Читать книгу: «Los demonios de Serena»

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Edición: Diciembre 2020

© Derechos de edición reservados.

Azur Grupo Editorial.

www.azureditorial.com

info@azureditorial.com

Colección: Narrativa

© Paula R. Serrano

Edición: Azur Grupo Editorial

Corrección: Carlos C&M

Maquetación: Silvia Martínez Gil

Diseño de portada: Valero Pix

ISBN: 978-84-18479-33-5

DEPÓSITO LEGAL: AL 2830-2020

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IMPRESO EN ESPAÑA - UNIÓN EUROPEA

Nunca pensé que me sentaría delante de un ordenador para escribir sobre mí. Son cosas que siempre dices en plan coña como cuando le comentas a alguien… me han pasado tantas cosas en la vida que podría escribir un libro, pues es exactamente lo que voy a hacer: contar al mundo entero mi experiencia en esta vida y cómo aprendí de ella.

No es una historia de amor, no creo que haya mucho romanticismo en la obra, pero lo que puedo asegurar es que hay dolor, sufrimiento, odio y, en ocasiones, cosas buenas.

1

Todos los niños cuando son pequeños se encuentran felices en su ignorancia, no tienen preocupaciones de ningún tipo, solo el pensar a qué jugarán al día siguiente o con qué juguete lo harán, bien, pues yo no iba a ser menos que los demás.

Tengo muy buenos recuerdos, la gran mayoría de ellos en casa de mi abuelita; ella, para mí, era mi mundo, mi felicidad, ella se desvivía por verme sonreír cada día.

Yo no fui un bebé deseado, de hecho, fui un penalti por toda la escuadra. Por aquel entonces, mi madre era una cría, tan solo tenía diecinueve años y con esa edad no sabes ni lo que vas hacer con tu vida.

Mi padre es una persona para darle de comer aparte, él tenía veinticuatro años y era más bien la pieza de un puzzle que no sabía dónde encajaba.

En el momento que se enteró que le había hecho una barriga a mi madre, él decidió que no era su momento, que no estaba preparado para ser padre, cogió carretera y manta y dejó tirada a mi madre con todo su marrón.

Ella no entendía por qué le estaba sucediendo eso, ¿por qué el que tanto le decía que la quería, no le costó nada dejarla de esa guisa?

Mi madre tuvo que contar en casa lo ocurrido y la cosa no sentó muy bien. Ella procedía de una familia bien y le habían inculcado unos valores, pero, aun así, asumieron todo y decidieron tirar hacia adelante.

La barriga empezó a crecer y con ella los días se iban convirtiendo en infierno e incertidumbre; empezaron a aparecer sentimientos contradictorios, me odiaba a mí, se pasaba el día dándose puñetazos en la barriga, pero sobre todo se odiaba a ella misma por seguir locamente enamorada de él.

Ella se llevó varios golpes duros porque siempre se rumoreaba que él andaba con unas y con otras, sin respeto alguno por lo que estaba pasando, pero el palo más duro fue cuando le llegaron a los oídos de mi madre que él estaba liado con una amiga suya; una putada, vamos.

****

Los días fueron pasando y llegó el día en el que yo iba a nacer. Mi madre, una niña, y yo sin padre, así que decidieron inscribirme con los apellidos de mi abuelita. Sí, señores, ella cogió el rol de madre y el hermano mayor de mi madre, mi tío Fran, se inscribió como tutor legal mío, así tendría una figura paterna.

Así que, de esa forma, mi abuelita desde ese momento, fue mi madre «adoptiva» y mi madre se convirtió en mi «hermana mayor».

Quisiera matizar que mi madre es la que me dio la vida, pero sé que ella jamás se molestará porque yo hable así de mi abuelita. Ella sabía del vínculo tan fuerte entre nosotras.

Por fin había nacido y todo parecía que se había estabilizado, ya se hicieron a la idea de que yo estaba ahí y tenían que poner entre todos un poco de su parte.

Al decir todos, me vengo a referir a mi abuelita, mi abuelito, mi tío Fran, hermano mayor de mi madre y mi tío Jordi, el hermano mediano.

A los pocos días de llegar a casa, mi madre enfermó. Le dio una pancreatitis y la tuvieron que apartar de mí. Estuvo ingresada un tiempo y tuvo que dejar de darme el pecho; de repente, fue otro pequeño golpe para ella, lo pasó realmente mal.

Al poco tiempo, mi madre se recuperó, por fin estaba bien, y ya en casa empezamos la convivencia en armonía. Se notaba la ilusión, las caras de la familia ya no estaban tan tensas, era la alegría de la casa.

Todos los días a mi madre le gustaba dar un paseo conmigo con el carrito, pero lo que no sabía nadie es que algo inesperado estaba a punto de ocurrir.

Cuando yo cumplí los tres meses, a mi madre ya no se le veía tan amargada; no parecía la muchacha triste a la que habían abandonado, y ¿sabéis por qué?, porque la muy inconsciente se estaba viendo a escondidas con el prenda de mi padre, se ve que después de picar todas las flores que se le antojaron, le entró el remordimiento de conciencia y quiso conocerme, y a través de amistades en común hicieron posible el encuentro, parece ser que le entró la vena paternal de golpe y enseguida quiso hacerse cargo de mí.

Lo que todavía no entiendo es cómo después de todo lo que le hizo sufrir a mi madre, cómo pudo ella ceder a todo, el amor no hay quien lo entienda.

Un día de esos «paseos» de mi madre, ella se encontró en un parque con mi padre. Quedaron porque él quería llevarnos a ambas a su casa con sus padres para presentarme. Ellos no tenían ni idea de mi existencia y él, con su cara más dura, tiró hacia el pueblo.

Mis abuelos, por parte de mi padre, tenían un negocio familiar justo debajo de su casa y ahí mismo se encontraba en ese momento mi abuelo, el padre de mi progenitor. Entró mi padre conmigo en brazos y le dijo:

—Papá, ella es Serena, mi hija; y ella Paloma, su madre y mi novia.

Mi abuelo se quedó planchado, puesto que no se esperaba para nada que algún día se llegara a encontrar en esa tesitura, ya que siempre le dijo a mi padre: «Jamás vayas a aparecer por casa con una prostituta, una mujer de mala vida con vicios o con una mujer embarazada».

Así que, embarazada no fue, sino con la sorpresa ya del huevo en brazos.

Mi abuelo, como buen hombre, lo asumió todo con mucha cordura y me cogió a mí, que ya me habían dejado en el cuco y subió para casa, que estaba toda la familia reunida de comida familiar; puso el cuco en el centro de la mesa como si fuera el pavo de navidad:

—Os presento a mi nieta y a su madre.

La verdad es que, sorprendentemente, todos acogieron la noticia muy bien y me recibieron con los brazos abiertos, fue como si llegara la felicidad de golpe a casa.

