Читать книгу: «Azul de Prusia»

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Título original: Prussian Blue

© Philip Kerr, 2017.

© de la traducción: Eduardo Iriarte Goñi, 2018.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO292

ISBN: 9788491871118

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

1. OCTUBRE DE 1956

2. OCTUBRE DE 1956

3. OCTUBRE DE 1956

4. OCTUBRE DE 1956

5. OCTUBRE DE 1956

6. ABRIL DE 1939

7. ABRIL DE 1939

8. ABRIL DE 1939

9. ABRIL DE 1939

10. ABRIL DE 1939

11. ABRIL DE 1939

12. ABRIL DE 1939

13. ABRIL DE 1939

14. ABRIL DE 1939

15. ABRIL DE 1939

16. ABRIL DE 1939

17. ABRIL DE 1939

18. ABRIL DE 1939

19. ABRIL DE 1939

20. ABRIL DE 1939

21. OCTUBRE DE 1956

22. ABRIL DE 1939

23. ABRIL DE 1939

24. ABRIL DE 1939

25. OCTUBRE DE 1956

26. ABRIL DE 1939

27. ABRIL DE 1939

28. ABRIL DE 1939

29. ABRIL DE 1939

30. ABRIL DE 1939

31. ABRIL DE 1939

32. OCTUBRE DE 1956

33. ABRIL DE 1939

34. ABRIL DE 1939

35. ABRIL DE 1939

36. ABRIL DE 1939

37. ABRIL DE 1939

38. OCTUBRE DE 1956

39. ABRIL DE 1939

40. ABRIL DE 1939

41. ABRIL DE 1939

42. ABRIL DE 1939

43. OCTUBRE DE 1956

44. ABRIL DE 1939

45. ABRIL DE 1939

46. ABRIL DE 1939

47. ABRIL DE 1939

48. ABRIL DE 1939

49. OCTUBRE DE 1956

50. ABRIL DE 1939

51. ABRIL DE 1939

52. ABRIL DE 1939

53. ABRIL DE 1939

54. ABRIL DE 1939

55. ABRIL DE 1939

56. OCTUBRE DE 1956

57. ABRIL DE 1939

58. ABRIL DE 1939

59. ABRIL DE 1939

60. ABRIL DE 1939

61. ABRIL DE 1939

62. OCTUBRE DE 1956

63. ABRIL DE 1939

64. ABRIL DE 1939

65. ABRIL DE 1939

66. OCTUBRE DE 1956

67. ABRIL DE 1939

68. ABRIL DE 1939

69. ABRIL DE 1939

70. ABRIL DE 1939

71. OCTUBRE DE 1956

NOTA DEL AUTOR Y AGRADECIMIENTOS

KERR PHILIP

NOTAS

ESTE LIBRO ES PARA MARTIN DIESBACH, QUE NO ES PARIENTE MÍO SINO UN MUY BUEN AMIGO, CON QUIEN SIEMPRE ESTOY EN DEUDA.

No soy tan débil como para someterme a las exigencias de la época cuando van en contra de mis convicciones. Tejo un capullo a mi alrededor; que los demás hagan lo propio. Dejaré que el tiempo revele qué brotará: una brillante mariposa o un gusano.

CASPAR DAVID FRIEDRICH

1
OCTUBRE DE 1956

Era final de temporada y la mayoría de los hoteles de la Riviera, incluido el Grand Hôtel Cap Ferrat, donde yo trabajaba, habían cerrado por el parón invernal. No es que el invierno fuera gran cosa en esa parte del mundo. No como en Berlín, donde el invierno es más un rito de paso que una estación: no se es un berlinés de verdad hasta que no se ha sobrevivido a la amarga experiencia de un interminable invierno prusiano. El célebre oso danzarín que se ve en el escudo de armas de la ciudad solo intenta entrar en calor.

Por lo general, el hotel Ruhl era uno de los últimos de Niza en cerrar porque tenía un casino y a la gente le gusta apostar haga el tiempo que haga. Quizá deberían haber abierto un casino en el cercano hotel Negresco, al que el Ruhl se parecía, solo que el Negresco estaba cerrado y tenía todo el aspecto de ir a permanecer así el año siguiente. Había quien decía que iban a convertirlo en apartamentos, pero el conserje del Negresco —que era conocido mío y un esnob de mucho cuidado— aseguraba que le habían vendido el establecimiento a la hija de un carnicero bretón. No solía equivocarse en asuntos de esta índole. Se había ido a Berna a pasar el invierno y seguramente no volvería. Iba a echarlo de menos, pero mientras aparcaba el coche y cruzaba la Promenade des Anglais en dirección al hotel Ruhl lo cierto es que no estaba pensando en eso. Quizá fueran el frío aire nocturno y los cubitos de hielo que había lanzado el barman a la cuneta después de cerrar, pero me sorprendí pensando en Alemania. O quizá fuera la visión de los dos gólems con el cabello al rape plantados ante la grandiosa entrada mediterránea del hotel, comiendo helado en cucurucho y pertrechados con gruesos trajes de Alemania Oriental de esos que se fabrican en serie como si fueran piezas de tractor y palas. Solo con ver a esos dos matones debería haberme puesto en guardia, pero tenía algo importante en la cabeza; me ilusionaba reunirme con mi esposa, Elisabeth, quien, de manera inesperada, me había enviado una carta para invitarme a cenar. Estábamos separados, y ella vivía en Berlín, pero su carta manuscrita —poseía una preciosa caligrafía de estilo Sütterlin, prohibida por los nazis— hacía referencia a que le había caído en suerte algo de dinero. Tal vez eso explicara cómo podía permitirse estar de nuevo en la Riviera y alojada en el Ruhl, que es casi tan caro como el Angleterre o el Westminster. Sea como fuera, me hacía ilusión verla de nuevo, cegado ante la posibilidad de que nos reconciliáramos. Ya había planeado un discurso breve pero digno acerca del perdón. Cuánto la echaba de menos, y qué convencido estaba de que lo nuestro aún era viable. O algo por el estilo. Por supuesto, algo en mi fuero interno también me preparaba para la posibilidad de que hubiera venido con la intención de contarme que había conocido a alguien y pedirme el divorcio. Aun así, me parecía que se tomaba demasiadas molestias: cada vez era más difícil viajar desde Berlín de un tiempo a esta parte.

El restaurante del hotel estaba en el piso superior de una de las cúpulas en las esquinas del edificio. Era quizá el mejor de Niza, y Charles Dalmas lo había diseñado. Sin lugar a dudas era el más caro. No había comido nunca allí, pero tenía entendido que la comida era excelente y esperaba la cena con impaciencia. El maître cruzó a paso discreto el hermoso salón Belle Époque, me recibió ante el atril de reservas y localizó el nombre de mi esposa en la página. Yo ya miraba más allá de él, escudriñando ansioso las mesas en busca de Elisabeth pero sin encontrarla allí todavía. Le eché un vistazo al reloj y caí en la cuenta de que tal vez había llegado muy temprano. En realidad, no escuchaba al maître cuando me informó de que mi anfitrión había llegado. Había recorrido la mitad del suelo de mármol cuando vi que me conducían hacia una mesa reservada en un rincón donde un hombre rechoncho y de aspecto peligroso ya se afanaba en dar cuenta de una langosta bien grande y una botella de borgoña blanco. Lo reconocí de inmediato, y di media vuelta solo para encontrarme con que dos simios me bloqueaban la salida. Tenían todo el aspecto de haber trepado por la ventana abierta desde una de las muchas palmeras de la Promenade.

—No se vaya todavía —dijo uno en voz queda, con un marcado acento alemán de Leipzig—. Eso no le gustaría al camarada general.

Por un momento mantuve el tipo, preguntándome si merecía la pena correr el riesgo de huir hacia la puerta. Pero vi que no estaba ni de lejos a la altura de esos dos tipos, cortados por el mismo tosco patrón que los dos gólems que había visto a la entrada del hotel.

—Así es —añadió el otro—. Más vale que se siente como un buen chico y ni se le ocurra montar una escena.

—Gunther —dijo una voz a mi espalda, también en alemán—. Bernhard Gunther. Venga aquí y siéntese, viejo fascista. No tenga miedo. —Rio—. No voy a pegarle un tiro. Estamos en un lugar público. —Supongo que dio por sentado que en el hotel Ruhl no abundaban los germanoparlantes, y probablemente no andaba equivocado—. ¿Qué podría pasarle aquí? Además, la comida es excelente, y el vino, mejor aún.

Me volví de nuevo y le eché otro vistazo al hombre que seguía sentado y afanándose con la langosta provisto de una tenaza para crustáceos y un tenedor, como si de un fontanero que estuviera cambiando la arandela de un grifo se tratase. Vestía un traje mejor que los de sus hombres —de raya diplomática azul, hecho a medida— y una corbata estampada de seda que solo podía haber comprado en Francia. Una corbata así le habría costado a uno el sueldo de una semana en la República Democrática Alemana, y probablemente un montón de preguntas incómodas en la comisaría local. Lo mismo podía decirse del enorme reloj de oro que relucía en su muñeca como un faro en miniatura mientras hurgaba en la pulpa de la langosta, que era del mismo color que la carne más abundante de sus poderosas manos. Tenía el pelo todavía oscuro en la parte superior pero tan corto en los laterales de su cabeza de martillo de demolición que parecía el solideo negro de un sacerdote. Había engordado un poco desde la última vez que lo vi, y eso que ni siquiera había empezado con las patatas tempranas, la mayonesa, las yemas de espárrago, la salade niçoise, los pepinillos encurtidos y el plato de chocolate negro dispuestos en la mesa delante de él. Con su físico de boxeador me recordó mucho a Martin Bormann, el jefe adjunto del Estado Mayor de Hitler; desde luego era igual de peligroso.

Me senté, me serví una copa de vino blanco y dejé la pitillera en la mesa delante de mí.

—General Erich Mielke —dije—. Qué placer tan inesperado.

—Siento haberlo hecho venir con engaños. Pero sabía que no habría venido de haberle dicho que era yo quien lo invitaba a cenar.

—¿Se encuentra ella bien? Elisabeth. Dígamelo y prestaré oídos a todo aquello que tenga que decirme, general.

—Sí, se encuentra bien.

—Supongo que no está aquí en Niza.

—No, no está aquí. Lo siento. Pero le alegrará saber que se mostró sumamente reacia a escribir esa carta. Tuve que explicarle que la alternativa habría sido mucho más dolorosa; al menos, para usted. Así que no le guarde rencor por la carta. La escribió por un buen motivo. —Mielke levantó un brazo y llamó al camarero con un chasquido de dedos—. Coma algo. Tome vino. Bebo muy poco, pero tengo entendido que este es de los mejores. Lo que usted quiera. Insisto. Invita el Ministerio para la Seguridad del Estado. Pero haga el favor de no fumar. Detesto el olor a tabaco, sobre todo cuando estoy comiendo.

—No tengo hambre, gracias.

—Claro que tiene hambre. Es berlinés. No necesitamos tener hambre para comer. La guerra nos enseñó a comer cuando hay comida en la mesa.

—Bueno, en esta mesa hay comida abundante. ¿Esperamos a alguien más? ¿El Ejército Rojo, por ejemplo?

—Me gusta ver comida en abundancia cuando estoy comiendo, aunque no la pruebe siquiera. Un hombre no tiene que saciar solo el estómago. También tiene que satisfacer los sentidos.

Cogí la botella y examiné la etiqueta.

—Corton-Charlemagne. No está nada mal. Me alegra ver que un viejo comunista como usted sigue apreciando alguna que otra de las mejores cosas de la vida, general. Este vino debe de ser el más caro de la carta.

—Pues las aprecio, y desde luego lo es.

Apuré la copa y me serví otra. Era excelente.

El camarero se acercó con gesto nervioso, como si ya hubiera padecido los efectos de la lengua afilada de Mielke.

—Tomaremos dos filetes muy jugosos —dijo Mielke, hablando buen francés, de resultas, supuse, de los dos años que pasó en un campo de prisioneros francés antes y durante la guerra—. No, mejor aún, tomaremos el Chateaubriand. Y que esté bien sanguinolento.

El camarero se alejó.

—¿Solo prefiere así los filetes? —pregunté—. ¿O también todo lo demás?

—Todavía conserva ese sentido del humor, Gunther. Me sorprende que siga vivo.

—Los franceses son un poco más tolerantes con estas cosas que en lo que irónicamente denominan la República Democrática Alemana. Dígame, general, ¿cuándo va a disolver el gobierno al pueblo y elegir otro?

—¿El pueblo? —Mielke rio y, apartándose un momento de la langosta, se llevó un trozo de chocolate a la boca, casi como si lo que comía le resultara indiferente siempre y cuando fuera algo difícil de obtener en la RDA—. Rara vez sabe lo que le conviene. Casi catorce millones de alemanes votaron a Hitler en marzo de 1932, y convirtieron a los nazis en el partido con mayor representación en el Reichstag. ¿De verdad cree que tenían la menor idea de lo que les convenía? No, claro que no. Nadie la tenía. Lo único que le importa al pueblo es tener un sueldo fijo, tabaco y cerveza.

—Supongo que por eso veinte mil refugiados de Alemania Oriental estaban pasándose a la República Federal todos los meses, al menos hasta que ustedes impusieron el denominado régimen especial con su zona restringida y su franja de protección. Iban en busca de mejor cerveza y tabaco y quizá de la oportunidad de quejarse un poco sin temor a las consecuencias.

—¿Quién dijo eso de que nadie está tan perdidamente esclavizado como aquellos que creen ser libres?

—Fue Goethe. Y se equivoca al citarlo. Dijo que nadie está tan perdidamente esclavizado como aquellos que creen erróneamente ser libres.

—Según mi libro, son justo los mismos.

—Entonces, debe de ser el único libro que ha leído.

—Es usted un necio romántico. A veces se me olvida. Mire, Gunther, la idea de libertad que tiene la mayoría de la gente consiste en escribir alguna guarrada en la pared de unos aseos. Lo que yo creo es que la gente es vaga y prefiere dejarle el asunto de gobernar al gobierno. Sin embargo, es importante que la gente no imponga una carga demasiado grande sobre quienes se ocupan de las cosas. De ahí mi presencia en Francia. Por lo general, prefiero ir de caza. Pero a menudo vengo aquí en esta época del año para escapar de mis responsabilidades. Me gusta jugar un poco al bacarrá.

—Es un juego de alto riesgo. Pero es verdad que a usted siempre le fueron las apuestas.

—¿Quiere saber qué es lo mejor de apostar aquí? —Torció el gesto en un intento de sonrisa—. La mayoría de las veces, pierdo. Si aún hubiera algo tan decadente como los casinos en la RDA, me temo que los crupieres se asegurarían siempre de que ganara. Ganar solo es divertido si puedes perder. Antes iba a uno en Baden-Baden, pero la última vez que estuve allí me reconocieron y ya no pude ir más. Así pues, ahora vengo a Niza. O, a veces, a Le Touquet. Pero prefiero Niza. El tiempo es un poco más fiable aquí que en la costa atlántica.

—No sé por qué, pero no creo que solo haya venido para eso.

—Tiene razón.

—Entonces, ¿qué demonios quiere?

—Seguro que recuerda ese asunto de hace unos meses, con Somerset Maugham y nuestros amigos comunes Harold Hennig y Anne French. Casi se las arregló usted para fastidiarnos una buena operación aquí.

Mielke se refería a una trama de la Stasi para desacreditar a Roger Hollis, director adjunto del MI5, el organismo británico de contrainteligencia y seguridad nacional. El auténtico plan consistía en que Hollis saliera bien parado después de que la trama falsa de la Stasi quedara al descubierto.

—Fue muy amable por su parte atar ese cabo suelto por nosotros —dijo Mielke—. Fue usted quien mató a Hennig, ¿verdad?

No contesté, pero los dos sabíamos que era cierto; maté a Harold Hennig de un tiro en la casa que alquilaba Anne French en Villefranche e hice todo lo que estuvo en mi mano por incriminarla. Desde entonces, la policía francesa me había hecho toda suerte de preguntas sobre ella, pero eso era lo único que me constaba. Hasta donde yo sabía, Anne French seguía sana y salva en Inglaterra.

—Bueno, digamos simplemente que fue usted —insistió Mielke, que se terminó el trozo de chocolate que estaba comiendo, se llevó unos pepinillos encurtidos a la boca con el tenedor y luego echó un buen trago de borgoña blanco, todo lo cual me convenció de que sus papilas gustativas estaban tan corrompidas como sus posturas políticas y su moralidad—. El caso es que, de todos modos, Hennig tenía los días contados. Igual que los tiene Anne. En realidad, la operación para desacreditar a Hollis solo funciona si intentamos eliminarla a ella también, como corresponde a alguien que nos traicionó. Y eso es especialmente importante ahora que los franceses intentan que la extraditen aquí para juzgarla por el asesinato de Hennig. Huelga decir que no podemos permitir que tal cosa ocurra. Y es ahí donde entra usted, Gunther.

—¿Yo? —Me encogí de hombros—. A ver si lo entiendo bien. ¿Me está pidiendo que mate a Anne French?

—Precisamente. Solo que no se lo pido. El caso es que usted accede a matar a Anne French como condición para seguir vivo.

2
OCTUBRE DE 1956

Una vez calculé que la Gestapo había utilizado menos de cincuenta mil agentes para tener vigilados a ochenta millones de alemanes, pero, por lo que había leído sobre la RDA, la Stasi empleaba al menos el doble de esa cifra —por no hablar de los informantes civiles o aspirantes a espía que, según los rumores, alcanzaban un diez por ciento de la población— para echar un ojo a solo diecisiete millones de alemanes. Como director adjunto de la Stasi, Erich Mielke era uno de los hombres más poderosos de la RDA. Y como cabría esperar de un hombre semejante, ya había anticipado todas las objeciones que pondría yo a una misión tan desagradable como la que había descrito y estaba dispuesto a discutirlas con la fuerza bruta de quien está acostumbrado a salirse con la suya en careos con personas igualmente autoritarias y enérgicas. Tenía la sensación de que Mielke habría sido capaz de cogerme por el cuello o golpearme la cabeza contra la mesa y, como es natural, la violencia era una parte vital de su carácter; cuando era un joven delegado comunista en Berlín había participado en el infame asesinato de dos agentes de uniforme.

—No, no fume —dijo—, limítese a escuchar. Esta es una buena oportunidad para usted, Gunther. Puede ganar dinero, obtener un nuevo pasaporte, un pasaporte genuino de Alemania Occidental, con un nombre distinto y la ocasión de volver a empezar en alguna parte, y, lo más importante de todo, puede hacerle pagar a Anne French, con intereses, por haberlo tratado tan despiadadamente.

—Solo porque usted le dijo que lo hiciera. ¿No es así? Fue usted quien la incitó.

—Yo no le dije que se acostara con usted. Eso fue idea de ella. En cualquier caso, jugó con usted y lo manipuló, Gunther. Pero eso ahora carece de importancia, ¿verdad? Se enamoró de ella hasta las trancas, ¿no?

—Salta a la vista lo que tienen los dos en común. Carecen por completo de principios.

—Es verdad. Aunque en el caso de Anne era también una de las mejores embusteras que he conocido. Me refiero a que era un auténtico caso patológico. Lo cierto es que no creo que supiera cuando mentía y cuando decía la verdad. Aunque no creo que le importara mucho la inmoralidad del subterfugio. Siempre y cuando fuera capaz de mantener esa sonrisa serena y satisfacer su codicia de posesiones materiales. Se las ingenió para creerse que no lo hacía por dinero; lo irónico es que estaba convencida de tener firmes principios. Y eso la convertía en una espía ideal. Aunque, en realidad, nada de esta historia previa importa un carajo.

»Lo importante, al menos para mí, es que ahora alguien tiene que matarla. Me temo que al MI5 le sorprendería mucho que, como mínimo, no intentáramos asesinarla. Y, tal como yo lo veo, ese alguien bien podría ser usted. No es que no haya matado antes a otros, ¿verdad? A Hennig, por ejemplo. Bueno, tuvo que ser usted quien le metió un balazo y lo arregló todo para dar la impresión de que lo había hecho ella.

Mielke hizo una pausa cuando llegó nuestra carne y retiraron la langosta a medio comer.

—Ya la cortamos nosotros mismos —le dijo al camarero sin miramientos—. Y tráiganos una botella de su mejor Burdeos. Decantado, eso sí. Pero quiero ver la botella de la que sale, ¿de acuerdo? Y el corcho.

—No se fía de nadie, ¿eh?

—Es una de las razones por las que llevo vivo tanto tiempo. —Cuando el camarero se hubo ido, Mielke cortó el Chateaubriand en dos, se ayudó del tenedor para servirse una generosa mitad en el plato, y dejó escapar una risilla—. Pero también me cuido, ¿sabe? No fumo, no bebo mucho y me gusta mantenerme en forma, porque en el fondo me crie a fuerza de peleas callejeras. Aun así, me parece que la gente se muestra más predispuesta a escuchar a un policía que tiene aspecto de poder cuidar de sí mismo que a uno que no lo tiene. No creería la cantidad de veces que he tenido que intimidar a gente en el Comité Central del Partido Socialista Unificado. Le juro que me tiene miedo hasta Walter Ulbricht.

—¿Así se considera usted ahora, Erich? ¿Un policía?

—¿Por qué no? Es lo que soy. Pero ¿qué más le da eso a un hombre como usted, Gunther? Usted, que fue miembro de la Kripo y del Servicio de Inteligencia de las SS durante casi veinte años. Algunos de esos hombres ante quienes respondía eran los peores criminales de la historia: Heydrich. Himmler. Nebe. Y trabajó para todos ellos. —Meneó la cabeza, exasperado—. El caso es que algún día revisaré su historial de la Oficina de Seguridad Central del Reich para ver qué crímenes perpetró, Gunther. Me da en la nariz que ni por asomo está usted tan limpio como quiere dar a entender. Así que no finjamos que nos separa un abismo de superioridad moral. Ambos hemos hecho cosas que nos gustaría no haber hecho. Pero aquí estamos.

Mielke guardó silencio mientras cortaba la carne en cuadros más pequeños.

—Dicho todo eso, no olvido que fue usted quien me salvó la vida, en dos ocasiones.

—Tres —señalé con amargura.

—Ah, ¿sí? Es posible. Bueno, como decía. Lo de matarla. Es una buena oportunidad para usted. Para empezar de nuevo. Una oportunidad de volver a Alemania y alejarse de este lugar irrelevante en los márgenes de Europa donde, a decir verdad, un hombre de su talento se desperdicia. Supongo que es usted lo bastante listo como para entenderlo.

Mielke se llevó un cuadrado de carne a la bocaza y se puso a masticar con furia.

—¿Acaso se lo discuto? —dije.

—No. No discute, por una vez. Cosa que es extraña de por sí.

Me encogí de hombros.

—Estoy dispuesto a hacer lo que me pide, general. Estoy sin blanca. No tengo amigos. Vivo solo en un apartamento que no es mucho más grande que una nasa para pescar langostas, y tengo un empleo que está a punto de echar el cierre por el parón invernal. Echo de menos Alemania. Dios, echo de menos hasta el clima. Si matar a Anne French es el precio que debo pagar para recuperar mi vida, estoy más que dispuesto a hacerlo.

—Nunca se ha dejado influir fácilmente, Gunther. Voy a ser sincero. Esperaba más oposición. Quizá odia a Anne French más de lo que yo creía. Quizá en realidad quiera matarla. Pero el caso es que con estar dispuesto no basta. Tiene que ir a Inglaterra y matarla.

El camarero regresó con una licorera llena de vino tinto y la dejó en la mesa delante de nosotros. Mielke la cogió, olió el corcho y luego aprobó con un gesto de cabeza la botella vacía de Château Mouton Rothschild que le habían dado a inspeccionar.

—Pruébelo —me dijo.

Lo probé y, como era de prever, era tan bueno como el blanco que había estado bebiendo; quizá mejor. Le dirigí también un cabeceo.

—Pues lo cierto es que sí, la odio —reconocí—. Mucho más de lo que esperaba odiarla. Y sí, la mataré. Pero si no le importa, me gustaría saber un poco más acerca de su plan.

—Mis hombres se reunirán con usted en la estación de ferrocarril de Niza, donde le darán un pasaporte nuevo, algo de dinero y un billete en el Tren Azul a París. De allí puede hacer transbordo al Flecha de Oro hasta Calais y, después, a Londres. A su llegada lo recibirán otros de mis hombres. Le darán más instrucciones y lo acompañarán en su misión.

—¿Anne está viviendo allí, en Londres?

—No, vive en un pueblo en la costa meridional de Inglaterra. Está intentando que no la extraditen, aunque sin mucho éxito. Da la impresión de que el MI5 la ha dejado en la estacada. Mis hombres le facilitarán un diario detallado de los movimientos de esa mujer para que pueda encontrársela de manera accidental, e invitarla a tomar una copa.

—¿Y si no quiere volver a quedar conmigo? Nuestra relación no era precisamente buena cuando nos separamos.

—Convénzala. Use un arma si es necesario. Le daremos un arma. Pero hágala ir con usted. A algún lugar público. Así se mostrará más confiada.

—No acabo de entenderlo. ¿Quiere que le pegue un tiro?

—Dios santo, no. Lo último que deseo es que lo detengan y se lo cuente todo a los británicos. Tiene que estar muy lejos de Anne French cuando ella muera. Con suerte, estará otra vez en Alemania para cuando eso ocurra. Viviendo con una nueva identidad. Eso le gustaría, ¿verdad?

—Entonces, qué, ¿tengo que echarle veneno en el té?

—Sí. El veneno es siempre lo mejor en estas situaciones. Algo lento que no deje mucho rastro. Recientemente hemos estado usando talio. Es un arma homicida formidable, de verdad. Es incoloro, inodoro e insípido y tarda al menos uno o dos días en hacer efecto. Pero cuando lo hace, es devastador. —Mielke sonrió con crueldad—. ¿Qué sabe usted si ha ingerido un poco en ese vino que está saboreando? Quiero decir que no se habría dado cuenta de ser así. Podría haberle encargado al camarero que echara esa sustancia en la licorera, razón por la que le he dejado probarla sin catarla yo. ¿Ve qué fácil es?

Lancé una mirada incómoda a la copa de Mouton Rothschild y apreté el puño sobre la mesa.

A todas luces, Mielke disfrutaba de mi evidente malestar.

—Al principio, ella creerá que tiene el estómago revuelto. Y después, bueno, es una muerte muy lenta y dolorosa, como seguro que le alegrará saber. Vomitará durante un par de días, y a continuación vendrán las convulsiones extremas y los dolores musculares. Después sobrevendrá un cambio de personalidad absoluto, con alucinaciones y ansiedad; por último, alopecia, ceguera y un dolor pectoral agónico, y luego el fin. Se desea que llegue. Es un infierno en vida, se lo aseguro. La muerte, cuando se acerque, le parecerá una bendición.

—¿Hay antídoto? —Yo seguía con un ojo puesto en el vino que había bebido, preguntándome qué parte de lo que me había contado Mielke sería verdad.

—Tengo entendido que el azul de Prusia, administrado por vía oral, es un antídoto.

—¿La pintura?

—En efecto, sí. El azul de Prusia es un pigmento sintético que funciona por dispersión coloidal, intercambio de iones o algo por el estilo. No soy químico. Sea como sea, creo que es uno de esos antídotos que es solo ligeramente menos doloroso que el veneno, y lo más probable es que cuando los médicos ingleses se den cuenta de que la pobre Anne French ha sido envenenada con talio e intenten suministrarle azul de Prusia, ya será demasiado tarde para ella.

—Dios —mascullé, y cogí el paquete de tabaco. Me puse un cigarrillo en la boca. Estaba a punto de encenderlo cuando Mielke me lo arrebató y lo tiró a una maceta sin disculparse.

—Pero como digo, para cuando ella haya muerto, usted ya estará a salvo en Alemania Occidental. Solo que no en Berlín. No me sirve de nada en Berlín, Gunther. Allí lo conoce mucha gente. Creo que Bonn o quizá Hamburgo serían más convenientes. Y lo que es más importante, me convendría que fuera allí.

—Debe de tener cientos de agentes de la Stasi por toda Alemania Occidental. ¿De qué podría servirle yo?

—Posee ciertas aptitudes especiales, Gunther. Unos antecedentes útiles para lo que tengo pensado. Quiero que establezca una organización neonazi. Con sus antecedentes fascistas, no debería resultarle difícil. Su tarea inmediata será profanar o destruir lugares judíos en toda Alemania Occidental: centros culturales, cementerios y sinagogas. También puede convencer o incluso chantajear a algunos de sus viejos camaradas de la Oficina Central de Seguridad del Reich para que escriban cartas a la prensa y al gobierno federal exigiendo la excarcelación de criminales de guerra nazis o protestando contra el enjuiciamiento de otros.

—¿Qué tiene usted en contra de los judíos?

—Nada. —Mielke se metió otro trozo de chocolate en su omnívora boca junto con el pedazo de carne que ya tenía dentro; era como cenar con el cerdo más preciado de algún granjero prusiano que se estuviera alimentando de las mejores sobras de la familia—. Nada en absoluto. Pero eso no hará sino otorgarle credibilidad a nuestra propaganda acerca de que el gobierno federal sigue siendo nazi. Que, en efecto, lo es. Al fin y al cabo, fue Adenauer quien denunció todo el proceso de desnazificación y presentó una ley de amnistía para los criminales de guerra nazis. Solo estamos ayudando a la gente a ver lo que ya está ahí.

—Parece haberlo pensado todo, general.

—Si no lo he pensado yo, alguien más lo ha hecho. Y en caso contrario, pagará por ello. Pero no se deje engañar por mi actitud jovial, Gunther. Puede que esté de vacaciones, pero me tomo esto pero que muy en serio. Y a usted más le vale hacerlo también.

Me señaló con el tenedor como si se estuviera planteando clavármelo en el ojo y de algún modo me tranquilizó que tuviera ensartado un pedazo de carne.

—Porque de lo contrario, más le vale empezar ahora mismo, o no llegará a ver el día de mañana. ¿Qué me dice? ¿Se lo toma en serio?

Asentí.

—Sí, me lo tomo en serio. Quiero ver muerta a esa zorra inglesa tanto como usted, general. Más aún, probablemente. Mire, prefiero no entrar en detalles sobre lo que ocurrió entre nosotros, si no le importa. Sigue causándome dolor. Pero deje que le asegure una cosa: lo único que lamento de lo que me ha dicho hasta el momento es que no estaré presente para verla sufrir. Porque eso es lo que quiero. Su dolor y su degradación. Bien, ¿responde eso su pregunta?

3
OCTUBRE DE 1956

Volví a mi piso en Villefranche, satisfecho tan solo por habérmelas ingeniado para convencer a Mielke de que, en efecto, acataría sus órdenes y viajaría a Inglaterra para envenenar a Anne French. La verdad era que, si bien detestaba a esa mujer por todo el dolor que me había causado, no la aborrecía lo suficiente como para asesinarla, y mucho menos de la manera tan monstruosa que había descrito Mielke. Deseaba con todas mis fuerzas un nuevo pasaporte de Alemania Occidental, pero también quería seguir vivo el tiempo suficiente como para usarlo, y no me cabía duda de que Mielke estaba más que dispuesto a ordenarles a sus hombres que me mataran si albergaba la menor sospecha de que yo tenía intención de traicionarlo. Así pues, durante unos momentos me planteé hacer la maleta de inmediato y dejar la Riviera para siempre. Tenía un poco de dinero bajo el colchón, y un arma, y el coche, claro, pero lo más probable era que sus hombres estuvieran vigilando mi piso, en cuyo caso la huida sería probablemente en vano. Solo me quedaba la espeluznante perspectiva de cooperar con el plan de Mielke durante el tiempo suficiente para hacerme con el pasaporte y el dinero, y luego buscar una oportunidad de dar esquinazo a sus hombres, lo que me dejaba entre la espada y la pared. A la mayoría de los miembros de la Stasi los había adiestrado la Gestapo y eran expertos en localizar a la gente. Darles esquinazo sería como intentar eludir a una jauría de perros sabuesos ingleses.

A fin de ver si me estaban vigilando, decidí dar un paseo por el malecón, con la esperanza de que los de la Stasi se pusieran en evidencia y el fresco aire nocturno me despejara la cabeza lo suficiente como para pensar una solución a mi problema inmediato. Resultó inevitable que los pies me llevaran hasta un bar en la apropiadamente llamada Rue Obscure, donde me bebí una botella de tinto y me fumé medio paquete de tabaco, con lo que conseguí el resultado contrario al que esperaba. Todavía meneando la cabeza y sopesando mis escasas opciones, emprendí el camino de regreso a casa a paso un tanto vacilante.

