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Salvados para servir

Pedro Daniel Tabuenca


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Agradecimientos

Dedicatoria

Tabla de abreviaturas

Prefacio

PRIMERA PARTE: RECUERDOS, GRATITUD, SALVACIÓN Y SERVICIO

CAPÍTULO 1: Mis raíces

CAPÍTULO 2: Los descubrimientos de Pedro

CAPÍTULO 3: Hijos de misioneros viajeros

CAPÍTULO 4: Hora de decisiones

CAPÍTULO 5: Todavía ocurren milagros

CAPÍTULO 6: Colportaje, amor y bicicleta

CAPÍTULO 7: Estudiante universitario, pero muy pobre

CAPÍTULO 8: Estudiante de Medicina, ¿y casado?

CAPÍTULO 9: Llamado a servir en el Sanatorio Adventista del Plata

CAPÍTULO 10: Tristezas y alegrías en el aprendizaje

CAPÍTULO 11: Viaje de estudio a los Estados Unidos

CAPÍTULO 12: A la Clínica Belgrano y a Alemania, ida y vuelta

CAPÍTULO 13: Una escuela diferente

CAPÍTULO 14: Biblioterapia

CAPÍTULO 15: De colegio a universidad, ¿y con carrera de Medicina?

CAPÍTULO 16: ¿Sí o no?

CAPÍTULO 17: Sorpresas y bendiciones

CAPÍTULO 18: Viviendo para servir

SEGUNDA PARTE: TEOLOGÍA DE LA SALUD

CAPÍTULO 19: Lo que aprendí y enseñé

CAPÍTULO 20: El origen del mal, el dolor, la enfermedad y la muerte

CAPÍTULO 21: La respuesta divina al problema del pecado

CAPÍTULO 22: El Médico divino

CAPÍTULO 23: Estilo de vida y salud

CAPÍTULO 24: Educación sexual cristiana

CAPÍTULO 25: El peligro de las paramedicinas

CAPÍTULO 26: La gran restauración final de todas las cosas

Galería fotográfica

Salvados para servir

Pedro Daniel Tabuenca

Dirección: Mónica Casarramona

Diseño de tapa: Leandro Blasco

Diseño del interior: Nelson Espinoza

Ilustración de tapa: Shutterstock (banco de imágenes)

Ilustración del interior: ACES

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. © 2013, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-396-8


Tabuenca, Pedro DanielSalvados para servir / Pedro Daniel Tabuenca / Dirigido por Mónica Casarramona /- 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-396-81. Autobiografías. I. Casarramona, Mónica, dir. II. Casarramona, Mónica, fot. III. Título.CDD 230.092

Publicado el 26 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Agradecimientos

A mi querida esposa, Jenny, por su constante estímulo, apoyo y paciencia.

A mi querida amiga Esther Iuorno de Fayard, por su valiosa orientación literaria, consejos y correcciones.

Al Prof. Juan Carlos Olmedo y a los Prs. Rubén Pereyra, Enrique Becerra y Carlos Mayer, por compartir sus memorias con las mías.

Dedicatoria

Dedico estos recuerdos y comparto estos consejos para nuestros queridos hijos, nietos y biznietos y para los padres y madres que Dios usó para traerlos a la vida.

También los dedico a mis queridos pacientes, alumnos, amigos y compañeros de labor, con el propósito de que todos, conociendo la verdad en amor nos dejemos conducir por Dios, y así lleguemos a disfrutar juntos de la restauración final de todas las cosas.

Tabla de abreviaturas
Versiones de la Biblia

BJ: Biblia de Jerusalén

DHH: Dios habla hoy

NVI: Nueva Versión Internacional

RV 1909: Reina-Valera 1909

Libros y devocionales de Elena de White

CC: El camino a Cristo (ACES, 1985)

CRA: Consejos sobre el régimen alimenticio (ACES, 1969)

CS: El conflicto de los siglos (ACES, 1993)

CSS: Consejos sobre la salud (ACES, 1989)

DTG: El Deseado de todas las gentes (PPPA, 1966)

Ed: La educación (ACES, 1964)

JT 2: Joyas de los testimonios, tomo 2 (ACES, 1970)

MC: El ministerio de curación (PPPA, 1967)

MCP 2: Mente, carácter y personalidad, tomo 2 (ACES, 1990)

MeM: Meditaciones matinales (devocional, ACES, 1953)

PE: Primeros escritos (PPPA, 1962)

PP: Patriarcas y profetas (PPPA, 1971)

PVGM: Palabras de vida del gran Maestro (ACES, 1991)

Prefacio

¿Por qué quise escribir este libro? Porque soy testigo de las misericordias de Dios para con aquellos que, en muy diversas circunstancias de la vida, permitieron ser perdonados, enseñados y sanados por el Médico divino, y de ese modo fueron salvados para servir.

Este proceso comenzó con la conversión de mi padre, que de monaguillo católico se transformó en misionero adventista. Siguió luego con mi infancia, y sobre todo con mi “terrible” adolescencia como estudiante del nivel medio en el Colegio Adventista del Plata, donde Dios me salvó la vida y me llevó a la conversión y al bautismo. De ese modo, yo también fui salvado para servir.

Desde entonces y hasta hoy, Dios sigue obrando milagros en mi vida, y capacitándome para servir. Sea colportando en bicicleta por el campo en la provincia de Santa Fe, o permitiendo algo que en ese tiempo era imposible: el ingreso a la carrera de Medicina en la Universidad Nacional de La Plata para quienes observábamos el día sábado, o eximiéndome de hacer el servicio militar en el cuartel de Santa Fe, o consiguiéndome trabajo remunerado y formativo en la Asistencia Pública de La Plata para continuar mis estudios cuando ya mis padres no pudieron apoyarme financieramente, o abriéndome el ingreso a la residencia en cirugía con el Dr. Ricardo Finochietto, o conduciéndonos, a mí como cirujano y a mi esposa como enfermera al Sanatorio Adventista del Plata. A lo largo de todos esos años y de todas las experiencias que me permitió pasar pude ver muchos milagros en vidas sanadas, transformadas y salvadas para servir.

Hoy, sigo agradeciendo a Dios por la forma en que guía y desarrolla su iglesia, especialmente a sus administradores y a la obra educativa en la Unión Austral, que transformaron al Colegio Adventista del Plata en la pujante Universidad Adventista del Plata de la Unión Argentina, con más de 30 carreras, entre las cuales se ha consolidado y acreditado a nivel nacional e internacional la carrera de Medicina, que para algunos era un ideal imposible, pero que por voluntad divina hoy prepara a jóvenes de muchos países que también han sido salvados para servir y salen como médicos misioneros para rescatar vidas de la enfermedad, de la muerte y del pecado.

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 1
Mis raíces

“Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre” (Sal. 139:13).

Un memorioso aseguró que “los que olvidan el pasado no tienen futuro”, por eso quiero comenzar mis “memorias” honrando mi pasado, mis raíces, humildes en bienes materiales, pero ricas en seres honestos y trabajadores, poderosos respecto de los inamovibles valores morales que me legaron como valiosa herencia. Honro mi pasado porque quiero tener futuro.

Por tradición, mi familia se dedicaba al arte de cultivar vides y elaborar vino, allá en Ainzón, a orillas del río Huecha, al oeste de la provincia de Zaragoza, en España. Allí se enclavaron mis raíces.

Juan Tabuenca y Antonia Romanos se unieron en matrimonio y tuvieron seis hijos. Menciono solo dos nombres: Andrés el mayor y Pedro, el menor.

Como ya señalé, cultivaban sus vides, cosechaban las uvas y hacían el vino que fermentaba en sus propias bodegas, unas cuevas cavadas en las laderas de pequeños cerros, cercanos a ese pueblito rural que era Ainzón. Desde Francia venían los que compraban el apreciado producto de sus bodegas.

Andrés, el mayor, se casó con Marcelina Gracia y tuvieron dos hijos: Emilio y Alejandro. Pedro, el menor, disfrutaba asistiendo a la Iglesia Católica, donde tuvo el privilegio de llegar a ser monaguillo, aunque creo que en el fondo de su corazón tenía la aspiración de ser sacerdote.

Como a tantos, también llegó para ellos la oportunidad de “hacer la América”, y con ese propósito, Andrés viajó a la Argentina para trabajar en alguna huerta. Marcelina y sus pequeños hijos quedaron en Ainzón a la espera de que Andrés consiguiera el dinero necesario para pagar el viaje de su familia, ahora lejana.

En estas circunstancias, aparentemente desfavorables, Dios permitió que Marcelina, analfabeta, como toda buena mujer española de aquel entonces, fuera visitada por un misionero adventista que le enseñó a leer con la Biblia. Por supuesto, en aquella época, posinquisición, en España, la Biblia era un libro prohibido.

Marcelina y su padre conocieron las grandes verdades de la Palabra de Dios, las aceptaron y fueron bautizados por inmersión, tal como lo indican las Sagradas Escrituras, pero no en el río Huecha que pasaba al lado del pueblo; hubieran corrido el riesgo de ser apedreados. Fueron bautizados en la bañera de su casa. Difícilmente hubiera ocurrido esto si Andrés, el esposo de Marcelina, hubiera estado allí.

Andrés Tabuenca, un campeón en el uso de la pala, la azada y el rastrillo, “hacía la América” trabajando con éxito en una quinta cercana a la población de Armstrong, en la provincia de Santa Fe, República Argentina. En dos cortos años pudo ahorrar suficiente dinero como para pagar los pasajes de su esposa y sus dos hijitos, para que vinieran de España.

Cuando Marcelina llegó a la Argentina era otra mujer: sabía leer, conocía la Biblia, era adventista del séptimo día y ya no bebía vino, pero respetaba a su marido, el quintero, ex viticultor, por supuesto moderado pero buen bebedor de vino. Marcelina se encargaba de que la botella de vino no faltase en la mesa.

Un día, a la hora del almuerzo faltaba el pan, pero la botella de vino estaba allí.

–Mujer, ¿no hay pan? −preguntó Andrés.

–Bien, tú sabes cómo estamos −contestó su esposa.

–Pues… No hay pan para mis hijos, ¿y yo con vino? ¡Nunca más!

Esa fue la sabia decisión de Andrés. ¿Le habrá leído Marcelina los consejos bíblicos sobre el vino y el alcohol, tales como: “No mires al vino cuando rojea, cuando resplandece su color en la copa. Se entra suavemente; mas al fin como serpiente morderá, y como áspid dará dolor” (Prov. 23:31, 32)? ¿O fue solo el amoroso ejemplo de Marcelina, acompañado por sus oraciones, el que condujo a Andrés a estos cambios? Poco tiempo después de la llegada de su esposa, Andrés se convirtió a su nueva fe y fue bautizado. ¡Salvados para servir!

De España a la Argentina

Pedro, el menor de los hermanos, tenía 24 años cuando murieron sus padres en Ainzón, y decidió viajar a la Argentina para reunirse con su hermano Andrés. Cuando llegó a Armstrong, se encontró con un cambio notable en la vida de Andrés y su familia. Lo primero que le llamó la atención fue que su hermano ¡no bebía ni maldecía!

Muchos años después de esto, con mi esposa Jenny pudimos visitar a mi familia Tabuenca en Ainzón. Allí estaban mis primos. A los dos nos llamó la atención el vocabulario de ellos. Las palabrotas de grueso calibre eran usadas hasta con afecto, para darnos la bienvenida. Por supuesto, seguían siendo viticultores, pero ya no en las bodegas cavadas en los cerros, sino en la Sociedad Vitivinícola El Santo Cristo, de Ainzón.

Mientras recorríamos sus instalaciones, uno de mis primos me dijo: “Pedrito, yo nunca bebo agua”. Así entendí mejor la sorpresa de mi padre cuando se encontró con su hermano Andrés, que ya no bebía ni maldecía.