****

Los días pasaban y mi madre me llevaba con frecuencia a ver a la familia paterna, y todo esto a escondidas de mis abuelitos. Entonces, llegó el día en que ella se hizo fuerte y valiente y soltó la bomba en su casa de que me había presentado a la familia de mi padre.

A mis abuelitos no les sentó nada bien lo que había ocurrido, sobre todo porque fue a escondidas, ocultándolo todo y ahora se enteraban con que los dos decidieron emprender la vida juntos.

No tenían muchos recursos, pero les había entrado el superamor y no querían seguir separados, ellos querían formar su propia familia. Mi abuelo, por parte de padre, fue a ver a mi abuelito, quería hablar seriamente de la actual posición de sus hijos, con el bebé ahora recién nacido, digamos que tuvieron una reunión de padre a padre.

Mi abuelo le propuso a mi abuelito que, ya que ellos habían decidido emprender sus vidas juntos y ya habían empezado mal, pues que se casaran, que él tenía un piso en el pueblo y por lo menos lo formalizaban todo.

Al abuelito al principio no le hizo mucha gracia, pero… qué iba hacer él, ¿negarse? Pues no, a él por encima de todo le importaba la felicidad de mi madre y que yo tuviera un padre. Después de muchos días de debate por el mismo tema, mi abuelito consintió.

Yo puedo decir que fui a la boda de mis padres, sí, señores míos, con tres mesecitos. Acudí a ese evento, donde estoy casi segura que un gran porcentaje de invitados fueron más bien apenados por la situación, por cómo había ocurrido todo; de hecho, yo he visto fotos y puedo asegurar que las únicas sonrisas que se ven son las de mis padres; el resto, unas caras muy largas…

Después de la boda, mi padre me reconoció y me puso sus apellidos, y se fueron a vivir al pueblo en el que mi abuelo Víctor tenía el piso preparado para ellos, así que me arrebataron de los brazos de mi abuelita, que, aunque yo no tengo consciencia de ello, seguro que le dolió como si le quitaran a un bebé de los brazos de su madre.

****

Yo me iba haciendo mayor y ya me iba dando cuenta de las cosas. Iba al colegio, bueno, a preescolar, todos los días de lunes a viernes, pero cuando llegaba el viernes me entraba el nervio por todo el cuerpo como si me fuera de excursión, que para mí sí que lo era, salía del colegio y cogía rumbo a casa de mi abuelita; ese día se convertía en el mejor de mi vida, por lo tanto, tuve muchos mejores momentos en mi existencia.

Mi abuelita viajaba mucho y siempre me traía algún detalle, que por muy insignificante que fuera, para mí era un tesoro. Un día me trajo el regalo de todos los regalos, me compró un traje de flamenca; yo tan solo tenía cuatro años, pero recuerdo a la perfección ese traje de volantes rojo con lunares blancos y flecos que me volvía loca, cada vez que entraba por la puerta de aquella casa lo primero que hacía era ir directa a la habitación donde se encontraba el traje y me lo ponía, solo me lo quitaba para ponerme el pijama y meterme en la cama. Recuerdo esa felicidad en mi cara, esa sonrisa imborrable, ahí estaba yo todos los días con mi traje de gitana y la canción de A bailar, a bailar de los Cantores de Híspalis y venga a dar vueltas haciendo como si bailara sevillanas.

Ese ritual se repetía todos los viernes; al salir del colegio llegaba allí y me dedicaba a ser feliz, ni más ni menos.

Creo que de todos los recuerdos que tengo el más bonito es ese, el llegar a esa casa, mi abuelita esperándome cargada con su tableta de chocolate Nestlé, la bolsa de palomitas dulces, el paquete de filipinos blancos, las lonchas de jamón de york recién cortadas de la charcutería de debajo de casa y cuando estábamos en temporada, una bolsa con dos kilos de habas para comérmelas a palo seco como si fueran pipas, yo no quería nada más, no quería juguetes, ni amigos, ni parque con columpios, nada, solo quería el sillón de la casa, compartir risas con mi abuelita y pasar las tardes jugando al tute o a la brisca. Fui una niña precoz en ese aspecto, casi aprendí antes a jugar al tute que andar.

Pero todo lo que sube baja, así que toda la magia se rompió, mi mundo se hacía pedazos cada vez que llegaba el domingo, mi felicidad se iba por la alcantarilla, era hora de volver a casa con mis padres, me convertía en un chimpancé que se enganchaba al marco de la puerta y no había quien me soltara de allí, y no solo me pasó una vez, fueron todos los domingos de todas las semanas hasta que me fui haciendo un poco más mayor, y entonces me tenía que resignar e irme por mi propio pie. Esos domingos los recuerdo como algo bastante traumático.

A todo esto, entre pataleta y pataleta, mi madre tuvo otro bebé, mi hermano Edu; él también fue fruto de un descuido, ya que a mis padres les gustaba mucho jugar a médicos y enfermeros sin protección, mi hermano tan solo se llevaba conmigo veintitrés meses y era un amor de bebé, pero tengo que decir que yo era celosilla y le hacía rabiar bastante. Me encantaba robarle los chupetes y cada vez que él intentaba quitarme algo de protagonismo, lo sacaba del ruedo de un plumazo, qué lástima de peque, en fin, cosas de jerarquías de hermanos.

Una mañana, Edu y yo nos levantamos antes que mis padres; yo era un poco listilla, bueno, bastante trasto, diría yo. Los dos nos fuimos al salón, y empezamos a ver dibujitos en la televisión que nos gustaban mucho; al rato, dejé a Edu en el sofá solo viendo los dibujos, mientras yo me iba a la cocina a buscar algo para poder desayunar. No vi nada interesante, solo el bote de colacao a mi alcance; lo cogí junto a dos cucharas y me dispuse a volver al salón con mi hermano para disfrutar de nuestro increíble desayuno juntos.

Me senté al lado de Edu, le ofrecí una cuchara, y él me miró con los ojos bien brillantes y atentos, como si le estuviera dando una piruleta grande, roja y apetitosa; estaba expectante a que yo abriera el bote, y una vez abierto, con ansia, introdujimos las cucharas en el bote. Le dejé a él primero, al fin y al cabo, era el pequeño y yo siempre cuidaba de mi hermano.

Edu se metió la primera cucharada en la boca y su cara esbozó una gigantesca sonrisa. Estaba encantado con la idea del desayuno que le había «preparado»; seguidamente de que Edu se tomara su primera cucharada y yo lo observara orgullosa de cómo lo hacía, me tocaba a mí, era mi turno. Quería disfrutarlo como él, e introduje la cuchara, haciendo el mismo procedimiento que Edu.

