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PEDRO CAYUQUEO
HISTORIA SECRETA MAPUCHE 2
CAYUQUEO, PEDRO
Historia secreta mapuche 2 / Pedro Cayuqueo
Santiago de Chile: Catalonia, 2020
ISBN 978-956-324-783-1
ISBN Digital: 978-956-324-787-9
GRUPOS RACIALES, ÉTNICOS, NACIONALES
305.8
HISTORIA DE CHILE
983
Diseño y diagramación: Sebastián Valdebenito M. Diseño e imagen de portada del caricaturista político Fiestoforo - www.fiestoforo.cl Edición: Sergio Infante Corrección de textos: Cristine Molina Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco
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Primera edición: marzo 2020
ISBN 978-956-324-783-1
ISBN Digital: 978-956-324-787-9
Registro de Propiedad Intelectual N° A-2032
© Pedro Cayuqueo, 2020
© Catalonia Ltda., 2020
Santa Isabel 1235, Providencia
Santiago de Chile
www.catalonia.cl – @catalonialibros
Índice de contenido
Portada
Créditos
Índice
PRÓLOGO
LANZAS CONTRA FUSILES
LOS ÚLTIMOS SAMURÁI
El tercio de Arauco
Una caballería imbatible
Winchester y Remington
El adiós a los guerreros
Francia y las frutillas mapuche
LUCIO MANSILLA
EXCURSIÓN A LOS RANQUELES
Llegada a las tolderías
El gran jefe Panguitruz
El parlamento de Leubucó
Adiós a la dinastía de los zorros
RUN TO THE HILLS
LOS SOBREVIVIENTES
La paz o la conquista
Asesinatos en Fuerte Lumaco
Los tiempos de la huida
EL ÚLTIMO REFUGIO
ARRIBA DE LA CORDILLERA
La captura del lonko Purran
¿Regaló Chile la Patagonia?
Olascoaga, el espía argentino
LONKO PASCUAL COÑA
UN VIAJE A BUENOS AIRES
Lonkos en misión diplomática
Allá donde pisa el choike
legada a Buenos Aires
En el despacho de Julio Roca
De regreso en el lafkenmapu
EL ROBO DEL SIGLO
INDIOS MALOS EN TIERRAS BUENAS
Los dueños de fundos
Schmidt, el hijuelador
El fracaso de los farmers
Las tierras del pacificador
DE BURDEOS A WALLMAPU
LA CALIFORNIA CHILENA
Alemanes en el Futawillimapu
La Torre de Babel
Bienvenidos a Monte Calvario
El infame Domínguez
La isla Doña Inés
LA RADICACIÓN MAPUCHE
LOS CAMPOS DE REFUGIADOS
Los títulos de merced
Varela, el sobreviviente
El Parlamento de Koz Koz
Tiempos violentos
COLONOS Y BANDOLEROS
BIENVENIDOS AL FAR WEST
La perla del Cautín
Ni tan laboriosos ni tan decentes
El Buffalo Bill chileno
Butch Cassidy y Sundance Kid
A MODO DE EPÍLOGO
BIBLIOGRAFÍA
En memoria de Camilo Catrillanca,
weichafe del lof Temucuicui.
We don’t serve your country
Don’t serve your king
White man listen to the songs we sing
White man came took everything
We carry in our hearts the true country
And that cannot be stolen
We follow in the steps of our ancestry
And that cannot be broken.
MIDNIGHT OIL, “THE DEAD HEART”.
Todo periodista es un historiador. Lo que él hace es investigar, explorar, describir la historia en su desarrollo.
Tener una sabiduría y una intuición de historiador es una cualidad fundamental para todo periodista.
RYSZARD KAPUSCINSKI
PRÓLOGO
“Lo que vais a leer son unas cuantas verdades bien amargas. Mi ánimo no es ofender, solo hacer algunas observaciones para que de ellas tomen las personas cultas y honradas lo útil y prescindan de lo demás”. Así parte Las tierras de Arauco, libro del profesor normalista Manuel Manquilef publicado en Temuco a comienzos del siglo XX.
Descendiente de un destacado linaje de Makewe y parte de una cierta “élite letrada mapuche”, la obra del entonces profesor del Liceo de Hombres de Temuco —años más tarde diputado de la República— es un grito de denuncia que remece y enrabia, pero que también conmueve hasta el alma.
Testigo privilegiado de un momento clave en la historia mapuche, tiempos en que se consuma el despojo territorial, se delimitan las fronteras de los Estados y campea el racismo y el desprecio sobre los otrora afamados “araucanos”, Manquilef pone con su libro varios puntos sobre las íes.
“El gobierno de Chile violó tratados, promesas. Hizo pedazos la Constitución declarando la guerra a Arauco en la forma más insidiosa y ruin que jamás una nación lo hiciera. Lo pervirtió hasta matar sus energías y hoy eleva estatuas a esos conquistadores que, a fuerza de propagar vicios, le permitió quitar tierras, animales y, lo que es más, la vida a una nación”, escribe.
Bien vale en estos tiempos constituyentes, en estos días, semanas y meses de efervescencia y lucha social, de estallido de esperanzas, pero también de rabia y descontento, recordar sus palabras y hacernos también cargo de su emplazamiento al Estado, las clases gobernantes y a la propia sociedad chilena.
Chile, como ustedes ya saben, en su relación con los mapuche no ha cambiado mucho desde 1915, año en que Manquilef publicó su libro. Lo sé, desde entonces se han legislado numerosas leyes indígenas y la bandera mapuche flamea digna y orgullosa en plazas, estadios de fútbol, manifestaciones públicas y hasta en populares conciertos de rock.
Sin embargo, en la madre de todas las leyes, la constitución política, no existimos ni por asomo. Tal como en 1980. Tal como en 1925. Tal como en los aciagos días retratados en las letras de Manquilef.
En el principal pacto social que establecen los ciudadanos con el Estado, los mapuche seguimos brillando por nuestra ausencia. Y junto a nosotros el resto de las ocho primeras naciones que mucho antes que los descendientes de europeos caminaron y amaron estas tierras. ¿Cambiará esto en la nueva constitución que emanará del proceso constituyente? Créanme que es mi esperanza.
Por lo pronto debemos seguir —como nos enseñó el profesor Manquilef— insistiendo con el poder transformador de la palabra verdadera, justa, honesta que brota de la memoria de nuestros mayores. De ello trató el primer tomo de Historia secreta mapuche: del respeto por una memoria desconocida para chilenos y argentinos, y que a gritos pedía ser difundida en las nuevas generaciones.
El libro que hoy tienen en sus manos es un fiel continuador de aquel propósito original. Cierra, por así decirlo, el cuadro de lo que aconteció con nuestro pueblo y sus tierras a fines del siglo XIX y cuyos efectos nos persiguen hasta nuestros días, como la peste.
Es curioso constatar cómo la guerra contra los mapuche y el despojo posterior no han merecido mayor atención por parte del sistema educativo chileno y argentino. ¡Más saben nuestros escolares de las dinastías de Egipto!
Bueno, siendo justos algo saben también de Lautaro, Caupolicán y Galvarino, los “espartanos” que tan valerosamente derrotaron a España, el principal imperio colonial de su tiempo. Aquello sí lo enseñan en Chile y bastante. Y desde la primaria, partiendo por los épicos versos del soldado Alonso de Ercilla.
Allí las hazañas de los superhéroes araucanos made in DC Comics, nuestra Liga de la Justicia local con mültrün y muday. Janequeo, nuestra Mujer Maravilla.
Pero de aquella otra guerra, más próxima, menos fantasiosa y absolutamente más relevante para nuestra realidad actual, silencio de grillos. Cosa curiosa, ello contrasta absolutamente con lo bien estudiada que está la brevísima Guerra del Pacífico.
Infinidad de artículos, ensayos, monografías, diarios de campaña y novelas constituyen —en palabras del historiador Rafael Mellafe— “una de las bibliografías más extensas y variadas de la historiografía chilena”; orígenes, causas, detonantes, acciones de combate, campañas, sus héroes, páginas y más páginas de estudios y de libros al respecto.
¿Por qué este desinterés chileno y argentino por la guerra que selló el destino del Wallmapu, el último gran territorio libre de América después del Oeste de los sioux, cheyenes y navajos?
No se trató de un hito cualquiera.
La invasión del país mapuche marcó un antes y un después en la historia de los dos Estados involucrados. Consolidó, a juicio del historiador Jorge Pinto, el proyecto de Estado-nación unitario elaborado por los intelectuales y la clase política chilena después de la Independencia.
Pinto se refiere a la uniformidad racial, cultural y lingüística tan arraigada en la élite nacional y que académicos como don Sergio Villalobos, nuestro querido Darth Vader, defienden cada tanto en El Mercurio con una terquedad digna de elogio.
No muy distinto fue lo que aconteció en Argentina.
Se necesitaban nuevos territorios aptos para la agricultura y la ganadería. Los países industriales, ávidos de alimentos, lo exigían de la periferia del planeta. Fue así como en las quince mil leguas arrebatadas a nuestros ancestros Argentina encontró su pasaporte al siglo XX. Y en el barco frigorífico, por cierto. Y en sus bifes.
La invasión de Wallmapu es una herida abierta que además persigue a nuestras democracias imperfectas hasta el día de hoy. Allí está el conflicto para demostrarlo, casi de manera semanal.
Chile no es un solo pueblo, una sola cultura o una sola bandera, reclaman las primeras naciones desde Arica a Magallanes. La argentinidad se fundó sobre un genocidio aún no reconocido, denuncian referentes de pueblos originarios desde Salta a Tierra del Fuego. A uno y otro lado de la cordillera son voces que cargan con reclamos muy antiguos. Y con olvidos presentes plagados de memoria.
Quizás por ello molesta que Chile siga siendo aquella somera lección de historia basada en Barros Arana. ¿Cómo esperamos que las nuevas generaciones (y las viejas, si es que alguna chance les queda) logren maravillarse con los pueblos originarios si lo que se transmite de ellos son ideas plagadas de menosprecio?
Me hice la pregunta muchas veces cuando llegué a estudiar leyes a la Universidad Católica de Temuco, ello en la década de los noventa. Por qué lo extranjero tenía tanto valor en la ciudad y no así lo mapuche, siempre restringido a la Feria Pinto, el Mercado Municipal o bien a las barriadas que pueblan su periferia.
Es curioso aquello. Mapuche era el territorio. Mapuche la lengua de sus habitantes. Mapuche también los dueños de aquel valle rebosante de aguadas, quilas, robles y temos centenarios a los pies del cerro Ñielol. Pero la ciudad insistía en rendir tributo a los extranjeros. Un tributo justo tal vez, pero desproporcionado. Y bastante deshonesto con la historia.
Los invito a dar una vuelta por Temuco. No necesitan viajar hasta allá, basta con abrir Google Street View.
Son muchas sus calles que hasta hoy rinden homenaje a los colonos europeos: Ziem, Thiers, Patzke, Massmann, Trizano, Carmine, Rosselot, Philippi, Viertel, Dreves y Hochstetter, entre otras. O bien a sus colonias de origen: holandesa, inglesa, española, francesa y alemana. En honor a esta última debe su nombre la reconocida avenida Alemania.
¿Y por qué no avenida Lienán en honor al lonko a quien el ministro Manuel Recabarren usurpó las tierras para construir el fuerte? Sí, existe la avenida Caupolicán que cruza la ciudad de norte a sur y una modesta calle Lautaro que la recorre de oriente a poniente. También un pasaje Lienán allá lejos, en la salida norte. Pero créanme no es suficiente.
Temuco en pleno siglo XXI sigue siendo aquella ciudad de colonos, calles y barrios con nombres europeos que nació en 1881 como parte de una tarea militar y que nunca ha dejado de ser una especie de fortaleza.
“Temuco —escribe el historiador chileno José Bengoa en el prólogo de uno de mis libros— es la ciudad menos ciudad de Chile. Rodeada de comunidades mapuche, las desconoce, las niega, en fin, hace como que no existieran”. Vaya si concuerdo con el profesor Bengoa.
En la vieja perla del Cautín no hay integración social urbana, mucho menos integración étnica. Ni siquiera un cierto carácter común, algo fundamental en toda ciudad que se precie de tal, solo superposición de unas identidades sobre otras. Como las estatuas de su Plaza de Armas.
Allí figuran un soldado de la “Pacificación”, un colono y un guerrero mapuche. Y los tres bajo una machi que eleva su rogativa al cerro Conunhuenu, la “entrada al cielo” de nuestros ancestros. Se supone que representan el alma de la ciudad.
Es lo que trató de plasmar su escultor, pero lo cierto es que lejos estamos de aquella utopía regional. Hoy el monumento solo representa a las tres corrientes de población que desde la fundación de Temuco nunca se mezclaron, nunca dialogaron, nunca se reunieron, al menos no amablemente.
Más de un siglo llevamos entrampados en ello.
Mucho del actual conflicto en las regiones del sur de Chile y Argentina se explica en el contenido de este libro. Son valiosos antecedentes que hoy quedan a su disposición, todos debidamente contrastados como mandata el buen periodismo de investigación. Pero será usted, querido lector, querida lectora, quien deberá juzgar aquello.
En las páginas que siguen encontrarán las cifras y las múltiples formas en que se ejecutó el despojo de nuestras tierras. El gran robo a un pueblo noble como el pan, condenado desde entonces a vivir en reducciones infestadas de pobreza y a padecer injusticias a las que nadie ha puesto remedio pudiéndolo remediar.
También encontrarán la violencia rural desatada por colonos, bandoleros, policías rurales y buscavidas de la más diversa calaña en un país mapuche transformado en un verdadero Far West. Territorio donde una vida humana valía menos que un revólver y donde a veces se mataba solo para que la lluvia no enmoheciera los fusiles.
Pues bien, parafraseando a Manuel Manquilef, lo que vais a leer a continuación son también unas cuantas verdades bien amargas. Mi ánimo, por supuesto, tampoco es ofender. Solo hacer algunas observaciones para que de ellas tomen las personas cultas y honradas lo útil.
Temuco, enero de 2020
Los araucanos, esos héroes de mil combates, viven en pobres chozas faltos hasta del alimento necesario para sostener sus existencias. ¡Pobres mapuches! Saben que fue de sus padres todo lo que les rodea: suyos los magníficos bosques, poblados de pumas y venados; suyas las azules aguas de los lagos, abundantes en pesca; suyas las fértiles vegas en que ahora pastan numerosos rebaños, y ellos, sus hijos, los legítimos herederos de todo aquello, son extranjeros en su propia patria.
El pobre mapuche ha sufrido y sufre aún los más atroces vejámenes, el más inicuo tratamiento; lleno de amargura ve como le arrebatan lo que es suyo, lo que sus padres le legaron a costa de su sangre. Llora, se desespera; pero no, no hay justicia para él, porque es una bestia salvaje, menos que una bestia: es un indio. Arrojadle, dicen unos, golpeadle, dicen otros, y el desgraciado después de agotar sus recursos pidiendo justicia; después de sufrir la risa burlesca de unos, los golpes de los otros, el desprecio de todos, vuelve a su choza soñando con mejores tiempos.
Periódico El Colono de Angol. 25 de noviembre de 1899.
EL WALLMAPU DE POSGUERRA
Radicación de comunidades en Gulumapu, el país mapuche occidental.

* Basado en La memoria olvidada. Historia de los pueblos indígenas de Chile (2004).
Compilación del Informe de Verdad Histórica y Nuevo Trato. Cuadernos del Bicentenario.
– LANZAS CONTRA FUSILES –

Hay quienes opinan que el Füta Malón o gran levantamiento del año 1881 fue una especie de rito final, un adiós con honor a tres siglos de independencia en el Cono Sur de América.
Aquella era una guerra que nuestros ancestros, en ambos lados de la cordillera de los Andes, ya no podían ganar. Y lo sabían, especialmente las jefaturas del lado occidental tras el aplastante triunfo chileno frente a Perú y Bolivia en la Guerra del Pacífico.
Durante meses los lonkos habían seguido las noticias del norte en los periódicos de la Frontera. Una eficiente red de espías los mantenía al tanto de aquello que no se publicaba: compra de armamento, reclutamiento de tropas o llegada de pertrechos a los puertos, datos claves de inteligencia para sus comandancias.
La información llegaba hasta Angol vía telégrafo y pronto era retransmitida por hábiles y sigilosos mensajeros al interior de la selva mapuche.
Lo cuento en el libro anterior; es muy probable que el mismo 17 de enero de 1881 los jefes mapuche se hayan enterado de que el pabellón chileno ya flameaba en el centro histórico de Lima. Y que uno de los oficiales al mando de las tropas era nada menos que un viejo conocido: el general Cornelio Saavedra, impulsor desde la década de 1860 del plan de ocupación del territorio mapuche.
Pero Saavedra no sería el único jefe militar con trayectoria en Wallmapu que destacaba en la guerra del norte.
Apenas declaradas las hostilidades con Perú y Bolivia, el gobierno designó ministro de Guerra y Marina al comandante en jefe del Ejército del Sur, general Basilio Urrutia Vásquez, oficial fogueado en las campañas contra los mapuche.
Otro conocido nuestro era el coronel Pedro Lagos, quien se enfrentó a los weichafe de Kilapán en la batalla de Quechereguas (1867), siendo derrotado por el toqui y gran parte de su tropa aniquilada. Una década más tarde, el 7 de junio de 1880, Lagos lideraría a los soldados chilenos en la toma del Morro de Arica, tal vez uno de los episodios más heroicos de aquella guerra.
El general Gregorio Urrutia Venegas es otro ejemplo.
Urrutia, mano derecha de Saavedra en la década de 1870 y exgobernador de Lebu, tendría destacada participación en las célebres batallas de Chorrillos y Miraflores, el último obstáculo que los chilenos debieron sortear en su marcha sobre la capital peruana. Y así la lista de viejos conocidos suma y sigue.
La ocupación de Lima, el hito que marca el fin de la Guerra del Pacífico, ocurrió diez meses antes del último levantamiento mapuche. Debió ser una noticia devastadora para las jefaturas mapuche; demostró a los lonkos que la superioridad militar winka ya no tenía contrapeso.
Comprender las razones de la derrota militar mapuche frente a los Estados de Chile y Argentina no es trivial. ¿Por qué perdimos finalmente aquella larga y cruenta guerra? La respuesta no es sencilla, pero intentaremos profundizar en ella en este primer capítulo. Sin duda se trató de una suma de factores.
Uno de ellos fue la particular estructura social mapuche, descentralizada y atomizada en diversos liderazgos (algunos de ellos opuestos militarmente entre sí) frente a un mando político-militar winka unificado y alineado tras un objetivo claro y coherente: la expansión territorial de ambos Estados sobre el país mapuche independiente.
Por sobre sus diferencias —que las había y pocas no eran—, la élite política, económica y militar winka, tanto en Chile como Argentina, coincidía en el objetivo central de la guerra: arrebatar esos fértiles y extensos dominios al “salvaje”, al “indio”, al “bárbaro”, para consolidar así un proyecto de Estado e insertar su economía en los mercados globales.