Pedro, recién llegado a la Argentina, pasó a ser huésped en el hogar de Andrés y Marcelina, y la familia se reunía al atardecer para leer la Biblia y cantar algunos himnos con los niños. No obstante, Pedro, el ex monaguillo, no quería contaminarse con esos “herejes”. Así fue que al principio se mantuvo a distancia, pero finalmente se atrevió a participar y hasta tomó en sus manos una Biblia, lo que desde siempre le había estado prohibido. Como todo religioso sincero, encontró en la Biblia las preciosas verdades que hasta entonces había desconocido.

CAPÍTULO 2
Los descubrimientos de Pedro

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

Estudiando la Biblia diariamente, Pedro fue descubriendo un nuevo mundo espiritual, además del nuevo mundo geográfico que se abría delante de él. Grandes verdades impactaron su mente y el Señor le daba nueva luz cada día.

La promesa del regreso de Jesús. En el Evangelio de Juan, Pedro descubrió: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay[…] voy, pues, a preparar lugar para vosotros. […] Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2, 3).

La santidad del sábado. En Éxodo 20, al llegar al cuarto mandamiento de la Ley de Dios, Pedro leyó: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día y lo santificó” (Éxo. 20:8-11).

El purgatorio no existe, y el infierno tampoco. Sorprendido, Pedro comprobó: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado […]” (Gén. 3:19). “Porque los que viven saben que han de morir, pero los muertos nada saben […]” (Ecl. 9:5).

Cuando Jesús vuelva, ¡los muertos resucitarán! Al leer al apóstol Pablo, Pedro descubrió una promesa esperanzadora: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 4:16, 17).

La Tierra Nueva será la morada eterna de los redimidos. A medida que avanzaba en el estudio de la Biblia, Pedro seguía descubriendo increíbles verdades: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva […]. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron” (Apoc. 21:1, 4).

¡Qué verdades maravillosas descubrieron en la Palabra de Dios! Tan profundas y poderosas que habían transformado las vidas de su hermano Andrés y de Marcelina.

Pedro también se convirtió y fue bautizado para integrarse a la feligresía de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. ¡Salvado para servir! Entonces surgió en el corazón de Pedro un nuevo deseo: ¡Ser misionero! Cuando manifestó su deseo, la respuesta que recibió fue:

–Tienes que ir a estudiar al Colegio Adventista del Plata, en Puiggari, Entre Ríos.

–Y ¿cómo llegaré? –preguntó Pedro.

Le explicaron:

−Debes ir a Rosario, allí tomas el barco hasta el puerto de Diamante de donde sale un tren que pasa por Puiggari.

Eso fue lo que hizo, pero al llegar al puerto de Diamante preguntó por el tren para viajar a Puiggari y alguien le contestó:

–El tren va por esa vía, pero a esta hora no hay tren.

“Pues a falta de tren, las piernas pueden hacerlo”, se dijo Pedro, y comenzó a caminar livianamente por las vías, ya que su único equipaje era una pequeña bolsa que llevaba al hombro con su ropa y su Biblia. Y llegó a Puiggari, entonces una zona totalmente rural. Unos pocos kilómetros más y allí estaba el Colegio Adventista del Plata. Su presentación fue concisa y contundente:

–Vengo a estudiar, porque quiero ser misionero -dijo convencido.

Con 24 años de edad, su único antecedente académico era el cuarto grado de la escuela primaria, por lo tanto, debía completar la educación elemental. Así que se inscribió en la escuela primaria. Cuando formaban fila después del recreo para entrar en el aula, sus compañeros, los niños de la escuela, lo miraban y se reían. Él, sin inmutarse, les decía:

–Ríanse no más, mi padre era más alto que yo.

Pedro no tenía dinero pero sí un ideal, espíritu de trabajo y constancia. Durante los veranos vendía libros misioneros y así ahorraba lo necesario para seguir sus estudios.

Por ese entonces conoció a una bonita muchacha que estudiaba magisterio. Se enamoraron, y después que ambos se graduaron, Pedro y Elvira Rode se casaron. Recién casado y recién graduado, Pedro fue nombrado director de colportaje y comenzó a liderar la venta de Biblias y libros cristianos en la Misión del Alto Paraná, que abarcaba Corrientes, Chaco, Misiones, Formosa y el Paraguay, y tenía su sede en la capital de Corrientes.

Allí vivía este matrimonio de misioneros, cuando en agosto de 1927 nació su hijo Pedrito, más exactamente Pedro Daniel Tabuenca Rode, pero conocido desde entonces como Pedrito, para diferenciarlo de Pedro, su padre. Pedrito era yo.

Andrés y Marcelina, estando en la Argentina tuvieron también otros hijos: José, Juan y Luis. José y Juan fueron pastores en la Iglesia Adventista, y Luis llegó a ser un médico muy querido en Paraná, la capital de Entre Ríos.

José fue director del Colegio Adventista del Plata, en Puiggari, luego presidente de la Unión Austral, con sede en Buenos Aires. Juan fue pastor de viarias iglesias en Argentina y Montevideo, República Oriental del Uruguay. También fue presidente de la Asociación Argentina Central que entonces tenía su sede en Paraná, y finalmente docente de Psicología Pastoral en la carrera de Teología de la que hoy es la Universidad Adventista del Plata.

CAPÍTULO 3
Hijos de misioneros viajeros

“Y él les dijo: id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mar. 16:15).

Tenía apenas cuarenta días de vida cuando mi padre, Pedro Tabuenca, fue transferido de Corrientes a Buenos Aires como director de colportaje de la Misión del Sur Argentino. Recuerdo haber visto una foto en la cual se ve a mi mamá conmigo, entonces un bebé, en sus brazos, de pie en la cubierta del barco fluvial que descendía por el río Paraná, de Corrientes a Buenos Aires. En aquel tiempo ese era el único medio de transporte para hacer ese recorrido.

Vivíamos en Florida, la zona norte del Gran Buenos Aires. Dos años después de estar allí, a papá lo nombraron director de colportaje de la Unión Incaica, que en ese tiempo abarcaba las repúblicas del Perú, Bolivia y el Ecuador. Yo tenía dos años, pero recuerdo muy bien ese viaje.

Iniciamos la travesía cruzando la cordillera de Los Andes en tren, desde Mendoza hasta Santiago de Chile, en medio de un paisaje profusamente nevado. Papá sacó su brazo por la ventanilla del tren y me mostró su mano llena de nieve. Me quedé extasiado: era la primera vez que veía nieve.

Recuerdo también que en Valparaíso, República de Chile, unos amigos nos dieron el saludo de despedida desde el muelle. No recuerdo cuántos días dormimos en el camarote, con su ventanilla redonda que daba casi al nivel del mar, pero al fin llegamos al puerto del Callao, y de allí, nos dirigimos a Lima, la capital peruana.

Vivíamos en el barrio de Miraflores, cerca de la Huaca Grande y la Huaca Chica, unas montañitas junto a las cuales pasábamos cuando volvíamos del centro de Lima. Otro recuerdo vívido que tengo es el de la playa La Herradura, donde por primera vez me metí en las aguas marinas, esta vez del océano Pacífico.

El cielo de Lima se presentaba casi siempre nublado, así que de vez en cuando íbamos a pasar unos días en Chosica, donde había lindo sol y montañas.

Un día, mientras mamá me tenía en su falda me contó la historia de Jonás: “Cuando Jonás cayó al agua, un gran pez abrió su inmensa boca… y se lo tragó”. Mamá abrió exageradamente su boca para que yo entendiera bien la historia, pero me asusté, y comencé a llorar. Entonces, mamá me dijo: “Tontito, ¿cómo puedes pensar que mamita te va a comer?” Lo cierto es que desde muy niño, mis padres me contaron las interesantes historias de la Biblia, y me enseñaron sus preciosas verdades.

No recuerdo si me lo advirtieron o no, pero una noche me dejaron en la casa de la tía Ida Rode, “Pochola”, hermana de mamá, casada con Enrique Pidoux. Ellos habían llegado desde la Argentina para enseñar en el Colegio Adventista de Lima. Al día siguiente, papá vino a buscarme para llevarme a la Clínica Americana de Callao, y me explicó que íbamos a ver a mi hermanita que había nacido esa noche.

Recuerdo que la vi en brazos de mamá, que estaba acostada en la cama de una de las habitaciones de la clínica. Ella me dijo: “Esta es tu hermanita y se va a llamar Violeta Argentina”.

Yo tenía cuatro años entonces, y de una cosa estoy seguro: que la quiero mucho más ahora que cuando la vi por primera vez.

Papá viajaba mucho para cumplir sus tareas en Perú, Ecuador y Bolivia. Hacía varios días que no estaba en casa. Mamá supo que el pastor Juan Plenc iba a viajar a Puno, donde se iba a encontrar con papá que volvía de Bolivia, y se le ocurrió una brillante idea: mandarme en tren con el pastor Plenc hasta Puno, para darle a papá la sorpresa de verme allí. Y así lo hicimos.

Llegamos a Puno ya de noche, y recuerdo la alegría y el abrazo de papá sorprendido de encontrarme. El pastor Plenc tuvo que explicarle que no había sido un “secuestro” sino que la brillante idea había sido de mamá.

Vacaciones y llanto en Tingo, Arequipa

La Unión Incaica tenía una casa para vacaciones en Tingo, un barrio de Arequipa. Allí había árboles grandes, un lindo jardín y una terraza desde donde podía verse, como si estuviera cerca, el maravilloso volcán Misti, con su doble cima cubierta siempre de blanquísima nieve. ¡Qué felices nos sentíamos allí! Hasta que llegó un telegrama desde la Argentina: “Murió de un infarto el abuelo Daniel Rode”.

Yo no leí el telegrama, pero sentí el llanto de mi madre y me conmovió. Daniel Rode e Ida Köhly eran mis queridos abuelos, los únicos que yo conocía. En ese momento vivían en Nogoyá, Entre Ríos. Tenían diez hijos. Siete varones y tres mujeres. Una de ellas era mi mamá.

Como familia, habían conocido el evangelio por un misionero adventista cuando todavía vivían en el campo, en la provincia de Buenos Aires. Solo mi abuelita Ida, sus tres hijas: Elvira (mi madre), Sara y Pochola, y Andresito, el menor de los varones, se convirtieron. ¡Salvados para servir!

Mi abuelo Daniel había fumado durante muchos años. Tres meses atrás había comenzado a sentir una molestia en el pecho y había ido a ver a su médico en Nogoyá. El profesional, que también fumaba, al examinar a mi abuelo le dijo: “Bueno, don Daniel, usted debe dejar de fumar”, pero el doctor estaba fumando… ¿Cómo le iba a hacer caso mi abuelo? Siguió fumando, pero solo tres meses más, pues murió repentinamente de un infarto. Todavía me parece oír el llanto de mi madre.

Debo aclarar que años después, mi querido tío Pedro Rode y su esposa Quica también se convirtieron. Hoy, varios de mis primos y primas, hijos de Pedro, de Luis y de Julio Rode se regocijan en la bienaventurada esperanza del regreso de nuestro Señor, que traerá a la vida a sus hijos que hoy duermen en el polvo, a fin de reunirlos con los amados que estén vivos y llevarlos a todos a la casa de su Padre, allá en los cielos. ¡Salvados para servir!

Recuerdo las muchas veces que oía las oraciones de mi abuelita Ida: “Jesús, bendice a mis hijos e hijas, yernos y nueras, nietos y nietas… Amén”. Yo sé que Dios oye y contesta las oraciones de los padres y las madres que oran por sus hijos, y de los abuelos y abuelas que oran por sus nietos. “¿Será rescatado el cautivo de un tirano? Pero así dice Jehová: Ciertamente el cautivo será rescatado […] y tu pleito yo lo defenderé; y yo salvaré a tus hijos?” (Isa. 49:24, 25).

De regreso a la Argentina

Yo tendría ya seis años cuando lo llamaron a papá para trabajar nuevamente en Argentina, como director de colportaje de la Asociación Argentina Central, en ese entonces con sede en Paraná.