Cuando llevábamos unas cuantas cucharadas, nos aburrimos de tanto cuidado para no manchar nada, y los dos lanzamos las cucharas al sofá, y empezamos a meter las manos para coger el colacao a puñados y metérnoslo como animales en la boca. Teníamos colacao por todas las partes del cuerpo: cara, brazos, cabeza… mi pelo era una maraña llena de polvo de colacao y mi hermano directamente parecía una bolita de chocolate. El sofá estaba sucísimo, aunque nosotros nos estábamos divirtiendo de verlo todo así. Era como una fantasía, todo estaba lleno de chocolate.

No contenta con todo el desastre que habíamos formado, me fui de nuevo a la cocina a investigar qué mas cosas habría por allí. Me subí en la banqueta de la cocina para poder llegar a los armarios de arriba. Empecé a abrir las puertas de los armarios y a registrar todo en busca de algo nuevo que me apeteciera comer.

En un rincón de una estantería de los armarios, había una cajita pequeña de color blanca y amarilla. La cogí y cuando la abrí vi que habían tres tabletas llenas de «caramelos» dentro. Extraje una de las tabletas y presioné uno de los «caramelos» hacia abajo para sacarlo y poder comérmelo. Una vez conseguí sacarlo de la tableta, me lo metí en la boca y empecé a masticarlo; sabía a naranja, «estos caramelos le van a encantar a Edu», pensé. De un salto bajé de la banqueta y me fui corriendo al salón.

—¡Edu, Edu!, mira lo que he encontrado… ¡caramelos!

—Qué buena suerte, Serena.

—Toma, pruébalos, están riquísimos, saben a naranja.

Cogí la misma tableta de la que yo había sacado el primer «caramelo» y seguidamente empecé a sacarlos, uno por uno, y hacer un montoncito con todos ellos. Con avaricia, me los metí casi todos en la boca y empecé a masticar, mirando a Edu con un pelín de maldad; él enseguida me reclamó, entre gruñidos, que no era justo, también quería «caramelos». Como me daba un poco de pena verlo suplicar, de vez en cuando le daba uno, a modo de limosna.

Cuando nos terminamos la caja, los dos nos tumbamos en el sofá lleno de colacao y nos quedamos tranquilos viendo los dibujitos.

Pasado un rato, un grito que vino de la nada hizo que diéramos un respingo del sofá y nos pusiéramos firmes.

—¿Qué coño ha pasado aquí? —Era mi madre y estaba muy furiosa.

Rápidamente se acercó a mí sin yo tener tiempo a reaccionar y rápida como la luz me dio un tortazo que hizo que se me saltaran las lágrimas y me pusiera a llorar; seguidamente, se quitó una zapatilla y con ella le dio a mi hermano un zapatillazo en el culo, y cuando se giró para volver a darme a mí, conseguí esquivarla y me fui corriendo a mi habitación antes de que pudiera alcanzarme.

—Edu, vete con tu hermana a la habitación y no salgáis hasta nuevo aviso. —Oía cómo le dijo mi madre a mi hermano pequeño.

Él también entró llorando a la habitación, pero enseguida paró, y se consiguió calmar. Cuando los dos estábamos juntos, era como si fuéramos mas fuertes y podíamos con todo, hasta con los enfados de mi madre.

Al rato de todo el follón, mi madre volvió a irrumpir en la habitación, y lo hizo bastante sofocada; muy alterada, preguntó:

—¿Quién ha cogido esto? —Edu y yo nos mirábamos sin decir nada—. La caja estaba llena, ¿dónde están las pastillas? —el tono había pasado a ser de preocupación.

—¿No son caramelos, mamá? —le pregunté ingenua.

—¿Caramelos?, no, Serena, no son caramelos, esto son pastillas para medicarnos cuando estamos malitos —nos explicó a los dos llevándose las manos a la cabeza.

—No lo sabíamos, mamá, como sabían a naranja pensamos que eran caramelos —le dije a mi madre—. Bueno, como nos las hemos comido todas, no nos pondremos malos en mucho tiempo, ¿verdad? —continué diciendo.

—Sí, mamá estaban muy buenos —dijo Edu también en su tono más dulce.

—Por Dios, ¿os las habéis comido todas? —dijo horrorizada.

—Edu ha comido más que yo. —Le señalé con el dedo acusador.

—Mentirosa, yo solo he comido tres, tú te las has comido todas, ¡no me querías dar más! —Edu empezó a llorar de la rabia.

—Serena, dime la verdad —exigió una respuesta mi madre.

Yo me eché a llorar. La mentira ya no se sostenía y la verdad es que empezaba a no encontrarme bien.

Mi madre rápidamente fue a despertar a mi padre. Cuando él se enteró, lejos de regañarnos, lo que hizo es vestirse de un salto, cogerme a mí en brazos, mientras mi madre hacía lo mismo con Edu y nos llevaron al hospital.

Era un hospital bastante antiguo. Había muchas monjas. Nada más entrar, mi madre expuso lo que había sucedido y rápidamente nos llevaron a una sala llena de aparatos médicos y mucho personal. Yo empezaba a asustarme un poco, y mi hermano no paraba de llorar. Nos tumbaron en dos camillas.

Los médicos actuaron con rapidez. Mientras preparaban el instrumental para hacernos un lavado de estómago, una monja muy mayor se puso entre las dos camillas y empezó a hacer absurdas preguntas:

—¿Quién se tomó la primera pastilla? —preguntó.

Claro, yo estaba muerta de miedo e instintivamente alargué el brazo y otra vez con el dedo acusador apunté a mi hermano:

—Ha sido él. ¡Edu ha tomado más pastillas que yo!

—¡Mentirosa! Mamá, Serena es una mentirosa, yo casi no he comido porque no quería repartirlas conmigo —respondió Edu entre sollozos.

Entre tanto llanto, el mío y el de mi hermano, vi cómo la monja se quitaba ya de en medio, dejando así paso al médico que iba a realizarnos el tratamiento. Primero empezó por mí, ya que habían decidido creer a Edu, y sabían que yo había tomado más pastillas que él. Me metió un tubo por la boca que bajaba por la garganta y que llegaba al estómago, provocando así una serie de vómitos que ayudarían a expulsar todas las pastillas del interior de mi cuerpo.

Cuando terminaron conmigo, realizaron el mismo proceso con Edu. Yo lo pasé muy mal, no porque me doliera, sino porque no sabía vomitar y lo pasaba tremendamente mal; al escuchar llorar tanto a mi hermano, sufría bastante, me estremecía escuchar su llanto. En ese instante me sentí fatal por él, por mi culpa le estaban haciendo eso, yo era la mayor y se supone que debía cuidar de él. Al terminar con el tratamiento, creo recordar que entre mis vómitos contabilizaron catorce pastillas, y en el de mi hermano solo encontraron tres.

