Читать книгу: «Edad oscura»

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Título original inglés: Dark Age.

Esta es una obra de ficción. Los nombres, lugares y hechos narrados

son productos de la imaginación del autor o se usan de manera ficticia.

Cualquier parecido con sucesos reales, lugares o personas, vivas o muertas,

es completamente fortuito.

© Pierce Brown, 2019.

© del mapa: Joel Daniel Phillips, 2019.

Todos los derechos reservados.

© de la traducción: Ana Isabel Sánchez Díez, 2020.

Diseño de la cubierta: Faceout Studio/Charles Brock.

© de las ilustraciones de la cubierta: Shutterstock/Joel Phillips.

Diseño de interior: Lookatcia.com.

© de esta edición: RBA Libros, S. A., 2020.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: abril de 2020.

RBA MOLINO

REF.: ODBO709

ISBN: 978-84-272-2234-2

REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL • EL TALLER DEL LLIBRE, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito

del editor cualquier forma de reproducción, distribución,

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a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro

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Todos los derechos reservados.

A LILY



DRAMATIS PERSONAE
LA REPÚBLICA SOLAR

DARROW DE LICO/SEGADOR: archiemperador de la República, marido de Virginia, rojo.

VIRGINIA AU AUGUSTO/MUSTANG: soberana reinante de la República Solar, esposa de Darrow, primus de la Casa de Augusto, hermana del Chacal de Marte, dorada.

PAX: hijo de Darrow y Virginia, dorado.

KIERAN DE LICO: hermano de Darrow, Aullador, rojo.

RHONNA: sobrina de Darrow, hija de Kieran, lancera, Cachorro Dos, roja.

DEANNA: madre de Darrow, roja.

SEVRO AU BARCA/TRASGO: emperador de la República, esposo de Victra, Aullador, dorado.

VICTRA AU BARCA: esposa de Sevro, Victra au Julii de soltera, dorada.

ELECTRA AU BARCA: hija de Sevro y Victra, dorada.

DANCER/SENADOR O’FARAN: senador, antiguo teniente de los Hijos de Ares, esposo de Deanna, tribuno del bloque rojo, rojo.

KAVAX AU TELEMANUS: primus de la Casa de Telemanus, cliente de la Casa de Augusto, dorado.

NÍOBE AU TELEMANUS: esposa de Kavax, cliente de la Casa de Augusto, dorada.

DAXO AU TELEMANUS: heredero de la Casa de Telemanus, hijo de Kavax y Níobe, senador, tribuno del bloque dorado, dorado.

THRAXA AU TELEMANUS: pretor de las Legiones Libres, hija de Kavax y Níobe, Aulladora, dorada.

ALEXANDAR AU ARCOS: nieto mayor de Lorn au Arcos, heredero de la Casa de Arcos, aliado de la Casa de Augusto, lancero, Cachorro Uno, dorado.

CADO HÁRNASO: emperador de la República, segundo al mando de las Legiones Libres, naranja.

ORIÓN XE AQUARII: navarca de la República, emperadora de la Flota Blanca, azul.

COLLOWAY XE CHAR: piloto, actual campeón asesino de la Armada de la República, Aullador, azul.

GLIRASTES, EL MAESTRO HACEDOR: arquitecto e inventor, naranja.

HOLIDAY TI NAKAMURA: dux de la Guardia del León de Virginia, hermana de Trigg, cliente de la Casa de Augusto, centurión de la Legión Pegaso, gris.

QUICKSILVER/REGULUS AG SOL: el hombre más rico de la República, presidente de Industrias Sol, plateado.

PUBLIO CU CARAVAL: tribuno del bloque cobre, senador, cobre.

TEODORA: jefa de los operadores Esquirla, clienta de la Casa de Augusto, rosácea.

ZAN: archiemperadora de la República tras la destitución de Darrow, comandante de la flota defensiva de la Luna, azul.

PAYASO: Aullador, cliente de la Casa de Barca, dorado.

GUIJARRO: Aulladora, cliente de la Casa de Barca, dorada.

MIN-MIN: Aulladora, francotiradora y experta en municiones, cliente de la Casa de Barca, roja.

MUECAS: Aullador, cliente de la Casa de Augusto, dorado.

CANICAS: Aullador, hacker, verde.

DESLENGUADO: exprisionero de la Fondoprisión, obsidiano.

FÉLIX AU DAAN: guardaespaldas de Darrow, cliente de la Casa de Augusto, dorado.

LA SOCIEDAD

ATALANTIA AU GRIMMUS: dictadora de la Sociedad, hija del Señor de la Ceniza (Magnus au Grimmus), hermana de Aja y Moira, antigua cliente de la Casa de Lune, dorada.

LISANDRO AU LUNE: nieto de Octavia (la anterior soberana), heredero de la Casa de Lune, excliente de la Casa de Grimmus, dorado.

ATLAS AU RAA/CABALLERO DEL MIEDO: hermano de Rómulo au Raa, legado de la Legión Cero («las Gorgonas»), antiguo pupilo de Casa de Lune, cliente de la Casa de Grimmus, dorado.

ÁYAX/CABALLERO DE LA TORMENTA: hijo de Aja au Grimmus y Atlas au Raa, heredero de la Casa de Grimmus, legado de los Leopardos de Hierro, dorado.

KALINDORA AU SAN/CABALLERA DEL AMOR: Caballera Olímpica, tía de Alexandar au Arcos, cliente de la Casa de Grimmus, dorada.

JULIA AU BELONA: madre distante de Casio y enemiga de Darrow, primus de lo que queda de la Casa de Belona, dorada.

ESCORPIO AU VOTUM: primus de la Casa de Votum (magnates de la minería metálica y constructores de Mercurio), dorado.

CICERÓN AU VOTUM: heredero de la Casa de Votum, hijo de Escorpio, legado de la Legión Escorpión, dorado.

ASMODEO AU CARTHII: primus de la Casa de Carthii (los constructores navales de Venus), dorado.

RHONE TI FLAVINIO: subpretor de la Luna, antiguo segundo oficial de la XIII Guardia Pretoriana de los Dracones bajo el mando de Aja, gris.

SÉNECA AU CERN: dux de Áyax, centurión de los Leopardos de Hierro, dorado.

MAGNUS AU GRIMMUS/SEÑOR DE LA CENIZA: antiguo archiemperador de Octavia au Lune, incendiario de Rea, dorado, asesinado por los Aulladores y Apolonio au Valii-Rath.

OCTAVIA AU LUNE: anterior soberana de la Sociedad, abuela de Lisandro, dorada, asesinada por Darrow.

AJA AU GRIMMUS: hija del Señor de la Ceniza, Magnus au Grimmus, dorada, asesinada por Sevro.

MOIRA AU GRIMMUS: hija del Señor de la Ceniza, Magnus au Grimmus, dorada, asesinada por Ragnar.

EL DOMINIO DEL CONFÍN

DIDO AU RAA: cocónsul del Dominio del Confín, esposa del anterior soberano del Dominio del Confín, Rómulo au Raa, Dido au Saud de soltera, dorada.

DIOMEDES AU RAA/CABALLERO DE LA TORMENTA: hijo de Rómulo y Dido, taxiarca de la falange del Relámpago, dorado.

SERAFINA AU RAA: hija de Rómulo y Dido, lochagos de los Undécimos Caminantes del Polvo, dorada.

HELIOS AU LUX: cocónsul del Dominio del Confín junto con Dido, dorado.

RÓMULO AU RAA/SEÑOR DEL POLVO: antiguo primus de la Casa de Raa, anterior soberano del Dominio del Confín, dorado, muerto en suicidio ceremonial.

LOS OBSIDIANOS

SEFI LA SILENCIOSA: reina de los obsidianos, lideresa de los valquirios, hermana de Ragnar Volarus, obsidiana.

VALDIR EL INTONSO: caudillo y concubino real de Sefi, obsidiano.

OZGARD: chamán de los Quemahuesos, obsidiano.

FREIHILD: guerrera de los espíritus skuggi, obsidiana.

GUDKIND: guerrero de los espíritus skuggi, obsidiano.

JENOFÓN: asesore de Sefi, logos blanque.

RAGNAR VOLARUS: antiguo líder de los obsidianos, Aullador, obsidiano, asesinado por Aja.

OTROS PERSONAJES

EFRAÍN TI HORN: trabajador por cuenta propia, antiguo miembro de los Hijos de Ares, esposo de Trigg ti Nakamura, gris.

VOLGA FJORGAN: trabajadora por cuenta propia, colega de Efraín, obsidiana.

APOLONIO AU VALII-RATH/MINOTAURO: heredero de la Casa de Valii-Rath, verboso, dorado.

EL DUQUE DE MANOS: agente del Sindicato, maestro ladrón, rosáceo.

LIRIA DE LAGALOS: gamma de Marte, clienta de la Casa de Telemanus, roja.

LIAM: sobrino de Liria, cliente de la Casa de Telemanus, rojo.

HARMONY: lideresa de la Mano Roja, antigua teniente de los Hijos de Ares, roja.

PITA: piloto, compañera de Casio y Lisandro, azul.

IMAGINACIÓN: trabajadora por cuenta propia, marrón.

FITCHNER AU BARCA/ARES: antiguo líder de los Hijos de Ares, dorado, asesinado por Casio au Belona.

LA SOBERANA

—Ciudadanos de la República Solar, soy vuestra soberana. —Medio cegada, clavo la mirada en un pelotón de fusilamiento de cámaras con las lentes como ojos de mosca. Al otro lado del ventanal, detrás de mi escenario, las estaciones de batalla y las naves de guerra flotan más allá de la atmósfera superior de la Luna. Ocho mil millones de ojos sobre mí—. El pasado viernes por la noche, el tercer día del mensis Martius, recibí un informe que indicaba que la Sociedad estaba llevando a cabo una operación militar a gran escala en la órbita de Mercurio. La más importante en cuanto a equipamiento bélico y número de soldados desde la batalla de Marte, hace cinco largos años.

»Nosotros somos los responsables de esta crisis. Cautivados por las falsas promesas de un enemigo plenipotenciario, hemos permitido que nuestra determinación se debilite. Nos hemos permitido tener fe en las mejores virtudes de nuestro enemigo y en que la paz con los tiranos es posible.

»Esa mentira, por muy seductora que fuera, ha demostrado ser una cruel maquinación del arte de gobernar diseñada, perpetrada y ejecutada por la recientemente designada dictadora de la Sociedad Remanente, Atalantia au Grimmus, hija del Señor de la Ceniza. Bajo su hechizo, nos comprometimos con los agentes de la tiranía. Le dimos la espalda a nuestro general más excelso, a la espada que rompió las cadenas de la esclavitud, y le exigimos que aceptara una paz que él sabía falsa.

»Cuando se negó, le gritamos «¡Traidor! ¡Tirano! ¡Belicista!». Por temor a él, trajimos de vuelta a los efectivos de la Guardia Doméstica de la Flota Blanca desde Mercurio hasta la Luna. Dejamos a la emperadora Aquarii despojada de la mitad de sus fuerzas, expuesta, vulnerable. Ahora, su flota, la flota que liberó todos nuestros hogares, está suspendida en el espacio convertida en despojos. Doscientas de vuestras naves de guerra destruidas. Miles de vuestros marineros asesinados. Millones de vuestros hermanos y hermanas abandonados en una esfera hostil. Miles de billones de vuestras riquezas desperdiciados. Y no en virtud de las armas enemigas, sino por las peleas de vuestro Senado.

»A lo largo de estos últimos meses, en los pasillos del Nuevo Foro, en las calles de Hiperión, en los canales de noticias de toda nuestra República, he oído decir que deberíamos abandonar a estos hijos e hijas de la libertad, a estas Legiones Libres. He oído que se referían a ellas, en público, sin vergüenza, como las «Legiones Perdidas». Las habéis dado por perdidas a pesar de la valentía de la que han hecho gala, de la resistencia que han mostrado, de los horrores que han sufrido por vosotros. Las habéis dado por perdidas porque tememos que renunciar a nuestras naves provoque la invasión de nuestros mundos natales. Porque tememos volver a ver el hierro de la Sociedad sobre nuestros cielos. Porque tememos arriesgar las comodidades y libertades que los hombres y mujeres de las Legiones Libres ganaron para nosotros con su sangre...

»Os diré lo que temo yo. ¡Temo que el tiempo haya diluido nuestro sueño! ¡Temo que, rodeados de comodidades, creamos que la libertad está garantizada por su propia naturaleza! —Me inclino hacia delante—. Temo que la mansedumbre de nuestra determinación, las disputas y las murmuraciones de las que tan decadentemente nos hemos atiborrado, nos priven de la voluntad unitaria que hizo avanzar el mundo hacia un lugar más ecuánime, en el que el respeto a la justicia y a la libertad ha encontrado un punto de apoyo por primera vez en un milenio.

»Temo que en esta desunión nos hundamos de nuevo en la terrible época de la que escapamos, y que la nueva edad oscura sea más cruel, más siniestra y más prolongada por causa de la malicia que hemos despertado en nuestros enemigos.

»Os conmino, pueblo de la República, a permanecer unidos. A que les supliquéis a vuestros senadores que rechacen el miedo. A que rechacéis este letargo de interés propio. A que no tembléis con miedo primario ante la idea de una invasión, a que no dejéis que vuestros senadores acaparen vuestras riquezas para sí y se escondan detrás de vuestras naves de guerra, sino a que convoquéis a los ángeles más iracundos de sus espíritus y enviéis todo el poderío de la República a derribar los motores de la tiranía y de la opresión del cielo de Mercurio y a rescatar a nuestras Legiones Libres.

En ese momento, a trescientos ochenta y cuatro mil kilómetros de mi corazón, en órbita a unos mil kilómetros por encima del rebelde continente de Pacífica del Sur, los proyectiles envueltos en el polímero antidetección de Industrias Sol se lanzan al vacío a trescientos veinte mil kilómetros por hora hacia Mercurio, cargados no de muerte, sino de suministros, de medicamentos para la radiación, de máquinas de guerra y, si mi esposo está vivo, de un mensaje de esperanza.

«No te hemos abandonado. Iré por ti.

»Hasta entonces, aguanta, mi amor. Aguanta».

PRÓLOGO

Dos meses antes

DARROW

Rojo sangre

Un cementerio de barcos de guerra de la República flota a la sombra de Mercurio.

De la triunfante Flota Blanca que liberó la Luna, la Tierra y Marte no quedan más que fragmentos retorcidos y oquedades ennegrecidas. Destruidas por la potencia de la Armada de la Ceniza, las naves rotas giran en órbita alrededor del planeta que liberaron hace solo unos meses. Ya no están llenas de marineros de Marte y legionarios leales al sueño de Eo, sino que sus salas frías están desnudas por completo y pobladas únicamente por los muertos.

Esta es la última carcajada del Señor de la Ceniza, y el debut de su heredera.

Cuando Apolonio, Sevro y yo asesinamos al caudillo quemándolo en su cama de Venus, su hija Atalantia salió de debajo de la sombra del viejo para asumir su cargo de dictador. Consiguió llevarse a la mayor parte de su armada lejos de Venus y utilizó la distorsión de los sensores que provocaba la radiación del sol para emboscar a la Flota Blanca en la órbita de Mercurio.

Orión, la comandante de mi flota y la mejor estratega naval de la República, ni siquiera los vio venir. Fue una masacre, y llegué tres semanas tarde para detenerla. Las frenéticas llamadas de socorro de mis amigos me torturaron mientras cruzaba el vacío, alejándome cada vez más de mi hijo y de mi esposa, en dirección al caos.

Puede que la Flota Blanca haya desaparecido, pero las Legiones Libres que enviaron a Mercurio no han muerto todavía. Pronto me uniré a ellas en la superficie del planeta, pero antes tengo trabajo que hacer.

Sería más fácil con Sevro a mi lado. Todo lo violento lo es.

Oigo mi respiración rasposa en el interior de mi traje resistente al vacío mientras cruzo el cementerio. Aterrizo posándome con sigilo sobre el espinazo roto de un acorazado de la República, gracias a mis botas magnéticas, y me asomo a la gran fisura del casco para comprobar el progreso de mi lancero. La herida del casco tiene treinta cubiertas de profundidad. Los desechos flotan en la oscuridad: pedazos de metal, colchones, cafeteras, globos congelados de los fluidos de las máquinas y extremidades cortadas. Ni rastro de Alexandar.

El cadáver rígido de un marinero pertrechado con un equipo de mecánico se eleva con los pies por delante. Tiene las piernas solidificadas en un solo muñón retorcido debido al calor de una explosión de partículas. La boca se le ha quedado encajada en un grito silencioso, como si quisiera preguntarme: «¿Dónde estabas cuando llegó el enemigo? ¿Dónde estaba el Segador al que juré seguir?».

Le mintieron sus enemigos, sus aliados, él mismo.

Mientras el Senado de la República se engañaba creyendo que podía alcanzar la paz con los señores de la guerra fascistas, yo fingía que matar al Señor de la Ceniza pondría fin a la guerra en nuestro tiempo. Que tenía la llave para abrir un futuro en el que podría dejar el falce y regresar con mi hijo y mi esposa para ser padre y marido. Mi desesperación me llevó a creerme esa mentira. La ingenuidad del Senado los llevó a creer a Atalantia. Pero ahora sé la verdad.

La guerra es nuestro tiempo. Sevro pensó que podría escapar de ella. Yo pensé que podría finiquitarla. Pero nuestro enemigo es como la Hidra: si le cortas una cabeza, surgen dos más. No reclamarán la paz. No se rendirán. Debemos extirparles el corazón, machacar su voluntad de luchar hasta convertirla en un polvo finísimo.

Solo entonces habrá paz.

Unas luces parpadean en el abismo que se abre bajo mis pies. Unos minutos más tarde, un dorado ataviado con un evacutraje se propulsa hacia arriba y aterriza a mi lado en el casco. Por miedo a los sensores enemigos, pega su protector facial al mío para proporcionarles un medio a sus ondas sonoras.

—El reactor está preparado y a punto para la necromancia.

—Bien hecho, Alexandar.

Asiente con estoicismo.

El joven soldado ya no es el chico bisoño e inseguro que entró a mi servicio como lancero hace cuatro años. Tras la guerra, la mayoría de los hombres se empequeñecen. Algunos por el desgarro de la carne. Otros por la pérdida de compañeros. Hay quienes por la pérdida de autonomía. Pero la mayoría por la vergüenza de descubrir su propia impotencia. Confrontados con el horror, sus sueños sobre el destino se derrumban. Solo unos cuantos malditos disfrutan de la oscura emoción de descubrir que son asesinos por naturaleza.

Alexandar es un asesino. Ha demostrado ser el digno heredero del legado de su abuelo, Lorn au Arcos. Y yo he empezado a preguntarme si heredará mi carga. Él solo detuvo la marea sobre lo alto de la aguja del Señor de la Ceniza cuando a Thraxa, a Sevro y a mí nos tenían arrodillados. Aquello despertó su hambre. Ahora ansía vengarse de Atalantia por la masacre de nuestra flota.

Echo de menos tener un propósito tan puro.

¿Cómo era aquello que dijo Lorn una vez? «Los viejos se enfurecen de maneras más frías, porque solo ellos deciden cómo prescindir de los jóvenes».

¿De cuántos más debo prescindir? ¿Cuánto vale la vida de Alexandar? ¿Cuánto vale la mía? Como si buscara la respuesta, miro a mi derecha. Más allá del casco del acorazado que flota a la deriva, el confín oriental de Mercurio palpita como una guadaña fundida.

El planeta es poco más grande que la Luna, pero visto tan de cerca parece un gigante. Las sombras de un dragaminas de la Sociedad pasan proyectándose sobre su superficie. Está buscando las minas atómicas que Orión sembró en la órbita para cubrir la frenética retirada de nuestro ejército tras la emboscada de Atalantia. Quedan pocas. Y cuando desaparezcan, solo los escudos troposféricos que resguardan el preciado continente de Helios impedirán la ira de la Armada de la Ceniza. Las naves negras merodean alrededor del cementerio, fuera del alcance de los cañones de tierra de la República, esperando para lanzar una Lluvia de Hierro contra mi ejército abandonado.

Cuando los escudos caigan, también lo hará el planeta.

Diez millones de mis hermanos y hermanas se enfrentarán a la aniquilación.

Por eso ha venido Atalantia. Para destruir a la Flota Blanca. Para matar a las Legiones Libres. Para recuperar Mercurio y alimentar con sus metales y fábricas la máquina de guerra de los dorados en Venus, para prepararse para un único e irresistible embate hacia el corazón de la República.

Un láser diminuto titila contra el casco entre los pies de Alexandar. Pego mi casco al suyo otra vez.

—La están moviendo —le digo. Se le endurece la mirada—. Hora de marcharse.

Juntos, nos impulsamos desde el acorazado y volvemos a flotar por el cementerio. Atravesamos mares de cadáveres congelados y de alas ligeras destrozados hasta aterrizar a dos kilómetros de nuestro punto de partida, en el fuselaje roto de una nave antorcha reventada. Avanzamos dando saltitos por su superficie y llegamos a un hangar oscuro. Dentro hay un prototipo de lanzadera negra, la Nigromante, la lanzadera interplanetaria personal del Señor de la Ceniza. La robé de su fortaleza y navegué en ella desde Venus hasta Mercurio. Hoy la obligaré a hacer honor a su nombre.

—Oso Hormiguero a Tango Oscuro, ¿me recibes?

La voz del Caballero del Miedo es fría e inteligente cuando resuena por los altavoces de la zona de carga de la Nigromante. La voz se corresponde con el hombre. Atlas au Raa, el mariscal de campo más eficaz de Atalantia, está a años luz de su honorable hermano, Rómulo. Implantado en la superficie con sus guerrilleros de la Legión Cero, Atlas siembra el caos detrás de nuestras líneas y es el responsable de que haya tardado tanto en reunirme con mi ejército. Mis hombres ni siquiera saben que estoy aquí. Pero el enemigo tampoco.

La Armada de la Ceniza tenía bloqueado el planeta cuando llegué a Mercurio hace tres semanas. Por suerte, las capacidades de ocultación de la Nigromante son las más avanzadas de la armada de la Sociedad, y el campo de escombros veló nuestra aproximación.

Escondido en el cementerio, me he servido del software de descifrado de la Nigromante para espiar la correspondencia del Caballero del Miedo. Da parte de sus horrores, de sus empalamientos, de sus mutilaciones, con el desapego de un médico que administra medicamentos a un paciente. Hoy comenta un asunto diferente:

—Aquí Tango Oscuro, adelante Oso Hormiguero.

Una fina voz de cobre responde por Atalantia. Algún siniestro administrador de operaciones encubiertas desde la nave Annihilo.

—Esclavo Dos está empaquetado y listo para la entrega —dice Atlas despacio—. Medusa de Sangre a punto. La pista de baile parece abarrotada, confirmad la llegada de acompañantes y la doble guardia de la carabina.

—Recalada confirmada. Acompañantes: Amor, Muerte y Tormenta entregados en tiza, menos veinte. Tiempo estimado de llegada al apretón de manos cuarenta minutos. Doble guardia de la carabina preparada. Solicito confirmación del apretón de manos de acompañantes. Entrega activada a la espera de su orden.

—Recibido. Confirmaré el apretón de manos. Oso Hormiguero finaliza la comunicación.

El audio se desactiva.

Esclavo Dos es como llaman a mi amiga. Desde el día en que Sevro y yo secuestramos la nave de Orión en nuestra huida sobre la Luna, la azul ha sido mi confidente, mi fiel aliada, mi gracia salvadora contra la increíble sofisticación de los pretores navales dorados. Ahora ella es su prisionera.

«Esclavo Dos». Qué hijos de puta.

Antes de que llegáramos, el Caballero del Miedo secuestró a Orión en su cuartel general de Tyche, la capital de Mercurio. Masacraron a su guardia personal y dejaron sus dedos sobre su cama para burlarse de las Legiones Libres.

A pesar de no poder ponerla en órbita, el Caballero del Miedo se las ingenió para mantenerse un paso por delante de los rastreadores que mis comandantes enviaron tras ella. Escuché los informes en los que ese cabrón explicaba que había desollado vivos a varios de ellos y las torturas que se le estaban infligiendo a Orión en sus bases escondidas en las montañas. Hoy pretende trasladarla a la órbita para que se enfrente a las arcanas psicotécnicas de Atalantia. Será una extracción neural, una ciencia en la que solo mi esposa la iguala. Puede que Orión haya resistido a la tortura, pero cuando Atalantia descascare una por una las capas de su mente, la arquitectura de defensa planetaria de la República quedará al descubierto.

No puedo permitir que eso suceda.

—Capullos fascistas —murmura Rhonna, mi sobrina, y señala con sus guantes sinápticos en dirección a Alexandar.

—Fueron los campesinos rojos chamuscados quienes entregaron a Orión. No los dorados —dice Alexandar mientras talla con su filo un halcón de guerra en la gigantesca cabeza de Thraxa au Telemanus.

Es igual que el mío. Thraxa lo admira en el reflejo de su martillo de guerra labrado: Muchachita.

—Todo el planeta está lleno de capullos —replica Rhonna—. Deberías plantearte comprarte una villa aquí, princesa.

Él le lanza un beso a modo de respuesta.

—Al menos Atalantia tiene algo de estilo —dice Colloway en tono perezoso. Nunca ha sido de los que malgastan esfuerzos, así que el mejor piloto de combate de la República está tumbado encima de un baúl de armaduras de pulsos mientras se fuma un cisco. Sus esbeltas extremidades se desparraman en todas direcciones mientras, con aire distraído, contempla las volutas de humo con sus ojos de color azul pálido—. ¿Os acordáis de Martillo de Miedo y Flagelo de Luz? Por Júpiter, el tufo al Señor de la Ceniza te irritaba la nariz. Apuesto a que él no la llamaba nariz. Seguro que la llamaba Devoradora de Aire o Consumidora de Gas Vital...

La Muchachita de Thraxa golpea la cubierta y deja dos socavones en el suelo.

Todo el mundo guarda silencio.

Mi asesina más destacada tiene ansias de batalla. Thraxa lleva la cara pintada de naranja. Tiene el cuello, del grosor de un muslo, echado hacia delante como el de un semental de sangre solar en el cajón de salida del hipódromo. Mientras que yo me arrepiento de mi gusto por la violencia a causa del típico sentimiento de culpa de los rojos, la dorada de sangre antigua se regodea en su furor. No en la gloria que Casio amaba, ni en la noble lucha que persigue Alexandar, ni en la venganza catártica que Sevro necesita, sino en la esencia primordial de la propia batalla. Thraxa nunca está más viva que después de treinta días en el campo, llena de llagas costrosas de la silla de montar y de sudor, cazando a hombres que nunca han sido presas.

«Me gusta matar a la gente que no me gusta —dijo una vez cuando Pax le preguntó por qué me sigue—. Y tu papá los atrae como moscas».

Inspecciono al resto de mis escasas fuerzas. Todos excepto Colloway llevan el halcón de guerra que Sevro hizo famoso. Alexandar, Colloway y Thraxa están listos. ¿Y Rhonna y Deslenguado? El viejo obsidiano está sentado en el suelo con las piernas cruzadas.

Tras pasar de guardia de prisión a prisionero y después a un insólito activo, Deslenguado demostró su valía en la isla del Señor de la Ceniza. Es un verdadero patriota de la República, pero me da miedo que no esté preparado para lo que se aproxima. Me da miedo que no lo estemos. Sin el compañero de Sefi, Valdir, y sus obsidianos; sin Sevro, Victra, Guijarro, Payaso y Holiday, la compañía parece más pequeña de lo que debería. Me faltan mis mejores armas y amigos.

—El enemigo está en movimiento —digo—. El Caballero del Miedo intentará entregar a Orión en el Annihilo dentro de menos de una hora. Si podemos rescatarla, lo haremos. Si no, liquidamos. No obtendrán esa información. —Los miro uno por uno a los ojos para valorar su voluntad—. Ya conocéis el plan. Todos disponéis de autorización para matar. Recordad por qué estamos aquí. Nuestra misión no es salvarnos a nosotros mismos. Es proteger la República a cualquier precio.

Asienten con la cabeza, pero me pregunto si entienden hasta qué punto espero que defiendan ese principio. Habrá algunos que serán engañados por sus conciencias para que den prioridad a otros.

Necesito un núcleo en el que pueda confiar.

—Los datos sugieren que nos encontraremos con al menos tres Caballeros Olímpicos y con agentes de las Gorgonas. —Las Gorgonas conforman la legión de operaciones encubiertas del Caballero del Miedo. Sus filas están compuestas por dorados deshonrados en los Institutos y por grises y obsidianos con tendencias antisociales consideradas corrosivas para el espíritu de lucha de las legiones normales—. Nadie se enfrentará a un Olímpico a menos que esté conmigo.

—¿Estará allí el propio Miedo? —pregunta Thraxa.

—Se llama Atlas —respondo—. Es muy posible, pero dudo que Atalantia renuncie a su mejor agente en tierra antes de la Lluvia. Pero enviará a Áyax.

Alexandar y Thraxa se tensan.

—¿Tenemos confirmación de Muecas? —pregunta Rhonna.

—Muecas sigue callado —contesto. Mi sobrina baja la mirada, temerosa de que el hombre esté muerto. Es probable, ya que nuestro único topo en el Annihilo no nos advirtió de la emboscada de Atalantia—. ¿Alguna otra pregunta? —Ninguna. Un innovador cambio de escenario—. Bien. A vuestros puestos. Recuperemos a nuestra chica.

Rhonna coge su saco de vacío, choca el puño con Char y con Deslenguado y se desliza por la escalera hacia el hangar de los caparazones estelares. Siento una punzada de culpa. Le dije a mi hermano que la mantendría a salvo. Si no estuviera tan falto de personal, me inventaría una razón para que no saliera de la Nigromante. Pero por Orión merece la pena arriesgar incluso a mi sobrina, sobre todo teniendo en cuenta que es posible que su papel de hoy sea aún más importante que el mío.

Agarro a Alexandar del brazo mientras los demás van saliendo y señalo el sello de pintura de Thraxa. Le pido que haga los honores.

—Sé que estabas unido a Kalindora —le digo mientras coge el artilugio.

Él asiente con la cabeza cuando menciono a la Caballera del Amor, la hermana menor de su madre, y comienza a trastear con las opciones del sello de pintura.

—Pasaba todos los veranos con nosotros en el Elíseo, siempre rogándole al abuelo que la entrenara. Pero era la mejor amiga de Atalantia y Anastasia, y Lorn no quería proporcionarle otra arma a Octavia. —Alexandar levanta la mirada—. Cuando mi abuelo se llevó la casa a Europa, ella eligió a su soberana por encima de su familia. Kalindora ya no es de mi sangre. —Me apunta a la cara con la pistola de pintura—. ¿Qué va a ser? Negro Trasgo, azul valquirio, púrpura Minotauro, jade Julii...

—Rojo sangre.

Otra vez en el tubo escupidor.

Esperando la matanza.

Odio esta parte.

Una mente en movimiento siempre está alimentada. En reposo, la mía se devora a sí misma.

¿Cuántas veces he estado aquí, sellado en un vientre de metal no para nacer, sino para comerme a los vivos? El confinamiento me colma de terror. Terror no a lo que me espera más abajo —nunca puedes estar preparado para ese juego—, sino a que esta sea mi tumba eterna.

Castigado a vivir para matar. ¿Seré siempre esta persona?

¿Es esta la vida que anhelo? ¿Amanecer antes que el sol? ¿Sonreír ante los chistes de pollas y pedos de los asesinos, que cada vez son más jóvenes mientras que yo cada vez soy más viejo? ¿Dormir debajo de tanques, en ciudades destrozadas, entre los cadáveres?

Ya no creo en el Valle. Yo soy el muerto viviente.

Pobres de los que se cruzan con mi sombra.

Echo de menos la promesa de la vida. El olor de la lluvia. El murmullo de las olas en la orilla. El ruido de una casa abarrotada. Esa es una vida que he alquilado, pero que nunca he poseído.

Mi esposa e hijo son reales. No fantasmas en mi cabeza. Ahora mismo están ahí fuera, respirando. ¿Dónde estás, Pax? ¿Luce el sol por donde caminas? ¿Tienes miedo? ¿Te ha encontrado tu madre? ¿Tu tío? ¿Te preguntas si tu padre volverá? ¿Lo odias por haberse marchado? ¿Lo entenderás alguna vez?

He robado pedazos de él y de su madre, por los que pido rescate, y prometido que regresaré algún día. Sé que es mentira. Mercurio será mi fin.

Busco la llave de Pax, olvidando que la guardé en mi equipaje hace tres semanas. Mis pensamientos se desvían hacia su madre. Al contrario que Sevro, Virginia no me acusó de negligencia paterna. Ella conoce las fuerzas desgarradoras que actúan en mi corazón. ¿Cómo puedo ser el padre de Pax si abandono a los millones que eligieron seguirme a la Luna? La responsabilidad hacia muchos pesa más que la responsabilidad hacia uno, aunque eso me rompa por dentro. Me siento solo sabiendo que Sevro no haría ese sacrificio. ¿Estoy solo en mi convencimiento o es que he perdido la cabeza?

Mi esposa y yo mantuvimos correspondencia durante mi travesía de Venus a Mercurio, antes de que tuviera que enmascararme al acercarme al planeta. Ahora es demasiado peligroso. Reproduzco las últimas palabras de su mensaje final. Su voz retumba en mi casco. «Confía en que tu esposa encontrará a nuestro hijo. Confía en que tu soberana enviará a la armada. Confía en mí lo suficiente para conservar la vida».

Confío en mi esposa. No confío en mi soberana.

Encontrará a Pax con la ayuda de Victra y Sevro. Pero no habrá ninguna flota de rescate que venga por mi ejército abandonado. La mayoría ha olvidado que el falce de mi pueblo no se creó para matar víboras. Se creó para cercenar los miembros de los mineros atrapados. Mi antiguo mentor, Dancer, no lo ha olvidado. Ahora es el principal senador del movimiento Vox Populi, y nos amputará para salvar la República.

Es lo que espera Atalantia. Si arrasa aquí a las Legiones Libres, si alimenta su máquina de guerra con los recursos de Mercurio, ¿quién podrá igualarla a ella en el espacio y a Atlas y a los comandantes de la Legión de la Ceniza en tierra cuando carguen contra mi madre, mi hermano, mi hermana, mi hijo, mi esposa, mis amigos, mi hogar?

No sobreviviré a Mercurio, ya lo sé. Las Legiones Libres no sobrevivirán a Mercurio. Pero podemos hacer que Atalantia pague tan cara nuestra muerte que le rompamos el espinazo al ejército dorado y garanticemos una oportunidad a nuestra familia, a nuestra República y su frágil sueño.

Guardo la cara de mi esposa, igual que guardé la llave de la gravimoto de mi hijo —que el propio Pax me entregó cuando partí hacia Mercurio—, y me quedo mirando la luz roja hasta que el intercomunicador del enemigo cobra vida.

—Oso Hormiguero a Tango Oscuro. Apretón de manos de los acompañantes confirmado. Vamos en tres, dos...

La furia se despliega en el planeta con una chispa. Una fragata solitaria se eleva desde un hangar escondido en las montañas del desierto. La sigue una escolta de seis alas ligeras de las Gorgonas que vuela bajo sobre el desierto en dirección al Mar de Sycorax, que queda fuera del alcance de los escudos de tierra. En órbita sobre el planeta, cinco acorazados liderados por el Annihilo de Atalantia se precipitan hacia el hemisferio occidental.

Las naves de la Legión Libre responden formando estelas sobre el mar. La fuerza de ataque de Atalantia bombardea una pequeña zona desprotegida del planeta. Los cañones de tierra contraatacan al mismo tiempo que los escuadrones de la República se acercan a la corbeta que escapa. Varios alas ligeras de la Sociedad descienden del Annihilo. Va a montarse un buen fiestón en el hemisferio occidental.

Nosotros no asistiremos. Y los Caballeros Olímpicos tampoco.

Mientras la batalla se desarrolla en segundo plano, sigo el escrutinio del Yermo de Ladón que Colloway está llevando a cabo.

—Veo una sombra en el Ladón oriental. Ese es nuestro pájaro. Una corbeta de clase Hermes.

—Espera a que entre en el campo de despojos. —Como no podía ser de otra manera, la corbeta no muestra ni el más mínimo interés por la refriega que se ha organizado en el hemisferio occidental. Perfora la órbita por el hemisferio oriental y se encamina a toda velocidad hacia el cinturón de escombros—. Char, atácalos.

—Fuegos artificiales de iones.

Mil toneladas de artilugios y armamento de alta calidad cobran vida en el hueco del destructor muerto. Los amortiguadores de inercia palpitan cuando la Nigromante sale de su escondite como una exhalación.

—El mentón al cuello —les recuerdo a mis Aulladores mientras Colloway serpentea por el cementerio hacia nuestra presa. Aún no nos han avistado entre los escombros—. Yo soy la punta de la lanza. Moveos a mi ritmo. Matad a todos los hostiles. La velocidad lo es todo. Si paramos, morimos.

Se produce una sacudida cuando nuestra nave golpea unos cascotes. Veo una línea abierta entre Alex y Rhonna. Me conecto a ella.

—Pues espero que este merezca la capa de lobo —dice Alexandar.

—Bah, nos hará morir cachorros —responde Rhonna—. Mantente alerta, princesa.

—Y tú, roñosa.

Me desconecto.

—Objetivo a la vista —dice Colloway con voz monótona—. Pichas y rajas, atentos a vuestras partes delicadas, escupitajo inminente.

La nave retumba cuando sus cañones comienzan a disparar. Nos han visto. Ahora esto se ha convertido en una carrera a través del campo de despojos hacia la armada que los espera. Giramos como una peonza. La artillería rebota cuando la Medusa de Sangre devuelve el fuego. Los segundos se espesan. Todos y cada uno de ellos ponen a prueba mi paciencia. Tres semanas llevo esperando. Tres semanas en la oscuridad. Tres semanas de tormento. Tres semanas hasta esta masacre.

Una carga magnética se acumula a mi espalda.

Las luces se ponen verdes.

Amarillas.

Rojas.

La gravedad me saluda.

Salgo disparado del escupidor.

Impulso, y luz solar, y metal que gira. Nuestra presa se lanza en barrena entre los fragmentos de una nave antorcha sin dejar de intercambiar disparos con la Nigromante. Colloway se pega a su cola como una sombra malvada.

Las huellas de los Aulladores se pierden entre los cascotes. Me hago con el control de los propulsores laterales de mi traje, me acoplo a la corbeta y confío en que mi equipo me siga. Faltan quinientos metros. Los despojos pasan a toda prisa. Los glóbulos de sangre y agua congelada salidos de los almacenes de las naves se vuelven borrosos. Los monitores que controlan el ritmo cardíaco de mis Aulladores resuenan como un martillo neumático mientras intentan mantener el ritmo.

—Uníos a mí —digo yo—. Uníos.

En su desesperación por escapar de la Nigromante, la Medusa está a punto de chocar con el bloque del motor de un destructor. Acelera a fondo sus propulsores de estribor y gira en ángulo recto. Muy buen piloto. Pero los hombres del interior se estrellarán contra las paredes si no van asegurados.

Aprovecho la oportunidad.

—Grieta —digo mientras activo las gravibotas y salto hacia delante.

El casco de la Medusa se hace más grande. Apunto a su línea central y dirijo a Colloway hacia el punto en el que debe abrir la grieta.

Una rabia sistémica se acumula en mí mientras me preparo para el contacto.

Atalantia pensaba que podría arrebatarme a mi emperadora.

Que su Caballero del Miedo podría quedarse con mi amiga y utilizarla como un juguete para la tortura.

Que me limitaría a volver corriendo a la Luna y dejaría morir a mis hombres.

Que podría robarme a mi hijo y no habría consecuencias.

Bueno, aquí estoy, zorra desviada. Aquí estoy, maldita sea.

La puta consecuencia.

—Cinco segundos para la grieta.

El casco de la corbeta se abre con un desgarro cuando Colloway lanza un disparo milagroso que da en el blanco. Su cabeza explosiva expele una red de choque molecular.

Dos segundos.

Uno.

«Grieta».

Perforo el agujero fundido. La mancha negra de la red de choque molecular se expande como un hongo brillante que se replica.

Choco contra la red. Atravieso el protector bucal con los dientes. Me laten todos los órganos internos. La red ha absorbido mi impacto, pero enseguida se convierte en un lastre, tal como nos advirtió Alexandar. Sella la grieta y me atrapa cabeza abajo en su abrazo. No alcanzo el agente de dispersión que llevo en el muslo de la armadura de pulsos.

La red continúa propagándose y yo solo veo oscuridad. Enemigos enmascarados provistos de maltrecho equipamiento desértico se arrastran por ella. Hace un momento, las Gorgonas salían despedidas por la brecha hacia el espacio. Ahora están tan atrapadas como yo. No llego al filo que llevo en la muñeca. A menos de medio metro, un obsidiano quemado por el sol y con los ojos cromados del desierto me apunta a la cabeza con una pistola. Aparto el cañón y, ralentizado por la red, le clavo la mano izquierda en el estómago hasta que la carne cede. Grita cuando le meto los dedos por debajo de la caja torácica y le aprieto el hígado.

—Informad —ladro.

—Aullador Tres —dice Thraxa—. Contacto enemigo, liberando contraagente.

—Cachorro Dos. Aterrizada —dice Rhonna—. Empiezo a taladrar a tu señal.

—¿Cachorro Uno? ¿Deslenguado?

El crujido de la estática es la única respuesta.

Se forman burbujas en la red de choque. Thraxa ha liberado el contraagente. La red se diluye hasta formar una sopa negra que sisea sobre la cubierta. Desprende cortinas de vapor que se elevan. Por fin libre, mi armadura resuena contra el suelo, a pesar de que continúo teniendo la mano dentro del esclavallero vociferante. Saco el filo y se lo hundo en la cara.

Otros se mueven entre el vapor mientras él convulsiona. Seis enemigos, todos viniendo hacia mí. Intento ponerme en pie. Luego, una por una, las seis formas se dividen en doce. Una figura esbelta se desliza entre todas ellas como un bailarín de Lico.

—Cachorro Uno, presente.

Alexandar, que acaba de bisecar a media docena de los mejores hombres del Caballero del Miedo, hinca una rodilla ante mí. Limpia la sangre de la hoja de su familia y me ayuda a levantarme.

El agujero que el disparo de Colloway ha hecho en el barco tiene tres cubiertas de profundidad. Las chispas de los instrumentos rotos restallan. La armadura molecular del casco de la nave traquetea al sellar la grieta detrás de nosotros. Nos encierra.

Deslenguado emite un clic por el comunicador y aparece dos cubiertas más abajo. Se propulsa hacia arriba y monta el cañón de alas ligeras que Rhonna y él rescataron del cementerio; después, se engancha el arma del tamaño de un hombre al exoesqueleto casero de la armadura. Thraxa se despega de una pared destrozada. Su casco de combate con forma de zorro está abollado. Un afilado trozo de metal le atraviesa la parte inferior del vientre y sale por la parte posterior de su armadura. Dobla los extremos del fragmento de metal hacia abajo y vuelve la cabeza hacia el ruido de los enemigos que suben desde las cubiertas inferiores y bajan por el pasillo principal.

Lanzo una granada hacia las cubiertas inferiores. Estalla una luz blanca y se oye el fragor de una sacudida. Me asomo al pasillo principal.

Varios hombres enmascarados y ataviados con equipamiento táctico avanzan como un organismo encorvado por el pasillo. Echo la cabeza hacia atrás justo en el momento en que las balas roen la pared y esta comienza a derretirse.

—Deslenguado, enséñales a lamerse las heridas.

Deslenguado proyecta hacia delante el cañón de alas ligeras apoyándolo en su brazo hidráulico mientras Thraxa lo sujeta desde atrás. El cañón está diseñado para atacar barcos, no hombres. Entre alaridos, el arma arroja toroides de energía por el pasillo y hace que el obsidiano se empotre contra Thraxa. La tasa de fotogramas por segundo del mundo empieza a parpadear. Detrás de Deslenguado, Thraxa saca su martillo de la funda magnética donde lo guarda. Alexandar me saluda con su hoja y se vuelve hacia el pasillo principal.

Una carnicería caleidoscópica se despliega ante nosotros.

—Cachorro Dos, a taladrar —le digo a Rhonna.

—Recibido.

—Invertíos —ordeno. Todos excepto Deslenguado levantan las botas hacia el techo—. A cien metros del paquete. Adelante.

Cargamos a la estela de la vorágine de Deslenguado. Todo está al revés. El aire reverbera de calor. El suelo está atestado de partes humeantes de cuerpos. Las puertas semifundidas se ladean. El pasillo principal recorre la columna vertebral de la nave. Es la ruta más directa hacia las celdas de la prisión. Pero también implica que nos atacarán por ambos flancos en cuestión de segundos. Debemos abrirnos paso como sea o todo dependerá de Rhonna.

Hay una mancha al final del pasillo. Los drones nos persiguen aullando y escupiendo municiones. Los tres avanzamos con nuestros puños de pulsos. La metralla tintinea por todas partes. Y entonces las Gorgonas se apuntan al juego.

Decenas de guerrilleros de élite disparan desde las esquinas, pero nosotros rodamos por el techo como una bola de demolición invertida, hecha de energía, filos y martillos.

Disparo a quemarropa contra el pecho de una Gorgona, y de paso mato al hombre con armadura que tiene detrás. El tercero se retuerce de una forma imposible y me lanza tres tiros a la cabeza. Pero ya lo he dejado atrás y estoy disparando a un obsidiano con mi puño.

Una granada de rastreo choca contra mi muslo derecho. La corto con mi filo y Alexandar le da una patada. Explota diez metros por delante de nosotros y nos desplaza hacia atrás.

—Avanzad.

Yo era un asesino a los dieciséis años. Un caudillo a los veinte. Pero mi yo más joven no era esto. Aquel Darrow todavía era blando y novato en la guerra. Si él era el sondeainfiernos, yo soy la Garra Perforadora.

Rebano acérrimos veteranos de la Legión Cero como si estuvieran hechos de hojaldre. Aun así, salen a raudales de todos los pasillos. La existencia es humo y fuego. Mi armadura emite pitidos. Las alarmas internas gritan. Conecto y desconecto mis escudos de pulsos para dejar que se enfríen y no me frían. Las Gorgonas no mueren fácilmente, y son demasiadas.

Estamos atrapados. Flanqueados por tres lados y sin poder avanzar. Deslenguado vuelve a disparar hacia el pasillo principal y lo despeja por completo. Algo lo golpea por la derecha. Un agujero humea en su armadura. Se tambalea al mismo tiempo que yo disparo a su agresor y superpongo mis escudos para protegerlo mientras se recupera.

—Cambio.

Alexandar se coloca en cabeza de inmediato y dispara hacia el pasillo. Thraxa gira para relevarlo en su posición anterior. Deslenguado se recupera y ocupa la de la dorada. Alexandar titila por el pasillo como una llama poseída, haciendo restallar su filo en una matanza abyecta, invirtiendo la gravedad mejor que cualquier otro hombre que haya visto, excepto tal vez Sevro. Intenta atravesar la escuadra de expertos que nos impide el paso.

—Penetración del casco —dice Rhonna—. Atravesado.

La escuadra de Gorgonas lleva a cabo una perfecta desactivación de armadura contra Alexandar, al estilo de Flavio. Tres lo inmovilizan con proyectiles eléctricos antes de que llegue hasta ellos, y eso reduce la efectividad de su escudo de pulsos. Dos le disparan balas inmensas que lo aturden hasta casi hacerle perder el sentido. Alexandar se tambalea como un borracho. El centurión le asesta el golpe de gracia. Su bozal parpadea. Tres descargas excavadoras, capaces de penetrar en la armadura, chillan hacia la cabeza de Alexandar.

Thraxa salta hacia delante y las balas chisporrotean cuando rebotan contra su escudo de pulsos intacto. Una de ellas consigue superarlo, le escarba un agujero en el hombro izquierdo y la hace girarse de lado.

—¡Cambio!

Giro para ocupar la posición de Thraxa y me propulso a toda velocidad con mis gravibotas hacia esa maldita escuadra para matarlos a todos. Mientras sus cadáveres gotean de mi armadura y mis amigos luchan a mi espalda, miro por el pasillo lleno de humo y veo un corazón rojo que arde en la oscuridad. Se le suma un cráneo blanco.

Dos siluetas nos bloquean el camino hacia las celdas. Los filos de los Caballeros Olímpicos relucen como dientes. Los emblemas del corazón y el cráneo de su cargo brillan en el peto de sus respectivas armaduras. La Caballera del Amor y el Caballero de la Muerte.

¿Dónde está el Caballero de la Tormenta?

¿Dónde está el único hijo de Aja?

Le ruego a un dios silencioso que no esté con Orión.

Miro a la izquierda, Gorgonas. A la derecha, Gorgonas. Luego me vuelvo hacia atrás y veo ciento cincuenta kilos de depredador alfa agachados en el pasillo, con el casco de combate de leopardo negro y gris bajado para la caza.

Áyax.

—Cachorro Dos, tenemos a los Olímpicos. Tienes el camino despejado. ¡A mí! —ladro.

Despegamos alejándonos de Áyax y hacia Amor y Muerte. Ambos bandos con gravibotas e invirtiendo la gravedad a voluntad. El metal repica cuando chocamos. Muerte y yo nos estampamos contra la pared, el techo, el suelo, destrozando a las Gorgonas que aún llevaban su equipamiento desértico. Disparamos nuestros puños de pulsos a la vez y nos fundimos el uno al otro hasta la inconsciencia. La fuerza nos hace salir despedidos, tambaleándonos, hacia la Caballera del Amor y Alexandar, que se enfrentan en un duelo de hojas mucho más elegante. Alexandar vuelve a Amor hacia Thraxa, que está a punto de completar un tremendo golpe con su martillo. Entonces Muerte impacta contra ella de costado para proteger a su compinche.

Por detrás de ellos, Deslenguado descarga su cañón contra Áyax. Nunca he visto a nadie tan rápido como el hijo de Aja. Va dando botes por el techo hacia Deslenguado y luego se lanza en picado para deslizarse por el suelo tumbado de espaldas y levantando chispas. Como el retroceso del cañón levanta el arma hacia arriba, Deslenguado tarda en volver a apuntar hacia abajo.

Áyax contaba con ello.

Continúa deslizándose más allá de Deslenguado. Hace un gesto rápido con la muñeca. Se detiene y adopta la pose del cortador de raíces del Método del Sauce. Una de las últimas y más complicadas llaves que su madre le habría enseñado antes de que mis amigos y yo la matáramos.

Deslenguado cae dividido en cuatro pedazos, muerto incluso antes de llegar al suelo.

—¡Thraxa! ¡Espérame! —grito cuando la veo cargar contra Áyax.

Es rápida, tan fuerte que parece imposible, dura como una roca. Pero Áyax nació de la impía unión genética de dos estirpes situadas en la cumbre: Raa y Grimmus. La supera en todos los aspectos marciales excepto en la experiencia, y cada vez va adquiriendo más.

Áyax esquiva el martillo de Thraxa con gracia y le asesta dos golpes en la armadura. Ella retrocede, sorprendida por su velocidad. Corro a ayudarla, pero Muerte y Amor han atrapado a Alexandar. Me bloquean el paso. Áyax tiene a Thraxa en el suelo. La golpea en un costado con su propio martillo.

Entro en modo rojo sangre.

Las estocadas de mi filo hacen que me tiemble el brazo cuando le dedico al Caballero de la Muerte toda mi atención. Hace bien en durar siete segundos. La abertura es pequeña y poco elegante. Se topa con un embate arrollador que le llega por encima de la cabeza y, en lugar de absorber el golpe, intenta desviarlo. Se olvida de la curva. Mi hoja no gira y todo mi peso le incrusta la suya en la armadura. Antes de que pueda sacársela, pivoto y le corto la cabeza.

Me doy la vuelta. Áyax estaba quince metros más allá cuando lo vi por última vez. Ahora está a punto de decapitarme al pasar por encima de mí. Esquivo su hoja en el último milisegundo, pero la salva que compartimos haría que a su madre le brillaran los ojos.

Un muy buen asesino puede encadenar una serie de tres movimientos en un ataque: un conjunto de golpes preprogramados y cuidadosamente cultivados de un segundo de duración. Todo el mundo tiene su firma. Casio, que era uno de los cincuenta mejores luchadores con hoja del Núcleo, podía hacer cinco. Una vez vi a Lorn hacer ocho. Áyax hace ocho. No puede decirse que sea tan bueno como Lorn, pero sí igual de rápido; y combatir contra él es como que te sumerjan en agua fría.

Pura conmoción.

Lo cierto es que a estas alturas no veo los movimientos. Ni siquiera mis ojos de dorado son capaces de seguir las hojas a esta velocidad. Cuando desciende para impedirme el paso hacia el bloque de celdas, me ha cortado tres veces. Pero yo a él también. Blande su hoja como un bastón y la Caballera del Amor aprovecha la oportunidad para emparejarse con él y adoptar la formación de combate de la hidra. Alexandar llega cojeando hasta mí. Thraxa gruñe a nuestra espalda mientras avanza a trompicones hacia nosotros.

Los dos bandos nos miramos con fijeza en el estrecho pasillo. Todo el mundo sangra. «Vamos, Rhonna. No quiero pagar este peaje todavía».

—Esperaba que fuera así —dice Áyax desde detrás de su casco. Su voz es casi tan grave como la de su abuelo—. Primero tú. Y luego me abro camino hacia abajo a través de la cadena trófica. Tu esposa. Tu sombra. Tu Belona.

Por más que quiera cortarle las manos izquierda y derecha a Atalantia matando a sus dos mejores caballeros, por más que quiera acabar con Áyax antes de que se convierta en algo que no sea capaz de manejar, morir aquí no termina con la guerra.

Llamo a Rhonna.

—Cachorro Dos, ¿estado? —digo sin apartar la vista de Áyax.

—El paquete está envuelto. Regalo depositado. Acabo de sujetar el cable. Char, cuando quieras, por favor.

—Cagando leches. Las cosas se están poniendo calentitas aquí fuera. Dos destructores y cuatro antorchas en camino.

—Saltando en tres, dos, uno.

