Читать книгу: «Obras II»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 241

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO Y JOSÉ LUIS MORALEJO.
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ANA PÉREZ VEGA.
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1997.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO335
ISBN 9788424932640.
CONTRA EL DISCURSO DE SÍMACO
(CONTRA ORATIONEM SYMMACHI)
LIBRO PRIMERO
PREFACIO
Pablo, heraldo de Dios1, el primero que con su sagrada pluma domeñó los fieros corazones de los gentiles, que sembró con pacífica enseñanza a Cristo entre pueblos salvajes de rudos rituales para hacer que la desapacible nación pagana [5] conociese a Dios y despreciase sus ceremonias propias, empujado en cierta ocasión por negrísimo temporal2 había sufrido en su ya debilitado navío el piélago invernizo y la violencia del noto que quiebra los barcos. Mas, habiendo la [10] diestra del Señor ordenado que se calmasen los embates del cerúleo mar, el esquife, flotando, se desliza a puerto y deposita en el suelo de la húmeda playa a los remeros encogidos del frío de la lluvia3.
Entonces de los setos costeros rápidamente reúnen los [15] hombres ateridos ramas de chasca seca con que poder levantar vigorosas hogueras. Cada cual amontona en el fuego su [20] propio haz esperando el placer de la cálida pira. Pablo, mientras se afana en reunir los frágiles vástagos y apiñar el cuerpo de la hoguera, metió desprevenido la mano entre unos montones en donde se hallaba embotada de frío una víbora quieta, que ajustaba los lazos de su cuerpo a los sarmientos. [25] Ésta, después que se calentó al abrigo del humo y relajó feroz su rígido cuello, ya aprestada para el giro balanceó su cabeza y volvió hacia la mano los aguijones de sus dientes. [30] Pablo la contempló con espanto, agarrada con los colmillos a la herida de su dedo y colgando de él. Gritan los demás, porque al ver la lividez de la piel creerían que se colaba por sus venas una sustancia mortífera. Mas no aterroriza al intrépido [35] apóstol el feo cariz de tan súbito peligro. Alzando los ojos mira las estrellas mientras susurra en su pecho callado el nombre de Cristo4 y se sacude y arroja a lo lejos el áspid. Al ser lanzada, la culebra azota el aire, abre su boca y suelta [40] los aguijones. Al punto toda la sangre envenenada y el dolor desaparecen de su diestra como si ninguna herida la hubiera desgarrado y el líquido viperino se seca y pierde su efecto. La sacudida hace a la serpiente dar vueltas hasta caer en medio del fuego, donde se abrasará.
[45] Así ahora, tras la tempestad y violencia del ponto furioso en el que fue zarandeada la nave de Sabiduría5, cuando asustada bajo el gobierno de reyes idólatras apenas podía [50] avanzar con las velas desplegadas y a los suyos, azotados por el torbellino del siglo, los transportaba nadando a través de rabioso oleaje, así ahora la ley piadosa ha sufrido hiriente mordisco6. Pues se ocultaba hasta ahora escondido el veneno y no había asomado su cabeza cargada de ponzoña, contentándose con mantener hermético silencio en la honda [55] protección de su guarida. Pero estando en cierta ocasión Impiedad escondida e inmóvil, con torpe movimiento había mordido la diestra de Justicia, hirviendo por la ira de su hiel abrasada. ¡Ay, y cómo estuvo a punto de no servir de nada el que la nao católica hubiese bogado a golpes del remo de [60] la página sagrada que Pablo escribió para los distintos pueblos! Apenas se había detenido a resguardo en plácido puerto, vencedora tras domeñar mil rabiosos temporales, apenas ya sujeta por las amarras había dejado en suelo firme a su [65] tripulación, estalla de pronto funesto peligro. Pues, al tiempo que encienden vivísimas hogueras para liberarse del agotamiento y el frío, al tiempo que queman en sus llamas chasca [70] seca e inservible de la viña de la fe7, con el fin de que esa cepa crecida con prieto y desordenado ramaje perdiera el desaliño de la boscosa idolatría, el excesivo calor fue vivificante caricia para aquella plaga perniciosa. La culebra, aunque desacostumbrada ya, se pone a reptar sobre sus roscas y [75] a balancear su cabeza de sagaz oratoria8; mas la mano, a la que esa herida no causa daño9, expulsó sin efecto el aliento de esa boca elocuente. Derramado en vano el veneno de su talento, se quedó en la epidermis de los cristícolas.
[80] Salvador de la estirpe de Rómulo10, te lo ruego, tú que das tu perdón a todos los que se pierden, que consideras tarea tuya todo mortal de tu creación al que puedas aliviar con [85] tu mano afable, ¡apiádate ya, si es posible, de este varón despeñado en escarpada sima! Sin saberlo exhala sacrílego aliento y en su ignorancia fomenta sus propios errores. Te lo suplico, evita que una rápida sacudida lo arroje al centro del fuego, donde se abrasará11.

Creía yo que nuestra ciudad, aquejada de los vicios de los gentiles, había ya suficientemente desterrado los riesgos de su antigua dolencia y que nada quedaba de ese mal después de que la medicina del emperador sedara en la capital aquellos desmedidos dolores12. Pero, puesto que renovada [5] plaga trata de turbar la salvación de los hijos de Rómulo, hemos de implorar los remedios del Padre, no permita que Roma se eche a perder con su antigua modorra ni las togas de nuestros próceres se tiznen de humo y de sangre.
¿Es que, entonces, aquel ínclito padre de la patria y rector del orbe no consiguió nada cuando impidió que el antiguo [10] yerro considerara dios unas formas que vagaban en medio de oscuros aires, o que consagrara como supremo poder divino los elementos de la naturaleza, que son obra del Padre que todo lo ha engendrado? Él fue el único varón que se preocupó por que la herida pública de nuestras costumbres [15] no tuviera una ligera cicatriz13 cerrada a flor de piel, al tiempo que la superficie unida, engañando al médico, daba cobijo al tajo hondamente marcado de una herida infectada, recomido hasta el fondo de pus putrefacta, sino que se afanó para que la parte interior del hombre viviera más noblemente [20] y supiera mantener protegida del veneno interior el alma que había sido purificada de la infección mortal. Éste había sido el remedio de los tiranos14, ver qué orden cuadraba a las cosas que tenían ante sus ojos y habían de perecer y no preocuparse por las cosas futuras. ¡Ay, qué flaco favor hicieron [25] a su pueblo, de qué mala forma mimaron incluso a los senadores, pues permitieron que éstos se hundieran en el Tártaro15 con Júpiter y su mucho gentío de dioses! Éste, en cambio, ha extendido su mandato más allá del tiempo venidero [30] por su deseo de asegurar la salvación a los suyos. Sí que es bello el aserto de un hombre muy sabio16: «Un estado sería suficientemente afortunado en el caso de que o bien sus reyes fueran sabios o bien sus sabios reinaran». ¿Es que este emperador no es de ésos pocos a los que, cuando les tocó en suerte la diadema17, veneraron la doctrina de la sabiduría [35] celeste? Pues mirad, es un caudillo sabio el que ha tocado en suerte al linaje humano y la gente togada18. El estado de nuestra Roma se robustece feliz bajo el reino de Justicia19. Obedeced al maestro que ostenta el cetro del gobierno; os advierte que el muy funesto yerro y la superstición de [40] vuestros viejos abuelos deben estar lejos de vosotros y que no se considere20 dios sino a aquel que sobresale en lo más alto sobre todas las cosas y ha creado las inmensidades del gran orbe.
¿Acaso se piensa que Saturno gobernó mejor a los abuelos latinos21? Él educó los rústicos espíritus y rudos corazones de aquellos hombres con edictos como los siguientes: «Soy [45] un dios. Vengo huido. Dadme un escondrijo. Ocultad a un viejo expulsado de su trono por la fiereza de su hijo, un tirano22. Es de mi agrado esconderme aquí fugitivo y desterrado. Al pueblo y lugar daré el nombre de Lacio23. Para podar las vides, si os interesa, forjaré recurva hoja de acero y además [50] fundaré para vosotros, a la orilla de vuestro río, unas murallas que se llamarán Saturnias24. Vosotros consagraréis en mi honor (pues nací del cielo) un bosque y en él alzaréis un altar y lo adoraréis». A partir de ahí las generaciones posteriores, de [55] embotado entendimiento, crearon en bronce dioses cuyos sepulcros tenemos la certeza de que son objeto de admiración en su patria25, dioses que engendró y trajo a Italia un extranjero fugitivo y su lujuria caballuna; porque él fue el primer fornicador que fingió divinidad para andar relinchando tras las niñas etruscas26.
[60] A continuación, peor que su padre27, Júpiter, morador del boscoso Olimpo, ensució con su deshonesta mancilla a las lacedemonias: ya raptando para su fechoría a su amada y transportándola a lomos de buey28; ya, tierno y más ligero por su plumón, cantando suaves y blandos susurros al modo de moribundo cisne, con los que, cautivada, la doncellita [65] admitiera su alado amor; ya ante una puerta sorda, asegurada por una tranca o cerrojo con apretadas cuñas, rompiendo las tejas y derramando como rico amante desde el techo una lluvia de olas de oro sobre el regazo de su amiga rendida29; o bien, al proporcionarle su escudero una sórdida presa, cubriendo [70] de inmundo abrazo a un pobre súcubo, con lo que crecía la indignación de su hermana al ver a un niño como su rival30. Ésta es la causa y origen del mal, que la estupidez boba inventó unos siglos de oro bajo el reino del antiguo forastero y que con su novedoso ingenio el astuto Júpiter urdía [75] múltiples ardides y variados engaños, de forma que, cada vez que quisiera cambiar su piel y su aspecto, pensaban que él era un buey, que cazaba como águila rapaz, que cual cisne yacía con otra y que se convertía en monedas y así penetraba en el regazo de una chiquilla. Pues ¿qué no había [80] de creer la rústica necedad de unos hombres incivilizados, acostumbrada a producir, entre ganados y animalescas maneras, un espíritu desprovisto del sentido divino? Para cualquier cosa que la astuta disipación de ese canalla les hizo creer, aquel pueblo infeliz tuvo pronta su oreja.
Al mandato de Júpiter siguió una era más corrompida, [85] que enseñó a los rudos campesinos a ser esclavos del pecado. A unos hombres libres del mal de robar los imbuyó en este arte Mercurio, hijo de Maya; ahora es tenido por un gran dios aquel cuya experiencia produjo ladrones. Además [90] aquel gran experto en magia tesalia se dice que con la guía de una vara en su mano hizo volver a la luz almas ya apagadas, que anuló las leyes de muerte del Cocito haciendo volar de regreso a lo alto a los que ya eran espectros y que en cambio a otras las condenó a morir y las sumergió en las [95] profundidades ocultas del caos31. Esto indica que fue ducho en una y otra cosa y pertrechó su vida con doble falta. Pues su habilidad perversa sabe convocar con mágico rezo formas inconsistentes, encantar con destreza cenizas sepulcrales y asimismo despojar a otros de la vida. La Antigüedad, [100] de mente simple, admiró a este artífice de fechorías y lo veneró por encima del ámbito humano, inventando que era transportado a través de las nubes y que con sus pies alados cruzaba veloz los ligeros vientos.
He aquí que en el grupo de los dioses y moldeado en bronce se alza un griego y relumbra en la solemne ciudadela de Numa32. Fue activo propietario de un campo bien cultivado, notable por la riqueza de sus labrantíos; sin embargo [105] éste fue al mismo tiempo empedernido libertino y acostumbraba a acosar con su mucha lascivia a las pobres rameras campesinas y a mantener con ellas obscenas coyundas en medio de saucedas y monte cerrado. Espoleando su carácter indomable y siempre dispuesto para alguna fechoría nunca [110] daba reposo a sus venas calientes. Éste es el conocidísimo dios que vino desde su patrio Helesponto hasta los vergeles de Italia con sus vergonzantes liturgias. Él recibe «cada año un cuenco de leche y estas tortas» de ofrenda33 y protege los viñedos del campo sabino; vergüenza da verlo con esa vara [115] bochornosamente hincada.
El infamante ardor de Hércules y su amor por un tierno niño hirvió incluso en las bancadas de la zarandeada Argo y no le abochornó abrigar maridaje de machos bajo la piel de Nemea y andar buscando como un viudo a Hilas cuando [120] éste murió. Ahora la casa Pinaria llena con Salios y cánticos su templo situado en el combado asiento del cerro Aventino34.
Un joven tebano35, después de haber derrotado a los indios se convierte en dios, al tiempo que desfilando en victoriosa ovación se deleita con su éxito, trae el oro del pueblo cautivo y ensoberbecido por los despojos36 se disipa en [125] el lujo con su comitiva de semivarones y, ávido de vino, se baña en abundantes tragos mientras con las espumas de una pátera engastada de pedrería y con mosto Falerno37 empapa y rocía los lomos de su fiera yunta. Por tales méritos se inmola [130] hoy día a Baco un macho cabrío en todos los altares38 y desgarran con la boca verdes culebras aquellos que quieren granjearse el favor de Bromio, cosa que ya entonces hizo asimismo la borracha locura de los sátiros39 ante los ojos de su rey y que, en mi opinión, hicieron las propias Ménades aguijoneadas por la furia, cuando el ardor del vino recio las hacía rodar a faltas de toda clase. Con este coro bailando [135] en torno suyo el ebrio adúltero descubre expuesta en la orilla de una playa apartada40 a una ramera de cuerpo soberbio que un joven traidor había abandonado allí una vez saciado de su amor deshonesto41. En el calor del vino, toma para sí [140] a esta Neera y hace que se quede a su lado en los placeres de su húmedo desfile triunfal y que lleve la regia corona como ornamento de su cabeza. Al punto, el fuego de Ariadna se añade a las estrellas celestiales; con este honor paga Líber el precio de una noche: una meretriz ilumina la bóveda etérea42.
[145] La cerrada estupidez del vulgo ingenuo consideraba en aquella época así de grande el poder de todos los reyes, hasta el punto de que un soberano pudiera cruzar con sus mezquindades al reino eterno situado sobre las alturas del [150] cielo. Por entonces se creía que el poder real, por pequeño que fuera, encerraba la fuerza de toda la grandeza divina y el mando del cielo todo; con incienso y un pequeño santuario se tributó honor incluso a los caudillos y, mientras el miedo, el amor o la esperanza van incrementando este honor, aquella costumbre ancestral avanzó en una larga era en perjuicio de las pobres gentes. Esa imagen de falsa piedad43 comenzó a extenderse entre sus descendientes, ignorantes [155] por efecto de una confusión nebulosa; y es que entonces la misma veneración que anteriormente había correspondido a los reyes vivos pasó a aquellos que ya habían disfrutado del don de la luz y trasladó los altares ante sus negras urnas. De ahí vinieron el burlar a las chiquillas, las prendas de amor, los alumbramientos, el secreto amor por jovencitos, la mancilla [160] flagrante del lecho conyugal, porque estaba entonces la corte habituada a bullir con las faltas de sus reyes, y la descendencia de esos dioses, perdida en el lujo, a no tener en cuenta el sagrado recato.
