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INFORME SPAGNOLO


PEDRO JESÚS FERNÁNDEZ

INFORME SPAGNOLO

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2020

INFORME SPAGNOLO

© Pedro Jesús Fernández

© de la imagen de cubiertas: Pedro Jesús Fernández

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2020.

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ISBN: 978-84-18230-12-7

Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.

PEDRO JESÚS FERNÁNDEZ

INFORME SPAGNOLO

Índice de contenido

Portada

Título

Copyright

Índice

Prólogo

El principio del fin

El manuscrito

Un domingo del 79

El yugo, la hoz y la rosa

Quién os robó los olivos

Los trenes de la muerte

Entre pillos anda el juego

Poderoso caballero

El primero de la mañana

Amarga despedida

Robo en la radio

Preguntas sin respuesta

Los trapaceros

Pasado de rosca

Volando voy y vengo

En un banco de la charca

Que salga el sol por Antequera

Carambola con cerezas

El final no escrito

A mis padres, sin cuyo cariño, regañinas, cuidados, consuelos y consejos no habría sido posible ser quien soy.

A mis tres hijos, Sergio, Irene y Paloma, a quienes debo todo el calor de padre que no les di de pequeños.

A Eneri, por ser una inagotable fuente de inspiración para la consecución final de esta obra.

Prólogo

La premura o, dicho con lenguaje de la calle, las prisas con las que se me ha solicitado lo que de aquí para abajo van a encontrar, me obligan a saltarme una inercia prolija que me distingue o me devalúa —para opiniones, colores— cuando me pongo a teclear letras que ansían ser las elegidas por mis dedos y salir así de su letargo. Quede constancia de ello, primordialmente, para quienes me conocen en este laberinto al que concurrí hace, aproximadamente, cinco arrobas y media de febreros, desconociendo todavía si así fue por expreso deseo o fatal descuido de mis padres. Una particularidad, esa, que no me martiriza ni me consuela. Al fin y al cabo, ya no tiene arreglo.

Las ciénagas han acabado por inundar a la sociedad española. Solo eso puede explicar que los sondeos sobre la intención de voto y los posteriores comicios otorguen, continuamente, una holgadísima mayoría a los principales —por supuesto que no únicos— perpetradores de la ignominia en que han convertido el sistema democrático reinaugurado tras la muerte del dictador con la aquiescencia, más entusiasta que racional, de los ciudadanos patrios en aquella calculada transición de finales de los 70.

Solo la angustia y desesperación por el paro y la falta de recursos de aquellas familias que llegaron a creerse poseedoras per secula seculorum de un estatus económico tan frondoso como ficticio puede hacer las veces de atenuante, pero no de eximente. Se llevan años, décadas de predominio de una colosal condescendencia social con el fraude fiscal, el despilfarro del dinero público y el enriquecimiento fruto de maniobras especulativas a la sombra del poder o con el amparo de este.

Se ha tocado fondo, pero al parecer no es suficiente. ¿Qué más tiene que pasar para que, de manera mayoritaria —la unanimidad es una quimera—, se adopten comportamientos que conduzcan a una auténtica catarsis en España?

Es indecente mirar para otro lado. Es ruin dejar pasar el tiempo sin reaccionar. Es inmoral seguir siendo soporte electoral de una clase política privilegiadamente corrupta. Toca decidir: seguir siendo parte del fango o arremangarse y empezar a manguerazos de agua limpia para que resplandezcan la honestidad, la solidaridad y la justicia social.

Ese empeño es el que emerge en la primera novela de Pedro Jesús Fernández, cuya destreza literaria me tomo la licencia de juzgar, aún a riesgo de que, por los entendidos en la materia, se me tache de benevolente en exceso o rigurosa por defecto. En cualquiera de los casos, ahí voy.

La predominancia del género periodístico se mezcla con abundantes destellos de otras ramas descriptivas y narrativas lindantes —por ejemplo— con Quevedo, vislumbrantes toques cervantinos, así como párrafos ligeramente ataviados de Galdós. También, más contemporáneamente, creo haber adivinado acentos característicos de Muñoz Molina, y recreaciones inspiradas en Eslava Galán junto con demoledores renglones que bien podrían ser atribuibles a Pérez-Reverte. Decidan abuchear o aplaudir, compartir o rechazar este diagnóstico, pero, por favor, léanse antes la novela.

La trama argumental que desliza por cada una de las páginas propicia conectar tiempos presentes con pretéritos, creando un universo atemporal. Cierto es que, si reparamos en ello, por mucha tecnología que nos rodee y esté a nuestro alcance, las personas fueron siempre —y seguimos siendo— de carne y hueso, con mayor o menor capacidad cognitiva o intelectual, pero con un corazón que late igual desde hace miles de años. Sin embargo, hasta esto se puede acabar. Hemos sustituido una agradable conversación por —en el mejor de los casos— 140 caracteres. En lugar de pasear por calles y plazas, deambulamos por internet. Alardeamos de frases célebres que nos impactan durante unos segundos pero nunca aplicamos. Colgamos fotografías insustanciales como anzuelo para conseguir artificiales beneplácitos. Si algo reconforta al leer esta novela es que los diversos aconteceres y variopintos protagonistas de cada una de las historias que la conforman se relacionan cara a cara, sin artilugios tecnológicos de por medio. Informe Spagnolo aporta un retrato sociológico en extinción que absolutamente todos hemos contribuido a llevar a la mínima expresión: la prevalencia del ciberespacio está propiciando el aniquilamiento de las relaciones humanas.

Aquí se van a encontrar una atrevida y azarosa mezcolanza de escenas de cama, crímenes, traiciones, retos, desvaríos, perrerías, patuleas, berrinches, enfrentamientos, alborotos, escarmientos, peripecias, osadías, anécdotas, contubernios, calamidades, gozos y desdichas acaecidas, vistas u oídas —salvo unas cuantas excepciones— entre la segunda mitad del siglo XX y los albores del XXI. Trepidantes aventuras, ilusos romances, curiosas decisiones, insospechados hallazgos a través de los cuales su protagonista logra encendidas, viscerales y hasta crueles animadversiones a la vez que auténticas, pasionales e inquebrantables adhesiones.

La acción transcurre fundamental, pero no exclusivamente, por Jaén, Úbeda, Antequera, Málaga y Sevilla. Un apasionante viaje en el tiempo con cambios que, en realidad, no son tales, sino las mismas cosas de siempre con distinto nombre. De la peseta al euro. De la Olivetti al Ipad. Del CESID al CNI. Del guateque al botellón. De la postal con sello de correos al WhatsApp. De Gente Joven a La Voz. De La gran familia a Ocho apellidos vascos. De Crónicas de un pueblo a Cuéntame. Un conglomerado de personajes de distinta calaña y ralea, idolatrados o denostados, sabios e ignorantes, trincones y dadivosos que embadurnan o ensalzan las diversas épocas por las que se desliza la trama: desde Franco a Felipe de Borbón.

Es probable que ustedes, como yo, queden asombrados por la enorme cantidad de cosas que, en solo unas horas, pueden suceder en la vida de una persona. Aunque, pensándolo detenidamente, a cada uno nos saldrían las cuentas de no limitarnos a reducir nuestra cotidianidad a lo estricta y puramente tangible, a solamente aquello que tocamos, vemos o escuchamos, sin incluir también, como vida propia y real, emociones y sentimientos que ocurren, indistintamente, mientras soñamos o estamos despiertos. Les propongo e invito a que eludan buscar la cuadratura del círculo en una trama que entremezcla hiperrealismo y pizcas de ficción, hasta generar un grado de incertidumbre tan contagioso que acaba provocando dudas sobre hechos verídicos. Me permito sugerirles que, al leer lo que aquí se cuenta, no se pierdan y ofusquen en el rastreo de hechos imposibles o poco creíbles: no merece la pena. Si dan algo o mucho por falso, como si hacen igual distribución en sentido inverso, estarán haciendo un absurdo e inútil ejercicio mental. En una novela, en cualquier novela, en esta novela, todo es tan verdad o tan mentira como su autor quiere.

Para quienes, pese a todo, se obstinen en dilucidar veracidades o falsedades, les anticipó que les aguarda una dura tarea. La sofisticada enhebración de presente, pasado y futuro se plasma con una pericia que resulta complicado percibir con exactitud si pasó, está pasando o va a pasar en esta apasionante historia. Con ella he disfrutado yo, y con ella les dejo.

ENERI ADECU

El principio del fin
I

Completado el último encargo, había comunicado oficialmente su salida. Ello suponía tener que devolver en mano su tarjeta de identificación digital y firmar, en presencia de su enlace, un documento interno denominado F.C.O.[1] . A tal fin debían verse en una cafetería, frente a la Diputación de Sevilla. Aguardaba turno de entrada para acceder al parking Jocaral, junto al paseo de Catalina Ribera, cavilando sobre el año que, pese a acabar en 13, no estaba, al menos para él —que en unos meses cumpliría los 50— respondiendo al mal fario que las supersticiones señalan sobre tal cifra. Otros anteriores, sin esa superchería como excusa, habían sido peores, empezando por cuando se marchó de Jaén en 2005, o quizá no tanto. El sonido de un claxon le sacó de la disquisición. A la salida del estacionamiento, de manera tan refleja como innecesaria, revisó la nota con las coordenadas[2] de la cita:

37.3855873/-5.9863153 12:40 44488555_6/28

—¿Tú?

—La misma.

—No me lo puedo creer.

—Créetelo. Soy yo.

—¿Qué haces aquí?

—¿A ti qué te parece?

—No me jodas que eres enlace.

—Lo soy, desde hace años.

—No lo sabía.

—Lógico, esto funciona así. Ni entre nosotros podemos desvelar nuestra pertenencia, y, quienes estamos arriba, con más motivo.

—Y encima, nunca mejor dicho, eres de la cúpula, ¡joder! No sabes cuánto me alegro de verte. Le pregunté a Gonzalo por ti y me dijo que estabas en Asuntos Exteriores.

—Claro. Como tú ahora, vendiendo quesos en Antequera, ¡no te digo!

—Ya, pero esta vez mi tienda no la uso de tapadera: el negocio que he montado con dinero del paro es mi retiro definitivo.

—Cuando me pasaron tu ficha, que decía que habías montado un negocio de alimentación, hasta el momento en que se concretó la cita de hoy, creí que lo tendrías de caparazón: vamos, que no te ibas a desligar de nosotros.

—Le he dado muchas vueltas, pero en mi vida soy así de inflexible. Una vez que decido algo, no hay marcha atrás. Estoy agotado, han sido muchos años currando como un cabrón.

—Anda ya. No te veo yo a ti fuera de todo esto.

—Estoy decidido. Hoy dejo oficialmente la organización, y también el periodismo.

—Eso no se deja nunca.

—Lo sé. Siempre, hasta que me vaya al hoyo, seré periodista.

—Y dale con lo de irse al hoyo. Eso ya lo decías cuando nos conocimos, siendo apenas dos críos.

—De críos nada, nada de nada. No se me olvidará aquella noche en Úbeda.

—Anda, calla, calla.

—No me callo ni debajo agua.

—Ja, ja, ja, eres la leche.

—Mira, quiero hacer otras cosas que nada tengan ver con a lo que me he dedicado desde que nací. En el parto salí con un bolígrafo, un bloc de notas y una grabadora para entrevistar a la matrona.

—Ala, exagerao.

—Pues para llevar tantos años en Madrid no has perdido el acento.

—Será que las raíces nunca se olvidan.

—Si hubiera sabido que mi enlace eras tú, te habría traído, además de flores, una bolsa de magdalenas. Están buenísimas. Me las recomendó mi hijo Sergio. Las hacen en Jimena, pasa un mes y no se ponen sequeronas: siguen tiernas, riquísimas.

—Mira que eres. Entonces, por lo que dices, el negocio bien, ¿no?

—Llevo solo un par de meses con la tienda, aunque me defiendo bien como tendero.

—Tendero, ja, ja, ja... hacía la tira de tiempo que no escuchaba esa palabreja.

—Oye, sigues casada con Muñiz, ¿no?

—Ni me lo nombres. Y tú, ¿cómo sabes eso?

—No eres la única. Yo también me entero de todo.

—¿Has venido directo?

—No. He pasado primero por el juzgado.

—¿Para lo de tu sentencia de Onda Jaén?

—No. Esa es del TSJA de Granada.

—Y, ¿qué sabes?

—Hace dos semanas han fallado a mi favor.

—¡Hostias, Pedrín!

—Eso mismo me dije yo cuando me enteré.

—Estarás contento, ¿no?

—Por supuesto, pero no solo por la indemnización; más aún —créeme— por lo que dice el Tribunal.

—¿Qué dice?

—Me lo sé de memoria. Afirman haber llegado al convencimiento de que el motivo de la rescisión del contrato obedeció a que los tres grupos políticos estaban disconformes con las críticas que yo les hacía en radio y televisión.

—Eso es para enmarcar.