Lo cierto es que más allá de la Confederación de Salinas Grandes, el fallido sueño de Calfucura, tal grado de coincidencia pareció no existir entre la élite mapuche.
Así al menos lo expone el historiador chileno Leonardo León en su artículo El ocaso de los lonkos y el caos social en Gulumapu (Araucanía) (2008); la sociedad mapuche, en su hora más trágica, estaba dividida y convulsionada:
Cuando a fines del siglo XIX se produjo la ocupación estatal de los territorios tribales de Argentina y Chile, los mapuche ya no estaban en condiciones de responder con la férrea unidad que mostraron sus antepasados; viejas guerras y antiguas rivalidades políticas, resentimientos profundos y desconfianzas mutuas, habían trazado fronteras internas entre las tribus que fue imposible superar [...] El colapso de los lonkos, causado por la invasión, fue seguido por el caos manifestado por un recrudecimiento de la violencia, las disputas internas y la división de las comunidades (León, 2008:174-175).
Lo cuento también en extenso en el tomo I; las disputas por el liderazgo político-militar mapuche, el game of lonkos entre los principales futalmapu y las eficientes estrategias de división —vía sesiones de tierras, pago de raciones, nombramientos militares, lo que fuera— impulsadas por las autoridades winka en ambos lados de la cordillera.
Todo ello complotó contra un pueblo que transformó su principal virtud contra la Corona española —la orgullosa autonomía de cada jefatura, de cada lof, de cada clan territorial— en un fatal talón de Aquiles contra las repúblicas.
Pero no solo ello explica nuestra derrota.
Trata de una suma de factores que escapan a los acotados propósitos de esta obra de divulgación histórica. Será tarea de los académicos, en especial de los estudiosos de ciencias sociales mapuche, escudriñar en ello. Por mi parte solo me referiré al factor militar. Existen allí varias aristas dignas de estudio.
Una de ellas fue el avance en el transporte de tropas y pertrechos, especialmente en lo referido al aprovechamiento de las vías marítimo-fluviales de Wallmapu. Hablamos de los ríos Negro, Neuquén y Limay en Puelmapu; y Biobío, Imperial y Toltén en Gulumapu, utilizados estratégicamente por los mandos militares de Argentina y Chile.
Hacia 1840 la tecnología de los barcos a vapor marcó un antes y un después en el auge de la navegación fluvial. Permitió a los winka el rápido traslado de grandes volúmenes de mercancías y personas a lugares distantes y de difícil acceso, así como tareas de exploración y de inteligencia frente a un oponente que carecía de fuerza naval.
Cornelio Saavedra utilizó los ríos de Gulumapu para su plan de invasión en la década de 1860. Las cuencas navegables de los ríos Toltén, Imperial y Lebu fueron claves para desplazar tropas y proveer los fuertes militares de pertrechos y víveres. También los ríos Vergara, Lumaco y Cholchol, posibles de navegar mediante balsas y lanchones.
Ello fue así desde el día uno, como subraya el profesor de la Universidad de la Frontera, Jaime Flores.
La refundación de Angol [1862], uno de los hitos más importantes en el sometimiento de los mapuche, contempló la navegación por el río Vergara [afluente del Biobío] de lanchas cargadas de herramientas, pertrechos, cañones, víveres y hombres indispensables para dicha empresa militar, como queda descrito en el Diario Militar de la Ocupación de Angol. En verdad los mapuche se veían enfrentados a un arma que rompía las formas tradicionales en que se había desarrollado la guerra. El barco a vapor se constituía así en un artefacto que desequilibraría la balanza a favor de los chilenos y al cual no podían hacer frente (Flores, 2011:63).
En Puelmapu, desde las pioneras exploraciones de Basilio Villarino (1783) y Nicolás Descalzi (1833), el río Negro fue objeto de estudio y reconocimiento por parte de las fuerzas militares y navales trasandinas. Por ello no sorprendió que en 1867, cuando el Congreso promulgó la Ley 215 que ordenó el avance de la frontera hacia los ríos Negro y Neuquén, se previera además “invertir fondos en la adquisición de vapores adecuados”.
Casi de inmediato los argentinos avanzaron río arriba desde el puerto fluvial de Carmen de Patagones.
En 1869 el capitán Ceferino Ramírez, al mando del vapor Transporte —también llamado Choele Choel— realizó un viaje hasta la isla de Choele Choel. Allí quedaron varados y tuvieron que resistir los embates de Calfucura y sus guerreros, que les impedían el avance. En 1872, otro buque a vapor, al mando de Martín Guerrico, subió el río, registrando sus islas y su cauce.
En 1883, el vapor Río Negro logró un récord de navegación al alcanzar por el río Limay la confluencia del Collón Cura. Para esa misma época el general Conrado Villegas —en su campaña al Nahuel Huapi— intentó navegar el río Limay hasta el lago. Luego de varios intentos fallidos lo logró el teniente Eduardo O’Connor en la lancha Modesta Victoria.
Todos estos vapores cumplieron la misión de apoyar, por la cuenca de los ríos Negro y Limay, la campaña militar terrestre de Roca, Villegas y Palacios a partir de 1879. Misma función que cumplieron en Chile los vapores Maule, Maipú y Fósforo en el avance del ejército expedicionario de Saavedra, Pinto y Urrutia.
Mucho antes que el ferrocarril, fueron estos vapores los medios de transporte que desequilibraron la balanza de la guerra.
Pero hay una segunda arista en el factor militar que tuvo tanta o más relevancia que la navegación fluvial. Me refiero a la tecnología de las armas de fuego. Sus sorprendentes avances en el siglo XIX modificaron para siempre el arte de la guerra.
En Wallmapu y en todo el mundo.
- EL TERCIO DE ARAUCO –
Es cierto, durante la Colonia los mapuche resultaron guerreros temibles para los soldados hispanos. Esto llevó a los gobernadores de Chile a poner en marcha a comienzos del siglo XVII, con autorización de la Corona, el primer ejército permanente en todo el continente: el Tercio de Arauco, reconocido entre los historiadores españoles como “el ejército más antiguo de América”.
El Tercio de Arauco era el símil local de los Tercios Españoles, legendarios soldados que barrieron de los campos europeos a los enemigos de la dinastía Habsburgo de la cual descendían los monarcas hispanos. Los Tercios habían servido victoriosamente en Portugal, las Azores y el norte de África. Y el sur de Chile fue su única, leyeron bien, su única destinación en todo el continente americano.
Sucede que la conquista de Wallmapu se había vuelto para los gobernadores hispanos una empresa casi suicida. Durante varias décadas, desde la llegada de Pedro de Valdivia, los jefes españoles cayeron uno detrás de otro enfrentando a los mapuche.
Fue la suerte que corrió el propio fundador de Chile en la batalla de Tucapel (1553) a manos del toqui Lautaro y también el gobernador Martín García Óñez de Loyola en la batalla de Curalaba (1598).
Este último era nada menos que sobrino-nieto de San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús. La devolución de su cráneo por parte de los mapuche figuraría como una de las peticiones hispanas en el histórico parlamento de Quilín de 1641, aquel celebrado en las cercanías de la actual Perquenco.
Tras la victoria mapuche de Curalaba —“desastre” le llama curiosamente la historia de Chile—, vino la debacle española: un devastador levantamiento liderado por el toqui Pelantaro y su lugarteniente Anganamón destruyó en el lapso de dos años las siete ciudades al sur del río Biobío. Entre ellas estaban Angol, La Imperial, Villarrica, Osorno y Valdivia.
Ello bien pudo marcar el fin de la Conquista de Chile.
No fue así. Madrid, atendiendo la gravedad de lo sucedido, decidió entonces enviar a Chile a un hombre considerado clave: el militar y conquistador Alonso de Ribera. Se trataba de un veterano de mil batallas, un soldado “temerario” y “autoritario” según lo describe el historiador Diego Barros Arana.
Natural de Úbeda, sumaba más de veinte años de combates a sus espaldas en Europa, incluida la guerra de Flandes, Italia y tres campañas en Francia que lo hicieron merecedor de comandar un Tercio Español de dos mil quinientos hombres. Ya lo subrayé antes; hablamos de lo mejor de la infantería y caballería hispana en aquel entonces.
Ribera, flamante nuevo Gobernador y Capitán General, arribó a Concepción —la capital militar de Chile— en febrero del año 1601. Nada más llegar vio que todo era un desastre.
Cuentan los historiadores que quedó espantado por los soldados a su disposición, apenas mil doscientos hombres mal armados y peor entrenados, “milicia ciega sin determinación, insuficiente para ganar”, según le comentó en una carta al mismísimo rey Felipe III. De allí que lo primero que se propuso fue profesionalizar el ejército y disciplinarlo al estilo europeo.
Hasta antes de su llegada no existía tal cosa en América.
Pasa que la conquista del mal llamado “Nuevo Mundo” se fundamentó en iniciativas particulares donde los monarcas, a través de capitulaciones con los adelantados, se aseguraban parte de las ganancias (el quinto real) y la soberanía de las tierras.
Estos últimos, por su parte, recibían encomiendas, pero debían aportar todos los medios materiales y humanos. La Corona, como podrán advertir, ganaba mucho y arriesgaba poco. Esto hacía que cada adelantado eligiera la estrategia militar y las tácticas a emplear por sus tropas como mejor le pareciese.
Durante toda la conquista de América la falta de auténticos soldados en las expediciones y la mescolanza de tácticas no supuso en verdad mayor problema. Tampoco la indisciplina crónica de las tropas. A los hispanos les bastó la superioridad tecnológica, la bravura de sus capitanes y también las enfermedades que portaban, desconocidas en esta parte del mundo.
Así cayeron dos poderosos imperios prehispánicos, los aztecas de México y los monarcas incas del Perú.
Pero el caso mapuche fue totalmente diferente.
En Wallmapu se requería un ejército de verdad y no uno compuesto mayoritariamente por vecinos y encomenderos, todos obligados a servir en una guerra imposible abandonando de paso por largos meses sus familias y sembradíos en el valle central.
En Madrid eran conscientes de aquello. Y por eso enviaron a Ribera, uno de sus mejores hombres. Éste rápidamente puso manos a la obra.
Sus primeras medidas fueron solicitar más soldados al Perú, levantar una cadena de fuertes en el río Biobío y especializar el abastecimiento y la logística con personal adecuado.
Profesionalizar, obviamente, costaba dinero. Ribera lo obtuvo en 1604 del Virreinato del Perú a través del Real Situado. Además, de manera excepcional, se le permitió reclutar veteranos de las guerras europeas para servir bajo su mando en Chile. Así nació el Tercio de Arauco.
El resultado fue un ejército profesional, remunerado que, si bien permitió a Ribera contener en la frontera las rebeliones mapuche, nunca lograría el objetivo principal de la Corona, que era someter a nuestros ancestros y refundar las siete ciudades españolas destruidas tras Curalaba.
Es más, en su segundo mandato como gobernador, a Ribera le correspondería implementar la llamada “guerra defensiva” propuesta al rey Felipe III por el padre Luis de Valdivia. Aquella estrategia —se cuenta ejecutada a regañadientes por Ribera— fue la antesala de la capitulación española de Quilín en 1641.
Para los interesados en profundizar en este fascinante periodo histórico, la obra del maestre de campo Alonso González de Nájera, Desengaño y reparo de la guerra del reino de Chile, constituye una verdadera joya.
Es el mayor testimonio de aquella época en el relato de uno de sus protagonistas principales. Nájera llegó a Chile junto al gobernador Ribera en 1601 y luchó por siete años en la frontera mapuche. Incluso fue enviado a España en 1607 para convencer a la Corona de enviar nuevos refuerzos militares.
Con el propósito de dejar constancia de la crítica situación que se vivía en Chile, y convencer al Consejo de Indias y al Rey de enviar socorros, redactó y presentó algunas consideraciones que luego se transformarían en los puntos quinto y sexto de su famoso libro.
El bravo capitán, veterano de Flandes e Italia, se deleita describiendo la superioridad de los guerreros mapuche, su genio militar, astucia a toda prueba y tácticas siempre cambiantes. “Debe ser la guerra de más reputación cuando los enemigos con quien se tiene son los más reputados por valientes y belicosos”, escribe Nájera al Rey.
También concluye que la única solución es “exterminar” a los mapuche en una campaña bélica eficaz —que él prepara en todos sus detalles— y luego vender en calidad de esclavos en otras posesiones coloniales a quienes quedasen con vida. Fue un plan rápidamente desechado por la Corona. El horno no estaba para bollos, debió concluir sabiamente el monarca.
- UNA CABALLERÍA IMBATIBLE –
El mito dice que fue Lautaro quien tras aprender del ejército español enseñó a los mapuche el arte de la guerra. Lo cierto es que nuestros ancestros no eran ningunos neófitos en cuestiones militares. Mucho antes que a los europeos, los weichafe ya habían detenido a un poderoso ejército invasor, el de los incas, devastado en sucesivas campañas en la frontera del río Maule.
Tal vez por eso los antiguos llamaron we inka a los invasores europeos, origen de la actual denominación winka. En lengua mapuche su significado es “nuevo inca” y por siglos fue la forma en que nuestros ancestros denominaron a los españoles y chilenos en Wallmapu.
Todavía se usa. Mi abuelo Alberto llamaba así a todos los chilenos, sin distinción, incluidos sus amigotes del pueblo. Para él todos eran “extranjeros” en nuestra tierra. “Las cosas como son”, subrayaba siempre. En nuestros días el concepto ha mutado en adjetivo calificativo. Negativo, por cierto. “Ladrón”, “usurpador”, algunas de sus actuales interpretaciones.
Para mí, fiel a las enseñanzas del abuelo, siempre significará “extranjero”. Así lo uso en todos mis textos, aclaro desde ya.
No, no fue Lautaro quien enseñó a guerrear a los mapuche. Y tampoco fue quien inventó la guerra de guerrillas.
Desde antiguo los mapuche habían aprovechado su escarpada geografía llena de bosques, ciénagas, grandes ríos y montañas para su táctica militar favorita, la emboscada. Lo que sí podemos atribuir a Lautaro fue su perfeccionamiento, sumando a la guerra de guerrillas las tácticas convencionales españolas. Ello permitió a los mapuche adaptarse a cualquier escenario de batalla.
Es con Lautaro que se aprenden, copian y perfeccionan las tácticas militares europeas. Los mapuche rápidamente aprenden a movilizarse en escuadrones, de forma ordenada, con jefaturas transmitiendo órdenes con sonidos, destacando entre los guerreros la utilización de picas, lanzas y arcabuces tal como lo hacía lo mejor de la infantería española en Europa, los Tercios.
Sumen a ello la temprana incorporación del caballo como arma de guerra y la adopción de novedosas tácticas de caballería. El resultado no podía ser otro: un enemigo tan temible como formidable.
Pero existía por cierto otro factor, uno relacionado con la tecnología militar. Pasa que entre el siglo XVI y fines del siglo XVIII, periodo coincidente con la guerra de Arauco, la evolución de las armas de fuego había sido mínima en el mundo: apenas progresos en la precisión y el alcance de cañones y mosquetes.
El arma típica de infantería fue por siglos el mosquetón de chispa y ánima lisa, aquel que se cargaba por la boca del cañón mediante una baqueta. Era un engorroso y lento sistema que rara vez permitía más de dos tiros por minuto. Su ánima lisa los hacía además tan imprecisos que acertar a un blanco implicaba una verdadera proeza.
Esta demora entre las cargas permitía a los guerreros mapuche atacar a los soldados españoles y ultimarlos en el cuerpo a cuerpo. La bocanada de humo indicaba el momento propicio para el ataque. De allí viene la expresión irse al humo, dicho coloquial propio de Argentina y que hace referencia a la persona en extremo directa o a quien se lanza atropelladamente en busca de algo. Su origen se vincula a la forma mapuche de guerrear en los malones por la pampa trasandina.
Esto explica el tipo de batallas que caracterizaron las guerras de independencia en nuestro continente, desde la rebelión de las trece colonias en 1780 a las guerras del Cono Sur a partir de 1810: ejércitos formados en el campo de batalla y descargas cerradas de infantería, todo a muy corta distancia, única forma en que los rudimentarios mosquetes podían ser efectivos. Y luego sangrientas cargas de bayoneta y lanzas antes de entrar en escena la más antigua, devastadora y prestigiosa de todas las armas, la caballería.
Y si algo aprendieron los guerreros mapuche fue a montar a caballo. Incorporada en las primeras décadas de guerra con los conquistadores, la caballería era un arma que nuestros ancestros habían transformado en un verdadero arte militar.
“El tiempo los volvió incontestablemente los mejores jinetes del país y hasta se burlaban de la caballería chilena... Sus caballos están tan bien adiestrados que avanzan en fila, sin detenerse ni separarse unos de otros y sin necesidad de llevarlos amarrados”, cuenta el naturalista francés Claudio Gay en su memorable libro póstumo Usos y costumbres de los araucanos (2018).
Jinetes formidables en caballos fuertes y disciplinados capaces de “tragarse las leguas sin mayor esfuerzo”, nuestra caballería fue un arma que sorprendió incluso a los capitanes españoles. Sus cualidades las reconoce el coronel Francisco del Campo en 1601, tras concluir diversas campañas en Valdivia, Osorno y Villarrica, logrando sobrevivir para contarlo.
Cuenta Del Campo en carta al gobernador que en uno de los tantos combates que libró se presentaron nada menos que mil guerreros mapuche a caballo, “los mejores que he visto en mi vida y bien armados”. Y detallando más adelante su poder militar, agrega:
“Los indios que vinieron fueron de Angol, Guadaba, Purén, Imperial, Villarrica y Valdivia; y aseguro a V.S. que yo he visto mucha caballería y muy buena, que más lindos caballos, ni más ligeros, ni de mejores tallas no he visto nunca, que confiados en esto se atreven a tanto... Estos indios andan tan desvergonzados y libres que no hay ninguno que no nos venga a provocar”.
Los mapuche, queda claro, se habían transformado, gracias al caballo, en enemigos imbatibles. Y en ambos lados de los Andes.
Da cuenta de ello en sus memorias el ingeniero militar inglés Francis Bond Head. En 1825 fue nombrado gerente en Argentina de la Río de la Plata Mining Company y realizó dos célebres viajes de exploración minera desde Buenos Aires hasta la cordillera de los Andes, cruzando la parte norte del Wallmapu trasandino.
