Читать книгу: «Silvas»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 202

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO.
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por GABRIEL LAGUNA MARISCAL.
© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008
López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO303
ISBN 9788424932329.
INTRODUCCIÓN
Las Silvas
Tal como indica su nombre, las Silvas constituyen una colección de poemas varios, que, al modo como crecen sin orden en la fraga los árboles y los matorrales de especies diversas, brotaron de la capacidad creadora de Publio Papinio Estacio (c. 45 -c. 96 d. C.) en desordenada miscelánea.
¿Fruto espontáneo de su inspiración, como él pretende, o producto, más bien, de su oportunismo?
Sin negar su extraordinaria brillantez versificadora ni, sobre todo, su facilidad asombrosa para improvisar —cualidad que considera Quintiliano1 como el más valioso fruto de los estudios literarios y oratorios—, Estacio se muestra, principalmente, como un erudito, dotado de una notable cultura literaria y mitológica, y que utiliza su indudable habilidad para granjearse, por medio de sus abyectas lisonjas y con dudoso éxito, el favor del déspota Domiciano (81-96 d. C.), así como, con mayor fortuna, el de determinados personajes, ventajosamente situados en el plano político y económico de la Roma de finales del siglo I d. C.; de esta suerte, más afortunado que su genial contemporáneo Marcial y sin haber sido cliente de ningún patrono, como lo fue, bien a su pesar, el hispano de Bílbilis, disfrutó del mecenazgo de, al menos, algunos de los destinatarios de sus composiciones.
Por lo demás, parte de ellas carecen, en el fondo, de verdadero atractivo, dada la falta de interés de muchos de los temas que tocan, y porque, además, resultan formalmente enojosas, debido a los excesos en el amaneramiento y la pedantería, rasgos que contribuyen a oscurecer innecesariamente lo que podría haber sido más transparente, más fresco y directo, más poético.
Otras piezas, por el contrario, nos ofrecen noticias históricas y culturales de innegable interés, y tampoco faltan las que destacan por la sensibilidad de su autor ante el paisaje ni, sobre todo, aquellas que manifiestan un sentimiento sincero de cariño o de dolor; entre ellas puede contarse el poema III 5, dirigido a su esposa, a la que insta para que se retiren ambos a las tierras de su amado golfo napolitano; asimismo, el V 3, poema fúnebre dedicado al padre del poeta, composición que rebosa amor y admiración, aunque Estacio aprovecha la loa para loarse a sí mismo como autor épico en la creación de la Tebaida. Está lleno de ternura el poema V 5, en que llora la muerte de su niño, al parecer un pequeño esclavo manumiso, nacido en su propia casa y al que profesaba un cariño acendrado, como si se tratara del hijo que no tuvo.
No olvidemos tampoco el breve poemita V 4, compuesto en sus últimos tiempos, cuando su prematura enfermedad le impedía dormir, y que dirige al dios Sueño para suplicarle que acuda, aunque sólo sea de pasada, a aliviar el tormento de su vigilia.
También el poema en endecasílabos IV 9, dedicado a Plocio Gripo, es en cierto modo una excepción, puesto que, aun estando dirigido a un personaje eminente del entorno de Domiciano, y aunque contiene adulaciones evidentes —dados los cargos que, por favor del César, ostentó el destinatario—, su tono y su estilo son familiares, festivos y cargados de buen humor.
Cabe, asimismo, destacar esa frescura de talante en el poema IV 6, donde, por añadidura, se pone de relieve la sensibilidad y el primor del poeta en la apreciación de las obras de arte en general y, en particular, del Hércules, pequeño de tamaño y majestuoso en su concepción y en su factura, debido al genio de Lisipo.
El texto
En la presente traducción se ha seguido, excepto en algunos detalles no significativos y salvo, sobre todo, en la puntuación de ciertos pasajes que indicamos más abajo, el texto establecido por Henri Frère, tal como aparece en la segunda edición de la Sociedad «Les belles lettres» (París, 1961), con traducción de H. J. Izaac.
El primer hallazgo de un manuscrito de las Silvas fue debido al humanista italiano Juan Francisco Poggio, que lo descubrió, probablemente en Francia —quizá en Alemania— en la primera veintena del siglo XV, pero que, por desgracia, se perdió.
Tenemos un segundo manuscrito, el Laurenciano, que se remonta al siglo X, y que nos transmite solamente el poema II 7, dedicado a Pola, la viuda de Lucano; poema notable no sólo por su métrica y por la extraordinaria personalidad de su destinataria, sino también por la sinceridad que, en medio del habitual derroche de erudición, parece transparentarse en los elogios que se tributan tanto a Pola como a Lucano. Por ello, se comprende que pudiera gozar este poema de la predilección del copista del Laurenciano. Y otro motivo sobreañadido, relacionado con el anterior, puede ser el del rencor visceral que muestra el poeta ante el recuerdo de Nerón (ver, por ejemplo, II 7, 119 y V 2, 33).
El manuscrito más importante entre los que nos han hecho llegar el conocimiento de las Silvas es el Matritense, que en 1874 descubrió Löwe en la Biblioteca Nacional de Madrid y que puede datarse en 1417 ó 1418; de él, según determinó Klotz, deriva, directa o indirectamente, la treintena de manuscritos italianos, posteriores a 1450, que han pervivido hasta el momento presente. En él se basa, dentro de lo posible, la lectura crítica de Henri Frère y la traducción francesa de H. J. Izaac que aparecen en la edición citada de «Les belles lettres», así como la presente traducción castellana, en la que, aparte de los aspectos estilísticos —elemento eminentemente personal— y aparte, también, de un respeto más riguroso a la literalidad del texto establecido, existen algunas discrepancias notables en cuanto a la puntuación, debidas no sólo a criterios ortográficos, sino también al empeño de facilitar a los lectores la correcta interpretación de los textos.
He aquí los lugares en que dichas diferencias han sido más importantes:
| FRÈRE-IZAAC | PUNTUACIÓN ADOPTADA |
| I 2, 137 y ss.:Sed dabitur iuueni, cui tu, mea summa potestas,nate, cupis, thalami quamuis iuga ferre secundisaepe neget maerens. Ipsam iam cedere sensi | Pero será entregada al joven por quien tú abogas, hijo, mi potestad suprema: por mucho que ella niegue, en su tristeza, su voluntad de entrega a un nuevo yugo, ya he notado que cede |
| I 4, 65 y ss.:has ultro laudabit Iuppiter artes.Nam neque plebeiam aut dextro sine numine cretamseruo animam. Atque adeo breuiter, dum tecta subimus,expediam. Genus ipse suis permissaque retronobilitas; | Júpiter aprobará de grado nuestra empresa, porque no es la vida de un plebeyo ni la de un hombre que se haya encumbrado sin el favor divino la que intento salvar. Más aún —te pondré al corriente en pocas palabras mientras vamos a su casa—: es él quien presta lustre a su progenie y quien prestigia a sus antepasados; |
| IV 6 44 y ss.:quis modus in dextra, quanta experientia doctiartificis curis pariter festamina mensaefingere et ingentes animo uersare colossos! | ¡que mesura en la diestra, qué técnica en la empresa del docto artífice! ¡plasmar al mismo tiempo adornos para una mesa y concebir en su pensamiento colosos ingentes! |
| IV 6, 86:plebeia domus. | una casa plebeya: |
| V 1, 85-86:—nee enim… domo—, | , ya que no existe en la mansión sagrada un cargo más complejo: |
| V 1, 101:cunctaque si numerem, | si yo enumerase todas sus funciones… |
| V 1, 141-142:Florebant hilares inconcussique penates:nil maestum. Quid enim..? | Vuestro hogar florecía gozoso y sin quebrantos; nada era luctuoso: y ¿qué temor cabría..? |
| V 1, 155-156:Furuae miseram circum undiqueLeti nuallauere plagae, tenduntur… | Los lazos tenebrosos de la Muerte cercaron por doquier a la cuitada: se estiran… |
| V 1, 234 y ss.:Accipiunt uultus haud indignata decorosnumina: circumstant famuli consuetaque turbaobsequiis, tunc rite | Las deidades admiten de buen grado tu bello rostro; te rodean tus fámulos —la multitud de siempre— con sus servicios: de acuerdo con el rito |
| V 2, 11 y ss.;etiamne optanda propinquis tristia?-ut octonos bis iam tibi circuit orbesuita, sed angustis animus robustior annis,succumbitque oneri et mentem sua non capit aetas. | ¿Es que también los trances luctuosos deben ser deseados por los seres queridos, ahora, cuando tu vida ha surcado tan sólo dos veces ocho órbitas, aunque tu alma sea más robusta que esos escasos años y sucumba tu edad ante tu temple sin constreñir tu espíritu? |
| V 2, 46:Ipsa uirum norat iam barbara tellus, | La misma tierra bárbara conocía ya a aquel hombre: |
| V 2, 51 y ss.:Disce, puer, —nec enim externo monitore petendusuirtutis tibi pulcher amor: cognata ministretlaus animos. Aliis Decii reducesque Camillimonstrentur— tu disce patrem, | apréndelo, ya que no has de buscar el honroso deseo del valor en un maestro extraño y debe darte ánimo la gloria familiar: a otros se ostente el ejemplo de Decios y Camilos de vuelta del exilio; tú conoce a tu padre: sabe… |
| V 2, 117:—si… putaui—: | Si.. en armas: |
| V 2, 125-126:—nam… frater—, | : ya que… segura, |
| V 2, 141-143:… Araxes.quanta Caledonios… campos!cum… | Araxes! ¡Qué… los campos caledonios cuando… |
| V 2, 145-146:… castellaque longe—aspicis?— | y aquellas torres —¿las ves allá?— |
| V 3, 115:comam subnexus utroque. | ciñendo sus cabellos con dos trofeos… |
| V 3, 2, 62-264:Quos ego tunc gemitus—comitum manus anxia uidit,uidit et exemplum genetrix gauisaque nouit—quae lamenta tuli! ueniam concedite, manes, | ¡Qué gemidos vertí en aquel momento! Lo vio el tropel solícito de mis acompañantes; también lo vio mi madre, y la complugo contemplar mi ejemplo: ¡qué lamentos vertí! Dadme licencia, Manes; |
Debemos reseñar, asimismo, que en algunos lugares se han preferido, a las lecturas aceptadas por Frère-Izaac, las conjeturas que se recogen en la edición oxoniense de E. Courtney (1990), por considerarlas altamente valiosas para una mejor interpretación del texto, desde múltiples puntos de vista. Los pasajes más importantes en que ha parecido preferible adoptar dichas conjeturas son los siguientes:
| FRÈRE — IZAAC | COURTNEY |
| I 2, 45: pensa ueheret | prensum auerteret |
| I 3, 51: est experta | expertura |
| II 1, 223: meruit | renuit |
| II 5, 1: monstrata | constrata |
| III 3, 179-80: periuria…/ litore | per Sunia…/ litora |
| V 2, 117: armatumque | Martemque |
| V 2, 160: et mihi! | ei mihi! |
| V 5, 17: papillas | fauillas |
La traducción
Tratándose de un autor postclásico, de la llamada Edad de Plata de las letras latinas2, lo que equivale a decir barroquizante —y, dentro de la tendencia barroca, en la línea de lo que se ha llamado culteranismo por oposición al conceptismo—, en la presente traducción de las Silvas se ha procurado respetar ese espíritu y esas formas en tanto en cuanto ha sido posible.
Como resultado de tal intento, el empeño de identificación con Estacio se ha manifestado, de una manera casi totalmente involuntaria, en una traducción que, a lo largo de no pocos pasajes, se ofrece en forma de prosa métrico-rítmica, que, eso sí, procura evitar la rima, y que presenta, sobre todo, multitud de endecasílabos, de heptasílabos y de pentasílabos adónicos.
Tanto en la traducción como en los comentarios, se ha procurado prescindir de nombres y expresiones excesivamente técnicos y propios de especialistas, a fin de que todo ello estuviera al alcance de estudiosos y de amantes de la Antigüedad menos especializados. Valga, como botón de muestra, al principio del poema II 7, el uso del nombre Bacantes, de todos conocido, en lugar del sustantivo Basárides que emplea el autor para referirse a las devotas seguidoras de Basáreo, esto es, de Baco.
Del mismo modo, aunque se han utilizado ciertos cultismos inevitables en la traducción, otros han parecido excesivos y ociosos, y por ello se han sustituido por palabras o expresiones menos chocantes: así, el vocablo latino Bellipotens (Belipotente), que designa a Marte, se ha reemplazado, en los poemas I 4 y V 2, por el giro castellano «el señor de la guerra».