—Me tienen que indemnizar con los 300000 euros que figuraban en el contrato, más los intereses de casi diez años de pleito. ¡Que ya está bien, cojones!

—Enhorabuena, me alegro mucho.

—Gracias. Fíjate, lo de la tele empezó por el Plan Aníbal.

—Me suena.

—Claro, son procedimientos de actuación que mandáis. Recuerdo que el Aníbal venía en un manual de 2001. Todavía lo conservo.

—Ya te decía que me sonaba. Bueno, lo importante, ¿cuándo te pagan la indemnización?

—Bruuu, eso está jodido, pero que muy jodido. Los hijos de puta del Ayuntamiento siempre tienen algo para escabullirse de sus responsabilidades. ¡Qué cabrones están hechos!

—Y los de la Comunidad de Madrid, los de las Diputaciones, los de la Junta con los EREs…, uf, está todo lleno de mierda. Oye, en los juzgados te habrás cruzado con la jueza Alaya, ¿no?

—No, que va. No he estado allí, si no en uno de lo social, por la avenida Buhaira.

—¿Qué se te ha perdido ahí?

—Nada, un tema laboral, la empresa de los mantecaos —para la que trabajé hasta enero pasado— no me pagó la última nómina, y ahora le va tocar hacerlo con recargo. Otro jefe cipote.

—Enhorabuena otra vez. Venga, dame tu tarjeta y firma aquí.

—Toma. Por cierto, una vez que he acabado el último encargo y me voy, toda la información que disponéis de mí desaparece de las clouds, ¿no?

—Absolutamente toda. Tú estás, como todos los que se van, limpio. Solo falta sacarte del Hacking Team, pero tranquilo, tu rastro ya es insignificante.

—No quedará rastro, pero a mí no se va a olvidar en la vida. La última vez hicisteis que me mudara, cancelar el ADSL, borrar todos los archivos de la nube, destruir el disco duro del portátil y cambiar de banco.

—¿Se lo has contado ya todo a tu mujer?

—No, nada, nada. Le conté solo lo del posible traslado a Madrid, que coincidió justo cuando, en Málaga, un tío de recursos humanos de Vértice me hizo la entrevista.

—Ah, sí, ¿para qué era?

—Para sustituir a Fernando Jáuregui en la dirección del Confidencial. Eso, salvo ella, tampoco lo sabe nadie. Pensarán que tengo más chominás en la cabeza que Furnieles.

—¿Quién es ese?

—Una juguetería que había en Jaén, por la plaza Los Jardinillos. ¿No te acuerdas?

—No. Creía que era un tío, como aquel concejal que te echó la culpa de haber perdido las elecciones.

—Ese es más tonto que un cepazo en un llano. En el PP le pusieron Panzoneti, y yo le bauticé como el Tarugo de Mágina.

—¿Sigue todavía de concejal?

—No, al inútil lo colocaron para hacer bulto en el Consejo Consultivo de Andalucía. ¿Quieres saber lo que el presidente del tinglado ese le dijo al alcalde sobre él?

—Cuenta, cuenta.

—Que si no había en Jaén un tío todavía más tonto.

—Y el alcalde, ¿qué le contestó?

—Que se le preguntase a Zarrías, que era quien lo había colocado allí.

—Ja,ja,ja,ja,ja. Qué bueno. No le pondrías tú Virrey a Zarrías, ¿no?

—A Zarrías yo le puse el Zar, después de que en el 96 Antonio Herrero me advirtiese de qué iba. Lo de Virrey, como también llamaban a Queipo de Llano, fue cosa de Fernando Arévalo. Un amigo periodista que se murió hará cosa de tres años, creo. Me llamaba a mí el Kamikaze.

—¿Y eso?

—Decía que me jugaba la vida todos los días en el micrófono. Yo es que les endiñaba a todos, empezando por los trileros del PSOE, siguiendo por los asalta trenes de IU y acabando por los caciques del PP. Gabino Puche y Gaspar Zarrías fueron a por mí en más de una ocasión.

—¿Qué te hizo Puche?

—Fue en el primer Gobierno de Aznar. Movió los hilos para impedir que entrase en la redacción regional de TVE en Andalucía. El jefe de informativos me llamó para disculparse. «Te han vetado —me dijo—, y, por primera vez en mi vida, he tenido que bajarme los pantalones».

—Qué putada. Y con Zarrías, después de lo que soltaste de las tomateras, te tendría fichado.

—Él y otros cuantos. Desde que en el 82 arranqué con deportes en Radio Guadalquivir, hasta que ahora he decidido retirarme, he pisado muchos callos. Siempre lo tuve claro: en periodismo se está para contar todo lo que pasa, independientemente del fulano o la merengana al que le pase.

—Ni que fueras José María García.

—Mejor Antonio Herrero... Bueno, en realidad los dos.

—¡Baja, Modesto!

—No me des marcha: soy muy bueno, lo sabes.

—Claro, de no ser así no habría propuesto tu nombre para que te vinieras a Madrid, pero estas decisiones se toman en equipo.

—Pues el equipo se equivocó. Te sorprenderá que diga esto sin conocer, siquiera, las demás opciones que teníais. Estamos los dos solos, y no te tengo que vender ninguna burra.

—Sí. Por cierto, de lo que pasó con las cintas, ¿nadie sabe nada?, ¿ni siquiera tu abogado?

—Oliván pudo olerse algo cuando hace unos meses le pregunté si conservaba todavía las diligencias del caso de Onda Cero. Me dijo que no. También le consulté a José Antonio López, un policía que fue secretario del SUP, pero pidió facilitarle unos datos y me pareció muy engorroso. Entonces tiré de contactos para localizar a María Jesús de la Vega, una compañera que coincidió conmigo en la radio. Di con ella en Jaén, y no recordaba casi nada de lo que me hizo tu marido.

—Ya no es mi marido, y te he pedido que ni lo menciones.

—Vale, perdona. Dame un correo para no perder el contacto.

—Lo siento, no puede ser.

—Dime, entonces, qué significa el guion bajo de tu identidad digital[3] que venía junto con las coordenadas.

—Que mi segundo apellido, López-Mestre, es compuesto.

—Ah, claro, hay que ver. Mira que me lo dijo tu hermano Gonzalo una vez que me lo encontré en Úbeda. Él, y por supuesto tú, salís en la novela. La tengo casi lista.

—Menudo bombazo vas a pegar si consigues que se traguen que llevas media vida metido y colaborando con los servicios de inteligencia del Estado.

—Me da igual. La verdad es la verdad, y lo hecho, hecho está.

—¿Cómo se titula la novela?

—La iba a titular Te vas a enterar, pero no.

—¿Entonces?

Guardó silencio y la miró. A pesar de que no la veía desde principios de los 80, cuando se conocieron una nochevieja, ella mantenía su maravillosa melena castaña con mechones claros, ojos grandes de color verde que seguían sin precisar maquillaje y eróticos labios carnosos, nada artificiales.

—O sea, que no me lo dices.

—No, me lo reservo. De todas maneras, si no te importa, llámame pronto. Igual te pido algo antes de publicarla.

—Venga, vale, lo haré: tú ganas.

—Esta vez sí, aquella vez, no. Perdí. Te fuiste con el guaperas y todavía me pregunto por qué.

—Me equivoqué.

—Ya.

—Bueno, vamos a dejarlo.

—Sí, mejor. Dame un beso. Salgo ahora mismo para Jaén.

—Venga, Pedro, adiós. Te llamaré.

II

Nada más recibir de manos del repartidor el ramo más bonito que le habían regalado jamás, le llamó emocionada para agradecérselo. Había apreciado algo totalmente cierto pero desapercibido para los demás. Pedro hizo una mueca al rememorar aquel gesto del que estaba orgulloso. Consideraba extraordinario el gran amor que ella debía sentir para, dadas las circunstancias, comportarse de esa manera tan maravillosa. La situación, seguramente, habría cambiado a peor desde que hacía un mes estuvo en la casa. Hoy iba a hacerlo de nuevo. Por la mañana había telefoneado para consultarle si podía ser o había algún problema. Al oír su voz caviló sobre qué tal le habría sentado saber que aparecía en la novela. Prefirió eludir el tema y descubrirlo una vez llegase. Circulando ya por la A4, a la altura del acceso al aeropuerto de Sevilla apagó la radio para entretenerse repasando cada capítulo en voz alta. El primero decía así:

Enero de 2013. Había decidido dar por concluida toda una vida dedicada a lo que Gabriel García Márquez definió como el mejor oficio del mundo, el cual, por supuesto, no consistía —a pesar de que así venía predominando en los últimos tiempos— en reproducir lo dicho por un individuo o protagonizado por cualquier institución, empresa, sindicato o partido, sino en difundir —con el máximo de veracidad— aquello que la sociedad tiene derecho a saber y sus ejecutores y responsables no desean que se sepa. Esa, según Pedro, era la auténtica razón de ser del periodismo, algo sobre lo que el gremio debería reflexionar, asumiendo la parte de culpa del desprestigio social y la precariedad laboral imperante. Relatando en las redes sociales lo que sucedía a su alrededor, la gente no estaba sustituyendo a los periodistas, sino que estos pretendían arrogarse la exclusividad de contar eso mismo y encima cobrar, en vez de dedicarse a averiguar y divulgar aquello que los ciudadanos no conocen y que también sucede. De la influencia del poder en el periodismo aprendió mucho una noche de febrero de 1996.

Los cientos de asistentes al acto de la Semana de la COPE despidieron al conferenciante con una cerrada ovación que traspasó las paredes del salón de actos de la Escuela de Magisterio de Jaén. Sin mirar papel o anotación alguna, con un lenguaje ameno e incisivo, había realizado una radiografía perfecta de la anatomía de un país agobiado por la crisis económica, los asesinatos de ETA y la plaga de corrupción con ramificaciones que iban desde los GAL al reparto de los fondos reservados de Interior, pasando por el mismísimo gobernador del Banco de España, Mariano Rubio, la presidencia de Cruz Roja, la Guardia Civil, el BOE, Banesto, la financiación irregular del PSOE (Filesa), hasta los casos Juan Guerra o Luis Roldán.

Minutos después, en una de las mesas del restaurante Nelson, el protagonista del acto y Pedro hablaban cara a cara. Años atrás, antes del llamado antenicidio, lo habían hecho, esporádicamente, a través del teléfono. Radio Guadalquivir y Antena3 eran ya historia.

—Y, un periodista como tú, ¿qué hace metido en el gabinete de prensa de un Ayuntamiento?

—Eso mismo me pregunto yo todos los días, Antonio. Cualquier mañana le digo al alcalde que saque la carta, que me voy.

—¿Qué carta?

—Una que le entregué nada más llegar, firmada sin fecha y presentando mi dimisión. Así me estrené en el cargo. Fíjate el apego que le tengo.

—Te habrán tentado para que sigas ahí.

—Pues sí. Dijeron de colocar a mi mujer en la gerencia de urbanismo y nombrarme director de la radio municipal que quieren montar. A ambas cosas les contesté que no. El concejal con más cara dura de todos, Miguel Ángel García Anguita, lleva ya más de 200 enchufados. Está en connivencia con un tal Antonio Calet, de UGT. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen.

—Y el alcalde, ¿qué?

—Alfonso Sánchez es un tipo bonachón. Llega muy bien a la gente, pero le falta carácter para ejercer de alcalde. Meses antes de estas últimas municipales me llamó a su gestoría para que le ayudase a ganar las elecciones. Y ahí los tienes, a él y a los 14 concejales que lo van a volver loco, porque estos del PP, en cuanto se han visto mandando, a trincar, como los del PSOE.

—En los Ayuntamientos anida mucha corrupción. ¿Recuerdas el caso puerto de la Plata en Barbate? El alcalde acabó cantándolo todo. No creo que Serafín Núñez se llevase nada, pero tanta porquería a su alrededor le parecía insoportable.

—Por cierto, ¿dónde anda el juez Barbero?

—Desde agosto del año pasado, cuando dimitió, no he vuelto a saber de él. Rodríguez Ibarra le dio la puntilla, y el fiscal, Eligio Hernández, lo remató. Tampoco es que Marino Barbero fuese un prodigio como instructor, pero no le perdonan haber destapado Filesa y, menos aún, el registro que ordenó en la sede de Ferraz. Estuvo cuatro años haciendo diligencias solo y, pese a que lo torpedearon, completó un sumario de casi 20000 folios. Eso hay que reconocérselo.

—Pues si hacen eso con un juez, ya me dirás cómo está el patio.

—Tal cuál he contado en la conferencia. El Felipismo está agotado, ya no aguanta más. A partir del 3 de marzo, Aznar será presidente, y el Partido Popular querrá lo que todo Gobierno: controlar a los periodistas. Si encima los que creemos en defender nuestras ideas de lo que debe ser este oficio se lo ponemos fácil, fíjate. Pedro, si quieres seguir dedicándote a esto, pon tierra de por medio cuanto antes. Si no lo haces, te acomodas.

