero [8] del rey; pero he aquí que las que estaban en el vestíbulo, al ver la escolta armada, pensaron que se pretendía acabar con sus señoras y echaron a correr hacia el interior, diciendo a gritos que les había llegado la hora suprema y que habían sido enviadas tropas para dar muerte a las prisioneras. [9] Así pues, las mujeres, no atreviéndose ni a impedirle la entrada ni a hacerlo pasar, sin darle ninguna respuesta, esperaban en silencio la decisión del vencedor. [10] Leonnato, transcurrido un largo rato en espera de que alguien le hiciera pasar, al ver que nadie se atrevía a salir, dejó en el vestíbulo a los componentes de su escolta y entró en la tienda. Aquel hecho mismo llenó de turbación a las mujeres, al verle entrar bruscamente sin que nadie le hubiera dado permiso. Y así la madre y la esposa del [11] rey, postrándose a sus pies, comenzaron a suplicarle que, antes de darles muerte, les permitiera dar sepultura al cadáver de Darío según los ritos de su país 133 : después de rendir al rey los últimos deberes, estaban dispuestas a arrostrar la muerte sin vacilar. Leonnato les respondió, por un [12] lado, que Darío vivía y, por otro, que ellas mismas no sólo no iban a sufrir el menor daño sino que incluso seguirían siendo reinas con el protocolo de su condición anterior. Solamente entonces fue cuando la madre de Darío consintió en que la ayudaran a levantarse.
Al día siguiente, Alejandro, tras ser enterrados diligentemente [13] aquellos soldados cuyos cadáveres había podido encontrar, dio orden de que el mismo honor fuera otorgado a los más nobles de los persas y a la madre de Darío le permitió enterrar, según los ritos de su patria, a quienes ella quisiera. Sisigambis a unos pocos, los más íntimamente [14] ligados a ella por lazos de parentesco, los hizo enterrar de acuerdo con el estado de su fortuna presente, considerando que el boato de las pompas fúnebres con el que los persas celebran las últimas exequias no sería bien visto cuando los mismos vencedores eran sometidos a una sencilla cremación.
Terminadas las ceremonias fúnebres, Alejandro envió [15] por delante unos mensajeros para que anunciaran su llegada a las prisioneras y, tras impedir que le acompañara su numerosa comitiva, entró en la tienda en compañía de Hefestión [16] 134 . Éste, criado a su lado y confidente de todos sus secretos, era con mucho el más querido del rey entre todos sus amigos; a la hora de dar un consejo también era el que más derecho tenía a darlo, pero lo ejercía de tal manera que daba la impresión de que era el rey más bien el que se lo otorgaba que no que él se lo arrogara por propia iniciativa; aunque era de la misma edad que Alejandro, le sobrepasaba, sin embargo, en estatura 135 . [17] Y así pues, las reinas, creyendo que el rey era Hefestión, le hicieron las reverencias acostumbradas en su corte 136 y ante la indicación, por parte de algunos eunucos prisioneros, de quién era Alejandro, Sisigambis se arrojó a los pies de éste, aduciendo como excusa el ser aquella la primera vez que veía al rey. Éste, ayudándola a levantarse, le dijo: «Madre, no te has equivocado: también éste es Alejandro».
[18] Si Alejandro se hubiera sabido mantener en este dominio de sí mismo hasta el final de su vida, yo ciertamente creería que había sido más feliz que lo que parecía serlo cuando imitó el triunfo del Padre Líber tras vencer a todos los pueblos, desde el Helesponto hasta el Océano 137 . [19] Así, a no dudarlo, habría vencido a la soberbia y a la cólera, males invencibles; se habría abstenido de dar muerte a sus amigos en medio de los banquetes 138 y no se habría atrevido a ejecutar, sin celebración de juicio, a hombres sobresalientes por sus hechos de armas y que habían sido sus compañeros a la hora de someter tantos pueblos. Pero la Fortuna todavía no había embriagado su espíritu [20] y así, cuando ella comenzaba a sonreírle, la sobrellevó con tanta moderación y prudencia, mientras que al final no pudo sobrellevar su grandeza.
En aquella ocasión se comportó de tal manera que [21] superó a todos los reyes que le habían precedido en dominio de sí mismo y en clemencia. A las princesas, de una belleza extraordinaria, las respetó tan religiosamente como si fueran hijas de su mismo padre; y a la esposa de Darío, [22] que se llevaba la palma de la hermosura entre todas las mujeres de su tiempo, hasta tal punto no le infligió violencia alguna que puso extremo cuidado en que nadie abusara de la prisionera. Mandó que les fuera devuelto a [23] las mujeres todo su ajuar y de la magnificencia de su antigua fortuna nada echaron de menos a no ser la serenidad y el sosiego. Por todo ello, Sisigambis dijo: «¡Oh rey!, [24] tú mereces que en nuestras plegarias pidamos para ti lo que en otro tiempo pedíamos para nuestro Darío; y, por lo que veo, eres digno de ello, ya que has superado a un rey tan grande no sólo en la buena Fortuna sino también en la equidad. Tú me llamas en verdad ‘madre’ y ‘reina’, [25] pero yo me confieso tu esclava y lo mismo puedo alzarme hasta la cima de mi pasada fortuna que someterme al yugo presente: sólo a ti te toca decidir si del poder que tienes sobre nosotras quieres que quede testimonio de clemencia más bien que de crueldad».
[26] El rey las invitó a tener buen ánimo, tomó en sus brazos al hijo de Darío 139 y el niño, sin atemorizarse lo más mínimo por su aspecto, a pesar de que era la primera vez que lo veía, le echó los brazos alrededor del cuello. Conmovido el rey por la decisión del niño, dirigiendo sus miradas hacia Hefestión, dijo: «¡Cómo quisiera que Darío hubiese sacado algo de este carácter!», y salió de la tienda.
[27] Después de consagrar tres altares, a orillas del río Pínaro, a Júpiter, a Hércules y a Minerva, se dirigió a Siria, enviando por delante a Parmenión hacia Damasco, en donde se encontraba el tesoro real.
[13 ] Habiéndose enterado Parmenión de que también un sátrapa de Darío había ido por delante a Damasco, ante el temor de que el pequeño número de componentes de su propia escolta fuera menospreciado, determinó hacer venir [2] un destacamento mayor. Pero he aquí que dio la casualidad de que un mardo 140 vino a caer en manos de los exploradores que él había enviado por delante. Llevado a presencia de Parmenión, el mardo le hizo entrega de una carta remitida a Alejandro por el sátrapa de Damasco, añadiendo que éste no dudaba en entregar todo el tesoro y todo el dinero al rey.
[3] Parmenión dio orden de que se le pusiera a buen recaudo y después abrió la carta. En ella se podía leer que Alejandro se diera prisa en enviar a uno de sus generales con una reducida escolta a fin de hacerle entrega de todo lo que el rey persa había dejado en su poder. A la vista de ello, devolvió Parmenión el mardo al sátrapa traidor con una escolta. El mardo, escapándose de las manos de [4] sus guardianes, entró en Damasco antes del amanecer.
Todo esto había llenado de turbación a Parmenión que, temiendo una emboscada, no se atrevía a emprender sin un guía un camino desconocido; pero, confiando en la buena estrella de su rey, ordenó que se capturase a unos campesinos para que le sirvieran de guías en el viaje; los encontró rápidamente y, al cuarto día, llegó a la ciudad en donde el sátrapa andaba ya con miedo de que no hubiera dado fe a su palabra.
Así pues, el sátrapa, como si las fortificaciones de la [5] ciudad le inspiraran poca confianza, antes de la salida del sol dio orden de sacar fuera el tesoro real (los persas lo llaman «gaza») junto con los objetos más valiosos. Simulaba una huida pero, en realidad, su finalidad era entregar el botín al enemigo. Hombres y mujeres, a miles, le seguían [6] al salir de la ciudad, multitud digna de compasión para todos menos para aquel a cuya lealtad se habían confiado. En efecto, el sátrapa, a fin de conseguir una recompensa mayor por su traición, se disponía a poner en manos del enemigo un botín más codiciado que cualquier tipo de riqueza: los nobles, las esposas y los hijos de los generales de Darío y, además, los embajadores de las ciudades griegas, a los que Darío había dejado, como si se tratara de la ciudad más protegida, en manos del traidor.
Los porteadores (llamados «gangabas» por los persas), [7] al no poder resistir más (por un lado, se desencadenó una tormenta de nieve y, por otro, el suelo se encontraba entonces endurecido, rígido a causa de las heladas), se pusieron las vestiduras recamadas de oro y púrpura que llevaban junto con los tesoros, no atreviéndose nadie a prohibírselo: la triste suerte del rey consentía que hasta la chusma pudiera actuar impunemente contra él. Así pues, ofrecieron [8] a Parmenión el aspecto de un ejército respetable. Parmenión, con especial cuidado, después de dirigir a los suyos una breve exhortación, como si se tratara de entablar un combate en regla, dio orden de picar espuelas y [9] de lanzarse con ardor contra el enemigo; pero los que llevaban la carga, desembarazándose de ella, llenos de miedo, emprendieron la huida; los soldados que, armados, constituían la escolta, presas del mismo pánico, comenzaron a arrojar las armas y a dirigirse hacia los vericuetos que conocían bien.
