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Creadores de futuro

Ciencia para mejorar el mundo

Pedro Gómez-Romero

PREMIO EUROPEO DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA

ESTUDI GENERAL 2015

Traducción de Yolanda Porter

Traducción de Dulcinea Otero-Piñeiro Revisión de David Galadí-Enríquez Prólogo de Eduard Salvador



Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

© Del texto: Pedro Gómez-Romero, 2017

© De la presente edición:

Càtedra de Divulgació de la Ciència, 2017

www.valencia.edu/cdciencia cdciencia@uv.es

Publicacions de la Universitat de València, 2017

www.uv.es/publicacions publicacions@uv.es

Producción editorial: Maite Simón

Interior Diseño: Inmaculada Mesa Maquetación: Celso Hernández de la Figuera Corrección: Communico-Letras y Píxeles S.L

Cubierta Diseño original: Enric Solbes Grafismo: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9134-093-5

A la memoria de mis padres

A la atención de mis hijos

ÍNDICE

PRÓLOGO

1. SOÑADORES DE FUTURO

2. DE METAL PRECIOSO A RESIDUO URBANO

3. LOS ARQUITECTOS MOLECULARES

4. CÓMO ALCANZAR EL ÉXITO FALLANDO MISERABLEMENTE

5. UN QUÍMICO, UN FÍSICO Y UN JAPONÉS

6. LA CIENCIA INESPERADA

7. CÓMO GANAR EL PREMIO NOBEL CON UN BALÓN DE FÚTBOL

8. EL HOMBRE QUE CAMBIÓ EL MUNDO A SU PESAR

9. NINGÚN CIENTÍFICO ES UNA ISLA

10. LA ASPIRINA, EL ELECTRÓN Y LA JUVE DE TURÍN

11. DE HUEVOS, GALLINAS Y TORTILLAS

12. EL LADO OSCURO

13. HISTORIA DEL FUTURO

ÍNDICE ONOMÁSTICO

PRÓLOGO

Que el conocimiento científico cambia el mundo no es ningún secreto. Nuestra evolución social está profundamente trenzada con nuestra evolución tecnológica y esta a su vez con la evolución de nuestro conocimiento científico. Sin embargo, las múltiples formas en que ciencia, tecnología y sociedad se afectan mutuamente son complejas, los mecanismos de retroalimentación, múltiples y los efectos del aleteo del conocimiento, sorprendentes. Sería un burdo error considerar una relación lineal y simple entre ciencia, tecnología y sociedad (CTS). El esquema secuencial de una ciencia que empuja a una tecnología que afecta a una sociedad es una basta caricatura de una parte de la realidad. La relación entre los actores de la tragicomedia CTS es mucho más compleja y poliédrica y se presta a análisis extensos y profundos. Pero este es un libro de divulgación científica y aspira a dar una idea de esas complejas relaciones contando de manera amena (aunque rigurosa) algunas historias de descubrimiento y de evolución tecnológica. Y aspira a ir más allá de la anécdota usándola para desvelar relaciones sistemáticas entre ciencia, tecnología y sociedad. Esas relaciones son el verdadero hilo conductor del libro. Las coincidencias temporales o los factores comunes, como la síntesis de la quinina, que repite protagonismo en varios capítulos, son una mera excusa para enfatizar la sutil coexistencia del azar y la necesidad en el descubrimiento científico.

Efectivamente, en la historia de la ciencia abundan los episodios en los que el origen del avance científico no está en empujones ni en tirones tecnológicos, sino en un punto de azar que, combinado con la sagacidad del científico, dan lugar a descubrimientos serendípicos que ocupan por propio derecho un lugar destacado en nuestra historia de evolución tecnológica. Claro que, si la suerte supone un factor preponderante en el camino del desarrollo científico y tecnológico, entonces cabría preguntarse qué sentido tiene la planificación científica.

Este libro no pretende extraer conclusiones de ese tipo. Se limita a invitar al lector a inducir los múltiples caminos (de ida y vuelta) entre la C, la T y la S mediante la narración de episodios bien documentados de la historia de la ciencia y la tecnología.

Con esas narraciones y la constatación del efecto verdaderamente inconmensurable que un descubrimiento fundamental tiene en nuestra sociedad, queda meridianamente claro que los creadores de ciencia son también creadores de futuro. Y lo son de forma obviamente diferente a los creadores de batallas pero con efectos no menos trascendentes.

Entre los episodios que se incluyen abundan los de científicos de siglos pasados. No se debe a la existencia de «edades de oro», sino simplemente al hecho de que son los episodios del pasado no reciente los que permiten la mejor perspectiva histórica e iluminan el análisis de los efectos de cada descubrimiento en la sociedad que los hizo posibles. Los casos que se relatan en el libro no son necesariamente los de mayor rango en la historia de la ciencia. Hitos fundamentales como la determinación de la estructura del ADN o eminentísimos científicos como Albert Einstein aparecen tangencialmente en el relato a pesar de su peso y su popularidad. Por el contrario, muchos de los episodios y científicos que aparecen más detallados (como por ejemplo Woodward o Perkin) son relativamente menos conocidos. Sin embargo todas las historias incluyen actores que llevan tiempo ocupando por derecho propio un sitio en los libros de Física, Química o Biología, de modo que este libro contribuye además a perfilar el lado humano de términos técnicos como «la reacción de Perkin», «el método Hall-Heroult», «el átomo de Bohr» o «las Leyes de Faraday».

El libro no evita analizar el lado oscuro del descubrimiento y el desarrollo tecnológico e incluye algunos episodios de desarrollos con un balance social negativo. Pero invita a reflexionar sobre el hecho de que la mejor esperanza para contrarrestar los efectos negativos del conocimiento no es la censura ni la obstrucción de este, sino, por el contrario, hacer prevalecer la creación de nuevo conocimiento y reforzar su carácter abierto y público.

En definitiva, esta obra presenta una serie de historias de descubrimiento y desarrollo científico y tecnológico con énfasis en las raíces pero también en las ramificaciones e implicaciones sociales de cada uno con el objetivo de permitir comprender las complejas relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad. Se trata de historias diversas, en las que hemos evitado premeditadamente un orden cronológico, capítulos que recogen episodios separados por la Historia pero que sugieren pautas recurrentes, un conjunto de piezas tejido a modo de patchwork en el que la harmonía deriva precisamente de la diversidad y que invita al descubrimiento de los mecanismos del propio descubrimiento, del apoyo mutuo entre ciencia y tecnología, del efecto inconmensurable del descubrimiento científico en la sociedad o de los efectos selectivos, limitantes o potenciadores de esta en el propio quehacer científico.