Y por aludir brevemente, Roma, a tus padres de sede [165] celestial, por obra de quienes proclaman que tú naciste semidiosa, a Gradivo o a Citerea, él viola a una sacerdotisa, ella por su parte se entrega a un esposo frigio44. Ambos tuvieron despareja coyunda. Y no estuvo bien que una diosa probara la terrenal unión a un mortal ni que un jovencito [170] celestial descendiera para faltar a una doncella y se abrasara con fuegos secretos. Pero la realidad es que Venus fue una mujer de sangre augusta que se aferró a un insignificante hombre particular45 incurriendo en prohibido desdoro. Y si [175] Rea, burlada por el amor del lascivo Marte, perdió su sagrada decencia entre las ovas del río, yo me inclinaría a creer que alguien de noble estirpe aunque al mismo tiempo de infames costumbres, después de obligar a la doncella por la fuerza, dijo que él era un dios con el fin de que nadie se atreviera a echar en cara a la mancillada y desgraciada muchacha [180] el estupro de una deidad. Es éste el rumor o error que indujo a nuestros abuelos itálicos a celebrar rituales sagrados para Marte en el campo de Rómulo46 y a marcar el Capitolio, fundado en las peñas palatinas47, con la inscripción de su bisabuelo48 Júpiter y de la pelasga Palas, y a llamar de su alcázar de Libia a Juno, dioses emparentados con [185] Marte; asimismo indujo a sus próceres a hacer venir la desnuda imagen de Venus de la cumbre del Érice y a que la Madre de los Dioses fuera transportada desde el frigio Ida, a que se importasen báquicas orgías de la verde Naxos49. Convirtióse Roma en hogar único de aquellas deidades de origen terrenal y cabe contar en ella tantos templos de dioses [190] cuantas tumbas de héroes por el mundo50; los Manes que la leyenda ennoblece, nuestro pueblo los venera y adora. Este tipo de dioses tuvieron Anco, Númitor, Numa, Tulo51, tales eran las deidades que huyeron de las llamas de Pérgamo, así es Vesta, así el Paladio, así el espectro de los [195] penates, un terror semejante hizo conservar el antiguo Asilo52.
Tan pronto como la vana superstición53 caló en los pechos paganos de nuestros antepasados, recorrió sin pausa los mil relevos de las generaciones. Espantóse el joven heredero [200] y honró cuanto sus canosos ancestros le habían marcado como propio de su veneración. La infancia de los niños bebe el error con su primera leche. Había degustado entre sus vagidos la harina sacrificial; había visto piedras untadas de cera54 y los negros lares empapados de perfume. [205] De pequeño había contemplado que la figura que representaba a Fortuna con su rico cuerno55 se hallaba en casa como piedra sagrada y que allí su madre palidecía entre súplicas. Después, aupado a hombros de su nodriza, restregó también [210] él la roca pegando a ella sus labios, derramó sus deseos infantiles y solicitó ayuda para sí del peñasco ciego, y se convenció de que a ella había que pedir lo que uno quisiera. Nunca elevó sus ojos y espíritu y los volvió al alcázar de la razón, sino que mantuvo crédulo un hábito necio, celebrando a dioses particulares con sangre de corderos.
[215] Y ya al empezar a salir de casa, una vez que observó con asombro los días de pública fiesta y los juegos y vio el elevado Capitolio y a los laureados sacerdotes de pie en los templos de los dioses y que la Vía Sacra resonaba con mugidos ante el santuario de Roma (pues se la honra con sangre también a ella al modo de una diosa, el nombre de un [220] lugar es considerado como una deidad56 y con pareja altura se alzan los templos de la Ciudad y de Venus y al mismotiempo se quema incienso para esta pareja de diosas), entonces, considerando verdaderas todas aquellas cosas que se hacen por la autoridad del senado, confió su fe a unas estatuas y consideró dueños del éter a esa fila57 de imágenes de rostro [225] temible. Allí se encuentra el Alcida, huésped de Arcadia después de haber saqueado Gades, rígido en dorado bronce58; también los hermanos gemelos, bastardos de una madre seducida59, prole de Leda, nocturnos jinetes, dos deidades de la alta Roma, se inclinan hacia adelante sujetos por la [230] lanza y marcan sus huellas, portadoras de la noticia de un gran triunfo, en la base de plomo que bajo ellos se extiende60. También están allí las figuras de los antiguos reyes: Tros, Ítalo, Jano bifronte y el padre Sabino, el viejo Saturno [235] y Pico, de cuerpo plagado de manchas, sus miembros salpicados de la pócima que su esposa le había dado a beber61. Ante los pies de cada uno de ellos está situada una vieja capillita. A Jano incluso, al llegar su festejado mes, se le hacen ofrendas en medio de auspicios y banquetes sagrados que (¡ay, desgraciados!) llevan a cabo como inveterado homenaje, [240] celebrando la alegre fiesta de sus calendas62. Así creció la observancia que otrora tuvo infausto comienzo a partir de nuestros ancestros y después fue transmitida en sucesivas etapas y consolidada por sus nietos tardíos. Sus corazones irreflexivos fueron arrastrando una larga cadena y una costumbre tenebrosa fue extendiéndose a generaciones pecadoras.
Siguiendo esta antigua costumbre en una época ya instruida63, [245] la posteridad veneró a Augusto con un mes, con santuarios, con un sacerdote, con altares, en su honor sacrificó un novillo y un cordero, por los suelos estuvo postrada ante su sagrado cojín64, de su oráculo pidió una respuesta. Testigo de ello las inscripciones, lo delatan los senadoconsultos que fijan [250] un templo para el César como si del de Júpiter se tratara. Añadieron un ritual con el que Livia se convirtiera en Juno, Livia, a quien había tocado una alcoba de lecho no menos infame que aquél de la hija de Saturno cuando ardía de amor en la cama de su hermano65. Aún el parto no había vaciado su vientre de madre y ya portaba concebido el feto de un varón que todavía [255] estaba por dar a luz. Se disponen una madrina66 y un lecho nupcial para una novia ya embarazada, el marido de esa desposada de vientre ya creciente llama a sus amigos, seguro de que no será estéril su prometida67. La desatada pasión del [260] padrastro se adelanta al lento alumbramiento de su hijastro aún no nacido. Al punto, entre chanzas fesceninas68 le nace un hijo ajeno al nuevo marido. Éste fue el consejo que dieron las tablillas69 de los dioses, éste las cavernas de Apolo; pues respondieron que nunca resulta mejor el matrimonio que cuando [265] la nueva esposa se casa ya encinta. ¡Ésta es la diosa, Roma, que te creaste entre las Floras y las Venus70, consagrada por inscripciones y honras continuas! Y no hay de qué sorprenderse; porque ¿quién en su sano juicio había dudado de que ellas eran nacidas de estirpe mortal y vivieron una vida, y que fueron famosas por la gloria de su encanto, y que en sus [270] amoríos se basaron en el brillo de su belleza hasta la ruina de su buen nombre?
¿Qué decir de que ese Antínoo colocado en celestial asiento, aquél que fue las delicias de un emperador ahora divinizado, que en el purpúreo regazo de éste fue despojado de su papel de hombre, qué decir de que aquel Ganimedes del dios Adriano no acercara las copas a los dioses sino que, [275] recostado con Júpiter en medio del lecho, bebiera el sagrado Lieo71 de ambrosíaco néctar y atendiera en los templos a los votos en compañía de su marido?
¡Así que con semejantes auspicios hicieron sus guerras Trajano, Nerva, Severo y Tito y los esforzados Nerones, a [280] los que una gloria terrena hizo varones ilustres y un valor deleznable aupó a las cimas de la fama, cuando en realidad yacían bajo el peso de una religión72 sacada de la tierra! ¡Qué vergüenza que hombres tales estuvieran convencidos de esto hasta el punto de creer que tanto ellos como los ejércitos romanos podían ser dirigidos por los amoríos de [285] Marte, porque este adúltero con torcidas lisonjas trataba de ganarse a la de Pafos y enaltecía a fuerza de éxitos a los enéadas, predilectos de aquélla73! ¡Dichosos si hubieran sabido que su prosperidad venía dispuesta por el gobierno de [290] Cristo Dios, quien quiso que los reinados discurrieran según unas pautas prefijadas, que crecieran los triunfos de los romanos, y quien quiso incorporarse al mundo en la plenitud de los siglos!74. Pero hundieron en el sucio Báratro letal sus almas ofuscadas y faltas de luz, inmolándolas en los santuarios de Júpiter y Augusto75, en los templos de las dos Junos [295] e incluso en las capillas de Marte y Venus, en la idea de que la suprema fuerza rectora estaba en las partes groseras del orbe y se asentaba en el sumergido fondo del universo.
Todo cuanto de maravilloso produce la tierra, todo cuanto el piélago, eso lo tuvieron por dioses. Los cerros, los mares, los ríos, el fuego, estos elementos, con el perfil de distintas [300] figuras, los elevaron al rango de padres76 y grabaron nombres humanos en estatuas mudas llamando Neptuno al océano o ninfas ciáneas77 al hueco curso de los ríos o dríades a los bosques o napeas a los campos remotos. El propio fuego, que ha sido creado para servir a nuestro uso, es llamado [305] Vulcano y se lo representa con una virtud celestial y como pretendido dios en su nombre y aspecto tiene templos y además se dice que reina en los fogones y que es el supremo herrero de Eolia o del Etna78.
Hay quien buscó a las deidades entre los brillantes astros, atreviéndose a tener por dios al Sol79, que tiene impuesta [310] la condición de resistir en ruta fija una tarea insomne80 ante los ojos de los mortales, lanzado por su órbita circular, volando a través del vacío con su esfera redonda y, cosa que nadie niega, más pequeño que el universo y el cielo. Pues es [315] mayor la pista que quien corre por ella y es harto más extenso que el carro el espacio del campo en que la hirviente rueda brilla y da vueltas sobre su eje volador. Aunque a algunos les place decir que la circunferencia de la tierra es menor que aquel bellísimo círculo y extender con más ancho [320] circuito las llamas de este astro inmenso más allá de la medida de la tierra ¿acaso también es menor y más reducida la órbita del cielo, cuya superficie abarca con dificultad en su largo trecho ese compás que echa a andar formando un [325] cono en su interior81? El verdadero dios es aquel más grande que el cual no hay ninguna materia, aquel que carece de fin, que preside toda la naturaleza, que todas las cosas a un tiempo abarca y completa. Al Sol lo contiene una región fija, una franja fija lo delimita, cambia en función de los diferentes [330] momentos: o bien asciende en su nacimiento o se hunde en el ocaso o está oculto en su nocturno retorno. Y no puede hacer volver su antorcha hacia el signo de las Osas ni dirigirse a las puertas del aquilón torciendo su órbita82 ni volverse y desandar de vuelta su acostumbrada ruta. ¿Va a [335] ser entonces un dios éste que bajo ley inamovible está entregado a unas obligaciones predeterminadas? Una libertad más amplia le fue concedida mismamente al hombre, a quien está permitido torcer la forma de su vida y su voluntad, ya prefiera trepar por la senda de la derecha ya dejarse caer por la llanada de la izquierda83, ya tomarse un descanso [340] ya perseverar en la brega, ya obedecer a su dios o ya volverse hacia el lado opuesto. Esta potestad en absoluto le es dada por el Hacedor al Sol, que administra el derrotero habitual de los días, sino que como un siervo sometido hace todo [345] aquello que le es forzoso hacer. Habiendo imaginado que este astro guiaba su carro y rápidas cuadrigas, hicieron que los rayos de su cabeza, el fustigar de su diestra, las bridas, los jaeces, los pechos jadeantes de los caballos brillaran bruñidos en refulgentes materiales como bronce dorado, mármol u oropel. Después de haber vestido la trábea, de haber sostenido el águila de marfil y haber ocupado la silla curul84, humilla [350] su rostro un viejo con barba y clava sus besos, si es que puede creerse, en las patas de caballos de pezuñas de bronce, y unas ruedas inmóviles y unas riendas que no pueden torcerse85, o bien las adorna y corona de rosas o bien las baña en vapor de incienso.
Con todo, esto, comoquiera que sea, es tolerable86. Pero ¿qué decir de que las propias sombras de las corrientes infernales [355] te den, Roma, unos dioses? La señora de las Euménides87, Prosérpina, raptada para ocupar el lecho del rey del Tártaro, saca la cabeza de la caverna estigia y, si alguna vez decide visitar a sus Quirites, se le rinde culto cortando [360] el cuello a una vaca estéril y se cree que reina al mismo tiempo en el cielo y el Érebo, que ora conduce una yunta de bueyes, ora con su látigo viperino lanza contra los de arriba al sañudo tropel de las hermanas88, ora incluso reparte saetas voladoras contra los lomos de las cabras monteses, y que, siendo la misma, va modificando las tres figuras que le [365] son propias89: en fin, cuando es la Luna, brilla con el ligero destello de su manto; cuando se ciñe el vestido y lanza sus flechas de caña, es la doncella hija de Latona; cuando está reclinada en su trono90, es la esposa de Plutón que manda sobre las Furias y dicta sus leyes a Megera. Si quieres saber la verdad, bajo el nombre de Trivia lo que se venera es un [370] espíritu del Tártaro que unas veces te arrebata hasta las partes más puras del cielo y te convence de que hay en el astro estelar un dios digno de ser venerado; otras, te obliga a correr por los bosques del mortífero mundo, a seguir su errática marcha y a creer que hay una diosa de las arboledas que [375] atraviesa los corazones espantados de los hombres y destruye los espíritus salvajes con herida mortal; otras, cubre de pánico las mentes y las hunde bajo tierra para que imploren la ayuda de las deidades privadas de luz y se entreguen al dominio de la noche cerrada.
Observa ahora el criminal santuario del espantable Dite91, en cuyo honor cae abatido el gladiador sobre la infausta [380] arena, ¡víctima para el Flegetonte de una Roma, ay, perversamente purificada! Pues ¿qué significa esa práctica impía de los enloquecidos juegos92, qué esas muertes de muchachos, qué el regocijo cebado con sangre, qué el polvo del graderío, siempre fúnebre, y aquel triste espectáculo del esplendoroso [385] anfiteatro? Claro, me dirán, con el degüello de esos desgraciados Caronte93 recibe funerales ofrendas dignas de ser transportadas por él y ganamos su favor con este sagrado crimen. Éstos son los deleites del Júpiter infernal, en ellos reposa tranquilo el juez del oscuro Averno94. ¿No es una [390] vergüenza que un pueblo rey, de poderoso cetro95, considere tales sacrificios necesarios para el bienestar de la patria, que pida la ayuda de la religión a las grutas subterráneas? Con sacrificios, ay, llama de su tenebrosa morada al vicario de la muerte, para obsequiarle con espectaculares asesinatos de seres humanos. En vano solemos ya aducir los sacrificios [395] táuricos96; se derrama sangre humana en los juegos del Lacio y aquella asamblea de espectadores cumple sus votos salvajes ante el ara de su particular Plutón. ¿Qué hay más sagrado que esta ara que bebe una sangre extraída por medio [400] de litúrgicas dagas?97. ¿O es que vacila tu fe en que bajo la oscura calima está ese dios que tú tienes que andar buscando entre sombras calladas? Vamos, ¿por qué niegas que los Manes son tenidos por dioses? Las mismas tumbas de tus antepasados lo prueban; ‘A LOS DIOSES MANES’98 leo allá [405] en losas de mármol, por doquiera que la Vía Latina y la Salaria custodian las antiguas cenizas en arracimados nichos99. Di, ¿en honor de quién grabas esta inscripción, si no es porque adoras el poder del espantoso Orco como el de una auténtica deidad?100.