[10] El sátrapa por su parte, simulando que él también se encontraba aterrorizado, había extendido el pavor por todas partes. En toda la extensión de la llanura yacían por tierra las riquezas reales: una ingente cantidad de dinero preparada para la paga de los soldados; las galas de tantos hombres nobles y de tantas mujeres de la alta sociedad, [11] vasijas de oro, frenos del mismo metal, tiendas adornadas con una magnificencia regia y, también, carros abandonados por sus ocupantes, repletos de una riqueza inconmensurable, espectáculo digno de lástima incluso para los saqueadores si es que algo pudiera contener su codicia. En efecto, una fortuna increíble y que sobrepasaba todo lo imaginable, acumulada a lo largo de tantos años, se veía ahora destrozada en medio de matorrales o sepultada en el cieno y a los saqueadores les faltaban manos para el pillaje.
[12] Ya se había dado alcance a los que habían sido los primeros en huir, la mayor parte mujeres que llevaban de la mano a sus hijos pequeños, entre ellos las tres hijas de Oco 141 , que había precedido a Darío en el trono: un golpe de estado les había hecho descender de la encumbrada posición en que se encontraban con su padre y ahora el destino agravaba aún más cruelmente su suerte. En el mismo [13] grupo se encontraban también la esposa del citado Oco y la hija de Oxatres (hermano de Darío), y la esposa del primero de sus dignatarios, Artabazo 142 , así como su hijo llamado Ilioneo. Fueron también apresados la mujer y el [14] hijo de Farnabazo, a quien el rey había entregado el mando supremo del litoral, tres hijas de Mentor e igualmente la esposa 143 y el hijo del famoso general Memnón: prácticamente las familias de todos los dignatarios fueron víctimas de tan gran desgracia. Fueron también hechos prisioneros [15] aquellos lacedemonios y atenienses que, violando el pacto de alianza, se habían pasado a los persas: Aristogitón 144 , Drópides 145 , Ifícrates 146 , que se encontraban entre la flor y nata de los atenienses tanto por su cuna como por su reputación; y los lacedemonios Pasipo y Onomastórides, junto con Onomante y Calicrátides 147 , también ellos famosos en su país.
[16] La suma de moneda acuñada capturada llegó a 2.600 talentos 148 y la plata labrada a 500; además se hicieron prisioneros 30.000 hombres y se capturaron 7.000 mulos con toda su carga.
[17] Pero el que había puesto en manos del enemigo tamaña fortuna no tardó en recibir el merecido castigo de manos de los dioses vengadores. En efecto, uno de sus cómplices, movido, pienso, por el respeto hacia la dignidad real incluso en aquellas circunstancias, después de asesinarlo, llevó su cabeza a Darío, como oportuno consuelo en medio de la traición sufrida, ya que, por un lado, el rey se había vengado de un enemigo y, por otro, veía que todavía no se había marchitado el recuerdo de su majestad en el corazón de todos.

1 Tal como han llegado hasta nosotros los manuscritos de Q. Curcio, faltan, completos, los libros I y II, así como el final del V, el comienzo del VI y una parte central del X. J. FREINSHEM , en sus ediciones de 1648 y 1670, ofreció un resumen de los dos primeros libros basándose en fuentes antiguas de otros historiadores de Alejandro que hacen mención de lo que presumiblemente Curcio contaba en tales libros, por ejemplo, DIODORO , XVII 2-29, JUSTINO , IX 5-XI 6, PLUTARCO , Alejandro XI-XVII, ARRIANO , Anábasis I 1 -II 2. (Una versión, al inglés, de los resúmenes de Freinshem puede verse en la edición de Q. Curcio preparada por J. C. ROLFE , para la colección de clásicos «Loeb», I 3-59). Intentar adivinar cuál era el contenido de los dos primeros libros de Curcio ha tentado a muchos investigadores en todas las épocas. No hace mucho S. ALESSANDRI ha vuelto sobre el tema en su trabajo «Curzio Rufo e la paideia de Alessandro», Annali della Facoltà di Lettere di Lecce , 2 (1964-5), 35-70. Según este autor (información tomada de L’Année Philologique , 44 (1975, 92), Curcio seguramente no trataba de la paideia de Alejandro al comienzo de su obra. El libro I contendría el relato de la eliminación de los aspirantes al trono de Macedonia, las campañas en Europa, el asedio y destrucción de Tebas, así como la organización política de Macedonia y de Grecia, antes de la expedición contra Persia, que fue iniciada en el año 334, cuando Alejandro tenía 22 años. En el libro II se narraría el paso de los Dardanelos, la batalla junto al río Gránico, la conquista de la Frigia, de la Lidia, de la Panfilia y de la Licia, así como las empresas de Memnón en el Egeo y la muerte de este general. En este punto —primavera del año 333, un año después de iniciada la campaña— comienza la narración de libro III.
2 General de Alejandro. Su regreso se narra en IV 3, 11 y, según ARRIANO II 20, 5, volvió con 4.000 mercenarios griegos. Era hijo de Polemócrates y hermano de Ceno. Intervino directamente, por orden de Alejandro, en el asesinato de Parmenión, pero, a pesar de ello, Alejandro le condenó a muerte cuando, a su regreso de la India, fue acusado de mal gobierno y abuso de poder, como se cuenta en X 1.
3 Licia, península del Asia Menor, entre la Caria y la Pisidia; 23 ciudades de este país constituían una confederación democrática. La Panfilia, por su parte, abarcaba una zona costera situada entre la Licia y la Cilicia.
4 Según T. LIVIO , XXXVIII, 13, 5 y sigs., Celenas fue en otro tiempo la capital de la Frigia. De esta ciudad nos habla con detenimiento JENOFONTE , Anábasis 1 2, 7 sigs. En ella tenía Ciro una residencia y un gran parque lleno de fieras que el rey cazaba a caballo, y por el parque corría el río Meandro.
5 Según la leyenda, el sátiro Marsias habría tenido la osadía de competir con Apolo en un duelo musical, Marsias con la flauta (cuya invención se atribuía al sátiro) y Apolo con la lira. Apolo, tras vencer en el duelo, desolló vivo a Marsias. El dios, conmovido por las lágrimas de las ninfas, de los pastores y de los faunos, convirtió aquellas lágrimas, mezcladas con la sangre de Marsias, en un río.
6 La leyenda de Marsias ha sido objeto de múltiples referencias entre los antiguos, tanto griegos como romanos. A los dos historiadores citados en la nota n.° 4 podemos añadir: HERÓDOTO , VII 26, DIODORO , III 58; PAUSANIAS , I, 24, 1; II 7, 9; 22, 9; X 30, 9; PLUTARCO , De Musica V y VII; OVIDIO , Metamorfosis VI 383 sigs.; Fastos VI 696 sigs.; HIGINIO , Fábulas 165; APULEYO , Florida III; etc. Particularmente interesante es la descripción preciosista del duelo musical que nos ofrece Apuleyo.
7 Los comentaristas interpretan que lo más probable es que aquí haya una confusión de Curcio, llamando «Lico» al Meandro, que vertía sus aguas en el Marsias dentro de la ciudad de Celenas. Por otra parte, varios eran los ríos que, en Asia Menor, tenían el nombre de «Lico» y uno de ellos era, precisamente, afluente del Meandro.
8 Según ARRIANO , I 29, 1, la ciudadela estaba defendida por 1.000 carianos y 100 griegos mercenarios, a las órdenes del sátrapa de Frigia.
9 El texto latino lo llama caduceator . El caduceo era la vara que llevaba Mercurio, el dios mensajero, y que pasó a ser el distintivo de los heraldos, convirtiéndose en símbolo de inviolabilidad cuando un delegado se disponía a parlamentar.
10 Darío III Codomano (380-330), el último rey de los persas. Subió al trono el año 336 (hay autores que piensan que en el 337 y algunos que en el 335), gracias a su eunuco Bagoas, que había asesinado al padre y al hermano de Darío. Darío va a ser el gran rival de Alejandro y el antihéroe del relato histórico-épico de Curcio en los libro III, IV y V. Fue derrotado por Alejandro en las memorables batallas de Gránico, Iso y Arbelas, siendo asesinado por Beso, sátrapa de la Bactriana, el año 330, tal como se cuenta en el último capítulo del libro V.
11 ARRIANO , I 29, 2, cuenta que Alejandro dejó ante la ciudadela un contingente de 1.500 soldados mientras él seguía su marcha hacia Gordio.
12 Según ARRIANO , I 29, 5, la embajada ateniense llegó a presencia de Alejandro cuando éste se encontraba ya en Gordio. En cuanto a la petición de que eran portadores, se trataba del rescate de unos 2.000 soldados griegos que habían militado en el bando persa. En IV 8, 12-13, se habla de otra embajada ateniense que vuelve a interesarse por los prisioneros griegos y es entonces —en el a. 331— cuando Alejandro accede a darles la libertad.
13 El río Gránico (hoy, Oust-vola-sou) es un río de Misia que nace en el Ida y desemboca en la Propóntide (mar de Mármara). La victoria conseguida por Alejandro junto a sus aguas fue la primera de las grandes victorias del Macedonio sobre el rey persa y tuvo lugar en junio del año 334; indudablemente Curcio hablaría de ella en el libro II.
14 No aguardó hasta terminar la guerra con Persia para ponerlos en libertad. Como se ha dicho en nota 12, lo hizo en el año 331 cuando, a la vuelta de Egipto, se detuvo en Tiro.
15 Se trata de uno de los ríos más cargados de historia. Nace en las montañas de Armenia, cerca del monte Ararat. En la antigüedad formaba frontera entre Siria y Mesopotamia. Esta última región recibía su nombre por encontrarse entre los dos grandes ríos Éufrates y Tigris. Hoy ambos ríos unen sus aguas antes de desembocar en el golfo Pérsico, pero en la Antigüedad, cuando el Golfo penetraba hasta el paralelo 31, cada uno de esos ríos desembocaba por su lado.