Papá tenía que viajar mucho por su trabajo, así que fuimos a vivir a Puiggari, en la casa de mi abuelita Ida, de modo que al año siguiente yo pude asistir a la escuela primaria Domingo Faustino Sarmiento, que aún pertenece al Centro Educativo de la actual Universidad Adventista del Plata.

Recuerdo con mucho cariño a mi maestra de primer grado. Me parecía muy linda, se llamaba Catalina Fischer. Antes de comenzar las clases nos preguntaba: “¿Qué himno quieren cantar?” Muchas veces contestábamos a coro: “El 200, señorita” (en el Himnario adventista de entonces figuraba con ese número y se titulaba “En la cruz”). Entonces cantábamos con todas nuestras fuerzas:

“Perdido, errante, fui a Jesús, él vio mi condición.

En mi alma derramó su luz, su amor me dio perdón.

Fue primero en la cruz donde yo vi la luz,

y mi carga de pecado dejé; fue allí por fe

do vi a Jesús, y siempre con él feliz seré”.

Hoy, ese himno se titula “Perdido, fui a mi Jesús” y se encuentra bajo el n° 291, en la edición 2009 del Himnario adventista.

Al fin de ese año, papá, ya cansado de tanto viajar para cumplir su responsabilidad como director de colportaje, pidió trabajar como obrero distrital. Accediendo a su pedido nos mandaron a la iglesia de Concordia, Entre Ríos. Allí hice el segundo grado, en la escuela Vélez Sarsfield.

No recuerdo por qué mis padres un día me llevaron al médico. El doctor ordenó un análisis, cuyo resultado indicó que tenía parásitos. Entonces me recetó un purgante y un tratamiento adecuado. Además, el médico aconsejó que me llevaran a vivir en el campo. Así que mis padres se comunicaron con mis tíos Andrés y Marcelina, y al año siguiente viví en Puiggari con ellos y con mis primos José, Juan y Luis. Nuevamente asistí a mi querida escuela adventista Domingo Faustino Sarmiento, donde cursé el tercer grado.

Más mudanzas

Luego de estar en Concordia, a papá lo designaron para trabajar en la iglesia de Paraná, y allá fuimos, así que cursé el cuarto grado en la legendaria Escuela del Centenario. Luego estuvimos unos meses en Rosario, Santa Fe, y finalmente nos trasladamos a Reconquista, en la misma provincia.

En ese lugar pasé la mayor parte de mi infancia. ¡Cuatro años sin mudanzas! Atesoro preciosos recuerdos de esa época. Allí hice quinto y sexto grado de la primaria, y primero y segundo del nivel secundario en la Escuela Normal. Siempre con guardapolvo blanco y pantalón corto, hasta el sexto grado, y ya en primer año ¡pantalón largo!

Las clases eran de mañana, de lunes a sábado. Por supuesto, yo faltaba los sábados. Tenía que cruzar la plaza central de Reconquista para llegar a la Escuela Normal, y muchas veces escuchaba a los chicos que desde lejos me gritaban: “¡Sabatista, canilla de tero! ¡Adora la cabeza de chancho!”

Eso no me molestaba; yo sabía que era diferente. Era muy flaquito y mis rodillas sobresalían debajo de los pantalones cortos. Los chicos, con la crueldad propia de la niñez, rotulaban con apodos poco amables a los que mostraban alguna característica diferente al montón. Además, faltaba a clases todos los sábados y alguien les había contado que los “sabatistas” no comíamos carne de cerdo porque “adorábamos la cabeza del animal”.

Un 9 de julio, todos en fila, bien formados, fuimos a la catedral, que estaba frente a la plaza, para asistir al tedeum. Nos habían indicado que, estando en el interior de la catedral, cuando tocara la campanilla, teníamos que arrodillarnos. Yo me acordé del segundo mandamiento de la Ley de Dios: “No te harás imagen […] no te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios” (Éxo. 20:4, 5). Miré a mi alrededor y vi varias imágenes y estatuas allí, pero cuando tocó la campanilla, me puse detrás de una columna y me quedé parado.

Me acuerdo, también, cómo disfrutaba de las clases de manualidades. La profesora nos hacía fabricar cuerpos geométricos regulares de cartulina. Me entusiasmé con la idea de hacer un dodecaedro, un cuerpo geométrico regular con doce caras pentagonales. Lo hice con cartulina negra y le pegué tiritas blancas en todas sus aristas. ¡Quedó precioso!

Un día, la profesora de manualidades faltó. Todos los chicos salimos del aula y los varones nos fuimos a la plaza, frente a la escuela. De repente, uno de los chicos sacó de su bolsillo un paquete de cigarrillos entero. Lo abrió y comenzó a repartirlos, uno a cada uno. Se acercó y me ofreció un cigarrillo. Suavemente, con un gesto de la mano, le hice señales de que no quería. Otro chico entonces le ayudó a repartir y cuando llegó donde yo estaba me ofreció un cigarrillo. Le dije:

–No quiero.

Los cigarrillos de la caja se terminaron y un chico que acababa de prender el último cigarrillo se acercó y antes de llevárselo a la boca, me lo acercó a la cara y me dijo:

–No seas pavote. ¡Prueba una pitadita!

Entonces reaccioné y le grité en la cara:

–¡No quiero!

Y me dejaron de molestar.

Aprendí desde entonces que la presión social es la primera causa para el inicio de los hábitos tóxicos. Yo tenía a mi favor el ejemplo de mi padre y el recuerdo del llanto de mi madre por la muerte de mi abuelo fumador. Y Dios me ayudó a decir: “¡No quiero!”

Hace poco me invitaron a dar un Plan de cinco días para dejar de fumar ¡en Reconquista! ¡Qué alegría fue para mí volver a esa querida ciudad de mi infancia! Busqué a mis compañeros de la Escuela Normal, pero ya no quedaba ninguno. Habían comenzado a fumar a los catorce años, y el tabaco había tenido tiempo de sobra para matarlos a todos. ¡Qué tristeza!

Mi día estaba completo: por la mañana, a la escuela. Por la tarde ¡a la clase de violín! Afortunadamente, ambas actividades me gustaban. Alcancé a tocar en una orquesta que dirigía el profesor Gamba.

Cuando hacía mucho calor, Violeta y yo le rogábamos a papá que nos llevara a bañarnos al arroyo El Rey, que cruza entre Reconquista y Avellaneda. Varias veces fuimos y chapoteábamos en el agua; pero otras veces el calor se combinaba con grandes nubes y teníamos que volvernos antes de llegar porque la lluvia se nos venía encima.

Tenía un amigo que vivía del otro lado de la calle: Joanín Vicentín. Nos trepábamos a los árboles y hacíamos barriletes que remontaban muy bien. Después nos especializamos en hacer barcos de lata con una cuerda de goma que hacía girar la hélice y ¡también tenía timón! Nuestros barcos navegaban en un gran piletón que había en la casa de Joanín, y a veces “daban la vuelta al mundo” en la laguna de un conocido de la familia que vivía en el campo. Todavía somos amigos con Joanín. Cuando estuve en Reconquista para el Plan de cinco días para dejar de fumar nos encontramos, paseamos juntos y recordamos las alegrías de nuestra niñez.

CAPÍTULO 4
Hora de decisiones

“Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar…” (Sal. 32:8).

Yo quería mucho a mamá y a papá. Él era Pedro, y yo Pedrito. Papá era entonces misionero, evangelista y predicador, y en el fondo de mi corazón yo deseaba ser como él cuando fuera grande. Ese era mi mayor sueño.

Tenía entonces catorce años, y mi hermanita Violeta, diez. Era verano, hacía mucho calor en Reconquista, y estábamos juntos chupando caña de azúcar en el patio de baldosas de casa. Pelábamos la caña con un cuchillo grande. Por supuesto, estábamos descalzos. Mi hermanita salió por un momento del patio y al ratito volvió corriendo. Sin darse cuenta, con el pie izquierdo pisó el mango del cuchillo, y con el filo se cortó totalmente el tendón de Aquiles del pie derecho.

Dando un grito cayó al suelo. Vino mamá, la levantó, le envolvió el pie con una toalla y con la ayuda de unos vecinos que tenían auto, la llevó a casa de nuestro amigo médico, el doctor Itig. Cuando volvieron, después de un largo rato, supe que el doctor la había dormido, le había desinfectado la herida, suturado el tendón de Aquiles, que estaba totalmente seccionado, y también había suturado la piel. Violeta ahora “lucía” una botita de yeso. Tres semanas después, el doctor le sacó el yeso, y los puntos de la piel. Mi hermanita volvió a caminar, y pronto también pudo correr como lo hacía antes.

Algunos meses después, una inyección intramuscular que le habían puesto a papá, le causó una infección en la nalga derecha. Esa vez llamaron al doctor Itig y él vino a casa. Papá estaba acostado boca abajo en la cama, y el doctor Itig me llamó y me dijo, mostrándome la nalga de mi padre: “Mira, esto está hinchado, colorado, caliente y dolorido. Aquí hay pus”. Entonces le echó un chorrito de un líquido muy frío para anestesiar la zona, clavó su bisturí en el lugar exacto, salió el pus y mi papá se sanó. Esto me hizo reflexionar acerca de mi futuro: “¿Seré predicador o cirujano?” Hasta ese momento había pensado ser predicador, pero ahora la indecisión me llevó a orar todas las noches, arrodillado junto a mi cama, antes de dormir: “Querido Jesús, ¿qué quieres que yo sea, predicador o médico?”

Durante varias noches esa fue mi oración, pero Dios no me contestaba. Así que una noche, cuando terminé mi oración, le dije: “Señor, no me voy a dormir hasta que me contestes”. Pasaron algunos minutos, yo tenía sueño pero me resistía a dormir. Acostado, pensaba: “No me quiero dormir hasta…” Entonces vino a mi mente un pensamiento, casi como una voz clara que me dijo: “Sé médico, eso no te impedirá predicar”. Dios me había contestado. Desde entonces, mi oración fue: “Jesús, Dios mío, ayúdame para que pueda llegar a ser médico y también predicador”.

Estudiante en el Colegio Adventista del Plata

Ya tenía dieciséis años, había terminado en Reconquista el segundo año del secundario, y mis padres decidieron que ya era bastante grande como para salir de casa e ir al Colegio Adventista del Plata, en Puiggari, para continuar allí mi bachillerato. Así que en marzo de 1944 me mandaron a Puiggari.

Era entonces director del colegio el Dr. Fernando Chaij, y preceptor de varones el Prof. David Rhys.

Yo me sentía suelto como un pajarito, ya no estaban mis padres despertándome, llamándome a desayunar y diciéndome: “Ya es hora de ir a clases”, etc., etc. A las 6 de la mañana sonaba la campana, y después la campanita. Tenía que llegar al comedor a tiempo, de lo contrario me quedaba con hambre. Del comedor iba a formar fila para entrar a clases. Todo estaba muy bien organizado.

El preceptor me designó un excelente compañero de pieza: Isidoro Gerometta, un joven responsable, cuidadoso y cinco años mayor que yo. Mi entusiasmo por el estudio era grande. Ya tenía un ideal en mente: predominaba en mí la idea de ser médico. Otros muchachos miraban a las chicas. A mí no me interesaban. Y les dije a mis amigos: “Yo no vengo a mirar a las chicas. Yo vengo ¡a estudiar!”

Un día, a la hora del almuerzo, en el otro extremo del comedor, dos semanas después de haber llegado al colegio, vi a una chica. Había muchas, pero yo vi a una. Hoy estoy seguro de que fue Dios quien me instó a mirarla, porque de inmediato este pensamiento llenó mi mente: “Cómo me gusta esa chica… Con ella me voy a casar”. De inmediato busqué a mi alrededor alguien que la conociera, y un muchacho me dijo: “Esa es la Jenny Pidoux”.