—Me voy a ir, como me fui en el 91 de Radio Guadalquivir. Yo nunca me acomodo. Verás, hace cosa de dos años, el delegado de Gobernación, Juan Torres, me quiso enchufar en Canal Sur. Lo mandé a freír espárragos. Torres está de concejal, por hacerle, como tantos, caso al Zar.

—Zarrías, otro que caerá sepultado en toda la bazofia que tienen montada en Andalucía. Acuérdate de lo que te digo. Por cierto, no pierdas de vista las tomateras de Marruecos.

—Oye, ahora que ganas en el EGM a Luis del Olmo y a Gabilondo, ¿qué te parecen?

—Lo que siempre me han parecido. Está claro que llevan muchos años y tienen sobrada experiencia, pero más que periodistas son locutores.

—Parece que la gente no distingue, y mira que cuesta, ¿eh?

—Un periodista debe luchar hasta el final, hasta el último aliento por defender sus ideas y principios. Un periodista debe tener claro que pueden dejarle sin un lugar donde escribir o hablar, donde contar los hechos tal cual suceden, sin manipulaciones. Si esto pasa, cuando no se puede más, a otra cosa. Yo tengo un sentido de la vida muy existencialista. De niño quería ser periodista, y lo conseguí. No pienso en mañana, vivo el día a día. El lunes cinco cumplí 41 años. Cuando no pueda seguir haciendo lo que me gusta y como creo que debo hacerlo, ese día lo dejaré.

—¿Con qué abres mañana?

—Con lo que sea noticia, guste o no al poder. Aunque tenga entrevistas concertadas, las levanto y me meto a fondo. A Luis y a Federico les digo que el único mandato que acepto es el de la actualidad.

Antonio dio por concluida la cena, tenía prisa por irse a descansar. A las cinco volvía a la carga al frente del informativo matinal más escuchado en España, que el jueves 29 de febrero del 96 tuvo que iniciar con una terrible noticia.

«En las proximidades de Bailén, el choque entre un turismo y un autocar se cobró la vida de 29 personas. Un Opel Kadett se salió de su carril y chocó frontalmente contra el autobús que, procedente de Sierra Nevada y con 58 pasajeros a bordo, regresaba al municipio bailense. La colisión originó un incendio en el turismo que se extendió rápidamente, haciendo que 29 personas fallecieran carbonizadas. Los conductores de ambos vehículos murieron en el acto. Manuel Fernández González, de 48 años, llevaba el autobús, propiedad de la empresa Navarro Andaluza S.L. El turismo, un Opel Vectra de menos de un año de antigüedad, era conducido por Ignacio Arauz de Robles Rodríguez, de 32 años, hijo de una familia ganadera de Jaén. Su cuerpo fue trasladado hasta el tanatorio de Linares para que se le realizase la autopsia.

»El mecanismo automático de apertura de las puertas del autocar solo funcionó en el caso de la delantera. Los pasajeros de la parte posterior quedaron atrapados, y el autobús ardió con más de la mitad del pasaje dentro y ante la mirada impotente y desesperada de los que lograron salvarse. José Antonio Castillo, un empleado de 20 años de la gasolinera situada junto al lugar del accidente, escuchó un fuerte golpe, seguido inmediatamente de una explosión. Fue él quien avisó a la Guardia Civil y recibió a la primera persona que había conseguido salir del autobús: una niña de unos seis o siete años que caminaba hacia él después de ver morir a sus padres».

El tratamiento de esa y otras muchas informaciones por parte de Antonio Herrero Lima hizo que se mantuviese como líder indiscutible hasta que, en mayo de 1998, perdía la vida mientras practicaba buceo en las aguas de Marbella. Su pronóstico se cumplió: José María Aznar, a los dos años de llegar a la Moncloa, estaba pidiendo, Habano en mano, la cabeza de Antonio a Luis Herrero y Federico Jiménez Losantos. No hizo falta que le traicionasen.

III

Pedro, desde casi siendo un crio, muchísimo antes de relacionarse con personas como Antonio Herrero, era muy exigente consigo mismo. No hizo caso a lo sentenciado por Elbert Hubbart: «No te tomes la vida demasiado en serio, nunca saldrás vivo de ella». Pensaba que tenía tantas cosas por hacer, y que disponía de tan poco tiempo, que aplicó a rajatabla lo que escuchó decir a su padre: «Res, non verba»[4] .

También le pareció imprescindible vivir siguiendo el consejo de Martin Luther King, según el cual, «Nadie se nos montará encima si no doblamos la espalda». Así es que, cuando las cosas se torciesen, haría lo que su madre le aconsejó: «Afrontar las adversidades sin perder nunca la esperanza», y, por añadidura, lo proclamado en El Quijote: «Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a amargas dificultades». No morderse la lengua fue siempre otra de sus máximas, salvo en el caso que hubiera que aplicar la recomendación de Groucho Marx: «Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas para siempre».

A la hora de referirse a la franqueza, Pedro consideraba que esa característica humana o manera de ser, llevada hasta sus últimas consecuencias, podía acabar deparando sorprendentes revelaciones, como aquella acaecida la noche de bodas de unos recién casados: él torero y ella modista:

—María, no sabía que no fueras virgen.

—Manolo, ni yo que te faltara un huevo.

—Lo mío fue en una corrida.

—Pues lo mío también.

El chiste, de los poquísimos que lograba retener y mal contar era tan simple como la anécdota sobre Moratinos en el Ministerio de Exteriores donde, al detectarse que los archivos estaban saturados de papeles, decidieron tirar documentos. Una secretaria dubitativa sobre la utilidad de unos legajos, le preguntó:

—Señor ministro, ¿tiramos también estos expedientes?

—A ver... pues... no sé... Bueno, tírelos, pero antes haga una fotocopia por si acaso.

Soltar una sonora carcajada era algo habitual en Pedro para acentuar su estado de buen humor, como también expresarse con tono duro cuando la situación así lo requería. Por ejemplo, el día en que decidió embarcarse en un asunto de tanta enjundia como escribir una novela. Yo no voy a hacer —le dijo con seriedad a su mujer— una retahíla o refrito de artículos de opinión y colocarlos en fila india como tantos periodistas. O escribo una historia que merezca la pena o me quedo quieto.

Así que se propuso poner negro sobre blanco, sin más límites que los dispuestos por su memoria, todo lo acontecido en su vida: fuese bueno, malo, regular, fértil o estéril, chanchullesco o versallesco, decente o indecente, refinado o vulgar, todo, absolutamente todo lo iba a contar. Estaba seguro de que el miedo que le hizo a veces —pocas, pero aun así demasiadas— claudicar, vender gato por liebre, relativizar clamorosas injusticias y difuminar fechorías ajenas, ese miedo estaría en otros, pero, en él, desde luego que no. A consecuencia de ello, uno de los párrafos del primer capítulo debía incluir una lección de sabiduría contada por aquella que más y mejor le conocía, y a la que, por mucho que se empeñase, jamás podía engañar: su conciencia.

—Pedro, si te dieran a elegir entre ser siempre libre o nunca sentir miedo, ¿qué elegirías?

—Por supuesto que ser libre toda mi vida. Amar a quien quiera, trabajar en lo que me plazca, comer y beber lo que me apetezca, viajar donde guste. Cosas que siempre he deseado. Carecer de miedo no me preocupa, soy una persona valiente.

—Has elegido, como dices, aquello que más ansías, lo que crees que te falta. Una libertad perenne de la que, sin embargo, no podrías disfrutar, aunque te fuese concedida conforme a tu elección.

—No estoy de acuerdo porque, si como decías, se me concediese la facultad de ser libre, nadie me podría impedir actuar libremente.

—Lo acabas de decir. Nadie te lo impediría. Pero, insisto, no podrías actuar libremente.

—¿Qué me lo iba a impedir?

—El miedo.

—Ni hablar. Te he dicho que soy una persona valiente.

—No lo dudo. Pero ante una situación de riesgo como encontrarte delante de un león, ser libre supondría poder decidir si enfrentarte o salir huyendo; mientras que carecer de miedo te garantizaría seguir tu camino sin prestar atención al animal. La libertad y el miedo son conceptos abstractos que luchan en nuestro interior. El primero, la libertad, deserta o queda amputada o atenazada por el miedo. Solo cuando este desaparece de nuestra mente actuamos libremente. Dicho lo cual, ¿quieres elegir otra vez?

Esa segunda vez, Pedro aseguró que habría elegido nunca sentir miedo.

Tras una breve pausa hecha con toda intención, prosiguió profundizando en cómo debía ser el relato novelado de su vida. Debían preponderar palabras que, en arte pictórico, vendrían a ser de estilo naif, comprensibles para pazguatos y euritos. Convenía advertir con tacto, a quien la leyese, que, en caso de surgir preguntas, las guardara para hacérselas una vez terminase, porque todo, desde lo más nimio a lo más complejo, acabaría cobrando sentido. Quería describir aquellas cálidas relaciones humanas sustituidas ahora por fríos y mecánicos mensajes virtuales. Retratar ambientes costumbristas que, aun sobrados de vulgaridad, eran auténticos, limpios y transparentes. Pasar sonriendo ante los lobos y las hienas que, mediante emboscadas, coartaron o interrumpieron su libertad. Que sapos y culebras quedasen retratados como son, como habían sido y como seguirían siendo porque, tal cual dejó escrito William Faulkner: «Se puede confiar en las malas personas, no cambian jamás». Por lo que, si unos y otras salían con ponzoña, no sería por inquina lejana o reciente, sino fiel reflejo de la estulticia que llevaban dentro, del nepotismo que abanderaban sin recato y con insultante descaro.

«Los demás —le cambió la cara—, los demás —reiteró, queriendo recalcar a quienes se refería en ese momento— contaban con una categoría humana suficiente para, lejos de socavar la historia de su vida, elevarla». Gente maravillosa con la que se había encontrado a sus próximos 50 años. Hombres y mujeres que, con independencia de la manera de pensar o del puesto que ocuparan, le aportaron gestos de complicidad o de aliento. Que le concedieron compresión y apoyo. Con quienes lloró de alegría y también de pena, se fundió en abrazos, estrechó manos e intercambió besos. Tanto el periodista Antonio Herrero como el cantautor Carlos Cano, decía Pedro, fueron referentes no por su manera de pensar que, en algunos aspectos, compartía, sino por mantenerse fieles a sus principios. Al conocerlos sintió la obligación de no ser veleta, tener convicciones firmes, un estilo propio, inflexible con los abusos del poder, crítico con su país, con su tierra, con su gente.

IV

«No te quedes a ver los barcos venir». Esas ocho palabras, dichas por Carlos Cano, le quedaron grabadas. Fue lo último que oyó al terminar de entrevistarle en los camerinos del teatro Asuán. Allí mismo, ya sin grabadora de por medio, el cantautor le adelantó que le dedicaría A ver los barcos venir, uno de los temas de su repertorio. Además de la entrevista, el artista granadino tuvo el detalle de concederle una serie de íntimas reflexiones nacidas, como todo lo que salía de Carlos Cano, de su triste alma andaluza. Aquel mes de febrero del 86, a unas semanas del referéndum sobre la OTAN, le extrañaba que, precisamente en aquellas fechas, la Junta hubiese pensado en él para clausurar el I Certamen Nacional de Canción de Autor para Jóvenes Intérpretes. «Si esta gente cree que voy a renunciar a mis convicciones, es que no me conocen».

Entre otras, sus convicciones pasaban por rechazar la incorporación de España a dicha alianza. Que no creía en fronteras ni banderas. Que Andalucía había perdido su espíritu crítico, y que los andaluces resultaban ser una bicoca para el poder de turno. A un palmo de distancia, con su voz profunda, recitó una de las estrofas de Las murgas de Emilio el Moro, canción que formaba parte de su entonces último trabajo discográfico, Cuaderno de coplas.

—No sé por qué te lamentas en vez de enseñar los dientes, y por qué llamas «mi tierra» a aquello que no defiendes.

Como presentador del concurso y del concierto final, Pedro —tenía entonces 22 años— salió emocionado, y, saltándose el guion, lanzó una frase propia que quiso dedicar al artista: una frase —afirmó al público— a la que se había aferrado desde que decidió ser periodista:

—La libertad de expresión no está para halagarla, sino para ejercerla.

Inmediatamente después, serio, elegante, sobriamente vestido con camisa blanca y pantalón negro, Carlos Cano llenó el escenario del Asuán, y ofreció un espléndido recital en el que incluyó, entre otras, La murga de los Currelantes, Tango de las madres locas, Andalucía Superstar, El día de San Román, Política, No seas saboría, Los jornaleros se van y Habaneras de Cádiz.