16 El legendario rey del que se contaba que cuanto tocaba con sus manos se convertía en oro.
17 Ponto Euxino = mar Negro.
18 Como es tradicional en los autores clásicos, se trata, por supuesto, del Asia Menor.
19 Los antiguos aquí, como en muchas otras cuestiones geográficas, tenían una idea muy equivocada al respecto, considerando que la distancia entre el mar Negro y el Mediterráneo (o mar de Cilicia o de Chipre) era mucho menor que lo que en realidad es. HERÓDOTO , I 72, llega a decir que un hombre ágil podía hacer el recorrido desde la desembocadura del Cidno, en el mar de Chipre, hasta la del Halis, en el mar Negro, en cinco días de marcha. También PLINIO EL VIEJO , VI 2 (7), tiene una idea errónea al respecto.
20 La historia del campesino Gordio que, de labrador, pasó a rey de la ciudad a la que dio su nombre por haber sido el primero que dio cumplimiento al oráculo, según el cual el primero en entrar con su carro en el templo de Júpiter sería nombrado rey, es narrada por JUSTINO , II, 11, 5-16, Y POR ARRIANO , II 3.
21 El Helesponto o mar de Helle (el actual estrecho de los Dardanelos) une el archipiélago del Egeo y la antigua Propóntide o mar de Mármara. Se llamó «Helesponto» porque allí habría caído Helle cuando, en compañía de su hermano Frixos, huía, a lomos del carnero volador, de las iras de su madrastra Ino.
22 Hermano menor de Crátero.
23 Comandante de la caballería macedonia en la batalla del Gránico. Del resultado de la operación mencionada en el texto se da cuenta en IV 5, 14.
24 El valor del talento (empleado para contar grandes sumas de dinero) varió según las épocas y según los Estados. El talento ático de la época de Alejandro correspondía al valor de 60 minas, 3.000 siclos, 6.000 dracmas o 36.000 óbolos. Dada la constante fluctuación de la cotización del oro en los tiempos actuales es imposible aventurar una equivalencia actual del talento. Normalmente se entiende que el talento en cuestión equivaldría a unas 5.500 pts. oro a su cotización de comienzos del presente siglo.
23 Gobernador de Macedonia y de Grecia durante la campaña de Alejandro en Oriente. Tras la muerte del rey, en el reparto del Imperio a Antípatro le correspondieron las mismas regiones de las que había sido gobernador, muriendo en el año 319.
26 Griego, de Rodas, que en la batalla del Gránico capitaneaba las tropas griegas que militaban en el bando de Darío. Tras esta batalla fue nombrado sátrapa del Asia Menor. Después de conquistar Quíos y Lesbos, se disponía a llevar la guerra a Europa cuando murió en el asedio de Mitilene, el año 333. Era hermano de Mentor y se convirtió en el prototipo del general fiel y abnegado que, a las órdenes de Darío, militó contra Alejandro. (De la fidelidad de los soldados griegos que servían en el bando persa tenemos abundantes testimonios en el relato de Curcio).
27 Corresponde a la actual Ankara.
28 Región costera del Asia Menor, situada entre el Ponto Euxino al norte, la Bitinia al oeste, la Galacia al sur y el río Halis (que marcaba la frontera entre la Paflagonia y el reino del Ponto) al este.
29 Gobernador de la pequeña Frigia, a cuyo gobierno parece que Alejandro añadió el de Paflagonia. En la batalla de Iso estará al frente de la caballería tesalia.
30 Una de las regiones más extensas del Asia Menor, entre la Cilicia, la Frigia y el Ponto.
31 Capital de la región de este mismo nombre. Se extendía a ambas orillas del Éufrates. Había sido fundada por Belo (año 2640 ?) o por Semíramis. Fue, en principio, una de las cuatro capitales de la monarquía persa y Alejandro hizo de ella la capital del imperio de Asia. En ella morirá Alejandro el año 323.
32 El procedimiento seguido por Darío es repetición del ideado por Jerjes cuando, en la llanura de Doriscos (hoy, Romigik), contabilizó sus tropas, tal como lo cuenta HERÓDOTO , VII 60.
33 Hijo de Darío I. Fue rey de Persia entre el 486 y el 465. Famoso por su desgraciada expedición contra Grecia (Segunda Guerra Médica).
34 Como se ha dicho en nota n.° 15, el nombre significa, en griego, «región entre ríos», pero los límites geográficos de la Mesopotamia histórica eran mucho más amplios: los montes de Armenia al norte, los de Zagros al este, el Éufrates al oeste y el desierto de Siria al sur.
35 Pueblo vecino de Hircania.
36 «Cetra»: pequeño escudo redondo, muy ligero y recubierto de cuero.
37 Se trataba de un pueblo medo que habitaba en una región costera del mar Caspio entre los hircanios y los dérbices. En un principio sirvieron en la caballería de Darío, pero después lo hicieron también en la caballería de Alejandro.
38 Se trata de tropa de infantería al frente de la cual, en la batalla de Iso, será puesto Timodes, como se nos dice en 9, 2 de este mismo libro.
39 Habitantes de la Bactriana, región del Asia central, al norte del Hindukusch.
40 La Sogdiana era una región septentrional del imperio persa, entre el río Oxo y el Iaxartes.
41 En Curcio «mar Rojo» nunca designa lo que nosotros entendemos con tal denominación, sino que, según los casos, unas veces designa lo que nosotros llamamos «golfo Pérsico», otras «golfo de Arabia» o —como es aquí el caso— «océano Índico».
42 General ateniense. Había militado a las órdenes de Filipo, del que había sido uno de sus primeros consejeros. Desterrado de Atenas por Alejandro, como otros muchos generales griegos había ofrecido sus servicios al rey de Persia. De entre todos los historiadores de Alejandro cuyas obras han llegado hasta nosotros, sólo DIODORO , XVII 30, 2 sigs. nos cuenta la historia y el triste final de Caridemo.
43 Una descripción parecida de la falange macedónica la ofrece, por ejemplo, T. LIVIO , XXXII 17. (El propio Curcio vuelve sobre ella en IV 15, 15).
44 Los testimonios antiguos están todos de acuerdo en reconocer que la caballería tesalia constituía el elemento más decisivo del ejército de Alejandro, junto con la falange. Por ejemplo, T. LIVIO , IX 19; DIODORO , XVII 33, 2; 57, 4; 60, 5; etc.
45 Como se dice en el texto, era hijo del griego Mentor y, por consiguiente, sobrino del rodio Memnón, del que se ha hablado en nota 26. En el ejército de Darío estaba al frente de las tropas mercenarias. Tras la muerte del rey persa, huyó, en compañía de otros desertores, a Chipre y después a Egipto, donde encontró la muerte.
46 Hermano de Memnón. Tres hijas de Mentor (como se dice en 13, 14 de este mismo libro) fueron apresadas por Parmenión, junto con otros personajes nobles, cuando el general, siguiendo instrucciones de Alejandro, se apoderó del botín de Darío en Damasco, después de la batalla de Iso.
47 Hijo de Artabazo. A la muerte de Memnón pasó a comandar la flota persa, en el año 333.
48 En Curcio, como en repetidas ocasiones entre los autores antiguos, «caldeos» no designa a los habitantes de la Caldea, sino a los sacerdotes babilonios que se ocupaban de astrología, astronomía, matemáticas e interpretación de sueños.
49 La bocina («bucina») era una especie de trompeta más o menos encorvada terminada en un pabellón ancho.
50 Debía de tratarse de una especie de disco de oro encerrado en cristal de roca. Los persas adoraban a un dios solar que a veces se confundía con Mithra.
51 Primitivamente constituían una tribu de la confederación de los medos. Después se designó con el nombre de «Magos» a los sacerdotes del Mazdeísmo, y llegaron a constituir una casta de gran importancia en la vida política, encargados como estaban de la predicción del porvenir, explicación e interpretación de sueños e incluso la educación de los reyes.
52 Es decir, Ormuz. El carro sagrado de Ahuramazda es descrito por HERÓDOTO , VII 40, y también nos habla de él JENOFONTE , Ciropedia VIII 3, 12.
53 «Los Inmortales» era el nombre que se daba a un escuadrón escogido de la caballería persa. HERÓDOTO , VII 38, nos informa que se les daba este nombre porque este cuerpo estaba constituido por 10.000 jinetes cuyas bajas se reponían automáticamente, de modo que la formación no decrecía jamás en número.
54 Guardia personal del rey formada por soldados de infantería armados de lanza. De ahí su nombre: «portadores de lanzas».
55 Nino y Belo fueron míticos fundadores del imperio asirio-babilonio. Belo, padre de Nino, fue identificado con el dios Belo, helenización de Baal.
56 El águila era, entre los persas, el símbolo de la realeza. JENOFONTE , Anábasis I 10, 2 y Ciropedia VII 1, 4, describe este emblema que era transportado en las batallas: un águila de oro, colocada en lo alto de una pica, con sus alas desplegadas.
57 La kídaris era la tiara llevada por los reyes persas, en forma de cono y rodeada de una diadema azul con puntos blancos.
58 El estadio venía a tener, prácticamente, 185 metros.
59 Hija de Ostanes, un hijo de Darío II; hermana y esposa de Arsanes y madre de Darío III Codomano.
60 Estatira, hermana y esposa de Darío III. De ella se decía que era la mujer más hermosa de toda el Asia y Curcio se hace eco en diversos pasajes de su legendaria belleza. Murió, de sobreparto, en septiembre del año 331. Alejandro lloró su muerte con verdadero sentimiento, como recuerda Curcio en IV 10, 18 sigs.