Le doy la espalda a Áyax y envuelvo a Alexandar y a Thraxa en un abrazo. Esperaba que mi presencia atrajera a los Caballeros Olímpicos. Todos quieren ser el que acabe conmigo. Aun así, creí que podría superarlos. Pero con los caballeros que tiene el Núcleo últimamente, siempre hay que hacerse una póliza de seguro.

Mientras yo acaparaba su atención, el caparazón estelar de Rhonna ha aterrizado en el casco por detrás del bloque de celdas y mi sobrina lo ha taladrado para sacar a Orión a espaldas de los caballeros.

Duuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuum.

La sección de popa de la nave se volatiliza detrás de Áyax y la Caballera del Amor cuando la bomba de Rhonna estalla. Se abre como unas fauces hacia el espacio y la presión de la nave los arrastra al vacío. Salimos dando tumbos tras ellos hacia el campo de escombros. Todo da vueltas, y lo único que podemos hacer es aferrarnos los unos a los otros. Veo destellos de las naves enemigas que se acercan. Los alas ligeras vuelan en la oscuridad y la Nigromante se precipita hacia nosotros. Justo cuando pienso que va a atropellarnos, se levanta sobre el morro, se pone del revés y nos inhala hacia el interior de su garaje trasero. Las puertas se sellan al instante y nosotros rebotamos como las canicas. El mecanismo de Rhonna está unido al suelo mediante imanes, rodeando una bolsa con los brazos como si fuera un bebé.

Me agarro a un peldaño para alzarme hasta el ventanal justo al mismo tiempo que se activan los reactores que Alexandar y yo trucamos. Una docena de naves muertas se iluminan con un destello repentino. Sus cascos comienzan a desmoronarse desde el interior, y luego los reactores se sobrecargan con una avalancha de luz cegadora.

Los dos destructores atacantes y las naves antorcha zozobran cuando las oleadas de energía atraviesan el cementerio. Los cadáveres de mis cruceros estelares reventados se animan retorciéndose en contorsiones frenéticas. Aúllo con Alexandar y Thraxa cuando los cascos ruinosos se hacen añicos para cubrir nuestra retirada y proyectan cascotes de cien metros en dirección a las naves enemigas que Atalantia había enviado al cementerio.

Desde el otro lado de este, su flota observa cómo arden sus destructores de kilómetros de eslora mientras nosotros rugimos hacia Mercurio. Colloway comunica a todas las naves de la República que el Segador está de vuelta. Necesitamos fuego de cobertura.

Empapado de sudor, bajo al suelo de un salto. Alexandar me ayuda a sacar a Rhonna de su mecanismo. Thraxa esboza una mueca de dolor cuando tira de la bolsa de vacío para liberarla del abrazo del aparato. La depositamos con cuidado en el suelo. Cierro los ojos antes de abrirla. Deslenguado ha muerto por esto. Aunque lo conocía menos de lo que se merecía, hoy habrá salvado más vidas de las que jamás habría imaginado.

Abro la cremallera de la bolsa.

Dentro hay una mujer arrugada con un mono de prisionero y una esfera de oxígeno sellada herméticamente alrededor de la cabeza. Se la quito. Tiene la piel cenicienta. Le falta media cara, es como si se la hubieran comido. Pero sus ojos siguen siendo tan azules como los recordaba. Se le llenan de lágrimas cuando tiende una mano para acariciarme la cara con los muñones de sus dedos. Con los labios hechos jirones y en tono de burla, dice:

—Hail, Segador.


Es la última de duro hierro.

Enseguida irrumpió a ese tiempo, de vena peor,

toda impiedad: huyeron el pudor y la verdad y la confianza,

en cuyo lugar aparecieron los fraudes y los engaños

y las insidias y la fuerza y el amor criminal de poseer.

OVIDIO

Metamorfosis, I, 129-134

1
DARROW
Hasta el Valle

Me alzo en medio de los ciegos. Los ojos nublados de esos rostros destrozados por el sol miran con fijeza hacia la estrella, hacia los obeliscos de piedra, hacia los magros cubitos de proteína que sostienen en las manos ampolladas, hacia el líder que los trajo a este lugar maldito, y no ven más que oscuridad. La artillería de nuestros enemigos les ha frito las retinas.

Estiran las manos para tocar mi capa roja como si fuera a sanarlos. Son rojos, grises, marrones, cobres y los pocos obsidianos que decidieron no acatar la orden de su reina de regresar a la Tierra. Los legionarios sobrevivieron a la emboscada del Caballero del Miedo en el Ladón Occidental solo para convertirse en 2.301 heridos a los que debemos continuar alimentando, suministrando ayuda médica y protegiendo. ¿Por qué iba a matar Atlas au Raa cuando la mutilación da sus frutos? Mis hombres miran a las víctimas vivas con desesperación. Otros vuelven la cabeza hacia otro lado, como si mirarlos pudiera hacerles correr la misma suerte.

Gota a gota, Atlas ennegrece el pigmento de nuestras almas.

Me agacho ante un gris con dos muñones cauterizados en lugar de piernas.

—Tienes pinta de haberte interpuesto entre un Telemanus y una pinta de whisky, legionario.

—Me temo que sí, señor. Ya habría regresado a la batalla, si dispusiéramos del equipo.

Si fuera un dorado o un obsidiano, estaría de vuelta en la batalla antes de que terminara el mes, pero no podemos gastar nuestro casi agotado suministro de prótesis en infantería regular. Sería una mala inversión. Antes pensaba que el mayor pecado de la guerra era la violencia. No lo es. El mayor pecado es que requiere que los hombres buenos se vuelvan prácticos.

—Todavía la veo, señor. Como una sombra fantasma. —El gris se frota los ojos al recordar la antorcha del Caballero del Miedo—. Tan clara como el día. No soy capaz de pegar ojo.

—A mí también me pasa. Pero la próxima vez que abras los ojos, lo que verás será Marte. Eres de Hipólita, ¿verdad?

—Nacido y criado en la ciudad de jade, señor.

—Entonces pronto compartiremos unas ostras y unos puros allí. Te lo prometo.

Le doy una palmadita en el hombro, murmuro algo intrascendente y sigo adelante. Me detengo ante un anciano rojo que lleva una manta fina echada sobre los hombros a pesar del calor. Calvo excepto por una media luna de fino pelo gris, está liando un cisco con facilidad experta. Mueve los ojos de un lado a otro cuando se da cuenta de que estoy allí. Coge una gran bocanada de aire.

—¿Eres tú?

Tiende una mano. La tomo en la mía. El cisco empieza a temblarle en los labios a causa de los nervios. Coloco una mano sobre la suya y le hago un gesto a una mujer para que me lance su anillo encendedor. El extremo del cisco expele volutas de humo cuando le doy fuego al rojo y devuelvo el mechero.

—Parece que has tenido mal día —le digo.

Inhala una calada profunda. Su mano se estabiliza.

—Soy rojo, señor. Llevo ciego la mayor parte de mi vida. Me irá bien. Si hay otras bocas que alimentar, no te preocupes por mí. Yo no muero.

Su acento...

—¿De qué mina eres, legionario?

Sonríe con ganas.

—Pues da la casualidad que de la tuya.

—¿De Lico? —Le escudriño el rostro. Las patas de gallo que le rodean los ojos están acribilladas a picaduras de moscas de la sangre—. ¿Cómo te llamas?

—¿No me reconoces, señor?

Le da otra calada a su cisco, que reluce mientras se consume hirviente y deprisa. Su mano lo sostiene de la misma manera que el día en que Eo murió, entre los dedos anular y meñique. Siento el movimiento de las corrientes de las profundidades de la mina. El olor a óxido y bazofia. Un eco de la risa de Eo. Ha pasado mucho tiempo.

—Dago —susurro—. Dago de Gamma.

¿De verdad es posible que sea el sondeainfiernos al que adoraba y odiaba de pequeño? ¿El hombre que me enseñó el significado de la derrota? ¿El que ganó treinta y dos laureles? Y ahora está aquí, en Mercurio, en mi ejército. Quince años después. Para él parece que han sido cuarenta. Su edad hace que sienta el peso de los años.

—En malditos carne y hueso, señor.

Se estremece por culpa de la herida, pero aun así se las arregla para esbozar una sonrisa como un tajo. Le quedan pocos dientes.

—¿Qué estás...? ¿Cuánto tiempo llevas...?

—Desde Marte, señor. Cinco años.

—¿Y nunca se te ha ocurrido buscarme?

—Un hombre no vale una mierda si se convierte en la putilla de un sondeainfiernos que le ha echado el ojo al laurel. —Su risa se convierte en tos—. Pero ahora ya lo tiene, señor. Vaya que si lo tiene, maldita sea.

—Señor. —Félix, un prístino dorado de mi escolta, aparece a mi espalda. Proviene de una casa menor dependiente de la Casa de Augusto y es un hombre adusto y cínico. Apenas supera los cuarenta años y no siente precisamente devoción por los colores inferiores. Pero es leal a mi esposa, y es marciano. Hoy en día no hay una raza más digna de confianza. Alrededor de otra veintena de guardaespaldas dorados se alzan tan limpios y fuertes como dioses al borde del mar de ciegos. El cénit y la escoria de la humanidad. Me siento culpable por haber elegido que me proteja el cénit en lugar de mi propia gente. Practicidad, otra vez—. Su lanzadera está lista para partir. Su... compañero de viaje se está impacientando.

Quiero quedarme, preguntarle mil cosas a Dago, pero no puedo. En realidad apenas tengo tiempo para visitar a los hombres. Hubo un tiempo en que podías caminar entre los heridos y encontrarte a Sevro rebozado en alcohol jugando al Karachi con ellos, y bastante mal. Su ausencia se percibe en todas partes, no solo en el campo. Tengo demasiados vacíos que rellenar.

—Segador...

Dago hace un gesto hacia mí. Me agacho de nuevo. Abre la bolsa que lleva sujeta al muslo. Dentro hay dos latas. Una llena de tierra marciana. La otra vacía para sus propias cenizas. La mayoría de los soldados marcianos temen morir en una esfera extranjera. ¿Cuántos cadáveres he visto marchitarse después de los bombardeos con las manos aferradas a la tierra natal? ¿Cuántas latas de ceniza he enviado de regreso a Marte para que las esparzan en el mar? Dago me ofrece su tierra natal. Incluso huele a Marte, con ese leve dejo a hierro.

—No puedo aceptarla —digo.

—Entonces ¿dónde está tu lata, eh?

—La dejé en la Luna. Estas vacaciones fueron inesperadas.

Coge un puñado de tierra y la tiende hacia mí.

—Es de Lico. —Tose sangre en su manta—. Tan tuya como mía. Tráemela de vuelta y compartiremos un trago y algo de comer, ¿eh? —Me coge la mano y me la abre para entregarme la mitad de su polvo—. Marte está contigo, hasta el Valle.

Otros oyen sus palabras y comienzan a golpearse el pecho a la altura del corazón al ritmo de la Endecha Atenuante, aunque se trata de una inversión: no es el golpeteo rápido que avanza hacia una parada lenta como en la muerte, sino un ritmo lento que acelera hacia una velocidad de carrera. Estoy a punto de decirle algo a Dago cuando se enciende otro cisco y me echa el humo en la cara como en los viejos tiempos.

—No hay tiempo para palabras, señor. Tienes matanzas pendientes.

Aprieto la tierra con fuerza en el puño.

—Hasta el Valle.

Con la tierra de Lico en un morral seguro, salgo del desierto buscando pelea.

Mi lanzadera se dirige hacia el norte sobre la tiza del desierto. Detrás, Heliópolis tiembla en el horizonte combado. Un enorme muro protector, de un kilómetro de altura y quince de largo, bloquea la boca de dos cadenas montañosas convergentes. La Casa de Votum construyó el muro para resguardar Heliópolis de las tormentas desérticas que se producen cuando los ciclones de primavera descienden desde el Mar de Sycorax, en el extremo norte, y bajan a toda velocidad hacia el sur a través del Yermo de Ladón hasta la ciudad. Entre chispas, los ingenieros sueldan las armas de los barcos rotos a lo largo de la parte superior del muro.

Lamento el desperdicio de potencia de fuego. Las armas solo están ahí para satisfacer las demandas de los habitantes de Heliópolis y del maestro hacedor Glirastes, no para contrarrestar una invasión. Heliópolis es la segunda ciudad más próspera de Mercurio, rica en arquitectura, famosa por sus carreras de cuadrigas y la puerta de entrada a las minas costeras, pero resulta estratégicamente insignificante para mis objetivos. Es al norte donde despedazaré al enemigo.

Heliópolis es como una espina en mi bota. Un caldo de cultivo para la insurrección de los partidarios del régimen, para las conspiraciones y los asesinatos por la espalda. Tras su muro, la altiva ciudad de piedra caliza se encorva hacia el sur, hacia la Bahía de las Sirenas y, más allá, el Mar de Calibán. Los refugiados y los soldados atestan las calles polvorientas e impregnan la ciudad de un tufo a verano maduro. Pero hay otro olor en esa ciudad desértica. No es el de la mierda de gaviota, o el de los mercados de pescado, o el de los gases de escape de las máquinas de guerra, sino el de algo distinto, algo insidioso que se aferra a la raíz del cerebro.

«Miedo».

Hay miedo en los ojos de mis legiones cuando levantan la vista hacia la órbita donde Atalantia perfecciona sus planes de invasión, o hacia las montañas sombrías donde el Caballero del Miedo y sus guerrilleros afilan sus estacas de empalar, o hacia las calles atiborradas de mercurianos, cualquiera de los cuales podría ser un espía o un asesino.

Si la muerte de la flota fue una amputación, este asedio supone la muerte por desangramiento. Poco a poco, la exposición de vanguardia a las perversiones de las guerrillas del Caballero del Miedo y la expectativa de la Lluvia va deteriorando su psique. Mis leales marcianos patrullan desiertos y montañas y erigen máquinas de guerra y artilugios de batalla, siempre a la espera de que los francotiradores les disparen o de oír el grito del insecto: ese temible lamento agudo que señala la activación de una mina de araña. Cualquiera de esas posibilidades ofrece un mejor destino que ser capturado por las Gorgonas, los veteranos empaladores de la Legión Zero del Caballero del Miedo.

El miedo despoja a mis hombres de su dignidad, de su nobleza de propósito, de su fe en nuestra causa. ¿Quién es capaz de creer en lo intangible con un garrote alrededor del cuello? Esperan la muerte, lentamente estrangulados por Atalantia y Atlas.

Algunos tienen la esperanza de que la República envíe una flota. Hay una ínfima posibilidad, pero si me quedo de brazos cruzados y espero a que mi esposa ponga en marcha los engranajes de la democracia, no quedará nada de nosotros cuando el enemigo ataque. Moriremos como moscas, y el miedo se extenderá cuando las sombras de la flota de Atalantia trepen por los escalones del Nuevo Foro y sus botas de titanio pisen las orillas de mi hogar.

Así que eso lo simplifica todo.

Debo acabar con ella antes de que ella acabe con nosotros.

Nuestra ruta de vuelo nos lleva sobre el Yermo de Ladón, la franja soleada que asfixia el centro del principal continente de Mercurio, Helios. Medio enterrados en su arena yacen los restos de los tres ejércitos que el Yermo se ha ido tragando con el tiempo. Pronto lo alimentaré con un cuarto.

En algún lugar de las afiladas montañas centrales del Yermo, mis Aulladores arrean al Caballero del Miedo hacia la cuerda floja de mi trampa, la ciudad minera de Eleusis. Sevro debería haber sido su líder. He enviado contra Atlas a cuatro comandantes en dos planetas distintos. Me ha devuelto a los cuatro empalados de orificio a orificio. Solo Sevro y yo podemos igualar la brutalidad del Caballero del Miedo. Pero cargo con demasiado peso yo solo, así que he enviado a Thraxa —la mejor comandante para un grupo pequeño que me queda— para encabezarlos, y a mi mejor espada, Alexandar, por si acaso se produjera un enfrentamiento directo.

Al sur, más allá de Heliópolis, los comandos instalan sistemas de misiles, minas y cañones microondas antiinfantería en los archipiélagos tropicales y en las selvas profundas que desembocan en el Mar de Calibán. Al noreste, a lo largo de la Península de Pétaso, se encuentran las elevaciones crecientes y los climas templados de una tiara de ciudades densamente pobladas llamadas los Niños.

La capital del planeta, y cuartel general de mi ejército, sigue siendo Tyche. Hemos convertido la querida casa costera de los Votum en una fortaleza. Ya al pasar sobre los latifundios de cultivo situados muy hacia el este de la capital, atisbamos el destello de sus agujas y el tranquilizador paisaje de su montaña guardiana: el Estrella de la Mañana.

Debido a la maniobra de caída libre de Orión, la nave insignia de mi flota sobrevivió a la emboscada de Atalantia —lo que las tropas han dado en llamar la batalla de Calibán, por la cantidad de barcos que cayeron al mar atravesando la atmósfera— y ahora vigila Tyche mientras se reparan sus sistemas, con la esperanza de que algún día pueda regresar a las estrellas.

Tyche es crucial no solo como reducto hacia el que replegarse, sino también por el gravicircuito que desciende hacia el sur por debajo de las Montañas Hespérides y que conecta Tyche con Heliópolis. A salvo de los bombardeos, será la única arteria por la que podrían llegar refuerzos si la batalla llega hasta Tyche, y nos servirá como ruta de escape hacia Heliópolis si Tyche cae. La única ruta alternativa sería a través del Yermo de Ladón, y preferiría cenar con el Caballero del Miedo a atreverme a cruzar ese devorador de ejércitos.

Me ocupo de los informes en la sala de guerra de la Nigromante mientras la lanzadera vuela hacia el norte. Los faros de las naves antorcha sumergidas parpadean en el monitor de control cuando llegamos a la extremidad septentrional del Mar de Sycorax. Al otro lado de la pantalla de datos de la sala de guerra, un ayudante plateado no para de perorar sobre la escasez de medicamentos antirradiación que hay en el sur. La mayoría se están acumulando en Tyche para la inevitable lluvia radiactiva.

—Pronto tendremos excedentes —le digo.

—¿Ha descubierto un nuevo suministro, señor?

—No.

Le bailan los ojos al entenderlo.

Me siento oprimido. Mi espíritu ansía que lo liberen de esta interminable avalancha de logística de suministros y retrasos en las construcciones. Necesito aire fresco.

Me encuentro a Rhonna en la entrada del área de aparcamiento. Orión debe de estar dentro. Mi sobrina me dedica un saludo seco. Desde que participó en el rescate de Orión, su popularidad ha aumentado entre los soldados, sobre todo entre los marineros y oficiales azules y naranjas. De momento, no se le ha subido a la cabeza. El mérito de ello hay que reconocérselo a su padre, Kieran.

—¿Cómo está? —pregunto.

—Callada, señor —responde Rhonna—. Come sola, cuando come. Pasa más tiempo en la ducha que en el comedor. Es como si nunca consiguiera limpiarse del todo. Evita a los hombres siempre que puede. Los terrores nocturnos hacen que se drogue para dormir. Nunca se acuesta en sus dependencias, sino en un lugar distinto cada noche. El destacamento de guardias se las ve y se las desea para poder vigilarla.

—Atlas se la llevó de sus dependencias —digo—. Yo tampoco sería capaz de usar una cama. ¿Le has contado a alguien cuáles son tus órdenes?

—No, señor. Sé que le dijiste al emperador Hárnaso que Orión ha pasado su evaluación psicológica. Lo suyo es el silencio.

—Bien. Bien. ¿Te ha visto ella?

—¿Me viste tú ayer cuando estabas escuchando el holograma de la tía V en lugar de dormir como te ordenaron los médicos, señor?

Frunzo el ceño.

—¿Ventana?

—Setos podados.

Me froto los ojos.

—Mierda. Me estoy haciendo viejo.

—O yo me estoy volviendo más silenciosa.

Supongo que solo era cuestión de tiempo que todo el mundo empezara a alcanzarme. Me fijo en lo joven que parece Rhonna, y en lo viejo que debo parecerle a ella.

—¿Sabías que soy mayor de lo que lo era mi padre cuando murió? Aun así pienso en él como en un anciano. —Me río—. Debía de rondar más bien tu edad, calculo.

Mira por el pasillo y se muerde el labio.

—Permiso para hablar como si fuéramos de la misma sangre, señor.

—¿No te gusta que toque el tema de la mortalidad? —Espera mi respuesta—. Concedido.

—No te entendí hasta que volvimos aquí. Estuviste muerto para nosotros casi hasta que cumplí los nueve años. En Tinos, todo el mundo hablaba de ti. Pero yo no lo entendía. No entendía eso. —Señala el falce que duerme como una serpiente pálida alrededor de mi brazo—. Solo eras mi tío. Luego descendimos con Orión. Y lo vi. Toda maldita alma estaba esperando para darle su carbono a Mercurio. Entonces te vieron bajar de esta nave. —El vello de los antebrazos se le pone de punta al recordarlo—. No eres viejo. Solo tienes que dejar que los demás soporten su carga. Hasta el Segador necesita dormir, señor. Sobre todo si va a llevarnos a todos a casa.

Todavía cree que puedo hacer milagros. Pero mi agotamiento no se debe a estos últimos días. Toda una vida de guerra empieza a pasarme factura. Ella no sabe el peso que llevo sobre los hombros. Cuánto dependía de Sevro para que me ayudara a aguantarlo. Cuán menoscabadas están nuestras legiones en realidad. Lo tácticamente sofisticado que es incluso el más básico de los centuriones de infantería grises del enemigo en comparación con los nuestros, y eso por no hablar de sus dorados. Es tan sencillo como que no tenemos la misma distribución de fuerza intelectual. Ni de potencia de fuego.

—Gracias por la preocupación, lancera. Pero no te aconsejaría volver a espiarme.

Avanzo hacia la puerta.

—Señor.

Me vuelvo, empezando a enfadarme. Ella vuelve a ponerse en posición de firmes.

—Cuando caiga la Lluvia, solicito permiso para cabalgar con mi cohorte.

—No. Te necesito a mi lado.

—¿Porque será más seguro? —Me escudriña con la misma dureza que exhibe mi madre. A excepción de Victra, las mujeres de Lico son la raza más obstinada—. Necesitas que tus hombres hagan su trabajo. Por eso dejaste que Alexandar te siguiera hasta la Medusa. Por eso lo has enviado con Thraxa. Para hacer su trabajo. No puedes protegernos de esto.

—Tú no eres Alexandar.

—Sin embargo, me metiste en un caparazón estelar y me enviaste a la Medusa. —Se inclina hacia delante—. Y ahora te sientes culpable por ello. Por haberme dejado siquiera venir a Mercurio.

Da en el blanco. Sabe la promesa que le hice a su padre.

—Señor, a tu lado soy un lastre de un metro veinte y cuarenta kilos de peso, con los pies silenciosos y la boca sucia. En un caparazón estelar, soy decente. En un Drachenjäger, soy un dios de metal. —La sangre le enrojece las mejillas—. Sé que estás preocupado por mi padre. Pero fue decisión mía unirme a ti cuando Sevro se rajó. Yo elegí estar aquí. Yo elegí luchar. —Se le endurece la voz—. Y si nos superan, el hierro caerá sobre la cabeza de mi padre, sobre la cabeza de Dio, sobre la cabeza de mis hermanos y hermanas. Así que a la mierda con tu culpa. Y déjame hacer mi trabajo.

No tuve más remedio que utilizarla en el rescate de Orión. Ahora sí tengo alternativa.

—El estabilizador de retroceso de mi puño de pulsos sigue estando delicado —le digo—. Mira a ver si puedes calibrarlo, lancera.

No pude proteger a mi hijo. Así que mientras tenga el poder de proteger a la hija de mi hermano, lo haré. Cuando llegue la Lluvia, la enviaré a Heliópolis a esperar a que pase la tormenta.

Dejo a Rhonna echando humo de rabia y me encuentro a Orión sentada a solas en la parte de atrás de la bodega de carga. Siempre robusta, ahora delgada como un palillo, la mujer azul es más oscura que la penumbra del exterior. Sus pies descalzos cuelgan por la puerta abierta.

Orión me oye entrar y mira hacia atrás. Tiene la cara moteada de la carne resonante que ha reemplazado los trozos que le arrancó Atlas. Unos nuevos dedos de metal le brotan desde los nudillos.

—¿Problemas? —pregunta.

—Parientes agresivos.

Sin sonreír, se da la vuelta para seguir contemplando el cielo polar. Más allá de la atmósfera del planeta, las naves de guerra de Atalantia vagan a la espera de que saquemos la cabeza de entre las grandes cadenas protectoras para poder dejar caer las catapultas electromagnéticas y convertirnos en cráteres.

—Hace frío aquí atrás —digo en voz alta para hacerme oír por encima del silbido del viento. Nuestra nave pasa por encima del borde de una repisa de hielo—. ¿Por qué no vas al comedor? Colloway dice que es malo sincronizarse con el estómago vacío.

—Me gusta el frío —responde distante—. Y tener autonomía.

—De acuerdo.

Me acomodo a su lado y dejo que me cuelguen las piernas. No mentí ni a Hárnaso ni a mi alto mando. Orión superó su primera evaluación psicológica, pero sospecho que Colloway la ayudó a hacer trampas. Tras su rescate, pasó cinco días comunicándose solo mediante frases crispadas y fragmentadas, prefiriendo la compañía de su protegido, Colloway, a la de cualquier otro. Luego pidió regresar al trabajo. Pensé que eso la haría volver a ser ella misma. No ha sido así. Puede que cumpla a tiempo con todas sus obligaciones, pero sigue estando igual que todos los que sobreviven al Caballero del Miedo... alterada.

Con los ojos entornados, miro las anotaciones matemáticas escritas en la escarcha del casco de la nave.

—Me recuerda a mi casa cuando apagaban la calefacción —murmura Orión—. Les encantaba aducir nuevas razones para hacerlo. Cuando empecé a aprender cálculo, fue sobre escarcha de casco. Con los dedos tan entumecidos que apenas podía sostener el estilete.

—Cálculo. Pobre muchacha. Yo solo necesité álgebra —digo para intentar sacarla de su aturdimiento. Ojalá pudiera decir que lo hago solo por ella—. La hacía con rotulador en el lateral de la cabina de la Garra Perforadora con una mano. —Hago un movimiento que imita la excavación con la otra—. Ya sabes, el taladro no puede detenerse. Si te paras demasiado rato, te quedas atascado.

—Necesitarías el cálculo para hacer funcionar correctamente el equipo de una Garra Perforadora —responde ella.

—Sí, bueno, mi padre decía que el resto es todo instinto. Si no estás de acuerdo, a lo mejor tú y yo podríamos batirnos en duelo cuando volvamos a Marte. Será necesario excavar nuevos búnkeres.

Ignora el desafío y observa una manada de hipocampos pálidos que cruza un archipiélago de hielo. Sacuden las crines e inclinan las aletas cuando las patas atrofiadas los propulsan desde el hielo de vuelta al agua.

—Los padres son importantes —dice—. Mi gente piensa que esa idea es perversa. —Hace ademán de morderse las uñas, pero se topa con el metal de su prótesis. Se mira los dedos como si los viera por primera vez—. Aun así, me llaman Madre, ¿verdad?

—Esa es la mitad civilizada del nombre.

Se encoge de hombros.

—Los hijos son repugnantes. Jamás se me ocurriría tenerlos. No puedo soportar su egoísmo.

No hay manera, seas dorado o rojo, de entender la conexión empática que las mentes llevan a cabo en la deriva sináptica. La comunicación de Orión con sus pilotos durante la batalla es no verbal. Está formada por una red en la que las corrientes eléctricas de su cerebro se unen e interactúan con las de los demás. La mutilación de uno de los extremos es la más cruel de las amputaciones. Los fantasmas de los muertos perduran en sus sinapsis.

Me pregunto si piensa en los marineros que perdió en la emboscada. Si se sintió como una madre cuando vio que el Annihilo partía por la mitad el Sueño de Eo. Si es el egoísmo de los hijos lo que no soporta o si es el miedo a perderlos.

—El Senado reclamó demasiadas naves. Aunque hubieras visto venir a Atalantia, ella habría retenido la órbita. Esa batalla la perdió el Senado, no tú.

Vuelve la cabeza de golpe hacia mí.

—Hárnaso perdió esa batalla cuando no escupió en las órdenes del Senado y envió a la mitad de mi flota a la Luna. Tu esposa perdió la batalla cuando no se antepuso al Senado.

—Ella no romperá el Nuevo Pacto...

—¿Y lo consideras una virtud? ¿Su preciosa moralidad a cambio de mis marineros? ¿O es miedo a convertirse en su padre? —Niega con la cabeza—. Hárnaso y Virginia cargan con la culpa. Yo no la siento.

—Yo sí. A menudo. Por los hijos del Confín. Por los astilleros de Ganímedes.

—Entonces malgastas neuronas.

Este cascarón duro siempre ha existido, pero no hasta este punto. Resulta sencillo olvidar las raíces de Orión. Desde un nacimiento no autorizado y una infancia entre la escarcha oscura de la ciudad Colmena de Fobos, destinada a pilotar camiones de la basura y recibir un estipendio del gobierno hasta la muerte, hasta convertirse en comandante de la flota más exitosa desde la Armada de Hierro de Silenio. Yo tenía un hogar entre mi propia gente. La suya nunca aceptó a Orión hasta que trepó por sus espaldas hasta lo más alto y bajó la vista para encontrárselos a todos fingiendo que la habían levantado. De todos los soldados de mi ejército que quedan, es en la que más confío, porque ella es la única que nunca me ha defraudado. Cualquier otro comandante astral, yo entre ellos, habría perdido el Estrella de la Mañana, las naves supervivientes y el ejército en sí.

—Despotrica todo lo que quieras contra mi esposa, pero ella es lo que mantiene la República unida —replico—. Y Hárnaso mantuvo unido a este ejército cuando yo no estaba aquí y a ti te capturaron.

—Hárnaso. Por favor. Los naranjas son monos pedantes con pulgares oponibles que solo utilizan para dos empresas: girar las llaves inglesas y subir peldaños en los sindicatos. Hizo lo que está en su naturaleza.

Se pasa las manos por la cabeza como si se buscara grietas en el cráneo.

—¿Y cuál es tu naturaleza?

—La misma que la tuya. Matar al enemigo. —Se le suaviza la voz a la vez que su mirada se vuelve distante—. ¿Eres capaz de pensar en el espacio?

—Depende de a quién le preguntes.

—Yo no soy capaz de pensar en tierra. Demasiado peso. Demasiada gente inmunda y sus desechos. —Borra sus cálculos del casco—. Sé que crees que Atlas me ha hecho pedazos por dentro.

—Si pensara que estás hecha pedazos, estarías en la enfermería. Creo que estás abollada.

Le gusta mi comentario.

—Es un agente eficaz, eso por descontado. Me presentó un horrible roedor del desierto y me dijo que mi dolor solo se prolongaría mientras la rata comiera. Me royó la carne de las pantorrillas, la nariz y las mejillas antes de que se le partiera el estómago y muriera. Fue efectivo. Horrorizaba. Degradaba. —Se vuelve para mirarme—. ¿No lo ves?

Frunzo el ceño y niego con la cabeza.

—Juntos, tú y yo... Hemos roto mundos. ¿Quién es capaz de hacer lo que hemos hecho nosotros? ¿Lo que han hecho nuestros hombres? Sin embargo, nos ponemos a merced de las ratas. Las liberamos. Las protegemos. Morimos por ellas. Y cuando les damos la espalda, sacan a relucir sus dientecitos y nos van royendo mordisco a mordisco. Y cuando nos volvemos hacia ellas, nos vitorean y nosotros fingimos que sus bocados no nos han debilitado. Si las ratas ni siquiera consiguen controlar su propio apetito, ¿cómo van a gobernarse a sí mismas?

—Hablas como uno de ellos —digo en un tono tan grave que es casi un gruñido.

—¿Se equivoca un médico cuando te dice lo que no quieres oír? No tenemos el monopolio de la verdad solo porque nuestros objetivos sean hermosos, jovencito. Si estuviera equivocada, este planeta nos recibiría con los brazos abiertos. En vez de eso, nos mordisquea. Si estuviera equivocada, la flota de la República ya estaría aquí. —Levanta la mirada hacia el cielo—. ¿Dónde está, Darrow? ¿Dónde está nuestra democracia?

Desplazo la mano hacia la holopastilla que tengo en el bolsillo. La pequeña lágrima de metal contiene la cara de mi esposa. Anhelo volver a ver sus mensajes, beber de las últimas palabras que me dedica, de su rostro, de las arrugas que se enmarañan alrededor de sus ojos, evocar de alguna manera el calor de su piel y su aliento. Pero aun así temo hacerlo. Sesenta y cinco millones de kilómetros de espacio separan la Luna de Mercurio en la órbita actual. Un abismo aún mayor me separa de ella. No dudo de ella. Pero dudo que haga lo que debe hacerse. Orión ha dado en el clavo. Tiene demasiado miedo a ver el reflejo de su padre y de su hermano en el espejo como para disolver el Senado. Sé que piensa que su virtud es contagiosa. Pero me temo que tan solo alienta la naturaleza codiciosa de los mortales de sustancia más débil.

—Mi esposa prometió que pelearía con los senadores —digo sin convicción—. Que traería la armada.

—Entonces ¿por qué diseñaste las operaciones Capa de Viajero y Tártaro? ¿Por qué no te limitaste a esperar la salvación?

Aparto la mano de la holopastilla.

—Porque la esperanza es un opiáceo, no un plan.

—Estoy de acuerdo. Así pues, ¿cuánto tiempo más puedes continuar albergando la esperanza, en ausencia de pruebas que lo respalden, de que el pueblo de la República es bueno? ¿De que por fin empezará a poner de su parte?

Como no le contesto, se pone de pie y me apoya una mano sobre el hombro en señal de simpatía. Cuando Sevro comenzó a ablandarse, encontré consuelo en Orión. Siempre hemos sido iguales, sobre todo en lo tocante a nuestras crecientes sospechas sobre la democracia. Pero siempre se comentaba en un gruñido ante una botella de whisky. Nunca en una diatriba extensa como esta. Su duda me inquieta, y no sé cómo aliviarla cuando las mismas dudas resuenan en silencio en mi interior.

—¿Cuánto tiempo te llevará sincronizar a tus azules? —le pregunto.

—Unos noventa minutos para una fidelidad total.

—Hoy me encargaré de Hárnaso. —Los labios de Orión se curvan al oír su nombre—. Conoces sus opiniones sobre Tártaro. Lo último que necesito es que os saquéis los ojos el uno al otro. Tú sincronízate y vuelve a tus dependencias. Tienes que descansar. —Se aleja caminando como una niña petulante. Me pongo en pie—. Emperadora. Tu oficial al mando te está hablando.

Se detiene y se vuelve.

—Según nuestro Senado, no eres mi oficial al mando. Eres un traidor.

Con la duda solo se puede hacer una cosa. Pisotearla.

—Emperadora, no necesito tus opiniones. No me importan tus sentimientos. Me da igual que dudes de la República. Me da igual que odies a su gente. Para este ejército, esto es una extinción masiva. Mi única preocupación es que mi mejor arma esté afilada antes de la hora cero. ¿Estarás afilada, emperadora?

De pronto, recupero su atención.

—Como los dientes de una rata, señor.

2
LISANDRO
Annihilo

Un viejo y célebre mastodonte flota sobre el planeta moteado. Espera para tragarse la corbeta que nos ha traído desde Ío hasta Mercurio.

Con poco menos de cuatro kilómetros de eslora, la nave gigantesca tiene forma de lanza atávica. Su casco desvencijado es de color negro, como las conchas que solía recoger con mi padre en las orillas del Mar de la Serenidad de la Luna. Al contrario que aquellas conchas brillantes, esta nave no refleja la luz.

Su nombre es Annihilo.

Yo aniquilo.

Espero que la aniquilación no sea el único sentido de los planes de Atalantia.

—Menuda bestia —comenta el hombre que tengo al lado como si estuviera hablando del tiempo—. ¿Eso fue lo que acabó con Rea?

Me vuelvo hacia él pensando que ojalá fuera Casio, pero Casio murió intentando evitar este preciso momento.

El Confín ha venido a hacer las paces con el Núcleo disoluto.

En lugar de mi viejo amigo, mentor y guardián, es el hijo mayor de Rómulo au Raa quien está a mi lado en el puente de la corbeta de Ío. De todos los dorados del Confín, Diomedes fue el único al que consideraron apto para actuar como embajador en esta aciaga misión. Creo que la elección es buena. Es un hombre serio. Luce una expresión de desconcierto receloso. Tiene el cabello dorado oscuro entreverado de mechones negros y recogido en un nudo. Su rostro, provisto de cicatriz y romo, no es atractivo según los gustos de la Montaña Palatina, pero, al igual que sus hombros caídos y sus manos toscas, oculta un potencial silencioso y terrible.

Tras la breve exhibición de manejo de la espada que hizo en Ío y la reverencia que sus compañeros mostraban hacia sus habilidades, considero que Diomedes es el único caballero del Confín que iguala a Casio en los saberes de la hoja. Pero aun así fue el único que se negó a luchar contra mi amigo, incluso a costa de su propia familia.

Por eso Diomedes siempre contará con mi respeto.

—El Annihilo era el buque insignia de la armada que quemó a Rea. Otros muchos contribuyeron —respondo.

—Es horrible. Como no podría ser de otra manera, procede de Venus.

—A mi padrino nunca le importó mucho el aspecto de las cosas. Solo si funcionaban.

Mis palabras le hacen gracia.

Cuando vi a Diomedes por primera vez, pensé que era otro bruto más, como muchos de los duelistas del Núcleo con más testosterona que cerebro. Me equivoqué. El hombre es un enigma a medio camino entre un monje y un matón de barra. Comparte las comidas con sus grises y obsidianos. Nunca es el primero en hablar ni el último en reír. Cuando hace bromas, suele tratarse de réplicas contundentes y elípticas. Puede ser adorable, desconcertante y brutal.

Sin embargo, cuando nos llegó la noticia de que Darrow, Sevro y Apolonio au Valii-Rath habían inmolado a mi padrino en su lecho de enfermo, Diomedes no se regocijó como hicieron su hermana y muchos de sus compatriotas. En vez de eso, vino a ofrecerme sus respetos.

Me resultaron un consuelo peculiar.

Yo quería a mi padrino a pesar de sus actos. Puede que nunca llegue a saber si eso suponía una prueba de un defecto personal o de un imperativo moral de amar a aquellos que fueron bondadosos con uno cuando era niño.

—En la batalla de Ceres, el buque insignia de Darrow estuvo a punto de partir el Annihilo por la mitad —continúo—. Aun así, esta nave se las ingenió para destrozar dos nuevos destructores de la República y contener la flota del Segador hasta que llegaran los refuerzos de los Carthii. Es resistente.

Se inclina hacia delante con aire intrépido.

—Sería interesante abordarla.

—¿Cómo lo harías?

Pasea la mirada por encima de los instrumentos de muerte del Annihilo.

—Deprisa.

Ahí está ese mordaz ingenio lunero. Les he cogido cariño al hombre y a su comportamiento taciturno, pero me preocupa que su contundente forma de honestidad no encaje del todo bien con los juegos del Núcleo. Como decía mi abuela: «Un cortesano sin máscara de baile es tan vulnerable como un pretor sin armadura». En cualquier caso, Atalantia sería imprudente si subestimara al maestro del filo del Confín. Hace menos de dos meses, vio a su padre caminar hacia su propia muerte por una cuestión de honor. Yo no me lo tomaría a la ligera.

—Cuando Atalantia te pregunte cuánto tiempo ha durado el viaje, le dirás que tres meses —dice Diomedes.

—No quieres que sepa lo rápidas que son tus naves.

—La fuerza siempre teme a la velocidad. —Sus ojos pesados escrutan los míos—. Tú profesas el deseo de que los dorados sean uno. No somos tontos. Sabemos que Atalantia se volverá contra nosotros en cuanto tome la delantera. Helios y el consejo creen que tal vez tú puedas convencerla de que no actúe... de manera precipitada.

—¿Y qué opina Dido? —Diomedes ignora mi pregunta—. Haré cuanto esté en mi mano. Tienes mi palabra.

—Mi madre cree que esto es una estratagema para que te hagas con el trono. Pero recuerda: no participaremos en la creación de reyes en la sombra.

—Cuenta también con mi palabra sobre eso.

Lo digo en serio, y creo que Diomedes me cree.

Maldita sea mi herencia. Lo único que importa es que apacigüemos el caos que arrasa los mundos. Los dorados seguimos siendo los únicos mediadores viables. Pero no mientras estemos divididos entre nosotros. Para derrotar a Darrow, debemos sanar las heridas que separan al Confín y el Núcleo. Por eso sacrifiqué a Casio. Por eso me sacrificaría yo mismo. Pero ¿Atalantia se sacrificaría por algo?

Lo dudo mucho.

—Su palabra —dice una voz grave en tono perezoso. Su hermana Serafina se une a nosotros tras abandonar el compartimento principal—. Ya hemos visto con nuestros propios ojos lo voluble que es. Salve, Accipiter Vega.

Se inclina por detrás de mí para darle unas palmaditas cariñosas al piloto en el hombro. Nuestro piloto, Vega, es un niño con ojos añejos. En el Confín creen que los mejores pilotos empiezan su actividad a los diez años y terminan a los veinte. Vega todavía no ha cumplido los doce, que suelen ser el estándar.

Mi propia piloto, Pita, es supersticiosa respecto a los azules del Confín y todavía no se ha desembarazado del terror que le inspiran los luneros desde que su policía secreta, la Krypteia, la torturara. Comprensible. Así que se ha pasado toda la travesía recluida en mis aposentos viendo holofilmes venusinos de hace cincuenta años y comiendo los hongos para meditar que le regaló la abuela de Diomedes, Gaia.

El sonido del piano de Gaia resuena en mi memoria. Quizá Atalantia sepa si yo tocaba ese instrumento de niño y cómo podría haber llegado a olvidarlo. Dentro de ella hay abismos que no soy capaz de explorar. Verdades ocultas, o mentiras, o maldades que mi cerebro ha ocultado en la sombra para protegerme. ¿Qué hay bajo la sombra? Si es un constructo de mi abuela, Atalantia lo sabrá.

—Deberíamos confiar en él tan poco como confiamos en esa puta del Núcleo —le dice Serafina a su hermano. Su mirada me reta—. Menos, incluso. Al menos ella tiene sangre de soldado, no de político.

—¿Y los soldados son más nobles por defecto? —pregunto.

Parpadea y se vuelve hacia Diomedes.

—Si tengo que seguir compartiendo el aire con este engendro del Núcleo durante más tiempo, lo castraré. —Baja la vista hacia mi entrepierna y enarca una ceja con muescas—. Si es que es posible desde el punto de vista anatómico.

Al final de nuestro viaje juntos, me siento extrañamente avergonzado por mi atracción inicial hacia esta mujer despiadada. Al conocerla de cerca, he descubierto que posee pocas de las virtudes que respeto: paciencia, prudencia, gracia, humildad, compasión. Las virtudes que sí tiene —honestidad, lealtad, coraje— quedan distorsionadas por su disposición natural: el hambre diabólica.

Pero aun así mi atracción persiste. Mérito de los diez años que he pasado separado de mi propia especie, supongo. O eso o he descubierto una predisposición latente hacia las cosas salvajes y mi gusto por las mujeres precoces me condenará de por vida.

—Si no puedes compartir el aire, aguanta la respiración —le murmura Diomedes a su hermana.

—No deberíamos estar aquí —insiste ella—. No somos embajadores. Yo debería estar con los comandos de vanguardia y tú al lado de Lux liderando las legiones. No somos de esos sibaritas que estrechan manos con entusiasmo fingido.

Diomedes aprieta los dientes y se le marcan los huesos de la mandíbula.

—Somos lo que nuestros líderes nos piden que seamos —responde.

—¿Y si te dijeran que volvieras a limpiar letrinas?

—Entonces todos los marrones me adorarían. Y reza para que en la cena los cocineros del comedor no sirvan platos venusinos demasiado a menudo.

Serafina resopla al escuchar esas palabras.

—Esto no es una deshonra, Sera. El consejo me eligió para representar al Confín. A ti te eligió un cónsul. Es un honor. Es el honor.

—¿Aunque no creas en esta guerra? —Arquea las cejas despacio—. Bueno, no te preocupes, hermano. Dudo que participes mucho en ella. Maldito sea el honor de Lux, enviar a miembros de los Raa cuando habría bastado con un cobre. Nos convertiremos en rehenes, aun en el caso de que esta zorra del Núcleo decida que quiere aliarse con nosotros antes de clavarnos un filo en la espalda.

—Prefiero pensar que sería veneno —responde Diomedes.

Serafina le acaricia la mejilla a su hermano.

—Sea como sea, serás un buen rehén. Se te da muy bien obedecer órdenes.

Serafina se aleja con paso airado para unirse a los soldados de la escolta.

—El Núcleo no es como el Confín —digo una vez se ha marchado. Elijo mis palabras con mucho cuidado, porque solo hay una cosa que Diomedes desprecie más que los chismes—. La sangre brota del vino derramado.

—Te preocupa que Serafina rete a alguien a un duelo.

—A todo el mundo, en realidad.

—Mi hermana es violenta, no estúpida. Sus objeciones son contra mí.

—¿Y si Dido le ha dado instrucciones que contradicen las tuyas?

Hace caso omiso de mi comentario, pero sé que le sorprende. Mientras que Diomedes representa al Consejo de la Luna, su hermana solo tiene un señor: su madre. Y Dido es de todo menos conciliadora con la gens Grimmus. A fin de cuentas, junto con el Chacal de Marte, ellos fueron los que organizaron la trama del primer Triunfo de Darrow, en el que la hija mayor de Dido y su suegro fueron masacrados.

Dido no lo ha olvidado, y Diomedes tampoco.

Observa el Annihilo con atención.

—Mi padre me dijo una vez que cualquier persona interesante está en guerra consigo misma, y que por lo tanto se la puede describir con solo dos palabras. ¿Cuáles son las de Atalantia?

—Sierra y terciopelo. —Diomedes no dice nada—. Atalantia posee un cerebro salvaje y un carisma inmensamente contagioso. Ni la culpa ni la duda suponen obstáculos para ella. No conoce las medias tintas. Es estratega social, herpetóloga, escultora, una mujer risueña y dominante enamorada del sonido de su propia voz y convencida de que la belleza es el pináculo de la existencia... la belleza en cualquiera de sus formas.

No hablo de sus vicios. Sería inapropiado por parte de Diomedes preguntarme por ellos, así que no lo hace.

Deja que el silencio se prolongue y luego me mira.

—¿Sabes lo que aprendí de la muerte de mi padre?

Espero a que me lo diga.

—A no divagar.

Expuesto a los rigurosos elementos de Ío, Rómulo desperdició un aire valiosísimo en sus últimas proclamaciones, y por eso no consiguió llegar a la tumba de su antepasado, Akari.

Me trago mi respuesta.

Perdido en sus pensamientos, Diomedes vuelve a mirar hacia la nave de Atalantia. Al cabo de un rato de reflexión, habla de nuevo:

—Eres el heredero legal de la Casa de Lune y recibirás lo que quede de sus posesiones. —Se refiere a las naves, las legiones, los juramentos que sin duda se le han hecho a la Casa de Grimmus. Cualquier herencia que me quede le saldrá cara a Atalantia—. ¿Te verá como aliado o como rival?

No lo sé.

Me embarqué en este rumbo creyendo que podría razonar con mi padrino. Siempre fue una persona racional, pero ahora está muerto. Como dictadora, Atalantia es mucho más impredecible.

Diez años me han cambiado. ¿La habrán cambiado también a ella?

Aunque Atalantia detestaba a los niños por principio, hizo una excepción con su sobrino, Áyax, y conmigo, el hijo de su mejor amiga y heredero de su mentor. Yo era el favorito de Atalantia porque, a diferencia de Áyax, me gané el afecto del único color medio que Atalantia ha respetado en su vida: Glirastes de Heliópolis. Híbrido de arquitecto y físico, Glirastes era el maestro hacedor más importante de los últimos siglos, además del creador de tendencias de una época. Y también porque la abuela me eligió como único heredero del Ojo de la Mente, los secretos que Atalantia siempre ha codiciado.

A pesar de ese afecto, no hay nada en mi infancia con Atalantia —ni nuestras noches en la Ópera Hiperión, ni nuestras críticas codo a codo de las exposiciones de violetas, ni siquiera nuestro mutuo amor por la cría de caballos— que pueda desengañarme de la sospecha de que para ella fui poco más que una muñeca que vestir y lucir ante los demás.

Me avergüenza admitir que se lo permití. Con mis padres muertos y Aja fuera tan a menudo, me descubrí dispuesto a hacer grandes sacrificios a cambio de una palabra amable.

Y Atalantia me dedicaba tantas, y la abuela tan pocas...

Sin embargo, uno de los axiomas de Octavia me persigue: «Teme a los que buscan tu compañía por su propia vanidad. En cuanto los eclipses en el espejo, no será el espejo lo que rompan».

No tengo ninguna intención de gobernar. Pero convencer a Atalantia de ello es harina de otro costal.

—No sé cómo reaccionará —respondo al fin—. Pero mientras no tenga una cicatriz en la cara, no heredaré nada. —Me muerdo el interior de la mejilla—. ¿Tienes miedo?

—¿De encontrarme con Atalantia? Depende. —Guarda silencio un instante—. ¿De volver a ver a mi tío? Sin duda.

A mí también me preocupa un poco conocer al Caballero del Miedo.

3
DARROW
Dios de la Tormenta

Debido a su traumático renacimiento, Mercurio es un planeta temperamental de estados de ánimo exaltados y zonas climáticas inhóspitas. Al considerar que es más fácil cambiar un planeta que la naturaleza humana, los creadores de mundos dorados emplearon catapultas electromagnéticas con el objetivo de alterar el período de rotación de Mercurio y hacerlo coincidir con el de la Tierra. A veces, esa terraformación de mano dura es necesaria, pero siempre deja vetas visibles.

En la veta donde el Mar de Sycorax se encuentra con el hielo polar, surge vapor de la enorme boca que los herreros de Hárnaso han abierto en la cara de un glaciar. Unas luces de aterrizaje nos invitan a penetrar en el glaciar, donde un mundo industrial improvisado bulle en torno a la excavación. Cuando aterrizamos, los barracones, los garajes de ingeniería y los comedores del suelo parecen bloques de juguete en comparación con la masa de metal que se está extrayendo del hielo. La máquina antigua parece un caparazón de tortuga al revés, perforado por un tridente.

El emperador Cado Hárnaso, el héroe terrano del Viejo Tokio, sale a mi encuentro sobre el asfalto cubierto de arena. Es una geoda de hombre. Tiene los hombros caídos, el paso lento, la piel parda y una nariz bulbosa de bebedor enmarcada en una cara que, cuanto más se adentra en la cincuentena, más se parece a la de un cachorro enfadado... todo lo cual contradice la intrincada inteligencia de un ingeniero de caparazones estelares que se convirtió en el héroe de su casta.

Durante ocho años, ha mantenido intactos a sus queridos herreros de la Segunda Legión Terrana. Puede que en esta guerra los dorados tengan el monopolio de los supersoldados y la doctrina militar, pero nosotros tenemos el de la creatividad. Y por mucho que me cueste admitirlo, gran parte de ella se la debemos a Hárnaso.

He tenido comandantes brillantes, comandantes estúpidos y comandantes sangrientos, pero encontrar un comandante estable es tan raro como encontrar a un hombre honesto en un gremio de plateados. Ojalá este comandante estable no tuviera la ambición de ocupar algún día el trono de mi esposa.

Formalmente hablando, él es el archiemperador de este ejército, y yo soy un prófugo.

Fue a Hárnaso a quien otrora el Senado nombró mi sucesor cuando yo me rebelé. Sabían que Orión me era demasiado leal. Y también fue Hárnaso quien, ya fuera por beneficio político o por obediencia pedante a la ley, desautorizó a Orión y envió a casi la mitad de la flota de vuelta a la Luna, medida que preparó el escenario para el ataque de Atalantia contra el remanente. Atrás han quedado los días en que podía sentarse a cualquier mesa y charlar con la infantería. Los hombres, al igual que Orión, le echan la culpa de esto.

Pero al final no fue Hárnaso quien decidió invadir Mercurio. Eso fue cosa mía.

—Mira quiénes han venido. El mito y su cachorra. —La mirada de ojos naranjas de Hárnaso se pasea sobre Rhonna y sobre mí como si fuera el único que conoce una broma privada—. ¿Habéis venido a uniros a mí en mi destierro del norte?

—Vas con retraso sobre el horario previsto, emperador —digo al mismo tiempo que le dedico un saludo.

Me lo devuelve sin mucho entusiasmo y escupe un chorro de jugo de tabaco. Se le congela en la barba enmarañada.

—Entonces el horario está mal. —Se rasca la cabeza y se arranca un pelo, aunque no es que le sobren muchos—. Mis muchachos se están dejando las uñas por esta maldita locura que se os ha ocurrido a la cabeza hueca y a ti.

Hago un gesto brusco en dirección a los ingenieros que desembarcan de las lanzaderas humeantes.

—Por eso te he traído más. La Decimoséptima es toda tuya. La máquina de tormentas que tienen en el Yermo ya está a punto. Desde hace una semana, Orión tiene cuatro de las suyas listas a una profundidad de dos kilómetros en el Sycorax.

Frunce el ceño.

—¿Hay otras cinco? Podrías habérmelo dicho.

—Hay otras seis. La seguridad operativa es fundamental.

—Bonita forma de decir que no confías en mí.

—He confiado en ti para esta, ¿no?

—Tanto que has venido en persona. Siete en total, entonces. —Su mente se pone a trabajar—. ¿A qué temperatura está ese caldero de bruja? ¿A cuarenta? ¿Cuarenta y uno?

—Cuarenta y tres grados centígrados —contesta Orión, que sale del Pálido a mis espaldas.

La flanquean sus seis pilotos de tormenta. Disimulo mi enfado. Se suponía que debía esperar. Hárnaso la mira con recelo. En privado, me ha expresado sus dudas acerca de la disposición mental de Orión para el servicio. En público, saluda a la mujer que ostenta su mismo rango.

—Estaba redondeando —dice.