En otros pasajes, sin embargo, ha parecido preferible, porque de otra manera no era posible mantener la fidelidad al texto, respetar literalmente la construcción original, aclarándola mediante una nota. Así, en el poema IV 5 aparece el adjetivo bebricio, no sustituible por ninguno más usual; por consiguiente, se ha mantenido en la traducción, pero se ha explicado con la suficiente transparencia por medio de la nota oportuna y necesaria.
Por la misma razón, el adjetivo cecropio, que se emplea en los poemas II 6 y III 2 —con significados diferentes, por cierto— se ha respetado en la traducción, aclarando su empleo con la ayuda de sendas notas.
Éste es, entre otros, el motivo de que se hayan multiplicado las llamadas hasta unos límites poco usuales: Estacio, como se verá, hace gala de una erudición sin fin, erudición que se hace necesario desentrañar para ponerla al alcance de todos los lectores que, siendo cultos, no se han especializado en las parcelas que dominó el poeta.
Asimismo, a fin de facilitar a algunos posibles lectores, no excesivamente versados en cultura clásica, la comprensión del texto y de sus alusiones, se ha utilizado en algunos pasajes —pocos hasta donde ha sido posible— una traducción ligeramente aclaratoria, para no multiplicar en grado exagerado el recurso a las notas explicativas.

1 Formación del Orador Χ 7, 1.
2 PIERRON, en su Histoire de la Litterature Romaine (3.a ed., París, 1863, cap. XXXVII, págs. 531 ss.), lo incluye entre los escritores que él denomina pseudovirgilianos, esto es, aquellos que, después de Séneca y Lucano, pretenden, sin lograrlo, mostrarse como continuadores de Virgilio.
BIBLIOGRAFÍA
EDICIONES Y TRADUCCIONES
E. COURTNEY, P. Papini Stati Siluae, Oxford, Clarendon Pr., 1990.
H. FRÈRE-H. J. IZAAC, Stace, Silves (2 tomos), París, Société d’édition «Les Belles Lettres», 1961.
G. LAGUNA, Estacio, Silvas III, Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla (coedición: Madrid, Fundación Pastor de Estudios Clásicos), Salamanca, 1992.
ESTUDIOS: véanse los publicados en el volumen:
H. TEMPORINI-W. HAASE (eds.), Aufstieg und Niedergang der Römischen Welt, Berlín, New York, Walter De Gruyter, 1986, vol. II 32.5, a saber:
H. CANCIK, «Statius, “Siluae”. Ein Bericht über die Forschung seit Friedrich Vollmer (1898) (Bibliographie unter Mitarbeit von H. J. van Dam)», págs. 2681-2726.
H. J. VAN DAM, «Statius, “Siluae”. Forschungsbericht 1974-1984», págs. 2727-2753.
D. W. T. VESSEY, «Transience Preserved: Style and Theme in Statius “Siluae”», págs. 2754-2802.
LIBRO I
DEDICATORIA
Estacio saluda a su amigo Estela.
He vacilado larga y seriamente, Estela, joven excelente y eminentísimo en esa parcela que has escogido1 dentro de nuestro quehacer poético, antes de coleccionar y editar estas obritas que, frutos de un ardor repentino y de un cierto placer por la improvisación, <brotaron> una a una de mi seno. En efecto, ¿qué <necesidad había de> cargarme asimismo [5] con la responsabilidad de la publicación, si aún temo por la Tebaida, que sigue siendo mía a pesar de haberme dejado? Sin embargo, también leemos el Cúlex2, e incluso admitimos la Batracomaquia3, y no hay ningún poeta ilustre que no haya hecho preceder sus obras por algún escrito de [10] estilo más relajado. Por otra parte, era tarde para retener mis poemas, puesto que, de hecho, ya los teníais en vuestro poder aquellos en cuyo honor han sido escritos. Para los demás lectores, sin embargo, es inevitable que pierdan mucho de su justificación, ya que no conservan el único encanto que tenían, el de la frescura, porque en ninguno de ellos he [15] trabajado más de dos días, y algunos nacieron en uno solo. ¡Cuánto temo que mis versos muestren por sí mismos la verdad de mi aserto!
El primer poema tiene un testigo sagrado, ya que era de rigor comenzar por Júpiter4. Esos cien versos, compuestos a propósito de su colosal estatua ecuestre, se me encargó que [20] los entregara al más indulgente de los emperadores al día siguiente de la dedicación del monumento. «Quizá lo viste antes», podrá decirme alguien. Tú le contestarás, queridísimo Estela, porque sabes que tu epitalamio, por encargo tuyo, lo escribí en dos días; es un atrevimiento, desde luego, si bien [25] consta de trescientos hexámetros5. Ahora bien, alguien puede suponer que tú vas a decir una mentira para dejar en buen lugar a un colega tuyo; pero lo que no admite dudas es que Manilio Vopisco6, hombre lleno de erudición y que, por encima de todo, defiende del olvido las letras, ya en peligro de abandono, suele también gloriarse en mi nombre por la descripción que en un solo día hice de su villa de Tívoli. Viene a continuación una composición dedicada a la convalecencia de Rutilio Gálico7; de ella no digo nada, para que [30] no parezca que aprovecho para mentir la circunstancia de que mi testigo haya muerto. Sí poseo el testimonio de Claudio Etrusco8, que está vivo, y recibió de mí el poemita que dediqué a sus baños mientras esperábamos la cena9. Figuran, por último, las calendas de diciembre, que hallarán crédito sin lugar a dudas, porque canté aquella noche venturosa, sin [35] precedentes en las celebraciones populares, <a medida que se iban desarrollando los festejos>***10.

1
LA COLOSAL ESTATUA ECUESTRE DEL EMPERADOR DOMICIANO11.
¿Qué mole es ésta, agigantada por el coloso que se alza sobre ella y que domina todo el Foro Latino? ¿Ha llovido del cielo esta obra acabada? ¿O, forjada en las fraguas sicilianas, ha salido esta efigie de las manos cansadas de Estéropes y Brontes12? ¿O fueron, Germánico13, las manos de Palas14 las que para nosotros te plasmaron asiendo las [5] riendas, tal como te han contemplado hace poco el Rin y la mansión fragosa del asombrado dacio15?
Sea que una tradición más venerable se pasme ante el renombre, famoso por los siglos, del caballo de Troya, para el que se amenguaron, con la tala de sus bosques, las sacrosantas [10] cumbres del Díndimo y del Ida16. Pero a éste no habría podido darle acogida Ilión en sus rotas murallas, ni serían capaces de impulsarlo mancebos y doncellas17 en confusa bandada, ni el propio Eneas, ni el poderoso Héctor18. Aquél, por otra parte, era dañino y ocultaba en su seno a los fieros aqueos; a éste lo recomienda la benignidad de su [15] jinete: da gozo contemplar su rostro, que presenta las huellas de la guerra unidas a una plácida expresión de paz.
Y nadie crea que exagero: su belleza y su prestancia corren parejas con su dignidad. No es mayor la altivez con que, tras el combate, lleva a Marte su corcel tracio19, que se [20] enorguellece de su pesada carga y, lanzado al galope, humea a lo largo del río Estrimón20, que acelera su curso, a impulso de su aliento poderoso.
El emplazamiento es digno de la obra. De un lado, frente a ella, abre sus puertas el templo de aquel que, cansado de contiendas, por la ofrenda de su hijo adoptivo, fue el primero en mostrar a nuestros dioses el camino de las alturas21, y ahora comprende por tu semblante cuánto más clemente en las batallas eres tú, que, no proclive a ensañarte frente a la [25] furia bárbara, concedes un tratado a los catos y a los dacios. Si tú hubieras acaudillado sus huestes22, su yerno23 se habría sometido a tus leyes y Catón24 habría abandonado la contienda.
Contemplan tu andadura, a los costados, de un flanco la obra de Julio25 y del otro la elevada basílica del belicoso Paulo26; miran tu espalda tu padre27 y la Concordia con [30] rostro cariñoso.
Y tú, sumida tu cabeza excelsa en los puros cielos, resplandeces por encima de los templos y pareces vigilar si el nuevo Palacio se alza más hermoso desdeñando las llamas28 [35] y si el fuego troyano vela calladamente con su antorcha y si Vesta ya aprueba, tras su juicio, a sus sacerdotisas29.
Tu diestra se opone a las contiendas; no doblega tu siniestra el peso de la virgen Tritonia30, que ostenta la cabeza cortada de Medusa31; la diosa parece espolear a tu caballo; en parte alguna podría escoger sede más grata: ni siquiera si [40] fueras tú, oh padre de los dioses, quien la sustentara.
Tu pecho, que podría acabar con todos los cuidados del mundo, ha agotado por entero las minas de Témese32. De tus hombros pende la clámide. Tu costado se encuentra guarnecido con tu espada envainada; envainada, aunque su punta es tan temible como la del gigantesco Orión33, que amenaza a las noches de invierno y espanta a las estrellas. [45]
Y tu corcel, que copia el porte y el nervio de un caballo viviente, alza con altivez su testa y muestra el deseo de galopar; en su cuello gallardo se yerguen las crines; se trasluce en sus miembros el ímpetu vivaz y sus amplios ijares se muestran dignos de tus espuelas. En vez del césped de una tierra inane, su pezuña de bronce huella las ondas del Rin [50] sometido. Su presencia habría espantado a Arión, el caballo de Adrasto34 y al contemplarlo desde su templo cercano se atemoriza Cílaro, el palafrén del hijo de Leda35. Fiel a tu freno, nunca obedecerá a las riendas de otro amo: siempre estará sujeto a un mismo astro. [55]
El suelo apenas puede sostenerte y jadea a tus plantas la tierra al ser hollada por tal mole. No es el hierro ni el bronce: es tu genio el que fatiga el suelo, y lo fatigaría aun cuando fuera un pedestal eterno el que te sustentara, soportando las cumbres de una montaña alzada sobre él, o resistiendo la fuerza abrumadora de las rodillas de Atlante, [60] portador del cielo.
Y no ha sido largo el empeño. El propio dios36 presente en su hermosura, ha dado impulso a la obra y los jóvenes, consagrados al trabajo, se sorprendían al ver cómo se multiplicaban sus manos. A su impulso, resonaba la grúa gigantesca; el estrépito se extendía sin cesar por las siete colinas de Marte37 dominando los rumores confusos de la populosa [65] Roma.
El propio guardián de aquel paraje, cuyo nombre inmortal38 perpetúan el sagrado abismo y el lago famoso, al oír el infinito resonar del bronce y el mugido del Foro al golpe vigoroso, vuelve su rostro, áspero por la pátina sacra, y [70] ceñidas sus sienes venerables de follaje de encina bien ganado. Al pronto, se espantó ante la planta gigantesca y el refulgente brillo de tu caballo, más corpulento que el suyo, y, estremecido, sumergió en el lago por tres veces su cuello altivo; luego, dichoso ante la visión del jinete, proclamó: «salud, hijo y padre de poderosos dioses39. Desde hace tiempo tenía noticia de tu divinidad: ahora es bienaventurado mi lago, [75] ahora es venerable, pues me ha sido dado conocerte de cerca y contemplar, desde mi sede próxima, tu inmortal resplandor. Yo procuré y hallé por una sola vez la salvación de los hijos de Rómulo. Tú dominas las gestas de Júpiter, tú las guerras renanas, tú los impíos conflictos civiles, tú, en prolongada lucha, dominas la montaña reacia a los tratados40. Si tú [80] hubieras vivido en nuestros tiempos, mientras yo vacilaba, habrías intentado sumergirte en la profunda charca, pero la propia Roma habría retenido tu montura».
Atrás el corcel que yergue su estampa en su emplazamiento del Foro Juliano, frente al templo de Dione latina41; el caballo que, dicen, Lisipo, te atreviste a esculpir para honra [85] del héroe de Pela, y que luego sostuvo con testa orgullosa la efigie de César. Sin esforzar los ojos resalta la altura de donde un caballo al otro contempla. ¿Quién sería tan torpe que no confesara al mirarlos que, cuanto difieren los brutos, [90] difieren quienes los gobiernan?
Tal obra no teme al invierno pluvioso, ni al triple haz de rayos de Júpiter, ni a las legiones de vientos que Éolo retiene, ni a la injuria durable del tiempo: seguirá enhiesta mientras duren la tierra y el cielo y la gloria de Roma. Y aquí, al amparo de la noche silente, cuando los dioses de lo alto se complacen en las cosas de la tierra, la turba de los [95] tuyos42, abandonando el cielo, descenderá a abrazarse en torno a ti; y acudirán con ellos a ese abrazo tu hijo y tu hermano y tu padre y tu hermana: tu cuello acogerá a todos los astros43.