****

Mi madre tuvo una época en la que se puso a trabajar en un despacho junto a mi tío Fran. Era bastante duro para ella, tenía que madrugar, arreglarnos primero a nosotros para llevarnos a casa de mis abuelos Víctor y Carmela, para que mi abuela nos llevara al colegio; seguidamente, ella tenía que coger dos autobuses para llegar a la oficina y todo eso antes de las nueve de la mañana, sí, era durillo, cuando llegaba el fin de semana, ella ni se lo creía.

La relación con mis abuelos Víctor y Carmela era buena. Mi abuela se encargaba de llevarnos al colegio por las mañanas y de recogernos por la tarde. Nos preparaba los bocadillos del almuerzo el día antes y los congelaba, y cuando nos íbamos a clase los llevábamos en la mochila descongelándose a lo largo de la mañana, de tal manera que a la hora del almuerzo el bocadillo estaba de muerte.

A mí me gustaba mucho la salida del colegio y ver a mi abuela en la puerta esperándonos con la merienda; siempre era o un bocadillo de pan con aceite y sal con dos lonchas de jamón york y una de queso, o una chocolatina llamada turrón Viena o un pan quemadito con un lingotín.

Mi abuela Carmela siempre me estaba diciendo que una buena ama de casa tenía que saber cocinar, planchar y coser bien, por lo tanto, casi siempre que estaba en su casa me la pasaba cosiendo, aprendiendo a hacer punto de cruz, ganchillo, punto con aguja gorda, un sinfín de cosas, aunque lo que más me gustaba era cuando le daba por hacerme un vestido nuevo e íbamos a la modista a que me hiciera los cortes de tela y me dejaba a mí ensamblar las piezas, eso sí me gustaba y no lo hacía por obligación... así me pasé unos cuantos años.

En el colegio me lo pasaba muy bien, tenía a mis amigas y cada una jugaba su papel; estaba la empollona que, a pesar de hartarse a estudiar, le daba tiempo de tocar el piano y el saxofón, siempre me preguntaba de dónde sacaba el tiempo; estaba la guapa de la clase, la típica niña a la que toda chica se quiere parecer; luego estaba la segunda de a bordo que no se apartaba de ella; y por último estaba yo, que no encajaba en ninguna de esas descripciones, pero sin entenderlo, ahí entré en ese círculo. También estaban las típicas chicas de relleno que iban todas en grupo detrás del clan de las guapas, pero jamás llegaron a entrar, pero yo sí, sé que lo repito, pero inexplicablemente me encontraba ahí.

Hicimos un grupo cerrado chulísimo, incluso teníamos un diario en común que nos lo pasábamos una vez la semana entre nosotras para escribir nuestras experiencias que habíamos hecho en esos días, si teníamos algún chico guapo a la vista o cosas parecidas.

****

Conforme pasaba el tiempo, yo me iba fijando en ciertas cosas que antes no les daba importancia, mis amigas siempre estaban estrenando ropa nueva que sus padres les compraban con bastante frecuencia o cada dos por tres con zapatillas nuevas, y yo siempre reciclándolo todo de la ropa que le daban a mi madre y, con suerte, yo estrenaba unas zapatillas si mi abuelita me las regalaba para mi cumpleaños; entonces, en esos momentos, empezaba a darme cuenta de lo que significaba la clase social y aunque a mi abuelita y mis abuelos, yo los veía bien de todo, empezaba a comprobar que en mi casa faltaba algo. Estaba claro que mis padres no tenían tanto dinero como los de mis amigas y eso hacía que yo reciclara todas las cosas.

2

Pasaban los días y yo empezaba a ver cosas raras, cosas que no me cuadraban con el ritmo de vida mío en comparación al del resto de mis amigas; yo me daba cuenta que a mis padres les gustaba mucho pasar tiempo prolongado fuera de casa y no tenían horarios, a lo mejor salían a las doce del mediodía y volvían a las once de la noche.

Al principio a mí me parecía genial, me pasaba horas y horas jugando en la calle con un montón de niños de la barriada y claro, ¿a qué niño no le gusta estar a su libre albedrío hasta las mil en la calle con amigos?

La diferencia entre los niños de la calle y yo era que yo iba jugando con todos ellos; depende de las horas jugaba con unos y luego con otros, porque ellos volvían a horas prudentes a sus casas con sus padres; mis padres y yo, no, ellos seguían en el bar con sus amistades y yo en la calle con las mías.

Tenía nueve años cuando empecé a darme cuenta de todo esto, pero como bien acabo de contar, no me importaba, yo sacaba beneficio también.

Mis padres tenían bastantes amistades a cual de ellas más rara, pero entre todas ellas destacaba una mujer. Se trataba de una mujer algo más mayor que ellos y se le notaba que sabía de la vida, parecía como si fuera quien llevara la batuta de todo, como si todo el mundo la siguiera a ella. Se llamaba Lali, pero todos la llamaban tita Lali. Era muy querida por todo el barrio y mis padres no eran menos, no sabría decir quién la quería más si mi padre o mi madre, porque los dos tenían una relación muy intensa con ella, parecían como hermanos o, mejor dicho, eran como un trípode.

Yo también aprendí a apreciarla y a respetarla como todos, también se convirtió en mi tita, de hecho, tiene tres hijos dos niños y una niña, su hija la pequeña, de vez en cuando era mi canguro y en muchas ocasiones también lo era del resto de los hijos del grupo.

Un día estábamos en casa de unos amigos de ellos, se llamaban Ray y Esther y tenían un ático dúplex espectacularmente grande y chulo. En la parte de arriba había una habitación que era el paraíso de los niños, habían tantos juguetes como en una tienda, por mi parte no había queja alguna por estar en esa casa, hasta que llegó esa noche y todo cambió. Estábamos todos los niños, como siempre, arriba en la habitación de los sueños jugando y los padres abajo «de reunión», como solían decir ellos y a mí ese día me picó la curiosidad y salí sola de la habitación dispuesta a bajar por las escaleras, pero a mitad de ellas habían unos boquetitos donde se veían a los mayores como en reunión sentados en los sofás y entonces fue cuando la vi: vi a mi madre con un billete enrollado metido por uno de los orificios de la nariz esnifando aquel polvo blanco, esa imagen me dejó completamente congelada. En ese instante me abundaron una serie de sensaciones que jamás había experimentado, en cuanto me repuse un poco volví a mirar y vi cómo iban uno por uno haciendo desaparecer esa cantidad de rayas blancas que habían sobre esa mesa de mármol a los que todos parecían que adoraban. Cogí escaleras para abajo lo más rápido que pude y me presenté delante de ellos. Me quedé petrificada delante de la mesa con la vista fija como un halcón al polvo blanco, mi madre quiso cubrirlo con su DNI; yo ya estaba hecha un manojo de nervios, la miré y le pregunte qué es lo que era y ella me contestó sin ni siquiera temblarle la voz que era azúcar, un azúcar para mayores; por un momento hubo un silencio sepulcral mientras yo pensaba: «Menuda patraña me acaba de soltar».