Esa información me tranquilizó: “Entonces es prima de Desirèe, va a ser más fácil conseguirla”, pensé. Yo tengo una prima muy querida, Desirèe Pidoux, hija de mi tía Pochola, hermana de mamá. Así que me quedé tranquilo, pensando en cómo hacerle llegar una cartita con mi declaración de amor. Jenny tenía 13 años; y yo, 16.

Un día, la preceptora del Hogar de Niñas, mi querida tía Sara, también hermana de mamá, me dijo:

–Pedrito, ¿tú estás enamorado de Jenny Pidoux?

Y yo le contesté:

–Tía, ¿por qué me dices eso?

Ella razonó:

–Por la forma en que la miras.

¡Tenía toda la razón del mundo! Al fin me animé a escribirle. Solo me acuerdo de una frase de esa primera cartita: “Necesito de tu amor más que del aire para respirar”. No me acuerdo con cuál miembro del “correo estudiantil” le mandé la carta. Pero sí me acuerdo de que la respuesta tardaba… Días después, me llegó el “chimento”: ¡No, ella no quería saber nada! Y yo tocaba en el violín Penas de amor, de Fritz Kreisler…

Sucedía que antes de mandarme a Puiggari, allá en Reconquista, mi mamá me había comprado un mameluco marrón. Para que me quedara bien de largo (yo medía 1,80 m de estatura), el mameluco era varias tallas más grande, y con un cierre “relámpago” adelante. Me bailaba con el viento mientras yo caminaba apurado por el jardín del colegio. Ese atuendo no era nada elegante para entusiasmar a Jenny. Me animé a escribirle dos veces más, ¡pero sin respuesta! Así que decidí hablarle, pero ¿qué le iba a decir? y ¿cuándo sería el mejor momento?

Esa noche preparé un discursito, corto, poético y bonito, y decidí que le hablaría durante el tercer recreo del día siguiente. Por la mañana, cuando me desperté, lo repasé. Sí, ya lo sabía muy bien, solo había que esperar que llegara el tercer recreo. Y llegó. Me arrimé a un corrillo de chicos y chicas entre los cuales estaba Jenny. Le hice señas como queriendo hablarle, pero ella no me vio. Uno de los chicos le dijo: “Quieren hablarte”.

Ella se dio vuelta, salió del corrillo y se me acercó. Recuerdo cómo me temblaban las rodillas y los labios… ¡Y el discurso se me había olvidado totalmente! Así que le dije:

–Tú ¿sabes que yo te quiero?

–Sí –fue su brevísima respuesta.

Tomé coraje y me animé a preguntarle:

–Y ¿puedo tener esperanza?

Jenny me contestó:

–Y… Puede ser…

En los meses siguientes me dediqué a estudiar, a sacar buenas notas y a tocar el violín. Una tardecita, paseaba con mi hermana Violeta por el llamado “camino de los hermanos”. No iba con el mameluco marrón, sino bien vestido. Después supe que Jenny estaba dentro del hogar de niñas, espiando por la puerta de alambre tejido. Al verme pensó: “¡No está tan mal…!”

Realmente creo que Dios guió mis sentimientos y también los de ella. El caso fue que, en agosto, el día que cumplí 17 años (Jenny ya tenía 14) ¡recibí una cartita! ¡Jenny me decía que sí!

CAPÍTULO 5
Todavía ocurren milagros

“Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8).

Alguien me dio la fórmula de la pólvora: clorato de potasio, azufre y carbón. Era divertido llenar con ese explosivo un tintero, hacerle un agujerito en la tapa, pasar por allí un “choricito” de papel higiénico, prenderle un fósforo y tirarlo para que explotara. Pocos sabían que la “fábrica” de pólvora era el escritorio de mi pieza, que compartía con Isidoro Gerometta.

Una vez, sin querer, el montoncito de pólvora que estaba allí se me incendió. No hubo explosión, pero la pieza, de repente, se llenó de humo. Isidoro, mi buen compañero, no dijo nada. Ahora creo que el diablo quería matarme y me puso un pensamiento en la cabeza: “¿Por qué no hacer una bomba en serio y en vez de un tintero usar como envase un caño de hierro?”.

En el taller del colegio trabajaba un amigo, Alfredo Kalbermatter, así que le pedí que a un caño de hierro de veinte centímetros de largo, le hiciera rosca en ambas puntas para cerrarlo con dos tapones de hierro, y que también le hiciera un agujerito para pasar por allí la “mecha”.

El problema era cómo hacer “más segura” esta “bomba de tiempo”. Otro amigo, Rolo Dalinger, se me unió al proyecto y surgió una buena idea: usar un pedazo de espiral matamosquitos, atado al choricito de papel higiénico. Entonces completamos la investigación midiendo cuántos centímetros por minuto avanzaba la ignición en la espiral.

Ya teníamos todo. Solo faltaba decidir en qué momento haríamos el estallido, y en qué lugar.

Nos pareció bien hacerlo en el tercer recreo, y elegimos un buen lugar, para no dañar a nadie: un yuyal que había detrás del Pabellón Teológico, bien cerca del antiguo Hogar de Varones.

Ya habíamos calculado los centímetros de la espiral para que el estallido fuera diez minutos después del encendido. Yo me encargué de encender la espiral y de depositar la bomba en su sitio.

Nos fuimos al Hogar y esperamos los diez minutos, pero la bomba no estalló. Decidí ir de inmediato a ver qué pasaba. Y me acerqué por dentro del yuyal para ver la bomba. ¿Se habría apagado la espiral? No, comprobé que la espiral todavía estaba humeando, así que volví corriendo al Hogar de Varones, por la puerta de atrás, para no ser visto. Ni bien entré… ¡Bum!

Sentí que ¡todo el edificio tembló! Hasta yo me asusté. Fue una explosión tremenda. Así que salí para ver el lugar de la explosión, y allí me estaba esperando el preceptor, mi querido profesor de matemáticas, David Rhys. Cuando me vio llegar, me dijo:

−Otra vez que quieras hacer una bomba, la haces reventar en el arroyo pero no aquí, ¿entiendes?

−Sí, tiene razón, profesor −fue mi “inocente” respuesta.

No tengo ninguna duda de que mis padres, allá en Reconquista, habían orado por mí, y que un ángel del Señor me hizo ver la espiral entre los yuyos, que todavía humeaban, y me alejó inmediatamente del lugar. La tarde de ese mismo día, los muchachos me trajeron esquirlas de hierro y pedazos de la “bomba” que habían encontrado a más de cien metros de distancia. No tengo dudas, aquella vez Dios me salvó la vida. “¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2 Cor. 9:15). “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jer. 31:3).

Semanas más tarde, mientras íbamos caminando para celebrar el culto vespertino, un grupo de cuatro muchachos vimos cómo la campana de la institución producía su metálico sonido, balanceándose sobre la chimenea de la cocina. Y como era de temer, se nos ocurrió una idea “brillante”: “¡Qué lindo sería atar la campana, una noche de estas, para que no nos despierte a las 6!” En invierno, a esta hora era todavía noche cerrada.

A los cuatro nos entusiasmó la idea. La usina del colegio apagaba los motores a las 22. Todo quedaba a oscuras, y ¡todos a dormir! A las 6, cuando las chicas que trabajaban en la cocina tocaban la campana tirando de un cable que bajaba hasta allí, los monitores de los hogares de niñas y de varones iban por los corredores tocando una campanita para despertar a todo el alumnado. Así que nos pareció “oportuno” primeramente silenciar las campanitas de las residencias estudiantiles, y después atar la campana de la chimenea.

La campanita del Hogar de Varones fue muy fácil de acallar: la escondimos en el entretecho. La campanita del Hogar de Niñas presentaba un mayor desafío. Yo la había visto en el segundo peldaño de la escalera que llevaba al piso de arriba. Así que entré por una ventana del Hogar de Niñas, a una pieza donde había un piano (era un aula de música), y de allí, gateando, fui hasta la escalera, y tanteando en el segundo escalón, levanté la campanita, tomé el badajo para que no hiciera ruido, la llevé al aula de música y la dejé en un cajón, debajo de unos libros.

Después de las 22, cuando ya todo estaba muy oscuro, los cuatro “mosqueteros” salimos del Hogar a buscar una escalera para subir a la chimenea y atar la campana grande. Buscamos la escalera que estaba a la vista, apoyada en una pared del que hoy es el Pabellón de Música, que algunos muchachos habían estado pintando. La llevamos hasta el Hogar de Niñas, pero no alcanzaba para llegar al techo. Por fortuna, había un gran tanque de agua de lluvia junto a la pared. Fuimos hasta la carpintería y trajimos tres tablones, los pusimos sobre el tanque, y encima apoyamos la escalera. Tres muchachos sostenían la escalera mientras yo subía hasta el techo del Hogar. Gateando para no hacer ruido llegué hasta la chimenea, y con un piolín que llevaba até el badajo a la campana para que no sonara aunque se moviera.

Bajar, llevar la escalera al lugar donde estaba y devolver los tablones de madera a la carpintería, nos llevó mucho tiempo. Serían las 2 cuando volvimos al Hogar de Varones para dormir.

La gestión fue todo un “éxito”. Esa mañana no sonó ninguna campana. A las 6:30 escuchamos a uno de los celadores que pasaba por los pasillos golpeando las manos y gritando: “¡Levántense! ¡Levántense que ya es tarde!”

Las clases comenzaron más tarde ese día. Mientras estábamos en fila para entrar a las aulas, se adelantó el director del colegio, el Dr. Fernando Chaij, y dirigiéndose a todos los estudiantes nos dijo:

–Bueno, alumnos, una broma es una broma. Hemos resuelto no tomar medidas disciplinarias por lo ocurrido, pero queremos que quienes lo hicieron, nos lo digan.

Los cuatro compinches sonreímos, nos tocamos el codo y dijimos para nosotros mismos: “Sí, mira que te lo diremos…”

Esa misma tarde, se acercó a mi habitación en el Hogar de Varones un muchacho grandote: Carlos Rodríguez, y me dijo:

–Mira, Pedrito, si yo encuentro al que ató la campana, lo mato, porque nos están acusando a Ricardo D’Argenio y a mí de haber atado la campana. Nos acusan porque somos los que tenemos la escalera, ya que estamos pintando ese edificio de aulas.

Entonces, le contesté:

−No lo mates, Carlitos, porque “ese” fui yo con otros compinches. Tranquilo… ahora voy y le cuento al preceptor que fuimos nosotros.

Lo de las campanas y lo de la bomba había quedado bien claro, y por gracia de Dios, no se tomaron medidas disciplinarias.

Unas pocas semanas después llovió a cántaros durante todo el día. Por la noche, el cielo se limpió, salió la luna y desde el Hogar de Varones se oía el ruido, semejante a una catarata, que venía del Salto de Lust, en el arroyo Paraíso. Y se nos ocurrió, a los mismos cuatro atorrantes, otra idea “genial”.

–¡Qué lindo sería ir a ver la catarata en el arroyo Paraíso!

–Y bueno… Vamos.

Esperamos que se apagaran las luces del Hogar a las 22, y para hacer más emocionante nuestra escapada, atamos una sábana a la cama cerca de la ventana, y por allí nos descolgamos. Caminando a la luz de la luna, hacia el arroyo, habremos hecho unos 150 m, y a uno de los muchachos se le ocurrió gritar: “¡Viva la libertad! ¡Viva! ¡Somos los estudiantes, somos!”

Nuestro preceptor, David Rhys, oyó los gritos, y de inmediato fue a ver si estaban en sus piezas los cuatro sospechosos… Y no estábamos…

Llegamos con aire de triunfadores al Salto de Lust. Era hermoso ver la catarata iluminada por la luz de la luna. Tiramos algunas piedras al agua, disfrutamos de las ondas y el característico sonido, y volvimos sigilosamente.

Al pasar frente a una casa que estaba cerca del camino, dos hombres sentados a la entrada nos saludaron con un cálido: “Buenas noches”. No los reconocimos porque estaba oscuro y varios metros nos separaban de ellos, pero respondimos el saludo y continuamos el camino de retorno.

