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Índice de contenido

Prólogo

1. Margot

2. JC

3. Margot

4. JC

5. Margot

6. JC

7. Margot

8. JC

9. Margot

10. JC

11. Margot

12. JC

13. Margot

14. JC

15. Margot

16. JC

17. Margot

18. JC

19. Margot

20. JC

21. Margot

22. JC

23. Margot

24. JC

25. Margot

26. JC

27. Margot

28. JC

29. Margot

30. JC

31. Margot

32. JC

33. Margot

34. JC

35. Margot

36. JC

37. Margot

38. JC

39. Margot

40. JC

41. Margot

42. JC

43. Margot

44. JC

45. Margot

46. JC

47. Margot

48. JC

49. Margot

50. JC

51. Margot

52. JC

53. Margot

54. JC

55. Margot

56. JC

57. Margot

58. JC

59. Margot

60. JC

61. Margot

62. JC

63. Margot

64. JC

65. Margot

66. JC

67. Margot

68. JC

69. Margot

70. JC

Epílogo: Margot

Agradecimientos

Título: Deja que entre el sol

© 2022 Patricia Rodríguez Huertas

____________________

Corrección: Xavier Beltrán

Diseño de cu­b­ier­ta y fo­to­mon­ta­je: Eva Olaya

___________________

1.ª edición: febrero 2022

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mundo:

© 2022: Edi­c­io­nes Ver­sá­til S.L.

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Nin­gu­na parte de esta pu­bli­ca­ción, in­cl­ui­do el diseño de la cu­b­ier­ta, puede ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en manera alguna ni por ningún medio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óptico, de gra­ba­ción o fo­to­co­pia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta de la editorial.

A mi madre.

Prólogo

Springfield, Illinois. 1963 Escuela Católica de Santa Agnes

—¡Póngase en pie, señorita Addams! Necesita que alguien le enseñe disciplina y parece que Dios ha dejado en mis manos esa laboriosa tarea.

No quiso arrastrar la silla, esa era la verdad, pero el chirrido resonó en el aula, y todas las niñas se estremecieron de terror. Era un sonido espantoso y la hermana Ethel lo odiaba.

—Eso le costará un castigo más, señorita Addams. ¡Fuera!

Ni una sola de sus doce compañeras presentes levantó la mirada del pupitre, no mientras ella estuviera allí; no mientras los ojos de la monja la miraran con el brillo de la autoridad.

«Su autoridad». Una que a ella le costaba reconocer.

Le temblaron las piernas y el miedo apenas le permitió dar un paso tras otro sin tambalearse. Le suplicó al crucifijo de la pared que cayera un rayo, que sonara la campana, que alguien viniera a salvarla. Pero su ruego silencioso solo enardeció más a la hermana. Estaba furiosa y la arrastró del brazo con tanta saña que el gemido reverberó en el pasillo.

«No llores, Margot». Si lloraba, estaba perdida.

¿Qué había de terrible en mirar por la ventana? A la hermana Francine no le importaba siempre que hubieran acabado la tarea. Fuera, la primavera se había engalanado de flores y mariposas, y Margot adoraba las mariposas, adoraba verlas revolotear por el jardín y se quedaba embobada imaginando que era una de ellas y que podía ir donde el viento la llevara.

Para la hermana Ethel su actitud constituía una falta muy grave, decía que esos bichos inmundos eran el mal de Lucifer y que Margot iría derechita al infierno por culpa de su atolondrado comportamiento.

—Una criatura de Dios se muestra sumisa y obediente —masculló—, pero a ti te dieron unos ojos demasiado grandes y una curiosidad que solo tienen los siervos del mal.

Para la hermana Ethel todo lo que no era de su agrado se consideraba pecado, y las niñas, cuya mente resultaba fácilmente impresionable, creían en su visión como si fuera una verdad absoluta. Pero ¿qué había de malo en mirar el vuelo de las mariposas? ¿Qué había de malo en ser como ella? Dios la había hecho así, con la mirada despierta y la cara redonda, con ganas de cerrar los ojos al recibir los rayos del sol. Soñadora, parlanchina, enamorada de la vida…

Solo era una niña de siete años.

La segunda vez que la hermana Ethel la sorprendió mirando a través de los cristales del aula decidió imponerle un castigo ejemplar. Y con «ejemplar» quería decir que sería algo que no olvidaría jamás, ni Margot ni ninguna de las otras criaturas que se habían convertido en estatuas mientras abandonaban el aula.

Margot tropezó con los adoquines y se cayó de bruces, pero eso no detuvo a la hermana Ethel. La vara de madera, que era una prolongación natural de su mano, asomó entre los pliegues del hábito como una amenaza de lo que le esperaba si no se ponía de pie y continuaba andando. La madre Mary le había prohibido pegar a las alumnas, pero todas habían visto cómo lo hacía con las más pequeñas cuando no obedecían sus estúpidas normas de comportamiento.

—¿Necesita usted que la ayude a caminar, señorita Addams? —preguntó con una ceja levantada.

—No, hermana.

Margot se sacudió las magulladuras de las rodillas y se apresuró tras la monja. No se quejó al sentir el roce del calcetín sobre la herida que se había hecho, pero sí ahogó un gemido al ver el rumbo que tomaba la hermana Ethel.

«A la cueva de la capilla no, por favor. Allí no».

Había tantas historias acerca de lo que pasaba en las profundidades de aquel lugar que fue deteniéndose poco a poco, hasta que sus pies dejaron de obedecerle. No quería que la encerrasen tras las puertas del infierno.

La hermana mayor de Elizabeth White estuvo allí y no dejó de llorar durante días. Las chicas del último curso susurraban que allí se te comían el alma supuestamente corrompida y te condenaban a vagar para siempre por los fuegos del averno. Decían que una niña había muerto en aquel espacio sagrado y que sus huesos formaban parte de las paredes de piedra que había tras la puerta de hierro, detrás del altar.

«La puerta del infierno».

—No —musitó sin poder contener las lágrimas. Margot quería irse con su mamá.

—¿Ha dicho usted algo? —La hermana se detuvo y la desafió por encima del hombro—. ¡Muévase o será la vara la que la mueva!

—No. —Apretó las manitas a la altura de los labios—. No lo haré más. Por favor…

—Rogar y llorar no la va a librar del castigo, pequeño demonio. Si no se mueve por las buenas, será por las malas. Ya rezará cuando le llegue la hora.

Margot dio un paso atrás y luego otro. Si echaba a correr, no podría cogerla. Todas sabían que las hermanas no eran muy propensas al ejercicio físico, y la hermana Ethel, en concreto, lo único que movía a la perfección era la mandíbula cuando comía.

Pero también sabía que terminaría por encontrarla y, entonces, sería mucho peor. No solo la encerrarían, también llamarían a sus padres y ellos la castigarían. A su madre le gustaba ese colegio, ella estudió allí y fue una gran alumna, pero las hermanas decían que Margot no se parecía a ella, que era demasiado rebelde.

La mano de la hermana Ethel la agarró por la nuca y apretó fuerte para hacerla andar.

—Aprenderá lo que es el respeto, señorita Addams, y luego se someterá a la ira de Dios para que Él juzgue sus pecados.

—No —gimoteó al atravesar la puerta de la vieja capilla.

Si no hubiera estado tan aterrada, se habría dado cuenta de que no era un lugar tan espantoso. No era más que piedra sobre piedra. Olía a humedad, pero también a cirios y a flores frescas. Los colores de las dos únicas vidrieras eran más intensos a contraluz, y la imagen tallada de Santa Agnes tenía un gesto apacible y esperanzador.

Pero lo que había detrás del altar era otra historia.

La hermana se persignó y le dio un fuerte coscorrón para que ella también lo hiciera. Luego, extrajo una pesada llave del bolsillo del hábito y la encajó en la cerradura oxidada de aquella puerta que daba tanto miedo.

—Así aprenderá a prestar atención, a no distraerse, a ser mejor alumna y a poner un poco de orden en esa cabeza invadida por los malos pensamientos. Rece, señorita Addams, rece. Tal vez Él se apiade de usted y le salve el alma. O tal vez no.

Oyó el sonido de los goznes oxidados como si fueran gritos en el silencio. Se tapó las orejas y apretó los ojos. Las lágrimas le mojaron el cuello del uniforme y los labios le temblaron entre pucheros e hipidos.

—Por favor, hermana, no lo haré más, se lo prometo. No volveré a hacerlo.

—Seguro que no —sentenció la monja, y la empujó dentro de aquella oscuridad espesa y pegajosa.

Margot gritó. Gritó mientras se cerraba la puerta, gritó al oír la llave girar, al no ver nada alrededor, al no saber qué pisaban sus pies. Gritó y lloró y golpeó la puerta con los puños, pero la hermana Ethel no volvió.

No supo cuánto tiempo pasó de pie, con la espalda pegada a la pared. ¿Y si había alimañas? ¿Y si allí dormían las gárgolas de verdad? ¿Y si ella también moría en ese pedacito del infierno y sus huesos se quedaban en las paredes? Se apartó horrorizada por la idea, tropezó y cayó al suelo. Por mucho que abriera los ojos, no podía ver nada, sus manos estaban mojadas, pero era imposible identificar qué las había empapado. ¿Era humedad? Allí hacía frío. ¿Y si era sangre…?

La repugnancia que sintió la puso de pie de un salto. Solo se oía su respiración, sus sollozos y todo un mundo de ruidos aterradores, cortesía de una imaginación sobreexcitada.

Odiaba a la hermana Ethel.

Odiaba aquel colegio.

Odiaba la oscuridad.

No volvería a estar a oscuras nunca.

Nunca más.


1. Margot

Springfield. Verano de 1971

Me escapé por la ventana de mi habitación mientras Richard Nixon anunciaba la cancelación unilateral de los acuerdos de Bretton Woods con las Naciones Unidas. Mis padres estaban embobados frente al televisor, como buenos republicanos, como siempre que el presidente aparecía en antena, y yo había quedado con mi amiga Dotty en el árbol junto a la parada del autobús, como cada sábado desde que ella y su familia se mudaron a la casa de enfrente, hacía ya cuatro años.

El verano aún no había llegado, pero sí el calor infernal. El fuego del asfalto me quemaba las plantas de los pies a través de la suela de las sandalias y el sudor me mojaba las axilas. Tampoco ayudaba que llevase pantalones a medio muslo, en vez de esos shorts que vestían las chicas de mi edad, y que mi madre no aprobaba. En realidad, mi madre no aprobaba nada de lo que yo hiciera.

—Tengo que volver dentro de diez minutos. —Bufé y me dejé caer junto a Dotty en el banco de piedra—. Si me llaman a comer y no estoy, no me dejarán salir hasta los veintiuno.

—¡Bah! Nixon está dando un discurso en la tele, tendremos treinta minutos de paz asegurados. Tu padre lo adora, no os sentaréis a comer hasta que haya acabado.

Tenía razón. Dotty siempre tenía razón.

Éramos las mejores amigas en la historia de las mejores amigas, pero tan diferentes como el agua y el aceite. Ella provenía de una familia de mente abierta, pintores y artesanos, almas libres que disfrutaban siendo libres, con sus extravagancias y sus disparates. Por eso Dotty era tan feliz, tan alocada, tan soñadora. Yo, en cambio, era una chica convencional sometida a las estrictas normas de mis padres. Una muchacha ejemplar por fuera, una mente inquieta por dentro.

—¿Has pensado ya qué harás cuando acabemos el curso? ¿Vendrás con nosotros?

Negué, apenada. Ni siquiera se lo había preguntado a mis padres. ¿Recorrer el país por carretera hasta San Francisco con un mercadillo ambulante? Eso solo era para hippies. Podía oír a mi madre disertar acerca de lo holgazana que era la gente como los Baker, lo mal que olían y la falta de moral que los caracterizaba. Pero los padres de Dotty no eran así, y mi madre lo sabía. No ponía reparos a visitar su casa, incluso me dejaba pernoctar allí, pero ¿de vacaciones en una furgoneta? ¡Ni hablar!

A mí, por el contrario, me parecía toda una aventura; me fascinaban las historias que contaban los Baker: dormir al raso, quemar malvaviscos, danzar bajo la luna en medio de desconocidos. Adoraba su manera de disfrutar de la vida, sin límites ni barreras.

—Me quedaré aquí y moriré de aburrimiento —respondí después de dar una breve calada al cigarrillo que Dotty le había birlado a su padre.

—No morirás de aburrimiento, Margot. Saldrás con las chicas de tu clase, haréis hogueras a la orilla del lago y os bañaréis en la piscina. Eso te dará la oportunidad de conocer a muchos chicos. —Me dio un codazo y me atraganté con el humo. ¿Estar con chicos en la piscina? Antes tendría que aprobarlo mi madre, y era casi tan improbable como que me dejara ir de vacaciones con Dotty—. Venga, no será tan malo. Tendremos un montón de historias que contarnos, nos mandaremos cartas…

Un par de bocinazos resonaron por encima de las palabras de mi amiga. Un imponente camión de bomberos amonestó a unos niños que se habían cruzado en su camino y reemprendió la marcha muy despacio, tan despacio que tuve oportunidad de ver a los ocupantes.

De verlo a él.

Oh. Dios. Mío.

Mi corazón latió a un ritmo muy extraño. Me quedé muy quieta, con la boca abierta, con la mano suspendida en el aire, con el cigarrillo humeando entre los dedos… Recuerdo que parpadeé muchas veces, la lentitud del camión era algo casi irreal. Él me miraba fijamente, como si solo me viera a mí. Y luego vino aquel gesto, aquella media sonrisa, aquel guiño que me devolvió a la realidad. La vida retomó su ritmo habitual, el camión giró en la siguiente esquina y solté la colilla al notar la quemazón en los dedos.

—¿Has visto eso? —preguntó Dotty—. Te miraba a ti.

«Me miraba a mí», me dije. Dios mío, nadie me había mirado así jamás.

—Tiene que ser la nueva dotación de bomberos de la que hablaba mi padre —supuso Dotty—. Está en Chatham Road. ¿Vamos?

—¡No! —exclamé, horrorizada—. Tengo que volver a casa. Mi madre me matará.

—¡Venga, Margot, hagamos algo divertido! Es sábado, Nixon aún estará un buen rato hablando, y me aburro —se quejó con tono lastimero—. No te vayas, por favor. Mi madre quiere que hagamos atrapasueños, y me obligará a ir a por las plumas de las gallinas de la señora Blosom.

—En otra ocasión, te lo prometo. Además, ¿qué pensarán de nosotras si nos presentamos en el parque de bomberos? No es propio de…

—Bla, bla, bla, detesto cuando hablas como tu madre. Me gusta más la Margot atrevida. ¡Iremos mañana! —decidió—. Nos veremos aquí cuando vuelvas de la iglesia.

Lo pensé un segundo y asentí.

—Solo un paseo.

—Solo un paseo —aceptó Dotty con una pícara sonrisa—. Prometido.

2. JC

«Novato, novato, novato», estaba harto de esa palabra. Y también estaba harto de que el nombre de mi padre saliera en todas las conversaciones. No hacía falta que nadie me recordara que James Curtis Gallagher era un héroe. ¡Yo vivía con él!

Quise ser como él desde la primera vez que lo vi con uniforme. Pero nunca imaginé que ser hijo del bombero más cualificado de Springfield pudiera ser tan duro. No me medían con el mismo rasero que a los demás; a mí se me exigía el doble, porque era un Gallagher. Tampoco ayudaba que mi padrino fuera el jefe de distrito Traveller. John me apretaba demasiado, me había puesto bajo las órdenes de uno de los capitanes más tiranos del cuerpo porque, según él, se me tenía que curtir la piel. ¡Y un cuerno! Lo único que estaba consiguiendo era que regresara cabreado a casa después de cada servicio.

Di un portazo al llegar y subí las escaleras hasta mi cuarto. No tenía ganas de ver a nadie, no estaba de humor para sentarme a cenar. Mi padre me preguntaría cómo había ido el día y yo no podría ocultarle que había sido uno de los peores de mi vida.

Me habían humillado, se habían reído de mí porque era el maldito novato de la compañía, me habían gastado una broma que no tuvo gracia y terminé sentado delante del capitán balbuceando como un niño. ¡Si hasta había sentido el nudo en la garganta que precede a las lágrimas!

Apreté la cara contra la almohada y ahogué un grito de frustración. Descargar puñetazos contra el colchón no me alivió en absoluto, pero era mejor que hacerlo contra la pared o contra el rostro de Charlie Flint, el capullo que me había endosado aquellos maniquíes como si fueran víctimas. Creí que había hecho una heroicidad, pero solo fue una pérdida de tiempo y el motivo de las burlas de todos mis compañeros.

Mi madre llamó a la puerta de la habitación y puso fin a mi momento de autocompasión.

—Te he traído algo de cenar —musitó, insegura—. ¿Estás bien?

Encendí la luz de la mesilla y me conmovió su aspecto: había estado llorando. Los ojos hinchados y la nariz enrojecida la delataron.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está papá?

Un encogimiento de hombros fue la única respuesta que recibí. Se entretuvo unos segundos en ordenar la ropa que yo había dejado tirada de cualquier forma y le di el espacio que necesitaba. Era una mujer fuerte, decidida, valiente, salvo cuando tenía que enfrentarse al miedo de perdernos a papá o a mí.

No obstante, no podía haber pasado nada grave, o yo lo sabría.

—Tu padre ha ido a ver a un compañero de otra unidad. Nada importante.

—Y, entonces, ¿por qué estás así?

Volvió a encogerse de hombros y no la presioné. Formaba parte de su manera de protegerse, por si algún día era el teléfono de nuestra casa el que sonaba en el silencio de la noche. Por si los siguientes éramos nosotros.