—Bueno, los de tu clase podéis permitiros el lujo de redondear. No sois vosotros los que morís.

—Me sorprende verte en el campo, emperadora Aquarii. —Hárnaso rota los hombros caídos hacia mí—. ¿Qué hace ella aquí?

—Te lo explicaré en la sesión informativa.

—Claro. Seguridad operativa. Bueno, sus meteorólogos habrán captado ese pico, Aquarii. Es posible que sean hechiceros malvados a los que les han lavado el cerebro, pero no son tan tontos como vosotros dos. Volar en la misma lanzadera. Joder. ¿Y si el Caballero del Miedo os mata a los dos?

—Entonces tus sueños se harían realidad —contesta Orión—, y tú liderarías el ejército. Mis máquinas están situadas a lo largo de la codillera volcánica. Tus... «hechiceros» pensarán que son fuentes hidrotermales. Jamás sospecharán que podría ascender hasta los cincuenta grados centígrados.

—Entonces, ¿para qué narices necesitáis esta?

—Control total —dice Orión.

—¿Control total? —Se confirma lo que Hárnaso ya sospechaba, que se le han ocultado datos. Se vuelve y mira la máquina con el ceño fruncido—. ¿Es que no habéis leído las historias? A Pandora no le gusta que jueguen con su caja.

Orión lo mira con más o menos el mismo respeto que Sevro mostraría hacia un zurullo especialmente pequeño.

—Pandora fue una invención escrita por hombres para culpar a las mujeres de las desgracias del mundo. Yo no soy una invención. Bueno, ¿podemos ver la mercancía? ¿O quieres que nos quedemos aquí discutiendo de semántica y congelándonos el culo mientras finjo que cien mil de mis marineros no murieron por culpa de tus sueños húmedos políticos?

Los dos objetos inamovibles se fulminan con la mirada.

—¿Habéis terminado? —pregunto—. Sí, habéis terminado. Quiero esa máquina en el aire. Ya.

Cuando los hombres y mujeres de la afamada Segunda se enjambran sobre el casco de metal de un coloso desenterrado, el hielo es del color de los labios fríos. Aprisionada durante siglos en el hielo, la curvatura del casco superior de la máquina, de casi un kilómetro de diámetro, está combada y plagada de fisuras. Hárnaso recorre el perímetro de la excavación rugiendo en jerga mecánica. Está muy agitado desde que Orión y sus azules entraron en la máquina hace más de dos horas.

El maestro hacedor Glirastes está a mi lado envuelto en la piel de un oso polar. Esbelto, calvo y con un aspecto tan cruel como el de un buitre, el artífice más famoso de la Sociedad frunce la nariz y esnifa una raya de polvo de demonio de un dispensador. Es naranja como Hárnaso, pero pertenece a una clase distinta por completo, una clase que se codeaba con autarcas dorados y que esculpía bibliotecas y artefactos arcanos para disfrute de estos desde Mercurio hasta la Luna. Él no forma parte del Amanecer, aunque su cooperación fue vital para mi Lluvia sobre el planeta.

—Has hecho un milagro —le digo.

—Un milagro, dice. —El maestro hacedor inhala aire de golpe tanto para expresar su desdén como para reclamar los restos de narcótico que le quedan en el agujero derecho de la nariz ganchuda—. Cuando tomaste este planeta, me dijiste que al cabo de un año lloraría de alegría por los frutos que habría acarreado un solo año de libertad. Contempla este rostro, joven caudillo, ¿lo ves cautivo de la dicha?

—El año aún no ha terminado —replico.

—Estas máquinas poseen un poder primordial que no está en concierto con los asuntos humanos —dice volviéndose hacia mí con esa mirada marchita y tensa—. Teniendo en cuenta mis esfuerzos, confío en que tu promesa se mantenga.

Antes de que mis legiones tomaran el planeta, le prometí a Glirastes que evitaría el bombardeo de los centros de población. Debido a esa promesa, cientos de miles de mis hombres murieron en nuestra Lluvia, pero también se mantuvo a millones de civiles alejados del fuego cruzado. El hecho de que honrara la promesa a pesar del elevado coste que me supuso es la única razón por la que Glirastes confía en mí lo suficiente como para contribuir a reiniciar la tecnología arcana que contienen las máquinas. Eso y su miedo a lo que Atalantia les hará a los colaboradores, sobre todo a los que son tan famosos como él, el maestro hacedor de Mercurio.

La promesa que le hice entonces se ha extendido a los Dioses de la Tormenta.

—Se mantiene —digo—. No superaremos el horizonte primario.

—No formaré parte de un genocidio. Ya sabes lo que sucederá si...

—Lo creas o no, Mercurio es tan valioso para mi causa como su gente lo es para tu admirable corazón.

Capta mi sarcasmo y frunce el ceño.

—Solo los dioses saben por qué Octavia mantuvo encadenadas estas bestias infernales. —Vuelve a concentrarse en la máquina con una mirada que es de adoración, envidia y miedo a partes iguales—. Ni siquiera los Votum sabían lo que yacía bajo la superficie de su planeta. Ni siquiera yo lo sabía.

Espero que eso signifique que Atalantia tampoco lo sabe.

—¿Cuál es la razón por la que un dorado hace cualquier cosa? —le pregunto—. El control.

Los Dioses de la Tormenta son fresadoras climatológicas sobrantes de la terraformación del planeta. Trabajaron al mismo tiempo que los motores Lovelock para hacer que Mercurio fuera habitable. Mi esposa necesitó cuatro años y el trabajo de doscientos verdes para forzar la cámara acorazada de la Media Luna de Octavia en la Ciudadela. Los tesoros secretos que encontramos dentro valían una flota de naves estelares. Estoy apostándome diez millones de vidas a que Octavia estaba demasiado paranoica para confiarle a nadie que no fuera de su sangre sus secretos familiares.

Glirastes mira con fijeza al Dios de la Tormenta como si esperara que su masa colosal le susurrara un secreto, luego se cruza de brazos y se sumerge en las profundidades de su laberinto mental. El hacedor es un genio temperamental, pero se preocupa por la gente de este planeta. Le doy las gracias al Valle por eso.

Con el ulular de una sirena, los herreros comienzan la evacuación de la fosa mediante graviascensores. Por encima de ellos, las últimas Garras Perforadoras se desplazan por el aire en el interior de potentes cargueros que se dirigen hacia el sur, donde las almacenarán en nuestro depósito de suministros de Heliópolis. Orión y sus azules son los últimos en abandonar la máquina. Los ingenieros la observan con expresión territorial mientras flotan hacia mí en un gravitrineo. Glirastes le da un sorbo al café que le trae su esclavo.

—El hardware está instalado y operativo —dice Orión—. Se acabaron las protestas de Hárnaso. Es cierto que se han dejado las uñas. Sus herreros han hecho un buen trabajo, para ser meros mecánicos.

—Van puestos hasta las cejas —añade Glirastes.

Tiene razón. Si fuera más joven, pensaría que han sido la rabia o el propósito valientes lo que los ha mantenido en pie. Pero no soy el único con el sueño ligero. Mi ejército es una banda de marionetas sostenidas por unas cuerdas llamadas nazoprán, dolomina y zoladón.

—¿Funcionará? —le pregunto a Glirastes.

—He llevado a cabo cinco millones de simulacros, de los cuales solo dos millones concluyeron con la implosión de los motores y la muerte de toda la tripulación —contesta Glirastes—. Así que en teoría, sí.

—Muy reconfortante —murmuro.

Hárnaso se acerca arrastrando los pies para intentar enterarse de nuestra conversación.

—¿Quieres hacer los honores, emperador? —le pregunto.

—Este es tu monstruo. Despiértalo tú.

Me lanza el mando de control.

Irritado, activo el protocolo de vuelo. Hárnaso ni siquiera mira para ver si los motores de gravedad se encienden por debajo de la máquina vieja. Durante un instante terrible, no sucede nada. No aparto la mirada. «Levanta, cabronazo. Arriba».

—Ya te dije que era un error contar con Hárnaso —susurra Orión—. Creía que esta era la única máquina y la ha saboteado.

—Es imbécil, no un traidor —respondo.

Entonces el Dios de la Tormenta deja escapar un gruñido terrible al sentir la fuerza de los motores de gravedad de Industrias Sol, que lo instan a despertar de su letargo. Excepto Hárnaso, todos los ayudantes y comandantes que me rodean dan un paso atrás.

Con un alarido metálico, la máquina comienza a elevarse, sube y sube hasta detenerse a unos cien metros de altura bloqueando el techo de la caverna artificial. Debajo de ella, sus motores crean un lánguido campo de baja gravedad que suspende los bloques de hielo en el aire. Pronto la máquina estará lista para unirse a sus hermanas en el mar.

Sonrío con satisfacción.

4
LISANDRO
Áyax, hijo de Aja

Tras aterrizar en el Annihilo, Diomedes y yo guiamos a la delegación del Confín a lo largo de un pasillo formado por Guardias de la Ceniza. En lugar de la armadura ceremonial que correspondería a la recepción de dignatarios enemigos, la unidad de élite de Atalantia viste la armadura de batalla. Quizá se deba a que no reconocen de manera formal la independencia del Confín. El metal negro escarabajo de las armaduras de batallas tiene abolladuras y arañazos causados por guerras en cuatro esferas distintas. Pero las calaveras color perla de la Casa de Grimmus que lucen en la coraza están tan pulidas que brillan.

El desaire no pretendía pasar desapercibido, y no lo hace.

Esta no es la bienvenida apropiada para un hijo pródigo o un viejo aliado.

Esta es una demostración de fuerza ante los traidores de sangre.

Mientras superamos las hileras de grises hostiles, me pregunto a cuántos de ellos habrá saqueado Atalantia de entre mis pretorianos y las legiones de mi familia. Busco, pero no encuentro pretorianos. Ni Rhone ti Flavinio, ni Exter ti Kaan, ni siquiera Fausta ti Hu se alzan como oficiales ante las filas.

Al final del pasillo de Guardias de la Ceniza, diez obsidianos Sucios calamitosamente enormes estampan el mango de sus respectivas hachas contra la cubierta para bloquearnos el paso hacia el cuadro de dorados del Núcleo que nos espera. Los Sucios se hacen a un lado y, por primera vez en una década, las dos razas de áureos se miden cara a cara.

Los dorados del Núcleo —rebosantes de cicatrices de batalla y vanidad— visten armaduras de valor incalculable, doradas y moldeadas en forma de monstruos por los mejores artífices que los mundos hayan visto jamás. La mayoría lleva el pelo corto, al estilo de la guerra, y las cejas con muescas. Su constitución de huesos gruesos está reforzada por músculos pesados cultivados bajo estricta observación prenatal, protocolos químicos esotéricos y una tenaz competencia física con sus iguales.

Yo no diría que son la humanidad perfeccionada. Más bien parecen purasangres de competición en pugna por la primera posición.

En contraste, los dorados del Confín son delgaduchos y astrosos. Su cuerpo, al igual que su cultura, está endurecido por la privación y la autodisciplina. Llevan el pelo largo, y antes de la batalla prefieren peinárselo a la manera de los peloponesos. Van ataviados con sencillas botas de cuero y túnicas anodinas cosidas por ellos mismos. Ninguno de ellos lleva nada que no pueda comprarse en el bazar de un color inferior por cincuenta créditos, a excepción de sus espadas más cortas, o kitaris, y sus largos filos, a los que llaman astas.

El silencio entre las dos partes se prolonga con desprecio.

Cuando por fin uno de los dorados del Núcleo se decide a hablar, se trata de una marciana que creía muerta hace tiempo. Los hombros alados de su armadura de cisne están abollados, pero el corazón flamígero de su coraza arde con intensidad en el hangar gris. Su rostro, liso como el alabastro en el recuerdo, es ahora tan duro como el talón de un minero. Pero ni siquiera la guerra ha podido atenuar la chispa de los ojos de Kalindora au San. La Caballera del Amor.

La recuerdo como una criatura recatada y amable, enamorada no de la gloria de la guerra, sino de la elegancia de la poesía y la arquitectura. Cuando era niño, solo tenía en la misma estima a otra mujer de su edad: a Virginia au Augusto. La esposa del Segador, y la usurpadora del trono de mi abuela.

Como hombre, veo a Kalindora de forma muy diferente.

Incluso Diomedes le echa un segundo vistazo. A pesar de tenerlos divididos por dos cicatrices, sus labios son carnosos y parecen únicamente capaces de susurrar. Tiene la nariz pequeña y afilada, pero la característica que la define son sus ojos. Hasta el último gradiente de dorado que existe gira en espiral hacia el hoyo de sus pupilas, y el tono va palideciendo a medida que se acerca a esa oscuridad, de modo que uno tiene la sensación de estar contemplando un eclipse.

—¿Es él? —le pregunta Kalindora a un caballero más alto y más joven con una armadura del color de una nube de tormenta.

Tiene la piel negra y los ojos de un ámbar violento. El pellejo de un leopardo perla se mece desde sus poderosos hombros cuando da un paso al frente para examinarme. Durante un momento, da la impresión de que ambos estuviéramos mirando a través de un cristal sucio: nos inclinamos hacia delante y entrecerramos los ojos para ver si la aparición que se presenta al otro lado es en realidad un amigo perdido hace tiempo o un mero truco.

Apenas reconozco al hombre al que una vez llamé «hermano».

Solo las largas pestañas que le enmarcan los ojos continúan iguales.

En los once años que han transcurrido desde la última vez que lo vi, sus facciones rechonchas, a menudo objeto de ridículo susurrante en la Palatina, se han derretido hasta dejar a la vista un rostro adónico tan hosco, tan apasionado, tan varonil que incluso Casio podría haber señalado, en un momento de ebriedad, algún defecto menor en el hombre con la esperanza de diluir sus propios celos arrasadores.

Octavia siempre se sintió decepcionada por su pequeño experimento genético. Ahora no lo estaría. Áyax, hijo de la unión genética desamorada de Aja y Atlas au Raa, es un espécimen masculino.

Por la phalera que engalana la armadura de Áyax, veo que ya ha cumplido sus sueños de la infancia. Luce no solo su cicatriz de Único, sino también las insignias que representan el cargo de Caballero de la Tormenta, y el rango nada más y nada menos que de un legado comandante de infantería.

Con mi rostro sin cicatriz y mis sencillas prendas civiles, ante los dos Caballeros Olímpicos percibo mi ausencia de diez años con más intensidad que nunca.

—Tú eres el hombre que asegura ser Lisandro au Lune —dice Áyax con desprecio.

—Áyax. —Confundo su tono con el de una broma y me acerco para abrazarlo. Los Sucios me bloquean el paso. Lo cierto es que me siento herido—. ¿No me reconoces?

Áyax entorna los ojos hasta convertirlos en dos rendijas.

—Sometedlo a la prueba del manteío.

En griego, significa «oráculo». Ya he jugado con oráculos antes. Se me cae el alma a los pies. Entonces una esclava rosa se aproxima con sigilo para ofrecerme no una de las pálidas criaturas detectoras de la verdad de la abuela, sino una esfera de metal negro rodeada de serpientes. En el centro de la esfera hay una aguja vuelta hacia arriba.

—Una gota de sangre, si es voluntad del dominus.

Aunque pueda parecer más amable que los oráculos de mi abuela, no me llamo a engaños. La aguja estará bañada en un veneno con código de ADN. Si resulta que soy un impostor, mi muerte será un infortunio tan soez que solo podría haber sido diseñada por el más cruel de los alquimistas venusinos —el mejor de los cuales está permanentemente al servicio de Atalantia—. Aun en el caso de que pruebe mi identidad, es posible que mi destino sea el mismo.

El hecho de que Atalantia esté en posesión de mi ADN sugiere la profundidad de sus operaciones de inteligencia. Debido a dos sofisticados envenenamientos de soberanos y a un terrible incidente de clonación, mi familia protege su ADN como si fuera la vida misma.

¿Por qué si no íbamos a convencer al resto de los áureos para que adoptaran el ritual de disparar a los difuntos hacia el sol? ¿Porque es bonito? No se debe dejar nada atrás.

Me pincho el pulgar con la aguja.

Los dorados del Núcleo observan mientras una sola gota de sangre rueda por la aguja hasta que el metal la absorbe. Fuera cual fuese la sustancia que contenía, el veneno no se activa. Si Atalantia no tenía mi ADN hasta el momento, ahora ya sí. La esfera ondea con un ingenio maravilloso cuando las serpientes comienzan a tallar senderos por su exterior, hasta que un busto de mi rostro preadolescente me devuelve la mirada. La esclava se la devuelve a Áyax.

Él examina la cara.

—Perfil de ADN confirmado —dice un auxiliar verde y calvo. Su enlace ascendente hace que le brillen las pupilas—. Procesando hélices de seguridad. —Un silencio prolongado. Kalindora se da la vuelta, pero Áyax no me quita ojo de la cara en ningún momento—. Perfil de ADN autentificado. Probabilidad de falsificación: una entre trece billones.

—Estoy de acuerdo —dice Kalindora, y su semblante se suaviza.

Los dorados del Núcleo se tensan al recibir la noticia, su competitivo cerebro se pone a calcular cómo afecta mi retorno a sus maquinaciones individuales.

Todavía escéptico, Áyax le lanza el manteío a la esclava.

—¿Qué le dijo mi abuelo a mi madre la noche en que le ordenó que ejecutara a Flavio au Grecco?

No sonrío al recordarlo.

—Ahora que el cerdo está fileteado y comido, ¿qué hay de postre?

Abre los ojos como platos.

—¡Hermano! —Salta a través de los obsidianos y me estruja los huesos en un abrazo tan poderoso que me separa los pies de la cubierta. Este es el Áyax que recuerdo. Un hermano amable y generoso que nunca fue capaz de reprimir ni el afecto ni la furia—. Lo siento, teníamos que estar seguros. El enemigo es taimado en sus ardides. —Cuando me deposita de nuevo en el suelo, me sujeta la cara entre los dedos largos y me besa con firmeza en la boca—. Pequeño Lisandro. ¡Ja, ja! Decían que estabas muerto. Pero mírate... —Me sacude el polvo de los hombros—. Tan corpóreo como un cormorán, y sigues siendo el mismo dandi ágil de siempre a pesar de haber pasado tanto tiempo en cautividad. —Hace amago de golpearme en la cara—. Bueno, no tan ágil.

«Cautividad».

Casio se reiría.

No tengo ganas de aclararle esa idea a Áyax todavía.

—Me habían dicho que eras la viva imagen de tu madre —respondo—. Pero no que eras más alto.

Es un eufemismo. Es mucho más grande.

Lleno de alegría, me da una palmada en el hombro y agacha la frente para pegarla a la mía. Respira hondo. El olfato siempre ha sido su sentido favorito.

—Cuando recibimos el código familiar, pensamos que era uno de los trucos del Rey Esclavo. Entonces vimos tu significante. La complejidad del código fue una sinfonía para mis emociones. —Cierra los ojos—. Juntos de nuevo.

—Juntos de nuevo, hermano —digo. Todavía me parece imposible, y me contengo porque sé que las revelaciones que debo compartir se utilizarán en mi contra. Esta reunión solo será real cuando Áyax me abrace después de haber compartido esas revelaciones—. Lloré por tu abuelo. Se merecía algo mucho mejor.

Áyax se aparta de mí, cabizbajo.

—Sí, bueno, él dejó su huella, ¿verdad? Ahora nos toca a nosotros. —Desvía la mirada de nuestro momento privado el tiempo suficiente para estudiar a los Raa. Su voz se torna truculenta—. A menos que tengas una nueva familia...

Kalindora se aclara la garganta. Tras disculparme, la saludo con menos informalidad de la que me gustaría y presento a Diomedes y a la delegación del Confín. En respuesta a la reverencia formal de Diomedes, Kalindora se limita a chasquear la lengua.

—Cuando recibimos el comunicado de Lisandro, creímos que eras una ficción enmascarada. Pero aquí estás, atrevido como un gato callejero, e igual de polvoriento.

—En nombre del Dominio del Confín... —comienza Diomedes antes de que Kalindora lo interrumpa.

—Tu tío te presenta sus disculpas. Atlas habría venido a recibirte en persona, pero la guerra es un... asunto absorbente. —Entorna los hermosos ojos—. Estoy segura de que tú no podías saberlo.

Áyax se interpone con ademán posesivo entre Diomedes y yo para calibrar al caballero del Confín.

—O sea que tú eres el engendro mayor de Rómulo y esa puta venusina. Qué valiente debes de ser para haber liberado a Lisandro de la cautividad del Traidor. —De manera que así es como llaman a Casio... No es ideal—. Supongo que estoy en deuda contigo, «primo».

Por extraño que resulte oírlo en voz alta, son primos. Por las venas de ambos corre la sangre pura de los conquistadores Raa. Pero, al igual que muchas de las líneas genéticas que descienden de la cumbre, tienen poco en común, salvo ese linaje compartido y las capas de animosidad superpuestas por las ancestrales luchas internas.

Diomedes me mira y luego vuelve a concentrarse en Áyax.

—Ningún hombre me debe nada —responde.

—¿Debo dar por hecho que el Traidor está muerto? —pregunta Áyax. Diomedes asiente con la cabeza—. ¿Fuiste tú quien le asestó el golpe mortal? ¿Chilló? —Diomedes no responde—. Veo que tu penuria estética es extensiva a tu vocabulario. En el Núcleo, es de buena educación contestar a una pregunta cuando te la hacen.

Serafina aprieta los dientes cuando ve a su hermano recibir la ofensa.

—No obtengo placer del fallecimiento de un hombre honorable —le dice Diomedes al hombre más alto con dignidad principesca—. Pero me temo que antes de caer... mató a tu medio hermano, Belerefonte.

Áyax sorprende a Diomedes con una carcajada. A pesar de que su aversión hacia su primo Belerefonte es reconocida, ver que la muerte de un hombre al que trataba de toda la vida lo divierte hace que la decepción inunde a Diomedes. Ha comprendido que ahora se encuentra en un mundo diferente, donde abajo es arriba y arriba es abajo. Uno nunca puede llegar a estar preparado para eso.

—¿Belerefonte? —Áyax se ríe—. Nunca conocí a ese engendro. Nuestros espías dicen que no sois mucho mejores que él con la hoja. Dime, ¿quién es el más ejemplar de los caballeros del Confín? ¿Tú?

—Sería un mal juez. Pero si se mide la valía de un hombre por su habilidad con una hoja, entonces imagino que es la persona que menos se parezca a ti.

Serafina mira atónita a su hermano, como si acabaran de salirle cuernos. Una sonrisa lenta le curva los labios.

El Confín no está aquí para que lo avasallen.

Kalindora me mira arqueando una ceja.

Áyax, por el contrario... Bueno, cuando era niño se burlaban de él, y ahora que es un hombre no parece gustarle más. Rodea a Diomedes y sucumbe a una ira fingida cuando ve los relámpagos y las nubes en la capa de Diomedes.

—Por lo que se ve llevas mi blasón, buen hombre.

—No es tu blasón, como tampoco lo fue del hombre que te precedió. Representa una idea. En nuestro caso, la humildad.

—¿La humildad? ¿Y cómo es eso?

—Un hombre no es nada ante la tormenta.

Áyax se agacha y coloca su nariz a escasos centímetros de la del hombre más pequeño.

—Yo soy la tormenta. Quítatelo.

«Oh, Hades» es el pensamiento que comparten todos y cada uno de los presentes, puede que incluso el propio Áyax. Por descontado, Atalantia no quiere ni que él mate a un Raa ni que un Raa lo mate a él en un hangar.

Nunca le niegues a tu enemigo la oportunidad de retirarte. La victoria puede salir demasiado cara.

—¿Por qué? —contesta Diomedes sin alterarse—. Soy el Caballero de la Tormenta del Dominio del Confín. No pretendo ser el del Núcleo.

—Sin embargo, lo estás luciendo en el Núcleo, buen hombre. ¿Cómo voy a soportar tal desconsideración hacia mí, y en referencia a un cargo que tengo en tan alta estima? Si la tolerara, la indignidad me retorcería la polla.

Es una jugada inteligente por parte de Áyax, y una demostración de lo listo que es. Le está ofreciendo una salida a Diomedes, a cambio de un precio. Diomedes se da cuenta y lo paga de buen grado. Se quita la capa y la dobla entre sus manos.

Áyax estropea su victoria y pierde el respeto de todos a excepción de los sádicos al arrancarle la capa a Diomedes de las manos y mearse en ella. Entonces Áyax se sella la armadura pélvica y me mira.

«¿Vas a defenderlo?».

Con Áyax, o estás con él o contra él. Hoy no puedo permitirme esto último, y reconozco la estratagema social a la que está recurriendo ahora. Se llama Irreverencia Requerida, un protocolo de la máscara de baile. Una de las tácticas favoritas de Atalantia.

—¿Has terminado ya, Áyax? —pregunta Kalindora con un suspiro.

Él se limpia las manos con la túnica casera de Diomedes.

—Casi.

Serafina ya se ha hartado. Da un paso al frente, con la mano en el kitari, y lo único que la detiene es el leve chasquido que su hermano emite con la lengua. No sé qué significa ese ruido, pero ella se lo toma muy en serio.

Diez obsidianos Sucios sueltan un gruñido gutural al bajar su hacha. Pero Áyax y los dorados del Núcleo se limitan a observar como si fueran una hilera de pacientes cocodrilos. Ahora ya saben que, al fin y al cabo, hay algo de sangre caliente en el Confín. Ya sea dentro de una hora o dentro de cinco años, la explotarán, bien colectiva o bien individualmente.

Se lo advertí a Diomedes.

—Por el coño de Juno, qué sensible es tu catamita, Raa —ronronea Áyax, que le resta importancia tomándoselo como una farsa en lugar de como una muestra de temperamento.

—Mi hermana solo se está estirando después de un largo viaje —responde Diomedes.

—¿Hermana? ¿Hermana? —pregunta Áyax—. Pero ¿dónde tiene las tetas? ¿Ahora se las cauterizáis como a las lesbianas aladas de Sefi?

—No, pero en el Confín castramos a los obsidianos afectados —responde Serafina—. Acércate, gahja. Te impartiré un taller.

Áyax responde a la invitación con una reverencia divertida.

—Tal vez más tarde, prima. Pero por ahora, creo que Kalindora está a punto de perder la paciencia conmigo. Mis disculpas, por supuesto. Es que es muy emocionante tener a los Raa de vuelta en el redil. Los últimos duraron demasiado poco. —Con grandes aspavientos, imita el famoso momento en que una bota Julii pisoteó a la hermana mayor de Diomedes y Serafina hasta matarla. Luego me pasa un brazo por los hombros y les hace un gesto a los Raa para que lo sigan—. Bienvenidos a las Legiones de la Ceniza.

5
DARROW
Capa de Viajero

—La Operación Capa de Viajero está en marcha —comunico al grupo de oficiales que se han reunido en el comedor de la obra. A Glirastes ya se lo han llevado hacia Heliópolis, donde estará bajo vigilancia hasta que se complete la operación. Los que quedan son legados ingenieros, comandantes de vuelo azules y arrogantes rangers del cielo, todos veteranos en al menos dos campañas. Dignos de confianza, en otras palabras. Hárnaso permanece sumido en un silencio pétreo—. Habéis estado trabajando sin disponer de toda la información. Los detalles de la Capa de Viajero se han compartimentado por razones de seguridad. Permitid que os desvele el panorama completo.

»Lo que ya sabéis: Atalantia es meticulosa. Después de nuestro bailecito en el cementerio, ha eliminado el campo de escombros y las minas. Mercurio está bloqueado por completo. Está en superioridad táctica y numérica, es probable que nos doblen en tierra. Desde su posición, puede destruir cualquier nave que intente penetrar en órbita, y lanzar una Lluvia para reforzar cualquier punto del planeta en menos de veinte minutos. En comparación, nuestra capacidad de respuesta es insignificante. Y esto le otorga la capacidad de flanquear cualquiera de nuestras unidades a su antojo. Los escudos son nuestra única ventaja. Mientras estén en alto, Atalantia no tendrá el apoyo de la artillería y no se arriesgará a hacer aterrizar elementos de tierra. Si nuestra cadena de escudos cae, perdemos. Punto final.

»Una vez que nos haya destruido, volverá la vista hacia la República. Algunos de vosotros creéis que deberíamos aguantar y esperar los refuerzos de la Luna. —Evito mirar a Hárnaso. No es el momento de hacerle reproches—. Permitidme que os quite esa idea de la cabeza. En el hipotético caso de que envíen refuerzos, Atalantia lo sabrá y lanzará una invasión a su medida antes de que lleguen. Para entonces, el Caballero del Miedo ya habrá dado los pasos necesarios para debilitar nuestra posición con métodos que no podemos contrarrestar. Se harán con la iniciativa y con el cielo. Una vez más, perdemos.

»No podemos retroceder, no podemos rendirnos, no podemos atacar, no podemos esperar. Nuestra única opción es definir los términos del combate. Los invitaremos a entrar.

Se echan hacia delante.

—Los tanques y la infantería destinados a Marte, la Luna y la Tierra morirán aquí, en Mercurio.

Me enorgullezco de que los oficiales no se inmuten.

Si mi regreso había despertado en ellos cualquier tipo de ilusión de que fuera a rescatarlos, acaba de disiparse.

No puedo agitar las manos y llevármelos volando a Marte.

Esta no es una historia de salvación, sino de sacrificio. Estas son nuestras Termópilas.

—Lo que no sabéis: hace varias noches entró en vigor la primera etapa de la Operación Capa de Viajero, justo cuando el Caballero del Miedo derribó una nave gorrión negro al este de las Hespérides. A bordo había un cadáver, colocado por agentes de la inteligencia Aulladora, que llevaba un hacinadatos con información relativa a un punto débil en el interior de nuestra cadena de escudos.

»Parece que el Caballero del Miedo ha mordido el anzuelo. En estos momentos, los Aulladores lo están guiando hacia Eleusis, que, una vez destruida, producirá una sobrecarga en cadena de los generadores de escudos, y a su vez esta creará un pequeño hueco al sur de Pan, en las Llanuras de Caduceo, al que Atalantia será incapaz de resistirse.

»El terreno es una pista de aterrizaje perfecta. Es lo bastante plano para sus tanques. Lo bastante seco para sus titanes. Lo bastante amplio para que aterricen diez legiones a la vez. Y está en una posición inigualable para dividir nuestras fuerzas septentrionales, superar nuestras defensas en los Niños (en la Península de Pétaso) con infantería aérea y para enviar tanques por la costa hacia el oeste para atacar Tyche.

»Esa pista de aterrizaje es nuestra arca de muerte. Está sembrada de minas atómicas, rodeada por dos grupos ocultos del ejército apoyados por seis de las diez naves antorcha que nos quedan y por la base del Tramo Rojo. Cuando el ejército de Atalantia aterrice allí, será atacado por tres flancos. Se retirará por la única ruta disponible: hacia el sur, hacia el Yermo de Ladón. Dicen que ese desierto devora ejércitos. Pretendo alimentarlo con otro.

Sonríen y esperan escuchar la razón por la que los he convocado cuatrocientos kilómetros más al norte, apartados del campo de batalla por todo un mar.

—Entonces, ¿por qué estáis aquí? —Dedico un momento a mirarlos a los ojos uno por uno—. Vosotros no formáis parte de la Operación Capa de Viajero. Los hombres y mujeres de esta sala formaréis el Séptimo Tramo Azul, bajo el mando directo de Orión, del Primer Tramo Azul, frente a la costa de Tyche. Si todo lo demás falla, vosotros sois mi póliza de seguro. Vosotros sois la Operación Tártaro.

Una vez que los oficiales se dispersan para ir a recibir órdenes directas de Orión, le pido a Hárnaso que dé un paseo conmigo por la zona de la excavación. Tenemos asuntos que rematar. Y quiero tener testigos. La máquina ha vuelto a posarse en su punto de atraque tras la prueba de funcionamiento. Los ingenieros se hablan a gritos mientras llevan a cabo los ajustes de última hora.

—O sea que has dado con una forma de hacerlos compatibles con la sincronización —dice Hárnaso—. Y con un modo de manejar la carga de datos. Serán terabytes por segundo.

—Lo sé.

—Mis herreros los han visto instalar tecnología extraña en la sala de control. Si no han sido mis hombres, ¿quién la ha diseñado?

—Tuvimos que utilizar todos los recursos disponibles en el mínimo tiempo posible.

—¿Qué recursos?

—El Maestro Creador Glirastes.

Se le pone la cara blanca.

—Glirastes. Ya ha jugueteado con bastantes cosas, ¿no te parece?

—Es el único hombre de Mercurio que estudia la tecnología antigua por placer —respondo—. Si tú hubieras sido capaz de hacerlo, te lo habría pedido a ti.

—Es la mascota de los dorados.

—Sé que no estás de acuerdo con este curso de...

—Eso es un mal uso del lenguaje. —La voz de Hárnaso no se eleva ni un decibelio—. Cuando has dicho que los dejaríamos penetrar en nuestros escudos, he pensado que te había oído mal. Cuando me dijiste lo que íbamos a desenterrar, pensé que me había vuelto loco. Ahora me dices que no hay una máquina, sino siete, y que funcionan con la tecnología de la mascota de los dorados. No soy yo quien se ha vuelto loco. —Me clava un dedo en el pecho y me dice en tono tranquilo—: Sino tú.

Bajo la mirada hacia su dedo esmirriado.

—Contrólate, emperador. Nosotros marcamos el tono. El Tártaro no es más que...

—Una póliza de seguro, sí. Lo he oído.

—No crees que podamos igualarlos por tierra.

—No.

—¿Tengo que recordarte que este sigue siendo el ejército que liberó nuestros respectivos hogares?

—Pero sin Sefi, sin Sevro, sin la Séptima. —Las llaves inglesas que forman una cruz en su uniforme destellan cuando el terrano cruza sus gruesos antebrazos el uno sobre el otro—. El enemigo acaba de recibir provisiones de Venus, sus legiones están reabastecidas, sus máquinas reparadas. No son florecillas blandengues. Son las Legiones de la Ceniza al completo. Entre ellas las Legios XX Fulminata, XIII Dracones y X Pardus. En nuestro mejor día, cualquiera de ellas pondría a prueba nuestra entereza. Pero Atalantia se las ha traído a todas. Y este no es nuestro mejor día. Hace solo una semana, mis hombres estaban derritiendo chatarra para poder llenar los polvorines de la Vigesimotercera. Chatarra. No uranio empobrecido. Chatarra. Darrow, sabes que no soy Casandra. Pero en el momento en que la primera bota de Único pise el suelo de Mercurio, habremos perdido el planeta. Esto no son las Termópilas. Eso es Cannas. Moriremos en el Ladón.

Ignoro la mención a la obsesión clásica que comparto con los dorados.

—Hárnaso, perdimos el planeta en el momento en que enviaste a la mitad de la flota a casa.

Me estudia con frialdad.

—Bueno, ya salió. ¿Quieres azotarme por ello? ¿Quieres una disculpa? Que te follen. Esa es tu disculpa. Cumplí con mi juramento. La espada del pueblo nunca debería silenciar su voz. Y la voz del pueblo es el Senado. No tú.

—¿Y qué te dice el Senado ahora? —Me pongo una mano detrás de la oreja—. La voz no habla. Así que lo hará la espada.

—¿Sabes por qué prefiero a Sevro antes que a ti? Puede que él se enfurezca y eche chispas. Pero tú te vuelves gélido. No hay forma de hablar contigo cuando te pones así. Eres inhumano. Eres un dios emperador.

Sus herreros se han percatado del tenor de nuestra conversación, y quizá de su contenido. A Thraxa le preocupaba mi decisión de montar este teatro rodeado por los hombres de Hárnaso. Pero no se coge al lobo por la lengua sin meter la mano entre sus dientes.

Da un paso hacia mí.

—No has vuelto para salvarnos. Has vuelto para matarlos. —Reprime un estremecimiento de rabia—. Estás lanzando los dados en la oscuridad. Puede que los refuerzos ya estén en camino. Al menos intenta superar su bloqueo. Envía una señal. Contacta con el Senado. Entérate de sus intenciones. Tienes el solemne deber de mantener a los hombres con vida el mayor tiempo posible. Y si utilizas esas máquinas, somos tan malos como el enemigo.

—Hárnaso. Mira a tu alrededor. ¿Te parece que hoy sea un día en el que esté dispuesto a considerar las protestas morales de alguien? Voy a seguir adelante. ¿Estás conmigo, emperador?

—¿Y si no lo estoy?

—Mi mano izquierda no puede tener voluntad propia.

A mi orden, diez Aulladores vestidos de negro salen en fila de la Nigromante. Las propiedades camaleónicas de su armadura de pulsos ondulan para mimetizarse con el hielo pálido. Félix ladea la cabeza rapada.

La expresión de Hárnaso se oscurece.

—¿Usarías a los Aulladores... en mi contra?

—Esa decisión es tuya.

Los dorados, obsidianos y grises más aterradores de las legiones lo miran con fijeza. Todos ellos lo matarían si yo se lo pidiera, o le pondrían esposas en las muñecas y lo arrojarían al calabozo. Hárnaso mira a sus herreros y se pregunta si ellos harían lo mismo. Llega a la conclusión correcta y baja la voz.

—Si te ves obligado a elegir entre salvar a nuestro ejército o matar al suyo, necesito que me des tu palabra de que nos elegirás a nosotros.

—Somos una fuerza expedicionaria. Nuestra misión es encontrar y destruir al enemigo. —Sonrío—. Bueno, pues ya lo hemos encontrado. Tu respuesta, emperador.

Clava la mirada en el suelo, las manos le tiemblan a los costados. Perdió el ejército en el mismo instante en que regresé. Lo conozco lo suficiente para saber que albergaba la idea de poder interponerse si yo los llevaba al límite. Ahora sabe que esa opción nunca ha existido.

—Maldito seas —dice, y levanta la vista—. Maldito seas. —Aunque la ira no abandona sus ojos en ningún momento, me saluda con una precisión de la que pocos creerían capaz a su cuerpo desmadejado. Mantiene la posición durante demasiado tiempo para mi gusto—. Hail, Segador.

—Señor... —dice Rhonna a mi espalda—. Es el Cachorro Uno.

En la sala de comunicaciones de la Nigromante, un holograma de Alexandar de un metro de altura aparece y desaparece, mermado por la tecnología de interferencias de la flota de Atalantia. Hárnaso y Orión entran a toda prisa detrás de mí.

—Perdido... Miedo... en el... Ladón.

—¿Significa eso que Miedo va a por Eleusis? —pregunto—. ¿Ha mordido el anzuelo?

—... anzuelo... no... desde... Ang... —Hárnaso se cruza de brazos y se esfuerza por entender a Alexandar—. Socorro... de... No... cación.

—Repite. Cachorro Uno. Repite.

—No mordió el anzuelo. Ningún movimiento en Eleusis... recibió una llamada de socorro de Angelia. Comunicación de... Angelia... desde el 06...

—Angelia... —murmuro.

Angelia es una ciudad pequeña del Ladón mediooriental que hemos utilizado para evacuar a los civiles de las ciudades que rodean nuestra arca de muerte. Está bajo la Cadena de Escudos Septentrional, pero no es un nexo generador como Eleusis. Se suponía que Atlas atacaría Eleusis. Se la he dejado abierta de par en par, prácticamente le suplicaba que la asaltara.

A lo mejor suplicaba demasiado.

Hárnaso aprieta los dientes y los músculos de su mandíbula hacen horas extra.

—Ese bastardo lo sabe. Ha adivinado tu plan.

—Suposición engañosa —responde Orión—. Angelia no cuenta con un generador como Eleusis. Está bajo la sombra de Cidón.

—Entonces, ¿qué se le ha perdido allí a Miedo? —pregunta Hárnaso—. ¿Qué es lo que tiene esa ciudad, Darrow?

No puedo esperar a recibir más información. Hay que tomar una decisión. Pero si juego mi mano demasiado pronto, todo se desmoronará. «Maldita sea. ¿Qué ha salido mal?».

—Hárnaso, tu trabajo aquí ha terminado. Te quiero de vuelta en Heliópolis.

—¿Lejos del combate, con los civiles y los escalafones más bajos? —pregunta.

—El enfrentamiento se producirá en Tyche. Cuando perdamos el aire, necesitaremos que continúes suministrándonos refuerzos a través del gravicircuito. Y debemos proteger la integridad de la cadena de mando. Si yo caigo en el desierto y Orión cae con las máquinas, el ejército debe tener un comandante.

Es lo que tiene Hárnaso: con independencia de cuáles sean nuestras diferencias, cuando se acerca el enemigo, él me cubre las espaldas. Me saluda con brusquedad. Al volverse, fulmina a Orión con la mirada. La observo mientras él se aleja. Uno a uno, mis guardaespaldas van escabulléndose por el pasillo hacia el garaje de abajo. Saben lo que se avecina. «Allá vamos otra vez». El mero hecho de pensarlo me colma de agotamiento.

—Te necesito en el Primer Tramo Azul —le digo a Orión—. Llévate cualquiera de las lanzaderas, envía al resto de los pilotos a sus máquinas. —La agarro del brazo cuando se desplaza hacia el pasillo—. No levantamos los Dioses de la Tormenta por encima del horizonte primario. Júramelo.

—Por mi vida.

Atraigo su frente hasta la mía.

—Desde el Vanguard hasta Valle, hermana.

Ella sonríe al recordar la vieja nave en que nos conocimos.

—Desde el Vanguard hasta Valle, hermano.

Se marcha y se lleva parte de mí con ella. Ya nunca se sabe cuándo volverás a ver a un amigo. O si volverás a verlo. De todas las personas que conozco, Orión es la única que nunca me ha dicho lo que querría hacer después de la guerra. Ahora siento la necesidad de saberlo, pero ya está llamando a sus pilotos de tormenta y empujándolos hacia las lanzaderas.

—¿Crees que está en su sano juicio? —pregunta Rhonna desde la plataforma de desembarque—. Si entra en modo rojo sangre...

—Tengo una póliza de seguro.

—Por supuesto que sí.

Me vuelvo hacia ella. Estoy a punto de decirle que se vaya con Hárnaso cuando me doy cuenta de que entiende a lo que me refiero... a qué me refiero con exactitud cuando digo que tengo una póliza de seguro para Orión. Joder. Soy transparente para ella.

—¿Dónde está? —pregunta—. Por si acaso...

Por si acaso muero en el campo de batalla, quiere decir.

Cuando le pedí a Glirastes que construyera el hardware de sincronización para los Dioses de la Tormenta, también le dije que construyera una válvula de seguridad para que los azules que los manejaran no pudieran decidir el destino del planeta sin mí. Me saco el interruptor maestro del abrigo y lo blando ante Rhonna.

—¿Y en la armadura? —pregunta.

—Segundo compartimento del muslo. Pierna derecha.

Y con eso, Rhonna se asegura un puesto a mi lado.

«Lo siento, hermano».

Envío un mensaje a los Aulladores:

—Alexandar, dile a Thraxa que reconozca Angelia. No te enfrentes al Caballero del Miedo. Voy de camino.

6
LISANDRO
Carnívoros

—Lisandro au Lune. Qué aspecto tan vital tienes, para ser un fantasma. —Estoy arrodillado en la cámara de meditación de Atalantia, y ella me alza para abrazarme—. Mira, Hipatia, nuestro viejo amigo —canturrea. La gran serpiente, negra y domesticada, que Atalantia lleva enrollada en torno a la garganta como si fuera un collar me mira con indiferencia reptiliana—. Vamos, querida, dale un beso al amigo Lisandro.

Había olvidado lo aterrador que es sentir las frías escamas de la criatura más venenosa de Venus sobre tus labios. Cuando me aparto de ella, veo que las escamas camaleónicas de la serpiente palidecen para igualarse con el tono de mi piel, y que luego se oscurecen al volver a enredarse alrededor del cuello de Atalantia.

—¡Se acuerda de ti! —canturrea Atalantia.

Su cámara de meditación es más agradable que sus collares. A diferencia de la abuela, Atalantia disfruta con un poco de caos. Su cámara es un jardín con la vegetación más esotérica que he visto en mi vida. Bajo una cúpula de estrellas, varios árboles helicoidales con las hojas violetas se enroscan como hebras de ADN. Los pájaros cantan. E incluso hay uno o dos monos columpiándose en las ramas. Si no fuera porque Mercurio gira al otro lado del ventanal, no sabría que estoy en un acorazado.

Mi toque favorito son las orquídeas carnívoras encaramadas sobre balbucientes fuentes con cupidos. Estiran las lenguas hacia mí mientras miro a Atalantia.

Al igual que Áyax, Atalantia también ha cambiado en mi ausencia. Ahora, cerca de la cincuentena, la más pequeña de las hermanas Grimmus está delgada y tiene un aire voraz. No aparenta más de veinticinco, excepto en los ojos. Pero donde una vez se recostaba la caprichosa rompecorazones de la Montaña Palatina, ahora se alza una soldado.

Han desaparecido los vestidos, las joyas y las trenzas que se balanceaban más allá de la parte baja de su espalda. Han desaparecido las uñas de diamante y las flautas de champán especiado, así como las salas llenas de musculosos concubinos rosas. Un espectacular uniforme negro con hileras de pinchos dorados y una calavera en cada hombro ha sustituido los vestidos, y una nave llena de intrépidos asesinos de mi generación, de los veteranos de ojos gélidos de la suya y de las leyendas restantes de la anterior a los concubinos.

Lleva el pelo cortado en degradado por los lados y recogido en trenzas cortas en la parte superior. Casi se la podría confundir con uno de esos marcianos marciales y ariscos de los que solía burlarse.

Volver a verla es como tocar un fragmento de mi hogar. Más incluso que ver a Áyax o a Kalindora. Atalantia era amiga íntima de mis padres. Y mientras que siempre le he tenido miedo a Atlas, el mejor amigo de mi padre, nunca se lo he tenido a la de mi madre. En muchos sentidos, Atalantia fue mi protectora tanto como Aja.

Nos acompañan Áyax, Kalindora y, mediante hologramas, una especie en peligro de extinción: los primus de las casas conquistadoras supervivientes. Están los Carthii, los ricos y licenciosos constructores navales de Venus; los Falce, obsesionados por la pureza y nómadas desde que cayeron sus territorios de la Tierra; y los Votum, los poéticos, aunque en última instancia pragmáticos, magnates de la minería de metales y constructores de Mercurio, recientemente desalojados, por supuesto.

Están ausentes las familias advenedizas que han medrado gracias a la guerra y que este grupo aún considera insignificantes. La falta más notoria es la de la antigua Casa de Saud, la suministradora de infantería de Venus. La familia de Dido es la principal rival de los Carthii, los aliados más fuertes de Atalantia. Su ausencia lo dice todo.

Así que esto sigue siendo un antro de carnívoros. Será un público difícil. Al menos me ahorro tener que contarle a Julia au Belona el destino de Casio a manos del Confín. Ella no está presente.

—Me afligió saber de la muerte de tu padre —le digo a Atalantia siguiendo el protocolo de la corte—. Largos fueron sus esfuerzos. Grandes fueron sus hazañas. Que descanse sin carga en el Vacío.

Bajo los párpados pesados, sus ojos destellan como cabezas de fósforo. Su mirada escudriña mi cara, la habitación, en busca de más combustible que quemar. Recae sobre mis vestiduras y baila con fuego.

—Querido niño, debo decirte que tu sentido de la moda se ha vuelto bastante lúgubre...

—Tu padre...

—¿Es que no te enseñé nada? ¡Dulce Lisandro! La ociosidad no es razón para descuidar el mantenimiento de los cascos de tu corcel, al igual que la guerra no es excusa para los trajes mal confeccionados. Tendremos que enmendar tus pecados de inmediato. Es una cuestión de respeto por uno mismo. Tengo a bordo a tres de los mejores sastres de todo Venus. Una semana con ellos y parecerás un rey.

Esa es una palabra peligrosa en esta compañía.

Es mejor que no conteste.

Suspira y levanta la vista hacia las estrellas. Le echo un vistazo al mural gigante que domina la pared del fondo. Es el que Octavia encargó de nuestra familia y de nuestros aliados más cercanos, la gens Grimmus. Áyax y Atlas me devuelven la mirada desde él, pero no se ve nada de las caras de los muertos.

Atalantia las ha tapado con pintura.

Y la mía también.

—Padre siempre pensó que sería Lorn quien lo mataría, de una manera u otra —dice al percatarse de mi interés en el mural y mirando la figura de su padre, cuyo sudario está recién pintado—. Eso no le habría importado, ni siquiera que hubiera sido Nerón. Pero ¿un chucho callejero, un mestizo y un esclavo? —Emite un leve sonido sibilante—. Qué época tan indecorosa esta que vivimos, querido muchacho. Nadie recibe la muerte que se merece. Es de lo más zafio.

—¿Qué clase de farsa es esta, Atalantia? —masculla el holograma de Escorpio au Votum.

Siempre ha sido una criatura pedante y matemática. Además acaba de eclipsar los cien años de edad, y va por su decimosexta concubina.

—No tenemos mucho tiempo para esta... atracción secundaria. Hay que debatir la logística.

Atalantia me mira y pone los ojos en blanco, como diciéndome «Mira lo que tengo que aguantar». Pero todavía hay un abismo entre nosotros. Desconfía de mis intenciones, como es natural.

—¿Farsa? —sisea Áyax, que acude en mi defensa—. ¿Y qué tiene de farsa que Lisandro haya vuelto de la tumba, Escorpio?

—¿Un niño perdido llega a esta hora tardía dando tumbos hasta nosotros desde los confines de la civilización en una nave enemiga? —Escorpio resopla—. Perdonad mi incredulidad, pero parece obra de maquinaciones arteras.

—Cómo me gusta el mausoleo de conspiraciones de tu mente, Escorpio. Qué delicia. Pero me pregunto, ¿pretendes acusarme de maquinaciones arteras? —pregunta Atalantia.

—Me refería a la variedad lupina. —No es cierto—. Pero, ya que lo preguntas, te recuerdo que Mercurio pertenece a mi familia, no a la gens Grimmus, ni a la gens Lune, ni a esta confederación de los Doscientos que hemos improvisado para incluir hasta a la sangre más diluida. Nosotros construimos Mercurio. Nosotros domesticamos su órbita.

—Fueron Silenio y sus herederos quienes lo pagaron... —interviene Kalindora.

A ojos del primus Votum, la juventud de Kalindora y su lamentable linaje, que apenas tiene trescientos años de edad, tienen poca importancia. Continúa despotricando.

—Por favor, Atalantia, ¿de verdad crees que el apoyo del heredero nos hará olvidar que poseemos las escrituras de este planeta? No. No. Precoz como eres, no eres la única con un ejército. Eres la primera entre iguales, pero eso no te convierte en nuestra soberano. Ni lo hará nunca.

Atalantia le sonríe.

—Si malinterpretara eso como una amenaza, Escorpio, a lo mejor insistiría en que invitaras a Atlas a tomar un té de medianoche. Ya lo sé, también puedes invitar a tus encantadores hijos: Cicerón, Porcia, Ovidio, Horacia. ¿Por qué no invitar a todo el mundo, sin más?

La mención de Atlas produce un efecto escalofriante en la habitación. Pero es algo que va más allá del simple miedo a ese hombre. En una época en la que estos primus han sido testigos de la extinción de líneas genéticas tan antiguas como la suya propia, las amenazas a la familia no solo arriesgan el corazón, sino también la supervivencia de sus respectivos nombres.

—Por supuesto que yo no soy la soberana —dice Atalantia, ahora afilada como una tachuela—. ¿Qué necesidad tengo de sicofantes aduladores? ¿O de soportar la carga de la gestión planetaria? Mi provincia es la guerra, buen hombre. Solo la guerra. En ella he demostrado ser tu superior, y disfruto de tu confianza en su ejecución. —Nadie muestra desacuerdo, ni siquiera Falce, y eso que ha visto tantas batallas como el propio Segador—. Esto pertenece a la guerra. Y yo digo que este es Lisandro. Y que esta es la primera vez que lo veo en diez largos años. Sin embargo, soy tan generosa como para compartirlo con vosotros. ¿Por qué? Porque valoro vuestra opinión. Pero si son acusaciones lo que buscáis imponerme... bueno... eso sería decepcionante.

Silencio. Áyax se alza detrás de Atalantia como un puño inmóvil. Atlas, como un puño invisible. Sin embargo, pese a todas esas amenazas, los dorados saben que Atalantia solo podría matarlos pagando ella misma un precio altísimo. Y no forma parte de la naturaleza de quienes gobiernan planetas agachar las orejas, y por eso no lo hacen. Sin embargo, la respuesta de Escorpio es mucho más sensata.

—Lisandro au Lune estaba en el Fauces del Dragón cuando cayó. Dado que está aquí, uno se pregunta cómo sobrevivió. ¿Cómo sabemos que no es un agente del Amanecer? Puede que ni siquiera lo sepa él mismo. Sé que no necesito recordarte la crueldad de nuestro enemigo. Ni que ya no tienes el monopolio de ciertas... tecnologías.

—Estoy dispuesto a aceptar que se trata de Lisandro —ronronea Asmodeo au Carthii—. Escorpio no es más que un arácnido paranoico.

Como aliado más firme de Atalantia, Asmodeo intentará apoyarla, a mi costa. Está igual que la última vez que lo vi borracho en los jardines de la Montaña Palatina, con un rosa joven y drogado en cada brazo. Aunque supera con creces los cien, la espeluznante criatura tiene la cara bronceada y antinatural de una persona de cuarenta años; sin duda oculta con corrector las venas azules de los tratamientos de rejuvenecimiento. Los Carthii, aunque siempre queridos por Atalantia, son lo peor del Núcleo. Le dejo derramar su veneno, pero me recuerdo que debo tener cuidado con la variedad más funesta.

—Todos sabemos que Belona escapó por los pelos de Gorgo y sus asesinos en Ceres no hace ni tres años —dice Asmodeo—. La bestia informó de que un vivaz catamita seguía a Belona como un perrito faldero. —Haciendo honor a su reputación de pervertido, me mira con la misma voracidad que cuando era un crío—. Creo que ahora ya conocemos la identidad de ese catamita.

Kalindora se echa a reír y se estampa una mano contra la armadura del muslo.