Goza por siempre de esta ofrenda que te brindan el pueblo y el egregio senado. Los colores de Apeles habrían [100] deseado retratarte; el anciano ateniense44 habría aspirado a levantar tu efigie, a ésta semejante, en un nuevo templo de Júpiter Eleo; la plácida Tarento habría preferido tu semblante45 y la indomable Rodas, menospreciando a Febo46, habría preferido tu mirada que imita el fulgor de los astros.
Así ames, fiel, la tierra, y habites en los templos que te [105] hemos consagrado; no te dejes ganar por la estancia celeste y contempla, dichoso, cómo ofrendan tus nietos el incienso ante este monumento.
2
EPITALAMIO EN HONOR DE ESTELA Y VIOLENTILA47
¿Por qué han resonado los montes del Lacio con un canto sacro? ¿Para quién, Peán48, pulsas un plectro nuevo y el marfil armonioso suspendes de tu hombro, en que tu cabellera se derrama? He aquí que las Musas abandonan el Helicón canoro49 y agitan en sus nueve antorchas la llama ritual del himeneo, trayendo de sus fuentes de Pieria50 la linfa [5] rumorosa. Entre ellas, la Elegía51 se aproxima, impulsiva, con mayor altivez que de costumbre, dando prisa a las Musas, marchando de una a otra para afianzar sus pasos, e intenta aparecer como la décima, y confundida entre las nueve hermanas, las engaña. La madre de Eneas52, en persona, [10] ha traído de la mano a la desposada, que abate sus pupilas y enrojece con dulce candidez. Y es ella quien prepara el tálamo y las sagradas ceremonias y, ocultando su divinidad en medio del cortejo de mortales del Lacio, atenúa el esplendor de su cabello, de su faz, de sus mejillas, en su deseo de [15] mostrarse menos bella que la recién casada.
Ya sé qué día es éste y cuál es el motivo de tal celebración: es a ti —abre las puertas—, es a ti, Estela, a quien canta ese coro; es a ti a quien aportan sus guirnaldas Febo y Euhan53 y la deidad alada de la Arcadia, que llega de las sombras del monte Ménalo54.
El tierno Amor y la Gracia no cesan de derramar sobre [20] ti flores sin número y una nube de aromas cuando abrazas los níveos miembros de tu esposa ansiada. Tú en tu frente recibes las rosas o los lirios que se entretejen con las violetas y proteges la faz como la nieve de tu dueña.
Llegaba, pues, el día, señalado por el blanco vellón de las [25] Parcas, en que debía proclamarse el canto de himeneo en favor de Estela y Violentila. Queden atrás cuidados y temores; que callen las malicias insidiosas de un poema mendaz, y tú, murmuración, guarda silencio55. Se ha sometido a la ley, admitió el freno la licencia amorosa. Se ha terminado ya el rumor del vulgo: los besos tanto tiempo criticados han [30] salido a la luz. Sin embargo, ofuscado, aunque se te ha brindado la ventura de una noche tan bella, aún vacilas entre el deseo y el temor ante una recompensa que se te ha concedido por el favor divino. Depón, dulce poeta, tus suspiros. Olvídalos: es tuya. Puedes ir y venir por su puerta, expuesto a las miradas, con paso no furtivo: ya no habrá portero, ni ley, ni pudor que te lo impida. Sáciate al fin del [35] del ansiado abrazo —¡es tuya!— al tiempo que recuerdas tus noches de tormento.
Sería, sin duda, digna recompensa, aunque Juno te impusiera los trabajos de Hércules, aunque el destino te obligara a competir con los monstruos estigios, aunque te vieras arrastrado en medio de las mareas entre las islas Ciáneas56. [40] Por ella valdría la pena correr, tembloroso, bajo las condiciones dictadas en Pisa, escuchando a la espalda los aullidos de Enómao57. Ni siquiera obtendrías dádiva semejante aun cuando, pastor temerario, asentaras tu sede en el Ida dardanio58, ni si la bienhechora Titonia59 hubiera deseado arrebatarte, para llevarte por los aires en su biga. [45]
Pero ¿cuál es la causa que ha traído esta unión, inesperado gozo del poeta? Dímelo aquí conmigo, dulce Érato60, mientras las puertas y el atrio hierven de gentío y mientras tantos fasces61 golpean el umbral. Estoy dispuesto a suscitar tan [50] oportuna charla, y esta docta morada sabe escuchar.
Una vez, donde se extienden las regiones lácteas del sereno cielo, la bienhechora Venus, cuando la noche acababa de huir, reposaba en su lecho, liberada del abrazo rudo de su amante gético62. Una multitud de Amores se agolpaba en torno a las columnas y a los colchones del lecho de la diosa, pidiéndole instrucciones: ¿qué antorchas debían llevar? ¿qué [55] pechos tenían que traspasar? ¿quería que se ensañaran en la tierra o en las aguas? ¿que implicaran a los dioses? ¿que se atrevieran a atormentar al divino Tonante?
La diosa todavía no había resuelto nada; no abrigaba en su corazón un deseo concreto. Yacía, fatigada, sobre el lecho en que antaño, culpable, se dejó sorprender en el lazo [60] del amante de Lemnos63.
Entonces, uno de los niños de su corte de seres alados, aquel en cuyo rostro resplandecía la luz más viva y cuya presta mano nunca había fallado el blanco de su flecha, la interpeló dulcemente desde la fila con su tierna voz, en tanto sus hermanos, la aljaba al hombro, guardaban silencio: «Sabes, madre —le dijo— cómo mi diestra no cede ante [65] ninguna empresa: todo mortal, toda deidad que me encomendaste, se abrasa. Pero por una vez, permite, oh madre, que nos conmovamos ante las lágrimas, las manos suplicantes, los votos y los ruegos de los hombres, porque no hemos sido forjados de duro acero, sino que somos tu prole.
Hay un joven, nacido de una ilustre familia latina, hijo [70] de antepasados patricios, a quien la Nobleza alzó, jubilosa, y, como un presagio de su donosura, se apresuró a brindarle un sobrenombre tomado de nuestro cielo64. Yo, malicioso, porque a ti te era grato, lo traspasé un día con una lluvia de saetas, dejando vacía mi aljaba. Y aunque muchas matronas [75] de Ausonia65 lo ansiaban con fervor como yerno, lo sujeté, después de vencido, y lo obligué a esperar por luengos años hasta que sucumbiera al yugo de una dueña irresistible. En cuanto a ella, apenas la he tocado —indulgente, porque así lo querías— con el extremo de mi antorcha y con un tiro de arco poco tenso. Soy testigo asombrado, desde entonces, [80] de la llama indomable que reprime el angustiado joven y de la intensidad de mis embates, que soporta noches y días. A nadie, madre, he atormentado nunca con más crudeza; a nadie he traspasado con heridas más incesantes. He visto a Hipómenes66 correr, ansioso, en liza despiadada, y no era [85] tal su palidez al llegar a la meta; he visto también los brazos del joven de Abidos67 cuando rivalizaban con los remos, he aplaudido a sus manos y a menudo le he mostrado mi luz mientras nadaba: era menor su ardor, aunque entibiaba el mar embravecido: tú, joven, has sobrepasado los amores célebres. Yo mismo me he admirado de que hayas resistido [90] en medio de un fuego tan intenso y he afianzado tu constancia y con mis suaves plumas he enjugado el llanto de tus ojos. ¡Cuántas veces se me ha quejado Apolo de que su poeta penara hasta ese extremo! Concédele ya, madre, el tálamo [95] que ansía. Él es nuestro aliado y nuestro fiel portaestandarte; habría podido cantar las hazañas guerreras y las claras acciones de los héroes y los campos surcados por ríos de sangre; pero es a ti a quien consagró su plectro: prefirió señalarse como vate pacífico y entretejer su lauro con nuestro mirto. Así ha cantado las debilidades de los jóvenes y las [100] heridas propias y ajenas. ¡Ah! ¡qué profunda es, madre, su devoción por la diosa de Pafos68! Él ha llorado el funesto destino de nuestra paloma69. Así dijo y, mimoso, se colgó del suave cuello de su madre y acercando sus alas dio calor a su pecho. Ella, prestando oídos a sus fervientes súplicas, [105] respondió: «Es sublime, en verdad, y poco usual entre los hombres —incluso entre los que gozan de mi favor— el afán de este joven amado de las Piérides70. En cuanto a ella, yo, prendada del esplendor sin par de su belleza, pareja con la gloria de sus antepasados y la prez de su estirpe, cuando [110] descendió al mundo la acogí, la protegí en mi seno, y mi mano, hijo mío, no cesó de embellecer su cuello y sus mejillas ni de ungir sus cabellos con aceite de amomo. Ha salido a mi imagen su dulzura. Contempla, aun de lejos, la prestancia de su frente y el tocado de su cabello. Juzga en cuánto aventaja a todas las madres del Lacio, cómo eclipsa [115] a las Ninfas la virginal progenie de Latona71 y cómo yo supero a las Nereidas. Habría sido digna de nacer a mi lado de las azules aguas y de ocupar mi concha72, y si hubiera podido ascender hasta las moradas pobladas de estrellas y penetrar en nuestras estancias, vosotros mismos, Amores, la confundiríais conmigo. Aunque le he concedido con largueza [120] bienes copiosos, en su pecho domina las riquezas. Lamento que los chinos, en su avaricia, exploten solamente unos bosques estrechos73; lamento que escaseen los retoños de Clímene74, que las verdes hermanas no prodiguen sus lágrimas75 y que sean ya pocos los vellones que se tiñen de rojo con el tinte sidonio76, y escasos los cristales que se hielan [125] entre nieves perpetuas77. Para ella he dispuesto que discurran el Hermo y el Tajo78 sobre dorada arena, que aún para su ornato no es bastante; para ella di orden a Glauco y a Proteo y a todas las Nereidas de buscar los collares de la India79. Si tú la hubieras visto, Febo, por los campos tesalios, [130] Dafne80 habría vagado sin peligro. Si se hubiera mostrado en la costa de Naxos junto al lecho de Teseo, incluso Euhan81 habría huido, dejando abandonada a la beldad de Cnosos82. Y si Juno no me hubiera reprimido con sus constantes quejas, Júpiter, señor infiel de las alturas, por ella habría [135] asumido plumas y cuernos y sobre ella se habría derramado en lluvia de oro puro83. Pero será entregada al joven por quien tú abogas, hijo, mi potestad suprema: por mucho que ella niegue, en su tristeza, su voluntad de entrega a un nuevo yugo84, ya he notado que cede y corresponde a la pasión del [140] joven».