Ésos son los sagrados rituales, heredados de los primeros tiempos de nuestros antepasados, enredada en los cuales la sede del poder supremo presentaba aquel sórdido aspecto, [410] cuando un emperador dos veces vencedor por la muerte de una doble tiranía101 volvió su rostro triunfal hacia sus bellas murallas. Contempla la ciudad asediada por negros nubarrones; un aire enturbiado por la calima de una noche oscura apartaba del séptuple alcázar102 la transparencia de un cielo sereno. Compadecido, dio un grito103, y dice así: «Abandona [415] ese lamentable aspecto, madre leal. Es cierto que es famosa la belleza de tu muy rico ornato, que alzas una cabeza llamativa por tus soberbios despojos104 y que rebosas de abundante oro; pero cercada por nieblas rasantes se encrespa la [420] cima de tu alta faz. Además, una luz mortecina apaga incluso tus gemas y la espesura del día y el humo que ante tu rostro se extiende embotan los brillantes destellos de la diadema de tu frente. Veo que oscuros espectros te rodean y que ánimas cerúleas e ídolos negros andan revoloteando en tomo tuyo. Creo que has de elevar tu sublime semblante por [425] encima de los aires y dejar los elementos nubosos bajo tus mismos pies. Todo lo que surge en el mundo, a ti se somete; esto lo decidió el propio Dios, por cuya voluntad eres reina y señora, mandas sobre el orbe y poderosa pones bajo tus plantas todo lo mortal. No está bien que, siendo una reina, [430] contemples el suelo caduco con los ojos bajos105 y busques la grandeza divina entre los elementos terrenos del mundo, por encima de los cuales te yergues tú misma. No toleraré que bajo mi principado mantengas tus antiguas pamemas, que rindas culto a los engendros de dioses carcomidos106. Si es [435] una piedra, se va deshaciendo con el pasar del tiempo o cruje bajo un golpe ligero; si era una flexible lámina que recubría el yeso, poco a poco éste se va desmoronando por la deserción de la cola; si el frotar de la lima confió la forma de la estatua a planchas de bronce, o bien los huecos miembros [440] se van combando hacia una parte por el empuje del peso, o bien la áspera herrumbre consume y corroe la imagen y la atraviesa de abundantes agujeros. No sea dios para ti la tierra ni sea dios un astro del cielo ni dios el océano ni la fuerza que allá abajo está enterrada, condenada a las infernales [445] tinieblas por sus lamentables merecimientos107. Mas tampoco sean dios las virtudes de los hombres108 o las erráticas formas de las ánimas y los espíritus bajo su inconsistente apariencia. Lejos eso de tener por dios a un espectro o genio109 o lugar, o que sea dios un fantasma que revolotea por las brisas del aire. Quédense con estas deidades paganas las gentes [450] bárbaras, entre quienes es sagrado todo aquello que el miedo recomiende temer, a los que los prodigios extraordinarios fuerzan a creer en dioses espantables, a los que agrada un modo sanguinolento de comer que les lleva a despedazar en las alturas de un bosque sagrado una víctima rolliza, devorando [455] sus carnes entre mucho vino. Ahora bien, tú, que sometiste y diste leyes y justicia a los pueblos, que por donde se extiende el ancho mundo enseñas a dulcificar las feroces maneras de las armas y costumbres, es impropio y lamentable [460] que en asuntos religiosos creas aquello que creen pueblos salvajes de brutas costumbres y que en su tosquedad siguen, sin uso alguno de la razón. Ya me aguarde el combate, ya dicte leyes tranquilas en tiempos de paz o ya pisotee en medio de la ciudad los cuellos debelados de los dos tiranos110, es necesario, reina, que reconozcas gustosa mis enseñas, en las que la imagen de la cruz o bien resplandece [465] con su pedrería o viaja al frente de las largas lanzas en oro macizo. Fue con esta enseña con la que, una vez cruzados los Alpes, Constantino se hizo invencible y como vengador vino y acabó con tu lamentable servidumbre, cuando Majencio te oprimía con su corte infecta111. Llorabas a tus [470] cien senadores condenados, como tú bien sabes, a largo presidio. Ya fuera un novio que, por lamentar la interrupción de sus relaciones con su prometida, raptada por cruel acólito de Palacio, pagaba sus culpas hundido en las tinieblas entre duras cadenas; ya fuera que, si una joven esposa, obligada a [475] acudir al lecho del rey, había comenzado a satisfacer la impura locura de su señor, la indignación del marido recibía el castigo de la muerte. Llenas estaban de padres de chiquillas las mazmorras del cruel emperador. Si algún progenitor, murmurando por haberle sido arrebatada su hija [480] doncella, se lamentó con especial amargura, no exteriorizó él impunemente su dolor ni profirió suspiros demasiado públicos. El puente Mulvio, al precipitar en las aguas del Tíber al tirano cuando lo tuvo encima, dio así una prueba de por qué deidad vio que eran dirigidas las tropas victoriosas del caudillo cristícola que se acercaba a la ciudad, qué enseña [485] enarboló la mano vengadora, con qué blasón brillaron sus venablos. Cristo, bordado en oro con pedrería, sellaba el purpúreo lábaro112, Cristo había grabado los emblemas de los escudos, brillo de fuego despedía la cruz colocada encima de los penachos. Lo recuerda el propio ilustrísimo rango [490] de los senadores, que aquel día salió, con el pelo repegado y sucio por las cadenas de la cárcel o trabado con desmesurados grilletes, y abrazando los pies del vencedor cayó al suelo llorando ante sus ínclitos estandartes. Entonces aquel [495] senado adoró el lema del ejército vengador y el nombre venerable de Cristo que resplandecía en sus armas. Así que cuídate, egregia capital del orbe, de forjarte en adelante vanos monstruos y fantasmas en fétido culto113 y de despreciar, ahora que lo has probado, el poder del dios verdadero. Me gustaría que abolieras ya tus fiestas pueriles, tus rituales ridículos y esos ofertorios indignos de tan gran imperio. Lavad, [500] próceres, los mármoles manchados de podrida salpicadura. Séales dado a tus estatuas, obra de los grandes artistas, erguirse bien limpias. Que éstas se conviertan en los más bellos adornos de nuestra patria y que un uso degenerado no ensucie los monumentos del arte torciéndolo hacia el pecado» [505] 114.
Advertida la ciudad por tales proclamas, rehuyó sus viejos errores y de su anciano rostro sacudió los turbulentos nubarrones, dispuesta ya su nobleza a probar las sendas eternas, [510] a seguir a Cristo tras el llamamiento de su magnánimo caudillo y a depositar su esperanza en la eternidad. Entonces por primera vez, dócil pupila a sus años, Roma enrojeció de vergüenza por sus siglos vividos, se avergüenza del tiempo ya cumplido, detesta los años pasados en compañía de despreciables [515] credos. Después, cuando, al recordar que los campos contiguos al foso de sus murallas se habían empapado de la sangre inocente de los justos, ve los odiosos millares de tumbas en torno y más se arrepiente de su juicio funesto, su poder sin freno y la excesiva saña en favor de lamentables [520] rituales sagrados. Desea compensar con tardía obediencia y solicitud de perdón las horrorosas heridas con que lesionó a Justicia115. Con el fin de que a tan importante imperio, por haber expulsado la piedad, no aguarde la acusación de crueldad, reclama la penitencia que se le ha señalado116 y con amor pleno se pasa a la fe de Cristo. Menos provechosos117 para la ciudad fueron los laureles victoriosos de Mario cuando arrastró a Yugurta el númida en medio de los [525] aplausos del pueblo, ni tanta curación te aportó, Roma, el cónsul arpinate matando a Cetego entre justas cadenas, cuantos beneficios ha previsto y te ha concedido en nuestro tiempo este emperador singular. Son muchos los Catilinas que él [530] ha expulsado de nuestro hogar, que preparaban no crueles incendios para nuestras casas o dagas para los senadores, sino negros Tártaros118 para las almas y tormentos para el interior de los hombres. Deambulaban los enemigos por todos los rincones de los templos y las casas y ocupaban el foro de Roma y el elevado Capitolio119, enemigos que preparaban [535] asechanzas acordadas contra las mismas partes vitales del pueblo y acostumbraban a inocular su peste en los callados tuétanos, haciendo que el veneno se colara allá adentro. Así pues, vestido de toga el triunfador del oculto enemigo120 alcanza sin sangre preclaros trofeos y habitúa al estado [540] de Quirino a basar su poder perdurable en su reino superior. Y en suma, ni fija unos límites ni marca unos plazos, enseña un imperio sin fin121 para que la virtud de Rómulo nunca sea una anciana, para que la gloria alcanzada no conozca vejez.
Podrías ver entonces exultantes a los senadores, las más [545] bellas lumbreras del mundo122, a aquella asamblea de viejos Catones123 deseando vestir el níveo manto de la piedad con su toga aún más blanca124 y quitarse el atuendo de los pontífices. Y ya, habiendo dejado a unos pocos de ellos en la roca Tarpeya125, hacia los puros santuarios de los hombres [550] de Nazaret y hacia las fuentes apostólicas se lanzan la curia de Evandro, la prole de los Amníadas y los ilustres vástagos de los Probos126. Pues se cuenta que fue un noble Anicio el que antes que los demás dio este lustre a la cúpula de la ciudad: de eso se jacta la ínclita Roma. Más aún, el heredero [555] del linaje y nombre de los Olibrios, incluido entre los Fastos y llamativo por las hojas de palma de su capa127, se afana por someter los fasces de Bruto ante las puertas de un mártir e inclinar ante Cristo las segures ausonias. No dudó la fe bien dispuesta de los Paulinos, no la de los Basos, en entregarse a sí misma a Cristo y en realzar la soberbia estirpe de [560] su familia patricia de cara al siglo venidero. ¿A qué contar en mi canto que los Gracos, devotos del pueblo128, apoyados en el derecho que su cargo les otorgaba y destacados en las alturas del senado ordenaron retirar las imágenes de los dioses y que, de consuno con sus lictores, se consagraron [565] suplicantes al gobierno de Cristo todopoderoso? Cientos de casas puedo contar de sangre antigua de nobles129, que se volvieron hacia los estandartes de Cristo y emergieron así de las desoladas profundidades de la abominable idolatría.
Si la ciudad tiene una personalidad o esencia específicas, ellos son su encamación. Si es el grupo de población de [570] especial preeminencia el que proyecta el perfil de la patria, éstos lo proyectan cada vez que el parecer del pueblo se les une y es una misma la opinión de la mayoría al tiempo que la de los más poderosos. Vuelve tu vista a la ilustre cámara en que se halla la luz del pueblo: apenas encontrarás unos pocos talentos con el poso de las pamemas paganas que retengan [575] con esfuerzo sus aniquilados cultos y a quienes agrade conservar sus ya acabadas tinieblas y no ver el sol que resplandece en medio del día.
Vuelve a continuación tus ojos al pueblo. ¿Cómo es de grande la parte que no rechaza el altar de Júpiter, infectado [580] de sangre podrida? Toda la multitud que sube a los altos áticos, la que desgasta las negras losas con sus idas y venidas y a la que alimenta el pan repartido desde lo alto de las gradas130, o bien frecuenta al pie del monte Vaticano la tumba en que está encerrada la famosa ceniza, prenda de amor del [585] Padre131, o bien en grandes grupos acude al templo de Letrán para poder volver de él con el signo sagrado de la unción real132. ¿Y dudamos aún de que Roma te haya sido dedicada a ti, Cristo, que se haya convertido a tu ley y que de buen grado, con la anuencia del pueblo todo y los ciudadanos [590] principales, extienda su reino terreno ya sobre los elevados astros del firmamento? Y no me conmuevo porque una escasísima parte de sus hombres siga con los ojos cerrados, no los abra en medio de la luz y yerre sus pasos. Por más que sean ilustres por sus méritos y afamados por su [595] sangre, que hayan conseguido altos premios al valor y hayan sido encumbrados con títulos honoríficos y cargos de responsabilidad, que hayan alcanzado el alcázar de los Fastos y hayan impreso su propio nombre en los Anales133 y sean contados entre los antepasados en bustos de cera o bronce, con todo, no es en estos pocos, puesto que su muchedumbre ya disminuye134, donde se encuentra la personalidad de la patria ni de ellos se compone la curia; y todo [600] cuanto defienden es anhelo de una voluntad particular y ya escasa, pero la aspiración popular protesta con general disensión y condena su tímido murmullo. Si para que las decisiones de los padres conscriptos135 prosperasen legalmente era necesario en los viejos tiempos el que se contaran trescientos [605] senadores de la misma opinión, conservemos las leyes de nuestros antepasados y que ceda la débil voz del grupo menor y guarde silencio en su pequeña facción.
Mira136 en qué senado tan lleno nuestros escaños deciden que el abominable cojín de Júpiter y todo ídolo han de ser [610] ahuyentados lejos de esta ciudad purificada. Al lado donde les llama la moción de nuestro egregio emperador, allá se traslada libremente nutrido tropel no ya con sus pies sino especialmente con su corazón137. Y no hay lugar para el resentimiento; no amedrenta a nadie la ruda violencia. A la vista está que [615] así lo desean y todos en bloque secundan un acuerdo que han aprobado y no les ha sido impuesto, convencidos por la sola razón. Por fin, otorgando regalos proporcionados a los méritos terrenos, nuestro buen caudillo138 reparte a los seguidores del antiguo culto las más altas dignidades, les permite rivalizar [620] con los suyos en gloria y no impide que hombres envueltos por el paganismo pasen por las mundanales alturas que les corresponden, ya que los asuntos celestes no son jamás obstáculo para que los individuos terrestres avancen por su acostumbrado camino. Él mismo te otorgó el puesto de cónsul, él el tribunal y te obsequió con el dorado manto de la toga, él cuya [625] religión te desagrada, oh defensor de dioses caducos, tú, el único que sostienes que hay que reinstaurar los engaños de Vulcano, de Marte139 y de Venus, las estatuas de piedra del viejo Saturno140, la frenética locura de Febo, los festivales megalesios en honor de la madre ilíaca141, los báquicos ritos del dios de Nisa, las pantomimas de Isis que llora sin tregua la [630] pérdida de Osiris, objeto de risa hasta para sus propios calvos142, y cuantos fantasmas suele albergar el Capitolio.
Oh, lengua que fluyes de portentoso manantío de palabras143, honra de la romana elocuencia, ante quien habría de ceder incluso el propio Tulio, ¡que hayan de ser éstas las perlas que derrama tu rica facundia! Boca digna de refulgir con [635] eterno baño de oro, si prefiriera alabar a Dios, al que ha antepuesto abominables engendros, profanando así su límpida voz con el pecado. No de otro modo que si alguien trata de remover con rastrillos de marfil un suelo cenagoso y le da por cultivar [640] con azadas de oro ovas llenas de lodo144. El negro surco mancilla el resplandor del colmillo brillante y el preciado filo se ensucia en el terruño sórdido.
No temo que cualquiera alegue que confío demasiado en mí y piense que acometo un combate de talentos. Guardo [645] suficiente conciencia de mí mismo y conozco mis propias ligerezas. No osaría trabar liza145 ni, con mis poco duchas dotes oratorias, provocar los dardos de tan poderosa lengua. Quede ileso su libro y que su excelente obra conserve la [650] fama conseguida con el rayo de su oratoria146. Pero séame permitido conservar el pecho a resguardo de su herida y repeler su venablo volador con la protección de mi rodela. Pues si nuestra fe, a cubierto ya en era tranquila, ha recibido el embate de fuerzas hostiles y del arte enemigo ¿por qué no [655] me va a ser dado con la contorsión y finta del costado burlar las aéreas saetas impulsadas por inútil lanzamiento?147.