1
SOÑADORES DE FUTURO

Hacer predicciones es muy difícil, especialmente acerca del futuro. (Proverbio danés atribuido a Niels Bohr)

En su número de marzo de 1949 la revista estadounidense Popular Mechanics, que se vendía por 35 centavos, mostraba en su portada un ingenioso vehículo capaz de transitar por el hielo y el agua. En las páginas interiores, de principio a fin, abundaban los anuncios comerciales de todo tipo; cursos de técnico de radio y televisión, o de mecánica del automóvil al principio; anuncios de baterías Eveready, bujías Champion, motores fueraborda, cortacéspedes y algún increíble remedio contra la calvicie hacia el final de la revista. Y en medio, una serie de artículos sobre tecnología y ciencia aplicada: uno sobre usos militares de las microondas, otro sobre lluvia artificial, sobre seguridad aérea o el artículo sobre el scooter híbrido capaz de desplazarse sobre agua o hielo, ideal para perseguir furtivos en los bosques de Canadá.

En la página 162 arrancaba un artículo firmado por Andrew Hamilton titulado «Brains that Click» acerca de las máquinas computadoras de la época, cerebros electromecánicos de diversos tipos, algunos de ellos basados en la última tecnología electrónica de la época capaces de multiplicar dos números de diez dígitos en tres milésimas de segundo a base de tubos de vacío. Muchos tubos de vacío. La maravilla tecnológica del momento en cuestión de cálculo era el ENIAC (Electronic Numerical Integrator And Computer), construido en la Universidad de Pensilvania por John Mauchly (1907-1980) y Presper Eckert (1919-1995) para ser utilizado por el Laboratorio de Investigación Balística del Ejército de Estados Unidos. Se trataba de una compleja máquina de cálculo digital, construida con más de 17.000 válvulas electrónicas o tubos de vacío, que pesaba 27 toneladas y requería la operación manual de miles de interruptores. Pero el autor del artículo tenía claro en qué sentido iban a evolucionar aquellas máquinas y se atrevió a pronosticar que «mientras que una máquina calculadora como el ENIAC está equipada hoy en día con 18.000 tubos de vacío y pesa 30 toneladas, los ordenadores del futuro podrían tener solo 1.000 tubos de vacío y pesar quizá tan solo 1,5 toneladas».1


Fig. 1.1 Cubierta (izquierda) y predicciones de futuro tecnológico en Popular Mechanics (1949).

Dicen que fue Niels Bohr (1885-1962) quien dijo que hacer predicciones es muy difícil, especialmente cuando se refieren al futuro. La predicción del articulista Andrew Hamilton parece confirmar esa irónica aseveración. Y ciertamente no fue el único en infravalorar la magnitud de los cambios que habrían de darse en el campo de los ordenadores. Gente mucho más directamente involucrada en el propio desarrollo de estos pudo haber patinado a la hora de predecir el futuro de su propio sector. Por ejemplo Thomas J. Watson, presidente de IBM en los años cuarenta, a quien a menudo se le atribuye la frase «Creo que en el mundo hay mercado para quizás cinco ordenadores» (1943). Pero con independencia de si Watson lo dijo o no, o de si fue en público o en privado, lo cierto es que en aquella época, seis años antes incluso del artículo de Popular Mechanics del que hablábamos antes, hubiera sido extremadamente difícil predecir que sesenta años después las siglas PC serían universalmente asociadas a Personal Computer. Ni siquiera tres décadas después los grandes ejecutivos de las grandes compañías de ordenadores lo vieron claro. Por ejemplo, en 1977 Ken Olsen, cofundador de la Digital Equipment Corporation (DEC) impartió una conferencia en la World Future Society en Boston en la que públicamente expresó que no veía ninguna razón para que alguien pudiera tener un ordenador en su casa.

No solo los ordenadores sino también muchos otros inventos fueron infravalorados o considerados inviables por personas de gran prestigio. El teléfono, la radio, las máquinas voladoras más pesadas que el aire o Los Beatles fueron todos ellos juzgados como artículos sin futuro por gente muy importante. Por ejemplo, el muy prestigioso físico e ingeniero británico Sir William Thomson (1824-1907) conocido como Lord Kelvin, fue un genio de la termodinámica y el primer científico en ser admitido en la Cámara de los Lores. Pero el 8 de diciembre de 1896, en una carta dirigida a Baden Powell, en respuesta a la invitación de este para integrarse en la sociedad aeronáutica, confesaba no tener la más mínima fe en la navegación aérea que no fuese en globo.2 Tan solo siete años después, el 17 de diciembre de 1903, en Kitty Hawk (Carolina del Norte), Orville Wright (1871-1948) se convertía en la primera persona en volar sobre una aeronave más pesada que el aire propulsada por medios propios.

Con estos episodios en mente resulta todavía más asombrosa la reconocida capacidad de soñadores de futuro como Julio Verne para adelantarse a su época y vislumbrar con acierto la evolución tecnológica por venir y se comprende fácilmente la fascinación del mundo entero por sus obras.

En efecto, Julio Verne (1828-1905) fue una de esas raras personas con una proyección internacional tan intensa que no solo vio traducidos sus libros a numerosos idiomas, sino también su propio nombre. Nacido en Nantes, Francia, el 8 de febrero de 1828, fue bautizado como Jules Gabriel Verne, pero después de alcanzar el éxito fue conocido como Julio en España, en Italia Giulio, Júlio en Portugal o Juliusz en Polonia, un privilegio que se diría reservado a los papas. Hay que ser muy universal y muy popular para que una sociedad haga suyo a un autor de esa manera. Pero Verne lo fue, y lo sigue siendo, cuando se cumplen los 150 años de la publicación de su libro De la Tierra a la Luna (1865).

Predecir la llegada de los norteamericanos a la Luna cuando aún faltaban 46 años para que los noruegos conquistaran el Polo Sur tiene mucho mérito. Y aunque fue una de sus anticipaciones más espectaculares, el viaje a la Luna no fue ni mucho menos la única. Viajes submarinos o ciudades flotantes fueron también fruto de su imaginación antes que realidades. Estas audaces predicciones serían suficientes para considerar justamente a Verne como uno de los mayores y más acertados soñadores de futuro de nuestra especie.