Me levanté de la cama y la abracé con cariño. Ojalá hubiera podido prometerle que todo iba a ir bien, que no tenía que preocuparse. Pero no podía hacer eso, no podía mentirle. La nuestra era una profesión de riesgo, donde cualquier imprevisto podía alterar el curso normal de nuestras vidas para siempre. Mi padre y yo lo sabíamos y ella también, lo había aprendido a la fuerza.

La estreché más fuerte cuando la oí suspirar. Me dolía su congoja. Me sentía responsable de buena parte de su preocupación. Ella eligió amar a un bombero, fue su decisión, pero seguir los pasos de mi padre fue la mía, y le había causado una herida que no tenía alivio ni cura, que era para siempre.

—Creo que cenaré abajo contigo y después podemos ver el nuevo episodio de la familia esa que tanto te gusta. ¿Cómo se llaman?

—La tribu de los Brady —respondió más animada—. Me encanta la criada.

Y a mí me encantaba verla sonreír de nuevo.

3. Margot

—¿Has hecho brownies para los bomberos? —preguntó Dotty, sorprendida—. Vaya, chica, ayer solo querías dar un paseo y hoy pretendes meterte en la boca del lobo.

—Solo es un detalle. Somos chicas educadas.

Había escondido unos cuantos trozos de brownie en una servilleta para que mi madre no los viera. Por muy amable que fuera el gesto, a mamá se la hubieran llevado los demonios de haber sabido quién se los comería.

Caminamos cogidas del brazo hasta el 2502 de Chatham Road. Llevábamos vestidos de domingo, zapatos limpios y una amplia diadema que mantenía perfecto nuestro pelo enlacado. Dotty estaba preciosa, yo solo era una chica del montón. No podía competir con sus grandes ojos azules ni con el rubio natural de un ángel. Mi mirada oscura no era cautivadora, tenía la boca demasiado grande, una melena indomable y unas caderas de talla extra large. Mi mejor baza era mi ingenio, pero eso no sería suficiente para encandilar a nadie.

Además, me quedaba en blanco cuando me ponía nerviosa y solo decía tonterías. A los chicos guapos no les gustaban las tonterías.

—Es un lugar bonito, ¿no te parece? —comentó Dotty al llegar.

Arrugué la nariz y me salió una mueca de asco. Aunque fuera de nueva construcción, aquel sitio solo era una mole de ladrillos rojizos con unos cuantos árboles alrededor.

—Es horrible. Huele a combustible y a goma quemada.

—La belleza está en el interior, Margot.

«Literalmente», pensé. Si el muchacho del camión estaba allí, la frase habría dado en el clavo.

—¿Buscáis a alguien? —preguntó un afroamericano recién salido de ninguna parte—. ¿Necesitáis ayuda?

—Nosotras… No… Solo hemos…

—Hemos venido a daros la bienvenida al barrio —intervino Dotty. Se acercó a mí, me quitó el hatillo de brownies y se los ofreció al bombero—. Los ha hecho mi amiga. Están muy buenos.

El hombre nos miró un poco confundido, pero la sonrisa de Dotty lo conquistó y terminó por sonreír él también.

—Vaya, gracias. No teníais por qué hacerlo. —Se volvió hacia el interior del parque y silbó fuerte—. ¡Eh, muchachos! Tenemos visita.

Cinco hombres de diferentes edades acudieron a la llamada, pero ninguno era el chico que yo había visto. Dotty habló con ellos y les sacó algunas carcajadas, mientras yo, en segundo plano, me retorcía la tela de la falda, incómoda con la situación.

—¡Novato! Si no vienes, te quedas sin bizcocho —gritó uno de ellos.

El chico apareció y mi cuerpo reaccionó con un súbito bochorno.

Era tan perfecto…

Llevaba un mono de trabajo en el que no cabía ni una mancha de grasa más, se limpiaba las manos con un trapo negro como el carbón, iba despeinado y con la cara sucia, pero todo eso lo hacía aún más atractivo.

Solo tuve ojos para sus ojos. Eran de un azul intenso, limpio, como el del cielo de Springfield en verano. Le caía un mechón en la frente y me di cuenta de que no lo llevaba a la moda como sus compañeros. Nada de grandes patillas, nada de medias melenas, nada de rizos a lo afro, no. Él lo llevaba corto de los lados y más largo por arriba, como Jim Stark en Rebelde sin causa.

Suspiré, y debió de ser un suspiro enorme porque todos se rieron.

—Parece que a nuestro novato le ha salido una admiradora.

Me puse tan roja como la carrocería del camión. Él seguía sin inmutarse, continuaba limpiándose las manos y me miraba con el ceño fruncido, como si le molestara mi respiración.

Uno de sus compañeros le ofreció un trozo de brownie, pero él lo rechazó.

—No me va el dulce. Soy más de salado —pronunció con una voz tan profunda que se me erizó el vello de la nuca.

—No les hagas ese feo a las chicas, hombre. Los han hecho para nosotros.

—Los ha hecho Margot —insistió Dotty.

—Sí, eso, los ha hecho Margot —se burló un bombero que imitó el tono jovial de mi amiga.

A él se le dibujó una sonrisa en los labios y, sin apartar la mirada de la mía, alargó la mano, cogió un brownie, lo mordió y lo volvió a dejar.

Era de mala educación observar a la gente cuando comía, pero yo lo miré a placer mientras masticaba. Lento, muy lento, como todo lo que hacía.

—Demasiado dulce —murmuró—. Vuelvo dentro, chicos. Señoritas. —Inclinó la cabeza a modo de despedida y desapareció por donde había llegado.

Me quedé tan desolada que no presté atención a la charla de Dotty de regreso a casa. Para ella la visita había sido fascinante, para mí fue una humillación.

4. JC

¿Bizcocho de chocolate? ¿Niñas atolondradas en la puerta del parque? No pensaba caer en otra broma más. Lo último que me faltaba era que el capitán me pescara perdiendo el tiempo cuando me había ordenado que le sacara brillo a la carrocería del camión bomba.

—Así no conseguirás echar un polvo en la vida, novato —advirtió Charlie Flint—. Podrías haber sido un poco más amable con las chicas.

—Eran dos niñas —gruñí.

—¡Como tú! —exclamó O’Connors, y me palmeó la espalda tan fuerte que por poco doy con la frente en el camión—. Pero las niñas crecen y se hacen mujercitas. La rubia estará cañón dentro de un par de años.

—Demasiado espabilada para el novato —apuntó Ross—. Le iba más la morena. ¿Habéis visto cómo lo miraba? ¡Quería comerte!

—Si es verdad que ha hecho estos bizcochos, cásate con ella. —Bernard Campbell dio otro bocado al brownie que sostenía en la mano y gimió con teatralidad—. Si vuelve por aquí, dile que te dé la receta. Mi mujer tiene que aprender a preparar esta maravilla.

Esas dos chicas les dieron material para tocarme las narices un día más. Las imitaron hasta doblarse de la risa, me lanzaron besos, incluso me hicieron reír con sus payasadas. Cuando advirtieron que sus bromas ya no me molestaban tanto, se relajaron un poco.

—Y, entonces, ¿cómo es tu mujer ideal, novato? —quiso saber Ross mientras preparaba una nueva cafetera.

—No tengo una mujer ideal —respondí.

—Pero algún día querrás sentar la cabeza, ¿no?

—No.

No entraba en mis planes formar una familia, ni pronto ni tarde, y no entendí por qué aquella confesión les causó tanto impacto, no era tan extraño.

Me miraron como si hubiera jurado en vano y sacudieron la cabeza, en señal de desaprobación.

—¿No quieres casarte y tener hijos? —insistió Ross en nombre de todos.

—¿Y dejar viuda y huérfanos si me pasa algo? No, gracias.

—Vaya, chico, eso dice mucho de ti —dijo Campbell con el ceño fruncido.

—O muy poco —añadió O’Connors—. No llevas ni medio año en el cuerpo y ya dudas de tus posibilidades.

—No dudo de mis posibilidades, es solo que…

—¡A lo mejor le van los hombres! —exclamó Flint.

Me dieron ganas de estamparle el puño en la cara. Por suerte, los demás no le rieron la gracia.

—Dejad al chico en paz —intervino Joe Burnham desde su sillón frente al televisor. Era el mayor de la compañía y el único que nunca entraba en el juego de sus compañeros—. Cuando llegue la mujer adecuada, lo sabrá.

—Y, si no llega, su mamá seguirá limpiándole los calzones cuando se cague encima —voceó Flint.

Apreté los puños, dispuesto a partirle la nariz. Estaba harto. Pero un aviso de incendio lo libró de terminar sangrando como un cerdo. Y a mí me salvó de poner fin a mi carrera como bombero.

5. Margot

El despido de la señorita Carpenter, nuestra profesora de Educación Física, a una semana de terminar el curso, causó tal revuelo en el instituto que no se habló de otra cosa en toda la semana. Sus ideales no iban en consonancia con el colegio católico en el que yo estudiaba; había normas no escritas entre el profesorado, y ella se las había saltado todas por el simple hecho de hablar sin pelos en la lengua con las alumnas.

Fue una noticia terrible. Era la mejor persona que había conocido en mis dieciséis años.

—Se lo tiene merecido —dijo mi madre mientras disponía las láminas de lasaña en una bandeja—. Me han dicho que las niñas de primer curso la vieron en las duchas del vestuario ¡desnuda! ¡Qué vergüenza!

—¡Oh, sí, qué vergüenza! —ironicé. Picoteé unos trocitos de queso que había en un plato, pero mi madre lo apartó con un gruñido—. Debería ducharse vestida. ¡Qué desfachatez!

—¡Margot! Te prohíbo que me hables en ese tono. El sarcasmo no es propio de una señorita. —Emitió un suspiro de exasperación y se llevó la mano a la frente—. No sé por qué me esfuerzo en hacerte comprender. ¡Eres una niña!

—No soy una niña, madre. Y la señorita Carpenter era…

—¡Da igual! No quiero seguir hablando de esa mujer. El claustro ha hecho bien en cesarla. No era una buena influencia. —Quise protestar, pero no me dejó—. ¡No, Margot! Ni una palabra más. Me has provocado jaqueca. Prepara la comida, voy a echarme un rato.

Así terminaban todas las conversaciones con mi madre, con jaqueca, con censura, con prohibiciones que solo conseguían que me interesara más por los temas que ella evitaba. ¿Por qué no podía ser como la madre de Dotty? Con la señora Baker se podía hablar de todo, incluso de sexo.

También se podía hablar de todo con la señorita Carpenter. De hecho, era algo que algunas alumnas hacíamos con frecuencia.

—Tenéis que pelear por lo que deseáis en la vida, chicas. Sed persistentes —nos dijo—, sea cual sea el objetivo, no dejéis de perseguir vuestros sueños.

Su consejo me caló hondo. Pelear por lo que quería era mejor que esperar sentada. Si no hacía algo, un día me levantaría de la cama y me habría convertido en mi madre.

Ese pensamiento me sobresaltó. Cualquier chica desearía ser como Margaret Addams. Era una mujer guapa, distinguida y se había casado con un hombre atractivo con un buen sueldo. Vivía en un barrio muy próspero y se jactaba de ser una buena esposa, una buena madre y una ciudadana comprometida con las necesidades de los más desfavorecidos. Era la forma elegante que tenía mamá de definirse a sí misma delante de sus amistades. Y sí, era buena esposa, tan buena como cabía esperar. Y sí, también era solidaria: donaba toda la ropa vieja a los pobres. Pero buena madre… Una buena madre no se arrepentía de haber tenido una hija avispada.

No, definitivamente, yo no sería nunca como ella.

Condimenté de más la lasaña perdida en mis aspiraciones de futuro. Quería ir a la universidad, estudiar Historia del Arte, trabajar en un museo, ser independiente, viajar, ver mundo… ¡Todo lo que horrorizaba a mi madre! Ella rezaba para que encontrara a un hombre de buena posición social que me metiera un poco de sensatez en la cabeza. Casarme, tener hijos, ser la esposa ideal… No era un mal plan, pero corrían tiempos de cambio. La década de los sesenta había impulsado muchos cambios en la sociedad, los setenta habían empezado con fuerza y yo ya me sentía parte de esa corriente de libertad que me arrastraba fuera del convencionalismo de mi familia.

Metí la lasaña en el horno y recogí la cocina mientras soñaba despierta, como pasaba la mayoría de las veces. Unos minutos después, el olor del queso fundido y del sofrito me despertaron el apetito y rebañé la sartén con un dedo para probar los restos de carne y tomate.

—Creo que me he pasado con la sal. —Volví a probarla y asentí de acuerdo conmigo misma.

Me acordé del bombero de inmediato. Al chico de los ojos del color del verano le gustaba lo salado. ¿Qué opinaría de mi comida?

«Ve a descubrirlo. Sé tú misma. Sé valiente. Sé libre, Margot».

Esperé a que la lasaña estuviera bien horneada y aproveché que mamá dormía para acercarme al parque con un buen trozo. No sabía qué iba a decir, Dotty era la que siempre llevaba la iniciativa en nuestras locuras, pero me sentí muy viva al aventurarme sola en aquella experiencia. Y muy asustada cuando me vi a las puertas del parque de bomberos.

«Dar marcha atrás es de cobardes, Margot».

No había nadie a la vista cuando entré, y mi idea de llevarle la comida a un chico con el que no había intercambiado ni dos frases empezaba a parecerme una completa tontería. Sin embargo, la curiosidad me empujó hasta las imágenes expuestas en la entrada; me entretuve demasiado y, cuando quise salir de allí, ya era tarde. El camión atravesó el portón y me impidió la retirada.

—¡Mirad quién ha vuelto! —exclamó uno de los bomberos—. Es la chica de los bizcochitos de chocolate. ¿Qué nos has traído hoy, bonita?

Bromearon sobre mi atuendo de colegiala, pues no me había quitado el uniforme, y se rieron de mis trenzas y de mi sonrojo. Pero no se acercaron a mí, tenían que dejarlo todo preparado por si surgía otra emergencia, y eso me dio la oportunidad de observarlos. Eran grandes y fornidos, con maneras toscas y un sentido del humor que no entendí, pero me parecieron simpáticos.

Todos sonrieron al verme. Todos menos uno.

—¡JC, espabila! Hay cuatro mangueras para enrollar —le ordenaron de malas formas.

«Se llama JC», me dije. ¿Qué nombre esconderían esas iniciales?

A él no le sentó muy bien el toque de atención. Bajó del camión y dio un portazo tan fuerte que me tembló la lasaña en las manos.

—¿Qué haces tú aquí? ¿No deberías estar en el colegio?

—Te he traído algo de comer. Es salado.

—¿Qué? —preguntó sin comprender.

—Que te he traído la comida —dije un poco más alto—. Dijiste que te gustaba más lo salado, así que…

—¿Me has traído la comida?

—Sí, lasaña. La he hecho yo —declaré, orgullosa, y le tendí la fuente de cristal—. Hay para dos, por si quieres que te acompañe.

Las risas de sus compañeros lo pusieron de peor humor.

—Vete a jugar a las casitas a otro sitio, ¿quieres?

Se me borró la sonrisa, me ardieron las mejillas y bajé la mirada. Estaba muy avergonzada. Podría haber salido corriendo, pero mis pies decidieron quedarse allí plantados y aumentar la humillación. Apreté los labios para que no me temblara el mentón y respiré de manera entrecortada. Yo solo quería llevarle algo de comer…

—No te preocupes, bonita, si él no se lo come, lo haremos los demás —intervino el que parecía más viejo—. Trae aquí, veamos qué es lo que huele tan bien.

Alargó la mano para coger la lasaña, pero JC se le adelantó. Emitió un gruñido de advertencia hacia su compañero y me arrancó la fuente de las manos.

—Ahora, fuera de aquí.

¿Por qué me hablaba así después de aceptar mi comida? Era muy descortés. Le fruncí el ceño y le dediqué una de mis miradas airadas. No podía ser tan grosero.

—Decir «gracias» sería lo apropiado.

Abrió los ojos, sorprendido por mi reproche, y, a continuación, los entrecerró y se acercó mucho. Demasiado. El corazón empezó a latirme más y más fuerte, las manos me sudaban, las rodillas me temblaban… Se detuvo tan cerca que pude percibir el olor de su sudor mezclado con el aroma acre que llevaba impregnado en la camiseta.

—Me da igual lo que tú creas. Fuera. De. Aquí. Ya. —Señaló el portón con ímpetu—. Este no es lugar para una niña.

—No soy una niña.

—No es una niña, novato. ¡Es toda una mujercita! —voceó otro bombero con un tono de burla muy desconsiderado—. Y te ha traído la comida. Deberías recompensarla.

—Le compraré una piruleta la próxima vez que vaya a la feria —pronunció despacio sin apartar los ojos de los míos.

«¿Cómo? ¿Una piruleta?».

Sentí que me ponía aún más colorada al tiempo que me crecía una furia incontenible en el pecho. Se estaba burlando de mí, y su comentario había desatado las carcajadas del resto de los bomberos presentes.

Ese chico era un insolente y no se merecía ni mi lasaña ni un solo segundo más de mi tiempo. Apreté los dientes e intenté alcanzar el recipiente de cristal, pero fue más rápido que yo y esquivó mis intenciones con un movimiento ágil. Lo volví a intentar con más empeño, pero solo conseguí convertirme en el espectáculo del día.

Al final, me di por vencida y salí corriendo. Sus risas me acompañaron hasta cruzar la acera y más allá de la tienda de ultramarinos de la familia Odrey. Antes de doblar la calle, miré hacia atrás y lo vi. Permanecía de pie en la puerta del parque, muy quieto, serio, con esos misteriosos ojos azules puestos en mí.