El silencio se rompió enseguida con las palabras de la tita Lali:

—Sube a jugar, que los papás estamos hablando de cosas que los niños no pueden oír.

Recuerdo perfectamente aquella escena, aunque fueran mis padres y las demás personas gente que yo conocía. Me sentía encerrada, como en una habitación oscura desnuda, con personas a las que yo no conocía, era como un ente suspendido en el aire observando esa escena tan catastrófica para mí.

Subí, pero ya nada era igual, en ese mismo momento dentro de mí algo cambió, como si se me hubiera fundido un fusible en mi interior, quizás fueron dos fusibles, uno en mi cabeza y otro en mi corazón.

En aquel lugar, en ese instante me entró la desesperación por querer salir de aquella casa corriendo. Me ahogaba, porque empecé a ver imágenes de películas donde siempre eran los malos los que hacían ese tipo de cosas, un escalofrío cargado de odio me recorrió todo mi cuerpo, sentía tantísima decepción por esos padres que creía tener y que no eran ni la cuarta parte de lo que yo pensaba que eran; mi madre, a la que yo tenía en un pedestal, como cualquier niño que adora y ama a su madre, que la respetaba como tal y me encantaba que fuera ella, dejé de verla con esos ojos, se me cayó completamente el mundo encima, era el sentimiento más doloroso que había sufrido jamás.

Es horriblemente doloroso con nueve años ver cómo la persona que tú tienes como referente para aprender el paso de la vida se está esnifando una raya de cocaína. Se hizo una brecha en mi corazón y ya nada fue igual a raíz de esa noche; para mí, aquella noche fue el desencadenante de una serie de catástrofes en mi vida.

Nada fue igual, ni parecido. Cada día, mis padres pasaban más tiempo en la calle, por lo tanto, yo también lo hacía. Me dejó de gustar el hecho de estar hasta las tantas de la noche por ahí en la calle, ya no lo veía igual de guay. Quería ser una niña normal con unos padres normales, a los que no les gustara tanto salir, ni beber ni las drogas ni cualquier tipo de vicio que tuviera algo que ver con ese mundo, pero yo no tenía esa suerte y además empecé a faltar al colegio.

A mi madre empezó a darle igual que yo no fuera a clase, ella solo se acordaba que estaba de resaca y que no se encontraba bien para llevarnos al día siguiente, siempre tenía justificante para todas las faltas, lo que yo no sabía qué excusa ponerles ya a mis amigas.

Recuerdo el bar donde ellos siempre se reunían con los «amigos», por llamarlos de alguna forma. Era como el punto de encuentro de aquella pequeña mafia, porque para mí eso es lo que era, una mafia destruye hogares.

Todos eran unos personajes, unos personajes literalmente, a cual de ellos más exótico:

La tita Lali era una exprostituta de la cual un cliente se enamoró de ella y decidió sacarla de la calle, sí, parece una historia sacada de una película, pero así fue. También estaba Tina, ella era una scort de lujo que estaba casada con Antonio. Había una chica llamada Luz, que era un amor de mujer, pero se tomaba para desayunar una botella entera de ginebra. Ella estaba liada con el cachas guapo del equipo, se llamaba Nando, y así podría describir a unos cuantos más y todos ellos metidos en un bar. Era como una bomba de relojería, se pasaban el día en el bar, su bar, un local que hicieron de él una fraternidad donde las horas pasaban y les daba igual si al día siguiente había colegio o no, les resultaba lo mismo que fuera martes o sábado.

Yo tengo en mi recuerdo estar durmiendo a las cinco de la mañana en tres banquetas del bar y al amanecer irnos para casa, porque acudir al cole así, sin dormir, sin cambiarnos de ropa ni lavarnos no podíamos ir, o estar con mi hermano en el mismo sitio y que nos dejaran en el coche para dormir, ¿cuántas noches he pasado así? la respuesta es… bastantes veces. Cada día que pasaba más iba aumentando mi dolor, rabia y decepción hacia ellos.

Una noche de esas tan fantásticas estábamos mi hermano y yo durmiendo en el coche, no recuerdo bien la hora; sé que ya era de madrugada y vino mi madre con la tita Lali, y muy contenta ella puesta hasta las cejas me dijo que se iba a buscar una farmacia de guardia a por un predictor, porque intuía que estaba embarazada. Os podréis imaginar mi cara de asombro cuando yo escuché eso, mi cabeza pensaba, ¿hasta dónde puede llegar la inconsciencia de esta mujer?, porque yo podría ser muy niña y todo lo que queráis, tenía que estar durmiendo en ese coche por cojones, pero mi cabeza evolucionó diez años y yo perdí mi niñez aquella fatídica noche en el maravilloso ático del infierno.

El predictor dio positivo, y a mí no me no me sorprendió nada. Ellos se comportaban como dos adolescentes sin responsabilidades, era de esperar que algo así sucediera.

Lo que yo siempre me pregunté fue, que si mi madre intuía la posibilidad de que estuviera embarazada, ¿por qué siguió con ese ritmo de vida hasta que se hizo la prueba del predictor?

Yo creo que en el fondo era porque ella lo sabía y que se le acababan los días de fiesta.

Mi madre no siempre había sido así. Recordad que ella era una niña cuando conoció a mi padre, más bien era inocente hasta que dejó de serlo.

Aguantaba todos los caprichos de mi padre, estaba locamente enamorada de él y todo el mundo sabe que por amor se pueden llegar a hacer verdaderas locuras.

Al principio cuando empezaron a salir con ese grupo de gente, ella era como la tontita del equipo y el primero que le tomaba el pelo era mi padre. Siempre se inventaba cualquier excusa para ir a meterse una raya con la tita Lali. La tita siempre estaba allí dispuesta a ser la compañera de fiesta de mi padre, se inventaban mil excusas diferentes para quitarse del medio y mi madre siempre se quedaba sola en la barra del bar con cara de tonta, ajena a lo que pasaba a su alrededor, hasta que volvían con ella como si nada, con excusas tan tontas como: «Tranquila, el nivel del aceite del coche está bien».

Una noche cualquiera haciendo lo mismo de siempre estaban mis padres con la tita Lali en un coche, y mi padre iba a soltar otra mentira de las suyas para quitarse de en medio, pero la tita lo cortó y le dijo que ya estaba bien de engaños, y ni corta ni perezosa le dijo a mi madre lo que hacían cada vez que se iban.