61 Coches de cuatro ruedas, con cortinas a los flancos, destinados al transporte de mujeres y niños.
62 Un niño que todavía no había cumplido los siete años, llamado Oco, y sus hermanas Estatira (que después casó con Alejandro) y Drypetis (casada más tarde con Hefestión, íntimo amigo del rey).
63 Referencia, anticipada, a las condiciones en que se desarrolló la batalla de Iso, en los desfiladeros de Cilicia.
64 Región costera del sudeste del Asia Menor, entre los montes Tauro y el mar de Cilicia o Chipre.
65 Región del Asia Menor, en la costa occidental, entre la Misia y la Caria. Su capital era Sardes.
66 Curcio comete aquí el error (que ya cometían los mismos persas) de atribuir a Ciro el Grande (Ciro I) lo que en realidad se refiere al campamento levantado por Ciro el Joven (Ciro II) con motivo de su expedición, en el año 401, contra Artajerjes. (Véase JENOFONTE , Anáb . I, 2, 20).
67 Poco más de 9 Km.
68 Este sátrapa de la Cilicia no debe confundirse con el de la Drangiana del que se habla en VIII 2, 17. Combatió en el Gránico y murió en la batalla de Iso.
69 Se trata de la cordillera del Tauro.
70 El Tauro ofrecía tres pasos naturales que eran: el valle del Cidno, el del Píramo y el del Psaro. En este último paso se encontraban las denominadas «Puertas de Cilicia».
71 El Píramo nace en Capadocia, atraviesa el Tauro y, tras recorrer las tierras de Cilicia, desemboca en el golfo de Iso. También el Cidno desemboca en el golfo de Iso. En este río contrajo Alejandro la enfermedad que lo puso a las puertas de la muerte, como se cuenta en 5, 1 sigs. de este mismo libro.
72 También aquí Curcio comete un error que indudablemente estaba ya en sus fuentes: Lirneso y Tebas no estaban en Cicilia sino en la Tróade. Lirneso estaba cerca de Troya y era la patria de Briseida. También cercana a Troya era Tebas, patria de Andrómaca. Los comentaristas, de todas maneras, hacen notar que esta parte de la Tróade había sido primitivamente habitada por cilicios.
73 Tifón, hijo de la Tierra y del Tártaro, era un monstruo de cien cabezas y cien brazos y combatió con Júpiter por el poder supremo. Júpiter, en un primer momento, fue vencido y encerrado, después de ser encadenado, en la gruta de Coricio. Puesto en libertad por Hermes, Júpiter reemprendió la lucha y derrotó a Tifón.
74 A orillas del Cidno, Tarso fue famosa por su Academia y, sobre todo, por haber sido con el tiempo cuna del apóstol san Pablo.
75 Macedonio, de noble linaje. Constituye una de las figuras más nobles y más esforzadas de cuantas rodearon a Alejandro. Era padre de Filotas, Nicanor y Héctor. En el año 337 recibió de Filipo el encargo de liberar las ciudades griegas y preparar la campaña de Asia. Su actuación como general fue decisiva en las tres grandes confrontaciones armadas de Alejandro y Darío: la del Gránico, la de Iso y la de Arbelas. Tras esta última, permaneció en Ecbatana como gobernador de la Media. Alejandro lo hizo asesinar (véase VII 2) por temor a que vengara Parmenión la muerte de su hijo Filotas, cómplice, al parecer, de la conjuración de Dimno (véase VI 7 sigs.).
76 La batalla de Iso, entablada poco después de los acontecimientos que aquí se narran, tuvo lugar en noviembre del año 333 (véase ARRIANO , II 11, 10), por lo que el baño en el Cidno debió de tener lugar entrado ya el otoño.
77 La escuadra con la que Alejandro había pasado el Helesponto fue devuelta a la patria después de la batalla del Gránico; según decía el rey, para reducir gastos, dado que la campaña se presentaba en adelante como esencialmente terrestre, pero en la mente de Alejandro subyacía la intención de quitar de este modo a la tropa la idea de un fácil retorno al hogar. (Un Hernán Cortés a distancia).
78 Lo más probable es que se trate de los «hetairos» (Curcio los suele denominar con el nombre genérico de «amici»), jóvenes pertenecientes a la aristocracia macedonia y a los que Alejandro encomendó tanto funciones civiles como militares.
79 La única alusión directa a esta carta nos la ofrece el PSEUDO -CALÍSTENES , I, 39. Se trataría de una misiva del rey persa a sus sátrapas en la que les decía: «Me comunican que se ha rebelado Alejandro, el hijo de Filipo. Capturadlo y traédmelo sin hacerle ningún daño en su cuerpo para que yo, después de quitarle su manto de púrpura y de aplicarle unos azotes, lo remita a Macedonia, su patria, junto a su madre Olimpíade, dándole unas castañuelas y unos astrágalos, como usan para jugar los niños de los macedonios». (PSEUDO -CALÍSTENES , Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia , traducción de C. GARCÍA GUAL , cit. en n. 115). Dado que Alejandro, en el relato de Curcio, se hace eco de tal misiva, que supone conocida de sus oyentes, cabe conjeturar que el autor había hablado ya de ella tal vez en el libro II, perdido.
80 Véase nota 24. Otros intentos de soborno por parte de Darío son mencionados por Curcio en 7, 12 de este mismo libro y IV 10, 16.
81 En Curcio figuran 7 personajes con el nombre de «Filipo» que, por el orden en que aparecen en la obra, son: el médico del texto; el padre de Alejandro (7, 11 de este mismo libro); el hijo de Balacro (IV 13, 28); el hijo de Menelas, comandante de la caballería tesalia (IV 13, 29); el hermano de Lisímaco (VIII 2, 35); el hermano de Harpalo, gobernador de una parte de la India (X 1, 20) y Arrideo (X 7, 7).
82 JUSTINO , XI 8, 5-6, dice que Parmenión le envió la carta desde Capadocia y que lo hizo sin saber nada acerca de la enfermedad del rey (lo cual es obvio dada la lentitud del correo).
83 Se trata de los «purpurati» (así llamados porque iban vestidos de púrpura) que constituían algo así como el Alto Estado Mayor del ejército de Alejandro.
84 Según PLUTARCO , Alej . XIX 5, sería una hija la que Darío habría prometido darle en matrimonio.
85 Se trata de Olimpíade, madre, y Cleopatra, Cina y Tesalónica, hermanas de Alejandro. Por todas ellas éste sintió un profundo afecto, como se deja entrever en diversos pasajes del relato de Curcio.
86 En el momento a que se refiere el relato del texto (año 333), Alejandro (nacido el 356) tenía 23 años.
87 La ciudad de Solos está, en la costa de Cilicia, más hacia el oeste que Tarso; por consiguiente, en su marcha hacia el este, Alejandro tenía que haberla dejado atrás antes de llegar a la patria de san Pablo. Los comentaristas, por lo común, achacan a un error de Curcio el emplazamiento de Solos, pero hay quienes interpretan (por ejemplo, VERGÉS en su comentario al pasaje) que Alejandro habría dado marcha atrás «para dejar asegurada su retaguardia, tanto más cuanto que la ciudad de Solos, aunque griega de origen, era muy adicta a la causa de los persas».
88 A Esculapio, dios de la medicina, en agradecimiento por su curación. En cuanto a Minerva, el mismo relato de Curcio nos deja ver la devoción de Alejandro por esta diosa (véase, por ej., 12, 27 de este mismo libro; IV 13, 15; VIII 2, 32; 11, 24). ARRIANO , I 4, 8, informa de que en Troya Alejandro había hecho un sacrificio en su honor.
89 Al parecer se trata del desfiladero de Karalück Kapu, que pone en comunicación la Cilicia y la llanura de Iso.
90 ARRIANO , I 25, 3, dice que se llamaba Sisínēs y que (en contra de la información ofrecida por Curcio), después de permanecer en la corte de Filipo, habría vuelto a la corte persa.
91 Filipo II, rey de Macedonia entre los años 359 y 336. Padre de Alejandro. Había nacido el año 382. Tenía, pues, 46 años cuando fue asesinado por el joven palaciego Pausanias, en el momento en que, al frente de toda la Grecia, se disponía a llevar la guerra a Persia.
92 Como se contará en V 9 sigs., conspiró, en compañía de Beso, contra su propio rey Darío. Después abandonó a Beso e hizo las paces con Alejandro. BARDON , en nota a este pasaje, opina que puede ser que Curcio confunda esta carta con la que Nabarzanes envió a Alejandro Lincestes en el invierno del 334-3.
93 Siguiendo las instrucciones de Darío, como se ha dicho en 3, 1.
94 Según PLUTARCO , Alej . XX 2, y ARRIANO , II 6, 3, el que dio este consejo fue Amintas, hijo de Antíoco, desertor del bando macedonio y a las órdenes de Darío.
95 Más arriba, en 2, 17, Curcio ha dicho que Darío «tenía un carácter afable y bondadoso». Véase también ARRIANO , III 22, 2.
96 Testimonio, indirecto, de que el baño de Alejandro en el Cidno no había tenido lugar, como se dice en 5, 1, en el verano.
97 Alejandro, en su avance hacia el sur, a lo largo de la costa y en dirección a Siria, había llegado a Miriandro (cerca de la actual Alejandreta). Darío, por su parte, tras atravesar el Éufrates, franqueó la cordillera por las «Pilas Amánicas» y se apoderó de Iso que, como se dice en el texto, había sido abandonada por el ejército macedonio.
98 Según ARRIANO , II 7, 1 y II 10, 1, no llegó a atravesar el río y del mismo relato de Curcio se desprende (téngase en cuenta lo que se dice en el párrafo 28 de este mismo capítulo) que sólo una parte de su ejército lo hizo.