Mas ya es hora de refrenar la marcha de un libro que se alarga, no sea que un canto arrastrado sin fin fomente el fastidio148.
LIBRO SEGUNDO
PREFACIO
Simón, al que llaman Pedro149, principal discípulo de Dios, cierto día a las últimas luces, cuando el purpurino Véspero se arrebola, había levado su ancla curva, atrapando las brisas [5] en los lienzos de sus velas y tratando de atravesar las aguas marinas. La noche alza tal viento de cara150 que confunde el mar con su fondo, que sacude y zarandea la nave. [10] Griterío marinero entre llanto y alaridos hiere los aires junto con el silbo de las jarcias151 y esperanza ninguna restaba a los náufragos prontos a hundirse, cuando el grupo, pálido [15] por los peligros, divisa a lo lejos a Cristo pisando el mar con sus pies, como si estuviera paseando por el camino sólido [20] de una playa seca.
Aterrados, los demás tripulantes observan con pasmo estos portentos, sólo Pedro no tiembla y reconoce al señor del [25] cielo, de la tierra y del mar intransitable, de cuya omnipotencia es propio someter la marina llanura a sus plantas. Tiende [30] sus manos suplicante, la conocida ayuda solicita. Por su parte, aquél, haciéndole una señal bonancible, le ordena que salte de la nave. Obedece Pedro a sus órdenes, mas apenas había comenzado a mojar sus plantas con la superficie de [35] las olas, comenzaba también, con paso inestable, a hundir sus pies resbaladizos. Increpa Dios al mortal por ser de una [40] fe nada firme152 y no ser capaz de pisar las corrientes y seguir a Cristo. Entonces levanta con la diestra a su siervo, lo alza y le enseña a caminar por el abultado lomo del mar.
[45] Así a mí153, que he abandonado el resguardo del silencio, mi lengua locuaz me arroja a peligros inciertos, no fiado, como el discípulo Pedro, de mis méritos y mi fe, sino [50] como a aquél al que los frecuentes pecados voltean como liviano náufrago en medio de los mares. Soy abiertamente temerario, pues consciente en mis adentros de esta noche [55] que estoy viviendo en lo que son las tinieblas de la vida, no temo confiar mi barca al oleaje de tan alto varón, más diserto que el cual nadie hay en el día de hoy154. Se entusiasma, ruge, retruena y se hincha con los vientos de la elocuencia; [60] para él es lo más fácil hundir a este inexperto piloto, si tú, Cristo poderoso, no me alargas tu mano con voluntad propicia, para que el empuje de su boca facunda no me sepulte en las olas, y en cambio, avanzando poco a poco, pueda yo [65] situarme sobre las flotantes mareas.

Hasta aquí he narrado el originario nacimiento de los viejos dioses y las causas por las que se forjó en el mundo el embotado yerro, y cómo ya Roma cree en nuestro Cristo. Ahora pasaré revista a las objeciones de mi adversario, ahora rebatiré sus palabras con mis palabras155. Pues ¿por dónde [5] dicen que empezó o de qué argumentos partió para poder con más facilidad torcer con su seductora habilidad los sagrados corazones de nuestros caudillos?156.
SÍMACO: «¿Quién es tan allegado a los bárbaros que no reclame el Altar de la Victoria? Somos cautos de cara al futuro y evitamos presagios de cosas extrañas. Devuélvase al menos a su nombre el honor que se ha negado a su divinidad157. Muchas cosas debe a la victoria vuestra eternidad y más todavía le deberá. Nieguen este permiso aquellos a los que ella en nada aprovechó. Vosotros no vayáis a abandonar un patrocinio que es amigo de triunfos. A los deseos de todos los hombres se acopla esa potencia. Nadie diga que no ha de rendirse culto a aquella a la que reconoce deseable».
A sus señores de armas, en la florida primavera de la juventud158, nacidos entre los cuarteles de su padre, criados bajo la imagen de su abuelo, estimulados por los ejemplos [10] acumulados en su propia casa, este astuto orador los incita como si tocase los clarines de guerra, aguijonea sus ánimos y proclama palabras como éstas: «Si os son caras, varones, las victorias que habéis alcanzado o las que en adelante habéis de alcanzar ¡conserve durante vuestro mandato la diosa doncella el templo a ella consagrado! ¿Acaso alguien partidario [15] de los enemigos afirma que a ella no le ha de rendir sagrado culto vuestro imperio, a quien asiste, al que llena de motivos de gloria?».
Cuando el delegado dice esto, contestan las muy bonancibles bocas de los caudillos hermanos: «Sabemos qué dulce es la victoria para los esforzados, varón el más diserto [20] de la lengua ausonia159, pero conocemos de qué forma, por qué procedimiento ha de invocársela. Ésta fue el arte primera en que nos imbuyó de niños nuestro padre, ésta la que aprendió él mismo de niño del magisterio de su propio padre. No se consigue con altares, no con harina sacrificial160, el que venga la feliz victoria; el esfuerzo incansable, el tosco [25] valor, una especial energía de espíritu, el ardor, la fogosidad y el esmero la otorgan, la recia fuerza en el manejo de las armas161. Si estas cualidades faltaran a los guerreros, por más que una Victoria de oro en templo de mármol despliegue sus plumas162 brillantes y se alce moldeada con mucha riqueza, no les asistirá y la veréis ofendida porque se ha dado [30] la vuelta a las lanzas163. ¿Por qué, soldado, si desconfías de tus propias fuerzas, preparas el para ti inútil socorro de una figura femenina? Nunca una legión envuelta en hierro vio a una niña alada que dirigiera los dardos de varones sin resuello. ¿Andas buscando a la señora de los triunfos? La [35] propia diestra de cada uno lo es y Dios todopoderoso164, no una joven guerrera de cabello peinado, en vilo sobre uno de sus pies desnudos y ceñida de sostén ni vestida de ondulantes pliegues sobre sus senos turgentes. O bien fue la mano de los pintores la que, inventando engendros con la licencia [40] de los poetas, os enseñó a dar forma a la divinidad, o bien fue la graciosa pintura la que de vuestro sagrario tomó algo que imitar y convertir con variadas marcas y cera líquida en una imagen, osando representarlo con coloreados tintes, ayudada por el arte aliado de los poemas165. Es así como siguen [45] una misma senda, así como conciben sus sueños vacíos de figuras Homero y el bravo Apeles y Numa166, y emparentado está el mal de los colores, las camenas y los ídolos. Fue cobrando fuerza el triple poder del engaño. Si esto no es así, [50] dígase ¿por qué las fábulas de los poetas os abastecen de objetos de culto tomados de cuadros e imágenes de cera? ¿Por qué el sacerdote del Berecinto167 arruina y corta sus partes porque la poesía haya castrado al bello Atis? O también ¿por qué no se deja entrar en el templo de Trivia y en las arboledas a ella consagradas a los caballos de córnea pezuña [55] porque la musa haya arrastrado a un casto doncel por la costa en veloz carruaje y esto asimismo un mural de variados colores te lo esboce168? Si tienes sentido de la dignidad, pagana estupidez, deja de una vez de dar forma a seres incorpóreos inventándoles miembros, deja de recubrir con plumas la espalda de un ser humano; vano es tener por ave a [60] una mujer y por un gran buitre a la que al mismo tiempo es una diosa169. ¿Riquísima Roma, quieres decorar tu senado? Cuelga en él los despojos arrebatados con armas y sangre, amontona, vencedora, las diademas de los reyes que has matado, rompe los vergonzantes adornos de los dioses que has rechazado170. Entonces te será guardada en medio del [65] templo la victoria que habrás conseguido no sólo en las tierras sino incluso por cima de los astros».
Habiéndole interrumpido los emperadores con estas palabras, él prosigue e infla su tuba de grandes sinfonías. Aduce la antigua usanza, afirma que nada hay más dulce que lo [70] acostumbrado y que los pueblos y hombres están obligados a su propia tradición: «Igual que a los niños al nacer» dice «les tocan en suerte almas de distinto tipo, así la hora y el día en que comienzan a alzarse unas murallas171 aportan a sus ciudades el destino o el genio bajo cuyo timón han de reinar». Añade que el misterio de las cosas y los vericuetos [75] de la verdad pueden aprehenderse por medio de una cierta prosperidad, al verificar un bien favorable, si son positivos los resultados de aquello que uno somete a prueba: a nuestros mayores todo el culto a los ídolos les ha resultado siempre [80] provechoso y fructífero. Expone la fuerza del largo tiempo transcurrido, despierta a la propia Roma, blanqueada por sus níveos cabellos y surcada de arrugas su frente, y le hace reclamar con voz quejumbrosa sus divinidades: «Soy libre, permítaseme vivir a mi propia usanza. ¿Habrá alguien que [85] censure mis mil años? Situados bajo un único sol a todos nos da la vida un mismo aire, común es la brisa para todos los vivos. Pero siguiendo doctrinas opuestas nos preguntamos quién y cómo es dios y por sendas enormemente separadas marchamos hacia un mismo arcano. Tiene cada pueblo su propia [90] tradición, un camino por el que apresurar sus pasos hacia tan gran misterio».
A estas palabras tan magníficas, a este oleaje de arte tan fino se bastó sola Fe a responder, sin duda ella la más experta en abrir el primer vestíbulo que conduce al sagrario del credo verdadero172. Pues, cuando tratamos de asuntos divinos [95] e intentamos concebir en nuestro espíritu a aquél que o bien careció de principio173 o carecerá de fin, ya que fue anterior al caos y creó el mundo, es muy limitada la fuerza del talento humano y angosta para tamaña empresa. Porque [100] si una naturaleza menor trata de aplicar su agudeza con más empeño del conveniente y de penetrar en las regiones secretas del dios supremo ¿quién dudaría de que, siendo así de frágil, se agotaría, de que su vista quedaría vencida, de que la fuerza de su mente fatigada se vería turbada en la estrechez de su pecho y de que embotada sucumbiría a unas preocupaciones por encima de sus capacidades? Mas el fácil sendero de la fe invita a creer que el Todopoderoso es aquel [105] que no sólo otorga bienes presentes sino que también los promete futuros y sin término en el largo paso de los siglos, para que no todo yo acabe diluido en la nada vacía y perezca tras un breve disfrute de la luz. Has de valorar al autor del regalo a partir del regalo mismo. Dones eternos concede [110] un ser eterno, mortales otorga un mortal; divinos un dios, perecederos un ser caduco. Todas las cosas que el tiempo cumple, las que un final se lleva, son despreciables por la brevedad de su esencia y no dignas de un donador eterno cuya natural riqueza estriba en no cejar nunca y en dar al [115] hombre aquello que nunca ceje. Pues si Dios proporciona algo corrupto o corruptible y no posee nada que sea más preciado que eso, es pobre y débil e indigno del culto supremo y no todopoderoso sino una vana sombra de divinidad.
Con este razonamiento Fe sabiamente supone, o mejor, [120] no duda de que es el verdadero Dios aquel que nos hace esperar que nuestra esencia y nuestra vida174 han de perdurar a salvo por siempre, si lo merecemos. «Si queréis», dice, «ascender a las regiones celestes, expulsad de vuestro espíritu las terrenales cuitas. Pues cuanto la tierra yace por debajo, [125] sometida en su emplazamiento, y cuanto se separa del suelo la regia morada del cóncavo cielo, tanto distan vuestros mundanos afanes de los míos futuros, la saña del bien, la maldad del cariño, lo tenebroso de la claridad serena175. Todo lo que puede morir, decreto que lo rehuyáis; todo lo que, según el esquema de la naturaleza, admite defecto y envejece, [130] que lo toméis por nada, pues a la nada ha de tomar. Y es que cuanto genera la tierra, cuanto ella contiene, yo mismo lo establecí en el principio y al claro mundo di vistosos [135] adornos y creé sus hermosas semillas. Mas, con todo, quise que hubiera un límite y concedí estas cosas para que fueran disfrutadas con moderación176, cuanto reclamara la perecedera y enfermiza necesidad del cuerpo y la efímera necesidad de la vida, pero no de forma que el hombre, atrapado por estos afanes y encendido de vana pasión, considerara [140] que todo el bien se hallaba en la dulzura y fútil aspecto de aquellas cosas que yo ordené que corrieran de la mano del tiempo. Y además establecí un período durante el que pudiera poner a prueba los corazones nobles177, para evitar que la virtud adormecida y no ejercitada tuviese una fuerza enervada sin haber alcanzado el mérito en la palestra178. Pues [145] es cautivador y nocivo el sabor de aquellas cosas que, en tanto que pasan, mantienen las mentes cautivas y atadas con sorprendente deleite. Hay que vencer el placer, hay que librar de sus lazos a la constancia de espíritu para que no acabe aplastada, cautiva y encordonada por blandas y flexibles ataduras. Hay que luchar con el más alto esfuerzo, entre [150] amarguras hay que seguir la senda de la virtud para que ésta no ame los halagos de una condición perecedera, para que no acumule oro en exceso179, para que no esté deseando contemplar con ambición y vanidad los irisados colores de las piedras preciosas, para que no ande mostrándose a los vientos del pueblo180 y se engría encumbrada por el ornato de un cargo, para que no amplíe su suelo natal y las huebras del [155] terruño paterno y extienda su anhelo a los campos de afuera181, para que no consagre a los sentidos del cuerpo todo lo que quiere o hace, para que no anteponga lo útil a lo justo y para que deposite en mí toda esperanza de que nunca han de perecer los dones que yo le daré y de que éstos han de durar [160] una larga jornada».
Así pues, si esto es lo que Dios nos garantiza ¿qué hombre esforzado, con redaños y capaz de valor preferirá para sí cualquier cosa breve a las eternas, o quién en su sano juicio considerará preferibles los gozos del cuerpo a los premios de su alma viva? ¿No es la sola distancia que separa al hombre [165] y las bestias el hecho de que los bienes de los cuadrúpedos se encuentran ante sus ojos y yo en cambio espero aquello que se me reserva para un largo período fuera del alcance de mi vista? Pues si toda mi vida ha de perecer junto con mi cuerpo y no podrá sobrevivir nada mío después de mi muerte, ¿qué rey del cielo hay, qué fundador del orbe, qué dios o [170] qué potestad que merezca ya ser temido?182. Iré de exceso en exceso al bullir de mi deseo, mancillaré lechos, pisotearé [175] el sagrado pudor, diré que no tengo algo que un pariente me haya confiado sin testigos183, despojaré avariento a mis clientes pobres, haré morir a una madre anciana con mágico ensalmo (la vieja, demorando su muerte, retrasa próspera herencia) y no temo la desgracia. El derecho público es burlado184. Se asienta armada la ley, pero ignora el delito hecho a escondidas [180] o, si la cosa queda al descubierto, se corrompe con oro al juez, rara vez el castigo abate a los culpables con segur justiciera.