—Viejo salido. ¿Estás seguro de que no fue un sueño tuyo? —A Áyax se le escapa una risita sorprendida. Asmodeo parece irritado, pero no interrumpe a la soldado—. Ni Lisandro ni el Traidor se rebajarían tanto. —Me guiña el ojo—. Pero tal vez deberíamos preguntarle al propio interesado. Supongo que tendrá alguna información al respecto, ¿no?

Cuando era niño, Kalindora servía en mi unidad de protección antes de ascender al rango de Caballera Olímpica. Veo que no ha perdido su toque.

—Estimados primus —digo alto y claro—. Me disculpo por la tardanza con la que he llegado a la guerra. Pero me temo que debo aclarar mi ausencia. No he estado prisionero de la República ni tampoco he sido el catamita de Casio. Después de los asesinatos de Aja y Octavia, Darrow me entregó a Casio como pupilo después de que matara a mi abuela. Ha sido con él con quien he pasado estos diez últimos años en el Cinturón.

Esta no era la respuesta que Kalindora tenía en mente. En lugar de apaciguar a los dorados, les provoca una carcajada de asombro. A Atalantia se le dilatan un poco las pupilas, mientras que Áyax se vuelve muy despacio para mirarme.

—¿Pupilo?

—Sí.

Guarda silencio, pues sabe que es mejor no airear nuestros trapos sucios delante de los demás. Así que ha aprendido a ser discreto. Quizá debería haber probado ese camino en lugar del de la honestidad, pero al final todo habría salido a la luz. Puede que Diomedes sea honorable, pero si su deber le exigiera soltar esta bomba para obtener ventaja en las negociaciones, lo haría sin titubear. Serafina podría contarlo por mera diversión. El architraidor de mi pueblo me educó durante tanto tiempo como nuestra soberana muerta. Aunque me escupan, tiene un efecto corrosivo en su condescendencia. La sangre de Belona era tan antigua como la de ellos, y Casio era un hombre muy peligroso. ¿Qué contribuyó a criar?

—Vaya, eso es del todo abominable —dice Atalantia con un silbido—. Pero por lo que transmitía tu comunicado, debemos creer que Casio está muerto.

—Sí.

Áyax y ella intercambian una mirada intensa.

—Bien. Asumiremos la custodia del cadáver para que su madre pueda honrarlo con la muerte solar, si así lo desea.

—No tengo el cadáver.

Atalantia enarca las cejas y, alrededor de su cuello, Hipatia comienza a deslizarse en el sentido contrario a las agujas del reloj, agitada.

—¿Por qué no?

—Algunos familiares de Belerefonte au Raa, a quien Casio mató, robaron el cadáver y lo profanaron.

—¿De qué manera lo profanaron?

—No lo...

Asmodeo se apropia de la conversación con una carcajada. Sus anillos con piedras preciosas destellan mientras se acaricia el mentón suave.

—Desapareces durante una década, vives bajo la tutela de Belona, no muestras ningún interés en regresar. Pero ahora que ves un vacío de poder, vuelves corriendo como un lechoncito ansioso a reclamar tu trono. Ya tenemos a nuestra lideresa, vil muchacho. Se llama Atalantia.

—No he vuelto a reclamar nada —contesto—. No tengo cicatriz, ni herencia, ni derecho. Solo he venido a sanar la división que creó el Amanecer. —Miro a Atalantia—. Con tu permiso.

Ella asiente con la cabeza.

—Será divertido.

Las puertas se abren y escoltan a Diomedes y Serafina hacia el interior. La animosidad inunda la habitación. Doy un paso atrás para cederle la pista a Diomedes. Serafina rumia a su lado.

—Por Júpiter... —masculla Atalantia—. Taciturno como una nube. Pálido como un cadáver. ¿Es un Raa o el espíritu del mismísimo Akari?

—Él es mucho menos hablador —interviene Áyax.

—Salve, áureos. —Diomedes agacha la cabeza como símbolo de respeto—. Se presenta Diomedes au Raa, hijo de Rómulo y Dido, Caballero de la Tormenta del Dominio del Confín, taxiarca de la falange del Relámpago.

—Oooh, ¿qué es eso? —pregunta Atalantia.

Pilla a Diomedes por sorpresa.

—Una legión móvil especializada.

—¿Acaso no son móviles todas las legiones? ¿O estáis en posesión de un nuevo hardware de vuelo?

Diomedes parpadea intentando asumir el giro que está dando la situación y luego carraspea.

—Esta es mi hermana Serafina, lochagos de los... Undécimos Caminantes del Polvo.

Espera otra interrupción.

—Adelante —lo anima Atalantia—. Lo estás haciendo a las mil maravillas, jovencito.

—Es nuestro deber traeros las nuevas del Consejo de la Luna y de los cónsules Dido au Raa y Helios au Lux. Nos han entregado el Sello del Dominio. —Levanta el puño para mostrar un enorme guantelete de hierro con incrustaciones de piedras giratorias—. Estoy autorizado a parlamentar con la intención de encontrar una tregua conveniente y duradera entre el Dominio del Confín y la Sociedad Remanente para contrarrestar la enfermedad de la democracia.

Se produce un silencio atolondrado.

—Que me parta un rayo —murmura Escorpio—. Es verdad.

Asmodeo ríe con incredulidad.

—¿Dido au Saud es cónsul? Imposible. ¡Esos bárbaros desprecian la compañía civilizada! Suplico una respuesta, ¿es que Rómulo se ha vuelto loco?

En secreto, está preocupado. Dido traicionó a su propia familia casándose con un Raa. Si consiguiera aliar al Confín con los Saud... madre mía. La primacía de Asmodeo en Venus podría verse amenazada. Kalindora parece disfrutar de la aflicción de Carthii.

—Asmodeo, por favor, desiste —dice Atalantia. Se vuelve de nuevo hacia Diomedes—. Bien, sin duda tienes la misma... presencia que tu padre. Pero, dime, ¿por qué Rómulo el Osado ya no es soberano? ¿Se ha cansado de pontificar? Atlas no se lo va a creer.

—Nuestro padre está muerto —responde Serafina.

No incluí ese dato en mi comunicado.

Nadie habla hasta que Atalantia levanta la mano como un alumno.

—¿Muerto?

Diomedes asiente.

—Bajo juramento de verdad, reveló que sabía que quienes habían perpetrado la destrucción de los astilleros Ganímedes eran Darrow de Lico y Victra au Julii, no Roque au Fabii.

—¿Fue Darrow quien lo hizo? —Atalantia se ríe y aplaude. Hipatia saca la lengua y se relame ante el deleite de su dueña—. Mi padre tenía razón. Ya sabía yo que no había sido Fabii. Darrow. Darrow. Darrow. ¡Esa cucarachilla traviesa! Estoy casi orgullosa de él. Aunque fue un pelín demasiado lejos, al parecer. Bueno, todos hemos pasado por eso. Pero que Rómulo esté muerto... ¿Muerto? Ni siquiera pensaba que tuviera la capacidad de extinguirse. Dime, ¿cómo sucedió? ¿Una guerra civil? ¿Un asesinato? ¿O al fin vuestra madre terminó por comérselo?

—Tras reconocer su engaño y haber matado Árbitros blancos, solo había una manera de reclamar su honor —explica Diomedes—. Recorrió el Sendero de Akari hacia la Tumba del Dragón y sucumbió a los elementos.

Lo miran como si se hubiera vuelto loco de atar.

—¿La alcanzó? —pregunta Áyax.

Diomedes traga saliva con dificultad.

—No.

Entonces, como uno solo, comienzan a reír.

Me llena de desprecio ver su falta de respeto hacia un hombre al que admiré casi tanto como a Casio. Serafina tiene cara de que desenvainaría su filo si lo tuviera.

Solo Diomedes permanece impasible. Ha aprendido de su pequeña charla con Áyax, y está aprendiendo qué esperar del resto de ellos.

Mi respeto hacia él crece. Y, por lo que se ve, también el de Kalindora.

—¡Ahí está tu monstruo en las sombras esperando para atacar Venus, Asmodeo! —ríe Atalantia—. Tanta preocupación por un suicidio delirante. Me atrevo a decir que nunca tendremos que llevar la lucha al Confín. Si conseguimos que todos se mientan los unos a los otros, ¡su honor se encargará del resto!

—Rómulo era un dorado de hierro —digo—. Honorable desde cualquier perspectiva.

—Pues al parecer desde una le faltaron varios pasos —me corrige Áyax.

—Merece vuestro respeto —le digo—. O como mínimo la cortesía de no reírse ante su progenie.

El combativo Falce rompe al fin su silencio.

—No toleraré que un muchacho sin cicatriz me sermonee sobre el honor, se llame como se llame. Yo estuve en el Ilium, joven. Rómulo mató a mi hermana. Le pasó la hoja por el vientre hasta seccionarle la espina dorsal por la mitad. Hasta que hayas combatido contra estos... rumiantes lánguidos en un pasillo, no sabrás nada.

—¿Nos pides que respetemos a Rómulo, Lisandro? —pregunta Atalantia—. ¿Que respetemos a un hombre cuyo honor tiene mayor peso que el bien común? ¿Que respetemos al idiota cuya rebelión permitió que el Segador se alzara? ¿Que respetemos al traidor que luchó codo a codo junto a las hordas de esclavos en el Ilium? ¿Al que renegó de su deber tan terriblemente que ni siquiera su propio hermano soportaba estar a su lado? —Agita un dedo delgado en dirección a mí—. Creo que aún estás perdido, Lisandro. ¿O es que estás tan loco como ellos? ¿Qué opinas tú, sobrino?

Áyax se pasa la lengua por los dientes mientras reflexiona.

—No tiene pinta de loco.

—O sea que no estás loco —dice Atalantia. Se acerca hasta situarse a escasos centímetros de mi rostro y me habla en tono cálido y confidente—. Entonces, ¿cómo estás? ¿Confundido? ¿Te han torturado? —Desvía la mirada hacia Diomedes y Serafina—. ¿Fue el bruto? ¿O la ratoncita polvorienta? Los desollaremos, si quieres. Los clavaremos en uno de los postes de Atlas.

—Necesitas un aliado para inclinar la balanza.

Ella frunce el ceño.

—No. Lo único que necesitaba era imperium. Durante años, padre me mantuvo atada en corto mientras él llevaba a cabo su retirada convencional. Mis disculpas, guerra. Para un enemigo híbrido, necesitas un guerrero híbrido. Yo he cambiado el curso de las cosas, Lisandro. Mis agentes esparcen veneno en la ciudadela enemiga. Atlas lo esparce en la cuna en que nacieron. La chusma no tardará en matarse entre sí. No necesitamos traidores aquí. Estamos en la cúspide de la victoria.

Busco en sus rostros y no encuentro nada más que aislamiento arrogante. Todos están atrincherados detrás de su poder y sus prejuicios. Está justificado. Algunos recuerdan a parientes perdidos en las dos rebeliones del Confín. Muchos creen en la superioridad cultural del Núcleo. Pero todos se acuerdan del costo que les supusieron las rebeliones del Confín.

No pueden soportar reconocer que el Confín les resultaría útil. Así que antes deben recibir una lección de humildad. Sería mucho más fácil si contara con batallas a mi nombre. Legiones a mis órdenes. Una cicatriz en la cara. Pero las herramientas que poseo no son precisamente ineficaces.

—Tal vez tengas razón. Tal vez no necesites al Confín. Pero... —Atalantia se vuelve hacia mí y me lanza una mirada de advertencia—... si tienes todo lo que necesitas, ¿por qué hay todavía tantas naves dañadas por la batalla de Calibán? —pregunto—. Orión no cayó sin plantar cara. ¿Por qué no enviar las naves estropeadas de vuelta a los astilleros de Venus para renovarlas? —Miro a mi alrededor con expresión inocente. Nadie contesta—. A menos que haya alguna razón por la que no puedas hacerlo. A lo mejor el Minotauro hizo algo más que matar a Magnus una vez que Darrow lo liberó. ¿No tomaría, por casualidad, los astilleros mientras estuvo en Venus?

—¡Pequeña comadreja intrigante! —grita Asmodeo—. ¿Cómo es posible que lo sepa?

—¿Cuántas naves conquistó el Minotauro? —presiono—. ¿Todas las que estaban atracadas? Está claro que esta jugada contra las Legiones Libres es una trampa para tentar a las flotas de la República. Para atraer a su fuerza principal y arrasar sus planetas a hurtadillas. Pero sin el apoyo de Venus, no puedes navegar hasta Marte, ni hasta la Luna. Los dientes de la trampa están puestos, pero es que además tú tienes el pie metido en ella.

—Lisandro, por favor. Basta de alardes —dice Atalantia.

—Después de la captura del Minotauro, muchos de sus hombres debieron de cambiarse a tu bando, Atalantia. ¿Cuántos engrosan ahora su estandarte? ¿Cuántas naves se han escabullido? Apolonio era un hombre popular. Y cualquier mente curiosa se preguntaría por qué tenía tantas ganas de matar a Magnus. Tal vez lo traicionaran. Lo entregaran al enemigo.

Me miran como si de repente me hubieran salido colmillos.

Puede que no conozca las reglas del Confín. Pero conozco el Núcleo. Y tenía razón. A Apolonio lo traicionaron. Es probable que a causa de su popularidad.

Experimento una sensación de soledad. Estas son las personas de las que Casio pensaba que enviarían asesinos para acabar con él. Las juzgaba peores que el Amanecer y dio su vida para asegurarse de que nunca ganaran esta guerra. Si ni siquiera acceden a plantearse la idea de aliarse con el Confín, entonces murió por nada.

—Buenos hombres, estáis a mitad de camino de una campaña. Una campaña que supongo que pretendía ser un avance implacable. Pero sin mover un dedo, Darrow os ha cortado el pie trasero. Sin vuestros muelles y refuerzos, no podéis ni avanzar ni retroceder. Os ofrezco un aliado con diez años de descanso. Un aliado que no tiene ni demandas ni deseo ni soldados para gobernar vuestras esferas. Les han escupido, y han venido a buscar venganza. Rechazadlo si debéis. Es decisión vuestra, no mía.

Los grillos que hay junto a la fuente continúan la conversación.

Áyax es el primero en hablar.

—Si destruimos las Legiones Libres cuando ataquen los bastiones del Cinturón y los astilleros de Fobos, el trauma para la República sería absoluto. El argumento de Lisandro no está exento de virtud. Ni tampoco le resta valor a nuestro empeño inminente.

—Sé que su argumento contiene virtud —le espeta Atalantia—. Es obvio hasta para una verruga genital que contiene virtud. Lo que pasa es que odio a los luneros, ni más ni menos. —Acaricia las escamas de Hipatia con los dedos mientras piensa—. Te seré brutalmente honesta, joven Diomedes. No me parece prudente bailar con criaturas venenosas a las que no alimenté yo misma cuando eran crías. Pero tú no mataste a mi padre, ¿verdad? Ni a Octavia, ya que nos ponemos. Ni a Aja ni a Moira. Asesinarte sería exponerse a un cenagal. Y hay muchas otras personas a las que puedes ayudarme a matar.

»Respóndeme esto. Destruyeron tus muelles, pero aun así encontraste la forma de construir nuevas naves como esa curiosa corbeta que hay en mi hangar. No, no la diseccionaré, porque lo más seguro es que estalle si lo hago, ¿no? —Diomedes se encoge de hombros—. Es evidente que dispones de una fuente de energía para hacer la guerra factible, a pesar de que las termitas han convertido Marte en un bastión inexpugnable. ¿Cómo? ¿Usas lámina de caraval para escamotear el helio de los Gigantes Gaseosos? —Le muestra los dientes—. Sé que Atlas lo sabría si osaras excavar en el Kuiper... —Diomedes permanece inmóvil mientras las preguntas de Atalantia se multiplican—. ¿Cuántos buques de guerra posee el Confín? ¿Cuántas legiones? Necesito saber estas cosas.

A Diomedes le hace gracia que piense que podría llegar a decírselo.

—En caso de que se produzca una alianza, cumpliremos con todas las tareas necesarias para la estrategia acordada que se le asignen al Confín. Es lo único que diré.

—Oh, ser joven y pensar que sabes cómo se hacen las cosas —les dice Atalantia a los primus—. No son preguntas insidiosas, Diomedes. Si no sé cuánta fuerza tienes, ¿por qué iba a elegirte como pareja de baile, jovencito?

—Porque todas las demás están cogidas, y la canción va aumentando hacia el clímax.

Atalantia lo mira con una sonrisa cada vez más amplia.

—¡Espera a que Atlas te vea! —Suspira—. Ahí la tenéis, buenos hombres. La fea verdad. Al tocador volvemos con nuestros primos feos. —Carthii intenta interrumpir—. Soy la dictadora, Asmodeo. Mis poderes bélicos son absolutos. Para proteger nuestro predominio mañana, hoy debemos hacer concesiones al pragmatismo.

Los hologramas empiezan a desaparecer uno por uno, pero solo después de que Atalantia asegure a los primus que podrán participar en la elaboración del tratado tras su «empeño inminente». No ha terminado. Habrá semanas de negociaciones. Ninguna de las dos partes cederá. Y al final ambas terminarán sintiéndose engañadas. Pero la alianza se hará realidad. Es más, creo que Atalantia quería que sucediera en cuanto se enteró de que existía la posibilidad. No lo celebra, pero en su mente acaba de ganar esta guerra, y ahora tiene una estratagema para la siguiente.

Primero el Amanecer. Luego el Confín.

De repente me siento muy pesado al preguntarme cómo me las ingeniaré para convencerla de que no se vuelva contra los Raa en cuanto vea beneficio en ello.

Uno de los musculosos esclavos masculinos de Atalantia le acerca un trozo de pan en una bandeja. Ella lo rompe en varios pedazos para compartirlo con los Raa. Una vez que se lo comen, se convierten de manera formal en sus invitados y se encuentran bajo la protección de la gens Grimmus. Cualquiera que pretenda hacerles daño es enemigo de Atalantia. Es una formalidad que en realidad conserva el mismo peso que tenía para nuestros antepasados; a estas alturas, Atalantia a duras penas puede permitirse otro enemigo.

—Comenzaremos la discusión mañana en la cima del Coloso de Agua de Tyche —dice Atalantia. Los Raa intercambian una mirada y luego la desvían hacia el planeta que tienen debajo—. Hoy, sin embargo, requiero una demostración de buena fe.

Chasquea los dedos y un holograma de Mercurio de tres pisos de altura invade la cúpula de estrellas. Tiene marcas que señalan las ubicaciones conocidas de fortalezas y legiones enemigas, y está envuelto en miles de trayectorias de naves de desembarco y caparazones estelares.

Sabía que tramaban algo por la disposición a la batalla que se respiraba en el interior del Annihilo, pero no me esperaba esto.

O sea que será una Lluvia de Hierro.

Es una apuesta arriesgada y declarativa que podría resultar muy costosa. Así que o Atalantia está henchida de confianza o cree que su ventana se está cerrando. Sospecho que sé dónde se encuentra Atlas ahora mismo.

Diomedes asimila el plan de batalla y frunce el ceño.

—Nuestros instrumentos sugirieron que el planeta estaba protegido por una cadena terrestre fortificada de generadores de escudos.

—En todas las pistas de aterrizaje practicables, sí —dice Atalantia—. De momento.

—¿Cómo vas a...?

Ella sonríe.

—¿Crees que Atlas ha regresado de su estancia en el Kuiper solo para broncearse en el desierto? Tenemos a más de nueve millones de esclavos marcianos atrapados. Destrocé la armada de Darrow. Destrocé el corazón de Darrow. Ahora le destrozo la espalda. Si lo matamos y destruimos las legiones que hay aquí, desmantelamos la alianza entre Marte y la Luna. Virginia verá su pequeña rebelión partirse justo por la mitad.

—Y necesitas las fábricas de tanques de Heliópolis y tus astilleros necesitan el metal de Mercurio para impulsar tu campaña —añade Diomedes.

—Ha sido una guerra larga —concede Atalantia—. ¿Dices que al final deseas pelear con nosotros, Raa? —Aquí viene: la proverbial mordedura de serpiente—. Demuéstralo. Cae con nosotros en una Lluvia de Hierro. Derrama sangre a mi lado y sabré que tengo un verdadero aliado.

El silencio crece mientras Diomedes se lo plantea.

—Lo siento. Pero no puedo.

—Por supuesto que no —dice Áyax entre risas—. La Espada de Ío está mejor en su vaina.

—Me confiaron ser una voz, no una espada. Es imposible.

Atalantia arquea las cejas y lanza el cebo.

—Una pena. Nuestra unión me parecía muy prometedora. Pero ¿cómo voy a confiar mañana en un aliado que no lucha conmigo hoy? Áyax, por favor, acompáñalos a su nave y mándalos de vuelta a su cuenco de polvo.

Observo a Kalindora mientras Serafina piensa. ¿Es Kalindora como el resto de estos depredadores? ¿Disfruta de la cacería, está al acecho del derribo? Su rostro no se altera, pero su mirada escudriña las sombras que proyectan los braseros de Atalantia cuando Serafina da un paso al frente.

—Yo lo haré. —Su hermano se vuelve a toda prisa hacia ella, ha sobreestimado una vez más la paciencia de las mujeres de su familia—. Tú eres la voz del Confín, Diomedes. Yo estoy aquí solo para ayudarte en tu misión. Si muero, ¿qué importa? —Sostiene una mano sobre la otra, el gesto privado de su familia que significa «sombras y polvo»—. ¿Deseas un cupo de sangre, Grimmus? Puedes quedarte con toda la mía. ¿Te satisface?

Atalantia sonríe.

—Me satisface.

Cuando Diomedes cae en la cuenta de que su hermana caerá en medio de un ejército de hombres que estarían orgullosos de colgar la cabeza de su padre encima de la repisa de su chimenea, se queda muy quieto. Siento pena por él, pero después de ver a Serafina entre los ascomanni, si hay alguien que pueda sobrevivir a su primera lluvia, es ella.

Diomedes me dedica una mirada lúgubre cuando los Guardias de la Ceniza los escoltan a él y a su hermana hacia la puerta. Atalantia le hace un ademán con la cabeza a Kalindora para que se vaya. Me quedo a solas con ella y con Áyax, que vigila que se cierre la puerta. Atalantia se aproxima al ventanal para contemplar el planeta. Se estará preguntando qué maquinaciones dan vueltas en la mente de Darrow. Yo me pregunto lo mismo.

—¿Pupilo? —dice Áyax de repente.

Me esperaba su ira, pero eso no ha disminuido mi miedo hacia ella.

—Yo...

Se mueve con esa velocidad abrumadora que es imposible en la baja gravedad del Confín. Su puño cruje contra mi mandíbula con tal rapidez que solo el instinto del Método del Sauce de dejarte llevar por el golpe me salva de que me destroce la quijada y me fracture el cuello. Aun así, me estampo contra el suelo.

—¿Pupilo? —ruge.

Atalantia ni siquiera observa el reflejo de la violencia en el ventanal. Levanto una mano hacia Áyax. Aunque de niño era encantador, su estado de ánimo podía cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Ahora es mucho más evidente.

—Áyax...

—Ese cabrón de Belona asesinó a mi madre —gruñe mientras me pisa la entrepierna—, y ella fue más madre para ti que la tuya propia, canalla sin verga.

—Sí, lo fue —jadeo.

—¿Y aun así te has pasado diez años pisándole los talones a Belona? Diez putos años.

—No tenía muchas... alternativas.

—Podrías haber regresado con nosotros. Conmigo. «Hermano».

—Lo siento, Áyax. Debería haberlo hecho. Pero... —Aprieta el pie con más fuerza y el dolor hace que una oleada de náuseas me suba por el vientre y la parte baja de la espalda—. Tenía miedo.

Esa admisión lo horroriza, y está a punto de quitarme la bota de encima.

—¿De qué? ¿De nosotros?

—De ti no, Áyax. De ti nunca. De la corte. De que los dorados devoren a los dorados. —Intento ponerme de pie, pero él me lo impide, esta vez con más delicadeza—. ¿Crees que disfruté viendo cómo hacían pedazos a Aja? ¿Crees que no significó nada ver a Octavia rajada de la ingle al esternón? ¿Crees que no vi cómo nos hicimos el Amanecer a nosotros mismos? El Chacal, Fitchner, Casio, la contienda marciana: todo síntomas de la misma enfermedad. No quería formar parte de ello.

Eso sí lo entiende.

Cuando éramos niños, nos burlábamos de todas las serpientes intrigantes de la corte. Solo Atalantia conseguía que a veces nos pareciera bien, y ella lo hacía para divertirse. Moira era pura en su obsesión por la verdad. Aja era pura en su deber hacia la abuela. Lorn era puro en su honor. Incluso Darrow era puro en su entonces inexplicable ansia de ganar.

Esas eran las personas que admirábamos. No a las serpientes.

—Entonces, ¿por qué volver ahora? —pregunta Atalantia.

Aunque la percibe, no es capaz de identificar la conexión privada que Áyax y yo compartimos. ¿Le provoca celos? ¿O suspicacia? En cualquier caso, se da la vuelta desde el ventanal.

—Porque creo que puede ser distinto —respondo—. El Amanecer ha demostrado ser incapaz de gobernar. Es cierto que durante la época de Octavia hubo injusticias, pero no doscientos millones de muertos.

—Doscientos cincuenta —dice Atalantia—. Ocultamos una hambruna en Venus.

Que la muerte de tantas personas no me fuera conocida me deja perplejo.

—Puede que no fuera perfecto, pero no era esto —continúo—. Creo que si sofocamos el Amanecer, tendremos la oportunidad de arreglar lo que rompieron no solo ellos, sino también nosotros.

—Dioses —murmura Áyax—. No ha cambiado ni un ápice.

—Te lo dije —responde Atalantia.

Áyax me levanta agarrándome por la chaqueta.

—Supongo que sigue queriendo ser Marco Aurelio. —Se agacha hacia mí como si quisiera contarme un secreto—. El caso es que mi madre habló a favor de Casio. Imagino que te acuerdas. Cuando Octavia cuestionó su lealtad, mi madre le rogó que le diera una oportunidad. Apuesto a que vio a Lorn en el corazón de Belona. Y él le mostró su gratitud lanzándola a los lobos. Sé que lo racionalizaste porque opinas que tus emociones son programas secundarios o algo así. Pero mira lo que soy. En qué me he convertido. —Señala las muescas que contabilizan sus asesinatos. Su armadura abollada. El filo gris de doble grosor que lleva en la cadera—. ¿Crees que me he convertido en esto por placer?

—Entendemos la guerra que se disputa en tu interior, Lisandro. Siempre la hemos comprendido —dice Atalantia—. Pero eso no cambia que este no sea el retorno que deberías haber tenido. Ni para ti, ni para nosotros, ni con ellos. Te has desperdiciado. Podrías haber vuelto convertido en un dios. Piensa en lo útil que eso podría haberme resultado. Piensa en cómo se habría beneficiado de ello tu magnánimo sueño.

Suspira y levanta la mano como una cantante de ópera.

—Por supuesto, las legiones se regocijarán con tu regreso. Si se utiliza como es debido, «el regreso del heredero de Silenio» todavía podría inspirar a los mundos. Ya hasta oigo las canciones.

»Pero tienes mucho que demostrar. La gente se preguntará, no yo, pero sí otros, si no serás un lacayo del Confín. —Mueve las manos a uno y otro lado—. ¿Es acaso el mono amaestrado del Traidor? ¿Tal vez incluso la marioneta del Rey Esclavo? Se preguntarán: ¿es en verdad Lisandro un dorado de hierro?

Áyax se ofende en mi nombre.

—Puede que sea un rarito pretencioso hasta la extenuación, pero no es la marioneta del Rey...

Ella lo interrumpe con una mirada.

—Hasta que las respuestas sean incontrovertibles, me temo que no puedo permitir que tu regreso sea conocido, Lisandro.

Hace que parezca que es por mi propio bien, y casi lo consigue. Me quedo muy callado por dentro, pues reconozco el Estilete de Silenio cuando lo veo. Mi camino se estrechará mucho muy deprisa, y sin duda me cortará los pies.

Solo hay una salida.

No he vuelto para convertirme en el rival de esta mujer, y mientras no posea una cicatriz, jamás podría serlo. Pero si sobrevivo a lo que ella me pide, según las tradiciones que han guiado a mi pueblo desde Silenio, me ganaré una cicatriz, y mi herencia, con gran menoscabo para la fuerza de Atalantia.

Las demás familias doradas elegirán un bando si detectan la más mínima rendija de claridad entre nosotros. Ella lo sabe. Esto es una señal de confianza. Le vendría bien mi apoyo.

O es una trampa.

No puedo creer que lo sea. Me niego. Atalantia estaba allí el día en que nací. Fue la primera en subirme a un caballo. Lo que me ofrece es una oportunidad para guiar la alianza y retirar el manto de justicia que cubre el Amanecer, pero para hacerlo, debo dar el salto.

Vuelvo a hincar la rodilla.

Fui un estúpido al declararme dorado de hierro ante Dido. Y me siento estúpido también ahora.

—Dictadora, le pido permiso para que la Casa de Lune caiga en la Lluvia de Hierro.

—¡Oh, va a entregar su flor! —ronronea Áyax.

La sonrisa de Atalantia es incandescente.

—Concedido, hijo de la Luna.

Tira de mí para ponerme en pie y me besa en la boca con suavidad. Hielo, emoción culpable y desconcierto me corren por las venas mientras ella prolonga la situación, con la boca abierta, rodeándome los labios con los suyos durante más tiempo del apropiado incluso según los estándares venusinos.

Cuando se aparta, me mira con orgullo.

—Mi pequeño Lisandro. Hoy te ganarás tu cicatriz. No me cabe duda.

Áyax se ha sumido en el silencio.

—¿Con quién caerá?

Todavía un poco confuso, lo señalo con la cabeza.

—Contigo, hermano. Si me aceptas.

Reflexiona durante un instante, de repente muy encerrado en sí mismo, y luego asiente.

—Ya era hora, condenado. Con una buena cicatriz, a lo mejor te pareces menos a una ramera rosa.

Con una sonrisa melancólica, Atalantia nos toma de la mano y nos guía hacia el mural familiar. Resulta extrañamente conmovedor estar frente a lo que considerábamos nuestra familia. Recuerdo el día en que todos posamos para Glirastes. Atalantia tenía a seis rosas abanicándola con plumas de pavo real. Mi padre se burló de ella sin piedad y al parecer se tiró un pedo en dirección a ella. Atlas incluso esbozó una sonrisa. Lo veo ahí arriba, un hombre pálido, apoyado en el extremo opuesto del marco, al lado de Aja y de un Áyax pequeño y regordete que le está sonriendo a mi padre, seguro que por lo del pedo. No veo a mi madre. Su rostro está oculto bajo un velo de pintura gris.

—Octavia, Aja, Moira, Anastasia, Bruto, mi padre... todos muertos —susurra Atalantia. Nos aprieta la mano como si no quisiera soltarla nunca—. Solo quedamos nosotros y Atlas. Pero donde había tres, ahora hay cuatro. Que tiemblen los esclavos. —Guarda silencio. Luego nos suelta las manos como si hubiéramos sido nosotros quienes la hemos obligado a estrechárnoslas—. ¡Bien! Pues ahora, a la guerra, muchachos. Os veré en Tyche. —Sonríe a Áyax—. O en algún lugar un poco... más cálido.

7
DARROW
La calma

El sol se cierne bajo e hinchado sobre el desierto cuando salgo por la rampa del garaje entre rugidos. A mi espalda gruñen más motores, puesto que me siguen Rhonna y veinte guardaespaldas. Guiados por Colloway, varios drones del tamaño de un puño surcan el cielo para transmitir datos a mi casco. Detectan huellas de gravimoto que cruzan la arena como rastros rectilíneos de serpiente. En los hoyos hay pequeñas depresiones que delatan la presión de las botas de conducción de las Gorgonas.

—Saltaos el rastro —digo—. No os separéis.

Abandonamos las huellas y avanzamos hacia una cadena de montañas afiladas. Siguiendo las coordenadas de Alexandar, dejamos las motos en la falda de la cordillera y utilizamos nuestras gravibotas para escalar las escarpaduras, con cuidado de no elevarnos demasiado por miedo a los misiles tierra-aire.

Poco después, encontramos a Alexandar con el casco quitado y sentado a la sombra de un arroyo. Lleva una armadura ligera de piel de lagarto, que es más fina y sustentable a largo plazo en el desierto que la mía de pulsos. En cualquier caso, parece que su traje se mantiene unido más gracias a los trozos de tierra y a la suciedad que a la nanofibra. Solo su insignia de lancero de hierro —una espada recortada contra un pegaso volador— está limpia.

Da la sensación de que cuatro semanas siguiendo al Caballero del Miedo en compañía de Thraxa lo han desgastado hasta sus elementos esenciales. Es aún más delgado y más alto que su abuelo. La piel quemada por el sol se le tensa y escama alrededor de los pómulos patricios. En el cuello tiene una costra espantosa que llora pus. Su halcón de guerra está aplastado y oscurecido por el sudor del casco.

Alza la mirada mientras descendemos. Retraigo mi casco hacia su compartimento y esbozo una mueca al sentir el calor. Entorno los ojos hasta que penetro en las sombras, donde la temperatura es cincuenta grados menor. Alexandar se pone de pie. Bajo sus lentillas desérticas de cromo, su mirada es de ansiedad.

—Maldita sea, aquí tirado de cualquier manera —dice Rhonna con su multirifle al hombro. Examina las rocas—. El Caballero del Miedo va a destriparte mientras celebras tu pícnic, princesa.

Alexandar está demasiado angustiado para fingir una sonrisa.

—Tenemos exploradores.

Ella baja el rifle, aunque solo a medias.

—Pareces un fantasma. ¿Estás bien?

No hace mucho, él le habría arrancado la cabeza de un mordisco con una réplica clasista. Ahora la mira como si tratara de recordar quién es. «¿Qué ha visto aquí fuera?».

—Thraxa está por aquí, señor.

La encuentro tumbada boca abajo en un pico con vistas a una llanura que se extiende desde las montañas hasta Angelia. Se incorpora apoyándose en los codos. Uno de ellos está hecho de carne. El otro es metal de asteroide sin pulir, grabado con runas obsidianas por Valdir el Intonso, el compañero de Sefi, después de que Thraxa le salvara la vida en las escaramuzas sobre la Bahía de Bengala.

La cima de la montaña está plagada de peñascos y efedras con púas, pero desprovista de Aulladores. Activo mi implante ocular derecho. Las brasas rojas y palpitantes de los puntos de identificación cuántica que llevan incrustados en el cráneo salpican la cresta montañosa. Los monstruitos de Sevro. No se sienten completos sin él. Puede que el ejército extrañe a su mascota, pero la manada extraña a su hermano mayor. Últimamente he sido un padre demasiado distante.

—Segador.

La enorme Telemanus me saluda sin mirarme. Su capa de lobo ha adquirido el color del desierto gracias a sus propiedades camaleónicas. Los dos exploradores obsidianos se mueven para dejarme espacio, trepo hasta tumbarme junto a Thraxa y mi capa también se vuelve marrón. La dorada entorna los ojos para mirar a través de un par de ópticos. Las pecas le forman una máscara sobre la cara. Me pasa su juego de ópticos.

Sabedor de lo que voy a ver, me los acerco a los ojos. Ante la ciudad se ha erigido un bosque demasiado familiar. No siento nada, pero, claro, es que aún no lo huelo.

—¿Lo hizo mientras dormíais? —pregunto—. Habrá necesitado horas.

—La cagué a lo grande —murmura Thraxa. Bajo los ópticos—. Lo perdimos en la cordillera Buonides cuando salió de la sombra del escudo para cruzar un valle de la muerte.

Se refiere a las estrechas franjas expuestas a las armas de Atalantia entre nuestra cadena de escudos.

—Te dije que no lo perdieras de vista.

—El valle estaba demasiado expuesto. Teníamos drones, y envié a un hombre. Para cuando encontramos su rastro, había abandonado su trayectoria hacia Eleusis y ya había llegado a Angelia.

La ciudad equivocada.

En vano, le lanza un manotazo al escril que tiene en el cuello. En su capa de lobo han anidado más de esas sanguijuelas de dos cabezas.

—Y tu hombre los perdió. ¿Cuál de ellos fue?

—Alexandar.

No puedo ocultar mi sorpresa.

—¿Cómo?

—Estampó su moto contra una chimenea de hadas. Se durmió a la palanca.

—Uno es cero. Dos es uno, Thraxa...

—Pasamos ciento cuarenta horas sin dormir. Incluso con el nazoprán, los inferiores estaban alucinando: tuve que ponerlos a descansar en los contenedores de carga mientras avanzábamos, incluso a los grises. Los dorados apenas se mantenían en pie. Tuvo que hacerlo solo. Alex es el mejor soldado de su edad que he conocido, incluso mejor que tú. Aun así... —Escupe en la tierra—. Todos somos de carne y hueso.

Los he presionado demasiado. Estaba convencido de que Alex era invulnerable. Todos lo pensábamos. Pero incluso con el equipamiento adecuado, este desierto se come a los hombres.

—¿Dónde está Atlas ahora?

—Desaparecido. Las huellas conducen hacia el norte, rumbo a Angelia. —Hace un gesto con la cabeza hacia el espectáculo que el Caballero del Miedo ha montado ante la ciudad—. ¿Llamo a las naves médicas?

—No. Vino aquí por una razón, y no fue para torturar. Prepáralos. Vamos a entrar.

Thraxa reúne a los Aulladores mientras yo despliego mi casco y llamo a Orión. Acaba de llegar al Primer Tramo Azul.

—¿Problemas? —pregunta.

—¿Hay alguna forma de cargar los Dioses de la Tormenta sin mostrar nuestra mano?

—¿Estas cosas que consideras escoria negra? No son fáciles de manipular. No podemos enfriarlas tan rápido como se calientan. Una vez que aumentemos, directos hacia el horizonte primario.

—¿Cuál es el lapso en la cobertura de nubes?

—Me han dicho que en cuanto se activen los sistemas de presión, una hora. Eléctrica en dos. ¿Qué ha pasado?

—No está claro.

—¿Órdenes?

Dudo. Si se activa demasiado pronto, Atalantia se percatará de la naturaleza extraña de la tormenta y cancelará la invasión. Si se activa demasiado tarde, la tormenta no importará.

«Mira cómo ataca una víbora, hijo. —Una vez mi padre me agarró por la muñeca y me hizo jugar a esto—. Mira cómo se enrosca cada vez más arriba hasta que llega a su objetivo. No te muevas antes de ese momento. No la ataques con tu falce. Si lo haces, te cogerá. Muévete justo cuando comience a bajar...».

Miro hacia la ciudad que el Caballero del Miedo ha masacrado.

—Inicia la Operación Tártaro. Dame una tormenta.

8
LISANDRO
La máquina

—Vas a morir —dice Pita.

Es fácil creerla. Ser ingerido por la máquina militar es ver el último engranaje escondido del mundo. Todo es ruidoso pero solitario, caótico pero ordenado, funcional pero sucio, rápido pero lento.

Todo es grande. Excepto tú.

Me arrojan a una línea de montaje de depredadores musculosos. Hay poca jocosidad entre las filas de los dorados mientras les aplican inyecciones contra enfermedades mercurianas, armas químicas y el mal de vuelo, seguidas de cócteles de mejora del acondicionamiento. Luego viene la implantación de los intercomunicadores y los sistemas de vigilancia. Informe de la misión e ingestión calórica. Medidas para el equipamiento. Pruebas del equipamiento.

Sin mi nombre, no soy nadie. «Ahí va otro sacrificio sin experiencia», piensan los veteranos. No. Ni siquiera me ven. Tienen la mirada clavada en lo que ocurrirá dentro de dos horas. Yo no importo. Yo soy basura.

La cuenta atrás de Atlas ha comenzado.

—Vas a perecer. Morirás envuelto en una bola de fuego —dice Pita mientras uno de los cuatro técnicos naranjas me sella las grebas de la armadura de pulsos alrededor de las espinillas.

A ambos lados, cientos de dorados se cubren de hierro en la plataforma de pruebas. No había visto tantos Marcados como Únicos reunidos ni siquiera para la defensa de la Luna contra el Amanecer. Entonces lo consideraban una especie de farsa. Ahora ya no subestiman al Segador. Pero eso me lleva a preguntarme: si los dorados dan tanto miedo, ¿cuán horrible se ha vuelto Darrow?

—¿Siempre utilizas un tono tan familiar con tus superiores, piloto? —dice Kalindora desde la pared.

Atalantia la ha enviado para que me cuide durante la Lluvia.

—No, domina.

Kalindora no se traga la formalidad.

—Te recomiendo que le recuerdes a tu sierva cuál es su posición y cuál es la tuya. —Desvía la mirada hacia los técnicos—. Esto no es el Cinturón. Ahora, si me disculpas, debo ocuparme de un asunto urgente. Si te pierdes de camino a los tubos, limítate a seguir la peste a humanos grandes.

Lamento que se vaya. Pero me alegra tener un momento a solas con Pita.

—Una mujer condenadamente aterradora —murmura Pita a su espalda.

—Creo que más bien está triste. No siempre ha sido... —Pita me mira con inquietud—. Diría que lo más seguro es que te quedes en mis aposentos mientras estoy fuera —sugiero.

Los colores inferiores del Annihilo son como zánganos. Los medios, poco mejores. La atmósfera está impregnada de un terror jerárquico que nunca existió en la Ciudadela.

—No me puedo creer que esa mujer vaya a obligarte a hacer esto —murmura Pita.

—Me ofrecí voluntario.

—¡Mierdecilla!

—Parad —les ordeno a los naranjas que me manosean por todas partes. No saben quién soy, pero mi casta y la presencia de Kalindora bastan para que se detengan como si estuvieran controlados por un mando a distancia y se retiren hacia el borde de la plataforma para ajustar sus herramientas. Les echo un vistazo a los dorados entrecanos que se equipan a uno y otro lado—. Baja la voz, Pita.

—Mierdecilla —susurra—. Si estuviéramos en el Archi, te daría una bofetada. ¿Qué sabes tú de Lluvias de Hierro?

—Mis estudios no se limitaron a la teoría política.

Es un eufemismo.

—Esto no es un simulador.

Su voz se ha suavizado.

—¿Y lo deduces de tu propia y dilatada experiencia? —digo mientras flexiono la pierna para probar el ajuste de las grebas.

—He participado en una Lluvia.

Levanto la vista, desconcertado.

—Creí que te habían expulsado de la Academia.

—Y una mierda de víbora. Antes de convertirme en pirata, fui équite. —Levanta la barbilla con orgullo—. Primera decurión, Duodécimo Escuadrón del Dignitas, destructor de luz de los Belona.

—Casio me dijo...

—Casio no quería que conocieras solo guerreros. —Suspira—. Esto no es lo que él habría querido para ti. Desde que murió, algo se ha despertado en ti. Una especie de máquina en tu cerebro. No eres tú. Este no eres tú. ¿O siempre has deseado con desesperación convertirte en dorado de hierro?

Asiento despacio.

—No voy a mentirte y decir que no hay algo de eso. Pero no es la única razón por la que debo hacer esto. Los dorados no han cambiado. Si acaso, la enfermedad se ha metastatizado. Defienden las virtudes equivocadas. —Me inclino hacia delante y bajo la voz—. Si Serafina muere allí abajo... si Atalantia traiciona a los Raa... si Darrow gana... la humanidad se desintegrará.

—¿Y qué? Esa no es tu carga.

—Mira a tu alrededor, Pita. Nos tambaleamos al borde del olvido. Todo lo que la humanidad ha construido. Todos los sacrificios, la jerarquía, las guerras... ¿para qué? Si el dorado pierde, la República se dividirá en reinos. Los reinos en feudos. Los feudos en tribus. Viviremos una época oscura de planetas fracturados y guerra durante trescientos años.

—¿Trescientos años?

Hago un gesto de asentimiento.

—Más tiempo, según los precedentes, pero he ejecutado la simulación muchas veces y mediante todos los métodos que conozco. —Sabe que no lo digo a la ligera—. Crees que esto tiene que ver conmigo, pero no es así. Darrow cree que tiene que ver con el bien y el mal, pero no es así. Tiene que ver con el orden y el caos. He elegido mi bando. Pero para tener voz, debo poseer una cicatriz.

—Y crees que Casio era arrogante. —Mira hacia el suelo, negando con la cabeza ante algún pensamiento mudo. Al final, vuelve a levantar la vista—. Miedo.

—¿Disculpa?

—¿Crees que si obtienes respeto serás capaz de cambiarlos? No. Se trata del miedo. Finges que Lorn au Arcos era el prototipo de los dorados de hierro porque era sabio y honorable. —Se clava un pulgar delgado en el esternón—. Nosotros sabemos la verdad. Abordó nuestra nave. En un pasillo, Arcos era la encarnación de la muerte. ¿Quieres jugar al gran juego? Vale. Pero juega para ganar. Haz que te tengan miedo.

—Yo no soy ese hombre.

—Entonces eres pasto para los gusanos, dominus, y yo me quedo sin mi último amigo.

Me arrodillo entre asesinos. Serafina a mi izquierda, Kalindora a mi derecha. Lo único que altera el silencio absoluto son las niñas que realizan la Bendición de la Sangre, que se ha transmitido de generación en generación desde Silenio hasta nosotros.

Las voces de las niñas vagan por el aire.

—Hijo mío, hija mía, ahora que sangráis, no conoceréis el miedo.

Una docena de chicas vírgenes con el pelo y los ojos de un blanco lechoso caminan descalzas entre las legiones arrodilladas. Llevan dagas de hierro aferradas en las manos.

—No hay derrota. Solo victoria.

La sangre me escurre por la mano cuando una chica arrastra el filo de la daga sobre ella.

—La cobardía escapa de ti gota a gota.

Áyax no aparta la vista del suelo. Tiene la mano sangrante apretada en un puño. A su alrededor se apiñan sus jóvenes amigos hambrientos y los entrecanos oficiales grises y dorados de la doblemente fuerte Décima Legión Expedicionaria, los Leopardos de Hierro nacidos en la Tierra.

—Tu rabia arde con fuerza.

Siento hasta el último temblor de mis músculos, hasta el último kilogramo de mi armadura. Pero no siento las palabras.

—Levantaos, hijos del dorado, guerreros de la Tierra, y llevaos con vosotros el poder de vuestros ancestros.

Un escalofrío me recorre todo el cuerpo cuando cien mil legionarios de los territorios Grimmus de África y las Américas se ponen en pie. Ninguno de estos hombres y mujeres ha visto su hogar desde hace más de cinco años. No saben cuándo volverán a ver la Tierra. Pero sí que su camino a casa pasa por las Legiones Libres.

Kalindora protesta cuando Áyax activa sus gravibotas y se eleva en el aire.

—Allá va otra vez.

Ataviado con su armadura de tormenta, con los hombros de nimbo, Áyax parece la reencarnación de Júpiter con los dientes de nieve y la piel de tinta. Se baña en los rugidos de sus hombres como solo puede hacerlo un hombre que se cree con derecho a la adoración y que, aun así, se la ha ganado.

A mi lado, veo que la envidia inunda el rostro de Serafina.

Yo también siento ese defecto humano, pero me resisto a sus oscuras aguas y me permito empaparme en la elevada estatura de mi amigo.

Es la ira joven manifiesta.

—¡Hermanos míos! ¡Hermanas mías! ¡Mis Leopardos de Hierro! La batalla de hoy va a decidir el destino de nuestra Sociedad. ¡Si cedemos a la marea de la anarquía, a la turba depredadora! —Señala con el brazo—. O si forjamos nuestro propio destino y construimos una segunda Edad del Orden sobre los cadáveres de la horda de esclavos. ¡Hemos destrozado su flota! Pero pronto llegarán más naves desde sus fábricas infernales y febriles para rescatar al Rey Esclavo y a su chusma. Cuando lleguen, ¿qué encontrarán?

—Ceniza —retumba la legión.

A Serafina se le eriza la piel del cuello.

—¡Sevro au Barca, Orión xe Aquarii, Cado Hárnaso, Thraxa au Telemanus, Alexandar au Arcos, Félix au Daan, Colloway xe Char, Darrow de Lico! —Kalindora pasa los dedos por la empuñadura tallada con llamas de su filo—. ¡Estas son las vidas buscadas! ¡Traédmelos! ¡Traédmelos! ¡Traédmelos!

Las legiones rugen y una sonrisa de calavera saja la cara oscura de Áyax.

Un dorado con aspecto de gólem toma el relevo. Con un suspiro, echa los hombros simiescos hacia atrás y se coloca ante los cuadros de caballeros de élite dorados dando fuertes pisotones y sonriendo como un bulldog que mastica un avispón.

—¡Somos la Legio X Pardus! ¡Somos la vanguardia! ¡La nuestra es una posición de honor! Ante mortem... —brama a los dorados.

—Gloria —rugen ellos.

Se dirige a los grises.

—Ante mortem...

—Gloria.

Se vuelve hacia los Obsidianos.

—Ante mortem...

—GLORIA.

Áyax aterriza junto al gólem. Con el hombre pegado a la cadera, hace gestos a sus oficiales para que se acerquen. Son una estirpe arisca y muy unida. Serafina y yo estamos totalmente fuera de lugar. Kalindora, dependiendo de la situación. No nos dejan hueco cerca de la parte frontal, salvo a Kalindora. Pero ella lo rechaza y se queda a mi lado.

—Todos conocéis nuestro objetivo. Debemos dar apoyo de retaguardia a los Votum mientras avanzan hacia Tyche desde el este. Estoy aquí para deciros que todo eso es una gilipollez. Que Escorpio se vaya a tomar por culo a Tyche él solo. —Entre los hombros protegidos por armaduras, veo que Áyax sonríe—. Vamos a tomar Heliópolis, buenos hombres.

Se oyen murmullos de excitación. Pero no por mi parte. Más bien experimento una decepción profunda. Escorpio au Votum tenía razón: Atalantia quiere arrebatarle su planeta. O partes de él. Serafina me mira con expresión de desdén.

«O sea que así es como trata Atalantia a sus aliados».

—Heliópolis es su único bastión de retirada en el sur. Si la tomamos, estarán atrapados en el desierto. —Y Atalantia se queda con las codiciadas fábricas y las minas del sur—. A ver, los amarillos están un poco tiquismiquis con el clima, pero estamos en Mercurio, y nuestro horario es inamovible. Así que puede que las cosas se compliquen. ¿Alguna pregunta?

Kalindora levanta la voz.

—Atalantia le prometió a Escorpio...

—Cuando Atalantia tenga Heliópolis, no necesitará prometerle nada a Escorpio —la interrumpe Áyax—. Dado que le has jurado lealtad, deberías agradecer ese futuro, Caballera del Amor.

Kalindora mira con aire sombrío hacia delante.

Mientras tanto, el hombre monstruoso que Áyax tiene al lado me fulmina con una mirada de ojos rasgados.

—¿Tú quién coño eres? —Le faltan tres dientes incisivos. Y ese es el menor de los daños estéticos—. Llevas una armadura cara para ser un florecilla gandul.

—Eso es asunto de los Caballeros Olímpicos —responde Kalindora.

El hombre gigantesco se vuelve hacia Serafina.

—¿Quién coño es ella?

—Asunto de los Caballeros Olímpicos, Séneca —dice Kalindora.

El hombre no tiene aspecto de Séneca, sino de jabalí humano. Le guiña un ojo a Kalindora.

—Uf, Amor. ¿Crees que el Segador será algo más que átomos cuando lleguemos allí?

—Para evitarte, Séneca, creo que podría desintegrarse, sí.

La bestia se ríe y Áyax retoma su exposición.

—Séneca au Cern, el dux de Áyax —susurra Kalindora cuando le pregunto en voz baja quién es el hombre. La mano derecha de Áyax en cuestiones de autoridad, entonces. Seguro que empezó como guardaespaldas. Suele ocurrir—. Poco destacable, excepto cuando entra en modo Rojo Sangre. —No conozco ese término—. El código de radio para una ola de suicidios rojos. —Vuelve a mirar a Áyax—. La verdad es que no se parece a nada que hayas visto en tu vida.

Áyax concluye su informe.

—A vuestros caparazones, buenos hombres. Tenemos termitas que matar.

Mientras Áyax y yo nos dirigimos hacia las escaleras de los caparazones estelares con Kalindora pisándonos los talones, él la mira irritado y luego me agarra por los hombros.

—Esto es lo que te has estado perdiendo, hermanito. El mejor espectáculo jamás representado. Pero parece que estás a punto de quedarte dormido. No estás nervioso, ¿verdad? —Se inclina hacia mí—. ¿O es que ya estás en ese Agujero del Cerebro?

—El Ojo de la Mente —lo corrijo. Sabe de sobra cómo se llama—. Y no, todavía no.

Se echa a reír.

—No te separes de mí ahí abajo. Si nos alejamos, intenta conectar por el intercomunicador. Si oyes lobos, búscame. No es una broma. Solo la legión que acompaña al Rey Esclavo tiene permiso para aullar. Si los oyes, es que se acerca. He visto a ese hombre atravesar un pelotón de Guardias de la Ceniza como un tiburón atraviesa un banco de atunes. Querrás tenerme a tu lado.

—¿Estará en Heliópolis?

—No —dice en tono de decepción—. Pero el destino no carece de sentido del humor. Aparecerá allí donde el estruendo de la batalla sea mayor. Y hoy tengo intención de hacer mucho ruido. —Se aproxima aún más a mí—. Vengaremos a nuestra familia juntos, y luego resolveremos el resto de esta mierda. ¿Entendido?

—Gracias —le digo—, por dejarme...

Me da un manotazo en la cabeza.

—Todavía no te he perdonado, florecilla. Pero lo que hagas hoy logrará que se olviden de todo lo demás. Haremos que regreses como es debido. —Apoya su cabeza contra la mía, como hacíamos cuando éramos niños antes de caminar por la Línea—. La sangre de los gigantes inunda nuestras venas: honra a los muertos valerosos con tus acciones.

—Honra a los vivos con tu poder —recito. Áyax se marcha.

Serafina está al pie de su escalera, eclipsada por su caparazón estelar pintado a lo Grimmus. Varios técnicos merodean a los pies del aparato haciendo ajustes de última hora. Ella escupe en el emblema de la calavera y examina las garras de tracción del caparazón estelar.

—Buena suerte allá abajo —le digo.

Luego comprueba el sistema hidráulico de las rodillas.