Pese a la distancia que nos separaba, nos mantuvimos la mirada unos segundos.

Después de cómo me había tratado, ¿qué hacía ahí plantado?

Me aparté una trenza del hombro con un ademán y enderecé la espalda.

«Dignidad, ante todo, Margot», me recordé, decidida.

Y luego… Luego le saqué la lengua.

Y él… Él sonrió.

6. JC

—¡No conseguirás nada si no te esfuerzas, JC! Cada día, cada noche, a cada segundo: trabajo, trabajo y trabajo. ¡Eres un Gallagher, maldita sea! Si querías relajarte y disfrutar de la vida, haberte hecho hippie.

—Me estoy esforzando, es solo que…

—¿Es solo que qué? —Los ojos de mi padre me advirtieron antes de responderle: no estaba de humor para provocaciones—. No quiero volver a oír nada más sobre ti. ¡Los Gallagher no cometemos errores! ¡Jamás!

—James… El chico acaba de empezar y…

—¡No, Hanna! —gritó—. Lleva sangre de bomberos por las venas. Lo que ha pasado hoy es inaceptable. ¡Inaceptable!

«Malditas mangueras del demonio», pensé una vez a solas.

Hice una mueca de dolor al quitarme la camiseta y me eché en la cama a rumiar mi propio cabreo. No había conseguido controlar la manguera cuando llegó la presión del agua y había vuelto a hacer el ridículo más espantoso delante de mis compañeros y del jefe de distrito, el maldito John Traveller, mi padrino. No había tardado ni una hora en llamar a mi padre para contarle lo ocurrido en los entrenamientos.

Cuatro meses en el cuerpo de bomberos y era la segunda vez que papá montaba en cólera por mis meteduras de pata. Él era el bombero que todos querían ser: valiente, audaz, de pensamiento rápido, tan compenetrado con el fuego como con el agua. Sus quemaduras hablaban por él. Era mi referente, la persona a la que más admiraba, y saber que lo había defraudado me dolía más que el golpe con la manguera.

—Solo está disgustado porque ha tenido un mal día —lo justificó mi madre cuando acudió a darme apoyo moral—, pero seguro que mañana se le ha pasado.

—Lo sé.

—No le ha gustado que John le hablara mal de ti otra vez. Sabe que serás un gran bombero, pero le falta paciencia, ya lo conoces. No se lo tengas en cuenta.

No lo haría, pero tampoco hubiera estado de más un poco de confianza y algún consejo que me sirviera para superar esos días en los que estaba a punto de mandarlo todo a la mierda. Él sabía mejor que nadie lo que era estar sometido a presión y que las cosas no salieran como las había planeado.

Cuando anunció que se presentaba para jefe de distrito todos pensamos que le darían el puesto. Hubiera sido lo justo. Llevaba años preparándose para subir de rango, había dejado pasar la oportunidad en un par de ocasiones en beneficio de otros compañeros con más antigüedad, pero su momento había llegado. Sin embargo, le salió un competidor en el último instante y recibió una puñalada por la espalda. Eligieron a John Traveller, su mejor amigo. No era ni la mitad de bueno ni estaba tan comprometido con el cuerpo como mi padre, pero tenía algo que no encontrarían nunca en un Gallagher: paciencia.

—¡Eh! Cámbiate. Te espero fuera —exigió mi padre desde la puerta de mi habitación. Mi madre hizo una mueca y me animó a obedecer con la mirada—. Voy a enseñarte un par de cosas, muchacho.

Desapareció en su dormitorio y lo oí bajar las escaleras unos minutos después. Lo último que me apetecía era una demostración de sus habilidades profesionales. Por más que me esforzara, yo nunca sería como él.

Aun así, no estaba en disposición de ignorar a mi padre.

—Ve, anda. Os vendrá bien —medió mi madre—. Mientras, yo iré a preparar la cena. Estoy segura de que no has comido nada decente en todo el día.

Oculté la sonrisa mientras me deshacía de la camisa. Había comido lasaña, la mejor lasaña que había probado en mi vida.

La imagen de aquella chica se quedó conmigo mientras me cambiaba de ropa. Era una niña. ¡Si llevaba hasta el uniforme del colegio, por el amor de Dios! Pero tenía agallas y unos ojos marrones muy expresivos. Lo de ser cruel sin necesidad debía de ser otro de los dones de los hombres Gallagher. No se merecía lo que le dije, y me sentí muy culpable cuando la vi salir corriendo del parque. Pero ya era suficiente molesto ser el novato de la compañía como para tener que soportar las burlas del resto de los chicos por una cría que jugaba a las cocinitas.

Era mejor que no volviera a aparecer por allí. Había hecho lo correcto.

—¡JC! —bramó mi padre desde el jardín.

Me asomé por la ventana y lo vi de brazos cruzados en medio del camino.

—Pero ¿qué demonios…?

En una mano sujetaba un guante de béisbol; en la otra, la bola. Llevaba la gorra del revés y su camiseta de los White Sox.

No solo era mi héroe: era el mejor padre del mundo.

7. Margot

David Porter nunca me había caído bien. Era el típico chico rico, problemático, expulsado de un colegio privado por mal comportamiento y que había encontrado su feudo de idiotas en el instituto público donde estudiaba Dotty. Era un par de años mayor que nosotras, y se había graduado el curso anterior, toda una proeza; incluso había entrado en una buena universidad gracias a los donativos de sus padres. Era un completo capullo, pero había que reconocerle un logro: sus fiestas de bienvenida al verano eran memorables.

Dotty y yo nunca habíamos estado en una, pero lo que se contaba de ellas era tan increíble que nadie podía reprocharnos que quisiéramos asistir más que nada en el mundo. Si no ibas a las fiestas de David Porter, no existías.

Pero nuestra suerte había cambiado por una casualidad del destino. Su novia, Martha Sullivan, era una de las alumnas de último curso de mi colegio. Una chica popular, guapa e inteligente que se había dejado enamorar por la cara bonita de David y por su cuenta corriente. Sus delirios de grandeza acerca de lo rica que era la familia Porter y lo feliz que sería cuando acabara el instituto y se casara con David daban ganas de vomitar, pero, en el fondo, Martha me resultaba simpática. Y yo a ella también.

Una tarde, a la salida del colegio, me regaló una invitación para la fiesta de su novio y me animó a que llevara a alguien más.

—Venga, date prisa o no llegaremos a ver a los chicos del equipo de rugby —me apremió Dotty—. ¡Van a bañarse desnudos en la piscina!

Me ajusté el vestido al pecho y di un par de vueltas más delante del espejo. La señora Baker tenía un guardarropa repleto de vestidos maravillosos que confeccionaba ella misma, y le habíamos cogido prestados dos particularmente deslumbrantes para la ocasión. Los zapatos de tacón también eran suyos, y los pendientes, y las pulseras, hasta la cinta del pelo era de la madre de Dotty.

—No estoy segura de que esto sea una buena idea —dudé mientras veía cómo se pintaba los labios de rojo intenso—. Si tu madre viene a ver qué estamos haciendo y nos ve…

—No vendrá. Ya has visto que tienen invitados. En cuanto se fumen dos canutos más, no podrán poner un pie delante del otro. —Me pasó el carmín y titubeé. Nunca había llevado un color tan llamativo—. Además, ¿qué más da? Mientras tus padres no se enteren, no habrá problema.

Si mis padres hubieran tenido la sospecha de que iba a una fiesta donde todo estaba permitido, me hubieran encerrado en mi habitación y hubieran tirado la llave en lo más profundo del lago Michigan.

Salvamos la ventana con cuidado de no dañar los vestidos e hicimos autoestop durante algunos minutos hasta que una camioneta se detuvo en el arcén. Era una locura, pero toda esa adrenalina que producía mi cuerpo ante lo desconocido funcionaba como una droga, y quería más. Quería experimentar, reír, bailar con los ojos cerrados y sentir las estrellas sobre mi cabeza.

Sabía que las consecuencias de mis actos podían ser fatales, pero estaba viviendo, estaba sonriéndole a la vida, y dejé de preocuparme.

Cinco horas después, estaba al borde de un ataque de pánico.

Dotty había desaparecido. No sabría decir en qué momento de la noche había ocurrido, pero me entretuve hablando con unas compañeras de mi instituto que también estaban allí y, al instante siguiente, ya no la tenía a mi lado. La casa era tan grande que al principio no le di importancia: podía estar en el cuarto de baño, charlando con alguien o bailando en alguna de las habitaciones donde la música estaba insoportablemente alta. Pero cuando la gente empezó a desvariar y la fiesta subió de tono, quise irme y empecé a buscarla.

Me recorrí cada una de las estancias y, menos a Dotty, encontré de todo: grupos que jugaban a beber todo lo que caía en sus manos, drogas que iban más allá de simples canutos y parejas a las que no les importaba que alguien como yo los sorprendiera en medio del acto sexual. Me horroricé, me agobié y me arrepentí de haber ido a la fiesta. No tenía ni idea de lo que podía ser, pero jamás imaginé las cosas que vi en aquella casa.

Dotty apareció tambaleante y con los zapatos en la mano cuando ya me había dado por vencida. El cielo empezaba a clarear, la música ya no sonaba tan fuerte y había más cuerpos dormidos que en movimiento. Estaba despeinada, tenía el maquillaje corrido y parecía a punto de perder el conocimiento, pero sonreía, y eso me tranquilizó.

—Me has dado un susto de muerte. Pensé que te habías ido sin mí —la regañé mientras cargaba con ella de camino a la puerta—. Tenemos que volver a casa.

—¡No! ¡A casa no! ¡Que siga la fiesta! Aún es pronto.

—No es pronto, es temprano, Dotty. Está amaneciendo.

—¡Pues veamos salir el sol! —gritó. Levantó las manos, animada, y por poco se me cae al suelo—. El chico con el que he estado me ha dicho que él y sus amigos iban a ir…

—¿Has estado con un chico? —Asintió con un movimiento brusco de cabeza que la despeinó todavía más—. Y… ¿de qué habéis hablado? He estado más de una hora buscándote.

Se le escapó una risa ebria.

—Pues… hablar, hablar…

Volvió a reír y me imaginé a qué se debía. No era tan ingenua. Ya sabía lo que pasaba en ese tipo de fiestas.

—¿Has tomado drogas? ¿Eso es lo que has estado haciendo con ese chico?

Incluso bebida me puso los ojos en blanco y se golpeó la frente con la palma de la mano. Y, entonces, me di cuenta de que me estaba diciendo algo diferente. Sí, había tomado más combinados de la cuenta; sí, había consumido drogas; pero el motivo de su ausencia era otro.

—¿Has practicado sexo con…? —Asintió e hipó—. ¿Todo el rato?

—Tooodo el rato.

Enmudecí. No sabía qué decir. Por alguna extraña razón adolescente, siempre pensé que hablaríamos del momento antes de que pasara y que perderíamos la virginidad el mismo verano, pero era evidente que Dotty no pensaba igual que yo. Dotty siempre había tenido su particular forma de encarar la vida, pero esto había sido un golpe difícil de encajar.

Me sentí traicionada por mi mejor amiga.

—Tendremos que andar hasta la parada más cercana y volver a casa en autobús —gruñí mientras ella trataba de bailar—. Dame el bolso, vamos a necesitar dinero.

Busqué los veinte dólares que habíamos reunido entre las dos y empecé a sentirme mareada al no encontrar más que la barra de labios.

—¿Dónde está el dinero? ¿Qué has hecho con él?

—Ácido —balbució, y abrió mucho los ojos para mirarlo todo alrededor—. Alucinante.

—¡Dotty, mírame! —Le di un par de palmaditas en la mejilla para que me hiciera caso—. ¿Te has gastado todo nuestro dinero en LSD?

Su risita me revolvió las tripas. La dejé desmadejada en el bordillo y di un par de vueltas arriba y abajo para tranquilizarme. Tenía que pensar rápido, porque si la señora Baker entraba en la habitación y no nos veía allí pondría el vecindario patas arriba, mis padres se enterarían y me mandarían a un internado o algo peor.

Se me escaparon un par de lágrimas, pero me las limpié a manotazos. No era el momento de hacer un drama. Había más de seis millas hasta nuestra casa; necesitábamos una solución.

8. JC

La camarera del bar de Riverton me había dejado con una sonrisa en los labios después de una noche más para olvidar. La chica era atrevida, y que viviera en el apartamento de arriba de aquel tugurio me había ayudado a decidirme. Pero en cuanto habló de desayunar salí corriendo de la cama. Creí que lo había dejado claro antes de acompañarla: solo sería un revolcón o dos. Nada más.

Busqué una emisora con música animada para no quedarme dormido antes de llegar a casa, y cuando devolví la vista a la carretera me vi obligado a dar un volantazo. Había dos chicas en el arcén haciendo autoestop. Las conocía.

—¡Maldita sea! —Frené y di marcha atrás para comprobar que la falta de sueño no me estaba afectando.

Margot tiró de la mano de la rubia, que no parecía muy lúcida. Llevaban vestidos demasiado llamativos para dos niñas tan jóvenes, iban demasiado maquilladas y tenían aspecto de haber pasado la noche fuera.

—Gracias, gracias, gra… ¡Tú! —gritó Margot y dio un paso atrás.

—¿Se puede saber qué hacéis tan lejos de casa a estas horas? ¿Es que os habéis vuelto locas? —Ninguna respondió. Margot se miraba la punta de los zapatos, la rubia empezaba a palidecer—. Sé que me voy a arrepentir de esto, pero vamos, subid. No os puedo dejar aquí, en medio de ninguna parte.

El interior del Buick se llenó de la mezcla de sus colonias y del tufo a alcohol que desprendía la rubia. Margot se sentó a mi lado sin pronunciar ni una palabra, pero cuando me incorporé a la carretera la oí suspirar de alivio y yo también suspiré.

—¿Qué ha pasado?

—Dotty ha bebido mucho —murmuró.

—Sí, eso ya lo veo. —La aludida dormitaba en el asiento de atrás con la boca abierta—. ¿Y tú? ¿Has bebido?

—Solo un poco.

—Solo un poco, ¿eh? ¿Drogas? —Negó con la cabeza con demasiada efusividad. Ella tal vez no, pero su amiga iba hasta arriba. Lo noté nada más verla. Tenía las pupilas tan dilatadas que sus ojos parecían negros en vez de azules—. ¿Por qué no estáis en casa?

—Había una fiesta con chicos del instituto.

—¿Con alcohol y drogas? —me extrañé—. ¿Seguro que van al instituto?

Margot se encogió de hombros y echó un vistazo rápido a su amiga. Estaba asustada y no quería presionarla.

—¿Dónde os llevo?

—A casa de Dotty. —Memoricé las señas. Estaba muy cerca del parque de bomberos.

—¿Y vuestros padres saben que habéis ido a esa fiesta o esto es una de esas locuras de adolescentes? —Su forma de mirarme, cohibida, me dio la respuesta, pero en vez de enfadarme me reí—. Cuando te escapas para ir a sitios de mayores, debes estar segura de saber cómo regresar. Aunque lo mejor será que no volváis a repetirlo hasta que tengáis edad para salir de casa solas.

Mi reproche jocoso no le sentó bien. Se enderezó en el asiento y frunció el ceño.

—Lo teníamos todo planeado, no somos estúpidas. —Levanté una ceja ante la evidencia. Algo les había salido muy mal si estaban en una situación así—. Íbamos a coger el autobús, pero Dotty se gastó el dinero.

—Y pensaste que sería buena idea volver andando, ¿no?

—Alguien hubiera parado antes o después. No era tan descabellado, solo había que seguir la interestatal.

Solté un resoplido de consternación y negué en silencio. Eran dos inconscientes, les podría haber pasado cualquier cosa. Iba a insistir en ese hecho cuando la rubia se despertó pidiendo agua.

—Podrás beber toda la que quieras cuando llegues a tu casa, bonita.

Empezó a lloriquear y a balbucir incoherencias. Lo mismo se reía que se sorbía los mocos, igual miraba al frente con los ojos muy abiertos que dejaba caer la cabeza hacia delante en medio de una maraña de cabellos rubios. Tenía su gracia, no podía enfadarme con ellas. Yo también había vivido esa época de desafío constante a las normas.

—No hace falta que nos lleves hasta la puerta —dijo Margot, temerosa—. Puedes parar aquí.

—¿Tienes miedo de que os vean y se lo digan a vuestros padres? —Tragó con dificultad y miró hacia otro lado, pero le hice caso y detuve el coche—. Ya veo. ¿Tú también vives en este barrio?

—Ahí enfrente. —Señaló una bonita casa blanca con cuidados parterres y mariposas de papel colgadas de las ramas del viejo árbol del jardín. Era tan encantadora como ella—. Gracias por traernos. Estoy…, estamos en deuda contigo.

—Sí, gr-graciasss —murmuró Dotty.

A continuación, sufrió un espasmo y vomitó sobre el asiento trasero de mi precioso Buick GSX.

—¡Oh, no! —exclamó Margot. Se llevó la mano a la boca y abrió tanto los ojos que su expresión me recordó a un búho. Yo cerré los míos y pedí paciencia—. Lo limpiaremos.

—No hace falta —negué, resignado—. Ahora, salid del coche.

—No te enfades, por favor. Si me das algo con que limpiarlo, lo dejaremos todo como nuevo —insistió, mientras su amiga emitía pequeños ronquidos.

—No estoy enfadado, pero lo estaré si no os vais a casa ya.

—Es que no quiero que te quedes con una imagen así —se excusó, apenada, y me entraron ganas de decirle que estaba muy bonita cuando hundía los hombros y bajaba la mirada al regazo—. Haré lo que sea, JC, te lo prometo. Te compensaré, te daré lo que me pidas…

—Te compensará con su virginidad —balbució Dotty, de vuelta a la consciencia.