Después de caminar viarias cuadras, miramos hacia atrás y vimos que los dos hombres nos seguían. Al llegar a una esquina, uno de ellos dobló para ir a su casa: ¡era el vicerrector del colegio, el Pr. Víctor Ampuero! El otro que nos seguía se fue acercando, y cuando llegábamos a la puerta del Hogar, nos alcanzó: ¡era el preceptor, David Rhys! En un tono muy natural nos dijo: “Mañana pueden dormir tranquilos, porque no van a ir a clases. Están suspendidos hasta que la Comisión de Disciplina decida qué vamos a hacer con ustedes”.

Por la mañana nos informaron que mientras no fuéramos a clases teníamos que ir a trabajar a la quinta, así que los cuatro pasamos el día carpiendo la tierra con la azada en una plantación de repollos.

A la mañana siguiente, me avisaron que debía presentarme en la oficina del director, el Dr. Fernando Chaij. Entré, me hizo tomar asiento frente a su escritorio, y me dijo: “Pedro, quiero que sepas que tu permanencia en el colegio se ha cortado, o pende de un hilo”.

¡Cuánto necesitaba yo ese regalo divino que se llama arrepentimiento! Dolor por haber pecado. “Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación […]” (2 Cor. 7:10). Me largué a llorar desconsoladamente en el escritorio del director.

Es posible que esas lágrimas hayan influido en la decisión de la Comisión de Disciplina. Su veredicto fue: 24 amonestaciones. Hasta hoy agradezco a Dios por esa misericordia. No fueron 25. No fue la expulsión, pero sí una severa advertencia. Ahora había que ¡portarse bien! Cuán cierto es lo que escribió Salomón: “La necedad está ligada en el corazón del muchacho; mas la vara de la corrección la alejará de él” (Prov. 22:15). La necedad estaba, pero la vara hizo su efecto, ¡gracias a Dios!

Me gustaba la materia bíblica que tuvimos ese año: El Gran Plan de Dios, y respetaba mucho a su profesor, el Pr. John D. Livingston. ¡Él era muy exigente al corregir los exámenes! Había que contestar muy bien todo para sacar una buena nota. No muchos días después de recibir la sanción disciplinaria, tuve una entrevista con Livingston. Le dije que quería ser bautizado.

−Bueno, Pedro, recuerda que Jesús después de su bautismo fue tentado por el diablo –me dijo el profesor.

−Sí, pastor, pero yo quiero ser bautizado -fue mi respuesta.

Antes que terminara el año se organizó un bautismo, y se realizó en el único bautisterio que había entonces en Puiggari: el famoso Salto de Lust, en el arroyo Paraíso, allí fui bautizado por inmersión, como enseña la Biblia. ¡Salvado para servir!

Me imagino la tristeza de mis padres al ser informados de mis 24 amonestaciones. Tanto, que llegaron a la conclusión de que yo, con mis 17 años, no estaba maduro para volver como interno al Colegio Adventista del Plata al año siguiente.

Antes de que terminara ese año lectivo, me pidieron que tuviera a mi cargo el tema en el culto vespertino. Y mi tema fue: “El amor de Dios”. Y ese sigue siendo mi tema favorito. Creo que el AMOR (con mayúsculas) es el deseo y la capacidad que Dios tiene de brindar felicidad, y que el amor (con minúsculas) es el primer fruto del Espíritu Santo, que nos da, también a nosotros, el deseo y la capacidad de brindar felicidad a quienes nos rodean.

Ese año, a papá lo trasladaron como pastor a la iglesia de Río Cuarto, provincia de Córdoba, lo que me permitió cursar el cuarto año en el Colegio Nacional de aquella ciudad.

Recuerdo con gratitud al excelente profesor de Química que tuvimos. Metales y metaloides, óxidos y anhídridos, y las fórmulas de las sales minerales. Tomé nota de todo lo que el profesor dictaba. ¡Qué útil me fue para el ingreso a Medicina dos años después!

CAPÍTULO 6
Colportaje, amor y bicicleta

“Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible” (Mat. 19:26).

Después de un tiempo, a papá lo trasladaron como obrero evangélico a Rafaela, provincia de Santa Fe. Él consideró que, con dieciocho años, sería una excelente experiencia para mí colportar durante ese verano, pero hacerlo con sede en casa, por el campo, en bicicleta.

Me compraron una buena bicicleta, le instalaron un cajón en la parte trasera, donde podía llevar los libros. Papá me enseñó brevemente la técnica de la presentación, para la cual debía saber algo del contenido de cada uno de los pequeños libros acerca de salud, vida familiar y vida espiritual que iba a vender. Recuerdo que uno de ellos se titulaba ¿Basta el amor?

Fuimos con papá, en Rafaela, a visitar a un médico y también al comisario, a fin de mostrarles los libros que yo iba a vender en bicicleta por el campo, y para pedirles una firma con su sello en el prospecto de presentación, como una recomendación para incentivar la compra de los libros. ¡Conseguimos las dos firmas! Así que ya estaba listo para mi verano de colportaje.

Pero hacía un año que no la veía a Jenny, así que con el permiso de mis padres decidí ir, por supuesto en bicicleta, a visitar a mi amada novia a Grutly, a cincuenta kilómetros de Rafaela. Ahora me faltaba averiguar cómo hacer para llegar hasta allí. La hermana Amelia Zanatta tenía una hija casada en Grutly, Chichi Zanatta de Herbez, que conocía muy bien el camino y me dio las instrucciones precisas para que pudiera llegar a la casa de don Juan Pidoux y su esposa Eloísa Benítez, donde Jenny estaba gozando de las vacaciones de verano mientras ayudaba a su padre a ordeñar vacas en el tambo, y a su madre a sacar crema de la leche haciendo girar la manija de la desnatadora.

Yo no estaba entrenado para pedalear cincuenta kilómetros sin hacer algún descanso para reponer las fuerzas, así que tuve que parar varias veces, pero ya sabía cómo hacer: primero, llegar hasta Nuevo Torino, allí girar hacia el norte, hacia Felicia, hasta la plaza; de allí girar hacia el este, hasta cruzar El Bajo; entonces, de nuevo hacia el este, hasta llegar a una casa del lado derecho del camino con dos arbolitos al frente. ¡Allí era! ¡Y llegué!

Antes de entrar por el portón, me salió al encuentro un muchachito a caballo que me preguntó:

−¿Eres Pedrito?

−Sí −le contesté.

Entonces volvió al galope hacia la casa gritando:

−¡Vino Pedrito! ¡Vino Pedrito!

Era Walter Arnoldo Guillermo Pidoux, “Tole”, el hermano de Jenny.

Apenas alcancé a bajarme de la bicicleta cuando la vi a Jenny venir corriendo, pero no a mi encuentro; había estado limpiando el gallinero, y quería entrar a su casa para limpiarse y peinarse antes de encontrarse conmigo. Pero extendí mi mano y la atajé. Se dejó tomar e intercambiamos un beso.

Después se preparó como quería, y me presentó a mi querido suegro, don Juan Pidoux. A doña Eloísa ya la había visto en Puiggari, pero ahora me di cuenta de que ellos ya me querían mucho. Pasamos un lindo día juntos “en familia”, y al día siguiente, otra vez en bicicleta, regresé a Rafaela.

¡Qué bendición el colportaje! Mi padre, por años había sido estudiante colportor, y otros tantos años director de colportaje, ahora Pedrito, estudiante colportor durante un verano… Realmente, deseaba imitar a mi padre.

Mi hijo, Arnoldo Daniel Tabuenca, “Cuqui”, durante tres veranos consecutivos fue estudiante colportor con su compañero Rubén Armando Ramos, “Bencho”. ¡Tres generaciones de alumnos colportores! ¡Cuánto se aprende en esta experiencia misionera! Quizá lo más importante que se aprende es que solos nada podemos hacer, pero es muy cierto lo que Jesús nos enseñó: “Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible” (Mat. 19:26).

Como todo colportor, también tuve que aprender cortesía, humildad, oración y comunión con Dios. “En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (Rom. 12:11).

Mi territorio tenía como centro a Rafaela, pero trabajaba en el campo y abarcaba hasta Lehmann al norte, Nuevo Torino y Felicia al este, Bella Italia y Susana al sur.

Las ventas eran generalmente al contado, porque llevaba los libros en el cajón de la parte trasera de la bicicleta. A veces me sentaba en el pasto, al lado del camino, para descansar un poco y leía El camino a Cristo, mi libro preferido después de la Biblia.

Una vez me vino a acompañar por unos días Leonardo Gerometta, un colportor de experiencia que había sido asignado para orientar a los estudiantes colportores durante ese verano. Así que, también en bicicleta, fuimos a mayores distancias. Recuerdo que un día visitamos un campo donde estaban cosechando, y por la noche tuvimos que quedarnos allí, durmiendo al aire libre, acostados sobre unas bolsas que todavía estaban vacías. El tiempo amenazaba con lluvia, pero gracias a Dios, no llovió.

Mi entrenamiento como ciclista fue bueno. Algunos viernes iba a Grutly para visitar a mi Jenny. Era muy bien recibido en su hogar. Al final del verano ya no tenía que dejar de pedalear ni un instante mientras recorría los cincuenta kilómetros entre Rafaela y Grutly, pero Jenny recuerda que en el abrazo de bienvenida, sentía latir con fuerza mi corazón. Recuerdo que juntos mirábamos las nubes para ver si había algún pronóstico de lluvia para el día siguiente, así podría quedarme un día más con ella. Alguna vez tuvimos ese privilegio.

Cuando terminó el verano ¡había logrado la beca! ¡Había ganado el dinero necesario para estudiar mi último año de secundario en el Colegio Adventista del Plata!

La edad y la experiencia me habían enseñado a “portarme bien”. Además, Jenny y yo éramos novios “oficiales”. Una vez por mes, teníamos, con el aval de nuestros respectivos padres, lo que se llamaba “la salita”. En el Hogar de Niñas había una sala pequeña en la que podíamos sentarnos y conversar hasta por una hora, por supuesto bajo el frecuente control de la preceptora, que por alguna razón “de fuerza mayor” cada pocos minutos tenía que pasar a buscar o dejar alguna cosa importante en un armario que estaba allí. La preceptora era mi querida tía Sara Rode, soltera todavía.

Sara Rode se casó un tiempo después con el Pr. Carlos Treptow y tuvieron una preciosa hija, mi prima Mirta Erna, que es hoy la esposa del Pr. Raúl Rhiner.

¡Qué bendición fue terminar mi quinto año en el Colegio Adventista del Plata! Siempre recuerdo con inmensa gratitud a mi profesor José Uría. Primero, me enseñó a nadar “a la plancha” allá en el Salto de Lust. “Acuéstate de espaldas sobre mi mano”, me decía. “Deja caer tus brazos y tus piernas, aflójate. Ahora respira profundamente…” Hice todo lo que él me dijo y entonces dejó de sostenerme con toda su mano abierta, y me sostuvo con tres dedos… Luego con dos dedos… Después con un dedo… Y al final ¡me soltó! Y yo quedé flotando, haciendo “la plancha”.

Un viernes de noche, José Uría tuvo a su cargo la reunión espiritual para los alumnos; su tema fue: “La oración”. Nos dijo que orar es el acto de abrirle el corazón a Dios como a un amigo. Esto está escrito en el libro El camino a Cristo, pero nos hizo reflexionar: ¡Qué amigo es el Dios Creador del universo! Además, abrirle el corazón no es solo hablar sino también escuchar, y a continuación, el “profe” Uría ilustró lo que había asegurado: “Imagínense que pedimos una audiencia con una importante autoridad, por ejemplo, el gobernador de la provincia de Entre Ríos. Nos informa que podrá recibirnos el próximo lunes a las 10:00. Puntualmente llegamos a la Casa de Gobierno y esperamos hasta que el secretario nos dice que ya podemos presentarnos ante el gobernador. Entramos, nos saluda, nos invita a tomar asiento frente a su escritorio y nos pregunta cuál es nuestro pedido. Entonces hablamos, le contamos el problema, y solicitamos su ayuda. Es como si ya llegamos al amén de nuestra oración. Entonces, ¿nos levantamos y nos vamos? ¡Claro que no! Lo que más nos importa es escuchar lo que nos dice el gobernador. Hagan esto mismo, jóvenes alumnos. Después de orar, quédense en silencio, no se levanten en seguida, escuchen lo que Dios quiere decirles. Eso será para ustedes una experiencia maravillosa”, fue su reflexión.