Pero ¿a qué ando yo pensando tales cosas? Mirad, Dios, amenazador, me llama al orden con su severa majestad, afirma que no ha de anularse por medio de la muerte lo principal [185] de mis obras. «No sucumbirá» dice «el hombre que alienta por dentro, pero sí sufrirá eterno suplicio por haber gobernado mal los miembros a él sometidos185. Y no me es difícil envolver en llamas esa naturaleza intangible; aunque se la tenga por un soplo a la manera del noto, la atraparé sin embargo [190] y le aplicaré tormentos yo mismo, que soy incorpóreo y el único sembrador de los espíritus. Es más, decretaré la participación de los cuerpos en los mismos castigos, puesto que puedo hacer retomar las cenizas a su antiguo aspecto, y no hay por qué desesperar de mi poder. Yo que pude formarlo [195] de nuevas lo repararé una vez fenecido186. No faltan ejemplos de mi poderío en las propias semillas: la naturaleza muestra que todas las cosas reverdecen después de su muerte187. Pues se secan al desaparecer el vigor con que antes vivieron; entonces, secas y muertas, echadas en surcos u hoyos permanecen ocultas, y sepultadas como en un túmulo [200] se alzan de sus tumbas con brote redivivo. ¿Puedes por caso saber o aventurar qué mañoso artesano dispone eso o qué energía actúa por dentro? ¡No os engañen, desgraciados, los postulados de los físicos188! Miradme, yo soy el Señor capaz de crear y de restablecer lo que ha perecido y se [205] ha disipado, cualquier cosa seca la hago tornar con flores u hojas a su antigua forma; y esto mismo algún día lo he de hacer con el hombre, de suerte que nazca de su ceniza inerte y su antigua estructura cobre forma, a fin de que ésta en función de sus merecimientos o bien me pague por sus faltas [210] con tormentos o bien resplandezca en el alcázar de la suprema virtud, para no volver a morir, cualquiera que sea la suerte en que quede. Entretanto, mientras su substancia vive mezclada en un mismo ser, recuerde a su propio creador, venere y suplique sumisa al que fue su hacedor. No creó uno la forma del soplo del alma y otro la del cuerpo, ni [215] son abundantes deidades quienes rigen los bienes de la vida presente. No es un dios el que suministra senaras y trigueñas espigas mientras otro da racimos de mosto y derrama el purpurino zumo de la cepa sobrecargada; soy yo mismo el [220] que hago engordar de bayas los verdes olivos, ésos que vosotros inventáis que nacieron de la griega Palas189, yo el que asigno las horas lucinas190 a los que nacen. Por mi ley es por la que el doble sexo desea por mutuo contrato engendrar descendencia y disfruta con la propagación de su estirpe191, [225] fuego que vosotros violáis en vuestros lascivos amores y encubrís vuestro fornicio con la sombra de una diosa Venus. Soy yo solo el que gobierno los elementos y no me fatiga la mole de la empresa como a un desgraciado, débil y frágil. [230] Poseo una luz inmensa, un tiempo de vida imperecedero y una edad no comprensible para vuestros sentidos. De ahí que no precise de delegados para el múltiple gobierno del mundo ni eche de menos ayudantes o aliados. Además, es propio de mí conocer las legiones de ángeles que mi mano [235] creó192, qué naturaleza poseen estas mis criaturas y para qué clase de usos me están reservadas. Tú me dejas a un lado y rumias mil deidades y te inventas que éstas aparecen con mis virtudes, de forma que me restas poder dividiéndome en partes, a mí, a quien ninguna parte o forma se le puede amputar [240] porque soy una substancia simple y no puedo ser una parte. Sólo las cosas compuestas y hechas son susceptibles de división; a mí nadie me creó de forma que pueda ser desgajado, yo, creador único de todas las cosas193. Créelo, lo que formé de la nada no es parte mía. Por eso, venga, [245] mortal, a mí solo constrúyeme un templo y a mí únicamente venera como dios. Renuncio a la cantería, a las piedras que corta Paros y la peña púnica, las que tiene el verde lacedemonio y la moteada Sina194. Que nadie me dedique la púrpura innata de los roquedos. Amo el templo del espíritu195, no el del mármol; en él perduran los dorados cimientos de la [250] fe, se alza su estructura que resplandece con la nívea blancura de la piedad, la elevada justicia cubre sus alturas, por dentro el nutricio pudor salpica y pinta los suelos con la roja flor de la castidad y custodia su entrada. Ésta es la casa adecuada para mí, ésta la hermosísima morada que me acoge, [255] digna de un huésped eterno y celeste. Y no me es nuevo este lugar, fluyó a la carne mi gloria y la luz verdadera de Dios. (Dios iluminó la materia por él nutrida y, siendo su creador, él mismo hizo habitable para sí el cuerpo, con el fin de poder descansar en un templo que fuera de su agrado). Había [260] yo creado al hombre perfecto, le había encargado que, vueltos todos sus sentidos a mí, dirigiera sus ojos a las regiones superiores, mirando hacia arriba con su talle derecho y elevada postura, pero bajó hacia el suelo sus ojos, se inclinó hacia las riquezas del mundo y expulsó de su pecho mi divinidad. [265] Tenía que hacerlo volver a mí. Bajó mi propio espíritu y descendió hasta él196, y con sus virtudes divinas dio forma a sus entrañas hechas de barro, y ahora el dios supremo ha asumido al hombre y lo ha transformado en deidad y le enseñó a enardecerse de nuevo por mi culto».
[270] Me gustaría saber con qué oídos acoges estos preceptos del Padre tú, muy ducho censor197 del pueblo de Italia. ¿O es que eliges sin más la antigua costumbre despreocupándote de la razón, y la agudeza y talento de un hombre sabio como tú permiten que se digan estas cosas: «Me es preferible [275] la costumbre primitiva al camino de la justicia, a la piadosa bondad anunciada por el cielo, a la fe en la verdad y a la norma del credo verdadero»?
SÍMACO: «Cada cual tiene su propia costumbre, cada cual su propio rito. Si ya una prolongada época da autoridad a unas creencias religiosas, hay que conservar esa fe otros tantos siglos y nosotros hemos de seguir los pasos de nuestros ancestros, quienes felizmente siguieron a los suyos»198.
Si es forzoso rendir sagrado culto y mantener todo aquello que la costumbre sostuvo en los rudos años del nacimiento del mundo, desandemos toda la historia por sus propias pisadas hasta el principio, acordemos condenar paso [280] a paso todo lo que después fue descubriendo la sucesiva usanza199. Cuando el mundo era nuevo no había campesinos que sometieran los campos; ¿a qué vienen esos arados, a qué la innecesaria ocupación del rastrillo? Mejor se sacia la tripa con bellotas de encina. Los primeros hombres desgajaban [285] con cuñas las hendiduras de la madera; ¡hierva la rígida masa de hierro, reduciendo de nuevo a líquido magma las segures, y regrese gota a gota el filón a su propio yacimiento! El sacrificio de ganados proporcionaba vestimenta, y una fría cueva pequeña morada; ¡volvamos a las grutas, vistamos [290] rudas prendas de pieles cosidas! Los pueblos otrora bárbaros que fueron domeñados y su fiereza sometida ¡lancen ya aciagos bramidos, regresen de nuevo a sus salvajes costumbres y retornen a sus antiguos hábitos! Precipite el joven, con un amor filial propio de Escitia, a su decrépito [295] padre desde el puente votivo (ésa fue en otro tiempo la costumbre)200. Humeen los sacrificios de Saturno con la muerte de infantes y resuenen las aras crueles con lastimeros vagidos201. Que el propio pueblo de Rómulo cubra sus chozas [300] con endebles chamizos (así dicen que vivió Remo)202. ¡Extiendan heno sobre los regios lechos o vistan sobre su cuerpo velludo una clámide elaborada con la piel de una osa de Libia203! Tales eran las pertenencias del caudillo trinacrio o las del etrusco. La Roma antigua no se mantiene tal cual sino que se ha transformado al pasar de los años y ha cambiado [305] en sus ritos, su ornato, sus leyes, sus armas. Tiene muchas prácticas que no tuvo bajo el reinado de Quirino204. Instauró algunas cosas con mejor criterio, algunas abandonó, no dejó de modificar su propia costumbre y las leyes que en un principio había instituido las orientó en sentido [310] contrario. ¿A qué me objetas tú, senador romano, los ritos tradicionales, cuando los cambios de parecer de un criterio inestable han modificado frecuentemente los decretos de los senadores y el pueblo? Además, ahora, cada vez que es provechoso abandonar la antigua usanza y desechar por el nuevo culto los pasados hábitos, nos alegramos de que se haya descubierto algo y de que al fin salga al aire lo que estuvo [315] en secreto. Siempre crece y mejora la vida del hombre con lentos avances y se sirve de una experiencia prolongada205. Así está dispuesto el orden móvil del tiempo mortal; así va cambiando la naturaleza sus fases: la primera infancia va a rastras; titubea inestable el andar y el carácter del niño; con [320] sangre fogosa hierve el nervio de la juventud; a continuación llega la firme edad de la fuerza madura; por último, la vejez, mejor por su conocimiento de las cosas pero débil de fuerzas, siente desfallecer el cuerpo aunque se le despeja la mente. Es por estos derroteros por los que, a lo largo de [325] tiempos dispares, condujo el género humano su edad tornadiza. Así al comienzo vivió embotado y hundido en la tierra como si tuviera cuatro patas206; a continuación, refinado por su ánimo observador y apto ya para conocer las artes, fue pulido por la variada novedad de las cosas207; después, henchido [330] de vicios, su crecimiento alcanzó los años ardientes, hasta que, una vez agotado su exceso de fuerza, afianzó sus energías208. Ahora es el tiempo de que ya comprenda las cosas de Dios, capaz, gracias al entendimiento de su mente serena, de indagar con más empeño sus misterios y atender al fin a su salvación eterna.
[335] Aunque, si tan fuerte es tu apego209 y preocupación por la vieja costumbre y es tu deseo no apartarte del primitivo rito, se halla en los libros antiguos210 un famoso ejemplo de que ya por los tiempos del diluvio o antes aún había servido [340] a un único dios el pueblo que primero habitó las tierras recién hechas y moró en el orbe desocupado; de él toma su origen la larga línea sucesoria de nuestra estirpe, que ahora reinstaura las normas de su religión nativa. Pero, puesto que estamos hablando del culto romano, te demuestro que el propio pueblo de la sangre de Héctor211 durante mucho tiempo [345] no adoró a múltiples dioses y que, satisfecho con esporádicos santuarios, colocó unos pocos altares por las colinas. Fue después de entonces cuando Roma, domeñadas otras ciudades por su valor y habiendo obtenido sonados triunfos, creó para sí incontables dioses. En medio de las humeantes [350] ruinas de los templos la diestra armada del vencedor se apoderó de las imágenes enemigas y las llevó cautivas a casa, venerándolas como a deidades. Esta estatua la arrebató del saqueo de Corinto la de dos mares212, aquélla la incorporó a su botín en el incendio de Atenas, algunas imágenes de cabeza [355] de perro las dio en su derrota Cleopatra, algunos rostros cornudos contuvieron los trofeos de las Sirtes cuando fueron sojuzgados los arenales de Amón213. Cada vez que la ilustre Roma acogió entre aplausos el carro de un general en triunfo, tantas veces añadió altares de dioses y se forjó nuevas deidades con los despojos, deidades que, depuestas al [360] tiempo que sus murallas patrias, no pudieron aportar protección alguna a sus propios santuarios. ¿Ves cómo se demuestra que los pasos de la antigua costumbre siempre oscilaron en distintos sentidos con andar incierto, añadiendo dioses desconocidos para los antepasados, y que se consagró [365] a una religión extranjera y no conservó sus propios ritos? Todos los elementos de vuestro culto están sufriendo destierro y llegaron como algo foráneo a una ciudad enemiga. Así que en vano te aferras, perverso culto, a la tradición; no es la costumbre patria esa que amas, malvado, no lo es214.
Pero nuestro hábil orador dice que a la urbe la fatalidad [370] le asignó un cierto genio con el que pasar su propia historia. «Pues a todas las naciones y murallas», dice, «les es dado un destino o un genio, al modo propiamente de nuestras almas, que penetran en los cuerpos recién nacidos con fortuna diversa»215.
SÍMACO: «Distintos custodios asigna la mente divina a las ciudades; al igual que se asignan las almas a los que nacen, así a las naciones sus genios fatales».
[375] Ya para empezar ignoro qué es un genio o qué estado le cuadra, cuál es su poder y de dónde nace, si es un espíritu sin forma ni cuerpo o posee alguna forma y aspecto, qué sabe, de qué tareas se encarga. Por contra, las almas de los [380] hombres entiendo que están tan entremezcladas por dentro con las venas vitales que la sangre recibe de ellas el ligero impulso y el delicado calor con que vivifica nuestras entretelas en su largo peregrinar por los miembros, con que caldea las partes frías, con que irriga las secas, con que relaja [385] las tensas. Es así como el espíritu vívido templa y gobierna con su criterio la vida del hombre, espíritu que tú intentas comparar con ese imaginario genio de las murallas216 que no existe en parte alguna ni nunca existió. Es más, el espíritu vivaz vuelca su inteligencia suprema en la rección de los cuerpos, con el fin de disponer protección fiable para su desnudez y debilidad, evitar peligros temibles217, proveer lo [390] que resulte útil, estimularlo hacia distintas ocupaciones, preocuparse de a qué señor se someta y a quién considere creador del orbe, aquel al que sigue el total del universo218.
En cambio este genio tuyo de la ciudad, me gustaría que me lo dijeras, ¿cuándo comenzó a penetrar en la esencia de aquella Roma todavía niña? ¿Fluyó de las ubres de loba en [395] los sotos de un valle y, al tiempo que él mismo nacía, alimentó a unos niños gemelos219? ¿O fue una sombra desconocida que, revoloteando por los aires junto con los buitres, de repente adquirió de una nube su silueta? ¿Se asienta en lo alto de los tejados o protege las salas interiores? ¿Instituyó [400] las costumbres y va creando las leyes del foro o interviene además en las trincheras del campamento, empuja a las armas a los esforzados varones, los estimula con los clarines, los incita contra el enemigo? ¿Quién de entre los hombres cuerdos no vería estas cosas dignas de una carcajada? Imaginemos, con todo, que haya alguna sombra o ánima que [405] mantenga tales cuidados, por medio de la cual el estado haya recibido su destino y se anime entero en el calor de sus tuétanos: ¿por qué no se ocupa ella misma de poner las bases de la religión? ¿Por qué no alza libre sus ojos al cielo? ¿Por qué piensa como una prisionera que le ha sido prescrito [410] un destino inmutable? ¿Por qué inventa lazos con su horóscopo, ella, a quien le es posible no querer ahora aquello que en otro momento le era posible haber querido y acabar con sus yerros y torcer su parecer? Así estuvo errando alrededor de setecientos años220, indecisa y siempre dudando [415] qué forma de gobierno quería, qué autoridad era justa para el reinado221. Cuando la ciudad estaba surgiendo la gobernó un sistema monárquico, no sin situar a los ancianos en una parte de la administración del poder. A continuación vemos que nobles de la estirpe de esos ancianos manejaron el timón del consejo; después, que las muchedumbres plebeyas [420] al lado de los senadores en confusa mezcla y con parejas atribuciones han ejercido duradero mando en la administración de la guerra y la paz; en la figura del cónsul radicó el poder de la nobleza, la plebe confió en su tribuno222. Enseguida deja de gustar este sistema y se crean cinco pares223 [425] de dignidades de mandatarios supremos, a los que rodean doce haces a la vez y una segur para cada uno. De nuevo regresa todo el estado a las manos de dos mandatarios colegiados y concede a los cónsules el poder de inaugurar los Fastos224. Los últimos tiempos estuvieron turbados por los sanguinarios triúnviros225. Por estas olas erró tiempo atrás el [430] destino o genio o espíritu de nuestro pueblo; al fin, habiendo aprendido a tomar el camino correcto, ciñó con una diadema la cabeza augusta226, dándole el apelativo de Padre de la Patria, rector de pueblo y senado, para que sea caudillo en la guerra y al mismo tiempo dictador y buen censor y árbitro de las costumbres, custodio de los recursos, castigador [435] del delito, dispensador de honores. Y si después de tantos estadios del sistema, después de cambiar tantas veces su parecer, a duras penas se ha llegado al fin a algo que el público respeto aprueba y mantiene con sagrado pacto227 ¿por qué duda en reconocer la ley divina, anteriormente deseonocida [440] para sí y al fin descubierta? Felicitémonos, ya no duda; pues Roma se ha sometido a Cristo, sirve a Dios y odia su culto anterior. Con Roma me refiero a los hombres que consideramos la mente de la ciudad, no a ese genio cuya [445] imagen en vano se finge. Aunque, ¿por qué me inventáis un único genio para Roma, cuando soléis asignar su genio particular a las puertas, las casas, las termas y los establos, e inventar muchos miles de genios a lo largo de todos los ramales de la ciudad y sus lugares, no vaya a quedar rincón alguno sin su propio fantasma?