—¿Qué? ¡No! —gritó, y se sonrojó con intensidad.

Su inocencia era encantadora y su expresión de desconcierto me provocó una sonrisa que no pude disimular con nada. Apreté los labios para no reírme más mientras ella no atinaba con la manilla para escapar de semejante situación. No me miró mientras ayudaba a Dotty a salir del coche ni tampoco cuando cerró la puerta. Pero sí lo hizo antes de entrar en casa, y yo volví a sonreír.

No sé qué me pasaba con esa niña. Era inexplicable.

9. Margot

Una noticia terrible sacudió mi mundo y el de la música unos días después de aquella horrorosa fiesta en casa de David Porter: Jim Morrison acababa de sufrir un infarto en su apartamento de París. Su corazón se paró y para mí fue como perder un trozo de mi juventud.

—Es tan injusto. Primero Janice, luego Jimi y ahora nuestro querido Rey Lagarto —me lamenté con Dotty, que se había quedado al otro lado de mi ventana.

—Mis padres están muy afectados. Papá no ha dejado de mirar las fotos que se hicieron en el último concierto. Ya sabes cuánto lo admiraba.

Volví a poner The end en el tocadiscos y nos quedamos mirando el movimiento de las nubes durante un buen rato. No me podía imaginar un mundo sin él.

Dotty se encendió un cigarrillo al terminar la canción y se sacudió la pena con un par de profundas caladas. La noticia de la muerte de Morrison había sido el único motivo por el que le había abierto la ventana, pero después de compartir la tristeza y un par de canciones de nuestro ídolo, me parecía absurdo cerrarle la cortina como había hecho los días anteriores.

—Ya no estás enfadada conmigo, ¿verdad?

Sí que lo estaba, pero no tanto.

—Me dejaste sola, te acostaste con un chico, te gastaste nuestro dinero en ácido y le dijiste a JC que le compensaría con mi virginidad… Tengo motivos para estar cabreada un mes entero.

—Vale, vale, no me porté bien. Fui una irresponsable y te avergoncé. Lo siento, pero me perdonas. ¿A que sí? —Me dio un empujoncito que me hizo sonreír—. Además, te mueres por preguntarme cómo fue… eso.

—No es verdad —mentí. Quería saber hasta el último detalle de su primera vez—. Bueno, quizá un poco. Seguro que no fue para tanto.

—No, fue mucho mejor. —Me guiñó un ojo y se acomodó mejor en la ventana—. ¿Sabes ese lunar en forma de corazón que tengo aquí? —Se señaló bajo el pecho y yo asentí—. Pues lo volvió loco.

—Pero ¿loco mal? —pregunté, inocente.

—No, Margot. Loco bien.

El relato de su noche y de lo que experimentó en la habitación de invitados de la mansión de David Porter me provocó un cosquilleo por todo el cuerpo. Dotty no escatimó en detalles, algunos demasiado explícitos, y me imaginé cómo sería vivirlo en primera persona. Me sonrojé al pensar en JC haciendo y diciendo todas esas cosas sucias y medio perversas, y me removí incómoda por las sensaciones que me burbujeaban en el vientre y un poco más abajo.

—¡Vamos a ver al bombero! —propuso de pronto. Dio un salto y apagó la colilla.

—¡No! ¿Por qué? —Las mejillas se me encendieron. Me daba vergüenza verlo después de lo que había pasado.

—Le debemos una disculpa.

—Tú le debes una disculpa: vomitaste en su coche. Yo no le debo nada.

—¡Eh! A ti también te trajo a casa —señaló.

No tenía defensa para eso, pero no quería volver a hacer el ridículo delante de él y de sus compañeros. La última vez que estuve en el parque me prometí que no volvería a cometer el mismo error, pero Dotty tenía razón. Era justo que fuéramos a disculparnos.

Mi madre irrumpió en la habitación con el ceño fruncido y los utensilios de limpieza bajo el brazo.

—¿Eso que huelo es tabaco? ¿Estáis fumando?

—No, señora Addams —murmuró Dotty mientras aplastaba la colilla en la hierba bajo la ventana.

—Bien. —Me tendió un par de bayetas y un espray para muebles—. Limpia esto, por el amor de Dios. Y tú deberías hacer lo mismo, Dorothy. —Dotty sonrió y extendió la mano para recibir otro paño—. En tu casa, querida. Limpia en tu casa. Margot no irá hoy a ninguna parte hasta que esta habitación quede reluciente como un espejo.

—¿Y luego? —insistió Dotty y me guiñó un ojo con complicidad—. Habíamos pensado en ir a comer un helado.

—Luego tampoco podrá ser. La mujer del párroco ha pedido nuestra ayuda para la colecta de ropa usada y debemos ir a la iglesia.

—Pero mamá…

—¡«Pero mamá» nada! Tenemos un compromiso con la sociedad más importante que andar por ahí haciendo quién sabe qué. —Le dio la espalda a Dotty para que no la oyera y susurró—: Dios sabe que pasar tanto tiempo en compañía de Dorothy Baker no es bueno para el alma de una chica como tú. Despídete de ella y ponte a limpiar.

Desde que conocí a JC, ir a la tienda de ultramarinos a hacer la compra me producía una agradable inquietud. Los grandes ventanales donde se alineaban las cajas registradoras ofrecían una maravillosa panorámica de la entrada al parque de bomberos y de la actividad de los chicos en el exterior.

No había vuelto a ver a JC desde que nos recogiera en la carretera y me quedé embobada mirándolo jugar a baloncesto con sus compañeros, como si jamás en mi vida hubiera visto a un hombre sudado sin camiseta.

«En realidad no lo has visto nunca», pensé con la boca seca.

—Oye, si no vas a pagar, lárgate —me regañó la dependienta después de repetirme tres veces el total de la compra.

Solté el puñado de billetes arrugados, esperé el cambio sin apartar la mirada de la cancha de básquet improvisada y cargué las dos bolsas de papel repletas hasta arriba.

No había dado ni dos pasos en la acera cuando sus ojos coincidieron con los míos y las bolsas se me cayeron al suelo de la impresión.

—Oh, no, no, por favor. ¡Maldita sea! —mascullé—. Que no me haya visto, que no me haya visto…

—Creo que esto es tuyo —oí a mi espalda, y contuve la respiración.

Miré por encima del hombro, abochornada. JC había recogido uno de los botes de tomate, que había caído rodando calle abajo, y me lo ofrecía junto a una sonrisa deslumbrante. Había tenido el detalle de ponerse la camisa del uniforme, pero las gotas de sudor aún le resbalaban por la frente, y me quedé absorta en ellas hasta que chasqueó los dedos delante de mí.

Cogí el bote sin mediar palabra y cargué de nuevo con las bolsas.

—Decir «gracias» sería lo apropiado. —Abrí mucho los ojos. ¡Esas habían sido mis palabras cuando le llevé la lasaña! ¿Me estaba parafraseando? ¿Se estaba burlando de mí? ¿Cómo se atrevía?

—No hay por qué darlas —respondí muy digna, y emprendí la marcha con piernas temblorosas.

A JC debió de parecerle muy cómica mi actitud, porque soltó una carcajada y me siguió de cerca.

Oírlo reír me aceleraba el corazón.

—«Gracias por llevarnos a casa, gracias por no contárselo a nuestros padres, gracias por soportar que mi amiga te vomitara en el coche…».

Tenía razón, me estaba comportando como una tonta maleducada.

—Está bien. —Me detuve en seco y casi chocó contra mí—. Gracias por todo lo que hiciste. Y… lo siento.

—¿Qué es lo que sientes exactamente?

—Lo de tu coche. Fuiste muy amable al llevarnos, y nosotras… Bueno, Dotty…, ya sabes.

Le restó importancia con un gesto de la mano.

—No te preocupes por el coche: la mancha en la tapicería se quedará ahí para siempre, pero el olor se acabará yendo. —Si pretendía hacerme sentir mejor, no lo estaba consiguiendo—. Era mi deber ayudaros. De verdad que no pasa nada, Margot.

—Claro, tu deber…

—Es lo que hacemos los adultos responsables con niñas alocadas que no saben salir de los problemas en los que se meten.

Ya estábamos otra vez con lo mismo. Me ofusqué y, como era incapaz de contener mis reacciones, lo fulminé con una mirada entrecerrada. También levanté la nariz e hice ese gesto con la cabeza que hacía mi madre cuando se sentía ofendida.

—Adiós, JC.

—Venga, no te enfades. Deja que te ayude con eso. —Trató de cogerme las bolsas, pero me aparté y empecé a andar—. He acabado mi turno. Si esperas un minuto, puedo llevarte a casa.

—No, gracias. Sé caminar sola. Tengo casi diecisiete años, no soy estúpida.

—¿Tienes dieciséis años? —preguntó, pasmado, y retrocedió un paso. ¡Retrocedió!—. Eres… eres demasiado… pequeña.

¡Eso sí que me dolió!

—¡No soy pequeña! ¡Soy toda una mujer, por si no te has dado cuenta! Una niña no tendría unas tetas tan grandes y bonitas, ni un culo respingón como este, ni una piel tan suave. A los chicos de la fiesta les encantó mi piel —mentí. Utilicé lo que me había contado Dotty para defenderme. JC levantó las cejas—. Además, tú tampoco eres un hombre. Eres… eres… la mitad de un hombre. ¡Un mediohombre tonto!

Después de unos segundos de silencio en que solo se oyó mi respiración alterada, preguntó:

—¿La lasaña la hiciste tú de verdad?

—¿Qué? —Parpadeé varias veces sin entender.

—La lasaña. Dijiste que la habías hecho tú. ¿Es verdad?

—Sí, pero ¿eso qué…?

—Estaba muy buena —prosiguió. Sin previo aviso, me arrebató una de las bolsas y me animó a caminar—. ¿Qué más sabes cocinar?

Seguía desconcertada por el cambio de rumbo de la situación, pero JC parecía interesado y a mí se me olvidó por qué gritaba unos minutos antes. Me gustaba tanto la cocina… Me gustaba tanto él…

—Sé cocinar muchas cosas: guisos de verduras, estofados de carne, pasta italiana, pollo frito. Hoy haré costillas con miel y ensalada de col —presumí.

—Suena bien.

—¿Te gustaría probarlas? Mañana puedo llevarte un plato al parque. —Me sonrojé por el atrevimiento y porque sus ojos me miraron de una forma que me hizo sentir diferente—. Si no quieres, no pasa nada.

—No, es decir, sí, pero no creo que sea buena idea. —Era aún más guapo cuando parecía incómodo—. Tendrás que ir a clase, ¿no?

—No, ya estoy de vacaciones.

—Pues, en ese caso, tendrás cosas que hacer con tu amiga.

—¿Con Dotty? —Él asintió y yo respondí con un ademán—. Se va de viaje con sus padres y está ocupada con los preparativos.

—Vaya. ¿Se va mucho tiempo?

—Un par de meses. Van a viajar en furgoneta hasta San Francisco porque el padre de Dotty es artista y… —El interés de JC por mi amiga me hizo dudar—. ¿Por qué quieres saber si se va mucho tiempo? ¿Te interesa Dotty?

—Parece divertida, y es muy bonita. Me preguntaba si…

—Tiene la misma edad que yo. —En realidad, Dotty ya había cumplido los diecisiete, pero eso no tenía por qué decírselo—. ¿Ella no te parece una niña?

—Bueno, sí, supongo que sí, pero…

«Le gusta», resonó en mi cabeza y dejé de escuchar lo que JC estaba diciendo.

No podía reprocharle nada. Dotty era jovial, desbordaba simpatía y su belleza llamaba tanto la atención que cualquier otra chica desaparecía a su lado. Ella no le daba importancia a eso, ni siquiera se daba cuenta de que los hombres la miraban, pero yo sí lo veía. Nunca me había molestado hasta ese momento.

Bufé y le arrebaté la bolsa de la compra.

—Casi hemos llegado. Ya puedo yo. Gracias por acompañarme. Y no te preocupes, no iré a molestarte al parque con mis platos. Me ha quedado claro.

Chasqueó la lengua y puso una mano en mi brazo. El contacto me provocó un estremecimiento y me temblaron las piernas.

—Oye, Margot, no pienses que soy un desagradecido, ¿vale? Me caes bien, eres una buena chica y me encantaría ver todo lo que sabes cocinar, pero soy nuevo en la compañía y estoy a prueba. No puedo permitirme distracciones en el parque, ¿entiendes?

—Entiendo —respondí, y bajé la mirada al contenido de las bolsas.

—No, no lo entiendes. —JC resopló y se llevó la mano a la nuca en un gesto de desesperación—. Yo… tengo que concentrarme en el trabajo y tú… tú me distraes.

—Eso ya lo has dicho. Te distraigo. Vale. Me ha quedado claro: no volveré al parque.

Iba a tener que hacer un registro de las miradas de JC. La que me lanzó en aquel instante estaba cargada de electricidad y de algo que me acarició muy adentro.

—Mira, ¿sabes qué? Quiero probar esas costillas con miel y la ensalada de col. Se me hace la boca agua solo de pensarlo.

—¿En serio? —Volví a experimentar el burbujeo en el estómago y noté el rubor que me teñía las mejillas.

—En serio. Pero si no estoy allí cuando llegues, no me esperes, ¿vale? Le dejas la comida a la secretaria del jefe y ella me la dará. ¿Te parece bien?

Lo estaba haciendo para contentarme, como cuando nuestros vecinos de al lado dejaban que su hijo pequeño manejara la máquina cortacésped después de una rabieta. Solo era una forma de no hacerme sentir mal.

—No tienes que hacer esto.

—¿El qué? ¿Asegurarme de tener una suculenta comida en la mesa?

—No sabes si será suculenta. Ni siquiera sabes si te gustará.

—Oh, cariño, ya lo creo que me gustará.

Se me tuvo que iluminar la cara después de ese «cariño», porque a él le nació una enorme sonrisa y me guiñó un ojo para rematarlo.

No sabía cómo iba a explicarle a mi madre lo del exceso de comida, pero valdría la pena una mentira más.

Por él valdría la pena cualquier cosa.

10. JC

¿Qué iba a decirle? Esa chica tenía unos ojos tan expresivos que no había podido resistir su mirada decepcionada.

«Es un problema».

No quería perder el tiempo con ella, tenía cosas mejores en las que centrarme, pero cuando me dijo que tenía unas tetas bonitas dejé de respirar. Desde entonces, no había podido pensar en otra cosa. No eran tan grandes como presumía. Eran pequeñas pero firmes, y, a pesar del sujetador, se le marcaban unos pezoncitos de lo más apetecibles. Me los imaginé del color de las cerezas maduras y tan dulces como un baño de almíbar…

—¡Joder! ¡Tiene dieciséis años! —me reprendí a mí mismo en un susurro.

Pero recordar constantemente su edad no me impidió ponerme duro. Yo tenía veinte, no era un joven imberbe. ¡Ya sabía cómo eran unas tetas! Y sin embargo…

—Maldita sea…

Cambié de postura en el camastro del parque e intenté conciliar el sueño. Otra noche más de guardia.

—¿No puedes dormir, novato? —me preguntó Charlie desde la litera de arriba—. Ten, coge esto. Te entretendrá un poco.

Me tiró una revista y resoplé al ver de qué se trataba.

«Estupendo, lo que me faltaba».

En la portada había una chica con grandes pechos y unos labios muy sensuales en una posición muy sugerente. Llevaba un pequeño corsé de encaje que no dejaba nada a la imaginación y se mantenía sobre unos zapatos de tacón que desafiaban a la gravedad. Podría haber sido el remedio a mi frustración sexual, pero no hizo más que agravar el embrollo de pensamientos que me tenían despierto a aquellas horas de la noche. Porque donde había una modelo sexy yo veía a una jovencita pícara, donde había una boca sensual yo veía unos labios tiernos que nadie había besado, donde había maquillaje yo veía auténtico rubor en unas mejillas que aún no habían perdido la inocencia.

—¿A que te pone a cien, chico? —se interesó Charlie—. Eso sí es una mujer.

Le sonreí de medio lado para que me dejara en paz y fingí un bostezo.

Si cerraba los ojos, podía ver a Margot mordiéndose el labio, ajena a lo que eso me provocaba. ¡Hasta le había preguntado por la lasaña con tal de que dejara de hacerlo! Lo malo era que oírla hablar de comida me excitaba, joder, me aceleraba el pulso de una manera muy absurda.

«Tiene dieciséis años, JC, es una mocosa. Céntrate».

Centrarme, eso era lo que debía hacer. Mi padre me estaba presionando, quería averiguar todos los detalles sobre mis progresos en el parque; tenía contacto directo con mi capitán y estaba al corriente de cada movimiento que hacía. Era asfixiante, pero lo hacía por mi bien. Si se enteraba de que perdía horas de sueño por pensar en una niña, me pondría a cargar mangueras cada segundo de mi tiempo libre.

Tenía que dejar de pensar en Margot, pero me moría por saber con qué plato me sorprendería al día siguiente y cómo de cortos serían sus pantalones.

11. Margot

—Pastel de pescado y flan de huevo con canela y limón —anuncié orgullosa mientras dejaba sobre la mesa los recipientes con la comida—. He traído un mantelito y una servilleta a juego.

Extendí el retal de lino delante de él y le guiñé un ojo, coqueta. Sus compañeros se reían a hurtadillas y no dejaban de hacer bromas a nuestra costa, pero yo sabía que se morían de envidia. Incluso salivaron cuando les llegó el delicioso aroma del postre.

—Esto no es necesario. Te lo dije ayer y anteayer, y cada uno de los malditos días que has venido al parque —gruñó—. Si quieres traerme la comida, perfecto, pero nada de manteles, nada de servilletas y nada de servirme como si fueras una maldita geisha. ¡Para ya!