Quedé convencido con este consejo de mi profesor, así que unos días después, antes de acostarme por la noche, me arrodillé para orar, y luego del amén, me quedé en silencio como queriendo escuchar… No sentí ninguna voz audible, pero un pensamiento impactó mi mente: “¡Sé íntegro, puro y fiel!” ¡Cuánto necesitaba yo ese mensaje del cielo, y cuánto bien me hizo!

Varias noches después hice lo mismo, y el mensaje que recibí fue: “¡Sé esforzado y valiente!” Entusiasmado con las respuestas maravillosas, quise escuchar de nuevo, y después del amén, volví a quedarme atento, y lo que llenó mi mente fue la orden “¡Sé como Jesús!” Allí estaba todo, no necesitaba más.

¡Qué experiencia maravillosa fue esa, al terminar el secundario en mi querido Colegio Adventista del Plata! Gracias a ella comencé a ver las cosas de otra manera: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas” (2 Cor. 5:17).

CAPÍTULO 7
Estudiante universitario, pero muy pobre

“Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará” (Sal. 37:5).

¿Adónde me mandarían mis padres a estudiar Medicina y tener la tranquilidad de que yo viviera en un hogar cristiano? Les surgió la mejor idea: la familia Basanta. Habían sido compañeros en el colegio adventista y vivían en La Plata, Buenos Aires. Hicieron los contactos, y quedó todo arreglado. Por ochenta pesos mensuales me darían pensión completa. Y eso, en realidad, era todo lo que mis padres podían mandar.

Papá me lo advirtió con tiempo:

–Hijo, dentro de un año me jubilaré y no creo que entonces me alcance el sueldo para mandarte el dinero.

Creo que fue a mi madre a quien se le ocurrió otra idea.

–Pedrito, ¿por qué no dedicas unos años a trabajar, así ahorras dinero para estudiar?

–¡No! –fue mi respuesta–. Si quiero aprender a nadar, tengo que tirarme al agua, y me tiro ahora.

Así que a principios de febrero de 1947 viajé a La Plata. La familia Basanta me recibió muy bien. Doña Emma había sido amiga de mi madre en el antiguo Colegio Adventista del Plata. Don Ángel, su esposo, era un sastre que trabajaba mucho y muy bien. Tenían tres hijos: Febo, Raquel y Mimí. Con ellos nos hicimos amigos fácilmente.

Tuve que ir en febrero porque había un curso de preparación para el examen de ingreso. Tenía que caminar bastante para ir de la casa de los Basanta, cruzando el bosque de La Plata, hasta llegar a la Facultad de Medicina.

El primer día que fui, me encontré con un muchacho que iba al curso de ingreso, igual que yo. Todavía no habían comenzado las clases cuando un ordenanza que estaba allí con guardapolvo blanco, nos dijo como para “animarnos”:

-¿Así que van a estudiar Medicina? Si quieren les adelanto la morgue.

Aceptamos la invitación y lo seguimos. Entramos en la morgue. Había cadáveres embalsamados en formol en diversas mesas metálicas. Era parte de la cátedra de Anatomía. No dijimos nada, y salimos de allí lo más rápido posible procurando no darle al ordenanza la impresión de estar asustados, pero esa era la realidad.

Nos dieron los reglamentos del ingreso y los exámenes. Los leí con muchísima atención. Al terminar el mes de clases preparatorias había una semana de exámenes. Un párrafo decía: “Si un alumno aprueba todas las materias menos una, se le dará la oportunidad de rendirla un mes después”.

Comenzaron las clases, había que tomar apuntes y sacar libros de la biblioteca, ¡y había que estudiar! En la casa de la familia Basanta, mi cama estaba detrás de una cortina, en el salón de la sastrería, así que para estudiar yo me sentaba en un banquito en el pasillo de entrada porque allí había más luz.

Terminó el curso y llegó la semana de exámenes. Cada mañana rendíamos un examen, y por la tarde ya teníamos la nota. Pero también había un examen el sábado de mañana. Era el último: Botánica.

Naturalmente, no fui a rendir; fui a la iglesia, sita en la calle 46, n° 360, entre 2 y 3.

El lunes fui a la secretaría de la facultad para ver cuándo sería mi examen de Botánica. Me atendió el secretario, y cuando le pregunté:

–¿Qué día es el examen que se rinde dentro de un mes? Yo tengo aprobadas todas las materias menos una, Botánica.

El secretario puso una cara que me pareció de perro enojado, y me dijo:

–Su caso no está contemplado en el reglamento. Esa posibilidad existe cuando un alumno es aplazado en una materia, pero usted no fue aplazado. ¡Usted no se presentó! ¡Vaya a hablar con el decano!

Fui al Decanato, me atendió la secretaria, le expliqué que no había rendido el examen de Botánica porque había sido en sábado, pero tenía aprobadas todas las materias de ingreso. La secretaria consultó con el decano, volvió a la ventanilla y me dijo: “Dice el decano que haga una nota”.

Conseguí un papel, y con la mejor letra posible escribí que como el examen de Botánica había sido en sábado, por razones de conciencia, no había asistido.

Le entregué la nota a la secretaria, en la ventanilla del decanato y al día siguiente volví para tener la respuesta. Salió a atenderme el decano y me dijo: “Usted queda como alumno condicional, puede asistir a clases, y dentro de un mes habrá un examen para conscriptos. Usted puede rendir con los conscriptos”. Le agradecí, y me fui muy contento.

Ya estábamos en marzo, y habían comenzado las clases de Anatomía. Me encantaban. El Prof. Rómulo Lambre tenía en la mano un hueso etmoides, nos lo mostraba y describía con precisión sus partes: las masas laterales, donde están los senos etmoidales, la lámina cribosa por donde pasan los filetes del nervio olfativo, y la lámina vertical, que forma parte del tabique nasal… Pero yo estudiaba Botánica.

Para entonces terminaba marzo, así que fui a la secretaría para preguntar cuándo sería la fecha del examen para conscriptos. En cuanto le pregunté al secretario por el examen, me miró con la misma cara de rabia con que me había mirado antes, y me dijo:

–Si hay conscriptos, hay examen. Si no hay conscriptos, ¡no hay examen!

Entonces le pregunté:

–Y… ¿No hay conscriptos?

Con toda firmeza me contestó:

–No hay conscriptos.

En aquellos años, el servicio militar era obligatorio en la República Argentina. Los muchachos que cumplían veinte años tenían que recibir instrucción militar y formaban parte del ejército durante un año. Esos eran los conscriptos.

Era evidente que la Facultad de Medicina de La Plata no iba a hacer ninguna concesión en cuanto a fechas de examen por razones religiosas. Así que lo de “alumno condicional” quedaba pendiente y ya no dependía de nada que yo pudiera hacer, aparte de orar. No obstante, Dios sí podía, y a último momento ¡llegó un conscripto! Un muchacho de Entre Ríos que había estado haciendo el servicio militar fue dado de alta del ejército, y como deseaba estudiar Medicina vino a La Plata. Más cerca le quedaba Rosario y también Buenos Aires, pero ¡vino a La Plata! Así que ¡hubo examen!

El rindió todas las materias, yo solo tuve que rendir Botánica. Recuerdo muy bien aquella mesa examinadora. Me hicieron preguntas y más preguntas, pero yo había tenido tiempo de sobra para estudiar. Al terminar, el jefe de la mesa examinadora me dijo:

–Muy bien. Tiene un diez, pero díganos, ¿por qué usted no se presentó al examen en febrero? ¿Estuvo enfermo? ¿O no estaba preparado?

Entonces le contesté:

–Porque soy adventista del séptimo día y en obediencia al cuarto mandamiento de la Ley de Dios, y siguiendo el ejemplo de Cristo y los apóstoles, guardo el sábado. Como el examen de Botánica fue en sábado, no lo rendí.

Me sorprendió su respuesta:

–Aquí somos todos católicos, pero lo felicito, porque difícilmente uno de los nuestros se hubiera expuesto a perder un año de estudio por motivos de conciencia.

¡Gracias a Dios! ¡Cómo cumple él sus maravillosas promesas! De este modo lo cantaba David: “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará” (Sal. 37:5). Así fue como ingresé en la carrera de Medicina en la Universidad Nacional de La Plata.

El primer año de mi carrera llegó a su fin. Papá me había advertido que quizás hasta allí podría ayudarme con los ochenta pesos por mes que entregaba a la familia Basanta. Yo tenía muy buen apetito, y una vez oí que don Ángel le decía a su esposa Emma, en broma por supuesto, y mirándome a mí: “A este es más barato hacerle un traje que darle de comer”. Hasta hoy recuerdo con gratitud la bondadosa hospitalidad de la familia Basanta.

La pregunta que venía a mi mente una y otra vez era: ¿qué voy a hacer el año que viene?

Eximido del servicio militar

Tenía veinte años recién cumplidos cuando me llegó la citación. Como mi domicilio estaba registrado en Rafaela, tenía que presentarme en el cuartel de Santa Fe para ser incorporado al servicio militar.

Yo era muy delgado y medía 1,80 m, así que un día antes de presentarme tomé un purgante con la esperanza de que, por no entrar en el índice de Pigné (relación peso-altura-perímetro torácico), pudiera librarme. Luego me pesé, me medí, y para mi decepción, todavía entraba. Oré para que Dios me guardara y si era posible me librara de esa actividad militarizada que nada agregaría a mi vida personal y espiritual. Mis padres también oraban. Fui a Santa Fe y me presenté. La orden que recibimos fue:

–¡Desnúdense! Vamos a tomarles el índice de Pigné.

Primeramente me midieron:

–Un metro ochenta –cantó el oficial a cargo.

La altura no me sirvió para salvarme. Me pesaron: 53 kg. El mismo peso que tenía antes de presentarme. Entonces me midieron el perímetro torácico, ¡y el oficial cantó nueve centímetros menos de lo que yo había medido en casa!

–Espere allí –me dijeron.

Dos minutos después me entregaron la libreta de enrolamiento, donde escribieron: “Inepto para el servicio militar”. ¡Salvado para servir! Agradeciendo a Dios, fui a despedirme de mis padres, y viajé a La Plata.

Papá se había jubilado, ¿cómo podría yo seguir estudiando? En la iglesia de La Plata conocí al Dr. Ubricio Palau. Era el director de Asistencia Pública de La Plata. Hacía poco que se había incorporado a la iglesia. Un día, caminando por la calle, pasé frente al edificio de Asistencia Pública, y por un portón que estaba abierto, vi a unos hombres con botas de goma que lavaban las ambulancias con mangueras y fuertes chorros de agua. Y se me ocurrió una idea: “Necesito conseguir un trabajo para seguir estudiando, ¿y si le pido al Dr. Palau el trabajo de limpiar ambulancias?”

Así que un sábado, al salir de la iglesia, me acerqué al doctor, y le dije:

–Doctor, para continuar mis estudios de Medicina el año próximo, necesito conseguir un trabajo. ¿Podría darme el trabajo de limpiar ambulancias? Me miró bondadosamente y me contestó:

–Bueno, vamos a ver qué se puede hacer.

Varias semanas después, al salir de las reuniones en la iglesia, me llamó y me dijo:

–Tengo buenas noticias para ti.

–¿Voy a limpiar ambulancias? –le pregunté.

–No –me contestó.

Y enseguida agregó:

–Vas a trabajar en la Administración. Y ¿sabes cuánto ganarás?