[450] Sólo queda que locura semejante imponga un destino a todos los edificios, de forma que cada pared, cimentada y alzada bajo su propia estrella, haya recibido en sus primeras horas la suerte con que ha de mantenerse y de otra parte cuándo ha de desplomarse. Atribuyen a las piedras los poco [455] sólidos hilos de Láquesis228, creen que las vigas de los techos dependen de las vueltas del huso y asignan sus decretos incluso a las pequeñas traviesas, como si tuviera importancia qué estrella nacía cuando fue arrancado el fresno que había de subir a las elevadas alturas del tejado. Y en fin, que no [460] hay ningún asunto humano, ningún acto en el mundo del que no digan que está sometido a la suerte del hado229. Y puesto que éstos son sus decretos, digan para qué se estableció una ley en seis pares de tablas230 o para qué las amenazas de un código que impide delinquir a unos reos a los que es el férreo destino quien obliga al delito y hunde de [465] modo inevitable. Es más, insinuándoselo, los fuerza a querer un deseo malvado, de forma que a los desgraciados no les sea dado no querer cometer el acto prohibido. ¡Alejaos, si tenéis vergüenza, y mellad vuestra espada, duras leyes que azotáis con el castigo a gentes que en absoluto lo merecen, destruid vuestra cavernosa prisión231, bajo la cual tenéis [470] los cuerpos de una muchedumbre inocente, puesto que es el destino el que peca! Nadie es culpable si los hados gobiernan la vida232 y los hechos. Pues no, sí que es culpable todo aquel que a sabiendas osa realizar lo que no le está permitido, porque está en su mano querer lo uno o lo otro y los hados no imponen al hombre el pecado, sino que él mismo se hace responsable por su propio carácter y con tormentos paga [475] el delito que fue de su agrado y sus actos impíos y se pierde por sus merecimientos y no por la suerte. Todo aquel que cree que hay un lugar para el destino, sepa que a nadie le está vedado por astros fatales conocer al dios creador de todo y que no se rechazan las intenciones piadosas por prescripción alguna de la astrología. Y es que el espíritu tiene [480] anhelos más altos, se remonta por cima de las estrellas y atraviesa las sendas y nubes del hado y aplasta con sus pies todos aquellos influjos que se cree fijan la suerte prescrita en el momento del nacimiento. ¡Ven aquí, oh todo el género humano, acudid también aquí, las ciudades! ¡Una luz inmensa [485] os llama, conoced a vuestro hacedor! El credo de la libertad os abre sus puertas; la fatalidad no es nada, y si es algo se desvanece sin efecto ante la oposición de Cristo.
SÍMACO: «Está además la utilidad, que es la que mejor revela los dioses al hombre. Pues, dado que su configuración toda es un enigma para nosotros ¿de dónde nos viene un conocimiento más directo de la divinidad que del recuerdo y testimonio de sus favores?»233.
«Pero es que fueron muchos los dioses que llevaron a Roma por sendas de prosperidad y ella les rinde culto por sus buenos servicios, por haberla obsequiado con grandes [490] triunfos»234. Venga entonces, guerrera, cuenta qué fuerza sometió para ti Europa y Libia, di los nombres de esos dioses. Júpiter te concedió con auspicios favorables que seas señora de Creta, Palas de Argos, el Cintio235 de Delfos; Isis [495] te dejó a los nilícolas236, Citerea a los rodios, la doncella cazadora te entregó Éfeso237, Marte el Hebro, Bromio te reservó Tebas, hasta la propia Juno te concedió que sus protegidos africanos sirvieran a los nietos de Frigia238 y aquella ciudad que la diosa ya por aquel entonces intenta y promueve que sea señora de pueblos sometidos, si es que algún hado lo permite, hizo que viviera sujeta a las riendas de Rómulo. [500] ¿Fue por perfidia de los dioses lugareños por lo que cayeron tantas ciudades?, ¿por su propia traición yacen destruidos sus altares? ¡Vaya piedad! ¡Vaya sagrada lealtad! La divinidad desleal entregó los lugares por ella misma criados, ¡y se cree en esos dioses que merecieron la advocación [505] desertando! ¿O es que quiso salvar a los suyos y luchando mucho intentó ese dios repeler a las tropas enemigas, poniendo dura resistencia a los escuadrones romanos, pero un valor más aguerrido lo derrotó en el luctuoso polvo de los campos? Así es, desde luego, carente de verdad la [510] superstición fue vencida por las armas y la fuerza, y la gloria huyó de su inconsistencia. Mas tampoco fue una victoria difícil o especialmente complicada para un pueblo nacido para la milicia el derrotar a unos cobardes e inclinar los cuellos blandos de dioses de todo tipo239. ¿Acaso el rudo [515] samnita y el marso con escaso sudor movían guerra contra los coribantes del Dicte240? ¿Acaso el soldado etrusco luchaba con guardias provistos de látigo y con púgiles impregnados [520] de aceite y del arte de la lucha?241. Ni Mercurio, el del famoso pétaso, había podido salvar del desastre sus propias palestras después de la toma de Lacedemonia. El enemigo seguidor de Cibeles, al trabar liza con la infantería apeninícola242, ¿cómo pudo defender Asia y el Ida siendo un galo el que empujaba las tropas al combate? Salvo si, [525] quizá, eso de someter a servidumbre las rosas del Idalio, el laurel del profético citaredo, las flechas y el arco de la niña moradora de bosques243, y aplastar y domar sus ritos sagrados fue cosa de difícil factura e inmenso esfuerzo. Fueron acordes musicales los que dieron a Egipto la señal de guerra en las olas de Accio, pero enfrente bramaba la corneta244. Fueron ligeros esquifes y frágiles faluchos los que entre torreadas [530] libumas245 acosaban los mascarones de Menfis. Nada pudieron el dios Sérapis y el ladrador Anubis. Bajo la guía de un hombre de la estirpe de Julo246 venció el ejército fogoso enviado por el Álgido desde su región helada. No [535] vino entonces en su ayuda Venus pertrechada de armas, no Minerva provista de escudo, no asistió a las armas romanas la hilera de sus dioses, degenerada y expulsada de su patria. Vencida ella misma antes, tampoco ayudó a las huestes enemigas, si es que de hecho era capaz de conservar su antiguo resentimiento. Pero dices que los dioses eligieron un [540] lugar en que el uso de sus templos perdurara sin fin más venerado por una nutrida concurrencia de fieles, y ello siguiendo de grado y sin presión de nadie las enseñas vencedoras de los varones enéadas por amor al rey Numa247. ¿Acaso del mismo modo fue voluntad de Palas elegir las [545] tiendas de Diomedes y el campamento del sañudo Ulises cuando fueron asesinados los guardias de su ciudadela, para sudar allí afligida bajo la forma de una estatuilla humedecida?248. ¿O es que cada vez que el bravísimo caudillo de los macedonios formó altos montones con las cenizas de los templos en sus victorias sobre Amiclas fue deseo de los dioses [550] capturados incorporarse al botín de su señor y ser conducidos al alcázar de la asiria Babilonia?249.
No tolero que se denigre el nombre de Roma, sus tan bregadas guerras y los títulos logrados con tan gran caudal de sangre. Sustrayendo está a las invictas legiones y amenguando a Roma los premios que les son propios, aquel que [555] asigna a Venus todo aquello que se ha realizado con bravura. Le roba la palma a los vencedores. Vana sería, entonces, nuestra admiración por esos carros de cuatro tiros que figuran en la parte más elevada del arco triunfal, por los generales alzados en esos altos carros, los Fabricios, los Curios, aquí los Drusos, allí los Camilos250, por los cautivos con la [560] rodilla doblada al pie de los generales, abatidos bajo el yugo y con las manos atadas a la espalda251, y por los trozos de sus venablos suspendidos de un pesado tronco, si es que a Breno, Antíoco, Perses, Pirro y Mitridates los doblegaron Flora, Matuta, Ceres y Larentina252.
«Sin embargo, fue bajo el auspicio de estos dioses como los presagios favorables nos dieron éxitos dichosos y estuvo [565] a nuestro lado el ave de la fortuna»253.
¿Qué es la virtud, qué la gloria, si a Corvino lo ayudó el cuervo de Apolo con su pluma o su graznido?254. Y sin embargo, ¿por qué faltó este cuervo en aquel día aciago en que [570] la muerte cubría los suelos de la infausta Cannas y caía el cónsul sobre los montones de cadáveres?255. ¿Por qué en las vegas del Crémera nadie entre los dioses advirtió con una corneja o una lechuza de mal agüero que los trescientos Fabios habían de perecer con Marte en contra, de suerte que toda la estirpe se salvara de milagro en un solo individuo?256. ¿Es que no hubo ninguna lechuza de Tritonia que en la triste [575] Carras se adelantara volando a anunciar a Craso que la diosa estaba de su parte, o es que blancas palomas transportaron a la de Pafos, ante cuyo dorado cinturón habría de temblar el pueblo de Persia?257.
Pero veo cuáles son los ejemplos del antiguo valor que [580] te conmueven. Dices que el mundo fue sojuzgado por tierra y por mar, repasas los asuntos felices y todos los momentos de prosperidad258, enumeras por su orden los mil desfiles triunfales y las angarillas de despojos llevadas por medio de Roma. ¿Quieres que te diga cuál fue la causa que elevó a tal altura tus esfuerzos, romano, cuál la protección que ha hecho aumentar tu gloria y le ha dado tal renombre que impone [585] sus riendas al mundo y maneja sus frenos259? Dios, queriendo unificar pueblos de lenguas discordantes y reinos de culturas diversas260, decidió que se sometiera a un solo [590] mando toda tierra de costumbres civilizadas y soportara los suaves lazos de un yugo concorde, para que el amor a la religión mantuviera unidos los corazones de los hombres; pues no hay unión digna de Cristo si un espíritu único no aúna los pueblos involucrados. Sólo la concordia conoce a Dios, sólo ella rinde culto, adecuado y calmo, al Padre benigno. El muy pacífico acuerdo de la alianza humana gana [595] su favor para el mundo, lo ahuyenta con la disidencia, lo irrita con las crueles armas, lo sustenta con el don de la paz, lo retiene con la sosegada piedad. En todas las tierras que envuelve el océano de occidente e ilumina Aurora con su rosado nacimiento, Belona enloquecida embarullaba todo lo [600] mortal y armaba manos fieras para mutuas heridas261. Con el fin de frenar esta furia Dios enseñó a las naciones de todos los confines a inclinar la cabeza bajo unas mismas leyes [605] y a hacerse todos romanos, aquellos que baña el Rin y el Histro262, el aurífero Tajo y el gran Ebro, aquellos por cuyas tierras discurre el río cornudo de las Hespérides263, aquellos a los que el Ganges alimenta y a los que bañan las siete bocas del tibio Nilo. Una ley común los hizo iguales, los enlazó en un mismo nombre y una vez sometidos les puso cadenas [610] fraternas. En regiones de toda procedencia se vive no de otra forma que si una ciudad patria encerrase con una única muralla a ciudadanos de un mismo nacimiento y estuviéramos todos unidos en torno al lar de nuestros mayores. Regiones distantes por su emplazamiento y costas separadas [615] por el mar se encuentran, ya por una citación ante un tribunal único y común, ya en concurrida reunión para comerciar con sus productos, ya por casamiento para los trámites legales de una boda extranjera264; pues con sangre mezclada se está tejiendo una única estirpe, con la participación alternativa de dos pueblos. Esto es lo que se ha conseguido con tan [620] grandes éxitos y triunfos del poder romano. Créeme, era para Cristo, que ya por entonces estaba en camino, para quien fue preparada la senda que desde hacía tiempo nuestra generalizada afición por la paz construyó con el gobernalle de Roma. Pues ¿qué lugar para Dios podría haber en un mundo feroz y en los corazones discordantes de unos hombres que [625] defendían cada cual sus derechos de distinta forma, como ocurrió en otro tiempo? Así, cuando los sentidos están desordenados en el corazón de un hombre, cuando hay facciones separadas en su alma y el pacto está roto, ni la diáfana Sabiduría los visita ni Dios penetra en ellos265. En cambio, si el cimero del alma logra la capacidad de gobernar, refrena [630] los impulsos del conflictivo encono y la carne rebelde y mantiene todas sus pasiones en el solo ámbito de la razón, nace un ritmo de vida estable, una determinación fija absorbe a Dios en el corazón y se somete a un solo señor.
¡Ea, ven, Todopoderoso, derrámate sobre estas tierras llenas de concordia!266. Cristo, ya te alberga un mundo que [635] la paz y Roma mantienen en íntimo vínculo. Tu orden es que éstas sean capital y cima del mundo: no apruebas una Roma sin paz y es la superioridad de Roma, que sujeta con su poder y reprime con el terror varios tumultos a un tiempo, [640] la que hace que esa paz sea de tu agrado. Y no es cierto que, al pasar los siglos, haya quedado despojada de la energía de su anterior valor ni que se haya resentido de sus años, ni coge las armas con brazos trémulos cuando la guerra llama ni suplica a los venerables príncipes con boca tan rastrera como pretende aquel ilustre senador267, poderoso [645] por su habilidad oratoria y ducho en inventar argucias y en aparentar un falso aplomo de persona grave, al igual que el actor trágico cubre su rostro con una pieza de madera horadada para exhalar por la gran abertura de su boca algún hecho terrible.
SÍMACO: «Pensemos ahora que Roma se halla aquí presente y mantiene con vosotros este diálogo: ‘Inmejorables príncipes, padres de la patria, respetad estos mis años, a los que me han traído mis ritos piadosos. Seguiré practicando mis ceremonias ancestrales y es que no me arrepiento de ello. Viviré a mi manera puesto que soy libre. Es este culto el que ha sometido el orbe a mis leyes. Son éstos los sagrados rituales que rechazaron a Aníbal de mis murallas, a los sénones del Capitolio’»268.
