Читать книгу: «Obras morales y de costumbres (Moralia) II»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 98

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por ROSA M.a AGUILAR .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1986.
Las traducciones, introducciones y notas han sido llevadas a cabo en común por: CONCEPCIÓN MORALES OTAL y JOSÉ GARCÍA LÓPEZ .
REF. GEBO213
ISBN 9788424931155.
INTRODUCCIÓN
I. Obras incluidas
Incluimos en este segundo volumen de Obras morales y de costumbres (Moralia II) siete tratados, que siguen, en el orden tradicional desde la edición veneciana de G. Xylander, a los traducidos también por nosotros en el volumen anterior de esta misma colección. Si entonces pudimos recoger bajo un mismo epígrafe de la Introducción («Sobre la educación y la amistad») el contenido de los tratados allí traducidos y presentar, por ello, una introducción general válida para todos ellos, para el presente volumen sólo redactamos esta breve introducción informativa; pero, en cambio, cada opúsculo lleva una introducción algo más extensa con la que intentamos acercar al lector al contenido y a la problemática surgida en torno al mismo en sus líneas más generales.
Plutarco se mantiene también, en estos tratados, en la línea pedagógico-moralizante que sigue en su obra conocida por el nombre general de Moralia; sin embargo, el contenido de estos siete tratados es mucho más variado y heterogéneo. Esta circunstancia se puede comprobar por la mera lectura de los títulos con los que se conocen y que pasamos a facilitar en la traducción castellana que nosotros proponemos. Entre paréntesis añadimos la traducción latina de estas obras, por la que con frecuencia se siguen citando. Los títulos son: Sobre la fortuna (De fortuna), Sobre la virtud y el vicio (De virtute et vitio), Escrito de consolación a Apolonio (Consolatio ad Apollonium), Consejos para conservar la salud (De tuenda sanitate praecepta), Deberes del matrimonio (Coniugalia praecepta), Banquete de los Siete Sabios (Septem sapientium convivium) y Sobre la superstición (De superstitione) . Se trata, por tanto, de unas obras con las que Plutarco intenta acercarnos, entre consejos, a un campo muy variado de la actuacción y la personalidad de los hombres y que abarca aspectos tan distintos como los de la salud, la superstición, el matrimonio, la fortuna, la virtud y el vicio, la fortaleza ante las desgracias, etc.
Los tratados Sobre la fortuna, Sobre la virtud y el vicio y el Escrito de consolación a Apolonio no están recogidos en el llamado «Catálogo de Lamprias», sí los otros cuatro restantes.
Para aspectos concretos de los tratados aquí traducidos remitimos, según ya dijimos, a las respectivas introducciones que preceden a cada uno, así como a las Introducciones generales aparecidas en los números 77 y 78 de esta misma colección, correspondientes a los primeros volúmenes de Vidas paralelas y de Obras morales y de costumbres (Moralia) .
II. La traducción
En la traducción mantenemos el criterio seguido en el volumen anterior: la máxima fidelidad al texto original griego, procurando en todo momento no corregir al autor, aun a riesgo de que su estilo, y por ello el texto castellano, nos pueda resultar lleno de repeticiones, construido sobre períodos demasiado largos y de estructuras, en ocasiones, algo alejadas de nuestra actual forma de expresión. No obstante, este mismo extrañamiento nos ha parecido que puede ser aceptable por tratarse de una traducción y no de una obra de propia creación.
Las escasas traducciones al castellano de alguno de estos tratados las hemos tenido en cuenta; pero, en definitiva, nos han sido de escasa utilidad, debido a su carácter de trabajos realizados sobre traducciones latinas o a otros idiomas modernos. Este es el caso, pensamos, de la traducción de Diego Gracián, la única, por lo demás, con pretensiones de ajustarse al original griego, según su propio autor, y la que comprende una parte importante de Moralia . Un juicio parecido nos merece la traducción de Diego de Astudillo de los Deberes del matrimonio , que él traduce bajo el título de Carta que escribe Plutarco a Poliano y Eurídice, su mujer, enseñándoles cómo se han de haber en casamiento , recogida en las págs. 210-246 de la obra de Luis Vives, Introducción a la sabiduría (Valencia, 1779). Menos útil y poco aconsejable es la traducción de Juan B. Bergua, demasiado libre, como es habitual en él, y sin pretensiones, al parecer, de fidelidad estricta al original griego. Esta obra lleva el título de Plutarco. Los tratados. Sobre las mujeres. Sobre el amor. Sobre el matrimonio. Sobre la muerte. Sobre la salud y otros (Madrid, s. a.), título que por sí mismo revela el escaso rigor con que el autor se ha planteado sus trabajos.
En los pasajes más problemáticos y difíciles nuestra traducción es deudora, principalmente, de las realizadas en alemán, inglés y francés. También en este volumen nuestra labor ha sido facilitada, sobre todo, por los estudios, notas y traducciones al alemán de J. F. C. Kaltwasser (Plutarchs moralisch-philosophische Werke , Viena y Praga, 1796-1797), al inglés de F. C. Babbitt (Plutarch’s Moralia II , Londres, 1927-1928) y al francés de J. Amyot Les Oeuvres morales de Plutarque , París, 1559-1572), de Jean Defradas y Jean Hani (cf. Bibliografía), cuyas obras deseamos destacar especialmente aquí.
La edición del texto griego seguida en nuestra traducción es, como en el volumen anterior, la teubneriana:
Plutarchi Moralia , I. Rec. et emend. W. R. PATON et I. WEGEHAUPT , praefationem ser. M. POHLENZ , edit, correctiorem curavit HANS GÄRTNER , Leipzig, 1974.
Por último, no queremos terminar esta breve introducción sin expresar nuestro agradecimiento al Deutscher Akademischer Austauschdienst de la República Federal de Alemania por haber facilitado con un Stipendium al Dr. D. José García López, durante los veranos de 1980 y 1985, dos estancias en la Universidad alemana de Tubinga, que nos sirvieron para, conseguir el acceso seguro a la bibliografía necesaria para nuestro trabajo, tanto del primero como de este segundo volumen. Igualmente, deseamos recordar aquí a la Universitätsbibliothek de Tubinga y al Philologisches Seminar de la misma Universidad junto con su Director Prof. Dr. Konrad Gaiser, por las facilidades que siempre nos dieron para manejar sus fondos y por atender siempre amablemente nuestras consultas.
BIBLIOGRAFÍA *
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* Sólo incluimos aquellos trabajos que, de una forma o de otra, nos han servido para realizar nuestras traducciones y para elaborar las introducciones y notas que acompañan al texto. Para más información bibliográfica, cf. los vols. 77 y 78 de esta misma colección, y para estudios más antiguos sobre Plutarco se puede consultar el Bursian Jahresbericht über Fortschritte der klassischen Altertumswissenschaft , vols. 108, 129, 152, 170, 187, y 220, en donde autores como DYROFF , BOCK , HUBERT y WEISSENBERGER ofrecen una bibliografía casi exhaustiva desde el año 1875 al 1925, que, a su vez, se puede completar con la publicada en la Bibliotheca Scriptorum Classicorum et Graecorum et Latinorum , vol. I, 2.a parte, Leipzig, 1911, relativa a los años 1878-1896.
SOBRE LA FORTUNA
INTRODUCCIÓN
Se abre este tratado con un verso del poeta trágico Queremón, a quien por cierto Plutarco no menciona, que es tomado como punto de partida polémico para defender la mayor importancia en la vida del hombre de otras virtudes y fuerzas que no sean las de la fortuna, arrancando el razonamiento de una serie de ejemplos históricos, que nos sitúan desde un primer momento en las maneras típicas del estilo de composición plutarqueo. A lo largo del breve espacio que ocupa esta obra, Plutarco 1 nos ofrece su idea sobre el poder de la fortuna, que había dividido las escuelas filosóficas desde Teofrasto, oponiendo a esa fuerza invisible los poderes que posee el hombre por el uso de su inteligencia, como son la previsión, la sensatez, la discreción, etc., y que lo convierten en un ser superior a todos los animales que, sin embargo, sí le aventajan en otros dones debidos a la sola fortuna en su mismo nacimiento, como son la velocidad, la fuerza, etc.
El carácter retórico del tratado parece desprenderse de este mismo enfrentamiento entre dos formas de explicar los acontecimientos y los éxitos humanos, y su estilo sitúa posiblemente la fecha de su composición en la época de juventud de Plutarco 2 . La reflexión filosófica que domina en todo él lo diferencia, sin embargo, de los tratados meramente retóricos 3 .
La polémica entre la fortuna y los poderes que el hombre puede oponerle a partir de su inteligencia, tema de este tratado, parece arrancar, en efecto, de Teofrasto, discípulo y sucesor de Aristóteles en el Perípato. Fue este peripatético quien, al alabar el verso de Queremón 4 con el que comienza Plutarco este tratado hizo surgir la polémica al reaccionar en contra de este elogio las otras escuelas filosóficas. Con éstas se alinea nuestro autor, a pesar de que en algunos de sus tratados de corte más retórico y escolar siga la doctrina peripatética 5 .
La mayoría de los estudiosos que han intentado descubrir las fuentes de esta pequeña obra han coincidido en señalar como fuente principal al pensamiento estoico 6 . La doctrina estoica, en efecto, deriva, como lo hace aquí Plutarco, las demás virtudes (aretaí) del hombre de su inteligencia (phrónēsis) y piensa que es por ella por la que el hombre puede dominar a los otros animales 7 , a pesar de su aparente inferioridad. Otra cosa es el intento realizado por algunos autores por buscar un solo autor entre los filósofos estoicos como fuente única de este tratado. K. Ziegler 8 , que critica esta pretensión y piensa que se trata de un esfuerzo inútil, debido a la gran cantidad de obras sobre este tema que se han perdido en el largo camino de la transmisión de los textos clásicos, dice que por esta circunstancia las opiniones a este respecto han sido muy varias. Así, unos 9 creen que la fuente única sería el estoico Aristón de Quíos, otros 10 , en cambio, señalan hacia su maestro Zenón de Citio, mientras que algún estudioso 11 aboga por Crisipo, sucesor de Cleantes al frente de la Estoa. Por último, G. Siefert 12 sólo cree descubrir influencias estoicas, rechazando la posibilidad de nombrar a un autor concreto. Últimamente, A. A. Buriks 13 ha señalado a Esfero, discípulo de Zenón y Cleantes, como posible fuente de este tratado.
Como en otros tratados el problema debe quedar abierto, incluso las solas influencias estoicas en esta obra, como ha señalado en su libro D. Babut 14 . Temas como el aquí tratado no fueron de exclusiva preocupación estoica; también se encuentra en los escritos de otras escuelas filosóficas que no se creen tributarias, por eso, de la Estoa. Las mismas diferencias sobre el tema en la obra de Plutarco apuntarían en esa dirección.
Este tratado no aparece en el «Catálogo de Lamprias».

1 Plutarco se ha ocupado también de la fortuna y sus poderes en sus tratados De fortuna Romanorum y De Alexandri Magni fortuna aut virtute , aunque el tratamiento en éstas es distinto al que encontramos en el Sobre la fortuna; en aquéllos nos hallamos más ante ejercicios de retórica escolar. Cf. A. SCHLEMM , De fontibus Plutarchi commentationum De audiendis poetis et De fortuna , tesis doct., Gotinga, 1893, pág. 90. En ellos Plutarco seguiría a los peripatéticos, cf. n. 3.
2 Cf. K. ZIEGLER , en RE , s. u. Plutarchos , col. 724.
3 Cf. SCHLEMM , De fontibus Plutarchi …, pág. 90, y D. BABUT , Plutarque et le Stoïcisme , París, 1969, págs. 84-85.
4 SCHLEMM , op. cit ., pág. 90, cita el párrafo de las Tusculanas de CICERÓN (V 9, 25) en que el orador latino dice que Teofrasto es atacado por las demás escuelas filosóficas porque en su libro Calístenes (o Perì Pénthous) , en el que se queja de la muerte desgraciada de su amigo y del poder de la fortuna en los asuntos de los hombres, alaba aquella frase según la cual la fortuna y no la sabiduría rige la vida: «vexatur idem Theophrastus et libris et scholis omnium philosophorum quod in Callisthene suo laudarit illam sententiam ‘vitam regit fortuna, non sapientia’», idea que parece haber seguido Demetrio Falereo en su libro Perì týchēs y, en general, el Perípato.