99 Cortando de raíz las pretensiones de Darío que, confiando en la magnitud de sus tropas, deseaba dar la batalla en las llanuras de Siria. El combate tuvo lugar en el mes de noviembre del año 333.
100 Los romanos dividían la noche en cuatro vigilias (los griegos, en tres), de tres horas cada una; es decir, doce horas que variaban su duración de acuerdo con las estaciones. La tercera vigilia comprendía las tres primeras horas del día.
101 A unos cinco km. y medio.
102 Originario de Feras, en Tesalia, comandante de la infantería persa. Un griego más al servicio de Darío. Después de la derrota de Iso tomó parte en la expedición de Amintas a Chipre y Egipto.
103 A pesar de que en la línea de combate persa el rey solía colocarse en el centro.
104 Los efectivos del ejército persa en la batalla de Iso varían notablemente de acuerdo con los diversos autores: según Arriano y Plutarco, ascendían a 600.000 hombres; según Diodoro y Justino a 500.000. De los datos suministrados por Curcio se deduce que llegarían a 311.000 hombres.
105 Hijo de Parmenión. Al frente de los «hypaspistas» (cuerpo de infantería ligeramente armado) luchó en el Gránico, en Iso y en Arbelas, muriendo de enfermedad (lo que es digno de ser notado) poco después que el ejército macedonio entrara en Hircania. A su muerte se alude en VI 6, 18. (Curcio habla en su relato de otros dos personajes con este nombre: un cómplice de Dimno, en VI 7, 15, y un joven macedonio de familia noble, en VIII 13, 13).
106 Hijo de Polemócrates y yerno de Parmenión. Murió (también de enfermedad) durante la expedición a la India.
107 Uno de los más sobresalientes generales de Alejandro, quien (como lo deja entrever el propio relato de CURCIO , X 5, 4 sigs.) tal vez vio en él a su posible sucesor. Estaba emparentado con la familia real y actuó como regente a la muerte de Alejandro. En medio de las luchas que siguieron a la muerte del rey entre los diversos generales que se habían repartido el Imperio, una confederación de adversarios se levantó contra Perdicas, del que se sospechaba que aspiraba al trono de Macedonia, y fue derrotado —y asesinado por sus propios soldados— en la batalla de Menfis, en el año 321, dos años después de la muerte de Alejandro.
108 Otro jefe de la falange. Era hijo de Neoptólemo y, tras la muerte de Alejandro, formó parte del consejo de regencia, siendo asesinado por orden de Perdicas, a pesar de haber buscado refugio sagrado, como se cuenta en X 9, 21.
109 Hijo de Lago y de Arsínoe. Era originario de Eordea. Por su madre estaba emparentado con la familia real. Curcio, a propósito del episodio de la herida envenenada que recibió Ptolomeo (episodio que se relata en IX 8, 22 sigs.), se hace eco de los rumores según los cuales Ptolomeo sería hijo del propio Filipo, habido con una concubina; lo cual es abiertamente erróneo. A la muerte del rey, en el reparto del Imperio a nuestro personaje le tocó en suerte Egipto, donde fundó la dinastía de los Lágidas. Reinó hasta el año 283 y hacia el 303 escribió una historia de la expedición de Alejandro de la que hemos dado noticia en la «Introducción», historia que fue utilizada ampliamente por Arriano.
110 En Curcio hay seis personajes con este nombre, más un Lincestes Amintas. Aquí se trata del hijo de Andrómenes y hermano de Simias, Atalo y Polemón. Implicado en el proceso de Filotas, consiguió ser absuelto.
111 Tras la relación de los generales que acaudillan la falange, he aquí el nombre de otro general benemérito del ejército macedonio. Crátero era hermano de Anfótero. Curcio nos informa de diversas misiones importantes llevadas a cabo por él: IV 3, 1; IX 8, 3; etc. Tras la muerte de Parmenión se convirtió en el consejero de más prestigio de Alejandro. A la muerte de éste, fue encargado de los asuntos de Europa, mueriendo en el campo de batalla en lucha contra Eumenes, en el año 321.
112 La falange presentaba un frente de 16 filas, pero lo angosto del desfiladero por donde tenían que avanzar hacía que la formación en su frente quedara reducida a la mitad de sus efectivos (8 filas), con lo que se duplicaban los efectivos del fondo, por lo que de 16 hileras se pasó a 32.
113 Estaban, pues, ambos ejércitos a una distancia de unos 180 mts.
114 Hércules, héroe legendario que liberó al mundo de monstruos y, al morir, fue acogido por sus hazañas en el círculo de los dioses. Sobre las relaciones de Alejandro con Hécules, véase la segunda parte de la nota 76, pág. 106, de C. GARCÍA GUAL , en PSEUDO -CALÍSTENES , Vida y hazañas … Por otra parte, Alejandro mismo creía que los reyes macedonios descendían de Hércules. (Véase IV 2, 3.). «Liber» es el sobrenombre de Baco (el Dionisos griego). Su viaje triunfal a la India no fue inventado por los poetas hasta después de la época de Alejandro. Éste (véase IX 4, 21) anima a sus tropas a sobrepasar los límites de la expedición de Baco. Por otro lado, Baco había levantado el templo en honor de Júpiter-Amón, en el oasis de Siwa, en pleno desierto de Libia, templo al que acudirá Alejandro a consultar al oráculo (véase IV 7, 8 sigs.). La mención en el texto de Hércules y Líber (los dos héroes conquistadores de los que, juntos, se vuelve a hacer mención en IX 2, 29 y en IX 4, 21) responde a un pensamiento profundo de Alejandro: por su padre Filipo pretendía descender de Hércules; en cuanto a Líber, Bardon, en nota a este pasaje, pone en evidencia el deseo de Alejandro, cada vez más intenso, de identificarse con este dios, por lo que hay que admitir como válido el testimonio de Diógenes Laercio que recuerda un decreto de Atenas, según el cual se hacía del príncipe un nuevo Dionisos. Por otro lado se sabe que la madre de Alejandro, Olimpíade, originaria de Tracia, era una ferviente adoradora de este dios.
115 Región del sudeste de la península balcánica, limitada por el Mar Negro al este, la Propóntide, el Helesponto y el Egeo al sur, Macedonia al oeste y una línea vaga e incierta al norte que varió con el tiempo, pero que nunca sobrepasó los Balcanes.
116 En la batalla de Queronea, en agosto-septiembre del año 338.
117 Región de la Grecia central limitada al norte por la Fócide y la Lócride Opuntiana; al oeste por el golfo de Corinto, el golfo Alcionio y la Fócide; al sur por la Megárida y el Ática y al este por el estrecho de Euripo, que la separaba de Eubea.
118 Al suceder Alejandro a su padre Filipo en el año 336, surgió la rebelión promovida por la nobleza. Al salir Alejandro hacia el norte para sofocar uno de estos levantamientos, Grecia aprovechó la ocasión para rebelarse, siendo Tebas, capital de Beocia, la ciudad más firmemente decidida a oponerse al dominio macedónico. Alejandro, deseoso de aplicar un castigo ejemplar que sirviera de escarmiento a las demás ciudades griegas, arrasó la ciudad (no perdonó más que los templos y la casa de Píndaro) y pasó a cuchillo a gran parte de sus habitantes, vendiendo a los demás como esclavos.
119 Darío I fue rey de Persia desde el 522 al 485. En el año 492 llevó a cabo la primera expedición contra Grecia, dando origen a las guerras médicas. Esta primera expedición constituyó un auténtico fracaso para el invasor, que fue derrotado en la batalla naval de Athos. La segunda expedición, montada también por Darío, cruzó el mar Egeo y terminó, con nueva derrota de los persas, en la batalla de Maratón, el año 490. Darío murió antes de poder organizar una tercera expedición. Jerjes, que sucedió a su padre a la muerte de éste en el año 485, reemprendió la lucha contra Grecia en el año 480. En esta tercera expedición los griegos obtuvieron las victorias de Temístocles en Salamina y de Pausanias sobre el sátrapa Mardonio en Platea en el año 479.
120 Esta era la fórmula empleada por los persas para exigir la rendición.
121 Se obtenían cuando el general en jefe conseguía dar muerte personalmente al general del ejército enemigo.
122 El hermano de Darío, tras hacer gala de un valor encomiable durante la batalla, le acompañó cuando aquél emprendió la huida, cayendo en manos de Alejandro. Éste le trató con amabilidad y, a la muerte de Darío, Oxatres se pasó al bando de Alejandro.
123 Sátrapa de la Gran Frigia. En la batalla del Gránico había tenido a sus órdenes un escuadrón de caballería. DIODORO , XVII 21, 3, da su nombre en la relación de víctimas famosas habidas en tal batalla. ARRIANO , que en I 16, 3, nos ofrece una lista mucho mayor, no dice que Atizies muriera en la batalla del Gránico, sino en la de Iso (II, 11, 8), como Curcio. Lo perturbador es que también DIODORO , XVII 34, 5, coloca a Atizies entre las bajas de Iso. Tal vez haya que pensar que la información de Diodoro acerca de la muerte del sátrapa en el Gránico sea errónea.
124 También este sátrapa, al frente de un escuadrón de caballería, había tomado parte en la batalla del Gránico, como informan DIODORO , 19, 4 y ARRIANO , I 12, 8.
125 ARRIANO , II 11, 8, menciona, entre las víctimas persas más notables habidas en Iso, aparte de las ya ofrecidas por Curcio, a Arsames y Bubaces.