—Guárdate tu suerte. Todas y cada una de las cicatrices que me he ganado me han traído hasta aquí. Esta guerra es mi destino. —Se vuelve—. Anímate, gahja. El conocimiento de su profesión aumenta la valentía de un soldado. —Me mira de arriba abajo—. Ve a cumplir con tu deber.

Ya lo sospechaba antes, pero ahora que veo la emoción en su rostro cuando se da la vuelta hacia la máquina de guerra, lo sé.

No traicionó a su padre porque ame a su madre. Hubo otra razón oculta, que además fue el origen de la culpa que vi en su mirada mientras contemplaba a Rómulo caminando hacia la muerte. Es el origen de la rabia que siente hacia él, hacia mí. Una rabia que debería dirigir contra ella, porque en el fondo sabe que lo que la incitó a trasladar al consejo las pruebas de los crímenes de Darrow contra el Confín no fue la lealtad hacia el Confín o hacia su madre.

Fue su hambre de guerra.

Ahora, tras semanas de hambruna, está a punto de alimentarse.

9
DARROW
Angelia

El Caballero del Miedo es un sádico.

A diferencia de los vanidosos dorados del Núcleo, aprecia la guerra de guerrillas y su efecto sobre los ejércitos. Aunque solo coincidí con él una vez en mis días de servicio a Nerón, vi lo suficiente para saber que no le daba importancia a la gloria. Cuando le estreché la mano, ansioso de dejar la huella de mi fuerza en el que entonces era un superior de alturas estratosféricas, él dejó la suya muerta. Aquello me avergonzó. Por aquel entonces no tenía ni la menor idea de que un día aquel hombre pálido, vestido con sencillez, desollaría, derretiría, castraría, violaría, cegaría y mutilaría a mis legionarios por millares.

La reputación de Atlas era escasa antes del comienzo de la Guerra Solar. Se le conocía principalmente por tres cosas: su mecenazgo de la Gran Biblioteca de Delfos. Su ignominiosa posición como pupilo de la soberana. Y su abrupta desaparición, que se aclaró cuando regresó después de la caída de la Tierra tras casi una década de destierro combatiendo amenazas en los límites del sistema.

Nacido después de la fallida Primera Rebelión del Señor de la Luna, se crio en Ío con su hermano más famoso, Rómulo. Cuando cumplió diez años, sus padres se despidieron de él y lo enviaron a la Luna a vivir en la corte de la soberana: otro noble rehén para asegurar la obediencia del Confín.

Entre los dorados del Núcleo, lo honraron y educaron, pero también lo ridiculizaron por ser el engendro de un traidor. Allí conoció a Atalantia, y allí Octavia lo convirtió en una extensión de su voluntad, lo cual lo puso en contra de su familia traidora y sembró las semillas que lo transformarían en el hombre que se oculta detrás de la Máscara Pálida. De todos mis enemigos, es el que más detesto.

Estamos ante su nuevo bosque de cadáveres.

Los cuerpos empalados cuelgan de postes verticales. Hay más de doscientos. Todos ellos con la marca de Miedo en el pecho desnudo: una herida carnosa con la forma de la cara de un niño cuyo pelo son serpientes.

Un espeluznante paseo bordeado de banderas de la República conduce hasta Angelia a través de los cadáveres empalados. La tela blanca de las banderas está hecha jirones y sucia de huellas de botas y de sangre. Será una trampa explosiva.

Miro los cuerpos, las caras. Por esto me marché de la Luna. Esos lustrosos pavos reales del Senado leen nuestros informes. Pero cuanto más te alejas de ella, más se parece la guerra a la aritmética; y más allá de eso, se parece a la ficción; y más allá, es solo un vídeo molesto en tu flujo de información. ¿Cómo podrían imaginar la angustia del rostro de los muertos? ¿Cómo podría la multitud que exige ayudas financieras en la calle conocer a nivel sensorial que cuando un humano se pudre, no es solo la piel lo que apesta, sino también los intestinos, el estómago, el hígado?

¿Cómo podrían conocer ese extraño temblor del alma cuando te das cuenta de que no hay civilización? Solo hay un candado en una caja. Y dentro de la caja hay esto. Virginia quería que razonara con los senadores. ¿Qué idioma común hablaríamos, me pregunto, si ellos no han visto el interior de la caja y yo soy su cerradura?

Me saca de mis putas casillas que se nieguen a entender lo enfermos y obstinados y obsesionados que están nuestros enemigos con nuestra destrucción. Sin embargo, viven en una fantasía construida sobre los cadáveres de mis amigos.

El parloteo de las aves carroñeras sierra el aire, junto con los gritos de los agonizantes. De los soldados empalados, muchos continúan vivos, retorciéndose como gusanos en un anzuelo. Nuestros cuatro obsidianos levantan la vista hacia los cuerpos y les hacen una señal a sus dioses.

El horror penetra hasta lo más profundo del corazón de Alexandar y lo empuja hacia delante.

—Arcos, pies en el suelo —ladro.

Se detiene, pero se vuelve hacia mí, con la cara fantasmagóricamente vacía.

—Todavía están vivos...

—Y todos son trampas explosivas —digo, aunque él ya lo sabe.

Rhonna traga saliva con dificultad mientras observa a Alexandar contemplar perplejo el resultado de su error. Si te quedas dormido en el Ladón, eso es lo que te encuentras cuando te despiertas.

Me acerco a él.

—Todos soportamos nuestra carga. Necesito que cargues con esto. ¿Puedes?

Los ojos de su abuelo me miran parpadeando mientras los empalados gritan pidiendo ayuda.

—Sí, señor.

—Buen hombre.

Me vuelvo hacia los Aulladores. Están de pie, formando una fila irregular. Colloway acerca la Nigromante para proporcionarnos apoyo armamentístico.

—Es un teatro. Está ganando tiempo para distraernos de su objetivo —les digo—. No podemos ayudarlos. Os quiero en el aire. Grupos de tres. Usad los térmicos y los sensores para detectar trampas. Avanzad rápido, pero con suavidad. Y por el amor de Júpiter, mantened el cromo activado. Necesito vuestros ojos.

Designo los equipos para buscar objetivos potenciales. Se levantan nubes de polvo cuando casi dos veintenas de Aulladores se elevan sobre sus camaradas moribundos para dispersarse por la ciudad.

Yo me quedó atrás, a la espera con Thraxa y Félix. Levanto la voz para que los empalados me oigan.

—¿Cuántos de vosotros habéis visto a Gorgonas rondando cerca de vuestros pies? Levantad la mano derecha. —Un mar de manos derechas. Algunos mienten y mantienen bajada la suya. Podría ser un falso positivo. Atlas podría no haber puesto bombas a ninguno. O a todos—. Puede que os hayan convertido en trampas —les digo—. Las naves médicas están en camino. Esperadlas y pronto disfrutaréis de seis semanas de médicos guapos y espumoso helado. Volveremos.

Lanzo una mirada taciturna a Thraxa y a Félix y despegamos hacia el centro de comunicaciones de la ciudad. Hago un agujero en la cúpula de bronce con mi puño de pulsos, la escaneo y desciendo hacia el suelo de mármol.

Cuando la luz del sol entra a través de la puerta abierta, los vemos. Cadáveres esparcidos por el suelo. Desgarrados y masticados. Cráneos hundidos con todo tipo de armas improvisadas. Cuerpos roídos como por animales. Esto no lo ha hecho Atlas. Se masacraron los unos a los otros. Los rasgos de los muertos están llenos de manchas y monstruosamente deformados a causa de algún patógeno.

«Dioses, ¿qué han pergeñado ahora los hechiceros de Atalantia?».

Eran civiles colaboradores que trasladamos a Angelia, lejos de cualquier instalación militar. «Ponedlos fuera de peligro», dije. Si Sevro hubiera estado allí, se habría reído. «¿Dónde pones a un oficial de mierda si necesitas que expire? —Me preguntó una vez—. ¡Fuera de peligro!».

Pax también estaba fuera de peligro.

—¿Habías visto algo así alguna vez? —le pregunto a Thraxa.

Ella niega con la cabeza.

—Puede que estuviera poniendo a prueba una nueva arma biológica.

—Hay métodos más sencillos. —Ladro a mis médicos para que tomen una muestra y evacuen a la Nigromante para hacer una transmisión. El centro de mando tiene que saberlo. Empiezo a reírme cuando me doy cuenta del juego—. Es todo para ganar tiempo. Puzles y dolor.

Miro a mi alrededor. Los hechos no me cuadran. ¿Para qué está ganando tiempo? Podríamos descargar desde el aire y darle alcance, así que no es para agrandar su ventaja. Eleusis estaba listo para la cosecha. ¿Cómo altera el tablero este viaje secundario? Un trueno retumba hacia el norte. Mi tormenta se está formando poco a poco.

—Aullador Uno —dice Alexandar por el comunicador de mi oído—. Tenemos algo en la refinería de mena.

Alexandar, Rhonna y varios Aulladores están reunidos en la sala de control de la refinería de mena de la ciudad cuando Thraxa y yo nos unimos a ellos. Encima de una mesa descansan minas araña y bombas de microondas deshabilitadas.

Canicas, nuestro cortador verde y el mejor amigo de Payaso, está conectado al puerto de entrada del ordenador central. Un cable negro desgastado va desde el puerto del ordenador hasta el pequeño puerto que él tiene en la sien derecha. Tiene los ojos vueltos en las cuencas mientras viaja por un paisaje virtual. Tamborilea con los dedos en la silla de plástico. Al cabo de un momento, suspira. Junta los labios secos y se revierte.

—Sumn nastyfoul darkpart —dice en la abreviada jerga de silicio, saltándose las palabras que hacen que las frases sean inteligibles para nosotros, los cuerpos de carbono. Por eso es como si tuviera la boca llena de canicas—. Carreteras desvencijadas, paquete de uranio denso caído, destinos fáciles como 01100001 01100010 01100011.

Tartamudea los números como si fuera la aguja de una máquina de coser.

—Alexandar, traduce.

Mi lancero, al que se le dan bien las lenguas inferiores y medias, da un paso al frente.

—No —dice Canicas, que levanta un dedo huesudo. Los círculos oscuros que tiene bajo los ojos hacen la guerra a sus quemaduras solares—. Esta vez lo hago yo. Mira, jefe, así. Angelia ciudad de trabajo culo polvoriento. Sistemas todos en una red, protocolo de redundancia para mantener control férreo. Cortamos la red en Lluvia. No cortamos red en sombra.

—¿Hay sistemas latentes? —pregunta Alexandar, el primero en entenderlo—. ¿Cables coaxiales antiguos?

—Cables coaxiales. —Parece que a Thraxa le hace gracia—. ¿A qué lerdo se le escapó...?

—Silencio —le espeto—. Canicas, ¿me estás diciendo que las ciudades mineras siguen conectadas?

—Solo algunas. Sistema viejo. Alguien paliza buena, de alguna manera escapó la sombra. Estúpido análogo, seguro. Cables coaxiales bajo la depresión.

—Así que envió una orden a otras ciudades mineras por medio de esta consola —aclaro.

—Sí.

—¿Qué envió? —pregunta Thraxa.

—Nulos. No sé. Encriptado loco. Tienes cortadores con Gorgonas, ¿verdad? Capullos astutos. —Se da unos golpecitos en la cabeza—. Dale una semana a esta silicona, más tres clics para dormir, y tengo tu respuesta.

Solo hay un mensaje que valga la pena enviar a las demás ciudades. Me da un vuelco el corazón. Rhonna encaja las piezas.

—¿Podrían enviar señales a los otros reactores?

—Dame los diagnósticos del reactor de la mina —dice Thraxa.

Canicas se vuelve hacia el ordenador justo cuando le arranco el cable. No me cabe ninguna duda de que, en cuanto revisara el reactor, un ataque neurológico le freiría el cerebro hasta convertírselo en gelatina. Trampa tras trampa tras trampa.

—Va a sobrecargar este reactor y cualquier otro conectado por cable coaxial —le explico, y me encamino hacia la puerta—. Va a entrar en modo térmico. —Angelia no importa, pero sí las ciudades a las que está conectada. Esos reactores alimentan nuestra cadena de escudos. Abro mi frecuencia general—. A todos los Aulladores, evacuad la ciudad. Volad en pareja si no lleváis botas. Colloway, trae la Necro para gancho estelar.

Para cuando salgo de la refinería, la mitad de los Aulladores ya están en el aire. Los que tienen gravibotas enganchan los cinturones magnéticos de pareja que llevan alrededor de la cintura a los que no las llevan. Despegan. Rhonna y Thraxa son la última pareja en partir. Alexandar me espera. Me doy la vuelta para que pueda unir el acoplamiento metálico de su cintura con el que yo llevo en la rabadilla. Los imanes se ensamblan. Me rodea los hombros con los brazos y me da palmaditas en el pecho.

Me elevo con fuerza desde el suelo, se me encogen las tripas mientras las botas nos espolean hacia arriba hasta que nos liberamos de la ciudad. Por encima, Colloway va recogiendo Aulladores en el garaje abierto de su lanzadera. Alexandar y yo aterrizamos con suavidad y nos desacoplamos. Miro hacia la ciudad y le grito a Colloway que nos saque de allí.

La lógica es siniestra.

Ese bosque de cuerpos y las armas biológicas estaban destinados a atraer a los equipos médicos y científicos. A ralentizarnos mientras curábamos a nuestros heridos y nos estrujábamos las meninges concentrándonos en el juego pequeño en lugar de en el gran escenario.

La primera explosión en la central nuclear de Angelia, causada por la fusión de su reactor, no es como la de una ojiva atómica. Avanza a trompicones hacia fuera desde el edificio abovedado —primero en forma de vapor, luego en forma de fuego—, levanta el techo del complejo y sepulta la ciudad en una ola ondulante. Los soldados empalados desaparecen en una nube, el vapor les derrite la carne y se la separa de los huesos, y la marea de fuego, lenta y ondulante, consume el resto.

«Os veré en el Valle, hermanos».

Me pongo en contacto con el centro de mando en Tyche. El pánico se apodera del grupo profesional de oficiales mientras informan de múltiples explosiones de reactores alrededor del Yermo de Ladón, que se extienden hasta la Península de Pétaso y a todas las Llanuras de Caduceo. Seis ciudades se han quedado sin energía. Las seguirán otras a causa de la reacción en cascada. Sin energía, caerá toda la cadena septentrional de escudos. Yo quería una ventana, pero Atlas acaba de abrir un agujero en el cielo.

Atalantia se acerca.

—Alguien nos ha traicionado —gruñe Thraxa.

O Atalantia es más inteligente que su padre.

—¿Cuántos generadores caerán? —le pregunto a Thraxa.

Estudia la lectura de información de Canicas y se pone a hacer cálculos mentales. Demasiado lenta. Se la lanzo a Alex. Apenas parpadea antes de obtener la respuesta.

—Todos lo que estén al norte de Érebo, excepto el Tramo Rojo y Tyche. Sus cúpulas se alimentan de energía local. Aguantarán.

Heliópolis está a salvo, entonces. Sigue protegida al sur de Érebo. Lo cual significa que la ruta de escape a través de Tyche es viable, si Tyche logra aguantar. Pero seis millones de hombres quedarán aislados de la ciudad por los bombardeos. ¿Cómo los recupero?

—Por el mismísimo Valle... —susurra alguien.

Desde la parte de atrás de la lanzadera, los Aulladores observan con desesperación el escudo translúcido que nos protegía del poder de la armada dorada, que parpadea y luego va desapareciendo panel a panel hasta que todo el cielo del norte queda desnudo para la armada de las alturas.

El pitido de las transmisiones entrantes resuena en mi intercomunicador. Rhonna responde una llamada.

—Hárnaso solicita órdenes de retirada.

Thraxa se interpone entre los demás ayudantes que atienden llamadas y yo.

—Dejadlo pensar.

A su sombra, miro hacia el cielo. Destellos en órbita. Rastros de fricción que arañan el horizonte azul. Las primeras bombas comienzan a caer.

Las legiones de vanguardia llegarán poco después. Cohortes sangrientas de Únicos con botas rápidas y caparazones estelares, naves de desembarco atestadas de veteranas tropas de asalto grises, esclavalleros obsidianos con el cerebro licuado y arrastrados a un estado de cruento frenesí por las drogas de sus amos, tanques, titanes, máquinas de guerra esotéricas, todo el poderío de un imperio militarizado en busca de venganza.

Estamos fuera de posición. Los bombardeos congelarán nuestra movilidad. La atomicidad aniquilará nuestras legiones y nuestras defensas estáticas. Los que no mueran quedarán irremediablemente destrozados y fragmentados. Entonces las fuerzas de Atalantia flanquearán y rodearán los restos aislados de mi ejército antes de que podamos intentar una evasión.

Solo queda una opción, y no es la retirada.

—Thraxa. —Ella se me acerca—. Debemos encajar el golpe.

—¿Podemos?

—Sí. Atalantia necesita Mercurio. No bombardeará las ciudades de los Niños. El Tramo Rojo y Tyche son independientes de la cadena de escudos. Sus cúpulas aguantarán. Y pronto llegará la tormenta...

—Tardará horas en...

—Arranqué las máquinas hace dos horas.

Parpadea a causa de la sorpresa.

—¿Y el Primer Ejército? No llegarán a cubrir el Tramo Rojo.

Las palabras brotan de mi boca como un frío estertor de frases.

—Entonces les llevaré un escudo. Lo más probable es que Atalantia aterrice al sur de Pan con al menos un tercio de su ejército. Reprimirá los Niños y tomará las ciudades una por una, de manera que dejará atrapadas a nuestras guarniciones. Si abandonamos las ciudades y agrupamos las guarniciones de los Niños en Cidón, podemos salir hacia Pan y crear un frente oblicuo. No aguantará, pero si los atacamos desde detrás con el Segundo Ejército desde el Tramo Rojo y los conducimos hacia el mar, podemos hacerle daño a Atalantia mientras el Primer Ejército despeja una ruta hacia Tyche desde el norte. —La agarro por el hombro—. Llévate los seis caparazones estelares. Ve a Cidón y encabeza las legiones de tanques.

—Necesitas los caparazones estelares.

—Tú los necesitas más. Ya encontraré un gancho estelar. —Miro hacia el cielo que se oscurece—. No tardarás en tener cobertura. Aguanta, y yo los destriparé desde el suroeste, y después arrastramos el culo hasta Tyche juntos. Una doble explosión atómica será la señal de mi llegada. Vete.

La leal Thraxa, columna vertebral de la infantería, favorita de su padre, sabe que la estoy enviando a las fauces del enemigo. Aun así, me sonríe.

—Hail, Segador.

—Hail, Telemanus.

Corre hacia el tubo escupidor de caparazones estelares y se lleva a cinco de sus dorados.

—Sevro, llama a Hárnaso... —Me doy la vuelta y a quien me encuentro a mi espalda es a Rhonna en lugar de a mi sombra de confianza. La expresión de mi sobrina es la misma que si le hubiera dado una bofetada—. Rhonna, dile que envíe refuerzos a Tyche a través del circuito. Quiero a todos los destripadores de reserva en el aire y de camino a las llanuras. Protocolo de interdicción. Si no eliminan algunos de esos misiles, estamos acabados. Vete.

Eso dejará Heliópolis desnuda, pero esa ciudad no es su objetivo.

—Alex...

No me contesta. No aparta la mirada de las bombas que ya caen a toda velocidad atravesando la atmósfera. «Esto es culpa mía», debe de pensar. A él sí que le doy una bofetada de verdad.

Los ojos le destellan de ira.

—Contacta con Feranis. Dile que espere un intenso asalto mecanizado desde el noroeste tras el aterrizaje en la Península Talariana. Tendrá que defender Tyche sin el Estrella de la Mañana. Necesito el Estrella y a las cohortes de Drachenjäger en...

Miro el mapa.

Intuye mi propósito.

—En el Sector Diecisiete.

Asiento.

—Y llama a tu primo, dile que se reúna con nosotros en el Undécimo Gancho Estelar. Hoy iré con los Arcosianos.

Se precipita hacia la sala de comunicaciones mientras llamo a Orión. Tiene los ojos brillantes vidriosos. Está sumida en la deriva sináptica con la tormenta.

—¿Cómo lo llevan tus pilotos de tormenta?

—Controlando... el flujo. Ha habido picos, pero... dentro del alcance.

—¿Cuánto falta para la interferencia electrónica?

—Diez minutos.

—¿Puedes ampliarlo a veinte?

—Lo intentaremos. Ahora debo concentrarme.

Me desconecto. El resto de los Aulladores no se han movido. Observan los rastros de fricción, imbuidos de una sensación de fatalidad.

—¿Qué esperáis, una invitación formal de la Furia? Moved el culo hacia la armería. Poneos el hierro. —Por fin se mueven. Le grito a mi piloto a través del pasillo—. ¡Colloway! Llévame con mi ejército.

La nave acelera y estoy a punto de caerme al suelo. Me agarro con fuerza, cojo el intercomunicador de la pared y conecto mi señal a los poderosos transmisores de Tyche para hablar con mi ejército ahora que todavía puedo.

—Soy el Segador. Cielo Roto. Repito, Cielo Roto. El enemigo ha quebrantado los escudos del norte. Los misiles ya están en camino. Esperad bombardeos pesados al norte de Helios y un apagón de las comunicaciones en este momento. La Operación Capa de Viajero queda cancelada. A todos los oficiales, abrid vuestra mochila negra. Palabra clave: «follón arriesgado».

Al otro lado de Helios, miles de oficiales de bajo rango, desde centuriones de infantería hasta capitanes de escuadrones de alas ligeras, abrirán un bote de metal para recibir información sobre la Operación Tártaro y las condiciones a las que pronto se enfrentarán.

—La Operación Tártaro ya está en marcha. Segundo Ejército, abandonad vuestras posiciones y congregaos en el Tramo Rojo. Primer Ejército y todas las demás unidades con capa, reuníos en el Sector Diecisiete. La cobertura va en camino. Tercer Ejército, aguantad en los Niños hasta que llegue la Lluvia, y luego agrupaos en Cidón. La legado Telemanus va para allá.

Cuando estoy a punto de ladrar una despedida brusca, me quedo callado al ver que ninguno de mis Aulladores se ha movido. Los veteranos más curtidos de una generación me miran con fijeza, conscientes de que todo está perdido. Hay ocho millones más ahí fuera, en el desierto, en las montañas, en las selvas costeras, sin escudos. Necesitan algo más que órdenes.

Hablo con voz ronca por el intercomunicador.

—Hermanos, hermanas. Atalantia ha venido a por nuestra vida. Cree que estamos mirando al cielo, a la espera de que nos rescaten; que el miedo ha encontrado un hogar en nuestro corazón. Cree que nos hemos olvidado de nosotros mismos. Pero yo no he olvidado lo que somos. Luchamos en las ruinas de la Luna. En las llanuras y los océanos de la Tierra. En las montañas y los túneles de Marte. Hemos liberado todo aquel suelo que hemos pisado. No somos refugiados abandonados que esperan ser rescatados. No somos prisioneros que esperan sus cadenas. Somos las Legiones Libres. Y hoy nos convertiremos en la roca contra la que se rompen. A todas las legiones, preparaos para la Lluvia.

Entonces una luz blanca tartamudea en el horizonte y los hongos comienzan a brotar.

10
LISANDRO
La Lluvia de la Ceniza

—Que caiga la Lluvia.

La voz incorpórea de Atalantia me llega a través de los nódulos de comunicación afianzados en mis canales auditivos. Igual que la batuta de un director de orquesta, pone la música en movimiento.

Bumbumbumbumbum, hacen los tubos escupidores.

Mi mundo gira y el panal de la pared ingiere mi caparazón estelar. Al otro lado del escudo facial del caparazón, la garganta del escupidor palpita con una luz roja.

Bumbumbumbumbum. Otros cien hombres.

«Cuando caiga la Lluvia, sé valiente. Sé valiente», decía mi abuelo.

No me siento valiente. No soy el centro de esta sinfonía. A nadie le importa siquiera que esté aquí.

¿Dónde está la majestad inmortal que me prometieron los poetas? ¿Dónde está la voluntad férrea que mis antepasados predicaban a sus hijos?

No era más que una ilusión conjurada por los idiotas que jamás abandonaban su biblioteca, o por sus sustitutos cuando era necesario.

Esta es la Noble Mentira.

Hasta el último de mis nervios crispados, hasta la última de mis células temblorosas, gritan horrorizados y me instan a salir del tubo, a escapar de esta locura. ¿Es cobarde un hombre si se da cuenta de que la valentía solo es un mito que los viejos cuentan a los jóvenes para se pongan en fila ante la picadora de carne?

Mi primer juguete fue una espada de madera.

Los adultos lo consideran adorable.

«Más vale muerto que cobarde», solía decir Aja cuando un miembro de la Palatina caía en combate en alguna esfera lejana. Mejor ser carne podrida para los gusanos que el blanco de un chiste pasajero o una vergüenza para los muertos amados. Qué cosas tan graciosas hacemos por gente que nunca sabrá que las hicimos.

No he recurrido al Ojo de la Mente desde el Confín. Hace que me sienta como la marioneta de mi abuela. Pero en este miedo, no tengo ninguna otra cosa en la que confiar.

—El miedo es el torrente —susurro—. El miedo es el torrente. El miedo es el torrente.

No estoy aquí. No soy un ser físico.

Electricidad atada a carbono. Soy un patrón.

Y el mundo también.

Con esa aceptación, dejo escapar una exhalación controlada y me sumerjo molécula a molécula en el Ojo de la Mente.

Veo a Octavia como si la tuviera delante.

Está sentada en su Esfera Ocular. Las paredes de cristal de la habitación están abiertas y la ciudad se extiende a sus pies. Baja la mirada hacia el Oráculo que tengo en la muñeca, que agita el aguijón.

«No dejes que el miedo te toque —susurra. Los intrincados pliegues de su cara son como la telaraña que hay en la esquina superior de la habitación—. El miedo es el torrente. El río enfurecido. Luchar contra él es romperse y ahogarse. Pero colocarse a horcajadas sobre él es verlo, sentirlo y utilizar su curso para tus propios caprichos. Ahora, Lisandro, quiero que me mientas, si puedes...».

El recuerdo chisporrotea, invadido por otro.

Las cortinas tiemblan como titilantes llamas de vela. Recorro un pasillo hacia una puerta negra en la que han grabado una sola frase. La música tintinea detrás de la puerta. Se oyen risas. Pero cuando tiendo mi manita hacia delante para empujarla y abrirla, me devoran las sombras.

La telaraña emerge de entre las sombras. Una mosca lucha por escapar, pero con cada esfuerzo se enreda más.

«El miedo es el torrente —digo con Octavia—. El miedo es el torrente».

La cara de mi abuela está bañada en una luz verde.

Salgo disparado hacia delante.

La orina fluye por el catéter. El estómago se me hunde hasta los talones. Se me nubla la visión; una bola de vómito se me queda atascada en mitad del esófago mientras la oscuridad invade los límites de mi vista. Para cuando me acuerdo de respirar, el Annihilo ya está veinte kilómetros por detrás de mí. Las tripas se me revuelven otra vez y regurgito una tos de bilis. El chorro de color marrón oscuro choca contra el fragmento de plástico que me cubre la boca.

A mi alrededor, el traje zumba y destella con las comunicaciones no verbales entre los pilotos azules y los líderes de vuelo dorados. Las órdenes entrecortadas se superponen en el intercomunicador. Entorno la pupila de mi mente para restringir la entrada de información y ordenarla en el trasfondo mientras me dejo arrastrar hacia el flujo de vuelo que los aviadores de la Escuela de la Medianoche grabaron en mi interior.

Mi mente recorre una colección de secuencias de instrucciones, mis ojos desvían y recolectan datos hasta que me he asegurado a mí mismo y a Overwatch, la brigada de apoyo de mantenimiento del Annihilo, de que mis sistemas funcionan de manera satisfactoria.

Solo entonces miro hacia arriba y me asombro ante la grandeza.

La invasión se desliza con un canto silencioso.

Más adelante, la silueta del caparazón estelar de Áyax se recorta, oscura, contra el lado nocturno del planeta acelerado. Parpadea como el fósforo blanco mientras los cañones de partículas del Annihilo y sus naves de combate se disparan en diagonal a través del horizonte y hacia la brecha.

Los rayos de energía iluminan rastros de caparazones estelares a todo mi alrededor. Centenares de hombres ataviados con metal. Y aun así forman poco más que un afluente del gran río desbordante que brota de las flotas de las Doscientas casas menores, y de los gigantes Grimmus, Falce, Carthii y Votum.

La vanguardia de nuestra fuerza cae sin oposición.

Las naves se vuelven más tenues que agujas en la oscuridad que tienen detrás. El planeta crece. Su cara nocturna es negra, los continentes se extienden como jirones de un sudario entreverado de dorado por las luces urbanas que brillan a lo largo de las costas. Su Polo Norte luce la corona mutante de una aurora verde eléctrico.

Al penetrar en la mesosfera, cruzamos el meridiano del planeta, de la noche al día. Un arco dorado de luz solar arde alrededor del planeta como si fuera el de Apolo y nosotros fuéramos los hijos de Hiperión apresurándonos hacia casa con nuestras cuadrigas. Durante un momento, me hace extrañar esa ciudad lejana y la casa que hace media vida que no veo.

La cara diurna del mundo se revela.

Bajo el tenue resplandor de los cambiantes escudos troposféricos de Darrow hay pequeños polos helados, cadenas de cordilleras montañosas. Las elevaciones alpinas templadas caracterizan el norte, las selvas se extienden hacia el sur. Entre ellos se dilata un desierto ecuatorial tachonado de montañas.

El infame Ladón. Devorador de ejércitos.

El incipiente tifón detallado en el informe de datos de la misión no parece demasiado amenazador. Forma una delgada capa de nubes en espiral sobre el Mar de Sycorax.

Hay tiempo suficiente para perderse en la majestad, y para recordar que la naturaleza no nos proporcionó esto con su mano descuidada. Mi raza de mortales talló este paraíso a partir de la roca irradiada y el gas violento mediante la canalización de las mayores virtudes de todos los hombres hacia la causa común.

Me invade un orgullo patriótico que no sabía que poseía. La sangre que fluye por mis venas es la misma que la del hombre que envió aquí el último de los motores Lovelock y de los Dioses de la Tormenta. Pero ese fervor se evapora en cuanto me doy cuenta de que no pertenezco a la era de los gigantes que construyeron esto, sino a una edad más pequeña y cruel en la que los hombres piensan que la guerra es la cumbre de la empresa humana.

Me río de la broma cósmica. Solo la humanidad podría alcanzar las estrellas y luego dejar que se le escapen entre los dedos por la mezquindad de su corazón.

Pero siento esperanza. Esa mezquindad definió la era de mi abuela. Puede que aún no defina la nuestra.

—Buen lanzamiento, buenos hombres. Confío en que todos hayáis conservado el desayuno dentro y la cena fuera —dice Áyax en tono alegre.

Se oye un coro de risas, y comentarios mordaces en alta jerga. ¿De verdad les gusta esto tanto? ¿Qué criaturas podrían encontrarse tan a gusto aquí y ahora? ¿Soy acaso de su misma especie?

—Heliópolis seguirá estando cubierta por la cadena meridional de escudos. Debemos penetrar por la brecha y volar hacia el sur. Transmito las coordenadas. —Los datos de la trayectoria aparecen en mi pantalla. Su voz se torna solemne al pronunciar el credo Grimmus—. Si el Vacío os lleva, celebrad, amigos míos. Porque antes de la muerte, hubo gloria. Preparaos para la penetración atmosférica.

Espero a que me llame por mi canal privado. Pero cuando la luz parpadea, es Kalindora, no Áyax.

—No quemes los propulsores principales hasta que estemos en posición horizontal. Deja que quien haga el trabajo sea la gravedad, no tu generador. Los simuladores infrarrepresentan el arrastre. Y no actives el escudo de pulsos hasta la brecha. No hay manera de saber cuándo podremos recargarlo. Lo último que te conviene es que se te muera el traje en un tiroteo.

El calor de fricción brilla delante de mí cuando los primeros caparazones estelares comienzan a descender. Veo que la Legión de la Ceniza de Atalantia cae a nuestra izquierda.

El planeta se resiste a mi entrada. El caparazón estelar corcovea al entrar con suficiente energía cinética para comprimir el aire que tengo delante y convertirlo en un horno. La frágil capa de teselas térmicas absorbentes que recubre el caparazón de entrada neutraliza el calor y se desprende. A mi alrededor, decenas de caparazones estelares se liberan de las capas aventadas por la fricción y gritan como langostas furiosas hacia el cielo azul.

El viento y los motores rugen al otro lado de mi caparazón cuando me uno a ellos.

No nos atacan. Los escudos de la República que los protegen de los bombardeos orbitales también les impiden oponerse a nuestro descenso. Titilan cincuenta kilómetros más abajo, solo ocho kilómetros por encima de la superficie del planeta. Atalantia se aparta de nosotros y se encamina hacia la parte más septentrional de la brecha, mientras que nosotros nos dirigimos a la más meridional.

—Tiempo hasta la brecha, veinte minutos —entona Áyax cuando pasamos por encima de una cadena montañosa en dirección al Ladón.

El horizonte hacia el que volamos es un holocausto de artillería. La potencia de fuego concentrada de la Armada de la Ceniza aporrea la brecha de mil kilómetros de ancho.

Los haces de partículas dividen la realidad. Los hongos florecen en la superficie.

Nadie ha utilizado tantas bombas atómicas en toda la guerra. Estoy horrorizado. Caen en zonas despobladas, pero la lluvia radiactiva matará a miles de personas antes de que se limpie y se distribuyan los medicamentos. Tal vez a más.

Parece imposible, pero la República devuelve el fuego. Los haces de partículas se elevan desde la brecha para ametrallar las naves antorcha de la órbita y las naves de combate de las corbetas a gran altitud. Los misiles teledirigidos persiguen a los bombarderos y los hacen caer en espiral hasta estrellarse contra los escudos meridionales como si fueran piedras saltarinas. Las bombas atómicas resplandecen con un color blanco pálido en la troposfera. Un haz conecta con una corbeta Belona. La luz ondea cuando el escudo se sobrecarga y un segundo rayo atraviesa el timón de la nave.

Treinta millones de hilos de vida se entretejen, algunos continúan, otros se cortan.

Es terrible.

«Sé un gigante», me dijo Áyax.

¿Cómo, con todo esto?

A los estrategas los entiendo. Pero a los guerreros... Hasta ahora creía que también. Se hace evidente la aritmética insidiosa de lo abrumadoramente visionarios que deben ser los guerreros como Darrow, el Minotauro y Atlas para ser capaces de cambiar el rostro de una batalla una vez que ya ha comenzado.

—Tiempo hasta la brecha, diez.

Ahora estamos encima del desierto, rozando la cúpula del escudo.

Se abre una grieta en la descarga de artillería cuando las naves orbitales reorientan sus cañones para crear una boca infernal: un pasillo de fuego de protección. Un segundo después, la primera centuria de caparazones estelares de un destructor Carthii entra en la boca infernal y desaparece por la brecha. Los siguen los alas ligeras. La centuria siguiente se desintegra cuando un haz de partículas los acuchilla desde las montañas.

—Brecha —dice Áyax.

Nuestra centuria entra en tropel en una boca infernal.

Se me sobrecargan los sentidos.

El fuego enemigo resplandece a nuestro alrededor, destellos cegadores, metal que colisiona y se evapora. Pero, aunque somos más rápidos que los sonidos de las explosiones que vemos, solo conseguimos impactar contra las ondulantes ondas sonoras de explosiones anteriores. Pierdo a Áyax en el caos. Los proyectiles Airburst gimen y explotan para dispersar a las arpías, unos drones del tamaño de un puño atiborrados de pulsos electromagnéticos o cargas explosivas. Disparo el cañón de mi hombro izquierdo contra un enjambre de ellos. Una decena se estampan contra un alas ligeras. Los motores se apagan, se desvía de la boca infernal y recibe un proyectil de artillería amiga.

Y entonces llego al final.

—Fractura —ordena Áyax. Las centurias de la legión se dividen en cientos de décadas. Me cuesta igualar su precisión y estoy a punto de comerme los talones de Áyax al seguirlo. Kalindora y Serafina caen detrás de mí cuando ponemos rumbo hacia la escarpada cordillera de las Hespérides—. Despejad los picos. Dejad el aire a los destripadores. —El comunicador emite un clic cuando cambia al canal de nuestra década—. Década Uno, estamos solos. Dirigíos al norte por...

La voz de Serafina lo interrumpe.

—Pico E. Ataco.

Mis instrumentos registran el pico eléctrico de los cañones de riel al cargarse. Por el rabillo del ojo, un alfilerazo de luz púrpura destella en una cresta de la montaña.

Pongo en marcha el propulsor de mi hombro izquierdo y salgo disparado de la formación cuando una mancha de metal denso atraviesa el aire ahora vacío. Cuatrocientas balas siguen a la primera en los tres segundos siguientes. Un caparazón estelar desaparece en una lluvia de escombros. No alcanzo a distinguir a quién pertenecía. Después, los misiles de Serafina impactan contra la instalación del cañón y relumbran sobre el escudo mientras el cañón continúa disparando, imperturbable.

Activo mi designador láser, pero antes de que me dé tiempo a iluminar la instalación, Kalindora se me adelanta. Cae un ataque orbital. Un rayo de luz blanca que cegaría cualquier ojo no protegido corta la cima de la montaña como si fuera un trozo de queso.

—Buena vista, para ser una lunera. Felicitaciones por el relámpago, Annihilo —dice Áyax—. Década Uno, agrupaos en torno a mí. Tenemos una cordillera que despejar. —Ilumina mi canal personal—. ¿Cómo va la guerra, hermanito?

Me cuesta responder.

—Rápida.

Se ríe.

—Disminuye los amortiguadores de inercia. Te ayudará a sentir las maniobras. Estás volando en esa obra maestra como si fuera un cosmocamión. Has estado a punto de comerte mis talones. Dos veces.

—Mis disculpas. Es más sensible que los simuladores.

—Más sensible que los simuladores. ¡Ja! Ya te convertiremos en un Único. Ahora, boca abajo, buen hombre. Se acerca la fiesta de bienvenida de las termitas aéreas.

11
DARROW
Tramo Rojo

Mi ejército muere. El mundo se ha convertido en un jardín de hongos. Florecen en el horizonte magullado, se hinchan hasta alcanzar los doscientos kilómetros de altura y empequeñecen las montañas. Una onda expansiva tras otra, difuminadas por la distancia, atormentan a la Nigromante mientras avanzamos hacia el norte con la intención de devolverme a la base del Tramo Rojo y al corazón de mis ejércitos septentrionales.

Con los escudos desactivados, nos rodearán. Debemos prepararnos para salir en el escaso lapso que transcurra entre el bombardeo y el aterrizaje. Si sobrevivimos al bombardeo.

La arena del desierto fluye por debajo de la lanzadera. Las ciudades mineras fortificadas desaparecen entre destellos de luz blanca. Los enormes emplazamientos de cañones del desierto, con potencia de fuego suficiente para derribar una nave antorcha, derraman furia hacia el cielo, aunque solo para que columnas de luz más calientes que el sol terminen convirtiéndolos en vidrio.

Colloway guarda silencio, envuelto aún en su aureola sináptica. La ovular silla de piloto baña al hombre oscuro en una luz azul, lo cual confiere al as de la lucha el aspecto de un elfo de la mitad de su edad. Desligado de su cuerpo, él es la nave y la nave es él.

—Vamos, Medianoche —susurro.

—Todopoderoso, dame espacio —responde la nave en tono vago—. Esta fiesta hace que el Ilium parezca una regata de vela térmica. Vaya. Se acercan desechos. Cuento... No puede ser correcto. Los instrumentos están fritos. —Silencio—. No importa. Son seiscientos.

—¿Kilómetros?

—Alas ligeras.

«Mierda».

Siguiendo la estela del primer bombardeo atómico, desciende el primer río de alas ligeras enemigas. Cincuenta escuadrones bajan a toda velocidad sobre el telón de fondo de una nube en forma de hongo, como un banco de pirañas. Los misiles surgen de su vientre y caen en cascada sobre las baterías de cañones y las formaciones de tanques. Tres escuadrones se separan para atacarnos.

—Espero que todo el mundo haya disfrutado de su desayuno. No tardaréis en volver a verlo.

Anclo mis botas a la cubierta. Se me contraen las tripas mientras giramos en un interminable sacacorchos. Estoy indefenso detrás de Colloway, a pesar de mi armadura de pulsos rojo sangre y de todo su armamento. Solo la tormenta puede detener lo que se nos aproxima desde el cielo, y todavía está en pañales.

Se podría dirigir una guerra desde la Nigromante, sobrevivir a casi cualquier magnitud de pulso electromagnético, dejar atrás incluso una nave antorcha. Pero en la atmósfera, es una nave grande, y los alas ligeras nos ganan terreno rápidamente.

Llamo a Hárnaso para solicitar apoyo de largomalicia y le doy las coordenadas. Apenas puedo oír su confirmación por encima del ruido de la estática. En la cordillera de las Montañas Hespérides, cientos de kilómetros hacia el suroeste, bajo la protección de nuestra intacta cadena de escudos meridional, los cañones de cincuenta metros girarán sobre sus giroscopios. Colloway levanta los pulgares para darme a entender que me ha oído.

Mi cuerpo se ladea cuando el piloto inicia una ascensión empinada, directo contra los escuadrones enemigos. Cuando los misiles saltan de los alas ligeras, Colloway hace girar la nave de costado y la lanza en picado hacia abajo. Los misiles parpadean detrás de nosotros, aunque algunos se escabullen para seguir a nuestros drones de contraataque. Los demás gritan a nuestra espalda, sin distraerse. La depresión del desierto nos sale al encuentro. Mil metros. Quinientos. Cien. A los cincuenta, Colloway activa los propulsores de lanzamiento y la nave rebota en paralelo al suelo como una piedra saltarina. La cabeza me da una sacudida hacia delante, la barbilla me golpea el metal de la coraza. Veo estrellas y, a través de la nave, noto la conmoción cuando los misiles se hunden en el suelo. Los cañones de riel traseros de Colloway derriban los que nos siguen.

No se oyen vítores en el garaje.

Colloway reorienta la lanzadera hacia la solución de fuego de Hárnaso. Hárnaso nos envía una cuenta atrás. Cuando va por el tres, superamos la zona de exterminio. Los escuadrones enemigos chillan detrás de nosotros sin dejar de vomitar fuego de cañón de riel. Nuestros escudos ceden y se caen. Interpongo mi masa delante de Colloway. Cien proyectiles del tamaño de un puño desgarran la nave. Uno me da en el hombro en lugar de en el respaldo de su silla, sobrecarga el escudo y provoca un fallo en la armadura mientras me retuerzo y lo redirijo hacia el techo. Se me entumece la mitad del cuerpo. Las agujas de autorrespuesta del traje me inyectan adrenalina en el torrente sanguíneo. Mi mundo late.

—Y... boom.

A través del colador de agujeros de bala, vislumbro el cielo por la parte trasera de la nave, justo a tiempo para ver los proyectiles de largomalicia que caen formando un arco y detonan liberando nubes de municiones más pequeñas. Los alas ligeras se desintegran.

Ya sin perseguidores, Colloway acelera en línea recta. Hemos salido del Ladón. El cielo se está ennegreciendo por el norte. Débiles rastros de relámpagos serpentean por el firmamento. La hierba verde de las Llanuras de Caduceo se despliega ante nosotros. Es el caos.

A la sombra de las nubes de los hongos, hileras de tanques en llamas y vehículos blindados de transporte de tropas se extienden por el suelo como una cuerda deshilachada. Cientos de miles de hombres corren a pie. Las gravimotos que cargan con cuatro o cinco hombres cada una avanzan a trompicones hacia la base del Tramo Rojo.

—El escudo sigue en pie —murmura Colloway desde su sincronización cuando el cuartel general de campo aparece ante nuestros ojos.

Me cuesta creerlo. Los gigajulios de energía cinética de los haces de partículas tiñen la cúpula de su escudo de un color carmesí sanguinolento. Pero es cierto que el Tramo Rojo no ha caído. Gracias al Valle no estaba conectado con Angelia. Decenas de legiones se refugian enjambradas bajo su protección y forman un atasco de tanques y máquinas de guerra que desborda sus hectáreas de armas, cuarteles y trabajos defensivos.

Mi Segundo Ejército está intacto.

Por encima de la cúpula del escudo tiene lugar una batalla aérea en la que participan miles de efectivos. Los alas ligeras se revuelen entre el vapor de los cumulonimbos que florecen hacia el norte, desde el mar. Más combates aéreos destellan hasta la estratosfera, intentando ganar tiempo para que mis escuadrones intercepten la artillería atómica. Como ya ha ocurrido antes, las rencillas entre los cabezas de aire y los espaldas de polvo se desvanece. Un escudo de sacrificios azules protege a sus hermanos del suelo. Desaparecen por decenas, sin preocuparse por los combatientes enemigos, cazando única y exclusivamente los misiles que caen. En cierto modo, es hermoso. En todos los demás sentidos, es una visión terrible.

Debo hacer que su sacrificio merezca la pena. Es difícil averiguar cómo. Columnas de haces de partículas blancos se proyectan desde la órbita, perforan nubes, vaporizan hombres y metal mientras rastrillan cañones en el suelo. Nos superan en número. No existe una respuesta convencional a las armas orbitales de Atalantia. Pero si el Tramo Rojo pudiera durar...

Al sur del Tramo Rojo, en las montañas que dominan las llanuras del norte, varias baterías tierra-órbita continúan disparando hacia arriba. Colloway nos lleva por un valle de montaña, con destino a uno de las varias decenas de ganchos estelares que esparcí por Helios. De los cinco que hay en nuestra ruta de vuelo, es el único que permanece en el aire, ya que está atracado bajo la inclinada grieta de una montaña que también alberga un garaje de Drachenjäger. Miles de caparazones estelares esperan a sus pilotos en el asfalto del gancho estelar.

—Undécimo gancho estelar, llegada urgente de la Nigromante. Trece elfos, cinco gigantes, diez enanos y un Segador necesitan hierro pesado. Preparad tripulaciones de foso para equipamiento de emergencia.

—Recibido. Plataforma dos despejada. Tripulación de foso en espera.

Llevamos a cabo un aterrizaje de emergencia en la plataforma de suministro flotante. Los tripulantes de foso pululan por su superficie trasladando municiones desde el depósito de suministros de la montaña hacia el gancho estelar. Cargan manadas errantes de infantería aérea en los caparazones estelares y las envían a la batalla. Los estandartes púrpura y plateado de los Caballeros Arcosianos ondean en el aire mientras ellos aterrizan con sus gravibotas en el otro extremos. Hay pocos Arcos verdaderos entre ellos, pero todos provienen de casas clientes leales a las viudas de los hijos de Lorn. Necesitaré a mis mejores hombres conmigo.

Mientras Colloway hace balance de los daños sufridos por la Nigromante, salgo en tropel con los Aulladores. Un jefe de foso nos dirige hacia una fila de caparazones estelares blindados que descansan tumbados de espaldas justo debajo de la puerta vertical del garaje. Dentro de este, los sondeainfiernos de la Decimoquinta Legión, ya provistos de armadura, se sincronizarán con sus Drachenjägers, unas máquinas de cuarenta metros de altura que están hechas para dominar los campos de batalla. Tienen forma de humanos cuadrados cargados con una mochila de púas, aunque no tienen cabeza ni cuello, solo puente de mando achaparrado para el piloto hundido entre los hombros. Tienen seis brazos articulados, múltiples cañones en los codos y enormes cuchillas de iones.

Me aseguro de que el interruptor maestro de la tormenta sigue en el segundo compartimento del muslo derecho de mi armadura de pulsos y me tumbo en uno de los caparazones estelares, un traje mecanizado de cuatro metros de altura capaz de volar y diseñado para convertir a los hombres en tanques móviles. Cuando aúnan esfuerzos con los Drachenjägers dejan a la infantería común casi obsoleta, pero son caros, voluminosos y consumen combustible como locos.

Una tripulación de doce naranjas y rojos se pone a trabajar a mi alrededor para conectar los enlaces de datos del caparazón estelar a mi armadura de pulsos, adjuntar un polvorín doble, calibrar los equipos, cebar la espada de fusión y sellar una batería extra. No necesitan más de diez segundos. Se van y pasan al siguiente. Un elevador hidráulico golpea la parte posterior del caparazón estelar. Me pongo de pie, flanqueado por casi una treintena de Aulladores con armadura. Dos rojos se agarran a la parte delantera del caparazón estelar de cuatro metros para asegurar la cubierta sobre mi cabeza. A través de sus brazos, veo que las aeronaves enemigas trazan una maniobra masiva coordinada para alejarse del Tramo Rojo. Lo llamamos una flor nuclear.

—¡Refuerzos atómicos! —grito, y busco a Rhonna con desesperación.

La veo trasladando a un Aullador herido hacia el área médica del gancho estelar, demasiado lejos para que le dé tiempo a regresar a la Nigromante o a introducirse por debajo de las puertas acorazadas del depósito de suministros, que ya se están cerrando.

Una sirena ulula. Cientos de hombres de foso corren para ponerse a cubierto o salir del gancho estelar expuesto hacia la seguridad de las puertas de garaje de la montaña. Rhonna no lo logrará.

—¡Alexandar!

Ya está en marcha. Balancea los largos brazos de su caparazón estelar mientras se apresura a recogerla y saltar de nuevo hacia nosotros. Colloway sale zumbando en la Nigromante para esconderse detrás de la montaña.

Uno de los rojos que tengo encima me sella la cubierta, pero atrapa el brazo del otro entre los dientes de la selladora. El rojo tira del brazo, incapaz de bajar. Sacude la mano en el interior de la cubierta, no lejos de mi cara. La sangre le chorrea por el antebrazo. Su compañero lo abandona. No puede tener más de veinte años. En el cuello lleva un colgante de hierro en forma de hemanto. Cuando lo miro a los ojos veo que los suyos rezuman miedo. Ha atascado la cubierta. No puedo abrirla. Trato de cubrirlo con mis brazos. Alexandar envuelve su caparazón estelar alrededor de Rhonna como si fuera un capullo. Las enormes puertas acorazadas se cierran detrás de nosotros. Los hombres de foso las golpean desde el exterior. Pobres bastardos.

—Preparaos —grito.

Félix y un explorador obsidiano se arrodillan en su caparazón estelar a mi lado para formar una cuña que proteja a Alexandar y a Rhonna. Se forman montones de cuñas más. Los hombres de foso se apresuran a refugiarse tras ellas. El rojo del exterior de mi cubierta grita. Aunque lo libere, no se le puede ayudar. No lleva armadura de pulsos como Rhonna.

Con mi óptica amplificada miro por encima de su hombro. Un único punto en forma de daga que deja un rastro de vapor mientras cae hacia la base del Tramo Rojo. Dos pilotos de alas ligeras lo persiguen escupiendo fuego. Sobrecargan su escudo, perforan su cubierta. Y luego la artillería orbital los aniquila. La bomba cae sin oposición.

Me conecto con el centro de mando del Tramo Rojo.

Una sala de guerra llena mi campo de visión. Tres decenas de oficiales marcianos, con representación de ocho colores, se alzan como fantasmas a la pálida luz del mapa de la batalla mientras contemplan la caída atómica.

—Un omega-atómico impactará en treinta segundos —digo en voz baja. El rojo de mi cubierta también lo escucha, con la cara apretada contra el cristal a solo dos palmos de distancia de la mía—. Vuestra lucha ha quedado atrás. Recordad ahora a vuestros seres queridos. A vuestra esposa, a vuestro esposo, a vuestro padre, a vuestra madre, a vuestra hija, a vuestro hijo. —Lo miro a los ojos. Se parecen muchísimo a los de mi madre—. Recordad el mar, los bosques de las tierras altas, Agea al amanecer, Olimpia al atardecer, Ática en primavera, Tesalónica en la época de cosecha. —Mientras hablo, cierran los ojos y desenroscan los recipientes de tierra marciana para aferrarla en sus manos. Dorados y rojos, azules y naranjas, grises y obsidianos. Se me rompe el corazón por la mitad—. Recordad vuestro hogar. Recordad Marte. Id allí ahora a descansar bajo la sombra de su...

Desaparecen en un baño de estática.

Calma, como si el cielo inhalara el sonido y el tiempo. Cierro los ojos y sostengo al rojo tan fuerte como me atrevo.

Luz primordial. Intensa, diminuta, como la pupila de un dios, seguida de un segundo destello expansivo tan brillante y vasto que hace que los párpados se me transparenten y me revela hasta el último hueso, articulación y vaso sanguíneo del hombre de foso rojo atrapado en mi cubierta. Veo los huesos radiografiados de otra decena de personas a través de su carne. Un ingeniero aovillado crea una silueta transparente como la imagen de un feto dormido en el útero.

El destello se contrae para revelar una bola de fuego amotinada en el hipocentro de la explosión. El aire, la hierba, la roca, el metal y los hombres se evaporan cuando su materia se calienta hasta alcanzar la temperatura del núcleo de un sol.

Una pared de energía térmica se proyecta hacia fuera. Un fantasma de fuego camina a través de mí. Los ojos del rojo que se parecen a los de mi madre comienzan a burbujear y después se derriten con el resto de su cuerpo. En la estela de calor, una colosal ola de presión se precipita hacia nosotros a la velocidad del sonido. El gancho estelar se balancea hacia atrás, contra la cara de la montaña. Los huesos del rojo estallan en mil pedazos y salen volando por los aires. Su mano seccionada cae dentro de la cubierta. Mis botas chisporrotean sobre la superficie plana cuando la onda expansiva me empuja hacia atrás. Me tambaleo, sostenido por los Aulladores. Los hombres de foso que se habían refugiado detrás de los mecánicos que tenemos delante parecen hojas de otoño cuando sus cuerpos destrozados salen despedidos desde la plataforma flotante hacia las montañas. Otros pierden pie, se estampan contra los caparazones estelares y se convierten en pulpa. Les arranca la ropa. Los azules y los naranjas, que tienen los huesos más débiles, se pulverizan en el acto y se transforman en bolsas de líquido que se mantienen unidas gracias a la carne burbujeante.

Luego los escombros.