5 Frente a autores como Schlemm y Ziegler, BABUT , Plutarque …, página 82, piensa que este tratado es, igualmente, un ejercicio retórico que emplea lugares comunes.
6 SCHLEMM , De fontibus Plutarchi …, págs. 83, 94, 95, etc., y ZIEGLER , Plutarchos , col. 725. Sin embargo, cf. BABUT , Plutarque …, páginas 83 y sigs., que no cree en esta fuente estoica única.
7 Cf. SCHLEMM , op. cit ., pág. 91.
8 Plutarchos , col. 725.
9 A. ELTER , De gnomolog. Graec. historia atque origine , Bonn, 1893, págs. 97 y sigs., y A. GIESECKE , De philosoph. veterum quae ad exilium spectant sententiis , tesis doct., Leipzig, 1891, págs. 104 y sigs., que siguen la opinión de DÜEMMLER , Akademika , Giessen, 1889, págs. 211 y sigs.
10 Principalmente SCHLEMM , De fontibus Plutarchi …, págs. 85-110, que no cree que sean ciertas las razones esgrimidas por Düemmler y Giesecke para proponer a Aristón como fuente única de esta obra de Plutarco. Él, en cambio, piensa descubrir en la obra de Zenón el verdadero modelo de Plutarco: «Plutarchum in hac commentatione conscribenda Zenonis philosophiam secutum esse apparet».
11 H. HOBEIN , De Maximo Tyrio quaestiones philologae selectae , tesis doct., Gotinga, 1895, págs. 74 y sigs.
12 De aliquot Plutarchi scriptorum moralium compositione atque indole (Comm. philol. Jen. VI 1), 1896, págs. 97 y sigs.
13 «The source of Plutarch’s Perì týchēs», Phoenix 4 (1950), 59-69.
14 Plutarque …, págs. 79-83.
SOBRE LA FORTUNA
1
La fortuna rige los designios de los hombres no la [97C] discreción 1 .
¿Acaso tampoco la justicia, la equidad, la sensatez y la moderación rigen los designios de los hombres, sino que, como resultado de la fortuna y a causa de la fortuna, Aristides 2 se mantuvo firme en la pobreza, cuando él habría podido convertirse en dueño de grandes riquezas, y Escipión 3 , después de conquistar Cartago, ni tomó ni vio botín alguno? ¿Y fue como resultado de la fortuna y a causa de la fortuna por lo que Filócrates 4 , después de recibir oro de Filipo, «andaba comprando mujerzuelas y peces», [D] y Lástenes y Eutícrates, «al medir la felicidad con su vientre y con los peores vicios» 5 , causaron la ruina de Olinto 6 ? ¿También por la fortuna el hijo de Filipo, Alejandro 7 , se mantenía él mismo alejado de las mujeres cautivas 8 y castigaba a los que las deshonraban, y, en cambio, el hijo de Príamo 9 , impulsado por un mal espíritu y por una mala fortuna, se unió a la mujer de su huésped y, llevándosela, colmó de guerra y de males los dos continentes 10 ? Si de verdad todas estas cosas suceden gracias a la fortuna, ¿qué nos impide afirmar también que las comadrejas, los machos cabríos y los monos se abstienen, gracias a la fortuna, de la glotonería, de los excesos y de las obscenidades?
2
[E] Pero si existen la sensatez, la justicia y el valor, ¿cómo puede haber una razón para que no exista la inteligencia? Y si hay inteligencia, ¿cómo no va a haber discreción? En efecto, la sensatez es, como dicen, una especie de inteligeneia *** 11 y la justicia necesita que la inteligencia esté presente. Aún mejor, a la discreción y a la inteligencia, que hacen buenos a los hombres en medio de los placeres, las llamamos continencia y sensatez; cuando aparecen en medio de los peligros y trabajos, fortaleza y bravura, y en las reuniones privadas y públicas, legalidad y justicia. Por lo cual, si juzgamos que son propias de la fortuna las obras de la discreción, que lo sean también las obras de la justicia y de la sensatez y, por Zeus, que sean propios de la fortuna el robar, hurtar bolsas 12 y el vivir licenciosamente, y nosotros, desentendiéndonos de nuestros propios razonamientos, abandonémonos en los brazos de la fortuna, [F] empujados y transportados, como el polvo y la basura, por un fuerte viento. En realidad, si no existe la discreción, es lógico que tampoco existan la reflexión acerca de nuestros actos, la observación ni la búsqueda de lo que es más conveniente, sino que habló en vano Sófocles 13 cuando dijo:
Todo lo que se busca [98A]
se puede encontrar, pero se escapa
lo que se descuida .
Y, de nuevo, en otro lugar, cuando trata de distinguir las acciones:
Lo que puede ser enseñado lo aprendo, lo que puede ser encontrado
lo busco y lo que puede ser objeto de súplica lo pedí a los dioses 14 .
¿Qué es lo que pueden entonces investigar o aprender los hombres, si todo se realiza según la fortuna? ¿Qué clase de tribunal estatal no desaparecerá y qué consejo real no se disolverá, si todo está bajo el dominio de la fortuna, a la que censuramos por ser ciega, porque nosotros, como ciegos tropezamos con ella? 15 . ¿Qué no estaremos dispuestos [B] a hacer, cuando, tras arrancarnos la discreción, como si se tratase de nuestros propios ojos, tomamos como guía de nuestra vida a un conductor ciego?
3
Pues bien, aunque alguno de nosotros pueda decir que el acto de ver es fortuna y no visión ni «ojos portadores de la luz», como dice Platón 16 , y el acto de oír es fortuna, no la posibilidad de percibir una vibración del aire interpretada a través del oído y del cerebro, según parece, sería bueno cuidarse de las sensaciones de nuestros sentidos. Pero, en realidad, la naturaleza nos ha concedido la vista, el oído, el gusto, el olfato y los otros miembros de nuestro cuerpo y sus facultades 17 como servidores de la discreción y la inteligencia, y «el entendimiento ve y el entendimiento [C] oye, el resto es mudo y ciego» 18 . Y así como, si el sol no existiera, por los otros astros viviríamos siempre en una noche continua, como afirma Heráclito 19 , del mismo modo el hombre, si no tuviera entendimiento ni razón, por los sentidos en nada se diferenciaría en su vida de los animales salvajes. En cambio, nosotros los superamos y los dominamos, no gracias a la fortuna ni por casualidad, sino que la causa es Prometeo, esto es, nuestra facultad de razonar,
que nos concedió las crías de los caballos y de los asnos y la descendencia de los toros
para servirnos y para realizar nuestros trabajos 20 ,
según Esquilo. Cuando, en efecto, en lo concerniente a la fortuna y a la naturaleza, la mayoría de los animales irracionales disfrutan de una fortuna y una naturaleza de nacimiento mejores. Ya que unos están armados con cuernos, [D] con dientes y aguijones, «y a otros como a los erizos», dice Empédocles:
puntiagudos pelos se les han erizado en las espaldas 21 ,
y otros están calzados y vestidos con escamas, lanas, garras y duros cascos. Sólo el hombre, según Platón 22 , ha sido abandonado por la naturaleza «desnudo, sin armas, descalzo y sin ropas».
Mas, al concederle un solo don, todo está mitigado 23 ,
es decir, la razón, la preocupación y la previsión.
[E] Débil es, en verdad, la fuerza del hombre, pero
con la destreza de sus pensamientos
domina a las terribles especies del mar
y las terrestres y las aéreas 24 .
Los caballos son los más ligeros y los más rápidos, pero corren para el hombre; el perro es combativo y fogoso, pero guarda al hombre. El pez es sabroso y el cerdo, rico en carne, pero son alimento y companage para el hombre. ¿Qué hay mayor que un elefante o más temeroso de ver? Pues también este animal se ha convertido en un juguete del hombre y en un espectáculo público, y aprende posturas, danzas y a arrodillarse, no habiéndose propuesto aquí tales habilidades inútilmente, sino para que aprendamos a qué altura eleva la inteligencia al hombre y sobre qué [F] cosas lo sitúa, y cómo domina más a todos y es superior.
Ciertamente, no somos púgiles ni luchadores invencibles
ni corremos velozmente con los pies 25 ,
sino que en todas estas cosas somos más desafortunados que los animales. Pero, según Anaxágoras 26 , hacemos uso de la experiencia, la memoria, la sabiduría y la habilidad, nuestras y sólo nuestras, y les sacamos la miel, los ordeñamos, los llevamos y traemos, haciendo con ellos lo que queremos, de tal forma que en todo eso no hay nada que se deba a la fortuna, sino que todo es obra de nuestra discreción y previsión.
4
También, en efecto, las obras de los carpinteros son, [99A] sin duda, «obras de hombres», y las de los herreros y las de los arquitectos y las de los escultores, en las que nada vemos que haya sido realizado con éxito de manera casual o por fortuna. Que también la fortuna se le presenta de manera insignificante al sabio 〈al herrero y al arquitecto〉, pero que la mayoría y las más grandes de sus obras las realizan las artes por ellas mismas, también lo ha demostrado este poeta:
Venid al camino ya, pueblo artesano todo ,
los que suplicáis a Ergánē 27 , de mirada terrible, hija de Zeus ,
con cestos traídos como ofrendas 28 .
Pues las artes tienen a Ergánē 〈y a Atenea〉 como patrona, [B] no a la Fortuna. Sin embargo, cuentan que cierto artista 29 que estaba pintando un caballo, lograba con éxito sus propósitos en las demás formas y colores, pero la porosidad de la espuma, agolpada alrededor del freno y el jadeo que sucedía al mismo tiempo, no le agradaba cómo le estaba saliendo. Así pues, los borraba una y otra vez; al fin, de rabia, arrojó contra el lienzo la esponja, tal y como estaba llena de colores, y ésta, al golpearlo, lo pintó de forma maravillosa y logró el efecto deseado. Ésta es la única obra de arte debida a la fortuna de la que yo he oído hablar. En todas partes se emplean cánones, pesos, medidas y números para que los trabajos nunca se vean sometidos a [C] la probabilidad y a la fortuna. Ciertamente, las artes son, como dicen algunos, formas menores de la inteligencia, o mejor, emanaciones de la inteligencia y virutas de la misma esparcidas entre las necesidades de la vida, como se dice alegóricamente del fuego, que, dividido en porciones por Prometeo, se ha esparcido por todo el Universo. Y así, rota y cortada en pequeños fragmentos, la inteligencia se ha extendido a diferentes clases de arte.
5
En verdad es admirable que las artes no necesiten de la fortuna para realizar sus propios fines, y que, en cambio, el arte más grande y perfecto de todos, la culminación de la buena fama y estima entre los hombres, no valga nada; que en el tensar y aflojar las cuerdas se encuentre [D] una cierta discreción a la que llaman música, y en la preparación de los alimentos, al que llamamos arte culinario, y en el acabado de los tejidos, el arte de la batanería, y a los niños les enseñemos a calzarse y a vestirse, a tomar la comida con la mano derecha y a mantener el pan con la izquierda, en la idea de que estas cosas no son fruto de la fortuna, sino que necesitan solicitud y atención 30 , y que, en cambio, las cosas más grandes y más importantes para la felicidad no llamen en su auxilio a la inteligencia ni participen de la razón y la previsión. Nadie moja la tierra con agua y la deja, pensando que por fortuna y automáticamente surgirán los ladrillos, ni después de adquirir lanas y pieles, nadie se sienta, suplicando a la Fortuna [E] que se le conviertan en vestidos y zapatos; y, cuando un hombre ha reunido gran cantidad de oro, plata y numerosos esclavos y se ha rodeado de espaciosas habitaciones, habiendo colocado en ellas lujosos lechos y mesas 31 , ¿pensará que estas cosas, si no están acompañadas de la inteligencia por parte suya, le proporcionarán felicidad, una vida sin penas, feliz y afortunada? Alguien le preguntaba al general Ifícrates, como para ponerlo a prueba, quién era, «pues no era hoplita 32 , ni arquero ni peltasta» 33 , y él le respondió: «El que los manda y hace uso de todos ésos.»