Pero hay más; porque las grandes visiones son solo parte de las anticipaciones de Verne. Muchos detalles de sus novelas son el resultado de su avidez lectora y de su obsesión por los descubrimientos científicos del momento, combinados por supuesto con su prodigiosa imaginación.

Por ejemplo, los dispositivos que hoy conocemos como pilas de combustible o pilas de hidrógeno, todavía demasiado caros para su explotación generalizada pero ya en uso en aplicaciones aeroespaciales, cumplen en la estación espacial internacional la visión de Verne del hidrógeno del agua como combustible. Efectivamente, en su novela La Isla Misteriosa escribía:

Sí amigos míos, creo que el agua se usará un día como combustible, que el hidrógeno y el oxígeno que la constituyen, utilizados aislada y simultáneamente, producirán una fuente de calor y de luz inagotable y de una intensidad mucho mayor que la de la hulla.


Fig. 1.2 Portadas de diversas ediciones de la novela de Julio Verne De la Tierra a la Luna en español, italiano, portugués, griego, polaco y ruso. En todas ellas también aparece el nombre del autor traducido. De la Tierra a la Luna, Julio Verne, Club Internacional del Libro, Edición especial (2007). Dalla Terra a la Luna, Giulio Verne, Editrice Lucchi Milano, Traduzione di Attilio Landi (1961). Da Terra à Lua, Júlio Verne, Publicaçoes Europa-America, Portugal (2009). Από τη Γη στη Σελήνη, Ιούλιος Βερν (1973). Z Ziemi na Księżyc, Juliusz Verne. С Земли на Луну, Жюль Верн.

Es improbable que Verne conociera de primera mano los trabajos de Anthony Carlisle (1768-1840) y William Nicholson (1753-1815) de 1800, en los que describían el proceso de descomposición electrolítica del agua mediante el uso de la electricidad generada con una pila similar a la que Alejandro Volta (1745-1827) había creado poco antes. También es muy dudoso que Verne supiera acerca de los trabajos de Christian Friedrich Schönbein (1799-1868) en 1838 y de William Robert Grove (1811-1896) en 1840-1845, que demostraban cómo el hidrógeno y el oxígeno podían producir a su vez electricidad al combinarse de forma controlada para producir agua.3 Pero pudo haber leído ecos de esos descubrimientos. Y quizá, con mayor osadía que los propios descubridores, se atrevió a soñar el futuro.

Porque lo cierto es que muy a menudo los descubridores, los creadores de futuro, no son plenamente conscientes de las implicaciones que sus descubrimientos pueden llegar a tener. Veamos por ejemplo el caso del mencionado Volta, cuyas motivaciones para inventar la pila eléctrica en 1800 tuvieron más que ver con una pura disputa intelectual que con cualquier visión de futuro.

Todo empezó el 26 de enero de 1781, cuando el abuelo de Julio Verne, Gabriel Verne (1765-1846), no había cumplido aún los 16 años. Sucedió en el laboratorio de Luigi Galvani (1737-1798), donde uno de sus asistentes indujo por casualidad la contracción espasmódica de la pata de una rana diseccionada «del modo habitual» al tocar un nervio con un escalpelo. Como buen científico, Galvani no cejó hasta conseguir reproducir el fenómeno y asociar correctamente la contracción muscular con un impulso de tipo eléctrico. Pero erró en la relación causa-efecto. Galvani sostenía la hipótesis de la existencia de una «electricidad animal» como origen del fenómeno, y en sus conferencias invitaba a sus colegas científicos a reproducir sus experimentos y observar aquel fenómeno. Entre los que respondieron a su invitación estaba Alessandro Giuseppe Antonio Anastasio Volta (1745-1827), más conocido en España como Alejandro Volta (aquí tenemos otro personaje universal con su nombre traducido), quien consiguió reproducir los experimentos de Galvani pero que discrepaba en la interpretación de los resultados. La prolongada disputa inicial entre caballeros que supuso la confrontación entre ambos científicos constituye un documentado episodio de Historia con mayúsculas, historias de la ciencia y la tecnología pero también de la civilización.4 El médico y fisiólogo Galvani, nacionalista italiano, de Bolonia, hombre del Antiguo Régimen, caracterizado por su tradicional peluca, armado con su hipótesis de la electricidad animal, frente al más joven Volta, afrancesado, vestido a la moda, y armado con su revolucionaria hipótesis de que la electricidad que originaba el movimiento muscular en la rana tenía su origen en el contacto indirecto entre dos metales diferentes.

Para demostrar su hipótesis Volta diseñó un elegante experimento en el que sustituyó el tejido que había sido vivo por uno inanimado. Apiló discos de cinc y de plata separados por fieltros impregnados en disolución salina y llevó a cabo su inventivo y más conocido descubrimiento. La pila eléctrica no se inventó para alimentar dispositivo alguno ni se diseñó soñando en futuras repercusiones, sino para refutar la hipótesis de otro científico.

Y sin embargo el camino que conecta el anca de rana de Galvani con la pila de Volta constituyó el inicio no de una, sino de dos revoluciones científicas cruciales. Por una parte supuso el nacimiento de la moderna neurofisiología. Antes de Galvani el sistema nervioso se consideraba uno más de nuestros sistemas orgánicos transitados por fluidos a través de complejas conducciones y tubos en cuerpos con automatismos neumáticos. Pero sus experimentos demostraron la naturaleza eléctrica de los impulsos nerviosos y de la relación nerviomúsculo. Por otra parte está la revolución científica que Volta inició sin pretenderlo. Porque la pila de Volta se convirtió, literalmente, en el pilar tecnológico sobre el que se iba a construir el desarrollo empírico inicial del electromagnetismo y de la electroquímica. Efectivamente, después de aquel 20 de marzo de 1800 en que Volta envió una carta a Sir Joseph Banks, el entonces presidente de la Royal Society, en Londres, se produjo una verdadera explosión de trabajos publicados por científicos que hacían uso de la pila voltaica. No solo los ya mencionados Carlisle y Nicholson sobre la electrólisis del agua, que hicieron públicos sus resultados antes incluso del reconocimiento oficial del descubrimiento de Volta por parte de la Royal Society. Se publicaron también numerosos trabajos firmados por científicos de toda Europa con apellidos sospechosamente parecidos a las unidades que hoy empleamos para magnitudes relacionadas con la electricidad y el magnetismo. Por ejemplo, el danés Hans Christian Oersted (1777-1851), con su observación serendípica de la brújula desviada por una corriente eléctrica en 1819; el francés André-Marie Ampère (1775-1836), con sus cuantificaciones electrodinámicas en 1825; el alemán Georg Simon Ohm (1789-1854), con su famosa ley en 1827; o el inglés Michael Faraday, con tantas y tan importantes contribuciones al desarrollo del electromagnetismo y la electroquímica que no caben en una frase, pero que lo convirtieron en el único científico con dos unidades nombradas en su honor.5 Todos ellos y algunos más tuvieron mucho que ver en el desarrollo del motor eléctrico, los fenómenos de inducción o la electroquímica que hoy impregnan una larga lista de artilugios domésticos, desde la lavadora al mando a distancia.