Villefranche es un extraño laberinto de callejones y angostas callejuelas y, sobre todo por la noche y hacia el final de la temporada, semeja un escenario de película de Fritz Lang. Es muy fácil imaginarse seguido por vigilantes invisibles a través de esa oscura y sinuosa catacumba de calles francesas, un poco como Peter Lorre con la letra M escrita con tiza en la espalda del abrigo, sobre todo si vas borracho. Pero no iba tan borracho como para no ver la cola que me habían prendido al culo. O más bien, no tanto verla como oír el chacoloteo intermitente de sus zapatos baratos sobre las callejas adoquinadas mientras intentaban seguir el ritmo de mis propios pasos erráticos. Los habría puesto en evidencia a gritos, mofándome de sus esfuerzos por tenerme vigilado, de no ser por la corazonada —el buen juicio, tal vez— de que más me valía no darles, y sobre todo no darle al camarada general, la más leve impresión de que no estaba del todo subordinado a él y sus órdenes. El nuevo Gunther era mucho más paciente que el antiguo. Eso me venía bien; al menos, si quería ver Alemania de nuevo. Así pues, me sorprendió encontrarme el camino de regreso al paseo marítimo bloqueado por dos bolardos humanos, cada cual con una mata de pelo absurdamente rubio al estilo de la raza suprema del tipo que el barbero predilecto de Himmler habría colgado en su mural de cortes de pelo para héroes. En las sombras entre ambos había un hombre más pequeño con un parche de cuero en un ojo. Lo reconocí a medias, de una época lejana, sin llegar a recordar por qué, aunque solo fuera porque los dos bolardos humanos ya se afanaban en amordazarme y atarme las muñecas por delante.

—Lo siento, Gunther —se disculpó el hombre a quien solo reconocía a medias—. Es una lástima que tengamos que volver a vernos en estas circunstancias, pero las órdenes son las órdenes. No tengo que decirle cómo va esto. O sea que no es nada personal, ¿ve? Pero es así como lo desea el camarada general.

Mientras hablaba, los dos bolardos rubios me levantaron por las axilas y me llevaron hasta el final del callejón sin salida como si fuera un maniquí de escaparate. Una sola farola tiznaba el aire nocturno de una tonalidad sulfúrea hasta que alguien la apagó de un tiro con una pistola provista de silenciador. Antes de eso, me dejaron ver la viga de madera que cruzaba la bóveda del techo y el nudo corredizo de plástico que colgaba de ella, con fines a todas luces letales. El hecho de caer en la cuenta de que estaba a punto de ser ahorcado sumariamente en ese callejón sombrío y olvidado bastó para provocarme un último espasmo de energía en las extremidades ebrias. Forcejeé con saña para librarme de la férrea presión de los dos hombres de la Stasi. Fue inútil. Me sentí como Jesucristo subiendo a los cielos mientras ascendía del suelo adoquinado hacia el nudo corredizo, donde otro atento miembro de la Stasi, vestido con traje y sombrero grises, estaba subido a una farola como el mismísimo Gene Kelly para ponérmelo al cuello.

—Eso es —dijo, una vez hubo colocado el nudo corredizo en torno a mi cuello. El acento de Leipzig. ¿El mismo hombre del hotel Ruhl, quizá? Tenía que serlo—. Bien, muchachos, ya podéis soltarlo. Creo que este cabrón se balanceará como la campana de una iglesia.

Mientras me ceñía el nudo bajo la oreja izquierda, tomé aire con rapidez. Un instante después, los dos bolardos humanos me soltaron. El nudo de plástico se apretó con fuerza, el mundo se tornó borroso como una fotografía mala y dejé de respirar por completo. Aunque trataba a la desesperada de buscar el suelo firme con las punteras de los zapatos, no conseguí más que girar en el aire igual que el último jamón en el escaparate de una carnicería. Atiné a ver fugazmente a los hombres de la Stasi viéndome colgar y luego pedaleé un poco más en mi bicicleta invisible antes de decidir que me iría mejor si no me resistía y que, en realidad, aquello tampoco era tan doloroso. No era tanto dolor lo que sentía como una tremenda presión, como si todo mi cuerpo fuera a explotar por lo mucho que ansiaba encontrar una vía de entrada de aire. Notaba la lengua del tamaño de una paleta para recoger las cartas de bacarrá; parecía colgarme fuera de la boca. Tenía los ojos vueltos hacia las orejas, como si intentara determinar el origen del estruendo infernal que oía, y que debía de ser el martilleo de la sangre dentro de mi cabeza, claro. Lo más curioso de todo es que sentía la presencia real del dedo meñique que había perdido años antes, en Múnich, cuando otro viejo camarada me lo cortó con un martillo y un cincel. Era como si de pronto todo mi ser se hubiera concentrado en una parte de mi cuerpo que ya ni existía siquiera. Y entonces me pareció que hacía diez minutos de 1949 y Múnich y la pobre Vera Messmann. El dedo fantasma se dispersó rápidamente y se convirtió en una extremidad entera y después en el resto de mi cuerpo, y supe que estaba muriendo. Entonces fue cuando me meé encima. Recuerdo que alguien se rio y pensé que quizá, después de tantos años, me lo tenía merecido y que había tenido su mérito llegar hasta allí sin más contratiempos. Luego me encontraba en el fondo del gélido mar Báltico y nadaba con todas mis fuerzas para salir del casco naufragado del barco mercante Wilhelm Gustloff y alcanzar la superficie ondulante. Pero estaba muy lejos y, con los pulmones a punto de explotar, supe que no iba a conseguirlo. Entonces fue cuando debí de perder el conocimiento.

Seguía en el aire, pero me veía a mí mismo tendido en los adoquines de la Rue Obscure. Tenía la sensación de estar suspendido sobre las cabezas de perro de paja de todos aquellos hombres de la Stasi igual que una nube de gas. Habían cortado la soga e intentaban aflojar el nudo en torno a mi cuello, pero desistieron cuando uno de los agentes sacó unas cizallas y lo cortó, junto con un poco de piel debajo de mi oreja. Alguien me pisó el pecho, y esos eran todos los primeros auxilios que iba a prestarme la Stasi, y empecé a revivir. Uno de ellos aplaudía mi actuación en la cuerda floja —según sus propias palabras, no las mías— y ahora, de regreso a mi cuerpo, me volví boca abajo y babeé sobre los adoquines. Después, pese al dolor, intenté meter un poco de aire en mis pulmones privados de oxígeno. Palpé algo húmedo en el cuello, que resultó ser mi propia sangre, y me oí mascullar algo con una lengua que apenas empezaba a acostumbrarse a estar de nuevo en el interior de la boca.

—¿Cómo?

El de las cizallas se inclinó para ayudarme a que me incorporara, y volví a hablar.

—Necesito un cigarrillo —dije—. Para recuperar el resuello.

Me llevé una mano al pecho y procuré que mi corazón aflojara un poco el ritmo, no fuera a palmarla del todo por el exceso de emoción que me llevé al pensar que afrontaba mis últimos minutos sobre la faz de la tierra, o casi.

—Es de lo que no hay, amigo, eso está claro. Dice que quiere un piti... —Se echó a reír, sacó del bolsillo un paquete de Hit Parades y metió un cigarrillo entre los labios de mi boca aún temblorosa—. Ahí tiene.

Tosí un poco más, y luego aspiré con fuerza cuando su mechero cobró vida. Fue probablemente el mejor cigarrillo que había saboreado nunca.

—He oído hablar del último cigarrillo —comentó—. Pero nunca había visto al condenado fumárselo después de la ejecución. Vaya viejo peleón está hecho, ¿eh?

—No tan viejo —repuse—. Me siento como un hombre nuevo.

—Ponedlo en pie —ordenó otro hombre—. Vamos a acompañarlo a casa.

—No esperen que los bese —grazné—. No después de haberme hecho pasar por semejante calvario.

Pero habían cumplido muy bien su cometido de ahorcarme hasta dejarme medio muerto. Cuando me puse en pie, estuve a punto de desmayarme y tuvieron que sujetarme.

—No pasa nada —dije—. Déjenme un momento.

Y entonces vomité, lo que fue una pena después del filete tan rico que había comido con Mielke. Pero uno no sobrevive a su propia ejecución todos los días.

Medio me llevaron, medio me acompañaron a casa. Por el camino, el hombre a quien había reconocido poco antes me explicó por qué habían intentado hacerme estirar la pata.

—Siento lo de antes, Gunther —se disculpó.

—No tiene importancia.

—Pero es que el jefe cree que no se lo estaba tomando en serio. No le ha gustado. Cree que el viejo Gunther habría ofrecido un poco más de resistencia ante la idea de asesinar a su exnovia. Y he de reconocer que estoy de acuerdo con él. Nunca había tenido pelos en la lengua. Así que, al verlo tan complaciente, bueno, ha pensado que se estaba riendo de él. Íbamos a darle un buen repaso sin más, pero ha dicho que teníamos que dejarle bien claro lo que ocurrirá de verdad si intenta metérsela doblada. La próxima vez, tenemos órdenes de dejarlo colgando. O algo peor.

—Es agradable oír otra vez una voz alemana —dije con hastío; apenas podía poner un pie delante del otro—. Aunque sea la de un cabrón.

—Venga, no diga eso, Gunther. Va a herir mis sentimientos. Usted y yo éramos amigos.

Empecé a menear la cabeza, pero me arrepentí al acometerme un dolor repentino. Tenía el cuello como si hubiera pasado por una sesión quiropráctica con un gorila. Comencé a toser otra vez y me detuve a vomitar en la cuneta de nuevo.

—No lo recuerdo. Aunque también es verdad que mi cerebro ha estado varios minutos privado de oxígeno, por lo que apenas recuerdo mi nombre, por no hablar del suyo.

—Necesita algo para ahuyentar el dolor —dijo mi viejo amigo, que sacó una petaca de bolsillo, la acercó a mis labios y me dejó echar un sustancioso trago de lo que contenía. Sabía a lava fundida.

Me estremecí y lancé un breve concierto de toses en staccato.

—Dios, ¿qué es eso?

—Agua Dorada. De Danzig. Eso es. —El hombre sonrió y asintió—. Ahora se está acercando. Ya me recuerda, ¿no, Gunther?

A decir verdad, seguía sin tener ni idea de quién era, pero sonreí y asentí; no hay nada como que te ahorquen para que te entren ganas de complacer, sobre todo cuando es tu propio verdugo quien asegura afablemente que os conocéis.

—Así es. Acostumbraba a beber esto cuando los dos éramos polis en el Alex. Probablemente lo recuerda, ¿no? Me parece que un hombre como usted no olvida muchas cosas. Fui ayudante suyo en la brigada criminal en el treinta y ocho y el treinta y nueve. Trabajamos juntos en un par de casos importantes. El caso Weisthor. ¿Se acuerda de aquel cabrón? Y el de Karl Flex, claro, en el treinta y nueve. ¿Berchtesgaden? Es imposible que se haya olvidado de él. Ni del aire frío de Obersalzberg.

—Claro que me acuerdo de usted —respondí, al tiempo que lanzaba la colilla, sin la menor idea de quién era—. Pensaba que había muerto. Han muerto todos los demás a estas alturas. Al menos, la gente como usted y yo.

—Somos los últimos de todos, usted y yo, eso es verdad —concedió—. Del antiguo Alex. Tendría que verlo ahora, Gunther. Se lo juro, no reconocería el lugar. La antigua estación de ferrocarril sigue allí, como antes, y la Kaufhaus, pero el antiguo Praesidium de la Policía hace tiempo que desapareció. Como si no hubiera existido. Los Ivanes la demolieron porque era un símbolo del fascismo. Eso y la sede de la Gestapo en Prinz Albrechtstrasse. Toda la zona no es más que un enorme túnel de viento. Hoy en día, los polis tienen su cuartel general en Lichtenberg. Con un elegante edificio nuevo en camino. Con comodidades de toda clase. Comedor, duchas y guardería. Hasta tenemos una sauna.

—Qué detalle. Lo de la sauna.

Llegamos a la puerta de mi casa y alguien me cogió amablemente las llaves del bolsillo y me dejó entrar en el piso. Me siguieron al interior y, puesto que eran policías, hurgaron a placer en mis pertenencias. Tampoco es que me importara. Cuando has estado a punto de perder la vida, todo lo demás parece poca cosa. Además, estaba muy ocupado mirándome en el espejo del cuarto de baño la cara de cadáver que tenía. Parecía una de esas ranas de San Antonio sudamericanas. Tenía el blanco de los ojos completamente rojo.

Mi amigo anónimo me observó un rato y luego, acariciándose una barbilla más larga que un arpa de concierto, dijo:

—No se preocupe. No son más que unos cuantos capilares rotos.

—Me parece que he crecido un par de centímetros.

—Dentro de unos días, verá que tiene los ojos otra vez normales. Igual le conviene llevar gafas de sol hasta entonces para aliviar las molestias. Al fin y al cabo, no querrá asustar a nadie, ¿verdad?

—Me parece que ya había hecho esto alguna vez. Medio ahorcar a alguien, quiero decir.

Se encogió de hombros.

—Es una suerte que ya le hubiéramos puesto foto a su pasaporte nuevo.

—Sí, ¿verdad?

Toqué la marca de color carmesí lívido que me había dejado en el cuello la soga de plástico. No le habría podido reprochar a nadie que pensara que el doctor Mengele me había cosido la cabeza a los hombros.

Uno de los otros hombres de la Stasi estaba en la cocina, preparando café. Era curioso que los dos tipos que habían intentado ahorcarme me cuidasen ahora con tanta atención. No hacían sino obedecer órdenes, claro. Es la manera de ser alemana, supongo.

—Eh, jefe —le dijo uno al hombre que estaba a mi lado en el cuarto de baño—. Su teléfono no funciona.

—Lo siento —respondí—. Como no me llama nunca nadie, no me había dado cuenta.

—Bueno, vete a buscar una cabina.

—Jefe.

—Se supone que tenemos que llamar al camarada general y contarle cómo ha ido todo.

—Dígale al general que no puedo decir que haya sido una de mis mejores veladas —comenté—. Y no olvide darle las gracias por la cena.

El miembro de la Stasi se fue. Mi amigo me tendió de nuevo la petaca de bolsillo y eché otro buen trago de Agua Dorada. Ese mejunje lleva auténtico oro. Motas diminutas. El oro no lo encarece, pero sí hace que la lengua cobre un aspecto semiprecioso. Tendrían que dárselo a todos los que están a punto de ser ahorcados. Podría hacer que el procedimiento tuviera más brillo.

—Qué falta de iniciativa —se quejó—. Hay que decirles todo el rato lo que tienen que hacer. Y cómo tienen que hacerlo debidamente. No como en nuestros tiempos, ¿eh, Bernie?

—Mire, Fridolin, sin ánimo de ofender —dije—. Bueno, no es que tenga ganas de repetir la experiencia de esta noche, pero es que no tengo ni puta idea de quién es. Reconozco la barbilla. La mala piel, el parche de cuero en el ojo, hasta el bigotillo de chulo de putas. Pero el resto de su careto es un misterio.

El hombre se tocó la calva con gesto cohibido.

—Sí, se me ha caído mucho pelo desde la última vez que nos vimos. Pero ya llevaba el parche. De la guerra. —Tendió la mano afablemente—. Friedrich Korsch.

—Sí, ahora me acuerdo. —Estaba en lo cierto; habíamos sido amigos, o por lo menos colegas cercanos. Pero todo eso había sido en el pasado. Seré un tipo mezquino, pero tiendo a guardarles rencor a mis amigos cuando intentan matarme. Hice caso omiso de su mano, y dije—: ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos?

—En 1949. Trabajaba como infiltrado del MVD en un periódico estadounidense en Múnich. ¿Lo recuerda? Die Neue Zeitung. Usted buscaba a un criminal de guerra llamado Warzok.

—Ah, ¿sí?

—Lo invité a comer en la Osteria Bavaria.

—Claro. Pedí pasta.

—Y antes de eso, vino a verme en el cuarenta y siete, a Berlín, cuando intentaba ponerse en contacto con la esposa de Emil Becker.

—Ya.

—¿Qué fue de él, por cierto?

—¿De Becker? Lo ahorcaron los americanos, en Viena. Por asesinato.

—Ah.

—Más aún, ellos terminaron el trabajo. Esos vaqueros no lo hacían para echar unas risas como ustedes. Para echar yo unas risas, quiero decir. Nunca había imaginado que me sentaría tan bien volver a tener los pies firmemente plantados en el suelo.

—Me sabe fatal todo esto —dijo Korsch—. Pero...

—Ya lo sé. Solo cumplía órdenes. Intentaba seguir con vida. Mire, lo entiendo. Para hombres como usted y yo, son gajes del oficio. Pero no finjamos que hemos sido amigos. De eso hace mucho tiempo. Desde entonces, se ha convertido en un auténtico incordio. Ha estado a punto de partirme el cuello. Que es el único que tengo. O sea que ¿por qué usted y sus chicos no se largan cagando leches de mi casa y ya nos veremos en la estación de tren de Niza, pasado mañana, tal como acordé con el camarada general?

4
OCTUBRE DE 1956

La Gare de Nice-Ville tenía un tejado de acero forjado, una impresionante galería de piedra y un reloj ornamentado bien grande que habría quedado de maravilla en la sala de espera del purgatorio. Dentro había varias elegantes lámparas de araña: aquello se parecía más a un casino de la Riviera que a una estación de ferrocarril. Aunque yo apenas había frecuentado casinos, claro. Nunca me habían interesado gran cosa los juegos de azar, quizá porque la mayor parte de mi vida adulta había sido una suerte de apuesta temeraria. Desde luego, en lo relativo a los días siguientes, podía ocurrir cualquier cosa. Trabajar para la Stasi solo podía redundar en perjuicio de Gunther. Sin duda planeaban matarme en cuanto el trabajo de Inglaterra estuviera hecho. Al margen de lo que hubiera dicho Mielke sobre trabajar para él en Bonn o Hamburgo después de haber silenciado debidamente a Anne French, era muy posible que yo fuese el último cabo suelto de la operación de Hollis. Además, tenía los ojos como el dos de diamantes, que no es una buena carta en ningún juego. Por ese motivo llevaba gafas de sol y ni siquiera vi a los dos hombres de la Stasi cuando entré en la estación. Pero ellos sí me vieron. La RDA alimenta a esos chicos con zanahorias radiactivas para que vean mejor en la oscuridad. Me acompañaron al andén, donde Friedrich Korsch esperaba junto al Tren Azul que me llevaría a París.

—¿Qué tal está? —preguntó con amabilidad mientras yo le daba mi bolso a uno de los miembros de la Stasi y le dejaba que me lo llevara al vagón.

—Bien —dije con tono alegre.

—¿Y los ojos?

—Ni remotamente tan mal como parece.

—Todo olvidado, espero.

Me encogí de hombros.

—¿De qué serviría guardar rencores?

—Eso es verdad. Y consuélese, que tiene dos. Yo perdí uno en Polonia, durante la guerra.

—Además, París está muy lejos. Supongo que viene a París. Espero que así sea. Estoy sin blanca.

—Está todo aquí —dijo Korsch, que se palmeó el bolsillo de la chaqueta—. Y sí, vamos a ir a París con usted. De hecho, vamos a ir hasta Calais.

—Bien —repliqué—. No, en serio, así tendremos oportunidad de hablar de los viejos tiempos.

Korsch entornó los ojos, receloso.

—Pues sí que ha cambiado de actitud desde la última vez que nos vimos.

—La última vez que nos vimos acababa de librarme de morir colgado del cuello, Friedrich. Quizá Jesucristo se las apañó para perdonar a sus verdugos después de una experiencia parecida, pero yo soy un poco menos comprensivo. Pensaba que ya era historia.

—Sí, supongo.

—Suponga usted todo lo que quiera. Pero yo lo sé. Para serle sincero, sigo un poco dolorido. De ahí el fular de seda y las gafas de sol. Sabe Dios qué pensarán de mí en el vagón restaurante. Soy demasiado mayor como para hacerme pasar por una estrella de cine de Hollywood.

—Por cierto —preguntó—. ¿Adónde fue ayer? Les dio esquinazo a mis hombres. Estuvimos toda la mañana con los nervios de punta hasta que volvió a aparecer.

—¿Me estaban vigilando?

—Ya sabe que sí.

—Tendría que haberme avisado. Bueno, tenía que ver a una persona. Una mujer con la que me acuesto. Vive en Cannes. Tenía que decirle que iba a irme unos días y, bueno, no quería hacerlo por teléfono. Seguro que lo entiende. —Le resté importancia con un movimiento de hombros—. Además, no quería que los suyos averiguaran su nombre y sus señas. Por su propia protección. Después de la otra noche, no tengo ni idea de qué son capaces de hacer usted o su general.

—Hum.

—Sea como sea, solo estuve ausente unas horas. Ahora estoy aquí. ¿Qué problema hay?

Korsch no dijo nada. Se limitó a mirarme fijamente, pero como yo tenía los ojos ocultos tras las gafas de sol, no podía saber a qué atenerse.

—¿Cómo se llama esa mujer?

—No se lo voy a decir. Mire, Friedrich, necesito este trabajo. El hotel está cerrado por fin de temporada y tengo que regresar a Alemania como sea. Ya me he hartado de Francia. Los franceses me ponen de los nervios. Como me quede otro invierno aquí, me volveré loco. —Eso era verdad, desde luego. Nada más decirlo lamenté mi sinceridad e hice todo lo posible por disimularla adornándola con unas bobadas acerca de que quería vengarme de Anne French—. Más aún, tengo mucho interés en vengarme de esa mujer en Inglaterra. Así que déjelo, ¿vale? Ya le he contado todo lo que le voy a contar.

—De acuerdo. Pero la próxima vez que tenga pensado ir a alguna parte, no se olvide de informarme.

Subimos a bordo del tren, buscamos nuestro compartimento, dejamos allí el equipaje y luego nos fuimos los cuatro al vagón restaurante para desayunar. Tenía un hambre voraz. Al parecer, todos la teníamos.

—¿Karl Maria Weisthor? —pregunté en tono afable mientras el camarero nos traía café—. O Wiligut. O comoquiera que se hiciera llamar ese cabrón asesino cuando no estaba convencido de que era un antiguo rey germano. O incluso Wotan. No recuerdo cuál. Lo mencionó el otro día y me picó la curiosidad. ¿Sabe qué fue de él después de que lo acorraláramos en el treinta y ocho? Lo último que supe fue que vivía en Wörthersee.

—Se jubiló en Goslar —respondió Korsch—. Bajo la protección y el cuidado de las SS, claro. Después de la guerra, los aliados le permitieron ir a Salzburgo, pero no le salió bien. Murió en Bad Arolsen, en Hesse, me parece que en 1946. ¿O fue en 1947? En cualquier caso, hace mucho que murió. Y de buena nos libramos.

—No se hizo justicia exactamente, ¿verdad?

—Era un buen investigador. Aprendí mucho de usted.

—Seguí con vida. Eso ya dice algo, teniendo en cuenta las circunstancias.

—No era tan fácil, ¿eh?

—Me temo que en mi caso no han cambiado mucho las cosas.

—Aún seguirá dando guerra mucho tiempo. Es un superviviente. Lo sabía entonces y lo sé ahora.

Sonreí, pero me estaba mintiendo, claro. Aunque fuéramos viejos camaradas, si Mielke le ordenaba que me matara, no vacilaría. Igual que en Villefranche.

—Esto es igual que en los viejos tiempos, usted y yo, Friedrich. ¿Recuerda el tren que tomamos a Núremberg para hablar con el jefe de policía local sobre Streicher?

—Hace casi veinte años. Pero sí, lo recuerdo.

—Eso estaba pensando yo. Me acaba de venir a la cabeza. —Asentí—. Era un buen poli, Friedrich. Eso tampoco es tan fácil. Sobre todo, en aquellas circunstancias. Con un jefe como el que teníamos por aquel entonces.

—Se refiere a ese cabrón de Heydrich.

—Me refiero a ese cabrón de Heydrich, sí.

No es que Erich Mielke fuera menos cabrón que Heydrich, pero preferí dejar eso en el tintero. Pedimos el desayuno y el tren se puso en marcha, en dirección oeste hacia Marsella, donde giraría al norte hacia París. Uno de los hombres de la Stasi lanzó un pequeño gruñido de placer al probar el café.

—Qué café tan bueno —murmuró como si no estuviera acostumbrado. Y no lo estaba: en la RDA no solo escaseaban la libertad y la tolerancia, sino también todo lo demás.

—Sin buen café y tabaco, habría una revolución en este país —comenté—. Igual se lo podría sugerir al camarada general, Friedrich. Exportar la revolución podría resultar más fácil así.

Korsch me ofreció una sonrisa casi tan fina como su bigotito de lápiz.

—Mucho debe de confiar el régimen en usted, Friedrich —dije—. En usted y sus hombres. Por lo que tengo entendido, no se permite viajar al extranjero a todos los alemanes orientales. Por lo menos, no sin que se dejen los calcetines en las alambradas.

—Todos tenemos familia —señaló Korsch—. Mi primera esposa murió en la guerra. Me volví a casar hace cinco años. Y ahora tengo una hija. Así que ya puede imaginar que tengo razones de sobra para volver a casa. A decir verdad, no me imagino viviendo en ningún lugar que no sea Berlín.

—¿Y el general? ¿Qué incentivos tiene él para volver a casa? Parece que disfruta de todo lo que hay aquí más que usted.

Korsch se encogió de hombros.

—La verdad es que no lo sé.

—No, quizá sea mejor que no lo sepa. —Miré de reojo a nuestros dos compañeros de desayuno de la Stasi—. Nunca se sabe quién puede estar escuchando.

Después de desayunar, volvimos al compartimento y hablamos un poco más. Teniendo en cuenta las circunstancias, nos estábamos llevando bastante bien.

—Berchtesgaden —dijo Korsch—. Aquel también fue un caso de mil demonios.

—No creo que lo olvide. Y qué lugar tan impresionante.

—Tendrían que haberle dado una medalla por resolver así aquel asesinato.

—Me la dieron. Pero la tiré. Durante el resto del tiempo no hice sino ir unos pocos pasos por delante del pelotón de fusilamiento.

—A mí me dieron una medalla al mérito policial hacia el final de la guerra —reconoció Korsch—. Creo que aún la conservo en un cajón por alguna parte en una cajita de terciopelo azul bien mona.

—¿No es correr un riesgo?

—Ahora soy miembro del partido. El PSUA, quiero decir. Claro está, se reeducó a todos los que trabajaron en la Kripo. Si guardo la medalla no es por orgullo, sino para no olvidar quién y qué fui.

—Ya que estamos —dije—, podría recordarme quién soy yo, viejo amigo. O, al menos, quién se supone que soy. Por si alguien me lo pregunta. Cuanto antes me acostumbre a mi nueva identidad, mejor, ¿no cree?

Korsch sacó un sobre de color salmón del bolsillo de la chaqueta y me lo entregó.

—Pasaporte, dinero y billete para el Flecha de Oro. Al pasaporte lo acompañan unas instrucciones. Su nuevo nombre es Bertolt Gründgens.

—Suena a comunista.

—De hecho, es un viajante de Hamburgo. Vende libros de arte.

—No sé nada de arte.

—El auténtico Bertolt Gründgens tampoco.

—¿Dónde está, por cierto?

—Cumpliendo diez años en el ataúd de cristal por publicar y distribuir propaganda subversiva contra el Estado.

«El ataúd de cristal» era el nombre que le daban los presos a la cárcel de Brandeburgo.

—Cuando le damos a alguien una nueva identidad preferimos recurrir a personas reales. De algún modo, le otorga al nombre un poco más de peso. Por si a alguien se le ocurre indagar.

—¿Y qué hay del talio? —pregunté, a la vez que me guardaba el sobre en el bolsillo del pantalón.

—Karl lo custodiará hasta que lleguemos a Calais —me explicó Korsch, mientras señalaba a uno de los de la Stasi—. El talio se absorbe con facilidad a través de la piel, lo que significa que se necesitan ciertas precauciones para manipularlo de manera segura.

—A mí me va de maravilla. —Me quité la chaqueta y la dejé en el asiento de al lado—. ¿No tiene calor con esos trajes de lana?

—Sí, pero la cuenta de gastos del ministerio no da para vestir al estilo de la Riviera —comentó Korsch.

Hablamos más sobre Berchtesgaden, y poco después casi habíamos olvidado las circunstancias tan desagradables que habían dado pie a nuestro reencuentro. Pero también nos quedamos callados a ratos, fumando cigarrillos y contemplando por la ventanilla de nuestro vagón el mar azul hacia la izquierda. Le había tomado cariño al Mediterráneo y me pregunté si volvería a verlo.

Una vez hubimos dejado atrás Cannes, el tren empezó a coger velocidad y en apenas hora y media ya estábamos a medio camino de Marsella. Unos kilómetros al este de Saint-Raphaël dije que tenía que ir al servicio y Korsch le ordenó a uno de sus hombres que me acompañara.

—¿Teme que me pierda? —pregunté.

—Algo por el estilo.

—Queda un buen trecho hasta Calais.

—Sobrevivirá.

—Eso espero. Al menos, esa es la idea.

El hombre de la Stasi me siguió por el Tren Azul hasta el servicio y fue más o menos entonces, mientras atravesábamos los alrededores de Saint-Raphaël, cuando la máquina empezó a aminorar la marcha. Por fortuna, no me habían cacheado en Niza y, a solas en el aseo, saqué del calcetín una cachiporra de cuero y me golpeé la palma de la mano. Se la había confiscado a un huésped del hotel hacía cosa de un par de meses y era una hermosura, manejable y flexible, con un lazo para sujetarla a la muñeca y suficiente peso para que los golpes fueran cargados de verdad. Pero es un arma cruel: una herramienta propia de un bribón porque a menudo hay que recurrir a una sonrisa o una pregunta amable para coger a la víctima desprevenida. En los tiempos del Berlín de Weimar, cuando era un joven policía uniformado, la veíamos con malos ojos cuando se la encontrábamos a algún Fritz en el bolsillo, porque esos trastos te pueden matar. Por eso a veces usábamos la propia cachiporra del Fritz para ahorrarnos un poco de papeleo y dispensar justicia por las bravas: en las rodillas y los codos, que duele lo suyo. Bien lo sé yo, que me han atizado unas cuantas veces.

Me la guardé a la espalda mientras, sonriente, salía del servicio poco después con un pitillo en la otra mano.

—¿Tiene fuego? —le pregunté a mi acompañante—. Me he dejado la chaqueta en el compartimento.

Mi sonrisa de villano titubeó un poco cuando recordé que era Gene Kelly: el tipo de Leipzig que me había echado al cuello el nudo corredizo. Ese cabrón se tenía bien merecido lo que estaba a punto de recibir, con toda la potencia de mi hombro.

—Claro —dijo Gene, quien se apoyó en la pared del vagón cuando el tren empezó a frenar estruendosamente.

Expectante, me puse el cigarrillo entre los labios. Mientras tanto, bajé la vista hacia el bolsillo de la chaqueta. Gene empezaba a sacar el mechero. No necesitaba más oportunidad que esa y ya estaba blandiendo la cachiporra como la maza de madera de un malabarista en un abrir y cerrar de ojos. La vislumbró justo antes de que le golpeara la primera vez. El arma en forma de espátula lo alcanzó en la parte superior de la cabeza de color pajizo con el mismo ruido que haría una bota al golpear un balón de fútbol empapado en agua. Gene se derrumbó como una chimenea en ruinas; pero, cuando aún estaba de rodillas, lo golpeé con fuerza otra vez porque desde luego ni olvidaba ni perdonaba su risa mientras me veía colgado en Villefranche. Noté un espasmo de dolor en el cuello cuando lo golpeé, pero mereció la pena. Y cuando estaba tendido, inconsciente —o algo peor: ni lo sabía ni me importaba— en el suelo del pasillo que se mecía con suavidad, le cogí el arma. Luego, tan rápido como pude, porque pesaba mucho, lo arrastré al interior del aseo y cerré la puerta. Acto seguido corrí a la otra punta del tren, abrí una puerta y esperé a que se detuviera en una señal ferroviaria, justo al lado de la Corniche en Boulouris-sur-Mer, como sabía que haría. A lo largo de los años había tomado ese tren a Marsella varias veces. Justo el día anterior había estado sentado en mi coche después de darle esquinazo a la Stasi durante unas horas y comprobado cómo el tren se detenía en ese mismo semáforo.

Me bajé del tren dando un salto hasta el lateral de las vías, levanté los brazos, cerré la puerta del vagón y corrí en dirección a la Avenue Beauséjour, donde había aparcado mi coche. Huir es siempre mejor plan de lo que parece. Lo sabe cualquier criminal. Tan solo la policía te dice que huir no resuelve nada. Desde luego no resuelve crímenes ni permite detener a nadie, eso seguro. Además, huir era una idea mucho más atractiva que envenenar a una inglesa con la que me había acostado, aunque fuera una zorra. Bastante tengo sobre mi conciencia como para cargar también con eso.