Aves de carbón caen del cielo y se hacen pedazos contra el hormigón. Granizan detritos de alas ligeras. Un tanque aplastado pasa dando vueltas de campana, vomitado desde las llanuras, a decenas de kilómetros, para estrellarse contra la cara de una montaña por encima de nuestra base. Un quejido enorme inunda la cordillera cuando cientos de avalanchas caen rodando por los acantilados de granito puro. Juro que incluso veo el planeta ondular. Levanto la mirada, más, y más, a través de la cubierta de mi caparazón estelar; la bola de fuego se articula hacia el cielo, con un vórtice de escombros y humo que se arremolina en torno a un corazón de fuego fundido donde una vez estuvo mi Segundo Ejército.

Un millón de hombres, tanques y armas hechos ceniza.

El abismo hueco de la desesperación me llama. La voz que me encontró en la tumba de la prisión del Chacal. «Segador, Segador, Segador. Mira lo que has hecho. Mira lo que eres. Bajo tu sombra, nada puede sobrevivir».

En algún lugar en las alturas, Atalantia estará sonriendo.

La máquina de Alexandar se acerca a mí. Busco a Rhonna con desesperación. Mi sobrina se pone en pie con dificultad; su armadura de pulsos está frita, pero ella sigue viva. Me invade el alivio.

—¿Órdenes, señor? —pregunta Alexandar.

El hongo se refleja en su cubierta.

¿Órdenes? ¿Qué órdenes pueden darse en esta locura? Nuestras comunicaciones de largo alcance no funcionan. No puedo reajustar el plan. Thraxa no tiene apoyo. A punto de quedarse aislada. Rezaría si supiera que algún dios iba a escucharme. Que el Primer Ejército haya sobrevivido a la explosión. Que el Estrella de la Mañana haya llegado a tiempo para que se refugiaran bajo sus escudos. Que haya vida entre toda esta ceniza. Ningún dios me escucha. Solo hay hombres. Y lo que uno hace, otro puede deshacerlo. Esa es mi única religión. La de la mano y la palanca.

—Medianoche, ¿estás ahí?

—A duras penas. Los pulsos electromagnéticos casi me fríen. La nave se está cayendo a pedazos.

A pesar de la cercanía, apenas lo oigo.

—La tormenta se acerca de verdad. ¿Puedes llegar a Cidón?

—Aunque tenga que batir las alas yo mismo.

—Cuando llegues, dile a Thraxa que se ponga en marcha y se dirija a Tyche. El Segundo no puede reforzarla. El Primero va a ayudarla a retirarse a Tyche.

—¿Adónde vas tú?

—A asegurarme de que Tyche sigue siendo nuestra cuando lleguéis allí.

Guarda silencio durante un momento.

—Feliz viaje, señor. Medianoche fuera.

Sus motores destellan y se aleja dando bandazos. Solo mis caparazones estelares permanecen en la plataforma. Les ordeno que abandonen el inestable gancho estelar y se reúnan al otro lado de las puertas acorazadas del garaje, que se están abriendo.

—Rhonna. —Se da la vuelta para mirarme—. Los sondeainfiernos están dentro. Ve a ver si tienen un aparejo de repuesto. Necesito un dios de metal.

—Sí, señor.

Cinco minutos más tarde, floto sobre los caparazones estelares y los enormes Drachenjägers que hay detrás de ellos. Se prolongan hacia la montaña, una hilera de metal tras otra. La Legión sondeainfiernos, la Decimoquinta Blindada. Todos marcianos, mi primera y mejor legión de Drachenjägers. Cabalgué con ellos para poner fin al asedio de Olimpia y expulsar al Minotauro de la antigua casa de Casio, y luego otra vez en Agea contra Atlas y el Señor de la Ceniza.

—¡Legión sondeainfiernos! Se acerca hierro enemigo. Nuestras comunicaciones están interrumpidas. La tormenta no tardará en acabar con las suyas. El Primer Ejército los atacará en los Niños y luego se retirará a Tyche. La ciudad pronto será sitiada por al menos un grupo completo del ejército.

»La legado Telemanus cree que el Segundo Ejército está avanzando ahora mismo hacia Tyche para aliviar ese asedio y despejarle el camino de retirada. Nosotros somos lo que queda del Segundo Ejército. Si Tyche cae, nuestros hermanos están perdidos. ¿Caerá Tyche? —A modo de respuesta, cinco mil pares de botas de Drachenjäger baten el suelo de la caverna con un boom sísmico—. Atalantia cree que el Segundo Ejército es ceniza. ¿Somos ceniza? —Boom. Boom—. ¿Tenemos miedo? —Boom. Boom. Boom—. ¿Qué somos?

—¡SONDEAINFIERNOS!

—¡Formad columnas!

El aire se deforma con la distorsión térmica de los cinco mil motores drachen que rugen al cobrar vida. Veo que Rhonna se desliza en un aparejo negro en la retaguardia. Los brazos del aparato se mueven cuando los pernos que tachonan su cuerpo se sincronizan con el Drachenjäger. Mis Aulladores se alzan a mi alrededor. Los Caballeros Arcosianos forman columnas en sus caparazones estelares. En la vanguardia, me vuelvo para mirar hacia el mundo que se oscurece.

El hierro enemigo cae a raudales hacia los horizontes occidental y oriental. Poco más que mosquitos tras la sombra de la bomba atómica. Obeliscos de humo radiactivo y escombros se elevan desde las Llanuras de Caduceo. En lo alto de sus tallos, las cabezas bulbosas de las nubes de hongo desaparecen en la cobertura cada vez más espesa de la tormenta. Las nubes negras avanzan. Los relámpagos desgarran el cielo. Atalantia nos ha roto la mandíbula con su primer golpe. Ahora nos toca a nosotros. Levanto mi falce.

—¡Por la República! ¡Por Marte!

—¡Surcaremos el infierno!

12
LISANDRO
Gólems blancos

Doce ondulantes ríos de sombra se mueven por un desierto de tiza blanca. Las sombras las proyectan seis mil caparazones voladores que avanzan formando doce columnas de hierro.

Han pasado dos horas desde la grieta y no me siento cuerdo.

Mi vida se ha desintegrado en una serie de fragmentados momentos de miedo extremo y violencia irreal. La definen nuevas sensaciones. El crujir del hielo bajo un pie de titanio con garras. El resbalar sobre la nieve. El rasguñar en la roca. El silbar del aire. El olor ácido a cloro del ozono de mi cañón de riel. La tensión omnipresente de que una cima inofensiva cobre vida de repente con fuego antiaéreo.

Ya no confío en la quietud.

La quietud es el enemigo apuntando con cuidado.

Tras despejar las zarzas de las instalaciones de cañones de montaña, nuestra legión se unió con nuestros compañeros de lanzamiento, la XX Fulminata de los terranos, la Legión Rayo, para aumentar nuestros efectivos y dirigirnos hacia el norte en busca de un aterrizaje seguro para la primera oleada de ciento cincuenta mil hombres, y después para los dos millones que nos seguirán en la segunda y la tercera oleadas para tomar Heliópolis.

Un humo tiznado se eleva desde las ruinas de las naves exploradoras y desde las baterías de cañones de la República aniquiladas por la Fulminata. Me alivia haber salido de las montañas. Entre las cumbres heladas, Áyax nos llevaba de cabeza hacia cualquier amenaza como un héroe homérico poseído. Apenas me sentía capaz de mantener el ritmo, pero mi hoja está bien ensangrentada tras las cazas en los búnkeres. Kalindora me ha seguido como una sombra en todo momento, mascullando acerca de los cachorros jóvenes que buscan la gloria. Serafina también está ansiosa por conseguir la gloria, pero no tanto como para anteponerla a su disciplina.

Es mejor soldado que compañera de viaje. Dos veces me ha protegido por el flanco. Una vez en las ruinas de un búnker de montaña, cuando un obsidiano cargó contra mí desde los escombros con un hacha. Otra vez en el aire, cuando no vi una batería antiaérea.

Antes del mediodía, los primeros signos de civilización aparecen en el paisaje inhóspito. Un hotel para ricos al lado de un lago situado en lo alto de una meseta. Granjas de agua, refinerías de mena y una ciudad minera con pirámides doradas pintadas en los tejados para repeler los bombardeos. Desde un tejado, los fogonazos de un arma de fuego pequeña destellan débilmente hacia nosotros.

—Aquí Leopardo Once, el francotirador es mío —entono. Me quedan tres cohetes—. Las lecturas térmicas indican múltiples civiles en sótanos adyacentes. Géneros rojo y marrón. Cambio a pistolas.

Kalindora me sigue mientras trazo una curva para disparar con precisión a los dos hombres del tejado.

Un pilar de luz cegadora divide el horizonte.

Me aparto para esquivar la onda expansiva.

Cuando se despeja el ataque orbital, la ciudad es un cráter fundido.

—Demasiado lento en desenvainar —dice Áyax mientras yo doy vueltas—. Tendrás que ser más rápido que un gato para robarme mis presas.

—Eran civiles...

—Simpatizantes. No te preocupes, te ganas media muesca. He utilizado tu determinación del objetivo, ¿no?

—Solo cuenta como uno —añade Séneca—. Mente de colmena.

Risas.

Kalindora me llama por mi frecuencia privada, pero rechazo la petición.

Pronto llegamos al límite del cielo todavía protegido por la cadena de escudos meridional del Amanecer. En las profundidades del Ladón no hay ni rastro del enemigo. Heliópolis está aún a cien kilómetros hacia el sur.

Cuando aterrizamos en una playa poco profunda al oeste de una ciudad embalse, me siento lleno de desprecio. Me quito la parte superior del caparazón estelar, desesperado por respirar aire fresco, pero el calor del desierto me golpea como un yunque. El dolor me invade los pulmones. Ya siento el sol abrasándome la piel, pálida tras pasar tanto tiempo encerrado en naves. Bebo agua de las provisiones de mi traje y me alejo de la conmoción de las legiones que aterrizan. Áyax me llama, pero lo ignoro.

Cuento las firmas térmicas de mi imagen mental. Trescientas once. Algunas demasiado pequeñas para ser más que niños.

Sabía que la guerra no sería limpia. Pero ha utilizado mis datos sobre objetivos contra niños.

La sensación de certeza y propósito que me ha traído hasta aquí se está desvaneciendo. Me siento como un niño del público que pensó que podría domar a los leones metiéndose en la jaula con ellos.

Serafina está a gusto en la jaula. Pasa a mi lado dando zancadas con un brillo de entusiasmo en los ojos. Puede que Áyax se haya apuntado el mayor número de muertes, pero ella no se queda muy atrás. Las cámaras de sus cascos las grabarán todas en gloria holográfica, y los administradores del Annihilo las contabilizarán.

—¿Se ajusta la guerra a tus expectativas? —le pregunto.

—A las mil maravillas —dice entre un trago de agua y otro—. A las mil maravillas.

Cuando se aleja, contemplo el paisaje alienígena. Entre las Montañas Aigle y las Hespérides hay un vientre llano de pavimento desértico solo interrumpido por dunas de tiza blanca, chimeneas de hada de piedra caliza en forma de hongo y cactus de un blanco pálido del tamaño de una casa. Las montañas sierran el horizonte por la mitad. Por encima de ellas, el sol se acuclilla con malevolencia. Gólems blancos caminan fatigosamente a través de esta desolación como si fueran los supervisores mecanizados del infierno de Dante. Blanqueados por la tiza del desierto, los dorados clavan balizas en la arcilla dura de la playa. En otros lugares, los exploradores con armadura ligera y cascos ópticos sueltan drones como si fueran halcones amaestrados. Aquí todo el mundo es cazador.

Séneca, el guardaespaldas de Áyax, me guiña el ojo cuando sus drones emprenden el vuelo hacia el norte.

Se produce un estruendo a mi derecha cuando el caparazón estelar de Kalindora aterriza en una nube de polvo.

—No desperdicies la paz, Lisandro. Esta mugre acabará con tu caparazón con la misma facilidad que si fuera un cañón de riel.

Dobla las rodillas y utiliza los codos para amortiguar el traje cuando cae en posición sedente. Me uno a ella y salimos de nuestros caparazones estelares para limpiar el exterior. De vez en cuando echo un vistazo a Áyax, que está conversando con el legado de la Fulminata. Sé que debería tragarme mi creciente asco, seguirlo, aprender de él y serle útil, pero aquí fuera Áyax tiene algo que me hace sentir mal recibido.

Tengo la leve sospecha de que el ataque orbital fue más un mensaje para mí que una acción militar necesaria. ¿De verdad podría menospreciar vidas con tanta frivolidad?

—¿Cuál es el estado de tu reactor? —me pregunta Kalindora.

—Sesenta y seis por ciento.

—Así que todavía me escuchas. —Señala a los Leopardos de Hierro con un gesto de la cabeza, asqueada—. La mayoría de esos cachorros van por ahí con menos del cincuenta por ciento porque no han controlado su consumo. Dependerán de obtener una recarga.

—Eso ha sido un crimen de guerra —digo—. No era más que fuego de armas pequeñas.

—Solamente es un crimen si hay un tribunal. Come. —Kalindora me lanza una barrita de proteínas—. Te mueves bien —dice. En cualquier otro momento, me deleitaría en sus cumplidos como cuando era niño—. Un instinto espléndido. Pero eres torpe en el despegue y tienes que expandir tu campo de visión. Actúas como si quisieras utilizar el filo en lugar de la pistola. Esto no es una pelea de corredor de asteroides o lo que demonios fuese que Belona te pusiera a hacer. Sin embargo, has hecho un trabajo de primera contra esa infantería aérea. Te he visto anotarte cuatro. Y no son tus primeros asesinatos, por lo que parece.

—No.

Me ve con la mirada clavada en el suelo. Su voz se tiñe de algo parecido a la ira.

—¿Qué te esperabas?

—No lo sé.

—¿Por qué has vuelto? —pregunta.

Cuando no contesto, me da la espalda y se introduce de nuevo en su traje mecánico.

—Tus sensores detectaron a unas cuantas personas. —Se pone de pie mientras yo me meto en mi cabina—. ¿Te dijeron tus sensores que no tenían armas? No. ¿Te dijeron que no eran saboteadores o francotiradores? No. ¿O incluso Aulladores? No. Entonces, ¿cómo puede existir la piedad cuando cualquiera podría ser portador de un cohete atómico y no lo sabes? Ese es el problema de esta guerra. La crueldad es necesaria. Sin embargo, la crueldad es una fuga térmica.

La primera oleada de transportes desciende desde el cielo justo cuando he vuelto a sellarme en mi caparazón estelar. Las naves con propulsores levantan nubes de escombros en el aire. Las que tienen motores de gravedad forman capas flotantes de tiza. Las gravimotos salen rugiendo de guaridas. Los legionarios grises, ataviados con armaduras desérticas y cascos con visores salen en bandadas de los vehículos de transporte de personal. Docenas de titanes humanoides, tanques voladores y tanques araña se escinden de sus transportes y aterrizan en la tierra con un ruido como de martillos que golpean madera.

Luego llegan los ingenieros.

Con ciento cincuenta mil hombres y mujeres aterrizados los ingenieros comienzan a asegurar y fortificar a toda prisa la pista de aterrizaje para la oleada primaria.

Miro hacia el norte, más allá de las tropas que desembarcan.

Se oyen gritos. Los cañones de riel portátiles giran sobre sus giroscopios.

—¡Se acercan firmas! —grita Serafina desde el perímetro.

Retrocede a toda velocidad.

—¡Amistosas! —confirma alguien.

Un enjambre de caparazones estelares desciende en perpendicular a la pista principal. Aterrizan en una pirámide delante de Kalindora, son casi un millar y lucen las armaduras de una decena de casas distintas. Ninguno de ellos es dorado.

Solo a los mejores y más leales de los grises se les concede autorización para utilizar caparazones estelares.

Su líder avanza con pasos pesados. La visera de su caparazón estelar y el casco de la armadura de pulsos que lleva debajo se retraen y la cara de un joven pistolero convertido en centurión me mira como si hubiera visto a un hombre regresar del Vacío. Mil pretorianos con traje mecánico se arrodillan.

—Subpretor Rhone ti Flavinio y la Primera Cohorte de la Guardia Pretoriana se presentan para el servicio, mi señor.

Tiene las mejillas cubiertas de más lágrimas negras y doradas que cuando me servía como instructor de tiro en la Ciudadela. No creía que le quedara más espacio.

Los caballeros dorados miran primero al gris vivo más famoso, luego a los mil expretorianos y por último a un florecilla sin cicatriz con una armadura prestada y la Caballera del Amor a su lado.

No necesitan más explicaciones.

—¿Rhone ti Flavinio? —digo—. ¿Hades no te ha reclamado todavía?

—¿Y perder a su mejor reclutador? Ni lo piense, mi señor.

Su acento deja claro que es un nativo de la Luna de pura cepa. Es el último de una larga estirpe de pretorianos, y mi familia lo patrocinó desde el nacimiento. Sobresalió en el ludus hasta que demostró su valía en los campos de batalla de una decena de esferas bajo el mando de Aja y Lorn. Medró tanto que llegó a convertirse en segundo oficial de la XIII Dracones bajo el mando de Aja. No hay ningún pretoriano más famoso, excepto quizá sus traidores suplentes: los Nakamura.

El día en que mi abuela murió, él estaba en órbita preparándose para enfrentarse a Virginia.

Debió de pensar que la Línea acababa aquel día.

Le hago un gesto para que se ponga de pie y le digo que se levante.

—No puedo, mi señor. En nombre de la Primera Cohorte de la decimotercera y de la Guardia dispersada, me corresponde presentarte nuestras más sinceras disculpas por haber abandonado la búsqueda y suponerte muerto. Nuestro juramento era hasta la extinción de la Sangre. Si hay un castigo pendiente, es mi deber asumirlo por mis hombres, en lugar de la aniquilación, y un honor que mi última orden provenga del heredero de Silenio.

El comandante dragón saca una daga pretoriana y se la lleva a los tatuajes de dragón que le rodean el cuello.

—La culpa no recae sobre ti, sino en tu patrón. Fui yo el que se perdió. Ahora, levántate, pretoriano.

Obedece. A sus cuarenta años, ya no es el lurcher arrogante al que recuerdo ganando a la Legión Pirámide en los juegos marciales de verano. La guerra lo ha envejecido más de lo que corresponde a su edad, pero los ojos pálidos de este tirador de primera no han perdido el brillo juvenil.

—¿Exter? ¿Fausta? —pregunto buscando a su espalda.

—Muertos. A Exter lo mató el Trasgo en la Luna. A Fausta un ataque orbital en Marte. —Una lástima. Siempre fueron amables conmigo, sobre todo Fausta—. Kruger sigue arrancándoles las alas a disparos a las moscas. Es mi decurión.

—¿Cómo te has enterado de mi vuelta? —pregunto.

Mira a Kalindora. Me vuelvo hacia ella sorprendido, y entonces dice:

—Atalantia cuida de Atalantia. Pero muchos de nosotros no querríamos ver morir al heredero en el momento de su regreso. Estos hombres te juraron fidelidad. Igual que yo, mi señor. Los juramentos antiguos superan a los nuevos.

—¿Debo interpretar esto como que Atalantia pretende hacerme daño?

—Por supuesto que no —responde ella—. Lloró cuando recibió tu comunicado, pero tú eres un Lune, y con o sin cicatriz, no tienes derecho a impedir que estos hombres honren su juramento.

Esto no es lo que tenía en mente cuando me propuse demostrar mi lealtad a Atalantia. Es un desastre. Los pretorianos no son solo hombres que muestran obediencia a mi casa. Son un símbolo de la soberanía tan importante como el propio Trono de la Mañana. Busco a Áyax pero no lo encuentro entre el remolino del aterrizaje de sus legiones. Serafina se ha acercado. Reconoce a Rhone y da un paso más hacia delante.

—Me disculpo por no haber podido traer más hombres, y por la guarnición —dice él, que mira con el ceño fruncido la armadura azul y plateada que lleva—. Te creíamos muerto. Los más desvergonzados se han convertido en mercenarios. Algunos han encontrado trabajo en las otras casas. La mayoría se fue con Atalantia. Nosotros estábamos con Julia au Belona. Su casa no es lo que era, pero no gasta hombres tan rápido como los demás. Nos ha rescindido el contrato como gesto de fidelidad hacia ti.

Siento una punzada de culpa. Mi propia familia me mira con desconfianza. Y la madre de Casio me envía una rama de olivo. Más. Un aval para mi reclamación. Conozco lo suficiente a esa mujer para saber que está desplegando su propio juego, pero ahora está empezando a obstaculizar el mío.

—Entonces, lady Belona sabe que he vuelto —le digo a Rhone.

—A Julia au Belona se le escapan pocas cosas. —Sonríe—. Fue un comunicado de largo alcance. Pero dice que se unirá a ti en breve. Más miembros de la Guardia vendrán de las otras casas en cuanto sepan de tu regreso. —Se aclara la garganta, de repente muy serio—. Todo volverá a ser como era, mi soberano.

Miro más allá del hombre y veo a Áyax observándonos.

Tiene los ojos tan cargados de ira que cualquiera pensaría que acabo de disponerlo todo para que me envíen el Trono de la Mañana directamente al desierto.

—Menos mal que le habías dado tu palabra a mi hermano —dice Serafina.

Tiene los ojos cromados por la luz del desierto e ilegibles, pero su expresión de desdén no deja lugar a dudas.

—Baja la voz, hombre. Yo no soy el soberano —le digo a Rhone—. Ni pretendo serlo. Elimínalo de tus pensamientos a menos que desees verme muerto. —Me vuelvo con brusquedad hacia Kalindora—. ¿Cómo te atreves a suponer...?

—¿Acaso un niño va a regañarme como a una niña? —pregunta—. Qué extraño es este mundo.

—No te burles de mí. Ya sabes lo que parece esto.

—Sí —dice ella—. Sí, lo sé.

A la mierda con todo al Hades. Me alejo airado del pretoriano y de ella con la esperanza de poder hablar con Áyax, pero está rodeado por un grueso grupo de sus oficiales. Están sentados en los bordes de sus cabinas. Séneca se ha sacado una cantimplora de metal de uno de los compartimentos de almacenamiento del muslo. Otro dorado reparte pequeñas tazas de hojalata que Áyax rellena.

—Por la vida y el aterrizaje —dice, y sirven el whisky—. Nos terminaremos el resto en Heliópolis. Lo siento, hermanito. Te había perdido en el mar de pretorianos. Deberías llevar una corona para que podamos encontrarte.

A mí no me sirven. Una mujer me ofrece su propia copa con demasiado entusiasmo. Llevo puesto mi traje, así que no puedo cogerla.

El primer pretendiente hace su puja, pobremente.

Áyax se da cuenta.

—¿Podemos hablar un momento, Áyax?

Me ignora y se dirige a sus hombres.

—Los datos de inteligencia y los sensores no mentían. Estamos a quinientos kilómetros de su fuerza desplegada más cercana. Estamos bailando un tango lento con Heliópolis. Ni se les había pasado por la cabeza que fuéramos a meterles una mano por debajo de la falda.

La táctica de Atalantia es audaz. Mientras que el grueso del ejército se centra en la batalla con la República en el norte, ella mira más allá de la batalla. La capital, Tyche, es la victoria emocional para Votum. Pero Heliópolis es el premio: si la controlas, controlas el sur y sus miles de minas de hierro. Las tropas Grimmus ocuparán la Ciudad del Sol, y se quedarán durante generaciones. El pobre Votum no tiene ni idea del precio que van a pagar para que ella recupere su planeta.

Es una vergüenza. Y a ninguno de ellos le importa. Como cliens, o clientes, de la Casa de Grimmus, Atalantia, su patronus, está obligada a protegerlos y respaldarlos. Se asegurará de recompensar con generosidad su lealtad y servicio en las armas.

—Será un asalto —dice Áyax—. En cuanto aterricen las armas de tierra y la infantería, avanzamos hacia el oeste con fuerza. Séneca, llévate una centuria. Acosad a su vedete y sus drones. Si respira o pita, muere. Los quiero ciegos cuando nosotros...

Áyax se interrumpe cuando le llega una señal por el canal general de oficiales. Los dorados se meten de nuevo en sus caparazones estelares al unísono y se los aseguran mientras el mensaje crepita.

«A todos los oficiales... aquí el Comando Furia. Tenemos... una situación en desarrollo. Atentos... para actualización.

»AQUÍ... ARCHIMMUNES DE UMBERTO EL FANT... CINCO HIPERACANES... FORMADO SOBRE... SYCORAX... CENTROS DE PRESIÓN ANÓMALOS... OCHENTA KILO... PASCALES. EL MÁS GRANDE... VIENTO A VELOCIDADES DE OCHOCIENTOS KILÓMETROS POR... MOVIÉNDOSE HACIA EL SUR. —la señal se interrumpe y se restablece—. TOCARÁ TIERRA EN... COSTA DE HELIÓN EN VEINTE... ESPERAD COBERTURA DE NUBES DE HASTA TREINTA KILÓMETROS. CAE... PESADA, TURBULENCIAS, ELÉCTRICO... INTERFERENCIAS Y MAREJADA CICLÓNICA... TORMENTA SECUNDARIA FORMÁNDOSE SOBRE... YERMO DE LADÓN...».

Se intercambian miradas confusas.

—¿Hiperacanes?

Séneca frunce el ceño desde su cabina abierta.

—No son posibles excepto en el Confín —dice Serafina, que se acerca desde atrás con Kalindora.

Pero solo yo sé que sí lo son. «Abuela, has dejado minas terrestres por todas partes».

—Quizá deberíamos retrasar el aterrizaje —sugiero en tono neutral.

Los oficiales me lanzan miradas asesinas, como si les hubiera escupido en los ojos.

—¿Retrasar el aterrizaje? —pregunta Áyax con incredulidad—. ¿Y dejar que un poco de mal tiempo nos robe la gloria? Creo que tu etapa entre los luneros te ha vuelto supersticioso, buen hombre.

—Si hay cinco hiperacanes sobre el Sycorax...

—Eso está a mil kilómetros de aquí.

—Una tormenta de ochenta kilopascales tiene la capacidad de cubrir todo Helios... mucho más si son cinco. —Hago las cuentas—. Los vientos de ochocientos kilómetros por hora derribarán los alas ligeras. La electricidad destrozará cualquier transmisión orbital. Los Inmunes han mencionado una tormenta secundaria. Si hay anomalías en la presión atmosférica del desierto, deberíamos suspender el aterri...

—Lisandro, basta —dice Áyax.

Es la primera vez que utiliza mi nombre delante de ellos, aunque a estas alturas ya todos saben quién soy. Me quedo callado. No hay forma de salir de esto. No hay forma de impedir alienarlo excepto haciéndome el tonto, pero entonces mueren hombres.

Áyax continúa.

—Gracias. Séneca, te decía que llevaras a tus hombres...

—Áyax —lo interrumpe Séneca—, los drones del norte han caído.

Áyax enseña los dientes.

—¿Cómo que han caído? ¿Han informado de contacto con el enemigo?

—No responden a las órdenes y su señal está estática. Estaban detectando algún tipo de anomalía en la presión.

—¿Una anomalía en la presión? —Áyax me mira como si lo hubiera hecho yo—. Llama a los exploradores.

—Tampoco responden. Algo interfiere sus comunicaciones.

—Silencio —dice Serafina. Levanta la mano para tocar el viento—. ¿No la sentís?

—¿Qué? —dice Kalindora.

—La tormenta.

Una piedra golpea el caparazón estelar de Áyax, que frunce el ceño y baja la mirada. Las rocas empiezan a repiquetear contra mis botas. Luego, a lo largo de toda la pista de aterrizaje, los hombres gritan y señalan algo hacia el noroeste. Áyax levanta la vista para mirar más allá de nuestro semicírculo de oficiales y a continuación abre los ojos como platos.

—Por Júpiter...

Allá fuera, entre la tiza, acercándose por las llanuras desérticas que se abren entre las cordilleras, hay una tormenta como las que solo he visto en los holos de terraformación. Un muro de arena ruge a lo largo y ancho del desierto. Los pies se me anclan al suelo cuando un convulsivo suspiro de horror recorre la vanguardia y la primera oleada.

Serafina se vuelve hacia Áyax.

—Ponte a cubierto.

—¡Cascos arriba! ¡Preparaos para los elementos! —grita Áyax—. ¡Que aterricen esas naves! ¡Quiero esos tanques en tierra!

El ejército comienza a moverse con contorsiones frenéticas.

Veo a los exploradores desaparecidos mientras grito a los pretorianos que se refugien. Los exploradores corren por delante de la tormenta, quemando las botas como si les fuera la vida en ello. Son puntitos perseguidos por una gran marea marrón. Uno de ellos desaparece en la oscuridad. Áyax ladra órdenes a los pilotos de transporte, pero están atrapados en el protocolo de aterrizaje. Algunos intentan tomar tierra delante de la tormenta, pero solo consiguen crear un atasco. Otros se apartan, pero los vientos los desvían de su curso y chocan en el cielo mientras el rugido de la pared de arena nos invade.

Es el fin del mundo.

La arena nos golpea como un cepillo de barrer. Veo a tres ingenieros que estaban instalando un sistema de comunicaciones volver corriendo a su nave. La arena, que viaja a cientos de kilómetros por hora, hace trizas sus uniformes y sus cuerpos hasta los huesos con el esmero de un proceso de putrefacción a cámara rápida. Kalindora está conmigo. Nos preparamos y la pared nos golpea. Salgo disparado de lado, doy vueltas y más vueltas sobre el suelo, incapaz de ponerme de pie y orientarme. Al final, después de chocar contra su escotilla, consigo arrastrarme detrás de un tanque pesado. Escondido del viento, veo que la pared golpea la hilera de transportes.

Aniquilación.

Cientos de naves espaciales con el casco reforzado, motores de propulsión iónica de última generación y las cicatrices de batalla de una decena de combates se encuentran con la fuerza del desierto de Mercurio. Las aporrea hasta la muerte con el descuido de un niño colosal. Lanza un escuadrón de alas ligeras contra la ladera de la montaña. Arrastra un transportador de tanques de cien metros a una espiral de muerte que lo estampa contra el suelo, donde aplasta a media legión de grises que se refugiaban dentro de un transporte terrestre. Y, de repente, la misión que tardó un mes en planearse y medio año en prepararse, la que iban a ejecutar hombres y mujeres que han convertido la guerra en una vocación, se desmorona sin ninguna explicación, aparte del hecho de que el Segador está compartiendo nuestro planeta, y que mi familia es una estirpe de tiranos paranoicos.

Una forma oscura sale dando tumbos de la tormenta para unirse a mí detrás del tanque.

Es el caparazón estelar de Áyax.

Se desploma y permanece sentado sin moverse, sin hablar.

Los relámpagos destellan en el cielo oscurecido por la tormenta y le iluminan el rostro aterrorizado. Le tiemblan los labios. Tiene los ojos muy abiertos, blancos e infantiles. Solo lo había visto así una vez, paralizado en lo alto de la Línea Oeste, un cable rígido de comunicaciones de un kilómetro de altura y de longitud sobre el que solíamos retarnos a caminar cuando éramos niños. La primera vez que lo intentamos, se quedó paralizado cuando solo llevaba un cuarto del camino. Lo que comenzó con tanta confianza terminó tornándole los nudillos blancos cuando se agarró al borde y bajó la mirada hacia la caída de mil metros. Caminé hasta él, le puse una mano sobre el hombro y le dije que él era el único que podía ponerse de nuevo a salvo en un lugar seguro. O retroceder un cuarto de kilómetro, o avanzar tres cuartos. Él decidía hacia qué lado caminaba.

Volvió hacia atrás.

Fue uno de los momentos definitorios de nuestra infancia, cuando ambos descubrimos la sustancia de su valor.

Ahora también le pongo una mano en el hombro. Nuestras miradas se encuentran y sé que vuelve a estar en la Línea Oeste conmigo. Poco a poco, el miedo lo abandona, y ambos compartimos un momento de consuelo mudo. Olvidados quedan los pretorianos, mi ausencia, todo. Yo le cubro las espaldas. Él solo tiene que seguir adelante.

Con esfuerzo, Áyax logra reunir a muchos de sus oficiales en el hangar del garaje de un transporte de infantería. La tormenta lleva rugiendo treinta minutos y no muestra síntomas de amainar. El casco cruje cuando nos apelotonamos bajo la luz tenue.

Séneca emite su informe entre gruñidos.

—Sesenta transportes destruidos en el primer minuto. No hay balance del resto. No podemos establecer comunicaciones con la flota, el mando ni los transportes. Nunca había visto una tormenta que causara tantas interferencias eléctricas.

—Esto lo ha hecho él... —murmura Áyax.

Tiene la mirada clavada en el techo del transporte.

—¿Perdón, señor? —dice Séneca.

—Darrow —confirma Kalindora—. Está loco.

—No es más que una tormenta —dice Serafina desde una esquina, irritada—. A menos que el Rey Esclavo sea capaz de conjurar hiperacanes en un abrir y cerrar de ojos, es un suceso extraño. Pronto pasará.

—Esto es Mercurio, no el Confín. No tenemos hiperacanes. Nunca.

—Es que sí puede conjurar tormentas —digo.

Áyax resopla.

—Es un hombre, no una pesadilla.

—Está usando Dioses de la Tormenta —aclaro.

—Los únicos Dioses de la Tormenta que quedan están en Tritón y Plutón.

—Fíjate en los patrones de la tormenta —digo, señalando el mapa—. La zona de exterminio en la que Darrow pretendía hacernos aterrizar estaba aquí. Las tormentas forman un círculo. No puede ser una coincidencia. Esas fluctuaciones de temperatura en el océano deben de ser artificiales. Como esta tormenta de arena.

Se les endurece la mirada.

—Pretendía inmovilizarnos, aislarnos del cielo, destrozar nuestra segunda oleada, impedir el aterrizaje de la tercera y acorralarnos dentro del círculo. Pero no esperaba que hubiera nadie tan al sur. Me apuesto la vida a que hay un Dios de la Tormenta en algún punto del noroeste. Es probable que solo disponga de una defensa ligera.

—¿De dónde ha sacado un Dios de la Tormenta, Lisandro? —pregunta Áyax en voz baja.

—De donde estuviera enterrado, me imagino.

—¿Y por qué iba a haber un Dios de la Tormenta enterrado?

—Como protección contra una rebelión Votum. —Parpadean con una lentitud irritante, como si les sorprendiera que una soberana capaz de aniquilar Rea no se opusiera moralmente a mantener un planeta tan importante como Mercurio atado con la correa invisible de su familia—. Las tormentas oceánicas continuarán con su ciclo vital aunque derribemos al Dios de la Tormenta. La tormenta desértica morirá más rápido. Si abatimos la máquina, las tormentas de arena amainarán.

—¿Y cuánto tardarán en calmarse? —pregunta Serafina—. ¿Una hora? ¿Dos?

—Más bien varios días. Tal vez más.

Los oficiales echan chispas. Esto lo arruinará todo. Áyax me mira como miraría a un extraño. El hecho de que se le ocultara este secreto a la Casa de Grimmus denota suspicacia, como si Octavia y los Lune pensaran que ni siquiera ellos eran dignos de confianza. Veo a mi amigo luchando contra la presión de los hombres que lo miran. La presión de las inmensas expectativas de Atalantia. La presión de la sociedad dorada y de sus propias fantasías, que primero el niño y después el hombre tejieron en los momentos previos al sueño, noche tras noche, hasta que llegaron a parecer nada más y nada menos que el destino.

Este iba a ser su momento de gloria.

Ahora se enfrenta cara a cara a la aniquilación total.

—Nos encargaron la tarea de tomar Heliópolis —dice—. No decepcionaré a mi tía. Si Darrow ha planeado esto, si está utilizando un Dios de la Tormenta, entonces lo ha hecho para detener nuestro movimiento. Debemos contradecir sus intenciones con todo nuestro vigor.

—No pretenderás atacar Heliópolis ahora, ¿verdad? —dice Serafina al mismo tiempo que se aparta de la pared—. Esa tormenta es un monstruo. Clavará los caparazones al suelo. Barrerá la infantería. Ya lo he visto antes. Morirás. Y también lo harán tus hombres.

—Es una lunera, ¿no? —gruñe Séneca—. Sabía que sus ojos eran demasiado grandes.

—Soy Serafina au Raa —les espeta a los oficiales del Núcleo, y por una vez, no es una noticia del todo desagradable—. Estoy entrenada para las tormentas de Ío. Y si atacáis Heliópolis con este viento, todos seréis cadáveres. Debéis esperar a que pase, o encontrar el modo de acabar con ella.

—En este caso estoy de acuerdo con el Confín —dice Kalindora—. Los caparazones estelares no pueden volar con este clima. Será un caos. Y el muro que resguarda Heliópolis de las tormentas no es una mera empalizada.

—¿Creéis que soy un lerdo jactancioso? —les suelta Áyax a las mujeres—. Saben dónde hemos aterrizado. El Segador no permitiría que la arena le impidiera moverse. Es posible que cuente con sistemas térmicos mediante los que orientarse en el desierto, pero su expectativa es que la tormenta nos detenga. Él tiene la iniciativa. Debemos arrebatársela. Así que cuando el velo de arena caiga, no estaremos aquí. Estaremos en las murallas de Heliópolis. Aterrizaremos en masa con todos los transportes que nos queden, y luego atacaremos la ciudad cuando la tormenta muera. —Mira a su alrededor—. Necesitaré un comandante que dirija una cohorte para destruir el Dios de la Tormenta mientras el resto avanza hacia el sur con los titanes.

Posa la mirada sobre mí, y siento la urgencia que se oculta tras sus ojos. La hostilidad ha sido sustituida por una fe desesperada. Esta es mi oportunidad de demostrarles mi valía a Áyax y a Atalantia.

—Lisandro, ¿haríais esto por mí tus pretorianos y tú? ¿Por nuestra familia?

Kalindora me mira y niega con la cabeza.

—Sería un honor para nosotros —contesto.

—Iré con él —murmura Serafina—. No es la primera vez que cruzo una tormenta. Gahja podría perderse.

—¿Dos críos liderando a los pretorianos? —Kalindora se ríe—. Menuda arrogancia vanidosa. Yo encabezaré la partida.

—No. Te necesitaré aquí, Kalindora —replica Áyax.

—El Dios de la Tormenta dispondrá de una guarnición —dice—. Mi juramento de fidelidad a Octavia sigue en pie. Defenderé al heredero con mi vida. Y voy a destrozar una máquina de tormentas, Áyax. ¿Algún problema al respecto?

13
DARROW
Llanuras de Caduceo

La puerta de mi trampa se cierra de golpe.

La tormenta está aquí.

El día se ha convertido en noche. Las negras nubes de borrasca salen a toda velocidad del mar para cegar a su armada. Los relámpagos rompen el cielo e interrumpen las comunicaciones entre sus equipos de aterrizaje, sus drones y el apoyo orbital. Los vientos se arremolinan y chocan desde múltiples ojos de tormenta. Derriban los alas ligeras y las embarcaciones que aterrizaban como si fueran juguetes. Su primera ola está atrapada bajo la tormenta. La segunda queda masacrada en su interior. La tercera no se atreve a descender.

Orión me ha proporcionado mi ventaja.

Voy a aprovecharla al máximo.

Cinco mil Drachenjägers avanzan con estrépito hacia Tyche con un cincuenta por ciento más de caparazones estelares montados a sus espaldas. Más supervivientes han acudido a nuestro encuentro y aumentado nuestras filas. Cruzamos por los famosos latifundios de flores de Mercurio. Nuestros pies de titanio pisotean hileras ordenadas de rosoles. El polen de las flores pinta de dorado las patas metálicas y con garras. Desde mi posición en el mecanismo de Rhonna, atisbo naves que luchan contra los fuertes vientos.

Mis columnas vallan la carretera en un solo salto y se dividen para formar cuñas. Esta no es su primera onda expansiva.

El enemigo se encuentra más adelante. Toda una división —cuatro legiones— han tocado tierra entre Tyche y las Llanuras de Caduceo. En la penumbra, miles de naves estampadas con los martillos dorados de los Votum descargan hombres y máquinas de guerra en los ondulantes campos de lavanda. Tenían la intención de eliminar lo que quedara de mis legiones. Pero su aterrizaje se ha transformado en un caos debido a la tormenta. Las habituales fortificaciones de aterrizaje de los dorados no están completas. Las cuñas de tanques se han quedado a medio formar. Apenas se han descargado máquinas de guerra. La infantería se refugia del viento detrás de los transportes terrestres. No nos esperan todavía. Y no nos ven venir.

Caemos sobre ellos con malicia.

Un dorado equipado con un caparazón estelar con marcas de oficial está reunido con sus oficiales alrededor de una matriz de comunicaciones al abrigo de una montaña. Uno de sus hombres señala. Se vuelve justo en el momento en que estalla un relámpago que ilumina nuestro torrente de metal. Rhonna salta hacia ellos y hace aterrizar cuarenta metros de maquinaria de guerra sobre los oficiales. Desde su hombro contemplo los caparazones estelares que se apergaminan.

La primera columna de Drachenjägers dispara cuatro alfa-omegas. Los misiles nucleares detonan en el centro y en el flanco opuesto de su pista de aterrizaje, justo por encima de sus dos grupos de titanes. Luz del día. Su pesadísima armadura, que igualaría la nuestra con creces, se evapora. Una marea de devastación ondulante. Las cuñas de drachen disparan sus cañones de partículas por hileras, apuntando contra las defensas pesadas. Cada uno de ellos necesita cinco minutos antes de poder volver a disparar. Eso no tiene ninguna importancia.

El desbarajuste continúa cuando las cuñas se abren paso a través del frente enemigo, de cuatro kilómetros de longitud, como un centenar de lanzas que agujerean un papel. Los cañones de riel cuádruples disparan contra la confusa masa enemiga. La infantería desaparece sin más. Las gravimotos quedan cortadas por la mitad. Los transportes se alejan a toda prisa, pero solo para chocar los unos contra los otros cuando el viento altera sus trayectorias de vuelo.

Los Drachenjägers sacan sus espadas de iones. Cinco mil cuchillas azules y blancas se ponen en acción. Cuando la propia carnicería ralentiza la velocidad de la carga y nos hundimos en los escombros de los misiles nucleares, se liberan los caparazones estelares. Alexandar y yo giramos juntos de lado.

Le arranco la puerta a un transporte de infantería. Un centenar de grises ataviados con equipos bélicos me miran con fijeza bajo la luz verde. Alexandar abre fuego con su cañón de riel. Un trueno retumba sobre nuestra cabeza. Félix ha caído ante un grupo de grises con rifles de uranio. Los dispersamos a tiros y lo ayudamos a ponerse de pie. Un segundo más y habría muerto. Los dorados se están reorganizando junto al estandarte de su legión.

El estandarte se eleva desde la columna vertebral de un gigantesco titán azul. El titán mide sesenta metros de alto, tiene cuatro patas y tres cañones principales, además de una extraña cabina en forma de disco. El estandarte mide cinco metros de alto y está compuesto por tres emblemas: el dios Helios, una pirámide de la Sociedad y un par de martillos dorados gigantescos. Hay un Votum entre nosotros. Por favor, que sea el mismísimo Escorpio. Dos Drachenjägers se abalanzan hacia el estandarte. Cuando el titán frena su carga con su cañón de gravedad, los dorados provistos de caparazón estelar se enjambran sobre los Drachenjägers como una manada de velocirraptores derribando un tiranosaurio.

Saltan sobre la espalda del que está más a la derecha y le atraviesan la armadura a la altura de la columna para cortar los cables de alta tensión que conectan el generador estomacal con la cabina del piloto. El tercer brazo del titán le arranca la mitad superior de la cabina. Un dorado con caparazón estelar mete la mano dentro, parte a la piloto naranja por la mitad con sus manos blindadas y lanza el cadáver al viento.

Dioses, que bien se les da matar.

Y le doy las gracias al Valle por tener a los Caballeros Arcosianos conmigo. Ni un solo rojo que conozca podría sobrevivir a esto fuera de un Drachenjäger. Busco a Rhonna con la mirada, pero no consigo encontrar su equipo en la confusión de la pelea.

Reúno a Alexandar y a un centenar de los suyos y embestimos desde el flanco contra los dorados que se han congregado. Rhonna aparece a la izquierda y su cuña llama la atención del enemigo. Para cuando nos ven llegar por su derecha ya estamos entre ellos, disparando a quemarropa y empapando nuestras hojas.

Junto con Alexandar, corono la cresta de sesenta metros de altura del titán y mato a los dos dorados que la defienden. Alexandar saca al piloto y lo sujeta en el aire. El hombre dorado lleva una armadura increíble que parece casi translúcida. Ataca a Alexandar con su filo, pero él aparta la velocísima hoja de un golpe y la sujeta con la mano de su caparazón estelar. Con la otra mano, oprime el yelmo de pulsos del dorado hasta que se lo arranca. Eso es calidad.

—¡El primus en persona! —grita Alexandar por encima del viento—. Escondido en un titán. Qué florecilla.

Las venas de la frente del viejo tirano palpitan cuando lo mira con expresión furiosa; está a merced de un hombre que tiene un cuarto de su edad.

—¡Traidor de sangre! —gruñe.

Entonces ve mi hoja curvada.

—Escorpio au Votum —canturreo por mis altavoces. A través de la lluvia y de la sangre que salpica mi cubierta, su mirada de ojos vanidosos se encuentra con la mía, y yo bebo de su miedo. La sangre le chorrea por la cara—. Por ciento un años de violaciones, genocidio y esclavización de tus congéneres, te sentencio al fango.

Allí, en lo alto de su titán, lo secciono por la mitad a la altura de la cintura y Alexandar lo deja caer desde las alturas.

—La sangre de los conquistadores merma —me dice Alexandar por el intercomunicador. Corta el estandarte del titán y me lo entrega—. Otro más para tu colección, buen hombre.

Vuelvo a ponérselo en las manos.

—Empieza la tuya.

Con una sonrisa, lo alza hacia el cielo crepitante y salta para aterrizar sobre Rhonna, que se acerca pesadamente a recogernos. Lo clava en los hombros gruesos del Drachenjäger para compartir el botín.

—¡A Tyche! —vocifero.

Mis hombres atienden la llamada y nos abrimos camino entre los restos destrozados de la división, que se queda revolcándose en el lodo. Nos esperan más pistas de aterrizaje. Más enemigos que matar. Más. Más. Más.

Me invade un fervor hilarante.

Para cuando salimos de los campos de flores dos horas más tarde, solo han caído quinientos drachens y los estandartes de catorce legiones decoran los hombros de mis columnas andantes. Alexandar ha obtenido cuatro con sus propias manos. Yo lo sigo con tres. Su primo segundo, Elandar, lleva dos, igual que el capitán de los Drachenjägers y la propia Rhonna. Les arrancamos los reactores y las baterías a los muertos para nuestros propios caparazones estelares, nos rearmamos cuando los vientos amainan y avanzamos hacia las tierras altas de la costa, donde Tyche y Atalantia nos aguardan.

«Ya voy, Atalantia. Voy por tu cabeza».

14
LISANDRO
Hacia la tormenta

Mil pretorianos, la Caballera del Amor y la hija de Rómulo me siguen hacia el oeste para buscar el ojo de la tormenta desértica.

Eso nos convierte en mil tres mundos de sufrimiento. Serafina y Kalindora me flanquean. Cada hombre, cada mujer, solo en la oscuridad de su traje, aprisionado por el viento y la arena.

Pie izquierdo. Pie derecho. Pie izquierdo.

Cortesía de la experiencia en tormentas de Serafina, empleamos un truco del Confín. Un cable para remolques nos mantiene unidos como si fuéramos uvas para que no nos perdamos los unos a los otros en el temporal. Cada cierto tiempo, Serafina y algunos pretorianos con experiencia en estas situaciones se separan para explorar el perímetro.

Aun así, nuestro progreso es más lento de lo deseado. Tenemos los vientos en contra y circulan a más de ochocientos kilómetros por hora, con una visibilidad de apenas dos metros. La tormenta nos despoja del cielo y de nuestros instrumentos. La intrusión contra el viento va drenando nuestros caparazones estelares poco a poco.

Tras ocho horas así, solo la transición de la penumbra de la tormenta a la oscuridad absoluta denota la llegada de la noche. Cuando el viento se calma, corremos y triplicamos nuestro ritmo usando los propulsores a pequeñas ráfagas. A causa de esto se quiebran varias líneas y perdemos pretorianos en la tormenta.

No hay vuelta atrás ni para ellos ni para nosotros.

El miedo que me poseyó en el tubo del Annihilo se ha desvanecido. La sensación de estar al borde del abismo fue peor que la caída.

La vida se ha reducido a una tarea simple y a la supervivencia. Esa sencillez es un consuelo. Durante años he estado inmerso en el letargo y en la indecisión cobarde. Aquí tengo certeza. Le demostraré mi valía a Áyax. A Atalantia. Soy su familia, no su rival.

«Adelante. Pie izquierdo. Pie derecho. Pie izquierdo. Pie derecho».

—Hay algo ahí fuera —dice Serafina. Escudriño la oscuridad y no veo nada. Aun así, Kalindora da la orden de agacharse. Preparamos nuestras armas—. Infiernos santos. Contacto.

Se produce un coro de llamadas de los exploradores pidiendo que no disparemos.

Unas formas espantosas se mueven en la oscuridad. Solo cuando se acercan a menos de cinco metros y encienden las luces podemos ver que se trata de caparazones estelares. Diez. Nuestros faros iluminan los emblemas del martillo de Votum pintados en el chasis. Podría haber cientos detrás de ellos, por lo que alcanzamos a ver. Uno camina por delante de los demás.

Mi intercomunicador crepita y un rostro hermoso, oscurecido por el sol e iluminado por las luces interiores del caparazón estelar cobra vida en mi pantalla de visualización.

—Al ocaso de la noche, buenos hombres. Y nosotros que creíamos que éramos la única compañía civil en mil kilómetros. ¿No es la mismísima Kalindora esa a la que miro?

—Cicerón, eres un sinvergüenza. Se suponía que debías estar en las Llanuras de Caduceo.

—Le chilla el ratón a la rata —dice con un ligero tono de amenaza—. Puede que Amor se haya perdido en la tormenta, amigos míos. ¿No sabíais que Heliópolis está a poco más de un brinco hacia el sur?

Un instante de silencio.

—Voy adonde me mandan.

—Como una buena caballera. Ese es el peligro de los juramentos, ¿no? Pero no temas, mi intrépido padre se percató de una cierta carencia de Leopardos en su flanco en las Llanuras de Caduceo y nos ha enviado para que nos aseguremos de que no se está pergeñando ningún engaño a las puertas de Heliópolis. —Baja la voz—. La ciudad pertenece a mi padre, Escorpio, y a la Casa de Votum. Y estamos cansados de que los secuaces de Grimmus merodeen en la oscuridad.

—Preparaos para disparar —dice Kalindora por el canal privado.

—Los tengo flanqueados —dice Serafina—. Cuento cuatrocientos. Podrían ser más.

—Deteneos —digo—. Ningún pretoriano disparará contra sus aliados. Y tú tampoco, Serafina.

—Sí, dominus —dice Rhone, y emite la orden de que todos los pretorianos rebajen el estado de alerta.

Kalindora se sume en un silencio pétreo.

—Comunicaciones privadas, ¿eh, Kalindora? No me hace falta descifrar vuestro código para saber lo que has dicho —dice Cicerón—. No basta con que esa zorra de la Luna intente robarnos nuestra ciudad. Derramará sangre antigua como si sobrara.

—Salve, Cicerón —digo para relevar a Kalindora.

—¿Y quién es este? —pregunta.

Comparto mi cara mediante un holograma. Conocí a Cicerón de niño. No muy bien, pero en las ocasiones en que su familia visitaba la Luna, la abuela insistía en que me encargara de entretener al voluble heredero de la Casa de Votum. Siendo sincero, me resultaba pesado, aunque también algo gracioso. Es diez años mayor que yo, y por eso su condescendencia es ilimitada, e hilarante. Sin embargo, a diferencia de Áyax, me reconoce de inmediato.

—Hades en las alturas —dice sin una pizca de sorpresa—. ¿No es el mismísimo Lisandro au Lune en carne rosadita y hueso?

Así que su padre se lo había dicho.

—Nunca olvidas una cara, Cicerón.

—Al menos no las bonitas. Mi padre no mentía... al final resulta que no estás muerto. Vaya, vaya. ¿Atalantia te ha enredado en sus planes? Cómo guía ahora la bestia al amo.

—Vamos de camino a destruir el Dios de la Tormenta —le digo.

—No hay Dioses de la Tormenta en nuestro planeta.

—Sí los hay. Las explicaciones pueden esperar. Si quieres recuperar tu ciudad, no te detendré. Pero no llegarás hasta allí si esas máquinas siguen funcionando. Imagino que vuestros reactores están tan agotados como los nuestros. —No me contesta—. Tenemos una recogida programada. —Eso sí llama su atención—. ¿Qué te parece si nos echas una mano y por la mañana vamos juntos hasta Heliópolis?

Se ríe como si estuviera en una playa.

—Por una unión tan espectacular, me pondré serio, siempre y cuando apoyes nuestra reivindicación de Heliópolis cuando encontremos a Áyax, esa putilla maliciosa.

Kalindora me recuerda que eso me pondría en conflicto directo con Atalantia. Pero eso ya lo ha hecho ella al convocar a los pretorianos.

—La Casa de Votum construyó Heliópolis, con la Casa de Votum debería permanecer —digo.

—Espléndido. Entonces la Legión Escorpión está a tu servicio, buen hombre. ¿O es mi señor? Supongo que lo decidirá mi padre. Si sobrevive al norte. Una calamidad, buen hombre. —Su mente se oscurece—. Una calamidad.

No puedo adivinar la fuerza de la Legión Escorpión cuando suman sus efectivos a los nuestros. Aunque Cicerón sigue parloteando en mi oído, no tardo en perderme en mi ya familiar rutina.

«Izquierdo. Derecho. Izquierdo».

Estoy concentrado en esa monotonía cuando una mano me agarra del hombro blindado. Parpadeo hasta salir de mi aturdimiento y me doy cuenta de que son las tres de la mañana. Han pasado diecisiete desde el aterrizaje. Me vuelvo hacia atrás y veo a los pretorianos dispuestos cincuenta brazas a mi derecha. Los Escorpiones emergen del polvo a mi izquierda. Deben de ser varios miles.