Si nos es dado simular una voz, desde luego es más adecuada [650] a Roma esta voz que ahora en su nombre voy a proferir269. Ella, dado que considera vergonzoso llorar el rechazo de los templos, decir que la égida había luchado por ella en momentos de incierto peligro y reconocerse abrumada por el peso de la vejez, abrazada a sus caudillos dice así [655] alegremente270: «Salud, ilustres mandatarios, noble descendencia de un príncipe invicto bajo cuyo reinado renací y abandoné todo síntoma de decrepitud y vi mis canas dorarse de nuevo; pues, aunque la vejez amengua todas las cosas mortales, a mí mi larga andadura me proporciona una nueva vida, a mí que viviendo prolongadamente aprendí a despreciar [660] el ocaso. Ahora, ahora encuentran mis años el justo respeto, ahora con razón se me llama venerable y cabeza del orbe, ahora que sacudo bajo fronda de olivo mi casco y mi rojo penacho, que cubro mi fiero cincho con verde guirnalda y, aunque armada, adoro a Dios sin crímenes de sangre. [665] Pues a crímenes (¡ay, ahora me pesa!), a crímenes atroces me había incitado Júpiter, a que, manchada de la sangre sagrada de los justos, tiznara con su muerte mi espada avezada a las guerras. A instancias de aquél, Nerón, después de matar a su madre, fue el primero que bebió sangre de los [670] apóstoles271, me mancilló con el asesinato de los píos y, salvaje, dejó sobre mis carnes la marca de su propio crimen. Tras éste, también Decio alimentó su desquiciada furia en un frenesí de gargantas degolladas; a partir de ahí ardió en muchos272 una sed semejante, que se abrasaba por arrancar almas [675] nobles a través de horribles heridas, hacer pasatiempo de los castigos273, derramar sobre mi regazo los borbotones de sus muertes y segar, en nombre de la ley, cuellos inocentes. Tan sólo el tiempo de vuestro mandato me ha limpiado de la culpa de esta masacre. Vivo piadosamente gracias a vosotros [680] y reconozco mi anterior impiedad debida a las mañas de Júpiter; porque ¿qué cosa no cruenta me entregó él o qué cosa calma y plácida me pidió para sí? Barruntando que arraigaba el culto a Cristo, se ensañó y mancilló con sangre [685] su desgraciada era. Y hay quienes incluso no dudan en imputamos reveses bélicos desde que despreciamos los altares de los templos y llegan a afirmar que el libio274 Aníbal fue repelido desde los mismos goznes de la Puerta Colina por el poderío de Júpiter y Marte, que los sénones victoriosos fueron ahuyentados de la ciudadela del Capitolio porque desde lo alto de la elevada peña eran los dioses quienes luchaban. [690] Aquellos que una vez más me recuerdan pasados desastres y sufrimientos antiguos, no olviden que ya en vuestra época no sufro nada semejante. Ningún enemigo bárbaro embiste con su lanza mis cerrojos, ningún individuo de armas, vestimenta y cabellos extraños deambula por todos los rincones [695] de esta ciudad haciéndola cautiva y pone a mis jóvenes en cadenas de allende los Alpes.
Intentó hace poco un tirano geta275 destruir Italia y vino desde su Histro patrio después de haber jurado276 asolar estos alcázares, deshacer con las llamas mis techos dorados, vestir con zamarras a mis próceres togados277. Y ya en su [700] carrera había arrasado con sus escuadrones los campos del Véneto, había devastado las riquezas de los ligures y oprimía la fértil campiña del profundo Po y, después de rendido este río, el suelo de Etruria. No fue un ganso en vela, avisando del peligro oculto en las tinieblas de la noche, el que repelió estos nubarrones de jinetes278, sino la fuerza sangrante [705] de unos hombres, sus pechos rotos en el choque279 y un ánimo que no teme sucumbir a la muerte por su patria y buscar en las heridas la belleza de la gloria280. ¿También bajo los auspicios de Júpiter concedió aquel día tan gran premio al valor? El caudillo de nuestro ejército y nuestro [710] imperio fue un joven poderoso por la ayuda de Cristo y su compañero y padre Estilicón281; el único dios de ambos, Cristo. Las trompas no resonaron sino después de que se hubiera rezado en sus altares y hubieran marcado la cruz en sus frentes. Por delante de los dragones de los estandartes avanza la primera línea de lanzas, que en todo lo alto muestra [715] el monograma de Cristo282. Aquel día ese pueblo de Panonia que durante tres décadas nos había resultado funesto, aniquilado al fin pagó su castigo283. Sus cuerpos otrora enriquecidos por sus ya famosas rapiñas yacen hacinados a montones; posteridad, te sorprenderás en siglos tardíos ante [720] la extensión de cadáveres sin enterrar que con sus huesos cubrieron los campos polentinos. Si después de haber sido arrasada por las manos de los galos pude elevar mi cabeza de la miseria de las cenizas; si al regreso de Camilo acogí sus enseñas aún humeante pero con mi frente ya marcada por una sonrisa284; si pude engalanar mis pobres ruinas con guirnaldas y envolver con laurel mis torres peligrosamente [725] inclinadas ¿en qué regazo te acogeré, esforzadísimo príncipe, qué flores esparciré en tu honor, con qué coronas ceñiré mis atrios285, qué mantones colgaré en mis puertas festivas, yo que he quedado a salvo de tan imponente guerra, que me [730] he sentido libre mientras tú estuviste en armas y que he sabido de las revueltas getas sólo de oídas? ¡Sube al carro triunfal, recoge tu botín y acompañado de Cristo allégate hasta aquí! ¡Dejadme que quite los grilletes a estas muchedumbres cautivas, deshaceos de las esposas desgastadas por larga servidumbre, gentío de madres y mozos!286. Desaprenda [735] el anciano a servir como esclavo desterrado de su hogar ancestral y aprenda el niño a saberse libre de nacimiento, ahora que su madre ha regresado al umbral paterno. Fuera todo temor287: vencimos, estoy deseando saltar de alegría. ¿Sucedió algo comparable cuando en otro tiempo repelieron al general de los púnicos? Aquél, después de golpear [740] y hacer temblar los cerrojos de la puerta que era su objetivo, relajado por las aguas de Bayas disipó en el lujo su fuerza tan recia y rompió el poder de su espada con los placeres288. En cambio, nuestro Estilicón, luchando cuerpo a cuerpo, obligó a esos hombres a volver sus espaldas aún recubiertas de férrea armadura desde la línea misma de batalla. [745] Aquí nos asistió Cristo Dios y el desnudo valor289; allí, fértil Campania, tus encantos vencieron a un enemigo lascivo. No fue Júpiter quien protegió al valiente Fabio sino que lo ayudó la deliciosa Tarento, que permitió pisotear al tirano y vencerlo con sus atractivos290.
[750] A cambio de estos favores291 no tengo adecuado pago que darte. Esculpir tus miembros en estatuas es cosa vil y nada vil cuadra al valor; pues vil es aquello que el tiempo se lleva: cae el bronce o se disipa el rubio oro o se desvanece [755] el brillo de la plata si no se usa, y oscurecido el metal por la herrumbre echa a perder su color. A ti, príncipe, se te debe una gloria viva, el reconocimiento vivo de tu valor, porque has perseguido un honor inmortal. Como rector del mundo serás asociado a Cristo por siempre, porque bajo su guía conduces mi reino hacia las regiones celestes. Que en nada [760] te mueva, te lo ruego, la voz de este gran rétor que, bajo la apariencia de un delegado y llorando la muerte de sus rituales, con los dardos de su talento y la fuerza de su palabra se atreve, ay, a atacar nuestra fe y no ve que tú y yo, Augusto, somos devotos de un dios en cuyo honor hemos cerrado sus [765] sucios templos y derribado sus altares empapados de sangre añeja. Que solo Cristo dirija y proteja nuestro palacio. Que ningún demonio conozca ya los castillos de Rómulo y que, en cambio, mi corte sirva tan sólo al señor de la paz».
Habiendo así hablado, Roma suplicó a sus piadosos pupilos que despreciaran a ese delegado que pedía lo inadmisible, [770] delegado enviado desde los santuarios de Júpiter por un arúspice, pero no por su patria: que la gloria de su patria es Cristo.
Persiste, con todo, afirmando que la senda de nuestra jornada es ramificada y varia cuando se busca un único dios; que unos apresuran a él su paso desde aquí, otros desde [775] allí, por separado, cada cual por su propia fragura, pero que al final se unen en una misma encrucijada y confluyen en un mismo sitio292; más aún, que el cielo y la tierra, los vientos, los mares, las nubes nos son dados a todos en común, tanto a quienes te rendimos culto a ti, Cristo, como a [780] quienes ofrendan tripas podridas a piedras talladas.
SÍMACO: «Es justo que todo aquello a lo que todos rinden culto sea considerado una única cosa. Contemplamos los mismos astros. Nos es común el cielo. Un mismo firmamento nos envuelve. ¿Qué importa por medio de qué proceso mental indague cada cual la verdad? Por un único camino no se puede llegar a tan gran secreto»293.
No niego que para todos los vivientes sea común el disfrute del aire, los astros, el piélago, la tierra y la lluvia294. Es más, el injusto y el justo viven juntamente bajo un mismo [785] cielo, una misma brisa respira el impío y el pío, el decente y el indecente, la furcia y la esposa, y el soplo que mantiene la vida con su bocanada de aire alienta por igual en la boca del sacerdote y en la del gladiador. Deja caer lluvia la nube de primavera a impulsos del céfiro295, mas fecunda igualmente los campos del ladrón y los del honrado campesino. [790] A la corriente pura del torrente en verano acuden igual, cuando están cansados, el viajero y el salteador. El mar sirve igual al pirata y al mercader296 y no son más remolonas las olas para obedecer al enemigo que cuando portan las bancadas de una nave legítima. Así pues, la naturaleza, capaz [795] de una y otra cosa, se ofrece para la creación de los pueblos y no está en su mano distinguir diferentes méritos entre los vivos, a los que tan sólo se le ha encargado de alimentar. El universo, por tanto, nos sirve, no nos juzga; esto se lo reserva para el momento prefijado el supremo señor de la naturaleza. Los dones que nos fueron dados asisten ahora [800] al hombre con las mismas condiciones con que se nos concedieron de una vez para siempre: la fuente derrama su líquido, el río riega los campos, el mar de trasiego velero297 es hendido por los bajeles, la lluvia se derrama sobre nosotros, vuela el aura fina, el aire en movimiento se aviva y los agentes de la naturaleza se hacen públicos y están al alcance de todos, siempre que esos elementos a nuestro servicio conserven el rumbo que les es propio. Es así como el hombre [805] honrado y el reo de crimen capital disfrutan de los mismos astros y bonanza de la bóveda celeste. La vida es cosa común pero no lo son los méritos. En fin, el romano, el daha, el sármata, el vándalo, el huno, el getulo, el garamante, el alamano, el sajón, el galaula298, todos andan sobre una misma [810] tierra, el cielo es para todos uno mismo299 y uno mismo el océano que rodea nuestro mundo. Añado algo más: los animales beben de nuestras fuentes, el mismo rocío cría mis mieses y la grama del burro, la cerda inmunda nada en nuestros ríos, nuestro aire entra hasta en los propios perros y [815] con su soplo ligero anima los cuerpos de las alimañas300. Pero tanto distan lo romano y lo bárbaro como separación hay entre un cuadrúpedo y un bípedo o entre lo mudo y un ser dotado de habla; tanto, asimismo, se apartan quienes convenientemente siguen los preceptos de Dios, de los cultos [820] estúpidos y de sus yerros. No nos hace iguales, por tanto, en lo que toca a la preservación de la fe, la comunidad del aire y del cielo; ésta tan sólo produce los cuerpos, los nutre y repara, y conserva sus simientes, que vuelven a nacer. Y no importa de qué linaje o qué belleza o qué mérito, [825] con tal de que sean cuerpos producidos por la tierra cuyo vigor procede de los elementos terrenos, porque la obra del Padre hacedor fluye por un territorio común a todos, sin distingo alguno, y discurre con generosidad no avara, pues nos fue dada antes de que Adán, el primer hombre, se manchara. Y no escasea ni merma por los yerros de quienes la [830] disfrutan o se sustrae a los indignos de ella, ni evita lo feo y vergonzante. No de otra forma el rayo del sol ilumina en conjunto todos los lugares esparciendo sobre ellos su brillo: hiere los techos dorados, pero hiere también las techumbres tiznadas por el negro humo; entra en los mármoles del claro [835] Capitolio, pero entra en las rendijas de la prisión, en los asquerosos huecos del apretado estiércol y en la sucia cámara del oloroso burdel301. Mas no serán los oscuros calabozos aquello que son los regios artesonados dorados por el mineral [840] engastado de pedrería302. Con más razón, quienes buscan a la divinidad en urnas y tumbas y aplacan con sangre sus fantasmas no serán aquello que son quienes veneran al supremo señor del cielo, ofrendan su justicia y engalanan el templo de su pecho.
«Pero el gran secreto de esta razón oculta no puede buscarse de otro modo que si el camino se multiplica en trechos [845] diseminados y sus vueltas pisan cien veredas para con distintos métodos rastrear a ese dios escondido»303.
Muy otra es la verdad; pues muchos recodos en el camino provocan fraguras llenas de dudas y conducen a errores más intrincados. Sólo está libre de error el camino simple que no se aparta a un desvío ni ofrece las dudas de numerosas [850] bifurcaciones.
No niego, con todo, que a nosotros siempre se nos presenta una ruta doble304, que las cosas mortales caminan por dos partes cuando dudamos de a dónde conduce el paso nuestra ignorancia. Una parte está ramificada, por contra la otra es sencilla y única. La una sigue a Dios, a muchas deidades [855] venera la otra y tantas son sus encrucijadas cuantas estatuas las de sus templos, cuantos fantasmas revolotean como espectros de aire vano. A unos los arrastra a las Dionisíacas de Baco, portador del tirso305, a otros los atrae a las [860] fiestas de Saturno306 o les muestra qué ritos sacros el niño Júpiter, escondido, exige que se le tributen entre broncíneo tintineo307. Y ya van buscando las fustas de las fiestas Lupercales y sus desnudas carreras de jóvenes308; de otra parte llaman para oscuras respuestas al eunuco megalesio, inflamado [865] de intenso arrebato309. Hay quienes, dispuestos a marchar por cruces más cortos, veneran viles verduras en las huertas del Nilo, osando imponer a las nubes cual dioses al puerro y la cebolla y emplazar sobre los astros del cielo los ajos y la orquídea310. Pues Isis, Sérapis, la Mona de cola [870] grande y el Cocodrilo son lo mismo que Juno, Laverna, Priapo311; tú, Nilo, veneras a éstos, a aquéllos tú, Tíber, adoras. Es una misma la superstición312 aunque el yerro no tenga las mismas tonalidades. De aquí nace una nueva senda recubierta de sombría maleza, aquella que recorren los ganados, las alimañas mudas y aquellas que se esconden en [875] los bosques: en esa hura mora la mente de los hombres y desconoce el cielo, viviendo prisionera de cruel tirano313. Ésta piensa que no hay dios alguno, pues todo da vueltas por el azar y los siglos ruedan sin nadie que los gobierne. Esta vía de ninguna manera difiere gran trecho de estos [880] caminos que holláis vosotros, quienes consideráis dios supremo a muchas deidades y variados engendros314. Así pues, Dios es guía del camino simple. Él es quien ordena al género mortal marchar por este único camino que él mismo dirige, que se eleva sobre el cerro derecho hacia las altas crestas315. El aspecto primero de ese camino es agreste, erizado, [885] amargo, difícil, pero al final es bellísimo, dotado de grandes riquezas y bañado en una luz eterna, tal que llega a compensar por las pasadas fatigas. El guía del camino ramificado es el Demonio, que por la parte izquierda confunde [890] la ruta con cien desvíos. Por un lado trae barbudos316 sofistas, por otro, hombres poderosos por riquezas o posición. Los atrae con lenguas de pájaros317, los engaña por medio de arúspices, los empuja con los circunloquios de una vieja Sibila posesa, los enreda con la astrología, los empuja a las [895] prácticas mágicas, los inquieta con presagios, los embauca por medio de augures, los espanta con tripas. ¿Veis cómo es uno solo el camino, perdido entre muchas fragosidades, que soporta un guía semejante, ese que no permite caminar hasta el señor de la salvación sino que a través de sus extravíos muestra la ruta de la muerte, extravíos tachonados de bienes [900] fugaces pero espantables justo al final y hundidos en los barrancos de una súbita Caribdis?318.