126 El ala izquierda.
127 Se trata de los «catafractos», soldados cubiertos totalmente de una armadura (denominada cataphractes ) de láminas metálicas, armadura que también cubría las partes vitales del caballo. (Véase, a este respecto, la nota 61, pág. 91, de C. GARCÍA GUAL , en PSEUDO -CALÍSTENES , Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia quien llama a estos jinetes «caballeros acorazados»).
128 Amintas era hijo de Antíoco, antiguo oficial de Alejandro. Desertó del bando macedonio y se pasó a los persas. Tras la batalla de Iso, huyó a Egipto en compañía de 4.000 griegos, con la idea de fundar allí un gobierno independiente, pero murió en una batalla contra el persa Mazaces. (Véase IV 1, 27 sigs.).
129 Parece una exageración de Curcio. ARRIANO , II 12, 3 sigs., que cita a Aristobulo y a Ptolomeo como fuentes de su narración en este pasaje, habla de unas mujeres, pero de su relato no se desprende, ni mucho menos, que fueran «una ingente muchedumbre».
130 En el capítulo precedente, párrafo 11.
131 Como se dice en el texto, había entregado a Alejandro la ciudad de Sardes y éste le recompensó con su amistad. En el 331-330 fue nombrado sátrapa de Armenia.
132 Leonnato era uno de los siete u ocho «guardias de corps» que constituían el círculo más íntimo de los colaboradores de Alejandro. Hizo toda la campaña al lado del rey, al que salvó la vida en el asalto a una ciudad india (véase IX 5, 15). A la hora del reparto del imperio le tocó en suerte la Pequeña Frigia, muriendo en combate el año 322.
133 «Los persas no incineraban los cadáveres sino que los enterraban después de haberlos recubierto de cera» (Dosson). Véase HERÓDOTO , III 16.
134 Amigo íntimo de Alejandro. Éste lo casó con Dripetis, la hija menor de Darío y hermana de Estatira, la segunda mujer de Alejandro. Poco después de la boda cayó enfermo y murió en Ecbatana el año 324. Alejandro le dedicó unos funerales suntuosos y quiso que se le adorara como a un semidiós.
135 De que Alejandro era de mediana estatura tenemos testimonios indirectos en el mismo Curcio, V 2, 13; VI 5, 29 y DIODORO , XVII 37, 5, por ejemplo.
136 Es decir, prosternándose.
137 Véase IX 10, 24 sigs.
138 Alusión al asesinato de Clito (véase VIII 1, 52).
139 Oco, nacido el año 339. Tenía, pues, 6 años.
140 Perteneciente a una tribu que habitaba al sur del mar Caspio.
141 Se trata de Artajerjes III que reinó entre el 358 y el 338 y a quien sucedió Arses (338-336). Ambos fueron asesinados por el eunuco Bagoas, quien puso en el trono de Persia a Darío III. Artajerjes no precedió, pues, directamente a Darío en el trono. En cuanto a «Oco», era el nombre de varios reyes persas antes de su ascensión al trono, nombre que algunos conservaron después de ella. Como se ha visto en nota 139, «Oco» se llamaba el hijo de Darío III, y por este nombre se le cita en IV 11, 6 y 14, 22.
142 Hijo del sátrapa frigio Farnabazo y de Apamé, hija de Artajerjes II. Fue sátrapa de Ionia bajo Artajerjes III. Se rebeló contra su rey en el año 356 y buscó refugio en Macedonia en la corte de Filipo. Volvió después a Persia y sirvió con lealtad a Darío III, tomando parte en la batalla de Arbelas. No consintió en formar parte de la conjuración de Beso y Nabarzanes contra su rey. El año 330 Alejandro lo nombró sátrapa de la Bactriana.
143 Barsine, hija de Artabazo, esposa, sucesivamente, de sus dos tíos, Mentor y Memnón. Fue después la amante de Alejandro, a quien dio un hijo, Hércules, nacido el 327 seguramente. Finalmente fue esposa de Eumenes de Cardia, secretario de Filipo y de Alejandro y autor (en colaboración con Diódoto de Eritrea) de un diario de la expedición de Alejandro.
144 Embajador ateniense.
145 Lo mismo que el anterior, había sido enviado a Darío como embajador por los atenienses.
146 Un tercer embajador ateniense pasado, como los otros, al bando de Darío. Alejandro lo trató con benignidad y, tras su muerte, envió sus cenizas a Atenas.
147 Todos ellos embajadores de Esparta en la corte de Darío.
148 Véase nota 24.
LIBRO IV
SINOPSIS
(Diciembre del 333 a. C. a Octubre del 331)
Invierno del 333-332: Huida de Darío hacia el Éufrates. Proposiciones de paz enviadas por el rey persa a Alejandro. Respuesta de éste. Alejandro nombra a Abdalónimo rey de Sidón. El desertor Amintas huye a Egipto donde es derrotado y muerto (1 ).
Invierno-verano del 332: Asedio de Tiro, que es tomada (en agosto) después de siete meses de cerco (2 -4 ).
Verano del 332: Darío presenta a Alejandro nuevas propuestas de paz, que son rechazadas. Estado de la situación en Asia Menor (5 ). Darío se prepara de nuevo para la guerra. Alejandro toma Gaza después de dos meses de asedio (6 ).
Invierno del 332-331 y primavera del 331: Expedición a Egipto y visita de Alejandro al templo de Júpiter-Amón (7 ). Fundación de Alejandría (enero del 331). Vuelta a Siria (8 ).
Verano del 331: Darío sale de Babilonia y se dirige a la llanura de Gaugamelas. Alejandro, por su parte, atraviesa el Éufrates y el Tigris (9 ).
Septiembre del 331: Eclipse de luna (20 de septiembre). Muerte de la esposa de Darío (10 ). Nuevas ofertas de paz por parte de Darío, que Alejandro, una vez más, rechaza (11 ). Orden de batalla del ejército persa. Los dos ejércitos enemigos se aproximan (12 ).
1 de Octubre: Consejo de Estado Mayor del ejército macedonio. Orden de batalla (13 ). Arenga de Alejandro a sus tropas y de Darío a las suyas (14 ). Batalla de Gaugamelas; resultado de la misma (15 -16 ).
[1 ] Darío, poco ha rey de un ejército tan numeroso, que había entablado el combate alzado en un carro, como si se tratara más bien de celebrar el triunfo que de luchar, huía a través de los lugares que había inundado con sus tropas poco menos que innumerables, ahora vacíos y sumidos [2] en una soledad sobrecogedora. Pocos eran los que seguían al rey, ya que ni todos habían huido en la misma dirección ni, con sus caballos agotados, podían mantenerse a la altura de las cabalgaduras que el rey iba cambiando [3] una tras otra. Llegó por fin a Oncas 149 en donde fue recibido por 4.000 griegos 150 . Desde aquel punto se dirigió en línea recta hacia el Éufrates, pensando que sólo podría mantener como suyo aquello que en su rapidez se adelantara a ocupar.
[4] Alejandro, por su parte, dio orden a Parmenión, gracias al cual se había apresado el botín junto a Damasco, de custodiarlo, así como a los prisioneros, con toda diligencia y lo puso al frente de la llamada «Celesiria» 151 . [5] Los sirios, todavía no lo suficientemente subyugados por los desastres de la guerra, desechaban el nuevo mando, pero, dominados rápidamente, se sometieron a la obediencia. También la isla de Árado 152 se sometió al vencedor. [6] El rey de aquella isla, Estratón, reinaba por entonces también sobre la zona costera y sobre la mayor parte de la zona tierra adentro. Después de aceptar su sumisión, Alejandro, tras levantar su campamento, se dirigió a la ciudad de Máratos. Allí se le hizo entrega de una carta [7] de Darío que, escrita como estaba en términos arrogantes, le enojó vehementemente; sobre todo le conmovió el que Darío, junto a su propio nombre, añadiera en su carta el título de rey y no lo hiciera lo mismo con el nombre de Alejandro 153 . Darío exigía, más que pedía, que, a cambio [8] de todo el dinero que pudiera contener la Macedonia entera, Alejandro le devolviera su madre, su mujer y sus hijos; en cuanto al reino, si quería, podían luchar con armas iguales; ahora bien, si podía aceptar un consejo [9] saludable, que, contentándose con el reino de sus mayores, se retirara de los límites de un reino ajeno y fuera su amigo y su aliado; que él estaba dispuesto a recibir una [10] palabra de honor sobre todo ello.
Por su parte, Alejandro le respondió más o menos en estos términos: «El rey Alejandro a Darío, salud. El Darío del que tú has tomado el nombre 154 desoló con todo tipo de devastación las regiones griegas ribereñas del Helesponto y las colonias jonias de los griegos. Después, con un ingente ejército, atravesó el mar llevando la guerra a Macedonia y a Grecia. Tras él, Jerjes, perteneciente a la misma [11] raza, vino con unas tropas salvajes de bárbaros con intención de someternos; derrotado en un combate naval, dejó no obstante a Mardonio en Grecia con la orden de, incluso en su ausencia, arrasar las ciudades y pegar fuego a los campos. En cuanto a mi padre Filipo, ¿quién ignora [12] que cayó asesinado bajo los golpes de aquellos que habían sido sobornados por vosotros con la esperanza de ser espléndidamente recompensados? Impías son las guerras que emprendéis y, a pesar de tener armas, ponéis precio a las cabezas de los enemigos, como hace bien poco tú mismo, rey de un tan gran ejército, quisiste comprar [13] con 1.000 talentos quien me asesinara. Así pues, yo repelo la agresión, no la provoco y hasta los dioses se ponen de parte del bando más justo: gran parte de Asia está sometida a mi poder y a ti en persona te he derrotado en el campo de batalla. Y, aunque no merecías obtener nada de mí, dado que no has guardado para conmigo ni siquiera los derechos de guerra, sin embargo, si vienes en actitud suplicante, te prometo que te podrás llevar sin rescate a tu madre [14] a tu esposa y a tus hijos, pues sé vencer y, al mismo tiempo, tener consideración con el vencido. Si no te atreves a ponerte en nuestras manos, te doy mi palabra de que puedes venir sin temor alguno y, en adelante, cuando me escribas, no olvides que no solamente escribes a un rey sino a tu propio rey». Tersipo fue el encargado de llevar esta carta.