La pila de Volta no se inventó para alimentar ningún artilugio práctico. Y una vez inventada no se empleó para alimentar ningún artilugio práctico. Su utilidad, verdaderamente inconmensurable, derivó de poder ofrecer a una comunidad científica madura una fuente continua de electricidad con la que poder jugar a descubrir nuevos fenómenos, nuevos procesos, nuevos materiales, nuevos elementos (los metales alcalinos, por ejemplo). La pila de Volta constituye un ejemplo con una perspectiva histórica suficientemente larga como para poder apreciar de forma manifiesta la importancia de la exploración del conocimiento en sí misma, sin la excusa de ninguna aplicación inmediata. Primero fue la pila. La linterna eléctrica no llegaría hasta cien años después.

Las consecuencias del invento de la pila de Volta en nuestras vidas no pudieron ser previstas por nadie. Ni siquiera por el maestro Verne, que a pesar de su avidez por las noticias científicas y tecnológicas de su época logró sus anticipaciones más acertadas en el ámbito de los viajes y la exploración.


Fig. 1.3 Dos revoluciones científicas por el precio de una. En la parte superior aparecen algunos de los desarrollos subsecuentes a la invención de la pila de Volta y su traducción en aparatos domésticos.

Y, precisamente, de entre los viajes soñados por Verne quizá el más audazmente premonitorio fue el que llevó al hombre a la Luna. En esa novela también especula con predicciones de tipo técnico, como el método para el lanzamiento de la cápsula espacial o el material idóneo para construirla. Para el lanzamiento optó por un potente cañón de tamaño descomunal. Como material para la nave eligió el aluminio. A pesar de que en ninguno de estos casos acertó plenamente es muy interesante recordar el punto de la novela en el que se plantea el uso del aluminio. Porque habla de su precio.


Fig. 1.4 Julio Verne (1828-1905).

Cuando Julio Verne escribió su novela De la Tierra a la Luna, publicada en 1865, el aluminio era efectivamente extremadamente caro, aunque no tanto como unas décadas antes, cuando su precio superaba al del oro.

[...]

– Use otro metal en lugar de hierro.

– ¿Cobre? –dijo Morgan.

– ¡No!, sería demasiado pesado. Tengo algo mejor que proponerles.

– ¿Entonces qué? –preguntó el mayor.

– ¡Aluminio! –replicó Barbicane.

– ¿Aluminio? –exclamaron sus tres colegas a coro.

– Sin duda, mis queridos amigos. Ese valioso metal es blanco como la plata, indestructible como el oro, tenaz como el hierro, fusible como el cobre y ligero como el vidrio. Se trabaja fácilmente y es abundante por doquier, ya que constituye la base de numerosas rocas, es tres veces más ligero que el hierro, y parece haber sido creado con el expreso propósito de proporcionarnos el material para nuestro proyectil.

– Pero, mi querido presidente –dijo el mayor–, ¿no es el precio del aluminio extremadamente alto?

– Lo era –respondió Barbicane–, poco después de su descubrimiento la libra de aluminio costaba entre 260 y 280 dólares, después cayó a 27 dólares, y hoy, por fin, vale 9 dólares.

– Pero 9 dólares la libra –respondió el mayor, que no se rendía fácilmente– es todavía un precio enorme.

– Sin duda, mi querido mayor, pero no inabordable [...].

Extracto de la novela De la Tierra a la Luna (cap. 7).


1. «Where a calculator like the ENIAC today is equipped with 18,000 vacuum tubes and weighs 30 tons, computers in the future may have only 1,000 vacuum tubes and perhaps weigh only 1.5 tons». Andrew Hamilton: «Brains that Click», Popular Mechanics, marzo de 1949, p. 258.

2. «Dear Baden Powell. I am afraid I am not in the flight for “aerial navigation”. I was greatly interested in your work with kites; but I have not the smallest molecule of faith in aerial navigation other than ballooning or of expectation of good results from any of the trials we hear of. So you will understand that I would not care to be a member of the aëronautical Society. Yours truly Kelvin». Carta al mayor Baden Powell, del 8 de diciembre de 1896.

3 R. Meldola, Nature, vol. 62(1596), 1900, pp. 97-99.

4 The Ambiguous Frog: The Galvani-Volta Controversy on Animal Electricity de Marcello Pera y Jonathon Mandelbaum (1992).

5 El faradio (F), unidad de capacitancia eléctrica, y el faraday, o carga de un mol de lo que hoy conocemos como electrones.

2
DE METAL PRECIOSO A RESIDUO URBANO

¿Se imagina una alianza matrimonial hecha de aluminio? ¿Regalar o que le regalen un anillo de compromiso fabricado con el más común de los metales?

Mi querida amiga, olvídese de los vulgares pendientes de oro. Nada hay más lujoso que un hermoso juego de pulsera, colgante y pendientes elaborados con el precioso aluminio. Es sin lugar a dudas el metal idóneo para engarzar zafiros o esmeraldas... tan blanco, tan puro, tan ligero, y sobre todo... tan irresistiblemente caro.