Me apartó a un lado, cogió los platos y fue a sentarse a la mesa con el resto de sus compañeros. Algunos le palmearon el hombro, otros se mofaron de él.

Tal vez tuviera razón. Me había tomado demasiado en serio lo de prepararle todas aquellas exquisiteces, pero ¿se me estaba yendo la cabeza con tanta entrega?

La alarma del parque eligió ese preciso momento para resonar por los altavoces y todos, al unísono, arrastraron las sillas y se pusieron en pie. JC ni siquiera me miró. Me quedé en medio de aquella sala, con la servilleta retorcida entre los dedos, observando cómo desaparecían para cumplir con su deber. ¿Siempre sería así? ¿A cualquier hora? ¿En el momento más inesperado?

No podía ponerle nombre a lo que sentí. Fue una presión en el pecho, un nudo en la garganta, una sensación de pérdida, todo a la vez. Bajé la mirada a las manos porque se habían puesto a temblar sin que yo les hubiera dado permiso y, luego, me fijé en su plato, en la comida que con tanto esmero había cocinado para él. El pastel estaba desparramado en la mesa y alguien había destrozado la forma perfecta del flan al hincar un tenedor. El picor de las lágrimas me hizo parpadear para contenerlas.

«Es su trabajo, Margot —me dije—. Tendrás que acostumbrarte».

De pronto, JC entró corriendo en la sala y cogió un trozo del pastel de pescado con la mano. Sin detenerse siquiera, le dio un buen mordisco, lo saboreó con los ojos cerrados y me sonrió. A mí. Me sonrió con la boca llena, y lo supe.

Era él.

Era el amor de mi vida.

12. JC

Volví al bar de las afueras de Springfield un par de días más para echar un polvo rápido con la camarera. Era una mujer de treinta años que no veía en mí más que un buen rato y unos cuantos orgasmos liberadores.

Una noche, mientras esperaba a que se fuera la clientela, un grupo de músicos, cargados con sus guitarras, entró en el bar seguido de unas cuantas groupies. Debían de ser habituales del lugar, pues el camarero los saludó con un corto abrazo, les sirvió unas cuantas cervezas y los invitó a chupitos de whisky barato.

No les presté más atención hasta que oí la risa de una de las chicas que acompañaban al grupo. Era Dotty.

La observé durante más de media hora: reía, bailaba, se mostraba completamente desinhibida con los tres tipos que la rodeaban. Debían de rondar la treintena. No le quitaban las manos de encima, y ella disfrutaba con las atenciones, pero entre ellos se miraban como si estuvieran tramando algo, y se me revolvió el estómago al pensar cómo acabaría la noche si no intervenía de inmediato.

—¡JC! —exclamó al verme—. ¿Qué haces tú por aquí?

—Eso mismo me preguntaba yo. —Se tambaleó sobre los tacones y se rio demasiado fuerte. Estaba algo más que achispada—. Deberías estar en casa con tus padres.

—Mis padres han ido a un concierto. Vendrán a recogerme cuando acabe —mintió—. Ahora estoy con mis amigos. Tienen un grupo que es lo más.

Uno de ellos levantó el mentón a modo de saludo, pero lo ignoré. Cuando vi que se acercaba a nosotros, tiré de Dotty hacia la salida.

—Vamos, te llevaré a casa.

—¡No! —Se soltó y retrocedió sonriente—. Entra a tomarte una copa conmigo. Tú invitas.

—No voy a invitarte a una copa ni vas a beber nada más. Apenas puedes mantenerte recta. —La sujeté cuando se inclinó hacia un lado y reposó la cabeza sobre mi pecho. El exceso de maquillaje mezclado con el sudor me dejó una colorida mancha en la camiseta—. Venga, es hora de irse.

—No quiero ir a casa —lloriqueó.

—Ya me lo imagino, pero es mejor que quedarte aquí.

—¿No tienes miedo de que te vomite en el coche otra vez?

—Me da más miedo lo que podría pasarte si te dejo con esa gente.

Dejó escapar una risilla y se aferró con las dos manos a mi antebrazo mientras íbamos de camino al aparcamiento.

—¿Y no temes lo que pueda pasar si dejo que me lleves? —preguntó, melosa.

Estaba flirteando conmigo. Tenía un tono de voz ronco muy seductor y unos labios rojos y atrayentes, como una fresa madura. Llevaba un vestido de figuras geométricas demasiado corto y escotado, y sus pechos, a diferencia de los de Margot, sí eran abundantes, como dos melones.

—No va a pasar nada. —Le abrí la puerta del Buick y le indiqué que subiera con un movimiento de cabeza—. Adentro.

Refregó su cuerpo con el mío y no le importó que el vestido se le subiera al sentarse. Dejó que viera el vértice entre sus piernas, cubierto de encaje amarillo, y se lamió los labios para recalcar la invitación.

Cerré los ojos y respiré hondo un par de veces antes de rodear el coche y ocupar mi sitio. Mi sentido de la responsabilidad se había convertido en un serio problema. Lo supe en cuanto vi cómo Dotty se acercaba hasta quedar pegada a mí.

—Nunca te di las gracias por llevarnos a casa el día de la fiesta —ronroneó, y su dedo trazó círculos sobre mi rodilla—. Tampoco te pedí disculpas por vomitar ahí detrás.

—Margot se encargó de los agradecimientos y las disculpas. No te preocupes. —Le aparté la mano y arranqué el coche—. Ponte el cinturón.

—A Margot le gustas, ¿sabes? —Continué con la vista al frente. Cada vez tenía el vestido más arriba y me estaba poniendo frenético—. Y a mí también me gustaste desde el primer momento.

—Me halagáis, pero creo que deberíais fijaros en los chicos de vuestra edad y hacer solo lo que se espera de las adolescentes.

Dotty emitió una risa cantarina y su mano se deslizó hasta mi entrepierna. Di un volantazo y me detuve en el arcén de la interestatal.

—Pero ¿qué estás…?

Su boca acalló mis protestas. Con un rápido movimiento, se subió a horcajadas sobre mí y presionó sus pechos contra mi cara. Deslizó los tirantes del vestido y se aferró a mis manos para que la tocara. Juro por Dios que intenté recuperar el control, que le pedí que parara, que intenté quitármela de encima, pero no lo conseguí. Me rendí a ella por unos segundos, le devolví los besos con furia, mis dedos se aferraron a su culo y la oí gemir. Se retorció entre mis brazos, me mordió el labio inferior, me sujetó la mano sobre uno de sus pechos para que sintiese la excitación de sus pezones y se contoneó para que el deseo me poseyera. Una curiosa mancha de nacimiento bajo el pecho me llamó la atención. Tenía forma de corazón y era irresistiblemente apetecible.

—¿Quieres comprobar si es de verdad? —Su mano se aferró a mi nuca y me acercó la marca a los labios hasta que el pezón me rozó la nariz—. Bésala, JC. Te mueres por hacerlo.

Solo tardé un instante en reaccionar. La cogí de las axilas y la aparté hasta dejarla lo más alejada posible.

—¡No vuelvas a hacer eso! —la reprendí. Me pasé las manos por el pelo y la fulminé con la mirada al ver que se acercaba de nuevo—. Ni se te ocurra moverte de ahí. ¡Y cúbrete, por favor! Lo último que necesito es que pare alguien y te vea así. ¡Tienes dieciséis años, joder!

—Tengo diecisiete —me rectificó—. Y me deseas. Te has empalmado al besarme, te mueres por hacerme el amor, ¿cuál es el problema? Hagámoslo, disfrutemos. No soy tan inocente como Margot. Ella es dulce y buena, yo soy salvaje y no me asusta el sexo. Venga, JC, nadie lo sabrá. Solo tú y yo.

Era tentadora, y si hubiera sido otra clase de hombre me hubiese rendido a sus encantos. Pero, por mucho que mi cuerpo deseara poseer a esa jovencita rebelde, mi mente no podía consentir algo semejante.

Arranqué el coche y me incorporé a la carretera desierta con un chirriar de ruedas que dejaba clara mi postura. Dotty protestó y me pidió que la llevara de vuelta al bar con sus amigos, pero no iba a complacerla de ninguna manera.

—No sé por qué te pones así. El sexo solo es sexo y Margot no se enterará.

—Deja a Margot fuera de esto. No tiene nada que ver con ella.

—Yo creo que sí. Te gusta, ¿verdad? —Ignoré la pregunta y mantuve la vista al frente—. Claro que te gusta. No quieres hacerle daño. Es muy bonito por tu parte, pero ¿qué hay de lo que tú quieres? Ella no te lo va a dar. No está preparada.

—¿Y tú sí? —Bufé—. Eres igual de niña que ella.

—Yo ya sé lo que le gusta a un hombre y Margot no. Si me dejas que te lo enseñe…

Le aparté la mano una vez más.

—Pensé que era tu mejor amiga.

—¡Y lo es! Pero estamos en 1971, somos jóvenes, libres, el sexo es maravilloso. ¡La vida es maravillosa! ¡Hagamos el amor, JC! No tiene que enterarse de lo nuestro.

—No hay un «lo nuestro», Dotty. No existe, que te quede claro. —Detuve el coche a un par de casas de la suya—. Lo que ha pasado ha sido un error y no volverá a repetirse de ninguna forma.

Se quedó en silencio unos segundos en los que pensé que se bajaría del coche, pero nada más lejos de sus intenciones.

—Eres un soso —gruñó de una forma muy infantil—. Y un aburrido. Me pregunto qué diría Margot si le dijera que me has besado y te has vuelto loco manoseándome.

—¿Quieres hacerlo? ¡Bien! Hazlo. Ahora, baja del coche y vete a dormir.

Fui muy brusco, lo reconozco. Incluso la aplasté un poco al abrirle la puerta para que saliera cuanto antes. Pero tenía motivos para serlo. Esa pequeña arpía pretendía manipularme y me amenazaba con contarle a Margot lo que había pasado. ¡Como si a mí me importara lo que pudiera pensar Margot!

Recosté la cabeza en el asiento y suspiré. Hubiera dado cualquier cosa por retroceder en el tiempo y tomar el camino a mi casa en vez de ir a aquel bar.

—No voy a contárselo —susurró antes de salir—. No quiero hacerle daño. Ni a ti tampoco.

—Muy considerada —ironicé, y ella se rio.

—Sois tal para cual. —Salió del coche haciendo equilibrios sobre los zapatos, cerró la puerta con suavidad y se apoyó en la ventanilla—. Será perfecta para ti cuando se suelte un poco. Y tú serás perfecto para ella cuando dejes de mirarla como a una niña. Estoy convencida.

13. Margot

Dotty se marchó de vacaciones el 12 de julio, con la salida del sol.

Nos despedimos la noche anterior como si no fuéramos a volver a vernos, y volvimos a hacerlo por la mañana antes de que su padre hiciera sonar el claxon de la furgoneta con la que iban a cruzar el país.

Hubiera dado todo lo que tenía por ir con ella, por descubrir mundo, por acompañarla en las aventuras que la esperaban en la carretera, por salir de aquel barrio de Springfield que empezaba a quedárseme pequeño.

—Prométeme que me escribirás —le pedí sin dejar de llorar.

—Prométeme que te divertirás sin mí.

Juramos que seríamos fieles a nuestras promesas y sellamos el compromiso de amistad con lágrimas, aunque en realidad no sabía si podría cumplir mi palabra. ¿Qué iba a hacer yo todo el verano sin ella?

—Margot… Tengo que decirte una cosa. —Dotty bajó la mirada a sus manos y sentí su congoja muy dentro de mí—. Es sobre JC.

—¿Sobre JC? —Me dio un vuelco el estómago sin ningún motivo. Ella y yo hablábamos de JC a todas horas, no debería extrañarme. Y, sin embargo, me recorrió una sensación preocupante—. ¿Qué pasa con JC?

—¡Vamos, Dotty! ¡Tenemos que irnos! —gritó la señora Baker.

La prisa de su madre la hizo reaccionar y su rostro confuso se convirtió en sonriente.

—Es soso y aburrido, pero tú puedes cambiar eso.

—¿Cómo? Si no estás, yo no me atreveré…

—Sigue cocinando para él —me aconsejó en un susurro al oído—. Mi madre dice que a los hombres se les conquista con una buena comida, y mi padre siempre asiente y se ríe como un bobo cuando lo oye. Por algo será, ¿no?

—Es que tu madre cocina muy bien. Es normal.

—Tú también. Haz que se muera de ganas de ti y lánzate, Margot. Invítalo a que pruebe tu lado dulce y tus partes saladas.

Nos sonrojamos, reímos y lloramos al mismo tiempo. Nos abrazamos y nos besamos y volvimos a hacer promesas tontas con tal de alargar el instante unos segundos más.

—Solo serán dos meses, chicas. Volveréis a veros en septiembre —nos recordó su padre.

Pero decir adiós no era fácil. Las despedidas tenían el mismo regusto amargo que una tarta de bergamota. Se pegaban al paladar y tardaban en desaparecer.

14. JC

A Margot le gustaba esperarme a la sombra del viejo roble que había a la entrada del parque. Siempre traía varias fiambreras repletas de deliciosas elaboraciones y se sentaba a leer hasta que llegaba la hora de comer o de cenar, según el turno.

Los chicos se habían acostumbrado a ella y habían dejado de gastarme bromas a su costa, menos cuando soltaba alguna de sus ocurrencias. Hasta el capitán tenía que contenerse para no estallar en carcajadas.

Yo me resistía a ella. Me sentaba a su lado, me comía sus platos en silencio y la escuchaba parlotear sin cesar hasta que llegaba el momento de continuar con mis tareas o de salir a atender alguna emergencia. Cada vez que la miraba, con esos ojos oscuros enormes, con esos labios tan apetecibles y esas blusas que se le pegaban a los pechos, me venía la imagen de Dotty en el coche y la sangre me hervía. Si hubiera sido Margot, no hubiese podido detenerme.

«Tiene dieciséis años, recuérdalo. Es una niña, tiene dieciséis años, JC».

Pero era complicado recordarlo. Ella no se daba cuenta del efecto que causaba en mí; se reía, se apartaba el pelo con la mano, se tocaba el cuello con descuido, y yo fingía que solo era una muchacha parlanchina que llenaba los minutos de historietas de adolescente. Fingir era una tortura, porque, en realidad, me moría por ser yo quien le apartara el pelo, quien le acariciara el cuello y quien la hiciera reír. Y eso, por extraño que pudiera parecer, me enfurecía.

La primera vez que la abracé, sentí algo muy extraño.

Había dispuesto el mantel sobre la pequeña parcela de hierba a espaldas del edificio y habíamos improvisado una merienda tipo pícnic. Estaba eufórica, había recibido la primera carta de Dotty y me leyó algunos fragmentos en los que le hablaba de los lugares tan curiosos que estaba visitando con su familia y de los hippies con los que iban. Se me detenía el corazón cuando se quedaba callada y leía en silencio. A veces fruncía el ceño y negaba con la cabeza, otras me miraba por encima de los papeles y se ruborizaba.

Estaba claro que había partes de aquella carta que hablaban de mí, y yo cruzaba los dedos mentalmente para que Dotty cumpliera con su palabra y no le contara a Margot lo que pasó.

—Hogueras bajo las estrellas, bailar con la luna, ver salir el sol por el horizonte… Ojalá hubiera podido ir con ella, ojalá mis padres fueran como los suyos.

—¿Qué tienen de malo tus padres?

—Son insoportables, no me dejan hacer nada.

—No me lo creo —discrepé—. Vienes aquí todos los días sola, sales con tus amigas, tienes dinero para comprarte discos y refrescos…

—Pero yo quiero viajar, descubrir el mundo, explorar… cosas nuevas. —Se le colorearon las mejillas y cogí aire poco a poco para calmarme—. En octubre cumpliré diecisiete, el año que viene me graduaré y solicitaré una plaza en la universidad de Nueva York. ¡No puedo llegar allí sin haber vivido! Quiero ser como Dotty: atrevida, seductora, traviesa…

—No tienes que ser como Dotty, Margot. Ella es como es y tú eres tú.

Bajó la mirada al trozo de servilleta que retorcía entre los dedos y su voz sonó triste.

—¿Y cómo soy?

Me acababa de meter en un lío.

—Eres divertida, inteligente, servicial. —Resopló y puso los ojos en blanco—. ¿Qué? Eres atenta y despierta y, a veces, no mides las palabras, pero eso te hace más graciosa.

—¿Qué quiere decir que no mido las palabras? —se ofuscó.

—Pues que dices lo primero que te viene a la cabeza. Como cuando le sugeriste a Charlie que fuera al médico para tratarse lo de las ladillas.

—¡Es que no dejaba de rascarse todo el rato!

—O cuando felicitaste al capitán por el embarazo de su mujer.

—¡Dios mío! Eso fue horrible. Pero es que su esposa tiene una barriga tan grande…

Reí de nuevo al recordarlo. Fue una metedura de pata desternillante.

—¿Lo ves? Eres una chica muy graciosa.

—Pero yo no quiero ser graciosa, quiero ser atractiva, seductora, peligrosa. Quiero que los chicos me miren como miran a Dotty. ¿Sabes cómo te digo?

Sí, tenía una ligera idea de lo que decía, y no me gustaba. Margot era demasiado inocente para parecerse a su amiga.

—A mí me gustas así, ¿eso no vale?

Puede que lo dijera por salir del compromiso o puede que fuera cierto, pero en cuanto las palabras salieron de mi boca me di cuenta de que no había sido una buena idea. A Margot se le iluminó la mirada y el rubor volvió a teñirle las mejillas. Se mordió el labio inferior y tomó impulso para abrazarme. Fue la primera vez que mantuvimos un contacto tan estrecho, la primera vez que la tuve entre los brazos, que le olí el pelo, que le rocé la piel de la cintura con los dedos. Fue la primera vez que sentí el deseo de tenerla, de desnudarla y de enseñarle lo que era el placer.