6
La inteligencia no es oro ni plata ni gloria ni riqueza ni salud ni fuerza ni belleza. ¿Qué es, entonces? Aquello [F] que es capaz de hacer un buen uso de esas cosas y aquello por lo que cada una de esas cosas es agradable, magnífica y provechosa. Sin ella son inútiles, infructíferas y perjudiciales, y agobian y avergüenzan al que las posee. Sin duda el Prometeo de Hesíodo aconseja muy bien a Epimeteo:
No aceptar nunca regalos de
Zeus Olímpico, sino rechazarlos 34 ,
refiriéndose a los dones de la fortuna y a las cosas externas, [100A] como si le aconsejara no tocar la siringe si no era músico, no leer si era analfabeto, ni montar a caballo si no estaba acostumbrado a los caballos, aconsejándole del mismo modo no gobernar si era necio, no ser rico si era una persona de baja condición ni casarse si era dominado por una mujer. Ya que, como dice Demóstenes 35 , «el éxito inmerecido es para los insensatos causa de malos pensamientos». Pero una buena fortuna inmerecida es, para los no inteligentes, causa de malas acciones.

1 Verso de Queremón, cf. NAUCK , Trag. Graec. Frag ., 782. Ver CICERÓN , Tusculanas V 9, 25.
2 Cf. PLUT ., Vida de Aristides 25 (334B).
3 Escipión el Africano derrotó a Aníbal en la batalla de Zama, en el año 202 a. C., y se convirtió en el gran vencedor de Cartago, la poderosa enemiga de Roma. De sus grandes victorias en África sobre los cartagineses le vino el sobrenombre de Africano. Cf. PLUT ., Mor . 200B.
4 Político ateniense que participó en varias embajadas enviadas por Atenas al rey Filipo de Macedonia. Habiendo sido acusado de corrupción en las negociaciones sobre la paz llevadas a cabo con el rey macedonio, huyó y fue condenado a muerte. Cf. DEMÓSTENES , Sobre la embajada fraudulenta 229 (412), que dice que el dinero recibido por Filócrates era el precio de su traición. Cf. también PLUT ., Mor . 668A, y ATENEO , 343E.
5 DEM ., Sobre la corona 296 (324), que, por cierto, no cita en su lista de traidores a Lástenes ni a Euticrates.
6 Ciudad griega situada en la península Calcídica y capital de una confederación de ciudades en esta península. Aliada de Atenas, venció a Filipo, pero, traicionada, fue destruida en el año 348 a. C. Sobre los acontecimientos en torno a esta ciudad, cf., entre otros, a TUCÍDIDES , I 58; JENOFONTE , Helénicas , V 2, 11 s.; DIODORO SÍCULO , XVI 8, y DEM ., Sobre la embajada fraudulenta 266 s.
7 Cf. PLUT ., Vida de Alejandro 21 (676B ss.).
8 La madre, la hermana y las hijas del rey Darío de Persia.
9 Que es conocido con el nombre de Paris o Alejandro.
10 Europa y Asia.
11 Posiblemente aquí hay una laguna en el texto. Cf. PLUT ., Mor . 1034C-D, donde nos dice que Zenón, como Platón, admite una pluralidad de virtudes: la inteligencia, el coraje, la sensatez y la justicia, para añadir, más tarde, que ellos definen la sensatez como una especie de inteligencia.
12 La acción de los llamados «rateros».
13 Edipo Rey 110.
14 De una obra desconocida de SÓFOCLES , fr. 758 NAUCK .
15 Cf. KOCK , Com. Att. Frag ., III, pág. 121, Menandro , núm. 417.
16 Timeo 67b.
17 En lugar de dynámeōs de la ed. de la Teubner, seguimos la lectura de la ed. de la Loeb: tás te dynámeis .
18 De Epicarmo, citado también en PLUT ., Mor . 336B y 961A. Cf. DIELS , Fragmente der Vorsokratiker , I, pág. 123.
19 DIELS, Frag. Vorsokr ., I, pág. 97. Con una pequeña variante cita PLUTARCO este mismo dicho de Heráclito en Mor . 957A: «si no hubiera sol, sería siempre noche».
20 Del Prometeo liberado de Esquilo, cf. NAUCK , Trag. Graec. Frag ., 194. Citado de nuevo en PLUT ., Mor . 964F.
21 DIELS , Frag. Vorsokr ., I, pág. 252.
22 Protágoras 321C.
23 De autor desconocido. Cf. NAUCK , Trag. Graec. Frag., Adespota , núm. 367. Citado de nuevo en PLUT ., Mor . 959D.
24 Del Éolo de Eurípides, cf. NAUCK , Trag. Graec. Frag ., 27.
25 Adaptación de HOMERO , Odisea VIII 246.
26 Cf. DIELS, Frag. Vorsokr ., I, pág. 409.
27 Ergánē es un epíteto de Palas Atenea como diosa de las artes.
28 Quizá de Sófocles, cf. NAUCK , Trag. Graec. Frag ., 760.
29 Nealces, según PLINIO , Historia Natural XXXV 36 (104). DIÓN CRISÓSTOMO (Or . LXIII 4) dice que era Apeles, y Valerio Máximo dice: «un famoso pintor».
30 Cf. PLUT ., Mor . 5A y 440A.
31 Cf. ibid ., 100C.
32 Soldado de infantería pesada.
33 Soldado de infantería ligera.
34 Trabajos y Días 86.
35 Olintíaco primero 23.
SOBRE LA VIRTUD Y EL VICIO
INTRODUCCIÓN
Probablemente este pequeño opúsculo no lo concibió Plutarco como un tratado aparte y sólo fue publicado como tal después de su muerte como obra póstuma. A esta opinión han llegado distintos autores al ver la forma abrupta con la que comienza y también termina esta obrita y, después, ante la posibilidad de encuadrarlo en otro tratado de Plutarco más extenso titulado De tranquillitate animi 1 . R. Heinze 2 y G. Siefert 3 son los dos autores que han defendido esta hipótesis, señalando el primero su estrecha relación con los caps. 1, 5 y 6 del De tranquillitate animi , y uniéndose el segundo a esta opinión, pero completándola y destacando nuevas relaciones entre los dos tratados y señalando otras coincidencias con otra obra plutarquea titulada De exilio . Para Siefert, además, este tratado sería uno de esos hypomnḗmata que Plutarco menciona al principio del De tranquillitate animi , sobre los que compone su discurso a Pacio, que en una carta le había pedido que le escribiera algo sobre la tranquilidad del alma 4 .
Todas estas posibles circunstancias en torno a su composición no han sido obstáculo para que el estilo de estas pocas páginas haya merecido grandes elogios 5 . K. Ziegler 6 dice de él que es una obra llena de imágenes y escrita en un lenguaje adornado y rítmico.
Dentro de este bello ropaje, Plutarco ha puesto unas reflexiones en torno a la virtud y al vicio, en las que señala cómo la felicidad no la consigue el hombre por medio de poderes y riquezas materiales; que la virtud proporciona al hombre una vida feliz y honorable, y que, en cambio, el vicio corrompe incluso las cosas más hermosas y placenteras de la vida; es un mal compañero de viaje, que ni siquiera durante el sueño nos deja libres de su funesta influencia, pues allí, al verse libre de toda ley, se atreve e intenta las acciones más reprobables.
Plutarco cierra estas breves páginas haciendo, en realidad, una llamada al estudio de la filosofía, ya que dice que el que vive como un filósofo pasará la vida contento y feliz, sabiendo adaptarse a todo lugar y circunstancia y aceptando tanto la riqueza como la pobreza, la gloria como la falta de ella.
Este tratado no aparece en el «Catálogo de Lamprias».

1 K. ZIEGLER , en RE , s. u. Plutarchos , cols. 770-771.
2 «Ariston von Chios bei Plutarch und Horaz», Rh. Mus . XLV (1890), 497 y sigs.
3 Plutarchs Schrift «Perì euthymías» , Progr., Pforta, 1908, págs. 89 y sigs.
4 Cf. PLUTARCO , Perì euthymías (De tranquillitate animi) 464F.
5 J. J. HARTMANN , De Plutarcho Scriptore et Philosopho , Leiden, 1916, pág. 84, escribe que son sólo cuatro páginas, pero escritas con sumo cuidado, «quatuor sunt paginae sed eae summa limatae cura», para añadir, a continuación, que el último capítulo es un ejemplo de arte oratoria con una conclusión que llena los oídos, «ultimum caput artis oratoriae specimen, non fucatae vel sophisticae, sed tamen artis et… exit in perorationem graviter sonantem, quae impleat aures».
6 Plutarchos , col. 770.
SOBRE LA VIRTUD Y EL VICIO [100B]
1
Parece que los vestidos dan calor al hombre, no porque ellos, en realidad, lo calienten y le procuren su calor, ya que cada uno de ellos, por sí mismo, es frío (por esa razón, muchas veces, las personas que sienten calor o tienen fiebre cambian unos vestidos por otros), sino que el calor [C] que el hombre despide de su propio cuerpo, ése el vestido, aplicado al cuerpo, lo guarda y mantiene, y, una vez encerrado en el cuerpo, no le permite que se disperse otra vez. Al suceder esto mismo en los asuntos humanos, engaña a la mayoría de la gente, porque piensa ésta que, si se rodea de grandes casas y de multitud de esclavos y riquezas, vivirá agradablemente 1 . Pero una vida agradable y feliz no se asienta en causas externas, sino que, por el contrario, el hombre, extrayendo de su carácter, como de una fuente 2 , el placer y la alegría, los aplica a las cosas que lo rodean.
[D] Mientras arde el fuego una casa parece más honorable 3 , y la riqueza más agradable y la fama y el poder más espléndidos, si les acompaña el gozo que brota del alma. De esta forma los hombres soportan también la pobreza, el destierro y la vejez con alegría y en paz según la buena disposición y la tranquilidad de su carácter.
2
En efecto, así como los perfumes hacen olorosos los mantos raídos y los harapos, pero el cuerpo de Anquises despide un icor maloliente
inundando, espalda abajo, su manto de fino lino 4 ,
del mismo modo toda clase de ocupación y forma de vida, acompañadas de la virtud, carecen de penas y son agradables; en cambio, cualquier vicio hace a las cosas [E] que parecen espléndidas, magníficas y venerables, dolorosas, nauseabundas y desagradables a los que las poseen.
Ese hombre se considera feliz mientras está en el ágora ,
pero cuando abre las puertas de su casa es muy desgraciado;
su mujer lo domina todo, ordena y riñe continuamente 5 .
Sin embargo, cualquiera, si es de verdad un hombre y no un esclavo, podría librarse sin dificultad de una mala mujer; pero contra el propio vicio no es posible, tras escribir un documento de separación, librarse al punto de los problemas y descansar, comportándose uno según su propia voluntad, sino que, cohabitando siempre en sus entrañas y creciendo con él noche y día,
lo va asando sin brasas y lo expone a una vejez prematura 6 , [F]
porque es un compañero de viaje molesto por su arrogancia, un invitado costoso por su glotonería y un compañero de cama agotador, porque interrumpe y destruye el sueño con sus preocupaciones, ansiedades y celos. Pues, mientras éstos duermen, hay sueño y descanso para el cuerpo; para el alma, en cambio, sustos, pesadillas y perturbaciones a causa de la superstición.
Cuando la tristeza se apodera de mí, cuando estoy dormido ,
me siento morir a causa de mis sueños 7 ,
dice alguno. En una situación parecida colocan al hombre la envidia, el temor, la cólera y el libertinaje. En efecto, durante el día el vicio, mirando hacia fuera y amoldándose a los demás, se avergüenza y oculta sus sentimientos y no [101A] se entrega de lleno a sus impulsos, sino que muchas veces resiste y lucha con ellos. En cambio, en los sueños, cuando se ha escapado de opiniones y leyes y se encuentra lo más lejos posible de sentir temor y vergüenza, agita toda clase de deseos y despierta su carácter depravado y su intemperancia. «Pues incluso intenta unirse a su madre», como dice Platón 8 , se lleva a la boca alimentos prohibidos y no se priva de acto alguno, gozando con ir contra la ley cuanto le es posible con imágenes y visiones, que no conducen a placer alguno ni a realización de lo que desea, sino que sólo son capaces de agitar e irritar las pasiones y las malas tendencias 9 .
3
[B] ¿En dónde reside, entonces, el placer del vicio, si en ninguna parte hallamos con él la liberación de los cuidados y tristezas ni la independencia ni la tranquilidad ni la calma? Ciertamente la templanza y la salud del cuerpo dejan sitio y dan principio a los placeres de la carne, pero no es posible que en el alma se produzca gozo alguno ni alegría duradera, si ella no se proporciona a sí misma alegría, confianza y valor, como un asiento sobre el que descansar o una bonanza que no la perturben las olas. De otra manera, aun cuando alguna esperanza o placer le sonría un poco, si le surge de repente una preocupación, como un escollo en un mar en calma, el alma queda llena de confusión y turbación.