Por extraño que pueda parecer, este ficticio consejo no es en absoluto inverosímil. Ciertamente resultaría absurdo en nuestros días, pero pudo haberse dado con toda probabilidad no hace tanto tiempo, hace apenas cinco o seis generaciones, allá por 1850, cuando el joven Julio Verne dejaba atrás amores frustrados y estudios de derecho para empezar a convertirse en escritor y cuando Louis Napoleon Bonaparte pasaba de ser presidente de la Segunda República Francesa a emperador del Segundo Imperio. En aquel tiempo el aluminio era más caro que el oro. Y una década después seguía siendo tan caro que se fabricaban joyas con él, como las que se muestran en la figura 2.1 y que efectivamente alguna dama pudo haber lucido por entonces en alguno de los más refinados palacios de Francia.


Fig. 2.1. Juego de joyas fabricadas de aluminio y oro. Procedentes probablemente de Francia, hacia 1860.

El propio emperador Napoleón III (1808-1873) adoraba el aluminio como metal precioso, hasta tal punto que poseía una cubertería completa junto a platos y bandejas del mismo metal para agasajar con ella a sus más distinguidos invitados en las más señaladas ocasiones, cuando la cubertería de oro no era suficiente. En 1856, cuando nació su único hijo, Napoleón Eugene Louis, hizo fabricar un sonajero de oro y aluminio para él. El primer objeto fabricado con aquel metal singular para un heredero singular. Solo las manos del bebé más distinguido de Francia podrían acariciar el más caro de los metales.

Pero a diferencia del oro o del platino, el aluminio no era caro debido a su escasez. Ahora como entonces, el aluminio es el tercer elemento más abundante de la corteza terrestre, después del oxígeno y el silicio, y el más abundante entre los metales. Sus compuestos se habían usado durante miles de años en cerámica, en medicinas, como mordiente para la fijación de pigmentos y en cosmética. Pero desde un punto de vista químico el aluminio presenta una enorme afinidad por el oxígeno, y por lo tanto una espontánea tendencia a oxidarse, la causa de que lo encontremos en nuestras tierras como aluminosilicatos, óxidos o sulfatos, pero no en forma de metal nativo. La primera vez que el aluminio metálico mostró su brillo blanquecino a ojos humanos fue en 1825, cuando nuestro ya conocido científico danés Hans Christian Oersted (1777-1851) obtuvo pequeñas cantidades de aluminio mediante procesos de reducción del cloruro de aluminio (AlCl3). De nuevo, un empeño sin deseo alguno de aplicación. Una conquista humana sobre la materia con solo la herramienta del conocimiento. Bueno, en realidad, no solo con la herramienta del conocimiento. Porque Oersted y otros científicos del momento tuvieron que utilizar potasio metálico para reducir sales de aluminio, y para producir potasio hacía falta una fuente continua de electricidad, es decir, una pila voltaica, la tecnología punta de la época. Sin embargo, a pesar de su logro científico, digno sin duda de figurar entre los hitos de nuestro control de la materia, Oersted no iba a poder ponerle nombre a aquel metal recién nacido. El aluminio fue uno de esos materiales con muchos padres y para cuando el científico danés lo obtuvo el elemento ya había sido bautizado. El químico británico Humphry Davy (1778-1829), que en 1807 había usado una pila voltaica para aislar el potasio, había establecido la existencia del aluminio como un nuevo elemento en 1808 y le había asignado nombre.1 Después de Oersted, entre 1827 y 1845, el químico alemán Friedrich Wöhler (1800-1882) mejoró el proceso de obtención y fue el primero en medir la densidad del aluminio y demostrar su ligereza, una característica que resultaría de enorme importancia para la posterior historia tecnológica de aquel peculiar metal nacido del barro.

Todas esas historias de químicos, descubrimientos y nombres científicos están muy bien, pero a pesar de su indudable interés, un metal como el aluminio tenía que acabar saliendo de los laboratorios para ser extraído y purificado en plantas de producción. Para, en definitiva, llegar a convertirse en material.

El químico francés Henri Sainte-Claire Deville (1818-1881), en 1854, fue el primero en poner a punto un método para la obtención de aluminio a escala superior a la del laboratorio. Su método consistía en la reducción del cloruro de aluminio con sodio, lo que permitió dar el salto y producir el exótico metal en cantidades de unos pocos kilos. No obstante, aquel metal seguía siendo un producto escaso y precioso y como tal compartió el protagonismo con las joyas de la corona en la Exposición de París en 1855. Fue ahí donde se mostró como una de las maravillas de la moderna tecnología del siglo y donde adquirió su aura de metal precioso. Fue entonces cuando se puso de moda para adornar cuellos y banquetes de estado, como el que el emperador ofreció al rey de Siam. Y fue probablemente con ocasión de su exhibición gloriosa en la capital del imperio como acabó formando parte de los anhelos de los más civilizados ciudadanos del mundo civilizado y del catálogo de materiales avanzados de Julio Verne.

Durante unas décadas el aluminio se convirtió en símbolo de ostentación. De esta época (aprox. 1860) datan las joyas de la ilustración de la figura 2.1. De aluminio era también el bloque metálico piramidal que, mitad pararrayos mitad cumbre gloriosa, se instaló en la cúspide del monumento a Washington en la capital federal de Estados Unidos en 1884.

Pero el aluminio estaba destinado a ser mucho más que un elemento decorativo. El propio emperador de los franceses lo tenía muy claro y había intuido desde el principio un enorme potencial e interés militar en el nuevo metal que posiblemente podría acorazar las cabezas y pechos de sus lanceros con menor peso para sus hombros y fomentó decididamente los esfuerzos por abaratar sus procesos de obtención. La primera planta de producción de aluminio la montó precisamente Henri Deville en 1859 en Glaciere, cerca de París, con la ayuda financiera del propio emperador. El mismo año en que Charles Darwin publicó su libro más famoso.

Pero anhelos hay tantos y tan variados como los propios humanos. Mientras unos se dedicaban a acaparar y a codiciar el escaso metal como adorno exclusivo y otros lo exaltaban como signo de solemnidad, mientras el que sería el último emperador de los franceses lo ansiaba como coraza de alta tecnología y Verne soñaba sus recursos, un par de jóvenes estaban a punto de crear el futuro del aluminio.