Sus impresiones aparecen en el libro Las Pampas y los Andes, todo un clásico de la literatura de viajeros, publicado por primera vez en 1918. Cuenta el militar respecto de los jinetes “pampas” o “araucanos”:
Los indios de quienes más oí fueron los que habitan las vastas y desconocidas llanuras de las Pampas, todos jinetes o, más bien, que pasan la vida a caballo. El arma principal es una lanza de dieciocho pies de largo; la manejan con gran destreza y pueden imprimirle un movimiento vibratorio que a menudo ha hecho saltar la espada de la mano de sus adversarios europeos [...] Son de admirar mucho como nación militar y su sistema de pelear es más noble y perfecto en su índole que el de cualquier nación del mundo. El país entero provee pasto para sus caballos y donde se les antoje parar no tienen más que carnear algunas yeguas [...] los gauchos, que también cabalgan lindamente, todos declaran que es imposible seguir al indio, pues sus caballos son superiores a los de los cristianos y también tienen tal modo de apurarlos con alaridos y un movimiento especial del cuerpo, que aun si cambiaran caballos los indios los batirían. Todos los gauchos parecían temer muchísimo las lanzas indias. Decían que algunos cargan sin freno y en pelo, y en algunos casos se cuelgan casi bajo la barriga del caballo (Head, 1918:37).
Tales acrobacias, usuales de ver en los viejos westerns de Hollywood protagonizados por navajos, cheyenes y comanches, lejos están de ser solo ocurrencias del viajero inglés. El historiador José Bengoa también da cuenta de ellas en su libro Mapuche, colonos y Estado nacional (2014).
Allí describe las habilidades de los jinetes mapuche-wenteche y cómo estas sorprendían al ejército expedicionario del sur.
En alguna parte leí o me contaron que cuando se paraban a descansar los soldados chilenos les pedían a los arribanos, conocidos como diestros jinetes, que hicieran sus demostraciones. Venían corriendo al galope tendido y se tiraban al suelo, quedando tiesos como muertos. Galopaban agarrados al caballo de tal modo por el costado contrario a quienes los observaban, que parecía que los animales anduvieran solos, sin jinetes. Se subían y bajaban de los caballos por la cabeza, por la cola y hacían cientos de piruetas que fascinaban a los soldados criollos. Era un tiempo de caballos, se admiraban los animales diestros y los buenos jinetes. Los mapuche quedaron en la historia popular chilena como los mejores (Bengoa, 2014:65).
Agrega que más tarde, ya en el siglo XX, gran parte de las pruebas del Cuadro Verde de Carabineros de Chile —el equipo de demostraciones ecuestres de la institución policial— provendrían de las proezas de los jinetes mapuche, míticas desde la Colonia.
El francés Claudio Gay cuenta que tales ejercicios, por su espectacularidad y disfrute a la vista, fueron incluso tempranamente integrados al protocolo de los parlamentos, las juntas diplomáticas. En ellas los mejores jinetes de cada parcialidad o lof asombraban al gobernador español y sus soldados.
La llegada del gobernador era recibida con aclamaciones de la multitud. Se dirigía luego hacia la morada que le habían preparado, pasando en medio de las dos filas de caciques con las lanzas alzadas que hacían retumbar el aire con sus ya, ya, ya. Sus capitanes y conas se quedaban atrás, dando gritos, alzando sus lanzas y haciéndolas chocar entre sí. Luego comenzaban las evoluciones militares en esas especies de torneos que ejecutaban con igual elegancia que habilidad; invitaban a competir a los chilenos que, aunque eran excelentes jinetes, no podían imitar estos ejercicios, ni mucho menos desplegar esa elegante postura y ese sostén que han hecho de estos indios unos cabalgadores de primer orden (Gay, 2018:109).
Pero no solo el Cuadro Verde de Carabineros de Chile se nutre hoy en día de esta rica historia.
También lo hace la Escuadra Ecuestre Internacional Palmas de Peñaflor, la misma que en 2012 llegó a presentarse en el Castillo de Windsor en Londres, en honor a la reina Isabel II. En su espectáculo incluye una serie de pruebas ecuestres propias de nuestra caballería, con jinetes vestidos y armados con lanzas, a la usanza de aquella época.
Otro ejemplo lo constituye la doma india, método de amanse de caballos basado en la cultura ecuestre de los mapuche de la pampa trasandina.
Popular hasta nuestros días entre los gauchos, destaca por lograr un fuerte vínculo de confianza y lealtad con el animal al respetar el domador su personalidad, carácter e imitar su lenguaje corporal. Se trata de un método único entre los pueblos originarios de América y sin influencia foránea conocida.
La importancia del caballo llevó incluso a algunos estudiosos argentinos de comienzos del siglo XX a plantear la existencia en las pampas de un complejo ecuestre, similar al observado en las tribus de las llanuras norteamericanas.
Si bien sobre ello no existe consenso académico, resultan innegables las transformaciones que la introducción del caballo produjo en la cultura e identidad de nuestro pueblo: en la vestimenta (aparición de la bota de potro y la chiripa), en el armamento (adopción de la lanza y boleadoras, en detrimento del arco y la flecha), en el comercio (arreo y crianza de animales, desarrollo de la orfebrería ecuestre, la cacería), en el transporte (los viajeros-nampulkafe, la vida en las tolderías de cuero), en la estructura social (surgimiento de castas de guerreros y de hombres ricos, ülmen) y, por supuesto, en la cosmovisión (ritos religiosos y funerarios).
Tal es parte del rico legado de nuestra cultura ecuestre, desconocido hoy para tantos y que por largos siglos fue pieza clave de un poderío económico y militar sorprendente.
Los caballos y sus acrobáticos jinetes. Y junto a ellos siempre el waiki, la temida lanza de coligüe (Chusquea culeou) o quila (Chusquea quila) de tres metros, endurecida al humo por más de un año. La lanza era un arma que los weichafe operaban con la destreza de un arte marcial. De allí tal vez el desprecio cultural que sentían por las armas de fuego utilizadas por los winka.
Orgullosos, altaneros y fieros, para ellos la bravura y el honor se demostraba en el combate cuerpo a cuerpo, no en el traicionero disparo a distancia. Era allí, sobre el campo de batalla, donde se probaba la real valentía de un combatiente.
“Compenetrados en esta idea, reprochan a los chilenos el uso del fusil diciendo que un arma que mata a distancia es buena solo para hombres cobardes y sin honor; no pocos jefes araucanos han provocado con fiereza en armas iguales a los jefes militares chilenos, mostrando una valentía digna de los tiempos heroicos”, relata Gay en su obra ya citada.
Era la vieja escuela militar mapuche, aquella que llevó al mismísimo Pedro de Valdivia a escribir en 1550 que “ha treinta años que sirvo a Vuestra Majestad y he peleado contra muchas naciones, nunca tal tesón de gente he visto jamás en el pelear”.
- WINCHESTER Y REMINGTON –
Pero aquella legendaria tradición guerrera hacía mediados del siglo XIX tenía sus días contados. Pasa que la guerra en el mundo estaba cambiando, fruto principalmente de los grandes avances tecnológicos en las armas de fuego.
Modernos cañones, fusiles con más de kilómetro y medio de alcance, devastadoras ametralladoras y, por si no bastara, los populares y temidos Winchester y Remington del Ejército de los Estados Unidos, las armas que derrotaron a las tribus de las grandes llanuras en las Indian Wars de Norteamérica.
El equipamiento militar es un aspecto muy poco estudiado a la hora de analizar nuestras propias Guerras Indias del siglo XIX. Lo mismo su implicancia en la derrota mapuche frente a los bien equipados batallones chilenos y argentinos.
Lo adelantaba en el prólogo: resulta curioso constatar que no existen mayores estudios respecto de esta guerra, solo menciones al pasar de tal o cual armamento en servicio. Es a todas luces una guerra oculta, secreta, tal vez por la vergüenza que provoca.
En cambio, todo sabemos de la Guerra del Pacífico. ¡Si hasta desfilamos siendo niños en su honor!
En lo referido a la tecnología militar hay hitos que son claves. Uno de ellos fue la aparición en 1830 del fusil de percusión y su temprana incorporación a los ejércitos chileno y argentino. Este fusil redujo a un mínimo el fallo en los tiros a corta distancia, incluso en las adversas condiciones climáticas que caracterizan el sur del Biobío.
En la misma década aparecen los primeros fusiles de cerrojo con cargador interno y de los cuales el más famoso llegaría a ser el alemán Mauser 98. Hasta nuestros días los fusiles de cerrojo son las armas favoritas de los francotiradores militares alrededor del mundo.
A mediados del siglo XIX, la introducción de la bala y el cañón rayado o estriado, perfeccionado en 1849 por el capitán francés Claude-Étienne Minié, resultó una verdadera revolución en los ejércitos de Europa, Norteamérica y Asia; aumentó hasta en quinientos metros la precisión de los disparos.
El fusil Minié, como fue llamado en honor al oficial francés, resultaría clave en la Guerra Civil de Estados Unidos y sobre todo en la Guerra Boshin de Japón, aquella que marcó el fin de su viejo orden feudal. Su llegada a Chile se produjo el año 1866 y de inmediato pasó a formar parte del arsenal del ejército de Frontera comandado por Cornelio Saavedra.
El militar se aprestaba por entonces a fundar su línea de ocho fuertes sobre el río Malleco: Cancura, Huequén, Lolenco, Chiguaihue, Mariluán, Collipulli, Peralco y Curaco. Estos abarcaban desde el primer cordón de los Andes a la cordillera de Nahuelbuta en la costa. Un verdadero “cerco” de cañones y fusiles sobre los mapuche de la actual provincia de Malleco.
Estanislao del Canto, general chileno, héroe de la revolución de 1891 y que prestó servicios junto a Saavedra siendo un joven oficial, relata en su libro Memorias militares la llegada de los fusiles Minié a la Frontera.
A mediados del mes de diciembre de 1866 habían llegado por tierra a Talcahuano los nuevos fusiles franceses, llamados Carabina Minié, para reemplazar al fusil de pistón y de ánima lisa que hasta entonces teníamos. Como los fusiles llegaron primero a Concepción donde yo me encontraba destacado, tuve ocasión de examinar dicha carabina que era rayada y con bayoneta o sable, y aún hacer con ella algunos disparos […] resultó que el fusil era magnífico, un arma inmejorable (Del Canto, 2004:25).
Del Canto no tardaría en pasar de las prácticas de tiro a las incursiones con su fusil al interior del territorio mapuche.
Un episodio en particular quedaría grabado en su memoria. Aconteció en 1867 y tuvo como protagonista a su batallón, el Séptimo de Línea, acuartelado en Angol y encargado de enviar divisiones armadas para subyugar a los mapuche rebeldes. Lo cuenta también en su libro, en detalle:
El 15 de julio de 1867 hicimos una internación que duró cuatro días por las orillas del río Huequén. La división tenía por objeto reducir al cacique Huechún que era el osado que venía hasta cerca de Angol y cometía las mayores depravaciones. Acompañaba a la división el señor Manuel Bunster y varios otros. Íbamos en grupos de seis a ocho personas cuando llegamos a la casa del cacique y notamos que los moradores huían y trataban de internarse a un pequeño bosque. Entonces el señor Bunster me dijo: “Vamos a ver. Ayudante Canto, cace aquel indio”. Yo me desmonté y le dije que era preciso pegarle en la cabeza y disparado el tiro cayó en el acto. Corrimos hacia él y cuando llegamos notamos que seis u ocho mujeres y una cantidad de niños estaban rodeando al cacique y lloraban amargamente. El cuadro me fue muy enternecedor porque yo había causado aquella verdadera desgracia. Como se tenía la orden de llevar prisioneros, hombres, mujeres y niños, me dirigí al señor comandante para suplicarle dejara libre a esa gente y tuvo a bien acceder a mi petición (Del Canto, 2004:26).
Catorce años estuvo el oficial en la Frontera, participando bajo el mando de Saavedra y más tarde del general José Manuel Pinto de campañas que no duda en calificar de “inhumanas y rudas”, evocando los días en que partían al interior de las selvas y reductos mapuche mientras sus jefes les daban fósforos a soldados y oficiales, obligándolos a prender fuego a las rucas, a los bosques y a devastar todos los sembradíos.
“Más de una vez —comenta el oficial en sus memorias— ante aquella crueldad e injusticia inaudita estuve tentado a pasarme al lado de los araucanos y hacerme solidario con ellos en su defensa de la tierra y de sus derechos que nosotros les íbamos a arrebatar”.
No fueron solo palabras de buena crianza.
Tras un duro artículo publicado en el periódico La Patria y dirigido contra el general José Manuel Pinto, su jefe directo y responsable de la infame guerra de exterminio contra los mapuche, Del Canto terminó destinado a la Baja Frontera, la actual provincia de Arauco.
Allí tuvo a su cargo delinear el pueblo de Cañete, siendo el primer gobernador de dicho departamento. Mismo cargo ejercería en el puerto de Lebu, donde además fundó el periódico El Araucano. También participó activamente en la fundación de los fuertes de Contulmo, Purén y Lumaco.
Años más tarde destacaría como uno de los oficiales chilenos más prestigiosos en la Guerra del Pacífico y como comandante en jefe del Ejército Constitucional que derrotó al presidente Balmaceda en la guerra civil de 1891. Su nombre incluso circularía como eventual candidato presidencial en las contiendas políticas de fines del siglo XIX.
Pero no nos perdamos; volvamos al análisis de la superioridad militar chileno-argentina sobre los guerreros mapuche.
El historiador José Bengoa, en su monumental Historia del pueblo mapuche (1983), da cuenta de otro hecho técnico-militar de gran trascendencia en el desarrollo de las campañas: el cambio realizado en el verano de 1871 por la caballería del ejército chileno de la carabina Minié a la de repetición Spencer.
Ello, a su juicio, cambió para siempre el curso de la guerra.
Así lo pudo comprobar el millar de guerreros al mando de Epuleo, hermano del toqui Kilapán, que el 25 de enero de aquel año atacó el fuerte y poblado de Collipulli, sin éxito.
Ocurrió que en el referido combate con el mayor David Marzán, donde hubo tantas bajas mapuches, se usaron por primera vez estas armas. Al primer disparo de los soldados los mapuches salieron de sus escondites y se abalanzaron al cuerpo a cuerpo. La costumbre preveía que allí los soldados debían recargar; el pánico fue grande cuando vieron que no había recarga, sino disparo continuo. Esta arma cambió la guerra. Un grupo pequeño de soldados podía contener a una gran cantidad de mapuches premunidos de lanzas y boleadoras (Bengoa, 1983:246).
Otro avance clave de la época fueron los fusiles de retrocarga y de repetición, destacando entre ellos el fusil Remington Rolling Block, un arma excepcional capaz de disparar hasta siete tiros por minuto con un alcance máximo de dos mil metros.
Fabricado a mediados de 1860 por la empresa E. Remington and Sons de Nueva York, su aparición revolucionó toda la industria de armamentos a escala mundial. También resultaría clave en la etapa inicial del avance norteamericano hacia el oeste y su infame guerra contra las tribus.
Por su popularidad, el Remington no tardó en interesar a los ejércitos sudamericanos.
En 1873 el ejército argentino incorporó a su arsenal los modelos 1866/71 y 74, haciendo desaparecer con ello el antiguo fusil a chispa o de pistón en servicio desde las guerras de independencia. El modelo 1866, procedente de Estados Unidos, tuvo su debut en la represión que aplastó el movimiento del caudillo entrerriano López Jordán.
Durante la mal llamada Campaña del Desierto (1879-1881, presidencia de Nicolás Avellaneda) el general Julio Argentino Roca reforzó a las tropas con diez mil fusiles Remington modelo 1879, bautizados en Argentina como Remington Patria, nombre que recibía todo material adquirido por el Estado para el ejército.
Sería el modelo reglamentario de la infantería hasta 1891, año en que fue reemplazado por los fusiles y carabinas Mauser. Por su parte, la artillería y la caballería usaban las tercerolas o carabinas conocidas como Remington Colí (‘corto’ en guaraní), de menor tamaño y peso, apropiadas para las actividades de ambos cuerpos.
Se trataba en verdad de un Remington con el cañón y la culata recortada, posible de usar por los soldados como un pistolón. Fue un arma célebre entre gauchos; así lo prueban sus referencias en la música folclórica trasandina.
Junto al Remington en Argentina fueron utilizados también los fusiles y carabinas Wernal modelo 1867. Eran de origen austríaco y similar cartucho. Estas dos armas fueron las que utilizaron las cinco divisiones del ejército de Roca durante el avance final sobre el Wallmapu oriental.
Esta superioridad no pasó desapercibida para los cronistas militares de la época. En 1878, en su célebre obra apologista de la guerra escrita a pedido del propio general Roca, La conquista de quince mil leguas, Estanislao Zeballos da cuenta de un escenario nada auspicioso para los guerreros mapuche:
El poder militar de los bárbaros está totalmente destruido porque el Remington les ha enseñado que un batallón de la República puede pasear la pampa entera, dejando el campo sembrado de cadáveres de los que osaran acometerlo. ¿Qué esperanza alentaría a los indios al persuadirse de que se avanza resueltamente sobre ellos con todo el poder militar del país? Nuestra convicción y el conocimiento que tenemos nos inducen a creer que los diez mil bárbaros que merodean en el fondo de la pampa van a deponer las armas a discreción en presencia del cerco de bayonetas que los oprimirá al este, al oeste y al centro. Ellos no aventurarán una batalla en que el Remington los diezmaría; y por otra parte, ¿qué pueden hacer mil chuzas [lanzas] que les quedan contra seis mil bocas de fuego, manejadas por un ejército regular? (Zeballos, 1986:412).
Pero a todos estos avances tecnológicos debemos sumar el arma que definió, sin lugar a duda, el resultado de ambas guerras: la temida ametralladora, invención del estadounidense Richard J. Gatling durante la Guerra Civil norteamericana.
Su primera versión, que data del año 1861, podía disparar doscientos tiros por minuto y era operada por cuatro soldados. Una década más tarde, hacia 1871, la ametralladora Gatling podía disparar, de forma segura, la devastadora cifra de cuatrocientas balas por minuto. Esta arma fue incorporada por Argentina y Chile a sus arsenales de guerra en la década de 1870.
Llegó a ser la ametralladora más usada por la artillería chilena en aquel tiempo y sus unidades eran fabricadas por la compañía inglesa Armstrong. Las Gatling adquiridas por Chile tenían calibre de 11 mm, una cadencia de cuatrocientos tiros por minuto y podían también usar municiones para fusiles Comblain.
Su configuración consistía en diez cañones montados en forma circular. Con ese diseño, mientras un cañón era disparado, los otros nueve estaban enfriándose. Los cañones giraban en torno a un eje central accionados manualmente por medio de una manivela. Los cartuchos eran alimentados desde un cargador montado en la parte superior.
Por su peso, la Gatling iba montada sobre una cureña y era arrastrada por mulas o caballos, tal como los cañones de artillería, o bien era cargada a lomo de mula y se montaba sobre un trípode. Las primeras se denominaban de campaña y las segundas, de montaña.
Tendrían activa participación en las campañas de la Guerra del Pacífico. Decretada la ocupación de Antofagasta, el gobierno chileno encargó a su ministro plenipotenciario en Europa, Alberto Blest Gana, la urgente adquisición de nuevas Gatling para equipar al Ejército. Las gestiones resultaron exitosas, y Chile compró en 1879 otras ocho ametralladoras, completando catorce en su arsenal.