«Dieciséis, JC. Dieciséis».

Al final, resultó un abrazo incómodo, no solo por la postura forzada, sino por lo que desencadenó.

—Te has quedado muy callada. ¿Qué pasa? —le pregunté para disimular que a mí también me había afectado un contacto tan directo. Se encogió de hombros y jugueteó con las briznas de hierba que había bajo el árbol—. ¿Cuál es el problema?

—No hay ningún problema.

—¿Entonces? ¿A qué viene esa cara? —Picoteé del emparedado de carne que me había traído para merendar y bebí de mi refresco sin apartar la mirada de ella—. Cuéntamelo.

—Vale, pero no te rías, ¿de acuerdo? —Hice un gesto sobre el corazón en señal de promesa—. Graciosa, divertida, sin filtro, inocente, atenta, despierta, pero no has dicho ni una sola palabra de las que importan. ¿Te dejarías seducir por mí?

¡Joder! El bocado se me quedó atascado en la garganta y el acceso de tos por poco me mata. Margot me golpeó la espalda con suavidad, pero su contacto me quemó la piel por encima de la camisa del uniforme. En esos momentos, prefería tenerla lejos.

—¿Estás bien? —se preocupó—. No deberías comer tan rápido.

«Y tú no deberías preguntar esas cosas. ¡Eres una cría!», quise gritarle.

—¿Por qué…, por qué quieres saber si…?

—Por curiosidad. Mis amigas hablan de seducir a todas horas. Y hablan de sexo, de lo que hacen con los chicos, de lo que sienten, de cómo enloquecen…

—¿Con dieciséis años?

—Algunas ya tienen diecisiete. Me gustaría tanto ser como ellas…

—No tienes que ser como las demás. Tienes que ser tú misma.

—Sí, pero ellas ya han estado con chicos y a los chicos os gustan las chicas que ya han…, que ya han…, eso, ya sabes.

—También nos gustan las chicas dulces e inocentes como tú.

—¿Te acostarías con una chica dulce a inocente si te lo pidiera?

—Bueno, si me sintiera atraído por ella y se dieran las circunstancias…

Me di cuenta demasiado tarde de que aquello era una trampa y de que yo había caído en ella con todo el equipo.

—¿Te acostarías conmigo?

Me pasé las manos por el pelo, desesperado. Hubiera sido un alivio que la alarma del parque sonara en ese instante, pero no hubo suerte. Ella seguía esperando una respuesta. Tenía los ojos expectantes, y los labios hinchados de las veces que se los había mordido mientras se planteaba si hacer o no la pregunta.

¿Cómo era posible que me hubiera metido en semejante lío?

¿Cómo era posible que se me pasara por la mente la idea de decir que sí?

«Me acostaría contigo ahora mismo».

—No deberías ir por ahí haciendo esas preguntas, Margot. No es propio de una chica decente. —Me levanté con agilidad y me sacudí los pantalones—. Será mejor que vuelva a…

—A las chicas decentes también les gusta el sexo. Además, ya sé cómo es vuestra cosita.

—¿Nuestra cosita?

Señaló mi entrepierna y volví a toser.

—El padre de Dotty iba desnudo por su casa a veces y su madre nos contó qué pasaba entre un chico y una chica. No creas que soy una tonta.

—Sé que no lo eres.

Pero sí era inocente, y su falta de filtro podía meterla en serios problemas.

—¿Vosotros también sentís las cosquillas aquí?

Se llevó la mano a la parte baja del vientre y maldije. ¿Cosquillas? Lo que yo notaba no eran cosquillas, precisamente. Eran pisadas de elefante que me recorrían el cuerpo. El placer podía ser muy doloroso.

—Me niego a hablar de esto —murmuré—. Creo que será mejor que te vayas. Te estarán esperando en casa.

Se resignó con un pequeño suspiro que me incendió más por dentro. Estaba a punto de explotar, de hacer una locura, de buscarme la ruina. Estaba a punto de abalanzarme sobre ella y demostrarle lo que pasaba de verdad cuando un hombre le hacía el amor a una mujer.

—Mis padres se van mañana a un congreso de comerciales —comentó mientras recogía los restos de la merienda—. A lo mejor te gustaría venir cuando acabes tu turno.

«¿Qué?».

Me quedé mirándola como si no hubiera entendido nada de lo que había dicho, como un bobo. Margot me estaba invitando a pasar la tarde en su casa, con ella, a solas. «¡No, no, no!». Después de la conversación que acabábamos de tener, me vinieron a la mente un millón de imágenes de lo que podría suceder y no supe cómo reaccionar ni qué decir. Titubeé unos segundos, pero fueron suficientes para que ella lo entendiera.

—Está bien, no pasa nada.

¿Por qué siempre me sentía tan mal cuando adoptaba ese tono dócil y afligido? ¡Yo no había hecho nada malo! Al contrario, trataba de protegerla.

Me quedé muy quieto mientras ella se alejaba del parque con aquel contoneo de caderas que hacía volver la mirada a cualquiera.

—La tienes en el bote, novato. —Bernard Campbell, el cincuentón de la compañía, me rodeó con el brazo y silbó con admiración—. Ojalá mi mujer viniera a traerme la comida vestida así. ¿Qué digo? Ojalá mi mujer fuera así. Tienes suerte.

—Es una chiquilla —repetí, como tantas otras veces.

—Una chiquilla que te tiene loco. —Se rio muy fuerte y llamó la atención del resto, que no tardaron en acercarse—. El novato dice que la chica es una niña, pero tiene la polla más tiesa que un Halligan.[1].

—Ella es una niña, tú eres un niño… Podéis jugar a las casitas juntos, ya me entiendes.

Gavin Ross hizo un gesto obsceno con la mano al que siguieron muchas carcajadas.

—No es una niña, Gallagher, es una señorita —dijo Barry O’Connors—. Solo es cuatro años menor que tú. Invítala a salir, bésala y disfruta de la vida, chico.

—¡Sí, eso, bésala! —gritó Charlie.

—Cásate con ella, novato —me sugirió Campbell—. Una mujer que cocina así bien vale el sacrificio del matrimonio.

—Yo no me casaré nunca —sentencié, cabreado. Otra vez era el centro de atención.

—Bobadas, ya te darás cuenta de lo importante que es tener a alguien al lado, sobre todo si es capaz de levantarte el ánimo como esa chica.

—¡El ánimo y otras cosas! —voceó de nuevo Charlie.

Volví al interior del parque en cuanto comenzaron a hacer comentarios obscenos sobre las curvas de Margot. No quería oírlos. Por alguna razón, me afectaban demasiado.

Ella me afectaba demasiado, y la única forma de solucionarlo era poniendo fin a sus visitas al parque.

[1]. Herramienta especial usada por los bomberos y las fuerzas policiales. (N. de la A.)

15. Margot

Me dijo que no quería que le llevara más la comida, pero no me dio ninguna explicación. El miércoles cuando fui al parque no estaba, pero había dejado una nota para mí. ¡Una nota!

«No puedes venir más. Espero que lo entiendas».

¡Pues no! No lo entendía. ¿Había hecho algo mal? ¿Su reacción se debía a mi pregunta sobre seducirme? No, no podía ser eso. JC me miraba igual que se miraban los padres de Dotty antes de desaparecer entre risitas. Eso tenía que significar algo, ¿no?

—Margot, tus amigas están en el jardín esperando —anunció mi madre.

Después de cuatro días encerrada en casa dándole vueltas a la maldita nota de JC, había decidido salir a dar una vuelta con algunas chicas del instituto. Me las había encontrado en el súper y habían propuesto ir a la feria de Washington Park.

Las ferias eran los lugares más espectaculares y maravillosos del mundo. Los olores, los colores, las luces, el ambiente, todo era como un estallido de emoción que te impregnaba de ganas de vivir. Mirase donde mirase, se me llenaban los ojos de ilusiones, quería probarlo todo, montar en todo, participar en cada tómbola y llevarme a casa uno de esos osos de peluche que solo conseguían los muchachos que tenían mucha puntería.

—¿Por dónde empezamos? ¿La noria? —pregunté a las chicas.

—¿La noria? —repitió Bethany con estupor—. A la noria solo suben las parejas para meterse mano.

—¡Oh, vaya! —dudé, pero mi entusiasmo no decayó ni un poquito—. Pues vayamos a eso que sube y baja. Parece divertido.

Roxanne y Alison se rieron como si hubiera algo que yo no supiera.

—Las atracciones son para los niños, Margot —me explicó Tanya, la única que ya había cumplido los dieciocho—. No hemos venido a subir al carrusel ni a comer manzanas de caramelo.

—¿No? Entonces…

Roxanne y Bethany enlazaron los brazos con los míos y me arrastraron hasta la pista de los autos de choque, donde un grupo de chicos nos recibieron con amplias sonrisas. Los había visto en el aparcamiento del instituto de Dotty en alguna ocasión, eran un par de años mayores que nosotras. Eran de familias de clase alta, de las que vivían en la zona de Ginger Creek, vestían a la última y se pasaban todo el verano fumando y bebiendo.

Antes de darme cuenta de lo que mis amigas se traían entre manos, ya me habían emparejado con uno de ellos. Se llamaba Eugene y le olía tanto el aliento a cebolla que retrocedí cuando se acercó para besarme en la mejilla.

—¿Quieres que subamos a la noria?

«A la noria solo suben las parejas para meterse mano».

—Tengo miedo a las alturas —mentí.

—¿Y al túnel del terror? —insistió—. Conmigo no tendrás miedo.

Bethany me animó a ir con él con un gesto de la cabeza mientras ella se abrazaba a la cintura del chico más alto del grupo.

—Es que luego tengo pesadillas —rehusé. No era mentira, tenía miedo a la oscuridad.

—Podemos ir a dar un paseo fuera de la feria.

Levantó las cejas, sugerente, y busqué una excusa rápida. Un paseo fuera de la feria era lo mismo que subir en la noria.

—Es que… yo…

Dudé demasiado y Eugene se dio cuenta de que mi problema no era el paseo sino él.

Me quedé sentada en el banco de los autos de choque mientras el chico se marchaba enfadado y las demás parejas se iban cada una por un lado. Los colores, los sonidos, los olores y las sensaciones de la feria me parecían ahora tan ridículos como absurdos. Quería irme a mi casa, pero tenía que esperar a que los padres de Alison vinieran a por nosotras para volver.

De repente, un coche de la atracción chocó frente a mí, muy cerca de mis pies.

—¡Eh, un poco de…!

No terminé la frase. JC me miraba desde un brillante cochecito rojo con una media sonrisa de esas que me aceleraban el pulso y los pensamientos. Llevaba una camiseta blanca de manga corta y unos vaqueros, como la mayoría de los chicos, pero en él todo era mejor.

—Vamos, sube.

Palmeó el asiento a su lado y no me lo pensé. Ni siquiera me acordaba de los cuatro días tan tristes que había pasado en casa por su culpa.

—¿Qué haces aquí? —quise saber. No parecía el tipo de chico que iba a la feria los domingos.

—Vivo cerca y me gusta el ambiente. Hoy ha sido un día duro en el parque y no quería irme a casa tan pronto. ¿Y tú? ¿Qué hacías ahí sola?

Chocamos una y otra vez contra todo lo que se nos acercaba. Era lo que ocurría cuando te dejaban al mando, pero no tenías ni idea de conducir.

—He venido con unas amigas, pero habían quedado con unos chicos y se han ido.

—¿Y tú no has quedado con nadie?

Puso las manos sobre las mías para mover el volante y gracias a eso no chocamos de frente contra el borde de la pista. El tacto cálido y el roce de sus dedos me provocó un estremecimiento que no había sentido nunca, algo eléctrico y muy placentero, algo que me cerró los ojos y me hizo contener el aire más tiempo del normal.

—Había un chico. Le olía el aliento y quería que me subiera con él a la noria. ¡Como si no supiera a qué suben las parejas a la noria! —alardeé, y él se rio con esa carcajada profunda que le nacía de muy dentro.

Dios mío, esa risa era una melodía de amor para mi pobre corazón.

Se nos acabaron las fichas de los coches de choque y me invadió una oleada de vergüenza en cuanto abandonamos la atracción. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Me iba a quedar sola de nuevo? ¿Se quedaría JC conmigo hasta que apareciera Alison?

—¿Quieres un algodón de azúcar? —me preguntó al pasar delante de un quiosco.

—Mejor una manzana de caramelo. Adoro las manzanas de caramelo.

Sonrió como si ya lo supiera, y yo sonreí como si estar allí con él fuera lo más normal del mundo.

—¡Consígale un premio a su novia, joven! —gritó un hombre desde el puesto del tiro al blanco—. ¡Vamos, esa sonrisa bien vale un par de dólares y un oso de peluche!

JC negó con la cabeza y cambió de rumbo. Yo me quedé un segundo de más mirando los muñecos de trapo con pena y él se compadeció de mí. Chasqueó la lengua con fastidio y retrocedió hasta el puesto ambulante.

—Un dólar, cinco disparos; si haces cinco dianas, la sonrisa de tu novia lucirá en su carita durante toda la noche.

—No es mi novia —gruñó JC.

«Ojalá lo fuera», pensé, afligida.

—Pues entonces tienes una hermanita muy bonita.

—No soy su…

Sonó el primer disparo y no falló. No era la primera vez que disparaba, se notaba en la forma de cargar la escopeta contra el hombro. Tenía mucha seguridad en la mirada y no erró ni un solo tiro, ni siquiera cuando el vendedor fingió una repentina tos que hubiera despistado a cualquiera.

—¡Premio para el caballero, premio para la señorita! —anunció el feriante a voz en grito.

Varios curiosos se acercaron para ver el momento en que descolgaba el enorme oso de peluche. Era el que yo quería, el del lazo azul en el cuello. Era suave y blandito, y olía a caramelo.

—Gracias —susurré con los ojos cerrados, abrazada al muñeco.

—No me las des —gruñó de nuevo, y emprendió la marcha sin esperarme.

¿Estaba enfadado? ¿Por qué estaba enfadado?

Me apresuré para ponerme a su altura y hacerle el montón de preguntas que me venían a la mente, pero en el último segundo me detuve en medio del gentío y fruncí el ceño. ¿Por qué tenía que correr detrás de él? Yo no le había hecho nada. Si había alguien con motivos para estar molesta era yo.

La rabia salió a flote y recordé todo lo que había querido gritarle cuando vi la nota que me había dejado en el parque.

Cuando se dio cuenta de que no lo seguía, miró por encima del hombro y se detuvo.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó con fastidio.

Era el colmo.

—¡Me dejaste una maldita nota! —le grité—. Si no querías que volviera al parque, deberías habérmelo dicho a la cara. ¡Una nota! ¡Eres un idiota!

Di media vuelta y me dirigí a la salida cargada con el oso de peluche. La gente me miraba con lástima, como si estuvieran presenciando una riña de enamorados y yo tuviera todas las de perder. Me daba igual. Lo único que quería era que JC no viera las lágrimas que me empañaban los ojos.

Apareció a mi lado con paso apresurado y anduvo de espaldas para poder mirarme a placer. Seguía ceñudo y un poco desconcertado por mi cambio de actitud, pero fuera lo que fuera lo que le había molestado se había esfumado. Traté de evitarlo y de mirar hacia otro lado, incluso sorteé a varias personas para poner distancia entre nosotros, pero mi actitud esquiva le resultó muy divertida.

—¿Crees que puedes escapar de mí llevando un oso gigantesco al brazo? Te vería desde la Luna, Margot.

—No estoy escapando de ti, estoy ignorándote, como tú pretendes hacer conmigo.

—¡Yo no te ignoro! Solo dije que no deberías seguir trayéndome la comida al parque. Es lo mejor, Margot.

—¿Lo mejor para quién? —Me planté de repente—. ¿Qué hay de malo en llevarte la comida? Creí… creí que te… gustaba.

—¡Y me gustas, maldita sea! —exclamó, y se aproximó hasta quedar muy cerca—. Pero no puedo distraerme. Sé que no lo entiendes, pero no sé cómo explicártelo.

«¿Le gusto?». Parpadeé varias veces, confundida.

Los sonidos de la feria desaparecieron y el corazón se me llenó de una calidez desbordante. Solo podía ver el azul de aquellos ojos brillantes, solo podía sentir que estaba a punto de flotar.

—¿Te gusto? —JC tragó saliva con dificultad—. Yo… yo me refería a la comida. Creí que te gustaba… mi comida. Pero tú has dicho que te gusto.

Le cambió la expresión al darse cuenta del error, pero ya no podía retractarse. ¡Lo había dicho! ¡Le gustaba! Hubiera dado saltos de felicidad de no ser porque él continuaba sin respirar. Lo mejor era hacer como si no hubiera tenido importancia, porque era evidente que JC no estaba habituado a decirle esas cosas a una chica y empezaba a ponerse nervioso de verdad.

—Margot, yo no…

—Has dicho que te gusto, no lo niegues. —Lo señalé con un dedo y entrecerré los ojos, desafiante.

—Pero ha sido una…

—¿… una forma muy poco romántica de admitirlo? ¡Desde luego! —Levanté el mentón con orgullo y fingí estar un poquito indignada. A continuación, le endosé el oso de peluche y le guiñé un ojo—. Tranquilo, quedará entre nosotros.

Él pareció aliviado y yo no supe identificar la presión que notaba en el pecho: ¿era ilusión o decepción?

—¿Quieres que te lleve a casa?