Paul Louis Toussaint Héroult (1863-1914) había nacido en un pueblo de Normandía en 1863 y era un chico avispado e inteligente, aunque no excesivamente dócil ante la disciplina escolar. A los doce años su padre se trasladó a Gentilly, cerca de París, y Paul ingresó en el colegio Sainte Barbe, donde mostró un gran interés por las ciencias naturales, aunque seguía siendo reacio a las imposiciones formales y prefería lecturas menos académicas que las que la escuela le ofrecía. Los libros de Julio Verne estaban entre sus favoritos y pasaba horas leyendo aventuras como las de su héroe predilecto, Cyrus Smith, náufrago e imaginativo ingeniero en una isla misteriosa. A los 15 años cayó en sus manos un texto que leyó con especial avidez. Era de un tal Henri Sainte-Claire Deville, publicado en 1859 y titulado De l’aluminium, ses propriétés, sa fabrication et ses applications. Ese libro iba a marcar literalmente su vida.

Por su parte, Charles Martin Hall (1863-1914) había nacido en un pequeño pueblo de Ohio en 1863 y desde su infancia había mostrado una marcada tendencia a la experimentación, como cuando quemó el mantel de la mesa del comedor con sus fuegos artificiales caseros. También era el joven Hall un lector empedernido y, a través de algunos libros de texto de su padre, le había cogido el gusto a la química. Después de varias mudanzas, su familia había recalado en la ciudad de Oberlin (Ohio) y él ingresó en el Oberlin College en 1882, donde se interesó por el aluminio. Allí escuchó a su profesor de química, Frank Fanning Jewett (1844-1926) (antiguo discípulo de Whöler), predecir la fortuna que esperaba a quien consiguiera un método económico para aislar el precioso metal. Lo había escrito un francés, un tal Deville, en su libro de 1859: «cualquier montón de arcilla es una mina de aluminio y el metal es tan caro como la plata».

En 1884, el día en que Charles Hall cumplía 21 años, los periódicos recogían la noticia de la exposición pública en Tiffany’s de la pirámide de cien onzas de peso fabricada del precioso metal de aluminio que estaba destinada a coronar el monumento a George Washington, en la capital de Estados Unidos.


Fig. 2.2 Charles Hall, Henri Sainte-Claire Deville y Paul Heroult.

En 1884 Paul Heroult ya había sido expulsado de la Escuela Superior de Minas, en la que había ingresado en 1882, por ganar la apuesta que había hecho con sus amigos, un día que se quedaron sin profesor, de tirarle a la cabeza el borrador de la pizarra a la primera persona que franqueara la puerta de la clase, que no fue otro que el director de la escuela.

Paul se había ganado a pulso su liberación definitiva del sistema académico y a partir de entonces se dedicó con pasión a lo que verdaderamente le interesaba, la obtención rentable del aluminio. Con el apoyo inicial de su profesor de química y la ayuda de dos amigos, Lucien Van Kerguistel y Louis Merle, instaló sus talleres en los locales de la curtiduría de su padre, después de la prematura muerte de este en 1883. Eran los años de los primeros pasos de la electrotecnia, las dinamos y los motores, y Paul estaba convencido de la necesidad de usar métodos electroquímicos a altas temperaturas para conseguir la extracción del aluminio de sus menas. El uso de la electricidad para obtener metales mediante procesos de reducción electroquímica era posible desde la invención de la pila de Volta. El propio Humphry Davy había empleado métodos electroquímicos para la obtención de sodio y potasio, y también los había ensayado, aunque sin éxito, para intentar producir aluminio. Estaba claro que para extraer el aluminio de los minerales que lo contenían era necesario emplear la electricidad. Pero además no era posible trabajar con agua como disolvente. Muchos antes habían tropezado con la misma piedra para acabar averiguando que la electrólisis de cualquier sal de aluminio disuelta en agua produce hidróxido de aluminio e hidrógeno en lugar del propio metal.

Conseguir el objetivo soñado les iba a costar más de lo esperado a los tres amigos. Paul, Louis y Lucien sacrificaron muchas horas de sueño para mantener en marcha, día y noche, experimentos con periodos de calefacción de hasta 56 horas, sin encontrar la recompensa del éxito. La recompensa les llegó, finalmente, cuando a Paul se le ocurrió la idea de utilizar criolita (Na3AlF6) como fundente de la alúmina (Al2O3) que empleaban como fuente de aluminio, bajando de paso la temperatura del proceso. A sus 23 años, con su patente fechada el 23 de abril de 1886, Paul Heroult estaba a las puertas de la gloria, la fama y la fortuna.

Charles Hall tampoco estaba solo en su búsqueda del Santo Grial para la producción del aluminio. Además del apoyo de su profesor, su hermana mayor, Julia, había ingresado en el Oberlin College dos años antes que él y le ayudó mucho en asuntos de química. Los hermanos Hall montaron su laboratorio en un cobertizo al lado de la casa familiar, en Oberlin, y allí probaron suerte con un método para la producción electrolítica de aluminio a partir de un baño de alúmina disuelta en... ¡criolita! ¿Casualidad? Probablemente no. Hasta llegar a ese compuesto Charles había probado otros muchos. Por ejemplo la fluorita, que fue su primera opción. Pero a pesar de haberse fabricado un horno al efecto no podía alcanzar temperaturas excesivamente altas y probó numerosas formulaciones antes de encontrar la óptima.2 Efectivamente, la criolita, un mineral natural que por entonces se formulaba como un fluoruro mixto de sodio y aluminio (3NaF.AlF3, punto de fusión 1.000 ºC), era sencillamente el compuesto que mejor disolvía el óxido de aluminio, con un punto de fusión suficientemente bajo para la tecnología que Hall había desarrollado.

Además del horno y el fundente adecuado, Charles Hall tuvo que fabricar su propia electricidad para poder electrolizar la mezcla. Con ayuda de Jewett fabricó celdas con cinc en ácido sulfúrico diluido (electrodo negativo) y grafito en ácido nítrico concentrado (electrodo positivo). Estas celdas se conocían como baterías Bunsen, o celdas Bunsen-Grove, parte de la nueva generación de pilas después de la de Volta, y a pesar de generar intensidades de corriente relativamente altas producían también humos tóxicos de óxidos de nitrógeno nada recomendables.

El 23 de febrero de 1886 Charles Hall consiguió glóbulos de aluminio del tamaño de canicas al aplicar la corriente eléctrica de sus baterías a su fundido.

Cuando en 1887 Paul Héroult decidió hacer las Américas y viajó a Estados Unidos para presentar allí su patente de extracción electroquímica del aluminio (presentada en Francia el 23 de abril de 1886) no sabía la sorpresa mayúscula que le esperaba. El 9 de julio de 1886, tan solo setenta y ocho días después de su propia patente, un jovenzuelo americano de su misma edad había presentado una patente, esencialmente del mismo proceso.