Carlos Cano falleció a las cinco y media de la madrugada del martes 19 de diciembre de 2000, unos segundos después de que le hubiera dicho al médico, que acababa de hacerle un reconocimiento, que se encontraba bien. Mientras el facultativo salía de la habitación, Cano sufrió una parada cardiaca. «Se le ha roto el único trozo de arteria que quedaba suyo, y se ha roto en un sitio terrible», explicó el doctor Juan Miguel Torres, jefe de la Unidad de Críticos. Los médicos tenían previsto anunciar su traslado a planta por su buena evolución. El cantautor había pasado los últimos días desconectado de todos los aparatos mecánicos, a ratos levantado, de buen humor, y charlando con el personal auxiliar y con sus familiares. La autopsia reveló que la lesión se había producido en un lugar diferente del que motivó una intervención a vida o muerte el pasado 28 de noviembre. Sus restos fueron trasladados al salón de plenos del Ayuntamiento de Granada, donde fue instalada la capilla ardiente.

«Me cachis en los mengues —pensaba Pedro entre indignado y melancólico—, con la panda de impresentables que hay jodiendo por ahí, y Carlos y Antonio enterrados —suspiró antes de continuar, tratando de superar el nudo de su garganta y, por fin, siguió contando y escribiendo que tuvo el privilegio de compartir confidencias con ambos, que los dos le hablaron, como debe hacerse, mirando a los ojos—. No todos los hombres lo hacen —aseguró, deteniéndose en un episodio muy diferente a los anteriores».

V

La grabación de las conversaciones de Txiqui Benegas, secretario de organización del PSOE mantenidas a través del teléfono móvil mientras viajaba por la N IV, cayó en manos de Pedro, que la recibió de quien la había grabado: un radioaficionado al que llamaba J.P, y cuya identidad mantenía en secreto. Las conversaciones de Benegas con, entre otros, Fernando Múgica y un empresario iban más allá de lo divulgado en la copia fragmentada de la cinta, filtrado a la Cadena SER. En la parte que trascendió, se calificaba como «dios» o «number one» a Felipe González, y se utilizaba el apelativo de «enano» en referencia a Carlos Solchaga. Pero la cinta original tenía registradas más cosas: se trataba de asuntos de Estado.

Las relativas al duro enfrentamiento por el control del poder existente en el seno de los socialistas y del propio Gobierno de la nación eran lo menos sustancioso. La decisión de efectuar dicha filtración a la SER fue ordenada por el propietario de la emisora y de Radio Granada. Año y medio antes, Pedro había aceptado el reto de ponerse al frente de los informativos de Radio Guadalquivir Antena 3, y ocupar así el puesto del anterior redactor-jefe. Al llegar a la emisora, la tarde del jueves siete de febrero del 91, en la mesa de la redacción, había leído una circular, firmada por el director, Pepe Gutiérrez, que contenía unas exigencias que Pedro consideraba, a la par que inviables, inaceptables, viniendo, además, de quien le había confiado tan importante responsabilidad. Pepe Gutiérrez estaba disgustado por el comentario crítico dirigido a Gabino Puche, por estar tratando de manipular a su favor la denominada Mesa por el Desarrollo de la Provincia de Jaén. Con dichos intentos de manipulación pretendía tapar su rotundo fracaso en los comicios a la presidencia de la Junta frente al «candidato a palos», el socialista Manuel Chaves. La crítica, efectuada en el informativo del mediodía, era una nimiedad en comparación con las que Pedro solía realizar, poniendo a caer de un burro a cargos de la Junta, de la Diputación, o a todo un delegado del Gobierno en Andalucía como Alfonso Garrido. Sin embargo, lejos de recibir recriminación alguna por lo que, en aquellos casos, podía suponer extralimitarse en sus funciones informativas, fue objeto de gestos de complacencia. Desde el día de la fecha, según decía la circular, el director debía conocer con antelación el tiempo previsto para cada noticia, los titulares, las preguntas y el nombre de quienes fueran a ser entrevistados. Por supuesto, se le prohibía efectuar cualquier comentario que no tuviese la aprobación de la dirección.

—Pepe, si mañana me encuentro este papel encima de mi mesa, me voy, dejo la empresa.

—Pedro, tú no puedes hacer eso que dices.

—¿Por qué?

En esos instantes, daba por hecho que Pepe intentaba, con esas palabras pronunciadas de manera sosegada y acompañadas de una leve sonrisa, reconducir un asunto que le iba a suponer quedarse en poco tiempo sin el segundo de los pilares en los que se asentaba gran parte del prestigio informativo logrado por Radio Guadalquivir. El primero, Antonio Ramírez, dejó de ser redactor-jefe a finales de 1989 para irse a la radiotelevisión pública andaluza prestadora —desde su inauguración— de innumerables servicios propagandísticos al PSOE. El caso es que, además de inaceptables —porque era una evidente muestra de desconfianza en su tarea profesional—, Pedro estimaba como inviables de llevar a la práctica los pormenores de la circular que tenía en sus manos. Cómo iba a despachar con Gutiérrez antes de los tres informativos (mañana, mediodía y tarde) si este, por gestiones y reuniones externas propias del cargo, no podía estar previamente al cierre de cada edición. La efectiva viabilidad de las nuevas normas, teóricamente, debía ser problema del director. Cualquiera habría optado por no cuestionarlas y dejar que en pocos días las directrices quedasen en evidencia. Por responsabilidad, no estaba dispuesto a dejar que el tiempo le pudiese dar la razón. Los segundos que pasaron entre porqué no podía irse de la empresa lanzado a Gutiérrez y la respuesta de este le hicieron sentirse reconfortado. La emisora le necesitaba, no estaba en condiciones de prescindir de él. Había mantenido a gran altura el nivel de crédito de los informativos. Conocía perfectamente el medio. Las horas de dedicación estaban muy por encima de su sueldo de 57800 pesetas. Sin embargo, la respuesta de Gutiérrez no fue, ni de lejos, la esperada.

—No puedes dejar la empresa porque tienes una mujer y tres hijos que dependen de ti.

—Pepe, en mi hambre mando yo. Así es que no voy a esperar a mañana. Aquí te quedas.

Ese jueves de febrero de 1991 Pedro salió del despacho de dirección para no volver a pisar Radio Guadalquivir. Un año después, transcurrida una década desde su creación, la emisora desapareció.

[1] Siglas de la expresión latina Finis Coronat Opus, que indican que se ha terminado un trabajo extenso e importante.

[2] Símbolos, letras y números codificados que utilizan agencias secretas para señalar fecha, hora e identidad de cualquier cita, reunión o acción.

[3] Mediante números se representan las iniciales del nombre y apellidos de un colaborador. La cifra final corresponde al código postal donde reside.

[4] Corría el siglo II a.C. cuando Catón el Viejo, senador romano, formuló Res non verba, una frase que venía a resumir lo que entendían sus conciudadanos romanos por la forma de hacer política. ‘Res, non verba’ es una expresión latina que significa: Hechos, no palabras.

El manuscrito
I

Una vez finiquitada en Sevilla su relación con la entidad de los servicios secretos del Estado para la que había estado trabajando dos décadas, iba a desvelar, entre otras cosas, detalles relativos al último encargo efectuado para la organización. El caso objeto de investigación estaba relacionado con un manuscrito que contenía las únicas pistas disponibles para dar con el lugar donde debía encontrarse la tumba de un antigua autoridad política y eclesial relacionada con el reinado de Carlos V. El texto aludía a un valeroso capitán que combatió en las tierras del condado, y un pueblo del Caudillo en el que descansaban los restos mortales de un embajador del citado monarca. Curiosamente, Pedro no se percató hasta el final que la resolución del encargo la tuvo, desde el principio, muy cerca. Eso suele pasar cuando en la vida nos empeñamos en buscar lejos lo que justo al lado tenemos.

El manuscrito en cuestión, en el que no constaba fecha, apareció en muy mal estado de conservación junto a un relicario de Santa Cecilia y otras sagradas pertenencias sustraídas de la catedral de Jaén por un grupo de maquis desarticulado por el régimen franquista finalizada la Guerra Civil. El hallazgo debió ser puesto en conocimiento de la Santa Sede por algún prelado, quien, a su vez, habría sido informado de ello por el propio Francisco Franco. Antes de ser devuelta a las autoridades eclesiales, la valiosa reliquia formó parte de una exposición de orfebrería y ornamentos sagrados que tuvo lugar en Madrid en octubre de 1941, y sobre la que Franco mostró especial interés.

Dicho documento permaneció décadas en el olvido, seguramente en alguna sala de los archivos vaticanos, hasta que alguien en Roma lo encontró y consideró necesario cursar solicitud a España para que le aportase información del enigmático contenido del manuscrito, y, en su caso, el sitio en el que podrían yacer los restos mortales de un antepasado miembro de la Iglesia. La petición, fechada en mayo de 2012, fue remitida a los servicios secretos del Estado, con uno de cuyos entes venía colaborando desde 1992. Sería su último servicio antes de dar por concluida su vinculación con éste. Inicialmente, Pedro estuvo revisando abundantes archivos fotográficos sobre los lugares en los que el Generalísimo pronunció discursos en sus visitas a la provincia, uno de los cuales habría tenido como escenario la tribuna del estadio municipal de La Victoria.

Franco se dirigió a unos 20000 falangistas desde la tribuna del estadio en la visita que efectuó el 11 de mayo de 1943, de modo que las instalaciones deportivas debieron darse por inauguradas. Coincidía que, en aquel entonces, ejercía de obispo de la diócesis García y García de Castro, con quien departió Franco tras unos instantes de oración ante el Santo Rostro. Según las referencias relacionadas con dicha visita, el Caudillo hizo noche en Úbeda, pasando antes por Mancha Real y Baeza. En el Parador cenó acompañado, entre otros, del agregado naval de la embajada española en Lisboa y del gobernador civil, Fernando Coca de la Piñera. Afanado por ver fructificar sus anhelos de prosperidad en todas las comarcas que visitaba, Franco solía plantear la conveniencia de hacer más llevadera la vida de campesinos y braceros, especialmente en zonas carentes de infraestructuras. Este tipo de comentarios eran tenidos en consideración por las autoridades del régimen con las que departía.

Según las comprobaciones realizadas por Pedro en diferentes archivos y hemerotecas, fueron diez los pueblos con el añadido del Caudillo creados por el llamado Instituto Nacional de Colonización a fecha 30 de septiembre de 1958. Sin embargo, en los listados que había revisado se relacionaban nueve: Alpeñés del Caudillo (Teruel), Bárdena del Caudillo (Zaragoza), Gévora del Caudillo (Badajoz), Alberche del Caudillo (Toledo), Llanos del Caudillo (Ciudad Real), Viar del Caudillo (Sevilla), Guadalcaucín del Caudillo (Cádiz), Águeda del Caudillo (Salamanca) y Bárcena del Caudillo (León): ninguno de la provincia de Jaén. A vueltas con ello, una noche le vino a la memoria que, en 1988, cubriendo para la radio la búsqueda de El Nani en el pantano del Guadalén, oyó decir que Franco inauguró dicho embalse. Ahí iba a volver con un cometido casi idéntico: dar con el paradero de un cadáver. En Vilches quiso comprobar sobre el terreno alguna ligazón del pantano con el texto del manuscrito. Madrugó para llegar a primera hora. Era una fría mañana de primeros de diciembre de 2012. La caseta del guarda estaba abierta y nadie en su interior. Mientras esperaba, vio apilados en un rincón, hierros, varios forjados de ventanas, tapaderas de alcantarilla y una placa de bronce. Tiró de la misma con cuidado y, al tenerla delante, observó grabado el vítor[5] , y la siguiente leyenda:

«El Generalísimo Franco, jefe del Estado, inauguró en abril de 1953 este pantano, que regula los cauces del río Guadalén, y dio paso por los canales y acequias de riego a las aguas que contribuirán al bienestar y alegría en los campos de la provincia de Jaén. Dios bendiga y proteja al Caudillo de España».

La pista la consideró buena pero incompleta, ya que Vilches, aun estando en la comarca del condado, no aparecía en la lista del Instituto de Colonización. En el coche, ya de regreso, le llamó la atención a pie de carretera un monolito de piedra. Se detuvo en el arcén y, al acercarse, aunque muy borroso por la erosión, se leía: «Guadalén del Caudillo, 1 km». Ese podía ser, debía ser el pueblo al que se refiriese el manuscrito, pero le parecía una investigación demasiado fácil que la entidad habría resuelto sin necesidad de recurrir a un colaborador como él. Debían existir elementos que interrumpiesen la sencilla relación que aparentaban tener las indagaciones realizadas hasta aquel momento. Para evitar obcecarse en la localización del pueblo, Pedro estimó conveniente dirigir sus pesquisas por otra vía, por ejemplo, dar con un capitán que hubiera combatido por tierras de El Condado, según el manuscrito incautado a los maquis. Eso, evidentemente, hacia improbable que se tratase de un militar del bando nacional, pese a lo cual merecía la pena husmear.