A un funesto costo para nuestros reactores energéticos, hemos llegado al ojo de la tormenta.

Ni siquiera me había dado cuenta.

Es un mundo distinto. El ojo tiene un diámetro de cincuenta kilómetros. El aire está calmado y despejado de arena, como suspendido en un crepúsculo estático. Un cervatillo del desierto nos mira con suspicacia. Una bestia sin forma acecha bajo la masa de una chimenea de hadas, con los ojos centelleantes como monedas. Más bestias de todas las variedades flotan a la sombra de gravedad de los motores. Ni siquiera se han molestado en difuminar la sombra de gravedad.

Todo esto está rodeado por un vórtice de arena que gira alrededor de un monolito de metal gris.

El Dios de la Tormenta flota a kilómetros de la superficie del desierto.

Coronándole los hombros y extendiéndose hacia el cielo, hay un manto giratorio y marmóreo de nubes veteadas de relámpagos. Por debajo, poco más que un fleco de esa capa, está la arena arremolinada. Muchos de los animales que han buscado refugio aquí se amontonan bajo el efecto de sus motores de gravedad.

Algo se rompe dentro de mí al ver un instrumento de creación pervertido en un arma. Si albergaba alguna duda, se evapora. Darrow ya no es un buen hombre. Hasta Atalantia se ha negado a usar sus armas atómicas en ciudades de verdad. Pero por matarnos, Darrow ahogará la costa septentrional de Helios. Tyche, Kaiko, Príapo, Árabo, todas estarán en la trayectoria de los maremotos.

Morirán millones de personas.

No sé si esto puede detenerse, pero a él hay que pararlo.

—Esto parece un sueño —susurra Serafina.

Esta guerra está resultando ser todo lo que ella siempre había querido. Cicerón la mira con interés y le grita algo.

Apenas puedo oírlo a causa del viento. Nuestros instrumentos están cegados con lecturas falsas. Me temo que no podremos contactar con Áyax ni siquiera por la mañana. Por eso está previsto que venga a recogernos a las 06.00, si logramos desactivar la máquina.

Encuentro a Kalindora a mi lado. Al contrario que Serafina, ella no está embelesada con el Dios de la Tormenta. El dolor le invade los ojos a medida que va levantando cada vez más la vista. Ha visto el horror en muchas ocasiones anteriores. Esta no es más que su evolución más sombría.

—Tu fuga térmica —digo yo.

Se vuelve con expresión sombría y atrae a Rhone hacia ella.

—¡Preparaos para atacar en seis columnas! ¡Doblad los frentes pesados! ¡Preparad tres cuñas para cargar desde el flanco!

Llama a Cicerón. Puesto que nos han desposeído de nuestro apoyo orbital, tendremos que hacerlo a la antigua usanza.

Estoy revisando mis municiones justo cuando se produce un destello desde el Dios de la Tormenta. Cicerón se agacha a mi lado. A tanta distancia, no alcanzo a distinguir de qué se trata. Antes de que pueda levantar mis ópticos, Serafina me mira ladeando la cabeza.

—Gahja, no seas tan...

Y entonces toda la mitad superior de su caparazón estelar desaparece cuando un proyectil de riel del tamaño de un hombre parte a la hija de Rómulo limpiamente por la mitad. Las órdenes se me atascan en el fondo de la garganta cuando las patas del mecanismo se tambalean, se desploman de lado y derraman las vísceras de Serafina por la parte superior.

—¡Se acercan! —vocifera Kalindora.

15
DARROW
Tyche

No hay un lugar como Tyche en todos los mundos.

Situada en una pendiente entre las montañas y el mar, sobre una enorme franja de tierra baja que la conecta con la Península Talariana, es el hogar ancestral de la gens Votum. Aunque la ciudad es célebre por sus arenas blancas y sus arrecifes de coral, existe una razón para que el blasón de la familia Votum sea un martillo. Son constructores. Y construyeron esta ciudad no por codicia, sino en pos de la belleza y la simetría. Su casco antiguo está tallado por completo en piedra y cristal de la zona. Unas bibliotecas del tamaño de naves estelares pero con forma de extrañas cabezas humanas bordean las montañas que hay detrás de la ciudad. Hay puentes altos y arqueados que unen complejos sistemas de archipiélagos, algunos de los cuales migran hacia el mar del norte a finales del verano. Los bosques y los jardines desbordan los tejados, y las plantas florecientes trepan por las calles estrechas y empedradas que después ascienden en espiral por sus doce grandes colinas.

Recuerdo el Día de la Liberación, hace ya casi medio año, cuando me desperté a primera hora de la mañana, antes del desfile, y me fui a dar un paseo a solas por la playa para oír los chillidos de las gaviotas. Pensé que ojalá mi esposa y mi hijo hubieran podido estar conmigo para ver aquel amanecer. Por una vez, no me enfrenté al mar y me pregunté a cuántos de mis hombres había devorado. No sentí rencor hacia el mundo por estar hecho por esclavos. Solo vi una multitud de esplendores. Creo que así es como lo llamaba Sevro. Aquel día, Tyche fue la segunda ciudad más hermosa que había visto en mi vida. Quise compartirla con Pax y Virginia.

Ahora estoy a punto de verla morir.

Mientras avanzábamos entre las legiones tambaleantes, la tormenta mutó de amiga en salvaje, violenta y convulsionante. Desde el mar arremetían olas gigantescas que se estrellaban contra la costa norte de Helios. Cuando ya estábamos cerca de Tyche, un muro de agua de casi medio kilómetro de altura nos obligó a retirarnos a la carrera hacia terrenos más elevados para que no nos aplastara como hizo con las partidas de dorados que desembarcaban en la orilla.

Las naves flotan en el centro de los campos. Un tiburón chasquea los dientes en busca de aire en la copa de un árbol. Nuestros caparazones estelares ya no pueden pretender el cielo. Árboles, rocas y señales que vuelan a cientos de kilómetros por hora dañan nuestros trajes y matan a dos de mis preciados exploradores obsidianos.

Esta no es la tormenta que me habían prometido.

O bien Orión me ha desobedecido o ha perdido el control.

Ahora, con el pánico en el vientre, trepo con paso inestable entre los aullidos del viento hasta la cima de una montaña. Desde allí, los Caballeros Arcosianos contemplan cómo se ahoga una ciudad.

Desde el embarcadero meridional de Tyche hasta el distrito económico del norte, un tercio de la ciudad está sumergida bajo el agua. La ola de la tormenta del hiperacán se extiende hacia el este y no muestra síntomas de detenerse antes de llegar a las montañas. En cuestión de horas, toda la ciudad habrá desaparecido y solo las torres más altas asomarán por encima del mar. El tramo occidental de Tyche, donde las tierras bajas conectan con la Península Talariana, está en llamas y destrozado por el asedio. Los restos retorcidos de tanques y Drachenjägers se esparcen por el suelo entre las enormes brechas de la muralla defensiva, donde la legión de Feranis plantó su última y fatídica batalla contra un ejército que los superaba treinta veces en tamaño pese al hecho de que solo una pequeña parte del mismo estaba participando en el asedio a la ciudad. El resto se concentra más hacia el interior, en las tierras altas de la península. Unas formas enormes y sombrías descienden en la tormenta, sus contornos sobrecogedores sugeridos por los espasmos de los relámpagos. No es el poder bañado en oro de los Carthii venusinos —que ya aplastamos en su momento—, sino las Legiones de la Ceniza de la Luna y la Tierra. El corazón del ejército partidario del régimen de Atalantia.

Sus legiones de vanguardia, que habían tomado la ciudad, ahora se ahogan en su victoria. Una parte considerable de su fuerza se ha adentrado bastante en la ciudad para dirigirse hacia las montañas, pero está aislada de la hueste principal. Miles de personas obstruyen las tierras bajas inundadas que conectan Tyche con la Península Talariana. Los tanques araña y los titanes que destrozaron las murallas se hunden en el fango. Los hombres se hacinan en aerodeslizadores y en cualquier aeronave que se atreva a emprender el vuelo.

No tienen ninguna posibilidad.

Mientras lo observo, el mar se hincha como un único organismo y, de la oscuridad gris de la tormenta, surge una ola que haría que un habitante del satélite Europa se detuviera y se quedara mirándola. El maremoto tiene un kilómetro de altura. Arrasa las primeras veinte manzanas de la costa de la ciudad y avanza cuesta arriba hacia las montañas. La pendiente solo consigue detenerlo en las inmediaciones de la plaza Harper. El cuerpo principal de la ola continúa hacia las Legiones de la Ceniza de las tierras bajas. Una hilera de caballeros dorados ataviados con armadura negra contempla desde las alturas rocosas de la península cómo el mar se traga a las legiones de abajo.

Cien mil hombres desaparecidos en un momento. Debería alegrarme.

Pero la población de Tyche no tardará en seguirlos. ¿Cuántos millones de personas hay ahí abajo? ¿Cuántos millones a lo largo de la costa? Esto no será un caos aislado. Una cadena de maremotos devastará el norte de Helios. La promesa que le hice a Glirastes se ha roto, pero no por orden mía.

Saco el interruptor maestro que me fabricaron por si todo salía mal. Activarlo es como matar una parte de mi propio ser. Jamás pensé que llegaría este momento. El momento en que Orión me fallaría.

No tiene intención de contener la tormenta que iba a darme ventaja. La está utilizando como un martillo para castigar no solo a los dorados, sino a un planeta que odia. Con los mares batidos hasta la locura por los generadores de tormentas, asesina a todo el litoral.

El viento sopla a nuestro alrededor.

—Esto es un genocidio —me ruge Alexandar al oído.

Lo aparto de un empujón.

«Orión, ¿qué has hecho? ¿Qué te he permitido hacer?».

Enfoco un láser de comunicaciones hacia la oscuridad para establecer una línea directa con la máquina de Orión, que se cierne sobre el mar a unos veinte kilómetros de la costa. La piloto aparece en mi pantalla. Respira con dificultad. Tiene la piel cubierta de sudor. Está arrodillada en el centro de su sincronido circular, desde donde guiaba la mente colmena. De los seis hologramas azules que deberían rodearla, solo uno conserva la vida. El hombre está de rodillas, temblando, y la sangre le brota a borbotones de la nariz y las orejas a causa de una hemorragia cerebral. Las puertas acorazadas del nido están selladas. Orión les ha bloqueado el paso a mis equipos de seguridad.

—¿Orión? —digo—. Orión, ¿me oyes? Si me oyes, levanta el pulgar derecho. —Despacio el pulgar se estira—. Tengo que hablar contigo, Orión. ¿Puedes salirte de la sincronización?

Espero. No sucede nada. De repente, abre los ojos. Su voz es un susurro débil.

—El flujo de datos era... demasiado.

—Orión, estamos en el segundo horizonte y vamos de cabeza hacia el tercero. Me juraste que no pasaríamos del primario. ¿Qué ha pasado?

—El cuarto... es deseable. —Entorna los ojos hasta convertirlos en dos meras hendiduras—. El cuarto les enseñará.

El cuarto es el nivel de terraformación. La aniquilación completa de la superficie del planeta por la tormenta. Tiene los ojos casi cerrados. No puede prestarle atención a nada que esté fuera de la deriva durante mucho más tiempo.

—Orión, soy Darrow. Escúchame. Tienes que desconectar los motores. Reducir la tormenta. ¿Lo harás por mí?

—No pueden ganar solo con Venus. Así que tomaré Mercurio.

—Orión, piensa en el ejército. Piensa en la gente. Hay casi mil millones de personas aquí.

—Las ratas son... cómplices... transacción racional.

—Puedo detenerte. —Le aletean los párpados—. Te dije que podía hacerlo. No me obligues a ello.

Ya no me contesta. Ha vuelto a sincronizarse. Sin la conexión de Orión, los Dioses de la Tormenta se estabilizarán y evitarán la destrucción planetaria. Pero si la desactivo, la escisión repentina hará que pierda la mente. Bajo la mirada hacia la ciudad y luego observo de nuevo el holograma de mi amiga en el visor. La muerte de la tormenta no será instantánea. Pero cuanto más espere, peor será.

Inicio la anulación.

Durante un instante, no ocurre nada.

Entonces el cuerpo de Orión sufre una sacudida y después se vuelve flácido.

Sucede así de rápido.

Se queda ahí tumbada, con la boca abierta, con los brillantes ojos azules mirando hacia la nada mientras se crispan en su cabeza. Su dedo de metal araña el suelo y después se queda quieto. Me trago el nudo que se me ha formado en la garganta. Durante diez años, ningún dorado vivo, ni sus equipos científicos, ni la flor y nata de sus academias astrales, ni sus asesinos, pudieron acabar con esta mujer. Era un mito. Y yo la he apagado con solo apretar un botón. No estaba preparada para esto. Lo presentía, pero no logré creérmelo. Y ahora lo paga Mercurio.

Aturdido y silencioso por dentro, apago el holograma y utilizo el modo manual para reducir a cero la potencia de salida de los Dioses de la Tormenta. Y después regreso a la tempestad.

El ruido del viento y los truenos es tremendo. Más caballeros han subido corriendo hasta aquí para ver cómo se ahoga la ciudad. Alexandar le grita a su primo Elandar. Los dos jóvenes dorados señalan a la gente que se dirige en desbandada hacia el gravicircuito, y a las Legiones de la Ceniza que los pisotean para llegar antes que ellos.

Trato de entender el caos y me pregunto cómo podemos ayudar a los que continúan atrapados en la ciudad. No encuentro respuesta. Ninguna nave de transporte podría volar con este clima. No podemos trasladarlos. Ni siquiera podemos mantenernos en el aire nosotros mismo. Alexandar se acerca a mí corriendo.

—He hablado con Elandar. —Poco más de doscientos dorados con el grifo púrpura estampado en el pecho esperan detrás de él, con el casco bajado—. Solicitamos permiso para entrar en la ciudad a prestar ayuda.

—Permiso denegado.

—Señor...

—No podéis hacer nada ahí abajo. Tyche está perdida.

—Pero su gente no tiene por qué estarlo —replica. Me vuelvo hacia Alexandar, furioso de que me contradiga en este preciso momento—. Se dirigen en masa hacia el gravicircuito, muchos aún podrán escapar por debajo de las montañas. Pero las Legiones de la Ceniza que hay en la ciudad saben que es la única salida. Si lo alcanzan, acabarán con los civiles y lo usarán para evacuar a sus hombres directamente hasta Heliópolis. Una vez más, los caballeros de la Casa de Arcos piden permiso para impedírselo.

—No.

—¡Señor!

Me doy la vuelta y veo a Rhonna subiendo la colina a toda prisa en su Drachenjäger. Lo hace arrodillarse para que podamos hablar. Mi sobrina entorna los ojos para protegerse del viento cuando abre la cabina. El sudor le chorrea por la cara.

—¿Y ahora qué? —pregunto agotado.

Ve el interruptor maestro que tengo en las manos. Sabe que Orión está muerta y no se inmuta. Hasta ahora somos dos los que sabemos que está muerta. El ejército no puede averiguarlo, ahora no. Los destrozará.

—Los chicos han atrapado a un explorador enemigo. De la Fulminata, a juzgar por su aspecto.

¿Uno de los de hombres de Octavia, nada más y nada menos?

—Tráemelo.

Echo un vistazo por encima del istmo sumergido hacia la hueste más grande de las legiones de Atalantia. Esos caballeros dorados siguen de pie en la cima rocosa. Aumento mi visión sobre dos de las figuras que se alzan en primer plano. La cara de Atalantia me devuelve la mirada. Ella también dispone de unos ópticos. Imita el gesto de una masturbación y luego lanza la carga al viento al mismo tiempo que sacude la cabeza en mi dirección. Me escondo detrás del acantilado por miedo a los francotiradores. Si hay alguien capaz de disparar con tino en esta tormenta, esos son sus dragones grises.

Mis Caballeros Arcosianos me lanzan un hombre a los pies. En efecto, lleva la armadura de la Fulminata. He aquí la esperanza...

Lo levanto agarrándolo por el pelo y me encuentro con el rostro hermoso y delgado de un hombre dorado de treinta y tantos años de edad. Unos ojos que podrían haber sido del más puro de los linajes dorados —y que, de hecho, una vez lo fueron, antes de que Muecas se apoderara de su dueño y se los diera a Mickey— me miran con fijeza.

Lo estrecho entre mis brazos, con cuidado de no aplastarlo con mi caparazón estelar. La confusión de los Caballeros Arcosianos no es poca, pero solo Sevro, mi esposa, Teodora y Mickey conocían los detalles relativos al nuevo rostro que le tallamos al hombre que, hace casi tres años, enviamos al bando enemigo a modo de topo. Aunque tendrá que explicarme por qué no nos avisó de la emboscada de Atalantia a la flota de Orión, me alegro de verlo. De repente me siento más seguro.

—Muecas, viejo psicópata —le digo apoyándome en él.

Alexandar se tensa ante la presencia de uno de los Aulladores originales. Rhonna sonríe. Quiere a Muecas casi tanto como a Freihild, el asesino personal de Sefi.

—Me llamo Horacio au Savag, pedazo de idiota. En cuanto a lo de «viejo»... —Muecas emite un leve resoplido—, rondo los treinta y cinco. ¿Entendido, buen hombre? —Esboza una desagradable sonrisa torcida—. Ya me imaginaba que estarías cerca de Tyche.

Si ha renunciado a la tapadera, algo malo se aproxima.

—¿Qué ha pasado?

—Malas noticias, jefe. Están atacando Heliópolis.

Siento que me inunda una inevitabilidad gélida.

—¿Qué?

—Veinte legiones de la segunda oleada consiguieron aterrizar. Veinte se estrellaron o tuvieron que abortar. La tormenta ha retrasado a los que están en tierra, pero es probable que envíe una fuerza de ataque a por la máquina de tormentas.

Más de un millón de hombres y tanques.

—¿Las legiones de quién?

—Los Leopardos van a la vanguardia.

—Áyax.

—Lo sé.

Cuando capturaron a Apolonio en la Luna se produjo un vacío en el mando de tierra de los dorados. Me preguntaba quién ascendería para ocupar el lugar del Minotauro como legado preeminente. Falce parecía estar preparado, pero Áyax se ha esforzado mucho. Tan violento como su madre, pero el doble de ambicioso, atacará la ciudad hasta que caiga, sin tener en cuenta las bajas. Ese hombre es una bestia furiosa, con el lamentable peligro de disponer también de inteligencia.

—Darrow... —dice Muecas, que da un paso hacia mí—. ¿Qué pasa?

—Orión está muerta.

Parece aturdido. A los hombres como él, como yo, que hemos luchado en esta guerra desde el principio, son muy pocas las personas que nos inspiran. Orión era una de ellas. Somos inferiores en su ausencia.

No puedo permitirme el lujo del duelo.

Con Tyche ahogada y Heliópolis caída, mi ejército no tendrá adónde retirarse. Nos rodearán, nos bombardearán y nos destruirán.

Por fin ha llegado el momento que Hárnaso predijo. Debo elegir entre salvar mi ejército y destruir el suyo. Por encima de la ciudad que se ahoga, miro hacia las Legiones de las Cenizas, que están a salvo en el interior de la Península Talariana. Atalantia está allí. Atrapada por la tormenta. Encontraré una forma de cruzar, estoy seguro.

Si Thraxa sobrevive, si el Estrella de la Mañana ha llegado hasta ella, si la Primera Legión todavía existe, me proporcionarán el poder de destruir a Atalantia y a toda su Legión de la Ceniza, el núcleo duro de su ejército, formado por efectivos de la Luna.

Sería la mayor victoria de la guerra.

Pero me costará Heliópolis, y al final, mi ejército.

La República podría recuperarse. Los dorados no.

Nosotros por ellos sería la transacción racional.

Orión consideraba que merecía la pena pagar ese precio.

Oír las palabras del Señor de la Ceniza de labios de mi amiga me ha angustiado. «Una transacción racional». Miro a la población medio ahogada de Tyche, que nos acogió cuando Heliópolis nos escupió y aun así ha caído en el lado equivocado de la aritmética moral de un ser humano. Y veo una espiral de oscuridad espiritual. Me atrapa no solo a mí, no solo a los amigos cuya crueldad he alentado, sino también al sueño cada vez más lóbrego de Eo. ¿Comenzó todo esto con la traición de los Hijos de Ares en el Confín? ¿Con la destrucción de los astilleros Ganímedes? ¿Con mi Lluvia sobre Mercurio? Tantas concesiones en nombre de la necesidad. Tantos horrores en nombre de la libertad. ¿Dónde está la belleza que vi cuando Ragnar tendió la mano hacia Sefi en lugar de hacia su hoja cuando murió? ¿Adónde ha ido a parar nuestra humanidad? ¿Es este el motivo por el que se marchó Sevro? ¿Sintió el progreso de la destrucción e intentó de aferrarse a la luz?

Permití que el miedo desplazara a mi esperanza. Permití que la guerra se convirtiera en mí, y mis hombres me siguieron.

No merece la pena pagar con mi ejército por el de Atalantia.

Si muero, no debería ser quitándole la vida a esa mujer, sino salvando la de mis hombres.

—Rhonna, te necesito. —Esas tres palabras la hacen diez metros más alta—. Tú sí puedes moverte con este maldito viento. Coge los dos drachens más rápidos y vete a buscar al Estrella de la Mañana. Encuentra a Thraxa. Diles que Tyche está perdida. Que están atacando Heliópolis. Deben cruzar el Ladón para socorrer a Heliópolis.

Se queda boquiabierta.

—Dijiste...

—Sé lo que dije.

El Ladón se ha comido tres de los mayores ejércitos que los mundos han conocido. ¿Será el mío el cuarto que lo alimente?

—¿Cómo van a cruzar el Ladón con esta tormenta? —pregunta Muecas.

—El Estrella de la Mañana será su rompetormentas. El capitán Pelus es más que capaz de llevar a cabo esa maniobra. Si no lo es, puede que Char esté con ellos. Dile a Thraxa que lo siga como una sombra. Yo llevaré las fuerzas acorazadas al otro lado de las montañas por el Paso Kylor y me reuniré con ellos en Heliópolis. Vete.

Rhonna le lanza una mirada a Alexandar, algo pasa entre ellos, y después mi sobrina se alza cuarenta metros.

—Me alegro de haberte visto, chavala —le grita Muecas mientras Rhonna se aleja en estampida.

Ahora la siguiente parte.

Cojo aire con tranquilidad y, reacio, me vuelvo para enfrentarme a Alexandar, que continúa mirando Tyche con pena.

—¿Sigue en pie tu petición? —pregunto.

Se tensa a causa de la sorpresa.

—Sí, señor.

—No habrá rescate. El mar entrará.

—Bueno, hace semanas que no me baño.

—¿Por qué haces esto? —pregunto escudriñando los fuertes huesos de su cara—. No son más que campesinos al horno.

—Ni siquiera los campesinos flotan, señor.

No hay arrogancia capaz de ocultar el dolor de su mirada. Se echa la culpa de lo de Angelia, quizá incluso de esto, pero también lo desgarra ver el sufrimiento de la ciudad. Me daba miedo que quisiera hacerlo por mí, para buscar mi favor. Durante todo este tiempo he conservado un leve desprecio hacia él, porque pensaba que lo único que le importaba al joven era mi aprobación. Pero cree en el Amanecer. Ahora lo veo, igual que me veía venir este momento. El momento en que debo elegir renunciar a su vida. Pero me ha sorprendido al decidir renunciar él mismo. No podría estar más orgulloso de él.

Se ha convertido en lo que Lorn debería haber sido. Y aunque la idea de perderlos a Orión y a él en menos de una hora está a punto de hacerme caer de rodillas, asiento con la cabeza.

—Muy bien. Llévate a tus caballeros.

—Gracias, señor. Si pudieras hacerme un favor... —Busca a Rhonna con los ojos brillantes, pero ella ya ha desaparecido en el interior—. Dile que deje de morderse las uñas. Es repugnante. —Guarda silencio—. Y que se equivocaba conmigo.

Obedeciendo un impulso, saco mi filo y estoy a punto de otorgarle la cicatriz de Único cuando él me para la mano.

—Sé lo que soy.

—¿Lo sabes? —Levanto los brazos para desabrocharme la capa de lobo de la anilla que llevo en el hombro izquierdo. Luchando para no perderla contra el viento, pongo los ganchos en el caparazón estelar de Alexandar. Él hinca una rodilla y la mira como si estuviera hecha de diamantes por entero. Lo levanto—. Los Aulladores nunca se arrodillan.

Por una vez, no tiene nada que replicar. Y menos cuando Muecas se acerca a escupirle en la cara para darle una bienvenida como es debido. El viento vuelve a meterle el escupitajo en la boca.

—El cubo y la caja tendrán que esperar, chaval.

Muecas le estrecha la mano y se tira un pedo.

—Contened a Atalantia durante el máximo tiempo posible, luego coged el último tranvía y volad el túnel a vuestra espalda. Si eso falla, volad el túnel y dirigíos a las montañas.

Me quito las baterías de repuesto. Alex las rechaza.

—Debes llegar a Heliópolis, señor.

Tiene razón, así que me las quedo.

—Entonces tu armadura se quedará sin energía antes de que llegue la mañana, pero si consigues llegar al Paso Kylor, puedes seguirlo hacia el sur y llegar a Heliópolis en dos semanas. Te prohíbo que mueras, Aullador. Quiero que me devuelvas mi capa. O Sevro no dejará de darme la lata en la vida.

—Sí, señor. —La determinación convierte su boca en una línea fina—. Hail, Segador.

Los saludo a él y a los caballeros que tiene detrás.

—Hail, Arcos.

Hace una ligera venia en dirección a Muecas.

—Un honor, señor. Soy un gran admirador tuyo.

Junto a Muecas, contemplo desde lo alto de la montaña a Alexandar y a sus hombres marcianos mientras se alejan. Acosados por la lluvia y la tormenta, los famosos Caballeros del Elíseo trotan por la ladera con su armadura púrpura y plateada para sumergirse en la ciudad inundada. Parecen los últimos lores y ladies de una era condenada. Doscientos tres contra un ejército y el mar.

Me vuelvo, con el corazón apesadumbrado, y me encamino de nuevo hacia mis hombres para guiarlos en dirección sur, a la batalla en el desierto que decidirá el destino de todos nosotros.

16
LISANDRO
Jinete de la tormenta

Me despierto en la oscuridad con el pitido que me advierte de la falta de oxígeno de mi caparazón estelar. Serafina está muerta. Su destreza en la batalla superaba con creces la mía, pero yo estoy vivo, y ella no.

Es una injusticia. Ese no debería haber sido el final de su historia.

Igual que el final de Casio.

Desde la distancia, la muerte parece el final de una historia. Pero cuando estás cerca, cuando hueles la piel abrasada y ves las entrañas, la entiendes como lo que es. Una cauterización traumática de un hilo de vida. Sin propósito. Sin conclusión. Solo un tijeretazo.

Sabía que la guerra era terrible, pero no esperaba que me diera miedo.

¿Cómo puede alguien no temerla cuando la muerte no es más que un gigante ciego con unas tijeras?

Esto no terminará bien. Dido intuirá la acción de una mano taimada, porque ella no ha visto a su hija convertirse en un borrón de órganos. Pero Rómulo lo sabía. Le daba pavor esto. Dio su vida para detenerlo, y fracasó.

Tampoco me apetece mucho contárselo a Diomedes. Si es que llego a tener la oportunidad.

Lo último que recuerdo es que la existencia se rompió en dos. Al menos ese es el ruido que emitió el cielo cuando el Dios de la Tormenta cayó al suelo del desierto.

No fueron las cargas explosivas de Kalindora ni las de Rhone ni las de Cicerón las que destruyeron la máquina. Implacablemente repelidos por la guarnición, mis pretorianos llevaron a cabo tres cargas contra los piñones de los cañones de riel enemigos. Solo con la última conseguí colocar mi misil final en los motores de gravedad. Seguir adelante solo no fue una elección consciente. Una munición enemiga destruyó mi radiotransmisor, así que no sabía que mis compañeros estaban muertos. Horas después todavía no sé sus nombres.

Me parece inmoral.

Establezco un diagnóstico. La munición de mi cañón de riel está agotada. Me queda poca carga en el reactor de energía que alimenta el puño de pulsos, los motores y el soporte vital. El caparazón estelar ya está parasitándole energía a la armadura de pulsos para continuar funcionando. Tendré que desconectarlo pronto.

Tardo casi cinco minutos en liberarme de la arena. Cuando lo consigo, bajo la cubierta y jadeo tratando de recuperar el aliento. La mañana huele a petricor y ozono. La temperatura ya es de setenta grados centígrados.

El sol se esconde detrás de nubes irradiadas. Los relámpagos bailan en el norte negro. Aunque me encuentro en una bolsa de paz, la tormenta de arena continúa enturbiando las profundidades del desierto. En todas direcciones, cortinas de polvo se sacuden por el paisaje como faldas andrajosas. Montones de arena tiemblan a mi alrededor mientras los pretorianos y los escorpiones salen de la arena.

Son las 06.30.

Áyax ya debería estar aquí.

¿Se lo habrá llevado la tormenta?

¿Qué destino habrá corrido la invasión al norte? ¿Se lo ha tragado todo el mar?

Me muevo para ayudar a los pretorianos, pero mi caparazón estelar traquetea en señal de protesta y se queda paralizado cuando el fluido hidráulico comienza a derramarse por la pelvis. Abro el pestillo interior y me lo quito. Apenas reconozco el equipamiento bélico con el que bajé hasta el planeta. Lo único que permanece intacto es mi armadura de pulsos. Compruebo que mi filo de Belona sigue en la funda que llevo en la pierna. Luego intento verificar el nodo de rastreo de Serafina. No hay resultados.

El Ladón se ha llevado a la hija de Rómulo.

Una mosca de la sangre del tamaño de mi pulgar me incordia en la cara. Apenas me muevo cuando me muerde y bebe de mi cuello. La aplasto contra mi piel hasta que explota.

Hay más zumbidos cerca. Cientos.

Sigo su flujo hasta que forman una nube sobre algo que hay en el suelo. Un caballo moribundo. Es una yegua salvaje de sangre solar, la más apreciada de las maravillas talladas de Mercurio. Tiene las patas más que destrozadas y le ha desaparecido la piel. Lo único que permanece intacto a pesar del festín que se están dando las moscas son sus crines anaranjadas. Rhone está arrodillado a su lado, y ha abandonado su caparazón estelar en una duna.

También liberado de su caparazón estelar, Cicerón se acerca frotándose la mandíbula con el guantelete de su armadura de pulsos.

—Oh, qué pena. Una sangre solar.

Por encima de todo lo demás, los pretorianos son ecuestres. Antes de aprender a disparar, limpian los compartimentos de los establos. Mientras están en el ludus, a cada uno se le entrega un caballo joven para que lo entrenen. Al final de su formación, les dan un arma y les dicen que maten al caballo. A los asesinos sin cerebro que lo hacen, los destinan a las legiones de operaciones encubiertas. Para que protejan la Sangre, solo se confía en aquellos que se muestran leales a sus camaradas, ya sean bestias u hombres.

Es probable que Rhone lleve muchos años sin ver un caballo.

—¿Sabías que una vez hubo cincuenta mil grifos en Marte? —pregunta mientras acaricia la frente de la yegua—. Los cazadores furtivos venden sus garras y plumas a los nuevos ricos de la Luna. Ahora quedan menos de quinientos. —El animal se sacude cuando el cuchillo de pulsos de Rhone se hunde en su cerebro—. «Nada hermoso sobrevive a la turba».

Las moscas continúan con su banquete cuando él se pone en pie.

A estas alturas, ya habrán encontrado a Serafina.

¿A quién encontrarán después?

Por la expresión de los ojos pétreos de Rhone, sé que no soy el único testigo del horror.

—No es más que una yegua salvaje. Hay millares ahí fuera —dice Cicerón—. Mi semental, Sangre de Imperio, hace que esa parezca un poni.

Me quedo mirándolo hasta que se va, protestando entre dientes sobre los nativos de la Luna. Me vuelvo de nuevo hacia el caballo, y por alguna razón veo a Serafina en su lugar.

—¿La conocías bien, a la Raa? —pregunta Rhone.

—No tan bien como merecía, creo. No tenía muy buena opinión de mí, la verdad sea dicha.

Kalindora se acerca a nosotros. Levanta la vista hacia el cielo.

—Áyax llega tarde. Pretoriano, informe.

Según el recuento de Rhone, hemos tenido noventa y cuatro bajas. Treinta muertos, el resto desaparecidos o heridos. De los novecientos pretorianos que quedan, solo treinta conservan caparazones estelares operativos. La fuerza de Cicerón es algo más numerosa, pero ha sufrido más víctimas.

—Los caparazones han canibalizado la energía de las armaduras de pulsos —continúa Rhone mientras camino con él entre los pretorianos—. Más de diecisiete horas de enfrentamiento sostenido, y ese viento... —Niega con la cabeza—. Solo treinta y tres tienen combustible para realizar un despegue con botas. Habrá que ir caminando. —El pretoriano gris entorna los ojos y mira hacia el sur. Pocas alteraciones interrumpen la playa árida—. Lo lograremos.

Cicerón se ríe desde una duna cercana. Se desliza por ella como si fuera un tobogán, igual que un niño, y queda sentado delante de nosotros.

—Buen hombre, por más que deteste contradecir a un soldado de tu estatura, este es mi desierto. Cualquier soldado cuyas botas estén muertas perecerá aquí a menos que vengan las lanzaderas. Sin refrigeración, tu armadura de pulsos se convertirá en un horno. ¿Cuántas reservas de agua te quedan? ¿Un tercio? Estamos pertrechados para un combate intenso en el norte, no para el puto Ladón. —Suspira—. Pero ¿de verdad sospechas que algo a lo que llaman el Devorador de Ejércitos es algo menos que un devorador de malditos ejércitos? —Me lanza una mirada asesina y se pone de pie—. ¿Dónde diablos está ese depravado de Áyax, de todas maneras? —Un trueno artificial retumba hacia el sur—. Ah, así que ha empezado sin nosotros, ese pene musculoso y andante.

Le pregunto a Rhone si los intercomunicadores siguen sin funcionar.

Él asiente con la cabeza.

—Es imposible contactar con la órbita. —Señala a un grupo de pretorianos que se han encaramado al Dios de la Tormenta—. Pero estamos aumentando nuestra señal con una matriz de campo. Deberíamos poder conectar con el mando de los Leopardos de Hierro en unos cuantos minutos.

—¿Qué demonios está haciendo ahí? —Cicerón mira a Kalindora con los ojos entornados. La Caballera está de pie sobre una duna situada hacia al oeste, con la mirada clavada en las profundidades del desierto velado por el polvo—. ¿Componer poesía?

Uso la preciada energía de mi traje para unirme a ella.

La llamo por su nombre cuando aterrizo. Me hace un gesto para que guarde silencio e inclina la cabeza hacia el viento. Se levanta una nube de polvo cuando Cicerón aterriza también a nuestro lado.

—¿Oís eso? —nos pregunta Kalindora.

—No —contesta él—. ¿Es el planeta preguntando por qué la Casa de Lune le escondió a su tan cacareado aliado un Dios de la Tormenta?

—Cállate, Cicerón.

—Solo porque tengo sed.

Me uno a ella hincando una rodilla en el suelo y aguzo el oído. Los gránulos de arena repican contra mi armadura. Las minúsculas garras de un lagarto crujen mientras se desplaza desde una sombra a la siguiente. Los truenos braman en el norte. El viento susurra a mi alrededor, silbando entre los peñascos, a través de mi armadura. Acarrea los sonidos de máquinas lejanas.

Me pongo de pie de golpe.

Alguien se mueve en el interior de la tormenta.

—Eso son pisadas de Drachenjäger —dice Kalindora.

—Madre mía —dice Cicerón, que retrocede—. Hora de irse.

Escudriñando el yermo que nos rodea, no se me ocurre cómo podemos hacerlo. Las dunas y la tormenta al norte y al este. Una planicie de caliche hacia el sur. Las montañas orientales son el cobijo más cercano, pero las máquinas avanzan entre nosotros y ellas. Aparte del Dios de la Tormenta derribado, no hay refugio para nuestros hombres de a pie. Y tampoco podemos soportar el peso de todas sus armaduras. Se necesitarían diez minutos para que todo el mundo se quitara el traje. Demasiado tiempo.

Volvemos volando hacia los pretorianos y aterrizamos donde Rhone ha instalado su torre de comunicaciones, sobre el casco del Dios de la Tormenta.

Se produce un ruido como de gárgaras cuando la señal se conecta. La voz de Áyax está envuelta en electricidad estática. Su rostro se deforma hacia uno y otro lado.

—¿Lisandro? Veo que has aprovechado el momento. No me cabía duda de que lo harías. Octavia estaría orgullosa.

Su voz se burla de mí.

—¿Dónde está nuestra evacuación? —le espeto—. Se acercan divisiones acorazadas enemigas. Nuestros caparazones están muertos. Nuestra movilidad...

—No parece haber pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvimos en Nueva Esparta, ¿verdad?

—Áyax, necesitamos evacuación, ¿lo recibes?

—Aquellos inviernos en la finca del abuelo me hacían más ilusión que cualquier otra cosa. Créeme cuando te lo digo. Allí eras menos serio, lejos de la vieja bruja. No tenías que impresionar a nadie. Al menos hasta que el abuelo nos llevó a cazar y nos dejó en el monte. Nos dijo que volviéramos corriendo. —Entorna los ojos—. Te acuerdas. Por supuesto que sí. Tú siempre te acuerdas de todo.

A Kalindora se le oscurece la expresión cuando lo entiende. El rostro de Cicerón se convierte en una máscara de desprecio absoluto. Yo mantengo la esperanza de que esto no sea lo que parece.

—Recuerdas cómo te supliqué que no me dejaras atrás, porque me había torcido el tobillo. En realidad no era cierto. Solo tenía miedo de que me dejaras solo, porque tú siempre estabas muy seguro de adónde ibas. Si hubiéramos estado solos, me habrías ayudado. Pero tenías que ganar, ¿verdad? Tenías que demostrarles que eras digno de ser el Heredero de Silenio. —Abre los labios y enseña los dientes—. Me dejaste atrás. Tardé tres días en encontrar el camino de regreso. Y cuando lo hice, el abuelo ni siquiera me dejó sentar a la mesa de la cena porque estaba... sin lavar. Me encontraste llorando detrás de los establos. Me trajiste tu propia comida, te sentaste conmigo y ¿recuerdas lo que me dijiste?

—Áyax...

—«Ya es hora de que aprendas a orientarte, Áyax».

—Entiendo. —El silencio que se forma entre nosotros es frío, definitivo y comprendido por ambas partes—. ¿Esto es decisión tuya o de Atalantia?

—Mía. Lloraré por ti, hermanito, pero no me haré a un lado. Este es mi momento. Preséntale mis disculpas a Kalindora, pero ha elegido mal. —Se queda callado; cuando vuelve a hablar no queda ni rastro de burla en su voz—. Si el Vacío te lleva, celebra, hermano mío. Porque antes de la muerte, hubo gloria.

La conexión se interrumpe.

Me quedo clavado en el sitio, incapaz de moverme. Pensaba que, en caso de que se desencadenara la traición, llegaría por parte de Atalantia. No de Áyax. Vi las señales, pero elegí creer en un amigo. Qué lástima para los dos. Qué lástima que todos esos recuerdos se hayan convertido en esto.

¿Es así como se sentía Casio?

—Voy a morir por una rencilla fraternal —escupe Cicerón—. Esto es tan... venusino.

Rhone habla en un susurro tenso.

—Mi señor, podemos evacuarte por aire hacia el sur.

—¿Y a cuántos hombres podríamos llevarnos? —pregunto.

—A menos de un tercio.

Examino a los pretorianos que, más abajo, en el suelo, intentan extraer energía de los caparazones estelares caídos. Han venido por mí. Para salvar mi vida, tendría que abandonar a seiscientos de ellos.

Busco una alternativa, y solo encuentro una.

—Me gustaría saber los nombres de los que me acompañaron en la tercera carga.

—Flavio ti Vessia y Caronte ti Occipiter.

Repito sus nombres mientras el ruido de las máquinas enemigas se hace cada vez más fuerte.

—¿Qué habría hecho Octavia? —pregunto.

Rhone no dice nada.

—Habría huido —responde Kalindora con una expresión vacía.

—Buena idea —dice Cicerón—. Hagámoslo.

Desvío la mirada hacia el polvo.

—Si esa es la medida de nuestra lealtad a nuestros hombres, quizá merezcamos morir.

Kalindora ladea la cabeza.

—¿Estás loco? —dice Cicerón, cuyos ojos estrechos se abren como platos.

Rhone da un paso al frente.

—Mi señor, tú eres...

—No soy el soberano. En realidad no soy nada. —Esbozo una mueca—. Pero no viviré mientras los hombres que me han jurado lealtad mueren. Sé el riesgo que han corrido al venir aquí. —Kalindora me dedica un gesto de sorprendida aprobación—. Rhone, prepara a los pretorianos como consideres conveniente. El enemigo no tardará en llegar.

No es así como Rhone creía que irían las cosas, pero prolonga su saludo durante un segundo extra antes de saltar hacia sus hombres.

—No pienso morir aquí —dice Cicerón—. Tus botas tienen combustible, idiota. ¡Suficiente para llevarte hasta Heliópolis!

—Vete si quieres, Cicerón. Ya he abandonado antes a los pretorianos. No volveré a hacerlo.

Se sitúa a un par de centímetros de mi cara.

—Dicen que una cepa de locura corre por la gens Lune. Cuánta razón tienen. Adiós, oh víctimas infectadas de la enfermedad marcial.

Cicerón despega sin dedicar siquiera una palabra de disculpa a aquellos de sus hombres que no pueden seguirlo. Dos decenas escapan con él. Más de mil doscientos ven a su líder marcharse y bajan la vista hacia su armadura exhausta.

Permanezco con Kalindora en lo alto del Dios de la Tormenta mientras las máquinas enemigas gruñen y traquetean entre el polvo. Cierro los ojos, buscando el rostro de mi madre. No la encuentro ni siquiera ahora, en la oscuridad.

Me siento muy solo. Entonces oigo que Kalindora desenvaina su filo.

—Lisandro.

Cuando abro los ojos, una única figura emerge del polvo a menos de un kilómetro de distancia. Un andrajo desecado aletea desde su hombro. Nos divisa encima del casco del Dios de la Tormenta y levanta la mano en el profano gesto de la cruz.

Solo nos llegan unas cuantas de sus palabras. «... el corazón te late como un tambor...».

El explorador desaparece y un momento después el sonido que ha acechado mis sueños desde la Palatina hasta el Cinturón me encuentra en la arena del desierto. El sonido que solo podría proceder de una legión que escolta al Segador.

El aullido de los lobos.

«Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu».

Kalindora se queda inmóvil.

El Segador debería estar en el norte atrapado por las legiones de Atalantia, no mil kilómetros más al sur. No aquí. ¿Cómo es posible que sigan teniendo energía? ¿Cómo han podido salvar una distancia tan grande cuando nosotros a duras penas hemos sido capaces de avanzar cien kilómetros antes de agotar nuestros trajes debido a los vientos en contra del hiperacán?

La voz atónita de Kalindora responde la pregunta muda.

—Ha cabalgado la tormenta.

Esperar a Darrow no se me hace largo, pero sí espantoso. Me arden los ojos por el calor que irradia el casco metálico sobre el que nos encontramos. La nariz se me inunda de los gases de las máquinas, de la seca ausencia de vida del desierto y de humo.

El enemigo emerge del polvo como una hilera de mongoles mecanizados. Una legión mermada de mugrientos Drachenjägers metálicos arrastrados por los vientos de la tormenta camina pesadamente hacia la cima. No son tan numerosos como sugería el estruendo. Miro a Rhone de reojo. Se le dibuja una sonrisa en la cara. Con la elevación del terreno y la posición atrincherada, puede que incluso sobrevivamos a esto.

Kalindora opina lo contrario.

Noto en la lengua el sabor del paladar de tiza que tengo en la boca y recorro con ella el contorno de mis dientes. Tenso la mano alrededor de mi filo. Me parece pequeño con el guantelete de la armadura de pulsos. Me levanto el yelmo.

«Auuuuuuuuuuuuuuuuu».

—Quédate con el heredero —le dice Kalindora a Rhone.

Treinta y tres pretorianos que todavía conservan energía en los reactores de sus caparazones estelares se agrupan a mi alrededor en el punto más alto del Dios de la Tormenta derribado. Cerca de dos mil Escorpiones y pretorianos se refugian formando líneas de fuego a lo largo del borde de la máquina rota que tengo debajo.

Comienza en silencio, y luego llega el terrible clamor de cuatro cuñas de Drachenjägers que rugen a través del desierto. Sus patas acorazadas, todas ellas el doble de altas que un caparazón estelar, engullen la distancia. Varios misiles antipersona teledirigidos se deslizan hacia nosotros. Los interceptores corren para desafiarlos. Los proyectiles de uranio empobrecido atraviesan los restos que rodean nuestra posición como si fueran de tela. Los pretorianos devuelven el fuego tumbados bocabajo en el suelo, a lo largo del borde del Dios de la Tormenta. No hay tiradores mejores en ninguna de las legiones. Un drachen se tambalea y explota. Otro sale corriendo en diagonal cuando disparan a su piloto a través de la cabina.

Con un pesado rifle antitanque, Rhone dispara hacia la llanura.

Inspecciono los Drachenjägers atacantes. Darrow no estará en ninguna de esas máquinas, prefiere la movilidad. ¿Dónde está, entonces? Me doy la vuelta para buscarlo en nuestros flancos. Cuando era niño, lo vi convertirse en líder. Lo he estudiado más que a cualquier otro hombre. Conozco sus trucos, pero ese conocimiento parece totalmente inútil aquí, en el caos de la batalla. Solo hay cuatro direcciones, pero Darrow se ha servido de tantas tácticas a lo largo de los años, que me siento paralizado. Es como si pudiera aparecer por cualquier parte.

Atisbo unas sombras que se mueven en la nube de polvo levantada por la carga de los Drachenjägers.

—Los está utilizando para ocultar sus movimientos —le explico a Kalindora—. Como en la batalla de Gibraltar. Con una salida frontal, podemos embestirlo cuando gire hacia un flanco.

—Estoy de acuerdo. Preparaos para atacar —ordena Kalindora a los pretorianos.

Los puños de pulsos de los caparazones estelares gimen cuando mis hombres desvían la energía que les queda en los reactores hacia sus armas y botas. El calor del desierto invade mi traje.

A la señal de Kalindora, arrancamos desde nuestra posición, nos elevamos en el cielo y nos precipitamos hacia delante, de cabeza hacia las sombras por encima de los Drachenjägers que cargan contra los nuestros. Entonces algo ondea en el cielo.

El cuerpo de un pretoriano se fragmenta a mi lado, bisecado con limpieza a la altura de la cintura. Levanto mi filo justo a tiempo. Algo impacta contra él y me empuja hacia abajo. El aire se contorsiona por encima de mi cabeza mientras varios hombres con espectrocapa atraviesan el centro de la formación de mis pretorianos. Disparo a bocajarro contra un borrón y veo que la luz se curva cuando el proyectil de cañón de riel traspasa el pecho de un hombre. Cae dando vueltas, con la capa de lobo ondulando a su espalda.

Descubro la jugada demasiado tarde para detenerla. Darrow nos ha hecho morder el anzuelo de las sombras y ha flanqueado nuestra carga aérea enviando un pequeño grupo a atacarnos al abandonar nuestra posición. Nos acribillan.

Me doy la vuelta en el aire y presencio la matanza que se está produciendo detrás de mí.

El mundo se ralentiza cuando lo veo entre mis hombres. El camuflaje se debilita y revela un huracán ataviado con una maltrecha armadura de pulsos carmesí, un filo blanco que chispea al perforar el caparazón estelar de un pretoriano y sajarle la mitad del cuello.

Me arrojo hacia el Segador, pero salgo despedido hacia un lado cuando choco contra otro cuerpo. Kalindora me protege del fuego de pulsos de un hombre con armadura. Rhone lo aniquila. Intento reunir el ala izquierda de mis hombres, pero es una masacre. Y en el centro de la misma gira un dios de la muerte. El casco del cazador destella. En torno a su cuerpo rueda esa famosa hoja asesina de dorados.

Cuando la violencia se extiende hacia él, Darrow no retrocede como un hombre, sino que la abarca como un río codicioso. La atrae hacia él, la asimila a su corriente y va dando saltos por el campo de batalla con una arbitrariedad aparentemente sin sentido que, cuando se analiza con detenimiento, ilumina el genio de su violencia. Nos apiña, se asegura de convertirnos en un rebaño denso y compacto, de manera que nuestras opciones se reducen y las de sus hombres se amplían.

Es algo que solo llegas a entender cuando sientes el miedo que te invade al darte cuenta de que estás entre las garras de una trampa, y de que están a punto de cerrarse. Te sorprende que haya sido tan fácil engañarte. Te sorprende que sea así como sucede. Tantos años de preparación, de repaso de batallas, de corregir a los demás. No da la sensación de que hayamos caído en una trampa. Parece casi accidental, pero aun así inevitable. Me siento pequeño y estúpido.

—¡Matad al Segador! —grito mientras me abalanzo hacia él con Kalindora a mi derecha y Rhone y otros tres hombres a mi izquierda.

Ensartamos a dos caballeros del Amanecer y luego, como si oliera el asesinato en nuestra mente, Darrow salta de espaldas hacia nosotros en un ángulo sorprendente sin mirar siquiera.

Parte por la mitad la cabeza de un pretoriano. Derriba a Rhone del cielo. El brazo izquierdo de Kalindora sale disparado de su cuerpo, dando vueltas. Mi filo se arquea hacia delante, en dirección a la cabeza girada de Darrow, y no encuentra más que aire cuando él realiza no sé qué tipo de alquimia aérea, se dobla y se eleva solo para volver a caer a la velocidad del rayo.

Me lanza una estocada con su filo mientras pasa volando a mi lado. La bloqueo, pero su fuerza es increíble. Siento un dolor abrasador en el brazo. Me alcanza de nuevo cuando me ataca de revés, como un niño con su espada. El filo me corta las gravibotas y me desplomo desde el cielo.

Me estampo contra el caliche, pero no pierdo el conocimiento. Miro hacia arriba, con la armadura rota. Los hombres de metal bailan recortados contra las nubes crepitantes. Los cuerpos caen como pájaros de metal agonizantes, goteando sangre y fluidos mecánicos. El Segador ya comienza a alejarse, les deja las sobras a sus hombres.

Un caparazón estelar se desploma sobre mí y me deja inmovilizado. Otro se estrella contra la arena. Noto calor en la mejilla derecha y me vuelvo lo justo para ver que el propulsor roto de la bota del caparazón caído está escupiendo llamas contra mi casco. Me invade el pánico e intento alejarme sin conseguirlo. El calor aumenta cuando se expande por mi armadura desde el costado. Grito y me revuelvo, pero es en vano, y el calor se intensifica, y se me abre un agujero en el lado derecho del casco. Empieza a picarme la piel. Me sacudo, sobrepasado por el miedo. La picazón se convierte en una agonía. La ceja derecha se me riza al arder. La epidermis comienza a burbujear y a desprenderse. El fuego me llega a la dermis, la encoge, la revienta y la grasa gotea y alimenta las llamas.

Los aullidos de lobo se desvanecen en la distancia. Las llamas se comen mi ojo.

Solo entonces empiezo a chillar.

17
DARROW
Heliópolis

Nos quitamos de encima la tenue oposición que encontramos junto al Dios de la Tormenta derribado. Sin molestarnos en rematar la carnicería, proseguimos hacia Heliópolis. A nuestra espalda, dejamos al enemigo en tierra o agonizando. El polvo radiactivo vaga hacia el sur para oscurecer el sol. Pronto, una nueva tormenta de arena se traga toda la luz del día.

La visibilidad se reduce y enmascara, aunque no ralentiza, nuestra aproximación a Heliópolis. Cuando aparezcamos por la retaguardia de Áyax, ¿será ante una ciudad conquistada? ¿Estaremos solos contra diez legiones? ¿Darán la vuelta a nuestras propias armas para usarlas contra nosotros? ¿O el Estrella de la Mañana habrá conseguido de algún modo guiar a mi ejército a través del Yermo?

Solo puedo esperar, al igual que espero que Alexandar no se haya ahogado bajo el mar.

«Adelante. Adelante. Un pie tras otro».

A nuestros Drachenjägers apenas les queda una hora de carga. Mi caparazón estelar ha muerto en el desierto. La mitad de los demás se las han ingeniado para ahorrar energía montando en los drachen durante la tormenta. Ahora todos caminan por su cuenta. Nuestra cordura pende de un hilo. El agua se nos ha acabado durante la noche. Nos quedan pocas municiones. Los estimulantes potencian nuestros sentidos y evitan que sucumbamos a los efectos secundarios de los medicamentos antirradiación o de la radiación en sí, pero nos han vaciado por dentro. Veinticuatro horas de combate con el enemigo. ¿Cuántos días llevo ya despierto? ¿Seis? ¿Siete?

No he podido dormir en toda la travesía a pesar de ir subido en el Drachenjäger.

La noche ha sido un infierno y los vientos aullantes y las avalanchas tan frecuentes que tuvimos que abandonar el paso y arriesgarnos a cruzar el desierto. La oscuridad era nuestra dueña. La electricidad estática, la arena y los radiómetros borboteantes narraban nuestra pesadilla interminable. La tormenta de Orión ya no continúa intensificándose, pero se ha desbocado ahora que ella ya no acota su ira.

Dos tormentas de arena se han tragado a un tercio de nuestros hombres. El resto, entre los que me incluyo, nos enfrentamos a la descomposición celular debida a la lluvia radiactiva. Vomito de nuevo en mi cabina. El depósito está lleno. El vómito sale mezclado con sangre. Se filtra entre las grietas y comienza a gotear sobre las grebas de mi armadura. Me palpita la cabeza. Me duele la raíz de los globos oculares. Mis síntomas son menores, en comparación con los de los grises, los azules y los obsidianos que nos quedan. Algunos ya han sucumbido al delirio que se produce cuando el ADN comienza a desenrollarse. Solo los rojos y los dorados se mantienen fuertes.