Pero no solo eso. El listado de las adquisiciones chilenas en Europa y Estados Unidos incluyó además 62 cañones Krupp (24 de montaña y 38 de campaña), 12 cañones de montaña Armstrong, 39.000 fusiles (entre Comblain II, Beaumont, Gras y Snider) y 5.000 carabinas Winchester de repetición para las fuerzas de caballería y artillería.
La gestión para adquirir las populares Winchester recayó en Francisco Astaburuaga Cienfuegos, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Estados Unidos. Hablamos de un poderoso arsenal que causaría estragos entre las tropas peruanas y bolivianas en el norte. Y también en la selva de Wallmapu.
Lo subraya el historiador Rafael Mellafe, miembro de la Academia de Historia Militar y experto en la Guerra del Pacífico: “El armamento empleado por la infantería chilena en ese periodo era el más moderno que se podía adquirir en Europa, fusiles todos del mismo calibre, lo que simplificó el reparto de municiones. Lo mismo sucede con la artillería, todas piezas de última generación y de probada fiabilidad”.
Varias de aquellas piezas aún pueden verse empotradas como “recuerdos” en plazas públicas y miradores de ciudades como Angol, Mulchén, Collipulli y otras del sur de Chile.
- EL ADIÓS A LOS GUERREROS -
Cañones, fusiles, rifles, revólveres, ametralladoras, nuevas armas que no solo revolucionan la industria mundial de armamentos; también cambian para siempre el arte de la guerra al aumentar la eficacia de la infantería y relegar a segundo plano las tradicionales cargas de caballería. La guerra estaba cambiando en el mundo y en la segunda mitad del siglo XIX lo hacía a escala industrial.
Hablamos de una brecha tecnológica insalvable para las jefaturas mapuche y frente a la cual los célebres jinetes y lanceros de antaño poco y nada podían hacer.
Ya en tiempos del toqui José Santos Kilapán, a fines de 1860, las cargas de caballería mapuche habían demostrado su ineficacia ante el creciente poder de fuego de los soldados atrincherados en los fuertes del Malleco. Ello a pesar de la victoria de Quechereguas en abril de 1868, donde la emboscada por sorpresa resultó clave frente a las tropas del comandante Pedro Lagos.
A juicio del académico Fernando Lobos, un análisis más minucioso de las tácticas de combate empleadas por Kilapán en Quechereguas permite advertir que estas no habían cambiado en varios siglos.
Grupos de gateadores provistos de lanzas que avanzaban arrastrándose por el follaje para caer encima de la infantería, unidades a pie provistas con boleadoras que tenían por objeto distraer a la infantería chilena y, finalmente, un grupo de caballería con lanzas, destinado a realizar escaramuzas, romper las filas y a perseguir a las tropas en retirada. En consonancia con lo anteriormente expuesto, puede decirse que el despliegue y estilo de combate de las fuerzas mapuche no cambió diametralmente desde los planteamientos tácticos empleados por Lautaro en la Batalla de Tucapel de 1553 (Lobos, 2017).
El malón, “entendido como una rápida y dinámica ofensiva que mezclaba elementos de infantería, escaramuzadores y caballería, seguida de un veloz repliegue”, apunta Lobos, basaba su éxito en la capacidad de los mapuche para elegir cómo y dónde emboscar a las tropas. Y ello, con el establecimiento de una bien comunicada y artillada línea de fuertes, tenía sus días contados.
La vieja y tradicional forma mapuche de combatir podía anotarse una victoria... pero no ganar la guerra.
Lo mismo evidenciaron los weichafe de Puelmapu que tras la muerte del gran toqui Juan Calfucura asediaban sin mayor éxito columnas expedicionarias y fortines desparramados por la pampa cordobesa y bonaerense.
Fue el caso de Pincen Catrinao, el gran jefe mapuche de la pampa, bautizado en 1877 como el “azote del oeste” por el ministro de Guerra, Adolfo Alsina, ello en su Informe ante el Congreso de la Nación. “Indio indómito, jamás se someterá a no ser que por un golpe de fortuna nuestras fuerzas militares se apoderen de su familia”, agregaba el creador de la famosa zanja.
La prensa de la época, mucho más directa que Alsina, prefería llamarlo “el terror de los fortines”. Eran apodos que el otrora aliado de Calfucura se había ganado y con creces.
El 27 de junio de 1872 Pincén y sus weichafe habían dado muerte en batalla a una de las promesas de la nueva oficialidad del ejército, el comandante Estanislao Heredia, jefe del Regimiento 5.º de Caballería, muerto a lanzazos junto a cincuenta de sus hombres.
En 1877 caería ante Pincén otro alto oficial argentino: el veterano jefe de la frontera al sur de Santa Fe, teniente coronel Saturnino Undabarrena, quien le plantó batalla cuando el jefe mapuche regresaba de un malón al interior de la provincia. Diez lanzazos se encontraron en el pecho del alto oficial. Yacía muerto junto a decenas de sus mejores hombres.
Ese mismo año, el 10 de junio, Pincén había derrotado al mismísimo coronel Conrado Villegas, jefe de la Frontera Sur y dos años más tarde uno de los responsables junto a Roca de la Campaña del Desierto. Villegas fue emboscado por los guerreros mapuche en las cercanías del fortín Trenque Lauquen y se cuenta que esquivaba bolazos y lanzazos como un verdadero toro, armado solo con su sable y un revólver que pronto quedó sin munición.
También se cuenta que por su coraje y valor en batalla Pincén le perdonó la vida, huyendo Villegas del terreno con una docena de lanzazos en el cuerpo. En los años posteriores, las molestias por las heridas de aquella jornada obligarían a menudo al célebre oficial a viajar a Buenos Aires para hacerse tratar.
El mismo año de su salvada providencial, Villegas volvería a tener humillantes noticias de Pincén y sus guerreros. Se trató del robo de cincuenta y tres caballos blancos, la crema y nata de la caballería de Frontera, desde sus propias narices, el 21 de octubre de 1877.
La acción, que dejó en ridículo al ejército, fue comandada por el lonko Cayuqueo y el capitanejo Neculcheo, ambos hombres de Pincén, quienes junto a un puñado de weichafe burlaron por completo la vigilancia del cuartel de Trenque Lauquén, donde se hallaban los corrales.
La osada acción, una de las más célebres de toda la guerra y que la historiografía argentina recuerda como “los blancos de Villegas”, tendría sin embargo duras consecuencias: todos los involucrados, incluido mi valiente ancestro trasandino, caerían en combate con las tropas enviadas a recuperar los caballos y, sobre todo, a vengar la afrenta.
Los weichafe fueron emboscados por las tropas de Villegas en unos médanos que se encuentran en el hoy partido de Tres Lomas, cincuenta kilómetros al sur de Trenque Lauquén, provincia de Buenos Aires. Lo que allí se vivió fue una verdadera carnicería. “No dejaron indio ni toldo en pie”, relata el secretario del general Roca, Dionisio Schoo Lastra, en su libro La lanza rota (1951).
Schoo Lastra, autor también del clásico Los indios del desierto (1977), accedió al testimonio directo del propio Pincén, quien años más tarde —ya en libertad de su cautiverio en la isla-prisión Martín García— relató al capitán Pablo Vargas cómo sus guerreros habían planificado y ejecutado el audaz robo de los caballos. Y también el fatal destino de los involucrados.
Ya lo he dicho: la guerra estaba cambiando.
Hacia 1875, una partida de soldados argentinos bien armados y montados podía aniquilar a toda una toldería sin mayores sobresaltos. Ya no bastaba con el arrojo capaz de hazañas como aquella propinada al ego de Villegas. Pero en lo estratégico: ¿qué podía hacer la vieja lanza o la caballería mapuche frente al uso ya generalizado de modernas armas de fuego?
Es lo que también se pregunta el historiador argentino Juan José Estévez, autor de Pincén, vida y leyenda (2011), la más completa biografía del lonko de la pampa. Comenta al respecto:
Salvo raras excepciones, los aborígenes no tuvieron acceso a las armas de fuego como en Estados Unidos, donde existió el tráfico de los “comancheros”. Aquí no hubo grandes traficantes de armas. En nuestras pampas un rémington era muy valorado y todo aquel que se presentara en las tolderías con un fusil y balas podía quedarse, canjear el arma por ganado y formar una familia [...] En la comandancia de frontera norte al mando de Villegas se contaba con más de ochocientos fusiles, entre carabinas y rémington, y aproximadamente cien mil proyectiles [...] Los rémington no cesaban de vomitar muerte y los bravos lanceros llegaban acribillados a balazos hasta los mismos pechos de los milicos (Estévez, 2011:202).
“De haber tenido los mapuche algunos rémington, Conrado Villegas de seguro habría muerto en manos de Pincén”, reflexiona en su obra el historiador trasandino. Pero sabemos que no los tuvo. Y tampoco los tuvieron aquellos lonkos que más tarde enfrentaron las expediciones de Roca y Urrutia, al menos no en grandes cantidades.
Fue otra debilidad de las jefaturas mapuche: no contaban con el debido suministro de municiones para las escasas armas de fuego que lograban caer en su poder tras las batallas o bien para aquellas que obtenían en manos de soldados desertores. Ello pudo haber equilibrado la balanza.
Así al menos lo demostraron los doscientos guerreros que el 19 de enero de 1881, liderados por el lonko Kewpü y armados con tralkas (fusiles), atacaron el fortín Guanacos, ubicado cerca de la margen derecha del río Neuquén y a doce leguas de Chos Malal. Allí perdieron la vida el alférez Eliseo Boerr —quien ejercía el mando de manera provisoria—, quince soldados argentinos y diecisiete civiles, siendo el fortín reducido a cenizas y todos sus caballos arreados.
“Todo era escombros carbonizados... A juzgar por algunas vainas servidas que se encontraron, que no eran de Remington, se comprendía que los indios asaltantes llevaron armas de cierta precisión”, escribió al respecto el cadete Guillermo Pechmann, por entonces un “soldadito” de apenas diecisiete años destinado en Chos Malal y testigo de aquel suceso.
Cuatro décadas más tarde, al final de su carrera y con el grado de teniente coronel, Pechmann publicaría el popular libro El campamento 1878. Allí narra con atractiva pluma los sucesos que vivió como oficial durante la invasión del territorio mapuche.
Pero no sería fortín Guanacos el enfrentamiento más celebre donde los mapuche hicieron notar un inédito poder de fuego.
Historiadores argentinos señalan que ello está reservado para el combate de Apële (o Apeleg), librado el 22 de febrero de 1883 entre las tropas de Conrado Villegas —bajo el mando del capitán Adolfo Drury— y los guerreros de los lonkos Inakayal, Foyel y Chagallo, al norte del río Senguer, en la precordillera de la actual provincia de Chubut.
Según la versión oficial, aquel día el capitán Drury, al mando de cuarenta efectivos del Regimiento 7.º de Caballería, se trabó en combate contra “cientos” de mapuche-tehuelche sorprendidos en sus tolderías en la pampa de Apële (variedad de papa silvestre, voz tehuelche). Allí habrían sido rechazados por los guerreros con decenas de armas de fuego, “sesenta u ochenta tiradores”, informaron los partes militares.
Siempre según la versión oficial, más tarde llegaron al lugar las tropas del comandante Nicolás Palacios en auxilio del capitán Drury, dispersando a los mapuche, quienes huyeron en dirección a Santa Cruz; entre ellos estaba el lonko Inakayal.
En el campo quedarían más de ochenta muertos del lado mapuche y trece soldados heridos. En las inmediaciones de la toldería serían capturadas además “trescientos caballos y yeguas, ochocientas vacas y mil ciento cincuenta ovejas”.
A juicio de Adrián Moyano, autor de Inakayal, a ruego de mi superior cacique (2017), la más completa biografía existente del célebre lonko mapuche, de combate Apële tuvo bastante poco.
“Allí no hubo combate, sino más bien un ataque contra una toldería que en ese instante fatídico no albergaba a gente combatiente, sino solo a mujeres, niños y quizás ancianos. Recién en un segundo momento las tropas recibieron la réplica de los guerreros que a balazos consiguieron poner fuera de combate a once de los captores y rescatar momentáneamente a sus familias de la cautividad”, señala.
Se trató más bien de un Wounded Knee patagónico.
La masacre de Wounded Knee sucedió el 29 de diciembre de 1890 en la reserva lakota de Pine Ridge, en Dakota del Sur. Allí el 7.º Regimiento de Caballería de los Estados Unidos, liderado por el coronel James W. Forsyth, devastó un campamento lakota ante la negativa de algunos guerreros a entregar sus armas de fuego a las autoridades.
Cuando terminó el ataque —que incluyó nutrido fuego de artillería—, al menos trescientos lakota habían sido asesinados, en su mayoría mujeres y niños desarmados, y medio centenar resultó gravemente herido. También murieron veintinueve soldados, aunque la mayoría por causa del fuego amigo.
Wounded Knee es considerada hasta nuestros días la peor masacre en la historia de los Estados Unidos.
En Apële el uso de armas de fuego por parte de los weichafe no pasó desapercibido para el general Villegas. Con fecha 1 de marzo de 1883, elevó el siguiente informe al comandante general de Armas desde el Nahuel Huapi. Al parecer tenía certeza de quiénes los habían provistos de fusiles.
Los indios han desplegado más de sesenta individuos armados de Remington y armas de repetición las que según datos les son vendidas por los habitantes de la colonia Chubut con quienes los indios comercian constantemente. Como usted verá este acto de inmoralidad debe ser represado enérgicamente, pues de lo contrario los sacrificios del ejército para concluir con la barbarie serán estériles siempre que ella sea auxiliada y protegida por gentes que se dicen civilizadas (Gavirati, 2017:373).
Villegas acusa directamente a los colonos galeses del valle de Chubut de ser traficantes de armas. “Esta aseveración se puede corroborar con individuos que hacen tal comercio y que han sido capturados por nuestras fuerzas entre los indios”, agrega el militar en su informe.
Su opinión es compartida por el teniente Eduardo Oliveros Escola, quién participó y resultó herido en los llanos de Apële.
“La Colonia provee a sus dependientes de fusiles Remington y de repetición, con los cuales nuestros enemigos se sirven para luchar contra los soldados de la Nación”, denuncia el oficial en un informe enviado a su comandancia. Y luego agrega:
“El gobierno ha donado a la Colonia fértiles campos para que dé vida a esas regiones, pero en manera alguna para atacar los intereses de la Nación. Proveer de fusiles a los indios es atentatorio y abusivo”.
Tan perdidos digamos que no estaban.
Lo cierto es que existían fluidas relaciones de contacto y comercio entre los colonos galeses y las diferentes tribus de la Patagonia desde el arribo de los primeros a la zona en 1865.
Sin una guarnición militar que los protegiera de posibles ataques, los galeses optaron por cultivar buenas relaciones con las parcialidades mapuche y tehuelche de Chubut. Ello hizo florecer el comercio, el intercambio cultural y un modelo de convivencia pacífica excepcional para la época.
Hasta que llegaron los soldados y, con ellos, la guerra.
Existía además una abierta animadversión de los jefes militares argentinos hacia los galeses y su política de puertas abiertas con los “salvajes”. Los colonos, por cierto, negaron rotundamente la acusación. Llegarían a publicar una carta en el periódico Buenos Aires Standard, denunciando estar siendo utilizados como “chivos expiatorios”.
Tuvieran o no responsabilidad los galeses, lo cierto es que la queja del general Villegas sí tuvo consecuencias en el desarrollo de la guerra; implicó un endurecimiento de la prohibición de “venta de armas de guerra y municiones a los indios” y el inicio de una severa campaña de confiscaciones.
Ello dificultaría notablemente el escaso tráfico de armas que existía en aquel tiempo y del cual se valían los lonkos rebeldes.
Sí, hubo armas de fuego en manos de guerreros mapuche. Y en ambos lados del Wallmapu. Pero en absoluto fue la norma.
Tal como en la Colonia, el ataque de madrugada, la clásica emboscada de siglos, el golpear y replegarse, fue la principal arma de los weichafe en aquellos años de avance militar winka.
Como en los tiempos de Leftraru, la guerra de guerrillas fue el último recurso de un pueblo cuya independencia debía morir con honor, fieles a una tradición militar de cuatro siglos.
Zeballos, el cronista militar ya citado, no duda en elogiar esta bravura, casi suicida, de las fuerzas mapuche.
“A los trescientos años los araucanos continúan en armas con virilidad asombrosa”, escribe. “Abrumados por todos los recursos que el arte de la guerra ha desplegado prodigiosamente en su contra, oponen ellos sus pechos indomables”, subraya admirado.
Lo destaca también el historiador José Bengoa.
Los pueblos son grandes y sus culturas perduran quizás en la medida que son capaces de asaltar el cielo. La grandeza surge muchas veces de la capacidad de un pueblo para realizar actos imposibles. Los mapuche sabían perfectamente que iban a perder y que la mayoría de ellos moriría en esta insurrección general; sin embargo, el hecho tenía un sentido ritual histórico insoslayable […] Hasta el 5 de noviembre de 1881 los mapuche hicieron valer su historia, su cultura independiente, su capacidad centenaria de mantenerse como pueblo (Bengoa, 1983:297).
Cuatro años antes, en 1877, mismo camino habían tomado los últimos guerreros samurái liderados por el legendario Saigo Takamori al enfrentarse en Shiroyama al moderno ejército imperial japonés; fueron masacrados con ráfagas de ametralladoras Gatling y eficientes cañones Krupp de montaña.
En Takamori se inspira el personaje de Katsumoto Moritsugu, protagonista central de El último samurái (2003), película de Warner Bros. Pictures que relata la histórica rebelión de Satsuma y que tiene a un soberbio Ken Watanabe en el rol principal.
En el exitoso filme, el capitán estadounidense Nathan Algren, personaje que interpreta Tom Cruise y que es un atormentado veterano de las Guerras Indias del oeste, viaja a Japón para entrenar al ejército imperial y hacer frente a la insurrección que algunos nobles llevan a cabo contra una revolución cultural que —advierten al emperador— amenaza las tradiciones niponas.
Tras una batalla inicial, las tropas de Algren son derrotadas y él cae prisionero del líder rebelde, Katsumoto, un prestigioso samurái que también desea aprender las tácticas de la guerra moderna. Tiempo más tarde, después de que Algren aprende a su vez las técnicas samurái y se une a sus captores, llegará la batalla final contra el ejército del emperador, que es en definitiva quien triunfa.
Sin embargo, los samuráis alcanzan la gloria muriendo en una carga imposible y su propio líder se hace el seppuku, el ritual de suicidio por desentrañamiento, provocando tal admiración que sus adversarios le rinden honores en el propio campo de batalla.
Aquel fue, en clave hollywoodesca, el rito final de aquella otra honorable casta de guerreros tradicionales.
- FRANCIA Y LAS FRUTILLAS MAPUCHE -
¿Pudo ser diferente el desenlace de la guerra en Wallmapu? Orélie Antoine de Tounens, el abogado y espía francés retratado como un “demente” por la historiografía chilena y argentina, fue a mi juicio la gran oportunidad perdida por los mapuche.