5
OCTUBRE DE 1956

El tren no se detendría hasta llegar a Marsella en poco más de una hora. Lancé un suspiro de alivio, o casi. No había ni una nube en el cielo y prometía ser un día perfecto de finales de octubre. Algunas familias francesas con niños de vacaciones de mitad de trimestre paseaban camino de las playas de Saint-Raphaël. Todos ellos iban despreocupados y relajados; reían mientras buscaban un poco de sol otoñal antes del largo invierno. Los miré con envidia, deseando una vida más corriente y menos interesante que la mía. Nadie se fijaba en mí, pero recordé a tiempo que llevaba la pistola bajo la cinturilla del pantalón y me saqué los faldones de la camisa ya sudada para esconderla. Luego salté una cerca baja de madera y crucé un descampado reseco hasta la Avenue Beauséjour. El corazón me latía como el de un animalillo. Si el bar de la esquina hubiera estado abierto, habría entrado a tomarme un buen lingotazo solo para mantener a raya el miedo, cada vez más intenso. Cuando ya me encontraba al lado de mi coche, proferí un suspiro hondo y desesperado y me quedé mirando los luminosos y hormigueantes átomos de la existencia y me pregunté si de verdad tenía algún sentido lo que estaba haciendo. Cuando uno huye, tiene que creer que merece la pena, pero en el fondo no estaba tan seguro. Ya no. Estaba cansado. No tenía auténtica energía para afrontar la vida, y mucho menos la huida. El cuello seguía doliéndome, y notaba los ojos como dos quemaduras de ácido en la cara. Solo quería dormir durante cien años, como Federico Barbarroja en lo más profundo de su refugio de montaña en Obersalzberg. A nadie le importaba si vivía o moría —a Elisabeth no, y desde luego a Anne French tampoco—, así que ¿para qué hacía algo semejante? No me había sentido tan solo en mi vida.

Encendí un pitillo y procuré insuflar con el humo un poco de sentido en esos órganos de pronto tan débiles que se encogían dentro de mi pecho.

«Venga, Gunther —me dije—. Has estado en aprietos en otras ocasiones. Lo único que tienes que hacer es meterte en esa chatarra francesa y conducir. ¿De verdad quieres darles a esos cerdos bolcheviques la satisfacción de atraparte ahora? Deja de compadecerte. ¿Dónde están esas agallas prusianas de las que siempre habla la gente? Aunque más vale que te des prisa. Porque en cualquier momento alguien va a ir a buscarte en ese tren y quién sabe qué ocurrirá cuando encuentren a Gene Kelly leyendo el envés de sus propios párpados. Así que termina el cigarrillo, súbete al puñetero coche y ponte en marcha antes de que sea demasiado tarde. Porque si te encuentran, ya sabes lo que va a ocurrir, ¿verdad? Un ahorcamiento parecerá una juerga en comparación con el envenenamiento por talio».

Unos minutos después iba conduciendo en dirección oeste por la Route Nationale, hacia Aviñón. Mal está que yo lo diga, pero se me dan estupendamente las charlas de motivación. Ahora estaba decidido: sobreviviría, aunque solo fuera para fastidiar a esos cabrones comunistas. Tenía un depósito lleno de combustible y un Citroën que acababa de pasar por el taller —puesta a punto y cambio de aceite por cuatrocientos francos—, conque estaba convencido de que no me dejaría tirado, o al menos tan convencido como se puede estar cuando no se trata de un coche alemán. En el maletero había algo de dinero, unas prendas de abrigo, otra arma y unas míseras posesiones de mi piso de Villefranche. Durante un rato seguí mirando hacia el mar, donde alcanzaba a ver a mi izquierda el Tren Azul en movimiento, con la esperanza de que ningún miembro de la Stasi estuviera escudriñando por la ventanilla del compartimento. La carretera discurría en paralelo a las vías, por lo que conduje lleno de angustia durante la siguiente media hora, pero no tenía otra opción que seguir esa ruta si quería tomar la autopista principal hacia el norte, siguiendo el Ródano. No me relajé hasta llegar a Le Cannet-des-Maures, donde las vías del ferrocarril y la DN7 tomaban distintas direcciones, y fue allí donde por fin perdí de vista el tren. Pero a pesar de la ventaja que les llevaba a mis compatriotas, no me engañé pensando que encontrarme estaría por encima de sus capacidades. Friedrich Korsch era listo, sobre todo con un hombre como Erich Mielke azuzándolo por medio de la amenaza de lo que podría ocurrirles a su esposa y su hija de cinco años si no me atrapaba. Igual que había hecho la Gestapo antes que ellos, la Stasi llevaba casi una década buscando a alemanes que no querían que los encontrasen. En eso sí que eran buenos, quizá los mejores del mundo. Tal vez la Policía Montada del Canadá tuviera reputación de atrapar siempre a su hombre, pero la Stasi siempre atrapaba a los hombres y las mujeres y los niños también, y, cuando los atrapaba, los hacía sufrir a todos. Había miles de personas encerradas en la desgraciadamente famosa prisión de la Stasi de Berlín en Hohenschönhausen, por no hablar de varios campos de concentración antaño dirigidos por las SS. Casi con toda seguridad se inventarían alguna excusa para obligarme a salir de Francia, tanto si quería abandonar el país como si no. Me daba en la nariz que podía haber dejado muy perjudicado a Gene Kelly con la cachiporra, en cuyo caso Korsch podría terminar el trabajo y dejarme en situación de búsqueda y captura por asesinato, perseguido por la policía francesa. Así pues, sabía que tenía que largarme de Francia cuanto antes. En Suiza era prácticamente imposible entrar, claro; Inglaterra y Holanda quedaban muy lejos, e Italia no estaba lo bastante lejos. Podría haber probado con España de no ser porque era un país fascista y yo ya había tenido fascismo suficiente para toda la vida. Además, más o menos había decidido dónde iba a ir antes de bajarme del tren. ¿Dónde podía ser más que Alemania? ¿Qué mejor sitio para ocultarse un alemán que entre millones de alemanes? Algunos criminales de guerra nazis llevaban años haciéndolo. Solo unos pocos miles se habían tomado la molestia de huir a Sudamérica, o se habían visto obligados a hacerlo. Por lo visto, todos los años encontraban a algún prófugo que se había reinventado en alguna ciudad de mierda perdida de la mano de Dios como Rostock o Kassel. Una vez cruzara la frontera francesa buscaría algún pueblo alemán y desaparecería para siempre. No ser nadie especialmente importante, eso tenía que ser una posibilidad razonable. Una vez en Alemania Occidental, podría ir tirando sin recurrir a ninguno de mis pasaportes. Allí tendría mejores oportunidades que prácticamente en ninguna otra parte. Pero me lamentaba una y otra vez por haberle contado a Korsch lo mucho que deseaba regresar a casa, aunque lo hubiera hecho para convencerlo de que éramos amigos de nuevo. No era estúpido y lo más seguro es que se pusiera en mi pellejo y llegara a las mismas conclusiones que yo.

«¿Adónde podría ir Gunther aparte de a la República Federal? Si se queda en Francia, la policía francesa lo encontrará por nosotros y luego, cuando esté bajo custodia en alguna pequeña ciudad de provincias, lo envenenaremos con talio igual que envenenaremos a Anne French. A Bernhard Gunther solo le queda Alemania Occidental. Lo han expulsado de casi todos los demás lugares».

Pisé con fuerza el acelerador en un intento de ganar algo de tiempo porque ahora hasta el último minuto era precioso. En cuando llegara a la estación de Marsella, Friedrich Korsch telefonearía a Erich Mielke al hotel Ruhl de Niza y el camarada general movilizaría a todos y cada uno de los agentes de la Stasi que estuvieran trabajando de manera clandestina en Francia y Alemania para que empezaran a buscarme por toda la frontera. Tenían mi fotografía, tenían el número de matrícula de mi coche y disponían de los recursos casi ilimitados del Ministerio para la Seguridad del Estado, por no hablar de una implacable capacidad para la eficiencia que habría sido la envidia de Himmler o de Ernst Kaltenbrunner.

No es que yo anduviera escaso de recursos; como inspector de la Kripo en Berlín, había aprendido un par de cosillas sobre cómo eludir la ley. Cualquier poli sabe que serlo es una preparación excelente para convertirse en fugitivo. Y eso era exactamente lo que yo era. Hasta unos días antes apenas había sido una fuente fiable de información sencilla, ataviado con un chaqué detrás del mostrador de conserjería en el Grand Hôtel de Cap Ferrat. Me pregunté qué habrían pensado algunos de los clientes si me hubieran visto golpear a un agente de la Stasi con una cachiporra. La idea de lo que harían los amigos de Gene si conseguían darme alcance me llevó a pisar más aún el acelerador y dirigirme al norte a cien kilómetros por hora, hasta que el recuerdo del ruido de su duro cráneo encajando el fuerte golpe empezó a desvanecerse un poco. Al fin y al cabo, quizá el hombre de la Stasi sobreviviera. Quizá sobreviviéramos los dos.

Me encanta conducir, pero Francia es un país grande y sus interminables carreteras no me causan ningún placer. Conducir está bien si tienes al lado a Grace Kelly y estás en posesión de un bonito Jaguar azul descapotable en una pintoresca carretera de montaña con una cesta de pícnic en el maletero. Pero para la mayoría de la gente, ir por carretera en Francia es aburrido. Lo único que evita que se convierta en rutina son los franceses, que se cuentan entre los peores conductores de Europa. No por nada acostumbrábamos a bromear que durante la caída de Francia de 1940, mientras los franceses intentaban a la desesperada huir del avance alemán, murieron más franceses por culpa de los malos conductores que a manos de la Wehrmacht. Por esa razón procuré concentrarme en conducir, pero, casi en proporción inversa a la incesante monotonía de la carretera ante mis ojos, mi imaginación empezó enseguida a vagar igual que un albatros perdido. Se dice que la perspectiva de ser ahorcado obra maravillas en la capacidad de concentración de un hombre. Seguro que es verdad. Sin embargo, yo doy fe de que la experiencia real de ser ahorcado, y la falta de oxígeno que ocasiona la presión del nudo corredizo contra las dos arterias carótidas perjudica de manera notable la facultad del raciocinio. Desde luego, había afectado la mía. Quizá fuera esa la intención de Mielke: convertirme en alguien más estúpido y sumiso. De ser así, no había dado resultado. La sumisión estúpida nunca había sido mi punto fuerte. Tenía la cabeza llena de niebla y enturbiada por algo que llevaba mucho tiempo olvidado, como si el presente hubiera quedado ofuscado por el pasado. Pero tampoco era exactamente eso. No, era más bien como si todo lo que quedaba por debajo de mi campo de visión estuviera envuelto en niebla y, más allá del deseo de volver a Alemania, no alcanzara a ver dónde tenía que ir ni qué debía hacer. Era como si fuese el hombre de aquel cuadro de Caspar David Friedrich y fuera vagando por un mar de niebla: insignificante, desarraigado, sin la menor certeza acerca del futuro, contemplando la futilidad de todo, y, quizá, la posibilidad de la autodestrucción.

Rostros antiguos y antaño familiares reaparecían a lo lejos. Retazos de música wagneriana resonaban entre cumbres de montañas apenas vistas. Había aromas y fragmentos de conversación. Mujeres que conocí: Inge Lorenz y Hildegard Steininger, y Gerdy Troost. Mi antiguo compañero Bruno Stahlecker. Mi madre. Pero, poco a poco, conforme iba dejando atrás la Riviera francesa y me dirigía con decisión al norte rumbo a Alemania Occidental, empecé a acordarme con detalle de lo que Korsch me había empujado a recordar. Era todo culpa suya: rememorar de esa manera, en lo que al volver la vista atrás era un evidente intento de sorprenderme con la guardia baja. Él era un poli decente por aquel entonces. Los dos lo éramos. Pensé en los dos casos en que habíamos trabajado juntos después de verme obligado a reincorporarme en la Kripo por órdenes de Heydrich. El segundo de esos casos había sido más extraño aún que el primero, y me vi obligado a investigarlo solo unos meses después de que Hitler hubiera invadido Polonia. Con toda claridad, como si fuera ayer mismo, recordé una noche oscura y ventosa a principios de abril de 1939, y cómo recorrí media Alemania en el Mercedes del propio general; recordé Berchtesgaden, y Obersalzberg, y el Berghof, y el Kehlstein, el Nido del Águila; recordé a Martin Bormann y Gerdy Troost, Karl Brandt y Hermann Kaspel y Karl Flex; y recordé las cuevas de Schlossberg y el azul de Prusia. Pero, sobre todo, recordé ser veinte años más joven y estar poseído por un sentido del decoro y el honor que ahora me parecía casi curioso. Durante un tiempo por aquel entonces, creo que sinceramente creí que era el único hombre honrado que conocía.

6
ABRIL DE 1939

—Ya era hora de que lo detuvieran, Gunther —dijo una voz severa desde arriba—. En la policía de esta ciudad no hay lugar para izquierdistas como usted.

Levanté la mirada y vi una figura conocida de uniforme que bajaba las amplias escaleras de piedra como si llegara en el último momento al baile del Führer; pero si Heidi Hobbin hubiera tenido un zapato de cristal, se lo habría quitado y me habría clavado el tacón en el ojo. No había muchas mujeres en la policía de Berlín: Elfriede Dinger —quien posteriormente se casó con Ernst Gennat, no mucho antes de morir este— y la inspectora de policía Heidi Hobbin, también conocida como Heidi la Horrible, pero no porque fuera fea —en realidad era bastante atractiva—, sino porque disfrutaba mangoneando a los hombres, sin piedad. Al menos uno de ellos debía de disfrutarlo, porque más adelante me enteré de que Heidi era amante del jefe de la Kripo, Arthur Nebe. Mujeres dominantes: es una perversión particular que no he llegado a entender nunca.

—Espero que lo lleven directo a Dachau —les comentó Heidi a los dos hombres de la Gestapo que me escoltaban de bajada por las escaleras traseras hacia la salida de la jefatura de Dircksenstrasse. La acompañaba un joven y ambicioso concejal del tribunal de distrito, un amigo mío del Ministerio de Justicia, llamado Max Merten—. Es lo menos que se merece.

Después de que Hitler llegara a la cancillería de Alemania en enero de 1933, no era lo que se dice muy popular en el Alex. Cuando purgaron a Bernhard Weiss de la Kripo por ser judío, resultó inevitable que nuestros nuevos jefes nazis vieran con recelo a los hombres de su Comisión de Homicidios, sobre todo si eran personas de centro izquierda afines, como yo, al Partido Socialdemócrata. Aun así, el error de Heidi era comprensible. Incluso con los de la Gestapo portándose como mejor sabían y pidiéndome de una manera casi amable que me presentara en su sede, por órdenes de Reinhard Heydrich, se las habían arreglado para dar la impresión de que eran dos hombres realizando una detención. Pero Heidi no lo sabía y se engañó al pensar que me llevaban detenido. Nunca fue muy observadora, máxime si se tiene en cuenta que era policía.

Animado por la perspectiva de su inminente decepción, me detuve y me toqué el ala del sombrero.

—Muy amable por su parte, señora —dije.

Heidi entornó los ojos al mirarme como si fuera un retrete en el que no hubieran tirado de la cadena. Max Merten saludó ladeando levemente el sombrero hongo con amabilidad.

—Es usted un agitador, Gunther —comentó Heidi—. Y siempre lo ha sido, con sus comentarios de listillo. Para serle sincero, no tengo ni idea de por qué Heydrich y Nebe pensaron que lo necesitaban de nuevo en el Alex.

—Alguien tendrá que encargarse de pensar por aquí ahora que han echado a los perros policías.

Merten esbozó una sonrisa torcida. Esa broma se la había oído hacer en más de una ocasión.

—Esa es exactamente la clase de comentario a que me refiero. Y que, desde luego, yo no echaré en falta.

—¿Le da a la inspectora la buena noticia —le pregunté a uno de los hombres de la Gestapo— o lo hago yo?

—En realidad, el comisario Gunther no está detenido —dijo uno de los de la Gestapo.

Sonreí.

—¿Lo ha oído?

—¿Qué quiere decir «en realidad»?

—El general Heydrich lo ha convocado a una reunión urgente en su despacho de Prinz Albrechtstrasse.

A Heidi se le demudó el gesto.

—¿Sobre qué? —preguntó.

—Lo lamento pero no se lo puedo decir —respondió el de la Gestapo—. Y ahora, le ruego nos disculpe, inspectora. No tenemos tiempo para esto. Al general no le gusta que lo hagan esperar.

—Así es —corroboré y, mirando el reloj de muñeca, le di unos golpecitos con gesto urgente—. Lo cierto es que no tenemos tiempo para esto. Debo asistir a una reunión importante. Con el general. Quizá más tarde, si hay tiempo, me pase por su oficina para contarle sobre qué quería consultarme. Pero solo si Heydrich lo considera apropiado. Ya sabe cómo funcionan las cosas con la seguridad y la confidencialidad. Aunque, ahora que lo pienso, igual no lo sabe. El general no confía en cualquiera. Por cierto, inspectora Hobbin, ¿dónde está su despacho? Lo he olvidado.

Los de la Gestapo se miraron e intentaron contener una sonrisa, sin lograrlo. Aunque todo hacía indicar lo contrario, tenían sentido del humor, si bien un poco tétrico, y aquella era la clase de broma relacionada con el rango que cualquier nazi con aspiraciones de alcanzar poder —que eran más o menos todos— podía entender y apreciar. Max Merten, el joven magistrado —no podía tener mucho más de treinta años—, era el que más se esforzaba por no sonreír. Le guiñé el ojo. Max me caía bien; era de Berlín-Lichterfelde y durante un tiempo se planteó hacer carrera en la policía, hasta que lo disuadí.

Mientras tanto, Heidi Hobbin apretó con fuerza un puñito que recordaba mucho a su agresiva personalidad, se volvió con brusquedad y regresó escaleras arriba. Convencido de que mi risa no haría sino enfurecerla más, dejé escapar una sonora carcajada, y me alegró oír que mis acompañantes hacían lo propio.

—Debe de estar bien trabajar para Heydrich —comentó uno, a la vez que me daba una palmada en la espalda a modo de felicitación.

—Sí —convino su compañero—. Hasta los jefes deben tener cuidado con usted. Puede decirles que se vayan «allí donde crece el pepino», ¿eh?

Sonreí incómodo y los seguí escaleras abajo hasta la puerta lateral del Alex. Yo nunca habría descrito al jefe del servicio secreto de seguridad como amigo mío. Los hombres del pelaje de Heydrich no tenían amigos; tenían funcionarios, y a veces esbirros, como yo, pues no me cabía duda de que Heydrich tenía otro trabajo ingrato que, a su modo de ver, solo podía hacer Bernhard Gunther. Nadie había tenido que andarse con más cuidado en Alemania que los antiguos miembros del Partido Socialdemócrata que trabajaban para Heydrich; sobre todo ahora que la reciente invasión de lo que quedaba de Checoslovaquia después del Pacto de Múnich hacía que la perspectiva de otra guerra pareciera inevitable.

Fuera, en Dircksenstrasse, encendí el último cigarrillo y me apresuré a montarme en el asiento trasero de un Mercedes que esperaba. El aire matinal era helador debido a una nevada primaveral, pero en el coche hacía calor. Aquello me iba bien porque había olvidado el abrigo: hasta ese punto había sido urgente la convocatoria. En un momento estaba en mi despacho de un rinconcito del edificio, mirando por la ventana la maqueta de tren que parecía la Alexanderplatz allá abajo, y al siguiente —sin que hiciera falta ni se ofreciera ninguna explicación— estaba sentado en la parte de atrás del coche, de camino hacia el oeste por Unter den Linden y ensayando las palabras exactas para eludir el trabajo concreto que Heydrich tenía en mente para mí. Era tal vez demasiado escrupuloso e inquisitivo como para ser un buen esbirro. La intransigencia era vana, claro; igual que Aquiles, el general no era una persona fácil de esquivar. Para el caso, podría haber intentado defenderme de la lanza de un héroe griego con un plato de porcelana de Meissen.

Unter den Linden estaba congestionada por el tráfico y los viandantes, e incluso había unos cuantos coches aparcados delante de los edificios del gobierno en Wilhelmstrasse. Pero Prinz Albrechtstrasse siempre era la calle más tranquila de Berlín más o menos por la misma razón que llevaba a todos los transilvanos sensatos a eludir las regiones más remotas de los Cárpatos. Como el castillo de Drácula, el número 8 de Prinz Albrechtstrasse albergaba su propio príncipe de la oscuridad de pálido rostro, y cada vez que me acercaba a la entrada neobarroca no podía por menos que pensar que las dos mujeres desnudas que adornaban el frontón curvo partido eran en realidad un par de hermanas vampiresas casadas con Heydrich que de noche merodeaban por el edificio en busca de ropa y una buena comida.

En el interior, el inmenso edificio era todo altas ventanas de arco, techos abovedados, balaustradas de piedra, esvásticas, bustos del Anticristo y una ausencia casi absoluta de mobiliario y sentimientos humanos. Había unos pocos asientos de madera dispuestos a lo largo de las paredes blancas y lisas como en una estación de ferrocarril, y lo único que se oía eran voces susurradas, pasos que se apresuraban por los corredores con suelo de mármol y el eco reverberante de alguna puerta que se cerraba de golpe a la esperanza en algún rincón remoto de la eternidad. Nadie salvo Dante y quizá Virgilio entraba en aquel lugar desconsolado sin preguntarse si tendría la posibilidad de salir.

Ubicado en la segunda planta del edificio, el despacho de Heydrich no era mucho mayor que mi piso. La sala era toda espacio imponente, simplicidad blanca y fría y orden impecable, más parecida a una plaza de armas que a un despacho. Sin toques personales discernibles, tenía la capacidad de hacer que el nazismo pareciera limpio e inmaculado y, por lo menos a mis ojos, resumía el vacío moral que yacía en el corazón de la nueva Alemania. Había una gruesa alfombra gris sobre el suelo de madera, unas columnas decorativas taraceadas, varias ventanas altas y un escritorio de tapa rodadera que albergaba un regimiento de estampillas de goma y una centralita. Detrás de la mesa había dos altas puertas de doble hoja. Entre ambas, una estantería sin apenas libros, pero con una pecera vacía. Justo encima de la pecera había una fotografía enmarcada de Himmler, casi como si el SS-Reichsführer con gafas fuera una especie extraña de criatura capaz de vivir dentro y fuera del agua. Que es otra manera de decir sapo asqueroso. Al lado de un enorme mapa de Alemania colgado de la pared había unos sofás y sillones de cuero a juego. En uno de ellos vi al general con tres oficiales más: su ayudante, Hans-Hendrik Neumann; el jefe de la Kripo, Arthur Nebe, y el adjunto de Nebe, Paul Werner, un fiscal del estado de Heidelberg con las cejas muy espesas que me detestaba, por lo menos, tanto como Heidi Hobbin. Heydrich y Nebe poseían perfiles marcados; pero, mientras que la cabeza de Heydrich no habría desentonado en un billete de banco, el lugar indicado para la de Arthur Nebe era una casa de empeños. A los expertos en higiene racial nazis les gustaba servirse de calibradores para medir narices a fin de determinar por medios científicos la naturaleza judía. Yo no era el único poli del Alex que se preguntaba si alguno de los dos se habría sometido a esa prueba y, de ser así, cuál había sido el resultado. Hans-Hendrik Neumann parecía un Heydrich de tres al cuarto. Con el pelo rubio y la frente despejada, poseía una nariz interesante que era afilada pero aún tenía que crecer si quería estar a la altura de la napia picuda de su superior.

Nadie se levantó del asiento y nadie me dirigió el saludo hitleriano, cosa que debió de agradarle especialmente a Nebe, teniendo en cuenta cuánto tiempo hacía que nos conocíamos y cuánto desconfiábamos el uno del otro. Como siempre, el saludo me hacía sentir hipócrita, pero la hipocresía tenía su lado positivo: lo que Darwin o alguno de sus primeros seguidores habría llamado la supervivencia de los más aptos.

—Gunther, por fin ha llegado —observó Heydrich—. Siéntese, por favor.

—Gracias, señor. Y si me permite, general, debo decir que es un gran placer volver a verlo. Echaba en falta las pequeñas charlas que solíamos tener.

Heydrich sonrió, casi disfrutando de mi insolencia.

—Caballeros, debo reconocer que a veces creo en una providencia que protege a los idiotas, los borrachos, los niños y Bernhard Gunther.

—Creo que usted y yo bien podríamos ser los que dirigen esa providencia, señor —comentó Nebe—. De no ser por nosotros, este hombre ya estaría criando malvas.

—Sí, tal vez tenga razón, Arthur. Pero siempre me viene bien un hombre útil, y si algo tiene Gunther es eso. Creo que su gran virtud es la utilidad. —Heydrich se me quedó mirando como si de verdad buscara una respuesta—. ¿Por qué cree usted que es?

—¿Me lo pregunta a mí, señor?

Tomé asiento y miré la cigarrera de plata en la mesita de café delante de nosotros. Me moría de ganas de fumar. Los nervios, supongo. Heydrich podía causar ese efecto. Dos minutos en su compañía y ya me estaba apretando las tuercas.

—Sí, creo que se lo estoy preguntando. —Se encogió de hombros—. Adelante. Puede hablar con toda libertad.

—Bueno, creo que a veces una verdad perjudicial es mejor que una mentira útil.

Heydrich rio.

—Tiene razón, Arthur, somos quienes dirigimos la providencia en lo que respecta a este tipo. —Heydrich abrió la tapa de la cigarrera de plata—. Fume, Gunther, haga el favor; insisto. Me gusta alentar los vicios de un hombre. Sobre todo, los suyos. Tengo la sensación de que algún día me resultarán más útiles que sus virtudes. De hecho, estoy seguro. Convertirlo en mi secuaz va a ser uno de mis proyectos a largo plazo.

7
ABRIL DE 1939

Cogí un cigarrillo de la caja de plata, lo encendí, crucé las piernas y lancé el humo hacia las molduras que decoraban el techo alto del despacho de Heydrich. Ya había dicho suficiente por el momento. Cuando estás con el diablo, conviene no insultarlo más de lo necesario. El diablo vestía un uniforme del mismo color que su corazón: negro. Los demás, también. Yo era el único que llevaba traje de calle, lo que me ayudó a convencerme de que era diferente de ellos en cierto modo; mejor, quizá. Fue solo más adelante, durante la guerra, cuando llegué a la conclusión de que quizá no era mucho mejor, después de todo. Para mí, la prudencia y las buenas intenciones siempre tenían prioridad con respecto a la conciencia.

—Con toda la razón, da por supuesto que tiene cierta licencia solo por estar en mi despacho —dijo Heydrich—. Yo diría que ya se ha hecho la idea de que está a punto de serme de utilidad otra vez.

—Se me había pasado por la cabeza.

—Yo no le daría demasiada importancia, Gunther. Resulta que tengo muy poca memoria en lo que a favores concierne.

La voz de Heydrich era bastante aflautada para un hombre tan grande, casi como si llevara los pantalones demasiado ceñidos.

—He comprobado que, normalmente, conviene olvidar buena parte de lo que antes creía que era importante, general. De hecho, más o menos todo aquello en lo que antes creía, ahora que lo pienso.

Heydrich esbozó su finísima sonrisa, casi tan afilada como sus ojos de color azul pálido. Por lo demás, su rostro permaneció tan inexpresivo como el de una víctima de quemaduras en la Charité.

—Tendrá muchas cosas que olvidar después de este trabajo, Gunther. Casi todas. A excepción de los hombres presentes en esta sala, no podrá hablar del caso con nadie. Sí, me parece que debemos considerarlo un caso. ¿No cree, Arthur?

—Sí, señor. Lo creo. Al fin y al cabo, se ha cometido un crimen. Un asesinato. Una clase de asesinato extraordinariamente poco común, teniendo en cuenta dónde ha ocurrido y la importancia absoluta de la persona a quien rendirá cuentas.

—¿Ah? ¿Quién es? —pregunté.

—Nada menos que el jefe adjunto del Estado Mayor del Führer, el mismísimo Martin Bormann —respondió Nebe.

—Martin Bormann, ¿eh? No puedo afirmar haber oído hablar de él. Pero supongo que debe de ser alguien importante, teniendo en cuenta para quién trabaja.

—Haga el favor de no dejar que esa ignorancia le impida apreciar la importancia capital de este caso —me advirtió Heydrich—. Puede que Bormann no desempeñe ningún cargo gubernamental, pero su gran proximidad al líder lo convierte en uno de los hombres más poderosos de Alemania. Me ha pedido que le envíe a mi mejor detective. Y puesto que Ernst Gennat no puede viajar por motivos de salud, me parece que ahora mismo lo es usted.

Asentí. Mi antiguo mentor, Gennat, tenía cáncer y se rumoreaba que apenas le quedaban unos seis meses de vida, aunque, teniendo en cuenta mi situación en ese momento, incluso eso me parecía bastante tiempo; Heydrich no era de los que toleran el fracaso. Ya me había enviado a Dachau, y bien podía hacerlo de nuevo. Era hora de esquivarlo con una finta igual que un boxeador.

—¿Y qué me dice de Georg Heuser? —pregunté—. ¿No se olvida de él? Es un buen detective. Y está mucho mejor cualificado que yo. Para empezar, está afiliado al Partido.

—Sí, es un buen detective —coincidió Nebe—. Pero ahora mismo Heuser tiene que explicar algunas cosas sobre esas cualificaciones que aseguraba poseer. Algo relacionado con una licenciatura en Derecho que fingía tener.

—¿De veras? —Procuré sofocar una sonrisa. Yo era uno de los pocos investigadores en el Alex que no estaba doctorado en Derecho, conque aquella era una noticia de lo más satisfactoria para alguien que solo había llegado a hacer el examen de acceso a la universidad—. ¿Quiere decir que, después de todo, no es doctor?

—Sí, ya imaginaba que le gustaría oírlo, Gunther. Está suspendido, pendiente de una investigación.

—Qué pena, señor.

—Difícilmente podríamos enviarle alguien así a Martin Bormann —dijo Nebe.

—Podría enviar a Werner aquí presente, claro —repuso Heydrich—. Es verdad que lo suyo tiene más que ver con la prevención que con la detección del crimen. Pero no me gustaría perderlo si mete la pata. Lo cierto es que usted es prescindible, y lo sabe. Werner no lo es. Es esencial para el desarrollo de la criminología radical en la nueva Alemania.

—Dicho así, ya veo a qué se refiere. —Miré a Werner y asentí. Tenía el mismo rango que yo, comisario, lo que me permitía hablarle con más libertad—. Creo que leí su artículo, Paul. La delincuencia juvenil como producto de la herencia criminal, ¿no fue esa su última aportación?

Werner se quitó el cigarrillo de la boca y sonrió. Con sus ojos oscuros y furtivos, los rasgos morenos y las orejas como las asas de un trofeo, tenía más aspecto de criminal que cualquiera de las personas a quienes había detenido en mi vida.

—O sea que en la Comisión de Homicidios leen esas cosas, ¿eh? Me sorprende. De hecho, me sorprende que lea siquiera.

—Claro que leo. Sus artículos sobre criminología son una lectura esencial. Solo que, según creo recordar, la mayoría de los delincuentes que identificó eran gitanos, no jóvenes de etnia alemana.

—¿No está de acuerdo con eso?

—Quizá.

—¿En qué se basa?

—No concuerda con mi experiencia, eso es todo. En Berlín hay criminales de toda condición. A mi modo de ver, la pobreza y la ignorancia explican mejor por qué un Fritz le roba la cartera a otro que su raza o el tamaño que tenga su nariz. Además, me da la impresión de que usted tiene un punto de gitano, Paul. ¿Qué me dice a eso? ¿Es usted sinti?

Werner seguía sonriendo, pero solo de labios afuera. Era de Offenburg, que es una ciudad de Baden-Württemberg en la frontera francesa, famosa por la quema de brujas y por albergar una renombrada silla de metal con pinchos que se caldeaba hasta quedar bien caliente. Él tenía el rostro de un cazador de brujas suabo y me dio la impresión de que habría estado encantado de verme morir en la hoguera.

—Solo estoy bromeando. —Miré a Heydrich—. Nos estamos tomando las medidas, como un par de tipos duros, nada más. Ya sé que no es sinti. Es un tipo listo. Sé que lo es. Usted tiene un doctorado, ¿verdad que sí, Paul?

—Siga hablando, Gunther —me animó Werner—. Algún día esa lengua suya lo llevará a la guillotina en Plötzensee.

—Tiene razón, claro —convino Heydrich—. Es usted un insolente, Gunther. Pero resulta que eso es una ventaja. Su espíritu independiente demuestra una capacidad de resistencia que nos vendrá de perlas. El caso es que hay otro motivo por el que Bormann lo prefiere a Werner, o incluso a Arthur, aquí presente. Puesto que usted nunca ha sido miembro del Partido, cree que no le debe nada a nadie, y lo que es más importante, que no me debe nada a mí. Pero haga usted el favor de no cometer ese mismo error, Gunther. Lo tengo en el bolsillo. Igual que si se llamara Fausto y yo Mefistófeles.

Dejé pasar el comentario; no había manera de discutir con Heydrich cuando se ponía en plan avasallador. Aun así, era reconfortante pensar que Dios, en su infinita gloria, quizá convenciera a unos cuantos ángeles para que intercedieran por mí.