En 1936, Santiago Cortés González, siendo capitán con destino en Jaén, encabezó la sublevación de un numeroso grupo de guardias civiles en el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, y asumió el mando de los mismos durante los casi nueve meses que duró el asedio al que fueron sometidos por tropas republicanas. El cerco comenzó el 14 de septiembre de 1936. Ese día, el comandante sublevado Eduardo Nofuentes había llegado a un acuerdo con representantes del Gobierno para evitar un prolongado enfrentamiento que permitía la evacuación de los encerrados en el santuario. Santiago Cortés enfureció cuando se enteró de este acuerdo, y mando detener a los milicianos allí presentes y al propio Nofuentes y a su familia, que pasaron a ser prisioneros. Desde octubre de 1936 hasta enero de 1937 los ataques republicanos fueron débiles. Los 1500 milicianos al mando del oficial Agustín Cantón eran más que los sitiados, pero, al no ser soldados profesionales, su capacidad militar era bastante limitada. En marzo de 1937, los nuevos mandos en la zona, el general Antonio Cordón y sus ayudantes, los coroneles Gaspar Morales y Martínez Cabrera, decidieron que no querían otro episodio como el de Alcázar de Toledo, con el agravante, además, que la iglesia de Santa María de la Cabeza estaba en la retaguardia republicana en aquel momento. Así, trazaron un plan que tenía que culminar con la toma del santuario.

Entre el 23 y el 30 de abril se alternaron los momentos de tranquilidad, en los que intervino la Cruz Roja para atender a heridos, con los dedicados a preparar la estrategia del asalto final. El mismo tuvo lugar el uno de mayo a las cuatro y media de la mañana, momento en el que la infantería, que rodeaba el complejo, lanzó un ataque frontal con la intervención de dos mil soldados, artillería y unos diez tanques T-26 republicanos. Los combates duraron hasta las tres de la tarde, cuando Cortés fue herido por una granada. Media hora después un agente de la guardia civil, apellidado Herrera, enarbolaba la bandera blanca de rendición. El capitán fue hecho prisionero y falleció al día siguiente a causa de las heridas de guerra causadas durante el asalto final.

En la jornada del viernes 21 de abril de 1939 Franco acudía a Andújar, en cuyo cementerio se encontraban los restos mortales de Santiago Cortés, sobre cuya tumba depositó dos coronas de flores, y una sección de legionarios a las órdenes del coronel Castejón le rindió honores. A la salida del campo santo, al Caudillo le fue presentado un niño de dos años, superviviente del asedio e hijo del teniente Ruano. Tras las lógicas muestras de cariño, Franco se dirigió en automóvil al santuario para conocer su estado de deterioro. Allí, Queipo de Llano le informó de que, gracias a la suscripción abierta a través de Radio Sevilla, se habían recibido aportaciones dinerarias para las obras de reconstrucción, teniendo constancia además de iniciativas como la de un fabricante de campanas de Madrid ofreciendo donar una para la ermita, y la efectuada por una firma de San Sebastián dispuesta a aportar todo el cemento necesario. Después de almorzar a orillas del río Jándula, Franco emprendió viaje a Córdoba.

II

Pedro optó por descartar a Cortés porque, pese a haber constatado que fue un valeroso un capitán, su pertenencia al bando franquista reducía al mínimo las opciones de ser el aludido en el manuscrito hallado en poder de los maquis, integrantes de la facción republicana. Otra probabilidad era que su autor hubiese pretendido destacar el arrojo de alguno de los bandoleros que combatieron contra la invasión del ejército francés de Napoleón, caso de José Ulloa Tragabuches, Juan Caballero El Lero o José María Hinojosa El Tempranillo, ya que los demás fueron anteriores o muy posteriores a aquella confrontación bélica. Sin embargo, al quedar especificado en el manuscrito el rango de capitán, Pedro decidió acotar las averiguaciones a algún oficial de las tropas españolas que lucharon en la Guerra de la Independencia.

En julio de 1808, el general Francisco Javier Castaños ideó el plan Porcuna. Dos divisiones: una regular al mando de Félix Jones y la de reserva, al mando de Manuel de la Peña, debían atacar Andújar, clavando a las fuerzas del francés Dupont. Una tercera división, al mando del marqués de Coupigny, cruzaría el Guadalquivir más al este, a la altura de Villanueva de la Reina. Mediante una serie de osadas maniobras, realizadas de día y de noche, Castaños iba cambiando constantemente a sus efectivos de dirección, originando desconcierto en las tropas invasoras. Año y medio más tarde, el 20 de enero de 1810, en una acción coordinada del ejército imperial francés al mando de Sebastiani, se desarticuló la línea defensiva española dispuesta entre el Viso del Marqués, por el puerto del Muradal, y Santa Elena, cuando, a la altura de Las Correderas, las fuerzas españolas fueron sorprendidas por la caballería gala, disolviéndose aquellas apresuradamente, excepción hecha de un cuantioso número de hombres que fueron apresados. Los soldados españoles que lograron escapar se refugiaron por los cerros para reponer fuerzas y organizarse. En la siguiente jornada, cuando retrocedían desde Despeñaperros, se encontraron en las inmediaciones del Guadalimar con el ejército de Sebastiani, que había atravesado la sierra por la zona de Montizón, llegando hasta las inmediaciones del término municipal de Arquillos. Las diezmadas fuerzas españolas estuvieron dirigidas por Vicente Moreno, un capitán antequerano de gran valor que conocía bien el terreno que pisaba.

La investigación parecía estar encarrilada. El pueblo debía ser Guadalén del Caudillo, situado en el Condado por donde combatió un valeroso militar; pero había que hallar la conexión de esos datos recogidos en el manuscrito con un embajador de Carlos V, cuyos restos mortales quedasen allí sepultados. Por ello, Pedro se puso a repasar pormenorizadamente la biografía del rey y emperador, cuyo nacimiento se produjo durante la celebración de un baile en el palacio Casa del Príncipe de Flandes, cuando la embarazada archiduquesa doña Juana comenzó a sentir fuertes dolores en el vientre. Creyendo que se debían a una mala digestión acudió al baño y allí, sin ayuda de nadie, dio a luz a su primer hijo.

Carlos de Habsburgo nació a las tres y media de la madrugada del martes 24 de febrero de 1500. Doña Juana quería ponerle el nombre de Juan en recuerdo de su fallecido hermano, pero finalmente fue bautizado como Carlos por deseo de su padre y en recuerdo de su bisabuelo, Carlos el Temerario, quien murió en la batalla de Nancy en 1477. El 22 de enero de 1516, el abuelo del príncipe Carlos, Fernando II de Aragón, redactaba su último testamento. En él lo nombraba gobernador y administrador de los reinos de Castilla y León en nombre de la reina Juana I, incapacitada por su enfermedad.

En lo concerniente a la Corona de Aragón, el rey Fernando dejaba todos sus estados a su hija Juana, nombrando, también en este caso, gobernador general a Carlos en nombre de su madre. Con la muerte del rey Fernando en Madrigalejo (actual provincia de Cáceres), Carlos comenzó a pensar en tomar el título de «rey», aconsejado por sus consejeros flamencos. En aquellos años, los papas debieron conceder prerrogativas a los reyes de España, que solo se extendían a obispados y beneficios consistoriales. Sin embargo, más tarde acabaron cediendo la mayoría de facultades atribuidas a la Iglesia en el gobierno de los fieles, convirtiéndose la Corona, de hecho y de derecho, en la máxima autoridad eclesiástica en los territorios bajo su dominio. Además, Carlos V sumó el cargo de patriarca de Indias, obteniendo el control de toda la labor evangelizadora. Igualmente, el 24 de febrero de 1530 —una década después de ser proclamado electo— fue coronado como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico por el papa Clemente VII, quien se convirtió en aliado de la causa imperial.

III

Toda aquella minuciosa investigación conformaba parte de varios capítulos de su novela. Así que, al escribirla, decidió dejar justo aquí, en suspense, el hilo de sus averiguaciones, a pesar de que, seguramente, a cualquier lector o lectora no le iba a hacer nada de gracia experimentar un coitus interruptus, ni siquiera, como este, literario. No digamos ya, del otro. Bastante tendrían algunas o muchas parejas con vivirlo en sus propias carnes en pleno lecho de las respectivas alcobas, dando por sentado que siguiera siendo el escenario coital predominante —que es dar mucho por sentado— en la actualidad. Acordó consigo mismo no bajarse del burro, como buen Pedro, dejando constancia, eso sí, de que las páginas recobrarían más adelante la interrumpida trama. No había prisa, y, quien la tuviese, acabaría olvidándose de ella al aguardarle múltiples alicientes narrativos como —por ejemplo— los acaecidos cuando él andaba bordeando los catorce. Entonces, a Pedro lo que le encantaba era estrenar los zapatos Gorila, comprados en Almacenes Cubero, que traían de regalo una pelota de goma. Época aquella en la que, a las nueve en punto de la mañana de primeros de agosto, esperaba nervioso para que Fernando, el de los cohetes, lanzase el primer chupinazo anunciando la salida de gigantes y cabezudos con motivo de las fiestas en su jaenero pueblo de Pegalajar. Días en los que se preguntaba repetidamente por qué no había más generalísimos francos a punto de morir para no tener que ir a la escuela.

Noches en las que cerraba los ojos e imaginaba ser Garbancito metido en la barriga del buey. Años en los que su querido rey Gaspar le sorprendía trayéndole siempre el juguete que había pedido. Periodo en el que cometió el gran error de anteponer el resultado al conocimiento. Las misas a las musas. La premura a la paciencia. El fulgor al candor. Aquella tarde en la que, sin pelos en el pecho ni en ninguna otra parte, se le ocurrió una buena idea que, como dijo Einstein, no hacía falta anotar porque «una buena idea nunca se olvida».

De ahí que no se le fuera de la cabeza hacerse periodista, una manera, como otras posibles, de superar a James Dean y ser siempre lo que ya era: un rebelde con causa. Pedro reconocía que tuvo una infancia sin lujos, propia de cualquier familia de clase media de los 60 en Jaén, a donde sus padres decidieron trasladarse año y medio después de nacer Chus, como le llamaban de pequeño.

Su madre, Seve González Lucena, le apuntó a La Gota de Leche, una guardería en la que, para no mancharse la ropa, los niños debían llevar un babi. Él se empeñaba tozudamente en remeter la prenda infantil por dentro de sus pantalones para evitar a toda costa que pareciese una falda. El ocho de julio de 1970 se formalizó su inscripción en el libro de escolaridad. Como alumno de los Maristas, cuyo director era don Federico Benito Mozo, cantó todas las mañanas del curso 70-71 el Cara al sol para, seguidamente, marchar a clase de manera ordenada. A sus siete años no era consciente de lo que representaba entonar el citado cántico. Su primer juguete fue un fuerte Comansi, pero sentía lástima por los pobres indios, de ahí que hacía que los comanches acabaran siempre conquistando la fortaleza, imponiéndose a los soldados del Séptimo de Caballería. De Zipi y Zape envidiaba las melenas que lucían por encima de que salieran airosos en las travesuras del tebeo. Odiaba los pelaos, con flequillo recto, a los que era sometido en la barbería de la plaza Troyano Salaberry, dejando así al descubierto unas prominentes orejas, causantes de más de una riña. De las mismas no solía resultar mal parado, porque prefería salir corriendo que romperle la nariz a un compañero de colegio y que, a posteriori, viniese el hermano mayor a atizarle un sopapo de esos que nunca se olvidan, como el día de la Primera Comunión. De la preparación recibida para dicho menester sacramental sacó en conclusión que confesarse era como cuando su padre llevaba el coche al taller de chapa y pintura tras un siniestro. Arreglados los daños, pagaba la factura, y el coche otra vez a circular como nuevo. De los Maristas le pasaron, en septiembre de 1971, al Colegio Nacional de Prácticas Masculino Aneja, dirigido por don José Morales Ruiz, a la sazón dueño de la librería El Estudiante.

El centro, ubicado en la calle Virgen de la Cabeza, tenía a uno de los lados, separado por un callejón, el instituto Virgen del Carmen; al otro, la piscina municipal y pistas polideportivas públicas de El Estadio, en cuyo frontón se proyectaban películas. Unas noches de verano ahí, otras en el Rosales, y tardes de domingo en cines como el Asuán o el Lis Palace, iba a presenciar lo que la cartelera ofrecía en cada momento. King-Kong, El triunfo de Hércules, El lago azul, Tiburón, Grease, Rocky o La guerra de papá.

Un sábado o un domingo —no lo recordaba con precisión— de la primavera del 79 había ido a ver Campeón, cuya emocionante secuencia final, con el desconsolado TJ diciendo a su padre, un púgil sin suerte, «No te mueras campeón, no te mueras», provocó que se le saltasen las lágrimas.

Esas esporádicas llanteras cinematográficas nunca las reconocía ni divulgaba, porque ya era un machote capaz de comprender de qué coño se reían quienes bailaban una rumba de El Payo Juan Manuel con lo que les pasó —a mitad del camino— a una vieja y un viejo que iban pa’Albacete.