4
Amontona oro, amasa plata, construye paseos públicos, llena tu casa de esclavos y la ciudad de tus deudores, [C] a no ser que destruyas las pasiones de tu alma, pongas fin a tus deseos y apartes de ti temores y preocupaciones, estarás filtrando vino para uno que tiene fiebre, ofreciendo miel a un bilioso y preparando pan y companage para quienes sufren cólico y disentería, que no los pueden retener ni hacerse más fuertes, antes bien, casi son destruidos por ellos. ¿No ves que los enfermos rechazan con desprecio, repudian y apartan los alimentos más exquisitos y más caros, que les ofrecen y les obligan a tomar, y después, cuando su situación ha cambiado y su respiración es buena [D] y su sangre saludable y su temperatura normal, agradecen, al levantarse, un trozo de pan con queso y berros y lo comen de buena gana? 10 . El razonamiento crea una disposición de esta clase en el alma. Serás independiente si aprendes qué es lo bueno y lo honrado. Serás voluptuoso en tu pobreza, y vivirás como un rey, y desearás una vida alejada de cargos públicos y privada no menos que una vida llena de cargos militares y públicos. Si te has convertido en un filósofo, no vivirás descontento, sino que aprenderás a pasar la vida con gusto en todas partes y con cualquier cosa. La riqueza te producirá alegría, porque podrás hacer el bien a muchos, y la pobreza, porque te verás libre de muchas preocupaciones; la fama, porque serás honrado, y la falta de fama, porque no serás envidiado.

1 Cf. PLUTARCO , Moralia 99E.
2 Pensamiento de Zenón, cf. VON ARNIM , Stoicorum veterum fragmenta , I, pág. 50, y ver PLUT ., Mor . 477A.
3 Verso atribuido a HOMERO en el Certamen Homeri et Hesiodi 284 (ed. ALLEN ). PLUTARCO lo cita de nuevo en Mor . 762D.
4 Del Laocoonte de Sófocles, cf. NAUCK , Trag. Graec. Frag., Sófocles , núm. 344.
5 Quizá de Menandro, cf. KOCK , Com. Att. Frag ., III, pág. 86, y ver PLUT ., Mor . 471B.
6 HESÍODO , Trabajos y Días 705.
7 De un poeta de la Comedia Nueva. Cf. KOCK , Com. Att. Frag ., III, pág. 444, Adespota , núm. 185.
8 República 571D.
9 Cf. PLUT ., Mor . 83A.
10 Cf. ibid ., 466D.
ESCRITO DE CONSOLACIÓN A APOLONIO
INTRODUCCIÓN
No figura este tratado en el llamado «Catálogo de Lamprias», y sobre su autenticidad hay planteada una polémica en la que las distintas posiciones no logran imponer mayoritariamente sus criterios, al basar sus apreciaciones en datos que escapan a una estricta objetividad.
Se enmarca este tratado en el llamado paramythētikòs lógos 1 , y Plutarco lo habría dirigido a un tal Apolonio, de quien no tenemos más noticias, tras la muerte prematura de un hijo del mismo nombre. El análisis de la obra descubre sin dificultad los rasgos característicos de este género consolatorio, por lo que ha sido considerado incluso como un plagio 2 de la obra Perì pénthous de Crántor de Solos, considerada en la Antigüedad como el prototipo del paramythētikòs lógos .
Las dudas sobre la autoría plutarquea se plantean a partir del estilo y la estructura de la obra 3 , así como de la forma en que las numerosas citas de los autores griegos se insertan en la trama general del texto, siendo, además, de una extensión poco habitual en el resto de las obras de Plutarco.
A partir de estas diferencias, los estudiosos se han situado en dos posiciones antagónicas, por y contra la autenticidad, siguiendo y, en gran parte, repitiendo, para defender su posición, las razones expuestas ya en el siglo XIX por dos grandes conocedores de la obra de Plutarco: D. Wyttenbach 4 y R. Volkmann 5 .
El texto de la Consolación presenta, sin duda, una serie de peculiaridades, mejor que defectos 6 , que se encuadran dentro de los dos motivos anteriormente señalados. Sin dificultad, en efecto, se pueden señalar en él repeticiones innecesarias, contradicciones, ruptura de la exposición, citas demasiado extensas y difíciles de encajar en el tema general e, incluso, en el lugar donde aparecen, etc. Para unos 7 , para los que defienden la autenticidad, estos llamados defectos, por los demás, pueden explicarse, por ejemplo, considerando esta obra un trabajo de juventud 8 o, quizá, un resumen o borrador, cuyo texto final no conocemos e, incluso, dudan de si fue escrito. Aquellos estudiosos 9 , en cambio, que han negado que con este escrito estemos ante una obra de Plutarco, señalan que, frente a las otras obras plutarqueas sobre las que no existe duda alguna en torno a su autenticidad, la Consolación carece del colorido, emoción y entusiasmo que encontramos en el otro tratado de Plutarco de contenido parecido, es decir, en su Consolatio ad uxorem; las citas se agolpan en forma y extensión tales que difícilmente se insertan en el tema general de la obra; ciertas peculiaridades del lenguaje que se detectan aquí no las encontramos en las otras obras de Plutarco: se trataría de que aquí no se evita el hiato, se encuentran usos especiales del subjuntivo, artículo, negación, optativo, etc., e incluso tampoco las cláusulas rítmicas de este tratado se ajustarían a las empleadas por Plutarco en sus otras obras.
A todos estos ataques y, en general, a todas las causas por las que se ha dudado de la autenticidad de esta obra ha respondido J. Hani 10 , negando la singularidad de esos llamados defectos, que, según él, se hallan igualmente en otras obras sobre las que no existe duda en torno a la autoría de Plutarco. Este estudioso francés reclama, además, entre otras virtudes del tratado, la existencia de una estructura, reconocida incluso por Volkmann 11 , que estaría distribuida en los siguientes apartados: «Exordio» (102A-103A); «Parte I» (103B-106A), sobre las miserias de la vida; «Parte II» (106B-119F), sobre la muerte, y una «Parte III» (120A-122A), sobre la inmortalidad del alma. Esta ordenación de ideas, continúa Hani, se conformaría con las reglas del género consolatorio, señaladas, por ejemplo, por Dionisio de Halicarnaso en su Ars Rhet . VI 5-263R. Por otro lado, la mayoría de los autores destacan la fidelidad y precisión con que las citas, a pesar de todo, nos transmiten los textos de los autores citados, de tal forma que, en casos como los de Eurípides (Suplicantes 1110 y 1112), su lectura es preferible a la transmitida por la tradición manuscrita y, por ello, es admitida por los editores de Eurípides 12 .
Por lo demás, la evidente alineación de este tratado en el llamado paramythētikòs lógos ha llevado a más de un estudioso a dudar no ya de su autenticidad, sino también de la originalidad de esta obra. En este sentido, y resumiendo mucho el problema, las posturas van desde la de aquellos que, llevados de un análisis hipercrítico, piensan que es un plagio, como decíamos al principio de esta introducción, y que se puede reconstruir la obra de Crántor de Solos a partir de la Consolación 13 , hasta la de los que, ante la verdadera amalgama de pensamientos, que revela el tratado y del cúmulo de ideas sobre todo platónicas y de la Academia, cínicas, epicúreas, órfico-pitagóricas y estoicas, postulan un autor intermedio que podría ser Posidonio, Crisipo o una antología gnomológica, salida de su escuela y usada en círculos estoicos, que explicaría perfectamente la criticada falta de inserción de las numerosas y largas citas de los autores en el contexto de la obra.
Terminaremos este breve acercamiento al problema diciendo que, en esta obra como en otras atribuidas a Plutarco, incluidas o no en el «Catálogo de Lamprias», de las que ha sido puesta en duda su autenticidad, la solución al problema deberá quedar abierta, a pesar del valioso trabajo realizado últimamente por J. Hani. Son muchas las obras de Plutarco que se han quedado en el camino de la transmisión y cuya recuperación aportaría, sin duda, nueva luz a los numerosos problemas que la extensa obra del polígrafo de Queronea plantea y seguirá planteando a los estudiosos que se acerquen a su obra. De todas formas, en este caso como en el de los otros tratados que hemos traducido en esta misma colección, la inclusión en el Corpus de Plutarco lo ha sido porque eran obras que respondían, como muy acertadamente escribe Hani 14 , aplicándolo a la Consolación , al género literario que le va al médico del alma que fue Plutarco, con lo que el problema quedaría, creemos, bastante atenuado.

1 Este género, el paramythēlikòs lógos , tiene una larga tradición en la literatura y el pensamiento griegos y se continúa practicando, como otros géneros, entre los escritores romanos. En sentido estricto, el paramythētikòs lógos era un escrito compuesto con ocasión de un duelo para calmar la pena de aquel que lo sufría y, en sentido general, se trataba de un escrito compuesto para ofrecer consejos morales por diversas contrariedades de la vida (muerte, exilio, etc.), intentando la tranquilidad de ánimo de aquel a quien se le dirigía. El sofista Antifonte, autor de una Téchnē alypías , es considerado como el padre de este género, aunque el ejemplo más antiguo conservado sea la obra apócrifa atribuida a Platón titulada Axíoco , cuya estructura y contenido son ya la de un discurso de consolación. Posteriormente, aunque los filósofos cínicos incluyeron este género en su predicación y elevaron su estilo con su arte retórica, es entre los estoicos entre los que alcanza una gran importancia. El estoicismo antiguo, sin embargo, no nos ha legado ningún tratado consolatorio dirigido a una persona determinada, como tampoco el epicureísmo que lo cultivó también, pero sí Panecio y Séneca, de los que tenemos más de seis obras pertenecientes a este género. Cicerón por su parte nos ha dejado en sus Tusculanas un discurso consolatorio con una serie de datos sobre el arte mismo del género. Entre los rétores, este género fue cultivado en la llamada «oración fúnebre» o lógos epitáphios , y, como tal, deviene en un ejercicio más de las escuelas de retórica de la Antigüedad tardía. Este dato hace que debamos contar con la existencia de discursos de consolación ficticios, entre los que algunos incluyen esta obra atribuida a Plutarco. Para los que creen en su autenticidad, nuestro autor habría conocido este género en este último estadio, es decir, cuando había sufrido ya las influencias retóricas. Este género, como señala J. HANI , Plutarque. Consolation à Apollonios , París, 1972, pág. 14, y al que hemos seguido en este resumen de las características de este género literario, se perpetúa en el tiempo, pues lo practican autores cristianos como S. Agustín, S. Jerónimo y Boecio.
2 FR . SCHNEIDER , «De Crantoris Libro qui Perì pénthous inscribitur commentatio», Zeitschr. f. Altertumswissenschaft 104 (1836), 839 ss.
3 D. WYTTENBACH , Animadversiones in Plutarchi Moralia , vol. II, Oxford, 1910, pág. 696, a pesar de que defiende la autoría de Plutarco escribe: «distributio materiae aut uaga aut nulla… totus libellus curiosam habet compositionem».
4 Ibid ., págs. 696 y sigs.
5 Leben, Schriften und Philosophie des Plutarch von Chaeronea , Berlín, 1869, vol. 1, págs. 129-145.
6 Cf. HANI , Plutarque. Consolation …, págs. 9 y sigs.
7 Cf. WYTTENBACH , Animadversiones …, págs. 696 y sigs; W. NESTLE , Euripides, der Dichter der Aufklärung , Stuttgart, 1901, pág. 198; H. PATZIG , Quaestiones Plutarcheae , tesis doct., Berlín, 1876, pág. 1; F. C. BABBITT , Plutarch’s Moralia , 11, Londres, 1927, págs. 105-107, y HANI , op. cit ., págs. 9 y sigs.
8 Cf., por ejemplo, las palabras de WYTTENBACH , op. cit ., pág. 44: «Est omnino egregius liber, argumento, doctrina et sententiis plane Plutarcheus, sed adolescentis Plutarchi eum esse produnt stilus, ratio… adulescens vixdum e rhetorum scholis egressus.»
9 Cf., por ejemplo, VOLKMANN , Leben …, pág. 136; G. E. BENSELER , De hiatu in oratoribus Atticis et historicis Graecis libri duo , Freiberg, 1841, págs. 430 y sigs.; B. WEISSENBERGER , Die Sprache Plutarchs von Chaeronea und die pseudoplutarchischen Schriften , tesis doct., Würzburgo-Straubing, 1895, págs. 44-46; A. HEIN , De optativi apud Plutarchum usu , tesis doct., Breslau, 1914, págs. 164 y sigs.; A. W. DE GROOT , A Handbook of antique Prose-Rhythm , Groninga, 1918, págs. 170 y sigs; R. KASSEL , Untersuchungen zur gr. und röm. Konsolationsliteratur , Munich, 1958 (Zetemata 18), tesis doct., Würzburgo, pág. 50, y R. PHILIPPSON , «Cic. de off . I 83», Berliner Phil. Woch . 37, núm. 4 (1917), cols. 127-128, y núm. 16 (1917), cols. 497-498.