Lo cuento en extenso en el tomo I de esta trilogía: su arribo a Wallmapu desde Buenos Aires, la alianza política que establece con los toqui Kilapán y Calfucura, su monarquía constitucional y, lo principal, el compromiso de pertrechos y asistencia militar por parte de Francia “para que mantengáis vuestra independencia y libertad”, como había prometido.
No se trata de un juicio apresurado. Lo comparte, entre otros, el investigador Francisco J. Montory, un estudioso de la historia de la provincia de Arauco y en los ochenta un activo colaborador del boletín del Museo Mapuche de Cañete.
Quilapán pretendía formar un ejército de a lo menos ocho mil hombres dotado de caballería, infantería y artillería. No solo estarían armados de lanzas, cuchillos y macanas, sino que además el “rey” Orélie le había prometido modernos fusiles de repetición de origen francés, artillería liviana e incluso soldados de esa nacionalidad. Con tal poderío bélico, Quilapán y Orélie, con sus fuerzas franco-mapuche hubieran podido fácilmente aniquilar a las fuerzas chilenas y expulsarlos lejos de los límites históricos de la Araucanía (Montory, 1989:17).
No es ningún secreto. Por aquellos años Francia e Inglaterra se hallaban enfrascadas en una lucha por extender sus dominios coloniales a escala global. Francia desde el siglo XVII había fijado su mirada en la Patagonia y el estrecho de Magallanes. En el puerto de La Rochelle habría de nacer para ello la Real Compañía del Mar del Sur, de la que era accionista el mismísimo rey de Francia, Luis XIV.
En junio de 1695 cinco de sus barcos zarparían con rumbo austral para fundar en el estrecho una colonia al amparo del pabellón francés. Y, si bien la expedición fracasó, el interés se mantuvo intacto.
Solo queda agregar que entre 1695 y 1749 al menos 175 barcos registrados en Francia salieron para los mares del sur con el objetivo de explorar tierras para futuras colonias y contrabandear productos. Varias de estas expediciones tuvieron contacto con los mapuche.
Fue el caso del navegante y científico francés Amédée-François Frézier, quien estuvo en América del Sur entre 1712 y 1714 estudiando —académicamente, en teoría— las fortificaciones españolas del Virreinato del Perú. Lo cierto es que se trató de una labor de espionaje militar con vistas a intentar encauzar las riquezas americanas hacia la corte de Versalles.
Frézier recorrió sobre todo las costas del Pacífico desde Magallanes al Callao, redactando un completo informe que incluía mapas de los puertos, fortificaciones, depósitos de munición, recuento de piezas artilleras e incluso estimaciones de los soldados hispanos en cada sitio. Su viaje incluyó la bahía de Concepción y también los fuertes de Valdivia, las fronteras norte y sur entre la Corona española y el Wallmapu occidental.
En 1716, dos años después de su viaje, Frézier publicó en París el libro Relación del viaje por el mar del sur a las costas de Chile i el Perú. Fue un éxito editorial, con reediciones en inglés, alemán y holandés, algo bastante inusual en esa época.
Cinco años más tarde el propio Luis XIV lo eligió para un nuevo viaje a América, esta vez a La Española (Haití). Allí tendría la misión de construir una serie de fuertes siguiendo el modelo español que observó en los mares del sur.
Pero en su libro Frézier no solo habla de puertos, mapas y fortificaciones. De su paso por la bahía de Concepción incluyó una extensa y detallada descripción de los mapuche, sus costumbres, territorio y estatus independiente respecto del reino de Chile.
Estos indios no tienen reyes ni soberanos que les prescriban leyes; cada cacique, así le llaman los españoles, es enteramente independiente y dueño absoluto de su dominio [...] Aunque nos parezcan salvajes saben muy bien ponerse de acuerdo respecto de sus intereses comunes. Por esta buena conducta y heroísmo han impedido en otro tiempo al Inca del Perú que entrara en sus dominios y han detenido las conquistas españolas, llegados solo hasta la orilla del Bio-Bio y las montañas de la cordillera (Frézier, 1902:23-26).
El libro, que incluye catorce láminas y veintitrés mapas y planos, cuenta además con bellas ilustraciones del juego de palín —chueca, le llama— y de las vestimentas mapuche. Pero no solo a ello prestó atención en Wallmapu, sino también a las frutillas.
“Los indios cultivan campos enteros de fresas; sus frutos son comúnmente del porte de una nuez y a veces como un huevo de gallina. Su color es rojo blanquecino”, apunta en su libro.
Hoy pocos saben que la actual fresa que se consume mayormente en el mundo, la Fragaria annanasa, es mitad originaria de este rincón del planeta. Así es: nació del cruce experimental de la Fragaria virginiana del este de Norteamérica y la Fragaria chiloensis, la misma que sorprendió al francés en su paso por Wallmapu.
En 1614 el jesuita español Alonso de Ovalle conoció esta fruta blanca (llaweñ) y roja (kelleñ), perfumada y dulce, que los mapuche cultivaban en jardines y campos y que por su gran tamaño superaba a la fresa de Virginia y también a la europea, esta última no más grande que una frambuesa.
Ovalle la bautizó como Fragaria chiloensis y así lo cuenta en su clásico libro Histórica relación del Reyno de Chile (1646).
Pero un siglo más tarde, en 1714, sería el galo Frézier el primero en llevar con éxito estas frutillas mapuche a Europa, entregando cinco plantas al Jardín Real para su análisis y cultivo. Es más, su propio apellido derivaría de fraise, la palabra francesa para frutilla (fresa) que el tiempo deformó en Frézier.
Las obras de navegantes y exploradores como Amédée-François Frézier fueron ampliamente divulgadas en Francia y ejercieron gran influencia en la monarquía. También en sus afanes expansionistas, especialmente hacia Oceanía y África.
Francia, en la primera mitad del siglo XIX, incorporó Las Marquesas y Tahití, así como también colonias en Argel, Costa de Marfil, Gabón y Guinea. Pero Inglaterra, su gran adversario colonial, se había instalado en 1833 en pleno Atlántico sur, en las islas Malvinas.
¿Es posible creer que Francia no vio con preocupación un posible avance inglés sobre la Patagonia y el estrecho de Magallanes? Desde allí podrían controlar puntos claves en las rutas marítimas entre las metrópolis europeas y el Pacífico.
¿Es posible descartar que Orélie Antoine de Tounens fuera parte de una empresa colonialista respaldada por el propio Napoleón III? En absoluto.
El historiador militar Leandro Navarro aporta un sabroso dato al respecto. El año 1869, en plena ofensiva del general José Manuel Pinto contra Kilapán, otros dos ciudadanos franceses fueron avistados merodeando por el país mapuche. Sus apellidos eran Portalier y Pertuiset.
El primero —cuenta Navarro— fue tomado preso en el fuerte de Queule por suponerse que era aliado de Orélie. Fue puesto en libertad al poco tiempo, “sin saberse qué rumbo tomó”. Respecto a Pertuiset, fue a recalar a Magallanes, donde lo conoció el capitán de Artillería de Marina Ramón Vidaurre, de guarnición en ese puesto, y a quien manifestó que era teniente coronel del ejército francés.
Décadas más tarde, cuando Vidaurre debió expatriarse en París después de la revolución de 1891, lo encontró en dicha ciudad llevando una vida holgada y gozando de una privilegiada posición social. Ello hizo presumir al militar chileno que “no podía ser un vulgar aventurero y por ende alguna misión especial lo llevó a Chile”.
Otro antecedente lo entrega el testimonio tal vez inobjetable de Abdón Cifuentes, destacado político conservador y docente chileno del siglo XIX, y uno de los fundadores de la Pontificia Universidad Católica.
Cuenta en sus memorias que mientras ejercía como oficial mayor del Ministerio del Interior, encargado de las relaciones exteriores del gobierno de José Joaquín Pérez, el propio secretario del Consejo de Estado de Napoleón III le confidenció en París, en mayo de 1870, que “el emperador había estado dispuesto a prestarle su apoyo (a Orélie)... que en el Consejo se había discutido la necesidad de apoyar las reclamaciones de Orélie”.
Un último dato respecto de Francia y sus colonias.
Nueva Caledonia, isla en medio del Pacífico, fue anexada por Francia en 1853, misma década en que Orélie Antoine arribó por primera vez a Wallmapu. Desde entonces la población indígena local, los kanak, han gozado de un estatus único que los sitúa entre un país independiente y un departamento de ultramar en el seno de la República Francesa.
Por si no bastara, en noviembre de 2018 sus habitantes votaron un inédito referendo de independencia. Y si bien el 59% votó en contra, la plena libertad de sus habitantes pareciera ser solo cosa de tiempo.
“Lamngen Pedro, ¿qué habría pasado si Chile y Argentina nos hubieran dejado ser?”, me preguntó hace unos años la cantante Beatriz Pichimalen mientras grabábamos en Santiago el programa Kulmapu de CNN Chile.
“Hablaríamos probablemente francés y mapuzugun, nuestros jóvenes estudiarían en universidades de París y pronto estaríamos votando nuestra independencia en un plebiscito”, fue —medio en broma, medio en serio— mi respuesta, en clara alusión a los kanak. ¿Cómo sería Wallmapu si ambas repúblicas sudamericanas nos hubieran dejado ser? Nunca lo sabremos en verdad.
Lo que sí sabemos es cómo era el país de nuestros ancestros antes de la invasión winka. Lo retratamos en el tomo I, siguiendo las memorias de dos insignes viajeros, el alemán Paul Treutler y el norteamericano Edmond Reuel Smith, quienes lo recorrieron en su lado oeste entre los años 1853 y 1859.
Pero hay un tercer viajero que logró internarse en el territorio mapuche trasandino, al sur de la actual provincia de Córdoba, Aconteció en abril del año 1870 y su protagonista fue un militar, jefe de frontera, que nos legó para la posteridad un relato extraordinario.
Los invito en las páginas siguientes a viajar junto al coronel Lucio Mansilla al mítico país de los ranqueles.
– LUCIO MANSILLA –

Lucio Victorio Mansilla es un personaje fascinante por donde se lo mire. Fue periodista, militar, diplomático y por lejos uno de los escritores argentinos más destacados del siglo XIX.
Nació en Buenos Aires en 1831. Fue sobrino de Juan Manuel de Rosas. Su madre, Agustina Ortiz de Rosas, reputada la dama más hermosa de Buenos Aires, era hermana del caudillo. Su padre, Lucio Norberto Mansilla, fue oficial de José de San Martín y héroe de la batalla de Vuelta de Obligado contra la escuadra anglo-francesa en 1845.
Hijo de una familia de gran fortuna, creció entre sirvientes, pero ello no le impidió comprometerse con las ideas de vanguardia de su tiempo. Se cuenta que a los diecinueve años fue sorprendido por su padre leyendo El contrato social de Jean-Jacques Rousseau. De inmediato lo envió de viaje, a la India. Sería la primera de sus numerosas aventuras.
Culto, apuesto, un verdadero dandy de la época, recorrió medio mundo tras aquel particular castigo familiar.
En pocos años paseó por toda Europa, escaló cumbres en el Himalaya, cruzó el mar Rojo de Adén a Suez, recorrió Egipto en camello, subió la pirámide de Keops acompañado de beduinos e incluso llegó hasta Constantinopla. Allí, en el mercado de mujeres esclavas, compró una bella joven a quien —como corresponde a un gentleman de club— concedió su libertad.
Tras vivir algunos años en París con su padre, donde se codeó con el mismísimo Luis Napoleón, que los invitó a las Tullerías, Mansilla regresó a los veintiún años a Buenos Aires. Allí comienzan las hazañas que le dan notoriedad pública.
Ejerció de periodista en Santa Fe y emprendió diversos negocios. También publicó sus primeros libros de viajes y un par de obras de dramaturgia de relativo éxito en la escena artística. Además, como todo hijo de la alta sociedad porteña, ingresó al Ejército de Línea para obtener un grado militar.
En la guerra del Paraguay destacó por su valentía y por sus escritos como corresponsal del diario La Tribuna. Simpatizante político de Domingo Sarmiento, trabajó incansablemente por la candidatura de este para presidente de Argentina.
Tras su triunfo Mansilla aspiraba ser nombrado ministro. Sin embargo, fue enviado por el mandatario a un destino mucho menos glamoroso: la sede de la subcomandancia de la Frontera Sur, en Río Cuarto.
Allí conocería a los “ranqueles” (de rankülche, la gente del carrizo). Bajo esa denominación eran conocidas las parcialidades “araucanas” que habitaban al sur del río Quinto en las actuales provincias de Córdoba y La Pampa, en ese entonces parte del Wallmapu libre y soberano.
Mansilla, un culto militar de veintinueve años, aprende a convivir con ellos y sobre todo a respetarlos. Como buen hombre de mundo se adapta incluso a sus protocolos culturales: habla con los mapuche, estudia su lengua, toma parte en las ceremonias, come con ellos.
De manera muy astuta, apadrina además a hijos de lonkos y se hace de importantes amigos entre las parcialidades que a menudo visitan la Frontera para comerciar productos o parlamentar con las autoridades.
Es entonces cuando planea una excursión diplomática para visitarlos en sus extensos dominios en la llamada Tierra Adentro, en la actual provincia argentina de La Pampa.
El objetivo oficial de su viaje era llegar hasta Leubucó, a las tolderías del ñizol lonko Mariano Rosas y su hermano, el bravo Epumer, para ratificar negociaciones de paz y facilitar un futuro trazado del ferrocarril. El objetivo no oficial era, sin embargo, conocer un territorio y una cultura que lo intrigaban.
“Hacía ya mucho tiempo que yo rumiaba el pensamiento de ir a Tierra Adentro. El trato con los indios que iban y venían al río Cuarto había despertado en mí una indecible curiosidad”, escribe el militar en su diario.
La excursión se organiza en Fuerte Sarmiento, a orillas del río Quinto. Desde allí el militar argentino planea seguir el camino o rastrillada que por la laguna El Cuero conduce rumbo sur a las tolderías situadas a trescientos kilómetros.
Distante ciento treinta kilómetros al sur de la actual ciudad de Río Cuarto, Fuerte Sarmiento era en ese entonces —junto al fuerte Villa de Mercedes, ubicado al oeste— la verdadera plaza militar fronteriza con los dominios rankülche.
Allí el coronel reúne su comitiva: diecinueve hombres, en su mayoría soldados, un lenguaraz mestizo mapuche-chileno y dos curas franciscanos a lomo de luma. Ellos, por su parte, harían el extenso viaje en lo único esencial por esas latitudes: buenos caballos.
“En las correrías por la pampa son lo único esencial. Yendo uno bien montado se tiene todo; porque jamás faltan bichos que bolear; avestruces, guanacos, liebres, gatos monteses o mulitas que cazar. Eso es tener todo andando por los campos: tener qué comer”, relata.
Pero, al igual que al norteamericano Edmond Reuel Smith, son varios los que advierten a Mansilla el peligro de su expedición. Uno de ellos es Achawentru, capitanejo del cacique Mariano Rosas y asiduo visitante del fuerte militar. Mansilla, pocas horas antes de partir, le confidencia el real objetivo de su viaje.
“Pretendió disuadirme diciéndome que podía sucederme algo, que los indios eran buenos, que me querían mucho, pero que había desconfianzas y que cuando se embriagaban no respetaban a nadie”, relata. Pero aquella desconfianza crónica era justamente lo que Mansilla buscaba despejar.
“Los indios nos acusan de ser gentes de mala fe y es inacabable el capítulo de relatos con que pretenden demostrar que vivimos engañándolos... Le pinté entonces a Achawentru la necesidad de hablar yo mismo la paz con los caciques y el bien inmenso que podía resultar de darles una muestra de confianza tan clásica como visitarlos”, agrega.
Achawentru, no satisfecho con tales argumentos, ofreció a Mansilla varias cartas de recomendación y le aconsejó enviar mensajeros que informaran con anticipación a los lonkos de su llegada. Ello por dos razones: primero, para que no se alarmaran al ver soldados cabalgando en sus tierras y, segundo, para que pudieran recibirlo como era debido en su protocolo cultural.
Mansilla así lo hizo. Y para no ser menos cargó dos mulas con diversos regalos para sus anfitriones y una tercera con charqui, azúcar, sal, yerba, café y suficientes provisiones para tres semanas, tiempo estimado de la travesía. Su ruta, ya lo había adelantado, sería la denominada Rastrillada del Cuero.
Las rastrilladas eran los únicos caminos en aquel territorio indómito. Trataba de surcos paralelos que con sus constantes idas y venidas dejaban los mapuche con sus constantes arreos de caballos y ganado cimarrón. Hablamos de miles de cabezas para el comercio en ambos lados de los Andes.
Leubucó, el destino final de Mansilla, era por entonces una verdadera estación central de rastrilladas en la pampa.
“De Leubucó arrancan grandes rastrilladas para todas partes. Salen caminos para las tolderías de Ramón en los montes de Carrilobo, hacia las del cacique Baigorrita situadas a las orillas de Quenque, para las tolderías de Calfucurá en Salinas Grandes y hacia la cordillera y las tribus araucanas de Chile”, anota en su diario.
Tras varios días de cabalgata arriba a la laguna El Cuero, “situada en un gran bajo” y donde según Mansilla “comienzan los grandes montes del desierto y lo que propiamente se llama Tierra Adentro... Esos montes del Cuero se extienden por muchísimas leguas de naciente a poniente, llegan al río Chalileo, lo cruzan van a dar hasta el pie de la cordillera de los Andes”.
Y luego agrega:
Hermosos, seculares algarrobos, caldenes, chañares, espinillos, bajo cuya sombra inaccesible a los rayos del sol crece frondosa y fresca la verdosa gramilla, constituyen estos montes. Allí hay pastos abundantes, leña para toda la vida y agua, la que se quiera sin gran trabajo. Cada médano es una gran esponja absorbente; cavando un poco en sus valles el agua mana con facilidad [...] No he visto jamás en mis correrías por la India, por África y por Europa nada más solitario que estos montes del Cuero. Leguas y leguas de árboles, cielo y tierra; he ahí el espectáculo (Mansilla, 1871:63).
Pero tan solitario no estuvo siempre aquel lugar. Allí en El Cuero (Trülke Lafken, en lengua mapuche, en referencia al monstruo marino mitológico) tenía sus tolderías el célebre “indio Blanco”. Temido en las fronteras de San Luis, Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires por sus constantes malones, su apodo hacía referencia a su tez blanca, fruto de una posible ascendencia mestiza.
Su verdadero nombre —según testimonio de doña Ángela Mariqueo, descendiente ranquel— habría sido Melileo o Meliqueo. Y más allá de la leyenda negra, además de un bravo y rebelde guerrero, habría sido un reputado comerciante de ganado entre Puelmapu y Gulumapu.
Blanco no era un desconocido para el coronel Mansilla.