La revuelta en las virginales partes nobles de Pedro fue tomando consistencia cuando se percató de que podía parecerse a los policías californianos Starsky y Hutch, que, vestidos de paisano y a bordo de un Ford Torino rojo, se ligaban hasta a la novia del delincuente que pillaban. Le parecía un rollo para empollones amargados el concurso Cesta y Puntos, presentado por Daniel Vindel. Él quería ser como Curro Jiménez para rehogarse en sábanas blancas con espléndidas posaderas o acaudaladas viudas. Un Orzowei por los parques de Jaén, o un integrante de Los hombres de Harrelson, tan listo como Colombo, Banacek y Kojak. Recordaba el titular que le costó un suspenso en el colegio por poner en la edición del periódico escolar «Banacek pega a Jesús Ibáñez», en alusión al tortazo que Pedro presenció en clase, propinado por un maestro conocido así entre el alumnado por su parecido con el protagonista de esa serie. Aquel titular a cuatro columnas ensombreció la noticia de balonmano que aparecía justo debajo, también en la portada.

En su particular periplo escolar, dadas las reducidas dimensiones del patio del colegio Aneja, los deportes en equipo eran muy limitados. Las clases de Educación Física se ceñían a subir a pulso la cuerda, lanzar lo más lejos posible el balón medicinal y saltar el potro. Sin embargo, debido al entusiasmo que ponía en la divulgación del balonmano don Justo Robles, esta modalidad deportiva atrajo a Pedro. De todos modos, su escasa corpulencia y altura eran condiciones físicas que, según consideraba, le impedían tener opciones de jugar al nivel de otros compañeros. El interés creció más a su llegada al instituto viendo los campeonatos en los que jugaba José Carlos Sobrado, un vecino mayor que él, así como compañeros como José María Jiménez Molino, Manuel Latorre Ramiro o Esteban Jodar Gimeno. El equipo del Virgen del Carmen, dirigido por don Manuel Ortega Cáceres, brillaba en los campeonatos entre centros docentes.

La gran pasión por el balonmano explotó a raíz de la excelente trayectoria liguera del ADA Jaén, que, en la temporada 78/79, se proclamaba campeón de Primera y ascendía a División de Honor bajo la presidencia de Honorato Morente. El ascenso se consumó tras una temporada sensacional. El equipo, entrenado por Justo Gámez, del que emergía el corpulento y magnífico lanzador Carlos De Blas, era recibido a los sones del himno a Jaén por un siempre abarrotado pabellón de La Salobreja. Pedro tenía intención de sacarse el carnet de socio con el fin de seguir animando cada domingo a un equipo que iba a tener rivales tan relevantes como su Atlético de Madrid o el antipático Barcelona. El ADA-Jaén, en cuyas filas seguía De Blas, se había reforzado con Elberdín, López León, Román y Muñoz Benito.

En aquellos años, tampoco ahora —reconocía Pedro— no era ni la mitad de corpulento que esos balonmanistas de antaño, pero quería ser un hombre de carácter, y no un lerdo, como el marido de la señora Mildred en Los Roper.

En el 79 detectaba bienestares nunca antes sentidos al vislumbrar los escotes de Victoria Vera por la Albufera valenciana de Cañas y Barro, prosiguiendo con frecuentes izados de pene derivados de los constantes toqueteos de Tonet a Roseta y de Roseta a Tonet en La Barraca. El estallido hormonal adquirió carta de naturaleza a causa de Los Gozos y las sombras, y a consecuencia de Charo López. Más aún, cuando descubrió —gracias a Buytrago, un espigado compañero del colegio— que hacerlo a dos manos les traería a sus gónadas más placentera cuenta. Aguayo, otro con quien compartió pupitre, trató que Fernández retomara el camino hacia el cielo, invitándole al club Antara. Allí, un cura —no obrero, sino de la Obra[6] — se empeñaba en que saliese del aula de estudio para enseñarle ajedrez, negándose si quiera a recibir las primeras nociones porque el clérigo, en vez de en una mesa, colocaba el tablero en un sofá. A don Claudio, que movía la sotana mejor que Lola Flores la bata de cola, le debió quedar claro que a Pedro lo que le gustaba era jugar a las damas, porque no volvió a verle el pelo.

IV

Donde sí se lo veían a menudo era en el quiosco El Porvenir, al que acudía con la excusa de comprar un par de cigarros Lola y se quedaba prendado de la portada semanal de la revista Interviú. El ejemplar de ocho páginas dedicadas a Sofía Loren le pareció apoteósico, y, por eso, aprovechando un descuido, lo birló. Su tío de Pegalajar, Fernando Gutiérrez, empleado de Simago, mantenía la tesis de que el hombre no debía matrimoniarse con una mujer para compartir solo unos efusivos y exclusivos cinco minutos diarios, como tampoco para 23 horas y 55 minutos, sino para las 24 horas del día.

Según Pedro, su tío hablaba con gran razón y sólido criterio, con un pequeño pero importantísimo matiz en el que no cayó en la cuenta hasta que, en los aledaños de la veintena, conoció a la que se convertiría, no mucho después, en su mujer. El matiz en cuestión es que la pareja con la que llegara a matrimoniarse para 24 horas diarias —tal cual sentenció su tío— fuese muy bella, como mínimo, en consonancia con la espectacular hermosura de la Loren. Espectaculares también le habían contado que eran entonces y seguían siendo, como él había tenido ocasión de comprobar, las viandas, muy concretamente las anchoas en salazón y el chuletón de buey, regadas con excelentes vinos que ofrecía taberna Zurito, inaugurada en 1915 y situada en una calle, céntrica, de las típicamente jaeneras, Correa Weglison.

Las luchas internas por el poder entre el gobernador Francisco Rodríguez Acosta y el nuevo jefe provincial del movimiento, Luis Toro Buiza, provocó la destitución de los dos y el nombramiento en abril de 1940, para ambos cargos, de Antonio Correa Weglison.

El régimen franquista le encomendó restablecer la disciplina, eliminando las divisiones internas entre falangistas camisas viejas y camisas nuevas, y luchar contra la corrupción en la administración local, apartando a los sospechosos de practicarla. Correa Weglison decía: «Yo no admito que nadie pueda venir diciendo que es falangista de este o de aquel: no hay más que un solo modo de ser falangista, y es sirviendo al Caudillo y a los postulados de nuestro Movimiento».

Durante el año y medio que permaneció en el cargo destituyó a numerosos alcaldes y jefes locales del movimiento implicados en corrupciones, o por ser especialmente ineficientes. Puede que, como reconocimiento a la depuración efectuada, Antonio Correa Weglison fuese ascendido a gobernador y jefe provincial del movimiento en Barcelona, en octubre de 1941. Sin embargo, no desperdiciaba ocasión para volver. Así lo hizo el nueve de marzo del 42 para adorar al Santo Rostro y, exclusivamente, para disfrutar de una noche de feria por San Lucas, el 18 de octubre de 1943.

Detenerse en todos estos vericuetos históricos no era baladí. Conformaban las numerosas indagaciones que hubo de efectuar con el fin de enhebrar fechas, reuniones y testimonios que tuvieran cualquier relación, por pequeña que fuese, con el contenido del enigmático manuscrito que debía escrutar por encargo de la organización de la que hoy se había desvinculado definitivamente. Así, analizó la presencia de autoridades franquistas en Jaén, que le deparó arrojar algo más de luz.

El ministro y el secretario general del Movimiento y del Trabajo, José Luis Arrese y José Antonio Girón, respectivamente, llegaron a la capital el lunes 15 de mayo de 1944, siendo recibidos por el gobernador, Fernando Coca de la Piñera, por el vicario de la diócesis, doctor De la Fuente, y por el presidente de la Diputación, Joaquín Mollinedo. A continuación se trasladaron al cementerio donde, ante la tumba del teniente José Escobedo Ruiz, dejaron posar la condecoración Aspa de Plata, concedida por la Junta Central de Distinciones y Recompensas. Más tarde, en la Diputación, se les sirvió un desayuno y, seguidamente, giraron visita a la catedral. Allí fueron recibidos por el obispo Rafael García y García de Castro, marchando al altar del Santo Rostro, reliquia que les fue mostrada. El prelado les explicó las vicisitudes sufridas por la Santa Faz del Redentor durante la que definió como revolución roja.

Finalmente, en la sala capitular, pudieron admirar el relicario florentino del siglo XVIII, felizmente recuperado, así como un tenebrario del siglo XIII, joya valorada en cuatro millones de pesetas. De la catedral se fueron a la Alameda de Calvo Sotelo, donde tuvo lugar una concentración de Milicias de toda la provincia. Acabada la ceremonia, Arrese y Girón se acercaron al Egido de Belén para conocer la marcha de construcción de 100 viviendas denominadas ultra baratas, al estar edificándose en terrenos cedidos por el Ayuntamiento. Después, los ministros se situaron en la tribuna emplazada en la calle Bernabé Soriano para asistir al desfile de milicias y centurias. Pasadas las tres de la tarde se sirvió un almuerzo en el balneario de Jabalcuz.

A los postres, la orquesta de Educación y Descanso y grupos de la Sección Femenina interpretaron diversas composiciones. Avanzada la tarde, ambos cargos ministeriales llevaron a cabo la verificación de la entrega de 96 viviendas promovidas por el Ayuntamiento, mientras que otras 90, promovidas por la Diputación para sus empleados, estaban casi finalizadas. Los alquileres fijados iban de seis a 100 o 180 pesetas mensuales, en función del número de habitaciones. El régimen franquista las dotó del carácter de protección oficial, de ahí la denominación de Protegidas.

[5] El vítor o víctor es un símbolo derivado del crismón del Bajo Imperio romano. Fue adoptado por algunas universidades españolas como emblema conmemorativo de quienes obtenían el título de doctor. Tras la Guerra Civil Española, se eligió para ser utilizado en el Desfile de la Victoria (19 de mayo de 1939), y, a partir de entonces, durante toda la dictadura franquista, como emblema propio de Francisco Franco.

[6] En términos coloquiales se les llama de la Obra a los miembros de la entidad católica Opus Dei, expresión latina que significa «obra de Dios».

Un domingo del 79
I

El viaje por autovía de Sevilla a Jaén —repasando la novela- no estaba siendo nada aburrido. Más aún al evocar que en 1979, había superado el listón que le impedía ver películas de un rombo. Ya casi no le entretenía Un globo, dos globos, tres globos, apenas disfrutaba con las canciones de La Banda del Mirlitón. Sabía cómo terminaban Furia, Bonanza y El Virginiano. Le hacía poca gracia Barrio Sésamo. Consideraba demasiado simplonas las letras de La gallina turuleta, Susanita tiene un ratón y Hola don Pepito, cantadas por Gaby, Fofó y Miliki. En el 79 le parecían extremadamente pueriles las correrías de Heidi con Copito de Nieve por las montañas del abuelo. Esas, para él, eran ya cosas de críos.

Su afición por las damas —término utilizado con una sustanciosa porción de ironía— llegó a cotas estrambóticas con un vídeo que veía con su amigo Andrés Molina los sábados por la tarde, en cuanto sus padres salían del piso que tenían en Las Protegidas para —según decían— que los dos pudieran estudiar tranquilos. Detalle que agradecían porque, de ese modo, mientras merendaban picatostes, presenciaban una cinta VHS que mostraba apasionantes encuentros carnales cuyos participantes ponían en práctica certeros movimientos que, por mucho que los viera, le parecían siempre novedosos.

La mañana del domingo 26 de agosto de 1979 empezó de muy distinta manera a cómo había arrancado el año. Pedro recordaba que el Sorteo de El Niño trajo a Jaén 1100 millones de pesetas, al resultar premiado el número 54772. Entre los afortunados, el dueño del bar Herrador, cuyo establecimiento se encontraba en el barrio La Guita.

En los años 50, coincidiendo la construcción de un grupo de viviendas de protección oficial, los que iban a ser sus moradores, a falta de cinta métrica, acudían con guitas a medir las habitaciones de las viviendas, que eran de dimensiones muy reducidas (unos 40 metros cuadrados). Así, midiendo con la guita, comprobaban si en su interior tendrían cabida los muebles. El origen de la barriada de La Guita era muy anterior, se remontaba al siglo XV, en el que un caballero de la ciudad llamado Peña fue el impulsor de la construcción de una fuente en aquellos descampados. El término Peñamefécit provenía de la expresión «Peña me fecit», que en latín significa literalmente «Peña me hizo». En ese periodo medieval existían, por sus inmediaciones, un conjunto de cuevas naturales colindantes con el Cerro de los Lirios, y que corrían hacia la zona este de la ciudad.