—Quiero que me ponga al tanto de cualquier cosa que logre averiguar acerca de ese malnacido mientras esté en Obersalzberg.

—Supongo que se refiere al jefe adjunto del Estado Mayor del Führer.

—Es un megalómano —aseguró Heydrich.

No opiné al respecto. Bastante me había ido ya de la lengua.

—En concreto, quiero saber qué hay de cierto en el misterioso rumor que corre por Berlín de que lo está chantajeando su propio hermano. Albert Bormann es ayudante administrativo de Adolf Hitler y jefe de la Cancillería del Führer en Obersalzberg. Como tal, allí es casi tan poderoso como el propio Martin Bormann.

—¿Es allí donde voy? ¿A Obersalzberg?

—Sí.

—Qué bien. Me vendrá de maravilla un poco de aire alpino.

—No va de vacaciones, Gunther.

—No, señor.

—Si se le presenta la menor ocasión de sacar a relucir trapos sucios de ese hombre, de cualquiera de los dos, aprovéchela. Mientras esté allí, no solo es un detective: es un espía mío. ¿Está claro? Cuando esté allí creerá que puede elegir entre la peste y el cólera. Pero no es así. Usted es mi Fritz, no el de Bormann.

—Sí, señor.

—Y por si persevera en la creencia errónea de que su miserable alma sigue siendo suya, más le vale saber que la policía de Hannover sigue investigando el hallazgo de un cadáver en un bosque cerca de Hamelín. Recuérdeme los detalles, Arthur.

—Era un tipo llamado Kindermann, un médico que llevaba una clínica privada en Wannsee, y que era colega de nuestro común amigo Karl Maria Weisthor. Parece ser que recibió varios disparos.

—Pues bien, teniendo en cuenta la relación con Weisthor, yo diría que se lo tenía merecido —añadió Heydrich—. Aun así, se vería usted en una situación incómoda si tuviera que explicarle a la policía de Hannover lo que le unía a usted con ese individuo.

—¿Cuándo salgo? —pregunté en tono animado.

—En cuanto haya terminado nuestra reunión —repuso Heydrich—. Uno de mis hombres ya ha estado en su apartamento y recogido algunos efectos personales suyos. Abajo lo espera un coche para llevarlo directo a Baviera. Mi propio coche. Es más rápido. Debería haber llegado antes de medianoche.

—Bueno, ¿de qué va todo esto, señor? Ha mencionado un asesinato. ¿Quién ha muerto? Supongo que no será nadie importante, o ya habríamos oído la mala noticia en la radio esta mañana.

—Pues no sabría decirle. Bormann no lo dijo con claridad por teléfono cuando hablamos. Pero está usted en lo cierto: no era nadie importante, gracias a Dios. Un ingeniero civil de por allá. No, lo que le confiere importancia es dónde fue asesinada esa persona. La víctima fue abatida con un rifle en la terraza del domicilio privado de Hitler en Obersalzberg. El Berghof. El asesino, que sigue suelto, debía sin duda saber que el Führer estaba pronunciando un discurso anoche en Berlín. Lo que significa que es sumamente improbable que se tratara de un intento frustrado de asesinar a Adolf Hitler. Pero, como es natural, a Bormann le preocupa mucho cómo quedará ahora a los ojos del Führer. El mero hecho de que le dispararan a alguien, a cualquiera, en la segunda residencia de Hitler, el único lugar al que puede ir a relajarse y abstraerse de las preocupaciones del Estado, supondrá un grave quebradero de cabeza para cualquiera que tenga algo que ver con la seguridad del Führer. Por este motivo, Bormann quiere que se detenga a ese asesino lo antes posible.

»Es impensable que el Führer vuelva allí hasta que se haya detenido al asesino. Si no lo detienen, podría incluso costarle a Bormann su puesto. De una manera u otra, la situación es favorable para el SD y la Kripo. Si no se detiene al asesino, es muy probable que Hitler destituya a Martin Bormann, cosa que agradará sobremanera a Himmler. Y si lo detienen, Bormann habrá contraído una deuda considerable conmigo.

—Me tranquiliza saber que no puedo fracasar, señor —comenté.

—Permítame que le deje bien clara una cosa, Gunther: Obersalzberg es el dominio de Martin Bormann. Él lo controla todo allí. Pero en tanto que detective con autoridad para plantear preguntas en la montaña de Hitler, dispone de la oportunidad perfecta para remover unas cuantas piedras y ver qué sale reptando. Y sin duda me habrá fallado si no regresa con algún trapo sucio que achacarle a Martin Bormann. ¿Queda claro?

—Muy claro. ¿De cuánto tiempo dispongo?

—Por lo visto, Hitler tiene planeada una visita al Berghof inmediatamente después de su cumpleaños —respondió Nebe—. Así que no hay tiempo que perder.

—Recuérdemelo —sugerí—. ¿Cuándo es? Tengo una pésima memoria con los cumpleaños.

—El veinte de abril —respondió Nebe con paciencia.

—¿Y qué hay de la policía local? ¿Y la Gestapo? ¿Trabajaré con ellos? Y de ser así, ¿quién estará al mando? ¿Ellos o yo?

—Los jefazos locales no han sido informados. Por razones evidentes, Bormann quiere que esto no salga en la prensa. Usted será el único que esté a cargo de la investigación. Y responderá directamente ante Bormann. Al menos, en teoría.

—Ya veo.

—Tenga cuidado con él —me advirtió Heydrich—. No es ni la mitad de tonto de lo que parece. No se fíe de los teléfonos del Berghof. La vida por allí no está como para montar ponis en miniatura, por así decirlo. Es muy probable que los hombres de Bormann escuchen hasta la última palabra que pronuncie. Lo sé porque fueron hombres míos quienes instalaron los micrófonos secretos en varias habitaciones y en todas las casas de invitados. Del télex tal vez sí pueda fiarse; de los telegramas, también; pero de los teléfonos, no. Neumann lo acompañará en el coche hasta Múnich. Le explicará con detalle cómo seguir en contacto conmigo. Pero ya tengo un espía en la RSD en Obersalzberg. Hermann Kaspel. Es un buen hombre. Lo que pasa es que no se le da muy bien averiguar cosas que no debería saber. A diferencia de usted. Sea como sea, le he preparado una carta de presentación, con mi firma. La carta especifica que él debe prestarle ayuda en todo lo que usted necesite.

Ya conocía a Hermann Kaspel. En 1932, eché una mano para que lo expulsaran de la policía cuando me enteré de que dirigía un grupo de las SA fuera de su horario laboral. Eso ocurrió después de que unos matones nazis asesinaran a un sargento de policía llamado Friedrich Kuhfeld. Desde entonces no nos enviábamos felicitaciones navideñas.

—He oído hablar del SD, señor —confesé—. Pero no estoy seguro de qué es la RSD.

—La guardia personal de seguridad del Führer. Forma parte del SD, pero no bajo mi mando. Responden directamente ante Himmler.

—Me gustaría llevar conmigo a mi ayudante de investigación criminal en el Alex, señor. Friedrich Korsch. Es un buen hombre. Quizá recuerde que fue de gran ayuda en el caso Weisthor el mes de noviembre pasado. Si resolver este caso es tan urgente como usted dice, tal vez me haga falta un buen ayudante de investigación criminal. Por no hablar de alguien en quien pueda confiar. La historia que tengo en común con Hermann Kaspel se remonta a cuando él era miembro de la Schupo, antes del gobierno de Von Papen. En 1932 era jefe de una célula nazi en la Estación 87, aquí en Berlín, un asunto acerca del que disentíamos.

—¿Por qué será que no me sorprende? —comentó Heydrich—. Pero puede estar tranquilo. Al margen de la antipatía que puedan tenerse, Kaspel cumplirá mis instrucciones al pie de la letra.

—Aun así, señor. Korsch es un detective como es debido. Tiene la cabeza bien puesta sobre los hombros. Y dos cabezas son mejor que una en un caso urgente como este.

Miró de soslayo a Nebe, quien asintió como respuesta.

—Conozco a Korsch —dijo Nebe—. Es un matón. Aun así, está afiliado al Partido. Quizá llegue a inspector algún día, aunque nunca a comisario.

—A Bormann no le hará ninguna gracia —aseguró Heydrich—, y es posible que tenga que convencer al jefe adjunto del Estado Mayor de que le permita conservar a ese hombre, pero llévelo, sí.

—Otra cosa, señor —añadí—. Dinero. Supongo que necesitaré un poco. Sé que el método probado de la Gestapo es el miedo, pero, con arreglo a mi experiencia, un poco de dinero contante y sonante funciona mejor que la silla candente de Offenburg. Ayuda a soltar las lenguas cuando la gente alcanza a olerlo. Sobre todo, si uno intenta trabajar con discreción. Además, es más fácil llevar dinero que instrumentos de tortura.

—De acuerdo —concedió Heydrich—, pero quiero recibos. Muchos recibos. Y nombres. Si soborna a alguien, quiero saber a quién, para poder volver a usarlo.

—Claro.

Heydrich miró a Nebe.

—¿Tenemos que decirle algo más, Arthur?

—Sí. Kaltenbrunner. No debemos olvidarlo.

Negué con la cabeza. Era otro nombre que no había oído nunca.

—Es el jefe de las SS y la policía en Austria —me explicó Nebe—. Al menos, de manera nominal. También es miembro del Reichstag. Y por lo visto, tiene una casa de campo en Berchtesgaden, justo en la falda de la colina de Obersalzberg. Neumann le facilitará la dirección.

—No es más que un burdo intento de entrar a formar parte del círculo íntimo del Führer —señaló Heydrich—. Aun así, me gustaría saber qué se trae entre manos ese subalterno seboso. Permítame que me explique. Hasta hace poco, Kaltenbrunner y otros trataban de obtener cierta autonomía gubernamental en Austria. No se podía permitir tal cosa. Austria está a punto de desaparecer como concepto político. Prácticamente todas las funciones policiales clave han quedado bajo el control de este ministerio. Dos hombres leales a mí, Franz Huber y Friedrich Polte, han sido nombrados líderes de la Gestapo y el SD en Viena, pero aún está por ver si Kaltenbrunner ha aceptado esta nueva realidad administrativa. De hecho, estoy más o menos convencido de que no lo ha hecho. Así pues, su influencia en Austria hace necesario someterlo a una vigilancia constante. Incluso cuando está en Alemania.

—Creo que me hago una idea. Quiere que busque trapos sucios sobre él. Si es que los hay.

—Los hay —aseguró Heydrich—. Desde luego que los hay.

—Kaltenbrunner tiene esposa —explicó Nebe—. Elisabeth.

—Eso no parece muy turbio.

—También disfruta de los favores de dos aristócratas de la Alta Austria.

—Ah.

—Una de ellas es la condesa Gisela von Westarp —continuó Heydrich—. No está claro si algunos de sus encuentros tienen lugar en la casa de Berchtesgaden, pero, de ser así, es obvio que el Führer no lo vería con buenos ojos. Por eso quiero saberlo. Hitler da mucha importancia a los valores familiares y la moralidad personal de los altos cargos del Partido. Averigüe si esa tal Gisela von Westarp pone alguna vez los pies en la casa de Berchtesgaden. También si va por allí alguna otra mujer. Sus nombres. Algo semejante no debería eludir su capacidad de investigación. Antes se ganaba la vida así, ¿no? Como detective privado, uno de esos hombrecillos rastreros que husmean por pasillos de hotel y observan a través de mirillas en busca de pruebas de adulterio.

—Viéndolo en perspectiva, no era tan rastrero —repliqué—. De hecho, disfrutaba husmeando por los pasillos de los hoteles. Sobre todo, los buenos hoteles, como el Adlon, donde hay moquetas bien gruesas. Sientan mejor a los pies que hacer el paso de la oca en una plaza de armas. Y siempre hay un bar a mano.

—Entonces, debería resultarle fácil. Y ahora, puede retirarse.

Torcí el gesto y me puse en pie.

—¿Algo le parece gracioso? —preguntó Heydrich.

—Solo era una cosa que dijo Goethe. Que todo es difícil antes de ser fácil. —Me levanté y fui a la puerta, pero no sin antes cabecear en dirección a Paul Werner—.Tal vez no tenga un doctorado. Uno de verdad. Pero sí que leo, Paul. Sí que leo.

8
ABRIL DE 1939

Berchtesgaden distaba setecientos cincuenta kilómetros de Berlín, pero en el asiento trasero del coche personal de Heydrich, un lustroso Mercedes 770K negro, provisto de una manta de cachemira con el monograma de las SS sobre las rodillas, apenas era consciente de la distancia ni del frío. El coche era del tamaño de un submarino alemán, y casi igual de potente. El motor de ocho cilindros con sobrealimentador vibraba igual que Potsdamer Platz en hora punta, e incluso con nieve en la Autobahn el Mercedes avanzaba sin problemas. Era como cabalgar hacia el Salón de los Caídos en el más allá con una línea de coro de las Valkirias, solo que con mucha más elegancia. No creo que Mercedes haya fabricado mejor automóvil que ese. Desde luego, nunca uno tan grande ni tan cómodo. Un par de horas en esa limusina y me sentía capaz de tomar las riendas de Alemania. En el asiento delantero, detrás del enorme volante, estaba el chófer de Heydrich con todo el aspecto de una estatua de la isla de Pascua, y a su lado, Friedrich Korsch, mi ayudante de investigación criminal del Alex. A mi lado, en la parte de atrás del coche, iba Hans-Hendrik Neumann, el ayudante de Heydrich, con su rostro afilado. Los asientos traseros eran más bien como un par de sillones de cuero del Herrenklub. Me quedé traspuesto durante parte del trayecto. Llegamos a Schkeuditz, al oeste de Leipzig, en menos de dos horas —cosa que me pareció extraordinaria— y a Bayreuth en menos de cuatro, pero, como estaba anocheciendo y aún teníamos por delante más de cuatrocientos kilómetros, nos vimos obligados a detenernos y repostar en Pegnitz, al norte de Núremberg. Llenar los tanques de combustible del acorazado Bismarck habría sido más rápido y barato...

1956

Me habría venido bien un coche potente como el Mercedes 770K en mi huida a través de Francia. Desde luego, también me habría venido bien echar una cabezadita. El Citröen era un 11 CV Traction Avant, que es el término francés que describe una tartana de tracción delantera sin la menor potencia; el once tal vez hiciera referencia a los caballos que tenía el trasto. Era incómodo y lento y tenía que poner los cinco sentidos para conducirlo. Después de seis horas al volante estaba agotado. Me dolían el cuello y los ojos, y notaba la cabeza como la de Ptolomeo después de la chapuza de craneotomía que le hicieron. No había llegado más al norte de Mâcon, pero sabía que tendría que detenerme y descansar. Consciente de que lo mejor sería pasar desapercibido, evitando los hoteles e incluso las pensiones, paré en un camping con un aspecto la mar de alegre. En Francia van de camping dos millones de personas, muchísimos de ellos en su vehículo. Yo no tenía tienda de campaña ni caravana, pero eso no parecía relevante, porque planeaba dormir en el coche y, por la mañana, usar las duchas y la cafetería, por ese orden. Qué no habría dado por un baño caliente y una cena en el hotel Ruhl. Pero cuando le di al individuo de la recepción —un hombre con mirada torva y la fastidiosa nariz de un perfumista— los cincuenta francos que costaba la plaza, me pidió la licencia de acampada y, a regañadientes, me vi obligado a confesar que no estaba al tanto siquiera de que tal cosa existiese.

—Me temo que es un requisito legal, monsieur.

—¿No puedo acampar aquí sin ella?

—No puede acampar en ninguna parte sin esa licencia, monsieur. Por lo menos, no en Francia. Se creó para asegurar a la gente contra daños a terceros causados al acampar. Hasta veinticinco millones de francos por daños se derivan de incendios, y cinco millones por daños se derivan de accidentes.

—¿O sea que no necesito seguro para conducir un coche en Francia, pero lo necesito para plantar una tienda de campaña?

—Así es. Pero puede obtener sin problema una licencia de acampada en cualquier club automovilístico.

Miré el reloj de pulsera.

—Creo que es un poco tarde para eso, ¿no?

Se encogió de hombros, indiferente a mi suerte. Yo diría que no le entusiasmaba que un personaje sospechoso como yo se quedara en su camping. Un hombre con acento extranjero que lleva bufanda en octubre y gafas de sol después de oscurecer no es la clase de campista despreocupado que inspira confianza en lo más profundo de Vichy. Ni el mismísimo Cary Grant se habría salido con la suya.

Así pues, abandoné el camping, conduje unos cuantos kilómetros y busqué una carretera rural tranquila bajo unos chopos bien altos y luego un campo donde cerrar los ojos cansados durante un rato. Pero no era fácil dormir a sabiendas de que Friedrich Korsch y la Stasi ya iban tras mis pasos. Casi con toda seguridad habrían alquilado coches sin conductor en la oficina de alquiler de vehículos Europcar junto a la estación de ferrocarril en Marsella, y muy probablemente solo estarían a un par de horas de donde me encontraba por la N7. Al final, logré dormir un poco en el asiento trasero del Citröen, pero no sin que Friedrich Korsch se me apareciera en un sueño que tenía lugar en algún lugar al fondo del doble dolor que ahora eran mis ojos.

La manera en que había vuelto a entrar en mi mundo después de tantos años era extraña y, al mismo tiempo, quizá no tan extraña en el fondo. Si uno vive lo suficiente, se da cuenta de que todo lo que nos ocurre forma parte de la misma ilusión, la misma mierda, la misma broma celestial. En realidad, las cosas no acaban, solo se interrumpen un rato y luego vuelven a empezar, como un disco rayado. No hay capítulos nuevos en el libro, no hay más que un largo cuento de hadas: la misma historia estúpida que nos contamos y que, de manera tan equivocada, llamamos vida. Nada termina de verdad hasta que estamos muertos. ¿Y qué otra cosa podía hacer un hombre que había trabajado para la Oficina de Seguridad del Reich salvo seguir trabajando para el mismo asqueroso departamento bajo los comunistas? Friedrich Korsch era un policía nato. Semejante continuidad tenía todo el sentido del mundo para los comunistas; a los nazis se les había dado bien velar por el cumplimento de la ley. Y con un libro diferente —el de Marx en vez del de Hitler—, un uniforme ligeramente distinto y un himno nacional nuevo, «Resucitados de entre las ruinas», todo podía seguir como siempre. Hitler, Stalin, Ulbricht, Jrushchov, eran todos iguales, los mismos monstruos del abismo neurológico que denominamos nuestro subconsciente. Schopenhauer y yo. A veces, ser alemán parece conllevar graves inconvenientes.

Ahora casi atinaba a oír la voz de Friedrich Korsch, sentado en la parte delantera del Mercedes 770K cuando llegamos a las afueras de Núremberg —a efectos prácticos, la capital del nazismo en Alemania— y mencionó un buen hotel, que era lo que más deseaba yo en ese momento, con una cama cómoda, un baño caliente, colirio para los ojos y una apetitosa cena...

1939

—El Deutscher Hof —dijo Korsch—. ¿Lo recuerda, señor?

—Claro.

—Es un hotel agradable. Al menos, el mejor en el que me he alojado. Siempre me recuerda un poco al Adlon.

Korsch y yo nos habíamos alojado en el Deutscher Hof —según los rumores, el hotel preferido de Hitler— durante un viaje a Núremberg el mes de diciembre anterior, cuando investigábamos una posible pista en un caso de asesinatos en serie. Durante una temporada habíamos sospechado que Julius Streicher, el líder político de Franconia, podía ser el culpable, y habíamos ido a Núremberg para hablar con el jefe de policía local, Benno Martin. Streicher era el azote de los judíos más sañudo de Alemania, así como el editor de Der Stürmer, una publicación tan burdamente antisemita que incluso la mayoría de los nazis la rehuían.

Capté la mirada de Korsch en el retrovisor lateral montado sobre la enorme rueda de repuesto junto a la portezuela y asentí.

—¿Cómo iba a olvidarlo? —dije—. Fue la noche en que por fin le echamos ojo a Streicher. Llevaba una cogorza de campeonato, pero seguía pimplando con un par de fulanas como si fuera el mismísimo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Durante un tiempo lo vi claramente en el papel. De asesino, quiero decir.

—Cuesta creer que un hombre como él siga siendo líder de zona.

—Ahora mismo hay muchas cosas que cuesta creer —murmuré, pensando en la guerra que seguramente estaba a la vuelta de la esquina; convencido de que los franceses y los británicos no tardarían en responder al farol de Hitler y movilizar sus ejércitos. Se rumoreaba que Polonia era la siguiente de la lista de Hitler para la anexión, o cualquiera que fuese el término diplomático que el Pacto de Múnich hubiera inventado como eufemismo de «invasión de un estado soberano».

—No por mucho más tiempo —señaló Neumann—. Entre usted y yo, a Streicher lo están investigando desde noviembre, acusado de robar propiedades judías incautadas después de la Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos, que eran en justicia propiedades del Estado. Por no hablar de que ha calumniado a la hija de Göring, Edda.

—¿La ha calumniado? —indagó Korsch.

—Afirmó en su periódico que la concibieron por inseminación artificial.

Me eché a reír.

—Sí, ya me imagino cómo debió cabrearle a Göring. Como cabrearía a cualquier hombre.

—El general Heydrich espera que lo hayan destituido de todos sus cargos en el Partido para finales de año.

—Bueno, qué alivio —comenté—. ¿De dónde es usted, Neumann?

—De Barmen. —Meneó la cabeza—. No pasa nada. Franconia también es un misterio para mí.

—Es tierra de brujos —señalé—. Más vale no desviarse del camino, eso dicen siempre allí. No hay que adentrarse en los bosques. Y no hay que hablar nunca con desconocidos.

—Ya lo creo —convino Korsch.

Un momento después, dije:

—Entre usted y yo, ha dicho. Supongo que eso significa que se va a llevar todo en secreto y luego se va a barrer bajo la alfombra, igual que el asunto de Weisthor.

—Creo que Streicher sigue bajo la protección de Hitler —señaló Neumann—. De modo que, sí, supongo que está en lo cierto, comisario Gunther. Pero no hay nada perfecto, ¿verdad?

—Usted también se ha dado cuenta, ¿eh?

—Hablando de secretos —dijo Neumann—. Supongo que más vale que hablemos de cómo va a mantener al general al corriente de sus andanzas mientras esté en Obersalzberg, sin poner sobre aviso a Martin Bormann.

—Eso mismo me preguntaba yo.

—Mientras usted esté allí, yo estaré estacionado a unos kilómetros de la frontera, en Salzburgo. De hecho, me encargo de muchos trabajos confidenciales para el general en Austria. Cerca de Berchtesgaden hay un pueblucho llamado Saint Leonhard. Está prácticamente en la frontera. Y en Saint Leonhard hay una discreta pensión llamada Schorn Ziegler, que cuenta con un muy buen restaurante. Auténtica comida casera. Yo me alojaré allí. Si tiene algo de lo que informar o si necesita cualquier cosa de la oficina de Heydrich en Berlín, podrá encontrarme allí. De no ser así, siempre puede localizarme en la sede de la Gestapo en Salzburgo. Es fácil de ubicar. Basta con que busque el antiguo monasterio franciscano de Mozartplatz.

—Supongo que los monjes ya no están. ¿O se alistaron todos en las SS?

—¿Qué diferencia hay? —comentó Korsch.

—Por desgracia, los expulsaron de allí el año pasado. —Neumann se mostró avergonzado un momento—. Muchas de las cosas que sucedieron después de la anexión podrían haberse gestionado de otra manera. Mejor. —Se encogió de hombros—. Yo no soy más que un ingeniero eléctrico. La política se la dejo a los políticos.

—Eso es lo malo —repuse—. Tengo la horrible sensación de que a los políticos se les da peor que al resto de la humanidad.

—¿Una copa? —Neumann levantó el reposabrazos para mostrar una pequeña coctelería.

—No —respondí, al tiempo que agarraba el cordón de cuero rojo en la parte trasera del asiento delante de mí, como si fuera a ayudarme a mantenerme firme en mi resolución—. Creo que más me vale estar despejado cuando llegue a Obersalzberg.

—Pues yo sí voy a tomarme una, con su permiso —dijo, a la vez que sacaba una pequeña licorera de cristal del nido de terciopelo púrpura en el que estaba—. El general tiene un brandy excelente en su coche. Creo que es casi tan añejo como yo.

—Adelante. Estoy impaciente por leer los comentarios del catador.

Bajé la ventanilla un centímetro y encendí un pitillo, aunque solo para ahuyentar el aroma ligeramente embriagador del aceite caliente y el caucho recalentado, el alcohol caro y el olor corporal masculino que colmaba el elegante interior del enorme Mercedes. Una bruma gélida cubría la carretera más allá, disolviendo otros faros delanteros y luces traseras como algo soluble en el fondo de un vaso. Pueblecillos olvidados discurrían borrosos ante nuestros ojos a medida que el coche del ángel caído continuaba su trayecto retumbante hacia el sur a través de la oscuridad incierta. Mientras bostezaba, parpadeaba y asimilaba lo que ya quedaba unos veinte metros más atrás, me hundí más aún en el asiento y escuché el viento de colmillos afilados que ululaba una melancólica melodía propia de una banshee junto al cristal frío como el hielo de la ventanilla. No hay nada como un largo viaje por carretera de noche para rescatar pensamientos del pasado y del futuro a partes iguales, haciéndole creer a uno que venir no dista mucho de ir, y convenciéndolo de que el final tan esperado de un viaje no es más que otro puñetero comienzo.

9
ABRIL DE 1939

Era casi medianoche cuando llegamos a Berchtesgaden, en los confines sudorientales de Baviera. En la oscuridad, parecía una típica ciudad de valle alpino con varias torres altas de iglesia, un castillo imponente y numerosos murales de colores vistosos, aunque la mayoría eran recientes e ilustraban una devoción pueril a un solo hombre que rayaba en la idolatría. Como habitante de la capital de Alemania, supongo que tendría que estar acostumbrado a un poco de lisonjeo y servilismo rastrero. Pero para los berlineses, al héroe siempre lo acompaña una mancha de suciedad en el chaleco blanco, y es muy poco probable que ninguno de mis conciudadanos hubiera decorado la fachada de su casa con nada que no fuera una placa hortera con su apellido o un número de la calle. No estaba seguro de los motivos de Hitler para elegir una acogedora villa turística como capital extraoficial —pues eso es lo que era—, pero visitaba Berchtesgaden desde 1923, y en verano era imposible abrir un periódico alemán sin ver varias fotografías de nuestro Führer rodeado de niños locales como si fuera su tío. Siempre se lo veía de la mano de niños —cuanto más alemanes de aspecto, mejor—, casi como si alguien (Goebbels, probablemente) hubiera decidido que dejarse ver con ellos atenuaría su imagen de monstruo beligerante. En mi caso, siempre prevalecía la impresión opuesta. Cualquiera que hubiese leído a los hermanos Grimm sabría decir que los lobos malos y los hechiceros, las brujas malvadas y los gigantes glotones siempre disfrutaban del sabor de un buen pastel caliente relleno de la suculenta carne de niños y niñas lo bastante bobos como para irse con ellos. Me preocupaban algunas de esas niñas con trenzas y vestidito tradicional a quienes llevaban a conocer a Hitler como regalo de cumpleaños, de veras que sí.

Habíamos llegado a Berchtesgaden, con un río a la izquierda y la ciudad a nuestra derecha. El Mercedes viró casi de inmediato hacia el este para cruzar un pequeño puente sobre el Ache y enfilar una sinuosa carretera nevada de montaña en dirección a Obersalzberg. Pendiendo amenazadoramente sobre nosotros a la luz de la luna estaba el macizo de Göll, que se alza hasta una altura de más de dos mil metros a horcajadas sobre la frontera entre Austria y Alemania como un enorme nubarrón de tormenta. Unos minutos después llegamos a nuestro primer control de seguridad. Aunque nos esperaban, nos vimos obligados a aguardar mientras el guardia medio congelado de las SS telefoneaba al cuartel general para que nos concedieran permiso para continuar. Después del ambiente de pacotilla que reinaba en Berlín, el aire frío a través de la ventanilla abierta del coche tenía un sabor tan puro como el agua recién fundida de un glaciar. Ya me sentía más sano. Quizá por eso le gustaba tanto el lugar a Hitler: quería vivir eternamente. Obtuvimos nuestro permiso y seguimos adelante unos kilómetros hasta que, cerca de otra garita de vigilancia que marcaba el límite de la denominada Zona Prohibida, nos desviamos hacia el sendero de acceso a Villa Bechstein, un chalé de tres plantas de estilo alpino, y nos detuvimos al lado de otro gigantesco Mercedes-Benz.

—Aquí se alojarán usted y su ayudante de investigación criminal Korsch —me dijo Neumann—. Pero los demás tampoco podemos pasar de aquí, comisario. A partir de este punto está en manos de la RSD. Otro vehículo militar lo llevará en presencia del jefe adjunto del Estado Mayor.

Nos apeamos del coche y nos encontramos rodeados por cinco agentes de la guardia personal de seguridad de Hitler de punta en blanco que inspeccionaron nuestras credenciales con detenimiento y luego me invitaron a mí, aunque no así a Korsch, a montar en el otro Mercedes. El viento estaba arreciando y llegaba un intenso olor a humo de leña procedente de las chimeneas de la villa que me hizo echar en falta un fuego bien caliente y una taza de café con alguna persona cálida que la sostuviera.

—Si no les importa, caballeros —dije—. Me gustaría disponer de unos minutos para lavarme las manos. Y deshacer el equipaje.

—No hay tiempo para eso —anunció uno de los agentes de la RSD—. Al jefe no le gusta que lo hagan esperar. Y lleva toda la tarde aguardando su llegada en la Casa Kehlstein.

—¿El jefe? —Por un momento, me pregunté con quién estaba a punto de reunirme.

—Martin Bormann —respondió otro.

—¿Y qué es la Casa Kehlstein?

—El Kehlstein es el pico más al norte del macizo de Göll. No es el más alto, y la casa, bueno, ya la verá.

Uno de los agentes había abierto la portezuela del Mercedes mientras otro se había hecho cargo de mi maleta y la llevaba ya a la villa. Y unos minutos después, yo ascendía por la montaña mágica acompañado por tres hombres de la RSD.

—El capitán Kaspel, ¿no? —pregunté.

—Sí —dijo el hombre que estaba sentado a mi lado. Señaló al que iba junto a mi nuevo conductor—. Y este es mi superior, el comandante Högl. El comandante Högl es el jefe adjunto de la RSD en Obersalzberg.

—Comandante.

Nos detuvimos para sortear otro control, después de lo cual Högl se volvió por fin y me habló.

—Ahora estamos en la Zona Prohibida, más conocida por todos los que trabajaban aquí como el Territorio del Führer. El nivel de seguridad FG1 solo está plenamente operativo cuando el Führer se encuentra aquí. Sin embargo, y teniendo en cuenta las circunstancias especiales, hemos creído conveniente pasar al nivel FG1, al menos por el momento.

Yo sabía que Kaspel era de Berlín, pero el acento bávaro de Högl y sus ademanes pomposos eran inconfundibles. Ya había visto algo semejante, claro; cualquiera que entra en contacto con un dios suele creerse en su derecho de ejercer su propia prepotencia.

—¿Qué circunstancias especiales son esas, comandante?

—El asesinato, claro. Por eso ha venido usted, ¿no? ¿Para investigar un homicidio? Eso es lo que se le da bien, según me ha dicho el general Heydrich.

—Nunca anda muy descaminado —repuse—. ¿Le importa ofrecerme un pequeño adelanto de lo que ha ocurrido?

—Eso no sería apropiado —repuso Högl con tono seco—. En realidad, de qué se le informe es cosa del jefe adjunto del Estado Mayor.

—Por cierto, ¿quién es jefe del Estado Mayor por aquí? Con tantos cargos, a veces es un poco complicado estar al día de quién es cada cual en la Alemania nazi.

—El adjunto del Führer. Rudolf Hess. De hecho, va a alojarse en Villa Bechstein cuando regrese de Múnich pasado mañana. Pero si lo ve, puede llamarlo señor, o general.

—Qué alivio. Adjunto del Führer es un rango kilométrico.

Prendí un cigarrillo y bostecé. Era más seguro que hacer un chiste.

—Pero, a efectos prácticos, quien dirige el espectáculo aquí arriba es Martin Bormann —señaló Kaspel.

Crucé los brazos sobre el pecho y le di una buena calada al pitillo, cosa que pareció molestar a Högl. Con la mano, agitó el humo hacia mí.

—Para que lo sepa, no está permitido fumar en Kehlstein —me advirtió Högl—. El Führer tiene un olfato muy fino para el tabaco y no le agrada en absoluto.

—¿Incluso cuando no está aquí?

—Incluso cuando no está aquí.

—Pues sí que tiene un olfato fino.