Él mismo reconoce en su diario de viaje la particular “guerra sucia” que tuvo que librar contra él a poco de asumir el mando en la Frontera. “Me propuse, antes de avanzar, desalojarlo del Cuero, incomodarlo, alarmarlo, robarlo, cualquier cosa por el estilo. El tal indio tenía un prestigio terrible. Yo era, de consiguiente, su rival”, escribe el militar.
“Pero no quería hacer esta campaña con soldados. Busqué un contrafuego acordándome de la máxima de los grandes capitanes: al enemigo batirlo con sus mismas armas”, agrega.
Y así lo hizo. Contrató a seis gauchos, “media docena de pícaros, en una palabra, ladrones”, con la misión de maloquear y hostigar en forma persistente a Blanco y sus weichafe hasta hacerlos huir de la laguna. “Los fariseos que crucificaron a Cristo no podían tener unas fachas de forajidos más completas que estos gauchos”, relata Mansilla.
“Les di buenos caballos, los vestí, les di carabinas de las que hicieron recortados. Y partieron. Mis órdenes eran robarle al indio Blanco. Lo que trabajasen sería para ellos. Tres veces fueron de excursión hasta que el indio se alejó. Al final acabaron por hacerme a mí un robo. ¿Qué les he de hacer? Ya sabía que eran ustedes ladrones, les dije. No se juega mucho tiempo con fuego sin quemarse”, reflexiona el coronel.
Pero la retirada de Blanco fue solo momentánea.
En su excursión a Leubucó el coronel Mansilla volvería nuevamente a tener noticias suyas. Solo agregar que un año más tarde, en marzo de 1871, Blanco, junto a medio centenar de weichafe, gauchos y soldados renegados, atacaría el Fuerte Sarmiento y en los días posteriores propinaría una de las peores derrotas al Ejército de la Frontera Sur.
Aconteció el 4 de marzo de 1871 en el médano de Chemecó, al noroeste de la actual localidad cordobesa de Washington, departamento de Río Cuarto.
Allí, tras una exitosa emboscada, los weichafe de Blanco dieron muerte a sesenta y cinco soldados enviados por el gobierno tras sus pasos, entre ellos al capitán a cargo, de apellido Morales. Blanco volvería a atacar Sarmiento en 1872, llegando a atravesar en marzo de 1873 la frontera sur de Santa Fe con devastadores malones.
Pese a que se desconoce el momento y lugar de su muerte, un documento oficial de julio de 1879, en el inicio de la mal llamada Conquista del Desierto, hace mención de que Blanco todavía ocupaba la laguna El Cuero y que las fuerzas militares se aprestaban a su pronta captura.
Si bien no alcanzó el relieve de otros lonkos, caciques y ülmen del siglo XIX, fue un guerrero temido y formidable.
- LLEGADA A LAS TOLDERÍAS –
Volvamos ahora al protagonista de este capítulo, el militar y viajero Mansilla. Es en la laguna La Verde donde se topa con las primeras tolderías mapuche.
A diferencia de las grandes rucas o casonas que otro viajero, el norteamericano Edmond Reuel Smith, visita en 1853 al sur del río Biobío, en Puelmapu los mapuche adoptaban parte del modo de vida nómade de los tehuelche y aquellos grupos pampeanos “araucanizados” desde el siglo XVI.
Esta movilidad era obligada por la geografía y las grandes extensiones que debían recorrer a caballo.
Los toldos se ubicaban en lugares estratégicos de aguadas, buenos pastos y abundante leña, lo que hacía posible la supervivencia. Y habitualmente estaban en el paso de alguna rastrillada, lo que permitía a los grandes lonkos intervenir en el comercio del ganado hacia Gulumapu y las haciendas de Chile.
Estos lugares eran conocidos por las autoridades hispanas y republicanas. Hasta allí se acercaban para negociar, pactar el pago de raciones y firmar acuerdos de paz con los ñizol lonko, los jefes principales. Pero también existían tolderías de campaña que albergaban a aquellos kona y weichafe que se adentraban en la Frontera Sur para maloquear o realizar incursiones militares.
Las tolderías abrigaban a hombres, mujeres, ancianos y niños; mapuche, cautivos blancos, renegados, gauchos, mestizos e incluso soldados y curas en misión diplomática.
“El indio no rehúsa jamás la hospitalidad al viajero. Sea rico o pobre el que llame a su toldo, es admitido. Si en lugar de ave de paso se queda en la casa, el dueño de ella no exige a cambio del techo y de los alimentos que da nada más que saliendo a un malón lo acompañen”, escribe Mansilla.
Las paredes de los toldos eran construidas con madera o barro cocido, y el techo, de cuero de potro cocido con sogas de tendones de avestruz. En el frente, una enramada de paja.
En su interior contenían camas de cuero de ovejas y ponchos como frazadas, mientras en su exterior se daban actividades económicas como cría de ganado menor, así como aves de corral e incluso agricultura en mediana escala para el sustento diario. Hablamos de maíz, trigo, zapallos, sandías y quinua, por su resistencia a las altas y bajas temperaturas.
El padre suizo Meinrado Hux, destacado historiador y autor de la biografía del célebre lonko Ignacio Coliqueo de Los Toldos, nos entrega la siguiente descripción:
Había toldos grandes, como galpones con muchos apartamentos. Tenían nichos donde dormían separados los hijos y las hijas sobre pieles y catres, evitando la promiscuidad. En bolsones de cuero colgaban sus ropas y enseres domésticos y en el centro hacían el fuego bajo una obertura del techo que servía de chimenea. En días buenos cocinaban fuera sus pucheros, locros y asados [...] Los misioneros y viajeros que hablan de los toldos concuerdan que esas casas eran ordenadas y limpias. La mujer era la dueña de la ruca; ella y las cautivas, si las había, cuidaban de la limpieza [...] El toldo del cacique era siempre el más grande, pues allí se reunía con sus capitanejos en consejo y recibía las visitas con mucha cortesía (Hux, 2009:124-125).
Y es que por sobre todo las tolderías de la pampa eran centros neurálgicos de discusión política, trawün (juntas) y koyaktu (acuerdos) entre las grandes jefaturas del territorio.
Los mapuche que no eran caciques, lonko o capitanejos y aquellos que no participaban de las acciones armadas —porque ser mapuche no era sinónimo de “guerrero”, también los había comerciantes, pastores, plateros y artesanos, entre otros múltiples oficios— debían obedecer allí estrictas reglas sociales.
Con mucha mayor razón las visitas foráneas.
Son protocolos que Mansilla conoce bien y que respeta bajo el sabio refrán de “donde fueres, haz lo que vieres”. De allí que, tras ver venir en su dirección a decenas de jinetes mapuche al galope y lanza en mano, optara por lo más inteligente: no huir y mucho menos enfrentarlos. La clave era mantenerse quieto.
Rápidos como una exhalación varios pelotones de indios estuvieron pronto encima de mí. Montaban todos caballos gordos. Todos hablaban al mismo tiempo, resonando la palabra: ¡Winka! ¡winka!, es decir: ¡Cristiano! ¡cristiano!. Yo fingía no entender nada. ¡Buen día hermano! Era toda mi elocuencia mientras mi lenguaraz apuraba la suya, explicando quién era yo y el objeto de mi viaje. Hubo un momento en que los indios me habían estrechado tanto que no podía mover mi caballo [...] Pero ya estábamos en las astas del toro y no era cosa de retroceder (Mansilla, 1871:85).
Los jinetes eran hombres del cacique Ramón, quien lo invitaba a visitar su toldería en las proximidades. Así lo hizo. Escoltado en todo momento por los lanceros, cabalgó donde el jefe mapuche, quien a distancia de mil metros salió del bosque acompañado de otros ciento cincuenta guerreros.
Mansilla y sus hombres se aproximaron hasta quedar a pocos metros de aquel muro de lanzas.
“Reinaba un profundo silencio cuando hicimos alto”, escribe en su diario. Entonces se oyó un grito prolongado que “hizo estremecer la tierra”, relata. De inmediato los weichafe los rodearon formando un círculo, quedando Mansilla y sus hombres encerrados en medio, “viendo brillar las dagas relucientes de sus lanzas adornadas de pintados pinachos”.
Mi sangre se heló. Estos bárbaros van a sacrificarnos, me dije. Reaccioné de mi primera impresión y mirando a los míos; Que nos maten matando, les hice comprender con la elocuencia muda del silencio. Aquel fue un instante solemnísimo. Pero otro grito prolongado volvió a hacer temblar la tierra. Miré al emisario de Ramón como diciéndole “¿De qué se trata?” Un momento, me dijo. Luego me respondió: “Salude a todos los indios primero, amigo, después saludará al cacique” (Mansilla, 1871:90).
Para tranquilidad de Mansilla, no se trató de una encerrona mortal. Era más bien la ceremonial del chalin o saludo de los visitantes a los dueños de casa.
Este consistía en un fuerte apretón de manos y en un grito, una especie de hurra por cada uno de los indios que iba saludando, en medio de un coro de gritos que no se interrumpían. Los frailes, los pobres franciscanos y todo el resto de mi comitiva hacían lo mismo. Aquello era una batahola infernal. ¡Cómo estarían mis muñecas después de doscientos cincuenta apretones de manos! (Mansilla, 1871:90).
Solo tras la ceremonia pudo recién saludar al cacique Ramón y ambos parlamentar, previo intercambio de regalos.
Ramón Cabral pertenecía a uno de los principales linajes de la parte norte de la pampa, en las cercanías de lo que hoy es Anchorena. Su estirpe era la de los nahuel (tigre) y era por entonces un aliado clave de Mariano Rosas, este último miembro de la estirpe de los gner (zorro).
Ramón es hijo de indio y de una cristiana de la Villa de la Carlota. Predomina en él el tipo de nuestra raza. Es alto, fornido, tiene ojos pardos, cabello algo rubio, ancha la frente y habla muy ligero. Es en extremo aseado y viste como un paisano rico. Quiere bien a los cristianos, teniendo muchos en sus tolderías y varios a su alrededor. Tendrá cuarenta años. Todo su aspecto es el de un hombre manso y solo en su mirada se sorprende a veces como un resplandor de fiereza. Siembra todos los años, haciendo grandes acopios para el invierno y sus indios le imitan (Mansilla, 1871:91).
El cacique era también un insigne rütrafe o platero y muchos lo conocían como Ramón Platero. Sabía labrar con exquisito detalle la plata, construyendo delicadas y valiosas joyas. “Funden la plata, la purifican en el crisol, la ligan, la baten a martillo, dándole la forma que quieren y la cincelan”, relata Mansilla.
Se cuenta que Ramón fabricaba de plata cuanto es posible imaginar, adornos femeninos, masculinos y también ecuestres: pectorales, aros, pulseras, prendedores, sortijas y yesqueros, frenos, riendas, estribos y espuelas.
No era su única pasión; también destacaba por la crianza de ganados, los cuales —como “el ranquel más rico de la pampa”— se “daba el lujo de clasificar hasta por el pelo”.
“Ramón me instó encarecidamente a visitarlo en su toldería, ofreciendo presentarme a su familia. Prometí hacerlo de regreso desde Leubucó donde un mensajero nos contó ya se hacían grandes preparativos para recibirnos”, consigna el militar.
Mansilla continuó su viaje, pero desde este punto lo haría escoltado por Caniupán, un bravo capitanejo del lonko, y otros guerreros. Se sorprende con la destreza ecuestre de sus escoltas.
Cabalgando con los indios no es posible marchar unidos. Ellos le aflojan la rienda al caballo para que dé todo lo que puede de modo que los jinetes cuyo caballo tiene el galope corto siempre quedarán atrás. Toda marcha de indios se inicia en orden, pero al rato se han desparramado como moscas, salvo en los casos de guerra. En esta, pelean unidos, en formación, a pie o a caballo, interpolados según las circunstancias. En un combate que mis fuerzas tuvieron con ellos en los Pozos Cavados los pedestres se agarraban de las colas de los caballos y ayudados por el pulso de estos se ponían en un verbo fuera del alcance de las balas (Mansilla, 1871:109).
Cuenta Mansilla que los mismos caballos que los mapuche toman de los blancos, “sometidos a un régimen peculiar y severo, cuadruplican sus fuerzas, reduciéndonos muchas veces en la guerra a una impotente desesperación”.
Montura, transporte, arma; los jinetes mapuche ni siquiera para descansar desmontan sus briosos corceles, escribe.
Tienen ellos la costumbre de descansar sobre el lomo del caballo. Se echan como en una cama, haciendo cabecera en el pescuezo y extendiendo las piernas cruzadas en las ancas, así permanecen horas enteras. El caballo del indio además de ser fortísimo es mansísimo. ¿Duerme el indio? No se mueve. ¿Está ebrio? Lo acompaña a guardar el equilibrio. ¿Se apea y baja la rienda? Allí se queda todo el día. El indio vive sobre el caballo como el pescador en su barca; su elemento es la pampa como el elemento de aquel es el mar. Todo puede faltar en el toldo de un indio, será pobre como Adán, pero hay una cosa que jamás falta. De día, de noche, brille espléndido el sol o llueva a cántaros, en el palenque hay siempre atado de la rienda un caballo. A horse. A horse! My kingdom for a horse! (Mansilla, 1871:110).
No había sido fácil empresa llegar hasta la morada del legendario jefe rankülche Mariano, anota el militar. Por ello, cuando le anuncian “¡allí está Leubucó!”, fijó la vista “como si después de una larga peregrinación por las vastas y desoladas llanuras de la Tartaria, al acercarme a la raya de la China, me hubieran dicho: ¡Allí es la gran muralla!”.
- EL GRAN JEFE PANGUITRUZ –
Tenían razón los werkén (mensajeros): a Mansilla lo esperaba una gran recepción por parte del lonko Mariano Rosas. Este era en aquellas décadas el principal jefe del gran territorio rankülche y su historia bien vale la pena de contar.
Su verdadero nombre era Panguitruz Gner (“Zorro cazador de pumas”) y era miembro de un linaje con mucha historia. Era hijo del gran cacique Paine o Painegner (“Zorro celeste”) y nieto nada menos que del célebre Yanquetruz.
Su abuelo, guerrero de prestigio y poder, había sido elegido jefe de los rankülche en 1818 tras la muerte de Carripilún. Dos años más tarde, en 1820, Yanquetruz, junto a otros dos mil guerreros, acompañaba al héroe chileno José Miguel Carrera en sus correrías por las provincias argentinas.
Entre 1833 y 1834, Yanquetruz hizo frente a la expedición militar que el exgobernador Juan Manuel de Rosas realizó contra las tribus de la pampa y el norte de la Patagonia, derrotando a los argentinos en numerosas batallas. Esta expedición es conocida como la primera Campaña al Desierto.
Fue en el marco de esta guerra de invasión que su nieto Panguitruz Gner, por entonces de nueve años, fue capturado por guerreros enemigos mientras cuidaba caballos en las cercanías de la laguna Lanqueló.
Cuenta Mansilla que el menor fue entregado a las tropas argentinas por sus captores y permaneció un año preso y engrillado “en los Santos Lugares y tratado con dureza”. Cuando él y los otros prisioneros perdían la esperanza de mejorar su suerte, fueron llevados a Palermo ante el dictador Juan Manuel de Rosas.
Tras interrogarlos, Rosas cayó en cuenta de que el niño era hijo de un importante jefe de los rankülche y nieto de Yanquetruz.
Estratégico, decide entonces tratar bien al muchacho.
Lo hace bautizar con el nombre de Mariano, le da su apellido y lo manda junto a sus peñi de peón a su estancia El Pino. Ubicada en las cercanías del actual municipio de La Matanza, a unos cuarenta kilómetros al suroeste de Buenos Aires, era por esos años la más antigua estancia de la provincia.
Entre rebencazos gratuitos y también muestras de afecto, Panguitruz aprendió a leer y escribir y se hizo diestro con el caballo y las faenas rurales. Pero en los seis años que permaneció cautivo en El Pino jamás perdió la nostalgia por su tierra.
Una noche de luna llena del año 1840, acompañado de otros jóvenes ranqueles, se hizo de los mejores caballos y escapó.
Tras una larga travesía hacia el oeste por la ruta que conectaba los fuertes Federación —actual Junín, en medio de la provincia de Buenos Aires— y Villa de Mercedes —actual Villa Mercedes, en la provincia de San Luis—, los jóvenes tomaron rumbo sur para llegar a la laguna Leubucó, su tierra natal.
¡Habían cabalgado cerca de mil kilómetros!
Su llegada causó gran alegría en las tolderías de su padre, quien intentó varias veces canjear inútilmente su libertad. Había regresado uno de sus hijos más queridos, convertido en un joven educado en el kimün winka (conocimiento del blanco) y ahijado nada menos que de Juan Manuel de Rosas.
A juicio del historiador Marcelo Valko, aquello para nada resultaba trivial. “Resulta obvio que el apellido winka que le otorgan no puede tomarse a la ligera. Pertenece, quiérase o no, al hombre más importante de su tiempo en Argentina”, apunta.
Aquello implicaba para el joven Mariano alianzas, prestigio y poder. Porque, a pesar de haber sido prisionero y luego peón de estancia contra su voluntad, el joven no abrigó jamás rencores con su célebre padrino ni tampoco su padrino hacia él.
Se cuenta que, a poco de llegar a Leubucó, recibió incluso una carta y un regalo de Rosas, quien por cierto no daba puntada sin hilo. En la carta aclara que no está enojado por la fuga, pero que hubiera preferido saber de sus deseos de partir para “evitarse el disgusto”. También lo invita, cordialmente, a visitarlo en Buenos Aires cuando lo desee.
El regalo, por su parte, “consistía en doscientas yeguas, cincuenta vacas y diez toros, dos tropillas de overos negros, un apero completo con muchas prendas de plata, algunas arrobas de yerba y azúcar, tabaco y papel, ropa fina, un uniforme de coronel y muchas divisas coloradas”.
Cuenta el coronel Mansilla al respecto:
Mariano Rosas conserva el más grato recuerdo de veneración por su padrino; hablaba de él con el mayor respeto, dice que cuanto es y sabe se lo debe a él; que después de Dios no ha tenido otro padre mejor; que por él sabe cómo se arregla y compone un caballo parejero; cómo se cuida el ganado vacuno, yeguarizo y lanar para que se aumente pronto y esté en buenas carnes en toda estación; que él le enseñó a enlazar, a pialar y a bolear a lo gaucho en los campos (Mansilla, 1871:183).
Panguitruz, quien asumió el mando de los rankülche en 1858, sucediendo a su hermano mayor, conservó hasta en las firmas su nombre cristiano. Pero, si bien guardó eterna y pública gratitud hacia Rosas, jamás puso nuevamente un pie fuera de su territorio.
Se cuenta que aquel era el fatídico vaticinio de las machi: que si volvía donde los blancos jamás regresaría a su tierra. Al menos no con vida. Estos temores del ahora gran jefe eran conocidos por el coronel Mansilla. Ya lo había invitado, sin éxito, a parlamentar en numerosas ocasiones a Río Cuarto, debiendo conformarse con las regulares visitas de Achawentru.