10 Plutarque. Consolation …, págs. 28-39.
11 Leben …, pág. 135.
12 HANI , Plutarche. Consolation …, pág. 105.
13 Cf. M. POHLENZ , De Ciceronis Tusculanis Disputationibus , Progr., Gotinga, 1909, págs. 15 y sigs.
14 Plutarque. Consolation …, pág. 10.
ESCRITO DE CONSOLACIÓN A APOLONIO [101E]
1
Hace tiempo que comparto tu dolor y tu aflicción, Apolonio, desde que me enteré del prematuro paso de esta [F] vida 1 de tu hijo, que era muy querido de todos nosotros, joven virtuoso, prudente y guardián destacado de los deberes religiosos y justos con respecto a los dioses, a los padres y a los amigos 2 . En efecto, dirigirme a ti, entonces, [102A] inmediatamente después de su muerte, y exhortarte a que soportaras humanamente 3 tu desgracia, no era apropiado 4 , cuando estabas abrumado en tu cuerpo y en tu alma a causa de la inesperada desgracia y era necesario compadecerte. Pues tampoco los mejores de los médicos aplican, al punto, los remedios de las medicinas a los ataques incesantes de los humores, sino que dejan que las molestias de la inflamación, sin la aplicación de remedios externos 5 , alcance una cierta madurez por sí misma 6 .
2
Pero ahora, después que también el tiempo, que todo lo suele calmar 7 , ha pasado sobre tu desgracia y la situación en la que tú te encuentras parece pedir ayuda de tus [B] amigos, creí que era bueno enviarte unas palabras de consuelo para alivio de tu tristeza y fin de tus aflicciones y vanas lamentaciones.
Las palabras, pues, son médicos de un alma
enferma, cuando uno en el momento oportuno
alivia el corazón 8 .
Ya que, según el sabio Eurípides.
Para cada tipo de enfermedad hay un
remedio distinto, para el que está triste
la palabra bondadosa de los amigos y
las advertencias para el que es demasiado insensato 9 .
En efecto, aunque son muchas las emociones que afectan al alma, la tristeza es, por naturaleza, la más penosa de todas, «pues —se dice— que a muchos les sobrevienen por [C] la tristeza la locura
y enfermedades incurables
y algunos se han suicidado a causa de la tristeza» 10 .
3
En verdad el afligirse y entristecerse por la muerte de un hijo ocasiona, naturalmente, el principio de la tristeza y no depende de nuestra voluntad. Yo, desde luego, no estoy de acuerdo con los que alaban 11 la indiferencia dura y cruel, que está fuera de toda posibilidad y provecho 12 , pues ella nos priva de la buena disposición, que nace de ser amado y de amar, la cual es necesario que conservemos por encima de todo. Pero traspasar todos los límites y aumentar nuestros dolores, afirmo que es contrario a la naturaleza y nace de una idea malvada que existe entre nosotros. Por ello, también esto debe ser abandonado [D] como algo funesto, maligno y en modo alguno propio de hombres honrados, en cambio el sufrimiento moderado 13 no debe ser rechazado como algo indigno. «Ojalá que no nos pongamos enfermos —dice Crántor 14 , el filósofo de la Academia— y, si nos ponemos enfermos, que tengamos alguna sensación, ya sea porque alguno de nuestros miembros sea cortado ya porque sea arrancado. Esta insensibilidad al dolor la consigue el hombre a cambio de un alto precio. Pues, en aquel caso, es natural, es el cuerpo el que es sometido a un estado tal de brutalidad, pero, en este otro, es el alma».
4
Por tanto, la razón pide que los hombres prudentes ante tales padecimientos no sean ni indiferentes ni demasiado sensibles, pues el primer estado sería duro y brutal y el [E] otro débil y afeminado. Y prudente es el que mantiene los límites apropiados 15 y es capaz de soportar sabiamente lo favorable y lo adverso de las cosas que le suceden en la vida y sabe de antemano someterse irreprochable y obedientemente a la distribución de las cosas, del mismo modo que en la democracia hay un sorteo de los cargos y es conveniente que al que le toca la suerte gobierne y al que ésta le vuelve la espalda soporte su fortuna sin pesadumbre. Pues los que no son capaces de hacer esto tampoco serían capaces de llevar con prudencia y moderación la buena fortuna. Ciertamente, entre las cosas bien dichas, en calidad de consejo, está también ésta:
Que no sea tan grande el éxito
que te incite a ser demasiado orgulloso [F]
ni, si te acontece algún mal, al contrario, esclavo ,
sino sé siempre tú mismo preservando tu propia
naturaleza firmemente, como el oro en el fuego 16 .
Pues es propio de hombres educados e inteligentes ser la misma persona ante lo que nos parece buena fortuna, y [103A] mantener con nobleza una postura apropiada frente a la adversidad. Es un trabajo propio de la prudencia o bien estar en guardia contra el mal que nos ataca, o, cuando nos ha atacado, enderezarlo, o reducirlo al mínimo o proveerse a sí mismo de una paciencia viril y noble para soportarlo, ya que también la prudencia se ocupa del bien de cuatro modos: adquiriendo los bienes, guardándolos, aumentándolos o empleándolos sabiamente. Éstas son las leyes de la prudencia y de otras virtudes de las que hay que hacer uso en ambos casos 17 . Pues
no existe un hombre que sea feliz en todo 18 ,
y por Zeus, [B]
lo que es necesario para ti no es posible hacer que no sea necesario 19 .
5
En efecto, igual que en las plantas hay momentos de fertilidad y momentos de esterilidad, y en los animales hay momentos de fecundidad extraordinaria y momentos de infecundidad, y en el mar hay calmas y tempestades, del mismo modo en nuestra vida hay muchas y variadas circunstancias que conducen a los hombres a suertes contrarias. Contemplándolas uno podría decir con razón:
Oh Agamenón, no te engendró
Atreo para que disfrutaras de todos los bienes .
Preciso es que te alegres y te aflijas
[C] ya que has nacido mortal. Aunque tú no lo quieras ,
la voluntad de los dioses será así 20 .
y lo que dijo Menandro:
En verdad, oh joven amo, si tú solo naciste entre todos los hombres ,
cuando te dio a luz tu madre, para hacer durante
tu vida las cosas que deseas y para vivir siempre feliz ,
y si alguno de los dioses estuvo de acuerdo contigo en esto ,
con razón te irritas, pues te engañó
y te ha tratado de una forma insólita. Pero si con las mismas
reglas con las que nacimos nosotros viniste a respirar el aire común ,
para hablarte al estilo trágico , [D]
es mejor soportar estas cosas y ser razonable .
Y por resumir todo lo que estoy diciendo: eres hombre ,
y ningún otro ser vivo cambia más rápidamente de la grandeza
al envilecimiento, y con toda justicia .
Pues, siendo por naturaleza el más débil ,
administra los más grandes asuntos ,
pero cuando cae destruye muchas cosas hermosas .
Pero tú, joven amo, no has perdido bienes extraordinarios ,
y tus males de ahora son moderados ,
de modo que soporta también con moderación lo que [E] te suceda después 21 .
Mas, a. pesar de que las cosas humanas son así, algunos, por imprudencia, son tan necios y vanidosos, que cuando han sido exaltados un poco, o por la abundancia de sus riquezas o por la grandeza de su cargo o por algunas distinciones públicas o por honores o dignidades, amenazan e insultan a sus inferiores, no pensando en lo inestable e inseguro de la fortuna, ni que las cosas elevadas con facilidad se vuelven pequeñas y las humildes, a su vez, son exaltadas, movidas por los cambios inestables de la fortuna 22 . Por tanto, buscar algo estable entre las cosas inestables es propio de hombres que no razonan correctamente acerca de las cosas, pues
[F] mientras da vuelta la rueda, unas veces una parte de
la llanta está arriba y otras veces la otra 23 .
6
Sin duda el mejor remedio contra el dolor es la razón y la preparación, a través de ésta, para todos los cambios de la vida. Pues es necesario que el hombre mismo reconozca no sólo que es mortal en su naturaleza, sino también que está destinado por la suerte a una vida mortal y a unos hechos que cambian con facilidad a lo contrario 24 . [104A] En efecto, los cuerpos de los hombres son, en realidad mortales y efímeros 25 , y mortales sus fortunas y padecimientos y, en general, todo en su vida, de lo que
no es posible que un mortal pueda
huir ni escapar 26
en absoluto, sino que
Las profundidades del Tártaro invisible te triturarán con sus necesidades fuertemente forjadas ,
como dice Píndaro 27 . De donde se desprende que tenía razón Demetrio Falereo 28 , ya que, cuando Eurípides decía:
la felicidad no es estable sino efímera 29 ,
y que
pueden ser cosas pequeñas las que hagan fracasar y
un solo día derribó a unas cosas desde lo alto y a otras las elevó hacia arriba 30 ,
afirmaba que aquél decía bien todo lo demás, pero que hubiera sido mejor, si hubiera dicho no «un sólo día», sino «un instante». [B]
ya que hay un mismo ciclo para las plantas fértiles de la tierra
y para la raza de los hombres: la vida de unos crecerá ,
mientras que la de los otros perecerá y será a la vez segada 31 .
Y en otro lugar dice Píndaro:
¿Qué es el hombre? ¿Qué no es?
Sueño de una sombra es el hombre 32 .
Haciendo uso, muy enfática y hábilmente, de una hipérbole, mostró con claridad la vida de los hombres. Pues, ¿qué hay más débil que una sombra? Y el sueño de ésta nadie hubiera sido capaz de describirlo con tanta agudeza. En este mismo espíritu también Crántor 33 , cuando trata de consolar a Hipocles por la muerte de sus hijos, [C] dice: «Ciertamente toda esta antigua filosofía dice y recomienda estas cosas, de las cuales si, en verdad, no aceptamos alguna otra cosa, al menos la afirmación de que la vida es muchas veces trabajosa y difícil, es demasiado verdadera. Pues, en efecto, si no posee este carácter por naturaleza, de todos modos por nosotros alcanza ese punto de corrupción. Esta fortuna incierta nos ha acompañado desde hace tiempo, más aún desde un principio y no para algo bueno; y, cuando nacemos, se mezcla con nosotros, en todas las cosas, una porción de mal. Pues las semillas de nuestra vida, puesto que son al punto mortales, participan de esta causalidad por la cual nos sobrevienen desde entonces las deficiencias del alma, «las enfermedades, los cuidados innumerables de los mortales» 34 . ¿Por qué razón nos hemos detenido en estas reflexiones? Para que podamos ver que el ser desgraciado no es para el hombre [D] una novedad, sino que todos hemos padecido lo mismo. «Pues la fortuna es descuidada 35 —dice Teofrasto— y es muy hábil para llevarse los frutos de nuestro trabajo y trastornar nuestra aparente felicidad, no teniendo fijado para ello ninguna ocasión» 36 . Ya que es fácil a cada uno pensar por sí mismo éstas y otras cosas semejantes y escucharlas de otros hombres antiguos y sabios; el primero de los cuales es el divino Homero, que dice:
Nada más desgraciado que el hombre alimenta la tierra .
Pues nunca, dice, sufrirá mal alguno en el futuro ,
mientras los dioses le proporcionen valor y sus miembros puedan moverse .
Pues precisamente cuando los dioses bienaventurados le envían desgracias ,
también las soporta, contra su voluntad, con ánimo [E] sufrido 37 .
y
Pues tal es el espíritu de los hombres mortales ,
semejante al día que les trae el padre de hombres y dioses 38 .
y en otros pasajes:
Magnánimo hijo de Tideo, ¿por qué me preguntas mi linaje?
Cual el linaje de las hojas, tal es también el de los hombres .
En efecto, a las hojas, a las unas el viento esparce en tierra y a otras el bosque
al florecer las hace brotar y llega la estación de la primavera .
Así es el linaje de los hombres; el uno nace y el otro perece 39 .