Al cabo, llegamos al final de la carretera, donde me esperaba una vista impresionante. En una entrada revestida de piedra a los pies de una ladera de montaña despejada casi por completo había un par de puertas de bronce abovedadas del tamaño de elefantes africanos que se abrieron al acercarnos nosotros. Naturalmente, como cualquier alemán, yo conocía la leyenda que decía que el emperador Federico Barbarroja (aunque otros decían que era Carlomagno) dormía en el interior de esas montañas a la espera de la gran batalla que serviría de preludio al fin del mundo, pero nunca se me había pasado por la cabeza descubrir que esperaba visita. Esa broma también me la guardé para mí. Si me hubiesen llamado a la presencia del rey trol para hablar del desafortunado estado en que se encontraba su hija, no me habría sentido más intimidado. Las puertas se abrieron para revelar un túnel largo y perfectamente recto que bien podría haber permitido el paso del enorme Mercedes, pero me dijeron que teníamos que apearnos e ir andando.

—Solo el Führer está autorizado a ir en coche hasta el final de este túnel —me explicó Högl—. Todos los demás tenemos que desgastar las suelas.

—Me apetece estirar las piernas un poco —dije en tono valiente—. Hay diez horas desde Berlín. Además, todo peregrinaje debe terminarse a pie, ¿no cree?

Me apresuré a terminar el cigarrillo, tiré la colilla a la carretera y seguí a Högl y su ayudante hacia el interior del túnel de mármol radiantemente iluminado. Pasé la mano por la pared y levanté la vista hacia las lámparas de hierro forjado mientras caminábamos; todo era nuevo y estaba de un limpio inmaculado. Ni siquiera la estación del U-Bahn de Friedrichstrasse tenía un aspecto tan nuevo y pulido como este lugar.

—¿Es aquí donde vive el Führer? —indagué.

—No, por aquí se va al salón de té —me explicó Kaspel.

—¿El salón de té? Pues a ver entonces cómo es el salón de baile. Por no hablar de la coctelería y el dormitorio principal.

—El Führer no bebe —me advirtió Kaspel.

Fue información suficiente para devolverme la fe en al menos dos de mis malas costumbres. Igual no eran tan malas costumbres, después de todo.

Al final del túnel, Högl levantó la mirada.

—El salón de té queda ciento treinta metros por encima de nuestras cabezas —dijo, y luego anunció nuestra presencia por un micrófono instalado en la pared.

Estábamos en una cámara amplia, redonda y abovedada, un sitio de esos donde no habría sido raro encontrar un sarcófago de valor incalculable, o quizá un tesoro propiedad de al menos cuarenta ladrones. En cambio, había unas puertas de ascensor, tan lustrosas que podrían haber sido de oro, e incluso mientras iba diciéndome que lo más probable era que fuesen de latón, empecé a notar una inquietud que no había sentido nunca. Fue quizá la primera vez en que me di cuenta del auténtico alcance de la aparente divinidad de Adolf Hitler: si aquello era un ejemplo representativo del modo de vida de nuestro canciller, entonces Alemania tenía problemas mucho más graves de lo que había imaginado.

Las puertas del ascensor se abrieron dejando a la vista una cabina recubierta de espejos con un asiento de cuero y su propio ascensorista de la RSD. Entramos y las puertas de latón se cerraron de nuevo.

—Funciona con dos motores —me informó Högl—. Uno eléctrico y otro de diésel, por si acaso, que trajeron de un submarino alemán.

—Seguro que va de maravilla si hay una inundación.

—Por favor —me advirtió Högl—, nada de bromas. El jefe adjunto del Estado Mayor no tiene sentido del humor.

—Lo siento.

Sonreí con nerviosismo mientras la cabina del ascensor ascendía por el hueco. Fue el trayecto en ascensor más suave que he hecho, aunque tenía la firme corazonada de que debería haber estado yendo en dirección contraria. Entonces se abrió el ascensor y cruzamos una puerta y lo que parecía ser un comedor principal, bajamos unas escaleras y fuimos directamente al encuentro de Martin Bormann.

10
ABRIL DE 1939

No era alto y al principio no lo vi. Estaba muy ocupado contemplando con asombro la sala de recepción del Kehlstein donde todos me estaban esperando. Era una estancia grande y redonda, de proporciones perfectas, hecha de bloques de granito gris, con techo artesonado y una chimenea de mármol del mismo tamaño y color que un tren S-Bahn. Encima de la chimenea había un tapiz de Gobelin con un par de amantes bucólicos; en el suelo, una cara alfombra persa de color carmesí. Delante del hogar rojizo una mesa circular estaba rodeada de cómodos sillones que me hicieron sentir cansancio solo con mirarlos. No había cortinas en las grandes ventanas cuadradas con vistas perfectas de la noche oscura y tormentosa desde la cima de la montaña. Una ligera nevada empolvaba el cristal, y del otro lado de la ventana se oía, igual que el tañido de una diminuta campana, el tintineo de la roldana mecida por el viento en el asta de una bandera de estaño. Hacía buena noche para estar a cubierto, sobre todo en lo alto de la cima de una montaña. Un tronco del tamaño de los Sudetes humeaba en la chimenea, y en las paredes había varias arañas de luces eléctricas que parecían haber sido dispuestas por el fiel criado de un científico loco. Había un piano de cola de caoba y una mesita rectangular y varias sillas más, y ante otra puerta un hombre que lucía una chaqueta blanca de comedor de las SS con una bandeja bajo el brazo. Era una estancia con la clase de ambiente enrarecido que haría a ciertos hombres pensar que el futuro del mundo estaba en sus manos, pero a mí me producía la misma sensación en los oídos que si me hubieran sacado un corcho del cráneo. Por otro lado, eso bien podría deberse a la petaca de Grassl, abierta encima de la mesa. Y así adquirí la súbita conciencia de que necesitaba tomar algo que no fuera té. Solo uno de los cinco hombres que rodeaban la mesa vestía uniforme, pero no podía ser Bormann, pues solo lucía una ración de coliflor en la insignia de las SS del cuello. También fue el único que se puso en pie y respondió a mi saludo hitleriano, por cortesía. Los demás, incluido el tipo con aspecto de púgil que se hizo cargo de la situación en el salón de té, y que supuse que debía de ser Martin Bormann, permanecieron inamovibles en sus asientos. No les reproché que no quisieran levantarse para darme la bienvenida: los movimientos bruscos de esa clase pueden provocarte una hemorragia nasal a grandes altitudes. Además, los sillones parecían cómodos de veras y, al fin y al cabo, yo no era más que un poli de Berlín.

—El comisario Gunther, supongo —inquirió Bormann.

—¿Qué tal está, señor?

—Ha llegado, por fin. Habríamos preferido que viniera en avión, pero no había ninguno disponible. En cualquier caso, siéntese, siéntese. Ha hecho un largo trayecto. Supongo que estará cansado. Lo siento, pero eso es irremediable. ¿Tiene hambre? Claro que sí. —Ya estaba chasqueando los dedos en el aire, unos dedos fuertes y gruesos, totalmente inapropiados para algo tan delicado como llamar al hombre de la chaqueta blanca de las SS en un salón de té—. Tráigale algo de comer a nuestro invitado. ¿Qué le apetece, comisario? ¿Un sándwich? ¿Café?

No atinaba a ubicar el acento de ese hombre. Quizá fuera sajón. Desde luego, no tenía una voz culta. En algo sí que acertaba, no obstante: yo estaba más hambriento que una trilladora. Högl y Kaspel también se habían sentado a la mesa, pero Bormann no les ofreció nada. Enseguida me di cuenta de que tendía a tratar con claro desprecio y brutalidad a los hombres que trabajaban para él.

—Quizá una rebanada de pan con mostaza y un poco de salchicha, señor. Y tal vez un café.

Bormann le hizo un gesto con la cabeza al camarero, que fue a por mi cena.

—Antes que nada, ¿sabe quién soy?

—Usted es Martin Bormann.

—¿Y qué sabe de mí?

—Por lo que me han dicho, es la mano derecha del Führer aquí en los Alpes.

—¿Nada más? —Bormann profirió una risa desdeñosa—. Creía que era detective.

—¿No le parece eso suficiente? Hitler no es un líder común y corriente.

—Pero no es solo aquí, ya sabe. No, soy su mano derecha también en el resto de Alemania. Cualquier otro a quien haya oído nombrar como la persona más próxima al Führer, ya sea Göring, Himmler, Goebbels o Hess, le aseguro que no pinta una mierda cuando estoy yo presente. Resulta que, si alguno de ellos quiere ver a Hitler, tiene que hacerlo a través de mí. De modo que cuando hablo, es como si el Führer estuviera aquí ahora mismo, diciéndole qué coño tiene que hacer. ¿Queda claro?

—Muy claro.

—Bien. —Bormann indicó con un gesto de cabeza la botella de schnapps encima de la mesa—. ¿Le apetece una copa?

—No, señor. No cuando estoy de servicio.

—Ya le diré yo cuándo está de servicio, comisario. Aún no he decidido si es usted lo que realmente nos conviene o no. Hasta entonces, tómese una copa. Relájese. A eso se viene a este lugar. Es totalmente nuevo. Ni siquiera el Führer lo ha visto todavía, de modo que es usted muy privilegiado. Nos hemos reunido esta noche para poner a prueba el lugar. Para comprobar si todo funciona antes de que llegue él. Por eso no puede fumar, lo siento. El Führer siempre se da cuenta cuando alguien ha estado fumando, incluso en secreto: nunca he conocido a nadie con los sentidos tan finos. —Le quitó importancia con un encogimiento de hombros—. Aunque no debería sorprenderme, claro. Es el hombre más extraordinario que he conocido.

—Si no le importa que lo pregunte, señor, ¿por qué un salón de té?

Bormann me sirvió un vaso de schnapps y me lo tendió con sus dedos gordezuelos. Tomé un sorbo con tiento. La graduación del cincuenta por ciento requería andarse con cautela, igual que con el hombre que lo servía. Tenía una cicatriz más bien grande encima del ojo derecho y, con sus pantalones de estilo golf y su gruesa chaqueta de tweed, tenía el aspecto de un granjero próspero a quien no le importaba tratar a patadas a su cerdo más preciado. No era gordo, sino un peso medio echado a perder, con una papada bien gruesa y la nariz igual que un nabo medio cocido.

—Porque al Führer le gusta el té, claro. Qué pregunta tan estúpida, de verdad. Ya tiene un salón de té al otro lado del valle, frente al Berghof: el Mooslahnerkopf. Le gusta pasear hasta allí. Pero se creyó que quizá hacía falta algo más espectacular para un hombre con semejante visión de futuro. A la luz del día, las vistas desde esta sala son impresionantes. Casi podría decirse que este salón de té está diseñado para ofrecerle la inspiración necesaria.

—Ya lo imagino.

—¿Le gustan los Alpes, Herr Gunther?

—La verdad es que están demasiado alejados del terreno llano para que me sienta cómodo. Yo soy más bien un chico de ciudad. El emparrado, es decir, la torre de la radio de Berlín, ya es lo bastante alto para mí.

Sonrió con paciencia.

—Hábleme de usted.

Tomé un poco más de schnapps y me retrepé en el sillón, y luego tomé otro sorbo. Me moría de ganas de fumar, y un par de veces hice ademán de sacar la pitillera antes de darme cuenta de la gran importancia que le daban a la salud en Obersalzberg. Miré los rostros de los demás caballeros sentados a esa curiosa mesa redonda y me dio la impresión de que quizá no era el único que necesitaba un pitillo.

—Soy berlinés, de pura cepa, lo que significa que soy testarudo por naturaleza. No necesariamente en el sentido positivo. Aprobé el examen de acceso a la universidad y podría haber cursado estudios superiores de no haber sido por la guerra. Vi lo suficiente en las trincheras como para convencerme de que el barro me gusta menos aún que la nieve. Ingresé en la policía de Berlín justo después del armisticio. Llegué a detective. Trabajé en la Comisión de Homicidios. Resolví unos cuantos casos. Trabajé por mi cuenta durante una temporada, como investigador privado, y me iba bastante bien, ganaba un buen dinero, hasta que el general Heydrich me convenció para que volviera a la Kripo.

—Heydrich dice que es usted su mejor detective. ¿De verdad lo es, o no es más que un Fritz cualquiera que ha enviado aquí a espiarme?

—Sé cómo llevar un caso siguiendo las reglas cuando es necesario.

—¿Y qué reglas son esas?

—El Código General Prusiano de 1794. La Ley de Administración Policial de 1931.

—Ah, esa clase de reglas. De las antiguas.

—De las legales.

—¿Sigue Heydrich prestando atención a esas cosas? ¿A la esencia de las leyes prenazis?

—Más a menudo de lo que podría parecer.

—Pero a usted no le gusta trabajar para Heydrich, ¿verdad? Por lo menos, eso me ha dicho él.

—Tiene su lado interesante. Le gusta tenerme cerca porque, para mí, el trabajo es la mejor chaqueta. No me gusta quitármela hasta que la he desgastado y luego la he gastado un poco más. La tenacidad, y una imperturbable tendencia a la obstinación, son cualidades forenses que por lo visto el general aprecia.

—Me dice que tiene usted mucho morro también.

—Desde luego no lo hago adrede, señor. A otros alemanes, los berlineses les parecemos insolentes cuando no lo somos. Hace unos cien años nos dimos cuenta de que no tiene sentido mostrarse amistoso y amable si nadie más lo aprecia. Nadie en Berlín, quiero decir. Así que ahora hacemos lo que nos viene en gana.

Bormann se encogió de hombros.

—Eso es bastante sincero. Pero sigo sin estar convencido de que sea usted el puño adecuado para este ojo en concreto, Gunther.

—Con todo respeto, señor, yo tampoco. En la mayoría de los casos de asesinato, no tengo que pasar una prueba para que me den el trabajo. Por lo general, a los muertos no les importa mucho quién les hace la manicura por última vez. Y no creo probable que pueda convencer de nada a un hombre tan importante como usted de nada. Ni siquiera se me ocurriría intentarlo. Yo no soy un Fritz de esos capaces de agujerearle el estómago a alguien a fuerza de palabrería. Hoy en día no hay mucha demanda de lo que irónicamente podríamos llamar «mi personalidad». Desde luego no he traído ninguna de mis partituras preferidas para tocarlas en ese Bechstein tan bonito.

—Pero sí ha traído a su propio pianista, ¿no?

—¿Korsch? Es mi ayudante de investigación criminal. En Berlín. Un buen hombre. Trabajamos bien juntos.

—No le hará falta mientras esté aquí. Mis hombres le brindarán toda la ayuda que necesite. Cuanta menos gente sepa lo que ha ocurrido aquí, mejor.

—Con todo respeto, señor. Es un buen poli. A veces viene bien tener otro cerebro que tomar prestado: hincar otro diente cuando tengo que masticar algo duro. Incluso los mejores necesitan un buen ayudante, alguien leal en quien confiar, que no los deje en la estacada. Me parece que eso es tan cierto aquí como en cualquier otra parte.

Tenía intención de que sonara a halago y esperaba que él lo interpretara así, pero el rictus de su mandíbula fue el más agresivo que había visto fuera de un cuadrilátero. Me dio la impresión de que en cualquier momento podía agarrarme por el cuello, u ordenar que me arrojaran desde las almenas, si es que en algo como un salón de té en la cima de una montaña había algo parecido a almenas. Era el primer salón de té que tenía todo el aspecto de haber podido mantener a raya al Ejército Rojo. Quizá fuera esa la auténtica razón por la que se había construido, y no dudaba de que en el interior del resto de la montaña de Hitler había otros secretos que prefería desconocer. Bastó para que me terminara el schnapps un poco más aprisa de lo que habría debido.

Bormann se frotó con aire pensativo el mentón de medianoche cada vez más áspero.

—De acuerdo, de acuerdo, quédese con ese malnacido. Pero que se quede en Villa Bechstein. Fuera del Territorio del Führer. ¿Está claro? Si quiere exprimirle la sesera, hágalo allí.

11
ABRIL DE 1939

Bormann se inclinó hacia delante y me sirvió otra copa.

—Habría preferido que viniera un bávaro. El Führer cree que los bávaros entienden mejor cómo funcionan las cosas en esta montaña. Lo más probable, me parece, es que usted no sea más que otro cabrón prusiano, pero es un cabrón de los míos. Me gusta que un hombre tenga sangre en las venas. No es como muchos tipos albinos de la Gestapo de esos que Heydrich y Himmler crean en una probeta en algún puto laboratorio científico. Lo que significa que el trabajo es suyo. Actúa usted con los plenos poderes que le confiero. Por lo menos, hasta que la joda.

Sujeté el vaso con firmeza mientras me lo llenaba hasta el borde, que es como me gusta que me sirvan el schnapps, y procuré adoptar el aire de quien recibe un elogio.

—De una manera u otra, cuando todo esto haya acabado y haya atrapado a ese malnacido, esto no habrá ocurrido nunca, ¿me oye? Lo último que quiero es que el pueblo alemán piense que aquí hay una seguridad tan laxa que cualquier Krethi o Plethi, un mindundi cualquiera, puede venir colina arriba desde Berchtesgaden y disparar tranquilamente contra su amado Führer delante de su propia puerta principal. Así pues, firmará un acuerdo de confidencialidad, y lo hará encantado.

Bormann le hizo un gesto con la cabeza al hombre que tenía sentado a su lado. Este sacó un documento impreso y una pluma y me los dejó delante. Le eché un vistazo rápido.

—¿Qué es esto? —pregunté—. ¿Familiar más cercano?

—Justo lo que dice —señaló Bormann.

—No tengo ningún familiar cercano.

—Ni esposa.

—Ya no.

—Entonces, ponga a su novia. —Bormann me dirigió una sonrisa muy poco agradable—. O el nombre y la dirección de alguien a quien aprecie de veras por si la jode o está a punto de irse de la lengua y tenemos que amenazarlo con vengarnos en algún otro.

Lo dijo como si fuera del todo razonable que las cosas se hicieran así: que un policía que no lograra aprehender a un asesino recibiera semejante trato por parte del Estado. Lo sopesé un momento y luego escribí el nombre de Hildegard Steininger y su dirección en Lepsiusstrasse de Berlín. Hacía seis meses que era mi novia y no me hizo ninguna gracia cuando descubrí que se estaba viendo con otro, un comandante de las SS de aspecto relamido. Así que supuse que me traería sin cuidado si Bormann decidía algún día castigarla por mis errores. Era mezquino, vengativo incluso, y no me enorgullezco de lo que hice. Pero escribí su nombre de todos modos. A veces, el amor verdadero viene con un lazo negro en la caja.

—Así pues, vayamos al grano —continuó Bormann—. Pasemos a la razón por la que se le ha hecho venir desde Berlín nada menos.

—Soy todo oídos, señor.

En ese momento, el camarero de las SS regresó a la mesa con una bandeja en la que llevaba mi comida y el café, cosa que le agradecí especialmente, porque el sillón era de lo más cómodo.

—Esta mañana, a las ocho en punto, había un desayuno de trabajo en el Berghof. Es la casa del Führer. Que está al lado de la mía, unos pocos metros montaña abajo. Los asistentes a la reunión eran sobre todo arquitectos, ingenieros y funcionarios, y su propósito era plantear qué mejoras podían introducirse en el Berghof y en Obersalzberg de cara a la comodidad, el disfrute y la seguridad del Führer. Supongo que debía de haber allí diez o quince hombres. Quizá alguno más. Después de desayunar, hacia las nueve, esos hombres salieron a la terraza desde la que se domina la zona. A las nueve y cuarto de la mañana, uno de esos hombres, el doctor Karl Flex, se derrumbó en la terraza, sangrando con profusión de una herida en la cabeza. Había recibido un disparo, con toda probabilidad de rifle, y falleció allí mismo. Nadie más resultó herido y, curiosamente, nadie parece haber oído nada. En cuanto quedó demostrado que le habían disparado, la RSD desalojó el edificio y procedió de inmediato a peinar el bosque y las montañas desde los que hay vistas directas de la terraza del Berghof. Pero, hasta el momento, no se ha hallado ni rastro del asesino. ¿No es increíble? Tantos hombres de las SS y la RSD, y no son capaces de encontrar ni una sola pista.

Asentí y seguí comiendo la salchicha, que estaba deliciosa.

—No hace falta que le aclare lo grave que es este asunto —continuó Bormann—. Dicho esto, no creo que estuviera relacionado con el Führer, sobre cuyos movimientos de ayer y hoy la prensa ha informado con detalle. Pero hasta que se aprehenda al asesino, será del todo imposible que Hitler se acerque a esa terraza. Y como sin duda sabrá, el veinte de abril cumple cincuenta años. Siempre viene a Obersalzberg el día de su cumpleaños o justo después. Este año no será una excepción. Lo que significa que dispone de siete días para resolver el crimen. ¿Me oye? Es fundamental que se detenga al francotirador antes del veinte de abril: desde luego, no quiero ser quien le diga a ese hombre que no puede salir porque hay un asesino suelto.

Dejé la salchicha en el plato, me limpié la boca de mostaza y asentí.

—Haré todo lo posible —repuse con firmeza—. Puede contar con ello.

—¡Todo lo posible no es suficiente! —gritó Bormann—. Quiero que vaya más allá de sus posibilidades, que seguramente no son más que un montoncillo de mierda. Ahora no está en Berlín, sino en Obersalzberg. Quizá «todo lo posible» sea suficiente para ese judío de Heydrich, pero ahora trabaja para mí, y eso es lo mismo que hacerlo para Adolf Hitler. ¿Queda claro? Quiero ver a ese hombre bajo un hacha a punto de caer antes de final de mes.

—Sí, señor. —Asentí de nuevo. En lo que a Bormann se refería, asentir en silencio era seguramente la mejor respuesta—. Tiene mi palabra de que pondré todo mi empeño. Puede estar tranquilo, señor, lo atraparé.

—Eso ya me gusta más —respondió Bormann.

—Me pondré manos a la obra a primera hora de la mañana —añadí, sofocando un bostezo.

—¡Y una mierda! —vociferó Bormann, a la par que descargaba un puñetazo sobre la mesa. La taza de porcelana blanca dio un brinco en el platillo azul con monograma igual que si un alud hubiera alcanzado el Kehlstein—. Usted se pone manos a la obra ahora mismo. Para eso está aquí. Cada hora que pase sin que hayamos atrapado a ese canalla es una hora perdida. —Bormann buscó con la mirada al camarero y luego a uno de los hombres sentados a la mesa—. Tráigale a este hombre más café caliente. Mejor aún, dele un tubo de Pervitín. Seguro que eso lo mantiene bien despierto.

El hombre a quien se dirigía Bormann metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó un tubito metálico azul y blanco, y me lo entregó. Le eché un vistazo, pero lo único que vi fue el nombre del fabricante: Temmler, que era una empresa farmacéutica de Berlín.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Es lo que por aquí arriba llamamos la poción mágica de Hermann Temmler —dijo Bormann—. La Coca-Cola alemana. Ayuda a la mano de obra de Obersalzberg a mantener el ritmo de construcción. El caso es que solo se les permite trabajar cuando Hitler no está, para que no lo molesten, y eso significa que, cuando está en otra parte, tienen que trabajar el doble de horas y el doble de duro. Esa sustancia los ayuda. Göring se está planteando dársela a las tripulaciones de los bombarderos para que permanezcan despiertos. Bueno. Tómese dos con el café. Eso debería insuflarle un poco más de ánimo a su saludo hitleriano. Que era una mierda, por cierto. Sé que ha hecho un largo viaje y está cansado, pero aquí eso no es suficiente, Gunther. La próxima vez le daré una patada en el culo yo mismo.

Me tragué dos comprimidos con ademán incómodo y me disculpé, pero él estaba en lo cierto, claro: mi saludo hitleriano siempre era un poco flojo. Es lo que tiene no ser nazi, supongo.

—¿Se había producido algún otro tiroteo previamente en el Berghof?

Bormann miró de soslayo al hombre que lucía un uniforme de coronel de las SS.

—¿Qué se sabe, Rattenhuber?

El coronel asintió.

—Se produjo un incidente hace unos seis meses. Un suizo llamado Maurice Bavaud vino aquí con planes de asesinar al Führer. Pero los abandonó en el último momento y huyó. Al final, lo detuvo la policía francesa, que lo dejó en nuestras manos. Ahora está en una cárcel de Berlín, esperando su juicio y su ejecución.

Pero Bormann ya estaba meneando la cabeza.

—No fue en absoluto una tentativa en firme de asesinato —comentó con desdén, y luego me miró—. El coronel Rattenhuber está a la cabeza de la RSD y es el responsable de garantizar la seguridad del Führer, esté donde esté. Al menos, en teoría. En realidad, Bavaud no iba armado con un rifle, sino con una pistola. Y planeaba abrir fuego contra Hitler cuando este fuera hasta el final del camino de acceso para saludar a sus admiradores. Pero Bavaud perdió el temple. Así pues, Herr Gunther, creo que la respuesta más sencilla a su pregunta es que no. Es la primera vez que alguien emprende un tiroteo por estos lares. No había ocurrido nunca nada parecido. En esta comunidad reina la armonía. Esto no es Berlín. Esto no es Hamburgo. Berchtesgaden y Obersalzberg constituyen un pacífico idilio rural en el que prevalecen los valores familiares decentes y una sólida moralidad. Por eso al Führer siempre le ha gustado venir aquí.

—De acuerdo. Hábleme un poco más sobre el muerto. ¿Tenía algún enemigo conocido?

—¿Flex? —Bormann negó con la cabeza—. Trabajaba para Bruno Schenk, uno de los hombres de mayor confianza en la montaña. Los dos eran empleados de Polensky & Zöllner, una empresa de Berlín que se ocupa de la mayor parte de las obras de construcción de Obersalzberg y Berchtesgaden. Karl Flex no pertenecía a la RSD ni ostentaba cargo político alguno: era ingeniero civil. Un funcionario diligente y muy admirado que vivía aquí desde hacía varios años.

—Por lo visto, alguien no lo admiraba tanto como usted, señor. —Mientras Bormann encajaba mi golpe rápido, me apresuré a lanzarle un par de puñetazos al cuerpo—. Como el que le disparó, por ejemplo. Pero cabe la posibilidad de que hubiera más de un hombre implicado. Para sortear toda la seguridad que hay aquí hace falta planificarse y organizarse. Es decir, que podríamos estar hablando de una conspiración.

Por una vez, Bormann permaneció en silencio y se planteó esa posibilidad. Yo esperaba haberle echado a perder su acogedora idea del salón de té, la porcelana decorada con monogramas y los lujosos tapices de Gobelin. ¿Cuánto habría costado construir esa locura nazi? Millones, probablemente. Dinero que podría haberse invertido en algo más importante que la comodidad del demente que ahora gobernaba Alemania.

—¿Declaraciones de testigos? —pregunté—. ¿Se las tomaron?

—He encargado que le hagan unas copias —dijo Högl—. Los originales ya se han enviado a Berlín. A la atención del SS-Reichsführer, que se ha interesado personalmente en el caso.

—Quiero leerlas todas. ¿Y dónde está el cadáver? Tengo que echarle un buen vistazo.

—En el hospital local —respondió Rattenhuber—. Allá en Berchtesgaden.

—Tendrá que llevarse a cabo una autopsia, claro —añadí—. Con fotografías. Cuanto antes, mejor.

—A ese hombre le pegaron un tiro —dijo Bormann—. Eso es evidente. ¿Qué más podría revelarle una autopsia?

—Algo puede permanecer oculto, aunque sea obvio. O, dicho de otro modo, nada esquiva nuestra atención con tanta persistencia como lo que damos por sentado. No es más que filosofía, señor. Nada es evidente hasta que resulta evidente. Así que, si quiero hacer mi trabajo como es debido, tendré que insistir en que se lleve a cabo una autopsia. ¿Hay algún médico en ese hospital que pueda llevar a cabo ese procedimiento?

—Lo dudo —replicó Rattenhuber—. El Dietrich Eckart se abrió para cuidar de los vivos, no para ocuparse de los muertos.

—No importa —dije—. Le sugiero que llame al doctor Waldemar Weimann, de Berlín. Para serle sincero, es el mejor que hay. Y por lo que ya me han contado, dudo que nos convenga nadie menos cualificado que él para un caso así.

—Eso es imposible —repuso Bormann—. Como le he dicho, quiero ser lo más discreto posible. No confío en los médicos de Berlín. Le pediré a uno de los doctores del Führer que lleve a cabo la autopsia. Al doctor Karl Brandt. Seguro que está a la altura de la tarea. Si de veras lo considera necesario.

—Pues sí, lo considero necesario. Tendré que estar presente, claro.

Guardé silencio un momento, aparentemente absorto en mis pensamientos, aunque en realidad solo estaba percibiendo el efecto del Pervitín. Ya me sentía más enérgico y alerta, más audaz también. Lo bastante audaz como para empezar a hacerme cargo de la situación y plantear exigencias. Bormann no era el único capaz de dar la impresión de saber lo que quería.

—También quiero ir a ver el escenario del crimen esta noche. Conque más vale que preparen unas lámparas de arco y cinta métrica. Y tendré que hablar con todos los que estaban en la terraza esta mañana. En cuanto sea conveniente. Además, me hará falta un despacho con una mesa y dos teléfonos. Un archivador con cerradura. Un coche y un chófer de guardia permanente. Lo necesario para preparar café. Un mapa grande de la zona. Unas varillas, cuanto más largas, mejor. Una cámara. Una Leica IIIa con objetivo retráctil F2 de 50 milímetros me iría bien. Y varios carretes de película fotográfica en blanco y negro; cuanto más lenta, mejor. En color, no. Se tarda mucho en procesarla.

—¿Para qué quiere una cámara? —preguntó Bormann.

—Puesto que había más de una docena de testigos en la terraza cuando abatieron al doctor Flex, así podré relacionar los nombres con sus caras. —Ahora ya notaba cómo fluía por mis venas la sustancia. De pronto, tenía unas ganas locas de encontrar y atrapar al asesino del Berghof, y quizá de arrancarle la cabeza—. Y necesitaré tabaco en abundancia. Me temo que no puedo trabajar sin él. Los cigarrillos me ayudan a pensar. Entiendo que está prohibido fumar allí donde es probable que pueda ir el Führer, por lo que fumaré en el exterior, claro. ¿Qué más? Sí, unas botas de invierno. Solo he traído zapatos, lo siento, y es posible que tenga que caminar por la nieve. Del número cuarenta y tres, por favor. Y un abrigo. Me estoy muriendo de frío.

—Muy bien —accedió Bormann—, pero me entregará todas las copias y negativos cuando se marche.

—Claro.

—Hable con Arthur Kannenberg en el Berghof —le dijo Bormann al hombre sentado a su lado—. Dígale que el comisario Gunther va a utilizar una de las habitaciones de invitados como despacho. ¿Zander? ¿Högl? Asegúrense de que se le facilite todo lo demás que desea. ¿Kaspel? Muéstrele la terraza del Berghof.

Bormann se levantó, lo que dio pie a los demás a hacer lo propio. Salvo yo. Me quedé sentado en el sillón durante un buen rato, como si siguiera absorto en mis pensamientos, pero naturalmente no era nada más que insolencia estúpida, una manera de pagarle con la misma moneda sus malos modales. Ya detestaba a Martin Bormann tanto como a cualquier otro nazi, incluidos Heydrich y Goebbels. Albergan maldad incluso los mejores de entre nosotros, claro; pero quizá un poquito más los peores.

12
ABRIL DE 1939

Hubo un tiempo en que el Berghof —o la Haus Wachenfeld, como se llamaba entonces— era una sencilla granja de dos plantas con un largo tejado empinado, aleros salientes, un porche de madera y un paisaje de postal del Berchtesgaden y el Untersberg. Pero ahora era una estructura mucho más amplia y bastante menos acogedora, con un enorme ventanal panorámico, garajes, una terraza y un ala baja recién construida hacia el este de la casa que parecía un cuartel militar. No sabía a ciencia cierta quién se alojaba en el ala oeste. Lo más probable era que no fuesen militares, porque un gran contingente de hombres de las SS ya ocupaba un antiguo hotel, el Türken Inn, menos de cincuenta metros hacia el este del Berghof e inmediatamente debajo de la casa del propio Bormann en Obersalzberg, que parecía ocupar una posición mejor que la de Hitler.

La terraza delantera del Berghof era más o menos del tamaño de una pista de tenis, con un antepecho bajo. Por detrás daba a una terraza secundaria más grande, que a su vez lindaba con un césped hacia el oeste. Detrás de la terraza secundaria había algo parecido a unos alojamientos adicionales, al estilo típico regional; es decir, como si fuera una hilera de relojes de cuco. De acuerdo con mis instrucciones, varios hombres de las SS estaban montando lámparas de arco en la terraza delantera para que inspeccionara el escenario del crimen, aunque el único indicio de un crimen era el contorno de tiza del cuerpo tendido de un hombre justo detrás del antepecho. Siguiendo las instrucciones de Bormann, habían limpiado hasta el último resto de la sangre de Flex. Haciendo el papel del fallecido y embozado en su abrigo negro de las SS, el capitán Kaspel tomó posición en la terraza para ayudarme a entender dónde estaba Flex cuando le dispararon. La tenue nevada y el viento no animaban a demorarse y dio unos taconazos con las botas para conservar el calor, aunque bien podía estar imaginando que me pateaba la cara. No muy alto, con el cráneo rasurado, la nariz ganchuda y la boca ancha, Kaspel era una versión más esbelta, sensata y atractiva de Benito Mussolini.