De allí su interés por visitarlo en su propia toldería. Le intrigaba conocerlo y tratar además los acuerdos de paz pendientes de ratificación. Ambos, por lo demás, eran “parientes” de Rosas.
Pero, más que el cumplimiento de deberes militares, lo que en verdad motivó a Mansilla fue la irrefrenable curiosidad del viajero. En varios pasajes reconoce admirar a los rankülche, sus protocolos sociales y sus democráticas formas de gobierno.
Entre ellos las costumbres son sus leyes. Una de estas es que las jerarquías son hereditarias, existiendo hasta la abdicación del padre en favor del hijo mayor si es apto para el mando. Entre los indios, como en todas partes, hay revoluciones que derrocan a los que invisten el poder supremo. La regla, sin embargo, es la que dejo dicha; solo sufre alteración cuando el cacique no tiene hijos ni hermanos que puedan heredar su puesto. En este caso se hace un plebiscito y la mayoría dirime pacíficamente las cosas, ni más ni menos que como un pueblo donde el sufragio universal campea por sus respetos. Más revoluciones hemos hecho nosotros, quitando y poniendo gobernadores, que los indios por la ambición de gobernar. Es que los bárbaros no andan tras la mejor de las repúblicas ni buscando un César. Ellos creen una cosa de la cual nosotros no nos queremos convencer: que los principios son todo, los hombres nada (Mansilla, 1871:183).
Otra cosa que lo seduce es el “arte de parlamentar”. Antes de encontrarse con el lonko y mientras acampa en las cercanías de su toldería, interroga a uno de sus lenguaraces al respecto.
Lo que recibe —comenta en su diario— es “un curso completo de retórica araucana”.
Los araucanos tienen tres modos y formas de conversar. La conversación familiar, la conversación en parlamento y la conversación en junta. La familiar es como la nuestra, llana, fácil, sin ceremonias, sin figuras, con interrupciones del o de los interlocutores, animada, vehemente según el tópico o las pasiones excitadas. La de parlamento está sujeta a ciertas reglas; es metódica, los interlocutores no pueden ni deben interrumpirse, es en forma de preguntas y respuestas. Tiene además un tono, un compás determinado, estribillos y actitudes académicas. Siempre tiene un carácter formal. Se la usa en los casos como el mío o cuando se reciben visitas de etiqueta. La conversación en junta es un acto muy solemne, muy parecida al Parlamento de un pueblo libre, a nuestro Congreso, por ejemplo. Se reúne la gente, se nombra un orador que expone y defiende contra uno, contra dos o más, ciertas proposiciones. Suele ser el cacique. El tono y las formas son semejantes a la conversación de parlamento, pero aquí se admiten los silbidos, los gritos, las burlas. Hay juntas muy ruidosas. Después de mucho hablar triunfa la mayoría. Debo señalar que el resultado de una junta siempre se sabe de antemano; el cacique principal tiene buen cuidado de catequizar con tiempo a los indios y capitanejos más influyentes de la tribu. Como diría fray Gerundio, en todas partes se cuecen habas (Mansilla, 1871:117-119).
Tras sortear malos augurios y advertencias de las machi al cacique sobre lo peligroso de recibir al militar —“Mariano no quería sacrificarme ni que volviera sin echar pie a tierra en Leubucó”, comenta Mansilla—, finalmente es autorizado a ingresar a la mítica toldería.
Lo rodean cientos de guerreros, en buen número armados con fusiles, y no pocos blancos vestidos a la “usanza india”. Se trata de cautivos, soldados desertores y gauchos que en aquella tierra de hombres libres encontraban comida y refugio. Hasta un negro divisa merodeando por ahí.
Cumplida una “nueva, extensa y fatigosa” ceremonia de saludos protocolares, Mansilla se dirige por fin al toldo del cacique. Lo sorprende su hospitalidad.
“Me preguntó qué quería hacer con mis caballos, si hacerlos cuidar con mi gente o que él me los haría cuidar. Preguntó además si mi gente había comido y habiéndole contestado que no llamó a su hijo y le ordenó en castellano que carneara lo más pronto una vaca gorda”, relata el coronel.
Ambos se instalan en las afueras del toldo principal, en una ramada preparada para la ocasión.
“Allí habían preparado asientos de cueros de carnero, negros, lanudos, grandes y aseados. Estaban colocados en dos filas y el espacio intermedio estaba barrido y regado. Una fila era para los recién llegados y otra para el dueño de casa y sus parientes. Todo estaba bien calculado para sentarse con comodidad con las piernas cruzadas a la turca”, cuenta Mansilla.
Al frente suyo, el cacique. Este, si bien hablaba muy bien el castellano, hizo llamar un lenguaraz para hablar en mapuzugun. Comenzó el pentukun. Preguntas y respuestas sobre el viaje, los recibimientos, las dificultades en el camino.
Llevaban varios minutos en ello cuando llegó la comida. La escena y el menú llaman su atención.
Dentraron varios cautivos y cautivas trayendo grandes y cóncavos platos de madera, hechos por los mismos indios, rebosantes de carne cocida y caldo aderezado con cebolla, ají y harina de maíz. Estaba excelente, caliente, suculento y cocinado con visible esmero. Las cucharas eran de madera, de hierro, de plata, los tenedores lo mismo, los cuchillos, comunes. Yo no tardé en tomar confianza, estaba como en mi casa. Comía como un bárbaro. Tras el primer plato trajeron otro lleno de asado de vaca riquísimo. Me chupé los dedos con él. Después del asado nos sirvieron algarroba pisada, maíz tostado y molido a manera de postre: es bueno. Trajeron agua en vasos y jarros. Los indios no beben alcohol comiendo. Para ellos beber es un acto aparte (Mansilla, 1871:143).
No tardaría el coronel en visitar el interior del toldo del gran jefe. Allí conoció a sus cinco esposas y seis hijos. Le maravilla saber que, de todas las teorías de Balzac sobre los lechos matrimoniales, los mapuche creen que la mejor para la conservación de la paz doméstica es la que aconseja cama separada.
Observador, no tarda en comparar el orden, la limpieza y la sabia distribución de los espacios en la toldería con los ranchos sucios y hacinados de los gauchos argentinos. “Y no obstante, decimos que el gaucho es un hombre civilizado”, reflexiona irónico. Y luego dispara:
En el rancho del gaucho falta todo. El marido, la mujer, los hijos, los allegados viven todos juntos y duermen revueltos. Se sientan en el suelo, en duros pedazos de palo, no usan tenedores, ni cucharas ni platos y se come con el mismo cuchillo con que se mata al prójimo. Rara vez hacen puchero porque no tienen olla. Y cuando lo hacen beben el caldo en ella, pasándosela unos a otros. Me parte el alma tener que decirlo, pero para sacar de su ignorancia a nuestra orgullosa civilización hay que obligarla a entablar comparaciones (Mansilla, 1871:198).
Y, ya que estamos hoy en tiempos de luchas de género y cambios de paradigmas societales, imposible no destacar los apuntes de Mansilla sobre el rol de la mujer mapuche.
La casada es como la mujer inglesa, “se casa para dejar de ser libre”, a diferencia de la mujer francesa, que “se casa para ser libre”, anota en su diario.
Es así como la mujer mapuche casada depende de su marido para todo. Y “para todo debe pedir permiso”. Le debe obediencia, respeto y servicio hasta el último de sus días. Y basta una simple sospecha para que pueda caer en desgracia, subraya.
No sucede lo mismo con la mujer mapuche soltera, comenta. Ellas gozan de la más completa libertad, subraya Mansilla. Atentas las lectoras con el siguiente párrafo:
La mujer soltera se entrega al hombre de su predilección. El que quiere puede penetrar un toldo de noche, acercarse a la cama de la china que le gusta y hablarle. Ni el padre, ni la madre, ni los hermanos le dicen una palabra. No es asunto de ellos, sino de la china. Ella es dueña de su voluntad y de su cuerpo, puede hacer de él lo que quiera. Si cede no se deshonra, no es criticada, ni mal mirada. Al contrario, es una prueba de que algo vale. De otra manera no la habrían solicitado. Como se ve la mujer soltera es libre como los pájaros para los placeres del amor entre los indios. Sale cuando quiere, va donde quiere, habla con quien quiere, hace lo que quiere. Pero no confundir con licencia o libertinaje. Solo diré que, como en todas partes del mundo, la mujer tiene el instinto de saber que el pudor aumenta el misterio del amor (Mansilla, 1871:202-203).
Volvamos ahora con el principal objetivo del viaje del coronel Mansilla, en teoría la firma de un tratado de paz con los bravos jefes rankülche.
¿Sospecharán ellos que el real objetivo del gobierno argentino es avanzar hacia el sur la frontera y abrir paso al ferrocarril por sus tierras? Sigan leyendo y lo sabrán.
- EL PARLAMENTO DE LEUBUCÓ –
Aquel no era el primer contacto del jefe Panguitruz con Mansilla. Meses antes, por carta, le había enviado el ofrecimiento —habitual en esos años— de ser compadres.
“Mi futura ahijada era una chinita como de siete años, hija de cristiana. Más predominaba en ella el tipo español que el araucano. La senté en mis rodillas y la acaricié, no era huraña”, cuenta Mansilla.
Ser “compadres” para los mapuche implicaba no solo el cambio de nombre del ahijado al tomar el de su padrino. También trataba principalmente de confianzas y lealtades que se debían honrar hasta la muerte.
Era —cuenta Mansilla— traspasar un hijo (o una hija) del dominio del padre al padrino, quedando obligado este último a tratarlo como hijo propio, a socorrerlo, educarlo y encaminarlo para la vida. Hablamos de un verdadero voto solemne.
Pues bien, fue tras conocer a su futura ahijada en la toldería del gran jefe que comenzaron las tratativas más políticas entre Mansilla y Panguitruz. Los preparativos de la gran junta.
Yo, hermano, quiero la paz porque sé trabajar y ya tengo bastante para mi familia. Si me he tardado tanto en aceptar lo que usted me proponía ha sido porque tenía muchas voluntades que consultar. En esta tierra el que gobierna no es como entre los cristianos. Allí manda el que manda y todos obedecen. Aquí hay que arreglarse primero con los otros caciques, con los capitanejos, con los hombres antiguos. Todos son libres y todos son iguales. Haremos una junta grande y en ella usted y yo expondremos nuestras ideas. Mientras tanto cuente conmigo para ayudarlo en todo (Mansilla, 1871:213).
Como se ve —escribe Mansilla—, para el jefe rankülche “nosotros vivimos en plena dictadura y ellos en plena democracia”.
“Le contesté —agrega el militar— asegurándole que el presidente Sarmiento era un hombre muy bueno, que por carácter y por tendencias era hombre manso, que no amaba la guerra y que por otra parte la constitución le mandaba al Congreso conservar el trato pacífico con los indios”.
Panguitruz interroga a Mansilla sobre Sarmiento, también sobre el Congreso y la constitución. Le interesa también todo lo relacionado con la familia de Rosas, su “padrino”. Están en ello cuando el jefe rankülche dispara: “¿Y para qué quieren ustedes nuestras tierras?”, le pregunta.
Mansilla, sorprendido, intenta explicar.
Argumenta que necesitan solo “quince leguas de desierto” para la “seguridad de la frontera” y para el “buen resultado” del tratado de paz, pero que los rankülche podrían transitar y “hacer boleadas” en ellas libremente, sin necesidad de pasaporte.
Es entonces cuando Panguitruz da el golpe de gracia.
—Mire, hermano ¿por qué no me habla con la verdad?
—Le he dicho a usted la verdad —le contesté.
—Ahora va a ver, hermano. —Y esto diciendo se levantó, entró en el toldo y volvió trayendo un cajón de pino con tapa corrediza. Lo abrió y sacó de él una porción de bolsas. Era su archivo. Cada bolsita contenía notas oficiales, cartas, borradores, periódicos. Él conocía cada papel perfectamente. Revolvió su archivo y sacó un impreso muy doblado y arrugado, revelando que había sido manoseado muchas veces. Era La Tribuna de Buenos Aires. En ella había marcado un artículo sobre el gran ferrocarril interoceánico. Me lo indicó, diciéndome:
—Lea, hermano.
Conocía el artículo y le dije:
—Ya sé, hermano, de lo que trata.
—¿Y entonces por qué no es franco? Usted no me ha dicho que quieren las tierras para que pase un ferrocarril.
Me vi sumamente embarazado. Hubiera previsto todo menos argumento como el que se me acababa de hacer.
—Hermano, eso no se va a hacer nunca y si se hace, ¿qué daño les resultará a los indios de eso? —respondí.
—Que después que hagan el ferrocarril dirán los cristianos que necesitan más campos al sur y querrán echarnos de aquí de nuestras tierras. Y tendremos que irnos al sur del río Negro, a tierras ajenas, porque entre esos campos y el río Colorado no hay buenos lugares para vivir.
—Eso no ha de suceder si ustedes observan honradamente la paz —le dije.
El indio suspiró, como diciendo: ¡Ojalá fuera así!
(Mansilla, 1871:225-226).
La sorpresa para Mansilla fue grande. El jefe rankülche estaba perfectamente enterado de los planes argentinos. También de los acalorados debates en Buenos Aires sobre cuál era la política más conveniente para ejecutar “con los indios”, si la paz o la guerra.
Mansilla pronto caerá en cuenta además de que el espionaje estaba “a la orden del día en Leubucó”.
“Unas veces era un cristiano sucio y rotoso que andaba por allí haciéndose el distraído; otras un indio pobre, insignificante al parecer que acurrucado se calentaba al sol, y a quien yo le había dirigido la palabra sin obtener una contestación, no obstante que comprendía y hablaba bien el castellano”, relata.
Mediante estas estratagemas el jefe rankülche “sabe cuánto pasa a su alrededor y también lejos de él”, concluye el militar.
Aquello fue una constante en ambos lados de la cordillera. Sucede que los mapuche no vivían aislados del acontecer político winka. Todo lo contrario, se informaban cuanto podían de sus planes, dinámicas y también de sus disputas internas de poder.
Eran escenarios políticos que los lonkos analizaban para futuras negociaciones o bien para planificar la guerra.
Las grandes jefaturas mapuche del siglo XIX tuvieron mucha claridad sobre el acontecer político argentino y chileno, así como de la sociedad fronteriza y sus intereses en pugna.
Se trataba de información de inteligencia que —al igual que en nuestros días— era recogida ya sea por fuentes abiertas (periódicos, libros, documentos, todo aquello de acceso público) o bien por fuentes cerradas (agentes infiltrados, espías o informantes).
Un caso tomado de la historia fronteriza del lado chileno, el denominado Plan Benavente, resulta muy ilustrativo de la efectividad y sofisticación alcanzada por los lonkos a la hora de recabar información del enemigo. Lo recoge el historiador Arturo Leiva en su libro Araucanía - Etnia y política (1859-62).
Sucedió que el año 1853 fue presentado al Congreso Nacional un proyecto de ley relativo a la Araucanía conocido bajo el nombre de su principal autor, el entonces senador Diego José Benavente. De inmediato se hizo notar al sur del Biobío “una agitación que costaba atribuir a algo concreto”, según publicó El Correo del Sur de Concepción, por entonces el periódico mejor informado de los asuntos de la Frontera.
“La verdad era que los mapuche se habían informado del contenido del referido proyecto de ley aun antes que la información oficial fuera incluso dada a la prensa”, comenta el historiador Arturo Leiva. Así lo reconoció el propio periódico en una nota publicada el 13 de octubre de 1853.
¿Quién lo sabía primero, nosotros o los indios? Nosotros dirá usted, porque nosotros lo supimos por El Correo del Sur; pero no señor, que fueron los indios que tuvieron noticias de él como quince días antes que nos llegase la información al Correo. Vea usted si los indios se descuidan en averiguar lo que les concierne de cerca.
Después —agregaba el periódico—, por noticias recibidas desde Arauco y Tucapel, se sabía que diversos lonkos habían pedido al principal jefe mapuche de aquel entonces, Juan Mañilwenu, que se celebrara lo antes posible un Füta Trawün o junta general.
En vista de lo grave de la información recibida por sus espías desde Santiago, las jefaturas mapuche consideraban urgente tener una opinión colectiva acerca de los planes del gobierno.
No era tan extraño entonces que Painetruz tuviera información de primera mano acerca de la situación política de Argentina y de los planes expansionistas que hacendados, políticos y jefes militares fronterizos fraguaban —por lo visto, inútilmente— a sus espaldas.
Pero Mansilla, así lo cree Panguitruz, era un jefe militar que privilegiaba la paz antes que la guerra. Por ello aceptó recibirlo en su toldería en Leubucó. Sabía también que lo realmente clave era cuánto respaldo político tenía el coronel y la correlación de fuerzas existente en Buenos Aires.
De allí sus preguntas iniciales sobre el primer mandatario, el Congreso y la propia familia de su padrino Rosas, estos últimos hipotéticos “aliados” si las circunstancias así lo requiriesen.
¿Qué sucedió finalmente en el parlamento entre Mansilla y los rankülche? ¿Logró el coronel ratificar la paz frente al medio centenar de lonkos y otros tantos guerreros que Panguitruz logró reunir días más tarde en Leubucó?
Será tarea de los lectores averiguarlo.
- ADIÓS A LA DINASTÍA DE LOS ZORROS –
El viaje de Lucio Mansilla se publicó por entregas en el diario La Tribuna y bajo el formato de cartas dirigidas a su amigo Santiago Arcos, quien por entonces residía en España.
Comenzaron a publicarse el 20 de mayo de 1870, pero se interrumpieron en septiembre del mismo año. Héctor Varela, director del diario, recopiló las cartas publicadas más otras cuatro finales y completó en 1871 la primera edición del libro bajo el nombre Una excursión a los indios ranqueles.
En 1875 Mansilla recibió el primer premio en el Congreso Geográfico Internacional de París. Una segunda edición de su obra se publicó en 1877 en Leipzig, Alemania, como parte de una colección de autores de lengua española. Una tercera fue publicada en 1890 por Juan Alsina. Llevaba un prólogo de Daniel García Mansilla, escritor, diplomático y sobrino del autor.
Desde entonces las reediciones del libro se cuentan por docenas. Para no pocos estudiosos se trataría del verdadero clásico fundador de la literatura argentina, a la altura de grandes obras como Martín Fierro de José Hernández o Facundo de Domingo Faustino Sarmiento.
No fue —desde luego— Mansilla el primero en ocuparse del tema de la otredad (o del “indio”) en la literatura argentina. Antes lo hizo la generación del 35 a través de autores como Esteban Echeverría (El matadero, 1840; La cautiva, 1837), en donde ya se plantea el binomio civilización/barbarie desarrollado más tarde por Sarmiento.
Pero Mansilla llegó mucho más lejos al lograr retratar y entender la conflictiva relación existente entre ambos mundos, aquel choque cultural donde la gran pregunta que ronda su escritura pareciera ser quiénes son los civilizados y quiénes en verdad los bárbaros.
Sucede que el militar se enamoró de las pampas y de aquella libertad de los rankülche.