Que él empleó brillantemente esta imagen de la vida humana, [F] es evidente por lo que dice en otro lugar, de esta forma:
Combatir 40 a causa de los hombres
desgraciados, que como las hojas, unas veces
florecen vigorosos, comiendo el fruto de la tierra ,
y otras perecen sin ánimo, y no hay ayuda 41 .
[105A] Simónides, el poeta lírico, al ufanarse sin cesar Pausanias, rey de los lacedemonios, por sus hazañas y habiéndole ordenado con mofa que le anunciara alguna sabia doctrina, dándose cuenta de su soberbia, le aconsejó recordar que era un hombre 42 . Y Filipo 43 , rey de los macedonios, habiénle sido anunciado tres éxitos al mismo tiempo: el primero, que había vencido con su cuadriga en los juegos de Olimpia; el segundo, que Parmenión, su general, había derrotado a los dardanios 44 en una batalla, y el tercero, que Olimpias le había dado a luz un hijo varón, levantando sus manos al cielo, dijo: «oh dios, pon en compesación junto a estas cosas algún daño moderado», sabiendo que [B] la suerte suele ver con malos ojos los grandes éxitos.
Terámenes, que llegó a ser uno de los treinta tiranos de Atenas, al derrumbarse la casa en la que comía con numerosos acompañantes, habiéndose salvado él solo y al ser felicitado por todos, gritando en voz alta, dijo: «oh fortuna, ¿para qué ocasión me estás reservando?». No mucho tiempo después murió, tras haber sido torturado por sus compañeros de tiranía 45 .
7
Parece que el poeta 46 es alabado extraordinariamente en relación con la consolación cuando presenta a Aquiles diciéndole a Príamo, que ha venido a rescatar a Héctor, estas cosas:
Mas, ¡ea!, siéntate ya en el sillón y vamos a dejar [C]
que nuestras penas descansen totalmente en nuestro corazón, aunque estemos afligidos .
pues nada se consigue con el gemido estremecido 47 .
En efecto, así han hilado el destino los dioses para los miserables mortales ,
vivir afligidos; sólo ellos desconocen las preocupaciones .
Así pues, dos toneles hay en el suelo de Zeus ,
de los dones que otorgan, de males uno y el otro de bienes .
A quien Zeus, que goza con el rayo, mezclándolos, se los concede ,
unas veces se encuentra con el mal y otras con el bien .
Pero al que concede sólo desgracia, lo hizo ignominioso
[D] y un hambre mala lo empuja sobre la divina tierra y
él la recorre deshonrado para los dioses y para los hombres 48 .
Y el poeta, que viene después de éste, tanto en la gloria como en el tiempo, Hesíodo, aunque él se llamaba alumno de las Musas 49 , también éste, después de encerrar a los males en un tonel, muestra a Pandora abriéndolo y esparciendo la multitud de ellos sobre toda la tierra y el mar, diciendo de esta manera:
Pero la mujer, quitando con las manos la tapa del tonel
esparció y maquinó para los hombres tristes desgracias 50 .
Sola, allí dentro, en la indestructible mansión, quedaba la
[E] Esperanza bajo los bordes del tonel, y no voló fuera pues
antes puso encima la tapa del tonel .
Pero otras incontables desgracias vagan entre los hombres ,
pues la tierra está llena de males y lleno está el mar .
Y enfermedades visitan a los hombres durante el día y
durante la noche de forma natural, llevando los males a los hombres ,
en silencio, después que les quitó la voz el prudente Zeus 51 .
8
En relación con esto, sobre los que sufren excesivamente por tales desgracias, el poeta cómico 52 dice así:
Si las lágrimas fueran un remedio para nuestros males ,
y siempre el que gime hiciera cesar sus sufrimientos ,
tomaríamos lágrimas, dando a cambio dinero . [F]
Mas ahora, mi señor, los asuntos no prestan atención a esas cosas ni las miran ,
sino que siguen el mismo camino, si lloras como si no .
Así pues, ¿qué ganamos nosotros? Nada. La tristeza tiene
como los árboles su fruto: las lágrimas . [106A]
Dictis, tratando de consolar a Dánae, que sufría profundamente, le dice:
¿Crees que el Hades se ocupa de tus gemidos
y te soltará a tu hijo si estás dispuesta a llorar?
Desiste. Al ver los males de tus vecinos, serías
más complaciente, si estuvieras dispuesta a pensar
cuántos hombres están consumiéndose en prisión ,
cuántos envejecen privados de sus hijos ,
y otros que desde la prosperidad de un reino en la cumbre
han venido a ser nada 53 . Es necesario que tú observes estas cosas 54 .
Así pues, le pide que piense en los que tienen iguales o [B] mayores necesidades, para que esté más aliviada.
9
En efecto, aquí se podría aplicar aquel dicho de Sócrates 55 , que sugiere que, si llevásemos a un lugar común nuestras adversidades, de tal forma que cada uno tomase para sí la misma porción, la mayoría, tras tomar contentos las suyas, se marcharían. También el poeta Antímaco 56 empleó esta clase de método. Pues, después de la muerte de su mujer Lida, hacia la que sentía un gran cariño, compuso como consuelo a su propia pena la elegía llamada Lida , porque, después de contar las desgracias de los [C] héroes 57 hacía menor con los males ajenos su propia pena. De forma que es evidente que el que intenta consolar a uno que está apenado y demostrarle que lo que le sucede a él es algo común a muchos y menor que lo que les sucede a otros, cambia la opinión del que está apenado y le infunde una convicción tal de que lo que le sucede es menor que lo que él creía.
10
Esquilo parece reprender admirablemente a los que piensan que la muerte es un mal, cuando dice de esta forma:
Los hombres odian injustamente la muerte ,
que es la mayor defensa de muchos males 58 .
Sin duda a éste 59 imitó también el que dijo:
Oh muerte, mi salvador, médico mío, ojalá vengas 60 , [D]
pues en realidad «el Hades es un puerto para las aflicciones» 61 . En verdad es una cosa grande decir con toda confianza valientemente:
Y, ¿quién es esclavo, si no se preocupa de la muerte? 62 :
Y aquello:
Teniendo al Hades como defensor no temo las sombras 63 .
Pues, ¿qué es lo penoso y lo irritante en el morir? Las cosas de la muerte, quizá también por sernos tan familiares y naturales, parecen, a su vez, no sé cómo, dolorosas. En efecto, ¿qué hay de admirable si lo que es separable es separado, si lo que es soluble es disuelto, si lo que es combustible, es extinguido, si lo que es destructible, es destruido? Pues, ¿en qué momento la muerte no está presente [E] en nosotros mismos? Y, como dice Heráclito: «Es la misma cosa lo que vive y lo muerto, lo que está despierto y lo que duerme, lo joven y lo viejo» 64 . En realidad, esto va a parar a aquello y aquello de nuevo va a parar a esto. Pues, así como de un mismo barro uno puede, modelando figuras de seres vivos, destruirlas, y modelarlas de nuevo y destruirlas, y hacer esto una y otra vez sin interrupción, del mismo modo también la naturaleza a partir de la misma materia, hace tiempo, hizo surgir a nuestros antepasados, después, a continuación de ellos, creó a nuestros padres, después a nosotros, después a otros hombres después de otros hombres en una acción circular sin fin. Y este río de la generación, fluyendo continuamente 65 , no se detendrá jamás, como tampoco el que fluye en el sentido contrario a él, el río de la destrucción, llamado por los [F] poetas ya Aquerón ya Cocito. Así pues, la causa primera que nos mostró la luz del sol, ésta misma también nos trae al sombrío Hades 66 . Y quizá una imagen de esto sea el aire que nos rodea, que produce alternativamente el día y la noche, que trae la vida y la muerte, el sueño y la vigilia. Por ello se dice también que la vida es una deuda impuesta por el destino 67 , para que sea pagado lo que tomaron prestado nuestros antepasados. Lo cual, sin duda, [107A] ha de ser pagado de buena gana y sin gemir, cuando el prestamista lo reclame.
Pues así tendríamos la ocasión de demostrar que somos almas verdaderamente nobles.
11
Creo también que la naturaleza, al ver la confusión y la brevedad de la vida, ha hecho incierto el día fijado para la muerte. En efecto, así es mejor; pues si lo conociéramos, algunos se consumirían por las penas antes de tiempo y estarían muertos antes de morir 68 .
Considera también los dolores de la vida y la superabundancia de sus muchos cuidados 69 , que, si quisiéramos enumerarlos, la condenaríamos ciertamente y confirmaríamos [B] la opinión que prevalece entre algunos de que, en efecto, es mejor morir que vivir 70 . Por ejemplo, Simónides dice:
De los hombres, ciertamente, la fuerza es escasa, inútiles sus cuidados ,
en un tiempo breve trabajo sobre trabajo .
Sin embargo, la muerte inevitable los amenaza ,
pues de ésta participan por igual los buenos
y cualquiera que es malo 71 .
Y Píndaro dice:
Los inmortales reparten a los mortales por cada cosa
buena dos desgracias, y éstas, en efecto no las pueden soportar, infelices, convenientemente 72 .
Y Sófocles:
¿Lloras por un hombre mortal, si él ha muerto ,
sin saber si el futuro le iba a traer algún provecho? 73 .
Y Eurípides:
¿Sabes qué naturaleza tienen las cosas mortales?
Creo que no. Pues ¿de dónde ibas a saberlo? Mas, escúchame .
[C] A todos los hombres les toca morir ,
y no hay ninguno de ellos que sepa
si vivirá al día siguiente .
Las cosas del destino es incierto hacia dónde irán 74 .
Así pues, si la vida de los hombres es tal como éstos dicen, ¿cómo no va a ser más conveniente felicitar a los que se han librado de la servidumbre 75 que hay en ella que compadecerlos y llorarlos, como hace la mayoría por ignorancia?
12
Sócrates 76 decía que la muerte se parece o a un sueño profundo o a un viaje largo y distante o, en tercer lugar, a una destrucción y desaparición tanto del cuerpo como del alma y que en ninguna de éstas cosas había mal alguno. [D] Y seguía la pista de cada una de ellas y, en primer lugar, de la primera. En efecto, si la muerte es, en verdad, un sueño y no hay mal alguno en aquellos que duermen, está claro que tampoco podrá haber mal alguno en los que mueren. Sin embargo, ¿qué necesidad hay de decir que el sueño más profundo es también el más dulce? Ciertamente, el hecho es por sí mismo evidente a todos los hombres y Homero lo atestigua también cuando dice:
Un sueño el más profundo y dulce, muy parecido a la muerte 77 .
Y en otro lugar dice lo mismo:
Allí se encontró con el Sueño, hermano de la Muerte 78 .
(y)
Al Sueño y a la Muerte, hermanos gemelos 79 , [E]
mostrándonos, 〈casi〉 ante nuestros ojos, su semejanza. Pues los gemelos sugieren, mejor que nada, la semejanza. De nuevo, en algún otro lugar, dice que la muerte es «un sueño de bronce» 80 , intentando enseñarnos la falta de sensibilidad en ella. Y no parece que lo definió mal el que dijo que el sueño eran los pequeños misterios de la muerte 81 ; en verdad el sueño es una iniciación previa de la muerte. Muy sabiamente también Diógenes el Cínico, habiéndose dormido y estando a punto de dejar la vida, cuando lo despertó su médico y le preguntó si algo le molestaba: «Nada —dijo— el hermano se adelanta al hermano», el [F] sueño a la muerte 82 .
13
Ciertamente, si la muerte se parece a un viaje, incluso así no es un mal 83 , sino que es todo lo contrario, un bien, pues el vivir sin ser esclavo de la carne y de las pasiones de ésta, por las cuales arrastrado hacia abajo el pensamiento se llena de la frivolidad mortal, es algo feliz y bienaventurado. [108A] «El cuerpo —dice Platón 84 — nos produce innumerables dificultades a causa de su necesaria alimentación; y, además, si le sobrevienen algunas enfermedades, nos impide la búsqueda de la realidad. Nos llena de amores, deseos, temores y de toda clase de imágenes y frivolidades, de tal forma que es verdad el dicho de que, en realidad, a causa de él no nos es posible en modo alguno pensar bien en nada. Pues también el cuerpo y los deseos de éste no producen otra cosa que guerras, revoluciones y luchas. En efecto, todas las guerras nacen a causa de la adquisición de riquezas y nos vemos obligados a adquirir las riquezas a causa del cuerpo, siendo esclavos del cuidado de éste; y por éste no tenemos tiempo, a causa de todas [B] estas cosas, para dedicarnos a la filosofía. Y lo peor de todo es que si algún ocio nos deja el cuerpo y nos dedicamos a reflexionar sobre algo, en nuestras investigaciones, abordándonos por todas partes, produce tumulto y confusión y nos asusta, de tal forma que a causa de él no podemos contemplar la verdad. Pero, en realidad, se nos ha demostrado que si alguna vez queremos conocer algo en toda su pureza, nos hemos de apartar de él y contemplar con el alma las cosas en sí mismas. Entonces, según parece, tendremos lo que deseamos y de lo que nos declaramos enamorados, la sabiduría, después que muramos, como [C] señala el razonamiento, no mientras vivimos. Ya que si no es posible en compañía del cuerpo conocer nada con exactitud, ocurre una de estas dos cosas: o no nos es posible conseguir el conocimiento en ninguna parte o sólo después de muertos. En verdad, entonces el alma existirá ella por sí misma, sin el cuerpo, pero no antes. Y mientras estemos en vida, estaremos más cerca del conocimiento, según parece, si nos unimos y nos comunicamos con el cuerpo lo menos posible, a no ser que haya una absoluta necesidad, y no nos manchamos con su naturaleza, sino que nos mantenemos limpios de su contacto hasta que la divinidad 85 misma nos libere de él.