Y sin darme tiempo para pensar, me dijo:

–Doscientos pesos por mes.

¡Casi no lo podía creer; podría seguir estudiando! El gerente de Asistencia Pública era el Sr. Lerange. Yo trabajaba en su oficina. Tenía que pasar a un libro las facturas de todos los gastos y sumar al fin del mes para informar el total, bien documentado. Había una señora que trabajaba como secretaria en la misma oficina.

Una mañana sonó el teléfono cerca de mi escritorio y lo levanté para atender. Alguien quería hablar con el Sr. Lerange. Extendiendo el teléfono hacia donde estaba el gerente, le dije:

–Sr. Lerange, es para usted.

–Dígale que no estoy.

Quedé con el teléfono en la mano, levantado en el aire, sin saber qué hacer.

–Señora, dígale que no estoy -fue la orden de Lerange.

Le alcancé el teléfono a la secretaria, y ella contestó de acuerdo con el pedido del jefe. Después de esa experiencia, ya Lerange sabía que no podía contar conmigo para mentir. Así que, si sonaba el teléfono y él no quería atender, me decía:

–No atiendas.

Y dirigiéndose a mi compañera le decía:

–Señora, dígale que no estoy.

El reglamento para un empleado estudiante indicaba que debía trabajar seis horas por día. Por supuesto, yo tenía el sábado libre. En caso de tener que rendir examen, me daban libre el día anterior al examen y el día que rendía hasta terminar el examen.

Dios me estaba dando los recursos para seguir estudiando. Ya no necesitaba recibir dinero de mis padres. Ya no pagaba ochenta pesos por mes a los Basanta, ni a los Marcenaro, ni a los D´Argenio, todas familias de la iglesia de cuya hospitalidad disfruté sucesivamente. La iglesia de La Plata me consiguió alojamiento gratuito en la cocina ubicada detrás del salón de jóvenes.

CAPÍTULO 8
Estudiante de Medicina, ¿y casado?

“La casa y las riquezas son herencia de los padres; mas de Jehová la mujer prudente” (Prov. 19:14).

Ya estaba cursando mi tercer año de Medicina y hacía seis años que estaba de novio con Jenny. Nos veíamos dos veces por año: en julio ella venía a La Plata y paraba en la casa del pastor Armando Bonjour, yo iba en enero a la casa de mis padres en Rafaela a gozar de mis dos semanas de vacaciones laborales y, por supuesto, para encontrarme con Jenny.

En algún momento, durante los últimos meses de 1949, pensé: “¡Cómo me gustaría casarme el año que viene!, pero ¿adónde vamos a vivir?” Yo vivía en la cocinita que estaba detrás del salón de jóvenes de la iglesia. ¿Cabría allí una cama de dos plazas? El piso era de baldosas de 20 cm por 20 cm, así que tomé bien las medidas de la pieza, y fui a ver qué medidas tenía una cama de dos plazas. Y… ¡Sí! ¡La cama entraba!

Claro, había que ponerse de costado para pasar “raspando” frente a la estufita de una hornalla y llegar a la piletita con una canilla que había en la esquina. Además, si poníamos una cama, había que sacar la mesita en la que yo estudiaba y donde tenía mis libros. ¿Y si ponía la mesita un poquito hacia afuera, cerca de la puerta de la cocina, en el salón de jóvenes? El asunto era si la iglesia me lo permitiría, y si Jenny aceptaría casarse conmigo para vivir en esas condiciones.

Pensé que antes de hablar con el Pr. Bonjour, tenía que escribirle a Jenny. Así que en una hoja de papel cuadriculado, le mandé un plano de la cocina, mostrando cómo entraba la cama y se podía llegar a la piletita pasando al ras de la estufita. Y le dije que si ella aprobaba el proyecto, entonces yo hablaría con el pastor para obtener el permiso para sacar mi mesita al salón de los jóvenes, y así podríamos casarnos en enero del año siguiente.

Jenny recibió mi carta y se la mostró a su mamá, doña Eloísa, que ya me quería mucho. Ella le dijo:

–Y, ¿qué piensas hacer?

Mucho después, Jenny me contó cuál había sido su respuesta:

–Yo me quedo con el candidato; los muebles vendrán después.

Así que me contestó la carta. ¡Sí, estaba dispuesta a casarse conmigo y a vivir en esa cocinita!

En cuanto tuve su respuesta, hablé con el Pr. Bonjour, quien me dijo:

–Bueno… Vamos a ver qué decide la Junta de Iglesia.

Días después se reunió la Junta. Me pareció que tardaban mucho en tomar decisiones, pero al fin vino el pastor para hacerme conocer el acuerdo. Yo estaba en mi pieza en la cocinita, y el pastor me dijo:

–Esta va a ser la cocina de ustedes. Y ese cuarto grande que hay al frente, con ventana a la calle, va a ser el dormitorio.

¡Qué alegría! ¡Podíamos casarnos en enero! Le escribí a Jenny, y rápidamente hicimos todos los arreglos con mis padres y los suyos. El casamiento civil sería en Rafaela, por la mañana, y la ceremonia religiosa sería en la Iglesia Adventista de Felicia, el 4 de enero de 1950 por la noche.

Jenny tenía 19 años, y aún recuerdo cuando el juez, después que firmaron los testigos, dijo: “Ahora, la firma del padre de la menor”. Y don Juan Pidoux se adelantó de inmediato, ¡y firmó! Ya estábamos legalmente casados.

El Pr. Adán Mayer tuvo a su cargo la ceremonia religiosa en la Iglesia Adventista de Felicia. Recuerdo la emoción que sentí al verla entrar con su precioso vestido blanco, del brazo de su padre. Yo le había dicho a Jenny el día anterior:

–No te vayas a pintar.

Cuando terminaron de saludarnos los amigos, en la puerta de la iglesia, Jenny me dijo muy sonriente:

–¿Viste que no me pinté?

Sus labios no podían estar más rojos. Así que le dije, con tono de quererla perdonar.

–¿Que no te pintaste?

Y entonces me explicó que en todo el viaje desde Grutly hasta Felicia se había estado mordiendo los labios para que quedaran bien rojos, ¡pero que no se pintó!

La cena de bodas fue en la casa del tío Benjamín Pidoux, en el campo, en Grutly. La torta de bodas la hizo Edith Milagros Zanatta de Herbez, “Chichí”, la hija de doña Amelia, la bondadosa señora que me enseñó cómo hacer para llegar a la casa de Jenny, cuando fui en bicicleta por primera vez.

Cuando terminó la cena, Noel Herbez un querido primo de Jenny, el esposo de Chichí, nos llevó en su auto a Santa Fe, al hotel Castelar, reconocido como el mejor de la ciudad.

Allí, lo primero que hicimos fue leer 1 Corintios 13, el capítulo del amor, y después nos acostamos…

A la mañana siguiente tomamos el ómnibus para ir a Buenos Aires y luego a La Plata. En la casa del Pr. Bonjour nos estaba esperando mi hermana Violeta. Ella cursaba el Profesorado en Ciencias Biológicas y vivía entonces en lo de Bonjour, y ellos estaban de vacaciones.

Yo había planificado cuidadosamente dónde pasaríamos nuestra luna de miel. Sería en una cabaña, en el delta del Río Paraná. Yo había estado allí con un grupo de jóvenes acampando. La cabaña era de un miembro de la iglesia de Liniers. Hice los arreglos con él, y nos la prestó para la luna de miel.

Así que, al día siguiente fuimos en ómnibus al puerto de Tigre, y después en una lancha que nos llevó a la isla donde estaba la cabaña. Jenny había sugerido llevar algo de comida, pero yo le dije: “No, hay un almacén en la isla de enfrente, allí podemos comprar algo para comer”.

De todos modos ella se trajo un quesito. Después que llegamos a la cabaña, me subí al bote del dueño, y comencé a remar hacia el almacén. Jenny se quedó en la cabaña.

Me di cuenta de que yo remaba muy rápido, ¿o sería que la corriente era muy rápida y me estaba llevando? Lo cierto es que ¡me estaba alejando de la cabaña! Me di cuenta de que si llegaba al almacén, no podría volver porque la corriente era muy fuerte y me alejaba cada vez más. Así que remé para llegar a la orilla y volví caminando a encontrarme con Jenny, pero sin nada para comer.

Ella, revisando la cabaña encontró una bolsita con papas. Con el calentador Primus a querosén cocinó algunas, y comimos papas hervidas y queso.

Sabíamos que cerca de la cabaña vivía una familia amiga del dueño, y decidimos visitarlos y contarles que estábamos de luna de miel. Nos atendieron muy amablemente, y nos ofrecieron unos pedazos de pan dulce. Yo tomé uno y Jenny miró bien cuál era el más grande y se sirvió.

Agradecidos por haber comido algo muy rico, nos despedimos, y el dueño de casa muy bondadoso, nos dijo: “No, no, no se vayan. Les quiero regalar una gallina” y, sin esperar un segundo, agarró por la cabeza a una gallina, la reboleó para matarla, y me la dio. No tuvimos más remedio que aceptarla, ya estaba muerta. Le agradecimos y nos fuimos.

Ni a Jenny ni a mí nos gustaban las gallinas, y aunque teníamos hambre… ¿Nos pondríamos a desplumarla, a sacarle las vísceras y a cocinarla? ¡No! Cuando volvimos a la cabaña, la tiramos detrás de un yuyal para que nadie la viera. Por supuesto, al día siguiente pusimos la banderita blanca en el atracadero de la cabaña para que la primera lancha parara y nos llevara.

Cuando llegamos a lo de Bonjour, Violeta nos recibió asombrada y nos dijo: “¡Cómo! ¿Ya están de vuelta?”

Bueno, le explicamos todo y nos entendió… Después, nos fuimos a tomar un helado y a continuación, lo primero que hicimos fue mudarnos a nuestro domicilio oficial: la Iglesia Adventista de La Plata, en la calle 46, nº 360, entre 2 y 3.

Jenny comenzó a estudiar Enfermería en la Escuela de la Cruz Roja Argentina, y yo a estudiar “como loco” porque tenía que rendir Microbiología, y lo peor que podía pasarme era que al nunca haber sido aplazado en una materia, me aplazaran en esa, la primera que rendía después de casado. Gracias a Dios, ¡aprobé! Y con un 8 (muy bueno).

Elecciones y cambios

Llegaron las elecciones y con ellas muchos cambios: nuevo gobernador, nuevo ministro de Salud, nuevo director de Asistencia Pública. Este último era ahora el Dr. Zerillo, y llegó a apreciarme mucho. Durante la Recolección Anual (plan auspiciado por la Iglesia Adventista, que consistía en solicitar ayuda financiera con fines filantrópicos) yo le hacía la presentación de los proyectos y le mostraba el volante en el que aparecían lanchas misioneras en el río Amazonas y otras actividades de servicio de la iglesia. Él sabía que yo quería ser médico misionero y una vez me dijo: “Cuando te gradúes, quiero ir contigo al Amazonas”. Con su aprecio, comenzó a darme también bastante trabajo “extra”.

El Dr. Zerillo era endocrinólogo y con frecuencia indicaba un estudio de metabolismo basal a sus pacientes. En la Asistencia Pública había un aparato para medir el metabolismo basal, y yo tenía que llevarlo a su consultorio y allí hacerles el estudio a sus pacientes. A veces me pedía que fuera de noche a otro consultorio, para escribir algunos datos en las historias clínicas. Y me encargó también la cobranza de la cuota mensual del Comité Peronista, del cual, supongo, él era tesorero. Para cumplir con ese trabajo, yo tenía que recorrer cada mes, en bicicleta, los domicilios de unos veinte miembros del “comité”. Por supuesto, seguía como empleado administrativo trabajando en la oficina del gerente de Asistencia Pública.

Estas tareas me dejaban poco tiempo para estudiar, así que para librarme de todos esos compromisos laborales, un día pensé en pedirle al director algo imposible, una locura: que en vez de empleado administrativo, me pasara a practicante de urgencias.