Naturalmente aquella coincidencia histórica dio lugar a intensos litigios, aunque la disputa de derechos no iba a ser el peor de los escollos para Hall y Héroult, que al fin y al cabo acabaron llegando a acuerdos amistosos. A aquellos dos jóvenes emprendedores les estaba esperando, detrás de una esquina, el materialismo en forma de las inexorables leyes del mercado.

Y es que la química y la tecnología eran solo parte de la historia que se estaba forjando. El éxito científico y tecnológico era sin duda un primer paso importantísimo, pero en absoluto suficiente para llevar su proceso al mercado. Ambos iban a necesitar mucho dinero, apoyo financiero para materializar su gran idea en una planta de producción industrial.

A Paul Heroult, por ejemplo, no le resultó nada fácil encontrar quien financiara su empresa. Se diría que, después de todo lo que había costado vencer a la naturaleza para liberar al aluminio de su encierro mineral, iba a ser todavía más difícil vencer la conservadora naturaleza humana.

Y es que, en realidad, después del acierto técnico de Heroult y Hall, el aluminio era un extraordinario nuevo material, pero un material sin mercado. Era literalmente un material avanzado, adelantado a su época, avanzado a sus aplicaciones. De hecho, la mayor parte de sus aplicaciones estaban por descubrirse, su consumo partía de cero y todo ello en un tiempo en el que el acero gozaba de una gran aceptación industrial.

Héroult sufrió diversos reveses, uno de ellos de manos del señor Péchiney, director de la compañía Produits chimiques d’Alais et de Camargue. Después de una cordial entrevista que acabó en partida de billar, Péchiney despidió inopinadamente a Héroult despreciando la idea de la producción electrolítica de aluminio como un esfuerzo inútil para producir un material sin aplicaciones, que no se vendería, independientemente de cuánto pudiese bajar su precio. Es posible que en ese juicio tan duro y tajante tuviera algo que ver el hecho de que Péchiney perdió miserablemente frente a Héroult la partida de billar, pero el caso es que el aluminio se quedó sin mecenas. Según cuentan fue de nuevo la fortuna la que vino a socorrer al joven emprendedor decimonónico, cuando despotricando en público acerca de la estupidez de banqueros y hombres de negocios, que según él no entendían nada y menos acerca de materiales avanzados e inventos con futuro, fue sorprendido por un señor que se presentó de forma inusitada: «... me llamo Jules Dreyfus, y es posible que pueda ayudarle».

Por medio de Dreyfus, Héroult entró en contacto con una compañía suiza, Hijos de J. G. Neher, con los que al parecer no jugó al billar, pero sí supieron ver las posibilidades de futuro del procedimiento y fundaron una compañía metalúrgica en Suiza con Héroult como director técnico. Después de un duro periodo de optimización de procesos para rebajar los costes de producción del aluminio, Dreyfus decidió centrarse en el mercado francés. Aliado con el Banco de París de Goldschmidt, fundó la Société Electrométallurgique Française (SEMF) el 17 de octubre de 1888.

A Charles Hall el apoyo financiero tampoco le llegó fácilmente. Empezó negociando con la compañía Cowles Electric Smelting and Aluminum Company, que se dedicaba, en la vecina Cleveland, a la fabricación y venta de aleaciones de aluminio y cobre producidas mediante un proceso de fusión por arco eléctrico. Aquella opción parecía idónea para ambas partes: Hall podría poner a punto su proceso a escala industrial y comprobar su rentabilidad, mientras que Cowles mantenía la opción de comprar los derechos del proceso. Pero las cosas no funcionaron y en julio de 1888, desengañado por una evidente falta de apoyo, Hall abandonó la compañía Cowles.

Sin embargo, el frustrado inventor iba a encontrar un inesperado valedor en la persona de un vendedor de dicha compañía, Romain Cole, que creyó en su proyecto y le echó una mano. Por mediación de Cole, Hall entró en contacto con un renombrado metalurgista, el capitán Alfred E. Hunt (1855-1899), de Pittsburg, Pennsylvania. Hall y Cole le presentaron un documento de veintidós páginas que resumía las ventajas del «Proceso Hall», un documento que debió de resultar muy convincente, ya que Hunt se convirtió en uno de los principales accionistas de la Pittsburgh Reduction Company,3 fundada el mismo año de 1888.

Al aluminio aún le quedaban tiempos duros por llegar, mercados que crear y consumidores por conquistar, pero lo más difícil ya estaba hecho. Pronto llegarían las teteras de aluminio, como primer baluarte en el mercado, y acabarían llegando todo tipo de artilugios hechos del ligero metal, que alcanzaría incluso a conquistar corazones con aplicaciones insospechadas, como el vestido diseñado con discos de aluminio por Paco Rabanne en los años sesenta. Pero el uso del aluminio no se iba a quedar en lo anecdótico, no señor. El boom de los cables de aluminio para transporte de corriente vino a demostrarlo, y el aluminio acabaría colándose masivamente en nuestras vidas cotidianas, en las cacerolas, en latas de refresco o en forma de finas láminas para envolver bocadillos.


Fig. 2.3 Dibujo de las celdas electrolíticas de Hall montadas en la Pittsburgh Reduction Company.

Quién le iba a decir al emperador Napoleón III que los niños del siglo XX tirarían a la basura preciosas hojas lustrosas de aquel metal de maravillas.

Los lanceros del emperador nunca llegaron a portar corazas de aluminio, aunque a buen seguro sus aleaciones son fáciles de encontrar en los arsenales de cualquier ejército moderno. En eso tampoco iba a ser diferente el aluminio del resto de los materiales, que siempre se han prestado a los caprichosos designios de según qué humanos. Los átomos de aluminio de un misil no son diferentes de los de un bate de béisbol o los de una prótesis; la verdadera diferencia estriba en las mentes que los idearon.