¡Es tan agradable el varonil ejercicio de correr por la pampa que yo no he cruzado nunca sus vastas llanuras sin sentir palpitar mi corazón gozoso! Mentiría si dijese que al oír retemblar la tierra bajo los cascos de mi caballo, he echado alguna vez de menos el ruido tumultuoso de las ciudades donde la existencia se consume. Lo digo ingenuamente, prefiero el aire libre del desierto, su cielo, su sublime y poética soledad, a estas calles encajonadas (Mansilla, 1871:235).
Contrario a lo planteado por la historiografía argentina, Mansilla demuestra además que de “desierto” aquel territorio tenía bastante poco. En lugar de encontrarse con la nada, el territorio que visita en 1871 está lleno de vida y movimiento.
Y es que ello era Puelmapu, un vasto territorio con prácticas, formas y tradiciones propias. Y con rutas que conectaban en pocas jornadas a caballo las principales tolderías. Aquella era una tierra donde no solo el mapuche era bienvenido. Así lo demuestran los numerosos winkas viviendo a gusto en las tolderías.
Un último dato sobre nuestro viajero.
Se cuenta que, ya anciano y radicado en la ciudad de París, quiso mostrarle a un amigo un regalo que para él tenía un gran valor afectivo: el poncho que le regalara la mujer principal del cacique Mariano Rosas en aquella célebre excursión.
Pero al hacerlo se encontró con una terrible noticia: el bello makuñ estaba siendo devorado por las polillas. Mansilla, que a esa altura ya había perdido a cuatro de sus hijos, cayó al instante sobre su sillón, llorando tristemente.
Panguitruz o “Mariano Rosas”, por su parte, fallecería en Leubucó de viruela el 18 de agosto de 1877.
Para que lo acompañaran en su viaje al Wenumapu (la tierra de arriba) se cuenta que mataron a sus tres mejores caballos y a una yegua gorda. Siete mantas, una por cada una de sus esposas, envolvieron su cuerpo a modo de vendajes protectores. Otros siete pañuelos coronaron su frente. Su lanza y espada también fueron depositadas en el sepulcro.
Sus honras fúnebres tradicionales fueron tan magníficas que quedaron consignadas para la posteridad en el periódico La Mañana del Sur de Buenos Aires.
Un año más tarde, en 1878, y violando diversos tratados de paz, la República Argentina comenzó a preparar la mal llamada Conquista del Desierto encabezada por el general Roca. Sería el comienzo del fin de la célebre dinastía de los zorros.
A partir de entonces los rankülche serían perseguidos y diezmados por la Tercera División al mando del comandante Eduardo Racedo, quien arrasó con las tolderías desde Leubucó hasta Salinas Grandes, esta última la tierra del gran Calfucura.
No contento con eso, Racedo hizo desenterrar los restos del lonko Mariano Rosas. Estos pasaron luego a formar parte de la colección de antropología del naturalista, político y apologista de la guerra contra los mapuche Estanislao Zeballos.
La colección, formada por cien cráneos “de indígenas antiguos y modernos, varios de estos de jefes de renombre”, según una publicación de la época, fue donada por Zeballos en 1889 al macabro Museo de Ciencias Naturales de La Plata.
Allí los cráneos fueron exhibidos por más de un siglo.
Fundado por Francisco P. Moreno, el Museo de La Plata en esos mismos años también se hizo con los restos de otros grandes lonkos y guerreros mapuche tales como Calfucura, Foyel, Inakayal y los hermanos Catriel. Lo contamos en el tomo I.
Los restos de Panguitruz recién fueron devueltos a las comunidades rankülche en junio del año 2001 gracias a una ley de restitución aprobada por el Congreso de la Nación.
Envuelto en emblemas tradicionales, fue velado en el bello salón municipal de Victorica, ciudad de 5.500 habitantes fundada en 1882 como el primer fortín levantado en tierras arrebatadas a los ranqueles. Su plaza principal lleva por nombre Héroes de Cochicó, la batalla entre soldados y weichafe que precisamente definió dicha conquista.
Banderas en mano, trarilonkos en la frente y cubiertos con bellos maküñ (ponchos), numerosos lonkos ranqueles y mapuche —incluso de otras provincias argentinas— soportaron aquel día la ferocidad del frío pampeano para dar su adiós al lonko.
Cuando miembros de la comunidad y paisanos a caballo trajeron la urna fueron recibidos al son de trutruka, pifilka, kaskawilla y el batir del kultrun, consignaron los medios locales.
Frente a un palco atestado de autoridades, legisladores y funcionarios, la memoria del lonko renació en las rogativas y en los afafanes (vivas) a su figura que se multiplicaron en las voces de los presentes. Y también con el choike purrún, la tradicional danza del avestruz que celebró su retorno.
Sus restos hoy descansan en un bello mausoleo piramidal con bases de madera a orillas de la laguna Leuvucó, veinticinco kilómetros al norte de Victorica, en un sitio declarado Lugar Histórico Provincial por las autoridades de La Pampa.
¿Qué pasó con Epumer, el sucesor de Panguitruz al mando de los rankülche? Fue capturado por tropas argentinas el 12 de diciembre de 1878 en las cercanías de Leubucó. Había regresado hasta allá con parte de su tribu errante para recolectar cebada y no morir de hambre.
Su captor fue el capitanejo Ambrosio Carripilún, un ranquel aliado del ejército que operaba bajo el mando del coronel Eduardo Racedo. “Importa pues, a la campaña de Racedo, uno de los triunfos más valiosos y más importantes en el plan de desocupación del desierto”, escribe al respecto el periódico El Siglo con fecha 8 de enero de 1879.
Epumer fue de inmediato confinado en la isla-prisión Martín García, ubicada en el delta del río de la Plata, donde permaneció engrillado por más de un año. Lo acompañó parte de su tribu y más de un centenar de otros prisioneros de guerra mapuche.
Cuenta el historiador Marcelo Valko en su libro Cazadores de poder. 1880-1890 (2016) que el jefe rankülche “salió de allí una brumosa mañana de 1882, cuando es embarcado en el lanchón Don Gonzalo junto al lonko Pincén”. Ambos serán liberados en el puerto de Buenos Aires, les dicen los soldados. Pero aquello jamás sucede.
Ambos fueron destinados a la estancia El Toro, propiedad del senador Antonio Cambaceres, próxima a la localidad de Bragado. “Epumer por fin es libre... pero como peón dentro de las alambradas de la estancia del prominente político y terrateniente de fuste aliado del clan Roca”, subraya Valko.
El último gran jefe rankülche murió allí el 28 de junio de 1884, aquejado de una enfermedad pulmonar, lejos de su gente y de su tierra. Sus restos hasta hoy permanecen en El Toro.
Otro destacado lonko rankülche, Baigorrita, ahijado del coronel Manuel Baigorria y quien también se entrevistó con Lucio Mansilla en su viaje Tierra Adentro, caería en combate el 18 de julio de 1879 a orillas del río Neuquén, a poco de dejar el Colorado, linde sur del dominio rankülche.
Cuenta el periodista barilochense Adrián Moyano que, ante esta sucesión de éxitos militares, el presidente Nicolás Avellaneda remitió una circular para que se leyera frente a las tropas de diversos destacamentos y fortines de la Frontera.
En su primer párrafo, decía el mandatario: “Estáis llevando a cabo con vuestros esfuerzos una grande obra de civilización a la que se asignaban todavía largos plazos. La pericia y la abnegación militar se adelantan al tiempo. Cada una de vuestras jornadas marca una conquista para la humanidad y las armas argentinas”.
¿A qué humanidad se habrá referido Avellaneda?
– RUN TO THE HILLS –

Volvamos al año 1881 y al fallido último levantamiento que definió nuestro destino como pueblo. Ya vimos en el primer capítulo que las posibilidades de ganar eran prácticamente nulas. Pero aquello poco importó. Fueron miles los guerreros que llegado el día se presentaron con sus lanzas y escasos rifles ante los fuertes de aquel país mapuche bajo ocupación extranjera.
¿Qué fuerzas desconocidas movilizan la voluntad humana en circunstancias tan desventajosas y dramáticas?
Se calculan en cuatro mil los guerreros distribuidos en cinco teatros de operaciones, de costa a cordillera. Más de la mitad caería en el campo de batalla. Tras la derrota los sobrevivientes y sus familias buscaron refugio en las selvas al sur del Cautín y también en la profundidad de los cajones cordilleranos.
Allí fueron perseguidos, acorralados y cazados como conejos por los lleulles o soldados de reserva, el roto chileno experto en pacificar por la espalda, quemar rucas y arrear ganado ajeno.
Lo cuento también en el cierre del tomo I: las represalias de fuerzas regulares y paramilitares que no tardaron en desatarse en todos los rincones del país mapuche.
Los históricos guerreros de antaño, los bravos descendientes de Leftraru, Kalfulikan y Pelantraro, fugitivos en su propia tierra.
Por hallarse el grueso del Ejército de Línea en el norte, en la ocupación de Lima, aquella labor de persecución recayó principalmente en los lleulles, fuerza armada de frontera mezcla de ejército regular y banda de forajidos. Hablamos de campesinos, bandoleros mestizos, expresidiarios y veteranos de más de alguna guerra sucia, el también llamado “bajo pueblo” chileno.
Su particular nombre dice relación con el lleullequén, el cernícalo, pequeño halcón con el cual eran comparados de manera despectiva por los mapuche. Es que así se comportaban los soldados chilenos, como aves rapaces acostumbradas a obtener por la fuerza su comida y sustento.
“Sujetos desposeídos que harían lo posible por obtener algo del despojo, aunque sea su propio alimento. Sujetos con tal grado de exclusión y en general con historias de vida que les dificultaba construir una mejor moralidad, en manos de mandos superiores inescrupulosos, se convertían en un peligroso arsenal de guerra”, escribe sobre ellos Mathias Órdenes, académico de la Universidad Católica de Temuco.
Los oficiales tenían sin embargo un origen más conspicuo: en su gran mayoría los mandos del ejército de la época provenían de una clase media acomodada de provincia y los caracterizaba un alto sentido del deber, como bien demostraron en la Guerra del Pacífico. Lo mismo los oficiales de la Guardia Nacional, los llamados “cívicos”, de trascendental rol al sur del Biobío.
Los guerreros mapuche, por su parte, pertenecían a diversos linajes y clanes y eran liderados por jefes militares quienes respondían ante un füta ülmén (hombre rico, poderoso) o un ñizol lonko (jefe principal). Estos últimos a su vez formaban parte de alguno de los cuatro futalmapu (o gran franja territorial) que se articulaban bajo alianza militar, siempre de manera temporal.
Altas virtudes caracterizaban a estos guerreros, siendo tal vez la valentía y el honor dos de las principales. Ambas les eran inculcadas desde la más tierna infancia. Tras siglos de defensa del Wallmapu, los weichafe, los hombres dedicados al weichan (la guerra), se habían transformado en una respetada casta social.
Célebres jefes guerreros como Mañilwenu habían logrado poder y altos honores en la sociedad mapuche del siglo XIX sin ser descendientes de un gran linaje. Ello, al interior de un pueblo donde la tradición es ley, prueba el ascenso social logrado por los hombres de armas.
Ya comenté que no todas las jefaturas mapuche se sumaron al último levantamiento. Coñuepán y Painemal de Cholchol, Painevilu de Maquehue, Paillalef de Pitrufquén y Painemilla de Toltén fueron algunos de los poderosos lonkos y ülmén de la época que, puestos en la encrucijada, optaron por no facilitar lanzas, caballos ni hombres.
Miembros de históricos linajes y ricos ganaderos, lo de ellos fue instinto de supervivencia. Y una buena dosis de real politik.
Comenta respecto de Coñuepán el historiador José Bengoa:
Su discurso es coherente. Señala que no hay forma de oponerse al ejército, que los mapuches han perdido su capacidad militar y que la superioridad de los chilenos es evidente. Frente a esa realidad no cabe más que negociar con las autoridades la pacificación, tratando de que se les reconozca a los mapuches sus territorios. Coñuepán consideraba suicida enfrentarse a los chilenos y veía como inevitable la fundación de ciudades en el territorio (Bengoa, 1983:256).
Pero Millapán, hermano de Coñuepán, sí jugaría un rol clave en el ataque mapuche a los fuertes de Ñielol y Temuco en el Füta Malón de 1881. Se dice que estaba a punto de ser fusilado por el ejército cuando este último intercedió ante Gregorio Urrutia, salvándolo.
El 18 de noviembre de 1891, sobre sus tierras, distante a treinta kilómetros de Temuco se fundaría el fuerte Cholchol, un acto de represalia y escarmiento de Urrutia para con los alzados de esa zona. El cuartel se levantó sobre los escombros todavía humeantes de las rucas de Millapán. Dicho cuartel daría origen a la actual ciudad de Cholchol.
Fue también el caso del ñizol lonko de Boroa, Juan de Dios Neculmán, uno de los principales cabecillas del levantamiento. Hombre rico y de gran ascendencia en la zona de Cautín, no dudó en 1881 sumar sus lanzas para atacar el fuerte Temuco.
De antiguos tratos con las autoridades chilenas, la inminencia de la invasión de sus propias tierras —se cree— lo empujó a unirse al weichan (la guerra). O bien fue su relación de parentesco con el también célebre Sayweke de Puelmapu, su nguillan (cuñado), de clave participación en el alzamiento.
Como haya sido, tras fracasar el ataque a Temuco, Neculmán sería tenazmente perseguido por varios piquetes de soldados. El historiador Sergio Caniuqueo cuenta en su libro Historia del territorio de Boroa. Forrowe Mapu Tañi Tukulpazugun (2013) que terminó refugiado en las selvas del territorio de Huilio, actual comuna de Freire, bajo el amparo del lonko Kalkin.
Allí se mantuvo hasta ser cercado por las tropas, huyendo luego hacia Toltén, donde finalmente optó por presentarse ante las autoridades. Lo hace negando su real participación en los ataques y asegurando la más férrea lealtad al gobierno chileno.
Sorprendentemente, salió airoso de la situación.
Su gran influencia en un territorio que las autoridades chilenas necesitaban controlar obró posiblemente el milagro. A modo de simbólico castigo debió donar poco más de cien hectáreas a una orden religiosa. Digamos que lo hizo sin chistar.
Dos años más tarde allí se instalaría la misión Boroa, a orillas del río Quepe y en las cercanías del sitio donde los españoles habían fundado el fuerte de Boroa en el siglo XVI. Este había sido devastado por los mapuche tras la sublevación de 1598.
La misión Boroa estaría a cargo en sus primeros años de padres capuchinos italianos, siendo traspasada en 1897 a manos de los capuchinos bávaros. Su objetivo durante todo el siglo XX no sería otro que propiciar la evangelización y chilenización de los mapuche de la zona por medio del bautismo y la escuela.
Ubicada justo frente al lof Ragnintuleufu, la tierra de mi clan materno, fui uno de los miles de niños mapuche allí bautizados en la fe católica. Huelga decir que —al menos conmigo—los curitas fracasaron en su objetivo por completo. Así lo reconoce y siempre entre risas la Jacinta, mi madre.
Para Susan Foote, destacada académica de la Universidad de Concepción y estudiosa de aquella época, rendirse o negociar la derrota con las autoridades chilenas fue la única posibilidad de muchos lonkos de sobrevivir. Y de proteger a sus familias. Fue el caso de Neculmán y muchos otros.
“Perder lo que seguramente concebían como una batalla más en una larga historia y no como una derrota final, les permitía reagruparse en el futuro”, señala Foote.
“Lo único esperable era conseguir el mejor posicionamiento posible dadas las circunstancias y desequilibrios de poder existentes. Por encima de cualquier lealtad, en el momento de la desintegración, más importaba la sobrevivencia de los clanes”, agrega la investigadora.
“No peleen con el gobierno. ¿Cómo pueden ganar con hondas, boleadoras y lanzas a los que andan con rifles y cañones?”, cuentan los registros que interpeló el lonko Jerónimo Melillán de Tromén a sus pares Lonkomil de Ñielol y Nekul de Carirriñe cuando estos lo conminaron a atacar Traiguén juntos.
Tras desatarse la rebelión, Lonkomil buscó refugio al interior del fuerte Ñielol, lo mismo que Coñuepán y Painemal. Allí los tres se resguardaron por varios días, tal vez para demostrar ante las autoridades chilenas lo fehaciente de su claudicación.
Pero también hubo otros lonkos que optaron por declararse neutrales y más tarde, ya definida la victoria a favor de los winka, no dudaron en sumarse a los soldados en la persecución de los alzados. Luchas intestinas entre diversos clanes mapuche se desataron como consecuencia de la derrota militar.
“Viejas rivalidades tradicionales salieron entonces a relucir”, apunta el historiador José Bengoa. “Inacabables episodios de vendettas y contra-vendettas”, agrega Leonardo León.
Un telegrama del coronel Gregorio Urrutia, fechado el 15 de noviembre de 1881, así lo demuestra:
El enemigo está pasando el río Cautín con sus haciendas y familias. Todos los caciques alzados están haciendo lo mismo. Ha salido en su persecución una división de 500 hombres, compuesta de 200 infantes, 75 jinetes y el resto muchos amigos. Millapán, que fue el jefe que atacó el fuerte Ñielol, se entregó con mocetones y está preso. Painemal está también de nuestra parte y persigue enemigos para tomarles sus haciendas (Bengoa, 1983:323).
Sucedió también en Puelmapu, al otro lado de la cordillera.
El fiero lonko Millamán, lugarteniente del bravo Reuquecura, hermano del toqui Calfucura, terminó con sus guerreros enrolado en el ejército argentino tras la expedición de Roca (1879). A juicio del historiador trasandino Julio Vezub, lo hizo buscando cobrar “venganza” contra su antiguo aliado por rencillas familiares de larga data.
Otro caso fue el del lonko Curruhuinca, también enrolado en el ejército trasandino y quien llegó a advertir al rebelde Sayweke que “sería mejor que se vaya a presentar (al ejército) mi amigo, lo voy a malonear si no lo hace”. Años antes similar camino habían tomado Coliqueo, Catriel y otros jefes mapuche bonaerenses, los primeros a quienes la guerra tocó la puerta de sus rucas.
Lo cierto es que hacia 1879 el escenario bélico no otorgaba muchas opciones a nadie, advierte el historiador Walter Delrio.
Si antes de las campañas militares existe una tierra adentro a donde era posible huir en caso de no establecer acuerdos o tratados con los winka, ello luego cambia radicalmente: las tropas ahora recorren gran parte del territorio, se instalan fortines por doquier y los baqueanos o guias del ejército —indígenas, algunos— conocen las rutas, vados y lugares de refugio.
“Se ha construido la idea dicotómica de presentarse o morir”, subraya Delrio. Tampoco era gran opción huir hacia el otro lado de la cordillera. La guerra, como relatamos largamente en el tomo I, se desarrollaba con características similares en ambos lados: en Gulumapu, el país mapuche occidental, y en Puelmapu, el país mapuche oriental.
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