Tras estas palabras, la diosa alzó sus celestiales miembros, traspuso la magnífica puerta de su alcoba y reclamó sus cisnes del Eurotas85 para embridarlos. Amor los sometió a las riendas y se sentó al timón, ornado de piedras preciosas, conduciendo, a través de las nubes, a su madre dichosa. Ya se muestra el alcázar troyano del Tíber86: su recinto excelso deja ver sus fulgentes moradas y los cisnes, gozosos, tributan [145] el aplauso de sus alas a la mansión ilustre. Es una sede digna de una diosa y que no desmerece de los astros radiantes: allí el mármol de Libia y el de Frigia, allí verdean las duras piedras de Lacedemonia, allí refulgen el ónice variante y la piedra color del mar profundo y la que envidiar suelen la [150] púrpura de Esparta y el tintorero experto con los calderos tirios. Se yerguen las techumbres, sustentadas por columnas sin número, y las vigas de roble resplandecen con sus tachones del metal dalmático87. Las sombras que proyectan los árboles añosos detienen los ardores del sol; fontanas transparentes viven entre los mármoles. Y la naturaleza no observa sus [155] contrastes: siente aquí frío Sirio88, el invierno se entibia y las moradas templan los cambios de estaciones. La bienhechora Venus se regocijó a la vista de la residencia de su poderosa protegida89, tal como si arribase desde alta mar a Pafos o a su mansión de Idalia o a su templo de Érice90. Al punto dirigió [160] estas palabras a la joven, que descansaba en su alcoba solitaria: «¿Hasta cuándo ese sueño y ese recato de tu lecho vacío, oh joven predilecta entre las de Laurento91? ¿Qué límite pondrás a tu castidad y a tu recuerdo fiel? ¿Nunca vas a plegarte al yugo de un varón? Pronto vendrán los años [165] más sombríos. Aprovecha tu lozanía y goza de tus efímeros encantos. No te he concedido tal hermosura y ese rostro sin par y mi propio don para que vivas años solitarios como si yo te odiara. Fue mucho —demasiado— desdeñar a tus otros pretendientes, pero éste está entregado a ti con toda su [170] sangre, sólo a ti admira y ama entre todas y no carece ni de prestancia ni de nobleza. Porque en la ciudad entera, ¿qué hombre, qué mujer en edad juvenil no sabe de memoria sus doctos versos? Y le verás alzar los doce fasces —¡así dure la [175] gracia de quien gobierna Ausonia92!— antes de tiempo93; lo cierto es que ya ha abierto las puertas del templo de Cíbele y lee las profecías de la Sibila de Eubea94. Pronto el padre del Lacio95, cuyos designios puedo yo adivinar, concederá a este joven la vestidura púrpura y el marfil curul96 y aun le otorgará una gloria mayor: la de exaltar los trofeos logrados [180] en la Dacia y los recientes lauros. Vamos pues: únete a su lecho y renuncia a ese retiro en plena juventud. ¿A qué naciones, a qué pechos no he alcanzado con la antorcha nupcial? El pueblo de las aves, el del ganado, el de las fieras, cruel, no han sido tan insensibles como para negarse; el [185] propio cielo, cuando las nubes se deshacen en lluvia, lo derrito para que se maride con la tierra. Así se renuevan los ciclos y la vida del mundo. ¿De dónde habría surgido la gloria renaciente de Troya y el que salvó a los dioses de entre las llamas, si yo no me hubiera unido a un esposo frigio97? ¿De dónde habría multiplicado a mis Julios el lidio Tíber98? [190] ¿Quién habría levantado las murallas en torno a las siete colinas de Roma, la capital latina del imperio, si una vestal troyana99 no hubiera cautivado a Marte furtivamente, pero con mi venia?».
Con estas palabras hechizó a la joven, que guardaba silencio, y la persuadió de la honrosa condición del matrimonio. Vuelven a su pensamiento los presentes, los ruegos, [195] las lágrimas del joven y sus quejas insomnes a su puerta, y la Astéride100 que el vate ha cantado por la ciudad entera: Astéride antes de la cena, de noche Astéride, Astéride al alba, como nunca resonó el nombre de Hilas101. Y ya, de grado, comienza a doblegar su corazón altivo y a admitir su dureza.
¡Dicha a tu tálamo, el más tierno de los vates latinos, [200] pues has andado un áspero camino y has arribado a puerto en la empresa propuesta! Tal el río fugitivo de la lustrosa Pisa102, inflamado de lejos por lejanos amores, arrastra por [205] su cauce submarino su impoluta corriente, hasta llegar al fin al manantial sicanio y beberlo con labios anhelantes; extasiada la Náyade ante tan dulces besos, no piensa que su esposo sea llegado del mar103.
¡Qué día, Estela, para tu alegría, sumido en tal presente radiante de los dioses! ¡Qué voto tan ferviente hizo saltar tu [210] pecho cuando el rostro propicio de tu dueña asintió al dulce yugo! Creíste subir al cielo y flotar por la bóveda estrellada. No fue tan vivo el gozo del pastor104 en la playa de Amiclas105 cuando Helena llegaba para embarcar en la nave troyana; ni [215] la tésala Tempe106 vio así a Peleo cuando Quirón, encabritando su figura equina, divisó la llegada de Tetis107 a las tierras hemonias108. ¡Qué lento es el decurso de los astros! ¡qué perezosa Aurora para calmar las ansias del esposo!
Pero cuando a lo lejos vieron que se aprestaba el lecho para Estela, el hijo de Latona109, protector de los vates, y el retoño de Sémele, Euhan110, pusieron en marcha sus rápidos [220] cortejos, el uno desde Ortigia111, el otro desde Nisa112. A Apolo le responden con sus ecos los montes licios y las frescas umbrías de Timbra y el Parnaso, su gloria113; a Euhan, el Pangeo y el Ísmaro y las costas de Naxos, que fueron antaño su tálamo114. Ya llegan a las puertas de la morada que aman, y a su amigo cantor le traen éste una [225] lira, aquél una dorada piel de ciervo con el lomo manchado; aquél un tirso, éste un plectro; éste ciñe sus inspiradas sienes con el lauro; aquél orna sus cabellos con minoica corona115.
Apenas nacido el día, ya se han tomado los auspicios de vuestra unión dichosa, ya hierven las dos casas con los preparativos de la fiesta. Verdean de fronda las jambas, [230] relucen las esquinas de nupciales antorchas y disfrutan los barrios más poblados de la inmensa Roma. Acuden a vuestros umbrales todos los que sirven las magistraturas y todos los fasces; todas las pretextas se ajan en medio de la barahúnda plebeya: aquí un caballero, allá una partida de jóvenes profieren sus quejas, y en tal apretura peligran las galas femíneas. Todos felicitan a la una y al otro, pero es a él a quien envidia [235] la mayoría de la concurrencia. Ya hace tiempo, apoyado en el quicio, Himen116 trata de entonar un canto nuevo a esta unión para agasajar al poeta. Juno trae los sagrados lazos117, [240] que Concordia refuerza con su hachón luminoso.
Tal fue aquel día: la noche, que la cante el propio desposado en aquello que puede conocerse. Así, vencida por un sueño engañoso, reposó Ilia118 sus miembros a la orilla del río cuando la tomó Marte; no era tal la belleza de Lavinia cuando el rubor tiñó su níveo rostro a la vista de Turno119; [245] ni la de Claudia cuando, después de alzarse la nave, volvió su rostro virginal al pueblo120.
Ahora, amigos de las diosas de Aonia121 y siervos de los trípodes122, hay que competir en los diversos metros: que avance la inspirada cohorte, coronada de cintas y de hiedra, cada uno según sus alientos, con lira triunfal. Vosotros ante todo, los que priváis de su último pie al verso heroico123, cantad poemas dignos de esta fiesta nupcial. El propio Filitas, con el aplauso de su isla de Cos, y el viejo Calímaco y Propercio desde su gruta de Umbría124 habrían rivalizado para ensalzar este día, y Nasón, aunque en Tomos125, habría depuesto su tristeza, y Tibulo, ante su hogar encendido, se habría sentido rico126.
En cuanto a mí, no es sólo el cariño el que me lleva a [255] cantarte; no es un solo motivo el que me impulsa: tú y yo, Estela, tenemos unas Musas parecidas, hermanas; nos posee el transporte divino ante aras semejantes y de un mismo docto manantial apuramos las aguas que nos unen. A ti, Violentila, fue mi cara Parténope127 quien te acogió al nacer en su regazo, y antes de echar el paso ya fuiste dulce gloria [260] para nuestro solar. Que aquella tierra euboica128 se exalte hasta los cielos deslumbrantes y el Sebeto129 se engría de haber dado sustento a tal beldad; que no se enorgullezcan las Náyades del Lucrino en sus antros sulfurosos ni tampoco el retiro del Sarno pompeyano130.
[265] ¡Ánimo! Aprestaos a dar al Lacio ilustres descendientes que aprueben leyes, que instalen campamentos, que compongan poemas. Ruego a la buena Cintia131 que apresure el mes décimo para el alumbramiento, y a Lucina132 que se muestre propicia; y tú, retoño, cuida de tu madre: no maltrates [270] su vientre delicado ni sus pechos enhiestos; y cuando la naturaleza, en el silencio de tu cobijo, dé forma a tu rostro, ten mucho de la prestancia de tu padre, pero más de tu madre. En cuanto a ti, la más hermosa de las italianas, lograda al fin por un esposo que te merece, cultiva esos lazos [275] tanto tiempo buscados: que ningún menoscabo mancille tu belleza; que tu rostro perdure mucho tiempo en la flor de una verde juventud y que tu lozanía se marchite muy tarde.
3
LA VILLA DE MANILIO VOPISCO EN TÍVOLI133
Si alguien ha podido contemplar la fresca mansión del elocuente Vopisco en Tívoli —aquella morada que el Anio parte en dos— y conocer la unión estrecha entre las dos orillas —las dos villas que rivalizan por retener a su amo—, ese tal no ha sufrido los ladridos de Sirio134 bajo el ardiente sol ni la mirada de la cría feroz de los bosques de [5] Nemea135: tal es la frescura de aquella mansión; tal frescor constante quebranta los rayos del sol, que la estancia no es cálida ni aun en el tiempo de las Olimpíadas136.
La Delicia en persona137, con su voluptuosa mano, <parece> haber diseñado contigo***
Entonces Venus ungió tu techumbre con perfumes de Idalia138, la acarició con sus cabellos, dejó en la morada su [10] delicioso encanto y ordenó a sus hijos alados que no se aparten de ella.
¡Oh, día memorable para siempre! ¡qué placeres conservo en mi memoria! ¡qué cansancio en mis ojos por tantas maravillas! ¡qué natural dulzura la del suelo, qué belleza en [15] aquellos parajes afortunados aun antes de que intervinieran la mano y el arte del hombre! En ningún paraje se ha prodigado más generosa la Naturaleza. Los altos bosques han tendido sus ramas sobre las aguas presurosas; una engañosa imagen reproduce las frondas, cuya sombra inmóvil se desliza a lo largo de la corriente. El propio Anio, rocoso [20] aguas abajo y aguas arriba, amansa allí, en mirífica prueba de concordia, su encrespada violencia y su estruendo espumoso, como temiendo perturbar los días que, plácido, Vopisco a las Piérides139 consagra, y sus sueños preñados de poemas. [25] Están ambas orillas en tu casa, pero el río, apacible, no te hiende. Tus reales presiden una y otra ribera y no se quejan de la barrera extraña que es el río140. Pregone la Fama la ensenada de Sestos y el mar que cruzó a nado y los delfines a los que dejó atrás un mancebo arriscado141. Aquí reina una paz inalterable, aquí no tienen paso las galernas ni el bullir [30] de las aguas. Aquí pueden cruzarse las miradas, las voces y hasta las manos casi. Así es como las aguas de un estrecho separan Calcis, y así es como la costa de Calabria, zanjada por el mar, contempla el promontorio de Peloro en Sicilia.
¿Qué cantaré primero? ¿qué después? ¿dónde me detendré? ¿Me asombraré ante las doradas vigas, ante los quicios de [35] maderas de África, ante el brillante mármol de polícroma vena, ante las aguas que se derraman por todas las alcobas? A un lado me arrastran mis ojos; a otro, mi pensamiento. ¿Cantaré la venerable vetustez de la arboleda? ¿Celebraré cómo contempla el palacio a sus pies el paso del río, o cómo [40] ve a su espalda los bosques silenciosos en que sólo halla paz, donde calla la noche, que ningún ruido altera, si no son los murmullos que imitan la oscuridad del sueño? ¿Ensalzaré los baños que humean sobre un basamento de césped, y el fuego que se enciende en aquellas riberas heladas, y el lugar [45] en que el río, maridado a los hornos vaporíferos, se ríe de las aguas que jadean en el cauce inmediato?
Allí he visto obras de arte de antiguos artesanos y yacimientos vivos componiendo su múltiple armonía. El recuerdo sería fatigoso de las preseas de oro, los marfiles, las gemas dignas de adornar los dedos, y cuanto ha sido un juego del artista —primero con la plata o con el bronce, menos valioso—, como un ensayo para plasmar colosos gigantescos. [50] Mientras deambulaba contemplativo, recorriéndolo todo con mis ojos, pisaba, inadvertido, otro tesoro: la luz que se derrama de la altura y el reflejo en las tejas142 del aire luminoso me mostraron el suelo, donde se alegra el pavimento, que, decorado con artística fantasía, supera a todos [55] los mosaicos por sus figuras nunca vistas: mis pasos se asombraron.
¿Debo admirarme ahora ante la construcción que sirve de puente? ¿ante las dos que se alzan separadas, cada una con sus tres ábsides? ¿ante ti, árbol que has sido respetado en medio del hogar y te asomas a las límpidas auras por una abertura de la techumbre? Bajo otro amo, habrías sido [60] víctima del hacha cruel. Y ahora, sin que él lo sepa, quizá una lúbrica Náyade o una Hamadríade corte la vida que él no ha segado143.