—¡No! —Pasé delante de él con gesto decidido y le señalé la atracción que teníamos al lado—. Vamos al carrusel. Y luego al sube y baja. ¡Me encanta el sube y baja!

Después de la tarde en la feria, volví al parque cada día a llevarle la comida. No podía impedírmelo y tampoco puso mucho más empeño en disuadirme.

—¿Cuál es tu nombre de verdad? —le pregunté un día a principios de agosto.

Estaba más callado de lo habitual y a mí me ponía nerviosa cuando tenía esos momentos tan silenciosos.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque no creo que tus padres decidieran llamarte JC sin más. Y porque me gustaría saber cómo te llamas.

Lo pensó entre bocado y bocado de pescado al horno. No era su comida favorita, no le gustaba quitar espinas, pero no podía pasarse la vida alimentándose de mi lasaña, por muy buena que estuviera.

—John Cameron.

—John Cameron —repetí. Era el nombre más bonito del mundo.

Apoyé la mejilla en la mano y me permití soñar unos minutos mientras él atacaba la tarta de queso. ¿Cómo serían nuestros hijos? Guapos, seguro. Y listos. ¿Y dónde viviríamos? Ni siquiera sabía cómo era su casa.

—¿Cómo son tus padres? —dije en voz alta.

A JC le sorprendió la pregunta. No se la esperaba. Nunca hablábamos de nuestras familias.

En realidad, él nunca hablaba de nada.

—¿Por qué me haces tantas preguntas hoy?

—Porque es lo lógico, no sé por qué frunces el ceño. —Me hice un poco la ofendida. Eso siempre funcionaba con él—. Solo intento tener una conversación contigo. Hoy estás muy raro.

—Estoy cansado, Margot —se justificó, pero a mí no podía engañarme.

Había oído a Charlie decir que el día estaba tranquilo y que solo habían tenido una intervención a primera hora.

—¿Y qué pasa si estás cansado? No te pido que corras ni que hagas flexiones, solo te he preguntado por tus padres. Los míos se llaman Stuart y Margaret Addams. Mi padre es comercial de seguros y mi madre es ama de casa. ¿Ves? Es fácil. Te toca.

Estoy segura de que deseó que alguien lo llamara desde la cochera, porque echó un par de miradas antes de hundir los hombros y aceptar que iba a salirme con la mía.

—Mi padre se llama James, James Curtis Gallagher. Es bombero. —Las palabras le salieron entre dientes. Sin embargo, suavizó el gesto antes de hablar de su madre—. Mi madre se llama Hanna.

De su breve respuesta extraje más información de la que él hubiera deseado. Hanna Gallagher debía de ser una mujer extraordinaria. Una madre entregada, sufridora, porque no tenía que ser fácil tener un marido y un hijo bomberos. No me podía imaginar cómo sería cada minuto de esa mujer mientras los hombres de su familia estaban cumpliendo con su deber. ¿Se sobresaltaría al oír el teléfono? ¿Rezaría para que volvieran a casa sanos y salvos?

—Tu madre debe de ser una mujer muy valiente.

—Lo es.

—Y tú tienes pinta de ser un buen hijo.

—Hago lo que puedo. —La modestia y el sonrojo que le cubrió las mejillas le sentaban muy bien.

—¿Siempre quisiste ser bombero? —continué preguntando.

—Desde que tengo uso de razón. —Lo animé a seguir con un gesto y él se acomodó en la silla, resignado—. Soy la cuarta generación de bomberos Gallagher. Mi abuelo y mi bisabuelo fueron condecorados por su servicio a la comunidad, y estoy seguro de que mi padre también estará en el cuadro de honor del cuerpo de bomberos de Springfield. Solo es cuestión de tiempo.

—Y tú también lo conseguirás. Eres un novato muy aplicado —bromeé, y él me lanzó un trocito de pan para que dejara de reírme—. Serás un gran bombero, JC Gallagher.

—¿Eso crees?

—Por supuesto que sí. ¿Tú no?

Se encogió de hombros y, por primera vez, vi al chico inseguro y asustado que dormía muy dentro de él.

—A veces creo que no lo conseguiré —murmuró, y me estremeció el corazón—. Me piden demasiado y no paro de esforzarme, pero nunca es suficiente. Me da miedo no ser lo que esperan de mí.

—¿Y qué vas a hacer para solucionarlo? —Abrió mucho los ojos, sorprendido por la pregunta, y le regalé una sonrisa tímida—. Verás, a mí me da miedo la oscuridad, pero he descubierto que si dejo las persianas abiertas entra el resplandor de la farola que hay un poco más adelante. Así, aunque me despierte de madrugada, me aseguro de que haya claridad en la habitación.

—¿Te da miedo la oscuridad? ¿Por qué?

—Porque cuando era pequeña una monja me encerró en el sótano de una… ¡Ah, no! —exclamé—. Estamos hablando de ti. No me vas a engañar esta vez.

JC se rio de buena gana, pero unos segundos después se quedó callado y la situación se tornó incómoda para los dos.

—Si tienes miedo de no ser lo que se espera de ti, tienes que hacer algo —le sugerí—. No sé, puedes entrenar más en tu tiempo libre, o leer cosas que hayan hecho grandes bomberos y que puedan servirte. O puedes dejar de ser bombero y dedicarte a otra cosa. A ver, déjame que piense a qué podrías dedicarte… —Cerré un ojo y me di golpecitos con el dedo en el mentón. No podía imaginar a JC en ninguna otra profesión que no fuera la que desempeñaba—. ¡Podrías ser vendedor de seguros, como mi padre! Aunque, ahora que lo pienso, eres demasiado callado para eso.

—Sí, no me veo con traje, visitando casas cargado con un maletín.

—¿Y mecánico? Te he visto cubierto de grasa y tienes potencial.

Volvió a reír y me alegré de haberlo sacado de ese momento tan serio.

—¿Y tú? ¿Qué planes tienes para el futuro?

Intentaba por todos los medios desviar el tema de conversación, y decidí dejarlo estar. Hablaría de sus problemas cuando estuviera preparado. A mí me bastaba una simple pregunta para empezar a hablar y no callar.

—Cuando me gradúe el año que viene, iré a la Universidad Estatal de Nueva York y, cuando acabe el pregrado, me matricularé en el Instituto de Bellas Artes. Quiero estudiar Historia del Arte y trabajar en un gran museo. Seré una mujer muy importante, ¿sabes? —Enderecé la espalda y levanté el mentón en un gesto distinguido que divirtió a JC—. Y, un día, entrará un hombre muy apuesto por la puerta del museo y me pedirá que me case con él.

—¿Un desconocido? —Asentí—. ¿Y tú qué le dirás?

—Le diré que sí y, como será un hombre de buena posición, tendremos una boda de cuento de hadas. Será… ¡en febrero! En invierno, en medio de la nieve, y habrá cisnes de hielo, osos polares con patines y un trineo con mantas de pelo blanco. —Su carcajada me animó a seguir con aquella locura—. Si seguimos siendo amigos por entonces, te invitaré a la boda. ¡Prometido!

Me tendió la mano para sellar la promesa y sentí algo muy desconcertante cuando me la estrechó: calor, emoción, adrenalina, un intenso cosquilleo y ganas, muchas ganas de que siguiera tocándome, de que no me soltara nunca.

16. JC

—Creía que no ibas a salir esta noche —murmuró mamá al verme pasar de camino a la puerta.

—Es sábado. He cambiado de idea. —Y había sido una decisión de la que acabaría arrepintiéndome, pero…—. No volveré tarde.

—Es bonita, ¿verdad? —Mi madre no apartó la mirada del calcetín que estaba zurciendo junto a la ventana, pero su sonrisa fue dulce y pícara al mismo tiempo—. Podrías traerla a casa algún día.

—¿A quién? —pregunté con los ojos muy abiertos.

—¿A quién va a ser? A esa chica.

—¿A qué chica? No hay ninguna chica —gruñí.

—Oh, vamos, JC. No pasa nada. Papá no tiene por qué enterarse si no quieres, pero a mí puedes contármelo. Hace semanas que no te llevas la comida. ¿Crees que no me doy cuenta? Y, sin embargo, mírate. Estás cogiendo peso, estás más guapo. Eso solo lo puede conseguir una mujer, hijo.

Terminó de zurcir y cambió el calcetín por una de mis camisetas. Yo continuaba parado en el recibidor, con una mano en la manilla y una sensación de extraña irrealidad. No había chica, pero sí la había. No era más que una niña, pero no lo era. No quería tener nada que ver con ella, pero iba a volver a la feria porque sabía que la encontraría allí otra vez.

—¿Cómo se llama?

Parpadeé para salir del aturdimiento y vi a mi madre mirándome, expectante, ilusionada. Tenía ojeras y parecía más encorvada de lo habitual. Le gustaba sentarse junto a la ventana porque decía que tenía mejor luz, pero yo sabía que lo hacía para poder ver a mi padre volver sano y salvo del trabajo. Sentí una profunda lástima por ella, por verse relegada a sufrir por nosotros.

Yo no le haría eso a ninguna mujer. Con mi madre ya era suficiente.

—No hay ninguna chica, mamá —le respondí con suavidad y me acerqué a darle un beso en la frente—. Solo voy a tomar una cerveza con los chicos y volveré enseguida, ¿de acuerdo?

—Dile cosas lindas y sé bueno con ella. Sé siempre un caballero, cariño.

Me quedé sentado en el coche sin saber qué demonios estaba haciendo en realidad. Margot había dicho que iba a una fiesta junto al recinto de la feria, que se quedaría a dormir en casa de una de sus amigas y que quería ver salir el sol. Le dije que no tenía edad para ir a esas fiestas y ella se rio de mí, hasta yo me habría reído de mí si no hubiera estado tan cabreado.

«¿Y por qué debería importarme lo que hace o deja de hacer Margot?», me pregunté con las manos en el volante, sin arrancar. Porque era una niña de dieciséis años, porque era vulnerable y yo había prometido velar por las vidas de los indefensos en el juramento de la academia de bomberos.

«¡Y una mierda!». ¿A quién pretendía engañar? Lo único que podía pensar era en tocarla, en besarla, en susurrarle todas esas cosas de las que hablaba mi madre y muchas otras que de lindas no tenían nada.

—¿Qué estoy haciendo?

Me froté la cara con las manos, con frustración, con rabia. Era un maldito idiota. No podía presentarme en esa fiesta sin más. Me gustaba Margot, sí, pero no iba a suceder nada. Me preocupaba que pudiera pasarle algo, pero ya era mayorcita para saber dónde se metía. Ya era mayorcita para…

—¡Joder! —Golpeé el volante y arranqué.

¡No era mayorcita para nada! Cualquiera podía aprovecharse de ella. ¡No conocía a los hombres! Margot solo era un apetitoso bocadito de nata en medio de una bandeja de pasteles, ¡y a los hombres les gustaba demasiado el dulce!

Incluso a mí había terminado por gustarme el dulce.

17. Margot

Antes de marcharse con aquel chico en el coche, Tanya nos confesó que había empezado a tomar la píldora anticonceptiva. ¡Era imposible! Solo las mujeres casadas podían tomarla.

—Me la da mi hermana. A ella se la recetó el médico después de su segundo hijo. Su marido no quiere una familia numerosa, pero mi hermana quiere una niña y no se la toma, así que lo hago yo.

Eso le permitía mantener relaciones con cualquiera sin miedo a las consecuencias.

El alcohol, la marihuana y la conversación sobre sexo libre sin riesgo de embarazo animó la noche. Los chicos, que hasta el momento se habían mantenido en un aparte, se acercaron a la hoguera, eligieron a sus presas y comenzó el cortejo. Hacía un calor sofocante y las más atrevidas empezaron a deshacerse de algunas prendas. Iban dispuestas a meterse en la laguna de Washington Park, con o sin ropa, pero acompañadas, desde luego.

Roxanne y Alison fueron las siguientes en desaparecer. Me quedé hablando con Bethany hasta que Marcus Saffor, el quarterback del equipo del instituto de Dotty, le metió la lengua hasta la garganta mientras me miraba a mí fijamente. A ella le hizo mucha gracia el manoseo por debajo del vestido, incluso permitió que él le sobara un pecho hasta dejarlo a la vista de los demás, pero a mí me pareció espantoso.

No había bebido mucho y tampoco había probado las galletas que circulaban de mano en mano. Llevaban algo que hacía reír a todo el que las probaba y yo ya estaba bastante aturdida con el humo de los canutos. Después de la experiencia de Dotty en casa de David Porter, había decidido ser yo la que controlara la situación y no al revés.

Pero el ambiente era excitante y ver a mis amigas besarse de esa forma me alteraba el pulso. Me escocía la piel en sitios muy concretos: los muslos, el cuello, los pechos…

—¡Cincuenta pavos a que no te follas a la virgen! —le gritó un chico a otro, los dos bastante borrachos.

—Tendrás que dejarme el coche. No creo que le guste que la miren. ¡Las llaves! —Le tendió la mano y el otro le puso el llavero en la palma—. Vuelvo dentro de una hora.

La virgen era yo. El chico, Eugene, «aliento de cebolla», que se abalanzó sobre mí como si fuera su regalo de cumpleaños. Le di con la rodilla en todas sus partes en cuanto me puso las manos en los hombros para besarme.

—¡No seas así, Margot! —me gritó Bethany sin parar de reír—. ¡Es una fiesta!

Pero yo no me lo estaba pasando bien y quería irme. El problema era que iba a dormir a casa de Alison y ella estaba retozando a lo grande en la orilla de la laguna.

Recogí mis cosas y eché a andar hacia las luces de la feria. Las risas de mis amigas me hicieron daño en los oídos y lo último que oí fue algo así como que los perritos calientes no eran mi snack favorito.

Lloré de rabia y de frustración. ¿Por qué no podía ser como ellas? ¿Por qué no podía disfrutar del momento sin más? El sexo no era malo; la madre de Dotty siempre nos decía que nuestros cuerpos estaban hechos para el placer, para el sexo y para disfrutarlos, pero yo no me podía imaginar haciendo lo que hacían Roxanne, Alison o Bethany. Me daba tanta vergüenza…

Eché de menos a Dotty y lloré más. A pesar de las ideas liberales de sus padres, ella me entendía y no hubiera dejado que se rieran de mí. Tampoco me hubiera dejado marchar sola, me habría acompañado y las dos habríamos acabado la noche desternilladas de risa.

Pasé de largo la feria y decidí que llegaría a casa por mis propios medios: a pie. Solo eran un par de millas. Si andaba deprisa, aún podía llegar a una hora razonable y darles a mis padres una explicación creíble. Podría decirles que Alison se había puesto enferma y no era conveniente que me quedara en su casa. O a lo mejor llegaba demasiado tarde como para despertarlos, y no me quedaba más alternativa que colarme en casa de Dotty y esperar a que se hiciera de día para regresar a la mía. La ventana de su cuarto tenía el cierre roto.

—Será un paseo, Margot —me dije para infundirme ánimos.

En realidad, una vez que dejara atrás el jardín botánico, solo tendría que andar en línea recta por Chatham Road. El tramo del parque era el más oscuro y el que más miedo me daba, pero en cuanto llegara a la zona residencial me sentiría más segura.

De pronto, oí el frenazo de un coche muy cerca de mí y me encogí, preparada para el golpe. Un atropello sería el broche final para una noche horrible. Me lo merecía, me merecía todo lo malo que me pudiera pasar. Le había mentido a mi madre, había bebido alcohol, había bailado alrededor de una hoguera a sabiendas de lo que pasaría antes o después. E iba sola, en mitad de la noche, por una carretera que ni siquiera tenía arcén. Me dolían los pies y Eugene me había roto el tirante del vestido, un vestido precioso que ahora estaba manchado por las lágrimas negras que me resbalaban por las mejillas.

—Pero… ¡¿es que pretendes matarme de un disgusto?! —me gritó una voz conocida y muy cabreada. Eso me hizo llorar más. Sobre todo, de alivio—. ¡Maldita sea, niña! ¡Para de andar!

Paré de andar, pero no de llorar. Ya me daba lo mismo si JC me veía así. Para él solo era eso, una niña, una niña tonta que se metía en líos. Daba igual las veces que cocinara para él, daba igual lo que sintiera mi corazón o lo que sintiera el suyo: lo único que él veía en mí era una mocosa de dieciséis años parlanchina que no terminaba de salir del cascarón.

—¿Qué te ha pasado? ¿Qué… qué haces aquí sola? ¿Estás bien? Margot, ¿te encuentras bien? ¿Qué ha pasado?

Me estremecí con un sollozo y me dejé abrazar por JC. ¡Me estaba abrazando! Me estrechó mientras yo me deshacía en lágrimas absurdas. Sus manos estaban muy calientes, todo él irradiaba un calor muy agradable que se me fue colando por debajo de la ropa hasta cubrirme el cuerpo de una fina película de sudor. Apenas había luz, apenas había tráfico y una suave balada de rock sonaba en el coche y llenaba el aire de promesas.

«¿Cómo sería besarlo en este instante?», pensé con los cinco sentidos clamando por él. Solo tenía que girar un poco la cabeza. JC había apoyado el mentón en mi hombro y su respiración pausada me hacía cosquillas en la oreja.

—¿Mejor? —susurró sin moverse. Noté el abrazo con más intensidad y asentí en respuesta—. ¿Vas a contarme por qué vas sola por la carretera y por qué lloras?

No, no iba a decírselo. ¿Para qué? ¿Qué sentido tenía revivir algo tan desagradable cuando estar entre sus brazos era un millón de veces mejor?

Se dio cuenta rápido de que no iba a responderle y me miró de frente.

—Está bien, no tienes que contármelo. —Deslizó los pulgares por mis mejillas para llevarse un par de lágrimas furtivas y me sonrió—. Su chófer particular la llevará a casa, señorita Addams.