[15] Desde allí bajó a Fenicia y aceptó la sumisión de la plaza de Biblos. De Biblos vino a Sidón, ciudad famosa por su antigüedad y el renombre de sus fundadores. [16] En Sidón reinaba Estratón 155 , que contaba con el apoyo de Darío; pero, puesto que Estratón había rendido la plaza más por imposición de sus conciudadanos que por propia iniciativa, le pareció a Alejandro que no era digno de seguir manteniendo su corona y se encargó a Hefestión que concediera el trono a quien de entre los habitantes de Sidón considerara como el más digno de tal distinción.
Hefestión tenía, como huéspedes, a dos jóvenes, sobren [17] salientes en su ciudad, los cuales, ante la propuesta de llegar al reino, hicieron saber que, según la costumbre del país, nadie podía alcanzar tal dignidad si no pertenecía a la familia real. Hefestión admiró la magnanimidad de [18] quienes desdeñaban lo que otros intentaban alcanzar por el fuego y la espada: «¡Bravo por vosotros!», les dijo, «que habéis sido los primeros en daros cuenta de cuánto más importante es desechar el trono que aceptarlo. Por lo demás, señaladme a alguien de regia estirpe que no eche en olvido que si tiene el trono lo tiene gracias a vosotros». Y ellos, viendo que eran muchos los que andaban al acecho [19] de tamaña esperanza y que, movidos por su desmesurada ambición de poder, adulaban a cada uno de los amigos 156 de Alejandro, hicieron saber que nadie mejor que un tal Abdalónimo 157 : ligado a la familia real, aunque en línea no muy directa, se veía obligado por la pobreza a cultivar un huerto de escaso rendimiento en las afueras de la ciudad. La causa de su pobreza era, como en muchos [20] otros casos, su propia honradez.
Entregado a su trabajo de todos los días, Abdalónimo no estaba al corriente del estrépito de armas que había [21] sacudido todo el Asia. De repente aquellos de los que se ha hecho mención entraron con los distintivos reales en el huerto que aquél casualmente se encontraba escardando. [22] Después de saludarle con el nombre de «rey», uno de ellos le dijo: «Esos andrajos debes cambiarlos por este vestido que ves en mis manos. Baña tu cuerpo, mugriento de suciedad y de inveterada inmundicia; adopta una actitud regia, pero tu moderación consérvala hasta en esa fortuna que tú mereces. Y cuando te sientes en el trono como dueño y señor de vida y muerte, no olvides esa condición en la que ahora recibes el reino o, por mejor decir, ¡por Hércules!, gracias a la cual lo recibes».
[23] Todo aquello a Abdalónimo le parecía un sueño y, de cuando en cuando, preguntaba si estaban lo suficientemente cuerdos aquellos que pretendían gastarle una broma tan pesada; pero en cuanto, en medio de su indecisión, le quitaron los andrajos, le pusieron la vestidura bordada en púrpura y oro y le ratificaron en su confianza con juramentos, entonces ya como todo un rey se dirigió, en compañía de ellos, al Palacio.
[24] Después, como suele suceder, el rumor se extendió presurosamente por toda la ciudad. Unos hacían ostentación de simpatía, otros de indignación; los más ricos criticaban la humildad y la pobreza de Abdalónimo ante los amigos [25] de Alejandro. Éste le hizo comparecer ante él inmediatamente y, después de contemplarlo largamente, le dijo: «Tu compostura exterior no desdice de lo que se cuenta acerca de tu origen, pero me agradaría saber con qué entereza has soportado la pobreza». Aquél respondió: «¡Ojalá pudiera soportar el trono con el mismo espíritu! Estas manos han bastado para satisfacer mis deseos; como nada [26] tenía, nada me faltó». Por estas palabras se hizo Alejandro una idea del extraordinario carácter de Abdalónimo, y así ordenó que se le hiciera entrega no sólo del regio ajuar de Estratón sino también de la mayor parte del botín cogido a los persas y, al mismo tiempo, sometió a su jurisdicción la región colindante con la ciudad.
Mientras tanto, Amintas (del que hemos recordado que [27] había desertado de Alejandro, pasándose a los persas 158 ) llegó a Trípoli 159 en compañía de 4.000 griegos que le habían acompañado en su huida desde el campo de batalla. Desde Trípoli, embarcadas sus tropas, pasó a Chipre y, pensando que en las presentes circunstancias aquello a lo que cada uno se adelantara a echar mano lo podría tener como poseído en perfecto derecho, hostil a ambos reyes y en continuo titubeo de acuerdo con las circunstancias cambiantes del momento, determinó dirigirse a Egipto. Exhortó a sus soldados a esperar el éxito de tan gran [28] empresa y les hizo saber que Sábaces, sátrapa de Egipto, había caído en el campo de batalla, que la guarnición persa estaba sin caudillo y sin fuerza y que los egipcios, que siempre se habían mostrado hostiles a sus sátrapas, les considerarían como aliados más bien que como enemigos. La necesidad le obligaba a jugarse el todo por el todo: [29] en efecto, cuando la Fortuna ha echado por tierra las primeras esperanzas, el futuro se presenta como más halagüeño que el presente. Y así, a voz en grito, todos al unísono, pidieron que les llevara a donde quisiera y Amintas, estimando que debía servirse de su buena disposición mientras abrigaran esperanzas, entró en el puerto de Pelusio 160 , simulando que Darío le había enviado como avanzadilla. Después [30] de apoderarse de Pelusio, dirigió sus tropas hacia Menfis 161 . Ante la noticia de esta marcha, los egipcios, pueblo voluble y mejor ejecutor de revoluciones que capaz de gobernarse, saliendo de sus aldeas y ciudades, a la carrera se dirigieron en masa a destruir las guarniciones de los persas; éstos, aunque llenos de terror, no perdieron sin embargo [31] la esperanza de conservar Egipto; pero Amintas, tras derrotarlos, los obligó a refugiarse en la ciudad y los vencedores, una vez instalado el campamento, se dedicaron a devastar los campos, llevándose todo como si los enemigos hubieran puesto a su disposición sus bienes.
[32] Por su parte Mázaces 162 , aunque sabía que los ánimos de los suyos estaban aterrorizados a causa de la derrota, sin embargo les hizo ver que el enemigo andaba desperdigado y sin tomar precauciones, confiado como estaba en la victoria, y les movió a, sin dudarlo, salir bruscamente [33] de la ciudad y recuperar sus posesiones perdidas. Este plan se mostró tan prudente desde el punto de vista de la razón como próspero desde el punto de vista del resultado: hasta el último enemigo, y con ellos su propio jefe, fueron eliminados. De este modo Amintas sufrió el castigo, dando satisfacción a los dos reyes, tanto a aquel a cuya bandera se había acogido como aquel a quien había abandonado.
[34] Los generales de Darío que habían sobrevivido a la batalla de Iso, con todas las tropas que les habían seguido en su huida, después de alistar incluso a la juventud de Capadocia y Paflagonia, intentaban recuperar la Lidia. [35] Al frente de ésta se encontraba Antígono 163 , gobernador nombrado por Alejandro; aunque había enviado a su rey la mayor parte de sus propios soldados, tomándolos de su guarnición, sin embargo, con un desprecio total hacia los bárbaros, sacó sus tropas a combate. También aquí la fortuna de los contendientes fue la misma: en tres combates, entablados en lugares distintos, los persas fueron abatidos.
Por la misma época, la escuadra macedonia, hecha venir [36] desde Grecia, derrotó a Aristómenes 164 (que había sido enviado por Darío para recuperar la zona costera del Helesponto), apresando sus naves o echándolas a pique. Después Farnabazo, almirante de la escuadra persa, reclamó [37] dinero a los milesios y, tras introducir una guarnición en la ciudad de Quíos 165 , con 100 naves se dirigió a Andros 166 y de allí a Sifno 167 . También estas islas las ocupó con guarniciones y les impuso un tributo.
La magnitud de la guerra, entablada por los más poderosos [38] reyes de Europa y de Asia con la esperanza puesta en el dominio de todo el orbe, había puesto en conmoción también las armas de Grecia y de Creta. Agis 168 , [39] rey de los lacedemonios, tras reunir 8.000 griegos que, huidos de Cilicia, habían regresado a sus casas, maquinaba [40] la guerra a Antípatro, gobernador de Macedonia. Creta, que seguía ya un bando, ya otro, estaba ocupada unas veces por las guarniciones espartanas, otras por las macedonias; pero los combates entre ellas eran de poca monta: una sola batalla, de la cual dependía todo, es lo que ahora atraía las miradas del destino.