¿Debo entonar mi canto a los triclinios que alternan sus servicios en una y otra orilla? ¿a los lagos de plata y a las esbeltas fuentes que brotan de lo hondo de su seno? ¿a ti, [65] Agua Marcia144, que en lo profundo fluyes atravesando el río y cruzas su corriente por un conducto audaz? ¿Acaso el río de Élide145 es el único que, a través de un sendero de agua dulce, puede llegar, bajo las olas jónicas, a las costas del [70] Etna? Allí, en su gruta, el Anio, al abandonar sus fuentes, en medio del misterio de la noche, se despoja de su glauca vestidura y, al pasar por tal o cual paraje, tiende su pecho sobre frágil musgo o cae, grandioso, a un lago, batiendo con sus brazos las cristalinas aguas. En aquella sombra se recuesta Tiburno146; allá quisiera Álbula147 sumegir sus cabellos sulfurosos; [75] esta morada podría separar de Egeria a Febe nemorosa148 y privar de sus coros de Dríades al frío Taigeto y hacer venir a Pan de sus florestas del Liceo149. Y si el templo del héroe de Tirinto150 cesara de dar sus oráculos, también las hermanas prenestinas151 habrían podido acudir allí.
[80] ¿Para qué ensalzar sus vergeles, dignos de Alcínoo152, que dan dos cosechas al año, con sus ramas que nunca se extienden en los aires sin carga de frutos? Atrás las campiñas de Telégono153, atrás las de Turno154 en Laurento y las residencias del lago Lucrino y la costa del feroz Antífates155; atrás las engañosas colinas de la hechicera Circe, donde [85] aúllan los lobos, compañeros del héroe de Duliquio156, y los alcázares de la altiva Ánxur157, y la morada que la dulce anciana debe al héroe frigio criado a sus pechos158; atrás todas las costas que pronto, en los días breves del invierno, te llamarán al abrigo de los brumosos fríos159.
Es aquí, sin duda, donde tu proverbial prudencia se entrega a serias reflexiones, aquí donde se cobija tu retiro [90] fecundo, tu virtud firme y equilibrada, tu buen gusto y tu refinamiento sin excesos: el propio señor de Gargeto160, dejando sus jardines atenienses, habría preferido esta delicia. Cuando ruge la tempestad en el Egeo, en la estación nivosa de las Pléyades, cuando está en lo alto la constelación de [95] Olenia161, merecería la pena acudir a esta morada, aun cuando la nave debiera arriesgarse en el cabo de Malea162 y surcar las vorágines sicilianas: ¿por qué desmerece a nuestros ojos el placer que está a nuestro alcance? Aquí tu cítara deleita a los Faunos de Tívoli y al propio Alcides163 y a Catilo164, [100] cantado por más alta lira165, ya desees competir con el plectro de Píndaro o eleves tu estilo para cantar las épicas hazañas, ya tiñas de mordaz negrura la lívida sátira o, sin otro cuidado, muestres el esplendor de tus epístolas.
Tú, que merecerías las riquezas de Midas y de Creso y [105] los tesoros de los reyes persas; tú, cuyos regadíos debieran bañar el Hermo de doradas riberas y el Tajo de brillantes arenas166, sé feliz con la riqueza de tu alma. Que goces mucho tiempo de tus doctos retiros. Que —tal es mi plegaria—, con el corazón libre de toda nube, superes los días del [110] longevo Néstor.
4
ACCIÓN DE GRACIAS POR LA CURACIÓN DE RUTILIO GÁLICO167
¡Aleluya! ¡Existís, dioses del cielo y no es inexorable la labor que hila Cloto168! La bienhechora Astrea169, que mira por los hombros piadosos, vuelve, reconciliada con Júpiter, y Gálico contempla los astros que desconfiaba de volver a ver. Eres grato a los cielos, eres grato a los dioses, Germánico170. ¿Quién podría negarlo?: la diosa Fortuna ha sentido reparo en privar a tu imperio de tan valiosa ayuda. Se [5] yergue su cabeza, tan próxima a la tuya en tus inmensas cargas171; se ha liberado de las gravosas redes de la decrepitud y reverdece, más pujante, para años venideros. Compitan, pues, en gozo, exultantes, las cohortes que velan por los urbanos lábaros, y las leyes que acuden tantas veces a tu regazo para apelar de entuertos judiciales, y por doquiera [10] las togadas urbes, cuyas remotas quejas imploran tus sentencias. Que prorrumpan en vítores nuestras colinas, una tras otra, y se acalle el murmullo de pernicioso agüero: que vive y vivirá por mucho tiempo, con vida renovada, aquel en [15] cuyas manos descansa la benévola custodia del sosiego de Roma. Ni el nuevo siglo172 habría impuesto al Hado un crimen tan grave, ni el altar de Tarento173 habría consentido en tal afrenta tras ser desenterrado.
No he de invocar a Febo, aunque sin él mi plectro queda mudo, ni a las nueve deidades de la Aonia174 con la décima, [20] Palas, ni el favor de la prole de Tegea175 o de Dirce176: ven en persona tú, a quien se dirige mi canto, para infundirme nueva fuerza y aliento, porque sin un soplo de sabiduría divina no habrías mostrado tanta grandeza al prestar tal prestigio a la toga de Ausonia177 y tal cordura de juicio a los [25] centúviros178. El manantial inspirador de Pipla179 puede negar sus aguas a mi sed de poeta; el de Pirene180, cómplice, puede cerrárseme: yo prefiero tomar en largos sorbos el agua que se bebe de tu fuente, ya construyas tus límpidos discursos según el ritmo libre de la prosa, ya se fragmente tu facundia amena acomodada al arte de los poetas y cuidadosa de las leyes nuestras. Vamos, pues: si ofrendamos a Ceres sus propios [30] dones y a Lieo181 su vino; si Diana, sobrada de sus presas, acepta, sin embargo, nuestra caza en todos sus santuarios; si el señor de la guerra acoge los trofeos conquistados, tú, Gálico, aunque sea más alta tu elocuencia; aunque abundas, sublime, en riqueza oratoria, no desdeñes tampoco el [35] homenaje de una lira más baja. La luna errante se rodea de estrellas y los humildes arroyos van a dar al Océano.
¡Qué tributo a tus méritos te ha rendido la Urbe con su afecto solícito! ¡Qué miradas he visto en los senadores, en los caballeros y también en la plebe, que no sabe llorar a los poderosos! No fue tal la inquietud de la curia opulenta [40] cuando Numa expiraba, ni tal el sentimiento de los orgullosos caballeros por Pompeyo, ni el de las mujeres por Bruto. Es porque no deseas oír el ruido cruel de las cadenas, porque ahorras los azotes y no sigues los pasos a que invita tu poder encumbrado, sino que restas mucho de tu potestad armada, [45] atiendes a las humildes manos y a los ruegos de quienes te suplican, administras justicia en el foro sin perturbar la acción de los magistrados curules182 y mitigas el hierro con la toga183. Así se llega al fondo de los corazones; así el respeto confía en el amor que le acompaña. A todos aterró el rigor inclemente del destino y el abismo arriscado [50] del súbito peligro, cuando el mal no cedía. Y aquello no era fruto de la edad, que apenas había comenzado a exceder de los doce lustros, sino del trabajo intenso, del imperio de su alma vigorosa sobre su cuerpo, de sus tensos desvelos [55] por su César: dulce tarea. Por ello se infiltró hasta lo más hondo de sus miembros cansados una aleve parálisis, un indolente olvido de la vida. Entonces, el dios que junto a las cumbres de la cadena alpina, marca con su sagrado nombre los bosques apolíneos184, olvidado, ay, por largo tiempo [60] de tan egregio hijo185, tornó hacia él sus ojos y, para ganar el tiempo perdido, dijo: «Ven al punto a mi lado, hijo mío de Epidauro; ven gozoso: se te brinda la ocasión, y debes aprovecharla, de devolver la salud a un hombre extraordinario. Adelante: detengamos los husos186: ya podéis estirar vuestros hilos. No tengas miedo del terrible rayo187: Júpiter [65] aprobará de grado nuestra empresa, porque no es la vida de un plebeyo ni la de un hombre que se haya encumbrado sin el favor divino la que intento salvar. Más aún: te pondré al corriente en pocas palabras mientras vamos a su casa: es él quien presta lustre a su progenie y quien prestigia a sus antepasados; y no es que su linaje sea oscuro, pero se ve ofuscado por el destello de su descendiente y se complace [70] al verse superado por retoño tan alto. También él188 comenzó por mostrar su valía con la toga: su elocuencia brillaba y desbordaba. Luego su diestra, fiel a su juramento, se ejercitó en campañas incontables y sirvió por las tierras de occidente y levante bajo todos los soles sin consentir que su alma se embotara, sin deponer el hierro en imbele reposo. Galacia [75] vigorosa osó moverle guerra, como a mí me moviera189, y le temió Panfilia durante nueve meses, y le temieron el feroz panonio y la Armenia, terrible cuando huyen sus arqueros190, y el Araxes, al cabo sometido bajo un puente latino191. ¿Para qué recordar sus fasces renovados en sus dos legaciones [80] sobre la inmensa Asia? Asia habría querido retenerlo por tres o cuatro años, pero le reclamaba un destino más alto: una silla curul más encumbrada, dos veces ofrecida192. ¿Para qué pregonar la maravilla del tributo de Libia y el tesoro triunfal que aportó a Roma en medio de la paz? Ni siquiera [85] quien le había encomendado su misión193 se hubiera atrevido a esperar riquezas tan cuantiosas: ¿para qué enaltecerlas con mi canto? El Trasimeno, los Alpes y los muertos de Cannas se regocijan194, y el propio Régulo195, sombra satisfecha, era el primero en reclamar a gritos tal tributo señero. No es tiempo de extenderse hablando de los ejércitos del norte, del [90] Rin rebelde, de los ruegos de Véleda cautiva196 ni de la más alta gloria que ha poco has conquistado197: la ciudad te ha sido confiada mientras sucumbían los dacios; cuando elegido, Gálico, has recibido las riendas de manos de tan alto rector sin que se asombre Fortuna. Tal es el hombre, hijo mío, a quien, si los méritos que alego son suficientes, vamos a [95] arrebatar al poder del Júpiter maligno198. Es lo que ruega y ha merecido el padre ínclito de la urbe latina199: no en vano, niños, habéis alzado hace poco en mi honor vuestros cantos, revestidos con la púrpura patricia200. A todas las hierbas que guarda la caverna salutífera del biforme Quirón; a todo lo que reserva para ti bajo su bóveda la troyana Pérgamo201 y lo que la bendita Epidauro cría en sus arenas saludables; al [100] remedio que ofrece Creta con su dictamno202, que florece a la sombra del Ida, y a la baba que destila la serpiente uniré yo mis manos bienhechoras y todos los jugos que conocí en los campos olorosos de los árabes y que extraje de las hierbas mientras pastoreaba a orillas del Anfriso203».
Así habló. Encuentran un cuerpo que yace ya inerte y un [105] alma en agonía; ambos se recogen sus vestiduras a la manera de Peón204 y, llenos de buena voluntad, se aconsejan y obedecen el uno al otro hasta romper con sus medicinas diversas el morbo letífero y la nube amenazadora del sueño funesto. Secunda él a los dioses y, más fuerte que todos sus [110] males, se anticipa al remedio. No fue más pronta la curación de Télefo por obra del héroe de Hemonia205 ni la de la herida cruel del temeroso Atrida, que cerró gracias al ungüento de Macaón206.
En medio de tantas asambleas del pueblo y del senado, [115] ¿qué lugar puede haber para mi angustia y para mis deseos? Y, sin embargo, pongo por testigos a las inaccesibles luminarias y a ti, deidad de Timbra207, padre de los poetas: ¿cuál era mi inquietud todos los días y cuál todas las noches, mientras, fijo a su puerta sin desmayo, con el oído atento, [120] atento con los ojos, adivinaba todas las señales? Tal un modesto esquife a remolque de nave poderosa, por pequeño que sea, sufre su parte en la injuria del mar embravecido cuando el turbón arrecia y vira a los embates del mismo Austro.
Ahora, hermanas208, hilad, hilad, alegres, vuestros blancos hilos. Que nadie cuente el lapso del tiempo transcurrido: este [125] día va a ser el de su nacimiento. Tú eres digno de sobrepasar la edad de los troyanos209 y los años del polvo de Eubea210 y la longevidad que alcanzó Néstor. Ahora, pobre de mí, ¿con qué incienso podré hacer un sacrificio digno de ti? Y aunque Mevania211 vaciara sus valles, aunque los pastizales del Clitumno212 me brindaran sus toros de nieve, yo no podría ofrecerte la inmolación que mereces; pero ¡cuántas veces, [130] más que estos sacrificios, ha sido grata a los dioses la ofrenda de una torta con un poco de sal sobre el altar de un terrón herboso!