¡Lejos de aquí, paganos!319. No compartís camino alguno con el pueblo de Dios. Retiraos buen trecho y meteos en vuestro caos, al que os llama aquél que os antecede hacia la [905] noche infernal a través de perdidas sinuosidades. Para nosotros, en cambio, que buscamos al único señor de la vida, la luz es nuestra ruta y el día claro y la gracia sencilla320. Seguimos nuestra esperanza, avanzamos por nuestra fe y disfrutamos de los dones futuros, a los que no llegan los goces de la vida presente: no corren parejos el placer alcanzado y el por alcanzar.
SÍMACO: «¿Con qué beneficio para vuestro erario se ha suprimido la prerrogativa de las vírgenes vestales? Se deniega en tiempos de los más generosos emperadores lo que los más parcos concedieron. Éste es el único honor que hay en esa especie de sueldo por su castidad. Al igual que las ínfulas321 dan realce a su cabeza, así se tiene por distintivo de su sacerdocio la exención de tributos. Nadie piense que sólo atiendo a la causa de las religiones. De acciones inadecuadas de este tipo han surgido todos los perjuicios para el género humano. Había honrado la ley de nuestros padres a las vírgenes vestales y a los servidores de los dioses con una módica pensión y justos privilegios. Se mantuvo esta prebenda en su integridad hasta que los banqueros, que carecen de escrúpulos, convirtieron el incentivo de la sagrada castidad en paga de viles mozos de cuerda322. A esta medida siguió una pública hambruna y una flaca cosecha defraudó la esperanza de todas las provincias. Esto no es fallo de las tierras. No atribuyamos responsabilidad alguna a los austros323. No ha sido el añublo el que ha perjudicado las espigas ni la cizaña la que ha matado las mieses: la añada se nos secó por un sacrilegio. Pues fue forzoso que se echara a perder para todos aquello que se negaba a los cultos religiosos. ¿Sufrieron algo semejante nuestros ancestros cuando el honor público alimentaba a los servidores de los cultos religiosos?»324.
La última queja que el delegado expone con hondo dolor [910] es que, dice, se le niega el trigo a los fuegos de Palas, el óbolo a las mismísimas vírgenes y el sustento a su casto colectivo, y que se hurta a las llamas de Vesta su habitual presupuesto325. Afirma que por ello los campos se secan y [915] su fruto es más escaso326, que una triste hambruna nos azota y por todo el mundo palidecen los mortales, sin recursos y faltos de pan. Qué hambruna tan grande y tan odiosa ha surgido en el momento presente, movida por la ira de Triptólemo y Ceres para castigar la afrenta al aprovisionamiento [920] de las vestales, no lo recuerdo y ni siquiera las públicas voces comentan nada semejante327. Escucho que por los campos de Faros discurre el Nilo a su modo habitual y empantana los sembrados de la verde Canopo. O si no, que venga y traiga ese río seco el heraldo que anuncia que Menfis se [925] agosta de sed y de ayuno bajo el polvo y que ya no rezuma agua el barro de la laguna de Pelusio328. ¿Es que acaso se secó su fuente, oculta por cerrado misterio de la naturaleza, y el venero apenas deja salir un hilillo de agua? ¿Es que acaso el río huye evitando tocar nuestras orillas y tuerce su curso hacia los abrasados indios329? ¿Es que acaso, en medio [930] de su trazado, su lecho absorbe y devora la corriente del río y son tragadas las aguas por repentina abertura, de forma que no puedan cubrir los surcos con sus olas, ni fluir por las secas llanuras de Egipto, ni mullir, derramando su caudal, los endurecidos terrones hasta formar rico lodo con el [935] que puedan las mieses ondear como extensas melenas de los campos y vestirse más prieto el llano de cargadas espigas? Mira a ver si acaso el labriego del campo de Libia deja de cargar de grano sus barcas y de enviar montones de trigo a las bocas del Tíber para alimento del pueblo, y si el que llena [940] de surcos la campiña leontina cesa de echar a la mar desde las costas de Lilibeo barcazas repletas de grano y no confía sus velas al piélago, y si la flota que transporta los atiborrados graneros de los sardos no hace reventar los silos de Roma330. ¿Así que, entonces, el labriego púnico llena su mesa [945] de peras silvestres, el sículo se alimenta de las hierbas que arranca y ya Cerdeña suministra al pueblo de Remo bellotas de encina, ya son las bayas del cornejo, duras como la piedra, el sustento de los Quirites?331. ¿Quién viene con hambre [950] a los espectáculos del gran circo? ¿Qué barrio soporta los rigores del ayuno por estar vacías las gradas o qué muela del Janículo descansa en silencio?332. Cuán grande es el volumen de frutos que aporta cada provincia y de qué fecunda abundancia rebosa el fértil mundo, lo indica el suministro que en nombre del estado se da, Roma, a tu plebe y alimenta la prolongada inactividad de tanta gente.
[955] Tal vez haya un año un poco menos fecundo; eso no es sorprendente ni nuevo en el mundo. Lo aprendieron los antiguos sufriendo frecuentes hambrunas, si alguna vez un aire infecto secó las delgadas nubes bajo el ardor del sol y apretadísima [960] lluvia no derramó sus aguas de primavera cuando la cosecha está nueva y verde, o si la mies, crecida antes de dar cuerpo con tierna savia a sus tuétanos en formación, coaguló su jugo ante el soplo de un euro caliente333, produjo famélicos tallos y un bosque estéril de pajas defraudó los [965] inútiles votos del campesino. A tales infecciones y azotes, si no estoy equivocado, estuvo también expuesto el campo antes de que el Paladio y antes de que Vesta guardasen los penates bajo el lar de Pérgamo con el fuego fuera del alcance de la vista334, antes de que el padre de Príamo alzara las murallas contratando albañiles335, antes de que la doncella Palas fundase su querida Atenas, pues fue en estas ciudades, [970] según cuentan, donde las brasas de Vesta tomaron su origen a partir de un primer rescoldo, y fueron el frigio o el griego quienes sacralizaron esos fuegos y los alimentaron.
Es por antiguos errores por lo que los elementos se muestran inestables y, sacados de sus límites propios, por lo general dan resultados distintos de los que marca su ley o el [975] curso del año. A veces el añublo voraz, originado en la ponzoña de un aire maligno, consume las mieses; a veces, en una primavera tibia, después de haber soplado los céfiros336, el frío del helado aquilón deja su marca abrasada en la cosecha y tiñe de tizón la cabeza quemada del tallo. O también, [980] mientras germina y se hincha el brote de la tierna semilla, se echa a perder, encogido por continuas y excesivas escarchas, y no es capaz de sujetar a la tierra su delgada fibra. Después, expulsada la raíz del suelo a medida que la helada va calando, queda allí encima, al desnudo, arrancada y privada de tierra. Nacen los abrojos de doble punta y el crespo [985] cardo; a los primeros los hace crecer la sequedad de la sed, al segundo lo saca adelante la abundancia de humedad. Es la temperatura, por defecto o exceso, la que provoca esas plagas en las tierras y hiere y hace enfermar al mundo.
No de otro modo un funcionamiento incorrecto de nuestro cuerpo deriva por lo general en algún fallo, no mantiene [990] el orden adecuado y, por anomalía en su dirección, daña los miembros. Pues es una misma la condición del mundo y la de este cuerpo que llevamos: una misma naturaleza sustenta uno y otro. Ambos crecen salidos de la nada y, a la nada [995] abocados, o bien se tambalean con enfermedades o, vencidos por el tiempo, envejecen, y no está libre de faltas la naturaleza a la que un fin apremia. Siempre, créelo, el cielo urdió sus años con diferentes resultados; a unos los enriqueció con abundantes cosechas, a otros los condenó a la [1000] desdicha con astros hostiles, frustrando el cuidado de los campesinos con una esperanza vana y estéril.
Pero, si es a las niñas vestales a quien está vengando esta plaga que perversamente nace de un mundo desleal, ¿por qué no arrasa únicamente los campos de los cristícolas337, los promotores de que se hayan negado a vuestras [1005] vírgenes las prebendas establecidas? Disponemos de las rentas del campo así como de nuestro método de cultivo (y no nos avergüenza trabajar con las manos), y si en tiempos se alzó allí una piedra que el antiguo yerro acostumbraba a ceñir con bandas o a suplicar con un pulmón de gallina, se la rompe y se ofende a Término no ofreciéndole sacrificio [1010] alguno de tripas, y el árbol adornado de cintas que albergaba los humeantes candiles cae cortado por hacha justiciera338. Y, sin embargo, no es por ello menor el fruto de nuestro huerto o la alegre calma del tiempo sereno o el viento lluvioso que templa nuestros barbechos ya en cultivo. Mas [1015] tampoco necesitamos mucho los que vivimos parcamente y, cuando llegan cosechas muy buenas, no nos disipamos en goces por nuestras amplias ganancias ni nos dejamos llevar por el avaro empeño del lucro. Pues para aquellos cuya esperanza se orienta hacia una vida eterna, es insignificante todo bien aportado por la edad presente.
Oh, harto feliz339 el que al mismo tiempo es sabio y [1020] hombre de campo, quien cultivando las tierras y el espíritu dedica a ambos una atención constante, como aquéllos a los que enseñó Cristo, nuestro fundador, y a quienes, una vez elegidos como sus braceros, hizo los siguientes encargos: «Cuando confiéis a los surcos las semillas340, tened cuidado con la tierra dura y árida por los guijarros, no vaya a ser que [1025] caiga allí lo sembrado, porque al principio la simiente feraz se llena de brotes, pero luego, al faltarle la savia, sediento bajo el fuego del astro abrasador se agosta y se quema; tampoco caigan las semillas en espinosos zarzales, pues sus recios [1030] ganchos enredan la espiga al crecer y el cardo oprime sus frágiles cañas con sus nudos punzantes; y que tampoco se lancen los granos y queden esparcidos en la tierra del camino, porque éstos están desprotegidos y expuestos a las aves y por doquier los devoran y están, allí en el suelo, a merced de la burla indigna de los sucios cuervos».
[1035] Con estos preceptos confirma Dios al campesino. Aquél no recibe la ley celestial del Padre con oído superficial sino que prepara al mismo tiempo el sembrado de su corazón y el del campo, para que con el cuidado interno no brillen menos sus entretelas que cuando sus alegres huebras exhiben [1040] sus propias mieses. Porque extirpamos de nuestro pecho las espinosas zarzas para que sus renuevos nocivos no maten el germen de la vida; para que el punzante escaramujo de los males, con sus abundantes pecados y faltas, no obstaculice el fruto y cosecha del alma; para que la fina gravilla con sus [1045] arenas carentes de alimento no seque la fe, agostándola en el corazón; para que el ardor del pecho no prenda en llamas y abrase los dones divinos en sus venas agotadas; en fin, para que una atención indigna no deje a Dios en una parte gastada de nuestro interior, para que no abandone la esperanza de la que nos nutrimos por dentro y la entregue al festín de [1050] aves siniestras y, lanzada al exterior, la fe no sea presa del alado enemigo. Industria semejante producirá en nuestros campos frutos centuplicados341, por los que con gran empeño se afana; y no teme que el gorgojo arrase los colmados montones o la negra hormiga los esconda en sus cuevas342. [1055] También nuestras doncellas tienen espléndidas prerrogativas: el pudor, el rostro cubierto por sagrado velo, el honor de su vida privada, una belleza no conocida ni pública, escasos y ligeros convites, una mente siempre sobria y su ley [1060] de castidad, culminada con el fin de la vida. Por eso es por lo que llegan multiplicados por sesenta343 los frutos a sus graneros, graneros jamás expuestos al ladrón nocturno porque al cielo no llega ningún ladrón y las puertas celestes nunca son abiertas por el engaño: el engaño bulle abajo, en las tierras344.
Ahora analizaré cuál es el prestigio de la virginidad de [1065] las vestales, con qué baremo controla toda la gloria otorgada al pudor. Para empezar, se las coge de pequeñas345, en sus tiernos años, antes de que sea la libre tendencia de su propia voluntad, espoleada por el lustre del recato y el amor a los dioses, la que pueda condenar el vínculo legítimo del [1070] sexo matrimonial. Su pudor, prisionero, es consagrado a altares que les son ingratos y el deseo de su cuerpo intacto no desaparece en esas desdichadas por desprecio sino porque se lo quitan. Su mente no se mantiene intacta y no se da reposo alguno346 a esos lechos en los que una mujer soltera suspira por esa herida secreta y las teas nupciales perdidas. [1075] Además, su esperanza queda a salvo y no mata por completo ese fuego, pues algún día les será permitido prender fuego a las ociosas antorchas y cubrir de festivos velos nupciales sus canas decrépitas. Vesta exige durante un tiempo prescrito la inviolabilidad de sus cuerpos, pero al fin se [1080] harta de una vejez virginal347. Mientras la energía necesaria para el tálamo estuvo en su plenitud, ningún amor fecundó aquellas entrañas inútiles con parto materno. Se desposa una vieja veterana después de haber cumplido su servicio sagrado348 y, habiendo abandonado los fuegos a los que esclavizó su juventud, traspasa sus arrugas jubiladas al lecho conyugal [1085] y aprende como recién casada a calentarse en una cama helada. Entretanto, mientras una cinta349 trenzada sujeta sus cabellos sueltos y como sacerdotisa soltera mantiene encendidas las brasas fatales, es llevada por medio de las plazas como si de un desfile público se tratara, sentada en [1090] mullida carroza350, y esta doncella se ofrece, con el rostro descubierto, a la vista de una ciudad atónita. Acto seguido, su pudor modélico y su piedad libre de sangre van a sentarse en el anfiteatro para ver cruentos choques y muertes de hombres y contemplar con sus ojos sagrados heridas vendidas a cambio de alimento351. Está ella sentada, bien visible [1095] por las venerables galas de sus ínfulas y disfruta con los que azuzan a los gladiadores. ¡Vaya un espíritu delicado y suave! Se pone en pie ante los golpes, cada vez que el vencedor clava su espada en el cuello del otro ella dice que ése es su preferido, y esta doncella recatada ordena, volviendo su pulgar352, que revienten el pecho del hombre caído, para que [1100] no quede pizca alguna de aliento oculta en lo hondo de aquellos órganos vitales, mientras el gladiador se retuerce en estertores con la espada clavada bien hondo. ¿Es éste su famoso mérito, que, como se dice, mantienen constante desvelo en favor de la grandeza del Palatino del Lacio353, que redimen la vida del pueblo y el bienestar de los nobles, que con [1105] gracia derraman sus cabellos por el cuello o con gracia ciñen sus sienes con cintas y añaden hilos a su pelo354, que bajo tierra y con las sombras por testigos degüellan reses expiatorias sobre las llamas mientras pronuncian extraños bisbíseos?355. ¿O que, sentadas en una parte mejor del palco, [1110] contemplan cuán frecuentes golpes de jabalina y de tridente sacuden un rostro cubierto de bronce y por qué anchas llagas riega su parte de arena el herido al huir y con cuánta sangre marca sus pasos356?
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