Nadie incitó a mi madre a que se metiera su primera raya, fue ella misma la que pensó que si tenía que estar aguantando siempre la misma mierda, por qué no mejor unirse a ella, ya que siempre veía a mi padre a gustito de risas y cachondeo, mientras que ella tan solo guardaba la barra del bar; entonces fue cuando ella solita se metió en ese marrón.

Aquello fue una decisión mala y egoísta, ya que mi hermano y yo estábamos en el mundo y en vez de elegirnos a nosotros escogió la mala vida, de ahí al dicho: «el amor puede con todo», qué gran verdad, y así sucumbió a los días de fiestas, drogas y alcohol con sus maravillosos amigos.

Mi padre, como ya dije al principio, era más bien un pieza, nunca estuvo muy centrado, ya que con catorce años se fue de casa y mis abuelos tuvieron que ir a buscarlo para traerlo de vuelta. Era muy rebelde, no daba más que problemas, por lo tanto, era muy de esperar que terminara tonteando con ese tipo de vida.

La suerte que tuvo él fue de conocer una chica como mi madre, guapa, lista, estudiante, se quedó prendado de ella en cuanto la vio. Era superceloso, enseguida quiso que fuera para él, por todo eso nunca entendí que la abandonara en cuanto se enteró de lo del embarazo.

Él sí tenía un problema serio, él sí tenía una adicción, a él le gustaba su desayuno con un carajillo de Terry (coñac), con eso arrancaba el día y lo enlazaba con sus cervezas y sus pelotazos favoritos. Le encantaba meterse rayas con sus amigos, tenía que hacerlo así, si no, no aguantaría el ritmo de vida que llevaba. La otra cosa que también le gustaba y era superaficionado, eran las maquinitas tragaperras. Cómo odiaba verlo ahí de pie delante de una máquina, con esa odiosa musiquita: «avance, uno, dos, tres», era simplemente insoportable.

Todo eso era una bomba de relojería que de vez en cuando estallaba. Desgraciadamente, siempre que reventaba me salpicaba de alguna manera u otra.

Mi padre tenía su trabajo, lo cierto es que era un currante, nunca faltó a su puesto de trabajo. Resultaba sorprendente cómo podía aguantar con todo.

Si mi madre era irresponsable con mi hermano y conmigo, imaginaros mi padre. Lo suyo era alucinante y, a pesar de todo, lo queríamos, sobre todo mi hermano, porque yo me encargaba de ocultarle todo lo que sabía acerca de lo que hacían ellos, siempre intenté hacer de aquella desgracia que nos tocó vivir un juego para él.

Esa forma de vida descontrolada, cuesta abajo y sin freno, se tornaba una auténtica locura. Era insoportable cómo pasaban los días y veía cómo mis padres se demacraban con aquellas malas costumbres.

De lunes a viernes vivía en el mismísimo infierno, o por lo menos yo lo sentía así, pero cuando llegaba el viernes a las cinco de la tarde… mi mundo se paraba para que yo tuviera mis dos días de felicidad.

Llegaba el viernes por la tarde, yo me iba a casa de mi abuelita y mi hermano Edu se quedaba en casa de nuestros abuelos paternos. Allí podía dormir a pierna suelta toda la noche de un tirón, entre semana, rara vez lo hacía la noche entera en mi casa.

Dormía en la cama de mi abuelito que el pobre mío murió cuando yo solo tenía tres añitos. Me dejó de herencia esa magnífica cama donde pasaba las horas y no quería salir de ella.

En esa casa estaba tan tranquila, que mi mayor preocupación era que se terminara la tableta de chocolate. Me pasaba el día viendo películas de dibujos o un programa que tenía grabado mi abuelita en una cinta de VHS: Los divinos. Me ponía esa cinta en bucle y nunca me cansaba de verla, y si no hacía eso, pues estaba la tarde entera jugando a las cartas con mi abuelita, ya os conté anteriormente que aprendí a jugar antes que andar, era toda una experta.

En esos días mi cabeza desconectaba, me daba igual que ese fin de semana se destruyeran mis padres; en esos días, esas horas, yo era feliz.

Deseaba quedarme allí para siempre, poder vivir esos ratos todos los días del resto de mi vida, pero no podía ser.

Al llegar el domingo por la noche llegaban mis padres con caras de niños buenos como si jamás hicieran nada malo y me arrebataban mi momento de felicidad. Entonces era cuando yo me cogía del marco de la puerta y antes arrancaban el marco a que yo soltara la madera. Qué mala leche me ponía eso, odiaba sentirme así.

****

Fue pasando el tiempo. Mi madre estaba embarazada por tercera vez y yo me encontraba bastante contenta porque pensaba que estando ella en ese estado dejaría la vida fea que llevaba con mi padre. Durante esos meses recuperé a mi madre, pude sentir eso que sienten todos los niños con sus madres, me gustaba eso, me hacía sentirme algo más feliz, era una felicidad incompleta pero, al fin y al cabo, se asomaba algo, mejor eso que nada como lo de antes.

Mi padre seguía exactamente igual, no se privaba de nada, aunque mi madre se encontrara en ese estado, él seguía las fiestas como si con él no tuviera nada que ver.

Tuvimos un embarazo de lo más tranquilo. Tengo unos bonitos recuerdos de cuando mi hermana nació, le pusieron de nombre Cali. Yo estaba muy contenta porque era una niña, para mí resultaba como una muñequita, aprendí a bañarla y cuando dejó de ser tan recién nacida, aprendí a cambiarle los pañales, creo que cambié más pañales que mi madre y mi padre juntos.

Un día, aparentemente normal, mi padre quiso ir a buscar tabaco y se quiso llevar a mi hermano con él. Mi madre no vio nada raro en la intención, pero no se dio cuenta que era principios de mes, por lo tanto día de cobro, así que se acabaron los momentos tranquilos, él volvió a lo suyo.

Mi padre tenía un problema. Le quemaba el dinero en la mano, en el bolsillo o en el banco, daba igual donde lo tuviera, él tenía necesidad de quemarlo, siempre buscaba excusas para gastarlo.

Fueron pasando hora tras hora y mi madre ya empezaba a inquietarse; ya pasaban de las once de la noche desde la mañana que se fueron y a ella ya no le importaba mi padre, solo mi hermano (a mi madre le sentó muy bien tener a mi hermanita, estaba en modo madre responsable y eso a mí me encantaba).

Mi hermana tan solo tenía tres meses, pero mi madre sabía que si no actuaba ya, él se comería el dinero de todo el mes como hacía casi siempre y no podía consentirlo. Ahora éramos tres bocas que alimentar y había que ahorrar en vicios.

Decidió armarse de valor, nos vistió a mi hermana y a mí y fuimos al cajero más cercano a sacar todo el dinero que quedaba.

Después de eso, mi madre se hizo una idea de dónde podría estar mi padre con mi hermano y fuimos en busca de ellos.