Se cuadró como un militar y fingió quitarse la gorra para cederme el paso.

Negué con un movimiento de cabeza y me aclaré la garganta.

—No puedo ir a casa. Mi madre cree que estoy en casa de Alison.

—¿Y dónde está Alison? Da igual, no quiero saberlo. Pero sí quiero saber dónde tenías pensado pasar la noche.

—Iba… Yo iba a colarme en casa de Dotty —dije avergonzada.

—Joder, Margot, no puedes entrar en las casas de los demás como si nada.

—Como si nada, no. Iba a colarme por la ventana.

—¡Claro! Eso es mucho mejor —ironizó—. ¿Y si te ven y avisan a la policía?

—Me da igual.

—Pero ¡a mí no! —Se alejó un par de pasos, como si necesitara espacio para poner en orden sus pensamientos. Después de un minuto eterno, regresó y sus dedos buscaron los míos. Se entrelazaron con naturalidad, como si estuvieran hechos para encajar los unos con los otros—. Ven, vamos al coche. No sé qué voy a hacer contigo.

18. JC

Tenía el don de pararme el corazón a sustos, de volverme loco con sus locuras, de cabrearme hasta lo imposible y de someterme a su voluntad con una sola de sus lágrimas.

No podía verla llorar. Era la chica más risueña y divertida que había conocido, y si la encontraba en medio de una carretera deshecha en llanto solo podía pensar en hacerla feliz, aunque no tuviera ni idea de cómo conseguirlo.

Aunque no tuviera ni idea de lo que eso iba a suponer.

No me preguntó dónde iba a llevarla. Se limitó a mirar la carretera sin dejar de sollozar bajito. Los mil colores de su vestido se ensombrecieron con el silencio y me reprendí por no tener las palabras que la hicieran sonreír. Tenía que intentarlo como fuera, tenía que hablarle y decir algo gracioso, algo que despertara a la Margot elocuente y marisabidilla que me gustaba tanto.

«Dile que parece un oso panda, o que le ha meado un arcoíris en el vestido, o que te ha puesto el coche perdido de arena y le costará una lasaña enorme en compensación —pensé un poco agobiado—. ¡Dile algo, hombre!».

—Esto… Yo… Creo que te…

No tuve que esforzarme más. Se había dormido entre suaves sollozos.

Detuve el coche en el arcén y la miré durante un rato largo. Dios mío, ¿cómo podía ser tan bonita?

Tenía los labios hinchados, perfectamente delineados. Tan dulces, tan inocentes, tan… apetecibles. Si la besaba en ese momento, nadie se enteraría. Solo un roce, solo percibir su calor y robarle un poco del brillo que los cubría.

La idea me provocó tal oleada de deseo que me obligué a poner las manos en el volante y a mantener la vista al frente hasta tranquilizarme. Pero los ojos se me iban hacia Margot, no podía evitar fijarme en el nacimiento de sus pechos, en la piel de sus hombros, en el pulso que le latía en el cuello.

—¡Por el amor de Dios! —mascullé, y salí del coche unos instantes para que la brisa de la noche me enfriara los pensamientos.

Aquello era una tortura, pero que me condenaran si no era la mejor tortura de mi vida.

19. Margot

Estaba tan cansada que me dormí en el coche de JC. Cuando abrí los ojos, una camiseta vieja de los bomberos me cubría el pecho y el cielo empezaba a clarear.

—¿Dónde estamos?

—En Calhoun Mountain.

Me enderecé en el asiento y miré alrededor con estupor. ¿Me había llevado a Calhoun Mountain? Calhoun Mountain era el lugar donde iban las parejas a… a ver las vistas.

A JC le hizo gracia mi reacción. Se le dibujó una sonrisa de medio lado y siguió con calma mis movimientos nerviosos dentro del coche.

—¿Qué hacemos aquí?

—Dijiste que querías ver salir el sol —respondió como si fuera obvio—. Este es el mejor lugar para hacerlo.

Las luces de la ciudad empezaban a apagarse, una brisa templada entraba por la ventanilla y me arrebujé en la camiseta, más por vergüenza que por otra cosa. Olía a él y a ese olor a caucho del parque al que ya me había acostumbrado.

El silencio fue incómodo y eso no era nada bueno, porque, cuando me sentía inquieta y no sabía qué decir, podía soltar cualquier cosa. Hi-de-ho, de Blood, Sweat & Tears, sonaba muy bajito en la radio con su ritmo cadencioso y no ayudaba a mis nervios. ¡Era la canción perfecta para un revolcón!

—¿Cómo te has roto el tirante del vestido? —preguntó de repente.

Estaba recostado contra el asiento, relajado, y había vuelto la cabeza hacia mí. Le brillaban los ojos tanto que hubiera sido capaz de iluminar Springfield con ellos.

—No lo sé. Debí engancharme con algo —mentí.

—¿Y este arañazo? —Me rozó el hombro con un dedo y volví a estremecerme, pero de placer, de un placer que no sabía que existía—. ¿Qué ha pasado esta noche?

En ese preciso instante me di cuenta de que no estaba tan tranquilo como quería demostrar. Su voz era suave y pausada, su rostro sereno, pero esa mirada brillante que esperaba mi respuesta estaba cargada de furia contenida. Aparté los ojos de él y me concentré en el hilo suelto de una costura de la camiseta. Volvieron las ganas de llorar y las mejillas se me colorearon con un molesto rubor que me delataba. No quería que JC supiera de mi mojigatería, no quería darle más motivos para pensar que era una niña.

—Ha sido una tontería sin importancia.

—Margot…

—Es verdad, no ha pasado nada —insistí, y disfracé mis emociones con una amplia sonrisa que no lo convenció—. Yo quería ir a la feria, ellas querían bañarse en el lago y me fui sola. Fin del problema.

—Te olvidas de que te he encontrado llorando por la carretera. ¿Por qué?

—Porque… porque… ¡porque soy una niña y las niñas lloran! —estallé—. ¿Contento?

—No, no estoy nada contento. Y no creo que seas una niña.

Seguía mirándome con los ojos encendidos, pero ya no había furia en ellos. Era un brillo diferente.

—Pero tú siempre dices que soy… —JC puso los ojos en blanco y chasqueó la lengua—. ¿Ya no lo crees?

—No.

—¿Y qué crees que soy?

Emitió un bufido que podría haber sido una risa. No contestó de inmediato. Se tomó su tiempo y me llevó al límite de la desesperación.

—Eres una chica preciosa.

Levantó una mano lentamente y me rozó la mejilla con los nudillos. Cerré los ojos para disfrutar de la caricia, pero fue tan efímera que bien podría haber sido producto de mi imaginación.

No lo era, no era un sueño. Estaba sucediendo. La yema de su dedo me perfiló los labios muy despacio y deseé abrirlos, y gemir.

«Dios mío. Dios mío».

Se deslizó por el mentón hasta el cuello y repasó el hueso de la clavícula con una delicadeza exquisita.

El palpitar que sentía entre las piernas se hizo insoportable. No quería moverme, no quería ni respirar. Si dejaba de tocarme, me moriría.

—Eres la chica más bonita que he visto en mi vida.

Una sensación líquida, espesa y muy caliente me recorrió por dentro y me empujó a mover las caderas contra el asiento para encontrar alivio. Era como la cadencia exasperante del chocolate derretido al brotar de un bollo relleno. Ni siquiera notaba ya la caricia que bajaba por el brazo. Lo único que deseaba era satisfacer la necesidad de algo indeterminado que no me permitía abrir los ojos.

Estaba a punto de desfallecer, busqué aire con una bocanada repentina y arqueé la espalda de manera involuntaria. Incluso jadeé. ¡Jadeé delante de JC!

¿Qué me estaba pasando?

20. JC

¡No, no, no! Pero ¿qué demonios estaba haciendo? ¿En qué momento había perdido el control de la situación? Solo quería comprobar que la piel de su mejilla era tan suave como me la imaginaba, que sus labios estaban tan calientes como me los imaginaba… Incluso con el rímel ensuciándole la cara, era preciosa, y mis caricias inocentes solo querían demostrárselo.

«No son tan inocentes, Gallagher», me susurró la voz de mi conciencia, con razón.

Y entonces ella jadeó y se mordió el labio inferior con los ojos apretados. Su cuerpo se había encendido y tenía tan poca experiencia que ni siquiera sabía lo que le estaba ocurriendo. Cada vez que cogía aire y arqueaba la espalda, sus pechos se apretaban contra la tela del vestido y se le marcaban los pezones. Podía haber estirado la mano y haberla acariciado un poco más en ese punto, podía haberla besado para que dejara de tentarme con esos labios enrojecidos, podía haberle dado la satisfacción plena con solo deslizar mi mano entre sus muslos, pero elegí salir del coche y caminar hasta el borde de Calhoun Mountain.

—Mierda, mierda —mascullé, y pateé algunas piedras que se despeñaron ladera abajo.

No había pegado ojo en toda la noche. Me había dedicado a mirarla mientras dormía, a alimentar al monstruo que había en mi interior, ese que me gritaba que me lanzara a por ella sin pensar en las consecuencias.

«Ya no es una niña, es una mujer».

«Solo tiene cuatro años menos que tú».

Debería haberla llevado a su casa, pero me dejé embaucar por unos ojos oscuros y una cara de ángel que me perseguiría hasta el mismísimo infierno.

De pronto, el claxon de mi coche sonó un par de veces y vi a Margot cruzada de brazos con el ceño fruncido. «Hasta de malas pulgas es bonita». Sonreí sin querer y a ella le temblaron los labios en una sonrisa disimulada.

—¿Estás bien? —le pregunté de regreso al coche.

—¿Por qué te has ido?

—Estaba tomando un poco de aire. No me he alejado.

—Pero ¿y si te hubiera necesitado aquí? —«Me necesitabas, créeme, por eso me he ido», quise responderle—. ¿Qué me ha pasado? Me he sentido como si…, como si…

—Como si fueras a explotar.

—Sí, algo así. Pero ¿por qué?

«Porque hay una fiera dentro de ti que quiere salir».

No respondí a su pregunta. Prefería que contestara ella a las mías.

—¿Te ha gustado?

—Sí. —Se ruborizó y se mordió el labio con candidez. Esos gestos me provocaban tanto dolor que el roce de los calzoncillos me estaba matando—. Me ha gustado mucho. Ha sido muy… intenso. Y estoy como… como…

—¿Flotando?

—Sí, flotando. Y húmeda. ¿Es normal?

«¡Joder!».

¿Por qué me decía esas cosas? Yo no quería hablar de la humedad de sus bragas, tampoco quería iniciar una conversación sobre lo que le pasaba a una mujer cuando tenía un orgasmo. Me incomodaba. Mi función no era ser el mentor sexual de nadie, no iba a iniciar en el sexo a una adolescente que acababa de tener su primer clímax. Rotundamente, no.

Sin embargo, a mi lado salvaje le encantaba la idea de susurrarle palabras obscenas al oído y provocarle tantos orgasmos como fuera posible. Quería verla gritar mi nombre mientras yo me grababa el suyo bajo la piel.

«¡No, ya basta!».

—Te llevaré a casa. Es tarde y tengo que estar en el parque dentro de media hora.

—¿Hoy trabajas? —preguntó, sorprendida.

—Sí, señorita.

—Pero si es domingo y no has dormido.

—Sí he dormido —mentí. Margot levantó una ceja, suspicaz—. Vale, solo un poco, pero da igual. El deber es el deber, aunque sea domingo.

—¿Y si te quedas dormido en medio del rescate de un gatito atrapado en la copa de un árbol?

—Eso no va a pasar —repliqué. Casi no podía contener la risa, pero ella hablaba en serio y me aclaré la garganta para disimular—. Beberé café al llegar. No me dormiré.

—¿Solo café? Tendrás que desayunar, ¿no?

—Comeré cualquier cosa en el parque.

—Como si hubiera algo en esa nevera con lo que alimentarte —murmuró, y tras unos segundos pensativa, añadió—: Te haré café, zumo y tostadas, y tal vez prepare bollos también. Te lo llevaré todo al parque dentro de un rato. Mis padres aún estarán dormidos. No se enterarán.

—¡Por Dios, Margot! ¿Intentas cebarme?

—No, intento que no puedas vivir sin mí.

21. Margot

Cada día me costaba más despedirme de él. Y a él le costaba despedirse de mí, aunque lo disimulara con esa actitud tan formal cuando estábamos en el parque.

A veces, el capitán me permitía quedarme en los entrenamientos —siempre que no abriera la boca— y lo veía poner tanto empeño en todo lo que hacía que me entraban ganas de arrojarme a sus brazos y decirle lo orgullosa que me sentía de él. JC no creía que estuviera avanzando, siempre sacaba a relucir sus defectos y olvidaba todas las virtudes que lo habían hecho crecer durante los meses de formación, pero yo escuchaba a sus compañeros cuando no se daban cuenta: comentaban que era un buen novato, que lo estaba haciendo bien y que sería un gran bombero.

Yo no lo dudé jamás.

Sin embargo, la sensación de que podía pasar cualquier cosa en cualquier momento no me dejaba en paz.

Los días que sonaba la sirena en medio de la comida y se tenía que ir, me pasaba la tarde nerviosa, pendiente del tráfico en la calle, por si, por casualidad, veía pasar el camión de vuelta.

Y una de esas tardes, a mediados del mes de agosto, mientras horneaba galletas de avena para llevárselas al parque, vi parar un camión en la puerta de enfrente, pero no el que yo esperaba ver.

—¿Mudanzas? ¿Cómo que mudanzas?

Un hombre vestido con un horrendo traje de chaqueta clavó un cartel de «se vende» en el jardín de Dotty y una cuadrilla de operarios invadió la casa como si de una legión de hormigas se tratase.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunté con los brazos en jarras al cruzar la calle—. Esta es la casa de los Baker.

—Sí, la familia Baker. Una lástima.

—¿Una lástima? No entiendo. Los Baker están de vacaciones.

Él chasqueó la lengua y se retiró el sudor de la frente. Terminó de clavar el cartel en el césped y me miró con pena. ¿Por qué me miraba así?

—¿Los conocías?

—Claro que los conozco. ¡Son mis vecinos!

Aquel tipo me ignoró y comenzó a dar órdenes mientras yo lo seguía de cerca como una mosca pesada. Pregunté lo mismo una y otra vez: por qué estaban allí, dónde se llevaban los muebles, qué estaba pasando, pero él solo veía a una niña al borde de la histeria.

En un intento desesperado de llamar su atención, me lancé a arrancar el cartel que él mismo acababa de clavar. La casa de Dotty no podía estar en venta. Volverían al cabo de unos días, justo antes de empezar el último año de instituto. Tenía tantas cosas que contarle, y seguro que ella también había vivido todas esas aventuras de las que me había hablado en sus cartas. Solo me llegaron dos, pero no importaba. No era fácil encontrar servicio postal cuando se viajaba por carretera.

Íbamos a hacer una fiesta en la bolera para mi cumpleaños, queríamos ir al estreno de La bruja novata, nos íbamos a sacar el carné de conducir juntas… ¡No podía mudarse!

—Mira, jovencita, siento ser yo quien te diga esto, pero los Baker no van a volver.

—¡Quite ese cartel y diga a esos idiotas que dejen de tocar lo que no es suyo!

Mis gritos llamaron la atención de algunos vecinos. También de mis padres, que salieron al oírme.

—¡Margot! ¿Qué maneras de hablar son esas? —me regañó mi padre—. ¿Qué está pasando?

—Dice que los Baker no van a volver, pero solo están de vacaciones —lloriqueé—. ¡Díselo, papá!

—No sé de qué te extrañas, Margot —comentó mi madre—. Seguro que han encontrado una comuna hippie de esas y se han unido a ella. Yo sabía que eso pasaría. Eran tan… bohemios.

El agente inmobiliario se separó el cuello de la camisa con un dedo y negó.

—Pensé que ya lo sabrían, discúlpenme. —Dio un par de indicaciones a los operarios y golpeó la tablilla en un gesto nervioso. Estaba buscando las palabras adecuadas—. Yo solo sé lo que me dijo el dueño de la casa cuando me llamó. Los Baker… Bueno, tuvieron un fatal accidente en carretera.

—¿Qué quiere decir con eso? —le grité.

—Al parecer, no sobrevivió nadie. La furgoneta…, ya saben cómo son esos trastos…

Dejé de oír.

Ese día conocí el verdadero significado de la palabra «dolor». Fue como caer al vacío, como dar vueltas a la velocidad de un huracán, como si una garra me estuviera apretando el corazón.

Como todo junto.

Me negué a creerlo. Insulté a ese hombre, que no tenía culpa de nada. Arremetí contra los trabajadores, que eligieron aquel momento para sacar la preciosa cómoda de cajones de colores de Dotty. Mi madre se puso a llorar, mi padre la abrazó y yo…

Yo no podía respirar, no podía pensar, no podía imaginar mi vida sin Dotty, sin los consejos de su madre, sin la sonrisa de su padre los domingos por la mañana después de un poco de té verde con pastel de arándanos.

Qué cruel fue la vida al arrebatármela. No tuve oportunidad de decirle cuánto la quería, porque jamás pensé que hiciera falta decirlo.

En nuestros planes no entraba perdernos la una a la otra, no entraba quedarnos solas. Queríamos ir a Europa, estudiar en la universidad, disfrutar de miles de primeras veces, ser vecinas para siempre, vernos crecer y vivir como si fuera nuestro último día.

Pero Dotty se había ido y yo me tenía que conformar con el abrazo que compartimos a través de la ventanilla de una Volkswagen de mil colores. Fue el último, nuestra última sonrisa, nuestra última mirada.

La primera vez que nos despedíamos y nuestro último adiós.

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9788418883231
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