5
LOS BAÑOS DE CLAUDIO ETRUSCO213
Hoy mi lira no implora con plectro solemne la inspiración divina del Helicón214, y no invoco a las Musas, diosas a quienes tantas veces he cansado; también a ti, Febo, te libero, y a ti, Euhan215, te dejo libre con tus coros; y tú, deidad alada de Tegea216, ten callada la concha de la bestia sonora217: son otras compañías las que piden mis cantos. [5] Basta con invocar a las Náyades, reinas de las aguas, y al rey del fuego centelleante, todavía cansado y enrojecido de golpear el yunque siciliano218. Por algún tiempo, Tebas, depón tus armas fratricidas219, que quiero divertirme para honrar a un querido compañero. Escánciame, muchacho220, copa tras [10] copa y no te molestes en contarlas: inflama así mi lira vacilante; aléjate, Trabajo, aléjate, Inquietud, mientras canto a estos baños resplandecientes de mármoles purísimos; mientras mi Clío, despojada de su fronda pudorosa, descarada con sus cintas y sus hojas de hiedra, se torna juguetona en homenaje a Etrusco221.
Venid, oh diosas glaucas, mostradme vuestros rostros [15] transparentes, ornad vuestros cabellos cristalinos con tiernos racimos de hiedra; venid sin veste alguna, cual emergéis de las profundas fuentes y con vuestra presencia atormentáis a los amantes Sátiros. No pretendo atraeros a vosotras, las [20] que con vuestra culpa enturbiasteis el brillo de las aguas: lejos de aquí Salmácide222 con su fuente engañosa; lejos las linfas, secas por el llanto, de la hija de Cebrene abandonada223; atrás la que raptó al alumno de Hércules224. Venid vosotras, las ninfas que pobláis el Lacio y las siete colinas, las que al Tíber nutrís con caudal nuevo, y a las que regocijan las cascadas del Anio y el Agua Virgen, que acogerá a los nadadores225, y el Agua Marcia, que nos trae la frescura de [25] las nieves marsas226, cuyo caudal errante se acrecienta en un alto recinto y circula, sostenido sobre innúmeros arcos227: vuestra es la obra que me propongo cantar y vuestra la morada cuyas puertas abro con mis versos festivos. Nunca habitasteis en otras mansiones tan suntuosas. Citerea228 en [30] persona ha guiado las manos de su esposo y le ha enseñado su oficio; y para evitar que se quemaran los hornos con una llama ordinaria, ha encendido ella las antorchas de los alados Amores. Aquí no ha tenido cabida el mármol de Tasos ni el de Caristo, que imita el oleaje229; el ónice languidece en la [35] lejanía y la serpentina se lamenta de haber sido excluida: sólo brillan los mármoles cortados en las rubias canteras de los númidas; sólo los que en la gruta profunda de la frigia Sínada230 salpicó el propio Atis con manchas relucientes de su sangre y las piedras níveas que engalana la púrpura de [40] Tiro y de Sidón. Apenas hay lugar para el mármol del Eurotas231, que en prolongado zócalo ornamenta el de Sínada con su verdoso trazo. No son los pórticos menos suntuosos, fulgen las bóvedas, brillan las techumbres con sus mosaicos vítreos que reproducen formas animadas. El fuego mismo232, atónito al abarcar en torno pompa tan opulenta, atempera su imperio. Por doquier es pleno día cuando el sol atraviesa [45] la techumbre con todos sus destellos y, a pesar de su fuego, otro fuego le abrasa. Aquí nada es plebeyo: en parte alguna se echan de ver los cobres que Témese233 produce; es plata lo que encauza las aguas abundantes y sobre plata caen y se asoman a un borde refulgente y en el asombro de su propio [50] goce se niegan a alejarse. Y fuera, sin embargo, la corriente azulada que fulge viva entre márgenes blancas como la nieve, y es transparente toda de lo hondo a lo somero, ¿a quién no invitaría a sumirse en sus aguas, libre del embarazo del vestido? Es en estas honduras en donde Citerea habría preferido nacer234; aquí, Narciso235, te habrías contemplado con mayor transparencia; aquí habría querido sumergirse, [55] aun a riesgo de verse sorprendida, la célere Hécate236. ¿Para qué mencionar las maderas que, destinadas a oír el rebotar de las pelotas, recubren los suelos en las estancias donde flota una suave tibieza, envuelta en el tenue vapor del hipocausto? Ni recién llegado de los baños de Bayas237 —si se me [60] permite el parangón entre lo modesto y lo grandioso— desdeñaría nadie tanta magnificencia, ni nadie rehusaría sudar aquí de nuevo238 aun después de bañarse en las termas de Nerón. Adelante, joven de ingenio luminoso y brillantes iniciativas. Que tus obras envejezcan contigo y pueda pronto [65] renacer más radiante tu fortuna239.
6
LAS CALENDAS DE DICIEMBRE240
Marchad de vacaciones, padre Febo y recatada Palas y vosotras, las Musas, que ya os invocaremos de nuevo en las calendas de Jano241. Vengan a mí Saturno, libre de sus [5] grilletes242, y Diciembre, cargado de abundante bebida, y el hilarante Juego y las Bromas audaces para que cante el día afortunado y la embriagada noche que, magnánimo, César nos ofrece.
Apenas apuntaba la Aurora su nuevo despertar, cuando ya llovían de la cuerda243 las golosinas. Se alzó el Euro244 [10] para repartir aquel rocío: todos los frutos selectos que caen de los fecundos nogales del Ponto y de las cimas de Idumea245, los que hace brotar en sus ramas la piadosa Damasco246 y los que madura la cálida Cauno247, se derramaban como una [15] ofrenda de copiosa cosecha. Y caían bollos tiernos y pastas y galletas de Ameria248, con su masa poco cocida, y pasteles de vino y dátiles redondos de invisibles palmeras. Nunca las Híades borrascosas ni las Pléyades desbordadas249 han cubierto [20] la tierra con lluvias tan copiosas como aquella tormenta que con su bonancible granizada cayó sobre la plebe congregada en las gradas latinas250. Que Júpiter esparza sus nublados por todo el orbe y que amenace con sus temporales los [25] campos diltados, con tal que nuestro Júpiter251 a nosotros nos traiga tales lluvias.
Mas, de pronto, otra muchedumbre, no menos nutrida que la de los cúneos, se infiltra entre todas las gradas: de [30] bella apariencia y atuendos hermosos, traen éstos cestillos con panes y blancos manteles y ricos manjares; aquéllos escancian sin límite vinos generosos: podría creerse que son otros tantos coperos del Ida252. Por igual alimentas a los más [35] distinguidos y graves del anfiteatro253 y a las multitudes togadas254, y aunque, generosa, brindas el sustento a tal muchedumbre de gentes, ignoras, Anona255, en esta jornada, tu munificencia. Ven ahora, Antigüedad: compara los siglos [40] del prístino Júpiter256 y su edad de oro: en aquella época no fluía el vino libre de esta suerte ni se prolongaba la siega hasta el fin del año. En la misma mesa comen todas las clases: niños, mujeres, plebe, caballeros, senadores: la libertad [45] ha relajado los miramientos. Es más: tú mismo257 —¿cuál de los dioses podría dejarse invitar ni aceptar tal compromiso?— has acudido con nosotros a participar en el festín: ya quienquiera que sea, pobre u opulento, puede gloriarse de ser comensal de su príncipe.
[50] Entre aquellos clamores y aquel lujo inaudito, se diluye, ligero, el goce de los juegos: ¡ahí está el sexo débil, que desconoce el hierro! ¡Con qué denuedo arrostra los viriles combates! Se diría que a orillas del Tanais258 y el Fasis259 encrespado se aprestaran las huestes ecuestres del Termodonte260. [55] Entra luego un aguerrido batallón de enanos, a quienes su complexión breve, que pronto se acaba, enzarza al momento en un amasijo nudoso. Se hieren y traban sus diestras y, ¡con qué fiereza!, se amenazan de muerte. Ríe el [60] padre Marte y el Valor cruento; y las grullas, que caerán pronto261 para servir de presas fugitivas, se asombran ante estos púgiles más bravos que ellas.
Cuando ya se acercan las sombras nocturnas, ¡qué tumultos [65] promueve otro riego copioso! A la sazón acceden muchachas que se venden fácilmente. Allí se reconoce todo lo que en los teatros complace por su belleza o se admira por su arte. Aquí un grupo de lidias ampulosas bate a compás las palmas; allá suenan los címbalos de la canora Cádiz y [70] más allá los coros de los sirios; y una turba de cómicos humildes y de vendedores que cambian azufre corriente por cacharros viejos262.
Entre tanto, caen de lo alto, en medio de un repentino [75] revoloteo, bandadas innúmeras de las aves que el sagrado Nilo y el Fasis furioso y las númidas tierras acogen bajo el soplo del húmedo Austro263. No hay gente bastante para atrapar tantas: están ya saciadas las togas repletas264, mientras [80] se preparan nuevos aguinaldos. Todos alzan al cielo sus voces sin número para gloria de las Saturnales que el príncipe ofrece, y le aclaman por dueño y por amo con adhesión cálida, aunque esto es lo único que ha vetado el César265.
[85] Apenas la noche sombría invadía el anillo: radiante, desciende entre sombras espesas en medio del círculo otro anillo de llamas que ofusca el fulgor de la áurea corona de Cnosos266. Se alumbra de fuegos el cielo y no admite licencia [90] ninguna de la noche oscura. Se aleja el inerte Reposo, y el Sueño inactivo, a la vista de tal luminaria, huye a otras ciudades. ¿Quién podría cantar espectáculos tales, diversiones como éstas sin freno, quién aquel banquete, quién sus gratuitos [95] manjares y sus ríos de Lieo267 abundante? Ya desfallezco, ya, y por tu largueza de Baco268 me dejo arrastrar, ebrio, a un tardío sopor.
¡Por cuántos años perdurará la memoria de este día! Su carácter sagrado no quedará obsoleto por los siglos, mientras [100] subsistan los montes del Lacio y el padre Tíber, mientras tu Roma permanezca enhiesta y altivo el Capitolio que al orbe restituyes269.

1 Se trata de la parcela de la elegía. Lucio Arruncio Estela era un poeta elegíaco, como puede verse en su epitalamio, compuesto por Estacio (Silvas I 2) y en los epigramas de Marcial, I 7 y VII 14. Gozó de notoriedad entre sus coetáneos, pero su obra nos es desconocida. Hombre público, realizó su carrera política bajo Domiciano y fue elegido cónsul en 101 ó 102, como atestigua la inscripción recogida en CIL VI, 1492 (cf. MARCIAL, XII 2, 9 y ss.).
2 Obra menor atribuida a Virgilio. Su título significa «el mosquito».
3 Poema épico-cómico atribuido a Homero. Suele denominarse «Batracomiomaquia» (esto es, «combate de ratones y ranas»), pero Estacio le da el nombre de «Batracomaquia» (combate de las ranas), que aparece en diversas biografías de Homero, quizá como resultado de una haplología.
4 Nombre otorgado al emperador Domiciano, identificándole con el padre de los dioses.
5 Hay aquí un pequeño juego de conceptos: en apariencia, el autor resta importancia a la rapidez de su improvisación, ya que el poema está compuesto en hexámetros y no en otro metro más complicado y difícil. Sin embargo, está claro el orgullo que sentía por su fecunda facilidad creativa.
6 Publio Manilio Vopisco, poeta y erudito, cuyo hijo fue cónsul en el año 114.
7 Gayo Rutilio Gálico, personaje procedente de Turín (Galia Cisalpina), que realizó su carrera política bajo los emperadores que se sucedieron desde Claudio a Domiciano. Fue prefecto de Roma en el año 89. Murió, lo más tarde, en el 92, fecha en que fue elegido quien debía sucederle en el colegio de los Sodales Augustales Claudiales (v. CIL VI, 1984).
8 Hijo de un liberto de Tiberio, personaje inmensamente rico, que construyó unos baños espléndidos, probablemente en el Campo de Marte. MARCIAL (VI 42) ensalza también aquellas fastuosas termas.
9 Esto es, que el poema fue compuesto en un breve lapso de tiempo: después de disfrutar del baño y antes de comenzar la cena.