Al llegar al bar donde se encontraban, vi a mi hermano acostado sobre dos sillas del bar y a mi padre borracho como una cuba junto a la tita Lali, cómo no, ella siempre estaba en todos los berenjenales.

Mi madre le dijo a mi padre que ya era tarde, que se fueran a casa y mi padre con sus palabras fuera de tono le dijo que no. Mi madre le comentó que hiciera lo que quisiera, pero que se llevaba a mi hermano con nosotras a casa, entonces no sé qué se le pasó por la cabeza que empezó a perder los nervios y la razón y arrancaron una serie de gritos acompañados de barbaridades que los vecinos empezaron a asomarse a los balcones. Tengo imágenes un poco turbias de esos momentos, pero lo que tengo claro y transparente como el agua, fue el momento que salimos todos a la calle y mi padre a gritos le dijo a mi madre:

—Porque llevas a la niña en brazos, si no, te reventaba la cabeza…

Mi madre llena de rabia e impotencia cogió a la niña e inmediatamente se la pasó a la tita Lali, y automáticamente mi padre la cogió de la pechera, la estampó contra la pared y seguidamente le propinó un cabezazo llegándole a partir algún diente, no sé qué se le pasaría a mi padre por la cabeza para hacer tal barbaridad, pero lo hizo.

Tengo esa imagen grabada a fuego , mis hermanos llorando, la bebé no paraba de llorar, y yo gritándoles a los dos que por favor pararan. Conseguí separarlos y que cada uno se fuera por su lado. Esa fue la primera vez que veía una agresión física de mi padre hacia mi madre, aunque sé que anteriormente antes de nacer mi hermana pequeña, hubo más de alguna agresión verbal por ambas partes.

Desde aquel día, mi padre empezó a ser más agresivo, fue como si ese acto hubiera encendido la mecha de esa bomba que nunca sabías cuándo iba a explotar, cada vez que bebía perdía el norte y siempre volaban platos o jarrones, acompañado de muchos gritos.

3

Tenía nueve años y a esa edad la mayoría de niños hacen la comunión. Yo no iba a ser menos y, por supuesto, tenía ilusión por hacerla. Toda mi clase del colegio la celebrábamos juntos, la iba a hacer junto a mis dos mejores amigas: Olib y Aura. Las tres estábamos como si fuéramos tres princesas a las que fueran a coronar para ser reinas. A mí me encantaba pensar que iba a tener un día exclusivamente para mí; por un día, todas las miradas estarían clavadas en mí y eso me encantaba, pensar en eso me daba como un respiro de aire fresco al infierno que estaba viviendo en silencio.

Todo el mundo sabe, y si no lo cuento yo, que cuando vas hacer la comunión tienes que realizar un curso de dos años: la catequesis, donde aprendes los sacramentos, la palabra de Dios y todo eso. Si tenías más de «X» faltas de asistencia, pues no podías hacerla, a mí no es que me entusiasmara el hecho de ir a esos cursos para poder celebrarla, pero tenía que ir, ese evento se había convertido en lo más importante para mí, pero, si por culpa de mis padres faltaba al colegio… imaginaros a la catequesis.

Mi madre estaba en su etapa más calmada, pero, aun así, le costaba hacer ciertas cosas como llevarme allí. Yo tenía miedo de que por culpa de las faltas no pudiera hacerla y pensaba:

«Otro día más que no voy».

Al final ocurrió, lo que yo tanto temía se hizo realidad, el cura terminó enfadándose conmigo y me dijo que no podía hacer la comunión porque había excedido el límite de faltas.

Fue un golpe duro para mí, ya que no pensaba en otra cosa que en mi gran día. Era algo bueno que me iba a pasar en mucho tiempo y se me fastidió como casi todo.

Por aquel entonces, lo único bueno que tenía mi padre era que conocía a todo el pueblo, incluido al cura, así que fue y habló con él. No sé qué le contaría, pero el cura accedió a que yo tuviera mi día especial, a pesar de todas mis faltas de asistencia, permitió que pudiera hacerla.

Por fin podía seguir soñando y pensar en los preparativos.

Para ese día tienes que tener un sitio donde celebrarlo, un lugar donde reunir a todos los tuyos para invitarlos a comer en «un banquete», vamos, tipo boda. Era un momento muy importante de la celebración, el lugar tenía que ser grande, ya que eran muchos invitados los que iban a venir.

Un día vino mi padre muy simpático y me dijo que ya había conseguido el lugar perfecto para mi celebración, un amigo suyo tenía un restaurante especializado en celebraciones de bodas, bautizos y comuniones.

Al principio me quedé mosca porque pensé, si es amigo de mi padre… ¿cómo será el personaje?

Mi inquietud empezó a aparecer, y a mi cabeza empezaron a comérsela los demonios. Ya me venía venir el desastre del año, estaba realmente amargada con esos pensamientos rondándome la cabeza, pero mi madre me vio la cara y supongo que ya se imaginaba lo que yo estaría pensando y enseguida me tranquilizó. Me contó que era un antiguo amigo de mi padre de la infancia; al decirme eso, mi cuerpo por fin se relajó. Esa persona no tenía nada que ver con las amistades con las que andaba en esos tiempos, mi felicidad retomaba su posición, otra vez todo volvía a ir como la seda.

Mi abuela Carmela me iba a regalar mi vestido de princesa. Los días que tenía que ir a probármelo eran muy divertidos. Cuando me ponía el vestido parecía que flotaba por el aire, la verdad es que ese recuerdo es muy bonito porque en ese momento volvía a ser inocente, me permitía el olvidarme de todo y disfrutar de ese ratito vestida de princesa frente a un espejo con una sonrisa de oreja a oreja.

El caso es que ya se iba acercando el día y había que dejarlo todo listo y preparado: pagar el reportaje de fotos, los regalitos para los invitados… pero, sobre todo, dejar cerrado el tema del restaurante.

Teníamos una fecha límite para pagar la fianza del local, y ese día ya habíamos quedado con el dueño del sitio para ir y dejarlo todo zanjado y preparado para el gran día. El problema llegó cuando se iba acercando la hora y mi padre no acudía; y es que resulta que el muy simpático se pasó todo el día en el bar bebiendo hasta ponerse como solo él sabía hacer. Cuando mi madre, mi hermano y yo fuimos a buscarlo (mi hermana la tenían mis abuelos ese día), lo encontramos ahí metido en el bar donde él solía estar, con su pelotazo en la mano y simpático en exceso, rozando la agresividad.

Tuvimos que insistirle muchas veces para que dejara el vaso y nos fuéramos al restaurante.