—Flex se encontraba más o menos aquí —me explicó Kaspel—. Según las declaraciones de los testigos, formaba parte de un grupo de tres o cuatro hombres, la mayor parte de los cuales miraban hacia el Reiteralpe, al oeste. Varios testigos están seguros de que el tirador debió de disparar desde unos árboles en una ladera de la montaña detrás de la casa, ahí, hacia el oeste.

A la luz de las lámparas de arco ojeé una de las declaraciones de los testigos y asentí.

—Solo que nadie parece haber oído nada —señalé—. El primer indicio del tiroteo que tienen algunos es la sangre en la cabeza de la víctima que se ha derrumbado sobre el suelo de la terraza.

Kaspel se encogió de hombros.

—A mí no me pregunte, Gunther. El gran detective es usted.

El desdén era comprensible: aún no me había quedado a solas con Kaspel, por lo que suponía que no había podido entregarle la carta en la que Heydrich le exigía ponerse a mis órdenes. Estaba claro que no había olvidado ni perdonado nada de lo ocurrido en 1932 y cómo yo había contribuido a que lo expulsaran de la policía de Berlín.

—¿Cuáles eran las condiciones atmosféricas cuando dispararon a Flex?

—El día era claro y soleado. —Kaspel se echó el aliento en las manos—. No como ahora.

Yo también habría tenido más frío de no ser porque las pastillas parecían surtir efecto sobre mi temperatura corporal. Tenía el mismo calor que si aún siguiera dentro del coche.

—¿Llevaba uniforme alguno de esos hombres?

—No, parece ser que eran todos civiles.

—Entonces, me pregunto cómo lo distinguió el tirador —dije.

—¿Una mira telescópica? Binoculares. Quizá era cazador.

—Quizá.

—¿Buena vista? Vaya usted a saber.

—Parece ser que transcurrieron al menos uno o dos minutos antes de que nadie dedujera que a Flex le habían disparado. Solo entonces se retiraron al interior.

Me agaché unos instantes al lado del contorno de tiza y me tendí sobre las frías baldosas.

—¿Conocía al fallecido?

—Solo de vista.

—Al parecer, era alto. —Me levanté de nuevo y me sacudí la nieve del abrigo—. Yo mido uno ochenta y ocho, pero me da la impresión de que Flex era tal vez siete u ocho centímetros más alto.

—Sí, más o menos —convino Kaspel.

—¿Ha usado alguna vez mira telescópica?

—No puedo decir que lo haya hecho.

—La mejor mira de rifle Ajack solo consigue acercar al tirador cuatro veces a su blanco. Así pues, es posible que la estatura de la víctima ayudara al asesino. Quizá sabía que lo único que tenía que hacer era dispararle al más alto. Pero cuando haya amanecido podremos ver con más claridad lo que ocurrió. —Miré el reloj, vi que eran las dos de la madrugada y caí en la cuenta de que no estaba cansado en absoluto—. Dentro de cinco o seis horas.

Saqué el tubo de Pervitín del bolsillo y lo miré con cierta incredulidad.

—Dios mío, ¿qué es esta sustancia? Debo reconocer que sienta de maravilla. Me habría venido de perlas un poco de Pervitín cuando tenía que salir de ronda.

—Es clorhidrato de metanfetamina. Tiene un efecto de aúpa, ¿verdad? A decir verdad, he aprendido a tener cuidado con la poción mágica local. Con el tiempo, tiene efectos secundarios.

—¿Cómo por ejemplo...?

—No tardará en averiguarlo.

—Venga, asústeme, Hermann. Puedo encajarlo.

—Para empezar, es adictivo. Mucha gente en esta montaña ha empezado a depender del Pervitín. Y después de dos o tres días de consumo continuado, siempre se corre el riesgo de sufrir cambios de humor violentos. Palpitaciones. O incluso paro cardiaco.

—Entonces, tendré que cruzar los dedos. Ahora que Bormann me ha calentado las orejas para que me ocupe de esto, la verdad es que no veo otra manera de trabajar veinticuatro horas al día, ¿y usted?

—No. —Kaspel sonrió—. Me parece que Heydrich lo ha dejado con la mierda hasta las orejas al endosarle este caso. Y voy a disfrutar de lo lindo viéndole morder el polvo con ese careto tan feo que tiene, Gunther. O peor aún. No espere que le haga el boca a boca para salvarlo. A la señora Kaspel no le gusta que bese a nadie que no sea la señora Kaspel.

Montaña arriba, o eso me pareció, oí algo semejante a una explosión. Al ver que volvía la cabeza, Kaspel dijo:

—Son los obreros en la ladera opuesta del Kehlstein. Creo que están abriendo otro túnel en la montaña.

En alguna parte sonaba un teléfono. Unos instantes después salió a la terraza un hombre de las SS, saludó con elegancia, me entregó la Leica y varios rollos de película, y anunció que el doctor Brandt aguardaba nuestra llegada en el hospital de Berchtesgaden.

—Más vale que no hagamos esperar al doctor —dije—. Espero que él también consuma esta sustancia. Detesto las autopsias poco concienzudas. ¿Hará el favor de llevarme en coche a la falda de la montaña?

Bajamos las escaleras de la terraza del Berghof hasta donde habíamos dejado aparcado el coche de Kaspel delante del garaje. Me planteé pedirle que pasara por Villa Bechstein para recoger a Korsch y luego decidí no hacerlo. Por poco sentido común que tuviera, a esas horas ya estaría en la cama, lo que a mí me quedaba muy lejos aún.

—Y tampoco espere que le sostenga la bandejita para las curas —añadió Kaspel—. No me hace mucha gracia ver sangre antes de acostarme. Me impide conciliar el sueño.

—Bueno, entonces se ha equivocado de partido, ¿no?

—¿Yo? —Kaspel se echó a reír—. Dios mío, eso sí que tiene gracia, viniendo de un cabrón como usted, Gunther. De todos modos, ¿cómo acaba un antiguo socialdemócrata convertido en comisario de policía a las órdenes de un hombre del talante de Heydrich? Creía que lo expulsaron en 1932.

—Ya se lo contaré cuando tenga ocasión.

—Cuéntemelo ahora.

—No, pero sí le diré lo siguiente. Es algo que le afecta directamente, Hermann.

Había doce minutos de trayecto montaña abajo hasta Berchtesgaden y, por fin a solas con Kaspel, le entregué la carta de Heydrich y le dije que, pese a la historia que teníamos en común, el general no esperaba nada menos que la colaboración absoluta en mi actual misión por parte del capitán. Se guardó la carta, sin leerla, y estuvo en silencio un rato.

—Oiga, Hermann, ya sé que me aborrece. Tiene toda la razón del mundo para sentirse así. Pero, mire, me aborrecerá aún más si tengo que decirle a Heydrich que me puso en aprietos. Ya sabe cómo detesta que lo decepcione la gente que trabaja para él. Yo en su lugar, olvidaría cuánto me desprecia y arrimaría el hombro con Gunther, de momento.

—El caso, comisario, es que estaba pensando justo eso mismo.

—Eso por una parte, y por otra, debería usted recordar de nuestra época en Berlín que cargo con la maldición de ser un poli honrado. No soy de los que se llevan todo el mérito. Así pues, si me ayuda, le prometo que tendré buen cuidado de que Heydrich se lo reconozca. Me trae sin cuidado que el desenlace de este asunto sea beneficioso para mi carrera o no. Pero quizá usted no encare del mismo modo su futuro.

—Me parece justo. Pero ¿quiere que le sea sincero? No tuve nada que ver con lo que ocurrió entonces. Es posible que fuera nazi, y organizador de las SA, pero no soy un asesino.

—Me lo voy a creer. Pues bien. Vamos a velar el uno por el otro, ¿de acuerdo? No somos amigos. No. Hay demasiados trapos sucios por medio. Pero quizá, quizá seamos chicos Bolle de Berlín. ¿Trato hecho?

Bolle era el término berlinés que designaba a los amigos que hace uno borracho, en una excursión en una furgoneta Kremser al parque Schönholzer Heide en Pankow, un amigo de esos que había inspirado una docena de crueles canciones tradicionales mofándose de los Franz Biberkopf de este mundo que no ponen límites ni a la bebida, ni al placer ni a la violencia, o las tres cosas a la vez. Eso sí que es lo que yo llamo una manera interesante de entender la vida.

—Trato hecho. —Kaspel detuvo el coche un momento en una cuneta un poco más amplia de la sinuosa carretera de montaña y me tendió la mano. Se la estreché—. Chicos Bolle de Berlín —dijo—. En tal caso, de un chico Bolle a otro, déjeme que le hable de nuestro amigo el doctor Karl Brandt. Es el médico personal de Hitler aquí en Obersalzberg, lo que significa que es miembro del círculo íntimo del Führer. Hitler y Göring fueron invitados de honor en su boda, en 1934. Eso supone que es arrogante a más no poder. Teniendo en cuenta que Bormann le ha pedido a Brandt que lleve a cabo la autopsia, no tendrá más remedio que cumplir su cometido, pero seguro que no le hace ninguna gracia encargarse del procedimiento en plena noche. Así pues, le aconsejo que lo trate con guante de seda.

Kaspel sacó un paquete de tabaco, encendió los cigarrillos de ambos y luego arrancó otra vez. Al pie de la carretera de montaña, cruzamos un río y entramos en Berchtesgaden, que estaba desierto, como era de prever.

—¿Estará Brandt a la altura?

—¿Se refiere a si es competente?

—Desde el punto de vista quirúrgico.

—Antes era especialista en lesiones medulares y de cabeza, conque supongo que sí, probablemente, teniendo en cuenta que Karl Flex recibió un disparo en la cabeza. Pero no estoy tan seguro con respecto al hospital. Lo cierto es que no dista mucho de ser una clínica. Se está construyendo un nuevo hospital de las SS en la Stanggass, que es como llamamos a la Cancillería del Reich, pero aún tardará un año en abrirse.

—¿A qué se refiere con la Cancillería del Reich?

Kaspel me miró y se echó a reír.

—No pasa nada. Yo era igual cuando llegué aquí. Un típico berlinés. Por eso este lugar lo dirige una mafia bávara. Porque Hitler no confía en nadie salvo en los bávaros. Desde luego, no en berlineses como usted y yo, que a los ojos del Führer somos automáticamente sospechosos de albergar tendencias izquierdistas. Mire, hay una cosa que tiene que entender ahora mismo, Gunther. Berlín no es la capital de Alemania. Ya no. En realidad, no, lo digo totalmente en serio. Berlín solo tiene utilidad para la diplomacia de relumbrón y la propaganda: los imponentes desfiles planificados con minuciosidad y los discursos. Ahora la auténtica capital administrativa de Alemania es este miserable pueblo bávaro. Así es. Todo se controla desde Berchtesgaden. Y por eso es el terreno en construcción más grande del país. Si no se ha dado cuenta después de ver la Casa Kehlstein, que ha costado millones, por cierto, permítame que se lo aclare. Se están construyendo más edificios aquí en Berchtesgaden y Obersalzberg que en todo el resto de Alemania. Si no se lo cree, eche un vistazo a esas declaraciones de testigos y verá quién estaba en la terraza la mañana de ayer. Todos los ingenieros civiles más destacados del país.

Hermann Kaspel se detuvo ante el único edificio de Berchtesgaden donde estaban encendidas las luces y apagó el motor. De haber tenido alguien la menor duda de que aquello era un hospital, le habría bastado con mirar la fachada y su mural de una mujer vestida con uniforme de enfermera delante de un águila negra nazi.

—Ya hemos llegado.

Cogió la pitillera, la abrió y luego sacó un billete, que enrolló para hacer un tubito.

—Deme una de esas pastillas mágicas —me rogó—. Es hora de ponerse a trabajar.

—¿Va a entrar?

—He pensado que podría ser de ayuda.

—Creí que le repugnaba ver sangre.

—¿A mí? ¿Qué le ha hecho pensar tal cosa? Sea como sea, somos chicos Bolle, ¿verdad?

—Verdad.

—Es de esperar un poco de sangre cuando uno sale de juerga por Pankow, ¿no?

Asentí y le pasé un comprimido de Pervitín, solo que no se lo tragó. En cambio, lo aplastó contra el metal liso de la pitillera con la llave del coche y luego separó el polvo en dos rayitas blancas paralelas.

—Un piloto de la Luftwaffe del aeropuerto local me enseñó este truquito —explicó—. Cuando tienen que hacer un vuelo nocturno y necesitan estar despiertos o despejarse la borrachera deprisa, lo mejor y lo más rápido es esnifar esto. Así.

—Es usted una caja de sorpresas, ¿sabe?

Kaspel acercó el extremo del tubito al polvo y lo inhaló ruidosamente por un orificio de la nariz y después por el otro. Entonces se estremeció, profirió una serie de sonoras palabrotas, parpadeó furiosamente varias veces y golpeó el volante con el pulpejo de la mano.

—¡A tomar por el culo! —gritó—. A tomar por el culo. Estoy que ardo. Estoy que ardo. Esto sí que son unas fuerzas aéreas de la hostia.

Meneó la cabeza y dejó escapar un aullido que me dio un susto considerable y me llevó a preguntarme qué efectos provocaría en mi propio cuerpo la poción mágica de Hermann Temmler.

—Ahora vamos en busca del médico —dijo Kaspel, que se apresuró a entrar en el hospital.

13
ABRIL DE 1939

Karl Brandt, que nos recibió en una fría sala del sótano del hospital, ya iba vestido para el quirófano. No obstante, bajo su inmaculada bata blanca llevaba el uniforme negro de comandante de las SS, lo que parecía una suerte de contradicción. Era un hombre alto, pasmosamente guapo y de aspecto severo de treinta y tantos años. Tenía los pómulos marcados y el pelo castaño claro peinado con una raya de lo más pulcra que se tocaba de vez en cuando con el lateral de la mano, como si en el hospital soplara un viento que estuviera a punto de hacer imprescindible el uso de un peine. Era casi el rostro de un actor protagonista —la clase de cara que bien podría haberle granjeado un papel principal en una de las películas del doctor Goebbels—, de no ser porque en sus ojos fríos y oscuros faltaba algo. Costaba creer que fuera el rostro de alguien que se dedicaba a curar. Más bien parecía la cara de un fanático capaz de profetizar la llegada de un diluvio bíblico y un nuevo Ciro del norte que reformaría la Iglesia, o quizá de presagiar el advenimiento de una nueva religión. Un par de años después, en Praga, me volvería a cruzar con su nombre, en relación con el asesinato del general Heydrich. Pero hasta este momento no había oído hablar de él. Me miró parpadeando con desdén mesurado mientras yo buscaba a tientas una disculpa, primero por hacerlo esperar y después por lo avanzado de la hora.

—Hemos venido en cuanto nos han avisado de que estaba aquí, doctor. Lamento si ha tenido que esperar mucho. De haber estado en mi mano, habría dejado bien claro que esto podía esperar hasta mañana a primera hora, pero el jefe adjunto del Estado Mayor ha insistido en que se llevara a cabo una autopsia tan pronto como fuera posible. Claro está que, cuanto antes averigüemos qué le ocurrió con exactitud al doctor Flex, antes podremos devolverles a todos la tranquilidad de ánimo y podrá regresar el Führer a su hermoso hogar. Señor, no sé si conocía usted bien a la víctima. De ser así, me gustaría ofrecerle mis condolencias y agradecerle que haya aceptado acometer lo que podría ser una tarea nada grata. Si no tenía relación de amistad con él, me gustaría darle las gracias de todos modos. Tengo entendido que la medicina forense no es su especialidad habitual, no obstante...

—Supongo que ya debe de haber asistido a alguna autopsia en calidad de inspector de la Comisión de Homicidios —dijo, interrumpiéndome con un gesto impaciente de la mano—. En Berlín, ¿no?

—Sí, señor. Más a menudo de lo que me habría gustado.

—Ya han transcurrido más de diez años desde que hice algo relacionado con la anatomía como estudiante de medicina, por lo que tal vez esa memoria forense suya nos venga bien. También es posible que necesite su ayuda de vez en cuando, para mover el cadáver. ¿Puede encargarse de eso, comisario?

—Sí, señor.

—Bien. Pues ya que lo menciona, sí que conocía a la víctima. Pero eso no afectará mi capacidad para llevar a cabo el procedimiento post mórtem. Y estoy tan interesado como el que más en que el desenlace de este trágico asunto sea satisfactorio. Por el bien de mi amigo, ni que decir tiene. Y para la tranquilidad del Führer, como usted dice. Bueno, manos a la obra. No tengo toda la noche. El cadáver está por aquí. No disponemos de una sala de patología en este hospital. Las muertes repentinas son muy poco comunes en Berchtesgaden y, por lo general, se ocupan de ellas en Salzburgo. El cadáver está en lo que aquí hace las veces de quirófano, un sitio tan bueno como cualquier otro para realizar una autopsia.

Brandt giró el tacón de una bota militar lustrosa a más no poder y abrió camino hacia el interior de una sala cuya iluminación era radiante. Allí yacía en una mesa el cadáver de un hombre muy alto y delgado de barbita recortada y aún vestido con su ropa de tweed de invierno. La causa aparente de la muerte resultaba obvia de inmediato: un trozo grande de cráneo, de varios centímetros cuadrados y todavía unido al cuero cabelludo, colgaba del lateral de la cabeza recubierta de sangre seca igual que una trampilla abierta. La mitad de los sesos revueltos del tipo parecían haberse derramado sobre la mesa y las baldosas del suelo cual fragmentos de carne picada en una carnicería. Karl Flex estaba mirando al techo con la boca abierta de asombro, los dilatados ojos azules impávidos frente a la intensa luz, casi como si hubiera tenido una maravillosa visión del ángel de la muerte del Señor que hubiese llegado para llevárselo de este mundo al otro. Era una imagen chocante, incluso para un veterano de la Comisión de Homicidios como yo. A veces el cuerpo humano parece más frágil de lo que cabría esperar.

—Joder —masculló Kaspel, y se llevó la mano a la boca un momento—. Eso sí que es una herida de la hostia en la cabeza.

—Más vale que nos dejemos de maldiciones, caballeros —dijo Brandt con frialdad, a la vez que se ponía en las manos unos guantes de goma.

—Lo siento, señor, pero... joder.

—Fume si eso lo ayuda a tener la boca entretenida, capitán. A mí, desde luego, no me molesta. Prefiero con mucho el olor dulce del tabaco que el del antiséptico. O el sonido de sus palabrotas. Siempre y cuando no se desmaye.

A Kaspel no le hizo falta más invitación, pero yo negué con la cabeza para rehusar su pitillera abierta cuando me la ofreció. Desde luego no quería que nada interfiriera con mi apreciación de la manera en que Karl Flex había ido al encuentro de la muerte. Además, necesitaba las dos manos para la cámara, y ya estaba tomando fotos del muerto con mi juguete nuevo y caro.

—¿Es estrictamente necesario? —rezongó Brandt.

—Del todo —respondí y me centré en el cráneo destrozado. Se parecía a la cáscara vacía del huevo pasado por agua que había desayunado esa mañana—. Cada fotografía cuenta una historia.

—Supongo que han sacado de los bolsillos todos los efectos personales de la víctima, ¿no? —le preguntó Brandt a Kaspel.

—Sí, señor —contestó—. Están en una bolsa en el dispensario de al lado, listos para que los inspeccione el comisario.

—Bien —dijo Brandt—. Entonces, no hace falta que nos preocupemos mucho por cómo le quitamos la ropa a la víctima. —Me alcanzó unas tijeras muy afiladas. Luego cogió otras, empezó a cortar una pernera de los pantalones del muerto y me invitó a hacer lo mismo con la otra—. Aun así, es una pena. Fíjese en esto. —Abrió la chaqueta de Flex para enseñarme la etiqueta—. Hermann Scherrer, de Múnich. Si este traje no estuviera cubierto ya de sangre, bien podría haber intentado salvarlo.

Dejé la Leica, agarré una pernera del pantalón y estaba a punto de usar las tijeras cuando salió del dobladillo una abeja más bien soñolienta.

—¿Qué tal si, en cambio, salvamos a esta?

—No es más que una abeja, ¿no? —comentó Brandt.

—Necesito una bolsa —señalé, dejando que la abeja avanzara por mi mano un momento—. O un frasco de pastillas vacío.

—Lo encontrará en el dispensario —dijo Brandt.

Con la abeja todavía pegada al dorso de la mano, fui al dispensario y busqué un frasquito. Mientras esperaba sin prisas a que la abeja se metiera allí, miré alrededor y observé con cierta sorpresa que el dispensario estaba bien surtido de pastillas de descontaminación Losantín y natrón.

—¿Por qué no le hace una foto? —preguntó Brandt por la puerta abierta.

—Igual se la hago, si consigo que sonría.

Una vez tuve la abeja en el frasco, volví al quirófano y me dispuse a ponerme al corriente con Brandt, cuyas afiladas tijeras ya habían llegado hasta la cintura del hombre. Mientras tanto, Brandt había instado a Kaspel a que le quitara al muerto los zapatos, los gruesos calcetines y la corbata.

—Con una corbata Raxon, uno siempre va bien vestido —comentó Kaspel, repitiendo el famoso eslogan publicitario de la empresa—. A no ser que esté empapada en sangre como esta.

—Por cierto —dijo Brandt, al tiempo que cortaba la camisa del hombre igual que un sastre impaciente, y luego la camiseta que llevaba debajo—. Aparte del hecho evidente de que recibió un disparo en la cabeza, ¿qué estamos buscando? No estoy exactamente seguro. Bueno, puedo abrirle el esternón y buscar rastros de veneno si quiere, pero...

—Allá en las trincheras, tenía un amigo al que le atravesaron el cuello de un tiro —dije—. Mantuve la presión sobre la herida, con la mano, para evitar que se desangrase, como se supone que hay que hacer. Solo para averiguar que fue el segundo disparo, en el pecho, que ni siquiera había visto, lo que lo mató. La vida está llena de sorpresas así. Y la muerte, más aún.

—Este hombre solo recibió un disparo —señaló Brandt—. Y fue eso lo que lo mató. Me apuesto mi reputación.

—Es una deducción muy acertada ahora que le ha abierto la camisa, señor —comentó Kaspel.

Kaspel le había quitado a Flex los zapatos y estaba inspeccionando la etiqueta del fabricante en la plantilla.

—Este individuo era un buen alemán, eso seguro. —El parloteo constante de Kaspel tenía que ver con algún fármaco, claro. Yo también estaba de ánimo parlanchín—. Un auténtico nazi, diría yo.

—¿Por qué lo dice? —pregunté.

—Zapatos Lingel.

Los zapatos Lingel de Erfurt se enorgullecían de proclamar su pureza aria, dejando implícito que otros zapateros (Salamander, por ejemplo) adolecían de contaminación racial. Era una treta a la que habían recurrido toda suerte de fabricantes alemanes desde la promulgación de las Leyes de Núremberg en 1935.

Corté los calzoncillos del muerto —por algún motivo, Brandt los había dejado intactos— para dejar al descubierto sus genitales.

—¿Eso le parece a usted normal? —le pregunté a Brandt.

—¿Qué quiere? ¿Una regla?

—Estaba pensando en el color. Me parece que tiene la polla un poco roja.

Brandt miró un momento los genitales de Flex y se encogió de hombros.

—No sabría decirle, la verdad.

Pero la polla del muerto tenía un aspecto que me llevó a coger la cámara otra vez. Brandt puso cara de repugnancia y meneó la cabeza.

—Vaya insensibilidad la suya —observó Brandt.

—No creo que esté pasando vergüenza, señor —dije, y saqué una foto de la polla de Karl Flex—. Y desde luego no pienso publicar estas fotos en la prensa local.

Dejé la cámara y me volví hacia la mesa, donde ahora las prendas del muerto colgaban de su cuerpo como una segunda piel. Y por fin habíamos llegado a los restos ensangrentados de la cabeza de Flex.

—Esta vez buscamos una bala —dije, palpando el cabello rubio y apelmazado del muerto—. A veces uno las encuentra asomando del cuero cabelludo. O bajo el cuello de la camisa de un hombre. O incluso en el suelo.

Removí el montoncito de masa cerebral en la mesa y el suelo con el índice, pero allí no había nada metálico. Me aseguré bien de ello. Me levanté y volví a concentrarme en la cabeza. Brandt miraba el agujero igual que un niño a la orilla de una poza rocosa.

—También buscamos un orificio de bala —dije.

—Hay un orificio, eso seguro —aseguró Brandt—. Del tamaño de la cueva Atta.

—Eso parece más un orificio de salida —observé—. Busco uno más pequeño. Un orificio de entrada, quizá. —Palpé el cráneo un momento. A estas alturas tenía las manos cubiertas de sangre pegajosa de la víspera. Por lo visto, solo había un par de guantes de goma en el quirófano—. Y aquí está. Unos dos o tres centímetros más abajo que el orificio de salida.

—Déjeme ver —dijo Brandt.

Permitió que le ayudara a introducir el índice en un orificio del tamaño de un pfennig, y luego asintió.

—Dios mío, tiene razón. Sí que hay un orificio. Es fascinante. Justo en el hueso occipital. La bala entra por aquí, a la izquierda de la sutura lambdoidea, y sale unos centímetros más arriba en medio de una explosión de hueso temporal y masa cerebral. Los que estaban a su lado debieron de quedar cubiertos de sangre.

—Eso espero —dije.

—A veces se olvida fácilmente los destrozos que puede causar una bala.

—Eso si uno no estuvo en las trincheras —objeté—. Para todo aquel que estuvo, como yo, y el capitán Kaspel aquí presente, esto era el pan nuestro de cada día. Esa es nuestra excusa para lo que usted tilda de indiferencia.

—Hum. Sí. Ya entiendo a qué se refiere, comisario. Lo siento.

—¿Podemos sacar otra foto, señor? Quizá si señala usted el orificio con una pluma o un lápiz...

—¿Quiere decir que lo introduzca ahí?

—Si no le importa, señor. Así es más sencillo apreciar lo que hay en la fotografía. Y el tamaño del orificio.

Me lavé las manos y cogí la Leica. Y cuando Brandt estuvo preparado con el lápiz, hice varias fotos del orificio de bala.

—Supongo que querrá que hurgue en la cavidad craneal en busca de fragmentos de bala —comentó Brandt.

—Si no le importa, señor...

Brandt introdujo la mano en la cabeza de Flex y empezó a palpar lo que quedaba de cerebro en busca de algo duro. Era como si estuviera vaciando una calabaza para el día de san Martín.

—Teniendo en cuenta el estado del cráneo de la víctima, no parece muy probable que encontremos nada —dijo—. Lo más seguro es que cualquier fragmento de bala esté en la terraza del Berghof por alguna parte.

—Exacto, señor. Por eso es una pena que a algún idiota servicial se le ocurriera fregar toda la sangre.

—Aun así, más vale asegurarse, supongo. —Pero un rato después, Brandt meneó la cabeza—. No. Nada.

—Gracias de todos modos, señor.

—Imagino que es mejor darle la vuelta —propuso Brandt en tono práctico—, ahora que he visto ese orificio de entrada. Solo para asegurarnos bien, como usted dice.

Cortamos el resto de las prendas para retirarlas del cadáver de Flex y luego le dimos la vuelta en busca de otro orificio de bala. Su cuerpo delgado y blanco carecía de marcas, pero saqué otra foto de todas maneras, para afianzar mi recuerdo. A esas alturas era plenamente consciente de lo mucho que se asemejaba Karl Flex a un Cristo muerto. Quizá fuera la barba lo que causaba el efecto, o los ojos azul claro; y quizá todos los hombres se parecen un poco a Jesucristo cuando los están preparando para su entierro; aunque también es verdad que quizá sea ese el meollo del asunto. Pero de algo sí que estaba seguro: con una herida como esa en la cabeza, Karl Flex iba a necesitar más de tres días para resucitar junto con justos y pecadores.

—Va a tener un álbum estupendo cuando haya terminado —observó Kaspel.

—Comisario, si coincide usted conmigo —dijo Brandt—, voy a anotar la causa de la muerte como herida de bala en la cabeza.

—Coincido.

—Creo que con toda probabilidad hemos terminado, ¿no? —señaló Brandt—. A menos que quiera usted que haga alguna otra cosa.

—No, señor, y gracias. Le agradezco mucho todo esto.

Brandt cubrió el cadáver con una sábana y amontonó pulcramente las prendas debajo de la mesa con el lateral de la bota.

—Haré que un celador venga a limpiar esto a primera hora de la mañana —dijo—. En cuanto al cadáver, ¿qué quiere que hagamos con él? Bueno, supongo que debe de tener familia en alguna parte.

Seguí a Brandt hasta el lavabo, donde se limpió las manos.

—Eso es cosa de Martin Bormann —dije—. Tengo entendido que se requiere discreción. Es necesario evitar que el Führer se preocupe por este desafortunado incidente.

—Sí, claro. Bueno, pues entonces dejaré que se ocupe usted de preguntarle qué hay que hacer con el cadáver, ¿de acuerdo?

Asentí.

—Otra cosa, señor. Dice usted que conocía bien a ese hombre. ¿Se le ocurre alguien que quisiera acabar con su vida?

—No —aseguró Brandt—. Karl Flex llevaba unos cuantos años viviendo en la zona y, aunque no era de esta parte del mundo, sino de Múnich, aquí en Obersalzberg lo apreciaban prácticamente todos. Por lo menos, esa impresión tenía yo. Era mi vecino de al lado, más o menos. Mi mujer Anni y yo vivimos en Buchenhohe, montaña arriba, un poco al este del Territorio del Führer. Muchos de los que trabajaban en Obersalzberg viven allí.

—¿Qué intereses tenía?

—Leer. La música. Los deportes de invierno. Los coches.

—¿Alguna novia?

—No. No, que yo supiera.

—Pero le gustaban las chicas.

—La verdad es que no sabría decírselo. Supongo. Quiero decir que nunca me habló de nadie en particular. ¿Por qué lo pregunta?

—Solo intento hacerme una idea de cómo era este hombre y de por qué alguien le disparó. Quizá un marido celoso. O el padre ultrajado de alguna desafortunada chica local. A veces los motivos más obvios resultan ser los acertados.

—No. No había nada parecido. Estoy seguro. Ahora, si me disculpa, comisario. Tengo que volver con mi esposa. No se encuentra nada bien.

Brandt se quitó la bata de un zarpazo y salió sin pronunciar una palabra más. No puedo decir que fuese un gran médico, pero era fácil ver por qué Hitler lo tenía cerca. Recto como una vara y con los modales solemnes de un monaguillo, tenía buen aspecto con su uniforme negro, y aunque no parecía un médico que tuviera la cura para nada muy grave, sin duda podría haber ahuyentado a sustos un resfriado o una tos persistente. Desde luego, a mí me asustaba.

14
ABRIL DE 1939

—Pues no ha sido de gran ayuda —objetó Kaspel—. Vaya capullo.

Eran las tres y media de la madrugada y estábamos en el dispensario del hospital de Berchtesgaden. Revisábamos los efectos personales de Flex, aunque ya los había fotografiado unas cuantas veces. Yo tenía en la mano un inventario de las pertenencias del fallecido que había elaborado Kaspel.

—Desde luego, los tipos fríos como él son los que dejan en mal lugar a las SS —dije—. Pero resulta que el doctor Brandt ha sido de mucha más ayuda de lo que cabría pensar.

—¿Cómo? Ha sido usted quien ha encontrado el orificio de entrada, ¿no?

—No por lo que nos ha dicho, sino tal vez por lo que no nos ha dicho. Por ejemplo, Flex tenía una gonorrea de mucho cuidado. Brandt no lo ha mencionado, aunque a mí me ha parecido evidente y a él también debe de habérselo parecido.

—Así que por eso le ha sacado una foto de la polla. Y yo que pensaba que era para su colección personal de obscenidades.

—¿Se refiere a las fotos que tengo de su mujer y su hermana?

—Así que es usted el Fritz que las tiene, ¿eh?

—Un buen acceso de gonorrea explicaría la presencia de un frasco de Protargol en la lista de efectos personales de Flex. Solo que aquí no hay Protargol ahora. Por lo visto, alguien lo ha sustraído. Eso y el Pervitín, que también aparece en su inventario. Por el contrario, sigue aquí la pinza para billetes, que sujeta un buen fajo, de varios cientos de marcos. Junto con todos los demás objetos de valor.

—Ah, sí. Tiene razón. Los medicamentos han desaparecido, ¿verdad? Qué pena. Iba a quedarme con el Pervitín.