[2 ] Ya toda la Siria, y también toda la Fenicia, a excepción de Tiro 169 , estaba en poder de los macedonios y el rey tenía su campamento en tierra firme, separada de [2] la ciudad por un estrecho brazo de mar. Tiro, famosa por encima de todas las ciudades sirias y fenicias tanto por su extensión como por su gloria, daba la impresión de que estaba dispuesta a aceptar más fácilmente una alianza que un dominio. Los emisarios tirios le traían, pues, al rey, como obsequio, una corona de oro y, como si se tratara de agasajar a un huésped, habían llevado consigo desde la ciudad provisiones en abundancia. Alejandro dio orden de recibir los obsequios como procedentes de amigos y, después de dirigirse a los legados con palabras amistosas, les dijo que quería ofrecer un sacrificio a Hércules 170 a [3] quien los tirios rendían un culto especial: los reyes macedonios creían que su origen se remontaba hasta aquel mismo dios y él mismo, Alejandro, había sido instado por un oráculo a hacer aquel sacrificio.
Los legados respondieron que había un templo de Hércules [4] fuera de la ciudad, en el lugar que los tirios denominan «Palaetiro» 171 : que allí el rey podía hacer el sacrificio ritual. Alejandro, que ya de por sí se contenía mal, [5] no pudo reprimir su cólera y por ello les dijo: «No hay duda de que, confiados en vuestra posición estratégica, debido al hecho de que vuestra ciudad está situada en una isla, despreciáis este ejército mío formado por tropas de a pie, pero bien pronto os haré ver que también vosotros formáis parte del continente; en consecuencia debéis saber que o me permitís la entrada en la ciudad o la tomaré por asalto».
Despedidos con esta respuesta, los emisarios comenzaron [6] a aconsejar a sus conciudadanos que consintieran en permitir la entrada en la ciudad a un rey al que la Siria y la Fenicia habían dado acogida; pero ellos, confiados [7] en su situación estratégica, decidieron hacer frente al asedio. En efecto, la ciudad se encuentra separada del continente por un estrecho de cuatro estadios 172 . Este estrecho, expuesto extraordinariamente al ábrego 173 , levanta un oleaje frecuente desde alta mar hasta la costa, y a la hora de [8] llevar a cabo las obras con las que los macedonios se disponían a unir la isla al continente, aquel viento constituía el mayor obstáculo. Con gran dificultad se pueden construir escolleras cuando el mar está en calma, pero, cuando sopla, el ábrego mina los primeros bloques, resquebrajados por el impulso del oleaje 174 , y no hay dique tan fuerte que las olas no excaven infiltrándose por entre las junturas de las obras y, cuando el viento es más intenso, sobrepasando [9] la cima de las mismas. A esta dificultad se sumaba otra no menor: las murallas y las torres de la ciudad se encontraban rodeadas por un mar muy profundo; ni se podían arrojar proyectiles a no ser tirándolos desde naves y de lejos, ni se podían arrimar escalas a las murallas que, cortadas a pico sobre el mar, no permitían el paso a nadie. Alejandro no tenía naves y, aunque las hiciera traer, entre balanceos y sin estabilidad podían ser repelidas a golpe de proyectil.
[10] Entre tanto una circunstancia insignificante reavivó la confianza de los tirios. Habían venido de Cartago unos legados con el fin de celebrar, siguiendo la costumbre nacional, un sacrificio anual, ya que Cartago, fundada por colonos tirios, había considerado siempre a Tiro como [11] a su madre patria. Estos legados comenzaron a exhortarles a que afrontaran el asedio con espíritu decidido: Cartago en breve les mandaría refuerzos. En efecto, por aquel tiempo los mares, en una gran parte, estaban bloqueados por las flotas cartaginesas.
[12] Así pues, tras decretar la guerra, emplazaron la artillería a lo largo de las murallas y de las torres, distribuyeron armas entre los jóvenes, repartieron por los talleres obreros de los que la ciudad tenía gran abundancia. Todo retumbaba con los preparativos de la guerra. Se preparaban también las manos de hierro (a las que llaman «harpagones») para lanzarlas contra las obras del enemigo, los «cuervos» 175 y otros instrumentos inventados para la defensa de ciudades. Pero, al ser colocado en los hornos el hierro [13] que debía ser forjado y al tratar de avivar el fuego con la aplicación de los fuelles, se dice que aparecieron regueros de sangre en la base misma de las llamas y los tirios dieron a aquel prodigio una interpretación funesta para los macedonios. También en el ejército macedonio, [14] como diera la casualidad de que algunos soldados se encontraran partiendo el pan, descubrieron que manaban unas gotas de sangre; el rey se aterrorizó y Aristandro 176 , el más competente de sus adivinos, manifestó que, si la sangre hubiera fluido de fuera adentro, eso sí hubiera sido funesto para los macedonios, pero que, al haber manado desde el interior, el prodigio presagiaba la ruina para la ciudad que habían decidido sitiar.
Alejandro, dado que su escuadra la tenía lejos, y viendo [15] que un asedio prolongado le acarrearía molestias para el resto de su empresa, envió parlamentarios para mover a los tirios a firmar la paz. Éstos, actuando contra todo derecho de gentes, después de asesinar a los parlamentarios, los arrojaron al mar. Alejandro, conmovido ante la muerte tan indigna de los suyos, decidió poner cerco a la ciudad. [16] Pero antes había que construir un dique con el que poder enlazar la ciudad al continente. Una ingente desesperación se apoderó de los ánimos de los soldados macedonios al percatarse de la profundidad del mar, que con dificultad podría ser rellenada con la ayuda incluso de los propios dioses: ¿cómo dar con rocas tan enormes y árboles tan elevados? Habría que devastar regiones enteras para terraplenar semejante espacio; el estrecho estaba en continua ebullición y cuanto más angostamente hacía rodar sus aguas, con tanta mayor violencia se enfurecía.
[17] Pero Alejandro, que sabía muy bien cómo tratar los ánimos de sus soldados, les hizo saber que durante el sueño se le había aparecido la imagen de Hércules extendiendo hacia él su mano derecha y le había dado la impresión de que él, Alejandro, entraba en la ciudad sirviéndole Hércules de guía y abriéndole el camino. Al mismo tiempo hizo referencia al asesinato de los parlamentarios y a la violación del derecho de gentes: sólo una ciudad se había atrevido a detener la marcha del vencedor.
[18] A continuación encargó a sus generales que cada uno amonestara a sus propios soldados y, una vez suficientemente estimulados, puso manos a la obra. Había a su alcance gran cantidad de piedras provenientes de la «Palaetiro»; la madera para la construcción de balsas y de torres [19] se transportaba desde el monte Líbano. Y ya desde el fondo del mar la obra habíase alzado hasta cierta altura, [20] sin llegar sin embargo al nivel del agua, cuando los tirios, acercándose con sus naves ligeras, entre burlas se mofaban de ellos, echándoles en cara que unos soldados renombrados por sus hechos de armas acarreaban los materiales sobre sus espaldas como si fueran bestias de carga, y encima les preguntaban si Alejandro era más poderoso que Neptuno. Esta misma burla encendió el ardor de los soldados.
El dique sobresalía ya un poco por encima del agua y, al [21] mismo tiempo, crecía su anchura y se aproximaba a la ciudad, cuando los tirios, al ver la magnitud de la escollera sobre cuyo crecimiento ellos hasta entonces habían estado engañados, con sus naves ligeras comenzaron a girar en torno a la obra todavía no terminada y a hostigar con proyectiles a los que se encontraban en ella como en avanzadilla. Así pues, hirieron a muchos impunemente, al serles [22] fácil tanto apartar como aproximar sus chalupas. Los constructores del muelle habían tenido que desplazar su atención de la obra a la propia protección, y cuanto la escollera se apartaba más del litoral tanto más se engullía en sus profundidades cuanto en ellas se echaba. Por todo ello [23] el rey hizo que se extendieran delante de los obreros pieles y toldos a fin de que se encontrasen fuera del alcance de los dardos y levantó dos torres, en la cabecera del dique, desde las que poder lanzar proyectiles de arriba abajo contra las chalupas. Por su parte los tirios atracaron en el [24] litoral, lejos de las miradas de los enemigos, y, después de desembarcar a sus soldados, hicieron una carnicería entre los que transportaban las piedras. También en el Líbano campesinos árabes atacaron a los macedonios desperdigados, mataron a unos treinta e hicieron algunos prisioneros.
Aquel hecho obligó a Alejandro a dividir sus tropas [3 ] y, con el fin de no dar la impresión de que se dedicaba indolentemente al asedio de una sola ciudad, puso al frente de los trabajos a Perdicas y a Crátero, y él por su parte, al mando de tropas ligeras, se dirigió a la Arabia 177 .
[2] Mientras tanto los tirios llenaron de piedras y arena la parte de popa de una nave de gran tonelaje de modo que la proa sobresalía en gran manera por encima de las aguas; después de haberla untado de pez y azufre, a golpes de remo la pusieron en rápido movimiento y, desplegadas sus velas, a favor de un viento verdaderamente violento, [3] la nave llegó rápidamente al pie del dique. Entonces los remeros, después de prender fuego a la proa, saltaron a unas chalupas que, preparadas para este fin, iban detrás. La nave, prendido el fuego, comenzó a extender el incendio profusamente y las torres, así como las otras construcciones emplazadas en la cabecera del muelle, fueron presas [4] de las llamas antes de que se pudiera poner remedio. Los que habían saltado a las chalupas arrojaron contra las obras antorchas y todo cuanto fuera apropiado para alimentar el fuego. Y ya había comenzado a arder no sólo el basamento de las torres sino también la cima de la cubierta, cuando los que estaban en las torres unos fueron pasto de las llamas y otros, abandonando las armas, se tiraron [5] al agua. Pero los tirios, al preferir apresarlos vivos más bien que darles muerte, golpeaban con palos y con piedras las manos de los que intentaban salvarse a nado, hasta que podían sin ningún peligro recogerlos, agotados, en las embarcaciones.
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