Los practicantes de urgencias hacían un día de guardia por semana, desde las 8 de un día hasta las 8 del día siguiente. Eran 24 horas corridas. Yo estaba ya en el cuarto año de Medicina y si podía conseguir ese cambio en mi actividad laboral, me pasaría a la Universidad de Buenos Aires para estar seguro de que no me daría otra tarea extra, y entonces ¡sí tendría tiempo para estudiar!

Al fin junté coraje y decidí ir a la casa del Dr. Zerillo para hacerle este pedido. Sabía la dirección, pero nunca había estado allí. Fui caminando, pero al llegar frente a la puerta, no me animé a tocar el timbre y seguí caminando hasta la esquina. Allí me vino de nuevo a la mente el verso 5 del Salmo 37: “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará”. Así que volví la media cuadra que había caminado de más, y rápidamente, antes de arrepentirme, toqué el timbre. Salió a recibirme el Dr. Zerillo. Al abrir la puerta, me dio la mano y me dijo: “Qué milagro, tú por aquí. Pasa, ¿qué quieres?”

Me hizo tomar asiento, y él se sentó en un sillón. Entonces le expliqué mi problema: la falta de tiempo para estudiar, mi deseo de ser cirujano y médico misionero y mi convicción de que, para lograrlo, convenía que pidiera el pase de la Universidad de La Plata a la de Buenos Aires, y que para que todo eso fuera posible le pedía a él un favor: que me pasara de empleado administrativo a practicante de urgencias y que me pusiera en la guardia del jueves, porque el jefe de guardia del jueves era el Dr. Abella, un excelente cirujano.

Se echó para atrás en su sofá, respiró hondo y me dijo:

–En memoria de mi padre… (político platense, ex vicegobernador, que había fallecido hacía poco) que me enseñó a hacer todo el bien que me fuera posible, accedo a tu pedido. Pero quiero que entiendas que, desde ahora, ya no serás un servidor del Estado, sino que el Estado te estará sirviendo a ti. Y en qué guardia te vamos a poner, lo decidiremos después.

–¡Muchísimas gracias, doctor!

Le agradecí de corazón y me levanté para irme. Me acompañó hasta la puerta para despedirme, y al darme la mano me dijo:

–Y te pongo en la guardia del jueves.

Eso significaba que ya se estaba abriendo el camino para mi entrenamiento quirúrgico.

Feliz por la noticia, fui a hablar con el Pr. Bonjour; él encontró de inmediato la solución. Habló con el Pr. Héctor Peverini, que vivía solo en un departamento ubicado sobre las oficinas de la Asociación Bonaerense, en Uriarte 2429, en el barrio capitalino de Palermo. La esposa del pastor estaba internada desde hacía años, por su enfermedad mental, y sus hijos, los gemelos Tulio y Milton estaban estudiando en el Colegio Adventista del Plata. Jenny sería el ama de casa y la cocinera, pero podía seguir estudiando Enfermería.

Yo tenía el subterráneo metropolitano a pocos metros, en Plaza Italia, para llegar en minutos a la estación Facultad de Medicina. ¡Mejor, imposible! Fue maravilloso el tiempo que compartimos con el Pr. Peverini. Creo que en su soledad, él también disfrutó de nosotros.

Un día lo vimos muy preocupado, era un secreto eclesiástico, pero nos tenía confianza y ante nuestra promesa de guardar silencio, nos lo contó. Había llegado a manos de un jefe militar de alto mando, un ejemplar de la revista adventista Juventud en la que se mencionaba el hecho de que los jóvenes adventistas no deberían portar armas. Este jefe militar, sin duda mal asesorado, había iniciado un trámite judicial que podría culminar con un decreto que pusiera fuera de ley a la Iglesia Adventista y todas sus instituciones.

¿Cómo lo supo el Pr. Peverini? Un empleado administrativo de las Fuerzas Armadas tuvo acceso al expediente en curso, y se ofreció para darle al Pr. Peverini, como presidente de la Asociación Bonaerense de la Iglesia Adventista, una copia del expediente, a cambio de que le pagaran varios miles de pesos, “porque corría el riesgo de perder su puesto si sus superiores se enteraban”.

Fue un momento de gran ansiedad. ¿Qué hacer? ¿Valía la pena pagar esa suma para tener una copia del expediente? Peverini consultó con el Pr. Alfredo Aeschlimann, presidente de la Unión Austral (territorio eclesiástico de la Iglesia Adventista que entonces incluía Uruguay, Paraguay, Chile y Argentina).

Seguramente el tema fue tratado en privado en alguna comisión, y se decidió pagar y recibir la copia del expediente. Mucha preocupación y mucha oración. Con toda la información en mano, de inmediato se preparó en la Asociación Casa Editora Sudamericana una revista muy bonita, con la tapa en los colores celeste y blanco de la bandera argentina. La revista se titulaba: Un Ideal Cristiano al Servicio de la Patria y de la Humanidad, y tenía información acerca de las instituciones educativas de la iglesia, el Sanatorio Adventista del Plata, y las actividades de OFASA (Obra Filantrópica de Asistencia Social Adventista). Con esa revista en mano, se concertaron entrevistas con autoridades civiles y militares. Y en poco tiempo, gracias a Dios ¡todo quedó en paz! Naturalmente, quedó fundado el Departamento de Libertad Religiosa de la Unión Austral.

Jenny y yo asistíamos a la Iglesia de Palermo. Más cerca, imposible: estaba en la planta baja de “nuestro” departamento.

Un día el Pr. Peverini nos pidió que fuéramos los sábados a colaborar con una pequeña iglesia en Bella Vista. Por supuesto, aceptamos. Teníamos que tomar el tren en la estación Palermo y bajarnos en Bella Vista, provincia de Buenos Aires. Allí, algunos sábados tuve que predicar. Jenny tenía a su cargo la reunión sabática de los niños. Fue este lugar donde la Junta decidió nombrarme anciano de la iglesia.

Nuestra experiencia de convivencia con el Pr. Héctor Peverini fue una bendición para nosotros. Aprendimos una nueva definición de lo que es un verdadero cristiano. Él nos la enseñó sin palabras, tan solo con su vida. No nos lo dijo, pero nos lo mostró: “Un verdadero cristiano es alguien con quien es muy agradable convivir”.

Vivimos con él exactamente un año. Para nuestra desdicha, lo nombraron director del Colegio Adventista del Plata, en Puiggari, Entre Ríos. Jenny y yo nos preguntábamos: “Y ahora… ¿Adónde vamos a vivir? ¿Debajo de un puente?” Pero recordamos una vez más: “[Dios] nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas, para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina [...]” (2 Ped. 1:4, NVI). Y entre esas promesas había una que nos llenaba de esperanza: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos” (Sal. 32:8).

Y eso mismo es lo que, en su misericordia, hizo Dios con nosotros. El Pr. Peverini habló con el Pr. Aeschlimann. Dios no nos iba a dejar “debajo de un puente”; íbamos a vivir en Florida, en la casa del presidente de la Unión Austral. Y para allá nos mudamos, pero ahora Jenny ya no era la “ama de casa”, sino más bien la “empleada doméstica”.

El Pr. Alfredo Aeschlimann era una persona maravillosa y también misericordiosa. En pocas semanas, él percibió algo de tristeza en el rostro de Jenny. Justamente, a causa del expediente militar que había puesto en riesgo la situación de la Iglesia Adventista, la sede de la División Sudamericana de la iglesia que desde un principio estuvo situada en Buenos Aires, se trasladó a Montevideo, República Oriental del Uruguay, y el edificio que ocupaba en el barrio de Belgrano quedó vacío. ¡Qué maravilla! El presidente de la Unión Austral lo declaró Hogar de Estudiantes Universitarios. Esa fue nuestra última mudanza como estudiantes.

Seguíamos yendo los sábados a la pequeña iglesia de Bella Vista, y por la tarde salíamos a buscar, casa por casa, gente que quisiera estudiar la Biblia. Fue así como nos encontramos con un rabino judío que tenía una Biblia con letras grandes, escrita en hebreo.

–Por favor, léame Isaías 7:14 –le pedí entusiasmado.

De inmediato buscó el pasaje y leyó: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”.

–¿Qué quiere decir esto? –le pregunté.

Volvió a mirar su Biblia, y lentamente, con cuidado, leyó:

–Em Manu El: Con nosotros Dios −fue su respuesta.

Pensé que allí tendría la oportunidad para ofrecerle estudios sobre profecías mesiánicas, y en un papel le hice un gráfico con la profecía de las setenta semanas de Daniel 9. Le expliqué cómo se cumplió todo en la vida de Cristo: “Desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas y sesenta y dos semanas…” (Dan. 9:25). Esto significa 69 semanas, que son 483 días proféticos o años literales. Desde que Artajerjes, rey de Persia, dio la orden en el año 457 a.C. (Esd. 7:1-8) hasta el bautismo de Jesús en el año 27 d.C. pasaron ¡exactamente esos 483 años señalados en la profecía de Daniel! ¡Y más todavía: la muerte expiatoria de Cristo iba a suceder tres años y medio después! “Después […] se quitará la vida al Mesías […] a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio.” (Dan. 9:26, 27). Y eso es exactamente lo que sucedió, así que Jesús es el Mesías.

Esa era y es mi convicción, y con entusiasmo quise compartirla con el letrado rabino. Le dejé el papel con el gráfico de la profecía y al siguiente sábado, por supuesto, volvimos a visitarlo. ¡Qué desilusión! Nos dijo: “Estas cábalas numéricas no tienen ninguna importancia”.

Cuán cierto es lo que nos dejó escrito San Pablo en 2 Corintios 4:4 y 6: “En los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo [… ] Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”.

En otra ocasión, nos encontramos en la calle con un hombre español. Le mostramos la Biblia que teníamos, y le ofrecimos estudiarla con él. Rechazando totalmente nuestro ofrecimiento, nos dijo: “La Biblia es un libro malo, dice que la virgen María era una prostituta”. Era evidente que había emigrado de España en la época posinquisición.

Una noche yo volvía en tren de mi guardia en la Asistencia Pública de La Plata. Sentado cerca de mi asiento iba un sacerdote, y me acerqué para darle un folleto misionero. Lo recibió, pero con toda firmeza me dijo: “Ustedes no tienen derecho de predicarle a nadie, Cristo les dio esa orden solamente a sus apóstoles y a aquellos sobre los cuales ellos pusiesen sus manos”.

Me quedé mudo; no tenía respuesta alguna que darle. Llegué a casa, al Hogar de Estudiantes Universitarios. Estaba muy preocupado. ¿Cómo no tuve respuesta alguna para ese sacerdote? Al día siguiente la encontré, y nada menos que en 1 Pedro 1:1 y 2, y 2:9: “Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados en la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según la presciencia de Dios […]. Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”.

Estos textos enseñan que si ya salimos de las tinieblas y tenemos la luz, tenemos también la responsabilidad y el privilegio de anunciarla y compartirla.

Como practicante de urgencias en la Asistencia Pública de La Plata, aprendí muchas cosas: suturé varias heridas, atendí un parto a domicilio en un rancho y también una apendicectomía. Claro, bajo la dirección del Dr. Abella, que me dijo mientras me ayudaba: “Tienes las manos bastante torpes todavía”, y tenía razón.

Algunos domingos iba al Hospital Salaberri, en Buenos Aires. Allí siempre hacía falta un practicante más. A los recién llegados nos llamaban “ultra perros”. La tarea que con más frecuencia me tocaba era ser el “anestesista” para alguna cirugía de urgencia, para eso usábamos el aparato de Ombredanne que nos facilitaba insuflar éter con oxígeno en los pulmones del paciente, con una máscara que le cubría la boca y la nariz, mientras manteníamos bien extendida hacia atrás su cabeza. ¡Cómo han cambiado hoy, para bien, las cosas!

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
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288 стр. 14 иллюстраций
ISBN:
9789877983968
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