Nos llevó un rato largo convencerlo pero, por fin, lo hicimos. Nos subimos todos al coche, entonces empezó a comportarse como un auténtico borracho. Nos dimos cuenta del error tan grave que habíamos cometido al subirnos en ese coche; él empezó a ponerse muy agresivo, a dar voces y a decir barbaridades. De repente, dijo que quería que nos muriéramos todos, que le habíamos arruinado el día. Empezó a dar volantazos con el coche tentando la suerte a ver si chocábamos con otro coche. Mi hermano y yo no llevábamos el cinturón de seguridad, en aquellos tiempos no estaba tan vigilado el tema de la seguridad vial, así que los dos parecíamos las piedras de una maraca: íbamos de una puerta a otra golpeándonos con todas las partes del coche. Mi madre ante esa situación, empezó a gritar, yo rompí a llorar del miedo y de la desesperación y sin más detuvo el coche de un frenazo, sin creerlo, llegamos sanos y salvos al restaurante.

Salimos del coche y mi padre entró al sitio como si nada, como si fuera el mejor padre del planeta. No se le notaba ni la borrachera; yo, sin embargo, entré abrazada a mi hermano, los dos temblábamos de miedo. Mi madre simplemente se quedó muda. Estuve un tiempo con dolor en el brazo, nunca dije nada porque solo quería olvidar ese infierno que pasamos, de hecho, no recuerdo cómo acabó esa noche. Quedé tan traumatizada que de ese día solo recuerdo el fatídico rato del coche.

****

Quedaba tan solo un día para el esperado evento. Esa noche, mi abuela Carmela me hizo una tila porque no me estaba quieta, no paraba de un lado para otro y, por supuesto, no me entraba sueño ni por asomo.

A las siete de la mañana estaba ya dando saltos, llevaba a mi abuela loca, había despertado a todo el vecindario.

La gente empezó a llegar a casa de mis abuelos paternos, yo dormí allí, ya que era como una pequeña tradición pasar ahí la noche antes, y yo estaba encantada por todo, por estar ahí, porque veía a la gente, y ya se iba caldeando el ambiente de fiesta.

Entre mis dos abuelas me pusieron el vestido de princesa y ya ahí en ese mismo momento me convertí en la estrella del día. Todas las miradas estaban puestas en mí, todos los piropos y cumplidos eran hacia mi persona, me sentía radiante.

Cuando llegamos a la iglesia estaban todos mis amigos y otros compañeros del colegio, pero lo más importante es que se encontraban mis amigas ahí esperándome. Creo que todas estábamos impacientes por ver nuestros vestidos y esperar que el nuestro fuera el más bonito, en el fondo todas lo pensábamos.

La ceremonia empezó, yo estaba muy nerviosa, inquieta porque tenía que hablar por el micrófono unas frases de la Biblia que no me había estudiado antes y aunque me gustaba ser una estrella, me daba miedo hacer el ridículo.

Llegó el turno de que Olib, Aura y yo dijéramos nuestras frases, respiré hondo y empecé a dar mis pasos hacia el púlpito que estaba pegado al altar. Cuando llegamos, primero empezó a hablar Olib, luego Aura y, por último, yo. Sentí como si un foco se encendiera en mi dirección enfocándome para que empezara la función y en ese mismo instante vomité toda mi frase de carrerilla sin respirar, para no tartamudear ni quedarme enganchada en ninguna frase, y para mi sorpresa, me salió genial. Miré al frente, sonreí y pensé, «pues ya está, lo he hecho», y muy satisfecha me coloqué en la fila de tres compuesta por mis amigas y yo; y otra vez nos pusimos en fila para colocarnos en nuestro sitio. Bajamos unos escalones para pasar por delante del altar y teníamos que volver a subirlo para llegar a nuestra posición. De nuevo, primero subió Olib muy bien la primera y luego Aura, la cosa está en que antes de que Aura subiera el último escalón, me aceleré yo y empecé a subir sin darme cuenta de que su vestido se había quedado debajo de mi pie; sí, amigos, le pisé el vestido de tal manera, que nos fuimos las dos de bruces al suelo y en ese momento se cumplió el pánico ese que me perseguía durante todo el día de hacer el ridículo. No me hizo ninguna gracia , solo quería levantarme y que la misa terminara pronto. Cuando retomé la compostura, me puse en mi sitio y miré a la gente que nos miraba y se reían, yo pensaba: «A ver, Serena, eres tú, ¿cómo llegaste ni siquiera a pensar que te iba a salir todo perfecto?», por un momento la vergüenza se apoderó de mí, pero tuve una lucha interna y me dije a mí misma: «No voy a permitir que nada me empañe mi día especial», y en menos que canta un gallo borré todo pensamiento negativo y conseguí disfrutar del momento.

Cuando terminó la misa, pasaron a realizar las respectivas fotos con los familiares, amigos y demás, al terminar de hacernos las fotos nos fuimos todos al restaurante.

Al llegar con mis padres al restaurante, se puede decir que en el momento que puse un pie en él, empezó mi reinado, porque fue así exactamente como me sentí: reina por un día. Mi madre estaba guapísima, perdió veinte kilos para el evento y mi padre, se portó muy bien, no perdió las formas en ningún momento. Entramos los tres por la puerta, todo estaba decorado y se veía precioso, la gente nos miraba, sobre todo a mí, me aplaudían y me gritaban: «¡Guapa!». Yo estaba encantada.

Comimos hasta reventar. Estaba todo buenísimo; fue una fiesta increíble, inolvidable, debo decir que en mi mesa, que era la mesa presidencial, estábamos sentados mis padres, mis abuelos y mi abuelita; con ella a mi lado, era perfecto del todo, la miraba y me sonreía guiñándome el ojo. Eran pequeños momentos tan especiales para mí que jamás podré olvidar.

Se nos hicieron las tantas en el restaurante y se acercaba la hora de cenar. Ya se había ido todo el mundo y solo quedábamos mis padres, mi hermano, los amigos de mis padres y yo. A mi hermana se la llevaron mis abuelos, porque todavía era un bebé. Nos fuimos a cenar al bar de unos amigos de ellos; a todo esto, iba con mi traje. En las comuniones siempre se tiene el segundo traje y yo también lo tenía, pero no lo utilicé ese día, yo no me quería quitar mi vestido hasta la hora de irme a la cama, solo lo iba a llevar ese día y quería disfrutarlo al máximo.

La noche se iba alargando cada vez más y estábamos de celebración y mis padres no iban a casa. Íbamos de sitio en sitio exhibiéndome y a mí me daba igual, ya que ese día no quería que terminara nunca. Acabamos el tour en un pub de un amigo de mis padres que lo cerró y nosotros nos quedamos dentro con el resto de los amigos de ellos. La noche terminó a las cuatro de la mañana subida en una mesa de billar, bailando, taconeando como si fuera un tablao flamenco.

Ese día brillé como las estrellas del cielo, y me encantó.

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9788418479335
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