Cinco días antes del mencionado domingo agosteño, la cosa —dijo Pedro levantado su ceja derecha en actitud pensativa— se había puesto muy chunga en el cuarto capítulo de Hombre rico, hombre pobre con la aparición del malvado Falconetti. La serie de TVE versaba sobre las vidas, con muy distinta suerte y éxito de los hermanos Jordache. Tom, boxeador, y Rudy, senador de los EE. UU. La mala fortuna del primero se cebó con Pedro aquella mañana en la carretera de Torrequebradilla, bajando para el chalet de su amigo Andrés en el Puente Tablas, porque los municipales le cascaron 1000 pelas de multa por conducir, sin haber cumplido los 16, la moto amarilla prestada por Jero Garrido, el Indio, hijo del dueño de Muebles Jerónimo, comprada, seguramente, en la tienda de Fermín Chorro en la plaza Queipo de Llano.

A la plaza de los Jardinillos, el régimen franquista le adjudicó el nombre de Gonzalo Queipo de Llano y Sierra, un teniente general del arma de Caballería, conocido por su participación en la Guerra Civil española, durante la cual la ciudad permaneció leal al Gobierno de la II República hasta abril de 1939. El bombardeo de Jaén por parte de la Legión Cóndor fue decidido por Queipo de Llano el día uno de abril de 1937, en respuesta al bombardeo republicano sobre Córdoba.

Ian Gibson, en su biografía de Federico García Lorca, le acusó de haber ordenado el fusilamiento del poeta y dramaturgo español. Queipo, en conversación telefónica, habría dicho la frase clave: «Dadle café, mucho café». De esta conversación se conserva únicamente el testimonio del telefonista de la capitanía de Sevilla, relatado posteriormente a sus parientes. La frase clave escondería el acrónimo «Camaradas Arriba Falange Española», grito usado tras los fusilamientos llevados a cabo por los milicianos falangistas. El teniente general Queipo de Llano, con quien colaboró estrechamente el giennense Cuesta Monereo, destacó por el uso que hizo de Unión Radio Sevilla, lanzando arengas diarias a favor del alzamiento. Nombrado jefe del Ejército del Sur, asumió el Gobierno militar y civil, y a lo largo de la guerra actuó con casi total independencia, lo que le llevó a ser conocido como el Virrey de Andalucía. Ascendido a teniente general y condecorado con la Laureada de San Fernando tras su triunfo en la Guerra Civil, fue sin embargo cada vez más postergado por Franco, al que se refería burlonamente como Paca la Culona.

II

Dulce, prima de su amigo Andrés, se encontraba en el chalet a medio terminar que la familia Molina tenía en una parcela del Puente Tablas. Enterada de la afición de Pedro por las damas, dijo que le apetecía jugar con él en el trastero con techo de uralita que había junto a una higuera en un lateral de la alberca que servía de piscina. El citado trastero, que además de albergar un cutre catre ejercía funciones de vestuarios, le pareció que resultaría algo incómodo por la cantidad de cachivaches que tenía alojados. Sin embargo, Pedro accedió, persuadido de que Dulce —pese a las estrecheces, el pestilente olor y las moscardas— lo habría propuesto porque ahí nadie les molestaría. La prima de Andrés, criada en el toledano pueblo de El Toboso —ennoviada quizá prematuramente de un tal Alonso Quijano que se encontraba haciendo la mili en Ceuta— tenía 17 bien cumplidos. Igual que a su primo, a Dulce le encantaba la música del cantante John Denver, hasta el punto de ir a todos lados con un radiocasete tamaño A3 del que exclusivamente emanaban canciones country del compositor norteamericano.

Dulce era una lozana moza de piel echada en harina y de abundante melena anaranjada, aspecto que, con seguridad, no le venía otorgado por quien decía, con protuberante orgullo, ser su progenitor, Sancho Montuno, posiblemente pariente de Vicente Montuno Morente, al que Jaén tiene dedicada una de sus calles más empinadas a través de la cual se llega al barrio de La Alcantarilla, donde está la iglesia de San Eufrasio.

El templo parroquial comenzó siendo la conocida como Ermita de San Félix, fundada el 25 de mayo de 1717 por un notario, de familia acaudala y religiosa, de nombre Luis Garrido-Ayuda. Un hermano suyo, perteneciente a la Orden de los Capuchinos, fue misionero y obispo en África, donde, después de fundar cinco hospitales fue mártir, y murió quemado vivo por los Sarracenos. Estando enfermo, Garrido-Ayuda recibió la visita de unos clérigos capuchinos: estos pernoctaron unos días en su casa, y al marcharse le obsequiaron con una pequeña imagen del primer santo de esta institución, San Félix de Cantalicio. Entonces, se invocó a él y sanó de su enfermedad.

En agradecimiento construyó la que fue la ermita de San Félix, transformada después en la Parroquia de San Eufrasio, patrón de la Diócesis de Jaén. Antes de ello, la ermita acogió la fundación de la cofradía del Cristo de Charcales (Cristo del Arroz). A finales del siglo XIX los hortelanos de toda la zona, especialmente las conocidas como Huerta Baja y Senda de los Huertos y Valondo, fundaron una cofradía con el nombre de San Félix, ofreciendo al santo todos los años el primer fruto de sus huertas, que eran las cerezas. Estas se bendecían y se repartían gratuitamente a los asistentes en la misa del día 18 de mayo, día de la festividad del Santo, junto con rosquillas.

Retomando las peculiaridades del engendrador de la lozana moza, se trataba este —que repetía orgulloso ser su padre— de un hombre de andares notablemente almorranaos; rudo, bravucón, de voz metida en orza, entrado en kilos, de metro cincuenta, moreno aceituna y escasa cabellera zaína. Nació en Andújar y emigró a La Mancha en busca de un destino brillante. Mientras esa reluciente venidera vida llegaba o no, todos los años, por abril, el tal Sancho Montuno se aferraba a plegarias marianas, acudiendo como fiel devoto a la romería de la Virgen de la Cabeza.

En 1947, aprovechando la celebración del IV centenario del nacimiento de Cervantes, destacados personajes de la cultura provincial remitieron un escrito a los ilustrísimos señores directores generales de Regiones Devastadas, solicitando la colocación de una lápida de bronce en la fachada del santuario mariano con las palabras dedicadas por el célebre escritor a la Romería del Cabezo en su obra póstuma Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Dicha solicitud la firmaron Ángel Cruz Rueda, Cecilio Barberán, Manuel Mozas Mesa, Antonio Alcalá Venceslada, Salvador Vicente de la Torre y Vicente Montuno Morente. La obra lapidaria se encargó al escultor Jacinto Higueras, y fue realizada en 1954 por acuerdo de la Diputación y el Ayuntamiento de Andújar.

Dulce, la Montuno, según la llamaba Andrés, el amigo de Pedro, había heredado poco, muy poco, de Sancho, y mucho, bastante, de la madre que la parió, de nombre Adelina, como la balada de Richard Clayderman. Fruto de dichos genes femeninos, portaba unos descomunales pechos que, tersos, se le desbordaban por arriba, por abajo y por ambos lados del bikini con estampado floral que lucía orgullosa, igual que la medalla de la Virgen del Rocío, que, enganchada a una gruesa cadena dorada, abrazada por sus abombados senos, le llegaba hasta media cuarta más arriba del ombligo. Dulce disponía de un trasero —más moderno que el de su excitante mamá— equipado con doble airbag, de manera que una eventual colisión carecía de riesgo, haciendo a todas luces innecesario seguir los perspicaces consejos de Paco Costas en el programa de TVE La segunda oportunidad.

Otra curiosidad de aquel caluroso domingo 26 de agosto es que, a las diez de la noche, el fantástico Flamengo de Zico y el Ujpest Dozsa iban a disputar la final de la vigésimo quinta edición del Trofeo Carranza. Días antes, el Atleti —del que, junto al Real Jaén, Pedro era incondicional seguidor—, con Aragonés en el banquillo y jugadores como Reina, Arteche, Capón, Ayala y Rubén Cano, le había clavado 5-0 a la Real Sociedad en el Villa de Madrid. La fidelidad al club colchonero la mantenía desde que su cabeza quedara marcada para siempre durante la final de la Copa de Europa contra el Bayern de Múnich.

El mundo giraba alrededor de las doce menos cuarto del miércoles 15 de mayo de 1974, cuando su padre lo mandó a la cama bajo el reiterado y cansino «que mañana tienes que madrugar para ir a la escuela». Ya en el dormitorio, atento desde la litera de abajo a los comentarios de la retransmisión televisiva, incorporó alborozado la mitad de su cuerpo al escuchar que, en el 114, mediante un magistral lanzamiento de falta al borde del área, Luis ponía la copa casi en las vitrinas rojiblancas. Seis minutos más tarde se dio cuenta de que sangraba por la parte superior de su frente. Fue al escuchar que un tal Schwarzenbeck, de disparo lejano, batía a Miguel Reina en el último suspiro de la prórroga. En el partido de desempate, dos días después y con la herida en carne viva por el testarazo que se había dado con el somier de la litera de arriba, el Bayern se imponía al Atleti por 4-0, con doblete goleador de Uli Hoeness y Muller.

Desde entonces, Pedro mantenía que llevó siempre a gala que, al menos, «una del pupas» era suya. Como suya fue la satisfacción que, con 12 años, en mayo del 76, se llevó al enterarse por la retransmisión de Fernando García Camazón, a través de la onda media de Radio Popular que, tras empatar a cero en el campo del Ceuta, el Real Jaén C.F conseguía el ascenso directo a Segunda División.

Una hora antes de la llegada de la expedición, Pedro se encontraba en el graderío de tribuna del estadio municipal de La Victoria. Quería ver en primera fila a los héroes de una hazaña que se llevaba esperando un largo periodo de tiempo. Junto a él, dos aficionados sostenían un contencioso respecto a cuál fue el primer partido que la Sociedad Olímpica Jiennense —club que antecedió al Real Jaén— disputó en categoría nacional, considerada entonces la Tercera como tal.

—Te digo que fue contra el Algeciras. Lo recuerdo porque ese domingo, 29 de octubre del 44, empatamos a dos.

—Te equivocas de mes y de año. La Olímpica debutó en Tercera el 26 de septiembre, perdiendo en casa del Onuba de Huelva 4-0. Jugamos con la Balompédica Linense, con el Hércules de Cádiz, al que ganamos también 4-0 precisamente en la cuarta jornada; el Atlético Tetuán, Coria, Málaga, Algeciras, el Linares Deportivo y el Córdoba.

—Lo que yo te he dicho, el Algeciras aquel año nos empató.

—Que no, hombre, que no. Es cierto que en el grupo ocho de Tercera nacional estaba el Algeciras. Allí perdimos 2-0, y luego, el 30 de enero del 44, le metimos 4-0. Esa temporada ascendió el Málaga, y nosotros segundos.

—¿Seguro?

—Segurísimo. La Olímpica debutó aquí, en La Victoria, el tres de octubre del 43, y le ganó al Córdoba 4-3. Me acuerdo estupendamente porque coinciden año y resultado.

La discusión sobre el año del debut de la Olímpica en La Victoria acabó gracias a la aparición del capitán del equipo, el lateral derecho Juan Díaz Reina, llevado a hombros y con los brazos en alto, seguido de guardameta Marco, además de Jesús Laría, Ricardo, Blas Machado, Monterde, Solaegui, Salsamendi, Prados, Dolfi, Saavedra, Rafael Huertas, Lacalle y Zubitur. Todos, en el centro del campo, recibieron una cerrada ovación del repleto graderío de tribuna. La siguiente temporada, un gran equipo dirigido por Manolo Ruiz Sosa, cuya ficha anual ascendía a un millón de pesetas, a la que había que sumar un sueldo mensual de 40000, hizo vibrar de emoción a Pedro como socio en las gradas de preferencia. Soñaba con poder, de mayor, emular a José María García, a quien vio por primera vez en persona el 28 de noviembre de 1976.

El periodista se había trasladado a Jaén para comentar a pie de campo el «partido de la jornada», todo un derbi regional de Segunda División en el que se enfrentaban el Real Jaén y el Cádiz. Esa tarde estuvo más pendiente de los gestos y movimientos con micrófono y enormes auriculares de José María García que del partido, que concluyó con empate a dos. Otra soleada tarde aplaudió una remontada apoteósica al Rayo Vallecano, que se había adelantado en el marcador a los tres minutos. La escuadra jiennense, en la que sobresalía el mediocampista onubense Ángel por su excepcional toque de balón, la completaban Aguinaga, Martin Vila, Laría, Monterde, Sánchez, Machado, José Luis, Lacalle, Flores y Zubitur. Esa campaña, el Real Jaén estuvo en condiciones de ascender.

En su programa nocturno de la cadena SER, a continuación de Hora 25, Butano era inigualable.

Lanzaba diatribas de estilo inconfundible, mordaz, con apelativos como «chupópteros», «botarates» o «abrazafarolas» hacia Pablo Porta y José Plaza, máximos dirigentes de la Federación Española de Fútbol y del Comité Nacional de Árbitros. García escudriñó un controvertido caso desatado a la conclusión del campeonato liguero 76/77. Todo arrancó con el fichaje del delantero centro Paco Flores, procedente del Español de Barcelona, cuyo rendimiento fue excepcional para la magnífica clasificación obtenida por el Real Jaén.