—Creo que los ha cogido Brandt. Ha podido hacerlo mientras esperaba a que llegáramos. Evidentemente, no sabía que, como cualquier poli que se precie, usted ya había hecho este inventario. —Saqué uno de los cigarrillos de Kaspel y dejé que me diera fuego con el mechero de Flex—. Pues bien, por lo que al Protargol respecta, puede ser que, como amigo de Flex, quisiera ahorrarle el bochorno de que descubriéramos que tomaba proteinato de plata para una enfermedad venérea. Supongo que es comprensible. Aunque por los pelos. Quizá yo haría lo mismo por un conocido. Si estuviera casado, tal vez.

—Yo puedo explicar lo de la metanfetamina —se ofreció Kaspel—. Antes había existencias de sobra de esa poción mágica aquí en Berchtesgaden. Se la daban a los obreros locales de P&Z para que no se retrasaran con los plazos de construcción. Pero de un tiempo a esta parte parecen haberse agotado las reservas. Al menos, para cualquiera que no vaya de uniforme. Tengo entendido que hay muchos civiles en Berchtesgaden desesperados por un poco de poción mágica. Como le decía, el Pervitín puede ser muy adictivo.

—¿Por qué se han agotado las existencias?

—Extraoficialmente, corre por la montaña de Hitler el rumor de que están almacenando la sustancia para nuestras fuerzas armadas, por si hay guerra. Que el ejército alemán va a necesitar metanfetamina a fin de permanecer despierto el tiempo suficiente para derrotar a los polacos. Y es de suponer que a los Ivanes cuando vengan a apoyar a los polacos.

Asentí.

—Entonces, eso también explicaría la presencia de Losantín y natrón en esta clínica. —Señalé las sustancias que estaban puestas en las estanterías y, cuando Kaspel se encogió de hombros, añadí—: El Losantín se utiliza para tratar las quemaduras en la piel causadas por gas venenoso. El natrón se utiliza para neutralizar el gas de cloro. Por lo menos, así era cuando estuve en las trincheras. Parece ser que hay alguien se está preparando para lo peor, incluso aquí, en Berchtesgaden.

—Voy a decirle otra cosa que falta —observó Kaspel—. Al menos, según el inventario que hice ayer por la mañana con el comandante Högl. Había una libretita azul y un llavero pequeño que llevaba colgado al cuello con una cadenilla de oro. También han desaparecido.

—¿Recuerda qué había en la libreta?

—Números. Nada más que números.

—Vamos a ver qué queda. Un paquete de Turkish 8...

—En el Territorio del Führer lo fuma todo el mundo. Yo incluido.

—Un juego de llaves de casa, algo de calderilla, un peine de carey, un par de gafas de leer, un billetero de cuero, carné de conducir de civil, permiso de armas, documento de identificación laboral, permiso de caza, Documento de Identidad Personal del Partido Nacionalsocialista Alemán, certificado genealógico familiar ario, insignia del Partido, unas tarjetas de visita, un sello de oro, un encendedor Imco de oro, una petaquita de bolsillo de oro, un reloj de oro (de la marca Jaeger-LeCoultre, que es muy caro), unos gemelos de oro, una pluma Pelikan de oro...

—A Karl Flex le gustaba el oro, ¿eh? Incluso la pinza para el dinero es de dieciocho quilates. —Kaspel desenroscó el tapón de la petaca de bolsillo y olió el contenido.

—Y luego está la Ortgies automática del calibre 32 —observé—. ¿Dónde la llevaba, por cierto? ¿Metida bajo la cinturilla del pantalón? ¿En el calcetín? ¿Colgada al cuello de una cadena?

—Estaba en el bolsillo de la chaqueta —respondió Kaspel.

Extraje el cargador y lo examiné.

—Pues estaba cargada, sí. Parece ser que, a fin de cuentas, este amigo nuestro tan alto se esperaba que hubiera problemas. Nadie llevaría una «podadera» como esta a menos que creyera necesitarla.

—Sobre todo, aquí arriba. De habérsela encontrado en el Berghof, lo habrían detenido, por mucho permiso de civil que tuviera. Órdenes de Bormann. Solo la RSD está autorizada a llevar armas en el Territorio del Führer. Y nunca en el interior del Berghof o el Kehlstein, donde la única persona que tiene permiso para ir armada es el propio Bormann. Compruébelo si quiere. Siempre lleva un bulto en el bolsillo derecho de la chaqueta.

Señalé la petaca de bolsillo.

—¿Qué veneno contiene?

Kaspel tomó un sorbo de la petaca y sonrió con admiración.

—Es del bueno. Lo mismo que bebe Bormann.

Yo también tomé un sorbo y respiré hondo. El Grassl causa ese efecto. Encima de la metanfetamina, era como una dosis de electricidad recorriéndome por dentro.

—Me encanta este trabajo que me permite beber schnapps del mejor cuando estoy de servicio.

Kaspel rio y se guardó la petaca.

—Más vale que esto no caiga en manos equivocadas.

—Un traje Hermann Scherrer, zapatos Lingel, calcetines de cachemira, ropa interior de seda, reloj de plutócrata y más oro que en el templo del rey Salomón. Qué bien vivía, ¿no? Para ser ingeniero civil. Por cierto, ¿a qué se dedica un ingeniero civil?

—Se dedica a la buena vida, a eso se dedica. —Kaspel hizo una mueca—. Por lo menos, hasta que le pegan un tiro en la nuca. Fue así, ¿no? Le dispararon en la nuca, no por delante como todo el mundo había pensado. Lo que significa que el tirador no podía estar en el bosque detrás del Berghof, como todos creían. —Meneó la cabeza—. Qué raro que no encontráramos nada.

—¿Estuvo allí? ¿En el bosque?

—Dirigí la patrulla de búsqueda. Rattenhuber y Högl no se ensucian las botas ni locos. No, fuimos mis hombres y yo.

—Voy a volver allí. Ahora que he visto el cadáver, quiero leer todas las declaraciones de los testigos en mi nuevo despacho, suponiendo que tenga un despacho, y luego inspeccionar la terraza con más detenimiento.

—No sé qué espera encontrar, pero lo acompañaré.

—¿No quiere irse a casa, Kaspel? Son las tres y media de la madrugada.

—Pues sí. Pero ahora llevo un vuelo de mucho cuidado, desde que he esnifado la poción mágica. Igual que si fuera en un Me 109. Tardaré una eternidad en ser capaz de cerrar los ojos, y mucho más en dormir. Además, somos chicos Bolle, ¿no? De Pankow. Seguimos de juerga hasta que uno de los dos se derrumba o acaba en chirona. Así funciona lo nuestro ahora. Lo llevaré montaña arriba hasta el Berghof y, por el camino, le contaré unas cuantas verdades como puños sobre este lugar.

15
ABRIL DE 1939

Había dejado de nevar y parecía que la noche estuviera conteniendo la respiración. El aliento me ondeaba ante la cara como una nube encima de una de las cumbres. Incluso de noche era un lugar mágico y hermoso, pero, como ocurría con todas las historias que tenían que ver con la magia en Alemania, siempre tenía la sensación de que mis pulmones y mi hígado ya estaban en el menú de alguien, que, detrás de las cortinas de encaje de alguna de esas casitas de madera tan pintorescas, un cazador local afilaba el hacha y se disponía a ejecutar la orden de matarme con discreción. Me estremecí y, con la Leica todavía entre las manos, me subí el cuello del abrigo y pensé que ojalá hubiera pedido también un par de guantes calentitos. Decidí añadir los guantes a la lista de requisitos. Bormann —el Señor de Obersalzberg, como lo había llamado Kaspel— parecía dispuesto a concederme prácticamente todo lo demás. Kaspel me abrió la portezuela del coche con gesto amable. Su actitud era ahora radicalmente diferente de la del hombre que había encontrado una o dos horas antes. Ya estaba claro que había cambiado mucho desde que dejó la policía de Berlín. Los nazis podían causarle ese efecto a un hombre, aunque fuera nazi. Casi estaba empezando a tomarle afecto.

—¿Cómo es Heydrich? —me preguntó.

—¿No ha coincidido con él?

—De pasada. Pero no lo conozco. Respondo directamente ante Neumann.

—Yo he estado con el general varias veces. Es inteligente y peligroso, eso es. Trabajo para él porque no me queda otra. Creo que hasta Himmler le tiene miedo. Yo sé que se lo tengo. Por eso sigo vivo.

—Pasa lo mismo en todas partes. Si acaso, es peor aquí que en Berlín.

—Explíquese.

Hizo una mueca de dolor.

—Hum. No sé, Gunther. Somos chicos Bolle de Pankow y todo eso, sí. Y quiero ayudarlo y ayudar al general. Pero creo que los dos sabemos que hay cosas de las que no podemos ni debemos hablar. Por eso sigo vivo. No solo los empleados de P&Z tienen accidentes. Y si eso no da resultado, el campo de concentración de Dachau está a menos de doscientos kilómetros de aquí.

—Me alegra que mencione Dachau, Hermann. Hace tres años, Heydrich me envió en busca de un hombre que estaba internado allí, un tal Kurt Mutschmann. Eso me obligó a hacerme pasar por preso del campo. Pero después de unas semanas, ya no tenía la sensación de fingir. No conseguí salir de allí hasta haber localizado a Mutschmann, y ni un momento antes. A Heydrich le pareció muy divertido. Pero a mí no. Mire, creo que usted sabe que no soy nazi. A él le soy útil porque no antepongo la política al sentido común; nada más. Porque se me da bien lo que hago, aunque ojalá no fuera así.

—De acuerdo. Me parece muy bien. —Kaspel arrancó el coche—. Vamos a ver. Esto no es el armonioso idilio rural que le ha descrito Martin Bormann, Gunther. Ni es popular el Führer por aquí, a pesar de todas las banderas y los murales nazis. Muy al contrario. Toda la montaña de Hitler está surcada de túneles en desuso y antiguas minas de sal. De ahí viene el nombre de la montaña, claro. De la sal. Pero la geología local es una muy buena metáfora de cómo está la situación en Obersalzberg y Berchtesgaden. Nada es lo que parece a primera vista. Nada. Y bajo la superficie..., bueno, aquí no está ocurriendo nada bonito.

Hermann Kaspel condujo el coche siguiendo el curso del río y nos llevó montaña arriba de regreso al Berghof. Era una carretera sinuosa, pero a la luz de la luna no tardamos en encontrar una cuadrilla de obreros atareados en ensancharla para facilitar el acceso a cualquier posible visitante de Hitler. Casi todos llevaban el sombrero y la gruesa chaqueta tradicionales del Tirol, y uno o dos hicieron el saludo hitleriano a nuestro paso. Kaspel respondió, pero sus expresiones eran ariscas y recelosas.

—En verano hay hasta trescientos o cuatrocientos obreros como esos por aquí —explicó Kaspel—. Pero ahora mismo solo hay más o menos la mitad. La mayoría se aloja en campos de trabajo locales en Alpenglühen, Teugelbrunn y Remerfeld. Pero no cometa el error de pensar que son hombres obligados a desempeñar este trabajo. Créame, no lo son. Es verdad que al principio las oficinas de empleo austriacas tenían órdenes de enviar a todos los obreros disponibles a este lugar. Los hombres que enviaban eran del todo inadecuados para trabajar en los Alpes: empleados de hotel, peluqueros o artistas. Muchos enfermaban. Así que ahora solo se da trabajo a bávaros de la zona, hombres con experiencia de trabajo en la montaña. Aun así, hemos tenido muchos problemas en los campos de trabajo. Alcohol, droga y apuestas. Peleas por dinero. Las SS locales tienen que emplearse a fondo para mantener el orden con algunos de estos tipos. Así y todo, no hay problemas para conseguir trabajadores. Estos obreros de la Administración de Obersalzberg están muy bien pagados. De hecho, hacen jornada triple. Y ese no es el único incentivo. El trabajo de construcción en esta zona ha sido declarado por Bormann «empleo de reserva». En otras palabras, si uno trabaja en la montaña de Hitler, no tiene que cumplir servicio en las fuerzas armadas. Eso es un gran aliciente ahora mismo, máxime teniendo en cuenta que todo el mundo cree que habrá otra guerra. Así pues, ya puede imaginar que los voluntarios no escasean. A pesar de todo eso, el trabajo de construcción es muy peligroso aquí arriba. Incluso en verano. A menudo se provocan explosiones, como la que oyó antes, para abrir túneles a través de las montañas, y ha habido muchos accidentes. Accidentes mortales. Hombres enterrados vivos. Hombres que caen de las cumbres. Hace solo tres días se produjo una gran avalancha que mató a varios obreros. Luego hay constantes demoras provocadas por la presencia habitual de Hitler en la zona: le gusta dormir hasta tarde y no le gusta el ruido de las obras. Eso significa que cuando se trabaja hay que hacerlo las veinticuatro horas del día. Dios sabe cuántos hombres murieron construyendo ese puto salón de té del Kehlstein; se corrieron riesgos considerables a fin de que estuviera listo para el día en que cumpliera cincuenta años. Así pues, por aquí hay muchas más viudas de las que debería. Eso ha provocado mucho resentimiento en Berchtesgaden y los alrededores. Sea como sea, Flex trabajaba para P&Z. Y el mero hecho de trabajar en esa empresa podría ser, a juicio de más de uno, un probable móvil para el asesinato.

»Pero hay otro. El gobierno ha expropiado prácticamente todas las casas y granjas que ve en la montaña. La casa de Göring. La granja de Bormann. La que sea. En 1933, todas las casas de la montaña estaban en manos de particulares. Hoy apenas queda ninguna que no sea propiedad del gobierno alemán. Es lo que podría llamarse fascismo inmobiliario, y funciona así. Alguien del gobierno que cuenta con el favor de Hitler o Bormann necesita una casa bonita para estar cerca del Führer. Entonces Bormann propone comprarle esa casa a su propietario bávaro. Cabría imaginar que, con tan pocas casas como quedan en manos de particulares, el mercado es propicio para los que venden y se podrían obtener precios elevados. Nada de eso. Bormann siempre ofrece una suma por debajo del precio de mercado, y Dios no quiera que alguien rechace su primera oferta. Si lo hace, ocurre lo siguiente. Las SS aparecen como por arte de magia, bloquean el sendero de acceso y retiran el tejado. No le exagero. Si aun así el propietario no quiere vendérsela al gobierno, bien podría acabar en Dachau por algún motivo inventado, a menos que cambie de opinión.

»Por ejemplo, Villa Bechstein, donde usted se aloja, Gunther. Antes era propiedad de una ferviente partidaria de Hitler. Ella le regaló un flamante coche cuando salió de la cárcel de Landsberg, por no hablar de un bonito piano nuevo para su casa, y es probable que una cantidad considerable de dinero por añadidura. Pero nada de eso importó cuando el Señor de Obersalzberg decidió que quería su casa para los vips nazis. Se vio obligada a venderla como todos los demás. Y por un precio de risa. Así recompensa Hitler a sus amigos. La historia del Türken Inn es similar. El caso es que la ciudad de Berchtesgaden está llena de casitas ocupadas por bávaros de la región que antes eran propietarios de casas más grandes en la montaña de Hitler. Y todas esas personas odian con saña a Martin Bormann. Para distanciarse de tanto resentimiento, a veces Bormann recurre a un tipo llamado Bruno Schenk que entrega sus órdenes de expropiación. O, más a menudo, a un hombre de Bruno Schenk: Karl Flex. ¿Quiere un móvil para el asesinato? Ahí lo tiene. Uno excelente. Bruno Schenk y Karl Flex eran dos de los tipos más detestados de la región. Si alguien se merecía un balazo en la cabeza eran ellos, o el ayudante de Bormann, Wilhelm Zander, a quien ya conoció en el Kehlstein. Y eso significa que va a tener un problema de mil demonios para resolver este caso sin herir la susceptibilidad de Martin Bormann. En mi opinión, aquí la corrupción llega mucho más hondo. Quizá recorre la montaña de punta a punta, si sabe a qué me refiero. Igual alcanza hasta al propio Hitler. No me sorprendería que el Führer se esté llevando su diez por ciento de todo, porque Bormann, desde luego, lo hace. Incluso de la tienda del Türken donde los de las SS compran el tabaco y las postales. En serio. Bormann siempre sigue el ejemplo de Hitler, y apostaría a que fue Hitler quien lo incitó a montar este chanchullo para sacarse un dinerito.

»Pero no son meras especulaciones infundadas. Déjeme que le cuente una historia que pocos conocen acerca de la casa que compró Hitler. La Haus Wachenfeld, lo que ahora llamamos el Berghof, en la que se han gastado muchos millones más. Por supuesto, viene aquí desde 1923, después del Putsch, cuando apenas podía permitirse otra cosa que alquilar una habitación en la Haus Wachenfeld. Pero en 1928, cuando su situación empezó a mejorar, pudo alquilarle la casa entera a la propietaria, una viuda de Hamburgo que se llamaba Margarete Winter. Para 1932, Hitler se había hecho rico con las ventas de su libro, conque decidió hacerle a la viuda una oferta para comprar la vivienda. Como ella vivía en Hamburgo, no podía presionarla demasiado para que aceptase venderla y, a decir de todos, ella no quería hacerlo. Pero andaba escasa de dinero. Su marido había perdido casi todo su capital en la crisis de 1929, y se había visto obligado a vender su fábrica de cuero. Unos judíos locales la compraron a precio de saldo. La viuda odiaba a esos judíos más incluso que la idea de que Hitler la obligara a abandonar su casa en Obersalzberg. Así pues, ella le propuso un trato. Le vendería la casa a Hitler por 175.000 marcos imperiales si también le hacía un favor. Al día siguiente, un rayo alcanzó esa misma fábrica de cuero. Ardió hasta los cimientos, aunque parece mucho más probable que no fuera la Madre Naturaleza quien la destruyó sino unos miembros locales de las SA. Por orden personal de Hitler. Es una historia real, Gunther. Así que ya ve: Hitler siempre se sale con la suya, o bien por las buenas o bien por las malas. Y Martin Bormann hace más o menos lo mismo.

—Entonces, si lo he entendido bien, Hermann, la mitad de la gente con la que hable no me dirá nada porque le tiene miedo a Bormann. Y la otra mitad no me dirá nada porque quiere que el asesino salga impune. Porque cree que Karl Flex se lo tenía merecido. De sobra.

Kaspel sonrió.

—Es una descripción bastante acertada de su labor investigadora, sí. Tendrá que sostener las cartas tan cerca del pecho que le hará falta suerte para ver de qué palo son.

—Heydrich quería que buscara algún trapo sucio sobre Bormann. Me da la impresión de que eso podría ser lo que quería. ¿Le ha contado usted algo al respecto?

—No. Pero nada de esto le parecerá una gran sorpresa a Heydrich. Fue Bormann quien ayudó al propio Himmler a comprar su casa, que no está en Obersalzberg sino en Schönau, a unos quince minutos de aquí. El Schneewinkellehen. Antes era propiedad de Sigmund Freud. A ver cómo se explica eso. Sea como sea, está claro que Heydrich no va a reprender a Bormann por hacer algo que ha hecho su propio jefe.

—No le falta razón. Me pidió que averiguara qué hay de cierto en el rumor de que a Bormann lo está chantajeando su propio hermano. Supongo que Heydrich quiere saber qué información tiene Albert sobre su hermano para poder chantajearlo también.

—Pues no sé lo que puede ser. Lo único que sé es que Albert Bormann tiene enchufe con Adolf Hitler. Y eso significa que aquí es casi tan poderoso como Martin Bormann. Hay que reconocérselo a Hitler: sabe muy bien cómo dividir y vencer.

Nos detuvimos en un control y una vez más presentamos nuestras credenciales a un guardia de las SS helado de frío. El reflector que iluminaba nuestro coche también me permitió ver el tamaño de la valla de seguridad.

—No debe de ser muy fácil saltar eso —señalé—. Y menos con un rifle en la mano.

—Esa valla tiene diez kilómetros —dijo Kaspel—. Con treinta puertas distintas, todas ellas dotadas de cerradura de seguridad ZeissIkon. Pero a menudo la valla sufre daños debido a los aludes de rocas, las avalanchas y..., bueno, los sabotajes. Incluso cuando está en buen estado, esta valla que rodea la zona no pinta una mierda. Ah, tiene buen aspecto, proporciona cierta protección a la carretera y supongo que da sensación de seguridad a Hitler, pero en la RSD todos saben que, con tantos túneles y minas de sal privadas, muchos vecinos de la zona pueden ir y venir a su antojo dentro del perímetro. Y más aún, lo hacen. El interior de nuestra montaña es como un queso suizo, Gunther. Hitler prohibió por completo la caza detrás de la valla que marca el perímetro porque le encantan los animalillos peludos, pero eso no impide que aquí la gente cace con total impunidad. Las mejores piezas que pueden cobrarse en la zona están en el Territorio del Führer, y lo más probable es que el tirador fuera algún campesino local que accedió a la zona por el túnel de una antigua mina de sal que su familia retorcida y endogámica usa desde hace cientos de años. Probablemente quería abatir un par de conejos o un ciervo, pero acabó cobrándose una rata.

—Gracias por decírmelo, Hermann. Aprecio su sinceridad. —Sonreí—. Un paisaje precioso, un cadáver, un montón de mentiras y un poli idiota. Solo nos hace falta una chica bonita y un gordo y diría, sin temor a equivocarme, que tenemos todos los ingredientes para una comedia de Mack Sennett. Por eso estoy aquí en Obersalzberg, supongo. Porque al Todopoderoso le gusta partirse de risa. Sé de lo que hablo, se lo aseguro. Dicen que en este mundo hay misericordia y clemencia, solo que no las veo, porque con esta vida de mierda tan jodida y accidentada que me ha caído en suerte, llevo divirtiendo a Dios Padre que está en los cielos desde 1933. A decir verdad, empiezo a tener ganas de que se le atragante la risa.

Kaspel frunció los labios y meneó la cabeza.

—El caso es que he estado devanándome los sesos en busca del motivo por el que el general Heydrich lo ha enviado aquí a Obersalzberg, Gunther. Y quizá empiezo a vislumbrarlo. Es posible que posea usted un espíritu más sombrío que cualquiera de nosotros.

—¿Hermann? Hace mucho tiempo que está ausente de Berlín. ¿Nunca se pregunta por qué el oso en nuestro escudo de armas es negro? Pues porque está harto de todo, por eso. En Berlín todo el mundo es como yo. Por eso a todos los demás alemanes les gusta tanto esa ciudad.

16
ABRIL DE 1939

Llegamos al lado norte del Berghof. En las escaleras que conducían a la terraza nos aguardaba un hombre a quien había conocido muchos años antes. Arthur Kannenberg había sido propietario de un restaurante con terraza en Berlín Oeste, cerca de la Cabaña del Tío Tom, llamado Pfuhl’s Weinund. Pero todo se fue a tomar por saco con la crisis, y lo último que había sabido de Kannenberg es que se marchó de Berlín y se fue a trabajar a Múnich, donde se hizo cargo del comedor de oficiales en la sede del Partido Nazi. Era un hombre pequeño, rechoncho y de piel pálida, con labios muy rosados y ojos que denotaban hipertiroidismo. Vestía una chaqueta gris de estilo austriaco. Me saludó efusivamente.

—Bernie —dijo, estrechándome la mano—, cómo me alegro de volver a verlo.

—Arthur. Qué sorpresa. ¿Qué demonios hace aquí?

—Soy encargado aquí en el Berghof. Herr Bormann me ha avisado de su llegada. Conque aquí estoy, a su servicio.

—Gracias, Arthur, pero lamento que haya tenido que quedarse despierto hasta las tantas.

—Lo cierto es que estoy acostumbrado. El Führer es más bien un ave nocturna, la verdad, lo que significa que yo también tengo que serlo. En cualquier caso, quería cerciorarme de que esté todo a su gusto. Le hemos preparado un despacho en una de las habitaciones de invitados de la segunda planta.

Kaspel se esfumó mientras yo seguía a Kannenberg bajo un pasaje cubierto y luego accedía a un vestíbulo por una recia puerta de roble.

—¿Sigue tocando el acordeón, Arthur?

—A veces. Cuando el Führer me lo pide.

Con los techos bajos, la iluminación tenue, las columnas de mármol rojo y los arcos abovedados, los alrededores del vestíbulo se parecían a la cripta de una iglesia. No tenían un aire muy familiar, que digamos. Kannenberg me llevó arriba y enfilamos un pasillo extraordinariamente ancho con las paredes cubiertas de cuadros. Me mostró el interior de una habitación tranquila con una estufa de color crema decorada con figuritas verdes. Las paredes estaban revestidas de madera de pícea pulida y había un asiento de madera encajado en un rincón con una mesa rectangular. En el suelo había varias alfombras y un cesto de hierro forjado lleno de troncos para la chimenea de leña. Había dos teléfonos y un archivador, y todo lo que había pedido, incluidas unas botas Hanwag forradas en piel. Al verlas, me senté y me las calcé de inmediato. Tenía los pies helados.

—Está todo muy bien —dije, al tiempo que me levantaba y daba unos pasos firmes por la habitación para poner a prueba las botas nuevas.

Kannenberg encendió una lámpara de mesa, bajó la voz y se me acercó.

—Para cualquier cosa que necesite mientras esté aquí, y me refiero a cualquier cosa, acuda a mí, ¿de acuerdo? No se la pida a ninguno de esos ayudantes de las SS. Si les pregunta algo, tendrán que pedirle permiso a alguien más antes de responder. Acuda a mí y yo se lo solucionaré. Igual que cuando estábamos en Berlín. Café, alcohol, pastillas, algo de comer, tabaco... Solo que, por el amor de Dios, no fume en la casa. La novia del Führer fuma en su cuarto con la ventana abierta y cree que él no se da cuenta, pero lo huele, y eso lo pone de los nervios. Ahora ella está aquí y, como él está ausente, se cree que se puede salir con la suya. Pero yo lo huelo por la mañana. Usted está delante del estudio privado del Führer, Bernie, al otro lado del pasillo, así que si quiere fumar, hágalo fuera. Y tenga buen cuidado de recoger las colillas. De todos modos, le enseñaré la casa por la mañana. De momento, déjeme mostrarle lo cerca que está de él. Solo para que le quede claro lo del tabaco.

Estábamos en el umbral. Kannenberg abrió la puerta de enfrente y encendió una luz para dejarme echar un vistazo al estudio del Führer. Era una habitación espaciosa, con puertaventanas, moqueta verde, muchas estanterías de libros, una mesa grande y una chimenea. En la mesa había unos extensores y, encima de la chimenea, un cuadro de Federico el Grande con la cara sonrosada. Aún era joven; tal vez datase de cuando era el príncipe heredero. Vestía un abrigo de terciopelo azul y sostenía una espada y un telescopio como si se dispusiera a contemplar el paisaje desde la puertaventana del Führer. Yo sí que iba a hacerlo.

—¿Lo ve? Está justo delante.

Kannenberg cogió los tensores y los guardó en un cajón de la mesa.

—Los necesita porque hace todo el ejercicio con el brazo derecho —explicó con tono obediente—. Eso le debilita el brazo izquierdo.

—Ya sé lo que es eso.

—Es un gran hombre, Bernie. —Paseó la mirada por el estudio, casi como si estuviéramos en una especie de templo—. Algún día, esta estancia, su estudio, será un lugar de peregrinación. En verano ya vienen aquí miles de personas para verlo, aunque sea de lejos. Por eso tuvieron que construir el Türken Inn, para que tenga un poco de paz y tranquilidad. Se supone que esa es la razón de ser de este lugar. La paz y la tranquilidad. Bueno, lo era hasta la tragedia de ayer por la mañana. Esperemos que sea usted capaz de hacer que las aguas vuelvan a su cauce.

Kannenberg apagó la luz y volvió a salir al pasillo.

—Arthur, ¿estaba usted presente cuando le dispararon a Karl Flex?

—Sí, lo vi todo. Cuando ocurrió, Weber y los demás estaban a punto de trasladarse al nuevo hotel Platterhof para ver cómo habían avanzado las obras de construcción allí.

—¿Weber?

—Hans Weber, el principal ingeniero de P&Z. Yo estaba a un metro del doctor Flex, supongo. Pero no me di cuenta de lo que había pasado durante unos instantes. Sobre todo, por el sombrero que llevaba.

—¿Un sombrero? No he visto ninguno.

—Era un sombrerito tirolés verde con plumas, como el que llevaría un campesino. Solo quedó clara la gravedad de sus heridas cuando se le cayó el sombrero. Parecía como si la cabeza le hubiera estallado desde dentro, Bernie. Como un huevo cuando está hirviendo y revienta. Supongo que alguien tiró ese sombrero, porque estaba empapado en sangre.

—¿Cree que podría buscarlo?

—Puedo intentarlo, desde luego.

—Hágalo, por favor. ¿Llevaba sombrero alguien más?

—Me parece que no. Y si alguien lo llevaba, seguro que no era como ese. No era lo que se diría un sombrero de caballero. Creo que Flex lo llevaba porque le daba cierto aspecto local. O le hacía parecer un personaje.

—¿Y lo era? ¿Un personaje?

—No sabría decirlo, la verdad.

Pero Kannenberg me miró a los ojos y, llevándose un dedo a los labios, meneó la cabeza en un gesto cargado de intención.

—Ya sé que es muy tarde, Arthur, pero le agradecería que me acompañase a la terraza unos momentos y me explicara exactamente lo que pasó. Solo para que pueda hacerme una idea más precisa.

Fuimos abajo.

—Es por aquí. A través del Gran Salón.

—¿Qué hay de Freda, su esposa? ¿También se encuentra aquí?

—Sí. Y le preparará un desayuno berlinés bien abundante por la mañana. Lo que quiera y cuando quiera.

El Gran Salón era un rectángulo descomunal con el suelo de dos niveles cubierto de moqueta roja, y parecía una versión más grande del salón encima del Kehlstein. A un lado había una chimenea de mármol rojo y, en el lado norte, el inmenso ventanal panorámico. Era una estancia de esas en las que un rey medieval podría haber celebrado banquetes e impartido una justicia más bien inflexible. Podría haber tirado a un condenado por ese ventanal, quizá. Según Kannenberg, el ventanal tenía un motor eléctrico para subirlo y bajarlo, igual que una pantalla de cine. Había otro piano de cola, un inmenso tapiz, también de Federico el Grande; y, junto a la ventana, una mesa con tablero de mármol y un globo terráqueo enorme que no hizo gran cosa por sofocar mis temores en torno a las ambiciones territoriales nazis. La devoción de Hitler por el ejemplo de Federico el Grande me convenció de que el Führer debía de haberse plantado a menudo delante de ese globo para decidir dónde iba a enviar a continuación los ejércitos alemanes. Cruzamos el nivel superior y salimos del Berghof a través del jardín de invierno que, en marcado contraste con el Gran Salón, parecía la sala de estar de mi difunta abuela. Fuera, en la terraza helada, las lámparas de arco brillaban con intensidad y varios hombres de la RSD, incluido Kaspel, esperaban mi llegada.

—Pues bien —dijo Kannenberg, que fue directo hacia el antepecho bajo que bordeaba la terraza—, el doctor Flex estaba aquí, me parece. Al lado de Brückner, uno de los ayudantes de Hitler.

—¿Iba Brückner de uniforme?

—No. Todos miraban hacia el Untersberg, el pico de montaña que se ve al otro lado del valle. Todos salvo el doctor Flex, claro. Miraba en dirección contraria. Directo hacia el Hoher Göll. Como yo ahora.

—¿Está seguro de eso, Arthur?

—Totalmente. Lo sé porque me estaba mirando a mí. Yo en realidad no tomaba parte en la discusión. Solo estaba por allí esperando a que Huber o Dimroth, que es el ingeniero jefe de Sager & Woerner, me dijeran que habían terminado de desayunar. O que estaban listos para ir al Platterhof. Pero también podía habérmelo dicho Flex. Y en el momento en que se derrumbó lo estaba mirando directamente como si fuera a decirme justo eso.

—Así que Flex era más alto que los demás, ¿verdad?

—Sí.

—Y llevaba un sombrerito tirolés verde. ¿Correcto?

—Correcto.

—Y miraba hacia usted, en lugar de hacerlo valle abajo.

—Eso es.

—¿Y dónde estaba usted?

Kannenberg cruzó la terraza y se puso delante del ventanal del jardín de invierno.

—Aquí. Justo aquí.

—Gracias, Arthur. Ahora ya nos ocupamos nosotros. Váyase a la cama como un buen chico, y ya nos veremos a lo largo del día.

—Y si hay tiempo, puede darme noticias de Berlín. Lo echo de menos a veces.

—Ah, Arthur, y a ver si me agencia un par de guantes. Tengo las manos heladas.

Volví dentro para coger la cámara de mi despacho en la primera planta donde la había dejado. Luego regresé a la terraza donde Kaspel estaba fumando un pitillo. Al verme, lo apagó con mucho cuidado contra la pared y se guardó la colilla en el bolsillo del abrigo. Sonreí y meneé la cabeza. Si no había creído que Hitler estaba loco antes de venir al Berghof, ahora ya lo creía. ¿Qué mal podían hacer unos cuantos asquerosos cigarrillos? Di un garbeo por la terraza y volví donde estaba Kaspel.