Solo quiero descansar. Solo quiero agua. Y dormir.

«Adelante. Adelante. Adelante».

La mañana es del color del bronce cuando nos topamos con el Cementerio de los Tiranos. Hárnaso ha derribado los monolitos que los dorados construyeron en el desierto para honrar siete siglos de soberanos. Las gigantescas estatuas yacen tumbadas de espaldas mientras la arena se arremolina a su alrededor. Se ha librado una escaramuza en medio de ellas. Las olas de arena lamen las carcasas semisumergidas y ardientes de las máquinas de guerra.

El campo de escombros se vuelve más denso. Los fantasmas se mueven entre el polvo. Solitarios soldados de infantería, desnudos y cubiertos de sangre, pasan a nuestro lado. No conseguimos distinguir su tribu. Hay cascarones ennegrecidos sentados con las piernas cruzadas en la arena. Una hienadrila del desierto mordisquea el cadáver de un hombre muerto, nos mira, abre las alas amenazantes que tiene en el cuello y huye cuando un obús de artillería detona cerca. Las máquinas de guerra gritan y gruñen a lo lejos. Sus sombras revolotean en la penumbra, tornándose más sustanciales a cada paso.

Es como salir de un sueño para entrar en otro.

Atraigo a lo que queda de mi fuerza en lo alto de una montaña con vistas al muro protector de tormentas de Heliópolis. La escarpada cara de una montaña protege nuestros flancos, y yo inspecciono el asedio con Muecas. Me da un vuelco el corazón.

Heliópolis ha caído.

Con el derribo del Dios de la Tormenta del desierto, la tempestad ha perdido el rumbo. Marcha hacia el este. El ejército de Áyax lucha bajo el sol.

Un humo acre se eleva desde las enormes grietas del muro protector. Varias tropas de choque de los Leopardos de Hierro y de la Fulminata se abren paso por los huecos a trescientos metros de altura. Los tanques se adentran en los túneles perforados en el duroacero por cañones de partículas. Se desata un tiroteo en los bastiones del muro, donde existe un fino espacio entre la pared y el escudo. Sus gigantescas armas guardan silencio. Es posible que Hárnaso ya esté muerto.

Si toman la ciudad, si abaten sus generadores de escudos, la armada de la Ceniza podrá reforzarlos y hacer descender naves antorcha e incluso el mismísimo Annihilo por el sur. Mi ejército saldrá del desierto tras sobrevivir a la tormenta y se encontrará con el olvido.

Muecas lo entiende.

—Voy a adelantarme para explorar y ver dónde deberíamos atacar.

Salta desde la cornisa y cruza el campo de rocas que hay más abajo dando pequeños acelerones.

Me vuelvo hacia mis hombres.

Si no la ven, desde luego oyen la batalla. Menos de un tercio de la fuerza que partió conmigo hacia Tyche se congrega en la montaña. Muchos yacen muertos en las Llanuras de Caduceo, o fueron arrastrados por el agua o el viento en nuestro camino hacia Tyche. Alexandar no está. He enviado a Rhonna y a Colloway a la tormenta. Han pasado casi veinticuatro horas desde la última vez que vi a Thraxa. Solo queda Félix entre mis Aulladores dorados.

Siento la desesperación.

—¿Dónde está el Estrella de la Mañana? —pregunta un piloto verde.

Ya se le ha empezado a caer el pelo. La arena le ha alisado el traje como si fuera una piedra de río. ¿Le funcionará siquiera el arma?

—De camino —respondo—. Debemos ganar tiempo para Hárnaso. Una última carga de metal. Lo haré...

La cabeza del verde desaparece. Municiones chillonas impactan contra mis hombres desde arriba con una precisión milimétrica. Un proyectil de uranio empobrecido cava un agujero en mi armadura y me perfora la carne del tendón de la corva derecha. Caigo con fuerza.

Mientras escupo tierra por la boca, veo que unas figuras envueltas en ondulantes capas desérticas caen desde un acantilado de cientos de metros de altura. Las ráfagas de aire proceden de sus saltibotas, que los amortiguan cuando aterrizan en las cabinas abiertas de mis Drachenjägers para traspasar con su filo el cráneo de mis pilotos, o cuando se posan detrás de ellos para arrancarles el cuero cabelludo o la cabeza. No distingo si Félix cae.

En menos de diez segundos, soy el único superviviente, aparte de un piloto al que sacan de su cabina para practicarle la vivisección en el hombro de su propio aparato.

Unas manos bruscas me separan de mi caparazón estelar y me sacan a rastras. Unos hombres con máscaras de caras de niños me arrancan las gravibotas. El piloto grita por encima de mí. Me ponen una bota en la garganta mientras el hombre de la Máscara Pálida cruza la arena para acuclillarse ante mí. Me vierten disolvente de motor en la cara para limpiar la sangre. Un obsidiano jorobado con brazos quemados por el sol se acerca con un soplete.

—Es él —confirma una pesada voz obsidiana.

—Gratitud, Falthgar.

El Caballero del Miedo se quita los guantes y se los guarda en el bolsillo del escorotraje. Es un sencillo traje resistente a la radiación y que recicla agua. No hay armadura para este empalador de hombres. No hay vestimentas de rango ni adornos llamativos. Su capa está hecha jirones y devorada por el desierto. Tiene los antebrazos agrietados y achicharrados. Las manos sin guantes, pálidas y delgadas como patas de araña. Se deja la máscara puesta. Es el rostro de un niño sin sexo rodeado por un halo de serpientes que hacen las veces de pelo. Da igual que Miedo vuelva la cabeza, los ojos de la criatura se mantienen enfocados en mí. La Máscara Pálida.

—Me hiciste una pregunta hace mucho tiempo —gorjea la máscara—. Fue en Marte, antes de que lo perdiéramos. Me preguntaste de qué tengo miedo. Temo a un hombre que cree en el bien, porque es capaz de excusar cualquier mal. —Levanta una mano para sentir el viento—. ¿Qué has hecho?

Intento escupirle, pero no hay humedad en mi boca.

—¡Muéstrame tu cara!

—El miedo no tiene cara. —Ladea la cabeza—. Todavía no lo entiendes. No importa. Falthgar, Ravan, Kestril, Thorhand, Kaffa. ¿Tenéis las cámaras para su esposa? —Cinco de sus bestias de caza se adelantan—. Estupendo. Castradlo. Folláoslo hasta reventarlo en el barranco. —Guarda silencio un instante—. Antes de rajarle la garganta, obligadle a comerse su polla.

—Sí, dominus.

Miedo animal. Forcejeo en vano contra los enormes obsidianos. Me levantan como si volviera a ser un rojo y me arrastran hacia el barranco que hay detrás de mis hombres masacrados. El Caballero del Miedo se sienta en la arena para ver cómo me violan mientras Heliópolis cae.

«Así no. Así no».

Los esclavalleros me tiran al suelo y me hunden la cara en la arena mientras los demás miran. Una bota me inmoviliza la cabeza. Apenas puedo respirar mientras discuten cómo cortarme la armadura, y luego quién será el primero. La hebilla de un escorotraje tintinea cuando se desabrocha a mi espalda. Una náusea creciente, y terror, y... ligereza. La mano que me aprieta la cabeza pierde su fuerza y me vuelvo para mirar hacia arriba. Los granos de arena me trepan por la cara. El pelo blanco del obsidiano flota formando una corona. Una sombra se arrastra por la arena. Tratan de empujarme de nuevo contra el suelo, pero de pronto comienzan a flotar. Una risa horrible brota de mi interior cuando una voz cargada de estática canturrea a través de mi intercomunicador abierto.

—Si el corazón te late como un tambor, y el miedo ha hecho que te mees, es porque Medianoche ha venido a cobrarse lo que le debes.

—Gilipollas —siseo desde la arena—, os habíais olvidado de Colloway xe Char.

Con todas mis fuerzas, me levanto del suelo. Combinados, pesan más de una tonelada con el equipamiento, pero a la sombra de gravedad del destructor de lunas, no hay peso. Salimos disparados hacia arriba. La repentina inversión altera su equilibrio. Me mantenían sujeto con las botas y haciendo presión, pero no tenían un agarre limpio. Intentan invertirse para atraparme, pero solo consiguen ponerse a dar vueltas. Me alejo flotando limpiamente y espero hasta que una bota pasa girando junto a mi cabeza. La agarro y tiro de ella hacia abajo, de manera que incrusto la parte superior de mi cabeza en la parte inferior de una mandíbula. Se hace pedazos. Inmovilizo al hombre más grande contra mí y le asesto cabezazos en la cara hasta que la siento combarse. Mareado, le arrebato su cuchillo largo y cabalgo sobre su cuerpo hasta el suelo, donde me lanzo contra el siguiente. Tengo tanta sangre en los ojos que apenas veo. Él intenta orientarse, pero yo he jugado más en gravedad cero. Paso a su lado sin tocarlo, arrastrándole el cuchillo largo por el cuerpo y abriéndole el torso en canal desde la ingle hasta la garganta. Dos de los que quedan me disparan y sufren las consecuencias del retroceso. Se convierten en amenazas menores. El último, que está a cinco metros de distancia, saca su arma, pero el mero movimiento hace que su cuerpo salga proyectado hacia atrás dando vueltas. Tiro el cuchillo y sufro el remolino.

Me estrello cabeza abajo contra una pared de roca. Mi armadura cruje y me agarro de espaldas. Trato de orientarme. El Caballero del Miedo me ha visto matar a sus hombres estando a solo quince pasos de distancia, pero hasta ahora no ha conseguido escapar del caos de sus hombres flotantes. Utiliza las botas para despegar hacia mí, se desliza de lado por el aire, apuntándome a la cabeza con el rifle largo entre los mecanismos suspendidos en el aire. Dispara. Y entonces la gravedad vuelve. Una de las máquinas que caen intercepta su proyectil. Sus hombres se desploman desde el cielo cuando el Estrella de la Mañana se aleja a toda velocidad del sudario de polvo que se cierne sobre el desierto. Se eleva y se encamina hacia Heliópolis con un rugido. Estoy a punto de perder el amarre en la roca y de caer hacia mi muerte cuando una luz cegadora explota desde el maltrecho destructor de lunas para eliminar a toda una cohorte de tanques enemigos.

Hacia el noreste, sobre el desierto, se agita una pared de hierro que aparece tras la sombra del Estrella de la Mañana y de su propio sudario de polvo.

El Primer Ejército ha llegado a Heliópolis.

Ha cruzado el Yermo de Ladón durante la noche, siguiendo la estela que el Estrella de la Mañana ha trazado en la tormenta. La tempestad ha destrozado la mayoría de sus cañones, pero los alas ligeras se derraman del destructor de lunas, seguidos de caparazones estelares, los transportes y barcazas de infantería. Un aullido tremendo invade el aire. Una figura magnífica y polvorienta que luce una capa de lobo fluctuante y carga con un martillo de guerra cae desde el cielo.

El Caballero del Miedo levanta la mirada y ve a Thraxa au Telemanus ataviada con todo su equipamiento bélico; a continuación me mira a mí, apunta y finalmente desaparece en un ataque con misiles. Thraxa me coge antes de que los dedos se me resbalen de la pared de roca. Me baja flotando hasta el suelo y me besa en la cara con su casco de zorro.

—Cabronazo sublime. Rhonna nos encontró. El Estrella nos ha allanado el camino. Eres un genio magnífico. Un dios enfermo y retorcido.

Un estremecimiento de miedo me sacude el pecho, y después se transforma en furia cuando pienso en que han bombardeado a mis hombres, les han cortado el cuello, me han estampado la cara contra el suelo. «Obligarme a comerme mi polla, ¿no?».

Aparto a Thraxa de un empujón.

—Necesito botas. Caparazón estelar. Municiones.

—Y esto, señor —dice una voz. Rhonna se acerca volando hacia nosotros con mi falce. Su drachen ha desaparecido—. Lo encontré en la arena.

Lo atrapo en el aire. Thraxa le da unas palmaditas a su martillo con una sonrisa en la cara.

—¿Vamos?

La llegada del Estrella de la Mañana hace que la batalla dé un vuelco, pero no consigue rematarla, pues la mayoría de sus cañones están dañados. Difunde su sombra gravitacional y se mantiene suspendido sobre la batalla para servir de plataforma de apoyo. El grueso de la matanza se prolonga hasta bien entrada la tarde. Las temperaturas ascienden a noventa grados, condiciones en las que apoyar una mano desnuda sobre metal te ampollaría la piel en medio segundo. La parte más sangrienta del combate tiene lugar a esa desgraciada hora, y es entonces cuando al fin irrumpe la línea acorazada de los Leopardos de Hierro. Como el poderoso cuerpo principal no encuentra un lugar al que retirarse, la infantería queda atrapada contra el muro roto de Heliópolis y la masacramos.

Las montañas de cadáveres alcanzan los cinco metros de altura. La infantería atasca las grietas gigantescas del muro. Los tanques los atropellan entre el humo y su desesperación por escapar. Muchos se asfixian en la avalancha o se ahogan en el lodo formado por la sangre, la orina y el líquido refrigerante que se mezclan con el polvo.

Los que logran escapar del Primer Ejército se cuelan en el interior de la ciudad, donde los persiguen los defensores enfurecidos de Hárnaso, los rangers del cielo y la infantería aérea que cae desde el Estrella de la Mañana.

No puedo detener el derramamiento de sangre. Ni tampoco detengo a los míos.

Enloquecidos y furiosos por el bombardeo atómico, la tormenta y la travesía del desierto, mis hombres descienden por la escalera moral y se convierten en demonios, desvinculados de cualquier credo que hubieran poseído. La carnicería es abrumadora. Los enemigos que tienen la mala suerte de quedar acorralados no pueden sino añadir sus cadáveres a las murallas de muertos.

Aun así, se niegan a rendirse.

Nunca he visto tal valor. Si no es eso, debe de ser locura.

Las legiones terranas se niegan a ceder. Retroceden, se reorganizan, retroceden, se reorganizan. Áyax les genera una manía febril. Deambula entre las líneas, siempre justo fuera de mi alcance. Siempre saliendo airado. Una y otra vez, los enemigos se filtran a través de nuestro asalto, de modo que me siento como un hombre que corre entre las grietas de una presa para intentar contener una inundación con las manos desnudas.

Recorro los treinta kilómetros de longitud del frente, estoy en todas partes y en ninguna. Aplaco una fuga de tanques en el flanco oeste y me cambio de caparazón estelar en las estribaciones de las Hespérides tras recibir un impacto en el pecho. Persigo a los fusileros grises hacia las escarpadas chimeneas de hadas de las Montañas Aigle, al este. Lucho contra dos berserkers obsidianos hasta que reptan sin piernas hacia mí, sin dejar de blandir sus hachas. Sofoco un contraataque de la infantería pesada gris y me tomo un respiro para beber agua a la sombra que proyecta una nave antorcha derribada, justo antes de abandonar mi cuarto caparazón estelar del día. Quedan pocos que sigan funcionando. Y los que aún lo hacen, agotan sus reactores de energía antes de que el sol comience a ponerse, treinta y ocho horas después del comienzo de la batalla.

Cuando, después de intentar fugarse, Áyax se queda solo con un cuadro de su guardia personal, se encuentra aislado. Al ver que me acerco, por fin emprende el vuelo acompañado por un núcleo fuerte de cincuenta Únicos. Un grito de burla recorre mis legiones. Inicio la persecución, pero a mis botas les queda poca energía. Thraxa recorre asimismo solo cinco kilómetros antes de regresar y verme cambiándome de gravibotas. Se sienta a mi lado a la sombra del tanque y rebusca entre un montón de baterías que va insertando de una en una en su armadura de pulsos para intentar recargarla.

—Puta mierda de víbora —gruñe decepcionada—. Quería la cabeza de ese Grimmus.

Un proyectil choca contra la parte superior del tanque, por encima de nuestras cabezas, y salta hacia el cielo para detonar. Apenas lo miramos.

—Puede que Atalantia se la reclame después de esto —le digo.

Espero a que acabe con la última batería. Thraxa recoge su martillo salpicado de vísceras.

—¿Listo?

—Te estaba esperando.

Nadie es capaz de seguirme el ritmo durante toda la batalla, ni siquiera Thraxa o Muecas. Cambio de guardaespaldas cada hora y sobrevivo a base de estimulantes que me inyecto en el cuello, esnifo de cartuchos aplastados o mastico con los molares resquebrajados. El mundo es fino y bidimensional, descolorido como en el mural desvaído de las ruinas de la habitación de un crío. Mi cuerpo es plomo. He parasitado toda la energía de mis células. Los estimulantes no hacen sino enflaquecer mi paciencia. La moderación que me impide romper a llorar o reír como un maníaco tiene la misma consistencia que la porcelana.

Cuando el sol comienza a ponerse, un transporte al que le falta la mitad trasera me sube hasta lo más alto del muro protector de tormentas.

Desde allí contemplo los espasmos de la tormenta desértica. Las olas de arena que cubren a los caídos. Las hileras de muertos que se extienden hasta más allá de donde alcanza la vista. Mi mente histérica divaga. Durante un momento alucinado, me parece que el planeta sabe lo lejos de casa que están esos chicos y chicas y que cree que están dormidos, así que les envía mantas de arena para arroparlos por la noche.

Un dolor fuerte me oprime el pecho. Me deja sin respiración. Flanqueado por guardaespaldas exhaustos, me acuclillo allí mismo, sobre la carcasa arrugada de un cañón roto. Hárnaso llega al muro con una decena de tenientes pisándole los talones. Se me queda mirando como si tuviera el cuerpo invertido de dentro afuera.

—¡Aquí estás, maldita sea! He cruzado todo el frente —ladra—. Deben de haber soltado gas psicotrópico. Todos los hombres con los que he hablado juran por su madre que te han visto. ¿Dónde te habías metido?

—En todas partes —gruñe Muecas a mi lado.

Hárnaso parece confuso. Tiene un aspecto horrible. La sangre le mana a borbotones de un tajo feo en la frente.

—Informe —digo con la voz áspera.

Entorna los ojos.

—Darrow, tu mano.

Bajo la mirada hacia mi mano izquierda, que está desnuda. Al parecer se me ha roto el guantelete. La piel me burbujea contra el metal recalentado por el sol. Lo aparto y observo cómo se contraen las ampollas. «Ah, ahí está el dolor».

Hárnaso balbucea algo acerca de que el enemigo se está concentrando en el hipódromo y de que se acerca una fuerza de tanques hostiles que se había perdido en la tormenta. Intento responder, pero mis irritadas cuerdas vocales por fin sucumben al maltrato del día.

Hárnaso parpadea. Algo lo asusta. Es como si me viera una araña en la cara. Me miro los brazos y las piernas. Una segunda piel de arcilla hecha de sangre, polvo y ceniza irradiada me cubre de arriba abajo. Mi armadura está agujereada y derretida en las heridas cauterizadas. Las articulaciones no responden por falta de batería. La opresión se niega a liberarme el pecho.

—Por Júpiter, hombre, ¿te está dando un ataque al corazón?

Hárnaso llama a un médico. Los Aulladores se apresuran a sujetarme cuando estoy a punto de caerme. No consigo apartarlos. Rhonna acude en mi ayuda, pues entiende mi angustia.

—Delante de las legiones no —dice—. ¿Qué necesitas, tío?

—Estimulantes —farfullo.

—¿Cuántos tiros se ha metido?

—El compartimento del muslo está vacío. Al menos seis.

—Tiene cuatro marcas en el cuello.

—¿Diez? Eso mataría a un maldito caballo.

—Estimulantes —murmuro de nuevo.

Me siento mareado.

—Te matarás, pedazo de estúpido.

Ahora da la sensación de que es Hárnaso quien está a punto de caerse.

—Hombres atrapados en... desierto...

Miro por encima de las almenas. Todavía me queda trabajo pendiente. Agacho la cabeza y veo a Hárnaso tratando de hacerme retroceder.

—Darrow. Detente. —Levanta los brazos para agarrarme la cara con las manos—. Ya has hecho suficiente. Deja que nos encarguemos del resto.

Entre los mechones de su pelo, atisbo los cuerpos fundidos con el acero del amplio parapeto. Parecen gárgolas con cara de adolescente. El viento les lame el polvo. Son adolescentes.

De pronto, todo el peso del agotamiento me cae sobre los hombros.

—¿Quién tiene una batería de arranque? —grita Rhonna—. Vamos. Eh, tú, cara culo, dámela. —Le quita la batería a uno de los guardaespaldas de Hárnaso y la cambia por la mía—. Tío, ahora tienes que volar. ¿Me entiendes? Por tus hombres.

—Ni siquiera se tiene en pie —insiste Hárnaso—. Necesita un médico y un transporte aéreo.

—Aparta —le espeta Muecas.

—¿Y tú quién eres?

—Muecas.

—Mentira.

—Es cierto —dice Rhonna—. Mickey.

—Ah. Bueno, ahora soy yo quien está al mando, dorado —dice Hárnaso—. Darrow necesita...

—A menos que tengas una capa, no es de tu manada. Forma parte de la mía desde que tengo dieciséis años. Tienes una batalla que terminar, señor.

Hárnaso da un paso hacia él y le pone un dedo a escasos centímetros de la cara.

—Metedlo dentro de algún sitio y mantened a ese hombre con vida.

—¿Hombre? —Muecas se ríe—. Hic est Lupus, hijo de puta.

Hárnaso se va.

—Apóyate en mi brazo, tío.

Noto que Rhonna asume mi peso. No es capaz de soportarlo todo, así que Muecas se me acerca por el otro lado.

—Te tengo, jefe. Despacio y con cuidado. Un poco de drama y listo, ¿verdad?

Rodeado de mis Aulladores supervivientes, me elevo en el aire. El ejército mellado que está entrando en la ciudad emite una oleada de rugidos exhaustos cuando ven nuestras andrajosas capas de lobo volando hacia el Monte de Votum. Cuando llegamos al Monte, los Aulladores me posan cerca del final del tramo de escalones cubiertos de arena. La plaza que hay debajo está abarrotada de hombres armados que llevan a los heridos a los puestos de triaje. Los cañones de los titanes retumban cerca del puerto espacial.

No puedo caminar por mi propio pie, pero mis Aulladores se aprietan tanto a mi alrededor que parece que estuviera ileso. Los moribundos me llaman. Me detengo cuando puedo, pero Muecas y Rhonna no tardan en arrastrarme hacia la cámara de recepción de la familia Votum. Es el único lugar que puede proporcionarnos privacidad. Bajo las estatuas de dorados pintarrajeados, me derrumbo en las escaleras de piedra, demasiado cansado y herido para que mis Aulladores se atrevan a quitarme la armadura. Me visita un médico. No lo conozco. Lo amenazo con matarlo si intenta hacerme dormir. Muecas lo amenaza con cortarle las pelotas si me muero. Rhonna le da unas palmaditas en el hombro. El medicamento que me administra el hombre me alivia la tensión del pecho. Estoy entumecido por el cansancio, pero a través del agujero triangular que hay en el techo veo caer la noche. Los gritos, los disparos y los gemidos de las máquinas se filtran desde la oscuridad.

Durante las primeras horas de la noche, se produce una conmoción en el pasillo exterior. Muecas va a ver de qué se trata. Rhonna está sentada en los escalones por debajo de mí, sin hablar, con un arma en el regazo a pesar de que los Aulladores montan guardia alrededor de todo el edificio. Tiene coágulos de sangre en el lado derecho de la cabeza. Las magníficas puertas dobles se abren hacia dentro y aparecen Hárnaso y Colloway. Thraxa au Telemanus irrumpe tras ellos, marrón de polvo y sangre, con la armadura agujereada como la estopilla. Arroja un puñado de estandartes dorados al suelo. Decenas de legionarios más entran tras ella, todos cargados con un montón de estandartes enemigos, algunos con el guantelete de un dorado todavía aferrado al palo. Los apilan hasta que la montaña es aún más alta que la propia Thraxa. La guerrera junta los talones, levanta el puño quemado y declara:

—Victoria.


Es más fácil encontrar hombres voluntarios para morir

que encontrar a los que están dispuestos a soportar el

dolor con paciencia.

JULIO CÉSAR

18
VIRGINIA
Soberana

Medio cegada, clavo la mirada en un pelotón de fusilamiento de cámaras con las lentes como ojos de mosca. Al otro lado del ventanal, detrás de mi escenario, las estaciones de batalla y las naves de guerra flotan más allá de la atmósfera superior de la Luna.

Ocho mil millones de ojos sobre mí.

—Ciudadanos de la República, soy vuestra soberana. Acudo a vosotros con terribles noticias procedentes del acorazado de la armada Eco de Ares. El pasado viernes por la noche, el tercer día del mensis Martius, recibí un informe de los valientes hombres y mujeres de la División de Reconocimiento de la República. Dicho informe, recopilado gracias a nuestra red humana y mecánica de sensores, telescopios, naves exploradoras e informantes que se extiende a lo largo y ancho de todo el Núcleo, indicaba que la Sociedad estaba llevando a cabo una operación militar a gran escala en la órbita de Mercurio. La más importante en cuanto a equipamiento bélico y número de soldados desde la batalla de Marte, hace cinco largos años. Consideré que lo mejor para el interés público era que esta información se mantuviera en secreto hasta que se alcanzara una resolución.

»Mi corazón más oscuro temía que me correspondiera anunciar el mayor desastre militar de nuestra corta pero celebrada historia. Pensé, y muchas mentes cultivadas, tanto civiles como militares, estuvieron de acuerdo conmigo, que toda la Fuerza Expedicionaria de la República quedaría destruida por los bombardeos orbitales, fracturada en centurias aisladas y diezmada por la artillería, la enfermedad, el hambre y la sed. Que las Legiones Libres, el corazón palpitante de esta gran empresa humana que ha roto las cadenas de la Luna, la Tierra y Marte y en torno a la cual íbamos a construir futuras legiones de libertad, perecerían bajo una Lluvia de Hierro en los desiertos y las montañas de Mercurio.

»Ahora me presento ante vosotros con esta preciada palabra en los labios. «Victoria». Atacadas desde todos los flancos, bombardeadas desde el cielo, sin disponer del apoyo de buques de guerra ni de satélites y decuplicadas en número por la fuerza aérea enemiga, las Legiones Libres destrozaron el orgullo de la hueste enemiga, rodearon y destruyeron la mayor parte de su vanguardia contra los muros de Heliópolis y, en contra de las abrumadoras probabilidades, sobrevivieron. Se trata de una victoria... rotunda, pero no eterna.

»Este no es el momento de felicitarnos, ni de asegurar que somos responsables de este milagro. Solo somos responsables de esta crisis. Cautivados por las falsas promesas de un enemigo plenipotenciario, hemos dejado que nuestra determinación se debilite. Nos hemos permitido tener fe en las mejores virtudes de nuestro enemigo y en que la paz con los tiranos es posible.

»Esa mentira, por muy seductora que fuera, ha demostrado ser una cruel maquinación del arte de gobernar diseñada, perpetrada y ejecutada por la recientemente designada dictadora de la Sociedad Remanente, Atalantia au Grimmus. Bajo su hechizo, nos comprometimos con los agentes de la tiranía. Le dimos la espalda a nuestro general más excelso, a la espada que rompió las cadenas de la esclavitud, y le exigimos que aceptara una paz que él sabía falsa.

»Cuando se negó, le gritamos «¡Traidor! ¡Tirano! ¡Belicista!». Por temor a él, trajimos de vuelta a los efectivos de la Guardia Doméstica de la Flota Blanca desde Mercurio hasta la Luna. Con el Eco de Ares y su grupo de batalla sometidos a reparación en Fobos, dejamos a la emperadora Aquarii con apenas la mitad de sus fuerzas para luchar contra la pérfida dictadora. Ahora, su flota, la flota que liberó todos nuestros hogares, está suspendida en el espacio convertida en despojos. Doscientas de vuestras naves de guerra destruidas. Miles de vuestros marineros asesinados. Millones de vuestros hermanos y hermanas abandonados. Miles de billones de vuestras riquezas desperdiciados. Y no en virtud de las armas enemigas, sino por las peleas de vuestro Senado.

Señalo a los cuarenta y cinco capitanes azules del grupo de batalla del Ares y a los veintiocho iracundos centuriones de la Séptima Legión de mi esposo, que están detrás de mí. Mientras sus hermanos mueren en el Ladón, la legión agoniza en la Luna, atrapada aquí tras ser convocada para desfilar en el Triunfo en honor a la liberación de Mercurio, nada más y nada menos. Un Triunfo encargado por el Senado. No les ha hecho gracia la ironía. Y a mí no me ha hecho gracia que Sevro prefiera desempeñar el papel de padre vengador a acompañarlos. Muevo la mano en dirección a los nobles soldados.

—El Eco de Ares, su grupo de batalla y la Séptima zarparán hacia Mercurio dentro de cuatro días. El Senado dice que navegarán solos. Lo más seguro es que perezcan a manos de la Armada de la Ceniza. Pero aun así se embarcan, porque no abandonan a los suyos.

»Si estuviera en mi poder, enviaría todo el poder de nuestras flotas de defensa planetaria para ayudarlos en este empeño. Pero no está en mi poder. Ese poder reside en vuestro Senado. Desde el comienzo de esta crisis, los he instado a utilizarlo. A reforzar esta flota de rescate con naves de la Tierra y de la Guardia Doméstica de la Luna o de la Guardia Eclíptica de Marte. Los demagogos del Vox Populi han rechazado mis esfuerzos una y otra vez. Se niegan a actuar. Y no les falta vuestro apoyo.

»A lo largo de estos últimos meses, en los pasillos del Senado, en las calles de Hiperión, en los canales de noticias de toda nuestra República, he oído decir que deberíamos abandonar a estos hijos e hijas de la libertad, a estas Legiones Libres. He oído que se referían a ellas, en público, sin vergüenza, como las «Legiones Perdidas». Las habéis dado por perdidas a pesar de la valentía de la que han hecho gala, de la resistencia que han mostrado, de los horrores que han sufrido por vosotros. Las habéis dado por perdidas porque tememos que renunciar a nuestras naves provoque una invasión. Porque tememos volver a ver el hierro de la Sociedad sobre nuestros cielos. Porque tememos arriesgar las comodidades y libertades que los hombres y mujeres de las Legiones Libres ganaron para nosotros con su sangre...

»Os diré lo que temo yo. ¡Temo que el tiempo haya diluido nuestro sueño! ¡Temo que, rodeados de comodidades, creamos que la libertad está garantizada por su propia naturaleza! —Me inclino hacia delante—. Temo que la mansedumbre de nuestra determinación, las disputas y las murmuraciones de las que tan decadentemente nos hemos atiborrado, nos priven de la voluntad unitaria que hizo avanzar el mundo hacia un lugar más ecuánime, en el que el respeto a la justicia y a la libertad ha encontrado un punto de apoyo por primera vez en un milenio.

»Hemos permitido que nuestra unión se erosione hacia el tribalismo. Acaparamos nuestra riqueza. Abandonamos nuestros votos a favor de la violencia. Montamos berrinches en lugar de apretar los dientes con un propósito común. —Me quedo callada un instante y me aseguro de que esto destaque, consciente de que la reina del Sindicato, dondequiera que esté, comprenderá mi declaración de guerra—. Ayudamos a nuestro enemigo. Ahora incluso las organizaciones terroristas, como el Sindicato de la Luna y sus franquicias, roen nuestros cimientos como termitas al canalizar el helio-3 hacia los vientres de las máquinas de guerra de la Sociedad y las naves de los piratas ascomanni.

Los reporteros murmuran desde las sombras, bajo sus cámaras dron.

—Temo que en esta desunión nos hundamos de nuevo en la terrible época de la que escapamos, y que la nueva edad oscura sea más cruel, más siniestra y más prolongada a causa de la malicia que hemos despertado en nuestros enemigos.

»Creo que esta verdad es manifiesta: las Legiones Libres no están perdidas. —Golpeo el atril con el puño—. Aunque nosotros las abandonamos, ellas no nos han abandonado a nosotros. No han cedido a la desesperación. En la gelidez de nuestra deserción, a la sombra de las nubes atómicas, triunfaron. Pese a todo. Pero aun con esta victoria, su tiempo es corto. Han doblegado la espada de Atalantia, pero no su voluntad. Obligados a retroceder hacia la ciudad de Heliópolis y sus tierras adyacentes, millones de hombres y mujeres libres se atrincheran para enfrentarse a la embestida de las divisiones acorazadas enemigas. Se les agotan las provisiones. Están rodeados. Los superan en número. Lo han arriesgado todo para protegeros. Ahora os toca a vosotros arriesgar algo por ellos.

»Os conmino, pueblo de la República, a permanecer unidos. A que supliquéis a vuestros senadores que rechacen el miedo. A que rechacéis este letargo de interés propio. A que no tembléis con miedo primario ante la idea de una invasión, a que no dejéis que vuestros senadores acaparen vuestras riquezas para sí y se escondan detrás de vuestras naves de guerra, sino a que convoquéis a los ángeles más iracundos de sus espíritus y enviéis todo el poderío de la República a derribar los motores de la tiranía y de la opresión del cielo de Mercurio y a rescatar a nuestras Legiones Libres.

Dejo que el silencio se extienda hasta el corazón de los libres, y hasta el mío. Hubo un momento antes de esta fatalidad. Un momento que atesoro cerca de mí, como la última vela en un día oscuro. Un momento de paz en el que Darrow todavía no era mi marido y nos sentamos en las arenas de la Tierra para ver a Sevro y a Victra nadar hasta los nidos de águila que había entre las columnas de roca del mar. Darrow tenía a Pax en brazos. Acababan de conocerse. Pero ya lo amaba porque era mi hijo, y poco a poco fue dándose cuenta de que también era su hijo, el hijo que hicimos juntos.

Pegó la oreja al pecho de Pax para escuchar los latidos de su corazón. Entonces me contó lo que sintió al declarar esta guerra en las Colmenas de Fobos. Que no había estado lo bastante cerca para oír cómo se debilitaban los latidos del corazón de su padre, ni los de Eo. Pero que, en ese momento, sentía el corazón de su gente latiendo en la oscuridad. Que en el latido del corazón de nuestro hijo, volvía a oírlos todos de nuevo.

Nunca he igualado el espíritu de mi marido. Durante muchos años, me he guiado por la culpa, por el deber, rara vez por el amor, sin dejar nunca de temer que la frialdad de mi sangre antigua me despojara para siempre de la pasión de escuchar el pulso de la gente.

Pero ahora lo oigo. Lo oigo cuando los corazones libres laten detrás de mí. Cuando laten en las literas de las naves antorcha que patrullan los confines del espacio libre. Cuando laten en las vetas sombreadas de las minas de asteroides, en los tugurios humeantes de los almacenes de comercio del interior, en los transportadores de mena, en las estaciones del espacio profundo, en las traqueteantes líneas de montaje de Fobos donde se fabrican las naves que protegen nuestra libertad. Lo oigo en las megalópolis de Marte, en las calles devastadas de la Olimpia caída, en los tempestuosos bazares de vino de Tesalónica, en la sombra silenciosa de la Ciudadela de Agea, desde donde una vez mi padre oprimía la garganta de un planeta y en la que ahora se alza un monumento a la muchacha rebelde que él colgó e hizo inmortal. Los oigo en la jungla de Ciudad del Eco. En las agujas brillantes del Viejo Tokio. En los campos de entrenamiento marcial de Nueva Esparta.

Pero también los siento desvanecerse en los campos de asimilación, en las prisiones rebosantes, en las ciudades rotas, en los bloques de apartamentos atestados de trabajadores que han perdido su objetivo de progresar, en las hordas salmodiantes de Vox que taponan las calles de la Luna y en los pasillos del poder, donde los senadores susurran a cuánto asciende su precio.

Pronto esos corazones que se debilitan se unirán a las cenizas de Nueva Tebas en su silencio. Se unirán a los sectores mineros convertidos en necrópolis por la Guerra de las Ratas, a los escombros que la Guerra de Bloques dejó esparcidos al oeste de Hiperión y a las tormentosas tierras irradiadas del Helios. Me temo que mis súbditos volverán a sus preocupaciones privadas después de este discurso. Siempre sucede lo mismo. Las miradas se alejan y el brillo insípido vuelve a dominar la transmisión.

—Hermanos y hermanas. —Está a punto de fallarme la voz porque siento más que nunca la ausencia de la mano de mi esposo sobre mi hombro. Mi hijo no estará esperándome en la lanzadera para criticar mi intervención—. Hermanos y hermanas... amanecerá un día en que estas horas hostiles, estos días de odio y violencia, os parezcan el más tenue de los recuerdos, pero el camino para salir del infierno es oscuro, empinado y largo. Así que no os canséis, no desesperéis, no abandonéis a vuestros hermanos, y no olvidéis que, a través de esta oscuridad, nosotros y solo nosotros somos los portadores de la luz de la libertad. Debemos defenderla con todas y cada una de las células de nuestro cuerpo. Si no es ahora, ¿cuándo? Si no somos nosotros, ¿quién? —Cierro la mano en un puño y lo levanto en señal de saludo—. Hail libertas.

En la parte de atrás de la sala, más allá del circo hastiado, un viejo conserje rojo pierde la compostura y grita con todas sus fuerzas:

—Hail, Segador.

Se le suman algunas voces más.

—¡Hail, Segador!

Y cada vez más hasta que la mitad de la habitación grita la invocación a mi marido. Pero el resto permanece sumido en un silencio pétreo.

En ese momento, a trescientos ochenta y cuatro mil kilómetros de mi corazón, en órbita a unos mil kilómetros por encima del rebelde continente de Pacífica del Sur, una nueva batería de cañones de riel gemelos llamados «Los gemelos de Pacífica del Sur» en honor al hijo y a la hija favoritos de la Tierra, apuntan sus respectivas miras telescópicas hacia una franja de espacio vacío situada diez días más allá de la trayectoria orbital de Mercurio y disparan con toda su potencia. Los proyectiles envueltos con un polímero antidetección se lanzan al vacío a trescientos veinte mil kilómetros por hora, cargados no de muerte, sino de suministros, de medicamentos para la radiación, de máquinas de guerra y, si mi esposo está vivo, de un mensaje de esperanza.

«No te hemos abandonado. Iré por ti.

»Hasta entonces, aguanta, mi amor. Aguanta».

19
VIRGINIA
Estilete

La Luna es un sueño, un ruido, un derroche de luz, una sopa, un fanfarroneo, una madre, un vampiro, una adicción, un mendigo, un lamento, un suburbio de Hiperión y un recuerdo del futuro que pensamos que queríamos. Una docena de flotas tiemblan en los charcos sucios de sus calles empapadas de lluvia, solo para ser destrozadas por las botas de media caña que llevan los niños de cuatro planetas y treinta lunas. Acuden a ella en masa para escalar su caos de escaleras humanas y metálicas. Son genios, arquitectos, idiotas, estafadores, señores de la guerra, los perdidos, los hallados, los indiferentes. Y con indiferencia, ella espera, palpita, late, pulula, asfixia promete y roba.

La llaman la Ciudad de la Luz, pero nadie la llama hogar.

—¿Qué significa la Luna para ti, centurión? —pregunto desde el interior de mi oficina privada a bordo del Orgullo Uno mientras descendemos.

Holiday ti Nakamura se crio en las soleadas costas de Pacífica del Sur, donde no había un edificio más alto que un granero en cien kilómetros a la redonda. La he nombrado dux de mi Guardia del León, la unidad de guardaespaldas de élite extraída de las legiones de mi casa. Ella es la única terrana entre mil marcianos. Que ni un solo hombre cuestione su designación es prueba suficiente de su reputación. La llaman Seis, siguiendo el viejo sistema de pilotaje en el que la dirección se corresponde con la hora del reloj, lo cual significa que siempre te cubre las espaldas.

—Arenas movedizas —responde con respecto al satélite.

La respuesta refleja el espíritu frío de la mujer. De todos los instrumentos de mi marido, es a Nakamura a la que más he envidiado. Reputación, pero poco ego. Flexible, pero irrompible. Brutal, pero no cruel. Durante estas últimas semanas, ha dirigido con destreza la investigación sobre el secuestro de mi hijo. Cuando su lanzadera cayó durante el intento fallido de rescate de Efraín ti Horn, fue como si la Luna se hubiera tragado a Pax y a Electra. Luché contra todos mis impulsos de destrozar la ciudad hasta encontrarlos, sabedora de que una estampida de la inteligencia de la República alteraría las miguitas de pan. Holiday era el bisturí que necesitaba.

—¿Y para ti, señora? —pregunta mientras vuelve a guardarse la terminal de datos en la funda del brazo.

¿Qué significa la Luna para mí? Cómo responder a eso. Mil cosas.

—Renovación. —Atisbo su sonrisa burlona en la ventana. Como Daxo, no soporta los sentimientos vacíos—. Tal vez algún día llegue a ser cierto. Mi madre amaba la Luna, de hecho. Antes de decidir que tirarse por un precipicio y abandonarnos era preferible a pasar un solo día más casada con mi padre, me dijo que la Luna era un lugar mágico, puesto que era el único sitio en el que hasta Nerón au Augusto tenía que agacharse. Por supuesto, se refería a que tenía que inclinarse ante Octavia. Un pensamiento reductor, en realidad.

Holiday espera a que me explique. La aprecio más de lo que piensa. Sobre todo desde hace unos días. El peligro tácito del poder es la recepción de pavoneos interminables y exhaustivos. Al contrario que la mayoría, Holiday no está esperando su oportunidad de mostrar las plumas como un pavo real. Ella escucha porque ha oído el ruido suficiente para saber que la verdad, en caso de aparecer, llega con pasos pequeños y silenciosos.

Me acerco a la ventana.

—Aquí hay algo —le digo—. Algo... más que carcomía a Octavia. Conoces esa sensación, centurión. —Me vuelvo para mirarla. Los dientes de diamante de los rascacielos se reflejan en sus ojos cuando pasamos ante la Aguja del Cénit de Quicksilver—. Esta luna está hambrienta.

Emite un pequeño sonido de aprobación cuando perforamos la capa de nubes.

Por debajo de ella, Hiperión bulle en una existencia maníaca. Por miedo a las naves doradas que hay en sus cielos, los manifestantes atestan las calles. Ha estallado la violencia entre las facciones callejeras de los optimates y Vox. Las sirenas de los vigilantes bañan el cielo de verde y plata. Los tranvías están cerrados a causa de las huelgas, así que ahora solo fluyen las arterias aéreas.

—¿Has oído hablar alguna vez del estilete de Silenio? —pregunto.

—Después de la Conquista de la Tierra, las casas poderosas se dedicaron a apropiarse de los terrenos —responde Holiday—. Silenio se enfrentó a un dilema. A su izquierda, la anarquía. A su derecha, la tiranía. En vez de eso, encontró el estrecho camino del medio. Apenas lo bastante ancho para acomodar el filo de un estilete.

—Vaya, Vaya. Mira quién ha sacado tiempo para leerse las Meditaciones.

—Si Virginia au Augusto le entrega a una persona algo que leer y esa persona no lo lee, no merece la licencia, señora.

La miro arqueando una ceja.

—¿Hablas con tu marido en esa lengua de cobre?

Esboza una sonrisa amplia.

—En ese caso, esa persona es idiota de cojones, señora.

Sonrío. Los cumplidos rudos son los mejores.

—Pienses lo que pienses de su política, Silenio era sabio. Sabía que la paciencia es el centro de la astucia. Teodora ha descubierto que el senador Basilus ha estado aceptando sobornos de Industrias Sol. Voy a permitirle que se retire a su casa de Ciudad del Eco el mes que viene. Necesitaré sustituirlo antes de que acabe el año.

Parpadea cuando capta mi intención.

—No sé si una toga me quedaría bien, señora.

—¿Cuántos senadores han sido dragones pretorianos que además son capaces de citar las Meditaciones de Silenio? Ni uno, diría yo. Aparte de Rhone ti Flavinio, eres la gris viva más famosa. Y la Tierra te ama. —Le pongo una mano en el hombro a la mujer más baja. Tiene la misma constitución que un pitbull, ¿verdad? No tiene cuello—. Necesitamos símbolos, Nakamura. Los viejos se están desgastando con el uso. Dime que te lo pensarás.

Asiente obedientemente, pero, como todos los verdaderos soldados, duda que vaya a sobrevivir el tiempo suficiente para tener que tomar la decisión. Por mucho que la valore a mis seis, desearía que estuviera con mi marido en Mercurio. Y Sevro también, ya puestos. Mi esposo necesita una conciencia sobre el hombro. No puede decirse que Thraxa y Orión sean una influencia pacificadora. En cuanto a Hárnaso, bueno, como el perro y el gato.

Una llamada entrante destella en mi terminal de datos. Nakamura se dirige hacia la puerta para darme privacidad.

—Espera. —Señalo una de las sillas de ranadio que descansan ante mi escritorio—. Querré conocer tu opinión después.

Cuando se sienta, abro la llamada en el proyector del escritorio. Aparece el cuerpo de Dancer de cintura para arriba. Está en una lanzadera. Una chaqueta de color rojo oscuro y con el cuello alto sustituye su odiada toga. El viejo rojo tiene aspecto de llevar semanas sin pegar ojo. ¿Cómo podría dormir conmigo presionándolo para la votación y con su izquierda radical solidificándose en torno a la archiemperadora Zan, la comandante azul de la flota de defensa de la Luna? Como decía mi padre: «Nunca confíes en el hombre que duerme estando bajo asedio. O es perezoso o es desleal».

—Vaya, pero si es la leal oposición —digo con una sonrisa.

—Mi soberana. —Pronuncia la palabra como si no tuviera más peso que «café» o «cacahuete»—. Debo decir que, para ser un kilo de mierda de víbora dorada de la Palatina, esa maldita oratoria no ha estado nada mal. ¿Churchill?

—Si los humanos no han cambiado, ¿por qué deberían hacerlo los discursos?

A pesar del lentigo solar y de las profundas arrugas de su cara, sigue siendo el rojo más atractivo que he visto en mi vida. Esboza una mueca.

—Debo decir que es extraño. Ya me han llamado traidor otras veces. Daxo, Quicksilver, Orión. Jamás sospeché que me escocería tanto viniendo de ti.

—Yo no te he...

—Virginia.

—Supongo que te lo he llamado. —Me quito una pelusa invisible del puño de la chaqueta y suspiro—. No es más que una estratagema retórica, te lo aseguro. —No es ningún traidor. Solo tiene miedo, pero si acuso de eso a un hombre rojo, me morderá y se aferrará como una garrapata—. No tiene por qué ser así, ya lo sabes. Tú y yo florecemos cuando cooperamos.

—Hemos tenido nuestros momentos.

—Pero.

—Allá va...

—Pero nuestro sistema no está funcionando como debería. La división del mando militar es un error que nos veíamos venir, pero aun así lo pasamos por alto porque pensamos que todos íbamos en la misma dirección. Una irresponsabilidad por nuestra parte, pero comprensible. Hechos: nuestro enemigo puede responder con mayor urgencia y discreción que nosotros, y no todos los senadores valoran la prosecución de la guerra por encima de la permanencia de sus togas. Necesito poder dirigir esta guerra de manera eficiente.

Sabe que admiro el diálogo respetuoso y habla en un tono neutro y uniforme.

—Virginia, el objetivo del Senado era ser inconveniente. Un freno al despotismo. Lo sabes tan bien como yo: el ejecutivo se queda todo lo que consigue. Para siempre. Tú eres comedida. Eres considerada. Si te concedemos el control temporal de las flotas de defensa, es posible que esta vez funcione. Es posible. Pero tu hamartia es que piensas que la sabiduría es contagiosa. Y no lo es, joder. Tú no serás la soberana siempre. ¿Y si Daxo es el siguiente?

—O Zan —sugiero.

—O Zan. —Se frota la mandíbula cuadrada—. La única persona, aparte de ti y de mí, que no arrasaría el mundo es Publio. Ese capullo mojigato.

Cómo odian los rojos a los cobres.

—¿Publio? Ja. Se limitaría a pasarse el día dando discursos sobre el deber cívico —contesto.

—Y sopa a los pobres.

—Siempre y cuando haya cámaras.

—Por supuesto. —Nos unimos en una sonrisa socarrona, y luego volvemos a nuestras respectivas esquinas. Dancer continúa—: Hablaré sin rodeos. Sabes que adoro las Legiones Libres. Son los mejores de Marte. Sabes que quiero a Darrow como a un hijo. Pero se ha ido, Virginia. Lo enterré en cuanto me enteré de que había aterrizado en Tyche. Abandona esta cruzada, por el bien de todos nosotros.

Vi el discurso que dio denunciando mis primeros intentos de enviar una flota. Parecía que estuviera eligiendo el barniz para el ataúd de su propio hijo. La culpa debe de estar devorándolo.

—Si está vivo, está rodeado —prosigue—. Atalantia lo utilizará a modo de cebo. Esto no es más que otra trampa. Tenemos más naves, pero solo si dejamos un planeta vulnerable. Nos atraerán hacia el exterior, nos alejarán de nuestras armas orbitales y nos matarán, o se limitarán a pasar de largo y destrozar los planetas. Somos vulnerables en ataque, fuertes en defensa. ¿Quién nos queda que pueda igualar a Atalantia y sus pretorianos dorados en el espacio? ¿Zan?

Niega con la cabeza.

—Atalantia se la comerá viva.

—Kavax, Níobe y las matriarcas de Arcos liderarán la flota.

—Dorados contra dorados. —Odia preguntarse cómo es posible que siempre termine así, porque sabe la respuesta—. Ni uno solo de los nuestros baja de los sesenta. Atalantia está en la flor de la vida. Áyax es un terror en alza. Y Atlas... El hecho es que disponen de quinientos efectivos que harían que hasta Nakamura corriera en una pajita de carne.

Al viejo soldado le encantan los coloquialismos. Este se refiere a una batalla cuerpo a cuerpo en la que los dos bandos sueltan a sus respectivos hombres en los extremos opuestos del pasillo de una nave, hasta que uno ellos se queda sin aliento, o sin hombres. Es un término de infantería, así que es bastante asqueroso.

—Más bien cinco mil —murmura Nakamura.

No es una bravuconada. Imita el gesto de un francotirador, su única salvación contra los depredadores de la cúspide de mi raza. La he visto derribar a un Único en un enfrentamiento directo. También sé el precio que pagó. Tiene las piernas biónicas del fémur para abajo. Al menos le hacen juego con el ojo de robot.

—Y luego está el polluelo de Aja —murmura Dancer—. ¿Qué pasa si Áyax se sube a bordo del Reynard? Kavax apenas puede pasear por el jardín.

Él sabe lo que yo sé. Darrow era la fuerza de la naturaleza sobre la que cabalgábamos hacia una victoria tras otra. Sin embargo, siempre que los legados o los pretorianos dorados capturaban a nuestros otros líderes en el campo, los hacían picadillo sin excepción. Querer que los colores inferiores sean iguales a los Únicos en la guerra no quiere decir que lo sean.

Sin Darrow, no confía en nuestras armas. Pero el riesgo es necesario.

—Dancer, mi esposo y las Legiones Libres son nuestros dos símbolos más importantes. Si la República abandona a las Legiones Libres, Marte pierde la confianza en la Luna. Entonces la Luna cae ante Atalantia. Atalantia toma la Tierra. Marte se queda solo. Y, finalmente, Marte también cae. Danos una alternativa. Una solución intermedia. Enviaré mis propias naves, las de Kavax, Arcos, pero necesito cien navíos de línea de las flotas de defensa para tener una oportunidad contra Atalantia. Eso es menos de un tercio de la flota de la Luna.

—¿Y si perdéis?

—No lo haremos.

Permanece sentado en silencio, frotándose las manos ingentes. El movimiento se ralentiza a medida que su decisión va tomando forma. Oigo que la puerta se cierra antes incluso de que él levante la cabeza. He perdido mi oportunidad, o puede que en realidad nunca llegara a existir.

—No puedo arriesgarme a que esas bombas atómicas alcancen la Luna —dice—. Puede que odie este pantano humano, pero está poblado hasta los topes.

—Entonces te deseo buena salud y mala suerte.

—Espera, Virginia. —Detengo la mano a medio camino de la terminal de datos cuando Dancer se inclina hacia delante y, con una voz que apenas es más que un susurro, me dice—: Sabes que esto empeorará. Si por alguna razón me caigo de un balcón o me como una espina de pescado rebelde...

Mete el dedo en la llaga.

—Qué lástima. Yo nunca te confundo con Harmony, pero después de todo este tiempo, tú sigues pensando que soy mi padre. ¿O mi hermano?

—No eres tú. Es tu gente.

—Supongo que te refieres a Daxo.

—Y a Teodora, a la Séptima, a los Arcos.

—Los tengo bajo control.

Si supiera que Sevro está aquí y fuera de control, se estaría cagando encima.

—Eso o es una mentira gordísima, o te estás bebiendo tu propio orín. Tú y yo sabemos que Darrow y el Segador son dos cosas distintas por completo. Y el Segador no se abrió paso a dentelladas por la Sociedad porque fuera mejor estratega militar que el Señor de la Ceniza. Su don es hacer que los hombres se vuelvan locos. Lo has visto.

Lo he visto. Pilotos de combate que entran en modo «Polifemo» y vuelan directos contra los puentes de las naves antorcha enemigas en cuanto los dorados los colocan en el centro de las naves. Colores inferiores sin armadura que usan su cuerpo destrozado para lastrar a los dorados y que sus compañeros puedan acabar con ellos, como sabuesos tras un puma, aullando el nombre de mi marido.

—No dejé de llevar un rifle porque me hiciera viejo o porque me pesara demasiado —dice—. Lo hice para contrarrestar el peso del Segador como nunca conseguí hacerlo en las legiones. Algunos piensan que es literalmente un dios. Si creen que él lo desea... masacrarán ciudades. Me asesinarán.

Hay una fragilidad en Dancer que va más allá del cansancio de la carne. Una cualidad que nunca me había permitido ver hasta ahora. Pero lo frágil no es débil. Es un espíritu acorralado demasiado agotado para cualquier cosa que no sea asestar un golpe asesino.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
13 ноября 2024
Объем:
1134 стр. 8 иллюстраций
ISBN:
9788427222342
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Bookwire
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Вторая книга в серии "Oro y ceniza"
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