[D] Y así, purificados y libres de la insensatez del cuerpo, como es natural, estaremos entre hombres semejantes, observando a través de nosotros mismos todo lo puro, esto es, la verdad. Pues tocar con lo impuro lo puro no es lícito.» De tal forma que si la muerte se parece a un viaje a otro lugar, no es un mal; pues quizá parece también un bien, como intentaba mostrar Platón 86 . Por ello, Sócrates 87 dijo estas cosas ante los jueces de forma extraordinaria: «El sentir temor ante la muerte, señores, no es otra cosa que parecer ser sabio sin serlo, esto es, parecer saber algo que uno no sabe. Nadie, en efecto, sabe si la muerte no es casualmente para el hombre el mayor de todos los [E] bienes, pero la temen como si supieran muy bien que es el mayor de los males.» Y parece que no estaba en desacuerdo con esto el que decía:
Nadie tema a la muerte, liberación de los trabajos 88 ,
y también de los males mayores.
14
Se dice que también la divinidad es testigo de esto. En verdad hemos oído decir que muchos por su piedad han recibido este don 89 de parte de los dioses. La mayoría de estas historias las pasaré por alto, pues temo sobrepasar las fronteras de mi composición, y recordaré las que son más notorias y están en boca de todos. En primer lugar te recordaré la historia de los jóvenes argivos, Cleobis y Bitón 90 . Se cuenta que, siendo su madre sacerdotisa de Hera 91 , cuando le llegó el tiempo de la subida al templo, [F] retrasándose las mulas que debían arrastrar su carro y echándose la hora encima, estos jóvenes, poniéndose bajo el carro, condujeron a su madre al templo y ella, alegrándose extraordinariamente con la piedad de sus hijos, pidió que les fuera concedido a ellos por parte de la diosa la mejor de las cosas que hay entre los hombres. Ellos, se dice, habiéndose acostado a dormir, ya no se levantaron, pues la diosa les había concedido la muerte, como premio a su piedad. Y sobre Agamedes y Trofonio dice Píndaro 92 [109A] que ellos, después de construir el templo de Delfos, pidieron a Apolo una recompensa y que él les anunció que se la daría en el séptimo día, pero, entretanto, les ordenó que se banqueteasen; ellos después de hacer lo ordenado y habiéndose acostado a dormir, a la séptima noche, murieron.
Se cuenta también que Píndaro mismo, habiendo encargado, a los enviados de los beocios al templo del dios que preguntasen: ¿qué es lo mejor para los hombres?, la sacerdotisa, que transmitía los oráculos, contestó que él mismo lo debía de saber, si es que la historia de Trofonio y Agamedes era suya; pero si él lo quería saber por experiencia, [B] en breve tiempo le sería manifiesto. Y, así, Píndaro, al conocer esto, dedujo que se trataba de su muerte y, pasado algún tiempo, murió. Lo que le ocurrió al italiano Eutinoo 93 se dice que fue de la manera siguiente. Era, en efecto, hijo de Elisio de Terina 94 , un hombre principal entre los habitantes de la ciudad por su virtud, su riqueza y su reputación, y murió de repente por causa desconocida. Entonces, Elisio sospechó lo que otro cualquiera habría también sospechado, si su hijo no habría muerto quizá envenenado, pues era el único heredero de sus grandes [C] posesiones y riquezas. Estando en duda sobre el modo en que podría conseguir pruebas de estas cosas, se llegó a un lugar donde se conjuraba a los muertos 95 y, habiendo realizado un sacrificio como estaba ordenado por la costumbre, se acostó a dormir y tuvo la siguiente visión: le pareció que su padre se le acercaba y, al verlo, le contó la suerte de su hijo y le suplicaba y pedía que le ayudase a descubrir la causa de su muerte. Y que él le dijo: «He venido a eso. Mira, cógele a éste las cosas que trae, pues por ellas sabrás todo aquello por lo que te afliges». Y al que le señaló era un joven que le seguía, parecido a su hijo, de edad y estatura semejantes. Así pues, le preguntó quién era, y él dijo: «Soy el espíritu de tu hijo» y al mismo [D] tiempo le ofrecía un papel. Después de desenrollarlo, vio que tenía escritos estos tres versos:
Oh desgraciado Elisio, deseaste conocer los pensamientos de los hombres .
Eutinoo descansa en los brazos de la muerte dispuesta por el destino ,
pues no era bueno que él viviera, ni para él ni para sus padres 96 .
Tales son los relatos, que tienes recogidos en las obras de los escritores antiguos.
15
Sin embargo, si la muerte es una completa destrucción y descomposición del cuerpo y del alma (pues ésta era la tercera conjetura de Sócrates), tampoco así es un mal; ya que, según él, produce insensibilidad y liberación de [E] toda tristeza e inquietud 97 . Porque, así como no nos puede sobrevenir bien alguno, tampoco nos puede acaecer ningún mal. Sucede, pues, que, del mismo modo que el bien puede, por naturaleza, existir sólo en relación con algo que exista y subsista, de la misma manera también el mal. Pero en lo que no existe, sino que ha sido apartado de entre los que existen, ninguno de éstos puede darse. Por tanto, los que mueren vuelven al mismo estado en que se encontraban antes del nacimiento. Así pues, de igual modo que antes del nacimiento no teníamos ni bien ni mal, así tampoco después de la muerte. Y lo mismo que las cosas antes de nosotros no eran nada para nosotros, así tampoco las [F] cosas después de nosotros serán nada para nosotros;
Pues , en realidad, ningún dolor afecta al muerto 98 ,
ya que
yo digo que el no haber nacido es igual a la muerte 99 ,
pues la condición después de la muerte es la misma que la de antes del nacimiento. Pero, ¿crees tú que hay alguna diferencia entre no haber nacido y, después de haber nacido, morir? A no ser que también creas que existe una diferencia en nuestra casa y en nuestro vestido después de su destrucción en relación con el tiempo en el que aún no [110A] habían sido hechos. Y si en estos casos no existe diferencia alguna, está claro que tampoco la hay en la muerte en relación con la condición antes del nacimiento. Efectivamente es gracioso aquello que dice Arcesilao 100 : «Eso que llamamos mal, la muerte, es el único de los males supuestos que, cuando está presente, no causa pena alguna a nadie, pero la produce cuando está ausente y es esperado.» Pues, en realidad, mucha gente a causa de su estupidez y su miedo a la muerte muere por los esfuerzos que realiza para no morir. Epicarmo dice con acierto muy bien:
Se compuso y se descompuso y se marchó de nuevo allí de donde había venido ,
la tierra a la tierra y el alma a lo alto. ¿ Qué mal hay en ello? Ninguno 101 .
Y Cresfontes, quien, hablando de Heracles en una tragedia [B] de Eurípides, dice:
En efecto, si vive bajo las profundidades de la tierra
entre los que ya no son, no debe tener fuerza alguna 102 .
Tú, cambiando la frase, podrías decir:
En efecto, si vive bajo las profundidades de la tierra
entre los que ya no son, no debe tener dolor alguno .
Y también es noble la canción espartana que dice:
Ahora nosotros, antes florecieron otros y en seguida otros ,
cuyo nacimiento nosotros ya no veremos 103 .
Y otra vez:
Los que murieron
no pensaban que era hermoso el vivir ni el morir ,
sino el realizar hermosamente estas dos cosas 104 . [C]
Y Eurípides habla muy bellamente de aquellos que soportan largas enfermedades:
Odio a aquellos que quieren alargar su vida
con alimentos, bebidas y encantamientos ,
cambiando el curso de la naturaleza para no morir .
Sería necesario que ellos, cuando ya no sirvan a su tierra ,
muriendo, se marchasen y no fueran un obstáculo para los jóvenes 105 .
Y Mérope impresiona a los espectadores cuando, pronunciando palabras propias de un hombre, se expresa así:
[D] No se me han muerto los hijos a mí sola entre los humanos
ni me quedé yo sola sin esposo, sino que otras muchas
han llevado una vida igualmente dolorosa 106 .
En efecto, se podrían unir acertadamente a estos versos los siguientes:
¿Dónde están ahora aquellas magnificencias? ,
¿dónde está el gran soberano de Lidia, Creso ,
o Jerjes, que unció la violenta garganta del mar Helesponto?
Todos se fueron al Hades y a las moradas del Olvido 107 ,
pereciendo sus riquezas juntamente con sus cuerpos.
16
Sí, ¡por Zeus!, la muerte temprana produce en mucha [E] gente dolor y llanto. Pero también ésta admite un consuelo tan fácil que incluso ha sido percibido por poetas mediocres y han encontrado palabras de consuelo para ella. Mira, por ejemplo, las cosas que, sobre esto, dice un poeta cómico a uno que está afligido por una muerte prematura:
En consecuencia, si supieras que esta vida ,
que él no vivió, la hubiera vivido felizmente ,
la muerte no habría sido oportuna, pero si esta
vida le hubiera traído algún mal incurable, quizá
la muerte misma fue más benévola que tú 108 .
Así pues, ya que es dudoso si ganó o no al cesar en sus trabajos, abandonando la vida y librándose de males mayores, es necesario que no suframos tan penosamente en la idea de que hemos perdido todas las cosas que pensamos [F] que hubiéramos obtenido de él. En verdad yo diría que Anfiarao ofrece, en los versos del poeta 109 , un consuelo acertado a la madre de Arquémoro que soporta mal que su hijo haya muerto, todavía un niño y antes de tiempo. Pues dice así:
No existe hombre alguno que no sufra;
se entierra a los hijos y se engendra otros nuevos ,
él mismo muere. ¿Se afligen con estas cosas los hombres ,
llevando la tierra a la tierra? Es necesario [111A]
recolectar la vida como una espiga madura ,
y uno debe vivir y el otro debe morir ¿Por qué
tenemos que llorar por estas cosas que es preciso que, según la naturaleza, se cumplan?
Pues nada de lo que es necesario es terrible para los hombres 110 .
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Porque, en general, cada uno debe pensar que, si examina con seriedad los hechos consigo mismo y con otro, la vida mejor no es la más larga sino la más activa. En efecto, no es alabado el que toca la cítara más veces o el que pronuncia más discursos o el que pilota barcos con más [B] frecuencia, sino el que hace mejor todas estas cosas, pues su perfección no se mide por su extensión en el tiempo, sino por su virtud y por su oportunidad temporal; ciertamente esto ha sido considerado como algo que se debe a la buena fortuna y al favor de los dioses. Por ello los poetas nos han transmitido en sus escritos que entre los héroes los que eran superiores y descendían de los dioses, abandonaban la vida antes de la vejez, pues tampoco aquel
a quien aman en su corazón Zeus, portador de la égida, y Apolo
con numerosas muestras de afecto, alcanzó siquiera el umbral de la vejez 111 .
Observamos, en efecto, por todas partes que el puesto más elevado lo ocupa más una buena ocasión que una vejez feliz 112 . Sin duda también entre los árboles son mejores los que producen en un corto espacio de tiempo mayores cosechas de frutos y entre los animales, aquellos de los [C] que en un espacio de tiempo no largo obtenemos una mejor utilidad para nuestra vida. En verdad las palabras «largo» y «corto» parece que no se diferencian en nada, si las comparamos con la eternidad. Pues mil o diez mil años, según Simónides 113 , son un instante indeterminado, más aún, una fracción, la más breve, de un instante. Pues también en el caso de aquellos animales que cuentan que viven junto a las costas del Mar Negro 114 y que tienen una existencia de un día, ya que nacen por la mañana, alcanzan su madurez a mediodía y por la tarde envejecen y llegan al fin de su vida, si tuvieran un alma humana y racional, ¿no les sucedería también, en cierto modo, a cada uno de aquellos lo mismo, de tal forma que los que [D] muriesen antes del mediodía provocarían lamentos y lágrimas, mientras que los que viviesen todo un día se considerarían felices? La medida de la vida, pues, es su perfección no la extensión de su tiempo.