—Eh, me acaba de venir a la cabeza —dijo Kaspel—. Si estaba de cara a la montaña y el disparo lo alcanzó en la nuca, entonces...

—Exacto. —Señalé hacia la oscuridad que había más allá de la terraza, hacia el norte, en dirección a Berchtesgaden a los pies de la montaña—. El tirador estaba por alguna parte allí abajo, Hermann. No en el bosque, ni ahí arriba. No es de extrañar que no encontraran nada. El tirador no estuvo ahí en ningún momento. —Recorrí la terraza con la mirada y vi un montón de varillas de madera ordenadas en un rincón. Cogí una varilla y la llevé al borde de la terraza—. La cuestión es otra. ¿Dónde estaba apostado exactamente? ¿Dónde podría encontrar un hombre con rifle el cobijo necesario para evitar que lo detectaran el tiempo suficiente para disparar contra esta terraza?

Le pasé a Kaspel la varilla de madera.

—Flex era más alto que yo. De la estatura de ese de ahí. —Señalé a uno de los hombres de las SS de aspecto soñoliento a la espera de nuestras órdenes, que también era el más alto—. Usted. Es más o menos de la misma estatura que Flex. Venga aquí. Vamos, Alemania bien despierta, ¿eh?

El de las SS avanzó a paso firme hacia el antepecho.

—¿Cómo se llama, hijo?

—Dornberger, señor. Walter Dornberger.

—Walter, quiero que se quite el casco y vuelva el rostro en dirección opuesta al valle. Y quiero que finja ser el hombre que recibió el disparo. Si no le importa, quiero que me preste la cabeza un momento. ¿Hermann? Coloque la varilla al lado de su cabeza, donde se lo indique.

—De acuerdo —dijo Kaspel.

Puse el dedo en la parte inferior del cráneo del soldado de las SS.

—El orificio de entrada estaba más o menos aquí. El de salida, unos seis u ocho centímetros más arriba. Tal vez más. Pero es difícil ser más precisos, teniendo en cuenta los daños sufridos por el cráneo. Si tuviéramos el sombrero del muerto, claro, quizá dispondríamos de un orificio de bala real, lo que nos permitiría deducir la trayectoria del proyectil.

Fue en ese momento cuando Kannenberg volvió con un sombrero con cuatro cordones trenzados a modo de cinta y una insignia que era una mosca de pescador. El sombrero, de lana loden verde, y con un ala de unos cinco centímetros, estaba muy manchado de sangre. El interior daba la impresión de que alguien lo hubiera usado como salsera. Pero estaba bastante seco y se apreciaba con claridad un agujerito en la coronilla, por donde había salido la bala del rifle del asesino.

—Este es el sombrero —explicó Kannenberg—. Lo he encontrado en el suelo, al lado del incinerador.

—Bien hecho, Arthur. Ahora sí que estamos llegando a buen puerto.

Esta vez Kannenberg esperó a ver qué me disponía a hacer con el hombre de las SS, la varilla y el gorrito de gnomo que tenía en la mano. Introduje la punta de la varilla por el orificio y le pregunté al de las SS si no le importaba ponerse el sombrero un momento.

—Bien —le dije a Kaspel—. Ahora, baje el extremo de la varilla unos centímetros hasta el punto por donde la bala entró en el cráneo de Flex. Eso es.

Me apresuré a hacer unas fotografías y luego inspeccioné ambos extremos de la varilla: uno apuntaba hacia la galería de madera inmediatamente encima de la terraza, y el otro, por encima del borde del antepecho y valle abajo.

Unos instantes después retiré el sombrero verde del cabello rubio del de las SS y lo dejé en el suelo.

—¿Arthur? Voy a pedirle que le indique a Walter dónde encontró el sombrero. ¿Walter? Quiero que vaya al incinerador, se ponga a cuatro patas y vea si encuentra una bala usada. ¿Arthur? Necesitaré una escalera de mano para subir ahí y echar un vistazo más de cerca a esa galería.

—Ahora mismo, Bernie —respondió Kannenberg.

—Vamos a ver si logramos encontrar la bala usada ahí arriba entre el enmaderado de la galería —expliqué—. Una sola bala de plata.

—¿Por qué de plata? —indagó Kaspel.

No contesté, pero lo cierto era que no veía razón para que alguien disparase una bala de rifle contra la terraza de la residencia privada de Hitler a menos que estuviera hecha con la plata fundida de un crucifijo.

17
ABRIL DE 1939

En el enmaderado de la galería en la segunda planta del Berghof no encontramos un solo proyectil: para cuando se hizo de día, ya habíamos hallado cuatro. Antes de extraer esas balas con mi navaja Boker, marqué sus posiciones con trozos de cinta Lohmann y después las fotografié. Estaba empezando a pensar que ojalá hubiera solicitado un fotógrafo además de la Leica, pero lo cierto era que esperaba quedarme con la cámara cuando el caso hubiera terminado y venderla de vuelta a Berlín. Cuando trabajas para ladrones y asesinos, algo se te pega de vez en cuando.

Desde la galería de la segunda planta del Berghof se veía con claridad por qué había elegido Hitler justo ese lugar para vivir. La vista desde la casa era impresionante. Era imposible contemplar ese paisaje de Berchtesgaden y el Untersberg detrás sin oír una trompa alpina o un sencillo cencerro. Sin embargo, a Wagner no. Al menos, no en mi caso. Prefiero con mucho un cencerro al sumo sacerdote del germanismo. Además, un cencerro solo tiene una nota, lo que le sienta mucho mejor al trasero que cinco horas en una sala de conciertos en el Festival de Bayreuth. A decir verdad, pasé muy poco tiempo admirando la vista de postal desde la montaña de Hitler; cuanto antes me largara de allí y volviera al aire azulado de los tubos de escape de Berlín, mejor. Así pues, mientras Hermann Kaspel sujetaba un extremo de la cinta métrica en lo alto de la escalera, retrocedí hasta el antepecho que había al borde de la terraza y el lugar donde Flex había recibido el disparo, y coloqué la varilla a modo de rifle siguiendo el mismo ángulo descendente.

—¿No le parece que el extremo de esta varilla apunta hacia esas luces al oeste de aquí? —le pregunté a Kaspel.

—Sí.

—¿Qué es ese edificio?

—Lo más probable es que sea Villa Bechstein. El lugar donde ahora se aloja su ayudante.

—Sí, me había olvidado de Korsch. Espero que haya dormido mejor que yo. —Miré el reloj de muñeca. Eran casi las siete. Llevaba siete horas en Obersalzberg y tenía la sensación de que solo habían pasado siete minutos. Supongo que era por la metanfetamina. Por supuesto, sabía que tendría que tomar más, y pronto—. Bueno, no tardaremos en averiguarlo. Porque vamos a ir allí en cuanto hayamos desayunado en el comedor del Führer. A Villa Bechstein. Korsch puede ir en busca de un experto en balística que les eche un vistazo a estos proyectiles y nos diga algo más mientras yo deshago el equipaje y me lavo los dientes. Igual hasta revelo este carrete.

Kaspel bajó de la escalera y me siguió a través del jardín de invierno y el Gran Salón hasta el comedor, donde había paneles de pino nudoso por doquier y una vitrina empotrada que albergaba piezas diversas de porcelana de aire selecto con filigranas de dragones. Ojalá fueran dragones de los que escupían fuego, porque, pese a todos sus aires de grandeza, la habitación estaba helada. Había dos mesas, una redonda más pequeña en una ventana salediza dispuesta para seis comensales y otra rectangular más grande con dieciséis servicios. Kaspel y yo nos dirigimos a la mesa más pequeña, nos quitamos los abrigos, arrimamos dos butacas de cuero rojo terracota y nos sentamos. Sin pensarlo, dejé el paquete de tabaco encima del mantel. De alguna parte llegaba un aroma a café recién hecho.

—¿En serio? —preguntó Kaspel.

—Lo siento. Había olvidado nuestras órdenes.

Me apresuré a retirar el tabaco de la mesa, segundos antes de que apareciera en el comedor un camarero con guantes blancos, como si hubiera salido de una lámpara de latón para concedernos tres deseos. Aunque yo tenía muchos más que tres.

—Café —dije—. Mucho café caliente. Y quesos, quesos a mansalva. Y carne también. Huevos pasados por agua, pescado ahumado, miel, pan en abundancia y más café bien caliente. No sé usted, Hermann, pero yo me muero de hambre.

El camarero hizo una inclinación de cortesía y fue a por nuestro desayuno alemán. Tenía muchas esperanzas puestas en la cocina del Berghof: si no se podía tomar un buen desayuno alemán en casa de Hitler, entonces no había nada que hacer.

—No —dijo Kaspel—. Me refería a si iba en serio lo de investigar Villa Bechstein. Ese sitio está reservado a vips nazis.

—¿Eso soy yo? Qué curioso. Nunca me lo había planteado así.

—Lo han alojado allí porque es el lugar más cercano al Berghof donde no vive otra gente. Para que no tenga que venir de muy lejos.

—Qué amabilidad por su parte.

—No creo que Bormann se planteara la posibilidad de que buscase usted al tirador en Villa Bechstein. El adjunto del Führer, el mismísimo Rudolf Hess, debería llegar en cualquier momento.

—¿No tiene una casa propia?

—Todavía no. Y la verdad es que a Hess no le gusta demasiado este lugar. Incluso se trae su propia comida. Así que no viene muy a menudo. Pero cuando viene, se aloja siempre en la villa, con sus perros.

—No soy muy quisquilloso con mis compañeros de alojamiento. Ni con lo que como, siempre y cuando sea abundante. —Miré en torno: el comedor me desagradaba tanto como el Gran Salón. Era como estar dentro de una cáscara de nuez—. Supongo que esta debe de ser el ala nueva.

—A Bormann no le hará ninguna gracia.

—Ya nos ocuparemos de eso en su debido momento.

—No, en serio, Bernie. Las relaciones entre Bormann y Hess ya son tensas. Si empezamos a meter las narices en Villa Bechstein, es probable que Hess lo interprete como un intento de socavar su autoridad de adjunto del Führer.

—Bormann se sulfurará aún más si no atrapamos a ese tirador, y pronto. Mire, Hermann, ya ha visto dónde estaban esas balas. Son los ángulos con los que tenemos que trabajar. Igual que en el billar. Quizá algún empleado no le tenía mucho aprecio a Flex. Quién sabe, tal vez el mayordomo se aburrió y sacó un rifle por la ventana del dormitorio principal para ver a quién podía alcanzar en la terraza. Siempre considero al mayordomo sospechoso de asesinato. Por lo general, tienen algo que ocultar.

Llegó el café y saqué el tabaco de nuevo antes de guardarlo... de nuevo. Solo cuando una costumbre propia les molesta a los demás se da uno cuenta de hasta qué punto es un vicio. Así pues, me tomé un par de comprimidos de Pervitín con el café y me mordí el labio.

—¿Qué pasa con la gente que fuma en esta puta casa? —pregunté—. En serio. ¿Los envían a Dachau, o sencillamente los lanzan desde la Roca Tarpeya unos lugareños ciegos de meta?

—Deme un par de pastillas —dijo Kaspel—. Empiezo a estar de bajón. Y creo que tendré que seguir alerta un buen rato.

—Podría ser. —Dejé las cuatro balas deformadas encima del mantel. Parecían dientes salidos del macuto de un hechicero. ¿Quién sabe? Igual me permitirían adivinar el nombre del asesino de Flex. Cosas más raras se habían visto en el laboratorio de balística del Alex—. En un cargador estándar de rifle hay cinco balas —señalé—. Eso significa que o bien nuestro asesino disparó contra Karl Flex cuatro veces y falló, o bien intentó abatir a más de un hombre en la terraza. Pero ¿cómo es que nadie oyó nada? Si los disparos llegaron de algún lugar tan próximo como Villa Bechstein, alguien tuvo que oírlos cuando se produjeron. Se supone que estamos en una zona de seguridad.

—Ya oyó la explosión —repuso Kaspel—. La que provocaron los obreros. Y, sobre todo a primera hora de la mañana, suelen efectuarse disparos para provocar pequeñas avalanchas en el Hoher Göll, a fin de evitar otras mayores. Así que cabe la posibilidad de que alguien oyera un estallido y lo relacionara con una avalancha. Asimismo, en Berchtesgaden hay numerosos clubes de recreación histórica formados por tiradores a quienes les gusta reunirse los días festivos y disparar antiguas armas de pólvora negra. Trabucos y pistolas de los dragones. Lo hacen a la menor oportunidad. Lo cierto es que hemos intentado poner fin a esa práctica, pero no ha servido de nada. No hacen ni caso.

El camarero regresó con una enorme bandeja de desayuno en la que había un buen pedazo de un panal, todavía unido a la bandeja de madera que habían sacado de la colmena. Al verlo, dejé escapar un gemido de emoción infantil. Hacía tiempo que nadie veía miel en Berlín.

—Dios mío, esto sí que es un lujo —exclamé—. Nunca he podido resistirme a un panal de miel, ya desde que era niño.

Antes incluso de que el camarero lo hubiera dispuesto todo sobre la mesa, arranqué un trozo, retiré la cobertura de cera de abeja con el cuchillo y empecé a succionar la miel con fruición.

—¿Es de por aquí? —Miré la etiqueta en el lateral de la bandeja de madera—. Miel del colmenar del mismísimo Führer en Landlerwald. ¿Dónde cae eso?

—En la otra ladera del Kehlstein —respondió Kaspel—. El jefe adjunto del Estado Mayor es un experto en agricultura. Esa es la formación de Bormann. Estudió para ser administrador de fincas. Gutshof es una granja que suministra toda clase de productos al Berghof. Cuando vamos montaña arriba, la casa principal de la granja queda a nuestra izquierda. Hay ochenta hectáreas de tierra de cultivo, todo en torno a la montaña.

—Empiezo a ver por qué al Führer le gusta tanto esto. También tendrá que hablar con alguien del colmenar.

—Hablaré con Kannenberg —dijo Kaspel—. Él lo arreglará con Hayer, el tipo que está a cargo de todo en el Landlerwald. Pero ¿por qué?

—Digamos que tengo una mosca detrás de la oreja, o más bien una abeja.

No mucho después de haber terminado de desayunar, aparecieron varios hombres de los que habían estado en la terraza cuando abatieron a Flex. Freda Kannenberg se me acercó y me dijo que «los ingenieros» me esperaban en el Gran Salón.

—¿Cuántos son?

—Ocho.

—¿Es probable que venga alguien más a desayunar aquí?

—No —contestó—. Frau Braun suele desayunar en su habitación del piso de arriba, con su amiga. Y Frau Troost no desayuna nunca.

—Muy bien —le dije a Freda—, los recibiré aquí. De uno en uno.

—Le diré al camarero que traiga más café recién hecho.

18
ABRIL DE 1939

El primero con el que hablé fue el ingeniero estatal Augustus Michahelles. Era un hombre bien parecido con uniforme militar. Se inclinó con gesto cortés al presentarse a la mesa del desayuno. Me puse en pie, estreché su mano lánguida y lo invité a sentarse y servirse un café. Abrí el expediente con las declaraciones de los testigos y busqué la lista que había elaborado Högl.

—Usted es el director de la oficina estatal de construcción en Deutsche Alpenstrasse, ¿no?

—Así es.

—Pensaba que habría más de ustedes ahí fuera. Según mi lista, había doce personas en esa terraza ayer por la mañana. Incluido el fallecido. Y, sin embargo, hoy solo hay ocho personas aquí en el Berghof.

—El profesor Fitch, el arquitecto, creo que tuvo que ir a Múnich a reunirse con el doctor Todt y el doctor Bouhler. Igual que el profesor Michaelis.

Me encogí de hombros.

—¿Cómo es que la gente cree que puede ausentarse así como así de la investigación de un asesinato?

—Eso se lo tendría que preguntar a ellos. Y si me permite que lo diga, no sé muy bien qué más puedo añadir a la declaración que hice ayer ante el capitán Kaspel.

A pesar del uniforme, no parecía seguro de sí mismo. Ni siquiera se sirvió un café.

—Probablemente, no mucho —reconocí—. Solo que su declaración fue acerca de lo que ocurrió. Lo que vio. Yo estoy más interesado en oír en torno a qué giraba la reunión. Martin Bormann no se mostró muy preciso al respecto. Había muchos ingenieros muy bien cualificados reunidos aquí en el Berghof. Seguro que algo de suma importancia debió de requerir la presencia de todos ustedes. Y también me gustaría saber algo más acerca del doctor Flex.

El ingeniero estatal caviló durante un momento y jugueteó con un lóbulo de la oreja de aspecto costroso que a todas luces se había toqueteado otras veces.

—Bien —insistí—. ¿Cuál era el propósito de la reunión?

—Es una reunión habitual. Se celebra una vez al mes.

—¿Y mucha gente suele estar al tanto de esa reunión?

—No tiene nada de secreta. A fin de llevar a cabo la transformación de Obersalzberg según los deseos de Herr Bormann, de vez en cuando tenemos que reunirnos para supervisar el progreso de las obras de construcción. Por ejemplo, abordamos la edificación del nuevo hotel Platterhof, que ha requerido la demolición de casi cincuenta casas antiguas. También la construcción de nuevas instalaciones técnicas, como una central de suministro eléctrico. La corriente eléctrica de Berchtesgaden no era muy de fiar. Ahora mismo estamos tendiendo nuevas líneas eléctricas y telefónicas en la zona, ampliando las carreteras de acceso y excavando nuevos túneles de acceso. Para eso se necesitan obreros capacitados, claro...

—Me gustaría echar un vistazo a esas obras en algún momento —dije.

—Tendrá que pedírselo a Bormann —señaló Michahelles—. Parte de las obras se llevan a cabo para mejorar la seguridad del Führer y, por lo tanto, son secretas. Para atender una solicitud así, tendría que verla por escrito y firmada por él.

—Entonces, ¿son asuntos militares?

—Yo no he dicho tal cosa.

—De acuerdo. Muy bien. Se lo pediré a Bormann. Hábleme del doctor Flex, entonces. ¿Lo conocía bien?

—No, bien no.

—¿Se le ocurre alguna razón para que alguien quisiera matarlo? ¿Cualquier motivo?

—La verdad es que no.

—¿De veras?

Michahelles negó con la cabeza.

—El caso es que me parece raro, Herr Michahelles. No llevo ni diez horas en Obersalzberg y, sin embargo, ya me he enterado de que Karl Flex era uno de los hombres más impopulares en los Alpes bávaros.

—No sabría decirle. Está hablando con la persona equivocada.

—Entonces, ¿con quién tendría que hablar? ¿Con Ludwig Gross? ¿Otto Staub? ¿Walter Dimroth? ¿Hans Haupner? ¿Bruno Schenk? ¿Hanussen el clarividente? ¿Quién? Deme alguna pista. Se supone que debo resolver un asesinato. Si todos los miembros de esta puñetera lista me proporcionan tan poca información como usted, es posible que me quede aquí una buena temporada. Por razones evidentes, me gustaría irme antes del verano.

—No es que esté poco dispuesto a ayudar, comisario Gunther. Los dos hombres que trabajaban codo con codo con él y mejor lo conocían eran Hans Haupner y Bruno Schenk. Este último es el primer administrador y trabajaba en estrecha colaboración con Flex. Seguro que él puede contarle más cosas que yo.

—No sería muy difícil.

Michahelles se encogió de hombros, y de pronto me estaba costando esfuerzo no perder la calma, aunque tal vez fuera la poción mágica, que volvía a hacerme efecto. El corazón me latía como si también cobrara un sueldo triple.

—Es un hombre ocupado, ¿no? ¿El doctor Schenk?

—Sí, eso creo. Es lo que podría decirse un apagafuegos para situaciones delicadas en relación con las obras locales.

—Hablemos de usted, Herr Michahelles. ¿Goza usted de simpatía en Berchtesgaden?

—No tengo la menor idea.

—¿Cabe la posibilidad de que alguien quiera matarlo también? Aparte de mí, quiero decir. Como alguno de los antiguos propietarios de una de esas cincuenta casas que ha mencionado ahora. Las que fueron derribadas.

—No, no lo creo.

—¿Lo ha amenazado alguien? ¿Quizá incluso le dijeron que le pegarían un tiro?

—No.

Dejé las cuatro balas usadas encima del mantel igual que la exigua propina de un camarero.

—¿Las ve? Son cuatro balas que encontramos en el enmaderado de la galería justo encima de la terraza. Así pues, es posible que el tirador también disparase contra usted. Quizá más de una vez. Y fallara. ¿Qué cree usted?

—No, estoy seguro de que no hay nadie.

—Espero que tenga razón, August. Es usted un tipo listo, eso salta a la vista. Y no me gustaría ver ese cerebro suyo esparcido por el suelo como el de Flex, solo porque no fue capaz de decirme si estaba al tanto de que alguien quería matarlo a usted también. Si el tirador intentó asesinarlo, es posible que lo intente de nuevo, ya sabe.

—¿Eso es todo? —preguntó con frialdad.

—Sí, eso es todo. Ah, pregúntele al doctor Schenk si no le importa pasar a continuación, ¿quiere?

Bruno Schenk era un hombre de unos cuarenta años con la frente alta y ademanes más estirados aún. Vestía traje gris, una pulcra camisa blanca de cuello almidonado y una corbata con la insignia del Partido. No era mucho más alto que su bastón, pero era director regional de Polensky & Zöllner, con la responsabilidad, se apresuró a informarme, de construir todas las carreteras de enlace entre el Kehlstein y Berchtesgaden. Todo eso le hacía sentirse más alto, supongo.

—Espero que esto no lleve mucho rato —añadió a modo de pomposo colofón—. Soy un hombre ocupado.

—Sí, lo sé. Y le agradezco que haya venido a ayudarme con mis preguntas.

—¿Qué quiere saber, comisario?

—P&Z. Con tantas obras, a estas alturas debe de ser una empresa acaudalada. Pagadas por el Estado, según creo.

—P&Z. Sager & Woerner. Danneberg & Quandt. Umstaetter. Los hermanos Reck. Höchtl & Sauer. Hochtief. Philipp Holzmann. Hay más compañías contratadas para trabajar aquí en la Administración de Obersalzberg de las que podría imaginar, comisario. Y más trabajo del que sería razonable concebir.

Me di cuenta de que en teoría todo eso debía impresionarme. Pero no me impresionaba.

—Como primer administrador, debe de ser usted un hombre importante.

—Cierto es que gozo de la confianza del jefe adjunto del Estado Mayor en todo cuanto afecta a las obras de construcción en la montaña. Entre Martin Bormann y yo solo está el administrador jefe, el doctor Reinhardt, sobre quien recae la mayor responsabilidad.

La voz de Schenk y su sintaxis no eran menos correctas que su aspecto. La mayor parte del tiempo ni siquiera me miraba, como si fuera indigno de su influencia y su atención. En cambio, hacía girar la taza de café sobre el platillo, a un lado y luego al otro, como si no tuviera claro dónde debía señalar el asa —hacia él o hacia mí—, algo así como una serpiente que intentara decidir dónde posar el cascabel. Aún no lo sabía, pero se estaba ganando un manotazo.

—Hábleme de las obras —le insté—. Estoy interesado.

—Quizá en otro momento —respondió—. Es que hoy es mi cumpleaños. Tengo que acudir a una serie de citas antes de un almuerzo importante. Con mi esposa.

—Felicidades —dije—. Por cierto, ¿cuántos años cumple?

—Cuarenta.

—Si no le importa que lo diga, parece usted mayor.

Schenk frunció el ceño un momento, pero procuró disimular su irritación, del mismo modo que yo había contenido la mía. Me estaban dando largas y empezaba a hartarme. No parecía tener mucho sentido que Martin Bormann apoyase mi investigación si nadie más en el Berghof parecía darse cuenta de ello. Todo hacía indicar que, si quería progresos palpables que ofrecerle a Bormann, tendría que ponerme duro con alguien, más de lo que lo había sido con August Michahelles. Bruno Schenk parecía estar pidiendo a gritos que le apretaran las tuercas. Siempre digo que, si vas a ponerte duro con alguien, ya puestos, más vale disfrutarlo.

—Aunque también es verdad —dije— que, con todas las responsabilidades que recaen sobre sus hombros, el trabajo debe de pasarle factura.

—Pues sí, así es. Hemos tenido que acometer tareas imponentes en menos tiempo del que era necesario. El salón de té del Kehlstein, por ejemplo. Ese hito de la ingeniería en concreto le provocó un infarto al anterior ayudante de Herr Bormann, el capitán Sellmer. Y cuando se termina una, hay que empezar otra. Hay que planificar la carretera del Platterhof-Resten partiendo de cero, porque es necesario construir un puente. E imagínese, comisario, que todas las obras deben llevarse a cabo sin talar ni un solo árbol. El Führer insiste mucho en que los árboles se conserven cueste lo que cueste.

—Bueno, eso de los árboles es tranquilizador, por lo menos. Desde luego, necesitamos muchos en Alemania. ¿Qué es el Platterhof, exactamente?

—Un hotel, antes llamado pensión Moritz, que se está construyendo solo con las materias primas de mejor calidad, para albergar a los numerosos visitantes entusiastas que vienen a ver al Führer cuando está aquí. Ahora mismo es uno de los proyectos más importantes en Obersalzberg. Y cuando esté terminado, será uno de los mejores hoteles de Europa.

Me pregunté cuántos visitantes vendrían cuando Europa entera estuviese en guerra. Quizá más de uno, en busca de la cabeza de Hitler clavada en una estaca, o quizá nadie en absoluto. Schenk miró el reloj de pulsera, lo que me recordó que era hora de ponerlo en un aprieto, o al menos de intentarlo: era escurridizo.

—Bueno, no quiero entretenerlo, señor. Ya veo que es un hombre muy ocupado. Solo quería preguntarle por qué cree que su ayudante Karl Flex era uno de los hombres más odiados de toda la región. Y si tal vez cree que algún lugareño pudo dispararle en venganza por el exceso de celo con que cumplía las instrucciones que usted le daba. Como presentar una orden de expropiación a los antiguos propietarios de la pensión Moritz, por ejemplo. O exigir más de lo supuestamente razonable a los obreros locales. Han muerto algunos hombres, según tengo entendido. Quizá se asumieron riesgos innecesarios. Algo así bien podría convertirse en un móvil para un asesinato.

—Lo cierto es que no podría especular acerca de algo tan desagradable. Y no pretendo enseñarle a desempeñar su trabajo, comisario, pero tampoco debería pedirme que lo haga. El detective es usted, no yo.

—Me alegra que lo entienda, señor. Y yo también estoy bajo una presión considerable. Por parte del mismo hombre que usted, creo yo. Así que haga el favor de no pensar que me tomo mi trabajo con menos seriedad que usted. O que es menos importante que el suyo. De hecho, ahora mismo estoy convencido de que mi trabajo puede ser más importante. El caso es que anoche, cuando me reuní con Martin Bormann, me contó dos cosas. Una fue la siguiente, y cito sus palabras: «Cuando hablo, es como si el Führer estuviera aquí ahora mismo, diciéndole qué coño tiene que hacer». Y otra cosa que me dijo fue que me concedía plenos poderes para atrapar a ese individuo antes del cumpleaños del Führer. Que es dentro de una semana, como seguro que no es necesario recordarle, doctor Schenk. Plenos poderes. ¿No es así, Hermann?

—Así es. Esas fueron sus palabras exactas. Plenos poderes.

Ahora me tocaba a mí dar un puñetazo sobre la mesa, así que lo hice y me alegró ver que la taza de café de Schenk daba un brinco en el platillo, de modo que solté otro puñetazo sobre el tablero y me puse en pie para hacerme entender con más contundencia aún. También le habría roto una taza o un platillo al ingeniero contra la cabeza, tan cuidadosamente peinada, de no ser por el monograma con las iniciales AH, que me hicieron pensármelo mejor. Ahora la metanfetamina me corría por las venas y hasta Kaspel parecía sorprendido.

—Plenos poderes —vociferé—. ¿Lo oye? Así que vuelva a pensar y piense rápido, doctor Schenk. Quiero respuestas más razonables que «En otro momento, hoy es mi cumpleaños» y «Lo cierto es que no podría especular al respecto» y «El detective es usted, no yo». ¿Por qué está haciéndome perder el tiempo? Soy policía, comisario por añadidura, no un puto paleto desdentado con un pico en la mano y careto de ser corto de entendederas. Es un asesinato lo que intento resolver, un asesinato en la casa del Führer, no el crucigrama del periódico de hoy. Si Adolf Hitler no puede venir aquí la semana que viene porque no he podido trincar a ese maniaco, no serán solo mis tripas las que cuelguen en la valla que marca el perímetro, serán también las suyas y las de cualquier otro cabrón incapaz de hablar con claridad que se esté haciendo pasar por ingeniero en esta puta montaña. Y como primer administrador, más le vale asegurarse de que todos lo sepan. ¿Me oye?

Era un numerito, claro, pero Schenk no lo sabía.

—He de decirle que tiene usted un temperamento de lo más violento —comentó Schenk.

Se sonrojó hasta ponerse del mismo color que el asiento en el que estaba y se levantó, solo que le puse la mano en el hombro y le hice sentarse de nuevo. Yo también podía ser un matón, cuando me ponía. Con la salvedad de que nunca había pensado que haría algo así en el comedor del mismísimo Hitler. Estaba empezando a tomarle gusto a la poción mágica del doctor Temmler. A Kaspel también parecía gustarle; al menos, sonreía como si deseara tener oportunidad de abofetear a Schenk.

—De lo más violento y desagradable.

—Pues aún no ha visto nada. Y ya le diré yo cuándo he acabado de calentarle las orejas, doctor Schenk. Quiero una lista de nombres. Gente a la que haya importunado y cabreado. Quizá más de uno los amenazó a usted y a su chico, Flex. Usted y él lo han hecho a diestro y siniestro, ¿no?

Schenk tragó saliva con gesto incómodo y luego levantó la voz:

—Todo lo que haya hecho, lo ha hecho con pleno conocimiento del jefe adjunto del Estado Mayor en persona, a quien con toda seguridad presentaré una queja formal con respecto a su atroz conducta.

—Claro, hágalo, Bruno. Entre tanto, lo más seguro es que yo hable con el general Heydrich en Berlín y haga que la Gestapo lo detenga a usted; por su propia seguridad, claro. Está en Salzburgo, ¿no, Hermann? ¿Es el cuartel general más cercano de la Gestapo?

—Así es. En un antiguo monasterio franciscano en Mozartplatz. Y además es un sitio horrible, señor. Hasta los espíritus de los santos tienen buen cuidado de pasar de largo ese monasterio. Podemos encargarnos de que esté allí en media hora.

—¿Lo ha oído, Bruno? Y después de que haya pasado unos cuantos días en una fría celda a pan y agua, volveremos a hablar y a ver qué le parece mi conducta.

—Pero por favor, no tienen ustedes ni idea de lo mal que estaba todo por aquí —gimoteó—. Por ejemplo, en el lado sur de la Haus Wachenfeld había un camino para vacas que los excursionistas locales estaban empezando a usar para intentar ver al Führer, incluso con mal tiempo. Los granjeros de la zona cobraban a los turistas, algunos provistos incluso de prismáticos para verlo mejor. La situación se había vuelto inaceptable, la seguridad del Führer se estaba viendo comprometida, y en 1935, empezamos a adquirir propiedades en torno a la casa, una tras otra, parcela a parcela. Pero como al principio Hitler no nos dejaba presionar a esos propietarios, nos veíamos obligados a pagar precios desorbitados. Los granjeros locales, muchos de ellos endeudados hasta niveles preocupantes, ganaban fortunas vendiendo sus pequeñas minas de oro. Eso tenía que acabar y, en su debido momento, acabó. A fin de consolidar la transformación de Obersalzberg con arreglo a los deseos del Führer, hemos tenido que derribar más de cincuenta casas. Sí, es verdad que algunos de sus habitantes no quedaron contentos con el pago recibido, en comparación con el precio que pedían. Por favor, comisario, no hay necesidad de implicar en esto a Himmler y Heydrich, ¿verdad?

—Ya están implicados —repuse con un gruñido—. ¿Quién cree que me pidió que viniera aquí? Ahora vaya ahí fuera y hable con esos colegas suyos que están esperando en el Gran Salón. Cuando vuelva, quiero una lista de nombres. Obreros resentidos, propietarios furiosos, hijos de viudas ofendidas... Cualquiera que les guarde rencor a usted, a Flex o incluso a Martin Bormann. ¿Entendido?

—Sí, sí, haré lo que usted dice. De inmediato.

Cogí el abrigo y salí del comedor. Me había gustado el desayuno, pero había comido demasiado. Algo me había dejado el estómago revuelto, pero no sabía si había sido eso o hablar con un nazi como Schenk.

—No sé adónde quiere ir usted a parar con todo esto —comentó Kaspel, que me siguió fuera del Berghof y por las escaleras cubiertas de hielo en dirección al coche—. Pero me encanta trabajar con usted.

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Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
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650 стр. 1 иллюстрация
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9788491871118
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