10 Falta el resto.
11 Probablemente se trata de la misma estatua triunfal de que nos habla SUETONIO (Vida de Domiciano 15). El monumento no se ha conservado, pero sí se ha hallado, mediante excavación, parte de su desmesurado basamento, de casi 12 por 6 metros. Los soportes metálicos que servían de apoyatura a las patas del caballo permiten calcular que éste tenía un tamaño seis veces superior al natural. La estatua se nos describe también en MARCIAL, VI 13, y IX 43 y 44, así como en el propio ESTACIO, Silvas IV 6.
12 Nombres de dos cíclopes. Sus manos cansadas, porque la obra, superior a una empresa ciclópea, podría haber fatigado a los propios cíclopes, de haber sido ellos sus artífices.
13 Sobrenombre que asumió Domiciano después de su triunfo del año 83 sobre los catos, pueblo de Germania.
14 Palas (Minerva) no sólo presidía la fabricación de las armas, sino también la industria y las artes del bronce.
15 Alude a las campañas de Domiciano en el año 89 contra los catos y los dacios, que le valieron un doble triunfo.
16 Dos montes situados en Frigia (donde se asentaba Troya), en los cuales se rendía culto a Cíbele, madre de los dioses.
17 Alusión a VIRGILIO, Eneida II 238.
18 Héctor había sucumbido con anterioridad al episodio del caballo de Troya.
19 El culto de Ares (dios de los griegos asimilado por los romanos a Marte) comenzó entre los tracios, pueblo eminentemente belicoso, y Homero consideraba a Tracia la patria del dios.
20 Río de Tracia.
21 El templo dedicado a Julio César, que fue divinizado por iniciativa de Augusto, su hijo adoptivo; «nuestros dioses» son los emperadores deificados que le siguieron.
22 Se trata de las huestes de César en la guerra civil contra Pompeyo.
23 Pompeyo, yerno de César.
24 Catón Uticense, ferviente partidario de Pompeyo.
25 La basílica Julia, cuya construcción fue comenzada por César y concluida por Augusto.
26 La basílica Emilia, restaurada en 78 a. C. por Marco Emilio Lépido y en 55 a. C. por Lucio Emilio Paulo Lépido. Su nombre primitivo fue el de basílica Fulvia, porque había sido construida en 179 por Marco Fulvio Nobilior. El belicoso Paulo a quien aquí se refiere el poeta es Lucio Emilio Paulo el Macedónico, vencedor de Perseo, rey de Macedonia, en 168. El anacronismo es, sin duda, deliberado, dado que aquel personaje fue el más ilustre de la familia Emilia y padre de Publio Cornelio Escipión Emiliano Africano Numantino, adoptado por el hijo del primer Africano y vencedor de Cartago (en la tercera guerra Púnica) y de Numancia.
27 Vespasiano, cuyo templo, como el de la Concordia, se hallaba detrás de la estatua.
28 El palacio suntuoso que elevó Augusto en el monte Palatino había sido afectado por el incendio provocado por Nerón en 64 d. C. Vespasiano emprendió su restauración, que continuó Tito y concluiría Domiciano. Por ello cambió su nombre anterior de Domus Augustiana por el de Domus Flavia o Palatina o bien, simplemente, Palatium (ver III 4, 47, y IV 2, 18; MARCIAL, VII 56, 1; VII 99, 3; VIII 36, 3; VIII 39; IX 11, 8; XII 15, 1; SUETONIO, Domiciano 15).
29 El fuego troyano, esto es, el fuego inextinguible de Vesta, diosa protectora del hogar familiar y también de la ciudad, hogar común de los ciudadanos, había sido traído de Troya por Eneas, fundador de la nueva Troya, es decir, de Roma (con las etapas intermedias de Lavinio y Alba Longa). Domiciano, como sumo pontífice, era el responsable de que las vestales mantuvieran el fuego sagrado y guardaran su voto de castidad. Por no cumplir su voto, Domiciano condenó a muerte a tres de ellas (v. SUETONIO, Domiciano 8; DIÓN CASIO, LXVII 3; PLINIO, Epístolas IV 11).
30 Minerva (entre los griegos, Atena o Palas) nació de la cabeza de Júpiter con la mediación de Vulcano, que, a requerimiento de su padre, le asestó en ella un vigoroso martillazo. El episodio tuvo lugar a orillas del mar, y de ahí esta advocación marítima de la diosa doncella, puesto que Tritón era una deidad marina. La diestra de la efigie de Domiciano se elevaba en actitud pacificadora. En el antebrazo siniestro embrazaba un escudo que ostentaba en relieve la imagen de Minerva, quien, según el poeta, a pesar de su condición de diosa de la guerra, no infundía belicismo al emperador. Nótese, en todo el poema, la habilidad servil con que Estacio disfraza de pacifismo los fracasos bélicos de Domiciano.
31 En la égida de Minerva solía representarse la cabeza de la Górgona Medusa, porque Perseo, después de decapitar a aquel horrible ser, ofrendó a la diosa su trofeo, capaz de petrificar a quien afrontara su mirada.
32 Ciudad del sur de Italia, en cuyas cercanías se explotaban unos importantes yacimientos de cobre.
33 Gigante cazador, metamorfoseado por Diana en constelación (v. OVIDIO, Fastos V 493).
34 Uno de los siete caudillos de Argos que dirigieron su ataque contra Tebas. En cuanto al nombre de su caballo, Arión, es el mismo que ostentaba el que Neptuno hizo surgir de la tierra, golpeándola con su tridente, como ofrenda al Ática, y que fue preterido al olivo, el don de Minerva.
35 Los hijos de Leda fueron los Dioscuros (Cástor y Pólux); su templo se erguía en el Foro, muy cerca de la estatua ecuestre de Domiciano, y estaba coronado por una representación del caballo Cílaro, que servía de montura alternativamente a los dos gemelos (Gemini), cuyos astros respectivos se turnan en el cielo.
36 Esto es, Domiciano.
37 Marte, padre de Rómulo y Remo, es considerado como el fundador de la urbe.
38 El nombre de Curcio. Se cruzan aquí dos leyendas: la de Mecio Curcio, héroe sabino del siglo VIII a. C., que dio nombre a una ciénaga que ocupaba el emplazamiento del futuro Foro Romano, y la de Marco Curcio, que, en el siglo VI a. C., se inmoló voluntariamente por sus conciudadanos, arrojándose a una profunda sima abierta en el Foro, que sólo podía cerrarse mediante el sacrificio de lo más valioso que tuviera el pueblo romano. Marco Curcio, cuya estatua ecuestre se elevaba en el Foro, era objeto de culto (v. OVIDIO, Fastos VI 403), como salvador de los ciudadanos romanos. El autor se inspira en la Eneida VIII 31 y ss., y pasa por alto la circunstancia de que la charca había sido desecada mucho tiempo atrás; por este procedimiento, al margen del tiempo, vincula su adulación a Domiciano con las más antiguas y heroicas tradiciones.
39 Domiciano era hijo del divino Vespasiano y padre de un divino César que murió.
40 «Las gestas de Júpiter» (cf. infra, 1. V, n. 174): la guerra contra Vitelio (año 69), en que se incendió el templo de Júpiter en el Capitolio (SUETONIO, Domiciano 1; TÁCITO, Historias III 74; ESTACIO, Tebaida I 22). «Las guerras renanas»: la campaña contra los catos en el año 83 y posteriormente en 88 - 89. «Los impíos conflictos civiles»: sublevación de Antonio Saturnino (88-89). «La montaña…»: sumisión del territorio agreste e indómito de la Dacia (85-89).
41 Dione era una ninfa, amada de Júpiter, que fue madre de Venus. Por metonimia, varios poetas griegos y latinos (Teócrito, Virgilio, Ovidio, Estacio y otros) aplican su nombre a la diosa Venus. Aquí se trata del templo de Venus Génetrix, situado frente a la estatua ecuestre de César. Dicha efigie parece que fue obra de Lisipio, artífice helenístico que representó a Alejandro Magno (nacido en la ciudad macedónica de Pela) sobre su célebre caballo Bucéfalo. La cabeza del caudillo macedón se había sustituido, al parecer, por la de Julio César.
42 Esto es, de los dioses.
43 Es decir, a todos los dioses, entre los que se encuentran los parientes de Domiciano divinizados y metamorfoseados en astros.
44 Denominación de Fidias.
45 Se entiende «al semblante de Zeus», cuya inmensa efigie, esculpida por Lisipo, se alzaba en el ágora de Tarento.
46 El célebre Coloso de Rodas, una de las siete maravillas, estaba dedicado a Febo.
47 Para la personalidad de Estela, ver n. 1. En cuanto a su esposa Violentila, sólo nos es conocida por este epitalamio y por media docena de epigramas de Marcial.
48 Uno de los nombres de Apolo, tañedor del plectro de marfil como homenaje en las bodas de Estela y Violentila.
49 El monte Helicón, en Beocia, estaba consagrado a Apolo y a las nueve Musas.
50 Región de Macedonia donde residían las Musas.
51 Personificación de la poesía elegíaca, ya que Estela cultivaba dicho género.
52 Venus.
53 Euhan era uno de los gritos que proferían las bacantes en sus celebraciones. De ahí, por una metonimia debida a la interpretación del alarido como un vocativo, se aplica ese nombre al dios Baco, que poseía a las bacantes y a quien éstas invocaban con su grito.
54 Monte de Arcadia donde existía un templo consagrado a Hermes; ésta es la divinidad alada a que se alude.
55 Había circulado un poema que trataba acerca de unas aventuras amorosas de Estela, poema que había dado pábulo a los rumores públicos (v. MARCIAL, VI 21, 3 y ss.).
56 Otro nombre de las legendarias Simplégades, dos supuestos islotes movedizos que, en el acceso al Ponto Euxino, se separaban y se aproximaban de nuevo para atrapar y destrozar las naves.
57 Enómao, rey de Pisa (ciudad de la Élide próxima a Olimpia), era el padre de Hipodamía, a cuyos pretendientes sometía a la prueba de una carrera de carros. Si en ella resultaban vencidos, lo pagaban con su cabeza.
58 Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, pastoreaba los ganados de su padre en el monte Ida. Fue elegido como juez en la disputa por la manzana de la Discordia, premio a la belleza, entre Juno, Minerva y Venus. Concedió el galardón a esta última, quien, en recompensa, le otorgó el amor de Helena, la más bella de las mortales. Tal fue el origen legendario de la guerra de Troya.
59 La Aurora, esposa de Titono.
60 Musa de la poeesía erótica.
61 Los fasces de los lictores que precedían, abriéndoles paso, a los numerosos magistrados que en esta ocasión acudían a dar el parabién a Estela.
62 Marte (gético, es decir, tracio).
63 Vulcano, que creció en aquella isla del Egeo.
64 Juego de palabras con el sobrenombre de Estela.
65 Nombre poético de Italia.
66 Enamorado de Atalanta, compitió con ella en la carrera. Si no la aventajaba, moriría. Al salir victorioso, obtuvo su amor.
67 Leandro, amante de Hero, que, para reunirse con ella, atravesaba a nado todas las noches el estrecho de los Dardanelos desde Abidos, en Asia, hasta Sestos, en Tracia, donde Hero era sacerdotisa de Venus.
68 Pafos, ciudad chipriota, célebre por su culto a Venus.
69 Estela lloraba en uno de sus poemas la muerte de la paloma de Violentila, a la manera de CATULO, 3, llorando la del pajarito de Lesbia.
70 Las Musas. Una de las varias tradiciones acerca de su origen las hace hijas de Piero.
71 Diana, hija de Latona.
72 Venus, nacida de la espuma del mar, tuvo como primera cuna una gran concha marina.
73 Se creía que los chinos hilaban la seda extrayéndola de los árboles (v. VIRGILIO, Geórgicas II 121; ESTRABÓN, XV 693; PLINIO, Historia Natural VI 54).
74 Clímene, madre de Faetón, lloró largamente la muerte de su hijo, que había robado el carro del Sol y cayó envuelto en llamas. Sus lágrimas dieron nacimiento al ámbar.
75 Según una variante de la anterior leyenda, fueron las lágrimas de las hijas de Clímene y del Sol (Helios, Febo), metamorfoseadas en álamos (las verdes hermanas), las que se tornaron gotas de ámbar (v. OVIDIO, Metamorfosis II 333 y ss.).
76 Es decir, con la púrpura.
77 Tal se creía que era el origen del cristal de roca. Todo ello (seda, ámbar, púrpura y cristal) es demasiado poco para ofrendarlo a Violentila.
78 El Hermo (río de Lidia) y el Tajo tenían arenas auríferas.
79 Glauco, Proteo y las Nereidas (hijas de Nereo) eran divinidades marinas a quienes Venus había encomendado la búsqueda de perlas para Violentila.