Los términos del acuerdo alcanzado entre los presidentes, rubricados también por el futbolista, establecían que el club catalán podía recuperar al jugador abonando los mismos cinco millones que había recibido del conjunto jiennense para ficharlo. Dando por hecho que esta opción no la ejercería el Español, José María Carrasco, presidente del Real Jaén, acordó con la U. D Salamanca el traspaso de Flores, quien, igualmente conforme, estampó su firma. Una escandalosa duplicidad de contratos y ficha de un mismo jugador en dos clubes que mereció encendidas críticas de García.

El caso es que aquel domingo de agosto, sobre las cinco y media, en el chalet a medio terminar del Puente Tablas, una vez entornada la puerta del trastero con techo de uralita para, en caso muy improbable de que corriese algo de aire, pudiera colarse por ese diminuto espacio, Dulce advirtió a Pedro que era la primera vez que jugaba a las damas porque —según enfatizó en un elocuente tono de marisabidilla— las entendederas lúdico-recreativas de Quijano —así se refería a su novio recluta— no iban más allá de la brisca.

Tales precisiones resultaban tremendamente difíciles de atender debido, primordialmente, al rítmico vaivén, casi hipnotizador, de la dorada medalla entre unos sabrosos pechos y esbeltos pezones que se manifestaban con absoluta disposición y plena capacidad de reventar la prenda de baño de la Montuno, que, pertrechada de escaso mimo, colocó el radiocasete en una estantería con cacharros más antiguos que el humo, lo enchufó y tecleó el play.

De inmediato, mirando insinuantemente a Pedro —cuyas retinas aún retenían el deleite frontal del que estaba siendo obsequiado en exclusiva— le preguntó si prefería blancas o negras, a lo que este respondió que le daba igual, que se amoldaba a lo que ella gustase. Acto seguido, la prima de Andrés Molina se dio resuelta y nada comedida media vuelta, inclinó severamente la espalda, extendió sus brazos y abrochó sus manos a la estantería. Finalmente, escenificando una dulce rendición coincidente con el melódico estribillo de Sweet surrender, dijo: «Venga, dale».

El grito que pegó la Montuno tras el primer movimiento de Pedro sobresaltó en plena siesta a Sancho, a su contrayente y al matrimonio Molina, que, temiéndose lo peor, rogaron una oración por el alma de su hija y sobrina Dulce. Tardaron nada y menos en hacer acto de presencia en los aledaños del trastero. Dentro se encontraron una escena que dejó a los cuatro boquiabiertos y patidifusos. La Montuno en cuclillas, con los ojos fuera de las respectivas órbitas, sollozando de dolor y con el dedo índice —del que despuntaba una desconchada uña pintada en rojo pasión— señalando al causante de lo sucedido.

Pedro, a medio metro —porque el trastero así lo requería— colorado como un tomate de huerta, tratando disimuladamente de ocultar con su mano derecha lo que parecía ser, que en realidad lo era, una maloliente mancha marrón en su bañador color maizena, sacó de su repertorio la cara de pánfilo, como dando a entender que no había tenido nada que ver con el grito y posterior pingo de su compañera en la partida de damas.

Para salir del delicado impás, agachó la cabeza para interesarse por el estado de la Montuno, a la que, sofocada, seguía doliéndose del trasero. Parecía lógico que así fuera, sabiendo como sabía, según le había advertido su amigo Andrés, que se trataba de una moza borricotuna, pero muy sensible.

III

Lo perentorio —dada la gravedad del trance— era ganar tiempo con el que acicalar una coartada mínimamente convincente que, sin cancanear, le valiera para no dar pábulo en el Puente Tablas a habladurías que mitigasen el buen nombre que tenía la familia Molina, lo cual sería tremendamente injusto, conociendo como conocía la impoluta trayectoria del padre de su amigo Andrés como carnicero en el polígono. Una carnicería que le había recomendado poner su compadre Pepito Olid, quien llevaba muy a gala ser descendiente de Juan de Olid, escudero del condestable de Jaén, de cuyo señor se separó para servir los designios fijados por su majestad don Enrique IV, partiendo en busca de un unicornio, como tan profusamente narró Juan Eslava Galán. Esa fantástica novela, premiada y publicada por Planeta.

Pedro tenía siempre a gala decir que fue la primera que leyó, consciente de que leía una novela y, que encima, le encantó. A Eslava, a quien ya siendo periodista llegó a entrevistar en más de una ocasión, solo le conocía entonces de vista, al cruzarse con el profesor por los pasillos del instituto Virgen del Carmen durante aquel curso académico 78/79.

En su estreno como estudiante de 1º de B.U.P. la experiencia más esperada por cualquier pipiolo era participar en el entierro de la sardina, una actividad que se hacía coincidir con el último día lectivo antes de las vacaciones de Navidad. Los de niveles superiores se encargaban de recorrer los pasillos alentando al resto a desalojar las aulas y sumarse a un cortejo multitudinario encabezado por una especie de caja fúnebre.

La práctica totalidad de alumnos del masculino recorría en procesión los alrededores al son de coplillas tarareadas en señal de alegría por la finalización del primer trimestre. La comitiva solía detenerse a las puertas del instituto Santa Catalina de Alejandría, conocido como El femenino, en busca de que las chicas se sumaran al festín. Las más atrevidas lo hacían causando la ovación de los muchachos y el lógico revuelo en el resto que, asomadas a los ventanales, saludaban y unían sus voces al jolgorio callejero.

Pero si injusto podía ser el suministro de cuartos al pregonero para —con lo acontecido en el trastero del chalet del Puente Tablas— desprestigiar el negocio de carnicería del padre de Andrés; tanto o más injusto sería para oscurecer la brillante consagración de la madre del amigo de Pedro como peluquera. Consagración que ella misma había explicitado mientras deglutía patatas fritas; ofreciendo —de esa asquerosilla manera— una sorprendente demostración de habilidad para llevar al unísono ambos cometidos: hablar y masticar.

Esa aludida consagración se la ganó la señora peluquera, madre de Andrés, la mañana del viernes 12 junio de 1970. Ese día, del que hacía ya nueve años, dos meses y 17 soles, fue llamada por la dirección del Parador de Turismo de Santa Catalina, con el loable fin de moldear ligeramente el peinado a madame Ivonne de De Gaulle, la esposa del general, expresidente de la vecina y republicana Francia. Muy a su pesar, carecía de testimonio gráfico de su quehacer con madame Ivonne, pero sí la página de La Vanguardia, correspondiente a la crónica firmada por Vicente Oya Rodríguez sobre las andanzas por aquellos días del significado octogenario francés. El recorte de la mencionada crónica dijo conservar —patatas fritas en boca de por medio— en un lugar prominente de su peluquería de la calle Arroyo.

Dicha vía, llamada también Mimbres, Benito Pérez Galdós, y, finalmente, Teodoro Calvache, era originariamente una vaguada natural por donde discurrían las aguas pluviales y fecales buscando los extramuros de la urbe. De ahí su nombre de Arroyo. En 1640, el Cabildo decidió que fuesen encauzadas y, posteriormente, una vez urbanizada, acogió las viviendas de modestas familias de labradores. Teodoro Calvache Martínez nació en esta calle en 1841.

A lo largo de su vida consiguió una fortuna con la que hizo importantes donaciones para sus vecinos, hasta fallecer en 1921. Esta calle fue durante muchos años tránsito obligado de los entierros que se encaminaban al viejo cementerio de San Eufrasio; también lo era de la banda de música cuando se dirigía a la plaza de toros, y el espacio urbano que protagonizaba la verbena de San Bernabé.

Pero, con independencia de dar cuartelillo a su imaginación, aquella tarde de domingo del 79, para no menoscabar la reputación del matrimonio Molina y, por añadidura, de sus respectivos negocios de carnicería y peluquería, Pedro, ante todo, lo que quería, sin mayor dilación, era salir pitando del trastero, arguyendo que debajo de la uralita hacía más calor que planchando en el Sáhara y, con tanta gente dentro, no había forma de respirar.

Los padres y tíos de Dulce, más calmados del solivianto por el grito de la Montuno, asintieron al unísono, signo inequívoco de que les pareció razonable dicha sugerencia, hábilmente esgrimida a tenor de la complicada coyuntura acaecida, sobre la cual ya había acudido a interesarse con afanes de cotilla empedernida una verdulera con puesto en el Mercado de Peñamefécit, construido en 1968 por el Ayuntamiento, gracias a un préstamo concedido por el Banco de Crédito Local. A la verdulera le acompañaba su marido taxista, que tenía más cabeza que Bernardo López.

Este jiennense fue el segundo de seis hermanos en una familia dedicada al comercio. Inició sus estudios en el instituto de la calle Compañía, pero en 1850 se trasladó a Granada, e ingresó en el colegio de San Bartolomé para proseguir con el bachillerato y la carrera de Derecho. A finales de 1858, estando en Madrid, publicó su oda Asia, en el periódico republicano La Discusión. Pasó desapercibido hasta que, en 1866 publicó en El Eco del País, donde era redactor, su celebérrima oda patriótica El dos de mayo, que obtuvo tan formidable éxito. Desde entonces, Bernardo López García fue conocido como El cantor del dos de mayo, oscureciéndose injustamente toda su obra anterior y posterior, llegando a ser proverbial el recitado de su primera estrofa:

Oigo, patria, tu aflicción

y escucho el triste concierto

que forman, tocando a muerto,

la campana y el cañón...

Antimonárquico y de tendencias revolucionarias, participó en los sucesos de Loja, lo que le valió ser apartado del Romancero de Jaén que se preparó con motivo de la visita de Isabel II. No perdió contacto con su ciudad, manteniendo relaciones amorosas con Patrocinio Padilla, joven jiennense, con la que tuvo una hija, María de la Aurora. En 1865 se casó con Patrocinio, que fallecía tres años más tarde. Meses después Bernardo se enamoró apasionadamente de Concha López, hija de su amigo y editor el impresor Francisco López, que se opuso frontalmente al casamiento por la indigencia del pretendiente. En 1867 publicó a su costa la primera edición de sus Poesías, que apenas se vendió: la miseria y las privaciones arruinaron su salud. A mediados de 1868 marchó a Madrid, donde fallecía el 15 de noviembre de 1870.

Fuera ya del trastero donde había sucedido lo aún por desvelar —idos ya la verdulera y el taxista, con Dulce bastante aliviada— estaban reunidos los dos matrimonios en torno a una fuente de ponche elaborado con un litro de gaseosa Revoltosa, dos de vino tinto Savin, trozos de canela en rama y sabrosas rebanadas de melocotón comprados en Simago. Los excelsos ingredientes no se correspondían con un aspecto agraciado del mejunje, que no aparentaba estar fresco, más bien calentón. ¿El motivo? las exiguas frigorías de la nevera que —a años luz de la gama Otsein que vendía entonces en Jaén Comercial Juaniguez— generaba muchísimo más ruido que frío.

Sancho Montuno, con una gorra de Industrias El Ángel y una camiseta de Pavimentos Litón, con más manchas que un papel de tallo, requirió a su sobrino Andrés para que disminuyese el volumen del tocadiscos que, igual que el radiocasete de Dulce, reproducía exclusivamente composiciones de elepés de John Denver comprados en la sección de música de Tejidos Gangas, cuyo encargado, Antonio Fernández —primo hermano de Pedro— había logrado colocarse tras abandonar Los Maristas sin terminar bachiller, con el consiguiente disgusto de su padre, Alonso Fernández Valenzuela.

El cargo, sin remuneración, que ocupó desde 1968 hasta noviembre de 1972 como delegado provincial de la Federación Andaluza de Fútbol le generó a Alonso algún disgusto que otro, porque había quienes le reprochaban tener el privilegio de entrar gratis a los partidos. Así, de viva voz, se lo espetó intencionadamente José Luis López Carmona, Biguri, directivo del Real Jaén, a las puertas del estadio La Victoria. Casualmente, en ese instante entraba un hombre que acudía en moto todos los domingos, colándose sin mostrar carnet ni acreditación, solo portando una barra de hielo metida en un saco que decía era para el ambigú de tribuna. «Este sí que entra de balde», le dijo Alonso a Biguri mientras le mostraba su carnet de socio. Luego, entre 1975 y 1980, como miembro de la directiva del club jiennense, presidida por José María Carrasco Sánchez, protagonizó una de las peripecias que batían todos los registros del absurdo. Se produjo en el descanso de un partido en el que estaba en juego el descenso. El árbitro, a las puertas del vestuario local, delante de Alonso Fernández, le expresó lo siguiente: «Estoy harto de decirle a los jugadores que se tiren dentro del área, y no se tiran. Yo no puedo hacer más por ustedes». Pedro, además de seguir con atención las vicisitudes directivas de su tío, les estaba muy agradecido por haberle regalado, cuando cumplió cinco años, un banderín del Real Jaén correspondiente al primer Trofeo del Olivo, disputado el fin de semana del 10 y 11 de junio de 1967.

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9788418230127
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