A juzgar por los resultados, se podría pensar que las mentes de Héroult y Hall debieron de ser muy similares. Se trataría de una falsa impresión. Ciertamente ambos compartieron su obsesión por el aluminio, y consiguieron logros literalmente paralelos, pero aquellos dos hombres nacidos el mismo año eran muy diferentes. Hall fue un alumno aplicado que además de sus clases de enseñanza media tomaba lecciones de música en el conservatorio, mientras que a Héroult las aulas siempre le produjeron alergia, y la única física que le interesaba era la del billar. Hall se llevaba muy bien con su profesor de química, Frank Fanning Jewett (1844-1926), a quien conoció en su primer año en la universidad, mientras compraba material de laboratorio y productos químicos. A Héroult le iban más la buena vida, los viajes y las mujeres que la gloria académica; apasionado de la navegación y patrón de su propio barco, poseía una mente inquieta que le llevó a realizar proyectos muy variados, entre ellos el horno eléctrico, un diseño precursor del helicóptero o innovadoras obras de ingeniería en las presas de generación hidroeléctrica de sus plantas de producción. Nunca se ajustó a los cánones que se suponen para un sabio científico de los que dedican su vida a desentrañar los secretos de la naturaleza con su sacrificado trabajo en el laboratorio.

Y, sin embargo, las vidas paralelas de aquellos dos soñadores y creadores de futuro, que acabaron también a la par en el mismo año de 1914, iban a terminar enlazadas para siempre en nuestra memoria colectiva, dando nombre al proceso Hall-Héroult de producción de aluminio que ha perdurado hasta nuestros días.

Podría quizá haber sido el proceso Sainte-Claire Deville. Al fin y al cabo él era el máximo experto de su época en el metal de aluminio y su obtención. Autor del tratado más reconocido sobre este asunto, era sin duda la máxima autoridad en el tema en toda Francia y probablemente en el mundo entero. Por eso no extraña en absoluto que el emperador le honrase con la alta responsabilidad de establecer la primera planta de producción de aluminio a escala que podríamos calificar de semiindustrial.

Era asimismo Henri Sainte-Claire Deville un brillante científico con muchos años de experiencia, con todos los medios a su alcance y en absoluto falto de ideas. Y fue probablemente él y no otro el primero en darse cuenta del enorme potencial tecnológico del aluminio y, sobre todo, de la flagrante oportunidad de riqueza que supondría idear un método para la extracción rentable del metal de arcilla. Lo dejó escrito.

¿Por qué entonces no fue Deville quien hizo ese descubrimiento?

Cuando el emperador de turno invierte grandes cantidades de la riqueza de su imperio en mejorar la mejor tecnología existente, hoy como entonces, suele hacerlo pensando en razones de seguridad nacional y, también hoy como entonces, suele confiar la empresa a los mejores expertos en la materia. En principio la apuesta parece razonable, pero la historia se empeña en demostrar que son las mentes jóvenes y libres, acaso sin el lastre de prejuicios, las mejor dispuestas para llevar a cabo las revoluciones científicas y tecnológicas y crear de ese modo el futuro.

La historia de empeño humano que desplazó al aluminio de la mesa de un emperador hasta llevarlo a las papeleras de los colegios es una apasionante historia de descubrimiento, de ciencia, tecnología y sociedad, un ilustrativo ejemplo de la naturaleza humana, un episodio irrepetible.

¿Irrepetible? Quizá no tanto.

Si nos proponemos encontrar algún otro material que sea hoy en día abundante pero precioso, como lo fue el aluminio hace ciento cincuenta años, es posible que no nos resulte demasiado difícil.

El silicio, la joya de la corona de Silicon Valley, el metaloide semiconductor que está en el corazón de todos los chips de todos los ordenadores del mundo, es el segundo elemento más abundante de la corteza terrestre, detrás del oxígeno y por delante del aluminio. En realidad el coste relativamente elevado del silicio nuestro de cada día no se debe tanto a sus costes de extracción a partir de sus minerales, como a la necesidad de obtenerlo ultra puro y en muchos casos en forma de monocristales, es decir, con una estructura ordenada a nivel atómico. El silicio que se usa en electrónica requiere una pureza extrema (de al menos 99,9999999 %), pero el silicio para aplicaciones fotovoltaicas no necesita tantos nueves de pureza, solo seis (es decir, 99,9999 %). Eso sí, se requieren muchos kilos para una planta solar fotovoltaica. En los últimos años se han dado pasos para el abaratamiento en la producción y purificación de silicio solar, aunque es evidente que no han sido pasos suficientes como para inundar nuestros tejados con paneles fotovoltaicos. Todavía estamos a tiempo de contribuir a la revolución del silicio solar barato para no pagar a precio de oro un elemento que abunda tanto en nuestras tierras y en los preciosos granos de cuarzo de la arena de todas nuestras playas o desiertos.

Quizá la fama y la fortuna esperan hoy a quien consiga producir silicio ultrapuro a un precio lo suficientemente bajo como para inundar nuestros tejados y los tejados de naves industriales, estacionamientos y estaciones con paneles solares baratos, que desplacen a las viejas y sucias tecnologías de producción de electricidad basadas en quemar combustibles fósiles. Como el aluminio ayer, el silicio podría ser hoy el nuevo capítulo a escribir por los nuevos creadores de futuro.


1. Davy le asignó inicialmente el nombre de alumium (1807) de acuerdo con la denominación tradicional de sus sales de alumbre (del latín, aluminem y del francés, alum). Curiosamente Davy cambió posteriormente el nombre a aluminum y más tarde, en 1812, se decidió por llamarlo aluminium, para mayor similitud con otros nombres de elementos (sodium, potassium, magnesium... Todos ellos descubiertos y bautizados por el propio Davy). Cambios y más cambios que propiciaron denominaciones diferentes para el mismo metal en Estados Unidos, por un lado, y en el Reino Unido y el resto de países anglófonos por otro.

2. Hall no consiguió fundir la fluorita (CaF2, punto de fusión 1.360 ºC). Probó entonces a sintetizar e intentar fundir fluoruro potásico (KF, punto de fusión 846 ºC), fluoruro de sodio (NaF, punto de fusión 988 ºC), fluoruro de magnesio (MgF2, punto de fusión 1.266 ºC) y fluoruro de aluminio (AlF3, que sublima directamente a 1291 ºC). Consiguió fundir los dos primeros en los que sin embargo no pudo disolver cantidades significativas de óxido de aluminio, y ni siquiera pudo fundir los fluoruros de magnesio o aluminio.

3. Aquella compañía acabaría convirtiéndose, en 1907, en la Aluminum Company of America (ALCOA), todavía hoy una de las grandes industrias químicas de Estados Unidos.

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