18
Sin duda también se han de considerar vanas y de gran simplicidad exclamaciones como ésta: «Pero él no debía haber muerto, tan joven como era.» Pues ¿quién podría decir que debía morir? Y también otras muchas cosas de las que uno podría decir que «no debían haber sido hechas», han sido hechas y son hechas y habrán de ser hechas muchas veces. Ya que nos encontramos en esta vida no para hacer leyes, sino para obedecer las órdenes dadas por los dioses que dirigen el universo y las leyes del destino y de la providencia.
19
[E] ¿Y qué? ¿Los que lloran a los que han muerto así, lloran por ellos mismos o por los que han muerto? En efecto, si es por ellos mismos, porque han sido privados de un placer o de un provecho o de un cuidado en la vejez por parte de los que han muerto, la causa de su tristeza es egoísta, pues se verá con claridad que no añoran a aquéllos sino las ventajas procedentes de ellos. Pero si lloran a causa de los que han muerto, al darse cuenta de que no se encuentran en una mala situación, se verán libres de su tristeza, confiando en aquel antiguo y sabio dicho que aconsejaba hacer el bien tan grande como sea posible [F] y reducir y minimizar el mal. Entonces, si la aflicción es un bien, debemos hacerla lo más amplia y grande posible, pero si, como es la verdad, estamos de acuerdo que es un mal, es necesario reducirla y hacerla lo más pequeña posible y borrarla de nuestra memoria con todas nuestras fuerzas. Que esto es fácil, es evidente por el siguiente tipo de consuelo. Efectivamente, se dice que uno de los filósofos antiguos que había ido a visitar a la reina Arsínoe, que [112A] lloraba la muerte de su hijo, le contó una leyenda 115 que decía que en el tiempo en que Zeus repartía los dones a las divinidades no se hallaba presente por casualidad la Aflicción, sino que llegó más tarde, cuando ya habían sido aquéllos repartidos. Y que Zeus, cuando le pidió ella que le fuera concedido también a ella un don, encontrándose sin saber qué hacer, por haberlos gastado todos en los otros dioses, le concedió ese honor que surge en honor de los que murieron, es decir, lágrimas y tristezas. Que así como las otras divinidades aman a aquellos por los que son honradas, del mismo modo también la Aflicción. «Así, pues, mujer, si no la honras, no se te acercará, pero si es honrada por ti solícitamente con los dones que le han sido concedidos, es decir, con tristezas y con llantos, te amará y [B] te concederá algo semejante, con tal de que ella sea honrada constantemente por ti.» Este filósofo, al parecer, tras haberla convencido admirablemente con esta leyenda, liberó a la mujer de la aflicción y los lamentos.
20
En general, alguien podría decir al que llora: «¿dejarás alguna vez de estar afligido o piensas estar triste toda tu vida? Ya que si vas a permanecer en este estado de profunda aflicción siempre, traerá sobre ti mismo un grave infortunio y una desgracia cruel, a causa de la ruindad y la falta de nobleza del alma, pero si piensas cambiar alguna vez, ¿por qué no cambias ya y te liberas a ti mismo del infortunio? Atendiendo ahora a estos razonamientos con [C] los que andando el tiempo tú te verás libre, aléjate de tu mala situación, pues también en los padecimientos corporales el camino más rápido para su liberación es el mejor. Por tanto lo que vas a conceder después al tiempo, concédeselo ahora a tu razón y a tu educación y libérate a ti mismo de tus males.»
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«Pero —dirá alguno— yo no esperaba ni suponía que me iban a suceder estas cosas.» Mas era necesario que tú lo supusieras y que te hubieras convencido antes de la incertidumbre y de la nulidad de las cosas humanas y ahora no habrías sido sorprendido, sin estar preparado, como si te hubieran atacado de repente los enemigos. En verdad, [D] Teseo parece en Eurípides estar preparado admirablemente para tales cosas, pues dice:
Yo, habiendo aprendido esto de un cierto sabio ,
ocupé mi pensamiento con preocupaciones y desgracias ,
imponiéndome a mí mismo el exilio de mi patria ,
muertes prematuras y otras formas del mal ,
para que, si me sucedía alguna de las cosas que sospechaba en mi mente ,
no me hiciera más daño por ocurrirme sin esperarla 116 .
Pero los hombres más innobles y que no están ejercitados no son capaces de dedicarse alguna vez a la reflexión de [E] alguna de las cosas convenientes y útiles, sino que se desvían hacia sufrimientos peores, castigando su cuerpo inocente y obligando, como dice el poeta Aqueo 117 , a lo que está sano a participar de su dolor.
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Por ello, también con mucha razón, Platón 118 parece que nos aconseja «mantener la calma en ‘tales’ desgracias, ya que en ellas ni el mal ni el bien está claro, ni hay progreso alguno para el hombre que toma las cosas tan a pecho. La tristeza, pues, es un obstáculo para reflexionar acerca de un acontecimiento y para arreglar los propios asuntos, con arreglo a la suerte en las tiradas, como en el juego de los dados, de manera que la razón escoja lo mejor. Por tanto, cuando hayamos caído, no debemos [F] gritar como niños, cogiéndonos la parte del cuerpo que ha sido afectada, sino que debemos acostumbrar a nuestra alma a dedicarse con rapidez a curar y arreglar lo que ha sido dañado y lo que está enfermo, suprimiendo las lamentaciones con el arte de la medicina.»
Se cuenta que el legislador de los licios 119 ordenaba a sus ciudadanos, cuando lloraban por la muerte de alguien, que llorasen vestidos de mujer, queriendo mostrar con ello que el llanto es propio de mujeres y que no conviene a hombres moderados y que pretenden haber recibido [113A] la educación de un hombre libre. Efectivamente, el lamento es, en realidad, femenino, débil e innoble, pues las mujeres son más propensas a las lamentaciones que los hombres, y los bárbaros más que los griegos y los hombres inferiores más que los mejores y entre los mismos bárbaros, no los más nobles, celtas y gálatas y todos los que por naturaleza están llenos de un espíritu varonil, sino más bien, si es cierto lo que dicen, los egipcios, los sirios, los lidios y todos los que son semejantes a éstos. Ya que se cuenta que algunos de éstos, metiéndose en unos hoyos, permanecen allí durante muchos días, sin querer ver la luz [B] del sol, porque el muerto también se ha visto privado de ésta. Por ejemplo, Ión, el poeta trágico, que no ignoraba la simplicidad de éstos pueblos, pone en la escena a una mujer que dice:
Llegué yo, la nodriza de vuestros vigorosos hijos ,
como suplicante, habiendo abandonado los hoyos de las lamentaciones 120 .
Y algunos de los bárbaros se cortan incluso partes de su cuerpo, mutilándose sus narices, sus orejas y otras partes de su cuerpo, creyendo que agradan, de algún modo, a los que han muerto, si renuncian a la moderación que la naturaleza nos prescribe en tales casos.
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Pero, ¡por Zeus!, algunos, respondiendo a esto, piensan que no es necesario que se hagan lamentaciones por cada muerto, sino por los que han muerto prematuramente, [C] por no haber logrado ninguna de las cosas que en la vida son tenidas como buenas, es decir, el matrimonio, la educación, la madurez, la ciudadanía, los cargos políticos (pues éstas son las cosas que entristecen, sobre todo, a los que se sienten desgraciados por muertes prematuras, por haber sido privados de su esperanza antes de tiempo), sin saber que la muerte prematura en relación con la naturaleza de los hombres, en nada se diferencia de la otra.
Pues, lo mismo que cuando se ha decidido una emigración a una patria común y esta emigración es obligatoria para todos y nadie puede evitarla, unos van delante y otros les siguen después, pero todos llegan al mismo lugar, del mismo modo entre aquellos que marchan 121 hacia el Destino, los que llegan más tarde no tienen casualmente la más [D] mínima ventaja sobre aquellos que han llegado más pronto. Y si la muerte prematura es un mal, más prematura sería la muerte de infantes y niños y aún más la de recién nacidos. Pero soportamos fácil y animosamente las muertes de éstos, pero con dificultad y con dolor las de los que han vivido ya algún tiempo a causa de nuestra idea fantástica, nacida de unas vanas esperanzas, al creer ya nosotros que la permanencia de tales personas entre nosotros iba a ser para siempre. Sin duda, si la duración de la vida de los hombres fuera de veinte años, pensaríamos que el que hubiera pasado de los quince, no habría muerto ya prematuramente, sino que ya tenía un número suficiente de años, mientras que al que hubiera completado el [E] período fijado de veinte años o el que estuviera cerca de dicho número seguramente lo consideraríamos feliz por haber llegado hasta el fin de una vida la más feliz y perfecta. Y, si la duración de la vida humana fuera doscientos años, pensando, sin duda, que sería prematura la muerte de una persona a los cien años, nos entregaríamos a las lamentaciones y a los llantos.
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Es evidente, por tanto, que incluso la muerte llamada prematura ofrece numerosos motivos de consuelo por esto y por lo que se ha dicho anteriormente. En efecto, «Troilo derramó menos lágrimas que Príamo» 122 y éste, si hubiera muerto antes, cuando su reino y su gran fortuna estaban en la cumbre de su gloria, hubiera llorado menos. [F] Mira, por ejemplo, lo que habló con su hijo Héctor, al aconsejarle que evitase el combate con Aquiles. Dijo así:
Mas entra en la muralla, hijo mío, para que salves
a los troyanos y a las troyanas, y no proporciones
al Pelida inmensa gloria, mientras tú pierdes tu vida .
[114A] Compadécete, además, de mí, desgraciado, mientras todavía tengo mi mente sana ,
de mí, infortunado, a quien el padre Cronida en el umbral de la vejez
con trágico destino destruirá, después de contemplar muchos males:
mis hijos, muertos, mis hijas, arrastradas con violencia ,
las cámaras nupciales saqueadas y los niños pequeños
arrojados contra el suelo, en cruel carnicería ,
y a mí mismo, por último, perros carniceros me destrozarán
en las puertas delanteras, después que alguien con agudo bronce ,
a golpe de espada o de lanza, arrebate la vida de mis miembros .
[B] Pero cuando los perros ultrajen la cabeza encanecida y
la encanecida barba y las vergüenzas de un anciano muerto ,
eso es en verdad el espectáculo más lamentable para los desgraciados mortales .
Así decía el anciano y se tiraba de los encanecidos cabellos con sus manos .
arrancándoselos de la cabeza, pero no persuadía el ánimo de Héctor 123 .
Siendo tan abundantes los ejemplos acerca de estas cosas, piensa que la muerte libera a no pocas personas de grandes y penosos males, que habrían tenido sin duda que sufrir, si hubieran seguido viviendo. Porque deseo guardar los límites de mi argumentación, he omitido estos ejemplos, contentándome con lo que se ha dicho para demostrar que [C] no conviene trasparsar las fronteras de la naturaleza y de la moderación hacia aflicciones inútiles y lamentos innobles.
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El no ser responsables de la propia desgracia, dice Crántor 124 , es un consuelo no pequeño del infortunio, mas yo diría que es remedio, el más grande, para curar la pena. Pero el amor y el cariño por el que se ha marchado no consiste en afligirnos a nosotros mismos, sino en ser útiles al ser querido. Y la única utilidad que se puede ofrecer a los difuntos es el honor a través de un buen recuerdo 125 . En efecto, ningún hombre bueno es digno de lamentos, sino de himnos y cantos de alabanza, ni de aflicción, sino de un recuerdo famoso, ni de lágrimas amargas, sino de sacrificios anuales, si el que se ha muerto participa de una [D] vida más divina, habiéndose liberado de la servidumbre del cuerpo y de las incesantes preocupaciones y desgracias por causa de éste 126 , las cuales deben soportar los que han recibido por el destino una vida mortal, mientras completan la existencia terrenal que les ha tocado en suerte y que la naturaleza nos dio no para la eternidad, sino que asignó a cada uno la parte que le correspondía según las leyes del destino.
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