80 Ninfa cuya extraordinaria hermosura cautivó a Febo, y que fue convertida en laurel por su padre, el dios del río Peneo, en Tesalia. Tal metamorfosis la libró de la pasión del dios (v. OVIDIO, Metamorfosis I 452 y ss.).
81 Cf. supra, n. 53.
82 Ariadna, hija de Minos, rey de Cnosos, después de facilitar a Teseo la salida del Laberinto, huyó con él a Grecia. En la isla de Naxos, mientras dormía, Teseo la abandonó. Venus la compensó dándole por esposo a Baco (Euhan).
83 Esto es: Venus habría infundido el amor por Violentila en el pecho de Júpiter, que, para conquistarla, habría repetido sus tres metamorfosis: en cisne, para cautivar a Leda; en toro, para raptar a Europa; en lluvia de oro, para fecundar a Dánae.
84 Violentila había estado casada anteriormente.
85 El valle del Eurotas, en Laconia, era famoso por su cría de cisnes. Estas aves servían de tiro al carro de Venus.
86 Roma, la nueva Troya.
87 Desde la época de Augusto se hallaban en explotación las minas de oro de Dalmacia, propiedad del fisco, es decir, del tesoro del emperador (v. CIL III, 1997; FLORO, II 25; PLINIO, Historia Natural XXXIII 67).
88 El nombre de Sirio (una de las estrellas de la canícula) se utiliza como sinónimo del verano.
89 Esto es, la residencia de Violentila.
90 En Pafos e Idalia (ciudades de Chipre), como en el Érice (monte de Sicilia) existían templos de Venus muy devotos.
91 Ciudad del Lacio. Aquí, por metonimia, significa Roma. En cuanto al contenido del pasaje, está claramente inspirado en el canto IV de la Eneida.
92 Cf. supra, n. 65.
93 La edad reglamentaria para alcanzar el consulado —esto es, para ostentar doce lictores— era la de cuarenta y tres años. Sin embargo, son muy numerosos los procedentes de acceso al consulado en edad más temprana. Estela lo consiguió en el 102 d. C.
94 Se refiere a la Sibila de Cumas, acogiendo una tradición según la cual Cumas fue una colonia de Eubea. En cuanto al significado del párrafo, indica que Estela había sido elegido como quindecénviro sacris faciundis, es decir, como uno de los quince sacerdotes que tenían bajo su custodia los libros sibilinos y podían acceder al templo de Cíbele.
95 Domiciano.
96 Esto es, las insignias propias de las magistraturas superiores: la toga pretexta (con banda de púrpura) y la silla curul, que presentaba ricas incrustaciones de marfil.
97 Anquises, padre de Eneas, fundador de la nueva Troya.
98 El nombre de Lidia, región de Asia Menor, se aplicaba asimismo a Etruria y, por extensión, al Lacio. VIRGILIO (Eneida II 781) emplea también el giro «el lidio Tíber» (cf. IV 4, 6).
99 Rea Silvia, madre de Rómulo y Remo, considerada como troyana (cf. infra, n. 118 a este libro y n. 26 al libro II).
100 Es el nombre poético que aplicaba Estela a Violentila, conjugándolo semánticamente con el suyo propio.
101 Gran amigo de Hércules, raptado por las ninfas, y a quien éste buscó incansablemente, repitiendo su nombre sin cesar (v. PROPERCIO, I 20, 6 y ss.; VIRGILIO, Églogas VI 43 y s.). Cf. infra, n. 224.
102 El Alfeo, río de la Élide, que pasa por Olimpia, cerca de Pisa. Aquí y en otros pasajes poéticos, se aplica a Olimpia el nombre de Pisa.
103 Son los desposorios del río Alfeo con la fuente Aretusa. Estacio compara la constancia de Estela para lograr a Violentila con la de Alfeo en su recorrido desde Élide a Sicilia hasta alcanzar a su amada Aretusa (v. OVIDIO, Metamorfosis I 5, 487 y ss.; VIRGILIO, Églogas X 1 y ss., y Eneida III 694 y ss.).
104 Paris (cf. supra, n. 58).
105 Ciudad próxima a Esparta.
106 Valle de Tesalia.
107 Peleo y la nereida Tetis fueron los padres de Aquiles. El centauro Quirón (con variantes en las diferentes leyendas) fue preceptor de Peleo y, más tarde, de Aquiles.
108 Hemonia es el nombre antiguo de Tesalia.
109 Apolo.
110 Cf. supra, n. 53.
111 Otro nombre de Delos, la isla donde Latona dio a luz a Apolo y a Diana.
112 Montaña de la India, donde Baco fue criado por las ninfas.
113 Lugares célebres por su culto a Apolo: Licia, al sur de Asia Menor; Timbra, en la Tróade; el monte Parnaso, en la Fócide.
114 El monte Pangeo, entre Tracia y Macedonia, y el Ísmaro, en Tracia, estaban consagrados a Baco, cuyo culto procedía de aquellas regiones. En cuanto a la isla de Naxos, fue el lugar de su unión con Ariadna (cf. supra, n. 82).
115 Hay aquí una asociación de ideas entre las guirnaldas de hiedra, atributo de Baco, y su amor por Ariadna, hija de Minos.
116 El nombre de Himen o Himeneo se aplicaba tanto al dios del matrimonio como al canto nupcial.
117 Juno, la diosa protectora del matrimonio, tenía el epíteto de prónuba, nombre que se aplicaba en la ceremonia nupcial a la matrona que asistía y acompañaba a la novia y que unía las manos de los contrayentes. Aquí parece ser Juno la que ejerce este cometido, mientras que en los versos 11 y siguientes era Venus quien lo asumía.
118 Antiguo nombre de Rea Silvia (cf. supra, n. 99, e infra, n. 26 al Libro II), cuando, de acuerdo con la tradición más remota, se consideraba que era hija de Eneas y Lavinia.
119 Lavinia, que había de ser la esposa de Eneas, se ruboriza ante su antiguo prometido Turno, en una escena del canto XII de la Eneida (versos 65 a 69).
120 Según la leyenda, Claudia Quinta probó ante los ciudadanos su castidad cuando, por sus oraciones, se puso a flote la nave de la Gran Madre de los dioses, encallada en el Tíber (v. TITO LIVIO, XXIX 14, 10 y ss.).
121 Nombre poético y mitológico de Beocia, donde se alza el monte Helicón, morada de las Musas y de Apolo. Las diosas de Aonia son, pues, las Musas, y sus amigos son los poetas.
122 Los poetas, inspirados por Apolo, son intérpretes de sus oráculos, como las pitonisas que los transmitían sentadas sobre trípodes.
123 Los que priváis de un pie al hexámetro, combinando hexámetros y pentámetros en dísticos elegíacos, esto es, los que cultiváis el mismo género que Estela.
124 Alusión a un verso de PROPERCIO (III 1, 5).
125 Ciudad situada en la desembocadura del Danubio, lugar del destierro de Ovidio.
126 Alusión a un pasaje de TIBULO (I 1, 5-6).
127 Nombre primitivo de Nápoles, patria de Estela. Según la leyenda, Parténope fue una de las sirenas que, al no conseguir atraer a Ulises, se arrojaron al mar; su cuerpo, depositado en la costa, dio nombre a la futura ciudad.
128 Nápoles, como Cumas (cf. supra, n. 94), es fundación de Calcis, ciudad principal de Eubea.
129 El río Sebeto (actualmente, de la Magdalena) desemboca próximo a Nápoles.
130 Es decir: los encantos del lago Lucrino y del río Sarno son inferiores a los de Nápoles.
131 Diana, venerada en el monte Cinto, de Delos, presidía, como diosa lunar, el ciclo de la gestación (diez meses lunares).
132 Juno, bajo la advocación de Lucina, protegía el acto de dar a luz.
133 Cf. supra, n. 6).
134 Sirio es una estrella que forma parte de la constelación del Can Mayor; de ahí los ladridos y de ahí también el nombre de la canícula. La salida y la puesta de Sirio coinciden con las del sol entre julio y agosto (cf. supra, n. 88).
135 Alusión al león de Nemea, estrangulado por Hércules. El sol entra en la constelación del León a finales de julio.
136 Las Olimpíadas se celebraban en pleno verano.
137 En latín, Voluptas, diosa del placer.
138 Cf. supra, n. 90.
139 Cf. supra, n. 70.
140 Hay aquí una alusión a HORACIO, Sátiras II 3, 53: «el fuego se queja de la barrera que representan las rocas y los ríos en el llano».
141 Leandro (cf. supra, n. 67). Las dos mansiones se hallan menos separadas por el Anio de lo que lo estaban Abidos y Sestos por el estrecho de los Dardanelos.
142 Tejas vitrificadas en torno a la lucerna central, que reflejaban y multiplicaban la luz (v. I 5, 42).
143 Según la leyenda, el árbol moría al morir la Náyade o la Hamadríade que habitaba en él (v. OVIDIO, Metamorfosis VIII 771 y ss.).
144 Nombre de un acueducto que comenzó a construir el pretor Quinto Marcio Rex en 144 a. C. y que cruzaba el Anio por un conducto inferior (v. PLINIO, XXXI 41).
145 El Alfeo (cf. supra, n. 102).
146 El legendario fundador de Tíbur (la actual Tívoli).
147 Diosa de los mamantiales sulfurosos que brotaban cerca de Tívoli.
148 Febe (hermana de Febo) es otro nombre de Diana, cuyo culto, en un bosque próximo a Aricia, estaba unido al de la ninfa Egeria.
149 Monte de Arcadia, consagrado al dios Pan.
150 Hércules (criado en Tirinto) tenía en Tívoli un templo donde se emitían oráculos.
151 Las Fortunas, como intérpretes de la verdad en la predicción del porvenir.
152 Rey de los feacios (en Corcira, donde arribó Ulises), cuyos huertos eran extraordinariamente feraces y amenos.
153 Hijo de Ulises y de Circe, fundador de Túsculo, ciudad próxima a Roma, en cuyos alrededores proliferaron las residencias de recreo (una de ellas, de Cicerón).
154 Rey de los rútulos, prometido de Lavinia (cf. supra, n. 119); el padre de ésta, el rey Latino, se estableció en Laurento, cerca de Árdea.
155 Rey de los lestrígones, pueblo antropófago que habitaba en Sicilia, cerca del Etna.
156 Isla del mar Jónico que formaba parte del reino de Ulises. Los compañeros de éste fueron convertidos en lobos por Circe (en cerdos, según la tradición homérica). Aquí el poeta hace referencia a la ciudad costera de Circeyos, que tomó su nombre del de la hechicera y que constituía también una zona residencial, célebre por sus ostras.
157 Antiguo nombre de Terracina, ciudad costera del Lacio.
158 Cayeta, nodriza de Eneas, en cuyo honor fundó el héroe piadoso la ciudad del mismo nombre, hoy Gaeta (v. VIRGILIO, Eneida VII I y ss.).
159 Es probable que Vopisco poseyera, en todos los lugares que se mencionan, villas de recrero donde veranear o invernar.
160 Aldea del Ática, patria de Epicuro.
161 La cabra Amaltea, que amamantó a Júpiter en Oleno (Acaya).
162 Promontorio del Peloponeso.
163 Hércules, descendiente de Alceo, que fue el padre de Anfitrión y, por consiguiente, presunto ascendiente de Hércules, ya que éste era hijo de Alcmena, la esposa de Anfitrión, a la que fecundó Júpiter bajo la apariencia de su marido.
164 Fundador de Tíbur (la actual Tívoli) según una versión de la leyenda; según otra, lo fue Tiburno (cf. supra, n. 146).
165 Alude probablemente a la lira de Virgilio, que en la Eneida (VII 670) se refiere a él, igual que Estacio, con el nombre de Catilo (esto es, con la penúltima sílaba larga), y no a la de Horacio, que en su Oda I 16, 2, lo denomina Cátilo, con la penúltima sílaba breve.
166 Cf. supra, n. 78.
167 Cf. supra, n. 7.
168 Una de las tres Parcas.
169 Diosa de la Justicia, que imperaba en el mundo durante la legendaria Edad de Oro, bajo el reinado de Saturno. Cuando éste fue expulsado por Júpiter y advino la Edad de Bronce con su impiedad y su injusticia, Astrea abandonó la tierra y se refugió en el cielo. La curación de Rutilio Gálico demuestra la protección de Astrea sobre los justos, su reconciliación con Júpiter y, en definitiva, el regreso de la Edad de Oro bajo el reinado de Domiciano.
Бесплатный фрагмент закончился.
